Kitabı oxu: «El aprendiz de conspirador»
Pío Baroja
El aprendiz de conspirador

Publicado por Good Press, 2019
EAN 4057664125774
Índice
PRÓLOGO
LOS CUADERNOS DE LEGUÍA
EL FAMOSO AVIRANETA
LOS COLABORADORES
LIBRO PRIMERO PELLO LEGUÍA
I. CAMINO DE LAGUARDIA
FRENTE A PEÑACERRADA
SE OYE UNA CANCIÓN
UN PUEBLO TRISTE
APARECE UN PASTOR
POR EL MONTE
II. LA LUZ A LO LEJOS
¡ALTO!
III. LA FAMILIA DE LEGUÍA
FERMÍN LEGUÍA
LA EXPEDICIÓN DE MINA
LA CANCIÓN DE PITHIRI
OTRAS CANCIONES
IV. PELLO, ENAMORADO
LA NIÑA Y LA VIEJA
AL AZAR
V. EN DONDE LEGUÍA SOSPECHA SI TENDRÁ BUENA SUERTE
EL TÍO JOSÉ JUAN
PELLO EN LAGUARDIA
LIBRO SEGUNDO LAS TERTULIAS DE LAGUARDIA
I. LAGUARDIA, EL AÑO DE GRACIA DE 1837
DURANTE LA GUERRA CIVIL
LA GUARNICIÓN
POR LA NOCHE
UNA BROMA
LOS ALREDEDORES
II. LA TERTULIA DE LAS PISCINAS
LAS LUMBRERAS DE LA REUNIÓN
LA SEÑORITA DE SAN MEDERI
EL CAPITÁN HERRERA
EL LICEO
III. LAS OTRAS TERTULIAS
LA CASA DE SALAZAR
LA TIENDA DE ECHALUCE
EL CAFÉ DE POLI Y EL FIGÓN DEL CALAVERA
LA BOTICA
IV. LAS MUJERES POLÍTICAS
V. CORITO Y PELLO LEGUÍA
ANTONIO ESTÚÑIGA
LIBRO TERCERO EL VIAJERO EXTRAÑO
I. LA SILLA DE POSTAS
EL VIAJERO
EL HOMBRE DE LA ZAMARRA
II. EL HOMBRE Y SU SOMBRA
LOS RUBICONES DE LAGUARDIA
EL PADRINO DE CORITO
UN HOMBRE ENIGMÁTICO
III. TRAIDOR, ESPÍA Y MASÓN
EL FIGÓN DEL CALAVERA
LA PRUDENCIA DEL RAPOSO
LIBRO CUARTO HISTORIA Y EMBOSCADA
I. LO QUE CONTÓ EL HOMBRE DE LA ZAMARRA
EN SAN SEBASTIÁN
EL EMISARIO
LA PRISIÓN
LA MUERTE DE DON LUIS
II. LA VENGANZA
LEGUÍA SE ESCAPA
III. EL AVISO
RETRATO DE AVIRANETA
VACILACIONES
PREPARATIVOS
¿ENTENDIDO?
