Kitabı oxu: «Diagnóstico del Espíritu Emprendedor y la actitud ante el emprendimiento de los jóvenes preuniversitarios de la Comunidad Valenciana»

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EDITA:
Cátedra de Empresa y Humanismo.
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Catedrático de Organización de Empresas, Universitat de València
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Profesor Titular de Organización de Empresas, Universitat de València
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Colaboradora Contratada Cátedra de Empresa y Humanismo, Universitat de València
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Profesor Titular de Organización de Empresas, Universidad Miguel Hernández de Elche
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Profesora Ayudante Doctora Organización de Empresas, Universitat Jaume I
Antonio José Verdú Jover
Catedrático de Organización de Empresas, Universidad Miguel Hernández de Elche
DISEÑO Y MAQUETACIÓN:
Victoria Lorenzo Plumed
Unitat de Suport al Vicerectorat de Projecció Territorial i Societat
ISBN: 978-84-9133-212-1
© de esta edición: Universitat de València,
2018.
© de los textos: los autores.
© de las imágenes: los propietarios.
Índice
CAPÍTULO 1
Introducción
1.1. Justificacióndel interés y la necesidad de emprendimiento y educación para el emprendimiento
1.2. Objetivos de la investigación
1.3. Estructura del informe
CAPÍTULO 2
Espíritu emprendedor y educación para el emprendimiento
2.1. Concepto de espíritu empresarial/emprendedor
2.2. Concepto de competencia emprendedora
2.3. Actitud, intención, conducta y resultados empresariales
2.4. ¿Los empresarios nacen o se hacen?
2.5. Concepto de educación emprendedora
2.6. El modelo de las 5E de la educación empresarial
2.7. La educación emprendedora: antecedentes, modelos, experiencias y prácticas
2.7.1. Iniciativas comunitarias de apoyo al espíritu emprendedor
2.7.2. Iniciativas comunitarias de apoyo a la educación emprendedora
2.7.3. Otras iniciativas internacionales de apoyo a la ducación emprendedora
2.7.4. Iniciativas no curriculares de apoyo a la educación emprendedora a nivel nacional
2.7.5. Desarrollo de programas curriculares de educación emprendedora a nivel nacional
CAPÍTULO 3
Espíritu y educación emprendedores en la Comunidad Valenciana
3.1. Conocimiento y comprensión del entorno
3.2. Percepeción de la dinámica económica y empresarial
3.3. Concepto y visión del empresario
3.4. Espíritu emprendedor: actitud ante el emprendimiento
3.4.1. Intensidad del espíritu emprendedor
3.4.2. Modelos de influencia en el espíritu empresarial
3.4.3. Actitudes clave ante la decisión de emprender: diversificación, ahorro, rentabilidad y riesgo
3.4.4. Motivaciones para emprender
3.4.5. Posesión de competencias emprendedoras
3.4.6. Obstáculos a la decisión de emprender
3.4.7. Percepción de factores claves de éxito en la creación de una empresa
3.5. Propensión hacia el emprendimiento social
CAPÍTULO 4
Conclusiones
ANEXO I Metodología de la investigación empírica
1. Metodología de la investigación documental
2. Determinación de la muestra
3. Recolección de información
4. Base de datos y características de la muestra
5. Análisis de datos
ANEXO II Resultados del estudio empírico en función de distintos criterios de segmentación
Bibliografía
CAPÍTULO 1
INTRODUCCIÓN
1.1. Justificación del interés y la necesidad de emprendimiento y educación para el emprendimiento
Los temas emprendedores, económicos y empresariales son asuntos de interés general, porque condicionan a todos los ciudadanos en diversos frentes, sea como emprendedores, empresarios, directivos, trabajadores, consumidores, inversores o ahorradores. La Economía, la Dirección de Empresas, el Comportamiento Empresarial, las Finanzas y las Teorías del Empresario, junto al Entrepreneurship como disciplina que las sistematiza de cara a la identificación y explotación de oportunidades, han dejado de ser unas áreas de especialización de interés restringido a los economistas, para convertirse en motivos de seguimiento y preocupación por cualquier ciudadano responsable e informado.
La importancia creciente que tienen los problemas emprendedores, económicos, financieros, directivos y empresariales en los distintos ámbitos de la sociedad y la forma tan directa en que afectan a todos individualmente y como miembros de organizaciones y comunidades, justifica la necesidad de una formación especializada que aporte a las nuevas generaciones las ideas, métodos y claves que necesitarán para entender la Economía, el Mercado, el Dinero, la Empresa y el Empresario como instituciones nucleares del mundo moderno y sus procesos de cambio. Las organizaciones productivas, el perfil de los empresarios que las promueven, las tecnologías y procesos que albergan, la naturaleza de los mercados donde compiten y las instituciones que las regulan y controlan, han sufrido una transformación radical en pocas décadas. Vivimos un mundo cada vez más complejo, entreverado de fuerzas empresariales, económicas y financieras, cuya comprensión requiere cada vez mayor esfuerzo, es decir, un mayor nivel educativo.
En este escenario futuro cada vez más complejo no sólo existirán riesgos y amenazas, también se presentarán oportunidades. Una de ellas deriva del cambio demográfico. La reducción de la natalidad y el aumento de las jubilaciones ofrecerá a los jóvenes más oportunidades, por cuanto los jubilados irán dejando a disposición de quienes les reemplacen un número cada vez mayor de puestos de trabajo, pero la cantidad de aspirantes irá disminuyendo reduciéndose la competencia por cada oportunidad laboral. Las previsiones por CEDEFOP (2014) de los empleos a cubrir debido al relevo generacional oscilan, para el periodo 2013-2015, entre 7,2 y 9,7 millones según el escenario sea pesimista u optimista, llegando a 8,9 millones en el escenario base (figura 1.1).
Sin embargo, puede observarse que el filón de empleo más atractivo se producirá para las personas que tengan estudios superiores, segmento en el que se prevé la creación de casi 5,2 millones de puestos. En cambio, para las personas con estudios básicos las oportunidades netas de empleo serán negativas, destruyéndose 2,3 millones de empleo en términos netos.
Desgraciadamente, en España siguen existiendo demasiados alumnos que se descuelgan de un proceso de aprendizaje que les capacite para mantener el ritmo de vida de sus antecesores. El porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan subió en 2017 al 17,1%, cuatro puntos por encima de la media europea. Aún peor es el hecho de que el 63,2% de los parados menores de 25 años que no estudian carecen de estudios postobligatorios y otro 24,5% sólo posee formación secundaria postobligatoria (INE, 2014). La tasa de fracaso escolar prematuro sigue situada en niveles inaceptables. España se mantuvo en 2017 como el segundo país de la Unión Europea con mayor abandono escolar, llegando la tasa de jóvenes entre 18 y 24 años que abandonaron de forma prematura los estudios sin completar el primer ciclo de secundaria y que no reciben ningún tipo de formación al 18,3%. Hay pues una abundante bolsa de jóvenes inactivos que no estudian ni trabajan, y que carecen de la cualificación necesaria para reintegrarse en el mercado laboral. La nota positiva es que España ha logrado reducir este índice desde el 30,3% observado en 2006, pero sigue por encima del objetivo del 15% pactado en la Unión Europea para 2020 y de la media comunitaria situada en el 10,6% en un 80%.
Figura 1.1. Oportunidades de empleo (en miles de personas) previstas en Europa por nivel de estudios en el periodo 2013-2015. Escenario económico de base.

Fuente: CEDEFOP (2014).
Figura 1.2. Determinantes de la probabilidad de estar ocupado de los jóvenes entre 16 y 34 años. Datos de España, año 2012 (% del total).

Fuente: elaboración propia de Serrano & Soler (2015) a partir de PIAAC y OCDE.
Es más, tanto para defenderse en un entorno cada vez más difícil como para aprovechar las oportunidades que el mismo brinde, los jóvenes necesitarán un arsenal de competencias ajustado a las necesidades de la vida social y económica futura. La probabilidad de conseguir ocupación crece directamente con el nivel de estudios completados, aunque el aumento de la probabilidad es más que proporcional al crecimiento de las competencias efectivas poseídas. Como vemos en la figura 1.2, los jóvenes españoles entre 16 y 34 años con estudios universitarios tenían en 2012 un 70% más de probabilidades (5,3 puntos porcentuales) de encontrar trabajo que los que sólo habían finalizado los obligatorios. Pero, a igualdad de nivel educativo, el diferencial de probabilidad de encontrar empleo entre los que poseían el menor y el mayor nivel de competencias en matemáticas superaba el efecto de pasar de tener estudios secundarios postobligatorios a una titulación universitaria (6,6 puntos porcentuales adicionales).
El nivel efectivo de competencias no sólo determina las expectativas de logro de empleo, sino también el tipo de trabajo a su alcance. Tanto la empleabilidad como la cualificación requerida por el trabajo dependen mucho más del nivel de competencias (por ejemplo, en matemáticas) que del título poseído. Por ello, la sobrecualificación (es decir, el empleo en trabajos con un pobre nivel de exigencias en capacidades) se concentra en los jóvenes con menores competencias, mientras que los empleos más atractivos son copados por los que tienen un nivel más alto de competencias (figura 1.3). La sobrecualificación debe pues filtrarse en función del nivel efectivo de competencias.
Figura 1.3. Distribución de los sobrecualificados universitarios según nivel de competencias en matemáticas. Jóvenes menores de 35 años, España, datos de 2012.

Fuente: elaboración propia de Serrano & Soler (2015) a partir de OCDE.
De nuevo en este punto la situación española es poco alentadora. PIACC (Programa internacional para la evaluación de las competencias de la población adulta) (OCDE, 2013d) ha evidenciado el bajo nivel competencial español, que se plasma en el creciente peso de alumnos que finalizan la formación secundaria sin un control pleno de competencias básicas como son la comprensión lectora, la capacidad de redacción o la capacidad de resolución de problemas. Casi el 60% de los jóvenes españoles menores de 35 años tienen un nivel de competencias en matemáticas bajo o muy bajo, en tanto que apenas un 5% alcanzan el máximo nivel. Estos porcentajes son muy inferiores a las medias de la OCDE, que se sitúan en el 43,4% y 14,7%, respectivamente (figura 1.4).
Figura 1.4. Porcentaje de jóvenes según nivel de competencias en matemáticas. PIAAC 2012. Comparación de medias entre España y la OCDE.

Fuente: OCDE.
La formación y el nivel de competencias del capital humano de un país no sólo influyen en su estructura laboral, sino que tiene efectos igualmente beneficiosos sobre otras variables críticas para el bienestar nacional, como son el crecimiento económico, la innovación y el emprendimiento. El espíritu emprendedor es un ingrediente ineludible para reconducir la economía hacia sendas de crecimiento sostenido y competitivo. Para comprender la relación entre emprendimiento y crecimiento económico, puede partirse del concepto schumpeteriano de “destrucción creativa”, en el cual el desarrollo emerge bajo el impuso de la acción disruptiva de aquellos emprendedores que introducen innovaciones con potencial para transformar las reglas de juego y reemplazar las firmas existentes en la industria e incluso para reinventarla (Richardson, 2004, Hebert & Link, 1988).
Como ha insistido el Círculo de Empresarios (2009: 5), las personas emprendedoras son los impulsores clave de la innovación e inyectan en la economía flexibilidad y capacidad de adaptación. La actividad emprendedora se traduce en procesos de innovación en productos y/o procesos, en introducir nuevas tecnologías, en encontrar aplicaciones de mercados a nuevas tecnologías o en coordinar eficientemente equipos de recursos y capacidades en el interior de la organización. La innovación empujada por el afán emprendedor y plasmada en estos efectos mejora el rendimiento del capital físico, humano o tecnológico, y por esta vía influye positivamente en el crecimiento de la productividad (Klenow & Rodríguez, 1997, Richardson, 2004). La formación es igualmente el ingrediente esencial para mejorar el desempeño del capital humano en términos de mejora de la cantidad y calidad de los bienes y servicios a los que aporta trabajo, y por esta segunda vía constituye un determinante crítico para el crecimiento de la productividad.
El Libro Verde sobre El espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a) fue el punto crucial desde el cual la Comisión Europea empezó a destacar la importancia de las empresas y del espíritu empresarial para forjar una Europa más dinámica y competitiva. La (European Commission, 2004a, 2005a,c,d,e,h,i, 2006a, 2010b, 2011d, 2012d, 2013a,e, 2016d) como una pieza crucial para impulsar la creación de empleo, recordando que en los años 90 las empresas nuevas de rápido crecimiento fueron las que más contribuyeron a reducir el desempleo, y que los países con mayores índices de iniciativa empresarial fueron también los que ostentaban mayores tasas de ocupación (European Commission, 2003a: 7-8). En la misma línea apuntaba el White Paper, Embracing innovation: Entrepreneurship and American economic growth (NCOE, 2001), que responsabilizaba a 350.000 empresas de crecimiento rápido de la creación de dos tercios de los nuevos puestos de trabajo entre 1993 y 1996. Un estudio a partir de US Census Bureau (Business Dynamics Statistics) (Haltiwanger, J., Jarmin, R., Miranda, J., 2009) estimaba que, sin los puestos de trabajo creados por las nuevas empresas, el crecimiento medio neto del empleo habría sido negativo en Estados Unidos durante el periodo 1980-2005. La estimación de la Comisión Europea en base a datos de Eurostat de 2009 estimó que las nuevas empresas (pymes principalmente) representaban el principal yacimiento de empleo, creando más de cuatro millones de puestos de trabajo al año en Europa (European Commission, 2013a: 4).
El Libro Verde (European Commission, 2003a: 8-9) agregaba otras bondades de la iniciativa empresarial: creación de riqueza, estímulo del crecimiento de la economía, fomento de la cohesión económica y social, mejora de la competitividad de las empresas, la productividad y la competitividad general de la economía (merced a su incentivo de una mayor competencia que debería animar la innovación), extracción de todo el potencial personal, aporte a la resolución de los problemas sociales y medioambientales y colaboración en el desarrollo de la economía social y la innovación social.
El espíritu emprendedor es igualmente una cualidad que adorna a las personas con mayor capacidad creativa e innovadora. Gerber (1997) ha destacado que “la personalidad emprendedora hace que cualquier situación, por trivial que resulte, se convierta en una excepcional oportunidad. El emprendedor es el visionario que hay en nosotros. El soñador. La energía detrás de cualquier actividad humana. La imaginación que enciende el fuego del futuro. El catalizador del cambio”. Por tanto, el emprendimiento es un atributo a desarrollar cuando se quiere potenciar el progreso hacia la economía del conocimiento. Es también un elemento esencial como componente de la respuesta sistémica a que las personas y las organizaciones se verán obligados para adaptarse al entorno incierto y complejo que se avecina (Stevenson, 2004, Gibb, 2007).
Figura 1.5. Situación del intraemprendimiento en España.

Fuente: Informe Emprendimiento Corporativo en España (2017).
Figura 1.6. Preferencias por asalariado/autoempleado en la Unión Europea y otros países, 2002-2012.

