Kitabı oxu: «La terraza del frangipani»

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Mia Couto

LA TERRAZA DEL FRANGIPANI

Traducción de Guillermo Saavedra


Hay crímenes que desafían la lógica. Su rango de singularidad abre la puerta a una historia mayor. A un caso de esta naturaleza se enfrenta el inspector Izidine Naíta. Es un policía de ciudad y debe investigar el asesinato del director de un asilo, albergado en un edificio que fue una legendaria fortaleza, ubicada lejos de la modernidad urbana. El país es Mozambique; el año, 1976. Poco tiempo atrás hubo una revolución, entre otras misiones, aspira a dejar atrás la cultura ancestral, los mitos y las leyendas.

La primera sorpresa surge en los interrogatorios: cada uno de los sospechosos se declara culpable; cada uno detalla las buenas razones que lo llevaron a cometer el crimen. El inspector no tiene más remedio que investigarlos, hurgar en el pasado de sus vidas y de la región; vale decir, en el Mozambique que la revolución quiere sepultar.

No se dará tan fácilmente por vencido. Mientras avanza la investigación, el relato se puebla de episodios fabulosos y violentos. Un fallecido vuelve brevemente a la vida porque no ha muerto “bien” y puede convertirse en héroe nacional, las leyendas populares se imponen a la investigación detectivesca, la tradición del lugar, una tradición donde la fantasía y la magia son aliadas y hermanas de la mera realidad y no rivales, se convierte en actor principal.

Solo un escritor como Mia Couto, de una destreza narrativa notable, puede convertir una trama policial en una impecable y sorprendente novela sobre el destino de un país. Su escritura diáfana, su magistral manejo de los tonos, sumerge al lector en un palpitante y colorido misterio. Al cabo, en La terraza del frangipani el crimen primordial no es el del director del asilo, sino el pasado de un pueblo, aquello que se quiere eliminar.

Couto, Mia

La terraza del frangipani / Mia Couto. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Guillermo Saavedra.

ISBN 978-987-628-615-2

1. Novelas. I. Saavedra, Guillermo, trad. II. Título.

CDD 808.8996

Título original: A varanda do frangipani

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Primera edición en Argentina: mayo de 2021

Obra apoyada por la DGLAB / Cultura y por Camões, IP - Portugal


© Mia Couto, 1996

Conforme al acuerdo celebrado con Literarische Agentur Mertin Inh. Nicole Witt e. K., Frankfurt am Main, Alemania

© de la traducción Guillermo Saavedra, 2021

© De la presente edición Edhasa, 2021

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ISBN 978-987-628-615-2

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Edición en formato digital: mayo de 2021

Conversión a formato digital: Libresque

Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Nota del traductor

  Epígrafe

  Primer capítulo. El sueño del muerto

  Segundo capítulo. Debut entre los vivientes

  Tercer capítulo. La confesión de Navaia

  Cuarto capítulo. Segundo día entre los vivientes

  Quinto capítulo. La confesión del viejo portugués

  Sexto capítulo. Tercer día entre los vivientes

  Séptimo capítulo. La confesión de Nhonhoso

  Octavo capítulo. Cuarto día entre los vivientes

  Noveno capítulo. La confesión de Nãozinha

  Décimo capítulo. Quinto día entre los vivientes

  Undécimo capítulo. La carta de Ernestina

  Duodécimo capítulo. De regreso al cielo

  Décimo tercer capítulo. La confesión de Marta

  Decimocuarto capítulo. La revelación

  Decimoquinto capítulo. El último sueño

  Glosario

  Notas del traductor

  Sobre el autor

Nota del traductor

Desde hace casi cuarenta años, Mia Couto está empeñado en desentrañar las contradicciones y desgarramientos de su país y en restañar, por vía de una escritura conmovedora, sus hondas heridas, frutos amargos del colonialismo, de los enfrentamientos étnicos y de una guerra civil que desangraron Mozambique, pero no sus ricas, diversas y antiquísimas tradiciones.

Hijo de emigrantes portugueses, se nutrió sin duda de la cultura familiar oriunda de Europa pero abrevó también en las cosmovisiones ancestrales de las diferentes culturas aborígenes.

Biólogo y periodista de profesión, ha sido en la literatura –un delicioso libro de poemas, varios libros de crónicas, cuentos y novelas deslumbrantes– donde Couto encontró el territorio más fértil para hacer de sus indagaciones, siempre abiertas y nunca apodícticas, un hondo y bello ejercicio de reconciliación simbólica de las partes en disputa.

Atentas a la razón pero más aún a las necesidades de la sensibilidad y la intuición, respetuoso de las creencias porque encuentra en ellas el reverso insoslayable de las convicciones del intelecto, sus narraciones hacen del lenguaje algo mucho más fructífero y complejo que una herramienta. Lo convierten en el escenario, cuando no en el protagonista, de los conflictos que las atraviesan y alimentan.

Escritas en portugués, o más bien a partir de esa lengua europea y etnocéntrica, las historias de Couto avanzan hacia una suerte de lengua franca que reproduce, de hecho, el proceso sufrido por la lengua de los conquistadores en contacto con las de los pueblos sometidos. Saludablemente contaminada por términos de los pueblos originarios de Mozambique, la lengua portuguesa de las narraciones de Couto acaba por dar cobijo a términos provenientes de las diversas lenguas ancestrales y, sobre todo, incursiona en el neologismo como el modo más expresivo de escapar de la claustrofobia de una lengua dominante y ajena. También, como una forma hermosamente poética de insinuar que las verdades más resbalosas requieren sonoridades y perfumes que prosperan fuera de los diccionarios y las gramáticas oficiales.

En esta novela en particular, los personajes persisten en encontrar modos singulares de decir lo suyo, apelando a un idiolecto personal e íntimo que no necesariamente comparten con los demás. Inventores espontáneos de términos y metáforas, poetas de la ocasión y la necesidad, reformulan refranes y conceptos establecidos y, a menudo, fusionan en una palabra dos términos ya existentes en portugués para condensar un sentido que ninguna de las palabras así unidas serían capaces de convocar por separado.

Emprender la tarea de traducir la prosa de Mia Couto impone el desafío de encontrar analogías y equivalencias que resuenen de manera eficaz y no demasiado forzada en la lengua de destino pero, por sobre todo, mantener viva la voluntad poética, el espesor expresivo de sus poderosas invenciones verbales.

Dos formas de la felicidad han contribuido, en este caso, a mi trabajo: la generosa disposición del autor para allanar las dudas más importantes y la cercanía morfológica, musical y sintáctica del portugués y el español, que hizo posible mantener lo esencial en el traspaso a nuestra lengua.

El lector encontrará en el texto expresiones ajenas a la lengua castellana establecida, proverbios reformulados y palabras compuestas cuyo sentido es casi siempre evidente, por la propia naturaleza de esos términos o por el contexto. En los casos en que he considerado que esa evidencia no era tal y sin embargo era preferible sostener esos neologismos, he agregado unas pocas “Notas” que, para no entorpecer la lectura, reuní al final de este libro, a continuación de un “Glosario” que el propio autor incluyó en su obra original, para esclarecer el significado de unos cuantos términos incluidos en la novela provenientes de otras lenguas, diferentes del portugués.

Una traducción es siempre un acto de hospitalidad doble: de la lengua de origen, que abre la puerta para que una lengua extranjera entre a visitarla; y de la lengua de destino, que abre la suya para que la lengua extranjera se haga un lugar y aprenda a vivir en ella. Los anfitriones de ambas márgenes, en este caso, han sido el gran escritor que es Mia Couto y los editores de Edhasa, en la persona de Fernando Fagnani y su eficaz equipo de colaboradores. Agradezco a todos ellos la confianza, con el modesto deseo de no haberla traicionado.

Guillermo Saavedra

Epígrafe

Chaka, creador del imperio Zulú, a sus asesinos:

“Nunca gobernaréis esta tierra.

Ella solo será gobernada por las golondrinas del otro

lado del mar,

aquellas que tienen orejas transparentes”.

(Citado por H. JUNOD)

“Mozambique, ese inmenso balcón

sobre el Índico…”

(EDUARDO LOURENÇO,

en la despedida de Maputo, en 1995)

Primer capítulo
El sueño del muerto

Soy el muerto. Si tuviese cruz o lápida, en ellas estaría escrito: Ermelindo Mucanga. Pero fallecí junto con mi nombre hace casi dos décadas. Durante años, fui un vivo patentado, persona de autorizada raza. Si viví con rectitud, me desglorifiqué en el fallecimiento. Me faltó ceremonia y tradición cuando me enterraron. No tuve siquiera quien me doblara las rodillas. La persona debe salir del mundo tal igual como nació, acurrucada en ahorro de tamaño. Los muertos deben tener la discreción de ocupar poca tierra. Pero yo no gané el derecho a una fosa pequeña. Mi sepulcro se extendió por toda mi dimensión, del extremo a la extremidad. Nadie me abrió las manos mientras aún me enfriaba. Me transité con los puños cerrados, atrayendo la desgracia sobre los vivos. Y peor aún: no me volvieron el rostro de cara a los montes Nkuluvumba. Nosotros, los Mucangas, tenemos obligaciones para con los antepasados. Nuestros muertos miran hacia el lugar donde la primera mujer se salteó una luna, redonda de vientre y alma.

No fue solo el debido funeral lo que me faltó. Los descuidos fueron más lejos: como yo no tenía otros bienes, me sepultaron con mi sierra y el martillo. No debían haberlo hecho. Nunca se deja entrar en la tumba ningún metal. Los fierros demoran más en pudrirse que los huesos del muerto. Y aún peor: todo lo que brilla llama a la maldición. Con tales inutensilios, me arriesgo a ser uno de esos difuntos que causan desastres en el mundo.

Todas esas torpedezas sucedieron porque morí fuera de mi lugar. Trabajaba lejos de mi pueblo natal. Como carpintero, en obras de restauración de la fortaleza de los portugueses, en São Nicolau. Dejé el mundo la víspera de la liberación de mi tierra. Hacía un chiste: mi país nacía, en ropas de bandera, y yo descendía a la tierra, exiliado de la luz. Quien sabe fue bueno, así evité asistir a guerras y desgracias.

Como no me dieron funeral, quedé en estado de xipoco,* esas almas que vagan de paradero en disparadero. Sin haber recibido ceremonia, acabé siendo un muerto desencontrado con su muerte. No ascenderé nunca al estado de xicuembo, que son los difuntos definitivos, con derecho a ser nombrados y amados por los vivos. Soy de esos muertos a quienes no les cortaron el cordón desumbilical. Formo parte de aquellos que no son recordados. Pero no ando por ahí, pandemoniando a los vivos. Acepté la prisión de la sepultura, me guardé en el sosiego que compete a los fallecidos.

Me ayudó el haber quedado junto a un árbol. En mi tierra, eligen una marula. O una mafurreira. Pero aquí, en los alrededores de este fuerte, no hay más que un muy magro frangipani. Me enterraron junto a ese árbol. Sobre mí, caen sus perfumadas flores. Tanto y tantas que ya huelo a pétalo. ¿Vale la pena endulzarme así? Porque ahora solo el viento me huele. Del resto, ninguno me cuida. A eso ya me resigné. Incluso esos que rondan, puntuales, los cementerios, ¿qué saben ellos de muertos? Miedos, sombras y oscuridades. Hasta yo, fallecido veterano, cuento sabiduría con los dedos de una mano. Los muertos no sueñan, eso se lo digo. Los difuntos solo sueñan en noches de lluvia. Fuera de eso, ellos son soñados. Yo, que nunca tuve quien me dejase un recuerdo, ¿por quién soy soñado? Por el árbol. Solo el frangipani me dedica nocturnos pensamientos.

El frangipani ocupa una terraza de una fortaleza colonial. Aquella terraza ya fue testigo de mucha historia. Por ella se escabulleron esclavos, marfiles y paños. En aquella piedra, estallaron cañones lusitanos contra navíos holandeses. A fines de la época colonial, se decidió construir una prisión para encerrar a los revolucionarios que combatían contra los portugueses. Tras la Independencia, allí se improvisó un asilo para ancianos. Con la gente de la tercera edad, el lugar decayó. Vino la guerra, dando pasto a las muertes. Pero los tiros sonaron lejos del fuerte. Terminada la guerra, el asilo quedó como una herencia para nadie. Allí se decoloraban los tiempos, todo adormecido en silencios y ausencias. En ese desorden, me amoldaba a ser imposible antepasado.

Hasta que un día me despertaron golpes y estremecimientos. Estaban revolviendo mi tumba. Pensé en mi vecino, el topo, ese que quedó ciego para poder ver las tinieblas. Pero no era el animal excavador. Palas y azadas ofendían lo sagrado. ¿Qué revolvía aquella gente, avivando así mi muerte? Espié entre las voces y entendí: los gobernantes querían transformarme en héroe nacional. Me envolvían en gloria. Ya habían puesto a circular que yo había muerto en combate contra el ocupante colonial. Ahora querían mis restos mortales. O mejor, mis restos inmortales. Necesitaban un héroe, pero no uno cualquiera. Carecían de uno de mi raza, tribu y región. Para calmar las discordias, equilibrar los descontentos. Querían poner en la vitrina la etnia, querían raspar la cáscara para exhibir el fruto. La nación carecía de una escena. ¿O sería al revés? De necesitado, yo pasaba a ser necesario. Por eso me tumbaban el cementerio, bien al fondo del huerto de la fortaleza. Cuando me di cuenta, quedé atrapayaso.

Nunca fui hombre de ideas, pero tampoco soy muerto de esconder la lengua. Yo tenía que deshacer aquel engaño. De lo contrario, nunca más tendría sosiego. Si fallecí, fue para ser una sombra solitaria. No era para fiestas, aspavientos y tambores. Más allá de eso, un héroe es como un santo. Nadie lo ama de verdad. Se acuerdan de él en urgencias personales y aflicciones nacionales. No fui amado cuando vivo. Prescindía ahora de esa trampa.

Me acordé del caso del camaleón. Todos conocen la leyenda: Dios envió al camaleón como mensajero de la eternidad. El animal se demoró en entregar a los hombres el secreto de la vida eterna. Se demoró tanto que dio tiempo a que Dios, a su vez, se arrepintiera y enviara a otro mensajero con el recado contrario. Pues yo soy un mensajero a la inversa: llevo recado de los hombres para los dioses. Me estoy demorando con el mensaje. Cuando llegue al lugar de las divinidades ellas ya habrán recibido la contrapalabra de otro.

Es verdad que yo no tenía apetencia de héroe póstumo. La condecoración debía ser evitada, aunque costase un ojo de la cara. ¿Qué podría hacer yo, fantasma sin ley ni respeto? Pensé en reaparecer en mi cuerpo de cuando estaba vivo, joven y afortunado. Me retrotraería a través del ombligo y surgiría, del otro lado, fantasma palpable, con voz entre los mortales. Pero un xipoco que reocupa su antiguo cuerpo se arriesga a peligros muy mortales: tocar o ser tocado basta para alborotar corazones y sembrar fatalidades.

Consulté al pangolín, mi mascota. ¿Hay alguien que desconozca los poderes de este animal con escamas, nuestro halakavuma? Este mamífero vive con los muertos. Baja de los cielos en tiempo de grandes lluvias. Cae en la tierra para entregar novedades al mundo, las proveniencias del porvenir. Tengo un pangolín conmigo, como en vida tuve un perro. Él se acurruca a mis pies y lo uso de almohada. Le pregunté a mi halakavuma qué debía hacer.

–¿No quieres ser héroe?

¿Pero héroe de qué, amado por quién? ¿¡Ahora, que el país era una plantación de ruinas, me llaman a mí, pequeño carpintero!? El pangolín se intrigó:

–¿No te gusta estar vivo otra vez?

–No, como está mi tierra, no me gusta.

El pangolín rodó sobre sí mismo. ¿Perseguía la extremidad de su cuerpo o afinaba la voz para que yo le entendiese? Porque no es con cualquiera que el animal habla. Se irguió sobre sus patas traseras, con ese gesto de persona que estremetía conmigo. Señaló el patio de la fortaleza y dijo:

–Mira a tu alrededor, Ermelindo. Incluso en medio de estos destrozos nacerán flores silvestres.

–No quiero regresar allá.

–Es que aquel será, para siempre, tu jardín: entre piedra herida y flor salvaje.

Me irritaban aquellas divagaciones del escamoso. Le recordé que lo que yo quería era un consejo, una salida.

El halakavuma cobró gravedad y dijo:

–Ermelindo, tú debes remorir.

¿Volver a fallecer? ¡Si no fue fácil dejar la vida la primera vez! Siguiendo la tradición de mi familia, no debería ser siquiera tarea realizable. Mi abuelo, por ejemplo, duró infinidades. Con certeza, todavía no murió. El anciano dejaba la pierna apartada del cuerpo, dormía cerca de peligrosas espesuras. Se ofrecía, de ese modo, a la mordedura de las víboras. El veneno, en dosis, nos da más vida. Hablaba así. Y parecía que la vida le daba la razón: estaba cada vez más lleno de carácter y forma. El halakavuma se parecía a mi abuelo, obstinado como un péndulo. El animal insistía:

–Elige a alguien que esté próximo a acabar.

¿El lugar más seguro no es el nido de la víbora mamba? Yo debía emigrar a un cuerpo que estuviese cerca de morir. Aprovechar el envión de esa otra muerte y disolverme en esa finitura. No parecía difícil. En el asilo, no faltaría quien estuviese por morir.

–¿Quiere decir que voy a tener que fantasmearme en alguien?

–Irás a ejercer como xipoco.

–Déjame pensarlo –dije.

En el fondo, la decisión ya había sido tomada. Yo apenas fingía ser dueño de mi voluntad. Esa misma noche, estaba a punto de ser xipoco. En otras palabras, me transformaba en un pasa-noche1 viajando con la apariencia de algún otro. En el caso de reocupar mi propio cuerpo, sería visible solo de frente. Visto por detrás, no pasaría de un agujero. Un vacío desocupado. Desde la prisión de mi fosa, transitaba hacia la prisión del cuerpo. Tenía prohibido tocar la vida, recibir directamente el soplo de los vientos. Desde mi rincón, inluminoso, vería el mundo traslucir. Mi única ventaja sería el tiempo. Para los muertos el tiempo está pisando en las huellas de la víspera. Para ellos nunca hay sorpresa.

Al principio, aún me quedaba una duda: ¿ese halakavuma decía la verdad? ¿O inventaba, de tanto estar lejos del mundo? Hacía años que él no pisaba el suelo, sus uñas ya crecían dando varias vueltas. Si hasta sus patas tenían nostalgia del suelo, ¿por qué su cabeza no iba a imaginar locuras? Pero enseguida me fui dejando ocupar por la anticipación del viaje al mundo de los vivos.

Me llené tanto de esta voluntad que hasta soñé sin lluvia ni noche. ¿Qué soñé? Soñé que me enterraban debidamente, como mandan nuestras creencias. Yo moría sentado, la quijada sobre el balcón de mis rodillas. Descendía a la tierra en esa posición, mi cuerpo se apoyaba en la arena que habían retirado de un hormiguero. Arena viva, poblada de andanzas. Después me arrojaban tierra con la suavidad de quien viste a un hijo. No usaban palas. Apenas se servían de las manos. Se detenían cuando la arena me llegaba a los ojos. Entonces, clavaban a mi alrededor palos de acacia. Todo con aptitud de ser flor. Y para convocar la lluvia me cubrían de tierra mojada. Así yo me aprendía: un vivo pisa el suelo, un muerto es pisado por el suelo.

Y soñé aún más: después de medianoche, todas las mujeres del mundo dormían a la intemperie. No era solo la mujer viuda la que tenía prohibido abrigarse, como era habitual en nuestras creencias. No. Era como si todas las mujeres hubiesen perdido, en mí, a un esposo. Todas estaban manchadas por mi muerte. El luto se extendía por todas las aldeas como una niebla espesa. Las lámparas iluminaban el maíz, manos trémulas pasaban con el crisol del fuego entre los graneros. Se limpiaban los campos del mal de ojo.

Al día siguiente, en cuanto desperté me puse a sacudir al halakavuma. Quería saber quién era la persona que iba a ocupar.

–Es uno que está por venir.

–¿Uno? ¿Cuál?

–Es uno de afuera. Va a llegar mañana. –Y enseguida agregó–: Fue una pena no haberme acordado antes. Una semana antes y ya estaría todo resuelto. Hace unos poquitos días mataron a un pez gordo, en el asilo.

–¿Qué pez gordo?

–El director del asilo. Lo mataron de un tiro.

A causa de ese asesinato, venía desde la capital un agente de policía. Que me instalase en el cuerpo de ese inspector y seguro moriría.

–Vas a entrar en ese policía. Deja el resto por mi cuenta.

–¿Cuánto tiempo voy a estar allá, en la vida?

–Seis días. Es el tiempo para que el policía esté muerto.

Era la primera vez que yo saldría de la muerte. Por primera vez escucharía, sin el filtro de la tierra, las voces humanas del asilo. Oiría a los viejos sin que ellos me sintiesen jamás. Una duda me molestaba. ¿Y si me terminase gustando ser un pasa-noche? ¿Y si en el momento de morir por segunda vez me apasionara por la otra orilla? Finalmente, yo era un muerto solitario. Nunca había pasado de un pre-antepasado. Lo que me sorprendía era no tener recuerdos del tiempo que viví. Recordaba solamente ciertos momentos, pero siempre exteriores a mí. Recordaba, sobre todo, el perfume de la tierra cuando llovía. Viendo la lluvia escurriéndose por enero, me preguntaba: ¿cómo sabemos que este olor es de la tierra y no del cielo? Pero no recordaba, no obstante, ninguna intimidad de mi vida. ¿Será siempre así? ¿Los demás muertos habrían perdido la memoria privada? No lo sé. Con todo, en mi caso, esperaba acceder a mis privadas vivencias. Lo que quería recordar, muy mucho, eran las mujeres que amé. Le confesé ese deseo al pangolín. Él me sugirió, entonces:

–En cuanto llegues a la vida, quema unas semillas de calabaza.

–¿Para qué?

–¿No lo sabes? Quemar semillas hace recordar a amantes olvidados.

Al día siguiente, sin embargo, repensé mi viaje a la vida. Ese pangolín ya estaba un poco avejentado. ¿Podía yo confiar en sus poderes? Su cuerpo chirriaba como neumático en curva. Su cansancio derivaba del peso de su caparazón. El pangolín es como la tortuga: camina junto con la casa. De ahí su cansancio extremo.

Llamé al halakavuma y le comenté mi negativa a trasladarme al lado de la vida. Él tenía que entenderlo: la fuerza del cocodrilo es el agua. Mi fuerza era estar lejos de los vivos. Nunca supe vivir, ni siquiera cuando estaba vivo. Ahora, sumergido en carne ajena, yo sería roído por mis propias uñas.

–Ve, Ermelindo: el tiempo allá está bonito, mojado por las buenas lluvias.

Que fuese y arropase mi alma de verde. ¿Y si encontraba a una mujer y tropezaba con la pasión? El pangolín endulzaba la charla y se hacía el desentendido. Él sabía que no era tan fácil. Yo tenía miedo, el mismo miedo que tienen los vivos cuando se imaginan morir. El pangolín me aseguraba futuros pluscuamperfectos. Todo ocurriría ahí, en la mismísima terraza, debajo del árbol donde yo estaba enterrado. Miré el frangipani y sentí nostalgia anticipada de él. El árbol y yo nos parecíamos. ¿Quién, alguna vez, regó nuestras raíces? Ambos éramos almas alimentadas de rocío. El halakavuma sentía también gratitud hacia el frangipani. Señaló la terraza y dijo:

–Aquí es donde los dioses vienen a rezar.

* Salvo excepciones, que serán comentadas por el traductor en sus “Notas”, todas las palabras que aparecen en itálica figuran así en el original. Pertenecen a lenguas aborígenes de Mozambique y son explicadas por el autor en un “Glosario” al final del volumen (N. de los E.).

Segundo capítulo
Debut entre los vivientes

Este hombre que estoy ocupando es un tal Izidine Naíta, inspector de la policía. Su profesión es vecina de la de los perros: olfatea culpas donde cae sangre. Estoy en un rincón de su alma, lo observo con disimulo para no confundir sus adentros. Porque este Izidine, ahora, soy yo. Voy con él, voy en él, voy él. Hablo con quien él habla. Deseo a quien él desea. Sueño a quien él sueña.

En este momento, por ejemplo, estoy volando en un helicóptero, en una misión enviada por la Nación. Mi anfitrión anda averiguando verdades sobre quién mato a Vasto Excelêncio, un mulato que fue responsable del asilo de ancianos de São Nicolau. Izidine iría a recorrer laberintos y dificultades. Con él, yo emigraba al penumbroso territorio de intereses, engaños y mentiras.

Observo desde las nubes, por encima del vértigo. Allá abajo, frente al mar, se ve la vieja fortaleza colonial. Es allá donde queda el asilo, es allá donde estoy enterrado. Tiene gracia que yo haya salido directamente desde las profundidades hacia las nubes. Miro por la ventanilla. La Fortaleza de São Nicolau es una mancha pequeñita que cabe en un pedacito de mundo. Mi tumba ni se distingue. Vista desde lo alto, la fortaleza es, antes, una flaqueleza. Se notan los escombros como costillas cayendo sobre el barranco, frente a la playa rocosa. Ese mismo monumento que los colonos querían eternizar en maravillas estaba ahora muriendo. Mis maderitas, aquellas que yo había procurado, agonizaban podridas, sin remedio contra el tiempo y la marea.

Durante los largos años de la guerra, el asilo estuvo aislado del resto del país. El lugar había cortado relaciones con el universo. Las rocas, junto a la playa, dificultaban el acceso por mar. Las minas, del lado interior, cerraban el cerco. Solo por aire se llegaba a São Nicolau. En helicóptero iban llegando productos de mantenimiento y visitantes.

La paz se había instalado, reciente, en todo el país. En el asilo, sin embargo, poco había cambiado. La fortaleza permanecía aún rodeada de minas y nadie se atrevía a entrar o salir. Solo uno de los asilados, la vieja Nãozinha, se animaba a caminar entre los bosques próximos. Pero ella era tan sin peso que nunca habría podido accionar un explosivo. Cuando estaba muerto, yo había sentido los pies de esa anciana pisándome el sueño. Y eran caricias, el mágico toque de la gente humana.

Ahora, me contrabandeaba por esa frontera que, antes, me había separado de la luz. Este Izidine Naíta, este hombre que me transporta, no tiene más que seis días de vida. ¿Sospechará de su próximo fin? ¿Será por eso que se apura ahora, decidido a ganar tiempo? Voy con el gesto del hombre al abrir una carpeta llena de dactilografías. En la tapa está escrito Dossier. Se ve una fotografía. Izidine pregunta en voz alta, señalando la imagen:

–¿Este era Vasto Excelêncio?

–¿Puedo verla mejor?

Miro a nuestra compañera de viaje, sentada en el asiento de atrás del helicóptero. Me da pena no haber ocupado ese otro cuerpo. Marta Gimo era mujer de mirar y saborear con la vista. Había sido enfermera en el asilo hasta la fecha del crimen. Había salido solo para prestar declaración en Maputo.

–No veo aquí a la mujer de Vasto –dijo Izidine, pasando un dedo por encima de la fotografía.

Marta no respondió. Miró hacia el mar, allá abajo, como si, de repente, una tristeza la hubiese atravesado. Se quedó con la foto entre las manos y respondió en un suspiro:

–A esa altura, la mujer de él todavía no había llegado a São Nicolau.

