Kitabı oxu: «Una noche, Markovich»

Ayelet Gundar-Goshen
Una noche, Markovich
Traducción
Margalit Mendelson
Colección dirigida por Sergio Tisminetzky

| Gundar-Goshen, AyeletUna noche, Markovich / Ayelet Gundar-Goshen. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2016.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Margalit Mendelson.ISBN 978-987-599-484-31. Literatura. 2. Novela. I. Mendelson, Margalit, trad. II. Título.CDD 892.4 |
Título original: Laila echad, Markovich
© Ayelet Gundar-Goshen
Published by arrangement with The Institute for The Translation of Hebrew Literature
Traducción: Margalit Mendelson
Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere
© Libros del Zorzal, 2016
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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para Yoav
También el puño fue alguna vez una mano abierta y dedos
Yehudá Amijai
Índice
Antes
1 | 9
3 | 34
4 | 48
5 | 55
6 | 68
7 | 75
8 | 89
9 | 96
10 | 102
11 | 112
12 | 123
13 | 135
Durante
2 | 158
3 | 163
4 | 177
5 | 182
6 | 192
7 | 197
8 | 205
9 | 213
10 | 225
11 | 234
12 | 244
13 | 255
14 | 266
15 | 272
16 | 279
17 | 286
Después
1 | 298
2 | 305
3 | 315
4 | 320
5 | 331
6 | 338
7 | 345
8 | 353
Después de después
Agradecimientos | 369
Antes
1
Jacob Markovich no era feo. Eso no significa que fuera apuesto. Las niñitas no estallaban en lágrimas al verlo, pero tampoco se reían de él. Se puede decir que era un digno promedio. Es más, el rostro de Jacob Markovich carecía de toda particularidad. Hasta tal punto que la mirada no lograba detenerse en él y resbalaba hacia otros objetos. Un árbol en la esquina. Un gato en un rincón. Se requería un arduo esfuerzo para seguir vagando por el yermo paraje de su rostro. La gente no está dispuesta a invertir grandes esfuerzos, de modo que raramente lo observaba. Tenía sus ventajas. El oficial de división supo apreciarlas. Recorrió el semblante de Jacob Markovich el tiempo exacto que necesitaba para luego desviar la mirada y decir: “Tú contrabandearás armas. Con esa cara, nadie notará tu presencia”. Y tuvo razón. Jacob Markovich contrabandeó armas, quizás más que cualquier otro miembro de la Organización, y jamás estuvo ni cerca de que lo atraparan. La mirada de los soldados británicos resbalaba sobre su cara como aceite sobre un revólver. Si los camaradas valoraban su valentía, no se enteró. Pocos le dirigían la palabra.
Cuando no contrabandeaba armas, trabajaba la tierra. Al atardecer se sentaba en el patio de la casa y alimentaba las palomas con restos de pan. Rápidamente empezó a reunirse allí una clientela fija que comía de su mano y descansaba en su hombro. Si lo hubieran visto los niños de la colonia habrían estallado en carcajadas, pero nadie cruzaba el cerco de piedras. Por las noches leía a Jabotinsky. Una vez al mes viajaba a Haifa y se acostaba por dinero con alguna mujer. A veces era la misma, a veces una distinta. Él no se detenía en su rostro, y ella tampoco en el de él.
Jacob Markovich tenía un amigo. Zeev Feinberg era, ante todo, un bigote. Antes que sus ojos azules, pobladas cejas y afilados dientes. El bigote de Zeev Feinberg era famoso en toda la región; algunos decían, en todo el país. Cuando uno de los miembros de la Organización volvió de una campaña al sur, contó que “una muchacha rubicunda preguntó si el sultán del bigote todavía estaba con nosotros”. Todos rieron, pero Zeev Feinberg rio más que todos. Y cuando reía, el bigote le temblaba sobre el labio haciendo olas estrepitosas, agitado y dichoso, tal como su portador entre los muslos de alguna muchacha. Obviamente, Zeev Feinberg no era el indicado para contrabandear armas, su bigote lo delataba cual desfile de negros signos de admiración. Había que ser ciego y tonto para no notarlo. Y si bien los británicos eran tontos, habría sido muy optimista suponer que también eran ciegos. Pero, aunque no era lo suficientemente sigiloso para el contrabando de armas, sí lo era para cazar árabes y pasaba muchas noches rondando el poblado.
