Kitabı oxu: «Escorado Infinito»
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Escorado Infinito
Horacio Vázquez Fariña
ISBN: 978-84-18337-08-6
1ª edición, junio de 2020.
Editorial Autografía
Carrer d’Aragó, 472, 5º – 08013 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos. Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.
A mis Padres.
CICLO: equivalente a 1 año terrestre.
COT: 100 estados (1,7 minutos).
DIM: 3 radios planetarios rianos.
ESTADO: equivalente a un segundo. Oficialmente la transición media entre una emisión anterior y una nueva de 9´7 trillones de partículas k de energía-materia-energía.
ET: 10 días terrestres.
M-SX: escala que va del 1 al 50, siendo cada unidad = 3 soles terrestres.
PÁRSEC: 3,26 años luz.
QUIS: 3 TAS (125,1 minutos ó 2 horas y 5 minutos.)
S.H.O.: Sistema Habitable Operativo. Varía en función de las coordenadas espaciales específicas de cuadrante y zona.
SIC: tiempo medio en completarse una rotación del planeta Ria, equivalente a 0,98 rotaciones terrestres.
TAMAÑO MEDIO: Sobre 2,8 Tierras.
TAS: 2500 estados (41,7 minutos).
TI: equivale prácticamente a 1 metro terrestre.
Capitulo 1
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Atrás quedaban las dos naves, heridas y llameantes, no en vano habían arremetido contra uno de los mejores modelos de navío interestelar riano. Impulsado por un sólo motor de masa-energía, que le proporcionaba una velocidad de crucero de cero con treinta y cuatro pársec por estado, no necesitaba demasiada protección añadida para eliminar obstáculos en su camino puesto que la misma onda energética producida por este, convenientemente dispuesta, era su mejor arma; generaba el mismo poder destructivo que una gran erupción de un sol de tamaño m-S6.
De dimensiones semejantes a las del planeta matriz, avanzaba sin dificultad atravesando el espacio con su llamativo aspecto fusiforme y su tieso apéndice piloso asomando en vanguardia, lugar donde el comandante Ist contemplaba pensativo la situación. Esta escena la había afrontado en demasiadas ocasiones pero no por ello resultaba menos trágico. En cualquier caso, no había tenido ni que molestarse por defender su pellejo, aunque fuese -paradójicamente al tamaño del transporte- el único pasajero a bordo, puesto que la misma nave contaba con mecanismos automáticos para repeler cualquier encontronazo contra quien diablos quisiera probar fortuna, tal y como así había ocurrido, una vez más. Las naves rianas habían sido diseñadas curiosamente para impedir la decisión operativa militar de sus mandos en tales circunstancias. Ante una refriega, la nave siempre decidía; y, por algún motivo que no lograba comprender, y menos asimilar, su veredicto siempre conjugaba al dedillo con el verbo aniquilar. Ninguna concesión al veto humano, ergo mala suerte para los atrevidos. Por eso Ría se había convertido en la potencia que era. Poco importaba que aquellos asaltantes hubieran sumado colaboración, entrega y hambre de pillaje, arrastrando con su decisión a la colonia de seres humanos que albergase, cuyo destino estaba ligado de por vida a las directrices de sus líderes: el resultado sería siempre, hasta el infinito, el mismo. Así pues, aunque sensiblemente más pequeñas, ambas naves iban a producir de un momento a otro ante sus ojos el precioso espectáculo de sendas megaexplosiones, en forma de pompa de plasma en increíble súbita expansión, hasta derretir el negro del vació como el del último estertor de una estrella cuando alcanza su máximo fulgor antes de desaparecer ¿Cuántas vidas había costado esta vez? ¿Tantas como la última? Posiblemente. No sería extraño por tamaño, pero también por el habitual carácter mixto de nave de combate y carga; porque también hogar y feudo del reyezuelo ávido de poder de turno. La experiencia le daba en ese caso las estadísticas más probables. Si un matemático contara las vidas que pudieran contener esas inmensidades, daría como resultado un extenso decimal tendente al cero; un porcentaje ridículo disperso dentro de un algo, a