Kitabı oxu: «Culturas políticas monárquicas en la España liberal»

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CULTURAS POLÍTICAS MONÁRQUICAS

EN LA ESPAÑA LIBERAL

DISCURSOS, REPRESENTACIONES Y PRÁCTICAS

(1808-1902)

CULTURAS POLÍTICAS MONÁRQUICAS EN LA ESPAÑA LIBERAL

DISCURSOS, REPRESENTACIONES

Y PRÁCTICAS(1808-1902)

Encarna García Monerris, Mónica Moreno Seco

y Juan i. Marcuello Benedicto (eds.)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

Los trabajos de este libro son el resultado de la colaboración entre los componentes de dos

proyectos de I+D+i financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación: «la corona en la

España del siglo XIX. Representaciones, legitimidad y búsqueda de una identidad

colectiva» (HAR2008/ HIST04389) y «La monarquía liberal en España: culturas, discursos y

prácticas políticas (1833-1885)» (FFI2008-02107)

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© los autores, 2013

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2013

Publicacions de la Universitat de València

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publicacions@uv.es

Diseño de la maqueta: Inmaculada Mesa

Ilustración de la cubierta: Fernando VII desembarca en el Puerto de Santamaría (1-10-1825).

Grabado, Biblioteca Nacional de España

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-370-9330-7

Edición digital

ÍNDICE

Emilio La Parra López, La imagen del rey cautivo entre los liberales de Cádiz

Antonio calvo Maturana, «Como si no hubiesen pasado jamás tales actos»: La gestión fernandina de la memoria histórica durante el sexenio absolutista (1814-1820)

Víctor Sánchez Martín, Creación, construcción y dudas sobre la imagen del héroe revolucionario y del monarca constitucional en 1820

Javier Pérez núñez, La regente María Cristina en el Madrid del verano de 1837: Entre la ciudad amenazada y la ciudad clandestina

Jorge Luengo Sánchez, Representar la monarquía: festividades en torno a la reina niña (1833-1846)

Mónica Burguera López, «Al ángel regio». Respetabilidad femenina y monarquía constitucional en la España posrevolucionaria

Juan ignacio Marcuello Benedicto, El discurso constituyente y la legitimación de la monarquía de Isabel II en la reforma política de 1845

Encarna García Monerris y carmen García Monerris, ¿Interés de familia u objeto político? La testamentaría de Fernando VII

Isabel Burdiel Bueno, Monarquía y nación en la cultura política progresista. La encrucijada de 1854

Mónica Moreno Seco y Alicia Mira Abad, Género y negación de la legitimidad monárquica: Los republicanos y las reinas

David G. Pérez Sarmiento, Visiones de un republicano. Antonio Altadill y la imagen de la monarquía en tiempo de conflicto y libertad

Isabel María Pascual Sastre, Por una monarquía liberal, Borbón o Saboya. Manuel Marliani: Acción política y escritura histórica

Carlos dardé Morales, Ideas acerca de la monarquía y las funciones del monarca en el reinado de Alfonso XII

INTRODUCCIÓN

La construcción del Estado constitucional en la España liberal del siglo xix estuvo presidida de manera preeminente, en cuanto a la forma de gobierno, por la monarquía constitucional. El proceso de cambio abierto por las Cortes de Cádiz planteó, desde el inicio, la reformulación de los fundamentos legitimadores de la monarquía, de la función del Rey en el proceso político y de la propia imagen pública de la Corona. En su marco se confrontaron o se trataron de combinar finalmente dos legitimidades: la histórico-tradicional del principio monárquico y la representativo-parlamentaria formulada bajo los nuevos presupuestos de la revolución liberal. En las fases rupturistas de ésta, la primera legitimidad se vio enfrentada a las premisas y consecuencias de la proclamación del principio de soberanía nacional; en las de consolidación transaccional, se trató de compaginar ambas de forma equilibrada, haciendo enraizar tanto el principio monárquico como el representativo-parlamentario en el ser histórico de la Nación española. Así lo pretendieron, en esencia, el liberalismo moderado isabelino y el conservador en la Restauración bajo el discurso de la Constitución histórica dual o Constitución interna, en una perspectiva compartida por amplios sectores de la izquierda liberal.

En íntima vinculación con la tensión entre aquellas dos legitimidades, y desde que las Cortes de Cádiz cimentasen la organización política del Estado constitucional en el principio de división de poderes y la refundación de nueva planta de la institución representativa, la definición de las funciones del monarca en relación con las Cortes dentro del proceso político se convirtió en problema medular. Bajo el relativamente engañoso manto común de la monarquía constitucional, nuestro siglo xix contempló, en realidad, la atormentada sucesión de diversos modelos de fundamentación de la misma y de la relación Rey-cortes: la monarquía asamblearia propia del liberalismo doceañista; las pretendidas fórmulas de equilibrio transaccional entre el poder monárquico y el parlamentario de la monarquía liberal-doctrinaria del reinado de Isabel II, con su efectiva deriva autoritaria; el ensayo alternativo de una Monarquía democrática, nacional y parlamentarizada, en 1869 y bajo el reinado de Amadeo de Saboya; y, finalmente, las rectificaciones que en aquella relación indujeron las convenciones del turnismo en la monarquía de la Restauración, en el sentido de crear una legalidad común a las dos grandes corrientes de nuestro liberalismo, la conservadora, de base doctrinaria, y la demoliberal de 1869. La sucesión de esos modelos y experiencias no fue, en gran medida, lineal, sino fruto de fracturas, acreditadas limitaciones y desnaturalizaciones prácticas de los mismos, lo que determinó la imagen de continua y problemática reapertura de la “cuestión constituyente” en la España Liberal.

La singladura de nuestra monarquía constitucional en el siglo xix fue, como todo proceso histórico, compleja y ambivalente. Es innegable que en su marco se produjo el tránsito de la sociedad estamental del Antiguo régimen a la nueva sociedad liberal clasista, se abrió paso la mesocracia, se articuló administrativamente el Estado centralizado, y en el plano político, en una amplia perspectiva, se consolidaron los institutos representativo-parlamentarios con su concurrencia neurálgica en el proceso político. Pero junto a ello, la relación entre monarquía y liberalismo generó tensiones, prácticas políticas y culturas no siempre de fácil convivencia ni de resultados previsibles. En combinación con otros factores –como la falta de grandes consensos nacionales, con su exponente en los sucesivos ciclos de guerras civiles carlistas, la realidad de los pronunciamientos militares y el juntismo, el exclusivismo y las Constituciones de un solo partido...– las dificultades encontradas en la legitimación teórica y de ejercicio del nuevo Monarca constitucional, en la definición precisa de sus funciones y de la relación Corona-Cortes y en el rodaje consecuente de los diversos modelos apuntados de monarquía, contribuyeron decisivamente a los graves obstáculos encontrados en aquella centuria. De ellos, uno de los más importantes sería la adecuación plena de la realidad efectiva del régimen a los parámetros presumidos como esenciales de un sistema constitucional. Buena muestra de ello es la recurrente apertura de procesos constituyentes, con frecuencia precedidos de cambios en la titularidad de la potestad regia. Así se nos presenta, en una u otra medida, desde la crisis de la Regencia de Mª cristina de Borbón como fruto de la revolución de 1840, hasta el destronamiento de Isabel II en 1868.

En este horizonte, y desde perspectivas varias, resulta preciso ahondar en aspectos interrelacionados, como las diversas concepciones que se agitaron en los partidos políticos liberales sobre la fundamentación de la monarquía constitucional, la relación monarquía-nación y la regulación de las funciones y dialéctica Corona-Cortes en el proceso político, atendiendo además a su definición en las sucesivas Constituciones y a su rodaje efectivo en la práctica político-parlamentaria. También conviene detenerse en cómo entendieron y ejercitaron los monarcas sus nuevas funciones, su grado de adecuación o resistencia a ellas y la perseverancia de concepciones tradicionales; acercarse a la imagen que, no sólo los partidos, sino la sociedad se hizo sobre sus Reyes y Reinas por el nivel de correspondencia de su acción con los parámetros del sistema constitucional y las consecuencias que tuvo en su legitimación –análisis de su imagen a nivel político, pero también en relación con los nuevos valores de la incipiente sociedad mesocrática–; y junto a ello, a su vez, profundizar en la argumentación deslegitimadora de la monarquía por la naciente cultura política demo-republicana.

En septiembre de 2011, en el marco de la Universidad de Valencia, se celebró un Seminario donde dos equipos de investigación, formados con miembros de diversas Universidades y con sendos proyectos financiados por el Ministerio de Ciencia e Innovación –“La Monarquía Liberal en España: Culturas, discursos y prácticas políticas (1833-1885)”, bajo la dirección de la profesora Isabel Burdiel (Universidad de Valencia), y “La corona en la España del siglo XIX: representación, legitimidad y búsqueda de una identidad colectiva”, coordinado por el profesor Emilio La Parra (Universidad de Alicante)–, hicieron una puesta en común sobre los avances de sus trabajos y algunas propuestas de enfoque metodológico. Todos tenían un hilo conductor común: el de la cultura política monárquica en la España del siglo xix. Su interés es doble, social e historiográfico: social porque permite la necesaria transmisión del conocimiento generado por una investigación de este tipo; historiográfico, desde el momento en que se aborda un aspecto hasta ahora muy poco trabajado o explicitado, desde una perspectiva metodológica renovada y ampliada sugerida por la nueva historia política como historia cultural. La presente edición reúne los textos elaborados que tienen su base en los avances y debates que dicho encuentro académico propició.

Se presenta, por un lado, un grupo de estudios que, desde la perspectiva más clásica de los análisis de la normativa constitucional y práctica político-parlamentaria, pero también desde enfoques más recientes sobre las culturas políticas, tienen como denominador común indagar en las alternativas que se perfilaron en los partidos y principales corrientes de nuestro liberalismo sobre los fundamentos de la monarquía constitucional, cuestiones anejas referentes a la titularidad de la soberanía y redefinición de las funciones y de la relación Corona-Cortes, así como sobre la actitud y actuación de los monarcas. Así, y siguiendo un orden sucesivo de etapas históricas:

Javier Pérez Nuñez estudia la posición de la Regente Mª cristina de Borbón ante el sistema constitucional en el crítico año de 1837, donde se entrecruzan las consecuencias de la revolución del verano de 1836 y del Motín de los Sargentos en La Granja, la obra «transaccional» del progresismo en las Cortes Constituyentes de 1836-37, y el horizonte de un eventual acuerdo con el carlismo a la sombra de la Expedición Real. Juan ignacio Marcuello analiza, a través del discurso moderado en el proceso de formación de la Constitución de 1845, la propuesta de fundamentar la monarquía de Isabel II asociándola a la política del justo medio y de los equilibrios dualistas Corona-Cortes propios del modelo liberal-doctrinario, cómo se articuló en polémica con los planteamientos de los puritanos y de los monárquicos vilumistas, y la significación y efectivo alcance de su exaltación del poder monárquico en relación con el sostén del orden liberal-censitario. Isabel Burdiel sitúa su estudio en la Revolución de 1854 y la singladura de las Cortes Constituyentes de 1854-56. En él nos acerca a las tensiones que se desarrollaron en el discurso progresista, frente al conservadurismo de la naciente Unión Liberal y frente a las incipientes fuerzas demo-republicanas. Tensiones que se manifestaron a la hora de combinar monarquía y nación, de compaginar el anclaje de la primera, en la tradición histórica de la nación española y de su unidad, con el principio de soberanía nacional y la voluntad de parlamentarizar aquella.

Isabel Pascual analiza la acción política y los escritos históricos de Manuel Marliani. En su trabajo nos brinda una aproximación a la lectura de las experiencias precedentes, proyectos y designios que se agitaron en torno a la articulación de una alternativa de monarquía «democrática» y «nacional», que finalmente la corriente demoliberal trataría de plasmar en la Constitución de 1869 y la vinculación de aquella a la Casa de Saboya. Por su parte, Carlos dardé centra su estudio en las ideas que en la primera fase de formación del sistema de la Restauración –reinado de Alfonso xii– se fueron decantando sobre las funciones del Rey, tanto en el campo conservador como liberal, y en cómo las entendió el propio Monarca. Y ello en la perspectiva de evaluar los elementos de continuidad o de cambio respecto a las previas experiencias de la monarquía doctrinaria de isabel ii y democrática amadeísta, y en torno al complejo problema de «parlamentarización» de la monarquía constitucional.

Dentro de este mismo grupo temático, aunque en una faceta distinta pero no menos significativa, se sitúa el texto de Encarna y Carmen García Monerris sobre los avatares de la testamentaría de Fernando VII y la actitud de Mª cristina de Borbón sobre su aplicación. Ambas cuestiones se nos presentan como un campo aventajado para observar cómo en el proceso de construcción de la monarquía constitucional perseveraron concepciones patrimoniales del poder, exponente de las dificultades de los titulares de la Corona para adaptarse a la cultura política liberal, y que se entrecruzaron con las visiones de ésta sobre la consideración de los bienes de la Corona bajo titularidad de la Nación. El conocimiento de los espacios privados de la monarquía y su implicación en los debates constitucionales del siglo xix constituye el marco más amplio en el que se inserta esta aportación.

Otra serie de estudios se agrupa en torno a la imagen pública de los monarcas, tanto entre los partidos políticos como en la sociedad española, y su construcción por los círculos de poder monárquicos. Cuestión de relevancia en un tiempo histórico de reelaboración de los fundamentos de la institución regia y de su función pública para adaptarla a los presupuestos del nuevo sistema constitucional. Una imagen de los reyes de la que tanto dependería su legitimación popular y razón de ser, por el desarrollo de un incipiente régimen de opinión pública. Así, Emilio La Parra analiza la evolución de la representación de Fernando VII, el «rey cautivo», entre los diputados liberales de las Cortes de Uádiz. Lo hace al calor de su actitud durante el «secuestro» de la Familia Real en Bayona y por la simultánea acción constituyente de las Cortes generales y extraordinarias fundamentada en el principio de soberanía nacional. Nos da cuenta de la creciente desconfianza ante aquél y de la reafirmación de la Nación, cada vez más consciente de la necesidad de limitar la autoridad regia. Antonio Calvo estudia los recursos propagandísticos y la gestión de la memoria histórica acometida por el Rey y los políticos fernandinos para legitimar la monarquía tras la abrogación del sistema constitucional doceañista. Lo hace releyendo, a partir del examen del R. Decreto de 4 de Mayo de 1814, los acontecimientos previos acaecidos desde el Motín de Aranjuez hasta la vuelta del Rey, así como a través de representaciones simbólicas, imprenta, legislación y relatos de la Guerra de la Independencia. Víctor Sánchez Martín, en el contexto de la revolución de 1820 y de la atormentada singladura del Trienio Liberal, analiza la contraposición y tensiones entre la evolución de la imagen pública del héroe revolucionario, centrada en la emblemática figura de Rafael de Riego, y la reconstrucción de la imagen de Fernando VII como monarca constitucional. Por su parte, Jorge Luengo aborda las modificaciones en las formas simbólicas de legitimación, representación y propagación de la institución monárquica en los especiales momentos del tránsito a la monarquía constitucional, centrándose en la divulgación de su nueva imagen pública a través del examen de las festividades en torno a Isabel II durante su minoría de edad y hasta su matrimonio en 1846.

Dentro de este grupo de estudios, pero alejándose del estricto nivel político-constitucional, y enfocando la imagen del monarca en su grado de adecuación a los nuevos valores de la sociedad española, se incluye el trabajo de Mónica Burguera. En él analiza la evolución de la imagen de Isabel II en relación con los debates sobre la concepción de la feminidad en el seno del liberalismo posrevolucionario. La tensión que aflora en estos debates, entre la reclusión en el ámbito doméstico y familiar o la posible proyección a la ciudadanía política y a la acción pública de las mujeres, subyace en la creciente desautorización de la Reina por la falta de correspondencia entre dichos principios y su vida privada y su actuación como monarca.

Finalmente, otro conjunto de trabajos aborda, desde distintas facetas, la visión crítica y el discurso deslegitimador de la monarquía constitucional que se fue desarrollando en el seno de la cultura política demo-republicana. Mónica Moreno y Alicia Mira profundizan en la complejidad y contradicciones de dicha cultura política desde el campo de los estudios de género, cuando más allá de los argumentos generales de rechazo de la monarquía como forma de gobierno y de la defensa de la igualdad como principio ideológico fundamental, se centran en la crítica de los republicanos sobre la presencia y la actuación de las mujeres que ocupaban o participaban en la titularidad de la potestad regia, como Reinas, regentes o consortes, al identificar la feminidad con la domesticidad y el excesivo peso de la influencia clerical. Y David G. Pérez, a través de los escritos de un «ideólogo menor», pero de influencia en el republicanismo barcelonés, Antonio Altadill, nos acerca a la formación de las señas de identidad de aquella cultura política desde los últimos años de la época isabelina. Incide, por encima de sus divisiones internas entre «individualistas» y «socialistas», en su rechazo de la forma de gobierno monárquica por sus presupuestos esenciales y su estructura, más allá de la actuación particular de los sucesivos titulares de la Corona.

Esta edición, en fin, procura presentar junto a resultados de investigación sobre diversas facetas de la monarquía en la España liberal propuestas factibles de distintos enfoques metodológicos, para su mejor comprensión. Desde los más clásicos sobre normativa constitucional, pensamiento y práctica político-parlamentaria hasta los más recientes sobre historia de las culturas políticas. La profundización en el complejo proceso histórico de nuestra monarquía constitucional en el siglo xix, en sus luces y sombras, se hace tanto más necesaria cuanto que, analizada desde la presente monarquía parlamentaria planteada por la Constitución de 1978, aquella nos legó bajo su manto la transición al Estado y sistema político constitucional y la normalización de la concurrencia de los institutos representativo-parlamentarios en el proceso político. No es menos cierto, a su vez, que no logró, o encontró obstáculos insalvables, que le permitieran evolucionar de manera progresiva hasta alumbrar una monarquía parlamentaria.

ENCARNA GARCÍA MONERRIS

MÓNICA MORENO SECO

JUAN IGNACIO MARCUELLO BENEDICTO

València, Alicante, Madrid, mayo de 2012

LA IMAGEN DEL REY CAUTIVO ENTRE LOS

LIBERALES DE CÁDIZ*

Emilio La Parra López

Universidad de Alicante

En los últimos días de diciembre de 1810 tuvo lugar en las Cortes un debate sobre la actuación de Fernando VII en el exilio, que se prolongó durante cuatro sesiones parlamentarias. Fue, según mis noticias, la primera y única ocasión en que los diputados se refirieron amplia y directamente a la persona del rey. Desde la apertura de la legislatura habían pronunciado muchas veces el nombre de Fernando VII y a partir del 9 de octubre de 1811, cuando discutieron el título IV del proyecto constitucional trataron en extenso sobre el monarca y sus facultades, pero siempre en relación a su función institucional y simbólica, esto es, como encarnación de la Monarquía y como referente en la lucha de los españoles contra napoleón. En la ocasión aludida, sin embargo, hablaron de la persona y los actos del rey, a pesar de que, según Joaquín Lorenzo Villanueva, habían acordado guardar silencio sobre estos extremos.1

El detonante de esta apreciable novedad fue la intervención de Antonio Capmany en la sesión pública del 9 de diciembre de 1810. El diputado catalán propuso que se prohibiera por decreto a cualquier rey de España contraer matrimonio «sin previa noticia, consentimiento y aprobación de la nación española, representada legítimamente en Cortes».2 La iniciativa estaba motivada por el rumor esparcido por la prensa sobre la posible boda de Fernando VII con una hija del emperador de Austria y, en consecuencia, cuñada de napoleón, quien en abril anterior se había casado con María Luisa de Austria.3 Según Capmany, el rumoreado enlace del monarca español era una maniobra de Napoleón «para sorprender a la nación española y alucinar a la miserable Europa». Con ello dio a entender –y así lo interpretaron los numerosos diputados que luego debatieron sobre la materia– que ese matrimonio podía tener la finalidad de devolver a Fernando VII a su reino convertido en familiar del emperador y, por tanto, en fiel instrumento suyo. La explicación de esta nueva maniobra del «tirano» era la siguiente: Napoleón no había renunciado a su sistema de colocar a miembros de su familia en los tronos europeos, pero ante el fracaso de su hermano José en España, recurría a la argucia de engañar al joven Fernando con la apariencia de devolverle la corona, pero no para que actuara con plena libertad, sino en calidad de vasallo del imperio. Este paso tendría, además, un efecto muy apreciable en el desarrollo de la guerra, pues en cuanto vieran entre ellos a su rey los españoles depondrían las armas.

La proposición de Capmany causó desconcierto entre los diputados. Aunque estaban al tanto de los rumores sobre el proyecto de matrimonio de Fernando VII y albergaban las mismas sospechas acerca de la maniobra del emperador, temían que el debate sobre la persona de Fernando VII y más aún –como apuntó Villanueva–, la publicación de un decreto en la línea propuesta por Campany, dividieran los ánimos de la población. Pero lanzado el asunto en sesión pública resultaba difícil soslayarlo, de ahí que en la sesión secreta del mismo 9 de diciembre, el presidente del Congreso (Morales Gallego) propusiera tratar este punto en la pública del día siguiente «con cierta generalidad, huyendo hasta de la menor indicación que comprometa su sagrada persona [la del rey]».4 Tras una serie de vicisitudes, que Javier Lasarte ha expuesto con precisión en un estudio del que son muy deudoras las páginas que siguen, las Cortes se vieron obligadas a abordar la cuestión.5 Pero no lo hicieron entonces, sino veinte días más tarde, a finales del mes. Y no se basaron en la proposición de Campany, sino en otra similar, pero redactada en términos más generales y sin hacer mención expresa a posibles enlaces del rey, presentada por Francisco X. Borrull. La propuesta fue la siguiente: «Que se declaren nulos y de ningún valor ni efecto cualesquiera actos o convenios que ejecuten los Reyes de España estando en poder de los enemigos, y puedan ocasionar algún perjuicio al Reino».6

El debate tuvo lugar los días 29, 30 y 31 de diciembre de 1810 y el 1 de enero de 1811. Este último día concluyó con la aprobación de un decreto, el XIX de la legislatura, cuyo encabezamiento decía así: «Decláranse nulos los actos y convenios del Rey durante su opresión fuera o dentro de España: nueva protesta de no dexar las armas hasta la entera libertad de España y Portugal».7 Las Cortes proclamaban «que no reconocerán, y antes bien tendrán y tienen por nulo y de ningún valor ni efecto todo acto, tratado, convenio o transacción, de cualquier clase y naturaleza que han sido o fueren otorgados por el Rey, mientras permanezca en el estado de opresión y falta de libertad en que se halla, ya se verifique su otorgamiento en el país del enemigo, o ya dentro de España, siempre que en este caso se halle su Real persona rodeada de las armas, o bajo el influxo directo o indirecto del usurpador de la corona». A continuación venía una frase que debió sonar muy mal a los oídos de los realistas más recalcitrantes: «jamás le considerará libre la nación [al rey], ni le prestará obediencia hasta verle entre sus fieles súbditos en el seno del Congreso nacional que ahora existe o en adelante existiere, o del Gobierno formado por las Cortes». El decreto finalizaba con la expresión de la solemne promesa de no dejar las armas hasta la total evacuación de España y Portugal por las tropas invasoras.

El decreto, se decía de forma expresa al comienzo, se había elaborado «en conformidad» con el del 24 de septiembre de 1810 –el primero de estas Cortes– en el cual se establecía el principio de soberanía nacional y la división de poderes. Las Cortes pretendían, pues, que su decreto XIX fuera una aplicación de la doctrina sentada en el primero. Es decir, deseaban dejar patente, por una parte, la preeminencia de la nación, su capacidad como sede originaria de la soberanía para imponer restricciones a la actuación del rey; por otra, fijaban como principal objetivo de la guerra la «libertad» de España, de la nación.8 Esto último suponía un cambio de lenguaje muy significativo, pues tanto en los manifiestos y proclamas de las Juntas, como en los muchos textos hasta entonces publicados por colectivos o particulares, la fórmula más utilizada para señalar la finalidad de la lucha era el logro de la libertad del rey y su restitución en el trono.

