Kitabı oxu: «México tal cual es»

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Carlo de Fornaro

México tal cual es


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664130952

Índice

Advertencia.

A Theodore Roosevelt.

Porfirio Díaz I, Czar de México.

Sinopsis de la Vida de Porfirio Díaz.

Primer Período.

El Segundo Período.

El Tercer Período.

El Cuarto Período.

La Morgue de Porfirio Díaz.

Sus Asesinatos. Sus Víctimas.

Los Asesinatos del General Ramón Corona, del General García De la Cadena y del General Ángel Martínez.

La Carnicería de Orizaba.

El Sistema.

Una Mafia Política. Sus Resultados.

Historia de Una Gran Conspiración.

La Justicia bajo el Diazpotismo.

Belén.—La Bastilla Mexicana.

La Penitenciaría.

La Escuela Correccional.

El Departamento de Policía de México.

Intervención del Embajador Americano, David Thompson, en la quiebra del Banco Americano.

La Ley Fuga.

Quintana Roo, la Siberia Mexicana.

La Prensa en México.

Los Partidos Políticos.

Porfirio Díaz.

La Cuestión Centroamericana.

Los Recursos y el Porvenir de México.

Advertencia.

Índice

A todos los que la presente vieren hago saber que yo, Carlo de Fornaro, autor de este panfleto, no abrigo intenciones de subvertir el Gobierno mexicano, ni pertenezco á ninguna Junta revolucionaria, ni tengo el plan de derrocar á Porfirio Díaz para instalarme en su puesto; que no soy ni “gringo” ni mexicano, y, por lo tanto, carezco de motivo para inventar proyectos socio-políticos, financieros y regeneradores.—Que no abrigo rencores ni mala voluntad en contra del Gobierno mexicano ni de individuo alguno de México, pues durante mi permanencia en ese país fuí tratado siempre con la mayor cortesía y hasta con distinciones. Que exhorto é instigo á Porfirio Díaz para que permita la libre circulación de este libro en México, tomando en cuenta que si las acusaciones en él contenidas carecen de fundamento, fácilmente serán desechadas con risa. Sin embargo, Porfirio Díaz no se reirá, sino que silenciosamente suprimirá la verdad, porque un gobierno tan corrompido como el suyo, envuelve sus actos en el más obscuro secreto. Que tengo perfecto conocimiento de los peligros á que me expongo en mi empresa, para ahora y para lo futuro; pero que apechugo resueltamente con todas las responsabilidades, con la esperanza de que, en un día cercano, algún filántropo de altos vuelos se decida á crear una sociedad para “la preservación de los mexicanos contra la crueldad”.

Y, por último, que este panfleto contiene la verdad y solamente la verdad, y así Dios me ayude.

Amén!

A Theodore Roosevelt.

Índice

En carta dirigida á J. Creelman, el 7 de Marzo de 1908, al darle las gracias por el artículo que sobre el Presidente Díaz publicó en el “Pearson’s Magazine”, afirma Vd. que entre los estadistas contemporáneos ninguno es tan grande como el Presidente Díaz, porque ha hecho en favor de su país todo lo que un hombre puede humanamente hacer, y que Mr. Creelman ha presentado al pueblo americano el retrato mejor y más viviente de cuantos hasta hoy se conocen del gran Presidente.

Pues bien, yo condeno esas tres aseveraciones por erróneas y por injustas, por estar basadas en informes incompletos, parciales y superficiales. Tanto la entrevista de Mr. Creelman con el Presidente Díaz, como la carta de Vd. dándole las gracias, han causado, por su amplia circulación, incalculables perjuicios, pues que una opinión, por más que sea honrada y sincera, es perniciosa cuando se funda en noticias falsas.

Mr. Creelman permaneció en México solamente unas cuantas semanas, lo que acredita superficialidad; tomó directamente su artículo de los labios del Presidente Díaz, y eso constituye parcialidad; y sus conocimientos de las condiciones tanto políticas como históricas de México, son incompletos y con carácter de diletantismo, como bien lo prueba su referido artículo, con lo que se demuestra que son incompletos.

