Kitabı oxu: «Tu diálogo interior»

Şrift:


A papá, por enseñarme a ir hacia dentro y a Lara, Maya y Dani, mis mejores antídotos contra el diálogo interior

Pienso que el mayor desafío es mantener siempre tu brújula moral. Ésas son las conversaciones que tengo internamente. Mido mis acciones con esa voz interna que para mí al menos es audible, es activa, me dice cuándo voy por buen camino y cuándo pienso que me estoy apartando de él.1

—Barack Obama

La voz en mi cabeza es una cabrona.2

—Dan Harris

Introducción

Estaba de pie en medio de la oscuridad de la sala de mi casa, con los nudillos blancos, los dedos tensos aferrando el mango de hule pegajoso de mi bate de beisbol de la liga infantil, mientras miraba fijamente hacia la oscuridad de la noche por la ventana, intentando proteger con desesperación a mi esposa y a mi hija recién nacida de un demente que nunca había visto en mi vida. Mi conciencia de cómo se veía esto o de lo que podría hacer si ese hombre enloquecido aparecía, se había esfumado por el miedo que sentía. Los pensamientos en mi mente repetían lo mismo una y otra vez con frenesí.

Todo es mi culpa, me decía. Allá arriba están mi esposa y mi bebé, saludable y divina, quienes me aman. Las he puesto en riesgo. ¿Qué he hecho? ¿Cómo voy a arreglarlo? Estos pensamientos eran como un horrible juego mecánico de feria, del cual no me podía bajar.

Así que ahí estaba, atrapado, no sólo en la sala de mi casa a oscuras, sino también en la pesadilla de mi propia mente. Yo, un científico que dirige un laboratorio que se especializa en el estudio del autocontrol, un experto en cómo dominar las espirales implacables del pensamiento negativo, mirando hacia fuera por la ventana a las tres de la mañana con un bate de beisbol diminuto en las manos, torturado, no por el ogro que me mandó una carta perturbadora, sino por el ogro dentro de mi cabeza.

¿Cómo llegué hasta aquí?

LA CARTA Y EL DIÁLOGO INTERIOR

Ese día comenzó como cualquier otro.

Me desperté temprano, me vestí, ayudé a alimentar a mi hija, le cambié el pañal y desayuné rápido. Luego le di un beso de despedida a mi esposa y salí por la puerta para conducir hasta mi oficina en el campus de la Universidad de Michigan. Era un día frío pero tranquilo y soleado en la primavera de 2011, un día que parecía prometer pensamientos igualmente tranquilos y alegres.

Cuando llegué a East Hall, el descomunal edificio recubierto de ladrillos que alberga el famoso Departamento de Psicología de la Universidad de Michigan, encontré algo inusual en mi buzón. Sobre el montón de revistas científicas que se habían estado acumulando había un sobre dirigido a mí. Me dio curiosidad saber qué había dentro —era raro que yo recibiera correo postal en mi trabajo—, así que abrí la carta y comencé a leerla de camino a mi oficina. Y entonces, antes de que me diera cuenta del calor que de pronto me envolvió, sentí una ráfaga de sudor escurriendo por mi cuello.

La carta era una amenaza. La primera que había recibido en la vida.

La semana anterior aparecí brevemente en el noticiero nocturno de la cbs para hablar acerca de un estudio neurocientífico que mis colegas y yo acabábamos de publicar, el cual demostraba que los vínculos entre el dolor emocional y físico eran más parecidos que lo sugerido en investigaciones previas.1 De hecho, el cerebro registra dolor emocional y físico de formas notoriamente similares. Resulta que el desamor es una realidad física.

Mis colegas y yo estábamos muy entusiasmados con los resultados, pero no esperábamos que generaran más que un puñado de llamadas de periodistas científicos en busca de una reseña. Para nuestra sorpresa, los descubrimientos se volvieron virales. En un minuto daba clases sobre psicología del amor a universitarios, y al siguiente recibía un curso intensivo de capacitación en medios en un estudio de televisión en el campus. Logré dar la entrevista sin trastabillar mucho al hablar, y unas horas más tarde el segmento acerca de nuestro trabajo salió al aire; los quince minutos de fama de un científico que, de hecho, fueron sólo noventa segundos.