IV. EL ATAQUE
ANSIEDAD
ENTRAN
AVIRANETA PIDE AUXILIO
LOS DOS HUÉSPEDES
V. UNA PROPOSICIÓN
LA FILOSOFÍA DE PELLO
EL DIABLO TENTADOR
LIBRO QUINTO UN SOLDADO AUDAZ
I. EL OFICIAL DE LA BOÍNA BLANCA
LOS IDEALES DE PELLO
SE RECONOCEN
II. HISTORIAS RETROSPECTIVAS
ZURBANO CUENTA CÓMO CONOCIÓ A AVIRANETA
AVIRANETA CUENTA CÓMO CONOCIÓ A ZURBANO
III. VIOLENCIA CONTRA VIOLENCIA
AVIRANETA HABLA DE SÍ MISMO
ZURBANO EL IBERO
IV. CONSEJO DE AMIGO
EL CABO CAPARROSO
EL EMPECINADO Y ZURBANO
EL HORÓSCOPO
EL ENTUSIASMO LIBERAL
V. POR EL CAMINO
VARGAS
EL HOMBRE DE LA ZAMARRA SE DEFIENDE
LIBRO SEXTO LA INFANCIA DE UN CONSPIRADOR
I. EL ARCHIVO SECRETO
EL CASERÍO ITHURBIDE
MIENTRAS EL VIENTO GIME
II. LAS DOS INFLUENCIAS
MI INFANCIA
LA CASA
«LOS CABALLERITOS DE AZCOITIA»
EL COLEGIO DE VERGARA
LA CALLE
III. EL MADRID DE 1800
UN BARRIO SINTETIZADOR
LA CASA MISTERIOSA
IV. LA ÉPOCA
LA INQUISICIÓN Y LOS SABIOS
LA INQUISICIÓN Y LOS ILUMINADOS
LOS SOSTENES DEL MUNDO VIEJO
V. LA MOJIGONA
VI. CONSUELO ARTEAGA
EN LA DEHESA
LA MALA FE DE EMPARANZA
LIBRO SÉPTIMO EL AVENTINO
I. ETCHEPARE EL SOLITARIO
GANISCH
EN BAYONA
MASÓN
II. UN ESPAÑOL REVOLUCIONARIO
LOS FUNDADORES DEL AVENTINO
LAZCANO
ALTUNA
III. NARRACIÓN DE ETCHEPARE
GUZMÁN
MAGDALENA
EL COMITÉ DE BAYONA
IV. UNA INTRIGA EN LA ÉPOCA DEL TERROR
MAGDALENA, ABANDONADA
V. NUEVOS TRABAJOS DEL AVENTINO
LOS FILADELFOS
DE FRASSAC, ENAMORADO
EL RAPTO
PRÓLOGO
Índice
LAS RECOMENDACIONES DE MI TÍA ÚRSULA
Varias veces mi tía Úrsula me habló de un pariente nuestro, intrigante y conspirador, enredador y libelista.
Mi tía Úrsula, cuya idea acerca de la Historia era un tanto caprichosa, afirmaba que nuestro pariente había figurado en muchos enredos políticos, afirmación un tanto vaga, puesto que no sabía concretar en qué asuntos había intervenido, ni definir qué entendía por enredos políticos.
Yo supongo que para mi tía Úrsula, tan enredo político era la Revolución francesa como la riña de dos aldeanos borrachos a la puerta de una taberna, un día de mercado.
Aseguraba siempre mi tía, con gran convicción, que nuestro pariente era hombre de talento, despejado, esta era su palabra favorita, de mala intención, astuto y maquiavélico como pocos.
Yo, que he tenido la preocupación de pensar en el presente y en el porvenir más que en el pasado, cosa absurda en España, en donde, por ahora, lo que menos hay es presente y porvenir, oía con indiferencia estos relatos de cosas viejas que, por mi tendencia antihistórica y antiliteraria, o por incapacidad mental, no me interesaban.
Hace unos años, pocos días después de la muerte del ex ministro don Pedro de Leguía y Gaztulumendi, a quien se le conocía en el pueblo por Leguía Zarra, Leguía el viejo, una mañana, mi tía Úrsula, que venía de la iglesia, vestida de la cabeza hasta los pies de negro, con una cerilla enroscada, un rosario y el libro de misa en la mano, se me acercó con apresuramiento:
—Oye, Shanti—me dijo.
—¿Qué hay?
—Sabes que Leguía Zarra ha dejado muchos papeles al morir.
—No sabía nada.
—Pues entre estos papeles están las Memorias de nuestro pariente Eugenio de Aviraneta. Pídeselas a la Joshepa Iñashi, la Cerora, que se ha quedado con las llaves de la casa, y te las dará, porque sabe dónde están.
—Bueno; ya se las pediré—repuse yo, con la indiferencia de un hombre a quien no preocupa la Historia.
—Debías ver esos papeles—siguió diciendo mi tía—, y hasta publicarlos.
—Yo no soy editor.