Fuente: Flash Eurobarometer, 354, 2012, pp. 198.
El emprendimiento y la innovación han adquirido tal importancia en la economía moderna que muchas grandes empresas han promovido programas internos para potenciarlos. Según el informe Emprendimiento corporativo en España: gacetas y elefantes bailan sin pisarse (2017), impulsado por el Centro Internacional Santander y elaborado por Deusto Business School, Universidad Autónoma de Madrid, Universidad de La Rioja y la consultora Neoris, el 86% de las empresas encuestadas cuentan con programas de promoción del intraemprendimiento orientado a atraer y promover el espíritu emprendedor. La justificación de esta acción descansa en tres ejes. Primero, en el hecho que la atracción de talento es crítica para la competitividad empresarial; de ahí que nueve de cada diez aprecien este tipo de habilidad en sus procesos de selección de personal. La segunda razón alude a los efectos de la actividad intraemprendedora sobre el negocio, que se reputan netamente como positivos, llegando un 37% de casos a cuantificarlo. Por último, la necesidad de promover el intraemprendimiento deriva del objetivo de intentar minorar el porcentaje de empleados que abandonan su puesto de trabajo para iniciar su propio negocio, problema que el informe ha constatado en el 43% de compañías (alcanzando el 25% las empresas en las que han llegado a perder más de 25 trabajadores por este motivo) (figura 1.5). Estos datos revelan que el emprendimiento no es un fenómeno limitado a la micro o pyme.
A pesar del potencial de crecimiento económico y de mejora del bienestar social e individual que el emprendimiento trae teóricamente consigo, el ciudadano medio sigue sufriendo amplias y profundas carencias en espíritu emprendedor y en alfabetización económico-financiera-directivo-empresarial, que dejan caer su efecto negativo sobre las vocaciones empresariales. El Libro Verde sobre El espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a) y la Small Business Act para Europa (European Commission, 2008b: 5) ya destacaron, en base a las estadísticas del Eurobarómetro, que los europeos prefieren ser trabajadores por cuenta ajena en tanto que en Estados Unidos se decantan por ser empresarios. Los datos comparados del periodo 2002-20121 indican que el porcentaje de la población europea (UE 27) que prefiere ser asalariado es el 58%, con una subida de 9 puntos durante la década, frente a un 37% que gustaría ser auto-empleado (cayendo 8 puntos). La vocación emprendedora europea es significativamente menor a la de Estados Unidos, donde los pesos respectivos son el 46% y el 51%, si bien también en este país dicha vocación ha retrocedido 4 puntos. El contraste es mayor aún con países como Turquía y Brasil donde un 82% y 63% de la población desea realizarse empresarialmente (figura 1.6).
La situación no es más alentadora en España. Según los datos del Flash Eurobarometer, en 2012 el porcentaje de personas que gustarían de ser independientes económicamente era el 35%, dos puntos por debajo de la media de la UE27. Este valor nos sitúa en la franja baja de los países de la Unión Europea y con un descenso de 5 puntos respecto a 2002 (gráfico 1.6). Los datos de GEM hablan de la misma situación. El emprendimiento de los jóvenes españoles es significativamente bajo (6,5%), siendo una tercera parte menor que la media europea (9,2%) y situándose en la mitad de Estados Unidos (12,4%), y habiéndose reducido aún más durante los años de crisis (figura 1.7). La economía española se coloca pues entre los países europeos con menor actividad emprendedora.
Si tomamos como fuente Eurostat (figura 1.8), observamos que el peso de los ocupados emprendedores (auto-empleados) ha disminuido de forma caso continua desde la segunda mitad de los años 80, cayendo desde el 22,4% de 1986 hasta el 16% en 2017. Es fácil apreciar dos tendencias. La primera habla del crecimiento directo del porcentaje de emprendedores con la edad, de manera que el peso relativo de los emprendedores sobre los ocupados es 13 veces mayor en los de 65 ó más años que entre los de 15-24 años. Los jóvenes en su primera etapa laboral no suelen optar por el autoempleo, de modo que sólo un 4% de ellos entran en esta categoría, subiendo al 8,9% entre 25-29 años, hasta llegar al 53% en los de 65 ó más años. Los datos pueden revelar un crecimiento del interés emprendedor con la ganancia de experiencia laboral, o la debilidad del espíritu emprendedor en los jóvenes salidos de la escuela que es suplida progresivamente con el aprendizaje laboral. La segunda pulsión pronostica el paulatino debilitamiento del espíritu emprendedor entre la población ocupada en todos los segmentos de edad, excepto en los de 65 años o más, que viene desde la segunda mitad de los años 90. El porcentaje de autoempleo entre los jóvenes de 15-4 años subió del 6,3% al 6,6% entre 1986 y 1996, cayendo hasta el 4% en 2010; la segunda fase de la crisis entre 2011 y 2014 indujo un crecimiento del emprendimiento por necesidad llevando el índice al 6,5%, que ha dado paso con la recuperación económica desde 2015 a la recaída en la tendencia descendente de fondo que traslada la debilidad del emprendimiento por oportunidad.
Figura 1.7. Evolución del porcentaje de emprendedores en la población española (índice TEA) por grupos de edad. Periodo 2003-2013.

Fuente: Hernández (dir., 2014).
Figura 1.8. Evolución del porcentaje de emprendedores en la población española (medido por el % de autoempleados sobre el total de empleados) por grupos de edad. Periodo 1986-2017.

Fuente: Eurostat.Elaboración propia.
Algunos estudios (p.e., Consejo Superior de Cámaras de Comercio, 2006: 23) también utilizan como indicador del grado de emprendimiento de un país el ritmo de crecimiento de sus empresas. Aunque el primer acto emprendedor suele traducirse en el nacimiento de una microempresa, la capacidad emprendedora se demuestra también en forjar proyectos con alta capacidad de crecimiento, en los que las nuevas unidades productivas incurren en procesos acelerados que las llevan a dimensiones medianas o grandes con rapidez, o que se traducen en la entrada acelerada en nuevos mercados. El emprendedor no siempre se ve circunscrito al techo de cristal que frena el desarrollo de las empresas nacientes, por lo que en una economía emprendedora el tamaño medio de las empresas (y la cuota de ellas de gran tamaño) será mayor o se crearán compañías con más alto potencial expansivo. Así lo indican estudios como el de Hall & Jones (1999), en cuya comparación de Europa y América Latina encuentra que la relación entre el tamaño de las empresas de más de 26 y menos de 6 años de edad es de siete y tres veces, respectivamente. Hsieh & Klenow (2014) reportan resultados similares de la comparación entre las empresas de Estados Unidos y México con más de 40 y menos que 5 años de edad, situándose la ratio en 8 veces en el primer caso frente a sólo dos veces en el segundo. En este sentido, destacan que en los años 90 sólo 1 de cada 20 pymes europeas podía calificarse como gacela, frente a 1 de cada 4 norteamericanas. La SBA (European Commission, 2008b: 3) aporta nuevos datos sobre el menor crecimiento de las pymes europeas frente a las estadounidenses: el número de puestos de trabajo de las empresas supervivientes en su séptimo año crece una media del 10%-20% en las primeras, mientras que alcanza el 60% en las segundas.
La creencia en la importancia del emprendimiento y la misma propensión emprendedora de los jóvenes europeos, y los españoles dentro de ellos, han sido debilitadas por una amplia lista de condicionantes que limitan el desarrollo del espíritu empresarial y su traslación a iniciativas creadoras de valor. Según el Flash Eurobarometer 146 “Espíritu empresarial”, dado a conocer en octubre de 2003, si bien el 47% de los europeos declaraba preferir el empleo autónomo, sólo el 17% hacía realidad sus ambiciones. Sólo un 4% de los europeos había dado pasos para crear una empresa en los últimos tres años, frente al 11% de estadounidenses. El Libro Verde sobre El espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a) reconoció un amplio abanico de obstáculos que alimentaban las reticencias a emprender nuevos negocios, unos de ellos administrativos y otros financieros (conseguir el capital necesario para constituir e impulsar la nueva empresa). Pero las principales barreras provienen de las instituciones.
Los errores de diseño normativo, que obstaculizan los intentos del emprendedor de crear y desarrollar su nueva empresa y del empresario honrado que ha fracasado de crear una nueva empresa, son parte de las barreras a remover para animar el espíritu empresarial. Los pequeños emprendedores mantienen que el principal obstáculo a la creación y supervivencia de sus negocios es el coste obligado para el cumplimiento de las normas administrativas, totalmente desproporcionada respecto a las empresas de mayor tamaño. El informe del Grupo de Expertos sobre Models to reduce the disproportionate regulatory burden on SMEs de mayor de 2007 calculaba que por cada euro gastado por empleado en una gran empresa para cumplir una obligación reglamentaria, una pequeña empresa podía tener por término medio que gastar hasta 10 euros (European Commission, 2008b: 8). Entre los problemas normativos ligados al fracaso se incluyen el carecer de una legislación que facilite una liquidación rápida de los negocios no viables, pues en la UE la duración media para resolver un procedimiento de quiebra suele alargarse entre cuatro meses y nueve años (European Commission, 2008b: 8); o que al reducir la protección social para el trabajador por cuenta ajena que decide hacerse empresario merman su predisposición emprendedora. Todas estas obligaciones administrativas no son sólo un pesado lastre para el dinamismo empresarial. Suelen ir unidas a restricciones y regulaciones que impiden un funcionamiento eficiente de los mercados y obstaculizan el efecto dinamizador de la competencia.
El marco institucional vigente, tanto formal (leyes, normas y reglamentos) como informal (creencias, actitudes y costumbres), condiciona a través de incentivos y oportunidades las conductas de los distintos agentes que operan en el entorno. En concreto, el entorno institucional define, crea y limita las aspiraciones, intenciones y oportunidades empresariales, afectando por ello el alcance y la velocidad de crecimiento de los proyectos emprendedores (Shane, 2003). Es bien conocido el estudio de Covin & Slevin (1989), que señalaba a los valores sociales y culturales dominantes en el país como un predictor significativo de la intención emprendedora (explicando el 7,5% de su variación).
Entre las barreras institucionales a la difusión del espíritu empresarial, las actitudes europeas ante esta vocación y el fracaso son losas destacadas. El primer problema actitudinal relevante que lastra el espíritu empresarial es la imagen del empresario y la percepción del valor de la carrera empresarial. El Libro Verde postula que “la creación de una sociedad más favorable a la empresa es asunto de todos”, bajo la premisa de que “el riesgo que presenta la vida empresarial no se valora lo suficiente”. E incluso cuando se acepta que las empresas son agentes creadores de riqueza, suelen desvincularse del empresario que ha sido su artífice y, por ello, no concede a éste el reconocimiento y el prestigio social que merecerían. La misma Comisión Europea en su Plan de Emprendimiento 2020 (European Commission, 2013a: 23) afirma:
Europa tiene un número limitado de éxitos empresariales conocidos; esto se debe a que el emprendimiento no se ha ensalzado como una carrera preferente. Es raro que en Europa ser «emprendedor» se valore como algo deseable. A pesar de que los emprendedores crean puestos de trabajo y potencian la economía, los medios no presentan sus éxitos como un modelo. Para los jóvenes, esto hace que una carrera empresarial tenga un rango bastante bajo en la lista de profesiones atractivas, y es un efecto disuasorio para los que podrían querer convertirse en emprendedores.
La segunda barrera sociocultural es la inusual aversión al riesgo que impera en España, significativamente superior a la de países vecinos. Aquí se prefiere la seguridad burocrática, la rutina y el tedio a la innovación y la aventura, la nómina segura aunque limitada de por vida a la expectativa de grandes ganancias.
El tercer problema actitudinal refiere que el empresario que no tiene éxito queda desacreditado o estigmatizado por el fracaso. Se comprende con dificultades que un primer fracaso es muchas veces la antesala del éxito de un nuevo proyecto emprendedor. No se trata de una situación inusual, pues las quiebras suponen un 15% del total de cierres empresariales y, hace una década y por tanto antes de la crisis económica y financiera, afectaban ya cada año en Europa a una media de 700.000 pymes con un empleo de 2,8 millones de trabajadores (European Commission, 2007e). El problema es que el 45% de los potenciales emprendedores europeos tienen como temor principal la posibilidad de ir a la bancarrota, mientras que el principal riesgo (38%) para sus homólogos estadounidenses es la incertidumbre sobre sus ingresos (Consejo Superior de Cámaras de Comercio, 2006: 23). El 44% de los europeos cree que no debería crearse una empresa si existe riesgo de fracaso, creencia que sólo comparte el 29% de los estadounidenses. El déficit empresarial europeo podría acentuarse con el envejecimiento de la población y la contracción del grupo de personas entre 25 y 34 años, que es el más activo a la hora de crear empresas (Flash Eurobarometer 146 “Espíritu empresarial”, octubre de 2003). La SBA (European Commission, 2008b: 8), dos años después, reportaba que “el estigma del fracaso aún está presente en la UE y la sociedad subestima el potencial empresarial del relanzamiento de empresas”. Este documento aporta un dato contundente al respecto: un 47% de europeos sería reticentes a hacer pedidos a empresas que hayan quebrado previamente.
Ambas clases de barreras se unen para debilitar el espíritu empresarial en los procesos de transmisión de empresas. La SBA (European Commission, 2008b: 6) recordaba que en la próxima década se jubilarían en Europa seis millones de propietarios de pequeñas empresas, y que la debilidad de la vocación empresarial y las dificultades legales y financieras a su transmisión podían llevar a muchas de ellas a la desaparición. Es un error inexplicable perder empresas por cuanto el incremento del éxito en las transmisiones de negocios permitiría conservar, a medio plazo, más puestos de trabajo de los que crearían las nuevas empresas.
Este diagnóstico conduce a pensar que el sistema educativo no puede permanecer ajeno al reto de estimular el emprendimiento. El principal factor que repercute en el espíritu empresarial a largo plazo es la formación (Lee et al., 2005). El Libro Verde sobre El espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a) ensalza la gran repercusión que puede tener el desarrollo de competencias en este ámbito en las escuelas y universidades para avanzar hacia una “sociedad con espíritu empresarial”. Tanto el Estudio Prospectivo Anual sobre el Crecimiento de 2013 (European Commission, 2012f) como el Informe Conjunto de 2012 del Consejo y de la Comisión sobre la aplicación de ET 2020 (European Commission, 2012f) avalaron este diagnóstico. Las impresiones dominantes entonces se definieron con claridad en la Comunicación Rethinking education investing in skills for better socio-economic outcomes COM (2012) 669 (European Commission, 2012a: 2-4).
La puesta en marcha de empresas o su gestión para conseguir que entre en crecimiento acelerado no son tareas fáciles. Se trata de trabajos que precisan de actitudes específicas nada comunes (como la disposición positiva ante el riesgo o la orientación creativa) y de capacidades y conocimientos difíciles de forjar con el simple estudio en las aulas si no van acompañados de procesos de aprendizaje activos y participativos. Es decir, el emprendedor debe poseer una serie de competencias para poder desempeñar sus responsabilidades con éxito (Hisrich et al., 2005, Moriano, 2005, Van Gelderen et al., 2008). Aunque buena parte de la población piense que crear una nueva empresa es simplemente un problema de dinero, o que todos estamos capacitados para convertirnos en emprendedores, la realidad es que se requiere un amplio conjunto de competencias financieras y no financieras para labrar una empresa viable, y más aún exitosa, de las que carecen buena parte de las personas.
La formación emprendedora-económico-empresarial no solo facilita el crecimiento personal de una juventud más creativa, informada y segura de sí misma, sino que además potencia su incorporación al mercado laboral a través de proyectos liderados por ella misma. La importancia de la educación para aumentar el espíritu emprendedor se justifica por la relación directa entre información y conocimiento de lo que significa emprender y probabilidad de crear una nueva empresa o dirigirla. La encuesta del Eurobarómetro y el British Household Survey (2002) parece atestiguar empíricamente que las personas que han tenido un mayor contacto con la iniciativa empresarial (ya sea a través de amigos o familiares, como por ejemplo los hijos de trabajadores autónomos) están más predispuestos a trabajar por cuenta propia. La encuesta del GEM apunta paralelamente que las personas confiadas en sus competencias y experiencia tienen una probabilidad de entre 2-7 veces superior de crear una empresa o gestionarla; si conocen a otra persona que ha creado recientemente una empresa, dicha probabilidad es entre 3-4 veces superior (European Commission, 2003a: 15-16).
El Libro Verde recalca también el enorme peso de la educación para estimular en positivo la actitud ante el espíritu empresarial, incitando a las personas a aprovechar las oportunidades de carrera que se les ofrecen y a las empresas, universidades y centros de I+D a crear sus propias empresas con los conocimientos que han acumulado (intra-empresariado). La educación debe jugar un rol potente para ajustar a la realidad la percepción social de la imagen del empresario y de su contribución al bienestar, destacando no sólo los comportamientos oportunistas sino los modelos de conducta responsable de muchas personas empresarias que trabajan para satisfacer necesidades sociales. En este punto, es oportuno recordar siguiendo a Baumol (1990) y Baumol & Storm (2010) que no toda actividad emprendedora es productiva. Deben pues diferenciarse los emprendedores productivos, que buscando nuevos modos de conseguir rentas contribuyen positivamente al crecimiento, de los emprendedores improductivos o incluso socialmente destructivos que ocasionan disfuncionalidades en la economía. La educación emprendedora debe concienciar a los futuros empresarios del papel que deberían jugar en la comunidad y de su papel crítico en el cambio económico y social, siendo el catalizador del desarrollo (Singh, 1990) y el iniciador de una respuesta al cambio que debería ser sistémica (Stevenson, 2004) e imbuida de la idea del apoyo mutuo (Kirby, 2006). La remoción de convencionalismos y tópicos, por ejemplo, valorizando el papel que desempeñan las empresas sociales en favor de la colectividad o erradicando la valoración negativa de todo fracaso empresarial, es otro paso en favor de un avance del espíritu empresarial.
El fomento del espíritu empresarial es asimismo necesario en la Universidad y en los centros de I+D, tanto para los profesionales que en ellos trabajan como para los estudiantes. y a las empresas, universidades y centros de I+D a crear sus propias empresas con los conocimientos que han acumulado (intra-empresariado para que asimilen la trascendencia junto a la creación de conocimiento de la comercialización de los resultados de la I+D a través de nuevas empresas (start-ups) ubicada en sectores intensivos en tecnología y conocimiento; y para que conozcan las oportunidades de financiación para sus proyectos que se pueden explotar recurriendo a fuentes como el capital-semilla.
La teórica contribución de la educación emprendedora a la empleabilidad, a la creación de empleo y a la constitución de nuevas empresas ha sido atestiguada en diversos estudios que constatan un amplio rango de efectos positivos. El informe del Thematic Working Group on Entrepreneurship Education de la Comisión Europea (European Commission, 2014b: 10), en base a datos GEM de 2003 a 2012, destacaba los efectos positivos sobre la conciencia emprendedora y la auto-percepcion de habilidades para arrancar un nuevo negocio. Otra investigación sobre los impactos de la Youth Entrepreneurship Strategy (YES) en Reino Unido informaba del alza de la iniciativa empresarial entre los jóvenes de 18 a 24 años del 3,5% al 10,2% entre 2002 y 2011 (GEM UK, 2011).
Asimismo, existe una extensa literatura que ha glosado la positiva aportación de la educación superior a la actividad emprendedora, suministrando graduados en cantidad y calidad para lanzar y gestionar exitosamente nuevos negocios (Rushing, 1990, Gibb, 2006, Matlay, 2006, Jones, 2010). La Universidad ha sido señalada como la institución educativa con mayor responsabilidad de canalizar a las nuevas generaciones hacia el emprendimiento en los sectores de futuro (European Commission, 2001a, 2002a, 2003e, 2006a,b, 2008e, 2010a, 2012a). Estudios como el realizado en Dinamarca concluyen que el porcentaje de alumnos que crearon su propia empresa durante su etapa estudiantil acumentaba un 50% si habían recibido educación emprendedora (FFE-YE, 2012: 7-8). A nivel europeo, según datos de GEM 2013, la iniciativa emprendedora temprana entre jóvenes de 18 a 29 años subió del 4,3% al 6,7% entre 2003 y 2012, siguiendo una tendencia opuesta a la exhibida por el empleo juvenil (European Commission, 20104b: 10).
A la luz de esta convicción, se han puesto en marcha una serie de iniciativas pioneras e innovadoras que se han implantado en las universidades europeas y españolas, principalmente enfocadas a despertar la vocación empresarial entre los estudiantes y a transmitir las bases primeras sobre cómo encauzar su creación (Ruiz et al., 2004, Placer & Vázquez, 2005, Corduras et al., 2008). La cantera de potenciales aspirantes a empresarios debería estar bien nutrida toda vez que una cantidad importante de alumnos tienen un interés especial en un conocimiento completo y riguroso de la problemática económico-financieradirectiva-empresarial, por cuanto su elección de carrera universitaria se enfoca hacia grados económicos y empresariales o deciden abrir su propio negocio como autónomos.
Sin embargo, existe un vivo debate en Europa sobre la falta de respuesta a la creciente mentalización acerca de la importancia de la educación emprendedora (Matlay, 2005, Kirby, 2006, 2007). Entre los primeros informes inquietantes se situó el realizado en Reino Unido por NCGE/Barclays Bank. Su conclusión era que la experiencia en la universidad de los estudiantes que deseaban convertirse en empresarios no estaba siendo positiva, reduciéndose el porcentaje de estudiantes que aspiran al emprendimiento entre el año inicial y el final de los estudios (Gibb & Hannon, 2006).
Figura 1.9. Intención emprendedora de los graduados superiores en el International GUESSS Report 2016.