Ella permaneció distante, la fotografía tirada sobre el asiento. Me fijé en Izidine y tuve pena del hombre en el que yo residía: estaba perdido, acumulando dudas. ¿Qué sabía él? Que una semana atrás un helicóptero había viajado hasta la fortaleza para ir a buscar a Vasto Excelêncio y a su esposa Ernestina. Excelêncio había sido promovido a un cargo importante en el gobierno central. Sin embargo, cuando llegaron a São Nicolau no lo encontraron con vida. Alguien lo había asesinado. Lo cierto es que los del helicóptero dieron con el cuerpo de Excelêncio desparramuerto en las rocas de la barrera. Lo vieron cuando el aparato se aproximaba a la fortaleza.

En cuanto aterrizaron, descendieron la ladera para recuperar el cuerpo. Cuando llegaron a las rocas, sin embargo, no encontraron los restos de Excelêncio. Buscaron en las inmediaciones. En vano. El cadáver había desaparecido misteriosamente. Se lo llevaron las olas, pensaron. Desistieron de la búsqueda y, como anochecía, iniciaron el viaje de regreso. No obstante, cuando sobrevolaban la zona volvieron a observar el cuerpo extendido sobre las rocas. ¿Cómo había vuelto hasta ahí? ¿Estaría, después de todo, vivo? Imposible. Se notaban las extensas heridas y no había señal de movimiento. Dieron vueltas y vueltas, pero no era posible que el helicóptero aterrizase ahí. Y regresaron a la capital. Así había sucedido.

–¡Estamos llegando!

Marta hacía señas a un pequeño grupo de ancianos. El piloto nos dio indicaciones en voz alta: en cuanto tocase el suelo, debíamos salir, sin demora. El combustible daba, justo, para el viaje de regreso. Las hélices hacían eco en las paredes de piedra y nubes de polvo se erguían en remolinos. Saltamos del aparato, los viejos se encogían como perros. Se agarraban las ropas como si flotasen. Uno de ellos se agarraba con las dos manos a un mástil. Parecía una bandera en un día ventoso.

Después de que el aparato volvió a levantar vuelo, ellos regresaron a sus rincones. Marta anduvo por ahí, saludando a cada uno de ellos. Izidine intentó acercarse, pero los viejos se apartaron, fieros y distantes. ¿De qué desconfiaban?

El helicóptero se disolvió en nada en el horizonte e Izidine Naíta fue sintiéndose desamparado, perdido entre seres que se negaban a humanos entendimientos. Una semana después, el mismo helicóptero debía regresar para transportarlo a la capital. El inspector tenía siete días para descubrir al asesino. No tenía fuentes creíbles, ni pista alguna. Ni siquiera había quedado el cuerpo de la víctima. Quedaban, apenas, testigos cuya memoria y lucidez hacía ya mucho que habían fallecido.

Puso su bolso de viaje sobre un banco de piedra. Observó los alrededores y se alejó a lo largo del muro de la fortaleza. No faltaba mucho para que el sol se pusiera. Algunos murciélagos ya se lanzaban desde los aleros en vuelos ciegos. Los viejos se internaban en la oscuridad de sus pequeñas habitaciones. El policía se demoró, receloso de que la magra luz se extinguiese. Al regresar, sorprendió a un viejo hurgando en su bolso. El intruso huyó. Aunque lo llamó, desapareció en la oscuridad. Rápidamente, Izidine inspeccionó el contenido del bolso. Suspiró de alivio: la pistola aún estaba allí.

–¿Está buscando una linterna?

El policía saltó del susto. No había notado la llegada de Marta. La enfermera señaló una habitación próxima y le entregó una vela y una caja con algunos fósforos.

–Dosifique bien la vela, es la única.

El policía entró en el cuarto, ya sin luz. Encendió la vela y sacó las cosas del bolso. En el suelo cayó una pequeña lata. Agarró el objeto: no era una lata. ¿Sería un pedazo de madera? Parecía, más bien, un caparazón de tortuga. Izidine estaba intrigado: ¿cómo salió aquello de su bolso de viaje? Hizo girar el caparazón entre sus dedos y lo arrojó por la ventana. Después volvió a salir.

Izidine tenía un plan: cada noche, entrevistaría a uno de los viejos sobrevivientes. De día, procedería a investigar en el terreno. Después de cenar, se sentaría junto al fuego a escuchar el testimonio de cada uno. A la mañana siguiente, anotaría todo lo que había escuchado la noche anterior. Así surgió un pequeño libro de notas, este cuaderno con la letra del inspector fijando los dichos de los más viejos y que ahora llevo conmigo al fondo de mi sepultura. El librito se pudrirá con mis restos. Los bichos se alimentarán de esas voces antiguas.

El inspector se preguntó a quién escucharía primero. Pero no fue él quien eligió. El primer viejo apareció en cuanto Izidine salió de sus aposentos. A la luz del anochecer, parecía un niño. Traía el aro de una llanta de bicicleta. Se sentó haciendo pasar su cabeza por el aro. Izidine le pidió su versión de lo que allí había ocurrido. El viejo preguntó:

–¿Usted tiene toda la noche?

Dejó al hombre a su voluntad: él tenía la noche entera. El viejo sonrió, malicioso. Y se explicó así:

–Es que aquí hablamos de más. ¿Y sabe por qué? Porque estamos solos. Ni Dios nos hace compañía. ¿Está viendo allá?

–¿Allá, dónde?

–Aquellas nubes en el cielo. Son como estas cataratas de mis ojos: niebla que impide que Dios nos vea. Por eso somos libres de mentir aquí en la fortaleza.

–¡Antes de hablar sobre la muerte del director, quiero saber si fuiste tú el que, ayer, estaba revolviendo mi bolso!

Tercer capítulo
La confesión de Navaia

¿Quién, yo? ¿Revolver sus cosas? Usted puede preguntar a todos: no revolví ni toqué su bolso. Alguien lo hizo. No yo, Navaia Caetano. No voy a decir quién fue. La boca habla pero no señala. Además, por la boca muere el pez. Pero yo vi a ese revolveriento. Sí, lo vi. Era un cuerpo buitreando en las cosas de usted. Aquella sombra aleteó y se posó de pronto en mis ojos, se posó en todos los rincones de la oscuridad. No parecía arte de persona. ¡Brrr, se estremezcla mi alma solo de recordarlo!

Pero ahora, pregunto: ¿se llevaron sus cosas? Es que los viejos, aquí, son los propios sacadores. No es que roben. Solo sacan. Sacan sin llegar a robar. Le explico: en esta fortaleza, ninguno es dueño de nada. Si no hay propietario, no hay robo. ¿No es así? Aquí el pasto es quien come la vaca.

Niego el robo, pero confieso el crimen. Digo luego, señor inspector: yo fui quien mató a Vasto Excelêncio. No necesita buscar más. Estoy aquí, yo. Voy a agregar otra verdad, aún más parecida a la realidad: ese mulato se mató él mismo usando mis manos. Fue él quien se condenó, yo solo ejecuté su deseo matador. Lo que cumplí, si lo hice de cuerpo y alma, no fue por odio. No tengo fuerzas para odiar. Soy como la lombriz: no arrimo malas voluntades contra nadie. La lombriz, inspector, ciega y rasa como es, ¿a quién puede odiar?

Le explico, con permiso de su paciencia. Acérquese más a la luz, no le tema al humo. Ni tenga miedo de quemarse: no hay otra manera de escucharme. Mi voz está enflaqueciendo, quedándose más débil a medida que voy desgranando estas confidencias. Mientras escucha este relato, por favor quédese quieto. Es el silencio el que fabrica las ventanas por donde el mundo se transparenta. No escriba, deje ese cuaderno en el piso. Compórtese como el agua en el vidrio. Quien es gota siempre gotea, quien es rocío se evapora. En este asilo, usted debe abrir mucho las orejas. Es que nosotros aquí vivimos muy oralmente.

Todo comienza antes de los viejos tiempos. Nosotros decimos: ntumbuluku. Parece lejos, pero es allá donde nacen los días que están aún en capullo. La muerte de ese Excelêncio comenzó antes de que él naciera. Comenzó conmigo, el niño viejo.

La maldición pesa sobre mí, Navaia Caetano: sufro la enfermedad de la edad anticipada. Soy un niño que envejeció enseguida de haber nacido. Dicen que, por eso, me ha sido prohibido contar mi propia historia. Cuando termine el relato estaré muerto. O quién sabe, ¿no? ¿Será realmente verdadera esta condena? Incluso así, me intento, hago en la palabra el escondrijo del tiempo. A medida que voy contando, me siento cansado y más viejo. ¿Está viendo estas arrugas en mis brazos? Son nuevas, antes de hablar con usted, no las tenía. Pero sigo adelante, sin encontrar atajo ni alivio. Soy como un dolor que no tuviera carne donde sufrir, soy la uña que porfía en nacer en un pie que fue cortado. Concédame su paciencia, doctor.

Mi tío materno, Taúlo Guiraze, me dijo: las demás personas cuentan su historia de manera muy ligera. Un niño viejo, no. Mientras los otros envejecen las palabras, en mi caso quien envejece soy yo mismo. Y me aconsejó:

–Mi hijo, conozco una salida para ti. En el caso de que un día decidieses ser contadero…

–¿Cuál sería?

Él había oído hablar de otro niño viejo nacido en otro tiempo, otro lugar. Ese niño se divertía contando su historia, viendo cómo los otros se angustiaban por la ansiedad de verlo morir. Terminadas sus muchas historias, sin embargo, permanecía vivo.

–¿Sabes por qué no murió? Porque mintió. Las historias de él eran inventadas.

¿Mi tío me invitaba a mentir? Solo él podía saberlo. Lo que voy a contar ahora, a riesgo de mi propio fin, son trozos sueltos de mi vida. Todo para explicar lo sucedido en el asilo. Lo sé, estoy llenando de saliva su escrito. Pero, al final, usted va a entender esto que estoy entonando aquí.

Mi madre, comienzo por hablar de ella. Nunca vi una mujer tan demasiado paridora. ¿Cuántas veces se salteó una luna? Le nacían muchos hijo. Digo bien: hijo, no hijos. Pues ella daba a luz siempre el mismo ser. Cuando ella paría un nuevo niño, desaparecía el hijo anterior. Pero todos esos que se sucedían eran idénticos, gotas rivalizando en la misma agua. La gente de la aldea sospechaba de un castigo, por una desobediencia a las leyes de los ancestros. ¿Cuál era la razón de ese castigo? Nadie hablaba, pero todos conocían el origen del mal: mi padre visitaba mucho el cuerpo de mi madre. No tenía paciencia para esperar mientras mi madre amamantaba. Es norma de nuestra tradición: el cuerpo de la mujer es intocable durante las primeras leches. Mi viejo desobedecía. Él mismo anunció cómo superar el impedimento. Llevaría a los encuentros amorosos un cordón bendecido. Cuando se preparase para estremexcitar a la mujer, ataría un nudo a la cintura del niño. El encuentro amoroso podría entonces suceder sin consecuencias.

Se resolvía, en apariencia, el enfermizo destino de mi madre. Digo bien, en apariencia. Porque ahí comenzó mi desgracia. Ahora lo sé: nací de uno de esos nudos mal atados en la cintura de un hermano muerto.

Calma, inspector, estoy llegando a mí. ¿No se acuerda de lo que le dije? Nací en cuerpito frágil, siempre ajeno a la sed. Mi debut parecía haber sido bendecido: fueron lanzadas las seis semillas de hacata. Los carozos cayeron de modo certero, alineados por los buenos espíritus.

–Este niño ha de ser más antiguo que la vida.

Mi abuelo me alzó en señal de bendición y me mantuvo suspendido en sus brazos. Se quedó sin hablar como si pesase mi alma. ¿Quién sabe lo que buscaba? Entre los mil animales solo el hombre es un oídor de silencios. Mi abuelo volvió a colocarme contra su pecho, todo él entregado a la risa. Pero su felicidad se engañaba. Sobre mí recaía la maldición. Fui sabiendo de esa maldición las primeras veces que lloré. Mientras lagrimeaba, yo iba desapareciendo. Las lágrimas lavaban mi materia, me disolvían la sustancia. Pero no era solo aquella la señal de mi condición. Antes, yo había nacido sin parto. Al salir de su cuerpo, no provoqué ningún sufrimiento a mi madre, desprovisto de sustancia. Me escurrí vientre abajo, me drené por la carne materna más líquido que la propia sangre.

Mi madre enseguida presintió que yo era un elegido de los cielos. Llamó a mi padre, que bajó los ojos en cualquier dirección. Un hombre tiene prohibido enfrentar a su hijo antes de que le corten el cordón umbilical. Mi viejo mandó llamar al chirema.2 El adivino me revisó los espíritus, estornudó, tosió y, después, vaticinó:

–Este niño no puede sufrir ninguna tristeza. Cualquier tristeza, incluso mínima, le será muy mortal.

El viejo asintió fingiendo entender. Queda mal que un hombre pida explicación de comentario ajeno. Mi madre fue quien confesó no haber entendido.

–Lo que le digo, mamá, es que, si llorase, este niño podría no reaparecer nunca más.

–¿Basta una lágrima?

–Menos de una. Basta un pedazo de lágrima.

Las lágrimas me confirmaban niño, negando mi cuerpo envejecido. El chirema volvió a ser atacado por convulsiones. Los espíritus hablaban por su boca pero era como si, antes, atravesaran mi carne más profunda. La poderosa voz del adivino continuaba entre ronquido y canto. Se derramaba en frases, ascendía por espasmos. A veces, simple hilo. Otras, torrente, asombrada de su propia grandeza.

Yo era más recién que reciente pero ya escuchaba con total discernicencia. El curandero me preguntó algo en xi-ndau, lengua que yo desconocía y aún hoy desconozco. Pero alguien, dentro de mí, me ocupó la voz y respondió en ese extraño idioma. Los huesitos de la adivinación dijeron que deberían colocarme un xi-tsungulo. Me rodeó el cuello con ese collar hecho de paños. Yo no lo sabía pero, dentro de los paños, estaban los remedios contra la tristeza. Ese conjuro habría de defenderme contra el tiempo.

–Ya puedes irte.

Y explicó: aquellas palabras eran llaves que se rompían dentro de las puertas después de haberlas abierto. No servían dos veces. Mi madre guardó silencio y así, internada en sí misma, me fue arrastrando camino a casa.

–Madre, ¿cuál es la enfermedad que padezco?

Mi madre me apretó con fuerza. Nunca había sentido tal firmeza en su mano.

–No puedo hablar de eso, hijo.

Parecía que ella estaba en víspera de lágrimas. Pero no, simplemente dio vuelta el rostro. Y se alejó, cabizbaja. Heredé de mi madre ese modo de entristecerme: solo cuando no lloro creo en mis lágrimas. En ese momento, aún estaba mi tío Taúlo para develar mis padecimientos. El hermano de mi madre me dijo:

–Caetanito, tú no tienes ninguna edad.

Había sido así: yo había nacido, crecido y envejecido en un solo día. La vida de una persona se extiende por años, demorada como un desenredo que nunca encuentra las destinadas manos. Mi vida, al contrario, se había consumido entera en un solo día. A la mañana, yo era un bebé, arrastrándome, gatitoso. En la tarde, era un hombre hecho y derecho, capaz de acertar en el paso y en el habla. Por la noche, ya mi piel se arrugaba, mi voz se marchitaba y me afligía la nostalgia de no haber vivido.

Transcurrido el primer día, mi familia llamó a los habitantes y les pidió que esperasen a la vuelta de nuestra casa. El niño que así había nacido seguramente traía novedades, presagios sobre el futuro de la tierra. A esa altura, yo ya no exhibía atractivas apariencias: mi piel tenía más arrugas que una tortuga, los cabellos me habían crecido y mis uñas eran largas y curvas como las de un lagarto. Sufría de hambres sucesivas y cuando mi pobre madre me ofreció el seno mamé con tal voracidad que ella casi desfalleció. Cuando se preparaba la siguiente mamada, mi tío Taúlo levantó el brazo y mandó detener el mundo:

–¡Que ninguna mujer le ofrezca el pecho!

Él estaba advertido. Se acordaba de otro niño viejo: chupó el seno de la madre con tales provechos que ella no resistió y murió, consumida como la caña en una prensa. Vinieron las tías y ofrecieron su seno: también ellas murieron. Siempre de brazo en ristre, mi tío concluía:

–¡Que nadie le dé de mamar!

Mi madre sacudió una invisible mosca y se aproximó a mí, recostándome en su regazo.

–No puedo dejar a mi hijo sufrir de hambre –dijo ella.

Y empujó el seno por fuera de la capulana.3 Los presentes se taparon el rostro. Todos se negaron a mirar, incluso mi tío. Una pena. Así, nadie fue testigo de cómo murió.

Fue entonces que me expulsaron, enviándome a este asilo. Yo traía una maldición, estaba contaminado con un mupfukwa, el espíritu de los que murieron por mi culpa. Mi enfermedad fue nacer. Y estoy pagando con mi propia vida. Otra condena me agobia: cuando acabe de contar mi historia, moriré. Como esas madres que amamantan hasta extinguirse. Ahora lo entiendo. El parto es una mentira: no nacemos en él. Estamos naciendo desde antes. La gente va despertando en un tiempo anterior, incluso antes de nacer. Es como la planta que, en el secreto de la tierra, ya es raíz antes de proclamar su verde sobre el mundo.

¿Qué, inspector? ¿Está oyendo a esa lechuza? No tema. Ella es mi dueña, le pertenezco a esa ave. Esa lechuza me apadrinó y me sustenta. Todas las noches me trae restos de comida. A usted le causa miedo. Lo entiendo, inspector. El ulular de la lechuza hace eco en el hueco de nuestra alma. La gente se estremece al ver confirmados los agujeros por donde nos vamos escurriendo. Antes, yo también me asustaba. Ahora, ese ulular da calor a mis noches. En un rato, voy a ver lo que, esta vez, ella me trajo.

Me estoy extraviando, dirá usted. No, solo estoy ahuyentando intemperies. Cuando comience su tarea de dudar, usted va a pensar que quien mató al director fue el viejo portugués, Domingos Mourão. ¿No se encontró todavía con él? Mañana verá. Después de hablar con ese blanco usted tomará una decisión. Pero tenga cuidado, inspector: quien mató a Vasto Excelêncio fui yo. Es verdad: el portugués va a presentarle razones para dar muerte al mulato. Mis razones son, sin embargo, más poderosas. Ya verá. Continúo, voy empujando recuerdos.

Cuando llegué al asilo, entendí que esta sería mi última y definitiva residencia. Quedé abatido, durante días y días no fui capaz de probar bocado. Padecí tales hambres que no morí solo porque la muerte no me encontró, de tan flaco que estaba. Entonces, hice un pacto con la lechuza y recibí migajas de sus restos. Después, mucho después, una noticia me trajo esperanza.

A esa altura, llegó al asilo una vieja llamada Nãozinha. Enseguida corrieron los rumores: ella era una hechicera. Una idea me luminó: ¡a lo mejor ella me podía ayudar a volver a mi verdadera edad! Hablé con la tal Nãozinha. La hechicera primero se negó. Decía no tener poderes. Mi esperanza se desvaneció.

Un día, sin embargo, ella cambió de idea, sin explicación. Me llamó para decirme que haría una ceremonia para agarrar al mupfukwa, ese mal espíritu que me perseguía. Era necesario un animal, hacía falta derramar su sangre en la tierra. Pero un animal aquí, ¿dónde iba a conseguirlo? Hablé con la lechuza y le encargué una pieza viva. Esa noche, me consiguió una garza en estado moribundo. Desnucamos a la garza. Sin embargo, la sangre del ave era tan tenue que no se derramó en el piso. Fue necesario acercar su cogote al suelo. La ceremonia estaba a punto de comenzar. Nãozinha me habló con claridad: el espíritu de mi madre exigía satisfacción.

–¿Qué es lo que ella quiere? –pregunté.

Mi viejita habló con la voz del nyanga:4 la paz solo me visitaría si, en contrapartida, yo le concediese paz a ella. Que diese total libertad a mi infancia. Que de día me ocupase de jugar, desparramando alegrías por la vieja fortaleza. Que fuese totalmente niño, para que ella escuchase el alboroto de mis juegos. Y se consolase en estado de madre.

Desde entonces, mis gritos y risas se encendieron en los corredores del asilo. Yo era un niño de tiempo casi completo. De día, mi lado infantil gobernaba mi cuerpo. De noche, me pesaba la vejez. Acostado en mi cama, llamaba a los otros viejos para contarles una parte de mi historia. Mis compañeros sabían del peligro mortal de aquellos relatos. Al final de un tramo, yo podía ser devorado por la muerte. A pesar de eso, me pedían que prosiguiese con mis narraciones. Desgranaba charla y más charla y ellos se cansaban:

–Mierda, este cretino no se muere nunca…

–Terminan las historias, nos acabamos nosotros y él todavía va a sobrevivir…

–Seguro que inventa. Anda esquivando la verdad.

Era verdad que inventaba. Pero no siempre, ni todo. Cierta noche, después de mucha palabración, me sentí agotado. Pensé: ¡ahora sí estoy tocando el fin! Pasaron delante de mí estrellas que en ninguna noche fueron vistas. Por mi boca, ya no circulaban palabras. ¿Sería que yo había muerto?

No, mi pecho todavía se movía. Y lo más extraño: mientras rozaba la última frontera, mi cuerpo se desarrugaba, yo perdía la apariencia de la vejez. ¿La vida me expiraba el plazo y yo brotaba con apariencia de renacer?

Los viejos se miraban entre ellos: ¿esta vez yo habría contado la verdad? Sentí que algunos de ellos lloraban. Antes, ansiaban ver el espectáculo de una muerte. Ahora, se arrepentían. Porque ese que en mí moría no era, finalmente, parecido a ellos. Era un niño, un ser completamente en infancia. Ese niño no podía morir. Les dolía una súbita nostalgia de mis niñuras. Yo era la única luz que entraba en los oscuros corredores. Mi aro, ¿quién jugaría con él ahora? A aquella rueda de bicicleta que antes hacía barullo por los corredores, ¿quién iría ahora a darle vueltas y vértigos?

Viéndome morir, ellos se decidieron. Había que realizar una urgente y probada ceremonia. Había que reclamar la salvación de ese niño, yo, Navaia Caetano. Y se prepararon: tambores, capulanas, paños escondidos. Todo para calmar al muzimo que me había ocupado.

–Al final, ¿teníamos tantas cosas nosotros?

Sí, hasta tambores se inventaron. Se improvisaron ollas, tubos de canalización. Con todo, en fin, la tristeza tiene artes para hacer música. La noche anterior habían preparado el tontonto. Robaron productos en la despensa del asilo. Durante horas festejaron, bebiendo, desbordando las bocas. De vez en cuando, me observaban en la cama: yo aún resistía. Y, de nuevo, bailaban y cantaban. La hechicera puso sus dos manos en el rostro del portugués y le dijo:

–Quiero saber qué lengua habla tu demonio.

Así habló Nãozinha, ordenando a los demás que continuasen bailando. Después, de mano en mano, circularon hierbas fumables y los perfumes se esparcieron como vértigos.

–Veo el mar –dijo el blanco.

No sorprendía: el portugués siempre veía el mar, solo veía el mar. La hechicera hizo entonces gestos, sacudiendo los brazos, entrando en trance. Parecía que el cuerpo le salía fuera del alma. A través de su habla, comenzó a caminar otra voz, venida desde las profundidades. Mandé a los otros callar:

–¡Dejen oír!

–El espíritu habla portugués.

–¿Eso es portugués? No se entiende…

Era lengua portuguesa, pero antigua. El espíritu era el de un soldado blanco que había muerto en el patio de esta fortaleza. Ese portugués, dijo la hechicera, esperaba un barco, mirando el mar.

–Es como tú, Domingos, siempre mirando el mar.

–Pero yo no espero ningún barco…

–Eso piensas tú, viejo.

–Cállense, dejen oír al espíritu.

–Sí, queremos saber quién es ese soldado.

El soldado había enfermado, casi se había vuelto loco. De tanto mirar el mar sus ojos cambiaron de color. La última cosa que vio fue la llegada del temporal, la blanca viudez de la garza. Después, sus ojos desaparecieron. Quedaron solo dos cavidades, grutas por donde nadie se atrevía a mirar. Murió sin entierro, sin despedida…

De súbito, surgió el estruendo. Parecía que la guerra había regresado. Dejamos de bailar y miramos a Nãozinha, llenos de inquietud. Ella nos tranquilizó: solo eran nubes entrechocando. Miré el cielo y no había vestigio de nubes. En el fondo estrelloso de la noche no vislumbré sino el fugitivo pasaje de un ave de rapiña. Atravesaba, soberana, la claridad de la noche. ¿Sería la lechuza? Y entonces, ¿dónde se frotaban tales nubes? Estalló un segundo estruendo, esta vez bien terrestre. Miré: a fin de cuentas, era el director dándole puntapiés al bidón de tontonto. La bebida se derramó en el suelo, desperdiciada. Ni los antepasados necesitaban beber tanto..5

–¿Qué mierda es esta? ¿Qué pasa aquí?

Nuestra ceremonia era bruscamente interrumpida por Vasto Excelêncio. El director abusó de su boca, nos insultó.

–¿No dije yo que están prohibidas estas payasadas en el asilo?

Los otros viejos le explicaron: aquella ceremonia era para salvarme a mí. El mulato me miró, asombrado. Se acercó a mi cama como si quisiera certificar mi identidad. Cuando sus ojos se fijaron en los míos fue como si un golpe lo derribara. Sacudió la cabeza, se restregó los párpados como borrando esa imagen. Después me dio la espalda y proclamó:

–O acomodan esta mierda o le prendo fuego a todo, bebidas, viejos, niños, todo.

Y salió. Los viejos se miraron, más vacíos que el tontonto. Nãozinha se levantó y se acercó a mi cama. Alzó la sábana y comenzó a frotarme las piernas con aceites. Las fuerzas te van a llegar, dijo. Sentí un calor corroyéndome los huesos interiores. Pasado un tiempo, la hechicera me animó a salir de la cama:

–Ve, Navaia. Haz lo que se debe hacer…

Sin esfuerzo, me levanté. Había como una mano invisible empujándome. Y las voces me incitaban:

–Tú eres un niño, tienes la fuerza de la niñez.

–Sí, Navaia, ve a matar a ese hijo de mil…

Cerré los ojos. A fin de cuentas, ¿había sido para matar que la muerte había disputado mi cuerpo? Desencrispé las manos. Apoyado por los viejos fui siendo arrastrado hacia la puerta. Sobre mí cayó la luz de la luna. Solo entonces noté un puñal brillando, justiciero, en mi mano derecha.

Cuarto capítulo
Segundo día entre los vivientes

La segunda mañana, yo esperaba que Izidine volviese a levantarse. Aquel sería su segundo despertar esa mañana. Ya antes Marta lo había hecho saltar de la cama. Traía una taza de té. El policía la bebió de un trago, los ojos confundidos de sueño. Entre ratas, cucarachas y pesadillas le quedaba poca cabeza. Marta se rio de verlo así y salió para que descansara un poco más. El policía volvió a adormecerse enseguida. ¡Qué mal había dormido esa noche! ¿Sospecharía de mi presencia dentro de él? Es más que dudoso: soy menos que la niebla en la tela de araña.

