Kitabı oxu: «Neko Café»



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Índice
1. Serenata nocturna
2. Gato por liebre
3. Tienes ailurofobia, querida
4. Presentaciones informales
5. El oráculo felino
6. Ocuparse de la vida
7. El octavo pasajero
8. Serenidad, valor y sabiduría
9. Paseo nocturno
10. Se necesitan dos para bailar un tango
11. Siete vidas por estrenar
12. ¿Qué es un ikigai?
13. El tiempo lo cura casi todo
14. El bálsamo de la siesta
15. El misterio de Marc
16. Los ojos de Buda
17. Las cartas del profesor
18. Un tesoro enterrado
19. Stretching emocional
20. La excursión de Elías
21. ¿Sabes hablar gato?
22. Celebración agridulce
23. El regalo de Fígaro
24. El caballero negro
25. La curiosidad salvó al gato
26. La ecuación del cambio
27. Nueva vida para una vieja casa
Leyes felinas para la vida
Agradecimientos
Para los seres felinos. Gracias por existir.

He convivido con varios maestros zen.
Todos ellos eran gatos.
–Eckhart Tolle

1. Serenata
nocturna
En los países árabes y en Turquía, los gatos tienen seis vidas. Nueve donde se habla la lengua de Shakespeare. ¿Para qué necesita tantas vidas un gato? Un viejo proverbio inglés lo explica así:
En las primeras tres juega.
En las tres siguientes vaga por las calles.
Y en las tres últimas se queda en casa.
Antes del Neko Café, Nagore no sabía nada de gatos, pero sentía que no tenía ninguna vida. Ni una sola.
Todo empezó una noche de calor sofocante. Tras dar muchas vueltas a su cuerpo sudado, había conseguido dormirse. Llevaba apenas una hora de sueño cuando un chillido agudo y angustioso la despertó.
Al principio, Nagore pensó que aquel grito había surgido del fondo de una pesadilla. Se giró en la cama. Estaba demasiado agotada para regresar al mundo. Todavía no…
Entonces volvió a oírlo, ya plenamente despierta. Parecía el gemido de un niño que lloraba desconsolado, sin que nadie lo reconfortara.
Se tapó la cabeza con la almohada, intentando silenciar aquel ruido y volver a dormirse. Pero le resultó imposible, pues a la primera voz se unió una segunda más agresiva aún.
Entonces cayó en cuenta: aquellos malditos gatos callejeros estaban librando una de sus reyertas justo debajo de su ventana, en el patio interior que amplificaba los sonidos como un altavoz.
Cómo odio el verano…, se dijo muerta de sueño. De tener aire acondicionado habría cerrado la ventana para ahorrarse aquella tortura, pero no era el caso. La necesitaba abierta para respirar en medio del bochorno.
La serenata nocturna siguió con un coro disonante que parecía formado por voces de bebés desamparados. Hasta que uno de los gatos lanzó un rugido y su contrincante respondió con un bufido amenazador.
Nagore se incorporó furiosa. Sentada en la cama, también ella habría maullado de desesperación de no haber otros vecinos luchando contra el insomnio.
Un nuevo grito de guerra se le clavó en el oído como un puñal. Aquello era más de lo que podía soportar. Sin encender la luz de su habitación, tomó el vaso lleno de agua de su mesita de noche y lo vació de golpe por la ventana.
Un maullido abrupto, seguido del crujido seco de una maceta derribada, le indicó que había dado en el blanco.
Con los nervios consumidos, apoyó la espalda en la cabecera de la cama y encendió la lámpara verde oliva de la mesita de noche. Desvelada, tomó su smartphone para mirar la hora. La pantalla quebrada mostraba las tres y cinco de la mañana junto con el sobrecito que indicaba la entrada de un mensaje de texto.
Era del banco.
Llena de inquietud, apagó la luz, como si así el personal del banco no pudiera verla. Un pensamiento estúpido, ya que seguramente dormían a pierna suelta, con la habitación a veintidós grados centígrados por obra y gracia del aire acondicionado.
Le notificamos que el próximo día laboral está previsto el cobro de una factura que supera su saldo actual. Para cualquier aclaración, rogamos se ponga en contacto con el personal de la compañía.
Nagore tocó el teclado nerviosamente para ir a su cuenta bancaria y comprobar el grado de la catástrofe. La cantidad que encontró allí le encogió el corazón: veintitrés euros solitarios contra los más de cien que pretendían cobrarle por el teléfono.
–¡Mierda! –exclamó en la oscuridad mientras pensaba cómo podía haberse acumulado aquel cargo. Su tarifa de internet y llamadas era de cincuenta y cinco euros. Había hecho una llamada corta a dos amigas en Londres y otra a Marrakech, pero jamás hubiera imaginado que le caería aquel golpe.
Indignada, habría llamado de inmediato a la compañía telefónica, pero sabía que trataría con máquinas o con operadores en la otra punta del mundo, lo cual no haría más que empeorar su humor.
Tras dejar el celular en la mesita, se abrazó las rodillas y escrutó la oscuridad mientras trataba de calmar su mente. Llevaba media docena de entrevistas de trabajo sin resultado alguno. Desde que había dejado la galería, y a Owen con ella, nada le salía bien.
Sin darse cuenta, las lágrimas empezaron a bajar por sus mejillas.
Podía pedir ayuda a sus padres, pero eso sería una derrota demasiado dura de superar. Aquí estoy: sin trabajo, sin dinero, sin pareja… solo deudas y esos gatos horribles en el patio que no me dejan dormir, se dijo mientras calculaba que solo faltaban cinco meses para que cumpliera los cuarenta.
Nagore se sentía en medio de un agujero negro existencial que la arrastraba sin remedio hacia su centro vacío.
Para tratar de animarse, se transportó al recuerdo de un verano ya muy lejano cuando había ido de campamento con Lucía, su compañera de clase en la facultad. Dos chifladas estudiantes de diseño gráfico recorriendo Somerset, al sur de Inglaterra, en busca del grial.
Justo en aquel momento, el smartphone vibró dos veces mientras la pantalla se iluminaba en la oscuridad.
Tras desconectar el teléfono en su enésimo intento de dormir, Nagore se preguntó quién diablos le escribía un whatsapp a mitad de la noche.

2. Gato por liebre
El timbre estridente del teléfono fijo despertó a Nagore con un sobresalto. Hacía apenas un par de horas que había logrado dormir, así que volvió a enterrar la cabeza bajo la almohada, esperando que colgaran. Ese aparato lo tenía en la sala porque por allí solo llamaban para venderle tarifas milagrosas. Cuando por fin se calló, suspiró aliviada. Parecía que la inercia del sueño volvía a llevársela cuando una nueva andanada de timbrazos dinamitó el descanso.
Entendiendo que el vendedor no se rendiría fácilmente, salió del dormitorio sintiendo mareos a cada paso, como si caminara por la cubierta de un barco. Su primer impulso fue desconectar el aparato y volver a la cama, pero la duda hizo que levantara el teléfono.
–¡Nagore! ¿Estás ahí?
Hacía más de dos años que no escuchaba aquella voz fresca y enérgica, que le hizo perdonar enseguida que llamara a las ocho y media de la mañana.
–Lucía… Justo ayer me acordaba de ti.
–¿Leíste mi whatsapp?
–No… Todavía no. Estaba durmiendo. Bueno, intentaba dormir. ¿Qué pasa? –preguntó alarmada–. ¿Murió alguien?
Una risa cristalina al otro lado del teléfono reveló que su vieja amiga seguía siendo la de siempre.
–Seguro que alguien ha muerto, cada día muere gente –dijo, filosófica–. Pero yo te llamo para darte buenas noticias… Hace unos días me escribió Amanda desde un refugio del Atlas. Estuvimos recordando anécdotas de la facultad y poniéndonos al día… Sé que he estado muy out últimamente, perdona la desconexión. Tener un bebé se traga todo el tiempo como un agujero negro.
–Me imagino –dijo Nagore con súbita tristeza–. Tengo muchas ganas de ver a…
–Saúl. Se llama Saúl.
Nagore se disponía a disculparse, pero Lucía la cortó con su voz cantarina:
–¡Tranquila! Muy pronto lo conocerás.
–Tampoco hubiera podido hasta hace poco… Pasé diez años en Inglaterra y volví hace unos meses. La razón da igual ahora. ¿Cuál es la buena noticia? –preguntó Nagore sin poder ocultar un bostezo.
Esperaba un anuncio del tipo: “Estoy embarazada por segunda vez” o “Me voy a casar y te quiero ver en mi boda”, pero no.
–Necesito explicártelo en persona… –dijo en su lugar el miembro más optimista del trío Calavera, como las llamaban en la facultad–. ¿Quieres que pase por tu casa? Tengo que estar en la oficina antes de las diez, pero podemos tomar un café.
–Mejor en la cafetería del mercado… –con un dolor de cabeza creciente, Nagore barrió con la mirada el desorden en la sala–. En veinte minutos estaré ahí.
–¡Genial!

Una ducha y cincuenta pasos después, Nagore abrazaba a Lucía. Su energía la hizo sentir aún más débil.
Volvió a pensar que estaría mejor en la cama, pero conocía lo suficiente a Lucía para saber que no se la habría quitado de encima fácilmente. Con todo su buen corazón, era terca y mandona. Si había decidido que tenían que verse a las nueve de la mañana, así sería, aunque tuviera que echar abajo la puerta de su apartamento. Era inútil resistirse a ella cuando quería algo.
–Dos jugos de naranja y un par de cafés –pidió al mesero sin siquiera preguntar a Nagore–. También nos compartiremos un sándwich de esos.
–¡Espera! –le rogó escandalizada–. Solo tengo un par de euros… Hace tiempo que no nos vemos, pero te informo que no tengo mucho dinero.
–Ya lo sé, tonta… Amanda me explicó que has estado buscando trabajo sin mucho éxito… No te preocupes, yo invito. ¡Hoy toca celebración! En cualquier caso, tus problemas financieros están a punto de terminar.
–¿Ah, sí? –preguntó Nagore incrédula.
–Definitivamente, por eso quería verte. La buena noticia es que, por una casualidad del destino, te encontré un empleo.
En estado de shock, Nagore se dijo que todo estaba sucediendo demasiado rápido para su castigada cabeza.
–¿De veras? –balbuceó asombrada–. ¿De qué se trata?
Lucía dio un mordisco a su mitad de sándwich de salmón y bebió un poco de jugo antes de explicar:
–Tal vez no sea el trabajo que esperabas, pero te servirá para pagar facturas y algo más. La próxima vez me podrás invitar a desayunar –sonrió satisfecha.
–¿Y cómo sabes que me lo van a dar? Supongo que tendré que pasar una entrevista y… debo de tener rostro de fracasada, porque últimamente me han rechazado en todas.
–En esta no, aunque por supuesto tendrás que conocer a la dueña.
–¿Cómo sabes que no?
–Es una corazonada.
Lucía se terminó su café de un sorbo y se limpió los labios con un trozo minúsculo de servilleta. Luego puso sus manos pequeñas y delicadas sobre la mesa, mirando abiertamente a los ojos verdes de Nagore. Las bromas se habían acabado y se disponía a hablarle en serio.
–El hecho de que no hayas encontrado trabajo hasta ahora no tiene nada que ver con tu edad, cielo. Quizás el problema es que no sabes lo que quieres y eso lo nota quien debe decidir si eres la candidata idónea.
Nagore suspiró irritada. Tras dos años sin contacto, Lucía no tenía derecho a juzgarla.
–Pero encontré la solución perfecta para ti –prosiguió–. Una amiga japonesa se mudó a Barcelona y necesita a alguien de confianza para el café que está a punto de abrir. De entrada, puede pagarte mil euros al mes, además de seguridad social, vacaciones, etcétera.
El mesero que las había servido pareció aguzar el oído. Nagore pensó que tal vez él cobrara menos que lo que le estaban ofreciendo.
–No tengo experiencia alguna de mesera… Cuando me haga la entrevista verá que no sirvo para el puesto.
–¡Seguro que sirves! –le dijo Lucía revolviéndole la melena negra azabache–. Es uno de estos lugares en los que los clientes se quedan una hora con un café… y creo que no caben más de quince. Yumi necesita alguien que hable bien inglés, como tú, porque no sabe otro idioma. Aparte de japonés, claro.
–Entonces no parece tan mal… –repuso más relajada–. ¿Dónde está? ¿Y cuál sería el horario?
–Está a diez minutos de aquí. Me dijo que el horario es de dos a ocho y media, pero los sábados también trabajarás. Te espera esta misma tarde, porque su idea es abrir oficialmente el lunes.
Superada por los acontecimientos, Nagore pensó que tendría el fin de semana para hacerse a la idea. Trabajar seis días por semana en algo que nunca había hecho se le hacía difícil, pero siempre sería mejor que quedarse en la calle por no poder pagar la renta. Eso si sobrevivía a la entrevista.
–Si le gustas, Yumi te ofrecerá un mes de prueba –explicó Lucía–, y luego contrato indefinido. Sé que tu misión en la vida no es servir tés y pasteles, pero… te servirá mientras buscas algo mejor. Eso sí, te recomiendo que controles tu mal genio si no quieres volver a la casilla de salida.
–Sabes que soy una buena chica–replicó indignada–... casi siempre. ¿Me estoy perdiendo de algo?
–Bueno… de hecho, hay un detalle de ese café que no te he contado aún.
–¿Qué detalle? –preguntó temiendo que su amiga la estuviera dirigiendo a un antro de vicio.
Ella sonrió nerviosa antes de declarar:
–Nagore, es un café de gatos.

3. Tienes ailurofobia, querida
Nagore pasó la media hora siguiente mirando su taza vacía de café, después de que Lucía se fuera. Las risas de un grupo de trabajadores de la construcción recién llegados contrastaban con su estado de ánimo.
Sin fuerzas para levantarse, desvió la mirada hacia un cuadro terrible colgado detrás de la barra. Con un torpe estilo amateur –sin duda era obra de algún familiar de los dueños– mostraba un árbol pelado bajo la tempestad. Ese esqueleto arbóreo era su vida y la tormenta que se aproximaba tenía un nombre: Neko Café.
Antes de salir corriendo, Lucía le había dicho que así se llamaba el lugar de trabajo al que aspiraba, ya que neko significa “gato” en japonés.
Lo que Nagore no se había atrevido a decirle era que no se creía capaz de hacerlo. No importaba cuánto necesitara el dinero. Se presentaría a la entrevista por respeto y compromiso con su amiga, pero haría lo posible para no ser elegida.
Sosteniendo la cabeza entre las manos, con su melena negra como una cortina que la protegía del mundo exterior, bajó la mirada hacia su propio vestido. Tras muchos años de uso, pedía a gritos su jubilación, pero era impensable que aquel verano pudiera renovar su vestuario.
Bordeando el ataque de nervios, no dejaba de pensar en los gatos callejeros que le arruinaban las noches. ¿Tendría que aguantarlos también de día, en una cafetería para ellos? No way…, se dijo, repitiendo la expresión favorita de su exnovio.
Habría preferido trabajar en una tienda de reptiles o en una reserva de arañas venenosas que soportar y alimentar a aquellos egoístas peludos. Cuando era niña la gata de su abuelo le había arañado el rostro cuando la acarició mientras comía, desde entonces los odiaba con toda su alma.

Tras una siesta para reponerse del disgusto, la desesperación y la furia dieron paso a la resignación. Mientras se daba una ducha, se dijo que no estaba en situación de rechazar ninguna oferta, aunque fuera el trabajo más espantoso del mundo.
Estaba tan nerviosa que llegó a la cita diez minutos antes de la hora.
Le pareció que en el aire flotaba el aroma de azahar procedente de los árboles de la plaza. Desde allí, enfiló la calle peatonal hasta el número veintinueve. Antes de atreverse a entrar, estudió el establecimiento a cierta distancia.
Tenía la frente y las manos empapadas de sudor, y no era por el aplastante julio barcelonés. Hizo un par de respiraciones largas y profundas, como le había enseñado su profesor de yoga en Londres.
Sobre la puerta de entrada, un rótulo con las palabras “Neko Café” servía de soporte a una gran taza de café de la que asomaba la cabeza de un gato negro. De no ser por su aversión a los felinos, le habría parecido un diseño gracioso.
Bajo aquel rótulo artístico, un amplio ventanal mostraba a los dueños y señores del lugar. Dos de ellos estaban encaramados en las ramas de un árbol falso con una atalaya en lo alto. Otro la vigilaba, desconfiado, desde debajo de una mesa. Le pareció ver dos más al fondo de la cafetería, durmiendo ovillados en un cesto del que salían ambas colas.
Sin duda, el escenario de una pesadilla.
Nagore estaba a punto de arrojar la toalla cuando, al darse la vuelta, casi chocó con una mujer japonesa menuda y elegante. Vestía en blanco y negro, como los colores del rótulo.
–Tú debes de ser Nagore –dijo en un inglés impecable mientras le ofrecía una tarjeta con ambas manos haciendo una leve reverencia–. No abrimos al público hasta el lunes, pero ya está todo preparado.
Tras guardar la tarjeta de Yumi en su bolso, pensó que quizás había sido torpe de su parte no traer un currículum o una simple tarjeta de presentación.
–Ya me ha dicho Lucía que adoras a los gatos –dijo la japonesa mientras abría la puerta para invitarla a pasar.
Nagore tragó saliva a la vez que con su mente enviaba a su amiga un rayo fulminador.
–¿No entras? –preguntó Yumi gesticulando con sus manos blancas y pequeñas.
Incapaz de hablar, Nagore se limitó a asentir con la cabeza. Cuando la puerta se cerró a sus espaldas, supo que ya no tenía escapatoria. Se encontraban en un pequeño recibidor con un par de bancas y otra puerta que daba acceso al espacio de los gatos.
–Esta salita separadora es para evitar que los chicos se escapen a la calle, ya sabes. Como no conocen la ciudad, no sobrevivirían a los coches. Aquí es donde recibimos a los clientes que han reservado su hora en el Neko Café. También las mercancías llegan por aquí.
A Nagore le causó repulsión que llamara chicos a aquellos salvajes que aguardaban al otro lado de la puerta que Yumi acababa de abrir.
–Voy a prepararte un café… –dijo guiándola hasta una mesa al fondo de la sala, al lado de la barra–. Espérame aquí, por favor.
Mientras la japonesa manipulaba la cafetera con pericia, Nagore sintió que le faltaba el aire. Cuando sobre la mesa aterrizó su café con leche, miró la espuma escandalizada. Con algún fino utensilio, la dueña había dibujado en la crema el rostro de un felino con largos bigotes.
¡No quiero gatos en mi café, por favor!, protestó interiormente Nagore, mientras evitaba mirar a los siete animales que la escrutaban con sus ojos azules, amarillos, verdes o naranjas, entre otras tonalidades.
A punto de sufrir un ataque de pánico, la pregunta de Yumi sobre sus empleos anteriores le llegó cómo un eco lejano.
–Los últimos diez años viví en Londres –explicó con esfuerzo–. Allí abrí una galería de arte con mi pareja. Vendíamos pequeños cuadros de artistas locales, en el barrio de Whitechapel. Fue difícil al principio, pero los últimos años logramos que funcionara… –una lágrima traicionera se escapó de su ojo izquierdo, bajando delatora por su mejilla–. Bueno, mi pareja me dejó al final porque se enamoró de nuestra artista más joven. Por eso regresé.
–La vida está llena de accidentes –le dijo Yumi, mirándola fijamente con sus ojillos chispeantes y las manos sobre la mesa–. Pero es mucho mejor estrellarse que seguir en una senda que no llega a ninguna parte.
Nagore se entregó a una serie de respiraciones profundas, agradecida por las palabras de Yumi, que le siguió hablando en tono maternal.
–Lucía me ha contado que necesitas trabajo con urgencia, por eso nos hemos reunido. Yo también te necesito, así que seguro que nos vamos a entender. Por otra parte, lo que harás aquí no es muy distinto de tu negocio en Londres.
La candidata levantó las cejas, sin comprender.
–Cada gato es una obra de arte en sí mismo. Y tu misión, de hecho, será vender cada una de esas obras de arte.
–¿Vender?
Un gato con rostro de mapache y los colores de su café con leche levantó las orejas desde un puf cercano.
–Sí, más allá de ganar dinero para podernos mantener, la misión de un café de gatos es lograr que los clientes los adopten y se los lleven a casa. Entonces podremos acoger nuevos ejemplares de la organización protectora de animales.
–Tiene mucho sentido…
Antes de decir nada más, el gato saltó del puf y avanzó hacia Nagore, que se quedó paralizada.
Sin compasión, acto seguido el animal dio un brinco sobre su regazo, lo cual la hizo liberar un grito de terror. Aquello no pareció alterar lo más mínimo al polizón, que se ovilló sobre sus piernas entre ronroneos, ajeno a su sufrimiento.
–Te presento a Capuccino –dijo Yumi, divertida–. Es el bebé consentido de este lugar.
Nagore ya estaba hiperventilando cuando la japonesa levantó al gato blanco y crema y le habló como a un niño.
–¿Nos dejas charlar un poco? –luego lo puso en el suelo y miró a su candidata de reojo–. Quizás adores a los gatos, pero tienes ailurofobia, querida.
–Ailurofobia… ¿y eso qué es? –repitió sintiendo que le subía la fiebre.
–Fobia a los gatos.
Al saberse descubierta, Nagore dejó que las lágrimas fluyeran libremente para lamer su rostro sudado. La japonesa bajó la voz, en tono de confidencia:
–No te preocupes, no es nada malo. De hecho, para los chicos es mejor así.
–¿Qué quieres decir? –preguntó secándose las lágrimas con una pequeña servilleta.
–Mira lo que ha sucedido con Capuccino… Es un gato muy curioso y a la vez muy cobarde. Jamás habría saltado al regazo de alguien que no conoce, como ha hecho contigo.
–No entiendo…
–Quizás los gatos no comprendan las palabras, pero son muy buenos leyendo emociones. Capuccino ha captado a la perfección que estás muerta de miedo y que no te moverías si subía a tu regazo. Por eso lo ha hecho. Sabe que no le harás daño ni lo molestarás.
–¿Por qué iba a hacerle daño? –preguntó Nagore, cada vez más confundida, mientras el felino en cuestión seguía en el suelo, esperando una nueva oportunidad para asaltarla.
–Si hay algo que odian los gatos es que los manoseen, podrás verlo cuando abramos el lunes. Por eso, en un círculo de personas siempre eligen a aquella que no va a acariciarlos por miedo.
–Entonces… –balbuceó Nagore–, ¿significa eso que estoy contratada?
–Por supuesto –repuso alegre–. Esta tarde iremos a la oficina del administrador a firmar tu contrato.