En el debate de la proposición de Borrull intervino un elevado número de diputados, muchos de los cuales resaltaron la trascendencia de la materia. Salvo muy escasas excepciones, a las que luego se aludirá, los parlamentarios se mostraron favorables a las ideas que terminarían plasmándose en el decreto y resaltaron de forma explícita el nexo entre la declaración de la soberanía nacional y el tratamiento de la figura del monarca, lo cual fue un anticipo de lo que sancionaría la Constitución. Tanto los diputados calificados de «liberales», como los realistas o «serviles» (incluso algunos de los más combativos entre estos), se basaron en la teoría pactista, entendida cada uno a su manera.9 Todos coincidieron, pues, en que el origen de la monarquía en España era resultado –en palabras del inquisidor Riesco– del «consentimiento de los españoles» y en que las «leyes fundamentales» establecían límites al ejercicio de la potestad del rey, de manera que esa potestad –afirmó el liberal García Herreros– «jamás fue tan absoluta que por sí pudiese alterar, variar y mucho menos derogar las leyes fundamentales».10 En suma, hubo consenso en declarar que la nación, como sede de la soberanía, estaba por encima del monarca y que este era producto de la voluntad de la nación y tenía limitadas sus facultades.

El excelente estudio de Javier Lasarte, al que de nuevo remito, me exime de más precisiones sobre este debate parlamentario por muchas razones fundamental, pues en él se expresaron las ideas básicas sobre la Monarquía y el papel del rey recogidas posteriormente en la Constitución. Pero no me parece inútil detenernos en dos aspectos: las razones que motivaron aquel debate y la imagen de Fernando VII que se forjaron en ese momento los diputados de Cádiz. Desde el punto de vista de la teoría política, estos elementos pueden ser considerados secundarios en aquel debate, pero me parecen relevantes para comprender el cambio operado en las Cortes respecto a la figura del monarca, componente básico de la cultura política de los diputados de Cádiz.

RAZONES QUE DESENCADENARON EL DEBATE SOBRE FERNANDO VII

¿Por qué las Cortes dejaron transcurrir 20 días desde la presentación de las proposiciones de Capmany y de Borrull hasta la discusión en sesión pública de la de este último? Es evidente, como ha quedado dicho, que no se deseaba discutir sobre la persona del rey, pues Fernando VII era un referente fundamental –para muchos, el más importante– para mantener la unidad de los españoles en la guerra, cuyo desenlace, precisamente en las fechas a que nos referimos, parecía que se decantaba a favor de napoleón.11 Ahora más que nunca resultaba perentorio mantener la unidad, y esta unidad, como expuso con perspicacia Flórez Estrada en una obra publicada ese mismo año de 1810 antes de iniciarse el aludido debate parlamentario, era resultado tanto del deseo unánime de resistir al invasor, como de «la idea de un rey puramente imaginario, cuyas órdenes se figuraba obedecer». Y prosigue: «debilitar esta idea, que por entonces producía tan felices efectos, aunque manifestaba que los españoles solo trataban de defender los derechos del rey y no los suyos, debía ser peligroso al que intentase presentarla según dictaba el buen sentido y produciría por entonces efectos funestos al Estado».12

Este análisis, así como el apunte de Villanueva antes citado sobre el temor a provocar un conflicto interno en el bando patriota si se hablaba directamente del rey, ofrecen las claves para explicar las reticencias de los diputados a debatir las proposiciones de Campany y de Borrull. Tratar del rey supondría debilitar la unidad de los españoles y esto –según Flórez Estrada– aparte de tener consecuencias negativas para el Estado, resultaba «peligroso» (¿sería causa de impopularidad para quien lo intentara u origen de riesgos de otro tipo?) y, evidentemente, los diputados no estaban dispuestos a situarse en ese trance.13 Pero el debate se terminó celebrando y no solo se habló de la Monarquía y de las competencias del rey en términos inusitados hasta el momento, sino que también se emitieron muchos juicios, y graves, sobre la persona de Fernando VII. Que las Cortes llegaran a este punto fue resultado, en mi opinión, de dos factores: la publicación en Le Moniteur, el diario oficial francés, de algunas cartas de Fernando VII a Napoleón, y los aludidos rumores sobre el posible matrimonio del rey. Esto último movió a Capmany a presentar la proposición que dio origen a todo, pero fue también lo que impulsó a la prensa y al público asistente a las sesiones parlamentarias a presionar a las Cortes para que abordaran el asunto, aunque no con la finalidad de sembrar la mínima duda sobre la persona de Fernando VII, sino para forzar alguna declaración que desbaratara las maniobras de Napoleón y diera ánimos a los «patriotas» para proseguir la guerra.14

Según el conde de toreno, el debate iniciado el 29 de diciembre de 1810 se produjo «de resultas de la correspondencia inserta en el Monitor en este año de 1810, en la que había cartas sumisas a napoleón del rey cautivo». Cuando se conoció esa correspondencia –sigue diciendo– se esparció por España la especie de que Fernando VII trataba de unirse a una princesa imperial y que napoleón maquinaba restituirlo al trono español «con condiciones contrarias al honor e independencia de la nación», pues el trono español quedaría «bajo su sombra y protección del emperador de los franceses».15

Las mencionadas cartas de Fernando VII a Napoleón salieron en Le Moniteur entre febrero y abril de 1810, aunque en su mayoría habían sido escritas en 1808 y 1809, todas en el château de Valençay. En esta correspondencia, Fernando declaraba la más completa sumisión al emperador en términos sonrojantes para el propio rey y ofensivos para los españoles que luchaban en su nombre. Entre otras muestras de bajeza, le trasmitió «muy sinceramente» su enhorabuena por la instalación de José en el trono de España, a quien calificaba del monarca «más digno» y «más propio por sus virtudes» para ceñir la corona española y asegurar la felicidad de la nación.16 Le felicitó por las victorias francesas en la Península Ibérica, hecho que le hacía sentir «placer».17 En distinta ocasiones le reiteró su disposición a obedecerlo y le expresó su agradecimiento por el trato recibido en Valençay.18 Tras el rocambolesco episodio del barón de Kolli, se declaró contrario a cualquier intento de ser rescatado, manifestó que no estaba en el château de Valençay retenido por la fuerza y se pronunció en contra de Inglaterra («los ingleses han hecho mucho mal a la nación española tomando mi nombre»).19 Pero lo más llamativo y lo más importante fue, quizá, su deseo de convertirse en hijo adoptivo del emperador, solicitud que, para mayor bochorno, Fernando no transmitió directamente, sino a través del gobernador del château, Berthèmy, como si el rey de España necesitara intermediarios en las cuestiones que él mismo consideraba muy relevantes.20

Como es lógico, en cuanto se tuvo conocimiento de esta correspondencia surgieron voces en España denunciando su falsedad. En ello se comprometió incluso el Consejo Reunido (de España e Indias), el cual emitió dos resoluciones, fechadas el 6 y el 17 de junio de 1810 –con anterioridad, por tanto, a la reunión de Cortes–, donde declaraba que esas cartas eran falsas o producto de la violencia ejercida sobre Fernando y que su publicación no dejaba de ser una maniobra del gobierno francés para engañar a los españoles, apartarlos del amor a su rey y agitar «los ánimos del vulgo».21 tal fue la impresión dominante entre los patriotas españoles conocedores de lo publicado por Le Moniteur, como no sin ironía anotó el conde de Toreno: «No se esparcían mucho por España estos papeles, y aun los que los leían considerábanlos como pérfido invento de Napoleón. A no ser así, ¡qué terrible contraste no hubiera resaltado entre la conducta del rey y el heroísmo de la nación!».22 Pero no hay duda sobre la autenticidad de las cartas, como tampoco sobre los deseos de Fernando de contraer matrimonio con alguna dama de la familia del emperador francés. Esta era una vieja aspiración de Fernando y del círculo de sus consejeros íntimos, en particular del canónigo Escoiquiz, quien le acompañó a Valençay. Ya en 1807, cuando se prepararon las maniobras para acabar con Godoy descubiertas en El Escorial, el entonces príncipe de Asturias se había dirigido a Napoleón solicitando la mano de alguna princesa de su familia y tras la renuncia de Bayona volvió sobre lo mismo en carta del 10 de mayo de 1808. Cuatro días más tarde, Napoleón le acusaba recibo, prometiéndole que concluirían el solicitado matrimonio con una de sus sobrinas («nièces») en cuanto fuera posible, ya que el tratado acordado en bayona entre ambos había resuelto todas las dificultades.23

Evidentemente, Napoleón nunca pensó en satisfacer las aspiraciones matrimoniales de Fernando y fue dando largas al asunto, pero en 1810 surgieron los mencionados rumores, cuyo origen se desconoce, del enlace del exiliado rey español con una archiduquesa de Austria. De ellos se hizo eco la policía imperial en sus escrupulosos boletines diarios. El del 20 de septiembre de ese año informaba de la circulación por París de la especie de que Fernando y su (futura) esposa austriaca reinarían en una parte de España y Portugal. El boletín del 13 de octubre siguiente hablaba de la llegada a la capital francesa del emperador de Austria, acompañado de una de sus hijas destinada a casar con el «príncipe» Fernando, y el del 16 de ese mes repetía la noticia y añadía que esa boda se consideraba un medio eficaz para terminar la guerra de España.24 Todo esto contrarió a napoleón. El 17 de septiembre de 1810 ordenó a Berthier, mayor general de su ejército en España, que comunicara a todos los comandantes de las tropas imperiales que tales rumores eran producto de la ociosidad de las gentes de París y que debía rechazarse con indignación la simple idea de un matrimonio de esa naturaleza, que el emperador calificaba como «un pas rétrograde». Un mes más tarde escribió sobre lo mismo a Champagny, su ministro de Exteriores, para que se lo hiciera saber a los representantes franceses en el extranjero.25 Pero a pesar de todo, Napoleón no pudo impedir que la prensa internacional, sobre todo la británica, como ha quedado dicho, se hiciera eco de todo ello y que por ese conducto, o cualquier otro, llegara a España.

En suma, ya desde el comienzo de la legislatura los diputados reunidos en la Isla de León disponían de suficiente información sobre las bajezas de Fernando VII y sus deseos, más o menos confirmados, de formar parte de la familia de Napoleón, bien fuera mediante enlace matrimonial con alguna bonaparte o con una de sus cuñadas austriacas, bien mediante el sistema de la adopción imperial. Tratar, pues, en el parlamento de cualquier asunto relativo a la persona del rey era paso muy delicado, pues necesariamente habría que aludir a estos extremos y esto afectaría a la imagen dominante en el bando patriota del «príncipe inocente y virtuoso» engañado en Bayona y sometido a cautividad por «el tirano de Europa». Los hechos confirmaron estos temores, pues cuando finalmente se abordó el asunto en las Cortes, fue imposible evitar juicios poco favorables a la persona del rey, a pesar del exquisito cuidado en su lenguaje de todos los diputados, sin excepción.

LA IMAGEN DEL REY

En el debate parlamentario los diputados se esforzaron por mantener el discurso dominante sobre la persona y situación del rey. En consecuencia, todos eximieron a Fernando VII de responsabilidad en las desgracias de España (se ajustaron, pues, a la imagen del «príncipe inocente») y recalcaron la dura cautividad en que le tenía sometido Napoleón. Así pues, cualquier desliz en su comportamiento no era imputable al rey, por carecer este de libertad, sino responsabilidad del emperador, el gran manipulador y urdidor de mentiras y maquinaciones destinadas a socavar la moral guerrera de los españoles. Pero es patente que algunos diputados no estaban plenamente convencidos de todo ello y en sus discursos expresaron desconfianza hacia Fernando VII, por más que la disimularan con la retórica de ensalzamiento de su figura exigida en aquella coyuntura, especialmente y de forma directa por el variado público asistente a las sesiones públicas.

La mayor dificultad para todos consistió en hallar un argumento convincente para demostrar que Fernando no se había avenido a concertar un matrimonio mediatizado por Napoleón. Eso parecía empresa casi imposible, pues no bastaba el recurso a la carencia de libertad del rey, ni a esa pregonada bondad intrínseca que le impediría actuar de forma inconveniente, como defendió desde la tribuna parlamentaria Blas Ostolaza, uno de los fernandinos más extremista. Todos sabían que conseguir la mano de una princesa francesa era una vieja aspiración de Fernando, que databa de su época de príncipe de Asturias, cuando, por cierto, gozaba de libertad. Pero si en aquel tiempo cabía dar una interpretación positiva al proyecto del príncipe (podría ser un medio de consolidar la relación con napoleón para terminar con el poder del odiado Godoy), en 1810 resultaba inaceptable, porque España libraba una guerra encarnizada contra el francés e Inglaterra, cuyo concurso era imprescindible para mantener la lucha, no permitiría un acuerdo de esta naturaleza. Además, un nuevo factor, la solicitud de Fernando de convertirse en hijo adoptivo de Napoleón, agravaba ahora considerablemente la cuestión, pues el ordenamiento constitucional del Imperio francés concedía derechos sucesorios a los que tuvieran esa condición. Si se dieran ambas circunstancias –la adopción de Fernando y su enlace con una cuñada del emperador– se sentarían las bases para un posible cambio político radical en España, inaceptable de todo punto para quienes luchaban contra las tropas imperiales y contra el rey «intruso» y, más aún, para las Cortes de Cádiz, que habían declarado el principio de soberanía nacional. Si todo se cumplía como parecería desear Fernando VII, este dejaría de ser miembro de la Casa de Borbón, para pasar a serlo de la de Napoleón, al igual que lo era el rey José, y podría regresar a España de la mano de Napoleón para ocupar de nuevo el trono, convertido en su fiel y sumiso instrumento, como constaba en las cartas publicadas por Le Moniteur.26 Esto supondría el fin de la guerra, pues muchos españoles dejarían las armas, seducidos por la vuelta del «príncipe inocente» y virtuoso, y acarrearía la sumisión definitiva de España a Napoleón. La nación española, en consecuencia, perdería su independencia, dejaría de ser soberana y se rompería el pacto entre los españoles y su rey, base histórica de la monarquía española según la convicción de todos los diputados de esas Cortes.

Sobre todo esto hablaron por extenso los diputados en el debate al que venimos refiriéndonos. El problema de fondo fue bien diagnosticado por todos, de ahí la constante alusión al decreto del 24 de septiembre de 1810, convertido en guía del debate. Pero el escollo fundamental consistía en hallar una explicación al comportamiento de Fernando VII. Aun dando por supuesto que todo fuera una maquinación para engañar al «príncipe inocente» y a los españoles, no bastaba con cargar toda la responsabilidad en napoleón. Al menos así lo consideraron varios diputados, el primero de ellos, Argüelles. Tras aludir a las perfidias de Napoleón, dijo lo siguiente:

Señor, es preciso tomar en cuenta el carácter de nuestro amado Monarca. Educado, como todos saben, en la oscuridad de un palacio, alejado de los que habían de ser sus súbditos, ignora las artes de la corte y la perversidad del corazón humano; así vemos que desde sus primeros pasos todas sus acciones, mezcladas con actos de beneficencia, no han sido sino efecto de la inexperiencia, de la sencillez y del candor, de que intenta ahora abusar Bonaparte (...) [Este] intenta convertir en su utilidad la sencillez de este Príncipe para esclavizar a una nación que en vano ha querido sujetar con las armas.

Para atenuar la dureza de este juicio sobre la personalidad del rey, realmente demoledor, el orador volvió al lenguaje laudatorio imperante, pero aún así dejó traslucir los defectos de Fernando y sus posibles corolarios:

un Príncipe joven y sencillo que, aunque lleno de virtudes, es inexperto y cuenta ya tres años de duro cautiverio: un Príncipe que no conoce el corazón humano y que no puede resistirse a las instigaciones de aquel tirano sino a costa del sacrificio de su vida. Quizá suspira por vivir entre sus fieles súbditos, y oír de boca de S.M. las leyes con que ha de gobernarlos; acaso creerá conveniente consentir por un momento en su enlace que [le] restituya a la libertad.27

A la inexperiencia y candidez de Fernando aludieron también otros diputados (entre ellos los liberales Fernández Golfín, Pérez de Castro y oliveros). Pero estos rasgos de la personalidad del rey, que habían sido muy útiles a la propaganda fernandina, primero para acabar con Godoy y, más tarde, para exonerar de responsabilidad a Fernando en su renuncia de bayona, no podían ser tomados de igual forma ni ahora, ni en el futuro inmediato, pues tras la convulsión provocada en Europa por Napoleón, la guerra en España y el surgimiento de los primeros brotes independentistas en América se necesitaba mano muy firme para dirigir la monarquía española. Así lo planteó con toda claridad, y dureza, el americano Mexía Lequerica, quien una vez más fue más lejos que el resto de diputados al abordar una cuestión relevante en este parlamento. En su única, aunque extensa y sustancial, intervención en este debate ofreció la siguiente respuesta a la pregunta: «¿Por qué nos hallamos en este sitio, reducida la España a tan estrechos rincones?», que él mismo se formuló: «Porque nuestro joven Monarca en el lleno de su candor [acababa de decir que Fernando era “el más dócil de los príncipes”] besó la cadena con que un falso amigo le ataba, y corrió precipitado a perderse creyendo que tal vez a su costa os ahorraría tan espantosa catástrofe». Fernando no escuchó a su pueblo cuando este intentó evitar su salida y la de su familia de España (Mexía mencionó a los «nobles vecinos de Vitoria» y la «heroica plebe de Madrid»)28 y Francia lo aprovechó para sembrar la discordia en el seno de la familia real «y compilió a este inocente cordero a despojarse de las brillantes insignias con que le habían adornado no menos los derechos del nacimiento que la graciosa elección del pueblo; es decir, todo lo más sagrado de la sociedad y de la naturaleza». El diputado americano, pues, imputaba al rey y no a otros (generalmente todo se atribuía a Napoleón) la decisión del viaje a Bayona, origen de su abdicación y la de Carlos IV y, según el discurso tradicional, de los males presentes de España.29

El paso dado por Mexía era realmente grave y constituía, asimismo, una novedad, pues hasta este momento nadie de forma tan clara había atribuido responsabilidad a Fernando en los acontecimientos del país. Aunque, como se acaba de ver, Mexía no abandonó la retórica encomiástica del rey, desbarató uno de los rasgos básicos de su imagen de «príncipe inocente». Pero no se quedó en ello. En esta misma sesión parlamentaria, planteó la siguiente hipótesis:

Si en una dolorosa pero inevitable coyuntura hubiese de perecer un hombre a quien nada deben los pueblos, más que la compasión y el respeto consiguiente a su desventura y persecuciones no merecidas, a trueque de que no perezca una Nación generosa... ¿debería esta perderse, porque no dejasen de triunfar los caprichos, la ignorancia y la flaqueza de aquel? (...) Y pues en su Real nombre se exige, tres años ha, de todos los españoles que estén siempre dispuestos a perecer antes que recibir otro Rey, la inflexible justicia pide a V.M. por mis trémulos labios que ya no se tarde más en declarar de una vez que este mismo Rey debe perecer, y ser sacrificado, primero que concurrir a sacrificar con la más negra ingratitud a la benemérita España, mártir sin ejemplar de lealtad y de honor.30

Creo que en ninguna otra intervención parlamentaria y tampoco en los textos producidos durante la guerra en el bando patriota se aludió con tanta dureza a la persona de Fernando VII (ni se llegó tan cerca en la comparación con Luís XVI de Francia). Al atribuir sus actuaciones al capricho, la ignorancia y la flaqueza de carácter, Mexía acaba de desmitificar la imagen dominante del «príncipe inocente», tarea en la que llega al cenit cuando mantiene que nada le debe el pueblo, más que compasión por sus desventuras; en consecuencia, no serán los españoles quienes deban sacrificarse por el rey, sino al contrario, el rey ha de hacerlo por su pueblo y si llega el caso, el rey «debe perecer». Aparte, insisto, del paralelismo con la situación de Francia en los primeros compases de la revolución, Mexía exigía a Fernando, en definitiva, el mismo grado de heroísmo que, en su nombre, se requería a los españoles y, con ello, desbarató uno de los argumentos más sólidos empleados por los fernandinos para justificar las renuncias de Bayona, según el cual Fernando las aceptó para evitar el derramamiento de sangre y el sufrimiento de los españoles. En la intervención de Mexía queda bien patente, por lo demás, la preeminencia de la nación sobre el rey.

Solo Ostolaza, casi recién llegado de Valençay, donde había ejercido de confesor de Fernando VII, e incorporado a las Cortes como diputado suplente, rebatió a Mexía, aunque no se refirió expresamente a él. Según el clérigo, no había que temer nada del rey, pues era «enteramente adicto a los intereses de la Nación» y, en consecuencia, no cedería a los planes de Napoleón.31

Pero la voz de Ostolaza quedó aislada. A finales de diciembre de 1810, durante el desarrollo del debate que nos ocupa, domina la desconfianza hacia Fernando VII. Es cierto que ningún diputado la manifestó con la dureza que lo hicieran Argüelles y Mexía, pero todos estuvieron de acuerdo en la necesidad de tomar precauciones para evitar algún desliz de ese monarca inexperto y de débil carácter. En consecuencia, el decreto elaborado a partir de la propuesta de Borrull fue aprobado por unanimidad, en votación nominal, por los 114 diputados presentes el 1 de enero de 1811 en el Congreso y todos los firmaron, como igualmente habían hecho con el decreto del 24 de septiembre de ese año, simbolizando de esta forma la estrecha relación entre ambas disposiciones de las Cortes y su importancia.32

CONSIDERACIONES FINALES

Los diputados intervinientes en este debate, el único en que de forma expresa y extensa se trató de la persona de Fernando VII durante la legislatura extraordinaria de Cádiz, se esforzaron, incluso los más críticos, por mantener el discurso dominante en el bando patriota, según el cual este rey era el príncipe inocente y virtuoso perseguido injustamente por Napoleón, carente de responsabilidad en los sucesos que habían ocasionado la crisis de la Monarquía. Sin embargo, desde el comienzo de la legislatura fue perceptible entre los liberales un sentimiento de desconfianza hacia la persona de Fernando VII. Esta desconfianza influyó, aunque evidentemente no fuera el único factor y tampoco el principal, en el cambio de concepto de Monarquía y en la atribución al rey de un papel distinto al tradicional. En este punto es ilustrativa la comparación con la Constitución portuguesa de 1822, la cual se inspiró en la de Cádiz y reprodujo literalmente muchos de sus artículos. Aunque los portugueses partieron de los mismos principios doctrinales que los diputados de Cádiz, no estuvieron tan condicionados como estos por la desconfianza hacia su monarca y, en consecuencia, en su Constitución le atribuyeron una función política más relevante y, por supuesto, no fijaron restricciones al ejercicio de su autoridad de forma tan detallada y amplia como lo hizo la de Cádiz en su artículo 172.33

La desconfianza hacia Fernando VII no se fundó únicamente en su servilismo ante Napoleón, puesto al descubierto por las cartas publicadas en Le Moniteur. También pesó en el ánimo de muchos diputados liberales la experiencia del inicio del reinado de Fernando VII, tanto por las medidas políticas adoptadas, claramente favorables a los estamentos privilegiados y de inequívoco signo populista,34 como por la actitud de Fernando al desoír las voces que le aconsejaban no viajar hasta Francia. Como se ha visto, este último hecho, que sin duda estaba en la mente de muchos diputados, lo recordó Mexía en el debate del que nos hemos ocupado. En aquella ocasión Fernando VII actuó como un déspota. En materia tan grave como era el abandono del reino en coyuntura especialmente crítica, con tropas francesas acantonadas en puntos estratégicos de la mitad septentrional del reino, e incluso en su capital, el rey solo se guió por el criterio de su consejo privado y no tuvo en cuenta la opinión de miembros destacados de su pueblo. Para los liberales esto era mucho más que una anécdota.

Ahora bien, estos hechos, es decir, las medidas adoptadas por Fernando en marzo-abril de 1808 y la acusadísima influencia de su consejo privado, parece que solo merecieron una consideración negativa una vez reunidas las Cortes y no antes. El levantamiento contra Napoleón comenzó siendo un movimiento contrarrevolucionario bajo la invocación de Fernando VII. Fue la dinámica del propio proceso entonces iniciado la que condujo a una nueva situación política moderna, que conllevaba un cambio sustancial en la cultura monárquica. A partir de aquí cobra importancia el impacto de las cartas publicadas en Le Moniteur, como se ha defendido en este trabajo. Estas cartas constituyeron un auténtico mazazo para la imagen de Fernando VII, al menos entre los liberales, convencidos, tras conocer esa correspondencia, de que las intenciones del rey no eran, ni mucho menos, las que le atribuían sus partidarios desde, al menos, 1807, cuando había que crear un referente para acabar con Godoy, al que se presentó como paradigma del despotismo odiado por todos.

Es patente, pues, el cambio del discurso sobre el rey operado en el debate del que nos ocupamos. En él se dijo expresamente que el rey de España no era rey absoluto. A esas alturas esto no era novedad, pues como ha escrito Carmen García Monerris, «el lenguaje antidespótico en sus múltiples variantes estaba totalmente extendido e, incluso, asentado en la opinión pública»,35 pero lo importante es que se expusiera en sede parlamentaria. Algo influyó en este cambio la desconfianza hacia la persona de Fernando VII, como se ha mantenido aquí, si bien fueron muy relevantes otros factores, en particular la constante referencia desde 1808 a las «Leyes Fundamentales» de la Monarquía española, las cuales fijaban el origen de esta institución en la voluntad de los españoles y declaraban limitados los poderes del monarca.36 No menos decisiva resultó, asimismo, la ausencia del rey.