Izidine volvió a despertarse unas horas después. Antes de salir, se quedó mirando la ropa desarreglada sobre una vieja mesa. ¿La habría dejado así, tan desordenada? De repente, junto al sombrero, vio el mismo caparazón que había arrojado por la ventana la noche anterior. Se levantó y lo recogió. Lo guardó dentro de uno de los bolsillos del saco. Después dio cauce a un plan que había trazado previamente: bajar a la playa para caminar por las grandes rocas, cerca de la rompiente. Había sido ahí que encontraron el cuerpo.

La marea estaba baja y dejaba al descubierto grandes porciones de arena y roca. Se escuchaban las gaviotas, sus tristes estridencias. No tardarían en oírse los chori-choris, esos pajaritos que llaman a la marea alta. El mar se llena y se vacía bajo el mando de las aves. Hasta hace un momento eran los tchó-tchó-tchós los que ordenaban que las aguas descendiesen. Es gracioso cómo un ser gigante como el océano presta obediencia a tan ínfimas avecitas.

Había existido, en otros tiempos, un fondeadero junto al arrecife rocoso. Yo mismo, Ermelindo Mucanga, había hecho trabajos de carpintería en esa plataforma. La muerte me interrumpió la tarea. La Independencia detuvo el resto de la obra. Después, el mar se había vengado en aquel puerto inacabado. Quedaban piedras sueltas. Y troncos que se obstinaban en flotar por ahí.

Izidine se quedó sentado en la arena mojada. El ruido de las olas lo ayudaba a pensar. Parecía evidente que el crimen había sido cometido por más de una persona. Eran necesarios varios brazos para transportar un cuerpo como el de Excelêncio. O, quién sabe, ¿el crimen podría haber sido cometido allí mismo, junto a las rocas?

Miró hacia la barrera y vio a Marta. Ella lo observaba, siguiendo sus movimientos. La enfermera procedía como si sospechase de ocultas intenciones. Esa mañana, después de entregarle el té, había rechazado acompañar al policía:

–No quiero molestar. Ya se basta usted mismo para molestarse…

–Disculpe, no entendí…

Marta se calló, arrepentida. Giró sobre sí misma, aplazando la explicación. Por fin, accedió a hablar, fingiendo limpiar una mancha de polvo en la camisa del inspector.

–Lo que se encuentra en esta vida no resulta de lo que buscamos.

Según el consejo de ella, el policía debía sentarse y quedarse quieto. Aquel no era su mundo, él tenía que respetarlo. Dejar todo como estaba, incluso los silencios y las ausencias. Izidine se colmaba de dudas. La noche anterior, el viejo-niño ya lo había confundido lo suficiente. Navaia Caetano le había pedido que escuchara el mar. Porque, además del oleaje, habrían de llegarle gritos humanos.

–¿Gritos? –preguntó Izidine–. ¿Gritos de quién?

–De los muertos –había respondido Caetano.

Y no dijo más. El policía estaba intrigado. Porque, ahora, Marta Gimo le pedía casi lo contrario.

–Ayer me pidieron que oyese. Usted me pide lo contrario.

–¿Qué le pidieron que escuche?

Repitió el enigmático consejo de Navaia. ¿Qué quería decir él? Marta bien podría ayudar a esclarecerlo. Pero ella sonrió, negando con la cabeza. La enfermera se daba aires. Izidine volvió a pedirle. Por fin, ella accedió. Lo que el viejo había dicho fue que, bajo el ruido de la rompiente, se escondían voces de náufragos, pescadores ahogados y mujeres suicidadas. Entre esos lamentos, habrían de llegarle los gritos del propio Vasto Excelêncio. El policía sonrió, desdeñoso. Marta reprobó su escepticismo:

–¿Está viendo su arrogancia? Pues sepa que todas las mañanas el muerto grita el nombre de su asesino.

–No puedo creerlo.

–Todas las mañanas el muerto grita juramentos de venganza.

Ahora, sentado junto a la rompiente, el inspector recordaba las palabras de la enfermera. Y sonreía. ¿Y si Marta tenía razón? Él había estudiado en Europa y había regresado a Mozambique años después de la Independencia. Ese alejamiento limitaba su conocimiento de la cultura, las lenguas, las pequeñas cosas que configuran el alma de un pueblo. En Mozambique él había ingresado muy pronto en el trabajo de oficina. Su experiencia cotidiana se reducía a una pequeña porción de Maputo. Poco más que eso. En el campo, no pasaba de ser un extraño.

Se levantó y se sacudió la arena. Había una cierta rabia en su gesto, como si quisiese sacudirse no los granos sino sus propios recuerdos. Caminó sobre las rocas. Hasta que encontró una escopeta. Ni siquiera estaba escondida. Parecía haber sido arrastrada por las olas. Buscó en las cercanías. Había restos de palos. Como si fuesen pedazos de una balsa. ¿Una embarcación allí? ¡Si todos le habían asegurado que esas aguas eran innavegables! Recordó las palabras del viejo Navaia:

–El mar aquí carga más traición que olas.

La noche anterior, Navaia le había contado una historia. Había ocurrido hacía tiempo, cuando un viejo intentó huir por mar. Había improvisado una balsa y se había hecho a la mar. Pero las rocas y el mar, como por arte de magia, habían intercambiado su apariencia. Aquello que el fugitivo creía que eran olas, de repente, se solidificaban, empedernidas. Y las rocas se disolvían, licuadas. La embarcación se deshizo. Sin desenlace se quedó el viejo que había soñado evadirse.

¿Navaia había sacado esa historia de su imaginación? Hubiese o no una historia inventada, lo cierto es que aquel mar no aconsejaba viajar. ¿La historia de la balsa era, al fin de cuentas, verdadera? ¿Sería aquel un resto material de esa fuga frustrada? La sospecha arrugó el ceño del inspector: algo le escondían. Para aquella noche, había agendado un encuentro con el viejo portugués, Domingos Mourão. Esperó en el patio, pero el otro se demoró. El policía se sentó en la amurada del fuerte sintiendo, al fondo, el rumor del océano. De repente, creyó oír voces reales junto a la playa.

–Ese ruido no son personas.

Era Marta que se acercaba, desde la oscuridad, envuelta en una capulana. Se aproximó, deteniéndose junto a él. Parecían centinelas silenciosos, junto a la fortaleza.

–¿Será el mar el que hace ese ruido?

–El mar tampoco es. Ese barullo es la propia noche. Usted, allá de donde viene, hace mucho que dejó de oír la noche.

Después ella se sentó, cubriendo sus piernas con la capulana. Comenzó, entonces, a entonar en sordina una antigua canción de cuna. Izidine fue llevado lejos, más allá de lo posible.

–Mi madre me cantaba esa misma melodía.

Pero Marta ya no estaba ahí. Se había retirado, sombra vagabunda. El policía permaneció aún un tiempo, intentando descifrar los sonidos que llegaban desde la rompiente. Los ojos comenzaron a pesarle y acabó vencido por el sueño. Despertó, minutos después. Una mano lo traía a la realidad. Era el viejo portugués:

–¡Venga a ver el mar desde aquí arriba!

Domingos Mourão se montaba en un banco de piedra, junto al árbol de frangipani. Y así, los ojos puestos en el horizonte, le preguntó:

–Perdóneme la grosería, ¿usted nació cerca del mar?

Izidine negó. El portugués dijo que había oído hablar de una tierra lejana en la que los viejos se sentaban, de noche, a lo largo de la playa. Se quedaban así, en silencio. El mar venía y elegía a quién iba a llevar.

–¿Quién sabe si, esta noche, soy yo el elegido?

Y el viejo portugués cerró los ojos, internándose en un silencio prolongado. Después, habló.

Quinto capítulo
La confesión del viejo portugués

–¡Qué bien se da el mar en este lugar!

Hablé así, aquella tarde. ¿Hablaba con nadie? No, conversaba con las olas de allá abajo. Soy portugués, Domingos Mourão, nombre de nacimiento. Aquí me llaman Xidimingo. Le tomé cariño a ese rebautizo: un nombre así evita el cansancio de acordarme de mí. El señor inspector me pide ahora recuerdos de corto alcance. Si quiere saber, le cuento. Todo ocurrió siempre aquí, en esta terraza, debajo de este árbol, el árbol de frangipani.

Mi vida se embebió del perfume de sus flores blancas, de corazón amarillo. Ahora no huele a nada, ahora no es tiempo de flores. Usted es negro, inspector. No puede entender cómo amé siempre esos árboles. Es que aquí, en su tierra, no hay otros árboles que se queden sin hojas. Solo este queda desnudo, hace de cuenta que está por llegar un invierno. Cuando vine a África, dejé de sentir el otoño. Era como si el tiempo no anduviese, como si fuese siempre la misma estación. Solo el frangipani me devolvía ese sentimiento del paso del tiempo. No es que hoy necesite sentir el paso de los días. Pero el perfume de esta terraza me cura nostalgias del tiempo que viví en Mozambique. ¡Y qué tiempos fueron esos!

Cuando llegó la Independencia, hace ahora veinte años, mi mujer se marchó. Volvió a Portugal. Y me llevó al pequeño, que ya estaba en edad de corretear. En la despedida, además, mi esposa me gritó así:

–Tú te quedas y no quiero verte nunca más.

Me sentía como si hubiese entrado en un pantano. Mi voluntad estaba pegajosa. Mis afectos, atascados en el barro. Sí, yo podía irme de Mozambique. Pero nunca habría podido partir hacia una nueva vida. ¿Qué soy, un resto de ninguna cosa?

Le cuento una historia. Me la contaron, es cosa antigua, del tiempo de Vasco da Gama. Dicen que había, en esa época, un viejo negro que andaba por las playas juntando despojos de barcos. Recogía los restos de naufragios y los enterraba. Sucedió que una de las tablas que enterró en el suelo echó raíces y revivió en árbol.

Pues, señor inspector, yo soy ese árbol. Vengo de una tabla de otro mundo pero mi suelo es este, mis raíces renacieron aquí. Son estos negros los que todos los días me siembran. ¿Lo aturdo? ¿Lo aburro con mi cháchara? Estoy acercándome. Soy como el escarabajo que da dos vueltas antes de entrar en su agujero. Disculpe mi portugués, ya ni sé qué lengua hablo, tengo la gramática toda sucia, del color de esta tierra. No solo mi habla es otra. También el pensamiento, inspector. Hasta el viejo Nhonhoso se entristece por el modo en que me desaportuguesé. Me acuerdo que, un día, me dijo:

–Tú, Xidimingo, perteneces a Mozambique, este país te pertenece. Eso es indudable. ¿Pero no te da escalofríos ser enterrado aquí?

–¿Aquí, dónde? –le pregunté.

–¿En un cementerio de aquí, de Mozambique?

Me encogí de hombros. Ni cementerio habría de tener yo, en el asilo. Pero Nhonhoso insistió:

–Es que tus espíritus no pertenecen a este lugar. Enterrado aquí, serás un muerto sin sosiego.

Enterrado o vivo, la verdad es que no tengo sosiego. Usted va a oír muchas cosas aquí sobre este viejo portugués. Han de decirle qué hice y qué acontecí. Que incendié los campos que se extienden allá atrás. E incluso es cierto: sí, yo arrojé fuego sobre esos matorrales. Pero fue por un motivo personal y bajo mi sola responsabilidad. Siempre que miraba hacia los fondos de la fortaleza, yo veía la sabana hasta donde se pierde la vista. Ante toda esa vastedad, me venían impulsos de fuego y ceniza.

Hoy lo sé: África nos roba el ser. Y nos vacía de manera inversa: llenándonos de alma. Por eso, incluso ahora me dan ganas de echar fuego a esos campos. Para que pierdan su eternidad. Para que salgan de mí. Es que estoy tan desterrado, tan exiliado que ya no me siento lejos de nada, ni distanciado de nadie. Me entregué a este país como quien se convierte a una religión. Ahora no deseo otra cosa que ser una piedra de este suelo. Pero no una piedra cualquiera, de esas que ninguno ha de pisar. Quiero ser una piedra a la vera de los caminos.

Vuelvo a mi historia, no se preocupe. ¿Dónde estaba? En la despedida de mi antigua esposa. Sí. Después de que ella partió, vinieron los disturbios, la confusión. Le digo con tristeza: el Mozambique que amé está muriendo. Nunca más volverá. Me queda solo este pequeño espacio en el que me ensombrezco de mar. Mi nación es una terraza.

En esta pequeña patria vengo explayándome todos estos años, hecho un estuario: voy fluyendo, ensoñado, serpenteando sin resistencias. En la sombra, me perfeccioné, recostado en aquel susurro, como si fuese el ímpetu de mi nacimiento. Apenas las piernas cansadas, algunas veces, me incomodaban. Pero mis ojos golondrineaban el horizonte, compensando las molestias de la edad.

Usted sabe, querido inspector, en Portugal hay mucho mar pero no hay tanto océano. Y yo amo tanto el mar que hasta me gusta tener náuseas. ¿Qué hago? Me zampo esas bebidas de ellos, tradicionales, y me dejo alucilunar. Así, en el vértigo, tengo la ilusión de estar en pleno mar, vagando sobre un barco. El mismo motivo me captura allí, en la terraza del frangipani: me abastezco de infinito, me voy embriagando. Sí, soy consciente del peligro de eso: quien confunde cielo y agua acaba por no distinguir vida y muerte.

¿Hablo mucho del mar? Déjeme explicarle, señor inspector: yo soy como el salmón. Vivo en el mar pero estoy siempre de regreso a mi lugar de origen, venciendo la corriente, saltando cascadas. Retorno al río donde nací para dejar mi semen y luego morir. A pesar de eso, soy un pez que perdió la memoria. A medida que remonto el río voy inventando otra naciente para mí. Y entonces muero con nostalgia del mar. Como si el mar fuera el vientre, el único vientre que aún me hace nacer.

Me excedo en esta palabración. Le pido disculpas, perdí el hábito de convivir con personas que tienen urgencias y ocupaciones. Es que aquí no hay nadie que cumpla ninguna clase de función. ¿Hacer qué? Comento con mi amigo Nhonhoso: aún es temprano para hacer algo; estamos a la espera de que sea demasiado tarde. En todo este asilo siempre fui el único blanco. Los demás son viejos mozambiqueños. Todos negros. Ellos y yo solo tenemos la tarea de esperar. ¿Qué? Lo que usted debería hacer es unirse a nosotros en estos ocios. No se preocupe, deje el reloj tranquilo. A partir de ahora iré más al punto: recomienzo donde quedé, en esta misma terraza donde estamos ahora.

Pues, sucedió cierta tarde, en que todo aquel azul me parecía último: la última gaviota, la última nube, el último suspiro.

–Ahora sí: ahora solo me queda morir.

Pensaba así porque, en este lugar, nos marchitamos, muriendo tan lentamente que no nos damos cuenta. ¿Qué es la vejez sino la muerte practicando en nuestro cuerpo? Bajo el perfume del frangipani, envidiaba al mar que, siendo infinito, espera aún completarse en otra agua. Yo desgranaba aquella charla solo. En voz alta, pedía licencia a Dios para retirarme de la vida aquel día:

–¡Dios: quiero morir hoy!

Todavía me estremecen aquellas exactas palabras. Es que sentía una serena felicidad, ningún dolor me perturbaba. Me faltaba, sin embargo, aptitud para morir. Mi pecho obedecía a la vaivencia de las olas, como si hubiese tenido recuerdos de un tiempo que solo existe fuera del tiempo, allá donde el viento desenrolla su larga cola. Tienen suerte esos amigos míos que creen que cada día es el tercero, apto para resurrecciones.

Pero yo quería morir aquella tarde en que no pasaba una nube y el cielo estaba negado a las gaviotas. No era solo el mar el que me traía ese deseo de infinitarme. Eran las flores del frangipani. Como si me hubiese emparentado con la tierra. Como si quien floreciese fuera yo mismo.

–Es verdad, la muerte no tendría que dolerme hoy.

–Ve allá, que yo te daré el gusto.

Eran palabras que no salían de mí. No noté la llegada de Vasto Excelêncio, ese hijo de la gran puta. Excelêncio era un mulato, alto y bien formado, siempre bien vestido. El tipo se rio, alzando los hombros.

–¿De verdad quieres morir, viejo? ¿O no será que ya moriste y no fuiste informado?

Aquello me ofendió, como si fuesen palabras proferidas por la boca de un animal. El mulato prosiguió, siempre embestiándome:

–No tengas miedo, viejo rezongón. Mañana ya me voy de aquí.

Quedé sorprendido, inesparado: ¿el cabrón nos dejaba, así nomás? ¿Cómo es que se iba?

–¿No me crees?

Sacudí la cabeza, negando. Vasto rodeó el tronco del frangipani como el torero que estudia el pescuezo del toro. Se esmeraba en herirme:

–¿Y sabes qué más, viejo? Voy a llevar conmigo a mi mujer. Ey, voy a cargar a Ernestina. ¿Estás oyendo, viejo? ¿No dices nada?

–¿Nada de qué?

–Sin Ernestina, ¿a quién vas a espiar, eh? ¿Qué te parece, viejo?

Yo me abstuve. Vasto me invitaba a broncas y disputas. Yo solo podía excusarme. Hasta que él se levantó y me tironeó con fuerza de las muñecas.

–¿Quieres saber por qué siempre te traté mal, Mourão?¿A ti, que eres un ángel caído de los cielos lusitanos?

Imaginé tocar el cielo con mis ojos, solo para evitar su jeta. Recordé los muchos castigos recibidos en esos años. El director apoyó sus dos pies encima de mi tobillo.

–¿Duele? ¿Cómo puede ser? ¡Los ángeles no tienen pies!

Así, pisándome donde el cuerpo más me dolía, el mulato me oprimía, ante todo, el alma.

–¿Estás imaginándote de piedra? Pues bien, ¿la piedra no es para pisarla?

Aguanté, impestañeable. El aliento de ese demonio me salpigoteaba. Un desfile de insultos se hizo estribillo en su boca. Me agarró por las orejas y me escupió en la cara. Fue saliendo de encima de mí y se alejó. Entonces, di cabida a antiguas furias: agarré una piedra y apunté a la cabeza del canalla. Una inesperada mano detuvo mi gesto.

–No hagas eso, Xidimingo.

Era Ernestina, la mujer de Excelêncio. Me empujó hacia el banco de piedra. Sus manos dibujaron mi espalda.

–Siéntate aquí.

Obedecí. Ernestina me pasó los dedos por el cabello. Aspiré el aire alrededor: no me llegó ningún aroma. ¿Era yo que inventaba los perfumes de ella?

–Tú no entiendes sus maldades, ¿no?

–No.

–Es que tú eres blanco. Él necesita maltratarte.

–¿Y por qué?

–Tiene miedo de que lo acusen de racismo.

Sinceramente, no entendí. No obstante, estando así junto a ella, no me hacía falta entender nada. Lo único que hice fue levantarme y recoger unas cuantas flores. Frágiles, los pétalos se soltaron enseguida en el gesto de la ofrenda. Ernestina se llevó las manos al rostro.

–Mi Dios, cómo me gusta este perfume.

Alisé y compuse mi ropa de domingo. Yo ya no tenía la menor idea sobre los días y las semanas. Para mí todos los días tenían sabor a domingo. Tal vez yo quisiese apurar el tiempo que me quedaba. Ernestina me preguntó:

–¿Tú no sientes nostalgia?

–¿Yo?

–Cuando estás así, mirando el mar, ¿no sientes nostalgia?

Sacudí la cabeza. ¿Nostalgia? ¿De quién? Al contrario, me sabe bien esta soledad. Se lo juro, inspector. Me sabe bien estar lejos de todos los míos. No sentir sus quejas, sus enfermedades. No ver cómo envejecen. Y, más que todo, no ver morir a ninguno de los míos. Aquí yo estoy lejos de la muerte. Y ese es un gusto pequeñito que me queda. La ventaja de estar lejos, a toda esta distancia, es no tener ninguna familia. Parientes y antiguos amigos están allá, después de todo ese mar. Los que mueren desaparecen tan lejos, es como si fuesen estrellas que caen. Se precipitan sin ningún ruido, sin que se sepa ni cuándo.

Créame, inspector: usted nunca va a descubrir la verdad de ese muerto. Primero, mis amigos negros nunca le van a decir verdades. Para ellos, usted es un mezungo, un blanco como yo. Y ellos aprendieron, desde hace siglos, a no sincerarse ante mezungos. Así les enseñaron: si abrieran su pecho ante un blanco, ellos acabarían sin alma. Yo sé lo que va a decir. Usted es negro, como ellos. Pero pregúnteles a ellos lo que ven en usted. Para ellos, usted es un blanco, alguien de afuera, uno que no merece confianza. Ser blanco no es asunto que provenga de la raza. Usted lo sabe, ¿no es verdad? Y aún hay más. El propio régimen de la vida. Yo ya no creo en la vida, inspector. Las cosas solo fingen suceder. ¿Excelêncio murió? ¿O simplemente se transformó, dejó de ser visible?

Ya termino, inspector. Asesiné al director del asilo. ¿Fue por celos? No lo sé. Creo que nunca sabemos el motivo cuando matamos por pasión. Ahora, con la frialdad que da el tiempo, encuentro explicación: al despedirme de Ernestina, reparé en que ella evitaba ser vista de ambos lados. Lo comprendí, finalmente. Su rostro estaba marcado, teñido de haber sido golpeado.

–¿Vasto te pegó otra vez?

Ella desvió el rostro. Su mano me pellizcó el brazo, recomendándome tranquilidad. Deja, no es nada, dijo. Y salió, la cabeza en la sombra de sus hombros. Aquella mujer que yo tanto quería no era una simple persona. Ella era todas las mujeres, todos los hombres que fueron derrotados por la vida. Entonces, todo me pareció simple: Vasto debía desaparecer, yo debía matarlo lo antes posible. Simplemente, esperé a la noche. A esa hora, él siempre pasaba por un corredor estrecho, sin techo, que comunica su cuarto con la cocina. Le armé la trampa allá arriba. Hice subir una gran piedra y la dejé en lo alto, preparada para caer sobre Vasto Excelêncio.

Y ahora, déjeme solo, inspector. Me cuesta llamar a los recuerdos. Porque la memoria me llega rasgada, en pedazos desencontrados. Quiero la paz de pertenecer a un solo lugar, quiero la tranquilidad de no compartir memorias. Ser todo de una vida. Y así tener la certeza de que muero una sola y única vez. Me cuesta ir cumpliendo tantas pequeñas muertes, esas que apenas nosotros notamos, en nuestra íntima oscuridad. Déjeme, inspector, que acabé de morir un poquito.

Sexto capítulo
Tercer día entre los vivientes

Era mi tercer día en la fortaleza. Izidine se hundía en la perplejidad. Las declaraciones de los viejos lo conducían a pistas que parecían falsas pero que él no podía ignorar. Aquellos ancianos eran testigos esenciales, pero era de Marta Gimo de quien debía obtener informaciones jugosas. La enfermera, no obstante, se resistía con sutileza. Evitaba concertar un encuentro. Decía tener que trabajar. Aunque, por lo visto, no se ocupaba de los quehaceres de la enfermería. Pasaba horas bromeando con los vejestorios, riendo y chismeando. Hablaban en diversas lenguas y el policía no tenía idea de lo que decían. De una cosa estaba seguro: era de él de quien Marta y los viejos se reían y propasaban.

Aquella tarde, el policía se acercó a Marta. Ella estaba sentada junto a Navaia. Esta vez, parecía que ella ejercía, de hecho, su profesión.

–Siéntese. Estoy atendiendo a Navaia.

El viejo-niño se había arremangado los pantalones exhibiendo sus piernas flacas. Marta explicó que había habido casos de lepra en el asilo. Ella ahora se cercioraba de que no había habido reincidencias. Navaia Caetano comentaba sobre la delgadez de sus piernas.

–Es el tiempo, señora enfermera. El tiempo es un humo. Nos va secando las carnes.

Marta Gimo sonrió, paciente. Se acercó más al viejo y le descubrió la espalda para buscar alguna señal de enfermedad. Navaia no parecía estar cómodo.

–No me huela, enfermera.

–¿Y por qué no?

–Es que, de mí, está saliendo un olor a vela apagada, un vaho de cosa muerta.

Con una de sus manos hizo detener a la enfermera, para revisar sus piernas él mismo. Agarró algo y lo apretó entre sus dedos:

–¿Está viendo esta pulga, enfermera?

–No veo nada.

–Esta pulga no es mía. No es mía, yo conozco mis pulgas.

La enfermera sonrió y le ordenó que se acomodase los pantalones.

–¿Tú estás comiendo o no, Navaia?

–Migajas de esas que me dejan por ahí.

–No me vengas con esa historia de la lechuza, Navaia. Esa historia es para contársela al inspector, no a mí.

Después, Marta le dio una palmada en la espalda.

–Listo, anda nomás, ahora tengo que hablar con el inspector.

Navaia se retiró con lentitud, la curiosidad lo retenía en aquel lugar. Volvió atrás aún dos veces, fingiendo que buscaba su aro. Finalmente, cuando se quedaron solos, Marta le extendió su mano al policía:

–¡Antes de que me olvide! Me pidieron que le entregara esto.

Dejó un pequeño objeto en la palma de su mano derecha. Era una escama, exactamente igual a las que habían aparecido en el cuarto.

–¿Quién le dio esto, enfermera?

–Me olvidé, inspector.

Hablaba con una sonrisa irónica. Deletreaba la palabra “inspector” como si se tratara de un insulto. Izidine fingió ignorar el tono sarcástico y fue directo al asunto:

–Encontré una escopeta, ayer, junto a las rocas.

–¿Una escopeta? No es posible. Usted se debe haber confundido…

El inspector perdió la calma. Y le gritó a la enfermera: que ella no tenía ninguna voluntad de ayudar. Que escondía algo. Y que eso era punible por la ley.

–Escuche, señor inspector: el crimen que se está cometiendo aquí no es el que usted está buscando.

–¿Qué quiere decir con eso?

–Mire a estos viejos, inspector. Todos ellos están muriendo.

–Eso forma parte del destino de todos nosotros.

–Pero no así, ¿no lo entiende? Estos viejos casi no son personas.

–¿Qué son, entonces?

–Son guardianes de un mundo. Es todo ese mundo el que está siendo asesinado.

–Disculpe, pero eso, para mí, es filosofía. Yo soy un simple policía.

–El verdadero crimen que se está cometiendo aquí es que están matando el pasado.

–Continúo sin entender.

–Están matando las últimas raíces que podrán impedir que acabemos como usted…

–¿Como yo?

–Sí, señor inspector. Gente sin historia, que vive por imitación.

–Tonterías. La verdad es que el tiempo cambia, esos viejos son una generación del pasado.

–Pero estos viejos están muriendo dentro de nosotros.

Y golpeándose el pecho, la enfermera subrayó:

–Es aquí dentro que ellos están muriendo.

Marta Gimo se levantó y se alejó. Izidine se arrepintió de discutir con la mujer. Marta era una fuente de información que él debía explorar. No era atinado ahuyentarla a causa de una discusión. No le quedaban más que tres días. No podía desperdiciar el tiempo. Mucho menos podía perder contacto con aquella que, cada vez más, aparecía como el único puente para resolver el caso de la muerte de Excelêncio.