Por mi buena fortuna hace cerca de tres años me trasladé á la ciudad de México, para ser uno de los fundadores, uno de los directores y el editor de la edición dominical de “El Diario”, que es hoy el primer periódico de ese país en lo que respecta al prestigio, y el segundo en lo que respecta á circulación. Durante esos años he tenido oportunidad de observar el desarrollo de los acontecimientos, desde las oficinas del periódico, como un médico que toma el pulso á un enfermo, y de vigilar la actitud del gobierno mexicano, representado por el Presidente Díaz, como un espectador curioso atisba detrás de los bastidores la labor de una compañía teatral.

Me consagré en esos años á leer cuidadosamente y con asiduidad la historia de México anterior al período del presidente Díaz, y después examiné con escrupulosidad la del largo período de su administración, escudriñando panfletos y colecciones de periódicos ya olvidados, y en conferencias privadas é íntimas con enemigos y detractores, y con amigos y admiradores del Presidente Díaz, y, también, con los que miran con indiferencia su labor política.

Después de haber reunido todos esos elementos, he reflexionado con madurez y he llegado á la conclusión de que el Presidente Díaz no ha hecho todo lo que era humanamente posible, sino todo lo que era inhumanamente posible que perpetrase un hombre; que el retrato que del Presidente Díaz presenta Mr. Creelman, no es la mejor representación de ese funcionario, sino que lo presenta tal como el Presidente Díaz gusta que lo exhiban, es decir, como el salvador y creador del México moderno; que en realidad no es más que un tirano y un déspota en el sentido más lato de las palabras; el creador de un sistema político mucho más cruel, diabólico y profundo que el que Machiavelli concibió en su “Principe”, más sutil é hipócrita que el de la orden de los Jesuítas formada por Loyola, más sanguinario é implacable que el del reinado de terror y asesinato de Abdul Hamid, más perverso y dañoso para México que la dominación de Calígula sobre Roma.

Jamás ha hecho el Presidente Díaz algo en favor del pueblo mexicano, á no ser que ese algo sirviese al mismo tiempo para ayudarlo á su elevación al poder, á enriquecerlo y á darle prestigio internacional.

Por lo contrario, ha sofocado todos los ideales puros y patrióticos de su pueblo, conservando, en vez de la substancia, una forma, una apariencia, mejor dicho, lo que para toda persona inteligente, no es más que una burla y un insulto.

Por eso afirmo que no puede ni debe ser llamado un gran estadista; puesto que es esencialmente personalista, su obra morirá con él; que considerarlo como un gran presidente equivale á invertir todos nuestros patrones políticos, porque ni Washington puede ser tenido como un gran presidente, ni Lincoln como el más grande, el más puro, el más alto ideal del estadista, si aquel otro hombre es considerado como grande.

Porque el Presidente Díaz ha sacrificado todas las libertades del pueblo mexicano en aras de su ambición personal, manteniendo sólo las de sus agentes serviles, sus cortesanos, sus favoritos y sus conspiradores asalariados. Ha arrasado los tres grandes baluartes de toda nación civilizada: la libertad personal, la libertad de la prensa y la justicia.

Durante toda una generación el Presidente Díaz ha representado la farsa de un gobierno democrático, liberal, paternal y patriótico en beneficio de las cándidas naciones civilizadas; sus pregoneros en la prensa fueron los extranjeros que, á cambio de concesiones y privilegios, le prodigaron adulaciones y mentiras, ó guardaron silencios muy significativos; sus turiferarios, domésticos y extraños, se dividían el botín, como los Pashás, y el resto de los mexicanos recibía las migajas que caían de la mesa del festín, llena de manjares y de bebidas, y, si gruñían, á puntapiés se les sometía de nuevo al yugo.

En realidad ha defraudado á todo el mundo por algún tiempo; pero no podrá engañar á todo el mundo en todo y por todos los tiempos.

Si la paciencia de Vd. es tan grande como su buena voluntad, sírvase leer estas notas, que son el resultado de una inquisición honrada y concienzuda. Quien estas líneas escribe ha roto con sus intereses pecuniarios, á fin de hallarse en absoluta libertad para decir la verdad; y lo único que reclama para esta pequeña obra, es que se la considere como la primera hoja del libro de la futura Historia del México moderno, que necesario es que se escriba, desde los comienzos, por hombres verdaderamente libres.

Carlo de Fornaro,

National Arts Club, New York.