Como ha explicado Richard Hocquellet el proceso de resistencia al cambio dinástico operado en Bayona, que fue el punto de partida del levantamiento, trastornó el sistema político. La principal fuente de legitimidad del nuevo poder establecido por las Juntas ya no podía ser el rey, debido a su ausencia, sino el acuerdo de la comunidad, de la que se consideraron representantes los miembros de las juntas. De este modo «se pone en marcha un proceso de invención de un nuevo sistema que afirma la preeminencia de la soberanía de la comunidad, llamada “nación” más tarde, que distribuye, pues, el ejercicio del poder según su voluntad y que concreta, por lo menos en los textos, la práctica horizontal de los vínculos de poder». La ausencia del rey, en definitiva, exigió una definición de la identidad nacional fundada en la nación y no en el rey. Este proceso, sin embargo, no se hizo contra el rey, sino en su nombre, pero la prolongada ausencia del rey y su actuación en Valençay provocaron, como hemos visto, que se fuera difuminando en cierta medida la referencia al poder real y se acentuara la referencia a la nación.37

* Este texto ha sido elaborado en el marco del Proyecto I+D+I con referencia: HAR2008/04389, financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación.

1 Joaquín Lorenzo Villanueva, Mi viaje a las Cortes, edic. de Germán Ramírez Aledón, Valencia, Diputación Provincial, 1998, p. 103.

2 Diario de Sesiones de las Cortes Generales y Extraordinarias, Madrid, Imprenta de J. García, 1870 [en adelante citado como DS], sesión del 9-12-1810, I, p. 153.

3 Joaquín Lorenzo Villanueva, Mi viaje a las Cortes..., op. cit., p. 103, apunta que esa boda la confirmaban «papeles ingleses». Menciona también que el mariscal Soult había brindado en La Línea de la Concepción por la felicidad de este acontecimiento.

4 Joaquín Lorenzo Villanueva, Mi viaje a las Cortes..., op. cit., pp. 89-90.

5 Javier Lasarte, Las Cortes de Cádiz. Soberanía, separación de poderes, Hacienda, 1810-1811, Madrid, Marcial Pons-universidad Pablo de olavide, 2009, pp. 269-323.

6 DS, sesión del 10-12-1810, I, p. 156.

7 Colección de decretos y órdenes que han expedido las Cortes Generales y Extraordinarias, Cádiz, Imprenta Real, 1811, t. I, pp. 43-44.

8 La mención expresa de Portugal quizá fue un reconocimiento de la lucha librada contra el enemigo común por los habitantes de ese reino y, por supuesto, por el ejército británico mandado por Wellington. De esta forma, al tiempo que se reconocía la ayuda exterior, se subrayaba la finalidad nacional y no dinástica de una guerra emprendida por una coalición de naciones contra el «tirano de Europa».

9 Los realistas se fundaron en la doctrina escolástica de la translatio imperii (el origen del poder del príncipe es inmediate a populo et mediate a Deo; en determinas circunstancias la comunidad puede reasumir el poder). Los liberales en el pactismo iusracionalista: antes de la formación del Estado existen individuos en estado de naturaleza, los cuales deciden libremente entrar en la sociedad civil al mismo tiempo que se someten a la autoridad creada por ellos; el Estado es un poder pactado. En ambos casos se entiende que el poder del rey es delegado y finito (Véase Joaquín Varela Suanzes-Carpegna, La teoría del Estado en los orígenes del constitucionalismo hispánico (Las Cortes de Cádiz), Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1983, pp. 62-109).

10 DS, sesión del 30 diciembre 1810, I, p. 267 (intervención de Riesco) y I, p. 263 (García Herreros).

11 Sobre la imagen que se forjaron los españoles de Fernando VII a partir de 1808, véase Emilio La Parra López, «El rey imaginado», en Emilio La Parra López, ed., La imagen del poder. Reyes y regentes en la España del siglo XIX, Madrid, Síntesis, 2011, pp. 29-76.

12 Álvaro Flórez Estrada, Examen imparcial de las disensiones de América con España, de los medios de su reconciliación y de la prosperidad de todas las naciones, en Obras, Madrid, Atlas, BAE, 1958, tomo II, p. 7.

13 No parece descabellado suponer que Flórez Estrada podría referirse incluso al riesgo físico al que se exponía el diputado que hablara del rey en términos negativos, pues podría ser tomado como partidario oculto de los franceses o, lo que aún era peor, por godoyista. Evidentemente estaba muy reciente el recuerdo de los asesinatos en 1808 de capitanes generales y de otras autoridades acusados de alguno de estos cargos o de tibieza a la hora de emprender la lucha.

14 Javier Lasarte, Las Cortes de Cádiz..., op. cit., reproduce varios artículos aparecidos en la prensa antes del debate parlamentario iniciado el 29 de diciembre, que comentaron la proposición de Campany y los rumores del posible matrimonio de Fernando VII con una archiduquesa austriaca: El Patriota en las Cortes del 10-12-1810 (p. 320), El Conciso del 14-12-1810 (p. 313), Tertulia Patriótica de Cádiz del 19-12-1810 (p. 314) y el Semanario Patriótico del 20-12-1810 (p. 276).

15 Conde de Toreno, Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, Pamplona, urgoiti, 2008, p. 671.

16 22 de junio de 1808 (Juan Nellerto –Anagrama de Juan Antonio Llorente–, Memorias para la historia de la revolución española, París, 1814, II, pp. 259-260. Carta publicada en Le Moniteur el 8-2-1810).

17 6 de agosto de 1809 (Ibídem, p. 322. Publicada en Le Moniteur el 5-2-1810).

18 21 diciembre 1809 (Ibídem, pp. 323-324. Publicada en Le Moniteur el 5-2-1810).

19 Carta de berthèmy al Ministro de Policía, 6 de abril de 1820 (Ibídem, p. 335; publicada en Le Moniteur el 26-4-1810).

20 Fernando VII a berthèmy, Valençay, 4 abril 1810 (Ibídem, pp. 333-334; publicada en Le Moniteur; también salió en El Español de blanco White, tomo I, p. 118).

21 Ambos informes del Consejo de España e Indias en AHN, Consejos, 17.795, expte. 2.

22 Conde de toreno, Historia del levantamiento..., op. cit., p. 559.

23 Correspondance de Napoléon 1er, publiée par ordre de l’empereur Napoléon III, París, 1865, t. 17, p. 125. Durante algún tiempo, la sobrina de Napoleón en la que se pensó era Zoraida, la hija mayor de su hermano José.

24 Los informes policiales han sido publicados por nicole Gotteri, La police secrète du Premier Empire, Paris, Champion, 1997, I, pp. 378, 474 y 483 respectivamente. Cuando Fernando VII accedió al trono el 19 de marzo de 1808, napoleón no lo reconoció como rey de España, de ahí que la documentación imperial siempre se refiriera a él como «le Prince Ferdinand».

25 Correspondance de Napoléon..., op. cit., t. 21, pp. 125 y 222.

26 En la sesión del 29 de diciembre, García Quintana se hizo eco de un rumor muy extendido, según el cual una vez celebrado el matrimonio con la archiduquesa austriaca, Fernando VII regresaría a España con un ejército de 26.000 españoles prisioneros en Francia para apoderarse de Madrid, ayudado por tropas francesas (DS, p. 258). Por más que fuera descabellada la especie, era indudable su impacto en las Cortes, de manera muy acusada entre el público de las galerías, en el que conviene no olvidar abundaban las redactoras de periódicos.

27 DS, sesión del 29 de diciembre de 1810, I, pp. 247-248.

28 Mexía se refiere al Dos de Mayo y a los intentos de los habitantes de Vitoria, el 19 de abril de 1808, de evitar la continuidad del viaje de Fernando VII hasta la frontera francesa. Sobre esto último, véase Emilio La Parra, «Fernando VII: impulso y freno a la sublevación de los españoles contra napoleón», Mélanges de la Casa de Velásquez, num. 38-1 (2008), pp. 39-41.

29 A mi modo de ver, Mexía estaba en lo cierto. Como he intentado demostrar en el trabajo citado en la nota anterior, la decisión de proseguir viaje a bayona, una vez se constató que napoleón no había entrado en España, como inicialmente se pensó, solo es imputable al rey y a su «consejo privado», compuesto por Escoiquiz y los duques del Infantado y de San Carlos.

30 DS, sesión del 29 de diciembre de 1810, I, p. 253.

31 DS, sesión de la noche del 29 de diciembre de 1810, I, p. 256.

32 DS, sesión del 1 de enero de 1811, I, p. 280.

33 Véase Emilio La Parra, «El modelo político de la Constitución de Cádiz en la España del trienio Liberal y en el Portugal vintista», en O Liberalismo nos Açores. Do vintismo à Regeneraçâo. Hangra do Heroísmo, Instituto Açoriano de Cultura, 2008, pp. 373-388.

34 Al iniciar su reinado, Fernando VII dio prioridad a la persecución de Godoy y de sus más próximos, que era el asunto de mayor impacto popular y con más carga demagógica. También suspendió la desamortización emprendida en 1798 y la venta del séptimo de los bienes eclesiásticos autorizada en 1807 por el papa, interrumpió dos importantes planes reformistas de Godoy que habían suscitado reticencias en sectores conservadores (la reforma de la Armada mediante la creación del Almirantazgo y el programa de construcción de canales y caminos), concedió permiso para cazar ciervos y gamos en los cotos reales y suprimió el arbitrio extraordinario del vino.

35 Carmen García Monerris, «El grito antidespótico de unos “patriotas en guerra”», en Rebeca Viguera Ruiz, ed., Dos siglos de historia: actualidad y debate histórico en torno a la Guerra de la independencia (1808-1814), Logroño, Publicaciones de la Universidad de La Rioja, 2010, p. 252.

36 Ignacio Fernández Sarasola, La Constitución de Cádiz. Origen, contenido y proyección internacional, Madrid, CEPC, 2011.

37 Richard Hocquellet, La revolución, la política moderna y el individuo. Miradas sobre el proceso revolucionario en España (1808-1835), zaragoza-Cádiz, Prensas Universitarias de zaragoza, Servicio de Publicaciones de la universidad de Cádiz, 2011, pp. 31 y 122-127.

«COMO SI NO HUBIESEN PASADO JAMÁS TALES

ACTOS» LA GESTIÓN FERNANDINA DE LA MEMORIA

HISTÓRICA DURANTE EL SEXENIO ABSOLUTISTA (1814-1820)*

Antonio Calvo Maturana

Universidad de Alicante

Pasados estos días entre los mayores regocijos y diversiones, de luego a luego se aplicó el señor Don Fernando a poner orden a las cosas y tribunales, y volverlas al estado que tenían en el año de 1808. (José Clemente Carnicero, Historia razonada de los principales sucesos de la gloriosa revolución de España, 1814)1

Gracias al apoyo de los sectores inmovilistas y al gran respaldo popular que le había granjeado su leyenda de mártir y redentor,2 Fernando VII pudo recuperar en 1814 el trono absolutista que había heredado –y usurpado– en 1808. Pero el monarca tuvo que hacer frente a un gran cúmulo de acontecimientos recientes que cuestionaban seriamente su legitimidad y eran una importante amenaza para su aura de Deseado. Después de seis años en los que había existido la libertad de imprenta de facto, la restaurada monarquía absoluta no podía conformarse con imponer la censura y el silencio administrativo como si nada hubiese pasado. Nada volvería a ser lo mismo a partir de 1808, el monarca reaccionario tenía que tener a la opinión pública más en cuenta que sus antecesores.

Para recuperar la estabilidad absolutista del siglo anterior y volver al «tiempo largo» político, resultaba imprescindible establecer una visión oficial y monolítica del pasado reciente que dejase atrás los controvertidos debates políticos que se habían librado en foros como las Juntas, la prensa o las Cortes. Eran muchos los asuntos espinosos a explicar, tales como la protesta de Carlos IV tras el Motín de Aranjuez, la fama de libertina de la madre del monarca, la incauta decisión de viajar a Bayona, las nada airosas abdicaciones allí producidas, el gobierno de un rey de la dinastía Bonaparte con el apoyo de parte de los españoles, la proclamación de una Constitución liberal, la derogación de la misma, etc.

Por si fuera poco, el pasado no era el único problema de Fernando. Durante su reinado, las conspiraciones liberales y las obras escritas tanto por los exiliados como por los extranjeros siguieron poniendo en jaque a un monarca cada vez más necesitado de reforzar su posición política, y cuya baza fundamental siguió siendo la maniquea confrontación entre su religiosidad y “españolismo” frente al ateísmo y el cainismo de sus enemigos.

Nuestra intención aquí es identificar una buena parte de los recursos propagandísticos utilizados por la Corona para imponer su visión de los hechos más recientes. Sin ánimo sistemático –solo posible en una monografía– aludiremos a las manifestaciones artísticas, a la producción de la imprenta, a la legislación, y a las diferentes fiestas y conmemoraciones oficiales dirigidas a dicho fin que vieron la luz durante el llamado Sexenio Absolutista, centrándonos particularmente en los recursos propagandísticos utilizados en los primeros compases de la restauración de 1814.

Dedicaremos la segunda parte del trabajo a los principales relatos históricos sobre la Guerra de la Independencia escritos durante el reinado. Los vencedores son los que escriben la Historia, y el reinado de Fernando VII no fue una excepción. Trascenderemos la frontera cronológica de 1820 para comparar las obras de José Clemente Carnicero (1814-1815) y la Comisión Militar (1816) con la de José Muñoz Maldonado (1833), y veremos que esta última dio un llamativo giro a la visión de los hechos, evidenciando el dinamismo de la no tan estática memoria histórica fernandina.

LA POLÍTICA FERNANDINA DE LA MEMORIA DURANTE EL SEXENIO (1814-1820)

A su vuelta a España, todo fueron parabienes para El Deseado, el mártir de la tiranía.3 Autores civiles y religiosos cantaban las excelencias del monarca por medio de elogios, poemas y sermones en acción de gracias, mientras que ayuntamientos e instituciones organizaban fiestas y homenajes en su honor.4 Los conocidos cuadros de Miguel Parra5 y otros lienzos y grabados de similar temática6 demuestran la intención oficial de perpetuar la imagen de un monarca adorado por su pueblo, recibido en olor de multitudes desde la misma frontera con Francia.

a) El edicto del 4 de Mayo de 1814

Pronto demostraría Fernando VII que no todos habían hecho bien en desear su retorno. El llamado Manifiesto de los Persas simboliza la restauración absolutista en España,7 pero tenemos que buscar su plasmación oficial en el edicto real redactado en Valencia el 4 de mayo de 1814 y publicado el 12. En este documento, Fernando VII hizo una total revisión del pasado reciente, desde Aranjuez hasta su regreso a España, en un evidente esfuerzo por legitimar su posición (coyunturalmente respaldada por la población, pero comprometida en el fondo, como ya se ha dicho).

El edicto es un verdadero programa político y propagandístico en el que ninguna frase carece de intención y contenido. Buen ejemplo de ello es el comienzo del texto, en el que Fernando asentaba su derecho al trono aludiendo directamente al Motín de Aranjuez e indirectamente a las Cortes de Cádiz (comparando esta convocatoria con la anterior, «según fuero y costumbre»):

Desde que la divina Providencia por medio de la renuncia espontánea y solemne de mi augusto padre me puso en el trono de mis mayores, del cual me tenía ya jurado el reino por sus procuradores juntos en Cortes, según fuero y costumbre de la nación española, usados de largo tiempo...8

En todo momento, Fernando recordaba que tenía de su lado el “amor y la lealtad” del pueblo. Como contrapartida a su heroísmo, el rey seguía alimentando el fuego contra los dos grandes antihéroes de la propaganda fernandina y patriótica:9 Manuel Godoy y Napoleón Bonaparte.10 En el contexto de las maquinaciones de este último, no podía faltar una mención al desafortunado viaje a Bayona. La maldad del emperador y el amor de Fernando por sus vasallos eran los responsables de aquel desgraciado asunto:11 «un tan atroz atentado, que la historia de las naciones cultas no presenta otro igual».12

Proseguía la particular narración fernandina de los hechos con una descripción de los pasos previos que llevaron a la Constitución de Cádiz: la convocatoria regia de Cortes del 5 de Mayo, el surgimiento de las Juntas, la creación de la Central («quien ejerció en mi real nombre todo el poder de la soberanía»), el establecimiento del Consejo de Regencia y, finalmente, las Cortes, a las que se achacaba todo tipo de desaciertos y atropellos.

En la línea servil, la principal acusación contra las Cortes era su nula conexión con la tradición hispana, ya que habían sido «convocadas de un modo jamás usado en España», prescindiendo de «los estados de nobleza y clero, aunque la Junta Central lo había mandado».13 El resultado final fue que «casi toda la forma de la antigua constitución de la monarquía se innovó». Con «un modo de hacer leyes (...) ajeno a la nación española», la Constitución de 1812 «se había hecho copiando los principios revolucionarios y democráticos de la constitución francesa de 1791».14

Mencionando a la Revolución Francesa, Fernando parecía rememorar el escenario aparentemente moderado y monárquico que derivó en el regicidio de 1793, en el contexto de un extremismo jacobino que hizo caer en el desencanto a muchos intelectuales progresistas españoles y del resto de Europa. La supuesta prueba de la exaltación gaditana era la usurpación de la soberanía del monarca; fingiendo constituir una «monarquía moderada», las Cortes habían diseñado un «gobierno popular, con un jefe o magistrado, mero ejecutor delegado, que no Rey, aunque allí se le dé este nombre para alucinar y seducir a los incautos y a la nación».15

El edicto limitaba la paternidad de la Constitución de 1812 a una «facción» que aterraba al resto de diputados y se había beneficiado de la libertad de imprenta para «preparar los ánimos». Estos «pocos sediciosos», revestidos «del especioso colorido de voluntad general» habían atribuido la soberanía «nominalmente a la nación para apropiársela ellos mismos». A este egoísmo achacaba Fernando el «democratismo» –que consideraba afectado– de este grupo de diputados, que habrían empleado el nombre de la nación para hacerse con el poder y a la vez «lisonjear al pueblo» (si bien este no se había movido de su «natural lealtad»).16

Las siguientes líneas del decreto son, posiblemente, las más interesantes. En lo que parece más un conjunto de promesas electorales (a las que llama «reales intenciones en el gobierno» o «bases»)17 que el discurso de un monarca absoluto, Fernando VII trazaba las líneas a seguir en su reinado. El monarca utilizaba un lenguaje ornamental y moderado que tiene sus raíces en el discurso paternalista del Absolutismo Ilustrado y en la modernización ornamental de la propaganda borbónica de finales del XVIII,18 pero que conecta igualmente con el espíritu de las Cartas otorgadas. La permeabilidad del edicto del 4 de mayo con el mensaje formal del liberalismo y el nulo cumplimiento posterior de los compromisos invitan a pensar que Fernando también quería «lisonjear al pueblo».

La declaración inicial contra el despotismo es totalmente coherente con el discurso del absolutismo tradicional –todos los reyes dieciochistas renegaban del despotismo–19 igual que lo es la promesa de Fernando de no ser déspota ni tirano «sino un Rey y un padre de sus vasallos».20 Pero hay otros pasajes en los que el absolutismo flirtea con los postulados de sus enemigos. El monarca prometía una nueva convocatoria de Cortes «legítimamente congregadas», en la que esperaba quedasen «afianzadas las bases de la prosperidad» de sus «súbditos que habitan en uno y otro hemisferio». Definiendo su gobierno como «moderado» (y por tanto como un justo medio entre el despotismo y la exaltación revolucionaria), Fernando hacía suyo parte del programa gaditano, aludiendo al aseguramiento de la «libertad y seguridad individual y real» (para los que llama «ciudadanos»), a la «libertad de imprenta»,21 a la transparencia en las cuentas, y a la separación de los gastos del rey y los «de la nación».22

De hecho, Fernando VII no recurrió a su poder absoluto para derogar la Constitución. Para tal fin, parecía querer utilizar los argumentos liberales, asegurando seguir «la voluntad de mis pueblos»:

Por tanto, habiendo oído lo que unánimemente me han informado personas respetables por su celo y conocimientos, y lo que acerca de cuanto aquí se contiene se me ha expuesto en representaciones, que de varias partes del reino se me han dirigido, en las cuales se expresa la repugnancia y disgusto con que así la constitución formada en las Cortes Generales y Extraordinarias, como los demás establecimientos políticos de nuevo introducidos son mirados en las provincias (...) conformándome con tan decididas y generales demostraciones de la voluntad de mis pueblos, y por ser ellas justa y fundadas, declaro...23

Finalmente, el edicto se cierra con la anulación de la Constitución, la clausura de las Cortes y la proscripción de quienes osasen oponerse. La anulación de la obra legislativa gaditana «como si no hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitasen de en medio del tiempo» da título a este trabajo porque refleja con nitidez el espíritu fernandino a partir de 1814.24 Con este acto reaccionario, Fernando VII cerraba el paréntesis abierto en el último sexenio y pretendía gobernar como si no hubiera perdido el trono en 1808. Su consiguiente política –con el reestablecimiento de la Inquisición25 y la restitución, junto a sus bienes, de las órdenes religiosas, como si las más progresistas medidas liberales y josefinas no se hubieran aplicado– así lo demuestra. Más difícil era combatir la memoria histórica; ya que no era posible borrar una historia tan reciente, se podía al menos reescribir una versión oficial que se acabase imponiendo con el paso de los años.

b) El fin del «escoiquismo»

En 1814 y 1815, los dos primeros años del segundo reinado, no encontramos todavía un modelo ni un mensaje consolidado. Aunque se publicaron muchas obras firmadas por autores cercanos al rey y por muchos otros que querían hacer méritos siguiendo la línea oficial, hallamos todavía retazos del modelo que había imperado en la Guerra de la Independencia: obras cortas y con un tono polémico y revanchista.26 Es el caso de la visceral obra contra los afrancesados: Los famosos traidores, a la que volveremos más adelante.

Prueba del interés de Fernando VII en explicar al público los motivos de su desplazamiento a Bayona es la publicación de tres obras sobre el asunto, las firmadas por tres autores tan cercanos a él como Ayerbe, Cevallos y Escoiquiz. Resulta excepcional dentro del tradicional hermetismo absolutista –que aleja del público cualquier atisbo de debate político– la polémica entre Cevallos y Escoiquiz sobre el viaje hacia las fauces de Napoleón.27 Muy pronto, la Monarquía optaría por vender de nuevo un mensaje de tono sosegado y sin fisuras. Ese mismo año se publicaron las cartas del Marqués de Ayerbe, hombre al servicio de Fernando en Valençay. Al final del texto hay una nota impresa de Escoiquiz lamentándose de no tener permiso para poder responder a Cevallos:

Un precepto superior, fundado en lo indecoroso que sería para personas de la clase del Sr. Cevallos y de la mía, el dar pábulo a las conversaciones del público con semejantes discusiones, me ha obligado a ceñirme a la estrechez de esta nota, que será mi última contestación, no solo a dicho Sr. Cevallos, sino a cuantos pretendan ofenderme con iguales acusaciones injustas.28

El rey ya no quería polémicas, el intrigante Escoiquiz –más útil para tiempos de guerra que para los de paz– acabó perdiendo su confianza y fue expulsado de la Corte en 1817. De hecho, la obra de Ayerbe (a cargo del Impresor de Cámara del rey), lo responsabilizaba casi oficialmente del error de Bayona:

En esta situación no quedaba ya a S.M. otro partido que la fuga, a que por consejo de todos nosotros se hubiera indudablemente decidido (...) si Don Juan Escoiquiz, que temiendo demasiado el poder de Napoleón jamás pudo figurarse la genera y enérgica oposición de los españoles, no se hubiese valido de todo su ascendiente sobre el amo para disuadirle de la empresa.29

Este no es el único asunto polémico que envolvía a Escoquiz. Si, para llegar al trono, Fernando VII había iniciado una campaña contra Godoy y su madre, una vez alcanzado no le interesaba ser el hijo de una libertina, lo que –como ya le había advertido Napoleón en 1808–30 podía comprometer su corona. Es normal, por tanto, que el que había sido la mano derecha de Fernando no pudiera publicar sus Memorias en vida, ni siquiera cuando gozaba de todo el favor real.

