Kitabı oxu: «Los Contrastes de la Vida»

Şrift:

Pío Baroja

Los Contrastes de la Vida


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664151070

Índice

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN LOS CONTRASTES DE LA VIDA

EL CAPITÁN MALA SOMBRA

I. OTRA HISTORIA DE AVIRANETA

II. MORILLO Y EL EMPECINADO

III. EL CHIQUET

IV. EN EL AYUNTAMIENTO

V. LOS VAQUEROS

VI. EL CAPITÁN MALA SOMBRA

VII. LA PRESA

VIII. LA DECISIÓN DEL CAPITÁN

IX. CONCHITA AGUILAFUENTE

X. PANCALIERI

XI. FINAL

EL NIÑO DE BAZA

ROSA DE ALEJANDRÍA

I. EL VIAJE A EGIPTO

II. LA CASA DE CHIARAMONTE, EL MALTÉS

III. NUESTRO AMIGO MENDI

IV. LA FAMILIA CHIARAMONTE

V. LOS CONFLICTOS DE MENDI

VI. LA SUERTE

VII. EL CABO YUSUF

VIII. DESPEDIDA

IX. NOTICIAS DE EGIPTO

LA AVENTURA DE MISSOLONGHI

(De las memorias de J. H. Thompson) .

EL FINAL DEL EMPECINADO Narración de Aviraneta

NOTA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS CONTRASTES DE LA VIDA

Índice


RAFAEL CARO RAGGIO

EDITOR

MENDIZÁBAL, 34

MADRID

EL CAPITÁN MALA SOMBRA

Índice

I.
OTRA HISTORIA DE AVIRANETA

Índice

Un día de fiesta por la tarde estaba en mi casa de la cuesta de Santo Domingo leyendo. Mi mujer había salido con una amiga suya a pasear en coche por la Moncloa, y yo pensaba dedicarme a la lectura de Balzac, autor que siempre me ha divertido mucho y a quien debo momentos agradabilísimos. Había dado la orden categórica a Bautista, mi ayuda de cámara, de que no estaba para nadie, y me encontraba muy a gusto al lado de la estufa cuando oí que llamaban a la puerta. Escuché pensando quién podría ser el inoportuno visitante. No esperaba a nadie. Supuse que Bautista cumpliría mis órdenes, pero noté que el recién llegado avanzaba por el corredor.

Al levantarse la cortina de mi despacho miré a Bautista furibundamente, y éste, antes de que le reprochara nada, me dijo:

—Es don Eugenio.

—¡Ah!, que pase en seguida.

Hacía ya tiempo que no veía a mi viejo amigo Aviraneta. Esto pasaba meses después de la revolución del 54. Don Eugenio por aquella época, como yo y otros amigos particulares de María Cristina, habíamos tenido que escondernos huyendo de la quema hasta que se restableció la normalidad. Aviraneta volvía de San Sebastián. Estaba, según me dijo, dispuesto a no intervenir ya en la política.

Entró don Eugenio en mi despacho; nos abrazamos efusivamente y se sentó en una butaca que le ofrecí.

Me preguntó por mi mujer y por todos los amigos comunes de la corte; dijo que había pasado la mañana con Istúriz, que, incomodado por la marcha de los acontecimientos, ya no quería salir a la calle, ni hablar con nadie. Don Eugenio pensaba dedicarme la tarde. Me contó que iba a tomar una casita en la calle del Barco y a vivir allí en la obscuridad, como un buen militar retirado, con su Josefina. Después de charlar largo rato miró y remiró el libro que tenía yo sobre la mesita al lado de la poltrona.

—¿Qué estás leyendo?—me preguntó.

—Estoy leyendo a Balzac. Ahora voy en los Secretos de la Princesa de Cadignan.

—Carignan—corrigió Aviraneta.

—No, Cadignan.

—El título verdadero de los príncipes es Carignan.

