Kitabı oxu: «Amantes de Buenos Aires»


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Recordaba perfectamente el asombro y el estremecimiento con que ella había recibido aquel insólito beso, después de tantas charlas y de los largos paseos hasta la Torre de Hércules, que habían ido entretejiendo ambos corazones sin que ninguno de los dos lo percibiera. Pero al final del día fueron corriendo a la playa del Orzán y la revelación nació con el ocaso. A partir de entonces, del mundo que imaginaron y del pacto que celebraron, nunca más volvieron a ser los mismos.


Este libro es un homenaje al coraje, la osadía y el sufrimiento de tantas mujeres omitidas por la historia. Como fue el caso de las maestras gallegas Elisa Sánchez y Marcela Gracia Ibeas, y también el de miles de jóvenes europeas arteramente traficadas como esclavas a los prostíbulos de América Latina. Todas ellas son las grandes protagonistas de esta novela.


1 
Buenos Aires, 2009
Siempre que podía, Raquel Contreras se encerraba en su oficina para revisar las novedades. Era un ritual que repetía desde el primer día en que la habían tomado como vendedora en la librería El Ateneo Grand Splendid.
Cada vez que llegaba algún título nuevo de sus autores preferidos, se emocionaba. Acariciaba la tapa, recorría con la vista la sinopsis y abría una página al azar. La leía y se quedaba pensando de qué manera el texto se relacionaba con su vida y también en las enseñanzas que podía extraer de él, ya fuera para ese momento o para el futuro. Algo que desde pequeña le había enseñado su abuela Cleide.
Esa mañana de marzo de 2009, cuando desembaló las novedades, sintió que el corazón le daba un vuelco. Se estremeció, deslumbrada ante la tapa de la reimpresión de la primera edición de Cien años de soledad, de su autor predilecto. De inmediato, su recuerdo voló a aquella tarde de primavera, en la casa de veraneo de su abuela, con vista al inmenso Río de la Plata. Cuando no leía, la abuela Cleide, ya muy entrada en años, pasaba horas enteras mirando aquel inmenso lago salado –ese río que finalmente se transformaba en estuario–, como si esperara que él le trajese las respuestas a algo que la vida no le había revelado. Pensó en la abuela y en aquel momento que había quedado grabado para siempre en su memoria. Cerró los ojos y lo recordó con nostalgia.

Cleide tenía un libro en el regazo, cuando llamó a su nieta. Raquel reparó en que las manos de la anciana acariciaban el volumen como si fuese algo precioso, casi una parte de sí misma.
–Terminé de leer este libro. Me gustaría obsequiártelo, mi querida.
La nieta percibió que los ojos de la abuela se esforzaban por evitar que la emoción se le transformara en lágrimas.
–¿De qué se trata, abuela?
–De la soledad, como dice el título. La soledad es una enfermedad, que, cuanto ataca, nos impide sentirnos completos y felices. Imaginate una familia entera condenada, generación tras generación, a sufrir de este mal –explicó la anciana con voz trémula.
Raquel tomó el libro con delicadeza. Se trataba de la mítica primera edición. Lo abrió y se detuvo en la dedicatoria, escrita en una letra elegante y firme: “Para Cleide, con afecto, para que nunca sientas el dolor de la soledad ni oses vivir más de cien años”. En ese momento habría deseado hacerle la pregunta que le quemaba la garganta: si ella también sufría o alguna vez había sufrido la soledad, a pesar de que jamás la había visto sino rodeada de gente. La familia y los amigos, y eran muchos, pululaban todo el tiempo a su alrededor. Le habría gustado saber por qué Gabriel García Márquez le había escrito una dedicatoria tan extraña.
Pero no se lo preguntó, y se arrepintió para toda la vida de no haberlo hecho. Desde su más temprana infancia, Raquel había sospechado que su abuela escondía un gran secreto, un misterio insondable, como el de los Buendía, los personajes que poblaban el libro que la anciana con tanta ternura le había dado aquel día y cuyo recuerdo jamás se le había borrado.
–¡Abrilo al azar, hija mía! Vamos a ver qué sale…

La sorpresa de Raquel en la oficina de la librería El Ateneo no pudo haber sido mayor. Olió el papel y acarició la tapa dura, cautivada por los lirios amarillos y el galeón azul, que navegaba contra un bosque espectral. Antes de abrirlo en una página al azar, cerró los ojos y recordó la breve charla de su autor, años antes, en la Feria del Libro de Buenos Aires. Jamás había olvidado las palabras eternas que se le habían grabado en el corazón durante la conferencia, cuando él afirmó que la vida no era como una persona la vivía, sino como la recordaba, o como la recordaba para poder contarla. Desde ese día, juró que jamás adheriría a los libros electrónicos, pues no podía concebir una exposición donde los volúmenes no se pudieran tomar entre las manos, ni aceptar que los libros no se pudiesen acariciar, hojear ni oler, o que no se los pudiera guardar en la mesa de luz o apilar en los rincones de la casa. Libros que se pudieran perder en el subte y uno quedarse con la esperanza de que llegasen al corazón de quienes los encontraran. Temía, incluso, que el fin de los libros de papel provocara la extinción de las ferias de libros y de los autógrafos de los autores, que guardaba como sus más preciadas reliquias.
–¡No lo puedo creer, es la misma página! ¿Será el gitano Melquíades haciendo de las suyas? –murmuró para sí, antes de leer el mismo párrafo final que años antes le había tocado con la abuela.
Se sentó junto a la ventana. Afuera, en la avenida Santa Fe, los automovilistas tocaban bocina, ansiosos por que la fila avanzara, con la urgencia de llegar a algún lugar. Sobre la mesa, su teléfono informaba que algunas cuadras más adelante, en el cruce con la avenida Pueyrredón, había un embotellamiento provocado por un accidente de moto, que demoraba en resolverse y del que había sido víctima uno de los apurados motociclistas. Apagó el aparato y leyó, sin prisa:
Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
Aquel personaje le provocaba temor y fascinación a la vez. Melquíades era el portador de la terrible profecía que pesaba sobre las generaciones de los Buendía, que recién sería descifrada un siglo más tarde, en el momento en que un miembro de la familia lograra interpretar sus famosos pergaminos. Y así sucedió,
cuando Aureliano Babilonia, de la sexta generación, descubrió la maldición: que dos personas de esa misma familia no podían tener hijos juntas, pues estos nacerían con alguna deformidad. Ahora bien, como los fundadores de la familia eran primos, la consanguinidad no podría repetirse jamás. Raquel recordaba, triste y a su vez asombrada ante la imaginación del creador del personaje de Aureliano Babilonia, que este había tenido un hijo con Meme sin saber que era su tía legítima. Habiéndose repetido la consanguinidad, se cumplió la predicción del gitano: el hijo de la séptima generación nació con cola de cerdo y murió devorado por las hormigas, terminando así para siempre con el árbol genealógico de la familia.
Poco tiempo después de aquella conversación, la abuela murió, rebosante de una salud tardía, a pocos días de cumplir cien años, una mezcla de bendición y maldición. Recién después de la partida de la anciana, Raquel se acordó de su regalo. El título y la dedicatoria la desvelaban, y por eso, se apresuró, voraz, a leer la historia de los Buendía durante los días que siguieron al funeral. Nadie le podía quitar de la cabeza que la abuela no había querido vivir más de cien años para evitar una desconocida maldición. Y tampoco, que darle ese libro, con la dedicatoria del autor, con aquella precisión, no había sido algo en absoluto inocente.
Con algunas lágrimas de melancolía, apoyó Cien años de soledad sobre su pecho y sintió cómo su corazón acelerado golpeteaba la tapa, al punto de confundirlo con los golpes que, de pronto, se dio cuenta de que provenían de la puerta de la oficina.
–Raquel, ¿podemos hablar?
La muchacha suspiró, apartó despacio el libro de su pecho y lo colocó con delicadeza en el centro de la mesa. Todavía algo
perturbada por los recuerdos, miró a su jefa. La directora de la librería entró sin esperar respuesta y se detuvo a su lado. Era una mujer delgada, de rasgos finos y delicados, el cabello recogido en un rodete y ojos castaños, enormes y tristes. Por un momento, se quedó en silencio mirando el libro que la joven acababa de desembalar. Había sido ella la que había encargado cien ejemplares no bien se enteró de la reimpresión.
–Perdón, Carmela. Estaba distraída.
–No es nada. ¿Ya pensaste en el tema? –insistió la mujer, con la mirada vacía y el gesto afligido.
–Ya… Quiero decir, todavía no. No pude hablar con Marcelo. Recién vuelve de Rosario mañana. Sabés que no puedo tomar una decisión sin consultarla con él.
Carmela respiró hondo. Raquel la miró de costado, y se sintió en parte cómplice de su tristeza. Con algo más de sesenta años, Carmela era una mujer respetada en los círculos culturales de Buenos Aires, pero se veía obligada a abandonar su puesto de directora de la librería El Ateneo para cuidar de su madre, que se hallaba postrada por una enfermedad neurológica, en un pueblo lejano de la Patagonia, y de quien era su única familia.
La enfermedad de la madre de Carmela y su obligación de cuidarla se habían transformado en la oportunidad de Raquel. Todos le auguraban ese futuro y, en verdad, ella misma nunca había disimulado que le gustaría algún día ser la directora de la fantástica librería que The Guardian, insospechado de parcialidad, había elegido, el año anterior, como la segunda más hermosa del mundo. Aunque, para despejar toda duda, debería visitar la librería holandesa que el periódico había escogido como la más recomendada. Y quién sabe, también la portuguesa, que había quedado ubicada a continuación. Pero jamás había imaginado convertirse en alcanzar ese puesto tan pronto, con veintinueve años recién cumplidos.
–Como sabés, me voy a fin de mes –continuó Carmela, tomando el ejemplar que estaba sobre la mesa y hojeándolo al azar–. Los dueños me dieron carta blanca para que elija a quien me va a reemplazar. Aparte de la indemnización, fue lo único que les pedí. Pensando en vos, claro.
Carmela sonrió al recordar el día en que Raquel había aparecido solicitando empleo. Una joven sencilla, delgada, de pelo lacio, ojos tan soñadores como incisivos, estudiante de Letras y de Gestión, además de que trabajaba para costearse la carrera universitaria. En aquella ocasión, Carmela la observó, le hizo algunas preguntas y rápidamente se dio cuenta de que estaba ante una muchacha precozmente conocedora de los autores más importantes del mundo, en especial de América Latina. Y se asombró al advertir que siempre ilustraba cada libro con alguna cita de este, como si fuera un obvio resumen, la frase que disparaba y concentraba toda la trama. Sorprendida, Carmela no sabía que aquellas frases eran las que Raquel retenía de los libros abiertos al azar durante los juegos literarios de su infancia. La joven tenía esa deuda secreta con su abuela Cleide. De esta manera, Carmela se convenció de que no podía elegir una mejor empleada para su librería. El Ateneo abrió en 2001, después de que el grupo para el que trabajaba había recuperado un glamoroso edificio ubicado en Barrio Norte, proyectado por los arquitectos Peró y Torres Armengol, construido a principios del siglo anterior y que, durante décadas, había funcionado alternativamente como teatro y como cine, y que estaba a punto de ser demolido. A la directora le pareció extraña la vacilación de Raquel.
–¿No me vas a hacer quedar mal, no?
–No, claro que no. De verdad es lo que siempre soñé… Estoy muy agradecida de que me des esta oportunidad. Solo tengo que arreglar algunas cosas con Marcelo.
La directora conocía al novio de Raquel, y no podía decir que le tuviese un gran aprecio. Le constaba que había sido un brillante estudiante de Programación Informática, de los mejores que cualquier universidad argentina había tenido. Pero no le perdonaba el hecho de que no hubiera leído ningún libro de Borges, o que desdeñara, sin haberlos siquiera hojeado, a Neruda, Hemingway o Galeano, autores que, según Marcelo, escribían sobre mundos irreales y sin interés alguno para sobrevivir o enriquecerse.
–¡Mañana dame la respuesta, por favor! Quiero dejar todo resuelto lo más rápido posible.
Antes de cerrar la puerta de la oficina del tercer piso, Carmela la miró fijo una última vez. Raquel entrevió en sus ojos una especie de súplica. Cuánto habría deseado responderle que sí de inmediato, darle un abrazo y agradecerle la oportunidad con la que siempre había soñado. Respiró profundo, le dio un vistazo al reloj de pared y decidió dar un paseo por la ciudad y visitar a la abuela, allí cerca. Era la hora del almuerzo, así que disponía de tiempo para ella.
Salió del edificio ubicado en avenida Santa Fe 1860, tomó hacia la derecha y no demoró en llegar a Callao, una de las principales arterias de la ciudad. Caminó hacia la izquierda, hasta llegar a la frondosa calle Vicente López; más adelante, dobló a la derecha, hacia Junín. En la esquina, del muro formado por una infinidad de ladrillos macizos pendía un antiguo farol de calle, negro y doblado sobre sí mismo, como para recordarles a los vivos que debían inclinarse ante su efímera condición. Raquel no dejó de sonreír, rememorando que la abuela siempre le decía que la vida y la salud eran una condición transitoria en el camino hacia la Recoleta o la Chacarita, los dos cementerios de la ciudad, donde apenas quedaba el recuerdo de las glorias y las miserias de algunos, y el olvido de quienes no habían dejado casi huella en el mundo.
Sobre la muralla, algunas cruces anunciaban la ciudad de los muertos, quienes la habitaban como si de una urbe medieval se tratara. Raquel suspiró y caminó hasta la entrada del cementerio, formada por un monumental conjunto de cuatro columnas, unidas por la frase que daba la bienvenida a los féretros que jamás saldrían de allí: Requiescant In Pace.
Una horda de turistas asiáticos, capitaneada por una guía, estaba ingresando al cementerio. Por eso, decidió pasar previamente por la basílica de Nuestra Señora del Pilar, ubicada en la esquina de la necrópolis que, en un tiempo, había integrado el convento de los franciscanos recoletos, y de la que toda la familia de Raquel siempre había sido devota, igual que ella, que aspiraba a casarse allí algún día. Después de decir sus oraciones, salió del templo y dobló hasta la entrada del cementerio, que se había transformado, más que en un lugar de descanso, en un ir y venir de toda clase de gente.

Unos dos días antes de entrar en su sueño eterno, su abuela la había llamado. Su rostro reflejaba la serenidad de quien tenía el control sobre sí misma y sobre la vida. Abrazó a su nieta, se lamentó por la pila de libros que aún no había leído y la estrechó contra sí, con extraño buen humor.
–Guardá esos libros, espero tener oportunidad de leerlos cuando regrese en el próximo viaje de mi alma.
–¡Abuela! ¿Qué decís?
–¡Ah, olvidate! Pienso que no cumplí todas las misiones que tenía en esta vida, tal vez deba volver –y abrazó a la nieta, con cariño y con los ojos humedecidos–. Cosas de una vieja que ya no tiene otra cosa en qué pensar.
–¡Por favor, abuela! Siempre bromeando. Ya sé que me querés pedir alguna cosa. ¿Una de las golosinas que el médico te prohibió? ¿Algún libro nuevo que descubriste en internet? –bromeó, reconfortada con el delicado aroma de la fragancia Jicky, de Guerlain, la preferida de la abuela.
–Sí, ya me conocés. Tengo un pedido, pero no es lo que pensás.
–Entonces, ¿qué es? –preguntó con suma curiosidad.
La anciana sacó un papel de entre medio de un libro y se lo entregó a su nieta. Se podía ver que había sido cortado a mano, y estaba escrito en una tinta antigua. Raquel lo tomó y se quedó mirando las letras redondas, bien definidas y claramente femeninas. Leyó en voz alta: “Mi hija es Cleide y es tan bella que solo la puedo comparar con las flores doradas. ¡En ellas, como en un espejo, encuentro su imagen repetida!”.
–¿Tu madre escribió esto, abuela?
–Sí, y de su puño y letra. Adoraba escribir.
Raquel sonrió. La abuela nunca había hablado abiertamente de su madre, pero sabía que había sido una suerte de heroína, ferozmente perseguida en España, y que, antes de llegar a Buenos Aires, se había refugiado en Portugal. Raquel no tenía certeza de cuáles eran las verdaderas razones de semejante persecución, aunque vagamente las asociaba a ideas políticas o a algún problema judicial.
–Querida, mi madre, tu bisabuela, fue una mujer extraordinaria, que me dejó una pesada herencia que siempre guardé en el corazón, con la vana esperanza de poder reunirme con ella en paz, donde Dios la tenga.
–¿Qué querés decir, abuela? –preguntó la nieta, con cierta inquietud en la voz.
–No te preocupes. Cosas del pasado –respondió apuntando al papel arrugado–. Quiero que en mi epitafio pongas esa frase. Será mi homenaje a mi querida madre.
Raquel se había detenido en las letras redondas, cuando volvió a escuchar la voz de la abuela.
–Otra cosa, la semana próxima, cuando tengas un tiempo libre, pasá por acá. No puedo irme sin contarte algunos secretos de nuestra familia.
–¿La semana que viene, abuela? –preguntó Raquel, recordando el viaje a Montevideo que tenía previsto con su novio.
–Sí, la semana que viene…

El cementerio de la Recoleta siempre le había parecido una ciudad dentro de la otra. Una urbe espejo de las vanidades humanas. Vagamente recordaba que alguien la había denominado la “Venecia de Buenos Aires”, con sus palacios de mármol blanco, sus portones negros y dorados, y sus callejuelas laberínticas; y no debía de estar muy equivocado. Mientras buscaba el sitio entre las familias, los turistas, los empleados y los visitantes circunstanciales, Raquel se sentía observada por aquellas estatuas de imponente teatralidad, por las almas de sus ricos habitantes, que acechaban desde los voluptuosos panteones, envidiando la vida que corría por las venas de los visitantes. A medida que las majestuosas construcciones, que competían denodadamente con sus vecinas para ver cuál ostentaba el mayor lujo funerario, dejaban pasar algún rayo de sol, se veía a sí misma atravesada por sus luces y sus sombras. Gente que había peleado en vida estaba ahora en pacífica vecindad.
Pasar la eternidad en la Recoleta era algo que cualquier prócer o nuevo rico ansiaba. Algunos incluso le habían ofrecido sumas impensadas por el sencillo panteón de la familia, con el propósito de demolerlo y edificar uno nuevo, con sus oscuros apellidos grabados en la puerta, en letras doradas y enormes.
A unos doscientos metros de la entrada se aglomeraba un grupo de neozelandeses. Raquel vio las caras decepcionadas, porque seguramente habían imaginado que la bóveda que llevaba la inscripción Familia Duarte debería haber sido más suntuosa. Pero el sepulcro que guardaba los restos mortales de Eva Perón, en su época la mujer más amada y odiada de la Argentina, era apenas un sencillo mausoleo de granito pulido, con una puerta de bronce y una cruz latina en el centro, y un brasero, símbolo de la eternidad, en la parte superior.
La tumba de Cleide se encontraba en las inmediaciones. En la misma bóveda también se hallaban sepultadas su madre, Marcela, y su tía Elisa. Sobre el mármol se destacaba una bella corona de metal con una Virgen María de cabeza radiante sosteniendo al Niño Jesús, y una figura femenina a cada lado, mirándose, como si pretendieran permanecer eternamente una en los ojos de la otra. Raquel reconoció en ella a Nuestra Señora del Pilar, protectora de varias de las generaciones femeninas de la familia, que en su momento Cleide había colocado en su sepultura, tal vez queriendo, en el futuro, verse también beneficiada por sus bendiciones.
La joven se puso los auriculares para que no la perturbara el ruido del entorno, en especial el griterío de los turistas. Se arrodilló ante la bóveda y rezó por el alma de su madre, de su abuela, de su bisabuela y de la tía Elisa. En especial, le agradeció a Cleide por todo lo que le había enseñado, y que ahora le permitiría alcanzar lo que más deseaba, a pesar de que no había supuesto que sucediera tan pronto. Imaginó algunos proyectos para la librería mediante el empleo de las nuevas tecnologías. Ideas no le faltaban. Rezó también por Carmela y por su madre. Finalmente, se sintió satisfecha y plenamente reconfortada. Pensó que la vida era una sucesión de acontecimientos, a menudo imprevistos, para los que no siempre los seres humanos se hallaban preparados. La desgracia de unos podía convertirse en la suerte de otros, y viceversa.
Por último, recordó el día del funeral. Sophie, a quien Cleide llamaba por el curioso sobrenombre de “la Franchuta”, había viajado especialmente desde su residencia en Mendoza, en las laderas de la cordillera de los Andes, muy cerca de la frontera con Chile. La familia había llevado a la centenaria mujer en una silla de ruedas. Raquel se acordaba bien de la serenidad con que la anciana se había despedido de la abuela, con una sonrisa en los labios y unas palabras murmuradas, que solo ella había escuchado: “Nos divertimos mucho, mi querida diva”.
–Disculpe, ¿usted era amiga de mi abuela?
La anciana, con las manos y los labios temblorosos a causa del Parkinson, miró a Raquel y de inmediato reconoció en ella los rasgos de su amiga.
–¡Vos sos Raquel, no podés engañar a nadie! Ella me habló mucho de vos. Bella, inteligente y seductora, como la querida Cleide. Ay, hija mía, si supieras los secretos que hoy se entierran… –Dos tímidas lágrimas se formaron en los párpados inferiores de Sophie, hasta que brotaron y se deslizaron lentamente por su rostro, para morir en los labios, que a pesar de todo no perdían la sonrisa–. Fuimos muy felices, ¿sabés? E infelices también… Pero la infelicidad era siempre la antesala de la felicidad… Hermosos tiempos aquellos…

Embargada por el recuerdo –y con los ojos también humedecidos–, Raquel leyó nuevamente el epitafio que había hecho grabar en una placa de bronce, en el pequeño espacio que servía de separación de la lápida vecina: “Mi hija es Cleide y es tan bella que solo la puedo comparar con las flores doradas. ¡En ellas, como en un espejo, encuentro su imagen repetida!”. Sonrió, sintiéndose, sin entender por qué, ligada al alma de esas mujeres que la aguardaban ahí mismo. Entretanto, un rayo de sol se coló por entre los ángulos de una cruz ubicada sobre la cúpula de una bóveda que estaba más atrás. Por un momento, entre el juego de luces y sombras, le pareció entrever dos lucecitas y, en medio de ellas, el rostro de la abuela que le guiñaba un ojo. Para ver mejor, se refregó los párpados, pero ya no distinguió nada. “Bromista, como siempre”, pensó.
De pronto, notó que sonaba su teléfono celular. Lo sacó de la cartera y al leer el mensaje, tragó saliva:
Amor, ya estoy en Buenos Aires. Hoy a la noche voy a tu casa. Tenemos cosas urgentes que resolver. Besos. Marcelo.
2 
La Coruña, 1901
Mario cruzó la plaza de María Pita con tantas dudas como certezas. La certeza de que amaba a Marcela y de que haría todo lo necesario para cumplir la promesa que le había hecho días antes en Dumbría. No paraba de escribirle cartas en las que le juraba su apasionado amor. El amor que habría de unirlos para siempre. Era muy consciente de la necesidad de escribirlas. Finalmente, había llegado el momento que tanto había esperado.
Aspiró profundamente el habano que había comprado en la mejor tienda de tabaco importado de la ciudad y tosió varias veces por la aspereza del humo en la garganta; quien reparara más en detalle, habría percibido que no podía ocultar el nerviosismo que lo atormentaba. Prosiguió la marcha y miró de soslayo hacia la izquierda. Allá estaba la Escuela Normal. Sonrió levemente. Los recuerdos lo serenaron. Allí, nada menos que en el despacho de Joaquina Otaño Ermida, la enérgica directora a quien asistía en las tareas administrativas, le había dado el primer beso a la mujer que amaba. En ese momento, él tenía veintitrés años, y Marcela, dieciocho. Recordaba perfectamente el asombro y el estremecimiento con que ella había recibido aquel insólito beso, después de tantas charlas de fin de jornada y de los largos paseos a pie hasta la Torre de Hércules, que habían ido entretejiendo ambos corazones sin que ninguno de los dos lo percibiera. La súbita entrada de la directora en el despacho había cortado el arrebato de Mario y la perplejidad de la joven Marcela, que, asustada, pretendía explicaciones. Y él tenía tantas para dar. Sin embargo, en aquel momento, los pesados pasos en el piso crujiente que anunciaban la llegada de la directora no permitieron que se las diera. Pero al final del día fueron corriendo a la playa del Orzán y la revelación nació con el ocaso. A partir de entonces, del mundo que imaginaron y del pacto que celebraron, nunca más volvieron a ser los mismos.
El recuerdo le apaciguó el alma. Se detuvo en una tienda de espejos, donde se alisó el bigotito que le sombreaba el labio superior, se arregló el cabello, cortado recientemente, se acomodó el traje oscuro y echó un vistazo al reloj. Eran las once de la mañana, como se apresuraron a confirmar las campanadas de la iglesia de San Jorge. Pensó en el padre Berasaín, el jesuita que Marcela le había recomendado para aquella misión, y que había sido confesor de ella en la infancia. Y de las certezas regresó a las dudas. ¿El jesuita habría logrado convencer al padre Víctor Cortiella de sus propósitos?
La iglesia de San Jorge, a un lado de la plaza de María Pita, se apareció imponente, adelante, donde despuntaban varias construcciones a medio terminar, en el margen del rectángulo que formaba. El prelado ya estaba esperando, apoyado en el umbral, acompañado por un joven acólito. Era fácil reconocerlo: la larga sotana oscura y la calva que le cubría la mitad de la cabeza no dejaban lugar a dudas. El párroco, en cambio, era un hombre de su edad, tal vez algo mayor, de rostro redondo y con un aspecto aparentemente afable.
–Presumo que eres Mario Sánchez –se presentó el sacerdote, dando dos pasos al frente, con la mano derecha estirada para el saludo de cortesía.
–Mario Sánchez Loriga, a sus órdenes –respondió con un acento extraño, pero que no pareció sorprender al sacerdote, sino todo lo contrario, porque este se sonrió.
–¡¿Así que regresaste de tierras de Su Majestad?!
–Es verdad, padre Víctor. Y no imagina la nostalgia que sentía. ¡No hay nada como nuestra amada tierra!
–¡Ahora me cuentas todo! Berasaín me pidió que te recibiera. Tenemos una hora hasta la misa de mediodía. Tal vez un poco menos, pues todavía debo investirme y dar una ojeada a las lecturas del día.
Mario sonrió, diligente. El tiempo que tuviera para la charla era lo de menos, mientras consiguiese convencer al padre de sus objetivos.
–Vamos hasta la sacristía, allí estaremos más cómodos –indicó, concluyendo con una orden dirigida al acólito–: ¡Javier, ve a Oficios Varios a ver cómo andan las cosas!
El muchacho salió dando grandes zancadas, después de mirar a Mario de arriba abajo, con los ojos entrecerrados, como buscando algún recuerdo en su memoria. Mario arrojó el cigarro al piso y lo apagó vigorosamente con el zapato, no sin antes largar la última voluta de humo al aire primaveral, mientras pensaba que el rostro del acólito no le era del todo desconocido. En la esquina, lo vio desaparecer, se alisó el modesto bigote con el índice y el pulgar de la mano izquierda, para no impregnarlo de la nicotina que tenía en la derecha, y siguió al clérigo.
–¡Siéntate, por favor! Esa silla es vieja, pero bastante cómoda –lo animó Cortiella, indicando un asiento con un almohadón rojo.
Después, el clérigo se acomodó enfrente de Mario, en otra silla de apoyabrazos más grandes.
–Bien, ¡cuéntame tu historia!
–Una triste historia, padre. Nací el 8 de septiembre de 1869, en la calle Perillana, a las ocho de la mañana.
–¿Y no te bautizaron? –preguntó el cura, yendo directamente al grano, a sabiendas de que aquella era la principal preocupación de su visitante.
–Como le expliqué al padre Berasaín, ese sacramento no me fue concedido. Cuando nací, mi padre ya había fallecido. Nunca lo conocí.
Mario detuvo la explicación, mostrando un semblante apesadumbrado. Le entregó a su interlocutor un certificado de defunción y sacó un pañuelo del bolsillo, con el que se secó la parte inferior de los párpados. Víctor Cortiella analizó el documento en detalle antes de devolvérselo al recién llegado. Era una situación a la que nunca se había enfrentado con anterioridad; por eso, debía cumplir con todas las formalidades.
–¿Y tu madre no te bautizó?
–¡Así es! Poco después, mi madre se casó con un súbdito inglés, el profesor Dodds, que profesaba el protestantismo. ¡¿Lo ve, padre?! En verdad, se decía que durante la enfermedad de mi padre fue él quien le dio a mi madre apoyo y dinero para pagar los médicos y los medicamentos. Y no se lo recrimino. ¡Pobre mamá! Luego, comencé a darme cuenta de que ambos habían empezado a sentir un gran afecto mutuo, y que el señor Dodds hacía todo para agradar y complacer a nuestra familia. La religión fue el precio que hubo que pagar. Pero, en el fondo, siempre supe que mi madre era una verdadera católica. A veces, la veía visitar en secreto las iglesias católicas de Londres y refrenar los deseos de mi padrastro cuando este pretendía que yo me inclinase por el protestantismo.
Víctor Cortiella recordó que, hacía unos seis años, había advertido al Arzobispado de Santiago de Compostela acerca de las crecientes actividades de los evangélicos en la capilla que habían recuperado en la plaza Pontevedra. Aún no pasaban de cien, pero al párroco le preocupaba la seducción de la doctrina herética, que había contaminado las almas de varias alumnas de la Escuela Normal e incluso se acordaba de que una profesora del barrio de Monte Alto terminaba las clases con cánticos protestantes. Era un tema que seguía con atención y cuidado, y por eso debía cerciorarse de las buenas intenciones de ese nuevo candidato a la recta doctrina. No fuera él, por casualidad, un espía o incluso un mercenario.
–Solo viví en La Coruña hasta los ocho años, cuando mi padrastro se mudó a Londres con mi madre. No tuve otra alternativa. Allí trabajé en la fábrica de un hermano suyo. Siempre me trataron bien. De vez en cuando, volvía acá para visitar a mi familia, especialmente a mi tía Joaquina y a mi hermana Elisa.
–¿Y hace cuánto tiempo que regresaste definitivamente?
Mario tomó un pañuelo y se secó la transpiración del rostro y de las manos. Iba a responder, pero primero tuvo que tragar en seco porque le falló la voz. Finalmente, prosiguió:
–Hace cuatro años. Fui a vivir a casa de Elisa. Ella es mayor que yo y nunca abandonó la fe católica. Dio clases en varias escuelas gallegas, la última de ellas en Calo, en el municipio de Vimianzo. Además, jamás salió de Galicia. No fue con nosotros a Londres, se quedó en casa de la tía Joaquina para asistir a los cursos.
–¿Y puedo hablar con Elisa?
Mario curvó los labios, volvió a tragar saliva y a mostrarse apesadumbrado. Nuevamente se alisó el bigote y se aclaró la voz, mientras desviaba la vista a la derecha, hacia un punto imaginario en el techo.
–Lo lamento, padre Víctor. En este momento es demasiado tarde. Hace poco partió para La Habana, en el vapor Alfonso XIII.
Aunque el sacerdote notaba el nerviosismo del hombre, recordó haber leído algo sobre el asunto.
–Lo sé, leí la noticia de la partida del navío en La Voz de Galicia… Varios de mis feligreses también emigraron. La vida aquí no está fácil, con las huelgas de los trabajadores por la suba de los precios de los alimentos más básicos.
El año anterior, Víctor Cortiella había predicado desde el púlpito, con cierto grado de coraje, a favor de las peticiones de las asociaciones de tipógrafos, pintores, carpinteros, zapateros, albañiles y panaderos al Ayuntamiento para que se aboliera el impuesto a los productos de primera necesidad, cuya concesión terminaría al final de ese año.
–Vi a muchos huyendo a las Antillas, hambrientos. Apenas comían pan, y no siempre blanco y bueno. El precio de la carne aumentó, igual que el pan, el petróleo, el aceite, las papas… En fin, esto va a terminar mal –se lamentó el párroco, que incluso había tenido algunos disgustos a raíz de sus palabras, que subrepticiamente habían llegado a oídos de las autoridades religiosas y políticas.
Conocía muy bien la carestía y el hambre de los trabajadores, que se alimentaban con sopa, pan, o con el miserable compango, apenas un tentempié de pan con tocino, bacalao o sardina, si estaban baratos. En aquel momento, seguía alentando a los pobres trabajadores coruñeses que se agrupaban en el Sindicato de Oficios Varios a través de su acólito, que hacía de discreto intermediario.
Mario asintió con la cabeza, y se refirió a algunas de las manifestaciones obreras y motines que había visto en la ruta.
–Pero hablábamos de Elisa. ¿También se fue por la falta de trabajo?
–No exactamente –respondió Mario, ruborizándose ante aquella pregunta que no tenía prevista–. Elisa es una excelente maestra de escuela primaria. Tenía trabajo aquí y lo tendrá en Cuba, mucho mejor remunerado, por cierto. El problema fue otro: su salud. Estaba sumamente delgada y débil. Se pensó que tenía tuberculosis. Por cautela, los médicos le aconsejaron que cambiara de clima.
–Mmmh… Entiendo –Cortiella se rascó la calva, contrariado por la falta de una prueba tan esencial para el candidato a bautizarse.
Al verlo dubitativo, Mario continuó rápidamente:
–Pero a ella le debo lo más importante de mi vida. A lo largo de estos años, la convivencia con mi hermana y con Marcela, otra maestra con quien ella vivía y que despertó en mí el amor, me hizo regresar a la recta religión. Deseo profundamente casarme con Marcela, padre Cortiella… ¡Muchísimo!
–Comprendo. Y para eso precisas estar bautizado.
–Exactamente. Nuestras leyes no dejan alternativa. Pero crea que lo hago como opción de vida, pues, en mi corazón, siempre
me mantuve fiel a la doctrina de mi padre y de mis abuelos. ¿Me puede ayudar, padre?
Víctor Cortiella se rascó nuevamente la coronilla. Le parecía extraño no haber oído jamás hablar de aquella historia, a pesar de que conocía de vista a parte de la familia, que frecuentaba otra iglesia de la ciudad. Y el cuento de Londres le parecía algo tirado de los pelos. Pero pensó que, como la sabiduría ancestral decía, Dios escribía derecho en renglones torcidos, por eso, más allá de algunas omisiones o distorsiones, si la Divina Providencia había guiado a aquella alma hasta él, algún designio tendría planeado.
–Existen algunos obstáculos a superar. Solo es posible bautizarte a los treinta y un años, después de que los hechos que me contaste sean comprobados por el Arzobispado de Santiago de Compostela. Y tienes que aprender el catecismo.
–Y desde luego que lo haré con mucho gusto. Como debe imaginar, en Londres, rodeado de protestantes y ateos, nada me hacía rememorar a nuestro Dios. Pero deseo aprender, beber en las fuentes del catolicismo, la verdadera religión de mi patria. Quiero que las aguas del bautismo laven mi vergüenza. Además, la proximidad de mi hermana y de Marcela ya me ha iluminado. ¿Y usted, padre Cortiella, conoce Londres?
Mario entrevió un brillo en la mirada del sacerdote. Y mientras recordaba interiormente que Elisa y Marcela habían aprobado –la segunda con mejores notas que la primera– las materias de Doctrina Cristina e Historia Sagrada en la Escuela Normal, vio que el padre respondía afirmativamente, entusiasmado con el evocación de la visita que había hecho a la capital inglesa, después de terminar el curso de Teología y antes de ordenarse como presbítero. Había sido un obsequio de su padrino, también él un clérigo de mucha influencia en la diócesis, el que le había dado la posibilidad de conocer las ciudades europeas más importantes. Mario balbuceó algunas palabras en inglés y Cortiella respondió, divertido y orgulloso de sus conocimientos.
–¿Dónde se hospedó en Londres?
–En Picadilly.
–¿Sí? ¿Cerca del Hotel Italiano?
–Precisamente en ese hotel.
–¡Qué coincidencia! ¡Muchas veces estuve allí con el hermano de mi padrastro!

Desde la esquina del atrio de la iglesia de Santa Baia, en Dumbría, Marcela percibió el polvo que levantaban los caballos y la diligencia, que venían de la ciudad herculina con pasajeros, mercaderías y el correo.
Detrás de ella, discretamente, apareció un hombre de unos cuarenta años, el hijo de un rico aristócrata y banquero de la región, que había pasado a dirigir, con notorio éxito, los negocios familiares relacionados con la banca, el transporte de pasajeros y la explotación agrícola. Dueño de una viril belleza, era sumamente apetecido por las jóvenes y las mujeres solteras de las buenas casas de la región, que lo deseaban como consorte desde que había quedado viudo, tres años antes, sin tener hijos.
–¿Esperas otra carta de tu enamorado secreto?
Marcela se estremeció del susto y se ruborizó. Para recomponerse, comenzó a abanicarse.
–Buenas tarde tenga usted también, don Antonio. Sí, eso hago. ¿Y usted también espera correspondencia?
–¿Qué sucedió, Marcela? ¿Por qué me rechazaste así, sin ninguna justificación? Y tutéame, por favor, como habíamos quedado.
La maestra tragó saliva y dirigió la mirada al piso, sin responder.
–Creo que merezco una explicación. Estoy sumamente triste y decepcionado, pero dispuesto a comprender y a perdonar, si me das una buena razón, ahora que esa mujer se ha ido.
Marcela respiró profundamente, manteniéndose con la mirada baja y en silencio.
–¿No respondes nada? ¡Sabes muy bien que esa mujer era una mala influencia para ti! ¡Dónde se ha visto tanta cercanía! Apuesto que fue ella la que hizo de prisa ese arreglo con su hermano inglés, solo para alejarte de mí.
–Don Antonio, por favor…
–Sabes bien que es verdad. Incluso el pueblo estaba harto de ella. ¡Parecía que no tenía vida propia! ¡Conseguirse un macho y hacer su vida es lo que debería haber hecho! Por eso, creo que merezco una explicación.
–No hay nada que explicar, don Antonio. Lamento haberlo hecho ilusionar acerca de una futura relación, pero no debió olvidar que estaba de novia…
–¡¿De novia?! ¡¿De novia con un extraño?! ¡¿Con alguien que nadie ha visto jamás?! ¿Del que nunca me hablaste, ni siquiera cuando te besaba?
–¡Don Antonio, por favor! ¡Alguien puede oír! –lo interrumpió la maestra, ansiosa, mientras se protegía el vientre con la mano.
–¡¿Que alguien puede oír?! ¿Y qué hay de malo en que nos oigan? Todo el mundo sabe que me gustas y que fui personalmente a La Coruña a pedirle tu mano a tu bendita madre. Y para saber si podía contar con ella para ayudarte a cambiar de opinión. Fui a solicitarle su consentimiento para desposarte, querida…
–¡El amor no se compra ni se obliga, don Antonio!
–¡Sé que no! Pero si hay gente loca, capaz de matar para evitar nuestra relación, yo no me voy a quedar sentado. Recuerdas bien lo que sucedió después de que regresaste a mi casa para darle clases de Gramática a mi sobrina menor, ¿no es cierto?

Marcela recordó aquel episodio de principios de abril, en casa de don Antonio de Traba. Luego de terminar de darle la lección a la niña, cuando ambos pensaban que pasaría una hora y media en catequesis, la pequeña regresó más temprano, porque el cura estaba enfermo. La sobrina los encontró en la cama, en la habitación de don Antonio. Y a pesar de las amenazas del tío, en poco tiempo todos los compañeros se enteraron de lo sucedido y el asunto se convirtió en el tema predilecto de los lavaderos públicos de la aldea y de las charlas junto al fogón. Y, una o dos semanas más tarde, llegó también a oídos de Elisa, la maestra de la parroquia de Calo, a quien los vecinos llamaban “el Civil”, por su aspecto viril y su carácter un tanto tosco. Además, todos sabían que cuando Elisa iba a Dumbría a pasar los fines de semana con la maestra Marcela, lo hacía portando lo que llamaban “el despertador”, un revólver siempre listo para disparar. Y también llevaba un puñal y una navaja, escondidos debajo de las ligas.
Y con ese mismo revólver y después de recorrer al galope los once kilómetros que la separaban de Dumbría, Elisa se presentó frente a la casa de don Antonio y lo desafió a duelo.
–¡Si eres hombre, acepta un duelo! ¡Sabes que Marcela está de novia y buscas seducirla y manchar su nombre! ¡Esto debe limpiarse con sangre, cretino!
Don Antonio les pidió consejo a su padre, al médico Pomar y al sacerdote de la aldea. Y todos fueron terminantes en disuadirlo de aceptar el duelo, algo que era una ofensa para la ley divina, pues semejante tradición, ya fuera de uso, según su parecer, solo se podía llevar a cabo entre hombres.
–¡Esa mujer está loca! Cuando alguien se mete con su amiga parece un toro embravecido. Pero no vamos a manchar el nombre de la familia con su sangre. Hay otras maneras de resolver la cuestión, hijo mío.
Don Antonio renunció al duelo a disgusto, ya que habría preferido sacar a Elisa de su camino y que este le quedara libre para desposar a Marcela, como pretendía.
Sin embargo, no tenía idea del elaborado plan que las dos maestras habían concebido, cuando se dieron cuenta de que él estaba decidido a casarse con Marcela y que, con su poder y su influencia, las podía poner en peligro. Desafiar a la familia Traba era el camino directo hacia la desgracia.
En ese contexto, el plan que urdieron para hallar una salida diferente de la que inicialmente habían previsto era arriesgado. Pero el pacto estaba sellado y debían llevarlo hasta el fin.
La relación con don Antonio no había sido pacífica para ninguno de los dos. Marcela se resistía como podía a la seducción de las palabras de ese hombre diestro en el arte de conquistar, y a veces su espíritu dudaba, deslumbrado por las riquezas que él le exhibía con disimulada discreción. Solía ruborizarse, con remordimiento, cuando se descubría a sí misma admirando los rasgos rectilíneos de aquel rostro, y él la atrapaba con una sonrisa que la desarmaba. El aristócrata, por su parte, pasaba las noches enteras imaginando la forma de convencerla de sus propósitos. Y siendo el juego de seducción de resultado imprevisible, este se inició despacio y, poco a poco, fue haciendo que Marcela comenzara a vacilar respecto de la opción que debía elegir. Después de todo, ese era el camino normal en la vida de toda mujer: encontrar a un hombre y casarse. ¿Y qué más podría desear, cuando el hombre más poderoso de la región quería desposarla?
La relación entre ambos continuó y los recíprocos juegos de seducción, las palabras dulces, las sorpresas y los obsequios no se hicieron esperar, hasta que, una tarde de primavera, ella, incapaz de negarse, se dejó llevar hacia la blancura y el calor de las lujosas sábanas del cuarto de don Antonio y permitió que la carne de él se fundiera con la suya, como desde la Creación lo han hecho hombres y mujeres, por pasión, necesidad física o instinto de procreación.
Al final, mientras don Antonio sonreía, feliz de haber consumado su conquista, Marcela corrió al cuarto de baño, se miró al espejo y vio allí a una mujer con los cabellos desordenados y los ojos vacíos y húmedos. No se reconoció. La imagen le pareció un espectro de sí misma. Percibió que un torbellino le removía las entrañas y le perturbaba la razón. Puso la mano entre sus piernas y por primera vez sintió la viscosidad seminal y algo de sangre que se escurría entre sus dedos. Estremecida, empezó a lavarse y a limpiarse frenéticamente. Finalmente, se acurrucó en un rincón y comenzó a llorar, en silencio. Acababa de tener relaciones con alguien a quien no amaba. Y se dio cuenta de que por sus venas comenzaba a correr el intenso veneno del remordimiento.
El fin de semana siguiente, cuando Elisa regresó, no le contó enseguida su vergüenza. Ya se había arrepentido mil veces ante la imagen de santa Baia, en la iglesia. Pero su amiga advirtió que estaba rara, con la mirada perdida y que no escuchaba las preguntas que le hacía. Después de mucho insistir, Marcela, llorando, le confesó la verdad. Enfurecida, empuñando el revólver y a los gritos, Elisa no tardó en llegar hasta la puerta del pazo de los Traba, a retar a duelo a don Antonio, para lavar la honra de su hermano, que no se encontraba allí para poder defenderse.

–Lo recuerdo, don Antonio. Lo recuerdo bien. Pero lo que sucedió en aquella ocasión fue un error.
–No, Marcela. No hay errores en el amor. Yo te amo perdidamente. Tal vez sea débil al confesarlo así, de manera tan abierta. Pero no escondo lo que siento. Si no hubiera sido por mi padre y los demás, habría aceptado el duelo. Y todo estaría resuelto.
–¡Ay, Jesús, don Antonio! Eso ya no se estila… Y, además, alguien habría muerto. O estaría preso.
Marcela se quedó helada ante la posibilidad de que Elisa hubiese muerto de aquella forma. A pesar de saber que se había entrenado en el uso de armas para defenderse de los peligros de los caminos en aquellas tierras tan distantes de la civilización, siempre debía convencerla de refrenar su espíritu. Tener los nervios a flor de piel podía costarle la vida y echar por tierra todos los sacrificios por los que ya habían pasado.
–No habría sido la primera vez en mi familia. Y siempre salimos victoriosos. Sé muy bien cómo ganar un duelo. Y entre nosotros, el valor más importante es el honor. La prisión no dura para siempre en casos como este, principalmente cuando se tienen relaciones importantes. Recuerda bien lo que te digo: para mí, el honor está por encima de todo. Y siempre haré lo necesario para preservarlo en mi familia, por más extraña que parezca la forma de defenderlo.
–¿Esa es una amenaza, don Antonio? –preguntó la maestra, temerosa y sintiendo unas náuseas que la aturdían.
–No es una amenaza. Es una certeza –respondió él, bajando la vista hacia el vientre de Marcela, mientras los caballos empezaban a relinchar, una diligencia detenía su marcha, produciendo una nube de polvo, y un ruidoso grupo de chiquillos se aproximaba para acariciar y admirar a los animales. Marcela se sonrojó al mismo tiempo que se estremecía. ¿Qué quería decir don Antonio? ¿Qué sabía o qué sospechaba?
Cuando el cochero le entregó la carta, Marcela vio que el padre de don Antonio bajaba del carruaje. Sabía que había llegado de La Coruña, donde también había visitado a su madre. El humor del anciano don Manolo de Traba se puso peor que de costumbre al notar la presencia de la maestra, a quien le dirigió una mirada severa y cargada de desprecio. Aunque Marcela no tenía idea de lo que había conversado con su madre, no precisaba ser adivina para saber que esta le habría dicho que estaba profundamente en contra de la amistad de las dos maestras y, seguramente, hasta habría recordado que esa mala compañía había acelerado la muerte de su debilitado marido, Manuel Gracia Blasco, un valiente capitán de infantería en sus tiempos de gloria.
Pero muy probablemente su madre, de quien había heredado el nombre, no le hubiese contado al patriarca de los Traba que, no bien nació, en Burgos, y porque ella y su padre no estaban casados, la pusieron en un hospicio, donde jamás sintió el gusto de la leche materna ni conoció el cariño y el afecto de sus padres ni el calor del regazo materno. Allí creció luchando por sobrevivir entre las miles de enfermedades traicioneras que todos los días se llevaban a sus amigas a las estrellas, como le hacían creer, hasta que un día, con horror, descubrió que las sepultaban en el campo de atrás del hospicio, donde solía jugar. Jamás lo volvió a hacer, y a las novatas les dijo que aquel era el verdadero campo de las estrellas, adonde iban las niñas enfermas que nadie más volvía a ver, lo que le valió una enérgica paliza y una reclusión de un mes, que le impusieron aquellas mujeres feroces que dirigían el hospicio. Fue en esa ocasión cuando contrajo una neumonía que la dejó al borde de la muerte, y ni siquiera entonces los padres la fueron a ver para darle un beso o algo de afecto. Pero sobrevivió, igual que había resistido a todas las enfermedades que diezmaban a sus amigas.
“De eso tal vez no haya hablado mi madre”, pensó Marcela. Y, por el contrario, meditaba la maestra mientras caminaba apurada a su casa, de seguro le habría contado –para demostrar que la madre odiaba tanto a su amiga como ellas dos al rico padre de don Antonio– que ella y el padre, ya siendo una mujer hecha y derecha, la habían enviado, durante unos meses, a casa de unos familiares en Madrid, para que de una vez por todas terminara su amistad con Elisa. Marcela recién se había enterado de la decisión la víspera de la partida y, en medio de un ataque de nervios, le escribió a su amiga para contarle lo sucedido. El viejo debió hacer valer sus galones, intercambiar ácidas palabras y recurrir a lo mejor del glosario que había aprendido en el cuartel para impedir que Elisa se despidiera de Marcela, ante el temor de que ambas tuviesen un plan para huir del destino que le había impuesto a su hija.

Marcela miró hacia atrás y vio las dos siluetas a lo lejos, que doblaban la esquina en dirección a la casa. Su pensamiento volvió a don Antonio. “¿Será que el juego llegó demasiado lejos?”, se cuestionó. Habían sido días terribles, hasta convencer a Elisa de que no tenía que preocuparse de nada y que tan solo había cumplido el plan que ambas habían trazado, quizás arriesgando un poco más de lo debido. Pero Elisa estaba furibunda. No podía tolerar su infidelidad, aunque hubiese sido una sola vez. Habían discutido violentamente, a tal punto que los vecinos les habían golpeado la puerta.
Cuando se calmó, Marcela le confesó lo que la preocupaba.
–Elisa, estoy embarazada. No me vino la regla y tengo mareos. Y los pechos se me endurecieron.
La maestra se quedó muda, mirando a su amiga, con la mente nublada. Dio varias vueltas alrededor de la mesa, en un silencio sepulcral, llenó una jarrita con vino tinto de Berrantes y lo tomó de un trago, haciendo una mueca al final, mientras pensaba vertiginosamente en la noticia y sus consecuencias.
Marcela sentía miedo, el mismo miedo que la habitaba hacía más de una semana, desde el momento en que había tomado plena conciencia del estado en que se encontraba y con el que no sabía cómo lidiar. Finalmente, vio que su amiga se había sentado y lloraba compulsivamente. Se acercó y la abrazó. Elisa la abrazó también y se recostaron, tratando de dormirse juntas, una al lado de la otra, en posición fetal. Aunque no lo lograron, demasiado desconcertadas ante los acontecimientos.
–¿Te acuerdas de la primera vez que te vi?
–¡Claro que lo recuerdo! Fui a la oficina administrativa de la escuela y allí estabas tú, con una imagen tan bonita de la Virgen del Pilar frente a ti.
Elisa alzó las cejas al recordar el momento, cuando le explicó a Marcela que el pilar era, a fin de cuentas, una columna de jaspe que Nuestra Señora había dejado en la visita que le había hecho, antes de la Asunción a los Cielos, al apóstol Santiago, en Zaragoza. Se acordaba de que Marcela había sonreído ante la improbabilidad del acontecimiento, y también por lo bello de la leyenda y de la Virgen, a quien rezaba en los momentos de dolor en el hospicio de su infancia, cuando no le alcanzaban san José o santa Águeda, a quien había sido encomendada en su bautismo, recibido en aquel hospicio que tan malos recuerdos le traía.
–Sí, por eso te di ese bonito medallón de plata, con la Virgen en el centro, con su halo protector y el Niño Jesús en brazos, y dos ángeles protegiéndola.
–Nunca más me lo quité –respondió Marcela, acariciándolo con la mano derecha–. Pero no me parecen ángeles, tal vez sean dos “ángelas” –bromeó, acercando más su espalda al vientre de su amiga.
–Tonta, los ángeles no tienen sexo.
Luego de decir esto, Elisa permaneció en silencio por un rato. Finalmente, deslizó su mano sobre la delicada piel aterciopelada de su amiga, hasta alcanzar su vientre. Allí se dejó estar, acariciándolo como si protegiera algo sumamente precioso. Y en un susurro, repitió bajito: “Los ángeles no tienen sexo”. Y le besó suavemente los hombros y el rostro.
Marcela se enterneció y le retribuyó las caricias, besándole el cuello y lamiéndole los lóbulos de las orejas. Elisa se estremeció y se levantó incitando a Marcela a seguirla. Ya de pie, aproximó el brasero y comenzó a quitarle el camisón, despacio, mientras le mordisqueaba la piel. Bajó un bretel, después el otro, hasta que la dejó totalmente desnuda, y la abrazó. Del mismo modo, Marcela
le sacó la vestimenta a Elisa, mientras la acariciaba, de la forma que tanto le gustaba. Enseguida, comenzó a bajarle las ligas.
–No vas a necesitar esto, querida –le susurró al oído, mientras apoyaba el revólver en la mesa de luz, viéndola acompañar el movimiento con una sonrisa.
–No, tengo otras armas para ti.
Completamente desnudas, se abrazaron y se recostaron sobre las sábanas y los cobertores. Las manos de ambas enseguida buscaron la suavidad de la piel de la otra, deslizándose por los cabellos, bajando hasta los pezones, que se endurecieron en simultáneo, y luego hacia el vientre y los muslos, hasta que las manos descubrieron y entraron, sin prisa, como sabían hacerlo, en los montes de Venus, que se abrían generosos para recibirlas. Y a lo largo de las primeras horas de la noche repitieron aquel viejo ritual, como cuando se juntaban los fines de semana y en las vacaciones, con los cuerpos libres y abandonadas una a la otra, dejando que las manos, las lenguas y los atributos que Dios les había dado las llevaran a la conquista de los placeres que solo ellas conocían y deseaban, hasta que, extenuadas, se quedaban dormidas, una en brazos de la otra.
A la mañana siguiente, Elisa se levantó, preparó el desayuno y lo llevó a la cama, mientras esperaba que Marcela, perezosa, saliese del sopor nocturno. En verdad, Elisa se había despertado a mitad de la madrugada y no había logrado dormir más, por el miedo que, contrariamente a su carácter, la iba dominando.
–¿Qué te preocupa, querida? –preguntó Marcela, después de beber en silencio unos sorbos de achicoria, que se tomaba en reemplazo del café, mientras veía que su amiga estaba con el pensamiento ausente.
–Debemos apresurar el casamiento con Mario. Ahora, en tu estado, no hay otra posibilidad. ¡Vas a ser la comidilla de todos! Te van a crucificar en la plaza pública y te van a obligar a casarte con ese tonto de Antonio.
–¡No digas eso, Elisa! ¡No lo soportaría! Pero mira que él no es tan tonto…
–¡Por favor, Marcela! ¿Qué pasa? ¿Te gusta? –preguntó, con la sangre a punto de hervirle–. ¡Dime la verdad! ¡No hay lugar para dos…!
–Sin duda, es un buen partido para cualquier mujer. Pero a quien amo de verdad es a Mario, mi tontita –concluyó con una sonrisa enigmática–. Lo único que no sé es cómo puedo hacer para casarme con él.
–Tonta –replicó Elisa, con un enojo que se le fue disipando a medida que las ideas se reorganizaban en su mente–. Creo que yo sí.
–¿Lo sabes?
–Pasado mañana partiré en la diligencia para La Coruña y arreglaré todo con él. Está tan ansioso como tú –concluyó, con un guiño de complicidad.
–¿Y tú? ¿Qué será de la maestra Elisa, que les cae bien a tan pocos en esta tierra?
–Me iré a La Habana. Un vapor parte dentro de unos días para Cuba. Acá ya no hago falta. Verás que Mario te hará muy feliz. Lejos de aquí. Del otro lado del mundo, donde nadie conozca tu pasado. ¡Confía en mí, querida!

Si alguien les hubiese contado a los vecinos esta charla de alcoba, jamás le habrían creído. El domingo siguiente, los pobladores acudieron a la puerta de la casa de Marcela y la forzaron sin dudar, tan angustiantes y lacerantes eran los gritos que se oían en el cuarto. Hallaron a la pobre maestra de espaldas sobre un baúl y a su amiga Elisa apretándole el cuello con la mano izquierda y amenazándola con un hacha con la derecha. Hasta la cadena con el medallón de la Virgen del Pilar salió despedida, aunque, no bien los ánimos se calmaron con la llegada de los habitantes del pueblo, Elisa se apresuró en guardarla en un cajón.
La revuelta popular fue tan grande que nadie esperó a las autoridades. Echaron a Elisa de la aldea. Don Antonio, por su parte, recurriendo a sus trabajadores rurales, montó una estrecha vigilancia en todos los ingresos al pueblo. Elisa pasó a ser persona non grata en Dumbría. Mientras tanto, a pesar de las insistencias, Marcela no aceptó recibir a don Antonio en su casa ni fue a la de él para darle clases de Gramática a la sobrina, alegando que estaba muy cansada y avergonzada por lo sucedido. Y que tenía que prepararse para ir con su novio, pues no quería que él supiera de los trágicos acontecimientos de los que había sido protagonista. A partir de aquel día, a Elisa no se la volvió a ver nunca más en Dumbría. Corría de boca en boca que, por temor a la ira popular y a don Antonio, había emigrado a Cuba.

–¿Otra carta de tu novio? –preguntaron entre risas las mujeres del lavadero público, cuando vieron que Marcela regresaba de la diligencia.
–Sí, está muy feliz en La Coruña, preparando nuestro casamiento y la luna de miel.
Las mujeres sonrieron cómplices de la aparente felicidad de Marcela y también aliviadas porque ya no estaba cerca la sombra de Elisa, a quien, según decían, Marcela le tenía más miedo que cariño. Marcela era consciente de que cuanto les dijera a las mujeres del lavadero se esparciría como reguero de pólvora por toda la aldea. Por eso, les contaba pormenores acerca del noviazgo y del novio, que acababa de llegar de Inglaterra y que, a pesar de ser el hermano menor de Elisa y muy parecido a ella, era educado, culto y rico, y la llevaría de luna de miel a Portugal.
Marcela se quedó un rato más, para enterarse de los chismes, mientras la ropa sucia no paraba de lavarse.
–Y esa bruja, ¿qué se hizo de ella? ¿Desapareció finalmente?
–¿No saben? Partió en el último vapor para La Habana. ¡Ojalá que sea muy feliz en aquellas tierras!
–¿Feliz? ¡Que Dios me perdone, pero que la castiguen por todo el mal que hizo por acá! ¿Dónde se vio querer matar a nuestra maestra, una mujer tan bonita y delicada?
Marcela sonrió.
–Y llena de pretendientes. ¡Don Antonio de Traba, pobrecito! Dicen que anda hecho un despojo, porque le rechazó su pedido de matrimonio.
–Pero, cuidado, que él no es de quedarse quieto. Se dice que anda preparando alguna…
–¿Qué quieres decir? –preguntó preocupada la maestra–. Don Antonio no tiene por qué vengarse de mí. Nunca le prometí nada.
–No sé, no sé. Dicen que juró que va a pelear por lo que es suyo…
Marcela tragó saliva, se despidió apresurada y se fue a su casa, con la carta en una mano, la otra en el vientre y mirando en todas direcciones.
Mi novia querida:
Espero que te encuentres bien, por la gracia de Dios. Los días sin ti en La Coruña se hacen largos. Es como si a cada lugar que voy solo los recuerdos me castigaran por tu ausencia.
Hoy caminé por la plaza de María Pita, donde estudiaste y fuiste feliz. Donde paseé contigo y te besé a escondidas debajo de las arcadas en construcción. Todavía recuerdo al albañil que pasó justo después y nos asustó.
Ya hablé con el padre Berasaín. Tienes un confesor que te aprecia mucho y te manda saludos. Muy simpático y solícito, este jesuita. Me abrió las puertas y el corazón del párroco Cortiella, que ya inició los trámites para mi bautismo. No imaginas el asombro del hombre cuando notó que en una semana me había aprendido de adelante para atrás y de atrás para adelante el Catecismo de Astete, que él mismo me prestó, y le dije que tú fuiste mi maestra. Y es verdad, eres mi maestra en todo lo que me hace feliz, sobre todo en el arte de amar, por eso, no fue nada difícil ser catecúmeno de tan bella catequista.
También te quiero informar que ya tenemos madrina de casamiento: Jacoba Loriga, una prima lejana de mi pobre madre, un amor de mujer, que no se acuerda de mi nacimiento, pero que quedó muy conmovida al saber que, finalmente, tiene una familiar que no se olvidó de los pobres parientes que se quedaron aquí luchando por sobrevivir. Y por supuesto me encontró muy parecido a mi hermana, a quien no ve desde hace quince años. Lo único que no le gustó es que sea un hombre tan adicto al tabaco. Le tuve que contar que Elisa partió recientemente a La Habana, pobrecita, para ganarse la vida donde le dieran un trabajo y el cariño que tanto precisa. Y que este vicio del tabaco lo adquirí en Londres, donde está de moda y no hay hombre que se precie que no fume un buen puro.
Solo nos falta el padrino, aunque, si no hubiera nadie, el padre Cortiella ya me aseguró que el sacristán nos hará ese honor. A fin de cuentas es el padrino de casamiento de media feligresía, cada vez que no hay voluntarios.
Mi bautismo se fijó para el día 26 de mayo a la tarde. No te invito al sacramento porque tienes cosas más importantes que hacer.
Pero te espero aquí inmediatamente después. Avísales a todos que vienes a La Coruña a casarte conmigo y no te olvides de traer el respectivo permiso de trabajo, para que no haya problemas como aquella vez que fuiste a dar exámenes a Santiago y nos quedamos paseando por allí.
Tuyo, ahora y para siempre,
Mario
3 
Buenos Aires, 2009
Siempre que necesitaba tomar alguna decisión importante, Raquel iba a un viejo sitio que quedaba en la calle Agüero, en Barrio Norte, entre las avenidas Del Libertador y Las Heras, muy cerca del Cementerio de la Recoleta.
Recordaba con nostalgia aquella época, unos doce años atrás, en que aquel pequeño espacio servía de inspiración a tantos jóvenes artistas sedientos de cosas originales y desafíos culturales. En ese tiempo, estaba deslumbrada con la Fuente de Poesía, la primera instalación de arte urbano de Buenos Aires, de Enrique Banfi y Silvana Perl, que desde 1997 le daba vida a aquel vacío urbano. Allí, a los pies de Bartolomé Mitre, desde el anochecer hasta el amanecer, cada cuarenta y cinco segundos, un proyector dibujaba continuamente en la pared ochenta efímeros versos de Borges, Neruda, Machado, Guillén o Girondo. Raquel tenía dieciocho años y allí, avanzada la noche, le había dado el primer beso a su novio, un muchacho de cabello largo y desgreñado, de barba hirsuta, que la había seducido con su pensamiento y sus palabras, tan estimulantes como la poesía que, en aquella fuente, salía de los libros que nadie leía y recuperaba la frescura, el sabor y la vitalidad con los que contagiaba a los amantes nocturnos. Y de quien se desilusionó cuando, un día, al pasar por allí de casualidad, lo encontró besando a un chico de su edad, diciéndole las mismas palabras con las que la había seducido a ella. Fue su primera decepción amorosa. Y quizás por eso había pasado muchos años sin leer siquiera un libro de poesía. Pero, superado el luto, se dio cuenta de que en ese momento el corazón de Guidobaldo Vero era el de un muchacho que todavía buscaba sitios seguros donde nutrir su inquieta alma de poeta. Ya más madura, Raquel empezó a cultivar una serena amistad con Guido Vero, como todos le decían, convencida de que un día sería reconocido por su talento. En muchas ocasiones él la iba a ver a la librería para ponerse al tanto y conversar sobre las novedades editoriales. En el fondo, Raquel le estaba agradecida porque, en aquella época, le había hecho conocer la Fuente de Poesía, que funcionaba como un espejo mágico. En la parte superior, sobre la piedra, el poema se afirmaba, inmutable, sobre el lienzo de granito, mientras, abajo, las palabras se movían sobre el agua, como si hablaran, a merced del viento y de la temperatura de la noche.
Tantos años después, ya no era así. La poesía, cansada, como todo lo que se agota, no resistió a sus propios anticuerpos. En los saqueos nocturnos de finales de 2001, alguien robó la máquina que lanzaba poesía. Luego, la bella fuente circular se transformó en parada nocturna de los “trapitos”, los cuidadores de coches de los alrededores.
A pesar de todo, se había salvado lo que algún poeta callejero había escrito en letras naranjas fluorescentes sobre la pared verde: “El Amor Vence”. Raquel se detuvo a meditar en aquella frase. Pensó en su vida y también en la de su madre, la de su abuela y la de su bisabuela, de quienes, finalmente, poco sabía. ¿El amor habría vencido para esas mujeres que le habían dado la vida? ¿Y para ella?
Ensimismada en el mensaje que la había inquietado y en el recuerdo de otros tiempos, Raquel le dio un vistazo a su reloj, espantada. Probablemente Marcelo ya habría llegado. Miró a su alrededor, buscando su auto, algo aletargada por las débiles luces de la ciudad que se escapaban de la plaza, arriba, de los faroles de metal de las escalinatas y entre las arboledas del jardín del otro lado de la calle.
Entonces, percibió una figura por detrás, y se estremeció. Como un fantasma, había descendido rápidamente las escaleras de la peatonal Arjonilla. Raquel se dio vuelta a la defensiva. La cabeza del extraño se recortaba a contraluz de un farol, lo que le dibujaba un falso halo de santo y le impedía a Raquel distinguir su rostro. Tal vez fuese un trapito que quería unos pesos o algún objeto que le sirviese para conseguirlos.
–¡Mirá quién está acá!
Raquel tuvo un presentimiento y se escabulló hacia la derecha. Estaba en lo cierto: era la voz de él.
–¡Guido! No esperaba encontrarte acá. Es tan raro… –balbuceó, ruborizándose–. Incluso hace un rato pensé… –dijo y se detuvo.
–Es verdad, yo tampoco esperaba verte. A la tarde pasé por la librería y, como no estabas, tu aroma me guio hasta aquí.
–Mentiroso… Ya no me engañás más. Viniste para rememorar tus conquistas y cómo nos seducías con tu labia –bromeó Raquel.
–No lo niego ni te miento –respondió riéndose–. Cada persona que conocí siempre me dejó algo. Incluso puedo decir que soy una mezcla de todas. Para bien o para mal –por un momento, la sonrisa se le desdibujó del rostro, pero la joven no lo notó.
–¿Y conmigo aprendiste algo?
Guido empezó a abrir con los dedos sus rulos precozmente encanecidos, simulando que hacía memoria.
–Dejame ver. Mmmh… Sí. Aprendí que sabés mucho más de poesía y de prosa que yo, y que eso te permitió conseguir un buen empleo. Y que sos una mujer bonita y deseada, con una voz levemente ronca y única en el mundo. Siempre oigo los comentarios de los chicos en la librería cuando te ven pasar o te escuchan hablar. Los volvés locos –concluyó con una sonrisa abierta y aparentemente sincera–. Mientras yo…
Raquel tenía noción del impacto que producían tanto su cuerpo escultural y curvilíneo, como su rostro delicado y armonioso, iluminado por sus ojos verde esmeralda que la hacían parecer incluso más joven de lo que era. Pero no tenía plena conciencia de que su voz –voz de contrabajo en un cuerpo de violín– funcionara como una suerte de hechizo.
–Bueno, dejate de zalamerías. Tenés un público fiel… Incluso vas a tener un mausoleo y un hermoso epitafio en la Recoleta para vos solo, con montones de turistas visitándote. Yo no puedo esperar más que la bóveda de mis antepasados. Pero voy a estar feliz igual.
–Raquel…
Incluso bajo las débiles luces de la noche, cubiertas por el ramaje de los árboles, la joven entrevió que una sombra de tristeza oscurecía la mirada, el rostro y los labios de Guido.
–Guido, ¿estás bien? ¿Dije algo malo?
–Abrazame.
Raquel dudó. Sin embargo, tuvo la certeza de que su amigo no estaba bien. Por eso supo que lo tenía que abrazar. Lo sintió estremecerse y en el momento no se dio cuenta de que los ojos llenos de lágrimas de Guido le habían corrido el maquillaje y el lápiz labial.
–¿Lo que dije te puso mal? ¿Te despertó algo malo, algún recuerdo?
–Ni sé cómo decírtelo, Raquel. Pero no es un tema para hablar hoy, sobre todo porque el destino nos regaló habernos encontrado en este lugar, donde fuimos tan felices, cada uno a su manera.
–Guido, me tengo que ir A esta hora, hay un novio furioso en la puerta de mi casa. Pero me quedo preocupada por vos. Por favor, mañana pasá por la librería, así charlamos.
Él asintió, con una sonrisa forzada.
–Andá, no lo dejes esperando. ¿Todavía es el mismo? –bromeó.
–Sinvergüenza, realmente no estás bien. Cambiás de humor con demasiada facilidad.
Raquel se apuró hasta su Fiat 600 gris plata, que estaba estacionado en Agüero, sin escuchar a su amigo, que murmuraba que ya no era el amor el que vencía, como él mismo había escrito en aquella fuente en otro tiempo, en letras fluorescentes, totalmente ebrio y como un trofeo, después de haber logrado una conquista que perseguía desde hacía tiempo. Ahora en realidad era el humor. El humor era el que lo mantenía vivo.
En el pequeño vehículo, Raquel recorrió a prisa la larga avenida Las Heras y el sector más congestionado de Santa Fe, entre las bocinas y los insultos de los conductores, que iban todavía más apurados que ella, hasta que logró doblar por Carranza y llegar a Córdoba. En la radio se escuchaba la voz de Lisandro Aristimuño, murmurando “Perdón”. Tomó por Álvarez Thomas, que estaba totalmente congestionada, hasta que consiguió alcanzar el sector sur de la plaza San Miguel de Garicoits. El cantante que ese verano le había tocado el corazón continuaba lamentándose con su voz suave sobre los acordes acústicos:
Contemplé tu soledad,
estaba callado, estaba nublado,
resbalaban las gotas tensas.
Aquel día que me fui
quería enterrarme,
sintiéndome un cactus
que pinchaba si te acercabas más.
No pude probar mi velocidad,
me sentí un juglar esperando cicatrizar.
Las palabras que Aristimuño decía sin prisa producían un remolino en la mente de Raquel –que siempre trataba de percibir las señales de las casualidades de la vida, ya fuesen libros, encuentros, canciones, escritos–, mientras doblaba a la derecha por Elcano hasta llegar finalmente a Superí y acelerar a toda velocidad, incluso al cruzar avenida De los Incas.