Corrían por tanto nuevos tiempos para la imagen de los destronados y exiliados reyes. A Fernando VII no solo le convenía limpiar la leyenda negra de su madre, sino llevarse bien con sus padres, peligrosos reyes vivos y resentidos a los que interesaba tener de su parte. Para poner fin a las conspiraciones liberales que intentaban devolver a Carlos IV al trono español,31 Fernando –por medio de su embajador Vargas Laguna– alcanzó en 1815 el Convenio ajustado entre el Rey Nuestro Señor y su Augusto Padre.32 Mediante este acuerdo, Carlos IV reconocía a su hijo como rey –olvidándose de la protesta tras el Motín de Aranjuez– a cambio de una subvención económica, el permiso de Godoy para residir en Roma, y otros puntos de los que ya nos hemos ocupado en otro trabajo.33

Así María Luisa de Parma desapareció de los pasajes de las obras que mencionaban el ascenso de Godoy, y Carlos IV permanecía en un honroso segundo plano.34 En un nuevo gesto hacia su madre, Fernando dio en 1816 unas nuevas constituciones a la Orden de damas de la reina María Luisa, lo que hizo que esta orden no desapareciese y siga viva a día de hoy.35

Cuando Carlos y María Luisa murieron en 1819, Fernando quiso redimirse públicamente como hijo organizando unos funerales de cierta importancia tanto en Roma como en Madrid.36 Ese mismo año se publicaron numerosos elogios fúnebres de ambos, en los que María Luisa –otrora «madre desnaturalizada»– recuperaba esa imagen de virtud doméstica tan típica de las reinas de finales del XVIII y principios del XIX.37 Entre las obras que inmortalizaron aquellos funerales, resultan llamativos los cuadros encargados por Fernando VII al pintor Pedro Kuntz sobre la Conducción del cadáver de la reina María Luisa de Parma desde el Palacio Barberini a la basílica de Santa María la Mayor (1824) y el Funeral por la reina (1821).38 En el primero, la luna en cuarto menguante, las antorchas del cortejo y, sobre todo, el cuerpo de la reina (vestida de blanco), son la única iluminación en una luctuosa visión nocturna de la llegada a la basílica.

c) Liberales y afrancesados: hijos bastardos de la patria fernandina

La imagen de los supuestos enemigos de Fernando en sus años de príncipe se mantuvo estática durante el resto del reinado: Godoy cargó con toda la culpa y los Reyes Padres permanecieron más o menos absueltos. Pero no se puede decir lo mismo de los dos colectivos que habían amenazado su trono absoluto: afrancesados y liberales, cuya imagen sí se transformó con el tiempo. Creemos que se puede percibir un matiz que diferencia la persecución a ambos grupos. Los afrancesados se llevaron la peor parte en un principio, y los liberales –que, al fin y al cabo, también habían apoyado a Fernando– fueron tratados en la imprenta de forma algo más condescendiente hasta el trienio (lo que no significa que no fueran represaliados antes ni recibieran duras críticas). A partir de 1823, las invectivas contra los liberales arreciaron, mientras que los afrancesados acabaron –previa evidente rehabilitación en la imprenta– siendo amnistiados por el rey que los había expulsado años antes.

Claro ejemplo de ese tono exaltado inicial que se iría perdiendo con los años es el incendiario Los famosos traidores refugiados en Francia, panfleto contra los afrancesados publicado tras el decreto que los expulsaba de España. Nos podemos hacer una idea del contenido visceral del texto (publicado en la Imprenta Real y escrito en un tono muy distinto al decreto)39 leyendo su cita más conocida:

Traidores, sí, traidores os llamaba a boca llena la España toda; traidores os apellidaban en los momentos de reflexión y de calma los mismos conquistadores a quienes servíais; traidores os llaman hoy el francés, el alemán, el inglés, el ruso, el polaco; y, mal que os pese, vuestro nombre transmigrará a la posteridad más remota ennegrecido con el feo dictado de traidores, que de él será inseparable mientras que haya virtudes y justicia sobre la tierra. ¡Virtudes y Justicia!40

Los famosos traidores eran «bastardos que favorecieron la causa del moderno Atila», «instrumento de todos los horrores cometidos en España” y “seres ruines que abortó el mundo».41 Ni siquiera los autores religiosos tuvieron mucha piedad de estas ovejas descarriadas. Fray Manuel Casamada hablaba de ellos como: «unos cuantos hijos desnaturalizados, que a manera de fieras intenten chupar la sangre de su madre y despedazar las entrañas que les dieron el ser»,42 y Manuel Fortea como «renegados españoles vendidos a la lisonja».43 Desde entonces, la corriente de opinión favorable al perdón fue creciendo progresivamente. Tras una serie de decretos de rehabilitación e inmediatas marchas atrás, los afrancesados acabarían siendo una parte importante de los últimos compases del reinado de Fernando.44 Es lógico por tanto que, como veremos más adelante, la Historia fernandina acabase juzgando a los seguidores de José I con benignidad.

En cuanto a los liberales, sabemos que no fueron expulsados sino procesados (si bien muchos de los más destacados habían marchado al exilio). Como escribió el general Arco Agüero, solo había orden de expulsión contra los afrancesados:

Solo dos clases de personas estaban ausentes del reino por opiniones políticas, esto es, los liberales y los afrancesados. En cuanto a los primeros, dígaseme, ¿por qué decreto formal se hallaban expatriados? ¿Pesaba sobre ellos alguna ley, alguna resolución de S.M. por la cual se les hubiese mandado permanecer fuera de la nación? Nadie lo citará porque no existe.45

En el decreto del 4 de mayo de 1814, Fernando VII había declarado proscrito a todo el que se opusiera a su soberanía, pero en la circular del 1 de junio del mismo año parecía proteger consecuentemente a los liberales que la hubieran acatado. El rey diferenciaba así el «necesario castigo de los malos y de los inquietos y díscolos, que descaradamente han tratado de trastornar la constitución fundamental del reino, o de establecer y sostener al gobierno intruso», de los que «aunque por las opiniones que acaso han manifestado, hayan dado muestras de afecto a las novedades que se iban introduciendo (...) todavía la opinión común no las señala por tumultuantes y sediciosas». Con esta medida, que decretaba la liberación y el fin de la persecución de los liberales (y afrancesados) menos implicados, esperaba «S.M. que la moderación y justicia de su gobierno enmendará más bien que el terror los excesos de imaginación».46

Si los miembros de la administración josefina habían sido marcados claramente en el decreto de 30 de mayo (perdonando solo a los escalafones más bajos), los simpatizantes con el liberalismo eran más difíciles de identificar, ya que estaban mezclados con el resto de fernandinos. Para identificar a esos «pocos sediciosos» de los que hablaba Fernando el 4 de mayo, se produjeron numerosos y dilatados juicios en los que pocas veces se sacó algo en limpio.47 Hubo represión a los constitucionales sin duda, pero no comparable a la de 1823-1824.

Es cierto que varios autores, sobre todo los religiosos, criticaron a los liberales a partir de 1814, refiriéndose a ellos como «los jacobinos que nos oprimían»,48 antirreligiosos y antimonárquicos,49 o como «un puñado de anarquistas [que] se atreven, aún reconociendo su impotencia, a convidar con escritos infames al desorden y falta de respeto al más amado de los Soberanos, y sacrílega y neciamente amenazan en el centro de la Monarquía al augusto Fernando, al Rey adorado de España y al deseado de los Pueblos (...) [son] malvados, que la opinión general de la Nación condena a la execración».50 Pero insistimos en que podemos encontrar en algunos textos una mayor solidaridad hacia patriotas equivocados y descarriados como podían ser los liberales, que a los afrancesados, considerados traidores.51

Fueron muchas más las obras antiliberales publicadas durante la Década Ominosa, algunas de ellas con el respaldo directo del rey, como la Apología del Altar y del trono, de Rafael de Vélez.52 En 1823, lejos ya la traición afrancesada, el odio absolutista y reaccionario se volcará hacia la más reciente de los liberales, con la misma virulencia empleada años antes contra los primeros. Un párroco de Burgos llamaba a los constitucionalistas: «Españoles desnaturalizados, viles prostituidos a la impiedad y a la ambición, hijos espurios de la España, hombres débiles y cobardes (...) infames (...) viles, cobardes, irreligiosos y libertinos».53 Así comenzaba una obra impresa por el obispado de Jaén y dedicada a la reina:

Entretanto que seres despreciables

En nocturnas sesiones congregados

Al ver desbaratados

Sus ominosos planes detestables,

No queriendo existir sobre la tierra,

Reniegan de la paz y ansían la guerra...54

Una vez más, los acontecimientos presentes habían cambiado la imagen del pasado. Después del Trienio, mientras los liberales monopolizaban el puesto de enemigos del statu quo absolutista, los afrancesados (por su preparación, por la necesidad del gobierno fernandino de cierta apertura, etc.) acabarían ocupando altos puestos de la administración y recibiendo un trato verdaderamente favorable.

El fernandismo no llegó a perdonar legalmente a los liberales más destacados del Trienio, ni siquiera en un momento de acorralamiento como la amenaza carlista durante la agonía del rey. La amnistía general del 14 de octubre de 1832, firmada por la reina María Cristina, perdonaba a todos los reos de Estado «exceptuando de este rango benéfico los que tuvieron la desgracia de votar la destitución del rey en Sevilla, y los que han acaudillado fuerza armada contra su soberanía».55

d) El 2 de Mayo y el 24 de Marzo: la coexistencia de dos conmemoraciones opuestas

No queremos cerrar este apartado sobre la revisión fernandina de la Guerra de la Independencia y la elaboración absolutista de una memoria histórica, sin mencionar las conmemoraciones, esos abstractos «lugares de la memoria» (P. Nora) que recrean una tradición más que probablemente inventada (E. Hobsbawm). Las efemérides civiles fueron un recurso eminentemente liberal, pero los absolutistas no podían darle la espalda a un arma propagandística tan poderosa. Estas conmemoraciones, al ser creaciones del poder vigente y manifestaciones culturales de una coyuntura sociopolítica concreta, no son estáticas ni eternas sino que pueden cambiar o desaparecer.

Resulta significativa la tibia recepción fernandina del Dos de Mayo, que había sido ensalzado por los liberales como el símbolo del despertar de la nación contra la tiranía.56 Sabemos que los liberales eran fernandinos, pero muchas de las obras firmadas por ellos ofrecían una imagen incómoda para un monarca absoluto,57 y la visión liberal de la resistencia antifrancesa no era una excepción. Los liberales cargaron las tintas en el carácter popular y nacional de la guerra contra Napoleón, mientras que a los absolutistas les interesaba personificar la lucha en la figura de Fernando VII, ídolo victorioso que habría luchado junto a ellos como si de Santiago se tratase. Los dos famosos cuadros de Goya sobre el levantamiento del Dos de Mayo y sus consecuencias (La carga de los mamelucos y Los fusilamientos), ofrecen una imagen popular que no sería continuada por los encargos oficiales durante los años siguientes.58 El mismo Goya haría en 1814 varios retratos de Fernando con evidentes alusiones a su «victoria» en la guerra.59

Fernando VII no se olvidó por completo de la conmemoración del Dos de Mayo, pero la adaptó a sus intereses políticos, modificando el trasfondo que le habían dado los liberales, y restándole importancia y alcance. En 1814, el aniversario había sido celebrado por las Cortes, así que el monarca absoluto pudo aparcar el problema hasta 1815. El 18 de abril de ese año, el ministerio de Gracia y Justicia estipuló cómo se había de recordar el siguiente Dos de Mayo, dejando claro que el levantamiento había sido una manifestación del amor del pueblo por su rey, y circunscribiendo la modesta celebración a la ciudad de Madrid:

Queriendo S.M. dar a su heroica villa de Madrid un nuevo testimonio de cuán grata le fue, y todavía le es, la memoria del célebre día Dos de mayo, en el que sus más leales vasallos, arrebatados de su amor al Rey y a la Real familia, tan noble y generosamente se sacrificaron, arrostrando la muerte por oponerse y no sufrir el yugo de la tiranía extranjera; se ha servido mandar que en aquel día se vista la corte de luto en señal de dolor por la muerte de tantas ilustres víctimas; que en todas las iglesias de esta capital se celebre con la solemnidad correspondiente un oficio y misa por el eterno descanso de las almas, etc.60

La efeméride quedaba desprovista de desfiles y celebraciones populares. Si los liberales de las primeras Cortes,61 los del Trienio y los isabelinos, construyeron monumentos e hicieron de esa fecha una fiesta nacional, en la España absolutista imperaría la idea de que el Dos de Mayo fue un acto heroico de los madrileños, pero no espontáneo, aduciendo que había sido provocado por los franceses.62

No satisfecha con adaptar el mito liberal del Dos de Mayo, la Monarquía entró en el juego liberal de las conmemoraciones y contraatacó con un aniversario propio, directamente vinculado con el rey. El 19 de marzo de 1808, fecha honrada durante la guerra como el día en el que Fernando VII sustituyó a su padre, y en la que Godoy fue derrocado, ya no interesaba al poder, ya que los liberales la habían usado para la proclamación de la Constitución de 1812.63 Así que el gobierno improvisó el 24 de marzo, doble aniversario por ser el día en el que Fernando entró en Madrid en 1808, y el día en el que había vuelto a España en 1814.

Decir que el gobierno «improvisó» esta conmemoración puede ser más que una forma de hablar. El 24 de marzo de 1815, Fernando VII había querido conmemorar el primer aniversario creando la Real orden Americana de Isabel la Católica, con la que pretendía fidelizar a sus vasallos americanos en pleno proceso de emancipación de las colonias.64 Peroninguna orden previa había previsto celebrar ni ese ni los posteriores aniversarios. Sin embargo, cuando se acercaba la fecha del Dos de Mayo, el rey quiso contrarrestar o compartir el protagonismo de esa fiesta popular anunciando la suya. No tiene otro sentido que el artículo de oficio que anunciaba la celebración del Dos de Mayo incluyese una orden supuestamente fechada el 25 de marzo de 1815, un día después del primer aniversario de su entrada triunfal en Madrid y de su cruce de los Pirineos, ordenando conmemorar los siguientes.

En el caso del 24 de marzo, se trata de una celebración generalizada en todos los dominios del monarca, y no limitada a Madrid, como el Dos de Mayo. Tenía la ventaja, además, de tener connotaciones festivas, no funerarias:

Condescendiendo el Rey nuestro Señor con la súplica que VV. SS. le han hecho, se ha servido mandar que el día 24 de marzo, aniversario de su feliz regreso a la Península, sea en lo sucesivo de gala con uniforme en todos los dominios de S.M.; que en las plazas de armas se celebre con triple salva de artillería, y que en el lugar que honre SM con su Real presencia haya besamanos general...65

La Gaceta de Madrid siguió haciendo referencia a esta fiesta el resto del reinado, aunque parece que fue perdiendo fuerza con el tiempo.66 Podemos encontrar referencias al 24 de marzo en los elogios a Fernando (la Academia de la Historia lo llamó «venturoso día... de placer y de júbilo para España, que jamás se borrará del corazón de sus naturales»),67 en los sermones,68 y en alguna composición literaria dedicada expresamente a esa fecha.69

Este simbólico juego de conmemoraciones se hace aún más evidente si contrastamos el Sexenio Absolutista con el Trienio Liberal. El 19 de marzo, aniversario de la Constitución, fue obviado de toda referencia absolutista hasta que la tercera consorte de Fernando VII, María Josefa Amalia de Sajonia, hizo necesario mencionarlo como fecha de su onomástica. Durante el Trienio, se volvió a rememorar el nacimiento de la Constitución, que se celebraba en la Corte junto al santo de la reina.70 En el caso del Dos de Mayo, los liberales de 1820 lo devolvieron a su condición de día en el que “sellaron con su sangre los primeros mártires de la patria su generoso y heroico amor a la libertad e independencia de la Nación”, magnificándolo en el tiempo («perpetuamente») y en el espacio («en toda la Monarquía española»).71

LAS HISTORIAS FERNANDINAS DE LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA (1814-1833)

Durante el reinado absolutista de Fernando VII se publicaron en España tres relaciones del conflicto que hoy conocemos como Guerra de la Independencia:72 la Historia razonada de los principales sucesos de la gloriosa revolución de España, de José Clemente Carnicero; la Historia de la Guerra de España contra Napoleón Bonaparte, iniciada por una comisión militar; y la Historia política y militar de la Guerra de la independencia, de José Muñoz Maldonado. De una manera u otra, todas tuvieron el respaldo gubernamental, por lo que pueden sernos útiles para analizar la evolución de la visión fernandina del controvertido sexenio que va desde el Motín de Aranjuez hasta la derogación de la Constitución de Cádiz.

Por orden cronológico, la primera obra (1814-1815) es la de José Clemente Carnicero, oficial del archivo de la Secretaría de Gracia y Justicia, quien –como tantos otros autores– intentó congraciarse con su monarca escribiendo obras afines a la doctrina oficial.73 En 1816 publicó La inquisición, justamente restablecida, en la que refutaba tanto a liberales como a josefinos en su crítica y supresión del Santo Oficio.74 En 1830 sacó a la luz El liberalismo convencido por sus mismos escritos, donde revisaba y rebatía la Constitución de Cádiz junto a obras de autores liberales como Martínez Marina.75 En sus textos, Carnicero defendió el absolutismo fernandino, pero con un destacable tono moderado (en algunos pasajes, podemos considerar que el autor no es nada ajeno al espíritu ilustrado).

Ese tono es especialmente reseñable en su Historia razonada de los principales sucesos de la gloriosa revolución de España,76 ya que –como hemos visto– fue escrita en un momento de reacción y crispación generalizadas.77 En cambio, Carnicero menciona a los grandes enemigos de Fernando con cierto respeto (a José Bonaparte, como “rey Josef”, la mayoría de las veces), sin apenas ahondar en descalificaciones personales, y se puede decir lo mismo de su actitud con afrancesados y liberales. Llama la atención el papel de las Cortes en la obra, cuya tarea legislativa es pormenorizada y no siempre para mal. Carnicero parece considerar acertada la idea de reunir Cortes en Cádiz como manera de aunar esfuerzos para vencer a los franceses y recuperar al rey, y no da la impresión de poner en duda las buenas intenciones de los diputados. El espíritu de partido, junto a decisiones equivocadas como la libertad de imprenta o la supresión del Santo Oficio habrían fomentado la desafección del pueblo hacia la Constitución y la justa anulación por parte de Fernando VII. En definitiva, los liberales gaditanos parecen en el libro patriotas equivocados y seducidos por malas ideas.

Aunque no cabe duda del respaldo oficial a la obra,78 de los tres libros de Historia a comentar en este apartado, el de Carnicero es el único que no fue publicado por orden del rey. Quizá por eso no coincide del todo con la imagen canónica que del pasado reciente se estaba forjando.79 La dura crítica a Carlos IV,80 el tibio espíritu absolutista de algunos pasajes,81 e incluso las palabras a favor de los ingleses (cuyo papel en la guerra sería pronto obviado por motivos políticos),82 pueden explicar que el libro fuese casi ignorado por las dos Historias oficiales,83 y que el autor no pasase de oficial de archivo.84 Es evidente que el espíritu conciliador con que Carnicero cerraba su Historia razonada no iba acorde con los tiempos que corrían en España:

Y por último, españoles todos, si en esta breve y sencilla historia he referido las divisiones que ha habido entre los que nos preciábamos amantes de nuestra Patria y Rey bajo el nombre de liberales y serviles, sabe Dios que no ha sido por procurar venganza; sino para que sirvan de ejemplo y escarmiento. No se mienten más estos nombres, óiganse solo los de español y españoles fieles a nuestro Dios, a nuestra Patria y a nuestro Rey, cesen todos los resentimientos y partidos, procuremos todos mejorar nuestras costumbres, promover nuestra agricultura, aumentar nuestros ganados, animar nuestra industria, fomentar nuestro comercio, y a vuelta de pocos años daremos por bien empleados los trabajos de esta tan penosa y sangrienta revolución que con tanta heroicidad hemos sostenido por defender nuestra libertad, nuestra Religión y nuestro Rey.85

El primer intento oficial de publicar un libro de Historia sobre la reciente guerra, y de contestar a los escritos que extranjeros y exiliados estaban publicando fuera de España,86 fue la Historia de la Guerra de España contra Napoleón Bonaparte escrita y publicada de Orden de S.M., realizada por una comisión militar formada en 1816 con este propósito.87 Ese mismo año, uno de sus miembros, Francisco Javier Cabanes (próximo “Jefe de la sección de Historia Militar”),88 había publicado una Memoria acerca del modo de escribir la Historia Militar de la última guerra entre España y Francia, explicando la necesidad de que fueran los militares quienes relatasen el conflicto.

José Muñoz Maldonado explicó años más tarde las causas del nacimiento y el deceso de esta comisión que solo llegó a publicar un volumen:89

Apenas Fernando VII salió de su cautiverio y ocupó el trono, por cuya conservación había hecho la España tan costosos sacrificios, que para levantar un monumento eterno al heroísmo nacional nombró en 1816 una junta de jefes y oficiales del Estado Mayor del ejército, que bajo la dirección del Ministerio de la guerra escribiesen los gloriosos hechos de la guerra de la Independencia. En efecto, los deseos del Monarca y la expectación pública parecía que iban a ser satisfechos y aún llegó a publicarse una excelente introducción a la historia y un cuadro cronológico de los principales sucesos escritos con el mayor tino y maestría. Pero sobrevino la desastrosa revolución de 1820, y aún cuando la junta continuó sus trabajos, estos se redujeron a acopiar muchos y útiles materiales para la formación de la Historia. Restablecido el Rey N.S. a la plenitud de su soberanía en 1823, cesó la comisión del Estado mayor general militar, resultando que después de 15 años de su formación, la Nación carece de una historia en donde se consignen los heroicos hechos de sus hijos en aquellos célebres siete años.90

Centrémonos en el volumen que la Comisión Militar tuvo tiempo de publicar (1818). La Historia de la Guerra de España contra Napoleón Bonaparte está dedicada al rey, considerado el protagonista de la Historia:

La lucha memorable que, principiada en 2 de Mayo de 1808, no terminó hasta derribar de su usurpado trono al tirano de la Francia, que la había provocado, tuvo a V.M. por principal objeto; y así la historia de aquellos esforzados hechos que han dejado atónita a la Europa, al paso que la han libertado de la esclavitud en que gemía, tiene una relación tan íntima con V.M., que se puede decir que es parte de la historia de su augusta persona.91

Aunque la introducción del libro promete iniciar la narración de los hechos en el Dos de Mayo, la realidad es bien distinta. El primer capítulo ofrece una visión general de las potencias europeas a partir de la Paz de Amiens (1802), el segundo se centra en el estado de Francia en 1808 y el tercero hace lo propio con España. La narración avanza poco más en los capítulos sucesivos, el último se detiene en los motivos del viaje a Bayona sin llegar a referirse al Dos de Mayo; hasta tal punto la Historia de la Comisión es un proyecto truncado.

La obra sigue las líneas temáticas mencionadas en el apartado anterior cumpliendo por ejemplo con el respetuoso silencio hacia Carlos IV que Carnicero no observó,92 recordando la trama de Godoy en El Escorial (donde la inocencia de Fernando y la bondad de Carlos quedan fuera de toda duda)93 o ensalzando el «generoso sacrificio» de Fernando VII al arriesgar su vida por sus vasallos en el viaje a Bayona.94

El tono reflexivo de la obra, así como su pretendido rigor (anotando al final la documentación utilizada) demuestran que está escrita con la intención de ser una verdadera alternativa a las obras críticas con Fernando VII (que no son ignoradas sino citadas al final del volumen). Por tanto, el libro no es mera propaganda autosatisfactoria, está escrito para convencer a la opinión pública nacional e internacional. Los autores se dirigen al público presumiendo que ha leído las obras prohibidas y no eluden ni niegan episodios tan peliagudos como la intención de Fernando de casarse con una Bonaparte.95

tampoco ignora la Historia de la Guerra de España las alusiones al Motín de Aranjuez como conjuración fernandina, teoría que achaca a «los monitores franceses de 1810». Evidentemente, la versión oficial le entrega el total protagonismo del levantamiento «al pueblo» (mencionado una y otra vez en este pasaje), que odiaba a Godoy y sentía por Fernando «no ya aquel tributo de veneración y respeto que se debe al jefe del Estado, sino una adoración, una idolatría». La renuncia de Carlos IV habría sido voluntaria y solo las intrigas y amenazas de Murat le habrían hecho dar marcha atrás.96

Es una pena que no se publicara más que un volumen de esta obra oficial, lo que nos deja con las ganas de conocer el papel otorgado a afrancesados y liberales. La introducción invita a pensar en la línea ya comentada: crítica a ambos grupos quizás cargando las tintas en los primeros (“los que han faltado conocidamente a sus deberes, los que pusieron a merced del traidor las funciones de sus destinos y trajeron sobre su patria el baldón y las desgracias...”),97 pero sin simpatía alguna por los segundos.98

Aunque trascienda cronológicamente los límites del Sexenio Absolutista, hemos creído de utilidad recurrir a una última obra de historia que ofrece un contraste fundamental con lo visto hasta ahora. Se trata de la Historia política y militar de la Guerra de la Independencia de España contra Napoleón Bonaparte desde 1808 a 1814 publicada «de orden del Rey N. S.» en 1833.99 Esta obra en tres tomos, impresa en el contexto de la agonía de Fernando VII y de la difícil situación sucesoria para su hija Isabel (a quien está dedicada la obra como «princesa heredera de los reinos de España»), demuestra cómo un presente político distinto exigía una revisión del pasado.