—Sí; pero aquí no se trata del título verdadero. Esta princesa de que se habla en la novela no es un personaje histórico. Yo no sé si hay en la realidad una familia de Carignan.

—La hay.

—Bien; pero este libro no se refiere a ella.

—Sí; quizá sea una modificación novelesca.

—¿Y por qué le ha chocado a usted esto? ¿Ha conocido usted algún Carignan?

—No; pero este título me recuerda una historia ya lejana... de 1823.

—¿Una historia? A contarla, don Eugenio. Ya sabe usted que soy su historiador. No cedo mi plaza a nadie.

—¿Te he contado alguna vez la historia del capitán Mala Sombra?

—No.

—Me he acordado de ella porque tiene alguna relación lejana con un príncipe de Carignan. Ya que tú no tienes nada que hacer y yo tampoco, y nuestras mujeres respectivas están de paseo, di a tu criado que me traiga una copa de coñac Fine Champagne del excelente que guardas, y un tabaco de La Habana, y charlaremos.

Llamé a Bautista, bebimos nuestras copas, encendimos los habanos y nos arrellanamos en nuestros sillones.

II.
MORILLO Y EL EMPECINADO

Índice

Ya te he contado, mi querido Pello—comenzó diciendo Aviraneta—, cómo a final de abril de 1823 llegué yo a Valladolid en compañía de mis amigos el Lobo y Diamante.

Al reunirme con el Empecinado hice por orden suya un llamamiento a los patriotas de Castilla la Vieja y a la Milicia nacional. Fueron acudiendo en grupos, y uno a uno, los milicianos de Valladolid, los de los pueblos de los alrededores y los de Toro, Medina, etc. Se comenzó a organizarlos y armarlos de la mejor manera posible.

Nos encontrábamos dedicados a este trabajo, cuando llegó a la ciudad del Pisuerga don Pablo Morillo, conde de Cartagena, nombrado días antes, por el Gobierno, general en jefe del ejército de Galicia.

Traía Morillo unos mil hombres, con una oficialidad numerosa y un brillante Estado Mayor.

Como entonces y como ahora todo el mundo se creía en España con derecho a mandar y a tener iniciativas, la Asamblea de los Comuneros de Valladolid, Torre o Fortaleza, como se decía entre ellos en su jerga, llamó al Empecinado, que era de los suyos, y le confirió la misión de que se avistara con Morillo y le hablara para inclinarle el ánimo a que no abandonase la ciudad marchándose a Galicia.

Naturalmente, hubiera sido de mayor conveniencia para nosotros los liberales, en peligro ante la invasión francesa, reúnir las tropas en un punto que no desperdigarlas, pero no todos pensaban lo mismo. Había muchos políticos y militares que tenían interés en que la guerra se acabara cuanto antes con la derrota de las fuerzas del Gobierno Constitucional. Al Empecinado no le hizo mucha gracia el encargo de la confederación de Comuneros; pero como Gran Castellano de esta Sociedad (así se llamaban los jefes de ella), no tuvo más remedio que aceptar la comisión.

Don Juan Martín se dispuso a cumplir el encargo y a visitar al conde de Cartagena, llevándome a mí de asesor. Hablamos los dos de esta misión considerándola como de un éxito muy problemático.

Salimos del alojamiento del Empecinado una tarde, después de comer, y nos dirigimos a la Capitanía general.

Yo iba de uniforme; don Juan, de paisano, con una capa parda que le llegaba hasta los talones y un sombrero redondo envuelto en una funda de hule.

Llegamos a la Capitanía, entramos en el portal y nos detuvo el centinela. Asomóse un teniente de guardia y yo le dije:

—El general Empecinado y su ayudante, que vienen a visitar al señor conde de Cartagena.

El oficial nos hizo el saludo militar, y don Juan Martín y yo subimos hasta el primer piso. Nos anunciamos y nos hicieron pasar a un salón.

Morillo, acostumbrado al fausto de los virreyes de América, lo llevaba con él, allí por donde iba.