efectos, prácticamente vacío. Sí, el tamaño de las naves rianas empequeñecía hasta lo ínfimo las poblaciones más populosas que las habitaran ¿Cómo encarar tamaña locura? Imposible. Ist simplemente eludía buscar palabras para definir la ausencia total y absoluta de significado, sabiendo perfectamente que él no podía hacer nada y la nao era autónoma en autoprotección. La suerte estaba echada. Sólo el desconocimiento de esta circunstancia podía mover a alguien a atacar un monstruo de esas características y lo cierto era que las civilizaciones más alejadas de Ría siempre se llevaban todos los ases entre las menos competitivas en tecnología e información. Estas concretamente, estaban a mitad de camino; y se veía que aún tenían algo importante que aprender: como evitar la muerte segura. Si habían llegado a adquirir conocimiento suficiente para dotarse de velocidades superiores a la luz, esto era de lo más baladí, pues contaba como el reto más básico para adquirir un cierto grado de estatus interespacial. En realidad no habían desplegado más habilidad que la de esprintar un poco y obligar a adoptar posición de combate a su asediado pero mortífero aguijón. A aquellas t-velocidades el tiempo y la misma realidad se comportaban de un modo tan extraño que semejaba a efectos la apariencia de que la refriega se reproducía a una velocidad asimilable al ojo humano. Epílogo: como procedía la única operativa para estos casos, se desencadenaba una suerte de protocolos que derivarían sin otra solución en el exterminio del enemigo, porque una vez iniciados, nunca, nunca, nunca se detenían. Por ninguna razón. Ni siquiera por la huida de este. La rendición no estaba contemplada, punto.
Así pues, la nave tras detectar la esperada inferioridad de aquellos pobres locos pasados de revoluciones -aunque seguramente no muy amantes de los buenos modales- siguiendo el principio de “prudencia” riana, asestaba el golpe letal sin miramientos. Siempre, siempre, siempre era así. Nave habría podido eludir el encuentro perfectamente, pero con tal filosofía, el retador pasaba a ser inmediatamente considerado objetivo de caza. Así tuviera que hacer infinitos altos en su camino, esta aplicaría taxativamente su implacable normativa. Atacar una fragata interestelar de la Confederación suponía literalmente un suicidio, y esta… no era precisamente la pieza más importante de la flotilla ¿Quién podía narrar como testigo presencial una peripecia militar contra una nave riana salvo los propios rianos? Eso era algo desconocido para el resto de las civilizaciones, por lo tanto cada encuentro resultaba siempre una novedad para la otra parte. La única forma de aproximación era mediante encuentro previamente concertado. Las cosas eran así. Ist sabía perfectamente que no podía hacer nada, pero en tantas ocasiones se había preguntado... ¿por qué? ¿No podría existir un término medio, o simplemente más ecuánime? Más…, normal… ¿Qué clase de frustradas cuentas llevaba con la vida quien había diseñado o permitía tan injusto proceder? Su cerebro trataba en vano una y otra vez de encajar en su trastienda mental tantos holocaustos que había vivido. Pero sobre todo, una idea fija: ¿por qué nunca se había rebelado ni él ni nadie contra...? Maldita sea... ¿Contra quién, contra qué? El Sistema estaba primorosamente diseñado para ahorrarse estos inconvenientes. Volver irremediablente a responderse a sí mismo algo sobre la locura, contemplándose una vez más en el espejo de la impotencia, era inevitable. Porque, todo en su vida aparecía inquietantemente de la misma forma que se esfumaba casi burlescamente antes sus narices. Esto es, de un modo inabordable. Si algún otro con posibles lo había intentado –indagar y algo más- desde luego sólo podía constatar que hasta el momento a él nadie se lo había podido confirmar. Lo que sí tenía claro era que todos aquellos con los que había establecido algún vínculo ya no sólo mínimamente afectivo sino simplemente social transitorio, de repente y sin más, se alejaban para siempre de su vida. Eso