Su autor, el erudito José Muñoz Maldonado (futuro conde de Fabraquer), secretario del rey y miembro del Consejo Real, era un hombre de confianza del monarca que demostró su fidelidad a Fernando y –sobre todo– a María Cristina antes y después de la muerte del rey.100 No puede cabernos por tanto ninguna duda de la total sintonía entre la obra publicada y el punto de vista oficial. Por Real Orden de 24 de agosto de 1831, Fernando VII ordenaba que se le facilitasen al autor todos los documentos necesarios (actas de las Cortes incluidas). Incluso para pasar la censura se le concedieron facilidades al autor, que agradecía a dos clérigos cercanos al monarca su intervención «evitando las dilaciones y disgustos que se sufren ordinariamente en las censuras, capaces de retraer a cualquiera del deseo de escribir y publicar obra alguna». 101

Tanto por la rapidez en la redacción del texto, como por las facilidades en la censura y la cadencia apresurada de la publicación de los tomos,102 se atisba cierta urgencia en el proceso, quizá con la intención de sacar la obra a la luz antes de que falleciera el rey. En la introducción, Muñoz Maldonado consideraba necesario llenar un importante vacío: «la Nación carece de una historia en donde se consignen los heroicos hechos de sus hijos en aquellos siete años célebres», mientras que en el extranjero se habían «redoblado las calumnias, animadas con el cuasi sentimiento que presta el no desmentirlas».103 Pero esta no era la única ni quizá la principal urgencia, parece que la Corona tenía prisa por reconciliarse con liberales y afrancesados revisando la imagen oficial del periodo en el que se produjo la ruptura.

Si abriéramos cualquiera de los volúmenes sin mirar la fecha, no sería nada fácil ubicar la Historia política y militar de la Guerra de la Independencia de Muñoz Maldonado en el reinado de Fernando VII, ya que combina un absolutismo tibio con pasajes que podrían pasar por ser obra de un liberal moderado (de hecho, esa será la tendencia política del autor en el reinado de Isabel II). Aunque la narración no presente muchas novedades respecto a lo ya mencionado (Conspiración del Escorial, Motín de Aranjuez, abdicaciones de Bayona, etc.) hay que decir que las pocas que hay son ciertamente destacables.

Podríamos ahondar en el hecho de que Godoy (muertos ya los Reyes Padres) volviese a ser «el imbécil privado», «detestable» y de «odiosa memoria», o que Napoleón fuese elogiado por su «talento y genio militar»,104 o que la lucha popular contra los franceses (Dos de Mayo incluido)105 resultase algo menos monárquica (incluyendo alguna sentencia ciertamente inesperada),106 pero lo más llamativo en la obra es el más que airoso papel desempeñado por afrancesados y liberales.

Llegado el momento de mencionar a los españoles que siguieron a José I, Muñoz Maldonado recuerda que la mayoría de los presentes en la Asamblea de Bayona «fueron obligados», y que muchos de ellos fueron «heroicos españoles» que más tarde combatieron a Napoleón «haciendo innumerables sacrificios por la libertad del Rey e independencia de la Patria».107 Pero el autor no se conformaba con defender a los fernandinos que habían cambiado pronto de bando, sino que hacía suyo el gran argumento de los afrancesados, que no era otro que su condición de patriotas bienintencionados que no vieron otra salida que seguir a José I para evitar un derramamiento de sangre:

Puede asegurarse que en realidad no había ningún español que de corazón desease la mudanza de dinastía, ni tampoco que apeteciese la dominación de Bonaparte; pero el cálculo y conocimiento de los pocos recursos de su patria, y el no contar con los esfuerzos extraordinarios del patriotismo español, hizo que algunos tratasen de suavizar los males que la amenazaban, tomando este apartido, que abrazaron otros, arrastrados de una ciega ambición o del sórdido interés.108

En cuanto a los liberales, Muñoz Maldonado mencionaba su arrogancia al atribuirse la soberanía nacional, pero hacía un repaso bastante moderado de la obra legislativa de las Cortes reconociéndole ciertos méritos a los diputados como la declaración «como ley fundamental de la Religión católica» (totalmente contradictoria con la imagen de impíos que los absolutistas daban a los liberales) o su política contra la venalidad y el nepotismo «para dar una prueba del desinterés que animaba a los representantes de la Nación»109 (negando por tanto su supuesto egoísmo).

El relato del regreso de Fernando no es en absoluto glorioso y deja entrever cierta pena por los represaliados, incluso se lamenta de que no llegara a producirse una amnistía.110 Por si le queda al lector la más mínima duda de las simpatías liberales y afrancesadas en la obra, la siguiente frase –incluida en el volumen publicado un mes después de la muerte de Fernando VII– es definitiva:

Es preciso confesar con este motivo [la amnistía] una verdad muy importante para la historia. Los hombres de más talento, las personas más ilustradas de España, se habían adherido a la Constitución de Cádiz o al partido de José.111

Para justificar implícitamente las amnistías recientes, Muñoz Maldonado criticaba al gabinete fernandino de 1814: «al Ministerio de entonces se debe sin duda el que no se pensase en semejante medida, que hubiera evitado muchos males». Anticipando las próximas reformas, el autor legitimaba a josefinos y liberales: «Todos conocían los abusos envejecidos en esta Nación y la necesidad de remediarlos».112

Los tiempos eran distintos a los de las reacciones absolutistas de 1814 y 1823. A los Eguía, los Calomarde y los Sáez los habían sustituido los López Ballesteros, Cea Bermúdez, Lista y Burgos. En un momento en el que la sucesora del rey absoluto no podía contar con los absolutistas, es verdaderamente interesante ver cómo la Corona utilizó un libro de Historia para conciliarse con los antiguos enemigos, o al menos para explicar al público esa reciente conciliación. Podemos decir que un nuevo presente exigía un pasado distinto.

Fernando VII consiguió morir en la cama como rey absoluto, pero la fuerza moral de su aura se había desvanecido. Los mismos absolutistas se habían ido alejando de su líder acusándolo de tibieza. Una interpretación tendenciosa del pasado, la de su hermano Carlos María Isidro al negar la Pragmática Sanción, obligaría a los últimos gabinetes de Fernando VII y a su sucesora a tender la mano a los progresistas. Al asentarse en el poder, los liberales escribirían su propia Historia fijándolo hasta hoy como el más pérfido de los reyes.113 Parafraseando a Orwell, podemos decir que el control del presente sirvió a Fernando para imponer su visión del pasado, pero no le sirvió al absolutismo para controlar el futuro.114 El fernandismo, una suerte de reaccionaria mitología providencialista, moriría con su líder.

* Este trabajo se inserta en el proyecto de investigación I+D: «La Corona en la España del siglo XIX. Representaciones, legitimidad y búsqueda de una identidad colectiva» (HAR2008-04389).

1 Vol. III, p. 276.

2 Emilio La Parra López, «Fernando VII, el rey imaginado», en Emilio La Parra López, coord., La imagen del poder. Reyes y regentes en la España del siglo XIX, Madrid, Síntesis, 2011, pp. 29-76. El caso francés en Martin Wrede, «Le portrait du roi restauré, ou la fabrication de Louis XVIII», Revue d´Histoire Moderne et Contemporaine, num. 53-2 (avril-juin 2006), pp. 112-138.

3 La tiranía de Napoleón habría sido un epílogo de la sufrida en su infancia y juventud a manos de María Luisa de Parma y Godoy: «Nosotros que le vimos nacer sabemos que su niñez fue una continua agonía» (Marqués de Ayerbe, Carta que escribió el Excmo. Señor Don Pedro Jordán María de Urries, marqués de Ayerbe, gentil-hombre de cámara de S.M. y su mayordomo interino en Valençay a su regreso de Francia, a un amigo suyo noticiándole lo ocurrido desde la salida de Bayona hasta que quitaron a S.M. la servidumbre en 1809. Publícala S.H.P.Y.M.D.A., Madrid, Francisco Martínez de Ávila, Impresor de Cámara de S.M., 1814, p. 21).

4 Siguiendo la política del siglo anterior, todos los homenajes municipales fueron pormenorizados en la Gaceta de Madrid, cuando no publicados aparte.

5 Paso del río Fluviá por Fernando Vii a su regreso a España (1814, Palacio de San Ildefonso), Entrada en Zaragoza del Rey Fernando VII (1818, Palacio Real), y Entrada triunfal de Fernando Vii en Valencia (1814-1815, Palacio Real). Véase María José López terrada y Ester Alba Pagán, «La imagen victoriosa de Fernando VII. Las entradas del pintor Miguel Parra (1780-1846)», en Paulino Castañeda Delgado, coord., Las Guerras en el primer tercio del siglo XIX en España y América, Sevilla, Deimos, 2005, vol. II, pp. 607-622 y Ester Alba Pagán, «El arte efímero y los artistas valencianos en la primera mitad del siglo XIX: de la fiesta barroca a la fiesta político-patriótica (1802-1833), (II)», Cuadernos de arte e iconografía, núm. 10-19 (2001), pp. 183-212.

6 Como la Entrada victoriosa a Madrid de Fernando VII (1823-1824, Palacio Real), atribuida a Parra entre otros; o España coloca en el trono a Fernando VII (1818, Museo de Bellas Artes de Valencia), de Vicente Rodés (Ibídem, p. 611). Las manifestaciones artísticas en homenaje de la derrota francesa y del regreso de Fernando no se detienen en la pintura. Un breve paseo por la madrileña calle de toledo nos llevaría desde la llamada Fuentecilla (erigida por el corregidor de Madrid en 1815) hasta la Puerta de toledo (1827). Las inscripciones de ambos monumentos son elocuentes en este sentido.

7 Véase el cuadro firmado por Zacarías González Velázquez Fernando VII recibe de Eugenio María Gutiérrez el Manifiesto de los Persas (1814, Instituto Brianda de Mendoza, Guadalajara, en Jean-René Aymes, ed., ilustración y Liberalismo, Madrid, Ministerio de Cultura/ SECC/Patrimonio Nacional, 2009, p. 236).

8 Gaceta Extraordinaria de Madrid, 12-V-1814, p. 515.

9 Antonio Calvo Maturana, «Napoladrón Malaparte, El Choricero y la Madre desnaturalizada: los papeles antagonistas en el mensaje legitimador de El Deseado», en Ocupació i Resistència a la Guerra del Francés, 1808-1814, Barcelona, Museo de Historia de Cataluña, 2007, pp. 180-202.

10 «...dedicar todo mi tiempo (...) a reparar los males a que pudo dar ocasión la perniciosa influencia de un valido durante el reinado anterior (...) pero la dura situación de las cosas y la perfidia de Buonaparte...» (Gaceta Extraordinaria de Madrid, 12-V-1814, p. 515).

11 «...la dura situación de las cosas y la perfidia de Buonaparte, de cuyos crueles efectos quise, pasando a Bayona, preservar a mis pueblos, apenas dieron lugar a más» (Ibídem, p. 515).

12 Ibídem, p. 515.

13 Esto es una verdad a medias. Algunos miembros destacados de la Junta Central, como Jovellanos, apostaban por unas cortes bicamerales, con una cámara alta estamental, lo que no significa que comulgasen con el absolutismo.

14 Ibídem, pp. 515-516.

15 Ibídem, p. 516.

16 Ibídem, pp. 516-518.

17 Ibídem, p. 519.

18 Antonio Calvo Maturana, «Cuando manden los que obedecen»: la clase política e intelectual de la España preliberal (1780-1808), Madrid, Marcial Pons, 2013.

19 «Aborrezco y detesto el despotismo: ni las luces y cultura de las naciones de Europa lo sufren ya, ni en España fueron déspotas jamás sus Reyes, ni sus buenas leyes y constitución lo han autorizado, aunque por desgracia en tiempo se hayan visto, como por todas partes, y en todo lo que es humano, abusos de poder que ninguna constitución posible podrá precaver del todo» (Gaceta Extraordinaria de Madrid, 12-V-1814, p. 518).

20 Ibídem, p. 519.

21 La lectura de la frase completa ya hacía ver que nada cambiaría, y que el respeto a la «religión y al gobierno» seguiría vigente: «De esta justa libertad gozarán también todos para comunicar por medio de la imprenta sus ideas y pensamientos, dentro, a saber, de aquellos límites que la sana razón soberana e independientemente prescribe a todos para que no degenere en licencia» (Ibídem, p. 519).

22 Ibídem.

23 Ibídem, pp. 519-520.

24 Fernando derogó la Constitución y clausuró las Cortes, aunque –al contrario que en 1823– mantuvo las gracias y honores concedidas hasta su entrada en España.

25 Significativo al respecto es el cuadro de Bartolomé Montalvo, El triunfo de la inquisición (1815, Colección particular, en Jean-René Aymes, ed., ilustración y Liberalismo..., op. cit., p. 238). Autores atentos a los intereses del poder, como José Clemente Carnicero, cogieron la pluma para defender el honor del vituperado Santo oficio: José Clemente Carnicero, La inquisición, justamente restablecida, o impugnación de la obra de D. Juan Antonio Llorente: «Anales de la inquisición española» y del «Manifiesto» de las Cortes de Cádiz, Madrid, Imprenta de D.M. de Burgos, 1816.

26 Por su contenido visceral y su publicación en la periferia peninsular (Sevilla, Barcelona, etc.), podemos intuir que algunos de los impresos no habían sido supervisados en Madrid y que fueron publicados antes de que la centralizada censura borbónica calentase motores. Incluso las circulares del gobierno tienen en los primeros meses del nuevo reinado una fuerte carga emocional. El decreto de restitución de los bienes de las Órdenes Religiosas hablaba de la «escandalosa persecución que han sufrido» por parte de «los bárbaros opresores de la patria» (Gaceta de Madrid, 2-VI-1814, p. 602).

27 Se trata de la Idea sencilla de las razones que motivaron el viaje del rey Fernando VII a Bayona, de Juan Escoiquiz (Madrid, Imprenta Real, 1814) y las Observaciones sobre la obra del Excelentísimo Señor D. Juan Escoiquiz, de Pedro Cevallos (Madrid, Imprenta de Ibarra, 1814).

28 Marqués de Ayerbe, Carta que escribió..., op. Cit.

29 Ibídem. La Historia de la Guerra de España, publicada en 1818 de orden del rey, le daba la razón a Cevallos: «Las contestaciones que en 1814 se elevaron entre don Pedro Cevallos y don Juan Escoiquiz nada dejan que añadir sobre las razones que se alegaron a favor y en contra del viaje a Bayona; y no se podía reducir la cuestión a un punto de vista ni más exacto ni más luminoso que aquel desde el cual lo consideraba el mismo ministro» (Historia de la Guerra de España contra Napoleón Bonaparte, escrita y publicada de Orden de S.M. por la tercera sección de la Comisión de jefes y oficiales de todas armas, establecida en Madrid a las inmediatas órdenes del Excelentísimo Señor Secretario de Estado y del Despacho universal de la Guerra, Madrid, Imprenta de D.M. de Burgos, 1818, pp. 272-273).

30 «V.A.R. no tiene a [la Corona] otros derechos sino los que su madre le ha transmitido: si la causa mancha su honor, V.A. destruye sus derechos» (Carta de S.M. el Emperador de los franceses, y Rey de italia, Protector de la Confederación del Rhin a S.A.R. el Príncipe de Asturias).

31 Pedro Voltes Bou: «Una conspiración liberal a favor de Carlos IV», en Embajadas curiosas. Recreo y zozobras de diplomáticos españoles, Madrid, Espasa Calpe, 2002, pp. 183-187.

32 Madrid, Imprenta Real, 1815.

33 Antonio Calvo Maturana, «Del fango de los panfletos al incienso de las exequias: la paradójica rehabilitación fernandina de María Luisa de Parma (1815-1819)», en Juan Luis Castellano y Miguel López-Guadalupe, coords., Homenaje a Antonio Domínguez Ortiz, Granada, Universidad de Granada, 2008, vol. III, pp. 183-202.

34 Con el paso de los meses, esta será la actitud imperante. En un sermón leído ante Fernando VII, el orador soslayó –con intencionado mal disimulo– las implícitas críticas al gobierno de los padres del rey y de su protegido: “España... ¡ah! ¿os recordaré, españoles, el lastimoso estado de esta patria querida? (...) No, Señor, no me pondré yo, ministro de un Dios de paz y de clemencia, a soplar el fuego mal extinguido de las venganzas y de las recriminaciones» (Francisco Javier Vales Asenjo, Elogio fúnebre de los héroes y víctimas del Dos de Mayo de 1808, que en igual día de 1816, a presencia de SS.MM. y AA. dijo en la Real iglesia de San isidro de Madrid..., Madrid, Ibarra, Impresor de Cámara de S.M., 1816, pp. 16-17). Sin embargo, fuera de España, Canga se podía referir a Fernando como «un Príncipe, aborrecido de su madre desde que vio la luz, oprimido y espiado avizoradamente por el favorito, sin amigos de quien fiarse y sin medios para sacudir las cadenas que le oprimían» (José Canga Argüelles, Observaciones sobre la Historia de la Guerra de España que escribieron los Señores Clarke, Southey, Londonderry y Napier, Londres, Impreso Publicado por D.M. Calero, 1829, vol. I, p. 318).

35 Antonio Calvo Maturana, «Del fango de los panfletos...», op. Cit.

36 Ibídem.

37 Antonio Calvo Maturana, María Luisa de Parma: reina de España, esclava del mito, Granada, Universidad de Granada, 2007.

38 Carlos IV. Mecenas y Coleccionista, Madrid, Patrimonio Nacional/SECC, 2009, pp. 368-369.

39 El decreto del 30 de mayo diferenciaba a los seguidores «del intruso» de las personas «leales y de mérito». Nada que ver con Los famosos traidores, autodenominada «justificación del real decreto», que tuvo que contar con el beneplácito –cuando no con el impulso– oficial. El decreto en Gaceta de Madrid, 4-VI-1814, pp. 613-614.

40 Los famosos traidores refugiados en Francia, convencidos de sus crímenes y justificación del Real decreto de 30 de mayo. Por F.M.M.M.C., Madrid, Imprenta Real, 1814, p. 8.

41 Ibídem.

42 Fray Manuel Casamada, Barcelona victoriosa por su fidelidad contra los enemigos extranjeros, y por su lealtad contra los traidores domésticos. Discurso que en 28 de mayo de 1815, primer aniversario y cumpleaños de su libertad, dijo en la iglesia de PP. Carmelitas descalzos (...) Sale a la luz a expensas de los devotos que costearon la solemne acción de gracias, Con Licencia, Barcelona, oficina de Miguel y tomás Gaspar, 1815, p. 4.

43 Manuel Fortea y Úbeda, Sermón a la singular bienhechora y especial patrona del pueblo valenciano, María Sma. de los Desamparados, que en la solemne función de gracias que consagró en su Real Capilla su Capellán Mayor el domingo 5 de junio, día de la Santísima Trinidad de este año, por el feliz regreso de Nuestro Amado Monarca el Señor Don Fernando Séptimo al trono de sus mayores, dijo... Con licencia, Valencia, oficina de Esteban, 1814, p. 32.

44 Juan López tabar, Los famosos traidores. Los afrancesados durante la crisis del Antiguo Régimen (1808-1833), Madrid, Biblioteca Nueva, 2011.

45 Reflexiones de un español dirigidas a S.M. por mano del General Don Felipe Arco-Agüero, sobre la situación actual de los afrancesados, Madrid, Imprenta que fue de Fuentenebro, 1820, pp. 9-10.

46 Gaceta de Madrid, 7-VI-1814, pp. 623-624.

47 Jean-Philippe Luis, L’utopie réactionnaire. Épuration et modernisation de l’État dans l’Espagne de la fin de l’Ancien Régime, Madrid, Casa de Velázquez, 2002, pp. 35-40.

48 Blas ostolaza, Sermón predicado el 21 de diciembre de 1814 en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen Calzado, con asistencia del Serenísima Señor infante Don Carlos, con motivo de una misa solemne que los oficiales de su secretaría costearon en acción de gracias por el regreso de S.M. y AA., Madrid, Francisco Martínez Dávila, Impresor de Cámara de S.M., s.a., p. 53.

49 Relación sucinta, pero verídica, de las extraordinarias demostraciones de alegría con que se ha distinguido esta ciudad de Palma, capital del reino de Mallorca, por el feliz y deseado regreso de su amantísimo Soberano el Sr. D. Fernando VII al trono de sus mayores. Compuesta por un amante de la Religión y del Rey, Con superior permiso, Palma, Imprenta de Felipe Guasp, 1814, p. 3.

50 Soldados del ejército de Andalucía... Reimpreso en Mallorca, Felipe Guasp, 1814.

51 Es el caso de la Historia razonada de José Clemente Carnicero, de la que hablaremos en breve.

52 Rafael de Vélez, Apología del altar y del trono o Historia de las reformas hechas en España en tiempo de las llamadas Cortes, e impugnación de algunas doctrinas publicadas en la Constitución, Diarios y otros escritos contra la religión y el Estado, Madrid, Imprenta de Repullés, 1825, 2 vols.

53 José Cisneros, Sermón que en acción de gracias al Todo-poderoso y en desagravio del sagrado lugar del púlpito y de los verdaderos Héroes españoles, predicó el día 8 de junio de este año de 1823... La da a la luz pública dicha universidad con las licencias necesarias, Burgos, Imprenta de Villanueva, 1823, pp. 16-17. Una importante recopilación de estos sermones de 1823 en la signatura de la Biblioteca Nacional: 1/16021.

54 Diego Antonio Coello de Portugal, El deseado regreso de las personas reales por las riberas del Betis, y sus sentimientos de devoción al Santísimo Rostro de Nuestro Redentor Jesucristo, que adoraron SS.MM. y AA.SS. en la Real Carolina. Poema en un canto dedicado a Nuestra Virtuosa Reina Doña María Josefa Amalia de Sajonia, Jaén, Manuel María de Doblas, Impresor de la Dignidad Episcopal, 1823, p. 5.

55 Gaceta de Madrid, 20-X-1832, p. 515.

56 Sobre el mito del Dos de Mayo, véanse Christian Demange, El Dos de Mayo. Mito y fiesta nacional, 1808-1958, Madrid, Marcial Pons-CEPC, 2004 y Ricardo García Cárcel, El sueño de la nación indomable. Los mitos de la Guerra de la independencia, Madrid, temas de Hoy, 2007, pp. 95-124.

57 Por poner un solo ejemplo, recurramos a la obra teatral La variedad de opiniones y libertad de Fernando VII, en la que el rey aparece en escena encadenado, y promete –tras ser liberado por su pueblo– ser su esclavo de ahora en adelante: Mil gracias pueblo querido; / No gracia, sino justicia / es darte el corazón mío. / En mi tendrás más que padre, / más que esposo, más que amigo, / porque yo seré tu esclavo / vivamente agradecido. (La variedad de opiniones y libertad de Fernando VII. Comedia histórica en tres actos, Madrid, Imprenta de López García y Hermano, 1814, p. 32).

58 Tomlinson achaca la escasa repercusión de ambos cuadros en su momento al gusto neoclásico de Fernando VII o incluso a la imagen de «horda de bárbaros» que tiene el pueblo en La carga de los mamelucos (Janis A. Tomlinson, Goya en el crepúsculo del siglo de las luces, Madrid, Cátedra, 1993, pp. 172-194). En todo caso, parece claro que fueron incomprendidos.

59 El Consejo Municipal de Santander encargó al pintor un retrato del rey «vestido de coronel de Guardias» y «a pie un león con cadenas todas entre sus garras» (Fernando VII, 1814, Museo Municipal de Santander). Otro óleo bien conocido presentaba a Fernando VII con uniforme militar de gala en un entorno castrense (Fernando VII en un campamento, 1814, Museo del Prado). Véase Goya y el espíritu de la ilustración, Madrid, Museo del Prado, 1988.

