Kitabı oxu: «Cuarenta años y un día»

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CUARENTA AÑOS Y UN DÍA

ANTES Y DESPUÉS DEL 20-N

HISTÒRIA I MEMÒRIA DEL FRANQUISME / 48

DIRECTORS

Ismael Saz (Universitat de València)

Julián Sanz (Universitat de València)

CONSELL EDITORIAL

Paul Preston (London School of Economics)

Walter Bernecker (Universität Erlangen, Núremberg)

Alfonso Botti (Università di Modena e Reggio Emilia)

Mercedes Yusta Rodrigo (Université Paris VIII)

Sophie Baby (Université de Bourgogne)

Carme Molinero i Ruiz (Universitat Autònoma de Barcelona)

Conxita Mir Curcó (Universitat de Lleida)

Mónica Moreno Seco (Universidad de Alicante)

Javier Tébar Hurtado (Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya, UB)

Teresa Mª Ortega López (Universidad de Granada)

CUARENTA AÑOS Y UN DÍA

ANTES Y DESPUÉS DEL 20-N

Ferran Archilés, Julián Sanz

(coords.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© Los autores, 2017

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017

Publicacions de la Universitat de València

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Ilustración de la cubierta: Reiser. Charlie Hebdo, 258 (23-10-1975) Maquetación: Textual IM Corrección: Communico-Letras y Píxeles, S. L.

ISBN: 978-84-9134-120-8

ÍNDICE

INTRODUCCIÓN: Y UN DÍA, Ferran Archilés y Julián Sanz

I. ENTRE DICTADURA Y DEMOCRACIA

1. NO SOLO ÉLITES. LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA, Ismael Saz

2. FRANCISCO FRANCO, CUARENTA AÑOS DESPUÉS, Alfonso Botti.

II. CONSTRUIR LA IMAGEN DEL 20-N

3. «¡QUÉ DURO ES MORIR!»: LA RECONQUISTA AUDIOVISUAL DE LA INVISIBLE AGONÍA DE FRANCO, Nancy Berthier

4. LA ÚLTIMA APOTEOSIS DEL FRANQUISMO. EL 20 DE NOVIEMBRE DE 1975 EN TELEVISIÓN Y OTROS MEDIOS POPULARES, José Carlos Rueda Laffond

III. LOS AÑOS DE PLOMO ESPAÑOLES

5. ¿UN PAÍS DONDE REINA EL ORDEN? REPRESIÓN, CONTROL SOCIAL Y RESISTENCIAS AL CAMBIO ANTES Y DESPUÉS DE FRANCO, Pau Casanellas

6. LA VIOLENCIA EN LA TRANSICIÓN ESPAÑOLA: EL DERRUMBE DE UN MITO, Sophie Baby

7. DE LA VIOLENCIA A LA NEGOCIACIÓN. EL ANTICATALANISMO Y EL PROCESO AUTONÓMICO VALENCIANO, Borja Ribera

IV. UNA SOCIEDAD EN MOVIMIENTO

8. LA HORA X. EL PCE ANTE EL 20-N, Emanuele Treglia

9. CONTRA FRANCO Y LOS DEMÁS. LA CONTRACULTURA EN ESPAÑA: AJOBLANCO (1974-1980), Mónica Granell Toledo

10. FEMINISMO Y GÉNERO EN LA DÉCADA DE LOS SETENTA. DE LA APARICIÓN DE REIVINDICACIONES DE GÉNERO AL SURGIMIENTO DEL MOVIMIENTO FEMINISTA EN LA ESPAÑA DE LA TRANSICIÓN, Irene Abad Buil

V. LA CUESTIÓN NACIONAL

11. 75, MODELO PARA (DES)ARMAR. IDEAS DE NACIÓN Y MODELOS DE ESTADO ANTES Y DESPUÉS DEL 20-N, Ferran Archilés Cardona

12. EL PSOE DE CONGRESO A CONGRESO, ¿DE NACIÓN A NACIÓN? (1974-1979), Vega Rodríguez-Flores Parra

13. EUSKADI EXISTE. PNV Y «CUESTIÓN VASCA» EN EL 20-N, Leyre Arrieta

INTRODUCCIÓN: ...Y UN DÍA

Ferran ArchilésJulián Sanz Universitat de València

«Franco se moría, a lo mejor ya se había muerto, y

nada estallaba, nada iba a estallar».

RAFAEL CHIRBES, La caída de Madrid

El 20 de noviembre de 1975 fue la fecha en que finalmente se produjo uno de los acontecimientos más esperados y también temidos de la historia reciente española: la muerte de Francisco Franco. O, en todo caso, esa fue la fecha de comunicación oficial al país de la muerte del dictador, cuya vida parece que fue alargada para hacerla coincidir con la fecha de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, en el otrora conocido como «Día del Dolor». Años más tarde verían la luz las estremecedoras fotografías, tomadas por alguno de sus próximos, de un Franco ya agonizante en el hospital. De hecho, su salud llevaba tiempo siendo noticia, tras un periodo de acelerado declive difícil de disimular. Los partes del «equipo médico habitual» se convirtieron en los meses anteriores al 20 de noviembre en un horizonte cotidiano, frecuentemente tocado en sus redactados de un involuntario surrealismo, de la vida española.

Ante el más que previsible desenlace ¿estaba todo «atado y bien atado»?, ¿se producirían horas, días de caos y desorden? Mucho se ha escrito sobre la situación de la sociedad española en 1975 y las profundas transformaciones que se habían producido desde los años sesenta, por no hablar de los ya lejanos primeros años de la posguerra o la guerra. La institucionalización del régimen, del Nuevo Estado, era un hecho real e incuestionable. Franco incluso había designado como su sucesor al nieto de Alfonso XIII y, por tanto, sancionado la reinstauración de la monarquía tras su muerte. Por otro lado, la oposición antifranquista, en parte en el exilio, pero desde hacía años cada vez más presente y articulada en el interior, reivindicaba iniciar un proceso de ruptura hacia la democracia. Sin embargo esta ruptura estaba lejos de antiguas connotaciones revolucionarias o de lucha armada. ¿Qué iba a suceder el 21 de noviembre?

El franquismo, en efecto, no terminó con la muerte de Franco y, en este sentido, el inmediato después del 20 de noviembre de 1975 estuvo marcado por la continuidad institucional. Muchas debieron de ser las proverbiales botellas de champagne (probablemente de factura local, aunque por entonces no se usara el término cava) que, convenientemente guardadas y a la espera del «hecho biológico», fueron descorchadas aquella jornada. O tal vez no, y simplemente la imagen ha pasado a la memoria colectiva a pesar de que no se produjera. En todo caso, en las calles de las ciudades españolas (otra cosa fue el exilio, naturalmente) predominó una calma tensa, sin incidentes, sin manifestaciones. ¿Podría haber sido de otra forma?

Franco murió en la cama, como se repite con inquietud y aparente sorpresa en muchas ocasiones, ya sea con voluntad derogatoria o con tono de resignación. También lo hizo Salazar, aunque la Revolución de los Claveles tumbara a su sucesor –que de todas formas marchó al exilio– en 1974. El contexto de 1975 no era el de 1945, y sin el final de una guerra la precipitación de los dictadores fue muy diferente. Quince años más tarde fue el turno de los regímenes de la Europa del este, pero incluso en estos países los dirigentes –con la excepción de Ceaucescu– cayeron fruto del desmoronamiento global de un sistema, no solo de un cambio de régimen. No muy diferente tampoco fue el desenlace de las dictaduras latinoamericanas.

Pero el franquismo no se había desmoronado. Otra cosa es que sus fundamentos fueran mucho menos sólidos de lo que la aparente continuidad institucional pudiese aparentar o que se hubiesen convertido en insostenibles a corto plazo. De hecho, aunque para eso todavía faltaba un tiempo, el franquismo no sobrevivió a Franco, tal y como la oposición tuvo siempre como horizonte indudable. Esta era la cuestión clave, en definitiva: ¿cuál era la solidez del régimen a partir del día 21? E inexorablemente de la mano iba el otro gran interrogante: ¿cuál era la fuerza de la oposición para imponer o negociar cambios o rupturas? En los días posteriores, así como había sucedido en los meses inmediatamente anteriores, nadie tenía una respuesta clara. ¿Hasta qué punto el franquismo había generado formas de aceptación y consentimiento amplias, incluso masivas, en la sociedad? Un catedrático de sociología de la Universidad de Valencia había introducido la expresión «franquismo sociológico», concepto tan inadecuado desde un punto de vista científico como destinado a popularizarse y perdurar. En las dos últimas décadas, sin embargo, numerosos estudios históricos (en gran medida de base local y regional) han abundado en el debate sobre los apoyos y las actitudes ante el régimen, sus límites y sus cambios. Toda generalización es absurda y estaría fuera de lugar intentarla aquí en todo caso, pero sí parece posible afirmar que aceptación y rechazo fueron compartimentos no estancos, actitudes en muchas ocasiones contiguas, fluctuantes, tanto más difíciles de analizar por ello. El desarrollismo había mutado las bases económicas y sociales del país en algunos aspectos decisivos. Por otra parte, se habían producido, vinculados al desarrollismo o no, importantes cambios en las bases culturales de la sociedad española. El entramado institucional del Movimiento, por su parte, tenía todavía en 1975 una presencia real, pero espectral desde el punto de vista de la sociedad. Si bien el franquismo estuvo lejos de no influir en varias generaciones de españoles, de no configurar actitudes y valores, tampoco generó una legitimidad autónoma o suficiente. De hecho, cabe hablar incluso de que en 1975 la dictadura atravesaba abiertamente una crisis de legitimidad, lo que, como es bien sabido, es el motor de casi todos los cambios políticos, revolucionarios o gradualistas. El régimen franquista no tenía otro fundamento que la legitimidad de la guerra y la feroz represión de la posguerra. Nunca quiso ni pudo hacerlo olvidar, más allá de espasmódicos conatos como la campaña de los «25 años de paz». La dictadura de Franco, en efecto, acabó como había empezado, matando, reprimiendo.

Por otra parte, crecida en el mismo seno del desarrollismo –y en cierto paralelo con lo que sucedía en Europa–, una generación de jóvenes no se sentía identificada ni poco ni mucho con los valores del régimen. Un nuevo movimiento estudiantil, un renacido movimiento obrero y la aparición de unos movimientos nacionalistas periféricos de considerable atractivo trazaban un frente de lucha en el que la oposición creció. Una parte de la sociedad española demandaba cambios, pero ¿cuántos? y ¿cómo? En definitiva, ¿cuál era la fuerza real de la oposición antifranquista? Nadie lo sabía. De hecho, la oposición antifranquista aprendió muy rápido a adaptarse. Tal vez deberíamos hablar de nueva oposición posfranquista, tales fueron sus nuevas coordenadas.

La oposición posiblemente sobreestimaba sus fuerzas, al tiempo que contemplaba el Estado franquista como un régimen podrido, pero que contaba con la amenaza y el uso de una notable capacidad represiva. Por su parte, el aparato de la dictadura aparentaba confiar en que todo estaba atado y bien atado, aun sin llegar a creerlo del todo –en especial en sus sectores más conscientes de los cambios en el país–. Por supuesto no es posible saber quién tenía razón, pues lo verdaderamente importante es analizar los horizontes de expectativas de unos y otros el 20-N, para comprender qué motivó sus decisiones, sus apuestas o temores. El futuro no estaba escrito, tenía que escribirse y nadie tenía otra cosa que borradores de guiones que iban corrigiéndose a cada paso y que, tergiversaciones interesadas al margen, poco tenían que ver con lo que sucedió posteriormente. Aunque después se haya mitificado hasta la náusea la supuesta clarividencia del piloto del cambio, la voluntad de consenso o la sempiterna prudencia de los secretarios generales.

Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N propone explorar, a través de sus doce capítulos, una reflexión diversa y plural sobre los años anteriores y posteriores y sobre el propio significado de la jornada de la muerte del dictador. Se trata de la primera obra publicada en España que toma aquella jornada como eje para el estudio tanto de la última década del franquismo, como de su legado inmediato en los años de la que acabaría por llamarse transición democrática. Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N está construido desde un planteamiento plural e interdisciplinar que contempla perspectivas de historia política, social y del género, además de análisis de la representación audiovisual. Esta obra agrupa a trece especialistas de Francia, Italia, Portugal y España, procedentes de nueve universidades. En el origen de este libro se encuentra la jornada de estudios «Abans i després del 20-N» celebrada en Gandia el 20 de noviembre de 2015, precisamente en el cuarenta aniversario de la muerte de Franco. La jornada se celebró en el marco de las actividades del Centre Internacional de Gandia y bajo los auspicios de la Càtedra Alfons Cucó de la Universitat de València. Pero el libro que el lector tiene ahora en sus manos no se limita a reproducir las intervenciones de los ponentes de la jornada, sino que presenta capítulos nuevos, elaborados tras los debates allí suscitados. Además, se han añadido para esta edición dos textos de autoras que no pudieron estar presentes en la jornada de 2015.

En Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N el lector encontrará dos capítulos, redactados por Nancy Berthier y José Carlos Rueda, dedicados a la representación audiovisual de la muerte de Franco y a la construcción y fijación en la memoria de la jornada del 20-N convertida ya en numerónimo. Otros dos apartados están dedicados a fijar los marcos interpretativos del tardofranquismo, el de Alfonso Botti, así como del periodo posterior de la transición desde una perspectiva abiertamente crítica con las interpretaciones vigentes, el de Ismael Saz. Por su parte, el estudio de la represión franquista es analizado por Pau Casanellas, y continuado en el análisis de la violencia política en la transición por Sophie Baby. Además, la aportación de Borja Ribera se ocupa de esta misma cuestión para el caso insuficientemente conocido del País Valenciano. El análisis de la principal fuerza política del antifranquismo, el Partido Comunista de España, es abordado por Emanuele Treglia y se complementa con el del injustamente valorado movimiento contracultural, analizado por Mónica Granell, y con el capítulo sobre el movimiento feminista por parte de Irene Abad. Por último, el estudio de la cuestión nacional en el tardofranquismo y la transición es abordado por Ferran Archilés en la dimensión de los proyectos de articulación territorial, mientras que Vega Rodríguez-Flores se centra en el estudio del Partido Socialista Obrero Español y Leyre Arrieta en el análisis del caso vasco y especialmente del PNV.

Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N no aborda todos los ámbitos de estudio posibles, ni pretende cerrar ningún debate. La voluntad de la obra es la de ofrecer de manera conjunta, y por primera vez en el ámbito editorial español, una reflexión multidisciplinar sobre los significados del momento histórico que supuso la muerte de Francisco Franco. Por ello se recogen aquí miradas muy diversas, de autores de generaciones también diversas –aunque con especial atención a los autores más jóvenes, que no vivieron aquella jornada o figura en recuerdos brumosos– y de procedencias teóricas y geográficas igualmente plurales.

Los coordinadores de este volumen quieren, en primer lugar, agradecer a todos los autores su disponibilidad a participar en esta obra y el esfuerzo por ajustarse a plazos y extensiones no siempre amables. Asimismo agradecen al Centro Internacional de Gandia, en la figura de su director Josep Montesinos y de Isabel Luján, haber posibilitado la celebración de la jornada que está en la base de este libro. Agradecimiento que se hace extensivo al Departament d’Història Contemporània de la Universitat de València y a su director Anaclet Pons, por la financiación para la edición del volumen. Por último, quieren agradecer a Publicacions de la Universitat de València, y en especial a Vicent Olmos, su disponibilidad a aceptar la publicación de Cuarenta años y un día. Antes y después del 20-N.

I.

ENTRE LA DICTADURA Y LA DEMOCRACIA

1. NO SOLO ÉLITES.

LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA EN ESPAÑA

Ismael Saz Universitat de València

Para situar esta exposición conviene partir de dos precisiones iniciales, desde mi punto de vista, fundamentales. En primer lugar, entiendo la transición a la democracia como un pasaje de un tipo de régimen dictatorial a una democracia parlamentaria. Es decir, como un proceso político delimitado por el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente de gobierno en julio de 1976 y la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978. La primera fecha, porque es entonces cuando los principales actores, tanto los «reformistas» que vienen del régimen como los que lo hacen de la oposición antifranquista, son conscientes de que había que «transitar» necesaria e ineludiblemente hacia la democracia. La disyuntiva fundamental venía a fijarse por lo tanto no ya en el objetivo final del proceso –la democracia–, sino en el quién dirigiría el cambio; lo que obviamente afectaba a algunas de las características y de los tiempos de dicho tránsito. La fecha conclusiva es clara: en diciembre de 1978 se cierra un proceso constituyente que significa no otra cosa que la existencia de un sistema democrático en España. La segunda precisión a que me refería es la que pretende situar la transición política a la democracia parlamentaria, tal y como la hemos definido, como una parte, solo una parte, de algo mucho más amplio: la lucha por la democracia y su conquista definitiva.

Entiendo que estas puntualizaciones son fundamentales para evitar una serie de imprecisiones, distorsiones y hasta, en ocasiones, ocurrencias que terminan por resolverse en una ceremonia de la confusión al parecer inevitable, indefinida y constantemente retroalimentada. De algunas de estas cosas me ocuparé en lo sucesivo, pero considero que, por encima de cualquier otra consideración, todo apunta a lo que ha venido a convertirse en la cuestión cada vez más central, que no es otra que la de la existencia de dos enfoques, de dos visiones antagónicas y, desde luego, simplificadoras de la transición y todas sus consecuencias: aquella que la sacraliza y aquella que la demoniza; aquella que la contempla como ejemplar y aquella que incide solo en todos sus límites y carencias; aquella que llega a considerarla como un modelo incluso exportable y exportado y aquella que subraya la existencia, en el espacio y en el tiempo, de otras «transiciones» no menos «modélicas»... Se podría seguir con la lista de contraposiciones, pero bastaría con recordar la última, pero no menos importante: la que opone la visión de la transición modélica y fuente de todos los bienes y virtudes de la actual democracia española a aquella otra que la ve como el origen de todos los males, perversiones y déficits democráticos actuales.

RELATOS MÍTICOS Y MÍTICOS CONTRARRELATOS DE UN ABSOLUTO LLAMADO TRANSICIÓN

Todas las contraposiciones señaladas apuntan a la transmutación de «la transición» en un absoluto, en un todo que pre-ordena todos los factores y a los actores políticos y que termina por atrapar cualquier tipo de fenómeno, ya sea este cultural, social, económico, etc., que le sea cronológicamente próximo. De este modo, el «todo» ordena las partes para convertirse en una clave-explícalo-todo, la cual paradójicamente no necesitaría ser explicada. Hasta los contornos cronológicos serán (pre)fijados muchas veces, no a partir de premisas metodológicas claramente formuladas, sino como aplicación retrospectiva de las tesis, juicios o visiones que se defienden.

Porque, en efecto, habría que señalar con fuerza que el propio término transición no deja de ser un producto retrospectivo, política e ideológicamente cargado desde el momento mismo en que se empezó a utilizar, así como en sus sucesivas caracterizaciones. No está de más constatar al respecto que aún carecemos de la más elemental de las aproximaciones al estudio de un objeto: el análisis del proceso por el cual un término más o menos difuso o indefinido se va convirtiendo en concepto hasta configurarse ni más ni menos que en una etapa de la historia contemporánea de España.

Desde luego, se habló de transiciones en otros momentos de la historia de España o de la historia universal. Bastará recordar, para la primera, la idea de estar ante un proceso de cambio, no ya con la proclamación de la Segunda República, sino con el propio fin de la dictadura de Primo de Rivera.1 Para la segunda, no está de más recordar que la década de los setenta era en términos historiográficos la del gran debate acerca de «la transición del feudalismo al capitalismo», y no hay por qué descartar que esto ayudara a algunos autores marxistas a aceptar un término que en principio habría podido resultarles extraño.2 Porque si bien es verdad que era lógico que en los medios del antifranquismo se contemplara, y desde muy pronto, que algún tipo de transición debía darse en el momento del pasaje de la dictadura a la democracia,3 no lo es menos que esta noción viene empleada –diría que de forma pionera– por sectores del régimen, o que vienen de él, al hilo de las previsiones «sucesorias».4

En cualquier caso, conviene subrayar que ninguna periodización de la transición es políticamente neutra. Así, se ven «pretransiciones» en 1956 o 1962, fechas que hay quien considera, incluso, como fechas de inicio de la propia transición, aunque para esto sean más frecuentadas las de 1969, 1973 o 1975. Y algo similar pude decirse de cuando se modulan los posibles finales del proceso en 1979, 1982 o 1986. Por supuesto, el hecho de que las distintas periodizaciones estén políticamente cargadas no inutiliza necesariamente su valor heurístico, pero sí debería exigir mayores esfuerzos de precisión y clarificación. Sobre todo, porque al final, el «baile» de fechas y conceptos es tal que nada termina de ser completamente reconocible. Así sucede con la prolongación en el tiempo de una serie de crisis del régimen que no se sabe muy bien en qué lugar dejan a la transición, o con la prolongación de las «etapas» de la transición, que empezando por el «hecho biológico» concluirán siete años más tarde.5 Todo esto por no entrar en la problemática de la existencia de múltiples y variopintas «transiciones» (económica, social, cultural, militar, eclesiástica, de la prensa, municipal...) que terminan por «devorar» todos los procesos fagocitándolos en un solo «concepto». Y no otra cosa puede decirse de las sucesivas y parece que ilimitadas transiciones: la primera, la segunda, la tercera presente o la cuarta futura. Todo a placer. No deja de ser sintomático en este sentido que haya autores que, aunque con contribuciones relevantes, no puedan evitar la tentación de diferenciar entre una «Transición de la dictadura a la democracia» (1975-1982) y una «Transición como periodo histórico» que sería en la que estaríamos instalados desde hace cuarenta años.6

Podríamos sintetizar lo expuesto señalando que el, los absolutos, de la transición se articulan como relatos alternativos de algo cuya existencia se reconoce y magnifica, para lo bueno y para lo malo, pero ignorando que ese algo, el término-concepto transición, es en sí mismo el producto de uno o varios relatos.7 Y es a partir de aquí cuando podemos intentar profundizar algo más en el tema de los relatos contrapuestos, de lo que los diferencia y de lo que tienen en común.