ocurría con todo, ya fuera personas, ya fuera lugares. Ya… Ya… Ya casi sólo recordaba a sus padres de una forma, tan difusa, que más se semejaba un sueño sin base real. Le habían arrancado de sus brazos siendo adolescente con la excusa de una pretendida prometedora valía para la Academia ¿Qué habría ocurrido con ellos, dónde estarían? ¿Por qué, por qué, por qué? Cuántos inútiles “por qués” de mierda. Sin duda para el hombre de las preguntas sin respuesta, al menos una cosa quedaba claro: se trataba de un plan maestro urdido por alguien muy receloso con los márgenes de maniobra de las voluntades ajenas; pero sobre todo, totalmente desprovisto de humanidad ¿Cómo no sentirse un muñeco? Un muñeco arrastrado en la inmensidad de un bucle sin sentido que conducía hacia sus nublados pensamientos. Tampoco era que pidiera a la vida un mundo de magia e ilusión; tiempo ha que había renunciado a esperar más suerte que vivir por vivir, pero al menos, no tener que presenciar el gratuito sufrimiento ajeno. Para conjugar ética con realidad, lo mejor era no pensar, pero qué difícil tarea.
-Consulta: datos.
NAVE. Análisis masa-carbono asociado a niveles humanos verificado. Potencia de seis. Quince cinco, primera; quince ocho, segunda.
Sí, las paredes desnudas compuestas de la tecnología más elegantemente invisible lo confirmaban: millones, como en la última ocasión; y tantas. Ahora se estaban sirviendo los mortuorios fuegos artificiales, azules, hermosos; horribles. Nave había podido reanudar su camino de la forma más rutinaria. Total, ¿qué había supuesto aparcarse un momento en mitad del espacio, un par de efímeros cots? Ni siquiera eso. Lo justo para seleccionar y abatir. Podría haberlo hecho sobre el camino, incluso sin reducir drásticamente la velocidad. Pero no. Ría no deja cabos sueltos ¿Qué hubiera costado ignorar a quien está en el abismo tecnológico comparativo? Razonamiento en vano: la destrucción según los cánones procede siempre, porque un enemigo declarado no puede constituir una posibilidad estadística pendiente para el futuro, y de otra parte, ha de ser -según corresponde a las completísimas normas de seguridad- un proceso bien atado. Así, se estipulaba el análisis preceptivo: procesado de toda la información inherente a la tecnología y ocupación humana, y, naturalmente, archivado para servir de conocimiento y mejora. Según datos aportados por Nave a requerimiento de Ist varios sics antes- que ponían de manifiesto que él no había sido consciente de casi un tercio de los enfrentamientos- en el ciclo anterior se habían registrado cuarenta y siete encuentros. Aquel hombre perdido entre macabras certezas prefirió no revisar los datos de pérdidas de vidas humanas. Meditar sobre ello día sí y día también ya era suficientemente insoportable ¿Qué pensaría el resto de oficiales y comandantes ante tamaña aséptica barbarie? ¿Y el resto de cerebros normales? ¿Por qué vivir era tan difícil?
-NAVE. Llegada. Tiempo, tres mil seiscientos veintiséis estados.
En el poco tiempo que Ist pudo reflexionar algo sobre la nada, el asco y la sinrazón del universo, Nave había continuado su curso sin más novedad. Finalmente esta, ahora sí, se detuvo en el lugar indicado. A su izquierda, un curioso asteroide acribillado por miles de meteoritos. La nave inició su programado cometido y aperturando a velocidad vertiginosa las inmensas compuertas de su panza, engulló su comparativamente raquítica presa. Ahora albergaba en su interior un poco más de materia extra para obtener combustible. En realidad no era ese el verdadero motivo. Esta vez la presa no había sido destinada a tal fin, pero en cualquier caso igualmente confinada como el resto de trofeos en una cámara de carga, inertizada en sus características gravitatorias y su naturaleza física normal. O sea, el control total de una enormidad en una cavidad mucho más grande. Flotando en un éter energético especial, esperaba su destino. Nave sin más preámbulos, volvió a proseguir camino, pero esta vez a una velocidad de reconocimiento visual.
