Kitabı oxu: «Un cuento de magia»

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Título original: A Tale of Magic

Traducción del inglés de Julián Alejo Sosa

Revisión y adaptación de Débora Martínez Domingo y Gabriela Buch

Ilustraciones de cubierta e interior: Brandon Dorman - © Hachette Book, Inc.

Armado de ebook: Tomás Caramella

Primera edición: septiembre de 2020

© Christopher Colfer, 2019

© VR Europa, un sello de Editorial Entremares, s.l., 2020

c/ Vergós, 26, 08017 Barcelona - www.vreuropa.es

Todos los derechos reservados.

ISBN: 978-84-124074-2-6 - Depósito legal: B-16.732-2020

Maquetación: José María Díaz de Mendívil - Adaptación de cubierta: Silvia Blanco

Impreso por GraphyCems

Este libro se ha impreso en papel procedente de bosques gestionados de forma sostenible y que ha seguido un proceso de fabricación totalmente libre de cloro.

A todos los valientes que se atrevieron a ser ellos mismos cuando nadie los aceptaba. Soy quien soy gracias a vosotros .



Prólogo


Una audiencia inesperada

En los cuatro reinos la magia estaba prohibida, por decirlo de forma sutil. Según la ley, la magia era el peor deli­to que una persona podía cometer, y para la sociedad no había nada más despreciable. En casi todas partes, el simple hecho de estar relacionado con una bruja o un brujo convictos, era una ofensa que se castigaba con la muerte.

En el Reino del Norte, los infractores y sus familias eran juzgados y rápidamente quemados en la hoguera. En el Reino del Este se requerían muy pocas pruebas para sentenciar a la horca al acusado y a sus seres queridos. Y en el Reino del Oeste, las supuestas brujas o los presuntos brujos eran ahogados sin derecho a juicio.

Las ejecuciones rara vez las llevaban a cabo los cuerpos de seguridad o los oficiales del reino, sino que, por lo general, los castigos los aplicaban grupos de ciudadanos furiosos que se tomaban la justicia por su mano. Aunque los soberanos de los reinos no promovían esas brutales prácticas, las toleraban completamente. Es más: los monarcas estaban encantados con que la gente tuviera un objetivo en el que descargar su ira que no fuera el gobierno. Por eso veían con buenos ojos tal distracción e incluso la promovían durante los tiempos de inestabilidad política.

—Quien elige el camino de la magia elige el camino hacia la condena —anunció el rey Nobleton del Norte, cuya negligencia estaba causando la peor hambruna en la historia del reino.

—No debemos mostrar empatía hacia personas con unas prioridades tan abominables —añadió la reina Endustria del Este poco antes de subir los impuestos para financiar su palacio de verano.

—La magia es un insulto a Dios y a la naturaleza y un peligro para la moral —resaltó el rey Belicton del Este, cuyas declaraciones, por suerte para él, distrajeron a la gente de los rumores que corrían sobre los ocho hijos ilegítimos que había tenido, cada uno con una amante distinta.

Cuando una bruja o un brujo eran descubiertos, era casi imposible que escaparan de la persecución. Muchos huían hacia el denso y peligroso bosque que crecía entre las fronteras de los reinos y que se conocía como el Entrebosque. Por desgracia, esa zona era el hogar de duendes, elfos, goblins, trols, ogros y todas las especies que los humanos habían desterrado a lo largo de los si­glos, y las brujas y los brujos que buscaban refugio entre sus árboles solían encontrar una muerte rápida y violenta a manos de alguna de esas bárbaras criaturas.

La única compasión, si podía considerarse como tal, que brujas y brujos podían encontrar estaba en el Reino del Sur.

En cuanto el rey Campeón XIV heredó el trono de su padre, el fallecido rey Campeón XIII, dictó su primer decreto real: la abolición de la pena de muerte para todos los practicantes de magia condenados. En su lugar, los delincuentes serían sentenciados a pasar el resto de su vida en prisión realizando trabajos forzosos, y se les recordaría cada día lo afortunados que debían sentirse. Ahora bien, es importante mencionar que el rey no enmendó la ley por pura bondad, sino con el objetivo de sentirse en paz con un recuerdo traumático.

Cuando Campeón era niño, su madre fue decapitada por mostrar un «interés sospechoso» por la magia. Fue el propio Campeón XIII quien la denunció, por eso a nadie se le ocurrió cuestionar la acusación o demostrar la inocencia de la reina, aunque los motivos del rey sí fueron cuestionados el día siguiente a la ejecución de su esposa, cuando se casó con una mujer más joven y guapa. Tras la prematura muerte de su madre, Campeón XIV no pudo dejar de contar los días hasta que logró vengar aquella muerte destruyendo el legado de su padre. Y en cuanto la corona fue colocada sobre su cabeza, dedicó gran parte de su reinado a borrar a Campeón XIII de la historia del Reino del Sur.

Ya en la vejez, Campeón XIV pasaba la mayor parte del tiempo haciendo lo mínimo posible. Redujo sus decretos a quejas y gestos de exasperación, y en lugar de hacer visitas reales, saludaba a las multitudes con pereza desde la seguridad de un carruaje en movimiento. Y lo más parecido a un discurso que dio en los últimos tiempos fueron las protestas acerca de que los pasillos del castillo eran «demasiado largos» y los escalones «demasiado altos».

Campeón XIV convirtió evitar a la gente en un pasatiempo, sobre todo con respecto a su engreída familia. Comía solo, se acostaba temprano, dormía hasta tarde y le encantaba echarse largas siestas (y que Dios tuviera piedad de la pobre alma que lo despertara antes de hora).

Sin embargo, hubo una tarde en que el rey se despertó temprano, y no por el descuido de uno de sus nietos o por la torpeza de una de las criadas, sino por un cambio repentino en el tiempo. Campeón XIV se despertó asustado por la lluvia torrencial que azotaba las ventanas de su habitación y por los fuertes vientos sibilantes que resoplaban por la chimenea. Cuando se había acostado, el día era soleado, no había rastro de nubes, por lo que la tormenta cogió por sorpresa al soberano, todavía adormilado.

—¡Me he despertado! —anunció Campeón XIV.

Luego esperó a que el sirviente que estuviera más cerca se presentara a toda prisa en su estancia y lo ayudara a bajar de su enorme cama. Sin embargo, nadie respondió a su llamada.

El rey se aclaró la garganta con una agresividad intencionada.

—¡He dicho que me he despertado! —gritó de nuevo, pero sin recibir respuesta tampoco esta vez.

Al soberano le crujieron las articulaciones mientras se bajaba de la cama a regañadientes y musitaba una retahíla de insultos al tiempo que avanzaba afanosamente por el suelo de piedra en busca de la capa y las pantuflas. Cuando estuvo vestido, abrió de un golpe la puerta de su estancia con la intención de descargar su enfado en el primer sirviente con el que se cruzara.

—¿Por qué nadie ha respondido a mi llamada? ¿Qué podría ser más importante que...?

Campeón XIV se quedó en silencio y miró a su alrededor con incredulidad. El salón anejo a su estancia, por lo general repleto de criadas y mayordomos, estaba completamente vacío. Incluso los soldados que hacían guardia en la puerta día y noche habían abandonado sus puestos.

El rey se asomó al pasillo que salía del otro extremo del salón, pero no vio a nadie: estaba igual de vacío. No solo no había sirvientes ni soldados, sino que tampoco había luz. Todos los candelabros y las antorchas que colgaban de las paredes estaban apagados.

—¿Hola? —dijo Campeón adentrándose por el pasillo—. ¿Hay alguien? —añadió en vano, pues lo único que oyó fue el eco de su voz.

El rey avanzó con cautela por el castillo en busca de alguien, pero únicamente encontró más y más oscuridad en cada rincón. Aquello le parecía increíblemente perturbador: residía allí desde que era niño, y nunca lo había visto tan desposeído de vida. Miró por cada una de las ventanas junto a las que pasaba, pero la lluvia y la niebla le impedían ver el exterior.

Por fin, cuando dobló la esquina de un pasillo largo, el rey vio una luz parpadeante en su despacho. La puerta estaba abierta y alguien parecía estar disfrutando del calor de la chimenea. Le habría parecido una imagen muy tentadora, de no ser por las circunstancias tan inquietantes en las que se encontraba. Con cada paso que daba, el corazón le latía con mayor rapidez. Cuando se asomó por la puerta para ver quién o qué lo estaba esperando, el nerviosismo ya se había apoderado de él.

—¡Ah, mirad! ¡El rey se ha despertado!

—Al fin.

—Bueno, bueno, niñas. Debemos mostrarnos respetuosas con Su Majestad.

Dos niñas y una mujer muy guapa estaban sentadas en el sofá de su estudio. Cuando Campeón XIV entró, se pusieron en pie y le hicieron una reverencia.

—Su Majestad, es un honor conocerlo —dijo la mujer.

Llevaba un vestido violeta muy elegante que combinaba con sus inmensos ojos brillantes, y era curioso pero solo llevaba un guante, en el brazo izquierdo. Por detrás de la cabeza, el pelo, oscuro, estaba recogido en un tocado elaborado con todo tipo de flores y plumas, y, por delante, un velo corto le cubría el rostro. Las niñas no parecían tener más de diez años y llevaban unas túnicas blancas y lisas, y un turbante en la cabeza.

—¿Quién demonios son ustedes? —preguntó el rey.

—Sí, discúlpeme —dijo la mujer—. Yo soy madame Weatherberry, y ellas mis aprendices, la señorita Tangerina Turkin y la señorita Cielene Lavenders. Espero que no le importe que nos hayamos acomodado en su despacho. Venimos desde muy lejos y no hemos podido resistirnos a disfrutar de un agradable fuego mientras lo esperábamos.

Madame Weatherberry parecía una mujer muy cercana y carismática. Y era la última persona a la que el rey esperaba ver en su castillo, ahora abandonado, así que, en muchos sentidos, aquella mujer y la situación le resultaron mucho más extrañas. Madame Weatherberry extendió el brazo derecho para estrecharle la mano a Campeón XIV, pero él rechazó el gesto amistoso. Se limitó a mirar de arriba abajo a sus inesperadas huéspedes y a dar un paso atrás.

Las niñas rieron entre dientes y miraron a su vez a aquel rey paranoico, como si estuvieran viendo su alma y la encontraran graciosa.

—¡Este es un aposento privado de la residencia real! —las reprendió Campeón—. ¡¿Cómo se atreven a entrar aquí sin permiso?! ¡Podría hacer que las azotaran por esto!

—Por favor, disculpe nuestra intromisión —dijo madame Weatherberry—. No es algo que solamos hacer, entrar sin permiso en casa de alguien, pero me temo que no hemos tenido otra opción. Verá, llevo mucho tiempo escribiéndole a su secretario, el señor Fellows. Esperaba poder concertar una audiencia con usted, pero, por desgracia, el señor Fellows nunca respondió ninguna de mis cartas; es bastante ineficaz, si me permite decírselo. Tal vez sea hora de sustituirlo, ¿no le parece? En todo caso, hay un asunto muy urgente que me gustaría tratar con usted, por eso estamos aquí.

—¡¿Cómo ha entrado esta mujer en mi castillo?! —gritó el rey hacia el pasillo desierto—. ¡Maldita sea, ¿dónde demonios se ha metido todo el mundo?!

—Me temo que sus súbditos no están disponibles en este momento —le informó madame Weatherberry.

—¿Qué quiere decir con que no están disponibles? —preguntó Campeón XIV con voz ronca.

—Ah, nada, no se preocupe. Solo se trata de un pequeño hechizo para garantizar nuestra seguridad. Le prometo que todos sus sirvientes y soldados regresarán una vez que terminemos de hablar. Siempre he pensado que las cuestiones diplomáticas son mucho más sencillas de resolver sin distracciones, ¿no cree?

Madame Weatherberry se dirigía al rey en un tono tranquilo, pero hubo una palabra en particular que hizo que el soberano abriera todavía más los ojos y que le empezara a subir la tensión.

—¿Hechizo? —El rey cogió aire antes de continuar—: Usted es..., es... ¡una bruja!

Campeón XIV señaló a madame Weatherberry presa del pá­nico y tan aterrorizado que cada músculo de su hombro derecho se puso rígido. Gruñó mientras hacía fuerza con el brazo y las visitantes rieron disimuladamente ante aquella escena tan teatral.

—No, Su Majestad, no soy una bruja —dijo.

—¡No me mienta, mujer! —gritó el rey—. ¡Solo las brujas lanzan hechizos!

—No, Su Majestad, eso no es verdad.

—¡Es una bruja y con su magia ha maldecido a todos los habitantes de este castillo! ¡Pagará por esto!

—Ya veo que escuchar no es su mejor cualidad... —dijo madame Weatherberry—. A mí me sirve repetirme el mensaje tres veces para digerirlo bien. Me parece una herramienta muy útil para los principiantes. Así que allá vamos. No soy una bruja. No soy una bruja. No soy una...

—Si no es una bruja, ¿qué es?

No importaba cuán fuerte gritara o cuánto se enfadara el rey, madame Weatherberry no perdía la compostura.

—En realidad, Su Majestad, ese es uno de los temas que me gustaría discutir con usted esta noche —dijo—. Ahora bien, no deseamos robarle más tiempo del necesario. ¿Le importaría sentarse para que empezáramos?

Como si una mano invisible la hubiera empujado, la silla que se encontraba detrás del escritorio del rey se movió, y madame Weatherberry hizo un gesto al monarca para que se acomodara en ella. Como Campeón XIV no estaba seguro de tener otra opción, tomó asiento y miró con nerviosismo y de arriba abajo a sus visitas. Las niñas se sentaron en el sofá y, con delicadeza, juntaron las manos sobre el regazo. Madame Weatherberry se sentó entre sus aprendices y se apartó el velo para poder mirar al soberano directamente a los ojos.

—En primer lugar, deje que le dé las gracias, Su Majestad —comenzó madame Weatherberry—. Usted ha sido el único gobernante de la historia que ha mostrado algo de piedad hacia la comunidad mágica. Aunque entiendo que para algunos el encarcelamiento de por vida con trabajos forzosos es peor que la muerte, no deja de ser un pequeño paso en la dirección correcta. Y confío en que podamos convertir estos pasos en zancadas si simplemente... Su Majestad, ¿va todo bien? Me da la sensación de que no me está prestando mucha atención.

Un zumbido extraño, acompañado de unos ruidos sibilantes, había captado la atención del rey mientras ella hablaba. El monarca recorrió el despacho con la mirada, pero no fue capaz de encontrar el origen de esos sonidos inusuales.

—Lo siento, me ha parecido oír algo —dijo el rey—. ¿Decía...?

—Estaba expresándole mi gratitud por la piedad que ha mostrado hacia la comunidad mágica.

El rey gruñó con disgusto.

—Bueno, se equivoca si cree que siento la más mínima empatía por la comunidad mágica —refunfuñó—. Al contrario, para mí, la magia es algo tan asqueroso y antinatural como para el resto de los soberanos. Pero me preocupan quienes usan la magia para sacar provecho de la ley.

—Y eso es admirable, señor —dijo madame Weatherberry—. Su devoción por la justicia es lo que lo diferencia del resto de los monarcas. Ahora bien, me gustaría aclararle algo sobre la perspectiva que tiene de la magia, para que pueda seguir haciendo de este reino un lugar más justo y seguro para toda su gente. Al fin y al cabo, la justicia no puede existir para uno si no existe para todos.

La conversación apenas acababa de empezar y el rey ya se sentía ofendido.

—¿A qué se refiere con «aclararme algo sobre mi perspectiva»? —preguntó con una mueca de desdén.

—Su Majestad, la forma en la que se criminaliza y estigmatiza la magia es la mayor injusticia de nuestros tiempos. Pero con las modificaciones y enmiendas adecuadas, y una buena estrategia de propaganda, es posible cambiar eso. Juntos podemos crear una sociedad que acepte todas las formas de vida, les permita sacar su mayor potencial y... Su Majestad, ¿me está escuchando? Parece que lo he vuelto a perder.

Una vez más, el rey se había distraído con el zumbido misterioso y los sonidos sibilantes. Sus ojos volvieron a recorrer el despacho, con mayor intensidad ahora, y solo había oído algunas palabras sueltas de lo que madame Weatherberry le había dicho.

—Debo de haberla entendido mal —dijo—. Por un momento, me ha parecido que me estaba sugiriendo que legalizara la magia.

—Pues no, lo ha entendido bien —dijo madame Weatherberry soltando una risita—. Legalizar la magia es exactamente lo que le estoy sugiriendo.

De pronto, Campeón XIV se enderezó en la silla y se aferró a los apoyabrazos. Madame Weatherberry ya tenía toda su atención. No era posible que estuviera sugiriéndole algo tan absurdo.

—¿Quién se ha creído que es usted, mujer? —preguntó el rey con desprecio—. ¡La magia nunca será legalizada!

—En realidad, señor, es muy factible —respondió madame Weatherberry—. Basta con emitir un decreto que despenalice el acto y luego, a su debido tiempo, el estigma que la rodea disminuirá.

—Entonces, ¡no tardaré en despenalizar también los asesinatos y los robos! —anunció el rey—. En el Libro de la Fe, el Señor explica con claridad que la magia es un terrible pecado y, por lo tanto, ¡un delito en este reino! Y si un delito no tuviera consecuencias, ¡viviríamos en el caos absoluto!

—Ahí es donde se equivoca, Su Majestad —dijo—. Verá: la magia no es el delito que el mundo cree que es.

—¡Claro que sí! —objetó—. ¡He presenciado actos de magia para engañar y atormentar a gente inocente! ¡He visto cuerpos de niños masacrados por pociones y hechizos! ¡He visitado aldeas plagadas con maldiciones y maleficios! Así que ¡no se atreva a defender la magia frente a mí, madame! ¡La comunidad mágica nunca recibirá un gramo de empatía o comprensión por parte de este soberano!

Aunque Campeón XIV no podría haber sido más claro en su negativa, madame Weatherberry se sentó más al borde del sofá y le sonrió como si hubieran llegado a un acuerdo.

—Lo que voy a decirle tal vez lo sorprenda, señor, pero estoy completamente de acuerdo con usted.

—¿En serio? —preguntó el rey con sospecha.

—Sí, sí, completamente —repitió madame Weatherberry—. Creo que quienes atormentan a gente inocente deberían ser castigados por sus acciones, y con dureza, me atrevería a añadir. Ahora bien, en su razonamiento hay un error, un único y pequeño error. Y es que las situaciones que usted ha presenciado no fueron causadas por magia, sino por actos de brujería.

El rey frunció el ceño con más fuerza y miró a madame Weatherberry como si estuviera hablando en otro idioma.

—¿Brujería? —preguntó en tono burlón—. Nunca he oído hablar de eso.

—Entonces, permítame que se lo explique —dijo madame Weatherberry—. La brujería es una práctica atroz y destructiva. Nace de un oscuro deseo de engañar y corromper. Solo las personas con un corazón malvado son capaces de practicarla y, créame, merecen cualquier destino imaginable. Sin embargo, la magia es algo completamente distinto. En esencia, es una forma de arte pura y positiva. Su objetivo es ayudar y sanar a aquellos que lo necesitan, y solo nace de quienes tienen bondad en el corazón.

El rey se hundió de nuevo en la silla, con las manos en la cabeza, invadido por la confusión.