Porque en común tienen, en efecto, en muchos de los casos, un posicionamiento de los autores de las distintas aproximaciones a la transición, en el que parece imponerse la voluntad de legitimar o deslegitimar, sobre la de entender el proceso en toda su complejidad. Con frecuencia, el autorconstructor de un relato determinado se convierte de hecho en el juez dispuesto a explicar lo que se hizo bien y lo que se hizo mal, lo que se tenía que haber hecho pero no se hizo o lo que se hizo estupendamente bien, y así sucesivamente.

Como quiera que generalmente hay una correspondencia entre las valoraciones, positivas o negativas, de cuestiones y actitudes parciales y el «juicio» de conjunto sobre la transición, lo que viene continuamente retroalimentado es el mito, en positivo, de la transición, pero también el no menos mito, en negativo, de la transición. Es decir, se trata, en suma, de la existencia de dos relatos que se articulan desde la voluntad, a veces explícita a veces implícita, de intervenir retrospectivamente en los procesos; casi como si hubiera una necesidad de saldar cuentas con el pasado, en ocasiones más personales que colectivas. Una vez reconocido que hay un mito sacralizador de la transición y otro mito demonizador de esta y que ambas construcciones míticas tienen una poderosa capacidad para articular cada uno de los relatos, podríamos dar un paso más a la hora de localizar alguna otra semejanza significativa.

Y la más importante de las semejanzas es, desde mi punto de vista, aquella a la que remite al propio título de este texto: la que se refiere al tratamiento del papel de las élites. Esta aseveración podría parecer obvia en lo que tiene que ver con la visión sacralizada, positiva, benevolente, hegemónica si se quiere, de la transición. En efecto, desde esta perspectiva todo puede aparecer como algo beatífico, casi como un concurso de santos: desde el rey a Suárez pasando por Álvarez-Miranda, desde Santiago Carrillo a Felipe González, pasando por Alfonso Guerra y algunos más, y así sucesivamente hasta configurarse una especie de desfile de actores que parecerían como ungidos por la historia para llevar a feliz término la más dificultosa de todas las tareas históricas imaginables, la de la transición española a la democracia. De una forma más elaborada, se puede hablar de «élites», de élites reformistas provenientes del régimen franquista y de las élites procedentes del antifranquismo, pero en última instancia el discurso no cambia: todas hicieron lo que debieron, todas fueron conscientes de la importancia del momento histórico, todas contribuyeron, con su lucidez y sentido de la responsabilidad, a crear y recrear el gran instrumento que hizo posible la transición: el consenso.

Tampoco es muy diferente el discurso en lo tocante al papel decisivo de las élites en la otra construcción alternativa, en la del mito –negativo– de la transición. Porque, aquí, dado el supuesto de que la transición concluyó con una democracia incompleta y «deficitaria», no hay más que subrayar las continuidades de todo tipo respecto al franquismo. Y no hace falta esforzarse mucho en encontrar a los responsables de todas estas continuidades. De un lado, es casi una tautología, las élites franquistas. Y por aquí se articularán visiones más críticas de las posiciones, cambiantes, del rey, de Adolfo Suárez y de tantos otros cuya conversión a la democracia habría sido eso, una «conversión», además tardía y de inciertos ritmos, tiempos y límites. Pero, de otro lado, casi como complemento necesario, las élites procedentes del antifranquismo no saldrían mejor paradas. Por supuesto, caben aquí todos los matices que se quieran, pero en general podría decirse que esas élites antifranquistas no supieron analizar correctamente las sucesivas situaciones y no supieron estar a la altura de las circunstancias. Se trataría de actores, sectarios a veces, oportunistas en ocasiones, propensos a claudicar cuando no a traicionar. Y, claro está, dispuestos a desmovilizar, a derrochar podríamos decir, ese supuesto capital político políticamente imbatible que habría sido la movilización popular.

Y es por aquí, si bien se ve, por donde aparecen por primera vez en este relato demonizador las masas, esa movilización popular cuya ausencia algunos celebran como condición para el triunfo del proceso democratizador,8 y la que otros directamente minusvaloran, como es obvio cuando se trata de reafirmar el papel de las élites reformistas.9 También se puede dar un cierto reconocimiento de las dinámicas populares, aunque presentadas en clave subordinada. Y no faltan, en fin –todo lo contrario–, quienes terminan por subsumir al conjunto de los sectores populares en el papel de sujeto paciente de todas las manipulaciones, distorsiones o claudicaciones.10 Por supuesto, estas distinciones son más complejas de lo aquí expuesto, pero en sus transversalidades y permutaciones, en los distintos autores y para los diversos tiempos y circunstancias, podría decirse que en el sustrato mítico de la transición sacralizada y en el sustrato mítico de la transición demonizada, la sociedad civil es, por activa o por pasiva, la gran ausente.11 En lo que sigue, aunque sin grandes pretensiones de originalidad, intentaremos poner de manifiesto algunas cuestiones esenciales para un enfoque alternativo a los que hemos venido considerando.12

LA DEMOCRACIA COMO CONQUISTA DEMOCRÁTICA (LO QUE PODRÍA PARECER REDUNDANTE... PERO NO LO ES)

1. A la altura de 1975, la dictadura franquista estaba tan descompuesta como el dictador que la encarnaba, hasta el punto de que la evolución física de Franco parecía una metáfora de la del propio régimen. A la defensiva y en estado de franca descomposición, la dictadura franquista había ido acumulando derrotas y retrocesos en la cuestión central para todo régimen político, que es la de las relaciones con la sociedad. En efecto, a partir de 1956 el distanciamiento del mundo de la Universidad y de la alta cultura es cada vez más amplio y rotundo. Desde 1965 no existe ya ni siquiera el principal instrumento de control de los estudiantes universitarios, el SEU. El progresivo alejamiento de sectores cada vez más amplios del catolicismo fue corroyendo aquel formidable mecanismo de legitimación que había proporcionado la Iglesia. Los intentos falangistas de relanzamiento de los sindicatos oficiales habían constituido un fiasco, como tuvieron que reconocer las fuentes del propio régimen y como pusieron meridianamente de manifiesto las elecciones sindicales de 1975, las cuales, con Franco vivo, venían a suponer la pérdida de facto del principal instrumento de control de ese sector fundamental de la sociedad constituido por los trabajadores. También las fuentes del propio régimen daban cuenta de la conciencia de este de que estaba perdiendo la batalla regional-nacional. El creciente movimiento ciudadano, en fin, prometía cerrar el círculo de la articulación en clave antifranquista de todo lo que en la sociedad se movía.13

2. Pero la dictadura «no cayó», y ni siquiera fue derribada tras la desaparición de Franco, quien, como se ha repetido hasta la saciedad, murió «en la cama». Pero aquí conviene tomar en consideración algunas cuestiones no siempre suficientemente valoradas. Sí que lo han sido, justamente, las que han llamado la atención sobre la existencia de evidentes, aunque cada vez más pasivos que activos, apoyos sociales a la dictadura; pretender lo contrario sería presentar al franquismo como el único régimen antidemocrático de la historia sin apoyos sociales, lo cual es lógicamente absurdo. También se ha recalcado justamente la existencia de los traumas procedentes de la Guerra Civil –el «nunca más» una guerra civil– y, aunque algo menos, el trauma de la terrible, cruenta y cruel represión de la posguerra. El primero pudo tener efectos de no movilización y no politización de segmentos potencialmente enemigos de la dictadura, al tiempo que pudo potenciar el cínico discurso del régimen sobre la paz y contra «la política». El segundo, el relativo a la represión –que perdió progresivamente sus connotaciones más trágicas pero sin desaparecer nunca–, hubo de tener no menores efectos paralizantes, sobre los cuales, sin embargo, se pasa más de una vez de puntillas.

Pero no se ha incidido con la fuerza necesaria, en mi opinión, en un factor fundamental que contribuye a explicar también por qué Franco «murió en la cama», y que no es otro sino ese «en la cama», lugar donde mueren los dictadores que no quieren irse o que no son forzados a ello por circunstancias extraordinarias. Veamos, si no, algunos ejemplos. Todas las dictaduras fascistas, fascistizadas y en general antiliberales de Europa fueron barridas por la derrota de los fascismos en 1945, porque así lo quisieron los vencedores. Hubo dos excepciones, en Portugal y España, también porque así lo quisieron los vencedores. La dictadura griega, la de «los coroneles», cayó tras una absurda locura de política exterior, como lo hará, tras la guerra de las Malvinas, la dictadura argentina. La dictadura portuguesa cayó por un movimiento militar y el Chile de Pinochet a raíz de que el dictador aceptase someterse a un mecanismo de consulta popular. El sistema soviético, en su conjunto, se disolvió, implosionó, a partir de la aceptación de los procesos que conducirán a su desaparición, y desde la renuncia, además, por parte del poder a la utilización de la violencia.14 Hay más ejemplos y situaciones, sin duda más complejas, pero si algo está meridianamente claro es que a diferencia de cuanto acabamos de comentar, Franco nunca quiso irse, mantuvo siempre el control del Ejército, estuvo dispuesto en todo momento a utilizar todos los mecanismos represivos –de forma creciente en los últimos años– y nunca nadie le presionó para que se fuera (la comparación en este último aspecto con lo sucedido recientemente respecto a las «primaveras árabes», Libia o Siria, es tan sangrante como clarificadora).15

3. La muerte de Franco no abre la transición a la democracia. Simplemente inicia un proceso en el que las élites del franquismo, empezando por el rey designado, articulan diversos proyectos en los que la continuidad y la reforma se combinan de diverso modo según los protagonistas. En un primer momento será hegemónico el proyecto reformista en el que están embarcados el rey, Arias, Areilza y Fraga. Es verdad que no todos son iguales, pero no es menos cierto que no aparece por ningún lado la perspectiva de la construcción de una verdadera democracia parlamentaria. Existe un proyecto de reforma del régimen que debería abocar a una pseudodemocracia posfranquista. Este es el proyecto reformista. Esta es la reforma y no hay constancia alguna de que el rey ni ninguno de sus ministros aspirasen a una democracia similar a la actual. Otra cosa es la proyección retrospectiva de actitudes y conversiones posteriores a la democracia.16

Pues bien, es ese proyecto de reforma el que viene dinamitado por el extraordinario protagonismo de las movilizaciones obreras y populares, de la sociedad civil en su conjunto, en el primer semestre del año 1976, sin que falte siquiera el hecho de que la oposición antifranquista, unida por primera vez desde el fin de la Guerra Civil, pase a la ofensiva. Se consiguió paralizar la operación reformista y que, ahora sí, algunas de las élites franquistas, con el rey a la cabeza, se convencieran de que ya no había ninguna alternativa posible a la democracia, de que ese era el camino que se debía seguir si, además, se pretendía mantener la hegemonía a lo largo de este.

Ahora bien, hay que constatar de nuevo que esa sociedad extraordinariamente movilizada en los primeros meses de 1976 no lo fue hasta el punto de forzar la caída del aparato franquista o un cambio radical. Es en este terreno donde entran de lleno todas las especulaciones acerca de la incapacidad o falta de voluntad de la oposición antifranquista, del PCE especialmente, para lanzar algo así como una ofensiva definitiva. ¿Era esto posible? Lógicamente, también en este terreno caben, a voluntad, todas las interpretaciones y opiniones. Pero si entramos en el terreno de lo verificable habrá que convenir que las grandes movilizaciones habían estado muy ligadas a la negociación colectiva y, aunque crecientemente politizadas, estaban bastante lejos de protagonizar una dinámica «revolucionaria». Ni siquiera se entró en esa dinámica en las zonas más movilizadas, y experiencias posteriores demuestran que la perspectiva de una huelga general abierta y directamente política estaba bastante lejana incluso para los sectores populares más movilizados. Lo sorprendente de todo esto es que a día de hoy, cuarenta años después, sigamos careciendo de los pertinentes trabajos de investigación acerca de las actitudes sociales específicas en aquellos momentos concretos. Y es esta carencia la que permite que sigamos moviéndonos a placer en el terreno de los juicios de valor.

4. Hay pocas dudas de que con el nombramiento de Adolfo Suárez las élites reformistas del régimen recuperaron la iniciativa que habían perdido. Pero lo hicieron porque finalmente habían comprendido que la alternativa no era entre pseudodemocracia posfranquista y democracia plena, sino entre democracia y democracia. En este sentido, cabe precisar que aunque esas élites seguían hablando de reforma lo que estaban abrazando era el programa de la ruptura: reconocimiento de la soberanía popular, de los derechos fundamentales, amnistía amplia, desaparición del partido único y sus organizaciones... Es por todo esto por lo que se puede convenir –y un sector muy amplio de los estudiosos han convenido en ello– que es entonces, en julio de 1976, cuando se inicia la transición a la democracia propiamente dicha.17

Por todo esto y porque todos los actores significativos apuestan por ese objetivo, ya común. Pero esto no quiere decir que estos actores estuvieran dispuestos a avanzar alegremente por la vía del consenso. Transición, insisto, a la democracia quiere decir que existen distintas posiciones sobre el alcance, profundidad, tiempos y límites del proceso; y quiere decir también que existirá una confrontación, una pugna, para dirimir quién va a asumir la dirección del proceso. Así pues, lo que hay son pugnas, confrontación y pruebas de fuerza. Y parece claro que en todos estos terrenos se impondrá, al menos hasta enero de 1977, la línea reformista. Lo hizo muy significativamente en lo que se refiere a la jornada de lucha convocada para el 12 de noviembre y también en lo que toca al referéndum sobre la Ley para la Reforma Política.

5. Podría hablarse, con todos los matices que se quiera, de dos victorias gubernamentales que fueron dos derrotas de la oposición. Pero conviene incidir en que para que una y otra cosa sucediesen había hablado alguien más, alguien que iba a dictaminar hacia dónde, y cómo, iba a ir el proceso. Y ese «alguien» era el mismo que había dado al traste con la reforma posfranquista: la sociedad, que si en los primeros meses de 1976 había «hablado» en una dirección, ahora parecía hacerlo en una distinta. Conviene subrayar esto porque de lo contrario se caerá en las simplificaciones posleninistas, postrotskistas, o lo que sea, de la traición del partido (reformista, revisionista, carrillista, etc.). Porque en el terreno de las mitificaciones y debates parece que se olvida que la convocatoria para la protesta del 14 de noviembre de 1976 tenía perfiles políticos bastante bajos: estaba convocada por los sindicatos (Coordinadora de Organizaciones Sindicales), no se planteaba como una huelga general, sino como una «jornada de paro de 24 horas», y sus reivindicaciones –contra recientes medidas económicas y sindicales del Gobierno– eran relativamente limitadas. Por supuesto que nadie ignoraba que la importancia de la jornada iba más allá de todo esto. Pero no está de más subrayar que lo limitado de los objetivos señala con claridad la percepción absolutamente mayoritaria de que (aún) no se podía ir más allá; de que la mayoría de los trabajadores a que se apelaba no apostaba, o al menos no lo hacía todavía, por una movilización abiertamente política. Otra cosa es que haya gentes dispuestas a ganar, sobre el papel y retrospectivamente, batallas que perdieron o que ni siquiera combatieron.

El hecho de que una movilización sin objetivos políticos explícitos estuviera lejos, aun así, de tener la amplitud que se esperaba revela algo que los estudiosos conocemos perfectamente, aunque a veces se nos olvide cuando lo proyectamos sobre la transición: el peso de los traumas. Como apuntábamos más arriba, de los traumas y no de un trauma. Porque estaba, desde luego, el de la Guerra Civil y, como se sabe, este trauma tenía un legado, casi un imperativo para la inmensa mayoría de la población, el de nunca más una guerra civil. Junto a este trauma estaba el de la represión, la brutal de la posguerra, la continuada en lo sucesivo y la que se experimentaba en esos mismos momentos, y por motivos bien reales, en las fábricas, en las calles, en las comisarías. Porque, en efecto, había violencia;18 y había lo que con frecuencia se olvida, miedo.

Todas estas cuestiones se complementaban a la perfección a la hora de explicar la actitud mayoritaria de unos españoles que, en efecto, querían democracia, pero no al precio de una guerra civil o de sufrir nuevos episodios represivos. Y en este sentido, y por estas razones, es por lo que Suárez pudo recuperar la dirección del proceso. Porque, en efecto, fue ahora cuando el lenguaje gubernamental vino a conectar, mejor que el de la oposición, con el de la sociedad. Era esa especie de mandato popular de democracia sí, pero sin traumas que pudo explicar entre otras cosas el éxito indiscutible del referéndum de diciembre sobre la reforma política.

6. Todo lo anterior obliga a desdibujar, a rebajar un tanto, la importancia en positivo y en negativo de las élites: de las provenientes del franquismo y de las provenientes del antifranquismo. De las primeras, se ha subrayado hasta la saciedad su capacidad, habilidad y demás virtudes, aunque seguramente la que menos se ha subrayado es precisamente la que apuntamos: su capacidad para conectar con el lenguaje en el que la sociedad expresaba sus aspiraciones democráticas. Más allá de esto –que es por lo demás decisivo– hay que constatar que las actitudes del Gobierno de Suárez estuvieron bien lejos de ser modélicas y mucho menos ejemplares y «exportables»: no era muy democrático aferrarse absolutamente al poder negando toda posibilidad de un gobierno provisional pactado para la dirección del proceso; nunca asumió la necesidad de una negociación abierta con la oposición, y cuando se abrió a negociar lo hizo de una forma limitada e impuesta por las circunstancias.19 Tampoco renunció en ningún momento a la utilización de los mecanismos propios de la dictadura. En este sentido, el recurso en momentos determinados a las detenciones por motivos sindicales o políticos y a las fuerzas de orden público en las manifestaciones pudo funcionar también como «recordatorio» para la población de los traumas antes apuntados.

Tampoco la oposición antifranquista fue modélica en sus actitudes y decisiones. Por supuesto que fueron muchas las contradicciones y no siempre marcharon al unísono todos sus integrantes. Pero es difícil otorgarles mayor protagonismo del que realmente tuvieron a la hora de movilizar-desmo-vilizar a la sociedad. La oposición movilizó de hecho hasta donde pudo, seguramente se produjeron en más de una ocasión errores importantes, pero desde una perspectiva de conjunto debe quedar claro que los dirigentes de la oposición –del Partido Comunista, en particular–, lejos de ejercer un liderazgo insuperable sobre las masas, tuvieron que actuar las más de las veces como «intérpretes» de estas. Estas son las otras reglas de juego que muchos tienden a ignorar.

7. Se puede concluir a lo largo de todo lo expuesto lo que ya apuntábamos en un trabajo previo: que fue la sociedad la que marcó el camino, las vías por las que debía transitar el proceso que concluiría con la recuperación de la democracia en España.20 Porque lo que sucedió después, a lo largo de 1977, confirma que esa misma sociedad era la que iba a seguir marcando el camino, ahora para desbordar las previsiones del Gobierno de Suárez: la legalización del PCE, por la que pasaba sí o sí una verdadera democracia, fue en gran parte consecuencia de la formidable movilización que siguió a la matanza de Atocha. En junio de 1977 las elecciones dieron la victoria a la UCD, sí, pero en su conjunto –contando con los sectores más democráticos de este partido– dieron la mayoría a quienes apostaban –lo que no estaba decidido a priori– por la apertura de un proceso constituyente. Algo que concluyó con la redacción de la Constitución y su posterior aprobación en referéndum popular. Esto suponía, en mi opinión, el fin de la transición y confirmaba, también, que era la sociedad la que en todo momento había marcados los lindes del camino.

APOSTILLA

No soy ni pretendo ser en absoluto el único y mucho menos el primero en subrayar el papel decisivo de la sociedad en la conquista de la democracia, aunque tal vez convendría recordar que no siempre se ha subrayado con la suficiente claridad que ese protagonismo funcionó en las dos direcciones: como impulsor del proceso y como marcador de ciertos límites y lindes. Por supuesto, esta interpretación no impone una lectura ni beatífica ni demonizada de nada: ni de las actitudes sociales ni de la propia transición. Esta última estuvo lejos de ser perfecta –ninguna lo es–, pervivieron elementos del franquismo y quedó mucho por hacer en el terreno de los aparatos del Estado, los mecanismos represivos, las redes clientelares, la presencia eclesiástica y, por supuesto, en el de la justicia y la verdad históricas. La propia Constitución adolece de algunas contradicciones y carencias democráticas –la Corona, las Fuerzas Armadas, la configuración territorial...– que la hacen claramente perfectible. Sin embargo, no está escrito en ninguna parte que una democracia no pueda ir superando sus problemas y, mucho menos, que no pueda hacerlo a lo largo de cuarenta años. Otra cosa es que esos cuarenta años se hayan utilizado, no para corregir los posibles déficits democráticos de la transición, sino para blindarlos y ampliarlos.