-Ese es mi destino.
Ist se refería al desnudo armazón que tenía ante su vista.
-NAVE. Procediendo.
A continuación, una lengua de energía envolvió la esfera conformada por incontables hilos de materia tubular plateada. La nave, casi seis veces mayor que el juguete de corroídas entrañas, chorreaba su fluido amarillento cubriendo en un parpadeo su superficie.
-Secuencia.
-NAVE. Inicio.
IST sujetaba en sus manos con clara apatía una representación en bioplasma de cómo iba a quedar el juguete. La energía, controlada por una tecnología apabullante comenzaba, como si de un colosal pantógrafo se tratase, a tallar a gigantesca escala una fiel recreación de la miniatura sobre aquel peculiar ovillo. Y así, alzábanse de inmediato y con brillantez artística montes, mares, playas, fiordos, istmos, lagos... Una atmósfera respirable. Ahora un planeta.
-NAVE. Dos estados. Fin. S.H.O. cero. Condiciones de habitabilidad correctas. Procedimiento completo.
Un planeta nuevo. En sólo dos míseros estados. Partícula Q a partícula Q cada una en su ubicación exacta, reproducíase el boceto con brutal fidelidad, y sin duda funcional para la vida. Nada especial para el creador: lo había repetido en incontables ocasiones. Rutina. Para fabricar aquella piel instantánea dos planetoides y medio del Sistema Nt2-24-r recolectados en tránsito habían desaparecido en la curiosa proyección masa-energía-masa. Ningún problema, tan sólo se trataba de un cambio de apariencia totalmente reversible. Había que recoger antes de irse, era lo estipulado según el manual para estas operativas. El apéndice-cabina, centro de operaciones y tantas otras cosas, se separó y se dirigió hacia la obra recién creada. Ist divisaba a través de su descomunal mirador un mundo a medida. El mismo que las últimas tres veces anteriores, y réplica exacta del más occidental de los tres planetas Enlañ que solía visitar para acopio de provisiones. Cuando gusta un diseño, sueles repetir.
Ist era comandante de orden 3, la más alta previa al acceso al generalato de menor categoría, pero sólo por ello ya poseía implantes no intrusivos para control de acceso A02, lo cual le permitía disponer de la máxima información, sin criba previa, en todos aquellos aspectos registrados en las bases de conocimiento de Ría; a excepción, claro estaba, de la reservada para el generalato. Pensaba y se le proporcionaba. Una cubierta fina, casi invisible, de material bio conversor energía-tiempo-energía, fijada sobre el cuero cabelludo, le dotaba de acceso inmediato al máximo poder deseado. Sabía de este modo del fracaso de tantas teorías acerca de la energía y la materia. Le gustaba recordar aquellas ancestrales leyendas relativas al control del tiempo; gran inconveniente o gran suerte para cualquier civilización. O de aquella hipótesis clásica que indicaba dogmáticamente que el incremento de la velocidad próximo al de la luz aumentaría proporcionalmente la conversión de energía en materia hasta niveles infinitos, imposibilitando así que este fenómeno pudiera darse. Todo lo contrario: en la actualidad cualquier vulgar transporte la doblaba con facilidad. En realidad la teoría no fallaba esencialmente, pero aquella limitación se había superado holgadamente porque los científicos habían podido controlar el fenómeno de la línea temporal de la energía, que permitía derivar esta en tiempo; es decir, en transporte de la materia en lugar de generación de más de la misma. Convertir en materia la energía y viceversa era algo que ya se conocía desde hacía mucho tiempo, pero que esta les proveyera del extraño fenómeno que les permitía desplazarse decenas de años luz en un suspiro, y su increíble capacidad como uso autodefensivo, eran regalos impagables. Todo ello, y sumado a que disponían de los conocimientos necesarios para adecuar la gravedad de cualquier cuerpo planetario a las necesidades humanas -fuera cual fuera su tamaño- había permitido al pueblo riano alcanzar los confines del Universo, algo que nadie más tenía a su alcance. De hecho, si aquel recién capturado asteroide había estado rotando alrededor del cableado planeta fantasma hasta el momento, sólo podía deberse a que algún mando riano había actuado intencionadamente sobre el sistema gravitatorio de ambos para que persistiera el recíproco equilibrio de forma artificial.