60 Gaceta de Madrid, 25-III-1815, p. 429.

61 Decretos de 2 de Mayo de 1811 y 14 de abril de 1814.

62 Veamos un ejemplo de esta nueva concepción oficial del Dos de Mayo. Por encargo del Ayuntamiento de Madrid al Impresor de Cámara del rey, se publicó en 1816 el sermón fúnebre leído ante la Familia Real con motivo del octavo aniversario de levantamiento. Como era de esperar, las alusiones del capellán a la «fidelidad de un pueblo para con sus reyes» y al «Monarca Deseado, por quien disteis generosamente vuestras vidas» son habituales en el texto. El sermón, que no deja de ser un repaso de las circunstancias que llevaron a Fernando al trono y al exilio, presenta un escenario de adoración de los madrileños a su rey antes y después de Bayona. Madrid era «dócil a las órdenes, o verdaderas, o supuestas de su Rey», y fueron las maquinaciones de Murat para que corriera la sangre las que sacaron al pueblo de su pacífica indignación. El despertar de la nación y la lucha en pos de la libertad y contra la tiranía, máximas liberales en torno al Dos de Mayo, quedan en un plano secundario. Es cierto que el relato de aquel día toma prestado parte del discurso liberal («se despierta el fuego sagrado del patriotismo en todos los pechos, y de todas partes salen corazones inflamados a vengar la muerte de sus hermanos»; «El nombre sagrado de Patria no se oía en España largo tiempo había, y vosotros nos disteis una Patria») pero, tras estos épicos ornamentos, las últimas palabras atribuidas a Daoíz y Velarde son «Patria... España... Fernando... Dios...» (Francisco Javier Vales Asenjo, Elogio fúnebre de los héroes..., op. cit., pp. 7-9).

63 Sobre la imagen del Motín de Aranjuez en los primeros años, véase Antonio Calvo Maturana, «La revolución de los españoles en Aranjuez: el mito del 19 de marzo hasta la Constitución de Cádiz», en José Cepeda Gómez y Antonio Calvo Maturana, coords., La nación antes del nacionalismo en la Monarquía Hispánica (1750-1808), Cuadernos de Historia Moderna, Anejo x (2012), pp. 145-164.

64 Esperando de sus vasallos ultramarinos la misma lealtad que habían demostrado los peninsulares, Fernando premiaría con el ingreso en la Real orden a los protagonistas americanos de acciones militares en su nombre, denuncias de conspiraciones, levantamientos de regimiento, etc. (Constituciones de la Real Orden Americana de isabel la Católica, instituida por el Rey Nuestro Señor en 24 de marzo de 1815, Madrid, Imprenta Real, 1815). El anuncio en Gaceta de Madrid, 25-III-1815, pp. 316-317.

65 Gaceta de Madrid, 25-III-1815, pp. 429-430.

66 En buena parte de los años del reinado la Gaceta de Madrid introdujo, con fecha de 24 de marzo, una noticia similar a esta: «Con motivo de ser aniversario de la entrada de S. M. en sus dominios de vuelta de su cautiverio en Francia, se ha vestido la corte de gala con uniforme y ha habido besamanos general» (Gaceta de Madrid, 25-III-1830, p. 152). Los liberales no fueron ajenos la efeméride fernandina, que siguió recordándose durante el trienio con el acostumbrado besamanos. Pero también utilizaron esa fecha simbólica en 1820 para recordar al público que la situación había cambiado. No parece en absoluto casualidad que, tras el juramento fernandino de la Constitución en 1820, se publicase una Proclama a los españoles, Madrid, 24 de marzo de 1820 (s.l., Reimpreso en Niel, 1820). El texto recordaba que Fernando era ya un «rey constitucional». Otro manifiesto fechado el mismo día, anunciaba: «El seducido rey no es ya el juguete de viles cortesanos (...) Fernando no es ya un rey absoluto y despótico (...) sino un rey Constitucional, atenido a las leyes y a los dictámenes de ministros que no podrán extraviarle sin riesgo de parecer a manos de la inexorable justicia nacional (...) Así lo ha prometido jurando la Constitución de la Monarquía promulgada en Cádiz el año de 1812 y no podríamos, sin atentar al sagrado de la fe Real, desconfiar un momento de la religiosidad inviolable de su promesa» (Pueblos españoles... Coruña, 24 de marzo de 1820, Reimpreso en Madrid, Imprenta de Burgos, 1820).

67 Oración presentada por la Real Academia de la Historia al Rey Nuestro Señor Don Fernando VII con el plausible motivo de su feliz regreso al trono, Madrid, Imprenta de Sancha, 1814, p. 18.

68 «¡oh día 24 de marzo!, tú formabas una de las mejores épocas del mundo, y desde ella comenzará la edad de oro que fingieron los antiguos. ¿Quién puede explicar el entusiasmo general que produjo en los verdaderos españoles esta noticia?» (Blas ostolaza, Sermón predicado..., op. cit., p. 44).

69 Como el soneto: Día 24 de Marzo. Aniversario de la entrada del Rey Nuestro Señor en sus dominios de vuelta de su cautiverio, s.l., s.a. (Biblioteca Nacional, R/60280/106).

70 «Madrid, 20 de Marzo. Ayer con motivo de los días de la Reina y la publicación de la Constitución, que se verificó con el mayor orden y regocijo, hubo besamanos...» (Gaceta de Madrid, 21-III-1820, p. 306). La Gaceta de 1821 añade el recibimiento «de S.M. a la diputación nombrada por las Cortes para felicitarle en tan fausto día» (Gaceta de Madrid, 20-III-1821, p. 370).

71 Gaceta de Madrid, 26-IV-1820, p. 471.

72 Es cierto que solo la última (la de 1833) le daba ese nombre, pero Francisco Javier Cabanes ya había publicado en 1815 una Historia de las operaciones del ejército de Cataluña en la Guerra de la usurpación, o sea de la independencia, Barcelona, Imprenta de Brusi, 1815 (José Álvarez Junco, «La invención de la Guerra de la Independencia», Claves de la razón práctica, num. 67 (1996), pp. 10-19 y Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX, Madrid, taurus, 2001).

73 En la Historia razonada, Carnicero dice ser el autor de un texto anónimo publicado durante la guerra: Napoleón o el verdadero D. Quixote de la Europa, o sean comentarios crítico-patriótico-burlescos a varios decretos y párrafos de las gazetas de Napoleón y su hermano José, distribuidos en dos partes y cincuenta capítulos, y escritos por un español amante de su patria y rey desde primeros de febrero de 1809 hasta principios de enero de 1810, en los que procura vindicarse a su patria, a sus fieles generales, y a todos los fieles españoles de las negras invectivas y calumnias con que los franceses y sus secuaces han querido desacreditarlos..., Madrid, Ibarra, 1813, 2 vols.

74 José Clemente Carnicero, La inquisición, justamente restablecida..., op. cit., 1816.

75 José Clemente Carnicero, El liberalismo convencido por sus mismos escritos o Examen crítico de la Constitución de la Monarquía española publicada en Cádiz, y de la obra de Don Francisco Marina «Teoría de las Cortes» y de otras que sostienen las mismas ideas acerca de la soberanía de la nación, por..., Madrid, Imprenta de D. Eusebio Aguado, 1830.

76 José Clemente Carnicero, Historia razonada de los principales sucesos de la gloriosa revolución de España, escrita por el doctor..., Madrid, 1814-1815, 4 vols. (Vol. I: Imprenta de D.M. de Burgos, 1814; vols. II y III: Imprenta de la Compañía, por su regente Juan Josef Sigüenza y Vera, 1814; y vol. IV: Imprenta de la Compañía, por su regente Juan Josef Sigüenza y Vera, 1815).

77 No nos aventuramos a asegurar lo que es una percepción: un tono menos conservador en el volumen I, publicado en 1814, lo que invitaría a pensar que empezó a redactarse antes de la reacción absolutista de mayo.

78 No era habitual que un autor recibiese el honor de poder dedicarle una obra de cuatro volúmenes al rey Fernando, a los infantes Carlos María Isidro y Antonio Pascual, y al secretario de Estado Miguel Lardizábal respectivamente.

79 Aunque sí que coincide en pasajes importantes como el Motín de Aranjuez, el Dos de Mayo o el viaje de Fernando a Bayona.

80 «...aquel no tuvo impedimento alguno para entregarse muy desde los principios a su guardia y favorito D. Manuel de Godoy, seguir sus consejos ciegamente, y alejar de sí aquellos españoles que podían darle los contrarios y más convenientes al bien de la Nación» (Ibídem, vol. I, pp. 4-5). Más adelante, hablando del comportamiento de Carlos IV en Bayona: «De haber tenido el señor Don Carlos IV un poco de carácter y firmeza en esta ocasión, todavía puede ser que hubiera contenido las iras y proyectos de Napoleón» (Ibídem, vol. I, pp. 114-116).

81 He aquí –hablando de las Cortes de 1789– un reconocimiento del despotismo monárquico: “Ya los españoles inteligentes se lamentaban de que el gobierno monárquico de España había degenerado de aquella moderación prevenida por sus leyes fundamentales, y que apenas quedaba recurso a la Nación para precaverse de las disposiciones arbitrarias con que pudiesen mandarla sus reyes y ministros. Por esto para la jura y coronación del señor Carlos IV se pensó en tener unas cortes que pudiesen proponer algunos medios para evitar dicho mal. A este fin concurrieron a la corte varios obispos y diputados de las respectivas provincias y ciudades. Pero el conde de Floridablanca, ministro de Estado que fue de Carlos III, y lo seguía siendo de Carlos IV, tuvo miedo de ir dilatando y eludiendo bajo varios pretextos la reunión formal de las citadas cortes para el expresado fin, y por último no se celebraron sino en la apariencia, y con solo el objeto acostumbrado de autorizar la jura y proclamación del nuevo soberano, que en la corte y en todo el reino fueron de las más solemnes que se han conocido. Por esto el rey Carlos y sus ministros siguieron mandando sin más limitación que la que ellos quisieron proponerse» (Ibídem, vol. I, pp. 4-5).

82 Dentro de una sorprendente excusa de los apresamientos ingleses de barcos españoles: «Así, atendidos todos estos antecedentes y circunstancias, no fue la conducta de los ingleses tan reprehensible como nos han ponderado sin interrupción los Godoyes y Napoleones» (Ibídem, vol. I, p. 11).

83 La historia publicada por la Comisión militar –de la que hablaremos a continuación– al menos la cita tímidamente y la menciona entre las obras existentes sobre el tema. La de José Muñoz Maldonado la ignora, quizá porque rompía su argumentación de que no existía una historia completa del conflicto.

84 Tampoco debió de ayudar a Carnicero que Lardizábal, a quien se encomendaba dedicándole el cuarto volumen en 1815, fuese destituido y encarcelado ese mismo año.

85 Ibídem, vol. IV, pp. 320-321.

86 «Las Batuecas de madama de Genlis o el Gonzalo de Florian parecen menos soñados, menos ideales que la mitad de los escrito extranjeros publicados sobre nuestra península por testigos que se dicen oculares» (Historia de la Guerra de España contra Napoleón Bonaparte, escrita y publicada de Orden de S.M. por la tercera sección de la Comisión de jefes y oficiales de todas armas..., op. cit., p. VII). “En España había mucho más ilustración de lo que generalmente creían los extranjeros, y el pueblo aunque cordialmente religioso, ni era estúpido, ni fanático, ni supersticioso” (Ibídem, p. 187).

87 Con evidentes ganas de agradar, José Canga elogió a la medida desde el exilio: «una comisión de oficiales militares de gran mérito, encargada por S.M. reinante de escribir la Historia de la guerra de España, correspondiendo a los deseos del Rey, dio a la luz pública el tomo primero, que fue recibido con los mayores elogios por la veracidad y maestría con que está escrito. La terminación de esta obra, digna de la protección augusta, pondría freno a las detracciones de los extranjeros» (José Canga Argüelles, Observaciones sobre la Historia..., op. cit., p. 10).

88 Francisco Javier Cabanes (1781-1834), militar y autor de varias publicaciones, no solo militares, también relacionadas con el fomento del país (Base de datos Fichoz, nº 026722).

89 Aunque no contamos por ahora con más datos que los aportados por Muñoz Maldonado, es extraño que la comisión tardase dos años en publicar el primer volumen y no tuviese tiempo de sacar al menos un segundo en los siguientes cuatro años. Es posible que la Comisión cayese en desgracia en 1823 por haber continuado su trabajo a las órdenes del gobierno liberal. Durante el trienio publicó dos obras de contenido neutro: Estados de la organización y fuerza de los ejércitos españoles beligerantes en la península, durante la guerra de España contra Bonaparte, arreglados por la Sección de Historia Militar en 1821, Barcelona, Imprenta de la viuda e hijos de Antonio Brusi, 1822; y la Explicación del cuadro histórico-cronológico de los movimientos y principales acciones de los ejércitos beligerantes en la Península durante la guerra de España contra Bonaparte, formado en 1818 por la Sección de Historia Militar, Barcelona, Imprenta de la viuda e hijos de Antonio Brusi, 1822.

90 José Muñoz Maldonado, Historia política y militar de la Guerra de la independencia de España contra Napoleón Bonaparte desde 1808 a 1814, escrita sobre los documentos auténticos del gobierno, por... publicada de orden del Rey N.S., Madrid, Imprenta de d. José Palacios, 1833, pp. 8-9.

91 Ibídem.

92 «Solo buscamos el mayor lustre del nombre español. No pretendemos censurar al gobierno de un monarca que fue nuestro rey y señor (...) No es posible dar una idea del desacierto e ilegalidad de las operaciones de aquella época sin salir de los límites a que nos hemos circunscrito». Aún así, la obra presenta la hoy clásica –y discutible– inflexión entre el esplendor del reinado de Carlos III y el de su sucesor: «la muerte de Carlos III, la caída de Floridablanca y la del conde de Arana detuvieron el progreso de nuestros adelantamientos (...) en mayo de 1808 ni teníamos naves, ni ejércitos, ni armas, ni tesoro, ni crédito, ni fronteras, ni gobierno, ni existencia política. En una palabra: no había Patria» (Ibídem, pp. 105-129). Godoy, «joven sin instrucción y sin experiencia» no se libra de críticas directas –aunque con menos ensañamiento del acostumbrado– con sentencias como «no hubo fondo por sagrado que fuera que no cayese en manos del valido (...) confesemos que ni la aversión del público contra él carecía de motivos, ni era infundada la voz general que lo acriminaba y le pedía cuenta de los males que su ineptitud y su codicia habían acarreado a la patria» (Ibídem., pp. 121-131).

93 «...nadie profirió ni aún en la efervescencia y primera expansión del horror, una sola palabra que acusara la justicia del soberano. El extremado amor de Carlos IV a su familia, la integridad de su corazón, la religiosidad de sus sentimientos nunca desmentidos en su dilatada carrera, no dejaban lugar a creer posible ni la más ligera mella en su justicia y rectitud. La opinión pública como por instinto falló unánimemente contra el favorito» (Ibídem, pp. 174-198).

94 Ibídem, p. 118.

95 «Cualquiera que fuese la repugnancia que interiormente sentía (...) entonces dictó la necesidad (...) en aquella época las más ilustres casas de Europa tenían a dicha emparentar con la de Francia (...) todas las personas cuerdas y sabias que amaban al príncipe hallaron prudente y provechoso el consejo” (Ibídem, pp. 181-182).

96 Ibídem, pp. 232-259.

97 Ibídem, p. VIII.

98 «¿No es justo desenmascarar la venganza aleve, la rastrera envidia, la funesta ambición, disfrazadas con los colores del entusiasmo heroico, y escudados con los augustos nombres de patria y de libertad?» (Ibídem, p. IX).

99 Madrid, Imprenta de D. José Palacios, 1833.

100 Es autor de una Oda al Rey Nuestro Señor (Madrid, Imprenta de Amarita, 1828) y de unos Estudios sobre el catolicismo dedicados a S.M. la Reina Madre Doña María Cristina de Borbón (Madrid, Establecimiento Tipográfico de Francisco de P. Mellado, 1852).

101 José Muñoz Maldonado, Historia política y militar..., op. cit., vol. III, p. 601. Los dos clérigos a los que se refiere son el historiador, académico y obispo de Osma, José Sabau Blanco, y el capellán de honor del rey Antonio García Bermejo. Es llamativa, por cierto, la sincera crítica del autor a la incomodidad de la censura.

102 Los tres tomos están fechados en abril, junio y octubre respectivamente, y Fernando murió en septiembre.

103 Ibídem, vol. 1, p. 9. El autor se refiere por ejemplo a las historias escritas por los ingleses William F. P. Napier y Charles W. Vane, refutadas previamente por Canga.

104 Ibídem, vol. I, pp. 20-41.

105 Ibídem, vol. I, pp. 137-148.

106 «[sobre los abusos de los generales franceses]... los pueblos que se veían tratados de esta manera combatían a los franceses, no tanto como a enemigos de su Rey, cuanto como a opresores suyos, de que era preciso deshacerse a cualquier costa» (Ibídem, vol. II, p. 489).

107 Ibídem, vol. I, pp. 178-184.

108 Ibídem, vol. I, p. 353.

109 Ibídem, vol. II, pp. 468-489.

110 Ibídem, vol. III, pp. 564-603.

111 Ibídem, vol. III, p. 584.

112 Ibídem, vol. III, p. 585.

113 Emilio La Parra, “Fernando VII, el rey imaginado”..., op. cit.

114 «Quien controla el pasado (...) controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado» (George Orwell, 1984).

CREACIÓN, CONSTRUCCIÓN Y DUDAS SOBRE LA

IMAGEN DEL HÉROE REVOLUCIONARIO Y DEL

MONARCA CONSTITUCIONAL EN 1820*

Víctor Sánchez Martín

Universidad de Alicante

INTRODUCCIÓN. DE LA COLUMNA MÓVIL Y LA GÉNESIS

DEL HÉROE REVOLUCIONARIO

El pronunciamiento de Las Cabezas de San Juan del 1 de enero de 1820 daría origen al Trienio Liberal, o lo que es lo mismo, la restauración de la Constitución de 1812. A su vez, dicho alzamiento situó al teniente coronel Rafael del Riego en el primer plano de la escena política española, protagonizando un meteórico ascenso, desde el anonimato de la historia hasta la condición de héroe primero y, posteriormente, de mito. Joven militar en 1808, fue hecho prisionero en la batalla de Espinosa de los Monteros, pasando toda la Guerra de la Independencia en Francia, por lo que apenas tuvo ocasión de mostrar su valía en el campo del honor. Sin embargo, llegado 1820 fue uno de los principales actores de la restauración constitucional.

Riego tuvo el valor de ser el primero en pronunciarse el 1 de enero de 1820 y triunfó en las operaciones encomendadas, frente a los que fracasaron o aguardaron. Ello le granjeó una notable popularidad, asimilándose su figura a la del héroe revolucionario, más concretamente, a la del salvador y restaurador de la Constitución. Como se ha señalado, desde enero Riego se convierte «en la personificación de la revolución», deslizándose a lo largo del Trienio Liberal a pasos agigantados hacia el mito, el del «salvador de la libertad en España», centrando su figura «la encarnación de la aspiración colectiva a la libertad».1

Por su parte, el monarca Fernando VII, absoluto desde que aboliera la Constitución en 1814, tuvo que reconstruir su imagen constitucional. La sublevación del Ejército Expedicionario y su extensión por el resto de la Península le llevaron a jurar «franca y espontáneamente» la Constitución de 1812, inaugurando así una etapa nueva para el Borbón: la de monarca constitucional. Así surgían dos nuevas imágenes, inéditas hasta la fecha en la historia española, la del héroe revolucionario y la del rey constitucional; representaciones que fueron asentándose y reconfigurándose a lo largo del Trienio. Conocemos el final de la historia, y es que la imagen del héroe revolucionario quedó reforzada y mitificada por la condición de mártir por la libertad de Riego, mientras que la del monarca constitucional quedó completamente destruida. Es por ello que en el presente trabajo nos centraremos en observar la creación y configuración en 1820 de ambas representaciones, mostrando cómo éstas no fueron monolíticas, y estuvieron marcadas por los acontecimientos del momento, las dudas y las tensiones en torno a su propia definición, quedando reflejadas en los testimonios que la publicística y la prensa difundieron ampliamente.

En origen, y como no podía ser de otra manera, los sublevados de la Isla fueron calificados de «puñado de facciosos», «rebeldes» o «delincuentes» por la Monarquía absoluta.2 Riego pronto comenzó a individualizarse ante las autoridades, que le conocían por su nombre propio como mínimo desde finales de enero, gracias a su destacada actuación tanto en los momentos iniciales como al frente de la columna móvil.3 El absolutismo percibió el peligro revolucionario que entrañaba la columna de Riego y focalizó la atención en la persecución de los rebeldes que transitaban por Andalucía, por lo que su nombre resonó entre la población como el del sublevado más destacado. El gobierno recibió constantes informaciones sobre el liberal, llegándose a afirmar por vía de una carta particular que se había puesto a salvo en Gibraltar el 18 de febrero. Las sucesivas derrotas de su columna ante las superiores fuerzas absolutistas llevaron a que a finales de febrero ésta se encontrara reducida a su último extremo. Sin embargo, Riego había vencido, porque ya entonces habían estallado rebeliones en La Coruña, Oviedo, Murcia, Zaragoza, Barcelona y otros lugares de España, mientras que Mina se internaba en el valle del Baztán, informaciones que el Gobierno recogía con preocupación.4

La columna móvil estaba derrotada, pero la revolución triunfaba. La situación era tan confusa a primeros de marzo que el día 5, Elío desde Valencia seguía señalando que la tranquilidad estaba alterada únicamente por «cuatro facciosos». Pero ya se dejaba traslucir el malestar que se había manifestado en el resto de España, señalando que «el Rey oirá, yo os lo prometo» conforme a las leyes antiguas «y hará ciertamente lo que la Nación le pida; pero esos pocos malos Españoles levantados en los extremos de la Península, ni son, ni pueden llamarse Nación».5 El 7 de marzo Fernando juraba la Constitución, una vez que el Conde de La Bisbal la había proclamado al frente de las fuerzas que debían haberlo impedido, mientras los restos de la columna de Riego huían en dirección a Portugal. Pese a la derrota militar, Riego había triunfado, inspirando la imitación de sus acciones.

La jura de la Constitución llevó a Riego de rebelde y traidor a héroe indiscutible y creador de una nueva época. Su nombre había quedado ligado a los movimientos de la columna móvil, cuya función fue ante todo política y propagandística, y no militar. Como señalara Pérez Garzón refiriéndose al pronunciamiento militar, «utiliza medios militares, pero no con fines militares».6 Esa es la definición adecuada de la función que la columna móvil tuvo, proclamando la Constitución por diversas poblaciones de Andalucía en una maniobra propagandística que tenía como objetivo sublevar a los pueblos por la Pepa o que al menos se pudiera pensar que gran parte del sur español apoyaba el alzamiento constitucional.

Pese al silencio informativo absolutista, las noticias circularon por la península, y la extensión en el tiempo de las operaciones generó un efecto multiplicador, como prueba el Diario Patriótico Constitucional de La Coruña, al señalar que «el pueblo de esta ciudad siguiendo el impulso que ha principiado a dar el ejército expedicionario, y que adoptaron ya muchos pueblos de Andalucía, acaba de declarar abiertamente su voluntad».7 La actuación de la columna de Riego y su prolongada resistencia frente a fuerzas superiores llevó a muchos a pensar que la Andalucía era ya constitucional y le ofrecía un apoyo mayor del que realmente tuvo. De su eficacia propagandística no cabe dudar, puesto que muchos testimonios señalarían cómo su actuación fue conocida, y la difusión de ésta, duramente reprimida, puesto que los absolutistas «entonces delataban a cualquiera que lleno de fuego y afecto patriótico refería no más que un pasaje, una proclama de los llamados insurgentes de la isla de León o de la América...».8

Para Gil Nóvales, «toda España había vivido los tres primeros meses de 1820 imaginando los movimientos de Riego, que la distancia, la incertidumbre y la ilusión agrandaban» y eso sería lo que salvó la revolución, permitiendo que otras ciudades se sumaran a la rebelión. Sintomáticamente, Riego no dejó de utilizar en sus proclamas los ecos de su acción en otras partes de España, lo que nos pone en contacto, de nuevo, con el fin último movilizador y político de la columna móvil.9 Riego demostró inteligencia, puesto que si bien era consciente de la imposibilidad de vencer en la lucha militar, sus proclamas muestran su interés por establecer el «contagio revolucionario», toda vez que la conspiración y el pronunciamiento habían tenido ya efecto. Por ello, el fracaso militar de la columna no fue tan importante como el haber provocado, a pesar de todo, ese contagio manifestado en las insurrecciones urbanas que permitieron tomar el poder.10

Así pues, la columna móvil fue una clave esencial del hecho revolucionario de 1820, y de ese papel esencial, icónico, se desprenderán consecuencias fundamentales para la imagen de Riego, granjeándole una notable popularidad y asentando desde el primer momento las bases para el mito. Según cuenta Miranda, oficial de la columna, cuando ésta entró en Jerez, un ciudadano no se apartó de las tropas del comandante Riego hasta la salida, mostrándole un ejemplar de la Constitución que tenía guardada seis años «para sacarla á luz en este día de gloria, suspirado por todos los amantes de la patria». Otros testimonios aluden a multitud de paisanos en el Puerto de Santa María, que seguían a Riego por todas partes, arrebatándose las proclamas que iba distribuyendo.11 Sus breves discursos eran escuchados con entusiasmo. El mito había nacido ya para sus soldados, y comenzaba a extenderse entre los habitantes de Andalucía: Riego estaba restaurando la Constitución.