Contadas fueron las noches que Zeev Feinberg pasó en soledad. Cuando se enteraban de que esa noche le tocaba a él la guardia nocturna, enseguida se reunían algunos amigos. Había quienes querían escuchar las aventuras de su bigote entre muslos femeninos, quienes querían hablar sobre la situación y los malditos alemanes, y otros que sólo querían que los aconsejara sobre la cría del ganado, cómo desmalezar o cómo deshacerse de las muelas de juicio, algunas de las áreas en que se consideraba experto. También venían muchachas. Si bien Zeev Feinberg era un fiel guardián, el dedo siempre en el gatillo, no debemos olvidar que Dios nos ha dado diez dedos, y no en vano. El aroma de los campos después de la lluvia, cierta dosis de peligro –un ruido sordo por allí, un árabe o un jabalí–, a veces los gemidos y jadeos llegaban hasta los muros de las viviendas. Otras veces se le unía Jacob Markovich, llevando bajo el brazo la copia gastada del Jabotinsky ya impregnado de olor a transpiración. Zeev Feinberg lo recibía contento como recibía a todos. Estaba tan acostumbrado a estar entre gente, que no sabría ser asocial ni siquiera si quisiera. Ni a los británicos los odiaba realmente, y cuando mataba a alguna persona, lo hacía sin entusiasmo aunque con suma eficiencia.
La primera vez que conversaron fue cuando Markovich volvía de Haifa, bien avanzada la noche. “Deténgase”, tronó la voz de Feinberg en la oscuridad. “Quién eres y adónde vas”. Jacob Markovich sintió que le temblaban las piernas, pero respondió con voz decidida: “Soy Jacob Markovich. Estuve con una mujer”. La risa de Zeev Feinberg despertó a las gallinas de los gallineros. Cuando se sentaron juntos siguió preguntando, y Jacob Markovich le respondió de buena gana. Le contó lo lindos que eran los pezones de la mujer y consintió en describirle detalladamente su culo y sus piernas sin exigirle a Zeev Feinberg ni una lira a cambio de la información que le había costado la mitad de su ingreso semanal. Finalmente, Zeev Feinberg se inclinó hacia Jacob Markovich y le preguntó: “Dime, ¿cuánta humedad había allí?”. El bigote de Zeev Feinberg hizo cosquillas en la mejilla de Jacob Markovich, pero él no se atrevió a moverse. Jamás nadie lo había mirado durante tanto tiempo. Por fin entendió que no podría demorar más su respuesta y dijo: “¿A qué te refieres?”.
“¿Que a qué me refiero?”, el bigote de Zeev Feinberg le asestó un latigazo a Jacob Markovich y lo hizo retroceder. Sus ojos azules se abrieron de estupor hasta casi tragarse a Jacob Markovich junto con Jabotinsky. “Me refiero a la vagina, compañero. Cuán lubricada estaba la vagina”. Lo explícito de la expresión mareó a Jacob Markovich, y se sentó sobre una de las rocas. Zeev Feinberg se sentó a su lado. “Supongo que no hay discusión acerca de que puede haber distintos niveles de humedad, ¿no es cierto? Hay algunas humeditas y otras mojadas y hay de las otras –ay, ay, ay– donde puedes hundirte como en el Mar Negro. Obviamente, depende de la alimentación de la muchacha y del clima, pero sobre todo del deseo que haya entre el hombre y la mujer”. Después volvió a inquirir cuánta humedad había allí, y Jacob Markovich tuvo que reconocer que no notó nada de humedad.
“¿Nada?”.
“Nada. Seca como los campos a fines de agosto”.