Quienes condenan la transición como fuente de todos los males y quienes la bendicen para hacer sus logros intocables, intangibles, y si es posible regresivos, tienen muchas veces algo en común: se remiten, unos, a la bondad de las élites, y otros, a la traición de las (otras) élites. Algo tienen en común, como decimos, la ignorancia o menosprecio de las actitudes de la gente común; ya se sabe, siempre ignorante, siempre manipulada...

No siempre, pero con frecuencia, los defensores de la transición disparan todos sus dardos, cuanto más envenenados mejor, contra los defensores de la memoria histórica y en general de una visión positiva de la Segunda República. No siempre, pero con frecuencia, los críticos extremos de la transición sitúan el punto de mira en el llamado «pacto de silencio» –entre las élites, claro– e insinúan la existencia de insondables equidistancias en los críticos de la memoria histórica respecto de los juicios sobre la República y el franquismo. Por mi parte, solo quiero recordar tres cosas. Primera, que la transición a la democracia en España es una parte cronológicamente delimitada (julio 1976-diciembre 1978) de un proceso mucho más amplio, el de la conquista de la libertad. Segunda, que en los procesos de la conquista de la democracia el gran protagonista es, históricamente, casi siempre, el pueblo. En nuestro caso, así fue el 14 de abril de 1931, o en los primeros meses de 1976, o en el segundo semestre del mismo año, o en los meses sucesivos... En fin, que menos en lo de la Monarquía, por la que el pueblo español no ha votado nunca, la sociedad española siempre ha sido el gran protagonista en los procesos democráticos. ¿Demagógico o de Perogrullo? Porque, en efecto, a estas alturas lo que podría constituir una perogrullada –afirmar que la actual democracia fue fundamentalmente una conquista democrática– puede parecer demagógico.

Podría decirse, para concluir, que la desaparición de la transición como una etapa histórica en sí misma para situarla como una parte, ciertamente fundamental, de procesos más amplios y de etapas claramente definidas –como dictadura franquista y democracia parlamentaria, por ejemplo– liberaría a los estudiosos de la necesidad cuasi imperiosa de emitir juicios sumarios o embarcarse en batallas retrospectivas. Pero se podría decir también que tanto los estudiosos como los ciudadanos nos liberaríamos de un peso mayor si cabe: el que nos impide enfrentarnos a los problemas del presente en tanto que problemas fundamentales del presente. O, dicho por el reverso, el que nos permite sublimarlos sumergiéndonos en el dulce sueño, o pesadilla, de los pasados imperfectos.

NOTA. El autor participa del proyecto «Derechas y nación en la España contemporánea. Culturas e identidades en conflicto» (HAR2014-53042-P), financiado por la Dirección General de Investigación Científica y Técnica del Ministerio de Economía y Competitividad español.

1 Recuérdese –lo que nadie hace– el libro de Luis Lucia En estas horas de transición, publicado en fecha tan significativa como la de enero de 1930. Este texto fue reeditado por la Institució Alfons el Magnànim en el año 2000.

2 De múltiples «teorías de la transición» en los clásicos –de Maquiavelo a Locke, de Hobbes a Montesquieu, de Rousseau a Marx– hablaba, por ejemplo, Raúl Morodo –La transición política, Madrid, Tecnos, 1984, p. 28–. Para el que suscribe, estudiante de Historia Contemporánea entre 1974 y 1979, no había más transición que la «del feudalismo al capitalismo». Entre tanto, como ciudadano, participaba en huelgas, manifestaciones, etc., sin enterarse de que estaba viviendo una transición, casi «La Transición» por excelencia.

3 Véase S. Juliá: «Transición antes de la transición», en G. Gómez Bravo (coord.): Conflicto y consenso en la transición española, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 2009, pp. 21-38.

4 Ya en octubre de 1974 Gabriel Elorriaga hablaba de una transición que habría de ser poco más o menos la culminación democrática de una larga evolución del régimen franquista –«Transición o convulsión», ABC, de 5 de octubre de 1974–. Claro que en algo de esto ya se le había anticipado Fraga Iribarne un año antes, cuando abogaba por «producir ideas verbales para una España en transición» (Informaciones, 6 de febrero de 1973). Ya en 1975, José María Areilza, desde ABC y en un artículo significativamente titulado «La transición», reflexionaba sobre esa «hora de transición» a la que inexorablemente se acercaba España una vez se produjera la sustitución del «Generalísimo Franco por el Príncipe Juan Carlos en la Jefatura del Estado». Digamos, en fin, que a inicios de 1975 la transición ya tenía su primer gran libro, el de R. de la Cierva: Crónicas de la transición. De la muerte de Carrero a la proclamación del Rey, Barcelona, Planeta, 1975.

5 Véase a título de ejemplo el debate mantenido recientemente por dos de nuestros mejores especialistas en el periodo: F. Gallego: «La genealogia de la transició política espanyola (1973-1977)»; A. Soto: «Va haver-hi transició? Arguments per a un debat», y F. Gallego: «Quina transició hi va haver? La crisi del franquisme, el desenvolupament de la reforma i els orígens de la ruptura política española», todos en Segle XX. Revista catalana d’història, 2, 2009, pp. 123-164.

6 G. Morán: El precio de la transición. Edición corregida y actualizada, Madrid, Akal, 2015, p. 9.

7 Aunque no se corresponde exactamente en cuanto a objeto de estudio con el que aquí se desarrolla, no puedo dejar de señalar que he encontrado fuente de inspiración en el título de la obra de J. L. Calvo Carilla et al. (eds.): El relato de la transición/La transición como relato, Zaragoza, PUZ, 2013.

8 Existe, como es sabido, una poderosa corriente analítica que fija el éxito de las transiciones en el acierto de las élites, que se presenta muchas veces en oposición al protagonismo de las masas. De algo de eso nos ocupamos en «Y la sociedad marcó el camino. O sobre el triunfo de la democracia en España», recogido ahora en I. Saz Campos: Las caras del franquismo, Granada, Comares, 2013, pp. 169-185 (esp. 174).

9 De las reformistas y de las otras. Algunas, además, en venturosa y benéfica conjunción. Como, por ejemplo, la que según Javier Cercas en Anatomía de un instante (Barcelona, Mondadori, 2009) se habría dado con Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo y Adolfo Suárez. Desde luego, no falta alguna alusión en el libro a lo que no era clase política, «la mayoría del país», aunque hay que reconocer que su papel fue más bien triste: «había aceptado con pasividad el franquismo, se había ilusionado primero con la democracia y luego parecía desengañada». Ibíd., p. 426 (subrayados míos).

10 La capacidad para rearticular argumentaciones a fin de amagar autocríticas, que terminan en reafirmar lo que aparentemente se quiere rectificar, es en ocasiones antológica. Así, por ejemplo, Jaime Pastor recuerda que su partido, la Liga Comunista Revolucionaria, se esforzó en su momento por «superar una visión excesivamente subjetivista según la cual toda la responsabilidad del fracaso del proyecto rupturista debía ser achacada a las “direcciones obreras traidoras”», pero en la página siguiente se vuelve a insistir en desmovilizaciones, transformismos y, Sánchez Ferlosio mediante, «claudicaciones». J. Pastor Verdú: «Un balance crítico de la Transición política española», en M. C. Chaput y J. Pérez Serrano (eds.): La transición española. Nuevos enfoques para un viejo debate, Madrid, Biblioteca Nueva, 2015, pp. 295-325 (esp. 301-302).

11 En relación, por supuesto, con el tipo de relatos que venimos analizando y no de otros. Lo contrario significaría desconocer la importancia de obras como las de Víctor Pérez Díaz respecto a la sociedad civil o la de José María Maravall sobre la dialéctica entre la «política reformista “desde arriba”» y «las presiones “desde abajo” y los movimientos sociales reivindicativos». El carácter temprano y pionero de esta última obra hace pensar, sin embargo, que la «transitología» empezó a derivar después en otras direcciones hasta que nuevas corrientes historiográficas o sociológicas volvieron a reivindicar la importancia de las dinámicas desde abajo. V. Pérez Díaz: La primacía de la sociedad civil, Madrid, Alianza, 1993; J. M.ª Maravall: La política de la transición, 1975-1980, Madrid, Taurus, 1981.

12 Porque, como se habrá podido apreciar ya con claridad, no se trata de «explicar» aquí la transición en su conjunto, ni siquiera de presentar una especie de estado de la cuestión, sino solo de incidir en algunas cuestiones que consideramos esenciales. Para lo primero y lo segundo creo que son de obligada consulta, entre los más recientes, los trabajos de Pamela Radcliff, Santos Juliá y Pere Ysàs. P. Radcliff: «Si ocurrió en España, ¿por qué no en cualquier otra parte? Evaluación del “modelo” español de transición a la democracia», Pasajes de pensamiento contemporáneo, 29, 2009, pp. 109-119; S. Juliá: «Cosas que de la transición se cuentan», Ayer, 79, 2010, pp. 297-319; P. Ysàs: «La Transición española. Luces y sombras», Ayer, 79, 2010, pp. 31-57.

13 P. Ysàs: Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, 1960-1975, Barcelona, Crítica, 2004; J. Tusell y G. G. Queipo de Llano: Tiempo de incertidumbre, Barcelona, Crítica, 2003; C. Santacana: El franquisme i els catalans: els informes del Consejo Nacional del Movimiento (1962-1971), Catarroja, Afers, 2000; I. Saz Campos (ed.): «Dossier. Crisis y descomposición del franquismo», Ayer, 68, 2007.

14 Recuérdese la célebre frase de Kasparov acerca de qué clase de socialismo era ese que había que defender sacando los tanques a la calle. Recuérdense también los consejos del mandatario soviético al Gobierno chino para que no recurriese a la violencia contra los manifestantes de Tiananmén. Y recuérdese, en fin, lo sucedido con la Unión Soviética y las democracias populares europeas en comparación con la supervivencia del «comunismo» en China.

15 Sorprende que todavía hoy haya quien se esfuerce en aplicar la teoría de la «tercera ola» de Huntington como lo hace Joaquín Estefanía –«La Transición realmente existente y la Transición perfecta», en J. Pradera: La transición española y la democracia. Edición e introducción de Joaquín Estefanía, Madrid, FCE, 2014, pp. 7-48. Por mi parte no puedo sino reafirmarme, conociendo los sustratos profundos del pensamiento de Huntington y analizando las experiencias más recientes, en cuanto afirmé hace unos años: «la más completa, ideológicamente construida, distorsionada, históricamente inaceptable y pese a ello absolutamente exitosa y acríticamente aceptada, teoría de la tercera ola de Huntington». I. Saz Campos: «Y la sociedad marcó el camino...», op. cit., p. 175.

16 Faltan estudios en profundidad sobre los lenguajes de los franquistas en las últimas décadas del régimen, aunque es sabido que todos hablaban del régimen como una verdadera democracia regida por una auténtica Constitución. Es evidente que el incierto viaje de las palabras hasta adquirir otros significados permitiría retrotraer las convicciones democráticas de muchos protagonistas de la transición a los tiempos en que las mencionadas palabras convivían alegremente con las loas al Generalísimo.

17 Como apuntara desde muy pronto Raúl Morodo y asumieron después numerosos estudiosos. Aunque de nuevo hay que constatar la «disolución» de estas aportaciones en construcciones posteriores. Queremos señalar con esto que en muchos aspectos relacionados con la transición son pocos los que se toman la molestia de situar la propia aportación en el marco de un diálogo serio con los enfoques anteriores. R. Morodo: La transición política, op. cit., p. 101.

18 Es fundamental, al respecto, S. Baby: Le mythe de la transition pacifique. Violence et politique en Espagne (1975-1982), Madrid, Casa de Velázquez, 2013.

19 En este sentido, I. Sánchez-Cuenca: Atado y mal atado. El suicidio institucional del franquismo y el surgimiento de la democracia, Madrid, Alianza Editorial, 2014.

20 I. Saz Campos: «Y la sociedad marcó el camino...», op. cit.

2. FRANCISCO FRANCO, CUARENTA AÑOS DESPUÉS

Alfonso Botti Università degli Studi Carlo Bo-Modena

Fue cuando el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, con voz quebrada y cara de ultratumba, apareció en la pantalla de la televisión, a las diez de la mañana del 20 de noviembre de 1975, cuando los españoles se enteraron. «Españoles... Franco ha muerto», fueron sus primeras palabras. Después de una complicada y larga agonía, el dictador, que había tenido durante treintaiséis años (sin contar los de la Guerra Civil) el derecho de vida y de muerte sobre los españoles, finalmente había fallecido.1

Como confirmación de que la fractura social, política y cultural de 1936 no se había sanado, una parte de los españoles lloró, otra hizo fiesta en sus hogares. Nadie salió a la calle. La mayoría se quedó a la espera de los acontecimientos, convencida, en todo caso, de la necesidad de pasar página. La obstinación terapéutica había conseguido mantener a Franco con vida hasta el 20 de noviembre: el mismo día en el cual, en 1936, había sido fusilado el fundador de la Falange, José Antonio Primo de Rivera. Al lado del «ausente», con quien nunca se había llevado bien y del cual había aguantado muy mal la competencia en el plano simbólico, el dictador fue a continuación sepultado en el triste Valle de los Caídos, el mausoleo que alrededor de veinte años antes había encargado levantar también con el trabajo forzoso de los presos del ejército republicano.

La muerte de Franco no produjo una inmediata ruptura del ordenamiento franquista, que le sobrevivió durante más de un año, aunque ahora bajo la jefatura de Estado del rey Juan Carlos de Borbón, que el dictador había elegido como su sucesor. Solo empezó a plantearse realmente un cambio a fondo del régimen cuando, en el verano de 1976, el rey, consciente que de otra forma la monarquía no tendría porvenir, deslegitimó a Arias Navarro y encargó a Adolfo Suárez formar un nuevo gobierno, al que a continuación sostuvo en el complicado camino hacia la democracia. Un camino que llevó a la recuperación de la soberanía por parte de la ciudadanía mediante las elecciones de junio de 1977.

En la Europa occidental de la segunda posguerra ningún régimen se había empeñado con igual centralismo aplastador sobre las diferencias culturales y lingüísticas, imponiendo aquella nacionalización coactiva (y por ende totalitaria) que habría dejado heridas muy hondas de las cuales todavía se encuentran las consecuencias en Cataluña y en el País Vasco. Ninguna dictadura, al margen de la portuguesa de Salazar y Caetano, había sido tan larga y superado sin daños, es decir, sin trastornos políticos profundos en el interior del país, la ruptura de 1945.

Frente a Portugal, sin embargo, España, precisamente cuando media Europa había caído (Italia, Portugal, Hungría, Polonia) o estaba a punto de caer (Alemania, Austria, Grecia) bajo dictaduras militares, autoritarias o fascistas, había conocido a lo largo de la Segunda República la irrupción de las masas en la vida pública y puesto en marcha con los partidos obreros, a lomos de la ola de un entusiasmo inversamente proporcional a la prudencia política, un amplio y radical programa de reformas. Quizá demasiado revolucionarias y concomitantes como para desarmar a las derechas, de las que tras las elecciones de noviembre de 1933 dependía el Gobierno del Partido Radical. Pero, divididas entre sí y con el radicalismo hundido por la corrupción, las derechas habían sido derrotadas en febrero de 1936, cuando una alianza de Frente Popular, que de esta forma se estrenaba en el panorama europeo (adelantando lo que pasaría unos meses después en Francia), triunfó en las elecciones. En los meses siguientes un débil gobierno republicano no había conseguido ni encauzar los conflictos sociales, ni parar la violencia política falangista callejera, por un lado, ni la iconoclastia anticlerical por otro. Se lo habían dificultado unas izquierdas radicales (anarquistas, trotskistas, caballeristas del PSOE y comunistas del PCE) que anunciaban la inminente revolución (cada cual a su manera), coincidiendo tan solo en el rechazo de la «democracia burguesa». En este clima muy tenso cuajó la conspiración militar, que venía de atrás y que llevó al alzamiento del 17 y 18 de julio de 1936. Un golpe que habría tenido que concluirse rápidamente con la instauración de una dictadura militar y que, debido a su fracaso, llevó al conflicto civil.2

Fue justamente la Guerra Civil la que puso en primer plano al más joven de los generales involucrados en la conspiración, de la cual Franco no había sido ni el ideador, ni el principal propulsor. Su ascensión había sido rápida, pero no fulgurante. Del héroe guerrero que la propaganda construyó después, su biografía no presentaba por entonces ni huella. Sin embargo, cuando se trató de combatir, la Legión a su mando se convirtió en decisiva gracias al puente aéreo, facilitado por los aviones enviados por Mussolini y Hitler, que la trasladó a Andalucía. Mientras tanto el jefe de la rebelión, el general Sanjurjo, había fallecido en un accidente de avión, el líder de la derecha radical parlamentaria, Calvo Sotelo, había sido asesinado el 13 de julio y Primo de Rivera estaba preso en la cárcel de Alicante. Fue por estas razones por las que a finales de septiembre de 1936 los generales rebeldes nombraron a Franco jefe de los ejércitos, del Gobierno y del Nuevo Estado en construcción. Unos meses después, en abril de 1937, se ubicó también en la cumbre del partido único, la FET y las JONS, después de la unificación, de la cual su fascistísimo cuñado, Ramón Serrano Súñer, había sido el promotor y arquitecto.

Las ayudas de Mussolini y Hitler durante la Guerra Civil facilitaron la deriva fascista del régimen durante el conflicto y en los primeros años siguientes. Y posiblemente de esta naturaleza hubiera sido el resultado final del régimen en construcción de no haberse producido la intervención de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial y el desembarco de las tropas estadounidenses en las costas de África en noviembre de 1942. A partir de entonces Franco empezó a poner en marcha una paulatina maniobra de desenganche del Eje y una paralela operación cosmética para acreditar a los ojos del mundo otra España diferente con relación al fascismo y al nazismo. La maniobra se concretó con el acercamiento a los aliados y el estreno de una doble diplomacia: la operación cosmética con la defenestración de Serrano Súñer. En 1945 Franco acabó su operación de lavado de cara del régimen. Declaró que se había negado a entrar en el Eje en la tremenda guerra que acababa de terminar (cuando en realidad sus reivindicaciones para hacerlo habían sido consideradas demasiado onerosas por Hitler), que había desarrollado una política humanitaria frente a las persecuciones antijudías (mientras que hasta 1942-1943 las autoridades franquistas concedieron con cuentagotas los permisos de tránsito a los judíos que querían atravesar España para embarcarse desde Portugal hacia EE. UU.) y que había enviado la División Azul a Rusia no como aliado de la Alemania nazi, sino para luchar contra el comunismo. En el propio 1945 hizo aprobar el Fuero de los Españoles, donde los derechos escritos sobre el papel quedaron en papel mojado, pero que le sirvió para intentar presentar a España como una «democracia orgánica». Despiadado en el plano interno con los presos de guerra y los opositores, así como lo había sido con los enemigos durante la Guerra Civil, no le faltó la inteligencia política para garantizar la supervivencia de su dictadura en el nuevo panorama internacional marcado por la Guerra Fría. De esta forma, a pesar del aislamiento internacional y con un país hambriento debido a la política económica autárquica, Franco consiguió superar el único momento en que el régimen del cual se había convertido en el héroe epónimo corrió el riesgo de ser derrotado. Una derrota que habían esperado inútilmente los cientos de miles de exiliados republicanos (varios millares de los cuales combatieron en la resistencia antinazi francesa), convencidos de que la liberación de Europa se habría extendido a la España franquista.