Ya estaba en pleno Belgrano, su barrio predilecto, un sitio tradicional, que homenajeaba al creador de la bandera, casi por llegar al cruce de Superí con Echeverría, frente a su portón verde. Estacionó y le dio una ojeada rápida a la casa, cuya fachada de piedra tenía un exuberante frontis sobre la parte central del edificio, con un pórtico también verde. Aristimuño continuaba recordándole serena y repetidamente: “Perdón, no me quise ir y cuando volví, no estabas”. Sin embargo, la profecía del joven cantante no parecía tener sentido. En la puerta de su casa estaba estacionado el Mercedes negro de Marcelo Pérez. Al mirarlo de reojo, rápidamente se dio cuenta de que su novio estaba de mal humor. Y tenía motivos. Ella debería haber llegado más temprano. Estacionó en frente, sin evitar el chirrido de los neumáticos, abrió la puerta y se dirigió al asiento del acompañante del coche de Marcelo.
–Disculpame, amor, ¿tuviste buen viaje? –le preguntó mientras se acercaba a darle un beso.
Él la miró fijo a los ojos y la rechazó con el brazo.
–¿Dónde estuviste?
–Fui a visitar a mi abuela al cementerio. Sentía mucha nostalgia y fui a llevarle una flor.
–¿Hasta esta hora? ¡¿Y con el teléfono celular apagado?!
–No, mi amor. Ni me di cuenta de que me quedé sin batería. Como estaba ahí cerca, estuve un rato en la Fuente de Poesía, la que está debajo de la plaza Mitre.
–Sí, y…
–Tendría que haber llegado más temprano, ya sé…
–¿Con quién estuviste, Raquel? Decime la verdad, antes de que me enoje y pierda la cabeza.
–Marcelo, ¿sos tonto? ¿Qué te pasa? ¡Fui a la Fuente de Poesía, nada más! Cuando iba saliendo me encontré ahí con el poeta, Guido Vero. Nos quedamos charlando. Solo eso. Me pareció que no estaba bien.
–¿En serio pensás que te creo esa historia, Raquel? Te pido un favor: salí del auto y vení acá de mi lado, por afuera.
–Pero ¿qué pasa?
–¡Vamos! Hacé lo que te pido y ya te explico.
Desconcertada por el interrogatorio y las dudas de su novio, Raquel empezó a sentirse mal, aunque accedió al extravagante pedido de Marcelo. Entonces, él bajó el vidrio de la puerta y apuntó el espejo retrovisor hacia ella.
–¡Mirate al espejo!
La joven palideció ante su rostro y sus labios incomprensiblemente corridos de pintura, parecía como si llegara de una frenética sesión de besos.
–Yo no hice nada –balbuceó–. ¡Creeme, Marcelo! No entiendo por qué estoy así.
El muchacho giró la llave del encendido y puso el motor en marcha. Raquel percibió en sus ojos el turbulento y oscuro tono del despecho y la venganza.
–¡¿Marcelo, adónde vas?! ¡Tenemos que hablar! ¡Tengo que tomar urgente una decisión importante y necesito tu consejo y tu apoyo!
El Mercedes negro rápidamente se perdió en la neblina gris de la noche. Raquel se dejó caer y quedó en cuclillas en la vereda, apoyada en el tronco de una imponente acacia rubra, y lloró desconsolada e incapaz de entender lo que había sucedido. Hasta que se dio cuenta.
–¡Guido! Fueron las lágrimas de Guido, cuando me abrazó…
En aquel estado, se dejó fundir con el exuberante árbol de flores rojas y se enraizó con él en la tierra. En su mente tuvo la sensación de que de sus piernas nacían raíces, que se enterraban en el suelo, se entrelazaban con las de la acacia rubra y juntas bebían la fuerza de la tierra. Poco a poco, comenzó a sentir que una energía vital emergía de las profundidades, entraba por sus piernas, ascendía por su columna y le invadía el corazón y la mente con una fuerza indestructible. Jamás había experimentado nada semejante. Pero se sintió extrañamente revigorizada.
Se levantó con la fuerza de las piernas, abrió con ímpetu el portón y entró en la casa que la abuela le había legado, recordándole que allí, en 1941, se habían inspirado Cátulo Castillo y Sebastián Piana para componer el tango “Caserón de tejas”. Decidida, subió al primer piso, sin darse cuenta de que estaba tiritando de frío. Enchufó el cargador del teléfono celular y esperó impaciente a que la batería lo hiciera revivir. Seleccionó el nombre de su novio y llamó. Como Marcelo no atendió ninguna de las sucesivas llamadas, decidió enviarle un mensaje.
Querido, ya sé lo que pasó. Entiendo que estés enojado. Yo también lo estaría, si no me dieran una explicación de inmediato. En el momento no me di cuenta, pero ahora sé lo que sucedió. Llamame o pasá por casa, así te lo explico en persona y de paso tratamos temas más urgentes e importantes que esta tontería. Besos.
Sin embargo, él no respondió ni atendió ni apareció. Raquel tomó dos calmantes y se acostó. Incluso así, le costó dormirse. Cuando sonó el despertador, a las siete de la mañana, notó que la noche le había desatado un fortísimo dolor de cabeza, con el que debería enfrentar el día y pensar en la respuesta para darle a Carmela.

El trayecto hasta El Ateneo fue agotador. Encendió la radio del auto para ponerse al tanto del tránsito, pero no había novedades. Los accidentes y embotellamientos de costumbre. A cada minuto, desde que se había levantado, mecánicamente le echaba un vistazo al teléfono celular, con la esperanza de ver un mensaje o una llamada de Marcelo. Pero en vano. Angustiada, sabía que no tenía que insistir hasta que su novio se calmara y entrara en razón. Y con Carmela ya se las arreglaría. Después de todo, se suponía que Marcelo recién llegaría al día siguiente, es decir, el sábado.
Pensó en Guido y en lo raro que le había parecido su súbito cambio de humor. ¿Estaría por volverse loco, como les sucedía a algunos poetas y a otros tantos artistas? Esperaba verlo ese día para aclarar sus dudas.

A media mañana, mientras hacía una pausa en la catalogación de libros de autoayuda –obras que rara vez hojeaba, pero que tenían un público creciente– y tomaba un café fuerte y bien caliente, Carmela entró en su oficina con un sobre en la mano.
–Raquel, te trajeron esta carta –dijo con el sobre frente a sus ojos, pero sin que pareciera un acto invasivo.
–Una carta… –suspiró–. Será de Marcelo… –murmuró, mientras los peores pensamientos se acumulaban en su mente–. ¿No dijeron de quién era?
–No, el correo la entregó en la recepción y está dirigida a vos. Es todo lo que sé. Hasta puede ser de un admirador secreto –una arruga en la comisura derecha de los labios le dibujó una media sonrisa cómplice, acompañada por un guiño de ojos–. Hablando de Marcelo, mañana tenemos que hablar.
Raquel esbozó una sonrisa escondida detrás del sobre, mientras observaba salir a su jefa. Colocó la carta sobre el escritorio y se quedó mirándola, con la cara entre las manos. El nombre “Raquel Contreras” estaba escrito a máquina. Su pensamiento la llevó de nuevo a Marcelo, un especialista en computadoras y afines.
Rememoró entonces los pensamientos y recuerdos que le habían despertado aquellas palabras fluorescentes grabadas en la Fuente de Poesía: “El Amor Vence”. Empezaba a sentirse carcomida por la duda, ese terrible gusano que, cuando logra instalarse, roe los sentimientos y las entrañas hasta del más fuerte.
Y la duda se había instalado en ella como una termita. ¿Sería aquella carta la despedida de Marcelo, acusándola de cualquier cosa, incapaz de tener una conversación seria o de escuchar sus explicaciones y perdonar la pequeña falta de haber llegado tarde por haberse quedado con un amigo en problemas? Sabía bien que Marcelo odiaba a Guido, porque había sido su primer hombre y porque ella seguía admirándolo como persona y como poeta, seres que Marcelo consideraba inútiles para la sociedad. En el fondo, sabía que la celaba porque compartía con Guido cosas que él despreciaba. Incluso alguna vez había llegado a pensar que Marcelo sentía hacia Guido algo que rayaba en el odio y la envidia, porque era un artista y gozaba de reconocimiento público. Por eso, siempre que lo encontraba en El Ateneo, cuando iba a buscarla a la salida del trabajo, aprovechaba para amenazarla veladamente con la mirada y hacerle reproches llenos de insatisfacción.
Pero la duda iba más allá. Cuando esta se instala, la manera en que se ve al otro puede empezar a cambiar, sobre todo cuando se comienza a observar que los defectos superan a las virtudes, tal como la frágil luna supera al todopoderoso sol al anochecer. Y Raquel comenzó a entristecerse al recordar que Marcelo no valoraba su trabajo, detestaba a casi todos sus amigos, en especial a aquellos que se movían en medios ligados a los libros y las librerías, y menospreciaba a su familia, etiquetándola como de origen dudoso y suburbano. Sin embargo, se lo veía feliz cuando podía exhibir su belleza ante sus amigos de la élite porteña, en las comidas y fiestas de moda, en los bares de Puerto Madero y, desde luego, cuando se perdía en cada uno de los rincones de su cuerpo, tarde, las noches que salían juntos los fines de semana.
La duda la puso melancólica y la hizo dudar acerca de si debía o no abrir el sobre. Hacía tres años que estaba de novia con Marcelo, más allá de que él pasaba mucho tiempo afuera por trabajo. Al comienzo de la relación, le había gustado su estilo refinado, caballeresco, elegante, y también que siempre le dijese, sin dudar, que, no bien se asentara en su trabajo, quería casarse y formar una familia con ella. Y le gustaban tanto como a él los fines de semana que pasaban los dos solos, en los que, en los intervalos del amor, él preparaba el trabajo de la semana y ella se ponía al día con sus escritores predilectos, siempre con excelentes comidas regadas con el mejor vino argentino o chileno, que un famoso restaurante cercano a su casa, en Palermo, les entregaba religiosamente a la hora exacta.
Raquel alzó la cabeza, se recostó en la silla y decidió abrir el sobre. Al tomarlo, reparó en el libro que tenía que catalogar en la sección de autoayuda y en cuya página abierta leyó: “Es mejor retirarte y dejar un bonito recuerdo, que insistir y convertirte en una verdadera molestia. No se pierde lo que nunca se tuvo ni se mantiene lo que no es de uno. Si eres valiente para decir adiós, la vida te recompensará con un nuevo hola”.
Sonrió y pensó que, finalmente, los libros de autoayuda también podían levantar el ánimo, si acertaban en las emociones que se sentían en ese preciso momento. Igual que los videntes, los cartománticos, los astrólogos, los que interpretaban el aura e incluso las
gitanas que leían la suerte, pensó. Era imposible saber si poseían un don especial cuando decían cosas que aparentemente tenían sentido, aunque fueran lugares comunes, concluyó Raquel, todavía asombrada por la frase que acababa de leer. El texto le trajo a su mente nostálgica las imágenes de Guido y de Marcelo. Justo en el momento en que sacaba del cajón el abrecartas de plata, escuchó que alguien golpeaba nuevamente la puerta. Alzó la voz autorizando el ingreso.
–Carmela, ¿por qué tenés esa cara?
–¿Todavía no abriste el sobre?
–¡No! Lo iba a hacer en este preciso momento.
Carmela suspiró, le dio un vistazo a la frase del libro que Raquel acababa de leer, y que abarcaba toda la página, y frunció el ceño.
–Dejalo para después. Abajo te espera tu amigo poeta… Guido Vero. Y me parece que no está bien. Quizá necesite alguno de esos libros –concluyó, apuntando al ejemplar que estaba abierto sobre el escritorio.
–¿Guido…? –varias sinapsis se produjeron en el cerebro de Raquel en una fracción de segundo.
La joven volvió a colocar el sobre en medio del libro, precisamente en la página que acababa de leer, lo cerró y lo dejó en el mismo lugar en el que estaba. Más tarde abriría la dichosa carta. Bajó con Carmela hasta la cafetería, el antiguo escenario de la época en que el edificio era un teatro. No vio a Guido, pero sí su saco. Una empleada le avisó que había ido al toilette. Mientras esperaba, pidió una porción de torta de chocolate con dulce de leche, pues apenas había comido dos o tres galletitas a la mañana, en el desayuno. La devoró rápidamente, deleitada por la especialidad de la casa, aunque preocupada también por su amigo.
Finalmente, lo vio venir, envuelto en una bufanda negra, tan negra como toda su vestimenta. Cuando tomó asiento, le pareció que estaba como perdido.
–¡¿Dios mío, qué te hicieron!? ¡Tenés una enorme mancha azulada debajo del ojo! ¿Qué pasó?
–Tu excelentísimo novio es muy devoto de su mujer –sonrió, permitiendo que Raquel percibiera que le faltaba un diente–. Y celoso. ¡Descubrió que andás leyendo mis poemas a escondidas!
–¡Dejate de bromas! ¡Estás hecho un desastre! ¡¿Marcelo te dejó en ese estado?! –le preguntó enrojeciendo y con el corazón latiendo a los saltos.
Alrededor, varios clientes de las mesas vecinas miraban a Guido con asombro, mientras cuchicheaban, fuera porque lo habían reconocido, porque trataban de adivinar los motivos de su rostro maltrecho o porque intentaban escuchar la conversación, pues Raquel había alzado la voz en la última pregunta. Tal vez por eso Guido dudó en responder.
–Vamos arriba, así hablamos mejor –le sugirió ella–. ¿Ya desayunaste?
La negativa hizo que Raquel se acercara al mostrador y pidiera otra porción de torta de la casa y un café fuerte. Dejó al lado de la caja dinero suficiente para pagar la cuenta y le hizo un gesto con la cabeza a su amigo para que la siguiera.
Subieron por una angosta escalera ubicada en el corazón del edificio, hasta que llegaron a la puerta de una sala sin acceso al público, destinada al depósito de la librería. A medida que subían, Guido observaba la singular belleza del lugar, y casi le agarró tortícolis mientras recorría toda su amplitud hasta que descubrió el sitio donde se encontraban sus libros, lamentablemente sin mucha gente alrededor.
–¡No puedo creer que me traigas al viejo estudio de grabación de Carlos Gardel! ¿Te acordás de que más de una vez te pedí que me dejaras visitar esta sala?
–Como podés comprobar, no hay nada para ver más que libros –fingió Raquel, a sabiendas de que en aquella oportunidad no tenía autorización para mostrarla, ya que se temía que se formaran interminables filas de gardelianos más interesados en visitarla que en comprar libros.
Por supuesto que ya tenía pensado que cuando se convirtiera en la directora de la librería iba a recrear el estudio de grabación, con aparatos de la época y una imagen en tamaño real del rey del tango, y propondría su apertura al público mediante el pago de entradas a un valor accesible. Ella misma, en el silencio de su trabajo, sentía que era posible percibir la resonancia de la voz de Carlitos inmortalizada entre aquellas cuatro paredes.
–Aquí tal vez también yo podría escribir la letra de un tango que me inmortalizara –respondió su amigo, adivinándole el pensamiento–. Pero fijate sobre todo en esta vista única de la librería…
Desde lo alto, se observaba una de las vistas secretas más bellas de Buenos Aires: un enorme tubo que parecía la garganta que alimentaba los senderos y estanterías de libros, por donde serpenteaban centenas de personas, uniendo los distintos pisos de carísima madera de pino americano, extraída del corazón de los árboles, lo que la hacía más dura y resistente al tiempo. En la cúpula, un bello fresco formaba el cielo de aquel mundo aparte.
–Bueno, recibiste una golpiza, así que aquí está tu compensación. Ahora sentate, comé y contame todo.
–Veo que también tenés sentido del humor. ¿Qué querés que te diga? Mmmh, qué rica torta –y empezó a hablar con la boca llena–. Este diente que me falta en la parte de arriba, y que me debe de dar aspecto de delincuente, todavía lo tengo en el estómago. Fue el resultado de una piña con puntería, que también me lastimó los labios. Y este sombreado azul no es la excentricidad de un poeta loco. Me teñí varias veces el pelo de azul, pero nunca los pómulos.
–En serio, ¿qué pasó? ¿Por qué te pegó con tanta violencia?
–Tu novio piensa que tenemos una historia y que ayer a la noche estuvimos juntos. Imaginate… ¡Yo con la chica más bella e inteligente que conozco! Tengo que reconocer que me sentí muy halagado y que acepté la paliza con mucho orgullo, por la idea que se hizo de mí. A lo mejor me inspira uno o dos poemas. Incluso puede que hasta un librito…
Raquel bajó el rostro, se levantó, dándole la espalda a su amigo, giró hacia los ventanales que se reclinaban sobre el corazón de la librería. En los balcones más altos, íntimos espacios de lectura, algunos clientes habituales parecían fascinados con los libros, probablemente seducidos por extrañas historias que la vida real urdía y los escritores trasladaban al papel con mayor o menor imaginación. Sin embargo, ella no los veía. En su mente solo bullían los hechos recientes. Lo de su novio había sido un ataque de celos irreflexivo y desproporcionado, con consecuencias penales, en el caso de que el pobre de Guido quisiera llevarlo a la Justicia. Sin embargo, el poeta era un hombre de una inteligencia emocional por encima de la media, y solía autoprotegerse con la buena predisposición con la que encaraba la vida y las adversidades, como Raquel pudo comprobar enseguida.
–¿No lo vas a denunciar?
–¿Yo? ¡Por supuesto que no! Más allá del orgullo del que te hablé, tu novio quedó en estado de shock con la pelea.
–¿Vos también lo golpeaste?
–No, le conté lo que pasó ayer en la Fuente de Poesía y le dije que tenía sida. Se quedó mirando aterrorizado la sangre que me corría por los labios y su puño lastimado. Capaz que lo encontrás en algún buen hospital de Buenos Aires…
–¿Que vos…? ¡Guido, ahora entiendo! ¡Dame un abrazo, por favor!
–Bueno, no te preocupes, dicen que ya no se muere de sida. Y la verdad, desde que supe que había contraído el virus, cada vez menos me quiero morir. Solo quiero vivir y escribir –respondió apoyado en el reconfortante hombro de su amiga.
–¡Esperame en la entrada, por favor! Yo ya voy. Tenemos que hacerte curar esas heridas.
Cuando llegó a la oficina, vio que el teléfono celular tenía decenas de llamadas perdidas de Marcelo, con varios mensajes pidiéndole que lo llamara. Raquel dudó, pero lo hizo.
–¡Vení, por favor! Tenemos que hablar.
–Sí, ya sé. Desde ayer que te estoy diciendo que tenemos que hablar. ¿Dónde estás?
–Recién salgo del Hospital Italiano. Encontrémonos en plaza Italia, al lado del Jardín Botánico.
–No antes de una hora, como mínimo. Ahora tengo asuntos que atender.
Raquel le envió un mensaje a Carmela, explicándole que tenía que irse de manera urgente por motivos de salud y llevó a Guido hasta el primer centro médico que encontró y donde se quedó hasta asegurarse de que lo estaban atendiendo en la guardia.
–Si necesitás algo, ya sabés, ¡llamame! ¡Sin falta! Y no me vengas con tonterías. ¡Con la salud no se juega!
–Lo único que preciso es una tarjeta de crédito para ponerme el diente, antes de que me detengan por portación de cara.

No bien subió al auto de Marcelo, Raquel se encontró con un hombre cansado, ojeroso y atemorizado. Él encendió el motor y continuó en silencio durante varias cuadras, hasta que entraron en Libertador. Cuando llegó a la esquina de Agüero, dobló a la derecha y estacionó junto a la Fuente de Poesía.
–¿Por qué me trajiste acá? –Raquel rompió el silencio.
–Ayer no escuché tu explicación, como era mi deber. Vamos, contame todo.
Bajaron del auto y se sentaron al fondo de las escalinatas de Arjonilla, una de las calles más cortas de la ciudad, al lado de la fuente de fondo verdoso, con la estatua ecuestre de Mitre a sus espaldas.
–No tengo nada en particular que contarte. Encontré a Guido acá, absolutamente por casualidad. Solo es un buen amigo, a quien admiro como poeta, nada más. Lo que te conté sobre lo que pasó cuando éramos jóvenes es un recuerdo que forma parte de mi intimidad. Como todos. Vos también tendrás los tuyos.
–Pero tu cara… tus labios…
–Guido no está atravesando un buen momento. Me dio un abrazo y sus lágrimas me corrieron el maquillaje. No me di cuenta, si no, jamás habría aparecido en ese estado.
Marcelo inclinó la cabeza; los ojos miraban sombríamente los pequeños adoquines de la calzada.
–Disculpame, fui un tonto e hice una estupidez. Me voy a tener que hacer análisis en el hospital durante un tiempo. Sabías que está enfermo, que tiene…
–Ayer no lo sabía. Hoy sí, me contó todo. Creo que le tenés que pedir disculpas y pagarle los gastos médicos que va a tener. Y el arreglo del diente. Como mínimo.
–¡Por supuesto! Estoy muy ansioso y muy presionado. Ayer venía con otra idea y eché todo a perder. Y, además, sus lágrimas te tocaron la cara...
–¡Olvidate de las lágrimas! ¡Nadie se contagia el sida a través de lágrimas ni de abrazos! Vení, vamos a caminar un poco. Hace bien caminar, aclara las ideas.
Cruzaron la calle y entraron en la plaza Evita –que, en su época, vivió en las inmediaciones–, identificada por la estatua de la primera dama argentina, que reemplazó, con opiniones a favor y en contra, a la del poeta nicaragüense Rubén Darío. Al fondo se divisaba un moderno y alto edificio de vidrio, con vista a Libertador en la esquina de Austria.
Los dos comenzaron a andar por los senderos serpenteantes de tierra removida del parque, bajo un cielo nublado, pero que no amenazaba con llover.
–Ayer tenía que decirte algo, pero me quedé muy perturbado cuando te vi.
–Me lo podés decir ahora, Macelo, si te sentís mejor.
–No sé cómo decírtelo después de todo lo que pasó.
Al fondo, hacia donde se dirigían, se veía la silueta de la estatua de bronce sobre un pedestal de piedra. Marcelo se apoyó en la base y sacó del bolso una pequeña caja adornada con una lazo rosa, y se lo entregó a su novia. Ella la abrió con delicadeza y se quedó petrificada.
–¿Puedo ofrecértelo?
Sin esperar su respuesta, Marcelo tomó el delicado anillo de oro con varias piedras preciosas engarzadas y un fino diamante en el centro.
–¿Querés casarte conmigo?
Si hubiera tenido que describir el torbellino de emociones que sintió en aquel momento, Raquel no habría podido hacerlo. Respiró profundamente, lo besó y lo abrazó hasta que sus lágrimas se secaron.
–¡Si no lo deseara, no estaría de novia con un tonto celoso como vos! Claro que quiero casarme con vos y formar una familia feliz, a pesar de que les pegues como un salvaje a mis amigos.
Marcelo la besó. Parecía estar más calmo y sosegado.
–Sí, vamos a ser muy felices. Pero tengo otra cosa que decirte.
–Y yo también…
–Buena o mala.
–Buena. ¿Y la tuya?
–Pienso que también es buena…
–¿Quién lo cuenta primero?
–Vos…
–Vos…
–Muy bien, entonces, aquí va: recibí una propuesta para trabajar en Silicon Valley, en los Estados Unidos. Me van a pagar una pequeña fortuna mensual, por lo menos durante dos años. Y me gustaría que vinieras conmigo, después de casarnos en la basílica de Nuestra Señora del Pilar. ¿Te acordás de que me dijiste que era el único lugar donde te llevarían al altar?
Raquel se quedó helada. Los confusos sentimientos que le atravesaron el cuerpo y la mente le produjeron un mareo, como si estuviera en la cresta de una ola gigante y tratara de agarrarse al mástil de una cáscara de nuez. Sintió que las piernas le temblaban y perdían fuerza.
–¿Amor, te sentís bien? ¡Sentate, por favor!
El joven la ayudó a sentarse en el piso de piedra. Raquel lo miraba con ojos inexpresivos, aunque repletos de emociones contradictorias.
–¿Qué pasa, Raquel?
–Mi jefa me propuso para que la sustituya como directora de la librería. En breve se va de El Ateneo, porque tiene que cuidar a su madre. Es algo que siempre deseé. Era eso de lo que te quería hablar. Que compartieras esa decisión conmigo.
Él se quedó sorprendido, mirándola con incredulidad, mientras respiraba agitado.
–¿Y tenés dudas de qué decisión tomar?
–Marcelo, a lo mejor no es el momento para hablar del tema. Es viernes, hoy ya no vuelvo a la librería. Le dije a Carmela que tenía una urgencia de salud. Y, en verdad, tuve dos.
Marcelo respiraba jadeante, tratando de controlar sus impulsos, consciente de que no podía decir lo que sentía, pues opacaría para siempre el momento que quería eternizar.
Raquel transpiraba, tratando también de serenarse, respirando lentamente, como había aprendido en las clases de yoga. Mientras se calmaba, leyó en la base de la escultura de Evita: “Supo dignificar a la mujer, dar protección a la infancia y amparar la ancianidad, renunciando a los honores”. Buscó en aquella frase algo que la inspirara en ese momento, pero sus palabras solo profundizaron el abismo que se había abierto entre los dos. ¡Al contrario de lo que hubiera sido normal, su corazón le decía que aceptara el cargo de directora y la razón le indicaba que eligiera casarse y acompañar a su futuro marido a una tierra desconocida, en la que, sin duda, se respiraba tecnología, pero donde no sabía si en miles de kilómetros a la redonda encontraría una librería o una biblioteca para trabajar, o algo que fuera capaz de
aquietarle el alma y hacerla feliz, como en Buenos Aires, en El Ateneo Grand Splendid!
Alzó la vista y se dio cuenta de que la escultura de Evita representaba a una mujer determinada, en actitud de avance, con el pie izquierdo casi fuera del pedestal, los brazos extendidos, uno hacia el frente y el otro hacia atrás, y el rostro firme de quien sabe lo que quiere, una imagen en la que, en aquel momento, Raquel no se veía reflejada.
–Si es necesario, yo mismo hablo con Carmela, Raquel… Le explico nuestra situación. Tal vez te guarde el lugar hasta dentro de dos años… O le escribo, si te parece mejor…
De golpe, Raquel Contreras abrió grandes los ojos. Se había olvidado por completo del misterioso sobre que había recibido y que, con el apuro, había dejado sobre el escritorio entre las páginas del libro de autoayuda.
–Marcelo, ¿hoy me escribiste o me mandaste a entregar alguna carta?
–¿Yo? Yo no le escribo cartas a nadie, Raquel. A lo que me refería era a enviarle un e-mail a Carmela. ¿De qué hablás?
4 
La Coruña, 1901
En el cuarto de la posada Corcubión, en el número 104 de San Andrés, donde se había instalado, Mario daba un paso más en el camino hacia la felicidad. Había almorzado unas tapas de pulpo a la gallega y mariscos de las rías Bajas en una famosa taberna de la misma calle, un lujo que se podía dar en un día tan especial como aquel. Echó un vistazo por la ventana del segundo piso. Seguía siendo el mismo hermoso día de sol con el que la ciudad había amanecido ese 26 de mayo de 1901. Pensó en Marcela y sonrió. Unos días atrás, le había escrito contándole lo sucedido en las últimas jornadas. El Arzobispado de Santiago se había mostrado sensible y expeditivo en su respuesta al requerimiento del padre Cortiella, quien era garante del profundo conocimiento que el catecúmeno Mario poseía del catecismo de la fe católica.
Sin prisa, se vistió el traje oscuro, impecablemente planchado, que había comprado para la ocasión, se calzó los zapatos de lona amarilla, también a estrenar, y se miró al espejo. Se pasó una loción perfumada por el cabello, que se lo dejaba firme y brillante, y que dejaría un aroma agradable por donde pasara. Después, se colocó el sombrero blanco, adornado con una delicada cinta negra, tres anillos en los dedos de la mano derecha y, desde luego, el reluciente reloj de bolsillo dorado, sujeto por una leontina del mismo material. Lo abrió y, con una sonrisa triunfal y el pecho inflado, concluyó:
–¡Es hora de ir a mi bautismo! ¡Y esta vez caminando con mis propios pies! –dijo, chasqueando la lengua, mientras abría la puerta de la habitación.
Se dirigió a la vecina calle Orzán, donde recogió a doña Jacoba, la lejana prima soltera de su madre, quien, a pesar de no acordarse del primo, había reconocido en él los rasgos de la familia, y juntos se fueron animadamente por San Andrés y Marqués de Pontejos, hasta que doblaron a la derecha y llegaron a la iglesia de San Jorge, quince minutos antes de que dieran la cuatro de la tarde, la hora fijada para el sacramento.
Unos metros detrás, y sin perder ningún movimiento de la pareja, un hombre, cubierto con un gorro oscuro y una gabardina, innecesaria en un día de sol como aquel, se ocultaba tras las sombras de las entradas de los negocios y las casas, y entre los numerosos transeúntes que andaban por allí a esa hora.
–¡Estás muy elegante, aunque no te queda nada bien ese vicio del cigarro, hombre de Dios! ¡No comprendo por qué no lo dejas! –comentó la anciana cuando llegaron a la iglesia, sin dejar de tomarse del brazo de su joven primo y futuro ahijado.
–No se preocupe, madrina. Ya verá el éxito que van a tener mis cigarros.
De evidente buen humor, Mario sacó varios cigarrillos de un pequeño estuche de níquel y los distribuyó entre los asistentes de la iglesia, incluido el padrino, el sacristán Manuel Prado, que le agradeció con humildad, igual que el acólito Javier, que no paraba de dar pitadas. Fue hasta la sacristía, donde encontró al padre Cortiella, que, también de buen ánimo, hablaba sobre los avances de los reclamos de los trabajadores, que estaban más unidos que nunca. Solo temía que la lucha pudiera recrudecer y se transformara en un baño de sangre, algo que era preciso evitar a toda costa.
–¿Estudiaste todo el ritual del bautismo de adultos? ¡A ver si no te equivocas, o te mando de nuevo a catequesis! –bromeó, tuteando ya al catecúmeno, debido a la confianza que habían ido adquiriendo.
–No, padre. Entrené mucho mi memoria en Londres, gracias a los negocios.
–Pero, por las dudas, ten esta copia para que todo salga perfecto.
A la hora indicada, todos se dirigieron en procesión hacia la pila bautismal. Al frente, el prelado, seguido por Mario, los dos padrinos y el joven acólito, que llevaba los libros y los elementos litúrgicos, porque el sacristán hacía de padrino.
Todo comenzó con el rito de recepción, en el que Mario manifestó el deseo de ser bautizado en la Iglesia de Dios, seguido por la liturgia de la palabra, con la lectura de una parte de la Epístola de San Pablo a los Romanos y del Evangelio de San Juan, cuyas frases conmovieron particularmente al catecúmeno. La fuerte voz de Cortiella proclamaba con solemnidad: “Un precepto nuevo os doy; que os améis los unos a los otros; como yo os he amado”. Mario sonreía para sus adentros, mientras escuchaba el párrafo que más lo emocionó: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca, para que cuando pidiereis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando, que os améis unos a otros. Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros”.
En ese instante, no pudo resistir más y empezó a llorar. Todas las emociones reprimidas en los últimos tiempos sucumbieron ante las palabras que acababa de escuchar y que, como lanzas, le habían atravesado el corazón. Recordó el absoluto y definitivo amor que sentía por Marcela, a veces, tal vez, para quien lo viera desde afuera y no lo comprendiera, rayano en la locura. Un amor que había resistido la distancia, la incomprensión, la condena y el tiempo. Amaba a Marcela con la misma intensidad que el primer día, y no concebía la vida si no era a su lado, criando al fruto que, con la inescrutable ayuda de Dios, había sido engendrado en su vientre. Cuánto había rezado para que todo ocurriese como estaba sucediendo…
Con una sonrisa bondadosa, el padre Cortiella esperó a que la emoción pasara. Los demás también tenían expresiones beatíficas. A continuación, siguió la oración de los fieles, la letanía de los santos, la imposición de manos, la bendición del agua y la renuncia y profesión de fe. Después del bautismo propiamente dicho, Mario le sumó a su primer nombre el de José, en un gesto dedicado a Marcela, que en su bautismo había sido encomendada a san José. Así, se fundían también a través del nombre que en secreto los unía. Finalmente, y antes de la entrega del cirio, el padre procedió a realizar la unción posbautismal. Mario se quitó la corbata y se desprendió la camisa con rapidez y presteza, y Víctor Cortiella le apoyó el pulgar en su piel blanca como el mármol, haciendo una cruz con sal en su pecho. Por fin, estaba bautizado. El primer paso hacia la felicidad, cuyo destino había trazado al milímetro.
Después del sacramento, todos se veían satisfechos. Solo el joven acólito Javier parecía algo inquieto. A la iglesia de San Jorge siempre se acercaban almas en busca de aliento y redención. Y, además, el bautismo de un adulto era motivo de curiosidad, lo que justificaba una mayor asistencia de la habitual. Sin embargo, al ver al hombre de gabardina, que escondía su rostro debajo de la gorra negra –que por obligación se había quitado al entrar al templo a mitad del oficio–, Javier se sobresaltó. Sobre todo, después de escuchar algunos comentarios que lo dejaron intrigado.
El joven recordaba haber visto a aquel hombre en la sede del Sindicato de Oficios Varios. Aducía ser un trabajador que recién llegaba a la ciudad y que quería adherir a la causa de quienes organizaban huelgas y manifestaciones para conseguir un mejor nivel de vida para los más pobres, que en La Coruña se multiplicaban día tras día. Lo había notado muy interesado y entusiasmado por conocer todos los detalles de las reuniones. Por eso, cuando Mario llegó por primera vez a la iglesia de San Jorge, le pareció raro advertir que el hombre lo seguía. Algo que se repetía en ese momento. Se sintió preocupado, sin saber si debía o no contárselo al padre o a Mario. Después de todo, podía no ser más que una mera coincidencia. Cuando vio que Mario estaba solo, fue a abordarlo.
–Señor Mario, disculpe que me inmiscuya en su vida, pero es que en otro tiempo conocí a su hermana Elisa.
Mario se ruborizó, sin poder evitar que el humo del tabaco lo atragantara.
–¿Sí? ¿Dónde la conociste, Javier?
–Fue mi maestra de primer grado, en Vimianzo. Después me mudé aquí y nunca más la vi…
Mario lo miró de arriba abajo. Era un joven de alrededor de veinte años, de porte atlético, buena presencia, con la barba y el bigote recortados. No tenía aspecto de acólito. Irreconocible para quien lo hubiese visto diez años antes, imberbe y de pantalones cortos.
–Muy bien –carraspeó, apenas recompuesto–. Le comentaré de ti… Espero que hayas aprendido algo con ella.
Él le sonrió de una manera indescifrable, lo que perturbó aún más al hermano de la antigua maestra. Parecía como si tratara de cerciorarse de algo que a Mario no le convenía en absoluto.
–¿Usted tiene enemigos aquí, en La Coruña? –preguntó, sin responder.
–Que yo sepa, no. Además, como sabes, llegué hace muy poco. Pero ¿por qué lo preguntas? –replicó, pensando que, después de todo, su preocupación inicial parecía no haber tenido sentido.
–¡Por nada! No sé. Quizás sea una tontería mía. A veces, pienso cosas locas, que no tienen sentido. Una vez, le conté a mi maestra que un chico me andaba persiguiendo para pegarme y robarme mi trompo. ¿Y sabe?, era el hijo del señor más importante de Vimianzo.
–¡Seguro que ella trató de protegerte y de ponerlo en su lugar!
El joven vaciló.
–¿No?
–Me gané media docena de reglazos, porque ella me dijo que era una tontería imaginar que aquel chico tan educado quisiera hacerme semejante cosa. Según ella, aquello no era más que fruto de mi imaginación.
Mario tragó saliva.
–Y… ¿adónde quieres llegar?
–Como me dijo mi maestra en esa oportunidad, no debemos levantar falso testimonio sobre las cosas que nos parecen, sino que solo debemos hablar de aquello de lo que tenemos certeza. Lo recuerdo como si fuera hoy. Jamás olvidé que las pupilas se le dilataban cuando se ponía nerviosa.
Mario respiró hondo y se esforzó para no desviar la mirada del muchacho. Era más astuto e inteligente que cualquier acólito común. En vez de encararlo, prefirió desviar la conversación.
–Cuéntame lo que se está preparando en la ciudad. Se habla de algo grande.
Javier se serenó. Había tenido una vida dura y, a partir de aquellos reglazos inmerecidos, había tomado la decisión de luchar contra las injusticias. Su padre era uno de los líderes de los sindicatos que combatían la suba de impuestos a la clase trabajadora. El Ayuntamiento, manejado por los republicanos aburguesados, no atendía los reclamos y mantenía los precios establecidos por la concesionaria que abastecía los productos de primera necesidad. Por eso, él formaba parte de la lucha e informaba al padre Cortiella, un amigo de la causa, para que con discreción pudiera mover algunos hilos y ayudarlos.
Javier había asistido a la celebración del 1° de Mayo en el Teatro Municipal, donde los oradores enardecidos habían condenado las condiciones de vida de los asalariados urbanos. También había participado de las reuniones de las asociaciones de resistencia de los estibadores, pescadores y productores de tocino, había vivido por dentro el recrudecimiento de la conflictividad laboral de los herreros y panaderos en los primeros meses de aquel año, así como la preparación de las huelgas de pintores, electricistas de la Cooperativa Eléctrica, albañiles, trabajadores no especializados e incluso de algunos trabajadores de la Imprenta Real. Por eso, respondió con orgullo:
–¡Sí, esta vez será algo grande: tarde o temprano, habrá una huelga general!
Charlaron un poco más del tema, pero cuando Mario consultó su reloj y observó el gesto de hastío de Jacoba, se dio cuenta de que debía despedirse del muchacho, lo que hizo con un apretón de manos y una sonrisa.
–Ah, aparte de aquellos injustos reglazos, su hermana fue una buena maestra. Me enseñó que no se debe juzgar a las personas por su apariencia –disparó antes de dirigirse hacia la puerta de la iglesia, mientras Mario lo seguía con la vista, hasta que lo vio darse vuelta y decir–: Y cuídese de los extraños. A veces, el hijo del señor realmente quiere pegarnos y robarnos el trompo.
Y desapareció dentro del templo, mientras el pecho de Mario casi explotaba a causa la violencia que conllevaban las últimas palabras del acólito.
En el viaje de regreso permaneció en silencio, mirando para atrás de vez en cuando. Jacoba percibió que algo lo inquietaba.
–¡Pareces preocupado, sobrino! ¿Qué te dijo ese muchacho para que te quedaras así? Ten cuidado con él. Anda metido con los huelguistas y con la chusma de los barrios pobres. ¡A ver si te trae problemas!

Marcela llegó a La Coruña el 29 de mayo, como le había avisado a Mario por carta. La diligencia debió detenerse en un sinnúmero de retenes montados por la Guardia Civil en varios puntos de Galicia, pues en la ciudad los ánimos continuaban exaltados. El presidente de Oficios Varios había promovido la huelga de algunos sectores, no dándole al concesionario las setenta y dos horas que le había solicitado el gobernador civil, a sabiendas de que ese era el tiempo que el empresario necesitaba para traer de Madrid a varios rompehuelgas bien pagos. Al mismo tiempo, los huelguistas habían organizado cuatro piquetes para disuadir de volver al trabajo a los obreros más temerosos.
El reencuentro los emocionó. Cuando Marcela bajó de la diligencia, él, como un caballero, le besó la mano, tomó el equipaje y lo llevó hasta la posada, donde la novia se hospedaría hasta el día de la boda, también en la calle San Andrés. Para evitar los comentarios de las lenguas viperinas de la vecindad, recién después de la ceremonia –y ya faltaba poco– pasarían la noche en la misma habitación.
Dejaron las maletas en la recepción y fueron a pasear alegres por las calles de la ciudad, rememorando su juventud en cada rincón. Marcela iba tomada del brazo de Mario, que sonreía cada vez que veían a algún que otro conocido, que no lo reconocía. Caminaron a lo largo de la avenida Marginal hasta la playa del Orzán, donde, después de quitarse los zapatos, se internaron en la arena, como antes. Siguieron hasta el faro, mientras recordaban los recientes sucesos, y cuando estuvieron en una zona donde nadie podía verlos, Mario la atrajo hacia él y la besó apasionadamente, con avidez.
–¡Querida, finalmente estás conmigo! ¡Ya falta poco! ¡Estoy tan feliz!
–Yo también, mi amor. Pero ten cuidado de que no nos vean aquí a los besos, así no alimentamos los chismes mal intencionados.
–¡A quién le importa! Aquí nadie nos ve. Solo el mar y el cielo. Y los peces y las gaviotas están de nuestro lado. Y Dios también lo estará.
Marcela bajó la vista. A veces, sentía temor de la ira divina, hasta que se serenaba y pensaba que Dios, máximo exponente del amor, no podía juzgar ni castigar a quienes tanto se amaban.
–Le pedí tanto por nosotros. Y a Nuestra Señora del Pilar. Y a santa Baia…
Regresaron a la ciudad. En la habitación, después de abrir las maletas, se abrazaron y se besaron de nuevo, y se dejaron caer sobre la cama de hierro, cubierta por una colcha a rayas grises y azules. Mario sintió en el cuello de Marcela la fragancia sutil que tanto le gustaba, una combinación de su perfume natural con agua de rosas. El talle de la novia parecía más redondeado y la presión suave, aunque persistente, de sus senos a través de la blusa era tan excitante como gratificante. Marcela le miraba el rostro con una mezcla de ternura y picardía. Le acarició las mejillas y el cabello corto y, cuando llegó al bigotito, lo enrolló y tiró de él hasta hacerlo gritar de dolor.
–¡Pícara, no hagas eso! Todavía no me acostumbré a él.
–Debo confesar que me quedé encantada cuando vi que un caballero tan gentil y bonito se acercaba a mí para recibirme y acompañarme hasta la posada. Eres un hombre con mucho garbo. Hasta estoy algo celosa de verte tan elegante y distinto, y además solo en esta ciudad. ¡Mira que sé cómo son las coruñesas cuando ven por ahí a un hombre tan seductor como tú!
Las carcajadas de ambos resonaban fuera de las débiles paredes del cuarto y se fundían con el graznido de las gaviotas, tan ruidoso que parecía como si estuviesen ante un pelotón de fusilamiento sin posibilidades de escapar.
–Sabes, ayer a la tarde fui a ver a tu madre, para pedirte en matrimonio.
Marcela dejó de reír y suspiró, mirándolo, expectante:
–¿Y ella?
–¿Realmente quieres saber? –Mario le besó delicadamente los labios y le puso el dedo índice en la nariz, como hacía cada vez que buscaba tranquilizarla–. No me recibió. Abrió la puerta de su casa, pero no salió y ni siquiera me dejó subir. Yo quería explicarle todo, decirle que vamos a tener un hijo, pedirle la bendición para el casamiento, pero cuando le dije que iba de parte tuya, cerró la puerta.
Mario omitió una parte del encuentro. Exactamente aquella en la que la madre de Marcela lo había insultado con furia y lo había mandado al infierno, en el preciso momento en que insistió en hablar con ella, pues quería, al menos, informarle del casamiento. Recordaba muy bien las palabras que le había gritado, antes de darle un portazo en la cara: “Mi hija se va a casar con el verdugo de su madre”.
–Dejemos pasar un día más para que se serene. Pasado mañana iremos juntos. En el fondo, tiene buen corazón y quiere lo mejor para su hija. Se va a poner contenta al saber que va a ser abuela.
De regreso a la posada Corcubión, Mario iba feliz, aunque no sabía que, en la penumbra de la noche, igual que durante el paseo por la playa, el mismo par de ojos le seguía los pasos. Ni que su dueño les hacía preguntas, aparentemente inocentes, sobre los huéspedes y las respectivas estadías a las empleadas de las posadas, a quienes les daba algunos billetes que tanta falta hacían en esos días de escasez.
Al día siguiente, mientras Marcela iba a comprar ropa adecuada para su gravidez, Mario se encontraba con un pariente lejano, Miguel Hermida, un empleado del Crédito Gallego, de cierta influencia en la ciudad. Tenía dos objetivos: proponerle que
fuera el padrino de su boda y pedirle que lo ayudara a obtener la carta de residencia, atestiguando sobre su identidad. Es decir, dos pasos fundamentales para poder casarse y hacer una vida normal, como ciudadano y buen padre de familia. De antemano sabía que la misión sería difícil, pero no tenía más remedio que intentarlo. Sin duda, su pariente debía recordar que Elisa lo había visitado antes de viajar a La Habana y que jamás le había hablado de su hermano.
El hombre escuchó, estupefacto, la historia que Mario le contó, y más anonadado quedó cuando su familiar le reveló que, fruto de la convivencia marital con Marcela, esperaba un hijo de ella. Después de beber a medias una botella de vino, acompañada con queso de tetilla, en una taberna en los alrededores de la agencia coruñesa del Crédito Gallego, Miguel Hermida acompañó a Mario al registro civil, donde no le fue difícil convencer a un empleado amigo de que su sobrino había perdido la cédula y dar fe de su identidad. Después de llenar el formulario, Mario salió de la repartición con el certificado que precisaba y el día totalmente ganado. Aunque estuviera sorprendido, Miguel Hermida era un hombre leal con los de su sangre. Por eso aceptó ser padrino de la boda.
Antes de regresar a la posada de Marcela, Mario se dirigió a casa de Jacoba Loriga, su madrina de bautismo.
–No, Mario, esta vez, lo lamento, pero no quiero –respondió con frialdad, incluso evidenciando cierto temor.
–¿Pero cómo, prima? ¿Qué sucedió? No me diga que no va a ayudar a su pobre pariente en este momento de felicidad.
Ella se mantuvo firme, con las mandíbulas apretadas, como si reprimiera algún remordimiento. Hasta que las abrió.
–No sé, Mario. Ayer, un hombre anduvo haciendo preguntas sobre ti. Si te conocía, cuánto hacía que te conocía, por qué acepté ser tu madrina de bautismo, si era la primera o la segunda vez que te bautizabas…
Mario tragó saliva y se quedó helado. Algo se le estaba escapando. Le vino a la mente la conversación con el acólito, que, en su momento, no había tomado en serio. ¿Había alguien en La Coruña que le quería hacer daño o que pretendía arruinar sus planes? En su mente se comenzó a dibujar una posibilidad. Y, de ser cierta, debía acelerar el casamiento y salir de inmediato de la ciudad.
–¿Y qué le respondió, prima?
–¡Lo mandé a pasear! ¡Le dije que no tenía derecho a meterse en mi vida ni en la de mis familiares! Pero no quiero problemas, muchacho. No los quiero en absoluto. ¡Mucho menos con la Justicia! Y hay algo en el aire, eso hay…
–Quédese tranquila –Mario trató de calmarla–. Me gustaría que conociera a Marcela, para que sepa que todo está bien. Quizás sea porque nos vamos a casar y ella está encinta. Sabe, siempre hay alcahuetes y pájaros de mal agüero…, gente que no tolera la felicidad de los demás. ¡Algún pretendiente celoso, prima! Marcela es una mujer muy bonita, inteligente y dotada. Y a muchos les gustaría casarse con ella.
“Y ser el padre del hijo que lleva en su vientre”, pensó sin decirlo. Pero los argumentos no surtieron efecto. Jacoba era una mujer de ideas firmes. Mario tenía padrino, pero no madrina. Y sin madrina no se podía casar.

Al día siguiente, 30 de mayo, la pareja se encontró temprano en la iglesia de San Jorge, para la misa. Mario quería que el padre Cortiella conociera a Marcela y comenzara con los preparativos de la boda. Pero ese día el sacerdote no abrió la iglesia. Por Javier supo que se preveían algunos enfrentamientos que podrían ser graves. Y temían que los disturbios pudieran llegar al templo e incluso al propio padre.
En verdad, el administrador de la empresa concesionaria de los bienes de consumo de la ciudad había conseguido que el día anterior llegaran ocho andaluces rompehuelgas en un tren desde Madrid. Por eso, durante la noche, los asalariados y consumidores habían organizado una manifestación cerca de los fielatos coruñeses, donde se cobraban los impuestos para la entrada y salida de mercaderías de consumo de la ciudad, para el caso de que los andaluces entraran en servicio en sustitución de los huelguistas. Y fue lo que sucedió. Cuando supieron que dos de ellos ya trabajaban en el fielato de Cuatro Caminos, cerca de dos mil personas, entre huelguistas, trabajadores de distintos oficios, mujeres y niños, marcharon en esa dirección. Cuando llegaron a la zona del fielato de la calle Caballeros, cerca de la estación ferroviaria, los guardias civiles que protegían el lugar les impidieron el paso. Pronto se instaló el caos. Algunas pedradas de los manifestantes fueron rechazadas por varias descargas de Mauser, a corta distancia de la turba.
Después del estruendo de los disparos de las armas semiautomáticas alemanas, siguieron los gritos desgarradores de los manifestantes, el llanto de las mujeres y una multitud huyendo, desorientada, en distintas direcciones. Las noticias se esparcieron con rapidez: un muerto y varios heridos, muchos de ellos internados en el Hospital de la Caridad. Pero las condiciones estaban dadas para el recrudecimiento de las posiciones y para una desgracia mayor.
La Guardia Civil a caballo y los soldados del Regimiento de Cazadores de Galicia comenzaron a patrullar las calles de la ciudad. En las sedes de las juntas directivas de varias asociaciones de trabajadores se decidió una huelga general, que se iniciaría a la mañana del día siguiente, viernes, hasta el domingo, en protesta contra la violencia de la represión de la Guardia Civil.

En medio de la crispación social que estallaba en las calles, Mario y Marcela vivían un noviazgo atormentado, con la urgencia de concluir todos los trámites del casamiento.
–¡Debemos resolver esto sin demora, querida! No es bueno que nos quedemos aquí mucho tiempo.
Mario fue a ver Marcela a su posada, y mientras caminaba iba mirando para todos lados, receloso hasta de su propia sombra. No le contó la conversación con Jacoba ni las insinuaciones del acólito. Pero ya estaba seguro de que alguien lo perseguía. Más allá de que los rumores fueran verdaderos o falsos, desconfiaba de todas las personas que veía a su alrededor sin ninguna ocupación aparente. Y la tarea se tornaba cada vez más difícil, con todo el movimiento de los huelguistas y de la gente que curioseaba en las calles, concentrada sobre todo en la calle de la Cordelería, en la calle Alta y en Orzán.
–Hoy iremos a casa de mi madre. Quiero que esté en mi casamiento y conseguir la madrina que nos falta. –Marcela también comenzaba a sentir la urgencia de la formalización del enlace.
–Afuera está todo muy conmocionado. Lo mejor es que vayamos a la tarde.
En los balcones de las sedes de las asociaciones laborales y en varias casas se veían trapos negros y frases que instaban a responder a la tragedia del día anterior. El Sindicato de Oficios Varios había convocado a una manifestación junto con la Asociación Tipográfica, sin comunicarla al gobernador civil, que se apresuró a prohibirla.
Por eso, los novios pasaron la mañana en la cama, mimándose y haciendo proyectos para el futuro. Ambos ansiaban superar esa etapa e irse de La Coruña, para vivir en paz el resto de sus días lejos de aquellas tierras.
–¡Nos iremos a Buenos Aires, Marcela! Es lo mejor. Ya averigüé el costo de los pasajes y dónde podemos embarcar.
–Vayamos a cualquier parte, con tal de librarnos de esta gente que nos detesta. Pero no te olvides de que pasaremos la luna de miel en Portugal. Me gustaría conocer Oporto. Muchos gallegos viven allá y dicen que es una ciudad agradable y acogedora. ¡Quizás incluso nos podríamos quedar allí!
–No me parece muy conveniente. Oporto está muy cerca de Galicia y, como dices, allí viven muchos gallegos. Quién sabe lo que podría suceder…
–¡Qué tontería! Después de casados, un hombre y una mujer, con un hijo…
–… o hija…
–Nunca me dijiste qué preferías…
–¡Una hija! Ya tengo el nombre para ella –respondió Mario, sin vacilar.
–Mmmh… ¿Qué nombre le pondrías?
–Cleide.
Durante un largo rato, Marcela se quedó pensando en el nombre. Hasta que una gran sonrisa se dibujó en sus labios, y el rostro se le iluminó, radiante de felicidad.
–Claro que sí: ¡Cleide! “Mi hija es Cleide y es tan bella que solo la puedo comparar con las flores doradas. ¡En ellas, como en un espejo, encuentro su imagen repetida!”, ¿te acuerdas?
–Ese hermoso obsequio que me hiciste siempre está conmigo, mi amor. Lo sé casi de memoria.
Mario la abrazó, recordando el momento en el que, en una librería de viejo de Santiago de Compostela, había encontrado el libro del que Marcela hablaba y que compró de inmediato para regalárselo a su amada.
–Yo también quiero que sea una niña, mi amor –concluyó Marcela, abrazándolo con toda su fuerza. Y se quedó así, sin ganas de separarse–. Antes de que nos vayamos del país, necesito regresar a Dumbría –agregó.
–¡¿Qué?! ¡Jamás volveré a ese lugar! ¡Ni pensarlo!
–Asumí un compromiso al que no quisiera faltar.
–¡¿Qué compromiso?!
–Terminar las clases con los niños. Son pocos días, no puedo irme con el remordimiento de no haber finalizado el año lectivo con ellos. Está a punto de concluir.
–Marcela, yo te comprendo. Pero no vamos a correr ese riesgo. Sabes bien que no es prudente… Después de lo que pasamos, no vamos a echar todo a perder.
–Nadie podrá meterse con nosotros. Volveré casada, con mi marido a mi lado. Mientras termino las clases, te quedarás en casa. Después, partiremos.

A la tarde, la ciudad se transformó. Alrededor de las cuatro, cerca de siete mil personas, casi todas con pañuelos negros en el brazo izquierdo, recorrieron las calles de la Cordelería, Orzán, la Fuente de San Andrés, Real, Riego de Agua, María Pita, Campo de la Leña y Torre hasta llegar al Cementerio de San Amaro. Jamás se había visto un funeral tan concurrido en la ciudad. Y menos por un hombre anónimo, pero que ya se había convertido en mártir de los derechos de los trabajadores coruñeses: Mauro Sánchez.
Con las calles temporalmente en calma, Marcela pensó que había llegado el momento de visitar a su madre. Mario la acompañó, pero se quedó a cierta distancia de la casa, para no exaltar los ánimos de su futura suegra.
Marcela tocó a la puerta, con el corazón sobresaltado. Era consciente de que tendría una dura conversación con su progenitora, pero pensaba que terminaría bien. El tiempo pasaba y nadie abría la puerta. Ni siquiera se oían ruidos en el interior. Miró alrededor y divisó a las vecinas Ricarda Fuentes y Francisca Ramos, que iban acompañadas por un adolescente.
–¡Hola, Marcela, qué gusto verte! ¿Qué haces por aquí? –la interpeló Ricarda.
–Vengo a visitar a mi madre. Me voy a casar en breve y querría que viniese a mi boda. ¿Saben por dónde anda? ¿Habrá ido al entierro?
Las mujeres se miraron por debajo de sus pañuelos y chales negros. Poco después, Ricarda soltó la lengua.
–Luego de la visita de tu novio, desapareció. No entiendo por qué no está feliz con el casamiento de su hija, pero no sé qué decirte.
–¿Y no saben adónde fue? ¿Si está cerca o lejos?
–Dijo que se iba a Santiago. Habló vagamente de un tratamiento o de una operación… No la volvimos a ver.
Como Marcela tenía la llave de la casa, entró para recoger algunas de sus cosas. Le conmovió ver a su muñeca de trapo, la que la madre le había regalado después de sacarla del asilo. Había sido su primer juguete. La primera amiga, con la que había dormido noches eternas, a quien le contaba sus temores y sus sueños, a la que le pedía consejos en la preadolescencia. Se abrazó a la muñeca con los ojos llenos de lágrimas. Tenerla en el regazo era como volver a una etapa de la infancia que no había tenido y a otra que sí había vivido, luego de salir del hospicio. De pronto, una mezcla de sentimientos le sacudió el corazón, que comenzó a palpitarle con tanta fuerza como si fuera a desbordarse. Aquella muñeca tenía el don de serenarla y también de despertar su inconsciente y darle la posibilidad de percibir cosas que estaban por suceder, cosas no siempre buenas, en especial cuando la apretaba contra el pecho y este se aceleraba, como si estuviera a punto de explotar. Permaneció con los sentidos alertas y empezó a mirar para todos lados, temerosa, congelada por los escalofríos que le recorrían la espalda y le erizaban la piel. Con ese extraño presentimiento aún presente, se frotó los párpados y recogió con prisa alguna ropa que todavía le podía servir. Era todo lo que llevaría consigo, además de su muñeca de trapo.
Cuando se disponía a cerrar el baúl con sus pertenencias, en los alrededores se oyeron dos estampidos. Dos disparos, seguidos de los gritos de la vecindad. Marcela sintió una opresión en el pecho y solo atinó a pensar en Mario. Fue rápido hasta la ventana. Ricarda, Francisca y otros vecinos iban hacia el lugar donde lo había dejado. Afligida, bajó las escaleras a toda prisa, se levantó las faldas y corrió como pudo en aquella dirección. Por el camino, se chocó de costado con un muchacho apurado, que iba en sentido contrario. En ese momento, vio en sus ojos el color de la venganza y en su mente se grabó para siempre aquel rostro asesino.
–¡Mario! –gritó repetidamente, mientras se apresuraba, agitada–. ¿Qué sucedió? –preguntó desesperada al verlo tendido en el piso, rodeado de gente y de sangre.
5 
Buenos Aires, 2009
El lunes a la mañana, Raquel volvió al trabajo. Antes de ir a su oficina, pasó por el bar de la librería para tomar un café con una porción de torta. El fin de semana había dormido poco, nerviosa por la decisión que iba a tomar. Y no disponía de mucho tiempo.
Marcelo había viajado al sur el domingo a última hora de la tarde. Con eso, había ganado una semana para decidir, tal como habían acordado, para mitigar un poco lo vivido en los últimos días. Pero con Carmela el tiempo escaseaba. Su novio, además, le había pedido que la pusiera al tanto de su propuesta. Y el tema no dejaría de surgir esa mañana, después de la habitual reunión de las diez, que Carmela tenía todos los lunes con las distintas jefaturas que dependían de ella, para preparar la semana empleando el método Kaizen de mejora continua, algo que, con esfuerzo, Raquel la había convencido de que aplicara en la empresa. Sentía la necesidad de que alguien la aconsejara, pero no se le ocurría a quién recurrir.

Si la abuela viviera, su inmensa sabiduría y su experiencia, de seguro, le habrían dado una respuesta certera, aunque no siempre fuese lógica ni evidente. Y sin duda le habría contado una historia para ejemplificar el consejo, como aquella vez que Raquel no sabía si debía seguir la carrera de Letras o la de Gestión, y la abuela le regaló una vieja muñeca de trapo, y le contó que había pertenecido a su madre y que era la mejor guía en los momentos de duda.
–¡Vamos, abuela! ¿Cómo puede ser? Una muñeca de trapo… ¿Dónde se vio?
–Vamos, no te rías. Esta muñeca siempre ha acompañado a las mujeres de nuestra familia. Ella iluminó a tu abuela y también a mí en muchas decisiones a lo largo de la vida. Me encantaría que te la quedaras y la guardases con cariño. Vas a ver que será una excelente consejera, un hombro amigo cuando lo precises.
Al día siguiente, en el desayuno, la abuela le preguntó, divertida:
–Entonces, mi amor, ¿qué te dijo el oráculo de la muñeca durante la noche?
–¿Cómo sabés que dormí con la muñeca, abuela! –replicó Raquel, recordando que le había parecido que la puerta se había abierto y cerrado en medio de la noche, y sabiendo, además, que la abuela nunca dejaba nada sin corroborar. Le hizo un guiño cómplice y respondió–: ¿Querés saber? Soñé que debía seguir las dos carreras. Como ves, la muñeca no resolvió mi dilema. ¡¿Dos carreras?! Tengo mejores cosas que hacer.
Al recordar ese episodio, perdido en la memoria, Raquel sonrió. ¿Cómo era posible? Había sucedido exactamente lo que había soñado la noche en que durmió con la vieja muñeca de trapo. Nunca le había pasado nada semejante.

Cuando llegó a la oficina, todo estaba como lo había dejado el viernes anterior. La silla desacomodada y el libro de autoayuda cerrado, con el sobre sin abrir adentro.
Se sentó y volvió a agarrarlo con cuidado. Era del tamaño de una postal, de esas que antiguamente se compraban durante los viajes para enviar saludos a amigos y familiares desde los lugares que se visitaban en las vacaciones y los viajes de placer o de negocios, y que ya casi nadie utilizaba. Las nuevas tecnologías permitían disponer de soluciones más baratas y atractivas, que incluso daban la posibilidad de llegar a cientos de amigos al mismo tiempo, mediante una foto sacada con un simple teléfono celular.
La blancura del sobre estaba apenas salpicada por su nombre en letras negras. Antes de abrirlo, volvió a pensar en quién podría haber enviado esa misteriosa carta. Pero, descartando a Marcelo, no se le ocurría ninguna otra idea. Hasta que una espantosa nube negra le oscureció el pensamiento. ¿Habría sido Guido? ¿Una carta de despedida, a pesar de que le había dicho que lo que más quería era vivir y escribir poemas hasta el último suspiro? Angustiada, pasó la lámina plateada del abrecartas a través del doblez. De pronto, sentía urgencia de leer su contenido.
Adentro, encontró una tarjeta de color marfil, elegante, del tamaño de una postal. En el ángulo superior izquierdo, un nombre impreso en caracteres Old English: Márcio Franco. Sus ojos se desviaron automáticamente hacia un punto fijo, arriba, a la derecha de la oficina. Su mente pasó revista a todos los nombres que recordaba. Sin embargo, aquel le era desconocido. Ni siquiera conocía a nadie con ese apellido. Enseguida, leyó lo que estaba manuscrito, en una letra de trazos elegantes, firmes y bien dibujados:
Señorita Raquel Contreras:
Sé que esta carta le provocará intriga, pues nunca ha oído de mí. Pero preciso verla con máxima urgencia. Soy extranjero y vine a Buenos Aires con el propósito de hablar con usted. Mi estadía será breve, por lo que le propongo que nos encontremos el lunes, a las diez de la mañana, en el bar del hotel Dorá, en Maipú 963.
Disculpe las molestias, pero como ya podrá comprobar, el tema es de sumo interés para usted.
Márcio Franco
Atónita, Raquel releyó la misiva, buscando alguna lógica, algún sentido a aquellas palabras. ¡Pero no lo encontró! No lograba imaginar por qué motivo un extranjero podía querer hablar con ella. De nuevo pensó en una despedida de Guido. Pero no cuadraba con su estilo. Ni mucho menos con una sorpresa preparada por Marcelo. No era afecto a las sorpresas y ya le había propuesto matrimonio. Además, al mencionarle la carta, había demostrado un absoluto desconocimiento del tema.
Miró su reloj: 9.27. Conocía bien ese hotel, en cuyo restaurante alguna vez había almorzado, cuando estaba abocada al estudio de Jorge Luis Borges, quien solía comer y reunirse allí con sus amigos intelectuales para conversar sobre literatura, filosofía y diversos temas de la actualidad de su época. La angosta calle Maipú cortaba la avenida Santa Fe. Pero, incluso si hubiera podido volar sobre el tránsito de esa mañana de lunes, no habría logrado llegar a tiempo. Y, además, si iba, tendría que faltar por primera vez a la sagrada reunión semanal con Carmela, precisamente cuando debía hablar sobre su propuesta, aunque fuera para solicitarle una semana más de tiempo.
Se puso de pie y miró a través de la ventana, hacia la Recoleta, y le pidió a su abuela que la aconsejara. Una vez más, debía decidir. Releyó la tarjeta. Quien firmaba aducía tener máxima urgencia en hablarle y disponía de poco tiempo de estadía en Buenos Aires. Una mezcla de temor y curiosidad la invadió. ¿Y si en verdad era algo urgente, algo que no podía esperar? Por primera vez, sintió la imperiosa necesidad de tener a su muñeca de trapo, para preguntarle o para estrujarla con sus manos transpiradas y los dedos contraídos contra las palmas.
Tomó una lapicera, escribió unas palabras para justificar someramente la necesidad de ausentarse de la librería y dejó la nota sobre el escritorio de Carmela. A esa hora, como todos los lunes, su jefa estaba reunida con el dueño.
Con prisa, bajó las escaleras y dudó entre ir en auto o en transporte público. Fue en coche. Prefirió tratar de meterse entre las hileras de autos como pudiera a tener que soportar el ritmo imprevisible de los ómnibus o el previsible del subte. De cualquier forma, llegaría tarde.