Entonces calló Zeev Feinberg un largo rato antes de decir: “En ese caso, amigo, te recomiendo averiguar si no se acuesta con otros. Seguramente conoces la ley de la preservación del material. El cuerpo humano produce una cantidad limitada de líquidos y me temo, amigo mío, que esa mujer que tienes en Haifa se los gasta con algún otro”. Jacob Markovich suspiró aliviado y declaró que entonces todo estaba claro: la mujer en Haifa le había dicho que era el cuarto de esa noche y, teniendo en cuenta esa regla, es lógico que no encontrara agua allí. Zeev Feinberg estalló en una sonora carcajada, y Jacob Markovich no pudo menos que unírsele. No sabía de qué se reía ni quería saber. Le resultaba tan grato reír junto a ese hombre cuyo bigote llenaba el valle y su risa retumbaba en todo el país. Si había algo de burla en la risa de Zeev Feinberg, se disolvió enseguida, pero la risa persistió un largo rato. Rio y rio hasta que apareció una pequeña mancha en su entrepierna, y cuando se dio cuenta, rio aún más. Desde esa noche, Jacob Markovich y Zeev Feinberg se hicieron amigos.
Dos veces Jacob Markovich le salvó la vida a Zeev Feinberg, las dos en una noche. En una oportunidad, volvía de Haifa apurando el paso hacia el puesto de guardia porque por primera vez había visto dos tetas de diferente tamaño. Todavía le daba vueltas a la frase que le diría a Zeev Feinberg, cuando vio a un joven árabe agachado entre los arbustos encañonando con su rifle a un bulto en movimiento, que, al parecer, no era sino Zeev Feinberg montado sobre alguna mujer. Tienta decir que no dudó. Y sin embargo, hasta esa noche sólo había contrabandeado armas y, sin contar las ratas de campo a las que había desnucado, jamás había matado a ningún ser vivo. Con todo, dominó el temblor de sus piernas, levantó una piedra blanca y lisa y de un solo golpe le partió la cabeza al joven. Un disparo silbó en medio de la oscuridad de la noche violentando el tímpano de Jacob Markovich. Se palpó el cuerpo para cerciorarse de que no estaba herido y comprobó que esta vez había esquivado el revólver de Zeev Feinberg. “Soy yo –gritó–, ¡no dispares!”.
Los balbuceos de agradecimiento de Zeev Feinberg se ahogaron en el chorro de vómito. Jacob Markovich miró al joven echado en el suelo y su estómago desbordó. La sangre del joven brillaba a la luz de la luna y su cerebro al descubierto le provocó náuseas. Los grillos, en cambio, siguieron cantando. En su desesperación, Jacob Markovich cerró los ojos, trancando las puertas de su cerebro ante la visión del joven con los sesos desparramados aferrándose con todas sus fuerzas a las tetas de la mujer de Haifa. Cuando los abrió, tenía frente a él otros pechos, maravillosamente simétricos. Rajel Mandelbaum, medio desnuda, estaba parada temblando junto a Zeev Feinberg. En medio del alboroto olvidó cubrirse y ahí estaba frente a él, con toda su majestuosa humanidad, gimiendo ante el cadáver del árabe. Al mirar los pechos de Rajel Mandelbaum, el miembro de Jacob Markovich se iba irguiendo y endureciendo. Cuanto más se endurecía su miembro, mayor era la debilidad de su cabeza, hasta abandonar por completo la imagen del árabe descerebrado. Lentamente penetró a su mente la conciencia de estar observando las tetas de Rajel Mandelbaum, a pesar de no ser, de ninguna manera, Abraham Mandelbaum. Ante esa certidumbre, Jacob Markovich dejó de mirar a Rajel Mandelbaum y dirigiéndose a Zeev Feinberg dijo: “Abraham te mata”.
Los que sabían, y los que no, disentían en cuanto a la cantidad de muertos a manos de Abraham Mandelbaum. Algunos decían diez, otros, quince. Hubo quienes dijeron que no eran más que exageraciones porque fehacientemente no eran más de cuatro. Por fin acordaron un número tipo, siete. A pesar de que todos suponían que se trataba de árabes, cuando mucho algún británico, nadie estaba en condiciones de asegurarlo. Las moscas lo pensaban dos veces antes de acercarse a Abraham Mandelbaum. Los gatos no se estregaban en sus piernas. Si en el poblado hubiera habido guillotina, habría sido Abraham Mandelbaum el elegido para encargarse de ella. Dado que no había, se vio obligado a conformarse con ser el matarife. Pocos sabían que por las noches, mientras dormía, lloraba en polaco por nostalgia, musitaba frases incomprensibles acerca de un cabrito blanco, una manzana azucarada, la maldad de los niños. Rajel Mandelbaum lo oía, entendía y en silencio abandonaba la cama. También se había bajado del barco en silencio cinco años atrás. Parada en el puerto de Haifa, esperaba que algo pasara. Había usado todo su valor para sobrevivir el viaje a Palestina, y una vez que había arribado, no le restaban fuerzas más que para quedarse parada y esperar. No esperó mucho tiempo. Al cabo de media hora se le acercó Abraham Mandelbaum y se presentó. Le compró una gaseosa en el quiosco y la llevó a su casa. Rajel Mandelbaum fue tras él como un patito recién salido del cascarón, que sigue al primero que ve.
