Kitabı oxu: «En el bosque»

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Para mamá, una bruja buena.


1
En el bosque
Comencemos con la Bruja del Bosque.
Solo los niños podían encontrarla, guiados por zorros que brillaban levemente en la oscuridad entre la realidad y los sueños. Viajaban por esta tierra de ensueño hasta encontrarse con un arco parecido a un ojo a medio abrir, que apenas daba lugar para que lo cruzaran arrastrándose.
Debajo de las estrellas y una luna salpicada de cráteres violetas y azules, vivía la bruja en su castillo de torres hechas con troncos increíblemente gruesos y anchas paredes de ramas y hojas, sobre las que se erguían almenas hechas con los molares inmensos de algún animal gigante. Los huesos entrelazados que formaban la compuerta de entrada destellaban bajo la luz blanquecina de la medianoche, mientras que el puente levadizo de herraduras se extendía sobre un río rojo correntoso.
Al final de un pasillo serpenteante, iluminado por faroles de manos esqueléticas donde las llamas ardían estables sin la ayuda de una mecha, cera o madera, la bruja esperaba sentada en su trono tallado en un colmillo dos veces más alto que ella, ubicado justo en el centro del castillo, en una habitación amplia y circular sin techo, cuyas paredes se elevaban muy, muy altas y se curvaban levemente hacia el interior. Los zorros podían verla todo el tiempo, a cada una de sus facciones, todas a la vez, como una imagen completa. Sonreían y dormían a sus pies descalzos, lamiéndose las patas, esperando, observando.
Una zorra de pelaje naranja, tan oscuro que casi parecía rojo, se paró sobre el apoyabrazos del trono para ver a la tropa de zorros de ojos brillantes que se acercaba a la inigualable bruja, acompañando a un muchacho y a una muchacha de brazos cruzados.
Los chicos solo podían prestarle atención a una parte de ella a la vez: a sus labios bañados en la luz plateada de las estrellas, a sus ojos ónix delineados con un polvo dorado, a su cabello negro ondulado con perlas. Sus rodillas se veían tan duras como diamantes, apenas visibles debajo de su vestido escarlata; manos delgadas y dedos largos, uñas cortas y mordidas. Su piel suave y tensa cubría sus huesos delgados con una apariencia aceitosa y brillante, como una fiebre eterna e irrompible.
A medida que se acercaban, la bruja notó que no eran muy parecidos a sus visitas usuales. La muchacha no era una niña. Había visto dieciséis veranos, o tal vez diecisiete, casi el mismo número que la bruja. Tenía cabello largo y ligero, y ojos azules con pestañas tan finas que apenas eran visibles. Era un rayo de sol en el cuerpo de una chica, dorada y firme, y caminaba como si temiera romperse en mil pedazos, dando cada paso con delicadeza e inseguridad.
El muchacho era mucho más grande que ella y de seguro era su hermano, ya que, si bien no se parecían mucho, compartían una especie de confianza magnética que los mantenía unidos, lado a lado. Tenía un rostro más huesudo, con labios color tinto como el vino, cabello negro azabache, una tez pálida como la luna fantasmal en pleno mediodía. Tenía algunas heridas sobre el dorso de su mano, viejas y nuevas, que iban en todas direcciones, algunas superficiales sobre otras más profundas, algunas cicatrizadas y otras abiertas.
La bruja cerró los dedos sobre los apoyabrazos del trono. Arañó la superficie esmaltada con sus uñas y el chillido resonó por todo el salón. La zorra de pelaje rojo levantó las orejas y gruñó. Nunca le había gruñido a ningún niño antes.
Al hablar, la voz de la bruja fue como una seda de obsidianas retorcidas brotando de su largo cuello oscuro.
–Soy la Bruja de los Deseos –dijo–. ¿Qué quieren de mí?
Los niños siempre sabían lo que querían y esa era la única razón por la que solo ellos podían encontrarla. Pero estos dos eran mucho más grandes que el resto y no estaban dispuestos a simplemente recibir su deseo y marcharse.
–¿Qué eres? –preguntó la joven en voz baja, mirando fijo a la bruja, mientras su hermano sonreía a su lado, sus labios presionados como si ya supiera la respuesta. Pero cuanto más observaba el castillo de la bruja, su sonrisa más se transformaba en una mueca de dolor. Miró a los zorros hambrientos, a las estrellas torcidas y las paredes espinosas, y nuevamente a la bruja.