Porfirio Díaz I, Czar de México.

Índice

Un gran hombre debe hacer grandes sacrificios y matar sus cien bueyes, sin saber si serán consumidos por los dioses ó los héroes, ó devorados por las moscas.

Emerson.

Héroe de mil y una batallas, Príncipe de la Paz, el Superhombre de Oaxaca, el Cincinato de la Noria, Salvador y constructor del México moderno, Gran Lama de Chapultepec, General Porfirio Díaz, Presidente inconstitucional de México, hoy Emperador por Derecho divino, se acerca el día de ajustar cuentas.

En ese día la historia juzgará de su obra declarándola buena ó mala, no con la ayuda de los agentes asalariados de la prensa, los intrigantes, los parásitos y los lacayos de ese hombre; no sólo tomando en consideración las millas de ferrocarriles y telégrafos, los puertos de mar, los edificios públicos y los caminos asfaltados construídos en sus dominios; no por las batallas ganadas ó perdidas, ó de las múltiples decoraciones aglomeradas en su orgulloso pecho; ni por el ejército y la armada que ha creado, ni por las miriadas de concesiones que ha vendido á los extranjeros; ni por la ficticia prosperidad de México y la paz de los sepulcros, la paz de Varsovia.

Será juzgado tomándose en cuenta todas las libertades que ha desgarrado, una tras otra, de un modo deliberado, los ideales políticos que ha pisoteado, so pretexto de una paz que sólo ha sido provechosa para la mafia política que él ha creado.

Será juzgado tomándose en cuenta la Justicia que ha acogotado, encomendando su administración á títeres é ilotas que le pertenecen en propiedad; los millares de individuos que ha arrojado á las mazmorras, para que allí se pudran; por los millares de individuos asesinados á sangre fría, sin previo proceso ni siquiera acusación formal, como se mandan las reses al matadero, para que sirviesen de pasto á su ambición de buitre, para satisfacer sus propósitos de aterrorizar, en su desesperanza de cariño y de estimación; su miedo constante, su perpetuo temor á la revuelta, la que vendría á probar que no es amado, y, á la vez, que su imperio es efímero.

Será juzgado por la carnicería de Veracruz, por el asesinato del General Corona, del General García de la Cadena y del General Ángel Martínez; por el asesinato de todos sus grandes rivales, por el día rojo de Orizaba, por la multitud de periodistas sacrificados en aras de su Gran Miedo, por su terror hacia la Libertad, la Justicia y la Rectitud de Conducta.

Fué un gran sacrificio, y el holocausto levantó sus llamas hasta las nubes, y el humo y las cenizas de un rojo gris tomaron la forma de Porfirio Díaz, el héroe de mil y una batallas.

Pero la Historia juzgará y arrojará á los cuatros vientos la gran Sombra.

Sinopsis de la Vida de Porfirio Díaz.

Índice

La vida de Porfirio Díaz puede dividirse en cuatro períodos bien determinados. El primer período comprende desde su nacimiento hasta que cumplió los 24 años; el segundo comienza cuando se huyó para unirse á los que hacían la oposición á Santa Ana, y concluye en 1867, con la muerte del Emperador Maximiliano; el tercero comprende desde 1867 hasta 1876, período de tempestades y violencias, que concluyó con el escalamiento de la presidencia de la República; el cuarto desde 1876 hasta el momento actual, y que es el período de su poder continuo, con excepción del interregno del General González. (1880-1884.)

Primer Período.

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Este es el período de incubación, el brote de la flor silvestre, la evolución del discípulo teológico hacia el estudiante de jurisprudencia.

Este hombre predestinado nació en la más humilde cuna, en Oaxaca, el año de 1830, vástago de un padre de origen español, y de una madre india, y ascendió hasta la cumbre más alta del poder jamás alcanzada en su país, por el sendero de la guerra, la revolución y la anarquía. Pero sus primeros pasos fueron pacíficos, casi vulgares: fué buen hijo, discípulo industrioso y buen muchacho.