Ría, un pueblo respetado a la fuerza y no discutido -por si acaso-, salvo por aquellos que como las naves que poco antes habían reventado en el espacio demostraban su ignorancia más supina, como macro estado, confederación de provincias galácticas, se había eregido finalmente en pacificador necesario; y con ello, había conseguido unir según sus intereses y ordenar, también según sus intereses, -a las bravas claro estaba- sin contemplaciones, punto, todo un mundo de provincias distribuidas en eje radial. A pesar de todo, proliferaban –aún- demasiadas civilizaciones residuales, rastro de la diáspora que desde Sistema Madre, en algún momento se había expandido hacia puntos cada vez más alejados del espacio, y que tenía su exponente más avanzado en su propio pueblo.
Tenían a su disposición una buena herramienta con la que impartir cathedra y repartir estopa: “el elemento extraño”, cuya naturaleza trinitaria -tiempo, espacio y energía- convergía de un modo indistinto e indivisible. Algún científico se atrevió a bautizarla como “la partícula divina”, aunque más prosaicamente era conocida como partícula “Q”, trabajada a conciencia por los mejores cerebros de ese invencible pueblo.
La civilización riana había elevado el concepto de lo relativo a su máximo exponente; el límite del Universo lo marcaban ellos. Hasta el momento habían establecido marcas que les habían llevado hasta distancias, en sucesivas generaciones, de más de doscientos setenta y ocho mil pársec; y parecía no haber fin. De hecho, el avance hacia más allá había sido regulado y no se progresaba más que lo que se convenía por parte de las autoridades. Aquellas distancias alcanzadas tan sólo representaban una medida de conveniencia que alguien dictaba cubrir cuando procedía. Quien lo dictaba -¿quién?- sabría por qué.
El pársec era de las pocas medidas -aparte del año luz, aunque poco a poco relegado por medidas intermedias- que aún se conservaban desde la huida del Sistema Madre. Nadie superaba su tecnología, nadie había construido diseños tan avanzados... y de dimensiones tan formidables. A las naves rianas y a sus tripulaciones no les afectaba campos gravitatorios de ningún calado, ni producían estos efectos en reciprocidad, lo cual les permitía abordar cualquier interacción con otros planetas -y por supuesto, con otras naves- de la forma más eficaz, sencilla y directa. Aproximar dos de estos colosos entre sí hasta casi tocarse, o acercarse hasta lo verdaderamente obsceno a un planeta indiferentemente de sus dimensiones, y mantener la posición entre ambos inalterable, era casi un juego de niños. El proceso de conversión masa-energía, dado que los itinerarios eran tan abismalmente lejanos, exigía el aprovisionamiento de materia en cantidad proporcional. Se consumía asteroides y según las necesidades hasta mismo planetas. Combustible. Un viaje medio de 100 pársec requería de una media de un tres por ciento de un asteroide medio riano. Para los máximos esfuerzos de velocidad, con el fin de realizar traslados hacia las marcas más extremas en un tiempo aceptable, se habían construido las Naves Uno, que lograban obtener su objetivo: 1,1 pársec por estado, pero el tamaño así requerido superaba ocho veces veces el tamaño de la nave de Ist.