El hotel Dorá estaba instalado en un edificio histórico que se correspondía con la típica arquitectura porteña de mediados del siglo xx. Luego de estacionar en los alrededores, Raquel entró rápido por las puertas de vidrio sobre las cuales se leía en letras plateadas el nombre del establecimiento. Miró el reloj: 10.42. Le había sido imposible llegar más temprano.
Se detuvo para ver si alguien la reconocía, pues, más allá del nombre, no sabía nada de la persona que buscaba. A esa hora, era poca la gente en las mesas y los sofás del lobby del hotel. Dos mujeres rubias, de aspecto escandinavo, hablaban animadamente, sentadas en uno de los cómodos sillones de cuero negro, mientras ojeaban un mapa de la ciudad. En el sofá de al lado, apenas separado por una mesa cuadrada sobre la que se veían cinco bolas de un material textil en una elegante bandeja de ratán, un anciano leía el diario. Pasó a su lado, para que se viera obligado a mirarla, en caso de que fuese la persona que la buscaba, pero el hombre ni siquiera alzó la vista del periódico, evidentemente compenetrado en las polémicas de la política nacional. Así que lo descartó.
Más allá, sentado a una mesa de madera para dos, un hombre de poco más de treinta años, moreno y de cabello oscuro, gesticulaba mientras hablaba por teléfono celular. Le echó una ojeada breve a la joven, le sonrió y continuó su animada charla de fútbol, apenas interrumpida por los sorbos de café que tomaba con la mano libre. Raquel también lo excluyó. Al acercarse, se dio cuenta de que hablaba en perfecto castellano. Tal vez la había reconocido de la librería. O le había retribuido una sonrisa galante al ver que ella lo miraba fijo.
En las mesas restantes, algunas parejas tomaban algo mientras conversaban. Como nadie demostraba un interés especial en su presencia, decidió sentarse a una de las mesas vacías y estudiar mejor al resto de los clientes. Estaba mirando el salón, que combinaba el blanco del cielorraso y del piso con el vidrio y la madera de las paredes, decoradas con varias esculturas y pinturas de artistas argentinos, como Juan Carlos Castagnino, Mariano Pagés, Enrique Gaimari y Roberto Rosas, cuando el mozo se acercó con el menú.
–Un té, por favor. De manzanilla.
Volvió a mirar alrededor, concentrándose sobre todo en los hombres. Y de inmediato se sintió irritada al ver que el del teléfono celular continuaba siguiendo sus movimientos y haciéndole sonrisas galantes. Entonces, empezó a sospechar que la confundía con una prostituta o con alguien disponible para algún encuentro casual. Los demás, más allá de alguna mirada curiosa o del discreto disfrute de la elegante y natural belleza de Raquel, no mostraban ningún signo de interés. Verificó la hora: 10.55.
“¡Qué tonta! Todo esto no debe de ser más que una broma. Es cierto que llegué tarde, pero, si era algo tan importante, no entiendo por qué no me esperó. Me quedo hasta la once, y si no pasa nada, me voy”, pensó molesta, mientras exhibía de forma ostensible la tarjeta y la leía una vez más, como para que todos la vieran.
No sucedió nada. Se empezó a sentir incómoda e incluso recelosa, porque no podía dominar mínimamente la situación en la que se había metido. Llamó al mozo, decidida a pagar la cuenta e irse. En ese momento, sonó su teléfono celular. Era un mensaje. Lo leyó con el corazón angustiado. Carmela estaba furiosa por sus reiteradas ausencias. Jamás le había enviado un mensaje tan duro. Le escribió una respuesta rápida: “Perdón, Carmela. Tiene que ver con el sobre que me diste. No sé qué decirte. Estoy cerca, y ya salgo para allá. Si te queda bien, almorzamos juntas y te explico todo”. Unos segundos después, un nuevo mensaje: “Arreglado. A las doce y media. ¡Sin falta!”.
Pagó y mientras el mozo le daba el vuelto en el mostrador, se dio cuenta de preguntar:
–Disculpe, ¿hay algún huésped llamado Márcio Franco?
–Déjeme ver, señorita. Márcio, Márcio… ¡Sí, aquí está! ¿Necesita dejarle algún mensaje?
–No. Quiero decir… sí. Por favor, dígale que estuvo Raquel Contreras. Con eso es suficiente.
–Aguárdeme un minuto, por favor…
El hombre estaba escribiendo el mensaje para dejar junto a la llave de la habitación del huésped, cuando advirtió que en el compartimento había otro papel, que abrió y leyó con atención.
–¡Aguarde! ¿Dijo Raquel Contreras?
–Sí, soy yo. ¿Qué pasa?
–Aquí tengo un mensaje para usted. Lo dejó el colega que sustituí a las diez y media. Se olvidó de avisarme.
–¿Qué dice?
–Solicita que, en caso de que venga Raquel Contreras, se le informe que la esperó hasta alrededor de las diez y media, pero que tuvo que dirigirse con urgencia a la Embajada de Portugal, en frente, donde se demorará cerca de media hora.
Raquel no lo podía creer, mientras escuchaba las disculpas del hombre, que se lamentaba para sí por el descuido y la falta de profesionalismo de los empleados del hotel.
–¿Raquel Contreras? –oyó detrás, en un español con cierto acento.
Se dio vuelta como movida por un resorte, y se topó con un joven de su edad, con unos profundos ojos azules, cabello negro, casi azulado y bien recortado, con un pequeño jopo. Su suave perfume la turbó ligeramente. O quizás fue su sonrisa encantadora. O la armonía de su rostro, en el que sobresalía una quijada que le daba un aspecto tan recio como atractivo. Un rostro de una franqueza increíble. Y la mano estirada, con un leve sudor en la palma…, que se demoró en estrechar, confirmándole que sí, que era Raquel Contreras y que imaginaba que él se llamaba Márcio Franco, mientras el mozo aprovechaba para salir de escena.
–¿Tiene un momento?
–Desde luego –respondió, mientras trataba de recomponerse, porque por primera vez en su vida tenía una extraña sensación, como si un dragón hubiese abierto sus fauces adentro de ella–. Después de todo, tiene algo urgente que contarme, y por eso vine. Nadie soporta que no le revelen un secreto anunciado con tanto misterio.
Él soltó una carcajada, casi hipnotizado por el timbre grave de la voz de la joven. Pero enseguida se reprimió, mientras buscaba un sitio para hablar con comodidad. Señaló un sector donde los demás no podrían escucharlos.
–Antes que nada, permítame presentarme. Mi nombre es Márcio Franco, soy portugués. Vivo en Oporto, en el norte de Portugal, y soy abogado.
–Encantada. Imagino que no necesito presentarme –bromeó Raquel, acomodándose su largo cabello y tirándolo hacia atrás.
El hombre continuaba fascinado con la voz ronca de Raquel, un matiz desconocido para él y que lo hacía estremecer de pies a cabeza. Ella a su vez observaba una cicatriz que su interlocutor tenía en el cuello y que la camisa no lograba esconder, mientras se divertía con el esfuerzo que hacía para hablar en español, y cuyo resultado era un cóctel de palabras que sonaban tan extrañas como divertidas, aunque de fácil comprensión.
–Sí, sé algunas cosas sobre usted. Pero sé más sobre su abuela. Cosas del pasado que tal vez le interesen.
Cuando oyó que mencionaba a su abuela, a Raquel se le despertaron todos los sentidos y abrió grandes los ojos. Una energía indescifrable le recorrió la espalda, como una serpiente que descendiera por sus entrañas y anidara en su vientre. Y sintió un ligero malestar en el estómago.
–¿Cleide?
–Sí, Cleide. La Incógnita.
Raquel no esperaba aquella respuesta tan directa. Su pensamiento voló al gran tabú de la familia, algo que Cleide jamás había revelado. Cuando hablaba de su pasado, su madre, Marcela, era la protagonista inevitable de sus narraciones. Pero jamás había sabido quién había sido su padre. Y Raquel era consciente de que su abuela había vivido con aquella herida abierta en el corazón, sobre todo después de los trágicos sucesos que le había contado cuando la llevó a la estatua Suiza y Argentina unidas sobre el mundo, ubicada en el centro del bulevar de la avenida Dorrego, entre Figueroa Alcorta y Lugones.
Recordaba con nitidez el día en que habían visitado aquel lugar y también el shock que, como adolescente, había experimentado ante la estatua de bronce y granito que representaba a dos mujeres desnudas besándose. La abuela le contó entonces que aquel había sido un obsequio suizo a comienzos del siglo xx, durante los festejos del Centenario de la Independencia, algo que había causado mucho desconcierto y malestar en aquella época. La escena se completaba con una suerte de Cupido a caballo, por encima de las mujeres, que correspondía a la representación de la “Esencia del Tiro”, en referencia al deporte nacional suizo.
Fue en esa ocasión que se enteró de una parte de la historia familiar. La que Cleide conocía, o la que quiso contar.

–Aquí fue donde todo terminó… O donde todo comenzó –Raquel percibió que las lágrimas acompañaban la dificultad para hablar de su abuela–. Fue una herencia difícil la que recibí. No te imaginás cómo luché para triunfar en esta tierra. Ni cuántos años viví con la necesidad de vengarme a flor de piel, sin saber quién debía ser la víctima. Después, la vida terminó sosegando mis sentimientos. Ahora estoy un poco más en paz.
–Sí, abuela, sé que la vida te atemperó las emociones.
–Solo hay algo que mi corazón jamás logró resolver. Sigo con esa herida abierta. Nunca supe quién fue mi padre. Mi madre siempre me decía que él me conocía, que me amaba y que me dejaría la mejor herencia que un padre puede dejarle a una hija. Pero nunca llegó a decirme quién era ni dónde estaba esa herencia. O quizás fue mi imaginación la que, por alguna razón, fabricó ese recuerdo.
Raquel escuchaba atenta el triste relato de su abuela, conmovida por su resignado dolor, a tan avanzada edad.
–Cuando era joven, el dueño de la Librería Francesa, donde yo trabajaba, me contó una parte de la historia de Marcela y Elisa. Me quedé con la impresión de que él sabía quién era mi padre, pero murió sin decírmelo. Por eso, ni bien pude, indagué entre las comunidades gallega y portuguesa que ya estaban en Buenos Aires a su llegada, pero nadie me dijo nada concreto y hasta evitaban hablar del tema.
–¿Y hubieras querido conocer a tu padre, abuela?
–Después de la trágica muerte de mi madre, era lo que más deseaba en la vida. Si fuese más joven, regresaría al lugar donde me concibió y donde nací, hasta descubrir ese misterio que nunca me permitió sentirme totalmente completa. Cuando era niña,
me decían la Incógnita. Y ese mote me duró muchos años. No te imaginás lo que pasé en esa época. Y cómo me tuve que resignar a ese estigma, que me hacía ver como si estuviera incompleta. Después, cuando me dediqué al espectáculo, tengo que confesar que el apodo incluso me favoreció.
Una adolescente Raquel abrazó a la abuela y, con inocencia, le susurró al oído.
–No te preocupes, yo soy joven y puedo hacerlo por vos.
Cleide sonrió y la abrazó con benevolencia.
–Sé que lo harías por mí. Sos mi orgullo. Pero ya pasó demasiado tiempo, y aunque lo lograras, yo ya no estaría viva para saberlo.
Raquel la miró desconcertada.
–Pero incluso siendo así, si lo descubrís, vas a donde esté y me lo contás todo –concluyó la abuela con una sonrisa.
Con el tiempo, el episodio desapareció de su memoria, igual que otras tantas historias y hechos de su infancia. Cleide nunca más volvió a tocar el tema y Raquel lo olvidó, hasta la aparición de aquel hombre portugués.

Su corazón latía sin ritmo ni compás. Márcio la observaba . Íntimamente había esperado una reacción como esa. Aunque no sabía con exactitud lo que Raquel conocía sobre el pasado familiar, sin duda algún dato le habría llegado.
–¿Y qué información tan urgente tiene para contarme usted? Mi abuela murió. Y aquí no tengo más familiares.
–Lo sé. Para encontrarla tuve que investigar bastante. Pero, por favor, no me diga de usted. Márcio está bien.
–Y a mí puede decirme Raquel.
–Entonces será más fácil si nos tuteamos, ya que tenemos casi la misma edad.
Raquel iba a responderle que sí, cuando sonó su teléfono. Le echó un vistazo. Era Marcelo.
–Perdón, ¿no molesta si atiendo? Es mi novio.
Se levantó y regresó recién un cuarto de hora después, con el rostro desencajado. Ni siquiera haber pasado por el toilette para arreglarse el maquillaje evitó que Márcio sospechara que había estado llorando. Y tenía razón. Marcelo la había llamado para darle más detalles sobre el viaje a los Estados Unidos, pero al descubrir que Raquel no estaba en la librería y que ni siquiera se había reunido con Carmela para ponerla al tanto de la propuesta de trabajo y del casamiento, se puso furioso. Y la furia se transformó en gritos cuando ella le dijo que estaba en un hotel con un desconocido. Una vez más, los celos le turbaron el pensamiento y la amenazó con terminar la relación si no regresaba de inmediato al trabajo y no le pasaba el teléfono a ese desconocido, para que le explicara sus verdaderas intenciones para con su novia. Recién bajó el tono cuando percibió que ella estaba sollozando del otro lado de la línea y le decía: “¡Sos una bestia, un insensible! Nunca hay que arrinconar al otro contra la pared, sin darle escapatoria, especialmente a quien se quiere. Sos impulsivo, celoso, injusto y repugnante”. Cortó el teléfono y se fue al toilette para tratar de arreglarse.
–¡Disculpame! Sigamos… soy toda oídos. Ah, y podemos tutearnos, desde luego. Aquí es lo más normal –siguió, todavía aturdida.
De nuevo, él se sintió electrizado por la voz de la muchacha.
–Gracias, Raquel. Lo que te voy a contar te puede parecer raro, pero te pido que me escuches hasta que termine.
Ella, ya más animada, esbozó una sonrisa, y se acomodó para escuchar. El joven le generaba una extraña sensación de complicidad, que le producía un efecto ambiguo, por momentos, la tranquilizaba y en otros, le provocaba desasosiego.
–Tu abuela nació en mi ciudad, en Oporto, en 1902.
–Sí, eso lo sé.
–Sucede que mi abuelo murió hace alrededor de seis meses, en circunstancias muy oscuras.
–¿Tu abuelo conoció a mi abuela?
Cuando Márcio iba a responder, el teléfono celular de Raquel volvió a sonar. Ella miró la pantalla. Marcelo le pedía que lo llamara urgente. Se mordió los labios y le hizo una seña a Márcio para que continuara.
–No, no se conocieron. Mi abuelo falleció a los ochenta y un años, por consiguiente nació en 1928. A esa altura, tu abuela ya tenía veintiséis años. Y él nunca vino a Buenos Aires.
–Entiendo.
–Mi abuelo era un conocido periodista que, luego de una extensa carrera, escribía sobre curiosidades y lugares de la ciudad de Oporto en el Jornal de Notícias, uno de los diarios más leídos de Portugal. Escribía especialmente sobre historias del pasado. Por eso, solía frecuentar las librerías de viejo, donde recolectaba todo tipo de informaciones.
El teléfono celular de Raquel parecía haber adquirido vida propia y no paraba de sonar, con mensajes y llamadas. Márcio la veía mirar, hacer gestos, responder con mensajes cortos, hasta que, con los ojos enrojecidos, le pidió disculpas por las interrupciones permanentes y desconectó el aparato. Marcelo iba y venía entre pedidos de disculpas, nuevas amenazas e insistentes súplicas para que atendiera o le devolviese la llamada, pero Raquel ya estaba atrapada por la historia que escuchaba, y a la que quería dedicarle toda su atención.
–¿Por qué dijiste que tu abuelo tuvo una muerte oscura?
–Enseguida te lo voy a explicar –prosiguió, complacido por el hecho de que Raquel hubiese desconectado el teléfono, que interrumpía la conversación–. Un día, mi abuelo descubrió un testamento cerrado, de inicios del siglo xx, en el que un hombre rico de Galicia legaba su herencia a su única hija o a los descendientes de esta hasta la segunda generación.
Raquel seguía la historia de Márcio con creciente curiosidad, ansiosa de saber en qué momento el relato se relacionaría con el motivo del encuentro.
–¿Y quién era ese hombre?
–Ahora vamos. Pasó que, curioso como era, mi abuelo advirtió que el testador había escogido como albacea al notario de La Coruña. Entonces, se dirigió a esa ciudad con un amigo, que le hizo de guía, para saber si el testamento se conocía, si se había cumplido y averiguar datos sobre la historia que guardaba, pues quería contarla en sus habituales crónicas.
A continuación, Márcio le detalló los extraños hechos que se produjeron después de esa visita. Desconocidos que se le aparecían ofreciéndole comprar el testamento por sumas exorbitantes, llamadas de teléfono anónimas con amenazas, gente que lo seguía por la calle e incluso inexplicables robos en su casa.
–¿Y qué se hizo del testamento?
–Está guardado en una caja de seguridad. Mi abuelo no tenía dudas de que los robos apuntaban a obtener ese documento, por eso lo protegió.
–¿Y la policía? ¿Tu abuelo no hizo la denuncia?
–Por supuesto que la hizo. Pero antes de declarar apareció muerto.
–¿Cómo murió?
–De muerte natural. Eso fue lo que dijo el médico. Pero a mí nadie me convence de que no hubo intervención de terceros.
–¿Por qué?
–Esa es la cuestión. Ese testamento es el acceso directo a una increíble fortuna española, con sede en Galicia. Una empresa del sector de la indumentaria, con presencia en todo el mundo.
–¿Cuál?
–Traba.
–¿En serio? –Raquel abrió los ojos asombrada–. ¿De las tiendas Traba que están por todos lados?
–Sí, esas. Sucede que la empresa pasó a estar dirigida por los sucesivos herederos del testador, que con posterioridad tuvo otro hijo. Sin embargo, será total y definitivamente de ellos cuando exista la certeza de que se cerró el ciclo de la segunda generación de la heredera sin que la fortuna haya sido reclamada.
–Interesante, pero no entiendo qué tiene que ver conmigo.
–¿Todavía no te diste cuenta? Mi abuelo llegó a la conclusión de que Cleide, tu abuela, era la hija de ese hombre. Y que tú eres la segunda generación.
Raquel estaba aturdida, como si un torbellino de emociones le diera vueltas en la mente. Se reclinó en la silla, estirando las piernas y los pies. Su pecho volvió a agitarse. Márcio percibió que se había puesto pálida, por lo que llamó al mozo para pedirle un vaso de agua.
–Perdón, pero ¿cómo tenés certeza de todo eso? –le preguntó ya más tranquila, después de tomar el agua.
Antes de que Márcio pudiera responderle, el mozo se dirigió a Raquel:
–Señorita, tiene una llamada en la recepción. El señor Marcelo Pérez dice que necesita que lo atienda con urgencia.
–Muchas gracias; por favor, dígale que ya le devuelvo la llamada, que estoy en una reunión que no puedo interrumpir.
Márcio hizo una pausa y prosiguió, satisfecho ante la reacción de su interlocutora.
–No tengo la certeza. Mi abuelo no tuvo tiempo de explicarme cómo llegó a esa conclusión, porque murió de repente.
–Entonces, ¿por qué me buscaste?
–Porque él había identificado quién era Cleide y dónde había vivido. Y, con la ayuda de unos amigos míos de la Embajada de Portugal, descubrí que eres su nieta, la única descendiente viva. Finalmente, somos compatriotas, ya que tienes ascendencia portuguesa. Tu abuela nació en Oporto, como sabes.
–¿Y por qué viajaste para decirme todo esto? ¿Y con tanta urgencia?
El aspecto jovial y despreocupado de Márcio se volvió más serio. Ese era el tema crucial, ya que si, como pensaba, sus sospechas eran ciertas, eso los unía a ambos en un trágico destino.
–Como te imaginas, si alguien eliminó a mi abuelo para evitar que se conociera el testamento o que se lo ejecutara, el que lo hizo no va a quedarse tranquilo hasta no saber dónde está ese documento o hasta que no elimine a los herederos, si descubre que existen. ¡Si es que ya no lo sabe!
Raquel se quedó helada. La historia parecía tener cierto sentido y hasta encajaba con las dudas y los interrogantes de su abuela acerca de su padre.
–¿Y qué sugerís?
–Que vengas a Oporto para ayudarme a desentrañar el enigma.
Raquel no pudo evitar una desconcertante carcajada. No le bastaba el dilema que tenía entre manos, entre quedarse dirigiendo la librería que tanto quería y seguir a su futuro marido a los Estados Unidos, que además ahora le surgía esa propuesta de locos.
De repente, miró el reloj: eran las dos menos cuarto. “¡Carmela, el almuerzo!”. No bien encendió su teléfono, hubo una seguidilla de chillidos anunciando las decenas de mensajes y llamadas perdidas que había recibido durante su charla con Márcio.
–¿Puedo ayudarte? ¿Quieres que te alcance a algún lado?
–No, gracias. Lamentablemente no me podés ayudar. No sé ni siquiera para dónde voy. Pero, de todas formas, me tengo que ir ya, tengo muchas cosas que hacer.
–¿Y nuestro tema?
Raquel le dio una tarjeta con su número de teléfono celular.
–Llamame, así me explicás cómo te hiciste esa cicatriz en el cuello –dijo y salió del hotel corriendo hacia el lugar donde había estacionado su Fiat 600, mientras Márcio la veía desaparecer, de pie en medio del salón, con la tarjeta en la mano.
6 
Buenos Aires, 1910
–¡Después, a la tarde, te cuento un secreto, Sophie!
La niña abrió los ojos de par en par y sonrió.
–¿Un secreto? Contámelo ya, Cleide. Me encantan los secretos.
–Tonta, te dije que te lo cuento después. Tenés que esperar. Miss Lulú debe de estar por llegar. ¡No le digas nada!
Las dos amigas tenían puesto el uniforme de la escuela. Habían aprendido pronto a prepararse el desayuno, a vestirse y a jugar solas.
Pero no se podía decir que Cleide viviese encerrada dentro de su casa, situada en Suipacha 580. Sin embargo, con ocho años recién cumplidos, la niña vivía presa de un pasado del que apenas tenía algunos recuerdos borrosos y de un futuro incierto.
La vivienda era espaciosa, tenía tres pisos y estaba ubicada en una de las cientos o miles de cuadras de Buenos Aires. Nada semejante a esas islas urbanas, que parecían más bien guetos, donde habitaban los inmigrantes europeos de diversas procedencias, y que componían el mundo urbano de los trabajadores, desocupados y marginales, que contrastaba con el floreciente universo de los ricos y poderosos.
Igual que la capital de la Argentina, la casa de Cleide también estaba compuesta por dos mundos. El de Cleide se hallaba en el tercer piso, donde vivía con su madrastra, una francesa a la que llamaban madame Florence, pero que para la niña era simplemente mamá Florence. De su tercer piso podía bajar por una escalera de metal al jardín de atrás, siempre bien cuidado. En medio del jardín, florecía un jacarandá que daba unas flores intensamente azules, tan deslumbrantes como los ojos de Sophie, la amiguita de su misma edad que vivía en el cobertizo, al final de la propiedad, con su madre francesa, a la que casi no veía, a pesar de que, igual que la madrastra de Cleide, trabajaba en la casa de tres pisos. En verdad, cuando salían de la casa para ir a la escuela, las mujeres dormían, y cuando las niñas se acostaban, ellas estaban trabajando, en el otro mundo de la casa. Un espacio que Cleide desconocía, pero que imaginaba como el feliz universo de los adultos, porque se daba cuenta de que a diario entraban y salían muchos invitados, en general de muy buen humor. Y hasta le había escuchado comentar a su madrastra que habían recibido al propio presidente de la República, a jueces y a los más importantes comandantes del ejército, quienes le tenían gran respeto y admiración. E incluso hasta los aconsejaba sobre política y negocios, pues poseía muchísima información casi sin salir de la casa.
A la hora precisa, otra mujer, una polaca cuarentona, que era una suerte de gobernanta de ambos mundos, acompañaba a las niñas a la escuela, con sus uniformes impecables, y al finalizar el día, allá estaba, esperándolas para llevarlas de nuevo a casa, siempre apurada y quejándose de que no salían puntuales.
–¡Otra vez, niñas! Saben que no puedo perder tiempo.
Ellas se divertían haciéndola esperar para verla enojarse, pues no comprendían qué prisa podía tener la mujer, a quien no le conocían otra ocupación que no fuera llevarlas y traerlas de la escuela, arreglar el sector de la casa que Cleide conocía y socializar en el mundo de la casa que la niña desconocía.
–Miss Lulú, ¿sos vos la que recibís a los invitados de mamá Florence?
–¿Y vos qué tenés que ver con eso?
Ellas se rieron.
–Solo que es gente distinta. Y hay cada automóvil enorme parado en la puerta… Siempre entran con el cuello duro, como si fuesen a un velorio, y después salen muy sonrientes.
Miss Lulú miraba a las niñas desconcertada ante su pueril ingenuidad. Ella también había atravesado la edad de la inocencia con esas mismas ilusiones. Había nacido en una familia judía numerosa, en un campamento polaco, en los alrededores de Cracovia. Un sitio inmundo, donde se propagaban el hambre y la falta de futuro para cientos de niños, muchos de los cuales morían precozmente. Sucios de estiércol y muchas veces enfermos, pululaban alrededor de los automóviles de los comerciantes de pieles que, periódicamente, llegaban al campamento y se llevaban a algunos de ellos. Casi siempre jovencitas, entre los dieciséis y los dieciocho años. Para casarse o para tomarlas bajo su protección, según decían. Y muchas de ellas soñaban con un príncipe azul y una vida decente.
–Mis queridas, no piensen en lo que pasa con los adultos. Son muy chicas y no tienen de qué preocuparse. Las cuidamos bien, para que nada les falte.
La escuela quedaba a cuatro cuadras. Cada manzana medía cien metros por cien. Una hectárea simétrica, que se replicaba de a cientos o miles, y que convertían a Buenos Aires en una especie de colmena urbana. O mejor, en un enorme tablero de damas, como pensaba Cleide. Durante el recorrido que hacía a diario, ella se imaginaba como una jugadora de damas, y se sentía una pieza que se movía cuadra tras cuadra. Por eso, cuando se acercaban a la casa, las dos niñas corrían para ver quién ganaba la partida llegando primero al portón que daba al sector donde vivían. Miss Lulú se quedaba atrás, rezongando porque la dejaban sola. Al principio, se sentía descorazonada y asustada, con temor de que un auto las pudiera atropellar o de que se fueran por alguna calle de los alrededores y se perdieran, pero ya se había habituado a la rutina.
Ese día, estaba muy sensible. Cumplía cuarenta y seis años y nadie se había acordado de felicitarla ni de hacerle siquiera un regalo. Después de todo, era un día como cualquier otro. De pronto, recordó que también se cumplía otro aniversario, el trigésimo desde que había dejado a su familia para ir rumbo a un mundo nuevo y desconocido.

Temprano, esa mañana de su pasado, había llegado al campamento una carreta con tres comerciantes de pieles. Un enjambre de chicos corrió detrás, haciendo un gran alboroto. Cuando se detuvo, los pasajeros bajaron. Dos de ellos se apoyaron en el carro, encendieron un cigarro haciendo volutas de humo en el aire. Lulú, como las demás chiquillas, cosía y tejía, mientras espiaba por la ventana, sin ser vista. Los dos hombres aguardaban a que el jefe de la comunidad apareciera. El tercero había entrado en la casa de una anciana, una costumbre que atribuían al hecho de que tenía reconocidos poderes en cuestiones de plantas y enfermedades, además de que sabía todo lo que sucedía en aquella aldea nómade. Y a cambio de algunos eslotis, la anciana daba informaciones certeras. “Las niñas de aquella familia, no las aconsejo: están enfermas y mal alimentadas. Las de esa otra, tampoco: el padre pide una fortuna por ellas. Las de la tienda que está detrás de esa son todas muy bonitas, aunque algunas son perezosas y las demás, unas rebeldes. Por eso, les aconsejo las de la tienda azul. Son muy afables y sumisas, sobre todo, la menor, que es la más linda. Y el padre, con siete hijos que alimentar, anda precisando dinero. ¡Llévate esa, te servirá!”.
Lulú nunca supo que aquella vieja astróloga y discreta comerciante de destinos había decidido su vida. Como tampoco podía saber si habría tenido o no una existencia mejor si la anciana no lo hubiese hecho. Lo que sí supo fue que dejó a su familia con dinero suficiente como para vivir tranquila durante los siguientes tres años.
Cuando los hombres entraron, la puerta de la tienda se cerró. El padre y la madre se sentaron con los visitantes alrededor de la mesa grasienta. Lulú y el resto de sus hermanos y hermanas se quedaron en un rincón, observando la negociación del contrato. Cada una de las palabras que allí se dijeron la acompañarían hasta la tumba. Con hipocresía, los hombres se mostraron interesados por la hermana mayor.
–Quiero doscientos eslotis por mes, durante tres años.
–¿Estás loco? Nadie paga tanto dinero por una doncella, para tomarla bajo su protección. Cálmate, que tendrás una vida desahogada. Pero solo podrá ayudar a la familia durante los próximos tres años con setenta y cinco eslotis por mes.
El padre de Lulú se enfureció y les pidió a los hombres que se fueran, a pesar de que sabía que la vieja astróloga había recomendado su tienda, con la certeza de que él le pagaría un porcentaje en caso de que el negocio se concretara.
El visitante suspiró, con muestras de desinterés. Iba a levantarse, pero retrocedió para preguntar:
–¿La menor todavía es virgen?
Indignado, el padre llamó a Lulú y se la mostró. A continuación, juró él mismo, y le hizo jurar a Lulú con las manos sobre la santa Torá, que era tan pura como cuando llegó al mundo.
–¿Tanta juventud y tanto cuidado por mantener su pureza y su salud no valen, por lo menos, ciento cincuenta eslotis por mes?
El comerciante de pieles sonrió y le dio un apretón de manos al padre de la familia.
–Tienes razón. Ella los merece y todos ustedes los precisan. Y ya me dijeron que es una buena chica. Ciento cincuenta me parece razonable.
Enseguida, sacó de una bolsa de piel un contrato, en el que solo escribió el nombre de las partes, el de la joven y el monto de la transacción. Todos firmaron, incluida Lulú, a la que le obligaron a declarar que no rompería el contrato en nombre de la religión y del honor de la familia. Una familia más salía de la miseria y un nuevo “casamiento” se concretaba.
El viaje de luna de miel también era imposible de olvidar: la violaron, la golpearon y la encerraron en una jaula, donde la hicieron pasar hambre. Por eso, cualquier destino, como aquel prostíbulo del barrio de La Boca, en Buenos Aires, le había parecido más humano que aquella “luna de miel”. Allí empezó a atender a decenas de hombres por día, a dos pesos cada uno, que iban
a parar directamente al “marido” comerciante de pieles, que la había sacado del campamento de Cracovia. Hasta que cumplió cuarenta años y la rueda del destino cambió su vida.

Cuando llegaron a la casa, las dos niñas invitaron a Lulú al cobertizo donde Viviane vivía con Sophie. Le pidieron que esperara, y que un momento después entrase.
–¡Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz!
Lulú lloraba como una criatura, mientras abrazaba a las dos niñas, que con media docena de bananas, varias rodajas de ananá y otras frutas habían hecho una suerte de pastel.
Cleide estaba muy feliz, abrazada a su muñeca de trapo y mirando a la gobernanta, habitualmente fría y seria, sentada en frente del improvisado pastel, con un pañuelo en la mano con el que trataba, sin éxito, de secarse las lágrimas y también el vendaval de emociones que los recuerdos de su atormentada infancia le habían despertado.

Después que Lulú se fue a seguir con sus quehaceres del otro lado de la casa, Sophie corrió al lado de su amiga.
–Vamos, contame el secreto del que me hablaste esta mañana.
Cleide sonrió, la miró y la agarró de la mano:
–¡Vení conmigo! No hagas mucho ruido.
Subieron por la escalera de atrás hasta el tercer piso. Entonces, Cleide sacó una llave que había hallado de casualidad dentro de
un florero y abrió un compartimento, adonde veía entrar a la madrastra solo algunas veces, cuando se sentía cansada o enferma y no se encontraba recibiendo a los caballeros y dirigiendo la vida del otro lado de la casa.
La niña abrió la puerta con el corazón a los saltos y le hizo una señal a su amiga para que la siguiera. Entraron y cerraron la puerta con cuidado. Ya adentro, hallaron un arsenal de elegantes vestidos, con lentejuelas, de seda, de satén, cuidadosamente ordenados. También había zapatos, botas y sombreros de moda.
–¡Qué bonitos! –comentó Sophie, acariciándolos–. Algún día me gustaría vestirme así.
Cleide se rio, recordando lo que parecía cuando se los había probado, con lo largos que le quedaban.
–Dejalos. No te van. Vení acá –le ordenó, mientras improvisaba un asiento sobre un baúl–. ¡Mirá lo que hay!
Antes de sentarse, Sophie espió por encima del hombro de su amiga y vio que corría a un lado una pieza de madera, dejando a la vista una especie de visor, como si fuese la escotilla de un barco.
–¡Ah! –abrió la boca de asombro–. ¿Qué es eso, Cleide? –preguntó, al ver una luz carmesí más allá del vidrio.
–Ya vas a ver. Descubrí lo que sucede en el otro lado de la casa. No lo vas a creer.
–Dejame ver, nunca supe lo que hace toda esa gente que todos los días entra y sale desde el atardecer hasta altas horas de la madrugada.
–¿Prometés que no se lo vas a contar a nadie?
Sophie cruzó los índices y los besó, diciendo solemnemente:
–¡Lo juro!
–Entonces, acercate.
Se sentaron una al lado de la otra y espiaron por la escotilla. Era como si estuviesen mirando una película muda, de esas que la maestra decía que se veían en el teatro Odeón, ya que no podían oír nada de lo que sucedía del otro lado. Pero aquel ojo de buey debía de ser el lugar desde donde, a hurtadillas, la madrastra controlaba lo que sucedía en el enorme salón de la planta baja, hacia donde el visor apuntaba, y así podía castigar o llamar la atención de las muchachas que no se comportaban como ella quería. Adentro la tildaban de “bruja”, pues jamás sabían cómo se las ingeniaba para conocer todos los detalles, incluso cuando estaba enferma.
A la entrada del salón, en grandes letras rojas de vidrio, iluminadas con la energía eléctrica abastecida, desde 1906, por la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad, se leía: EL TABARÍN. Al fondo, un negro enorme y pelado recorría el teclado de un piano, acompañado por dos hombres de mediana edad. Uno de ellos pulsaba los botones de un bandoneón y el otro acariciaba las cuerdas de un violín con un pequeño arco de madera. Pero ellas no podían escuchar nada, solo veían los movimientos y las expresiones de los rostros. Al lado de la orquesta, cinco mujeres se apoyaban contra una pared, como si enfrentaran un pelotón de fusilamiento. Eran todas distintas, en los tonos de cabello, los cuerpos, unos más bamboleantes, otros más elegantes, y hasta en los sensuales vestidos que llevaban, excepto por el hecho de que todos tenían en la falda, al costado, uno o dos tajos, bien profundos.
Las niñas escudriñaban cada rincón de la sala con suma atención. La pequeña Sophie, que veía por primera vez aquel inimaginado espectáculo, tragaba saliva y no se perdía detalle. Observaba cómo Lulú abría la puerta de entrada, recibía a unos caballeros muy elegantes y luego colocaba en el guardarropa los sacos, los sombreros y los bastones de los presumidos señores. Y allí, en el centro del salón, estaba la madrastra de Cleide, a quien todos iban a saludar con cortesía, como si fuese una obligación. Ella los recibía con reverencias y sonriente, y los conducía a las mesas disponibles. Y Lulú les servía las bebidas, con innegable profesionalismo.
De vez en cuando, los músicos se detenían, intercambiaban algunas palabras, quizás para acordar la siguiente melodía, y entonces comenzaban a tocar de nuevo.
De repente, a través de aquella pequeña ventana redonda, la pantalla de la película muda a la que asistían, vieron que dos hombres se levantaban y se dirigían a las mujeres que estaban al lado de los espejos. Después de un breve intercambio de palabras, caminaron al centro del salón, tomándolas de la cintura. En medio del salón, frente a frente, juntaron los brazos, y sin siquiera mirarse y con gesto afectado, comenzaron a moverse frenéticamente.
A Cleide le pareció que el conjunto formaba un extraño animal de cuatro patas, semejante al Minotauro, una figura mitológica cuyo dibujo había visto en un libro de la biblioteca de la escuela. En vez de mostrar felicidad, bailaban con furia, los pies endemoniados, como si existiera cierto rencor entre las dos partes de ese animal, que apenas se unían durante algunos minutos. Dos desconocidos bailando uno frente al otro, jamás simétricos, aunque creando una extraña armonía, completándose en su mutuo desconocimiento. La mujer, obediente y el hombre, dominador, enhebraba sus piernas en las de ella, en un arriesgado equilibrio, como si bailaran en la oscilante cubierta de un barco, sin desacoplarse jamás.
El secreto se había convertido en un vicio para Cleide. Desde que había descubierto la ventana mágica, todos los días se pasaba una hora mirando aquella extraña danza. Un mes antes, incluso sin conocer los ritmos que llevaban a los bailarines a realizar semejantes hazañas, había agarrado a su muñeca de trapo simulando aquellos frenéticos movimientos y tratando de imaginar lo que sentían los bailarines que en la pista parecían tocados por mil demonios. Y día tras día repetía los pasos con su pareja de trapo.
De repente, Sophie lanzó un grito, que enseguida reprimió poniéndose una mano en la boca. Cleide se dio cuenta del motivo. Se había olvidado de avisarle. La madre de su amiga bajaba la escalera desde el segundo piso, acompañada por un desconocido de bigote recortado y con el cabello recién humedecido con brillantina. El hombre saludó a la madrastra de Cleide con varias reverencias, se dirigió a la salida y Lulú le entregó su ropa, mientras recibía unos billetes, que luego guardó en un cajón.
Sin comprender lo que sucedía, Sophie comenzó a llorar y se fue corriendo del cuarto secreto hacia el cobertizo.

Sophie quedó profundamente perturbada por el shock de ver a su madre subiendo y bajando aquellas escaleras e imaginar que ella también bailaba esas danzas endemoniadas, desconcertantes y desencajadas con hombres desconocidos.
A la mañana siguiente, se negó a ir a la escuela. Por primera vez desde que había tenido aquel ataque de sarampión, cuando pensó que iba a morir hecha una lagartija llena de lunares, no pegó un ojo hasta que su madre llegó. A las cuatro de la mañana, después de mucho champán y muchos bailes sin placer alguno, aunque habiéndolo ofrecido. A las cuatro de la mañana, como todas las noches, excepto el viernes, su día libre. La madre le dio el beso habitual, antes de ir a su cuarto. La niña simuló que dormía, pero el corazón le latía desacompasado.
A la mañana, cuando la madre se despertó, notó que su hija no había salido de la habitación y se veía triste y tenía unas profundas ojeras debajo de los párpados. Al verla enferma, le preparó un té.
–Mamá, ¿qué hacés en tu trabajo?
Viviane se dio vuelta tan de golpe que se quemó con la tetera. Mientras se chupaba el dedo para calmar el dolor, titubeó:
–Hija…, yo trabajo con madame… aquí al lado, muy cerca. Y no dejo que te pase nada malo…
–¿Cuándo voy a vivir con vos a la orilla del río, como me prometiste? ¿Cuándo voy a estar con vos todos los días?
La madre la abrazó evitando que su hija viera las lágrimas que le caían por las mejillas. Alguna vez, Viviane había corrido los riesgos de la profesión más antigua del mundo. No siempre era posible evitar un embarazo indeseado o interrumpirlo a tiempo. Jamás le había contado a su hija quién era su padre. En verdad, ni siquiera ella lo sabía con seguridad. Cuando quedó embarazada, el cafishio que se quedaba con el dinero que ella ganaba, fingiendo que la protegía y prometiéndole una vida futura, le había exigido que abortara, pero ella no fue capaz. Había pasado momentos muy malos, durante casi un año gastó todos los ahorros que tenía y algo más que madame Florence le adelantó, porque no podía bailar ni atender a la innumerable clientela de la casa más famosa de la ciudad porteña.
Madame Florence la ayudó dándole dinero adelantado y cobijo. A partir del momento en que su vientre empezó a crecer, y no precisamente producto de la comida, permaneció todo el tiempo encerrada en el cobertizo.
Prisionera voluntaria y sin otra posibilidad. Ya que había sido abandonada por el cafishio de Le Milieu –un grupo semiorganizado de franceses que llevaban muchachas jóvenes de París a Buenos Aires con promesas de trabajo y matrimonio–, ese hombre que la había seducido en la puerta de una fábrica de los alrededores de París con palabras dulces y la promesa de un techo y una vida en común. Y aquel sueño que ese hombre apuesto y persuasivo le había prometido no era sino el que cualquier muchacha de su condición deseaba, en aquella París de pobres y marginales.
Pero su ilusión se comenzó a desvanecer de inmediato, en el mismo transatlántico, ya que él viajó en primera clase y ella, en tercera, por lo que se veían apenas unas horas al día. Hasta que, finalmente, el hombre le dijo que, para poder bajar del barco, debía dar el nombre de una mujer, aduciendo que era su tía, y en cuya casa sería acogida. La mujer resultó ser la dueña de un burdel, ante quien tanto la policía como los funcionarios de migraciones hacían la vista gorda por órdenes superiores y a cambio de generosos favores.
Tampoco tardó mucho en descubrir que su bondadoso protector tenía además otra mujer en un lupanar de Buenos Aires. Ella era el “duplicado”, como las llamaban los hombres de Le Milieu que iban de remonta a París a buscar una segunda fuente de ingresos. Con las dos, el rufián se transformaba en un hombre rico, que no hacía otra cosa más que recolectar las ganancias de ambas, pagarle a la dueña del burdel y dejarles a las mujeres unos pesos miserables, apenas una mínima parte por su trabajo.
Eso le había sucedido a la madre de Sophie, como a miles de jóvenes francesas. Igual que a madame Florence, antes de retirarse y convertirse, con la ayuda de un anciano viudo que se había deslumbrado con ella antes de morir, en la dueña de su propia casa y hacerla florecer, convirtiendo El Tabarín en el cabaret más renombrado del Río de la Plata. En una ciudad donde había medio millón más de hombres que de mujeres, especialmente inmigrantes europeos, las “franchutas”, como llamaban a las mujeres de los prostíbulos que venían de Francia, eran las más codiciadas para aplacar las necesidades masculinas, tanto como para aliviar las respectivas billeteras. Su fama en el arte de amar encendía la imaginación de los porteños. Por eso, por quince minutos de pasión, sin charla, pagaban cinco pesos por las francesas y apenas dos por las polacas. Las primeras trabajaban en los barrios ricos; las otras, en el miserable barrio portuario de La Boca.
Viviane no quería ese destino para su hija. No trabajaba para ningún rufián francés ni argentino, sino para garantizarle un futuro a Sophie. Por eso, llena de lágrimas, solo respondió:
–Bailo tango en la academia, mi amor. Algún día lo dejaré y viviremos solas vos y yo.
La niña se ilusionó y, cuando Cleide volvió de la escuela, corrió a contarle la noticia.
–¡Lo que vimos ayer es el baile de tango! Mi mamá es una bailarina. A todos les gusta bailar con ella y, un día, nos vamos a ir de aquí a vivir a otra casa, las dos solas.
Cleide no se mostró demasiado sorprendida. Ya sabía que aquel baile era el tango. Había oído comentarios en la calle y en la escuela, cuando le decían “Franchutita” o “Incógnita”, nombres que la hacían apenar y rebelarse, sobre todo el último, porque se refería a que no sabía quién era su padre. La puso triste la idea de perder a Sophie. Era su compañera de juegos y si se iba ya no tendría con quién jugar y pasar el tiempo. Debería pedirle a su madrastra que la mantuviera en su casa el mayor tiempo posible.

A partir de aquel día, ambas comenzaron a observar en detalle a las bailarinas. No pasó mucho tiempo hasta que las dos se juntaran y empezaran a imitar los pasos que veían a través de la escotilla secreta.
–¡Falta algo! –dijo Cleide, de pronto.
–¿Qué? ¿Un muchacho? Podemos pedirle al Alfonso, el hijo del portugués que te sonríe cuando pasamos por la farmacia del padre –respondió Sophie, riéndose con ganas, pues todos los santos días ahí estaba él, con una sonrisa, jugando al trompo y saludando con cortesía a las niñas.
–Oh, no me interesan los muchachos. Son todos unos tontos. Y además, él nos sonríe a las dos.
–Sin embargo, yo creo que su sonrisa es para vos. ¿Pero, entonces, qué falta?
–¡La música! ¿Cómo vamos a bailar como se debe sin oír la música? Tenemos que encontrar la manera de escucharla.

Sobre todo después de que Sophie se enfermó, Lulú empezó a desconfiar de las risitas y secreteos de las dos niñas al regreso del colegio.
–¡Las niñas andan tramando algo! Tengan cuidado –advirtió, convencida de que solo se trataba de una travesura de chicos.
Pero ellas ya se habían puesto de acuerdo para abrir la puerta prohibida del tercer piso y bajar las escaleras hasta lograr oír lo que querían. Descubrieron que madame Florence tenía una segunda llave y, así, partieron a la aventura.
Con una mezcla de miedo y curiosidad, giraron la llave, abrieron la puerta de madera maciza y empezaron a bajar, hasta que llegaron a otra puerta, al fondo del corredor, por donde se accedía al segundo piso, donde vivían las bailarinas. Desde allí, era más fácil alcanzar la puerta del primer piso, que daba al salón de la planta baja, detrás de la cual se pusieron a escuchar.
Por entre las hendijas ya se oían algunos acordes. Giraron lentamente el pomo de la puerta, conteniendo la respiración. No estaba cerrada con llave. Sonrieron. A medida que se abría, el sonido de los instrumentos de la orquesta iba llegando a sus oídos.
Se quedaron petrificadas al escuchar aquella extraña música que avanzaba y retrocedía, con varios requiebres provocados por el fuelle del bandoneón. Al principio, no les gustó. Era una sensación de absoluta extrañeza. Pero con el pasar de los días parecía que los sonidos se convertían en una adicción, una droga de la que no podían prescindir. Se ponían a escuchar con la puerta entreabierta durante una hora, pues habían descubierto que, a partir de las cinco de la tarde, las habitaciones del primer piso empezaban a estar ocupadas por parejas. Así que, un poco antes, corrían hacia la escotilla del cuarto secreto de la madrastra y se quedaban mirando los movimientos, en completo silencio.
Finalmente, iban para el cuarto de Cleide, levantaban la cabeza con afectación, imitando a los bailarines del salón, cerraban los ojos, imaginando los acordes musicales, en las secuencias que conocían, y bailaban como si no hubiera un mañana.

–¿Quién es tu mamá, Cleide? –le preguntó Sophie en medio de una de esas sesiones de tango con música imaginaria.
La niña detuvo el movimiento de piernas que estaba entrenando, para imitar un complejo paso oblicuo que le había visto hacer a una bailarina nueva. La parada repentina desequilibró a su amiga, que, sin apoyo, cayó al piso.
–Perdón…
–¿Qué te pasó, Cleide? –le preguntó Sophie, mientras se levantaba apenas repuesta.
–Nada, nada…
–Lo único que te pregunté fue quién era tu mamá. Nunca te lo había preguntado. Yo sé que madame Florence no es tu mamá. Todos lo saben.
–Sí, no es mi mamá. Pero no quiero hablar de eso –contestó, apretando la muñeca de trapo contra el pecho.
–Perdoname, no te quería lastimar. Pero… –e hizo silencio.
–Dejé de ver a mi mamá hace mucho tiempo. Tengo buenos recuerdos de ella. De repente, no la vi más. Primero me dijeron que se había ido lejos, después, que se convirtió en una estrella. Todas las noches miro al cielo y rezo para que vuelva.
–¿Y pensás que va a volver?
–Sí, estoy segura. La extraño. De repente, vine a parar acá. Y madame Florence se hizo cargo de mí.
–¿Cómo se llamaba?
Cleide se quedó en silencio.
–¿Por qué no me lo decís?
–Madame Florence y Lulú me hicieron jurar que jamás le diría a nadie el nombre de mi mamá.
–¿Ni a mí?
–A lo mejor un día te lo digo. Ahora, todavía tengo miedo. Ellas me lo repitieron varias veces. Y le inventaron un nombre, por si alguien preguntaba: Margot. Pero yo sé que mi mamá no es francesa y que yo nací en otro país, muy lejos de acá. Mi mamá me lo dijo. Y la tía Elisa también.
–¿La tía Elisa?
–Olvidate.
Cleide comenzó a llorar agarrada a su muñeca de trapo, la única herencia que su madre le había dejado.

Lulú seguía con los ojos puestos en las dos, porque desconfiaba de su comportamiento. Si antes, a la salida de la escuela y por las calles, se demoraban a propósito, ahora eran las primeras en estar en la puerta del colegio y se apuraban para llegar cuanto antes a la casa. Por eso, en la primera oportunidad que se le presentó, después de dejarlas para que hicieran las tareas, decidió seguirles discretamente los pasos.
No le fue difícil descubrir sus actividades vespertinas: escuchar la música, mirar la danza a través de la ventana secreta y bailar compenetradas, en absoluto silencio. Apenas se oían los zapatos golpeando en las tablas del piso.
El corazón se les salió por la boca cuando se dieron cuenta de que las había atrapado.
–No les digas nada a madame Florence ni a mi mamá, por favor.
–Sí, no digas nada. Mamá me mata. Por favor, Lulú…
Después de una gran reprimenda y mucho llanto, Lulú les hizo prometer que no lo volverían a hacer.
–Aunque sea dejanos bailar con el recuerdo de lo que vimos y escuchamos.
–¿Por qué, niñas? ¡Esto no es para ustedes!
–Así, cuando seamos grandes, ya vamos a saber bailar tango. ¿Acaso no vamos a trabajar también del otro lado de la casa? ¿En El Tabarín?
Lulú se puso pálida y por un instante le faltó el aire. Sintió un vahído y se sentó en el borde de la cama, para no caerse. No pudo evitar las lágrimas. Ante el asombro de ambas niñas, empezó a llorar compulsivamente y corrió al baño para arreglarse. Cuando volvió, se sirvió un vaso de limonada y la bebió de a sorbos, antes de responder a la pregunta que había quedado en suspenso:
–¡No, allí jamás! Solo sobre mi cadáver –tartamudeó, recordando la promesa que había hecho en otro tiempo.
7 
La Coruña, 1901
–¡Dios mío, Mario! ¡¿Qué sucedió?!
El novio de Marcela se hallaba tirado en el suelo, débil, herido, pero fuera de peligro. En la puerta de la casa, en cuya entrada se había protegido, dos agujeros evidenciaban adónde habían penetrado las balas.
–No lo sé. Las calles comenzaron a llenarse de gente que volvía del funeral. Se oía un griterío y peleas por el lado del Obelisco. Y disparos. En medio de la multitud, dos tiros salieron en mi dirección. Por suerte, solo uno me hizo un raspón.
–¡Qué horror! ¿Será que te querían matar? –preguntó Marcela, con la imagen del hombre que escapaba con el arma en el puño grabada en su mente.
Después que una vecina le limpió la herida, le detuvo la sangre y le hizo un vendaje en el brazo, Mario se sentó en el suelo, se sacudió el polvo de la ropa y se levantó despacio, mientras pensaba la respuesta. Prefería creer que había sido obra de la casualidad, más allá de que tuviese dudas acerca de esa posibilidad. También le pareció haber visto a Javier cerca de la zona de donde habían salido los disparos, pero lo relativizó.
–Quizás fueron balas perdidas. Los ánimos están muy crispados.
En verdad, el incremento de la inestabilidad urbana había fragilizado al poder político, obligando al gobernador civil a delegar el mando en el capitán general de Galicia, José Lachambre. La entrega del poder político a la máxima autoridad gallega hizo que, de inmediato, se declarara el estado de guerra, con la consiguiente represión de la multitud que regresaba del funeral, y que comenzó en el Obelisco y se extendió por todo el centro de la ciudad. El accionar de la infantería, escoltada por un escuadrón de la caballería de la Guardia Civil, con derecho a responder a las pedradas del pueblo, terminó en seis muertos, decenas de heridos y varias detenciones.
Pero esa no era la principal preocupación de la pareja de novios, que solo trataba de concretar el destino de su felicidad. Por eso regresaron a la posada donde se hospedaba Marcela y allí pasaron la noche juntos, después de que Mario se volvió a curar la herida. Por cautela, el novio prefirió correr el riesgo de algún que otro comentario viperino, antes que lo sorprendieran a solas en su habitación.
–¿Te duele mucho? –le preguntó Marcela, recordando de nuevo el rostro del atacante.
–No, tus besos me aliviaron el dolor. Esto se va a curar rápido.

A la mañana siguiente fueron a la iglesia de San Jorge para asistir a misa y conversar con el padre Cortiella. Cerca de la entrada, Mario advirtió que, con el dedo índice, el acólito Javier le hacía una seña discreta.
–Querida, ve entrando, yo ya estoy contigo –le sugirió a Marcela, que, mientras tanto, se había unido a Ricarda Fuentes, que recién llegaba y con quien ingresó mientras comentaban los sucesos del día anterior.
–Hola, Javier, qué bueno encontrarte de nuevo. ¿Estás bien? ¡Los ánimos están caldeados por estos lados!
–¡Así es! Oí decir que ayer hubo de sobra para usted… Tuvo suerte, a pesar de todo.
–No oíste decir, estabas ahí, lo viste con tus propios ojos.
Ahora Mario estaba seguro de que una de las figuras que había visto en el lugar era Javier, que vestía la misma chaqueta lila del día anterior.
–Sí, encontré un pájaro que andaba por allí espiándolo –respondió algo ruborizado.
–¿En serio…?
–Lo seguí y cuando lo vi apuntar el revólver hacia usted, le di un empujón.
Mario se quedó mirando al acólito, sorprendido, sin saber qué decir.
–Pero no se preocupe, no lo volverá a molestar.
–¿Cómo?
–Es un delincuente de cuarta categoría del barrio de Monte Alto, que quiso aprovechar el tumulto para disparar y pasar inadvertido. Pero no se me escapó y tampoco me fue difícil reconocerlo. Le dije que si le sucedía algo, tenía los días contados.
Y él sabe bien que puede sufrir cosas atroces antes de quemarse en el infierno. Nadie se mete con la Pandilla del Bien…
–¡Gracias! –titubeó, todavía helado–. Me salvaste la vida, Javier…
El acólito sonrió, asintiendo con la cabeza.
–¿Y no le preguntaste por qué me perseguía?
–En nuestro código de honor no hay preguntas. Solo órdenes. O uno las obedece o se atiene a las consecuencias. Y puede tener la seguridad de que ese no volverá a contactar a quien le encomendó el trabajo en mucho tiempo.
–¿Por qué hiciste eso por mí?
–Tenía algunas deudas pendientes con mi primera maestra. Un día me salvó de que un grandote de cuarto grado me diera una golpiza solo porque me reí del tropezón que se había dado al salir de la escuela.
Mario tragó saliva y abrió grandes los ojos.
–¡Ahora entremos, el padre me espera para comenzar la misa!
Durante la celebración religiosa, Mario observó al acólito, mientras asistía al oficiante con la Biblia y los ornatos sagrados. Su hábito blanco y sus gestos suaves no se condecían en nada con el feroz justiciero que acababa de descubrir. Interiormente, le agradeció el gesto. Tal vez le debía la vida. Pero lo que había sucedido significaba que alguien lo perseguía y le quería hacer daño. Y eso podía tener un solo objetivo: impedir a toda costa su casamiento con Marcela. Y Mario sabía por qué.

A la salida de la misa, Ricarda Fuentes, quizás aún conmovida por los eventos del día anterior, invitó a la pareja a comer unas tapas y tomar algo en su casa.
–Como sabes, es una casa sencilla, Marcela, pero siempre está abierta para los amigos.
–Le agradezco, doña Ricarda. Sin familiares aquí, los únicos que pueden ayudar son los amigos.
–No comprendo por qué tu madre se fue tan repentinamente de la ciudad.
–Como sabe, vine aquí a pedirle la mano de Marcela –interrumpió Mario–. Pero no quiso recibirme.
–Sí, algo hace que no le gustes, Mario. Algo que no me explicó, pero tendrá sus razones. Eres un hombre buenmozo, fino, educado. No entiendo… Me gustaba tanto conversar con ella –y dirigiéndose a Marcela, dijo–: ¡Eres la única hija que tiene y no quiere asistir a tu boda! ¡Dios mío!
–Pero no podemos postergar más el casamiento. Está todo listo. Y tenemos el viaje de bodas contratado –interrumpió Mario–. Solo nos falta la madrina. Y sería un gran honor que una señora tan respetable como usted, doña Ricarda, fuese la madrina de nuestra boda.
La anciana dejó de masticar el chorizo y el pan que tenía en la boca y se quedó mirando al novio. Cuando finalmente pudo tragar, respondió:
–No puedo, aún estoy de luto por el fallecimiento de mi querido Antonio. Y no es de buen augurio ser madrina durante el luto.
–Bueno, pero a los ojos de Dios esa no es una razón atendible.

El 8 de junio, alrededor de las siete y media de la mañana, el padre Cortiella celebraba el matrimonio de Mario y Marcela en la iglesia de San Jorge. Fue una ceremonia sencilla y sin pompa, a la que asistieron pocas personas. Además del cura y de los novios, estaban los padrinos Miguel Hermida y Ricarda Fuentes, la vecina Francisca Ramos, el sacristán, el representante del juzgado y el acólito Javier. Y un perro callejero que entró en el templo sin que nadie se diera cuenta, para protegerse de la lluvia.
Cuando aceptó a Mario como su marido, Marcela sintió una profunda emoción. Estaba cumpliendo un deseo que jamás había imaginado que pudiera hacerse realidad. Apretó el ramo de azahares contra su pecho y, mentalmente, le rezó a Nuestra Señora del Pilar para que la protegiera y bendijese su matrimonio, así como al pequeño ser que se gestaba en su vientre.
Mario y Marcela sintieron una emoción inconmensurable cuando esta dijo que sí, que aceptaba el amor de Mario como esposo, a cuya felicidad se dedicaría en alma y corazón cada día que le fuese concedido vivir. Muchos años había pasado amando a Marcela en las sombras.
Para Mario habían sido quince de sus treinta y ocho años, a pesar de que el certificado de matrimonio indicaba que apenas tenía treinta y dos, igual que Marcela, que, en realidad, iba a cumplir treinta y cuatro. Desde que el volcán había hecho erupción por primera vez, haciéndole estremecer las entrañas y provocándole un vacío en el estómago, no había pasado un solo día sin pensar en su amada, en la mujer que llenaba ese vacío y le daba sentido a su existencia. Pero ni en sus mejores sueños imaginó que un día entraría a una iglesia, vistiendo un lustroso traje nuevo, brillantes anillos y una cadena de oro, junto a Marcela, que llevaba un elegante vestido oscuro, cubierto por una bonita mantilla y dos ramos de azahar, uno prendido en la solapa y otro en la mano, ni mucho menos que saldría con las alianzas
puestas, todo debidamente documentado, como ordenaban los preceptos religiosos y civiles españoles. Casado con la mujer que amaba, listo para compartir la felicidad y criar con celo y dedicación al ser que, meses después, habría de nacer en el seno de la familia que ahora formaban.
Cuando el sacerdote se fue para la sacristía, y para espanto de Ricarda y Francisca, que no estaban habituadas a tales escenas, los novios se besaron apasionadamente junto al altar de la Virgen del Pilar.
–Ahora, invito a los novios, al padrino y a Francisca a tomar un chocolate caliente en mi casa.
Después del chocolate y de un buen rato de charla, la pareja salió del brazo a pasear por las calles de la ciudad.
–Querida, quiero registrar este momento para la posteridad –dijo Mario, cuando llegaron a la calle San Andrés, en cuyo número 9 el francés José Sellier, pionero del cine en España, tenía un reconocido negocio de fotografía–. Vamos a sacarnos una foto para que nuestra hazaña de hoy quede grabada para la posteridad y para que la conozcan quienes nos sucedan y pasen por las pruebas que nosotros padecimos buscando un poco de la felicidad a la que tenemos derecho.
Sellier los recibió con simpatía, con la pronunciación de erres arrastradas de su lengua materna. Le pidió a la pareja que mirara simultáneamente a la izquierda, como se estilaba. Mario cruzó la mano derecha entre las solapas del saco, sobre el pecho, y Marcela, a su lado, colocó también su mano derecha sobre la muñeca del marido. Y así quedaron registrados: él, esbelto, elegante, con el bigote recortado, y el cabello corto y bien peinado; ella, morena y voluptuosa, de bello rostro redondo, los labios
bien definidos, unos ojos negros que traspasaban el objetivo de la cámara y un semblante sereno, que irradiaba una majestuosa belleza atemporal.
Quien viera aquella fotografía ciertamente observaría la imagen de una pareja feliz y segura de su futuro. Compraron una botella de jerez para festejar los dos solos, y a la noche, como habían quedado, comieron un caldo gallego en casa de Francisca Ramos, que lo brindó, orgullosa, como regalo de casamiento.
Cuando regresaron a la posada Corcubión, ya entrada la noche, iban felices.
–Lo logramos, mi amor. Lo que parecía imposible, sucedió. ¡Estamos casados! –Marcela se colgó de los brazos de Mario mordisqueándole el cuello y los lóbulos de las orejas–. Y ese traje te queda muy bien –concluyó, riéndose.
–Todo salió a la perfección. Ahora estamos definitivamente unidos a los ojos de los hombres y de Dios, y tenemos toda la vida por delante para vivir sin sobresaltos. Ya no precisamos escondernos más.
–Tienes razón, mi amor. Por fin llegó nuestro momento de gloria, a pesar de haber tenido que recurrir a tantos subterfugios con el simple propósito de ser felices. ¡Los hombres que se arreglen, Dios nos ayudó y nos perdonará!
Mario la abrazó.
–Hablando de hombres, como te imaginas, tengo que conseguir varios trajes. Ya fui a lo de una modista para hacerme algunos y arreglar otros a mi medida.
Marcela sonreía, divertida, mientras se desvestía. Después se pasó la mano por el vientre, que ya mostraba las primeras señales de su gravidez. Mario, que se acababa de quitar el traje de casamiento, se acercó, colocó su mano sobre la de ella y la besó con ansias.
–Te amo tanto, a ti y a nuestra Cleide.
–Bueno, no trates de adivinar lo que será. Deja que Dios tome su justa decisión.
–Él está de nuestra parte. Y en este momento me dio la posibilidad de estar para siempre a tu lado. Amarte sin avergonzarme. Pasear contigo del brazo por la calle. Besarte cada vez que lo desee. Y experimentar el placer que nuestros cuerpos conocen como nadie.
El final de la primavera en la ciudad herculina había traído días más cálidos e incluso las noches se habían hecho menos severas. El brasero mantenía agradable la temperatura de la habitación, ideal para acostarse con ropa liviana. Igual que quince años atrás, y durante todos los que siguieron, sus cuerpos generaron un magnetismo perfecto, conectándose y reconociendo cada uno de sus recovecos, en los besos y los mordiscos, las caricias y los suaves abrazos, y en las miradas con las que se hechizaban cada vez que hacían el amor. Y sin ser la primera, la noche nupcial fue la primordial para renovar la energía de la vida, en la que los dos se sumergieron, experimentando los sensuales placeres del fuego de la pasión.

Al comienzo de aquella misma noche, regresaba a Dumbría un hombre a caballo. Estaba cansado, pero tenía prisa de llegar al paso de los Traba. Le dio la contraseña al guardia y rápidamente recibió la orden de entrar y dirigirse a la bodega.
En el centro del salón había una mesa donde los patrones se sentaban a probar el vino, comer algunos manjares con amigos, jugar a las cartas por dinero y hacer reuniones secretas, ya fueran políticas, personales o de negocios, lejos de las miradas y los oídos de las mujeres de la casa y de los empleados.
–¡Siéntate, Rafael! ¿Qué noticias me traes?
–No son las mejores, don Antonio.
El hombre cerró los ojos e hizo una mueca. Respiró hondo y levantó el mentón. Le dio orden de que continuara.
–Ellas se casaron ayer.
–¿Cómo es posible? ¡Engañaron a todos! ¡Al padre, al registro civil! ¡A todos!
–Así es, como le digo. La maestra Elisa ya no es lo que era. Ahora se llama Mario. Un hombre que fuma, habla y actúa como cualquier macho, como cualquiera de nosotros…
–La boca se te haga a un lado. Será como tú. Porque como yo no es, con seguridad –lo interrumpió don Antonio, furioso–. ¿Y tiene documentos de hombre? ¿Papeles de nacimiento, de bautismo, cédula de ciudadano, certificado de matrimonio?
–¡Todo! Créalo, sí. Ahora es un hombre. Todo certificado.
–Hombre en los papeles, pero no entre las piernas. ¡Eso te lo puedo garantizar!
–Ya eso no lo sé. No lo vi, don Antonio.
–¡Maldito bandido!
–Disculpe. No le traigo buenas noticias, pero bandido no soy. Solo hice lo que me pidió: ir a La Coruña para traerle la información que quería.
–¡Cállate! No eres tú el bandido al que me refería…
Don Antonio pensaba en otro personaje. Había dejado de recibir noticias del rufián del barrio de Monte Alto, conocido en el mundo marginal como “Conde de Monte Alto”. No le llegaban sus cartas, como habían acordado. El canalla había recibido por adelantado la mitad de la paga estipulada para eliminar a Elisa sin dejar rastro que lo ligara a él o a don Antonio, y simplemente no había dado más señales de vida. Como si se hubiera evaporado. Pero, a su debido momento, lo localizaría y le daría una lección.
Rafael no sabía nada del trato con el Conde de Monte Alto, a pesar de haber recibido órdenes concretas de localizar a un tal Lorenzo González, vecino de ese barrio. Pero cuando trató de averiguar algo sobre él, lo único que consiguió saber fue que había comprado un pasaje en tercera clase y se había embarcado a toda prisa en un vapor para Buenos Aires. Y eso fue lo que le transmitió a don Antonio. Al hombre casi le dio un ataque.
–¡A costa de mi dinero! ¡Cabrón! –rugió, enceguecido–. Pero que no piense que no me debe lo que le pagué, con los intereses incluidos hasta el último centavo.
–No entiendo, don Antonio. ¿Se refiere a mí? Yo le devuelto todo, don Antonio –dijo Rafael afligido, pues había recibido una pequeña suma para cumplir con su misión.
–¡Guarda tu dinero, estúpido! Hablo de peras y tú crees que son manzanas. –Mientras miraba fijo al mozo de los recados, una nueva idea comenzó a germinar en su mente–. Oye, tengo un nuevo encargo para ti. Si lo haces bien, te pagaré el doble de lo que te di. Pero siempre con el pico cerrado, ¿oíste? Yo nunca te dije nada.
–Siempre que no ofenda los mandamientos de Dios, estoy a sus órdenes.
–No, yo jamás haría nada ni te pediría nada que ofendiera los mandamientos divinos. Solo quiero que Lo ayudes a hacer justicia divina, aquí en la Tierra.
–Entonces, ¿qué puedo hacer por usted y por Él?
–Si todo sucede como pienso, en breve la parejita de tórtolos aparecerá por aquí. Antes de viajar a La Coruña, Marcela les dijo a las chismosas y a media aldea que se iba a casar con el príncipe de Inglaterra. Y que volvería para presentar a su alteza como marido y como padre del hijo que trae en el vientre, a fin de lavar su honra –don Antonio escupió en el piso antes de continuar–. Y para concluir las clases de sus alumnos.
–Sí, es probable. No me pareció que tuvieran muchos amigos ni familiares por aquellos lados.
–Entonces, les vas a contar al padre Varela y a nuestro médico Pomar lo que sabes. Luego, por la mañana, sales para Vimianzo y no vuelves de allá hasta que no las veas llegar. Ahora, toma un trago de vino, que ya te explico lo que vas a hacer.
Bajo la luz trémula de las velas de la bodega, Rafael entrevió una sonrisa sardónica en el rostro de don Antonio, mientras este encendía un puro cubano, se recostaba en la silla y hacía enormes dibujos grisáceos en el aire. El plan le parecía perfecto. A sus cuarenta años, era el hombre más rico y poderoso de aquella tierra y sus alrededores. Había enviudado hacía tres años y no tenía hijos. Se le había puesto en la cabeza que tenía que casarse con la maestra de la aldea, alguien a quien todos los hombres, solteros o casados, deseaban, por su preciosa belleza y por su estatus como maestra de tantos niños. Los que él no había tenido. Hasta que logró llevarla a su lecho. Y don Antonio de Traba, hombre viril, poderoso y rico, no podía admitir que una mujer, una miserable hija inferior de la divina creación, lo derrotara y se quedara, además, con los laureles de su virilidad, es decir, que le robara la dama que quería para él y, como si eso no bastara, se convirtiera en padre de su heredero. Y cuánto deseaba don Antonio a ese hijo, pues no les iba a dejar su fortuna a los tontos de sus sobrinos, que igual que los padres vivían ociosamente de su trabajo y de su talento para los negocios.