Al cabo de cierto tiempo se preguntaría qué había ido a hacer al puerto el día que ella llegó en el barco. No lo vio cargar ni comprar nada cuando la acompañó todo aquel día. No tenía parientes, razón por la cual Rajel Mandelbaum supuso que no había ido a recibir a nadie. En eso se equivocaba. Desde hacía varias semanas iba al puerto a recibir a los barcos que llegaban. Cuando el hambre es muy grande, basta con la ansiedad de la espera para llenar el vacío del estómago. Abraham Mandelbaum observaba a los que bajaban del barco, caras verdosas, extremidades pálidas, tratando de identificar algún rasgo conocido. Luego se dispersaban, y Abraham Mandelbaum volvía a su casa. El día que vio a Rajel, lo supo de inmediato, pero esperó treinta desesperantes minutos para asegurarse. Nadie vino. Ella no dio un solo paso. Con su vestido verde, le pareció una botella echada al mar que había recalado en la orilla, y él, el náufrago solitario, la recogería y leería su contenido. La llevó a su casa y la hizo su mujer, pero jamás logró descifrar el escrito de la botella.
Rajel Mandelbaum, Cancelfold de origen, se quitó el vestido verde e hizo cortinas. Del vestido de fiesta rojo hizo dos manteles y una funda de almohadón. Cinco meses después de su desembarco casi no quedaban señales de la muchacha de la ciudad. Toda la casa estaba llena de recuerdos de su vida anterior, que se iban destiñendo, descosiendo, hasta parecer que habían estado allí, en Palestina, desde siempre. Las otras mujeres la miraban con una mezcla de admiración y asombro. Por un lado, era bueno ver lo bien que se adaptaba, no como esas mimadas que llegan y piensan que están en una aldea de vacaciones vecina a Zürich. Por otro, con qué indiferencia convertía los modelos más exclusivos en cortinas, salve Dios, la crème de la crème de Viena trocada en paño para limpiarse las manos en la carnicería de su marido. Incluso abandonó el idioma alemán. Desde el instante que pisó el suelo del puerto de Haifa juró hablar sólo en hebreo. Cuando le faltaba alguna palabra, prefería callar, aun si su interlocutor sabía alemán. Cuando los empleados de la Dirigencia vinieron a visitar la colonia, uno de ellos oyó decir que la bella mujer a la entrada de la carnicería también había nacido en Austria. De inmediato se dirigió a ella con un discurso emocionado que obtuvo como respuesta una mirada muda. Rajel se parapetó tras su silencio y el grupo turbado se apresuró a dejar el lugar. Las mujeres, que se habían encariñado con la joven seria, no dudaron en alabar su abnegada entrega al idioma hebreo. El relato de la audaz inmigrante que le dio su merecido al empleado que había flaqueado en el cumplimiento del principio “hebreo, ¡habla hebreo!” cobró alas, y muchos saludaban a Rajel al verla en la calle. Ella respondía con leve acento. Sus verdaderos móviles quedaron ocultos, quizás incluso para ella misma. Con una aguda percepción interna, sabía que si dejaba la más mínima grieta, el duelo por su vida anterior desbordaría y lo inundaría todo. Los vestidos, las veladas, la luz que se quiebra sobre las pulidas baldosas de la vereda, los copos de nieve; todo ello había quedado encerrado bajo llave y cerrojo. Una sola mirada atrás y, a la manera de Eurídice, tropezaría y caería hacia el dulce, tan dulce, infierno europeo.