No fue lo que pasó y Franco falleció como jefe del Estado treinta años después. Sobre la duración de su régimen los historiadores siguen investigando y buscando respuestas, coincidiendo con respecto a los motivos principales. La división del mundo en dos bloques a raíz de la Guerra Fría y la capacidad de la dictadura española de presentarse como baluarte y centinela de Occidente contra el comunismo fueron sin lugar a dudas la causa principal. La tremenda represión en el plano interno, que impidió a la oposición organizarse y levantar la cabeza hasta el tardofranquismo, fue la segunda. El apoyo de la Iglesia católica, por lo menos hasta el Concilio Vaticano II, al régimen clerical de Franco, que algunos ambientes de la Curia romana apuntaron como magnífico modelo de estado católico, fue el tercero. A las causas anteriormente dichas hay que sumar la camaleónica capacidad del dictador de amoldarse al variar del contexto internacional y de dosificar la presencia en sus ejecutivos de las diferentes familias y culturas políticas que le apoyaban. Emblemáticos, desde este punto de vista, fueron la progresiva marginación de la componente falangista, sin cortar nunca con ella; la utilización de un personal procedente del catolicismo político, conservador antes y tecnocrático vinculado al Opus Dei después, y la capacidad de guardar hasta 1969 la fidelidad de ambas ramas dinásticas, por lo que se refiere a la familia monárquica, a pesar de un reino (proclamado en 1947) que existía tan solo sobre el papel. Le facilitó la tarea una impresionante campaña de propaganda que a lo largo de los años construyó sobre su figura mitos diferentes, como ha apuntado Antonio Cazorla: el mito del héroe militar (por su actuación en la guerra de Marruecos), el del salvador de la patria (a raíz de su triunfo en la Guerra Civil), el del hombre de paz (por no haber ingresado en el segundo conflicto mundial), el del gobernante prudente (por haber liderado la difícil reconstrucción del país y garantizado un largo periodo de paz) y, finalmente, el del modernizador (en virtud del boom económico de los años sesenta). Mitos a los cuales hay que añadir el póstumo de un Franco artífice de la democratización de España (por haber elegido como sucesor a Juan Carlos).3

Sin embargo, la realidad histórica queda bastante lejos de los mitos. Todas las investigaciones solventes apuntan a que fue a pesar de Franco y de su obsoleta dictadura que España empezó a cambiar a lo largo de los años sesenta y que la sociedad civil, verdadera clave del cambio sucesivo, consiguió desarrollarse y alcanzar una gran madurez gracias también al empuje de una oposición antifranquista capaz de crear espacios de libertad que desafiaban los límites represivos del régimen.4 Perdido el contacto con la realidad del país, Franco no previó el impacto de los cambios en la política económica de finales de los años cincuenta, que había aceptado sin enterarse de las consecuencias; no entendió lo que había ocurrido en la Iglesia, que después de haberlo legitimado y apoyado a lo largo de muchos años, en una parte relevante (sobre todo en las asociaciones juveniles católicas y entre los curas jóvenes) se había convertido en opositora. Y al no entender nada de un mundo en el cual se había quedado como forastero, reaccionó, hasta in limine vitae, de la única forma de la que era capaz: rechazando las peticiones de gracia (incluso por parte de Pablo VI) para las cinco ejecuciones llevadas a cabo el 27 de septiembre de 1975 y convocando para el 1 de octubre, frente a las protestas internacionales, un multitudinario mitin en la habitual Plaza de Oriente. Allí quiso denunciar, una vez más, el contubernio comunista. Fue su último discurso.

NOTA. El autor participa del proyecyo «Derechas y nación en la España contemporánea. Culturas e identidades en conflicto» (HAR2014-53042-P), financiado por la Dirección General de Investigación Científica y Técnica, del Ministerio español de Economía y Competitividad.

1 Para una completa biografía del dictador, Paul Preston: Franco. Caudillo de España, Barcelona, Debate, 1994 (última edición actualizada, 2015).

2 F. Del Rey: Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española, Madrid, Tecnos, 2011; G. Ranzato: La grande paura del 1936. Come la Spagna precipitò nella guerra civile, Roma-Bari, Laterza, 2011. Y para la actitud de la Iglesia, la introducción en A. Botti (ed.): Luigi Sturzo e gli amici spagnoli. Carteggi (1924-1951), Soveria Mannelli, Rubbettino, 2012, pp. VII-CXXIII.

3 A. Botti: Cielo y dinero. El nacionalcatolicismo en España (1881-1975), Madrid, Alianza Editorial, 1992 (2008); I. Saz: España contra España. Los nacionalismos franquistas, Madrid, Marcial Pons, 2003; J. Rodrigo: Hasta la raíz. Violencia durante la guerra civil y la dictadura franquista, Madrid, Alianza, 2008; Z. Box: España, Año Cero. La construcción simbólica del franquismo, Madrid, Alianza Editorial, 2010; L. Zenobi: La construcción del mito de Franco. De jefe de la Legión a Caudillo de España, Madrid, Cátedra, 2011; A. Cazorla: Franco, autobiografía del mito, Madrid, Alianza, 2015.

4 V. Pérez Díaz: El retorno de la sociedad civil, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1987; X. Doménech: Quan el carrer va deixar de ser seu. Moviment obrer, societat civil, canvi polític, 1966-1978, Barcelona, Publicacions de L’Abadía de Montserrat, 2002; P. Ysàs: Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, Barcelona, Crítica, 2004; P. Radcliff: Making democratic citizens in Spain. Civil Society and the Popular Origins of Transition, 1960-1978, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2011; E. Treglia: Fuera de las catacumbas. La política del PCE y el movimiento obrero, Madrid, Eneida, 2012.

II.

CONSTRUIR LA IMAGEN DEL 20-N

3. «¡QUÉ DURO ES MORIR!»: LA RECONQUISTA AUDIOVISUAL DE LA INVISIBLE AGONÍA DE FRANCO

Nancy Berthier Université Paris-Sorbonne

«En el curso de un proceso gripal, su excelencia el jefe de Estado ha sufrido una crisis de insuficiencia coronaria aguda, que está evolucionando favorablemente, habiendo comenzado ya su rehabilitación y parte de sus actividades habituales». Tal fue la eufemística nota emitida por la Casa Civil el 21 de octubre de 1975 con respecto a la salud del jefe de Estado, que acababa de sufrir un infarto del miocardio; un mensaje destinado a tranquilizar a los españoles, y sobre todo a apagar los más extravagantes rumores que corrían no solo en el país sino también en el extranjero, donde se llegó a anunciar erróneamente su fallecimiento. Después de una larga agonía, ritmada por 56 partes médicos y 115 comunicados, el 20 de noviembre del mes siguiente Francisco Franco se moría en una cama del Hospital de la Paz, donde había sido trasladado a inicios del mismo mes. Esta avalancha de mensajes oficiales, cuya prosa técnico-médica se debía descifrar para imaginar entre líneas la verdadera naturaleza del estado del caudillo, compensaba en realidad una gran incertidumbre informativa, y durante el periodo que Manuel Vázquez Montalbán bautizó irónicamente como «ceremonia de la supervivencia» aquel lenguaje, que «trataba de pasteurizar el idioma de la muerte»,1 presentaba una realidad sobre todo invisible. En efecto, desde el primero de octubre de 1975 la imagen del caudillo había desaparecido del horizonte mediático en el que había sido omnipresente durante los cuarenta años anteriores, creando una repentina sensación de hueco que las palabras no conseguían colmar. Durante esas semanas, los españoles vivieron un extraño periodo de espera, sumidos en un océano de dudas, en el que el tiempo parecía dilatarse mientras que se iba acercando cada vez más el final del caudillo, la única –aunque borrosa– certidumbre, feliz para unos, e infeliz para otros.2 Este texto se propone estudiar la manera en que la invisible agonía de Franco tomó cuerpo en la narrativa audiovisual para colmar retrospectivamente el vacío de la imagen ausente, percibida como imagen prohibida. En efecto, las imágenes en movimiento se impusieron para elaborar relatos alternativos al oficial, como respuesta a una imparable pulsión escópica, un imperioso deseo de ver.

LOS DOS CUERPOS DEL CAUDILLO

Desde el periodo de la Guerra Civil se había puesto en marcha un tratamiento propagandístico que ubicó la figura de Franco en el centro de un dispositivo ideológico que lo impuso como razón de ser del régimen (el franquismo) a lo largo de los casi cuarenta años que duró. Como lo subrayó Vicente Sánchez-Biosca en un volumen dedicado a la «iconografía» del Generalísimo, «[l]a imagen de Franco ocupó durante un tiempo dilatado [...] espacios públicos y privados de la vida española», imponiéndose de manera «casi ubicua en zonas amplísimas del intercambio humano y social de los españoles, produciendo consecuencias en la vida cotidiana que todavía no han sido suficientemente evaluadas».3 Estaba presente su efigie en espacios públicos y privados, recogida en unos soportes muy variados, imágenes fijas (fotografías, carteles, pinturas, sellos, esculturas, monedas, etc.) o en movimiento con el NO-DO y posteriormente también en televisión.4 Si bien esta imagen ostentó varias dimensiones, tanto sincrónica como diacrónicamente, y tendió a un principio de humanización cada vez mayor «entre el ocio y la intimidad»,5 según iba envejeciendo el Caudillo, no obstante, al ser severamente controlada, obedecía a una obstinada ocultación de lo que Kantorowicz llama el «cuerpo natural». Según su teoría de los dos cuerpos del rey, que podemos aplicar en sus grandes líneas a la figura de Franco, por el carácter absoluto y vitalicio de su régimen, el rey obedece a una lógica dual, dotado por una parte de un «cuerpo natural», «mortal, sujeto a todas las enfermedades que acaecen por naturaleza o accidente, a la debilidad de la infancia o de la vejez y a las deficiencias», y por otra parte de un «cuerpo político», fundamentado en un principio de desmaterialización, «desprovisto de infancia, de vejez y demás debilidades o defectos naturales a los cuales se expone el cuerpo natural».6 La manera en que, en las representaciones de Franco, se ponía de relieve el «cuerpo político» (la función) contra el «cuerpo natural» (el individuo) descansaba en un control de las imágenes destinado a escenificarlo como lugar del poder y esto, incluso cuando se le fotografió o filmó con un afán humanizador que no conseguía escapar de cierta solemne rigidez.7 A pesar del creciente debilitamiento del «cuerpo natural» del Caudillo, debido a la vejez y a la enfermedad, en particular un Parkinson detectado en 1964 y cada vez más visible, las cámaras fotográficas o de televisión se empeñaban en despojar las imágenes fotomecánicas de todo lo que pudiera distraer la atención del «cuerpo político» con el propósito de «eludir la representación de un Franco a todas luces decadente, si no directamente patético», por ejemplo mediante «la omisión de planos cortos y la sustitución de estos por oportunas detenciones en los bellos parajes naturales por los que el homenajeado transita».8 Incluso, cuando muy al final de su vida, el ejercicio técnico era sumamente complicado por una creciente senilidad muy difícil de ocultar, como en su última aparición pública en la Plaza de Oriente el primero de octubre de 1975, en cuyas imágenes oficiales se nota perfectamente cómo los operadores de te levisión española y del NO-DO se las tienen que ingeniar desesperadamente para que el espectáculo de su decadencia no saltara demasiado a la vista con un montaje fundamentado en el arte de la elipsis. Un poco más tarde, se decidió no difundir públicamente las imágenes que se hicieron de él en un acto por motivo de su santo, celebrado el 4 de octubre de 1975, porque eran ya imposibles de ocultar las flaquezas del «cuerpo natural». A partir de ahí no se vieron más imágenes de Franco vivo y el arte de la elipsis duraría hasta el momento de los funerales.

Si en los primeros días después de su infarto, contra la voluntad de los médicos, Francisco Franco pudo empeñarse en seguir con sus actividades habituales, en particular asistiendo al consejo de ministros del 17 de noviembre de 1975, en cambio, a partir de la grave hemorragia gástrica de la que es víctima, el 3 de noviembre, fue sometido a lo que hoy en día se condenaría como distanasia, es decir, la «prolongación médicamente inútil de la agonía de un paciente sin perspectiva de cura».9 Son varios los motivos que se alegaron para justificar la voluntad de su entorno de hacerlo todo por mantenerle en vida, pero cualesquiera que fueran, produjeron ese auténtico ensañamiento terapéutico mientras que los comunicados oficiales sobre la enfermedad de Franco trataban de esconder la esperpéntica condición de «cuerpo natural» del anciano sometido a operaciones de gran envergadura y tratamientos sucesivos detrás de la retórica de índole técnico-médica evocada antes. El edificante último parte del «equipo médico habitual», redactado a las siete y media de la mañana del 20 de noviembre, fue en cierto modo el clímax de esta serie, en particular con la extensa enumeración de sus aterradores «Diagnósticos clínicos finales»: «Enfermedad de Parkinson. Cardiopatía isquémica con infarto agudo de miocardio anterosepial y de cara diafragmática. Úlceras digestivas agudas recidivantes, con hemorragias masivas reiteradas. Peritonitis bacteriana. Fracaso renal agudo. Tromboflebitis íleofemoral izquierda. Bronconeumonía bilateral aspirativa. Choque endotóxico. Parada cardíaca».10

La «Operación Lucero» ya se había puesto en marcha para controlar ese momento tan temido del fallecimiento y la cuestión de la última imagen se había planteado para que la muerte del dictador quedara asociada a una imagen apacible que constituyera un recuerdo para la eternidad. Antonio Piga, un joven médico forense, había sido contactado para poder, llegado el momento, embalsamarlo rápidamente con el fin de poder exponer el cuerpo,11 a partir de la madrugada del 21 de noviembre, en el Salón de Columnas del Palacio Real de Madrid. Lejos de la realidad cruda del último parte médico, la última imagen de Franco, después de una larga elipsis, se reanudaba con un principio de desmaterialización destinado a borrar su condición «natural» para poner de realce el «cuerpo político». Las cámaras fotográficas o cinematográficas pudieron entonces elaborar el «último retrato» del Caudillo en una tradición decimonónica,12 pero cuyo paradigma se fundamentaba en el concepto medieval de la belle mort en el que «el lecho de los muertos se suele arreglar para figurar una digna exposición y borrar las huellas de la agonía: el último retrato está autorizado cuando todo está en orden. Pues está conforme con la visión permitida al público, a menudo arreglada por el mismo muerto. [...] La muerte tiene que ser hermosa».13 Fue la imagen apacible de un Caudillo reposando en un lujoso féretro, cuidadosamente embalsamado por Antonio Piga y vestido con su uniforme de capitán de los ejércitos, la que se quiso asociar oficialmente con la muerte del dictador, para que quedara grabada para la eternidad en las retinas de los españoles.

De modo que lo que se va a tratar de reconquistar audiovisualmente desde el periodo de la Transición es en realidad la materialidad de un «cuerpo natural» prohibido, según un principio de «visibilización» de la agonía, con unos fines muy diversos en función del periodo y del tipo de producto audiovisual. A partir de un corpus reducido de tres películas de índoles variadas, estudiaremos unas estrategias de elaboración narrativa y visual del acontecimiento, correspondientes a tres grandes momentos, desde el periodo de la Transición hasta los años 2000. La primera recurre a la imaginación, con la ficción Hic digitur dei (1976) de Antoni Martí, en el ámbito del mundo de la contracultura de los setenta. Casi veinte años después, el documental Así murió Franco (1994) de Carlos Estévez adopta un dispositivo casi opuesto, bajo el signo de un afán investigador por descubrir la verdad de lo que pasó durante esas semanas. Por fin, en los años 2000, con la distancia temporal, es la recreación ficcional la que permite recuperar, desde la memoria, la invisible agonía en ¡Buen viaje Excelencia! (2003) de Albert Boadella.

UNA RECONQUISTA BAJO EL SIGNO DE LA IMAGINACIÓN : HIC DIGITUR DEI (Antoni Martí, 1976)

Realizada en el ámbito de la clandestinidad (o del underground),14 la película Hic digitur dei es un largometraje de ficción rodado en formato amateur Súper 8 por el joven catalán Antoni Martí, con un guión de Quim Monzó y Roser Fradera. Ideada en el momento de la agonía del dictador, vivida con una obvia euforia en el mundo de la contracultura de la época, cuenta la historia de una joven, Llumeta, que decide ir a trabajar como sirvienta para un cabdil (‘caudillo’) en su palacio (designado como la “Casa grande”) para ganar el dinero que le permita enviar a su padre enfermo al sanatorio, contra la voluntad de su novio. En paralelo a su historia, se narran la agonía y muerte de ese cabdil, operado por un «muy ilustre marqués», y el advenimiento de su sucesor, un rey llamado Baltasar, terminando la película en una gran fiesta con fuegos artificiales. La trama combina la influencia de las radionovelas de Radio Madrid, cuyo estilo es parodiado (en particular con la referencia a Los parientes pobres de Guillermo Sautier Casaseca y Lucecita de Antonio Losada), mezclada con el universo visual de la cultura popular de la prensa (las fotonovelas, la revista Hola). Detrás del cuento del cabdil y de su sucesor, el espectador reconoce la realidad nacional sin dificultad (Francisco Franco y el príncipe Juan Carlos), aunque envuelta en una atmósfera de disparatada imaginación. Se compone el largometraje de diez capítulos y un epílogo introducidos por unos rótulos y cuyo contenido es presentado por un narrador en voz en off, en catalán.

El episodio de la enfermedad y agonía del parodiado dictador es obviamente uno de los momentos cumbres del relato. Situado en torno a la mitad del filme (en el minuto 46 y 42 segundos, sobre unos 84 minutos en total), ocupa la totalidad del capítulo central (el quinto) para una duración de unos ocho minutos (un 10% del total de la película). La voz en off resume el contenido del fragmento del siguiente modo: «De cómo el muy ilustre marqués opera al Caudillo y de cómo murió este y otras locuras por igual».15 El episodio empieza con un número musical en el cual, en un decorado palaciego de cartón piedra (la «Casa grande» que remite a la residencia oficial de Franco, el Pardo), un grupo de personas haciendo de equipo médico (en particular con unas jóvenes enfermeras que ostentan gigantes jeringuillas de cartón y lucen piernas) pasea bailando por el inmenso salón, en una alegre coreografía, a un semiinconsciente y boquiabierto Caudillo (Joan Fernández) recostado en una silla de ruedas, al son de la canción «Me lo dijo Adela», un chachachá del portorriqueño Bobby Capó cuya versión cantada por la escoteada actriz Abbe Lane en Susana y yo (Enrique Cahen Salaberry, 1957) había dotado de un erotismo tórrido. Resulta espectacular la llegada del flamante «marqués», interpretado por un teatral Xabier Elorriaga, que va a dirigir el equipo médico y se posiciona en el centro de la coreografía. Evidente parodia del yerno de Franco, Cristóbal Martínez Bordíu, marqués de Villaverde, el personaje, ya presentado en la película como un irresponsable vividor obsesionado por las mujeres, va a ser el protagonista de una macabra operación que ocupa todo el resto del capítulo. Aunque, en realidad, el auténtico marqués de Villaverde nunca dirigió una operación de su suegro y ni siquiera formaba parte del «equipo médico habitual», estaba detrás de todas las deliberaciones médicas en torno a la salud de su suegro desde la sustitución, en julio de 1974, del médico de cabecera de Franco Vicente Gil por el doctor Vicente Pozuelo Escudero a raíz de la tromboflebitis que padeció en el curso del verano.16


Durante su agonía, Franco fue operado varias veces, pero la intervención quirúrgica más impactante que sufrió fue la que tuvo lugar en el «quirófano del Regimiento de la Guardia del Pardo» (en realidad un botiquín acomodado adrede), practicada por el profesor M. Hidalgo Huerta, con la colaboración de los doctores Cabrero Gómez y Artero Guirao17 en la noche del 3 de noviembre de 1975, con la cual se iniciaba el ensañamiento terapéutico que iba a durar unas semanas más. Esta tuvo una duración bastante consecuente, oficialmente de tres horas, entre las 21:30 y las 23:30 horas y el parte médico del día después las resumía de esta manera:

En la intervención se objetivó la existencia de una úlcera gástrica aguda localizada en la parte anterior del estómago, próxima a la curvadura mayor de la región inicial del fundus, que al interesar la arteria gastroepiploica izquierda, era responsable del cuadro hemorrágico actual. Se comprobó asimismo la existencia de dos erosiones de la mucosa gástrica a nivel del antro. Por vía intragástrica se practicó sutura oclusiva de la úlcera sangrante y arteria acompañante, comprobándose la cesación de la hemorragia. Asimismo fueron suturadas las dos erosiones no sangrantes de la mucosa antral. La intervención fue bien tolerada, con esporádicas alteraciones electrocardiográficas severas, que fueron controladas satisfactoriamente por el grupo cardiológico que colaboró durante el acto quirúrgico. La operación finalizó a las 12,30 de la noche, transfundiéndose un total de 7,5 litros de sangre. A la una horas del día 4 de noviembre, en el momento de redactar este parte, las constantes vitales de Su Excelencia e1 Generalísimo están normalizadas. El pronóstico es muy grave. Firmado: El equipo médico habitual. Palacio del Pardo, 4 de noviembre de 1975.18

Aunque no había habido por razones obvias ninguna imagen relacionada con el acontecimiento, ese detallado parte médico, a pesar de su carácter técnico, había suscitado numerosos comentarios y rumores que habían nutrido la imaginación a falta de poder conocerse la verdad exacta, en una atmósfera que el diario Informaciones describe escuetamente el día después: «A las redacciones llegaban teletipos con informaciones que luego eran embargadas, y noticias contradictorias que atestiguaban el clima de tensa expectación en tomo a la salud del Generalísimo».19 Las circunstancias –no precisadas en el parte oficial pero rumoreadas y deformadas– en las que se desarrolló la operación le confirió unos toques esperpénticos por las condiciones muy precarias en que se hizo: por ejemplo, fue envuelto desnudo en una alfombra para bajar las escaleras del palacio, por las que no podía pasar la camilla, y se fue la luz en plena operación por fundirse los plomos. Solo fue después de esta operación catastrófica cuando el enfermo ingresó en el Hospital de la Paz contra su voluntad.