No era claro por qué nuestra investigación había ofendido tanto al autor de la carta, pero los dibujos violentos, los insultos llenos de odio, los mensajes perturbadores y el texto dejaban poco para mi imaginación acerca de la aversión que esa persona sentía por mí; y al mismo tiempo, provocaban que fantaseara muchas cosas sobre la forma que podría tomar semejante malevolencia. Para empeorar las cosas, la carta no provenía de un lugar lejano. Busqué en Google el matasellos y descubrí que fue enviada desde un lugar a unos veinte kilómetros de la universidad. Mis pensamientos comenzaron a dar vueltas sin control. En un cruel giro del destino, ahora era yo quien experimentaba un dolor emocional tan intenso que lo sentía a nivel físico.

Ese día, más tarde, tras varias conversaciones con administradores de la universidad, me encontré sentado en la estación de policía, esperando con ansias mi turno para hablar con el oficial a cargo. Aunque el policía con el que compartí mi historia era amable, no fue particularmente tranquilizador. Me dio tres consejos: llamar a la compañía telefónica para asegurarme de que mi número no apareciera en el directorio público, estar alerta a personas sospechosas en los alrededores de mi oficina y —mi consejo favorito— conducir a casa desde el trabajo por diferentes rutas cada día para asegurarme de que nadie aprendiera mi rutina. Eso fue todo. No desplegarían un comando especial. Estaba solo. No fue exactamente la respuesta tranquilizadora que esperaba escuchar.

Esa tarde, mientras manejaba por una ruta larga y enrevesada a través de las calles arboladas de Ann Arbor, intenté pensar en una solución para lidiar con esta situación. Reflexioné: Repasemos los hechos. ¿Debo preocuparme? ¿Qué debo hacer?

De acuerdo con el oficial de policía y varias personas con las que compartí mi historia, existían formas claras en las que podía responder a estas preguntas. No, no tienes que estresarte por esto. Estas cosas suceden. No hay nada más que puedas hacer. Está bien tener miedo. Sólo relájate. Las figuras públicas reciben amenazas sin sustento todo el tiempo y no sucede nada. Esto va a pasar y se te va a olvidar.

Pero ésa no era la conversación que tenía conmigo mismo. En cambio, el flujo desesperado de pensamientos que inundaba mi cabeza se amplificó en un bucle interminable. ¿Qué he hecho?, gritaba mi voz interior, antes de convertirse en mi generadora interior de histeria. ¿Debería llamar a la compañía de las alarmas? ¿Debería conseguir una pistola? ¿Deberíamos mudarnos? ¿Qué tan pronto podría encontrar un nuevo trabajo?

Los dos días siguientes una versión de esta conversación se repitió una y otra vez en mi mente y, como resultado, yo era un manojo de nervios. No tenía apetito y hablaba con mi esposa sin parar (y de forma improductiva) sobre la carta amenazante, hasta el grado de que la tensión entre nosotros comenzó a aumentar. Me sobresaltaba con violencia cada vez que escuchaba el más débil sonido en el monitor de la habitación de mi hija, ya que al instante asumía que el destino más terrible se cernía sobre ella, en vez de pensar en una explicación más obvia: la cuna rechinaba o la bebé tiene gases.

Durante dos noches, mientras mi esposa y mi hija dormían pacíficamente en sus camas, yo hice guardia en pijama en el piso de abajo con mi bate de beisbol de la liga infantil en las manos, asomándome hacia la calle por la ventana de la sala para asegurarme de que nadie se acercara, aunque no tenía un plan de lo que haría si en efecto descubría que afuera había alguien acechando.