–¿Qué es este lugar? –preguntó él–. ¿Dónde estamos?
La sonrisa de la bruja fue tan amplia que nadie hubiese imaginado cómo lograban sus átomos mantenerse unidos.
Su mundo, su castillo, nunca había deseado crearlos. Los habían arrancado directamente de su corazón durmiente y le había dolido. El dolor nunca había desaparecido y fluía como un veneno perpetuo sin antídoto. Pero ella no podía caer. Y no lo haría, su mundo debía seguir adelante.
Incluso con la sonrisa, no dejó de raspar su trono y quitar el esmalte en lugar de su propia piel, avivando los latidos invertidos de su corazón.
–¿Qué quieren de mí? –preguntó una vez más.
La muchacha sujetó su falda arrugada e hizo una reverencia, un movimiento rápido y sutil con el que sus rizos rebotaron sobre sus hombros.
–Deseo quedarme aquí contigo –dijo apresuradamente–. Quiero concederles deseos a quienes más los necesitan. Quiero vivir por siempre en un sueño.
La bruja dudó. Nunca nadie antes le había pedido algo así. Era el único deseo que sabía que no podía conceder; este mundo era suyo y debía vivir allí sola. Pero para la joven era solo un lugar de descanso, un lugar de suspiros, cuya puerta se abría solo una vez para no hacerlo nunca más. Para quedarse debería dormir, ni muerta ni viva, hasta el fin de los tiempos.
No, decidió la bruja, no le concedería ese deseo.
Pero la joven no tenía por qué saberlo.
En el fondo del corazón carmesí de la bruja florecía una rosa eterna con pétalos aterciopelados de sangre, cuyo tallo de hueso robusto estaba repleto de espinas incisivas que temblaban al compás de su pulso. Como sabía que crecería otro en su lugar, lo tomó de su interior. Se abrió paso entre la piel, los músculos y los huesos, y arrancó un pétalo puntiagudo, del mismo modo que lo hacía con todos los niños que le pedían deseos. Cada pétalo era del mismo tamaño y forma, pero su sabor era único, una esencia infinita para deseos infinitos: goma de mascar para tener un hermanito, lavanda y miel para nunca pasar hambre, canela para conocer un nuevo amigo, manzana especiada para tener de mascota a un dragón invisible a todos menos para quien lo deseara, bilis agria para vengarse del bravucón de la escuela, chispas de chocolate y menta para curar a alguna abuela enferma.
Pero la bruja sabía que este pétalo en particular solo se disolvería en una mota con gusto a sal, sangre y óxido: una promesa vacía, un placebo. Al entregarle el pétalo a la joven, la bruja rozó la palma suave con sus dedos callosos. Luego, el muchacho y la bruja observaron cómo se llevó el pétalo a la boca y lo tragó.
–Ahora, acércate, deseadora –dijo la bruja cuando el pétalo desapareció–. ¿Qué tienes para ofrecerme a cambio?
La muchacha buscó en sus bolsillos, pero estaban vacíos. Por un momento, miró a la bruja en pánico, pero no era monedas lo que la bruja quería a cambio de sus favores. ¿Qué sentido tenía darle dinero? No, la bruja negociaba con otro tipo de moneda: huellas, pecas y ampollas a punto de estallar; contusiones y rasguños, arañazos, cortes y heridas desvanecidas; verrugas, ronchas y muelas de juicio aún sumergidas en encías rosadas y frescas; picaduras de arañas y sábanas de piel, gotas de sangre caliente de dedos temblorosos; pestañas caídas y uñas rotas, incluso sombras completas. Los niños le daban lo que podían. Y la bruja lo aceptaba todo, quitándoles todas esas cosas que ellos creían que nunca extrañarían. Guardaba su dolor en un altar en el patio de su castillo de dientes y árboles, un bloque de piedra limpio en un claro de sombras. Algún día, seguro, todas las agonías de los niños y niñas superarían las suyas.
–Un mechón de tu cabello estará bien –dijo la bruja, antes de invocar un cuchillo con un hechizo rápido. Se lo entregó y la joven, que vaciló al tomar la hoja destellante, cortó un mechón largo de su cabello. La daga se desvaneció ni bien se lo entregó a la bruja.
Sin mover la cabeza, la bruja miró al joven. Arriba, algunas nubes que parecían huesos rotos rompiendo la piel avanzaban por el cielo. Esperó.