En 1976, la estrategia que desarrolla Antoni Martí para visibilizar esta agonía es hacerlo desde la perspectiva, precisamente, de la imaginación, y le fue bastante fácil reconstituir ficcionalmente la famosa operación en el Pardo apoyándose en el relato oficial combinado con esos rumores y una fuerte dosis de fantasía. Lo va a hacer a partir de una feroz voluntad desmitificadora que pone al descubierto un «cuerpo natural» degradado librado a las manos profanadoras de las enfermeras y de un marqués-cirujano más preocupados por la seducción y el sexo que por el pobre enfermo yaciente en medio de ellos. Un «cuerpo natural» cuya abyección es ilustrada por su cabeza, que es en realidad la de un puerco (auténtico). Totalmente inerte, el Caudillo solo reacciona cuando se le coloca en el bajo vientre la «mano de Teresa de Jesús» (representación de la famosa reliquia que el Generalísimo tuvo a su lado hasta el final) en una especie de vibración semejante a una erección que provoca el regocijo de los presentes. El radiante marqués, con pañoleta roja de lunares blancos, a juego con un pequeño rebozo que deja sus hombros y vientre al desnudo, y un short de la misma tela, dirige la operación con unos gestos y comentarios jocosos en un ambiente de alegre profanación: los asistentes fuman, beben, se ríen o se besan mientras que el cuerpo apático del cabdil, en medio de lo que se parece cada vez más a una sangrienta carnicería, es cada vez menos atendido por los médicos y enfermeras, más interesados en asuntos sexuales (homo y hetero) que en su tarea quirúrgica. Al final de la secuencia, el marqués-cirujano declara con un tono solemne que «El equipo médico habitual ha alcanzado su objetivo: el viejo ha muerto», lo cual es el punto de partida de lo que se asemeja a una auténtica orgía. El victorioso médico se destapa el torso y mientras se amortaja al muerto, todos cantan jovialmente para celebrar un hecho que provoca una intensa felicidad compartida.


«Era una fiesta total», comenta el cineasta al ser preguntado por la recepción pública de la película en los círculos del cine underground de la época.20 También había sido una gran fiesta su proceso creativo, que reunió tanto para su concepción y realización como para su interpretación a la flor y nata de la contracultura catalana de aquel entonces: más allá del guión colectivo de Roser Fradera, Quim Monzó y el propio Martí, las interpretaciones de Joan Fernández, Xabier Elorriaga, Rosa Novell, Pep-Maur Serra, Maruja Torres, Montserrat Carulla, Alfred Luchetti, sin olvidar las colaboraciones como extras de los participantes en el festival de teatro Grec-76. La reconquista audiovisual de la agonía de Franco en el entorno de la contracultura catalana de la época adopta, pues, aquí, la forma de un cuento jocoso que responde al concepto de lo carnavalesco según Mijail Bajtin; tanto en su dimensión crítica y subversiva, fundamentada en el principio de rebajamiento y del mundo al revés, como por su carácter felizmente regenerador que representa «el correctivo popular de la risa a la gravedad unilateral de [l]as pretensiones espirituales» del poder.21 No por azar la película finaliza representando precisamente un gran carnaval en el cual, como explica el rótulo, «los súbditos hicieron fiestas y medio se sublevaron», con imágenes documentales de auténticas fiestas callejeras con fuegos artificiales, quemas, actuaciones musicales, etc. Contra la solemnidad de las imágenes oficiales de la muerte de Franco condensadas en un idealizado «último retrato», Hic digitur dei genera una forma de historia contrafactual que actúa como una suerte de feliz, aunque ficticio, «correctivo». Hic digitur dei se vincula con lo que el historiador Jacques Le Goff bautiza como el «enjeu-mémoire»,22 una expresión que utiliza para designar el papel democrático de las memorias alternativas, minoritarias pero liberadoras, contra las memorias dominantes, instrumentalizadas por los poderes.23 Contra la unilateralidad de las imágenes oficiales, contra la violencia simbólica que ejercen sobre los que no están de acuerdo con ellas pero no las pueden expresar, la película plasmaba una visión distinta, sin más pretensiones, por el carácter confidencial de su difusión en los márgenes de la industria cinematográfica, que la de deshacerse del relato oficial dominándolo con sus disparatadas fantasías. La recuperación a posteriori de esta película en el marco de la serie sobre el cine independiente catalán, difundida en el Canal 33 en noviembre de 200324 y su posterior edición en formato DVD dentro de un pack,25 han permitido conferir una segunda vida al testimonio de un momento determinado de esta sensibilidad iconoclasta frente al acontecimiento de la agonía y muerte de Franco, así como algunas proyecciones públicas.

UNA RECONQUISTA BAJO EL SIGNO DE UN AFÁN INVESTIGADOR : ASÍ MURIÓ FRANCO (Carlos Estévez, 1994)

En paralelo al proceso de democratización, empezó a emerger una memoria alternativa del acontecimiento, fundamentada en el deseo de conocer la verdad, más allá de la imagen «congelada» por el discurso oficial del franquismo. Numerosos escritos emprendieron la tarea de poner al descubierto paso a paso lo que había sido mantenido en secreto por las autoridades, empezando con el testimonio de varios de los médicos que habían cuidado a Franco, tanto antes como durante su última enfermedad, desde el año siguiente de su fallecimiento, en 1976, con el libro del cirujano Manuel Hidalgo Huerta Cómo y por qué operé a Franco (Madrid, Garsi, 1976), seguido en 1980 por el del doctor Vicente Pozuelo, Los 476 últimos días de Franco (Barcelona, Planeta, 1980), o, en 1981, el del doctor Vicente Gil, Cuarenta años junto a Franco (Barcelona, Planeta, 1981). Aunque la perspectiva de los médicos distaba de ser crítica hacia la figura del Caudillo, a quien habían servido fielmente, y no decía obviamente toda la verdad, el mero hecho de desvelar los entresijos de la agonía de Franco suponía una ruptura con el discurso oficial al imponer el «cuerpo natural» contra el «cuerpo político». Más allá del equipo médico, se volvía obstinadamente sobre la cuestión de la muerte del Caudillo, como por ejemplo en ese libro con un título elocuente, escrito por dos periodistas, Javier Figuero y Luis Herrero, La muerte de Franco jamás contada: diez años después, una crónica de la agonía y muerte de Franco, entre el primero de octubre y el 10 de diciembre de 1975.26

Pero lo que más fuerza tuvo en el cambio de perspectiva de la visión de la muerte de Franco fue la publicación de unas impactantes fotografías en el número 4 del semanario La Revista del 29 de octubre de 1984, bajo el título «Gran exclusiva mundial: agonía y muerte de Francisco Franco. Un documento gráfico de excepcional valor histórico». Eran unas imágenes algo obscenas del dictador en su cama del Hospital de la Paz que habían sido sacadas unos días antes de su muerte por el mismo yerno del Caudillo porque según él: «Eran necesarias para incluirlas en el historial clínico y la categoría excepcional del personaje las exigía».27 Las fotografías, que le fueron robadas, según declaró, mostraban la realidad cruda de la agonía poniéndole por primera vez un «rostro». Posteriormente, Jaime de Peñafiel, el director de La Revista, reveló que se las había comprado a una persona –de quien nunca desvelaría el nombre– que había servido a Franco durante 32 años y que se las vendía por lealtad al Caudillo «para que el mundo viera “las perrerías” que le hicieron al final».28

En medio de noticias dedicadas a la vida frívola de los «famosos» de la época («El coche que conducirán Carolina y Stephano en Africa», «Stéphane Labelle, el nuevo amor de la princesa Estefanía, habla para La Revista», «Juncal Rivero, Miss España 1984», etc.), aparece, entre las páginas 76 y 81, exactamente en medio de la revista, un conjunto de 4 fotografías en color reproducidas a gran tamaño (originalmente en formato de 13×18).29 Se trata de cuatro tomas repetitivas de Franco en su lecho del hospital, sacadas todas desde cerca, con una misma luz y escala, que encuadran a Franco inmóvil a medio cuerpo. Lo que cambia en las imágenes es el ángulo de las tomas, con una cámara situada ora a la izquierda, ora a la derecha, ora de frente, así como la presencia del personal del hospital en su cabecera, ocupado en el mantenimiento de una impresionante maquinaria que hace del enfermo una especie de cyborg artificialmente mantenido en vida. Dos de las imágenes son reproducidas a doble página (un privilegio que solo comparten con un anuncio para el Renault 25 en ese número), lo cual produce un fuerte impacto visual, reforzado por el carácter casi insostenible de la realidad oximorónica que está expuesta: la visión de un auténtico cadáver vivo. La que tal vez sea la más impresionante, por su ángulo en leve picado, por el hecho de que el pecho de Franco esté destapado, dejando aparecer su piel desnuda, es reproducida a plena página en la portada, que aboga obviamente por un sensacionalismo morboso, aunque la «gran exclusiva mundial» se justifica desde un interés histórico en un subtítulo tipográficamente discreto («un documento gráfico de excepcional valor histórico»). Los textos que acompañan el reportaje tratan de compensar el reconocido «impacto emocional» de las imágenes haciendo hincapié en el valor histórico de «este excepcional documento» y se contentan con enumerar fríamente los datos clínicos de la agonía de Franco, entre el 14 de octubre y el 20 de noviembre. Se anuncia en complemento la publicación, para la semana siguiente, de un dosier completo con entrevistas a «ilustres médicos, que tuvieron a su cargo a tan ilustre enfermo» para conocer «con todo detalle» el proceso.30


En la presentación de las imágenes, nada delataba el menor atisbo de crítica hacia el dictador, y por consiguiente de voluntad desmitificadora, sino que, muy al contrario, en los textos se leía una deferencia que contrastaba fuertemente con el contenido de las imágenes, e incluso hoy en día Jaime Peñafiel defiende la publicación de estas fotografías que en su época suscitaron polémicas en nombre de un supuesto combate contra la distanasia, al igual que el que se las vendió:

Allí estaba el general, allí estaba el testimonio gráfico de lo que se sospechaba le habían hecho durante los 15 días que permaneció en la habitación de la primera planta del Hospital La Paz: negarle el derecho a morir tranquilamente, sin dejarle aceptar la propia muerte de una manera digna. Las fotos que tenía en mis manos eran un ejemplo terrible de lo que se puede hacer con un hombre, conservándole, gracias a la tecnología, hasta el último palmo vegetativo.31

Cualesquiera que fueran las razones de esta publicación, lo cierto es que no le «cabía la menor duda de que aquello era una exclusiva excepcional»32 y las imágenes imponían de manera esperpéntica y cruel la crudeza de aquel ensañamiento terapéutico con el cuerpo desnudo, entubado, ostensiblemente inconsciente del Caudillo, e ilustraban con extraña nitidez la realidad médica del último parte médico anteriormente citado. Contra la imagen de belle mort que se había elaborado cuidadosamente en noviembre de 1975, las fotos mostraban la parte escondida de los últimos momentos de la vida de Franco, de un «cuerpo natural» cuya cruda realidad había sido hasta entonces invisible y prohibida, e iban a competir en las memorias para ocupar en ellas el codiciado papel de «último retrato».

Habría que esperar unos 10 años antes de que la contraimagen de la muerte de Franco, ampliamente revelada ya por libros, testimonios, archivos, y por estas fotografías, se convirtiera en un documento de índole audiovisual. Se trata de la película Así murió Franco, producida por Antena 3 en 1994 y dirigida por Carlos Estévez,33 un periodista nacido en 1951, fundador y director del «Equipo de Investigación» de Antena 3 TV, especializado en la realización de unos atrevidos documentales de investigación que indagan en las cuestiones más controvertidas de la realidad nacional e internacional (Los campos de la muerte, El secreto nuclear español, Los silencios del 23 F, La huella del Gal o Nazis en España). El guión había sido escrito por la periodista Victoria Prego, ya autora, junto a Elías Andrés, de la famosísima serie La Transición, emitida por TVE en 1995. Obedece a un mismo estilo documental bastante clásico, fundamentado en la voluntad de sacar del olvido un pasado buscando para documentarlo todo tipo de fuentes, tanto escritas o visuales como testimoniales.

El título del documental televisivo de 54 minutos de duración34 empieza con el adverbio de manera «así», que señala de entrada el objetivo de los periodistas: restablecer la verdad sobre la muerte de Franco. Para hacerlo, se valen del sinnúmero de fuentes documentales entonces disponibles sobre el evento: documentos e imágenes de archivo (empezando con las fotos del marqués de Villaverde), imágenes oficiales, inéditas para algunas (las tomas censuradas del 4 de octubre de 1975), relatos de testigos de excepción (miembros del equipo médico pero también unos ministros de entonces). La voz femenina, en off, de Victoria Prego (como en La Transición) conduce el relato de la muerte de Franco, desde el primero de octubre de 1975, día de su última aparición en público, hasta su fallecimiento el 20 de noviembre. Del periodo considerado, lo que interesa al director es en gran parte esos momentos en que, de repente, la figura de Franco, tan omnipresente en el espacio público y mediático, desapareció a causa de su enfermedad. De modo que el documental televisivo trata de hacer emerger la parte oculta del evento, colmando el vacío de la imagen ausente. Durante los primeros minutos, el propio director de la película aparece en pantalla, sobre fondo oscuro, en plano corto pecho y se dirige solemnemente a la cámara para una declaración de principios que insiste en el deseo de saber qué ha movido la investigación:

Han tenido que pasar 20 años para que la muerte de Franco dejara de ser un misterio. Durante todo este tiempo, el equipo médico que le atendió en su enfermedad guardó el pacto de silencio que habían sellado el día de su muerte y que mantuvo hasta ahora ocultas las razones de su larga agonía. Nuestro equipo de investigación les va a revelar las claves que despejan las incógnitas en torno a la muerte de Franco. Hemos querido centrar nuestra investigación en el lado más oscuro de este enigma y ofrecerles en exclusiva los documentos y testimonios médicos que explican cómo murió verdaderamente Franco y sobre todo por qué tardó tanto en morir (el subrayado es mío).

El campo léxico de esta breve introducción («misterio, silencio, ocultas, revelar, incógnitas, oscuro, enigma») deja a las claras las ambiciones del documental, que se propone no solamente romper el pacto de silencio del equipo médico, sino también, de manera más general, levantar el llamado «pacto del olvido» de la transición. Se inscribe pues en el marco de un auténtico deber de memoria, permitido por la distancia temporal que separa la película del acontecimiento, casi veinte años.

Siguiendo el hilo cronológico, el documental lleva a cabo un doble relato, el de los últimos momentos de la vida de Franco, que se van alternando con algunas secuencias dedicadas, en paralelo y como contrapunto, a la situación del país, y en particular a las relaciones con el papa y la Marcha Verde en el Sáhara. Más allá de una función de contextualización, estas secuencias sirven también para ritmar el relato íntimo y asfixiante de la agonía de Franco, que constituye la parte esencial del documental. Este se fundamenta en una voluntad de visibilizar y aclarar la fase de enfermedad y agonía explicando para el televidente lo que se escondía detrás de los poco comprensibles comunicados oficiales. Este relato audiovisual se podría considerar en cierta manera como una expansión a escala de un documental de las fotografías reveladas por La Revista. Las imágenes rescatadas de los archivos dan cuerpo y materialidad al evento en su parte oculta: por ejemplo, las secuencias inéditas del NO-DO de octubre que dan cuenta del débil estado de salud del Caudillo, los documentos médicos (electrocardiograma, informes) que testimonian sus enfermedades o los planos filmados a posteriori (en el presente de realización del documental, bajo la forma del reportaje) de los lugares de sus últimos momentos en su residencia del Pardo (su habitación, el botiquín del cuartel de la tropa en desuso, habilitado como quirófano). Los testimonios de los médicos que lo atendieron, tanto como los de algunos de sus ministros de entonces, o de su sobrina, Pilar Jaraíz Franco, van dibujando paso a paso la cruda realidad de un cuerpo acechado por la muerte, cuyos detalles mórbidos no se eluden, configurando un auténtico «pelele humano» según comenta uno de los médicos.


Si desde la memoria oficial se había tratado de sustituir al «cuerpo natural» por el «cuerpo político» a partir de la idea de belle mort que conformó el «último retrato», en cambio Así murió Franco opera exactamente a la inversa. Lo que se pone de realce, y lo que se construye fílmicamente, es la imagen de un «cuerpo natural» que consigue borrar por completo el «cuerpo político». La película observa al caudillo desde la misma perspectiva que los médicos a los que interroga, con la mirada distante y desprovista de emoción de quienes pueden enfrentarse con la realidad con frialdad, gracias al efecto del paso del tiempo. Emitido con motivo de la conmemoración del 19.º aniversario de la muerte del dictador, el 20 de noviembre de 1994, reunió a cuatro millones de personas (share de un 34,6%),35 lo cual constituía un indudable éxito que tal vez demuestre que ese afán por indagar la verdad era una necesidad compartida por aquel entonces. La calidad periodística de Así murió Franco fue también recompensada con la Medalla de Plata de Documentales Históricos en el Festival de Nueva York. En su primera reposición, destinada a abrir la programación en torno al 20 aniversario del 20-N en Antena 3, la crónica del ABC destacaba el «rigor de este reportaje, alejado de extremismos y emociones», y lo presentaba como «un ejemplo».36 Y en una reposición más reciente, seguía siendo lo que se evidenciaba, subrayando la capacidad de la película para permitir la visibilización del acontecimiento: «Así murió Franco incluye una de las mejores recopilaciones de imágenes sobre aquel acontecimiento histórico, procedentes de archivos de todo el mundo».37

Se hubiera podido pensar que este documental fundamentado en el rigor del periodismo de investigación agotaría la pulsión escópica al revelar tan detalladamente todo el proceso, del que no quedaba ningún misterio. No obstante, todavía faltaba una dimensión, la visión del propio protagonista, en primera persona, ya que hasta entonces, la visión de la enfermedad y agonía habían sido externas. Solo la ficción podía proporcionar este punto de vista.

UNA RECONQUISTA BAJO EL SIGNO DE LA MEMORIA: ¡BUEN VIAJE, EXCELENCIA! (Albert Boadella, 2003)

Al contrario que el documental de Antena 3, fundamentado en un rigor que conlleva una voluntad de objetividad distante, la película ¡Buen viaje, Excelencia!, del catalán Albert Boadella, estrenada en 2003, se entronca claramente con una orientación desmitificadora con respecto a la figura del caudillo, que reanuda una tendencia del cine español de películas que se habían empleado en derribar simbólicamente la estatua de Franco proponiendo una visión crítica de la figura del Caudillo. Dos documentales se habían estrenado en plena transición, Caudillo, de Basilio Martín Patino, un documental de montaje empezado en el tardofranquismo pero que se estrenaría en el año 1977, que repasaba a la luz de una ironía mordaz la biografía de Franco, y Raza, el espíritu de Franco (1977), de Gonzalo Herralde, una original y desmitificadora aproximación a su vida mediante la confrontación entre imágenes de la película Raza, procedente de un texto literario suyo, y testimonios del actor principal de esta ficción y de la propia hermana de Franco. Habría que esperar los años de democracia para que este afán desmitificador utilizara la vía ficcional38 con, por ejemplo, Dragón rápide (Jaime Camino, 1985), Espérame en el cielo (Antonio Mercero, 1988) o Madregilda (Francisco Regueiro, 1993). Estos dos últimos títulos proponían además por primera vez en la historia del cine español una mirada crítica fundamentada en el uso del humor.39 La gran novedad que supone ¡Buen viaje, Excelencia! es que su tema principal se reduce al episodio de la agonía y muerte del caudillo.40

Albert Boadella es conocido no como director de cine (esta fue la primera y única película que dirigió),41 sino como hombre de teatro, creador y director de la famosa tropa Els Joglars, creada en 1961. Pero si es esta película una excepción en su carrera, en realidad, se vincula temáticamente con los espectáculos de la compañía, empeñada desde siempre en desmontar «[l]os mecanismos de perpetuación del poder en diferentes ámbitos y facetas».42 Por otra parte, había ya trabajado en sus producciones el género biográfico con, por ejemplo, las figuras de Dalí (Daaalí, 2001), Josep Pla (La increíble historia del Dr Floit & Mr Pla, 2001) o de Jordi Pujol en el registro de la parodia (Operación Ubú, 1981, y Ubú President, 2001). Se puede pensar que la elección del soporte cinematográfico para tratar la muerte de Franco fue fruto de una voluntad de responder audiovisualmente al antiguo discurso oficial, plasmado en las imágenes televisivas o cinematográficas del NO-DO, para proponer una contraimagen a su medida y asegurarle una difusión más amplia y, sobre todo, duradera.