Fuente: Sieger et al. (2016: 6)
Figura 1.10. Intención emprendedora a cinco años vista de los graduados superiores en LEBS (Law & Economics) en el International GUESSS Report 2016.

Fuente: Sieger et al. (2016: 8)
En concreto, la elección de la vía emprendedora por los graduados europeos dista bastante de la reportada en otros países (European Commission, 2012h,i). Según el International GUESSS Report 2016 (figura 1.9) realizado entre 50 países, el promedio de la intención emprendedora como primer empleo era del 8,8%, mientras que referido a los cinco primeros años tras terminar los estudios superiores alcanzaba el 38,2%. Tomando el índice de intención empresarial como primera salida, los países en vías de desarrollo (sobre todo de Iberoamérica) ocupaban claramente los primeros lugares. Los países del BRIC también destacaban (Brasil un 9,8%, Rusia un 10,7%, India un 24,3% y China un 9%). En cambio, los países europeos quedaban muy por debajo, destacando solamente por encima del promedio Finlandia con un 9,8% y Eslovaquia y Estonia con un 9,1%; entre los países europeos líderes, el más destacado es Gran Bretaña con un 6.5%, quedando Francia y España con un 5%, Italia con un 3,8% y Alemania con un 2%. En cambio, Estados Unidos se situaba en el 6,5%.
Si la comparación se realiza con la intención emprendedora a cinco años vista y entre los titulados en LEBS (Law & Economics incluyendo Business Sciences) (figura 1.10), el patrón se confirma y la distancia entre Estados Unidos y Europa se acrecienta: mientras la tasa emprendedora estadounidense alcanza el 41,6%, España se quedaba en el 35,8%, Francia en el 35,7%, Gran Bretaña en el 33,9%, Italia en el 32,1% y Alemania en el 18,7%. La tendencia es además mayoritariamente decreciente.
La poco destacada posición española en tasa de graduados universitarios que optan por crear una nueva empresa como primer empleo se confirma, tanto si atendemos a los resultados del GEM (Hernández & Corduras, 2013) como a otros estudios primarios (Alemany et al., 2011, García-Montalvo & Peiró, 2011). Según los datos GEM 2013, son menos de un 8% los titulados superiores europeos cuya salida profesional inicial es la de empresario, decantándose como primera elección por el funcionariado o por la condición de asalariado de una empresa preexistente, frente al 13% en Estados Unidos. Si consideramos la intención emprendedora a cinco años vista, el porcentaje de europeos alcanza el 36% frente al 41% de Estados Unidos, pero muy lejos de China (68%) y Brasil (63%). La valoración de la aportación por la educación recibida al desarrollo de las habilidades y conocimientos precisos para gestionar un negocio, al estímulo del deseo de convertirse en empresario, al fortalecimiento de la iniciativa emprendedora y a una mejor comprensión del rol de los empresarios en la sociedad es igualmente más débil en Europa.
Las razones por la que estos graduados deciden finalmente no involucrarse en la creación de una nueva empresa son muchas de carácter normativo e institucional, como se ha dicho. Pero por encima de todas ellas está el enfoque de la cuestión por el sistema educativo que impide que la formación recibida por los estudiantes se traduzca en una adquisición efectiva de las competencias que deberían ir aparejadas al diseño curricular de contenidos. La evidencia empírica no es robusta, pero parece apuntar a que la enseñanza superior no está satisfaciendo las expectativas sobre la producción de graduados emprendedores, lo que ha dado pie a un escepticismo sobre la idoneidad de la universidad y/o de las escuelas de nivel inferior como los lugares donde deben germinar los futuros emprendedores.
Existe constancia de que la brecha, a igualdad de nivel educativo, entre España y la media de la OCDE apenas se ha recortado durante esta década, debido a la importancia del efecto calidad originado por diferencias en competencias, significativamente mayor que el efecto cantidad nacido de diferencias en nivel de estudios. El diferencial por competencias no se ha reducido en las cohortes que median entre 16 y 54 años, aumentando incluso ligeramente, no acompañando pues al recorte del desajuste entre nivel de estudios (figura 1.11). Esto significa que el sistema educativo español ha confiado la mejora del capital humano a la cualificación formal, a la famosa “titulitis”, sin preocuparse realmente de que la enseñanza inculque las competencias que deberían transmitirse. Por ello, existen problemas de polarización entre niveles educativos, destacando España sobre la media de la UE-27 y sobre los países más desarrollados en el peso relativo tanto de los que estudian grados universitarios como de los que sólo siguen estudios obligatorios.
Figura 1.11. Descomposición de la diferencia respecto a la media de la OCDE en matemáticas según el grupo de edad. Puntos PIACC, 2012.

