Kitabı oxu: «Estudios lingüísticos en homenaje a Emilio Ridruejo»

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ESTUDIOS LINGÜÍSTICOS

EN HOMENAJE A

EMILIO RIDRUEJO

Volumen I

ESTUDIOS LINGÜÍSTICOS

EN HOMENAJE A

EMILIO RIDRUEJO

Antonio Briz

M.ª José Martínez Alcalde

Nieves Mendizábal

Mara Fuertes Gutiérrez

José Luis Blas

Margarita Porcar

(coordinadores)

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA


CoordinadoresComité editorial
Antonio BrizM.ª José Martínez AlcaldeNieves MendizábalMara FuertesJosé Luis BlasMargarita PorcarMilagros AlezaAdrián CabedoMaría EstellésAntonio HidalgoSalvador PonsAmparo RicósJulia SanmartínCarlos MoriyónLuis Santos DomínguezTeresa Solías

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© Del texto: los autores, 2019

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2019

Publicacions de la Universitat de València

puv.uv.es

publicacions@uv.es

Maquetación: Iván García Esteve

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9133-256-5

ÍNDICE

PRESENTACIÓN, Antonio Briz Gómez y M.ª José Martínez Alcalde

Emilio Ridruejo. Semblanza

Mara Fuertes Gutiérrez

Teoría lingüística y descripción gramatical: a propósito de la Gramàtica de la llengua catalana del Institut d’Estudis Catalans

Ángel Alonso-Cortés

Ramón Campuzano y sus dos diccionarios monolingües

Manuel Alvar Ezquerra

La dimensión histórica del cambio de código

Joan A. Argenter

De (en) otra guisa con valor procondicional

José Antonio Bartol Hernández

El concepto de lenguaje en la obra de Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809): algunas reflexiones

Elena Battaner Moro

Los géneros del cotilleo y del chismorreo

Luis Beltrán Almería

Dimensiones generacionales e idiolectales del cambio lingüístico: una aproximación sociolingüística

José Luis Blas Arroyo

Observaciones sobre el léxico del Diálogo de la lengua de Juan de Valdés

José Manuel Blecua Perdices y Gloria Clavería Nadal

Un no expletivo no tan expletivo

Julio Borrego Nieto

Adverbios implicativos

Ignacio Bosque

Allí pasó de todo. Una nota sobre los partitivos escuetos con cuantificador universal en español

José María Brucart

De retórica, pragmática e historiografía lingüística: el «Arte de bien hablar» en la Ilustración española

María Luisa Calero Vaquera

Deficiencias lexicográficas y análisis contrastivo del léxico

Julio Calvo Pérez

Continuidad y ruptura en la historia sintáctica: del doble acusativo en latín al doble OD en castellano medieval

Rafael Cano Aguilar

Léxico de la medición en la documentación del español de Andalucía. Las medidas ponderales

Inés Carrasco Cantos

La marcación dialectal en el Diccionario de Textos Concejiles de Andalucía (DITECA, 2018)

Pilar Carrasco Cantos

Cambio semántico y cambio cultural en el discurso público: el adjetivo obsceno en español actual

Manuel Casado Velarde

Va existir l’article modern el en català medieval?

Emili Casanova

Interdicción lingüística y metaforización eufemística/disfemística

Miguel Casas Gómez

Quelques types lexicaux remarquables dans la toponymie de l’arrondissement de Lure (Haute-Saône, France)

Jean-Pierre Chambon

Neologismos en el habla popular chilena: zoonimias

Saide Cortés Jacob

Las relaciones consecutiva, de matización y revelación como mecanismos propiciadores del aplauso en el discurso político

Luis Cortés Rodríguez

Ver las causas: de la percepción a la conexión causal

Maria Josep Cuenca

Las formas verbales en -ra: el contraste portugués-español desde la tradición gramaticográfica portuguesa (siglo XIX)

Sónia Duarte

Cuestiones pendientes de la etimología románica e hispánica

Steven N. Dworkin

Cidra, limon, lima, naranja, toronja y zamboa. Lexicología y funciones de los cítricos en la alimentación medieval y renacentista

Rolf Eberenz

El Diccionario histórico fraseológico del español (DHISFRAES) al filo de sus primeros resultados

M.ª Teresa Echenique Elizondo

Análisis semántico de la formación de antropónimos por lexicalización en agni morofué

Williams Jacob Ekou

Futuro y miratividad. Anatomía de una relación

Victoria Escandell Vidal y Manuel Leonetti

La teoría del signo en el Tractatus de Wittgenstein: un paradigma para justificar la iconicidad en el lenguaje (1889-1951)

Ricardo Escavy Zamora

Política lingüística y vitalidad sociolingüística del euskera en el País Vasco

Maitena Etxebarria Arostegui

A sintaxe na ‘primeira’ gramática humanista em Portugal

Gonçalo Fernandes

El escenario lingüístico de Zamboanga (Filipinas) a mediados del siglo XVIII

Mauro Fernández

Las relativas explicativas, que suelen ser aseveraciones, y las otras

Antonio Fernández Fernández

Relevancia de los procesos fónicos en la emergencia de sonidos en edades tempranas. Evidencias interlingüísticas

Milagros Fernández Pérez

Pedagogical grammar and Spanish subjunctive: findings, attainments and challenges

Mara Fuertes Gutiérrez

Las categorías gramaticales en la lengua filosófica artificial de J. Wilkins An Essay towards a Real Character and a Philosophical Language (1668)

Carmen Galán Rodríguez

A vueltas con las entradas religiosas en los vocabularios de Alonso de Molina (1555-1571)

Manuel Galeote

Sobre los otros epígonos del racionalismo en España: la obra de Plácido María Orodea

María José García Folgado

Pervivencia e innovación en las construcciones comparativas, con atención a las no subsistentes

Serafina García García, José A. Martínez y Antonio J. Meilán García

Sobre la Gramática de la lengua italiana (1797) de Lorenzo Hervás y Panduro

Joaquín García-Medall

Concordancia de tiempos y tipos de oraciones

Juan Felipe García Santos

Otra vez sobre el documento de infeudación del castillo de Alcozar a partir de una nueva propuesta de interpretación

Adela García Valle

Series textuales en historiografía de la gramática. Los elementos de gramática castellana de Lorenzo de Alemany

Victoriano Gaviño Rodríguez

La clasificación del verbo en las gramáticas vascas publicadas durante el «Renacimiento Vasco» (1876-1936)

Ricardo Gómez-López

El «arte de definir» en los Tratados da Terra e Gente do Brasil del misionero portugués Fernão Cardim

Maria Filomena Gonçalves

Paronimia y cambio de género gramatical: el microtopónimo Santa Criz (Navarra)

Fernando González Ollé

Sobre microtextos y microgéneros

Salvador Gutiérrez Ordóñez

El surgimiento y el desarrollo del concepto de ‘evidencialdad’ en la descripción de lenguas indígenas americanas: un enfoque historiográfico

Gerda Hassler

Glosas latinas (Comentario a la Regla de san Benito de Esmaragdo)

César Hernández Alonso

Sobre los datos conversacionales en lingüística clínica: fundamentos teóricos y bases empíricas

Carlos Hernández Sacristán

El concepto de discurso en la inmediatez postsaussureana: Guillaume, Benveniste y Ricoeur

Eulalia Hernández Sánchez y M.ª Isabel López Martínez

Tipologías de actos de habla en entornos digitales: felicitaciones en Twitter

María Isabel Hernández Toribio

Los verbos de movimiento y las coordenadas de espacio/tiempo

M. Lluïsa Hernanz Carbó

Notas sobre entonación dialectal hispánica

Antonio Hidalgo Navarro

Las secuelas de las consecutivas

Carmen Hoyos Hoyos

Tres etapas en la historia de la sintaxis en España

Manuel Iglesias Bango

Del origen común al contacto: ¿cambio de paradigma en la lingüística histórica?

M. Carme Junyent Figueras

La descripción de una lengua exótica en 1658: Histoire naturelle et morale des îles Antilles de l’Amerique avec un vocabulaire caraïbe (Rotterdam, 1658)

Brigitte Lépinette

«De los fueros de Vizcaia, cuáles son, porque finquen establecidos […] de aquí adelante»

Ángeles Líbano Zumalacárregui

La intercomprensión de lenguas para una Europa plurilingüe e intercultural

Covadonga López Alonso

La psicomecánica vista desde la lingüística moderna

Ángel López García-Molins

Sobre el concepto de ‘ligereza’ en textos científicos y técnicos del Renacimiento

M.ª Jesús Mancho Duque

La presencia de la lengua inglesa en la publicidad malaya

Nor Shahila Mansor

El nexo en la Arquitectura de las lenguas (ca. 1889), de Benot

Marina Maquieira

Sociolingüística: trabajando desde los márgenes

Luisa Martín Rojo

Reflexiones sobre la evidencialidad en español actual

María Antonia Martín Zorraquino

Juan Caramuel y el interés por la comunicación no verbal en el siglo XVII: el valor retórico del lenguaje gestual

María Dolores Martínez Gavilán

¿Qué es una lengua, que pueda cambiar?

José-Luis Mendívil-Giró

Locuciones y sintagmas prepositivos para la expresión de la causa en español medieval

Nieves Mendizábal de la Cruz

Lexicografía tarasca en el siglo XVI: el caso de los verbos de forma

Cristina Monzón

Terminología de las lindes y la orientación en registros notariales del Siglo de Oro

José Ramón Morala Rodríguez

Xenofobia y/o racismo no verbal en la vida cotidiana

Ricardo Morant-Marco

Lingüística diacrónica y lingüística evolutiva: el surgimiento de la sintaxis compleja

Juan Carlos Moreno Cabrera

La funcionalidad del cambio. Procesos restauradores de las deficiencias ocasionadas por la elisión de /-s/ implosiva en Andalucía

Juan Antonio Moya Corral

El tan fascinante como problemático rastreo de huellas sintácticas de la oralidad en la escritura

Antonio Narbona

La selección modal después de como si desde la perspectiva de la teoría del cambio lingüístico

Wiaczesƚaw Nowikow

El orden básico de constituyentes en el español primitivo: uso y tipología en el Cantar de Mio Çid

Xose A. Padilla

El verbo sintagmático en las lenguas románicas

Antonio Pamies Bertrán

La motivación en las colocaciones desde la perspectiva diacrónica

Inmaculada Penadés Martínez

Lexicalización y gramaticalización en la formación de conjunciones causales

Manuel Pérez Saldanya

Lingüística general y lingüística aplicada: Eduardo Benot y el método Ollendorff

Dolors Poch Olivé

La Gramática portuguesa (Madrid, 1949) de Pilar Vázquez Cuesta y Maria Albertina Mendes da Luz: breves notas sobre su evolución textual, metodológica y teórica

Rogelio Ponce de León Romeo

¿Neologismos? No, lo siguiente

Margarita Porcar Miralles

Sobre el significado expresivo de los adjetivos calificativos en español

Margarita Porroche Ballesteros

La abjuración inquisitorial y la interacción comunicativa

José Portolés Lázaro

La fijación de cadenas en el proceso evolutivo de las lenguas vista como un posible caso de función ejecutiva de control

Manuel Pruñonosa-Tomás

Catalanes, valencianos y mallorquines en la Ortografía de la lengua castellana (1831) de J. del Castillo y Mayone

Mercedes Quilis Merín

Sobre el origen del patrón guaperas

Franz Rainer

Procedimientos topicalizadores en el lenguaje comercial del siglo XVI. La correspondencia mercantil de Simón Ruiz

Amparo Ricós Vidal

Sobre el tratamiento de los superlativos en la preparación de la primera gramática de la Academia (1771)

Guillermo Rojo

En modo humorístico: habilidades metapragmáticas en discursos de humor

Leonor Ruiz Gurillo

Modelos epistemológicos y explicación abductiva en lingüística

Francisco José Salguero Lamillar

Algunas observaciones sobre las ideas léxicas en Juan de Iriarte

Antonio Salvador Plans

Para una caracterización general de la morfosintaxis histórica hispanoamericana

Juan Pedro Sánchez Méndez

El análisis de -dromo y -landia como formantes sufijales: de fachódromo a pijolandia

Julia Sanmartín Sáez

El olvido de la morfología léxica en los documentos de referencia curricular para el español LE/L2

David Serrano-Dolader

El valor temporal del pluscuamperfecto en las lenguas románicas desde una perspectiva tipológica

Ingmar Söhrman

Duplicado argumental en lenguas mayas

Teresa Solias Arís

La consideración del acto de habla entre las aportaciones de la gramaticografía colonial española en Filipinas

Joaquín Sueiro Justel

Louis Gauchat: la voie vers une conception dynamique du changement linguistique

Pierre Swiggers

Notas para una búsqueda de lo específico morfológico en el siglo XX (con especial atención a la morfología derivativa)

José Francisco Val Álvaro

Precisiones sobre la relación temporal de simultaneidad en el pretérito perfecto español

Alexandre Veiga

Análisis de las estrategias comunicativas en redes sociales de compraventa de artículos de segunda mano

Cristina Vela Delfa

Homonymy and suppletion in the history of Spanish traer, ‘to bring’

Roger Wright

Aspectos léxicos y morfosintácticos del español de América en un corpus de traducciones literarias publicadas en Buenos Aires

Francisco José Zamora Salamanca

La influencia inmediata de Benot en la teoría gramatical latinoamericana

Alfonso Zamorano Aguilar

Tabula gratulatoria


PRESENTACIÓN

El homenaje que aquí presentamos es un modo de agradecer los méritos académicos de Emilio Ridruejo y, sobre todo, su continua dedicación a la ciencia lingüística, de la que somos deudores todos los que en algún momento hemos trabajado a su lado. La iniciativa de este testimonio de gratitud partió de sus discípulos de las universidades de Valencia, Castellón y Valladolid, y a ella se han sumado otros muchos colegas que han querido mostrar de esta manera el reconocimiento a su labor.

En el interior de esta publicación hemos querido ofrecer, en primer lugar, una semblanza biográfica preparada por Mara Fuertes, que da cuenta de la extensa trayectoria docente e investigadora de Emilio Ridruejo, plasmada en sus trabajos, recogidos de forma exhaustiva, y en la dirección de una treintena de tesis doctorales, de las que sabemos que se siente especialmente orgulloso y que han dejado en sus discípulos la huella imborrable de su magisterio. A continuación, hemos reunido en el homenaje los estudios de los numerosos colegas que se unieron a nuestra iniciativa y a quienes les agradecemos, en primer lugar, su generosa colaboración y, junto a ella, su discreción, que ha hecho posible que este reconocimiento fuera una sorpresa para el homenajeado, siempre reacio a recibir manifestaciones de gratitud. Extendemos también nuestro agradecimiento a quienes quisieron hacer figurar sus nombres como muestra de estima en la Tabula gratulatoria.

En las páginas que siguen, pueden encontrarse acercamientos de distinto tipo al estudio de las lenguas, a su funcionamiento y a su evolución, con particular atención al español de España, al español de América y a las variedades lingüísticas peninsulares en sus diferentes aspectos (gramaticales, pragmáticos, sociolingüísticos, gramaticográficos, etc.). Todo ello desde la perspectiva de la filología románica en general y de la filología hispánica en particular, de la lingüística sincrónica y la diacrónica en sus vertientes histórica e historiográfica. La publicación recoge, en suma, una amplia colección de trabajos que se sitúan en los ámbitos de estudio de la lingüística general y de la filología románica, campos en los que se ha centrado la trayectoria del profesor Emilio Ridruejo.

Es para nosotros un honor ofrecer este homenaje a nuestro maestro en el momento de su jubilación. Con él le hacemos llegar nuestro afecto y nuestro agradecimiento por el ejemplo de su dedicación incansable y rigurosa a la investigación y la docencia universitarias.

Antonio Briz Gómez

M.ª José Martínez Alcalde

EMILIO RIDRUEJO

SEMBLANZA

Mara FUERTES GUTIÉRREZ

The Open University (Reino Unido)

«No me he limitado a aceptar lo dado por otros,

ni a exponer las hipótesis que se me han presentado.

Y quizá sea este uno de los fundamentos metodológicos

que he procurado mantener en los trabajos de investigación»

(Ridruejo, 2014: 341-342)1

1. Pertenecer a la escuela de discípulos de Emilio Ridruejo (Soria, 1949) implica, además de beneficiarse del magisterio de uno de los lingüistas españoles más relevantes del momento y disfrutar de su extraordinario dominio de nuestra disciplina, aprender de un especialista riguroso, justo y generoso. Su rigurosidad se manifiesta en cada uno de los trabajos de investigación que ha publicado durante los últimos cuarenta años; su sentido de la justicia ha quedado patente en la rectitud y ecuanimidad con las que ha desempeñado los numerosos cargos académicos que ha ocupado a lo largo de su carrera; su generosidad se refleja en su concepción de lo que significa ser académico y también en la valiosa huella que imprime en sus discípulos y compañeros.

2. Conocemos los episodios más destacados de la andadura del profesor Ridruejo como lingüista gracias a su propia autobiografía, que nos permite descubrir también cómo concibe él mismo su trayectoria como investigador (cf. Ridruejo, 2014). Sabemos, así, que su interés por la lengua se desarrolla de manera progresiva desde la escuela –cuando ya cursa el Bachillerato de letras y estudia francés, latín y griego– y, sobre todo, durante sus estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Zaragoza, cuando se especializa en Filología Románica: su talento destaca ya entonces y al acabar la carrera recibe el Premio Extraordinario de Licenciatura «García Arista». En su definitiva inclinación hacia la lingüística, reconoce su deuda con los maestros Félix Monge y Carmen Bobes, profesores en Zaragoza que impartían, entonces, materias relacionadas con la lingüística sincrónica y diacrónica respectivamente, y la influencia de numerosas lecturas, entre las que destaca el texto de Walter Porzig titulado Das Wunder der Sprache –traducido al español como El mundo maravilloso del lenguaje– y los trabajos de Alarcos (Ridruejo, 2014: 332-336).

Recién licenciado, en octubre de 1971, el profesor Ridruejo inicia su labor docente como profesor ayudante de clases prácticas en la Cátedra de Gramática General y Crítica Literaria del Departamento de Lengua Española de la Universidad de Zaragoza, donde al mismo tiempo prepara su doctorado en Filosofía y Letras (Filología Románica) bajo el magisterio de Monge. Defiende su tesis en 1974 con un trabajo titulado Las formas verbales en -ria, -ra y -se en español del siglo XIII, por el que obtiene el Premio Extraordinario de Doctorado (concedido en septiembre de 1976). Más adelante, disfruta de una beca de formación del personal investigador (1975-1976) y de una beca posdoctoral de investigación (1976-1977) en el Departamento de Filología Románica de la Universidad de Tubinga, bajo la dirección del profesor Eugenio Coseriu. Ya como profesor adjunto interino (1977) y después como profesor agregado interino, imparte clases en la Universidad de Zaragoza durante varios años (1977-1980). Allí permanece hasta 1980, cuando se traslada a la Universidad de Valencia tras ser contratado como profesor adjunto numerario –si bien con anterioridad, entre junio y octubre de 1978, había ejercido ya en esta institución como profesor adjunto numerario y supernumerario de Lengua Española–. En Valencia gana la Cátedra de Lengua Española el 2 de octubre de 1981 (que con posterioridad se transformará en una cátedra de Filología Española) y allí ejerce hasta el 1 de julio de 1988, cuando obtiene la Cátedra de Lingüística General en la Universidad de Valladolid, puesto que ocupa hasta la fecha. Además, durante el curso 1981-1982 imparte cursos y seminarios en el Departamento de Filología Románica de la Universidad de Zurich.

La escuela de Ridruejo se extiende por un gran número de universidades europeas, americanas, asiáticas y africanas, en las que la mayoría de sus discípulos directos ejercen como profesores en la actualidad. En su trayectoria profesional, Ridruejo ha dirigido en las Universidades de Valencia y Valladolid una treintena de tesis doctorales sobre cuestiones centrales de lingüística histórica, pragmática, gramática del español, historiografía lingüística –en particular gramaticografía e historia de las ideas lingüísticas– y, en menor medida, de fonética y fonología y español como lengua extranjera.

Con relación a su actividad docente, a lo largo de su carrera, el maestro Ridruejo ha impartido cursos de Lengua Española, Lingüística General, Lingüística Histórica, Historia de la Lingüística, Sociolingüística, Semántica y Pragmática, entre otras materias. Cabe destacar la importancia que Ridruejo concede a la formación, fruto de su propia experiencia, puesto que, como él mismo asegura, sus estudios y sus maestros determinaron de forma decisiva su manera de aproximarse a los hechos lingüísticos y también las cuestiones, dentro de la disciplina, de las que se ha ocupado como investigador (Ridruejo, 2014: 341).