¡Buen viaje, Excelencia!, título ya de por sí irónico, cuenta según una línea cronológica los últimos momentos de la vida de Franco, desde la muerte del almirante Luis Carrero Blanco, su delfín político, el 20 de diciembre de 1974, por un atentado de ETA, hasta el 20 de noviembre de 1975. Se trata de una biografía parcial, limitada a dos de los 83 años de vida del jefe de Estado, pero que enfoca este periodo como la clave de comprensión de su figura. Se fundamenta la película en las numerosas fuentes escritas, gráficas y audiovisuales que existían sobre el evento, en un auténtico afán de verosimilitud histórica: «Y he leído, si no la totalidad de libros, casi todos: a favor y en contra»,43 comenta el director. Esta preocupación por las fuentes históricas corresponde con lo que en otro lugar llamé la «función documental» del cine biográfico,44 que permite medir el grado de compromiso de las películas con la realidad histórica. En el caso de ¡Buen viaje, Excelencia!, tiene una importancia singular esta función que supone para el espectador una inmersión en una realidad documentada.45 En este aspecto, la película de Boadella se entronca con el documental Así murió Franco, que sin lugar a dudas constituyó una fuente. Su desarrollo narrativo se adecúa a la cronología de la evolución de la enfermedad del dictador, con sus episodios más conocidos, desde su última aparición en el balcón del Palacio Real el 1 de octubre de 1975 hasta los detalles de la operación que sufre en el botiquín del Pardo, con el repentino apagón que sume en la oscuridad a los cirujanos en plena acción, pasando por las sesiones de rehabilitación del enfermo en su casa al compás del himno de la Legión. Tanto en las líneas generales como a nivel de detalles (espacio filmado, diálogos, vestuario), es obvia en el filme la inmensa erudición histórica del director.

Sin embargo, en lo que difiere radicalmente ¡Buen viaje, Excelencia! de Así murió Franco es en la «función poética» del biopic. Si la función documental suele constituir un ineludible horizonte de espera, en el biopic se combina necesariamente con la función poética, que determina otro horizonte de espera para el público, el de una ficcionalización que tiene sus códigos propios y que puede entrar en conflicto con el primero. Según el historiador François Dosse, esta tensión entre dos polos a priori opuestos es característica de toda obra biográfica, propia de la misma escritura histórica, de la cual sería una derivación paroxística:

Género híbrido, la biografía se encuentra en tensión constante entre una voluntad de reproducir un pasado real según las reglas de la mimesis, y al mismo tiempo, el polo imaginativo del biógrafo que debe recrear un universo perdido según su intuición y sus capacidades creadoras. Esta tensión no es propia de la biografía sino que se encuentra en el historiador enfrentado con el mismo acto de hacer historia, pero alcanza su paroxismo en el género biográfico que se vincula a la vez con la dimensión histórica y la dimensión ficticia.46

Para entender debidamente un biopic, el estudio de su parte creadora es tan importante como el de su dimensión documental, así como la manera en que se combinan o equilibran, en una hibridez que constituye su misma riqueza.

En el caso de ¡Buen viaje, Excelencia!, la función poética adopta varias formas. En primer lugar, se fundamenta en la integración en el relato de unos elementos que son el producto de la imaginación del cineasta. Primero a nivel de personajes, introduce al lado de figuras que remiten a personas reales, otras ficticias, como es el caso de la doctora alemana Muller, una figura extravagante que atiende al Caudillo con unos métodos poco ortodoxos. Pero la imaginación se extiende también a unos personajes que habrán existido realmente (un guardia, un cocinero de Franco), pero que quedaron en cierto anonimato y a los que el director confiere una identidad y una personalidad que sirven a su propósito ficcional. Por otra parte, el guión se fundamenta en una estructura en forma de contrapunto que regularmente nos hace salir del recinto del Pardo para sumirnos en el ambiente de un bar lleno de españoles que van comentando la situación del país (como un lejano eco del principio del documental del NO-DO). Estas figuras ficticias que forman una especie de coro (también como las referencias a la Marcha Verde en Así murió Franco) no son sino la proyección imaginaria de una realidad que dejó pocas fuentes documentadas, al inscribirse en lo cotidiano.

Más allá de la invención de unos personajes, la función poética se fundamenta sobre todo, de manera general, en una dimensión burlesca y satírica47 que procede de la realidad histórica, pero que la transforma mediante un principio de exageración, de hiperbolización de esta. Se manifiesta obviamente en la actuación de los actores, empezando por Ramón Fontserè, que hace de Franco y sobreactúa su papel, a nivel de tono de voz (más aflautada que la del modelo) o de gestualidad (al igual que un pelele). En esto, es sin lugar a dudas heredero del Chaplin del Gran dictador, una referencia obligada para cualquier sátira política, que asume explícitamente Boadella en las entrevistas que se le hicieron, pero también haciéndole un guiño en una de las secuencias, en la que un atontado Franco maneja un globo terráqueo. Por otra parte, la hiperbolización se manifiesta en unos detalles que cobran una dimensión inusual por su escenificación. Tal es el caso, por ejemplo, de la hemorragia intestina que sufre Franco y que, de hecho, en el documental Así murió Franco comentaba uno de los doctores repitiendo tres veces el gerundio «sangrando» para dar cuenta de su importancia. Boadella parte de esta realidad, pero la escenifica mediante unos planos impresionantes en los que la sangre se derrama a chorros y acaba cubriendo la pantalla, esperpénticamente. Añade además a estas fuentes documentadas elementos imaginarios, pero verosímiles, escenificando con imágenes los delirios que producirían la fiebre y la pérdida de conciencia en el enfermo. La hiperbolización que caracteriza la función poética determina una visión del dictador en sus últimos momentos que, al igual que en Así murió Franco, pero con distintos procedimientos, hace énfasis en el «cuerpo natural» del jefe del Estado, contra su «cuerpo político». Más, queda reducido a su cuerpo natural.


El mayor riesgo que se corría frente al relato dramático de la agonía y muerte del dictador era la compasión. Cuando el cuerpo natural sustituye al cuerpo político, el principio de identificación asoma, generando cierta empatía. Cuenta, de hecho, Boadella que durante su visita al Pardo la elocuencia del guía que dirigía la visita «lograba transmitir[le] un sentimiento de compasión hacia el odiado tirano».48 De modo que trató de concebir unas estrategias para anular toda posible identificación, unos «contrapesos para no estimular demasiados sentimientos de ternura». El humor será finalmente el gran contrapeso ideado por el director para mantenerse a distancia, relacionado con una dimensión carnavalesca, ya presente, como hemos dicho, en anteriores comedias sobre Franco, que adopta una modalidad extrema, en la que se produce la inversión alto/bajo-funciones intelectuales/ funciones vitales de modo sistemático para dibujar la imagen de un ubuesco fantoche. Boadella ha apostado por un humor negro y sarcástico para derribar la estatua del Comendador, con el uso de la risa que, como en su época para Mercero en Espérame en el cielo, ha de tener una función catártica: «Pensé que [...] doce años después de la muerte de Franco, la risa debía tener un efecto terapéutico».49

Esta última dimensión se vincula con la «función especular» del biopic. Lo que denomino «función especular» puede considerarse, en cierta medida, como una subcategoría de la función poética. En efecto, la manera como, en el biopic, el autor se proyecta en la figura biografiada forma parte de la «poiesis», del acto de creación que le confiere a su obra su originalidad, imprimiendo una visión propia. Sin embargo, la función especular difiere de la función poética en la medida en que involucra de un modo más íntimo al creador. Como cualquier gesto biográfico, el biopic puede tener una doble vertiente, biográfica y autobiográfica a la vez: «Por una parte, corresponde con una ficción que el biógrafo elabora sobre otra persona; por otra parte, indirectamente, es el autorretrato de un biógrafo alterado por su encuentro con el otro».50 La función especular, que se concreta en una proyección autobiográfica, no es tan consubstancial al género del biopic como las otras dos. Depende por una parte de la voluntad de distancia del cineasta respecto al sujeto biografiado, que puede en ciertos casos ser máxima, y también del grado de libertad que tiene el director de cine. La elección de un tema biográfico puede entrar en una mera estrategia comercial de la cual el director se hace simplemente partícipe. No es el caso de Boadella, que produce su película fuera del contexto conmemorativo del treinta aniversario de la muerte de Franco (2005), y no apuesta pues por el natural interés mediático que hubiera podido representar esta fecha. En realidad, la manera en que se vincula personalmente el director con la figura de Franco, a partir del episodio de su muerte, es a la vez generacional e íntima. Generacional en la medida en que se vincula el proyecto de Boadella con un contexto de militancia que utiliza el soporte audiovisual para luchar contra una derecha en el poder desde el año 1996 que, desde las elecciones de 2000, que le habían asegurado una amplia mayoría, se había radicalizado y hacía volver los fantasmas del pasado dictatorial. La necesidad para unos sectores progresistas de la sociedad de cuestionar la memoria del franquismo adoptaba varias formas y se presentaba como un ajuste de cuentas. Para él (nacido en 1943) y parte de su generación, el hecho de que el dictador se muriera por enfermedad en la tranquilidad de la cama generaba un problema de conciencia:

... no debemos olvidar que esta misma generación también fuimos la que nos revelamos incapaces de plantear una actitud lo suficientemente enérgica y eficaz como para precipitar el final del totalitarismo. El dictador se tomó todo su tiempo para extinguirse, y posiblemente este complejo haya gravitado sobre nuestra generación de manera persistente. La forma de paliar tal frustración se materializa a menudo con una curiosa dualidad; por un lado, una cierta desmesura en la descripción del grado de perversidad del dictador y su régimen, y del otro, la creación de una leyenda según la cual fue nuestra generación quien decidió el final del franquismo.51

La realización de su película sería la forma sui generis que eligió para, precisamente, «paliar tal frustración». La reconquista imaginaria de la imagen ausente de la agonía de Franco por Boadella representa a su manera una ejecución simbólica del dictador, un auténtico derribo de estatua casi treinta años después de su muerte en la cama. La escenificación grotesca del ensañamiento terapéutico con todo lujo de detalles le permitía al director hacer un saludable ajuste de cuentas post mortem con un dictador en cierta medida torturado por su propio entorno, víctima final de un sistema que él mismo había creado, un entorno que, como comenta André Bachoud, resultaba totalmente insensible a esta dimensión: «En ningún momento [Villaverde] parece preocuparse por ahorrarle nuevos sufrimientos a su paciente. Por otra parte, excepto a su hija Carmen, tampoco parece importarle a nadie».52

En el libro colectivo Death of the father se demuestra la importancia que reviste, tanto desde el punto de vista político como simbólico, la muerte de los líderes de los regímenes caracterizados como «totalitarios» y «patriarcales» del siglo XX, que suele suscitar la aparición de unos relatos en torno a lo que se considera un «trauma nacional».53 Trauma para los que perdían a «su» caudillo, lo fue también para los que echaron de menos que su peor enemigo no se muriera en la cama. Con la pequeña muestra de películas presentadas en este artículo, hemos tratado de resaltar tres maneras muy distintas de superar en cierta manera este «trauma» reconquistando audiovisualmente el periodo de la enfermedad y agonía de Franco, desde unos soportes y formatos distintos (un largometraje underground en Súper 8, un documental televisivo y una ficción cinematográfica) en tres momentos diferenciados (1976, 1994 y 2003) desde la muerte del dictador hasta nuestros días. Para ocupar el vacío dejado por la imagen ausente, que se asemejó a una imagen prohibida, estas tres estrategias de reconquista se fundamentaron en un mismo impulso, una forma de pulsión escópica cuyo punto en común fue la voluntad de ir más allá de lo que se quiso imponer como «último retrato» desde la propaganda del régimen, la imagen del cuerpo embalsamado del Caudillo delante del cual pasaron cientos de miles de españoles entre el 21 y el 22 de noviembre de 1975 y que las cámaras fotográficas y cinematográficas se habían encargado de registrar, compendio de un «cuerpo político» de por sí inmortal. Según puntos de vista diversos, los cineastas se emplearon en reconquistar el invisible «cuerpo natural» de la agonía con unas intenciones muy diversas: alegre y carnavalesca profanación para Antoni Martí, voluntad de revelar la verdad para Carlos Estévez y, por fin, catártico ajuste de cuentas para Albert Boadella. «¡Qué duro es morir!», hubiera susurrado Franco a uno de sus médicos en el transcurso de su interminable agonía. Cada una a su manera, estas tres películas son una suerte de expansión de esta escueta frase que sintetiza eufemísticamente las semanas que duró el ensañamiento terapéutico para mantener vivo a toda costa lo que ya era un cadáver vivo...

1 Manuel Vázquez Montalbán: Crónica sentimental de la Transición, Barcelona, Random House Mondadori, 2005 [1985], p. 89.

2 La serie de televisión Cuéntame cómo pasó dedicó varios episodios de su novena temporada a este momento (capítulos 148-153, siendo el 154 el del anuncio de la muerte de Franco), en una forma de dilatación temporal poco frecuente en la serie televisiva pero que refleja bien la manera en que el tiempo pareció estirarse durante aquellas semanas del otoño de 1975.

3 Vicente Sánchez-Biosca: Materiales para una iconografía de Franco, número monográfico de la revista Archivos de la Filmoteca, n.° 42-43, febrero de 2003, vol. II, p. 8.

4 En Materiales para una iconografía de Franco (ibídem) se encuentran estudios que enfocan estos aspectos variados del culto al caudillo. Sobre su presencia en la televisión, en «Francisco Franco y la televisión», recogido en ese mismo monográfico, Manuel Palacio precisa que «no se prodigó por las antenas televisivas, lo que no obsta, evidentemente, para que fueran frecuentes sus apariciones institucionales» (p. 91).

5 Véanse a este respecto los cuatro capítulos de la segunda parte del primer volumen de Materiales para una iconografía de Franco (ibídem) titulada «Inhumano, demasiado humano: la oscura historia de la cara amable de Franco».

6 Ernst Kantorowicz: Les Deux Corps du roi, París, Gallimard, 1989, pp. 21-22.

7 Véase a este respecto, por ejemplo, el capítulo «Humain..., trop humain» que dedico a la película Franco, ese hombre en Le franquisme et son image. Cinéma et propagande, Toulouse, PUM, 1999, pp. 128-133.

8 Vicente Sánchez-Biosca: «¡Qué descansada vida!», en Materiales para una iconografía de Franco, vol. I, op. cit., p. 156.

9 Según la definición de la RAE (<http://dle.rae.es/?id=Dy1ewWz>).

10 Arriba, 20 de noviembre de 1975.

11 «El hombre que embalsamó a Franco», Las provincias.es, del 21 de noviembre de 2013. Disponible en línea: <http://www.lasprovincias.es/20131121/mas-actualidad/socie-dad/hombre-embalsamo-franco-201311210110.html>.

12 Se remonta al año 1839 la primera fotografía post mortem, antes de que se desarrollara la práctica del «último retrato», como sustitución a la pintura, dibujo o máscara mortuoria. Véase a este respecto el texto de Emmnanuelle Héran: «Le dernier portrait ou la belle mort», en Le Dernier Portrait, París, Réunion des musées nationaux, 2002.

13 Ibídem, p. 39.

14 En su tesis doctoral, defendida en 2006, La guerrilla del celuloide: resistencia estética y militancia política en el cine español (1967-1982), Roberto Arnau Roselló estudia el cine underground en la España de la época. Disponible en línea: <http://www.tdx.cat/handle/10803/10460>.

15 Transcripción en español del original catalán en un documento que me proporcionó el propio director de la película, Antoni Martí, y que se hizo con motivo de la presentación de la película en el Festival de Berlín.

16 Paul Preston: Franco «Caudillo de España», Barcelona, Grijalbo, 1994, p. 950.

17 Según el parte médico, el «equipo de anestesia y reanimación estuvo integrado por los doctores Llauradó, María Paz Sánchez y Fernández Justo», en «Otra larga noche. Franco, operado durante tres horas», Informaciones, 4 de noviembre de 1975.

18 Ibídem.

19 Ibídem.

20 Entrevista realizada al director el 19 de abril de 2013.

21 Mijail Bajtin: La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais [1965], Madrid, Alianza Editorial, 2003 [1965], p. 22.

22 El término francés enjeu no tiene equivalente en castellano. Su equivalente más cercano sería «lo que está en juego».

23 Jacques Le Goff: Histoire et mémoire, París, Gallimard, coll. Folio Histoire, 1988, pp. 175-177.

24 Ver «Una serie documental revisa la obra de cineastas que combatieron el franquismo con sus cámaras», El País, 20 de noviembre de 2003.

25 Pack Crónica de una mirada: una perspectiva insòlita dels anys 60 i 70 a Catalunya i Espanya a través de les pel·lícules oblidades dels cineastes antifranquistes, con 6 DVD y una guía de 92 páginas, Món diplomàtic; Televisió de Catalunya, 2004.

26 Javier Figuero y Luis Herrero: La muerte de Franco jamás contada: diez años después, Barcelona, Planeta, 1986.

27 El País, 1 de noviembre de 1984.

28 «El precio de la agonía por Javier Peñafiel», El Mundo, 15 de noviembre de 2015. Disponible en línea: <http://www.elmundo.es/cronica/2015/11/15/56463c1dca47411f728b45cc.html>.

29 Ibídem.

30 La Revista (del mundo), 29 de octubre de 1984, n.° 4, pp. 76-81.

31 «El precio de la agonía por Javier Peñafiel», art. cit.

32 Ibídem.

33 Realizador: Yago de Santa Cruz ; cámara: Alberto Molina; productora: Olga Redondo.

34 Nos apoyamos en la edición de vídeo de este reportaje, editada en 1988 por Metrovideo para Antena 3 TV, y no en su versión de 2005, que es la que hoy en día circula por internet.

35 Carlota Coronado Ruiz: «Desmontando a Franco. El ocaso de Franco en la ficción televisiva española actual», Historia Actual Online, 38(3), 2015, p. 105.

36 «Con rigor», ABC, 18 de noviembre de 1995.

37 Fórmula TV, 18 de noviembre de 2008. Disponible en línea: <http://www.formulatv.com/noticias/9479/antena-3-reemite-este-miercoles-el-reportaje-asi-murio-franco/>.

38 Fuera del ámbito del cine marginal en que se produce Hic digitur dei.

39 Véanse a este respecto los textos respectivos de Nancy Berthier, Sonia García López, Román Gubern y Alicia Salvador recogidos en Materiales para una iconografía de Franco, vol. II, op. cit.

40 He dedicado un artículo monográfico a esta película: «La muerte de Franco en clave de comedia ¡Buen viaje, Excelencia! (Albert Boadella, 2003)», en La comedia y el melodrama en el audiovisual iberoamericano contemporáneo (dir., Paul J. Smith; col., Nancy Berthier), Editorial Iberoamericana Vervuert, 2015, pp. 67-80.

41 La tropa dirigida por Boadella había anteriormente participado en una película dirigida por Jean-Louis Comolli, Buenaventura Durruti, anarquista (1999), un documental sobre el trabajo de la compañía para recrear los últimos momentos de la vida del político español.

42 Blog de la compañía. Disponible en línea: <http://www.elsjoglars.com/laCompania_historia.php>.

43 Entrevista al director en: <http://www.elcultural.es/version_papel/CINE/6162/Albert_Boadella>.

44 He elaborado estas categorías en dos textos anteriores. Véanse Nancy Berthier: «Carlos Saura ou l’art d’hériter», en Jean-Pierre Castellani: Goya en Burdeos, Nantes, Editions du temps, 2005, pp. 191-239, y «Goya en Burdeos de Carlos Saura et le biopic: entre tradition et renouvellement», en Les langues néo-latines, 336, diciembre de 2005, pp. 59-76.

45 Al ir a ver un biopic, el público pretende sumirse en la historia (una forma de «aprender deleitando»), y de hecho en el cine clásico hollywoodense, la función documental era considerada como algo fundamental, a veces atestiguada por unos garantes en los títulos de créditos e incluso utilizada como argumento publicitario para vender la película. según George F. Custen: «Extravagant research efforts became, for the biopic, a way of reassuring consumers that every effort had been expended to bring them true history in the guise of spectacle, as well as suggesting that the research for each film was, for the first time, bringing to the screen a true portrait, or at least a singularly true version or the accurate characterization of a person». George F. Custen: Bio/Pics. How Hollywood Constructed Public History, New Jersey, Rutgers University Press, 1992, p. 35.

46 François Dosse: Le pari biographique. Ecriure une vie, París, La Découverte, 2005, p. 57. (Hay edición española, La apuesta biográfica. Escribir una vida, Valencia, PUV, 2007).

47 Sobre este aspecto, véase Aurélie Errecalde: La representación burlesca del franquismo en la España democrática de 2003 a través de la película de Albert Boadella: ¡Buen viaje, Excelencia!, Universidad de París 12, memoria de Master 1, bajo la dirección de Béatrice Rodriguez, 2010.

48 Albert Boadella: Albert Boadella. Franco y yo. ¡Buen viaje, Excelencia!, Madrid, Espasa Calpe, 2003, p. 29.

49 Entrevista de Mercero acerca de su película Espérame en el cielo, en Libération, 2 de septiembre de 1989.

50 François Dosse: Le pari biographique, op. cit., p. 51.

51 Albert Boadella. Disponible en línea: <http://bib.cervantesvirtual.com/bib_autor/elsjoglars/2003Viaje/fichamontajes.shtml>.

52 Andrée Bachoud: Franco, Barcelona, Crítica, 2000, p. 470.

53 John Borneman (ed.): Death of the father. An anthropology of the end in political authority, N.Y./Oxford, Berghan, 2003.