4. Presentaciones informales
Cuando el nerviosismo de Nagore se calmó un poco, pudo ver que el espacio estaba diseñado con buen gusto. Entre las paredes de colores suaves había media docena de mesas bajas con sillas de colores y dos enormes árboles para gatos. Sus bandejas con arena estaban bajo las bancas, lejos de los recipientes con comida.
Yumi le explicó con precisión nipona todas las tareas que debería realizar cada tarde, antes de la llegada de los clientes, para la comodidad de los chicos.
–Aparte de limpiar sus areneros y ponerles comida dos veces por tarde, no necesitarán nada más de ti. Aunque estén aquí, son muy independientes, ¿sabes? Tu misión será, sobre todo, servir a los humanos: ya sabes, recibirlos, explicarles cómo deben comportarse con los gatos, preparar cafés con bigotes… también tenemos recuerdos a la venta en la vitrina al lado de la barra.
Nagore levantó la cabeza para ver la selección de gadgets: tazas con el emblema del local, dijes gatunos, portavasos con forma de pata y otras inutilidades, a su entender.
–Ya que vas a trabajar con ellos, ha llegado la hora de las presentaciones. Como a Capuccino ya lo conoces –dijo Yumi mientras el aludido recuperaba su posición en el puf–, quiero que conozcas a este señor de ahí arriba.
En lo alto del árbol artificial más apartado de la calle había una plataforma con dos ejemplares durmiendo: un gato enorme tenía acoplado en cuchara un ejemplar rojizo de menor tamaño.
Parecen alfombras en vez de gatos, pensó Nagore con disgusto.
–Ese gigante blanco es Chan, nuestro maestro zen. Es bastante mayor y verás que le falta un ojo. No sabemos cuál es su historia, pero todos los gatos se pelean por acostarse con él. Lo único es que se vuelve un poco loco con la luna llena... –agregó Yumi, pensativa.
–¿Qué quieres decir con que se vuelve loco? –preguntó Nagore mirando angustiada aquella gran masa de pelo.
–¡Oh, nada serio! Empieza a merodear maullando como si hubiera perdido algo –Nagore asintió, intranquila–. El más huidizo es el que duerme con el maestro: esa bola de pelo roja se llama Licor, que aún es un bebé. Todavía no tiene ni medio año. Le encanta escaparse y crear problemas. Cada vez que intentes tocarlo, saldrá a la carrera, pero tampoco puede ir muy lejos…
Me abstendré mucho de tocarlo, se dijo Nagore mientras notaba horrorizada que algo suave le rozaba los pies desde atrás, justo por encima del tobillo.
Se giró con rapidez pero no vio nada.
–¿Por qué están aquí estos gatos? –preguntó, luchando por mantener la compostura–. ¿Y cuántos son?
–El café da refugio a siete ejemplares de momento. Nuestra misión es encontrar para ellos un hogar permanente. ¿Tal vez te gustaría llevarte uno a casa? –al ver el miedo en los ojos de Nagore, se inclinó sobre una caja de madera con un agujero en lo alto–. Ahí dentro está Smokey. ¡Apenas la verás! Tiene una capacidad prodigiosa para esfumarse, por eso el nombre. Nuestra princesa de humo tiene unos maravillosos ojos verdes. Además de ocultarse, le encanta aparecer de repente como un fantasma. Luego desaparece de nuevo. Es muy esquiva y, al día de hoy, nadie ha logrado tocarla.
Nagore se asomó con prudencia sobre el agujero en la parte superior de la caja, pero solo logró ver dos estrellas verdosas que brillaban en la oscuridad.
–¿Es negra? –le preguntó a Yumi mientras intentaba domar sus nervios.
–Sí, correcto… Smokey es una pequeña pantera negra, siempre alerta. ¿Un poco como tú, quizás? ¡Apuesto a que también eres difícil de atrapar!
–No –murmuró sin entender aquel comentario–. De hecho, odio correr.
–Ya, pero tus ojos verdes son bonitos y tu pelo negro parece el de una japonesa… Quizás tienes más en común con Smokey de lo que crees.
Nagore liberó una risa estúpida como toda respuesta.
Tras avanzar hacia el centro del local, Yumi le presentó un gato atigrado que bostezaba sobre un almohadón solitario, como una balsa en medio del mar de madera que era el suelo. Justo entonces, Smokey apareció de la nada como un Ferrari negro y pasó entre las piernas de Nagore antes de brincar olímpicamente hacia el árbol cercano a la vitrina.
Yumi dejó escapar una risa tan dulce que Nagore tuvo que comenzar a reír también, lo cual ayudó a que su nerviosismo se evaporara.
–Ya te estás dando cuenta de que son espíritus libres –dijo la japonesa mientras se aflojaba el pelo de su moño, dejando que su melena negra barriera sus orejas.
–Quieres decir que de verdad no les importa que yo esté aquí, ¿verdad?
–Así es, a ellos les importa poco, puedes estar tranquila –dijo acariciando al felino atigrado, que parecía sonreír con los ojos cerrados–. Les da igual qué pienses de ellos. Si un gato quiere algo de ti, te lo hará saber. Si le falta comida o cualquier otra cosa, lo sabrás de inmediato –y, dando unas palmaditas en la espalda al gato atigrado, dijo–: te presento a Sherkhan que, aunque en varios idiomas indios significa “señor tigre”, su interés principal son los perros, por cierto...
–¿Le gustan los perros? –preguntó sorprendida.
–Bueno, le gusta volverlos locos. Es un provocador. Cuando ve a uno en la calle, junto al café, se lanza sobre el cristal y le da un susto de muerte.
El gato con rostro de mapache, nariz rosa y ojos azules como un cielo de verano seguía la explicación con gran interés desde su puf. Nagore rezó porque Capuccino no intentara volver a subir a su regazo. Parecía a punto de hacer algo… y finalmente decidió echar a Sherkhan de su almohadón, algo que el gato atigrado aceptó con resignación.
–Esta es otra característica de este niño mimado –explicó Yumi–. Siempre quiere el lugar de los demás.
Las dos mujeres observaban en silencio cómo el gato mapache comenzaba a limpiarse sobre el almohadón recién ocupado.
–Terminaré las presentaciones, no quiero aburrirte. Esa bola de pelo largo es Blue, nuestra anciana gruñona –continúo Yumi y señaló a un gato acurrucado en un rincón con rostro de malas pulgas–. Lleva un collar amarillo porque ataca. Es como una reina que ha luchado por ganarse el respeto de los chicos. Blue detesta a los otros gatos, pero tampoco le gustan los humanos. Tendrás que vigilar que los clientes se mantengan lejos de ella o tendremos problemas.
Nagore asintió con suavidad e hizo una nota mental de no acercarse jamás a esa gata de collar amarillo, aunque se llamara Blue.
–Y el último de la tribu es ese chico blanco y negro con medio bigote: ¡Fígaro! –lo presentó Yumi mientras el aludido caminaba sobre una banca.
La japonesa lo capturó con un movimiento rápido y lo meció en sus brazos, mientras proseguía:
–Fígaro es pacífico como un peluche. Y tiene una paciencia enorme. Cuando perdió a su anterior dueña, una mujer mayor, su nieto lo dejó aquí. Lo que más le gusta es recibir mimos y la música clásica… Cuando le pongo a Bach, se queda quieto y levanta las orejas. No se quiere perder ni una nota.
Fígaro empujó su cabeza contra la barbilla de la japonesa, como si reclamara más caricias. Tras ocuparse un poco de él, Yumi puso al gato en la banca de madera y volvieron a sentarse en la misma mesa, junto a una Nagore todavía rígida.
–Entonces… ¿crees que podrás soportarlo?
Nagore suspiró.
Entendiendo aquello como una afirmación, la japonesa sacó del bolsillo de su vestido un manojo de llaves y se las entregó con una sonrisa a la nueva empleada.
–Habrá muchos momentos en los que yo no esté, así que puedes venir todos los días a las dos, aunque el Neko Café abra hasta las cuatro. Tendrás esas dos horas para acondicionar el local, ponerles comida y agua fresca a los gatos, limpiar sus cajas de arena… Ellos van siempre primero. Luego puedes hornear pasteles y comprobar que no nos haga falta nada del listado de despensa.
–Creo que podré con todo –se oyó decir Nagore.
–¡Así me gusta! Y no temas por tu ailurofobia… La mayoría hará como si no existieras. Si acaso, serás una sirviente si necesitan algo. No esperes cariño de ellos. Capuccino es una excepción.
Nagore volvió a mirar incómoda al gato de ojos azules y pelaje café con leche. Su instinto le decía que no debía confiar en las excepciones, especialmente si se presentaban como un gato con rostro de mapache.
–Esta es una lección importante que me han enseñado todos los gatos –dijo Yumi para concluir aquella pequeña ceremonia de presentaciones–. Acéptate como eres y no necesitarás la aprobación de los demás.

5. El oráculo
felino
El barrio estaba tan silencioso como si todo el mundo hubiera muerto en un ataque de zombis. Nagore adoraba aquellas mañanas dominicales de resaca del sábado.
Tal vez fuera por la tensión que le habían producido los últimos acontecimientos, pero había logrado dormir de corrido. Eran poco más de las ocho de la mañana cuando fue a la cocina a prepararse un café con la última cápsula que le quedaba.
Esto es preocupante, pensó mientras llenaba medio tazón de aquel brebaje espumoso de sabor tan poco natural. Luego esperó a que se enfriara y mordió una manzana de piel rugosa que llevaba días abandonada sobre el mármol.
Desde niña, los domingos le parecían angustiantes. En lugar de disfrutar del día de fiesta, lo sufría como una cuenta regresiva hacia el lunes. Cerca de cruzar la frontera temible de los cuarenta, volvía a embargarle aquella aplastante sensación mezclada con perplejidad.
Lo que le estaba pasando quedaba a años luz de lo que jamás hubiera imaginado que ocurriría en su vida.
Tomó un par de sorbos de café sin azúcar, tal como le gustaba, tratando de aprovechar aquellas horas de calma. Antes de las once el vecino empezaría “la ópera de los domingos”. El vecino de arriba, un viudo de edad indeterminada, seguía la dolorosa tradición semanal de difundir arias a un volumen que le hacía pensar que debía de tener los oídos tapados.
No tenía nada urgente que hacer, así que sus pies descalzos la llevaron hasta el escritorio de la sala, donde la aguardaban un montón de libros.
La base de aquella montaña estaba allí desde que sus cosas habían vuelto de Londres en un lento transporte marítimo. Se componía de novelas históricas que, en circunstancias normales, le habría gustado leer, pero los últimos meses no solo había perdido el interés por la literatura, sino por casi todo.
En lo alto de la pila estaban tres libros que Yumi le había dado para que se familiarizara un poco con los gatos.
Se los llevó al sofá a regañadientes junto con una pluma y una hoja de papel. Su nueva jefa le había prometido que aquellos libros eran divertidos y que le serían útiles si, además de descansar el fin de semana, quería prepararse para el primer día de trabajo.
Observó los libros con suspicacia por un momento, pero entonces su mente regresó al primer encuentro que tuvo con los gatos en la edad adulta. En especial a su encuentro con el caprichoso y mandón Capuccino.
Antes de sumergirse a la fuerza en aquellas lecturas, decidió cultivar una de sus pasiones: hacer listas y esquemas para tratar de entender su vida. El asunto de esta estaba más que claro:
Voy a trabajar en el Neko Café
Pros:
Con mil euros al mes puedo pagar la renta, las facturas e incluso comprar algo de comida.
Me ahorro la humillación de pedir dinero a mis padres.
Tendré algo que hacer y así no me volveré loca encerrada en casa.
Haré una labor humanitaria, aunque no sé si esta palabra es adecuada para la labor de conseguir que los humanos se lleven a casa unos gatos que los terminarán convirtiendo en sus criados.
Me gusta Yumi.
Ya dije que sí.
¡Necesito dinero!
Contras:
Detesto a los gatos.
Detesto a los fanáticos de los gatos.
Siguió sentada varios minutos frente al papel, pero tenía la cabeza en blanco. No pudo pensar en nada más contra su nuevo trabajo.
Apartó la hoja con enojo y miró las portadas de los libros que, apoyados sobre sus rodillas, aguardaban en silencio a que ella los tocara.
El gato del Dalai Lama era una novela de David Michie. Un felino de rostro oscuro, ojos azules y orejas grises la miraba desde una tela roja con café.
Soy un gato, de Natsume Sōseki, mostraba un gato negro con café de mirada fija que tampoco le inspiró confianza alguna a Nagore.
¿Qué hace mi gato cuando no estoy?: una historia real de amor, obsesión y tecnología GPS era la propuesta más friki. El libro de Caroline Paul mostraba la acuarela de un gato café contra un fondo blanco.
Nagore tuvo que reconocer que le gustaban los dibujos de este último libro. Irradiaban tanta calidez y alegría que se dijo que algún día intentaría hacer ilustraciones como aquellas. Esa idea removió algo amargo en sus entrañas: hacía casi un año que era incapaz de dibujar nada.
Para ahuyentar el malestar que empezaba a invadirla, decidió recuperar un juego que había practicado en la adolescencia con su mejor amiga: el oráculo de los libros. Abriría cada uno en una página al azar y anotaría el primer fragmento que leyera. Serían mensajes que la guiarían en la nueva vida que estaba a punto de iniciar.
El oráculo de ¿Qué hace mi gato cuando no estoy? dio el siguiente resultado:
Nunca puedes conocer a tu gato. De hecho, nunca puedes conocer a nadie tanto como quisieras. Pero eso está bien; amar es mejor que conocer.
Hay algo de verdad en esto, pensó, aunque se podría añadir que no se puede confiar en nadie completamente. Sin más reflexiones por el momento, saltó al libro siguiente, El gato del Dalai Lama:
–Verá, profesor, este gato callejero y usted tienen algo muy importante en común.
–No me imagino qué –respondió el profesor con frialdad.
–Para usted, su propia vida es lo más importante del mundo –dijo su santidad–. Y también para este gato.
Hubiera sido bonito comprender aquel fragmento, pero Nagore se sentía más próxima al punto de vista del profesor que a lo que decía el Dalai Lama. ¡No quería ni pensar que ella pudiera tener cosas en común con un gato! Aun así, apuntó la frase obedientemente. Después, tomó el tercer libro, Soy un gato, y lo abrió al azar:
Si tuviera tiempo para escribir un diario, usaría ese tiempo para algo mejor: para dormir bajo el porche.
Esta frase por lo menos la hizo sonreír. Y decidió aceptar el consejo. Después de tomar nota, volvió a su habitación y siguió la recomendación del gato desconocido: se regalaría otro rato de descanso antes de que la ópera atravesara sus tímpanos.

6. Ocuparse
de la vida
Cuando llegó al Neko Café, la claridad de la tarde bañaba el local y varios gatos tomaban el sol con indolencia cerca del ventanal. Nagore inspiró con profundidad mientras abría la primera puerta. Llevaba sus jeans grises favoritos y unas botas viejas y cómodas: así evitaría que los gatos le arañaran los tobillos. Prefería que sus pies se asaran.
–¿Habías visto alguna vez a tantos gatos perezosos juntos? –le dijo Yumi a modo de saludo después de hacerla entrar con una gran sonrisa.
El vestido verde oscuro de Yumi, con su larga falda, le recordó a Nagore a un hada de los cuentos. Desde luego, hubiera preferido estar con ella en un bosque y no en un café de gatos.
Intentó doblegar su nerviosismo explicando que había empezado a hojear los libros y que, por el momento, el que más le gustaba era El gato perdido.
–Soy diseñadora gráfica –explicó– y me gustan los dibujos de ese libro. ¿Por dónde empiezo? –preguntó nerviosa.
–¿Ves las cajas de arena que están debajo de las bancas? –le explicó Yumi, mientras le tendía unos guantes de plástico–. Empezarás limpiando el arenero de los gatos. Mientras, voy a encender la máquina de café. Después revisaremos lo que falta en la despensa y te dejaré sola unas horas, si te parece bien.
–Sí, de acuerdo… –dijo Nagore blandiendo una pequeña pala y una bolsa para limpiar los areneros.
Intentó desconectar su mente para no sucumbir al pánico. ¿Y si le arañaban los brazos mientras retiraba sus excrementos? No podía imaginar nada más humillante. Sin embargo, en cuanto comenzó la tarea, comprobó que su presencia no preocupaba a los felinos en lo más mínimo. Eso, de alguna manera, alivió su tensión.
Yumi puso en un viejo reproductor de discos una selección de piezas de piano clásicas que hizo que Fígaro, el gato melómano, levantara las orejas.
–Queda demostrado que eres una buena limpiadora de areneros –le dijo tras haber conectado la máquina de café y comprobado las fuentes de los pasteles–. ¿Lista para pasar al siguiente nivel?
–Supongo que sí. ¿Cuál es?
–Ahora debes darte a conocer a la manada. La manera más fácil es darles comida y, créeme, siempre tienen hambre cuando abrimos. Si no fuera porque todavía no te conocen, ya estarían maullando alrededor de sus cuencos.
Yumi desapareció por una puerta detrás de la barra y regresó con una gran bolsa de croquetas. Nagore la arrastró junto a los cuencos y las empezó a repartir con una taza, según las medidas que le había indicado la japonesa.
El ruido de la bolsa despertó a la mayoría de los gatos que tomaban el sol; algunos incluso empezaron a correr en dirección a Nagore, que de inmediato se vio rodeada por una masa maulladora. El más apasionado era Capuccino, que se erguía sobre sus patas traseras, como si intentara arrebatarle la bolsa de croquetas de las manos.
Nagore contuvo el aliento y se preparó para un ataque múltiple, pero en cuanto llenó algunos cuencos, estos se convirtieron en el centro de atención. Nuevamente comprobó que ella no les interesaba. Solo les llamaba la atención la comida.
–Una vez oí a un conferencista decir que muchos de los problemas que tenemos son auténticos artículos de lujo –dijo Yumi mientras colocaba dos tazas de té verde en una de las mesitas, como si le hubiera leído el pensamiento–. Nos preocupamos por todo, incluso por cosas que no tienen importancia alguna. ¿No crees? En eso los gatos son expertos en ocuparse de sus asuntos en lugar de pre-ocuparse.
–Bueno… de momento parece que yo llevo una capa de invisibilidad y me encanta –contestó Nagore aliviada–. ¿Me enseñas cómo funciona la máquina de café?
–Claro, querida. Y, ya que eres diseñadora gráfica, te mostraré cómo hacer un rostro de gato bigotudo en el café con leche. A los clientes les encanta. El secreto está en la crema de la leche, que además se puede esculpir un poco. Mira...
Justo entonces empezó una trifulca entre Capuccino y Blue, la gata gruñona. Capuccino quería meter la pata en la comida de Blue pero, como resultado, se llevó unos cuantos zarpazos.
Para abortar la pelea, Yumi tomó un cojín de un asiento y salió de la barra amenazando al gato con rostro de mapache:
–¡Capuccino! ¡No seas malo! Tú ya comiste tu ración… ¡Deja comer en paz a Blue!
El gato no la entendía o no la escuchaba… Asustada, Nagore observaba a distancia cómo la gata de pelo azul oscuro luchaba contra su caprichoso oponente entre una lluvia de maullidos de indignación y bufidos agitados.
Cuando Blue se enfureció por completo, Capuccino bajó el lomo y empezó a retroceder, resoplando y bufando. Al parecer, se había equivocado de rival.
Para acabar con la contienda, Yumi les arrojó la almohada. Tras saltar para esquivarla, Blue empezó a perseguir a Capuccino por la sala.
–No es un mal chico, pero le encanta apoderarse de lo que es de otros. Por eso siempre anda metido en líos –y volviendo a la cafetera, Yumi le propuso–: Ven, ahora practicarás tú con los rostros de gato en el café con leche.
Aunque el motivo pictórico le parecía muy antipático, a Nagore le encantó aprender aquella técnica de arte efímero. Con la ayuda de un tubito metálico de la longitud de un lápiz pintó con cacao sobre la espuma.
Mientras creaba su primer café con bigotes, el teléfono sonó un par de veces. Yumi añadió las nuevas provisiones al listado y esperó a que Nagore terminara con su creación para explicarle:
–Los primeros clientes llegarán a las cuatro. Hay una familia, dos parejas y varios gatófilos solitarios. Para mañana hay un grupo grande. No está nada mal como estreno, ¿verdad? –dijo orgullosa.
Ella asintió a la vez que preguntaba:
–¿Dónde está la lista de precios?
–Técnicamente no podemos cobrarles. Las normas de sanidad no permiten que en una cafetería donde se manipulan bebidas y alimentos haya animales. Pero hecha la ley, hecha la trampa.
Nagore le dirigió una mirada interrogativa.
–Somos una asociación, como las protectoras de animales, y lo que les cobramos es un donativo, ¿de acuerdo? –explicó Yumi–. El café y pasteles que servimos son un regalo que ofrecemos a los clientes. Las normas básicas están escritas en las mesas junto al perfil de cada gato. ¿Recuerdas cuáles eran?
–Mmm… –Nagore se fijó en Blue, que ahora descansaba en la atalaya del árbol cercano a la ventana–. ¿El collar amarillo significa “no tocar”?
–¡Sí, Nagore, muy bien! ¿Y los demás gatos?
–Pueden jugar con ellos con las cintas y los juguetes que hay en el café, pero no pueden tocarlos, levantarlos ni molestarlos. Sobre todo cuando duermen.
–Aprobada. Ahora tengo que irme. Tú quédate aquí, por favor. A los chicos les gusta la compañía humana, aunque no lo demuestren.
Cuando se quedó sola, Nagore estaba alerta pero ya no aterrorizada, como había temido. Aun así, no dejaba de vigilar de reojo a aquella tribu de consentidos.
Algunos gatos dormían: uno sobre el cojín en el centro del café, dos en el árbol de gatos... Por último, se fijó en Capuccino, que la miraba expectante con sus ojos azul cielo. Su naricilla rosada en medio de la máscara de mapache lo hace casi adorable, pensó. Luego se enroscó y cerró los ojos.
Nagore salió lentamente de su refugio (así era como percibía la barra) y se acercó poco a poco al gato que iniciaba su siesta. Se aproximó lo suficiente para ver cómo su barriga se hinchaba con la respiración.
–¿Por qué eres tan malo, si puedes ser tan bueno? –le preguntó desde la distancia de seguridad de un brazo extendido.
El gato se encogió con un bostezo, como si ya estuviera soñando. Al notar su presencia, sus ojos azules se entreabrieron y miraron a Nagore con una mezcla de pereza y curiosidad. Después el sueño acabó de vencer a Capuccino.
Mucho mejor ocuparse de lo que estás haciendo, pensó Nagore, aunque sea una siesta, que preocuparse por cosas que ni siquiera sabes si sucederán.
Además de sacar esta conclusión, tomó conciencia de la lección que le había regalado Capuccino en las horas que llevaban juntos: sé auténtico de corazón. Es un gasto de energía inútil y agotador tratar de ser otra persona, fingir emociones que no son las tuyas.
En este punto de sus reflexiones, el gato abrió los ojos por un instante. Parecía decirle: “Así es, aprendiza”.