3. En este sentido, uno de los aspectos que más resalta de la trayectoria investigadora de Ridruejo se concreta en su capacidad para combinar el examen de cuestiones relativas a la lingüística general con su interés por aspectos más específicos de la lingüística románica o la gramática española –sobre todo diacrónica–. Su inclinación hacia la lingüística se consolida, de acuerdo con su testimonio, durante su último año de licenciatura, cuando también concluye que «de la conjunción entre el interés por la evolución de la lengua y especialmente de la gramática y la aplicación de los principios metodológicos del funcionalismo surgía una especie de programa que me parecía que configuraba correctamente la labor de un lingüista» (Ridruejo, 2014: 336). No obstante, Ridruejo atribuye también a las circunstancias en las que inicia su carrera académica –entre otras, las exigencias de la universidad española durante los años setenta y ochenta– esta pluralidad de intereses científicos que ha sabido con acierto conservar después, quizá debido a que siempre ha considerado dicha diversidad como una oportunidad para abordar sus investigaciones con un enfoque que representa el hilo conductor de su trabajo: «intentar compaginar la lingüística general con los estudios particulares no solo ha marcado mi labor sino que también la ha facilitado» (Ridruejo, 2014: 342). Así, en su reflexión sobre su trayectoria profesional, Ridruejo juzga que «no es difícil encontrar en los diferentes temas estudiados cierto hilo que los unifica: el interés por el funcionamiento de las lenguas, por la lengua propia, el español, por las demás lenguas románicas, y también por otras mucho más alejadas, ha sido el motor de la indagación» (Ridruejo, 2014: 337).

Al observar su producción científica, destacan en particular las aportaciones de Ridruejo a la lingüística histórica. El maestro admite que, ya en los inicios de sus investigaciones, la diacronía constituye uno de los campos que le resulta particularmente atractivo y, a lo largo de su trayectoria, se constata la relevancia que la vertiente histórica de la lingüística alcanza para Ridruejo. Así, sus estudios dedicados a la gramática histórica y a la historia de la lengua representan una de las líneas de investigación en las que sus contribuciones son más reconocidas: en concreto, destacan sus trabajos sobre la lengua medieval y del Siglo de Oro y sus hipótesis acerca del cambio lingüístico, que exploran tanto los factores internos que lo determinan, como el papel de la intencionalidad de los hablantes en la evolución de las lenguas. También se inscriben dentro de su interés por la diacronía aquellas publicaciones dedicadas al análisis de problemas lingüísticos de la Filología Románica. Además, Ridruejo ha de considerarse uno de los fundadores de las investigaciones sobre pragmática diacrónica por sus trabajos pioneros relativos a cuestiones metodológicas que afectan a esta área de investigación y por su diseño de un programa para el estudio de la pragmática histórica del español, así como por sus teorías sobre determinados actos de habla presentes en varios documentos históricos. Este enfoque histórico dominante en las investigaciones de Ridruejo se refleja también en su interés por la historiografía lingüística. Él mismo declara que, ya en sus inicios, observa que

La historia de la gramática y de la lexicografía se revela, de una parte, como una excelente fuente textual para la historia de la lengua, tal como ya habían advertido con gran clarividencia Amado Alonso y, tras él, J. M. Lope Blanch. Y no solo eso, las obras gramaticales de carácter histórico son, a la vez, artefactos científicos que se inscriben en una tradición y el conocimiento de tales tradiciones permite reflexionar sobre los métodos y resultados de la indagación sobre las lenguas (Ridruejo, 2014: 340).

Desde esta perspectiva, Ridruejo se ha interesado por la gramaticografía y la historia de las ideas lingüísticas. En concreto, ha publicado trabajos sobre las primeras gramáticas del español, sobre el racionalismo lingüístico y su recepción entre los autores españoles y sobre la introducción del positivismo en España. En dichos estudios, destaca su evaluación de las aportaciones de autores como Miranda, Doergangk, Benito de San Pedro, Jovellanos o Cejador y Frauca, entre otros; también ha analizado las ideas de destacados lingüistas contemporáneos, como Lapesa, Lope Blanch o Hilty. Además, todavía dentro del campo de la Historiografía Lingüística, Ridruejo es uno de los iniciadores de los estudios sobre Lingüística Misionera. Curiosamente, sus aportaciones más innovadoras en esta área orbitan en torno a Valladolid: de un lado, se ocupa de las gramáticas de lenguas amerindias (en concreto, del mapuche y de las lenguas huarpes) redactadas por Luis de Valdivia –quien pasa los últimos años de su vida en Valladolid–; de otro lado, Ridruejo aprovecha los fondos gramaticales existentes en el Convento de los Agustinos Filipinos de la ciudad para examinar diversas gramáticas filipinas redactadas por misioneros que, hasta el análisis aportado por nuestro maestro, permanecían desconocidas e incluso inéditas.

Ridruejo ha investigado también sobre la gramática del español actual, ya que, para él, «el funcionamiento de las lenguas no es algo distinto y separado de su evolución» (Ridruejo, 2014: 337). A partir de sus trabajos sobre la diacronía del verbo en español, ha examinado aspectos relativos al modo y la oposición modal, entre los cuales el más citado es quizá su trabajo sobre el funcionamiento general del modo en español (Ridruejo, 1999). En menor medida, también se ha ocupado de cuestiones relativas al español en América y la enseñanza del español.

La ingente y valiosa labor investigadora de Ridruejo se recoge en las más de ciento cincuenta publicaciones que ha entregado a la prensa durante sus años en ejercicio. Es autor de los libros Las estructuras gramaticales desde el punto de vista histórico (1989), El Arte de la lengua de Chile de Luis de Valdivia (2007), Las Institutiones in lingvam hispanicam (1614) de Henrich Doergangk (2010) y Fijación y cambio de la norma lingüística (2014) y sus más de cien artículos han aparecido en las revistas científicas españolas y extranjeras más prestigiosas de la disciplina, entre otras la Revista de Filología Española, Cuadernos de Filología, Historiographia Linguistica, Language Design o la Revista Internacional de Lingüística Iberoamericana, además de sus contribuciones en actas de congresos y como capítulos en volúmenes colectivos.

También ha expuesto sus principales hipótesis y teorías a través de su participación como comunicante en numerosos congresos nacionales e internacionales y la impartición de cerca de cien conferencias, cursos de posgrado y seminarios en diversas instituciones españolas y extranjeras. Se ha implicado en la organización de varios congresos internacionales y ha dirigido, como investigador principal, proyectos de investigación en las áreas de Historiografía Lingüística y Pragmática Diacrónica, financiados por diversas instituciones públicas.

4. La importancia que, para Ridruejo, adquiere la comunidad científica a la que pertenece se manifiesta en su vinculación con varias asociaciones y sociedades científicas y en su participación en los órganos directivos de algunas de ellas. Así, es socio fundador de la Sociedad Española de Historiografía Lingüística, de la que fue su primer presidente (1995-1997) y miembro de su junta directiva hasta 2003; también guarda una relación muy estrecha con la Societé de Linguistique Romane, que presidió entre 2004-2007; con anterioridad, había sido miembro de su Bureau directif (1995-1998), vicepresidente segundo (1998-2001) y vicepresidente primero (2001-2004). En la actualidad es miembro de honor de su Bureau Directif (desde 2007). Pertenece asimismo a los consejos de redacción y comités científicos de varias revistas, entre otras Studia Linguistica Hispanica, Tropelias, BIVALCA, Glosa, Revue de Linguistique Romane, Moenia, Herm neus, Estudios Lingüísticos de la Universidad de Alicante, Signum y la Revista Española de Historia de la Lengua, y es miembro del comité asesor de la serie Studies in the History of the Language Sciences (Ámsterdam, John Benjamins) desde 1995; también dirigió el Anuario de Lingüística Hispánica y fue el director académico de la colección editorial Facsímiles Lingüísticos Hispánicos (Agencia Española de Cooperación Internacional, Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación). Además, ha colaborado con las instituciones estatales como miembro de la Comisión de Humanidades del Plan Nacional de Investigación (Ministerio de Ciencia y Tecnología, 2003) y como miembro del Comité de Evaluación Externa del II Plan de Calidad de las Universidades (2003).

5. En cuanto a las tareas asociadas a la gestión que el profesor Ridruejo ha desempeñado durante su carrera académica, cabe resaltar que en la Universidad de Valencia, además de pertenecer a diversas comisiones y comités, se le reconoce su admirable capacidad negociadora para consolidar, junto al profesor Ángel López García, los estudios de Lingüística Hispánica y Románica en la Facultad de Filosofía y Letras. También contribuyó decisivamente a la formación de doctores que desde 1991 se integraron en la Universidad Jaume I de Castellón. En la Universidad de Valladolid ha ocupado cargos relevantes en varias comisiones y organismos internos, entre los que destacan la vicepresidencia del claustro de la Universidad de Valladolid (1998-2002), la presidencia de la Comisión de Doctorado (2000-2003) y la pertenencia a su Consejo Consultivo (2003-2010).

6. La brillante trayectoria académica del profesor Ridruejo se ha visto reconocida por la concesión de la Medalla de Plata de la Universidad de Valladolid, otorgada por su Consejo de Gobierno el 23 de enero de 2014. En esta misma institución, pronunció la lección inaugural del curso 2014-2015, durante el acto solemne de apertura del curso. Además, su valía como lingüista se ve reflejada en su pertenencia, como académico correspondiente, a la Real Academia Española, desde el 17 de diciembre de 2015.

7. Al releer su autobiografía, observamos que el maestro se refiere con frecuencia al contexto en el que ha desempeñado su carrera académica o a los hallazgos fortuitos para explicar el origen de su dedicación a la lingüística y de sus intereses científicos. Sin embargo, Ridruejo olvida mencionar, con modestia, su extraordinaria capacidad para aprovechar dichas circunstancias, fruto de su excepcional talento para analizar los hechos lingüísticos desde una perspectiva innovadora sin perder de vista y emplear con acierto las aportaciones de los especialistas que lo preceden, de su admirable capacidad de trabajo y de su vasto conocimiento de la disciplina. Todas estas cualidades, además de su vocación y su ejercicio responsable, erudito y entregado de la docencia y del resto de tareas que configuran la vida académica, hacen que Ridruejo se halle entre los lingüistas contemporáneos más relevantes, destacados y admirados, y lo convierten también en un maestro sobresaliente al que sus discípulos estaremos siempre agradecidos.

TESIS DOCTORALES DIRIGIDAS

1985: José Ramón Gómez Molina, Estudio sociolingüístico de la comunidad de habla de Sagunto, Universidad de Valencia. Calificación: Sobresaliente cum laude.

1986: Antonio Briz Gómez, El artículo en español, Universidad de Valencia. Calificación: Apto cum laude.

1987: Margarita Lliteras Poncel, La «Gramática castellana de Vicente Salvá». Edición crítica y estudio (codirigida por el Dr. Félix Monge), Universidad de Valencia. Calificación: Apto cum laude.

1988: Rosa Gómez Casañ, Aproximación a la historia lingüística de la comarca del Alto Palancia, Universidad de Valencia. Calificación: Apto cum laude.

1990: María José Martínez Alcalde, Las ideas lingüísticas de don Gregorio Mayans, Universidad de Valencia. Calificación: Apto cum laude.

1990: Margarita Porcar Miralles, Los esquemas verbales hipotéticos en textos jurídicos aragoneses, Universidad de Valencia. Calificación: Apto cum laude.

1991: José Luis Blas Arroyo, Estudio sociolingüístico del distrito de Campanar (Valencia), UNED. Calificación: Apto cum laude.

1991: Joaquín García-Medall Villanueva, Formaciones prefijales en español: Morfología derivativa del verbo (codirigida por el Dr. Carlos Hernández Sacristán), Universidad de Valencia. Calificación: Apto cum laude.

1994: María Amparo Ricós Vidal, Las construcciones pasivas en español medieval (codirigida por la Dra. M.ª Teresa Echenique), Universidad de Valencia. Calificación: Apto cum laude.

1997: Beatriz Quintana Jato, Don Pedro Fernández del Pulgar y su obra americanista. Contribución al estudio de la lengua del siglo XVII, Universidad de Valladolid. Calificación: Apto cum laude.

1998: Beatriz Díez Calleja, Creación del léxico mercantil y financiero (aproximación al estudio de su desarrollo en el siglo XVI), Universidad de Burgos. Calificación: Sobresaliente cum laude.

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2006: Mara Fuertes Gutiérrez, Las ideas lingüísticas de Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809), Universidad de Valladolid. Calificación: Sobresaliente cum laude.

2008: Omar Salazar Provoste, Marcadores discursivos y discurso senescente: análisis del habla producida por ancianos normales y ancianos diagnosticados con demencia tipo Alzheimer, Universidad de Valladolid. Calificación: Sobresaliente cum laude.

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2012: Nor Shahila Mansor, Análisis de textos publicitarios españoles y malayos: un enfoque de pragmática intercultural, Universidad de Valladolid. Calificación: Apto cum laude.

2013: Carolina López Díaz, Estudio sociopragmático sobre el acto de habla directivo de la petición en el español de Chile, Universidad de Valladolid. Calificación: Apto cum laude.

2013: Radhiah Binti Ismail, Análisis contrastivo de la cortesía verbal en español y malayo en la realización de tres actos de habla: petición, mandato y rechazo, Universidad de Valladolid. Calificación: Sobresaliente cum laude.

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2015: Carlos González-Espresati García-Medall, Problemas de morfopragmática del diminutivo en español (codirigida por el Dr. Joaquín García-Medall Villanueva), Universidad de Valladolid. Calificación: Sobresaliente cum laude.

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1983: «La forma verbal en -ra en español del siglo XIII (oraciones independientes)», en Marcos Marín, Francisco, ed., Introducción plural a la gramática histórica, Madrid: Cincel, 170-185.

1983: «Notas sobre las oraciones optativas», Serta Philologica F. Lázaro Carreter, vol. 1, Madrid: Cátedra, 511-520.

1985: «Otra vez sobre el verso veinte del Cantar de Mio Cid», en Fernández Sevilla, Julio, ed., Philologica Hispaniensia: in honorem Manuel Alvar, vol. 2, Lingüística, Madrid: Gredos, 589-601.

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1988: «El cambio sintáctico a la luz del funcionalismo coseriano», en Albrecht, Jörn, Harald Thun y Jens Lüdtke, eds., Energeia und Ergon, vol. 2, Das sprechtheoretische Denken Eugenio Coserius in der Diskussion (1), Tübingen: Gunter Narr, 121-134.

1987: «Sobre las oraciones interrogativas indirectas deliberativas en español medieval», en Lüdi, G., H. Stricker y J. Wüest, eds., Romania ingeniosa. Festschrift für Prof. Dr. G. Hilty zum 60. Geburtstag, Berna: Peter Lang, 365-383.

1990: «Calcos, procesos analógicos y reanálisis en la sintaxis del español preclásico», en Muñoz Garrigós, José, ed., Homenaje al Profesor Lapesa. Actas del XI Curso de Lingüística textual, Murcia: Universidad de Murcia, 205-226.

1990: «El cambio sintáctico», en Anglada Arboix, Emilia y María Bargalló Escrivà, eds., El cambio lingüístico en la Romania, Lérida: Virgili & Pages, 91-111.

1990: «¿Cambios iterados en el subjuntivo español?», en Bosque, Ignacio, ed., Indicativo y subjuntivo, Madrid: Taurus, 361-382.

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1992: «El infinitivo enunciativo en español actual», en Acta Universitatis Wratislaviensis, 1370, P. Sawicki y J. Sƚawomirski, eds., Estudios Hispánicos II, Actas del II Simposio de Hispanistas Polacos, Wrocƚaw-Karpacz (Polonia), 24-27 de septiembre de 1990, Wrocƚaw: Wydawnictwo Uniwersytetu Wrocƚawskiego, 137-148.

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2008: «Los “modos de hablar” en las Osservationi della lingua castigliana (1566) de Giovanni Miranda», en Lépinette, Brigitte, María José Martínez Alcalde y Emili Casanova, eds. Historiografa Lingüística Hispánica. Quaderns de Filología. Estudis Linguistics, 8, 19-37, disponible en: http://roderic.uv.es/bitstream/handle/10550/30258/19.pdf?sequence=1&isAllowed=y.

2009: «La pragmática y la investigación diacrónica de Lapesa», en Bustos, José Jesús de y Rafael Cano, eds., La obra de Lapesa desde la filología actual, Madrid: Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 213-232.

2010: «Miranda, Oudin y Doerganck: relaciones y diferencias», en Assunção, Carlos, Gonçalo Fernandes y Marlene Loureiro, eds., Ideias Linguísticas na Península Ibérica (séc. XIV a séc. XIX), vol. 2, Münster: Nodus Publikationen, 755-768.

2011: «La aportación de Jovellanos a los estudios gramaticales sobre el español», en Gómez Asencio, José Jesús, ed., El Castellano y su codificación gramatical III. De 1700 a 1835, Salamanca: Instituto Castellano y Leonés de la lengua, 225-260.

2012: «La labor historiográfica de Juan M. Lope Blanch (1927-2002)», Anuario de Lingüística Hispánica, 28, 133-150, disponible en: http://uvadoc.uva.es/bitstream/10324/11583/1/ANUARIO-28-2012-LaLaborHistoriograficaDe.pdf.

2012: «Las gramáticas de Doergangk», en Battaner Moro, Elena, Vicente Calvo Fernández y Palma Peña Jiménez, eds., Historiografía lingüística: Líneas actuales de investigación. (VIII Congreso Internacional de la Sociedad Española de Historiografía Lingüística (SEHL), Madrid, España, del 12 al 15 de diciembre de 2011), vol. 2, Münster: Nodus Publikationen, 726-738.

2012: «Notas sobre la sintaxis de Doergangk», en Mendívil Giró, José Luis y María del Carmen Horno Chéliz, eds., La sabiduría de Mnemósine. Ensayos de historia de la lingüística ofrecidos a José Francisco Val Álvaro, Zaragoza: Prensas Universitarias, 253-264.

2014: «Gerold Hilty (1927-2014)», Anuario de Lingüística Hispánica, 30, 185-192, disponible en: https://uvadoc.uva.es/bitstream/10324/22006/1/ANUARIO-30-2014-GeroldHilty.pdf.

2016: «Quomodo ex latinis fiant gallica; Quomodo ex latinis fiant hispanica: la diacronía de Doergangk», en Fryba, Anne-Marguerite, Roberto Antonelli y Bernard Colombat, eds., Actes du XXVIIe Congrès International de Linguistique et de Philologie Romanes (Nancy, 15-20 juillet 2013). Section 15: Histoire de la linguistique et de la philologie, Nancy: ATILF, disponible en: http://www.atilf.fr/cilpr2013/actes/section-15/CILPR-2013-15-Ridruejo.pdf.

2016: «La recepción de Renan en la lingüística española», en Salvador Plans, Antonio, Carmen Galán Rodríguez, José Carlos Martín Camacho, M.ª Isabel Rodríguez Ponce, Francisco Jiménez Calderón, Elena Fernández de Molina y Anna Sánchez Rufat, eds., La Historiografía Lingüística como paradigma de investigación, Madrid: Visor, 701-722.

2.3 Lingüística Misionera

2001: «Las primeras descripciones gramaticales de lenguas filipinas», en Calvo Pérez, Julio, ed., V Jornadas Internacionales de Lengua y Culturas Amerindias. Contacto interlingüístico e intercultural en el mundo hispánico, vol. 2, Valencia: Instituto Valenciano de Lengua y Cultura amerindias, Universitat de València, 529-533.

2003: «Las primeras gramáticas del náhuatl y el proceso de gramatización de las lenguas filipinas», en Ridruejo, Emilio y Mara Fuertes, eds., I Simposio Internacional Antonio Tovar sobre lenguas amerindias, Valladolid: Instituto de Estudios de Iberoamérica y Portugal, 117-139.

2004: «La primitiva tradición gramatical sobre el pampango», en Zwartjies, Otto y Even Hovdhaugen, eds., Missionary Linguistics. Lingüística Misionera. Selected papers from the First International Conference on Missionary Linguistics, Oslo, 13-16 March 2003, Amsterdam: John Benjamins, 179-200, DOI: https://doi.org/10.1075/sihols.106.15rid.