Nota: Efecto calidad por diferencias en competencias y efecto cantidad por diferencias en niveles de estudios.
Fuente: Fuente: elaboración propia de Serrano & Soler (2015) a partir de OCDE.
Para luchar contra la baja aceptación y el escaso conocimiento y experiencia emprendedores, hay que robustecer la aceptación y la demanda de la educación emprendedora. Hay que clarificar el concepto (Gibb, 1993) y robustecer el marco conceptual que cobija las iniciativas de formación empresarial de modo que sea un apoyo eficaz para los emprendedores y los “policy makers” a fin de optimizar la inversión de recursos (Gibb, 2002, Hannon, 2006). Los puntos críticos de la cuestión que se han aislado a nivel de enseñanza universitaria son decidir a quién debe ofrecerse la educación emprendedora y por quién y cómo debe ser servida (Hatshorn & Hannon, 2005: 616). Matlay (2009) ha encarecido a considerar las expectativas de los dos stakeholders primarios en el proceso: estudiantes y docentes. Para ello, debe considerarse tanto la perspectiva de la demanda como de la oferta. Desde la visión demanda, habría que examinar las perspectivas de los alumnos a fin de diseñar y entregar una educación emprendedora eficaz y ajustada a sus necesidades y expectativas (Hills & Morris, 1998, Mohan-Neill, 2001, Schwartz & Malach-Pines, 2009, Kraaijenbrink et al., 2010). Desde la óptica oferta, el éxito de las iniciativas de educación emprendedora se jugará en la organización de diseños curriculares acoplados a las necesidades sociales y que cuenten con los medios precisos y con el compromiso y motivación de docentes capacitados (Johannisson et al., 2001, Birdhistle et al., 2007, Clergeau & Schieb-Bienfait, 2007). Las instituciones educativas deben también renovarse metodológicamente, para promover la habilidad de “pensar fuera de la caja” para resolver problemas (Volkmann et al., 2009: 15) así como un aprendizaje experiencial en el cual el conocimiento se crea mediante la transformación de la experiencia en un entorno real (Crosby, 1995, Bowden & Marton, 1998, Formica, 2002).
Los organismos internacionales más señalados, incluyendo la OCDE y la UE, han elaborado recomendaciones en este sentido, pero restringidas a la dimensión oferta. En concreto, la UE ha promovido el desarrollo de la cultura económica y del emprendimiento, como factor clave de la competitividad, en su Recomendación del Parlamento Europeo y del Consejo de 18 de diciembre de 2006, donde fijaba las competencias esenciales entre las que incluyó el espíritu de empresa. Un documento de referencia al respecto es la Agenda de Oslo de 2006, que ha codificado una batería de propuestas con este fin. La Comisión Europea (2008a), en su informe sobre Entrepreneurship in higher education, specially within non business.studies, ha insistido en la trascendencia de promover un mayor espíritu emprendedor entre los jóvenes, como medio para fortalecer la cultura emprendedora y la creación de nuevas empresas innovadoras. La Estrategia Europea 2020 ha sido igualmente insistente en subrayar la necesidad de mejorar la enseñanza del emprendimiento en todos los niveles educativos, formando parte como elemento estratégico del programa Educación y Formación 2020. La Comisión Europea (2012a,b) ha elaborado también recomendaciones para fomentar el emprendimiento en la etapa educativa obligatoria, con un enfoque de crecimiento en complejidad a medida que se avanza en formación (Kent, 1989, 1990).
La potenciación del espíritu emprendedor en las fases más tempranas de la enseñanza debe rendir buenos resultados para motivar a los estudiantes para crear nuevas empresas que contribuyan a la innovación y al cambio hacia la sociedad del conocimiento. La enseñanza debe incluir desde una edad temprana la enseñanza de materias con contenidos 4E (economía, empresa, empresario, emprendedurismo), no con el fin de formar expertos económicos o empresariales ni magos de las finanzas, sino de asegurar la posesión de una mínima cultura sobre los sistemas económico, productivo y financiero a toda la población que: (a) abra la mente a las oportunidades para desarrollarse como emprendedor; (b) prevenga del desánimo a potenciales emprendedores ante la falta de estímulos y contenidos que aseguren su vocación. La introducción de estas materias en la educación no universitaria con carácter general, sin restringirla a los alumnos que deseen profundizar en ellas más adelante, sería pues la respuesta a una necesidad social (González, 2011).
Además, la formación temprana de los potenciales empresarios es esencial para fortalecer la educación emprendedora a todos los grados y desde el nivel de enseñanza obligatoria. La demanda de estudios universitarios de carácter económico y empresarial (tanto si son de carácter general como especializados en gestión, emprendedurismo, finanzas, marketing, recursos humanos o logística) aconseja fortalecer los conocimientos previos adquiridos durante la educación secundaria y media, a fin de que lleguen con la mejor formación posible a la Universidad.
La formación emprendedora-económico-empresarial en la enseñanza no universitaria ha ido ganando presencia en los países del entorno cultural español durante las últimas décadas (European Commission, 2009c, Eurydice, 2012, European Commission/EACEA/Eurydice, 2016). La educación emprendedora se ha incorporado a los curricula escolares en la mayoría de países desarrollados y en un número creciente de las naciones emergentes económicamente (Li et al., 2003, Sanguinetti, coord., 2013, IPEBA, 2013), si bien con evoluciones con diferencias significativas al menos entre Estados Unidos y Europa (Guzmán & Liñán, 2005).
Sin embargo, bastantes de los factores que desaniman o al menos no colaboran con el incentivo del espíritu emprendedor nacional y regional residen en el sistema educativo (Travé, 1999, 2001). Tanto la Escuela como la Universidad han manifestado cierta dejadez en asumir responsabilidades de promocionar el emprendimiento, por razones tanto pedagógicas como ideológicas. En concreto, son un lugar común las dificultades que las materias nutrientes del espíritu emprendedor (Economía, Finanzas y Gestión Empresarial) han sufrido en la formación preuniversitaria para encontrar un lugar propio con la suficiente entidad para generar resultados positivos en términos de conocimientos y valores que coadyuven a germinar y/o orientar vocaciones emprendedoras. La inquietud por la formación económica y empresarial no surge en España hasta que los ilustrados, a finales del siglo XVIII, proclaman la necesidad de una reflexión sobre los problemas económicos nacionales y promueven la creación de las “Escuelas de Comercio”. Los tímidos intentos de introducir materias económicas y empresariales autónomas en la segunda enseñanza por las distintas leyes de educación tuvieron una vida efímera y una implantación reducida durante el siglo XIX y casi todo el siglo XX. Por tanto, la enseñanza de la Economía, la Empresa, la Dirección y las Finanzas como materias independientes ha tenido una limitada presencia en la enseñanza secundaria obligatoria española. Los contenidos de estas disciplinas han sido acaparados por asignaturas como Geografía e Historia, pero en un papel secundario y frecuentemente sin un orden conceptual y teórico que permitiese a los alumnos comprender las leyes lógicas de los sistemas económicos, los mercados, las empresas y las finanzas.
Este diagnóstico ha empujado a muchas instituciones a reclamar al sistema educativo un esfuerzo por transmitir a la juventud del país y al conjunto de la sociedad civil una imagen real de los beneficios asociados al emprendimiento y la innovación. En especial, la promoción de la iniciativa emprendedora en la educación preuniversitaria ha formado parte de las demandas de instituciones como el Círculo de Empresarios (2009), la Organización de Economistas de la Educación (OEE) del Consejo General de Colegios de Economistas de España (2013), la Asociación de Economía de la Educación (AEDE), la Confederación Estatal de Asociaciones de Profesorado de Economía (CEAPES) y la Confederación Española de Decanos de Economía y Empresa (CONFEDE). El Ministerio de Industria, Turismo y Comercio (2010), en su informe El fomento de la iniciativa emprendedora en el sistema educativo español, ha destacado las competencias que deben trabajarse en España para propulsar el espíritu emprendedor. Los proyectos institucionales están ayudando a corregir el desajuste entre las necesidades de cualificación económico-financiera-empresarial que la vida moderna plantea y las competencias reales que se tienen, pero a un ritmo demasiado lento y limitado.
La vía para la incorporación definitiva y autónoma de las enseñanzas económicas y empresariales a la formación preuniversitaria no profesional se abrió con la LOGSE de 1990 y el nuevo currículo del BUP aprobado en el año 2000. La Economía y la Empresa se incorporan entonces como asignaturas independientes al currículo del Bachillerato en Humanidades y Ciencias Sociales. Sin embargo, el alcance de la enseñanza económico-empresarial siguió limitado a una rama del Bachillerato y fuera de la ESO, de manera que los jóvenes que salían al mercado laboral desde la formación secundaria obligatoria carecían de base económica. La LOCE no modificó en lo sustancial este diseño curricular. Ninguno de los diseños curriculares previos a la LOMCE de 2013 incluyó pues entre sus fines conseguir que el alumno de Bachillerato desarrollase el espíritu emprendedor. Los tímidos intentos de la LOGSE se redujeron a la materia optativa “Fundamentos de la administración y gestión”, de la cual una parte sustancial se dedicaba a la creación de una nueva empresa y a técnicas necesarias para su gobierno. Tanto en ella como más tarde en la LOCE, el desarrollo de la iniciativa emprendedora quedó confinado a la formación profesional.
La LOMCE ha sido un paso adelante significativo para fomentar el emprendimiento en esta etapa educativa, transformándolo de competencia transversal en asignatura específica. La introducción de módulos dirigidos a fomentar la iniciativa emprendedora en los estudiantes para que en un futuro más o menos inmediato puedan tomar la decisión de crear una empresa o establecerse por cuenta propia ha supuesto un fuerte aumento de la presencia del emprendimiento en las aulas españolas durante la ESO y el Bachillerato en prácticamente todas las comunidades autónomas. Sin embargo, el diseño curricular de la LOMCE sigue incompleto en cuanto a la enseñanza económicoempresarial dado que todavía existen itinerarios que permiten a los estudiantes de secundaria finalizar la ESO y el Bachillerato sin cursar ninguna asignatura de esta naturaleza.
Además, el análisis completo del currículo conduce a concluir que la presencia de contenidos directamente relacionados con el emprendimiento en general, y con el emprendimiento social y la responsabilidad social empresarial en particular, sigue siendo más bien escasa. El diseño curricular de la materia de “Iniciación a la actividad emprendedora y empresarial” sigue un planteamiento muy economicista al configurar sus contenidos, esencialmente limitados a cálculos para confeccionar un plan de negocio y a habilidades técnicas para la dirección de empresas. Se soslaya pues el desarrollo de otras habilidades que son consustanciales al espíritu emprendedor, como son la creatividad, la iniciativa y la innovación. Son estas habilidades las más difíciles de enseñar (Rae & Carswell, 2001), pero también las más ricas en potencial de diferenciación del proyecto emprendedor. El curricula debería pues enfatizar el trabajo educativo sobre estas competencias emprendedoras.
Pese a las facetas positivas que la iniciativa emprendedora tiene en sí misma, y a la necesidad de una cultura económica, financiera y empresarial que facilite la adopción de decisiones informadas, hay una corriente crítica con estas enseñanzas por motivos tanto pedagógicos como ideológicos. El parsimonioso despliegue de la educación financiera tiene una de sus aristas en la discusión abierta que existe sobre el valor de estas iniciativas y la posible ideología encubierta que subyaciese tras sus lecciones. Mientras que en una fase inicial hubo un consenso elevado sobre la bondad y la efectividad de los programas de educación financiera al entender que, además de aportar las competencias financieras fundamentales que todo emprendedor debiera controlar, allanaba el camino hacia otras habilidades clave para emprender un nuevo negocio y hacerlo crecer como son la capacidad de planificación, la perseverancia o la resistencia al estrés, en el transcurso de su implantación y análisis han ido surgiendo voces discrepantes que cuestionan aquellas virtudes.
La objeción de mayor enjundia es la crítica ideológica, que se opone al énfasis puesto por la LOMCE en el emprendimiento como eje transversal de la educación primaria y secundaria, y que se suma a oposición ya manifestada anteriormente contra la educación económica, financiera y empresarial. La crítica ideológica de la educación emprendedora y/ de algunos de sus soportes tiene su punto mollar en la tesis de que el refuerzo de la oferta curricular actual con acciones adicionales que incrementen la calidad de la formación emprendedora y sus soportes económico, financiero y empresarial impartidos en secundaria, debería abordarse impregnado de sentido cívico, de principios humanistas y éticos, de compromiso con la sociedad y la sostenibilidad del entorno natural, de modo que desde una edad lo más temprana posible, los futuros emprendedores, innovadores, gestores y economistas adquiriesen un código deontológico y una visión de su desarrollo profesional, que estén guiados por la responsabilidad social y el deseo de aportar al bien común, además del legítimo deseo de progreso personal.
Desde luego, es cierto que, en los manuales actuales, la figura de la libre empresa y del empresario quedan poco alabadas al no insistirse demasiado en la contribución social inherente al acto de emprender y en el papel vital de la empresa y los mercados en la creación de riqueza y bienestar. En bastantes casos, se cae en lugares fáciles y en la generalización al sistema económico de mercado y a sus actores principales (empresa y empresario) de abusos realizados por personas y organizaciones concretas, al considerarlos manifestaciones inevitables de los principios que guiarían su diseño. Pero es igualmente cierto que los mismos textos se limitan a unas breves disquisiciones sobre la responsabilidad social empresarial a la hora de hablar del concepto de empresa y su compromiso con la comunidad; y con un poco más de desarrollo, algunos contenidos sobre la responsabilidad cívicotributaria (Vaquero, 2015).
Por tanto, es necesario que las nuevas generaciones tengan una mirada abierta e inteligente para evitar caer en los trucos publicitarios y los abusos comerciales, financieros o laborales. Pero esta mirada crítica debe extenderse también para capacitarles para enjuiciar los fariseísmos ideológicos y los embaucadores populistas. Es por ejemplo el caso de quienes proclaman como solución a todos los males económicos el avance hacia lo que Marx habría denominado la abolición del mercado de trabajo mediante la implantación de la renta básica universal a escala planetaria.2 Como es también el caso de quienes descalifican genéricamente la gran empresa, abanderando la pyme, e ignoran los pecados y virtudes de cada modelo con una mentalidad constructiva y equilibrada.
Existe pues un debate abierto acerca del punto de si el sistema educativo debe reorganizarse para incorporar a sus métodos, contenidos y organización, los valores que están en la razón de ser del emprendedor (responsabilidad, reconocimiento del mérito, creatividad, iniciativa), y también para enseñar los conocimientos y las habilidades necesarios para conducir iniciativas emprendedoras, haciendo del espíritu emprendedor uno de los ejes inspiradores del proceso formativo desde sus niveles más básicos y fortaleciendo la enseñanza económica, empresarial y financiera.
La reflexión sobre las posibles reformas a introducir en el sistema educativo a fin de fomentar el espíritu empresarial ha originado ya diversos estudios que, como paso previo, se han ocupado de conocer la situación actual en relación al emprendimiento entre el colectivo estudiantil, acompañado según la ocasión de otros posibles informantes (maestros, gestores educativos, progenitores, expertos, etc.). Es el caso de los diagnósticos de la iniciativa y el espíritu emprendedor entre el alumnado andaluz de Primaria, Secundaria y Bachillerato (Romero & Espasandín, 2016).
Consciente de esta situación, la UMH promovió en 2017 la realización de un estudio encaminado a diagnosticar la difusión del espíritu emprendedor (con especial énfasis en el emprendimiento social) de los alumnos de niveles educativos preuniversitarios de la Comunidad Valenciana. Este proyecto de investigación contó con el apoyo de la Consellería de Economía Sostenible, Sectores Productivos, Comercio y Trabajo de la Generalitat Valenciana. Para su ejecución, el promotor del estudio José María Gómez Gras formó un equipo que, atendiendo a la dimensión regional de la investigación, incluyese colaboradores de las otras dos provincias, y en concreto de la Universitat Jaume I y la Universitat de València. Se constituyó así un amplio y experimentado equipo de co-autores a los cuales hay que atribuir colectivamente el mérito de este trabajo.
No se debe olvidar la cooperación generosamente brindada por los responsables de los centros educativos que han participado en el estudio empírico, facilitando el acceso a sus instalaciones y alumnado para someterles a la encuesta preparada al efecto. Hemos de dejar pues constancia de nuestro agradecimiento a Eduardo Morante (Director del IES Mestre Ramón Esteve de Catadau), Mario Yúfera (Director del IES Eduardo Primo de Carlet), María Teresa Ramos-Navarro (Directora General del Grupo Sorolla), Silvia Clariana (Directora de La Devesa School de Carlet), Arantxa Arreizo (Directora de La Devesa School de Elche), Ma José Sánchez (Directora del Julio Verne School), Filo Tortosa (Directora del Colegio Martí Sorolla), Ester Martínez (profesora de Economía del Centro San Jaime Apóstol de Moncada), Angela Martínez (directora del IES de Albal), Magdalena Maset (profesora de Economía del IES Cid Campeador de Valencia), Vicent Sanantón (profesor de Economía del IES Enric Valor de Picanya), Marina Andreu (Jefa del departamento de Economía del IES Escultor Frances Badía Foios de Valencia), el director del IES l’Om de Picassent, Inmaculada Cardona (profesora de Economía del IES Orriols de Burjassot), Ariadna Reboll (directora del IES Francesc Tárrega de Vila-Real), Cristóbal Bellés (director del IES San Cristóbal de Castellón), Inés Altaba (directora del IES Caminás de Castellón), Pere Rubio (profesor de Economía del IES Llombai de Burriana, el director del Colegio Nuestra Señora del Carmen de Elche), Mateo Millet (profesor de Economía del IES Matemátic Vicent Caselles Costa de Alicante) y Marian Dedompablo (orientadora del Colegio San José Artesano-Salesianos de Elche).
También es necesario recordar a los profesores de las universidades participantes en el estudio, junto a los co-autores, que han facilitado igualmente el encuestado de los alumnos en las asignaturas de las que eran responsables. La lista es larga e incluye a María Rosa Bombín, Trinidad Casasús, Sonia Dasí, Alejandro Escribá, Mónica Maldonado, Elisabeth Bustos, Alejandro de Benito y Vicente Zamorano (Universitat de València), Sergio Galiana, Cristina Mora, José Francisco Parra y Noelia Rodríguez (Universidad Miguel Hernández de Elche) y Cristina García, Joaquín Antonio Guiral y José Manuel Vicent (Universitat Jaume I).
1.2. Objetivos
La introducción de la educación emprendedora en la enseñanza preuniversitaria plantea una serie de cuestiones que este informe pretende despejar. Los objetivos específicos perseguidos son los siguientes:
1. Saber qué se entiende por educación emprendedora, precisando las competencias, los objetivos, los principios y los contenidos que debería incorporar.
2. Diagnosticar la orientación emprendedora del alumnado preuniversitario en la Comunidad Valenciana, diferenciando entre la alcanzada al finalizar la enseñanza obligatoria y sus estudios medios.
3. Conocer la actitud de la juventud de la Comunidad Valenciana ante la actividad emprendedora, su imagen del empresario y la libre empresa, y cómo percibe su compatibilidad o conflicto con la responsabilidad social, la ética, la sostenibilidad y el bien común, y determinar en qué medida esta visión viene condicionada por los valores y conocimientos que se les transmiten durante su formación preuniversitaria.
4. Determinar el nivel de educación de los jóvenes valencianos en los ámbitos económico, financiero y de gestión empresarial que deberían proporcionarles las competencias básicas necesarias para emprender un nuevo negocio, para desempeñarse profesionalmente como emprendedor en sus diversas manifestaciones y para tomar decisiones informadas en las condiciones del entorno contemporáneo.
5. Identificar los “Role Models” que sirven de referencia a los estudiantes para tomar decisiones emprendedoras y su contribución activa a la elección de la carrera emprendedora como su opción de futuro profesional.
6. Analizar en qué medida la educación escolar consigue formar tempranamente a los futuros empresarios, gestores y expertos económicos, como ciudadanos responsables con un conocimiento de la empresa, los mercados, el Estado, el trabajo, el dinero, el ahorro, la deuda, la inversión y las transacciones económicas y monetarias, que les haga decisores competentes, conscientes de sus elecciones y sus efectos sobre el bienestar económico y social de la comunidad.
7. Estimular el diseño de programas curriculares que promuevan el emprendimiento social por el alumnado preuniversitario.
8. Promover diseños curriculares de las asignaturas de Economía y Empresa a nivel preuniversitario que estén coordinados y actualizados, acercando para ello a los profesores y estudiantes de educación secundaria, bachillerato y ciclos de formación profesional de grado medio superior a la formación universitaria en Economía y Empresa, a fin de brindarles una primera aproximación a lo que podrán encontrar en los grados en estos campos y favorecer una transición académica lo más armónica posible a la educación postobligatoria en ellos.
9. Creación de foros conjuntos de profesorado universitario y preuniversitario en torno a materias económicas, financieras y empresariales, que faciliten el diálogo y el debate en temas críticos relacionados con el emprendimiento, la ética, la responsabilidad social y la sostenibilidad. El cambio continuo de la realidad económica y empresarial y el incesante avance del pensamiento económico y de las teorías de la gestión, obligan a implantar programas de actualización y reciclaje del profesorado en estos campos a fin de mantenerles actualizados en sus ámbitos docentes. La cooperación Universidad-Escuela es una estrategia ideal para robustecer este proceso de reciclaje y de transferencia de conocimiento. Para avanzar en esta dirección, es esencial la coordinación curricular de la enseñanza de Economía y Empresa en los niveles secundario y superior, de modo que se alineen contenidos, valores a transmitir y experiencias de éxito a manejar.
1.3. Estructura del informe
El informe, para conseguir esos objetivos, se estructura en tres capítulos y unas conclusiones, que ofrecen aproximaciones distintas al objeto de análisis, la educación emprendedora de la juventud valenciana, desde perspectivas distintas de orden conceptual, descriptivo, explicativo y propositivo.
Tras este primer capítulo introductorio, el análisis conceptual ocupa el tema 2, donde se recoge una revisión completa, profunda y actualizada de lo que significa el emprendimiento y del papel del empresario como figura mollar del mismo. Este capítulo ofrece también una exégesis sintética de los puntos clave de la educación emprendedora y los pilares sobre los que debe asentarse. El análisis se extiende sobre los antecedentes, modelos, experiencias y buenas prácticas que podrían inspirar la plena instauración de la educación emprendedora en la enseñanza preuniversitaria.
Los análisis descriptivo y explicativo se desarrollan en el capítulo 3. La parte descriptiva tiene dos frentes. Ambos se basan en los resultados del estudio empírico realizado a la juventud preuniversitaria de la Comunidad Valenciana para diagnosticar su espíritu emprendedor y su grado de alfabetización económicofinanciera, en base a una encuesta administrada a una muestra representativa de esta población regional tras finalizar cada uno de sus ciclos educativos (ESO y Bachillerato o Formación Profesional de grado medio y superior). El capítulo recoge pues el análisis de la intensidad del espíritu emprendedor entre el alumnado preuniversitario regional, de los factores que determinan e inciden sobre este potencial emprendedor, sobre las motivaciones y obstáculos que los alumnos con vocación emprendedora pueden encontrar para culminar su preferencia profesional y sobre las distintas formas que puede aodptar la nueva actividad incluyendo aquellas que siguen el modelo de empresa social.
1. El último Flash Eurobarometer publicado sobre entrepreneurship en la Unión Europea es el número 354 de agosto de 2012.
2. Leáse www.redrentabasica.org/rb/wp-content/upliads/2015/09/EI.pdf.
CAPÍTULO 2
ESPÍRITU EMPRENDEDOR Y EDUCACIÓN PARA EL EMPRENDIMIENTO
