Kitabı oxu: «El maestro y Margarita»

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Mijaíl Bulgákov

El maestro y Margarita

Traducción

Valeria Korzeniewski

Revisión

Alejandro Ariel González



Bulgákov, MijaílEl maestro y Margarita / Mijaíl Bulgákov. - 1a ed. . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2015.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-599-451-51. Narrativa Rusa. 2. Novela. I. Título.CDD 891.73

The publication was effected under the auspices

of the Mikhail Prokhorov Foundation TRANSCRIPT Programme

to Support Translations of Russian Literature.

Esta edición contó en el apoyo

del Mikhail Prokhorov Foundation Transcript Programme

de ayuda a la traducción de la literatura rusa.


Ilustración de tapa: Eugenia Volóshina

Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere

Título original: Мастер и Маргарита

© Libros del Zorzal, 2015

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

Nota de los traductores | 6

Primera parte | 15

Capítulo 1 Nunca hable con extraños | 16

Capítulo 2 Poncio Pilatos | 33

Capítulo 3 La séptima prueba | 64

Capítulo 4 La persecución | 71

Capítulo 5 Hubo un alborotoen Griboiédov | 81

Capítulo 6 Esquizofrenia, como fue predicho | 97

Capítulo 7 Un departamento sospechoso | 108

Capítulo 8 El duelo entre el doctor y el poeta | 123

Capítulo 9 Las travesuras de Koróviev | 135

Capítulo 10 Noticias desde Yalta | 147

Capítulo 11 El desdoblamiento de Iván | 162

Capítulo 12 La magia negra y la revelación de sus trucos | 167

Capítulo 13 La aparición del héroe | 186

Capítulo 14 ¡Que viva el gallo! | 211

Capítulo 15 El sueño de Nikanor Ivánovich | 222

Capítulo 16 La ejecución | 238

Capítulo 17 Un día agitado | 254

Capítulo 18 Visitantes desafortunados | 270

Segunda parte | 296

Capítulo 19 Margarita | 297

Capítulo 20 La crema de Azazello | 314

Capítulo 21 El vuelo | 321

Capítulo 22 A la luz de las velas | 338

Capítulo 23El Gran Baile de Satanás | 355

Capítulo 24 El rescate del maestro | 375

Capítulo 25 De cómo el procurador intentó salvar a Judas de Kariot | 407

Capítulo 26 La sepultura | 421

Capítulo 27 El fin del departamento número 50 | 450

Capítulo 28 Las últimas andanzas de Koróviev y Beguemot | 472

Capítulo 29 El destino del maestro y Margarita está resuelto | 489

Capítulo 30 ¡Ya es hora! ¡Ya es hora! | 495

Capítulo 31 En los montes Vorobiovi | 511

Capítulo 32 Perdón y refugio eterno | 516

Epílogo | 524

Nota de los traductores

¿Qué haría tu bien si no existiera el mal?

Woland

I

En 1961, Abraham Vulis, un escritor y crítico oriundo de la ciudad de Kiev, se dispone a escribir un libro sobre escritores satíricos soviéticos y recuerda por casualidad a un escritor caído en el olvido, autor de algunas piezas teatrales como El departamento de Zoia y Los días de los Turbín. Decide profundizar en su obra y así contacta a Elena Serguéievna Shílovskaia, la mujer del ya fallecido autor. Gracias a ella, cae en manos de Vulis el manuscrito de un texto inédito: La novela del ocaso, como la denominaba el propio autor.

Se trataba de un libro que protagonizaría, antes de ser publicado, una historia tan extraordinaria como la que se narra en sus páginas.

II

Mijaíl Afanásievich Bulgákov (nacido en Kiev, al igual que el crítico encargado de exhumar su obra) trabajó casi quince años en El maestro y Margarita. En la primavera de 1926, las autoridades registraron el departamento del escritor y confiscaron el manuscrito de su novela corta Corazón de perro. En otoño del mismo año, fue interrogado por la policía secreta. Allí el escritor concibió el proyecto de escribir una novela que tendría al diablo como protagonista…

Desde 1928, Bulgákov se abocó a la redacción de la obra, y allí comenzaron los problemas. Empezó y abandonó reiteradas veces; consideraba el proyecto superior a sus fuerzas, el plan originario se complicaba, las líneas argumentales se contradecían, las esperanzas de ver publicada la novela se apagaban y luego volvían a aparecer. El primer capítulo llegó a tener nueve versiones diferentes. En rigor, se trataba de nueve comienzos distintos de una misma novela. Algunos capítulos fueron reescritos más veces que otros; algunos quedaron intactos y sólo sufrieron modificaciones al ser pasados a máquina; partes de la novela no llevan la firma del autor y fueron apuntadas por su mujer, Elena Serguéievna, que acompañó al escritor en su lecho de muerte, afinando detalles e introduciendo cambios de último momento. “¡Terminar la novela!” fue el lema del escritor en sus últimos meses de vida.