—Ay, cielos, me temo que lo he abrumado —dijo madame Weatherberry—. Déjeme simplificárselo: la magia es buena, la magia es buena, la magia es buena. La brujería es mala, la brujería es mala, la brujería...

—No sea condescendiente, mujer, ¡ya la he oído! —dijo el rey, molesto—. ¡Deme un momento para que mi cabeza lo entienda!

Campeón XIV soltó un largo suspiro y se masajeó una sien. Por lo general, le costaba procesar información después de la siesta, pero todo aquello pertenecía a otro nivel. Se cubrió los ojos y se concentró, como si estuviera leyendo un libro con los ojos cerrados.

—Entonces, ¿la magia no es lo mismo que la brujería?

—Correcto —dijo madame Weatherberry asintiendo animada—. No hay que mezclar peras con manzanas.

—¿Y son de naturaleza diferente?

—Polos opuestos, señor.

—Entonces, si no son brujas, ¿cómo se llaman quienes practican la magia?

Madame Weatherberry levantó la cabeza con orgullo.

—Nos llamamos hadas, señor.

—¿Hadas? —preguntó el rey.

—Sí, hadas —repitió—. ¿Entiende ahora mi deseo de aclarar su perspectiva? Al mundo no le preocupan las hadas que practican magia, sino las brujas que cometen actos de brujería. Pero, por desgracia, llevamos siglos metidas en el mismo saco y condenadas como tales. Aunque, por suerte, con mi guía y su influencia, somos más que capaces de corregir la situación.

—Me temo que no estoy de acuerdo —dijo el rey.

—¿Disculpe?

—Un hombre puede robar por avaricia y otro por supervivencia, pero ambos son ladrones: no importa que uno sea de co­razón bondadoso.

—Pero, señor, creo haber dejado muy claro que el crimen es la brujería, no la magia.

—Sí, pero ambas se han considerado pecaminosas desde el principio de los tiempos —continuó Campeón XIV—. ¿Sabe lo difícil que es redefinir algo para la sociedad? Tardé décadas en convencer a mi reino de que las patatas no son venenosas, y aun así, ¡la gente las ignora en los mercadillos!

Madame Weatherberry negó con la cabeza, desconcertada.

—¿Está comparando a un grupo de personas inocentes con patatas, señor?

—Entiendo su objetivo, madame, pero el mundo no está preparado. Maldita sea, ¡ni siquiera yo estoy preparado! ¡Si quiere salvar a las hadas de un castigo injusto, le sugiero que les enseñe a mantenerse calladas y a reprimir la urgencia de usar la magia! Eso sería mucho más fácil que convencer a un mundo terco de que cambie sus costumbres.

—¿Reprimir la urgencia? Señor, ¡no puede estar hablando en serio!

—¿Por qué no? La gente normal evita tentaciones a diario.

—Porque usted está dando por sentado que la magia aparece cuando se acciona un interruptor, como si fuera una especie de elección.

—¡Por supuesto que es una elección!

—¡No! ¡Claro! ¡Que! ¡Nooo!

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, el agradable temperamento de madame Weatherberry cambió. El destello de una ira que hacía tiempo que tenía controlada atravesó su espíritu alegre, y en su rostro apareció una mirada fría e intimidante. A Campeón le dio la sensación de que estaba frente a una mujer distinta..., una mujer a quien debía temer.

—La magia no es una elección —repitió madame Weatherberry con firmeza—. La ignorancia sí lo es. El odio también. Y la violencia. Pero la mera existencia de alguien nunca se puede elegir y tampoco es un error, y mucho menos un delito. Sería muy inteligente por su parte que se informara.

Campeón estaba demasiado asustado como para decir nada más. Quizá fueran imaginaciones suyas, pero habría jurado que la tormenta se intensificaba a medida que el temperamento de madame Weatherberry cambiaba. Y resultaba evidente que se trataba de un estado al que rara vez se rendía, ya que sus aprendices parecían igual de preocupadas que el rey. El hada cerró los ojos, respiró hondo y se tranquilizó antes de seguir hablando.

—A lo mejor deberíamos hacerle una demostración a Su Majestad —sugirió madame Weatherberry—. ¿Tangerina? ¿Cielene? ¿Me hacéis el favor de mostrarle al rey Campeón XIV por qué la magia no es una elección?

Las aprendices intercambiaron una sonrisa de entusiasmo: llevaban rato esperando ese momento. Se levantaron de un salto, se quitaron las túnicas y se desataron los turbantes. Tange­rina lucía un vestido hecho con parches de panales de abeja y, en lugar de pelo, una colmena anaranjada, hogar de todo un enjambre. Cielene, por su parte, dejó al descubierto un traje de baño de color zafiro y de su cabeza empezó a fluir una cortina de agua que le bañaba todo el cuerpo y se evaporaba al llegar a sus pies.

El monarca se quedó boquiabierto ante lo que las niñas habían ocultado. En todos los años que llevaba en el trono, jamás había visto la magia tan materializada en la apariencia física de alguien. El misterio del zumbido extraño y los ruidos sibilantes acababa de resolverse.

—Dios mío... —dijo el rey, casi sin aliento—. ¿Todas las hadas son así?

—La magia nos afecta de maneras diferentes —dijo mada­me Weatherberry—. Hay personas que llevan vidas completamen­te normales hasta que la magia se aparece por sí sola, mientras que otras presentan rasgos físicos desde el día en que nacen.

—No puede ser verdad —cuestionó el rey—. Si la gente naciera con rasgos mágicos, ¡las prisiones estarían llenas de niños! Y nuestros tribunales jamás han encarcelado a un bebé.

Madame Weatherberry bajó la cabeza y miró al suelo con tristeza.

—Eso es porque la mayoría de las hadas son asesinadas o abandonadas cuando nacen. Sus padres temen las consecuencias de traer un niño mágico a este mundo, y hacen lo necesario para evitar el castigo. Fue un milagro que yo encontrara a Tangerina y a Cielene antes de que les hicieran daño, pero hay muchos que no tienen tanta suerte. Su Majestad, entiendo su cautela, pero lo que les hacen a estos niños es cruel y primitivo. Si despenalizara la magia lograríamos algo más que justicia: ¡salvaríamos vidas inocentes! Seguro que puede encontrar algo de empatía y comprensión en su corazón.

Campeón XIV sabía que vivía en un mundo cruel, pero nunca había sido consciente de actos tan horribles. Se meció en la silla mientras su falta de voluntad le declaraba la guerra a su empatía. Como madame Weatherberry había notado que estaba progresando con el rey, decidió sacar un sentimiento que estaba guardando para el momento justo.

—Piense en lo distinto que sería el mundo si la gente sintiera más compasión por la comunidad mágica. Piense en lo distinta que sería su vida, Su Majestad.

De pronto, la mente de Campeón XIV se inundó de recuerdos de su madre: su rostro, su sonrisa, su forma de reír, pero, sobre todo, el fortísimo abrazo en el que se fundieron justo antes de que fuera arrastrada hacia una muerte prematura. A pesar de lo mucho que se había oxidado su memoria con el paso de los años, esas imágenes se habían quedado grabadas para siempre en su mente.

—Me gustaría ayudarlas, pero despenalizar la magia podría ser más problemático que productivo. ¡Obligar al pueblo a que acepte lo que odia y teme podría provocar una rebelión! ¡Las cacerías de brujas como las conocemos podrían convertirse en un completo genocidio!

—Créame, conozco la naturaleza del ser humano —dijo madame Weatherberry—. La legalización de la magia no debe forzarse, sino manejarse con sutileza, paciencia y perseverancia. Solo es posible que el mundo entero cambie de parecer si se lo anima a ello, no a la fuerza. Y nada anima más a la gente que un buen espectáculo.

El rostro del rey se tensó, nervioso.

—¿Un espectáculo? —preguntó con temor—. ¿Qué clase de espectáculo tiene en mente?

Madame Weatherberry sonrió y abrió aún más sus brillantes ojos: esa era la parte que había estado esperando ella.

—Cuando conocí a Tangerina y a Cielene, eran prisioneras de su propia magia. Nadie podía acercarse a Tangerina sin que las abejas lo atacaran, y la pobre Cielene tenía que vivir en un lago porque mojaba todo lo que pisaba. Por eso decidí hacerme cargo de ellas y les enseñé a controlar su magia. Ahora son dos jóvenes perfectamente adaptadas. Me rompe el corazón pensar en todos los niños que están ahí fuera luchando contra quienes son. De ahí que haya tomado la decisión de abrirles mis puertas y darles una formación adecuada.

—¿Va a abrir una escuela? —preguntó el rey.

—Exacto. Y la voy a llamar Academia para Jóvenes Practicantes de Magia de Madame Weatherberry, aunque el nombre es provisional.

—¿Y dónde estará? —preguntó.

—Hace poco reservé unas tierras en el lado sudeste del Entrebosque.

—¿El Entrebosque? —protestó el rey—. ¿Está usted loca? ¡El Entrebosque es demasiado peligroso para los niños! ¡No puede abrir una escuela allí!

—En eso estoy de acuerdo con usted —dijo madame Weatherberry—. El Entrebosque es extremadamente peligroso, pero solo para quienes no están familiarizados con él. Sin embargo, muchos miembros de la comunidad mágica, yo entre ellos, hace décadas que vivimos allí, y con bastantes comodidades. Las tierras que he adquirido son muy remotas y quedan escondidas. He mandado instalar todo tipo de sistemas de protección para garantizar la seguridad de mis estudiantes.

—Pero ¿cómo va a ayudar una academia a conseguir la legalización de la magia?

—Una vez que haya entrenado a mis pupilos para que dominen sus habilidades, nos introduciremos lentamente en el mundo. Usaremos nuestra magia para sanar a los enfermos y ayudar a quienes lo necesiten. Con el tiempo, entre los reinos se habrá corrido la voz acerca de lo compasivos que somos. Las hadas nos convertiremos en un ejemplo de generosidad y nos ganaremos el afecto de la gente. El mundo verá todo el bien que la magia puede hacer, cambiará de opinión y la comunidad mágica finalmente será aceptada.

Campeón XIV se rascó la barbilla mientras cavilaba acerca del magnífico plan de madame Weatherberry. Esta le había dado muchos detalles, pero se había olvidado del más importante: la implicación del rey en él.

—Parece bastante capaz de llevar a cabo el plan por su cuenta. ¿Qué quiere de mí entonces?

—Su consentimiento, por supuesto. Las hadas queremos que confíen en nosotras, y la única manera que tenemos de ganarnos esa confianza es haciendo las cosas de la manera correcta. Por eso me gustaría tener su permiso oficial para viajar libremente por el Reino del Sur para reclutar estudiantes. También me gustaría que nos prometiera que los niños y las familias que quieran unirse a nosotras no serán perseguidos. Mi misión es ofrecerles a estos jóvenes una vida mejor, no quiero que se arriesguen y que la jus­ticia los castigue. Será muy difícil convencer a los padres de que permitan que sus hijos asistan a una escuela de magia, pero si contamos con la bendición del soberano, será mucho más sencillo. Sobre todo si tenemos la bendición por escrito.

Madame Weatherberry tendió una mano hacia el escritorio del rey y un trozo de papel dorado apareció frente a él. Todo lo que le había solicitado estaba escrito: solo faltaba la firma del monarca. Campeón XIV se frotó las piernas con ansiedad mientras leía y releía el documento.

—Esto podría salir fatal —dijo el rey—. Si mis súbditos descubren que le he dado permiso a una bruja, perdón, a un hada para que se lleve a sus hijos a una escuela a practicar magia, ¡habrá revueltas en las calles! ¡Mi gente pedirá mi cabeza!

—En ese caso, dígale a su gente que me ha ordenado limpiar de niños mágicos el reino —sugirió—. Dígales que, para lograr un futuro sin magia, ha ordenado que reunieran a los más jóvenes y los llevaran lejos. Hace tiempo descubrí que, cuanto más vulgar es la petición, más la acepta el ser humano.

—Aun así, ¡no deja de ser arriesgado para ambos! ¡Mi permiso no le garantiza protección! ¿No le preocupa su seguridad?

—Su Majestad, le recuerdo que he hecho desaparecer a todo el personal de este castillo, Tangerina controla un enjambre de abejas y por el cuerpo de Cielene corre suficiente agua como para llenar un cañón entero. Creo que sabemos protegernos.

A pesar de sus palabras, el rey parecía más asustado que convencido. Madame Weatherberry estaba tan cerca de conseguir lo que quería que debía apaciguar las dudas del soberano antes de que estas se apoderaran de él. Por suerte, aún guardaba otra arma en su arsenal para ganarse su aprobación.

—¿Tangerina? ¿Cielene? ¿Seríais tan amables de dejarnos al rey y a mí a solas un momento? —les pidió.

Era evidente que Tangerina y Cielene no querían perderse ni una parte de la conversación entre madame Weatherberry y Campeón XIV, pero respetaron los deseos de su maestra y salieron a esperar al pasillo. Cuando la puerta se cerró detrás de ellas, madame Weatherberry se inclinó hacia el rey y lo miró profundamente a los ojos con expresión seria.

—Señor, ¿está al corriente del Conflicto del Norte? —preguntó.

Si algo le dejaron claro los ojos saltones del rey es que estaba más que al corriente. La mera mención del conflicto tuvo un efecto tan paralizante en el monarca que lo hizo titubear cuando respondió.

—¿Cómo..., cómo...? ¿Cómo demonios lo sabe? ¡Es un asunto reservado!

—Puede que la comunidad mágica sea pequeña y esté dividida, pero las palabras viajan más rápido cuando uno de los nuestros está..., bueno, montando una escena.

—¿Montando una escena? ¡¿Eso le parece?!

—Su Majestad, por favor, no alce la voz —dijo, y luego señaló con la cabeza hacia la puerta—. Las malas noticias pueden llegar con mucha facilidad a oídos jóvenes. Mis niñas empe­za­rían a encontrarse mal si se enteraran de lo que estamos discutiendo.

Campeón XIV sabía a lo que se refería porque él mismo empezaba a sentir cierto malestar. Recordar ese tema era como ver a un fantasma; un fantasma que él creía dormido.

—¿Por qué menciona algo tan horrible? —preguntó.

—Porque ahora mismo no hay nada que le garantice que el Conflicto del Norte no cruce la frontera y llame a la puerta de su casa —le advirtió madame Weatherberry.

El rey negó con la cabeza.

—Eso no ocurrirá. El rey Nobleton me aseguró que se encargaría de la situación. Nos dio su palabra.

—¡El rey Nobleton le mintió! ¡Les dijo al resto de los soberanos que tiene el conflicto bajo control porque se siente humillado por lo grave que se ha vuelto la situación! ¡Casi la mitad del Reino del Norte ha muerto! ¡Ha perdido a tres cuartas partes de su ejército y quienes quedan van cayendo con cada día que pasa! ¡El rey culpa a la hambruna porque lo aterroriza perder el trono si su pueblo se entera de la verdad!

El rostro de Campeón perdió todo el color y el monarca no dejaba de temblar en su asiento.

—¿Y bien? ¿Puedo hacer algo? ¿O se supone que tengo que quedarme sentado y esperar a morir yo también?

—En estos últimos tiempos, hay motivos para la esperanza —dijo madame Weatherberry—. Nobleton ha nombrado a un nuevo comandante, el general White, para guiar a las defensas restantes. Hasta ahora, el general ha manejado la situación con mucho más éxito que sus predecesores.

—Bueno, algo es algo —dijo el rey.

—Rezo porque el general White resuelva el asunto, pero usted debe estar preparado por si fracasa —dijo—. Y, en caso de que el conflicto cruce hacia el Reino del Sur, tener una academia de hadas entrenadas a la vuelta de la esquina podría ser muy beneficioso para usted.

—¿Cree que sus estudiantes podrían detener el conflicto? —preguntó con desesperación en los ojos.

—Sí, Su Majestad —respondió totalmente confiada—. Creo que mis futuros estudiantes lograrán cosas que el mundo de hoy considera imposibles. Pero, primero, necesitarán un lugar donde estudiar y una maestra que les enseñe.

El rey se quedó muy quieto mientras consideraba la propuesta con gran detenimiento.

—Sí..., sí, podría ser tremendamente beneficioso —se dijo a sí mismo—. Desde luego, tendré que consultarlo con mi Consejo Asesor de Jueces Supremos antes de darle una respuesta.

—En realidad, señor —dijo madame Weatherberry—, creo que es un asunto que podemos dejar cerrado sin consultárselo a los jueces supremos. Suelen ser un grupo bastante conservador y sería una lástima que su terquedad se interpusiera en nuestro camino. Además, a lo largo de todo el país se comentan cosas que debería saber. Mucha de su gente está convencida de que los jueces supremos son los verdaderos gobernantes del Reino del Sur y de que usted solo es una marioneta.

—¿Cómo? ¡Eso es inaceptable! —exclamó el rey—. Yo soy el soberano, ¡mi voluntad es ley!

—Así es. Y cualquiera con un poco de cerebro lo sabe. Sin embargo, los rumores persisten. Si yo fuera usted, empezaría por desmentir esas desagradables teorías desafiando a los jueces supremos de vez en cuando. Y no puedo pensar en una mejor manera de hacerlo que firmando el documento que tiene delante.

Campeón XIV asintió mientras pensaba en la advertencia. Al final, la persuasión de madame Weatherberry lo ayudó a tomar una decisión.

—Muy bien —dijo el rey—. Puede reclutar a dos estudiantes del Reino del Sur para su escuela de magia, un niño y una niña, pero eso es todo. Y deberá recibir el permiso escrito de sus tutores, o no se les permitirá asistir a su academia.

—Confieso que esperaba llegar a un acuerdo mejor, pero acepto lo que me ofrece —dijo madame Weatherberry—. Trato hecho.

El rey cogió la pluma y la tinta de un lado de su escritorio y realizó las correcciones pertinentes en el documento dorado. Cuando terminó, firmó el acuerdo y lo legalizó con un sello de cera con el emblema real de su familia. Madame Weatherberry se puso de pie y aplaudió para celebrarlo.

—¡Ay, qué momento tan maravilloso! ¿Tangerina? ¿Cielene? ¡Venid! ¡El rey nos ha concedido nuestra petición!

Las aprendices entraron a toda prisa en el despacho y se entusiasmaron al ver la firma del rey. Tangerina enrolló el documento y Cielene lo ató con un lazo plateado.

—Muchas gracias, Su Majestad —dijo madame Weather­berry, recolocándose el velo sobre el rostro—. ¡Le prometo que no se arrepentirá!

El rey resopló con escepticismo y se frotó sus cansados ojos.

—Espero que sepa lo que está haciendo, porque si no le diré a todo el reino que fui embrujado y engañado por una...

Campeón XIV levantó la vista y suspiró. Madame Weatherberry y sus aprendices se habían desvanecido. El rey avanzó hacia la puerta para ver si habían salido corriendo por el pasillo, pero este seguía igual de vacío que antes. Unos minutos después, todas las velas y las antorchas se encendieron por arte de magia. Las pisadas volvieron a resonar por los corredores a medida que los sirvientes y los soldados regresaban a sus rutinas. El rey se acercó a la ventana y vio que la tormenta también había desapareci­do, y lo tranquilizó mucho que el día volviera a estar despejado.

Sin embargo, era imposible que el rey sintiera otra cosa que no fuera temor al mirar los cielos del norte. Ahora sabía que, en algún lugar del horizonte, acechaba la verdadera tormenta...