2004: «Del ff: historia de una noción gramatical», en Corrales Zumbado, Cristóbal, Josefa Dorta Luis, Antonia Nelsi Torres Gonzalez, Dolores Corbella Díaz y Francisca del Mar Plaza Picón, eds., Nuevas aportaciones a la historiografía lingüística: Actas del IV Congreso Internacional de la SEHL, La Laguna (Tenerife), 22 al 25 de octubre de 2003, vol. 2, Madrid: Arco/Libros, 1387-1398.

2004: «El Arte de Lengua Pampanga (1699) de Fray Álvaro de Benavente», en Villayandre Llamazares, Milka, ed., Actas del V Congreso de Lingüística General: León, 5-8 de marzo de 2002, vol. 3, Madrid: Arco/Libros, 2331-2343.

2005: «El tratamiento de la categoría persona en el Arte de la Lengua de Chile (1606) de Luis de Valdivia», Dedenbach-Salazar Sáenz, Sabine, ed., Contribuciones a las lenguas y culturas de los Andes. Homenaje a Alfredo Torero, Aachen: Shaker Verlag, 185-206.

2005: «Las ligaturas en las gramáticas misioneras filipinas del siglo XVII», en Zwartjies, Otto y Cristina Altman, eds., Missionary Linguistics II / Lingüística Misionera II. Orthography and Phonology, Amsterdam: John Benjamins, 227-245, DOI: https://doi.org/10.1075/sihols.109.14rid.

2006: «La descripción de los sonidos en las primeras gramáticas del pampango», Filología y Lingüística. Estudios ofrecidos a Antonio Quilis, vol. 2, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Universidad Nacional de Educación a Distancia y Universidad de Valladolid, 1829-1842.

2006: «Una gramática desconocida de la lengua pampanga fechada en 1694», en Roldán Pérez, Antonio, Ricardo Escavy Zamora, Eulalia Hernández Sánchez, José Miguel Hernández y María Isabel López Martínez, eds., Caminos Actuales de la Historiografía Lingüística. Actas de IV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Historiografía Lingüística. Murcia, 8-10 de noviembre de 2005, vol. 2, Murcia: Universidad de Murcia, 1343-1360.

2007: «El problema de la descripción del “sujeto” o tópico nominal en las primeras gramáticas filipinas», en Zwartjes, Otto, Gregory James y Emilio Ridruejo, eds., Missionary Linguistics III / Lingüística misionera III: Morphology and Syntax. Selected papers from the Third and Fourth International Conferences on Missionary Linguistics, Hong Kong / Macau, 12-15 March 2005, Valladolid, 8-11 March 2006, Amsterdam: John Benjamins, 333-350, DOI: https://doi.org/10.1075/sihols.111.18rid.

2007: «Lingüística Misionera», en Dorta Luis, Josefa, Cristóbal Corrales Zumbado y Dolores Corbella Díaz, eds., Historiografía de la lingüística en el ámbito hispánico. Fundamentos epistemológicos y metodológicos, Madrid, Arco/ Libros, 435-478.

2008: «El español como metalenguaje: las gramáticas misioneras del siglo XVII», en Gómez Asencio, José Jesús, ed., El Castellano y su codificación gramatical II, De 1614 (B. Jiménez Patón) a 1697 (F. Sobrino), Salamanca: Instituto Castellano y Leonés de la lengua, 709-746.

2009: «Notas sobre el verbo millcayac según el Arte (1607) de Luis de Valdivia (1607)», Revista Internacional de Lingüística Iberoamericana, 13, 137-160, DOI: https://www.jstor.org/stable/41678380.

2011: «La primera gramática de una lengua filipina: el anónimo Arte de la lengua Sambala y Española (1601)», en Reid, Lawrence A., Emilio Ridruejo y Thomas Stolz, eds., Philippine and Chamorro Linguistics Before the Advent of Structuralism, Berlín: AkademieVerlag. 11-32.

2014: «Constantes y variables en la lingüística misionera hispánica», en Calero Vaquera, María Luisa, Alfonso Zamorano Aguilar, Francisco Javier Perea Siller, M.ª del Carmen García Manga y María Martínez-Atienza, eds., Métodos y resultados actuales en Historiografía de la Lingüística, Münster: Nodus Publikationen, 617-641.

2.4 Lingüística Románica

1984: «Tres catalanismos (y aragonesismos) sintácticos en Los doze trabajos de Hércules del Marqués de Villena», Archivo de Filología Aragonesa. Homenaje a Tomás Buesa, 34-35, 273-290, disponible en: https://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/09/23/15ridruejo.pdf.

1985: «La forma verbal en -ra en valenciano», en Linguistique comparèe et typologie des langues romanes. Actes du XVIIe Congrès International de Linguistique et Philologie Romanes, vol, 2, Aix en Provence: Université de Aix en Provence, 439-448.

1989: «Sobre los aragonesismos del Libro de los primitivos privilegios de Alicante», en Holtus, Günter, Georges Lüdi y Michael Metzeltin, eds., La Corona de Aragón y las lenguas románicas. Miscelánea de homenaje a Germán Colón, Tübingen: Gunter Narr, 291-302.

1995: «Sobre el origen de los futuros románicos», en Alonso González, Alegría, Ladislao Castro Ramos, Bertha Gutiérrez Rodilla y José Antonio Pascual Rodríguez, eds., Actas del III Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, Salamanca, 22-27 de noviembre de 1993, vol. 1, Madrid: Arco/Libros, 525-534.

2005: «La analogía en los procesos de estandarización de las lenguas: el ejemplo del asturiano», Lletres Asturianes 90, 7-23, disponible en: https://bit.ly/2KPep2E.

2005: «Viejos y nuevos problemas de la Lingüística Románica», La Crónica: A Journal of Medieval Hispanic Languages, Literatures & Cultures, 34(1), 229-242, disponible en: http://www.lacoronica.org/dod/ridruejo.pdf.

2010: «L’avenir des langues romanes», en Iliescu, Maria, Heidi Siller-Runggaldier y Paul Danler, eds., Actes du XXVéme Congrès International de Linguistique et Philologie Romanes, Innsbruck, 2-6 de septiembre de 2007, vol. 7, Berlín/Nueva York: De Gruyter, 579-586.

2013: «Conjunciones y marcadores discursivos: a propósito de doncas en aragonés medieval», en Pamies Beltrán, Antonio, ed., De lingüística, traducción y lexico-fraseología. Homenaje a Juan de Dios Luque, Granada: Editorial Comares, 85-98.

2013: «La construcción exceptiva si doncas [...] non en aragonés medieval», en Grosse, Sybille, Anja Hennemann, Kathleen Plötner y StefanieWagner, eds., Angewandte Linguistik. Linguistique appliquée. Zwischen Theorien, Konzepten und der Beschreibung sprachlicher Äusserungen. Entre théories, concepts et la description des expressions linguistiques, Frankfurt am Main: Peter Lang, 303-314.

2016: «El giro no(n) res menos en aragonés medieval», en López Serena, Araceli, Antonio Narbona y Santiago del Rey Quesada, eds., El español a través del tiempo: Estudios ofrecidos a Rafael Cano Aguilar, vol. 1, Sevilla: Universidad de Sevilla, 675-690.

2.5 Español de América

1991: «Cantaría por cantara en el español de Buenos Aires. A propósito de una interpretación sociolingüística», en Hernández Alonso, César et al., eds., El español de América: Actas del III Congreso Internacional del español de América, Valladolid: Junta de Castilla y León, 1193-1202.

1992: «La hipótesis climática sobre el reparto dialectal del español de América», en Hernández Alonso, César, ed., El español llevado a América, Palencia: Centro Asociado de la UNED, 21-35.

1993: «La lengua castellana que viajó a América», en Lorenzo Sanz, Eufemio, ed., Los castellanos y leoneses en la empresa de las Indias, vol. 1: Archivos, Instituciones, Cultura e Influencia de Castilla y León en el Nuevo Mundo, Valladolid: Junta de Castilla y León. Consejería de Cultura y Turismo, 413-426.

1995: «Castellano y portugués en la época de los descubrimientos», en Hernández Alonso, César, coord., La lengua española y su expansión en la época del Tratado de Tordesillas: Actas de las jornadas celebradas en Soria (9-11 mayo 1994), Valladolid: Sociedad V Centenario del Tratado de Tordesillas, 65-78.

1998: «Bilingüismo y procesos de nivelación gramatical en la América hispana», en Calvo Pérez, Julio y Juan Carlos Godenzzi, comps., Multilingüismo y educación bilingüe en América y España, Cuzco: Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de Las Casas, 227-246.

2.6 Enseñanza del español

1985: «Sintaxis y análisis sintáctico de la oración», en Giménez Resano, Gaudioso, María Antonia Martín Zorraquino, José María Enguita Utrilla, Emilio Ridruejo Alonso, Jesús L. Cuadra Pérez, José Manuel Blecua Perdices, Aspectos didácticos de Lengua Española I. Bachillerato, Zaragoza: Universidad de Zaragoza. Instituto de Ciencias de la Educación, 63-76.

2010: Coord. con Carmen Hoyos Hoyos, Cristina Vela Delfa y Nieves Mendizábal de la Cruz, Hablamos español. Nivel B2. Libro del alumno y Cuaderno de ejercicios. Método de español para extranjeros, 2 vols., León: Everest.

2012: «Voces de alta polisemia», en Hernández González, Carmen, Antonio Carrasco Santana y Eva Álvarez Ramos, eds., La Red y sus aplicaciones en la enseñanza-aprendizaje del español como lengua extranjera, Valladolid: ASELE, 457-464, disponible en: https://cvc.cervantes.es/ensenanza/biblioteca_ele/asele/pdf/22/22_0043.pdf.

2.7 En primera persona

2012: «Cómo me hice lingüista», en Timotin, Emanuela y Stefan Colceriu, eds., De ce am devenit lingvist? Omagiu academicianului Marius Sala, Bucuresti: Univers Enciclopedic Gold, 314-321.

2014: «Cómo me hice lingüista. La lingüística en primera persona», en Laborda, Xavier, Lourdes Romera y Ana M.ª Fernández Planas, eds., La lingüística en España. 24 autobigrafías, Barcelona: Editorial UOC, 331-344.

3. RESEÑAS

1977: «Mauricio Molho, Sistemática del verbo español (aspectos, modos, tiempos), 2 vols., Madrid: Gredos, 779 páginas (Biblioteca Románica Hispánica 230)», Vox Romanica, 36, 327-334, disponible en: https://www.e-periodica.ch/digbib/view?pid=vxr-001:1977:36#340.

1981: «María Luisa Rivero, Estudios de gramática generativa del español, Madrid: Cátedra, Serie Gramática generativa transformacional del español, 1977, 162 páginas», Cuadernos de Filología. II. Studia lingüística hispanica, 2, 167-178.

1987: «Pierre Dupont, La langue du Siècle d’Or. Syntaxe et lexique de l’espagnol classique, París, 1987; Eva María Bravo García, El español del siglo XVII en documentos americanistas, Sevilla, 1987; Itziar Túrrez, La lengua en el Siglo de Oro, Bilbao, 1987», ELUA, 4, 277-282, DOI: http://dx.doi.org/10.14198/ELUA1987.4.15.

1990-1991: «Germán de Granda, El español en tres mundos. Retenciones y contactos lingüísticos en América y África. Valladolid, Universidad de Valladolid, Secretariado de Publicaciones. Serie Lingüística y Filología n.º 10, 1991», Vox Romanica, 49-50, 694-697, disponible en: https://www.e-periodica.ch/digbib/view?pid=vxr-001:1990:49#704.

2001: «Juan Antonio Frago García, Historia del español en América. Textos y Contextos, Madrid: Gredos, 1999», Revista de Libros, 50, 29-30, disponible en: https://www.revistadelibros.com/articulos/historia-del-espanol-de-america-de-juan-antonio-frago-gracia.

2008: «José Enrique Gargallo Gil y María Reina Bastardas, coords., Manual de lingüística románica, Barcelona, Ariel, 2007, 516 páginas», Revue de Linguistique Romane, 287-288, 563-573.

2009: «Johannes Kabatek, ed., Sintaxis histórica del español y cambio lingüístico: Nuevas perspectivas desde las tradiciones discursivas», Lingüística Iberoamericana, vol. 31, Madrid y Frankfurt am Main: Iberoamericana Vervuert, 2008, Revue de Linguistique Romane, 289-290, 217-225.

2011: «Günter Holtus / Fernando Sánchez Miret, “Romanitas”, Filología Románica, Romanística, Beihefte zur Zeitschrift für Romanische Philologie, Band 347. Tübingen: Max Niemeyer Verlag, 2008», Zeitschrift für Romanische Philologie, 127(1), 174-180.

2014: «Gloria Clavería Nadal / Margarita Freixas Alás / Marta Prat Sabater y Joan Torruella i Casañas, eds. (2012): Historia del léxico: perspectivas de investigación, Iberoamericana/Vervuert, 378 páginas» Estudis Romànics, 36, 495-500, disponible en: https://www.raco.cat/index.php/Estudis/article/view/280455/368143.

2015: «Rene Pellen / Francis Tollis, La Gramática castellana d’Antonio de Nebrija: Grammaire d’une langue, langue d’une grammaire. Limoges: Editions Lambert-Lucas, 2011, 2 volúmenes, 350 y 875 páginas», Revue de Linguistique Romane, 79, 542-548.

2016: «La lengua y la palabra. Trescientos años de la Real Academia Española (2013): Comisariado y dirección a cargo de Carmen Iglesias y José Manuel Sánchez Ron, Madrid, Real Academia Española, 480 páginas», Revista de Filología Española, 96(2), 353-360, disponible en: http://xn--revistadefilologiaespaola-uoc.revistas.csic.es/index.php/rfe/article/view/1190/1480.

4. PRÓLOGOS

1986: «Prólogo» a Antonio Briz Gómez, El léxico de la vid en la comarca de Requena-Utiel, Valencia: Institución Alfonso el Magnánimo.

1986: «Prólogo» a José Ramón Gómez Molina, Estudio sociolingüístico de la comunidad de habla de Sagunto, Valencia: Institución Alfonso el Magnánimo.

1987: «Introducción» de Rafael Lapesa, Páginas escogidas. Estudios lingüísticos, literarios y estilísticos, Valencia: Universidad de Valencia.

1988: «Prólogo» a Rosa Gómez Casañ, Aproximación a la historia lingüística del Alto Palancia entre los siglos XIII y XIV, Segorbe: Excmo. Ayuntamiento de Segorbe.

1992: «Prólogo» a M.ª José Martínez Alcalde, Las ideas lingüísticas de don Gregorio Mayans, Valencia: Publicaciones del Ayuntamiento de Oliva.

1993: «Prólogo» a Margarita Porcar Miralles, La oración condicional. La evolución de los esquemas verbales condicionales desde el latín al español actual, Castellón: Universitat Jaume I.

1994: «Prólogo» a Joaquín García-Medall, Introducción al estudio de la prefijación en español, Valladolid: ed. del autor.

1995: «Prologo» a Amparo Ricós, Las construcciones pasivas en español medieval, Valencia: Universidad de Valencia.

1999: «Prólogo» a Adja Balbino de Amorim Barbieri Durao, Análisis de errores e interlengua de brasileños aprendices de español y de españoles aprendices de portugués, Londrina (Brasil): Editora UEL.

1 Todas las citas incluidas en esta semblanza se corresponden con la autobiografía del Prof. Emilio Ridruejo aparecida en el volumen La lingüística en España. 24 autobiografías, editado por Xavier Laborda, Lourdes Romera y Ana M.ª Fernández Planas, Barcelona: Editorial UOC, 331-344.

TEORÍA LINGÜÍSTICA Y DESCRIPCIÓN GRAMATICAL: A PROPÓSITO DE LA GRAMÀTICA DE LA LLENGUA CATALANA DEL INSTITUT D’ESTUDIS CATALANS

Ángel ALONSO-CORTÉS

Universidad Complutense de Madrid

1. La palabra «teoría» referida a estudios gramaticales y lingüísticos aparece tímidamente en la lingüística del siglo XIX. Ejemplos los tenemos en la Teoría del árbol genealógico de las lenguas, sugerida por Federico Schlegel, en 1808 y en la Teoría de las ondas (Wellentheorie) sugerida por Hugo Schuhardt en 1870, y desarrollada luego por Johannes Schmidt. La calificación como teorías de las propuestas de Schlegel, Schuchardt y Schmidt aparece consagrada en el texto de G. von der Gabelentz publicado en 1891, Die Sprachwissenschaft, cuyo tercer libro, parte segunda, está titulada así: «Teoría del árbol genealógico y de las ondas». En realidad, son modelos del parentesco entre lenguas, donde modelo significa representación analógica o metafórica del problema estudiado. Tales modelos constituyen una hipótesis, que debe someterse a los datos empíricos. Otro esfuerzo de la lingüística del XIX (y del XX) es conocido como «Sonantentheorie» (expresión que aparece en un escrito de J. Schmidt), o bien Teoría Laringal, debida a Saussure en su Memoria sobre el sistema de las vocales, de 1871. Saussure emplea al menos en treinta ocasiones la palabra «teoría» en su Memoria, algunas veces referida a los coeficientes sonánticos, que en aquellos años eran puramente conjeturales.

La palabra teoría, entendida como conjunto de una o más hipótesis no es, por tanto, desacertada. Esta pretensión parece que es la que Darwin, en el Origen de las Especies de 1859, mantenía, cuando frecuentemente apela a la «teoría de la selección natural» –expresión propia de Darwin– para explicar el origen de las especies. Y es la que predomina en el siglo XIX y parte del XX (teoría de la relatividad, teoría cuántica…).

La lingüística del siglo XX también ha empleado el término teoría, y ya de una manera menos hipotética, para significar un modelo universal de la forma del lenguaje. Ejemplos de este tipo de teoría los tenemos en la Teoría del Lenguaje de Bühler publicada en 1934, basada en la semiótica de Saussure; en los Prolegómenos a una Teoría del Lenguaje de Hjelmslev, de 1943, y también con raíces en Saussure, y sobre todo en N. Chomsky, The Logical Structure of Linguistic Theory, de 1955, que inaugura los modelos matemáticos en gramática.

Los estructuralistas americanos como Bloomfield (1933) y Z. Harris (1951) no eran entusiastas de la palabra teoría. Bloomfield en Language emplea con poca frecuencia esta palabra y generalmente con la idea de conjetura para explicar algo, un cambio lingüístico, por ejemplo. Pero él mismo no defiende ninguna teoría del lenguaje ni de la gramática. Más bien, emplea un método de análisis del discurso, es decir, un conjunto de procedimientos para analizar las locuciones. Precisamente Harris (1951) titula su libro más influyente Methods in Structural Linguistics. Pero poco antes de morir titula su último libro de lingüística A Theory of Language and Information, aparecido en 1991.

Estando en un ámbito hispánico, resulta oportuno mencionar que Andrés Bello en su gramática de 1847 emplea la palabra teoría para ya desde el principio de su obra hacerla equivalente a «gramática», que concibe como «un sistema de signos». Poco más adelante destaca que su gramática es «una teoría que exhibe el sistema de la lengua en la generación y uso de sus inflexiones y en la estructura de sus oraciones». Bello, con la debida precaución, precisa que «cuando digo teoría no se crea que trato de especulaciones metafísicas». Lo que entiende Bello por teoría es una moderada especulación filosófica sobre la gramática –sobre el sistema– restringida por los datos empíricos, es decir, por el uso de la lengua (Bello, p. v).

La lingüística dominante del siglo XX, la gramática generativa, ha utilizado la palabra teoría con distintos propósitos. En 1955 «teoría lingüística» se opone a métodos estructurales, donde predomina el análisis de los datos. La teoría es un formalismo que permite deducir mediante operaciones (o reglas) formales las oraciones gramaticales de una lengua. La teoría generativa posterior ha ido cambiando sus objetivos. En 1965 esta teoría lingüística es un sistema formal más concreto que en 1955. Es un sistema o tupla de 5 elementos: < {O}, {DE}{G}, f, fm >, donde el conjunto O es una enumeración de posibles oraciones; el conjunto DE es el conjunto de descripciones estructurales posibles; el conjunto G es una enumeración de gramáticas formales posibles; f y fm son funciones que asignan la primera una DE a cada oración de O, y la segunda asigna a una gramática Gi su mayor o menor valor en sencillez en relación con otra Gj. Para lo que aquí nos interesa, ver de qué modo se emplea la teoría y la descripción en una gramática concreta, la teoría generativa normal de 1965 tiene como objetivo precisamente «describir la competencia lingüística de un hablante-oyente ideal» empleando una gramática formal G. Una teoría gramatical es satisfactoria si formaliza la descripción (estructural) de la competencia de un hablante. La competencia –los juicios de los hablantes sobre la aceptabilidad de las oraciones– constituye los datos empíricos que deben encajar en una gramática descriptivamente satisfactoria.