La conexión entre La Coruña y la comarca de Finisterre, más específicamente el municipio de Corcubión, estaba garantizada por las diligencias de la empresa La Lealtad, que reunía el capital de los comerciantes y empresarios coruñeses y el de los municipios por donde pasaba la vía, como el de los Traba. En el fondo, hacía un recorrido marcado en la tierra desde tiempos inmemoriales, una conexión de los centros urbanos de Galicia con el sitio donde, muchos siglos antes, los romanos, al mando de Décimo Junio Bruto, habían llegado al promontorio Nerium y se habían quedado aterrados al ver al astro solar fundido en el abismo del mar. La tierra que correspondía a la periferia de la periferia y que limitaba con lo desconocido.
Así, a través de una ruta cuya construcción se había iniciado en 1850, pero que aún no estaba terminada, para desesperación de vecinos y viajeros, el trayecto en diligencia entre La Coruña y Corcubión demoraba entre diez y doce horas, dependiendo de las condiciones meteorológicas y de la pericia del cochero.
Dumbría era una de las últimas paradas, antes de Cee. Los caballos iniciaron la larga marcha a las ocho de la mañana, con los pasajeros acomodados en sus asientos. Aparte de los recién casados, solo tres personas más salieron aquel 10 de junio. Un padre anciano y su hijo de mediana edad, que descendieron en Arteijo, y una señora con permanentes ataques de tos, que se bajó en Carballo. A partir de ese momento, solo la pareja ocupaba el carruaje con cuatro ventanillas a cada lado y dos ruedas traseras con el doble del tamaño del de las delanteras, en medio de las cuales, en grandes letras, se leía la lealtad.
Cada vez que la diligencia se detenía, se formaba un pequeño alboroto de curiosos y de quienes esperaban familiares, cartas o mercancías. Pero, cuando llegaron a Vimianzo, una pequeña multitud aguardaba su arribo. Al ver semejante barullo, Mario se tiró el sombrero cordobés de alas anchas hacia adelante, tapándose el rostro como podía. Algo le decía que aquel gentío no se había reunido por casualidad, para celebrar la llegada de una diligencia que se detenía allí casi todos los días a la misma hora. Es cierto que, como era la primera hora de la tarde del domingo, el pueblo estaba más desocupado, pero, como no había otros pasajeros ni ninguna mercancía especial para dejar, debía de existir otra razón. Y su corazón latía con ansiedad y recelo ante la posibilidad de que fuese lo que no quería.
Marcela parecía más tranquila. No estaba al tanto de lo que había sucedido en La Coruña y que tanto preocupaba a su novio, y, por ende, no entendía el motivo de su nerviosismo y agitación. Pero pronto se enfrentó a la realidad.
No bien los caballos detuvieron la marcha, el pueblo rodeó el coche. El mensaje pasado de boca en boca al término de la misa matinal había corrido como reguero de pólvora. Todos querían ver, con sus propios ojos, si allí llegaban Elisa y Marcela, ambas muy conocidas en aquella región por haber sido maestras en Calo, la aldea vecina de la sede del municipio. La primera, vestida de hombre, como marido de la segunda.
La gente se aplastó contra el coche, escudriñando por las ventanillas, y algunos incluso llegaron a abrir las puertas. La sorpresa inicial se transformó en risas, gritos e insultos. “¡Marimacho! ¡Virago! ¡Machona! ¿Pensabas que nos ibas a engañar? ¡Somos pobres, pero no tontos! ¡Si no es ella, es el diablo en persona!”.
Los hombres más viejos se reían, las mujeres se persignaban y los más jóvenes seguían con los insultos y los improperios, algunos de ellos ex alumnos de las maestras que no olvidaban los reglazos que habían servido como incentivo para la poca capacidad de aprendizaje. Marcela incluso trató de explicarle a una conocida que iba acompañada por un hermano de Elisa, que por eso se parecía mucho a ella, y que Elisa había viajado a La Habana un tiempo atrás. Ella lo miraba con incrédula curiosidad, mientras Mario fumaba sin parar y tiraba los cigarros a la calle apenas encendidos, se retorcía el bigote y, nervioso, se acomodaba el sombrero en la cabeza, con la vana esperanza de evitar que su rostro concentrara toda la atención. A cierta distancia, apoyado en una pared, Rafael disfrutaba de su obra. “Esta vez, el patrón me va a recompensar”, murmuraba orgulloso, mientras sonreía y fumaba su cigarro con placer.
Entonces, el cochero dio dos berridos y amenazó con llamar a la guardia y acusar a todos de mala conducta y de provocar daños a la empresa. Arreó los caballos y se puso en marcha hacia Dumbría.
Cuando llegaron allí, el ambiente parecía más calmo. Solo el padre Pedro Varela, preocupado por la información que le había dado Rafael, esperaba, con aire casual, a la diligencia a la entrada de la iglesia, mientras conversaba de cuestiones banales con un feligrés. En definitiva, había sido él quien, a pedido del padre Víctor Cortiella, había agilizado las proclamas matrimoniales en Dumbría –el anuncio público previo del matrimonio–, de modo de permitir que, quien supiera de algún impedimento, lo pudiera presentar a tiempo. Había sido ese anuncio el que había hecho que don Antonio de Traba se apresurara a hacer sus infructíferas diligencias y contratara al bandido de Monte Alto, que
había desaparecido sin cumplir con lo convenido. El cura sentía que tenía que ser rápido y discreto para discernir si había sido el cómplice inocente de tamaña herejía, a la que se imponía poner fin en el caso de comprobarse.
Cuando la pareja descendió del carruaje, el padre Varela miró a Mario de arriba abajo. La distancia y la vista cansada no le permitieron sacar de inmediato las debidas conclusiones. Por eso, se arriesgó, dirigiéndose al inocente feligrés:
–¿O vi mal, o es la maestra Elisa la que acompaña a Marcela? ¡Y si no es ella, es el diablo en su lugar! ¿La maestra Marcela no había dicho que Elisa viajó a La Habana?
–Voy hasta allá a ayudarlas con las maletas y me fijo –respondió el campesino.
El hombre se acercó a la pareja y Marcela le presentó a su marido Mario, el hermano de Elisa que vivía en Inglaterra. El viejo jornalero balbuceó unas palabras de circunstancia, cuán encantado estaba de conocer a su marido y de darle la bienvenida a Dumbría, que con certeza no tenía el encanto de Londres, pero donde la gente era poca pero buena.
Mario sonrió ante la aparente generosidad del hombre. Lo conocía bien y sabía que cualquier paso en falso llegaría rápidamente a los oídos del cura, a quien había visto al lado de la iglesia. El hombre ayudó a Mario a cargar el equipaje hasta la casa de la maestra, tratando de descubrir en cada gesto el fraude que el padre Varela había sugerido entre líneas.
–Entonces, sea bienvenido a esta tierra, don Mario Sánchez. Espero que le guste Dumbría, estoy a su disposición para lo que precise.
–Gracias, no conocía esta tierra, pero me parece simpática y con gente acogedora. También quedo a su disposición, para todo aquello en lo que pueda serle útil –le respondió, mientras le ofrecía un cigarro.
Cuando el aldeano regresó a la puerta de la iglesia, no tenía el veredicto final.
–Mire que me quedé con dudas. ¡Parecido es! Pero nunca vi fumar tanto a una mujer, y la forma de hablar es la de un hombre. Con un ligero acento, aunque no le puedo decir si era forzado o no, porque, sea verdadero o falso, es el primer inglés que conozco. ¡Aun así, en el trato es un verdadero caballero, sin duda!
–Inglés no es, con seguridad. Esta historia me huele mal. ¿No viste cómo cruzó directo a la casa de la maestra sin ninguna vacilación? ¿Por casualidad, te dijo que ya había venido a Dumbría?
El hombre se quedó atónito ante la perspicacia del sacerdote. ¿Cómo no se había dado cuenta antes de ese detalle?
–Vamos a la casa del doctor Pomar. ¡Les pondremos una trampa para terminar con esta desvergüenza, como que me llamo Pedro Varela!
Aunque el médico recién terminaba de atender a un paciente, ya sabía que la pareja había llegado.
–En un lugar tan pequeño, las noticias vuelan –comentó, indicándoles que entraran.
Después de analizar el asunto, establecieron una estrategia. A la noche, el médico fue con su esposa a la casa de Marcela, a hacerle una supuesta visita de cortesía, como cualquier buen vecino.
–Qué linda sorpresa, don Federico y doña Gumersinda. Les presento a mi esposo, Mario Sánchez. Nos casamos hace unos días en La Coruña, pero yo ya extrañaba esta tierra.
Marcela se esforzaba por aparentar normalidad, ofreciéndoles dulces y café caliente, pero el doctor Pomar era un hombre perspicaz. Al entrar, no había dejado de reparar en que Mario tocaba la guitarra en el mismo lugar y del mismo modo en que él estaba habituado a ver a Elisa. De inmediato, Mario se dio cuenta de ese detalle y se apresuró a preguntarle al médico si sabía tocar como para animar un poco la velada.
Federico Pomar no se hizo rogar y sobre los acordes de una canción popular gallega improvisó: “El corazón de las mujeres es tan imprevisto como el viento; ora sopla para el norte, ora gira para el sur, siempre desprovisto de sentimientos. El corazón de las mujeres es, en verdad, una cosa rara, ni bien creemos que lo conocemos, descubrimos cuán fácilmente cambia de rostro”.
Mario sospechó que se trataba de una provocación y volvió a sentir el mismo vértigo del día en que le había propuesto el duelo a don Antonio de Traba. Si aquel hombre quería una respuesta, la tendría sin demora. Tomó la guitarra y, manteniendo la misma melodía, respondió: “Ay, qué añoranza de la tierra donde viví, de gente elegante y sana, más bonita que en este fin del mundo, donde hay tanta falta de té”.
Al final, el médico hizo que Mario se arrepintiera de su picardía y se diese cuenta de que nunca se debe aceptar o proponer un duelo cuando no se está, como mínimo, en igualdad de condiciones.
–Vamos, don Mario, no se queje de esta tierra, pues es la misma que dejó hace pocos días.
La pareja hizo como que no había escuchado nada y Marcela sirvió otra ronda de café, mientras Mario se dirigía al cuarto de baño, que se hallaba en la parte trasera de la casa. Los visitantes aprovecharon para despedirse. El médico se salía de sí por contarle al cura sus certezas y continuar con el plan que ambos habían trazado. Don Antonio, que seguía a distancia el movimiento de los dos a través del criado Rafael, se regocijaba con lo que iba sucediendo. Su plan también parecía surtir los efectos deseados.
Al día siguiente, después que terminaron las clases, el padre Pedro Varela esperaba a Marcela junto a la entrada de la iglesia, con los brazos apoyados sobre su bastón predilecto. Ella iba acompañada de Mario, que había ido a esperarla a la salida de la escuela.
–Tú espera aquí un momento, necesito conversar con Marcela –le ordenó a Mario, que comenzó a ir de un lado para otro, con las manos en los bolsillos de la chaqueta, mientras los veía dirigirse al atrio de la iglesia.
–¿Marcela, sabes lo que estás haciendo? ¿Tienes noción de la gravedad de tus actos a los ojos de Dios y de los hombres?
–Padre, tengo el derecho de casarme con quien amo. Y amo a Mario como jamás amé a nadie. Me casé por amor, por convicción. No veo qué mal hay a los ojos de Dios o de los hombres.
–¡¿Pero a quién quieres engañar?! Tú te casaste con Elisa, no con Mario. Ese… ¡Esa que está allí es Elisa! ¡Tú eres tan sacrílega como ella! ¿Dónde se ha visto? Una mujer que se casa con otra mujer, por iglesia y engañando a todos.
–Padre, él es el hermano de Elisa… Llegó hace poco de Londres, pero ya nos conocíamos y nos correspondíamos desde hace mucho tiempo…
–¡No insistas! ¡Es una blasfemia! Tenías tantos y tan excelentes pretendientes, personas de buen corazón, creyentes en la recta religión y con valores por sobre toda sospecha. ¡Mira a don Antonio, que tanto quería casarse contigo! Un hombre que podría hacer de ti una reina, un buen cristiano, un modelo de virtudes… Y tú rechazas esa oportunidad para casarte con esa escoria. Quiero decir, con esa sacrílega.
–¡Padre, basta! Yo no amo a don Antonio ni a ninguna otra persona. Solo a quien está frente a sus ojos. ¿Es capaz de comprender que nuestro buen Dios jamás castigará que se unan y se amen los que sienten el más puro de los afectos, sean quienes fueren? –Por primera vez, Marcela estaba perdiendo la compostura y los estribos, dirigiéndose al sacerdote casi a los gritos–. ¿Es capaz de entender, padre, que un amor así es más sentido y puro que aquellos que tantas parejas fingen solo para cumplir con la apariencia de buenos cristianos o con lo socialmente adecuado? ¿Por ventura, su corazón nunca ardió de pasión? ¿O ya se congeló para siempre? El mío arde hace muchos años, y así seguirá hasta el último de mis días, honrando a la persona que amo y también a Dios. No soy pecadora. Soy imperfecta, pero no pecadora, porque soy fiel a mis sentimientos y no me inmiscuyo en la vida de nadie. –La maestra transpiraba, extenuada, enrojecida, pero aliviada.
–¡Marcela, no sabes lo que dices! Te irás al infierno si no terminas de inmediato con esta farsa, si no te arrepientes, te confiesas y haces penitencia.
–Eso es lo que hago hace quince años. Vivo a escondidas de todo y de todos. ¡Esa es mi penitencia, padre! Pero está paga. Dios me aceptó, en la iglesia de San Jorge, tal como soy: sencilla, humana y leal a mis sentimientos. Como Él me entregó al mundo. Igual que Elisa. Ambas somos hijas de Su creación. ¡Y no por eso menos cristianas que aquellos que andan por ahí santiguándose a toda hora! –Sin revólver, Marcela había sacado su arma y disparaba en todas direcciones, consciente de que había empezado una guerra sin cuartel, pero sin que le importaran las consecuencias–. Sabe, padre Varela, Dios enseñó que el amor vence, ¡incluso al ostracismo y a la misma muerte!
–¡Herejía! –gritó el padre–. ¡Herejía! ¡Son dos herejes! ¡Les ordeno que se vayan inmediatamente de Dumbría o, al menos, esa que está ahí! –dijo, echando espuma por la boca y apuntando a Mario, que se acercaba con los nervios de punta–. Si eso no sucede, las entrego de inmediato a la Guardia Civil.
–¿Sería capaz de hacer tanto daño a quienes se aman, padre? ¿Usted amó a alguien alguna vez? –le preguntó Marcela, con los ojos a escasos centímetros del prelado.
Él tragó saliva, las pupilas se le dilataron y, colorado como un tomate, pensó una respuesta –que el inconsciente se esforzaba en reprimir al recordarle su juventud–, furioso y decidido a darle una lección a aquella descarada, cuando Mario, con los pulgares en los bolsillos de la chaqueta que dejaban a la vista la culata de un revólver, los interrumpió:
–¡No, Marcela! El padre no sabe ni nunca sabrá de lo que hablas. El amor no es un sentimiento que Dios derrame en abundancia. Cree que a los ojos de Él somos herejes –después, dirigiéndose al clérigo, lo miró a los ojos, lo apuntó con el dedo índice y concluyó–: Oiga, caballero, si hasta el 19 de mayo fui Elisa Sánchez Loriga, desde el 8 de junio soy Mario José Sánchez Loriga, un hermafrodita, pero más viril que muchos hombres con faldas que conozco. ¡Por eso, háganos el favor de no volver a molestarnos!
El sacerdote continuaba echando espuma por la boca de la rabia, mientras se agarraba a su bastón como si este fuera a salvarlo.
–¡Eso es lo que cree, maldita hereje!
8 
Buenos Aires, 2009
Desde el aire, el Río de la Plata componía un bello panorama. Raquel, como la mayoría de los porteños, vivía de espaldas a aquella masa de aguas oscuras, que parecía la continuación acuosa de la monótona llanura pampeana. A veces, en épocas de grandes lluvias, como para llamar la atención, inundaba los barrios de la ribera, uniendo fuerzas con los cursos de aguas subterráneos de los otros barrios y dejando a la ciudad inhabitable. Otras, se encabritaba con la tormenta, provocando naufragios y deglutiendo algunas vidas.
Tal vez por eso, y por la tediosa suciedad de sus aguas, el Río de la Plata nunca había sido un río dotado de especial romanticismo, capaz, como el Sena, de atraer a los suicidas a la muerte. Pocas eran las veces que se sabía de alguien que hubiese elegido aquel inmenso estuario –que finalmente no era más que un brazo
del mar disfrazado de río– para ahogarse voluntariamente, poniendo fin a su sufrimiento o para llamar la atención sobre él.
Por eso, Raquel no entendía el motivo que había tenido Guido para elegirlo como su cementerio, en lugar de la Recoleta o la Chacarita, donde sus admiradores podrían visitarlo, ponerle flores o colocar uno de sus versos como epitafio en su sepultura. Quizás el desafortunado poeta hubiese sopesado que algún funcionario importante, sensible a la cultura, a falta de sepultura, lo homenajeara con una estatua. Guido era tan imprevisible que podía haber pensado en algo de ese estilo, y quizás esa era la forma que había encontrado para continuar sonriendo y divirtiéndose, cuando descubrió que su enfermedad estaba en su estadio terminal.
Fueron días dolorosos para Raquel. Había recibido la llamada de su amigo un día después de que Márcio Franco regresara a Portugal, luego de hacerle la invitación más inquietante que jamás hubiera recibido. Guido le dijo que estaba por morirse, pero que pensaba dejar una obra maestra antes de su partida. Raquel pensó que la enfermedad terminal lo estaba volviendo algo loco y fue a visitarlo a diario, viéndolo enflaquecer día tras día, pero siempre con una sonrisa en los labios.
Jamás imaginó que la obra maestra de la que hablaba fuese una carta de amor a la vida, precisamente en el momento en que estaba a punto de perderla, escrita en un breve poema en el que, con su estilo, capaz de hacer estremecer al más insensible con pocas palabras, decía que iba a darse una zambullida antes de que la muerte lo viniese a buscar, con la esperanza de que su cuerpo no apareciera, para seguir vivo en el corazón de quienes lo habían amado, y para que pudieran creer que solo se había ido a dar un paseo un poco más largo.
Por la ventanilla del avión, Raquel aún trató de ubicar la avenida Santa Fe y el edificio de la librería. Allí estaría Carmela, molesta porque debía demorar su partida un mes más, para tener tiempo de preparar a quien la iba a suceder. Recordaba la conversación entre ambas, que había comenzado áspera y desagradable, pero que terminó entre lágrimas y abrazos.
–Hay dilemas en la vida de los que no se puede escapar, Raquel. Espero que hayas tomado la decisión más acertada –le dijo su jefa, después de darle un sermón por sus permanentes ausencias del trabajo, porque desconectaba el teléfono o no lo atendía, porque la había dejado plantada en el almuerzo y ni había aparecido, porque andaba con la cabeza en las nubes desde que Marcelo le había propuesto que se casaran y que se mudara con él a los Estados Unidos, y porque por eso no iba a aceptar el trabajo, y también porque pensaba que Raquel iba a tener una vida triste e infeliz junto con su novio.
Pero, en el fondo, era una buena persona y quería a su prometedora empleada como a la hija que no había tenido. Y se lamentaba de haber canalizado sus emociones y su energía en el gran futuro de alguien a quien quería como a una hija, para verla elegir otro camino. Pero, así como una madre termina por aceptar, incluso con el corazón roto, que su hijo elija un destino que ella no desea para él, cuando le comunicó su triste decisión de no aceptar el cargo, Carmela también le perdonó la desilusión.
A medida que la ciudad desaparecía del horizonte, Raquel recordaba, feliz, que la elección de Carmela había recaído en Carlos, un joven que había entrado a la librería después que ella, pero que era tanto un bibliófilo como un competente gestor.

El Río de la Plata comenzaba a formar una especie de herradura enclavada entre la Argentina y el Uruguay. La joven no dejaba de sonreír, pensando si sería o no una señal auspiciosa la visión de aquella dentellada de agua de la que siempre esperaba que viniese algo en verdad prodigioso que nunca llegaba… porque poco se podía espera de una mancha de aguas tan sucias.
O tal vez sí. A orillas del Río de la Plata había tomado la decisión. Aquel sábado al atardecer había esperado a Marcelo en un bar de Puerto Madero. El lugar representaba una suerte de moderna reconciliación de la ciudad con el río, que había transformado los depósitos de los diques portuarios, construcciones de ladrillo a la vista de estilo inglés, en modernos edificios de oficinas para empresas y para las altas finanzas, y lujosos restaurantes, entre amplias avenidas y jardines bien cuidados. La ausencia de la pátina del tiempo se veía compensada por el aumento de la autoestima porteña a partir de la recuperación de la ribera, durante tantos años relegada.
La enorme mancha de agua sucia, esa, permanecía. Pero, cuando alguien está por partir del lugar que habita, quizás detenga la mirada en el hermosísimo y frondoso jacarandá frente al cual pasa cotidianamente, como le sucedió a Raquel ese día, al doblar la primera esquina de su calle. “Es en el momento en que nos estamos yendo cuando observamos la belleza de lo que vemos todos los días sin darnos cuenta –pensó–. Es en ese momento que descubrimos cuánto desperdiciamos en la apurada rutina de nuestra vida”. La inminencia del viaje hacia un lugar distante le daba la sensación del regreso a la infancia, cuando miraba con fascinación el brillo de una hoja, cuando se reía del mugido de una vaca o con el cacareo de una gallina. O incluso cuando, curiosa y maravillada, acompañaba los movimientos de algún minúsculo insecto en el suelo o la fragilidad de las coloridas alas de una mariposa que revoloteaba sin que la atrapasen.
Imbuida del espíritu de la partida, Raquel se detuvo con más atención en el río y se dio cuenta de que incluso en aquellas cosas aparentemente feas también era posible encontrar trazos de belleza, según las circunstancias y la manera en que se las miraba. Y, así, pudo observar que los rayos del atardecer transformaban su diurno color marrón en refinadas tonalidades lilas y violetas. Esa posibilidad de convertir lo desagradable en placentero, lo áspero en suave, la zona de confort en desafío, la inspiró aún más para decirle a su novio la decisión que este ansiaba conocer.
–Marcelo, nuestra vida se vio bastante sacudida en los últimos días. Pero tu propuesta de matrimonio me puso muy feliz. Quería que supieses que le dije a Carmela que no voy a aceptar el puesto en la librería.
Marcelo sonrió ante la decisión, que, íntimamente, nunca había dudado que su novia tomaría.
–¡Gracias, amor! ¡No te imaginás lo feliz que estoy! Ya mismo les voy a decir a mis superiores que podemos viajar a los Estados Unidos lo antes posible.
Cuando, camino de regreso a su casa, Raquel cruzó el Puente de la Mujer, pensaba que, cuando llegara a la otra orilla, comenzaría una nueva vida. Tal como le había contado una vez la abuela Cleide sobre el día en que dejó de bailar tango para siempre, una decisión tan insólita como inesperada en el momento en que estaba en el auge de su fama. “El tango es la sumisión de la mujer –le dijo entonces Cleide–. Hay que saber con exactitud el momento del primer paso y el del último. Y qué decisiones tomar mientras tanto”. Cleide había sabido sintonizar con las señales que la vida le daba a cada momento, algo que la había convertido en una mujer admirada a lo largo de toda su vida. Antes, durante y después de la fama. Y esa sabiduría había sido también la que le permitió, más tarde, criar a su nieta, cuando su hija murió en el parto de Raquel, quizás el momento más complejo y difícil que había atravesado, por el dolor de la pérdida de su hija, y también a causa de una charla que había tenido, un tiempo antes, con su gran amigo Gabriel García Márquez, que creía que le había lanzado una especie de maldición. Y todo encajaba.
Así, a medida que caminaba y pensaba en su abuela, recordaba la explicación que le había dado para el nombre que había escogido para ella, el día del bautismo.
–Tu madre no sabía si ibas a ser varón o nena, por lo que no pensó en ningún nombre hasta el día del parto. Por eso esa tarea me tocó a mí.
–¿Y por qué me pusiste Raquel?
–Mirá, en ese momento vi una estampita con la imagen de un arcángel llamado Raguel, que decía que era el patrono de la justicia, la armonía y la paz, por ser el “amigo de Dios”. Por eso, creí que era una excelente inspiración. Pensé que la imagen no se me había presentado por mera casualidad el día de tu bautismo. Y creo que incluso esa puede ser la misión de tu vida: hacer justicia, generar armonía y promover la paz.
A cada paso que daba sobre el Puente de la Mujer, Raquel sentía que había tomado la decisión correcta. Algo le decía que debía recorrer aquel camino para restablecer, de una vez por todas, la paz en su familia y en los espíritus atormentados que la poblaban. Tal vez fuesen los mismos espíritus de Cleide o de Marcela los que le habían inspirado su decisión. Cuando llegó al otro lado del puente, era consciente de que pertenecía a una familia de grandes mujeres e intuía que tenía un destino que cumplir. Y no vacilaría en llevar a cabo esa misión.
–Hay otra cosa que te quiero decir, Marcelo. En breve voy a viajar a Portugal, para arreglar unos temas familiares que hace mucho que hay que resolver. Después, sí voy a ir con vos a los Estados Unidos.
Y aunque Marcelo se enojó, la extorsionó y le gritó, la decisión estaba tomada. Él se despidió furioso, a la entrada del puente, y allí se quedó observando cómo Raquel se iba, mientras mascullaba su disconformidad y profería amenazas que ella ya no oyó. Perturbado, vio que cuando Raquel alcanzó el otro lado ni siquiera se dio vuelta. Siguió adelante, resuelta, rumbo a su destino.

El día de la partida, Raquel lo llamó para despedirse. Fue una conversación fría, sin emoción. Continuaban de novios, pero él quería dejar claro cuánto desaprobaba su decisión. Seguía pensando que era una tontería que viajara sola y repentinamente a Europa para encontrarse con un desconocido que le había contado una historia estrafalaria. Durante la estadía del abogado portugués en Buenos Aires, este se había encontrado varias veces con Raquel, para almorzar, tomar café y hasta para cenar. Ella le contaba a Marcelo todo lo que creía que era importante, para que sus celos no se encendieran; le contaba todo, excepto sobre el peligro al que el abogado pensaba que se podían exponer.
Marcelo escuchó que Márcio le había propuesto hacer una investigación conjunta en archivos de la época, tanto en Oporto como en La Coruña, hasta que descubrieran la verdad sobre las insólitas noticias que lo habían conducido a Buenos Aires. Pero Marcelo no estaba convencido ni de que su novia creyese una historia que parecía descabellada, cuyos protagonistas ya no estaban en este mundo para corroborarla, ni de que ese abogado tuviera buenas intenciones. Lo había estado observando discretamente en el hotel, lo había visto entrar y salir varias veces de la Embajada de Portugal, que quedaba justo en frente, siempre con el teléfono celular en la mano, y le parecía que detrás de ese aspecto aparentemente profesional se escondía algo oscuro, como la codicia, ya fuera de una fortuna perdida o incluso de su novia. Al seguirlos en algún que otro encuentro, había visto cómo a Raquel se le iluminaban los ojos cada vez que –lo supo después– Márcio Franco le explicaba cómo era la centenaria Librería Lello, también considerada una de las más bellas del mundo por The Guardian y que ella siempre había deseado conocer. Se decía que el lugar había servido de fuente de inspiración para la creadora de Harry Potter. Raquel se veía fascinada mientras él le contaba que las escaleras que se dislocaban en la Escuela de Magia y Brujería de Hogwarts y los corredores llenos de libros de la librería Flourish and Blotts donde los jóvenes brujos compraban los libros de magia serían un sector de Lello, tomado por la autora de los recuerdos de la época en que había vivido en Oporto en la década de 1990.
Y sobre todo no olvidaba los lánguidos ojos de cordero degollado con que él la escuchaba, como hipnotizado por su voz, y la observaba cada vez que ella estaba distraída con alguna llamada. O cómo abría los ojos y tragaba saliva lujuriosamente cuando, al despedirse, la miraba de arriba abajo mientras se iba, observando su esbelta silueta, sus redondas y firmes caderas.
Aquella imagen lo había perturbado tanto que, sin que Raquel lo supiera, pues le había dicho que estaba en Bahía Blanca, había ido al Aeropuerto Internacional de Ezeiza para cerciorarse de que ella viajaba sola y no con ese abogado portugués. El orgullo y los celos le habían impedido darle la sorpresa de ir a despedirla y desearle buen viaje. Por el contrario, se quedó solo, remordiéndose y rumiando planes inconfesables que le calmaban el despecho y los celos que lo consumían.

Unas doce horas demoró el vuelo en atravesar los casi diez mil kilómetros que separan Buenos Aires de Lisboa. La escala fue breve. Rápidamente Raquel estaba sobrevolando la costa portuguesa en dirección a Oporto. Antes de despegar, le envió un mensaje a Marcelo, diciéndole que había llegado bien, y otro a Márcio, avisándole que el vuelo no se había atrasado y que esperaba aterrizar a la hora prevista: a las 18.10.
Desde arriba, las instalaciones del Aeropuerto Francisco Sá Carneiro, en Oporto, parecían una elegante nave espacial estacionada a la derecha de la pista. Raquel estaba cansada del viaje, por eso esperaba llegar rápido al hotel y descansar lo más que pudiera y adaptarse al huso horario que la obligaría a levantarse tres horas más temprano de lo habitual.
Después de salir de la manga de acceso al edificio del aeropuerto, de atravesar el corredor y bajar las escaleras mecánicas, recogió su equipaje, pasó por la Aduana y enseguida se encontró con una multitud de gente que esperaba el arribo de sus familiares. Recorrió con la vista la infinidad de caras, algunas expectantes, otras sonrientes, igual que el grupo de agentes turísticos que alzaban carteles con nombres extranjeros. Se fijó en los rostros de algunas manos que se agitaban para llamar la atención, pero no ubicó a Márcio.
Empujando las dos pesadas maletas y cargando en la espalda la mochila con la computadora, algunos libros y otros objetos personales para el viaje, Raquel recorrió varias veces el inmenso hall de Arribos, escudriñando los negocios y cafés, pero no lo vio. Bajó la mochila, tomó el teléfono celular y lo encendió. Entró un mensaje. Era de Marcelo, parco en palabras y afecto, para agradecerle su aviso y desearle una buena estadía. A continuación, otro. Era de Márcio y decía: “Raquel, bienvenida a Portugal. Lamentablemente, surgió un imprevisto y no te podré ir a buscar al aeropuerto. Luego te explicaré. Mañana no salgas del hotel sin que te llame. Discúlpame. Márcio”.
Se quedó mirando el mensaje como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago. ¿Quién se creía ese tipo que, después de haberle prometido que iría a buscarla al aeropuerto y la llevaría al hotel, la dejaba ahí plantada, con una descortesía absoluta y sin un euro en la cartera?
9 
La Coruña, 1901
Mario jamás se hubiese imaginado lo tormentosa que sería la primera noche nupcial en Dumbría, en la comodidad de la casa de la pareja que se había unido en la iglesia de San Jorge cumpliendo con todos los pasos civiles y religiosos.
Ese anochecer, la pareja disfrutaba de una aromática sopa que Marcela había preparado y a la que no le faltaban coles, papa y porotos, ni tocino, grasa y otras carnes de cerdo, a la que seguiría una mezcla de zorza y xouba, empanadas de carne y de sardinas pequeñas. Ambos comían en silencio, a pesar de que, en su interior, sentían un vértigo que transformaba la aparente quietud en un vendaval de emociones. En el fondo, trataban de hallar una solución a los riesgos inesperados que se les habían presentado en Dumbría.
–Hoy no me contuve con el padre. ¡Estaba como poseído! –Mario rompió el silencio, pues necesitaba desahogarse.
–¡Ni yo! Le dije todo lo que hace mucho tenía atragantado –replicó Marcela, todavía tratando de digerir el altercado con el cura–. La sociedad no es capaz de entender nuestra relación, que el amor nace del sentimiento y del afecto que dos seres se tienen. ¿Qué culpa tengo yo de quererte a ti y tú de quererme a mí?
–Estuviste muy bien, querida. Yo no habría tenido esa frialdad ni esa sensatez. En pocas palabras, le expusiste un tratado de amor sincero al padre, tan habituado a los deberes mojigatos y a las obligaciones rituales de gente infeliz y sin esperanza.
–¡¿Quién es él para saber lo que es correcto o incorrecto?! Nunca sabrá ni comprenderá lo que es un amor raro, devoto, como el nuestro, a pesar de ser imperfecto, por su condición humana.
–Olvídalo. Mientras te escuchaba hablar con él, pensaba que, porque no hay gente valiente como nosotros, el mundo nunca comprenderá ni aceptará a quien siente de forma diferente. Incluso fuera de los cánones y de las creencias de lo que es correcto. ¡Ellos no saben que me completo emocional y sexualmente en ti, como mujer o como hombre!
Marcela lo abrazó conmovida, y lo besó en la mejilla y los labios.
–Perdón por haber insistido en venir aquí. Tenías razón. Fue un error. Ahora podríamos estar en paz, lejos de aquí. Sin tener que lidiar con esta gente.
–Pero tenemos que decidir cómo resolver este problema. Él dijo que, si no salimos mañana, nos denunciará. Estaba yendo todo tan bien…
–Sí, todo fue perfecto. Conseguimos convencer a todos de que nos peleamos, de que viajaste a La Habana y de que me iba a casar con tu hermano. Incluso el bigote te da un aspecto masculino. Y esa vestimenta de hombre te queda tan bien…
–Como te dije, no era buena idea que volviéramos a este lugar. Nunca les caí bien a los lugareños. Iban a estar atentos. Y después, ese Antonio de Traba… Creo que él es quien está detrás de todo esto.
Mario tenía la mirada perdida en los recuerdos, rememoraba y sumaba hechos, mientras se enroscaba el bigote, que desde temprano se había acostumbrado a afeitar y que tanto placer le daba exhibir desde que se había asumido orgullosamente como un hombre igual a los otros que se disputaban el amor de Marcela.
–¿Tú lo crees, querido? Espera. No sé si te debo tratar como Mario o como Elisa.
Él se rio, más relajado.
–¡Como Mario, desde luego! Si no te desacostumbras te vas a equivocar… Y, en verdad, soy tanto Mario como Elisa. Ambos viven dentro de mí. Por eso, tienes suerte. Cuando te aburras de uno, llamas al otro –bromeó, besándola con pasión, mientras le acariciaba el cabello–. ¡Sigues siendo tan bonita, mi amor! Y yo estoy tan enamorado como la primera vez que te vi. ¡Qué castigo justo ahora, a las puertas del Paraíso!
–Mañana hablo de nuevo con el padre. Voy a intentar llegar a un acuerdo con él. Termino las clases y nos vamos enseguida, con su bendición. La aldea queda en paz y él también. En el fondo, él sabe que, incluso involuntariamente, fue cómplice de nuestro casamiento. Tal vez no quiera llamar la atención sobre un tema que podría caer pronto en el olvido, en este lugar perdido en el fin del mundo.
Mario frunció la nariz, mientras se levantaba para recoger y lavar los tazones de la sopa. Afuera, el silencio de la noche se interrumpió con el ladrido de Pablito, el perro que dormía en el patio, y
que comenzó siendo espaciado, pero se volvió frenético, colérico, como si alguna fiera salvaje estuviese por atacarlo. Ambos se miraron, expectantes, hasta que un ruido infernal estalló en la puerta de la casa, quebrando el remanso nocturno de la pequeña aldea.
Matracas, cornos, tambores, cornetas y otros instrumentos caseros tocaban en simultáneo con un chillido enloquecedor. Mario corrió la cortina de la ventana para dar un vistazo y se quedó helado. Al verlo, una multitud –toda la aldea, más refuerzos de las villas y tierras vecinas– se aglomeró, agitando horquetas, rastrillos, picanas para pinchar bueyes y escobas; todos gritando, como locos enfurecidos, insultos contra Mario.
“¡Sal, marimacho! ¡Queremos ver lo que tienes entre las piernas! ¡Que salga el Civil! ¡Ven acá afuera y sácate los pantalones delante de nosotros! ¡Tenemos una falda para ti!”.
–¿Qué sucede, querido? –Marcela temblaba de miedo, casi en pánico.
Mario cerró la ventana y trancó las puertas.
–Cálmate. Toma un té. Recuerda que estás encinta y no te debes afligir.
–¡¿Pero qué está pasando allí afuera?!
–Una cencerrada. El pueblo aprovechó para festejar carnaval fuera de época –se lamentó Mario–. Parece que estamos en la Edad Media. Pero mejor no les prestemos atención, se terminarán cansando.
Aunque estaba prohibido por ley, el primitivo pueblo de las aldeas ibéricas jamás había perdido la atávica costumbre de hacer una cencerrada en la puerta de la casa de los novios, en su primera noche, cada vez que se celebraba un casamiento indeseado. Sucedía cuando un viudo se casaba con una doncella joven y deseada por otros jóvenes de la aldea; cuando alguien decidía desposarse en Carnaval, ¡y, desde luego, habiéndose celebrado un matrimonio sin hombre, qué mejor razón podía haber para organizar una cencerrada, algo que, a pesar de todo, era raro y rompía la monotonía y el tedio cotidiano de las aldeas! El pueblo, siempre desconfiado y hasta inconscientemente envidioso de la suerte de quienes transgredían las normas sociales, veía en esas manifestaciones una forma de sublimar tantas frustraciones reprimidas.
Desde el atrio de la iglesia, el sacerdote, el médico y don Antonio de Traba observaban el circo.
–¡Esta vez van a aprender! –decía el primero, apenas recuperado del duelo verbal que había mantenido con la pareja durante la tarde–. Hermafrodita… ¡Hay cada una!
El médico Pomar, enroscándose el bigote, meditaba sobre tal posibilidad. Algo había leído respecto del tema, especialmente sobre el famoso caso descripto por el médico francés Chesnet sobre su coterránea Herculine Barbin, nacida en 1838 como mujer, y en quien, con posterioridad, ya adulta, se descubrió que, a pesar de tener vulva, labios mayores y uretra femenina, interiormente se le había desarrollado un pene, que durante la noche la llevaba a tener sensaciones voluptuosas, seguidas por derramamiento de esperma, como se había comprobado a través del análisis de su ropa interior manchada. Ella también se había enamorado de una mujer, hasta que, carcomida por la culpa y los remordimientos, se confesó con el sacerdote, en quien no encontró alivio para su conciencia ni solución para su problema, sino una fuerte admonición, y terminó suicidándose en 1868.
–Habría que ver, habría que ver…
–¿Habría que ver qué, doctor Pomar? –preguntó don Antonio, repentinamente interesado en la conversación–. ¿Cree en esa tontería? ¡¿Primero era mujer y después pasó a ser hombre?! ¿Antes era la maestra Elisa, después, el “hermano” Mario y ahora es hermafrodita? En cualquier momento será un ángel, sin sexo, enviado de Dios…
–¡Cruz diablo! No diga herejías, don Antonio –retrucó el cura–. Ni dé ideas… No vaya ella a acordarse de tal…
Todos se rieron a carcajadas. Don Antonio estaba satisfecho con su obra. “Esa desgraciada no se va a salir con la suya –pensaba, mientras veía que los aldeanos ponían cuernos de animales en las paredes, las puertas y las ventanas de la casa–. ¡No sabe quién es Antonio de Traba! ¡Nadie me gana, mucho menos una mujer idiota como esta!”.
Don Antonio veía cómo Rafael lideraba a aquellos primitivos aldeanos, dándoles el festín que querían. Por orden de su patrón, pero sin que nadie lo supiera, había ido a cada una de las casas de la aldea y de los alrededores, contándoles a los pobladores lo que había pasado y encendiendo los ánimos en contra de la mujer que se vestía de hombre. Había sido muy sencillo convencerlos de que se juntaran a la hora señalada.
“¡Después, Marcela será mía, igual que el hijo que engendré en ella y que esa mujerzuela me quiere robar, o no me llamo Antonio de Traba!”.
Los chirridos continuaban, con más gente que llegaba desde la oscuridad de los caminos. Rezagados que se habían escondido y que solo daban la cara al ver que podían pasar inadvertidos en medio de la multitud. De ese modo, nadie los acusaría de falta de solidaridad, a pesar de que se trataba de un comportamiento tribal, intransigente e invasivo de la intimidad de los recién casados.
De pronto, se formó un alboroto junto al portón de la casa. Alguien lo había abierto y Pablito, furioso y enloquecido por el griterío, mordió a un niño que participaba de la manifestación. La turba, asustada y descontrolada, comenzó una reyerta que se inició con recriminaciones de los vecinos a los padres del pequeño por haber llevado a un niño a algo que era cosa de adultos.
El bullicio recién concluyó cuando el padre y el médico consiguieron hacerse oír por sobre las voces de los beligerantes. Una vez que los ánimos se calmaron, Rafael, con un grito que se escuchó a lo largo y a lo ancho de la aldea, dictó una sentencia: “¡La culpa es del marimacho! ¡Un niño inocente terminó herido y hasta buenos vecinos se pelearon! ¡Vamos a hacer justicia con nuestras propias manos!”.
Un fuerte rugido resonó por montes y valles, tan intenso que hasta se escuchó en Vimianzo. Comandada por Rafael, la turba derribó la puerta de la casa y entró. Marcela estaba sentada a la mesa de la cocina, a punto de explotar de rabia y de temor. No bien vio entrar a los primeros hombres, se levantó y alzó la mano en el aire, mostrando un vestigio de autocontrol.
–¡Calma! ¡¿Quién los autorizó a entrar en mi casa?!
–¿Dónde está el marimacho? ¿Dónde está la desgraciada! –gritaron algunas voces.
–¿A quién se refieren?
–¡Maestra, esto no es nada con usted! Queremos saber de la maestra Elisa. ¿Dónde está? –preguntó Rafael, que tenía instrucciones concretas de no permitir que nada le sucediera a Marcela.
–¿Busca a mi marido? Él no está acá. Al anochecer, como sugirió el padre, se fue de Dumbría para siempre.
Rafael la miró desconfiado. Tenía la certeza de haberla visto espiar por la ventana al comienzo.
–¿Nos autoriza a que nos aseguremos? –preguntó el muchacho, sin poder recuperarse ante semejante información.
–¿Asegurarse cómo? ¿No creen en mí?
–Bueno, sobre eso, tendríamos mucho para hablar. Pero le pido que no lleve la conversación por ese rumbo. Nos gustaría revisar la casa. Es lo mejor, para que no queden dudas. O de lo contrario, que la maestra Elisa se entregue. Permanecerá en la casa del padre Varela o en la de don Antonio de Traba, hasta que pueda salir a salvo. Es mi consejo de amigo.
Atrás, el pueblo, en fila escaleras arriba, había pasado en un santiamén de los chillidos al absoluto silencio. Marcela sabía lo que necesitaba en ese momento. Tiempo, precioso tiempo. Tenía que controlar la situación, como lo hacía con los alumnos que se portaban mal.
–¡Entrar a mi casa sin mi autorización es un delito, Rafael! Y digo la verdad. El padre Varela se lo puede confirmar. Pero haremos lo siguiente: salgan todos a la calle y hagan entrar al padre. Voy a arreglar con él la forma en que podrán inspeccionar la casa y quién lo podrá hacer. Porque si aparece alguna cosa estropeada o fuera de lugar, alguien se tiene que responsabilizar por los daños.
Las conversaciones y negociaciones se iniciaron y ya duraban más de una hora. A medida que el tiempo pasaba, los aldeanos, cansados y con un nuevo día de trabajo en ciernes, comenzaron a dispersarse.

Mientras el tiempo iba avanzando, Mario llegó a Vimianzo como un fantasma, deambulando entre las sombras. Aprovechando el disturbio provocado por Pablito, y viendo que la parte de atrás
de la casa no estaba vigilada por los pobladores, saltó por la ventana y se dio a la fuga, corriendo como pudo por los montes que conocía tan bien, hasta que llegó a la carretera que lo conduciría a la casa que aún mantenía en Calo, algo más al norte, donde pernoctaría. Al día siguiente esperaría el arribo de la diligencia que habría de transportarlo nuevamente hasta La Coruña. Allí, estaría a salvo de la furia de los vecinos de Dumbría. La noche de luna nueva lo ayudaba a esconderse de algún otro improbable viajero nocturno.
Al día siguiente, cerca de dos kilómetros antes de Vimianzo, se paró frente a la diligencia, para pedirle que se detuviera.
–Disculpe, pero no llegué a tiempo a la parada. ¿Puede llevarme a La Coruña, por favor?
El cochero no se molestó. Era un viajero más que conseguía para justificar su empleo.
–¿Cómo se llama? –le preguntó para hacer el pasaje y el recibo.
–¡Julio Poltron!
–¡Bienvenido a La Lealtad, don Julio!

En Dumbría, después de que Rafael, un vecino anciano y respetable y el propio padre Varela hicieron un minucioso registro de todos los rincones de la casa de Marcela, se concluyó que, efectivamente, o se había escondido muy bien o Elisa ya no se encontraba allí.
Todos se juntaron en la bodega de don Antonio de Traba para tomar unas copas de vino, comer un tentempié y comentar los éxitos y fracasos de la jornada. El cura parecía satisfecho. El médico, preocupado. ¡Don Antonio, disconforme!
–Padre Varela, usted no va a dejar esto así, ¿no? ¡Solo faltaba que constara en los anales de la Iglesia que dos mujeres se casaron ante el altar sin que nadie reaccionara!
–Déjeme pensar, don Antonio. Déjeme pensar…
El padre Varela experimentaba un sentimiento contradictorio entre la necesidad de restablecer la verdad, el temor de ser acusado de complicidad y la palabra que había dado de que no haría nada si Elisa se iba de inmediato de Dumbría. Y se había ido. Y el sacerdote consideraba que debía honrar su palabra. El mundo parecía estar nuevamente en orden, gracias a Dios.

Mario se instaló en otra posada, en el número 126 de la calle Orzán. Pasaba los días pensando en la mejor estrategia para juntarse con Marcela. Como las clases estaban por terminar y en el caso de que, como esperaba, el tema muriese en los confines de la comarca de Finisterre, en breve ella estaría con él en La Coruña. Después, trazarían su estrategia: salir de país o, en la peor de los casos, Marcela concursaría, el siguiente año lectivo, en una zona donde fuesen desconocidos. Mario tendría que conseguir algún trabajo allí, aunque fuese dar lecciones a los hijos de los ricos.
Todo parecía andar según lo planeado. Le había escrito una carta a Marcela, para darle la dirección de donde se encontraba y pedirle que le contara lo que había sucedido después de su apresurada fuga. La esposa le respondió diciéndole que ya sentía las náuseas del embarazo, lo que la hacía estar más cansada durante las clases, que, sin embargo, continuaba dando en la escuela local. “Pero lo que más me agota, mi amor, es estar dándole siempre
explicaciones a la gente. Felizmente, ya empiezan a estar de nuestro lado y, después de tanto insistir en que eres más hombre que muchos de los que ellos conocen, gran parte de ellos piensa que hubo bastantes excesos aquella noche. En cualquier momento, nos aceptan como somos, como la bella pareja que hacemos. Este pueblo primitivo es así, un día piensa una cosa, el otro cree otra, según el mensajero que le dé la información”, escribía Marcela, para beneplácito de Mario.
Si bien Marcela tenía razón respecto de aquel pueblo sencillo, no contaba con que, finalmente, el sacerdote fuera quien rompiese su palabra. Don Antonio le hizo llegar al cura un anónimo, advirtiéndole que, en caso de que no tomara las medidas adecuadas, alguien se encargaría de informar al obispo de la imprudencia de sus clérigos. El padre Varela no dudó ni un minuto de la autoría de la amenaza y, si bien, por un lado, estaba contrariado y temeroso, por el otro, se sintió aliviado y le escribió a su colega coruñés Víctor Cortiella, para ponerlo al tanto de los sucesos de Vimianzo y Dumbría.
Pasmado e incluso aterrorizado ante la idea de haber casado a dos mujeres y las consecuencias que eso podría acarrear, y que se incrementaban por el hecho de haber bautizado a una mujer como hombre, que, además, ya había sido bautizada como mujer siendo niña, convocó a los padrinos del casamiento a la iglesia, para descubrir el paradero de Mario.
El día 15 de junio de 1901, exactamente una semana después del matrimonio, Mario esperaba ansioso, en la casa parroquial de San Jorge, para saber por fin por qué el padre Cortiella lo había llamado con tanta urgencia. En su interior, presentía que algo podía saber.
–Señor Mario –comenzó, con extraña formalidad–, necesito completar su trámite, en especial con pruebas documentales de todo lo que me informó de manera verbal.
–Estoy a su disposición, padre Cortiella, como siempre.
–¿Tiene evidencia de que estuvo alguna vez en Londres?
–Aquí tiene –respondió rápidamente, mostrando el pasaporte de su madre, María Sánchez Loriga, casada en segundas nupcias.
El sacerdote examinó el pasaporte, en el que figuraba el nombre M. Sánchez Loriga, visado por el cónsul de España en Londres y fechado en 1896. Cuando escogió su nombre de varón e inventó su anterior vida inglesa, Mario sabía que algún día podría tener que utilizar aquel documento. Por eso había guardado con tanto celo el pasaporte de su madre.
Víctor Cortiella transpiraba y resollaba, como Mario jamás lo había visto antes. Se podía advertir que sabía algo y que no se quedaría solo en el pasaporte.
–Y Elisa, ¿dónde está?
–En América, como le dije. En algún lugar de Cuba.
–No me basta. Necesito pruebas para adjuntar al expediente.
–¿Pruebas? ¿Piensa que me quedé con una copia del pasaje? ¿O que le pedí al comandante un certificado de que mi hermana viajaba en el barco? Una constancia es imposible. Cuando me escriba, le daré la prueba. Pero todavía no me avisó dónde vive.
–Disculpe –tartamudeó el sacerdote, sabiendo que se dirigía a Elisa–. A mí no me engaña más. Lamento mucho que me haya tomado por tonto y que haya usado a sus amigos y familiares bien intencionados para tapar su farsa. Es algo que no se vio nunca y que, ciertamente, tendrá consecuencias, no solo ante la Iglesia, sino también ante los tribunales.
–¿Qué pretende decir, padre Cortiella? No lo entiendo... ¿No vio mi pasaporte?
Mario se movía en la silla, nervioso, destrozado, sintiendo que se le desvanecían las fuerzas que lo habían empujado a luchar por su nueva vida. El padre Cortiella ya sabía todo, estaba perdido. La Coruña entera no tardaría en enterarse y de ahí a tener que responder por el delito de falsificación de identidad o cualquier otro que, bajo la presión de la opinión pública, el tribunal encontrara, había solo un paso. Y luego, el calabozo y la humillación eterna.
–¡Usted es Elisa! Ya lo sé todo. El padre Varela me escribió contándome lo que pasó, de lo que seguramente está al tanto.
–¡Perdóneme, padre! ¡Le pido perdón por mis pecados! Pero todo esto tiene una explicación. Lo hice por el gran amor que, desde hace muchos años, siento por Marcela.
–¡Ahórreme esos detalles, por favor!
–Por favor, escúcheme hasta el final. No es por casualidad que tengo este bigote. Y no va a decirme que es postizo. En mi infancia, vestía faldas como todas las niñas, pero me sentía más hombre que mujer. Cuando fui adulto, consulté con un médico inglés, que me dijo que era hermafrodita y que podría optar por el sexo masculino, porque era el que predominaba en mí.
El padre lo miró de soslayo. Su colega de Dumbría lo había prevenido sobre aquella posibilidad, aunque pensaba que no era sino otra patraña de Elisa. Por eso, para tratar de ser justo, pero que, a su vez, no lo engañara de nuevo, le propuso:
–¿Está dispuesto a que lo examine, quiero decir, a que la examine un médico?
–Estoy a su entera disposición.
–Muy bien, vamos al hospital, así aclaramos este asunto de inmediato.
En el camino, encontraron al viejo médico Antonio Deus, que se dirigía a la misa de las doce. Cuando lo pusieron al tanto del tema, el médico aceptó realizar un examen físico en la casa parroquial y dar su opinión respecto del género de Mario, que, según su apariencia, su voz, el bigote y la vestimenta, le parecía un hombre. Los tres regresaron a la casa del sacerdote.
–¡Bien, señor Sánchez, debe desvestirse!
Mario obedeció la orden del doctor Deus. Era un médico calvo, de barba blanca, en la que se destacaba un prominente bigote en forma de escoba. El doctor Deus, un anciano médico de familia, era un hombre pudoroso y profundamente católico. Observaba, circunspecto, al paciente, mientras este se desnudaba.
–¿Por qué afirmas que eres un hermafrodita, más hombre que mujer? –le preguntó el médico con el nombre del Creador en portugués.
–En primer lugar, porque me siento más hombre que mujer. Después, porque casi no tengo senos y me crece el bigote. Hasta hace poco tiempo me lo afeitaba. Ahora ya no. En cuanto a lo demás, dejo mi destino en manos de su criterio científico.

Sentado al escritorio de la posada donde se encontraba hospedado, Mario miraba el papel que tenía en frente, mientras recordaba lo sucedido y pensaba en lo que iba a escribir. En aquel papel blanco, sobre esa tabla de pino gastada, con algunas gotas de cera caídas del candelabro donde ardía una vela, trazaría de una vez y para
siempre su destino. Estaba llegando a la última estación del largo camino para liberarse de todas las ataduras que lo aprisionaban. Había vivido muchos años un debate interior. Los recuerdos del sufrimiento atroz que había soportado hasta ese momento, que solo Marcela comprendía, hicieron temblar los pilares de la resistencia emocional que había edificado para poder sobrevivir. Las lágrimas le corrían abundantes por el rostro, formando un río imparable que estropeó el papel de la carta que estaba sobre la mesa. “Los hombres no lloran –pensaba, recordando al mismo tiempo todos los debates internos y externos con los que había tenido que lidiar–. Los hombres no lloran, pero ¿qué más puedo hacer, Dios mío? –miraba el crucifijo clavado en la pared blanca, sobre el escritorio–. ¡Dame tu fuerza, Jesús! También te crucificaron injustamente. ¡Pero solo Tú sabes que soy inocente! Solo Tú sabes que no hice nada para ser así, para sentir lo que siento por Marcela. Dios mío, para mí es igual usar faldas o pantalones, con tal de estar con la mujer que amo. Eso no es delito, eso no es herejía, es aceptar la condición que me diste. Sabes cuánto sufrí para tratar de aceptar lo que no debía ser: amar a una mujer. Y que ella me amase. ¡Me diste tanta felicidad cuando pusiste a Marcela en mi camino! Un ángel enviado por Ti, que al principio me rehuyó, pero que después me aceptó sin condiciones. ¡Ayúdame en esta hora!”.
A medida que reveía mentalmente el vía crucis que había recorrido en los últimos años y lo comparaba con el drama que vivía aquella noche lluviosa del domingo 16 de junio de 1901, Mario se sentía como un soldado capturado por el enemigo, con el pelotón de fusilamiento aguardando la orden de disparar. El llanto, los sollozos, las lágrimas que derramaba en soledad en la posada de la calle Orzán, a la trémula luz de la vela, eran el escape que le permitía
recordar que estaba con vida y que el pelotón de fusilamiento todavía no había recibido la orden de ejecución, que, de todos modos, no podría evitar si no tomaba una decisión urgente y radical.
No por capricho había vivido su amor en la clandestinidad durante años, pensando en la estrategia y el momento adecuados para emprender su camino hacia la felicidad. Siempre trataba de adecuar los concursos para estar cerca de Marcela en las aldeas del interior, donde la convivencia entre dos maestras transferidas era socialmente aceptada. Incluso aunque fuera solo por un fin de semana. Hasta que el embarazo de Marcela aceleró la decisión. Había que tomar medidas para que no quedara expuesta a la estigmatización social. Y terminar de una vez con la insistencia de don Antonio de Traba, cuya relación había incentivado como parte del plan que habían elaborado para vivir juntas como marido y mujer.
–¡Maldito Antonio! ¡Sé que fuiste tú quien estropeó mis planes! ¡Pero no me vas a crucificar ni me robarás a Cleide, el fruto de nuestro amor, como que me llamo Mario José Sánchez Loriga! –dijo en voz alta, secándose las lágrimas con un pañuelo y mojando la lapicera en el tintero para comenzar a escribir en otro papel de carta.
Marcela, amor mío:
Espero que te encuentres bien, después de las turbulencias de los últimos días. Igual que nuestro bien más precioso, que guardas dentro de ti y nos hará aún más felices.
Antes que nada, quiero decirte que te extraño. Tus besos, tus caricias, tu aroma, tu piel de terciopelo que tanto excita mis sentidos. Extraño tu boca, cuando me susurras tu amor o me retas por mi impulsividad. Solo pienso en la hora de volver a tenerte entre mis brazos.
En cuanto a tu última carta, la leí con el alma rebosante de alegría, al saber que en Dumbría los ánimos se han calmado. Teníamos razones para pensar que, como deseábamos, el mundo terminaría aceptándonos. Pero no fue así. El pueblo manifestó su asombro y su indignación, y regresó a su vida. Pero aquellos que deberían ser los paladines del conocimiento, de la ciencia y quienes hasta predican la tolerancia para con los más débiles y los diferentes, no se callaron ni desistieron de crucificarnos en la plaza pública. Lamento tener que decírtelo, pero, a partir de hoy, corremos peligro. Al menos yo corro peligro, un riesgo cuya dimensión no consigo vislumbrar, pues desconozco todavía a la totalidad de los que se unieron a la gran legión de mis enemigos.
El padre Varela no cumplió su palabra y me denunció ante Cortiella. Debí someterme al examen de un médico, quien, al no saber con lo que estaba lidiando, sin justificación, opinó que yo era tan mujer como cualquier otra. Solicité un nuevo examen con otro médico, quien, apurado, contrariado y homofóbico, se limitó a observarme a una considerable distancia, con temor de que le pudiera transmitir alguna enfermedad, y concluyó que no veía razón para que no aceptara mi condición de mujer como todas las demás. ¡Miserables ignorantes!
Por eso, no tengo otra salida más que huir de inmediato de La Coruña. Iré a Oporto y allí te esperaré, para escapar de este arbitrario enjuiciamiento. Ve hasta Vigo y toma un tren. Iré todos los días a la estación de Oporto a esperar tu llegada, hasta recibirte con los brazos abiertos y el corazón sangrando de nostalgia.
Tuyo, de aquí a la eternidad,
Mario
Mientras Marcela leía la carta, y a medida que iba pasando cada palabra, temblaba de emoción y de temor. No pudo evitar las lágrimas, que cayeron copiosa y largamente hasta que sus ojos se secaron. Recostada en la cama, con la mano derecha sobre el vientre, transmitiéndole toda la serenidad posible a su hijo, comenzó a imaginar un plan de fuga.
Al anochecer fue a la iglesia a rezarles a santa Baia y a la Virgen del Pilar. Al salir, vio en el atrio al padre Pedro Varela, al médico Federico Pomar y a don Antonio de Traba. Con la experiencia que tenía analizando el comportamiento de sus alumnos, rápidamente descifró que se burlaban de su desdicha y presumían de sus éxitos en aras de la moral y las buenas costumbres. Se hacía evidente que en ese momento seguían cada uno de sus pasos, rumbo a la victoria final. Y Marcela percibía con más nitidez que don Antonio no había desistido de sus intentos. “¡Qué tonta fui con ese hombre! ¡Lo subestimé! ¡Pero no va a conseguir lo que pretende! ¡Aunque deba pagar con mi propia vida!”.
Para no levantar sospechas y escapar cuando menos lo esperaran, decidió mantener sus rutinas. Hasta participó de la pequeña fiesta de San Juan, la noche del 23 de junio, alentando a sus alumnos y a los mayores a saltar la fogata, siempre bajo la mirada atenta y vigilante del trío que controlaba sus pasos. Al día siguiente, cuando salió de su casa, vio el periódico debajo de la puerta. Era un ejemplar del diario coruñés La Voz de Galicia, del 22 de junio. Lo abrió y de inmediato le dio un ataque de pánico. El título se leía en grandes letras: escandaloso: un casamiento sin hombre.
Ese día, alegando una indisposición, no asistió a la escuela. Aguardó hasta el anochecer y, en la penumbra de la madrugada, Marcela, con todo el dinero que había conseguido ahorrar y dos mudas de ropa, se fue. Lo que más deseaba era llegar lo antes posible. Después de recorrer carreteras y caminos a pie y en diligencia, se sentó por fin en un tren. Miró el boleto y satisfecha leyó el destino: Oporto. Después de cruzar la frontera y al verse en tierras lusitanas, no cabía en sí de contenta. Era como si se hubiese quitado un enorme peso de encima. Hasta sintió un repiqueteo en su vientre: “Sí, mi amor, somos libres”.
Cuando al atardecer del 26 llegó a la estación de Campanhã, en Oporto, miró por la ventanilla, tratando de divisar a Mario. Al no verlo, bajó del vagón con los demás pasajeros y se dirigió a la salida. Seguramente estaría en la zona de las boleterías, por donde todos los pasajeros debían pasar para salir a la ciudad. Poco a poco, todos los viajeros desaparecieron de la estación, al mismo tiempo que otros ingresaban para tomar las formaciones que llevarían a los trabajadores al interior del distrito de Oporto, a través de la línea del Duero. Pero, por mucho que miraba, no había señales de Elisa. Finalmente, cansada, se sentó en un asiento de la estación, cerró los ojos y comenzó a llorar. “No logró llegar a Oporto. La detuvieron en La Coruña en el camino. ¡Ay de mí! ¡Estoy perdida!”.
10 
Buenos Aires, 1918
El día de Navidad de 1918 Cleide estaba a punto de cumplir diecisiete años. El Tabarín estaba cerrado, pues los clientes pasaban la jornada con sus esposas e hijos o asistían con devoción a las ceremonias religiosas que anunciaban el nacimiento del Salvador de las almas, incluso de las perdidas y las pecadoras.
Lulú preparó el almuerzo, pues, siendo judía, vivía la Navidad como un día igual a los demás, excepto por la tranquilidad y la posibilidad de disfrutar de la gastronomía navideña de estilo francés. Especialmente, de los bûches de Noël, los famosos troncos de Navidad, preparados con un bizcocho muy liviano, helado y relleno con chocolate y crema de mantequilla, y dos quesos y mermeladas comprados en el mercadito de productos de la vieja Galia. Solo prescindieron del Veuve Clicquot, ya que fluía en abundancia todos los restantes días del año.
Ese día de comienzos del verano, para el almuerzo, que sirvieron en el jardín que se abría entre el edificio principal y el cobertizo, madame Florence invitó también a Viviane, a Sophie y a otras de las muchachas que bailaban el tango y agitaban sus caderas en El Tabarín.
Durante la comida, como de costumbre, contaron varias anécdotas que habían vivido durante el año que estaba terminando. Cleide recordó algunos hechos fuera de lo común del Liceo de Señoritas N° 1, José Figueroa Alcorta, que había abierto en 1907 a unas diez cuadras más lejos de El Tabarín que la escuela primaria a la que había asistido de niña; en particular, sobre los muchachos que hacían de todo para espiar a las chicas a la salida. Era el primer liceo femenino de Buenos Aires, un lujo que podían darse pocas jóvenes, y que Cleide y Sophie aprovechaban al máximo.
Las bailarinas que vivían en el segundo piso ya no se cuidaban tanto de lo que comentaban frente a las dos jóvenes, pues, finalmente, todas las “franchutas” de la casa habían llegado a El Tabarín con la misma edad que tenían ellas, aunque con la inocencia perdida.
Por otra parte, en la Navidad de 1916, dos años antes, madame Florence y Viviane les habían explicado a Cleide y a Sophie cómo funcionaba El Tabarín. El concepto de academia de baile, en ese caso, como en el de tantos otros locales de la ciudad, tenía un sentido más íntimo, ya que los bailes que allí se practicaban invitaban a los hombres a la consumación de lo que se iniciaba en el salón. Sobre todo con la ayuda de un buen champán francés o de la ginebra y la grapa, pues el tango y el alcohol se habían hecho compañeros inseparables en las noches porteñas. Asimismo, les habían remarcado que no querían que ellas terminaran trabajando allí.