La segunda noche, en mi momento más vergonzoso, cuando mi ansiedad estaba al máximo, me senté frente a la computadora y pensé en realizar una búsqueda en Google con las palabras clave “guardaespaldas para académicos”, lo cual en retrospectiva era absurdo, pero en el momento parecía urgente y lógico.

IR HACIA DENTRO

Soy un psicólogo y neurocientífico experimental. Estudio la ciencia de la introspección en el Laboratorio de Emoción y Autocontrol, en la Universidad de Michigan, del cual soy fundador y director. Realizamos investigaciones sobre las conversaciones silenciosas que la gente sostiene consigo misma y que influyen de manera poderosa la forma en que vivimos nuestra vida. He dedicado toda mi carrera profesional a investigar estas conversaciones: qué son, por qué las tenemos y cómo aprovecharlas para que la gente sea más feliz, más saludable y más productiva.

A mis colegas y a mí nos gusta pensar que somos como mecánicos de la mente. Llevamos personas a nuestro laboratorio para que participen en experimentos complejos y también las estudiamos “en el hábitat” de la experiencia humana cotidiana. Usamos herramientas de la psicología y otras disciplinas —de campos como la medicina, la filosofía, la biología y la informática— para responder preguntas complicadas como: ¿por qué algunas personas se benefician al enfocarse en su interior para comprender sus sentimientos, mientras que otras se derrumban cuando se involucran en ese mismo comportamiento? ¿Cómo puede una persona razonar con sabiduría cuando está bajo estrés tóxico? ¿Existen formas correctas e incorrectas de hablar con uno mismo? ¿Cómo podemos comunicarnos con nuestros seres queridos sin avivar sus pensamientos y emociones negativos o intensificar los nuestros? ¿Las “voces” innumerables de las personas que encontramos en las redes sociales afectan a las voces en nuestra propia mente? Al examinar rigurosamente estas preguntas, hemos realizado numerosos descubrimientos sorprendentes.

Hemos aprendido cómo cosas específicas que decimos y hacemos pueden mejorar nuestras conversaciones internas. Hemos aprendido cómo abrir las cerraduras de las puertas “mágicas” del cerebro: cómo ciertas formas de usar placebos, amuletos de la suerte y rituales nos ayudan a ser más resilientes. Hemos aprendido qué imágenes colocar en nuestros escritorios que nos ayuden a recuperarnos de heridas emocionales (una pista: fotos de la Madre Naturaleza pueden ser tan reconfortantes como las de nuestras madres); por qué aferrarnos a un animal de peluche puede ayudarnos con la desesperanza existencial, cómo hablar y cómo no hablar con tu pareja después de un día difícil; qué es lo que probablemente estés haciendo mal cuando te conectas a las redes sociales, y adónde deberías dirigirte cuando realizas caminatas para lidiar con los problemas que enfrentas.

Mi interés en cómo las conversaciones que tenemos con nosotros mismos influyen en nuestras emociones, se inició mucho antes de que considerara estudiar una carrera científica. Comenzó antes de que comprendiera realmente lo que son los sentimientos. Mi fascinación con el mundo rico, frágil y siempre cambiante que llevamos entre los oídos data del primer laboratorio de psicología que pisé: el hogar donde crecí.

Fui criado en un vecindario de clase trabajadora de Brooklyn llamado Carnasie y, desde una edad extrañamente temprana, mi padre me enseñó acerca de la importancia de la autorreflexión. Sospecho que cuando los padres de la mayoría de los niños de tres años les enseñaban a sus hijos a cepillarse los dientes de forma regular y tratar a los demás con amabilidad, mi papá tenía otras prioridades. En su estilo típicamente no convencional, le preocupaban más mis decisiones internas que cualquier otra cosa, y siempre me motivaba a ir “hacia dentro” si tenía un problema. Le gustaba decirme: “Plantéate a ti mismo la pregunta”. La pregunta exacta a la que se refería me eludía, aunque en cierto nivel comprendí qué era lo que me conminaba a hacer: Busca las respuestas dentro de ti mismo.