7. El octavo
pasajero
El tiempo pasó muy despacio aquella primera tarde. Hecha un manojo de nervios, mientras vigilaba recelosa a los siete gatos, el mundo exterior le parecía un lugar acogedor y espacioso, a pesar del calor del verano.
Cuando salió un minuto a respirar, algunos ojos almendrados, orejas y cabezas se volvieron para verla.
Faltaba una hora y media para que el Neko Café abriera sus puertas al público, que empezaría a llegar a las cuatro de la tarde.
De regreso al local, Nagore se aseguró de que cada mesa tuviera su librito para la consulta de los clientes. No solo las normas generales, recomendaciones y donativos, sino también un breve perfil de cada gato, exagerando los aspectos positivos y obviando los negativos, en su búsqueda de un hogar permanente.
A aquella hora de sol aplastante, la mayoría de los gatos tomaba su segunda o tercera siesta. Solo Smokey, la princesa negra, y el atigrado Sherkhan jugaban corriendo y persiguiéndose de arriba abajo, por todas partes. Cuando se cansaron de aquel juego, se situaron cada uno en dos extremos del café y empezaron a limpiarse meticulosamente.
Durante largos minutos todo estuvo en silencio, era como si ella fuera solo parte del mobiliario. No se movía nada, ni siquiera el aire, y casi se quedó dormida igual que aquella colonia de perezosos. La ventilación que llegaba desde la parte trasera de la cafetería era escasa. Nagore se dijo que sería una buena idea instalar aire acondicionado... o al menos un ventilador.
Mientras pensaba en eso, la sombra de una pantera surgió de la nada y voló hacia lo alto de la barra donde ella estaba apoyada, dándole un susto de muerte. Nagore tomó un trapo de la cafetera para expulsar a Smokey de allí, pero la gata ya estaba otra vez en el suelo y corría hacia el árbol de gatos más cercano a la barra. La princesa de humo se quedó unos instantes en una de las ramas, en un estado de total tensión, para luego lanzarse hacia un enemigo invisible sobre un puf desocupado.
Un rápido zumbido que atravesó el local hizo que Nagore se diera cuenta de lo que estaba pasando. Smokey estaba persiguiendo una enorme mosca que se había colado en el café. Su poco exitosa cacería no había despertado el menor interés en sus compañeros, pero a medida que el moscardón sobrevolaba aquel espacio prohibido, cada vez más gatos movían las orejas.
En un abrir y cerrar de ojos, Sherkhan, Fígaro y Capuccino se unieron a la misión de Smokey, lanzando sus zarpas al aire para interceptar el recorrido de la mosca.
Mientras Nagore seguía escandalizada por aquella persecución, se fijó también en que los otros tres gatos de la tribu se mantenían al margen de la aventura.
Chan, el gigante blanco tuerto, sesteaba ahora al lado de Blue en un estante con gatos de peluche. Solo sus traseros se tocaban. Licor, su compinche más pequeño, descansaba debajo de una banca.
Nagore se dijo que aquellos siete parecían dominar el arte de la aceptación mucho mejor que ella. Expulsados de las comodidades de la vida, ninguno había llegado con un historial brillante, pero aun así dormían, jugaban, correteaban y se provocaban mutuamente, como si no hubiera mañana. Exhibían una pasión por la vida que sin duda a ella le faltaba.
Con un salto casi olímpico, Smokey al fin atrapó la mosca. Los otros tres gatos intentaron rodearla, pero la gata rompió el cerco y desapareció por el pasillo del baño de los clientes con el trofeo entre los dientes.
Privados de su diversión, los tres felinos vagaron un rato por el café, bebiendo un sorbo de agua o comiendo un poco de croquetas, hasta que por último se acostaron para continuar la siesta.
Observar la coreografía de los gatos hizo que la rigidez de Nagore se aflojara un poco. Tal vez nada fuera tan importante como ella creía y todo se tratara, simplemente, de vivir.

Yumi llegó, acalorada, cinco minutos antes de la apertura. Tras dejar su bolso sobre el mostrador, volvió a consultar la computadora y anunció con nerviosismo:
–La primera pareja de invitados está a punto de llegar.
Justo en ese momento, un hombre joven con lentes abrió la puerta delantera y Yumi se apresuró hacia el recibidor. Ambos hablaron un poco antes de traspasar la segunda puerta.
–Este es Sebastián, querida. Sebas para los amigos. Puedes considerarlo uno de los nuestros, ya que diseñó la reforma del local para hacer posible el Neko Café. Y creo que es el único humano que le gusta a Blue –Yumi se volvió hacia el hombre–. Nagore es la nueva encargada. ¿Te apetece un café con bigotes?
–¡Sí, gracias! Por cierto… ¿Dónde está mi chica? –preguntó mirando a su alrededor, mientras Nagore preparaba su primer café con leche y le indicaba:
–Al lado de Chan, sobre la banca de madera.
–Ah… Pues me sentaré a su lado, solo para estar cerca, ¿de acuerdo? –prometió Sebas–. No voy a despertarlos, conozco las reglas.
Yumi sonrió satisfecha mientras se dirigía al recibidor para dar la bienvenida a una pareja.
A media tarde llegó un grupo de adolescentes ruidosos y dos parejas más. Entonces fue cuando empezó el caos: una chica pisó accidentalmente la cola de Capuccino, que empezó a bufar y atacó el tobillo de la agresora antes de salir huyendo.
Nagore tuvo que sacar el botiquín para curar los arañazos de la niña, que lloraba del susto.
Hasta la hora del cierre, el ruido de las voces y la atención excesiva sobreexcitó a los felinos, que empezaron a mostrarse más hostiles y esquivos. Nagore se sentía igual y le sorprendió darse cuenta de que, por una vez, estaba en el bando de los gatos.
Cuando no estaba sirviendo pasteles o “café con bigotes”, los clientes le hacían preguntas sobre los gatos que ella apenas sabía contestar. Eso sí, tuvo que repetir varias veces: “por favor, déjalo dormir”, “por favor, no toques a la del collar amarillo”, “por favor, ¡déjalos en paz!”.
Esto último lo gritó a un adolescente que no dejaba de fastidiar a Blue, que se había escondido en una esquina bajo una de las bancas.
Decidió poner la música de fondo para apaciguar el ambiente. Yumi celebró el detalle levantando un pulgar mientras horneaba un pastel y Fígaro, el gato blanco y negro con medio bigote, saltaba sobre la barra decidido a quedarse allí, para huir de los mimos de los desconocidos y escuchar la música más de cerca.
Desde aquel observatorio, contemplaba cómo solo Licor aceptaba jugar con los adolescentes, que lo hacían perseguir cintas y tubos.
–¡Es muy lindo! –gritó la lideresa de aquellos chicos.
La paz reinó por un rato cuando se marcharon, pero no tardaron en aparecer otras dos parejas y un grupo de tres personas.
Yumi parecía en su elemento: hablaba con los que sabían inglés, algo habitual en el barrio hípster de Gràcia, y contaba las maravillas de cada gato para conseguir adopciones, algo que no parecía nada fácil.
El viejo Chan montó un pequeño espectáculo cuando, alterado por el bullicio humano, casi se cayó de la banca al intentar bajar para ir al arenero.
A las ocho, poco antes de cerrar, llegó el último cliente del Neko Café. Era un hombre de mediana edad con el pelo corto y negro. Vestía un pantalón de gabardina, una camiseta tipo polo oscura y dejó a sus pies lo que parecía una caja de libros. Transmitía una mezcla casi oriental de discreción y pulcritud.
Cuando se sentó en la banca de madera, Chan se acercó con lentitud a inspeccionarlo. Olisqueó primero la caja y luego sus zapatos. Debió de inspirarle confianza, ya que con un suave brinco se sentó cómodamente a su lado.
Tras hablar un minuto con él, Yumi le hizo una señal con sus dedos índices en las mejillas a Nagore. Aquello significaba: “¡Sale otro café con bigotes!”. Después de más de una docena de creaciones, la renacida diseñadora gráfica había superado con creces el arte de Yumi en el lienzo de la espuma.
Una calma balsámica reinó la última media hora. En los minutos finales solo quedaba el hombre de negro, que escribía algo con una pluma fuente en su bloc de notas. Chan seguía a su lado con los ojos entrecerrados. Parecía que a ambos les gustaba aquella compañía sin palabras ni contacto físico.
Cuando el reloj que presidía la sala, que tenía forma de gato con la cola como péndulo, marcó las ocho y media, el hombre guardó con mucho orden sus cosas en su mochila.
Después de pagar, se despidió con un suave gesto de la mano. Sus ojos azules transmitían una mezcla de timidez y cordialidad.
El largo día por fin había terminado. Cuando Yumi hubo cerrado la puerta con llave, rompió el protocolo japonés, tomó las manos de Nagore entre las suyas y le dijo con ojos brillantes:
–¡Te felicito! Diste un excelente servicio a humanos y gatos.
–No sé qué decir… –sonrió agotada Nagore–. Me siento orgullosa de haber sobrevivido.
Yumi estaba llenando dos vasos de té verde frío, cuando escucharon un ruido extraño que venía del pasillo. Había un crujido constante en la puerta del baño, como si un gato estuviera encerrado y arañara la madera.
La presencia curiosa de Smokey, que no dejaba de mirar hipnotizado la puerta, acabó de confirmar esta hipótesis.
Cuando las dos mujeres se acercaron, el ruido fue sustituido por un suave maullido procedente del interior. Tras abrir la puerta, Yumi miró a su empleada con estupefacción. No era uno de sus chicos.
Un gato negro y grande de pelo largo las miraba pacíficamente con sus hermosos ojos amarillos.
Nagore fue la primera en lograr articular palabra.
–Pero… ¿de dónde salió este gato?

8. Serenidad,
valor y sabiduría
Al intentar atraparlo, el gato desconocido salió corriendo y se escondió debajo del armario donde guardaban las croquetas. Era demasiado bajo para que pudieran sacarlo de allí, por lo que Yumi decidió alimentar a todos los gatos con unas bien merecidas latas de carne en salsa.
–Pon los cuencos cerca de las bancas –propuso a Nagore–, yo dejaré uno cerca del armario, a ver si logramos que salga.
Cuando los siete gatos empezaron a comer, vigilaron lo que sucedía en el escondrijo del intruso. El cuenco con la carne estaba a medio metro del armario. No le quedaba otro remedio que salir si quería obtener aquel manjar.
Durante algunos instantes no pasó nada. Luego, con lentitud, asomó una pata negra, como si tanteara dónde estaba aquel rico botín. Al darse cuenta de que no podía llevarlo a su cueva, a continuación salió un hocico negro, que se convirtió rápidamente en una cabeza negra con su correspondiente cuerpo.
Yumi indico a Nagore con un gesto que se mantuvieran a cierta distancia, para no asustar a aquel polizón misterioso, no sabían cómo se había colado allí.
El gato husmeó la comida con gran precaución antes de empezar a comer. Tras lanzar un par de miradas desconfiadas, empezó a masticar con lentitud, con una parsimonia insólita para un intruso.
La tribu felina no pareció reparar en su presencia. Estaban demasiado ocupados con aquella cena que les gustaba mucho más que las croquetas secas.
Cuando casi había terminado, Yumi lo levantó con movimientos precisos y expertos y se lo llevó a la trastienda, donde ya los esperaba Nagore.
–Vamos a echarte un vistazo, precioso –le dijo Yumi al gato mientras lo dejaba en el suelo–. Nagore, en la estantería a tu derecha verás un frasco con hierba que dice “catnip”. Dame un puñito, por favor.
Ella nunca había oído hablar de aquella hierba, pero mirando las etiquetas de los distintos botes no tardó en encontrarla.
Nagore se sorprendió de que aquel forastero de cuatro patas no corriera de arriba abajo en el pequeño almacén en el que lo habían encerrado. Con la misma tranquilidad que había comido se paseaba ahora por aquel reducido espacio.
Yumi tomó entonces el catnip del frasco y lo movió con suavidad frente al hocico del gato, que pareció sorprendido con aquel ofrecimiento. Luego dejó un poco en el suelo para que este pudiera olisquearlo.
–Es un viejo truco que aprendí de nuestro veterinario de toda la vida –le explicó–. En pequeñas dosis, la nepeta cataria los relaja. A veces, incluso parece que van drogados. Mira… ya le está haciendo efecto.
Tras mordisquear un poco la hierba, el gato se revolcó y luego se quedó tumbado boca arriba, escrutando el vacío con la mirada perdida.
Yumi lo acarició un poco y luego le dio la vuelta para examinarlo.
Era un macho y, aunque no se apreciaba por su largo pelaje, llevaba un collar de cuero con una placa. La japonesa levantó el gato de nuevo, lo puso sobre una mesa alta y le pidió a Nagore que lo sujetara.
Hasta ese momento, ella nunca había tocado un gato. Jamás. Abrumada, no le quedó otro remedio que aceptar. Contuvo la respiración mientras estiraba el brazo para poner una mano sobre su peludo lomo y otra cerca del cuello del felino. Era mucho más suave de lo que había imaginado. Inesperadamente sedoso. Y, contra lo que se había temido, el gato no se movió ni un ápice, como si quisiera facilitarle la tarea de sujetarlo.
Yumi inspeccionó el collar. Parecía hecho a mano, igual que la plaquita, que era de bronce brillante. En ella se leía el que debía de ser el nombre del gato: Sort. Y en el otro lado, con letra muy pequeña, el siguiente texto.
Por favor, concédeme
la serenidad para aceptar
las cosas que no puedo cambiar,
el valor para cambiar
las cosas que sí puedo
y la sabiduría para reconocer
la diferencia.
–¿Tú eres Sort? –le preguntó Yumi al gato.
El gato bostezó y luego emitió un pequeño maullido.
–¿Puedo soltarlo ya? –suplicó Nagore, que sentía que ya había cumplido con el acto más heroico de su vida.
Yumi asintió a la vez que lo tomaba para bajarlo al suelo.
–El catnip los emborracha. Es mejor que no esté en lo alto, podría caerse. Es difícil creer que un gato tan bonito venga de la calle.
–Tal vez salió de su casa y no encontró el camino de vuelta –dijo Nagore admirada con la serenidad del felino, que parecía esperar nuevos acontecimientos en el pequeño almacén.
–Es una posibilidad… En todo caso, no podemos dejarlo encerrado aquí. Tendremos que ver cómo se lleva con el resto. Yo me encargo de eso, querida. Hace rato que deberías estar en casa.
Tras dar las gracias a su jefa, fue a recoger sus cosas. Había sido un día largo… y con sorpresa final, aunque la japonesa le tenía reservada otra para el día siguiente:
–Mañana antes de abrir tendrás que llevarlo con el veterinario. Te anotaré su dirección en un papel.
¿Veterinario?, pensó horrorizada. Nagore nunca había visitado el consultorio de un veterinario. Y mucho menos había llevado un gato.
Iba ya a abrir la primera puerta para escapar de aquel lugar creado para los felinos cuando la japonesa le preguntó:
–Entonces… ¿te gustó tu primer día?
Nagore respiró impaciente antes de contestar.
–Creo que he empezado a aprender cosas de los gatos.
En ese momento, Sort decidió aventurarse hacia la sala comunitaria del Neko Café, donde todos los ojos, narices y orejas apuntaron hacia él.
–Pues ahora tienes… ¡ocho maestros! Ha sido un día largo, muchas gracias por compartirlo con nosotros. Ya eres parte de la familia.
Nagore dio las gracias a Yumi y salió del local con la sensación de llevar media vida ahí dentro.
Necesitaba procesar todo lo que había ocurrido aquel día. Se soltó su larga melena, que ondeó tras ella al caminar. De pronto sintió mucho calor, encerrada en sus botas y sus jeans. Quizá al día siguiente podría arriesgarse a ponerse unas sandalias.
No podía quitarse de la cabeza aquella pequeña oración que colgaba en el collar del recién llegado. Creo que siempre quise cambiar las cosas que en realidad debería aceptar..., pensó mientras aceleraba el paso, como si intentara huir de sí misma.
Mientras el bullicio de la calle la devolvía a la vida mundana, recordó la serenidad de aquel oscuro polizón al que nada parecía afectarle. Esa era la segunda lección que había aprendido de los gatos: ante todo, mucha calma.
Ojalá yo pudiera ser así, se dijo mientras apresuraba el paso sin motivo.

9. Paseo
nocturno
La tarde había refrescado y tenía ganas de estar al aire libre, así que Nagore pasó de largo su casa y siguió por las calles peatonales y las plazas llenas de terrazas. Luego tomó la calle Verdi hacia arriba con la idea de llegar al Park Güell.
Intentaba darle sentido a todo lo que estaba viviendo desde su separación, pero todavía le resultaba imposible.
Había sido ella misma quien había apadrinado a aquella escocesa de poco más de veinte años que pintaba microcuadros sobre tapas de cerveza. Owen le había asegurado que nadie compraría unos cuadros de menos de tres centímetros de ancho, por muy económicos que fueran. A pesar de ello, Nagore lo había convencido de que eran el regalo perfecto para los turistas de arte que deambulaban por Whitechapel en busca de algo de verdad distinto. Y aquello lo era.
Antes del primer mes ya habían vendido todos los microcuadros, así que la artista tuvo que aumentar la producción. En especial triunfaban los que tenían como motivo paisajes industriales de Bricklane. Literalmente se los quitaban de las manos, así que Owen empezó a guiar a la joven pintora para que fuera en esta línea. Luego le sugirió que hiciera series de cuatro o cinco tapas que se podían vender enmarcadas a un precio muy superior.
Impulsados por el éxito, la colaboración entre ambos fue cada vez más estrecha. Hasta que una tarde que Nagore no tenía que pasar por la galería porque tenía yoga, fue a saludar y los encontró retozando en el sofá.
Tras casi nueve años de relación, ella le habría perdonado aquella infidelidad, pero Owen prefería no ser perdonado. No estaba dispuesto a renunciar a un romance que le había devuelto a sus años de adolescencia.
Quizá todo empieza por cosas pequeñas, como los cuadros de esa mujer, se dijo Nagore mientras la calle se hacía cada vez más empinada, y las cosas grandes ocurren porque no hemos reparado en ellas.
Podría haber regresado al fresco norte, con sus padres, pero le parecía una solución patética a su edad. Así fue cómo se había lanzado a la aventura de crearse una nueva vida en Barcelona.
Estaba sudando lo indecible para subir la cuesta, así que entró en una tienda a comprar una botella de agua. ¿Por qué llevaba pantalones largos y calzado cerrado? Los gatos. Joder. Decidió que el segundo día de trabajo se arriesgaría a llevar ropa más aireada. Tal vez una falda larga…
Al llegar al sector sin turistas del Park Güell, donde no estaba la mano de Gaudí, el aire templado la vivificó.
Nada más vislumbrar hierba, se quitó los zapatos no sin antes examinar el césped a conciencia: no quería pisar un excremento de perro.
Apoyó la espalda contra el tronco de un árbol, mientras contemplaba desde allí el laberinto de la ciudad.
Cerró los ojos para disfrutar de la brisa que levantaba sus cabellos. Por alguna extraña razón, en aquel momento de bucólica distensión, en su mente apareció el enigmático Sort.
Aquel gato había aparecido de la nada en el café, después de atravesar dos puertas que no podía haber abierto. Luego había paseado por el almacén como si eso fuera lo más natural del mundo. Y llevaba esa moneda filosófica en el collar… El gato de ojos amarillos. El primero que ella había tocado en su vida.
Nagore puso las palmas de las manos sobre la hierba. Necesitaba acariciarla, sentir cómo las estrechas hojas del césped se deslizaban entre sus dedos.
Aunque le costaba confesárselo, tocar a aquel bicho sereno había sido agradable. Un gato tan peludo era como un balón lleno de aire, pero muy, muy suave.
Sort, repitió mentalmente. Aunque entendía poco catalán, sabía que significaba “suerte”. Nagore se preguntó si aquel felino bonachón iba a traerle suerte. De momento, el único afortunado había sido él, que misteriosamente había ido a parar al paraíso de los gatos.
Se estaba haciendo de noche, se puso las botas y, mientras salía del parque para regresar al asfalto, la embargó una ligera sensación de placidez. Por primera vez en mucho tiempo, quizá en años, se sentía libre.