En el año de 1846 la ciudad de Oaxaca tuvo aprehensiones de guerra. Se creyó que las fuerzas norteamericanas que avanzaban sobre la capital de la República atacarían á Oaxaca. Con tal motivo se afiliaron en las milicias todos los estudiantes, formando un batallón que las crónicas locales designan seriamente con el cómico nombre de “Peor es nada”.[1] El joven Porfirio se alistó en él también, pero, por desgracia, el cómico batallón no salió jamás á campaña.

Nada hay en esos primeros años que augurasen los atropellados eventos de su futura existencia, en la que las más irrealizables ambiciones de sus ensueños se verían realizadas; existencia salpicada de aventuras románticas, dignas de una novela de las que se reparten por entregas.

Ningún decidor de fortuna, ningún profeta le predijo cosa alguna, y, como él mismo lo confiesa, su más alta ambición, cuando era muchacho, fué llegar á ser coronel de un batallón.

Quienes han estudiado su vida desde el punto de vista psicológico, han intentado explicar el buen éxito por Díaz alcanzado, atribuyéndolo á las cualidades heredadas de las dos razas que en él concurren: la española y la mixteca.

El atavismo no explica el fenómeno, puesto que hay muchos miles de muchachos con madres mixtecas y padres españoles que nunca llegan á ser algo, ni siquiera buenos porteros.

La explicación se encuentra en él mismo; consiste en el perfecto equilibrio entre el cerebro y la voluntad; es la explicación lógica del buen éxito que obtienen los conquistadores, estadistas y conductores de hombres. Con algo más de inteligencia, habría llegado á ser un buen abogado; con un poco más de imaginación, habría podido ser un periodista militante ó un promovedor de negocios; con un exceso de voluntad podría haber sobrepasado la línea del cabecilla revolucionario, para convertirse en un capitán de bandoleros.

En todo hombre debe estar el Don Quijote balanceado por el Sancho Panza, para poder tener buen éxito práctico.

Un ser vulgar, atento y prudente en todo momento de su vida, con frecuencia goza del placer de triunfar sobre los hombres de imaginación, como dice Stendhal.

El Segundo Período.

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Esta es la época quijotesca de su vida. Batalló por varios ideales. Se rebeló contra el despotismo de Santa Ana; contra el poder de la Iglesia, las arbitrariedades de los gobernadores poderosos, los autocráticos jefes políticos; por “México para los Mexicanos”, por la justicia y la libertad individual, hasta que sus desesperadas luchas y sus temeridades llegaron á conocimiento de su antiguo maestro de jurisprudencia, Benito Juárez.

Un bello día, el 2 de Diciembre de 1854, Porfirio Díaz se fugó para reunirse con un bandido llamado Esteban Aragón, á causa de haberse negado á votar en favor del archi-comediante y déspota Santa Ana, lo que hizo que la policía le siguiera la pista.

En ese día de predestinación, encontró Díaz su verdadera vocación.

Desde entonces y por cerca de 22 años luchó casi sin tregua, durante 13 años en pro de un ideal político; en los 9 años siguientes, para conseguir la presidencia.

Así fué adquiriendo lecciones prácticas en el arte de la guerra, en la creación y organización de tropas y de revoluciones.

En medio de esas refriegas estalló la revolución de Reforma, y el partido liberal, al que se había unido Díaz, salió victorioso sobre la Iglesia, sacando de la obscuridad al Presidente indio, Benito Juárez, para constituirlo en la más alta personalidad de la historia mexicana.

En seguida vino la Intervención francesa. Porfirio Díaz y los demás generales del partido liberal combatieron contra las disciplinadas tropas francesas, siguiendo el sistema de guerrillas, ó en batallas campales, casi desnudos, hambrientos y mal armados, sin recibir ayuda de los Estados Unidos, hasta que, al fin, arrojaron á los franceses al mar y arrastraron á Maximiliano al cadalso. Con la muerte del Emperador quedó enterrada la causa de la Iglesia.

El Tercer Período.

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El joven general que había combatido por tantos ideales políticos, se sintió chasqueado al ver la pobre recompensa que obtenía.

La espina de la envidia empezó á punzarle, y el patriota lo sacrificó todo en su desaforada estampida para alcanzar el poder supremo. Aquella fué una lucha tantalizadora contra el impasible é inquebrantable Juárez.