1


Libros y desayunos

Todos los monjes que vivían en la capital del Reino del Sur eran duros de oído, y el porqué no era un misterio. Cada amanecer, durante diez minutos seguidos, la ciudad de Colinas Carruaje se inundaba del sonido ininterrumpido y estridente de las campanas de la catedral. Como los terremotos, el sonido metálico hacía retumbar la Plaza Mayor, al igual que las calles de la ciudad y las aldeas aledañas. Los monjes las hacían doblar de manera frenética e irregular para asegurarse de que todos los habitantes se despertaran y participaran del día del Señor y, una vez que habían puesto en pie a los pecadores, volvían a la cama.

Sin embargo, las campanadas de la catedral no afectaban a todos. Los monjes se habrían puesto furiosos de haberse enterado de que una joven de la campiña se las arreglaba para dormir a pesar de aquel estruendo odioso.

Brystal Evergreen tenía catorce años y esa mañana se despertó como cada día: por los golpes que alguien daba en la puerta de su habitación.

—Brystal, ¿estás despierta? ¿Brystal?

Sus ojos azules se abrieron a la séptima u octava vez que su madre llamó a la puerta. No tenía el sueño muy pesado, pero las mañanas le resultaban todo un desafío, pues, por lo general, estaba exhausta tras haberse quedado despierta hasta muy tarde la noche anterior.

—¿Brystal? ¡Respóndeme, niña!

La joven se sentó en la cama mientras las campanas de la catedral repicaban a lo lejos por última vez. Sobre su barriga encontró un ejemplar abierto de Las aventuras de Tidbit Twitch, de Tomfree Taylor, y en la punta de su nariz, un par de gafas. De nuevo, Brystal se había quedado dormida leyendo, y ocultó las pruebas rápidamente, antes de que la descubrieran. Escondió el libro debajo de la almohada, se guardó las gafas de lectura en un bolsillo del camisón y apagó la vela que se había quedado encendida encima de la mesita.

—¡Jovencita, pasan diez minutos de las seis! ¡Voy a entrar!

La señora Evergreen empujó la puerta y entró con todas sus fuerzas en la habitación de su hija como un toro que acaba de ser liberado de su encierro. Era una mujer delgada con el rostro pálido y ojeras oscuras. Llevaba el pelo recogido en un moño alto y firme que, al igual que las riendas de un caballo, la mantenía alerta y motivada mientras hacía las tareas del hogar.

—Entonces sí que estás despierta... —dijo, levantando una ceja—. ¿Es mucho pedir que me contestes?

—Buenos días, mamá —saludó Brystal en tono alegre—. Espero que hayas dormido bien.

—No tan bien como tú, por lo que parece... —volvió a lanzar la señora Evergreen—. Sinceramente, niña, no sé cómo lo haces para dormir con estas campanas horribles todas las mañanas... Suenan tan fuerte que podrían resucitar a los muertos.

—Cuestión de suerte, supongo —dijo, bostezando con muchas ganas.

La señora Evergreen colocó un vestido blanco a los pies de la cama y le lanzó a su hija una mirada desdeñosa.

—Has vuelto a dejarte el uniforme en el tendedero —dijo—. ¿Cuántas veces debo recordarte que lo recojas tú misma? Apenas puedo encargarme de la ropa de tu padre y tus hermanos, no tengo tiempo para lavar lo tuyo.

—Lo siento, mamá —se disculpó Brystal—. Iba a hacerlo anoche después de lavar los platos, pero ya veo que se me olvidó.

—¡No puedes seguir siendo tan despistada!... Andar soñando despierta es la última cualidad que los hombres buscan en una esposa —le advirtió su madre—. Ahora, date prisa y cámbiate, así me ayudas a preparar el desayuno. Hoy es un gran día para tu hermano, y le haremos su comida favorita.

La señora Evergreen avanzó hacia la puerta, pero se detuvo cuando percibió un olor extraño en el aire.

—¿Eso es humo? —preguntó.

—Acabo de apagar una vela —explicó Brystal.

—¿Y por qué tenías una vela encendida tan temprano? —quiso saber la señora Evergreen.

—La..., me la dejé encendida anoche sin querer —confesó.

La señora Evergreen se cruzó de brazos y miró a su hija.

—Brystal, será mejor que no estés haciendo lo que creo que estás haciendo —le advirtió—. Porque me preocupa la reacción de tu padre si descubre que vuelves a leer.

—¡No, lo juro! —mintió Brystal—. Es que me gusta dormirme con la luz de la vela. A veces me asusta la oscuridad.

Por desgracia, a Brystal se le daba terriblemente mal mentir. La señora Evergreen veía a través del engaño de su hija como a través una ventana que acabara de limpiar.

—El mundo es un lugar oscuro, Brystal —dijo—. Eres tonta si crees lo contrario. Venga, dámelo.

—Pero ¡mamá, por favor! ¡Me faltan muy pocas páginas para terminarlo!

—¡Brystal, no te lo estoy preguntando! —gritó la señora Evergreen—. ¡Estás rompiendo las reglas de esta casa y las leyes del reino! ¡Venga, dámelo ahora mismo o iré a buscar a tu padre!

Brystal suspiró y le entregó el ejemplar de Las aventuras de Tidbit Twitch que había escondido debajo de la almohada.

—¿Y el resto? —preguntó la señora Evergreen con la palma abierta.

—Este es el único que tengo...

—¡Jovencita, no voy a tolerar que sigas mintiéndome! Los libros en tu habitación son como los ratones en el jardín, siempre hay más de uno. Ahora, dame los otros o iré a buscar a tu padre.

Los hombros de Brystal se hundieron al igual que sus esperanzas. Se levantó de la cama y guió a su madre hasta un rincón donde había una tabla suelta bajo la cual guardaba su colección de libros. La señora Evergreen casi se quedó sin respiración cuando su hija le descubrió todos los libros que tenía. Había títulos de historia, religión, leyes y economía, así como obras de ficción: aventura, misterio y romance. A juzgar por las gastadas cubiertas y páginas, Brystal los había leído muchas veces.

—Ay, Brystal —dijo la señora Evergreen con pesadez en el corazón—, entre todo lo que podría interesar a una muchacha de tu edad, ¿por qué has tenido que elegir los libros?

La señora Evergreen pronunció aquella última palabra como si estuviera hablando de una sustancia desagradable y peligrosa. Brystal sabía que estaba mal tener libros (las leyes del Reino del Sur dictaban con claridad que eran «solo para los ojos de los hombres»), pero como nada la hacía más feliz que leer, se arriesgaba continuamente a sufrir las consecuencias.

Uno por uno, Brystal besó los lomos, como si estuviera despidiéndose de una pequeña mascota, antes de pasárselos a su madre. Los libros se apilaron hasta quedar por encima de la cabeza de la señora Evergreen, pero como ella ya estaba acostumbrada a andar por la casa cargada con cosas, no le resultó difícil encontrar el camino hasta la puerta.

—No sé quién te los consigue, pero debes cortar toda relación con esa persona inmediatamente —le ordenó la señora Evergreen—. ¿Sabes cuál es el castigo para las niñas a las que descubren leyendo en público? ¡Tres meses en un hospicio! ¡Y se quedaría solo en eso gracias a los contactos que tiene tu padre!

—Pero, mamá —se quejó Brystal—, ¿por qué a las mujeres no nos permiten leer? La ley dice que nuestras mentes son demasiado delicadas para estudiar, pero eso no es cierto. ¿Cuál es la verdadera razón de que nos mantengan alejadas de los libros?

La señora Evergreen se detuvo en la puerta y se quedó en silencio. Brystal entendió que su madre estaba pensando, porque muy pocas veces se detenía por algo. La señora Evergreen miró de nuevo a su hija con seriedad y, por un momento, Brystal habría jurado que vio una leve chispa de empatía en sus ojos, como si llevara toda la vida haciéndose la misma pregunta y aún no hubiera encontrado una respuesta.

—A mí me parece que las mujeres ya tenemos suficientes cosas que hacer hoy en día —dijo para zanjar el tema—. Ahora vístete. El desayuno no se prepara solo.

La señora Evergreen giró sobre sus talones y salió de la habitación. De los ojos de Brystal brotaron lágrimas mientras observaba a su madre alejarse con sus libros. Para ella no eran un montón de hojas atadas con un trozo de cuero: sus libros eran amigos que le ofrecían la única salida de la opresión del Reino del Sur. Se secó los ojos con el dobladillo del camisón. Y las lágrimas no le duraron mucho. Brystal sabía que solo sería cuestión de tiempo que pudiera rehacer su colección; su «proveedor» estaba mucho más cerca de lo que su madre imaginaba.

Se detuvo frente al espejo para ponerse todas las prendas y los accesorios de su ridículo uniforme escolar: vestido blanco, mallas blancas, guantes de encaje blancos, hombreras blancas mullidas y zapatos de tacón blancos y con hebillas, y, para completar la transformación, se recogió su pelo largo y castaño con una cinta blanca.

Brystal miró su reflejo y soltó un largo suspiro que nació en lo más profundo de su alma. Como de todas las mujeres del reino, se esperaba de ella que fuera de casa pareciera siempre una muñeca viviente, y Brystal odiaba las muñecas. De hecho, todo lo que orientara a las niñas, aunque fuera mínimamente, hacia ser madres o esposas lo añadía de inmediato a la lista de cosas que detestaba, y dada la cerrada visión que tenía de las mujeres el Reino del Sur, con los años había hecho una lista muy larga.

Desde que tenía memoria, Brystal sabía que el destino le reservaba una vida fuera del confinamiento del reino. Sus logros la llevarían más allá de conseguir marido y tener hijos: ella viviría aventuras y experiencias; no se limitaría a cocinar y limpiar: encontraría una felicidad que nadie podría cuestionar, al igual que les ocurría a los personajes de sus libros. No podía explicar por qué se sentía de esa forma o cómo lo lograría, pero lo sentía con todo su corazón. Sin embargo, hasta que llegara ese día, no tenía más remedio que representar el papel que la sociedad le había asignado.

Por eso buscaba formas sutiles y creativas de seguir adelante. Para que su uniforme escolar le pareciera tolerable, llevaba las gafas de lectura atadas a una cadena de oro, como un relicario, y luego se las escondía debajo del vestido. No era muy probable que en la escuela hubiera algo que valiera la pena leer, pues a las jóvenes solo se les enseñaba a leer recetas básicas y señales de tráfico, pero saber que ella estaba preparada por si se daba la ocasión le hacía sentirse como si llevara un arma secreta. Y saber que se estaba rebelando, aunque lentamente, le daba la energía necesaria para superar cada día.

—¡Brystal! ¡Me refería al desayuno de hoy! ¡Baja de inmediato!

—¡Ya voy! —contestó.


La familia Evergreen vivía en una casa de campo espaciosa a unos pocos kilómetros de la Plaza Mayor de Colinas Carruaje. El padre de Brystal era un juez ordinario reconocido en el tribunal del Reino del Sur, lo que garantizaba a la familia más riquezas y respeto que a la mayoría. Por desgracia, como su sustento provenía de quienes pagaban impuestos, era considerado de mal gusto que los Evergreen disfrutaran de «extravagancias». Y como el juez no valoraba nada más que su buena reputación, privaba a su familia de esos gustos «extravagantes» siempre que podía.

Todas las pertenencias de los Evergreen, desde la ropa hasta los muebles, eran de segunda mano, regalos de sus amigos o vecinos. No tenían ni una cortina a juego, la vajilla y los cubiertos pertenecían a servicios distintos y cada silla había sido hecha por un carpintero diferente. Incluso el papel de las paredes había sido arrancado de otras casas y formaba una caótica mezcla de estampados variados. Su propiedad era lo bastante grande como para emplear a un personal de veinte personas, pero el juez Evergreen creía que los sirvientes y los peones eran la «mayor extravagancia entre todas las extravagancias», por lo que Brystal y su madre se veían obligadas a encargarse del cuidado del jardín y las tareas del hogar ellas solas.

—Remueve la avena mientras preparo los huevos —le pidió la señora Evergreen cuando Brystal al fin apareció en la cocina—. Pero no la mezcles mucho esta vez, ¡tu padre detesta que la avena quede demasiado blanda!

Brystal se puso un delantal encima del uniforme escolar y cogió la cuchara de madera de su madre. Llevaba menos de un minuto junto al fuego cuando una voz cargada de pánico las llamó desde la habitación de al lado.

—¡Mamááá! ¡Rápido! ¡Es una emergencia!

—¿Qué ocurre, Barrie?

—¡Se me ha soltado un botón de la toga!

—Ay, Dios mío —musitó la señora Evergreen—. Brystal, ve a ayudar a tu hermano con el botón. Y arréglalo rápido.

Brystal cogió el costurero y se dirigió a toda prisa hacia la sala de estar que había junto a la cocina. Para su sorpresa, encontró a su hermano de diecisiete años sentado en el suelo. Tenía los ojos cerrados y se mecía hacia delante y hacia atrás con un montón de tarjetas en las manos. Barrie Evergreen era un joven delgado de cabello castaño alborotado, inocente y nervioso desde su nacimiento; sin embargo, ese día lo estaba extremadamente.

—¿Barrie? —lo llamó Brystal con suavidad—. Mamá me ha dicho que viniera a arreglarte el botón. ¿Puedes dejar de estudiar un momento o quieres que venga más tarde?

—No, ahora está bien —dijo Barrie—. Puedo repasar mientras lo coses.

Se puso de pie y le entregó a su hermana el botón que se la había soltado. Al igual que todos los estudiantes de la Universidad de Derecho de Colinas Carruaje, Barrie llevaba una toga larga y gris y un sombrero negro cuadrado. Mientras Brystal enhebraba la aguja y le cosía el botón en el cuello del traje, Barrie miraba con atención la primera tarjeta. Como no dejaba de tocarse el resto de los botones mientras permanecía concentrado, Brystal le dio una bofeteada en la mano antes de que arrancara otro.

—La Ley de Purificación del 342..., la Ley de Purificación del 342... —leyó Barrie para sí mismo—. Fue promulgada cuan­do el rey Campeón VIII culpó a la comunidad de trols de vulgaridad y desterró a los de su especie del Reino del Sur.

Satisfecho con la respuesta, Barrie dio la vuelta a la tarjeta y leyó la respuesta correcta en el dorso. Por desgracia, se había equivocado y reaccionó con un quejido largo de derrota. Brystal no pudo evitar sonreír ante la frustración de su hermano: le recordaba a un cachorro intentando atrapar su propia cola.

—¡No tiene gracias, Brystal! —gritó Barrie—. ¡Voy a suspender el examen!

—Ay, Barrie, tranquilízate —le dijo ella, riendo—. Te irá bien. ¡Llevas toda la vida estudiando leyes!

—¡Por eso será tan humillante! ¡Si no apruebo hoy, no me graduaré! ¡Si no me gradúo, no seré juez adjunto! ¡Si no soy juez adjunto, no llegaré a juez ordinario como papá! ¡Y si no llego a ser juez ordinario, nunca seré juez supremo!

Como todos los hombres de la familia Evergreen que lo precedían, Barrie estaba estudiando para juez del sistema de tribunales del Reino del Sur. Asistía a la Universidad de Derecho de Colinas Carruaje desde que tenía seis años, y a las diez en punto de esa mañana se presentaría a un examen muy riguroso que determinaría si sería juez adjunto. Si aprobaba, Barrie se pasaría la siguiente década procesando y defendiendo criminales en diver­sos juicios. Una vez que su tiempo como juez adjunto terminara, se convertiría en juez ordinario y presidiría juicios, igual que su padre. Y, en caso de que su carrera como juez ordinario satisficiera al rey, Barrie podría ser el primer Evergreen en convertirse en juez supremo del consejo asesor del rey, donde ayudaría al soberano a crear las leyes.

Llegar a juez supremo había sido el sueño de Barrie desde niño, pero su camino hacia el consejo asesor del rey terminaría ese día si suspendía el examen. Por eso, siempre que había podido, los últimos meses se los había pasado estudiando las leyes y la historia de su reino, para asegurarse el éxito.

—¿Cómo volveré a mirar a papá a los ojos si no apruebo? —le preguntó preocupado—. ¡Debería rendirme ahora y ahorrarme la vergüenza!

—No seas tan dramático —le dijo Brystal—. Te lo sabes de memoria. Pero estás dejando que los nervios te dominen, eso es todo.

—No estoy nervioso... ¡Estoy hecho un desastre! ¡Me he pasado despierto toda la noche haciendo estas tarjetas y ahora apenas puedo leer mi propia letra! ¡Sea lo que sea la Ley de Purificación del 342, no es lo que he contestado!

—Pero casi lo aciertas —dijo Brystal—. El problema es que estás pensando en la Ley de Desgarrificación del 339, que fue promulgada cuando Campeón VIII desterró a los trols del Reino del Sur. Por desgracia, ¡su ejército confundió a los duendes con los trols y echó a la especie incorrecta! Entonces, ¡para enmendar el error, Campeón VIII creó la Ley de Purificación del 342 y desterró del reino a todas las criaturas que hablaran y que no fueran humanas! ¡Trols, duendes, goblins y ogros fueron obligados a marcharse hacia el Entrebosque! ¡No tardó en servir de inspiración para los otros reinos y estos hicieron lo mismo, lo cual llevó a la Gran Limpieza del 345! ¿No es terrible? ¡Y pensar que el período más violento de la historia podría haberse evitado si Campeón VIII se hubiera limitado a disculparse con los duendes!

Brystal se dio cuenta de que su hermano le estaba agradecido por el recordatorio, pero también se avergonzaba de que hubiera sido ella, su hermana menor, quien lo hubiera ayudado.

—Es cierto... —dijo Barrie—. Gracias, Brystal.

—Un placer —respondió ella—. Aunque es una verdadera lástima. ¿Imaginas lo divertido que sería ver a una de esas criaturas en persona?

Pero, de repente, su hermano pareció que caía en la cuenta.

—Espera, ¿cómo sabes tú todo esto?

Brystal miró hacia atrás por encima del hombro para asegurarse de que seguían solos.

—Lo pone en uno de los libros de historia que me prestaste —le susurró—. ¡Me ha parecido fascinante! ¡Debo de haberlo leído cuatro o cinco veces! ¿Quieres que me quede y te ayude a estudiar?

—Ojalá pudieras —dijo Barrie—. Pero a mamá le resultaría sospechoso que no regresaras a la cocina y se pondrá furiosa si te pilla ayudándome.

Los ojos de Brystal destellaron traviesos cuando se le ocurrió la idea. Con un movimiento hábil, le arrancó todos los botones a la toga de Barrie. Antes de que pudiera reaccionar, la señora Evergreen entró en la sala de estar, como si hubiera percibido en el aire la travesura de su hija.

—¿Cuánto tiempo tardas tú en coser un botón? —la regañó—. ¡Tengo la avena en la olla, los huevos en la sartén y los panecillos en el horno!

Brystal se encogió de hombros con inocencia y le mostró a su madre el puñado de botones que había arrancado.

—Lo siento, mamá —dijo—. Es peor de lo que pensábamos. Está muy nervioso.

La señora Evergreen levantó las manos y se quejó mirando hacia el techo.

—¡Barrie Evergreen, esta casa no es el taller de tu sastre! —lo regañó también a él—. ¡Mantén esas inquietas manos lejos de tu ropa o te las ataré a la espalda como cuando eras niño! Brystal, cuando termines, ve al comedor a poner la mesa. Desayunamos dentro de diez minutos, ¡con o sin botones!