2.1. Concepto de espíritu empresarial/emprendedor
La conceptualización del alcance de la educación emprendedora y de las competencias que conjuga precisa establecer con antelación el concepto de entrepreneurship, que es la cualidad que se quiere potenciar. No se trata de una tarea fácil porque es un constructo con una gran ambigüedad conceptual (Sexton, 1994, Nabi & Holden, 2008, Sewell & Pool, 2010) por su índole multidimensional y por estar presente en contextos muy distintos y en todo género de organizaciones. A la ambigüedad consustancial al término original se une la doble acepción que recibe en la traducción al español, dando lugar a los términos empresarialidad y emprendimiento, muchas veces sustituidos por conceptos compuestos en los que el nombre puede ser “espíritu” o “iniciativa” y el adjetivo “empresarial” o “emprendedor”.
Algunas voces (e.g., Gartner, 1990) han defendido la conveniencia de mantener una pluralidad de definiciones, con el argumento de que la variedad de significados permitiría compartir las distintas visiones del emprendimiento. Sin embargo, esta amplia variedad de términos y acepciones encierra sus peligros para la legitimidad del Entrepreneurship como disciplina académica (Vesper, 2004) y como práctica real (Gibb, 2007). También puede oscurecer la evaluación del estado del arte del tema (Henry et al., 2005).
El primer punto que conviene aclarar es si Entrepreneurship debe considerarse simplemente como una habilidad empresarial o si debe asignársele un significado más amplio (Gibb, 2002). La respuesta a esta cuestión depende en buena medida de si adoptamos una perspectiva económica, psicológica o sociológica del concepto (Kalantaridis, 2004).
La perspectiva económica facilita una definición clara de Entrepreneurship, porque parte del consenso sobre quién es el emprendedor (Hebert & Link, 1988: 11): el empresario, el agente económico central de una economía de mercado. Por tanto, es un concepto cuyo pilar es el desempeño de un rol social particular. De todas formas, hay distintas corrientes académicas que discrepan en qué es aquello que lo hace único, la cualidad del Entrepreneurship, señalando su disposición al riesgo, su rol de perceptor y explotador de oportunidades, su rol innovador o su papel de organizador del conjunto de recursos de la empresa. En cualquier caso, la definición económica de Entrepreneurship heredera de la tradición austríaca confina su radio de acción al mercado y lo define como “el comportamiento competitivo que conduce el proceso de mercado” (Davidson, 2004: 16). Esta concepción recalca dos elementos: el comportamiento y los resultados. El comportamiento emprendedor se tipifica por su naturaleza competitiva y los resultados se miden por los logros que el emprendedor consigue en el mercado (Baumol, 1968) o su aptitud emprendedora. La interpretación económica del emprendimiento también destaca que su esencia es hacer las cosas de una forma distinta (Bianchi & Henreckson, 2005). Esta conceptualización creemos que se encuentra bien recogida en la traducción de Entrepreneurship por comportamiento / actividad / iniciativa y aptitud emprendedores.
Existe también una versión sociológica del Entrepreneurship cuyo eje de interés es la relación entre los entrepreneurs y su contexto. La investigación sociológica define el Entrepreneurship en términos de conjunto de tareas. Gartner (1988) explicita con claridad este enfoque al definir el Entrepreneurship como el proceso que toma forma en la creación y el establecimiento de nuevas organizaciones. La investigación sociológica se ha centrado en la identificación de las etapas que incluye, de los factores ambientales (políticas, culturales, educativas, económicas, etc.) que estimulan o constriñen el proceso, y de las habilidades críticas que el emprendedor precisa. Entrepreneurship equivale pues desde el ángulo sociológico a proceso emprendedor.
La perspectiva psicológica da una visión alternativa que pone la atención sobre la motivación y el proceso cognitivo de los agentes. La investigación psicológica define el Entrepreneurship a partir de las características personas específicas que les adornan (Brockhaus, 1982). Un emprendedor sería entonces todo aquel que en su comportamiento exhibe una combinación de ciertos atributos (Gibb, 1990, Boydston et al., 2000, Turker et al., 2005, Veciana et al., 2005, Kirby, 2006: 37-39, Turker & Senem, 2008). Entre ellos, se citan su disposición a tomar riesgos (Brockhaus, 1980), su alta motivación de logro (McClelland, 1961), un alto enfoque interno de control (Brockhaus, 1982), una alta necesidad de autonomía o independencia y resistencia a la autoridad (Collins et al., 1964), auto-confianza y optimismo (Lüthje & Franke, 2003), proactividad entendida como la orientación a buscar oportunidades -mediante la anticipación y prevención de problemas- y emprender acciones -orientación a la acción- para explotarlas con perseverancia y paciencia hasta lograr el cambio (Covin & Slevin, 1989, Bateman & Crant, 1993), creatividad, intuición y habilidad para explotar oportunidades (Davidsson, 1989). La conceptualización psicológica conduce pues a la definición y traducción de Entrepreneurship como espíritu, actitud, mentalidad o forma de pensar emprendedora. La interpretación psicológica del emprendedor es la de alcance más amplio, pues extiende el calificativo a todo agente con un comportamiento definido por una serie de atributos personales, con independencia de que esté situado en un contexto de negocio y del proceso y los resultados ligados a sus decisiones (Gibb, 1990, Atherton, 2004).
La elección entre una de estas tres perspectivas en el ámbito político-práctico ha sido confusa, pues se utilizan elementos de todas ellas sin excesivo orden ni concierto y se empaquetan bajo conceptos plurales que muchas veces no se corresponden con el contenido del término (Alemany et al., 2011). Así ocurre con los documentos elaborados por la Unión Europea, que con carácter general designan la cualidad que adorna al empresario con el vocablo “Entrepreneurship” en la versión inglesa, pero luego lo traduce al español por “espíritu emprendedor” o “espíritu empresarial” aunque no se ciña a la interpretación psicológica. Otra de sus disfuncionalidades es calificar Entrepreneurship sólo como un proceso, cuando su dominio rebasa con creces el concepto sociológico.
La definición cuasi-oficial del término Entrepreneurship (que la propia Comisión traducía inicialmente en sus documentos por “espíritu empresarial”) adoptada por la Comisión Europea en el Libro verde El Espíritu Empresarial en Europa [Green Paper Entrepreneurship in Europe] (European Commission, 2003a: 6) versaba en los siguientes términos:
El espíritu empresarial [entrepreneurship] es, sobre todo, una actitud en la que se refleja la motivación y la capacidad del individuo, independiente o dentro de una organización, a la hora de identificar una oportunidad y luchar por ella para producir nuevo valor o éxito económico
Se trata de una definición interdisciplinar que conjuga los elementos dados en las conceptualizaciones económica, sociológica y psicológica. El mismo Libro Verde (European Commission, 2003a: 6-7) precisa que el espíritu emprendedor conjuga una actitud (que es su dimensión más horizontal) marcada por la predisposición a la asunción de riesgos, la atracción por la independencia y la realización personal, la creatividad y la innovación; y una capacidad sólida de gestión que va más allá de la gestión diaria y afecta a la estrategia y a los propósitos de la empresa. Remarca que “para que una idea empresarial sea un éxito es necesaria una capacidad de combinar la creatividad o la innovación con una gestión sólida y de adaptar el negocio de modo que su desarrollo se vea optimizado durante todas las fases de su ciclo de vida”. Se entiende pues que el espíritu empresarial es también un proceso para crear actividad económica. La voluntad de universalidad del concepto queda bien reflejada en la insistencia en que el espíritu empresarial es localizable en cualquier sector y tipo de negocio, con independencia de su naturaleza, tamaño y estructura de propiedad. También se aclara que el espíritu empresarial puede darse tanto en la creación de una nueva empresa como en empresas ya existentes. Por tanto, pese a su carácter interdisciplinar, el elemento económico referido al papel del emprendedor en el mercado constituye el eje fundamental.
Esta visión con un claro acento en la empresarialidad subyacía ya explícitamente a los dos primeros Programas Comunitarios para las Pymes (European Commission, 1983, 1986b) y al Programa Integrado en favor de las pymes de 1994 (European Commission, 1996). La preocupación por aumentar la cualificación de la mano de obra y por sensibilizar a los jóvenes a fin de motivarles para la carrera empresarial, así como el deseo de prestigiar la figura del empresario, hicieron que el concepto de Entrepreneurship adoptado basculase hacia la dimensión mercado y alto crecimiento. La Estrategia de Lisboa para Europa 2010 siguió insistiendo en la necesidad de desarrollar el espíritu de empresa entendido como la formación de los jefes de empresa y los trabajadores por cuenta propia (European Commission, 2001a,c). Esta visión del Entrepreneurship continuó con el cuarto Programa plurianual en favor de la empresa y del espíritu empresarial para el periodo 2001-2005 (European Commission, 2000d), la Carta Europea para las Pequeñas Empresas (European Commission, 2000b), el Libro Verde sobre el espíritu empresarial en Europa (European Commission, 2003a), el Plan de acción: Programa europeo en favor del espíritu empresarial (European Commission, 2004a), el Pacto Europeo para la Juventud (European Commission, 2009d), las Directrices integradas para el crecimiento y el empleo (2005-2008) (European Commission, 2005d), las Orientaciones Estratégicas Comunitarias en Materia de Cohesión para el periodo 2007-2013 (European Commission, 2005c, 2006c), la Comunicación de la Comisión COM (2005) 551 (European Commission, 2005h) que propuso la Política Moderna de la Pyme de la UE, el quinto Programa-Marco para la Competitividad y la Innovación (2007-2013) (CIP) (European Parliament & European Council, 2006c) y la Revisión intermedia de la Política Moderna de la pyme de la UE de 2005 a 2007 (European Commission, 2005i).
Sin embargo, la claridad de este enfoque económico empezó a diluirse con la entrada en escena de los expertos en educación aplicados al espíritu emprendedor, cuyo primer resultado fue el trabajo en paralelo que la misma Comisión Europea había encomendado al grupo europeo de expertos del proyecto Best sobre Educación y formación en el espíritu empresarial (European Commission, 2002b: 10, 16). En este informe, se advierte que “el espíritu empresarial no se debe considerar únicamente un medio de crear una nueva empresa, sino una actitud que siempre puede ser de utilidad en la vida cotidiana y en todas las actividades profesionales”. El texto añade expresamente la unanimidad del grupo sobre la necesidad de reflejar dos elementos del espíritu empresarial: los que no están centrados directamente en la creación de nuevas empresas, y aquellos otros dirigidos a la creación de una empresa. Aunque el programa de trabajo “Educación y formación 2010” mantuvo el enfoque en la creación y el desarrollo de empresas como propósito final del espíritu emprendedor, la difusión de la interpretación transversal de la competencia en emprendimiento había prendido y pronto se convirtió en norma, siempre con el argumento de la necesidad de extender el espíritu emprendedor a todos los ámbitos sociales y económicos.
2.2. Concepto de competencia emprendedora
El primer plan sistemático de la Unión Europea para la educación en el espíritu emprendedor, perfilado en el informe de evaluación de resultados en la aplicación de la Carta Europea de la Pequeña Empresa (European Commission, 2005f), fue el momento de presentar la necesidad de definir y promover el espíritu emprendedor como una actitud transversal valiosa en todos los niveles de responsabilidad, ante el insuficiente avance de la Unión Europea en emprendimiento con los programas previos. La carta introduce aquí un matiz: “el espíritu empresarial debe entenderse en su sentido más amplio: no sólo como un medio para crear nuevas empresas, sino también como una mentalidad”.
Por tanto, invocar el concepto de espíritu empresarial significa referirse a dos tipos de capacidades con distinto grado de especificidad (European Commission/EACEA/Eurydice, 2016: 22; González, 2006: 420; European Commission, 2004c):
a) Las capacidades más específicas son las vinculadas al desarrollo profesional como empresario o promotor de una nueva empresa sea cual sea su dimensión. El emprendimiento aplicado al desarrollo de una nueva empresa tiene un alcance concreto que refiere los conocimientos y comportamientos exigibles para llevar a buen puerto nuevas ideas productivas, centrándose pues su contenido en capacidades económicas, empresariales, directivas y financieras. Podríamos llamar a estas capacidades de talento emprendedor.
b) Las capacidades más genéricas son las destrezas útiles para las personas en cualquier contexto social, incluyendo el emprendimiento empresarial. Esta segunda acepción de espíritu emprendedor es mucho más amplia y transversal que la primera, pues es de aplicación en cualquier ámbito social y económico; por ello, enfatiza sobre todo el perfil de personalidad del emprendedor que late tras sus actitudes y ciertas habilidades que pueden ser practicadas y perfeccionadas en cualquier dominio, desde los negocios a la sociedad, la cultura o la política (Wickham, 2006). Esta amplia noción de sentido de la iniciativa y espíritu empresarial la separa con nitidez de la alfabetización económica, empresarial, directiva y financiera, a las que se reservarían las aptitudes enfocadas a la creación y desarrollo de nuevos negocios. Podríamos denominar a estas capacidades genéricas como capacidades de talante emprendedor.
La acotación más amplia o genérica del concepto de espíritu emprendedor es un anticipo de los resultados que derivaron del Proyecto Tuning – Sintonizar las estructuras educativas de Europa (González & Wagenaar, 2003) impulsado tras la Declaración de Bolonia. Su objetivo más interesante a los efectos de este trabajo era determinar las directrices para establecer las competencias genéricas y específicas que reflejan la maestría en una serie de campos disciplinares. Del proyecto nacieron 30 competencias genéricas, una de las cuales es la competencia “iniciativa y espíritu emprendedor”.
Paradójicamente, este fue el momento en que se intensificaba, con la Comunicación COM (2006) 33 de la Comisión Europea (European Commission, 2006a) sobre la educación de una mente emprendedora, la importancia del dinamismo empresarial para afrontar con éxito los desafíos de la competitividad y del crecimiento. Los dos programas marco europeos de fomento de la competitividad implementados desde entonces han seguido insistiendo en la importancia del espíritu emprendedor aplicado al acto de creación empresarial. El Programa marco para la innovación y la competitividad (2007-2013) (European Parliament & European Council, 2006c) siguió la directriz de considerar la iniciativa empresarial como una prioridad transversal fundamental para apoyar la competitividad y la capacidad innovadora dentro de la Unión Europea. El énfasis se colocó en este punto en la promoción de la iniciativa empresarial para dar lugar a la creación de pymes, desde las empresas “gacela” de alta tecnología hasta las microempresas y empresas familiares. El Reglamento del Parlamento Europeo y del Consejo por el que se establecía el Programa para la Competitividad de las Empresas y para las Pequeñas y Medianas Empresas (2014-2020) (European Parliament & European Council, 2011) siguió el mismo camino.
Sin embargo, la posición político-técnica que la Comisión Europea (European Commission/EACEA/Eurydice, 2006: 24, EACEA/Eurydice, 2012) ha manifestado desde 2006 se ha ido decantando por defender un concepto genérico de espíritu emprendedor en el cual no participan los conocimientos específicos sobre el emprendimiento empresarial o el intra-emprendimiento, ni las competencias concretas en gestión empresarial que deben acompañar al acto creativo primigenio para transformar la nueva idea de negocio en una organización con potencial de crecimiento y creación de valor.
La Comunicación COM (2006) 33 de la Comisión Europea (European Commission, 2006a) fue la antesala de la Recomendación 2006/962/CE del Parlamento Europeo y del Consejo de 18 de diciembre de 2006 (European Parliament & European Council, 2006b: 17), marcadora de la Agenda de Oslo que constituye la primera gran apuesta de esta institución por la educación emprendedora. Este último documento define la competencia en sentido de la iniciativa y espíritu emprendedor como una competencia clave genérica transversal que deberían dominar todos los alumnos. Esta ha sido la definición comúnmente aceptada desde entonces a nivel comunitario de espíritu emprendedor:
Por sentido de la iniciativa y espíritu emprendedor se entiende la habilidad de la persona para transformar las ideas en actos. Está relacionado con la creatividad, la innovación y la asunción de riesgos, así como con la habilidad para planificar y gestionar proyectos con el fin de alcanzar objetivos. En esta competencia se apoyan todas las personas, no solo en la vida cotidiana, en casa y en la sociedad, sino también en el lugar de trabajo, al ser conscientes del contexto en el que se desarrolla su trabajo y ser capaces de aprovechar las oportunidades
Esta competencia genérica se separa de los conocimientos sobre el funcionamiento general de la economía y sobre las formas en que los empresarios y las empresas afrontan las oportunidades y los desafíos,
[La competencia en iniciativa y espíritu emprendedor] es el cimiento de otras capacidades y conocimientos más específicos que precisan las personas que establecen o contribuyen a una actividad social o comercial. Ello debe incluir una concienciación sobre los valores éticos y promover la buena gobernanza
El informe final del grupo de expertos constituido para estudiar La iniciativa emprendedora en la enseñanza superior, especialmente en estudios no empresariales (European Commission, 2008e: 4) prosigue con este concepto, reafirmando que:
La iniciativa emprendedora consiste en la aptitud de un individuo para convertir las ideas en actos y es, por tanto, una competencia clave para todos, que ayuda a los jóvenes a ser más creativos y tener más confianza en sí mismos en cualquier actividad que emprendan
Asimismo, la Comunicación Un nuevo concepto de educación: invertir en las aptitudes para lograr mejores resultados socioeconómicos (European Commission, 2012a: 2-4), hacía hincapié en la trascendencia de “fomentar las aptitudes transversales necesarias para que los jóvenes puedan ser emprendedores y adaptarse a los cambios, cada vez más inevitables, que se producirán en el mercado de trabajo a lo largo de su carrera profesional”. Este informe incluye, entre las aptitudes fundamentales que las economías modernas basadas en el conocimiento demandarán a las personas, “las aptitudes transversales como pensamiento crítico, iniciativa, solución de problemas y trabajo colaborativo”, pues todas ellas “preparan a las personas para los recorridos de su carrera profesional, que son hoy en día tan variados e impredecibles”. También destaca el “desarrollo de las aptitudes emprendedoras, ya que estas no sólo contribuyen a la creación de nuevas empresas, sino también a la empleabilidad de los jóvenes”.
El Plan de acción sobre emprendimiento 2020. Relanzar el espíritu emprendedor en Europa (European Commission, 2013a), que pretende el ambicioso objetivo de “liberar el potencial del emprendimiento en Europa (…) y revolucionar la cultura del emprendimiento”, se enfocó igualmente en desarrollar una cultura emprendedora que integre capacidades aplicables en todos los ámbitos de la vida, y no sólo a crear y gestionar un negocio. Con el mismo fin, el informe Educación en emprendimiento. Guía del educador (European Commission, 2014e) contenía herramientas para ayudar a los jóvenes a desarrollar competencias emprendedoras aplicables en todos los contextos.
La identificación de los rasgos de la personalidad en los que sobresalen las personas con vocación emprendedora (y que por tanto diferencian a los emprendedores de otros grupos sociales) ha recibido una destacada atención en el campo del Entrepreneurship desde sus mismos inicios hasta hoy (Caliendo & Kritikos, 2012). Existen al respecto múltiples propuestas.
En su informe El espíritu emprendedor. Motor de cambio, la Dirección General de Política de la Pequeña y Mediana Empresa (2003: 10) defiende que:
Las personas dotadas de espíritu emprendedor poseen la capacidad de innovar; tienen voluntad de probar cosas nuevas o hacerlas de manera diferente (…) El espíritu emprendedor conlleva un aspecto mucho más amplio de actitudes positivas (…) Supone querer desarrollar capacidades de cambio, experimentar con las ideas propias y reaccionar con mayor apertura y flexibilidad. El espíritu emprendedor presenta una doble faceta. Por un lado, supone saber lanzar nuevos proyectos con autonomía, capacidad de asumir riesgos, con responsabilidad, con intuición, con capacidad de proyección al exterior y con capacidad de reaccionar y resolver los problemas. Por otro lado, también supone llevar a cabo proyectos de otros con el mismo espíritu de innovación, responsabilidad y autonomía. Educar el espíritu emprendedor exige formar a los alumnos en la responsabilidad, el compromiso, el esfuerzo, la dedicación, la perseverancia y el espíritu de trabajo
Las conclusiones del Foro de Niza de 2000 fijaron las competencias que los escolares y estudiantes debían reunir para conseguir que avanzase el desarrollo de la capacidad emprendedora europea. Los objetivos de la educación empresarial que deberían perseguirse en los niveles de primaria y secundaria aludían al desarrollo de cuatro actitudes y capacidades (European Commission, 2000a):
• Capacidad de resolver problemas, lo que supone mejorar las habilidades de planificación, toma de decisiones y comunicación, así como potenciar la voluntad de asumir responsabilidades. Son estas las dimensiones típicas de las competencias de gestión.
• Capacidad para cooperar y trabajar en red, que destaca los aspectos típicos de las competencias sociales.
• Autoconfianza, motivación para actuar, pensar de forma crítica e independiente, y capacidad de aprendizaje autónomo.
• Capacidad creativa, proactividad e iniciativa personal, junto a la disposición para enfrentar riesgos y ejecutar ideas.
Entre los valores necesarios, la Recomendación 2006/962/CE incluye la concienciación de la postura ética de las empresas y de cómo éstas pueden ser un impulso positivo, por ejemplo, mediante el comercio justo y las empresas sociales.
El vaciado de emprendimiento empresarial como componente ineludible en la definición de espíritu emprendedor es un giro sorprendente de la Comisión Europea y el punto de inflexión para cambiar el concepto de “espíritu empresarial” por “espíritu emprendedor” y pasar a hablar de emprendedores en lugar de empresarios. Desde el Consejo Europeo de Lisboa de 2000 se ha venido insistiendo en la necesidad de la adaptación de las estructuras de las empresas europeas al nuevo marco competitivo. Consiguientemente, en el terreno formal se ha aprobado que el desarrollo de la capacidad de las organizaciones para determinar y movilizar las competencias clave constituye la base de las nuevas estrategias de competitividad. Sin embargo, en el terreno práctico de las recomendaciones de políticas la Comisión Europa ha basculado hacia el apoyo a iniciativas de educación emprendedora que excluyen su significado económico.
En España y siguiendo las recomendaciones del Consejo de Europa, las competencias básicas fueron incorporadas al currículo escolar por la LOE (2006). En un primer momento, la competencia emprendedora se incluyó como “competencia para la autonomía y la iniciativa personal”, definiéndose en términos de construcción de la identidad personal, es decir, del sentido que se da a la vida y de la capacidad para preparar y ejecutar proyectos en la dirección trazada. La LOMCE (2013) ha modificado la denominación de la competencia incluyendo de forma explícita el desarrollo del espíritu emprendedor dentro de los Objetivos Generales de la Educación Primaria, y aportando la siguiente definición:
Desarrollar hábitos de trabajo individual y de equipo, de esfuerzo y responsabilidad en el estudio, así como actitudes de confianza en sí mismo, sentido crítico, iniciativa personal, curiosidad, interés y creatividad en el aprendizaje, y espíritu emprendedor
2.3. Actitud, intención, conducta y resultados emprendedores
El marco conceptual de “espíritu emprendedor” entendido como una actitud genérica y transversal, elaborado por la Unión Europea, tropieza con otro problema importante. Los trabajos (e.g., Naffziger et al., 1994, Hernández, 1995, Shane, 2003, Hernangómez et al., 2005) orientados a asentar un perfil específico que distinga a los individuos más propensos a crear una empresa del resto no han logrado encontrar un patrón universal. Además, no ha sido posible todavía asentar empíricamente una relación entre las características diferenciales del emprendedor y el éxito posterior en la puesta en marcha de un negocio (McDougall et al., 1992).
Figura 2.1. Modelo de los rasgos personales y la propensión emprendedora.