Aquella noche, cuando ya se preparaba para dormir, oyó gritos de mujer. Corrió por los callejones de la noche. Los gritos venían del cuarto de Marta. Era ella quien gritaba. El policía se repentinó dentro del cuarto de ella, pistola en mano. Estaba oscuro, no se percibía contra quién se debatía la enfermera. Izidine acudió a resguardarla, enfrentándose al invisible adversario. Marta se cayó mientras, en vano, el policía buscaba al intruso. De pronto, Marta Gimo estalló en risas. Enrollada sobre sí misma, sofocada por la risa, abrió la puerta y salió a la luz de la luna. La combinación exponía su cuerpo a la transparencia.

–¿Pero quién era? –preguntó Izidine.

–¡Era un murciélago!

Su voz se entremezclaba con las carcajadas. Izidine Naíta no encontró fuerzas ni siquiera para sonreír. Se vio, como en un espejo: un pistolero en calzoncillos. Marta se acercó y le pasó la mano por los cabellos.

–¿Se da cuenta? Quedamos sucios con pelo de murciélago.

Se rio, inclinando hacia atrás la cabeza. Le pidió que guardase el arma.

–¿Sabe lo que deberíamos hacer ahora?

–¿Qué deberíamos hacer?

–Sí, si fuésemos respetuosos de la tradición, ¿sabe lo que haríamos?

–No tengo idea. ¿Deberíamos, no sé, tomar un baño?

–Deberíamos hacer el amor.

Sin saber qué decir, el policía sonrió. En su confusión, apresuró la despedida. Detrás de él, aún escuchó las palabras de la enfermera.

–Es una pena que usted no sea respetuoso de la tradición. Es una pena, ¿no cree?

Séptimo capítulo
La confesión de Nhonhoso

¿Habló con el viejo portugués? Apuesto a que él le contó de aquella vez en que él estaba sentado debajo del frangipani. Pues, me acuerdo bien de esa tarde. Llegué a la terraza y vi al viejo blanco adormecido. Suspiré aliviado: lo que iba a hacer exigía mucha sombra y pocos ojos. Me acerqué al árbol, alcé la catana y solté el primer golpe. La lámina entró hondo en el tronco suave. Nunca pensé que el blanco se despertaría. Me engañé: Xidimingo repentinaba, agitando los brazos:

–¡¿Qué estás haciendo, carajo?!

–¿No estás viendo? Estoy cortando este árbol.

–Para con eso, Nhonhoso de mierda, ese árbol es mío.

–¿Tuyo? Fuera de aquí, mulungo. No me jodas.

Nunca habíamos hablado así. Domingos Mourão, nuestro Xidimingo, se levantó y, a los tropezones, se lanzó contra mí. Peleamos, convergiendo violencias. El blanco me sacudió, parecía trastornado como un animal. Pero la lucha se desgració, debilitados el pie y el puñetazo. Solo nuestras respiraciones hacían ruido en nuestros pechos cansados. Los dos nos sacudimos, deshechos.

–Tú siempre quieres mandarme. Para que lo sepas: ¡el colonialismo ya terminó!

–Yo no quiero mandar a nadie…

–¿Cómo que no quieres? Yo en los blancos no confío. El blanco es como el camaleón, nunca desenrolla todo el rabo…

–Y ustedes, negros, ustedes hablan mal de los blancos pero lo único que quieren es ser como ellos…

–Los blancos son como el piripiri: 6 uno sabe que lo comió porque le empieza a arder la garganta.

–La diferencia entre tú y yo es que, a mí, me quedan cabellos en el peine, mientras que a ti te quedan peines en el cabello.

–Calla, Xidimingo. Eres un eructapedos.

El viejo blanco se rio solo. Después, se ocupó en arreglarse el cuerpo. Le dolía la garganta como una tortícolis en cuello de jirafa. Se quedó un rato inmóvil, con los ojos entrecerrados. Parecía desmayado.

–¿Estás respirando, Mourão?

–Nonhoso, ¿quieres otra paliza?

–El que recibió una paliza fuiste tú, Don Viejo Blanco…

–Déjame descansar un poco y enseguida te despacho una buena zurra…

–Para darme un golpe necesitas descansar un siglo…

Nos miramos serios. De repente, ambos estallamos en una carcajada. Nos dimos la mano, chocamos las palmas, en reconciliación. Aquello había sido pelearse por una langosta, bicho sin fruto ni carne. Entonces, le dije:

–Epa, Xidimingo, te estoy muy agradecido.

–¿Por qué?

–¡Carajo! Casi iba a morirme sin golpear a un blanco.

–¿Llamas a esto golpear? Lo que recibí fueron caricias…

–No. Te di unas buenas trompadas.

–Nhonhoso, dime una cosa, viejo vagabundo: ¿qué motivo tenías para cortar ese árbol?

Dejé la catana debajo del banco. Y le expliqué: no tenía otra intención que ayudar a Nãozinha. La pobre ya había agotado las plantas de nkakana en las inmediaciones del fuerte.

–¿Pero para qué quiere ella tanta nkakana?

–Para empujar la leche, avivar las mamas.

–¿Leche? La vieja tiene más de noventa.

Hablábamos de Nãozinha, esa que amamantaba hijos imaginarios, niños abandonados durante la guerra. Eran los nietos, decía. La vieja se había convertido en el centro de los chismes. Decían: ella mató al marido para quedarse con los hijos y mató a los hijos para quedarse con los nietos. Decían y dicen. No sé. Sé que Nãozinha había sido expulsada de la casa, después de las muertes, acusada de hechicería.

–Esa vieja es loca, Nhonhoso…

–No sé, mulungo, no sé. En este mundo yo ya no tengo certeza. Hasta me pregunto: ¿el cuerno nace antes que el buey?

El viejo blanco se agachó a agarrar una flor que había caído del árbol. Las flores del frangipani eran alimento para los ojos del portugués: las veía caer, como escamas del sol, blancas transpiraciones de las nubes.

–Estoy casi por morir, Nhonhoso. Ya el cielo para mí comienza justo encima de esas hojas, casi puedo tocarlo…

Me estremecí al escuchar esas palabras. Aquel blanco había sido tan compañero de los últimos años que yo me inimaginaba sin su existencia.

–Nada, mulungo. Todavía nos sentaremos muchas veces en esta terraza.

–Estoy viejo, hermano. Tan viejo que me olvido de tener dolores.

Sus ojos se llenaron de perfume. Extendió el brazo y tocó el árbol como si a partir de ese árbol singular él fabricara un bosque entero, sombras y reinos de trinos.

–Toca tú también, Nhonhoso, mira qué bien le hace a tu cuerpo.

Fue a esa altura que, mirando mis manos, me alarmé:

–¡Epa, Mourão: me robaron las uñas!

–Muéstrame. Seguro que fue en esa trompada que te di, se te cayeron las garras…

–No, ¿no ves que fueron cortadas con cuchilla? Eso fue un trabajo de Nãozinha, la maldita quiere hacer un hechizo con mis uñas.

Aquel incidente me angustiaba al borde de las lágrimas. El portugués me dijo entonces algo que nunca he de olvidar:

–No tengas miedo, yo también soy hechicero.

–¡¿Hechicero?!

–Conozco los hechizos de los blancos. Quédate tranquilo, nadie te va a hacer nada.

Pero no eran solo recelos que me asaltaban. Tenía una tristeza de esas que inflamean los ojos:

–Es que esas eran mis últimas uñas. No voy a tener vida como para que me crezcan otras nuevas.

–Pero no, Nhonhoso, tu todavía vas a vivir mucha uñada. Yo sé cuándo una persona va a morir: es cuando despierta con el ombligo en la espalda.

–No me hagas reír.

–Es verdad: nacemos con el ombligo en la barriga, morimos al revés. Mi tío, por ejemplo, se despertó con la barriga en el lado inverso. Ese mismo día se despidió.

–Tú, mulungo, solo tú me haces reír. Eres una buena persona.

–Ahí te engañas, Nhonhoso: yo no soy bueno. Lo que soy es muy lento en las maldades.

El viejo blanco se alejó, yéndose hacia un rincón. Se quedó moviendo los dedos, atento en resolver una cuenta. ¿Por qué digitaba esas numeraciones en cada mano? ¿También temía haber perdido las uñas?

–Estoy contando mis dedos, viendo si me faltan…

Le temía a la lepra, que abundaba por ahí. Me reí, ya mejor dispuesto.

–¡Epa! ¿Viste, Mourão? ¡Nos peleamos!

–Estuvo bueno, te di un golpe justo en el morro.

–¡Mierda! Hasta parecía el FRELIMO 7 contra el colonialismo.

–Los blancos siempre ganamos. Durante quinientos años, vencimos siempre. Nosotros teníamos las armas…

Él no comprendía el pasado. No fueron las armas las que nos derrotaron. Lo que sucedió fue que nosotros, mozambiqueños, creímos que los espíritus de los que llegaban eran más antiguos que los nuestros. Creímos que los hechizos de los portugueses eran más poderosos. Por eso los dejamos gobernar. ¿Tal vez sus historias eran más maravillosas? También a mí, en el presente, me gustaba escuchar las historias del viejo portugués. Una vez más, le pedí que me entretuviese con fantasías.

–Estoy cansado, Nhonhoso.

Lo cansaban, sí, las cosas sin alma. Al menos el árbol, decía, tiene alma eterna: la propia tierra. La gente toca el tronco y siente la sangre de la tierra circulando en nuestras íntimas venas. Y se quedó parado, los párpados mustios.

–¿Estás respirando, Mourão?

–Estoy, Nhonhoso. Ahora quédate calladito para escuchar el mar…

Nos quedamos mirando la engañosa quietud del mar. En el cielo clareaban las primeras estrellas.

–Pero ese árbol, ¿por qué le das tanta importancia?

–Déjame conversar con el mar.

Regresé y me senté al lado del portugués. Sentí, en aquel instante, mucha pena por él. El hombrecito iría a morir aquí, lejos de sus antepasados. Sería enterrado en tierra ajena. Él, sí, estaba condenado a la más terrible de las soledades: quedar lejos de sus muertos sin que, de este lado de la vida, hubiese un familiar que lo cuidara. Nuestros dioses están aquí cerca. El Dios de él está lejos, más allá de la vista y las visitas.

–¿Tú le rezas a Dios, Xidimingo?

Él negó con la cabeza. Respondió que solo rezaba cuando no quería hablar con Dios. Yo me reí, para disfrazar la gravedad de la ofensa.

–Mira, Nhonhoso, yo ya tuve muchas desilusiones con Dios.

–¿Entonces?

–Por ejémplome: ese Dios es muy perezoso, ¿sabías?

–Mentira. Dios sostiene las estrellas, millones de ellas en millones de noches. ¿Alguna vez se cansó?

–Te lo estoy diciendo: el tipo es un perezoso.

–¿Y por qué dices eso?

–Él no trabaja: solo hace milagros.

–Desdícete de eso, hermano. Que es pecado criminal.

–Ni Dios quiere saber del pecado. La única cosa que Dios quiere, ¿sabes cuál es? Lo que quiere es huir del Paraíso. Pirárselas de aquel asilo.

–Bueno, en eso nos parecemos a Dios.

El blanco, de repente, se cansó de esa cháchara. Invocó que estábamos ahí gastando saliva cuando el asunto era cómo yo había maltratado su frangipani. Dijo que nosotros, los negros, no podíamos entender, a nosotros no nos gustan los árboles. Ahí yo me enojé: ¿cómo que no nos gustan los árboles? Los respetamos como si fuesen familia.

–Ustedes, los blancos, son los que no saben. Pues, te voy a enseñar algo que no conoces.

Y le conté sobre el origen de la antigüedad. Primero, el mundo estaba hecho solo de hombres. No había árboles, ni animales, ni piedras. Solo existían hombres. Sin embargo, nacían tantos seres humanos que los dioses vieron que eran demasiados y demasiado iguales. Entonces, decidieron transformar a algunos hombres en plantas, a otros en animales. Y aún a otros en piedras. ¿Resultado? Somos todos hermanos, árboles y animales, animales y hombres, hombres y piedras. Somos todos parientes salidos de la misma materia.

Así hablé. Pero el portugués parecía no haber oído nada. Sacudió la cabeza y dijo:

–Tú no entiendes, no puedes entender. Yo los veo a ustedes soñar con grandes autos, grandes propiedades…

–¿Y tú sueñas con pequeñeces?

–Yo solo ambiciono tener un árbol. Los otros quieren bosques, yo solo quiero un arbolito que pueda cuidar, ver crecer, florecer.

–Tú hablas de Nãozinha, de sus locurerías. Al menos los sueños de ella abastecen a niños.

La conversación ya nos saturaba. Decidimos acostarnos allí, al sereno. Estábamos cansados de dormir dentro de las casas, escuchando a los viejos roncar, asaltados por piojos, ratas y cucarachas. Nos acostamos ahí, uno junto a otro, al pie del árbol. Fue cuando ya nos íbamos aflojando que Mourão me zarandeó:

–Epa, no vale la pena acostarse mucho.

¿Sería que él confundía mi deseo de calentarme? Cuando yo ya creía que él dormía aún lo oí:

–Nhonhoso, ¿estás somnoliéndote?

–Todavía no. ¿Qué pasa, hermano?

–Es algo que nunca encontré ocasión de decir. Es que nosotros, los blancos, parece que tenemos las pijas pequeñas.

–También oí decirlo. Muestra la tuya, Xidimingo.

–¿Estás loco? No puedo mostrarla. –Después de una pausa, dijo–: Tú, si quieres, mira.

El portugués levantó el elástico de su pantalón, encogiendo la barriga.

–Es verdad –confirmé.

–¿Es verdad cómo?

–Es casi un bocadito de pequeña.

El portugués no aceptó la conclusión. Se quejó. Yo no quería una nueva discusión. Y, enseguida, acordamos:

–Mañana, bien tempranito, vamos a comparar cuando ellas están aún despiertitas, haciendo horas extras.

Nos adormecimos con aquel sueño de viejo, que es leve y breve. De vez en cuando, yo revisaba la respiración del tuga. En medio de la noche, él me despertó de repente, apuntándome con el dedo:

–Nhonhoso, ¿estás soñando, cabrón?

–¡Eh! ¿Y tú me sacudes así? ¡Casi me partías el sueño!

–Y muy bien hecho, para que no sueñes más…

–Epa, Mourão, basta. Desmitifícame esta duda: ¿será que soñamos siempre con mujeres?

–¿Quién es?

–Es justamente Marta. También, ¿quién la manda a esa bribona a desvestirse ahí, delante de todos?

–Lo que es a mí, me gusta espiar a la mujer del jefe, esa mulatona…

–¿Ernestina? Ten cuidado: a ver si todavía Excelêncio no te revienta el ojo espión.

Y volvimos a acostarnos. Nosotros, vejestorios, demoramos en llegar al piso. A nuestra edad cada movimiento pide un cuerpo que ya no tenemos. El blanco me tocó pidiéndome un cuchillo, cualquier cosa filosa que fuese.

–¿Y para qué un cuchillo?

–Para soñar yo también.

¿Soñar? Me reí. El viejo Mourão creía que solo soñaba cuando sangraba. Insistía en que era cierto. El sueño no le venía si no le manaba ese rojo desde adentro. Xidimingo, esa noche, no encontraba modo de tranquilizarse.

–¿Nhonhoso?

–Déjame dormir, Xidimingo.

–Solo una pregunta más: ¿viste alguna vez a una garza adormeciéndose?

–Sí, ¿por qué?

–Ella se tapa la cara con el ala. Como el hombre cuando llora. La garza tiene vergüenza de dormir a la vista del mundo. Así deberíamos hacer a la hora de dormir…

Finalmente, fui vencido por el sueño. Esperaba aquel momento. El portugués había hablado de las garzas que se cubren con las propias alas. Mi garza era Marta Gimo. Ella dormía desnuda sobre la tierra, hiciese frío, cayera la lluvia. Se cubría con sus propios brazos. Era yo quien, en noches sin fin, la protegía del frío. Marta no lo sabía, nadie lo sabía. Aquella noche, me levanté para espiar a aquella a quien tanto quería.

Llevé conmigo la manta, ante la eventualidad de necesitar su auxilio. Mientras caminaba hacia el trasfondo de la cocina, donde Marta acostumbraba dormir, me fui riendo para mí mismo. Aquella andanza de manta al hombro era lo que me quedaba de un glorioso pasado de ladrón de solteras, de donjuán de fama y provecho. Y pensé:

–Antes yo las cubría con mi propio cuerpo, ahora las tapo con un cobertor.

Me reía solo cuando vi pasar a Vasto Excelêncio. Venía con paso furtivo, evitando ser visto. Se dirigía hacia el lado de la cocina. Desapareció entre los arbustos. Cuando lo volví a ver, él estaba hablando con Marta. Estaban sentados, muy juntos. ¿Discutían? Sí, Marta se enojaba.

De repente, él le puso las manos en los hombros, como obligándola a sentarse. Ella se resistió. De inmediato, decidí intervenir. Hace mucho, sin embargo, que perdí edad para las vías de hecho. Enseguida, al primer paso, resbalé y caí tendido en el suelo. Intenté levantarme pero, de nuevo, me trastabillé. Cuando, al fin, conseguí llegar al lado de Marta, Vasto ya había escapado. La muchacha lloraba. En cuanto me vio, alzó el brazo mostrando que no me quería cerca. Hijo de una gran, ese Vasto había lastimado a aquella que yo tanto amaba.

La rabia decidió por mí: tenía que encontrar el gañote de ese demonio. Corrí a emboscarlo al fondo del corredor por donde acabaría por pasar. Cuando se acercó, salté con inesperadas fuerzas que fui a buscar al pasado. Lo empujé contra la pared, aplasté la cara del tipo contra el muro, tapé su hocico con la manta hasta arrancarle el suspiro final.

Así fue como pasó, inspector. Fui yo quien quitó la vida a ese mulato. Maté por amor. Un viejo como yo puede amar. Puede amar tanto que mata.

Octavo capítulo
Cuarto día entre los vivientes

Esa mañana el policía estaba decidido a abrir un claro en el laberinto. Se dirigió, muy pronto en las primeras horas, hacia el lado de la cocina. Quería ver si entraba en el almacén para confirmar lo que allí se guardaba. En el camino, encontró a Marta que todavía dormía. Solo cuando estuvo cerca reparó en que estaba desnuda. La enfermera se despertó aturdida, el inspector demostró sus buenas maneras, desviando los ojos. Se disculpó, haciendo mención de que se alejaría para que ella se arreglase. Pero ella se mantuvo en ese desarreglo y llamó al policía:

–Quédese, yo siempre hago así…

–¿Así?

–Duermo desnuda sobre la tierra.

Esperó a que Marta se cubriese. Pero ella se levantó y, así mismo, sin taparse, mostró su disposición para conversar. Primero se justificó: no era por causa de los piojos o de las ratas. Ella dormía afuera porque aquellos cuartos le daban una tristeza de cajón sin tumba. Y aún más: dormía así, desvestida, para recibir las secretas fuerzas de la tierra.

–Hasta aquí, en este lugar abandonado, aún siento ese perfume que viene desde el fondo, desde las entrañas del mundo.

–Tal vez ese perfume venga de usted y no de la tierra.

–Quién sabe. Así acostada, me siento gemela del suelo. ¿No es así que dicen: la mujer hace de la tierra otra mujer?

–Marta, quiero preguntarle algo. Pero respóndame con la verdad…

–¿Alguna vez hice otra cosa?

–Yo… yo quiero saber si usted tuvo un asunto con Vasto Excelêncio.

–Un asunto, dos asuntos, varios asuntos…

–Hablo en serio, quiero saber si ustedes fueron amantes.

Ella pensó antes de responder. De repente, dijo: Voy a vestirme, ya vengo. Fue detrás de un muro, se demoró un breve instante. Reapareció, apenas cubierta por una capulana. Venía malhumorada, con modos bruscos, sin calor en sus ropas.

–Tengo que ir a ver al viejo Navaia. Ayer durmió mal. Lo conoce, el viejo-niño…

–Sí, fue el primero en declarar.

–Ayer a la noche casi llegó al fin de su historia. Estuvo realmente muy cerquita de morir. Tengo que ir a verlo.

–Espere, Marta –le dijo Izidine, cerrándole el camino–. Usted tiene que responderme.

–¡¿Tengo?! ¿Y por qué motivo tengo?

–Porque yo… yo soy una autoridad.

–Usted, aquí, no es ninguna autoridad.

Evitando al policía, ella se alejó. Izidine la siguió, sujetándole un brazo. Ella se detuvo junto a él, tan próxima que él se empañaba con su respiración. Hizo un esfuerzo por liberarse. En vano. Ella se aseguró el vestido improvisando decencia.

–Marta, usted tiene que responderme. Yo estoy trabajando.

–Salga de mi camino, yo también tengo que trabajar.

De nuevo la enfermera intentó escapar. Izidine apretó con más fuerza su brazo fugitivo. El inspector se puso muy serio:

–Escúcheme bien, señora enfermerita de distrito. No estoy avanzando. Y ahora ya sé por qué, es usted que me anda saboteando la investigación.

–¿Yo?

–Sí, es usted quien anda metiendo cosas en la cabeza de los viejos, para que ellos inventen disparates y me confundan.

–No son disparates. Es usted el que no percibe lo que ellos están diciéndole.

–¿No percibo?

–Ellos, todos ellos, le están diciendo cosas importantísimas. Es usted el que no habla la lengua de ellos.

–¿Que no la hablo? ¡Si nosotros hablamos siempre en portugués!

–Pero hablan otra lengua, otro portugués. ¿Y sabe por qué? Porque no confían en usted. Solo le hago esta pregunta: ¿por qué no deja de ser policía?

–Sucede que soy policía, estoy aquí como tal.

–Aquí no caben policías.

–¿Pero a qué viene esta conversación estúpida? Yo estoy aquí para descubrir quién mató…

–Eso es lo único que usted quiere: descubrir culpables. Pero aquí hay gente. Son viejos, están en el final de sus vidas. Pero son personas, son el suelo de ese mundo que usted pisa allá en la ciudad.

–¡Qué suelo ni medio suelo! Ellos saben cosas que me están ocultando. ¿Sabe lo que voy a hacer? Voy a encerrarlos a todos. Son todos culpables, todos cómplices.

–Muy bien, inspector. Es así que se ejerce la autoridad. Felicitaciones, señor policía, va a ver que llega a Maputo y recibe enseguida un ascenso.

Marta Gimo se enrolló mejor la capulana alrededor del cuerpo. Se sentó en un muro bajo. El policía metió las manos en los bolsillos y dirigió su mirada hacia el océano. Solo entonces reparó en lo bonito que era el día, agua y cielo rivalizando en azules. Aquella tranquilidad hasta donde se perdía la vista de algún modo lo calmó. Suspiró hondo, se sentó al lado de la enfermera. Su voz ya estaba arrodillada:

–Por favor, ayúdeme. Ya no tengo tiempo, no sé qué hacer.

Marta hundió su rostro entre los brazos. Resistió así, callada. El silencio de ella fue mayor que la paciencia del inspector. El hombre insistió:

–¿Qué quiere que haga? Dígame, usted que sabe de este mundo…

–¡Usted quiere condenarlos!

–Quiero saber la verdad…

–Quiere condenarlos, ¿sabe por qué? ¡Porque tiene miedo de ellos!

–¿Miedo, yo?

–Sí, miedo. Estos viejos son el pasado que usted reprime en el fondo de su cabeza. Esos viejos le hacen recordar de dónde viene…

De nuevo, una furia lo hizo perder la razón. ¿La enfermera quería discutir? Pues él no era un policía cualquiera. ¿Quería una respuesta? Pues entonces tendría la debida respuesta. Cuando se preparaba a engatillar un argumento, el agente descubrió que Marta lloraba. La fragilidad súbita de aquella mujer lo conmovió. Puso una mano sobre su hombro. Pero un sacudón vigoroso apartó su gesto consolador.

–¡Déjeme, señor… policía!

Marta se alejó. El inspector se quedó un momento para reordenarse. Después, decidió retomar el programa que había establecido. Se dirigió al almacén donde guardaban los productos alimenticios. Se detuvo ante los mil cierres, cerrojos y cerraduras. Cuando se preparaba a quitar la cadena de la puerta fue interrumpido por la voz de Nhonhoso:

–Es mejor que usted no entre ahí.

–¿Y por qué?

El viejo dudó en responder. Después habló de aquella manera de él, ni chicha ni limonada. Se expresó con estas extrañas palabras:

–Ese almacén perdió el piso.

–¿No tiene piso?

Nhonhoso lo confirmó, diciendo que sí con la cabeza. Allí dentro había apenas un vacío, un vacío dentro de un agujero. Aquel piso había sido tragado por la tierra.

–Usted entra y se lo traga también.

Izidine desdeñó los consejos del viejo. Con un tiro, hizo estallar la cerradura de la puerta principal. Cautelosamente, echó un vistazo al interior antes de entrar. Estaba oscuro y se respiraba una humedad y un olor extraños. De repente, un batir de alas azotó el silencio y resonó en las profundidades. Más alas se juntaron y el rostro de Izidine fue severamente golpeado. Cayó casi sin sentido. La puerta se sacudió con violencia. Izidine ya no pudo percibir nada. Pero yo, el fantasma dentro de él, sentí las manos de Nhonhoso ayudándolo a levantarse. Y el policía fue arrastrado junto a la hechicera.

Noveno capítulo
La confesión de Nãozinha

Soy Nãozinha, la hechicera. Mis recuerdos son difíciles de llamar. No me pida desenterrar pasados. ¿La serpiente traga su propia saliva? ¿Tengo que hablar, para obedecerle? Es verdad. Pero quede sabiendo, señor. Nadie obedece sino fingiendo. No le imponga una orden a mi alma. Si no, quien va a hablar es solo mi cuerpo.

Primero, le digo: no deberíamos hablar así, de noche. Cuando se cuentan cosas en la oscuridad, nacen mutilados. Cuando termine mi historia, todos los mutilados del mundo estarán suspendidos sobre ese árbol en el que usted se apoya. ¿No tiene miedo? Lo sé, usted, aun siendo negro, es de allá de la ciudad. No sabe ni respeta.

Vamos entonces a excavar en ese cementerio. Digo bien: cementerio. Todos los que amé están muertos. Mi memoria es una tumba en la que me voy enterrando a mí misma. Mis recuerdos son seres muertos, sepultados no en tierra sino en agua. Revuelvo esa agua y todo se enrojece.

¿Le inspiro miedo? Por esa misma razón, el miedo, fui echada de mi casa. Me acusaron de hechicería. Según la tradición, allá en nuestras aldeas, una vieja siempre corre el riesgo de ser vista como hechicera. También yo fui acusada, injustamente. Me culparon de muertes que ocurrían en nuestra familia. Fui expulsada. Sufrí. Nosotras, las mujeres, estamos siempre bajo la sombra de la espada: impedidas de vivir, mientras jóvenes; acusadas de no morir, cuando ya viejas.

Pero hoy me aprovecho de esa acusación. Me conviene que piensen que soy hechicera. Así me recelan, no me golpean, no me empujan. ¿Me entiende? Mis poderes nacen de la mentira. Todo esto tiene su razón: mi vida fue un camino contracorriente, un mar que desaguó en un río. Sí, yo fui mujer de mi padre. Entiéndame bien. No fui yo quien durmió con él. Fue él quien me durmió.