La señora Evergreen regresó furiosa a la cocina, maldiciendo por lo bajo. Brystal y Barrie se taparon la boca mientras se reían de lo teatral que era su madre. Era la primera vez desde hacía semanas que Brystal veía sonreír a su hermano.

—No puedo creer que hayas hecho esto —dijo.

—Tu examen es más importante que el desayuno —respondió Brystal, que empezó a coser el resto de los botones—. Y olvídate de las tarjetas, me sé de memoria prácticamente todos los libros viejos que me has prestado. Yo nombro una ley histórica y tú me cuentas la historia que hay detrás de ella. ¿Vale?

—Vale —contestó.

—Pues, bien, comencemos con la Ley de Fronteras del 274.

—La Ley de Fronteras del 274..., la Ley de Fronteras del 274... —pensó Barrie en voz alta—. ¡Ah, ya sé! Fue el decreto que estableció los Caminos Protegidos a través del Entrebosque para que los reinos pudieran comerciar de manera segura.

Brystal hizo una mueca de desaprobación cuando oyó la respuesta.

—Casi, pero no —dijo con sutileza—. Los Caminos Protegidos fueron creados por la Ley de Caminos Protegidos del 296.

Barrie protestó y se alejó de Brystal dejándola a medias con un botón. Caminó alrededor de la sala, frotándose el rostro con las manos.

—¡Es absurdo! —se quejó, refunfuñando—. ¡No me sé nada! ¡¿Por qué la historia tiene que estar plagada de números?!

—Pues, en realidad, ¡esa historia es muy interesante! —le comentó Brystal con alegría—. ¡El Reino del Sur desarrolló un sistema de calendario cuando el primer rey Campeón fue coronado! Fue tan práctico que los demás reinos empezaron a usarlo... ¡Ay, lo siento, Barrie! Era una pregunta retórica, ¿verdad?

Su hermano tenía los hombros caídos y la miraba con incredulidad. Sí, había sido una pregunta retórica, pero, al oír la explicación de su hermana, comprendió además que también estaba equivocado acerca de la creación del calendario.

—¡Me rindo! —anunció Barrie—. ¡Voy a dejar la universidad y abriré una tienda! ¡Venderé piedras y palos a los niños! ¡No ganaré mucho dinero, pero al menos no bajarán las ventas!

Brystal empezaba a perder la paciencia con la actitud de su hermano. Lo sujetó de la barbilla y le inmovilizó la cabeza para poder mirarlo fijamente a los ojos.

—¡Barrie, tienes que dejar de actuar así! —le dijo—. Todas tus respuestas vienen del lugar correcto, pero sigues queriendo empezar la casa por el tejado. Recuerda, la ley es historia y la historia solo es un cuento. Cada uno de estos acontecimientos tiene una precuela y una secuela, una causa y un efecto. Antes de responder, sitúa todos los hechos que sabes en una línea temporal imaginaria. Encuentra las contradicciones, concéntrate en lo que falta y luego llena los espacios lo mejor que puedas.

Barrie se quedó en silencio mientras pensaba en el consejo que le acababa de dar su hermana. Despacio, pero con seguridad, la semilla del optimismo que ella había sembrado empezó a crecer. Barrie asintió con determinación y respiró hondo como si estuviera a punto de saltar de un acantilado altísimo.

—Tienes razón —dijo—. Solo tengo que relajarme y concentrarme.

Brystal soltó la barbilla de su hermano para seguir remendándole los botones de la toga mientras ella también remendaba su confianza en sí misma.

—Ahora, la Ley de Fronteras del 274 —dijo—. Inténtalo de nuevo.

Barrie se concentró y no dijo nada hasta estar seguro de que tenía la respuesta correcta.

—Tras la Guerra Mundial de las Cuatro Esquinas del 250, los cuatro reinos acordaron dejar de luchar por las tierras y sus líderes firmaron la Ley de Fronteras del 274. El tratado fijó las fronteras de cada reino y la zona del Entrebosque.

—¡Muy bien! —lo alentó Brystal—. ¿Qué hay de la Ley de Neutralidad del Entrebosque del 283?

Barrie pensó con mucho cuidado y sus ojos se iluminaron cuando encontró la respuesta.

—¡La Ley de Neutralidad del Entrebosque del 283 fue un acuerdo internacional que declaró el Entrebosque zona neutral para que ninguno de los reinos pudiera reclamar su territorio como propio! Como resultado, el Entrebosque se quedó sin autoridad que lo gobernara y se convirtió en un lugar muy peligroso. Lo cual nos lleva a la Ley de Caminos Protegidos del año 296... ¡Ay!

Brystal estaba tan orgullosa de su hermano que, a causa de la emoción, lo pinchó sin darse cuenta con la aguja de enhebrar.

—¡Correcto! —dijo—. ¿Lo ves? ¡Sabes toda la información que necesitas para aprobar el examen! Solo tienes que creer en ti tanto como yo.

Barrie se ruborizó y su rostro al fin recuperó el color.

—Gracias, Brystal —dijo—. Estaría perdido en mi propia cabeza si no fuera por ti. Realmente es una lástima que seas..., bueno, ya sabes..., una niña. Serías una jueza increíble.

Brystal bajó la cabeza y fingió que seguía cosiendo el último botón para que no viera la tristeza en sus ojos.

—Ah. En realidad, nunca lo había pensado —dijo ella.

Sin embargo, era algo que Brystal quería más de lo que su hermano podía imaginar. Ser jueza le permitiría redimir y hacer ascender a las personas, le proporcionaría una posición desde la que propagar esperanza y comprensión, y contar con los recursos para hacer del mundo un lugar mejor para las niñas. Lamentablemente, en el Reino del Sur era casi imposible que una mujer tuviera otro papel que no fuera el de esposa o madre, por eso Brystal había descartado esas ideas antes de que se convirtieran en falsas esperanzas.

—Tal vez, cuando seas juez supremo, puedas convencer al rey para que permita leer a las mujeres —le propuso a su hermano—. Ese sería un buen principio.

—Tal vez... —dijo Barrie con una sonrisa débil—. Mientras tanto, al menos tienes mis libros viejos para mantenerte entretenida. Lo que me recuerda otra cosa: ¿ya has terminado Las aventuras de Tidbit Twitch? Me muero de ganas de hablar contigo sobre el final, pero no quiero arruinarte nada.

—¡Solo me quedaban siete páginas! Pero mamá me ha descubierto esta mañana y me los ha quitado todos. ¿Puedes pasar por la biblioteca y ver si tienen algunos que se estén deshaciendo? Se me han ocurrido otros escondites donde ocultarlos.

—Claro. Hoy saldré tarde del examen, pero pasaré mañana y... —La voz de Barrie se apagó antes de terminar de decir lo que estaba pensando—. De hecho, supongo que a partir de ahora será más difícil... La biblioteca queda junto a mi universidad y, si me aceptan en el programa de jueces adjuntos, estaré trabajando en el tribunal. Podrían pasar una semana o dos antes de que tenga tiempo de escabullirme.

Hasta ese momento, Brystal no había caído en lo mucho que la graduación de su hermano la afectaría a ella. No había duda de que Barrie aprobaría el examen con unas calificaciones ex­celentes y que empezaría a trabajar como juez adjunto muy pronto. Durante los siguientes años, dedicaría todo su tiempo y energía a procesar y defender criminales en el tribunal. Abastecer de libros a su hermana menor sería la última de sus prioridades.

—Está bien —dijo Brystal con una sonrisa forzada—. Encontraré algo que hacer mientras tanto. Bueno, todos tus botones están listos. Será mejor que ponga la mesa antes de que mamá se enfade.

A continuación se dirigió hacia el comedor a toda prisa para que su hermano no percibiera la angustia en su voz. Cuando Barrie había dicho semanas, ella había entendido que podrían pasar ser meses, o incluso años, antes de tener otro libro en sus manos. Tanto tiempo sin poder distraerse de su vida mundana sería una tortura. Si quería mantenerse cuerda, necesitaría buscar fuera de casa algo para leer, pero debido a los severos castigos que el reino imponía a las lectoras femeninas, tendría que ser astuta, mucho, si no quería que la descubrieran.

—¡El desayuno está listo! —anunció la señora Evergreen—. ¡Venid a comer! ¡El carruaje de vuestro padre llegará dentro de quince minutos!

Brystal puso la mesa del comedor rápidamente, antes de que llegaran los demás miembros de su familia. Barrie se sentó a la mesa con las tarjetas y las repasó, una por una, mientras esperaban a que empezara el desayuno. Brystal no sabía si eran los botones que acababa de remendar o su confianza renovada, pero Barrie parecía mucho más alto de lo que lo había encontrado en el suelo. Se sintió muy orgullosa de los cambios físicos y mentales que acababa de concederle.

Su hermano mayor, Brooks, fue el primero en unirse a Brystal y Barrie en el comedor. Era alto, musculoso, con el cabello completamente liso, y siempre parecía que tuviera un lugar mejor en el que estar; sobre todo cuando estaba con su familia. Brooks se había graduado en la universidad, hacía dos años que asistía al programa de jueces adjuntos, y, al igual que todos los adjuntos, llevaba una toga gris y negra a cuadros y un sombrero un poco más alto que el de Barrie.

En lugar de saludarlos, Brooks les gruñó y, cuando vio a Barrie pasando las tarjetas, puso los ojos en blanco.

—¿Todavía estás estudiando? —preguntó con desdén.

—¿Qué hay de malo en estudiar? —le respondió Barrie.

—Es la forma en que lo haces —le dijo Brooks para ridiculizarlo—. En realidad, hermano, si retener la información te exige todo este tiempo, tal vez deberías buscar otra profesión. He oído que los Fortworth necesitan un nuevo mozo de cuadra.

Brooks se sentó frente a su hermano y colocó los pies sobre la mesa, a pocos centímetros de las tarjetas de Barrie.

—Qué interesante, yo también he oído que los Fortworth están buscando yerno, porque su hija ha rechazado tu propuesta —contestó Barrie—. Dos veces, según dicen.

Brystal no pudo evitar reírse. Brooks se burló de la risa de su hermana imitándola y luego miró a Barrie con los ojos entornados mientras pensaba en cómo volver a ofenderlo.

—Hablando en serio, espero que hoy apruebes el examen —dijo.

—¿De verdad? —preguntó Brystal con sospecha—. Bueno, eso sí que no es típico de ti.

—Sí, de verdad —respondió Brooks—. Estoy deseando enfrentarme cara a cara con Barrie en el tribunal. Estoy aburrido de humillarlo solo en casa.

Brooks y Barrie se miraron con el complejo odio que solo existe entre hermanos. Por suerte, su intercambio fue interrumpido antes de que subiera de tono.

El juez Evergreen entró en el comedor con un montón de papeles bajo el brazo y una pluma entre los dedos. Era un hombre imponente con una tupida barba blanca. Tras una larga carrera juzgando a otros, varias arrugas profundas se le habían formado en la frente. Al igual que todos los jueces ordinarios del Reino del Sur, Evergreen llevaba una toga negra que lo cubría desde los hombros hasta los pies y un sombrero negro y alto que lo obligaba a agacharse cada vez que cruzaba una puerta. Sus ojos eran del mismo azul que los de su hija, e incluso compartían astigmatismo, lo cual era un beneficio grandioso para Brystal, pues lo que su padre no sabía era que, siempre que el juez desechaba un par de gafas de lectura viejas, su hija conseguía unas nuevas.

Al verlo llegar, los jóvenes Evergreen se levantaron y se quedaron de pie junto a las sillas. Era costumbre levantarse ante la llegada de un juez al tribunal, pero Evergreen esperaba que su familia hiciera lo mismo en casa.

—Buenos días, papá —dijeron todos al unísono.

—Podéis tomar asiento —les permitió sin mirar a ninguno a los ojos.

Él se sentó a la cabecera de la mesa y, de inmediato, enterró la nariz en sus papeles, como si en el mundo no existiera nada más.

La señora Evergreen apareció con una olla de avena, un tazón inmenso de huevos revueltos y una bandeja caliente de panecillos. Brystal la ayudó a servir, y solo cuando los platos de los hombres estuvieron llenos, las mujeres se sirvieron el suyo y se sentaron.

—¿Qué es esta basura? —preguntó Brooks mientras pinchaba la comida con el tenedor.

—Huevos y avena —le contestó su madre—. Es el desayuno favorito de Barrie.

Brooks se quejó como si aquella comida le pareciera ofensiva.

—Debería habérmelo imaginado —se quejó de nuevo—. Barrie tiene los mismos gustos que un cerdo.

—Lamento que no sea tu desayuno favorito, Brooks —dijo Barrie—. Tal vez mamá pueda prepararte para mañana crema de gatitos y lágrimas de bebé.

—¡Por Dios, estos críos me van a matar! —gritó la señora Evergreen, y miró hacia el techo, desesperada—. ¿Sería mucho pediros a vosotros dos que me ahorrarais solo un día de todo este sinsentido? ¿Sobre todo en una mañana tan importante como esta? Cuando Barrie apruebe el examen, tendréis que trabajar juntos mucho tiempo. Os vendría bien aprender a ser civilizados.

Por muchas cosas, a Brystal la aliviaba no poder estudiar para ser jueza: así evitaba la pesadilla de tener trabajar con Brooks, por ejemplo. Su hermano era muy conocido entre los jueces adjuntos, y a Brystal le preocupaba que usara sus contactos para sabotear a Barrie, ya que, desde su nacimiento, siempre había visto a su hermano pequeño como una especie de amenaza, como si solo a un Evergreen le estuviera permitido tener éxito.

—Discúlpame, mamá —dijo Brooks, fingiendo una sonrisa—. Y tienes razón, debería ayudar a Barrie a prepararse para el examen. Déjame que te diga algunas de las preguntas que yo apenas supe responder durante mi examen; preguntas que, te lo aseguro, no verás venir. Por ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre el castigo por invadir una propiedad privada y el castigo por invadir una propiedad de la realeza?

Barrie sonrió con confianza. Sin duda, estaba mucho más preparado para el examen que su hermano.

—El castigo por invadir una propiedad privada son tres años de prisión y el castigo por invadir una propiedad de la realeza son cincuenta años —contestó—. Y el juez al cargo deberá decidir el tipo de trabajo forzoso que será aplicable.

—Me temo que la respuesta es incorrecta —dijo Brooks—. Son cinco años para la invasión de una propiedad privada y sesenta para la propiedad de la realeza.

Por un momento, Brystal creyó haber oído mal a Brooks. Ella estaba segura de que la respuesta de Barrie era correcta; podía visualizar la página exacta del libro de Derecho en el que lo había leído. Barrie parecía igual de confundido que su hermana y se volvió hacia el juez Evergreen, con la esperanza de que su padre corrigiera a su hermano, pero su padre no levantó la vista de los papeles.

—Te digo otra —prosiguió Brooks—. ¿En qué año la pena de muerte pasó de ser «arrastrar y descuartizar» a «decapitar»?

—¡Por el amor de dios, Brooks! ¡Estamos comiendo! —lo regañó la señora Evergreen.

—Eso fue..., eso fue... —musitó Barrie mientras intentaba recordar—. ¡Eso fue en el año 567!

—Incorreeecto de nuevo —canturreó Brooks—. La primera decapitación pública no tuvo lugar hasta el 568. Vaya, vaya, no se te da muy bien este juego.

Barrie empezaba a dudar de sí mismo y su confianza se hundió igual que sus hombros. Brystal se aclaró la garganta para captar la atención de su hermano, con la esperanza de dejar en evidencia el juego de Brooks con una mirada, pero Barrie no la oyó.

—A ver qué tal algo más sencillo —dijo Brooks—. ¿Puedes nombrar los cuatro tipos de pruebas que necesita la acusación para culpar a un sospechoso de homicidio?

—¡Esa es fácil! —contestó Barrie—. Un cuerpo, un motivo, un testigo y..., y...

Brooks disfrutaba viendo cómo su hermano se esforzaba para acertar la respuesta.

—Frío, frío. Probemos con otra —dijo—. ¿Cuántos jueces se necesitan para apelar la sentencia de otro juez?

—¿De qué estás hablando? —preguntó Barrie—. ¡Los jueces no pueden apelar!

—Otra vez incorrecto —anunció Brooks con una voz chillona que recordaba el graznido de un cuervo—. No puedo creer lo poco preparado que estás; sobre todo teniendo en cuenta el tiempo que llevas estudiando. Si yo fuera tú, rezaría porque el examinador esté enfermo.

Barrie se quedó blanco. Abrió unos ojos como platos y apretó las tarjetas con tanta fuerza que empezó a doblarlas. Volvía a estar igual de desesperanzado y asustado que cuando Brystal lo había encontrado en la sala de estar. Cada brizna de autoestima que ella le había infundido se había desvanecido con la diversión de Brooks. No podía soportar otro minuto más de su juego cruel.

—¡No lo escuches, Barrie! —gritó ella, y la habitación se quedó en silencio—. ¡Brooks te está haciendo preguntas trampa a propósito! Primero, el castigo por invadir una propiedad privada son tres años en prisión y el castigo por invadir una propiedad de la realeza son cincuenta años; ¡son cinco o sesenta solo si la propiedad resulta dañada! Segundo, la primera decapitación pública tuvo lugar en el 568, pero la ley cambió en el 567, ¡tal como tú has dicho! Tercero, no se necesitan cuatro elementos para culpar a un sospechoso de homicidio, solo tres, ¡y los has nombrado todos! Y cuarto, los jueces ordinarios no pueden apelar la sentencia de otro juez ordinario, solo un juez supremo puede anular una...

—¡Brystal Lynn Evergreen!

Por primera vez aquella mañana, el juez Evergreen encontró una razón para levantar la vista de sus papeles. Su rostro estaba completamente rojo y las venas se le marcaban en el cuello de gritar con tanta fuerte que incluso los platos temblaron sobre la mesa.

—¡¿Cómo te atreves a regañar a tu hermano?! ¿Quién te crees que eres?

Brystal tardó unos segundos en recuperar la voz.

—P-p-pero, papá, ¡Brooks no está diciendo la verdad! —gritó—. Yo..., yo no quiero que Barrie suspenda el...

—¡Como si Brooks dice que el cielo es violeta! ¡Una niña no puede corregir a un hombre! Si Barrie no es lo suficientemente listo como para darse cuenta de que lo están engañando, ¡entonces no es digno de ser juez adjunto!

Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos de Brystal, que temblaba en su silla. Miró a sus hermanos en busca de apoyo, pero estaban igual de asustados que ella.

—Lo... Lo siento, papá...

—¡No tienes derecho a saber nada de lo que acabas de decir! ¡Si te encuentro leyendo de nuevo, que Dios me juzgue, pero te echaré a la calle!

Brystal se volvió hacia su madre, rogando que no comentara nada sobre los libros que había encontrado en su habitación esa mañana. Al igual que sus hijos, la señora Evergreen permaneció quieta y en silencio, como un ratoncito ante la presencia de un halcón.

—N-n-no, no he estado leyendo...

—Entonces, ¿dónde has aprendido todo eso?

—Su-su-supongo que de oír a Barrie y Brooks. Siempre hablan de leyes y del tribunal en la mesa...

—¡Pues tal vez sea mejor que comas fuera hasta que hayas aprendido a no entrometerte! ¡Ninguna hija mía va a desafiar las leyes de este reino con una actitud tan arrogante!