En cualquier caso, se producía un inevitable y complejo deshecho: la materia-energía-materia Nu, séptimo estado de la materia. Aparentemente idéntica a la riana en propiedades, pero con una característica especial: el proceso materia-energía, era materia-energía-energía NU, de la que había que desprenderse en forma de eyecciones energéticas que sedimentaban tras breve tiempo en similar materia 1-normal-riana. Aunque se trataba en realidad de materia-nu, algo sumamente distinto.
La nave de Ist era de tipo DOS, pero desde siglos, como cualquier otra de la flota riana, también estaba dotada de esa tecnología y las mismas exigencias por tanto de liberarse de tal escombro. Dado que se había estipulado una ruta concreta a seguir siempre para la exploración, existía una zona corredor en la que toda nave estaba obligada a evacuar todo aquel detritus postenergético. Se la terminó denominando “el estercolero”.
Ist había cumplido 25 ciclos durante la misión. Era un hombre joven, pero a pesar de todo bien curtido en la Academia. Quince ciclos. Licenciado número ocho millones cuatrocientos treinta y seis mil ochocientos veinte tres de su promoción, entre... cincuenta y cinco millones de cadetes del planetoide Em. Como a todos los de su edad, todavía no le había llegado la oportunidad de relacionarse socialmente más allá de sus propios camaradas y jefes, y por tanto las cuestiones de humana familiaridad “y de otra índole” eran en la práctica menos conocidas para él que la inmensidad del espacio. Había realizado cientos de viajes en misiones solitarias como esta, pero también en multitudinarias rodeado de tanta gente como correspondía a una nave de tales proporciones. Normalmente con un destino de colonización y en alguna ocasión, como gigantesco paritorio, pues en Ría el nacimiento estaba estrictamente prohibido por razones de incuestionable estrategia. Pero ello no significaba que tuviera contacto directo con aquellos coetáneos Pero, ¿por qué aquellas reuniones masivas de familias al completo? Pues, oficialmente, porque el nacimiento obligaba a la evacuación de toda la familia para su traslado a nuevos mundos. Sí, bien, pero…, en serio, ¿sería realmente por eso? Ist se lo había preguntado muchas veces pero sabía perfectamente que era de las pocas respuestas que no estaban a su alcance, con o sin implante. Razones de Estado ¿Para qué preocuparse entonces? Los asuntos de aquella hípernación fluían de un modo tan inabordablemente coordinado que cualquier análisis crítico terminaba convergiendo en pura inutilidad filosófica. Sin embargo en su interior gritaba un pensamiento, la verdad, poco emocionante: rutina, rutina; rutina. Aunque su inteligencia superaba considerablemente la alta capacidad media de un riano, irónicamente se requería de esta sólo para la aprobación de los estímulos mentales que le proporcionaba el implante. Todos los conocimientos científicos, documentación técnica... Todo estaba en el. Demasiada estimulación para hacerse caso a sí mismo. Llegaba un momento que parecía que el chisme le hablara. Y en realidad lo hacía: “hola Ist”, “¿cómo te va Ist?”, “tienes estas opciones Ist...”. Tal vez no sólo aprendía él. Menos mal que el implante no estaba configurado para leer pensamientos, lo cual técnicamente era de lo más sencillo ¡Cuántos exabruptos se había ahorrado la súper maquinita!