10. Se necesitan dos para bailar un tango
La despertó el hambre poco después de las ocho. El estómago le recordaba que, con los nervios de abrir el Neko Café, apenas había comido nada el día anterior.
La cocina era una auténtica batalla campal, así que intentó empujarlo todo dentro del fregadero, con la promesa de limpiar ese mismo día. Pero… ¿para qué apresurarse? La leche fresca en el refrigerador era más tentadora, especialmente con un poco de cacao.
Faltaba un buen rato para que saliera a encontrarse con Amanda, que había vuelto de Marrakech y le proponía que fueran juntas a la playa para ponerse al día. Nagore untó pan tostado con restos de mermelada de naranja y miró con melancolía la máquina de café.
El milagro de los panes y los peces era exclusivo de la Biblia. Al menos en su apartamento, las cápsulas de café no se habían multiplicado.
Resignada a tomarse solo la leche con cacao, se dijo que un par de horas en la playa no eran tan mala idea. Aunque a las dos tenía que estar en el trabajo, antes de eso jugaría con la ilusión de que estaba de vacaciones.

Como de costumbre, Amanda tenía un aspecto fantástico con su media melena rubia y su piel bronceada. Todo era hermoso en ella: su cuerpo esbelto sin un gramo de grasa bajo el bikini ámbar, a juego con sus ojos. Sobre su larga falda blanca colgaba una bolsa de playa azul marino.
La refrescante sombra de su local habitual en la playa de Poble Nou confería a Nagore un tono de piel más blanco del normal y pintaba ojeras en su rostro.
–Realmente tienes aspecto de… ¡Necesitas asolearte con urgencia! –dijo Amanda con voz preocupada–. Iremos por unos cafés con hielo y nos plantaremos al sol.
Dicho esto, tomó de la mano a Nagore y se la llevó como si todavía fueran aquellas pizpiretas de diecinueve años que se comían el mundo.
El café, fuerte y amargo, logró avivar los sentidos de Nagore.
–Gracias –suspiró tras dejarse caer en su toalla color turquesa.
Su bikini blanco no combinaba con nada de lo que llevaba, pero de momento no tenía otra opción. En ese momento de su vida, definitivamente no le importaba si le gustaba a alguien. Bastante trabajo tenía con gustarse a sí misma tal como era.
–¿Qué tal Marrakech? ¿Todo bien con…? Perdona, no recuerdo su nombre. Cambias tanto de pareja que me confundo.
–Exagerada… Marrakech es increíble, sí, pero ojalá Roberto se hubiera quedado en su casa. Es guapo, atlético y buen chico, pero no sé… ¡Es aburrido! En la cama muy bien pero luego no se puede hablar de nada.
–Bueno, no se puede tener todo –la riñó con cariño Nagore–. Del último te quejabas justamente de que no era bueno en la cama. ¿Cómo se llamaba? ¿Lucas? Sí, Lucas.
–Lucas era demasiado cerebral. Tan correcto que daban ganas de abofetearlo para ver si era humano.
Tras esta breve charla contemplaron las olas en silencio durante un rato. Nagore sonrió al comprobar que Amanda, por mucho éxito que tuviese, siempre estaba insatisfecha.
–Lucas te duró un par de meses, Roberto ni eso… ¿Te das cuenta de que cada vez te cansas más rápido de los chicos? –comentó mirando a Amanda con una mueca burlona, moviendo los ojos a uno y otro lado.
–¿Nos metemos? ¡Me estoy asando! –respondió haciendo un gesto de rechazo con la mano izquierda.
Nagore se puso en pie de un brinco y corrió hacia las olas sin decir nada más ni esperar a Amanda, que se echó a reír y gritó algo que su amiga no entendió mientras iba tras ella.
Era fabuloso jugar con las olas y reír y olvidarse de todo lo demás. Como en los buenos tiempos.

Mientras se secaban, la playa empezó a llenarse de verdad. Llegaron familias con niños y un grupo de jóvenes plantaron las toallas cerca de ellas.
Después de secarse al sol, Nagore se dio la vuelta y se dirigió a Amanda.
–Gracias por contarle a Lucía mis problemas de dinero. Si no fuera por ustedes...
Se produjo una larga pausa. Luego Amanda añadió:
–No estarías rodeada de animales como una loca de los gatos. Ya me contaron –se esforzó por no soltar una carcajada–. ¡Tengo que ir a verte! ¿Me dejas que vaya, por favor?
–Poco a poco, guapa. Aún me estoy adaptando, y deja de burlarte. ¡No me hace nada de gracia pasar las tardes allí!
Nagore empezaba a sentirse ridícula y vulnerable. Aprovechando que estaba bocabajo, se habría puesto a llorar en silencio de no haber notado la mano de Amanda en su hombro.
–Lo siento, ¿sí? Sabes que soy como un elefante en una vidriería. Oye, estoy muy orgullosa de ti por haber aceptado un trabajo en un café de gatos. ¡Felicidades!
–Felicítame si al final de la semana sigo ahí… Hoy tengo que llevar a un gato al veterinario. Me muero de miedo, pero intentaré hacerlo. Imagínate, ¡ayer hasta toqué a uno!
Amanda la miró con los ojos muy abiertos.
–¡Imposible! Me estás tomando el pelo. ¿Tú tocando a un gato? ¡Guau! O mejor debería decir… ¡Miau!
Tras mirar de reojo el celular, Nagore resopló.
–Ya tengo que irme. Quiero darme una ducha rápida y comer algo antes de ir al café. ¿Sigue en pie la cita del viernes por la noche?
–¡Por supuesto! Intentaré que Lucía venga también –dijo entusiasmada–. Hace tanto tiempo que no salimos las tres juntas...
Mientras se ponía su vestido de mezclilla, Amanda la miró pensativa. Nagore recogió sus cosas y se inclinó para darle un beso de despedida en la mejilla.
–Cuanto antes te olvides de Londres y de tu vida allá, mejor –le dijo sin poder contenerse–. Los últimos años, antes de que apareciera la chica de las tapas, ya no estaban bien. Se necesitan dos para bailar un tango.

11. Siete vidas
por estrenar
Nagore pasó veinte minutos dándose una refrescante ducha, meditando sobre lo que le había dicho Amanda. No era que no tuviera razón pero, al fin y al cabo, se trataba de su vida. Si ella quería revolcarse en el dolor durante años, tenía todo el derecho a hacerlo.
Perdida en sus pensamientos, se le hizo tarde y tuvo que correr para llegar al café a tiempo. Se comió un sándwich en el camino para no retrasarse más.
Cuando llegó, Yumi ya había alimentado a los gatos y también había limpiado sus areneros. No parecía molesta por ello.
–Hice cita con el veterinario para la una y cuarto, aunque cierran a las dos. Tendrás que salir de inmediato para llegar a tiempo. Encontrarás la transportadora en el almacén.
Transportadora era una palabra nueva en el vocabulario de Nagore, pero supuso que era la caja de plástico con asa que había visto en la calle.
Sin embargo, a Yumi se le olvidó decirle que no se le ocurriera ponerlo a la vista de los gatos. Había que operar de modo opuesto: ir a buscar al gato elegido y llevarlo al almacén para, una vez encerrado, meterlo dentro de la caja.
Con toda su ingenuidad, Nagore fue por la transportadora y con ella se plantó en medio del café para recoger a Sort. Al verla llegar con eso, los gatos se dispersaron en todas direcciones como almas que se lleva el diablo. Bajo las bancas, varios pares de ojos vigilaban recelosos, dispuestos a huir adonde fuera antes de dejarse atrapar.
Al verla estupefacta con la transportadora en la mano, Yumi liberó una risita.
–¡Lo siento mucho! No te dije que los gatos odian a los veterinarios. En cuanto sospechan que hay una visita programada, se esconden. Veamos qué podemos hacer…
Yumi decidió adelantar parte de la cena y le pidió a Nagore que pusieran en los cuencos pequeñas porciones de aquellas latas que tanto les gustaban.
Los dispusieron en el centro de la sala, pero los gatos eran astutos y parecían saber exactamente lo que planeaban.
Los minutos transcurrieron muy despacio. El primero en aventurarse a salir de su escondrijo fue Capuccino, que estaba obsesionado con la comida. Cuando los demás vieron que no ocurría nada, empezaron a reunirse con él, uno tras otro.
El último en aparecer fue Sort. Intentó conseguir un tazón disponible, pero parecía una misión imposible. Sobre todo, porque Capuccino iba dando bocados compulsivos en todos los cuencos que encontraba libres.
Al final, Sort consiguió comer un poco, y el momento fue aprovechado por Yumi para acercarse, lenta y sigilosa, desde la barra, hasta tomarlo por el pescuezo.
Los otros gatos salieron despavoridos otra vez y Sort trató de liberarse, pero estaba bien sujeto.
–¡Nagore! ¡Trae la transportadora, por favor!
Lograron meterlo a presión dentro de la caja. Una vez instalado, parecía bastante tranquilo.
–¡Qué gato más pacífico! –observó Yumi–. Normalmente se ponen como locos cuando se ven encerrados. Ahora apúrate o la veterinaria cerrará.
Nagore no tardó en darse cuenta de que Sort pesaba mucho. Se concentraba en caminar a paso regular para no asustar al gato, puesto que no se sentía capaz de hacer frente a una rebelión en la transportadora.
Se sintió muy aliviada cuando al fin llegó.
La veterinaria los esperaba con sus pantalones y su camiseta sanitaria de color verde. Era una mujer rolliza y estaba mucho más interesada en la criatura que iba dentro de la transportadora que en quien lo había llevado.
Mientras abría con cuidado la caja para invitar a salir a su ocupante, Nagore se fijó que en la pared estaba enmarcada la página de un libro infantil: La vuelta al año en 365 cuentos de Gabriel García de Oro.
El cuento era del 27 de enero y de inmediato, al leer su título, Nagore supo por qué estaba allí para que lo leyeran los clientes.
Las siete vidas por estrenar de un gato miedoso
Había una vez un gato miedoso que no se subía a los árboles, por si acaso no podía bajar. No saltaba demasiado alto, por si se hacía daño al caer. Tampoco perseguía ratones, por si tropezaba al correr. Ni jugaba con los ovillos de lana, por si se enredaba las patitas. Ni se lavaba más de la cuenta,
por si se tragaba demasiados pelos. Ni sacaba las uñas por si se arañaba sin querer.
¿Y sabes qué?
Este gato vivió muchos años, pero cuando murió aún tenía sus siete vidas por estrenar.
Nagore se quedó pensativa, mientras la veterinaria hacía la revisión rutinaria a Sort, que se dejaba manosear con una facilidad pasmosa. Aquel cuento la había dejado completamente desarmada.
Se daba cuenta de que, hasta hacía bien poco, ella había sido como el gato miedoso, incapaz de vivir una sola de sus vidas, si como humana le correspondiera más que una.
La voz de la veterinaria le llegó como un rumor lejano que la hizo sobresaltarse.
–Este gato no solo está perfectamente sano, sino que es formidable.
–¿Ah, sí? –dijo atontada.
–Nunca había visto un gato como este… –comentó mirando con cariño sus ojos amarillos–. Parece que su propósito en la vida es no molestar. Sort es un caballero.

12. ¿Qué es un ikigai?
Cuando se abrió la puerta de la transportadora, Sort merodeó por los alrededores del café, husmeando aquí y allá, y también permitió que lo olieran algunos compañeros gatunos que se le habían acercado con interés.
Nagore fue tras a la barra a revisar la lista de provisiones. A continuación, pasó un trapo por las mesas, comprobó que la vitrina de los pasteles estuviera bien surtida y que hubiera suficientes juguetes por la sala para los gatos. Avistó unos regalitos en los areneros y fue a retirarlos. Aunque solo era su segundo día, se sentía cómoda ocupando aquel lugar en el mundo.
Cuando todo estuvo listo, se sentó con Yumi en su mesa habitual tras preparar dos cafés con leche, especialidad de la casa.
–No sé cómo aprendiste a hacerlo en solo un día… ¡Tienes un talento increíble dibujando!
–Oh, no fue muy difícil… –Nagore aceptó el cumplido con una sonrisa–. Dibujar es lo único que hago bien. Durante décadas viví de hacer ilustraciones y del diseño gráfico… Pero acabé harta y dejé de hacerlo. Si algún día vuelvo al arte, no aceptaré encargos.
–Puedo comprenderte… –repuso Yumi, pensativa–. Yo cursé un MBA en Estados Unidos, donde conocí a Lucía, y estuve unos años trabajando en el sector hotelero de Japón. Pero llegó un punto en el que me sentía tan cansada, tan agobiada, que decidí romper con todo y buscar mi ikigai.
–¿Qué es un ikigai? –preguntó Nagore con curiosidad.
–Es una palabra japonesa que define lo que te hace sentir vivo, tu razón para levantarte cada mañana y seguir adelante… A veces lo traducen como pasión o propósito vital. De entrada, siempre me ha gustado vivir en el extranjero… y los gatos, así que decidí gastar parte de mis ahorros en un viaje por Europa. Cuando hice escala en Barcelona, sentí que de algún modo este era mi sitio –esbozó una sonrisa triste al recordar–. Un día que vi a unos niños dando leche a un cachorro de gato en la calle, en este mismo barrio, de repente vi la luz.
–Encontraste tu ikigai –apuntó Nagore.
–Sí… en Japón hace muchos años que existen los Neko Cafés y tienen mucho éxito, así que decidí invertir el dinero que me quedaba para meterme en esta aventura… Lucía me ayudó y me presentó a Sebastián, que elaboró el proyecto y encontró a gente de confianza para reformar el local. Y como mi esposo no quiere trasladarse por el momento, pero respeta mi ikigai, hemos quedado que en un año decidiremos qué hacer.
A medida que hablaba, Nagore vio un brillo en sus ojos, distinto a cualquier otro. Quizá tener un ikigai encendía un fuego en el corazón… ¿Cuál sería el suyo?
Todavía no tenía respuesta para eso. Suficiente trabajo tenía para sobrevivir y no desmoronarse del todo.
Tras tomarse sus cafés con leche y compartir un banoffee pie, pronto se dieron cuenta de que algo no iba bien: la guardería felina estaba demasiado silenciosa.
Cuando se pusieron de pie, vieron que el gato nuevo estaba sentado sobre una mesita baja cerca del ventanal, rodeado por siete miradas curiosas. Era vigilado desde los árboles y las bancas, y tres de sus compañeros lo contemplaban desde el suelo, montando una pequeña guardia a su alrededor.
Todos tenían sus ojos fijos en él, como si esperaran recibir un mensaje valioso. Incluso Smokey estaba allí, sentada al lado de Chan en la parte más alta del árbol.
La conferencia sin palabras prosiguió su curso. Solo se movieron algunas orejas, colas y párpados a medida que Yumi se iba acercando. Cuando llegó al lado de Sort, el recién llegado la miró y emitió un suave maullido interrogativo.
Sonó tan trascendental que Nagore optó por retirarse.
Justo entonces apareció la primera pareja de clientes y la reunión se disolvió: el ponente se retiró de la mesa y, volviendo lentamente al anonimato, empezó a comer croquetas.
La tarde estuvo más tranquila que la anterior y Nagore descubrió que disfrutaba hablar con los clientes. Ya recordaba los nombres de todos los gatos y también cada una de sus peculiaridades.
También ellos parecían mucho menos estresados que el día anterior, gracias a la menor afluencia de gente.
Sebas regresó con su cartera de cuero y su sonrisa perenne. Esta vez pudo jugar un poco con Blue, quien más tarde decidió tumbarse en su regazo. Durante un rato mágico, la dama huraña dejó de ser tan cascarrabias.
Aunque resultaba inconveniente para Yumi y Nagore, se demostró que el lugar preferido de Fígaro era encima de la barra. Desde allí podía vigilar la sala a la perfección y escuchar la música, cuando decidían ponerla. Siempre que eso sucedía, el gato cerraba los ojos, levantaba la nariz y apoyaba la barbilla sobre las patas, totalmente relajado.
Nagore estaba hablando con dos colegialas que querían jugar con Capuccino (que en aquel momento no tenía el menor interés en tratar con humanos y sí en pelearse con Licor, con quien se estaba disputando un sitio al lado de Chan), cuando se presentó otra vez aquel hombre de negro con ojos azules.
En esta ocasión llevaba un libro y un bloc de notas que colocó con cuidado sobre la misma mesa que había ocupado el día anterior.
Nagore lo observó un rato a distancia. Aquella tarde ningún gato se acercaba a él, pero eso no parecía importarle. Cuando se acercó a ofrecerle uno de sus cafés con leche, levantó la palma con suavidad.
–He tomado demasiados cafés hoy… pero si tienen té... ¿Té verde, quizá? –preguntó, marcando el punto de lectura con un dedo a la vez que levantaba la mirada hacia ella.
–Tenemos un té japonés muy bueno. ¿Quiere probarlo?
–Sí, estupendo –y volvió a su lectura.
El té pronto estuvo preparado y Nagore cocinó unas preguntas para servírselas con la infusión.
–No tenemos galletas, pero hay un pastel de zanahoria excelente, si lo desea.
–Gracias, pero en realidad no me gusta el dulce.
–¿Me permite una pregunta?
El hombre la miró con timidez.
–¿Cómo es que no intenta acercarse a los gatos? Ni hoy ni ayer me pareció que le interesaran demasiado... Perdone que me meta donde no me llaman. Yo tampoco soy aficionada a los gatos, pero trabajo aquí y usted no. Entonces, si no le gustan, ¿por qué...?
–¡Oh no! ¡Todo lo contrario! –la interrumpió él antes de que terminara la frase–. Me gustan mucho. Son la compañía perfecta para una tarde de lectura. No hace falta interactuar con ellos para aprender, basta con estar en su presencia y formar parte de su espacio.
–Muy interesante –dijo sin acabar de comprender–. Nunca lo había pensado.
–Es que estamos tan acostumbrados a hacer que hemos perdido el arte de ser. Y en eso los gatos son verdaderos maestros. ¿Quieres sentarte un rato? Por cierto, puedes tutearme. Me llamo Marc.
Sorprendida por la propuesta, tras decirle su nombre, ella se ruborizó.
–No quisiera molestarte.
–En absoluto.
–Soy nueva aquí y… bueno, de hecho el Neko Café abrió ayer y no han parado de suceder cosas –parloteó nerviosa–. Sin ir más lejos, ayer apareció de la nada un octavo gato. Es ese…
Señaló al gatazo de largo pelaje negro, que en aquel momento estaba tumbado panza arriba sobre el parqué, con las patas hacia arriba en una actitud de total confianza.
Marc se limitó a asentir con la cabeza, como diciendo: “en la vida pasan cosas raras”.
Cuando Nagore se disponía a marcharse para recibir a unos clientes que aguardaban en el recibidor, Marc alzó la mano y comentó:
–Veo que ofrecen estos gatos en adopción.
–Sí… Esa es la misión última del Neko Café, encontrarles un hogar.
–Pues hay algo que deben tener en cuenta, por lo poco que sé de los gatos. No somos nosotros quienes elegimos al gato que nos gusta, es él quien selecciona al humano con quien quiere compartir su vida.
–Entonces… –murmuró bromeando–, ¿tú estás esperando a que te escojan?
–Algo parecido.