—¿Qué importa? Publica las Memorias como si las hubieras encontrado o como si las hubieras escrito tú. Leguía no se ha de quejar.
—¡Ah! ¡Claro! Por ahora, al menos, en la vida real no hay la costumbre de quejarse desde la tumba, y creo que Leguía no será una excepción a la regla.
—Pues yo no tendría escrúpulo ninguno.
—Tú, no; pero yo, sí. Cada cual tiene sus incompatibilidades. Tú no irías ahora por la calle con una flor en el pelo, y, sin embargo, yo la llevaría sin ninguna molestia.
—Siempre estás con esas necedades—dijo Dama Úrsula, que pensaba que mi ejemplo de la flor en el pelo era una alusión a sus postizos.
—No, no son necedades—repliqué yo—. El no querer aprovecharse del trabajo de los demás es una obligación. Yo no quiero ser como el grajo de la fábula, que se adornaba con plumas ajenas. Además, no sé si Leguía era un buen prosista. No vaya a desacreditarme.
—¡Desacreditarte!
Esta exclamación me mortificó. Comprendí que Dama Úrsula había hablado con el vicario, que es tradicionalista y buen gramático, según asegura el secretario del Ayuntamiento, y dice a todo el mundo que yo, no sólo no soy un prosista castizo de la vieja cepa castellana, sino que mi prosa parece traducida del vascuence.
Mi tía, además de dudar, como el vicario, de la pureza de mi prosa, dudaba de la pureza de mis intenciones con relación a lo ajeno.
Para incomodarla un poco, Dama Úrsula tenía la chifladura de los parentescos, le dije que guardaba mis dudas acerca de que Aviraneta fuera, en realidad, pariente nuestro.
—¡Pues no había de ser!—exclamó—. Era primo hermano de don Lorenzo de Alzate y de tu bisabuela, que era hermana de don Lorenzo. Ahora se puede decir esto claramente.
—¿Y antes no? ¿Por qué?
—Porque Aviraneta tenía una fama malísima; todo el mundo decía que era un ateo, un masón, y muchos aseguraban que era un canalla que había pertenecido a la Policía.
Esto de hacer sinónimo canalla y policía me pareció una prueba de buen sentido de mi tía Dama Úrsula.
—¿Y qué hizo, en resumen, ese Aviraneta?—pregunté yo.
—Debió de hacer muchas trastadas. Por eso me gustaría ver esas Memorias.
—¿Y por qué no las lees?—dije yo.
—Es que están escritas con una letra malísima, con abreviaturas, y no puedo entender bien lo que dice.
—¿Y quieres que yo descifre el manuscrito? ¿Por eso me aconsejas que lo publique? ¡Qué graciosa!
—A ti no te costará nada el leerlo ni el publicarlo.
—El leerlo, el mismo trabajo que a ti, y el publicarlo con mi firma puede costarme un fracaso literario.
—¡Qué tontería! ¿Por qué?
—Pueden encontrar que es un libro malo, y no dar nadie fe a mis explicaciones; pueden creer que Leguía es un ser fantástico.
—¡Bah! De otros libros también te habrán dicho que son malos.
—No, no lo creas. Esas son voces que hace correr el vicario.
—Quizá digan que las Memorias de Aviraneta es lo mejor que has publicado.
Yo protesté de esta idea despectiva que, en general, suele tener la familia del talento literario de sus miembros. Realmente, se puede creer, sin dificultad, que un pariente sea un buen carpintero, un buen abogado, un buen médico; pero que sea un buen escritor, es cosa inaceptable, a no ser que se haya muerto hace bastantes años.
—No, no; si yo creo que eres un buen escritor—me dijo Dama Úrsula, con su dejo de ironía—; por eso quisiera que publicaras tú esas Memorias.
—Pues yo no estoy decidido a firmar un libro que no he escrito.
—Pon algo de tu cosecha; inventa aventuras, otros personajes...
—Eso no es tan fácil.
—¡No ha de ser fácil! No digas tonterías... ¡Para un hombre tan despejado como tú! Conque ya sabes, si quieres le diré a la Joshepa Iñashi que te lleve los papeles de Leguía a tu casa.