III

La novela recibió el nombre de El maestro y Margarita en 1937. El autor —hijo de un sacerdote— quiso mostrar en ella todos los absurdos y horrores a los que conducía la negación de Dios en la temprana Unión Soviética. Según el plan originario, el diablo aparecía en la tierra para inducir a la demencia al irracional Ivánushka. Berlioz, que conocía los planes del diablo, se negaba a impedir su cometido. Hasta allí, la novela semejaba una alegoría sobre la sufrida revolución: revolucionarios sedientos de poder, un pueblo ingenuo y una intelectualidad educada que se comporta de un modo extraño.

En 1928, Bulgákov, en presencia de un conocido delator, afirmó: “El régimen soviético es bueno, pero tonto, igual que hay personas de buen carácter pero necias”. Como resultado de ello, ya a principios de 1929 todas sus obras teatrales fueron prohibidas en la Unión Soviética, la crítica se ensañó con él y con sus obras, y a principios de 1930, el escritor y dramaturgo, ya sumido en la desesperación, dirigió al “Gobierno de la urss” una serie de cartas. Una de ellas decía: “Hoy por hoy, estoy destruido […] No sólo han acabado con mis obras del pasado, sino también con las presentes y futuras. Yo mismo, con mis propias manos, he arrojado al fuego el borrador de una novela sobre el diablo”. Sin embargo, “los manuscritos no arden”…

IV

Por suerte, en 1930 fueron a parar al fuego sólo aquellas partes de la novela en las que el autor expresaba con mayor vehemencia su descontento con el poder soviético, así como aquellas cargadas de alusiones demasiado evidentes a funcionarios con cargos importantes en el nuevo Estado obrero-campesino.

Se considera que el primer nombre de la novela fue La pezuña del ingeniero. Se ha conservado no menos de una decena de títulos posibles: El gran canciller; Satanás; Heme aquí; Sombrero con pluma; El teólogo negro; El príncipe de las tinieblas; Y él apareció; La herradura de un extranjero; El suceso; El mago negro; La pezuña del consultor, y otros.

Entre 1930 y 1936, Bulgákov comenzó su novela un mínimo de cuatro veces. Redactaba nuevos capítulos, corregía los ya existentes. Y hacia esos años, aparecieron nuevos personajes que habrían de darle su matiz final. Así, por ejemplo, apareció un poeta que luego se convertiría en el maestro, y más tarde apareció Margarita, su amada. Hasta ese momento, los protagonistas eran Pilatos y el Diablo, y la historia era narrada por un tal Azazello.

Sería difícil resumir las modificaciones que sufrió el texto; son demasiado sustanciosas y no hacen más que evidenciar el drama profundo de un escritor que, consciente de que su novela no podría ser publicada mientras durara el régimen, estaba aun así decidido a escribir para la posteridad.

V

Determinar el género de la novela es una de las cuestiones que más ha desvelado a la crítica. Sus múltiples “capas” le permiten al autor jugar con distintos géneros: sátira, farsa, fantástico, místico, maravilloso, melodrama, parábola filosófica. Algunos especialistas la han definido como menipea1 o menipea libre.

El libro ofrece diversas posibilidades de lectura desde el punto de vista genérico: como comedia de humor negro, como profunda alegoría místico-religiosa, como interpretación libre y personal de los Evangelios, como mordaz sátira de la Rusia soviética y de la superficialidad del ser humano en general. A pesar de esto último, no hay en ella nostalgia alguna por la Rusia zarista. Hay quien ve también una novela de formación de Iván Bezdomni, quien, de poeta mediocre, se convierte en discípulo del maestro y continuador de su texto.