13. El tiempo lo cura casi todo
La mañana era fresca y el aire que acariciaba la ventana traía olor a lluvia. Se estiró, bostezó y salió de la cama con la sensación de haber descansado profundamente. Estaba sorprendida por el efecto que habían obrado en ella dos días de trabajo. Dos días de trabajo con gatos, para ser más exactos.
Sin otro plan para empezar aquel miércoles, se decidió, por fin, a limpiar y ordenar el caos de la cocina y de la sala: después de un desayuno que consistía en un huevo hervido y dos panes tostados con queso, dedicó unas horas a limpiar y a ordenar todo.
Antes de que llegara la hora de comunicarse con sus padres por Skype, tomó una ducha rápida para quitarse la suciedad.
–Nago, ¿cómo estás, cariño? ¡Hace tanto tiempo desde la última vez que hablamos!
Al principio, la voz de su madre sonaba muy lejana; después se oyó mejor y su rostro con los lentes de lectura apareció en la pantalla de la computadora.
–Fueron solo dos semanas, mamá… tuve muchos asuntos qué resolver. Por cierto, ¡buenos días! –la saludó Nagore con una sonrisa.
No importaba que pasaran dos días o dos semanas entre dos skypes, a su madre siempre le parecía una eternidad. Tampoco importaba si entre esas llamadas habían hablado por WhatsApp o se habían llamado por teléfono. Skype era una herramienta semipresencial.
–¿Papá está por ahí? –preguntó Nagore, preocupada.
–Vendrá enseguida. Está en el baño. ¿Necesitas algo, hija?
–No, no, estoy bien.
–Espera. Ahí viene, papá...
Su madre desapareció por un momento e inmediatamente los dos resurgieron en la ventana de Skype.
–Hola, querida, ¿cómo va todo? ¿Ya encontraste trabajo? –preguntó la voz de su padre envuelta en un zumbido.
La pregunta in medias res hizo sonreír a Nagore… Su padre se caracterizaba por ir siempre al grano.
–Sí, tengo trabajo… Pero no es lo que esperarían... Ni lo que yo esperaba, pero así es la vida en general, ¿no les parece?
A continuación, les contó con pelos –de gato– y señales todo lo que había sucedido desde aquella llamada de Lucía el viernes por la mañana. Tras escuchar el relato hasta el fin, sus padres se miraron entre sí con preocupación envuelta por un espeso silencio.
Su padre se decidió finalmente a romperlo:
–Entonces… Imagino que es un trabajo temporal, hasta que encuentres algo decente.
–¿Qué entiendes tú por “trabajo decente”, papá?
Silencio de nuevo. Nagore tenía a mano papel y lápiz y, siguiendo sus viejos hábitos, dibujaba garabatos para aliviar el estrés que sus padres estaban empezando a causarle.
–No te ofendas, Nago –intervino la madre–, entiendo que se trata de una especie de terapia para vencer tus miedos. Es bueno enterrar el hacha de guerra, ¿verdad, papá? –dijo mirando a su esposo, que extendió los brazos y puso cara de no estar de acuerdo, aunque no pudiera decir nada.
–Gano mil euros al mes y tengo las mañanas libres –se defendió–. De no ser así, no estaría hablando con ustedes.
Este fue el momento elegido por su padre para opinar. Se las daba de experto en números, aunque en el pueblo más bien tenía fama de tacaño.
–¿Y cuánto pagas de renta?
–Seiscientos euros, ya lo saben. El precio es bajo porque el dueño del apartamento tiene muchas cosas suyas aquí. Volverá en siete meses y necesita su apartamento.
–A mí no me parece tan bajo –contratacó su padre. Te quedan cuatrocientos euros para pagar facturas y comer…
–¿Estás comiendo, hija? –añadió la madre, alarmada–. Podemos enviarte dinero si…
–Lo aceptaría solo como préstamo si luego puedo devolverles cincuenta euros al mes –dijo, tragándose el orgullo.
Aquello provocó una nueva discusión que acabó ganando ella. Una mujer de casi cuarenta años no podía vivir de sus padres jubilados.
Cuando colgó, Nagore se quedó sentada ante su escritorio sintiendo una mezcla de alivio y tristeza. Cada vez que hablaba con ellos los encontraba más mayores y la vida “alternativa” que ella llevaba, por llamarlo de algún modo, no contribuía precisamente a darles paz.
Para relajarse se puso a examinar sus bocetos. Hacía ya casi un año desde que había dejado de dibujar, pero, al parecer, su mano se había movido por cuenta propia mientras charlaban. Había garabateado rostros de gatos con grandes bigotes (un efecto colateral de la preparación de aquellos cafés, pensó), así como un gato de rostro negro y bondadoso que llevaba una moneda en el cuello.
Decidió investigar un poco sobre las palabras grabadas en el collar de Sort. Por lo visto, era un texto escrito en 1934 por un teólogo estadounidense, Reinhold Niebuhr, que se empleaba dentro del programa de doce pasos de Alcohólicos Anónimos.
Eso la hizo pensar en Owen y en las virulentas peleas que habían sostenido los últimos años. Antes de descubrir su infidelidad, tenía un verdadero problema con la bebida y nunca había querido reconocerlo.
Acarició con la mano izquierda el dibujo que había hecho y se dijo: Hay cosas que no puedo cambiar, porque no dependen de mí misma… Pero por suerte otras sí.

14. El bálsamo
de la siesta
La segunda semana de vida del Neko Café dio lugar a una gran noticia: la adopción de Blue. La gruñona residente de pelaje gris azulado había encontrado un hogar permanente en el regazo de Sebas.
Un milagro como aquel no se gestaba en pocos días. Sebas había frecuentado el Café a diario desde el inicio de las obras. En la fase final, mientras instalaban la cafetera y hacían arreglos en el lavabo y la trastienda, los gatos ya corrían por allí. Yumi quería que se acostumbraran al lugar antes de abrir las puertas al público.
Blue no tenía un carácter fácil. Precisamente por eso, Sebas disfrutaba buscando formas de entretener a la gata. Acostumbrado a los retos, acabó ganándose el corazón de aquella dama antipática.
Aquel final feliz enseñó a Nagore una importante lección: por muy diferente que seas, incluso siendo el gato más arisco de la tribu, siempre habrá alguien que te querrá como eres.
La historia de Blue la hacía pensar en una canción de Miguel Ríos que su abuela escuchaba a menudo cuando era pequeña:
No estás sola,
alguien te ama en la ciudad.
Aquella había sido una lección de autoconfianza muy reconfortante: si incluso aquella gruñona incorregible había encontrado la horma de su zapato, nadie podía estar a salvo del amor.
Yumi estaba hinchada de orgullo, como si hubiera ganado un gran premio: era el primer gato del café que encontraba un hogar. Definitivamente dos vidas estaban a punto de cambiar.
Nagore estaba tan acostumbrada a la presencia de Blue que aquel día se descubrió más de una vez buscándola por la sala. En el tiempo que habían compartido se habían respetado: Blue a Nagore, porque ella le había dado de comer durante casi dos semanas, y Nagore a Blue, por la fama de agresiva que tenía.
Nunca se había atrevido a tocarla, ni siquiera cuando Blue trazaba repetidamente el símbolo del infinito a sus pies, en un intento de obtener más comida.
Cuando Blue se fue, los gatos se comportaron de forma extraña durante toda la tarde.
Chan daba vueltas por la estancia, olfateando por todas partes y maullando aquí y allá: él y Blue solían dormir juntos y parecía que el gato estaba preocupado al no encontrar a su colega de siestas.
El mostacho de Fígaro parecía más triste y caído. En toda la tarde no se movió del árbol desde el que observaba con atención la calle, como si esperara que en algún momento la fiera azul fuera a volver. Ni siquiera abandonó su observatorio cuando Yumi puso un disco de Lang Lang.
Sherkhan, el gato atigrado, estuvo dando vueltas un buen rato y luego se aposentó en uno de los niveles bajos del árbol, inmóvil. Tal vez trataba de asimilar lo que acababa de suceder.
Finalmente, al comprobar que su compañera no regresaba, los siete gatos se echaron a dormir, ajenos a las atenciones de los clientes que llenaban el local.
–No subestimes nunca el poder de una buena siesta –le dijo Yumi a Nagore, traduciendo la conducta de los gatos.
Solo Licor parecía estar dispuesto a jugar un poco con los humanos, pero se cansó mucho antes de lo habitual.
Con toda la clientela servida, Nagore y Yumi compartieron un té frío en la barra.
–¿Por qué crees que los chicos necesitan dormir tanto esta tarde? –preguntó la japonesa de repente.
–Recuerdo un fragmento de la Biblia, en clase de religión, que lo explicaba –respondió Nagore después de pensarlo un rato–. Hay un episodio en el que Jesús y los apóstoles están cruzando un lago con un barco cuando estalla una tempestad que amenaza con hacerlos naufragar. Ante aquel peligro, Jesús se echa a dormir. Los apóstoles no entienden cómo eligió aquel momento para descansar y le preguntan…
–Yo sí lo entiendo –la interrumpió Yumi–. Si no depende de uno naufragar o salvarse, lo mejor es echarse una siesta. Cuando quieres actuar en medio del caos, muchas veces solo consigues estropear más las cosas.
–Eso es totalmente cierto –repuso, admirada–. ¿No es lo que dice el medallón de Sort? Hay que saber distinguir lo que depende de nosotros y lo que no.
La japonesa volvió a llenar los vasos de té frío y echó una mirada a la decepcionada clientela. Pagarían por velar el sueño de los gatos.
–Los felinos son durmientes expertos y esa es una de sus formas de recuperarse de los traumas –le dijo a quien ya consideraba su amiga–. Aunque nunca les gustó realmente Blue, puesto que ella nunca los dejó acercarse, fuera del maestro Chan, sienten que uno de los suyos se ha ido. Y eso es como si los pusiera a todos en peligro. Se ha roto el orden de su pequeño universo.
–Sería genial tener este superpoder, ¿no crees? –reflexionó Nagore, antes de morder una galletita–. Conjurar el estrés durmiendo. Creo que empiezo a apreciar la sabiduría de los gatos.
La tarde transcurría con lentitud, como si las horas mismas estuvieran dormidas. Llegaron otros invitados que sustituyeron a los anteriores y Nagore sentía una intranquilidad creciente. Había pasado la hora en la que Marc solía aparecer y ya no vendría. Para colofón a una tarde agotadora, los clientes del último turno eran muy quisquillosos: encontraban el café muy fuerte o demasiado ligero, y no paraban de despertar a los gatos.
En medio de aquel panorama, descubrió que la invadían sentimientos de cansancio y malhumor. ¡Quizá lo heredé de Blue!, llegó a pensar. Siguiendo la que bautizó como la primera ley felina para la vida, “sé auténtica de corazón”, permitió que el malhumor fuera su compañero durante el resto de la jornada de trabajo, sin obligarse a sonreír o a fingir nada.
Esta decisión le proporcionó un poco de alivio y su irritación empezó a disminuir hasta niveles aceptables. Cuando creía que iba perder los nervios, miraba la estampa búdica de Sort, de pie sobre una de las bancas, y se repetía: Ante todo, mucha calma.
Cuando faltaban diez minutos para cerrar, el teléfono sonó. Era raro, porque no solía llamar nadie tan tarde.
Yumi atendió la llamada y, a continuación, hizo señas a Nagore, que estaba en el otro extremo del café pasando un paño a las mesas.
–Nagore, ¡es para ti!
Se acercó al mostrador llena de curiosidad, no imaginaba quién podía ser. Al oír la voz al otro lado, sin embargo, lo reconoció de inmediato.
–¿Marc?
–Sí… ¿Sigues ahí?
–Claro que sí, ¿no me oyes? –preguntó extrañada–. Tenías una reservación para hoy, pero no llegaste. ¿Va todo bien?
–Necesito hablar contigo, Nagore. ¿Podemos vernos?
–Hum… –murmuró sorprendida–. ¿Nos vemos mañana?
–¿Puede ser esta noche?
Ella empezaba a pensar que algo estaba realmente mal.
–¿Qué pasa, Marc?
–Necesito explicártelo en persona. Por favor, ¿podemos vernos dentro de media hora en La Fourmi? No queda lejos del Neko Café, solo tardarás diez minutos en llegar cuando cierres.
–De acuerdo.
Nagore respiró con profundidad, tratando de atesorar en un par de segundos la calma de los gatos, capaces de resetearse ante cualquier dificultad con una buena siesta.

15. El misterio
de Marc
Marc la esperaba en aquel bar californiano, pese a su nombre francés, frente a una botella de cerveza Punk IPA. Llevaba un traje negro y una camisa blanca. Retiró una corbata verde oscuro del sillón que había apartado para Nagore.
–¿Por qué llevas traje? –le preguntó tras saludarlo con dos besos–. ¿Vienes de un funeral?
–Casi, pero por suerte no… Soy abogado y acabo de tener un juicio agotador que duró mucho más de lo que esperaba.
–¿Un juicio?
–Sí, los tengo muy a menudo. Trabajo para una ONG que defiende a inquilinos que están a punto de perder sus apartamentos a causa de la gentrificación.
Nagore había oído esa palabra por primera vez en Londres, en referencia a barrios donde se expulsa a los vecinos de clase trabajadora para que los turistas o gente de mayor poder adquisitivo se apoderen de las viviendas.
–Pero no te llamé para hablarte de eso –dijo Marc, apresurado–. ¿Qué quieres tomar?
Aunque hacía bastante que no bebía alcohol, Nagore sintió curiosidad por aquella cerveza de etiqueta azul con un nombre tan contundente.
–Lo mismo que tú.
Marc levantó su botella y el mesero, que guardaba gran parecido con Freddy Mercury, señaló con el pulgar que lo había entendido. Antes de que la cerveza fría aterrizara en su mesa, el abogado decidió que había llegado el momento de confesar.
–Fui yo quien les dejó el gato negro.
Nagore se quedó sin habla. Cuando el mesero llegó con la Punk IPA, le dio un buen trago. Era más amarga que ninguna otra cerveza que hubiera probado antes.
–El gato del baño, ¿te acuerdas? –prosiguió él– Lo hice yo. Yo lo dejé allí.
–Bueno… –musitó tratando de elegir sus palabras–. Meter a un gato en un sanitario no es la manera más ortodoxa de dar un gato en adopción, pero ya nos estamos ocupando de él.
–Me di cuenta y por eso les agradezco. Me importa mucho ese gato.
–Entonces, ¿por qué lo abandonaste ahí? –dijo tratando de disimular su enojo–. Su vida sería mucho mejor contigo.
–No puedo. Mi contrato de renta prohíbe expresamente tener animales en casa. Y no puedo arriesgarme a perderlo. Es de renta antigua, porque allí vivía mi madre. Con mi sueldo de abogado en una ONG tampoco yo me puedo permitir un apartamento en Barcelona –y cambiando de tono, preguntó ansioso–: ¿Crees que alguien adoptará a Sort?
En este punto, Nagore ya no logró contenerse.
–¿Por qué te importa eso? ¡Tú lo abandonaste allí!
–Él es importante… Y no solo para mí.
Tras beber un largo trago, Marc acercó su rostro al de ella y empezó a explicarle en voz baja.
–Hará unos dos años, conocí a un viejo que vivía en una casa muy modesta en Vallvidrera, cerca de los bosques del Tibidabo. Yo solía ir por allí en bici hasta que tuve un accidente. Me caí en una curva y di de cabeza contra una roca afilada que me abrió una herida. Tenía la mala costumbre de salir a pedalear sin el celular, así que llamé a la puerta de la primera casa que encontré.
El segundo sorbo de cerveza a Nagore no le supo tan amargo. Estaba absorta por aquel relato.
–Era una casa muy pequeña con un jardín que parecía una jungla –continuó Marc–. Su dueño se llamaba Elías, un hombre mayor, muy amable, de barba y pelo blancos. Tenía la espalda encorvada y se movía con dificultad. De joven había trabajado en primeros auxilios y conservaba un botiquín, así que me ayudó a limpiarme y pude llamar desde su teléfono a un médico. Desde entonces, además de llevar siempre el teléfono, empecé a visitarlo cada domingo para saber como estaba.
–Para él debía de ser una bendición –comento ella conmovida.
–Y para mí. Llegué a encariñarme mucho de ese viejo… y, según parece, él también de mí. Creo que nadie más iba a verlo, al menos de manera regular. Tenía montones de libros y solía decir que ellos, Elías los llamaba así, y un gato silencioso y muy bueno era todo lo que necesitaba para sentirse acompañado.
–¿Era Sort? –preguntó Nagore, aunque era una obviedad.
–Sí, y lo trataba como a un amigo. Elías le hizo el collar con la moneda. Hace unas tres semanas fui a ver al viejo y, aunque la puerta estaba abierta, no lo encontré allí. El gato estaba en el alféizar de la estancia, mirando por la ventana como si aguardara el regreso de su amo. Yo no podía dejarlo en aquel sitio, estaba muy solo y hambriento.
–¿Qué hiciste entonces?
–Lo tuve unas noches en casa de un amigo y, después, leí en el periódico del barrio que iban a abrir un café de gatos, así que decidí llevarlo allí. Tenía miedo de que lo rechazaran y no tenía ni idea del proceso a seguir. Podría haber llamado al ayuntamiento, para ver qué se hace en estos casos, pero opté por lo fácil, y por eso lo dejé en el cuarto de baño en un momento en el que estaban ocupadas –Marc juntó las palmas de las manos–. Siento mucho haberles causado complicaciones… Por favor, acepten mis disculpas.
–¡Qué historia! Recuerdo que llevabas una caja, sí… Pero nunca habría imaginado que dentro había un polizón. ¿Por qué no fuiste y le contaste esto a Yumi también? Yo solo soy la mesera del café, ella es la dueña…
–He estado observando a Sort durante las últimas dos semanas y tú le gustas mucho.
–¿Cómo?
–Tengo buen ojo para eso, cuando era pequeño había muchos gatos en casa. Está más cerca de ti que de Yumi, por eso quería verte. Hoy por fin localicé a su antiguo amo. Está internado en el hospital Vall d’Hebron y voy a ir a visitarlo mañana.
–¿Y? –Nagore seguía sin entender nada.
–Me gustaría que vinieras conmigo a ver a Elías. No mañana, sino otro día de la semana, si es posible.
–¿Por qué?
–Porque eres la persona más cercana a su querido gato –explicó con paciencia– y tienes que decirle cómo está Sort.
–¿Y eso no puedes hacerlo tú, que has ido al café todos los días desde que nos endilgaste al gato?
–Es un favor… Sort te ha elegido a ti, no a mí.

16. Los ojos
de Buda
En el punto álgido de una ola de calor que había empezado dos días atrás, los gatos y los humanos bebían muchísimo, tanto que el café se quedó sin refrescos. Nagore llegó al mismo tiempo que el pedido y ayudó a guardar las bebidas y el hielo. Se alegró al encontrarse, además de a su jefa, a dos instaladores de aire acondicionado.
–¡Es genial que por fin haya llegado! –exclamó Nagore en tono de celebración mientras la abrazaba.
Yumi era muy cariñosa para ser japonesa, ella misma lo decía, pero ese gesto inesperado de cariño la tomó desprevenida y la hizo saltar como un gato asustado.
Las dos se rieron con ganas.
–Creo que necesito más tiempo para acostumbrarme a los abrazos inesperados… –aclaró Yumi, turbada–. ¿Sabes quién va a venir hoy? Lucía hizo una reservación para la tarde. ¡Estoy impaciente por verla!
–¡Oh! Eso es fantástico…
Por alguna razón, la noticia no emocionó a Nagore. Ya hacía casi una semana que las tres habían salido de fiesta, pero se sintió tan alejada de las conversaciones de sus amigas aquella noche que desde entonces no se habían vuelto a contactar.
Tras llenar los refrigeradores, Nagore se ocupó de los gatos.
Estaban muy alterados con los ruidos que hacían los instaladores al taladrar la pared. Tenían tanto miedo que todos se acabaron refugiando en el pequeño pasillo del baño.
Yumi les llevó allí algunos almohadones.
Parecían muy estresados e intentaban permanecer tan juntos como fuera posible. Chan y Sort estaban erguidos en el centro, mirando hacia la sala como si custodiaran la entrada al pasillo.
Esta era quizás la segunda vez que Nagore vio a Smokey interactuando con tantos gatos a la vez.
Una vez instalado, el aire acondicionado redujo con rapidez los treinta grados hasta unos aceptables veinticuatro. Los mismos gatos parecían aliviados y se mostraron mucho más activos cuando los clientes empezaron a llegar, en comparación con los últimos días, en los que se arrastraban derretidos por el calor.
Estaban seguras de que en ese ambiente más agradable el Neko Café empezaría a llenarse cada día.
Las primeras de aquella tarde fueron tres chicas extravagantes que parloteaban animadamente y se decían las unas a las otras la ubicación de los diferentes gatos con gestos histéricos.
–¡Chicas! ¡Miren, miren! –gritaba una de ellas dando manotazos–. ¡Allí está Jiji!
Nagore se fue hacia su mesa para pedirles que no hicieran ruido. La que había gritado se disculpó y le explicó que el desgarbado gato negro de ojos verdes era exacto a Jiji, un personaje de su película favorita.
Como ella siempre había evitado ver películas en las que aparecieran gatos, escuchó a la chica sin saber de qué hablaba.
–¿Qué película era?
–Kiki, entregas a domicilio –respondieron las tres chicas a la vez–. Es un anime del estudio de Miyazaki –aclaró la primera–. Es quien hizo Mi vecino Totoro… o El viaje de Chihiro.
–¿Y qué pasa en esa película? Por cierto, esta gata se llama Smokey –dijo señalando a la felina en cuestión, que las observaba a una distancia prudente desde debajo de otra mesa.
–Es una película de una bruja joven –explicó la misma chica que había gritado– que se llama Kiki y necesita encontrar un lugar donde practicar sus poderes para superar el examen de su último año. Jiji es su gato y la ayuda en su misión. Se parece mucho a ese…
Al verse señalado, Smokey inició una de sus carreras meteóricas, derrapando por la mesa de las chicas para seguir corriendo hasta el fondo de la sala.
–Es posible que Smokey venga a jugar con ustedes si usan uno de esos palos largos que tienen un ratón en la punta –les recomendó Nagore.
Las chicas aceptaron su consejo y, a los pocos minutos, Smokey estaba bailando a su alrededor, saltando de arriba abajo, afanándose en cazar el ratón.
Marc tampoco apareció aquel día.
Nagore se dio cuenta de que, por absurdo que fuera, lo extrañaba. Aunque se trataba de una historia muy triste, había disfrutado de su relato la noche anterior.
Decidió que si Marc libraba el viernes por la mañana, lo acompañaría a visitar al viejo al hospital.