En cierta ocasión lo agarraron y lo hicieron comparecer ante Juárez, quien le dijo: “Merece Vd. cinco balazos por rebelde; pero el país toma en consideración los servicios que le prestó Vd. durante la guerra de Intervención. Es Vd. muy ambicioso y de seguro será presidente algún día; pero no mientras viva yo.”

La primera prueba de la ambición de P. Díaz por la presidencia se puso de manifesto en 1867: “sitiaba á Querétaro el General Escobedo cuando se le presentó una comisión que iba á proponerle la formación de un partido militar cuya jefatura se rifaría entre los Generales Escobedo, Corona y Díaz, para llevar á la presidencia al designado por la suerte, pues no era justo, agregaban los comisionados, que Don Benito Juárez siguiera de presidente y recogiera las ventajas del triunfo, cuando ellos eran los que lo habían conseguido á costa de su sangre y con peligro de su vida. El Gen. Escobedo contestó diciendo que él era soldado, no político; que se batía por patriotismo, no por ambición; y que bastaba que los franceses hubieran manifestado que nunca tratarían con el Sr. Juárez, para que él creyera debido que, á la hora del triunfo, fuese conservado en el poder el gran patriota que lo había ocupado en las tristes horas de la derrota y la defección.”[2]

Esta pequeña lección de patriotismo y de lealtad hizo abortar la conspiración.

Desde 1867 y por espacio de más de nueve años, el General Díaz conspiró é hizo resistencia á las administraciones legales y constitucionales del presidente Juárez y del presidente Lerdo de Tejada.

Este que es hoy Príncipe de la Paz á toda costa, entonces quebrantó la paz del país con sus proclamas, que hoy se leen como panfletos políticos contra su propio gobierno.

Con persistencia se ostentó antagonista de la autoridad legal y promovió rebeliones en el sur, en el este, en el oeste y desde los Estados Unidos llevó la revolución á México. Cuando el Gen. Escobedo salió en su persecución, á la cabeza de las tropas del gobierno, el Gen. Díaz se acobardó, dispersó á sus cómplices en la rebelión, y huyó á través de la frontera americana, exactamente lo mismo que lo hicieron en la pequeña revuelta que estalló hace pocos meses iniciada de este lado de la frontera por los hermanos Flores Magón. En aquel entonces la razón social era Díaz, Hermano y C.ª

Fracasó repetidas veces, volvía á levantarse de nuevo, frenético, como picado por la tarántula de la ambición, sembrando por todo el país el desorden, la inquietud, el disgusto y la anarquía.

Llegó á tal punto su descrédito que las personas serias y de recto juicio lo compararon con el celebérrimo bandido y cacique de Tepic, Manuel Lozada, un indio notable, salvaje y cruel, cuyo carácter fuerte es interesante. Lozada organizó una dictadura perfecta; su policía y su sistema de espionaje estaban admirablemente organizados, y obtenía sus rentas de la aduana de Tepic, que manejaba á su antojo. En su ambición también hizo Lozada su Plan, el llamado “Plan libertador de Lozada”. En breve tiempo organizó 8,000 indios con el objeto de asaltar la ciudad de Guadalajara y la Presidencia de la República. Pero fué derrotado en la batalla de “La Mojonera”, por el Gen. Corona.

La impresión general del momento se condensó en una frase pronunciada por distinguido abogado y periodista, quien desde lo alto de una torre de Guadalajara telescopiaba la polvareda levantada por las hordas lozadeñas acercándose á atacar esa plaza: “¡Sólo esto nos faltaba... Un tercer imperio con Lozada I.!”[3]

“¡Hombre al agua!” tal fué la frase popular con que se ridiculizaba el fracaso del Gen. Díaz, como caudillo político y jefe revolucionario, cuando, en su viaje de New-Orleans á Veracruz, (1876) con objeto de ponerse al frente de los sublevados de Oaxaca, saltó por la borda del barco que lo conducía, para impedir que lo capturaran las tropas del gobierno legítimo.

Ese mismísimo Príncipe de la Paz que hoy se exhibe hipócritamente como el protector de la Constitución y de la Legalidad, en aquel entonces, á la faz de la derrota popular sufrida en tres elecciones presidenciales sucesivas, persistió en subvertir el orden público, comprometiendo la prosperidad de su patria con sus constantes revueltas, sólo por satisfacer su insaciable codicia y su ambición de poder.