Durante el día, Rajel Mandelbaum ayudaba a su marido en la carnicería, la sangre la envolvía a modo de perfume. Por las noches, sentada en la cama, tejía bien tupido, que no se le colara en el presente ninguna idea acerca del pasado. Pero una vez al mes dejaba las agujas y salía silenciosamente de la cama. Abraham Mandelbaum suspiraba en polaco adormecido, y Rajel le acariciaba la cabeza con mano hábil y salía. Afuera, Palestina dormía. La tierra respiraba pesadamente, su aliento olía a heno y azahares. Allí la esperaba Zeev Feinberg. Ella cerraba los ojos y él la besaba en el cuello. El bigote lastimaba su piel suave, transparente. Pero Rajel no alejaba su cuello. Al contrario: una y otra vez buscaba el roce del pelo duro. Desde más allá de las plantaciones de cítricos, del heno, del puerto, del mar, le llegaba el recuerdo de un soldado austríaco, de nombre Johann, y el olor a vino a que sabían sus labios cuando la besaba, y la sangre en sus venas cuando la mareaba en un prolongado vals vienés. En momentos como ese, los ojos de Rajel Mandelbaum se humedecían, y así también su vagina.
2
La noche que Jacob Markovich le aplastó la cabeza al joven árabe, los ojos de Rajel Mandelbaum no alcanzaron a humedecerse. Un momento antes, Zeev Feinberg le había quitado la blusa y rápidamente se había hundido entre los pechos de la mujer. El soldado austríaco Johann jamás alcanzó a visitarla allí, de modo que el contacto del bigote de Zeev Feinberg entre sus pechos no despertó en ella ningún sentimiento fuera de, quizás, un leve escozor. Rajel Mandelbaum se preguntaba si correspondía desviar la cabeza de Zeev Feinberg a su cuello, pero antes de arribar a decisión alguna se oyó el espeluznante ruido de un cráneo aplastado. Rajel conocía muy bien ese ruido. A pesar de su infrecuencia, una vez que el oído lo capta no se confunde con nada. Una clara noche de Viena, cuando caminaba desde su casa hacia el café de la plaza, Rajel Mandelbaum vio a tres jóvenes empujando a un anciano judío. Lo arrojaban de uno a otro como una pelota, y Rajel quedó atónita al descubrir en las expresiones de sus caras esa ingenuidad y ese placer tan característicos de los juegos infantiles. Entonces uno de ellos empujó torpemente al anciano, de modo que el anciano tropezó y cayó sobre la vereda. Su cabeza dio contra la piedra del borde. El anciano ya no era un juego sino un juguete roto, una pelota desinflada. Los muchachos lo miraron azorados. Al cabo de unos segundos, uno de ellos tragó saliva y dijo: “Vengan. Vamos a buscar otro”. Ellos siguieron su camino, y ella, el suyo. Una semana después abordó el barco. De noche, cuando su vientre amenazaba estallar de náuseas y de añoranzas, se acordaba del ruido del cráneo al partirse.
Cuando Jacob Markovich le dijo a Zeev Feinberg “Abraham te mata”, Rajel Mandelbaum entendió que estaba semidesnuda frente a Jacob Markovich. Una rápida mirada le alcanzó para ver que Jacob Markovich no tenía ni sombra de bigote, de modo que no le encontró justificación alguna. Se cubrió rápidamente, preocupada porque ahora ya eran tres los hombres del poblado que conocían el lunar sobre su seno derecho. De haber comprendido el ánimo de Jacob Markovich en ese momento, quizás no se habría preocupado. Comparadas con las tetas desiguales de la mujer de Haifa, las de Rajel Mandelbaum eran una obra de arte, y Jacob Markovich decidió que eran dignas de la ofrenda del árabe cercenado. Con todo, pensó, un muerto es suficiente y no es necesario sumarle a Zeev Feinberg, que por fin había dejado de agradecerle y ahora maldecía en ruso de marineros. “Idiota, imbécil, maldita sea la perra que te parió”. Al principio Jacob Markovich pensó que Zeev Feinberg le hablaba al árabe, pero cuando empezó a mesarse el bigote con su osuna mano, entendió que se maldecía a sí mismo. “Treinta tipos se presentarán aquí dentro de tres minutos, y con eso no bastará para salvarme de las manos de Abraham Mandelbaum. Ajjjjjjj, cerdo gozador, hoy te pasan a cuchillo”. Zeev Feinberg volvió a mesarse el bigote, y Jacob Markovich sintió que estaba presenciando el fin del milagro universal, como si estuviera viendo el incendio de la Biblioteca de Alejandría. “Déjate el bigote”, rugió asustándose de su propia voz, “lo enfrentaremos juntos”.