Sus amigas llegaron como un ciclón hacia las siete y media. Nagore y Yumi se sentaron un rato con ellas.
–Lucía, tengo que darte las gracias por recomendarme a Nagore. ¡Es una maravilla con los gatos!
Las tres se enzarzaron entonces en una conversación alocada en la que acabaron coincidiendo, ante el apuro de Nagore, en que las paredes del Neko Café serían un buen lugar para que colgara sus dibujos y pinturas.
–Aún no estoy en activo, pero gracias por la idea, Lucía. Ya sabes, desde que dejé la galería en Londres tengo aversión a todo lo que tenga que ver con el arte… incluso más que a los gatos.
–¡No digas eso! –intervino Amanda–. Lo habrás superado en menos de lo que se dice “miau”.
Se rio de su propio chiste mientras las demás la acompañaban.
–No hay que correr –la japonesa acudió en su ayuda–. Cada cosa a su tiempo, ¿verdad, Nagore? Intentamos aprender de la serenidad de los gatos.
En aquel momento se sentía más cerca de Yumi, como si ambas compartieran un secreto que las otras dos mujeres ignoraban.
–Me han dicho que preparas unos cafés con leche espectaculares –dijo Lucía–. ¿Puedes servirme uno?
–¡Y otro para mí! –exclamó Amanda.
–Mientras los preparas, voy a buscar un pequeño regalo que te traje para celebrar que trabajas aquí –dijo Lucía, emocionada.
Desde la máquina de café, Nagore observó a sus amigas. Solo Amanda se mostraba fascinada por los gatos, incluso intentó llamar a uno o dos de ellos para acariciarlos, pero no le hicieron caso. Se acercó Licor, pero cuando vio que la mano de Amanda se aproximaba a él, dio un gran rebote con las cuatro patas y salió disparado hacia arriba.
Cuando Nagore sirvió en la mesa los cafés con bigotes, Lucía y Amanda se quedaron asombradas.
–¡Eres increíble! –exclamaron.
–Sí, tiene un gran don –puntualizó Yumi con orgullo.
Lucía sacó entonces de su bolso una bolsita de papel y se la entregó a Nagore.
–Mira lo que encontré para ti… No es nada del otro mundo, solo una gargantilla, pero creo que te gustará.
Nagore abrió el papel de seda de color madreperla, pero no encontró nada en su interior.
–Mmm… Lucía, está vacío.
–¿Qué? –exclamó arrebatándole el envoltorio–. ¡No puedo creerlo! Debió haberse caído en algún sitio. Es imposible. Últimamente pierdo tantas cosas…
Las cuatro mujeres se pusieron a mirar alrededor de la mesa, describiendo círculos cada vez más amplios. Poco después todos los invitados del café se habían unido a la pesquisa, buscando en torno a sus mesas una cadena con un medallón de plata. También peinaron el pasillo del baño e incluso el recibidor, pero no encontraron nada.
Lucía estaba desolada.
–Lo siento mucho, Nagore… Intentaré conseguir otro. ¡Qué pena!
–No te preocupes, cariño –le dijo tomando su mano entre las suyas–. Si realmente me pertenece, seguro que aparecerá.

Cuando todo el mundo se fue, Nagore se sintió exhausta.
Había sido un día muy largo. Además del frescor del aire acondicionado, los gatos parecían aliviados al haberse quedado solos y empezaron a jugar como si la jornada justo empezara.
Smokey estaba adormilada en una mesa junto a la barra, aunque controlaba todo con un ojo entrecerrado, como de costumbre. Nagore había llegado a la conclusión de que aquella gata no dormía nunca, siempre estaba preparada para la acción. Cuando uno es un felino, nunca se sabe lo que puede pasar.
De repente, como si hubiera visto alguna presa, Smokey saltó de la mesa al suelo. Se estiró mientras caminaba al lado de la entrada, para luego deslizarse entre la ventana y el árbol de gatos cercano a la calle.
La gata se puso a jugar con algo a ras de suelo. Nagore percibió un brillo entre sus zarpas y se acercó despacio para no asustarla: todavía no se tocaban. Cuando se sentó a su lado, Smokey levantó la mirada hacia ella y maulló. Luego corrió hasta el otro extremo de la habitación.
Al mirar el lugar donde había estado jugando la gata, vio una fina cadena de plata con un dije. Le dio la vuelta y vio el símbolo de los ojos de Buda: dos cejas, dos ojos, una nariz espiral estilizada entre dos ojos y, entre las cejas, un punto que simbolizaba el tercer ojo.
¡No lo podía creer!
Smokey había encontrado el collar. Nagore le envió la foto a Lucía.
nagore:
¿Este es el dije que estábamos buscando?
La respuesta no se hizo esperar.
lucía:
¡Es para que nunca más pierdas el norte! ¡Me alegro mucho de que lo hayas encontrado!
“Lo encontró Smokey”, empezó a escribir, pero después comprendió que el hecho de que la gata hubiera encontrado el dije perdido solo le importaba a ella.
Definitivamente, Smokey poseía una cualidad mágica. Con su actitud curiosa, parecía decirle: “Presta atención y encontrarás oportunidades en todas partes”.

17. Las cartas
del profesor
Mientras el ascensor subía lentamente, Nagore podía escuchar las pulsaciones de su corazón.
Llevaba puesto el collar para recordarse estar presente. Combinaba de manera extraña con sus tenis blancos, los jeans y la blusa naranja. Se miró al espejo mientras Marc respondía mensajes en su celular. Quizás ya tocaba hacerse un nuevo corte de pelo, lo llevaba demasiado largo.
Tras salir del elevador al segundo piso, se dirigieron a la habitación doscientos uno. La puerta estaba medio abierta, así que entraron sin llamar.
Una de las camas estaba vacía y la otra la ocupaba un anciano de cráneo pelado, con una larga barba blanca. Dormía. A través del pijama azul entreabierto en el pecho se podía ver el lento movimiento de su torso al respirar.
Decidieron ir a buscar un té o un café a una máquina al final del pasillo. Cuando regresaron, el hombre ya estaba despierto.
–Marc… –sus ojos pardos destellaron mientras sus brazos invitaban a un abrazo–. Me alegro de verte, ¡gracias por venir!
–¡Mira quién vino conmigo! –dijo Marc con una sonrisa. Te presento a Nagore, trabaja en el café donde dejé a Sort.
Nagore saludó al viejo y se sentó en un lateral de la cama. Él le tomó la mano y durante medio minuto no dijo nada. Se limitó a examinar el rostro de la chica. Parecía muy contento.
–Cuando Marc me contó cómo coló a Sort en su café de gatos, creí que me moría de risa –dijo finalmente–. ¡Eso fue una buena sorpresa! –al intentar reír, le asaltó una tos seca, como si le faltara el aire–. ¿Me darían un vaso de agua, por favor?
Nagore le pasó el vaso que tenía en la mesita de noche, mientras Marc acercaba una silla para sentarse con ellos.
–¿Te sientes mejor, Elías? –preguntó al sentarse.
–A mi edad eso de “mejor” es muy relativo. Cuando tengas noventa y ocho años te darás cuenta de que ya es un triunfo seguir vivo. Algunos días puedo moverme, pero los demás me quedo en la cama. Estas son mis opciones.
Un nuevo ataque de tos lo hizo callar. Luego se llevó la mano al pecho, tratando de hacer que más oxígeno llegara a sus pulmones.
–Elías –dijo Nagore, venciendo su timidez y comprendiendo que era mejor que el anciano no hablara–, Sort te manda saludos. Es un gato tan respetuoso y tranquilo… Lo llevamos al veterinario hace un par de semanas y todo está bien. No ha hecho grandes amigos en el Neko Café, pero parece que tampoco los necesita.
–Seguro que no… –murmuró con un hilo de voz–, Sort es muy autosuficiente. Aunque lo cierto es que me gustaría volver a verlo.
Elías volvió a toser, aunque menos que antes. Le pidió a Marc y a Nagore que le acomodaran las almohadas. Luego bebió un poco y se recostó en una postura cómoda. Parecía haber recuperado algo de su energía.
–Desde que tengo memoria, siempre he vivido con gatos. Como es lógico, antes o después me acababan dejando para irse a cazar ratones y lagartijas en el cielo. Antes de jubilarme, enseñaba literatura en una secundaria. También allí había una colonia de gatos, en un patio superior que no se usaba y yo me ocupaba de ellos… –los ojos de Elías brillaron, emocionado por aquel viaje al pasado–. Un buen libro, un té caliente y un gato sobre mi regazo… ¿Puede haber más felicidad en este mundo?
–¿Y mantiene relación con sus alumnos? –le preguntó Nagore con dulzura.
–Con muchos de ellos –repuso orgulloso–. Al terminar cada curso, les daba mi dirección postal para que me escribieran cartas. No contesto correos electrónicos ni esas cosas. Pero si alguien se toma la molestia de escribirme unas líneas en un papel, ponerlo dentro de un sobre, anotar mi dirección y llevarlo al correo, le respondo con todo mi cariño.
Marc y Nagore acercaron las sillas un poco más para oír mejor al anciano, cuya voz temblaba.
–Guardo todas esas cartas… de la primera a la última. Tengo una maravillosa colección de cartas manuscritas. Cuando estoy desanimado, las releo y mi vida vuelve a llenarse de color y de frescura. A veces se las leo a Sort. Conoce todas las anécdotas de memoria.
Nagore sonrió al imaginar aquel gatazo abriendo sus ojos amarillos mientras el viejo Elías le leía las misivas.
–Hay un libro maravilloso sobre el poder de las cartas –reflexionó en voz alta antes de pedir agua de nuevo–. El libro es de Ángeles Doñate y se titula El invierno que tomamos cartas en el asunto. Trata de un pueblo en el que están a punto de eliminar el puesto de la cartera. Para evitar que eso suceda, los vecinos empiezan a mandarse cadenas de cartas para contarse su vida. ¡Me hizo llorar!
Mientras explicaba todo eso, Elías parecía muy blanco y muy pequeño.
–Necesitas descansar un poco –le dijo Marc, poniéndole la mano en el hombro–. Debes guardar energías para el próximo día que vengamos a verte, ¿verdad, Nagore?
Ella asintió a la vez que tomaba la mano de Elías, quien la miró con ternura.
–Vuelvan pronto, me hace bien tener cerca gente joven –dijo en un susurro.
Entonces sus ojos, independientes a su voluntad, se cerraron de fatiga.

18. Un tesoro
enterrado
El domingo por la mañana, Nagore emprendió la caótica búsqueda de una libreta roja que se había comprado en Londres como autorregalo de despedida.
Inspirada por el ojo de Buda y por la atención de Smokey, finalmente logró localizar su tesoro sobre una hilera de libros. Entonces se dio cuenta de que también necesitaba algo para escribir. Eso la obligó a iniciar otra ronda por el apartamento a la caza de herramientas de escritura, sin importar su color.
Cuando se sentó por fin en el sofá, encontró la lista de pros y contras de trabajar en el Neko Café. Aquello parecía muy lejano. Habían sucedido tantas cosas… Seguía siendo una chica solitaria con miedo a hacerse mayor sin haber cumplido sus sueños, pero algo dentro de ella estaba cambiando.
Abrió la libreta roja y, tras acariciar sus suaves páginas en blanco, tomó un lápiz de dibujo. Necesitaba trazar líneas, dar forma a todos esos cambios que estaban bullendo en su interior. Aunque no era capaz de ponerle palabras, las últimas tres semanas había vivido tantas cosas que apenas se reconocía a sí misma.
Empezó con el boceto de una nariz pequeña, dos ojos claros en forma de almendra, dos orejas. Luego añadió un rostro de mapache y los bigotes de gato. Puso un reflejo de luz en los ojos, y el rostro quedó muy vívido cuando estuvo terminado. Después escribió:
Sé auténtico de corazón
(sin importar lo que piensen los demás).
Capuccino
Más abajo dibujó un pelaje oscuro con una nariz negra y jugó con los claroscuros para que unos ojos grandes y luminosos destacaran en la tiniebla.
Después de tres semanas conviviendo casi cada tarde con ellos, podía visualizar a la perfección a cada uno de los gatos. Cuando terminó aquella segunda ilustración, escribió debajo:
Acepta todo con serenidad.
Sort
Muy contenta con aquellas dos creaciones, siguió dibujando. Le tocó el turno a un rostro blanco y peludo con un ojito bueno medio abierto, lo cual le daba una expresión soñadora. Apoyaba ese rostro apacible en sus patas cruzadas, mirando al horizonte. Anotó la frase debajo:
Toma un respiro
(una buena siesta puede encoger los problemas).
Chan
Cada vez más empoderada, Nagore giró la página y dibujó otro gato. Era también negro, pero mucho más pequeño y delgado que el imperial Sort. Su frase era:
Presta atención y encontrarás
oportunidades en todas partes.
Smokey
Cuatro de los siete maestros estaban inmortalizados en su cuaderno, pensó Nagore con orgullo. Colocó el bloc de notas en posición vertical, apoyado en la taza, y admiró su obra en conjunto.
Como una gata dispuesta a tomarse su respiro dominical, se tendió en el sofá y pensó que había dos cosas que no acababa de comprender: en primer lugar, por qué antes odiaba tanto a los gatos y, en segundo, por qué había dejado de hacerlo. Nada tenía sentido.
Se daba cuenta de que superar aquel bloqueo había traído agradables sorpresas a su vida. Se planteó que quizás no fueran los gatos lo que antes odiaba, sino su antigua manera de ser, su papel de víctima, sus miedos y la espiral de hábitos y pensamientos negativos.
Sin levantarse del sofá, tomó un viejo número de CuerpoMente que había traído Amanda de un archivo de revistas de crecimiento personal. Lo había olvidado allí, algo muy propio de ella.
Tenía un post it en un artículo de Juli Peradejordi, encabezado por un espantapájaros. Se puso a leer distraída, pero aquella reflexión captó su atención de inmediato.
Él me contó el verdadero significado del espantapájaros. Es cierto que al principio asusta a las aves, porque se asemeja a un labrador que puede intentar matarlas para que no se coman las semillas. Sin embargo, cuando vencen el temor llega la oportunidad, ya que el espantapájaros señala justamente el lugar donde pueden encontrar el alimento. ¿No es fabuloso? Bajo nuestros miedos se encuentra el tesoro que andamos buscando.

19. Stretching emocional
Aunque el Neko Café se llenaba todos los días, no se produjo ninguna otra adopción, pero Sebas acudía de vez en cuando para contarles cómo iban las cosas con Blue.
Cada tarde, media hora antes de abrir, Nagore y Yumi seguían el ritual de tomar un vaso de té verde frío mientras se ponían al día de sus vidas. Cuando charlaban, Sort las observaba desde una banca cercana, moviendo de vez en cuando las orejas, como si comprendiera lo que decían.
Los demás gatos, repartidos por toda la estancia, estaban muy ocupados con sus siestas. Fígaro se acicalaba con esmero en su sitio habitual encima de la barra, mientras Licor y Chan dormían en su almohadón bajo la ventana. A Sherkhan y a Smokey no se les veía por ninguna parte y Cappucino dormía a pata suelta sobre una mesa, justo en frente del aire acondicionado.
–Nagore, me gustaría pedirte un favor, si fuera posible –dijo Yumi de repente mientras se recogía el cabello con una pinza–. Mi esposo llega el domingo por la mañana y me gustaría pasar el día en casa con él. ¿Te importaría venir a hacerte cargo de los gatos? No hace falta que estés aquí mucho rato, bastará con que les limpies los areneros y les pongas comida y agua. Te lo pagaré aparte, claro.
Nagore tuvo que contener una queja que se había formado en su cabeza antes de que emergiera. No tenía planes especiales para el domingo, pero era su único día libre.
–Sí, claro, no hay problema.
Su zona de confort se estaba haciendo cada vez más amplia.
–También me gustaría saber si podrías quedarte diez días sola en agosto. Se casa mi mejor amiga en Tokio y no nos queremos perder la fiesta –ante su expresión de agobio, puntualizó–. He pensado que el horario de apertura en agosto puede ser de cinco a ocho y media. Y no te preocupes, te pagaré lo mismo. No creo que tengas ningún problema, ya estás al corriente de todo, conoces a los gatos...
Yumi miraba a Nagore con los ojos muy abiertos, como las niñas del estudio Ghibli, suplicando que aceptara.
–Antes podríamos firmar un contrato indefinido. No creo que haya nadie mejor que tú para estar al frente del Neko Café.
Por un momento, Nagore no fue capaz de decir nada. Era demasiada información para procesarla un lunes a la hora de comer. ¡Nunca había estado sola tanto tiempo con los gatos!
Inspiró profundamente, escaneando el rostro de Yumi, que se limitaba a esperar su respuesta sin dejar traslucir ninguna emoción.
–Yumi, eres muy amable, te lo agradezco. Aunque no me gusta la idea de quedarme dos semanas sola con los chicos, creo que podré hacerlo. Sobre lo del contrato indefinido… Lo acepto gustosa como una muestra de confianza, pero no puedo asegurarte cuanto tiempo estaré aquí. Tal vez mi ikigai no sea pasarme la vida rodeada de gatos.
–Lo entiendo a la perfección –repuso la otra, emocionada–. Todo es provisional, como la vida, pero quiero disfrutar de ti mientras estemos juntas.
Dicho esto, se puso de pie y le dio un abrazo a Nagore, que se quedó muy sorprendida por ese gesto.
–Acabas de abrazarme… –constató, asombrada.
–Sí –sonrió–, quiero adoptar algunas de las costumbres de su cultura, ¿sabes?
Nagore, en lugar de responder, también la abrazó.
–Gracias por confiar tanto en mí –le dijo envolviéndola en un abrazo sentido, de corazón a corazón.
–Está bien, está bien… –dijo la otra liberándose con suavidad del abrazo con una risita nerviosa–. Bueno, ¡también necesito un poco de tiempo para adaptarme!
A la hora de abrir la puerta exterior del café, Nagore vio por el rabillo del ojo cómo Licor se desperezaba en sueños. Sin embargo, el gato hizo un movimiento inadecuado y se cayó de su almohadón.
Se despertó sorprendido y bostezó mientras trataba de comprender qué acababa de pasar. Cuando Nagore volvió a verlo, estaba haciendo sus estiramientos habituales.
Para no pensar en su no-domingo-sin-gatos y en las semanas que estaría sola con aquella tribu, se sentó en una silla cerca de Licor para observar sus ejercicios. Le resultaba muy gracioso.
Al darse cuenta de que el gatito no estaba a su lado, Chan se desperezó a su vez y observó a su joven compañero desde el centro del almohadón.
Licor arqueó la espalda y levantó el trasero y la cola. Entonces impulsó hacia delante su cuerpo y enderezó la columna desde la cabeza ayudándose con las patas. Tras otra serie de movimientos bastante peculiares, encontró su propia cola y se puso a perseguirla corriendo en círculos.
Inspirada por el minino, Nagore decidió hacer algunos estiramientos también mientras no llegaban los primeros clientes. El fuerte sol que brillaba a las cuatro de la tarde debía de haber alargado más de una siesta.
Arqueó los brazos hacia arriba y hacia atrás, y sintiendo cómo su espalda se le relajaba y se despejaban sus pulmones. Dejó escapar un suspiro al girar el torso. Luego movilizó los muslos y descargó el peso lumbar inclinándose hacia delante. Se dio cuenta de que llevaba meses sin practicar su yoga matinal.
Licor saltó sobre la mesa, a su lado, y la examinó del mismo modo que haría un profesor con un alumno principiante.
Nagore rodó suavemente sobre sus vértebras para ponerse de nuevo en pie y le guiñó un ojo a Licor, que reaccionó liberando un maullido de aprobación. Acto seguido, el gato bajó de un salto de la mesa para ir a buscar comida.
–Tenías razón –le dijo Nagore mientras movía las caderas en círculos para masajearlas–. ¡Me siento mucho mejor!
La cabeza de Yumi salió de la trastienda, detrás de la barra.
–¿Cómo dices?
–¡Hablaba con Licor! –le explicó Nagore–. Me acaba de enseñar que al desentumecer el cuerpo liberas también la mente. Parece que olvidé todo lo que me enseñó mi profe de yoga en Londres.
–Ese vago tiene mucha razón. ¡Mantenerse flexible es la mitad de la salud! Y no me refiero solo al cuerpo. Una mente flexible es un requisito para la felicidad. La rigidez acaba con la alegría de vivir. Aunque, de hecho, ambas rigideces están interrelacionadas –dijo Yumi tras meditar unos instantes–. Todo lo que tenemos de rígido en la cabeza se expresa también en el cuerpo, por lo que liberar el cuerpo es un paso previo para dejar ir tus pensamientos estancados.
Nagore pensó que aquello era muy relevante. Todo tiene su tiempo, recordó.
Al pensar en su jefa y amiga, cayó en la cuenta de que tampoco para ella las cosas eran demasiado fáciles.
–Yumi, seguro que tú, más que yo, has tenido que superar muchas más dificultades por ser una japonesa en Europa.
–Tal vez sí, pero me gusta poner a prueba mi zona de confort, aprender cosas nuevas y adaptarme a nuevas situaciones o personas. Siempre y cuando eso no signifique perderme a mí misma, claro –reflexionó un instante y después añadió–. Cuando estés en Roma, haz como los romanos, pero sin dejar de ser tú misma.