Ist estaba cansado, sólo la consejera voz -el implante, la nave, o ambos- era su perenne compañía. Al menos era compañía. Configurable compañía: “Nave…, voz masculina... Nave... voz femenina... Nave, habla al revés... cuéntame un chiste... emite un “ser…””. Impecablemente diseñada, como una más de sus funciones Nave también tenía la de proporcionar compañía, y para ello era capaz de emitir desde cualquier punto de su especial dermis plásmica una especie de morphoide “al gusto”; en realidad una forma de vida inteligente, y la verdad, ciertamente autónoma. No solamente reproducía las capacidades técnicas de la nave: era mucho más. Aunque finalmente, tras finalizar su misión volvía a ser reabsorbida por la misma. El ser podía ser, oh sí, configurable, de tal modo que podía adoptar con total y absoluta fidelidad la réplica de otras formas humanas, pero siempre supeditado a su autoridad. A falta de vida real, contaba con un sustitutivo bastante original.
Pero estaba cansado, sí, estaba cansado; cansado de no saber por qué todo estaba hecho así y no había forma de evitar que todo fuera así. Que el orden establecido aparentara normalidad y sin embargo nada estuviera en su sitio en su cabeza. Ahora tocaba esto y todo estaba preparado para afrontar ese paso.
Sí, cansado, pero el ser al menos era un elemento de diferenciación en los regulados movimientos cotidianos de su vida. De este modo, automáticamente, cuando Ist realizaba cualquier desacople, Nave emitía el morphoide, que hacía de carabina sin posibilidad de evitación por su parte; así que lo tenía asumido con naturalidad. Y hasta lo había bautizado: “Ri”. En esas circunstancias el morphoide era inconfigurable, y su aspecto irremediablemente, absolutamente… militar. Diríase que, terriblemente militar. Podía estar seguro en ese aspecto: ya había podido comprobar su efectividad en alguna ocasión. Total, no en vano, no era él, sino él y la nave; o mejor dicho: él y todos los recursos de Nave. Ya podía asegurarlo. Recordaba, demasiado a menudo, aquella ocasión en la que había desembarcado en misión rutinaria, en uno de tantos planetas solitarios para un trámite de carga de mercancías. Por algún motivo, se había producido durante la tercera fase nocturna un motín entre la tripulación de una nave compañera. Él ya gozaba de su actual rango, pero aquella gente no, y carecían por tanto de una protección como Ri. En algún momento -según esclareció la investigación posterior- se demostró que estos habían ingerido drogas alterantes de oscuro origen y peor composición. El consumo de determinadas drogas que no dejaban ni efectos secundarios ni rastro orgánico alguno era algo habitual y hasta relativamente tolerado, pero tal vez por error -o sabotaje- se habían metido aquel veneno en el cuerpo. El resultado: una brutal alteración tanto de sus funciones mentales como biológicas, hasta un nivel tan increíble que más parecían enfurecidos demonios que seres humanos reconocibles. Como quiera que fuese, de repente se vio solo y perdido en una enorme habitación cuadrangular sin escapatoria entre aquellos engendros incontrolados ¿Solo? No, solo no: a su lado tenía la muerte amiga vestida de noche. Ri procedió sin piedad, a pesar de sus repetidos desesperados intentos por evitarlo. Le llegó unos miserables cots fulminar a sesenta enloquecidos. Mala suerte, Ri procedió a la eliminación como método óptimo para asegurar la primordial integridad de su protegido. Si al menos hubiesen gozado de una categoría dos, Ri habría detectado inmediatamente los postizos craneales y consiguientemente decidido en base a soluciones no letales. Siempre que fuese posible. Nadie objetó nada al joven oficial, todo el mundo sabía perfectamente que lo único que había ocurrido era el cumplimiento de un protocolo en el que él sólo había sido un mero observador. De todas formas, no podía dejar de sentirse culpable; de algún modo. Siendo justos, indudablemente Ri había cumplido, y siendo realistas, le había salvado la vida con más que toda la seguridad del Universo. Un sentimiento agridulce con efectos secundarios no muy agradables por la parte agria. En más de una ocasión, en alguna reiterada pesadilla no del todo superada, seguía viendo volar trozos de carne por doquier en un espantoso escenario inundado de sangre. Para Ri todos los medios y métodos de eliminación eran válidos, la efectividad ante todo; cuño de la casa.