Todas reían a carcajadas con la historia que contaba la Rubia Mireya, una mujer bien dotada, aunque no particularmente bonita, pero que tenía un éxito increíble con los hombres. Desde su llegada, la fogosidad con la que se entregaba al tango y al amor –a veces sumisa, otras, vibrante amazona cabalgando, salvaje, por la llanura, creando ese agitado monstruo de cuatro patas en el salón y en la cama– encendía la mente y el corazón de los clientes. Rara vez bailaba, lo que la convertía en la más disputada. Y subía las escaleras sin que el reloj de madame Florence la controlara, porque cada uno de sus minutos era el más caro de Buenos Aires. La Rubia Mireya había comprendido con rapidez el funcionamiento de las leyes de mercado: cuanto más raro y singular, más valioso y requerido.
–¿Se acuerdan de aquel viejo ganadero de Mendoza que vino a Buenos Aires solo para pasar unos minutos con ella? Pobrecito, tomó tanto mientras esperaba que, cuando llegó el momento, ya no logró izar su bandera argentina. Por eso, por el mismo precio, le ofrecí el último tango de la noche. El pobre hombre jamás había bailado así en los brazos de una mujer y fue a parar al hospital pensando que los huesos se le habían descuajeringado, pero feliz de haber afirmado su virilidad frente a todos los machos y rufianes que no lograban sacarle un tango a la Rubia Mireya.
Madame Florence sonreía. Si hubiese contado todas las historias de su academia de baile, estaría presa o aparecería muerta en algún zanjón. Era una mujer imponente. Con sus cincuenta y tantos años y sus tacos altos, lucía joyas caras y collares de oro que despertaban la envidia de las mujeres y la admiración de los hombres, sobre todo de aquellos que se los obsequiaban y la veneraban como a una reina capaz de hacer realidad todos sus caprichos. Su larga cabellera, permanentemente teñida con tonos rojizos que ocultaban los hilos plateados, caía sobre el echarpe de terciopelo violeta que llevaba sobre el vestido de piel de astracán.

Después del postre, madame Florence le propuso a Cleide que conversaran a solas. Curiosa, la muchacha la siguió.
–Te voy a mostrar un sector de la casa que no conocés, adonde nunca entraste.
Cleide sonrió y en su interior le agradeció a Lulú que nunca hubiera revelado su secreto infantil.
Allí estaba el piano con el desgaste de su constante uso, el novísimo bandoneón, recientemente adquirido a un comerciante alemán, los violines, los contrabajos e incluso las flautas que las llamadas “orquestas típicas” utilizaban para el estilo moderno de tocar tango.
Por dentro, el salón emanaba un aroma a café y canela, mezclado con restos de humo, un olor que cotidianamente Lulú se esforzaba por eliminar, e incluso algunas notas de aguas de colonia baratas. Los espejos daban una sensación de mundana profundidad y permitían que los clientes pudiesen ver desde todos los ángulos lo que sucedía en los otros puntos de la sala y admirar el busto o los glúteos de las bailarinas, o medir la concurrencia, siempre con un aparente aire casual.
Más allá del mostrador de madera exótica, el bar exhibía un profuso muestrario de botellas de champán francés, ginebra y otros licores del gusto de los clientes y de las anfitrionas, y que se pagaban a precio de oro.
Al fondo, las escaleras hacían las veces de elevador de la libido de quienes frecuentaban El Tabarín. Un cliente podía subirlas sin bailar, pero no había tango sin escaleras. Y para ambos, madame Florence empleaba un elegante reloj de oro, con una tapa con diamantes incrustados, que abría y cerraba para controlar los minutos que duraba cada viaje.
Una mirada discreta, pero penetrante, bastaba para detener la orquesta o decirle a la mademoiselle que se había demorado demasiado en la habitación y que eso se le descontaría de la paga del fin de semana. La excepción, desde luego, era la Rubia Mireya, cuya tarifa era la más cara y, en aquellos días, contribuía a la fama de la casa.
–Este es mi negocio –afirmó madame Florence, después de explicar cómo funcionaba–. Con él gano dinero, pago las cuentas y hago feliz a mucha gente. Como ves, no es solo una academia de baile. Quiero que sepas que aquí se satisfacen otras necesidades mundanas, pero todo dentro de la más absoluta legalidad.
En Buenos Aires la prostitución había sido legalizada a partir de una Ordenanza del siglo anterior, que estipulaba medidas de salubridad para los burdeles y de salud para las “voluntarias” de la profesión.
–No es precisamente una novedad, mamá Florence. En la escuela y afuera corren las habladurías. Pero nunca te juzgué por eso. Estoy contenta con la manera en que siempre me trataste, no siendo de tu sangre y sin tener, que yo sepa, ninguna obligación.
–No hice todo lo que podría haber hecho. Sé que estuve demasiado ausente, pero traté de cumplir con mi palabra, con mi trato…
–¿Tu trato? ¡¿Qué trato?! –la interrumpió Cleide, bruscamente.
–Es de eso de lo que te quiero hablar. ¡Sentate, por favor!
Madame Florence le señaló un sofá, sacó del cajón de una mesita un pequeño frasco de perfume con la leyenda “Jicky, Guerlain París”, grabada en negro en el vidrio transparente, y lo colocó al lado del abanico que estaba sobre la mesita. Enseguida, se sentó al lado de Cleide, en el sillón de terciopelo verde, ya muy gastado, con manchas recientes de bebida y pequeñas quemaduras de cigarro. Cleide se sentó incómoda en la orilla del sofá, bloqueada por el irracional temor de contaminarse con algo.
–Como sabés, tu madre murió hace unos doce años. Y no tenías ningún familiar que pudiese hacerse cargo de vos. Ni el tonto del danés… –comenzó madame Florence, después de suspirar hondo y de pensar las palabras que iba a decir.
–¿El danés?
–Olvidate, ya murió. Fue el marido de Elisa, tu tía.
–¿Quién era y cómo era mi tía Elisa? –preguntó Cleide, recordando una vaga conversación de su infancia con Lulú que había quedado interrumpida.
–No lo sé, nunca la conocí.
–Y a mi mamá, ¿la conociste?
–No, tampoco. En verdad, nunca me explicaron realmente quién era ni el verdadero motivo por el que querían que se te protegiera del mundo exterior, de la gente común. Ni tampoco por qué quisieron que crecieras en un prostíbulo, o mejor dicho, en la parte trasera de un prostíbulo.
Cleide asentía con la cabeza, pues era una pregunta que se había hecho mil veces, sin encontrar una respuesta plausible.
–Pero no podía negarle el favor a quien me lo pidió –prosiguió madame Florence.
–¿Y quién fue?
–No lo conocés. Fue monsieur de la Paix, el dueño de la Librería Francesa, que queda en la calle Cerrito. Acordamos que garantizaría tu protección y tu educación hasta que cumplieras diecisiete años. A partir de ese momento, o seguirías tu propio camino, si conseguías trabajo, o él te daría un empleo en la librería.
Hizo una pausa momentánea para respirar, abrió el pequeño frasco, aspiró el aroma, como hacía siempre para relajarse, y comenzó a abanicarse. Transpiraba más de lo que el calor del salón hacía esperar. Madame Florence sabía que lo que estaba diciendo implicaba un cambio radical en la vida de Cleide, a quien, a lo largo del tiempo, le había tomado tanto cariño como a la hija que jamás había tenido.
–¿Cómo es ese monsieur de la Paix? –preguntó, todavía desconcertada.
–Un hombre especial. Tiene una librería famosa y muy apreciada, tanto entre los franceses como entre los argentinos, no solo por los hombres de letras, sino también por los de negocios. Es una persona en quien se puede confiar. Jamás me falló.
Cleide escuchaba con una mezcla de asombro y atención.
–Y, ya que hablamos del tema, él es también el que asegura puntualmente el pago de tus estudios desde que viniste a vivir aquí.
–¿Y por qué hizo todo eso por mí?
–No lo sé ni lo debía preguntar. Es un tema que te explicará él mismo, si piensa que debe o puede hacerlo.
Cleide bajó la cabeza hacia el piso con la mirada abstraída.
–¿Entonces, querés que me vaya de esta casa?
–Querida mía –madame Florence se levantó del sofá y abrazó a la joven, todavía pálida, sintiendo la frescura de su aroma a lavanda que, en cierta forma, purificaba el olor mundano del salón–, te voy a contar un secreto sobre mí. –Se acurrucó, en busca de protección de un regazo materno, algo tan ajeno a su vida–. Me prometí a mí misma que me mantendría en este oficio solo hasta los cuarenta y cinco años, y que después me retiraría –carraspeó un poco, para aclarar la voz–, pero tenía este compromiso que asumí con vos. En verdad, no me costó mucho cumplirlo, todo lo contrario, porque siempre te consideré como a una hija. Pero ahora me sucedió algo: un hombre se enamoró de mí. Es un hombre bueno, un uruguayo, viudo, algo mayor que yo. Es ganadero y dueño de grandes plantaciones frutales.
–¿Y vos también te enamoraste de él?
Madame Florence vaciló, buscando la respuesta en algún rincón impreciso del salón.
–Me gusta, sí. Me invitó a hacer un viaje por Europa, ahora que terminó la guerra. Cuando regresemos, viviré en su mansión, en Salto, una tranquila ciudad en el norte de Uruguay.
–Entiendo…
–Sabés que no necesito su dinero. Pero, a mi edad, es bueno tener a alguien que nos mime y nos cuide, alguien con quien compartir el resto de los días con un buen pasar. Para eso trabajé tanto. Y no me quiero quedar para siempre en El Tabarín. ¡Ya basta! Fue muy difícil, cuando llegué aquí, a tu edad…
Con los ojos empañados, madame Florence recordó el día en que, también ella, como todas las demás, había abandonado a su familia en París, seducida por un buen empleo y un marido rico en Buenos Aires, que, en realidad, no existían.
–Entonces, cuando cumpla los diecisiete, no me podré quedar más en tu casa.
–A esa edad tendrás que valerte por vos misma. El negocio quedará para Viviane. Ya arreglamos todo. Si querés, podés hablar con ella. Pero ya sabés cómo podés pagar tu estadía… Y la verdad es que en los últimos meses el negocio viene bajando inexplicablemente. Dejaron de venir clientes importantes y hasta el cafishio de la Rubia Mireya quiere llevarla a otra casa… Algo raro está pasando.
A medida que la conversación seguía, el corazón de Cleide no paraba de acelerarse. Se quedó mirando a mamá Florence. Por lo pronto, tenía un plan alternativo para proponerle a Viviane. Primero, debía hablar con Sophie, para conocer la opinión de su amiga. Tal vez pudiera quedarse. La atemorizaba el desconocido mundo exterior.
–Lo voy a pensar, mamá Florence. Pero te agradezco tu honestidad y todo lo que hiciste por mí. Y me di cuenta de que mi gratitud, por razones que desconozco, se extiende a ese tal monsieur de la Paix. Y en lo que respecta a vos, entiendo tu decisión. Tenés derecho a tu felicidad y yo no puedo ser un impedimento.
–Querida mía, jamás serías un impedimento. Pero antes o después harás tu vida. Estás hecha una lindísima mujer, culta y refinada. Y yo no puedo perder mi oportunidad. Y sé que, sea cual fuere tu elección, te tratarán muy bien.
–Gracias, mamá Florence.
La mujer retenía las lágrimas y, antes de que se derramaran, abrió el cajón de la mesita.
–Me gustaría que conservaras este recuerdo –le dijo, mientras le mostraba otro frasco de su perfume favorito–. Esta fragancia me recuerda el lugar donde nací, Montmartre, en el corazón de París. Me lo dio mi madre el día en que, a tu edad, partí para Buenos Aires, con el corazón rebosante de esperanzas. A través de su aroma vuelvo a la infancia que dejé en mi tierra –y, no aguantando más la presión de los ojos, se abrazó a Cleide llorando. Era la primera vez que la joven la veía desnudar su corazón.

Cuando se recuperaron de la emoción, volvieron al cobertizo, para seguir disfrutando de la amena tarde de Navidad. Madame Florence pasó por el cuarto de baño, donde se demoró un rato. Allí se deshizo en lágrimas. Se daba cuenta de que, a despecho de lo que había sentido al principio, cuando el propietario de la Librería Francesa le pidió aquel favor, que, a raíz de los códigos y las deudas de honor y protección del submundo porteño no pudo rechazar, con el correr del tiempo había sentido un afecto por Cleide que le había permitido sublimar ese instinto materno que ya creía adormecido para siempre. Y este se evidenció realmente cuando, años más tarde, sintió remordimientos por no haberla visto crecer y transformarse en la bella adolescente que era, alta, como ella misma, morena, elegante, con sus fogosos ojos verdes rasgados en ese rostro armonioso, como una princesa de un cuadro renacentista.
Se había dado cuenta de la transformación cuando descubrió que los corazones de varios jóvenes de la ciudad andaban alborotados. A tal punto que los padres, clientes habituales de El Tabarín, le imploraban su mano, ofreciéndole, para eso, generosas dotes, después de enterarse de que la causa de la melancolía de sus hijos era la abrumadora pasión que sentían por una tal Cleide, a quien llamaban “la Incógnita” y de quien poco se sabía, pero que se suponía que era sobrina o pupila de madame Florence.
Recordando el pacto que no le permitía semejantes libertades, madame Florence se asustó al darse cuenta de que el mundo exterior ya entraba en la parte reservada de la casa y reparaba en la existencia de Cleide. Por eso, con la excusa de una supuesta enfermedad que le daba pocas esperanzas de vida, despachaba a los pretendientes, sabiendo, de todas formas, que, tarde o temprano, descubrirían el engaño.
Al día siguiente, Cleide le habló a Sophie sobre el tema. Su amiga ya sabía del trato de madame Florence con su madre, ya que ambas mujeres habían combinado contárselo a las jóvenes al mismo tiempo. Sophie le reveló que la intención de su mamá era transformar El Tabarín en un cabaret, un salón de baile y de espectáculos donde las mujeres solo bailarían y nada más. También habían hablado sobre la baja de la clientela y la partida de la Rubia Mireya, motivos por los que se hacía preciso renovar el concepto de la casa.
–Por supuesto que te vas a poder quedar. Sos una bailarina eximia, eso se lo puedo asegurar a mi mamá. ¡Apuesto a que se van a quedar mudas! Ay, si supieran… –Y se rieron con ganas, recordando sus aventuras.

Algunos días después, Cleide recibió una visita inesperada. Lulú apareció con cara larga.
–Ya sé las novedades. Madame me contó que voy a cambiar de patrona.
–Sí, a mí también me contó. Va a ser bueno para vos. Se va a terminar la academia de baile y va a abrir un cabaret, como los de París –respondió guiñándole un ojo.
–¿Y vos qué vas a hacer?
–Estoy pensando. Hablé con Sophie. Ella está convencida de que la madre me va a incorporar al nuevo proyecto.
–¡No hagas eso! –respondió la mujer–. ¡Este no es tu lugar!
–¿Mi lugar? Pero, en verdad, ¿cuál es mi lugar? Vivo aquí desde chica. Nunca salí de esta casa, a no ser para ir a la escuela o en los cortos paseos en tus días libres o en los de la mamá de Sophie. Y a veces con mamá Florence. Pero siempre cerca de casa.
Lulú la miró con un gesto de desconfianza.
–¿Por qué me mirás así?
–¿Solo unos paseos inocentes por los alrededores? ¿Pensás que no sé que vos y Sophie, hasta hace poco, se ponían la ropa de madame y de Viviane, tomaban una cafetera y se iban a las milongas, a esos conventillos de los suburbios donde se baila tango? ¿Y qué pasó allá?
Cleide se quedó helada. ¿Cómo podía ser que Lulú supiera? ¿Y qué era lo que sabía realmente?
–¿Así que rompiste varios corazones por ahí? Incluso algunos rudos y peligrosos.
–Eso ya se terminó…
–Cleide, el tango es peligroso. Es un baile endemoniado, que se sabe cómo empieza, pero nunca cómo termina.
La joven se sentó en la cama y tomó su muñeca de trapo, se recostó y cerró los ojos, recordando con nostalgia y algo de temor sus aventuras nocturnas.

La juventud que le latía en las venas, en las piernas y en el corazón la impulsaba a conocer el mundo. Y el baile que había aprendido a escondidas en la habitación le encendía la sangre y le provocaba una necesidad visceral de materializarse, en todo su esplendor, en el sitio preciso. Lulú tenía razón. El tango era una danza peligrosa y endemoniada. Así fue como había florecido en las clases bajas, entre prostitutas, rufianes y malevos, compadritos y compadrones. Y no siempre se sobrevivía, porque convocaba la furia y los celos. Los sentimientos humanos más atávicos y primitivos que esculpían su estética, en los acordes del piano y del bandoneón, en el ritmo frenético de los cuerpos de los bailarines que se unían para formar un monstruo de dos cabezas y cuatro patas.
Recordó cómo Lulú la había descubierto mirando a través de la escotilla del cuarto secreto de madame Florence. Mientras tanto, llegaron los discos y los gramófonos con cajas de madera y bocinas de lata. La música no sonaba igual a la de la orquesta típica original, pero las amigas habían podido volver a ensayar como solían hacerlo.
En aquellos sábados de los que hablaba Lulú, salían de noche, a escondidas, en una cafetera –como se les decía entonces a los taxis de Buenos Aires–, conducida por un “amigo” de la Rubia Mireya, evitando los bares y los cafés de moda. Una amiga del liceo les había comentado de las milongas que se organizaban en los conventillos de Barracas y La Boca. En las noches más calurosas, en aquellos patios se armaban bailes. Y la amiga le había asegurado que allí paraba Alfonso, el muchacho que conocía desde chica y que había despertado en su corazón juvenil los latidos de Cupido. Lo veía muy a menudo cuando volvía a casa del liceo, pero sabía poco de él, salvo que la miraba con sus radiantes ojos verdes que una inspirada divinidad había colocado en su rostro moreno y que le sonreía siempre que la veía, cada vez con más alegría, a medida que pasaban los días y se iba sintiendo correspondido. De pronto, se dio cuenta de que ambos sincronizaban sus rutinas para poder verse.
Alfonso era hijo de un inmigrante portugués que se ganaba la vida decentemente, primero como empleado de una farmacia, que, luego, cuando el dueño murió sin haber dejado herederos, le compró a su viuda. Él estudiaba y ayudaba a su padre en el negocio, que florecía con el incremento de la construcción en Buenos Aires. Y esperaba a Cleide en la puerta de la farmacia, o la encontraba, como por casualidad, en las calles por donde sabía que la joven pasaba.
Y allí estaba él, en el conventillo de inmigrantes italianos que su amiga le había recomendado, con el cabello corto bien peinado y los ojos que alumbraban todo a su alrededor, iluminados por las lámparas del patio. Cuando advirtió que se dirigía hacia ella, comenzó a moverse en la silla, desasosegada, con el corazón a los saltos.
–¿Acepta bailar conmigo, niña?
Ella lo miró, con falso desinterés, porque desde el momento en que lo vio en la milonga su corazón ya se había decidido.
–Sí, acepto. Muchas gracias –respondió titubeante.
Él la tomó de la cintura con la mano derecha. Ella sintió su firmeza cuando se acomodó a la curva suave de su espalda. Sintió un leve sudor en el cuerpo, que esperaba que la fragancia francesa de madame Florence ocultara.
Vacilante, y como hacía con Sophie y veía también en el salón, puso su brazo izquierdo en el hombro de él y empezaron a bailar. La pareja se diluyó entre las demás, con las cabezas cerca, aunque sin cruzar las miradas, en una aparente indiferencia recíproca. El joven, habituado y seguro de sí, conducía a Cleide con elegante desenvoltura, dibujando en el aire, con los pies, formas geométricas perfectas e imperfectas, completas e incompletas.
Ella se dejaba llevar, como debía hacer la mujer en los brazos de un bailarín de tango. Él manifestaba su virilidad, ella se entregaba, respondiendo a las sutiles señales que él le hacía con las manos y a sus gestos, siguiendo el ritmo de “La cumparsita”.
De repente, él hizo un corte, levantando el talón del piso con aparente distracción y dibujando un semicírculo con la punta del zapato. Cleide, ágil y conocedora del movimiento que había ensayado muchas veces, lo terminó con ligereza, deslizándose dos veces para un lado y para otro, pegada al cuerpo de Alfonso, y luego alejándose repentinamente y cruzándole las piernas con elegante desinhibición.
Fue entonces cuando sintió, por primera vez, que también el tango se podía transformar en un extraño y agitado demonio que se introducía en el cuerpo, quebrando la cintura y los pies y encendiendo los corazones.
Cuando Alfonso la acompañó de nuevo a su mesa, Sophie conversaba animadamente con un muchacho algo mayor. Cleide se hallaba atrapada por el demonio del tango y vencida por el sutil aroma masculino que se le había pegado en los brazos y el rostro, mientras rozaban los de su pareja en plena danza.
Se quedó mirando a Alfonso, mientras este desaparecía, sin prisa, entre los hombres y mujeres del patio italiano. Con la respiración que le retumbaba en el pecho y el estómago con un mariposeo frenético, sintió, por primera vez, que la poderosa flecha de Cupido se le clavaba con violencia en el corazón.
La milonga continuó, con otra invitación. Esta vez, era un joven bien vestido y con un aspecto cínico y autoritario. Cleide lo conocía. Era uno de esos a los que los más pobres llamaban “cajetillas”, chicos bien que manejaban autos modernos y atemorizaban a los transeúntes cada vez que subían a las veredas y los parques. A veces, ebrios, atropellaban o destruían las mesas y sillas que las familias pobres colocaban allí afuera para disfrutar de la frescura de los árboles o de la puesta del sol. Ese joven, cuyo nombre no conocía, aparecía con frecuencia, con su Packard bordó, cuando Cleide volvía a casa con Sophie, y las invitaba a pasear en su coche.
A la noche, los cajetillas iban en patota, pandillas de chicos bien, atraídos por la sensual marginalidad nocturna del tango y protegidos por el dinero y el poder de sus familias. Y aquel andaba tras la pista de Cleide desde que le habían comentado que de vez en cuando aparecía en las milongas de los conventillos de los suburbios.
Cleide no podía rechazarlo. A menos que tuviera una buena excusa, una negativa para bailar podía entenderse como una ofensa. El joven, fanfarrón y con aires de superioridad, protegido por su apellido y por su estirpe aristocrática, miró a Alfonso de soslayo.
La pareja se mezcló entre las restantes. Alfonso también bailaba con otra joven, siguiendo los acordes de “Maldito tango”.
Cleide acompañó la sincronía musical y se dejó llevar por su compañero. De todas formas, se movía sin el entusiasmo de la pieza anterior. Alfonso se aproximó, sus cuerpos se chocaron y percibió que los ojos de ambos soltaban chispas, un mal augurio, como el nombre del tango que bailaban.
Ella continuó bailando, obedeciendo las indicaciones del joven, pero su mirada indomable se escapaba hacia Alfonso. Igual que la de su compañero, que continuaba midiéndolo de lejos. Cleide sintió que el cuerpo de él se le acercaba en un quiebre del ritmo, pero, en la última fracción de segundo, evitó que se tocaran. Él percibió el rechazo y dejó escapar un gesto glacial. En ese instante, ella sintió miedo y vislumbró el peligro.
No se miraban, como era habitual. Pero se medían mutuamente. Él, comparando la entrega de Cleide en la pieza anterior con el
tipo del barrio, que había observado en detalle mientras tomaba un vaso de ginebra. Ella, manteniendo una adecuada compostura, con pasos displicentes, pero siempre exactos.
Cuando la orquesta típica se preparaba para los acordes finales de “Maldito tango”, la atrajo hacía él con brusquedad. Pecho contra pecho. Ella sintió el olor a alcohol, mezclado con sudor y perfume francés, y un bulto en medio de las piernas, mientras oía la voz ronca del muchacho, que, pegada a su oído derecho, le resonó en el alma:
–¡Yo sé quién sos!
Cleide apenas podía recuperarse de la conmoción, cuando él la tomó del brazo y la condujo hasta la mesa, con una media sonrisa debajo del bigotito bien recortado. Retiró delicadamente el brazo, pero sin soltarle la mano, la hizo sentar junto a la amiga y se inclinó con una reverencia, mientras le besaba la mano:
–Pablo Rivadavia, mademoiselle –dijo, impasible, con la misma voz ronca–, a sus órdenes.
Cleide se removía en la silla, sintiendo que le faltaba el aire. Sophie se dio cuenta y siguió con la vista al bailarín, igual que Alfonso.
–¿Qué te dijo ese tipo al oído? Te pusiste tan nerviosa… ¡Estás pálida, nena!
–¡Vámonos de aquí, rápido!
–Calmate, no podemos irnos así, de repente, a ver si todavía se arma un alboroto. Él puede considerarlo una ofensa o algo parecido… No conocemos a nadie.
–No me siento bien, Sophie.
–Bah, no me digas que te enamoraste de los dos. Ese me parece un caballero… Y rico.
–¡Por favor, Sophie! No digas disparates.
Pablo Rivadavia seguía de lejos los gestos agitados de las dos amigas mientras hablaban. Tomó otro vaso de ginebra y decidió acercarse de nuevo, con suma formalidad.
–¿Está todo bien, mesdemoiselles? Ahora me voy a otra fiesta, me gustaría mucho que me acompañaran –las invitó, con la mayor elegancia.
–No, gracias, estamos cansadas y pensando en irnos –respondió Sophie, a pesar de que internamente le parecía una idea excitante subirse al elegante Packard de aquel joven buenmozo y educado.
–Si gustan, las puedo llevar a su casa. Queda de camino.
–No, gracias. Su auto solo tiene dos asientos –retrucó de nuevo Sophie–. Pero, espere, ¿su fiesta queda camino de dónde?
–De su casa, desde luego –respondió con el mismo tono seguro y ronco.
–Pero ¿cómo sabe donde vivimos?
Él volvió a sonreír, impávido y complaciente. Y, dirigiéndose a Cleide, que observaba la conversación con los ojos bien abiertos y el corazón a los saltos, afirmó:
–Veo que mademoiselle se recuperó bien de su fatal enfermedad.
–¿De qué enfermedad habla? Nunca estuve enferma. Me debe de estar confundiendo.
–De la enfermedad que la tuvo al borde de la muerte. Sé muy bien de lo que hablo. Y es bueno saber que se encuentra bien de salud y que baila el tango maravillosamente –respondió, alzando la cabeza y sonriendo, mientras con la mirada fulminaba a Alfonso, que observaba la escena a la distancia.
Muy confundida, Cleide se levantó y lo miró a los ojos:
–Usted será rico, pero es un impertinente y un entrometido. E inventa cosas para atormentar la vida de los demás. ¡Cajetilla!
Sin perder la postura ni la sonrisa cínica, él le agarró la mano derecha y, simulando que iba a besársela, alzó la cabeza súbitamente e intentó darle un beso la boca. Ella lo esquivó, pero llegó a sentir el sabor de la ginebra en la punta de los labios. Alterada, le dio una ruidosa cachetada.
Súbitamente, alrededor de ellos se produjo un alboroto. Alfonso se acercó a tiempo para oír la última frase de Cleide y lo que siguió, y trató de separarlos. Al verlo, Pablo lo agarró y le lanzó un violento puñetazo en la cara, que le quebró el tabique. Por la fuerza del golpe, Alfonso cayó al suelo, indefenso.
–Vámonos, Sophie –le pidió Cleide a su amiga, horrorizada e impotente.
Las dos salieron de prisa de aquel lugar, dejando detrás una batahola en la milonga del conventillo, con el resto de los cajetillas que ya se acercaban a defender al amigo, mientras otros iban en auxilio de Alfonso. La música se detuvo. Los vecinos se escaparon a sus casas y un grito agudo resonó en la noche.
La pandilla local desapareció, llevándose a Alfonso. Pablo yacía tendido en el piso, con un cuchillo clavado en la espalda. Los otros desde afuera gritaban, llamaban “asesinos” a Alfonso y a sus amigos, y juraban venganza.
A la mañana siguiente, la policía fue a buscar a Alfonso al hospital, donde se estaba haciendo atender las lesiones, y lo detuvo. Tardaron menos en juzgarlo que las heridas de Pablo en sanar. Lo condenaron a un año de prisión por alteración del orden público. A pesar de los esfuerzos de la poderosa familia Rivadavia, no pudieron probar ni la tentativa de homicidio ni el
ataque a la integridad física. El tribunal consideró que, a causa de la turbación por el tabique roto, no era probable que Alfonso estuviera en condiciones de tener discernimiento sobre sus actos y alegó, además, que Pablo apenas había sido herido en el omóplato –lesión de la que no tardó en recuperarse, a pesar de la simulación que teatralizó durante el juicio–, sin que su vida corriera peligro.

–¿Qué estás insinuando, Lulú? –le preguntó Cleide, temerosa, después de que, en una fracción de segundo, todos aquellos sucesos pasaran por su mente y la entristecieran, a sabiendas de que Alfonso estaba preso sin razón y por su culpa.
–No hagas preguntas de las que ya sabés la respuesta. Desde que eras chica te cubrí en todas tus travesuras. Pero ya sos grande, no abuses de la suerte. Y tené cuidado con el tango: es un baile diabólico, que atrae toda clase de pasiones, y también de rufianes. Y despierta emociones humanas muchas veces indomables.
La muchacha bajó la cabeza con la certeza de que más de una vez, por razones desconocidas, Lulú había descubierto sus aventuras. Y sabía también que la mujer tenía razón. El tango emergía como una novedad en las márgenes del Río de la Plata. ¡Y era tan seductor! Un verdadero arte, nacido entre las clases bajas, rodeado de misterios e incertidumbre desde sus raíces en las antiguas danzas de los esclavos africanos, transformado y asimilado por la inmigración de los barrios marginales de Buenos Aires y Montevideo.
Lulú continuó con su explicación.
–Hace un tiempo, apareció por acá el padre de un joven llamado Pablo Rivadavia. No sé si sabés, pero los Rivadavia son una familia poderosa.
–Sí, todo el mundo sabe que Bernardino Rivadavia fue el primer presidente, hace casi cien años. Y que después huyó a España, perseguido por sus pares, donde murió. ¿Y entonces?
–¡¿Y entonces?! No te podés meter en líos con gente importante. El hombre murió en España, pero la familia es muy respetada. Hasta tiene una avenida con su nombre.
–No hice nada malo. Apenas defendí mi honor. Él empezó con una conversación rara, diciendo que sabía quién era, dónde vivía y que había estado enferma, al borde de la muerte. Debe de estar loco o tiene malas intenciones.
–¿No lo conocías?
–Me acuerdo de que hace tiempo me miraba y solía esperarme a la salida de liceo. Después, desapareció. Hace poco empezó a andar en un coche vistoso, de esos que tienen solo los ricos bon vivants, y volvió a meterse conmigo a la salida del liceo –explicó–. No me gusta ese aire altivo y fanfarrón de los que piensan que con el dinero que tienen pueden comprar todo y a todos.
Lulú la escuchó con atención. Era el momento de revelarle el secreto que la atormentaba desde que un día había atendido al padre de Pablo en la puerta de El Tabarín, y él se había negado a entrar.
–Esperá un momento, tengo algo que mostrarte.
Se levantó, fue a su habitación y regresó con un sobre que le entregó a Cleide.
–¡Leelo, por favor! Por precaución, hasta el momento solo lo leí yo.
Ella lo abrió despacio, preguntándose sobre el tenor de la carta, con el corazón desacompasado. En la esquina superior derecha estaba escrito un nombre: Teodosio Rivadavia. A continuación, la dirección de un barrio acomodado de la ciudad. Leyó la misiva en silencio:
Madame Florence:
Espero que al recibir esta se encuentre bien.
Hace tiempo, como sabe, le conté acerca de la tristeza que se había abatido sobre mi hijo Pablo, como consecuencia del amor hacia su pupila. Cosas de la edad, pero que un padre no debe descuidar. Por eso, le comuniqué la intención de mi hijo de vivir con ella y de casarse, con la dote adecuada.
Usted me aseguró que ella estaba enferma, al borde de la muerte, de lo que no dudé, pues siempre he creído en su palabra y en la relación que hasta hoy hemos tenido. Y le guardo gratitud por todos los consejos y las informaciones que me dio, ya fueran de naturaleza política o comercial, y especialmente sobre las novedades de su establecimiento.
Sucedió que, hace un tiempo, un rufián de cuarta categoría hirió a mi hijo con intención de matarlo, en un conventillo italiano de los suburbios. Y ahora he venido a saber que el ataque fue como consecuencia de una discusión con dicha pupila suya, al parecer, una excelente y provocativa bailarina de tango, quien lo rechazó públicamente, lo humilló y le negó que alguna vez hubiese estado enferma.
El riesgo de morir lo sufrió mi hijo y no esa señorita. Así pues, como debe comprender, nuestra confianza se rompió, y por eso, con mucha pena, abandonaré su amistad. Y jamás regresaré a El Tabarín.
Le deseo suerte a usted y también a su pupila.
En letras bien dibujadas, igual que todo el manuscrito, seguía el nombre del suscripto: Teodosio Rivadavia y Pino.
11 
La Coruña, 1901
El mismo día que Marcela llegaba a Oporto, varias personas entraban, a primera hora, al Tribunal de Instrucción Criminal de La Coruña, notificadas por el juez de instrucción Pedro Calvo y Camina para prestar declaración. Cuando se miraron unos a otros, se dieron cuenta de lo que tenían en común; ellos eran la madre de Marcela, el padre Víctor Cortiella, los padrinos del casamiento y los médicos que habían revisado los genitales de Mario.
Con excepción de los médicos, que conversaban amenamente sobre el caso, acordando los testimonios para que no hubiera contradicciones científicas, los restantes murmuraban entre ellos, temerosos de que pudiesen terminar siendo considerados cómplices de los delitos cometidos por las dos mujeres. Ninguno de ellos había podido dormir la noche anterior.
Después de tomar la larga declaración del padre Víctor, que confirmó todos los hechos, su total desconocimiento de la circunstancia de que Mario fuese Elisa y del hecho de que Marcela fuera plenamente consciente de que se casaba con Elisa, visión corroborada por los padrinos del casamiento, el juez pasó a escuchar a la madre de Marcela, destrozada por la exposición pública a la que ella y su hija estaban siendo sometidas.
–¿Cuántos años hace que su hija conoce a Elisa Sánchez?
–Cerca de quince. Mi hija pasó una infancia muy infeliz, en un hospicio de Burgos. No teníamos condiciones para otra cosa. Cuando llegamos a esta ciudad, tratamos de compensarla como pudimos, mandándola a la escuela de magisterio. Fue en ese momento cuando conoció a Elisa. A partir de entonces, no se separaron nunca más.
–¿Y ustedes no se dieron cuenta de que entre ambas existía algo más que una amistad?
–¡Sí, señor juez! Nos dimos cuenta de eso. Mi marido la envió durante una temporada a Madrid, con la esperanza de que se olvidaran la una de la otra. Pero no sucedió. Cuando volvió, la relación entre ambas se fortaleció. Muchas veces pensé que era su venganza por no haber sido una madre presente en la infancia –la anciana, destrozada por los remordimientos, lloraba copiosamente.
–Bueno, cálmese. Su hija es la menos culpable. ¿Y después?
–Después vino la designación en las escuelas rurales, cuando empezaron a vivir y a pasar mucho tiempo juntas, a la vista de todos, sin que existiera ninguna sospecha ni censura social. Mi marido, pobrecito, murió de tantos disgustos. Cómo le habría gustado ver a su hija bien casada y tener un nietito…
–Comprendo…
–No, señor juez, no sé si alguien comprende el dolor de una madre que ama incondicionalmente a su hija y que la ve seguir el tortuoso camino de la perdición. Ni Nuestra Señora del Pilar me sirvió. Pasé muchas noches en vela, con la esperanza de ver a mi hija entrando en casa con un novio de verdad.
–¿Y cómo se enteró del casamiento?
–Un día se me apareció un novio de verdad, o en realidad una novia vestida de hombre. Mi corazón no resistió. Ni siquiera quise saber lo que me quería decir. Me refugié en la casa de unos familiares, donde estuve unos días en cama, muerta por dentro del disgusto.
La madre de Marcela continuó su plañido ante el juez, avergonzada y con el corazón partido. Recordaba el calvario por el que había pasado. Primero, la negación, después, la oración. No sabía qué otra cosa hacer por la salvación de su hija.
–Señor juez, ella es una buena muchacha. ¡No la mande a detener, por el amor de Dios! Fue la otra la que le metió el diablo en la cabeza y en el corazón. ¡Maldita mujer, que tenía que aparecer para atormentarnos la vida!
Continuaron los médicos, dos hombres mayores, conservadores y cuyos conocimientos de anatomía provenían de los antiguos cartapacios de la facultad y de la experiencia de vida. Y, según el concepto de los clínicos, Dios, cuando creó las especies humanas, tal como la medicina corroboraba, las había hecho hombre o mujer. No había lugar para alternativas. Incluso las enfermedades hermafroditas no alteraban ese concepto universal y sacrosanto.
–¿Y la vieron sin ropa? ¿Observaron sus partes íntimas?
–Señor juez, como debe comprender, un hombre experimentado no precisa ser médico para percibir que los órganos masculinos ocupan espacio. Ella se quitó los pantalones, pero no necesitó sacarse los calzoncillos para que se concluyera que no había nada en el lugar donde debían estar el pene y los testículos, como en cualquier macho, como nosotros.
–¿Y dijo que era hermafrodita?
–Eso dijo. No teníamos otros medios para verificar ninguna deformación interna, que no fuera la observación. Pero incluso si la hubiera, no habiendo creado Dios otro género, nada indicaba que fuera un hombre. ¡Entonces, por exclusión, es una mujer! Y de eso no tenemos dudas, tal como se lo comunicamos al padre Víctor Cortiella.

Aquella noche, don Antonio de Traba se acercó a la calle Real y entró en las instalaciones del Casino Sporting Club, el lugar de recreación, juego, deporte y cultura fundado cerca de una década atrás por la élite coruñesa. El poderoso gallego sabía que, ese día, tal como sucedía todos los jueves, el juez Pedro Calvo estaría allí, jugando backgammon, su pasatiempo favorito.
Cuando lo vio llegar, leía compenetrado la edición del día 24 de La Voz de Galicia, que le dedicaba una extensa nota al caso del casamiento sin hombre, especulando con la posibilidad de que las novias fueran o no presas de por vida, ya que era un hecho que las encarcelarían. Asimismo, se transcribían las declaraciones de dos especialistas en Derecho: Ramón Villas y otro, con el seudónimo de “Licenciado Safo”, que analizaban la naturaleza de los delitos cometidos por las mujeres y sus consecuencias.
Pedro Calvo reconoció a don Antonio, uno de los mejores jugadores de backgammon de Galicia y alguien con el que le gustaba competir, a pesar de que rara vez le ganaba una partida.
–¡Dichosos los ojos que lo ven, don Antonio! ¿Nuevamente por La Coruña?
–Mis respetos, don Pedro. Sí, vine por negocios, pero no podía dejar de pasar por el casino en busca de un buen compañero de backgammon.
El juez se rio, percibiendo la sutileza del saludo y de la invitación.
–Sabe que no puedo enseñarle nada en el backgammon. Solo puedo aprender.
–No es preciso saber de todo. Cada uno tiene su talento. Por ejemplo, yo sé poco de leyes y me entretiene leer La Voz de Galicia, donde cada especialista tiene una opinión sobre el tema del momento.
Pedro Calvo sonrió. No era un hombre que hablara mucho en público sobre los procesos que llevaba.
–Ah, también lo leí. El derecho es así, cada abogado tiene su opinión y, al final, decide el juez.
–Curiosa, esta historia. ¿Cómo es posible, a la luz de la ley, que se haya llevado a cabo un casamiento sin hombre? –don Antonio trataba por todos los medios de dirigirlo hacia sus objetivos, mientras comenzaba su jugada.
–Eso es imposible. Es algo inexistente. Incluso habiendo papeles, no hay casamiento si una de las partes no es hombre y la otra, mujer.
–Don Pedro, ¿usted conoce el caso? –preguntó capciosamente.
–Casualmente lo conozco bien. Pero no es mi tarea decretar la inexistencia del matrimonio. Solo estoy a cargo del proceso de instrucción criminal, para investigar los delitos que se cometieron.
–Habrán sido muchos, seguramente. En Dumbría y en Vimianzo la gente está atónita. Los padres de los alumnos de esas maestras
no esperan otra condena más que la prisión para esa tal Elisa. ¡El marimacho!
Durante el juego, don Antonio tenía solo una preocupación: exagerar sutilmente la expectativa de la opinión pública gallega respecto de la condena ejemplar de Elisa Sánchez Loriga y de que la acusación y la prisión preventiva se establecieran rápidamente. Al final y en contra de lo que era habitual, don Antonio perdió la partida. El juez terminó la noche de juego satisfecho, y don Antonio también.
–Puede decirles a sus vecinos que en breve tendrán novedades.

El 1° de julio, después de concluidas todas las diligencias de la fase de instrucción del proceso, el juez mandó llamar al escribiente y le dictó la acusación y las respectivas medidas coercitivas. Después de ponderar los indicios de prueba presentados, don Pedro Calvo no tenía dudas. Elisa se había hecho pasar por hombre con el objetivo de casarse con Marcela, y esta, a su vez, había declarado que su madre había fallecido, lo que se correspondía con el delito de declaración falsa, penado con prisión con reclusión y una multa de entre quinientas y cinco mil pesetas. Por otro lado, la celebración de un casamiento entre dos mujeres era motivo suficiente para justificar la acusación por el delito de escándalo público, igualmente penado con prisión con reclusión y con una multa de entre ciento veinticinco y mil doscientas veinticinco pesetas. Finalmente, Elisa había cometido también el delito de usurpación de identidad.
–Así, se decreta la prisión preventiva, sin fianza, de las referidas procesadas, Marcela Gracia Ibeas y Elisa Sánchez de Loriga –dictaba el juez, concentrado, a fin de que el texto no contuviese ningún error procesal, y concluía–: Para que se concrete la referida prisión, ofíciese a los jefes de Vigilancia y a la Guardia Municipal, a fin de que las detengan y las conduzcan a los calabozos, así como al comandante de la Guardia Civil de esta provincia y al juez de Instrucción Criminal de Corcubión, en caso de que residieren en Dumbría o en otro lugar de la misma comarca.
Concluida la sentencia, el juez miró la edición de La Voz de Galicia del día anterior, donde estaba impresa la fotografía de la pareja sacada por el francés Sellier, a pesar de que el autor de la foto se había rehusado a proporcionar una copia sin autorización de las sospechosas o sin una orden de las autoridades. La propia madre de Marcela había intercedido ante el fotógrafo para que no entregara el retrato. Pero un periodista que se precie jamás deja una primicia para los demás, así que el cronista consiguió la fotografía en Dumbría, donde habían quedado dos ejemplares en las mesas de luz de la casa de Marcela.

La noticia corrió como reguero de pólvora por todos los rincones de Galicia, llevada por los periódicos y por el boca en boca del pueblo, que estaba ávido de nuevos capítulos de la novela real que entretenía la pobre rutina de sus días. No bien el escribiente le informó del contenido de la sentencia, en la parte de atrás del tribunal como previamente habían acordado, don Antonio se encaminó a la diligencia, que aguardaba el momento en que el eminente Traba, uno de los accionistas de La Lealtad, llegara de sus importantes quehaceres.
A la noche reunió en su bodega al padre Varela, al doctor Pomar y a Rafael para contarles las novedades.
–¡De esta no escapan! –argumentó el médico–. ¡Qué grandes actrices resultaron esas dos! Y nuestros hijos aprendiendo con personas sin decoro y sin los valores que nos transmitieron nuestros padres y abuelos. ¡Cárcel para ellas, para que sirvan de ejemplo!
–¡Pobre de aquel que no tiene juicio! –concordó el sacerdote, no sin algo de remordimiento, consciente de que, como en los viejos tiempos, había sido él quien había atizado la llama de la hoguera donde ardían las dos mujeres.
Cuando se fueron, don Antonio llamó a Rafael.
–¿Sabes algo sobre su paradero?
–¡Nada todavía! Hay quienes dicen que huyeron a América; otros, a Francia. Otros creen que deben de estar en Santiago o en Vigo, y hay quien jura a pies juntillas que se encuentran en Oporto, en Portugal.
–Entonces, mañana, partes para Santiago y Vigo. Busca e investiga por todas partes. Cocheros, posadas, en las boleterías de las diligencias y del tren. ¡Alguien tiene que haberlas visto! ¡Toma este periódico, ahí tienes sus rostros!
–No lo necesito. Tengo una fotografía. Fui yo el que le di el otro ejemplar al periodista. Lo encontré en la casa de ellas.
–¡Mmmh! Al final, eres más listo de lo que pensaba. Toma este dinero y parte lo más temprano posible. Tiene que alcanzar para los gastos y para que algunos reaviven su memoria.
Rafael miró la pila de billetes y dejó escapar una sonrisa codiciosa.
12 
Oporto, 1901
Transpirando y agitado, entró a la estación. El corazón se le salía por la boca a causa del agotamiento y la ansiedad. Había llegado puntual todos los días, excepto ese jueves, pues el sastre con quien había concertado una entrevista de trabajo recién lo atendió casi dos horas después de lo convenido. Tuvo que ir corriendo, como pudo. A esa hora, el interior de la estación de Campanhã ya se hallaba iluminado por la luz eléctrica.
Miró hacia todos lados y, entre las pocas personas que vio, no reconoció a Marcela. Por un lado, sintió alivio de no haberla hecho esperar. Pero enseguida se apenó. Aquel aún no era el día en que iba a llegar. Además, las noticias del escándalo, que se habían esparcido por toda España, también habían llegado a la prensa portuguesa. Aquel preciso 26 de junio, Mario leía con tristeza un artículo sobre el caso en el periódico O Norte. No tardaría mucho para que los diarios portugueses le dieran todavía una mayor cobertura. Cabizbajo, se dirigió a paso lento hacia la salida de la estación.
–¡Mario! ¡Mario! –oyó que una voz familiar lo llamaba.
Se dio vuelta, como hipnotizado. No lo podía creer. No estaba alucinando. ¡Era ella, Marcela! Corrió hacia su amada y, emocionados hasta las lágrimas, ambos se dieron un abrazo tan intenso que casi los hizo caer. Luego, se miraron en silencio, como si los ojos se penetraran y les abrazaran el alma y el corazón. Finalmente, se besaron sin temor, abandonados a su pasión. Algunas mujeres se taparon la vista mientras murmuraban palabras de desaprobación. Los hombres se reían e intercambiaban chistes picantes. Pero la pareja no reparaba en nadie a su alrededor. Demostraba con intensidad las emociones que habían reprimido durante tantos días, el sufrimiento que les había paralizado el pensamiento y la acción. Aquel encuentro sabía a redención. Era el encuentro de la esperanza. La manifestación de la liberación y de la libertad. El comienzo de una vida feliz.
–¡Qué felicidad volver a verte, mi amor! ¿Cómo has estado?
–¿Cómo crees? Ansioso de que vinieras. No es fácil dormir o pasar el tiempo sin saber de ti. ¿Y tú, cómo lograste escapar?
–¡Toda una aventura! Después te cuento. ¿Tenemos dónde quedarnos?
–Sí, alquilé un cuarto en una posada. No es lo más adecuado, pero fue lo más barato que conseguí. Ya encontraremos otro lugar.
–Eso es lo menos importante. Abrázame y bésame otra vez. Precisamos mucho cariño –respondió Marcela, con la mano derecha sobre su vientre, enseguida cubierta por Mario, que la abrazó con la otra mano y la besó como si allí fueran a quedarse por el resto de su vida.
–Caballero, ¿no cree que ya es suficiente? –los interrumpió el empleado de la estación.
Miraron a su alrededor, donde un círculo de personas los rodeaba. Se ruborizaron, pidieron disculpas y salieron de Campanhã en medio de un coro de murmullos: “Me di cuenta, son gallegos… Debe de hacer mucho que no se ven… Hoy va a haber fiesta… ¡Deberían avergonzarse…!”.
Poco a poco, las voces, cada vez más alteradas, iban quedando atrás. Tomaron un coche a la pensión Mesquita, en la Rua do Bonjardim, y se rieron a carcajadas de la escena que habían hecho en la estación.
–Ah, aquí no me llames Mario. Soy Pepe. O mejor, José Mal Sánchez Martínez –le informó, guiñándole el ojo.

Durmieron poco. Los cuerpos, libres y urgentes, volvieron a encontrarse, entre caricias, abrazos, besos y el continuo hallazgo de los insondables placeres que repetían o descubrían cada vez que estaban juntos. Fue una noche memorable, que jamás habrían de olvidar. Pronto, Oporto se transformó en el jardín de las delicias de la pareja de amantes, ese puerto donde cobijarse y hallar la paz que tanto buscaban.
Al día siguiente, y a pesar de todo, se levantaron temprano. Debían ocuparse de los papeles de Marcela en el Consulado, y Elisa, o Mario, o Pepe, tenía que presentársela a los amigos españoles que ya había hecho en la ciudad y comenzar a buscar posibilidades de trabajo para ambos, pues el dinero escaseaba.
El gallego Pepe había conseguido empleo en una sastrería. El salario era muy bajo, pero le permitió a la pareja salir de la habitación pequeña y maloliente de la Rua do Bonjardim e instalarse con comodidad en otra pensión en la plaza da Batalha, donde también se alojaban muchos gallegos y otros españoles residentes o de paso. Allí fue donde Mario le presentó a Marcela al famoso torero cordobés Rafael Guerra Bejarano, que recientemente había dejado las arenas españolas, donde durante doce años había alcanzado la cima del estrellato y de la adoración de los aficionados. Ya cerca de los cuarenta años, el “Segundo Gran Califa”, como, entre otros apodos, se lo conocía, después de gloriosos triunfos, abandonó la arena de Zaragoza el 15 de octubre de 1899, en plena Fiesta de la Virgen del Pilar, después de una ruidosa manifestación de protesta por haber entrado matando y por propiciar en la lid toros de menor gallardía, más fáciles de clavar con las banderillas. Serían célebres las palabras con las que confrontó a su grupo de banderilleros: “Si os quedáis aquí, podéis buscar otro maestro para el próximo año, que yo me voy para siempre”. Y así lo hizo.
En Oporto había encontrado una ciudad pacífica, donde podía andar anónimamente, hasta que regresara a su Córdoba natal como una leyenda de la tauromaquia. Era un hombre moreno, de oscuros ojos penetrantes y rostro alargado. No usaba barba ni bigote, por lo que se destacaba su boca de labios rectos. Sin embargo, seducía con su humor permanente y sus bromas sagaces.
“Guerrita”, o “Llaverito”, como también se lo conocía, frecuentaba el café Lisbonense y había presentado a Pepe al dueño, José Nogueira. Por eso, para darle la bienvenida a la señora, invitó a la pareja a tomar un vino de oporto en su lugar preferido. Marcela se excusó, alegando que estaba cansada. Todavía no se había recuperado de la emoción.
–Pero ve tú, querido. Festeja por mí –bromeó–. Queda mal que una mujer frecuente los cafés, especialmente en mi estado –concluyó con un discreto guiño de ojos.
El hábito de los portuenses de ir a las tabernas era una antigua herencia. Los cafés de la Ciudad Invicta constituían un espacio privilegiado para que los tripeiros, como se les llamaba a los habitantes de la ciudad, hablaran de política, de las novedades del día, comentasen las virtudes de la belleza femenina y, desde luego, jugaran a las cartas, a las damas, al dominó, a la lotería y al ineludible billar. El Lisbonense, situado al final de la Rua do Bonjardim, ya cerca de la Rua Nova de Santo António, en los alrededores de la iglesia dos Congregados,1 ocupaba dos edificios y su interior se dividía en dos salones. El que daba a la calle estaba destinado al café, con mesas con tapa de mármol y grandes sillas de madera, que atraía a lo mejor de la élite y de los intelectuales de la ciudad. Allí, una famosa orquesta animaba las veladas con partituras de Rossini y Wagner y los muy apreciados valses de Waldteufel. En el salón que daba a la parte de atrás se encontraban los billares. Cuando Pepe y el torero español llegaron, una pequeña multitud salía de este salón. Acababan de dar una exhibición Francisco de Noronha y Menezes, dueño de la enorme y famosa Quinta da Prelada, y su hijo, probablemente el mejor par de jugadores de la ciudad, que atraían a una legión de admiradores cada vez que jugaban. Pero las partidas habían terminado porque era la hora de que entrara en acción el famoso terceto de músicos que Guerrita tanto apreciaba, comentando siempre, en su español andaluz: “Ca uno es ca uno”.
El torero le ofreció una copa de vino de oporto a su compatriota Pepe, con quien solía intercambiar pícaros chistes sobre las mujeres de Oporto, y llamó al propietario, José Nogueira, a la mesa. Después de una animada charla, el cordobés se dirigió al dueño del Lisbonense:
–Nogueira querido, aquí mi compatriota y buen amigo precisa un empleo. ¿No tienes algo que le puedas conseguir?
–Es una pena, tomé a un hombre hace dos días. Si fuera para una mujer, sí, porque preciso una que borde y cosa los manteles de las mesas del local.
–Perfecto –respondió Pepe, de inmediato–. Con seguridad, mi esposa puede hacer eso. Es sumamente habilidosa y trabajadora. No lo va a decepcionar.
En ese momento, Marcela dormía, extenuada, sin saber que al día siguiente ya tenía un empleo asegurado en el famoso café Lisbonense, con un sueldo de doscientos cuarenta reales diarios, más comida. Nada mal para alguien que comenzaba una nueva vida y tenía cuentas que pagar. Y no pasó mucho para que José Nogueira y su esposa quedaran encantados con el esmero y el profesionalismo de Marcela y se encariñaran con la pareja de gallegos, a la que invitaban a comer durante los fines de semana, el día de descanso de Marcela.
Y así, los dos encontraron por fin el solaz de una vida tranquila y pacífica en Oporto. Marcela no podía disimular su fascinación por la ciudad donde había recalado, tan distinta de la primitiva Dumbría y de la pueblerina Coruña. Oporto rebosaba vida, con un vigoroso afán mercantil e industrial. Veía a los aprendices, frenéticos, midiendo con el metro en los mostradores de las mercerías y oía el incesante ruido de los martillos golpeando el cobre en los talleres de los caldereros. Y cada día que pasaba, Pepe y Marcela eran reconocidos como una pareja extranjera trabajadora, respetada e integrada a la élite de la ciudad.

Desde que había partido de Dumbría, Rafael sólo se detenía para comer y dormir. Habló con todos los cocheros que encontró y que recorrían las rutas de Corcubión y Santiago. No tardó en descubrir que Mario se había hecho llevar hasta Santiago. Luego, supo que había seguido hacia Vigo. En la estación de Vigo, y untando las manos de quien debía, consiguió averiguar que Marcela había viajado a Oporto. Por eso, compró un pasaje en el tren que diariamente unía Vigo con Lisboa, y paraba en Oporto-Campanhã antes de cruzar el Duero sobre el puente de D. Maria Pia, en dirección al sur.
Una vez que llegó, buscó el Consulado español, donde adujo que buscaba a unos familiares de Marcela Gracia Ibeas, para comunicarles el fallecimiento de la madre. Creyéndose a salvo, Marcela había dejado su identificación y residencia, lo que hizo que Rafael sonriera con ganas.
–Puede hallarla en la pensión Mesquita, en la Rua do Bonjardim.
Ya empezaba a sentir muy cerca el olor de su presa. Rafael se instaló en un café enfrente al hostal, donde, para asombro de los empleados, pasó todo el día leyendo los periódicos, bebiendo y comiendo, con la esperanza de ver entrar o salir a Elisa o a Marcela.
Al caer la noche y sin haber logrado su propósito, llamó a uno de los mozos y le mostró la fotografía.
–Conozco a esa pareja de gallegos, sí. Algunas veces, Pepe tomaba café aquí, hasta que llegó su señora y se mudaron a una pensión de españoles, en la plaza da Batalha.
Rafael le dejó al mozo un billete de cinco pesetas por la valiosa información.
–¡Conque ahora te llamas Pepe! ¡No tardarás en volver a llamarte Elisa, como que mi nombre es Rafael! –murmuraba camino de una pensión donde pasar la noche.
Al día siguiente, apenas amaneció, Rafael ya husmeaba el nuevo coto de caza. Y no le fue difícil descubrir a los dos tortolitos. Salieron de la pensión y doblaron a la izquierda frente de la iglesia de Santo Ildefonso y empezaron, para descender sin prisa por la empinada Rua Nova de Santo António, donde diez años antes, el 31 de enero de 1891, había estallado una revuelta revolucionaria del movimiento republicano. Marcela llevaba un vestido oscuro y la cabeza cubierta con un pañuelo negro. Pepe la seguía, resuelto y sonriente, saludando a los conocidos, con el cabello bien peinado y el bigote fino; vestía una chaqueta larga, pantalones de lana oscuros, un elegante sombrero blanco y zapatos amarillos.
A pesar de su pronunciada pendiente, la Rua Nova de Santo António era una de las áreas comerciales más importantes de la ciudad. Entraron en la calle por el lado de la tabaquería Africana, famosa no solo por el surtido de tabacos nacionales y extranjeros, sino también por los premios que distribuía de la venta de lotería y por la edición de libros y postales. Calle abajo, Marcela disfrutaba mirando las vidrieras de las guanterías, las sastrerías y las peluquerías de moda, como la Casa dos Banhos y el Teatro Circo.
–Querido, cuando tengamos dinero para otros gastos, vendremos a la Casa Vicent a comprar esos guantes tan bonitos –suspiraba Marcela, frente al local del guantero español que competía, en la misma calle, con otros seis franceses y con una portuguesa.
Ante la reconocida Casa Prud’homme, se deleitaba con los aromas que provenían de aquella fina despensa, que vendía los quesos franceses más exquisitos y los champanes más apreciados de la ciudad.
Cuando llegaron al final de la calle, en la plaza Almeida Garrett, doblaron a la derecha, por el Convento de São Bento de Ave-Maria, cuya iglesia en aquellos días estaba por ser demolida, para construir allí la nueva estación de trenes, que funcionaba de manera provisoria en los depósitos de madera. Campanhã quedaba muy lejos del centro, por lo que se hacía urgente llevar el ferrocarril al corazón de la ciudad.
Rafael los seguía a una distancia conveniente, oculto tras un sombrero tirado hacia adelante, no fuera cosa que la pareja mirara hacia atrás y lo reconociera, a pesar de que las calles de Oporto eran un hervidero de gente. Los vio doblar la calle, al fondo, tomando por Bonjardim, la misma donde había estado el día anterior, y cuyos edificios, en su mayoría, eran establecimientos hoteleros, de restauración y de bebidas. De un lado, los cafés Portuense, Braga y Moreira, y el Novo Hotel Portuense y el Hotel Real; del otro, el restaurante Monteiro, y el famoso Adriano, además de los cafés Madrid y Lisbonense, al que ingresaron.
Rafael aguardó un rato, escondido debajo de los umbrales de piedra, hasta que vio salir a Pepe. Lo siguió hasta una sastrería, donde entró. Mediante algunas rápidas averiguaciones, confirmó lo que sospechaba: la pareja vivía en la pensión Batalha, Marcela trabajaba en el café Lisbonense y Pepe, en esa sastrería. Era todo lo que precisaba saber.
Durmió apenas, hasta que, bien temprano, tomó el tren a Vigo y llegó a Dumbría al día siguiente, al atardecer. A la noche, se reunió con don Antonio de Traba en la bodega, con una vasija de vino tinto y los habituales trozos de panceta y morcilla para picar.
–¡Qué me dices, Rafael! Me traes buenas noticias, muchacho. ¡Has hecho un excelente trabajo! La mentira tiene patas cortas. Ahora, déjalo por mi cuenta. Pero mañana quiero que me acompañes. En verdad, ellas no son demasiado listas. Dejaron su nombre en el Consulado y pensaron que en Oporto, tan cerca de Galicia, estaban a salvo.
–Don Antonio, sobró este dinero –dijo Rafael, mientras le mostraba un fajo de pesetas.
–Guárdatelo. Te lo mereces.
Al día siguiente, don Antonio de Traba tomó la diligencia a La Coruña. No bien llegó a la ciudad, se dirigió al tribunal y pidió hablar con el juez de instrucción criminal, Pedro Calvo y Camina.
–Don Antonio, cuánto me alegro de verlo nuevamente en La Coruña. ¿Luego va a ir al casino?
–Nunca me pierdo una buena partida con un adversario de jerarquía. Y después de la última partida, tengo que jugar la revancha.
El juez se rio, orgulloso de su victoria en el backgammon.
–Jamás se niega una revancha. Pero ¿vino al tribunal por algún motivo?
–Sí, no pude dejar de prestar atención a la historia de las dos mujeres de Dumbría que se casaron, para gran oprobio de todos nosotros.
–Así es… –concordó el juez, mostrándose interesado–. Pero entre, entre, siéntese y póngase cómodo.
–Desconozco el interés que tiene el tema, pero no podía dejar de comentarle algo que llegó a mis oídos a través de un buen amigo que acaba de llegar de Oporto, donde estuvo por negocios.
El juez escuchaba, encantado, la información que el poderoso hombre le contaba. Era la pieza que faltaba. Inmediatamente después que don Antonio se fue, llamó al escribiente y le dictó la orden:
–Notifíquese de inmediato al comandante de la Guardia Civil de Vigo la sentencia de Elisa y Marcela, con instrucciones para buscarlas en Oporto –determinó, indicando las referencias de donde debían ser rastreadas.
Aquella noche, en el casino, don Antonio volvió a perder al backgammon, para alegría del juez Pedro Calvo.

Salvador Millán, el comandante vigués de la Guardia Civil, un hombre calvo y corpulento, gran especialista y degustador de tortillas, seguía con particular interés todas las noticias acerca de las Safos gallegas. Cuando recibió las instrucciones del juez de La Coruña, se enroscó el bigote y sonrió.
–¡Qué eficiente este juez, lo que logró descubrir!
En los pasillos se comentaba que las dos mujeres le habían dado un golpe a la justicia española y que jamás se las atraparía. Pero, en poco tiempo, aquel juez daba la indicación precisa de su paradero. Al día siguiente, los agentes policiales portugueses llegarían a Vigo, para mantener las habituales reuniones sobre las cuestiones migratorias de rutina. Pero esta vez se llevarían en la mano uno de los más escandalosos asuntos criminales de España.
Salvador Millán saboreaba el triunfo por anticipado. Con los dedos golpeaba la tapa del escritorio, mientras cerraba los ojos y se imaginaba trasladando a las reclusas al tribunal coruñés y dando entrevistas a los periódicos de toda España. Por fin sería famoso y obtendría su merecida promoción. Los camaradas portugueses, como siempre, no lo defraudarían.
Así pues, a la mañana siguiente, luego de transmitir las instrucciones del juez de La Coruña, el comandante invitó a los agentes portugueses a degustar unos bivalvos y mariscos gallegos, seguidos de las tan apreciadas tortillas y de un cocido, todo muy bien regado con un vino albariño de Salnés.

Aquella mañana calurosa del viernes 16 de agosto de 1901, Pepe se arreglaba para ir a una nueva entrevista de trabajo, después de haber dejado la sastrería, que pagaba apenas ciento ochenta reales por día, bastante menos de lo que ganaba Marcela como costurera en el Lisbonense. Se miró al espejo, se perfumó con una colonia masculina de moda y se arregló su chaqueta preferida. Hizo una mueca y sonrió. Estaba impecable para la entrevista en la oficina de un peletero español que necesitaba a alguien con buena caligrafía.
La paz se vio interrumpida por los vigorosos golpes a la puerta de su cuarto del ático de la pensión. Frunció el ceño y se frotó el cuello ya levemente transpirado.
–¿Quién es? –preguntó.
–Buscamos al señor Mario Sánchez Loriga, que sabemos que se encuentra aquí. ¡Abra, por favor!
–¿Pero quiénes son? –interrogó con el corazón al galope–. Aquí no vive nadie con ese nombre.
–Cabo Manuel Lebreiro y soldado Jerónimo Antunes, de la Guardia Municipal de Oporto. ¡Abra, es una orden! ¡Ya veremos si está o no!
Cuando Pepe abrió la puerta, sudaba a chorros. Saludó a los soldados cortésmente.
–Señores, deben de estar equivocados, aquí vivo yo, José Mal Sánchez Martínez, con mi esposa.
–¡Muy bien! Por favor, muéstrenos sus documentos y los de su esposa –solicitó el cabo, que parecía impaciente.
Pepe le dio los documentos de Marcela. Los guardias intercambiaron miradas cómplices. El cabo le devolvió los documentos, satisfecho.
–Están en orden. Ahora, deme los suyos.
–Aguarde un momento, voy a buscarlos.
Pepe fue a un compartimento contiguo a la habitación. Se sentó en una silla y sintió como si esta no tuviera fondo y lo arrastrara hacia una especie de torbellino emocional, que de nuevo lo arrojaba a las profundidades del abismo. “Dios mío, ¿cuándo nos dejarán en paz? ¡Justo ahora que todo estaba saliendo tan bien! ¡¿Cuánto y hasta cuándo tendremos que pagar por nuestro amor?!”, pensaba, sollozando, algo que no imaginaba que volvería a hacer.
Pensó en huir y llevar a Marcela a otro lado. Miró la ventana, pero la distancia hasta el suelo era demasiado grande y no había tejados por donde pudiera escapar. La puerta era la única salida. Solo tenía una posibilidad: tratar de convencer a los guardias. “Pero ellos fueron claros. Saben muy bien a quién buscan”.
Un cuarto de hora después, tomó la carta de residencia, que le había comprado a un amigo de manera ilegal y que había falsificado con su nombre, previendo una eventualidad como aquella y, antes de entregarla, se fue a lavar la cara, para evitar que los visitantes se dieran cuenta de que había estado llorando. Como temblaba, el papel cayó en la bacinilla. “¡Mierda! ¡Solo esto faltaba!”.
–Discúlpenme, señores. No lo encontraba, y cuando lo hallé, se cayó al agua. ¡Qué lástima!
El cabo examinó el documento con cuidado y sonrió para sus adentros, por la facilidad con la que atrapaba a un mentiroso.
–Señor Pepe –retrucó, con cierto desdén–, aquí dice que usted está efectivamente casado. Pero lamento decirle que su cónsul acostumbra expedir una carta de residencia por cada pareja.
–Claro, es que la saqué antes de que mi mujer llegara. Ella no vino conmigo. Mañana paso por el Consulado y pido una carta de residencia conjunta.
–¡Vamos, déjese de simular! Usted no es un hombre, sino una mujer que se viste de hombre.
–¡¿Qué?! ¡Están locos! ¡Eso es una infamia! ¡Yo soy un hombre, señor! ¡Igual que usted! Además, mi mujer está esperando un hijo mío, como podrán comprobar.
Los guardias se rieron.
–Vamos, no pierda más tiempo. Sabemos que usted es una mujer.
–Por favor, tomen mi certificado de bautismo. Corrobórenlo y no sometan a honestos extranjeros a este vejamen.
El cabo Lebreiro, cada vez más impaciente, cerró la conversación.
–¡Muy bien! Si es hombre, como dice, eso se puede comprobar de inmediato. Aquí estamos entre hombres. Bájese los pantalones y el tema queda terminado.
El pensamiento de Pepe, o Mario, o Elisa, voló inmediatamente al momento de la revisión de los médicos de La Coruña. “Si esos me sometieron a semejante vergüenza y concluyeron que yo era una mujer, ¿qué no habrán de concluir estos dos legos?”, pensó desalentado.
Se acordó de Marcela. “No sabe nada, va a ser otro golpe para esa pobre criatura de Dios”. Bajó la vista y se sentó en una silla, sin fuerzas para seguir.
–Como digan. Nunca comprenderán. Si quieren que sea una mujer, así lo seré.
–Señora, no hay nada que comprender: ¡o es hombre o es mujer! Así nos hizo Dios. ¿Dónde está Marcela Gracia Ibeas?
–En el sitio donde trabaja, como ustedes seguramente saben. Pero, por favor, no nos hagan daño. ¡Déjennos en paz! Mi cambio de identidad no perjudicó a nadie. ¡¿A quién le importa si me visto de hombre o de mujer?!
–Esa es harina de otro costal. Ahora, acompáñenos al puesto de la Guardia.
–¿Qué me van a hacer?
–Solo necesitamos tomarle declaración.
El cabo lo condujo al puesto y ordenó al soldado que fuese a buscar a Marcela al Lisbonense.
Ella estaba feliz, entonando una canción gallega, cuando vio aparecer a un guardia que iba acompañado por el dueño, asombrado por la orden de detención. Se quedó helada, mientras sentía que la sangre se le escurría de las venas. Recién respondió al llamado de ambos en el momento en que sintió el pinchazo de la aguja en la punta del índice izquierdo y la sangre comenzó a humedecer el mantel que cosía.
En silencio y avergonzada, siguió al soldado Antunes, que, de vez en cuando, la observaba por el rabillo del ojo, con curiosidad y hasta con una dosis de lascivia.
Aunque desconocía lo que había declarado Pepe, mientras se sujetaba el vientre con ambas manos, para hacer más pronunciada su ya evidente gravidez, no tuvo ninguna duda en afirmar de manera terminante, ante el atónito comisario:
–¡Yo sé mejor que nadie que él es un hombre! Un hombre especial, es cierto, de aquellos que probablemente ustedes nunca vieron. Pero más hombre que muchos que andan por ahí.
–¡Señora, ahórrese esa humillación! Usted es maestra. Tiene responsabilidades –le respondió el comisario, asombrado ante tan tremenda manifestación de solidaridad contra natura.
–¡¿Quién cree que es el padre del bebé que llevo dentro de mí?! –preguntó desesperada.
–Señora mía, por cierto que yo no lo sé, y no es asunto mío.
A continuación, llamó al cabo Lebreiro y al soldado Antunes, y les dio órdenes expresas:
–Llévenlas al Aljube. Pero separadas. ¿Ya vieron a los periodistas por ahí, siempre buscando noticias escandalosas? No quiero una procesión hasta la cárcel. Mantengan la discreción.
De inmediato, se dirigió al operador del telégrafo:
–Envía un telegrama a Millán informándole que las dos están detenidas bajo mis órdenes en el Aljube.
Una por vez, subieron las calles de baldosas de piedra, hasta la Rua Escura y finalmente, a la Rua de São Sebastião. A lo largo del trayecto, hombres y mujeres, apresurados u ociosos, niños que corrían o saltaban, detenían sus quehaceres y miraban con curiosidad a las mujeres, que, con cinco minutos de distancia, caminaban escoltadas por la guardia en dirección a la cárcel de Oporto. Cuando Marcela llegó a la fuente do Pelicano, a cuya sombra se sentaban mujeres y niños para protegerse del calor, y que estaba ubicada a la izquierda, a pocos metros del edificio del Aljube, oyó un ruido que venía de atrás. Se dio vuelta y vio a tres hombres que corrían hacia ella.
–¡Periodistas! –murmuró el guardia–. Estamos llegando. Acelere el paso y entre de inmediato en ese edificio a la izquierda. Es el Aljube.
Sin embargo, Marcela no corrió. Estaba fascinada por la fuente, coronada con las armas reales, sostenidas por dos elegantes cariátides. No obstante, ese no era el foco de su atención, sino lo que veía en el centro: un pelícano alimentando a sus hijos con su propio pecho. Y del agujero en el pecho del ave manaba el agua, la vida, que iba a dar a un cáliz semicircular sostenido por dos figuras humanas, de cuyas bocas caía luego al tanque.
“Igual que Cristo, de cuyas llagas manaron la sangre y el agua que nos salvaron…”, se dijo, pensando si sería aquella una señal de esperanza venida de los Cielos o el reflejo de su propio destino.