Estaba el general sentado en un trono, vestido de uniforme; llevaba bordados por todas partes y parecía un ídolo de oro. Sus ojos, negros como cuentas de azabache, brillaban en su cara de carrillos abultados; su gruesa cabeza entrecana se erguía con orgullo, y sus manos, tostadas por el sol, aparecían por entre los encajes de las mangas y se apoyaban en los brazos del sillón.

Alrededor del general, formando un semicírculo, se agrupaba su Estado Mayor, una veintena de oficiales peripuestos y elegantísimos, con los uniformes llenos de galones y los tricornios de plumas.

Al entrar nosotros en la sala hubo un gran movimiento de curiosidad.

—Este es el Empecinado—dijo alguno.

—Si es verdad, ¡qué tipo!

—¡Qué tosco!—exclamó uno de los oficiales.

—Parece un gañán—dijo otro.

Morillo, al vernos, se levantó de su sitial y estrechó la mano a don Juan.

—¿Cómo estás, Martín?—preguntó.

—Bien; ¿y tú, Morillo?

—Bien.

Morillo habló a su ayudante y le ordenó que despidiera a todo el mundo y se quedara sólo él.

Los oficiales se inclinaron ante el capitán general y salieron.

Morillo, señalando una silla, dijo al Empecinado:

—Siéntate.

—No, estoy bien.

—Bueno, me sentaré yo. Habla. ¿Qué quieres?

—Morillo—dijo el Empecinado, con la nobleza natural que le caracterizaba, haciendo largas pausas en su discurso—. Somos los dos españoles, y españoles del pueblo...

—Cierto.

—Somos constitucionales y amamos la libertad... Hoy, Morillo, estamos amenazados de una invasión de los franceses, que quieren restablecer el rey absoluto... Nosotros, que combatimos en la guerra de la Independencia a esos mismos franceses... podemos de nuevo levantar la bandera de la libertad en esta tierra..., sublevando los pueblos y organizando batallones y escuadrones... Castilla espera todo de ti, general; también espera mucho de mí... Porque yo, aunque no poseo conocimientos, tengo un corazón que arde... y sabré dar toda mi sangre por la patria.

—Lo sé—dijo Morillo.

—Pues bien, Morillo, los patriotas de Valladolid me han comisionado... para que me vea contigo y te ruegue que te quedes entre nosotros y no vayas a Galicia... El dividir tanto las fuerzas ante el enemigo es peligroso... Los patriotas de esta ciudad han pensado formar una Junta para ponerte al frente del movimiento... declarando guerra a muerte a los franceses y a los nuevos afrancesados... Si aceptas, si encuentras bien la idea, te proclamarán general en jefe y presidente de la Junta; yo seré tu segundo y mandaré la caballería. Es la proposición que te hago en nombre de los liberales de Valladolid. Ahora... el pueblo de Castilla espera tu respuesta.

Morillo estuvo un instante con la gruesa cabeza apoyada en la mano derecha; después, levantándose e irguiéndose rígido, gritó con voz clara y metálica:

—Empecinado, si fueras otro, inmediatamente te mandaría fusilar.

—Estoy en tus manos.

—Eres y serás un hombre de corazón, valiente, esforzado, pero cándido y terco. ¿No comprendes que las circunstancias de hoy son diferentes a las de la guerra de la Independencia? ¿Qué español estaba entonces contra nosotros? Nadie. Hoy lo están todos los realistas, que son más, mucho más de la mitad de la nación. ¿Vas a declarar la guerra a muerte y sin cuartel? Locura. ¿Quién te seguirá?

—El pueblo.

—¡Qué ilusión! Tendrías que hacer la guerra a España entera. Estáis empeñados en creer que todo se puede arreglar con la Constitución de Cádiz. Tus consejeros te engañan, Empecinado.

Morillo, al decir esto, me miró a mí con aire desdeñoso.