4. LA ÚLTIMA APOTEOSIS DEL FRANQUISMO. EL 20 DE NOVIEMBRE DE 1975 EN TELEVISIÓN Y OTROS MEDIOS POPULARES

José Carlos Rueda Laffond Universidad Complutense de Madrid

INTRODUCCIÓN

«El espectáculo asombró al mundo... Indescriptible... Fantástica manifestación de duelo. No hay palabra para tanta emoción. A los cronistas se les hielan los adjetivos en la boca y solo queda un gesto de asombro, de respeto, de admiración». Con esta literalidad extasiada se glosaron, en un libro editado por Televisión Española (TVE) a finales de 1975, las colas ciudadanas que acudieron a la capilla ardiente de Francisco Franco.1 Aquel trabajo constituyó una peculiar muestra de transmediación, pues estaba nutrido con fotografías tomadas de la pantalla televisiva durante las retransmisiones en directo programadas entre el 20 y el 23 de noviembre. Otra publicación –la revista de información La Actualidad Española– lanzó al mercado en esos mismos días una propuesta de carácter híbrido que combinaba el extenso reportaje gráfico y el «documento sonoro», en este caso encarnado en un disco con fragmentos de discursos de Franco que iban desde una arenga pronunciada en Salamanca en 1936 a sus palabras durante la «concentración patriótica» en Madrid el 1 de octubre de 1975.2 De manera prácticamente simultánea el Ministerio de Educación y Ciencia editó una colección de vinilos con una antología de alocuciones, esta vez acompañadas con textos explicativos del historiador Ricardo de la Cierva.3

Ese mismo organismo imprimió además una tirada de varias decenas de millares de carteles conmemorativos, en forma de textos gemelos, del «Último Mensaje de Francisco Franco» y el «Primer Mensaje del Rey». Fueron rápidamente distribuidos por colegios, institutos de enseñanza secundaria y centros de formación profesional. Otro tanto ocurrió con el cártel «Despedida de Francisco Franco», preparado por el Ministerio de Información y Turismo y destinado a centros oficiales. Y acentuando la idea de continuidad natural entre régimen e instauración monárquica, el servicio de publicaciones del Movimiento editó el discurso pronunciado por Juan Carlos el 22 de noviembre, sus palabras del día siguiente de «homenaje (y) memoria» –culminadas con un «¡Arriba España!»– en la audiencia concedida a la dirección de la Confederación de Combatientes, y reimprimió las intervenciones oficiales con motivo de su proclamación como sucesor en julio de 1969.4 Pero quizá la muestra más contundente de frenesí en la producción y consumo de materiales de recuerdo tuvo lugar a propósito del libro del periodista de Radio Nacional de España (RNE) Ignacio Puche.5 Reuniendo en forma de crónica despachos de agencia y artículos de prensa, logró la autorización de Información y Turismo al mediodía del 21 de noviembre, comercializó a partir de la tarde una tirada de cinco mil ejemplares y se agotó al día siguiente. Otros textos de urgencia fueron los de los periodistas José Oneto, Faustino Álvarez, Germán Lopezarias y Felipe Navarro (Yale). Todos se lanzaron pocas jornadas después de la muerte de Franco, amplificando así los ecos del óbito.6

Muchos de estos materiales presentaban rasgos comunes. Reflejaban, y en parte alimentaban, la proyección de un acontecimiento que había saturado el espacio público, actuando como prácticas de divulgación testifical empapadas de actualidad y memoria inmediata. Formaron parte de un contexto de expectación que potenció el consumo intensivo de un imaginario necrológico con los marchamos de valor histórico, interés informativo, homenaje o exaltación nostálgica. De este modo, dicho corpus formó parte de lo que cabría denominar como la culminación de las narrativas populares tardofranquistas y nutrió su primera paradoja. Algunos testimonios de personalidades recogidos en la prensa destacaron el calibre histórico del personaje y la falta de perspectiva para poder valorar su figura.7 Sin embargo, la muerte de Franco se acompañó de esa extraordinaria inflación de ejercicios de «historia pública» donde se multiplicaron los relatos asequibles de gran alcance susceptibles de reflejar normativas sobre la identidad colectiva y guiar las percepciones del pasado.8

En las operaciones de construcción y socialización de este tipo de discursos los medios de comunicación tienen siempre un papel determinante.9 Así ocurrió en noviembre de 1975, si bien la representación de la muerte de Franco ni fue absolutamente homogénea ni, menos aún, sirvió para solidificar una dimensión hagiográfica siquiera a corto plazo. Entre los testimonios por el fallecimiento, el de Pío Cabanillas constituye un paradigma de orientación ambigua, al reflejar una posición intramuros al régimen –«[soy] de los que hemos sido franquistas de otro modo»–, pero también un espíritu reformista que se veía ya extramuros al aperturismo «[al creer que debemos] pactar un tránsito civilizado».10 Con posterioridad, el contraste entre legitimación post mortem y desacralización crítica quedó en frontal evidencia ante la escenografía de exaltación del poder de la capilla ardiente frente a las instantáneas furtivas tomadas durante la agonía publicadas en 1984. Estas últimas pueden ser advertidas como contra-imágenes de un Caudillo cyborg, parcialmente orgánico y parcialmente mecánico, que subvertían radicalmente las significaciones hegemónicas movilizadas en 1975.11

Este trabajo pretende explorar algunas pautas de representación sobre el 20-N presentes en varios medios de consumo masivo en 1975. Se trata de una cuestión inserta en un campo –las prácticas culturales sobre el franquismo– que incluyó desde la Guerra Civil numerosas enunciaciones con mecánicas de codificación plurales.12 En nuestro caso, deseamos trazar una cartografía exploratoria y selectiva en perspectiva diacrónica. Para ello atenderemos a diversos contenidos (prensa general o rosa, literatura de quisco, publicística, ensayos divulgativos o materiales cinematográficos), aunque el eje vertebral estará definido por las estrategias de evocación en televisión. Dicha centralidad debe justificarse tanto por la posición hegemónica que ocupaba aquel medio como por su emplazamiento nodal en una trama amplia de conexiones intertextuales. Con frecuencia tiende a obviarse que los ejercicios de recepción son fruto de un consumo donde coparticipan distintos medios. Sin embargo, la interpretación de los fenómenos de focalización, encuadre y tematización dominantes exige atender a ese protagonismo del relato televisivo en lo que se ha denominado, desde el texto clásico de Berger y Luckmann, como la construcción social de la realidad.

Se desea analizar, pues, un imaginario asociado a una fecha con fuerte connotación histórica que rápidamente fue apreciada como bisectriz y cesura. Ello nos traslada, de nuevo, a la confrontación entre imágenes opuestas: la de la sacralización de un Franco idealizado, que alcanzó un cierto clímax a finales de 1975 y que actuó como referente inclusivo de un Nosotros colectivo y metáfora de un todo nacional, y la de su posterior deconstrucción mediante el desmontaje simbólico hasta desembocar en una inversión de sentido, en su tipificación como imagen excluyente de un Otro. Tal perspectiva de lectura es cierta pero reduccionista. Asimismo debe contemplar unos usos flexibles donde cupieron diversas tácticas de memoria legitimadora y de contra-memoria alternativa con intensidades variables. Y tras esa fecha, ha de apuntarse un progresivo diseño de la evocación del 20-N conformada a través de la negación, pero también de la elusión, la amnesia o la negociación.

Desde estos supuestos se abordará el carácter de Franco como «hombre memoria», como lugar de recuerdo capaz de erigirse en espacio simbólico.13 Para ello se abordarán el perfil político de la televisión, algunos rasgos de la gestión informativa, el 20-N como práctica de «historia en directo» y su naturaleza como imaginario en disputa. Tal y como se comentará más adelante, la muerte de Franco propició unas prácticas postreras de legitimación de la dictadura vinculadas al recuerdo, pero en el marco de un cierto bloqueo estructural interesado sobre la rememoración de la Guerra Civil. Ese fue un parámetro donde se ubicó el discurso popular más o menos ligado con la esfera de la propaganda oficial. En 1976, en cambio, la conmemoración del 20-N se inscribió en unas coordenadas definidas por la pronta conversión del franquismo en la fórmula elíptica del «régimen anterior». Era un primer paso en una orientación revisionista que fue asimilada por el relato televisivo con matices cada vez más críticos, hasta terminar de definirse durante el periodo de consolidación democrática en paralelo a la cristalización de las grandes narrativas públicas sobre la Transición.14

FRANCO EN SU TELEVISIÓN

Las emisiones regulares de TVE se iniciaron en octubre de 1956. La televisión acompañó, por tanto, a veinte de los cuarenta años del franquismo, ocupando una posición central en el ecosistema de medios y en sus políticas de información y propaganda. En torno a 1975 había culminado el proceso de desarrollo territorial e implantación social de la pequeña pantalla, cuya titularidad y gestión seguían dependiendo de Información y Turismo a pesar del cierto grado de autonomía administrativa logrado por la conversión de RTVE en servicio público centralizado desde 1973. Esta sujeción gubernamental compuso un atributo distintivo de la televisión, si bien no agota su explicación histórica.

Cabe hablar de una potente herramienta pedagógica oficial que actuó como amplificadora de cosmovisiones retóricas franquistas, sobre todo a la hora de diseminar la plástica y el vocabulario desarrollistas e intentar insertarlos y actualizarlos en las coordenadas de una cultura nacional-popular. Sin embargo, el cariz de TVE como televisión popular ha de explicarse, ante todo, como consecuencia de la intersección entre consumo social y oferta de productos reunidos bajo el manto integrador del entretenimiento. En 1974 un 90% de la población reconocía que veía la televisión y más de un 60% que lo hacía de forma cotidiana.15 Los estratos medios y bajos de la población urbana accedieron al medio de forma masiva desde finales de los sesenta. Pero la socialización televisiva debe explicarse, ante todo, como dinámica cualitativa que incluyó la aceptación y apropiación subjetiva, o el establecimiento de valores o rutinas. En tal contexto, esa programación diversificada, esencialmente pivotada en torno al ocio y la evasión, jugó un papel decisivo. En ella se conjugó la creación de contenidos y las producciones foráneas, principalmente norteamericanas, a través de un esquema de explotación hasta cierto punto equiparable al de otros servicios europeos y mediante una fórmula de gestión saneada gracias a la publicidad privada, su fuente de financiación casi exclusiva.16

Se ha apuntado que esta fue una estrategia desideologizadora. Cabría añadir que se trató de la prolongación de una dinámica interesada en normalizar el franquismo. En una entrevista de octubre de 1975, el director general Jesús Sancho Rof enfatizó el carácter «empresarial» –que no político– de TVE, y a la pregunta de si se trataba de un medio azul dado el perfil de muchos de sus responsables (Jesús Aparicio Bernal, Adolfo Suárez, Juan José Rosón o él mismo), sencillamente contestó que era «una televisión normal».17 En este entorno de aparente neutralización de lo político han de emplazarse las prácticas de representación postreras de Franco y su régimen. Pero, para ello, es necesario subrayar tres aspectos decisivos más que desdicen la engañosa apreciación de Sancho Rof. El primero se refiere a la capacidad del discurso tardofranquista para mantener un lenguaje dominado por retóricas sobre inmutabilidad y cambio en aparente armonía, algo que el tratamiento del 20-N subrayó con especial énfasis.18 El segundo corresponde al agotamiento de su proyecto en términos de futuro, bien en su añeja versión de raigambre falangista o en la variante católico-tecno-crática.19 Y el tercero, a la lógica de control estructural por sustitución de tecnología en la comunicación social, algo que se tradujo en la progresiva liberalización –no exenta de restricciones o sanciones– en los ámbitos editorial, periodístico o cinematográfico, mientras se mantenía el rígido control político sobre televisión.20

El contexto donde mejor pueden apreciarse estos aspectos es en los formatos informativos, una oferta caracterizada por la coexistencia de espacios diversificados pero donde dominó un intenso oficialismo, la presión censora y un lenguaje administrativo. En ellos cabían propuestas de nuevo cuño, realizadas por jóvenes periodistas, mediante reportajes especialmente centrados en cuestiones internacionales (Los reporteros, Informe Semanal), junto a unos informativos diarios (Telediario) caracterizados por el fortísimo sesgo institucional. La mayor parte de este material no se conserva, pero tanto las críticas contemporáneas como los partes de emisión recalcan su tono acusadamente gubernamental. Ese cariz quedó aún más remarcado gracias a las puntuales intervenciones de Carlos Arias Navarro en televisión, una presencia que en algún momento (26 de febrero de 1975) llegó a adecuarse a la fórmula de la entrevista con directores de varios medios, aunque esta se emitió en diferido y con un presidente que conocía de antemano las cuestiones a las que iba a someterse. Junto a estos espacios, las parrillas de 1974 o 1975 presentaron otros programas dedicados a temas de información social o difusión política, como Cara al país, Temas 75 o Sí o no. Este último, dirigido por el periodista Victoriano Fernández de Asis, planteó una agenda de cuestiones no especialmente conflictivas que incluía asuntos como las centrales nucleares, la violencia en el deporte, el pluriempleo y, como materia más específicamente política, la descentralización administrativa. Otros programas se concibieron con el propósito de lograr «el perfeccionamiento de las instituciones», como ocurrió con Ocho preguntas y un tema.21 Y alguno asumió en su título tal invocación: fue el caso de Las Instituciones, dedicado a divulgar el trabajo legislativo de las Cortes.

El alcance proselitista de tales contenidos fue, en todo caso, discutido incluso desde el establishment de la dictadura. Según uno de sus intelectuales orgánicos más notables, Emilio Romero, los servicios informativos de TVE en 1973 no se utilizaban «más que para triunfalizar o impedir. [...] No saben defender al Gobierno o al Régimen con eficacia».22 Este déficit, a la vista de las encuestas de opinión, era apreciable entre ciertos segmentos de la población. El espectador medio que confiaba en 1974 en el Telediario tenía entre 35 y 44 años, poseía estudios primarios, estaba en un estrato de clase media-baja y era trabajador subalterno o asalariado en el sector servicios. En cambio, el televidente modelo al que no le suscitaba ninguna confianza se emplazaba en una franja de edad joven, era estudiante o contaba con estudios universitarios, y disfrutaba de un nivel de renta medio-alto.23

Es en este escenario donde debe ubicarse la presencia hiperformalizada del jefe de Estado en televisión. El canon de normativización más contundente –en protagonismo, estructura, tono y atrezo– correspondió a su concurrencia anual mediante los mensajes de fin de año emitidos cada 31 de diciembre desde 1962.24 Su valor más relevante estribaba en su carácter de contenedor para la reflexión de Franco en primera persona. Así fueron interpretados, por ejemplo, en los telegramas remitidos en 1974 y 1975 desde la embajada norteamericana a Washington: como barómetros sobre la salud del Caudillo o las expectativas que cabía esperar del régimen.25

Otra modalidad de concurrencia estuvo asociada a los fastos conmemorativos de las efemérides de la dictadura, aunque adecuándolos a un prisma que resaltaba su sentido de actualidad y vigencia. Tales visiones fueron explotadas ya en el relato popular de los años sesenta combinando, incluso, varios soportes mediáticos. En 1966, año en que se cumplía el trigésimo aniversario de la designación de Franco como jefe de Estado, José María Sánchez-Silva publicó Cartas a un niño sobre Francisco Franco, un texto divulgativo que actualizaba los tópicos históricos oficiales. Entremezclaba el culto al caudillaje, el sentido providencial del 18 de julio o las imágenes de Franco como «campeón cristiano» y modernizador económico, junto a una somera explicación del entramado institucional del régimen. También se hacía eco de los mitos, particularmente del de Hendaya, donde Franco «[que nos] había librado de Stalin, comenzaba a librarnos de Hitler. [...] Con ello cambiaba la suerte de Europa y quizá del mundo».26 Cartas a un niño... fue adaptado para televisión y radio, comercializándose además una colección con diez discos de estas grabaciones.27

La presencia de Franco en otras entregas conmemorativas televisivas respondieron a similares pautas de invocación triunfalista, ya fuese desde las lecturas hagiográficas de personalidades políticas o periodísticas –como ocurrió en Historia de un año (emitido el 18 de julio de 1968 y donde participaron Emilio Romero, Jaime Campmany o José Miguel Ortí Bordás)–, o mediante la inclusión de muestras aparentemente espontáneas de homenaje popular –Franco y su pueblo (1 de octubre de 1966)–. La reiteración de la retórica desarrollista sirvió, a su vez, de sustrato para Un día por toda una vida (1 de octubre de 1972) o XXXV Años de Paz (1 de abril de 1974), dos piezas que explicaban el régimen en función del refrendo conseguido gracias a la legitimidad funcional. Aspectos similares se reiteraron en 1975, más allá de los efectos cada vez más patentes de la crisis económica o la conflictividad social. Los testimonios incluidos en Hoy, 18 de Julio de 1975 reafirmaron esa narrativa de exaltación de logros materiales y paz social, prolongando la tematización tópica en la propaganda oficial desde su formulación seminal entre 1959 y los XXV Años de Paz en 1964.

En el verano de 1975 TVE comenzó a emitir también la serie documental Tiempos de España (con realización de Ricardo Fernández de Latorre), que se preveía que contase con veintiséis episodios distribuidos en dos temporadas: la primera se programaría a lo largo de la segunda mitad del año cubriendo el periodo 1898-1936 y la segunda se emitiría en 1976, en coincidencia con el cuadragésimo aniversario de la Guerra Civil, dedicándose monográficamente a tratar el conflicto. La relevancia de Tiempos de España era doble. Por un lado, porque pretendía un abordaje divulgativo en extenso sobre este tema, lo cual suponía una auténtica primicia en los contenidos televisivos. Y, en segundo término, porque constituía el fruto generalista más ambicioso derivado del enfoque historiográfico oficialista construido desde 1965 por la Sección de Estudios sobre la Guerra de España, y desde 1973 por el Gabinete de Documentación y Estudios de Historia Contemporánea. De hecho, como asesores del programa figuraban Ricardo de la Cierva, José Manuel Martínez Bande o Jesús Salas Larrazábal. No obstante, la serie fue cancelada coincidiendo con el inicio de la enfermedad terminal de Franco, emitiéndose solo nueve de las trece entregas previstas en la primera tanda. Se reafirmaba de este modo una constante repetida con anterioridad:28 la exclusión del imaginario bélico de la pequeña pantalla, aunque fuese en su versión declaradamente anticomunista, a favor de esa otra apelación retórica periclitada de la guerra que la reducía a un papel como matriz fundacional del régimen.29

DE SEPTIEMBRE A NOVIEMBRE: ENTRE EL ÉXTASIS PROPAGANDÍS-TICO Y EL VACÍO INFORMATIVO

Los dos últimos meses de la vida de Franco estuvieron dominados por un clima de efervescencia mediática. De hecho, la saturación televisiva que eclosionó entre el 20 y el 23 de noviembre de 1975 se vio precedida por una cascada de acontecimientos donde se combinaron la expectación ciudadana, la capacidad propagandística de la dictadura, sus políticas de restricción informativa y las crecientes fisuras ante la avalancha de filtraciones o rumores sobre el estado de salud del jefe de Estado.

A primera hora de la mañana del 27 de septiembre fueron fusilados cinco activistas de ETA y el FRAP. En la noche anterior se produjo el asalto e incendio de la embajada española en Lisboa, y desde los días precedentes se habían multiplicado las manifestaciones de protesta en numerosas ciudades europeas, al tiempo que varios embajadores eran llamados a consulta. Todos estos hechos precipitaron la penúltima gran movilización de masas del régimen a través de una secuencia que ilustra la mecánica de la apelación nacionalista popular como catalizadora discursiva. Esta llamada actuó como estrategia reactiva y defensiva a un tiempo, en una situación de crisis con notables implicaciones internas (creciente actividad terrorista, estado de excepción en Vizcaya y Guipúzcoa desde abril de 1975, nítida cristalización de los brotes de disentimiento o protesta en ámbitos laborales, estudiantiles o vecinales). La consigna nacionalista fue explicada desde las instancias oficiales como reedición del riesgo de aislamiento internacional vivido en la segunda mitad de los años cuarenta. De este modo, fue la memoria del orgullo autárquico la que, en última instancia, sirvió de acicate para el ejercicio de masas entendido como metáfora de adhesión y refrendo plebiscitario a Franco. A ello se sumó un factor más: que se visibilizase el apoyo a la política extraordinariamente punitiva que culminó con la aprobación del decreto sobre prevención del terrorismo, una norma con significativas implicaciones para la restricción informativa y las sanciones de prensa.

En este crescendo los medios de comunicación, y particularmente la televisión, jugaron un papel relevante. El relato oficial presentó tres momentos y tres protagonismos sucesivos. El primero tomó forma el 26 de septiembre con la rueda de prensa del ministro de Información y Turismo, León Herrera. En ella se comunicó el enterado del Consejo de Ministros por las cinco penas capitales, se negó la existencia de disensiones internas en el gabinete y se terminaron de fijar las claves narrativas que guiaron la estrategia de propaganda oficial. Son «campañas extranjeras antiespañolas», afirmó el ministro, «[no contra el Gobierno o el Estado]. El objetivo, a través de los siglos, es España».30 Ese fue el tono empleado en televisión, donde era perceptible la presión censora y una beligerancia que se tradujo en durísimos comunicados ante las solicitudes de clemencia de Pablo VI.31 A ello se añadieron las tensiones con Lisboa. La embajada española protestó el día 24 y TVE retiró a su corresponsal Diego Carcedo a raíz de la participación de militantes del FRAP en un programa de la RTP, mientras que en la televisión pública portuguesa se leyó una nota de condena por «los comentarios injuriosos contra nuestra revolución» vertidos por Carcedo en sus crónicas a España.32 En todo caso, el verdadero problema que traslucía esta espiral era que las señales televisivas podían captarse a uno y otro lado de la frontera.