A la misma hora, en Vigo, el comandante Salvador Millán enviaba un telegrama a La Coruña, al teniente coronel Morales: “Hoy Elisa y Marcela detenidas en Oporto, según telegrama remitido por policía solicitando instrucciones. Tren mixto, mañana salgo para Oporto a hacerme cargo de detenidas personalmente, para atravesar con ellas frontera”.
No tardó en llegar la respuesta “Noticia excelente. Apruebo ida a Oporto. Traiga detenidas personalmente a La Coruña. Informe previamente día de llegada”.
Salvador Millán se frotó las manos de contento. Por fin se le abría el camino hacia la gloria.
1 En la parte que, luego, vino a dar lugar al sector de la Rua Sá da Bandeira, entre la Rua 31 de Janeiro –en la época denominada todavía Rua Nova de Santo António– y la Rua Sampaio Bruno. (N. de E.).
13 
Buenos Aires, 1918
La Librería Francesa estaba ubicada en Cerrito 445, a seis cuadras de El Tabarín.
Rápidamente, Cleide se adaptó a su primer trabajo, recibiendo a la refinada clientela francesa, lo que le permitía practicar la lengua que había aprendido con madame Florence y también en el liceo.
Como madame Florence le había referido, la librería no solo era frecuentada por las élites gala y argentina, sino también por unos misteriosos hombres de negocios que se reunían en la parte de atrás con monsieur de la Paix, habitualmente antes de viajar a Francia o a su regreso.
Ya había arreglado todo con Viviane y Sophie. Mamá Florence había hecho su vida, siguiendo a su compañero, y la nueva madame de El Tabarín –que, transformado en cabaret, inició una nueva y brillante trayectoria en la noche porteña– pasó a ocupar, con su hija, el tercer piso. Cleide se mudó al cobertizo, donde podría quedarse mientras lo necesitara, pagando unos pesos de renta para ayudar con los gastos. Ella misma había insistido en garantizar dicha contribución, ya que por fin cobraba su primer salario.

En la librería, Cleide descubrió un mundo nuevo, donde se sentía casi realizada. Era un local muy concurrido por la burguesía rioplatense, ávida de novedades y de mostrarse bien informada, a la altura de las grandes metrópolis. La ciudad crecía año a año, orgullosa de sus logros, como los casi cuatro kilómetros de subterráneo, que le habían permitido pasar a formar parte del selecto círculo de las diez ciudades del mundo con metro. Pocos años antes, había abierto sus puertas Harrods, la primera y única sucursal de la famosa casa londinense, con sus fastuosos ascensores con capacidad para veinte personas y donde se podían comprar prendas, fina loza de porcelana inglesa, perfumes, pianos, sedas, zapatos, bombones y toda clase de comida.
En la librería, las mujeres iban a buscar las novedades de las revistas francesas y argentinas, como El Hogar, Atlántida y Caras y Caretas, con notas de moda, decoración, chismes y recetas gastronómicas modernas; pero cuando el tema se relacionaba con libros, se retraían ante Cleide y preferían esperar la recomendación de la experimentada voz de monsieur de la Paix. Asimismo, frecuentaban el local viajeros, estudiantes y hombres educados y elegantes.

Había pasado una semana en su nuevo puesto cuando vio entrar a unos seis hombres de semblantes sombríos y reservados, con abdómenes prominentes y bigotes. Fueron directamente a la parte de atrás de la librería, que se usaba como depósito, separada por un biombo de una sala privada, donde Cleide nunca había entrado. Al rato, el dueño le pidió que se hiciera cargo de la clientela, pues tenía una reunión con aquellos siniestros visitantes.
Entró una clienta buscando un libro y, después de consultar el catálogo, Cleide fue a buscarlo al depósito. Allí no pudo evitar oír las ruidosas voces. Se quedó helada. Se le cayó el alma al suelo y se puso lívida. Los hombres se nombraban como “El Moro”, “El Victorioso”, “El Barman”, “Vicente el Negro” y “Jean”, y hablaban animadamente sobre el comercio de mujeres francesas y, en particular, la necesidad de ir “de remonta” a París para expandir el negocio.
En ese momento comprendió algunos de los comentarios de mamá Florence sobre monsieur de la Paix y la librería.
Tampoco pudo dejar de escuchar las referencias a madame Florence y en especial a El Tabarín, que al parecer había empezado a declinar debido a la represalia de un tal don Teodosio, quien dejó de frecuentarlo y alentó a sus amigos políticos e influyentes a hacer lo mismo, lo que los había obligado a llevar a las “franchutas” a otras casas más prósperas. Aunque, ahora, había reabierto como cabaret, con éxito creciente.
De repente, escuchó su nombre. Una voz desconocida sugería que ella podría dar buenas ganancias en alguna de las academias de baile de la ciudad. Todos rieron y se mostraron de acuerdo, ponderando su belleza, su sensualidad y, sobre todo, haciéndose eco del rumor de que era una excelente bailarina de tango, por
la que se había derramado sangre en una milonga. A raíz de ese hecho, ya era una mujer famosa y codiciada, rodeada de un aura de misterio y a la que, por ser casi desconocida, le decían “la Incógnita”. El dueño de la librería disintió, argumentando que llevar a la muchacha a ese mundo estaba fuera de discusión, y de inmediato se levantó dando por terminada la reunión, pues tenía otros asuntos pendientes.
En ese momento, monsieur de la Paix entrevió a través de las hendijas del biombo el rostro inmóvil de Cleide, con los ojos desorbitados y la boca entreabierta, como si la hubiesen embalsamado en ese estado. Él le hizo una seña, apuntando hacia la parte de adelante del negocio, y ella despertó de su letargo, tomó Los miserables de Víctor Hugo y se lo llevó a la clienta, que ya protestaba por la demora.
Cuando se quedó sola, agarró al azar el diario La Nación para tratar de pasar el rato, alejar los malos pensamientos y leer las noticias. Mientras hojeaba las grandes páginas del periódico, vio que los visitantes salían uno a uno, echándole miradas furtivas e intensas. Siguió leyendo y se fijó en un breve recuadro en la última página, que daba cuenta de que habían pasado trece años de un feroz asesinato que, en su época, había conmovido a la ciudad, y que Lorenzo González, el homicida, saldría en libertad en seis meses, después de cumplir la condena en la Penitenciaría Nacional de Buenos Aires. La noticia la llevó mentalmente a Alfonso Luz. Estaba pensando en visitarlo no bien pudiera. Ahora tenía una nueva vida y solo dependía de sí misma.
Con frecuencia le volvía la imagen del muchacho y, en esos momentos, sentía que el corazón se le aceleraba más de lo normal y que un calor le subía por la espalda y la hacía transpirar. No podía negar que Alfonso Luz le despertaba emociones que jamás había sentido por ningún otro hombre, y tampoco que sentía nostalgia de él. Por eso, precisaba verlo y agradecerle.
Esos recuerdos le despertaron otros, adormecidos. Más que recuerdos, eran una suerte de necesidad. Algo que también le hacía falta. Algo capaz de removerle las entrañas y de hacerla sentir completa y feliz. El tango. Su razón no le daba suficientes argumentos como para entender por qué aquella danza, que se practicaba sobre todo en los ambientes más sórdidos y peligrosos de la ciudad, le generaba tanta adrenalina, ni por qué su ausencia le provocaba aquel sentimiento de vacío. De hecho, lo que sentía por el tango era un vértigo irracional, a pesar de que sabía que no lo podía bailar, especialmente en ese momento, pues no tenía quien la acompañara ni la protegiera. Por lo que había escuchado, en las pistas de baile todavía la recordaban.
–Cleide, necesito hablar con vos –la voz de monsieur de la Paix resonó detrás, y la tomó por sorpresa en medio de sus pensamientos.
–¡Qué susto! ¿Qué pasó?
–Sé que escuchaste la conversación de allí atrás. Me gustaría darte algunas explicaciones sobre lo que oíste y sobre tu pasado.
–Sí, a mí también me gustaría hacerle algunas preguntas –respondió más tranquila–. Lo que oí no me afecta. Comprendo lo que piensan esos hombres. Viven como viven. Pero hay algunas preguntas para las que quisiera encontrar respuestas, para poder entenderme y ubicarme en la vida. Y también para agradecerle.
Él asintió con la cabeza y Cleide continuó:
–Y desde que llegué aquí todavía no hubo tiempo ni oportunidad.
–Por supuesto. Si podés, el domingo te llevo a conocer algunos sitios de Buenos Aires que me parecen importantes para lo que necesitás saber. ¿Podrá ser?
–Por mí, está arreglado. No hago nada especial los domingos, más que ordenar la casa y leer.
–Ah, podés llevarte los libros que quieras. Solo te pido que los devuelvas en condiciones para venderlos.
–Gracias, es muy generoso de su parte. Ya vi algunos que me gustaría leer.
Él la miró de soslayo.
–¿Por ejemplo?
–Me llamaron la atención Les Frontiers du Coeur y la novedad La Terre Natale, de Victor Margueritte. Y también sus títulos anteriores: La Prostituée y Jeunes Filles –respondió, con una sonrisa.
Él soltó una carcajada.
–Ya descubriste que debajo de los diarios y revistas hay libros más interesantes que los que están en las vitrinas.
–Sí, mucho más interesantes, y que harían ruborizar a muchas de nuestras elegantes clientas si los leyesen.
A través de las ediciones de Le Temps y de Courrier de la Plata, la joven había descubierto ejemplares de Francis Carco y de Victor Margueritte, además de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, entre otros libros que no estaban expuestos en las vitrinas.
–Te equivocás, esos son los que más se venden. Por ejemplo, Margueritte es un éxito en Francia y también acá. Igual que Carco, Estaunié, Mille, Beraud.
Ella abrió grandes los ojos y se empezó a reír al imaginar a las burguesas clientas leyendo libros tan osados. Y se rio también mientras el dueño le explicaba que había una nueva intelectualidad emergente en Buenos Aires, interesada en las novedades que rompían con los viejos cánones, y que incluso los hombres y mujeres aparentemente más conservadores las buscaban, de
manera sigilosa, después que él, poco a poco, se los sugería y los iba introduciendo en dichos hábitos. Para evitar los comentarios y la condena social existía una especie de código secreto entre el librero y esos clientes. Ellos entraban al local y cuando había novedades, él iba al depósito, los envolvía y los entregaba, diciendo en público que en el paquete estaban los libros de los insospechados René Bazin o Henri Bordeaux, ostensiblemente exhibidos en los estantes de la librería.
De repente, el rostro del hombre palideció, y se le desdibujó la sonrisa, como si lo hubiesen atacado mil demonios.
–¿Qué pasa? ¿Se siente bien, monsieur de la Paix? ¿Quiere un vaso de agua con azúcar?
–No es nada. Fue solo un pequeño malestar. Un mareo pasajero. A esta edad, a veces pasa –se disculpó, mientras desviaba la vista de la breve nota de la última página de La Nación, la misma que, momentos antes, había captado la atención de Cleide y había llevado su pensamiento hacia Alfonso Luz.

Al domingo siguiente por la mañana, monsieur de la Paix esperaba a Cleide en su elegante Darracq Flying Fifteen rojo, de 1904, estacionado frente a El Tabarín. Cleide apareció en la puerta y lo saludó sonriente. Subió con cuidado al automóvil, vestida con una falda tubular a la moda de París, que dejaba a la vista la mitad de la pantorrilla, acompañada del indispensable sombrero, la sombrilla y un par de guantes. El conductor, con gorra escocesa, sintió su fresco y cítrico aroma a lavanda y suspiró.
–Buen día, monsieur de la Paix. ¿Vamos? –preguntó divertida, percibiendo el impacto que había causado en el anciano.
Él salió de su sopor. Se percató de que su mente lo había traicionado, mientras pensaba que, si tuviera menos de cuarenta años, haría todo por casarse con una mujer como aquella.
–Buen día, mademoiselle. Veo que sabés cómo vestir. Hoy serás el centro de atracción de muchos hombres –respondió, ya con una inmensa sonrisa.
–No diga tonterías. ¿Adónde me lleva?
–Ya verás. Será un paseo sencillo. Y aprovecharemos para aclarar ciertos temas. Yo tengo algunas cosas que contarte y, sin duda, como me dijiste hace unos días, debés de tener preguntas para hacerme. Pero solo responderé aquello que sepa.
Ella asintió, mientras el Darracq seguía su camino por entre un enjambre de automóviles, algunos detenidos, otros en movimiento, lo que transformaba a Buenos Aires en una suerte de autódromo urbano. Monsieur de la Paix comenzó a hablar sobre su actividad como comerciante.
–Debés de preguntarte por qué un librero se lleva bien con gente tan heterogénea como la que ves frecuentar el negocio: hombres y mujeres ricos, intelectuales, anarquistas, clérigos, estudiantes, políticos, altos funcionarios del gobierno y de la policía, y otros personajes intermedios y de categorías más bajas, e incluso rufianes y proxenetas.
–En verdad, casi toda la fauna porteña va a parar allí –respondió divertida.
Él festejó la ocurrencia con una sonora carcajada, imaginando su librería como una especie de selva donde convivían todos los animales: los predadores y las víctimas.
–Un comerciante tiene su arte. Vender libros y revistas no te hace rico. En Buenos Aires viven más de trescientas mil personas, pero
pocas son las que leen. Por eso, un librero tiene la misión pedagógica de hacer leer a una ciudad perezosa.
Ella asintió con la cabeza, antes de preguntar:
–Apuesto a que esos cafishios ya leyeron La Prostituée, de Victor Margueritte.
Él volvió a reír con tantas ganas que casi pierde el control del automóvil.
–Esos son de otra especie. Llevan esa vida, pero son de los más conservadores y hogareños. Ya tuvieron su época dorada, de grandes aventuras. Hoy son padres de familia, y sus mujeres y sus hijos desconocen su pasado. Son ricos. Por ejemplo, ese al que le dicen “El Moro”, también conocido como “Vacabana”, estuvo preso en las cárceles de Cayena, en la Guayana Francesa, de donde logró escapar. En la sociedad porteña es un exitoso importador, llamado Camille Fouquère.
–Pero explotan o explotaron mujeres.
–Vos viviste entre ellas y sabés mejor que nadie cómo es eso. Más del treinta por ciento de los habitantes de Buenos Aires son extranjeros y de ellos, la mayoría son hombres. Por eso, pensá, si no hubiera mujeres donde este ejército de hombres solitarios pudiera aliviar sus impulsos, o se volverían locos o violarían a las mujeres y a las hijas de las buenas familias. Por eso, el propio Estado trató de legalizar la prostitución y de reglamentarla: porque cumple una función importante.
–Por eso en una revista leí que, en este momento, Buenos Aires es una de las capitales mundiales del sexo…
–Es verdad. Esos hombres que, como viste, no trasuntan felicidad, crecieron y se enriquecieron en ese medio. Pero son personas con códigos de conducta rígidos y que, a pesar de todo, le imprimen
cierta moralidad a ese negocio poco recomendable. Por ejemplo, traen a las mujeres, pero no obligan a ninguna a permanecer en esa vida contra su voluntad. Muchas se salen por sus propios medios, se casan con clientes, montan sus propios negocios. Incluso ellos las cuidan cuando se contagian enfermedades venéreas. Después, tienen que buscar otras “voluntarias”.
Ella escuchaba todo con atención, cada vez más intrigada por saber cómo había ido a parar a El Tabarín. Y él continuaba explicándole:
–Los hombres de Le Milieu, como ellos mismos se denominan, no son como los judíos de la Zwi Migdal. Esa es una organización criminal, con fuertes jerarquías, al contrario de los franceses, que no tienen ningún jefe. A las mujeres polacas que la Zwi Migdal mantiene en los miles de prostíbulos de la Argentina y del Brasil las controlan a latigazos y las persiguen e incluso las asesinan si se salen de la organización. Se dice que más de cuatrocientos proxenetas de la Zwi Migdal controlan dos mil burdeles y cuatro mil mujeres solamente en la Argentina.
Cleide hizo un gesto de horror.
–¿Conoce a Lulú? –preguntó, al recordar de repente a la mujer polaca que siempre la había protegido en El Tabarín.
La joven vio cómo el rostro del hombre se tensaba de nuevo, igual que en la librería, ante un pensamiento que lo afligía. Sus ojos estaban fijos en el tránsito, pero su mente se hallaba envuelta en un torbellino de emociones.
–Sé poco sobre ella, solo que fue una de las mujeres de la Zwi Migdal, de las pocas que consiguieron escapar y que ellos dejaron en paz, y que, cuando fue necesario, se transformó en un ángel para vos.
Finalmente, llegaron a la intersección del Paseo de Julio y Cangallo, cerca de la Casa Rosada. En el centro se levantaba una escultura de mármol de Carrara blanco, con base redonda, donde dos mujeres desnudas, de pie, sostenían una valva a la altura de los hombros, sobre la cual se hallaba sentada otra mujer.
–Tu madre y tu tía muchas veces venían aquí con vos, cuando eras chica. Les gustaba mucho esta escultura.
–Es muy bonita. Dos nereidas protegen a otra más vulnerable de los peligros del mundo –comentó ella, para sorpresa del librero, mientras reparaba en el caos de la base del conjunto escultórico, formado por caballos asustados que los hombres intentaban dominar.
–No te imaginás hace quince años la polémica que generó la construcción de esta fuente.
–¿Qué pasó?
–Se la encargaron a la escultora Lola Mora, una mujer osada, que usaba pantalones para esculpir sus obras sobre los andamios. El escándalo que produjo, entre la gente conservadora, ver a una mujer en pantalones fue tan grande que obligó a que se construyera un cerco de madera alrededor, para que no se la pudiera ver mientras trabajaba. Ella aducía que era mucho más práctico trabajar en pantalones, pero se divertía con la provocación.
–Es una obra llena de vigor y muy bien tallada. ¡Qué gran artista!
–Pero el escándalo empezó antes, cuando se descargaron los bloques de mármol del buque. El gobierno le había encargado la obra para colocarla en la Plaza de Mayo, el corazón de la república. Ella había preparado todo en secreto, en Roma. Los gritos
de la curia llegaron hasta las nubes cuando vieron los senos de las ninfas tan bien moldeados, y el gobierno no tuvo más remedio que buscar otro emplazamiento que hiriera menos los sensibles ojos de la clerecía.
–Me imagino la conmoción –rio Cleide–. Seguro que jamás bailaron tango.
Ambos estallaron en carcajadas.
–¿Y por qué a mi mamá y a mi tía Elisa les gustaba tanto esta fuente?
–¡No lo sé! Nunca me lo dijeron y yo tampoco se lo pregunté. Pero te diré algo, fueron las únicas mujeres que, a escondidas, asistieron a su inauguración, el 2 de mayo de 1903. Ninguna otra tuvo el coraje de acercarse. Lola Mora es una artista transgresora y desprejuiciada. Las malas lenguas dicen que es bisexual.
A Cleide le encantó la historia y se quedó admirada ante el coraje de su madre y de aquella escultora argentina. También sentía en sus venas y en su corazón el vértigo de la trasgresión de las normas, sobre todo cuando bailaba tango. El haber crecido en la parte de atrás de El Tabarín le había dado una perspectiva menos convencional y conservadora de la vida. Pocas cosas le chocaban, a no ser la ingratitud, la injusticia y la violencia gratuita. Mucho menos aquellos “licenciosos” y “libidinosos” cuerpos desnudos de esas mujeres talladas con maestría y que emergían, como divinidades, de un mundo confuso y caótico.
–Me gustaría conocer a esa escultora…
–¡Quién sabe! Está viva y anda por ahí. Después de esta polémica, hubo otra, también con ella: el Parlamento nacional le encargó cuatro piezas que simbolizaran la Libertad, el Progreso, la Justicia y el Trabajo. ¡Imaginate cómo se quedaron los moralistas cuando vieron que esos valores estaban representados por los bellos bustos desnudos de cuatro mujeres! De inmediato, los removieron y los escondieron en los depósitos de Palermo.
–¡Oh, pero hace más de cien años que se representa de esa manera a la República francesa! –comentó Cleide, sin respirar–. Qué sociedad rara esta, que, por un lado, tolera que miles de mujeres se prostituyan en los barrios ricos de la ciudad, y hasta regula la actividad, y que empezó a llevar el sensual y lujurioso tango a los clubes de moda, ahora incluso a los mejores salones de París y que, por otro, se escandaliza con los cuerpos desnudos de mármol, que ya eran banalidades en la época de los griegos y los romanos.
Volvieron a subir al automóvil y siguieron hacia el bulevar que atravesaba la avenida Dorrego. Monsieur de la Paix la invitó a bajar. Se sentaron a la sombra de una hermosa acacia rubra, llena de exuberantes flores rojas.
–Cleide, aquí fue donde sucedió todo –comenzó el francés, con los ojos fijos en el horizonte, tratando de escudriñar en las grietas de su memoria.
Durante una hora le narró la tan fascinante como aterradora historia de su madre y de Elisa, al menos la parte que conocía y que Marcela le había autorizado que contara, a una joven absolutamente abismada, que lloró la mayoría del tiempo y que solo deseaba tener consigo a su muñeca de trapo para apretarla contra su pecho.
–Por eso, te das cuenta de que tenía una deuda de sangre y que debía pagarla –remató el librero.
Caminaron unos pasos por la avenida y llegaron a otro monumento, de piedra, rematado en una escultura de bronce, en la que un niño, en las crines de un caballo, sostenía un arco y miraba al cielo, hacia donde enviaría la flecha.
–¿Cupido?
–Parece, ¿no es cierto? Tal vez sea el Cupido suizo. Miralo ahora del lado opuesto.
En la otra cara de la estatua, dos mujeres desnudas se tomaban de las manos y se besaban en la boca, sentadas sobre el mundo.
–Qué raro, solo me muestra esculturas de mujeres desnudas. ¿Ya estaba aquí el día que pasó todo?
–No, no estaba. Se inauguró el 7 de junio de 1914. Un día muy frío. Estuve aquí. El Cupido suizo simboliza la “Esencia del Tiro”, el deporte nacional suizo, y la estatua fue un presente de la colonia helvética de Buenos Aires, para conmemorar el centenario de la República Argentina y simbolizar la confraternidad de ambos pueblos.
–¿Y por qué eligieron este lugar para ubicar la escultura? –preguntó Cleide, desconcertada.
14 
Oporto, 2009
La primera noche en Oporto, en el último piso del hotel, Raquel no pudo descansar bien. La misteriosa ausencia de Márcio en el aeropuerto, el tenor del mensaje que le había enviado y la diferencia horaria no ayudaron. Esperó a que Márcio diera señales de vida.
El hotel Infante Sagres, cuyo nombre era en homenaje al fundador de la escuela de navegación que había convertido a Portugal en pionero de la globalización, estaba ubicado en el corazón de la ciudad, a unos pasos de la Avenida dos Aliados, de la Torre dos Clérigos y de la Ribeira. Lo había elegido porque recordaba que una vez Cleide había parado allí, cuando visitó Oporto con el abuelo. Y se había sentido intrigada cuando supo que el casi sexagenario hotel, ícono de su época, también había recibido como huéspedes al Dalai Lama, a John Malkovich, a Catherine Deneuve, a algunos reyes europeos y a Bob Dylan, uno de sus músicos favoritos. Y además, quedaba solo a unos pasos de la Librería Lello.
Cuando dio su número de habitación para el desayuno, la empleada le preguntó:
–¿Raquel Contreras?
–Soy yo.
–En la recepción me pidieron que, cuando bajara a desayunar, le entregara esto –la empleada sonreía con un sobre blanco en la mano.
Raquel reconoció en la parte exterior la letra del remitente. Se sentó en el lugar que le señaló el maître y lo abrió de inmediato.
Era el mismo papel amarillento y membretado que Márcio le había enviado en Buenos Aires.
Buenos días, Raquel, espero que hayas llegado bien. Hay un espléndido café que me gustaría que conocieras: el Majestic. Está en la Rua de Santa Catarina. Si se te hace difícil localizarlo, no te preocupes, porque todo el mundo sabe donde queda. Estaré allí a partir de las once.
Besos
Con el mapa en la mano, Raquel dobló en dirección al Ayuntamiento, cruzó la plaza D. João I y subió la Rua Passos Manuel, hasta llegar a Santa Catarina, una calle peatonal. Dobló a la izquierda y, de inmediato, vio la explanada del Majestic.
Impresionada ante la imponente fachada de mármol, con cuatro elegantes columnas que unían las puertas de madera y vidrio, entró. Ya en el interior, le pareció que hacía un viaje en el tiempo, a los locos años veinte del siglo anterior, a la belle époque que había inspirado el art nouveau. Sus ojos siguieron la simetría curvilínea de las molduras de madera, los delicados detalles decorativos y los espejos saltados por el tiempo, que se intercalaban con quinqués de metal trabajado, que delimitaban las paredes en un seductor juego óptico que ampliaba el salón principal. Se sentía como en casa, como si hubiese entrando en el Café Tortoni, en su querida Buenos Aires, a tomar un delicioso chocolate con churros.
Atravesó el salón principal todo a lo largo y vio a Márcio al fondo, de perfil, en el patio interior, una especie de jardín de invierno que conectaba el café con la Rua Passos Manuel. Aligeró el paso y se refregó la nariz. Nuevamente sintió un estremecimiento en el pecho.
No bien la vio, el abogado se puso de pie con una amplia sonrisa. Intercambiaron dos besos en la mejilla y él le indicó la silla que estaba enfrente de él.
–Bienvenida a Oporto, Raquel.
–Muchas gracias. La verdad, me parece como si estuviera en casa. Los edificios, el clima e incluso este café me hicieron recordar Buenos Aires.
–¡Qué bueno! ¿Tuviste buen viaje?
–Sí, el viaje fue muy bueno, gracias. Pero la llegada, no… –le respondió con una mueca, mientras se encogía de hombros.
–Pues… Perdóname por lo de ayer. Pero fue mejor así.
Raquel lo miraba con una expresión neutra, esperando que le explicara los motivos de su actitud.
–No quería que te preocuparas, pero ayer recibí una llamada muy extraña, en un tono amenazante. Y, dada la delicadeza del asunto que vamos a tratar, pensé que era más prudente que no nos vieran juntos en el aeropuerto.
Ella frunció el ceño, tan sorprendida como preocupada. De repente, comenzó a sentir que el pecho se le apretujaba. Recién había llegado de Buenos Aires, esperando encontrar algo de paz después de los días enloquecidos que había pasado, y quien la había convocado a viajar ya empezaba a transmitirle oscuros temores. A punto tal de tener miedo de ir a buscarla, como a cualquier mortal, al aeropuerto. O él estaba un tanto perturbado o en realidad ella se acababa de meter en un gran problema. Respiró hondo y trató de relativizar el comentario para no entrar en pánico.
–¿Tono amenazante? ¿Pero qué te preocupa? ¿No estarás imaginando una conspiración? Al final de cuentas, no tenés nada, ¿no? Todo lo que me contaste no es para pensar que haya por ahí una banda de criminales lista para perseguir y matar a alguien por un documento que tiene más de cien años y que probablemente no tenga validez jurídica…
–¿Que no tiene validez jurídica? Estás hablando con un abogado –la interrumpió con brusquedad.
–Perdón, no quise ofenderte.
Márcio sintió que estaban hablando un poco más fuerte de lo que debían y miró alrededor, con temor de que alguien pudiera escucharlos.
En verdad, se había quedado muy preocupado por el tono de la llamada y no había sido capaz de reaccionar de otro modo que no fuera evitando encontrarse con Raquel en su arribo. E incluso estaba evaluando hacer la denuncia de la amenaza.
–No, soy yo el que te pido disculpas por mi tono. Pero si tenías tantas dudas, ¿por qué viniste de tan lejos y dejaste todo, hasta tu trabajo, e incluso aplazaste tu casamiento?
Raquel abrió los ojos, como si la pregunta fuese, después de todo, la misma que se hacía todos los días.
–Existe un secreto en mi familia que preciso descubrir. Y hay otro en mí, que también necesito clarificar –respondió vagamente.
Márcio hizo una mueca. Mientras tanto, se acercó el mozo.
–Dos cafés expresos, dos pasteles y dos aguas minerales, por favor.
–¿Pedís por mí?
–¿Y tú no pedías por mí en Buenos Aires? Creo que ya conozco algo de tus gustos. Vas a ver que nuestro café y nuestros pasteles son excelentes. Y el agua con gas, como te gusta, no le va en zaga a la de ustedes.
Raquel sonrió, relajada. Inspiró profundamente, sintiendo el suave aroma del perfume Boss, que había guardado en la memoria desde su encuentro de Buenos Aires. Se acordaba de que, un día, distraída, había llamado Márcio a un compañero de trabajo que usaba la misma fragancia. “No me confundas. Pero esperá, ¿tu novio es Márcio o Marcelo?”, le había preguntado él, haciéndola improvisar una respuesta apresurada acerca de la semejanza del nombre.
–Mmmh, un café delicioso. Todo riquísimo, tenías razón. Diferente, pero muy rico.
–¿Y se puede saber cuáles son esos secretos de los que hablabas?
–¡Qué curioso! No, son cosas íntimas, mías y de mi familia. Más importantes para mí que el valor de tu testamento, no lo tomes a mal. Ahora, contame sobre la llamada de ayer.
–Me dijeron algo así: “Escuchame, puto, tené cuidado con lo que hacés con esa mina, que es medio histérica, no te pases de vivo, que te corto las bolas”.
Raquel tragó saliva, retuvo la respiración y, unos segundos después, largó una carcajada ante un atónito Márcio.
–¿De qué te ríes?
–Disculpame. Tenés razón. No debería reírme, pero el que te llamó fue mi novio.
–¿Tu novio? ¿Cómo que tu novio?
–¡Solo cosas nuestras! –Raquel evitó hacer comentarios sobre las inseguridades de Marcelo y el hecho de que se había enojado porque no se había casado ni había viajado con él a los Estados Unidos–. Puto, mina, histérico y cortar las bolas son modismos y palabras del lunfardo porteño.
–¿Entonces, qué me quiso decir?
–¿En serio querés saber?
Él hizo un gesto afirmativo.
–Bueno, puto significa homosexual, pero también es un insulto. Mina es una mujer. Histérico es alguien que parece seductor y apasionado hasta que logra su conquista y después desaparece. Y las bolas… –carraspeó–, son parte de los órganos sexuales masculinos –y terminó riendo a carcajadas.
Márcio se dio cuenta de que había sido un tonto al imaginar algo más grave que un mero ataque de celos del novio de Raquel.
–¿Quieres que hable con él para que se quede tranquilo?
–No, no es necesario. Tiene que aprender a confiar en su novia. Gajes del oficio. Y vos ¿tenés novia? ¿Sos casado?
–¿Yo? –respondió Márcio bajando la vista–. Mi novia murió hace casi seis meses… de un tumor maligno…, de cáncer…
–Disculpame, no tenía idea…

Después de salir del Majestic, dieron un paseo por Santa Catarina, en dirección a la plaza da Batalha. Márcio le mostró el Teatro de São João y bajaron por la Rua 31 de Janeiro hasta la estación de São Bento. Tomaron Sá da Bandeira hasta que llegaron a la Rua do Bonjardim, donde el joven abogado tenía su estudio,
frente al restaurante Antunes. En el recorrido, Raquel se divirtió mucho viendo vidrieras antiguas repletas de marcas nuevas.
Cuando llegaron a la oficina, Márcio le mostró una copia del testamento, que había escondido en una carpeta, como si fuese un caso abierto, de los muchos que llevaba. Raquel lo leyó en silencio, con suma concentración. Un tal don Antonio de Traba instituía como su única y universal heredera a su hija bautizada con el nombre de Cleide Gracia Ibeas, testamento válido hasta la segunda generación. El nombre correspondía al de su abuela. ¿Pero sería ella realmente? ¿No podía haber una confusión? ¿Quién era ese tal Antonio de Traba, de quien jamás había oído hablar?
–Mi abuelo me contó que, en la época en que tu abuela nació, aquí en Oporto, hubo un gran escándalo con su madre, tu bisabuela.
–Si hubo un escándalo, seguramente debe de haber alguna noticia publicada sobre el tema.
–Tienes razón. No lo había pensado.
–Yo no soy abogada –respondió Raquel, con una sonrisa irónica–. ¿Dónde podemos encontrar los diarios de la época?
–Déjame ver… –Márcio pensaba revoleando los ojos, hasta que se le dibujó una sonrisa–. En la Biblioteca Municipal de Oporto. No queda lejos de donde estuvimos, en frente del Jardín de São Lázaro.
–Tonto, tendrías que haber mencionado esto de inmediato.
Raquel se sentía deslumbrada por la ciudad. Algo en aquella urbe se le hacía familiar. Como era la primera vez que visitaba la Invicta, le preguntó a Márcio si pensaba que Buenos Aires se parecía a Oporto, mientras se perdían en el Mercado do Bolhão, un ícono de la ciudad, disfrutando de los aromas y los colores
de las flores, y pasaban por la pescadería de peces frescos del Atlántico, por las carnicerías y los puestos de hortalizas. La prisa no les permitió entrar en las tiendas finas de la Casa Chinesa, Transmontana y Pérola do Bolhão, aunque Raquel decidió que, con más tiempo, volvería a aquel lugar.
Márcio no había encontrado grandes similitudes entre las dos ciudades.
–Tal vez estés recordando cosas de tu pasado.
–¡¿Qué?! Es la primera vez que vengo. De eso estoy segura.
–Tú sí, pero tus antepasados no.
–¿Y con eso? Nunca me contaron nada de Oporto.
Se sentaron a una mesa en O’Escondidinho, uno de los restaurantes típicos de la ciudad, el predilecto del rey de España y donde el primer ministro portugués Francisco Sá Carneiro tenía una mesa reservada la noche que murió en un accidente aéreo.
–Te voy a contar un secreto. Estás teniendo un déjà vu. Algo que te parece familiar, pero que tienes la certeza de que nunca viste antes. A mí también me sucede. Le pasa a todo el mundo.
–Sí, eso es algo natural. ¿Pero adónde querés llegar? ¿Querés decir que vivimos otras vidas y que en las nuevas nos acordamos de los lugares donde estuvimos?
–No tengo idea. Solo sé que incluso podemos no haber vivido otras vidas, pero nuestros genes sí. Sin duda, ellos tuvieron otras vidas. Por eso, al pasar de generación en generación, tal vez despierten en la mente de cada uno de nosotros recuerdos del pasado.
Raquel se quedó pensando en la explicación. Era una teoría atractiva, de la que jamás había escuchado hablar. Probablemente un invento de su amigo.
–¿Quién te contó eso?
Él hizo un gesto solemne y serio.
–Mi abuelo.
–Ah, perdón. Me dijiste que tu abuelo era un sabio.
–Sí, él estaba investigando el tema. Un día me contó que creía que nuestra alma vivía en un lugar que la razón humana no comprendía, donde no existían el tiempo ni el espacio, y que venía al mundo varias veces, para evolucionar. Y que, cada vez que encarnaba, encontraba a las mismas almas que vivían con ella en ese lugar, pero con otros roles.
Raquel lo escuchaba con atención.
–Entonces, según esa hipótesis, tal vez ya nos conocemos de ese lugar o de otras vidas…
–Tal vez… –respondió Márcio, pensativo y satisfecho de haber logrado captar el interés de la joven sobre el tema–. Si es así, nuestro encuentro no fue casual…
Después de un largo silencio, durante el cual cada uno trató de procesar y comprender de alguna manera lo que Márcio había dicho, Raquel suspiró y le preguntó sobre algo que le había quedado dando vueltas en la cabeza desde su encuentro en Buenos Aires.
–Recuerdo que me dijiste que pensabas que tu abuelo podía no haber muerto de causas naturales.
–Sí, creo que ahí hay algo raro.
–¿Pero no le hicieron la autopsia?
–No, no hubo autopsia.
–¿Y por qué no?
–¿Estás bromeando, no?
–Claro que no. Todo el mundo sabe que la autopsia es lo primero que se hace en una circunstancia dudosa.
–Ves demasiadas películas policiales. Todos los días mueren millones de personas a las que no se les practica ninguna autopsia. Alguien se cae por una ventana o sufre un accidente de avión, un anciano enfermo muere durante la noche… ¿Piensas que van a llamar a la policía o solicitar una autopsia? Lo que la familia quiere es paz y sosiego. Llaman al médico, él hace el certificado de defunción, viene la funeraria y lleva a cabo los demás trámites: casa mortuoria, esquelas con la foto del difunto y un pasaje de la Biblia, la ofrenda y hasta el obituario en las páginas necrológicas de los periódicos.
–¡Está bien, disculpame! Solo pensé que, como tenés dudas…
–En el momento, nadie pensó eso. Mi abuelo ya era anciano y tenía problemas cardíacos. El doctor Armindo Sequeira me explicó que la muerte le podía haber llegado en cualquier momento.
–Y más allá de lo que me contaste del testamento, ¿tenés algún otro dato?
–Solo esto –Márcio sacó del bolsillo un pañuelo en forma de U, con fondo verde, con cinco dibujos amarillos.
–Estos dibujos se parecen a esos huesos que se venden en las veterinarias para que jueguen los perros, pero con un agujero en cada extremo.
–Esto lo encontré debajo de la cama de mi abuelo. Lo había ido a ver la noche anterior y estoy seguro de que no estaba allí.
–¡¿Qué querés decir?!
–Él me pidió que le alcanzara un libro que se le había caído. Y esto no estaba ahí, estoy seguro.
–Se le puede haber caído del bolsillo, Márcio.
–Puede ser…, pero me quedé con una sensación extraña. No sé cómo explicarla…

Cuando terminaron de almorzar, fueron a la biblioteca frente al Jardín de São Lázaro, un enorme edificio de fachada blanca, con tres hileras de ventanas enmarcadas por umbrales de piedra, donde habían estado instaladas tropas inglesas, tras haber sido un convento. Después de guardar sus cosas en los casilleros de la entrada, junto a la recepción, se encaminaron por los corredores laterales del claustro, que se abría a un patio con una fuente en el centro.
–¡Qué hermoso claustro! –observó Raquel, deslumbrada, mientras se detenía en un panel de azulejos en la pared.
–Esa fuente y los azulejos de los paneles provienen de conventos y monasterios de la ciudad y de la región –le explicó Márcio, anticipándose a su curiosidad.
Subieron un piso, por escaleras de piedra desgastadas en el medio por el eterno subir y bajar de los visitantes, y al llegar al salón de catálogos, solicitaron consultar los periódicos del año 1901.
–En ese año había varios. El Jornal de Notícias, O Primeiro de Janeiro, O Século Ilustrado, O Norte, O Comércio do Porto… ¿Tienen alguna otra referencia? ¿Alguna fecha? ¿El mes? ¿El nombre del diario? –preguntó la paciente empleada, acostumbrada a las consultas de quienes no sabían exactamente lo que buscaban.
–No, no sabemos. ¿Se puede hacer una búsqueda en las bases de datos?
–En este momento, todavía no. Están digitalizados, pero hay que buscarlos uno por uno.
–Muy bien. Nos vamos a dividir la tarea entre los dos.
Raquel empezó revisando las páginas de los periódicos que contenían noticias de más de un siglo atrás. Aunque no dominara el portugués, lograba entender el sentido de los titulares, o al menos se daba cuenta de si la noticia tenía algo de interés para lo que buscaban. Y también se reía de los chismes de la época, de la vestimenta y de las noticias de actualidad de principios de siglo, una época que le parecía tan lejana. Su pensamiento derivó en Cleide, que había nacido en aquel ambiente, pero que nunca lo llegó a conocer. Observó a Márcio por el rabillo del ojo. Estaba concentrado en la búsqueda. Reparó en el ligero arco de sus labios, que combinaba con la onda que se le formaba en el cabello sobre la frente. Se preguntó qué estaba haciendo allí, y pensó en el momento en que había decidido dejar todo para ir a Oporto. En ese instante, se le hizo evidente que el verdadero motivo de su decisión no había sido que tomara en serio la historia de Márcio. Tal vez él había aparecido, providencialmente, para rescatarla del dilema que se le presentaba. El portugués se le antojaba un tanto ingenuo, creía en cosas sin mucho sentido, respecto de hechos demasiado antiguos como para que tuviesen importancia. Y, en verdad, ¿qué le podía importar a él saber si existía o no una herencia de la que ella podía ser beneficiaria, si nada lo vinculaba a ella o a su autor? Por ese lado, su decisión no tenía sentido. Miró de nuevo a Márcio y recordó el cosquilleo que había sentido al entrar al Majestic. “Una ridiculez”, pensó.
De repente, en las columnas centrales de la primera página de la edición del 17 de agosto de 1901 del Jornal de Notícias, una fotografía y el título que la acompañaba la dejaron helada. Ya había visto esa imagen en algún lugar de la casa de su abuela, en Buenos Aires. Una mujer y un hombre miraban hacia la izquierda, ella con la mano sobre la de él, ambos con trajes de boda. Pero el titular era chocante: “Novios de contrabando, curioso casamiento, una nueva mujer-hombre”.
–¡Márcio, mirá esto!
–Déjame ver.
En voz alta, él empezó a leer la noticia que la hizo estremecer.
–Dios mío, qué historia tan rara. Mi abuela siempre me habló de su madre con mucho cariño, pero nunca me imaginé que ella hubiera pasado por algo así.
El Jornal de Notícias, igual que los demás periódicos de la época, destacaba la detención de las dos mujeres gallegas en Oporto. Raquel se compenetraba en la lectura como si todo aquello formara parte de ella. Como si aquellas fuesen las piezas que le faltaban para completar el rompecabezas de su identidad. La sangre que corría por sus venas. A medida que leía las sucesivas notas, las lágrimas le caían por las mejillas, un río de emociones descontroladas que revivían el aciago destino de su bisabuela y de su compañera de infortunio. Imaginaba la desolación que habían sentido aquellas mujeres al ser descubiertas y detenidas, después de haber huido del epicentro del sismo en Galicia y en el momento en que se encontraban socialmente instaladas y reconocidas en Oporto.
Al mismo tiempo, un revuelto mar de contradicciones golpeaba contra su piel, erizada, dudas que se hacían trizas al chocar contra los muros de su existencia. A cada paso sentía más el vacío de Cleide, y se veía a sí misma en la piel, la carne, el corazón y el alma de su abuela. En cada una de sus células, de sus genes, de sus vértebras. Las dudas sobre su origen paterno.
–¡Mirá lo que dice esta edición de O Norte! ¡Por favor, traducilo! –le pidió a su amigo, con la voz quebrada y las mejillas humedecidas, incapaz de entender todo lo que leía en portugués, más allá de que captaba lo esencial–. Pobrecitas.
Márcio leía, con asombro, las noticias que iban descubriendo, esforzándose por encontrarle sentido a lo que sabía y a lo que siempre había sospechado.
–Esta nota refiere las condiciones en las que las detenidas fueron puestas en prisión. Un caserón inmundo, que llamaban “capilla”. Es terrible, mejor no leerlo.
–¡Márcio, quiero saberlo todo! Ahora que llegué hasta acá, quiero ir hasta el final. Es mi obligación.
Márcio empezó a traducir despacio, en su español titubeante, la descripción que hacía el periodista de la época sobre el Aljube y sobre el lugar donde se había puesto a ambas mujeres.
La capilla es un pequeño espacio cuadrado, donde la luz llega a través de las ventanas ubicadas a un metro y medio del suelo, que es una superficie corroída y negra.
Al fondo, hay un simulacro de altar, pintado al óleo, en cuyos estantes nos pareció ver dos o tres imágenes de santos de una factura primitiva, una de ellas decapitada. Junto a un pequeño oratorio frente al altar, Marcela y Elisa estaban sentadas en una silla de paja, a corta distancia una de la otra. Habían dormido en un cubículo cercano, sentadas en sillas; la vigilia les había provocado una acentuada palidez, ojeras profundas y un cansancio que se evidenciaba en todos sus movimientos. A la mañana, cuando se abrió la puerta del cubículo donde ambas durmieron, Marcela, muy cerca de su marido, apoyaba lánguidamente la cabeza sobre su hombro izquierdo; tenían las manos enlazadas, como tratando de infundirse mutuamente el coraje necesario para atravesar el mal momento que están viviendo.
Raquel seguía llorando intensamente y, una vez más, como en otros momentos de conmoción, en lo único que pensaba era en abrazar a su muñeca de trapo contra su pecho, con todas sus fuerzas. Márcio la abrazó, tratando de serenarla. Él mismo ya estaba sucumbiendo a la emoción y se secaba con el dorso de las manos las primeras lágrimas escurridizas que no pudo impedir que se le escaparan.
–Escucha lo que dice aquí –Márcio señalaba con el índice una parte de la nota–. Marcela afirmaba que el matrimonio era legal porque Elisa era hermafrodita.
Atónita, Raquel se quedó mirando a Márcio. Su mente, paralizada, insistía en no entender el sentido de todas aquellas revelaciones. Sentía una profunda tristeza por el destino de su bisabuela. Al comenzar una nueva búsqueda de noticias en otras ediciones de los periódicos, la empleada de la biblioteca los interrumpió:
–Es hora de cerrar. Es más, ya nos pasamos quince minutos. Pueden volver otro día, si gustan –la sonrisa de la empleada era afable, pero disimulaba una orden evidente: tenían que apagar las computadoras.

Esa noche, Raquel tuvo dificultad para dormirse. El huso horario de Portugal no colaboraba, pero las noticias de aquel día, mucho menos. La primera que halló había sido una bomba que le explotó adentro. Había encontrado a Cleide, todavía en el vientre de su madre Marcela, a punto de ir presa porque, aparentemente, se había casado en España con una mujer, que, tal vez, podía no ser precisamente una mujer, sino un hermafrodita.
–¿Hermafrodita? ¡Qué situación extravagante! Tanto si Mario, Pepe o Elisa era mujer como si era hermafrodita, Cleide no podía ser su hija. Entonces, al final, ¿de quién era hija Cleide? ¿Será que la historia de Márcio tiene algún sentido? –murmuraba para sus adentros, mientras daba vueltas en la cama.
Fuera como fuese, había recibido una violenta estocada en el alma, imaginando el sufrimiento de aquellas dos mujeres, en un ambiente tan hostil y en absoluto preparado para semejante rareza. En su interior, pensaba que incluso más de un siglo después el matrimonio de dos mujeres, una de ellas embarazada, también provocaría comentarios terribles e incluso notas y debates en televisión, donde se desmenuzarían los derechos, la ley y la ética que el caso suscitaba. Y cada vez sentía más el lastre de su dolor. Finalmente, eran sus antepasadas las que estaban retratadas allí. Ella, Raquel Contreras, existía porque aquellas dos mujeres y el bebé que una de ellas llevaba en su vientre, de alguna forma, habían sobrevivido al insólito infortunio que habían padecido en aquella ciudad tantos años atrás.
“¡Tengo que descubrir todo lo que les sucedió! Tengo la obligación. Tal vez fue por eso que el destino me empujó a venir aquí. O quizás fue el espíritu de mi abuela. Todo es tan raro”, pensaba, totalmente despierta.
Después de mucho rumiar el asunto, tomó una decisión. A la mañana siguiente visitaría el edificio que había servido de miserable prisión para aquellas dos mujeres y dejaría allí un ramo de flores. Y también quería ir a los lugares donde todo había comenzado, en Galicia.
Cuando se levantó, después de un sueño intermitente y nada reparador, vio que tenía un mensaje de Marcelo en el teléfono
celular: “Buen día, amor. Despertate con un beso mío. Te extraño. Llamame cuando te levantes, así puedo escuchar tu voz. Un beso apasionado”.
Raquel miró el reloj. En Buenos Aires eran apenas las cuatro de la mañana. Lo llamaría más tarde.
15 
Oporto, 1901
El 17 de agosto de 1901, Adriano Carvalho, comisario general de la Policía de Oporto, fue el primero en llegar al servicio. Quería resolver rápidamente el incidente de las mujeres españolas, antes de que el caso empezara a tener repercusión y él no pudiera controlarlo.
Los periodistas ya estaban encima del tema, por lo que sabía que no podía cometer ninguna imprudencia, pues la falta de noticias y escándalos los impulsaría a escarbar en todos los ángulos de aquel insólito caso.
–¡¿Dónde se ha visto, dos mujeres casándose una con otra?! Y con papeles. ¡Hay cada una! Nos estamos volviendo locos. ¡Ay, si se pone de moda! Será el fin del mundo –se quejaba, mientras acariciaba su abundante bigote y espiaba por la ventana–. Como dice el viejo refrán: “¡De España, ni buenos vientos ni buenos casamientos!” –y se rio a carcajadas de su propia broma.
La calle le parecía con el movimiento habitual de una mañana de agosto. A aquella hora ya se veía el trajín de los obreros y empleados de los diferentes comercios y fábricas, que llegaban a sus puestos de trabajo desde los barrios de la periferia en los trenes que venían del interior, a pie o en tranvía. Igual que los abastecedores y vendedores de los mercados, las panaderas de Campanhã, los vendedores ambulantes de diarios de la plaza de Dom Pedro, los aguateros y los vendedores de aceite de serpiente. También los cafés comenzaban temprano a bullir, con las primeras charlas y la lectura de las noticias frescas del día.
–¡Yo sé lo que estas precisarían, ay, si sé! ¡Apuesto que se les pasaría el capricho! –proseguía animado con sus bromas soeces, mientras se levantaba los tiradores y se rascaba los genitales por arriba de los calzoncillos.
A continuación, se sirvió una taza de achicoria. Mientras buscaba la lata de azúcar negra, vio que el cabo Lebreiro entraba con varios periódicos debajo del brazo.
–¿Entonces, hay novedades? –preguntó al percibir signos de ansiedad en su subordinado, como siempre que empezaba a toser y a ir de un lado para el otro–. ¡Vienes cargado hoy!
–Señor comisario, la detención de ayer ya está en las noticias. Está todo aquí, en el Jornal de Notícias, en O Norte y en O Primeiro de Janeiro.
–¡Muéstrame!
El comisario empezó a leer los periódicos y, a medida que se adentraba en los artículos, hacía distintos gestos.
–¡Mmmh! “Novios de contrabando”... Lindo título este, el del Jornal de Notícias. Bien captado. Estos periodistas hacen cualquier cosa para vender. Debemos tener cuidado con esta gente, si no, rápidamente nos van a convertir de héroes en villanos.
El comisario leyó ávida y minuciosamente todas las noticias sobre el tema que le había estallado en las manos. Sin embargo, no parecía haber nada preocupante. La policía había cumplido con todos los dictámenes legales en la detención de las sospechosas y había dado parte a las autoridades españolas, como le había sido solicitado. Durante ese día proseguirían con las demás rutinas, indagarían a las dos mujeres y recibirían al capitán Salvador Millán, que las llevaría a España no bien confesaran lo que era evidente, y siempre y cuando no surgiera ningún imponderable. Es decir, que el asunto moriría en los periódicos del día siguiente, elogiándose la actitud de la policía de Oporto por su rápida y eficaz intervención en la detención y entrega de las dos delincuentes españolas fugitivas.
–¡Lebreiro, ve a buscar a las españolas al Aljube! A las nueve y media comenzamos el interrogatorio. ¡Tenemos que resolver esto rápidamente!
El cabo hizo la venia, chocó los talones de sus botas y salió del salón apurado. Luego, llamó al soldado Antunes para que lo acompañara en la misión.
A medida que subían las calles angostas y escarpadas de la ciudad, percibían que algunas personas los seguían a cierta distancia.
–¡Vamos a tener jaleo! Los periodistas ya andan a la caza de noticias. ¿Hablaste con alguno, Antunes?
Debajo de su tez morena y de su pequeño y bien recortado bigote, el soldado se ruborizó hasta la punta del cabello. No podía negar ante su jefe que había conversado con algunos periodistas, y que les había dado algún que otro detalle del caso, para evitar que tergiversaran los hechos y pusieran en riesgo su trabajo.
–¿Y ellos?
–¿Y ellos qué, mi cabo?
–Lo que dicen ellos sobre el asunto es lo que nos importa saber.
–Por ahora, no emiten muchas opiniones. Solo quieren información, hechos, detalles… –respondió el soldado, bajando el tono a medida que hablaba y que algo, que hasta entonces no había tenido en cuenta, le venía a la mente–. Aguarde un momento, el del Jornal de Notícias me hizo una pregunta muy rara.
–¿Qué pregunta, Antunes? –le preguntó el cabo, deteniéndose en medio de la calle y mirándolo fijo.
–Si teníamos orden de extradición para las mujeres.
Lebreiro prosiguió el trayecto, reflexionando sobre el tema. Hasta que inspiró hondo y concluyó que, lo antes posible, debía poner en conocimiento al comisario sobre lo que el soldado le acababa de contar. De hecho, podía ser una pregunta con segundas intenciones.
Cuando llegaron al Aljube, se quedaron atónitos. Una inimaginable multitud ocupaba todo el ancho de la calle, varias decenas de metros a cada lado de la entrada de la prisión. A duras penas pudieron pasar entre tanta gente.
–¿Qué vinieron a hacer aquí?
–Queremos ver a las mujeres españolas. A la que se viste de hombre.
–¿No tienen otra cosa que hacer? ¡Déjennos trabajar!
–Estamos en la calle. No puede mandarnos a detener. No le hacemos daño a nadie.
Los periodistas sacaban fotografías, hacían preguntas a la gente sobre lo que habían dicho los policías y recogían opiniones sobre los hechos. El pueblo mostraba una mezcla de incredulidad, curiosidad e indignación ante el insólito casamiento de las dos mujeres y por el hecho de que una se hubiera vestido de hombre y hubiese engañado a todos, algo nunca visto ni imaginado.
–Antunes, tendré que poner al tanto de esto al comisario –le murmuró al oído–. Si nos llevamos ahora a las mujeres para la indagatoria, van a hacer una procesión hasta la comisaría y no vamos a tener sosiego.
–Estoy de acuerdo, señor. Incluso porque hace un rato escuché decir que andaban por ahí unos periodistas españoles.
–¡Vamos, entremos a la prisión! Tú te quedas aquí, mientras yo salgo discretamente por la parte de atrás, por la Rua da Bainharia, y estoy abajo en un instante.
Después de atravesar el umbral de la puerta y cerrarla detrás de sí, el cabo Lebreiro le explicó al director del Aljube su propósito, por lo que este último lo condujo hasta la parte de atrás, por donde solo él y su esposa acostumbraban salir. El soldado Antunes, por su parte, se dirigió a las dos detenidas.
–Buen días, señoras, ¿cómo se encuentran?
–Ansiosas por irnos de aquí.
–Tal vez salgan hoy mismo. Parece que está por llegar un policía de Galicia para llevarlas.
–¡Dios mío, qué vergüenza! ¿Qué será de nosotras? –suspiró Marcela, desolada y agotada después de toda una noche sin dormir.
–Tranquila, querida. Nadie nos hará daño. No somos delincuentes.
–Sabes que no será así. Toda la atención está dirigida hacia nosotras. Y tú que ni ropa de mujer tienes. Van a cansarse de vilipendiarnos.
–¿Quién es ese policía que nos viene a buscar? –le preguntó Elisa al soldado Antunes.
Antes de que tuviera tiempo de responder, apareció el director del Aljube, acompañado por un hombre alto y delgado, de cabello corto, plateado y bien arreglado, y con un maletín en la mano derecha.
–Señoras, les presento al doctor Álvaro Vasconcelos, su abogado.
–¿Nuestro abogado? ¿Qué quiere decir?
–Señores, ¿puedo quedarme a solas con mis clientas?
–Desde luego que sí, doctor Vasconcelos –respondieron los dos caballeros con reverencia.
El visitante tomó una silla para él e invitó a las señoras a que se sentaran frente a él, mientras sacaba una hoja de papel, un tintero y una pluma del maletín.
–Ya saben que me llamo Álvaro Vasconcelos y que soy abogado. Su abogado, a no ser que ustedes no quieran. Nuestro común amigo, José Nogueira, del Lisbonense, me contrató para que me hiciera cargo de su defensa.
Ellas suspiraron aliviadas y se apretaron las manos. Al verlo llegar, habían temido que estuviera al servicio de alguna autoridad para asegurar la celeridad del procedimiento de extradición. Sin embargo, al fin era la primera señal de esperanza que recibían en medio de aquel torbellino de malas noticias.
–Gracias, doctor Álvaro –respondió Marcela con lágrimas en los ojos–. Transmítales nuestro agradecimiento al señor Nogueira y a su esposa. Jamás dudamos de su sincera amistad, incluso ante la sorpresa que se llevaron. Es en estos gestos que se muestran las grandes personas, como estas que encontramos en Oporto.
–¡Créanme, tienen buenos amigos! Me pidieron que hiciera todo lo que estuviera a mi alcance para librarlas de esta pesadilla.
–¿Y lo logrará, doctor Álvaro? –le preguntó Marcela, ansiosa–. Parece que hoy llega un policía para llevarnos…
–Eso lo veremos enseguida. Un abogado solo promete recursos, no resultados. Pero les garantizo que haré lo máximo que pueda.
Marcela y Elisa no sabían que estaban ante uno de los abogados mejor considerados y más sagaces de Oporto. Era aquel un hombre solitario, que había forjado su carrera sobre la base del estudio y la experiencia, aprendiendo de los viejos maestros de la plaza portuense y puliendo su propio estilo y modo de abordar los casos que aceptaba. Sobre todo, los más complejos. Para eso, había entretejido una sólida red en todos los estratos sociales, algo que le permitía no solo conseguir los mejores casos, sino también divulgar los resultados, recolectar pruebas e informaciones vitales o incluso disuadir a testigos inconvenientes sin necesidad de ensuciarse las manos. Y, desde luego, ser respetado por las autoridades y atraer a la prensa, pues siempre se lo consideraba como una buena fuente de información, a pesar de que hablaba poco y, a veces, mediante enigmas que estimulaban la curiosidad de los periodistas. Así, uniendo su conocimiento de la ley a la forma de llevar el proceso y a la probanza de este, había alcanzado envidiables fama y reputación.
Aquella mañana, antes de entrevistar a sus nuevas clientas, el doctor Álvaro Vasconcelos había ido a ver al cónsul de España, al que a menudo encontraba en los eventos culturales del Ateneu, en vernissages de la ciudad e incluso en el Café Portuense, que frecuentaba en ocasiones.
Mediante esa visita trató de asegurarse de que no había llegado ningún pedido formal de extradición por parte del reino de España. Y, por supuesto, sutilmente envió el mensaje de que no toleraría que sus clientas fuesen trasladadas al país vecino sin un pedido formal de las autoridades españolas. A continuación, habló con el periodista Daniel Fragoso, del Jornal de Notícias, a quien también le preguntó si la prensa tenía conocimiento de la existencia de algún pedido de extradición.
–No, doctor. Ni habíamos pensado en eso. La policía habla de un Tratado de Extradición entre Portugal y España, que debe cumplirse y que, para eso, viene para aquí el jefe de la Policía de Vigo. Él las llevará rápidamente a España.
–¿Sin ningún pedido de extradición de las autoridades españolas? –insistió el abogado.
–Mmmh, ya veo… Ellos quieren llevarlas con toda urgencia, para evitar los trámites legales…
–Eso no lo sé. Pero que es una tremenda injusticia, no hay duda. Aún no sé qué delito cometieron en realidad, pero tienen derecho a que todo se desarrolle de acuerdo con la ley.
–Tiene toda la razón, doctor Álvaro. Apuesto a que las policías ya tienen todo arreglado.
El abogado mantenía su habitual impasibilidad, como si interiormente meditara sobre tan grave injusticia. En verdad, analizaba la manera en que germinaban las semillas que había sembrado para impedir que las mujeres –que aún no había visto– fueran llevadas a España sin apelación ni agravio, sin posibilidad de defenderse, incluso teniendo la ley de su lado. Cuando los tribunales reaccionaran, ellas ya estarían del otro lado de la frontera y todos se lavarían las manos ante la imposibilidad sobreviniente del proceso. Por eso, el doctor Álvaro Vasconcelos no podía sentirse más satisfecho. Había comenzado a colocar los pilares de su defensa, que debían afirmarse con rapidez. El periodista no iba a dejar de hacer preguntas y el cónsul no querría embarcarse en un fraude que lo dejara públicamente expuesto y desacreditado.

–Lebreiro, ¿ya regresaste? ¿Dónde están?
–En el Aljube, señor comisario. Pero tuve que volver rápido. No se imagina la que se armó allá: pila de gente y periodistas por todos lados. ¡Hasta españoles!
–¡No lo puedo creer! –el comisario se rascaba la cabeza con impaciencia, pensando en lo que debía hacer–. En breve llega Millán y no vamos a tener las confesiones de ellas a tiempo. Se irán a España incluso sin declarar. Ese es asunto de ellos, no nuestro.
–Señor comisario –Lebreiro carraspeó, sintiendo la garganta seca y oprimida–, creo que tenemos otro problema.
–¡¿Otro!? ¿Qué problema? ¡Desembucha, Lebreiro! –gritó el comisario, con el rostro enrojecido.
–Parece que un periodista anda haciendo preguntas sobre el pedido de extradición.
–¿Pedido de extradición? ¿Qué cuernos de pedido de extradición? ¿Acaso la detención no nos la solicitó Millán? Están a las órdenes de la policía portuguesa, que las entregará a la policía española. ¡Punto final!
–Son extranjeras, señor comisario…
El obeso comisario se dejó caer pesadamente sobre el viejo y gastado sillón de cuero, donde se recostaba para pensar en los casos que tenía entre manos. Se enroscó con fuerza el bigote repetidamente, hasta hacerse doler.
–¡Tienes razón, Lebreiro! Debemos tener cuidado, si no, esto nos va a quemar.
–¿Y sabe a quién vi entrar en el Aljube?
–¿A quién?
–Al doctor Álvaro Vasconcelos. Me consta que Zé Nogueira lo contrató para defenderlas.
–¡¿Vasconcelos?! ¡Maldición! ¡Ay, cómo se está poniendo esto!
El comisario se levantó y comenzó a caminar en círculos. Después, miró por la ventana. Reconoció a algunos periodistas apoyados en las paredes, en la calle.
–Lebreiro, ve allá arriba de inmediato y cancela el interrogatorio hasta nueva orden. Preciso recabar información. No haremos nada sin una orden de arriba –remató, apuntando en dirección al gobierno civil–. Si no, vamos a pasar de policías a reos. Sabes cómo son los periodistas.
Cuando el cabo llegó al Aljube, hubo un murmullo en la calle, pues nadie lo había visto salir. Su súbita aparición provocó un coro de preguntas. Todos querían saber si las españolas todavía estaban detenidas en el Aljube o si se encontraban en la comisaría. Temiendo una insurrección popular, mientras pedía que lo dejaran pasar, el cabo terminó respondiendo que las mujeres no habían salido del edificio y que, de momento, tampoco lo harían.
Cuando, con dificultad, logró abrirse camino entre la gente, entró en la prisión y se dirigió al abogado y a las reclusas.
–Doctor, señoras, hoy no se hará el interrogatorio ni la entrega a las autoridades españolas.
Ellas abrieron grandes los ojos, entre aliviadas y estupefactas.
–¿Para cuándo queda aplazado, cabo Lebreiro? –preguntó el defensor.
–No hay fecha. Será cuando se reúnan los requisitos.
–¿A qué requisitos se refiere, cabo? Mis clientas están listas para responder a cualquier pregunta –retrucó Álvaro Vasconcelos, manifestando una falsa disponibilidad para presentarlas al interrogatorio policial, aunque disfrutando por anticipado de su pequeño triunfo.
–¿No vio el lío que hay afuera? Primero, tenemos que asegurar el orden público. Después, ver los trámites legales… –concluyó, intercambiando una mirada con el director del Aljube, que escuchaba atento la conversación.
–Trámites legales… No veo… –insistió el abogado.
–El pedido de extradición de las autoridades españolas, ¿entiende? –remató, bajando la voz, con temor de que lo escucharan desde afuera o porque dudaba de si estaba pasando información secreta–. La policía portuguesa cumple la ley, tiene que estar todo de conformidad.
–Mmmh, ya veo. Tiene razón. No había pensado en eso, pero es mejor cumplir con todas las formalidades. ¿Ya vio a los periodistas afuera buscando noticias? No le perdonarían semejante error a nuestra diligente policía –replicó el abogado, impasible, aunque aliviado y totalmente satisfecho, porque había conseguido tomar las riendas del caso.
El cabo sacudía la cabeza, sin percibir si su interlocutor estaba o no al tanto de las cuestiones legales de la extradición. Lo conocía bien de otros casos. Y siempre se quedaba con la perturbadora duda de lo que sabía o no sabía, hasta el desenlace final.
–Bien, siendo así, continúo con mis ocupaciones y espero que me informen de los próximos procedimientos. Ah, estimado Antonio –dijo, dirigiéndose al director de la prisión–, el Lisbonense le ahorrará al reino los gastos de comida. A partir de ahora, tres veces por día vendrá un envío con una vianda caliente para las señoras.
Cuando salió, la gente, en respetuoso silencio, abrió un corredor para que el doctor pasara. Para el inconsciente popular, las mujeres debían de tener algo especial como para que las defendiera
un abogado tan caro y de tan alto calibre, aunque, dada la gravedad de los delitos cometidos a los ojos de los hombres y de Dios, pensaran que era un caso perdido. La presencia del doctor Vasconcelos, entonces, le daba al proceso una mayor dosis de interés, porque todos deseaban ver cómo saldría librado de un juicio que era imposible de ganar.