20. La excursión de Elías
Al salir del metro, Nagore comprobó que los mocasines de verano le permitían caminar suave y silenciosamente, con una ligereza casi felina. En la calle que llevaba al hospital, algunos álamos estaban empezando a amarillear. Su vestido, del mismo color, ondeaba al viento mientras andaba más feliz de lo que debería porque iba a ver a Marc.
Tuvo que reconocer que tenía mariposas en el estómago y que estaba urdiendo planes para llamar su atención. ¡Hacía mucho que no sentía todo aquello! Era algo antiguo y nuevo, extraño y normal al mismo tiempo. Cuántas contradicciones…
Marc la estaba esperando en la entrada y la recibió con una gran sonrisa, antes de darle dos besos. Llevaba unos pantalones de tela ligera color crema y una camiseta color salmón.
–Una vez más, gracias por el esfuerzo de venir. Elías estará muy feliz con nuestro plan. ¡Será la primera vez que sale del hospital!
Nagore sonrió, asintiendo. Era como si le hubiera comido la lengua un gatito invisible.
Elías parecía listo para la excursión. Estaba tomando una siesta en la silla de ruedas y llevaba ropa veraniega y ligera, con un suéter azul marino en el regazo. Marc le dio unas palmaditas en la mano para despertarlo.
–¡Buenos días, profesor! He venido con esta chica para que descubramos el mundo juntos.
Al anciano le hicieron falta unos segundos para regresar de la tierra de los sueños.
–¿Y a dónde vamos, si puede saberse? –preguntó con una mezcla de alegría y agotamiento.
–El destino es una sorpresa –le dijo Marc–. Tal como sucede en la vida.
Durante el trayecto en el taxi adaptado los tres conversaron animadamente. Cuando se detuvo en el número veintinueve de aquella calle semipeatonal, un brillo en los ojos de Elías demostró que sabía muy bien a dónde lo habían llevado.
Yumi, que había colaborado en el plan, ya los estaba esperando en la puerta del Neko Café para ayudarlos.
En cuanto Elías entró con la silla de ruedas, los gatos empezaron a despertarse, a estirarse y deambular por el espacio, a mezclarse unos con otros, a beber, comer y perseguirse entre ellos.
–Esto es fabuloso… –parecía que el pecho de Elías se ensanchara por momentos–. ¡Este lugar es formidable!
Yumi lo llevó hasta una mesa y le ofreció el café con leche especial de la casa, cosa que el anciano aceptó encantado.
Mientras lo preparaban, un gato emitió un pequeño maullido desde el fondo del pasillo. Segundos más tarde estaba al lado de la mesa, levantando la nariz para olfatear.
Elías lo miró con ternura, sin que fuera necesario que lo llamara con palabras o gestos. El gato se aproximó con su habitual discreción, sin apartar sus ojos amarillos de Elías. Finalmente, con un salto suave se proyectó sobre su regazo.
El anciano abrió las manos para que el gato olisqueara sus palmas y solo entonces lo saludó con ternura.
–Hola, Sort… Te extrañé.
El gato frotaba la cabeza contra las palmas de Elías para expresar su alegría de verlo.
–Me cuesta creer que este gato –comentó Nagore, sorprendida– sea el mismo que llegó tan tímido y retraído.
–Conoce a Elías desde que no era más que un cachorro –aclaró Marc–. Y aunque exista el prejuicio contrario, los gatos tienen una memoria excelente y desarrollan vínculos tan íntimos con sus amos como los perros.
–Parece que Sort se ha convertido en una especie de líder silencioso... –comentó Elías cuando se dio cuenta de que los felinos, cada uno desde su sitio, no se perdían ningún detalle del encuentro entre él y el gato.
Justo entonces, Cappuccino decidió correr hacia él para investigar sus zapatos y su silla de ruedas.
–Conozco tu raza… –saludó Elías mientras acariciaba la cabeza del gato, que le posó las zarpas en las rodillas–. Eres un siamés zapato de nieve. Los primeros se registraron en Estados Unidos en la década de 1960, y eran una mezcla entre siamés y gato americano de pelo corto.
–Me impresionan tus conocimientos, profesor Elías –bromeó Marc.
–Este gato es tremendo –dijo Nagore mientras le servía su café con bigotes y lo apartaba de Elías–, siempre quiere ocupar el sitio de los demás. Le encanta ser el centro de atención.
–¡No hay problema! –dijo Elías–. Parece un bebé con esos ojos azules…
Examinó admirado el café con leche que tenía delante, con la nítida carita de gato hecha de espuma.
–Marc, tal vez al final mi ingreso en el hospital no haya sido malo del todo. Sin eso, no habría podido conocer este café de gatos. Incluso podría haber muerto sin saber qué pasó con Sort. Estoy muy contento de volver a verlo. ¡Muchas gracias a todos!
Yumi pidió a Marc que le tradujera para hablar con el viejo.
–¿Sabe que cuando Nagore llegó aquí tenía ailurofobia? Le daban pánico los gatos. Y mire ahora…
–Bueno, salta a la vista que ellos la curaron. Los gatos nos ayudan a reconectar con nuestro auténtico ser. ¡Tienen superpoderes! Y es cierto eso que dicen de que son capaces de limpiar las energías negativas.
En este punto, Elías anunció que necesitaba una siesta después de tantas emociones, así que los demás siguieron charlando en voz baja. Sort no se había movido del regazo del anciano y mantenía la zarpa en su mano.
–Cuando se despierte, será mejor volver al hospital. Parece muy cansado –dijo Marc–. Me gustaría que pudiéramos llevar a Sort con nosotros, pero es un lujo que aún no existe en los centros médicos.
–¿Qué haremos con Sort, entonces? –preguntó Nagore, preocupada–. No creo que pueda volver con su dueño a corto plazo... ¿Deberíamos ponerlo en la lista de adopciones o es mejor esperar y ver si Elías puede llevárselo?
–No hay ninguna prisa para tomar la decisión –aseguró Yumi, tranquilizadora–. Aún podemos acomodar sin agobios a uno o dos gatos más.
–¿Por qué no le preguntan a él? –dijo el anciano abriendo los ojos y mirando a Nagore.

21. ¿Sabes
hablar gato?
marc:
¿Puedo pasar a verte cuando termines hoy?
Hay algo que no he podido contarte todavía.
(Elías sigue muy contento, ¡muchas gracias por todo! Yumi y tú son increíbles).
El whatsapp le llegó a Nagore camino de Gats de Gràcia, la protectora de animales del barrio. La encargada ya conocía a Yumi y estaban preparando una lista de espera para dos o tres gatos que aspiraban a ingresar en el Neko Café. De allí, tendría que ir directo al trabajo. No llevaba la ropa adecuada para una cita. Iba con unos pantalones anchos de algodón y una camiseta negra sin mangas. Sus únicos adornos eran unos aretes rojos y un anillo del mismo color. Ni siquiera se había maquillado y no le daba tiempo de pasar a su casa para arreglarse sin llegar tarde.
Utilizando la cámara frontal del celular como espejo, observó que iba totalmente desgreñada. Tendría que hacerse un moño o una cola de caballo para esa noche.
La recibió una mujer mayor con el cabello rubio y rizado. La hizo pasar al centro con una amplia sonrisa, a la vez que le preguntaba por Blue. Seguía siendo la primera gata adoptada de aquella sociedad protectora que tenía ahora su escaparate en el Neko Café.
–El interiorista del local se enamoró perdidamente de ella y a Blue parece que también le gusto él. En fin, se fue hace un poco más de una semana.
–A veces suceden milagros, en particular si hay un gato cerca –comentó la mujer mientras llevaba a Nagore a la parte trasera del local, donde había un jardín–. Tenemos sitio para un máximo de veinticinco gatos y en este momento hay veintidós. Por cierto, ¿sabes hablar gato?
–¿Cómo? –preguntó Nagore con los ojos como platos.
¿Qué era eso de hablar gato?
–Me refiero a interpretar los signos de comunicación de los gatos. Su espectro de maullidos es limitado, pero los gatos se expresan mucho con su cuerpo.
–La verdad es que no sé gran cosa de eso... –reconoció Nagore.
–No te preocupes, voy a darte un curso introductorio. ¡Mira!
Antes de pasar al patio, la mujer le entregó unas láminas plastificadas y la invitó a sentarse mientras las leía.
Los gatos se comunican a través del lenguaje corporal y sus gestos se expresan mediante cuatro partes de su cuerpo: la cola, las orejas, los ojos y la cabeza.
El idioma de la cola es el más fácil de interpretar:
Cola levantada con o sin una onda al final: estoy contento.
Cola agitándose desordenadamente: nervioso o ansioso.
Cola vibrando: muy contento de verte.
Cola baja o recogida: estoy asustado.
Cola baja con el pelo erizado: estoy asustado o me siento agredido.
Cola en forma de “N” con el pelo erizado: agresión extrema.
El idioma de los ojos es un poco más complicado. Nunca mires a un gato directo a los ojos, ya que podría interpretarlo como una agresión. El equivalente de un beso, para los gatos, es cuando miran en tu dirección con los ojos entrecerrados y después retiran la mirada majestuosamente.
La cabeza y las orejas también expresan muchas cosas:
Orejas hacia atrás: miedo, ansiedad, agresión.
La lengua fuera: preocupación, aprensión.
Frotar la cabeza, el lomo o la cola contra una persona o animal: ritual de saludo, reclamo de propiedad.
Cabezazo: amistad, afecto.
Olisquear el rostro: necesidad de confirmar la identidad.
Frotar la nariz húmeda: afecto.
Lamer: signo definitivo de afecto.
Por el otro lado de la lámina se explicaba que los gatos solo maúllan a los humanos, mientras que para comunicarse con otros animales sisean o ronronean.
Cuando ronronean suele significar que están contentos, pero también puede ser que les duela algo o que se sientan mal.
Nagore aprendió que los gatos tienen treinta y dos músculos en las orejas, que sus bigotes está llenos de terminaciones nerviosas y que se han hecho domésticos desde hace relativamente poco, quizá unos cuatro mil años. Por eso reconocen sus nombres, pero no tienen el menor interés en obedecer a sus dueños.
–Creo que aún no hablo gato, pero tendré muy en cuenta lo que acabo de leer –le dijo a la mujer de la organización protectora cuando terminó de revisar la lámina–. Sin embargo, necesito pedirte un favor… Me da un poco de miedo entrar en un espacio con tantos gatos desconocidos. A lo mejor me puedes presentar con ellos y contarme un poco quién es quién. Así haremos la lista de posibles candidatos.
–Claro que sí. ¡Ya veo por qué Yumi te escogió! Eres muy respetuosa con ellos. Quizá algún día consigas que un gato te restriegue su trasero, no solo la cabeza. Entonces podrás considerarte afortunada.
–¿Por qué? –preguntó sorprendida.
–Porque eso significará que eres muy especial. Al menos para ese gato.

22. Celebración agridulce
Nagore saludó a Marc con una sonrisa, esperando tener un aspecto aceptable.
–¿Por qué te pusiste lentes? –le preguntó Nagore tras intercambiar besos en las mejillas.
–Casi siempre me pongo de contacto, pero tengo los ojos cansados. En fin, dime, ¿estás preparada para una experiencia increíble?
–No lo sé… –dijo mordiéndose el labio–. ¿Puedes darme un avance? Tengo mucha curiosidad por saber qué quieres contarme.
–Lo sabrás en un sitio muy especial. Pero antes tenemos que llegar hasta allí.
Dicho esto, Marc le dio un casco y se puso el suyo, señalándole una vieja motoneta Lambretta que había estacionado en la acera.
–¿A dónde vamos? –preguntó Nagore alucinada.
–Hacia arriba. Así que… ¡agárrate fuerte! –dijo Marc con la voz amortiguada por el casco.
Cuando arrancaron, Nagore se abrazó a su cintura. La chaqueta de cuero fino olía tan bien que tuvo que contenerse para no hundir el rostro entre sus hombros.

Llegaron a su misterioso destino casi de noche. La entrada del restaurante estaba iluminada por guirnaldas de lucecitas que parecían luciérnagas.
El encargado les guardó los cascos y los acompañó a una mesa con vista a la ciudad. El panorama era magnífico y corría un aire de montaña muy agradable.
–¡Este lugar es increíble, Marc! ¿Dónde estamos exactamente? –preguntó Nagore con la mirada encendida.
–En algún lugar del Tibidabo…
–No sabía que aquí arriba existían restaurantes como este. Pero dime, ¿hay algo que celebrar? ¿Se recuperó Elías?
–Por desgracia, Elías no está demasiado bien –Marc sacudió la cabeza–. Lo vi ayer, y está cada vez más débil. Pero se encuentra feliz y en paz. No le asusta lo que está por venir. Ayer me dijo que no cree que vaya a regresar nunca a su casa... Como abogado, le estoy ayudando a preparar el testamento. Es raro pensar en eso, pero como no tiene herederos directos, necesita dejar todo bien claro.
Nagore estuvo a punto de tocarle el hombro con la mano izquierda, pero al final la apoyó en la mesa.
–Lo siento mucho, Marc. Piensa que, pase lo que pase, ha tenido una vida larga y feliz.
–Todo está bien, de verdad –Bebió un trago del agua que tenían sobre la mesa–. Como perdí a mi padre hace mucho, me resultaba reconfortante pasar tiempo con él. ¡Pero no estamos aquí para llorar por una persona que aún está viva!
–¿Y entonces? –le preguntó Nagore con mirada inquisitiva.
–Para empezar, brindemos por el reencuentro de Sort y Elías. Y después… –anunció teatralmente, sirviendo un poco más de vino en las copas–. ¡Otro brindis por el trabajo que me acaban de ofrecer en Ginebra!
Sus ojos observaban con atención la reacción de Nagore. Esta sintió que la sonrisa se le congelaba en el rostro.
–¿Y de qué se trata exactamente? –le preguntó, obligándose a alegrarse por él.
–Trabajaría para ACNUR, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados. ¡Aún no lo creo! Hace más de un año que solicité el puesto... Pasé por seis rondas de entrevistas, pero lo daba ya por perdido. Hasta que esta mañana por fin recibí la notificación.
–Es una gran noticia, Marc… Sí, ¡hay que celebrarlo! –dijo Nagore, tratando de decidir si debía sentirse triste o no.
Aún no se había atrevido a mostrarle su afecto a Marc y, de hecho, se había dedicado más bien a esconderlo. Se daba cuenta demasiado tarde, como tantas veces.
Tras pedir la cena, mientras Marc se quitaba los lentes para limpiarlos, Nagore intentaba expulsar todas las mariposas que guardaba en el estómago. Era difícil. No era que tuviera intenciones muy serias respecto a Marc, pero empezaba a disfrutar de su compañía. Una posibilidad que pronto dejaría de existir.
–¿Cuándo te irás? ¿Sabes ya las fechas?
Marc bebió un poco de vino antes de responder, sin dejar de mirar a Nagore directo a los ojos.
–Me confirmaron la oferta, pero aún no sé si la aceptaré. En este momento tengo dudas.
Nagore se esforzó en respirar con lentitud, cuidando de no hacer ruido. El cuerpo le pedía soltar un buen suspiro, pero si lo hacía, él adivinaría sus sentimientos. Ese pensamiento le hizo concluir que quería que él supiera lo que sentía. De modo que suspiró.
Marc también dejó escapar una reflexiva bocanada de aire antes de ponerse a jugar con su copa.
–Ha pasado tanto tiempo desde que solicité el puesto... Desde entonces, en mi vida han sucedido muchas cosas. Si la vida es un juego, ya no estoy en el mismo lugar del tablero.
–Entiendo. A veces me siento igual.
–Ahora mismo no sé si debería irme o no. No quiero dejar a Elías en este estado, que puede alargarse por meses. También tengo otros asuntos pendientes que me gustaría resolver... –y, recuperando la pregunta que Nagore le había hecho un rato antes, respondió–: Debería incorporarme en dos semanas. Tengo hasta el miércoles que viene para decidirme.
–Bueno, el sueldo será estupendo, ¿verdad?
Nagore se odió por hacer de abogado del diablo, pero si el sueño de Marc era trabajar para las Naciones Unidas, ¿quién era ella para impedírselo?
–Sí, es un buen salario. Pero el dinero no lo es todo, ¿no crees?
–Bueno, a veces ayuda mucho –dijo, pensando en su propia situación–. Pero tienes razón, a veces es más importante escuchar lo que dicen las tripas. ¿Es eso lo que te pasa?
–Algo parecido.
Cuando llegó la comida, le pareció todo tan delicioso y encantador que a Nagore le costó un verdadero esfuerzo persuadirse de que aquello no era una cena romántica con un futuro amor, sino una posible despedida entre personas que empezaban a trabar amistad.
Pensó que debía invertir algo de dinero para ir a la peluquería. Le habría gustado dejárselo largo, pero no podía permitirse ir descuidada. Y si fuera posible encontrar un buen vestido nuevo... Entonces, quizá...
–¿Qué opinas, Nagore? ¿Me vendrás a visitar si me mudo a Suiza?
–Claro –dijo ella, guiñándole un ojo.
Al brindar, pensó maldita Suiza y se bebió la copa de un trago.

23. El regalo
de Fígaro
Nagore no pudo quitarse la cena de la cabeza el resto de la semana. Ni tampoco a Marc.
A pesar de que había recibido el préstamo de sus padres y un primer sueldo, que no era un salario completo, no podía permitirse ir a la peluquería ni comprar un vestido nuevo.
Ese domingo por la mañana fue a hacerse cargo de los gatos, como había prometido a su jefa, y después se fue a la playa para nadar un rato. Intentó aclararse las ideas sin demasiado éxito.
El lunes, Yumi se dio cuenta de que su compañera estaba más pensativa de lo normal, pero Nagore no supo o no quiso darle detalles. Ensimismada, mientras los clientes perseguían las caricias de los gatos, Nagore se fijaba en Fígaro.
Subido a su pedestal en la barra, el gato de medio bigote se acicalaba con mimo. Su aspecto atraía las miradas del público.
Nagore se dijo que aquella actitud, en un gato de la calle sin raza ni especial gracia, era un signo de autoestima. Ya decía el proverbio que “la caridad bien entendida empieza por uno mismo” o, lo que es lo mismo, es imposible que te amen si te niegas tú el amor.
Ella no era un gato presumido, como Fígaro, pero se dijo que sería bueno que prestara un poco más de atención a su aspecto. ¿Cómo podía gustarle a alguien si no se gustaba a ella misma?
En medio de estas cavilaciones, la tarde transcurrió plácidamente. Fígaro sedujo a una pareja estadounidense y estuvieron un buen rato haciéndole cariños sin que él, muy digno, se moviera de lugar.
Haciendo honor al gato melómano, aquella tarde Nagore dibujó su rostro irregular en los cafés con leche de los clientes.
Un turista que nadie sabía cómo había aterrizado allí pidió incluso hacerse una foto con ella, exhibiendo en la espuma de su taza el dibujo de Fígaro.
–Me enamoré de este gato –dijo la chica estadounidense al pagar–. ¿Viste ese bigotito tan divertido? ¡Me encantaría llevarlo a casa! Pero no creo que eso sea posible…
–El viaje sería una tortura para él, cariño –dijo el hombre, acariciando la mano de su esposa–. Pero podemos adoptar uno cuando regresemos a Portland.
La mujer no respondió, hipnotizada por Fígaro, al que lanzaba un cordel con una pluma en el extremo. El felino trataba de atraparla sin conseguirlo. Finalmente, la mujer lo dejó quieto y Fígaro agarró el juguete con las cuatro patas, cayéndose de espaldas.
Al caerse desde la altura de la barra, sin duda perdió una de sus vidas. Sin querer mostrar su enojo, se fue con su medio bigote a otro lugar del Neko Café.
Los ojos de la estadounidense expresaban lástima por no poderse llevar a aquel personaje a casa.
–¡Gracias por los maravillosos cafés con leche! –le dijo a Nagore dirigiéndole una mirada de gratitud–. Y por el ambiente mágico que crean aquí para ellos. Nos ha llegado muy adentro. Y sin duda buscaremos un gato cuando volvamos a casa.
–Fue un placer –respondió ella–. Estoy segura de que el gato que escojan será muy feliz a su lado. ¡Gracias por visitarnos!
Les hizo la misma reverencia que solía realizar Yumi.
Una vez que se marcharon, cuando se acercó a limpiar la mesa se le paró el corazón. Encima había un billete de cincuenta euros con una nota que decía: “Por favor, utilícelo para hacer feliz a Fígaro”. Nagore levantó el billete y fue a enseñárselo al gato, que seguía acicalándose.
–¡Acabas de ganar cincuenta euros! Eres increíble, Fígaro… ¿Te importa que me lo guarde para seguir tu ejemplo y arreglarme un poco?
Con una actitud muy gatuna, demostró que no la oía. Su única preocupación parecía ser recuperar el estado impoluto de su pelaje. Como una bailarina, Nagore le hizo también a él una reverencia de agradecimiento.
Antes de convertirse en una estrella del rock, Mick Jagger cantaba: “No tengo dinero, pero sé dónde gastarlo”. A Nagore le sucedía lo mismo, con la diferencia de que el billete estaba ya en su bolsillo.

24. El caballero negro
-Elías nos ha dejado –Nagore se quedó paralizada, con el teléfono pegado a su oído. Hacía poco que había sonado la alarma y la llamada la recibió camino de la ducha–. No se despertó esta mañana –siguió Marc–. Me acaban de avisar del hospital.
Ella se quedó en silencio, sin saber qué decir. Tenía la impresión de que cualquier cosa que saliera de sus labios en aquel momento sería vacía.
–Me habría gustado acompañarlo, Nagore, pero me temo que Elías eligió irse en medio de la madrugada justamente por este motivo. Es como Sort, no le gusta molestar… –hizo una pausa, como si no le salieran más palabras, pero luego logró añadir–: Dejó una cosa para ti. La ceremonia es dentro de un par de horas en la funeraria. ¿Quieres venir?
–Allí estaré. Hasta dentro de un rato, Marc.
En cuanto colgó, llamó a Yumi para decirle que llegaría tarde, le explicó que quería despedirse de Elías y que quizá podría llegar a tiempo para abrir.
–Claro que sí, Nagore. Por favor, de nuestra parte, compra un bonito ramo de flores por el camino. Encenderé una vela para ayudarle a encontrar el camino para reunirse con sus antepasados.

Cuando llegó a la funeraria, donde casi no había nadie, Nagore apoyó el ramo de flores en una silla y luego saludó a Marc.
–Muchas gracias por venir. Puede que venga más gente, pero no tengo su agenda, así que no supe a quién llamar –suspiró–. Los dos o tres que verás por aquí eran pacientes que compartieron habitación con él. La enfermera en jefe los llamó personalmente. Elías se hacía querer…
Nagore se acercó a él.
–¿Te puedo abrazar?
Marc asintió con la cabeza y Nagore notó que se le aceleraba el pulso. En sus brazos sintió que le temblaban los hombros. Incluso le parecía más alto.
Al separarse, él buscó en sus bolsillos y le entregó un pequeño sobre blanco con el nombre de Nagore escrito a mano.
–Tengo que ir a un juicio, ni siquiera podré acompañarlo en su último viaje –dijo apenado–. ¿Puedes quedarte hasta que se acabe la ceremonia? Le dije que eres su vínculo más cercano...
–Claro que sí –dijo Nagore con aquella carta en la mano.
–Gracias por tanto, Nagore –se despidió Marc, dándole un beso en la mejilla–. Tengo una semana de locos, pero podríamos vernos el fin de semana.
–Estaría bien –respondió ella recuperando el ramo de flores.