—Creo que no—contestó don Juan Martín.

—Está bien. No discutamos—siguió diciendo el general, con voz imperiosa—. Yo, como militar, no tengo más obligación que la de defender al rey nuestro señor. Cumpliendo sus órdenes, refrendadas por su firma, mañana saldré para Galicia con el general Wall, que está presente. Yo no puedo aceptar la presidencia de una Junta facciosa, ni el mando de un ejército popular, ni mucho menos el declararme en rebeldía contra la sagrada persona de Fernando VII, que Dios guarde.

—Está bien—dijo el Empecinado—; vamos, Eugenio.

Don Juan Martín se arregló la capa con un movimiento suyo de labriego, que me hacía pensar en el alcalde de Zalamea, y, sin saludar a Morillo, salimos los dos de la sala, dejando al general en su sillón, brillante de galones, como un ídolo de oro.

Bajamos las escaleras y salimos a la calle.

—Este es otro O'Donnell; otro Montijo—exclamó don Juan Martín—. Se apoyan en el pueblo mientras les conviene, entonces no piensan en la sagrada persona del monarca. ¡Canallas!

—Con estos generales la causa de la Constitución está perdida—dije yo.

—No, todavía no. Nosotros lucharemos con toda nuestra alma. No hemos de dejar que se pierda la libertad que tantos esfuerzos nos ha costado conseguir. No. ¡Por Dios, que no!

Volvimos a casa.

Al día siguiente, el general don Pablo Morillo, conde de Cartagena, salía de Valladolid, por la mañana, en dirección de Galicia. Toda la tropa que había en la ciudad se llevó consigo. Entre ellas, un batallón de nacionales de las Provincias Vascongadas, comprometido a venir con nosotros, y la escolta que el Empecinado había sacado de la Corte.

Algunos masones y comuneros intentaron influir la noche anterior de la salida con los oficiales de Morillo para que no le siguieran, pero no obtuvieron el menor resultado, porque casi toda la oficialidad del conde de Cartagena estaba formada por absolutistas.

III.
EL CHIQUET

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Seguimos el Empecinado y yo en nuestros trabajos de reorganización de la Milicia nacional de Valladolid y de los pueblos de la provincia.

Tenía yo por entonces una novia que vivía en la acera de San Francisco, hija de un comerciante en telas, y mi asistente cortejaba a la criada. Solíamos ir de noche y nadie nos molestaba al pelar la pava, porque estaba prohibido a los paisanos salir de noche sin farol, y los militares se hallaban acuartelados. Mi asistente era un muchacho catalán de una gran actividad y de una gran energía; le llamábamos de apodo el Chiquet y solíamos celebrar su manera de hablar enrevesada y su acento cerrado.

Después de 1823 lo perdí de vista, y lo volví a encontrar en Barcelona, al cabo de quince años, en el batallón de la Blusa, que estaba formado por liberales radicales.

Al Chiquet le habíamos capturado el Empecinado y yo en el Burgo de Osma en la campaña que hicimos contra Bessieres, cuando íbamos de vanguardia con el conde de la Bisbal, porque el Chiquet había militado en las filas realistas.

Un día, al acercarnos al Burgo de Osma, don Juan Martín mandó al comandante de sus fuerzas de caballería, que era el coronel Hore, hiciese alto y dejara descansar a la tropa y a los caballos un momento y siguiese después al paso. Don Juan, sin más compañía que la mía y la de cuatro soldados, quiso entrar en el pueblo de una manera sigilosa, con el objeto de inspeccionarlo.

Avanzamos los seis al trote y llegamos a tiro de fusil de la ciudad. Pusimos los caballos al paso. Estaba la noche obscura, lluviosa y fría. Ibamos marchando sin meter ruido cuando el Empecinado advirtió una luz en una casa del arrabal.

—Chico—me dijo—, ¿qué te apuestas a que en aquella casa hay facciosos?

—Es posible—repliqué yo.