El segundo paso en la gestión pública de la crisis se materializó con la intervención de Arias Navarro en el prime time televisivo del 30 de septiembre. Horas antes el Ayuntamiento de Madrid había convocado una concentración ciudadana coincidiendo con el acto oficial por la exaltación de Franco a la jefatura del Estado. En su llamamiento, el alcalde García-Lomas advirtió que «una vez más se ha desencadenado un ataque contra España y su soberanía». Ese fue también el principal argumento esgrimido por Arias en sus durísimas palabras en TVE. «No deseamos estar solos, pero no nos intimida la posibilidad del aislamiento», destacó el presidente, azuzando así la memoria de posguerra, para afirmar a continuación que «[son otros los que] desde fuera atizan el recuerdo de la guerra fratricida con sus invectivas, con sus promesas, con sus escritos». La apelación al 9 de diciembre de 1946 fue destacada, igualmente, en un editorial de la Vicesecretaría del Movimiento al glosar la concentración.33 Y esta siguió su patrón escénico. Al llamamiento se adhirieron numerosos estamentos del régimen, la Organización Sindical o asociaciones políticas como ANEPA, Unión Nacional Española y Unión del Pueblo Español. Según la información diplomática confidencial remitida a Washington, en la noche del 30 de septiembre de 1975 coches oficiales distribuyeron panfletos por Madrid para animar a la asistencia. El día siguiente acabaron congregándose alrededor de 200.000 personas en la Plaza de Oriente con una fortísima presencia policial. Sin embargo, la señal televisiva no fue emitida en directo, sino que se registró para su reelaboración posterior.34

El tercer y definitivo paso en la secuencia propagandística se produjo mediante la multiplicación orquestada de los ecos de la concentración. «De gran éxito para el gobierno de Franco calificó la manifestación patriótica el corresponsal de la BBC, Charles Wheeler». Con esa frase concluía la reseña publicada en Tele-radio.35 Tanto TVE –por ejemplo en la pieza «El balcón de España», realizada por Rafael Martínez Durbán para Informe Semanal y emitida el día 4– como el noticiario cinematográfico No-Do confeccionaron reportajes con un enfoque compartido donde dominaban las ideas de «unidad y patriotismo» o el carácter de ejercicio plebiscitario por encima de anteriores expresiones de consenso. «Una desproporcionada y virulenta campaña exterior convoca a los españoles a la mayor concentración de masas de la historia del Régimen», se afirmó en televisión, mientras que «Manifestación en Madrid», el reportaje incluido en el No-Do el 6 de octubre, presentaba una descripción pautada por prolongados planos generales de la multitud. Tanto en la pantalla televisiva como en la cinematográfica podían leerse los lemas recogidos en muchas pancartas, que incluyeron frases como «España está en Europa, pero no es su colonia». El No-Do eliminó el sonido directo, reduciendo la intervención de Franco a la lectura por el locutor del pasaje final de su discurso. En cambio, en TVE sí pudo escucharse a Franco y cómo los congregados coreaban el tema Viva España popularizado por Manolo Escobar.

Esta ofensiva propagandística, o el tratamiento televisivo dado a la crisis del Sáhara, contrastan con la opacidad informativa que rodeó el inicio de la agonía de Franco. El 15 de octubre el dictador sufrió un infarto que se ocultó a la opinión pública y un día después Hassan II anunció los preparativos de la Marcha Verde. La tensión con Marruecos alcanzó su clímax entre el 26 y el 6 de noviembre, momento de inicio de la marea humana y de su llegada a la franja limítrofe minada de la colonia española. Dos días después Informe Semanal emitía el reportaje de Diego Carcedo «Sahara. Encrucijada en el desierto», donde se narraba la evacuación de la población civil de la colonia española. A pesar de la situación prebélica, el equipo de TVE no tuvo dificultad para trasladarse hasta un puesto avanzado de la Legión y a un observatorio de artillería sito en la llamada «frontera militar», o para conversar con soldados u oficiales que reconocían sus «ganas de combatir». El 15 de noviembre, el trabajo de Ana Cristina Navarro «Sáhara. Un nuevo diálogo» había cambiado radicalmente de tono. Incluyó una declaración conciliadora del monarca marroquí y una descripción sobre la retirada de la Marcha Verde «porque lo ha pedido su Rey. Les ha explicado que los objetivos están cumplidos, y que lo importante ahora es volver a casa y negociar con los amigos». Un día antes, coincidiendo con la tercera intervención quirúrgica a Franco, se había firmado la declaración tripartita de Madrid por la que España cedía a Marruecos y a Mauritania la administración temporal del territorio saharaui.

No fue hasta el 21 de octubre cuando se reconoció oficialmente la enfermedad de Franco a través de un comunicado de su Casa Civil que suavizaba la situación clínica y evitaba la expresión «infarto», sustituyéndola por «crisis de insuficiencia coronaria aguda». En las jornadas inmediatamente anteriores y posteriores se multiplicaron los rumores sobre su estado real, en un contexto de oscurantismo desde Información y Turismo y de rastreo de cualquier indicio por parte de medios o agencias de prensa.36 A ello se sumó la avalancha de peticiones de información y asistencia técnica a TVE por otras cadenas internacionales. La información oficial del 21 de octubre coincidió con la noticia difundida por la cadena ABC de la muerte de Franco. Fue transmitida por el agregado de Defensa desde la embajada norteamericana en Madrid al Departamento de Estado, de ahí se filtró a la televisión y acabó siendo el corresponsal de la agencia de noticias Pyresa en Nueva York, Félix Ortega, quien pidió a los servicios informativos de RNE que lanzasen el flash urgente en España.37 En todo caso, y más allá de aquel bulo, el embajador norteamericano Wells Stabler era conocedor de los planes oficiales sobre los funerales de Estado gracias al subdirector general de Presidencia, Gabriel Cisneros, quien informó del protocolo precipitadamente organizado en julio de 1974 y de su sustancial reutilización según lo previó antes del 25 de octubre de 1975: incluía la intervención televisiva de Arias tras el deceso, una capilla ardiente pública de al menos 48 horas en el Palacio Real, un cortejo por las calles de Madrid y el entierro en El Pardo.38

La decisión inicial de silencio gubernativo sobre la enfermedad de Franco repetía la pauta de vacío informativo practicada el 20 de diciembre de 1973. Hasta las dos de la tarde –es decir, más de cuatro horas después del magnicidio–, TVE no informó de la muerte de Carrero Blanco afirmando que era consecuencia de «una importante explosión cuyas causas se desconocen». Hasta las tres y media el Telediario no ofreció las primeras imágenes del lugar del atentado, y hasta las seis de la tarde no se anunciaron al país las causas reales del suceso. El presidente en funciones, Torcuato Fernández Miranda, no compareció en televisión hasta la medianoche, cuando leyó una nota dirigida a remarcar el clima de tranquilidad general. En cambio, a finales de octubre de 1975 era imposible mantener la opacidad oficial. A la multiplicación de los rumores se añadieron editoriales en prensa con críticas por la desastrosa gestión informativa. Y tampoco cabía hablar de un clima de tranquilidad, sino de expectación generalizada: las llamadas al 095, el servicio informativo telefónico de RNE, se incrementaron un 90% en aquellas fechas, mientras que las comunicaciones interprovinciales desde Madrid lo hicieron en una media diaria de 30.000 y las llamadas en áreas urbanas en 200.000.

El 24 de octubre León Herrera anunció por fin que «los españoles sabrán lo que pasa», comprometiéndose a publicar al menos un parte médico diario, y el 12 de noviembre insistió en otra comparecencia en que «siempre hemos dicho la verdad» y en que «no ha habido ningún tipo de alivio en los pronósticos». Hasta el 20 de noviembre se transmitieron más de sesenta partes y un centenar largo de comunicados médicos. En la noche del 3 de noviembre –momento de la primera intervención quirúrgica a Franco– TVE prolongó su emisión con una sucesión de documentales de naturaleza, entre ellos uno titulado Qué duro es ser pingüino. El día 8, coincidiendo con un nuevo agravamiento, se forzaron cambios en un programa de variedades con vistas a cortarlo en cualquier momento para anunciar el fallecimiento. Y en prime time del 19 se sustituyó la programación prevista –el espacio musical La parcela de Julio Iglesias– para emitir el film Objetivo Birmania. La excepcionalidad televisiva fue copando así cada vez más terreno, hasta terminar de eclosionar en horas inmediatamente posteriores.

20-N: LA HISTORIA EN DIRECTO

En un análisis ya clásico Daniel Dayan y Elihu Katz exploraron la capacidad de ciertas retransmisiones televisivas emitidas en directo para operar como hechos de gran relieve capaces no solo de quebrar el flujo de programación ordinaria, sino también las rutinas y la percepción de la audiencia.39 Esta interpretación plantea la tesis de potencialidad de la pequeña pantalla para trasladar al espectador la sensación paradójica de estar asistiendo a la historia en presente. Ello sería posible por el carácter excepcional de estos eventos mediáticos y por el valor sobresaliente que les asignarían los medios. También por la eficacia de su semántica basada en remarcar la naturaleza ceremonial de la política a través de ciertas claves escenográficas y de representación simbólica. Con posterioridad se han discutido ciertos extremos de este enfoque, por ejemplo respecto a la virtualidad de estas narrativas para generar procesos homogéneos de consenso. O se ha apuntado su posible cariz como «eventos de ruptura», al aportar un inventario icónico que pueda dar la sensación de fractura y fundación de un nuevo tiempo colectivo.40

TVE se hizo eco de la extraordinaria expectación que levantaron sus informaciones sobre la muerte de Franco y la proclamación de Juan Carlos. Algunas crónicas hicieron pormenorizado balance de la celebración de homenajes oficiales y actos religiosos, mostrando planos con calles desiertas y bares abarrotados con una audiencia embelesada ante la televisión. A primera hora de la tarde del día 23 concluyó la programación especial que se venía prolongando desde el día 20 y que fue emitida coincidiendo con el cierre forzado de los espectáculos públicos. En total, las filmaciones cinematográficas acumuladas en TVE sumaron algo más de ciento cuarenta horas de grabación.41 Formaban parte de un inventario que fue tildado desde la cadena como «documentos vivos de la historia» o «imagen y voz para la historia».42 Hasta la prensa intentó adecuarse al ritmo de los acontecimientos y a la sensación de precipitación de esa historia en directo. Solo los diarios de Madrid lanzaron a la calle el 20 de noviembre más de cuarenta ediciones. La Vanguardia preparó cuatro y editó 800.000 ejemplares. Incluso el diario Marca dedicó su portada a la muerte de Franco, ilustrándola con una fotografía del Caudillo a lomos de un caballo y un editorial titulado «Deportista ejemplar».

Aquellas jornadas exteriorizaron la coreografía postrera del régimen mediante una secuencialización dramática donde se insertó, como un episodio más, la proclamación del nuevo monarca. La emisión del día 20 concluyó, por primera vez en la historia de TVE, sin la fotografía de Franco. En su lugar figuró la bandera nacional a media asta. Las retransmisiones estuvieron dominadas desde primeras horas del día siguiente por las conexiones en directo con la capilla ardiente para desgranar el deambular de la ciudadanía ante los restos mortales.43 Alguna publicación ilustrada, con innegable tono necrofílico, ensalzó aquel culto a la muerte a la hora de evaluar las actitudes ciudadanas. «Monjitas, sacerdotes, militares, obreros, ministros, subsecretarios. Todos juntos», escribió, evocando después el valor plebiscitario de aquella congregación. «Era un adiós [...] por el jefe muerto», un «referéndum sin igual».44 Y aunque desde la embajada norteamericana en Madrid se habló de un escenario «elegíaco» con colas de más de catorce horas de espera que congregaron a alrededor de 380.000 personas, también se mencionó que los asistentes charlaban, o se mantenían fríos, «sin sentimiento trágico».45 En todo caso, los planos de la capilla ardiente han terminado por convertirse en las últimas cuatro décadas en la imagen predilecta a la hora de otorgar carga visual a los ítems finales de la dictadura y alumbramiento de la Transición democrática.

Los contenidos televisivos del 20-N estuvieron, sin embargo, lejos de orientarse en clave de futuro. Muy al contrario, miraron esencialmente hacia atrás, exhibiendo un conjunto esclerotizado de pautas en lógica con las coordenadas del memorial oficial tardofranquista comentado en páginas anteriores. En realidad, los fastos fúnebres constituyeron el apogeo de una narrativa labrada años antes. Este enfoque queda a la vista de la escaleta de contenidos televisivos de aquella jornada. El conocido discurso de Arias, donde dio a conocer el testamento político de Franco, fue quizá la pieza más atípica. Tras su emisión se sucedieron una serie de programas planificados de antemano: se informó sobre el mecanismo de previsiones sucesorias y se emitieron el Réquiem de Mozart y, ya por la noche, una polifonía religiosa. También se realizaron conexiones, incluyendo varias encuestas en la calle o a personalidades políticas y culturales. Como hiciera RNE, se leyeron y comentaron las noticias en prensa o se llevaron a cabo «ruedas de corresponsales». Y como teselas intercaladas en este flujo, se programaron piezas de montaje documental o comentarios ilustrados (Al servicio de España, Biografía de Franco, Soledad de España o Ideario de Franco). Este último, por ejemplo, recuperaba mediante secuencias de archivo sin linealidad cronológica varias intervenciones públicas de Franco.46

Más interesantes son otros dos materiales. En horario de tarde se emitió Franco, ese hombre (con guión del ya citado José María Sánchez-Silva y José Luis Sáenz de Heredia, y realización de este último, 1964). Su programación no era ninguna primicia puesto que TVE adquirió los derechos de la película en 1971 y aquel mismo año la emitió coincidiendo con la efemérides del 1 de abril. Su valor estribaba en su carácter de canon para la memoria tardofranquista. El film fue la gran aportación para la campaña de los XXV Años de Paz, erigiéndose desde entonces en matriz del discurso documental conmemorativo para televisión sobre los leitmotiv –y también las amnesias– presentes en el imaginario oficial. Franco, ese hombre partía del presente (el Desfile de la Victoria de 1964) y, desde ahí, proponía un flashback biográfico sobre Franco. Aquel periplo resaltaba su carrera militar con un trasfondo donde se enlazaban las ideas de decadencia secular, estallido de crisis social y territorial desde 1931, salvamento frente al comunismo y obra política estabilizadora. La película subrayaba también el episodio de la entrevista de Hendaya, explicándola como muestra de pericia para salvaguardar la neutralidad española. Pero Franco, ese hombre ofrecía asimismo llamativos vacíos. El más notorio correspondía a la Guerra Civil, que quedó reducida a una elipsis en la que, mediante el formato de la entrevista, Manuel Aznar resumía con aparente asepsia las fases del conflicto.47

TVE emitió igualmente el 20 de noviembre Franco: el siglo XX de España, una pieza concebida como editorial de la cadena. El texto constituía todo un breviario explicativo del discurso épico y, al tiempo, elusivo, mediante un lenguaje calculado para evitar susceptibilidades ante cualquier sensibilidad oficial. Franco era presentado como factotum no solo de la modernidad o de «la Paz duramente alcanzada y mantenida», sino de la propia contemporaneidad española: «de la vertebración de la estructura del Estado» y «la transformación social». La Guerra Civil constituía un fruto de la «conflictividad de antaño», y su resolución se explicaba como una obra providencial. Y el periodo de posguerra aparecía dibujado como una fase «apasionada» dominada por «simplistas categorías éticas, políticas y sociales» que, desde el exterior, quisieron «[reducirlo todo] a vencedores y vencidos». Pero Franco se erigía, según aquel guión, en «legislador de camino abierto hacia los modos políticos europeos», capaz de renunciar a la «perfección constitucional teórica, en beneficio de una realidad constituyente perfectible». Ahí se insertaba la lógica de la sucesión, que quedaba sintetizada en la ambigüedad de su frase final: «El rey ha muerto. Viva el rey».

IMÁGENES Y CONTRA-IMÁGENES

Otros medios populares reiteraron el mismo tono monocorde que destiló la pequeña pantalla. El influjo de Franco, ese hombre resultó muy visible en la estructura y enfoque del número monográfico del No-Do del 24 de noviembre: «La muerte de Franco». El reportaje arrancaba del tiempo presente aludiendo a la expectación mediática por el fallecimiento. También reproducía, en clave de eco televisivo, pasajes de las ceremonias religiosas o de la capilla ardiente, tipificándola como «desfile del pueblo». Y al igual que hiciera el film de Sáenz de Heredia, proponía un flash-back a través de imágenes de archivo encuadrando la biografía de Franco mediante etiquetajes tópicos («militar», «estratega», «político» o «Franco y el desarrollo»). El No-Do volvía a insistir, por tanto, en las marcas de reconocimiento simplificadas que se habían ido vulgarizando en el relato popular y que hacían especial hincapié en su carrera militar durante los años veinte, o en las nociones de paz, crecimiento y transformación social desde los sesenta. En «La muerte de Franco» la posguerra quedó prácticamente invisibilizada, sustituyéndose por la alusión al aislamiento (los vencedores «no supieron comprender a Franco») y, sin solución de continuidad, a la amistad con Estados Unidos. La Guerra Civil figuró como un fugaz pasaje para destacar la presumible habilidad militar del biografiado, evocar el mito del Alcázar y rápidamente derivar hacia el primer Desfile de la Victoria.

El recurso a la biografía compartimentada mediante distintas facetas también se empleó en publicaciones de divulgación histórica. Un ejemplo fue Franco diferente, un libro editado por la firma especializada en literatura de quiosco Sedmay que acabó convirtiéndose en diciembre de 1975 en best seller. Se trataba de un producto sinóptico que empleaba como única fuente de autoridad reconocida la obra de Brian Crozier. Desde ahí, y con abundante profusión gráfica, desplegaba un relato asequible afín a los referentes socioculturales del franquismo sociológico que sintetizaba la historia del régimen desde hipotéticos valores psicológicos de su fundador (capacidad de mando, hermetismo, habilidad política, carisma y autoridad), subrayando como constante en su acción y pensamiento el anticomunismo. Franco diferente se presentó ante sus lectores como «semblanza objetiva», si bien a renglón seguido apostillaba que sobre una «figura arrolladora y enigmática que alcanza la categoría de mito».48

El último bloque de contenidos del especial del No-Do «La muerte de Franco» se dedicó a glosar a «Franco en la intimidad», proponiendo una óptica del personaje imbuido en la vida familiar y «las cosas sencillas». Franco diferente también recababa en esa esfera de lo privado, otorgándole un valor equiparable en páginas al «Franco político» o al «Franco popular». Esta visión de un Caudillo de clase media había tenido cumplida presencia en la representación mediática desde los años sesenta. Vicente Sánchez-Biosca la ha explicado con el gráfico titular de «qué descansada vida», como estrategia de recreación que no anuló otras claves de identidad –la militar esencialmente–, pero sí permitió dar forma plástica a la intencionalidad propagandística de generar una imagen empática y normalizadora. Franco aparecía en situaciones banales y momentos de ocio, practicando sus aficiones o con un perfil hogareño como abuelo. Todo ello permitía sustanciar su rol como «icono del bienestar», encarnación del desarrollo y expresión de la estabilidad política.49

La literatura de quiosco fue un soporte idóneo para estas representaciones de proximidad que combinaban ilustraciones domésticas e imágenes de oropel. Una muestra es el primer número de la colección de fascículos Los españoles, que incluyó una biografía de Franco obra de José María Sánchez-Silva, el activo publicista en la creación y difusión del relato legitimador popular sobre la dictadura.50 Aquella biografía empleaba como hilo argumental la «historia familiar» punteada mediante marcas de fijación genéricas: la pérdida colonial y la decadencia, la crisis del parlamentarismo o «los tiempos difíciles» de la Segunda República. En ella la Guerra Civil volvía a constituir un paréntesis y quedaba obviada, ofreciéndose, por el contrario, un pormenorizado detalle de las aficiones cinegéticas o deportivas de Franco junto a estampas hogareñas.

Idéntica tematización fue empleada en los números extraordinarios que algunas revistas del corazón editaron con motivo del 20 de noviembre. El editorial de ¡Hola!, por ejemplo, se emplazó en las coordenadas ortodoxas del discurso institucional. Más relevante es observar cómo su biografía necrológica se ajustaba a las pautas de codificación popular rosa propias de la revista. El cuerpo central del monográfico recogía un álbum gráfico donde se desgranaba la carrera militar de Franco, algunas instantáneas de la guerra –en Burgos en 1936, en el Ebro o entre los escombros del Alcázar– y material reciente del periodo 1969-1974. La sección se cerraba con fotografías a gran formato de las concentraciones en la Plaza de Oriente entre 1946 y 1975. El resto del número daba cabida a ese otro imaginario familiar en clave de inmediatez, repartiéndose entre artículos dedicados a «La entrañable humanidad de Franco», «El Caudillo en familia» o «Doña Carmen Polo: retrato de una dama».51

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