Al terminar la ceremonia, Nagore se sentó un rato en la banca de un parque cercano. Todavía sostuvo la carta en las manos durante unos minutos. Nunca había recibido ningún mensaje de un difunto, le impresionaba que alguien pudiera hablarle desde el otro lado de la vida.
Se recogió el cabello en un moño para estar más fresca y abrió la carta. Eran dos páginas de hermosa caligrafía.
Querida Nagore:
Empiezo a escribir esta carta después de la excursión a su café de gatos.
No puedo expresar lo feliz que me hizo ver a Sort una vez más, pero me temo que no podré volver a reunirme con él ni con nadie más. Me siento cada vez más débil, soy como una vela a punto de apagarse.
Te cuento todo esto, pero no estoy triste. Conocerlos me devolvió el sabor de la vida. Y la certeza de que todo sucede por algo. Tengo la sensación de que todo debía ocurrir exactamente de este modo. Marc tenía que encontrarme para luego poder encargarse de Sort, llevarlo a su café para que Yumi y tú lo cuidaran... Y a saber qué nuevos giros les prepara la vida, aunque yo ya no estaré aquí para verlo.
Me faltan las fuerzas, tengo que descansar un rato. Luego continuaré.
Esta es la magia de las cartas: puedes empezarlas, continuarlas y acabarlas a cualquier hora. Ahora ya me queda poco y tenemos cosas que resolver.
Hoy preguntaste qué quería que hicieran con Sort, nuestro emisario de serenidad. Es un caballero de los de antes, mi pequeño guerrero. Sé muy poco de ti, Nagore, pero aquí, desde esta habitación vacía, me pregunto si tú... ¿querrías adoptar a Sort? Sé que no tienes pasión por los gatos, pero como él fue el primero que tocaste, tal vez haya entre ustedes un vínculo especial.
No debes decidirte de forma inmediata. Tómate tu tiempo para pensarlo. Esta carta te llegará cuando yo ya me haya ido, así que yo puedo esperar eternamente.
Solo les pido, a ti y a Yumi, que no pongan a Sort en la lista de adopciones hasta que hayas tomado una decisión. Muchas gracias.
En los últimos tiempos, antes de ingresar en el hospital, ese gato fue un auténtico sanador. Se acercaba a mí siempre que sentía dolor, aunque no expresara ni un quejido. Entonces se tumbaba a mi lado, tocándome de alguna forma.
Dicho esto, solo me queda desearte que encuentres todo lo que busca tu corazón y, por favor, disfruta de cada momento: nada dura para siempre.
No estén tristes por mí. Estoy en paz, tras una vida plena, y tengo curiosidad sobre lo que vendrá ahora. Debe de haber algo al otro lado, ¿no crees?
Si es así, nos veremos algún día, aunque espero que falte mucho para eso.
Todo mi amor para ti, Marc, Yumi y Sort.
Gracias por iluminar mis últimas horas.
Elías
El viento soplaba suavemente jugando con los cabellos de Nagore que se habían soltado del moño. Cerró los ojos para percibir mejor la caricia del aire. Entonces sintió que dos gotas silenciosas rodaban por sus mejillas.
Su corazón se contrajo al pensar en Elías con Sort en su regazo.
No sabía qué iba a hacer, necesitaba un poco de tiempo para asimilar todo lo que estaba sucediendo, en especial la muerte de Elías.
Guardó la carta y, en lugar de ir en transporte público, decidió tomarse su tiempo y caminó pensativa hasta el café.

25. La curiosidad salvó al gato
Desde la llegada de su esposo, Yumi estaba más feliz y radiante que nunca. Bastante mayor que ella, acudía cada día al Neko Café para tratar de echar una mano.
De talante reservado, Nagore no podía imaginarse cómo lograban mantener su relación a distancia. Por fin iban a irse juntos por diez días el lunes siguiente y ella quedaría a cargo del local durante ese tiempo. Intentaba no pensar en ello para no sufrir una crisis de angustia de las de antaño.
Aquel fin de semana, que ya estaba a la vuelta de la esquina, Yumi y su esposo se encargarían de los gatos para que ella pudiera descansar un fin de semana completo como pequeña compensación.
Marc le había hablado de reunirse algún día, pero lo cierto era que no había vuelto a contactarla. Alguna vez que ella le había escrito, él le había respondido de forma cariñosa pero escueta.
Quizás estuviera pasando el duelo por su viejo amigo o bien tenía muchísimo trabajo. Tal vez fueran ambas cosas.
Ante aquella incertidumbre, Nagore empezó a soñar con unas minivacaciones para aquel fin de semana. Necesitaba escapar de la ciudad, aunque solo fuera para dar una larga caminata en el bosque, pero lo cierto era que tampoco tenía presupuesto para pagarse un hotel en ningún sitio.
Mientras tanto, aquellas tardes de agosto solo acudía la mitad del público habitual. Más allá de algún turista despistado que curioseaba a través del ventanal del Neko Café, la ciudad estaba dormida y una atmósfera suave, relajada y felina lo invadía todo.
Entre tés fríos y cafés con bigotes, Nagore trabajaba en su cuaderno durante los ratos libres. Había descubierto que disfrutaba especialmente dibujar en la silenciosa, juguetona y a veces curiosa compañía de la tribu.
Para continuar con el Olimpo de los gatos, hizo un boceto de la graciosa cabeza roja de Licor, con sus ojos brillantes, el pelaje revuelto y sus bigotes prominentes que apuntaban en todas direcciones. Debajo del dibujo escribió:
Sé flexible, pero no pierdas
de vista quién eres.
Licor
Antes había hecho un precioso retrato del gato melómano, con aquella mirada altiva y su medio bigote. Dudó entre ponerle un gramófono al lado, como el perrito de La voz de su amo, pero finalmente se limitó a escribir su frase bajo el perfil.
Cuida tu aspecto,
nunca sabes quién te está mirando
(sobre todo, gústate a ti mismo).
Fígaro
Mientras revisaba satisfecha los seis dibujos, no advirtió que Yumi se había acercado a ella por detrás. Y no era la única: Sherkhan, el gato atigrado que solía tomar las cosas a su manera, también quería saber qué hacía Nagore. Antes de que se diera cuenta, saltó sobre la mesa y olisqueó la libreta llena de perfiles.
–¿Tan reales te parecen que quieres olerlos? –bromeó ella, justo cuando Sherkhan empujaba con la pata uno de los lápices hasta hacerlo caer al suelo.
Cuando Nagore fue a reñirlo, el pequeño tigre ya corría en busca de refugio.
–Me gusta mucho tu estilo –dijo Yumi, conteniendo la risa, mientras recogía el lápiz y se sentaba a su lado–. Es fresco y muy personal.
–Gracias… –repuso con timidez–. Son solo bocetos. Me ayudan a asimilar todo lo que está pasando.
Yumi le dirigió una mirada profunda, como si comprendiera mucho más de lo que quería demostrarle. En las semanas que llevaba junto a ella, Nagore había captado la fijación de los japoneses por no ser invasivos. Y estaba encantada con aquella cualidad.
Sherkhan quería averiguar definitivamente si el lápiz volaba, así que volvió a saltar a la mesa y, tras un nuevo golpe lateral de pata, lo lanzó al vacío. Sin más demora, el gato saltó sobre él y lo hizo rodar por el suelo.
Tras observar más divertida que molesta sus volteretas, Nagore le quitó el lápiz al gato por segunda vez y le ofreció su pelota favorita, que tenía una pluma pegada. De tanto que jugaba con ella, a menudo terminaba perdida en algún agujero negro del café. Por como lo conocía, Nagore siempre guardaba una de repuesto como aquella en un lugar fuera de su alcance.
–Nagore, creo que Sherkhan demuestra que hay que ser proactivos para conseguir lo que queremos. Tal vez quería que le dieras la pelota con la pluma, y no encontró otra manera de expresarlo que robarte el lápiz un par de veces.
–Yo creo que simplemente lo mueve la curiosidad –dijo Nagore sonriendo–. Vio el lápiz moviéndose en mi mano y quiere saber si tiene vida propia.
–La curiosidad mató al gato… –recitó Yumi–, aunque siempre he pensado que este proverbio está equivocado. Es la falta de curiosidad lo que nos mata. Cuando una persona deja de imaginar, cuando ya no espera que pase nada diferente ni se aventura fuera de su zona de confort, empieza a morir. Quizás sea esa la verdadera lección de nuestro Sherkhan.
–La curiosidad salvó al gato… Tienes razón, suena mucho mejor.
Ese fue el momento elegido por la japonesa para un ataque frontal, casi al estilo banzai.
–¿No tienes curiosidad de saber qué le pasa a Marc?
Nagore se encogió de hombros, mientras seguía con la mirada los juegos vigorosos de Sherkhan con la pelota.
Pero ¿qué podría preguntarle a Marc? No quería ser insistente llamándolo sin motivo aparente. Justo entonces, la solución la iluminó como un rayo revelador.
¡La casa! Sin duda, sentía gran curiosidad por conocer lo que había sido el hogar de Elías.

26. La ecuación del cambio
El viernes por la mañana Nagore tenía la tan esperada cita con su peluquera y se permitió buscar un vestido bonito, cortesía de Fígaro el seductor.
Ya con su nuevo corte de pelo, el primero desde que había regresado de Londres, sintió que se despojaba de su vieja piel para que emergiera su nuevo yo. Había experimentado una placentera liberación al ver caer la mitad de su melena.
Cuando, además, encontró de oferta un vestido de algodón de tono cremoso que realzaba su figura, se sintió feliz. Ahora estaba preparada para llamar a Marc.
–¿Puedes hablar?
–Sí, estoy en un descanso. ¡Es un placer oírte!
–Igualmente… –empezó titubeante–. He pensado mucho en Elías esta semana y la verdad es que me encantaría ver su casa, antes de que se la quede el ayuntamiento o la derriben. ¿Puedes llevarme y enseñármela? Mañana sábado no trabajo…
–Sí, no hay problema –su voz expresaba cierta sorpresa–. Todavía tengo las llaves y no creo que a nadie le importe si te enseño la casa. Te recogeré después de comer, si te parece bien.
–¡Perfecto!
Por fin una cita que no estaba improvisada, como todos sus encuentros anteriores, se felicitó Nagore. Tendría tiempo para prepararse.
De hecho, aquel viernes se sintió todo el día como si volara. Las mariposas en el estómago regresaron y se burlaron de sus pensamientos imprudentes.
Siguiendo el ejemplo de Fígaro, que contemplaba su transformación desde la barra, había decidido que esta vez resplandecería como deseaba.
Su melena tenía el corte perfecto y estaba brillante y negra como una noche sin estrellas.
El vestido color crema se le veía fenomenal: tenía un fantástico escote en V y unas mangas cortas que caían con suavidad de los hombros, la cintura entallada y una falda que llegaba unos centímetros por debajo de las rodillas, con un remate de encaje del mismo color. A Nagore le encantaba la forma en que la tela envolvía su cuerpo.

Estaba ya lista y maquillada cuando el interfono de su casa anunció que Marc había llegado con puntualidad británica.
Tras calzarse sus suaves mocasines para completar el conjunto, metió una botella pequeña de agua en su bolso y se puso una chamarra de mezclilla para ir en la moto.
Al verla salir del edificio, Marc no pudo disimular su sorpresa.
–Nagore… ¡Pareces otra!
–¿Para bien o para mal? –preguntó con coquetería mientras hacía aletear su melena corta.
–Contigo siempre es para bien –le dijo mientras le pasaba el casco.
Tras veinte agradables minutos de calles desiertas, túneles y curvas, llegaron a la casa de Vallvidrera donde había vivido el viejo profesor. La ciudad quedaba atrás, fuera de su vista, y Nagore tuvo la sensación de estar en medio del bosque.
La verja de hierro forjado daba acceso a un pequeño jardín lleno de malas hierbas. Durante las semanas que su inquilino había dejado de estar, la naturaleza había ganado terreno.
Enredaderas salvajes recubrían los muros de una casa modesta de un blanco deslavado. El tiempo parecía haberse detenido en aquel lugar.
Marc abrió con su llave la puerta doble de madera y un olor a cerrado golpeó la nariz de Nagore.
–La última vez que alguien entró aquí fue cuando me llevé a Sort.
Después de abrir las ventanas, recorrieron las habitaciones. Todo estaba cubierto de un polvo muy fino. A medida que se movían y el sol atravesaba las persianas, el polvo suspendido en el aire parecía de oro.
La sala, con dos sillones grandes y cómodos, estaba forrada de estantes repletos de libros en dos filas. Toda la estancia parecía una biblioteca. En una habitación menos amplia había un pequeño estudio con un antiguo escritorio de madera y más libros y papeles por todas partes.
–Elías me dijo que guardaba su colección de cartas en esta habitación, en esas cajas grandes que ves debajo de los estantes. También están las cartas que le escribía a sus alumnos, porque usaba un papel de carbón debajo de la hoja. Era un hombre a la vieja usanza –comentó emocionado.
–Deberíamos volver con un coche y llevarnos estas cajas –dijo Nagore con tono decidido–. No podemos permitir que se pierda esa correspondencia…
–¿Y qué haremos con ellas?
–De momento, conservarlas –dijo mordiéndose el labio, como hacía siempre que tenía una idea–. Luego yo las podría transcribir, emparejando cada carta con su respuesta. Quizás algún día se podría hacer una pequeña edición. Medio siglo de correspondencia entre un profesor y sus alumnos… ¿No es bonito?
–Me parece una idea fabulosa –dijo mientras la invitaba a subir las escaleras de madera.
Nagore sintió una punzada de tristeza al ver el arenero vacío en el baño.
–Esto debe ser de Sort ¿verdad?
–Sí. Hay otras cosas suyas que quizá pudieras usar más adelante: sus cuencos de comida, pelotas, su cojín favorito...
Nagore no contestó, aunque había captado muy bien el mensaje, y siguió a Marc en silencio.
En el piso de arriba, Marc le enseñó el dormitorio de Elías, un baño con una vieja bañera y una habitación de invitados que daba a una terraza pequeña, increíblemente apacible y silenciosa.
–Pese a necesitar algunos arreglos, es una maravilla de casa. Marc… ¿qué va a pasar con ella?
Marc ocupó una de las sillas orientadas al bosque e invitó a Nagore a que hiciera lo mismo.
–Justamente quería hablarte de ello.
Ante la mirada curiosa de Nagore, la tomó de las manos y, tras contemplarlas un instante, la miró a los ojos. Nagore contuvo el aliento.
–Elías era un viejo tozudo. Aunque fui con él al notario para que testificara a favor de una institución pública, luego volvió sin mí a cambiar el testamento. Lo hacen muchos ancianos al final de su vida.
–¿Y…?
–Me dejó la casa, Nagore… Lo supe un par de días después de su muerte. No será necesario llevar esas cartas a ninguna parte.
Retirando con suavidad sus manos, Marc contemplaba el asombro de Nagore con una divertida sonrisa infantil. Le encantaba verla tan emocionada y su silueta llena de energía le producía un sentimiento de gran ternura. Ambos se pusieron de pie.
–¿Qué vas a hacer con la casa? Cuando te vayas a Ginebra… ¿piensas rentarla? –preguntó Nagore apoyada en la barandilla.
–Nagore –había pronunciado su nombre con tanta seriedad que ella se acercó un poco más para intentar adivinar en sus ojos lo que le iba a decir–. Rechacé la oferta de trabajo.
–¿Pero por qué? Es mucho mejor que tu trabajo actual, ¿no? ¿No era eso lo que querías? –preguntó apartando bruscamente su mirada de la de Marc.
–Lo rechacé porque todo lo que quiero en la vida ya está aquí… –añadió Marc cuando ella lo miró de nuevo a los ojos.
Y aprovechando la sorpresa de Nagore, le dio un suave beso en los labios.

27. Nueva vida para una vieja casa
Cuatro meses más tarde, la casa del profesor tenía vida de nuevo. Tres vidas para ser más precisos. Después de una pequeña intervención de Sebas, que respetó al máximo la estructura original, Marc, Nagore y Sort se instalaron en aquel pequeño oasis en el bosque.
Tras firmar los papeles de adopción, ella le pidió a Yumi un día libre para el ritual de llevar al gato a su nuevo hogar, aunque en este caso regresara a su viejo hogar.
Una adopción singular, sin duda, como todo lo que tenía que ver con el caballero negro.
La pareja se sentó en el suelo y Nagore abrió la rejilla de la transportadora. Durante unos segundos no pasó nada. Después, una inquieta naricita negra, unos largos bigotes y mejillas no menos negros investigaron la abertura.
–Bienvenido a casa, Sort… –lo saludó ella, emocionada–. Bienvenido de nuevo.
El gato se deslizó con lentitud fuera de la transportadora, moviendo nariz, orejas, patas y cola. Exploraba aquel territorio conocido con unas pupilas que se habían vuelto enormes dentro de sus ojos amarillos.
Marc se fue a la cocina a preparar el almuerzo.
Sort se movía por el lugar con cautela y Nagore sondeaba sus propias sensaciones ahora que aquella bestezuela estaba de verdad viviendo en su casa. Mientras observaba los primeros pasos del gato en la casa, se maravillaba por el modo en que todo había cambiado en su vida en tan poco tiempo.
Tras guardar la transportadora, fue a la cocina a reunirse con Marc.
–Gracias –dijo abrazándolo por detrás mientras cortaba verduras sobre una tabla–. Hace medio año no hubiera pensado que iba a ser tan feliz a los cuarenta.
Marc se volvió hacia Nagore para devolverle el abrazo.
–Feliz cumpleaños, amor. ¿Preparada para recibir parte de tus regalos? Las verduras pueden esperar.
Dos minutos después, Nagore abría una caja en la mesita de la sala, con Sort observando la escena desde el sofá sin perderse el menor detalle. Contenía una preciosa colección de pinceles, pinturas de todos los colores y papeles de calidad para la acuarela, así como lápices de diversos tipos, tinta china y carboncillos.
Se sentó ante la mesa para examinar con meticulosidad todos aquellos tesoros y, antes de corresponder a Marc con un beso, supo con exactitud el uso que daría a aquel regalo. Había llegado el momento de terminar lo que meses atrás había empezado.

Ya era de noche cuando Nagore levantó la cabeza de su tarea. Estiró los brazos y la espalda, llevaba horas sin moverse.
Sort, que había montado guardia a su lado toda la tarde, también bostezó y, tras flexibilizar los músculos, se dio la vuelta.
–¡Ven, Marc, mira esto! ¿Qué te parece?
Marc dejó en el sofá el libro que estaba leyendo y se acercó a Nagore con curiosidad.
En medio de la mesa vio una hoja de acuarela grande. Se inclinó sobre la lámina para verla más de cerca y su mirada se posó en las ilustraciones de los siete gatos originales del Neko Café, después de que adoptaran a Blue.
De aquellos maestros primigenios ya solo quedaban dos en la cafetería, pero Yumi estaba convencida de que les encontrarían hogar al iniciarse el nuevo año.
–Es el regalo de Navidad de Yumi –dijo Nagore, orgullosa–. ¿Crees que le gustará?
–¡Sin lugar a duda! Viendo esto, ahora entiendo cómo un gato puede cambiar tu vida… –contestó impresionado–. Más aún si son siete.
–¿Sabes? Con su sabiduría y espontaneidad, creo que estos gatos me ayudaron a derribar los muros entre los que estaba encerrada.
Leyes felinas para la vida

Primera ley
Sé auténtico de corazón
(sin importar lo que piensen los demás).
Capuccino

Segunda ley
Acepta todo con serenidad.
Sort

Tercera ley
Toma un respiro
(una buena siesta puede encoger los problemas).
Chan

Cuarta ley
Presta atención y encontrarás
oportunidades en todas partes.
Smokey

Quinta ley
Cuida tu aspecto, nunca sabes quién te está mirando
(sobre todo, gústate a ti mismo).
Fígaro

Sexta ley
Sé flexible, pero no pierdas de vista quién eres.
Licor

Séptima ley
Nunca dejes de alimentar tu curiosidad.
Sherkhan

Lección final de los gatos
No necesitas siete ni nueve vidas.
¡Puedes ser feliz en esta!
Agradecimientos
Neko Café no existiría sin la inspiración del Espai de Gats, el Cat Café de Barcelona, o sin Billy (alias Capuccino) y Sort (alias Sort), nuestros dos gatos con unos espíritus tan auténticos y distintos como el fuego y el agua. Gracias por los besos gatunos de las Musas.
Gracias, Francesc, por guiarme para escribir mi primera novela: sin tus ojos expertos tampoco habría nacido Neko Café tal como es ahora.
Gracias a la Agencia Sandra Bruna, especialmente a Sandra y Berta, por creer en esta historia, a pesar de que Sandra sea más de perros. Sin ustedes, Neko Café se habría quedado en la oscuridad de mi gaveta.
Y, gracias a ti, querida o querido lector, por cuidar de los gatos o de los perros, de pájaros, ratones, vacas, caballos… Gracias por visitar los Cat Cafés de todo el mundo, por adoptar y ayudar a los animales, por evitar hacer daño a otro ser vivo. Toda vida es sagrada. Gracias por leer esta historia.

Dirección editorial: Marcela Aguilar
Edición: Gonzalo Marín y Thania Aguilar
Coordinación de diseño: Marianela Acuña
Diseño de interior: Cristina Carmona y Perla Carrizales
Diseño de portada: Carolina Marando
Fotografía de la autora: © Alina Zugulova
Ilustraciones de interiores: © Laura Stagno
© 2019 Anna Sólyom - www.escuchavital.com
© 2019 Francesc Miralles Contijoch
© 2020 V&R Editoras S. A. • www.vreditoras.com
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ISBN: 978-987-747-731-3
Abril de 2021
Sólyom, Anna
Neko Café : no necesitas siete vidas, puedes ser feliz en esta / Anna Sólyom. - 1a ed. -
Ciudad Autónoma de Buenos Aires : V&R, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-747-731-3
1. Desarrollo Personal. I. Título.
CDD 158.1
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