—Echad todos pie a tierra—mandó él—, atad los caballos a estos árboles y adelante. Vamos a ver qué nos espera ahí.

Nos apeamos y atamos los caballos. Cogieron los soldados sus carabinas y echamos a andar. Cruzando unas huertas entramos en una callejuela. No se veía un alma por aquellos andurriales; la lluvia caía mansamente; se oía el silbido del viento y el ladrido lejano de algún perro. Seguimos tras de la luz, que era nuestro faro, y llegamos a la casa iluminada; era ésta grande, vieja, con entramado de madera. La puerta estaba cerrada. El Empecinado tocó con suavidad el llamador y esperó.

Bajó una vieja haraposa con un candil encendido en la mano y abrió la puerta. El Empecinado la impuso silencio y le dijo en voz baja que le llevara al primer piso.

—¿Quiénes están?—preguntó luego.

—Hay treinta catalanes que han venido con el general Bessieres y que están cenando.

—Bueno, vamos arriba.

El Empecinado cogió el candil de la mano de la vieja, que estaba temblando de miedo, y comenzó a subir la escalera alumbrándose con él. Los cuatro soldados y yo marchamos detrás. Don Juan iba embozado en su capa. Al llegar a la puerta de la cocina, grande, negra, iluminada por un velón y por las llamas del hogar, vimos a treinta hombres que estaban alrededor de la mesa.

El Empecinado se desembozó mostrando su uniforme, y dijo:

—Aquí tenim al general Empecinado que ve a sopar am vosaltres. Tots soms espanyols; y vosotros—añadió en castellano dirigiéndose a los soldados y a mí—sentaos. Estamos entre amigos.

El Empecinado se sentó, llenó una escudilla de arroz y se hizo servir por la moza un vaso de vino.

Los catalanes estaban atónitos. Al cabo de algún tiempo, el Empecinado, levantando el vaso, exclamó:

—¡Catalans, per la salut de nostre rey y per la felicitat de España!

Entonces el sargento que mandaba el grupo de realistas llenó su vaso y respondió en castellano:

—Por la salud del que desde hoy en adelante será nuestro general. ¡Viva el Empecinado!

—¡Viva!—gritaron los demás.

Nos dimos la mano todos en señal de fraternidad y se acordó que los catalanes se incorporaran a nuestra fuerza.

Su asombro fué grande cuando vieron que únicamente los seis habíamos entrado en la casa, y que en la calle no había retén ni guardia alguna.

—Es un valiente—se les oía decir a unos y a otros.

El sargento preguntó a don Juan Martín cómo sabía el catalán, y el Empecinado dijo que lo sabía desde la época de la guerra del Rosellón, en donde había sido soldado de caballería y ordenanza del general Ricardos.

Casi todos estos catalanes que capturamos en el Burgo de Osma habían sido sacados de sus casas por Jorge Bessieres en su expedición contra Madrid. Después algunos cambiaron de Cuerpo, y sólo tres o cuatro quedaron en la caballería del Empecinado, entre ellos el Chiquet, a quien yo tomé de ordenanza.

El Chiquet tenía un gran espíritu de empresa, era muchacho ágil, listo y atrevido. Lo único que no pudo aprender jamás, por más esfuerzos que hizo, fué hablar bien el castellano. El Chiquet había sido amigo y compañero de Bessieres y había trabajado con él en una fábrica de tejidos en Ripoll. El Chiquet conocía la vida de Bessieres desde que éste había sido criado del general Duhesme hasta que se presentó a la regencia de Urgel. Sentía por el cabecilla realista y antiguo revolucionario una gran admiración mezclada con un gran desprecio.

Nos contaba cómo solía ir Bessieres lleno de bordados, cómo solía adornarse con la primera banda de color que encontraba o que robaba en cualquier parte, muchas veces en las iglesias, y que luego decía que era una distinción que le había otorgado el rey tal o la princesa cuál. El Chiquet nos contó la ceremonia que se había verificado en la iglesia de Mequinenza bendiciendo y besando una bandera realista, que era una colcha de damasco, que habían robado entre Bessieres, Portas y él en una casa de Fraga.