En muchos sentidos mi papá era una contradicción andante. Cuando no estaba furioso con los demás conductores en las calles ruidosas y atascadas de tráfico en Nueva York o vitoreando a los Yankees frente a la televisión en casa, lo encontraba meditando en su habitación (por lo regular con un cigarro colgando de su bigote espeso) o leyendo el Bhagavad Gita. Pero conforme crecí y me encontré con situaciones más complejas que decidir si comer una galleta prohibida o negarme a limpiar mi habitación, su consejo cobró un peso mayor. ¿Debería invitar a salir a la chica que me gusta de la preparatoria? (Lo hice; ella respondió que no.) ¿Debería confrontar a mi amigo después de atestiguar que robó la cartera de alguien? ¿En qué universidad debería estudiar? Me enorgullecía por mi pensamiento objetivo, y rara vez fallaba mi confianza en “ir hacia dentro” para ayudarme a tomar la decisión correcta (y un día una de las chicas que me gustaban diría que sí; me casé con ella).

Tal vez era de esperarse que, cuando fui a la universidad, mi descubrimiento del campo de la psicología parecía predestinado. Había encontrado mi vocación. Exploré las cosas de las que habíamos hablado en mi juventud mi papá y yo, cuando no conversábamos sobre los Yankees; y éstas parecían explicar mi niñez y mostrarme un camino hacia la vida adulta. La psicología me brindó además un vocabulario nuevo. En mis clases universitarias aprendí, entre muchas otras cosas, que eso a lo que mi padre le estuvo dando vueltas durante esos años de crianza zen —que mi madre no excéntrica había tolerado— era la idea de la introspección.

En el sentido más básico, la introspección simplemente significa prestar atención activa a los propios pensamientos y sentimientos. La capacidad de hacerlo nos permite imaginar, recordar, reflexionar y después ensimismarnos para resolver problemas, innovar y crear. Muchos científicos, incluido yo, ven esto como uno de los avances evolutivos centrales que distinguen a los seres humanos de otras especies.2

Entonces, durante todo ese tiempo, la lógica de mi padre fue que cultivar la capacidad de la introspección me ayudaría a enfrentar cualquier situación difícil que experimentara. La reflexión interior deliberada conduciría a tomar decisiones sabias y benéficas y, por extensión, a emociones positivas. En otras palabras, “ir hacia dentro” era la ruta a una vida resiliente y satisfactoria. Tenía todo el sentido. Excepto que, como pronto lo sabría, para muchas personas era completamente erróneo.

En años recientes, un corpus robusto de nuevas investigaciones ha demostrado que cuando experimentamos angustia, por lo regular, entrar en introspección hace mucho más daño que bien.3 Debilita nuestro desempeño en el trabajo, interfiere con nuestra capacidad de tomar buenas decisiones e influye de forma negativa en nuestras relaciones. También puede propiciar violencia y agresión, contribuir a una gama de trastornos mentales y aumentar el riesgo de enfermarnos. Usar la mente para involucrarnos con nuestros pensamientos y sentimientos en la forma incorrecta puede provocar que los atletas pierdan las habilidades que se han dedicado a perfeccionar durante toda su carrera. Puede orillar a gente racional y cariñosa a volverse menos lógica y a tomar decisiones menos basadas en la moral. Puede causar que tus amigos huyan de ti, tanto en el mundo real como en el de las redes sociales. Puede convertir las relaciones románticas de paraísos seguros a campos de batalla. Incluso puede contribuir a que envejezcamos más rápido, tanto en la forma en que nos vemos por fuera como en la manera en que nuestro adn está conformado en el interior. En resumen, con mucha frecuencia nuestros pensamientos no nos salvan de nuestros pensamientos. En cambio, dan lugar a algo insidioso.

El diálogo interior.

El diálogo interior consiste en los pensamientos y emociones negativas cíclicas que convierten nuestra singular capacidad de introspección en una maldición en vez de una bendición. Pone en riesgo nuestro desempeño, la toma de decisiones, las relaciones, la felicidad y la salud. Pensamos en un error en el trabajo o un malentendido con un ser querido y terminamos abrumados con lo mal que nos sentimos por eso. Luego pensamos en ello otra vez. Y otra vez. Entramos en introspección esperando conectar con nuestro coach interior, pero en cambio nos encontramos con nuestro crítico interior.