VI

Tampoco es habitual la composición de la obra. Se trata de una “novela dentro de la novela”, es decir que se compone de varias partes autónomas que se conectan entre sí de las maneras más diversas. El capítulo 2, “Poncio Pilatos”, es un relato de Woland a Berlioz y Bezdomni. Los sucesos del capítulo 16, “La ejecución”, son un sueño de Bezdomni. En el capítulo 19, Azazello le recita a Margarita un fragmento del manuscrito del maestro. En el capítulo 25, “De cómo el procurador intentó salvar a Judas de Kariot”, Margarita lee los manuscritos en el sótano de su amante, continúa la lectura en el 26, “La sepultura”, y la termina al principio del 27, “El fin del departamento número 50”. La secuencia de reflejos produce la impresión de una perspectiva que se pierde en las profundidades del tiempo histórico, en la eternidad.

En cuanto a la temporalidad, la narración de El maestro y Margarita se despliega en dos planos temporales diferentes: la época en la que vivió Jesucristo y el “presente”, que en este caso es la Moscú de comienzos de 1930. Queda así establecido un eje: Yerushalaim-Moscú. Los acontecimientos de Moscú, desde el momento en que Berlioz y Bezdomni se encuentran y discuten con el “extranjero”, y hasta que Woland y su séquito abandonan la ciudad, transcurren en tan sólo cuatro días, es decir que la acción está muy condensada, pero en ese breve lapso de tiempo ocurren muchos eventos fantásticos, trágicos y cómicos. Al mismo tiempo, los capítulos evangélicos, cuya acción comprende un día, nos transportan casi dos mil años atrás. La historia de Poncio Pilatos y Yeshúa también es narrada desde varios puntos de vista. Gracias a estos vaivenes en la secuencia temporal y en la perspectiva narrativa, la percepción es, cuanto menos, heterogénea. De un modo paradójico, Bulgákov reúne esos dos períodos tan disímiles y traza entre ellos profundos paralelismos. Los sucesos del presente guardan una asombrosa vinculación con aquello que alguna vez cambió para siempre a la humanidad, lo que permite al autor tocar un sinnúmero de temas sacramentales y eternos para el arte, en particular para la literatura. Se indaga en la naturaleza del poder y la culpa, el amor y el perdón, en el sentido de la vida, en la tergiversación de las nociones del bien y del mal, en la justicia y la verdad, en la demencia y la inconsciencia.

También es inusual, desde el punto de vista de la composición, el hecho de que el maestro aparezca recién en el capítulo 13, “La aparición del héroe”; este es uno de los tantos enigmas que nos deja el autor. Bulgákov subraya a conciencia el carácter autobiográfico del maestro. El clima de acoso, la total exclusión de la vida literaria y social, la falta de medios de subsistencia, la espera constante de ser arrestado, los artículos acusatorios, la lealtad y abnegación de la mujer amada, todo eso lo vivió el propio escritor. Los destinos del maestro y de Bulgákov se funden en uno solo y el “manuscrito” de ambos le da voz al destino de tantas voces artísticas acalladas durante los años de la represión estalinista. En el país del “socialismo triunfante” no hay lugar para la libertad del arte; sólo existe el “encargo social” planificado. El maestro, que no retrata en su novela los “paraísos terrenales” del nuevo orden socialista, sino que evoca paisajes exóticos y alejados de la realidad soviética, no tiene cabida en este mundo, ni como escritor, ni como pensador, ni como persona. Bulgákov establece así su diagnóstico a una sociedad en la que un hombre es considerado escritor sólo si tiene una credencial que lo acredite como tal y una institución detrás que avale su arte.

VII

El tema del poder ocupa un lugar central en el texto. El maestro y Margarita es, sin dudas, la única novela de su contexto que pone de manifiesto la impotencia de los órganos de poder. Como una sombra omnipresente, descriptos con un lenguaje velado y lleno de omisiones, los anónimos agentes de la policía secreta representan una presencia constante y amenazante que tiene influencia innegable en las palabras, las actitudes y los actos de los personajes. La paranoia, la traición y la delación se convierten en moneda corriente. Los soplones fueron un rasgo característico de una época plagada de detenciones arbitrarias, en la que los ciudadanos eran llevados a considerar la colaboración con el servicio secreto una cuestión de honor y de cumplimiento de su deber revolucionario. Todo aquel que no se embanderaba abiertamente bajo el nuevo orden era considerado un enemigo; por ello, la denuncia resultaba un arma muy eficaz contra el otro, el diferente. Las distintas instituciones aparecen, en este sentido, como aquello que sostiene ese orden, y de allí la importancia de formar parte de ellas. massolit, Dramlit, Comisión Acústica y demás entes reguladores —instituciones ficticias, pero evocativas de otras existentes en la época— son otros tantos brazos de la máquina burocrática que aniquila la individualidad y el pensamiento libre para encuadrar a todos los artistas en un mismo patrón.