Fuente: Shane (2003) y Hernangómez et al. (2005).
Los estudios sociológicos y psicológicos, tras intentar determinar las características personales asociadas a la iniciativa empresarial, han buscado modelizar las relaciones entre todas ellas como influyentes en el valor esperado de la oportunidad y la probabilidad de que un sujeto se lance a explotarla (figura 2.1). A pesar del extenso trabajo realizado en este sentido (e.g., Veciana, 1988, 1989, Veciana et al., 2004), la evidencia empírica no ha sido demasiado significativa. Por ejemplo, la propensión al riesgo se ha defendido clásicamente como una variable fuertemente predictora de la opción por conductas de alto riesgo (Das & Teng, 1997) y, dado que se asume que toda actividad empresarial tiene como nota distintiva la asunción de un cierto nivel de riesgo y la aceptación de un compromiso para explotar oportunidades que tienen una probabilidad latente de fracaso, se defiende que sería un antecedente de la orientación emprendedora (Sexton & Bowman, 1983, Covin & Slevin, 1989). Sin embargo, la evidencia empírica es controvertida a la hora de concluir que la propensión al riesgo es un rasgo consustancial al emprendedor (Palich & Bagby, 1995, Buseniitz, 1999).
La definición genérica de “espíritu emprendedor” como actitud ha sufrido un cambio reciente. En la Propuesta de Recomendación del Consejo relativa a las competencias clave para el aprendizaje permanente de 17 de enero de 2018 (European Commission, 2018b: 6), se afirma la definición de las competencias clave como una combinación de conocimientos, capacidades u actitudes y se consagra una modificación del significado de la competencia en espíritu emprendedor, que queda ahora expresada en los siguientes términos:
La capacidad de actuar con arreglo a oportunidades e ideas, y transformarlas en valores para otros. Se basa en la creatividad, el pensamiento crítico y la resolución de problemas, en tomar la iniciativa, la perseverancia y la habilidad de trabajar de manera colaborativa en la planificación y la gestión de proyectos de valor comercial, social o cultural.
Los conocimientos, capacidades y actitudes esenciales relacionados con esta competencia son los siguientes:
La competencia emprendedora requiere saber que existen diferentes contextos y oportunidades para materializar las ideas en actividades personales, sociales y profesionales, y entender cómo surgen. Las personas deben conocer y comprender los distintos planteamientos de planificación y gestión de proyectos, que incluyen tanto procesos como recursos. Deben comprender la economía y las oportunidades sociales y económicas, así como las dificultades a las que se enfrenta un empresario, una organización o la sociedad. También deben tener en cuenta los principios éticos, y ser conscientes de sus virtudes y sus carencias.
Las capacidades emprendedoras se basan en la creatividad, que incluye la imaginación, el pensamiento estratégico, la resolución de problemas y la reflexión crítica y constructiva dentro de los procesos creativos y la innovación. Incluyen la habilidad de trabajar tanto individualmente como en equipo, movilizar los recursos (personas y cosas) y mantener la actividad. Esto engloba la habilidad de tomar decisiones financieras relativas a los costes y el valor. Es fundamental la habilidad de comunicarse eficazmente y negociar con otras personas, y de hacer frente a la incertidumbre, la ambigüedad y el riesgo como parte de la toma de decisiones informadas.
La actitud emprendedora se caracteriza por el sentido de la iniciativa y la agencia, la proactividad, la visión de futuro, la valentía y la perseverancia en la consecución de los objetivos. Incluye un deseo de motivar a otros y valorar sus ideas, la empatía y cuidar de las personas y del mundo, y aceptar la responsabilidad de adoptar planteamientos éticos a lo largo de todo el proceso.
Los conocimientos, capacidades y actitudes esenciales relacionados con la competencia emprendedora, según la Recomendación del Parlamento Europeo y del Consejo de 18 de diciembre de 2006 (European Parliament & European Council, 2006b: 17-18), son los siguientes:1
• Entre los conocimientos necesarios se incluye la capacidad de reconocer las oportunidades existentes para las actividades personales, profesionales y comerciales, incluidos aspectos de mayor amplitud que proporcionan el contexto en el que las personas viven y trabajan, tales como la comprensión en líneas generales del funcionamiento de la economía, y las oportunidades y los desafíos que afronta todo empresario u organización. Las personas deben ser conscientes también de la postura ética de las empresas y de cómo éstas pueden ser un impulso positivo, por ejemplo, mediante el comercio justo y las empresas sociales.
• Las competencias están relacionadas con una gestión proactiva de los proyectos (entrañan capacidades como la planificación, la organización, la gestión, el liderazgo y la delegación, el análisis, la comunicación, la celebración de sesiones informativas, la evaluación y el registro), así como con una representación y negociación efectivas y con la habilidad para trabajar tanto individualmente como de manera colaborativa dentro de un equipo. Es esencial la capacidad de determinar los puntos fuertes y débiles de uno mismo y de evaluar y asumir riesgos cuando esté justificado.
• La actitud empresarial se caracteriza por la iniciativa, la proactividad, la independencia y la innovación tanto en la vida privada y social como en la profesional. También está relacionada con la motivación y la determinación a la hora de cumplir los objetivos, ya sean objetivos personales o metas fijadas en común con otros, incluido en el ámbito laboral.
Un punto de partida interesante en esta dirección es la definición de competencia -competency- que propone la OCDE en su Proyecto PISA, que la equipara al término alfabetización -literacy-. Por tanto, alfabetización emprendedora y competencia emprendedora se interpretarían como conceptos sinónimos. En este marco (OCDE, 2012: 12) se da al término literacy el siguiente significado: “la capacidad de los estudiantes para aplicar conocimiento y habilidades en áreas clave del tema y analizar, razonar y comunicar efectivamente como ellos plantean, resuelven e interpretan problemas en una variedad de situaciones”.
Siguiendo la conceptualización propuesta por la OCDE, la alfabetización o competencia emprendedora se entiende como un conjunto de conocimientos, habilidades, comportamientos y actitudes:
1. Conocimientos que permitan “reconocer las oportunidades existentes para las actividades personales, profesionales y comerciales, incluidos aspectos de mayor amplitud que proporcionan el contexto en el que las personas viven y trabajan, tales como la comprensión en líneas generales del funcionamiento de la economía, y las oportunidades y desafíos que afronta todo empresario u organización” (Recomendación 2006/962/CE). Los conocimientos son el dominio de conceptos y técnicas.
Aun cuando es obvio que no cabe esperar de jóvenes de 15 años que tengan un conocimiento avanzado de las finanzas, los riesgos o los procesos necesarios para crear una nueva empresa, sí cabe afirmar que es deseable que cuenten con un conocimiento de elementos fundamentales del proceso emprendedor, que les hagan conscientes de la necesidad de ser creativos y de cómo manejar la transformación de esa creatividad en acciones innovadoras que den como resultado situaciones nuevas, así como de los riesgos que penden sobre estas decisiones. Por ejemplo, PISA incluye en este grupo cognitivo dentro del ámbito de la alfabetización financiera los contenidos de dinero y transacciones, planificación y gestión de las finanzas, riesgo y beneficio, y panorama financiero. En el caso de la alfabetización emprendedora, los conocimientos requeridos deberían abarcar todos aquellos que sean valiosos para crear y aprovechar oportunidades.
2. Habilidades “relacionadas con una gestión proactiva de los proyectos (entrañan capacidades como la planificación, la organización, la gestión, el liderazgo y la delegación, la búsqueda y análisis de información para detectar oportunidades, la comunicación, la celebración de sesiones informativas, la evaluación y el registro), así como con una representación y negociación efectivas y con la habilidad para trabajar tanto individualmente como de manera colaborativa dentro de un equipo. En esencial, la capacidad de determinar los puntos fuertes y débiles de uno mismo y de evaluar y asumir riesgos cuando esté justificado” (Recomendación 2006/962/CE).
Las habilidades emprendedoras incluyen procesos cognitivos complementarios a los conocimientos puramente empresariales, como son los de buscar, comparar, contrastar, extrapolar, evaluar y aplicar información dentro de cierto contexto. Siguiendo la propuesta elaborada por la OCDE (2012: 13-14) para el concepto de alfabetización financiera, estas habilidades incluyen competencias matemáticas como las que permiten calcular un porcentaje o convertir el valor de una moneda en otra; competencias lingüísticas tales como la de leer e interpretar textos publicitarios y contractuales; y competencias para gestionar los factores emocionales y psicológicos que influyen en la toma de decisiones.
3. Actitudes definidas por las preferencias respecto al riesgo, la rentabilidad y el ahorro. “La actitud empresarial se caracteriza por la iniciativa, la proactividad, la independencia y la innovación tanto en la vida privada y social como en la profesional. También está relacionada con la motivación y la determinación a la hora de cumplir los objetivos, ya sean objetivos personales o metas fijadas en común con otros, incluido en el ámbito laboral” (Recomendación 2006/962/CE).
Aun cuando los proyectos puestos en marcha para desarrollar la competencia emprendedora suelen limitarse a la dimensión cognitiva (conocimientos y habilidades), un individuo competencialmente alfabetizado para emprender es aquel que aúna a los conocimientos y habilidades antes descritos, otros atributos no cognitivos como son la motivación y la confianza para asumir riesgos informados y calculados para lo que busca con antelación información y asesoramiento. De hecho, los modelos cognitivos del proceso emprendedor conjugan todas estas variables como antecedentes explicativos del comportamiento emprendedor.
4. Comportamientos regidos por los criterios de responsabilidad (que significa participación activa e informada en el mercado) y creatividad productiva (que significa producción de ideas innovadoras que ayuden a resolver problemas económicos y sociales).
El concepto de “espíritu emprendedor” tan querido por la Comisión Europea encaja mal con esta multidimensionalidad del constructo “competencia emprendedora” pues se limita al campo de las actitudes. En cambio, la definición de competencia emprendedora facilita la distinción entre antecedentes cognitivos, actitudes y comportamientos, que resulta vital para comprender mejor el proceso de emprendimiento. El tema ha sido estudiado desde múltiples disciplinas. Economía, Sociología, Psicología, Antropología y Gestión Empresarial se han interesado por explicar la actitud, la propensión, el comportamiento y los resultados emprendedores, y los vínculos entre estos elementos.
Una vez puesta en cuarentena la capacidad predictiva directa de los antecedentes del acto creacional de un nuevo negocio, la investigación se ha orientado durante las décadas de 1990 y 2000 hacia el diseño de modelos globales que tengan en cuenta otros posibles antecedentes del espíritu emprendedor, además de las variables individuales cognitivas y situacionales, así como el resto del mecanismo que permite explicar por qué, cómo y cuándo algunas personas pero no otras descubren y explotan oportunidades (Shaver & Scott, 1991, Shane & Venkataraman, 2000, Schlaegel & Koenig, 2014).
La pieza clave que encaja estos elementos, y que estaba ausente de los estudios previos centrados en el perfil personal, es la intención. Las actitudes y los comportamientos emprendedores vienen antecedidos por la intención o propensión ante el emprendimiento. La literatura psicológica considera la intención como el factor más potente para predecir un comportamiento planificado (Ajzen, 1991), especialmente cuando su producción de resultados puede ocurrir en un periodo de tiempo dilatado, como ocurre en el caso de la creación de una empresa (Manne, 2011).
La intención emprendedora, entendida como la conciencia y voluntad de crear un nuevo negocio (Krueger & Carsrud, 1993), es un concepto directamente entresacado de la perspectiva económica del fenómeno. En ellos, la intención emprendedora es definida como un estado mental que dirige la atención, el interés y la acción hacia la explotación deliberada de oportunidades de negocio (Bird, 1998). Luego la intención de emprender se concibe como el desencadenante principal del consiguiente comportamiento emprendedor, mientras que dicha intención puede ser pronosticada a partir de variables de naturaleza actitudinal y cognitiva, así como por otros factores exógenos.
Los modelos teóricos más fecundos han sido pues los denominados modelos de intención emprendedora (Krueger et al., 2000). Los modelos intencionales son pues una respuesta teórica novedosa a la baja capacidad predictiva de los estudios de rasgos psicológicos y demográficos aplicados al emprendimiento empresarial. Luego estos modelos predicen que las variables exógenas no estarán relacionadas directamente con el comportamiento concreto que se adopte, necesitándose de que impacten sobre alguno de los factores determinantes de dicha conducta.
Los marcos teóricos más influyentes en la literatura explicativa de la intencionalidad empresarial han sido el Modelo del Suceso Empresarial (Shapero, 1982) y la aplicación al problema de la Teoría del Comportamiento Planificado (Ajzen, 1985). Ambos enfoques han sido los más analizados empíricamente, según concluyeron Schalaegel & Koenig (2014) en su exhaustiva revisión de la literatura sobre antecedentes de la intención emprendedora. Fayolle & Liñán (2014) son de la opinión que la TCP ofrece la especificación teórica predominante en la literatura. Posteriormente han ido apareciendo otros modelos que combinan variables de ambos modelos. Es el caso del Modelo del Potencial Emprendedor (Krueger & Carsrud, 1993, Krueger & Brazeal, 1994), y el marco más reciente de Schalaegel & Koenig (2014). Otra línea de modelización teórica se ha apartado de los dos modelos principales. Es el caso de las propuestas de Bird (1998), Boyd & Vozikis (1994), Davidsson (1995) y Autio et al. (1997).
El Modelo del Suceso Empresarial de Shapero (1982) propone que la propensión para iniciar una actividad emprendedora arranca de un suceso precipitador, en forma de cambio externo al sujeto, que puede ser positivo (recibir una herencia) o negativo (ser despedido), de la suficiente magnitud para quebrar la inercia del comportamiento pasado. El cambio también requiere una creencia previa de que dicha actividad es realizable y deseable, así como una propensión personal a actuar sobre las oportunidades. Por tanto, este modelo sólo propone dos antecedentes actitudinales de la intención de emprender, si bien el efecto de la deseabilidad y la factibilidad percibida de la conducta sobre la intención está mediado por la credibilidad. Los factores personales y contextuales (como la experiencia laboral o el ejemplo de modelos familiares) sólo actúan como determinantes de la deseabilidad y la factibilidad percibidas. El problema de esta teoría es que pretende explicar una intención como respuesta simplemente a estímulos, cuando en la realidad una conducta emprendedora parte siempre de una cierta planificación (Bird, 1998). La creación de una nueva empresa no es un acto automático, sino que requiere un cierto periodo de maduración y planificación. Los individuos no reaccionan de modo automático ante los estímulos del contexto, sino que procesan la información ofrecida por su entorno realizando un trabajo cognitivo de transformación de las oportunidades percibidas en modelos de negocio viables (Katz & Gartner, 1988, Krueger, 1993).
La Teoría del Comportamiento Planificado TCP (del inglés Theory of Planned Behavior) (figura 2.2) se ha convertido en el marco de referencia más común en la literatura sobre la intención emprendedora. La TCP fue desarrollada por Ajzen en una serie de trabajos aparecidos desde 1985 (Ajzen, 1985, 1987, 1991, 2001, 2002, 2005) y es un desarrollo natural de la Teoría de la Acción Razonada (del inglés Theory of Reasoned Action) (TAR) que el mismo Ajzen construyó con Fishbein unos años atrás (Fishbein & Ajzen, 1975, Ajzen & Fishbein, 1980) para aplicarla a situaciones en las que el individuo tiene un control limitado. La principal diferencia entre ambas aproximaciones es que la TAR, a la hora de explicar la intención, no toma en cuenta el control de comportamiento percibido (Madden, Ellen & Ajzen, 1992). El manejo de más variables en su marco explicativo ha hecho que la TCP se demuestre superior a la TAR en la predicción de la intención y del comportamiento.
Figura 2.2. Teoría del comportamiento planificado.