–Y tú, ¿qué deseas? –le preguntó finalmente el muchacho.
La bruja frunció el ceño. Era la tercera pregunta que el joven le hacía. Nunca alguien le había preguntado algo antes.
–Soy la Bruja de los Deseos y lo tengo todo –le contestó–. No quiero nada.
–¿De verdad? –le dijo, dando un paso hacia ella–. ¿De verdad lo tienes todo?
La zorra de pelaje rojo a su lado gruñó nuevamente. La bruja se llevó las manos a las rodillas.
–No lo preguntaré por tercera vez.
–Debe haber algo que quieras –insistió el muchacho–. Debe haber algo que te falte.
Pero no, estaba equivocado. El castillo, los zorros, el altar, los regalos: ese era su deseo. Todo, todo suyo. Incluso la lluvia fría de diamantes que empezaba a caer desde el techo abierto del castillo era suya y de nadie más, de la Bruja de los Deseos del Bosque, con su mandíbula firme y su cabello mojado.
–Desperdiciaste tu deseo –le dijo, pisando con fuerza y haciendo que el suelo temblara.
La muchacha miró a su hermano furiosa y se apoyó con una mano sobre su hombro para no caerse. Las uñas de la bruja destellaron como cristal en una tormenta de relámpagos en cuanto se inclinó hacia adelante y tocó a cada uno en la sien. Una vez. Dos veces.
–Despierten.
Y desaparecieron.
Sola en su trono, la bruja cosió una y otra vez su esternón con una aguja larga y puntiaguda, una que había hecho con un colmillo. Cuando terminó, se llevó las rodillas desnudas hacia su barbilla y presionó sus muslos contra el hilo rojo enhebrado en la piel seca de su pecho. Los zorros bufaron y se movieron inquietos, pero la bruja los ignoró y cerró los ojos, intentando sacar la voz del chico y su pregunta de su corazón y de su mente.
Pero ya había quedado firme, sinuosa y profunda, repitiéndose como una canción, como una súplica, como una plegaria.
Y tú, ¿qué deseas?
Y tú, ¿qué deseas?
Y tú, ¿qué deseas?

2
En la oscuridad
Alternativas a gritar: aguantar la respiración, morderse una mejilla, hundir la cara en la almohada, llevarse la camiseta a la boca, abrazarse con tanta fuerza que los huesos estén a punto de romperse y los pulmones de colapsar, aparentar no tener boca ni pecho ni garganta para producir esos sonidos, cerrar los ojos y sonreír.
Sonreír, o incluso reír, solo un poco, lo que puedas, aunque sea solo un gritito ahogado, cuando lo único que quieres hacer es gritar y llorar, llorar, llorar y nunca más parar.
Haz lo que tengas que hacer, porque gritar desconcierta a la gente. En especial, a tus padres. A las dos de la mañana. Cuando tienes dieciocho años y ya eres bastante grande como para andar asustándote con pesadillas. Pesadillas que solo están en tu cabeza y no pueden hacerte daño.
Pero…
Mis pesadillas nunca estuvieron solo en mi cabeza.

Es el olor lo que me despierta. El aire se siente denso como saliva caliente, uñas rotas y bilis ácida. Desde la puerta del ático, bajo la vista y veo a mi propio cadáver extendido en el suelo como una muñeca: nada más que huesos con restos de piel, un esqueleto podrido sobre la madera húmeda manchada de sangre. Sé que soy yo por el cabello que le queda en la cabeza: denso y negro sedoso.
Me quedo mirándolo por medio segundo y luego grito.
Unos pocos segundos después, unos pocos latidos de mi corazón agitado, mi hermana Rose sale corriendo de nuestra habitación abajo y sube las escaleras a toda prisa.
–¿Qué ocurre? –grita, tomándome de la mano.
Mi única respuesta es gritar de nuevo, esta vez con menos convicción, más como una pregunta que como una exclamación. Se escuchan dos pares de pisadas más y, en seguida, nuestros padres aparecen por detrás. Papá pasa corriendo a toda prisa y tira de una cadena para encender la luz de la escalera: en un instante, pasamos de estar sumidos en la oscuridad total a quedar casi ciegos por una luz brillante blanca. De inmediato, toda la transpiración, la sangre y la sombra de mi cadáver desaparece por el suelo como si se estuviera drenando por una cañería.