Por supuesto, la pregunta es “por qué”. ¿Por qué los intentos de las personas de “ir hacia dentro” y pensar cuando experimentan angustia, a veces tiene éxito y en otras fracasa? E igual de importante, una vez que descubrimos que nuestra capacidad introspectiva se sale de curso, ¿qué podemos hacer para encarrilarla otra vez? He dedicado mi carrera a examinar estas preguntas. He aprendido que las respuestas dependen de cambiar la naturaleza de una de las conversaciones más importantes de la vida consciente: las que tenemos con nosotros mismos.

NUESTRO ESTADO PREDETERMINADO

Un mantra cultural extendido del siglo xx es la exhortación a vivir en el presente.4 Aprecio la sabiduría de esta máxima. En vez de sucumbir al dolor del pasado o a la ansiedad del futuro, aconseja que deberíamos concentrarnos en conectar con otros y con uno mismo en este momento. Y, aun así, como científico que estudia la mente humana, no puedo dejar de notar que este mensaje bien intencionado va en contra de nuestra biología. Los humanos no fuimos hechos para aferrarnos al presente todo el tiempo. Nuestros cerebros no evolucionaron para hacer eso.

En años recientes, los métodos innovadores que examinan cómo el cerebro procesa información y nos permite monitorear el comportamiento en tiempo real, han liberado los mecanismos ocultos de la mente humana. Al hacerlo, han revelado algo extraordinario sobre nuestra especie: pasamos de un tercio a la mitad de nuestra vida en vigilia sin vivir el presente.

Con la misma naturaleza con la que respiramos, nos “desconectamos” del aquí y el ahora, nuestro cerebro nos transporta a eventos pasados, a escenarios imaginados y otras cavilaciones internas. Esta tendencia es tan fundamental que tiene un nombre: nuestro “estado predeterminado”.5 Es la actividad a la que vuelve nuestro cerebro en automático cuando no está involucrado en otra cosa, y constantemente vuelve a ella, incluso cuando estamos comprometidos con algo. Sin duda has observado cómo tu propia mente deambula, por voluntad propia, cuando deberías enfocarte en alguna tarea. Nos escabullimos perpetuamente del presente hacia el mundo paralelo y no lineal de nuestra mente, succionados de forma involuntaria “hacia dentro” minuto a minuto. A la luz de lo anterior, la expresión “la vida de la mente” toma un significado nuevo y extendido: gran parte de nuestra vida es la mente. Entonces, ¿qué sucede comúnmente cuando escapamos hacia dentro?6

Nos hablamos a nosotros mismos.

Y escuchamos lo que decimos.

La humanidad ha luchado con este fenómeno desde los albores de la civilización.7 A los místicos cristianos primitivos los molestaba minuciosamente la voz en su cabeza que siempre se entrometía en su contemplación silenciosa.

Algunos incluso consideraban que estas voces eran demoniacas. Por la misma época, en Oriente, los budistas chinos teorizaban acerca del clima mental turbulento que podía nublar el paisaje emocional de una persona. Lo llamaban “pensamiento equivocado”. Y aun así muchas de estas culturas antiguas creían que su voz interior era una fuente de sabiduría, una creencia que apoya prácticas de varios milenios de antigüedad como la oración en silencio y la meditación (la filosofía personal de mi papá). El hecho de que múltiples tradiciones espirituales han temido la voz interior y también han notado su valor habla de las actitudes ambivalentes, que persisten hasta la fecha, hacia nuestras conversaciones internas.