-Puede salir, Comandante.
Ist vaciló un poco. Qué asco de vida hacer y deshacer los pasos una y otra vez acompañado de aquel ser con tan intransigentes manías, y qué distinto la relación formal entre su estado actual y el de la normal convivencia. Si le preguntasen cuál sería la más reseñable diferencia que distinguirían uno y otro estado, respondería sin vacilar que el de la sustitución del “tú”, por el “usted”.
Como en anteriores ocasiones, se adentró en su morada de diseño, aunque sólo por fuera la carcasa daba el pego de fantasía, pues su interior estaba constituido por simples compartimentos estancos intercomunicados por compuertas confeccionadas con el mismo plasma que conformaba todo el conjunto. El resultado era un diseño tan sobrio e impoluto como el interior de un laboratorio de montaje de bioductores de vacío. Un catre acolchado, razonablemente cómodo, y nada más. Ri podría proveerle del resto de todo aquello que necesitase, menos alegría, claro; por lo menos mientras vistiese de odiosa oscuridad.
Siempre que se producía un “encuentro” se realizaba en terreno neutral. “Ni en tu nave ni en la mía”. Se trataba de uno de los primeros principios básicos que se aprendía en la Academia, porque la nave era sagrada; una segunda piel literalmente. Igual de respetado era aquel que consideraba la invitación directa - ya fuera por tele transporte o física- al interior de la nave propia, como una potencial fuente de problemas que había que evitar a toda costa. Ist, fuera de eventos oficiales de protocolo, y alguna especial excepción, jamás había recibido a nadie en la suya. De tanto dialogar con aquellas paredes ya casi Nave y él eran uno. Tampoco debía de temer mucho por su aparente vulnerabilidad en el exterior, allí estaba Nave en forma del escorpión Ri. “¿Una sonrisa?”. Qué va, lo de siempre: permanecer indolentemente estático; nada que hacer ante el paradigma del soldado perfecto.
Ist se echó y esperó, hasta volver a escuchar el sonido de su impenitente guardián que señalaba contacto. La cabezada le había durado una manito de estados. Como siempre, trataba de imaginar que la puntualidad en su vida era algo superable. Nada más lejos de la realidad, la habitual exactitud se imponía una vez más. El reposo había durado lo estimado. Un cordial “vamos” aceleró la marcha. Ri adoptó nivel tres, el máximo protocolo de aproximación. En Ría no existían términos medios; cazar desprevenido a un riano era cosa complicada, eufemismo de imposible. A Ist no le dejaba de admirar -y era de las pocas cosas que todavía le llamaba la atención- como aquel morphoide militar podía tener un aspecto aún más marcial. Daba un “no se qué” extraño, observar como en un abrir y cerrar de ojos todo su maniquí articulado se teñía de negro bien negro, más que negro. Apenas se podía distinguir nada más que negrura en todo sí. Cuán diferente era la versión hogareña: Ri podía adoptar múltiples formas. A su dueño le encantaba una en concreto, en muy previsible forma de mujer, que además coincidía con la de serie. No, la verdad que no tenía que dar muchas vueltas. Había que reconocerle el magnífico gusto de sus creadores. Con ella practicaba todo el sexo del mundo; y más. Sí, efectivamente, ¿para qué seleccionar otra variante? Siempre la misma petición: “Nave: Eva”. Siempre Eva. Porque tenía todo lo que le gustaba. Sería muy artificial por dentro, pero el chasis daba el pego con matrícula de honor. Eva... Siempre Eva. Tenía todo lo que necesitaba, motivo por el cual, la verdad, no echaba de menos el -o incluso un- modelo de carne y huesos de toda la vida. Era irónico pensar que aquella terrible máquina aséptica e inflexible en todo podría más tarde estar haciendo, tierna y cariñosa a no va más, el amor con él; bueno, técnicamente “esa emulsión de plasma morphoide de cualquier parte de la pared de la Nave”.