–Rhea, ¿qué pasa? –pregunta papá, recostándose sobre la pared del ático, mientras mis dos hermanas menores, Renata y Raisa, aparecen por detrás de mamá, solo unos escalones más abajo, despeinadas y desaliñadas. Están acostumbrados a mis visiones, pero, aun así, aquí están, en la puerta, boquiabiertos, mirando todo el circo que estoy haciendo por segunda vez en la semana.
–¿Qué haces aquí arriba? –me pregunta papá.
Respiro profundo, sintiendo la mano fría de Rose. Tan fría… como un cadáver; me hace temblar.
–Estaba soñando otra vez –les contesto lo más tranquila que puedo y Raisa, detrás de mí, asoma la cabeza y la lleva hacia atrás, gruñendo, sin ánimos de escuchar todo esto por enésima vez–. Ya saben, ese con la puerta al final de la escalera en espiral. Subí, como siempre, por lo que se sintió como una eternidad y, cuando llegué arriba de todo… abrí la puerta.
Aquí hago una pausa. Empiezo a sentir cómo se me revuelve el estómago, ya que nunca había abierto la puerta en el sueño antes. Por lo general, me despierto ni bien toco el picaporte, desconcertada, pero no tan sorprendida de estar en el mismo lugar que esta noche, frente a la puerta del ático. Pero después de esperar unos minutos para calmar mi corazón agitado, bajo y regreso a la cama. Sin visiones, ni gritos, ni reuniones familiares improvisadas en medio de la escalera angosta.
Pero esta noche es distinta.
–Cuando abrí la puerta del sueño –les explico–. También abrí la puerta del ático. Y cuando bajé la mirada, vi… eh, un cuerpo. Muerto.
No les digo que era el mío. Tener visiones siniestras es una cosa, pero verme a mí misma muerta es algo definitivamente mucho más aterrador. Cuando miro a Rose, se estremece del miedo como si supiera de qué estoy hablando.
–¿Quieres decir que eres sonámbula? –pregunta mamá con los rizos de su cabello negro aplastados a un lado de su cabeza–. Pero es extraño… nunca has caminado dormida.
–Ah –le quito sutilmente la mano a Rose y me froto los ojos para no tener que mirar a mamá, a papá ni a nadie–. Sí. Raro, ¿verdad?
Mis padres saben de mi sueño recurrente, pero jamás les dije que camino dormida, ya que empezó hace solo unos pocos meses. Sigo esperando que en algún momento se detenga. Igual tampoco camino por toda la casa rompiendo cosas o lastimándome.
Pero no se detuvo y ahora me atraparon. Mamá y papá se miran y noto algo de preocupación en sus rostros.
–Fue solo un sueño, cariño –dice finalmente papá, volteando hacia mí–. No puede hacerte daño.
–Respira profundo –agrega mamá–. Relájate.
Un par de ojos verdes brillan en la oscuridad en la otra punta del ático, lo cual me alarmaría si no estuviera segura de que es solo Gabrielle, mi zorra mascota. Es mi compañera constante desde el día que me encontró y nunca se apartó de mí a pesar de las dudas iniciales de mis padres. Gabrielle y yo tenemos una conexión especial que no está solo en mi imaginación: incluso desde lejos puedo sentir los latidos de su pequeño corazón como si fuera el mío, como si nuestros corazones estuvieran entrelazados. Ahora olfatea alrededor para asegurarse de que definitivamente no hay ningún cadáver oculto en la habitación. Al no encontrar nada, emerge de las sombras y nos sigue hacia abajo. Bostezando, Renata y Raisa vuelven a su cuarto arrastrando los pies, mientras mamá y papá nos acompañan a Rose y a mí al nuestro.
–Tienes una gran imaginación, Rhea –me dice mamá mientras me acuesto en la cama y Gabrielle se sube de un salto y se acurruca a mis pies–. Pero no es real, ¿recuerdas? Está solo en tu cabeza.
–No estoy imaginando nada –le contesto con terquedad–. Estoy maldita.
Las visiones aparecen desde que tengo memoria. Cuando era pequeña, la mayoría eran simples, no más que un destello, y luego desaparecían: el techo de mi habitación se hacía cenizas mientras estaba acostada despierta, el cielo se abría como piel seca, las estrellas se movían como insectos. A veces, brotaban ramas del suelo de nuestra casa y subían por las paredes como enredaderas.