Bessieres, al parecer, era un reclamista formidable. El mismo hacía correr la voz de que era masón y de que era jesuíta, para hacerse el interesante.

El Chiquet, cuando entró en nuestras filas, se hizo amigo íntimo de un sargento de lanceros que le llamaban Juan de Dios. Este Juan de Dios, por lo que decían, era expósito. Juan de Dios y el Chiquet eran rivales en lances de amor y de fortuna. Habían hecho los dos una porción de calaveradas, que les habían dado gran fama entre nuestros soldados.

IV.
EN EL AYUNTAMIENTO

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Con la marcha de las tropas del conde de Cartagena la ciudad de Valladolid quedó desguarnecida y abandonada a su suerte; los liberales apocados comenzaron a esconderse y a huír, y los absolutistas, viendo la posibilidad de apoderarse del Ayuntamiento, comenzaron a reúnirse para conspirar. Enviamos nosotros avisos desesperados a los nacionales de Toro, Rueda, Medina y otros pueblos de la región, y a los de la Ribera del Duero, para que lo antes posible se concentraran en Valladolid, y pudimos juntar de nuevo una fuerza de mil infantes y de quinientos caballos. Todos los milicianos de los pueblos y los de la capital estaban armados, menos algunos a los que proporcionamos fusiles, sacándolos de los parques.

Llegó en esto la noticia de que los franceses, al entrar en España, eran recibidos con los brazos abiertos por el pueblo, y esta mala nueva exaltó el ánimo de los paisanos contra nosotros. Al mismo tiempo se supo que el cura Merino, con una columna de cinco mil hombres alistada en sus guaridas de la sierra de Burgos, había entrado en Palencia. Fué necesario abandonar Valladolid. No podíamos defender una ciudad de radio tan extenso con la poca fuerza con que contábamos.

Se dió la orden a la Milicia nacional para que se preparara y formara con todo el equipo y en traje de marcha en el Campo Grande.

El jefe político vendría con nosotros, e invitó a las autoridades que quisieran seguir la suerte de la columna a que se dispusieran para el viaje.

Los concejales del Ayuntamiento constitucional estaban reunidos en sesión permanente en las Casas Consistoriales, y el Empecinado quiso despedirse de ellos.

Marchamos él y yo a caballo, de uniforme, escoltados por un piquete de lanceros.

Nos apeamos a la entrada del Ayuntamiento y subimos al salón de sesiones. Al vernos los concejales rodearon al Empecinado. Estaba el general hablando con gran animación con unos y con otros cuando un portero del Ayuntamiento, a quien conocía de la logia masónica, me llamó y me dijo en voz baja:

—Don Eugenio, venga usted.

Le seguí y salimos fuera del salón.

—El Empecinado y usted están en este momento en un gran peligro—me dijo.

—Pues, ¿qué pasa?

—Ahora mismo aquí se está fraguando una conjuración realista que va a estallar. En este instante, en una sala del piso bajo, se hallan reunidos más de cien absolutistas de influencia, con objeto de constituír un Ayuntamiento para reemplazar al constitucional.

—¡Diablo! ¿Y es gente de armas tomar?

—Están armados hasta los dientes; algunos han propuesto a la Junta matar al Empecinado, proposición que se ha rechazado gracias a las exhortaciones de un cura viejo que se halla entre los conspiradores.

Al escuchar la confidencia del portero entré rápidamente en el salón de sesiones; me acerqué al Empecinado, le agarré de la manga, le arrastré a un rincón y le expliqué lo que pasaba.

—Señores, tengo que salir un momento, vuelvo en seguida—dijo don Juan Martín a los concejales.