En 1867 obtuvo Benito Juárez 7,422 votos para la presidencia.

En 1867 obtuvo Porfirio Díaz 2,709 votos para la presidencia.

En 1871 Benito Juárez obtuvo 5,837 votos para la presidencia.

En 1871 Porfirio Díaz obtuvo 3,555 votos para la presidencia.[4]

Después de la muerte de Juárez hubo otra elección y Díaz fué derrotado de nuevo. (1872)

Lerdo de Tejada recibió 9,520 votos para la presidencia.

Porfirio Díaz recibió 604 votos para la presidencia.

El General Díaz aparece como responsable del “Motín”[5] de México, del Plan de la Noria, del Plan de Tuxtepec, y del Plan de Palo Blanco en que se reformó al anterior. El último derrocó al Pres. Lerdo. Bajo el título de “Motín”, El Siglo XIX, periódico de oposición, publicó estas líneas: “Según se nos informa el Plan consistía en asesinar al Gen. Alatorre al salir del teatro, proclamar Presidente al Gen. Porfirio Díaz é imponer á la población un préstamo de $300,000.00 so pena de saqueo. El jefe del motín era un oficial Urrutia que había servido al Imperio y se pasó al campamento del Gen. Alatorre cuando sitió á Jalapa. Este oficial había seducido á la tropa, pero una hora antes de estallar el complot lo denunció un cabo.”[6]

Cuando los revolucionarios invitaron ostensiblemente al Gen. Díaz á acaudillar otra revuelta, él contestó: “Yo me resigno al sacrificio de mi honor y de mi vida, y, si el éxito corona nuestros esfuerzos, podré dar pruebas nuevas y evidentes de que no aspiro por ostentación al poder y que prefiero la obscuridad del hogar doméstico.”

Esta es una de sus acostumbradas é innumerables mentiras políticas, pues su ambición personal de poder era tan vehemente y terrible que el Gen. Luis Mier y Terán había sintetizado admirablemente el estado mental de los prohombres del sable en una frase de simpática virilidad:

—“¡¡Porfirio Díaz ó la muerte...!!”

El “Plan de la Noria”, fué llamado así, porque fué escrito en la hacienda de la Noria, propiedad del Gen. Díaz, quien lo subscribió en Nov. 1871. Se consideró este Plan tan absurdo é impracticable, que “El Siglo XIX” periódico de oposición al gobierno, declaró en su número de 16 Nov. 1871: “‘El Plan de la Noria’. Este nombre se ha dado al manifiesto leído recientemente en el Congreso por el Ministro de Gobernación, como expedido por el Gen. Díaz. A muchas personas hemos oído decir que es un documento apócrifo y ciertamente queriéndose dar un fuerte golpe en la opinión pública al Gen. Díaz y á la revolución que él acaudilla, lo más adecuado era atribuirle un plan TAN LLENO DE ABSURDOS POLÍTICOS como el que hoy se llama el Plan de la Noria.”[7]

A la muerte de Juárez ocupó Lerdo de Tejada la presidencia de la república, en virtud de su carácter de Vicepresidente Constitucional.

Por uno de sus primeros decretos (27 de Julio 1872) concedió amnistía general á todos los revolucionarios que estuviesen con las armas en la mano.

El Gen. Díaz consideró esa amnistía degradante para él y para sus secuaces, como lo declaró en una circular fechada el 13 de Sept. de 1872, en Chihuahua: “Creí á propósito proponer que la revolución acreditara dos personas de su confianza cerca del Gobierno para entrar con él en negociaciones francas de que pudiera resultar la paz y la substitución de la degradante ley á que ha querido llamarse amnistía por otra que no rebaje nuestra dignidad militar y nos confunda con los infidentes en la época de la Intervención, como parece que intencionalmente se hizo.”[8]

En esta ocasión el jefe rebelde fué sobrepujado en astucia por el Presidente diplomático, quien logró exhibirlo como traidor á la patria.

Natural era, pues, que las personas amantes de la paz demostrasen su disgusto por la antipatriótica conducta del Gen. Díaz, derrotándolo en los comicios para las elecciones presidenciales, en 1872.