Tengo que demorar ese recuerdo. Disculpe, señor inspector, pero debo volver a recordar a mi padre. ¿Por qué? Porque yo misma maté al mulato Excelêncio. ¿Se sorprende? Pues le digo, ahora: ese demonio tenía el espíritu de mi padre. Tuve que matarlo porque él era un simple brazo ejecutando los deseos de mi padre muerto. Es por eso: para hablar de ese Vasto Excelêncio, que en paz descanse, debo hablar primero de mi padre. ¿Puedo demorarme en él, en los viejos tiempos? Le pido permiso porque usted empezó con órdenes, incluso antes de que yo abriera la boca. No quiero perderle el tiempo, pero usted no va a entender nada si no me hundo en mis recuerdos. Es que las cosas empiezan incluso antes de nacer.

Mi padre sufría una demoniación. Siempre que estaba por hacer el amor se quedaba ciego. Tocaba un cuerpo de mujer y perdía la vista. Cansado, mi padre consultó al hechicero. No eran solo esas cegueras momentáneas que le preocupaban. Estaba sintiéndose apretado, en medio de tanto mundo. Fue así que se decidió a acostar su vida en la estera del nhamussoro. Lo que el otro le dijo fueron garantías de riqueza. Y le anticipó promesas: ¿mi viejo quería alcanzar la tranquilidad de la abundancia? Entonces, debía tomar a su hija mayor, yo misma, y comenzar un romance con ella. Así nomás: transitar de padre a marido, de pariente a amante.

–¿Seducirla? –preguntó mi padre.

–Sí, seducirla a ella, justamente –respondió el nhamussoro.

–Pero ¿si ella no me acepta?

–Va a aceptar, después de beber los remedios que te voy a dar.

–¿No son peligrosos?

–Esos remedios alejan la boca del corazón. Ella va a aceptar.

–¿Y en caso de que no?

–En caso de que no… es mejor que no lo pensemos porque, en ese caso, tendrás que morir.

Mi viejo tragó saliva. ¿Morir? Aturditonto, aún dudó. Pero ¿qué otra cosa podía hacer? La cosa le resultó, pues, aceptable. Volvió a casa y fui justo yo, su hija destinada, quien le abrió la puerta. En aquel momento, a contraluz del xipefo, ¿sabe lo que él vio? Me vio a mí, entera. Le pareció que yo estaba desvestida.

–Nãozinha: ¿estás sin ropa?

Solo pude reírme. ¿Sin ropa? Y sacudí la capulana para que él viera mis ropas. Pero, en aquella confusión, la capulana se soltó y quedaron a la vista mis senos, mi piel que, en aquel tiempo, era una invitación a los dedos. En aquel instante, sucedió que él me dejó de ver. Mi padre perdía la visión. Quería decir: su hija varona ya le resultaba deseable, igual que cualquier otra mujer. Estudió el camino con las manos, como un ciego. Quería apoyarse en la puerta, pero, en vez de eso, me tocó los hombros. Y sintió mi escalofrío.

–Padre, ¿te sientes bien?

–Ayúdame a entrar, es solo el exceso de oscuridad.

Al día siguiente, él me dio las bebidas que el curandero había preparado. No pregunté qué era aquello. Mis ojos estaban llenos de duda, simplemente bajé la cabeza. No ingerí enseguida la bebida. Me quedé parada, como si adivinase lo que iría a suceder.

–¿Puedo beberlo mañana?

–Puedes, hija. Bebe cuando sientas deseo.

Comenzó entonces el romance. Mi padre fue, al final, mi primer hombre. Pero, debo confesar algo: nunca bebí la poción. La calabaza del hechicero estuvo durante años esperando por mis labios. Mi viejo siempre creyó que yo estaba bajo el cuidado de los espíritus y que actuaba bajo el mando de los remedios. Sin embargo, mi único remedio fui yo misma.

Y así me sucedí, esposa e hija, hasta que mi viejo murió. Se colgó como un murciélago, en desmayo de una rama desfrutecida. Vino el poniente. Vino la asombrable sombra: la noche. Pasaron las horas y él balanceándose en la oscuridad. La oscuridad balanceándose dentro de mí. No me dejaron verlo. En ese tiempo, estaba prohibido que los niños vieran a los fallecidos. Usted sabe, la muerte es como una desnudez: después de verla, se la quiere tocar. De mi padre no quedó ninguna imagen, ningún rastro de su presencia. Siguiendo las antiguas costumbres, todas las pertenencias, incluyendo fotografías, eran enterradas con el difunto.

Así, quedé huérfana y viuda. Ahora soy vieja, flaca y oscura como la noche en que el mutilado quedó ciego. Oscuridad que no viene de la raza sino de la tristeza. Mas qué importa todo eso, cada cual tiene tristezas que son más grandes que la humanidad. Pero yo tengo un secreto, mío y único. Los viejos aquí saben, nadie más. Se lo cuento ahora, pero no es para escribir en ninguna parte. Escuche bien: cada noche, me convierto en agua, me traspaso a líquido. Mi cama es, por esa razón, una bañera. Hasta los otros viejos vinieron a presenciarlo: me acuesto y comienzo transpirando en abundancia, la carne traduciéndose en sudores. Chorreo, liquideshecha. Aquello duele tanto de ver que los otros se retiran, medrosos. No hubo nunca quien asistiera hasta el final cuando me desvanecía, transparente, en la bañera.

¿Usted no me cree? Venga a verme, entonces. Esta misma noche, después de esta charla. ¿Tiene miedo? No recele. Porque, en cuanto amanece, se rehace mi sustancia. Primero, se conforman los ojos, como peces sumergidos en improvisado acuario. Después, se componen la boca, el rostro, todo lo demás. Lo último son las manos, que se resisten a atravesar esa frontera. Algún día, las manos seguirán siendo agua. ¡Qué bueno sería no volver!

A decir verdad, solo me siento feliz cuando me voy aguando. En ese estado en que me duermo, estoy dispensada de soñar: el agua no tiene pasado. Para el río, todo es hoy, ola que pasa sin haber pasado nunca. Hay una adivinanza que dice así: “¿A quién puedes golpear sin nunca lastimar?”. ¿Sabe usted la respuesta?

Yo le respondo: al agua puede golpearse, sin causarle herida. A mí, la vida puede golpearme cuando soy agua. Ojalá yo pudiese residir para siempre en líquida materia esparciéndose, río en estuario, mar en infinito. Ni arruga, ni dolor, bien protegidita por el tiempo. Pero dejemos mis devaneos. No fue para esto que me ordenó hablar. Usted solo quiere saber de hechos, ¿no? Pues, a ellos regreso.

Aquella noche, me dirigía a mi bañera cuando encontré a Nhonhoso y Xidimingo durmiendo en la terraza. Estaban enredados uno con otro, se calentaban. Pero aquel sereno no era bueno para sus edades. Los desperté suavemente. Nhonhoso fue el primero en reaccionar. Cuando descubrió al viejo Mourão anidado en su regazo, comenzó a gritar. Con brusquedad, empujó a Xidimingo al suelo. El blanco se despertó de golpe, atontado:

–¿Qué es eso, Nhonhoso, estás loco?

–Es que pensé que estabas muerto.

–¿Y entonces, me empujas así?

Yo entendía el miedo de Nhonhoso. Aquel anciano no derrochaba corazón. No se puede dejar a alguien extinguirse en nuestro regazo, enfriarse junto a nuestro cuerpo. Los muertos se agarran al alma y nos arrastran con ellos a las profundidades. Aquí, en este asilo, se muere tanto que, a veces, me pregunto: ¿para qué sirven los muertos? Sí, tanta gente ahí, abonando la tierra. ¿El señor inspector sabe la razón del amontonamiento de los fallecidos? Yo, por mi parte, llegué a una conclusión: los muertos sirven para pudrir la piel de este mundo, de este mundo que es como un fruto con pulpa y carozo. Es necesario que caiga la cáscara para que la parte de adentro pueda salir. Nosotros, los vivos y los muertos, estamos desenterrando ese carozo donde viven admirables maravillaciones. Disculpe, inspector, me fui por las ramas. Vuelvo a nuestro asunto, a aquella noche en que encontré a los dos viejos. Me acuerdo de haberles preguntado:

–¿Ustedes dos están como para quedarse ahí, durmiendo afuera?

–Mira, Nãozinha, déjanos aquí nomás, hoy no tenemos ganas de quedarnos allá junto a los vejestorios…

–Soy yo la que tengo que dormir sin falta en mi bañera. Si no, también me quedaba aquí…

Los dos se rieron, aliviados al ver que me alejaba. Como todos los demás, ellos también creían que yo era una hechicera. Imaginaban que había sido yo quien había encomendado la muerte de mi marido, mis hijos. Pensaban que había matado a mi padre para quedarme con mi marido, que había matado a mi marido para quedarme con mis hijos, que había matado a los hijos para quedarme con los nietos. Que pensaran lo que quisieran.

Aquella noche, me demoré en la compañía de esos dos viejos. También vi a Marta llegar y extenderse, desnuda, en pleno suelo. Nhonhoso y Mourão habían intercambiado menudencias. Fue cuando llegó el director mulato. Nos llamó a los tres, ordenó que lo acompañásemos a su gabinete. Era allí donde se dedicaba a sus maldades. Nos sentamos los tres en un banco largo y Nhonhoso se llevó un coscorrón.

–¿Qué te mandé hacer, viejo sabihondo?

El viejo negro se calló, cabizbajito. Parecía avergonzado, cargado de culpa. Vasto Excelêncio le sujetó el rostro para lanzarle una mirada fulminante:

–¿No dije que tiraras ese árbol abajo?

–¿Al final era eso? –se admiró el portugués–. ¡¿Me cortabas el árbol por orden de este hijo de puta?!

–¡Cállate, tú también!

El director fue sumario: de inmediato, Nhonhoso fue declarado culpable de insubordinación. Todos sabíamos el castigo a seguir. Llamarían a Salufo Tuco para que se encargara de los castigos corporales. Yo intenté al menos apaciguar la rabia del director.

–Excelêncio, tú no vas a cargar en estos pobres…

Y enseguida él se descargó sobre mí. A los gritos me golpeó en el pecho. Una y muchas veces más. Elegía mis senos: los golpeó hasta que yo sentí como si fuese una rasgadura rompiéndome al medio. Mourão y Nhonhoso intentaron interceder pero los pobres viejos, incluso juntos, no sumaban una sola fuerza. Quedé acostada, fingiendo no haber sido otra cosa que un hombre golpeando a una mujer vieja. Entonces Excelêncio se volvió hacia Nhonhoso y gritó:

–Te mandé cortar el árbol del tuga y desobedeciste. Ahora ya sabes…

–Lo sé, pero te pido una cosa: no llames a nadie para pegarme.

Después, volviéndose al viejo portugués, Nhonhoso imploró:

–Por favor, pégame tú.

–¡¿Pegarte?! ¿Estás loco?

–No quiero que sea un negro el que me pegue.

–No me pidas eso, Nhonhoso. No puedo, no soy capaz.

En ese momento, el director interrumpió con el mayor sarcasmo:

–No me digas que nunca le pegaste a un negro. ¿Eh, patrón?

Subrayaba bien la palabra “patrón”. Nhonhoso, para nuestra sorpresa, sumó su voz a la de Excelêncio:

–Sí, hágame ese favor, patrón.

–No entiendo, Nhonhoso: ¿ahora yo soy “patrón”?

Quien respondió fue el director del asilo. Parecía divertirse con aquella charla. Se sentó en la silla, con aire de mando. Después alardeó, señalando con dedo de juez:

–Sí, ustedes los blancos nunca dejaron de ser patrones. Nosotros, los negros…

–Nosotros los negros, ¿quiénes? Cállese, señor oportunista de mierda.

Era el viejo portugués, exaltado. Vasto Excelêncio se sonrió de costado:

–¿Callarme? Si el patrón así lo ordena…

–¡Yo no soy patrón de nadie!

–¡Lo es, es mi patrón! –insistió Nhonhoso.

–¡No soy patrón, carajo! No me vengan con esas mierdas, yo soy Domingos Mourão, carajo!

El portugués, enardecido, daba vueltas mientras repetía: “Soy Domingos. ¡Soy el Xidimingo, carajo!”. El viejo Nhonhoso, de repente, se interpuso en el camino del blanco. Bajó la cabeza y le suplicó, en sordina:

–Te lo pido, Mourão. Pégame.

–No puedo.

–No me va a doler, te juro.

–Me va a doler a mí, Nhonhoso.

–Te lo pido, Xidimingo. Hazlo, hermano.

El blanco cerró los ojos. Al borde de las lágrimas, parecía. Despacio, empuñó el chamboco. Siempre con los ojos cerrados, levantó el brazo. Pero no llegó a cumplir la sentencia. Porque sucedió que de repente, allá afuera, estalló una tempestad de rasgar los cielos. Relámpagos y truenos se confundían. Nunca había visto yo tales irritaciones de los firmamentos. De mi bolso, saqué unas hojas de kwangula tilo. Di un ramo a cada uno de los viejos para que los sujetaran en sus manos. Así se prevenían contra el estallido de los pulmones. Le di a todos menos al director. Después, ordené:

–¡Cállense: está pasando por el cielo el wamulambo!

–¿El wamulambo? –preguntó el director con voz temblorosa.

–¡Cállate, demonio!

El director salió, con prisas intestinales. Xidimingo Mourão se asombraba. No conocía todas nuestras creencias. No sabía del wamulambo, esa víbora descomunal que vaga por los cielos durante las tempestades. Nos quedamos un tiempo, el pecho agachado, hasta que el ciclón se cansó. Después, salimos de la casa a observar el cielo. Ya no estallaban los truenos. Pero por el suelo se esparcían los estragos. Tejas de zinc se habían desclavado. Nhonhoso habló:

–Hace mucho tiempo que vengo diciendo que pintemos esas tejas…

El viejo tenía razón. Esas víboras de los vendavales confunden el brillo ondulado de las tejas con las olas del agua. Y así se abruptan en el hueco de ese espacio, sumergiéndose en el zinc.

–Tú, Nãozinha, que eres hechicera, bien que podías ofrecerle un wamulambo al viejo Xidimingo.

–Te digo una cosa, blanco: nunca quieras una víbora de esas. Ayudan a sus dueños pero, en contrapartida, están siempre pidiendo sangre…

El portugués ni por simpatía sonrió. Increíble cómo un viejo depende del estado del tiempo. Se debilita con las meteorologías. Ahora, cada uno de nosotros, viejos, nos sentíamos frágiles como un talón. Mourão era el que más sufría el peso de las nubes. Miraba el firmamento y decía:

–Hay un cielo como para hacer desaparecer a la Virgen.

Los senos me dolían con una presión insoportable. Me parecía que sangraban. Me separé de prisa de mis compañeros. Me dirigí a mi casita para acostarme. Necesitaba con urgencia convertirme en agua. Abrí la puerta y me encontré con la bañera toda rota: la tempestad se vengaba en ella. ¿El wamulambo se enfrentaba conmigo, castigándome por mis mentiras? Me quedé ahí sentada, derrotada. La sangre me empapaba la blusa.

En aquel pequeño cuarto, me quedé quieta, viendo chorrear mis senos. Nunca más volvería a amamantar a mis nietos, fuesen ellos de verdad o de carne. De donde salió sangre no puede manar leche. El mulato fue maldecido con todas las muertes. Ahora, yo digo: Vasto Excelêncio fue sentenciado en ese momento. Fui yo quien lo encomendó, el hombre se repentinó por mi autoría. La misma sangre que se escurría por mi pecho habría él de perderla de su cuerpo.

La vida es una casa con dos puertas. Hay algunos que entran y tienen miedo de abrir la segunda puerta. Se quedan girando, bailando con el tiempo, demorándose en la casa. Otros se deciden a abrir, por voluntad de su mano, la puerta trasera. Fue lo que yo hice, en aquel momento. Mi mano giró la llave del armario, mi vida rodeó el abismo.

Ante mí, surgía la caja de sándalo que yo había guardado tantos años. Retiré la raíz de ese arbusto que crece junto a los mangales. Abría las piernas y, lentamente, fui clavando la raíz en el centro de mi cuerpo, por esa ranura donde la vida y yo nos habíamos ya espiado. Ya perdiendo fuerzas, tambalineante, regresé junto a mis dos amigos.

–¿Qué te pasa, Nãozinha?

–Me vengo a despedir.

El portugués sonrió: ¿hacia qué ningún lado iría yo? Nhonhoso también rió. Pero, después, se dieron cuenta de mi tristeza.

–¿Saben que la tempestad rompió mi bañera?

–No me vengas con esa historia del agua, Nãozinha –respondió Xidimingo.

Yo todavía sonreí. Todos tenemos nuestros desconocimientos. Pero los blancos, ¡cómo se envanecen de sus ignorancias! Para el portugués, todo era pan y tierra. ¿Una persona que se vuelve agua? ¡Imposible! Es en la muerte que se fragmenta el cuerpo, pulverizado en nada, en la coherencia de un esqueleto. Yo no tenía fuerzas ni para desmentidas. Levanté un puñado de arena y dejé que los granos se escurrieran.

–Esta noche, sin bañera, voy a escurrirme por estas arenas…

Aquella era, en mi realidad, mi última noche. Yo iba a ser enterrada como lluvia, deflagrada en mil gotas. De golpe, el portugués me sacudió, afligido:

–Estás sangrando por las piernas, Nãozinha. ¿Qué te pasa?

–Es sangre de mi pecho, fue ese mulato que me pegó.

–No, Nãozinha, esta sangre es otra.

–¿Qué es lo que te hiciste? –preguntó el viejo negro.

Nhonhoso sabía. Siendo un retinto, conocía nuestros modos. Atolondrándose, le explicó al portugués. Yo me estaba suicidando. Solo había un modo de salvarme. Que uno de ellos hiciera el amor conmigo.

–¿Pero no es riesgoso? ¿El veneno no puede pasar a nosotros?

Los dos viejos intercambiaron, en silencio, miedos y angustias. Se quedaron callados, mirando al piso. Hasta que el viejo Nhonhoso sonrió. Y habló: que el blanco se quedara tranquilo. Él se ocuparía del asunto. A lo que el portugués se opuso.

–Pero hay peligro de muerte, Nhonhoso.

–Quien quiere agarrar la langosta tiene que ensuciarse en la tierra.

–Sábelo, Nhonhoso. ¡El que va soy yo!

–Ni lo pienses, mulungo. Soy yo el que voy.

Y discutían. ¿Ambos me querían? Hasta mencionaron motivos: uno, que tenía mayores hechos que argumentos; otro, que tenía la raza adecuada. El negro decía: tú te acuestas con la hechicera y estás más condenado que paja de cigarro. El portugués se quedó callado un instante. Un tartamudeo le entorpecía la voz. Hasta que consiguió desahogarse:

–Yo no quería revelar esto, pero…

Después, volvió a callarse. Parecía haber perdido coraje.

–¡Habla, hombre!

–Es que Nãozinha, hace tiempo, se levantó la pollera para mí. Y la vi sin ninguna ropa…

Sentí pena por Domingos Mourão. El portugués no había entendido por qué motivo yo le había mostrado mi cuerpo. Mourão aún desconocía muchos de nuestros secretos. Cuando una vieja se desnuda y desafía a un hombre, esa es una señal de rabia. Ese momento que Xidimingo Mourão pensaba que había sido de cortejo había sido, en verdad, un mensaje de desprecio. Pobrecito, el viejo blanco no lo merecía. Ya era tarde para enmiendas. Lo mejor era dejar a Mourão en ese engaño.

La disputa se resolvió, al final, a favor del negro. Nhonhoso me tomó la mano, con gesto seductor. Señaló mi casita y preguntó:

–¿Vamos?

Yo ya me había olvidado del arte de apalabrar los cuerpos. Más me confundían las palabras de Nhonhoso: Esta es la estera, es solamente estera cuando se acuesta una sola persona. Pero cuando se acuestan dos amantes la estera recibe en ella a la tierra entera. Tú dices cosas bonitas, Nhonhoso. Pero, más allá de la charla, ¿todavía practicas cosas bonitas? El viejo Nhonhoso soltaba su palabrería: Mira al viejo Navaia Caetano, decía. ¿Es un viejo, es un niño? Estoy hablando, Nãozinhita. ¿Nunca viste a un mulato? ¿Entonces? Se puede ser mulato de razas, se puede ser mulato de edades. Tú eres vieja-niña, mi pequeñita.

Lo que él me dijo, con un susurrito en el oído, me incitó a hacer locuras. Que yo estaba aún en la flor de la edad. Yo lo sabía: la vejez no nos da ninguna sabiduría, simplemente autoriza otras locuras. Mi locura era creerle a Nhonhoso. Que yo era la más linda, la más mujer. Y nosotros seguíamos, ya los cuerpos libres de ropas. De repente, él se detuvo.

–Tengo miedo.

–¿Miedo?

–Siempre tuve miedo.

–¿Y si te hago unos mimos? –pregunté–. Así –le dije, y lo hice. Mi mano recorrió sus partes delicadas. Él sonrió y dijo que no valía la pena.

–Es tan inútil como sacarle óxido a un clavo.

Nos reímos. La vida es la mayor embustera: sabemos que existimos apenas por sustos y emboscadas. Justo cuando Nhonhoso estaba así, con el corazón en la mano, fue que apareció Vasto Excelêncio. Entró sin golpear y se quedó riendo en un rincón, contemplándonos:

–Vean qué parejita apasionada tenemos aquí.

Empujando a Nhonhoso, ahuyentó al viejo con los pies y le ordenó:

–¡Sal de aquí, cabrón!

Nhonhoso se fue, cruzando la puerta. Entonces, Vasto fingió cortejarme. Se hacía el gallo, seductor. Me humillaba casi como a un animal. Hice de cuenta que me avenía a ese engaño, como si aceptase aquel arrastrarme el ala del mulato. Y endulcé el gesto, acariciándole los hombros con las manos.

–Tengo un aguardiente especial…

Era eso lo que él quería. Llené el vaso. Excelêncio bebió y rebebió. Hasta que un mareo lo hizo caer al piso. El director deliraba. Fue entonces que me monté sobre él. Así mismo, desnuda y húmeda, coincidí con su cuerpo, me concavidé con él. Excelêncio me enredó en sus brazos. Sus besos transpiraban la espuma caliente de la bebida. El hombre divagaba de nombre en ilusión:

–¡Marta! ¡Tina… mi Ernestina!

Completó en mí sus favores viriles. Terminó con un gruñido animal. Me separé de su cuerpo, ansiosa por lavarme. Era como si sus líquidos, dentro de mí, me irritasen más que los previos venenos. En el espejo, volví a ver la sangre tiñéndome el pecho. Mientras me lavaba, el mulato berreó, exigiendo más bebida.

Volví a la sala y, de nuevo, le llené el vaso. En el reborde, quedó una marca de sangre. El director no notó enseguida aquel rastro rojo de un dedo en el vidrio. Bebió de un trago el veneno y, tamboreando en su barriga, ordenó:

–¡Llénalo más, vieja!

El vaso cayó, astillándose. Y el cuerpo de Vasto Excelêncio se desplomó pesado sobre los mil vidriecitos.

Décimo capítulo
Quinto día entre los vivientes

Izidine anduvo todo ese día con la imagen de la hechicera royéndole la cabeza. Le había impresionado la extrema delgadez de ella. Los demás decían que Nãozinha se alimentaba apenas de sal. Traía agua del mar y la volcaba en los huecos que había entre las rocas. Dejaba secar el agua y lamía después el fondo de esas cavidades.

La mañana estaba húmeda, había llovido durante toda la noche. Las nubes se habían abierto mientras él escuchaba a la hechicera. ¿Simple coincidencia? El policía deambuló por el patio hasta que fue atraído por los gritos de los viejos. Se acercó. Los asilados daban vueltas alrededor del frangipani. Caetano Navaia se trepadoraba por el tronco y agarraba pequeños bichos peludos que, después, entregaba a los otros viejos. A aquella altura del año, siempre que llueve los troncos se cubren de larvas, las matumanas. Los viejos comían esas larvas. Hasta Izidine conocía esa costumbre. La enfermera se acercó a él para asistir al espectáculo. El policía le mostraba, con placer, que él también conocía esa costumbre.

–No son las mismas larvas –lo corrigió ella.

–Si no son las mismas, son parecidas.

–Eso cree usted. Pregúnteles a ellos qué sueñan después de comer esas matumanas.

–Dígamelo usted.

–Ellos le dirán que las mariposas les salen por los ojos mientras duermen.

Decían más: que los insectos crecían dentro de ellos, constituidos en mariposas carnosas, hechas con la carne de ellos. Mientras las mariposas se les escapaban por los ojos, ellos se iban poniendo flacos, vacíos, hasta que les quedaban solo los huesos. Riéndose, concluían: No somos nosotros los que nos comemos los bichos. Son ellos los que nos comen a nosotros. Deliraban debido a los jugos lechosos de las matumanas.

–Espero que haya alguno que no coma matumanas. Si no usted no va a tener a nadie que le dé hoy un testimonio.

–Quién sabe hasta quedan con la lengua más suelta. ¿No oyó hablar del suero de la verdad?

Marta Gimo sonrió y se disculpó. Tenía que ir a sus asuntos. El policía le dijo adiós con la cabeza y se acercó al árbol. Pretendía sumarse a los viejos en la recolección de larvas. ¿Quién sabe, así, lograba una mayor confianza por parte de ellos? Pero cuando se preparaba a agarrar la primera matumana una voz le ordenó detenerse.

–Usted no puede acercarse…

–¿Por qué?

–Porque no puede.

Obedeció, contrariado. Los viejos no lo aceptaban. El policía no conseguía ni acercarse. ¿Cómo podía esperar que ellos se abrieran y le contaran la verdad? La constatación, aunque obvia, lo dejó abatido. Y se encerró en su cuarto, negado al mundo. Hasta que Nhonhoso vino a encontrarse con él, al fin de la tarde. Golpeó la puerta y, aun antes de tener autorización, entró y tomó asiento.

–No confiamos en usted, inspector.

–Pero ¿por qué? ¿Solo porque soy policía?

Él se encogió de hombros. Y profirió frases vagas, todo dicho en medios tonos. Que pasaban cosas en el asilo, que el país se había vuelto un lugar peligroso para quien busca verdades. Y, además, existían otras razones que ellos, los más viejos, ya habían sopesado.

–¿Será que, para ustedes, yo no soy un buen hombre?

–Usted no es ni bueno ni malo. Usted simplemente inexiste.

–¿Cómo inexisto?

–¿Usted se hizo la circuncisión?

El inspector no logró responder. Estaba atónito. ¿Entonces era eso? ¿O sería simplemente un pretexto, una manera más de confundirlo? Fuera lo que fuese, él debería saber sortear aquella inesperada barrera. Y se dispuso a ser sometido a una ceremonia.

–¿Van a circuncidarme?

El viejo se rio. Él era ya demasiado adulto. Pero, sí, una ceremonia era necesaria. Era condición para el ingreso en la familia, en la tribu de los mayores. Y sería aquella misma noche, si él así lo desease. Izidine aceptó. El policía estaba desesperado, viendo el tiempo arenarse entre sus dedos. Y se selló el acuerdo. Nhonhoso salió a avisar a los demás para que preparasen el ritual.

Pasadas unas horas, golpeaban a la puerta. Entraron Nhonhoso, Mourão, Navaia. Le ordenaron al policía que se desropase.

–¿Al final, me van a cortar? –preguntó afligido.

–Siéntese aquí en el medio.

Nhonhoso agarró una prenda de Marta. Sujetaron al policía por la cintura y le pusieron un vestido por el cuello. El policía se observaba, incrédulo, con uniforme femenino.

–En esta fiesta, usted hace de cuenta que es mujer.