En síntesis, hasta abril de 1820, la imagen de Riego estuvo completamente marcada por esos dos hechos: ser el primero en la restauración constitucional y su destacado papel protagonista en la columna móvil. A partir de ese momento, a su condición de primer restaurador constitucional se añadiría la de defensor de la Constitución, aspecto que analizaremos posteriormente en relación a la imagen de Antonio Quiroga, por el interés que tendrá la comparación entre las imágenes de los dos líderes del pronunciamiento de 1820.

LA CREACIÓN DE LA IMAGEN DEL MONARCA

CONSTITUCIONAL: DE PROMESAS Y DUDAS

Tras la jura de la Constitución por parte del monarca surgía una espinosa cuestión. ¿A quién correspondía el feliz éxito de la restauración constitucional? ¿Al monarca o a los héroes de la Isla? ¿Cómo integrar ambos referentes en el nuevo consenso constitucional? No era una pregunta excluyente, antes bien, era deseable el consenso liberal, pero el delicado equilibrio que se daba en diversos folletos y publicaciones muestra que fue una cuestión importante para los contemporáneos, mostrando unos discursos que oscilaban entre otorgar la primacía a la decisión libre del monarca o, por el contrario, hacer hincapié en el proceso revolucionario iniciado por parte de los rebeldes liberales. Quedaba aún otra cuestión, referida a cómo justificar la actuación de Fernando, reacio a la restauración constitucional hasta que no tuvo más remedio. Para su exculpación, el mito del príncipe inocente permitió salvar el escollo, ofreciendo una base idónea con un manifiesto componente mítico para la creación de su imagen constitucional. Por ello, los diversos manifiestos de las Juntas recurrieron a la imagen del rey como príncipe inocente, permitiendo exculparlo de toda responsabilidad. Fernando había resultado engañado, como resultaba frecuente desde los sucesos de Bayona, por una camarilla de hombres que influenciaban su ánimo. El argumento del rey engañado fue utilizado con frecuencia en 1820, puesto que permitía tanto justificar el giro político de un monarca que pasó de perseguir a los liberales a jurar la Constitución, como para dar a entender que el deseo de contar con un rey constitucional no era una utopía.12

En esa línea, la Junta de Asturias destacaba el 2 de marzo de 1820 cómo Fernando «seducido por pérfidos consejos, no ha podido ver la verdad, y ha creído ser voluntad de la Nación las sugestiones y los facticios clamores de las personas que le rodearon». Gracias a las Cortes el monarca «desengañado cual Padre alucinado» conocerá la voluntad de la nación, prestándose a jurar la Constitución.13 El manifiesto de la guarnición de Pamplona el 10 de marzo, sin embargo, también recordaba «el eco de libertad y de gloria que alzaron los valientes en la Andalucía». A Fernando lo exculpaba la actuación de «un puñado de hombres sin fe» que en función de su interés «se procuraron el primer acceso en el corazón del Rey»; pero en estos momentos, y oyendo los consejos de su pueblo sin interferencias, no se negaría el inocente Fernando a restablecer la Constitución.14

Interesa resaltar cómo la proclama de la guarnición de Zaragoza del 6 de marzo de 1820 iba un paso más allá, recordando los principios de la soberanía nacional al rey, resaltando que la voz general no podía dejar de ser oída por «un Monarca que debe la existencia de su Monarquía á otra decisión, otra resolución, otra voz general, como la que de presente debe resonar en el espacioso ámbito del Cielo, que cubre nuestra Península». Así se hacía presente la soberanía nacional, siendo necesario separar a los seductores, «de un Rey digno de nuestro respeto, nuestra gratitud y reconocimiento», para que así éste pueda mostrar su verdadera faz constitucional; en caso contrario el pueblo estaría legitimado en última instancia a ayudarse de Dios, «distribuidor de Cetros y Coronas».15 De forma muy gráfica, Fernando era aceptado únicamente en tanto que constitucional.

Con tan buenas expectativas para con el inocente Fernando si se avenía a ser constitucional, es comprensible que el juramento del monarca el 9 de marzo fuese motivo de alegría general, permitiendo ser la base de su imagen de rey constitucional. Tras la jura, como destacara Gil Novales “la opinión liberal adoró por el momento a Fernando, se olvidó de todas las felonías anteriores, para sólo ver en el monarca constitucional el Padre amado de los pueblos”.16 Como sabemos, tampoco tenían otro remedio los liberales que necesitaban tanto o más que el propio Fernando esa imagen constitucional del monarca para dotar de legitimidad al nuevo régimen.

En una proclama a los murcianos el 18 de marzo, Romero Alpuente, uno de los más lúcidos analistas del Trienio, señalaba que estaban gozosos de haber visto renacer y jurar al rey la Constitución, un rey «que ha sido su ídolo por todos los años que duró la revolución» y que «si en los siguientes ha parecido ingrato, injusto y aun cruel ha sido, porque los que le rodeaban...» eran los culpables de los errores. Tras el 9 de marzo, el rey constitucional está sujeto a otras reglas del juego político, ya que «tampoco el Rey puede hacer jurada la Constitución, cosa injusta ni contraria a ningún español, porque si la Constitución le marca sus derechos, le marca también sus obligaciones». Con un fino olfato político, Romero Alpuente no dejaba de señalar que «toda esta mudanza tan prodigiosa como no esperada se debe al gran Quiroga».17 Es decir, sin el Ejército de la Isla y sus armas, Fernando no habría podido liberarse de sus consejeros. O no habría querido. Era un matiz importante. Como importante fue que se verbalizase.

La glorificación del monarca constitucional también se hizo desde los púlpitos. Un cura ecónomo de La Coruña señalaba cómo Fernando, ante las súplicas del pueblo «troncha sus duras cadenas, le declara sus primitivos derechos, y jura esa Constitución...». Al jurar Fernando consigue «cadenas rotas, grillos tronchados, esclavos libres, desgraciados salvos: el heroísmo de Fernando ofrecerá a los siglos venideros una Nación grande y reparada, cambiada, reformada, libre, feliz e independiente». Pero en esta exaltación del monarca constitucional también tiene cabida un recuerdo a los rebeldes constitucionales, y sólo su mención ya parece relevante. Tras recordar a los perseguidos y a «los que francamente marcharon desde el principio por la senda constitucional», lo cual es un parafraseo cuanto menos interesante de la frase real, se menciona al Ejército Expedicionario, calificando a sus componentes de «héroes o semi-dioses». La primacía de Fernando en el discurso no puede obviar la importancia de reseñar la concurrencia de otros actores en la restauración constitucional, que no en todos los discursos fueron reconocidos.18

Y es que la imagen de Fernando constitucional como artífice único y gracioso del establecimiento de la libertad en España fue una constante en muchos textos del momento, oscureciendo por completo, y de forma interesada, cualquier protagonismo de los sublevados. El monarca sería constitucional por la intervención de la providencia, o porque súbitamente la verdad se apareció ante sus ojos. Es el caso del romance El Anciano de Hesperia, donde nada se dice de las operaciones bélicas de los sublevados, que contrastan con la imagen de un pueblo pasivo esperando que el monarca se desengañara. Sintomáticamente, el Ejército de la Isla no aparece ayudando en ese desengaño.19 En el poema Potrito Constitucional, si bien éste resucitó en la Isla de León, no existe ningún protagonismo de los de la Isla; es la opinión real la causante de todas las nuevas dichas, ya que «al ver el Monarca amado/ lo que el Pueblo deseaba/ se decide en darle luego/ lo mismo que suspiraba».20 De nuevo, la iniciativa parte del rey, que cede a los deseos de la nación por voluntad propia, pareciendo como si estas primeras composiciones sobre el monarca constitucional bebieran del manifiesto real del 10 de marzo.21

Sin embargo, otros publicistas mostrarían visiones diferentes, reflejando si no dudas, al menos matices de importancia. Frente a testimonios como los anteriores, muestran otra perspectiva el señalar que no había sido el rey quien había dado la libertad al pueblo, sino el «pueblo mismo que rompió tus grillos, que acaba de restaurar su libertad», y recordando que «el Monarca no puede desentenderse de cumplir la voluntad de la Patria, que es ley, de la Patria, que dicta leyes sobre el Rey. En él busca la nación un administrador, no un amo...». En este caso se invierten los papeles y se reitera el concepto de soberanía nacional. El folleto se permite además aconsejar al rey constitucional que «si quieres ser el ídolo de un pueblo dispuesto a sostener a todo trance el esplendor del trono español, no desoigas los votos que te dirige». De forma esclarecedora, el texto se cierra con un recuerdo para Riego, Arco-Agüero y Quiroga, calificados de restauradores de la libertad española, padres de la patria, héroes magnánimos y justos e insignes columnas del Estado. A ellos se ofrece el «perpetuo reconocimiento de una Patria que os aclama sus libertadores» en un texto que se cierra con un revelador «Constitución o muerte».22

El cambio de posición es evidente, y otros autores lo explicitarían de forma más agresiva aún al recordar que la nación «no puede ni debe someterse jamás al capricho de un jefe estúpido ó malvado; que éste debe estar siempre sujeto á la ley, y que solo la ley mande». No sólo eso, sino que se llega a amenazar a los serviles, recordando que «la cuchilla del terror asegurará la libertad, la independencia y la felicidad de la nación».23 El ejemplo escogido no era casual, remitiendo a todo un mundo de imágenes relacionadas con el terror revolucionario.

La nueva imagen de un Fernando sometido al arbitrio de la Constitución generó nuevos conflictos simbólicos, como los referidos a la lucha por la delimitación de la imagen constitucional del monarca a través de las discusiones por la propia nomenclatura. Algunos folletos lo calificaban de «primer ciudadano D. Fernando de Borbón», y otros respondían que «Rey es, y Rey le llamaron los Padres de la Patria. Rey es, y Rey deben llamarle todos los Españoles, dejándose de otros nombres que tienen diverso significado». Se criticaba el uso excesivo del término ciudadano, puesto que «si al Rey se le considera hoy como ciudadano, mañana podrá haber quien piense que está sujeto á todas las cargas como los demás», contrariando el artículo 168 que señalaba a su persona como sagrada e inviolable. En todo caso, a Fernando habría que defenderlo mucho, «y más viendo lo que desde el 7 de marzo ha hecho y hace á favor de nuestra libertad», según el articulista.24

Pese a todos los discursos apologéticos y la utilización del mito del príncipe inocente, la imagen del rey constitucional tuvo que hacer frente a ciertas dudas sobre su sinceridad que tenían su base en la actitud mostrada en los seis años precedentes. Existían recelos y por ello surgieron discursos que se centraron en apuntalar la espontaneidad y honestidad de su juramento como paso necesario para que la imagen constitucional pudiera ser creíble. Tras 1814 había sido inevitable el deterioro de la imagen de Fernando VII entre los liberales, y algunos de los siguientes discursos quizá puedan contribuir a iluminar esa zona de sombra situada entre el sentimiento íntimo y la doctrina oficial, según la cual «había que mantener incólume la imagen positiva del monarca porque se quería dar a entender que éste había adoptado sinceramente la senda constitucional».25

En el discurso dirigido a los sorianos mencionado con anterioridad se señalaba que Fernando abolió la Constitución en 1814 por un engaño, mientras que ahora «la ha jurado espontáneamente», porque en ese momento «la nación quiere ser libre, y ya lo ha conseguido. El Rey ha querido también que lo sea...». Hacer frente a las posibles dudas acerca de la sinceridad del rey, prueba que éstas existían, por lo que el autor atacará a los grupos que «crean que el Rey no procede libre, ni habla de veras». Esa imputación sería «criminal, infundada, ridícula y anticristiana» a no ser que se oyera de la boca del Rey mismo, puesto que frente al engañado (y absolutista) Fernando en 1820 encontramos que «desde ahora está ya siendo más que nunca el objeto amado de los españoles», por ser «el primero y más acérrimo constitucional español».26

La necesidad de recalcar la sinceridad del monarca, tras seis años de absolutismo y más de dos meses de persecución de los sublevados muestra que ni tan siquiera el mito del príncipe inocente disipó todas las dudas. En la convocatoria de Cortes de la Junta Provisional, encontramos tanto el motivo de unión constitucional entre el monarca constitucional y los rebeldes de la Isla, al aludirse a la Constitución proclamada «en el seno de la paz, en medio de nuestros guerreros ciudadanos, y llevando a nuestra frente a ese REY querido», como de nuevo la garantía de que el monarca ha jurado espontáneamente y cumplido su promesa: Ciudadanos: ya veis cumplida la palabra sagrada de vuestro Monarca, ya habéis recibido la prueba más irrefragable de su espontánea voluntad de regiros constitucionalmente.27 Pedro de Agar repetía la idea a finales de marzo de que «Fernando no es ya un rey absoluto y despótico [...] Es el Padre de sus pueblos, el órgano sagrado que repite el eco de su voluntad Soberana, el ministro de la felicidad de todos, y el primer apoyo de la libertad y de la seguridad de la Nación y de sus individuos. Así lo ha prometido jurando la Constitución de la Monarquía promulgada en Cádiz el año de 1812, y no podríamos, sin atentar al sagrado de la fe Real, desconfiar un momento de la religiosidad inviolable de esta promesa».28

En otros textos, so pretexto de un detallado análisis de las circunstancias y consecuencias del reinado de Fernando VII, se mencionaba que «la divisa de católicos con que siempre se han honrado los Borbones, nos da una firme garantía, de que no ultrajareis el santo nombre del Dios por quien reynan los reyes, quebrantando en lo mas leve este sublime pacto social. Advertid, ¡o noble Monarca! que de lo contrario caducará vuestra autoridad». Es un paso más en la aplicación de la lógica de la soberanía nacional, ya que también se recalcó la importancia de la promesa; sin ella, la autoridad real caducaría, porque no se habría renovado el pacto con la nación. Más adelante se reiteraría de nuevo que la Constitución política la había jurado el monarca «no por violencia, sino libre y espontáneamente».29 En la misma línea, desde Londres el 24 de Agosto se exculpaba a Fernando de la doblez e hipocresía que pudiera imputársele, señalando que «jamás ha sido hipócrita; jamás ha engañado á su pueblo; cuando ha sido absoluto dijo francamente que quería ser arbitrario, y quería que así se le obedeciese».30

En todo caso, estos resquicios de dudas debían ser en estos momentos iniciales manifestaciones minoritarias y la apertura de las Cortes permitió seguir la política de exaltación del monarca constitucional, en unión en este caso con la cámara y los revolucionarios: «Himno eterno se cante á las Cortes/al Monarca y al fuerte guerrero,/que empuñando el patriótico acero/animoso gritó: Libertad./»31 Otro ejemplo de esta unión constitucional lo encontraríamos en el poema La Constitución triunfante, que muestra por grado de importancia a los diversos actores de la restauración constitucional, puesto que no era un asunto sin importancia el determinar quiénes eran los que habían salvado la nación del despotismo y en qué grado. En primer lugar, pero último en importancia, el ejército: «El cante los loores/ del nacional exército, que ufano,/ dando á su brillo nuevos resplandores,/ libertó al Soberano/ de la plaga de viles seductores». En segundo lugar, los héroes: «El en metro elegante/ cante de Riego ilustre las campañas, y de Quiroga cante/ las heroicas hazañas,/ que dieron vida y ser á ambas Españas». Por último, y teniendo en cuenta la concurrencia de los anteriores, la primacía es para el monarca constitucional: «Y su sonoro acento/ cante al hispano Rey y celebrando/ su augusto juramento,/ termine publicando/ que el mejor de los Reyes es Fernando».32 Otros poemas compaginaron incluso la imagen de los de la Isla con la de la Junta Provisional, situando ambos referentes al mismo nivel tal que así:

¿Quién dió el ataque primero/ Al dolo, y al despotismo,/ Y quien con grande heroísmo/ Derribó el coloso fiero?/ Riego, Quiroga, Arcoagüero./ ¿Más quien con denuedo igual,/ Con carácter inmortal,/ Con tino, decoro, y maña/Hizo feliz a la España?/ La Junta Provisional.33

En esta exaltación de la imagen del monarca constitucional convivieron discursos múltiples para adecuar el mensaje a todos los estratos de la sociedad. Por un lado encontramos su difusión entre las clases populares con un sencillo Padre Nuestro constitucional.34 Para otros sectores estaba pensada la justificación historicista tan del gusto liberal que permitió incluir al monarca en una trayectoria histórica de relación de la institución monárquica con la libertad. Los reyes de España, desde los sarracenos, «lejos de ejerzer la tiranía, eran antes-bien los primeros campeones de la libertad, los primeros patriotas, que al frente del pueblo combatían contra el invasor para libertar la patria oprimida». Siete años habría luchado el pueblo español por el rey, y otros siete por la Ley, y tras recordar a Porlier y Lacy, llama a sus espíritus a ver «como siguen vuestras huellas los Quirogas y los Riegos!». Con la colaboración de estos y los deseos de un Fernando «en el empeño político de haber-lo todo de sacrificar por la felicidad de la nazión a qien le debe todo, libertad, corona y vida...» era el momento en España de «una transaczion política qe renueve i afianze el pacto entre el rei i el pueblo».35

EL HÉROE REVOLUCIONARIO FIEL A SU IMAGEN. DE

RESTAURADOR DE LA CONSTITUCIÓN A PROTECTOR DE SU

APLICACIÓN Y DE LA HEROIZACIÓN COLECTIVA A LA

INDIVIDUAL

Una vez jurada la Constitución, tanto el monarca como los rebeldes podían ser heroizados, cada uno a su nivel, con un alto nivel de consenso y unión entre la familia liberal. Riego había colaborado junto con el resto de sublevados y la nación en descorrer el velo, y Fernando, engañado por los malos consejeros, había reaccionado, ganándose el aprecio de sus siervos y convirtiéndose en rey constitucional. Las imágenes complementarias del héroe revolucionario y el monarca constitucional se pusieron de manifiesto ya en marzo, en la función con la que el Regimiento Provincial de Jaén solemnizó el juramento de la Constitución. Allí uno de los militares representaba a Riego y otro a Quiroga en una carroza ornamentada. Riego era presentado con una espada desnuda en la mano, en ademán guerrero, mientras que su otra mano se apoyaba en un escudo. Unos versos recordaban que él fue el primer restaurador constitucional. El monarca aparecía en un carro triunfal en medio de dos ninfas, una de las cuales hacía el ademán de descorrer la negra vela que lo deslumbraba, mientras le presentaba la Constitución; la otra le ornaba con la corona de laurel. Fernando, con rostro alegre, aceptaba gozoso el libro, manifestando la buena fe de su juramento llevando su mano derecha apoyada sobre el corazón. Además, se entonaba una canción patriótica en la que estaban presente tanto el mito del príncipe inocente, «Aduladores,/ Que al Rey sincero/ Beber hicisteis/ Vuestro veneno», como la nueva condición adquirida por Fernando: «Rey generoso/Rey justiciero,/ Recibe grato/ Nuestros afectos: /Ahora sí reinas/ En nuestros pechos». Por último, la integración entre el monarca, los «presidiarios» y los héroes de la Isla: «Gobierno sabio,/ Fuertes Guerreros,/ Rey virtuoso:/ ¡O que consuelo!»36

La política de glorificación colectiva también quedó reflejada en el proyecto de un monumento que sintetizaba de forma evidente los deseos de unión entre los héroes de la Isla. En él estarían presentes Quiroga, Arco-Agüero y Riego, consistiendo en unos bustos en «ademan de colocar y defender la lápida [de la Constitución], poniendo á sus pies el trofeo de haber vencido la tiranía».37 La exaltación colectiva de los héroes de la revolución tendría otra buena prueba en el Elogio dirigido al Magnánimo Ejército Nacional. En este poema, tras recordar a Porlier y Lacy se destacaba como el mayor bien «cual es la libertad. ¡A tí debida/ siempre será, Ejército valiente!». La colectividad es el centro del poema, y aunque solicita retóricamente que se inscriban en mármoles «los nombres de tus héroes animosos», destaca poderosamente que no haya un sólo nombre propio en el texto. Es el Ejército de la Isla el protagonista colectivo, sin héroes ni caudillos.38

Otro ejemplo de esta glorificación colectiva lo encontraríamos en las Décimas del ciudadano en Libertad en obsequio a la Constitución y sus restauradores, que comienzan, ante todo, destacando al monarca. Sin embargo, otros son los verdaderos intereses del autor, ya que en segundo lugar estaría el pueblo heroico de Madrid y por último glosará a los dignos militares, que «libraron de la opresión/ A la Española Nación». Así respondía a la pregunta que muchos de estos textos debían solventar señalando que el cambio constitucional se debió primero a los héroes de la Isla, de los que, encabezados por Riego, se dice:

Riego, Quiroga, Arco-Agüero,/ Son dignos de aclamación/ Pues de la Constitución/ Designaron el sendero/ A ellos se debió primero/ Mudanza tan deseada,/ La nueva lei promulgada/ Que nos pone en libertad,/ Y en fin la felicidad/ De la Nación restaurada.39

Pese a lo mencionado, es fundamental destacar cómo estas manifestaciones de culto colectivo convivieron con el comienzo de un destacado proceso de heroización individual de Riego. Como se ha señalado, los españoles de aquel tiempo, fuera cual fuera su convicción política, tuvieron la certeza de que la restauración constitucional, es decir, la revolución, era obra fundamentalmente de Riego, que protagonizó el gesto inicial, icónico y decisivo para que comenzase. No sólo eso, ya que Quiroga, López Baños y Arco-Agüero «son simplemente héroes. Tras el triunfo, todos recibieron honores, pero pronto se vio que el entusiasmo de los tres primeros por la Constitución no era tan nítido como el de Riego».40

Y este aspecto es fundamental, porque fue Riego el primero que con su acto y su gesto, la lectura del manifiesto en Las Cabezas de San Juan, asumió el liderazgo moral del levantamiento ante sus contemporáneos. Riego fue el primero que completó el rito que se prevé ha de provocar la adhesión de las fuerzas vivas constitucionalistas que esperan el momento de saltar a la calle para proclamar la Constitución.41 Por esto Riego quedó como jefe moral del pronunciamiento, pese a que el cargo oficial correspondía a Antonio Quiroga, que sin embargo se retrasó sobre el plan previsto, dando lugar al surgimiento de dudas sobre su actitud. Por si esto fuera poco, fue Riego quien el 27 de enero, ante el impasse militar, salió al mando de la columna móvil desde la seguridad de los muros de San Fernando para extender la revolución.

La problemática imagen de Quiroga será una de las claves de la primacía de Riego y de su fulgurante heroización. En ningún momento Quiroga fue visto como un héroe revolucionario que pudiera competir con Riego, puesto que desde marzo su imagen no fue intachable como lo fue la del asturiano. A la luz de la documentación que hemos podido consultar, no parece evidente que Quiroga fuera a partir de marzo de 1820 en ningún momento «el individuo preeminente del cuarteto por ser el militar de mayor rango y por haber sido represaliado».42 Son escasos los ejemplos en que Quiroga recibe el protagonismo de la sublevación, más allá de su condición de máxima autoridad militar de los rebeldes. Uno de los escasos ejemplos es la nota final firmada en un folleto por Luis de la Torre, donde se le califica de «el inmortal héroe, el ilustre ciudadano, el ínclito padre de la patria Don Antonio Quiroga, primer caudillo, órgano y restaurador de nuestra suspirada libertad».43 Sin embargo, estas construcciones se encuentran con mayor frecuencia dedicadas a Riego, probando que si bien Quiroga podía ser la máxima autoridad, el protagonismo recaía en aquel que protagonizó las acciones más importantes para el éxito final.