Aparece en 1965 una exigencia clara de la teoría lingüística: describir la competencia de un hablante H de una lengua particular L. Esta exigencia, la descriptiva, consiste en caracterizar la competencia gramatical. Caracterizar tiene el sentido que le dio Rudolf Carnap en La construcción lógica del mundo, de 1928, siguiendo al físico Ernst Mach en Conocimiento y Error, de 1905: enumerar las propiedades distintivas de un objeto, no todas las propiedades, que hagan posible el conocimiento unívoco del objeto. Algunas propiedades descriptivas o caracterizadoras de una gramática se centran en la descripción estructural de las oraciones que produce y entiende el hablante H. La descripción estructural especifica las siguientes propiedades: 1) el conjunto de los constituyentes frásticos de la oración: FFNN, FFVV…; 2) las clases de palabras que forman la oración N, V, A; 3) la subcategorización sintáctica de esas palabras en términos de rasgos sintácticos como animado, contable, transitivo, etc; 4) el orden lineal de las frases en la oración, y v) la asignación de funciones dependenciales a las frases de la oración (sujeto-de, objeto-de…). Esta descripción estructural estaría representada en un diagrama arbóreo. Además, una gramática descriptivamente satisfactoria debe contener generalizaciones inductivas que luego puedan ser deducidas de principios generales del lenguaje.

La descripción gramatical en los términos anteriores presenta, sin embargo, un problema inmediato: nombre, verbo, palabra, frase, frase nominal, frase verbal, contable, sujeto, objeto etc. no son datos inmediatos que se presentan ya rotulados de esa manera, sino que son conceptos que deben ser obtenidos a través de alguna hipótesis, o «teoría». Así, las categorías gramaticales de Aristóteles son predicados de una proposición. Son resultado de una teoría lógica, donde el nombre sujeto tiene una importancia singular. Por otro lado, la pretensión de obtener las unidades descriptivas de la gramática en términos universales no se ha logrado, salvo por estipulación. En consecuencia, la descripción gramatical no es inmune a ni independiente de una teoría.

Una gramática descriptiva requiere, en suma, una justificación argumentada de los componentes o rasgos característicos de la descripción (nombre, verbo, frase…).

Además, la elaboración de una gramática descriptiva se enfrenta con un problema típico de las ciencias sociales y humanas: el hecho de que la teoría lingüística se encuentre en un estado de pluralismo científico. La cuestión es qué punto(s) de vista adoptar ante esta situación. Si son varios, el problema es cómo obtener una descripción no contradictoria. Arriba enumerábamos un conjunto de rasgos descriptivas del generativismo, algunos de los cuales proceden del estructuralismo de Bloomfield y Z. Harris. En los últimos cuarenta años se han elaborado gramáticas descriptivas del español, del inglés, del italiano, y de otras lenguas, que han ampliado las dimensiones descriptivas, incluyendo el resultado de las investigaciones generativistas o posgenerativistas, como las anáforas y sus antecedentes, la ergatividad, los verbos psicológicos y otras más.

En España, la primera de estas gramáticas descriptivas fue la dirigida por Ignacio Bosque y Violeta Demonte, aparecida en 1999. Se trata de un proyecto iniciado en torno a 1994, que reunió setenta y tres especialistas, y se publicó en tres gruesos volúmenes. Se ocupa de la Sintaxis del español (clases de palabras y construcciones) en los dos primeros volúmenes y parte del tercero, que además contiene la Morfología. Esta gramática descriptiva emplea rasgos y resultados descriptivos procedentes del generativismo sobre todo, pero también de los estructuralistas, los funcionalistas y de la pragmática lingüística.

La segunda gramática, aparecida en 2002, es la dirigida por Joan Solà, Gramàtica del Català Contemporani, que reunió cincuenta y ocho especialistas en lingüística del catalán. En tres gruesos volúmenes, cubre los tres niveles de descripción de una lengua, en sus nombres tradicionales: la Fonética y la Fonología con la Morfología (vol. I), y la Sintaxis en los volúmenes II y III. Esta gramática tuvo igualmente un impacto destacable. En parte se solapa con la Gramàtica de la Llengua Catalana.

En general, estas gramáticas emplean los rasgos que caracterizan las clases de palabras (nombres, adjetivos, verbos) por su forma y su función; las agrupaciones que forman (las frases o sintagmas); la fuerza ilocutiva de las unidades máximas que forman esas agrupaciones en oraciones (declarativa, imperativa, exclamativa, etc.).

2. La Gramàtica de la Llengua Catalana publicada en Barcelona en 2016 por el Institut d’Estudis Catalans (1314 págs. más índices) es una obra extensa escrita por un equipo de especialistas en lengua catalana, y es también un vástago del linaje gramatical que Pompeu Fabra fundó hace ahora un siglo, pues esta Gramàtica de la Llengua Catalana comparte con las de Fabra de 1912 y 1918 ser tanto descriptiva como normativa.

Como gramática descriptiva, dice la propia gramática, p. xxi, «analiza y describe los hechos gramaticales». Este análisis y descripción tienen como fin «el establecimiento de la norma gramatical». Por lo que norma y descripción van de la mano.

Como normativa quiere actuar como un código de cómo se debe hablar. En esta gramática de 2016, Teresa Cabré afirma incluso que «una gramática es mucho más que una descripción: es una representación de un modelo de lengua, o de aquello que sus autores piensan que es, de aquello que debe ser una lengua». En suma, como gramática normativa selecciona los usos que considera más sancionados.

La Gramática de la Llengua Catalana (GLC) está dividida en tres partes: Fonética y Fonología, Morfología y Sintaxis. Esta es una división tradicional, pues la Gramática de la Lengua Catalana de Fabra de 1912 sigue esta organización: Fonética (seis capítulos), Morfología flexiva (siete capítulos) y léxica (siete capítulos sobre prefijos y sufijos, más las palabras compuestas), y finalmente la Sintaxis (siete capítulos).

La fonética y la fonología constituyen los capítulos 1 a 5, donde trata de los segmentos consonánticos y vocálicos en su lado fonético y fonológico. Evita el término fonema, propio del estructuralismo americano y europeo, y prefiere la expresión «segmento fonológico» (1.1) en la tradición de Z. Harris y de la generativista de Chomsky y Halle en The Sound Patternío of English, 1968. En esta parte la GLC emplea los rasgos descriptivos tradicionales de la fonética lingüística. Además, y sobre todo, le interesan las restricciones y procesos sintagmáticos entre los segmentos así como los cambios en final de palabra de las consonantes. No aparecen formalizados, pero sí muy claramente caracterizados. El acento y la entonación concluyen el estudio fonético. La entonación es descrita según los actos inlocutivos correspondientes: declarativo, diversos tipos de interrogativa, imperativa, y exclamativa. Acompañan unos gráficos que muestran las características acústicas de los tipos oracionales.

La Morfología (siete capítulos) se escinde en morfología flexiva, derivativa, y composición.

La morfología flexiva describe los nombres y los verbos en sus modificaciones en términos de palabra y su estructura, morfema, alomorfo y raíz. Morfema y alomorfo son unidades taxonómicas del estructuralismo americano y europeo, mientras que raíz es propio de la lingüística del siglo XIX, que algunas tendencias generativistas actuales han vuelto a tomar. El morfema es entendido en sentido de Bloomfield, es decir, como signo mínimo. Pero también emplea morfema como unidad sin significado (6.1.2), como el segmento /a/ en la palabra norma. Adopta aquí un análisis estructuralista que lleva a Hockett, quien analizaba así este tipo de vocales como «marcadores de clase», o morfo vacío. Aunque la distinción entre morfema libre y ligado no aparece, en la práctica es adoptada. Todos estos son conceptos de clasificación y descripción del estructuralismo americano.

La descripción morfológica se hace en términos estructuralistas de los modelos de unidad y disposición (una raíz seguida de sufijos), y de unidad y proceso (una base que experimenta cambios por medio de reglas). Modelo significa aquí «un marco de referencia» en el sentido de Hockett, Two models of gramatical description, de 1954. Tal marco caracteriza una parte de la gramática de una lengua.

La GLC aborda no solo la descripción, sino que además se ocupa de problemas lingüísticos interesantes. Uno de ellos es el problema morfológico de la conversión (un anglicismo algo fuerte, que otras gramáticas llaman transcategorización), definido por esta gramática como el cambio de categoría léxica de una palabra sin mediar afijo derivativo (p. 391). Así, explica la GLC el nombre común cat. sal (esp. sal) se ha convertido en verbo en salar sin sufijo derivativo alguno, pues analizan los segmentos-ar del infinitivo como flexión (como lo hace la NGLE caps. 4 y 26), en particular, el morfema {r}/ como marca de aspecto. Otras gramáticas entienden la conversión como un cambio de categoría léxica donde un nombre se hace verbo, por ejemplo, sin sufijo alguno, es decir, mediante sufijo nulo, o cero. Esto se ve claro en inglés donde la palabra water cambia su categoría de nombre por la de verbo (con el significado de «regar») con sufijo nulo. Lo mismo podría decirse de la transcategorización N (sal) > V (sal). Hay otros posibles análisis, desde luego. Por su parte, la NGLE no habla de transcategorización ni de conversión, y considera unas veces -ar (cap. 8.6) como sufijo derivativo y otras veces como -a- (vocal temática) + r (sufijo flexivo) (cap. 4.1g y 26).

Este ejemplo ilustra cómo la GLC no es solo descripción de usanzas. Contiene también teoría como conjetura o hipótesis sobre algún problema.

Para el caso de las palabras compuestas, la descripción incluye, además de minuciosas explicaciones sobre los significados que resultan de componer las palabras, la relación sintáctica entre ellas. Aquí no faltan los conceptos del estructuralismo americano de Bloomfield (1933), que divide los compuestos en endocéntricos y exocéntricos, y que aquí hallamos en la p. 450. Pero tampoco están ausentes los análisis de la morfología generativista como las paradojas de etiquetado (p. 427) o la propiedad de recursividad en los prefijos, es decir, la adición indefinida de prefijos o sufijos a una base, como post-post-modernista, o des-centr-al-itza-ble.

Termina la parte de Morfología con tres capítulos muy minuciosos, alistando los afijos (prefijos y sufijos) que emplea el catalán para formar palabras, así como una clasificación de las palabras compuestas.

La sintaxis es el centro de las gramáticas descriptivas, tanto en ésta como en las otras referidas. Contiene 23 capítulos con un total de 850 páginas. De esos 23 capítulos, 8 se ocupan de las clases de palabras (nombre, adjetivo, verbo, preposición, adverbio…) y de las categorías sintagmáticas que encabezan. El nombre encabeza el sintagma nominal, el adjetivo encabeza el sintagma adjetival, la preposición encabeza el sintagma preposicional, y el adverbio el sintagma adverbial. No hay un capítulo dedicado al sintagma verbal (aunque sí se lo menciona en los capítulos 13, 21 y 25). sino a la predicación verbal, que es un concepto funcional, donde trata los verbos transitivos y las distintas clases de intransitivos, puros e inacusativos, descubiertos hace décadas por Perlmutter.

Las unidades principales de la sintaxis son la oración, que es un tipo de predicación, las funciones gramaticales, las construcciones y los sintagmas (nominal, adjetival, preposicional, y adverbial).

El término «construcción» tiene una venerable antigüedad en la lingüística. Basta recordar que el libro de Apolonio Díscolo, en griego Perì syntáxeos, la traducción francesa lleva el título de Sobre la construcción. Desde Apolonio hasta hoy, los gramáticos emplean «construcción» sin un significado constante. Hoy, el uso del término «construcción» es omnipresente en las teorías gramaticales de cualquier orientación, pero no es posible encontrar una definición consistente de él.

En lo que sigue intentaremos una delimitación de este término.

Mientras que en la GLC la oración es definida claramente, la construcción no. En el índice, el término construcción remite a los de expresión, oración y sintagma. El índice recoge en torno a 60 tipos de construcciones, desde la construcción absoluta hasta la comparativa, concesiva, inacusativa, partitiva, media. La oración aparece con unas 90 entradas en el índice. El índice remite también desde la oración a la construcción y desde ésta a la construcción.

La misma indeterminación acompaña este concepto en la Gramática descriptiva de la lengua española (GDLE) y en la NGLE. Parece que los especialistas consideran como evidente el significado del término. Desde luego, podrían haber empleado la definición de construcción de Bloomfield y Hockett, que sí recoge la GLC en la morfología, cuando divide los sintagmas en exocéntricos y endocéntrico.

Un inciso: las definiciones son necesarias, aunque no sean más que hipótesis, como hace notar Popper, son un punto de arranque tanto en matemáticas como en cualquier estudio descriptivo. Hay que observar que en todas estas gramáticas (GDLE, NGLE y GLC) los capítulos de sintaxis pueden llevar el título de «La construcción pasiva» o «La oración pasiva», incluso en el mismo capítulo. El lector no especialista de una de estas gramáticas puede quedar desconcertado.

Construcción y sintagma son en la GLC casi intercambiables, pues una construcción parece contener aspectos propios del sintagma, que define en la p. 126 como una «combinación de palabras», como por ejemplo molt ràpidament. Pero en la p. 478 lo define como «agrupación coherente de elementos en torno a un núcleo… los constituyentes que forman el sintagma en torno al núcleo son los especificadores y los complementos». Esta caracterización del sintagma, que tiene su origen en la teoría de la X con barra de Chomsky 1968, es funcional, en el sentido de que emplea conceptos de dependencia, puesto que núcleo y complementos son dependenciales: el núcleo es núcleo-de una frase (la existencia de la frase depende de la existencia de un núcleo), y el especificador es especificador-de un núcleo, y el complemento es complemento-de un núcleo.

Así, en la p. 127 se habla de «construcciones sintagmáticas», y junto al sintagma nominal encontramos «construcción nominal» (p. 555), como el tonto de Juan. Sin embargo, no se habla de núcleos en las construcciones. Aunque en la p. 961 afirma la GLC que las conjunciones son palabras equivalentes a los nombres, adjetivos, preposiciones, etc., en ese capítulo ni en otro aparecen «sintagmas conjuntivos», que en los últimos quince años han tratado los generativistas. Sí aparecen las construcciones coordinadas, que engloban la coordinación de sintagmas, oraciones y palabras (p. 962). Parece aquí que «construcción» es un término inclusivo de unos y otras.

A diferencia del sintagma, la construcción no recibe por lo general el nombre de una categoría léxica sino el de algún significado que contiene (comparativa, concesiva, condicional) o el de alguna operación sintáctica, como es la coordinación, operación que une una oración a otra o un sintagma a otro funcionalmente equivalentes (complementos, sujetos, etc.). Pero este resultado, construcción coordinada, no está explícitamente caracterizado como una categoría sintáctica. Otras veces la construcción sí es considerada categoría sintáctica. Por ejemplo, en el capítulo 25 (p. 990 y siguientes) que trata de las construcciones coordinadas, se describen estas construcciones como coordinación de sintagmas nominales, donde pueden coordinarse núcleos o especificadores de sintagmas.

Las construcciones pueden recibir el nombre de un significado conceptual (la causa, el fin), el de una relación entre conjuntos (partitividad), el de una relación entre cualidades (comparación), e incluso el nombre de alguna operación pragmática, como la construcción adversativa, que cancela una implicatura, como Pedro es español [pero no le gustan los toros].

En otros casos, la diferencia entre oración y construcción parece imperceptible. Así, se identifica la oración causativa por el verbo, o predicado causativo, como El peso de la nieve hundirá el tejado, pero en el mismo párrafo este mismo verbo empleado como intransitivo (El tejado se hundirá) es una construcción inacusativa incoativa.

La oración –pero no la construcción– contiene rasgos muy generales de estructura, como ser simple o compuesta, principal o subordinada. Estas características generales no parece que pertenezcan a las construcciones. La oración, según la GLC, además, está dotada de lo que llama modalidad oracional: declarativa, interrogativa, imperativa, y exclamativa.

Ya hacia el final de la GLC, p. 1109, la construcción adquiere más perfil. Si la oración es una unidad distribucionalmente independiente dotada de las funciones de sujeto y predicado, y con modalidad, como se dice en la p. 473, hay construcciones que «establecen relaciones causa-efecto con el resto de la oración». Son las construcciones causales, finales, condicionales, concesivas e ilativas.

Así la oración El padre fue al médico [porque se encontraba mal] contiene una construcción causal por la relación que se establece entre el predicado principal, o mejor, frase predicativa (ir al médico) y el resto de la oración, funcionalmente un adjunto.

Este perfil del concepto de construcción converge en parte con el concepto de construcción de la actual gramática de construcciones de Lakoff, Fillmore, Goldberg y otros. Esta teoría gramatical entiende por construcción un modelo oracional con propiedades idiosincrásicas. Son construcciones en este sentido los modelos oracionales con verbo ditransitivo, de movimiento, resultativo etc. La construcción es aquí un concepto teórico definido como un signo dotado de forma y significado. No es un concepto puramente taxonómico, como ha afirmado la gramática generativa.

En suma, en esta gramática, como en la NGLE, la unidad oración y la unidad construcción pueden aparecer aparentemente como unidades intercambiables. Ambas pueden incluirse bajo el término de construcciones. Así hizo Bello, que cuando describe oraciones que destacan por algún rasgo característico se refiere a ellas como construcciones. Así distingue construcción refleja, impersonal, activa, pasiva, etc.

La GLC, como también la NGLE, podrían, sin duda, ser clasificadas básicamente como gramáticas de construcciones. La sintaxis contiene más información funcional, a saber, de las funciones gramaticales (sujeto, complemento, adjunto) que estructural, entendiendo por este término la estructura jerárquica de los sintagmas.

El hecho de que la oración se describa tanto en términos de funciones dependenciales como lógicamente en términos de predicado y argumentos, recuerda los modelos funcionales de Jespersen y Tesnière. También las categorías sintácticas como sintagma nominal, adjetival, preposicional y adverbial a las que dedica sendos capítulos reciben más atención funcional que estructural. No dedica, sin embargo, un capítulo al sintagma verbal, como sí hizo la Gramàtica del català contemporani en 2002. Quizá tenga su explicación precisamente en la importancia de la función de predicación y de predicado verbal, del que distingue unas 50 clases.

Otro concepto funcional en la GLC es el de selección para significar la dependencia entre palabras. Un ejemplo lo tenemos en la caracterización del verbo asignar (p. 476), cuando se afirma que es un predicado que selecciona 3 argumentos, dos acabarán como complementos internos (María asigna una paga semanal a su hija), y el otro como argumento externo o sujeto, María.

El concepto de selección de una clase formal por otra fue empleado por Bloomfield y Z. Harris. En Aspectos de la Teoría de la Sintaxis también se emplea el concepto de selección. El verbo es seleccionado por los rasgos sintácticos del nombre sujeto y del nombre objeto.

Este sesgo funcional de la GLC no impide que haya incorporado, como ya se ha dicho, resultados de la gramática generativa y de otras gramáticas salidas de aquélla en los últimos treinta años. Así, proceden del generativismo: oración reducida, recursividad sintáctica, composicionalidad, verbo ligero (que en realidad procede de Jespersen), y autorización de una categoría por otra (licensing), el control del sujeto nulo por otra frase nominal y la teoría de la X con barra.

Otra característica funcional de esta gramática (pero común con el generativismo) es su lexicocentricismo, o vinculación de la estructura de la frase (sintagmas, construcciones, oraciones) con las propiedades combinatorias de las palabras individuales. Este papel constructivo del léxico está muy arraigado en la tradición gramatical y llega hasta la lingüística estructural-funcional de Tesnière en sus Elementos de Sintaxis Estructural de 1959.

También se encuentran explicaciones funcionales, relativas a la función comunicativa de las oraciones. Así, un rasgo de la oración pasiva consiste en que «la pasiva es un recurso gramatical que permite omitir el agente de la acción… porque no interesa o bien porque se deduce del contexto lingüístico o extralingüístico» (cap. 23).