Fuente: Ajzen (1991).
La TCP propugna que el comportamiento viene determinado por la intención. La intención de un individuo para ejecutar determinada conducta es esencial para explicar por qué la hace, dado que dicha propensión trasluce el nivel de esfuerzo que piensa invertir en realizar tal comportamiento. La intención a su vez depende de la actitud, de la norma subjetiva o norma social percibida y del control sobre el comportamiento percibido por el actor. La intención es una función de tres tipos de creencias: actitud, norma subjetiva y control del comportamiento percibido.
— La actitud está integrada por las creencias de comportamiento, definidas por las creencias del actor en los probables resultados de una acción, por la percepción de la conveniencia personal o deseabilidad de la misma y por las expectativas sobre el impacto positivo o negativo que tiene sobre el decisor los resultados de su conducta. Luego dependiendo de cómo evalúe una persona un comportamiento, su intención se formará de un modo distinto (Ajzen, 1991).
— La norma social percibida o norma subjetiva constituye la percepción del individuo sobre los valores, normas y creencias de las figuras que le merecen respeto y admiración, así como de su deseo de respetarlas y seguirlas; viene pues influida por las creencias normativas de otros individuos. Esto equivale a creer que cuando personas del contexto del decisor que son importantes para él esperan que el individuo emprenda, su decisión tenderá a seguirles. Las variables contextuales (valores de la sociedad, la familia y otros contextos personales) adquieren así un papel relevante a la hora de explicar la intención emprendedora al influir sobre las propìas creencias personales (Liñán et al., 2013).
— Por último, el control sobre el comportamiento percibido viene determinado por las creencias de control real que una persona ejerce en cierta situación para ejecutar un comportamiento específico (Bird, 2015: 154). Esta creencia tiene que ver con la facilidad o dificultad percibida en la ejecución de la acción (auto-eficacia) basada en la evaluación de la habilidad intelectual y de la destreza para superar dificultades de forma efectiva; y por las expectativas de costes y resultados que lleva asociadas (elemento de controlabilidad o de anticipación de las facilidades y problemas que se encontrará al realizar la actividad). La premisa de un control voluntario sobre el comportamiento percibido (Madden, Ellen & Ajzen,1992) implica asumir que, antes de decidir un curso de acción, las personas piensan en las consecuencias de sus acciones; y cuando alcanzan un alto nivel de control percibido de la conducta su intención de ejecutarla se fortalece al aumentar su motivación para el esfuerzo y la perseverancia (Ajzen, 2002: 667).
Por tanto, la forma en que valoramos un cierto comportamiento (tanto por nuestro propio juicio personal como por la influencia del contexto -entorno educativo, grupo étnico, edad, familia, amigos, etc.) y la conclusión favorable o desfavorable que extraigamos (en términos de su repercusión favorable o desfavorable) dictaminará en buen grado nuestra intención.
Aplicado al ámbito profesional, la TCP propone un modelo aplicable a la selección de carrera en general y a la intención emprendedora en particular. La actitud personal hacia el emprendimiento está asociada con los atributos que el sujeto identifica con el comportamiento emprendedor. La valoración positiva o negativa que de dichos atributos personales se realice está determinada por las creencias de comportamiento que se tengan, y no tanto por el carácter del rasgo en sí mismo. Así, un mismo atributo como es ser el propio jefe puede dar lugar a una actitud favorable al emprendimiento si el estudiante valora su independencia, pero podría juzgarse negativamente si ello le supone un sobreesfuerzo personal que penalice su vida familiar o le aleje de su círculo social de referencia (Ajzen, 2001). La norma subjetiva mide la presión que el alumno sufre a la hora de decidir emprender procedente de su entorno inmediato (familia, amigos y compañeros). En cuanto al control percibido del comportamiento, refleja la percepción que el actor tiene de la viabilidad de los resultados asociados a la acción, o en otros términos su convicción en que puede organizar y ejecutar eficazmente la acción (Ajzen, 2002). El control percibido comprende tanto la seguridad de sentirse capaz de emprender como la percepción que se tenga de controlar el comportamiento para emprender (Liñán & Chen, 2009). Según perciba que reúne las capacidades y los requisitos necesarios para hacer viable la tarea, aumentará su tenacidad y el esfuerzo realizado para desarrollarla (Waung, 1995). La relación entre autoeficacia e intención emprendedora se justifica por la lógica de las personas de eludir aquellas opciones profesionales que sobrepasan sus capacidades (Krueger & Dickson, 1994), apostando en cambio por otras en las que se consideran competentes.
El Modelo del Potencial Emprendedor (figura 2.3) de Krueger & Brazeal (1994) arranca de considerar la intención emprendedora como un compromiso con el desarrollo de alguna conductora emprendedora futura (Krueger, 1993). Las intenciones representan pues elementos motivacionales para emprender una conducta dada. Sus autores elaboraron esta teoría como un intento de fusionar el Modelo del Suceso Empresarial de Shapero (1982) y la Teoría del Comportamiento Planificado de Ajzen (1991). La iniciativa emprendedora y la explotación de oportunidades siguen siendo fijadas como un proceso intencional que afecta a las actitudes y al comportamiento. La diferencia con el modelo del comportamiento planificado es que la percepción de deseabilidad y de viabilidad no son antecedentes directos de la intención, mediando entre ellas dos fases: la credibilidad (entendida como la forma en que el comportamiento es percibido frente a otras alternativas), el potencial (resultante de la preparación previa en términos de cualificación formal y de experiencia práctica) y un suceso “desencadenante” que dispara el salto desde la intención a la acción.
Figura 2.3. Teoría del Potencial Emprendedor.