Quien se encarga de dejar en ridículo tanto a los directivos de estas instituciones como a sus miembros es el desenfadado narrador de la novela. A veces de modo sutil, otras con toda evidencia, pone al descubierto las motivaciones más bajas de los personajes, que en muchos episodios, a causa de la eterna “cuestión de la vivienda” y de la escasez de efectivo, de productos y de bienes de uso, se vuelven un instrumento en manos de aquellos que tienen algo para ofrecer. La exclamación de Woland del inicio de la novela: “¿Así que no tienen nada de lo que se les pide?” no es otra cosa que un sello de época, un cliché repetido hasta el cansancio por los ciudadanos de la Moscú de los años treinta. A pesar de las regulaciones, el fantasma de la desigualdad sobrevuela la novela, llegando al paroxismo en el capítulo 29, cuando Koróviev y Beguemot se dirigen al Torgsín, una tienda exclusiva, donde sólo se permitía abonar las compras con moneda extranjera y donde el acceso al ciudadano común estaba vedado. La aniquilación y las cenizas dejadas por la pareja tras su paso por estas instituciones tienen un efecto de espectáculo y parodia tanto para ellos mismos como para el lector. Con su texto, Bulgákov no hace más que responder al terror con la risa, la burla y la carnavalización.

VIII

Mijaíl Bulgákov muere en 1940. El maestro y Margarita sale a la luz por primera vez 26 años después de su muerte, cuando se publica en forma de folletín en la revista Moskvá, entre los años 1966 y 1967. La novela, aunque censurada y alterada, causa una verdadera sensación, tanto en los círculos literarios como en el público general. Se publica por primera vez en formato de libro en París en 1967, pero en la Unión Soviética la primera versión “completa” es publicada sólo en 1973. Su aparición en el ambiente literario de la época se suele comparar con la explosión de una bomba.

En un primer momento, en un país oficialmente ateo, la novela fue leída como un nuevo Evangelio y suscitó profundas diferencias entre los críticos. La primera lectura fue de tipo social. La siguiente etapa fue marcada por la publicación de estudios relacionados con su compleja composición y su pertenencia genérica. Fue estudiada a la luz de la cultura mundial: religión, mitología, esoterismo.

En cuanto a su circulación, ante la escasez y el elevado precio de los libros, los lectores realizaban copias de capítulos enteros, ya sea a mano o por medios mecánicos. El texto, pues, se distribuía y se multiplicaba de todas las formas posibles. La novela no tardó en convertirse en uno de los textos literarios más celebrados del siglo xx. Fue traducida a innumerables idiomas y atrajo la atención no solamente de los estudiosos de la literatura, sino también de otras disciplinas, como la historia, la teología, las artes y la filosofía. En la actualidad, El maestro y Margarita ocupa uno de los lugares más importantes en la literatura rusa moderna, y vive y se reproduce en innumerables formatos: cine, televisión, teatro, pintura, escultura. Sus personajes han penetrado en la cultura popular, y sus frases se reproducen y se repiten en los más variados contextos.

Por eso, para finalizar, es preciso mencionar que una primera traducción en Argentina de una novela de semejante magnitud es un acontecimiento editorial de trascendental importancia, y hay que destacar el hecho de que Libros del Zorzal sea pionera en este proyecto.

Alejandro Ariel González

Valeria Korzeniewski

1 Género de sátira que se caracteriza por poseer una naturaleza de epopeya, una narrativa fragmentada, y un movimiento rápido entre estilos y puntos de vista.

Primera parte

—Pues bien, dime quién eres.

—Una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y siempre obra el bien.