En fin, la Gramática de la Llengua Catalana es una obra de la que, sin duda, Pompeu Fabra estaría muy satisfecho. Su amplia cobertura de los modelos léxicos y sintácticos del catalán contemporáneo, su designio normativo, así como el tratamiento de los procesos y estructuras gramaticales en general asequible al lector culto hace de ella una obra de referencia imprescindible para el estudio de la lengua catalana durante mucho tiempo.

RAMÓN CAMPUZANO Y SUS DOS DICCIONARIOS MONOLINGÜES

Manuel ALVAR EZQUERRA

Universidad Complutense de Madrid

El siglo XIX ocupa un lugar destacado en la historia de nuestra lexicografía, por la eclosión de diccionarios de todo tipo que se produce, como consecuencia de la labor académica, tanto por seguirla como por querer darnos obras diferentes: diccionarios enciclopédicos, diccionarios manuales, diccionarios con voces regionales, de diversas actividades… Ante tal abundancia resulta difícil desbrozar el terreno y ver qué hay de original en todo ello y hasta dónde alcanzan las copias. Algo de ello voy a intentar en las páginas que siguen, en homenaje a mi buen amigo Emilio Ridruejo, y a la actividad que ha desarrollado en la historiografía lingüística.

1. EL DICCIONARIO MANUAL DE LA LENGUA CASTELLANA (1850)

En ese panorama al que he aludido de manera tan rápida, deseo fijarme en la producción de diccionarios de la lengua debidos a Ramón Campuzano (¿?-ca. 1867), personaje de quien no poseemos informaciones sobre su vida. En su actividad tiene lugar un hecho singular, y es que da a la luz antes un repertorio manual que uno grande (Campuzano, 18501), cuando lo habitual es que el pequeño sea un derivado del mayor: el Diccionario manual de la lengua castellana. Tuvo un éxito extraordinario, y continuó publicándose durante dos décadas con una cadencia ciertamente asombrosa para la época, con un promedio de casi una edición por año. Aunque en las portadas se suele poner de qué número de edición se trata, hay al menos una en que no se indica. Por otro lado, el establecimiento de la secuencia de las salidas no es una tarea sencilla, pues hay años en que se imprimen ediciones diferentes y, también, la cuarta aparece con fechas distintas (tal vez la más tardía es estas dos sea la quinta). En realidad, no se trata de ediciones, sino de reediciones, con lo que el problema de su secuenciación no es tan grave ya que el texto de la obra es el mismo (Buzek, 2006: 31).

Pese a la presencia comercial de la obra durante un cuarto de siglo, sorprende que los estudiosos no se hayan ocupado de ella (salvo Bueno Morales, 1995: 270-273, y Buzek, 2006: 30-32, que se basa en el anterior), presumiblemente por su reducido tamaño y condición manual.

En el «Prólogo»2 se declara que el motivo para la publicación de la obra ha sido el que todas las personas puedan disponer de un instrumento para el conocimiento de la lengua y su buen empleo. La finalidad no es novedosa en el s. XIX: se pretendía poner en manos de los usuarios una obra a un precio más asequible que el de la Academia, y en un tamaño más reducido, para hacerlo más manejable; de ahí que en el título aparezca la palabra manual, sin renunciar a un crecido número de entradas.

De acuerdo con el cálculo que he realizado, la cantidad total de entradas que registra es de aproximadamente 52 2003, que podemos considerar una cantidad similar –pues son meras estimaciones– a las 53 000 del repertorio académico inmediatamente anterior (9.ª ed., 1843), por lo que la afirmación que se hace en el párrafo del prólogo recién citado según la cual este diccionario de Campuzano contiene «muchas más voces» que el de la Academia no parece ajustarse a la realidad.

Es fácil de imaginar que un diccionario, por breve que sea, no surge de la nada. Ana Bueno Morales (1995: 271) se inclina a pensar que Campuzano partió del repertorio académico, pero no de la edición que precedía a su trabajo, sino de la quinta (1817), con la que coincide en la ortografía, y en un gran número de voces anticuadas que ya no estaban en 1843, de lo cual se hace eco Ivo Buzek (2006: 31). Este investigador, siguiendo el mismo método que la anterior, con el análisis de las 500 primeras entradas de la letra a-, concluye que Campuzano copia íntegramente la nomenclatura académica de 1843 y abrevia las definiciones para ahorrar espacio.

Con el fin de arrojar un poco más de luz sobre la manera de trabajar de nuestro autor he analizado tres secuencias de palabras escogidas aleatoriamente a lo largo del Diccionario manual. La primera corresponde a las pp. 174-175 con un total de 76 entradas (Caballote-Cabito), la segunda a las pp. 622-623, que tienen 103 entradas (Incómodamente-Incorrupción), y la tercera a las pp. 944-945, cuyo contenido es de 93 entradas (Repasadera-Repostería).

Así, podemos afirmar que en el Diccionario manual hay entradas que no están en el DRAE de 18434, como Caballote, Cabidad ‘cabida’ (la voz no figura en ningún otro diccionario, y hemos de suponer de la propia cosecha del autor), Cabildante, Cabillero, Incompetentemente, Incomplexo, Incomprimible, Incomunicación, Incomunicar, Inconcernente, Inconfidente, Inconmutablemente, Inconstitucional, Repatriar, Repeana, Repedir, Repetitivo, Repicado, Repicapunto (de) y Repilogar.

En dos ocasiones he hallado voces que no aparecen ni en el diccionario académico ni en los otros dos que debió manejar Campuzano. Se trata de Repodar, ‘Volver a cortar la madera’, y Reposadero, que antes únicamente figura en el diccionario de Terreros, aunque con una definición algo diferente: ‘tercera cuba en que se prepara el índico’. En todo este panorama llama la atención que el Diccionario manual no se deje por el camino ninguna de las entradas del DRAE de 1843.

Nuestro autor tuvo buen cuidado para no trasladar algunas de las palabras consignadas por Núñez de Taboada (1825) y que no estaban en el repertorio académico, tal es el caso de cabestante. Tal vez no la tomó por ser voz especializada. Tampoco tomó incompuesto, repetencia, repastado, repechado, repedido, repelado, repensado, repentido, repercuso, repesado, repetido, repilogado, repinado, repintado, y otras más, similares, probablemente por ser participios de verbos que sí aparecen en la obra y no están en el DRAE. Otro tanto sucedió con las palabras calificadas como anticuadas de las cuales ya había prescindido la Academia en la edición de 1843, entre ellas cabdellado, cabdillado, cabdillamiento, que la Institución registró desde el Diccionario de Autoridades hasta 1822. Sin embargo, sí que mantuvo Campuzano Cabdillar, Cabdillazgo, Cabdillo Cabedero, Cabellado, Cabelladura, Cabelloso, Cabezaje, Cabezalería, Cabezalero, Incomposición (en la segunda acepción), Incompuestamente (en las dos acepciones), Incongruidad, Inconsulto, Incorporable, Repentirse, Repiso, Replicación, Replicato, Repositorio, etc., todas con la marca de anticuadas, pues así aparecían en la salida del DRAE que empleaba. Ello puede ser señal de que Campuzano no estaba guiado por un interés acumulativo, sino de cautela ante las voces anticuadas que ya no aparecían en el elenco académico, actitud que manifestó ante otros grupos de palabras que bien pudo haber copiado y no lo hizo. En una sola ocasión se pierde la marca de ant. al pasar al Diccionario manual y es en la voz Reportorio.

Ahora bien, el respeto a la macroestructura de la Academia, no lo es tanto en la microestructura, con el fin de reducir la extensión de la obra, además de emplear un tipo de letra menudo. Esa reducción se alcanza en la microestructura prescindiendo sistemáticamente de los equivalentes latinos, como ya habían hecho otros diccionarios de la época. En otras ocasiones se reduce el número de acepciones, en otras no se toman construcciones pluriverbales –aunque no siempre–, y en muchas se abrevian al máximo las definiciones, lo cual puede comprobarse en artículos como Cabe, Cabecear, Cabecera, Caber, Cabestro, Cabeza (artículo que sufre una reducción drástica), Cabezada, Repentón, etc. La voz Cabeceamiento deja de ser definida como ‘la acción y efecto de cabecear’ para serlo por un sinónimo, ‘cabeceo’, el aragonesismo Cabecequia que pasa de ‘La persona a cuyo cuidado están los riegos y acequias’ a ‘El que cuida de riego y acequias’, sin marca de empleo geográfico restringido, la larga explicación de la primera acepción de Cabero se queda en ‘El que echa cabos o mangos a las herramientas del campo’, prescindiendo de limitar su uso a la Andalucía oriental, en Incomposición la primera definición es ‘Falta de composición’ sin los que sigue en el DRAE, y en la segunda la remisión a ‘descompostura o desaseo’ se queda solamente con la segunda voz como sinónimo, también se reducen Incomunicado (aproximándose a la de Núñez de Taboada, aunque sin el final que ponía este), Repechar o Repollo, o en Cabestrería, Cabestrero, Incómodo, Incompuestamente, Inconfeso, Incongruo (en sus dos acepciones), Inconmutabilidad, Incontinencia, Repasadera, Repasar, Repelo, Repercusivo, Repesar, Repetición, Repetir, Repicar, Repiquete, Replantar, y muchas más. En alguna ocasión Campuzano sustituye la definición académica por la que ponía Núñez de Taboada, sin que se aprecie una razón evidente de claridad o espacio, como sucede con Imcomprensibilidad, Incorrecto, Repelada o en Repercusión. Y frente a todo ello, en Incomparable se añade una primera acepción, errónea a todas luces: ‘Lo que no se puede adquirir o se adquiere difícilmente’, que no es sino la definición de incomprable, voz no recogida en ningún otro diccionario, y que nuestro autor añadió haciendo una mala lectura de la entrada, sin fijarse tampoco en la otra acepción que pone.

En las ocasiones en que la Academia pone en la categoría gramatical p. a. (esto es, participio activo) seguida de una definición, Campuzano no la reproduce y deja p. a. seguida de de más el verbo de que se trate, como puede verse en Repelente, Repitiente o Replicante.

Llama la atención que pese al proceso de reducción al que somete Campuzano al DRAE se mantengan no solamente las voces anticuadas a que me he referido antes, sino también los numerosos aumentativos y diminutivos no lexicalizados, así como superlativos (por ejemplo, Caballuelo, Cabañuela, Cabellejo, Cabellico, Cabelluelo, Cabezalejo, Cabezalico, Cabezorro, Cabezuelo, Cabito, Inconstantísimo, Repolluelo), posiblemente para aparentar un contenido más rico en entradas de lo que podría ser si se hubiera actuado de otra manera, pues solamente se presentan para señalar que se trata de derivados, nada más. A ellos habría que añadir los frecuentes compuestos en -mente (como Incómodamente, Incomparablemente, Incompletamente, Incongruentemente, Inconsolablemente, Incorporalmente, Reposadamente, etc.), si bien estos llevan la correspondiente definición, la misma que ponía la Academia.

En algún caso la reducción del equivalente es casi plena cuando en la obra académica se pone una remisión a otra voz (que podría interpretarse como un caso de sinonimia) y esta otra voz es la siguiente en el orden alfabético. Por ejemplo, incompasible remite al incompasivo que le sigue, mientras que Campuzano pone solamente y manteniendo el otro artículo en su lugar, sin llegar a hacer una entrada doble que sí hubiera ahorrado un espacio notable. Por el contrario, el añadido de acepciones nuevas es raro, aunque también ocurre, como en Repente, donde figura una nueva que no estaba en el DRAE, ‘Repentinamente’, tomada del repertorio de Núñez de Taboada, o en Repentista.

Hemos visto cómo a Cabecequia Campuzano le quita la marca de uso regional, lo cual sucede también con otro aragonesismo, Reposte, de la que el DRAE decía que era provincial de Aragón, mientras que en la obra que nos ocupa ahora, tras la categoría gramatical, figura pr., que vale provincial de acuerdo con la lista de abreviaturas que hay al comienzo de la obra, y no dice nada más de la distribución geográfica.

Tampoco prescinde Campuzano de las voces de especialidad, cuyas marcas (que pueden verse en la lista inicial de abreviaturas) conserva, como son agr. (en la cuarta acepción de Cabezudo), bot. (en la segunda acepción de Cabillo), gram. (en Inconstruible), med. (en Incordio), náut. (en Cabilla), entre las voces de mi cala. He hallado, incluso, un caso en que nuestro autor pone una marca donde no constaba en los diccionarios anteriores: albañ. acompañando a Repellar. Por el contrario, en la primera acepción de Repintar se prescinde de la marca pint.

He de señalar que en una ocasión Campuzano comete un error de copia, pues el incomodísimo académico pasa a ser Incomodadísimo, voz que no se documenta en ningún otro diccionario, que se alfabetiza en el lugar que correspondería a la otra, y de la que se dice que es superlativo de Incómodo (no de Incomodado), como hace la Academia con incomodísimo.

El cuerpo del diccionario de completa con un breve «Suplemento» de cuarenta artículos, casi todos ellos de voces que no se habían documentado antes en nuestra lexicografía, salvo unos pocos que habían aparecido en el repertorio de Salvá publicado muy pocos años antes. No tardarían todos ellos en ser registrados en los diccionarios de los años inmediatamente posteriores; hoy son de uso corriente, como Butaca, Consola, Estrangular, Funcionario, Gandul, Mammífero (sic), Percal, Pupitre, Tenia, etc.

Tras ese breve análisis –pero significativo–, llego a la convicción, como le sucedió a Ivo Buzek, de que Ramón Campuzano partió del diccionario académico de 1843, aunque introduciendo no pocas modificaciones, por lo general buscando la reducción del tamaño de la obra, y haciendo igualmente algún esporádico añadido. Las entradas del Diccionario manual ya aparecían en la obra académica, salvo unas cuantas excepciones. Al lado del DRAE debía tener nuestro autor otros repertorios a los que acudía constantemente, en especial el Diccionario de la lengua castellana de Núñez de Taboada5 (1825). Pese a que para entonces ya habían transcurrido unos cuantos lustros, la obra le resultó muy útil a Campuzano, como punto de comparación y para tomar materiales. Y, por supuesto, nuestro autor miraba otras obras lexicográficas, como el diccionario de Salvá de 1846, del que toma algunas voces que no están ni en el repertorio académico ni en el más antiguo de Núñez de Taboada, y, en menor medida, el más antiguo aún del P. Esteban de Terreros (1786-1893). El resto de los cambios puede que procedieran de obras que no alcanzo a ver, si no es que fueron de su propio numen, como el acortamiento en las definiciones, o la eliminación de los equivalentes latinos, siguiendo el modelo de otros diccionarios anteriores. No descarto que el modo de trabajar de Campuzano fuese otro, y que tuviese delante algún diccionario derivado del académico, con el que no he dado, si bien, las calas que expongo, así como un número parecido de entradas, son elocuentes, y no me parece muy probable que fuese de otra manera.

2. EL NOVÍSIMO DICCIONARIO DE LA LENGUA CASTELLANA (1857)

Siete años después de haber dado a la luz el Diccionario manual, Ramón Campuzano publicó un repertorio extenso (Campuzano, 1857), en el que no aparece como autor, sino como director de la redacción, que corrió a cargo de una supuesta «sociedad de literatos», cuya composición no se hace pública. Carece de prólogo o cualquier otra nota preliminar que nos ayude a saber cuáles fueron las intenciones con las que se redactó, cuál el método seguido, las fuentes empleadas, o cualquier otra información que nos pueda ayudar a analizarlo. Sospecho que, como en otros casos que se produjeron en esta centuria, la fórmula de una «sociedad de literatos» no es sino una argucia comercial para prestigiar el contenido de la obra, a la vez que se vinculaba con otros diccionarios, y se diluía la responsabilidad adquirida. Con esto no quiero decir que no pudiesen intervenir varias manos en la redacción del Novísimo diccionario y que fuese resultado solo de la labor de Campuzano. Un análisis detenido y comparativo del contenido podría arrojar alguna luz sobre esta cuestión, tarea que dejo para otros, por más que sospeche que algo de ello hubo, tal y como se puede percibir al comparar la obra con sus fuentes, pero las distintas actitudes que se dejan entrever al examinar diversos lugares del diccionario bien podrían deberse únicamente a cambios de criterio –o de ánimo– y a la necesidad de acelerar el ritmo de elaboración de la obra.

La particularidad más sobresaliente de este repertorio es la de ser nuestro primer diccionario con ilustraciones, aunque no demasiado abundantes, pues aparecen en unas 600 entradas (Rodríguez Ortiz, 2012: 175), normalmente acompañando a voces que poseen marcas de especialidad, siendo más de la mitad las de términos de zoología, blasón y botánica, y una cuarta parte más las de anatomía, arquitectura, física, fortificación o mecánica, y las de aquellas que sin poseer marca de especialidad también pueden ser consideradas de ámbitos restringidos (herramientas, comunicaciones o música) (Rodríguez Ortiz, 2012: 180). La inclusión de las ilustraciones parece dar un aire enciclopédico al diccionario, aunque solo sea eso, pues no hay artículos enciclopédicos ni con contenido enciclopédico, salvo el que pueda observarse en cualquier otro diccionario general de la lengua.

Los dos tomos de la obra contienen, de acuerdo con mis cálculos, unas 78 800 entradas6 en total, bastantes más que las cerca de 50 000 del diccionario académico inmediatamente anterior (la 10.ª ed., de 1852), lo que significa que es más de un 50 % más rico que este.

Para analizar su contenido voy a tomar las mismas secuencias de voces examinadas en el Diccionario manual para que hacer unas calas similares, con el fin de establecer comparaciones con esta misma obra y los diccionarios inmediatamente anteriores. La primera cala corresponde a la secuencia Caballote-Cabito, que ahora son 100 entradas, frente a las 75 que hay en el diccionario académico, lo cual representa un aumento del 33.3 % con respecto a este, o las 76 que veíamos en el Diccionario manual, en una proporción similar. La segunda corresponde a las entradas comprendidas entre Incómodamente e Incorrupción, que suman 125 entradas, por las 96 del DRAE de 1852, lo que porcentualmente es un 30 % más que este, y si las comparamos con las 103 del Diccionario manual veremos que es un 21.4 % más de entradas que las de esta otra obra. La tercera de las calas corresponde a la secuencia Repasadera-Repostería constituida por 106 artículos en el diccionario que nos ocupa ahora, mientras que el DRAE de 1852 consigna 84, lo cual quiere decir que registra en esta sección un 26.2 % más que la obra académica; en el Diccionario manual en esta tirada son 93 entradas, lo que supone un aumento del 14 % en el segundo de los diccionarios de Campuzano sobre el primero.

En una primera aproximación, todos esos números nos vienen a indicar que el Novísimo diccionario es más rico que el Diccionario manual, lo cual ya sabíamos por las cifras absolutas, y también es más copioso que el repertorio de la Academia (aunque estas calas no muestran que se llegue al 50 % de aumento que parece haber en el conjunto). Queda por dilucidar cómo llevó a cabo Campuzano ese aumento.

Si descendemos al detalle de los grupos de voces tomadas como punto de partida para el análisis, se ve que entre ellas, hay palabras que no están en el DRAE ni en el Diccionario manual que acabamos de ver, como caballote, cabana, y sus diminutivos –marcados como anticuados– cabaniella y cabanilla, cabazón, cabdalero, cabdel, cabear, cabecil, cabellar, cabestrado, cabestrera, cabesza, cabezcaído, cabezota, cabeztornado, cabiai, cabildero, cabillador, cabillería, incomplejo, incomunicadamente, incorceniente, inconexamente, inconsecuentemente, inconservable, inconsistencia, inconsistente, inconstitucionalismo, inconstitucionalmente, inconstituible, incontestablemente, incontrastablemente, inconviniente, incorporadamente, incorporadero, incorregiblemente, repelamiento, rependencia, rependirse, repetencia, repiqueteo, repisar, replegable, repletamente, repliegue, reposamiento o repostar7.

Es también nueva la palabra inconcebible (aunque aparece en el diccionario de la Academia, Campuzano la toma de Domínguez), y otro tanto cabe decir de repentinamente.

Un caso especial es el del provincialismo americano cabezote, ‘La pieza en figura de cabeza que, con los ripios y la mezcla se emplea en las fábricas de mampostería’, pues entre los diccionarios españoles anteriores solamente había sido consignada en el diccionario de Adolfo de Castro (1852), sin marcar diatópicamente, y con una definición un poco diferente. Sin embargo, apareció en la segunda edición del diccionario de Esteban Pichardo (1849) definida como como ‘La pieza en figura de cabeza o casi redonda que con los Ripios y la mezcla se emplea en las fábricas para las mamposterías’. La coincidencia es evidente, y no deja de ser sorprendente que no haya otras voces de la misma procedencia, o si las hay es en una cantidad nada significativa. No consigo averiguar la procedencia de cabildear, voz aparecida en el DRAE por vez primera en 1852, aunque se define de manera diferente, lo cual sucede en otros diccionarios posteriores.