Cuando hablamos sobre la voz interior, la gente se pregunta naturalmente sobre sus aspectos patológicos. Comúnmente comienzo las presentaciones preguntándole a la audiencia si se hablan a sí mismos en su cabeza. Invariablemente, muchas personas se sienten aliviadas al ver que otros levantan la mano junto con ellas. Por desgracia, las voces que normalmente escuchamos en la cabeza (que pertenecen, por ejemplo, a nosotros mismos, a la familia o a los colegas) a veces pueden degenerar en voces anormales, características de la enfermedad mental. En estos casos, la persona no cree que las voces surjan de su propia mente, sino que piensan que provienen de otra entidad (personas hostiles, extraterrestres y el gobierno, por nombrar algunas alucinaciones auditivas comunes). Es importante que, cuando hablamos acerca de la voz interior, la diferencia entre la enfermedad mental y el bienestar no es una cuestión de dicotomía —patológica versus saludable—, sino de cultura y de grado. Una peculiaridad del cerebro humano es que aproximadamente una de cada diez personas escucha voces y las atribuye a factores externos.8 Todavía intentamos comprender por qué sucede esto.

En resumen, todos tenemos una voz en la cabeza de alguna forma o figura. El flujo de palabras está tan integrado a nuestra vida interior que persiste incluso ante una disfunción vocal.9 Por ejemplo, algunas personas que tartamudean reportan hablar con mayor fluidez en su mente que en voz alta. Las personas sordas que usan el lenguaje de señas también se hablan a sí mismas, aunque tienen su propia forma de lenguaje. Implica hacerse señas a sí mismas en silencio,10 de modo similar a como la gente que sí escucha se habla a sí misma en privado. La voz interior es una característica básica de la mente.

Si alguna vez has repetido en silencio un número telefónico para memorizarlo, reproducido una conversación imaginando lo que deberías haber dicho o si te has animado verbalmente a ti mismo para superar un problema o destreza, entonces has empleado tu voz interna. La mayoría de la gente confía y se beneficia de la suya todos los días. Y cuando se desconectan del presente, comúnmente es para conversar con esa voz o para escuchar lo que tiene que decir, y tiene mucho que decir.

Nuestro flujo verbal de pensamiento es tan diligente que, de acuerdo con un estudio, internamente hablamos con nosotros mismos a un ritmo equivalente a decir cuatro mil palabras por minuto en voz alta.11 Para poner esto en perspectiva, considera que los discursos de los presidentes estadunidenses contemporáneos tienen alrededor de seis mil palabras y duran más de una hora.12 Nuestro cerebro crea casi la misma verborrea en tan sólo sesenta segundos. Esto significa que si estamos despiertos dieciséis horas en cualquier día, como sucede con la mayoría de nosotros, nuestra voz interior está activa la mitad de ese tiempo; teóricamente cada día nos podrían invitar a decir unos trescientos veinte discursos. La voz en tu cabeza habla muy rápido.

Aunque la voz interior funciona bien casi todo el tiempo, frecuentemente conduce al diálogo interior precisamente cuando más lo necesitamos —cuando estamos muy estresados, cuando hay mucho en juego y nos encontramos con emociones complejas y se requiere el máximo esfuerzo para conservar el equilibrio. A veces este diálogo interior llega en forma de un soliloquio disperso; a veces, es una conversación que tenemos con nosotros mismos. En ocasiones es una repetición compulsiva de eventos pasados (rumia); en otras, es la imaginación angustiante de eventos futuros (preocupación). Unas veces es una fijación en un sentimiento desagradable específico o noción. Como sea que se manifieste, cuando la voz interior se sale de control y el diálogo interior toma el micrófono mental, nuestra mente no sólo nos atormenta, sino que también nos paraliza. Puede empujarnos, además, a hacer cosas que nos sabotean.13

Y así es como una noche te descubres asomándote por la ventana de la sala de tu casa, sosteniendo un bate de beisbol graciosamente pequeño.

Mövcud deyil
Bu kitab sizin ölkənizdə satılmır. Əgər VPN-ni aktiv etmisinizsə, onu söndürün
Yaş həddi:
0+
Həcm:
292 səh. 5 illustrasiyalar
ISBN:
9786075574400
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı: