Kitabı oxu: «Cuarenta años y un día»
CUARENTA AÑOS Y UN DÍA
ANTES Y DESPUÉS DEL 20-N
HISTÒRIA I MEMÒRIA DEL FRANQUISME / 48
DIRECTORS
Ismael Saz (Universitat de València)
Julián Sanz (Universitat de València)
CONSELL EDITORIAL
Paul Preston (London School of Economics)
Walter Bernecker (Universität Erlangen, Núremberg)
Alfonso Botti (Università di Modena e Reggio Emilia)
Mercedes Yusta Rodrigo (Université Paris VIII)
Sophie Baby (Université de Bourgogne)
Carme Molinero i Ruiz (Universitat Autònoma de Barcelona)
Conxita Mir Curcó (Universitat de Lleida)
Mónica Moreno Seco (Universidad de Alicante)
Javier Tébar Hurtado (Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya, UB)
Teresa Mª Ortega López (Universidad de Granada)
CUARENTA AÑOS Y UN DÍA
ANTES Y DESPUÉS DEL 20-N
Ferran Archilés, Julián Sanz
(coords.)
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Los autores, 2017
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017
Publicacions de la Universitat de València
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Ilustración de la cubierta: Reiser. Charlie Hebdo, 258 (23-10-1975) Maquetación: Textual IM Corrección: Communico-Letras y Píxeles, S. L.
ISBN: 978-84-9134-120-8
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN: Y UN DÍA, Ferran Archilés y Julián Sanz
I. ENTRE DICTADURA Y DEMOCRACIA
1. NO SOLO ÉLITES. LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA, Ismael Saz
2. FRANCISCO FRANCO, CUARENTA AÑOS DESPUÉS, Alfonso Botti.
II. CONSTRUIR LA IMAGEN DEL 20-N
3. «¡QUÉ DURO ES MORIR!»: LA RECONQUISTA AUDIOVISUAL DE LA INVISIBLE AGONÍA DE FRANCO, Nancy Berthier
4. LA ÚLTIMA APOTEOSIS DEL FRANQUISMO. EL 20 DE NOVIEMBRE DE 1975 EN TELEVISIÓN Y OTROS MEDIOS POPULARES, José Carlos Rueda Laffond
III. LOS AÑOS DE PLOMO ESPAÑOLES
5. ¿UN PAÍS DONDE REINA EL ORDEN? REPRESIÓN, CONTROL SOCIAL Y RESISTENCIAS AL CAMBIO ANTES Y DESPUÉS DE FRANCO, Pau Casanellas
6. LA VIOLENCIA EN LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA: EL DERRUMBE DE UN MITO, Sophie Baby
7. DE LA VIOLENCIA A LA NEGOCIACIÓN. EL ANTICATALANISMO Y EL PROCESO AUTONÓMICO VALENCIANO, Borja Ribera
IV. UNA SOCIEDAD EN MOVIMIENTO
8. LA HORA X. EL PCE ANTE EL 20-N, Emanuele Treglia
9. CONTRA FRANCO Y LOS DEMÁS. LA CONTRACULTURA EN ESPAÑA: AJOBLANCO (1974-1980), Mónica Granell Toledo
10. FEMINISMO Y GÉNERO EN LA DÉCADA DE LOS SETENTA. DE LA APARICIÓN DE REIVINDICACIONES DE GÉNERO AL SURGIMIENTO DEL MOVIMIENTO FEMINISTA EN LA ESPAÑA DE LA TRANSICIÓN, Irene Abad Buil
V. LA CUESTIÓN NACIONAL
11. 75, MODELO PARA (DES)ARMAR. IDEAS DE NACIÓN Y MODELOS DE ESTADO ANTES Y DESPUÉS DEL 20-N, Ferran Archilés Cardona
12. EL PSOE DE CONGRESO A CONGRESO, ¿DE NACIÓN A NACIÓN? (1974-1979), Vega Rodríguez-Flores Parra
13. EUSKADI EXISTE. PNV Y «CUESTIÓN VASCA» EN EL 20-N, Leyre Arrieta
INTRODUCCIÓN: ...Y UN DÍA
Ferran ArchilésJulián Sanz Universitat de València
«Franco se moría, a lo mejor ya se había muerto, y
nada estallaba, nada iba a estallar».
RAFAEL CHIRBES, La caída de Madrid
El 20 de noviembre de 1975 fue la fecha en que finalmente se produjo uno de los acontecimientos más esperados y también temidos de la historia reciente española: la muerte de Francisco Franco. O, en todo caso, esa fue la fecha de comunicación oficial al país de la muerte del dictador, cuya vida parece que fue alargada para hacerla coincidir con la fecha de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, en el otrora conocido como «Día del Dolor». Años más tarde verían la luz las estremecedoras fotografías, tomadas por alguno de sus próximos, de un Franco ya agonizante en el hospital. De hecho, su salud llevaba tiempo siendo noticia, tras un periodo de acelerado declive difícil de disimular. Los partes del «equipo médico habitual» se convirtieron en los meses anteriores al 20 de noviembre en un horizonte cotidiano, frecuentemente tocado en sus redactados de un involuntario surrealismo, de la vida española.
Ante el más que previsible desenlace ¿estaba todo «atado y bien atado»?, ¿se producirían horas, días de caos y desorden? Mucho se ha escrito sobre la situación de la sociedad española en 1975 y las profundas transformaciones que se habían producido desde los años sesenta, por no hablar de los ya lejanos primeros años de la posguerra o la guerra. La institucionalización del régimen, del Nuevo Estado, era un hecho real e incuestionable. Franco incluso había designado como su sucesor al nieto de Alfonso XIII y, por tanto, sancionado la reinstauración de la monarquía tras su muerte. Por otro lado, la oposición antifranquista, en parte en el exilio, pero desde hacía años cada vez más presente y articulada en el interior, reivindicaba iniciar un proceso de ruptura hacia la democracia. Sin embargo esta ruptura estaba lejos de antiguas connotaciones revolucionarias o de lucha armada. ¿Qué iba a suceder el 21 de noviembre?
El franquismo, en efecto, no terminó con la muerte de Franco y, en este sentido, el inmediato después del 20 de noviembre de 1975 estuvo marcado por la continuidad institucional. Muchas debieron de ser las proverbiales botellas de champagne (probablemente de factura local, aunque por entonces no se usara el término cava) que, convenientemente guardadas y a la espera del «hecho biológico», fueron descorchadas aquella jornada. O tal vez no, y simplemente la imagen ha pasado a la memoria colectiva a pesar de que no se produjera. En todo caso, en las calles de las ciudades españolas (otra cosa fue el exilio, naturalmente) predominó una calma tensa, sin incidentes, sin manifestaciones. ¿Podría haber sido de otra forma?
Franco murió en la cama, como se repite con inquietud y aparente sorpresa en muchas ocasiones, ya sea con voluntad derogatoria o con tono de resignación. También lo hizo Salazar, aunque la Revolución de los Claveles tumbara a su sucesor –que de todas formas marchó al exilio– en 1974. El contexto de 1975 no era el de 1945, y sin el final de una guerra la precipitación de los dictadores fue muy diferente. Quince años más tarde fue el turno de los regímenes de la Europa del este, pero incluso en estos países los dirigentes –con la excepción de Ceaucescu– cayeron fruto del desmoronamiento global de un sistema, no solo de un cambio de régimen. No muy diferente tampoco fue el desenlace de las dictaduras latinoamericanas.
Pero el franquismo no se había desmoronado. Otra cosa es que sus fundamentos fueran mucho menos sólidos de lo que la aparente continuidad institucional pudiese aparentar o que se hubiesen convertido en insostenibles a corto plazo. De hecho, aunque para eso todavía faltaba un tiempo, el franquismo no sobrevivió a Franco, tal y como la oposición tuvo siempre como horizonte indudable. Esta era la cuestión clave, en definitiva: ¿cuál era la solidez del régimen a partir del día 21? E inexorablemente de la mano iba el otro gran interrogante: ¿cuál era la fuerza de la oposición para imponer o negociar cambios o rupturas? En los días posteriores, así como había sucedido en los meses inmediatamente anteriores, nadie tenía una respuesta clara. ¿Hasta qué punto el franquismo había generado formas de aceptación y consentimiento amplias, incluso masivas, en la sociedad? Un catedrático de sociología de la Universidad de Valencia había introducido la expresión «franquismo sociológico», concepto tan inadecuado desde un punto de vista científico como destinado a popularizarse y perdurar. En las dos últimas décadas, sin embargo, numerosos estudios históricos (en gran medida de base local y regional) han abundado en el debate sobre los apoyos y las actitudes ante el régimen, sus límites y sus cambios. Toda generalización es absurda y estaría fuera de lugar intentarla aquí en todo caso, pero sí parece posible afirmar que aceptación y rechazo fueron compartimentos no estancos, actitudes en muchas ocasiones contiguas, fluctuantes, tanto más difíciles de analizar por ello. El desarrollismo había mutado las bases económicas y sociales del país en algunos aspectos decisivos. Por otra parte, se habían producido, vinculados al desarrollismo o no, importantes cambios en las bases culturales de la sociedad española. El entramado institucional del Movimiento, por su parte, tenía todavía en 1975 una presencia real, pero espectral desde el punto de vista de la sociedad. Si bien el franquismo estuvo lejos de no influir en varias generaciones de españoles, de no configurar actitudes y valores, tampoco generó una legitimidad autónoma o suficiente. De hecho, cabe hablar incluso de que en 1975 la dictadura atravesaba abiertamente una crisis de legitimidad, lo que, como es bien sabido, es el motor de casi todos los cambios políticos, revolucionarios o gradualistas. El régimen franquista no tenía otro fundamento que la legitimidad de la guerra y la feroz represión de la posguerra. Nunca quiso ni pudo hacerlo olvidar, más allá de espasmódicos conatos como la campaña de los «25 años de paz». La dictadura de Franco, en efecto, acabó como había empezado, matando, reprimiendo.
Por otra parte, crecida en el mismo seno del desarrollismo –y en cierto paralelo con lo que sucedía en Europa–, una generación de jóvenes no se sentía identificada ni poco ni mucho con los valores del régimen. Un nuevo movimiento estudiantil, un renacido movimiento obrero y la aparición de unos movimientos nacionalistas periféricos de considerable atractivo trazaban un frente de lucha en el que la oposición creció. Una parte de la sociedad española demandaba cambios, pero ¿cuántos? y ¿cómo? En definitiva, ¿cuál era la fuerza real de la oposición antifranquista? Nadie lo sabía. De hecho, la oposición antifranquista aprendió muy rápido a adaptarse. Tal vez deberíamos hablar de nueva oposición posfranquista, tales fueron sus nuevas coordenadas.
La oposición posiblemente sobreestimaba sus fuerzas, al tiempo que contemplaba el Estado franquista como un régimen podrido, pero que contaba con la amenaza y el uso de una notable capacidad represiva. Por su parte, el aparato de la dictadura aparentaba confiar en que todo estaba atado y bien atado, aun sin llegar a creerlo del todo –en especial en sus sectores más conscientes de los cambios en el país–. Por supuesto no es posible saber quién tenía razón, pues lo verdaderamente importante es analizar los horizontes de expectativas de unos y otros el 20-N, para comprender qué motivó sus decisiones, sus apuestas o temores. El futuro no estaba escrito, tenía que escribirse y nadie tenía otra cosa que borradores de guiones que iban corrigiéndose a cada paso y que, tergiversaciones interesadas al margen, poco tenían que ver con lo que sucedió posteriormente. Aunque después se haya mitificado hasta la náusea la supuesta clarividencia del piloto del cambio, la voluntad de consenso o la sempiterna prudencia de los secretarios generales.
Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N propone explorar, a través de sus doce capítulos, una reflexión diversa y plural sobre los años anteriores y posteriores y sobre el propio significado de la jornada de la muerte del dictador. Se trata de la primera obra publicada en España que toma aquella jornada como eje para el estudio tanto de la última década del franquismo, como de su legado inmediato en los años de la que acabaría por llamarse transición democrática. Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N está construido desde un planteamiento plural e interdisciplinar que contempla perspectivas de historia política, social y del género, además de análisis de la representación audiovisual. Esta obra agrupa a trece especialistas de Francia, Italia, Portugal y España, procedentes de nueve universidades. En el origen de este libro se encuentra la jornada de estudios «Abans i després del 20-N» celebrada en Gandia el 20 de noviembre de 2015, precisamente en el cuarenta aniversario de la muerte de Franco. La jornada se celebró en el marco de las actividades del Centre Internacional de Gandia y bajo los auspicios de la Càtedra Alfons Cucó de la Universitat de València. Pero el libro que el lector tiene ahora en sus manos no se limita a reproducir las intervenciones de los ponentes de la jornada, sino que presenta capítulos nuevos, elaborados tras los debates allí suscitados. Además, se han añadido para esta edición dos textos de autoras que no pudieron estar presentes en la jornada de 2015.
En Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N el lector encontrará dos capítulos, redactados por Nancy Berthier y José Carlos Rueda, dedicados a la representación audiovisual de la muerte de Franco y a la construcción y fijación en la memoria de la jornada del 20-N convertida ya en numerónimo. Otros dos apartados están dedicados a fijar los marcos interpretativos del tardofranquismo, el de Alfonso Botti, así como del periodo posterior de la transición desde una perspectiva abiertamente crítica con las interpretaciones vigentes, el de Ismael Saz. Por su parte, el estudio de la represión franquista es analizado por Pau Casanellas, y continuado en el análisis de la violencia política en la transición por Sophie Baby. Además, la aportación de Borja Ribera se ocupa de esta misma cuestión para el caso insuficientemente conocido del País Valenciano. El análisis de la principal fuerza política del antifranquismo, el Partido Comunista de España, es abordado por Emanuele Treglia y se complementa con el del injustamente valorado movimiento contracultural, analizado por Mónica Granell, y con el capítulo sobre el movimiento feminista por parte de Irene Abad. Por último, el estudio de la cuestión nacional en el tardofranquismo y la transición es abordado por Ferran Archilés en la dimensión de los proyectos de articulación territorial, mientras que Vega Rodríguez-Flores se centra en el estudio del Partido Socialista Obrero Español y Leyre Arrieta en el análisis del caso vasco y especialmente del PNV.
Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N no aborda todos los ámbitos de estudio posibles, ni pretende cerrar ningún debate. La voluntad de la obra es la de ofrecer de manera conjunta, y por primera vez en el ámbito editorial español, una reflexión multidisciplinar sobre los significados del momento histórico que supuso la muerte de Francisco Franco. Por ello se recogen aquí miradas muy diversas, de autores de generaciones también diversas –aunque con especial atención a los autores más jóvenes, que no vivieron aquella jornada o figura en recuerdos brumosos– y de procedencias teóricas y geográficas igualmente plurales.
Los coordinadores de este volumen quieren, en primer lugar, agradecer a todos los autores su disponibilidad a participar en esta obra y el esfuerzo por ajustarse a plazos y extensiones no siempre amables. Asimismo agradecen al Centro Internacional de Gandia, en la figura de su director Josep Montesinos y de Isabel Luján, haber posibilitado la celebración de la jornada que está en la base de este libro. Agradecimiento que se hace extensivo al Departament d’Història Contemporània de la Universitat de València y a su director Anaclet Pons, por la financiación para la edición del volumen. Por último, quieren agradecer a Publicacions de la Universitat de València, y en especial a Vicent Olmos, su disponibilidad a aceptar la publicación de Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N.
I.
ENTRE LA DICTADURA Y LA DEMOCRACIA
1. NO SOLO ÉLITES.
LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA
Ismael Saz Universitat de València
Para situar esta exposición conviene partir de dos precisiones iniciales, desde mi punto de vista, fundamentales. En primer lugar, entiendo la transición a la democracia como un pasaje de un tipo de régimen dictatorial a una democracia parlamentaria. Es decir, como un proceso político delimitado por el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente de gobierno en julio de 1976 y la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978. La primera fecha, porque es entonces cuando los principales actores, tanto los «reformistas» que vienen del régimen como los que lo hacen de la oposición antifranquista, son conscientes de que había que «transitar» necesaria e ineludiblemente hacia la democracia. La disyuntiva fundamental venía a fijarse por lo tanto no ya en el objetivo final del proceso –la democracia–, sino en el quién dirigiría el cambio; lo que obviamente afectaba a algunas de las características y de los tiempos de dicho tránsito. La fecha conclusiva es clara: en diciembre de 1978 se cierra un proceso constituyente que significa no otra cosa que la existencia de un sistema democrático en España. La segunda precisión a que me refería es la que pretende situar la transición política a la democracia parlamentaria, tal y como la hemos definido, como una parte, solo una parte, de algo mucho más amplio: la lucha por la democracia y su conquista definitiva.
Entiendo que estas puntualizaciones son fundamentales para evitar una serie de imprecisiones, distorsiones y hasta, en ocasiones, ocurrencias que terminan por resolverse en una ceremonia de la confusión al parecer inevitable, indefinida y constantemente retroalimentada. De algunas de estas cosas me ocuparé en lo sucesivo, pero considero que, por encima de cualquier otra consideración, todo apunta a lo que ha venido a convertirse en la cuestión cada vez más central, que no es otra que la de la existencia de dos enfoques, de dos visiones antagónicas y, desde luego, simplificadoras de la transición y todas sus consecuencias: aquella que la sacraliza y aquella que la demoniza; aquella que la contempla como ejemplar y aquella que incide solo en todos sus límites y carencias; aquella que llega a considerarla como un modelo incluso exportable y exportado y aquella que subraya la existencia, en el espacio y en el tiempo, de otras «transiciones» no menos «modélicas»... Se podría seguir con la lista de contraposiciones, pero bastaría con recordar la última, pero no menos importante: la que opone la visión de la transición modélica y fuente de todos los bienes y virtudes de la actual democracia española a aquella otra que la ve como el origen de todos los males, perversiones y déficits democráticos actuales.
RELATOS MÍTICOS Y MÍTICOS CONTRARRELATOS DE UN ABSOLUTO LLAMADO TRANSICIÓN
Todas las contraposiciones señaladas apuntan a la transmutación de «la transición» en un absoluto, en un todo que pre-ordena todos los factores y a los actores políticos y que termina por atrapar cualquier tipo de fenómeno, ya sea este cultural, social, económico, etc., que le sea cronológicamente próximo. De este modo, el «todo» ordena las partes para convertirse en una clave-explícalo-todo, la cual paradójicamente no necesitaría ser explicada. Hasta los contornos cronológicos serán (pre)fijados muchas veces, no a partir de premisas metodológicas claramente formuladas, sino como aplicación retrospectiva de las tesis, juicios o visiones que se defienden.
Porque, en efecto, habría que señalar con fuerza que el propio término transición no deja de ser un producto retrospectivo, política e ideológicamente cargado desde el momento mismo en que se empezó a utilizar, así como en sus sucesivas caracterizaciones. No está de más constatar al respecto que aún carecemos de la más elemental de las aproximaciones al estudio de un objeto: el análisis del proceso por el cual un término más o menos difuso o indefinido se va convirtiendo en concepto hasta configurarse ni más ni menos que en una etapa de la historia contemporánea de España.
Desde luego, se habló de transiciones en otros momentos de la historia de España o de la historia universal. Bastará recordar, para la primera, la idea de estar ante un proceso de cambio, no ya con la proclamación de la Segunda República, sino con el propio fin de la dictadura de Primo de Rivera.1 Para la segunda, no está de más recordar que la década de los setenta era en términos historiográficos la del gran debate acerca de «la transición del feudalismo al capitalismo», y no hay por qué descartar que esto ayudara a algunos autores marxistas a aceptar un término que en principio habría podido resultarles extraño.2 Porque si bien es verdad que era lógico que en los medios del antifranquismo se contemplara, y desde muy pronto, que algún tipo de transición debía darse en el momento del pasaje de la dictadura a la democracia,3 no lo es menos que esta noción viene empleada –diría que de forma pionera– por sectores del régimen, o que vienen de él, al hilo de las previsiones «sucesorias».4
En cualquier caso, conviene subrayar que ninguna periodización de la transición es políticamente neutra. Así, se ven «pretransiciones» en 1956 o 1962, fechas que hay quien considera, incluso, como fechas de inicio de la propia transición, aunque para esto sean más frecuentadas las de 1969, 1973 o 1975. Y algo similar pude decirse de cuando se modulan los posibles finales del proceso en 1979, 1982 o 1986. Por supuesto, el hecho de que las distintas periodizaciones estén políticamente cargadas no inutiliza necesariamente su valor heurístico, pero sí debería exigir mayores esfuerzos de precisión y clarificación. Sobre todo, porque al final, el «baile» de fechas y conceptos es tal que nada termina de ser completamente reconocible. Así sucede con la prolongación en el tiempo de una serie de crisis del régimen que no se sabe muy bien en qué lugar dejan a la transición, o con la prolongación de las «etapas» de la transición, que empezando por el «hecho biológico» concluirán siete años más tarde.5 Todo esto por no entrar en la problemática de la existencia de múltiples y variopintas «transiciones» (económica, social, cultural, militar, eclesiástica, de la prensa, municipal...) que terminan por «devorar» todos los procesos fagocitándolos en un solo «concepto». Y no otra cosa puede decirse de las sucesivas y parece que ilimitadas transiciones: la primera, la segunda, la tercera presente o la cuarta futura. Todo a placer. No deja de ser sintomático en este sentido que haya autores que, aunque con contribuciones relevantes, no puedan evitar la tentación de diferenciar entre una «Transición de la dictadura a la democracia» (1975-1982) y una «Transición como periodo histórico» que sería en la que estaríamos instalados desde hace cuarenta años.6
Podríamos sintetizar lo expuesto señalando que el, los absolutos, de la transición se articulan como relatos alternativos de algo cuya existencia se reconoce y magnifica, para lo bueno y para lo malo, pero ignorando que ese algo, el término-concepto transición, es en sí mismo el producto de uno o varios relatos.7 Y es a partir de aquí cuando podemos intentar profundizar algo más en el tema de los relatos contrapuestos, de lo que los diferencia y de lo que tienen en común.
Porque en común tienen, en efecto, en muchos de los casos, un posicionamiento de los autores de las distintas aproximaciones a la transición, en el que parece imponerse la voluntad de legitimar o deslegitimar, sobre la de entender el proceso en toda su complejidad. Con frecuencia, el autorconstructor de un relato determinado se convierte de hecho en el juez dispuesto a explicar lo que se hizo bien y lo que se hizo mal, lo que se tenía que haber hecho pero no se hizo o lo que se hizo estupendamente bien, y así sucesivamente.
Como quiera que generalmente hay una correspondencia entre las valoraciones, positivas o negativas, de cuestiones y actitudes parciales y el «juicio» de conjunto sobre la transición, lo que viene continuamente retroalimentado es el mito, en positivo, de la transición, pero también el no menos mito, en negativo, de la transición. Es decir, se trata, en suma, de la existencia de dos relatos que se articulan desde la voluntad, a veces explícita a veces implícita, de intervenir retrospectivamente en los procesos; casi como si hubiera una necesidad de saldar cuentas con el pasado, en ocasiones más personales que colectivas. Una vez reconocido que hay un mito sacralizador de la transición y otro mito demonizador de esta y que ambas construcciones míticas tienen una poderosa capacidad para articular cada uno de los relatos, podríamos dar un paso más a la hora de localizar alguna otra semejanza significativa.
Y la más importante de las semejanzas es, desde mi punto de vista, aquella a la que remite al propio título de este texto: la que se refiere al tratamiento del papel de las élites. Esta aseveración podría parecer obvia en lo que tiene que ver con la visión sacralizada, positiva, benevolente, hegemónica si se quiere, de la transición. En efecto, desde esta perspectiva todo puede aparecer como algo beatífico, casi como un concurso de santos: desde el rey a Suárez pasando por Álvarez-Miranda, desde Santiago Carrillo a Felipe González, pasando por Alfonso Guerra y algunos más, y así sucesivamente hasta configurarse una especie de desfile de actores que parecerían como ungidos por la historia para llevar a feliz término la más dificultosa de todas las tareas históricas imaginables, la de la transición española a la democracia. De una forma más elaborada, se puede hablar de «élites», de élites reformistas provenientes del régimen franquista y de las élites procedentes del antifranquismo, pero en última instancia el discurso no cambia: todas hicieron lo que debieron, todas fueron conscientes de la importancia del momento histórico, todas contribuyeron, con su lucidez y sentido de la responsabilidad, a crear y recrear el gran instrumento que hizo posible la transición: el consenso.