Algún quebradero de cabeza le debió causar la voz incomunicación, que suprimió la Academia para la edición del diccionario de 1852, después de haberla puesto en el suplemento de la salida precedente, y que Campuzano incluyó en el Diccionario manual copiando la definición de Salvá. La mantuvo en el Novísimo diccionario, pues también había aparecido en el repertorio de Domínguez (1846-1847) y en el Diccionario enciclopédico (1853-1855) de la editorial Gaspar y Roig, aunque tomando la definición del suplemento académico de 1837.

Es de notar, como observó Ivo Buzek (2006: 33), que no son pocos los nombres de animales y plantas que hay entre las voces que no aparecían en el DRAE, como cabasu (acentuada así y no cabasú), cabera o caberea.

En una sola ocasión he visto que un artículo que había en el Diccionario manual no ha pasado al que nos ocupa ahora, el correspondiente a la voz anticuada Repentimiento, y eso que la recogen los diccionarios anteriores, incluso el académico.

En un buen número de artículos, Campuzano deja a un lado los que tenía ya en el Diccionario manual para sustituirlos por otros nuevos, más extensos, abandonando la brevedad de este8. Es lo que sucede con cabaña, cabe, cabecear, cabecera, cabello, caber, cabestrería, cabestrero, cabestro, cabeza, cabezada, cabezal, cabezo, cabezón, cabezudo, cabezuela, cabildante, cabildo, cabillo, incompatibilidad, incompetente, incomposición, incomunicado, inconexión, inconfeso, inconmensurable, inconmutabilidad, inconmutablemente, inconstitucional, incontinencia, incordio, incorporar, incorrecto, repasadera, repasar, repaso, repegar, repelado, repelar, repelente y repeler, repelo, repelón, repente, repentón, repercudida, repercusión, repercusivo, repercutir, repetición, repiquete, replantar, replantar, réplica, replicación, repodar, repollo, reportar y reposo.

No son pocas las ocasiones en que nuestro autor añade alguna acepción nueva a lo que ya había puesto en el Diccionario manual, como ocurre con la primera de cabañero, la segunda de cabañuela, la segunda de cabellado, la segunda y tercera de cabellera, la segunda de cabelludo, la segunda de cabestrear, la segunda de cabezaje, la segunda de cabillero, la segunda de incomodar, la segunda de incomodidad, la primera de incomunicar, la primera de inconsecuente y de incontratable, la tercera de inconveniente (que bien pudiera ser una aportación personal), la segunda y la tercera de incorrección, la locución a repecho en el artículo repecho, la segunda acepción de repeladura, y la segunda de reposadero.

Tan solo en una ocasión encuentro la supresión de una acepción, es la primera de Incomparable que aparecía en el Diccionario manual debido a un error como señalé antes, lo cual nos habla de la atenta lectura que se hizo de ese diccionario para que sirviera de base al que se redactaba.

En algunos artículos completa las definiciones que encontrábamos en el Diccionario manual, tomando lo nuevo de un diccionario o de otro de los que maneja, como podemos ver en cabaza, o la segunda acepción de cabimiento, o la de cabio, de inconsútil, de repasata, de repastar, repellar, la primera de repertorio o la de repesar, la segunda de repetidor, la de repicapunto (de), la primera de repintar, la última de repique, las de repitiente, replantear, replanteo, repleción, repleto, replicante, replicar, repollar, la segunda acepción de repolludo, y las de reportada y de reposado.

En algunas ocasiones solamente se añade una marca de uso, como la de voz anticuada (ant.) en repatriar o repilogar, en otra, al menos en la muestra, en la voz incompasible añade el sinónimo que faltaba, como vimos antes, en el Diccionario manual y que en otros diccionarios es una mera remisión interna.

A la vista de la procedencia de los cambios en todas esas entradas (que no puedo enumerar por falta de espacio), y de lo no comentado por ser igual en los dos repertorios de Campuzano, es que el Novísimo diccionario se construyó tomando como base el Diccionario manual. La prueba más palpable de que fue así –lo cual, por otro lado, no deja de ser una manera cómoda de trabajar– es la presencia de la entrada incomodadísimo, que, según hemos visto, había aparecido como equivocación en el repertorio pequeño, siendo una voz de la cual no se hace eco ningún otro diccionario, por más que su formación no sea anómala. A partir de ese andamiaje se fueron introduciendo elementos nuevos, artículos o acepciones, a la par que se iban completando las definiciones que ya había. Resulta evidente que para tomar todos esos materiales se contó con los más importantes diccionarios publicados en España en los últimos años, por lo que la afirmación que se lee en la portada de que se tuvieron a la vista «los mejores Diccionarios publicados en España y en el Estrangero, inclusos los de las Academias de Madrid, París y Alemania» es una exageración, un ardid comercial, otro más. No resulta fácil averiguar si para el aumento del Novísimo diccionario se tuvo presente el diccionario académico, aunque hay algunas ocasiones en que parece ser así. Por supuesto, el contenido del DRAE llegó al Novísimo diccionario con todo lo que había de la edición de 1843 en el Diccionario manual, y que no se modificó en la salida de 1852, pero también pudieron llegar algunos cambios de los habidos en 1852 a través de los diccionarios de Domínguez (1846-1847) y del Diccionario enciclopédico (1853-1855) de la editorial Gaspar y Roig, en muchas ocasiones coincidentes por la dependencia de este con respecto a aquel. También resulta evidente en el análisis que he hecho de las pocas páginas seleccionadas que Ramón Campuzano, o quien (o quienes) se encargaran de la redacción de la obra, manejó los diccionarios inmediatamente anteriores, en especial los de Domínguez y de la editorial Gaspar y Roig, y posiblemente también el de Vicente Salvá (1846), aunque muchos de sus materiales habían pasado al de Gaspar y Roig, entre ellos no pocas voces anticuadas que podemos encontrar en la obra de Campuzano y que anteriormente solo estaban en esos diccionarios, como ocurre con una porción considerable de las voces y acepciones marcadas como anticuadas (por ejemplo, cabana, cabaniella, cabanilla, cabeza, etc.; la segunda acepción de cabañero, sin embargo no consta en los repertorios anteriores y viene a sustituir a una que sí consta en ellos), grupo que Campuzano se había resistido a incorporar en el Diccionario manual. Cuando nuestro autor elaboró la obra reducida prescindió, por economizar espacio, de todas las construcciones pluriverbales que aparecían en el interior de los artículos del DRAE, pero al aumentar ahora el contenido de la obra aparecen de manera abundante, teniendo su origen, de nuevo, en el diccionario académico, tomadas de manera directa o a través de los diccionarios que lo siguen y que son fuente del que nos ocupa ahora. Hay también algunas pocas voces que se incorporan al Novísimo diccionario, cuya procedencia es difícil de averiguar, lo que es señal bien de deberse a los conocimientos del autor (o de esa supuesta sociedad de literatos), o a que se manejaron otros diccionarios, especialmente de fuentes americanas, como hemos visto en la voz cabezote para la que se utilizó el diccionario de cubanismos de Esteban Pichardo (18492).

El Novísimo diccionario de Campuzano debió tener una buena aceptación, pues aparecieron, al menos, dos ediciones, o, mejor dicho, dos reimpresiones, en las que no consta que se trate de ediciones nuevas, ambas con el mismo número de páginas cada uno de los tomos, lo que hace suponer que no tuvieron cambios sobre la primera salida9. Pese a ello, no tardó en ser olvidado, entre otros motivos por el poco aprecio que le hizo la crítica, comenzando por la del Conde de la Viñaza:

Los pequeños grabados introducidos en el texto de este Diccionario, aunque no sean tantos como indica su título y estén hechos además por mano poco hábil, son de grande utilidad para formar idea de los objetos que se definen. Esta ventaja, muy común en los Diccionarios extranjeros, sobre todo en los ingleses, no se había introducido en los españoles hasta que apareció en el de Campuzano, por lo cual merece este especial recomendación. En cuanto a los otros méritos del Diccionario que se ponderan en la portada, hay que hacer grandes atenuaciones (Viñaza, 1893: 800, col. 1593, ficha 768).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ÁVILA MARTÍN, M.ª del Carmen (2010): «Los diccionarios compendiados o abreviados del siglo XIX», Revista de Lexicografía, XVI, pp. 7-20.

BUENO MORALES, Ana María (1995): La lexicografía monolingüe no académica del siglo XIX, tesis doctoral defendida en la Universidad de Málaga, 1995.

BUZEK, Ivo (2006): «Un lexicógrafo decimonónico español olvidado: Ramón Campuzano», Studia romanistica (Ostrava, República Checa), 6, pp. 27-36.

CAMPUZANO, Ramón (1848): Orijen, usos y costumbres de los jitanos, y diccionario de su dialecto. Con las voces equivalentes del castellano y sus definiciones, Madrid: Imprenta de M. R. y Fonseca.

CAMPUZANO, Ramón (1850): Diccionario manual de la lengua castellana, arreglado a la ortografía de la Academia Española, y el más completo de cuantos se han publicado hasta el día, Madrid: M. Romeral y Fonseca.

CAMPUZANO, Ramón (1857): Novísimo diccionario de la lengua castellana arreglado a la ortografía de la Academia Española, y aumentado con más de 20,000 voces nuevas de ciencias, artes, oficios, etc., entre las cuales se hallan las más usuales en América. Ilustrado con infinidad de grabados para su mejor inteligencia. Obra la más completa de su clase, por haber tenido a la vista para su redacción los mejores Diccionarios publicados en España y en el Estrangero, inclusos los de las Academias de Madrid, París y Alemania. Por una sociedad de literatos bajo la dirección de D. Ramón Campuzano, 2 t., Madrid: Imprenta de D. Ramón Campuzano; 2.ª ed. Madrid: Ramón Campuzano, 1864; 3.ª ed., Madrid: Imp. Campuzano Hnos.

CASTRO, Adolfo de (1852): Gran diccionario clásico de la lengua española, Madrid: Semanario Pintoresco y de la Ilustración.

CLAVERÍA NADAL, Gloria (2007): «Historia del léxico en los diccionarios: la deuda del Diccionario de la lengua castellana de la Real Academia Española con los diccionarios de M. Núñez de Taboada», Revista de Historia de la Lengua Española, 2, pp. 3-27.

Diccionario enciclopédico (1853-1855): Diccionario enciclopédico de la lengua española con todas las vozes, frases, refranes y locuciones usadas en España y las Américas españolas, en el lenguaje común antiguo y moderno; las de ciencias, artes y oficios; las notables de historia, biografía, mitolojía y geografía universal, todas las particulares de las provincias españolas y americanas, por una sociedad de personas especiales en las letras, las ciencias y las artes [...] y por Eduardo Chao, director de la Biblioteca ilustrada, 2 t., Madrid: Imprenta y librería de Gaspar y Roig, editores.

DOMÍNGUEZ, Ramón Joaquín (1846-1847): Diccionario nacional, o gran diccionario clásico de la lengua española, el más copioso de los publicados hasta el día […]. Contiene más de 4,000 voces usuales y 86,000 técnicas de ciencias y artes, que no se encuentran en los demás diccionarios de la lengua, y además los nombres de todas las principales ciudades del mundo, de todos los pueblos de España, de los hombres célebres, de las sectas religiosas, etc. etc. etc., 2 tomos, Madrid: Establecimiento léxico tipográfico de R. J. Domínguez.

NÚÑEZ DE TABOADA, Manuel Melchor (1825): Diccionario de la lengua castellana, para cuya composición se han consultado los mejores vocabularios de esta lengua, y el de la Real Academia Española últimamente publicado en 1822; aumentado con más de 5000 voces o artículos, que no se hallan en ninguno de ellos, 2 tomos, París: Librería de Seguin.

PICHARDO Esteban (18492): Diccionario provincial casi-razonado de voces cubanas, La Habana: Imprenta de M. Soler.

RODRÍGUEZ ORTIZ, Francesc (2012): «Ilustraciones de la técnica en la lexicografía española», Revista de lexicografía, 18, pp. 171-187.

SALVÁ, Vicente (1846): Nuevo diccionario de la lengua castellana, París: Garnier Hermanos.

TERREROS Y PANDO, Esteban de (1786-1793): Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa latina e italiana, 4 tomos, Madrid: los tres primeros de la Viuda de Ibarra y el último de Benito Cano.

VIÑAZA, Conde de la (1893): Biblioteca histórica de la filología castellana, Madrid: Imprenta y Fundición de Manuel Tello.

1 Antes había dado a la luz un diccionario caló-castellano que constituye el cuerpo de Campuzano 1848. La obra tuvo una segunda edición en 1851. De él se ha ocupado Buzek (2006: 28-30).

2 Sigo la edición de 1851, impresa también por M. Romeral y Fonseca. No se indica en la portada si se trata de una reimpresión de la primera salida (1850) o si es una edición nueva. Aparentemente, estas entregas de 1850 y 1851 no difieren en su contenido, por lo que la descripción que hago puede ser válida para esas dos apariciones, y también para las que vinieron después.

3 Muy lejos de las 60 000 que estima Ávila (2010: 15), y más aun de las 69 000 que propone Bueno Morales (1995: 271), con la que coincide Buzek (2006: 31).

4 Dejo la especificación de la procedencia de cada una de esas voces para otro lugar en que disponga de más espacio.

5 No se me oculta, por otro lado, que la Academia miró atentamente el diccionario de Núñez de Taboada, como ha expuesto Clavería (2007: 13-16). Las coincidencias de Campuzano con el otro lexicógrafo pueden ser debidas a una vía indirecta a través del DRAE.

6 Bueno Morales (1995) lleva la cifra a las 101 000, en lo que me parece una cifra abultada, como lo era la que ofrecía para el Diccionario manual; con ella vuelve a coincidir Buzek (2006: 32).

7 Por falta de espacio no puedo poner el detalle de la procedencia de esas voces, que dejo para cuando termine mi historia de los diccionarios del español.

8 Cuando vuelva con más extensión sobre la obra, daré cuenta de la procedencia de los cambios cada una de las voces que siguen.

9 El cambio en la titularidad de la imprenta en la última salida (1868) me hace sospechar que nuestro autor y editor debió morir en torno a ese año de 1868, o poco antes.

LA DIMENSIÓN HISTÓRICA DEL CAMBIO DE CÓDIGO

Joan A. ARGENTER

Universitat Autònoma de Barcelona

1. DIVERSIDAD DE LENGUAS Y EMERGENCIA DE CÓDIGOS: DE HOGAÑO A ANTAÑO

La alternancia de lenguas o cambio de código es inherente a un evento de conversación bilingüe y, por consiguiente, al lenguaje oral. Su naturaleza es, pues, la de un fenómeno emergente y efímero en la concurrencia temporal de los interlocutores. A su vez, el cambio de código ha atraído la atención de los practicantes de la etnografía de la comunicación y de la sociolingüística interactiva. Otros enfoques limítrofes son deudores de la pragmática y de la antropología lingüística. Coherentemente, en su análisis ha prevalecido una orientación sincrónica.

Ahora bien, si el investigador se interesa por cómo se hayan manifestado los códigos y los cambios de código a través de la historia, entonces debe basarse también en otras disciplinas además de la etnografía o de la pragmática: la filología, la lingüística histórica, la historia social (Argenter, 2001, 2005). El interés por la dimensión histórica del cambio de código conlleva un interés necesario por la manifestación del cambio de código en la escritura.

Recientemente, el estudio de la alternancia lingüística escrita ha llamado la atención de los investigadores (Sebba, 2012; Sebba, Mahootian y Jonsson, 2016) en un mundo caracterizado a la vez por la movilidad de bienes, capitales, servicios y personas, y por la interconectividad de la red, y en el que la desterritorialización de lenguas y culturas ha acompañado migraciones voluntarias o forzosas de grandes contingentes poblacionales hacia polos de atracción. En las últimas décadas han emergido nuevos patrones migratorios caracterizados por una compleja configuración de variables –origen, destino, trayecto, etnia, lengua(s), cultura, religión, causa de la migración, situación laboral, residencia, etc.– que han conllevado a la conceptualización y estudio empírico del fenómeno de la «superdiversidad» (Vertovec, 2007; Blommaert y Rampton, 2011).

La concurrencia de múltiples lenguas, culturas, alfabetos y sistemas de escritura en espacios urbanos y en la red ha suscitado el interés de investigadores, planificadores y educadores. Una visita a un locutorio en Londres o en Barcelona puede cerciorar al etnógrafo curioso de haber dado con un lugar privilegiado para el estudio de la multiplicidad lingüística y alfabética. A pesar de que los métodos de análisis del cambio de código y los hallazgos conseguidos se han basado en primer lugar en el estudio de la conversación en contextos naturales, el estudio del cambio de código escrito es plausible y los hallazgos no son extremamente diferentes –aunque su significación social no sea siempre extrapolable–.

Esta diversidad, sin embargo, no es nueva –lo es su magnitud y su globalidad–: por no alejarnos de casa, en la cuenca mediterránea prácticas sociales comunicativas conducentes a la concurrencia y aun hibridación lingüística y escritural fueron comunes en el imperio de la Roma antigua. Son testigos mudos de ello, entre otros, las inscripciones funerarias en las que concurren lenguas indígenas y lenguas de colonización (latín, griego), alfabetos autóctonos y alóctonos (Adams, 2003).

El cuadro variopinto de lenguas y de alfabetos que se observa en la Hispania romana conllevaba el uso múltiple de escrituras, ya que eran varios los alfabetos ibéricos usados en la Península, junto a los alfabetos griego y romano importados por los conquistadores: los nombres autóctonos iberos en inscripciones o en listas aparecen transliterados en textos escritos por lo demás en latín. A modo de ejemplo y fuera del ámbito funerario, de los treinta antropónimos que contiene el bronce de Ascoli, veintisiete son iberos (p. ej., Sanibelser Adingibas f.), en general compuestos bimembres (Moncunill, 2010: 27-31). Los otros tres, en cambio, están compuestos por un praenomen y un gentilicio latinos junto al patronímico ibero (así, Q. Otacilius Suisetarten f., Cn. Cornelius Nesille f., P. Fabius Enasagin f. –por Quintus, Cnaeus, Publius–). Aunque los iberos habían adoptado el sistema clasificatorio genealógico de la antroponimia romana, se mantuvo la forma ibera del nombre paterno, incluyendo los nombres paternos de quienes habían adoptado ya un nombre latino. Cada nombre precede f(ilius), pero ninguno presenta la marca de genitivo. Según Adams (2003: 281), no se hizo concesión alguna al latín al dar nombre –o al inscribirlo– a los miembros de la generación mayor; en cambio, aparecen ya indicios de romanización en la generación siguiente, no solo por la adopción parcial de praenomina y gentilicios latinos, sino también por la aparición de desinencias latinas en algunos de los nombres iberos (Turinnus Adimels f., Sosimilus Sosinasae f., Elandus Enneges f.). Ello le lleva a concluir como una hipótesis plausible que en el plazo de dos generaciones se produjo un cambio en la identidad lingüística de ciertas familias. Podríamos hallarnos ante trazas visibles de un proceso de substitución lingüística –que positivamente sabemos que al fin se consumó–: el desplazamiento del ibero por el latín en la Iberia romanizada.

El cambio a un sistema antroponímico alóctono o el uso de marcadores gramaticales de la lengua dominante es un indicio de substitución lingüística y de aculturación o de ruptura de la reproducción cultural. Como ha observado Dressler (1987), el estudio del proceso de encogimiento y desestructuración de la lengua indígena en comunidades terminales de hoy en día –aquellas en que ya no se da la reproducción lingüística– ha puesto de manifiesto que la pérdida de los nombres indígenas de persona es uno de los primeros cambios que caracterizarán un declive lingüístico irreversible conducente a la extinción de una lengua recesiva.

La consideración de la complejidad, coexistencia e hibridación lingüísticas en el área mediterránea en el mundo antiguo nos ha puesto ante uno de los problemas cruciales con que se enfrenta el estudio de las lenguas en contacto desde el punto de vista sociocultural: los procesos de substitución lingüística. Pero nuestro enfoque inicial se centraba en el cambio de código, que no debe confundirse con la substitución, a pesar de que eventualmente interactúen o el primero pueda evocar la segunda1.