Pero al crecer, las visiones fueron madurando y cuando estoy en una calle muy concurrida o en la tienda, la gente empieza a verse diferente: algunos tienen el cabello mojado y pintado de un color verde azulino, mientras que a otros les gotea agua salada de los dedos; otros tienen ojos que destellan como relámpagos; otros tienen cuernos y musgo entre sus dientes; y otros no son más que sombras profundas y densas que se escabullen por el suelo. Una vez, un buzón de metal grande en la puerta de la oficina del correo se transformó en un animal inmenso con cuerpo de león y cabeza de humano, me miró fijo y soltó un rugido ensordecedor sin previo aviso.
También está el bosque denso de atrás de mi casa. Normalmente lo único que hay allí es un descampado, pero a veces veo un bosque alto y oscuro, un entramado de árboles interminable con hojas color hueso y telarañas relucientes que parecen hilos de saliva entre sus troncos. El bosque es eterno, sin salida a la vista, y cada vez que intento entrar… desaparece. Así, sin más.
Pero nunca había tenido una visión como esta, una en la que veo mi propio cadáver. Están empeorando. Yo estoy empeorando… y no sé por qué.
Ni siquiera estoy segura de que la psicóloga a la que mis padres me enviaron cuando tenía siete y apenas era lo suficientemente grande como para encontrar las palabras adecuadas para explicarle lo que me pasaba supiera qué era todo esto. Les dijo que tenía un trastorno de ansiedad severo y me enseñó técnicas de respiración para calmarme cuando tenía ataques de pánico. Técnicas que serían muy útiles si me las acordara durante las visiones. Pero la mayoría de las veces incluso me olvido de respirar. O peor aún, como esta noche, empiezo a gritar.
–Sé que se siente como estar maldita, Ree –dice papá–, pero no es eso. La ansiedad afecta a muchas personas y eso está bien. No estás sola, ya te pondrás mejor. Recuérdalo siempre.
Asiento y me acuesto en la cama. Mamá y papá se marchan y apagan la luz, pero ni bien oigo que cierran la puerta de su cuarto, voy corriendo al baño y me lavo los dientes: pasta dental sabor canela para sacarme el gusto a carne podrida de la boca, el único remanente de la visión. Me quedo mirando fijo al reflejo de mis ojos en el espejo, desafiando a mi rostro a que se descomponga, que me muestre mi muerte una vez más.
Pero al notar que no cambia, que no se derrumba ni se carcome, exhalo.
–No tengo miedo, no tengo miedo, no tengo miedo.
Si repites algo las veces suficientes, es muy probable que se vuelva cierto.
Un fantasma aparece en el espejo. Tiene mi cuerpo huesudo y mis rasgos: la misma tez oliva y el mismo cabello negro denso, los mismos ojos castaños, los mismos dedos largos y aretes de perlas rosadas. Pero si bien mis labios están cerrados y lucen pálidos, los de ella están separados por una sonrisa filosa. Y cuando la veo, yo también sonrío.
Dice: Escúchame, tú. El miedo no lastima.
Dice: Puedes tener una espada clavada en el estómago y creer que tu cuerpo está a punto de desangrarse, pero aun así tu alma permanecerá intacta.
Dice: Regresa a la cama.
La miro.
–Está bien –digo, aunque sea para sentir que son mis labios los que se mueven y no los del fantasma.
Vuelvo a la cama, pero no a dormir. La luz de noche de Rose brilla en su lado de la habitación, mientras yo, a solo un metro y medio, estoy sumida en la completa oscuridad.
Desde el otro lado del espacio que nos separa, oigo unos susurros suaves.
–¿Voy a morir? –susurra Rose y yo, desconcertada, no le respondo–. ¿Tuviste una premonición del futuro?
Me toma otro momento entender a qué se refiere: cree que el cuerpo que vi era el de ella. Malinterpretó mi mirada. Rápidamente, tomo una decisión. Si bien sé que es muy cruel, no la voy a corregir. Siento como si estuviéramos juntas en esto.
–No –le contesto, deseando que eso sea verdad–. Fue solo una pesadilla.
–¿Segura?
–Sí –miento.
–¿Me lo dirías si supieras que voy a morir?
–Sí, lo haría –le miento nuevamente.
–¿Qué crees que pasa después de la muerte? –pregunta, girando hacia mí.