Mientras el capitán Millán se acercaba a la sede de la Policía de Oporto, en lo único que pensaba era en volver rápidamente a Tui para informarle a su superior, el teniente coronel Morales, que se encontraba en territorio español con las detenidas. De allí se las conduciría, custodiadas con discreción, a la prisión de La Coruña, para presentarlas ante el juez. Pero no halló ni buenas noticias ni a las fugitivas.
Entre las volutas del humo de su pipa, el comisario Adriano Carvalho se justificó alegando el cumplimiento de la ley.
–Carvalho, hermano, ya tuvimos casos idénticos muchas veces y nunca me pediste los papeles de extradición. Ni yo, cuando me solicitas que te entregue a los delincuentes portugueses que cruzan la frontera. Los papeles solo sirven para poner obstáculos a la Justicia.
–Tienes razón, Millán, pero, esta vez, no va a poder ser así, ¿no es cierto, señor cónsul?
–Es verdad, Millán. Este caso tomó proporciones que nadie imaginaba. Los periodistas ya preguntaron acerca del pedido de extradición y la gente está en la calle siguiendo el proceso. Es muy arriesgado.
–¡Vamos! ¿Quién se va a preocupar por dos delincuentes miserables? –respondió el capitán vigués, fuera de sí.
–Calma, Millán. Delincuentes o no, no vamos a correr riesgos. Tú te vas y nosotros nos quedamos acá para responder por nuestros actos. Y además, está el abogado…
–¿Abogado? ¿Tienen dinero para abogados?
–Sí, y uno de los más famosos de Oporto.
–¡No lo puedo creer! ¿Ellas lo pagan?
–No te imaginas lo rápido que se hicieron de amigos influyentes.
–¿Y no las mandaron al diablo después de enterarse de que engañaron a medio mundo y de que también los pueden engañar a ellos?
–No, se apiadaron de ellas. La amistad no se rompió.
–Solo esto me faltaba… Que tengan un buen abogado…
El capitán estaba tan furioso como desolado. Jamás había imaginado, ni en el peor de los escenarios, volver a Vigo sin las prisioneras.
–Ni siquiera pudimos interrogarlas todavía. Pero eso habría sido lo de menos. ¿Cómo podrían negar las evidencias? Por eso, no bien lleguen los papeles, puedes venir a buscarlas.
–¡Muy bien! Si es así, cuente con que estaré en breve. Ya mismo voy a hacer la solicitud formal al juez del proceso. Bastarán unos pocos días.
Millán volvió a Galicia con las manos vacías, el pueblo regresó a su casa, los periodistas dieron la noticia, las dos mujeres se recostaron en el Aljube para, finalmente, dormir algunas horas en paz y Álvaro Vasconcelos recorrió los cafés durante la noche. Precisaba tomar el pulso del sentimiento colectivo que sobrevolaba a los portuenses, oír los rumores, obtener información. Y, lo
más importante, lanzar algún mensaje que le pareciera oportuno, si fuera el caso, hablando siempre lo menos posible sobre la estrategia que delineaba, un plan que, hasta ese momento, había demostrado un éxito absoluto.
No era difícil prever que encontraría, de casualidad, al periodista Daniel Fragoso en el lugar de costumbre.
–Entonces, doctor, parece que tenía razón. La policía española no se llevó a las mujeres. Le sacaron el pan de la boca.
–Y, son los trámites legales, mi estimado –respondió entre volutas de humo extraídas sin prisa de su pipa, que de vez en cuando le gustaba alternar con sus apreciados cigarros.
El periodista sonrió. Nunca tenía idea de por dónde vagaba el pensamiento del abogado, pero, sin embargo, sabía que nunca le mentía ni le sugería pistas falsas. En el fondo, sin decirlo, cada uno se aprovechaba de los conocimientos del otro, respetando los códigos de honor de ambas profesiones.
–Y, entonces, ¿qué cree que les va a pasar?
El abogado miraba, abstraído, hacia la calle. Ni siquiera él tenía la certeza de lo que iba a suceder. Pero, como siempre, tenía un plan. Temprano había aprendido que, en todos los casos, lo importante era tener una estrategia, para no sentirse como un tonto en medio del puente, yendo de un lado y para otro sin poder decidir hacia qué lado tomar. Y aquella era la pregunta que necesitaba que le hicieran para lanzar el golpe siguiente en el plan que había trazado. Debía hacer llegar un mensaje, con estilo y a tiempo, a quien correspondiera.
–En verdad, no sé. Tarde o temprano, la policía las va a interrogar, como manda la ley. Y no pueden ser extraditadas sin un pedido formal de las autoridades españolas, que necesariamente tiene que ser solicitado por el juez de la causa.
–¿Y van a confesar, doctor Álvaro?
El hombre de derecho lentamente se llevó la pipa a la boca, aspirando el delicado aroma que tanto apreciaba y lo relajaba.
–¿Qué pueden hacer esas pobres mujeres, Fragoso? Fue una jugada que les salió cara. Pero no soy cirujano como para resolverles el problema como es debido.
–¡¿Cirujano?! –preguntó el periodista, perplejo–. ¿Qué quiere decir?
–No puedo colocar un pene entre medio de las piernas de la que se asumió como hombre –respondió en el mismo tono.
El periodista empezó a reír a carcajadas.
–¿Y si fuera hermafrodita? –inquirió Fragoso, cuando se serenó.
–No sé demasiado sobre ese tema. Pero el Código Civil portugués, tal como, aparentemente, sucede en el español, no prevé casamientos entre mujeres y hermafroditas registrados al nacer como mujeres.
El periodista, que no podía más de tanto reír, llamaba la atención de los clientes de las mesas alrededor, cuyos ocupantes se había volteado hacia ellos con miradas curiosas e inquisidoras.
–Bien, ¡entonces está visto que va a perder el caso!
–¿Por qué?
–No bien las mujeres confiesen lo que hicieron, serán entregadas de inmediato a la justicia española, de acuerdo con el Tratado de Extradición entre Portugal y España.
–Es una posibilidad. Sin embargo, vivimos en un país soberano, estimado Fragoso. Un país con leyes propias, por las cuales hay que velar. Y a pesar de que lo intentó varias veces, España no les robó la soberanía a nuestros tribunales.
–No entiendo, doctor. Si las solicitan y ellas confiesan… E incluso si no confiesan, está a la vista lo que hicieron… Deberán ser entregadas a la policía española.
El abogado inspiró y, a medida que sacaba el aire, soltó todas las flechas que tenía preparadas para su ataque defensivo.
–¿Cree que el gobernador civil, garante de las leyes del reino en esta ciudad y en este distrito, va a permitir que sean extraditadas sin ser juzgadas por los delitos que cometieron en Portugal?
Daniel Fragoso abrió los ojos de par en par.
–¿Delitos? ¿Qué delitos?
–Bueno, falsificación de documentos, falta de autorización de residencia, uso de vestimenta de otro sexo, complicidad…
El periodista abrió la boca asombrado y el abogado apagó la pipa, y pasó a hablar de los resultados del partido entre el Foot-ball Club do Porto y el Foot-ball Club Lisbonense, y de los dislates de la monarquía.
16 
Buenos Aires, 1918
Después del paseo con monsieur de la Paix, Cleide sintió la necesidad de visitar la tumba de su madre, en el cementerio de la Recoleta. Lulú había sido quien la había llevado allí por primera vez. Siempre que la visitaba, se sentía invadida de una profunda paz y serenidad. Algunos días, mientras rezaba y alcanzaba las frecuencias cerebrales más bajas, realmente le parecía ver dos pequeñas luces que brillaban, y a veces jugaban una con la otra, y enseguida desaparecían por arriba del sepulcro. Y cuando menos lo esperaba, volvían a aparecer. Cada vez más a menudo, Cleide tenía la certeza de que era el alma de su madre que jugaba con ella y le transmitía calma. Pero las luces eran dos, algo que la confundía.
–¿Lulú, viste unas lucecitas bailando sobre la tumba? –le había preguntado en una de las ocasiones en que la polaca la había acompañado.
–No, querida, no las vi. Pero me alegro de que hayas logrado verlas.
–¿Por qué?
–Quizás sean tus ángeles de la guarda.
–Pensé que tal vez fuera el alma de mi madre que se comunicaba conmigo.
–¿Y el alma de tu madre no puede ser ahora tu ángel de la guarda?
Cleide sonrió ante la idea, que le pareció muy reconfortante.
–Sabés, desde que vine de Polonia, nunca más supe nada de mi madre. Muchas veces sentí nostalgia de mis hermanas. Pero de mi madre y de mi padre no tanto. Todavía no les pude perdonar que me vendieran a la prostitución. Por eso, aunque los dos seguramente ya murieron, no logro verlos como mis ángeles de la guarda.
–¿Y nunca los vas a perdonar, Lulú?
La mujer se quedó en silencio. La pregunta de Cleide le había despertado los recuerdos adormecidos de una vida dura, que deseaba olvidar. Con mucho esfuerzo, había logrado escapar de las garras de los cafishios de la Zwi Migdal, después que contrajo una enfermedad venérea que le sacó verrugas en la zona genital, lo que hacía que los clientes la descartaran. Cuando descubrió que los proxenetas judíos querían hacerla desaparecer, le entregó a un viejo cliente de buen corazón el dinero que había logrado ahorrar y lo convenció de que la “comprara” a sus “protectores”. Luego, tuvo la suerte de que madame Florence necesitara a alguien que la ayudase en su casa, y en especial a cuidar de la pequeña Cleide y esconderla del mundo exterior. Lulú asumió la responsabilidad con total entrega y devoción hacia su nueva protectora, sobre todo después de enterarse de los dramáticos motivos por los que era preciso proteger a la niña. En el fondo,
sentía que, finalmente, la vida le daba una noble misión que cumplir, mientras aguardaba el momento oportuno para poder contribuir a la destrucción de la poderosa organización criminal, que arrancaba de sus aldeas a tantas chicas pobres para llevarlas a prostíbulos de todo el mundo.2 Por eso, traumatizada por su pasado, se había jurado a sí misma que en ningún caso permitiría que la niña que crecía bajo su protección tuviera el mismo destino que sus padres le habían dado.
–Quizás un día los perdone, Cleide. Quizás algún día, cuando mi corazón esté en paz y sepa que cumplí mi misión en la vida. Ahora, aprovechá para jugar con las lucecitas que solo vos podés ver.

Los días siguieron con normalidad, hasta que Cleide recibió la autorización para visitar a Alfonso Luz en la Penitenciaría Nacional, ubicada en la avenida Las Heras. A pesar de que cuarenta años antes había sido construida en un descampado, con aspecto de castillo y enormes muros, ya estaba rodeada de casas, en el elegante y rico barrio de Palermo.
La antesala donde esperaban los visitantes olía mal, igual que la docena de hombres y mujeres del conurbano que, charlando animados, aguardaban también para ver a sus familiares. Algunos chicos lloraban, otros jugaban o gritaban para llamar la atención. En un momento, entró un hombre de mediana edad, bien vestido.
Los otros apenas le echaron un vistazo y siguieron de lo más entretenidos, como si estar allí fuera algo habitual o la entrada al circo. El recién llegado, viendo una silla libre al lado de Cleide, la saludó cortésmente y, con acento castizo, le pidió permiso para sentarse. Entonces, la llamaron para entrar.
Cuando apareció ante ella un muchacho flaco y taciturno, de mirada triste, con la barba crecida y el cabello largo y enmarañado, le pareció que estaba ante una especie de muerto viviente. Un zombi con los pies engrillados, un uniforme de presidiario a rayas y sucio, en el que se leía el número 325.
Se quedaron mirándose, frente a frente, en una perfecta simbiosis especular. Como si se conocieran de toda la eternidad, y se hubiesen despedido el día anterior. La ventana que los separaba, un rectángulo de cuadrados perfectos, de gruesos barrotes de hierro, apenas era un detalle sin importancia. Cleide sintió una mezcla de temor y de renovada atracción hacia aquel hombre, que emanaba confianza, rebeldía, deseo y coraje. Durante más de cinco minutos, sonrieron y lloraron, sin decir palabra.
–No te esperaba acá, Cleide. Perdoná mi atuendo. No hubiera querido que me vieses así, con este traje. Pero no puedo usar otra cosa.
Ella sonrió, complaciente.
–La verdad, te queda mejor el traje de baile. Y esos grilletes de metal no te deben de dar mucho estilo para bailar. Pero tengo que reconocer que el cabello despeinado y la barba te dan un cierto charme.
La tristeza del recluso se transformó en una sonrisa encantadora, que le iluminó el rostro de oreja a oreja y le pronunció las mandíbulas. Aquella sonrisa lograba desarmarla y fragilizaba su pobre corazón, volviéndolo sumiso a los caprichos de Cupido.
–Ya debo de haber perdido mi toque… –respondió, más animado.
–Hay toques que nunca se pierden. Es como aprender a nadar. Pero no vine acá para invitarte a bailar un tango, sino para saber de vos. Y para agradecerte lo que hiciste por mí. Sé que fuiste muy valiente y no merecías esta condena.
Él bajó la vista y la posó en las manos de ella, como esperando la absolución de un pecado.
–Tengo que confesarte algo... Que quede entre nosotros.
–¿Sí?
En ese momento, apareció el hombre bien vestido con el que Cleide se había cruzado en la antesala. Se dirigió hacia otra ventana, distante de donde estaban, en la que aguardaba otro recluso. Al verlo, Alfonso Luz lo saludó con la cabeza, antes de responderle a Cleide.
–Fui yo el que le clavé el cuchillo en la espalda –respondió sin vacilar, sacando de su alma el peso que lo atormentaba por no haberlo podido compartir con Cleide–. No lo admití ante el tribunal, porque no iba a salir vivo de esta penitenciaría. Conozco a muchos tipos aquí a los que por mucho menos los asesinaron por venganza, aunque a los ojos de todos hayan muerto por causas naturales. La familia es muy poderosa y podría contratar a alguien acá adentro para vengarse. Y todos cerrarían los ojos ante una venganza de honor. Igual que en el tango.
Ella se quedó en silencio, hasta que logró que él alzara la vista y la enfrentase en una suerte de duelo moral. Pero, a pesar de todo, eran ojos de súplica, no de arrepentimiento. No siempre los sobrevivientes tienen tiempo para arrepentirse de sus actos.
–Y si no lo hacía yo –prosiguió, con el gesto apretado–, él o alguno de sus amigos me iban a herir a mí, y entonces quizás no estaría acá. En esas peleas, nunca salen ilesos los dos bandos. Por eso, espero que me perdones. Solo a vos te lo iba a confesar.
Ella pasó las manos entre los barrotes y se demoró en sus ojos, hasta sentirse en sintonía con su corazón.
–No necesitás pedirme perdón. Vi claramente que fuiste vos.

Unas semanas después, Cleide se dio cuenta de que un muchacho delgado, pero elegante, afeitado y con el cabello corto, peinado hacia la derecha, había entrado en la librería. A su paso dejaba un delicado aroma a agua de colonia de notas amaderadas. Se dirigió a la sección de periódicos y revistas, manteniéndose a la vista de la joven.
En ningún momento se miraron a los ojos, pero ambos sabían que se observaban y se medían recíprocamente, acompañando cada movimiento del otro. Ella presentía el juego de cintura de él, que se movía entre uno y otro estante, los brazos que se estiraban y se plegaban, mientras hojeaba las revistas antes de volverlas a colocar en su lugar. Y del mismo modo, él percibía cómo el pecho de ella crecía y disminuía con la agitación, advertía el nervioso movimiento del abanico que le llevaba algo de fresco al cuello, apenas transpirado desde el momento en que había notado su presencia, y escuchaba las palabras desesperadas con las que se disculpaba con un cliente que reclamaba un vuelto mal dado.
Finalmente, él se acercó al mostrador, serpenteando entre las estanterías, con los ojos puestos en un artículo de Caras y Caretas, que no leía. Ambos sintieron los latidos del corazón del otro, la respiración agitada, las gotas de sudor en la piel, igual que cuando bailaban tango. Como si, tras el balanceo, ese movimiento equilibrado y cadencioso que resulta de la variación de la pierna sobre la que cae el peso del cuerpo, el bailarín preparara, sorpresivamente, un corte, la interrupción abrupta del movimiento de su pareja, sin que los cuerpos dejaran de abrazarse.
En ese momento, el abrazo no fue físico, sino solo con la mirada y el pensamiento. Intenso. Como si los movimientos de ambos cuerpos en la librería generaran la sensual adrenalina de la danza fatal en la pista.
–Alfonso.
–Cleide.
–¿Libre de tus grilletes?
–Exactamente: listo para el combate.
Cuando ya no quedaban clientes que atender, siguieron su animada charla, que culminó con una invitación de Alfonso Luz a pasear por la ciudad el domingo siguiente.

Los dos contaron los minutos, las horas y los días hasta que llegó el momento anhelado. Alfonso Luz la llevó entonces a la confitería Richmond, en la planta baja de un edificio diseñado por el arquitecto belga Jules Dormal, en Florida 468. Era una joya en la ruta gastronómica porteña, que seguía la tradición de los cafés europeos. Las paredes recubiertas con boiseries de roble de Eslavonia, puertas vidriadas, ladeadas por columnas de bronce, sillas y sillones tapizados en cuero al clásico estilo inglés, mesas Thonet, arañas holandesas de bronce y vidrio opalino, grabados en las paredes y diligentes mozos vestidos de blanco, verde y negro, que llevaban bandejas de lemon pie y tarte Tatin. Algunos de los clientes habituales de la Librería Francesa se encontraban allí, en animadas charlas frente a vasos de grapa y agua mineral. Su ingreso, como el de cualquier mujer bonita en un reino masculino, provocó miradas lascivas y murmullos libidinosos, que casi no repararon en que estaba acompañada. Cleide se sentó de espaldas, junto a una de las ventanas.
Alfonso pidió un sándwich Richmond, de blanco de pavita, lomo de cerdo ahumado, queso gruyère, tomate y lechuga, y Cleide, la ensalada Richmond, de camarones, apio, manzana, huevo duro y palmito en rodajas, sazonada con salsa golf.
El tiempo voló mientras iban descubriendo el pasado de cada uno y las peripecias infantiles y de la escuela. Ambos tenían la extraña sensación de que se conocían desde antes de haber nacido, tal era la complicidad y la recíproca conexión de sus experiencias de vida.
Salieron de la Richmond riéndose de todo. De las caras de los curiosos al ver una pareja tan risueña, del vendedor de pescado y del guarda del tranvía.
Después, entraron en la inmensa tienda Gath & Chaves, un verdadero palacio de tentaciones. Una ascensorista en impecable uniforme los llevó al último piso. Y le pidieron si podían reemplazarla en el viaje, mientras subían otros clientes, que se asombraban de que ellos atendieran a la empleada. Con cara seria, dirigiéndose a ella como “madame”, Alfonso y Cleide le preguntaron en qué piso quería descender. Después, bajaron a las carcajadas, dejando que la empleada explicara la broma. En uno de los pisos, elegantes porteñas escogían caras telas y se probaban las sombrillas de moda. Cleide simuló ser francesa y les preguntó, en ese idioma, dónde quedaban los baños. Como ellas no le entendían, Alfonso, sin inmutarse, tradujo, diciendo que su amiga quería saber si habían dejado el toilette limpio, justo cuando dos de ellas regresaban, muy animadas, de los lavabos más cercanos. Escandalizadas, se fueron de prisa a la confitería del último piso, para tomar el five o’clock tea, concluyendo que el mundo estaba perdido con una juventud tan impertinente como aquella.
Entonces, los dos regresaron de nuevo a bromear con la ascensorista. Alfonso Luz le preguntó cómo podían conseguir un trabajo en la tienda. A lo que la empleada le respondió que trabajaban allí más de mil mujeres y no precisaban más. Y él se largó a reír con la graciosa provocación de la muchacha.
Luego, se dirigieron al Pasaje Güemes, las modernas galerías comerciales que conectaban Florida con la calle San Martín, coronadas por una torre de catorce pisos, la más alta de Buenos Aires. Bajaron al subsuelo, donde había un cabaret y una sala de cine pornográfico. Entraron para ver la cartelera y salieron tomados del brazo, no sin antes sugerirles a dos ancianos que pasaban por allí que fueran a ver el film, muy recomendable para todas las edades. Los hombres se alejaron rápido, persignándose y murmurando que el mundo estaba a punto de terminar, con una juventud rendida a los pecados de Sodoma y Gomorra.
A continuación, al ver un poste de iluminación eléctrica, Alfonso Luz se subió hasta la mitad y cantó un tango de moda, “Muñequita”, de Francisco Lomuto, con letra de Adolfo Herschel:
¿Dónde estará...
mi amor, que no puedo hallarlo?
Yo no hago más que buscarlo
porque sin él ya no es vida;
probé la fruta prohibida
probé el encanto de amarlo.
¿Dónde estará...
mi amor, que no puedo hallarlo?
Me acuerdo, que por Florida
paseaba en su voiturette,
y siempre andaba vestida
por Paquín o por Georgette.
Hasta me tenía carruaje,
lancha en el Tigre y un Ford,
garçonnière3 en el Pasaje
con todo lujo y confort.
A medida que cantaba, los transeúntes se iban acercando y cuando terminó, lo aplaudieron. Él agradeció: “¡Muchas gracias a todos ustedes, Francisco Lomuto, a sus órdenes!”, dijo, dejando a los ocasionales espectadores discutiendo sobre si él era o no el cantor de los temas que tenían tanto éxito en la radio, en los fonógrafos y en las tanguerías.
–No sabía que cantabas tan bien –dijo ella, después que terminaron de reírse de la broma.
–No he practicado mucho. Pero me gusta más bailar. Y vos, ¿volviste a ir a bailar?
–No. Nunca más me arriesgué. Pero lo extraño.
–¿Cómo aprendiste a bailar tango?
–Mejor no quieras saber. ¿Y vos?
–Solo te lo cuento si me decís cómo aprendiste.
–De acuerdo –consintió ella, extendiendo la mano para sellar el pacto.
–Yo aprendí como todos. Con las chicas de mi barrio. Con las propinas de la farmacia y algún dinero que mi papá me daba, que sabía, pero nunca me preguntaba, en qué lo gastaba, les pagaba a las bailarinas. Eran más grandes que yo. Se ganaban la vida alquilando el cuerpo para bailar y para la cama –concluyó, después de una breve vacilación.
–¿Y aprovechaste las dos cosas?
Él sonrió, sonrojándose.
–Todos los jóvenes de mi edad se inician de esa forma.
Cleide le contó sobre su experiencia en El Tabarín, lo que le causó gracia y comentar:
–Y yo que pensaba que era un santo.

A medida que lo conocía mejor, más le gustaba su sentido del humor, y sobre todo la sinceridad con la que encaraba las buenas y las malas circunstancias de la vida, sin buscar subterfugios para dar una mejor imagen de sí mismo.
Ese aura de honestidad, que no le quitaba su capacidad de sorprender, y el misterio masculino asociado a su belleza morena de dios griego, ahora más delgado, y a su permanente juego de sensualidad y de sutiles dobles sentidos que naturalmente fluían en su conversación, igual que en la peligrosa danza que ambos amaban: el tango.
Llegaron a la avenida Roque Sáenz Peña, también conocida como Diagonal Norte, que dividía al medio las cuadras por donde pasaba, transformándolas, igual que la calle Broadway en Nueva York, en una sucesión de rombos. Siguieron por la avenida, que se correspondía con una línea recta que unía, simbólicamente, el poder político nacional –la Casa Rosada– y el poder judicial –el Palacio de Tribunales–.
Hasta que, súbitamente, él la arrastró hacia la entrada de un edificio público, oculto a la vista de los transeúntes. Ella soltó un grito.
–Voy a bailar un tango, acá, con vos –le susurró al oído.
La apoyó contra la puerta de madera y la besó en la oreja. Ella se estremeció, todavía aturdida, sobre todo cuando le escuchó susurrar una letra improvisada, con ritmo de tango, que hablaba de la suerte y el desconcierto que alguien podría provocar en otra persona, al despertarle la emoción en todo el cuerpo. Y de cómo el corazón creaba una energía que tanto producía el éxtasis de la mente como erguía esplendorosamente el órgano viril que fundía a los amantes.
–Tonto –lo interrumpió ella, sintiendo cómo se le transformaba el cuerpo a medida que las palabras fluían lentas y roncas, y ambos se aproximaban y se enroscaban.
En el abrazo, Cleide seguía al cuerpo de Alfonso, dejándose llevar, en sincronía, por sus movimientos improvisados. Se miraron y, sin cruzar palabra, el recuerdo de las milongas los envolvió. Entonces, se movieron hasta qyue quyedaron los torsos de ambos en contraposición, sin quebrar la línea de la espalda, proyectando el peso uno contra el otro, mientras mantenían los pies firmes. Con el balanceo de los cuerpos, Alfonso se sintió enardecido por el aroma cítrico y fresco de la lavanda, que se mezclaba con el almizcle del sudor, y los senos duros y urgentes, que se adherían a su pecho como un poderoso imán. Ella, hipnotizada, sentía el calor y la fuerza de su cuerpo masculino, que predisponía al suyo a seguir los movimientos de quien conducía la danza. Al principio, Alfonso se sintió fascinado ante la sorpresa y después por el goce de poder delinear, a través de la imaginación y de la curva de la cintura de Cleide, todos los contornos de su halo femenino, encendido por el deseo y las palabras susurradas. Al compás de la música imaginaria, los dos proseguían la letanía, dejando que las lenguas y los labios humedecieran los lóbulos de las orejas, y les generaran deliciosos escalofríos, mientras ignoraban a los transeúntes que chiflaban al pasar y a las almas puritanas que se santiguaban y murmuraban palabras de desaprobación, sobre todo cuando sus bocas hechizadas se unieron en un beso interminable, apenas entrecortado por las sonrisas y caricias en los rostros ruborizados, como si tuviesen la certeza de que Dios, después de una vida difícil, les había brindado como obsequio a su alma gemela.
A partir de aquel día, Alfonso Luz comenzó a ir asiduamente a la librería, cuando Cleide terminaba su jornada de trabajo. La acompañaba a su casa, mientras paseaban por los parques, las plazas y las calles, hablando de los temas más triviales o simplemente observando a los transeúntes o mirando las turbias aguas del Río de la Plata y los barcos que navegaban por ellas.
No tardaron en empezar a salir a bailar tango los sábados. En esas noches tangueras, Cleide se transformaba en otra mujer. Los vestidos de telas leves y vaporosas, de líneas finas, adornados con brillos y bordados, que remataban en ruedos cortos y flecos, le realzaban las formas del cuerpo y le otorgaban una especial gracia y sensualidad, que hacía que no pasara inadvertida en los salones de baile porteños. La fama de los dos bailarines crecía semana tras semana. El rumor de que ella era la bailarina que había conducido a su pareja a prisión, luego de una reyerta entre dos pretendientes, aumentaba su popularidad y la admiración que despertaba, e intensificaba su aura de mujer fatal: bella, sensual y con el peligro revoloteándole cerca. Una verdadera diva del tango, en la que muchos de los autores de sus primeras letras se inspiraron para componer estrofas eternas.
Alrededor de seis meses después de salir de la penitenciaría, Alfonso compró su primer automóvil. Un Ford T negro, usado, que se fabricaba en la Argentina desde 1914, con mullidos asientos tapizados en terciopelo, que a Cleide le encantaban, y en el que daban paseos por la ciudad, a veces en compañía de Sophie. Como aquel que cambiaría sus vidas para siempre.
2 La Zwi Migdal fue desarticulada como resultado de las valientes denuncias de la prostituta de origen judío Raquel Liberman, a fines de la década de 1920.
3 Departamento destinado a encuentros amorosos.
17 
Oporto, 1901
Al día siguiente, llegaron dos oficios a manos del gobernador civil. Uno, del comisario de policía, pidiendo instrucciones acerca del destino que debía dárseles a las detenidas extranjeras que estaban bajo su custodia, y otro, del periodista del Jornal de Notícias, preguntando si el Reino de Portugal abdicaría de su obligación de juzgar previamente a las mujeres por los delitos cometidos en suelo portugués.
La contestación no se demoró. Cuando el día 19 de agosto el comisario Carvalho leyó la respuesta del gobernador civil, una vez más se dejó caer pesadamente en el sillón de cuero. Prendió un cigarro y se quedó mirando la punta que se encendía cada vez que aspiraba.
–Tengo que enviarle un telegrama a Millán. No le gustará lo que va a leer.
Llamó al cabo Lebreiro, para darle la orden.
–Avísale a Millán que las mujeres van a ser entregadas a la justicia portuguesa para que se las juzgue por los delitos que cometieron en Portugal. Por eso, no se las van a entregar mientras no haya sentencia judicial firme.
Lebreiro se quedó mirando a su jefe, estupefacto. No se le había ocurrido esa cuestión. Pero tenía mucho sentido.
–Después del telegrama, tráeme acá discretamente a las susodichas. Vamos a arreglar nuestra parte.
–¿Discretamente, señor comisario? Si las traigo por la calle, van a hacer una manifestación para ver al fenómeno de circo.
–Tienes razón. Trae acá a la que se viste como mujer y lleva a Antunes para que interrogue a la otra, allá, en el Aljube. Pero síguela a distancia, para que nadie se dé cuenta.
–Entendido, señor comisario. ¿Y no le avisamos al abogado?
–Por ahora, no. Si no, encima viene con el circo atrás. Y ya tengo baile de sobra. Al final, solo les vamos a tomar declaración, antes de mandarlas con el juez de instrucción. No las vamos a detener ni a enviar a España. Que después Vasconcelos se entienda con el juez, en el tribunal. Eso ya no es de mi incumbencia.
–Entendido, señor comisario. ¿No sería mejor que Antunes llevara también al español que es el verdadero titular de los documentos de residencia?
–¡Sí, que lo lleve! Así no perdemos tiempo con aplazamientos. Que haga de inmediato el careo y de ese modo queda todo resuelto.
El comisario Carvalho miró por la ventana. La ciudad corría a su ritmo normal, y no veía a nadie sospechoso alrededor. Así no habría sorpresas de último minuto. El asunto ya le quemaba en las manos, como el cigarro que había fumado con impaciencia y que había apagado, vigorosamente, en el fondo del cenicero de metal.
Cuando Marcela llegó a la estación de Policía, el comisario la trató con cortesía. La midió de arriba abajo. Era una mujer hermosa. No entendía cómo semejante señora podía interesarse en alguien que, de acuerdo con las fotografías que había visto, parecía un palo de escoba. Llorando, la maestra explicó, sin muchos detalles, su versión de los hechos, alegando desconocer de qué manera el permiso de residencia había llegado a manos de Elisa.
–Nunca me preocupé por eso. Cuando llegué, ella ya estaba trabajando e integrada a la vida social. No sé nada más.
El comisario tampoco quería saber más. Marcela tenía los documentos en regla y apenas se la podía acusar de complicidad. Sin embargo, parecía que el abogado la había instruido bien. La envió de vuelta al Aljube.
Cuando Antunes llegó, se apresuró a saber cómo había ido el interrogatorio.
–Lo previsible: dice que apareció un papel volando en la plaza da Batalha. Cuando vio que era un certificado de residencia, decidió guardarlo, aunque no lo usó para nada.
–¿Y su titular qué dice?
–Confirmó que el documento le pertenecía. Que era amigo de ambas y que hasta le buscó empleo a doña Marcela. Dijo que estuvo un tiempo afuera y que el documento estaba en su mesa de luz y que no sabe cómo fue a parar a manos de la detenida. Tal vez se lo llevó el viento por la ventana…
–Esa tal Elisa tiene la virtud de mantener la mayor discreción respecto de sus cómplices. Y ellos también. Apuesto a que ambos usaban el mismo documento, dependiendo de las circunstancias.

Entretanto, en Vigo, Salvador Millán recibió una visita que lo dejó preocupado. Había fracasado en la misión que el juez le había encargado, pero especialmente le había fallado a don Antonio de Traba. Y eso podía significar problemas. Él sabía bien que las manos invisibles de los poderosos tanto podían llevarlo a la gloria como empujarlo al destierro.
–¿Entonces, no trajo a las damas, capitán? –le preguntó el enviado de Traba.
–Como ya debe de saber, las autoridades portuguesas no colaboraron.
–Mmmh… Don Antonio no se alegró con la noticia –retrucó, mientras se pasaba los dedos por el cuello.
El capitán entendió la señal y se apresuró a responder:
–Haré todo lo que esté a mi alcance para traerlas. Es mi deber y mi compromiso profesional.
–¿Y cómo piensa lograrlo?
–Ahora mismo estaba redactando un telegrama para el juez Pedro Calvo, sugiriéndole que presente un pedido de extradición. Sin eso, no se puede hacer nada.
–Mmmh, eso demora mucho tiempo. Ya sabemos cómo es la burocracia… ¿No se puede hacer nada más?
–Solo veo una posibilidad…

Rafael salió volando para La Coruña, donde lo esperaba su patrón. Le contó lo sucedido y las sugerencias del capitán vigués.
–¡Un flojo, el capitán ese! Dónde se ha visto no traer a las delincuentes, como siempre se hace en estos casos.
Rafael asintió con la cabeza y se encogió de hombros.
–Bien, me voy a poner en camino, a ver si encuentro a don Pedro.
Cuando llegó al tribunal, le informaron que Pedro Calvo y Camina estaba de vacaciones y que su sustituto era su viejo amigo Eduardo Galván. Don Antonio se frotó las manos de contento y le pidió una audiencia.

El 21 de agosto un coche con las cortinas corridas esperaba en la puerta del Aljube. La noticia se esparció con velocidad y el pueblo no tardó en juntarse alrededor del vehículo y los caballos.
A la fuerza, la policía abrió un corredor hasta la puerta del carruaje, por donde pasaron las reclusas, mientras se oían risas, palabras de desaprobación y hasta algún que otro piropo. La gente no perdía detalle del caso, que, por lo insólito, había interrumpido la rutina de los tranquilos días de la ciudad.
El doctor Álvaro Vasconcelos acompañaba los movimientos de lejos. El comisario le había avisado que, a primera hora, sus clientas comparecerían ante el juez de instrucción criminal. No le gustó la reacción popular, a pesar de que entendía que se trataba de un natural instinto primitivo ante un caso nunca visto como aquel. Pero debía pensar en la mejor forma de lidiar con aquello. Que las criticaran y las ridiculizaran abiertamente podía influir de modo negativo en las decisiones judiciales.
Entonces, se acercó al coche y les pidió a los policías hablar en privado con sus clientas. La llegada del abogado provocó murmullos entre la gente, pero, a medida que pasaba por el corredor que la masa humana abría, las voces se transformaron
en un silencio tenso y sepulcral, como si estuviese rodeado por un mágico halo protector. Álvaro Vasconcelos caminaba lentamente, erguido, con su habitual aire serio e impasible, y la mirada fija en el horizonte.
El silencio de la turba, más allá de reverenciar la magnética figura del ilustre jurista, evidenciaba también que todos querían ver y escuchar lo que en esa ocasión iba a hacer y decir. Eran espectadores directos del caso más difundido y extraordinario del que se tenía memoria, y poder presenciarlo los llenaba de orgullo, así luego les podrían contar a sus vecinos, a sus amigos y a su descendencia lo que habían visto con sus propios ojos. Y tal vez incluso tuvieran la suerte de aparecer en las fotografías de muchos de los periódicos que cubrían el acontecimiento, lo que los inmortalizaría.
El abogado abrió la portezuela, subió la escalera y se encerró en el interior con las dos mujeres. La turba rodeó el coche, con los oídos pegados a la madera y los vidrios de las ventanillas. Como el carruaje se sacudía, la policía debió intervenir a la fuerza, para tratar de apartarlos. Cuando los ánimos se calmaron, el doctor Álvaro se tocó la nariz con el índice, y a continuación, apretó los labios con el índice y el pulgar, haciendo una pinza. Ellas comprendieron la señal. En vez de hablar abiertamente, se susurrarían al oído. Y fue lo que hizo con Elisa.
–Quiero pedirle que ante el juez no se presente con esos trajes masculinos –murmuró.
–No tengo otros…
–Solicítelos en la comisaría. Si no se los conceden, niéguese a salir de allí mientras no lleguen los que voy a encargar.
–Gracias, doctor Álvaro. ¿Qué piensa que va a suceder?
–Estén tranquilas. El caso no es tan grave como para no permitir el pago de fianza. Y Zé Nogueira ya me instruyó para solicitarla, en caso de que el juez dictamine prisión preventiva. Después, tendremos tiempo para organizar la defensa con más tranquilidad.
–Muchas gracias, son nuestros ángeles guardianes –respondió aliviada y sonriente.
–Las espero en el tribunal. Aténganse siempre a lo que dijeron hasta ahora ante la policía, y luego se verá.
Ellas sonrieron y se apretaron las manos, con los ojos llenos de lágrimas.
–¿Qué sería de nosotras sin usted, doctor, o sin el señor Nogueira? Muchas gracias por todo. Nunca podremos agradecerles lo mucho que hacen por nosotras.

Cuando el abogado bajó del carruaje, la gente, frustrada por no haber oído ni una palabra de lo que había pasado adentro, empezó con una lluvia de preguntas sobre lo que había sucedido, lo que no tardó en derivar en que aquellos que se encontraban más cerca del coche comenzaran a inventar que habían escuchado cómo el abogado las instigaba a declarar que eran una pareja como cualquier otra y a la que vestía de hombre, a bajarse los pantalones para probarlo. Animados por estos comentarios, siguieron al coche en una procesión formidable.
Para tratar de escapar, el cochero puso los caballos al trote, lo que fue una pésima decisión. Al doblar por la Rua Mouzinho da Silveira hacia la Rua das Flores, uno de los animales tropezó y cayó. Mientras el cochero lo alzaba, llegaron los que los seguían y también se juntó más gente, atraída por el accidente y por los rumores acerca de quiénes se hallaban en el interior del coche, y así se formó una impresionante multitud. Durante un rato, las dos mujeres se quedaron solas, pues el cabo Lebreiro, que iba con ellas adentro, bajó para ayudar al cochero y ordenarles a sus subordinados que formaran un cordón humano alrededor del vehículo.
–Mi amor, esto no está pasando –dijo Marcela, tomando la mano de Elisa.
–Tienes razón, parece que la nube negra no se va de encima de nosotras. Por suerte, tenemos al abogado y a Zé Nogueira –respondió Elisa–. Ven, dame un abrazo, que bien que lo necesitamos.
Y, en medio de la multitud, apenas ocultas tras las cortinas, se abrazaron con un afecto conmovedor, hasta que Elisa, constatando que el trabajo con el caballo continuaba, besó a Marcela apasionadamente, y las dos terminaron bañadas en lágrimas entre sonrisas y con una renovada esperanza en el corazón. Y hasta que sintieron que el cabo giraba el picaporte se mantuvieron con las manos entrelazadas.
–Está arreglado, señoras mías. Vamos a proseguir viaje a la comisaría.
El trayecto continuó al paso, porque con una velocidad mayor hubiese sido imposible no atropellar a alguien entre el torbellino de gente de toda clase, sexo y edad que acompañaba al coche.
Cuando entró en la comisaría, y después de algunos abucheos, Elisa comenzó a llorar y a suplicarle al comisario que le consiguiera ropa de mujer.
–¿Cómo es que, así, de repente, voy a conseguir vestidos femeninos? –preguntó el comisario, molesto tanto por el pedido, como por el alboroto en la calle–. La que decidió vestirse así fue usted. ¡Nadie la obligó, vamos!
–Lo sé, pero le pido, por lo que más quiera, que me consiga un vestido de mujer. Solo para hoy. Líbreme de ser la atracción de esta gente. ¿No se da cuenta de que por eso es que no nos dejan en paz? Es por mi bien, pero también por el suyo.
El comisario entrecerró los ojos y se enroscó el bigote, como siempre que tenía que pensar en algo que no le había pasado nunca. Comenzó a sacudir la cabeza para arriba y para abajo, a medida que entendía que las palabras de la detenida tenían sentido. Entonces, se dirigió al responsable del abastecimiento.
–Fogaça, ahí hay ropas de aquella mujer, la de la estafa al señor conde, hace tiempo que las dejó y nunca más las reclamó. Las declaro ejecutadas a favor del reino. Entrégaselas a esta señora, para que las devuelva, en el mismo estado en el que se encuentran, una vez que no las necesite más.
Francisco Fogaça no demoró en aparecer con una falda negra de lana, una chaqueta blanca de algodón y una capa negra, que, como por arte de magia, convirtieron a la reclusa en otra mujer, ante el asombro y la desilusión de los policías, que cuchicheaban que la detenida había perdido todo el chiste y la gracia.
–De hecho, es más hombre que mujer.
–No hay duda, la ropa parece colgada de un palo de escoba. Es una mujer tan fea como un caballero elegante y con garbo.

Después de sustituir al caballo herido, hicieron el viaje al tribunal en el mismo carruaje. Álvaro Vasconcelos las esperaba, igual que la multitud que siguió al vehículo y los que ya habían conseguido los mejores lugares frente al tribunal. Su salida del coche generó un murmullo colectivo, que rápidamente se convirtió en un ruidoso griterío, que evidenciaba la desilusión general, a medida que veían que ambas vestían como mujeres.
Cuando observó a sus clientas y advirtió la reacción popular, el abogado quedó satisfecho. De buen humor, las acompañó por los pasillos de la casa de la justicia, hablando del buen tiempo que parecía estar a punto de cambiar, hasta que llegaron a la sala de espera. Al tratarse del primer interrogatorio judicial, este se haría a puertas cerradas, lo que generaba un ambiente más cómodo.
–Recuerden que este no es un juicio. Apenas es el primer interrogatorio respecto de los actos cometidos en Portugal y no en España. Por eso, remarquen siempre esa cuestión. El tribunal portugués no tiene nada que ver con el hecho de que se hayan casado o no en España. El resto, déjenmelo a mí.
La primera en ser indagada fue Marcela, solo sospechosa de complicidad. En la sala, además del juez de la causa, estaban todos los jueces del tribunal: los que no tenían indagatorias y aquellos que las habían postergado para poder asistir y conocer a las famosas mujeres casadas en España, que estaban en boca de todo el mundo.
–Señor juez, siempre creí, y creo, que Elisa es hermafrodita. Al menos, de corazón, le aseguro que lo es. Para mí, es tan hombre como cualquier otro que anda por ahí.
–¿Y fue por eso que se casó con ella?
–¿Por eso, señor juez? Sabe, no sé si eso es normal o si ya le pasó a su excelencia, pero hay errores de la Naturaleza, a los ojos de los hombres, que para nosotros son aciertos; momentos en que lo tardío se vuelve prematuro; en que el sueño tarda en llegar, por lo mucho que extrañamos a alguien; en que lo que es malo, feo y raro a los ojos de los demás, nos parece bueno, bello y adorable. ¿Eso es un delito?
El juez tosió y desvió la mirada hacia los colegas, que observaban impávidos, como en trance.
–¡Convengamos, señora mía, que casarse con una mujer, por más hermafrodita que sea, no está de acuerdo con la ley ni con la moral ni con las buenas costumbres!
–Comprendo que no lo esté. Pero lo que yo siento por Elisa es un afecto, un apego tan grande, que me llevó a sentir el impulso irrefrenable de casarme con ella, aceptando las consecuencias de esa decisión. Como le dije, para mí, ella es un hombre, es la persona que amo, y eso es lo que cuenta, aunque la vean como una mujer.
Los jueces se miraron. No habían contado con tan inusitada e intensa declaración de amor en pleno tribunal.
–Señora mía, incluso puedo aceptar que albergue tan nobles sentimientos hacia su amiga. ¿Pero tiene conciencia de que la ley no le permitía casarse con ella?
–No sé. Si la veo como la persona a quien debo entregarle el resto de mi vida, ¿por qué no habría de casarme con ella, si ella también lo desea y siente lo mismo por mí, igual que un varón? –respondió acariciándose el vientre, cuyo volumen ya se notaba.
–¿Está embarazada?
–Sí, así es.
–¿De ella?
–¿Por quién me toma, señor juez?
El magistrado tragó saliva y se quedó mirando a Marcela. En verdad, esas cuestiones le concernían al tribunal español, y no al portugués, y se dio cuenta de que ella sabía que ese tema no afectaba su condición en Portugal, porque allí solo podía ser acusada de complicidad en la falsificación de los documentos de residencia de Elisa. Y al respecto, respondió que no sabía nada.
Cuando Elisa entró en la sala, al verla vestida de mujer, el juez se reclinó en la silla. La principal acusación era la de falsificación de documentos, pero, como el doctor Álvaro le había aconsejado, no modificó la declaración acerca de cómo el permiso de residencia había llegado a sus manos. La tesis era inverosímil, pero peor sería cambiar de posición ante cada autoridad. Y el tribunal era el que debía probar lo contrario. Pero, sin embargo, el juez parecía estar más interesado en otros temas.
–¿Y por qué decidió casarse con su amiga?
–Marcela no es solo mi amiga. Es mi pareja en el destino que la vida nos trazó. No la cambiaría por ninguna otra persona, aunque fuese el príncipe de España o de cualquier otro reino.
–Pero, para vivir con ella, no era necesario que se casaran, señora mía.
–Marcela era víctima de una insistente persecución por parte de un vecino poderoso y mal intencionado. Y estaba embarazada. Así que esa fue la solución que encontramos para que se librara de ese vecino impertinente y de las malas lenguas del pueblo, y para que el bebé que va a nacer crezca normalmente en el seno de una familia.
–¿Usted es el padre del bebé que la señora Marcela lleva en su vientre?
–¿Por quién me toma, dignísimo juez? ¿Acaso eso le incumbe a este tribunal?
Una vez más, los jueces se miraron y, no viendo el titular más razones para proseguir el interrogatorio, le dio la palabra al abogado. Álvaro Vasconcelos puso en evidencia la falta de pruebas relevantes y elocuentes de los hechos de los cuales estaban acusadas, por lo que solicitó que aguardaran el juicio en libertad. Y agregó que, si hubiera fundamento para la prisión preventiva, se les permitiese pagar la fianza, garantizando así su libertad inmediata.
El juez tomó el oficio que le entregó el cabo Lebreiro, que el comisario Carvalho había hecho redactar, con órdenes expresas para que se le entregara en mano.
–Doctor, en verdad, el presente caso admite fianza y no veo razón para no concedérsela a las reas. Pero le pido que lea el oficio de la policía que acompañó la entrega de sus clientas al tribunal.
Álvaro Vasconcelos se sorprendió. Tomó el papel, lo leyó con atención, tragó saliva y no pudo evitar que el rubor le subiera al rostro y se le extendiera hasta las raíces del cabello, lo que en pocas ocasiones le sucedía. El comisario Carvalho le comunicaba al tribunal que había recibido un telegrama del juez de instrucción español, en el que le informaba que estaba en curso el proceso de extradición de las dos mujeres a través de las vías legales, pero que, en virtud del Tratado de Extradición entre Portugal y España, solicitaba que estas fueran detenidas y entregadas de inmediato en la frontera de Valencia y Tui, a las órdenes del capitán de la Guardia Civil de Vigo. Y que, no bien estas estuvieran en libertad, debería dar urgente cumplimiento a esta obligación resultante del Tratado.
El doctor Álvaro Vasconcelos reflexionó rápidamente y comprendió que, si solicitaba la libertad bajo fianza de las acusadas, entregaría a sus clientas a manos de la policía, y ese mismo día, o al siguiente, estarían en la frontera. Lo mejor era ganar algo de tiempo, aunque eso supusiera la prisión preventiva. Álvaro Vasconcelos jamás hubiese imaginado que le pediría al juez que ordenara la prisión preventiva de sus clientas. Pero fue lo que pasó, para asombro y pesar de Elisa, que no comprendía lo que estaba sucediendo.

Atento a la escasa gravedad de los delitos y no queriendo mantener en su jurisdicción un caso que repugnaba a la opinión pública, el juez dictaminó ocho días de prisión preventiva. Se lavaba las manos de aquel asunto y facilitaba la entrega a la justicia española. Ese era el tiempo del que Álvaro Vasconcelos disponía para desatar el nudo gordiano de un caso que tenía bajo control, pero que, en el último instante, se le había escapado entre los dedos. Debía pensar rápido y con sagacidad, pues sentía que tenía ante sí el examen más difícil de su carrera judicial.
Mientras las trasladaban a los calabozos de la cárcel da Relação, Marcela y Elisa lloraban desconsoladas. La noticia ya había alcanzado la calle. La población estaba atónita. De boca en boca corría la declaración de amor de las reas ante el juez, lo que les granjeó cierta admiración por su coraje. Nadie entendía por qué las habían detenido, cuando se rumoreaba que el dueño del Lisbonense estaba dispuesto a pagar la fianza. ¿Zé Nogueira las habría traicionado? ¿O tal vez el abogado? ¿Acaso había sospechas más graves que ellos desconocían?
Al verlas salir del tribunal, en un tormentoso mar de lágrimas, la numerosa multitud se mantuvo en absoluto silencio, respetando el sufrimiento de las dos desdichadas, que, a fin de cuentas, según la forma de ver de algunos, sobre todo de muchas mujeres, no habían cometido ningún delito que mereciera un castigo tan grave.
Aquella noche, Daniel Fragoso, después de informarse a través de Álvaro Vasconcelos, escribía en la crónica de los sucesos que el Jornal de Notícias publicaría al día siguiente:
Finalizado el plazo de ocho días, Elisa y Marcela serán entregadas nuevamente a las órdenes del comisario general de la Policía de Oporto, quien ordenará que las conduzcan a la frontera, para dar cumplimiento a lo requerido por las autoridades coruñesas.
18 
Oporto y Dumbría, 2009
Al final de la mañana, Raquel iba camino a Galicia, en el asiento de trasero de un elegante Mercedes.
Ese día, se había despertado temprano. En las primeras horas del día, había recorrido las estrechas calles de Oporto, apenas orientada por el mapa que había traído de Buenos Aires, después de haber hecho una búsqueda en internet. Las imágenes de la vieja cárcel estaban disponibles en varios sitios dedicados a la antigua fisonomía de la ciudad. Cuando llegó a la cima de la Rua Escura, constató que la fuente que había visto en fotos de la época ya no estaba en el lugar. Apenas quedaban escombros, un arco de piedra con viejos cascajos decapitados, de la vida que alguna vez había brotado de las entrañas de los pelícanos. Como si alguien hubiese querido arrancar de las paredes los recuerdos de tantos presidiarios que, como su bisabuela, habían subido por aquella vereda y para los que esa fuente había sido el último recuerdo de la vida fuera de las paredes del edificio que se transformaría en su nueva y nauseabunda morada.
Los muros que rodeaban la antigua fuente eran los mismos y el edificio blanco que había albergado la prisión también se hallaba en el mismo sitio. Dejando atrás su pasado, en ese momento se preparaba para transformarse en una residencia de estudiantes. Signo de los nuevos tiempos de la ciudad. Raquel lo observó con respeto. Se preguntó si ella sería capaz de vivir en un edificio que había albergado a tantas almas sufrientes, a tantos seres crueles, además de los dramas de quienes lo habían habitado y de aquellos que, destrozados, habían quedado en el exterior, fuesen las propias víctimas de los presos o los familiares. Gente que había ingresado allí a raíz de la justicia o la injusticia de los hombres. Y también personas cuyo delito había sido defender el amor que sentían, por menos ortodoxo que este pudiera parecer.
Raquel tenía dudas. Fuera quien fuese el padre de su abuela, su bisabuelo, lo que había leído era esclarecedor. Nadie se habría sometido a semejantes dificultades de no sentir un amor enorme. Transgresor, como el de Romeo y Julieta, de William Shakespeare, capaz de romper con todos los paradigmas del tiempo en el que les había tocado vivir, de arrastrar todas las cadenas y soportar todas las condenas físicas y sociales, sabiendo que la locura de su pasión incluso las podía llevar a la cárcel. ¿Cómo había terminado el sufrimiento de aquellas dos mujeres? Debía descubrirlo, y también dónde y cómo había comenzado todo.
Se acercó a la puerta cerrada por una tapia, se arrodilló, dejó un ramo de flores y rezó. Al final, se conmovió y lloró hasta quedarse sin lágrimas. Su abuela había vivido en ese sitio, en el vientre de su sufriente madre. Unas viejas, desde las ventanas de arriba, la miraban con curiosidad. Recordaban que, de chicas, solían ver a quienes visitaban a los antiguos presos y a sus familias cuando llegaban al edificio. Pero después de tantos años, jamás habían vuelto a ver algo semejante.
El teléfono celular de Raquel sonó. En la pantalla apareció el nombre de Márcio Franco.
–Raquel, estamos de suerte. El doctor Armindo puede ir hoy a Galicia y regresar mañana. Lo llamé y le dije que fuéramos ya mismo, porque pasado mañana parte al extranjero y vuelve recién en quince días.
–Perfecto, solo tengo que preparar una mochila con algunas cosas. En media hora nos vemos.
Subió hasta la catedral para tomar un taxi al hotel. A la izquierda, descubrió, con asombro, la fuente del pelícano, adonde habían trasladado la antigua de la Rua de São Sebastião. De repente, le vino a la memoria una leyenda medieval que había leído, sobre un pelícano que había dejado a sus pichones en el nido y se fue a buscar comida. Al regresar, descubrió que un predador los había devorado, y solo había dejado los huesos y las plumas. Desesperado, el pelícano lloró y se castigó picoteándose el pecho. La sangre que vertió, poco a poco, comenzó a reconstituir a sus hijos muertos y, como por milagro, estos habían revivido. Raquel recordaba que, por eso, el pelícano se había transformado en el símbolo del sacrificio y el amor, en especial del amor paterno.
–Dios mío, estoy segura de que no encontré esta fuente por casualidad. ¿Será que Marcela y Elisa también vieron este pelícano de piedra? ¿Habrán pensado en la misma simbología que yo? ¿Que estaban sacrificando la vida por su amor y por el amor paternal hacia Cleide?
Conmovida y perturbada por la idea, se fue a encontrar con Márcio.

Temprano a la mañana, había enviado un mensaje al joven abogado portugués, diciéndole que le gustaría visitar Dumbría y La Coruña, para sentir de cerca el espíritu de los lugares en los que habían vivido Marcela y Elisa. Él la llamó de inmediato, lo que la ayudó a recuperar el ánimo.
–¡Te levantaste temprano! ¡Tienes que descansar!
–No logré dormir, Márcio. Las noticias que leímos ayer me sacudieron. Como te dije, me gustaría ir a La Coruña. Pero no hace falta que vengas conmigo, solo necesito que me orientes.
–¡Vamos! ¡Estamos juntos en esto! No te olvides del tema del testamento.
–Ah… –dijo Raquel–. Ya ni me acordaba del testamento. Pero si querés venir, sos bienvenido. Siempre es bueno tener un abogado cerca para discutir la división de bienes y quedarse con la mejor parte –bromeó, animada de escuchar la voz de su amigo.
–Bueno, no te imaginaba de tan buen humor. Pero lo mejor es que no vayamos solos, porque si tu novio lo descubre, capaz que se enoja.
–¡Por favor, Márcio! Me puedo cuidar sola. Y estoy segura de que en La Coruña hay hoteles con varias habitaciones disponibles.
Él se rio estentóreamente.
–¡No lo dudo! Pero creo que debemos ir con el doctor Armindo. Él fue allá con mi abuelo, puede contarte más sobre la historia de Marcela y Elisa y presentarnos ante el notario.
–Para mí, estaría perfecto. ¿Pero podrá?

El doctor Armindo Sequeira era un médico clínico muy acreditado en Oporto. De origen noble y extranjero, era un hombre culto, que solía frecuentar las librerías de viejo. Con mucho sentido del humor, ya había logrado que Raquel se riese de varios de sus chistes. Pero sobre todo era un caballero seductor, por su manera de abrir la puerta del automóvil para que subiera, por su modo de sonreír, con una ligera inclinación hacia el lado izquierdo, y por su forma de hablar suave, que a veces conllevaba cierta divertida ironía. Raquel notó que, antes de subir al auto, el médico se sacó una elegante gorra, que dejó al descubierto una calva completa, que no le sentaba nada mal. Incluso parecía como si la acicalara de modo tal que ningún cabello interrumpiese la uniformidad cristalina de su cabeza. Aunque lo que más le impresionó fue su estatura, de más de un metro noventa, y la potente musculatura, que, a pesar de la edad, se esforzaba por mantener en forma en uno de los gimnasios de la ciudad. “Un hombrón”, pensó Raquel.