Aparentemente, un epitafio no es un género muy apropiado para el estudio del cambio de código. Tal vez ello lo convierta en más significativo si aparece. Adams (2003: 409-410) arguye que una inscripción funeraria tenía una gran significación, tanto para –o hacia– el difunto como para quien la dedicara, y si contenía un cambio de código o una yuxtaposición o transliteración de alfabetos, ello tenía sin duda una significación intencional, tal vez discutida o acordada en vida de ambos. El uso de dos lenguas o de dos escrituras, esto es, el uso de nombres autóctonos y de fórmulas propias o el uso de un alfabeto indígena –ya fuese autóctono ya fuese adoptado– junto al latín y al alfabeto romano en las inscripciones funerarias por todos los rincones del imperio es interpretado por Adams como un marcador étnico que confería «identidad a perpetuidad».

¿Hasta qué punto el cambio de código escrito en la antigüedad clásica, en época medieval o en tiempos modernos puede analizarse con las mismas premisas metodológicas e interpretativas que el cambio de código en la actualidad allí donde se da? ¿En qué medida es un reflejo del hablar que vehicula tipos de significados sociales como los que hoy le atribuimos?

Así, por ejemplo, a pesar de su relevancia como datos históricos culturalmente significativos, las inscripciones funerarias o las leyendas monetarias tal vez no deban tomarse por un reflejo fiel del «hablar». Otra documentación, en cambio, sí nos induce a pensar que estamos ante la transcripción de manifestaciones orales, incluso de maneras de hablar (Hymes, 1974) y formas de entextualización (Bauman y Briggs, 1990) específicas.

2. EL CAMBIO DE CÓDIGO HISTÓRICO EN EL ÁREA CATALANOHABLANTE

2.1 El cambio de código histórico en el área catalanohablante: registros jurídicos y notariales en el Medioevo

Por lo que se refiere al catalán, disponemos de indicios de casos de cambio de código en el hablar que vehiculan distintas significaciones socioculturales en distintos tipos de géneros verbales, junto a textos literarios bilingües, multilingües o bivalentes (Woolard, 1999), orientados a mostrar ciertas habilidades retóricas, cuyo estudio en profundidad han llevado a cabo Rossich y Cornellà (2014). Tales habilidades retóricas podían ser un juego literario, pero también podían vehicular una carga ideológica importante. Genovese y Woolard (2007) enfatizan el carácter ideológico de esta literatura bivalente en los inicios de la formación de los estados-nación2. Este tipo de texto no es de nuestra incumbencia aquí.

Una fuente principal de cambios de código latín/catalán o viceversa son los registros de juicios y los documentos notariales: las deposiciones de los testigos, las declaraciones juradas, los contratos privados, las demandas. A menudo, los documentos están escritos en un estilo repleto de expresiones latinas formulaicas y repetitivas, y los juramentos, deposiciones y las respuestas aparecen en catalán, usualmente como citas en estilo directo. A continuación aportamos un registro del 14 de agosto de 1455, en la ciudad de Cervera. Pere Jutglar, lugarteniente del alcalde de Carbasí, convoca a Cresques Adret, un judío de Cervera, por medio de Bonafilla, esposa de dicho judío3:

(1455, 14 de agosto, Cervera)

Die iovis XIIIIª dicti mensis augusti.

Petrus Jutglar, locumtenens ut dixit Petri Jutglar, baiuli loci de Quarbesí, in villa Cervarie, videlicet in domo Cresques Adret, iudei dicte villa, personaliter constitutus, coram domina Bonafilla, uxore dicti Cresques, dixit eidem domine hec que sequntur verba: «Madona ¿és hic vostre marit?» Que quidem domina dixit: «No ych és en vila». (Llobet i Portella, 1993: 431)

Jueves, 14 del corriente mes de agosto

Peter Jutglar, lugarteniente, dijo, de Peter Jutglar4, alcalde del lugar de Carbessí, en la ciudad de Cervera, compareció en persona en casa de Cresques Adret, judío de esta ciudad, delante de maesa Bonafilla, esposa del mencionado Cresques, dijo a dicha señora las siguientes palabras: «Señora, ¿está aquí vuestro marido?». A lo que la señora respondió: «No está aquí, sino en la ciudad».

Es particularmente interesante el caso siguiente, ya que en él se usa el estilo indirecto, con lo que se produce una mixtura lingüística (code-mixing):

(1491, 22 de julio, Cervera)

Et continuo dictus discretus Berengarius Gaçó, notarius, respondendo premissis dixit que ell demane translat de la requesta li fa e que no li córregue temps fins la age e que no sie clos l’acte sens resposta. (Llobet i Portella, 1993: 431)

Y a continuación, en respuesta a las palabras previas, el mencionado noble Berenguer Gaçó, notario, dijo que él pide que se dé traslado de la solicitud que le formula y que no corra el tiempo hasta que la consiga y que no se cierre el trato sin que haya obtenido respuesta.

La cita textual es una de las funciones principales del cambio de código, cuanto más en documentos que deben reproducir las palabras literalmente, tal como han sido pronunciadas –sobre todo por medio del estilo directo–, o se quiere hacer patente que la responsabilidad por lo que se dice recae en una tercera persona y no en el hablante –o anotador– mismo.

2.2 El cambio de código histórico en el área catalanohablante: una singular crónica medieval

Otro tipo de cambio de código en cita aparece en el Libre dels feyts del rei en Jaume (Bruguera, 1991), de aquí en adelante LFRJ, o Libro de las hazañas del Rey Don Jaime5. Badia (1987), Pujol (2001) y Argenter (2005), entre otros, han contribuido a su estudio. La alternancia de lenguas en el LFRJ abraza una diversidad de parejas6, y se da tanto en la narración como en el diálogo o en las citas. Badia y Pujol tratan ambos casos como si de uno solo se tratara –lo que no es así– y también los interpretan como mera adyacencia de fragmentos pertenecientes a sistemas lingüísticos distintos7. Argenter, que no se interesa por la narración, sino por el «hablar» en el LFRJ 8, cuestiona esta visión, detecta casos de «cambio de código metafórico» (Blom y Gumperz, 1972) y señala la importancia de la alternancia de códigos más allá de sistemas lingüísticos. También enfatiza la interacción comunicativa. La estructura en parte «dramatizada» de esta obra y la eventual copresencia de lenguas, la convierte en una fuente privilegiada para el estudio del cambio de código en el hablar ubicado en situación, a menudo en contextos y eventos socioculturales definidos, como por ejemplo una sesión de Corts. Las Corts o «Cortes» constituían una asamblea política de debate, negociación y acuerdo que muchos han visto como un protoparlamento en la historia de la Corona Catalano-Aragonesa.

El cambio de código en la oratoria política es deudor de la oratoria eclesiástica. Esta también propicia la apropiación de la lengua de Otro, un fenómeno eventualmente vinculado al cambio de código –en este sentido es crucial la noción de la «multivocalidad» («double-voicing») (Bakhtin, 1981: 324-331), de un discurso «polifónico», en el que resuenan voces de tiempos históricos alejados entre sí–. Véase el siguiente fragmento de discurso extraído del LFRJ, concretamente del parlamento de un representante del brazo eclesiástico en las Corts tenidas en Barcelona en diciembre de 1228. El objetivo del encuentro era el de alcanzar un acuerdo para lanzar una expedición contra el reino musulmán de Mallorca, con vistas a la conquista de Mallorca y demás islas. En este fragmento se movilizan varias voces en un efecto eco:

E sobre açò levà’s l’arquibisbe de Tarragona e dix: «Viderunt occuli mei salutare tuum9. Aquesta és paraula de Simeon quan reebé nostre Seyor entre sos braces, que dix: “Vist han los meus vuls la tua salut”, e els meus vuls veen la vostra salut». (LFRJ 52, 1-5)

Tras ello, el arzobispo de Tarragona se levantó y dijo: «Viderunt occuli mei salutare tuum. Esta es palabra de Simeón, cuando recibió a nuestro señor entre sus brazos y dijo: “Mis ojos han visto tu salvación”, y mis ojos han visto vuestra salvación».

El discurso del Arzobipo de Tarragona, en respuesta a la «proposición» real10, se inicia con una cita de la Sagrada Escritura en latín –evocando a la vez una fuente de autoridad sagrada (vs. la palabra del hablante); un texto escrito (vs. el discurso oral); el latín como lengua sagrada (vs. el romance cotidiano) y un pasado distante (vs. el aquí y ahora)11. La cita en latín ha sido descontextualizada de su fuente original, entextualizada como discurso reportado en el discurso del arzobispo y fijada por escrito en el LFRJ. En el nuevo contexto –una intervención en las Corts como evento comunicativo– adquiere un nuevo sentido sin que desaparezca el que tuvo originariamente –una característica de la «multivocalidad»–. La cita aparece como un «texto» en el sentido de Silverstein y Urban (1996: 3-5): un bloque básico de significado en la construcción de una cultura compartida, el cual es movilizado y puesto en circulación mediante prácticas sociales. Habitualmente, en el LFRJ el cambio de código latín/catalán o viceversa pertenece al tipo metafórico. La cita cumple con una función textual además de ideológica. Como en los sermones de los predicadores, la cita inicial en latín contribuye a estructurar el discurso del arzobispo, en la medida en que este discurso será una paráfrasis expandida del texto latino aplicada a la realidad del momento. Además, este caso concreto de cambio de código es prominente en términos de la apropiación y la superposición de «voces» (Bakhtin, 1981) y de las habilidades metalingüísticas y metapragmáticas (Silverstein, 1992) del hablante para apropiarse de la voz de Otro (Bauman, 2004).

En primer lugar, el discurso del arzobispo incorpora una voz sagrada –la cita evangélica en latín–. Luego, la aserción latina es atribuida metapragmáticamente a Simeón12, quien acto seguido, por la habilidad metalingüística del hablante, aparece pronunciando sus palabras en catalán, lo que hace emerger el «doblaje», un tipo de cambio de código particular. Finalmente, el arzobispo retoma las palabras de Simeón y las pronuncia como si fuesen las suyas mismas, con lo que se consuma la apropiación absoluta de la voz de Otro. El doblaje minimiza la «brecha intertextual» entre la fuente «original» y la «copia» (Bauman y Briggs, 1992), ya que esta replica exactamente aquella, es reconocida como fuente de autoridad y no es desafiada por el hablante, antes «fagocitada» por él.

A lo largo de esta breve paráfrasis el interlocutor de Simeón (el pequeño Jesús de Nazaret) es substituido por el interlocutor del arzobispo (el Rey Jaime), con lo que se establece un paralelismo y una homología entre ambos. Esta secuencia de voces que se replican en eco a través del tiempo, del espacio y del discurso transmite la verdad a través de generaciones y construye el aquí y ahora en términos del allí y entonces de los eventos verdaderos y del discurso autorizado. He denominado este tipo de cambio de código «figura» o «cambio de código figural», evocando a Auerbach (1974, 2003), y lo interpreto en su sentido (Argenter, 2008)13. Según la interpretación «figural», dos eventos históricos se relacionan de tal modo que el significado de uno de ellos también contiene el significado del otro, el cual reitera y consuma el significado del primero. La conexión entre ellos no es causal ni cronológica, antes tipológica: comparten ciertos rasgos que los asemejan y resultan en una iteración sucesiva y autorrealizada de un solo y mismo evento planificado y perdurable (Auerbach, 1974, 2003: 73-76, 156-162). Un evento actual cobra sentido –su recto sentido– por su relación tipológica con un evento anterior en el tiempo.

La empresa de la conquista de Mallorca por Jaime I estaba prefigurada por las palabras proféticas de Simeón tras la presentación de Jesús en el templo y la purificación de María. Su evocación de fuente latina, su doblaje al catalán y su asunción por el hablante tienen por objetivo legitimar y autorizar la «proposición» real de ir a la conquista de «Mallorca y demás islas». Esta estrategia «figural» establece una equivalencia entre el texto latino y el catalán e induce a interpretar el sentido profundo de este según el sentido de aquel. El «doblaje» sugiere lo contrario –el cambio de código latín/ catalán se hace necesario para que los presentes comprendan el significado del texto latino–, pero la «figura» se impone. El cambio de código «figural» y la apropiación de la «voz verdadera» que implica dota el discurso de autoridad y presenta la empresa real como derivada de una verdad inmutable que no solo entra en el diseño divino, sino que por sí misma convierte al Conquistador en un nuevo Redentor. Su «proposición» no admite contradicción. En este sentido este cambio de código se inscribe en la pugna por la legitimación y la autoridad de la palabra, como hoy aparece en contextos en que está en juego la legitimación de lo que cuenta como código o como hablante legítimo en un determinado contexto (Argenter, en prensa).

No mencionaré casos de cambio de código entre otros pares de lenguas en el LFRJ. El papel del latín en los ejemplos previos debiera bastar para subrayar cómo el cambio de código latín/catalán o catalán/latín vehiculaba distintas funciones en época medieval. Tales ejemplos sugieren una tipología textual variada: escritos notariales en latín y una autobiografía –o unas memorias– de un rey medieval en catalán14, en concreto una «autobiografía histórica» secular, deliberadamente escrita en prosa, en una lengua vernácula plenamente desarrollada, el catalán, y no en latín (Aurell, 2012: 136-142)15. La lengua contextualizadora es el latín en el primer caso y el catalán en el segundo, mientras que la lengua del «texto» contextualizado es la contraria en cada caso. Semióticamente, en el fragmento del LFRJ el latín es aparentemente el código interpretado y el catalán el código interpretante; conceptualmente, según el orden hermenéutico que introduce la «figura», la cita en latín dota de sentido la argumentación que el arzobispo de Tarragona desarrollará en catalán y con ella la hazaña que propone emprender el rey Jaime I –con la ayuda de la incipiente burguesía mercantil catalana, que ve en la posesión de las Islas Baleares una plataforma hacia el comercio con el norte de África–.

3. CONCLUSIÓN

Hallamos, pues, trazas del cambio de código oral en la representación escrita de textos históricos que incorporan citas de Otro. La cita es uno de los contextos en que se da con mayor facilidad el cambio de código y fue reconocida ya como una de sus funciones primordiales en la conversación bilingüe por Gumperz (1982: 75-84). En nuestro caso moviliza un recurso verbal e ideológico dotado de autoridad, un «texto» extraído de un «contexto» originario al cual no todos los participantes en el evento comunicativo tenían acceso: de ahí la necesidad del «doblaje» y de la exégesis «figural» de lo que está en juego en términos de la hermenéutica cristiana medieval, comenzando por la apropiación de una voz de autoridad inveterada e incontestable.

Que la «historia natural» del «texto» (Silverstein y Urban, 1996) sea más compleja es irrelevante. Simeón debió proferir plausiblemente el «texto» en cuestión en una lengua semítica (tal vez arameo); se incorporó como tal en griego en el Evangelio de Lucas y de ahí fue trasladado a la versión latina canónica de la Biblia o Vulgata. En el LFRJ todo queda subsumido en las referencias latina de aquella y catalana de este. Nuestra aproximación no se limita, empero, a la mera «intertextualidad», desde una visión estrictamente «textual» de la actividad comunicativa, sino que parte de la condición agentiva de los hablantes. Desde la perspectiva del hablante como agente, cada proceso de entextualización tiene su propio «texto» –en realidad, este emerge desde el momento en que el hablante-agente extrae un fragmento de un anterior discurso y lo convierte en «texto», manipulándolo según su interés–, este «texto» tenía su propio «contexto», del cual es descontextualizado, a la vez que es recontextualizado en el discurso actual del hablante-agente.

Tanto en los escritos notariales como en el LFRJ se contraponen escritura y oralidad. Especialmente en el primer caso, en que latín y catalán ocupan funciones complementarias. En el segundo caso, el catalán ya había accedido a la escritura, a la vez que continuaba ocupando el espacio de la oralidad. Fuere como fuere, el latín había sido «la lengua» por antonomasia, la lengua que se escribe, la lengua en que se inscriben los acuerdos y los compromisos y en que se dirimen los conflictos, la lengua que da fe de los hechos y de su sanción y, en tanto que lengua litúrgica y de las Escrituras, continuaba vehiculando la autoridad de una voz ancestral.

Hemos mostrado la plausibilidad de reconocer el cambio de código en la documentación escrita y legada de épocas remotas, así como la viabilidad de aplicar criterios analíticos desarrollados para el estudio del cambio de código como fenómeno oral y para el estudio de la actuación verbal, a la vez que su consideración nos ha llevado a la formulación de nuevos conceptos –así, el cambio de código «figural»–, en función de una hermenéutica tradicional cristiana, actualizada en otro ámbito de investigación: el de la filología y la teoría literaria.

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1 La terminología de Badia (1987), ya desde el título, puede inducir a una confusión impropia de la sociolingüística catalana, que desde el primer momento utilizó «substitución lingüística» para trasladar el inglés language shift –como el mismo autor reconoce en su primer párrafo–. Badia utiliza el término plurivalentemente: así, «substitución» se referiría, además de a language shift, también a distintas formas de borrowing y a ciertas formas de codeswitching –sin que, por otra parte, aluda al término–, pero no a otras, como las citas. En cambio, junto a otros, yo mismo he utilizado «alternancia de lenguas» (o «alternancia de códigos») para referirme al codeswitching. Me atengo a una versión más literal desde que se introdujeron los términos «cambio de código por alternancia» y «cambio de código por inserción» para designar subtipos.

2 Rossich y Cornellà ven en las composiciones multilingües barrocas un reflejo icónico de la jerarquía de las lenguas usadas en ellas. En cambio, estos autores interpretan en primer lugar la alternancia que se da más tarde entre castellano y catalán en obras escritas en verso en el siglo XIX como un índice de subordinación lingüística. Genovese y Woolard (2007) analizan el papel que la creación textual bivalente castellano/latín tuvo en la supresión de ciertas fronteras lingüísticas en tanto que índice de sentimientos y objetivos patrióticos protonacionalistas a principios de la Edad Moderna. La emulación del latín aun iba más allá en el objetivo de establecer la superioridad del castellano sobre el mismo latín.

3 El texto en letra redonda corresponde al latín y el texto en cursiva al catalán.

4 Era habitual que un hijo actuara como lugarteniente de su padre o que un mismo nombre identificara a personas distintas.

5 El LFRJ es una de las grandes crónicas medievales y es conocido también como Crònica de Jaume I.

6 Badia (1987) identifica la alternancia de catalán y latín, castellano, aragonés, occitano, francés y árabe –a los que Pujol (2001) añade el italiano.

7 En justa correspondencia con la idea inicial del cambio de código –que presupone la existencia previa de dos sistemas lingüísticos en contacto–, tal como la hallamos expuesta en los primeros autores que trataron del fenómeno –y en muchos otros que siguieron sus pasos–: Weinreich (1970: 73; 68-69), Jakobson (1956), Blom y Gumperz (1972), Gumperz (1982). Esta idea fue desplazada por la concepción que ve como objeto de estudio el repertorio lingüístico de una comunidad –conjunto de recursos verbales desigualmente distribuidos a disposición de los hablantes– antes que las lenguas como sistemas autónomos bien delimitados: el cambio de código aparece entonces como una realidad emergente en una conversación en curso creada a partir de recursos no siempre reducibles a un sistema delimitado.

8 Solo los ejemplos de cambio de código en contextos dialogados serían homologables al cambio de código oral observable, ya que aquellos pretenden ser su transposición escrita. El cambio de código en la narración no es absolutamente ajeno a la oralidad, ya que podría incidir en la hipótesis, plausible, de la composición en parte dictada del LFRJ.

9 Lucas 2, 30.

10 Es el término con que se conoce la intervención inicial del rey en una sesión de Corts. Denota, pues, un género verbal específico, vinculado a un contexto situacional y a un evento comunicativo específicos.

11 Sigo el análisis de Argenter (2005). Reitero el caso por su ejemplaridad.

12 Se trata del «hombre justo y piadoso» que interviene en el episodio de la obligada ceremonia hebrea de la purificación del hijo primogénito, en este caso Jesús. Simeón bendice a Jesús y tiene palabras proféticas de gloria hacia él a la vez que de dolor ante María.

13 No debe confundirse con la noción de «cambio de código figurado» introducida por Rampton (1998: 305). El término «figura» procede de Auerbach y designa un determinado tipo de relación transtextual que implica una reconceptualización del tiempo histórico y, en realidad, de la historia misma. Es paradigmática la relación entre los eventos del Antiguo y del Nuevo Testamentos. Aquellos son «figura» de estos; por ejemplo, el sacrificio de Isaac es «figura» del sacrificio de Cristo. La interpretación «figural» tiene su origen en la tradición judía y fue usada en la predicación a los gentiles. Para un estudio filológico de la semántica histórica del término y de sus fuentes, véase Auerbach (1974).