Comenzaron los cantos, los tambores, los bailes. Nhonhoso lo incitaba a que cantara y bailara, todo en versión femenina. Izidine hizo su papel lo mejor que supo. Los viejos se rieron hasta el hartazgo. Después salieron y el policía los acompañó hasta el patio. Cansado, se acostó en el paseo, expuesto al fresco del final de la tarde. Cerró los ojos, para abrirlos enseguida. Los pasos de alguien lo despertaron. Era Marta. Izidine se sentó, se frotó el rostro con las manos, limpiándose de vergüenzas. Y le contó lo sucedido. Ella se desplegó en una risotada.

–Ellos se divirtieron a costa suya. Y a costa de mi vestido.

–Disculpe, Marta.

–Venga conmigo. Hace una noche bonita para que dos mujeres paseen.

Caminaron hasta el frangipani. Marta señaló las luces que se encendían en la playa, muy cerca del mar.

–Son antorchas. Los viejos las encienden para atrapar langostas.

Aquellas luces quedaban flotando sobre las olas y eran brillos enrojeciendo la espuma. Marta parecía inclinada a la poesía. Dijo que la luz es más liviana que el agua, sus reflejos quedan boyando como peces lunares, algas de fuego.

–Así son también las memorias de estos viejos, flotando más livianas que el tiempo.

Un volumen extraño en su vestido llamó la atención del inspector. Retiró el abultado objeto: era otra escama. Se la mostró a la enfermera:

–¿Sabe qué es esto?

–Eso, querido inspector…

–Llámeme Izidine.

–Eso, Izidine, es una escama de pangolín, el halakavuma…

–Ah, ya sé. ¿Ese que baja de las nubes para anunciar noticias del futuro?

–Al final, usted no olvidó la tradición. Vamos a ver si olvidó otras cosas…

Y le pasó la mano por el rostro, haciéndole luego caricias en el pecho. ¿Le desabotonaba el vestido? Su gesto lo invitó a acercarse más. Parecía que ella le quería entregar un secreto. Puso los labios sobre su oído pero, en lugar de palabras, imitó el sonido del mar en un caracol. Después, con el brazo, lo hizo acostar.

–¿No nos están viendo los viejos?

Marta sonrió, rodando para que él quedase sobre su cuerpo. Izidine quiso protegerla, colocando sus brazos por debajo de ella. Pero ella rechazó esa deferencia:

–Usa mejor las manos, estoy bien acolchada.

¿El policía había probado tales dulzuras? Y yo, Ermelindo Mucanga, incorporado al amante, me vi, de repente, perdiéndome en esas visiones. La verdad es que, en Marta Gimo, yo accedía al estado de pasión. Y un pasa-noche tiene prohibido envolverse en asuntos de los vivos. Por eso, me dejé caer en el vacío, borrado de mí y del mundo. Todo oscureció, hasta que volví a ver a Izidine irguiéndose, apartándose de la enfermera. El policía estiró los brazos, se acomodó el vestido. Miró, al fondo, la playa: ya no había antorchas en ella.

–Los viejos ya no están en la playa.

–No, ahora están allá.

Marta señaló, en el cielo, las estrellas. El policía se perdió en los astros lucecitando en lo alto, imaginando que eran las antorchas en manos de los viejos. Y se demoró en ese silencio hasta que ella preguntó:

–¿Sabes qué es lo que más odiaba yo de ese mulato?

–¿De quién?

–De él, Vasto Excelêncio.

–¿Qué era?

–Cuando murió Salufo Tuco pedimos que llevasen el cuerpo para que fuese enterrado en Maputo. Una vez más, ese mulato se negó.

Marta veía el helicóptero salir y entrar, entrar y salir. Traían cajas y volvían vacíos. Varias veces, ella pidió que llevaran enfermos. Excelêncio siempre se negó.

–Después de todo, ellos tenían miedo.

–¿Miedo? ¿Miedo de qué?

–Tenían miedo de que los denunciáramos allá afuera.

El inspector, de repente, se interesó. Tal vez demasiado. Encendió la linterna sobre el rostro de ella. Quería saber quiénes eran “ellos”. Y qué denuncias serían aquellas. La enfermera se desvió del foco:

–Tú nunca vas a entender. Lo que está sucediendo aquí es un golpe de Estado.

–¿Un golpe de Estado?

–Sí, eso es lo que debería preocuparlo, señor policía.

–¿Pero aquí en la fortaleza, un golpe? –Izidine se rio, estupefacto–. Francamente, Marta…

–No solo aquí, en la fortaleza, es en el país entero. Sí, es un golpe contra la tradición.

Una vez más, Marta Gimo lo agarraba a contramano. Esta vez, el policía evitó discutir. Que hablase ella. Y, realmente, habló:

–Hay que cuidar este pasado. Si no, el país quedará sin suelo.

–Yo acepto todo, Marta. Quiero saber apenas quién mató a Vasto Excelêncio. Solo eso.

La conversación se acabó. El inspector se aprestaba a regresar a su cuarto cuando lo detuvieron las carcajadas de Marta. La enfermera se divertía al verlo, grave y solemne, vistiendo ropa de mujer. Él agitó los brazos y giró sobre sí mismo. Hizo una venia. Marta se acercó para darle la despedida. Desenrolló unos papeles y se los pasó:

–Lee esto.

–¿Qué es?

–Una carta.

–¿Una carta de quién?

–De Ernestina.

Undécimo capítulo
La carta de Ernestina

Soy Ernestina, mujer de Vasto Excelêncio. Rectifico: viuda de Vasto. Redacto estas líneas el día antes de que me lleven a la ciudad, mientras andan por ahí, entretenidos en investigar por toda la fortaleza. Nunca encontrarán el cuerpo de mi marido. Al fin de las búsquedas, me llevarán con ellos. Iré en condición de descalificada, tenida por alma incapaz. No me pedirán testimonio. Ni siquiera un pálpito. Prefiero esa enajenación. Que nadie me preste atención y me tomen por tonta. Escribo esta carta, no sé para qué, ni para quién. Pero quiero escribir, quiero vencer esta muralla que me cerca. Durante años viví rodeada de viejos, gente que solo espera por el breve y certero final. ¿La muerte no es el fin sin finalidad?

Vasto murió en el misterio. Ni siquiera tuvo entierro. Mejor así: me ahorraron la hipocresía del funeral. No es la primera vez que cruzo caminos con la muerte. Mi único hijo murió al nacer. Nunca más pude tener hijos. Cuando sucedió ese infortunio yo estaba separada de Vasto. Pensaba que sería definitiva esa separación. Vasto había sido designado para dirigir el asilo de São Nicolau. Me negué a acompañarlo. Nuestra relación se había acabado, yo me había agotado tras sucesivas desilusiones. Pero la muerte de mi hijo me dejó frágil, desamparada. Fue entonces que decidí reconciliarme con Vasto y venir a encontrarme con él. Dicen que las mujeres que ven morir a sus hijos quedan ciegas. Hoy lo entiendo: no es que ellas dejen de ver las cosas. Dejan, sí, de ver el tiempo. Vuelto invisible, el pasado deja de doler.

Lo que más sufrí en la guerra fue aquello que no presencié. ¡Los horrores que sucedieron! Me decían que Vasto, en los campos de batalla, se comportaba sin moral, actuando de la misma manera que los enemigos, a los que él calificaba de demonios. Yo escuchaba rumores de las masacres como si ocurriesen en otro mundo. Como si todo aquello fuese algo soñado. Y los sueños son como las nubes: nada de ellos nos pertenece sino su sombra. Mis pertenencias eran sombras veloces sobre la tierra. Escuchaba lo que se murmuraba sobre mi marido. Y lloraba. Lloraba siempre que comía. Granos y gotas se mezclaban en mis labios, no sabía qué tristezas se me enredaban en la garganta. Mi vida me sabe a sal. Por eso tengo apuro en salir de estas playas. Para olvidar, para siempre, ese sabor de aire de mar.

Cuando llegué al asilo comprobé las inmoralidades de mi marido. Excelêncio negociaba con los productos destinados a abastecer el asilo. Los viejos no tenían acceso a los alimentos básicos y morían sin remedio. A veces me parecía que morían clavados en sus propios huesos. Pero Vasto era insensible a aquel sufrimiento.

–Cómo es posible que no hagas nada, tú que tanto hablas en nombre del pueblo…

–Los viejos están habituados a no comer –me respondía–. Comer, ahora, hasta les llegaría a hacer mal…

¿Cómo era posible que Vasto hubiera caído tan bajo? Al principio, aún amé a ese hombre. Su cuerpo era mi nación. Le di nombres solo míos, nombres que yo inventaba a fuerza de tanto quererlo. Pero esos nombres nunca los revelé. Quedaban conmigo, secretos que escondía de mí misma. No confiaba en que él supiese cuidar esos adornos que mi ternura fabricaba. Me volvió el primer impulso de distanciarme de Vasto. Al principio, era mentira. Yo era como el río que, solo en apariencia, se aleja de su fuente.

Con el tiempo, no obstante, se confirmaba la auténtica naturaleza de Vasto. Como dice el viejo Navaia: nosotros no descubrimos nada. Las cosas, en realidad, se revelan. El tiempo me fue mostrando la verdadera cara de ese hombre. Dios me perdone, dejé de amarlo. Más que eso: pasé a tenerle odio. En aquel momento, yo aún quería una explicación para mi rabia. Hoy ya no necesito ninguna razón para odiar.

Y encontré el modo de justificarlo: Vasto había servido en la guerra. Había participado en misiones que yo prefería desconocer. Vio morir a mucha gente. ¿Quién sabe fue allí, viendo esas cosas, que se extinguió su último resto de bondad? Extraña sucedencia: la mayor parte de la gente quedaba descolocada por el conflicto armado. Con Vasto ocurría lo contrario: era la guerra la que se había descolocado dentro de él, refugiada en su corazón. ¿Y ahora cómo arrancar a esa malvada de su interior?

Fue en la guerra que Vasto conoció a Salufo Tuco, aquel que más tarde se convertiría en nuestro criado. Salufo ya había servido como soldado en tiempos coloniales. Era un hombre extraño, hecho de buenas maneras. Nadie le daba la edad que realmente tenía. No aparentaba más de cincuenta años. Debía, sin embargo, haber pasado los setenta. Pero conservaba mucho de la adolescencia.

Se vestía con retazos de telas, remiendos mal cosidos. Se presentaba así para evocar la memoria de su inicial juventud. Recordaba los primeros pagos que recibió como ayudante de sastre. Su patrón era un indio y le pagaba el salario no en dinero sino en sobrantes de tela. Vistiéndose con remiendos, ¿Salufo se transportaba a los perdidos paraísos de la infancia? No sé. Una vez se lo pregunté y él lo negó. Replicó así: ¿La víbora puede reinstalarse en la piel que abandonó?

No sé qué había pasado en el campo de batalla, pero Salufo tenía extraños deberes de fidelidad para con Vasto. Se transformó en su brazo derecho. Salufo era quien descargaba la carga que traían los helicópteros. Los viejos siempre querían ayudar, movidos por la curiosidad de saber qué venía en las cajas. Pero Vasto Excelêncio siempre se los prohibió. Solo Salufo podía manipular esos cargamentos. Él los transportaba en su espalda, solo, hasta el almacén que está cerrado bajo siete llaves. Ese almacén es realmente la antigua capilla de la fortaleza. Si el lugar fue alguna vez sagrado ahora lo es aún más. Mil restricciones rodean la antigua capilla, convertida en depósito de mercaderías. Nadie puede entrar ahí, solo Vasto Excelêncio. Y Salufo Tuco, cuando es autorizado. Para mí era fácil de entender: mi marido no quería que se conociesen las verdaderas cantidades de comida, mantas y jabón. Vasto no quería ojos curioseando en cosas que las manos nunca irían a tocar.

Salufo realizaba los trabajos domésticos en nuestra casa. Me gustaba su compañía. En su cuerpo de gigante se escondía un alma gentil. Salufo compartía muchas confidencias conmigo. En sus palabras había una queja permanente: se lamentaba de la condición de los asilados. Y decía que, en las aldeas rurales, los ancianos tenían condiciones mucho más felices. La familia los protegía, eran oídos y respetados. Los ancianos tenían la última palabra sobre los asuntos más serios. Salufo recordaba cosas remotas y su rostro se aniñaba. Después, al terminar, se encerraba en la melancolía.

Un día, Salufo Tuco me confesó que había decidido huir. Me quedé triste: yo perdía no solo un empleado sino también un amigo. Pero él estaba decidido. Y me pidió que no le dijese nada a Vasto. A pesar de estar triste, le prometí complicidad.

–¿Pero cómo vas a pasar por esos caminos minados?

–Soy un militar, conozco los secretos de la guerra. Sé cómo se ponen y se sacan las minas.

Su plan era llevar con él a todos los viejos que estuviesen cansados del asilo. En secreto, ya los venía contactando. Casi todos aceptaron participar en la fuga. Apenas una media docena se negó. ¿Tenían miedo de arriesgarse? ¿O ya habían sido educados por la muerte, resignados a aquel destino pequeñito?

A medida que se aproximaba la planeada fuga me ganaba una creciente angustia. Una fantasía de Salufo podía arrastrar a la muerte a muchos de aquellos viejos. Lo llamé y le pedí:

–Salufo, no te vayas así, sin preparación.

–¿Qué debo hacer, señora?

–Estuve pensando. Consulta a Nãozinha, ella puede bendecir tu viaje.

–¿Usted, señora, aunque mulata, tan portuguesa de alma, cree en esas cosas?

–Creo, Salufo.

Tal vez solo lo haya hecho para darme el gusto pero Salufo aceptó. Esa misma tarde fue a consultar a la vieja hechicera. No sé qué acordaron entre ellos. Solo sé que, esa noche, Nãozinha apareció en mi casa. Para mi sorpresa, me tomó ambas manos y me pidió:

–Ernestina, no lo dejes partir. Es que yo… yo no soy hechicera de verdad.

–¿No?

–Nunca lo fui. No tengo ningún poder, Ernestina.

Su cuerpo parecía pedir un consuelo. Pero su voz no dejaba traslucir ninguna fragilidad. De cualquier modo, la reconforté:

–Tú tienes poderes, lo sé.

–¿Cómo lo sabes?

–Es algo que otra mujer sabe ver.

Nãozinha sacudió la cabeza, no sé si negando mis palabras, o renegando de su pasado de falsedades. Mientras el grupo de fugitivos ultimaba sus preparativos, vi que Nãozinha rezaba, implorando bajito:

–¡No vayas, Salufo, te lo pido por la fe de Cristo!

Pero Salufo habría de partir con todos los otros. Había esperado a la noche. Por respeto a un pedido de la hechicera. Ella le había dicho: un viajero nunca debe partir al crepúsculo. Salufo encabezaba el grupo de viejos e hizo señas con un bastón antes de ser tragado por la oscuridad. Se despidieron del asilo soltando un “Uoouh” extraño. Después, lo supe: imitaban el ulular del mochuelo. Todo aquel barullo era para maldecir a Vasto Excelêncio.

Me quedé toda la noche despierta, ansiosa. Temía en todo momento oír explosiones. Si un viejo pisase una mina el estruendo resonaría por la sabana. Sería imposible que eso pasara inadvertido. Estaba tan atenta a aquella escucha que ni me di cuenta de que Vasto no estaba en casa. Sorprendí su regreso, en puntas de pie, era ya casi madrugada. Se asustó cuando me vio sentada en la terraza.

–¡Tina! ¿Qué estás haciendo?

–Nada. No me venía el sueño allá adentro.

–Yo… yo fui a ver…

–Deja, Vasto, no hables. No pregunté nada.

La noche pasó, al final, sin incidentes. Los viejos habían pasado la zona de las minas. Me aislé en este cuarto, desentendida de todo y de todos. Marta aún me vino a ver unas pocas veces. Pero yo no tenía palabras. Ella me tomaba los brazos, en silencio. Y nos quedábamos mirándonos como quien contempla el sin fondo de un océano.

Pasados dos meses, sin embargo, Salufo Tuco volvió. Venía triste, desharrapado. Llegó y se instaló sin hablar con nadie. Entró en el depósito que le servía de cuarto y recomenzó sus tareas diarias como si no hubiese pasado nada. Le pregunté qué había ocurrido. No respondió. Se demoró en inventados quehaceres. Solo al final del día se sentó y habló. Estaba profundamente afligido. El mundo, allá afuera, había cambiado. Ya nadie respetaba a los viejos. Dentro y fuera de los asilos era la misma cosa. En otros hogares de ancianos la situación era aún peor que en São Nicolau. De afuera venían familiares y soldados a robar comida. Los viejos que, antes, ansiaban compañía ya no querían recibir visitas.

–Sufrimos la guerra, habremos de sufrir la paz.

Salufo se explicaba así: en todo el mundo, los familiares traen recuerdos para reconfortar a los que están en los asilos. En nuestra tierra sucedía lo contrario. Los parientes visitaban a los ancianos para robarles productos. A la avaricia de las familias se sumaban los soldados y los nuevos directivos. Todos venían a sacarles comida, jabón, ropa. Había organizaciones internacionales que daban dinero para apoyar a la asistencia social. Pero ese dinero nunca llegaba a los viejos. Todos se habían convertido en cabritos.8 Y como dice el adagio: el cabrito come donde está amarrado.

Cuando Salufo contó esto a los amigos del asilo ellos no querían creerlo. Decían que era una invención de él para que ellos desistieran de salir. Salufo les respondía: Ustedes son la cáscara de naranja donde ya no hay ni un resto de fruta. Los dueños de nuestras tierras ya exprimieron todo. Ahora, están exprimiendo la cáscara para ver si sale jugo.

Después, Salufo dejó de abordar el asunto. Se negaba a recordar lo que había pasado en aquellos dos meses, fuera de São Nicolau. Y yo lo entendía. Salufo se había sostenido en casa de unos sobrinos gracias a una mentira. El viejo había declarado tener bienes y riquezas. Solo para que los más jóvenes lo hospedaran. Salufo cambió esa mentira por un rincón en un hogar. Hastiado de aquel mundo, decidió volver a São Nicolau.

–Prefiero ser pisoteado por Excelêncio. –Y agregó, riendo a medias–: Para ser luego consolado por la señora…

¿Y ahora, Salufo, qué vas a hacer? Esa era la pregunta que yo debería haberle hecho. Pero preferí callarme. ¿Para qué martirizarlo? Salufo pareció adivinar mi duda. Se levantó y dijo:

–Yo fui soldado. ¿Sabe lo que voy a hacer?

Me expuso su increíble plan: iba a volver a minar las tierras alrededor de la fortaleza. Enterraría las mismas minas que, allá en la carretera, estaban siendo retiradas.

–Ellos están desminando. Yo voy a comenzar a minar.

Yo no cabía en mí. Todo me parecía tan alejado de la realidad que no sabía ni qué preguntar. ¿Cómo iría el viejo a abastecerse de explosivos?

–Los traje conmigo, los robé. Nadie me vio. Ellos desplantan allá, yo planto travezmás de este lado.

–Pero, tú, Salufo…

–¡Ahora sí esto va a ser una fortaleza de verdad!

–¿Estás loco, Salufo?

–No, señora, ellos son los que están locos.

–Pero ¿para qué? ¿Por qué minar, Salufo?

–Yo vi ese mundo. No quiero que nadie venga aquí a fastidiar.

–Pero… ¿quién viene aquí?

–Van a llegar aquí, doña Tina. Ellos van a venir aquí cuando se les acabe la pasta, allá en las ciudades.

Yo sabía bien a qué se refería Salufo. Yo había estado en la ciudad y había observado la avidez de los enriquecidos. Ahora, todo estaba permitido, todos los oportunismos, todas las deslealtades. Todo era convertido en pasta, materia a ser comida, rumiada y digerida en crecientes panzas. Y todo eso, incluso al lado de las más dolorosas miserias.

Salufo Tuco quería cerrarle los caminos al futuro. Y no se quedaba en la intención. Se entregó, con el alma, a esa extraña misión. Le decía a Vasto Excelêncio que salía por los alrededores a recoger unas verduritas, unas nkakanas para Nãozinha. Vasto parecía creerle. O lo simulaba. Porque aquel era un juego mortal. Un día, el viejo saltaría por los aires, en pedazos. Salufo sacudía su gran mano en el aire cuando mi marido fingía advertirlo:

–Soy inmune a las minas, patrón. No olvide que fui naparama.

Todas las madrugadas, cuando el sol aún no había asomado, él salía con una bolsa y una azada.

–Voy a plantar, la tierra se enoja si no plantamos nada. Los campos se amargan cuando los hombres los abandonan.

Vasto Excelêncio, las manos en los bolsillos, parecía divertirse viendo al criado alejarse. Salufo aún se daba vuelta e insistía:

–Es verdad, patrón: esta miseria es la venganza de la tierra.

Una mañana, me despertó la voz de Vasto. Era aún el alba. Mi fallecido marido reprendía a Salufo, en el depósito. Me levanté para echar un vistazo. Interrumpí la discusión.

–¿Qué pasa, Vasto?

–Este hijo de puta abrió el almacén.

Y ordenó que me retirase. Aquella no iba a ser una escena para mujeres. Y realmente no. Ignorando mi presencia, Vasto agarró por los remiendos al viejo y le exigió una explicación sobre lo que había robado. Salufo no tuvo tiempo de responder. Ya la mano cerrada de Vasto chocaba con toda la fuerza en su boca. Salufo cayó. Sobre él llovieron puntapiés. El cuerpo de Salufo saltaba al imperio de los golpes. Vasto estaba fuera de sí. Grité, imploré para que dejara al hombre en paz. Por fin, hizo una pausa en la paliza y, ahogado, balbuceó:

–Voy a ver lo que robaste. ¡Pobre de ti, hijo de puta!

Salufo Tuco no murió enseguida. Cuando Excelêncio lo dejó tumbado aún respiraba. Su cuerpo, no obstante, ya estaba paralizado. Me pidió que llamase a los otros viejos. Salí corriendo. Cuando se juntaron alrededor de Salufo, los viejos se asombraron con su pedido:

–¡Amárrenme al molino!

Dudaron, perplejos. Pero, después, obedecieron. Salufo siempre hablaba del molino de viento. Sus ojos inspeccionaban las aspas girando y se embriagaban con aquel movimiento. Y decía: Aquel vientito está todo hecho a mano. Habría razones que se me escapaban pero los viejos accedieron a su pedido y lo llevaron hasta la cima. No sé cómo consiguieron subir la escalera del molino de viento cargando aquel peso vivo. Lo amarraron a las aspas del molino. Brazos y piernas extendidos. Como él quería: cerca del cielo, a la espera de un ventarrón. Había días en que ni la brisa visitaba nuestros cielos.

Haya sido magia, haya sido coincidencia, lo cierto es que, en aquel preciso momento, soplaron los vientos y las hélices comenzaron a girar. El viejo giraba con ellas, hecho aguja de reloj. Aquí abajo nos angustiábamos viendo a Salufo Tuco en aquel carrusel. Él, en cambio, parecía divertirse. Se reía incluso cuando quedaba cabeza abajo. Pasó un tiempo y, después, se calló, los ojos muy abiertos. Me pareció que se había desmayado. De golpe, el viento paró. Salufo estaba inmóvil, como una bandera. El cielo que él tanto deseaba parecía haberle entrado por los ojos. Fue entonces que apareció Vasto Excelêncio. Venía del almacén, peor que una fiera. Echaba babas y espuma. Sus ojos lanzaban chispas cuando miró a Salufo suspendido en el molino de viento. No entendíamos cómo aquel ser, amarrado en lo alto, pudiese irritarlo tanto. A los gritos ordenó que lo desamarrasen y lo trajesen para abajo.

Así lo hicieron. Cuando depositaron su cuerpo en el suelo Salufo ya estaba sin vida. Excelêncio, frustrado, aún agredió a aquel cuerpo. Después, echando pestes, se alejó. Aún dudé en acompañarlo. Pero yo le debía más fidelidad a Salufo. Y me junté con los otros viejos que hacían rueda junto al fallecido. Con miedo, me incliné sobre él. Entonces noté el modo extraño en que el difunto nos contemplaba. Parecía que todo su cuerpo había muerto, menos la mirada. Exactamente eso: sus ojos permanecían vivos. Los viejos lo miraban con atención, incrédulos. Nhonhoso era el único que no se admiraba:

–¿Acaso no hay vivos que tienen los ojos muertos?

Hablaba de los ciegos. Era natural, según él, que hubiera muertos con los ojos vivos. Desvié la conversación hacia otro tema. Había allí mayores urgencias.

–¿Qué hacemos con él?

Los viejos dudaban sobre qué destino dar a aquel muerto. Porque de Salufo se desprendía la sospecha de una brasa bajo las cenizas. ¿Qué sabíamos con certeza sobre el estado definitivo de él? Y seguían haciéndole señas, hablando con él, contando chistes. Hasta que, finalmente, se lo llevaron para enterrarlo lejos de allí. Yo me quedé inmóvil, como llamada por la propia tierra. Por un tiempo, aún escuché las carcajadas de Salufo, como un eco viniendo del tiempo.

Me dijeron después que en el lugar donde lo sepultaron se escuchan zumbidos de moscas venidos desde las profundidades de la tierra. Sí, esos moscardones debían haber bajado a la tumba junto con Salufo. Y quien pasaba por ahí oía a los insectos zumbando en los subterráneos. Otros dicen que era Salufo resonando en su lecho definitivo.

Pronto. Ya escucho las voces de los que vienen a buscarme. Voy a terminar este escrito, encerrándome yo en él. Esta es mi última carta. Antes, ya había puesto mi voz en silencio. Ahora, callo las manos. Las palabras valen la pena si nos esperan encantamientos. Aunque sea para dolernos como fue mi amor por Vasto. Pero yo, ahora, soy incapaz de un sentimiento. Me hundí en mí misma, estoy en aprendizaje de fortaleza. Al final de tantas líneas ya sé a quién dejar esta carta. A Marta Gimo. Fue ella la última persona en escucharme. Sea en sus ojos que me despido de la última palabra. Ahora, voy a soñarme.

Tina

Duodécimo capítulo
De regreso al cielo

Esa noche, mientras Izidine dormía, fui llamado por el pangolín. Súbitamente exiliado de mi huésped, volví a mi lugar de muerto, solitario y hondo. Me demoré unos momentos mudando de visión. Hasta que se me apareció el pangolín. El animal, enrollado, parecía dormir.

–¿Dormir, yo? Me despierto más temprano que el cielo.

El pangolín se desenrolló. Y, sin rodeos, me lanzó:

–Acéptalo, Ermelindo. Todo esto es muy peligroso.

El pangolín me quería convencer de volver definitivamente a mi agujero. Yo debía dejar el mundo de los vivos. Y autorizar que me declarasen héroe.

–Sé un héroe. Solo te joden una vez al año.

Habitar entre los vivos solo podía traerme desgracias. La curiosidad mató al gato. Quédate aquí, Ermelindo, acéptate en tu tumba. Deja que ellos vengan a promoverte a héroe. Aunque sea mentira, ¿eso te daña? Tienes que hacer como el puercoespín. ¿No es la espina la que da tranquilidad al puercoespín? ¿O acaso el bicho se pincha con su propia espina?

Me senté en mi túmulo. Tomé el viejo martillo entre mis manos. Golpeé el suelo con él. No, yo no podía regresar ahora. ¿El mundo de los vivos era peligroso? Pero yo ya había probado ese espejismo. Además, me faltaba poco para llegar al final de esa peregrinación por el cuerpo de Izidine. ¿No estaba el policía condenado? ¿No tenía los días contados?