—Bueno, está bien.
LOS CUADERNOS DE LEGUÍA
Índice
Se fué mi tía Úrsula, y al día siguiente se presentó la sacristana con tres cuadernos gruesos, de papel de hilo, atados con una cinta de color de ala de mosca.
No sé cuánto tiempo los tuve arrinconados, hasta que una vez, convaleciente del reúma, cogí el primer cuaderno y lo empecé a leer.
A veces el texto se interrumpía, y había intercalados en él recortes de periódicos, cartas y proclamas.
Me pareció, a pesar de mi tendencia antihistórica, que algunas cosas no dejaban de tener interés.
Sospechando si Leguía se habría dedicado a fantasear, intenté comprobar los datos y las fechas de sus cuadernos.
Consulté algunos libros grandes, por lo menos de tamaño, que se ocupan de historia de España, y, en general, encontré poca cosa de mi asunto.
El ver que en estas Memorias se transcriben páginas de folletos publicados por Aviraneta, y el ir comprobando otros detalles, me hizo creer en la autenticidad de la narración.
Me dirigí, buscando esclarecimiento, a dos o tres especialistas en historia de nuestras revueltas políticas, y me contestaron rotundamente que Aviraneta no aparecía en ellas hasta el año 33.
Sin embargo, yo lo había visto en la narración de Leguía peleando, a las órdenes del cura Merino, contra los franceses, desde 1809; en el año 21, ya como oficial, luchando contra el cura, su antiguo jefe, escribiendo en la misma época en El Espectador, el periódico de los masones, dirigido por don Evaristo San Miguel, y después trabajando con el general Empecinado, para salvar la Constitución, el año 23. Luego le había encontrado en Grecia, con lord Byron; en Méjico, en la expedición del general Barradas, y en 1830 a las órdenes de Mina.
Los acontecimientos de la vida de Aviraneta desde 1833 se encuentran en los libros viejos y en los periódicos de la época. La mayoría de los que hablan de él consideran a Aviraneta como un canalla y un traidor.
EL FAMOSO AVIRANETA
Índice
El famoso Aviraneta, el célebre Aviraneta, así le llaman los papeles de su tiempo, era un infame, un bandido, un miserable. ¿Por qué? Aviraneta era uno de esos hombres íntegros personalmente, que buscan los resultados sin preocuparse de los medios; Aviraneta era un político que creía que cada cosa tiene su nombre, y que no hay que ocultar la verdad, ni siquiera aderezarla.
En las sociedades anémicas, débiles, no se vive con la realidad; se puede poner la mano en todo menos en los símbolos y en las formas. Así, los reyes y los conquistadores se han llegado a reir de lo humano y de lo divino; pero han tenido que respetar las ceremonias y los ritos. El cinismo contra el ceremonial es el que menos se perdona.
Aviraneta quiso ser un político realista en un país donde no se aceptaba más que al retórico y al orador. Quiso construir con hechos donde no se construía más que con tropos. Y fracasó.
Entre tanto charlatán hueco y sonoro como ha sido exaltado en la España del siglo xix, a Eugenio de Aviraneta, hombre valiente, patriota atrevido, liberal entusiasta, le tocó en suerte en su tiempo el desprecio, y después de su muerte, el olvido.
Si hoy pudiera enterarse de ello, probablemente no le preocuparía gran cosa. El vivió su época, con sus odios y sus cariños, con sus grandezas y sus ñoñerías, y vivió con intensidad. No debió dar gran importancia al mundo del pasado ni al mundo del porvenir...
Después de leer los cuadernos de Leguía y de orientarme un poco en la historia contemporánea española, ya algo encariñado con el tipo de Aviraneta, no sé si por razón de parentesco familiar y espiritual, o por verlo tan maltratado en algunos libros viejos, me determiné a publicar estas Memorias.
Llena los huecos que había dejado Leguía en su relato, ajusté la narración a un orden cronológico más riguroso, cambié el orden de los capítulos e intenté explicar los pasajes obscuros.