Pero así como un leopardo no puede cambiar las manchas de su piel, Porfirio Díaz, á pesar de lo que dicen sus numerosos aduladores y sus falsos admiradores, es hoy el mismo traidor á la patria que hemos visto en los nueve años de casi no interrumpidas rebeliones y sediciones.

Siempre lo vemos aparecer como perjuro contra la Constitución, contra la República, las Leyes de Reforma y la No-reelección. Ha roto con los dogmas de su partido, con todos los principios liberales que profesó en otro tiempo, con todas las aspiraciones de su patria.

Aspiraba á ser un Washington, y ha degenerado en un Sylla hispano-americano; quiso establecer un paternalismo liberal, y logró tan sólo crear un rastrero “Diazpotismo”; ambicionó ser émulo de Napoleón I, y siguió los pasos de César Borgia; esperó gobernar, y sólo ha aterrorizado; llegó á imaginarse que podía engañar á la historia, y sólo se ha chasqueado á sí mismo.

En sus conversaciones privadas con amigos y extraños, procura convencerse á sí mismo y á los demás de que su propósito constante ha sido el de la honradez y el propio sacrificio, pero que las circunstancias lo han forzado á seguir por otra senda.

Hace un año, en una audiencia que concedió á E. T. Simondetti, presidente de el “El Diario”, le dijo:

“En 1879, cuando declaré que me oponía á la reelección para la presidencia fuí sincero; pero después mis amigos me rogaron que permaneciese en el poder para bien de la nación”.

De lo expuesto se infiere lógicamente que ahora no es sincero, pues los mismos amigos le siguen rogando, en cada nueva farsa electoral, que continúe en el poder para bien de la nación.

En las primeras líneas del plan de la Noria (1871) que fué la proclama contra el gobierno de Juárez, encuentro lo siguiente:

Al Pueblo Mexicano.

“La reelección indefinida, forzosa, y violenta del Ejecutivo Federal, ha puesto en peligro las instituciones nacionales.”

Este cómico llamamiento al pueblo mexicano, hecho por el incipiente sátrapa, recuerda el de otro mandarín mexicano, el traidor Santa Ana, que acostumbraba poner al pie de todas sus bombásticas proclamas y cartas: “Patria y Libertad!” En el famoso Plan de Tuxtepec reformado en Palo Blanco, (21 de Marzo 1876) proclama Porfirio Díaz, bajo su firma: “Art. 20. Tendrán el mismo carácter de ley suprema la NO-REELECCIÓN del Presidente de la República y Gobernadores de los Estados, mientras se consigue elevar este principio al rango de reforma constitucional, por los medios legales establecidos por la Constitución.”

El 16 de Sept. de 1879 hizo el Presidente Díaz ante el Congreso la siguiente declaración:

“No es la oportunidad de que el ejecutivo exprese su juicio sobre esa materia; pero sí debo hacer ante el Congreso la solemne protesta de que jamás admitiré una candidatura de reelección aun cuando ésta no fuere prohibida por nuestro código, pues que siempre acataré el principio de donde emanó la Revolución iniciada en Tuxtepec.”[9]

Cada cuatro años, poco más ó menos, el viejo zorro Porfirio Díaz ordena á sus sicofantes que esparzan el rumor de que el Presidente va á renunciar al poder, de que está cansado y viejo, que desea retirarse á la vida privada.

Entonces muchedumbres de sus amigos, “los Amigos Amistosos de la Amistad” de un modo oficial ó extra oficial, comienzan sus peregrinaciones á Chapultepec, ó al Palacio Nacional y le ruegan rendidamente que permanezca por otro período más, siempre para bien del país; y el viejo socarrón, con lágrimas de gratitud, se sacrifica resignadamente, porque así lo quiere la nación. “Cuando un gobernante dice: quiero dejar el poder, pero si la nación me exige nuevos sacrificios, continuaré sacrificándome”, debe entenderse: “no tengo el menor deseo de dejar el poder y los interesados en que no lo deje deben tomar, aun cuando sea ridículamente, el nombre de la nación, para que ésta me ruegue que no la abandone. Esta copla ha sido recitada en todos los siglos, en todos los planetas, en todas las naciones, por todos los ambiciosos, y ha servido para millones de chistes en sainetes, zarzuelas, y periódicos bufos.”[10]

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