Y había más, había algo que yo no podía confesar al pangolín. Era el gusto que me daba ser rozado por la existencia de una mujer. Marta Gimo me traía la ilusión de volver al tiempo en que amé a una inauténtica. En la tumba yo no tenía acceso a la memoria. Había perdido la capacidad de soñar. Ahora, alojado en un cuerpo viviente, me acordaba de todo, yo era omnimnésico. Era como si viviera de regreso, en un viaje de ida y vuelta.

Me acordaba, por ejemplo, del ruido de la madera al ser golpeada. Y era como si estuviese sucediendo hoy esa época en que trabajé en la fortaleza. En mis tiempos de vivo me ponía, bien temprano, a convertir madera en tabla, encuadrando la ventana, rectangulando la puerta. Un día –cómo me acuerdo de ese día– vinieron a mi encuentro varios individuos. Me empujaron por los hombros y, de mal modo, me interrogaron:

–¿No te avergüenzas de fabricar castigo para tus hermanos?

¿Hermanos? Esos que llamaban “hermanos” no tenían parentesco conmigo. Eran revolucionarios, guerrilleros. Combatían al gobierno de los portugueses. Yo no tenía el corazón en esas makas. Siempre había estudiado en la misión católica. Me habían calibrado los modos, ajustadas mis esperas y mis expectativas. Me educaron en una lengua que no me era materna. Pesaba sobre mí ese desencuentro entre palabra e idea. Después fui aprendiendo a no querer del mundo más que mi magro destino. La única herencia que recibí fue la pobreza. La única prenda que me dieron fue el miedo. Me dejaron en esa conformidad.

Los otros contratados, sin embargo, me hacían todo más difícil. Ellos, por ejemplo, solo fingían trabajar. En realidad, solo provocaban dificultades y embrollos. Solo yo me tomaba en serio las obras de la gayola. Y de eso me acusaban: yo trabajaba de traidor, verdugo de los justos. Me reí en la cara de ellos. Que atendiesen al caso de Jesús. ¿Alguien se acuerda del carpintero que fabricó el crucifijo? ¿Alguien le echa la culpa? No. La mano pecadora fue la que clavó las muñecas del Señor.

–Para de martillar o te martillaremos los cuernos.

¿Quien habla consiente? Me quedé callado. Miré a esos vagos. Me parecieron arañas. De aquellas arañas enormes que después de muertas se reducen a una infame niñería. Sonreí, desdeñoso. Uno de ellos me lanzó amenazas:

–Los traidores la pagan. Contigo, va a ser a cara de perro y fuego.9

Regresé a mi choza. Me encerré, como era usual, en la total oscuridad. En mi cuarto no había telas. Puerta y cortina eran de madera: no había rayo de luz que penetrase allí. Esa noche, me costó estar en mí. Mis ojos se alejaban al punto de capturar antiguas tristezas. Y se me inundaron las pestañas, empapadas de tristezas. ¿Por qué lloraba, después de todo?

A la mañana siguiente, me dirigí al capataz. Su mujer me atendió y me ordenó aguardar. Su marido aún desayunaba. Pero yo estaba ganado por tal ansiedad que invadí el comedor. El hombre se quedó perplejo con mi pedido:

–Patrón, no quiero trabajar más en la fortaleza.

Improvisé un harapo de disculpa. Que el aserrín se me había metido en el pecho. Que yo estaba como el minero, con los pulmones a cielo abierto. Tosía más de lo que respiraba. El hombre aceptó. Y me transfirió a los trabajos en la playa. Allí, junto a las rocas, se construía un embarcadero. En un breve futuro, barcos llenos de prisioneros llegarían por aquella vía. Solo atracarían si se lograba vencer la barrera de las rocas. Día tras día yo junté tabla con tabla, aumentando el amparo de la tierra. Terminada la jornada, todos se dispersaban. Solo yo me recostaba mirando el mar, esa terraza luminosa. Allí obtenía el placer de una ilusión: nada en mi vida se había perdido. Todo era ondas, en vaivencias.

Fue entonces que comencé a recibir la más extraña y dulce de las visitas. La primera vez casi morí del susto. Yo ya dormía cuando sentí que una mano me tocaba. ¿Me asaltaban para acortarme la vida? No, el intruso me dedicaba azucaradas caricias. Yo sentía su respiración, enervando el aire. Sus labios me tocaban la piel, parecía que deletreaba mis contornos. Después, me mordisqueó el cuello. Yo no lograba adivinar quién era. Su rostro no se daba a conocer. Luego, el bulto descendía a través de mí, me rodeaba el pecho con sus brazos. Se pegaba a mi espalda, yo sentía sus redondeces adhiriéndose a mí. Los senos, el vientre, las nalgas. Nada en este mundo es más redondo que una nalga de mujer. Su cuerpo se convirtió en mi columpio, mi desagüe, mi embarcadero. Mi amante anonimada pasó a visitarme con frecuencia. Al final de unas noches incontables, ya saboreaba a la visitante en la punta de la lengua.

Los días siguientes yo vivía una única obsesión: adivinar quién era la visitante nocturna. Por un tiempo, creí que era la esposa del capataz. No era solo su cuerpo el que me sugería la semejanza. Era, sobre todo, la actitud nerviosa del marido. ¿El capataz desconfiaba de esas fugas amorosas? Nunca lo sabría.

Cierta vez, la mujer del capataz me detuvo. Comentó mi mal aspecto. ¿Trabajaba yo demasiado? ¿O me consumía en trabajos de amor? La mujer sonreía, pícara. Yo balbuceé un silencio. Ella me tranquilizó: No te preocupes, Ermelindo Mucanga, los hombres aman siempre irrealidades, persiguen fantasmas de mujer.

Esa noche, yo aguardaba con ansiedad la llegada de la visitante. Estaba seguro, ahora, de su identidad. Sentí que ella entraba en la choza y se disolvía en la oscuridad. Sus manos me tocaron, sentí ese escalofrío relampaguearme el cuerpo. Yo sabía lo que iba a seguir y ofrecí el cuello. Esperaba el labio, el diente, la lengua. La mujer demoró la caricia. Hasta sentí su aliento caliente humedeciéndome el oído. Fue cuando los dientes, violentos, se clavaron en mi carne. De lo que más me sorprendí fue de mi propio grito. No sé si se oyeron los demás alaridos que no contuve. Porque ese último intruso, lo supe demasiado tarde, era mi verdugo.

La única que yo había amado, en toda mi vida, había sido una mujer llena de cuerpo pero sin rostro alguno. Y se me ocurría preguntarme: ¿será que, en vida, yo había amado a un xipoco? ¿No habría sido eso lo que me mató? Y ahora, siendo yo mismo un xipoco, me enamoraba de un ser vivo bien real. Ella, Marta Gimo. La enfermera daba cuerpo a la visitante de mis noches en la choza. Como si hubiese sido siempre ella, en arreglos y desarreglos. Marta volvía a despertarme esa visión, embriallante. Como un animal subterráneo, me cavaba en el pecho otro corazón.

El pangolín escuchaba, ahora, mi confesión. ¿Adivinaba las partes que omití? El animal se desencogió aún más:

–Tú eliges, hermano. ¿Quieres ser topo o cangrejo?

El pangolín tenía miedo de perder mi compañía. Y me advertía: Cuídate, Ermelindo: corazón que ama se agranda. Pero el amor crece más rápido que el pecho. ¿Tienes suficientes costillas? Ahí, discutimos. ¿Quién se creía que era el pangolín? Con tanta antigüedad, su lengua era ya más grande que su boca. Bien considerado, él mismo andaba en aflicciones de magia. La última vez que bajó a la tierra, se había hundido en tales desamparos que se le habían caído las escamas a pedazos.

–No es nada. Es la luz que me vuelve ciego.

Yo conocía el argumento del halakavuma. Vamos aprendiendo el mundo incluso cuando estamos en el vientre de la madre. En la redondez de la barriga, aprendemos a ver incluso antes de nacer. Los ciegos ¿qué son? Aquellos que no tuvieron tiempo para terminar de aprender. Palabras de pangolín, hacía mucho que yo las conocía, del principio al delfín.10

Pero en el agujero de la tumba, durante mi muerte, estuve ciego por dentro. No podía ver mi pasado, había perdido los recuerdos. No es que estuviese realmente invidente. Era aún peor. Estaba como perro que perdió el olfato. Hay cosas que aprendemos para alejarnos del animal que somos. Esos aprendizajes cuestan tanto que ni nos acordamos de ellos. Uno de esos olvidos a los que nos vimos obligados fue el de que, en nosotros, los dientes no sirven para morder. Por la misteriosa mujer visitante yo supe cómo el diente puede, al mismo tiempo, ser cuchillo y terciopelo. Por la mordedura de la última noche, había aprendido la definitiva lección de la muerte.

El martillo había vuelto a pesar en mi mano. Había llegado el momento de elegir: yo volvía al lado de la vida, me refugiaba de nuevo en Izidine Naíta. Ya me había encariñado con el joven, estaba hecho de buena humanidad. Con o sin la licencia del halakavuma, yo decidía volver a la vida.

Décimo tercer capítulo
La confesión de Marta

El culpable que tú buscas, querido Izidine, no es una persona. Es la guerra. Todas las culpas son de la guerra. Fue ella la que mató a Vasto. Fue ella la que destruyó el mundo donde la gente vieja tenía brillo y cabida. Estos viejos que aquí se pudren antes del conflicto eran amados. Había un mundo que los recibía, las familias se disponían para los ancianos. Después, la violencia trajo otras razones. Y los viejos fueron expulsados del mundo, expulsados de nosotros mismos.

Te preguntarás qué motivo me retiene aquí, en esta soledad. Siempre pensé que sabía la respuesta. Ahora, tengo dudas. La violencia es la razón mayor de este, mi retiro. La guerra crea otro ciclo en el tiempo. Ya no son los años, las estaciones, las que marcan nuestras vidas. Ya no son las cosechas, el hambre, las inundaciones. La guerra instala el ciclo de la sangre. Pasamos a decir: “antes de la guerra, después de la guerra”. La guerra traga a los muertos y devora a los sobrevivientes. Yo no quería ser un resto de esa violencia. Al menos aquí, en la fortaleza, los viejos intentaban otro orden en mi vida. Ellos me daban el ciclo de los sueños. Sus pequeños delirios eran los nuevos muros de mi fortaleza.

Hubo un tiempo en que la ciudad aún me tentó. Y hasta ensayé instalarme por aquellos lugares. Pero allá yo sufría de un mal que no tiene nombre. Era como si desaprendiese las funciones más naturales: escuchar, mirar, respirar. Hubo un tiempo en que pensé que podía cambiar ese mundo. Pero hoy desistí. Aquel es un cuerpo que está vivo gracias a su propia enfermedad. Vive del crimen, se alimenta de la inmoralidad. Tú, por ejemplo, allá en la policía. ¿No te preguntas cuánto tiempo va a pasar hasta que quedes contaminado por la enfermedad de los sobornos? Sabes bien a qué me refiero: investigaciones que se compran, agentes que se venden. Te sacaron de la investigación del negocio de las drogas. Te transfirieron de la sección de estupefacientes. ¿Por qué? Tú lo sabes bien, Izidine. ¿Y por qué motivo te enviaron aquí, lejos de los escándalos? No te preocupes, cambio de tema. Finalmente, es sobre mí que debo explayarme.

¿Ves aquel edificio, allá, todo en ruinas? Aquello fue una enfermería. Era allí donde yo trabajaba. Recibía medicamentos de la ciudad. Pero el asilo fue atacado, semanas después de que llegué. Las bandas entraron aquí, mataron, robaron. Prendieron fuego a la enfermería. Murieron dos ancianas. ¿No murieron todos gracias a quién? Asómbrate, querido Izidine. Gracias a Vasto Excelêncio. ¿Te sorprendes? Pues fue Vasto quien entró a través de las llamas, lleno de coraje y salvando a los otros enfermos. Del edificio, quedaron paredes chamuscadas.

Después de la tragedia, quedé como aquellas ruinas. Sobre todo cuando supe que la principal razón de aquel ataque había sido yo misma, Marta Gimo. Los bandidos me querían raptar, conducirme a sus campamentos. Me llevó un tiempo rehacerme de aquel incidente. Nunca me rehice del todo. La guerra deja en nosotros heridas que ningún tiempo puede cicatrizar.

Le pedí a Excelêncio que mandara traer nuevo equipamiento para reinstalar el centro sanitario en mi propio cuarto. A esa altura, ya había dejado de dormir bajo aquel techo. Pero los helicópteros militares que iban y venían no tenían disponibilidad. Había otras prioridades, me respondía Vasto Excelêncio. Perdí esa posibilidad de reinventarme. Reconstruyendo la enfermería, yo me habría repuesto bastante.

Sin el centro y sin medicamentos, me quedé sin motivos para vivir. No puedes imaginar lo imprescindible que me resultaba el trabajo en la enfermería. Aquel era mi hospitalito, allí me dedicaba a algo bueno. Debes entenderme: fui educada como una asimilada. Soy de Inhambane, mis familias hace mucho que perdieron sus nombres africanos. Soy nieta de enfermeros. La profesión me acercaba nuevamente a la familia que había perdido hacía mucho. No es que el trabajo en la enfermería hubiese sido fácil. Al principio, casi abandono. Entraba en el lugar y sentía un olor a cosa podrida. Yo preguntaba por la causa de tales olores. Los viejos señalaban el hueco de sus bocas. Aquel tufo provenía de las almohadas, de las babas nocturnas de los desdentados. En ese momento lo creí. Después, vi que no era así. El olor provenía de las sobras de comida que ellos escondían debajo de las almohadas. Protegían esos restos por temor a ser robados. Los viejos fabulaban tanto que a veces inventaban comidas que, bajo las almohadas, no llegaba a haber.

Te diré: estas historias que estás registrando en tu cuaderno están llenas de falsedades. Estos viejos mienten. Y más te mentirán si continúas mostrando interés en ellos. Hace mucho que nadie les da importancia. Una de las mentiras era la de Salufo, diciendo que era querido por la familia. No era verdad. Él hacía de cuenta que tenía bienes solo para ser amado. Nãozinha se inventó como hechicera. Tanto que acabó por dudar de sus poderes. También yo me rehice con mentiras, como si la mentira fuese la piel que nos protege pero de la cual, de tanto en tanto, nos tuviéramos que deshacer.

Hace mucho tiempo, antes de venir a este asilo, fui enviada a un campo de reeducación. Me desterraron en ese campo acusada de promiscua, resbalasciva con hombres y botellas. Ninguno de mis colegas, en el hospital, se levantó para defenderme.

Hoy te digo, inspector: la vida es un cigarrillo. A mí me gusta solo la ceniza, después de fumado el cigarrillo. En ese campo en el que cumplía la sentencia, yo me degradaba a costa de sexo, bebida y jeringa. No quería saber de futuros. Me interesaba solo el instantáneo momento. El volar no surge del ala. El colibrí, tan abreviadito de ala, ¿no es el de vuelo más perfecto?

Fue en esas circunstancias que Vasto Excelêncio me encontró. Él tenía poder, me sacó de allí a condición de que yo ejerciera la enfermería en el asilo. Fue así que vine a parar aquí, a esta fortaleza. Al principio, me desconsolaba con este destierro. Más allá de la enfermería, no tenía con qué desocupar el tiempo. De modo que dejé de soñar. Solo las pesadillas me visitaban. Yo estaba alejada de ese órgano que segrega las materias del sueño. Estaba enferma sin enfermedades. Sufría de esos achaques que solo Dios padece. Sucedió así: primero, se me acabó la risa; después, los sueños; por fin, las palabras. Es ese el orden de la tristeza, el modo como la desesperación nos encierra en un pozo húmedo. Fue eso mismo lo que sucedió con Ernestina. Espera, ya llego a ella. Solo quiero que entiendas la total carencia que, en ese momento, pesaba sobre mi vida.

Fue en medio de esa depresión que me enamoré de Vasto. ¿El amor no es el irremediable remedio? Un día, él llegó y me sorprendió en flagrante lágrima. Me enjugó el rostro. ¿Conoces el refrán: quien limpia lágrima de mujer queda amarrado con nudo de pañuelo?

Vasto y yo comenzamos a encontrarnos de noche. Al principio, él me pareció falso como el azul que está en el mar sin encontrarse allí. Pero todo esconde intrincados secretos. Hablo del agua, del mar. ¿Qué puedo saber yo? Las únicas que conocen el verdadero color del mar son las aves que miran otro azul. ¿No me hago entender? Es que conocí a Vasto, un hombre lleno de angustia, en un momento en que yo misma me reducía, amarga y poca. Vasto se sentía traicionado. Los mejores años de su vida él los había dado a la revolución. ¿Qué quedaba de esa utopía? Al principio, se dejaron de lado las apariencias que nos dividían. Con el tiempo, comenzaron a echarle en cara el color de la piel. Que él fuera mulato estuvo en el origen de aquel exilio al que lo obligaban. Desilusionado, él no se aceptaba. Tenía complejo de su origen, de su raza. Por entonces, yo no sabía que, bien considerado, todos nosotros somos mulatos. Solo que, en algunos, eso es más visible por fuera. Vasto Excelêncio, sin embargo, fue educado para llevarse mal con su propia piel. Hablaba mucho sobre la raza de los otros. Castigaba preferentemente al pobre Domingos. Para que quedase claro que no privilegiaba a los blancos. Cometer crueldades pasó a ser su única manera de sentirse existente.

Sin embargo, llegué a amar a ese hombre. Lo confieso, no te pongas celoso. Lo deseaba, sí, a él entero, sexo y ángel, niño y hombre. ¿Si era bonito? Y eso qué importa, me pregunto. ¿Quién quiere saber de belleza? En un hombre, lo que yo quiero es tocar la vida. Es eso lo que quiero. Quiero sentirme pequeña, estrella en el cielo, grano en la arena. Rectifico: eso era lo que yo quería. Por entonces, yo aún veía a los hombres como las aves entienden la nube: un lugar por donde se puede pasar pero nunca habitar. Pero todo eso fue en otro tiempo, yo era aún una niña. Vasto aún me dedicaba extraños cortejos. Antes de tocarme, me pedía que llorase. Las lágrimas me caían y él las sorbía como si fuesen la última agua. Aquella era una fuente que le daba aliento. Más que mi propia carne. Hoy, que ya no lloro, entiendo a Vasto. Por las lágrimas nos desvestimos. El llanto desoculta nuestra más íntima desnudez.

Hasta que me embaracé. Mi cuerpo, en secreto, se declaraba portador de otro cuerpo. No quise decirle a nadie. Yo llevaba la barriga solapada, no se notaba ninguna redondez. Pero, para mi sorpresa, Ernestina me visitó uno de esos días. Y me preguntó:

–¿Cuándo será?

Yo no sabía qué responder. Ernestina parecía retener no solo aquel secreto sino toda mi vida más privada. Me encaró a fondo, sin rabia alguna. Solo una mujer puede mirar así. Yo ya ni daba cuenta de mis ojos. ¿De qué tarea se ocupaban cuando se fijaban en Ernestina? Me abrí, honesta como un diario de adolescente. Y le dije:

–Voy a sacarme esa criatura.

–¿Cómo vas a sacártela?

–Soy enfermera, sé cómo hacer.

Y me cerré, callada. ¿Qué palabras podía ofrecer en aquel momento? La mujer del director se inclinó sobre mí y se puso a la distancia de una crueldad. ¿Ernestina quería castigarme por mis ligerezas? No. Ella simplemente se arrodilló y apoyó la palma de su mano en mi vientre. Y se quedó así, soñactriz.

–¿Tanto se nota?

–Yo lo noté antes de que pasara.

Después, tristonta, imploró:

–Entrégame a ese niño.

Ernestina me apretaba la mano. Me quedé un tiempo sin saber qué pensar. No, no había que dudar: yo tenía que interrumpir ese embarazo. Sacudí la cabeza mostrando lo imposible del pedido. Ernestina se levantó con gestos solemnes, parecía que acababa de comulgar. La miré, llena de asombro. Ya antes había notado sus rarezas. Ella acostumbraba acurrucarse, horas, a la sombra del frangipani. ¿Oraba? ¿Hablaba con Dios? ¿O simplemente postergaba el gusto de vivir? Hace mucho tiempo, yo también recé, recé mucho. Después desistí. Rezamos tanto pero los días siempre son más que el pan.

Esa vez, Ernestina me volvía a sorprender. Ella había entendido cuánto me negaba yo a ser madre. Dio vueltas por el cuarto como si buscara algo. Después, se paró frente a mí y comenzó a desabotonarse la blusa.

–¡Mira!

Sus senos, llenos, me desafiaron. La belleza de ella estaba ahí, en una incitante vitrina. Ella se estimulaba, acariciando sus propios pezones. Paseó sus manos por el pecho, descendió al bajo vientre. Sus dedos hacían el amor consigo misma. Se acercó a mí, bajó la voz, insinuante:

–El niño ha de mamar aquí, en estos senos de mulata.

Y así mismo, sin arreglarse, abrió la puerta y salió. Después que ella se retiró me quedé sin palabras. Dentro de la boca siempre hay sombra. Pero yo estaba en completa penumbra. Me dejé atardecer en esa ausencia de mí misma. Hasta que, a las tantas, el propio Vasto Excelêncio hizo aparición. Venía grave. Antes incluso de saludarme, dijo:

–Ya lo sé.

Al contrario de Ernestina, él no me dedicó ninguna ternura. El hombre se escapaba, ensombrecido. ¿Mentía o se revelaba ahora tal cual era? ¿El rocío es falsificador de perlas? Vasto abordó el asunto, rápido. Esa barriga debía ser corregida lo más rápido posible. Siendo el único hombre en funciones, allí en el asilo, las sospechas recaerían sobre él. Sí, ¿quién más podía ser el autor? Y él, pobrecito, hasta podía perder el puesto y sus ventajas. Sonreí, desconsolada. Vasto había entrado en el mortero pero quería salir intacto. ¿El hombre es hombre? ¿O simplemente no hay nariz sin resfrío? Cuando me di cuenta, las lágrimas me corrían rostro abajo. Aún pensé que Vasto se inclinaría a beber aquellas gotas. Pero no. Nunca más volvería a servirle de fuente.

Nãozinha me visitó esa noche. También ella sabía del embarazo. La vieja traía una sonrisa de ángel.

–Ahora no necesito inventar –dijo–. Voy a tener uno de verdad, un niño para amamantar.

Y enseguida, en el arco de los brazos, ensayaba un balanceo de acunar. Me quedé con la mirada vacía, humosa. Mi estado, las palabras de Nãozinha, todo me parecía irreal.

Nãozinha se demoró allí, adormeciéndose en la silla. No pudiendo ordenarme por dentro, fui acomodando cosas hasta que la hechicera despertó sobresaltada. Sacudía la cabeza, ahuyentando un mal presagio:

–¡No la tengas, no tengas a esa criatura!

Y sin más, agitando los brazos, la vieja se alejó de mi lugar. Sobré allí, crepuscallada, sin saber qué pensar. ¿A quién habría de obedecer yo, finalmente? ¿A Vasto, preocupado por sí mismo? ¿A Nãozinha y sus agrios presentimientos? ¿O a Ernestina, queriendo ser madre en el hijo de otra? Pensándolo bien, la fortaleza no reunía las condiciones para un nacimiento. Por otro lado, yo tampoco tenía ganas de salir de allí. Me daba cuenta de que me había encariñado con el lugar, con aquel mismo lugar al que tanto había maldecido. Por herencia del hábito, me acostumbré a aceptar mi suerte, sin irritar nunca a los dioses. Confusa, incapaz de tomar una decisión, fui dando curso a mi barriga.

Este mundo tiene sus trampas. En lugar de Vasto, pasé a ser visitada por Ernestina. Me traía comida y dulces que ella había preparado. Me aconsejaba descansos y sopas adicionales. Era como si aquel bebé ya fuese suyo, como si mi barriga creciese en su propio vientre. Le hablé de mis dudas. Yo todavía estaba a tiempo de desencargar el feto. Se llevó las manos al rostro, afligida:

–No, no hagas eso.

No lo hagas, repetía, agarrándome las manos. Liberé mis brazos, le tomé el rostro. La mujer hablaba sin pausa, sin darse tiempo a respirar. Tuve que levantar la voz:

–Pero Vasto no quiere este embarazo.

–Vasto no tiene nada que ver en este asunto. Ese niño que traes contigo es mi hijo, con quien hiciste el amor fue conmigo, no fue con Vasto. ¿Entiendes? Ese es nuestro hijo, solo nuestro.

Las palabras de ella me asustaban. Sentí una terrible urgencia de verme libre de esa conversación. Fui abrupta:

–Vasto es el padre. Yo tengo que escucharlo.

Ella tomó conciencia, como si hubiese sido golpeada. Dejó caer la cabeza sobre el pecho y se quedó luchando consigo misma hasta que, levantándose el cabello de la frente, me dijo:

–¡Si ese chico muere, Vasto morirá también!

Me sentí recorrida por la fuerza de esas palabras. Ernestina no se llenaba la boca de falsas promesas. Ya no tenía la espalda vencida. Asumía un porte de reina. Con esa altivez, posó su mano en mi hombro y me tranquilizó:

–No te preocupes, entrégame al niño. Voy a llevarlo lejos, le daré un buen crecer.

En los meses restantes, me dediqué por entero a redondearme. Más me alunaba yo, más se aturdía Ernestina con palabras inconducentes. Se decía que también ella madre. Tomaba ella misma vitaminas preventivas. Hacía respiraciones de trabajo de parto. Y bordaba ropitas. Me señalaba y se incluía:

–¡Nosotras, ambas madres!

Lo impensable ocurrió: también el vientre de Ernestina se hinchó, circunsecuente. ¿Era gravidez auténtica? ¿O era obra de la fantasía? En mi tierra la gente acostumbra preguntar: ¿el aullido del perro se escucha de día? Vasto, marihuanoso, esperaba el primer helicóptero. Exportaría a su incesante esposa. Ernestina hablaba sin ton ni con.11 Vino el helicóptero y embarcamos ambas. Rumbeamos hacia la ciudad, nos internaron en distintos hospitales.

La noche que antecedió al parto fui asaltada por extrañas visitaciones. En sueños, se me aparecieron los viejos del asilo. Me traían flores de frangipani. Me rodeaban como si se tratase de un velorio. Nãozinha apoyó las manos en mi cama y me contó los últimos sucesos:

–Ayer, allá en la fortaleza, tuvo lugar una espantable acontecencia. De repente, el cielo se cubrió de murciélagos. Los animales, volando y revoloteando, salieron del almacén donde Vasto Excelêncio escondía sus mercaderías. Cenicientos, del color de los muertos, los vampiros oscurecieron el mundo. Un eclipse, parecía. Los animales rasaron las casas, exhibiendo dientes y mandíbulas. Se escucharon sus alas como helicópteros militares manuales. Los viejos, afligidos, se pusieron a resguardo. Entonces, los murciélagos comenzaron a atacar a las golondrinas. En pleno aire, las devoraban. Y eran tantas las avecitas sacrificadas que caían gotas rojas por todas partes. Las plumas bailaban en el aire, cayendo con delicadeza sobre el suelo. Parecía que las propias nubes se desplumaban. Ese día llovió tanta sangre que el mar se tiñó por completo.

Desperté, con el médico a mi lado. Me tomaba la mano y me decía:

–¡Siento tanta pena! Hicimos todo lo que pudimos.