LOS COLABORADORES
Índice
Ahora ya casi no sé lo que dictó Aviraneta, lo que escribió Leguía y lo que he añadido yo; los tres formamos una pequeña trinidad, única e indivisible. Los tres hemos colaborado en este libro: Aviraneta, contando su vida; don Pedro Leguía, escribiéndola, y yo, arreglando la obra al gusto moderno, quizá estropeándola.
Un filósofo que tenemos en el pueblo, José Antonio Iriberri, dice, y yo no sé de dónde lo ha sacado, que en la realización de las cosas hay tres períodos, que él llama hipóstasis: la idea, el ser y el llegar a ser.
En la realización de este libro, la idea ha sido Aviraneta; el hecho, Leguía, y el advenimiento, yo.
Ya concluído el trabajo, en pleno advenir, como diría Iriberri, mandé copiar las Memorias, y con la copia fuí a casa del editor.
Este, al ver, en la cubierta el nombre de Leguía, torció el gesto, creyó que era de un poeta modernista, y dijo que no le resultaba. Entonces yo, pensando en el deseo que tenía mi pobre Dama Úrsula de ver publicadas las Memorias éstas, decidí aparecer como autor, y para que no me remordiera del todo la conciencia, añadí al texto algunas digresiones, que no llamo ligeras, porque es posible que al lector le parezcan pesadas, con el objeto de darme cierto aire de hombre erudito y de lucir la vastedad de mis conocimientos históricos, filológicos, antropológicos y políticos.
LIBRO PRIMERO
PELLO LEGUÍA
Índice
I.
CAMINO DE LAGUARDIA
Índice
Una mañana de invierno, un coche tirado por tres caballos pasó por en medio de Uzquiano, y sin detenerse siguió camino de Peñacerrada.
El coche había salido de Vitoria horas antes y llevaba tres viajeros: una muchachita vestida de blanco, talle alto, gabán, esclavina, gran sombrero pamela, de moda por los años 35 al 40; una criada vieja, de aspecto de dueña, enlutada, con peluca rojiza y toca blanca, y un hombre joven, alto, elegante, vestido de negro, con pantalón estrecho, entrabillado y sombrero de copa.
El coche era una pequeña berlina, con cuatro ruedas, desconchada y con los cristales rotos; los caballos, tres jacos escuálidos y de mal aspecto, marchaban al trote corto, al compás de los cascabeles de sus colleras. El cochero tenía que parar en todas las ventas del camino, a mirar los tiros, a arreglar una correa, a dar un encargo; pero la verdad era que el motivo de sus paradas debía estar más relacionado con su capacidad interior que con el coche, porque al volver a montar en el pescante se limpiaba los labios con el dorso de la mano y parecía más animado y alegre.
El coche cruzó por cerca de Armentia, y al llegar a un ventorro del camino, avisados sin duda por los cascabeles de las caballerías, salieron al paso dos voluntarios realistas, haraposos, y un cabo de boína blanca. Mandó éste detenerse al cochero y pidió el pasaporte a los que iban en el interior de la berlina.
La muchacha mostró el suyo y el de la criada vieja; el joven elegante sacó sus papeles, y el cabo, al revisarlos, dijo que podían seguir. El cochero, sin duda, creyó que no debía desaprovechar esta parada, y en compañía de los tres soldados entró en la venta y volvió al poco rato al pescante.
La carretera, encharcada, llena de agujeros y de zanjas, estaba por aquella parte intransitable. El agua corría por encima de ella, formando arroyuelos, y los hierbajos brotaban entre las piedras.
El coche iba dando barquinazos en los montones de tierra y en los hoyos del camino, marchando en zig-zag de la cuneta de un lado a la de otro. Parecía que el alcohol que había ingerido el hombre del pescante iba llegando a las ruedas del vehículo. El cochero, poseído de una animación extraordinaria, cantaba jotas, azotaba a los pencos, y de vez en cuando miraba hacia el interior del carruaje y se reía.
—Este hombre está loco—exclamó la vieja.