Por un momento, me quedo pensando en eso. No en qué quiero decir sino en cómo quiero decirlo. Desde que empecé a tener las visiones, a menudo me pregunto sobre el más allá cuando estoy despierta por la noche. No lo pienso en términos lógicos (lo único que sé es que el más allá es la nada absoluta) sino más bien en lo que quiero que sea. ¿Qué tal si cuando morimos revivimos en un sueño del que no despertamos nunca más? Si pienso en eso, no me parece tan aterrador.
Y ahora me pregunto a mí misma: ¿cómo sería el sueño de Rose?
–Yo creo que te conviertes en viento y puedes ir a cualquier parte del mundo cuando quieras –dice–. Incluso, podrías ir a las estrellas si lo desearas y ni siquiera te quemarían –luego de una pausa, agrega–: No suena tan mal.
–No, la verdad que no –le contesto.
–Buenas noches, Ree –dice y su aliento ilumina el espacio, adhiriéndose al techo como la estática a un televisor, inquietante y brillante. Hipnotizante.
Parpadeo una vez, dos veces, y desaparece.
–Buenas noches –le contesto. Algunas veces desearía poder contarle todo, todo lo que me mantiene despierta por la noche. Pero contárselo a ella o a alguien más solo lo haría más real.
Porque aún hay más. En la visión, incluso algunos segundos después de despertar, detrás de la puerta del ático oí a alguien respirar. Una inhalación larga, fuerte y rasposa.
El tipo de respiración que alguien tendría antes de gritar.

Con la primera luz de la mañana, me levanto y me lavo la cara, esta vez sin ningún fantasma huesudo saludándome. Anoche por primera vez crucé la puerta del ático en mi visión y no quiero olvidarme ni un solo detalle. Regreso a toda prisa a mi habitación y me encuentro con que la cama de Rose también está vacía. Revuelvo por completo mi mesa de luz hasta encontrar un diario de tapa negra con todas las páginas en blanco. El que mamá nos dio hace un tiempo, cuando empezó a darnos clases en casa y nos dijo que era importante que recordáramos nuestros sueños y los escribiéramos. Los míos eran siempre lo mismo: la oscuridad, la escalera, la puerta. Ni me molesté en abrirlo. Pero ahora no podía desperdiciar ni un solo minuto. Le robo una pluma a Rose de su mesa de noche, me siento en la cama y, con una pierna colgando sobre el borde, escribo.
Una vez que termino, muerdo la pluma de plástico y repaso las palabras una vez más, con mi letra apurada y algo torcida:
Una puerta al final de una escalera alta en espiral. Un cosquilleo detrás de mis rodillas que me advierte que voltee y me aleje lo más rápido y lejos que pueda de la puerta. Pero nunca la abro. No debo abrirla: hay secretos detrás de ella y descubrirlos sería vivir por siempre con una carga muy pesada, como si tragar esos secretos indigeribles significara tenerlos dentro de mí para siempre, rugiendo en mi estómago, masticando mis venas.
Pero ya estoy cansada de no saber, por lo que extiendo una mano y sujeto el picaporte. Lo giro.
Aquí es donde casi siempre me despierto.
Pero anoche no.
La frialdad del picaporte de metal en mi mano, el chillido enfermizo de las bisagras, un cadáver podrido en el suelo. La respiración de alguien o algo en el aire. Y un grito.
Siempre he querido saber lo qué había detrás de esa puerta y ahora lo sé.
Pero ¿lo sé? Porque cuanto más pienso en ello, más segura estoy de que no era mi cadáver. Es decir, eso fue lo que vi al abrir los ojos, claro, pero no creo que fuera mi cuerpo en el sueño. Porque detrás de la puerta sentí a alguien o algo respirar. Y, si yo estaba muerta, entonces ¿quién estaba respirando?
Quejándome, arrojo el diario y la pluma hacia la cama. Gabrielle levanta la cabeza, desconcertada.
–Tengo hambre –le digo y me paro, para nada dispuesta a seguir pensando en todo esto hasta después del desayuno–. Vamos.
Encuentro a Renata en la cocina. Está comiendo sola en la mesa y la luz cálida del sol entra por la ventana abierta a su derecha, iluminando un lado de su rostro y sumiendo al otro en sombras. Esboza una sonrisa al verme.
–Shay me dijo que te perdona –dice Renata inesperadamente, con su cabello recogido en una coleta que se mueve a un lado de su cabeza. Muerde una tostada con manteca y la deja caer al suelo para Gabrielle.
No sé muy bien a qué prestarle atención, por lo que camino hacia la despensa a buscar una caja de cereales de chocolate y los sirvo en un tazón.