El juez continuó gritando la decepción y el desprecio que sentía por su hija. Brystal no era ajena al temperamento de su padre; de hecho, apenas le hablaba salvo cuando él le gritaba, pero nada era peor que recibir toda su ira. Con cada latido de su corazón, Brystal se hundía más en su silla y contaba los segundos para que aquello terminara. Por lo general, si no dejaba de gritar antes de que llegara a cincuenta, la ira de su padre podía convertirse en algo físico.

—¿Ya está ahí el carruaje? —preguntó la señora Evergreen.

La familia se quedó en silencio mientras intentaba oír lo mismo que había oído la señora Evergreen. Unos instantes más tarde, el leve tintineo de unas campanas y un galope fuerte inundaron el comedor a medida que el carruaje se acercaba a la casa. Brystal se preguntó si su madre lo había oído de verdad o si su interrupción simplemente había sido oportuna.

—Será mejor que os preparéis, si no queréis llegar tarde.

El juez Evergreen y sus hijos cogieron sus cosas y salieron a encontrarse con el carruaje. Barrie se tomó su tiempo para cerrar la puerta de entrada detrás de él y despedirse de su hermana.

—Gracias —articuló en silencio.

—Buena suerte —le respondió ella.

Brystal se quedó sentada hasta que estuvo segura de que su padre y sus hermanos se habían alejado lo suficiente por el camino. Para cuando se hubo recompuesto, la señora Evergreen ya había limpiado la mesa del comedor. Brystal fue a la cocina para ver si su madre necesitaba ayuda con los platos, pero se encontró con que no estaba lavando sino inclinada en el fregadero, mirando con intensidad los cacharros sucios, como si se hubiera quedado en trance.

—Gracias por no mencionarle los libros a papá —le dijo Brystal.

—No deberías haber corregido a tu hermano de esa forma —dijo la señora Evergreen en voz baja.

—Lo sé.

—Lo digo en serio, Brystal —prosiguió su madre, volviéndose hacia ella con los ojos muy abiertos y temerosos—. Brooks es muy querido entre la gente. No te gustaría tenerlo de enemigo. Si empieza a hablar mal de ti a sus amigos...

—Mamá, no me importa lo que Brooks diga de mí.

—Pues debería —contestó la señora Evergreen con severidad—. Dentro de dos años cumplirás dieciséis y los hombres querrán cortejarte para casarse contigo. No puedes arriesgarte a tener una reputación que espante a todos los buenos. No querrás pasar el resto de tu vida con alguien cruel e ingrato..., créeme.

Los comentarios de su madre dejaron a Brystal sin palabras. No sabía si solo era su imaginación o si en verdad las ojeras de su madre estaban mucho más oscuras que antes del desayuno.

—Vamos, vete a la escuela —le dijo la señora Evergreen—. Ya me encargo yo de lavar esto.

Brystal estaba decidida a quedarse y discutir con su madre. Quería enumerarle todas las razones por las que su vida sería diferente de las de otras niñas, quería explicarle por qué ella estaba destinada a hacer grandes cosas que iban más allá del matrimonio y ser madre, pero luego recordó que no tenía ningún tipo de prueba que respaldara sus creencias.

Tal vez su madre tenía razón. Quizá Brystal era tonta por pensar que el mundo era algo más que oscuridad.

Sin añadir nada, Brystal salió de casa y se dirigió hacia la escuela. Mientras caminaba en dirección al pueblo, se dio cuenta de que la imagen de su madre sobre el fregadero se había quedado grabada con mucha fuerza en su mente. Y le preocupaba que, en realidad, fuera una visión que perteneciera a su propio futuro y no tanto un mero recuerdo de su madre.

—No —susurró para sí—. Esa no va a ser mi vida... Esa no va a ser mi vida... Esa no va a ser mi vida... —repitió la frase mientras caminaba con la esperanza de que, si la decía suficientes veces, acallaría sus miedos—. Puede parecer imposible ahora, pero yo sé que algo está a punto de ocurrir... Algo está a punto de cambiar... Algo está a punto de hacer que mi vida sea diferente...

Brystal hacía bien al preocuparse, escapar de los confinamientos del Reino del Sur era imposible para una niña de su edad. Pero, al cabo de unas pocas semanas, lo que ella entendía por imposible iba a cambiar para siempre.


2


Una señal

Ese día, en la Escuela para Futuras Esposas y Madres de Colinas Carruaje, Brystal aprendió qué proporción de té es adecuado servirle a una visita inesperada, qué tipo de aperitivo se debe cocinar para una reunión formal y cómo doblar una servilleta con forma de paloma, entre otras cosas fasci­nantes.

Para el final de la clase, Brystal había puesto los ojos en blanco tantas veces que le habían empezado a doler.

Por lo general, se le daba bien ocultar su malestar en la escuela pero, sin el consuelo de un libro que la esperara en casa, le resultaba mucho más difícil disimular la irritación.

Para tranquilizarse, pensó en la última página que había leído de Las aventuras de Tidbit Twitch antes de dormirse la noche anterior. El héroe de la historia, un ratón de campo llamado Tidbit, estaba colgado de un acantilado mientras luchaba contra un dragón feroz. Sus pequeñas garras empezaban a acusar el cansancio de tanto balancearse de cornisa en cornisa para esquivar el aliento de fuego del monstruo. Con la pizca de energía que le quedaba, lanzó su pequeña espada hacia el dragón, con la esperanza de herir a la bestia y poder subir hacia un lugar seguro.

—¿Señorita Evergreen?

Gracias a una especie de milagro, la espada de Tidbit voló por los aires y se clavó en el ojo del dragón. La criatura levantó la cabeza hacia el cielo y gritó de dolor, soltando géiseres de fuego feroces hacia la oscuridad. Justo cuando Tidbit empezaba a trepar por la ladera del acantilado, el dragón lo azotó con su cola puntiaguda y derribó al ratón del peñasco en el que se encontraba aferrado. Tidbit rodó hacia el suelo rocoso, mientras sacudía las extremidades de un lado a otro en busca de algo, cualquier cosa, a lo que sujetarse.

—¡Señorita Evergreen!

Brystal se enderezó en la silla como si la hubiera pinchado un alfiler invisible. Todas sus compañeras se volvieron hacia su pupitre, al fondo de la clase, y la miraron con el ceño fruncido. La maestra, la señorita Plume, la observaba con seriedad desde el frente sin separar los labios y levantando una de sus cejas finas.

—Eeeh..., ¿sí? —dijo Brystal con mirada inocente.

—Señorita Evergreen, ¿está prestando atención o está soñando despierta otra vez? —le preguntó la señorita Plume.

—Estoy prestando atención, por supuesto —mintió.

—Entonces, ¿cuál es la forma adecuada de manejar la situación que acabo de describir? —la desafió la maestra.

Obviamente, Brystal no tenía ni idea de lo que estaban debatiendo en clase. Las otras niñas rieron entre dientes, augurando un buen castigo. Pero, por suerte, Brystal sabía la respuesta que resolvía todas las preguntas de la señorita Plume, fuera cual fuera el tema.

—Supongo que le preguntaría a mi futuro marido qué debo hacer —contestó.

La señorita Plume la miró un momento sin parpadear.

—Eso es... correcto —dijo, sorprendida de tener que admitirlo.

Brystal suspiró aliviada; sus compañeras, en cambio, lo hicieron decepcionadas. Ansiaban los momentos en los que Brystal era regañada por su costumbre infame de andar soñando despierta. Incluso la señorita Plume parecía decepcionada por haber perdido la oportunidad de reprenderla. Tanto que lo habría mostrado con un gesto de los hombros si su apretado corsé se lo hubiera permitido.

—Sigamos —ordenó a sus alumnas—. Ahora repasaremos la diferencia entre atarse el pelo con un lazo y atarse los zapatos, y los peligros de confundirse.

Las estudiantes celebraron entusiasmadas la siguiente lección y su felicidad hizo que Brystal muriera un poco por dentro. Sabía que no podía ser la única niña de la escuela que deseara una vida más emocionante que aquella para la que las estaban preparando, pero, mientras observaba como sus compañeras estiraban el cuello para ver los lazos y los cordones, dudó si todas serían unas actrices fenomenales o si tendrían el cerebro fantásticamente lavado.

Brystal había aprendido que no debía mencionarle sus sueños o frustraciones a nadie, ya que no hacía falta que dijera nada para que la gente se diera cuenta de que era distinta. Al igual que los lobos de otra jauría, toda la escuela podía olerlo. Y dado que el Reino del Sur era un lugar tenebroso para las personas que pensaban distinto, las compañeras de Brystal se mantenían alejadas de ella, como si pensar diferente fuera una enfermedad contagiosa.

«No te preocupes, algún día se arrepentirán... —pensó Brystal—. Algún día desearán haber sido más agradables conmigo... Algún día celebrarán mis diferencias... Algún día, ellas serán infelices y yo no...»

Para evitar atraer más la atención, Brystal se quedó en silencio y se concentró cuanto pudo hasta el final de la clase. Solo se movió un momento para acariciar suavemente las gafas de lectura que llevaba escondidas debajo del vestido.


Esa tarde, Brystal fue andando a casa desde la escuela a un paso mucho más lento del habitual. Como allí solo la esperaban tareas, decidió dar un paseo por la Plaza Mayor de Colinas Carruaje con la esperanza de que el cambio de escenario le despejara los problemas de la mente.

El castillo de Campeón XIV, la catedral, el tribunal y la Universidad de Derecho se cernían a los cuatro lados de la plaza. Algunas tiendas y puestos de mercado atestados de gente llenaban las esquinas y los espacios entre las estructuras imponentes del gobierno. En el centro había un trozo de césped donde, sobre una fuente poco profunda, se erguía una estatua del rey Cam­peón I. La estatua mostraba al soberano montando a su caballo y apuntando una espada hacia un futuro aparentemente próspero, pero el homenaje recibía más atención de las palomas que de los ciudadanos que deambulaban por el pueblo.

Al pasar frente a la Universidad de Derecho, levantó la vista con envidia hacia las paredes de piedra y los domos de cristal impresionantes. En ese preciso momento, Barrie estaba en algún lugar de aquella institución agonizando por su examen. Brystal juraba haber sentido la ansiedad de su hermano irradiando a través de las paredes, pero, de todas formas, habría dado cualquier cosa para estar en su lugar. Se detuvo para desearle buena suerte y siguió caminando.

No le quedó otra opción que pasar por delante del tribunal mientras seguía cruzando la plaza. Era un edificio amenazante de columnas altas y techo a dos aguas. Cada columna tenía esculpida la imagen de un juez supremo que miraba con el ceño fruncido a los ciudadanos, como un padre decepcionado, expresión que Brystal conocía muy bien. No pudo evitar sentir que la ira la invadía desde lo más profundo mientras observaba aquellos rostros intimidantes por encima de ella. Los hombres como ellos, los hombres como su padre, eran la causa de su infelicidad.

En una esquina de la plaza, entre la universidad y el tribunal, estaba la biblioteca de Colinas Carruaje. Era un edificio pequeño y modesto en comparación con los que lo rodeaban, pero para Brystal la biblioteca era un palacio. Encima de la puerta de doble hoja había una placa negra con un triángulo rojo en el centro, un símbolo común en el Reino del Sur que recordaba a las mujeres que no tenían permitido entrar. Aun así, la ley no podía acabar con su deseo de hacerlo.

Siempre que ponía los ojos en la biblioteca, Brystal tenía una sensación horrible: estar tan cerca de tantos libros y tener prohibido disfrutarlos... Sin embargo, ese día en particular la sensación se le hizo insoportable. La impotencia que sentía le despertó una avalancha de emociones, y todos esos miedos, dudas y penas que había reprimido arremetieron contra ella como una estampida. La pintoresca ruta de regreso a casa que había tomado estaba creando el efecto contrario al deseado, y no tardó en sentir la plaza como una jaula que se cerraba a su alrededor.

Brystal estaba tan abrumada que apenas podía respirar. Espantó a un grupo de palomas de la estatua de Campeón I y se sentó en el borde de la fuente para recuperar el aliento.

—No puedo seguir con esto —se dijo con respiración entrecortada—. No dejo de repetirme que todo mejorará, pero las cosas solo hacen que empeorar... Si la vida es solo una serie de decep­ciones, entonces desearía no haber nacido... Desearía poder transformarme en una nube e irme flotando lejos, muy lejos de aquí...

Las lágrimas le cayeron por el rostro sin que hubiera podido preverlas. A algunos ciudadanos la escena les pareció conmovedora y se detuvieron a mirarla boquiabiertos, pero a Brystal no podía importarle menos. Enterró el rostro entre las manos y lloró delante de todos.

—Por favor, Dios, necesito algo más que fe para seguir adelante... —dijo entre lágrimas—. Necesito algo que me demuestre que no soy la tonta que siento que soy... Necesito un mensaje que me diga que mi vida no siempre será triste... Por favor, necesito una señal...

Irónicamente, cuando Brystal dejó de llorar y se secó las lágrimas, lo primero que vio fue una señal. Un bibliotecario anciano y algo raquítico salió de la biblioteca con un cartel amarillo debajo del brazo. Con manos temblorosas, lo clavó en la entrada. Brystal nunca había visto que colgaran un letrero en la puerta de entrada de la biblioteca, y sintió mucha curiosidad. Cuando el anciano regresó dentro, ella avanzó hacia la escalinata para leer las palabras pintadas sobre el cartel:

SE BUSCA SIRVIENTA

De pronto, una idea recorrió el cuerpo entero de Brystal con un cosquilleo. Antes de poder pensárselo y de ser completamente consciente de lo que iba a hacer, cruzó la puerta y entró en la biblioteca de Colinas Carruaje.

El primer vistazo le resultó tan estimulante que su mente tardó segundos en entender lo que estaban viendo sus ojos. Durante todos los años que se había pasado preguntándose cómo sería la biblioteca por dentro, nunca la había imaginado tan mag­nífica: una sala circular enorme con una alfombra esmeralda, las paredes cubiertas de paneles de madera y la luz natural abriéndose paso a través de un techo de cristal. Una esfera plateada inmensa se elevaba en el centro de la planta baja, donde montones de estudiantes de Derecho estaban dispersos sentados en las butacas que había frente a las mesas antiguas. Lo más sorprendente de todo era que la biblioteca estaba rodeada por tres pisos de estantes con libros que parecían extenderse hacia las plantas superiores como un laberinto interminable.

Ver aquellos miles y miles de libros hizo que Brystal se sintiera algo mareada, como si acabara de sumirse en un extraño sueño. Nunca había creído que existieran tantos libros en el mundo, y mucho menos en la biblioteca de su ciudad.

Al cabo de un instante, encontró al bibliotecario anciano detrás de un mostrador en la entrada de la sala. El plan que había improvisado sería un desastre si no jugaba las cartas correctas. Cerró los ojos, respiró hondo, se deseó buena suerte y se acercó.

—Disculpe, señor —lo llamó Brystal.

El bibliotecario estaba ocupado colocando etiquetas en una pila nueva de libros y no reparó en su presencia enseguida. En ese momento, Brystal sintió una chispa de celos por el anciano; no podía imaginar la cantidad de libros que habría tocado y leído todos esos años.

—Disculpe, ¿señor Woolsore? —insistió tras leer la placa de identificación del mostrador.

El bibliotecario la miró con dificultad y cogió un par de gafas con mucho aumento que tenía cerca. Cuando se las puso, se quedó boquiabierto. Señaló a Brystal como si fuera un animal salvaje que anduviera suelto por el edificio.

—Jovencita, ¡¿qué estás haciendo aquí?! —exclamó el señor Woolsore—. ¡No se permite la entrada de mujeres a la biblioteca! ¡Márchate antes de que llame a las autoridades!

—En realidad, es totalmente legal —explicó Brystal, con la esperanza de que su tono tranquilo suavizara el del anciano—. Verá, según la Ley de Contratación del 417, las mujeres tienen permitido entrar en establecimientos que solo están destinados a hombres para buscar empleo. Cuando ha colgado el cartel ahí fuera, me ha dado permiso legal para entrar en el edificio y presentarme para el puesto.

Brystal sabía que la Ley de Contratación del 417 solo era aplicable a mujeres mayores de veinte años, pero esperaba que el bibliotecario no estuviera tan familiarizado con las leyes como ella. El señor Woolsore frunció sus tupidas cejas y la miró como un halcón.

—¿Tú quieres ser sirvienta? —le preguntó.

—Sí —contestó Brystal, encogiéndose de hombros—. Es un trabajo honesto, ¿verdad?

—Pero ¿una niña como tú no debería estar ocupada aprendiendo a cortejar y coquetear con muchachos? —le preguntó el señor Woolsore.

Brystal estaba dispuesta a discutir, pero se tragó el orgullo y mantuvo los ojos fijos en su objetivo.

—Para serle sincera, señor Woolsore, un muchacho es exactamente la razón por la que quiero el puesto. Verá, hay un juez adjunto del que estoy completamente enamorada, desesperada porque un día me proponga matrimonio, pero no creo que me vea como su futura esposa. Mi familia tiene sirvientes, muchos, muchos sirvientes, por lo que no parece creer que sea capaz de encargarme de las tareas del hogar. Sin embargo, cuando descubra que he estado limpiando la biblioteca yo sola, y perfectamente bien, permítame añadir, sabrá que seré mejor esposa que el resto de las muchachas del reino.

Brystal incluso se enroscó el cabello en un dedo y pestañeó numerosas veces para adornar su actuación.

—Me gustas, pero no eres una candidata práctica para el puesto —contestó el bibliotecario—. No podrías trabajar en la biblioteca mientras los estudiantes de Derecho estuvieran estudiando. Una jovencita sería demasiada distracción para los jóvenes.

—Entonces, tal vez pueda limpiar por la noche, cuando cierre la biblioteca —sugirió Brystal—. En muchos sitios las sirvientas limpian cuando han cerrado. Podría comenzar en cuanto usted se vaya y no habrá ni rastro de mí cuando regrese por la mañana.

El señor Woolsore se cruzó de brazos y la miró con sospecha. Le parecía demasiado convincente como para poder confiar en ella.

—No me estarás engañando, ¿verdad? —quiso averiguar—. No querrás el trabajo para poder estar cerca de los libros, ¿no?

Brystal sintió que se le caía el alma a los pies. Al parecer, el bibliotecario iba a descubrir su mentira con la misma facilidad que su madre. Sin embargo, en lugar de dejar que el pánico se asomara a su rostro, rió ante el comentario del anciano y trató de usar su ignorancia en su contra.

—Señor Woolsore, tengo catorce años. ¿Qué interés podría tener yo en los libros?

A juzgar por el lenguaje corporal del bibliotecario, la psicología inversa funcionó a la perfección. El señor Woolsore se rió para sí mismo, como si se sintiera tonto por haber pensado eso de entrada. Brystal sabía que estaba cerca de convencerlo, solo necesitaba ofrecerle algo que lo beneficiara para terminar de endulzar la oferta.

—¿Cuánto pagan por el puesto, señor? —le preguntó.

—Seis monedas de oro a la semana —le contestó—. Se trabaja cinco días a la semana. Sin contar los fines de semanas o los festivos reales del día de Acción de Gracias a la Realeza y la Nochebuena de Campeón.

—Le propongo una cosa, señor Woolsore. Como usted me estará haciendo un favor, yo le haré un favor a usted. Si me contrata para limpiar la biblioteca, lo haré por tres monedas de oro a la semana.