Johann Wolfgang von Goethe, Fausto

Capítulo 1 Nunca hable con extraños

Cierto día de primavera, durante una puesta de sol especialmente calurosa, en los Estanques Patriarshie de Moscú aparecieron dos ciudadanos. El primero, de unos cuarenta años y traje gris de verano, era de baja estatura, moreno, regordete y calvo; llevaba su decoroso sombrero doblado en la mano como un bollo y coronaban su rostro bien afeitado unos anteojos de marco negro y tamaño extraordinario. El segundo era un hombre joven, ancho de hombros, de cabello crespo y colorado, con un gorro a cuadros en su nuca; vestía una camisa estilo cowboy, unos pantalones blancos bastante arrugados y unos mocasines negros.

El primero no era otro que Mijaíl Aleksándrovich Berlioz, director de una de las más importantes asociaciones moscovitas de literatos, conocida como massolit1, y editor de una gruesa revista de arte; y su joven acompañante era el poeta Iván Nikoláievich Pónirev, que escribía bajo el seudónimo de Bezdomni2.

Al llegar a la sombra arrojada por unos tilos que apenas empezaban a verdear, los escritores se lanzaron de inmediato hacia un pintoresco kiosco que exhibía el cartel “Cerveza y bebidas”.

Sí, habría que mencionar la primera cosa extraña de esa terrible tarde de mayo. No había ni una sola persona; no sólo en los alrededores del quiosco, sino tampoco en toda la alameda paralela a la calle Málaia Brónnaia. A esa hora, cuando al parecer ya no quedaban fuerzas ni para respirar, cuando el sol, después de abrasar Moscú, se derrumbaba en un vaho seco en algún punto detrás del Anillo Sadóvoie, nadie fue a sentarse en los bancos bajo los tilos: la alameda estaba desierta.

—Deme narzán3 —pidió Berlioz.

—No hay —respondió la mujer del quiosco, y por alguna razón se ofendió.

—¿Hay cerveza? —consultó Bezdomni con voz enronquecida.

—La traen a la noche —respondió la mujer.

—¿Y qué hay? —preguntó Berlioz.

—Jugo de damasco, pero está tibio —dijo la mujer.

—¡Bueno, no importa, no importa!

El jugo de damasco salió con abundante espuma amarilla y el aire olió a peluquería. Luego de saciarse, los literatos de inmediato comenzaron a hipar; pagaron y se sentaron en un banco de cara al estanque y de espaldas a la Brónnaia.

Y aquí sucedió la segunda cosa extraña, que concernía solamente a Berlioz: de repente dejó de hipar, su corazón dio un vuelco y, por un instante, se hundió en alguna parte; luego volvió, pero con una aguja clavada dentro. Y por si fuera poco, Berlioz fue presa de un miedo que, aunque injustificado, era tan intenso que le dieron ganas de salir corriendo de los Estanques sin mirar atrás. Berlioz miró angustiado a su alrededor, sin entender qué era lo que lo había asustado. Palideció y se limpió la frente con un pañuelo, pensando: “¿Qué me está sucediendo? Nunca me había pasado esto…, me falla el corazón…, estoy agotado. Tal vez sea hora de mandar todo al diablo e irme a Kislovodsk…”.

Y entonces el aire tórrido se condensó frente a él y tomó la forma de un ciudadano transparente de aspecto extrañísimo. Tenía en su cabecita un gorrito de jockey y llevaba un saco a cuadros, cortito y ligero… El señor medía unos dos metros, pero era estrecho de hombros, extremadamente delgado y —presten atención— lucía una fisonomía burlona.

La vida de Berlioz había transcurrido de tal manera que no estaba acostumbrado a los fenómenos extraordinarios. Palideciendo aún más, con los ojos desorbitados, pensó desconcertado: “¡Eso no puede ser!”.

Pero eso —¡ay!— estaba ahí, y el ciudadano larguirucho, translúcido, oscilaba ante él, sin tocar la tierra, a izquierda y derecha. Aquí Berlioz fue presa de tal terror que terminó por cerrar los ojos. Y cuando los abrió, vio que todo había pasado, que aquel espejismo se había esfumado, el sujeto a cuadros había desaparecido, y, a la vez, la aguja se le había desprendido del corazón.

—¡Pero qué diablos…! —exclamó el editor—. Sabes, Iván, ¡por poco no me da un ataque a causa del calor! Hasta he sufrido una especie de alucinación —Intentó sonreír, pero en sus ojos aún brotaba el pánico y las manos le temblaban.