–¿Perdonarme por qué? –le pregunto, sentándome frente a ella. Somos las únicas en la mesa, Rose seguro ya está en su clase de ballet, Raisa probablemente siga durmiendo y mamá y papá están trabajando en el jardín.
–¡Por escaparte! –dice, sacudiendo la cuchara cubierta de leche como si no pudiera creer que le preguntara algo tan obvio. Tiene su diario de sueños abierto con una pluma encima a un lado de su tazón de cereal–. Dice que no debes temer de volver porque te perdona y muchas otras personas también. Lo que hiciste, ya está hecho, ahora solo quiere que estés a salvo.
–Ah –digo, asintiendo–. Está bien.
Y debería haberlo dejado ahí. Pero como soy curiosa y porque solo sueño la misma cosa, una y otra vez, y Renata no, y en especial porque mi corazón casi se sale de mi pecho con las palabras miedo y perdón, como una roca que rompe una ventana, como alguien que repite déjame entrar, déjame entrar, déjame entrar (lo cual no tiene mucho sentido, porque mi corazón ya está adentro, ¿verdad?), digo algo de lo que me arrepiento ni bien sale de mi boca:
–Está bien, pero ¿quién es Shay?
Renata suelta la cuchara en el tazón de cerámica aún lleno y salpica todo a su alrededor. Se pone de pie, estira los brazos y golpea ambas manos sobre la mesa, sin quitarme los ojos de encima.
–¡Shay, Shay! –grita, golpeando el suelo con su pie dos veces–. ¡La que come hombres y es tu amiga y te adora!
–Ah, ah, sí, claro –me retracto–. Solo…
Renata voltea y sale corriendo de la habitación.
Antes de seguirla, termino mi desayuno, por lo que tiene un poco de tiempo para calmarse. Su diario sigue abierto sobre la mesa y, si bien es tentador leerlo, no lo hago. Mis hermanas nunca fueron tan ambivalentes como yo al anotar sus sueños, pero Renata es sin duda la más prolífica de todas. Incluso habla de la gente de sus sueños como si fueran amigos de toda la vida, como si nosotras también los conociéramos, y cuando le decimos que no son reales, parece confundida y molesta.
Y luego se esconde.
Por lo general, la encontramos enseguida. Con el pasar de los años, descubrimos cada uno de sus lugares favoritos y nos acostumbramos a su tendencia a buscar lugares que nadie creería que elegiría. La playa es uno de ellos, más específicamente, entre dos rocas cerca del faro, a casi dos kilómetros por la orilla. Otro escondite es un pozo bastante profundo frente al cementerio. Le gusta ir allí después de una tormenta y quedarse con los pies sumergidos en el agua de la lluvia, mirando las tumbas al otro lado de la cerca negra de hierro.
Pero, sin duda alguna, su escondite de más fácil acceso es el rincón del armario que comparte con Raisa, a un lado de la puerta plegable.
Y es ahí mismo donde la encuentro sentada con las rodillas presionadas contra su pecho. Cuando abro la puerta, levanta la cabeza y la lleva hacia atrás, y veo como su tráquea se trasluce a través de la piel pálida de su cuello, acompañada por un tridente de venas delicadas. Me agacho y entro arrastrándome por debajo de la ropa. Juntas cerramos la puerta y quedamos en total oscuridad, salvo por una línea delgada de luz en la unión de las puertas.
–Lo único que quiero es encontrar el lugar de donde vengo –dice–. Solo eso. Mi origen. Porque no creo que sea este, Ree. No creo que sea este.
Me siento como ella, con las rodillas presionadas contra mi corazón.
–Yo tampoco creo que vengas de este armario.
–Ya sabes a lo que me refiero.
Y, de cierto modo, sí sé a lo que se refiere, sentada aquí casi a oscuras, casi en silencio. Empiezo a tener una sensación incómoda y áspera, como si el alma me estuviera raspando la piel y los huesos, no necesariamente para escapar, sino más bien para decirle a mi cuerpo que vaya a lugares imposibles, convencida de que puedo tocar las estrellas y no quemarme.
Al menos, creo que a eso se refiere.
–Entonces –digo–, cuéntame más sobre Shay.
Levanta la cabeza de la pared.
–¿Quién?
Los sueños de Renata son como las olas del mar, vienen y van. Flotan en la superficie por un rato y luego se hunden y se ahogan en las profundidades.