La oferta fue música para los oídos del señor Woolsore, que se rascó la barbilla mientras asentía cada vez más convencido.

—¿Cómo te llamas, jovencita? —preguntó.

—Brystal Ev...

Por suerte, Brystal se detuvo antes de revelar su verdadero apellido. Si el bibliotecario se enteraba de que era una Evergreen, su padre podría descubrir que se había presentado para el trabajo, y era un riesgo que no podía correr. Por lo que Brystal le dijo el primer nombre que se le vino a la mente, y así nació su apodo.

—Bailey, Brystal Eve Bailey.

—Muy bien, señorita Bailey —dijo el señor Woolsore—. Si puedes empezar mañana por la noche, estás contratada.

Brystal no pudo contener el entusiasmo. Todo su cuerpo comenzó a vibrar como si le estuvieran haciendo cosquillas. Estiró una mano por encima del mostrador y estrechó enérgicamente la frágil mano del bibliotecario.

—Gracias, señor Woolsore, ¡muchas gracias! ¡Le prometo que no lo decepcionaré! ¡Ay, perdón! ¡Espero no haberle hecho daño! ¡Hasta mañana!

Brystal prácticamente salió flotando de la biblioteca hacia el camino del este. Su plan había salido mejor de lo que había previsto. Al día siguiente tendría acceso a miles y miles de libros. Y, con nadie en la biblioteca que la supervisara, podría llevarse algunos a casa cada noche cuando terminara de limpiar.

La idea le resultaba tan emocionante que no podía recordar la última vez que había sentido tanta felicidad corriendo por sus venas. Sin embargo, su euforia se esfumó en cuanto su casa apareció en el horizonte. De repente, comprendía lo irrealizable que era el plan. No había manera de que su familia no reparara en su ausencia, iba a tener que explicarles por qué se marchaba por la noche y no regresaba hasta la madrugada.

Si quería trabajar en la biblioteca, tendría que inventarse algo espectacular que no solo le permitiera ganarse la confianza de su familia, sino también evitar cualquier tipo de sospecha. Si la descubrían, las consecuencias serían catastróficas.

Brystal apretó la mandíbula mientras pensaba en el abrumador desafío que tenía por adelante. Al parecer, conseguir trabajo en la biblioteca era solo la primera tarea imposible del día.


Esa noche, en casa de los Evergreen estaban de celebración. Un mensajero de la Universidad de Derecho les había comunicado la noticia de que Barrie había aprobado el examen con la calificación más alta de toda la clase. Brystal y la señora Evergreen prepararon una cena para festejar la victoria de Barrie, con pastel de chocolate incluido, que Brystal preparó sola. Para cuando todos los Evergreen se sentaron a cenar, Barrie ya llevaba puesta la toga de juez adjunto.

—¿Qué tal estoy? —les preguntó a todos.

—Como un niño con ropa de adulto —se burló Brooks.

—Te queda perfecta —dijo Brystal—. Como si hubieras nacido para llevarla.

Brystal estaba muy orgullosa de su hermano, pero también especialmente agradecida de tener una excusa para mostrarse tan contenta. Cuando sonreía pensando en su nuevo trabajo en la biblioteca, nadie cuestionaba la felicidad que aparecía en su rostro. Todos estaban igual de entusiasmados, e incluso el rencor de Brooks se suavizó tras unos cuantos vasos de sidra.

—No puedo creer que mi hijo vaya a ser juez adjunto —dijo la señora Evergreen entre lágrimas de felicidad—. Parece que era ayer cuando te ponías mis camisas largas y sentenciabas a tus juguetes a trabajos forzosos en el patio trasero. ¡Cielos, el tiempo pasa volando!

—Estoy muy orgulloso de ti, hijo —le dijo el juez Evergreen—. Estás manteniendo a salvo el legado de la familia.

—Gracias, papá —le contestó Barrie—. ¿Me das algún consejo para mi primera semana en el tribunal?

—El primer mes solo observarás casos, pero presta atención a cada detalle de los procesos —le aconsejó su padre—. Después, te asignarán tu primer caso. No importa qué cargos sean, debes sugerir la pena máxima, siempre, si no el juez de turno creerá que eres débil y se pondrá del lado de la defensa. Ahora bien, cuando te asignen tu primera defensa, el secreto para...

El juez Evergreen dejó de hablar al notar la presencia de Brystal. Casi había olvidado que estaba en la habitación.

—Ahora que lo pienso mejor, tal vez deberíamos continuar esta conversación más tarde —dijo—. No me gustaría que llegara a oídos entrometidos.

El comentario del juez hizo que Brystal se pusiera tensa, pero no porque las palabras de su padre la ofendieran. Tras una larga tarde de conspiraciones, Brystal estaba esperando el momento justo para asegurarse un futuro en la biblioteca, y esa podría ser su única oportunidad.

—¿Papá? ¿Puedo decirte algo? —le preguntó.

El juez Evergreen protestó como si prestarle atención a su hija fuera una tarea que le exigiera demasiado.

El resto de los miembros de la familia miraron nerviosos a Brystal y al juez, temiendo que la cena terminara de la misma forma que el desayuno.

—Sí, ¿qué ocurre? —le preguntó su padre.

—Bueno, he estado pensando en lo que me has dicho esta mañana —comenzó Brystal—. Y como no quiero ser irrespetuosa con la ley, creo que tenías razón al sugerir que comiera en otro sitio.

—Ah —dijo su padre.

—Sí, y me parece que he encontrado la solución perfecta —continuó Brystal—. Hoy, después de la escuela, he pasado por la Casa para los Desamparados de Colinas Carruaje. Tienen una falta de personal muy importante, por lo que, con tu bendición, me gustaría empezar a colaborar con ellos por las noches.

—¿Quieres llenarte de pulgas en un hospicio? —le preguntó Brooks con incredulidad.

La señora Evergreen levantó una mano para hacer callar a su hijo mayor.

—Gracias, Brooks, pero tu padre y yo nos ocupamos de esto —dijo—. Brystal, es muy bonito de tu parte querer ayudar a los menos afortunados, pero yo necesito que me ayudes en casa. No puedo encargarme sola de todas las tareas y de la cocina.

Brystal bajó la cabeza y se miró las manos para que su madre no percibiera ningún rastro de mentira en sus ojos.

—No te estoy abandonando, mamá —le explicó—. Después de clase, vendré a casa y te ayudaré a cocinar y limpiar, como siempre. Y a la hora de la cena me iré unas horas a la Casa para los Desamparados. Por la noche, volveré y lavaré los platos antes de acostarme, como siempre. Puede que pierda una hora o dos de sueño, pero no debería afectar a nada más.

El comedor se quedó en silencio mientras el juez Evergreen consideraba la propuesta de su hija. A Brystal le daba la sensación de que se le había formado alrededor del estómago un nudo invisible que, con cada segundo que pasaba, se tensaba más y más. Los treinta segundos que su padre tardó en darle una respuesta le parecieron horas.

—Estoy de acuerdo, necesitamos un cambio para prevenir otros incidentes como el de esta mañana —dijo su padre—. Puedes ir a hacer de voluntaria por las noches a la Casa para los Desamparados, pero solo si eso no conlleva más trabajo para tu madre.

El juez golpeó la mesa con el tenedor como si fuera un mazo e hizo así efectiva la sentencia definitiva del día. Brystal no podía creer que lo hubiera logrado. ¡Trabajar en la biblioteca era una realidad! El nudo en su estómago empezó a aflojarse enseguida y Brystal supo que debía desaparecer de la vista de su familia antes de empezar a dar saltos.

—Muchas gracias, papá —le dijo—. Ahora, si me disculpáis, os dejo solos, a ti y a Barrie, para que podáis hablar tranquilamente del tribunal. Volveré a recoger la mesa cuando hayáis terminado el postre.

Brystal se levantó de la silla y subió a su habitación a toda prisa. En cuanto cerró la puerta, empezó a bailar con toda su energía sin emitir ningún sonido. Cuando pasó frente al espejo, vio algo que no veía desde que era pequeña: en lugar de una niña resignada y triste vestida con un uniforme escolar ridículo, se encontró ante una muchacha feliz y llena de energía con la mirada a rebosar de esperanza y las mejillas ruborizadas. Parecía una persona completamente distinta.

—Eres una niña mala, Brystal Eve Bailey —le susurró a su reflejo—. Una niña muy mala.


3


Solo jueces

Durante las dos primeras semanas que estuvo limpiando la biblioteca, Brystal leyó más libros de los que había leído en toda su vida. Para cuando terminó el primer mes, había devorado todos los ejemplares de la planta baja y comenzaba con los de la siguiente.

Su rápido ritmo de lectura se debía a una eficaz planificación que había diseñado hacía tiempo: cada noche, Brystal quitaba el polvo de los estantes, fregaba el suelo, pulía la esfera plateada y limpiaba las superficies de la institución tan rápido como podía. Cuando terminaba, elegía un libro (o varios si era fin de semana) y se los llevaba a casa a escondidas. Una vez que terminaba de lavar los cacharros de la cena, se encerraba en su habitación y se pasaba el resto de la noche leyendo. La noche siguiente, Brystal devolvía lo que había cogido prestado y su rutina secreta empezaba de nuevo.

No podía creer lo rápido que había cambiado su vida. En solo un mes, había pasado de sufrir en público una crisis emocional a vi­vir las horas más apasionantes y estimulantes que jamás había experimentado. Gracias al trabajo en la biblioteca, tenía acceso a biografías, enciclopedias, diccionarios, antologías y manuales que expandían su comprensión de la realidad, y a obras de ficción, poesía y prosa que expandían su imaginación más allá de lo que había visto en sus sueños más increíbles. Pero quizá lo más gratificante de todo era que Brystal había encontrado un ejemplar de Las aventuras de Tidbit Twitch y, por fin, había podido leer el final.

Tidbit sacudió las patas en todas direcciones mientras caía por el acantilado, pero no encontró nada a lo que sujetarse. Temía que su descenso le reservara una muerte brutal contra la tierra rocosa, pero, gracias a una especie de milagro, el ratón aterrizó en un río caudaloso. El dragón descendió por el desfiladero y voló sobre Tidbit mientras este flotaba por el río. El monstruo intentó alcanzarlo, pero el agua avanzaba tan rápido que no hacía más que complicarle la tarea.

Tidbit fue sacudido de un lado a otro, hasta que la corriente lo hizo caer por una cascada inmensa. Y el dragón se precipitó tras él con la boca completamente abierta. El ratón estaba convencido de que esos serían sus últimos momentos de vida: el monstruo, que le iba al acecho, lo devoraría, o bien él se estrellaría contra las rocas de la base de la cascada. Sin embargo, estaba tardando en llegar a las rocas y le pareció notar al dragón cada vez más cerca. Este, de repente, cerró sus afilados colmillos en el aire.

Pero, justo cuando el monstruo estaba a punto de atraparlo con los dientes, Tidbit se escurrió por una pequeña abertura entre dos peñascos en la base de la cascada y cayó a salvo al lago en el que desembocaba el río. Cuando el ratón apareció del agua, vio al dragón sobre las rocas detrás de él, sin vida y con el cuello roto.

Tidbit nadó hacia la costa, donde respiró profundamente por prime­ra vez en años. Con el dragón vencido, el Reino de los Ratones por fin quedaba libre de un reinado de terror. El mundo le daría la bienvenida a una nueva era de paz, que tanto necesitaban, y todo gracias a un pequeño ratón que había demostrado ser más valiente que un gran monstruo.

Sin duda, la nueva rutina de Brystal era agotadora. Y aunque solo conseguía dormir un par de horas por la noche, el entusiasmo de poder leer más libros al día siguiente le daba la energía necesaria para aguantar. Aun así, Brystal encontró maneras más inteligentes de descansar, por lo que no se puede decir que estuviera completamente privada de sueño.

Durante las clases de la señorita Plume, se ataba una pluma a los dedos y bajaba la cabeza para fingir que estaba tomando notas, aunque en realidad aprovechaba parar echarse una más que necesaria siesta. En una ocasión, mientras sus compañeras aprendían a maquillarse, Brystal usó los materiales para dibujarse un par de pupilas en los párpados y nadie se dio cuenta de que estuvo durmiendo toda la demostración. A la hora del almuerzo, cuando el resto de las niñas iban a la panadería de la Plaza Mayor, Brystal visitaba la tienda de muebles y «probaba los productos» hasta que los dueños la descubrían.

Los fines de semana, dormía los ratos libres que le dejaban las tareas de casa. En la iglesia, se pasaba la mayor parte de la misa con los ojos cerrados, fingiendo que rezaba. Por suerte, sus hermanos hacían lo mismo y sus padres no se daban cuenta.

Dejando de lado el cansancio, Brystal creía que su plan estaba saliendo a la perfección, y que no parecía en absoluto sospechosa, como había temido en un primer momento. A su familia solo la veía unos minutos por la mañana, así que no quedaba mucho tiempo para que le preguntaran sobre sus tareas diarias. De todos modos, estaban tan concentrados en la primera semana de Barrie como juez adjunto que en ningún momento le preguntaron por su trabajo como voluntaria en la Casa para los Desamparados. Aun así, por si acaso, Brystal se había inventado algunas historias sobre dar de comer a los hambrientos y bañar a los enfermos.

El único contratiempo se produjo a principios del segundo mes de trabajar en la biblioteca. Una noche, cuando Brystal entró, se encontró al señor Woolsore agachado buscando algo debajo de un mueble.

—Señor Woolsore, ¿puedo ayudarlo? —le preguntó.

—Estoy buscando el tercer volumen de Campeones de campeones —le contestó el anciano—. Un estudiante me lo ha pedido esta tarde y parece que se ha desvanecido de los estantes.

Lo que el bibliotecario no sabía era que Brystal lo había cogido prestado la noche anterior. Se tiró del abrigo con más fuerza alrededor de los hombros para que el señor Woolsore no se diera cuenta de que lo llevaba debajo del brazo.

—Estoy segura de que está aquí, en algún lugar —dijo—. ¿Quiere que lo ayude a buscarlo?

—No, no, no —gruñó, y se puso de pie—. El ayudante debe de haberlo guardado mal, ¡el muy idiota! Pero déjalo en el mostrador si aparece mientras limpias.

En cuanto el señor Woolsore se marchó, Brystal dejó el tercer volumen de Campeones de campeones sobre el mostrador. Fue una solución simple a una situación igual de simple, pero Brystal no quería vivir una situación más complicada y que la descubrieran. Así pues, a fin de evitar cualquier riesgo futuro, decidió que sería mejor que dejara de llevarse libros. En adelante, cuando terminara de limpiar, se quedaría a leer en la biblioteca. Por eso a veces no regresaba a casa hasta primera hora de la mañana y tenía que colarse por una ventana para entrar.

Al principio, Brystal asumió sin más ese cambio en el plan. Por la noche, cuando la biblioteca estaba vacía, se volvía un lugar mucho más tranquilo, el lugar perfecto para perderse en un buen libro. Y, en ocasiones, la luna brillaba tanto a través del techo de cristal que ni siquiera necesitaba un farol para leer. Pero, por desgracia, no pasó mucho tiempo antes de que se sintiera demasiado cómoda allí.

Una mañana, la despertaron las campanas de la catedral, pero esa vez sonaron de un modo distinto. En lugar del habitual tintineo distante que la iba despertando poco a poco, un estruendo metálico la hizo poner de pie enseguida. El ruido fue tan repentino y alarmante que se quedó desconcertada. Cuando al fin fue consciente de su paradero fue cuando recibió la segunda sorpresa de la mañana: no estaba en su habitación. ¡Seguía en la biblioteca!

—¡Ay, no! —suspiró—. ¡Me quedé dormida leyendo! ¡Papá se pondrá furioso si se entera de que he pasado la noche fuera! ¡Tengo que llegar a casa antes de que mamá se dé cuenta de que no estoy en mi habitación!

Brystal se guardó las gafas de lectura debajo del vestido, colocó los libros que había estado leyendo en un estante cercano y salió de la biblioteca tan rápido como pudo. Fuera, las campanas de la catedral provocaban un huracán de ruido en la Plaza Mayor. Brystal se tapó los oídos, pero aun así le resultó difícil mantenerse erguida, ya que el sonido la azotaba onda tras onda. Corrió por el camino del este y llegó a casa justo con la última campanada. La señora Evergreen estaba de pie en el porche delantero, mirando frenéticamente en todas direcciones en busca de su hija. Los hombros casi se le desplomaron hasta los pies cuando vio que Brystal corría hacia ella.

—¡¿Dónde demonios estabas?! —le gritó—. ¡Casi me matas del susto! ¡Casi llamo a la Guardia Real!

—¡Lo siento, mamá! —respondió Brystal, respirando con dificultad—. Pu..., pue..., puedo explicarlo...

—¡Será mejor que tengas una buena razón para no haber estado en la cama esta mañana!

—¡Ha..., ha..., ha sido un accidente! —dijo Brystal, y rápidamente se inventó una excusa—. Me quedé despierta hasta tarde haciendo las camas en la Casa para los Desamparados... Esas camas parecen tan cómodas que no pude evitar acostarme en una de ellas... ¡Lo siguiente que he oído han sido las campanas esta mañana! Ay, por favor, ¡perdóname! ¡Entro y lavo los platos de la cena enseguida!

Brystal intentó entrar en la casa, pero su madre le bloqueó el paso.

—¡Esto no es por los platos! —le dijo—. ¡No te imaginas el miedo que me has hecho pasar! ¡Estaba convencía de que estabas muerta, tirada en algún callejón de por ahí! ¡No me vuelvas a hacer esto!

—No lo haré, lo prometo —dijo Brystal—. En realidad, solo ha sido un accidente estúpido. No quería que te preocuparas. Por favor, no le cuentes nada a papá. Si se entera de que he pasado la noche fuera, no me dejará volver a la Casa para los De­samparados.

Brystal sentía tanto pánico que no estaba segura de si su actuación estaba resultando convincente. La mirada de su madre era difícil de descifrar. La señora Evergreen parecía convencida y escéptica a la vez, como si fuera consciente de que su hija no estaba diciendo la verdad pero aun así eligiera creerse sus men­tiras.

—Ese voluntariado... —empezó la señora Evergreen—. Sea lo que sea, debes ser más cuidadosa si no quieres perderlo. Tu padre no tendría problema en prohibirte seguir con él si creyera que te está volviendo irresponsable.

—Lo sé —dijo Brystal—. No volverá a ocurrir. Lo prometo.

La señora Evergreen asintió y rebajó la tensión de su mirada.

—Está bien. Puede que solo te vea unos minutos por la mañana, pero me he dado cuenta de que ese voluntariado te está haciendo feliz —dijo—. Eres distinta desde que empezaste. Y es bueno verte tan alegre. No me gustaría que algo cambiara eso.

—Me hace muy feliz, mamá —dijo Brystal—. De hecho, jamás pensé que podría serlo tanto.

A pesar de la felicidad de su hija, algo en el entusiasmo de Brystal hacía que la señora Evergreen se sintiera visiblemente triste.

—Bueno, eso es maravilloso, cariño —dijo con una sonrisa poco convincente—. Me alegra oírlo.

—Pues no pareces muy alegre —le dijo Brystal—. ¿Qué ocurre, mamá? ¿Se supone que no debo ser feliz?

—¿Qué? No, claro que no. Todos merecemos un poco de felicidad de vez en cuando. Todos. Y nada me alegra más que saber que eres feliz, es solo que..., que...