Tampoco es muy diferente el discurso en lo tocante al papel decisivo de las élites en la otra construcción alternativa, en la del mito –negativo– de la transición. Porque, aquí, dado el supuesto de que la transición concluyó con una democracia incompleta y «deficitaria», no hay más que subrayar las continuidades de todo tipo respecto al franquismo. Y no hace falta esforzarse mucho en encontrar a los responsables de todas estas continuidades. De un lado, es casi una tautología, las élites franquistas. Y por aquí se articularán visiones más críticas de las posiciones, cambiantes, del rey, de Adolfo Suárez y de tantos otros cuya conversión a la democracia habría sido eso, una «conversión», además tardía y de inciertos ritmos, tiempos y límites. Pero, de otro lado, casi como complemento necesario, las élites procedentes del antifranquismo no saldrían mejor paradas. Por supuesto, caben aquí todos los matices que se quieran, pero en general podría decirse que esas élites antifranquistas no supieron analizar correctamente las sucesivas situaciones y no supieron estar a la altura de las circunstancias. Se trataría de actores, sectarios a veces, oportunistas en ocasiones, propensos a claudicar cuando no a traicionar. Y, claro está, dispuestos a desmovilizar, a derrochar podríamos decir, ese supuesto capital político políticamente imbatible que habría sido la movilización popular.
Y es por aquí, si bien se ve, por donde aparecen por primera vez en este relato demonizador las masas, esa movilización popular cuya ausencia algunos celebran como condición para el triunfo del proceso democratizador,8 y la que otros directamente minusvaloran, como es obvio cuando se trata de reafirmar el papel de las élites reformistas.9 También se puede dar un cierto reconocimiento de las dinámicas populares, aunque presentadas en clave subordinada. Y no faltan, en fin –todo lo contrario–, quienes terminan por subsumir al conjunto de los sectores populares en el papel de sujeto paciente de todas las manipulaciones, distorsiones o claudicaciones.10 Por supuesto, estas distinciones son más complejas de lo aquí expuesto, pero en sus transversalidades y permutaciones, en los distintos autores y para los diversos tiempos y circunstancias, podría decirse que en el sustrato mítico de la transición sacralizada y en el sustrato mítico de la transición demonizada, la sociedad civil es, por activa o por pasiva, la gran ausente.11 En lo que sigue, aunque sin grandes pretensiones de originalidad, intentaremos poner de manifiesto algunas cuestiones esenciales para un enfoque alternativo a los que hemos venido considerando.12
LA DEMOCRACIA COMO CONQUISTA DEMOCRÁTICA (LO QUE PODRÍA PARECER REDUNDANTE... PERO NO LO ES)
1. A la altura de 1975, la dictadura franquista estaba tan descompuesta como el dictador que la encarnaba, hasta el punto de que la evolución física de Franco parecía una metáfora de la del propio régimen. A la defensiva y en estado de franca descomposición, la dictadura franquista había ido acumulando derrotas y retrocesos en la cuestión central para todo régimen político, que es la de las relaciones con la sociedad. En efecto, a partir de 1956 el distanciamiento del mundo de la Universidad y de la alta cultura es cada vez más amplio y rotundo. Desde 1965 no existe ya ni siquiera el principal instrumento de control de los estudiantes universitarios, el SEU. El progresivo alejamiento de sectores cada vez más amplios del catolicismo fue corroyendo aquel formidable mecanismo de legitimación que había proporcionado la Iglesia. Los intentos falangistas de relanzamiento de los sindicatos oficiales habían constituido un fiasco, como tuvieron que reconocer las fuentes del propio régimen y como pusieron meridianamente de manifiesto las elecciones sindicales de 1975, las cuales, con Franco vivo, venían a suponer la pérdida de facto del principal instrumento de control de ese sector fundamental de la sociedad constituido por los trabajadores. También las fuentes del propio régimen daban cuenta de la conciencia de este de que estaba perdiendo la batalla regional-nacional. El creciente movimiento ciudadano, en fin, prometía cerrar el círculo de la articulación en clave antifranquista de todo lo que en la sociedad se movía.13