Por fin, Zeev Feinberg se dejó el bigote para alivio de Jacob Markovich y de Rajel Mandelbaum. El terror de su cara se transformó en un gesto que desde alguna perspectiva se asemejaba al desprecio. Era una cabeza más alto que Jacob Markovich y el doble de ancho. Los setenta y ocho kilos de Jacob Markovich no decidirían la batalla, que de hecho había terminado antes de empezar. Jacob Markovich detectó la mirada y se le contrajo el corazón. Desde lejos se oían las voces de los hombres a quienes el disparo despertó de su sueño. Seguramente encabezados por Abraham Mandelbaum.
“Corre”, rugió Jacob Markovich. Zeev Feinberg no se movió. “Diré que volvía de Haifa y vi al árabe atacar a Rajel. Tú estabas revisando las parcelas del norte, oíste gritos y disparaste al aire. Ahora vete, ¡vete!”. Bajo el bigote de Zeev Feinberg sus labios se separaron sorprendidos. No le llevó mucho tiempo saltar sobre su caballo y salir al galope. Rajel Mandelbaum miró a Jacob Markovich como si lo viera por primera vez. Se le ocurrían sólo palabras elevadas en alemán, pero como no sabía su equivalente en hebreo, calló. Y quizás fue lo mejor. No era por ella que Jacob Markovich se arriesgaba tanto. Sus pechos eran redondos y bellos, pero el bigote de Zeev Feinberg era único. Era el único bigote que se izaba a la llegada de Jacob Markovich saludándolo con una sonrisa.
Los hombres rodearon a Jacob Markovich en un semicírculo. Jamás se habían detenido en él tantas miradas a la vez. Repitió el cuento mirando de tanto en tanto a Rajel pidiendo su confirmación. Sus asentimientos le parecieron demasiado efusivos y temió que lo perjudicaran. Nadie grita en la calle que dos y dos son cuatro, basta con decirlo tranquilamente, pero la cabeza de Rajel se movía de arriba abajo con ímpetu casi religioso. También Abraham Mandelbaum lo notó. El rubor de las mejillas de su mujer le pareció demasiado subido de tono, y si bien le costaba distinguir entre el rosado de mejillas enardecidas por el engaño y el rosado de mejillas enardecidas de placer, sus labios estaban demasiado hinchados, como durante el coito. Cuando finalmente llegó Zeev Feinberg montado a caballo, se arrugó el entrecejo de Abraham Mandelbaum como dos cabras negras que se apretujan una junto a la otra en el frío de la noche. “Demoraste”, hizo notar el secretario. “Rodeé las parcelas para cerciorarme de que no había más”. El público asintió a coro y por fin se permitió Jacob Markovich ordenar su respiración. “Y a ti, ¿cómo se te ocurrió salir a esta hora?”. Rajel Mandelbaum dijo mirando al suelo: “No me podía dormir”. La luna volvió a asomar entre las nubes iluminando a Rajel Mandelbaum como un reflector sobre el escenario. Se veía tan frágil, con sus ojos bajos y su blusa desgarrada, que no había un solo hombre que no quisiera rodearla con sus brazos y defenderla en su cama, y de no haber sido por Abraham Mandelbaum, lo habrían hecho. Sólo Abraham Mandelbaum no miraba a su mujer, los ojos clavados en la bragueta del pantalón de Zeev Feinberg, abierta como una boca clamando al cielo. Zeev Feinberg se secó una lágrima de pena por el dolor de Rajel Mandelbaum, percibió la mirada de Abraham Mandelbaum y se apresuró a cerrar el pantalón. “No me resulta agradable contarlo, pero cuando oí el disparo estaba por mear por sexta vez esta noche. Así son las cosas, cuando no hay con quién hablar uno ocupa la boca con bebida. Noches enteras las paso así, bebo y meo, bebo y meo”. Los hombres se echaron a reír, Rajel Mandelbaum sonrió discretamente. Abraham Mandelbaum guardó silencio.