—¿Qué?

La señora Evergreen volvió a esbozarle una sonrisa a su hija, pero esta vez Brystal supo que era auténtica.

—Que echo de menos tenerte cerca, eso es todo —confesó—. Ahora, ve arriba antes de que tu padre o tus hermanos te vean. Yo prepararé los platos mientras tú limpias. Cuando hayas terminado, ven a ayudarme en la cocina. Felices o no, el desayuno no se prepara solo.


La semana siguiente, Brystal se tomó muy en serio el consejo de su madre. Para evitar quedarse dormida de nuevo en la biblioteca, limitó su franja de lectura nocturna a una hora cuando hubiera terminado con las tareas de limpieza (dos horas como mucho si encontraba algo que le pareciera muy interesante) antes de regresar a casa. No podía leer todo lo que quería, pero cada segundo que pasaba en la biblioteca era mejor que nada.

Un día, ya entrada la noche, Brystal se encontraba dando un paseo por un pasillo largo y serpenteante de la primera planta, en busca de algo para leer. De todos los sectores de la biblioteca, comprendió que ese era el que menos le gustaba, porque siempre requería mucha más limpieza que el resto. Los estantes estaban repletos de colecciones de registros públicos viejos y ordenanzas desactualizadas, por eso no era ningún misterio que ese lugar estuviera prácticamente olvidado.

Mientras Brystal revisaba los estantes del final del pasillo, un libro que se encontraba en el último de todos le llamó la atención. A diferencia de los registros con tapa de cuero que lo rodeaban, ese tenía la cubierta de madera y prácticamente se confundía con el estante.

Nunca había visto un libro tan extraño, por lo que, maravillada por su particular camuflaje, comenzó a preguntarse si alguien habría reparado en él.

—¿Es posible que en esta biblioteca haya libros que nadie haya leído? —se preguntó en voz alta—. ¿Y si yo soy la primera persona que lee alguno?

La idea le pareció muy estimulante. Llevó la escalera hacia el final del pasillo y subió hasta el último estante. Intentó sacar el libro con la cubierta de madera, pero este no cedió.

—Probablemente lleve aquí siglos —imaginó.

Brystal lo intentó de nuevo con todas sus fuerzas, pero el ejemplar no se movió. Un pie se le resbaló de la escalera, ya que había usado todo su peso para aflojarlo, pero ni siquiera así cedió. Por más fuerza que hiciera, el libro no salía del estante.

—¡Debe de estar atornillado! ¿Qué clase de persona enferma clavaría un libro a...? ¡Aaaaaahhh!

De repente, algo grande y pesado empujó a Brystal y la escalera, que cayeron al suelo. Cuando la joven levantó la vista, descubrió que la estantería entera se había apartado de la pared y dejaba a la vista un pasadizo secreto largo y oscuro. Al momento comprendió que el libro de madera no era un libro, sino ¡una palanca que abría una puerta secreta!

—¿Hola? —preguntó Brystal con nerviosismo hacia el pasadizo—. ¿Hay alguien ahí?

Lo único que oyó fue el eco de su voz.

—Si alguien puede oírme, lo siento —dijo—. Estaba limpiando el estante y se ha abierto. Nada más. No esperaba encontrar una puerta que diera..., que diera... a donde sea que lleve este pasadizo aterrador.

Tampoco esta vez obtuvo respuesta. Brystal supuso que el pasillo oculto estaba igual de vacío que el resto de la biblioteca y no vio ningún peligro en inspeccionarlo. Cogió un farol y caminó despacio para ver hacia dónde llevaba. Al final, llegó a una puerta de metal con una placa atornillada que decía:

SOLO JUECES

—¿Solo jueces? —leyó en voz alta—. Qué extraño. ¿Por qué iban a necesitar los jueces una habitación secreta en la biblioteca?

Sujetó el picaporte y empezó a acelerársele el corazón cuando comprendió que estaba abierto. La puerta de metal crujió y el eco resonó por toda la biblioteca vacía detrás de ella. La curiosidad le nubló el juicio y, antes de poder detenerse, ignoró el letrero y entró en la estancia.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —repitió—. Una sirvienta inocente va a pasar.

Al otro lado de la puerta, Brystal se encontró con una habitación pequeña de techo bajo. Por suerte, no había nadie, tal como había imaginado. Las paredes no tenían ventanas ni cuadros, sino que estaban cubiertas de estantes negros. Y el centro de la habitación lo ocupaba una sola mesita con una sola silla. Encima del escritorio, un candelabro sin velas y a un lado un perchero con dos ganchos: uno para un sombrero y otro para un abrigo. A juzgar por lo austero de aquella estancia, Brystal comprendió que la habitación solamente debía de ser usada por un juez a la vez.

Se colocó las gafas de lectura y levantó el farol hacia uno de los estantes para ver qué clase de libros guardaban en esa biblioteca secreta. Para su sorpresa, la colección de los jueces era escasa: en cada estante había menos de una decena de obras y cada título estaba junto a una pila de papeles. Brystal cogió del estante el libro grueso que le quedaba más cerca y leyó la portada:

HISTORIA Y OTRAS MENTIRAS

ROBBETH FLAGWORTH

Le costó leer el título porque el libro estaba cubierto de cenizas. Brystal acercó más el farol y vio que en la portada había estampado un sello con unas letras enormes:


—¿Prohibido? —leyó en voz alta—. Menuda tontería. ¿Por qué iba alguien a prohibir un libro?

A continuación, leyó la página por la que el libro quedó abierto al azar. Tras leer por encima unos párrafos, encontró la respuesta:

Uno de los mayores engaños de la «historia» registrada fue la verdadera razón por la que se creó la Ley de Desgarrificación del año 339. Durante cientos de años, al pueblo del Reino del Sur se le contó que el rey Campeón VIII había desterrado a los trols por actos de vulgaridad. Sin embargo, esto no fue más que propaganda para encubrir una conspiración macabra en contra de una especie inocente.

Antes de que la Ley de Desgarrificación del 339 fuera promulgada, los trols formaban una parte activa y respetada de la sociedad del Reino del Sur. Eran artesanos con mucho talento y construyeron muchas de las estructuras que hoy podemos ver en la Plaza Mayor de Colinas Carruaje. Vivían tranquilamente en las cavernas de la región sudoeste y se los consideraba una minoría pacífica y reservada.

En el 336, mientras expandían sus cavernas por el sudoeste, los trols descubrieron una cantidad enorme de oro. En ese entonces, el Reino del Sur seguía muy endeudado por la Guerra Mundial de las Cuatro Esquinas. Cuando Campeón VIII se enteró de las riquezas que acababan de descubrir, declaró el oro propiedad del gobierno y ordenó a los trols que lo entregaran de inmediato.

Legalmente, los trols tenían todo el derecho a quedarse con su descubrimiento y se negaron a acatar las órdenes del rey. Como represalia, Campeón VIII y sus jueces supremos orquestaron un plan siniestro para manchar la reputación de los trols. Hicieron correr rumores desagradables y falsos sobre su estilo de vida y comportamiento y, un tiempo después, todos los residentes del Reino del Sur los daban por ciertos. El rey desterró a los trols hacia el Entrebosque, les quitó el oro y saldó la deuda del Reino del Sur con éxito.

Lamentablemente, los líderes de los reinos aledaños se inspiraron en la Ley de Desgarrificación del 339 y usaron el mismo método para saldar sus propias deudas. Pronto, los trols fueron saqueados y desterrados de los cuatro reinos. Hubo otras especies inteligentes que salieron a defenderlos, pero sus esfuerzos solo los llevaron a sufrir un destino similar. Juntos, los líderes del mundo entero promulgaron la Ley de Gran Limpieza del 345, gracias a la cual expulsaron de sus tierras a toda criatura hablante que no fuera humana.

Las poblaciones de trols, duendes, ogros y goblins perdieron sus hogares y posesiones, y fueron obligados a vivir en las condiciones extremas del Entrebosque. Con recursos limitados, las especies no tuvieron más elección que recurrir a las medidas primitivas y barbáricas de supervivencia por las que se las conoce y teme hoy en día.

Los llamados «monstruos» del Entrebosque no son enemigos de los humanos, sino sus propias creaciones.

Brystal tuvo que leer el fragmento dos veces para comprender del todo lo que decía. ¿Robbeth Flagworth estaba exagerando o la Ley de Desgarrificación del 339 era la tapadera que daba a en­tender? Y a juzgar por el tamaño del libro, si el autor esta­ba en lo cierto, la historia del Reino del Sur estaba plagada de mentiras.

Al principio, a Brystal le resultó difícil aceptar la idea de que la historia fuera un engaño. No quería creer que un tema del que sabía tanto estuviera repleto de embustes, pero cuanto más pensaba en ello, más posible le parecía. Después de todo, el Reino del Sur era un lugar descaradamente injusto y opresivo, ¿por qué debería creer que era un lugar donde imperara la honradez?

Brystal continuó mirando los estantes y eligió otro título que le llamó la atención:

LA GUERRA A LAS MUJERES

DAISY PEPPERNICKEL

Al igual que el libro anterior, La guerra a las mujeres estaba cubierto de cenizas y llevaba el sello de PROHIBIDO. Tras echar un vistazo a sus páginas, Brystal se sintió cautivada por el tema al instante:

La mente femenina no es el florero frágil que nos hacen creer. Según numerosos estudios sobre anatomía humana, no existe prueba alguna que avale que el cerebro de la mujer sea más débil, lento o menos capaz que el del hombre. Entonces, la pregunta sigue abierta: ¿por qué no se les permite tener acceso a la educación y a posiciones de poder? ¡Porque los jueces oprimen a las mujeres para mantener el poder en el Reino del Sur!

Por naturaleza, las mujeres somos más maternales que los hombres. Si nosotras gobernáramos el Reino del Sur, lo haríamos bajo los principios de la educación, la empatía y la nutrición. Sin embargo, los jueces y el sistema actual de tribunales solo pueden actuar en una sociedad dominada por el miedo, el escrutinio y los castigos. Si el reino empezara a valorar la compasión por encima del control, los jueces y sus técnicas de gobierno quedarían obsoletos. Por eso hacen todo lo posible para evitar que las mujeres se posicionen por encima de ellos.

Desde el momento en que nacemos, a las mujeres nos lavan sistemáticamente el cerebro para que prioricemos la maternidad y el matrimonio y no el intelecto y la realización personal. Nos regalan muñecas y delantales, y nos dicen que nuestras aportaciones más importantes a la sociedad las lograremos en la sala de partos y la cocina. Pero esa mentira es tan dañina como degradante, porque ¡un reino es tan fuerte como sus ciudadanos más débiles! Y una sociedad con limitaciones injustificadas tiene menos oportunidades de prevalecer que una con igualdad de condiciones.

¡Cuando un país segrega a un porcentaje de su población, solo segrega un porcentaje de su potencial! Por eso, por el bienestar del reino, es hora de que las mujeres nos unamos y exijamos un gobierno nuevo que valore las convicciones, ideas y morales de cada ciudadano. Solo así entraremos en un reino de prosperidad nunca visto.

Brystal se quedó boquiabierta: era como si estuviera leyendo un libro con sus propios pensamientos. Nunca había oído a nadie hablar de las cosas en las que ella creía, mucho menos las había visto impresas en un libro. Apiló Historia y otras mentiras y La guerra a las mujeres encima de la mesa, entusiasmada por poder terminar de leerlas más tarde, pero antes quería ver qué otros libros había allí. Y de nuevo encontró una obra tentadora:

PERDER LA FE EN LA FE

QUINT CUPPAMULE

También tenía el sello de prohibido en la portada. Al igual que los libros anteriores, Brystal lo abrió al azar para echar un vistazo a los temas que trataba:

Si el Libro de la Fe es tan puro como los monjes dicen, entonces no habría necesidad de enmendarlo o de publicar diferentes versiones con el tiempo. Sin embargo, si comparamos una versión nueva con una de hace cien años, descubriremos que hay grandes diferencias entre la religión de hoy en día y la de entonces.

¿Qué significa esto, pues? ¿Acaso el Señor ha cambia­do de parecer con los años? ¿Acaso el Gran Todopoderoso corrigió sus errores tras convencerse de que estaba equivocado? Pero ¿la mera noción de estar «equivocado» no contradice las cualidades «omniscientes» que se supone que posee el Señor?

La verdad es que lo que comenzó como una fe alegre y amorosa se ha convertido en una treta motivada por la política para controlar al pueblo del Reino del Sur. Cuando el miedo a ir a prisión no es suficiente para hacer que la gente obedezca las leyes, los jueces alteran los principios de religión y usan el miedo a la condena eterna para reforzar su labor.

La ley y el Señor deberían ser entidades independientes, pero, por pura estrategia, el Reino del Sur las ha convertido en lo mismo. Por eso, cualquier actividad u opinión que cuestione al gobierno es considerada un pecado y todo estilo de vida o preferencia que no sirva para expandir la población es considerada una práctica demoníaca.

El Libro de la Fe ya no refleja la voluntad del Señor, sino la voluntad de unos hombres que utilizan al Se­ñor como herramienta para manipular a la gente.

Brystal quedó absolutamente fascinada con el modo de escribir de Quint Cuppamule. Durante todos los años en los que había asistido a la iglesia, nunca había cuestionado los sermones de los monjes que denunciaban asesinatos y robos, pero siempre se había preguntado por qué predicaban con tanta pasión la importancia de pagar impuestos. Ahora, al parecer, Brystal tenía la respuesta.

Colocó Perder la fe en la fe encima de la pila y continuó inspeccionando los estantes. El siguiente libro prohibido que le resultó de interés se titulaba de la siguiente manera:

LAS INJUSTICIAS DE LOS JUECES:

El rey, apenas un peón en una falsa monarquía

Sherple Hinderback

Mientras sacaba el libro del estante, Brystal tiró por accidente el montón de papeles que había junto a él. Se arrodilló para reordenar el desastre, y aunque hasta ese momento no había de­mostrado mucho interés en esos documentos, no pudo evitar leerlos mientras los recogía.

Entre ellos encontró un perfil detallado de Sherple Hinderback, adjunto a un registro de los paraderos del autor a lo largo de unos años. Con el paso del tiempo, sus lugares de residencia eran cada vez más extraños: lo que comenzó siendo casas y posadas acabó convirtiéndose en puentes y cavernas. Las fechas de las entradas también se acercaban más entre sí, como si Hinderback hubiera estado cambiando de paradero con mayor frecuencia. El registro terminaba con una garantía del arresto del autor y concluía con su certificado de defunción. La causa de la muerte se catalogaba como «ejecutado por conspirar contra el reino».

Brystal se puso de pie e inspeccionó los archivos que se encontraban junto a los libros de Robbeth Flagworth, Daisy Pepper­nickel y Quint Cuppamule. Al igual que los documentos del archivo de Hinderback, encontró los perfiles de los autores, registros de sus lugares de residencia, garantías de sus arrestos y, en último lugar, sus certificados de defunción. Al igual que Sherple Hinderback, la causa de muerte de cada uno de ellos se catalogaba como «ejecutado por conspirar contra el reino».

Como si la hubiera envuelto una brisa helada, Brystal sintió escalofríos y se tensó. Sintió que se le formaba un nudo en el estómago y miró a su alrededor. De pronto, entendió lo que aquella pequeña habitación era en realidad. No se trataba de una biblioteca secreta, sino de un cementerio de la verdad y un registro de la gente a la que los jueces habían silenciado.

—Los mataron —dijo Brystal, impactada—. Los mataron a todos.

Con el tiempo, los libros de la habitación secreta originarían en Brystal el nacimiento de una gran cantidad de ideas diversas y perturbadoras. Su perspectiva del mundo cambiaría para siempre, pero lo más perturbador de todo era que uno de esos libros iba a cambiar la visión que Brystal tenía de sí misma. Y una vez que lo leyera, nunca volvería a mirarse al espejo de la misma manera...


4


La verdad sobre la magia

Cada noche, cuando terminaba de limpiar la biblioteca, Brystal subía a la primera planta y entraba en la habitación privada de los jueces para devorar otro libro prohibido. Ese ritual nocturno era con diferencia la actividad más peligrosa en la que se había embarcado. Cada vez que dejaba atrás el letrero que decía «solo jueces», Brystal sabía que estaba jugando con fuego pero también que había encontrado oro intelectual. Quizá esa fuera la única vez que estaría ante tal tesoro de la verdad y las ideas. Si no se arriesgaba a sufrir las consecuencias ahora, estaba segura de que se arrepentiría durante el resto de su vida.

Cuando hubo leído todos los libros prohibidos, Brystal se sintió como si se hubiera quitado un nuevo velo de los ojos. Todo lo que creía saber sobre el Reino del Sur, las leyes, la economía, la historia, el funcionamiento del ejército, el sistema de clases, estaba lleno de conspiraciones que los jueces habían usado para preservar su influencia y control. Todos los cimientos sobre los que había sido criada se fueron derrumbando debajo de ella con cada página que pasaba.

Lo más incómodo de todo era preguntarse qué papel habría desempeñado su padre en los planes malignos que había leído. ¿Estaría al corriente de la información que Brystal estaba descubriendo o era incluso el líder de toda la corrupción? ¿Había jueces que eran silenciados o todos participaban del engaño? Y, en tal caso, ¿significaba eso que sus hermanos acabarían convirtiéndose en las personas deshonestas y hambrientas de poder que parecían ser todos los jueces?

Su mundo había dado un giro radical, pero las obras prohibidas también dejaban claro algo que Brystal encontraba profundamente reconfortante: no estaba tan sola como había temido.

Todos los libros de la habitación secreta habían sido escritos por personas que sentían y pensaban lo mismo que ella, que cuestionaban la información, que criticaban las restricciones sociales, que desafiaban al sistema de turno y que no tenían miedo de decir lo que pensaban. Por cada persona a la que los jueces habían logrado silenciar, debía de haber montones que seguían en libertad. Brystal solo esperaba que llegara el día en que las pudiera conocer.

A pesar de aquel descubrimiento tan afortunado, estaba lista para que todo terminara en un desastre. Si la sorprendían con las manos en la masa, decidió que seguir interpretando su papel de sirvienta simple e inocente era la mejor opción para evitar cualquier problema. Dedicó gran parte de su tiempo a imaginar cómo sería la conversación:

—¿Qué estás haciendo aquí?

—¿Yo, señor? Pues... soy la sirvienta. Estoy aquí para limpiar, claro.

—¡No tienes permitido entrar en esta habitación! ¡El letrero de la puerta dice con claridad que es solo para jueces!

—Lo siento, señor, pero las instrucciones de mi jefe son que limpie todas y cada una de las zonas de la biblioteca. Nunca me ha mencionado que haya habitaciones que queden fuera de mi competencia. Incluso las privadas pueden llenarse de polvo.

Por suerte, la biblioteca siguió tan vacía y tranquila como siempre, lo cual permitió a Brystal leer segura.


Cuando terminó el segundo mes de trabajo, Brystal había leído todas las obras prohibidas excepto una. Al coger el último libro de la parte inferior del último estante, notó que la embargaba una sensación agridulce. Durante semanas, la habitación secreta había sido el aula donde había recibido clases particulares, donde había tenido la oportunidad de estudiar los temas más fascinantes que podía imaginar, y ahora estaba a punto de recibir la última lección:

La verdad sobre la magia

Celeste Weatherberry

Curiosamente, a diferencia del resto de los libros de la habitación, La verdad sobre la magia no tenía papeles al lado. La cubierta era de color violeta pastel y prácticamente brillaba en la oscuridad. El libro estaba bordeado por un patrón plateado que re­presentaba un unicornio y un grifo enfrentados, mientras que el espacio que separaba a las criaturas estaba repleto de hadas pequeñas y aladas, entre estrellas y bajo una luna creciente.