El viaje entre Oporto y Dumbría duraba alrededor de tres horas. Como salieron a las once de la mañana, tenían previsto llegar a las dos, las tres de la tarde en España, todavía una buena hora para almorzar, de acuerdo con los hábitos locales.
Cuando estaban a una media hora de llegar, sonó el teléfono celular de Raquel.
–¡Dios mío, es Marcelo! Me olvidé de él por completo –murmuró desconcertada–. Hola, amor. ¿Estás bien?
Los dos hombres, en silencio, miraban hacia adelante, aunque no podían dejar de percibir que la temperatura de la conversación iba en aumento.
–Perdoname, tuve cosas que hacer y estaba esperando que te despertaras. –Raquel escuchaba las palabras furibundas que llegaban desde la Argentina y trataba de responder como podía–. Sí, ya sé que ahí son las diez y media. ¿Dónde estoy? En España. No, no estoy sola. Sí, Márcio está conmigo. ¡Marcelo! ¡Marcelo…! Cortó.
Se apresuró a llamar de nuevo, pero esperó inútilmente que alguien atendiera del otro lado.
–¡Tiene un novio celoso, Raquel! –interrumpió el médico.
–¿Cómo sabe que era mi novio? –preguntó ella con arrogancia, todavía furiosa con la actitud de Marcelo.
–No es necesario contratar a un detective para descubrir los motivos de los celos –respondió, guiñándole un ojo a Márcio–, pero podría haberle dicho que el anfitrión de este viaje soy yo. Que también viajaba conmigo. Iba a ver como él, si no se enojaba consigo mismo, por lo menos se hubiera quedado más tranquilo –concluyó con una gran sonrisa.
–Gracias, doctor Armindo, y discúlpeme el tono. Pero ni me dio tiempo para explicarle nada. Me cortó y no me atendió más. En fin…
–Vamos, déjeme llamarlo, así lo tranquilizo.
Ella dudó. Su novio tenía que aprender a confiar en ella de una vez por todas. Era inadmisible ese permanente estado de sospecha, algo que la perturbaba cada vez más. Aunque una sombra de remordimiento la empezó a mortificar con fuerza. Después de un rato, terminó cediendo. “Después de todo, está lejos, imaginando cosas. Quizás la voz de un hombre mayor y sabio lo calme”, pensó.
–Vamos, dícteme el número. Lo llamo desde mi teléfono celular para que si le queda alguna duda, pueda cerciorarse de que el titular soy yo, Armindo Sequeira. ¡Márcio, marca el número mientras conduzco, por favor!
El joven digitó todos los números, le mostró la pantalla a Raquel, que los confirmó, y apretó “Llamar”. Del otro lado una voz mecánica le informó que se había comunicado al teléfono de Marcelo y que, si deseaba, dejara un mensaje de voz. Había apagado el teléfono celular.
Al advertir por el espejo retrovisor que Raquel se había quedado muy afectada por la llamada, el doctor Armindo contó unos chistes como para aliviar la tensión. Como la estrategia no surtió efecto, empezó a hablar sobre el viaje que había hecho una vez con Gilberto Silva, el abuelo de Márcio, y de lo que este le había contado entonces.
–Marcela y Elisa eran maestras en estas tierras rurales y se enamoraron perdidamente la una de la otra. Por motivos desconocidos, Marcela quedó embarazada. Hartas de vivir escondidas, y con un hijo en camino, elaboraron un estrafalario plan. Elisa se transformaría en hombre, conseguiría una nueva identidad y se casarían por Iglesia, delante de todo el mundo.
–Al parecer, lo lograron. Nadie se dio cuenta. Deben de haber hecho todo muy bien.
Raquel miraba por la ventanilla e imaginaba lo chocante que debía de haber sido todo aquello en ese recóndito lugar, y en aquellos tiempos. Cuanto más sabía y pensaba en el tema, más admiración sentía por esas dos mujeres que habían luchado por su amor contra todo y contra todos.
–Sí, pero las atraparon. Según parece, el padre del bebé no estaba de acuerdo. Quería al hijo y a la madre para él. Y tenía otro objetivo: eliminar a Elisa.
–¿Y lo consiguió? –preguntó Márcio.
–Eso no lo sé. Lo que tu abuelo me contó fue que huyeron a Oporto y que allí también las persiguieron. Y fue en Oporto que el hombre hizo el testamento, su último argumento para convencer a Marcela de que se casara con él, cuando Elisa desapareció.
–¿Y por qué nunca revocó el testamento?
–No tengo idea. Se dice que murió loco, después de cumplir un oscuro objetivo que nadie sabe cuál fue. Un día, apareció muerto en su casa. En los mentideros se habló también de suicidio. Pero no tengo idea ni profundicé en la historia.
Raquel escuchaba con suma atención y solo interrumpía cuando quería aclarar algún que otro punto. El tema que hábilmente el médico sacó había apartado a Marcelo de su pensamiento. Le apasionaba el drama de su bisabuela y de la persona de quien se había enamorado. Y, a medida que iba conociendo la dimensión de la historia, sentía una ansiedad irrefrenable por descubrir todos los pormenores de la saga de esas dos mujeres a las que, en definitiva, su vida estaba íntimamente ligada. La sangre de Marcela y de un desconocido de esas tierras corría por sus venas. Ahora entendía la razón por la que Cleide se había sentido incompleta toda la vida, buscando algo que desconocía y que le permitiese saber quién era su padre. Y Raquel haría su máximo esfuerzo para llevar a la Recoleta todo lo que pudiese averiguar, para que su abuela pudiera por fin descansar en paz.
–¿Y qué dijo el notario de La Coruña cuando mi abuelo lo fue a ver?
–Dijo que le dejara una copia, que iba a estudiar el asunto. Pero, como sabes, tu abuelo murió poco tiempo después. –El médico hizo entonces un gesto afectado, antes de concluir–: ¡Que en paz descanse!
El viaje prosiguió en silencio, hasta que llegaron al cartel de bienvenida a Dumbría. El lugar seguía siendo una aldea rural, de escaso interés.
–Vamos a buscar algún sitio para comer. Mi barriga está rugiendo.
La oferta culinaria no era abundante, aunque se rieron al descubrir, en una calle frente al Ayuntamiento –un pequeño edificio blanquecino de tres pisos, cuadrado y sencillo–, el mesón O Argentino.
–Prometedor, el nombre –comentó Raquel, viendo que los dos sonreían–. La Argentina me persigue también acá.
Se trataba de un restaurante, supermercado y pensión sin pretensiones, en una casa color rosa de dos pisos. Estacionaron adelante, entraron y se sentaron a una de las catorce mesas de madera con tapa de vidrio, junto al hogar del salón, que calentaba las frías noches de invierno de la región conocida como Costa da Morte.
Arriba, colgados en un travesaño de madera, se veían algunas patas de jamón curado, de varios tipos.
La dueña del restaurante era una mujer sin edad, llena de base en el rostro y de color en el cabello, que servía tablas de jamón y queso, mientras tomaba cerveza Estrella Galicia, que tiraba de la máquina a presión.
–Buenas tardes, amigos. ¿En qué los puedo ayudar?
Era la pregunta habitual, con la que siempre recibía a los clientes, a los nuevos o los de toda la vida, esa que llevaba al frente del establecimiento desde que había llegado de la Argentina, siendo una niña, con los padres emigrantes que retornaban a su tierra después de haber ahorrado lo suficiente como para abrir el negocio. Y entonces, dibujaba una sonrisa, no se sabía si genuina o fruto del hábito. Los tres hicieron sus pedidos. Cuando la dueña vio que había dos portugueses, comenzó a hablar en gallego –lengua que insistía en usar– sobre cuánto le gustaba Portugal, ir a Valencia y a Caminha, a comer bacalao y, desde luego, a Oporto. Y unas cañas de cerveza después, ya afirmaba con convicción que Galicia y Portugal deberían ser un solo país, tal como siempre les había oído decir a su padre y a su abuelo.
–Porque los portugueses y los gallegos son verdaderos hermanos: por naturaleza, por historia, por sus costumbres ancestrales, por la lengua… en fin, por todo. Nada que ver con los castellanos ni con Madrid. ¡Maldito Franco, que no dejó que nuestra cultura y nuestra lengua se desarrollaran! –remató, provocando sonrisas en los visitantes y comentarios de simpatía en las mesas vecinas. Allí todos conocían las ideas de Uxía de Santabaia, mujer de convicciones fuertes.
–¡Siéntese aquí un momento! –la invitó Raquel, con una idea en mente.
La mujer arrimó una silla y se sentó, con sus enormes ojos que parecían iluminar al grupo.
–¿Cuánto tiempo hace que vive aquí?
–Desde pequeña, y ya tengo setenta y siete. Viví unos años en Santiago, pero mi marido murió pronto y volví para acá, para ayudar en el negocio de mis padres.
–¿Oyó hablar de dos maestras que hace tiempo vivieron aquí, se casaron y huyeron? –le preguntó Raquel, en un susurro.
Uxía miró alrededor para constatar que nadie la escuchaba. Su rostro se volvió más ansioso y los ojos miraron hacia la izquierda, a un punto imaginario en algún lugar del techo, como si rebuscara en el arcón de la memoria.
Uno de los clientes pidió una caña y Uxía se levantó, mientras respondía entre dientes:
–No, nunca escuché hablar de ellas.
Raquel se quedó observando cómo la mujer accionaba la manija de la máquina a presión, haciendo fluir la burbujeante cerveza gallega en un vaso panzudo.
Toda su vida la joven se había dedicado a estudiar las emociones y los sentimientos que se revelaban a través del lenguaje corporal. Recordaba algunos libros que había leído sobre el tema y podía jurar que el rostro contrito, la respiración agitada y las fugaces miradas que echaba hacia su mesa escondían algo que no quería revelar.
–¿Piensan que dijo la verdad?
Los dos hombres conversaban sobre la calidad de los langostinos y de las vieiras que comían de aperitivo.
–No sabe nada. Y es lógico, con setenta y siete años, nació treinta años después de los hechos –respondió el doctor Armindo–. Es natural.
–Sí, aunque un caso como este debe de haber dejado una profunda huella en la memoria colectiva de esta aldea.
–A veces, el pueblo se esfuerza en olvidar sus recuerdos.
Después del almuerzo y de pagar la cuenta, se despidieron de Uxía, que se quedó mirando en la puerta hasta que el automóvil dobló a la derecha y desapareció en el cruce.
Adelante, a la izquierda, se levantaba la esbelta iglesia, con un atrio pavimentado al frente. Una rampa permitía el acceso de los autos, por lo que Armindo subió y estacionó frente al café Ó Tuto, instalado en un edificio que desentonaba en el conjunto arquitectónico antiguo que envolvía a la iglesia. Bajaron del auto para observar el pequeño templo y el paisaje de los alrededores, que no había sufrido demasiados cambios en los últimos cien años.
En ese momento, Raquel sintió una conmoción tal que tuvo que sentarse en el muro de piedra que bordeaba el atrio, del lado opuesto al que habían estacionado. Al verla con los ojos llenos de lágrimas, a punto de caer, Márcio se sentó a su lado y le pasó el brazo por el hombro. La muchacha recostó la cabeza en su cuello, cerró los ojos y sintió que un vendaval de emociones se abatía en su mente. Imaginaba a su bisabuela, en ese lugar, primero feliz, y después infeliz y afligida, con todo el pueblo acusándola y persiguiéndola, como en la Edad Media.
Mientras tanto, el doctor Armindo oyó un sonido en su teléfono celular. Miró la pantalla y vio un mensaje que le informaba que el número de la Argentina al que había llamado estaba disponible. Observó a la pareja sentada y sonrió. Les sacó una fotografía, con la iglesia de fondo. Márcio también sonrió, al ver el aparato que los enfocaba y escuchar el sutil clic que hizo al registrar aquel instante.
Raquel continuaba en trance, en un viaje retrospectivo al pasado familiar, a través de sus genes. Con los ojos cerrados, vio aparecer la imagen de una pareja caminando por el atrio, con el pueblo de la aldea rodeándola, riéndose de ellos, gritándoles afrentas vernáculas y descaradas, y un sacerdote conjurándolos, con los brazos abiertos. A la pareja no le importaba, saludaba y sonreía con serenidad, mientras caminaba, determinada, hacia la puerta de la iglesia, como dos novios hacia el altar. Iban felices, a pesar del coro de tragedia griega que los acompañaba, como si los condujera hacia el abismo del infierno.
A través de las puertas de su imaginación, vio a la pareja en el umbral de la iglesia, irradiando felicidad, y al sacerdote junto a unas siniestras siluetas vestidas de negro, agitando los brazos, tratando de impedir que entraran y consumaran el acto. Pero los novios, siempre con una sonrisa enamorada en los labios, atravesaban los cuerpos de sus enemigos, igual que la puerta de la iglesia, cual si fuesen etéreos, dejando a todos atónitos y atemorizados.
Afuera, el pueblo y el sacerdote trataban de entrar al templo, pero no lo lograban. Era como si el edificio estuviese envuelto en una burbuja impenetrable, que los enfurecía cuando golpeaban contra aquella muralla invisible. Algunos incluso huían asustados.
Indiferente a lo que sucedía en el exterior, la pareja se dirigió al altar, miró hacia una santa de mármol que sujetaba una palma, y se arrodilló. Ella lo miró a los ojos y dijo: “Te amo, mi amor”.
Márcio se estremeció cuando Raquel pronunció aquellas mismas palabras y, a continuación, lo besó con la pasión de los enamorados. Él se dejó estar, asombrado y extasiado al mismo tiempo, sin saber si corresponderle, pues le parecía que algo extraño estaba sucediendo. Cerró los ojos y probó la textura carnosa de sus labios y su lengua aterciopelada. Su cuerpo se estremeció y sintió un vertiginoso deseo de ceñir su cabeza y corresponderle con ansias. Entonces, miró al doctor Armindo, que sostenía el teléfono celular en la mano, con la cámara enfocada hacia ellos, y volvió en sí, y sacudió a su amiga.
–¡Raquel…! –balbuceó, con los labios borroneados de lápiz labial rojo.
Perpleja, regresó de su viaje interior. Miró alrededor, confusa. No había nadie. Solo Márcio, con los labios manchados, y el doctor Armindo, con una sonrisa divertida, después de haber capturado aquel beso con el objetivo de su teléfono celular.
–Disculpame, Márcio. No sé qué me pasó. Sentí como si una fuerza extraña se hubiera apoderado de mí y me hubiese hecho imaginar cosas.
–¿Qué pasaba por tu mente?
Raquel le contó el trance, emocionada. Al final, Márcio la envolvió en un abrazo y la besó en la frente.
–Estás disculpada. Ellos, o ellas, deben de estar felices de que los hayas traído de nuevo a este lugar.
–Fue tan intenso… No sé cómo explicarlo –replicó la joven, mientras, avergonzada, le limpiaba los labios con un pañuelo húmedo–. Disculpame.
–¿Qué tal si entramos a la iglesia? –sugirió el médico, en tanto Márcio se limpiaba el rostro.
El pequeño convento de estilo barroco, rodeado por un reciente cementerio con nichos, se ubicaba a la derecha de una vetusta casa de piedra, probablemente la antigua casa parroquial. Era un templo angosto, construido hacía más de tres siglos, con una nave de planta basilical y una amplia capilla mayor, cubierta por una bóveda de granito. En el interior se veían dos pequeñas capillas y un coro de madera a los pies de la nave. Una gran hornacina acogía la imagen de santa Baia, que sostenía una palma.
Al ver el interior del templo y la imagen de la santa, Raquel se estremeció y se sentó en un banco, con las piernas temblándole y el corazón latiéndole fuerte. Se correspondía exactamente con lo que, momentos antes, había visto a través de las puertas de su inconsciente.
–¿Sabían que santa Baia es la patrona de la libertad de expresión y de pensamiento? Por eso me llamo Uxía de Santabaia.
Los tres se dieron vuelta, sorprendidos de ver a la dueña del restaurante en la entrada de la iglesia. Ella caminó hacia ellos y se sentó al lado de Raquel, enfocando la mirada en la estatua de la santa.
–Esta mujer fue martirizada en Mérida, muchos siglos atrás, por luchar por sus ideales, por lo que creía. Hoy, es la patrona más famosa de toda Galicia.
–¡Uxía, qué bueno volver a verla! –la saludó Raquel, ya recompuesta–. ¿Acostumbra venir a la iglesia?
–¡Por supuesto! Es mi iglesia –respondió, mirando a la muchacha–. Discúlpenme, antes no fui demasiado cortés.
–No es nada.
–Los más viejos conocen todos la historia de las dos maestras. En aquella época, fue un hecho notable para la comunidad. Mi madre me contó que había sido alumna de ellas y que, después de lo que pasó, ella en persona vio lágrimas en los ojos de la imagen de la santa.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Raquel, entusiasmada.
–El pueblo decía que la santa sufría por el mal que las maestras le habían hecho a esta tierra. Pero mi madre sostenía que era precisamente al revés.
–¿Al revés?
–Sí, que ella había llorado por el mal que esta tierra les había hecho a las dos mujeres.
Todos se quedaron en silencio, mirando a Uxía, asombrados ante sus revelaciones.
–Había un hombre muy poderoso que, con ayuda del sacerdote, del médico y de algunos otros cómplices, le lavó el cerebro al pueblo. Instigaron a la población a que hiciera una cencerrada contra las dos maestras, hasta echarlas de aquí. Consta que una estaba embarazada.
–¿Qué es una cencerrada?
Uxía explicó los hechos que había escuchado contar junto al fogón cuando era chica, y de los que le habían prohibido hablar
en público. Como a todos. El señor de la tierra no les perdonaría que alguien osara tocar el tema. Y el cura, en el altar y en el confesionario, había logrado arrancarles a todos el juramento de que aquel era un tema tabú del que nunca más se debía hablar, para no atraer calamidades al pueblo y a las cosechas, como presagiaban las lágrimas de la santa.
–Y al final, ¿quién era el padre del bebé que ella llevaba en su vientre?
–Don Antonio de Traba juraba que era él y que traería a la hija y a la madre a su lado. Y que mataría a la otra mujer, a la que se vestía de hombre.
–¿Y lo logró?
–Las malas lenguas dicen que se vengó y que, después, murió loco.
–¿Y por qué no nos contó esto en el restaurante?
Uxía bajó la vista.
–Es complicado… No sé. Parece como si la maldición de las dos mujeres hubiese regresado a esta tierra. Hace años, anduvo por ahí un hombre haciendo preguntas sobre las dos maestras. Dijo que estaba escribiendo un libro acerca de ellas.
–Y…
–Hace mucho, también apareció un periodista portugués, ya entrado en años, haciendo preguntas. Hasta me dejó una tarjeta para que lo llamara, si quería contarle algo más que recordara o de lo que me enterase a través de los más ancianos.
–¿Y llegó a llamarlo?
–Sí. Hablé con él. Quedó en venir acá de nuevo. Pero nunca más apareció. Traté de llamarlo, pero siempre tenía el teléfono celular apagado. Hace un tiempo, le mostré la tarjeta a un portugués, que me dijo que había muerto de repente.
–¡Es verdad! –intervino súbitamente el doctor Armindo–. El viejo Gilberto murió sin despedirse de nadie.
–¿Cómo sabe que se llamaba Gilberto? ¿Lo conocía?
El doctor Armindo se ruborizó ante lo impetuoso de la pregunta, pero enseguida se compuso.
–¡Por supuesto que sí! Era uno de mis mejores amigos y abuelo de Márcio –concluyó, señalando al muchacho, que, atónito, escuchaba el relato con suma atención.
–¡Mi sentido pésame, joven! Me pareció un alma noble tu abuelo. ¡Que Dios lo proteja!
–Gracias, Uxía. Sin duda, tenía un alma noble.
–Bueno, entonces, déjenme contarles otra cosa: después de eso, empecé a ver por estos lados a los descendientes de don Antonio de Traba haciendo preguntas. Y se dice que también se han visto abogados importantes de La Coruña visitando su viejo pazo, adonde todavía va algunos fines de semana don Juan de Traba, el presidente de la empresa dueña del imperio que dejó don Antonio. Deben de andar buscando los viejos documentos.
–Mmmh… –soltó el doctor Armindo–. Algo les preocupa.
–Es cierto. Tiene sentido –corroboró Márcio.
–¿Qué es lo que tiene sentido? –preguntó Uxía.
–Nada, nada –respondió el doctor Armindo–. Deben de estar preocupados porque después de tantos años alguien ande haciendo preguntas.
–Es lógico. Son personas muy ricas y famosas, que siempre quisieron mantener oculto ese triste episodio de su historia.
En ese momento sonó el teléfono celular del doctor Armindo provocando un eco en las paredes del templo. Pidió disculpas y se fue afuera a atender.
Uxía se dirigió a Raquel, tratando de saciar la curiosidad que se le había despertado desde que habían almorzado en su restaurante.
–¿Y tú quién eres?
Raquel se quedó mirándola en silencio, todavía emocionada por todo lo que estaba viviendo.
–Yo soy de la familia.
–¿De la familia de quién?
Raquel miró la imagen de santa Baia y le pareció percibir que los ojos de piedra brillaban, como si estuvieran a punto de llorar; entonces se dio cuenta de que de los suyos caían lágrimas
Mientras tanto, el doctor volvía, guardando el pequeño aparato en el bolsillo y anunciando que era hora de irse, así no se retrasaban más de lo previsto.
–¿Dónde vivían, Uxía? –le preguntó Raquel, ya en el atrio.
La mujer les señaló una casa recientemente restaurada, del otro lado del atrio y de la carretera.
–Ahí vivían ellas y, a la derecha, esa casa de piedra era la escuela primaria.
Raquel recogió dos rosas del jardín lateral del atrio, caminó hasta la entrada de la casa y las colocó al lado de la puerta, mientras rezaba por el alma de las maestras.
Uxía observaba todo en silencio, suspirando, mientras la veía regresar. Intuía la respuesta que Raquel no había llegado a darle en la iglesia, y trató de llamarla aparte. Pero ya no hizo a tiempo. Todos subieron al Mercedes del doctor Armindo, que esperaba con el motor encendido. Se despidieron de ella con afecto.
–Cuando pases por aquí, ven a visitarme, querida. Será un gusto volver a hablar contigo –dijo, abrazando a la joven, que no paraba de llorar.
Ya en la carretera, Márcio dijo:
–¿Y si fuéramos a visitar a los Traba?
–¿Estás loco, Márcio? Si saben que la heredera anda por aquí, hasta podemos tener problemas… Y deben de estar tras la pista del testamento.
–Quizás tenga razón. Pero cada vez tengo más sospechas de que a mi abuelo lo asesinaron por esta historia.
–No lo creo, Márcio. Tal vez pudo haber sido la causa indirecta de su muerte. Andaba muy excitado con todo esto. Ni yo sabía que había venido solo a Dumbría –replicó el médico.
–Si descubro alguna pista, voy a hablar con la Policía Judicial.
–Haces muy bien, hijo mío. Tu abuelo estaría feliz –concluyó el conductor.

A medida que el coche desaparecía de la vista en dirección a La Coruña, donde los tres viajeros pasarían la noche y visitarían los lugares de la historia de Elisa y Marcela, Uxía de Santabaia se preguntaba, con remordimiento, si debería o no haber contado todo lo que sabía sobre aquella historia. Y sobre algunos hechos recientes que le quitaban el sueño.
De todos modos, Raquel había intuido que algo más le remordía la conciencia a aquella mujer, y cuando estuvieron solos en La Coruña, le comentó a Márcio su impresión.
19 
Buenos Aires, 1918
Aquel sábado por la noche, la pareja y la amiga decidieron festejar el aniversario del día en que Cleide y Alfonso se habían conocido. La temperatura era agradable y apenas soplaba una ligera brisa del sudoeste. Primero, pararon en la elegante confiterías Las Violetas, en el barrio de Almagro. El fino servicio de mesa, los mozos elegantemente ataviados, la sofisticada decoración de mármoles italianos, vitrales franceses y candelabros dorados transportaban a los clientes a Europa. Mientras Alfonso tomaba una soda La Argentina, las amigas se deleitaban con dos copas de champán francés.
De allí fueron al Tortoni, pero el popular café, ejemplo acabado del art nouveau porteño, se encontraba lleno hasta el tope. Tocaba su famosa orquesta típica y corría el rumor de que se presentaría el mismísimo Gardel.
–Hoy nadie va a estar cómodo aquí –se lamentó Alfonso Luz.
–Chicos, nunca más volvimos a los salones de La Boca. ¿No piensan que podríamos ir? –preguntó Sophie, con inusual entusiasmo.
–No me parece una buena idea. La Boca siempre es un lugar peligroso, que suelen frecuentar los rufianes y la gente de baja estofa.
–¡Vamos, por favor! Hoy es un día perfecto para ir. La temperatura es ideal.
–A mí también me gustaría –la apoyó Cleide, entusiasmada con la idea y también algo desinhibida por la bebida.
En verdad, ambas ya habían hablado del tema. Sabían que La Boca seguía teniendo mala fama, pero era allí, en ese barrio, entre prostitutas, compadritos y malevos, donde se respiraba la auténtica esencia del tango, esa danza nacida en la marginalidad de los prostíbulos y las casas de mala reputación.
A disgusto, Alfonso Luz condujo hasta La Boca, donde sobresalían los conventillos multicolores de inmigrantes de baja condición social, estibadores, marineros, desocupados y un sinnúmero de prostíbulos de mujeres judías polacas, controlados por la Zwi Migdal.
De vez en cuando, los cruzaban algunos faros, mientras otros iban oscilando atrás, en la misma dirección. Con todos los sentidos alertas, Alfonso no dejaba de observar dos luces amarillas, que, a corta distancia, se mantenían en su misma ruta.
“Solo de venir acá, ya veo fantasmas”, pensó, creyendo que estaba sugestionado y veía peligros inexistentes. De cualquier forma, se tocó la cintura y acarició con los dedos la dura culata del revólver, que, por las dudas, siempre lo acompañaba en sus salidas nocturnas.
Pasaron por Barracas y, al llegar al sector sur de La Boca, el muchacho miró alrededor. Varios automóviles estaban estacionados debajo de los faroles. En el interior de la casa, una luz opaca titilaba. Ya no divisaba los faros que lo venían siguiendo en el viaje. Respiró hondo, puso su mejor sonrisa y les ofreció sus brazos a las dos damas.
–¿Quieren fiesta? ¡Vamos a la fiesta!
Ellas se rieron, por efecto de la adrenalina mezclada con el champán. Era la primera vez que iban a entrar a uno de aquellos apetecidos sitios de mala fama.
Cuando entró, Cleide no pudo dejar de sentir una suerte de déjà vu. La Luna no tenía la elegancia de El Tabarín, pero parecía una réplica, aunque más decadente. Los espejos estaban sucios y saltados; los sofás, manchados y uno de ellos hasta roto.
Las mujeres eran todas profesionales, aunque, a primera vista, no se advertía si se ganaban la vida solo en el salón de baile o también en algún cuarto de los alrededores, o hasta en el asiento de atrás de algún automóvil. Sus vestidos estaban gastados, igual que los trajes de los hombres que componían la clientela. En eso se diferenciaban de la élite que frecuentaba El Tabarín, pero no en el garbo con que se enroscaban los bigotes, se alisaban el cabello y miraban fijo, libidinosamente y con un impostado aire casual a las dos mujeres que acababan de entrar, con el desprecio habitual hacia el hombre que las acompañaba.
Alfonso bailaba alternadamente con ambas y, de vez en cuando, las amigas lo hacían con otros clientes de la casa. Era el código de la milonga. La mujer que iba al baile no podía, injustificadamente, rehusar el cabeceo de un hombre que le invitaba una pieza, donde, además, todos los bailarines eran por igual buenos y experimentados. La costumbre determinaba que, si decidían bailar, el hombre y la mujer iban uno al encuentro del otro, y luego él conducía a la mujer hacia la pista. Y una vez en el plató, la danza comenzaba cuando concluía la primera frase musical.
Todavía con el recuerdo de sus cuerpos fundidos, y contagiados por el ambiente mundano de La Luna, Alfonso y Cleide comenzaron el abrazo. El brazo derecho de él envolvió la espalda de ella, el brazo izquierdo de Cleide se enroscó en el cuello de Alfonso y las manos libres se juntaron. Dibujaron un elegante balanceo y, cada vez más inspirado por el ambiente, Alfonso extendió los brazos y alejó a Cleide a una distancia mayor, proponiéndole sutilmente un giro. Ella entendió la señal e inició un conjunto de movimientos circulares sobre la pierna derecha, arrastrando el otro pie, al ver que Alfonso se movía a su alrededor. Hasta que llegó el bastonero, el encargado de cobrar, pasando el platito entre los presentes y anunciando el cambio de tema.
La pareja llamaba la atención de los presentes, que al reconocer a la Incógnita se empezaron a pasar el dato. Alfonso hacía una calesita, circulando de manera sensual alrededor de Cleide, que mantenía su propio eje. Cada vez más seducidos, hechizados y estimulados por el deseo que la danza sutilmente les despertaba, entrelazaron las piernas formando un enganche perfecto. Al hacer un corte, Alfonso miró a la pareja de al lado y casi le dio un ataque: Pablo Rivadavia bailaba con Sophie.
En ese momento, cara a cara con él, Pablo levantó apenas el sombrero e hizo un breve gesto con la cabeza, sin dejar de perforarle los ojos con una sonrisa indescifrable.
Cuando se dio vuelta, intercambió una breve mirada con Sophie, pues el bailarín rápidamente la quitó de su vista. La pieza parecía no terminar nunca, mientras Alfonso pensaba en aquel insólito encuentro. Le pareció que Sophie estaba atemorizada y divertida a la vez. Quizás incluso desafiante.
“El riesgo seduce a las mujeres; tal vez sea solo la bebida”, se dijo, mientras pensaba lo que iba hacer no bien terminara el tema. Lo más sensato sería esperar uno o dos minutos y salir con la mayor naturalidad y discreción posibles.
Cuando giraron y golpearon los pies en el piso para el último paso, los sacos de ambos rivales se levantaron y los ojos clínicos y entrenados se percataron de que ambos iban armados, y llevaban, cada uno, el revólver en el mismo lugar.
–Mi amor, vamos. ¡Creo que ya basta por hoy!
–¿Ya? –se quejó Cleide, mientras Sophie se sentaba a su lado, agitada y con los ojos saltones.
–¿Qué pasa?
–¿No viste?
–Yo le explico. Está Pablo Rivadavia y acaba de bailar con Sophie.
–¡Dios mío! ¡¿Pablo Rivadavia?! –preguntó Cleide de golpe, poniéndose la mano en la boca, tratando de reprimir las ganas de mirar todo el salón alrededor. No paró hasta verlos en pleno baile. Se quedó helada y volvió a mirar a Alfonso. De repente, sintió que alguien le tocaba suavemente el hombro. Soltó un grito sordo.
–¿Se asustó? No es para tanto, mademoiselle.
–Pablo, ¿qué hace aquí? ¿Los problemas en el conventillo no fueron suficientes? –preguntó Alfonso con aparente tranquilidad, mientras el otro se acariciaba la barbilla bajo una hermética sonrisa.
Manteniendo los ojos fijos en los de Pablo, a través de su visión periférica, Alfonso se dio cuenta de que el bailarín que había aparecido de la nada deslizaba su mano hacia la cadera, asegurándose de que tenía el arma en su lugar. En la noche porteña ya había pasado el tiempo de los cuchillos. Los revólveres se habían vuelto más prácticos a la hora de decidir un duelo o una venganza tanguera.
–¡Sí, vine a bailar! –y estirando la mano hacia Cleide, prosiguió–: Mademoiselle, ¿me concede este tango?
La pregunta quedó suspendida en el aire, ahora sí, como un cuchillo afilado. Cleide miraba a Alfonso con los ojos abiertos, como preguntándole qué debía hacer. En el fulgor del momento, el novio no sabía si aquel era un pedido de salvación o de autorización para bailar. Tragó saliva, levantó el mentón y murmuró: “Viniste a bailar”. Una decisión que, pensó Alfonso, era la más prudente para evitar una pelea innecesaria y peligrosa.
Ella extendió el brazo y Pablo le ofreció el suyo, levantándola del asiento sin perder la postura. Después de que llegaron a la pista, el bailarín hizo un gesto con el rabillo del ojo en dirección a Alfonso, que a este, en la luz tenue del bar, le pareció entre intimidatorio y de triunfo.
Cleide le había dado el brazo sin mirarlo a la cara. El corazón se le salía del pecho, pero, poco a poco, iba perdiendo el control. Los dedos del pianista corrían con rapidez por las teclas y Pablo la llevaba al ritmo de la música.
La mente de Cleide bullía entre la rabia y la sensación de peligro. Se entregó a la danza con todo lo que tenía, como si en los pasos firmes y ritmados, incluso cuando se sometía a su pareja, se estuviera vengando de él por las heridas del pasado.
Pablo se exhibía, pues era un excelente bailarín, conocedor de la psicología de cada mujer que llevaba en la pista de baile. De inmediato, percibió el desafío de Cleide en la furia de cada mordida, en el movimiento brusco con el que le encerraba los pies.
Ninguno de los dos lo decía, pero aquel parecía el auténtico tango de sus vidas, vivido por ese monstruo de dos cabezas, cuatro patas y dos corazones rebeldes y desacompasados. Él, vengándose de la derrota anterior, celebrando su masculinidad y su destreza. Ella, vengando al hombre que a partir de aquel día supo que amaba
perdidamente, dándole a Pablo una lección de baile como jamás había recibido de ninguna otra mujer.
Al final, agitados, inclinaron recíprocamente la cabeza, siempre sin mirarse. Él, caballero, le ofreció su brazo y la acompañó hasta la mesa donde estaban Sophie y Alfonso, que, atónito, luchaba por mantener el control, al mismo tiempo que Sophie sonreía como si hubiera presenciado algo muy divertido.
Mientras Cleide se sentaba, Pablo se inclinó hacia el oído de Alfonso y le susurró: “¡Tengo unas cuentas que arreglar con vos!”. Acto seguido, se fue hacia otro rincón del bar.
–Quizás sea hora de irnos… –dijo Cleide, todavía desconcertada por lo sucedido–. ¿Qué te dijo?
–Nada importante. No te preocupes.
Pero Alfonso se encontraba en verdad preocupado. Su atención estaba dividida entre Pablo y otro tipo, que durante el baile de Cleide había entrado en La Luna. Era Lorenzo González, un compañero de prisión. Intercambiaron miradas aparentemente casuales, como aparente parecía ser todo en la noche tanguera. Cleide lo vio y enseguida reconoció en él al recluso que había recibido al español bien vestido en la penitenciaría. Nunca olvidaría la cicatriz que le sellaba la ceja izquierda, como si le hubiesen cortado un cuerno y allí le hubiera quedado la marca.
Alfonso Luz lo vio acercarse. Se saludaron con breves movimientos de cabeza; ninguno de los dos deseaba que lo reconocieran por su reciente pasado común. Al verlo moverse en la penumbra del bar, Alfonso recordó la extraña historia que aquel hombre le había contado en el calabozo respecto de por qué estaba en prisión. Había matado a alguien por encargo, un asesinato que, años antes, había dado que hablar en ambas márgenes del Río de la
Plata. Era un hombre frío, sin remordimientos y decidido a vivir como un rico cuando lo liberaran. Esperaba ese momento con paciencia y con una extraña certidumbre respecto de su futuro.
Vio que de nuevo se acercaba, con la típica sonrisa maleva de los bailarines de los conventillos de La Boca. La experimentada visión de Alfonso detectó con rapidez dos bultos en la cintura: un revólver de un lado y un cuchillo del otro.
–¿Mademoiselle, acepta bailar?
Esta vez, Alfonso, atónito, no pudo evitar torcer los labios. Al darse cuenta de que el peligro iba en aumento, rodeado de tantos rufianes conocidos, les había indicado a las dos amigas que se levantaran con la mayor naturalidad posible y fueran hacia la salida. ¿Pero cómo podía hacerle semejante desprecio a aquel frío rufián armado hasta los dientes?
Ella miró de nuevo a Alfonso, que logró articular:
–Mademoiselle se siente mal, Lorenzo. Tal vez en otra ocasión.
–¿No le vas a negar a un viejo compañero una pieza con la mujer más codiciada de Buenos Aires, verdad? –le preguntó, acercándose al rostro de Alfonso y acariciándose ostensiblemente el costado izquierdo de la cadera.
Alfonso le sintió un intenso aliento a alcohol.
–No es eso, amigo. Mademoiselle terminó el baile, por hoy. Está cansada e indispuesta. Un caballero debe ser respetuoso.
De pronto, Alfonso recordó la conversación que había tenido con él en la prisión y se quedó helado. En aquel momento todo cobraba sentido. Lo recordó sentado, con el traje a rayas siempre impecable. En medio de la mugre de la penitenciaría, Lorenzo era obsesivo con la limpieza de las manos, la cara y la ropa.

–¿Así que hoy tuviste visitas? –le preguntó Alfonso, después de haber recibido a Cleide.
–Sí. Y parece que vos también. ¡Qué hembrón, eh! ¿Es tu novia?
Él se rio.
–No, pero no te imaginás lo que me gustaría que lo fuese. Por ella estoy acá.
–Yo no tengo novia ni nadie que me espere.
–Te vino a ver ese hombre elegante…
–Solo se acuerdan de mí porque saben que mi condena está por terminar. Pero nadie los entiende…
–¿Pero qué pasó?
–Primero, me mandaron a matar a dos mujeres y a raptar y llevar a la nena a España…
–¿Y ahora?
–Ahora… –Lorenzo González enroscaba un paño que usaba de pañuelo y de toalla, haciendo una pelota, que apretaba, mientras cerraba los dientes y se daba dos estirones de cuello. Después de un prolongado silencio, que Alfonso no interrumpió, y de dos estirones más, concluyó–: Ahora ya no pretenden que la rapte. Traba murió. Ahora, la cosa es con los herederos…
–¿Y ya no quieren a la nena?
–¿Nena? Debe de ser toda una mujer. Igual que esa que te vino a visitar. Todavía me acuerdo de su cara, cuando era chica. Linda como un ángel.
–Pero no vas a cometer ningún delito que te traiga acá de nuevo, ¿o sí?
Él respondió, no sin antes estirar un par de veces más el cuello.
–El tipo me dijo que anduvo investigando y que descubrió que la muchacha creció en un prostíbulo o algo así. Imaginate: ¡una puta! ¡Quieren que mate a una puta!
–¡Lorenzo, no te metas en más problemas, justo ahora que estás por salir de este basurero!
–¡Una puta más, una puta menos! Hay a rolete en Buenos Aires. Nadie se va dar cuenta ni va a decir nada si muere laburando, como tantas desgraciadas por las que nadie se interesa –replicó, con un perturbado brillo en los ojos.

Ahora Alfonso estaba asustado. Después de que su novia le contó sobre su pasado durante aquel paseo por Buenos Aires, que bailara con ella estaba fuera de discusión. Tenía que sacarla rápido de allí.
Las dos amigas se dieron cuenta de que el ambiente se había puesto tenso y se prepararon para levantarse.
–¡Mesdemoiselles, ustedes no le van a hacer esta afrenta a Lorenzo, el Gallego, el Conde de Monte Alto! Hace muchos años que no bailo un tango… –se dirigió a Cleide–: Me dijeron que usted, mademoiselle, es la bailarina más famosa del Río de la Plata. Por eso, va a bailar conmigo –afirmó, estirando el cuello dos veces seguidas, el tic nervioso de cuando se contrariaba y que Alfonso le conocía bien–. Y después, quién sabe, hasta podemos dar una vuelta. Pago el doble que él –sentenció, apuntando con el dedo a Alfonso, mientras soltaba unas ruidosas carcajadas.
Cuando los tres se pusieron de pie, Lorenzo dio dos gritos que sobrepasaron el vigoroso sonido de los instrumentos musicales. Los músicos de la orquesta se equivocaron en los acordes. Los bailarines cambiaron el paso. En las mesas vecinas, algunos clientes se dieron vuelta para mirarlos. La dueña de casa, una mujer de cabellos negros que, igual que madame Florence, pitaba para que comenzara cada tango, se acercó a Lorenzo. Jamás lo había visto por aquel lugar, por lo que desconocía su pasado.
–¡O se comporta o se va de acá ya mismo!
Él sonrió, cínico, estirando el pescuezo y tensando aún más los músculos de las mejillas, que se movían como los de una rana, mientras se arreglaba el nudo de la corbata.
–Madame, yo solo quiero bailar con mademoiselle. Es para eso que todos venimos a su establecimiento.
Ella le lanzó una mirada inquisitiva a Cleide.
–Ya nos vamos. Estoy cansada por hoy.
Entonces, comenzó un disturbio, incrementado por el propio Lorenzo, de manera de crear el clima propicio para llevar adelante su plan homicida en un ambiente en el que una muerte podía ser algo habitual y rápidamente ocultado, ya que nadie querría quedar pegado a ella, mucho menos la dueña del local. Después de algunas piñas y empujones, al ver que la dueña discutía con Lorenzo, Alfonso agarró a las dos amigas del brazo y aceleró el paso hacia la salida. En lo único que pensaba era en salir con la mayor rapidez. De pronto, se oyó otro grito que sobrepasó la música y el disturbio:
–¡Cuidado!
Por el rabillo del ojo, Alfonso percibió que Lorenzo apuntaba el revólver hacia él y, sacando su arma, se arrojó hacia la puerta, tirando a Cleide y a Sophie al suelo. Una bala pasó rasante sobre la cabeza de Cleide.
Al instante, se oyó el estampido de otro tiro.
Los tres se acurrucaron. Con el arma en la mano, Alfonso levantó un poco la cabeza y miró alrededor. Ellas no estaban heridas. Se dio vuelta y no vio a Lorenzo. Y él no había sido el que había disparado. Ni siquiera había tenido tiempo de apuntar.
La música se detuvo. Un grupo hizo un círculo alrededor de un cadáver que se desangraba. La voz de la dueña de La Luna rompió el silencio de velorio:
–Todos vieron que fue en legítima defensa de terceros –y mirando alrededor, insistió–: ¿Alguien tiene dudas?
Y todos los presentes sabían que iban a declarar eso, más allá de que nadie pudiera afirmar quién había disparado el gatillo salvador. Pero si la dueña aseveraba que a Lorenzo lo habían matado en su local en legítima defensa de Cleide, eso era lo que más convenía decir para mantener la reputación del lugar, por lo que empezaron a hacer correr la versión por la ciudad. Lo que sumó más sangre y venganza a su fama de mujer fatal, que los diarios del día siguiente se encargarían de ampliar, transformando el drama de La Luna en una épica historia de los bajos fondos de Buenos Aires. Para delicia de los lectores, los periódicos volvieron a recordar la noticia de los trágicos hechos de la avenida Dorrego, protagonizados por el difunto Lorenzo, que los pasquines de la ciudad atribuían a una venganza por celos entre el gallego y la madre de Cleide. Incluso alguien escribió que el hombre, asesinado de un disparo furtivo, quería matar a Alfonso también corroído por los celos, cuando Cleide, la hija de la mujer que en su momento había asesinado, se negó a bailar con él.
La fama de Cleide, y en consecuencia la de Alfonso, alcanzó la cima. Comenzaron a lloverles contratos con cachets considerables para bailar en los mejores salones de Buenos Aires, Madrid, Londres y París.

Sin embargo, aquel trágico día en La Luna el ojo avezado de Alfonso había visto bien de dónde había salido el disparo mortal que había destrozado la cabeza de Lorenzo. Antes de irse el lugar, lo vio solo, en la puerta de afuera, fumando un cigarrillo La Mulata. Cleide y Sophie se reponían de la conmoción en el cuarto reservado de la dueña del local, mientras esperaban a la policía para la investigación de rutina.
–¡Tengo una deuda con vos, Pablo! Nos salvaste la vida.
El otro siguió fumando el cigarrillo y haciendo redondas volutas de humo en el aire.
–La deuda está paga…
–¡¿Paga?! ¿Qué querés decir? Sabés muy bien que fui yo el que te clavó el cuchillo.
–Por eso, la deuda está paga. Te dije que tenía cuentas que saldar con vos. Ya están saldadas.
–Pero…
El hombre seguía haciendo círculos blancos en el aire, como si fuese un indio enviando señales de humo, pero que Alfonso no lograba entender.
–Pertenezco a una familia decente y no quiero que mi nombre se ensucie. Cuando esa vez me metí con vos y con Cleide, actué como un inconsciente, como un estúpido.
Alfonso todavía no comprendía el sentido de aquel acto de contrición. Le parecía un gesto de honestidad o quizás una ambivalencia más de la noche porteña. Pero Pablo continuó:
–Yo sé, igual, que si hubieras querido matarme no me habrías clavado el cuchillo en el omóplato. Esa noche, me perdonaste la vida.
Al mirarlo de frente, Alfonso se dio cuenta de que estaba hablando en serio. Los ojos le brillaban, urgentes.
–Ahora, vení acá, por favor –le pidió, estirando el brazo y ofreciéndole un cigarrillo.
Alfonso se acercó, despacio, le aceptó el cigarrillo y lo encendió. Inspiró profundo el humo y lo exhaló hacia el cielo.
–¡Gracias! Es un buen cigarrillo.
–Solo te voy a pedir un favor: no me claves otro cuchillo cuando me veas bailar con Sophie.
–¿Sophie?
–Sí, Sophie –repitió, guiñándole un ojo–. Me gusta, igual que a vos te gusta Cleide.
Alfonso frunció el ceño y, de golpe, se sonrió.
–¡Ah, ahora entiendo todo!
Mientras la policía hacía las averiguaciones, sin encontrar ningún sospechoso ni el arma, que yacía en el fondo del Río de la Plata, Pablo le contó que hacía un tiempo que salía con Sophie. Ella sabía que estaba arrepentido, pero él le había pedido que no dijese nada. Él, , quería contarles en persona a Alfonso y Cleide sobre el noviazgo y garantizarles que podían confiar en él. Aunque, desde luego, jamás había imaginado que lo tendría que demostrar con un tiro en la cabeza de aquel rufián.
–Ahora me doy cuenta de por qué Sophie insistía tanto en venir a La Boca…
20 
Oporto, 1901
Álvaro Vasconcelos no había perdido tiempo. Tenía que usar todo lo que pudiera a su favor: la estrategia, la ley, la suerte y el apoyo popular.
La estrategia la organizaría, la ley la estudiaría, la suerte era aleatoria y el apoyo popular surgiría del sentimiento colectivo que se les despertara hacia esas pobres desdichadas.
El director de la cárcel da Relação, José de Sousa Rangel, recibió a Elisa y a Marcela y de inmediato las mandó al miserable calabozo de Santa Teresa, en los fondos de la prisión, y que estaba destinado a los plebeyos de condición social inferior. La planta baja, donde se ubicaban los seis calabozos, parecía más bien un sótano, al que los detenidos debían bajar después de que se abrían las trampillas enrejadas del piso de arriba. El carcelero ordenó que bajaran de a una por vez, ya que por la abertura solo pasaba una persona. A medida que iban descendiendo los inseguros peldaños de la empinada escalera y se sumergían en una oscuridad apenas interrumpida por la luz de una lámpara de aceite que parpadeaba, Elisa y Marcela sentían que bajaban a las profundidades del infierno. El sótano de piedra era un rectángulo superpoblado de presas, que parecían muertos vivientes, entre las que había desde prostitutas hasta detenidas por vagancia, infanticidio, robo, embriaguez, atentado contra el pudor y ultraje a la moral pública, y agresiones físicas. Algunas estaban visiblemente enfermas, lo que no era difícil de prever, dada la insalubridad del lugar, el olor nauseabundo y la presencia de múltiples insectos transmisores de cuanta enfermedad llegara allí.
No bien supo de la decisión, el abogado hizo gestiones ante el director para que, al menos, se las ubicara en el segundo piso, que disponía de salas comunes, en particular la Saleta, destinada a las mujeres con educación y de clase media.
–No se preocupe, señor director, que el dinero aparecerá. Yo soy el aval. –Mejor que nadie, el abogado sabía que, según el reglamento, las condiciones de los presos estaban acordes con el pago que lograran efectuar durante su estadía. Cuando consiguió cambiarlas de lugar, les explicó en detalle lo que había sucedido en el tribunal.
–Entonces, ¿no nos va a abandonar, doctor Álvaro? –le preguntaron, atemorizadas.
–¡Jamás! ¡Pueden contar conmigo hasta el final! Pero háganse a la idea de que no va a ser fácil. Es sumamente extraño que haya llegado tan rápido un telegrama escrito de puño y letra por el propio juez coruñés. Muy raro. Pero lo cierto es que llegó.
Ellas se miraron, entre lágrimas.
–Pienso que sabemos quién está detrás de todo esto. Quién nos quiere hacer daño –respondió Elisa.
–Bueno, sea quien fuere, ahora lo importante es que pongamos nuestra energía en golpear todas las puertas. Tenemos poco tiempo y no da para lamentarse. Les sugiero que escriban una carta a la reina doña María Amelia, pidiéndole clemencia. ¿Usted no me mencionó que tenía un familiar en la corte española? –preguntó, dirigiéndose a Elisa.
–Sí, mi primo don Juan Loriga. Es el preceptor del joven rey don Alfonso XIII.
–Entonces, use ese parentesco. Yo la ayudo a escribir la carta. Debe salir hoy mismo.
–¡Qué vergüenza, cuando se entere!
–En este momento, eso es lo de menos.
Después de esta primera carta, rápidamente redactaron otras misivas, que tenían como destinatarios a sendas autoridades que se podrían condoler de su suerte, como el cónsul de España en Oporto y el gobernador civil.

Al final de la tarde, después de hacerlas enviar por correo, el abogado le pidió a José Nogueira que fuera a su despacho.
–Esta cuestión no anduvo como estaba previsto –empezó a explicar–. No había contado con ese golpe tan rápido e incisivo del juez español. Nunca vi nada parecido en un delito contra las costumbres como este. Ni siquiera en delitos de sangre vi tanta urgencia.
–Así es, parece que alguien se está moviendo por aquellos lados, doctor.
–Es lo que ellas piensan también. ¿Y qué dice el pueblo, Nogueira?
–Está totalmente confundido. Nadie pensaba que terminarían presas, fuera porque yo pagaría la fianza o porque, en todo caso, usted, doctor, haría alguna jugada que les evitaría la prisión preventiva.
–¡Así es, y la tenía preparada! Pero el tablero cambió en un segundo. Y en un instante fue preciso modificar toda la estrategia. Sabe, Nogueira, nunca se puede predecir cómo terminará un caso en la Justicia. Siempre existe una variable imprevista que, a último momento, nos puede arruinar los planes.
–¿Y ahora?
–Bueno, sabemos que disponemos de pocos días. Ocho, de prisión para ellas y nosotros, corriendo una carrera contra el tiempo para preparar una estrategia y ponerla en práctica.
–Es cierto. Me consta que las policías portuguesa y española ya están arreglando el día y la hora de la entrega en Tui. Incluso le deben de haber avisado a la prensa, para que quede todo debidamente registrado, con toda la pompa.
–¡No me diga! ¡Maldito Carvalho! Tengo que cambiar la mano. De lo contrario, va a ser malo para todos. Principalmente para esas dos desdichadas.
–¿Qué tiene en mente?
El abogado miró abstraído hacia el horizonte, un gesto con el que propiciaba que la lucidez del espíritu llegara a su mente. Respiró hondo y, después de un momento, encendió la pipa y empezó a hacer volutas de humo en el aire, tratando de que los círculos fuesen bien redondos, sus preferidos, y se elevaran hasta al techo. A medida que las formaba, se quedaba mirándolas e inhalando el aroma perfumado que tanto le aquietaba el espíritu y estimulaba su inteligencia. Era el ritual que siempre empleaba para alcanzar la mayor agudeza posible. A veces, se quedaba largo rato en aquel letargo, con los clientes en frente, que, aunque estuvieran a punto de perder el tren, no se atrevían a abrir la boca para no interrumpir el pensamiento del doctor, esperando que este les dijera lo que debían hacer o les diera el consejo que necesitaban.
–Nogueira, por un lado, esto va a salir caro, y por otro, necesitamos medir el pulso de la opinión pública. Y tenerla de nuestro lado.
–En cuanto al dinero, usted sabe, doctor, que puedo ayudar, aunque con cierto límite.
–Así es. Pero es necesario abonarle al restaurante, que no es únicamente suyo, pagar mis honorarios, que tengo gastos y además deberé rechazar otros casos para dedicarme a este. También es preciso pagar la vestimenta, la medicina y la estancia en la prisión de esas dos desafortunadas y tenerles un dinero para que puedan vivir cuando salgan. ¿Sabe que Marcela está embarazada?
–Sí, sí, lo sé. Y tiene razón.
–Se imagina, si logramos liberarlas y las dejamos a la buena de Dios, lo que les sucedería…
–Lo veo, ¿y qué propone?
–Va a abrir una colecta pública a favor de ellas. Comuníqueselo a sus clientes y ponga un anuncio en la entrada del café.
–Muy bien, me encargaré de eso.
–Y otra cosa: pienso que sería más recomendable que a las señoras las ubicaran en el piso de arriba de la prisión. Allí hay celdas individuales, con más comodidades. En medio de tanta gente pueden perder el pudor y hacer que lleguen chismes afuera, a través de los otros reclusos, lo que no nos conviene. Apuesto que es posible convencer al director de que tenga ese trato humanitario. Por ahora, conseguí sacarlas de los calabozos.
José Nogueira asentía con la cabeza. Se había dado cuenta de que el abogado sabía de la amistad que tenía con el director y de los pequeños favores que este le debía.
Después de que su amigo se fue, el doctor Álvaro llamó al pasante.
–Rodrigo, por favor, búscame el texto del Tratado de Extradición entre Portugal y España de 1817, con todas las revisiones que tuvo, en particular una de 1873, que no está en la carpeta de las españolas. Mañana, sin falta, necesito leer todo.
–Me encargaré de eso, doctor. Quédese tranquilo.
Álvaro Vasconcelos saboreó las últimas bocanadas de tabaco y miró el reloj que llevaba en su chaqueta.
–Es tiempo de tomar algo en el Portuense.
A esa hora, comenzaban a llegar los clientes habituales. Allí ya se encontraba Daniel Fragoso. El abogado sonrió ligeramente.
–Buenas tardes, doctor. Pensé que hoy no venía.
–¿Por qué no habría de venir, mi buen amigo?
–Por el caso de las españolas. Nadie esperaba semejante desenlace.
–Aun así, ¿por qué no iba a venir?
–Pensé que estaría en su despacho, preparando una defensa para la extradición. Parece que va a ser inevitable.
–Es verdad, Fragoso. Efectivamente, eso parece. Y por lo que dice el comisario, es tan fatal como el destino. Incluso, ya están preparando la entrega de esas desdichadas en Tui, en una semana.
–No lo imaginaba derrotado. ¿Puedo escribir eso en el periódico?
–Si lo hace, no estará faltando a la verdad.
El periodista no percibió del todo la intención de aquel hombre imperturbable que tenía en frente. Por el momento, le convenía crear un clima de conmiseración ante el infortunio de sus clientas. Y la idea de que, en breve, serían extraditadas y detenidas en su país podía generar una ola de compasión y apoyo. Era una de las variables que podrían condicionar el hecho. Y el tiempo del que disponía era escaso.
–Por cierto, ¿sabe que Zé Nogueira va a abrir una colecta pública para apoyar a esas desafortunadas? Pobrecitas, no tienen ni un centavo.
–Zé Nogueira es un señor. Un hombre muy generoso y valiente. Solo alguien de su categoría es capaz de poner la cara y arriesgar su buen nombre por esas mujeres, contra todo y contra todos. Me saco el sombrero.
–Y que lo diga. Después de darse cuenta de que también lo habían engañado a él, de que tenía un gran amigo español que, a fin de cuentas, era una amiga, que además se había casado con otra mujer, no le dio la espalda. Es un portuense de pura cepa.
–¡Es cierto! Pero, espere un minuto, si ella fuera hermafrodita, como dice, estaría a medio camino –se rio el periodista.
–Vamos, no se ría. Son dos pobres desdichadas. Se enamoraron y tuvieron el coraje de asumirlo y de hallar una solución viable para estar juntas y libres, a la vista de todo el mundo. Hasta van a tener un hijo, sea quien fuere el dueño del semen. Es preciso tenerlas bien puestas para correr todos esos riesgos.
–O estar muy enamoradas. Dos Safos modernas –el periodista seguía disfrutando del lado extravagante del caso.
–¿Y quién no quisiera estar enamorado? Es cierto que en ese estado se cometen las más grandes locuras. ¡Mire al escritor Camilo Castelo Branco y a Ana Plácido, que ya estaba casada: terminaron los dos presos! Yo también sufrí de esa enfermedad. Infelizmente, pasó. Y al parecer todavía sigo buscando contraerla de nuevo.
El doctor Álvaro Vasconcelos nunca se había perdonado la triste y solitaria vida que llevaba en el plano sentimental por no haber contrariado a sus padres y no haberse casado con aquella muchacha pobre de quien se había enamorado en su juventud. Por esos días, era la esposa de un rico comerciante de Oporto, mientras
que él nunca se había desposado, como si tuviera la esperanza de que el azar pudiera volver a reunirlos. Pero desde que el marido se había convertido en uno de sus clientes más importantes, ya ni siquiera eso esperaba. Se conformaba con verla, ocasionalmente, y observar cómo le dirigía algunas miradas furtivas, con la certeza de que lo culpaba por haber sido tan débil cuando tuvo la oportunidad de vivir el amor que los unía. Así había empezado a dedicarse con intensidad a los casos que defendía, como una forma de olvidar la mala decisión que había tomado. Y también había comenzado a desear que el buen Dios le diera la oportunidad de reencarnar otra vez para poder corregir aquel error irreversible.
–Tiene razón, doctor Álvaro. Ellas merecen nuestro más profundo respeto. Voy a proponerle a mi director que también abra una colecta pública en el Jornal de Notícias a favor de esas dos almas desdichadas.
El abogado se puso de pie y se despidió dándole una palmada en la espalda.
–Hace muy bien, Fragoso. Quédese con la conciencia tranquila, que ellas bien lo merecen. Es mejor hacer el bien, antes de que sea demasiado tarde.
El doctor Álvaro se dirigió a su casa a pie por las calles iluminadas por los faroles. Cuanto podía hacer ese día estaba terminado. Ahora había que esperar. Mañana sería otro día.

La Saleta, ubicada en la mitad de la cárcel da Relação, justo arriba de la Torre dos Clérigos, a pesar de tener mejores condiciones que los calabozos de la chusma, no era un espacio recomendable para las dos maestras. Unas cuantas decenas de mujeres las miraban de costado, distantes, con reprobación y hasta con cierta envidia. A ninguna de ellas las había acompañado tanta gente antes de ir a la cárcel, ni habían tenido tanto seguimiento periodístico. Y no había ni un solo recluso en la cárcel da Relação que no estuviera al tanto del caso de las dos maestras enamoradas.
Por eso, y también por la barrera del idioma, ninguna de las detenidas se acercó a las extranjeras aquella tarde.
–Marcela, ¿cómo te sientes? –le preguntó Elisa, mirando el vientre de su amada.
–Estoy bien, querida. Todavía no puedo aceptar nuestro destino. Podrán derrotarnos en la Justicia, pero nunca respecto de lo que sentimos mutuamente.
–Me hace muy feliz escucharte, mi amor. Piensa que esta turbulencia nos va a hacer más fuertes. Vamos a sobrevivir y a estar juntas por el resto de nuestra vida.
–Es lo que más deseo. Si el abogado no encuentra la manera de librarnos de este infierno, la semana que viene estaremos presas en La Coruña.
–¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! ¡Y yo, embarazada! ¡Ay de nosotras!
–Tranquilízate, querida. Lo peor que puede suceder es que yo vaya presa durante un tiempo. A ti no te detendrán. O, cuando mucho, te darán una pena leve. Si me prometes que me esperarás, yo cumpliré mi condena sin temor.
–Por supuesto que te esperaré, mi amor. Después de todo lo que pasamos juntas y de esta humillación no esperaría a nadie más. Solo a ti –respondió Marcela, llorando como una niña, aferrada a su muñeca de trapo.
Elisa la abrazó, y así se quedaron durante un largo rato, para escándalo de las reclusas, que las espiaban a una conveniente distancia.
–Sabes, mi amor, ya tengo un plan para nosotras, en caso de que todo salga mal. Vas a ver que nos ayudará a ganar todas las batallas que tenemos por delante.
–¿Qué plan, Elisa?
–Si nos arrestan en España, cuando nos liberen, tú tienes a nuestra hija y, ni bien puedas, emigras a Buenos Aires. Cuando yo salga, nos encontraremos. Allá viviremos en paz, del modo que queramos. Yo puedo hacerlo como hombre o como mujer, da lo mismo. A nadie le va a llamar la atención que dos amigas vivan juntas, aunque estén enamoradas puertas adentro de la casa.
Marcela sonrió y llevó a Elisa a un rincón, donde las demás reclusas no podían verlas. Allí se acariciaron, se alisaron el cabello mutuamente con las manos, entrelazándolo con los dedos, se tocaron los rostros, culminando en un prolongado y apasionado beso, con el que renovaron su amor.
–Te amo, Elisa.
–Te amo como siempre te he amado, Marcela. Por ti, hice, hago y haré todas las locuras.
Las lágrimas de tristeza se mezclaron con otras de esperanza y alegría, que les dieron la energía que precisaban para enfrentar los inciertos días por venir.

Al día siguiente, el doctor Álvaro Vasconcelos se levantó temprano. Necesitaba leer los periódicos, analizar la opinión pública, estudiar con atención el texto del tratado de extradición y hablar con algunos jueces amigos sobre casos similares que ya se hubieran juzgado o de los que tuvieran conocimiento. Le urgía dominar todas las variables. Sabía que un abogado solo tenía éxito si estudiaba los casos desde todas las perspectivas, evaluando varias hipótesis y encontrando posibles soluciones para las distintas dificultades que podían presentarse. Y este caso, de repente, se había vuelto peliagudo. Era necesario encontrar algo a lo que agarrarse, como un náufrago que ve un tronco a la deriva.
Compró los periódicos a los vendedores de la plaza de Dom Pedro y se sentó a leer con avidez lo que decían sobre el tema. Todos relataban los acontecimientos del día anterior, buscando, a su manera, el mayor sensacionalismo. Respecto de la parte legal, estaban de acuerdo: el Jornal de Notícias y A Voz Pública ponían el énfasis en la comunicación del tribunal español al comisario Adriano Carvalho, solicitando la detención de Elisa y de Marcela y su entrega inmediata a las autoridades gallegas. Y todos, incluyendo O Primeiro de Janeiro, O Norte y A Província, lamentaban la pérdida de la parte sensacionalista del caso, con la transformación de Elisa nuevamente en mujer.
Álvaro Vasconcelos se reía solo y comentaba en voz alta el artículo del Jornal de Notícias:
–¡Ah! ¡Ah! “Elisa no ganó nada en salero con el cambio de ropa y el bigote afeitado que hacía aún más verosímil su apariencia masculina”. Maldito Fragoso, no perdiste la oportunidad de gozar de la situación. Y esta tampoco está mal: “Nos parecía más atractiva cuando se vestía de hombre. Devuelta a su condición de mujer,
parece mucho más gauche”. ¡Y acá está el anuncio de la colecta pública! ¡Muy bien, Fragoso es un señor!
El abogado estaba visiblemente satisfecho. Todos los periódicos tocaban la misma melodía. A Província reiteraba: “Caso único: ¡vestida de mujer… parece un hombre!”.
–¡Bien, se acabó el circo! A partir de ahora, hablarán de dos personas y no de una pareja de anormales. ¡Nada mal para empezar el día!
Con la pipa encendida, y después de un generoso desayuno, Álvaro Vasconcelos se fue más animado a su despacho, a mitad de la Rua do Bonjardim.
Cuando llegó, vio que el pasante le había dejado el expediente del día sobre el escritorio: notas, recados, notificaciones judiciales con plazos de respuesta y una carpeta con el tratado de extradición vigente.
–¡Buen chico! Estás aprendiendo bien la profesión. Conciso y diligente. ¡Así es!
No se dedicó de inmediato a los documentos, porque primero debía atender las citas previas con algunos clientes, que expresamente venían de la provincia en los trenes matutinos, con horarios de regreso previstos, y que no había tenido manera de suspender. Riñas entre vecinos, robos en mercados, división de bienes, demandantes o reos, el abogado tenía trabajo de sobra, aunque solo les prestara atención a los casos en curso a los que era necesario responder o para los que debía solicitar alguna providencia urgente. De todo lo demás se ocuparía la semana siguiente.
A media mañana, llegó Zé Nogueira, apurado. Las mujeres españolas querían hablarle con urgencia. No bien terminó con el último cliente, ambos se pusieron en camino de la cárcel da Relação.
–¿Entonces, hay novedades? ¿Ya abrió la colecta?
–¡Sí! ¡No se imagina el éxito que tuve desde el primer día! ¡Cinco mil reales! La gente está furiosa con el encarcelamiento. Piensan que fue un exceso, una injusticia.
–Mmmh… Curioso –replicó el abogado, pensativo–. Muy curioso.
–¿Curioso? ¿Pero no era eso lo que quería?
–Curiosa la condición humana, Nogueira. En especial la de nuestro pueblo, que rápidamente capta el signo de los tiempos, el sentido de justicia. Está en nuestros genes. Oporto siempre ha sido una ciudad de gente justa y solidaria, que les hace honor a los epítetos “Antigua”, “Muy Noble”, “Siempre Leal” y “Ciudad Invicta”. Y también una ciudad de causas nobles. Pero no esperaba una reacción tan rápida. ¿Y ellas qué quieren de mí?
–No lo sé. Parece que hay algunos periodistas que pretenden entrevistarlas en la cárcel, y fotógrafos, como José Rodrigues, que les quieren sacar fotos y también tienen otros temas sobre los que desean consejo.
–¿Y ya habló con el director acerca de cambiarlas de lugar?
–Sí, ya me olvidaba. Todo en orden –le aseguró Nogueira, orgulloso–. Así que, en el tercer piso, en los Quartos da Malta Nova.
De acuerdo con el Reglamento Provisorio de la Policía de las Prisiones, publicado el 16 de enero de 1843, el último piso estaba reservado para los clérigos, los oficiales militares, los altos funcionarios de la administración pública y para las personas de distinta consideración social, como fama, riqueza o profesión. Dichos sitios se denominaban Quartos de Malta, a partir del que los carceleros de las prisiones seculares de Oporto debieron aceptar a todos los presos que eran trasladados allí por orden del vicario general de la Religión de Malta, que debía pagar por los respectivos encarcelamientos. Posteriormente, luego de los eventos de los encarcelamientos de Maria da Conceição Gariald y de Ana Plácido, a quienes las Procuraduría Real debió alojar en condiciones precarias al lado de la enfermería de mujeres, se construyeron, en el último piso, seis cuartos para mujeres de alta condición social, que se conocieron como los Quartos da Malta Nova.
–¡Perfecto, ha hecho un buen trabajo! Ellas merecen estar tranquilas.
Cuando llegaron, los recibió el director, con mucha ceremonia. Parecía ansioso por hablar con ellos.
–Doctor Rangel, cuánto me alegro de verlo –lo saludó el abogado.
–Buen día, doctor Vasconcelos. Las señoras los van a recibir en el último piso, adonde decidí transferirlas. En el segundo piso, el mujerío no las dejaba en paz.
–Una excelente y piadosa decisión, doctor Rangel. Lo felicito y le agradezco la sensibilidad, cosa que no me sorprende, viniendo de un hombre de su estirpe.
José Nogueira se mordió los labios, al recordar las veces que lo había ayudado a volver discretamente a la casa, en su coche, cuando tomaba más de la cuenta en su local.
–Gracias, muy amable de su parte. Pero déjeme contarle que, desde la mañana temprano, comenzaron a llegar envíos con donativos anónimos, algunos hasta los acercaron en persona. Principalmente esposas de comerciantes de la ciudad. ¡No me lo esperaba!
–Usted sabe, doctor Rangel, que el pueblo de Oporto tiene alma y sentimiento de justicia. ¡Nuestra gente es buena y genuina!
–Es muy cierto. No bien huele una injusticia, se siente conmocionado y se levanta en armas por una buena causa.
–Mire, guarde bien esos donativos para los gastos que tengan las damas y entrégueles el resto cuando salgan. ¡Que no les falte nada!
–¡Así lo haré!
Cuando se encontraron con las reclusas, hallaron a dos mujeres más serenas y repuestas. Sus semblantes ya no mostraban el peso de la ansiedad por la decisión judicial de la víspera. Se habían dado cuenta de que tanto el director de la prisión como los amigos, en los que siempre habían confiado, las trataban bien y las apoyaban.
–¿Solicitaron hablar conmigo?
–Sí, doctor Álvaro. Tenemos ciertas ideas que proponerle y necesitamos pedirle algunos consejos. Y también nos gustaría saber cómo van las cosas…
–Muy bien. Afuera estoy tratando de que las dejen de ver como bichos raros o fenómenos de circo. Y en ese sentido, creo que lo estamos logrando, con su inestimable ayuda –el abogado sonrió, dirigiéndose a Elisa, que le retribuyó con otra generosa sonrisa.
–Me siento algo rara vestida así. Creo que ya me había acostumbrado a ser Mario –respondió, con otra breve sonrisa.
–Lo entiendo –el abogado tampoco evitó un gesto divertido.
–Es bueno saber que el pueblo nos ve como personas que sienten un gran afecto mutuo, que solo atravesaron un momento de infelicidad e incomprensión –concluyó Marcela, igual de feliz.
–También comenzaron las colectas públicas de fondos para ayudar con sus gastos, y ya están dando señales muy promisorias.
Ellas abrieron los ojos, perplejas. No imaginaban una solidaridad tan grande y rápida de los portuenses, sobre todo siendo extranjeras y habiendo transgredido los cánones de la moral y las buenas costumbres.
–No tenemos otra palabra más que gracias.
–En cuanto a lo demás, aún no definí la estrategia jurídica, pero sé lo que pretendo: ¡impedir que las entreguen a la justicia española! ¿Cómo? ¡Ya veremos!
–Eso también es lo que nosotros queremos. ¡Sería una humillación para nosotras! Pero, si sucediera, estamos preparadas para lidiar con la situación.
–Por ahora, es importante que tengamos a la opinión pública a nuestro favor. Es el primer paso para que las autoridades piensen dos veces antes de tomar una decisión apresurada. El tribunal de las calles de Oporto también es muy poderoso. ¡Cuando huele una injusticia, barre con todo! ¿Y qué consejos quieren?
–Dos cosas: como le dije, tengo un familiar bien posicionado en la corte española –enfatizó Elisa–. Después de que le escribimos a la reina doña María Amelia, también nos acordamos de escribirle a la reina regente española.
–Me parece una excelente idea. ¡No vacilen! –y dirigiéndose a José Nogueira–: Usted conoce bien a los españoles del pueblo, incentívelos a que hagan una petición para enviar al Ministerio de Justicia español, solicitando clemencia para las señoras. ¡Cuántas más voces haya a nuestro favor, mejor!
–Sí, señor. Así lo haré. El torero cordobés encabezará el movimiento. Fue el primero en hacer donativos.
Elisa hizo un gesto con la cabeza, asintiendo y mostrando su gratitud. No había perdido a su amigo Llaverito.
–Es un buen amigo, estoy segura de que lo hará con gusto –aseveró, y prosiguió–: En cuanto al otro tema, está relacionado con los periodistas y los fotógrafos que andan enviando pedidos y recados para hacernos entrevistas y retratos.
–Déjenme ver… Eso podría servirnos. Como les dije, necesitamos dos cosas: una opinión pública favorable y dinero para su bienestar actual y futuro. Y, desde luego, para pagar los gastos corrientes.
–No entiendo, doctor Álvaro.
–Ahora que dejaron de ser fenómenos de circo, no estaría mal que dieran entrevistas hablando de su drama, de la angustia de estar en la cárcel y de que las quieran detener en su tierra por razones sentimentales. Dejen que su alma toque aún más el corazón de esta generosa gente que comienza a sumarse a su causa.
–Sí, tiene toda la razón. Nos gustaría poder gritarle al mundo lo que sentimos. Lo mucho que nos queremos y nos amamos. Y que lo que hicimos, cuando Marcela quedó embarazada, no fue sino tratar de huir de los preceptos y los prejuicios de una comunidad hostil, un intento que ahora, al verlo en perspectiva, nos damos cuenta de que fue algo tonto y precipitado –respondió Elisa.
–Bueno, aborden el tema de…, digamos, su enamoramiento, con precaución. Subrayen más la tontería del casamiento, el hecho de que no midieron las consecuencias ni tenían conciencia de la repercusión que alcanzaría.
–¿Y en cuanto al fotógrafo?
–Yo les aconsejaría que aceptaran que él vendiera fotos de ustedes con una condición: que les entregue una generosa suma por cada ejemplar vendido o cedido a la prensa.
Ellas volvieron a abrir los ojos.
–¿Y piensa que habrá interesados en nuestras fotos?
–¡Apuesto que sí! Y muchos más de los que se imaginan.
Se despidieron dejando algo más aliviadas a las dos desdichadas, y cada uno siguió con lo suyo. José Nogueira fue a buscar al torero cordobés y Álvaro Vasconcelos se fue a almorzar antes de dirigirse a su despacho.

Cuando iba para la taberna que hacía las veces de cantina, presintió que lo estaban siguiendo. Se sentó en la mesa habitual, al lado de la ventana, y almorzó mientras veía apoyado en la pared, un poco más alejado, al tipo que lo vigilaba.
–Manuel, ¿conoces a aquel caballero? –le preguntó al dueño del negocio.
–Nunca lo había visto por estos lados. No debe de ser de acá. ¿Pero precisa algo? Si es así, ya sabe que puede contar conmigo.
–No, no te preocupes.
–¡Mire que hay mucho matón dando vueltas! Y pueden querer hacerle daño. Algún oponente de un cliente enojado, sabe cómo es.
–¡Era lo que faltaba! No te preocupes. Pero, si es el caso, te aviso.
Por precaución, no bien el doctor Vasconcelos partió para su oficina, Manuel previno a un empleado para que siguiera al individuo.
La intuición del abogado era correcta. Cuando salió de la taberna, el hombre se dirigió a él en gallego.
–Señor, ¿puedo hablarle?
–Sí, desde luego. ¿Qué quiere?
–¿Podemos sentarnos a tomar algo mientras hablamos?
–Entremos a la taberna donde almorcé. La mesa todavía está vacía. Y tienen buen vino y excelentes licores. Lo que guste.
Volvieron a la taberna de Manuel, que pareció tranquilizarse. Allí controlaba todo.
–Vamos, dígame lo que quiere –lo interpeló frente a una jarra de vino verde de Amarante, que cada semana llegaba en botellones, en tren, directo del productor.
–A mi patrón le gustaría contratarlo para que ayudase a las autoridades españolas a acelerar la entrega de dos delincuentes españolas que están detenidas aquí, en Oporto.
El doctor Álvaro mantenía su habitual imperturbabilidad, mientras el gallego le exponía su propuesta.
–Curioso.
–¿Curioso? ¿Qué es curioso? –preguntó el extranjero.
–¿Quién es su patrón? ¿Y por qué quiere que lo ayude?
–No puedo decírselo, a menos que acepte lo que le propongo.
–Y yo no le puedo responder si no sé quién requiere mis servicios.
Entonces, el hombre escribió en un papel una cifra en reales. El doctor Álvaro se quedó mirándola. Era un importe sideral. Un monto similar al que había percibido durante los últimos cuatro o cinco años juntos.
–¿Su patrón es rico?
–No le puedo responder.
–Pero si puede pagar tanto dinero…
–La mitad por adelantado, si acepta…
–Mmmh… ¿Su patrón sabe que en este momento represento a esas delincuentes?
–Sí, lo sabe.
–Entonces, ¿por qué me hace esta propuesta? Hay otros buenos abogados en la ciudad.
–Porque ellas son delincuentes, prófugas de la justicia española. Y le han dicho que usted es el mejor abogado de esta plaza. Toda nuestra comarca reclama que las juzguen en España.