Fuente: Krueger & Brazeal (1994).
Por último, el Modelo de Determinantes en las Intenciones Emprendedoras obra de Davidsson (1995) es un marco de inspiración económico-psicológica que explica la intención emprendedora de las personas a partir de dos variables: la convicción (autonomía, logro, competitividad, conocimiento, orientación monetaria) y la situación presente en empleo. El dominio de estas variables se corresponde bien con el de la autoeficacia de la TCP.
El principal reto de los modelos intencionales es mostrar que las relaciones entre creencias, actitudes, intenciones y comportamientos siguen la senda marcada teóricamente (Kim & Hunter, 1993). Los modelos intencionales, y sobre todo el TCP, han sido objeto de contraste empírico principalmente entre poblaciones de estudiantes universitarios, al considerar que se trata de universos con una amplia variedad de actitudes, experiencias, competencias, intenciones y comportamientos en relación al emprendimiento (Krueger, 1993, Krueger, Reilly & Carsrud, 2000, Franke & Lüthje, 2004).2 Existe incluso un proyecto de investigación internacional titulado Global University Entrepreneurship Spirit Students’ Survey (GUESS) cuyo objetivo es comprender y explicar la intención y la actividad emprendedora de los estudiantes universitarios. Su primera encuesta se hizo en 2003 y acumula ya siete oleadas (cada dos-tres años aproximadamente) siendo la última en el verano de 2016. Se trata probablemente del proyecto de investigación en el campo de mayor dimensión mundial, pues participan 50 países, más de 1.000 universidades y más de 122.000 alumnos (Sieger et al., 2016). Esta literatura ha facilitado una comprensión más completa del proceso emprendedor, aunque persisten ciertas brechas de conocimiento.
Los factores psicológicos y no psicológicos (demográficos, formación y experiencia) se han mostrado relevantes para explicar las motivaciones emprendedoras (Baum & Locke, 2004), aunque no existe una lista de estas variables antecedentes que sea comúnmente aceptada (Chandler & Lyon, 2001, Liñán & Chen, 2009), permaneciendo el debate sobre el poder explicativo de las variables de personalidad y del entorno (Sesen, 2013). Las validaciones empíricas del modelo TCO avalan la influencia directa sobre la intención de emprender de la actitud hacia la conducta y el control percibido (Kolvereid, 1996, Krueger et al., 2000, Autio et al., 2001, Veciana et al., 2005, Soutaris et al., 2007, Toledano & Urbano, 2008, Liñán et al., 2011, Díaz-Casero et al., 2012).
— La existencia de una relación positiva entre la actitud ante el comportamiento emprendedor y la propensión emprendedora ha sido validada con éxito en un buen número de trabajos (Lortie & Castogiovanni, 2015). Así, la propensión al riesgo y una actitud positiva se asocian con una alta intención emprendedora (Shepherd & Douglas, 1997), al influir sobre algunas variables predecesoras de la misma como es la autoeficacia (Zhao et al., 2005). El perfilado de una identidad personal bien construida también colabora en fortalecer otros componentes de la personalidad como la imaginación y la creatividad (Bernal, 2014).
— Por otro lado, la autoeficacia se defiende como el principal predictor personal de la intención emprendedora (Bandura, 1986) ante la evidencia empírica de su fuerte influencia (Scherer et al., 1989) tanto directa como asociada con otras variables (Zhao et al., 2005).
— También han reportado evidencias confirmatorias algunos trabajos basados en el modelo del potencial emprendedor (Krueger, 1993, 2000, Krueger & Carsrud, 1993, Krueger & Brazeal, 1994, Krueger et al., 2000, Guerrero et al., 2008), que identifican la factibilidad (equiparable al control percibido) y la deseabilidad (asimilable a la actitud ante la conducta) como los dos principales determinantes de la intención emprendedora.3
— En cambio, aunque el modelo TCO presupone un efecto positivo de las normas subjetivas percibidas sobre la intención emprendedora, la investigación empírica reporta resultados contradictorios a favor (Kolvereid & Isaksen, 2006, Liñán & Chen, 2009) y en contra (Krueger et al., 2000, Miralles et al., 2017). La norma subjetiva constituye pues el predictor de la intención emprendedora más débil del modelo TCO (Liñán et al., 2013).
Sin embargo, estos antecedentes no se han manifestado como determinantes directos del comportamiento emprendedor. La relación principal es entre la intención (disposición para asumir cierto comportamiento) y la conducta pues la primera se considera como el antecedente inmediato de la segunda. A pesar de la importancia de esta relación, la gran mayoría de estudios basados en los modelos clásicos intencionales se han enfocado en el vínculo entre actitudes e intenciones y no en el proceso por el cual éstas se transforman en la creación de nuevas empresas (Kolvereid, 1996, Soutaris et al., 2007, Schlaegel & Koenig, 2014). El fuerte carácter predictor de la intención emprendedora sobre el comportamiento directivo futuro, que se pronostica teóricamente (Katz, 1988, Reynolds, 1995, Sutton, 1998, Krueger, Reilly & Carsrud, 2000, Armitage & Conner, 2001), sólo se ha intentado corroborar empíricamente en ciertas investigaciones recientes (Kolvereid & Isaksen, 2006, Kautonen et al., 2013a,b, 2015, Rauch & Hulsink, 2014, 2015, Gielnik et al., 2014, 2015, Van Gelderen et al., 2015, Obschonka et al., 2015, Reuel Jonmark et al., 2016). Esta literatura apunta de forma consistente hacia el hecho que una parte significativa de la población que expresa la intención de emprender no la concreta en acciones de emprendimiento consecuentes. La laguna que apenas ha sido abordada es la de determinar cuáles son los factores que inciden favorablemente para traducir la intención en acción de forma exitosa, aunque algunos recientes estudios como los de Gielnik et al. (2014), Van Gelderen et al. (2015, 2017) y Lanero et al. (2015) están empezando a perfilar este mecanismo.
2.4. ¿Los empresarios nacen o se hacen?
La gran importancia concedida a la comprensión de la génesis del proceso emprendedor que arranca en la intención de emprender, y que según los modelos intencionales reside en las variables desencadenantes de la intención emprendedora, obliga a fijar la atención en aquellos aspectos que condicionan el proceso de transformación por el emprendedor de las oportunidades percibidas en ideas de negocio viables. Es decir, el estado en competencia emprendedora estará condicionado por el entorno educativo en cierta medida.
Dos son las cuestiones cruciales que mayor polémica encierran:
a. ¿Los rasgos de la personalidad del emprendedor pueden ser desarrollados tras el nacimiento, es decir, pueden alterarse como consecuencia del entorno familiar o socioeconómico en el que el individuo se desenvuelve y de las acciones de formación orientadas a tal efecto?
b. ¿Cuál es la influencia que ejercen los rasgos personales innatos al emprendedor sobre la eficacia de los programas de capacitación orientados a completar el aprendizaje emprendedor con la adquisición de conocimientos y el desarrollo de otras capacidades?
El debate sobre estas cuestiones está abierto entre los mismos emprendedores.4 Ignacio Ramírez, el fundador de SaveMeeting, es de la opinión que “hay una serie de personas que poseen habilidades que se adaptan mejor al perfil tipo del emprendedor energía, empuje, valentía, cierto carácter, capacidad para comunicar, capacidad para trabajar muy sólo, toma de decisiones. No se trata de un talento especial, sino que cualquiera puede emprender. Practicando y ejercitando podemos convertir en fortalezas habilidades que eran claras debilidades de nuestro perfil personal o profesional, ahora bien, lo tendrán más fácil aquellas personas que encuentren como fortalezas de su carácter estas habilidades”. Esta posición equivale a pensar que se puede enseñar a ser emprendedor, pero si no tienes madera de emprendedor, es probable que nunca encuentres la oportunidad. En cambio, Enrique Dubois, el fundador de Mola.com, vota por que todos nacemos emprendedores: “Todos nacemos emprendedores y prueba de ello es que los niños lo son, ya que se cuestionan constantemente el porqué de las cosas y nos sorprenden constantemente. Lo que sucede es que algunos niños limitan su creatividad y aceptan el status quo y otros nunca lo hacemos”.
La creatividad, como cualidad esencial para alumbrar la idea que facilite la transición desde la disposición emprendedora al acto de creación, se une desde este punto de vista a la figura del genio. La asociación de la creatividad a la figura del creador desbordante y único daría pues a entender que dicha cualidad es innata. Esta interpretación tiene su parte de razón, pues es innegable la existencia de figuras empresariales irrepetibles guiadas por un talento creativo irrepetible.
Los trabajos que destacan el concepto psicológico de emprendimiento como un conjunto de atributos personales asumen implícitamente la premisa de que los emprendedores nacen y no se hacen. Incluso algún estudio reciente (Zhang et al., 2009) propone que existe una predisposición individual genética hacia el emprendimiento. Los estudios más impactantes han sido los realizados en gemelo idénticos, que comparten naturalmente el 100% de su ADN, aunque pueden haber experimentado diferentes entornos y educación. Es el caso del estudio realizado por Scott Shane, profesor de la Case Western Reserve University. Shane, tras analizar a cientos de pares de gemelos, concluyó que los hermanos idénticos tenían tasas mucho más altas de “tendencias empresariales compartidas” que sus contrapartes fraternales o sujetos del grupo de control.5
Existe incluso la opinión ampliamente difundida de que el sistema educativo mata el espíritu emprendedor. Así lo piensa Anxo López, el cofundador de Miudo.es, quien afirma: “El aprendizaje en lugar de encaminarnos hacia ocupar un puesto en el sistema nos debería ayudar a crear oportunidades en los huecos existentes en el mismo, tal y como hacíamos con nuestra limitadas habilidades cuando jugábamos como niños. Miguel Moya, el fundador de Injoinet, es de la misma idea: “El sistema educativo “tradicional” y el entorno sociocultural tardan pocos años en enseñar al individuo las desventajas que supone emprender frente a la comodidad/seguridad que ofrecen otras alternativas profesionales”, dice “¿Si se puede enseñar? Creo que a un adulto sólo se le puede enseñar algo que quiera aprender,” añade.
En cambio, los modelos intencionales asumen que el emprendedor se puede formar a través de la educación (Dickson et al., 2008). Existe una amplia literatura que explica la intención emprendedora de los jóvenes a partir de su inmersión en una enseñanza participativa y vivencial que les enseñe a pensar (Gibb, 1987, 1998, Kolb et al., 1987, Rabbior, 1990, Crowley et al., 1995, Hailey, 1995, Gundry & Kiekul, 1996, Kourilsky, 1996, Kourilsky & Carlsson, 1997, Liñán et al., 2011, Liñán et al., 2011, Bae et al., 2014).6 Desde el ámbito pedagógico, se ha insistido en que las competencias profesionales (entre las que incluyen la competencia emprendedora) se adquieren a través de la formación y de la experiencia en ciertas situaciones de trabajo (Garagorri, 2009). Los partidarios de esta tesis rechazan que la genética tenga un rol en el desarrollo como emprendedor.
Desde esta perspectiva, se defiende incluso que la cualidad nuclear del emprendedor, la creatividad, puede motivarse y aprenderse, tal y como se aprende a leer. Toda persona sería entonces capaz de tener una idea genial, si se le coloca en las condiciones adecuadas. Un profesor competente podría entonces guiar el caudal creativo de los alumnos y avivar el fuego que late en todos ellos instruyéndoles en las actitudes y aptitudes precisas. Dotado de los instrumentos adecuados, sería pues capaz tanto de desarrollar los mimbres de que se nutre la capacidad creativa (la originalidad, la flexibilidad, la innovación) como de diluir las restricciones que sofocan tales cualidades (manifestadas en bloqueos de actitudes, de conductas y de pensamiento) (Fundación Botín Report, 2012).
Buena parte de la literatura sobre Entrepreneurship y Management secunda este segundo punto de vista. Podemos citar el testimonio de Peter Drucker (1986), reconocido como el fundador de la moderna dirección de organizaciones:
Cabe albergar serias dudas sobre el mito de que el empresario nace y no se hace. Aun cuando existen una serie de características personales innatas al emprendedor de éxito, la casi totalidad de sus rasgos técnicos / profesionales (la experiencia profesional, la formación, el conocimiento específico del negocio y de los mercados, los contactos profesionales) son fruto del propio trabajo y del aprendizaje, estando pues al alcance de la mayoría de los potenciales empresarios. Es más, incluso el perfil personal puede trabajarse por el candidato a emprendedor para mejorar su registro de realización
La posición oficial de los organismos públicos gira en torno a la valorización de la relevancia de la educación como antecedente de la intención emprendedora. Así la European Commission (2013a: 6) sostiene la siguiente tesis:
La inversión en educación en materia de emprendimiento es una de las más rentables que puede hacer Europa. Las encuestas indican que entre el 15 % y el 20 % de los estudiantes que participan en un programa de miniempresas en la enseñanza secundaria crearán luego su propia empresa, y esa cifra es de tres a cinco veces mayor que la de la población en general. Acaben o no fundando empresas o empresas sociales, los jóvenes que se benefician del aprendizaje del emprendimiento desarrollan los conocimientos empresariales y aptitudes y actitudes esenciales, como la creatividad, la iniciativa, la tenacidad, el trabajo en equipo, el conocimiento del riesgo y el sentido de la responsabilidad. Esa es la mentalidad emprendedora que les ayuda a transformar las ideas en actos y también aumenta considerablemente la empleabilidad
Sin embargo, a pesar de que los informes de la Comisión Europea afirman repetidamente lo contrario, los factores formativos sólo se han confirmado empíricamente como un antecedente relevante de importancia contrastada para inculcar en la juventud una propensión emprendedora, pero no figuran como los desencadenantes de la transformación de las ideas en acción, es decir, en el paso de la intención a la creación. La formación aporta a los potenciales emprendedores las capacidades necesarias para identificar mercados, oportunidades y necesidades de los clientes, así como para obtener el resto de recursos precisos para poner en marcha el nuevo proyecto (Castrogiovanni, 1996). También les suministra las capacidades de gestión que capacitan para articular un buen plan de negocio que reduzca los costes y aumente la expectativa de rentabilidad (Haber & Reichel, 2005). Luego la formación puede ser también una variable moderadora que incida sobre la relación entre intención y comportamiento depredador. Tortella et al. (2011) incluso han concluido que la educación recibida por los empresarios, tanto la específica como la de carácter general, tiene un papel determinante nítido en su ejecutoria.
Pero el paso de la intención a la creación precisa un grado de decisión que tiene mucho que ver no con la genética, pero sí con la trayectoria personal. Cary Cooper, profesor de psicología de las organizaciones y salud del Lancaster University Management School, sostienen que “lo que determina si alguien puede convertirse en un empresario son sus experiencias tempranas”. Según sus investigaciones, “el empresario a menudo es alguien que ha tenido una experiencia negativa cuando joven, como el divorcio de los padres o abuso en la escuela, y lo sobreviven, aprenden de ello y quieren recuperarse o demostrar a quienes los menospreciaron que se equivocaron. Esa determinación los hace mucho más proclives a asumir los riesgos necesarios para ser empresarios exitosos”.7
La experiencia temprana no tiene por qué ser traumática, sino que puede deberse al influjo de un mentor. Luke Johnson emprendedor en serie de éxito que ha puesto en funcionamiento cadenas de restaurantes como Pizza Express, Strada y Patisserie Valerie en Reino Unido, afirma que “si uno tiene un ejemplo a seguir en casa, alguien que no quería trabajar para nadie, que no dependía de un empleador, eso ayuda”.
En su experiencia, “tras trabajar con muchos empresarios y haber conocido cientos de ellos, todos tienen algún familiar o amigo cercano que les sirvieron de modelo para imitar, una persona que trabaja para sí mismo o un jefe de su propia compañía”. Aunque muchos emprendedores no provienen de padre o madre emprendedores, ni forman parte de una gran cadena de emprendedores perteneciendo a familias sin antecedentes empresariales, parece difícil negar que cuando uno cambia el vivero por la red y no ha estado expuesta a esa experiencia, el paso decisivo cuesta mucho más: “Si alguien viene de un entorno en el que todos tienen un empleo seguro, con una carrera que promete durar de por vida y una pensión al final, la idea de empezar solo sin una red de seguridad puede ser aterradora”. Dos expertos en economía, el catedrático David Blanchflower, del Dartmouth College en Estados Unidos, y Andrew Oswald, de la Universidad de Warwick en Reino Unido, concuerda con Johnson.8 Aquellas personas que no han tenido la oportunidad de rozar con mentores que jueguen roles de ejemplo como emprendedores, no tienen otra oportunidad de observar estos espejos que en programas educativos que incluyan prácticas en empresas y reuniones y trabajo en equipo con emprendedores en acción.
Este desarrollo de la cuestión de si los empresarios nacen o se hacen está centrado en los desencadenantes de la acción de creación. Pero el valor del emprendimiento no reside en acometer este acto creador, sino en conseguir triunfar con él. Cabe pues interrogarse sobre si los pesos de la genética y la educación son similares cuando nos preguntamos si los empresarios de éxito nacen o se nacen.
Para el especialista en negocios Peter Ryding, “los empresarios exitosos nacen, no se hacen. Uno puede entrenar a la gente a manejar el estrés, ser mejor líder, cómo ser tenaz, humilde, positivo, pero si no tienen la base genética, es difícil. Yo calcularía que la respuesta sencilla es: 70% innato, 10% adquirido y 20% aprendido”. Las dos características genéticas clave que Ryding destaca son “pensamiento adaptable” y “ver la realidad positivamente”: “Una persona con ‘pensamiento adaptable’ puede detectar una necesidad, decidir qué habilidades se requieren para satisfacerla y aplicarlas rápida y efectivamente. Pueden hacer eso una y otra vez a medida que se presentan nuevas necesidades”. Por su parte, con ‘ver la realidad positivamente’ se refiere “a que los empresarios son mejores para ver si algo está mal en un plan y saber qué hacer para volverlo positivo”.
Brian Morgan, profesor de desarrollo de la capacidad empresarial en la Universidad Metropolitana de Cardiff, Gales, también atribuye a los “factores genéticos heredados” un importante papel: “En general, un 40% de las habilidades empresariales pueden adscribirse al ADN”, estima. “Pero el 60% de las aptitudes requeridas para crear un negocio sostenible y exitoso -como pericia técnica y financiera- tienen que adquirirse. Eso se puede enseñar en cursos o se puede aprender trabajando por unos años en una firma grande en el sector que sea del interés del que el empresario en ciernes”. Además, Morgan distingue a los empresarios entrenados porque “son más dados a prestar atención a los detalles y a empezar sus negocios sobre bases más firmes”.9
Un estudio de referencia al respecto es el de Kathryn Shaw, profesora de la Universidad de Stanford, que en base al análisis de los datos de 2,8 millones de pequeñas empresas orientado a conocer la importancia de la experiencia en el éxito, concluyó que las tasas de éxito eran significativamente mayores para los empresarios con mayor veteranía en gestión. Por tanto, con independencia de la predisposición a iniciar un nuevo negocio y del peso de los genes en esta probabilidad, el factor fundamental para el éxito emprendedor es la experiencia poseída en un rol empresarial. La probabilidad genética de crear una nueva empresa no equivale a la probabilidad de éxito de la misma. La probabilidad de triunfar es más alta si cuentas con una práctica significativa superior que si posees una dotación genética más proclive al emprendimiento. Por tanto, los emprendedores de éxito se hacen comprometiendo su esfuerzo en mejorar sus habilidades, encontrar buenas ideas y trabajar para superarse personalmente.10
2.5. Concepto de educación emprendedora
Los enfoques, objetivos y contenidos de la educación emprendedora pueden variar significativamente según el concepto que se tenga de espíritu emprendedor y del contexto nacional y educativo al cual vaya referido. El concepto de educación emprendedora ha sido manejado asiduamente con significados diversos, pues con él se ha designado tanto la actividad o proceso (de alcance heterogéneo, con diferentes filosofías del proceso de aprendizaje) desarrollado para conseguir que las personas adquieran ciertas destrezas y conocimientos o desplieguen ciertas actitudes y comportamientos de cara a conseguir unos resultados eficaces en la toma de decisiones con riesgo, como los mismos resultados.
El abanico de conceptos de educación emprendedora puede organizarse en tres categorías (Sánchez et al., 2017: 415-416):
• Educación sobre emprendimiento: consiste en impartir conocimiento general sobre conceptos relacionados con el emprendimiento (O’Connor, 2013, Van der Verheul. 2003). Es la versión más limitada de la educación emprendedora, pues se restringe a transmitir conocimientos teóricos sobre el emprendimiento sin ir acompañados de prácticas que consoliden el aprendizaje e induzcan cambios en las actitudes de los receptores.
• Educación a través del emprendimiento: es el método de enseñanza basado en el proceso y experimental (action-based) en el cual los potenciales emprendedores aprenden directamente por medio de su inmersión en experiencias emprendedoras (Kyrö, 2005). Este concepto ha guiado frecuentemente los programas de educación emprendedora desplegados en las escuelas de negocios, que han puesto su foco en la educación práctica y experiencial (Rasmussen & Sörheim, 2006, Henry et al., 2005). La idea de educar a través del emprendimiento también ha arraigado en las universidades emprendedoras, que intentan funcionar como focos de aprendizaje para potenciar a personas que ser emprendedores mediante métodos vanguardistas que ayuden al desarrollo de las capacidades, las actitudes y las formas de pensar y sentir de estos sujetos (The Entrepreneurial University, 2013, Etzkowitz, 2004, Etzkowitz et al., 2000). La transformación de las universidades tradicionales en universidades emprendedoras supone cambiar de raíz las características de estas instituciones (Guerrero et al., 2015, European Commission, 2012a, Thorp & Goldstein, 2010), orientándolas a demostrar la excelencia en todos sus niveles, a facilitar el despliegue de facultades innovadoras, a implicar a los alumnos en oportunidades de aprendizaje diversas y en relaciones con la comunidad local y el mundo de los negocios, y en demostrar un compromiso a largo plazo para la creación de empresas (Arnaut, 2010).
• Educación para el emprendimiento: es la aproximación teórico-práctica para proveer conocimiento y habilidades sobre emprendimiento para influir en el desarrollo de actitudes y comportamientos emprendedores (Heinonen & Hytti, 2010, Scott et al., 1998).
La tercera acepción ha sido la adoptada por el Grupo de Trabajo Temático sobre Educación para el Emprendimiento de la Comisión Europea (European Commission, 2014a) y la Red Eurydice, que toma la definición marco acordada en Ginebra el 18 de enero de 2012 por la principal fuente de autoridad en la materia: el grupo de trabajo internacional sobre aprendizaje del emprendimiento integrado por representantes de ETF, GIZ, la OIT, la UNESCO y UNEVOC.
La UNESCO (2008) ha seguido esta línea definiendo la educación emprendedora como el conjunto de experiencias que aportan a los alumnos la capacidad y la visión de cómo acceder y transformar todo tipo de oportunidades utilizando su creatividad, iniciativa, responsabilidad y actitud ante el riesgo. Esta competencia iría más allá de la acción económica (creación de una empresa) configurándose como una capacidad transversal que ayudaría a los alumnos a anticipar y adaptarse al cambio.
El más reciente informe de European Commission/EAECEA/Eurydice (2016: 24) en la materia arranca de la noción de iniciativa y espíritu emprendedor como una competencia clave y transversal, ya explicada, y de la filosofía del concepto de educación para el emprendimiento instaurada por las fuentes citadas, plasmada en la siguiente definición operativa común:
La educación para el emprendimiento está enfocada a que los alumnos desarrollen las destrezas y mentalidad necesarias para transformar ideas creativas en acciones emprendedoras
El informe del Grupo de Trabajo Temático sobre Educación para el Emprendimiento de la Comisión Europea (European Commission, 2014a: 6), siguiendo a la UNESCO y a la European Training Foundation (2013), define la educación emprendedora en los siguientes términos:
Todas las formas de aprendizaje, educación y formación que contribuyan al espíritu, las competencias y el comportamiento emprendedor, con o sin un objetivo comercial
Estas definiciones dejan claro que la educación para el emprendimiento se extiende a todos los niveles educativos, desde la enseñanza infantil hasta el desarrollo profesional permanente. También traslada la consideración de la educación emprendedora como el corazón del ecosistema emprendedor que incluye a individuos, educadores, instituciones, policymakers y el entorno educativo y de los negocios. Ello exige reconocer el rol de cada participante en el ecosistema, sus resultados y sus impactos.
La adopción de decisiones emprendedoras requiere la posesión de una serie de destrezas y el despliegue de unas ciertas conductas en orden a conseguir unos resultados eficaces. Educación para el emprendimiento es el concepto habitualmente manejado para designar la actividad o el proceso realizado para conseguir esos requisitos. El criterio más ampliamente aceptado distingue la educación emprendedora como proceso, de los resultados conseguidos o del producto resultante del proceso que aluden al desarrollo del sentido de la iniciativa y espíritu emprendedor. Esta dualización de conceptos diferencia pues entre educación y resultados del proceso educativo denominados como alfabetización. Esta la perspectiva adoptada por la OCDE (2010) en el marco del proyecto PISA, que expresamente busca construir un marco de evaluación de los resultados del proceso educativo que denomina alfabetización.
Esta misma aproximación de la OCDE ha sido preconizada para distinguir los conceptos de educación financiera11 y alfabetización financiera (financial literacy). Según como la OCDE (2005b) la perfila en su Recommendation on principles and good practices for financial education and awareness, la educación financiera se concibe como “el proceso por el cual los inversores y los consumidores financieros mejoran su comprensión de los productos, conceptos y riesgos financieros y, a través de la información, la enseñanza y/o el asesoramiento objetivo, desarrollan las habilidades y confianza precisas para adquirir mayor conciencia de los riesgos y oportunidades financieros, tomar decisiones informadas, saber dónde acudir para pedir ayuda y llevar a cabo cualquier acción eficaz para mejorar su bienestar financiero”. En cambio, la alfabetización financiera se equipara con la capacidad final adquirida por las personas a consecuencia del proceso de educación financiera (Russia Trust Fund, 2013: 9). La definición dominante a nivel internacional es la acuñada en el ámbito del informe PISA en su edición de 2011: “alfabetización financiera es el conocimiento y la comprensión de los conceptos y riesgos financieros, y las habilidades, motivación y confianza para aplicar tal conocimiento y comprensión en orden a tomar decisiones efectivas a través de un rango de contextos financieros, para mejorar el bienestar financiero de los individuos y de la sociedad, y para permitir la participación en la vida económica” (OCDE, 2012: 13). El proceso de educación financiera se materializa en el conjunto de habilidades, conocimientos y actitudes que les facultan para gestionar apropiadamente las cuestiones financieras a lo largo de su vida (Hung et al., 2009) o, como dicen Lusardi & Mitchell (2014: 6), “la capacidad para procesar la información económica y adoptar decisiones informadas sobre la planificación financiera, la acumulación de riqueza, la deuda y las pensiones”. Esta es la línea adoptada también por el European Savings and Retail Banking Group (ESBG, 2017: 3) cuando define la alfabetización financiera como “tener el conocimiento, las destrezas y las habilidades para tomar decisiones y acciones económicas y financieras responsables con el nivel de competencia requerido”, siendo la educación financiera el medio para alcanzar la alfabetización financiera. Sin embargo, el proyecto PISA (OCDE, 2012: 13) es cuidadoso al precisar que la alfabetización no es una línea estática que delimita una cierta cantidad de conocimiento acumulado tras el esfuerzo instructivo, y que separa a los alfabetizados de los que no lo están. Su visión es que se trata de un “conjunto expansivo de conocimiento, habilidades y estrategias, que los individuos construyen a lo largo de su vida”.
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