Era el libro más bonito que Brystal había visto en su vida. De todos los temas que había leído en la biblioteca secreta, la magia era con el que menos familiarizada estaba. Sabía que era considerada una práctica demoníaca y un crimen atroz, pero más allá de las reacciones de la gente con respecto a esta, Brystal sabía muy poco sobre la magia misma. Así que se sentó a la mesa y, con entusiasmo, abrió el libro por la primera página, ansiosa de aprender más:

Querida/o amiga/o:

Si este libro ha llegado a tus manos, espero que lo estés leyendo en un lugar seguro. No tengo dudas de que eres consciente de que la magia es un tema bastante sensible en todo el mundo. En la mayoría de los lugares, poseer algo que esté remotamente vinculado con ella es igual de castigable que un acto de magia en sí. Sin embargo, para cuando termines de leer este libro, habrás aprendido que la magia es tan pura como la existencia misma y sabrás por qué merece la admiración y el respeto del mundo.

Para tener una mejor perspectiva de lo que estoy diciendo, primero debemos analizar la historia. Hace miles de años, la humanidad y otras especies inteligentes vivían en armonía con los miembros de la comunidad mágica. Éramos vecinos, amigos y familia. Nos ayudábamos entre nosotros, nos cuidábamos y trabajábamos juntos para alcanzar los mismos objetivos de paz y prosperidad. Por desgracia, todo cambió cuando la humanidad comenzó su sangrienta búsqueda de la dominación mundial.

Antes de que el rey Campeón I fuera coronado, el futuro soberano tenía una relación maravillosa con la comunidad mágica. Nos había garantizado su lealtad y nosotros, en respuesta, apoyamos su ascenso al trono. Tras la coronación, lo primero que hizo Campeón fue establecer su Consejo Asesor de Jueces Supremos y, con ello, la historia cambió para siempre.

Los jueces supremos veían a los miembros de la comunidad mágica y sus habilidades como una amenaza. A Campeón I le llenaron la cabeza de mentiras, como que teníamos intenciones de derrocarlo y hacernos con el control del reino. Reescribieron el Libro de la Fe y convencieron da todo el reino de que nuestros hechizos, conjuros y encantamientos eran prácticas demoníacas y de que nuestra mera existencia era una abominación. Cam­peón I declaró «brujos» a todos los miembros de la comunidad mágica y criminalizó la magia equiparándola a la traición al reino y los homicidios. El resto de los reinos acabaron siguiendo su ejemplo, y así empezó la primera cacería de brujos y brujas de la historia.

Todos aquellos de quienes se sospechaba que podían ser brujos fueron arrestados y ejecutados. Los unicornios, dragones, grifos, hadas y demás animales considerados «mágicos» fueron asesinados hasta quedar extintos, y todo el bien que la comunidad mágica había hecho por la humanidad fue borrado de la historia. El plan de los jueces supremos fue tan eficaz que pronto se convirtió en el modelo a seguir para resolver los conflictos futuros.

Cientos de años han pasado desde el reinado de Campeón I, pero el estigma contra la gente con sangre mágica sigue más fuerte que nunca. En las últimas décadas, el rey Campeón XIV cambió el castigo por conjurar magia en el Reino del Sur: de pena de muerte a encarcelamiento con trabajos forzosos, aun así la medida no sirvió para salvar todas las vidas inocentes que se pierden alrededor de todo el mundo. En la actualidad, muchos abandonan a sus hijos o emigran a territorios más peligrosos con tal de evitar que los relacionen con la magia. La idea de que la magia es algo malo, algo de lo que se deben avergonzar, es el mayor error de interpretación de nuestros tiempos.

La magia es un don hermoso y extraordinario que permite manifestar y modificar los elementos. Es una forma de arte pura y positiva que se usa para crear algo de la nada. Es la habilidad de ayudar a aquellos que lo necesitan, de sanar a aquellos que sufren y de mejorar el mundo. A ella solo pueden llegar aquellos con un corazón bondadoso, y no las brujas, como dicta la creencia popular, sino las hadas. Y su talento debe ser celebrado, no reprimido.

Si bien las brujas existen, solo representan una pequeña parte de la comunidad mágica. La maldad de sus corazones evita que puedan hacer magia, por lo que, en su lugar, practican un arte destructiva y sucia llamada brujería. Y, por lo general, lo hacen con intenciones disruptivas. Merecen los castigos severos que reciben, pero sus actos viles nunca se deben confundir con las bondades que la magia ofrece.

Puede parecer complicado diferenciar a un hada de una bruja, pero hay una prueba muy sencilla que los miembros de la comunidad mágica llevan usando durante siglos. El siguiente pasaje pertenece a un texto ancestral y cuando se lee en voz alta, el hada, o bruja, que duda de su condición puede determinar con facilidad a qué lado pertenece:

Ahkune awknoon ahkelle-enama, telmune talmoon ahktelle-­­awknamon.

A Brystal le pareció una frase tan divertida que la leyó en voz alta para oír cómo sonaba.

—Ahkune awknoon ahkelle-enama, telmune talmoon ahktelle-­awknamon.

¿Se ha manifestado algo macabro cerca? ¿Se ha desatado de repente una tormenta de langostas o una plaga de pulgas? ¿Tu piel se ha cubierto de llagas? Si no se ha producido ninguno de estos cambios visibles en tu cuerpo o entorno, entonces, enhorabuena, ¡no eres una bruja!

Ahora, si lees el siguiente pasaje en voz alta, podrás descubrir si eres un hada:

Elsune elknoon ahkelle-enama, delmune dalmoon ahktelle-­awknamon.

Brystal sabía que leer el segundo pasaje tendría el mismo efecto irrisorio en ella que el primero, pero disfrutaba siguién­dole la corriente a la autora. No todos los días podía una comprobar si tenía habilidades mágicas.

—Elsune elknoon ahkelle-enama, delmune dalmoon ahktelle-­awknamon —leyó en voz alta.

¿Se ha manifestado algo hermoso? ¿Llueven del cielo rubíes y diamantes? ¿Tu ropa es más elegante ahora? Si es así, entonces, enhorabuena, ¡eres un hada! Si leer este pasaje no ha producido ningún cambio físico en ti o a tu alrededor, entonces es seguro suponer que la magia no corre por tus venas.

Pero a pesar de que no seas parte de la comunidad mágica, espero que sigas apoyando nuestros esfuerzos para encontrar aceptación y...

De pronto, a Brystal la distrajo un aroma. Como si alguien hubiera encendido una vela aromática, la pequeña habitación se vio consumida por los olores placenteros de la lavanda, el jazmín y las rosas, entre otras fragancias. Con el rabillo del ojo, vio que algo se movía y giró la cabeza en todas direcciones.

Para su asombro absoluto, cientos de flores empezaron a crecer en las paredes. Y cuando estas quedaron cubiertas, las plantas empezaron a brotar en el techo, el suelo y los estantes. Brystal gritó a medida que el fenómeno se desarrollaba a su alrededor, y se levantó sobresaltada de la silla cuando vio que las flores también crecían debajo del asiento.

—¿Qué...?, ¿qué...?, ¿qué está pasando? —preguntó sin creer lo que estaba ocurriendo.

Brystal lo sabía, pero no quería admitirlo. Al leer el pasaje del libro de magia, había transformado sin querer aquella habitación oscura y sin ventanas en un lugar fantástico, lleno de energía y color. No había otra explicación para el cambio, pero rechazaba los hechos con todas sus fuerzas.

—No, no, no... ¡Esto no es real! —se dijo—. Es solo una alucinación provocada por la falta de sueño. Dentro de pocos segundos, todo desaparecerá.

No importaba cuántas veces respirara hondo o con cuánta fuerza se frotara los ojos, las flores seguían allí. Brystal sintió que se mareaba y que las manos no dejaban de temblar, mientras intentaba entender aquella realidad tan inoportuna.

—¡No..., no!... ¡No puede ser! —insistió—. De todas las personas que hay en el mundo, esto no me puede estar pasando a mí... Esta no puedo ser yo... Ya tengo suficiente en mi contra. ¡Lo último que necesito son habilidades mágicas!

Brystal estaba desesperada por destruir toda prueba que demostrara lo contrario. Fue a la planta baja de la biblioteca y volvió con el cubo de la basura más grande que encontró. Al borde de la histeria, arrancó las flores de las paredes, el suelo y los muebles, y no paró hasta que acabó con todos los pétalos, con todas las hojas, y la habitación de los jueces recuperó la normalidad. Colocó el libro La verdad sobre la magia en el estante correspondiente y sacó el cubo de la basura de la biblioteca secreta. Cerró la puerta de metal tras de sí con la intención de no regresar, como si pudiera mantener la verdad allí encerrada.


Brystal estuvo varios días fingiendo que no había descubierto la habitación secreta en la primera planta. Incluso llegó a decirse que La verdad sobre la magia y los otros libros prohibidos no existían y que no había leído el hechizo de las flores. De hecho, se negaba a aceptar aquella dura experiencia con tanta fuerza que después de limpiar la biblioteca regresaba directamente a casa sin leer nada, temiendo que abrir otro libro le hiciera revivir lo que quería olvidar.

Por desgracia, cuanto más se esforzaba en borrar de su mente lo ocurrido, más pensaba en ello. La pregunta de si era cierto lo que había pasado enseguida se convirtió en por qué había hecho lo que había hecho.

—Todo esto tiene que ser un malentendido enorme —se dijo—. Si puedo hacer magia... o si soy un hada, como dice la autora, ¡debería haber visto más señales! Un hada sabría que es diferente... Un hada tendría problemas para integrarse... Se pasaría la vida sintiéndose como si no perteneciera a este lugar. ¡Ay, cállate, Brystal! ¡Te estás describiendo!

En muchos sentidos, que la magia corriera por sus venas tenía lógica. Brystal siempre había sido distinta de todos los que conocía, y tal vez la magia fuera la fuente de su naturaleza única. Tal vez siempre le había pedido más a la vida porque, muy en el fondo, sabía que había algo más.

—Pero ¿por qué he tardado tanto tiempo descubrirlo? —se preguntaba—. ¿He sido completamente ajena a esto o una parte de mí siempre lo ha sabido? Por otro lado, vivo en un reino que mantiene a las mujeres jóvenes alejadas de todo tipo de conocimiento. Tal vez esto demuestre lo eficaces que son los jueces a la hora de controlar a las personas. Si antes no era una amenaza para la sociedad, ahora seguro que lo soy.

Y ahora que sabía la verdad, ¿sería fácil que otros también la descubrieran? ¿Acaso sus compañeros de clase percibirían su magia con la misma facilidad con la que lo hacían con sus otras diferencias? ¿Podría ocultarla o resurgiría sin que lo pudiera evitar y la dejaría en evidencia? Y si lo hacía, ¿le daría de una vez por todas a su padre el derecho de desheredarla y de echarla de casa? La lista de los peligros era interminable.


—¿Va todo bien, Brystal? —le preguntó Barrie una mañana antes del desayuno.

—Sí, todo bien —le respondió rápidamente ella—. ¿Por qué..., por qué lo preguntas?

—Por nada —dijo con una sonrisa—. Es solo que pareces un poco tensa últimamente. Y me he dado cuenta de que ya no pasas tanto tiempo como antes en la Casa para los Desamparados. ¿Necesitas hablar de algo?

—Ah, bueno, es que he decidido tomarme un pequeño descanso, eso es todo —respondió—. Ocurrió algo, nada grave, ¿eh?, pero pensé que me vendría bien distanciarme un poco. Para po­der pensar bien las cosas y descubrir cuál es el próximo paso que quiero dar.

—¿El próximo paso? —le preguntó Barrie con preocupación—. Vale, ahora tienes que decirme qué te está ocurriendo para que mi imaginación no empiece a divagar.

Brystal estaba tan exhausta por la preocupación que no le quedaba energía para seguir fingiendo, así que decidió contarle a su hermano una historia que fuera lo más cercana a la realidad pero que no le revelara nada.

—Hace poco descubrí algo de mí que es un poco difícil de sobrellevar —dijo.

—¿Y eso es...? —le preguntó Barrie, abriendo los ojos con inquietud.

—Bueno, no..., no..., no estoy segura de que me siga gustando ser caritativa con los demás.

Barrie miró a su hermana perplejo y confundido.

—¿Estás preocupada porque ya no te gusta ser caritativa? —le preguntó.

—Eh..., sí —le contestó Brystal, encogiéndose de hombros—. Y, sinceramente, no estoy segura de poder seguir ocultándolo mucho tiempo más. Ahora que lo sé, temo que la gente lo descubra. Me aterroriza lo que puede ocurrir si eso pasa.

—¿Que lo descubran? Pero, Brystal, que no te guste la caridad no es ilegal. Es solo una preferencia.

—¡Lo sé, pero es prácticamente un crimen! —exclamó—. El mundo es muy cruel con las personas a las que no les gusta ayudar a los demás, pero solo es porque son unos incomprendidos. La sociedad cree que si no me gusta ayudar a los demás es porque no soy bondadosa, cuando en realidad el hecho de que a alguien no le guste ayudar a los demás y que no le guste ser bondadoso ¡son cosas muy, muy distintas! Ay, Barrie, me encantaría poder explicarte lo diferentes que son, ¡porque es fascinante! ¡Una de las mayores confusiones de nuestros tiempos!

A juzgar por la expresión del rostro de su hermano, se habría quedado menos preocupado si simplemente le hubiera contado la verdad. Barrie miraba a su hermana como si esta estuviera al borde del ataque de nervios y, para ser justos, lo estaba.

—¿Cuánto hace que no te gusta ser caritativa con los demás? —le preguntó.

—Casi una semana —le contestó.

—¿Y recuerdas qué fue lo que te hizo cambiar de parecer?

—Sí, todo empezó cuando llené por accidente toda una habitación con flores —dijo, olvidándose de modificar su historia—. Eh..., quiero decir que llené una habitación con flores para una mujer sin hogar que se encontraba mal. Pero me equivoqué de habitación y entré en una en la que no tenía permitido entrar, y lo sabía. Así que quité las flores antes de que alguien me descubriera.

—Está bien... —dijo Barrie—. Pero antes de que eso ocurriera, nunca te había desagradado ser caritativa, ¿verdad?

—Nunca —dijo—. Antes de eso no creía que fuera capaz de no gustarme.

—Entonces es eso. Solo tuviste un mal día —la animó su hermano—. Y nunca debes dejar que un día cambie lo que eres. En esta vida no podemos estar seguros de nada, especialmente de lo que solo experimentamos una vez.

—¿Ah, no? —le preguntó Brystal con una mirada esperanzada.

—Claro que no —le contestó Barrie—. Si yo fuera tú, regresaría a la Casa para los Desamparados y me daría otra oportunidad para asegurarme de que realmente no me gusta. Solo así sabría si me preocupa estar expuesto a ella.

Si bien su hermano no tenía ni idea de lo que en verdad la inquietaba, Brystal pensó que le había dado un consejo excelente. Al fin y al cabo, es necesario hacer más de un viaje en barco para convertirse en marinero; tal vez con la magia ocurría algo similar. Quizá tendrían que pasar años de práctica antes de preo­cuparse de si ponía su vida en riesgo. Y, como había sugerido Barrie, siempre quedaba la posibilidad de que toda aquella experiencia tan difícil de asimilar hubiera sido un accidente y no volviera a ocurrir. Para bien o para mal para su propio bienestar, Brystal tendría que descubrirlo.

La noche siguiente, cuando terminó de limpiar la biblioteca, regresó a la habitación reservada para jueces. Se colocó las gafas de lectura, cogió La verdad sobre la magia, de Celeste Weatherberry, del estante y lo abrió por la página con el texto antiguo. Respiró profundamente y rezó en silencio, y luego leyó el encantamiento en voz alta para comprobar de una vez por todas si era un hada.

—Elsune elknoon ahkelle-enama, delmune dalmoon ahktelle-awknamon.

Brystal no se atrevía a mirar, así que se tapó los ojos. Como al principio no percibió ni oyó nada, decidió espiar entre los dedos. Nada parecía haber cambiado lo más mínimo y empezó a animarse de nuevo. Observó las paredes conteniendo el aliento, a la espera de que las flores se materializaran nuevamente, pero no aparecieron. Se le llenaron los ojos de lágrimas y dejó salir un suspiro largo de alivio que acabó convirtiéndose en una risa agradecida y duradera.

—Barrie tenía razón —dijo—. No debemos dejar que un día cambie lo que...

De pronto, las páginas de La verdad sobre la magia empezaron a brillar. Unas aureolas de luz blanca brotaron lentamente del libro e iluminaron la oscura habitación. A medida que se esparcían, se volvían cada vez más y más pequeñas, creando una ilusión de profundidad en todas direcciones hasta convertir la biblioteca secreta en una galaxia infinita.

Brystal se puso de pie y miró a su alrededor, sorprendida. No solo había confirmado que la magia que corría por sus venas era real, sino que nunca había imaginado que fuera capaz de crear algo tan hermoso. Algo tan extraordinario hizo que Brystal olvidara dónde estaba. No sentía que estuviera de pie en la biblioteca secreta, sino flotando en su propio universo estrellado.

—¡Señorita Bailey! ¡En el nombre del rey Campeón, ¿qué demonios está haciendo?!

La voz sobresaltó a Brystal y todas las aureolas de la habitación se desvanecieron de inmediato. Cuando sus ojos volvieron a enfocar, se dio cuenta de que la puerta de metal se había abierto. El señor Woolsore estaba de pie frente a ella con dos guardias armados, y los tres la miraban como si fuera la criatura más desagradable que hubieran visto en su vida.

—¡Esta es la muchacha de la que les he estado advirtiendo! —gritó el señor Woolsore, que la señaló con un dedo tembloroso—. ¡Llevo meses diciéndoles que estaba tramando algo! Pero ¡nadie me creía! ¡Pensaban que estaba loco por creer que una muchachita como ella era capaz de hacer tales cosas! ¡Ahora, mirad, hemos descubierto a una bruja en acción!

—¡Señor Woolsore! —dijo Brystal—. ¡Espere, lo puedo explicar! ¡Esto no es lo que parece!

—¡Guárdate las mentiras para el juez, bruja! ¡Te hemos sorprendido con las manos en la masa! —gritó el bibliotecario, que se volvió hacia los guardias—. No se queden ahí parados, ¡atrápenla antes de que lance otro hechizo!

Brystal se había preparado para que la descubrieran en la biblioteca secreta de los jueces en distintas situaciones, pero nunca pensó que ocurriría cuando estuviera conjurando magia. Antes de que tuviera oportunidad de defenderse, los guardias cargaron contra ella y la sujetaron por los brazos con todas sus fuerzas.

—¡No! ¡No lo entiende! —le rogó—. ¡No soy una bruja! ¡Por favor, se lo suplico! ¡Déjeme demostrárselo!

Mientras los guardias sacaban a Brystal de la habitación, el señor Woolsore le quitó las gafas de lectura del rostro y las partió por la mitad.

—No las necesitarás allí adonde vas —le dijo—. ¡Llévensela!

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