Sin embargo, poco a poco se fue tranquilizando, se abanicó con el pañuelo y dijo con un tono bastante animado: “Bueno, entonces…”, retomando el discurso interrumpido por el jugo de damasco.

El discurso, como después se supo, era acerca de Jesucristo. El asunto es que el editor había encargado al poeta un gran poema antirreligioso para el próximo número de su revista. Iván Nikoláievich lo había compuesto, y en un plazo por demás breve, pero, por desgracia, no complació en absoluto al editor. A pesar de que Bezdomni había pintado a su protagonista —es decir, a Jesús— en tonos muy negros, en opinión del editor había que reescribir todo el poema. Y ahora el editor le estaba dando al poeta una especie de lección acerca de Jesús para poner de relieve su principal error. Era difícil determinar en qué radicaba la falla de Iván Nikoláievich: si en la fuerza expresiva de su talento o en una total ignorancia de la materia sobre la que escribía, pero el Jesús salido de su pluma resultó un personaje lleno de vida, si bien poco atractivo. Berlioz, en cambio, quería demostrarle al poeta que lo importante no era si Jesús había sido bueno o malo, sino que ese tal Jesús como persona nunca había existido en el mundo, y que todos los relatos acerca de él eran puros cuentos, un mito de lo más ordinario.

Hay que mencionar que el editor era un hombre instruido y en su discurso citaba con soltura a historiadores antiguos; por ejemplo, al conocido Filón de Alejandría y a Flavio Josefo, hombres de educación brillante, quienes nunca habían dicho una palabra acerca de la existencia de Jesús. Demostrando una gran erudición, Mijaíl Aleksándrovich además informó al poeta que el pasaje del libro 15 del capítulo 44 de los famosos Anales, de Tácito, donde se habla de la crucifixión de Cristo, no era otra cosa que un falso añadido posterior.

El poeta, para quien todo lo que relataba el editor era una novedad, escuchaba con mucha atención a Mijaíl Aleksándrovich, mirándolo con sus vivos ojos verdes, y sólo de vez en cuando hipaba, maldiciendo en voz baja el jugo de damasco.

—No hay ni una sola religión oriental —decía Berlioz— en la que, como regla general, una virgen inmaculada no haya dado a luz a un dios. Y los cristianos, al no poder inventar nada nuevo, crearon de la misma manera a Jesús, que en realidad nunca existió. Es en esto en lo que hay que hacer especial hincapié…

El agudo tenor de Berlioz se propagaba por la alameda desierta, y a medida que Mijaíl Aleksándrovich se iba internando en esas profundidades en las que sólo una persona muy culta puede internarse sin riesgo de torcerse el pescuezo, el poeta iba descubriendo cosas cada vez más interesantes y útiles sobre el Osiris egipcio, dios benévolo e hijo del Cielo y de la Tierra; sobre el dios fenicio Fammus; sobre Marduk; e incluso sobre el menos conocido y severo dios Huitzilopochtli, al que adoraron alguna vez los aztecas en México.

Justo en el momento en que Berlioz le contaba al poeta cómo los aztecas modelaban con masa la figura de Huitzilopochtli, apareció en la alameda la primera persona.

Tiempo después —cuando, a decir verdad, ya era tarde—, diversas instituciones presentaron sus informes con la descripción de ese hombre. El cotejo de dichos informes no puede sino despertar asombro. Así, en el primero se dice que el hombre era de baja estatura, tenía dientes de oro y rengueaba de la pierna derecha. En el segundo, que el hombre era de gigantesca estatura, que sus coronas eran de platino y rengueaba de la pierna izquierda. El tercero afirma lacónicamente que el hombre no tenía rasgo particular alguno.

Hay que admitir que ninguno de esos informes sirve para nada.

En primer lugar, el hombre descripto no rengueaba de ninguna de las dos piernas, y de estatura no era ni pequeño ni gigantesco; simplemente era alto. En lo que respecta a sus dientes, de un lado sus coronas eran platinadas, y del otro, doradas. Vestía un costoso traje gris y sus zapatos importados eran del mismo color. Su boina gris le caía con desenvoltura sobre la oreja y bajo la axila llevaba un bastón de empuñadura negra, con forma de cabeza de caniche. Parecía de unos cuarenta y tantos. La boca, algo torcida. Bien afeitado. Moreno. El ojo derecho, negro; el izquierdo, no se sabe por qué, verde. Cejas negras, una más alta que la otra. En una palabra: extranjero.