Un día después, alrededor de las siete y media de la tarde, se oyeron fuertes golpes a la puerta de Jacob Markovich. Era Zeev Feinberg. “Empaca rápido. Lo descubrió”. Camino a Tel Aviv, cuando el traqueteo del tren ensordecía los ruidos del estómago de Jacob Markovich (desayunar en su casa no pareció verosímil), Zeev Feinberg le contó lo sucedido. “Esta mañana, llegó Abraham Mandelbaum a su casa decidido a acostarse con su mujer. Levantó la sábana y descubrió un horrible sarpullido en su pecho. Era una reacción alérgica al roce del bigote en su fina piel. Ay, ay, ay, qué hermosa piel. Leche pura. Salvo el lunar. ¿Viste el lunar?”. Jacob Markovich dijo que no se había percatado del lunar, pero que estaba contento de saber cómo se había salvado Zeev Feinberg del cuchillo del matarife. “Justamente de eso se trata, no decidió qué cuchillo tomar. Cinco minutos le llevó elegir la herramienta adecuada, tiempo suficiente para que Rajel corriera a lo de mi Sonia y le dijera que nos previniera. Sólo que Sonia, a diferencia de Abraham Mandelbaum, es mucho menos selectiva”. Zeev Feinberg se levantó la camisa y le mostró a Jacob Markovich cinco largos rasguños sangrantes. “Por mi vida, esa mujer tiene la fuerza de diez hombres”. Jacob Markovich asintió admirado. Zeev Feinberg empezó a comparar a Sonia con una serie de mamíferos, desde un lobo hasta una hiena, pero Jacob Markovich no podía quitar la vista de las cinco grietas sangrantes abiertas en el pecho de Zeev Feinberg. Y dijo con evidente envidia: “Que una mujer sienta tanto por ti, no pensé que era posible”. En ese momento, Zeev Feinberg dejó de hablar de la perra salvaje que parió a Sonia y asintió. “Tiene un corazón del tamaño de una paloma, y una vagina de aguas dulces”. Entonces empezó a describir detalladamente la vagina de Sonia, su dulzura, su color rosado, la cálida y alegre humedad con que lo recibe. “Y para que lo sepas, quizás no tiene tetas como las de Rajel, pero te hará reír hasta que los huevos se te enrosquen uno con el otro”. Y se puso a reír tan fuerte que el tren aceleró su marcha, y finalmente suspiró: “Cuando volvamos me caso con ella. De verdad”.
La mirada de Zeev Feinberg estaba llena de buenas intenciones, y Jacob Markovich casi le creyó. Entonces bajó la mirada de sus ojos al bigote y recordó cómo se le encrespaba al ver con el rabillo del ojo una mujer sonriente, vibrando como el sensitivo bigote de un gato cuando se acerca un ratón. Y recordó también al gato que esperaba las dádivas de Rajel Mandelbaum a la entrada de la carnicería, cebado y regordete, que al ver un pájaro herido se ensañó con él, no para cazarlo, sino por costumbre. Zeev Feinberg era un auténtico revolucionario. Un comunista hecho y derecho. Repartía su amor en partes iguales sin preferir una a la otra. “Me casaré con ella”, repitió palmeándose el muslo como anunciando que el negocio estaba cerrado, “esta vez me caso con ella”.
Cuando el tren entraba a Tel Aviv, Zeev Feinberg describía el menú de la boda. Ya habían servido el pescado, arenque con pan trenzado dulce y fetas de carne asada. Jacob Markovich comía con las orejas, pero al parecer la comida se iba al estómago de otro. El suyo estaba vacío hacía muchas horas. Finalmente se atrevió a preguntarle a Zeev Feinberg adónde iban y si habría comida allí. “Vamos a encontrarnos con Froike –dijo Zeev Feinberg–, y hasta donde yo sé, no saldrás de allí con hambre”. Jacob Markovich quedó de una pieza.