Salimos corriendo del salón de sesiones, desenvainamos los sables, bajamos las escaleras a saltos y llegamos al zaguán. En aquel mismo momento se oyó una gran gritería en el edificio; un hombre intentaba cerrar la puerta; pero al ver que el Empecinado y yo nos echábamos sobre él con los sables en alto, la abrió y nos dejó pasar.

Los realistas se hacían dueños del edificio, se oían gritos y tiros en el interior del Ayuntamiento.

El Empecinado y yo montamos a caballo, y al galope, por la calle de Santiago, llegamos al Campo Grande. Reunimos a los oficiales y se dió la orden de salir inmediatamente camino de Tordesillas.

No habríamos dado cien pasos fuera de las puertas de la ciudad cuando comenzaron a tocar las campanas de las iglesias a vuelo. Sin duda se celebraba el triunfo de los realistas y la aproximación del cura Merino, que había dejado Palencia y estaba a una jornada de Valladolid.

Llegamos a Tordesillas, nos alojamos de mala manera, y al día siguiente nos dirigimos camino de Salamanca.

La Milicia nacional de esta ciudad, mandada por el catedrático Barrio Ayuso, se unió a nuestra columna, y reunidos todos llegamos a la plaza de Ciudad Rodrigo, que era el punto donde habíamos pensado establecer el cuartel general.

Yo, con otros oficiales, me encargué de organizar las fuerzas. Se nos incorporaron bastantes soldados del ejército regular. Se ocuparon los dos cuarteles de infantería y el de caballería del pueblo, y el resto de la fuerza tuvo que alojarse en las casas y en las iglesias.

La infantería quedó al mando del coronel Dámaso Martín, hermano del Empecinado, y de un guerrillero de la época de la Independencia apellidado Maricuela.

La columna de caballería, mandada por el propio don Juan Martín, se componía de ochocientos caballos. La vanguardia de esta fuerza se hallaba formada por cien lanceros que habían servido en la guerra de la Independencia a las órdenes de don Julián Sánchez, y por cincuenta soldados del regimiento de Farnesio, mandados por el capitán Lagunero.

Los demás jinetes eran nacionales de caballería de Valladolid, Toro, Medina y otros pueblos.

Comenzaron a preparar la defensa de la plaza.

Ciudad Rodrigo no era una ciudad fácil de ser defendida. La antigua Miróbriga está dominada por el teso de San Francisco, por donde tuvo siempre sus acometidas en los sitios. En aquella época sus murallas estaban arruinadas y llenas de brechas.

Estas brechas eran del tiempo del sitio que sufrió don Andrés Pérez de Herrasti en la guerra de la Independencia, el cual pudo resistir durante setenta y seis días en una plaza desmantelada, y sin auxilio de los ingleses, contra los numerosos ejércitos de Massena y de Ney.

Preparamos también la defensa del Agueda. El Agueda es un río bastante caudaloso que pasa lamiendo las murallas de la vieja Miróbriga y que recorre la vega de Ciudad Rodrigo, y antes de llegar a Barba del Puerco recibe algunos pequeños arroyos, entre ellos el Azaba, que baja de un cerro próximo a Fuente Guinaldo y es un obstáculo para el paso del camino de Ciudad Rodrigo al fuerte de la Concepción y a Almeida.

En los primeros días de estancia allí, el Empecinado y yo salíamos constantemente al campo. El Empecinado estaba alojado en una casa de la plaza del Consistorio, y yo por aquellos días vivía cerca de él con la familia de un pañero, de quien me hice gran amigo. Después tuve que establecerme en una finca extramuros de la ciudad.

Ya instalados, la primera expedición que se intentó desde Ciudad Rodrigo fué una sorpresa contra Zamora, ocupada por escasas fuerzas realistas. Se encargó de ella un viejo coronel apellidado Ruiz, pero la comenzó con tan poco tacto, que no hubo más remedio que desistir de la aventura.

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16 yanvar 2025
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4057664151070
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