Al pasar cerca del banco donde estaban sentados el editor y el poeta, el extranjero los miró de reojo, se detuvo y se sentó de repente en el banco vecino, a dos pasos de los amigos.

“Alemán”, pensó Berlioz.

“Inglés”, pensó Bezdomni. “Vaya, ¿no tendrá calor con esos guantes?”.

El extranjero, mientras tanto, paseaba la mirada por los altos edificios que rodeaban el estanque; era evidente que veía ese lugar por primera vez y le llamaba la atención.

Su mirada se detuvo en los pisos superiores, cuyos vidrios reflejaban de manera deslumbrante un quebradizo sol que abandonaba para siempre a Mijaíl Aleksándrovich; luego la bajó hacia donde los vidrios ya comenzaban a oscurecer, sonrió con indulgencia, entrecerró los ojos, puso las manos en la empuñadura y el mentón sobre las manos.

—Tú, Iván —decía Berlioz—, has representado muy bien y de modo satírico, digamos, el nacimiento de Jesús, el hijo de Dios, pero el asunto está en que antes de Jesús habían nacido unos cuantos hijos de Dios, como, por ejemplo, Attis, el frigio. Para decirlo en pocas palabras: ninguno de ellos nació y ninguno existió; ni tampoco, por supuesto, Jesús. Es necesario que tú, en vez del nacimiento, digamos, y la llegada de los reyes, describas una serie de rumores ridículos acerca de ese nacimiento… ¡Porque a juzgar por tu relato, es como si él de verdad hubiera nacido!…

Aquí Bezdomni hizo el intento de acabar con el hipo, que ya lo había hartado, y contuvo la respiración; sin embargo, sólo logró que el hipo fuera más ruidoso e insufrible. En ese mismo momento Berlioz interrumpió su discurso, porque el extranjero de pronto se incorporó y se dirigió hacia los escritores.

Ellos lo miraron sorprendidos.

—Discúlpenme, por favor —les dijo con acento extranjero, pero sin deformar las palabras—, por tomarme el atrevimiento sin haberme presentado…, pero el tema de su erudita conversación es tan interesante que…

Se sacó cortésmente la boina, y a los amigos no les quedó más remedio que levantarse y hacer una inclinación.

“No, más bien es francés…”, pensó Berlioz.

“¿Polaco…?”, pensó Bezdomni.

Es necesario agregar que el extranjero, desde que pronunció sus primeras palabras, causó una pésima impresión en el poeta y que, en cambio, a Berlioz más bien le agradó, es decir, no es que le agradara, sino que…, ¿cómo decirlo?…, le pareció interesante.

—¿Me permiten tomar asiento? —preguntó el extranjero con amabilidad, y los amigos tuvieron que cederle un lugar; el extranjero se sentó ágilmente entre ellos y enseguida se sumó a la conversación—. Si no he oído mal, ¿acaba usted de decir que Jesús nunca existió? —preguntó el extranjero, dirigiendo hacia Berlioz su ojo izquierdo, el verde.

—No, no ha oído mal —respondió Berlioz con cortesía—, es exactamente lo que yo estaba diciendo.

—¡Ah, pero qué interesante! —exclamó el extranjero.

“Pero ¿qué diablos querrá este?”, pensó Bezdomni y frunció el ceño.

—¿Y usted estaba de acuerdo con su interlocutor? —Se interesó el desconocido, girando a la derecha, hacia Bezdomni.

—¡Al cien por ciento! —confirmó este, a quien le gustaban las expresiones rebuscadas y figuradas.

—¡Extraordinario! —exclamó el inesperado interlocutor, y, no se sabe por qué, mirando furtivamente alrededor y reduciendo su grave voz a un susurro, dijo—: Perdonen mi impertinencia, pero tengo entendido que ustedes, además de todo, tampoco creen en Dios —y agregó con ojos asustados—: Juro que no se lo diré a nadie.

—No, no creemos en Dios —respondió Berlioz con una ligera sonrisa, al ver el susto del turista—. Pero de eso se puede hablar con total libertad.

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26 mart 2025
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ISBN:
9789875994515
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