—No; borracho nada más—repuso el joven elegante.
FRENTE A PEÑACERRADA
Índice
Varias veces se habían repetido los saltos y crujidos del vehículo en los zig-zag violentos que daba, cuando al llegar a poca distancia de Peñacerrada, cerca de una venta, uno de los ejes del coche saltó, dando un estallido y la caja del coche fué inclinándose rápidamente y hundiéndose entre las ruedas. El joven sacó la cabeza por la ventanilla y mandó al cochero que parase al instante.
El cochero tiró de las riendas; los caballos retrocedieron, y el coche fué a meterse en la cuneta y a dar un topetazo contra un talud de la carretera. El viajero abrió la portezuela y saltó al camino; luego ayudó a salir del interior a la niña y a la vieja.
—Este cochero es un salvaje—murmuró el joven elegante, y añadió—: ¿Qué vamos a hacer ahora?
El cochero contempló a los viajeros desde el pescante, sonriendo con su extraña sonrisa. Luego saltó a tierra, entró en la venta, pidió un vaso de vino, lo bebió de un trago, salió después y quedó contemplando el coche con una indiferencia notable.
—¿Esto no se podrá arreglar?—preguntó el joven al cochero.
—¿Esto?
—Sí.
—Yo, al menos, no sé arreglarlo.
—Ya lo veo. ¿Dónde ha aprendido usted el oficio de cochero?
—¿Por qué lo dice usted?
—¡Por qué lo voy a decir! Porque dirige usted muy bien.
—¡Qué vamos a hacer, Dios mío!—exclamó la vieja.
—Nos quedaremos aquí—contestó la muchacha.
—¡Parece mentira que digas esas tonterías, Corito! Parece mentira—replicó la vieja, con voz agria.
—¡Y qué le vamos a hacer! Yo no tengo la culpa.
—¿Qué pueblo es éste?—preguntó el joven al cochero, que se había sentado en un montón de piedras del camino, y parecía más dispuesto a dormirse que a otra cosa.
—¿Este pueblo?
—Sí. ¿Qué pueblo es?
—Peñacerrada... Buen pueblo de pesca.
Y como si el esfuerzo para decir esto le hubiese aniquilado, balbuceó algunas palabras ininteligibles, sonrió, inclinó la cabeza y se quedó completamente dormido.
Los tres viajeros avanzaron por la carretera hasta un estrecho camino que subía a Peñacerrada. Era una calzada sinuosa, entre dos paredes llenas de maleza; un verdadero río de fango y de inmundicias.
La muchachita y la vieja, horrorizadas, afirmaron que por allí no se podía pasar.
—Vamos a ver si hay algún camino más arriba—dijo el joven.
Siguieron por la carretera y a unos cien pasos se encontraron con otra calzada, igualmente estrecha y hundida, con las márgenes pobladas de zarzas, y el fondo lleno de lodo y de detritus; que echaba un olor pestilente.
La vieja y la niña encontraron que no se podía cruzar.
—Yo voy a subir al pueblo—dijo el joven—y volveré. Si hay posada donde pararnos, nos quedaremos aquí, y si no, ya veremos lo que se hace.
—Me parece bien—contestó la muchacha—; pero no vaya usted a pie por ahí; se va usted a poner perdido. Tome usted uno de los caballos del coche.
—Es verdad; eso haré.
El joven desenganchó uno de los caballos, montó en él y tomó el ronzal como brida.
—Me voy a hundir en esta alcantarilla maloliente—dijo después, con aire de indiferencia, dirigiéndose a la muchacha—; si hubiera que hundirse en el infierno, por usted lo haría lo mismo. Puede usted creerlo, Corito.
—Muchas gracias, señor Leguía—dijo la aludida, sonriendo.
El joven levantó su sombrero de copa y se inclinó finamente. Luego hizo avanzar al caballo por el camino; fué hundiéndose el animal, hasta dar con el vientre en el cieno, y siguió hacia adelante, chapoteando en aquella cloaca, hasta dar en una empalizada que cerraba la muralla.