La imagen de Quiroga hubo de hacer frente a diversos problemas: su actuación poco decidida, las acusaciones de corrupción y el rápido acomodo tras el éxito con su acercamiento a los moderados. Las diversas memorias sobre el alzamiento confirmaron el retraso y falta de eficacia de Quiroga en las operaciones que le correspondían, la toma de Cádiz y la Cortadura, que no consiguió, frente a los éxitos de un Riego caracterizado por la improvisación, la rapidez, la sorpresa y el éxito a la hora de llevar a cabo sus cometidos. Por otra parte, el folleto Economía prodigiosa de Quiroga puso de relieve su lujoso estilo de vida, mientras que Rotalde, otro de los sublevados, difundió en su diario diversos rumores que le acusaban de haber dispuesto de forma arbitraria de diversos fondos. A ello se sumaba que algunos militares le acusaban de “un modo de obrar ageno del héroe libertador de la patria” en los meses del alzamiento con respecto al trato de aquellos que no participaron en la rebelión.44 Inicialmente Rotalde desmentiría las acusaciones de corrupción contra Quiroga, pero a mediados de junio cargaría duramente contra él. Poco después su diario recogería diversas cartas con todo tipo de acusaciones de corrupción, llegando la crítica personal al extremo de señalar que durante el alzamiento Quiroga estaba desesperado y lo encontró en más de una ocasión «llorando amargamente sobre su triste situación».45

Estas críticas culminaron con la contraposición entre la imagen de Riego y Quiroga, aspecto fundamental puesto que únicamente dejó incólume a uno de los dos héroes, que además de haber tenido el protagonismo durante la sublevación, estaba acrecentándolo con su actuación pública tras la victoria. Rotalde se hizo eco en julio de un remitido de El Ciudadano que desea ver premiadas las virtudes cívicas que se preguntaba, como ya se había hecho en innumerables ocasiones, si había alguien que ignorara a quién debía España su libertad civil. Toda la España, y el orbe entero, dirá, «sabe que solo hubo un primer actor en nuestra maravillosa mutación de Gobierno, y este ha sido el intrépido, el patriota sin igual, é inmortal Riego: A este insigne hombre, se debe el restablecimiento de tan suspirada Constitución; y sin su patriotismo, decisión, valor, y la de los valientes que supo electrizar no gozarían aun los españoles la dulce libertad». Riego es el «verdadero héroe», implicado en la «asombrosa campaña de mes y medio», y por ello, «suya es la gloria de haber sido el primero que hizo resonar los gritos de nuestra libertad en las Cabezas de San Juan. [...] A Riego sólo debe el pueblo español su felicidad: sin él Quiroga permanecería en un encierro». Riego es el nuevo Pelayo, según el redactor, y Rotalde será tajante tanto en enaltecerle como en asimilarse a él: «Rotalde tuvo por modelo al invicto Riego; y Rotalde conoce sólo á Riego por primero y único Héroe».46

Si bien en los primeros meses fue menos intenso este proceso de heroización, puesto que su protagonismo ligado a la columna móvil se reseñaba conjuntamente con todos los héroes de la Isla, a medida que la imagen de Quiroga fue quedando comprometida y el compromiso constitucional de Riego fue evidente aumentó de intensidad su exaltación individual. Si a esto unimos la constante apelación de Riego a la opinión pública entenderemos que el proceso fuera en aumento, cimentando su imagen como la del verdadero defensor de la Constitución. ¿Cómo quedó de manifiesto ese compromiso constitucional? Riego era un héroe revolucionario tan capaz de establecer la Constitución como de garantizar su cumplimiento cuando ya estaba establecida.

El compromiso de Riego con la soberanía nacional recogida en la Constitución fue explicitado por el propio liberal a finales de marzo en un manifiesto al monarca, donde recordaba que «ni la ambición ni el deseo de fama» le hicieron «publicar el primero en dicho día la Constitución, sancionada por la Nación», únicamente el amor hacia su patria. Riego también introdujo la cuestión de la sinceridad de Fernando, al señalar que la nación había escuchado al monarca «y funda en su sinceridad la esperanza de la futura dicha y gloria».47 El liberal confirmaba así en sus primeros manifiestos públicos la imagen de patriota que de él se tenía y su orgullo por haber sido el primero en publicar la Constitución. El salto cualitativo en su imagen de defensor de la Constitución llegaría el 24 de mayo con su exposición a la opinión pública de su decepción por lo acaecido en las elecciones del partido de Sevilla, y su toma de posición, puesto que Riego podía haber callado, pero prefirió dar a la luz los pormenores de la elección. Ese constante recurso a la opinión pública que marca su actuación política le generaría enemigos y grandes problemas en septiembre, y ya en este momento le puso en el punto de mira de los perjudicados, quedando a la vez como guardián de la esencia revolucionaria o posible exaltado peligroso.

El documento destila sinceridad y la sorpresa de un Riego sobrepasado por los cálculos políticos, quien señala que aceptó el cargo de Elector por Sevilla, pese a ser «un militar que apenas conocía el terreno que pisaba». Cerró los ojos a los inconvenientes, «como he hecho siempre que se ha tratado de Patria, libertad y Constitución». Riego traza un retrato psicológico público de sí mismo en el que se caracteriza como una persona acostumbrada a la franqueza y la sinceridad, muy distante «por carácter y principios de las obscuras maniobras y cábalas de los ambiciosos», creyendo que bastaba amar la verdad, la justicia y el mérito «para que se me diese el lugar y la influencia que reclamaban mis servicios y decisión». Su compromiso cívico es el que le lleva a informar al pueblo de Sevilla de cómo en las diversas reuniones pronto «empezaron las intrigas y maniobras». Riego recalcará cómo había visto actitudes del tipo «yo te doy mi voto para que tú me lo des, o á los míos» pero lo que le ha preocupado realmente es que «he visto desviarse a la pluralidad del espíritu de la Constitución». El único consuelo que le quedaba, una constante que marcará los papeles que dará al público, es la confianza en «que todo el mundo conoce la pureza de mis intenciones, que nada me he perdonado para llevar a su perfección esta grande obra». Riego finalizaba señalando que «todos proclamamos ahora Constitución; pero desde la lengua hasta el corazón hay un intervalo inmenso», estableciendo con ello el problema de la aplicación de la Constitución en su integridad, que dividirá a los liberales.48 De forma consciente o inconsciente, Riego ha tomado partido y ha desechado las opciones de integración acrítica en el sistema.

Esta política de recurso a la opinión pública del liberal fue esencial para que su figura se fuera uniendo cada vez más a la propia Constitución, poniendo las bases para una heroización justificada por un presente en el que Riego se hacía acreedor de nuevos méritos. Sus propios contemporáneos lo percibieron, y por ello fue en aumento el culto a su figura. Ya el 4 de abril los ciudadanos que componían la reunión de Lorencini demandaban que Riego fuera el jefe de la Milicia Nacional madrileña, deseando «disputar esta gloria al resto de la Nación: que todos nos envidien tener por caudillo el primero que desligó nuestras manos y arrojó nuestros grillos», elogiando a aquel «digno ciudadano [que] dio a su pa-tria la libertad».49

Eliminada la posible competencia simbólica de Quiroga, el camino estaba expedito para que Riego fuera la figura de referencia del proceso revolucionario. Las obras que se dedicaron a esta tarea fueron muy numerosas, dedicando algunas una parte concreta a esta cuestión y otras consagrando todo el texto a dicho fin. Un ejemplo del primer caso sería un poema que recogía el periplo de Riego a la cabeza de la columna móvil, destacando cómo «circuló la Andalucía,/que es vergüenza detallar,/ con el número de tropas/ que se puso a guerrear,/ publicando en todas partes/ Constitución, libertad;/ con patrióticos cantes/ y su música marcial;/ siempre alegres conquistando/sin hacer á nadie mal».50

Más interesantes aún resultan las obras dedicadas por completo a su persona, como fue el Elogio de los hechos militares de D. Rafael del Riego, donde Quiroga, López Baños y Arco-Agüero tienen un protagonismo secundario, ofreciendo un salto cualitativo con respecto al protagonismo compartido anterior por comenzar a destacar individualmente a Riego como héroe revolucionario. «Rafael bravo y generoso, Marte del suelo Hispano esclarecido» es el baluarte frente al español bastardo porque es «primer restaurador de los derechos/ de la grande Nación, esclavizada», y porque además el liberal «cual padre de ella misma, levantaste/ para su libertad el primer grito». Entre alusiones a la reconquista, facilitadas por su origen asturiano, se recuerda cómo el «invicto Riego» parte a la cabeza de la columna móvil, entre metáforas solares en las que su acero ilumina y rompe las tinieblas, mostrando a un héroe que huye de las aclamaciones populares, en dirección siempre a la batalla, y cuya derrota es un buen motivo para asimilarlo a los héroes clásicos.51

Otro de los ejemplos más acabados de su glorificación individual es la Oda que le compuso Félix María Hidalgo y Moreno en los primeros momentos de la sublevación, «cuando aún solo se sabía lo de Galicia», por lo que el autor previene al lector de que «no debe extrañarse su lenguaje, porque no podía ser otro en aquellas circunstancias». Así, se prevenía que los insultos y denuestos «aludían a las personas que extraviaban las rectas y paternales intenciones del Rey», prevención muy acertada, toda vez que la dureza verbal del poema es destacable, puesto que a los «viles ministros» acompaña el «feroz tirano». El motivo esencial era glorificar a Riego, el «inmortal guerrero [...] yo, yo lo miro de infernales furias/ Por do quier que se mueva amenazado». Los manes de Porlier y Lacy le guían, llegando así el feliz momento «en que el héroe de Hesperia/ Émulo de la gloria de Padilla,/ A la faz de Castilla/ Proclamó libertad. Al noble acento/ Los déspotas de España/ Temblaron consternados». Es Riego la única figura existente en esta revolución, nadie le hace sombra ni le iguala en valor: «De un mar al otro mar, todos admiran/ Al glorioso español, que se levanta/ Y va marchando al templo/ De la inmortalidad con firme planta». Riego acaudilla, con el estandarte de la Patria, a losespañoles y motiva su lucha para que rompan sus cadenas: «El pueblo encadenado,/ Ni aun osa suspirar por su deseo;/ Mas luego estremecido,/ Espera, duda, teme, habla, se agita;/ El magnánimo héroe se presenta,/ Y conmoción tiernísima se excita./ Y los ojos de todos en él fijos:/ tú, tú el libertador, claman: conduzca/ Tu empresa deseada el santo cielo». Así, Riego actúa como catalizador del pueblo, pueblo que únicamente gracias a él se moviliza, reclamando la soberanía nacional. «Y súbito clamor impetuoso/ Del pueblo se levanta,/ Y al revolverse con potente esfuerzo/ Las cadenas durísimas quebranta». Concluye el poema fijando las bases de la popularidad de Riego y sintetizando la base del mito:

Loor, gloria sin fin al que primero/ Al frente del fortísimo guerrero/ Alzara el grito de salud; su nombre/ En los anales de la dulce Patria/ Vivirá consagrado,/ Y á nuestros descendientes venturosos/ Pasará venerado./ Y si el genio del mal moviese guerra/ A la virtud que enseñorea el mundo,/ Entre el horror profundo/ Será Riego el grito de victoria,/ Suyo sólo el laurel, suya la gloria.52

En este tipo de poemas quedará asentada un tipo de representación del héroe redentor de los principios revolucionarios que, avanzado el Trienio, permitirá establecer las comparaciones con Napoleón.53 En este sentido interesa mencionar el poema Épitre au Général Riego par un jeune français, una buena muestra de la imagen de un Riego visto ya en clave internacional, por lo que se apela al monarca francés y al ejemplo que para Europa es España. Con ello se muestra cómo la revolución de 1820 «había acuñado un arquetipo revolucionario que se vio como el dispositivo idóneo para imponer a los soberanos de la Europa restaurada el sistema constitucional».54 Calificado de «vainqueur des prejugés et de la tyrannie» nos interesa señalar que el liberal ya no aparece sólo como un héroe para España:

Riego, tu vois les maux où s’engage Louis./ Plus sage, Ferdinand, a sauvé son pays./ Et c’est à toi qu’il doit cette gloire immortelle./ Qu’aux lois de sont état Ferdinand soit fidelle,/ Bienheureux Espagnols, et vous serez long temps/ L’exemple de l’Europe et l’éffroi des tyrans.55

Finalmente, es necesario resaltar algunos gestos del héroe revolucionario, gestos que fueron cimentando más aún el mito. El 2 de junio Riego solicitó la aprobación de un batallón de Infantería con el nombre de Batallón de la Constitución y un escuadrón de caballería con el nombre de Escuadrón Ligero de la Constitución formado por parte de los hombres que estuvieron a sus órdenes en las acciones de la columna móvil. Con ello, además de la prueba de un sprit de corps con los hombres que le acompañaron se preocupaba simbólicamente de la memoria del pronunciamiento.56 Por otro lado, el 8 de agosto demandaba al Congreso que confirmase los ascensos y premios que repartió entre los soldados de la columna de la Isla, porque «no quiero que digan que desde que sus jefes se han ceñido las fajas, han olvidado la fortuna para sus compañeros».57 Riego no sólo se preocupaba de sus hombres, sino que no deseaba dádivas para él mismo, aspecto que probaría al renunciar a la pensión de 80.000 reales que le sería concedida a finales de octubre. Con estas actuaciones y su difusión entre la opinión pública, la imagen del héroe revolucionario continuaría cimentándose, sin tacha alguna, hasta los sucesos de septiembre.

IMÁGENES EN DISPUTA Y DIVISIÓN DEL LIBERALISMO.

EL HÉROE REVOLUCIONARIO ¿CAÍDO? Y EL MONARCA

CONSTITUCIONAL BAJO SOSPECHA

El panorama expuesto, marcado por el consenso liberal, quedó muy dañado por un hecho capital: la disolución del Ejército de la Isla. Como señalaran Quintana, Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano o Romero Alpuente, esta medida fue, junto con el debate sobre las sociedades patrióticas, uno de los aspectos capitales de 1820 que motivó el enfrentamiento entre favorables y contrarios al Gobierno, configurando así la división del liberalismo y la oposición entre moderados y exaltados, es decir, entre aquellos que consideraban que este ejército podría representar una intromisión e influencia en el poder político y los que pensaban era una garantía para consolidar la revolución.58

La orden real de 4 de agosto disolvía el Ejército de la Isla argumentando cuestiones de economía. Riego, López Baños y Arco-Agüero representaron al Rey el día 11, aludiendo a una «mano enemiga del bien» que dirigía las operaciones del Ministerio. Acusaban al Ministro de la Guerra, el Marqués de las Amarillas, señalando la «impericia, sino ya la maldad de un secretario». La seguridad nacional estaba en peligro y actuaba de nuevo el mito del príncipe inocente, puesto que estaba presente el recuerdo de cómo «la desgracia de los inocentes es ser seducidos por los perversos, y el bondadoso corazón de v. M. fue ya engañado por hombres malos».59 Los mismos representaron a las Cortes, recordándoles que gracias a su alzamiento crearon los «extraordinarios acontecimientos que a los españoles dieron Patria, a el Rey grandeza y poder, y a la Nación Cortes». El Ejército de la Isla era el garante de las libertades públicas, ya que la estabilidad de las instituciones no podía asegurarlas «sino el tiempo y una fuerza protectora».60 El 15 de agosto Riego manifestaba de forma más radical aún su postura al respecto, en una exposición donde demandaba donativos para el Ejército por el estado de sus vestimentas y la vez respondía a esa pregunta que hemos comprobado que gravitaba entre la opinión pública desde marzo: «¿a quién debemos esta repentina, asombrosa y utilísima transmutación? Al ejército. Al inmortal soldado [...]».61

En opinión de Gil novales una negativa a cumplir la orden habría podido permitir al proceso revolucionario dar un paso adelante o despeñarse, pero Riego «muestra aquí uno de sus rasgos más definitorios, su sentido de la disciplina y de la obediencia a la autoridad superior» y serían sus partidarios, y no él, quienes esperaban que resistiese la orden de disolución. Riego prefirió viajar a Madrid a negociar con el Rey, el Gobierno y exponer el caso en las Cortes. Allí se vio envuelto en las tramas del condede Toreno y Argüelles, «avezados en los embrollos». Las negociaciones fracasaron y Riego fue expulsado de Madrid por los disturbios acaecidos en el teatro de la Cruz el día 3 de septiembre por el canto del Trágala, junto con otros liberales destacados como el gobernador de Madrid, general velasco, el coronel San Miguel y el teniente coronel Manzanares.62

El liberal enfureció al Gobierno con su carta a López Baños y Arco-Agüero del día 3 y su representación a las Cortes del día 5, donde daba cuenta a la opinión pública de lo sucedido en las negociaciones. Nada logró con sus repetidas representaciones al Gobierno pidiendo justicia por la remoción sin explicaciones del cargo y se le relacionó con un posible complot republicano cuyo objetivo era implantar una Constitución secreta. La indignación fue general. En la sesión de Cortes del 5, Romero Alpuente se quejaba de que «era flagrante, que mientras obispos y cargos desafectos no eran separados, le pasara eso a Riego» advirtiendo que «como todos los patriotas, es el objeto de rencor de los serviles, que como dije ayer están minando terriblemente».63 El día 7 el capitán general de Madrid Vigodet señalaba como culpables de los disturbios a un «puñado de facciosos, que socolor de viva el Rey y viva la Constitución, no aman ni uno ni otro», quedando en la ambigüedad si los represaliados estaban incluidos en ese grupo. El mismo día se conocía el papel en que los ayudantes de campo de Riego le exculpaban, reconociendo que fueron ellos quienes entonaron el Trágala, sin pensar que «podría aquel inocente desahogo dar ocasión a insultos y a denuestos, que agriasen los ánimos y diesen pábulo á las divisiones». No deseaban este resultado, «y mucho menos que se atribuyese á su jefe el haber entonado la canción que solo ellos cantaron».64

El asunto se debatió en las Cortes, donde, es importante recalcar este hito, el 7 de septiembre Argüelles dio carta de naturaleza con sus acusaciones a la creación de la imagen negativa de Riego, la del héroe caído en la molicie y el cesarismo. En esa sesión se comprobaría el agravio que sintió el Gobierno con las explicaciones públicas que Riego dio de la entrevista, ultrajado porque «en las cartas se habla en términos explícitos, y sin el menor rebozo, de que se propuso al Gobierno una transacción». La publicación era un «acto escandalosísimo, que si no eclipsa del todo el mérito y gloria militar de su autor, recomienda muy poco su discreción». Y además entraba de lleno dentro de la traición, puesto que para Argüelles, esa publicación tenía un objetivo sedicioso claro: «¿Qué camino más corto y cierto de apelar a la Nación contra el Gobierno?». Por ello no tendrá ningún reparo en acusar directamente a Riego: «Me pregunto: ¿es prudente servir de instrumento a conmociones populares? ¿Qué persona cuerda no cortaría de raíz el mal, si por desgracia se viese comprometida de esta manera?». Argüelles sería extremadamente agresivo contra Riego, acusándole de ser la persona que «permaneció tranquila espectadora del desorden, cuando una sola voz suya hubiera bastado para contener el exceso». Riego es el «individuo que no ha tenido a lo menos toda aquella circunspección que a su carácter y sus circunstancias correspondía», quedando así vinculado a los disturbios, llegándose hasta el punto de sugerir una posible connivencia con los mismos, puesto que «¿quién nos asegura que en aquella ocasión no se diesen gritos opuestos a los principios de los mismos que los daban, a fin de persuadir que la presencia de cierto individuo era indispensable para que no triunfasen los enemigos del sistema constitucional?». Martínez de la Rosa abundaba en la acusación cesarista preguntándose «¿Dónde iría la libertad de las naciones si un caudillo decidiese de la conveniencia o perjuicios de la posición y distribución de los ejércitos?».65

Quiroga aprovecharía esa misma sesión para hacer leña del árbol caído al señalar que «la opinión del ejército de la Isla no es la de tres o cuatro personas» y que ese cuerpo «no tiene la vanidad de creer que libertó por sí sólo a la Nación», como venía repitiendo Riego. Añadiría, mostrando quizás un cierto resentimiento que «yo que soy uno de ellos, no me glorío de ser el que más haya hecho, sino de haber concurrido a establecer la felicidad nacional: cedo gustosísimo la gloria a quien la opinión pública se la de». Así reforzaba la imagen negativa expuesta por Argüelles.

La versión de los hechos promovida por el Gobierno acusaba a Riego aludiendo a un «extravío de ideas, aunque nacido acaso de sanas intenciones» como el origen de los disturbios en Madrid. Así se lanzaba un golpe duro contra la imagen del héroe, presentándolo como alguien que menoscababa la Constitución. Más aún, Riego era alguien malaconsejado o engañado que actuaba de forma inconsciente al servicio de la contrarrevolución. Además, y es importante, frente a la imagen de un Riego utilizado o colaborando con los revoltosos, estaba la de un Monarca constitucional sostenedor de la Constitución frente a los radicalismos y excesos.66 Por ello, ambas imágenes y las interpretaciones de la Constitución que tras ellas subyacían comenzaron a verse como contrarias.

El trato del Gobierno a Riego generó todo tipo de dudas y fue motivo de un gran debate público. En ese ambiente se expandía en Valencia el rumor de que Elío había sido extraído de la Ciudadela en la noche del 11. ¿Acaso lo sucedido con Riego llevó a pensar a algunos en una contrarrevolución?67 Afirmar eso puede parecer excesivo, pero sí es evidente que estos sucesos marcan un antes y un después para la familia liberal; Riego, el símbolo de la revolución y figura hasta entonces intachable, es duramente atacado por el Gobierno y a su imagen comienza a añadirse un componente de mártir por la falta de pruebas de la acusación y su dócil obediencia.

Que estos sucesos tuvieron una importancia capital lo prueba que el Gobierno desarrollase una campaña internacional para justificar su postura ante unos sucesos que habían tenido repercusiones en Europa (tanto el Times como el Morning Chronicle realizaron observaciones al respecto) difundiendo ideas favorables a la energía del Gobierno contra «facciones perturbadores del orden y enemigas de la intima unión del Rey y del Congreso». En la correspondencia con la embajada en Londres se alude directamente a una insubordinación de Riego, quien «manifestó paladinamente que venia a transigir con el Gobierno exponiéndole consideraciones a que él, y su Exercito, cuyo nombre tomaba, querían dar una soñada importancia», mencionando sus deseos de permanecer en Cádiz o ser enviado a Galicia siempre con parte de aquellas tropas «sentando siempre que si él, y parte a lo menos de sus tropas, no conservaban esta unión y actitud, peligran la libertad y orden constitucional, que ellos habían restablecido, y se creían como solo capaces de sostener». El Gobierno sostuvo la resolución, pero los «individuos exaltados de las reuniones patrióticas, y otros adictos como exclusivamente, al Exercito de la Isla» realizaron diversas demostraciones de aprecio al General Riego «que consideraban desairado». Por todo ello el rey se vio obligado a decretar su expulsión para la conservación del orden y decoro del Gobierno junto con sus oficiales subalternos «que se habían señalado por un espíritu de inquietud, de poca subordinación y aun de exaltación peligrosa». Los desórdenes habían consistido en la actuación del «espíritu de partido acalorado y peligroso», unido incluso a algunos enemigos del sistema actual, que produjeron en la noche del día 5 vociferaciones que preocuparon al Gobierno. Estas comenzaron en Palacio al apearse de paseo los monarcas, cuando «entre voces por una parte de Viva el Rey a secas, y por otra de viva el Rey constitucional, se propagaron por la Ciudad pelotones y cuadrillas, que daban gritos en general de vitorear al Rey y a la Constitución, mezclando en ellos al General Riego, y en particular, por algún otro individuo, de naturaleza suversiva (sic)».68

En estos gritos encontramos una de las claves de los sucesos de septiembre, como es la contraposición de los vivas al monarca y a Riego, prueba de que la potencia de ambas imágenes había llegado al punto de conflicto al ejemplificar dos formas de entender la Constitución. En la sesión del 7 de septiembre Moreno Guerra se quejaba de que se gritaba «viva el rey nuestro señor» y esos eran gritos sediciosos y alarmantes, mencionando que los primeros golpes y alborotos en Palacio acaecieron por haber dado alguien vivas a la Constitución. Por su parte, el capitán general de Madrid ofrecía un parte ante el Congreso, para informar a los diputados de cómo «a las nueve de la noche oí voces y vi que un grupo de gentes tumultuadas entraban por mi calle con hachas encendidas, diciendo viva Riego». En esos disturbios ya comienza a obligarse a decir «viva el rey constitucional» a los más reacios. Es decir, y como señalan los propios diputados, se puso de manifiesto la distinción entre gritar «viva el rey» o «viva el rey constitucional». A su vez, surgía el grito de «viva Riego» como divisa, como elemento de lucha simbólica y como expresión máxima de la defensa constitucional.69 Así finalizaba la gran crisis de septiembre cuyas consecuencias se extenderían en el tiempo. Sólo unos días después, en una circular de la Real Casa de 12 de septiembre se señalaba que era decisión del monarca que cuando saliera o entrara de su Palacio «se abstengan de prorrumpir en vivas y aclamaciones, por no ser necesaria esta demostración», deseando también «evitar las numerosas reuniones».70 Era un fiel reflejo de la tensión que se había establecido en torno a la denominación del rey, más aún tras el maltrato a Riego.

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