Aquella noche, yo había perdido a mi hijo. Ernestina perdía a su segundo niño. Miré mi cuerpo, ya desprovisto de volumen. ¿Habrían atendido los dioses a mi pedido de no ser madre? De repente, allí sobre las sábanas, una visión me sobresaltó. A mi lado había blancas flores de frangipani. Y me adormecí al consuelo de ese perfume.

Cuando regresé al fuerte, todo estaba como lo había dejado. La indiferencia de Vasto. La locura de Ernestina. La ternura de los viejos que me recibieron como si, en realidad, yo hubiese ascendido a madre. Y necesité aprender a retener las lágrimas cuando ellos me trataban de “mamá”. Esos mismos viejos me enseñaban a cicatrizar esa herida que había rasgado mi útero y mi alma.

¿Entiendes ahora la verdadera razón de por qué duermo sin techo? Es que, en mi tierra, las mujeres de luto solo se pueden acostar al sereno. Hasta que sean purificadas de la muerte. Pero, en mí, la mancha de la muerte no tiene agua en que pueda lavarse.

Un día, más recompuesta, decidí visitar a Ernestina. Ella había regresado del hospital sin estar debidamente curada. En ese lapso, había enmudecido. La escritura era su única palabra. Se encerraba en su cuarto, envuelta en penumbra. El papel era su única ventana. La última de esas cartas es la que te entregué. Te di ese papel con el mismo corazón con que, ahora, te entrego estas palabras mías. Como si desenrollase las ropas que cubren a nuestro hijo común. De Ernestina y mío.

Decimocuarto capítulo
La revelación

Era la última noche. Marta fue a llamar al policía.

Su rostro reanimó una hendija en la puerta. Pidió permiso:

–¿Hoy soy yo quien declara?

No esperó a que él respondiese. Se acercó a la silla del inspector y lo tomó de la mano.

–¡Ven!

Lo condujo por el camino de piedra hasta su cuarto. Antes de abrir la puerta, ella se dio vuelta con brusquedad. Le dio un beso, suavemente. Le pasó los dedos sobre sus labios como si esculpiese una despedida en el relieve de su carne. Después, abrió la puerta. Estaban todos los viejos en ese aposento: Navaia Caetano, Domingos Mourão, Nãozinha, Nhonhoso. El policía entró y quedó de frente, dando pasos hacia atrás.

–¿Qué sucede?

Mourão hizo un gesto con la mano, sugiriéndole que se callase. La hechicera se levantó. Estaba ataviada con rigor de ceremonia. ¿Finalmente, era eso? El inspector comprobaba estar en pleno ritual de adivinación. Nãozinha se dirigió hacia él y deslizó algo entre sus manos.

–Es la última.

Izidine miró: era otra escama de pangolín. La hechicera le ordenó sentarse. Se balanceó delante de él, con los ojos cerrados. Después de un tiempo dijo:

–El halakavuma debía aparecer, bajado del cielo.

En estos días, sin embargo, el animal ya no sabe hablar la lengua de los hombres. Nãozinha se lamentaba: ¿Quién nos mandó apartarnos de las tradiciones? Por eso perdimos los lazos con los mensajeros celestiales. Quedaban las escamas que el halakavuma había dejado escapar la última vez que cayó. Nãozinha las había agarrado junto al hormiguero. Aquellos eran los últimos restos del pangolín, los artificios finales del más allá. Cada noche, una de esas escamas había trabajado el alma del inspector. Ahora él era llamado a postrarse en el suelo, completamente a disposición de manos hechiceras. Nãozinha esparció sobre él los restos del pangolín: sobre los ojos, la boca, junto a los oídos, en las manos. Izidine se quedó inmóvil, escuchando las revelaciones que siguieron. Los relatos se mezclaban, los viejos hablaban como si todo estuviese ensayado. Nãozinha atropellaba las sílabas en su saliva. Y desataba su discurso:

–¿Sabe cómo hace el halakavuma? El animal se enrolla escondiendo la barriga, donde no tiene escamas. Solo de noche se desenrolla, protegido por la oscuridad. Usted, inspector, debería aprender esos cuidados. Debería haber tenido cautela para rondar por ahí. Pero no, usted ahuyentó a la verdad. ¿Y ahora qué hace? Ahora parece el jabalí que huye con el rabo entre las patas. Tenga cuidado, inspector. Allá, en Maputo, usted está siendo perseguido. ¿No lo transfirieron de sección? ¿No lo amenazaron? ¿Por qué no sigue la lección del pangolín? ¿Por qué no se enrosca protegiendo sus descamadas partes? Usted no lo sabe pero ellos lo odian. Usted estudió en tierra de blancos, tiene habilidades para enfrentar las manías de esta nueva vida que nos llegó después de la guerra. Ese mundo que está llegando es su mundo, usted sabe pisar en el barro sin ensuciarse los pies. Ellos deben calzar el zapato de la mentira, la bota de la traición. La verdad es esta: usted debe abandonar la policía. Usted es un fruto bueno en un árbol podrido. Usted es la almendra en una bolsa de ratas. Van a devorarlo antes de que usted los moleste. El crimen es el césped donde pastan sus colegas. ¿No sabe cómo se hace con el césped? Hay que cortarlo siempre, no para que se acabe sino para que crezca más fuerte. Sentimos pena por usted porque es un hombre estúpido. O sea, un hombre bueno. Lo sacaron del charco de los sapos y usted se metió en el charco de los cocodrilos.

Las palabras parecían salirle no de la boca sino de todo el cuerpo. Mientras hablaba, sufría convulsiones, le corrían babas por el cuello. Hasta que a la hechicera se le crisparon las manos, en un espasmo. Todos quedaron en suspenso, ávidos de las palabras siguientes:

–¡Cuidado! ¡Veo sangre!

–¿¡Sangre!? –se espantó el policía.

–Ellos vendrán aquí. Vendrán a matarlo.

–¿Matarme? ¿Quién me va a matar?

–Vendrán mañana. Usted ya está perdiendo la sombra.

Nãozinha aceleraba el trance. Era como si su cuerpo se encendiese en una viva llamarada:

–Será mañana. Estoy viendo al asesino: es el piloto. Es ese mismo que lo trajo en helicóptero. Ese es quien va a matarlo. No es la voluntad de él. Le dieron esa misión: sacarlo a usted del mundo. Izidine, Izidine, usted se ha metido en la casa de la abeja. Esta fortaleza es un depósito de muerte.

Y la hechicera, respirando mejor, fue quitando los sucesivos velos del misterioso asesinato del director. La verdadera razón del crimen era solo una: negocio de armas. Excelêncio escondía armas, sobrantes de guerra. Estaban guardadas en la capilla. Solo Salufo Tuco tenía acceso a ese almacén. La fortaleza se había transformado en un pañol. Los viejos, al principio, no sabían. Solo Salufo tenía esa información.

Hasta que, un día, el secreto transpiró. Y los viejos se reunieron, asustados. Aquellas armas eran las simientes de una nueva guerra. En la capilla se guardaban brasas de un infierno en el que los pies de todos ya se habían quemado. Por eso decidieron: en el silencio de la noche, abrirían el depósito y harían desaparecer las armas. Lo hicieron de acuerdo con Salufo. Propusieron la idea de cavar un pozo. Pero Nãozinha se opuso.

–La tierra no es lugar para enterrar armas.

Y entonces optaron por arrojar el armamento al mar. Las cajas eran atadas a piedras que les daban el peso del eterno fondo. Arrojaron algunas cerca de las rocas. Pero las armas eran demasiado pesadas para sus fuerzas. Además, llamaba demasiado la atención el transporte de las cajas, incluso en la oscuridad de la noche. Los viejos desembocaban en un callejón sin salida: no se podía arrojar al mar, no se podía enterrar. ¿Dónde, entonces, hacer desaparecer dicho pañol? Aquello no era cosa de resolver con el pensamiento. Solo la intercedencia de Nãozinha podía servir. Y fue lo que ocurrió. Cierta vez, ella se volvió hacia los viejos y preguntó:

–Un agujero que perdió el fondo ¿qué es?

–Es la nada, propiamente.

Y la hechicera prosiguió: no bastaba arrojar fuera las armas. No había afuera que bastase para aquellos fierros manchados de muerte.

–¿Entonces, qué podemos hacer, Nãozinha?

–Síganme, criaturitas.

Y la hechicera los condujo junto a la capilla. Abrió los portones con el simple roce de una uña. Los viejos, testigos a hurtadillas del gesto de Nãozinha, aún hoy no pueden creerlo. Ella se quitó de los hombros su capulana y cubrió con ella el piso de la capilla. De una bolsa sacó el camaleón y lo hizo pasear sobre el paño. El reptil cambió de color, giró los ojos y comenzó a hincharse. Se infló e infló hasta convertirse en una bola. De pronto, estalló. Fue entonces que tronó el mundo, derramándose toda la oscuridad que hay en las nubes. Los viejos tosieron, apartando el polvo con las manos. Ante sus ojos se esculpió la fantástica visión: allí, donde antes había suelo, había ahora un agujero sin fondo, una oquedad dentro del vacío, un hueco dentro de la nada.

De inmediato, pusieron manos a la obra. Y arrojaron los armamentos dentro de esa hondura. Tiraban las municiones en el abismo y se quedaban, instantes sin fin, escuchando el ruido de los metales entrechocando. Aún hoy se oyen las armas, resonando en la nada, resonando más allá del mundo.

Hasta que, un día, el helicóptero volvió. Venía a buscar armamento. Un grupo de hombres uniformados bajó del helicóptero y fue al almacén. Los viejos permanecían lejos, observando. Los extraños abrieron la puerta del almacén y, acto seguido, rápidamente unos cuantos se desfiladearon hacia el abismo. Los otros, atónitos, retrocedieron. ¿Quién había cavado aquella trampa? ¿Y dónde estaban las armas?

Se inició un enorme conflicto. Desconfiaron de Vasto. Lo llevaron dentro de la casa. Tras unos pocos instantes, se oyeron tiros. Habían matado a Excelêncio. Trajeron su cuerpo y lo arrojaron contra las rocas, junto a la playa.

–Fueron ellos los que asesinaron a Vasto Excelêncio. Fueron ellos, los mismos que van a matarlo, inspector. Mañana, han de venir para matarlo.

Nãozinha terminó de hablar, cayendo por tierra, exhausta. Izidine Naíta salió de la ceremonia, fue a su habitación y escribió durante toda la noche. Escribía como Dios: derecho pero sin reglones. Los que lo leyesen tendrían la tarea de destorcer palabras. En la vida solo la muerte es exacta. El resto se balancea entre las dos márgenes de la vida. Como el pobre Izidine: en la mano derecha, la lapicera; en la izquierda, la pistola. El policía estaba todo deshilvanado. Cabeceó sobre la mesa, la testa apoyada sobre los papeles. Se adormeció.

Despertó sobresaltado por un ruido en la puerta. Se levantó de un salto y apuntó el arma. Era Nãozinha. Traía una lata oxidada. La hechicera se aproximó, en silencio. Le desabotonó la camisa. Hundió los dedos en una grasa amarillenta y comenzó a untarlo.

–Lo froto con este aceite de ballena.

Nãozinha habló mientras friccionaba el pecho de Izidine.

–La ballena es grande, tú quedarás más grande que cualquier tamaño. Ellos te lanzarán sobre las olas. Pensarán que nada irá a quedar de tu cuerpo, despedazado al encuentro con las rocas. Sin embargo, la muerte ya no podrá abrazarte. Serás escurridizo como el fuego. Las olas te llevarán y solo tendrás destino en un lugar a donde no llega ningún barco. Allá donde es el mar el que desagua en los ríos. Donde es la palmera la que se planta en las olas, echando raíces en hondos corales. Te convertirás en un ser de las aguas y serás más grande que cualquier viaje. Te lo digo yo, Nãozinha, la mujer-agua. Tú serás aquel que sueña y no pregunta si es verdad. Serás aquel que ama y no quiere saber si es cierto.

Izidine Naíta no lo vio pero yo, el xipoco dentro de él, presté atención a la hechicera incluso después de que ella cerró la puerta. La vieja salió, con apariencia culposa. Siguió camino cabizbajita, hasta que se detuvo. Miró la lata con la que había bendecido al policía, la hizo girar en sus manos. Se encogió de hombros y después arrojó la lata.

Decimoquinto capítulo
El último sueño

El desalentado gesto de Nãozinha me hizo decidir. Yo iba a abandonar el cuerpo del inspector. No podía dejar morir a aquel muchacho, hundiéndose en un destino que ya me había sido revelado. Prefería sufrir la condena de la tumba, incluso expuesto a promociones de falso héroe.

Esa mañana, salí del cuerpo de Izidine Naíta. Reestrenaba así mi propia materia en el mundo, fantasma de existencia propia. La luz inmensa me invadió en cuanto me descorporicé del policía. Primero, todo cintiló en milibrillos. La claridad, de a poco, se educó. Miré el mundo, todo alrededor se inauguraba. Y murmuré, con la voz ya empapada:

–¡Es la tierra, mi tierra!

Incluso así, medrosa y polvorienta, ella se me aparecía como el único lugar del mundo. Mi corazón, al final, no había sido enterrado. Estaba allí, siempre estuvo allí, floreciendo nuevamente en el frangipani. Toqué el árbol, tomé la flor, aspiré su perfume. Después vagué por la terraza, con el océano enamorándome la vista. Recordé las palabras del pangolín:

–Aquí es donde la tierra se desnuda y el tiempo se acuesta.

Comencé a escuchar las hélices del helicóptero. Me sobresalté, conmocionado. ¡Ellos estaban llegando! Todo en mí se aceleró. La voz del halakavuma se hizo oír:

–Ve a buscar al muchacho.

Mientras yo corría, las palabras del pangolín seguían en mi cabeza. El halakavuma me anunciaba sus planes. Él iría a reunir fuerzas de este y de otros mundos y haría caer una tempestad total. Rayos y granizo caerían sobre el fuerte.

Durante esos terribles eventos, yo solo debería seguir sus instrucciones.

–Tú guía el barco, yo conduzco el huracán.

¿El barco? ¿Qué barco? ¿O era una simple imagen sin ningún enigma dentro? Pero el pangolín ya había enmudecido. Corrí al cuarto de Izidine y lo llamé.

–¡Rápido, ven por aquí! Ellos ya están ahí.

El hombre, primero, me desconfió, aturditonto.

–¿Quién eres tú?

No había modo ni tiempo para explicar. Le grité una orden: que corriese detrás de mí. El policía todavía dudó un momento. Escudriñó el cielo, confirmando la inminente amenaza. Después, se decidió a seguirme, de prisa. Corrimos en dirección a la playa. El helicóptero nos persiguió, buitreando allá en lo alto. Fui conduciendo a Izidine hacia las rocas, donde nos podíamos esconder adecuadamente. Cuando nos echamos entre las piedras de la playa me contemplé con espanto. Y me pensé: toda mi vida habían sido falsedades. Me había coronado de cobardías. Cuando tuve la posibilidad de luchar por mi país me había negado. Clavé tablas cuando algunos estaban construyendo la nación. Fui amado por una sombra cuando otros se multiplicaban en cuerpos. Estando vivo, me oculté de la vida. Muerto, me escondí en el cuerpo de un vivo. Mi vida, cuando era auténtica, fue de mentira. La muerte me llegó con tanta verdad que no le creí. Ahora era mi última oportunidad de modificar el tiempo. Y hacer nacer un mundo en el que un hombre, solo por vivir, fuese respetado. Después de todo, ¿no es el pangolín el que dice que todo ser es tan antiguo como la vida?

Todo ese razonamiento desfilaba por mi cabeza cuando, súbitamente, estalló la tempestad. Era una cosa jamás vista: el cielo se prendió fuego, las nubes ardieron y el mundo se calentó como una caldera. De repente, el helicóptero se incendió. La hélice se desprendió y el aparato, sin alas, cayó como esos papelitos en llamas que no saben si caen o suben. Así, envuelta en llamaradas, la máquina se estrelló contra las tejas de la capilla. Se hundió allí donde se guardaban las armas. Fue entonces que una explosión hizo estremecer todo el fuerte, parecía que el mundo se convertía en hoguera. Nubes espesas oscurecieron el cielo. De a poco, el humo se dispersó. Cuando ya todo se aclaraba sucedió que, de aquel depósito sin fondo, se desprendieron golondrinas, por millares, llenando el firmamento de súbitas cintilaciones. Las aves relampagueaban sobre nuestras cabezas y se dispersaron, volando sobre las colinas azules del mar. En un instante, el cielo ganaba alas y volaba lejos del mundo.

Después, vi a los viejos que se aproximaban por la playa. Se apoyaban unos en otros. Atrás venía Marta. Izidine Naíta me instó a acercarme a ellos para ayudarlos. Yo no podía. Un xipoco, en cuerpo autenticado, no puede tocar a un vivo. Caso contrario, le inflige la muerte.

Y todos, los viejos, Marta, Izidine y yo, nos reunimos bajo la plataforma que aún permanecía sobre las rocas, ese mismo muelle que yo había construido cuando estaba vivo. Aquella cobertura resistía y nos protegía de la lluvia de fuego. La construcción que había sido concebida para servir a la matanza de los prisioneros cumplía ahora la función de ayudar a mis compañeros vivos.

De a poco, el cielo se fue limpiando hasta quedar tan transparente que se podían ver otros firmamentos más allá del azul. Cuando, finalmente, todo se calmó, reinó un silencio como si toda la tierra hubiese perdido la voz.

–¿Vieron el helicóptero? –preguntó Izidine, excitado.

–¿Qué helicóptero?

La vieja hechicera soltaba carcajadas. Aquello que el policía tomaba por máquina voladora era el wamulambo, la serpiente de las tempestades. Y todos sumaron sus risas. Nãozinha ordenó que regresaran al fuerte. Ella tomó la delantera y fue abriendo camino por entre los lugares que se habían incendiado. Para mi asombro, a medida que caminábamos, las ruinas se convertían en inmaculadas paredes, los edificios se erigían nuevamente intactos. ¿Los fuegos que yo había visto, las explosiones a las que había asistido no pasaron de ser, finalmente, imaginaria sucedencia? Había, sin embargo, entre todo lo que quedaba, una prueba de ese desorden, un testimonio de que la muerte había visitado ese lugar. Era el árbol de frangipani. De él quedaba un tosco esqueleto, dedos de carbón abrazando la nada. Tronco, hojas, flores: todo se había convertido en cenizas. Los viejos fueron llegando a la terraza y cuidaron de no pisar los restos quemados. Xidimingo se descreía:

–¿Está muerto?

La visión de aquella muerte me hizo recordar mi propio fin. Había llegado mi turno de reensombrecerme. Hice una seña, triste, a los viejos. Me despedí de la luz, de las voces, del rocío. Comencé a internarme en la arena, listo para desencenderme. Pero, en medio de eso, dudé: el camino de regreso no podía ser aquel. Aquel suelo ya no me aceptaba. Me había convertido en un extranjero en el reino de la muerte. Ahora, para atravesar la última frontera, carecía de clandestinidad. ¿Cómo transitarme, transfinito?

Recordé las enseñanzas del pangolín. El árbol era el lugar del milagro. Entonces, descendí de mi cuerpo, toqué la ceniza y esta se convirtió en pétalo. Removí los restos del tronco y la savia refluyó, como semen de la tierra. A cada gesto mío, el frangipani renacía. Y cuando todo el árbol se reconstituyó, natalicio, me cubrí con la misma ceniza en que la planta se había desintactado. Me habilitaba así a ser vegetal, arborizado. Esperaba la conversión final cuando un hilito de voz me hizo detener:

–Espera, voy contigo, hermano.

Era Navaia Caetano, el viejo-niño. El tiempo ya le había confiscado el cuerpo. Estaba recostado en el tronco, perdía los colores naturales de la vida. Y repetía:

–¡Por favor, hermano!

Me llamaba hermano. El viejo me confirmaba como humano, sin culpa de que yo, en vida, no hubiese sido otro. Me extendió la mano y pidió:

–Tócame, por favor. Yo también quiero ir…

Tomé su mano. Pero entonces reparé en que traía, cruzado en bandolera, el aro de juguete. Le pedí que dejase fuera el inutensilio. Allá los metales estaban prohibidos. Pero la voz del pangolín me llegó, corrigiendo:

–Deja entrar el juguete. Esta no sería la última vez…

Y Navaia se iluminó de infancias. Me apretó la mano y, juntos, fuimos entrando dentro de nuestras propias sombras. En el último esfumarse de mi cuerpo, alcancé a notar que otros viejos bajaban con nosotros, rumbeando por las profundidades del frangipani. Y oí la voz suavísima de Ernestina, meciendo a un lejano bebé. Del lado de allá, al filo de la luz, quedaban Marta Gimo e Izidine Naíta. Su imagen se desvanecía, quedando de ellos la doble cintura de un cristal, breve cintilación de la madrugada.

De a poco, voy perdiendo la lengua de los hombres, tomado por el acento del suelo. En la luminosa terraza, dejo mi último sueño, el árbol de frangipani. Voy convirtiéndome en el sonido de las piedras. Me acuesto, más antiguo que la tierra. De aquí en adelante, voy a dormir más quieto que la muerte.

Glosario

Canhoeiro: árbol frutal sagrado para los pueblos del sur de Mozambique. Del fruto (canho o nkanyu) se produce una bebida alcohólica que se sirve en la fiesta del inicio de la cosecha, en febrero. Nombre científico: Sclerocarya birrea.

Chamboco: cachiporra, palo o vara de madera o goma que se usa para aporrear.

Charra: exclamación de asombro equivalente a “¡caramba!”.

Cocuana: anciano.

Frangipani: árbol tropical que pierde todo el follaje en el período de la floración. Pertenece al género Plumeria.

Hacata: planta del género Hibiscus.

Halakavuma: pangolín, mamífero cubierto de escamas que se alimenta de hormigas. En todo Mozambique se cree que el pangolín habita en el Cielo y baja a la tierra para transmitir a los jefes tradicionales las novedades sobre el futuro.

Kwangula tilo: nombre que en las lenguas del sur de Mozambique se da a la planta trepadora Asparagus falcatus. Según la tradición, las tempestades pueden hacer estallar el pecho de quien no sujeta un ramo de esta planta.

Machamba: terreno agrícola para producción familiar.

Madala: anciano.

Mafurreira: árbol de donde se extrae el aceite de mafurra. Nombre científico: Trichilia emetica.

Maka: problema, conflicto.

Mamparra: designación peyorativa que se da a los recién llegados a las ciudades.

Matope: lodo, barro.

Muchém: hormiga muchém, termita.

Mufanita: diminutivo de mufana (niño/a).

Mulungo: blanco, señor.

Muzimo: espíritu, en las lenguas del centro de Mozambique.

Naparama: designación de los guerreros tradicionales que usan solo arco y flecha, y a quienes se supone protegidos por los hechiceros contra la acción de las balas.

Nhamussoro: adivino.

Nkakana: planta herbácea cuyas hojas son comestibles y usadas en la medicina local. Nombre científico: Momordica balsamina.

Ntumbuluku: término que, en las lenguas del sur de Mozambique, designa simultáneamente el origen de los seres, las primeras manifestaciones de la Naturaleza y de la Humanidad.

Nyanga: hechicero.

Satanhoco: pícaro, holgazán.

Suca, mulungo: fuera de acá, blanco.

Tontonto: aguardiente casero.

Tuga: portugués.

Xicuembo: hechizo, o también los antepasados divinizados por la familia.

Xindau: lengua del pueblo Ndau, del centro de Mozambique.

Xipefo: lámpara, bombilla de luz, o lámpara de noche.

Xipoco: fantasma.

Xitsungulo: pañuelo que el curandero ata alrededor del cuello de aquel que sufre de mala suerte y que lo inmuniza contra el mal de ojo.

Notas del traductor

1 En el original: passa-noite. Según creencias populares de Mozambique, es el espíritu o fantasma de un muerto que se instala en el cuerpo de una persona viva, pero a punto de morir. Se decidió traducir la expresión literalmente por su belleza intrínseca y por no ajustarse con exactitud a ningún término de nuestra lengua.

2 En las tradiciones ancestrales de Mozambique, adivino, hechicero, chamán de atribuciones y poderes mágicos que alternan entre el vaticinio y la cura por diversos procedimientos y rituales.

3 Prenda de algodón, fibra sintética o seda, estampado y colorido que, a menudo, las mujeres mozambiqueñas amarran alrededor de la cintura, cubriendo la parte inferior del cuerpo.

4 En la tradición de la cultura bantú –una de las más ricas y extendidas en Mozambique a través de numerosas etnias–, persona que se convierte en hechicera tras un rito de iniciación y aprendizaje en las aguas, poseída por los espíritus que allí residen. Véase: Silvio Ruiz Paradiso, Religião e Religiosidade nas Literaturas Africanas Pós-Coloniais: Um olhar em Things fall apart, de Achebe e O outro pé da sereia, de Mia Couto, Universidade de Londrina, 2014.

5 Es costumbre popular en Mozambique, antes de servirse una copa, verter unas gotas de bebida sobre el suelo para convidar a los antepasados, reconociendo y respetando de ese modo su presencia junto a los vivos.

6 Tipo de ají muy picante, originario de Mozambique.

7 FRELIMO: acrónimo del Frente para la Liberación de Mozambique, movimiento guerrillero independentista de orientación marxista-leninista surgido en ese país en 1962. Luego de más de una década de luchar contra las fuerzas del gobierno de Portugal, asumió el poder en 1975, tras negociar con los portugueses la independencia. Desde 1977, debió enfrentar la insurgencia de la Resistencia Nacional Mozambiqueña (RENAMO), conformada por fuerzas anticomunistas, en lo que constituyó una guerra civil que duró casi quince años.

8 Aunque el término “cabrito” refiere, como en español, a la cría de la cabra, en varios países de habla portuguesa, la palabra tiene una acepción informal que alude a una persona inescrupulosa, traicionera o exenta de ética. De ahí el juego de palabras que realiza el autor.

9 En el original: a berro e fogo (a berreo y fuego). Juego de palabras del autor, a partir de la expresión a ferro e fogo (a hierro y fuego), también existente en español. Para intentar mantener la intención de un juego de palabras, se optó por una síntesis entre dos expresiones equivalentes a esa en español: “a cara de perro” y “a hierro y fuego”.

10 En el original: de cor e sal tirado, una reformulación del giro coloquial de cor e salteado (de memoria y salteado), que alude a conocer algo minuciosamente. La fórmula modificada en castellano intenta mantener ese espíritu.

11 En el original: não dizia coisa nem coisa, variación sobre el dicho popular: não dizer coisa com coisa (decir disparates o incoherencias). Se optó por una variante del dicho equivalente en español: “hablar sin ton ni son”.

Mia Couto nació en Mozambique en 1955.

Es uno de los escritores africanos más destacados del último medio siglo. Sus libros, originalmente escritos en portugués, se han traducido al inglés, alemán, francés, castellano e italiano, entre otras lenguas, y se han publicado en más de 30 países. En 2013 recibió el Premio Camões de Literatura 2013 y el prestigioso Premio Internacional de Literatura Neustadt 2014. Estuvo entre los seis finalistas del Premio Internacional Man Booker en 2015 y en 2017 fue preseleccionado para el International Literary Award de Dublín. La terraza del frangipani es la tercera novela de Mia Couto que se edita en Argentina. Previamente aparecieron Un río llamado tiempo, una casa llamada tierra (UNSAM Edita, 2016) y Venenos de Dios, remedios del Diablo (Edhasa, 2019).


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