“¿Te refieres al vicepresidente de la Organización?”.
“El mismo que viste y calza”.
“¿De dónde lo conoces?”.
El oficial de división de Jacob Markovich hablaba del vicepresidente con sagrada devoción. Jacob Markovich ni soñaba con estar en presencia de ese hombre, que hasta donde él sabía estaría dispuesto a tragarse una granada y sacarla por el ano si con eso contribuía a salvar a la patria. “Somos hermanos de barco”, espetó Zeev Feinberg y siguió caminando.
Pero obviamente había algo más. Otras cuatrocientas personas llegaron en ese barco, pero nadie estableció un vínculo como el de Zeev Feinberg y el que más tarde sería el vicepresidente de la Organización. Compartían el amor por las mujeres, chistes y partidas de ajedrez, que si bien es algo que muchos otros comparten, nunca con tanta pasión. Dado que el barco era pequeño, unas cincuenta mujeres solteras, alrededor de una treintena de buenos chistes y un tablero de ajedrez, optaron por dejar de lado la tradición europea de propiedad y compartir todo equitativamente. Sólo en un aspecto se mantuvieron celosos como antes: la victoria. Cuando el barco ancló, estaban los dos sumidos en un tormentoso partido de ajedrez. Cuando Zeev Feinberg oyó el llamado del capitán, dejó el peón en la mesa y se levantó. El futuro vicepresidente le clavó una mirada punzante. Desde que había salido de Europa, ninguna navaja había tocado su mentón y ahora se parecía al estudioso observante de otrora, pero su mirada decía que ya había probado el pecado y no se había saciado. “Quien empieza a cumplir un precepto debe concluirlo”, retó a Zeev Feinberg. “Hemos esperado dos mil años, esperaremos quince minutos más”. Mientras a su alrededor se oía la algarabía de los botes echados al agua, los hombres seguían jugando. Ninguno miraba su reloj. Tantas bocas dulces habían probado ambos, que ninguno tenía apuro por lamer con su lengua el polvo de la Tierra Prometida. Al cabo de veinte minutos, irrumpió el capitán en el camarote. “¡Si los agarran los británicos podrán jugar ajedrez toda la travesía de regreso a Europa!”. El futuro vicepresidente de la Organización pareció evaluar la posibilidad. Finalmente cedió. “Espero que seas capaz de nadar con una mano, Feinberg, porque con la otra llevarás tus piezas”. Con mochilas llenas a reventar en sus espaldas y las piezas de juego en sus manos, apuraron el paso para llegar a cubierta. Cada uno tenía las suyas memorizando su ubicación en el tablero. Entonces se dirigió a ellos el capitán y les ordenó que ayudaran a una mujer embarazada con sus dos pequeñas hijas. Casi se niegan. Por fin se decidió: entre la mochila, las inmigrantes ilegales y el ajedrez pendiente, sacrificarían la mochila. Zeev Feinberg tomó a la mujer embarazada y las piezas negras. El futuro vicepresidente de la Organización se manejó valientemente con las niñitas sollozantes y las piezas blancas para que ninguna se le perdiera entre las olas. Cuando llegaron a la orilla, se despidieron de la agradecida mujer, soplaron un beso formal sobre la ajada mejilla de la Tierra Santa y se espantaron al reconocer que habían olvidado la posición en el tablero. Pasaron toda la noche sentados en calzoncillos mojados y a pecho descubierto discutiendo la ubicación correcta. Cuando llegaron los británicos por la mañana, les pareció que esos dos estaban ahí desde siempre. Por fin, se fueron a recorrer el país, cada uno en sus calzoncillos. Zeev Feinberg se dirigió hacia el norte; el futuro vicepresidente a Tel Aviv, donde se convirtió en el actual vicepresidente de la Organización. En uno de sus encuentros, cuando Zeev Feinberg preguntara cómo puede alguien, que casi abandona a su suerte a una inmigrante embarazada por un alfil, coordinar el operativo de inmigración ilegal sionista, su amigo respondió que todo lo que había hecho era cambiar una obsesión por otra. “Acá también hay peones negros y blancos. Y acá tampoco me gusta perder”.