14 Se ha polemizado mucho en torno al hecho de si el LFRJ es autobiográfico o no. Hoy en día existe un consenso prácticamente unánime sobre que lo es. En realidad, el LFRJ es la única autobiografía medieval conocida de un rey cristiano (Riquer, 1964: 399; Aurell, 2012: 39-54, 133-153).

15 Aurell (2012: 136-153) contrapone el concepto de «autobiografía histórica» (narración de hechos vividos en primera persona) a la «autobiografía relacional» de la Crónica de Ramon Muntaner (narración de hechos presenciados por el autor o en los que se ha visto implicado) y a la «autobiografía política» de la Crónica de Pere el Cerimoniós, de Bernat Desclot (narración con un objetivo de propaganda política).

DE (EN) OTRA GUISA CON VALOR PROCONDICIONAL

José Antonio BARTOL HERNÁNDEZ

Universidad de Salamanca

Pretendo en este artículo analizar el uso en la prótasis condicional de las construcciones originariamente modales de otra guisa y en otra guisa. En este empleo estas construcciones no están solas, también lo tienen otros sintagmas también modales como de otra manera, en otra manera, de otro modo, de otra forma, de otra suerte y el adverbio anticuado otramente.

Encontramos el mismo uso en los adverbios latinos ALITER y ALIOQUIN, y en los romances autrement, altramente, altrimenti, outramente.

Para los datos y ejemplos he consultado el CORDE y del CNDH nuclear.

1. EL VALOR PROCONDICIONAL1

La Nueva Gramática de la Lengua Española recoge la existencia de modificadores oracionales que introducen significados similares a los que caracterizan, entre otras, las construcciones condicionales (47,11f, p. 3594). Y unas páginas después señala que algunos sintagmas originariamente modales forman locuciones adverbiales que funcionan como prótasis condicionales. «Entre estas locuciones están de otra manera, de otro modo, en caso contrario y otras semejantes que equivalen aproximadamente a de no ser así» (47.11 ñ, p. 3597).

También mencionan al antiguo adverbio otramente.

Estrella Montolío (1999) llama a las que poseen significado condicional procondicionales. Y señala «el valor de marco hipotético anafórico de polaridad contraria a la del enunciado que recoge, sea este afirmativo o negativo» (p. 3713).

2. LA PRESENCIA DE OTRO

¿Qué aporta este adjetivo a la construcción? Otro tiene dos valores sin los cuales sería imposible explicar su participación en este tipo de locuciones procondicionales.

Por un lado, tiene un valor anafórico, como otros determinantes, presente tanto cuando mantienen el valor modal, como cuando funcionan como procondicionales. Lo vemos en el siguiente ejemplo:

1) Cometersse deuen por rrazón vnos a otros aquellos que essa arte quieren ssaber; ca muchas rrazones sson ffalladas cometiendo e rrespondiendo; ca de otra guisa non sse podrían ffallar (1253-1270, Alfonso X, El Setenario).

donde otra remite a los dos gerundios anteriores.

Por otro lado, otro tiene el significado de alteridad, responsable de la «polaridad negativa» a la que se refería E. Montolío. En el ejemplo anterior ‘de manera distinta a la de cometiendo o respondiendo’.

Colocado en posición de tópico y rota la relación semántica con el verbo de la oración en la que está, el sintagma pasa a expresar una prótasis condicional. Lo podemos ver en el ejemplo siguiente cuya interpretación considero que puede ser tanto modal como procondicional:

2) E si yo amo una mugier para pecar con ella, non es amor, ca amor quiere dezir afección de coraçón para bien, ca en otra guisa non es amor (1411-12, Vicente Ferrer, Sermones).

Interpretación modal: ‘no es amor en manera distinta a afección de coraçón para bien’. Interpretación procondicional: ‘si no es así no es amor’. Para esta segunda interpretación es necesaria la anteposición y que el sintagma con valor adverbial se desligue del verbo del que en principio (primera interpretación) dependía semántica y sintácticamente.

Son frecuentes, especialmente en las obras jurídicas, los casos en los que el sintagma formado sobre otra guisa tiene valor modal, pero está inserto en una condicional con si, cuya desaparición (por haberse mencionado en la oración anterior) daría paso a la construcción que analizamos:

3) Pero ssi acaesçiere que ffueren enffermos o que ayan otro enbargo o otras priessas tales porque por ssi non lo puedan conprir bien las pueden mandar ffazer a otros mas aquel que la ffeziere escriua y ssu nonbre como la ffizo por mandado del otro. Ca ssi de otra guisa lo ffeziesse sserie la carta ffalssa & non valdrie & el Aurie pena de ffalssario (a 1260, Alfonso X, El Espéculo).

«Ca si de otra guisa lo ffeziesse sserie la carta ffalssa > ca de otra guisa sserie la carta ffalsa»

4) mandóles e rogóles mucho afincadamente que non se fuesen, ni fisiesen ninguna cosa contra D. Enrique fasta que todos en uno, ayuntadamente, tomasen por rey a D. Fernando su fijo, ante que se partiesen los de la tierra de aquel ayuntamiento sobre que eran ý llamados; ca sy de otra guisa se fisiese, podría ende venir muy grand daño del rey e de toda la tierra (c. 1340-1352, Crónica del muy valeroso rey don Fernando el quarto).

3. DOCUMENTACIONES DE DE OTRA GUISA/EN OTRA GUISA

En el CORDE he documentado 61 ejemplos del valor procondicional del sintagma de otra guisa en un periodo que va de comienzos del siglo XIII a finales del XVI. La construcción con la preposición en es mucho menos frecuente; apenas he documentado 26 casos de inequívoco valor condicional.

En la estrofa 205 de los Milagros de Nuestra Señora, de Berceo (1246-1252) aparece un ejemplo (mencionado por Corominas-Pascual, DCELCeH, s.v. guisa) sin preposición, de interpretación complicada, aunque creo que no es procondicional

5) Seedme a judizio de la Virgo María,

yo a Ella me clamo en esta pleitesía;

otra guisa de vós yo non me quitaría, ca veo que traedes muy grand alevosía (e. 205)

Como sucede con otras locuciones sinónimas, encontramos bastantes casos en los que es difícil determinar si nos encontramos ante un sintagma modal o ante una construcción procondicional. En el ejemplo del Setenario alfonsí ya citado la presencia de los gerundios a los que remite otra parece inclinar por la interpretación modal.

En el siguiente ejemplo de Amadis de Gaula cabe la doble interpretación, al igual que en el ejemplo de Vicente Ferrer ya señalado:

6) Señora, plégaos que vaya a buscar mi hermano y lo traya aquí en vuestro servicio, que de otra guisa no verná él.

a) no vendrá de otra manera (distinta a traerlo yo)

b) de no ser así (si no lo voy a buscar) él no vendrá

Esta misma duda debían sentir algunos autores medievales, que se ven obligados a explicitar el valor procondicional mediante una prótasis condicional introducida por si. Lo vemos en los ejemplos siguientes, dos tomados del Vidal Mayor y uno del Corbacho. En el primero vemos, además, un refuerzo añadido «esto es a saber»:

7) Et si más fueren, ço es muitos fueren, cada uno d’eillos sea tenido de pagar la dita pena por el todo, assí empero que, si el omne fuere muerto por tal iusticia, pague mil sueldos por cada mienbro. En otra guisa, esto es assaber si el homne non fuere muerto por tal iusticia, sea pagada la pena tan solament por aqueill mienbro o por aqueillos mienbros que son cortos o taillados.

8) Empero, si presentare l’auctor en otro día ad aqueill plazo, l’autor deue dizir estas palauras ante l’alcalde: «Io so auctor d’esta cosa o d’esta demanda», et dando fiança, deue el autor dizir: «Euad aquí fiança sobre estas cosas». En otra guisa, si assí non fuere feito, no es dado el auctor de como deue (Vidal Mayor)2.

En el caso del Corbacho, la condicional no sigue inmediatamente a la locución, pero también explicita su significado:

9) Enpero, sé çierto que el rrey, e el papa, e el çapatero, todos pasan por aquel vado, como dize Catón; que asý a los duques como a los prínçipes la muerte común es avida. En otra guisa, ¿quién podría con los poderosos, sy la muerte e las pasyones e las miserias del mundo non gostasen e syntiesen? (1438, Alfonso Martínez de Talavera, El Corbacho).

De en otra guisa los ejemplos más antiguos son del Vidal Mayor (c. 1250). Con la preposición de los casos más antiguos claramente procondicionales pertenecen al Espéculo alfonsí:

10) Enpero ssi el demandado quissiere ffazer alguna demanda aquel quel demanda ante del juyzio affinado ante estos alcalles de que ffabla esta ley puede lo ffazer ssegunt dize en la ley ante desta ca de otra guisa rreçebrie tuerto el demandado (a 1260, Alfonso X, Espéculo)3.

Las últimas documentaciones tanto de en otra guisa como de de otra guisa son del siglo XVI. La primera desaparece ya a comienzos de siglo; la segunda, a finales:

11) Yo, cavallero, vengo a vos de parte de la princesa mi hermana a que le perdonéis el enojo que os ha dado sin tener culpa, e si esto hazéis, ella os vendrá aquí a hablar. En otra guisa dize que no osará parecer ante vos (1514, Feliciano de Silva, Lisuarte de Grecia).

12) E dize ansí la ley, «... esto debe ser dicho de manera, quel con quien jugaren, no se tenga por escarnido, mas quel aya de plazer, e aya de reír de ello también como los otros, que lo oyeren. E otrosi el que lo dixere, que lo sepa bien reír en el lugar que conviene, ca de otra guisa no sería juego» (1570-1579, Sebastián de Orozco, Libro de los proverbios glosados).

4. TIPOLOGÍA TEXTUAL

En el cuadro siguiente aparecen por orden cronológico todas las obras en las que he documentado casos de de (en) otra guisa con valor procondicional4:

Cuadro 1. Obras en las que aparece de (en) otra guisa procondicional



En total son 87 documentaciones, que se reparten en 42 obras diferentes entre las que solo destaca por el mayor uso de la construcción la obra El Amadís con doce ejemplos. Se trata, pues, de locuciones procondicionales que presentan bastante extensión, pero poca intensidad de uso, como pone de manifiesto que en la mayoría de las obras solo se documente un ejemplo.

Otro hecho destacable es su uso en obras de autores representativos de la cultura y literatura medievales: Alfonso X, D. Juan Manuel, Enrique de Villena, Alfonso Martínez de Toledo, Alfonso de Cartagena, Hernando del Pulgar, Garci Rodríguez de Montalvo, etc.5

5. TIPO DE CONDICIONALES

La mayoría de las condicionales introducidas por de otra guisa o en otra guisa son de realización posible –reales o potenciales–. Solo he encontrado 22 casos de condicionales irreales, repartidos de la siguiente manera:

• SI HABEREM, DAREM6: 11

• SI HABUISSEM, DEDISSEM: 9

• SI HABEREM, DEDISSEM: 2

Veamos algunos ejemplos:

5.1 Posibles

13) Pues uei la bondat e la aspereza de Dios: en aquellos que cayeron, la aspereza, en ti bondat de Dios, si durares en aquella bondat, ca de otra guisa tirado seras tu ende (c. 1270, Epístola de San Pablo a los romanos).

14) Otro si, aquella abenentia & aquella particion * que los parientes fizieren, siquier sanos, siquier enfermos, a sus herederos, sea firme & estable, todos los herederos estando delantre * // fol. 21r. & otorgando la. Ca en otra guisa non ualdrie el compartimiento del padre [[& de la madre]] fecho (c. 1300, Fuero de Baeza).

15) e si la demanda fuese contra todo el conçeio, que non enplazasen saluo tres omes buenos en nonbre del conceio, ca de otra guisa perder sse y an los labradores, (1385, Cuaderno de leyes de las Cortes de Valladolid).

5.2 Irreales

a) SI HABEREM, DAREM:

16) & por tanto las saben ante que las fagan. asi commo el carpentero ante que faga la casa la sabe & la tiene figurada en su anjma. Ca de otra guisa non la podria njn sabria fazer (1445, Lope de Barrientos, Tratado del dormir y despertar y soñar).

17) Ca por rrespeto dela onor los onbres se esfuerçan a ser virtuosos & de otra guisa luego serian rremisos & floxos (1477-1485, Fernando Mejía, Libro intitulado nobiliario vero).

b) SI HABUISSEM, DEDISSEM

18) E non fue tancto laborioso de fazer, lo uno que con el plazer de la victoria le cresçió la fuerça, e lo otro porque aquella segunda puerta non era ferrada como la primera, mas encorada tan solamente, ca de otra guisa con la segur rompida non fuera (1427-1428, Enrique de Villena, Traducción y glosas de la Eneida. Libros I-III).

19) La reina dixo: «Comoquiera que las mugeres somos obligadas a fazer el mandado de nuestros maridos lo fize, que en otra guisa no me escapárades de muerte o prisión» (1514, Feliciano de Silva, Lisuarte de Grecia).

c) SI HABEREM, DEDISSEM

20) Assí anduvieron hasta la noche, que se no pudieron vencer, y esto causó por ser las calles estrechas, que de otra guisa Arbán se viera en peligro y la Reina fuera tomada (1482-1492, Garci Rodríguez de Montalvo, Amadís de Gaula).

6. FORMAS VERBALES EN LA APÓDOSIS

La forma verbal que más se repite (casi la mitad de las ocurrencias) en la apódosis es la forma daría, que, como es sabido, puede usarse tanto con valor irreal (DAREM) como con valor potencial:

21) pues asy es & nol podemos ende tornar vayamos le acorrer que esto afazer es ca en otra guisa mal nos estaria sy atan buen cauallero commo es garci perez se oy perdiese por la nuestra mengua (1270-1284, Alfonso X, Estoria de Espanna II).

22) e asy conplira la voluntad diuina, segunt quiso esta ley fuese conplida. Ca de otra guisa seria judayzar e temer mas el corporal daño que la spiritual culpa e de Dios manifiesta ofenssa. (c. 1417, Enrique de Villena, Tratado de la Lepra) (DAREM).

De diera he documentado 14 ejemplos, todos en apódosis irreales DEDISSSEM:

23) e dezían que desde la mañana fasta la noche no fizieron sino pelear, e que estavan desarmados, que de otra guisa sin duda pocos fallescieran (c. 1430, Pedro del Corral, Crónica del rey Don Rodrigo).

24) e maguer non se bea quando conteçe en acto para que se fiziese la mudificaçion mandadada, non es poner duda que contesçio, pues que se mando; en otra guisa fuera el mandado infructuoso (c. 1417, Enrique de Villena, Tratado de la lepra).

De hubiera dado solo he encontrado un ejemplo, lo que concuerda con el escaso uso de esta forma en este periodo (XIII-XVI) para el significado HABUISSEM; en el que se prefiere la forma verbal diera. Se trata del siguiente ejemplo de El Conde Lucanor:

25) ¡Ah, cómmo gradesco a Dios porque fiziestes lo que vos mandé, ca de otra guisa, por el pesar que estos locos me fizieron, esso oviera fecho a vós que a ellos! (D. Juan Manuel, El Conde Lucanor).

En las condicionales reales lo normal es que la apódosis vaya en presente de indicativo o en futuro, de ambas formas da y dará tenemos ejemplos:

26) Et quando del fueren sometidas las cosas todas, estonce el mismo Fijo sera sometido a aquel que sometio todas las cosas a el, por que el sea todas cosas en todos. De otra guisa ¿que faran los que se batean por los muertos si de todo en todo los muertos non resucitan? ¿Por que se batean por ellos? (c. 1270, Epístola de San Pablo a los Corintios).

27) Estonce no se pudo encobrir contra ella, ca tenia que erraria, e dixo: «Donzella, yo so esse que vos demandades». «Bien, dixo ella, e si vos plaz quitadvos el yelmo e vervos he, que en otra guisa no vos dire nada de lo que quiero» (c. 1470, La demanda del Santo Grial).

28) Y sera cosa en que mucho nos seruireys. De otra guisa, conuerná proueer en ello a toda indempnidat del dicho General (1491, Fernando a Machicot, oficial de los Reyes de Navarra).

En algunos casos –solo en tres me inclino por el valor procondicional– en la apódosis aparece, condicionado por el contexto, el presente de subjuntivo:

29) e si fueren aprouados por ellos e houieren su licencia para exercitar e vsar el oficio de escriuanias enla dicha nuestra corte, que la vsen, e que de otra guisa, no vsen delos tales oficios (1480, Ordenamiento de las Cortes de Toledo de 1480).

Finalmente, en un caso el verbo de la apódosis está elidido:

30) Verdad señor, que vos costó mucho aver, mas posístesla en mano de quien me quería matar con ella al qual di por precio de ella mucha sangre que de mi cuerpo derramé, la qual yo nunca podré cobrar; e quando me fuere tornado el precio que ella me costó esa hora tornaré yo la espada ca de otra guisa non (c. 1430, Pedro del Corral, Crónica del rey Don Rodrigo).

7. CONTEXTO

Como ya se ha indicado, una de las características de la construcción que estamos analizando es su colocación al comienzo de la frase y el estar marcada por pausas. La unión de la frase introducida por estas locuciones con la anterior, con la que se relaciona anafóricamente, se realiza mayoritariamente por medio de conjunciones causales debido al contexto explicativo en el que aparece: ca –la mayoritaria por la época–, que, porque o incluso car.

De ca ya hemos copiado ejemplos, por lo que solo añadiré algunos ejemplos de las otras conjunciones:

De porque: he encontrado 5 ejemplos; los primeros son de finales del XV:

31) De aquesto el rrey fue muy contento e le rrespondió que los rreyes nunca se avían de acordar de sus propias injurias, más disimuladamente olvidalla, porque de otra guisa serían vendicativos e por ello no meresçedores de rreynar (1481-1502, Diego Enrique del Castillo, Crónica de Enrique IV).

32) E por eso digo yo que conuiene que la materia que peca sea vaziada & toda, & no aquella que no peca, porque en otra guisa no se tiraría el morbo, & si se tirare no sería aquella salud acabada (1495, Traducción del Libro de las pronósticas de Gordonio).

De que he encontrado 16 casos precediendo a de (en) otra guisa:

33) Forçástesmela por engaño –dixo Amadís–, que de otra guisa no fuera tan ligero de lo hazer, y cierto no fuestes aí cortés, ni ganastes aí prez de cavallero (1482-1492, Garci Rodríguez de Montalvo, Amadís de Gaula, libros I y II).

34) es menester que lo traigan aquí, donde fue nacido y criado; que de otra guisa estaría su vida en peligro (a 1504, Garci Rodríguez de Montalvo, Las sergas del virtuoso caballero Esplandián).

De car solo he encontrado un ejemplo ante el sintagma en otra guisa. Y pertenece a la compilación de los fueros aragoneses realizada por el obispo de Huesca:

35) Et este doblamiento de peyndrar, non rendiendo los primeros peynos ni muertos, es ayto[r]gado specialment contra la uniuersidat, car en otra guisa por el poderío et superbio de la uniuersidat non podría alcançar su dreito d’eillos assí. de rafetz (c. 1250, Vidal Mayor).

En tres casos el sintagma va precedido de la copulativa e(t):

36) E aun el agua non le legava a los sobacos; e por eso dize que non cubría sus costados. E aquí descubre dos cosas: la grandez del cuerpo de Poliphemo e que los çíclopes andavan desnudos; e de otra guisa non se lançara ansí fáçilmente en el agua tan adentro7 (1427-1428, Enrique de Villena, Traducción y glosas de la Eneida. Libros I-III).

Para finalizar copio unos ejemplos en los que la locución no va precedida de conjunción alguna, solo de pausa:

37) escribióles que a ellos pulguiese non fazer daño en la tierra del Rey su señor, e fazer enmendar lo que avían fecho, de otra guisa a él seria forzado de lo enmendar (c. 1453, Crónica de Don Álvaro de Luna).

38) «Yo, cavallero, vengo a vos de parte de la princesa mi hermana a que le perdonéis el enojo que os ha dado sin tener culpa, e si esto hazéis, ella os vendrá aquí a hablar. En otra guisa dize que no osará parecer ante vos» (1514, Feliciano de Silva, Lisuarte de Grecia).

39) E con hazer tú esto podrás ganar en mí un amor que a bienqueriente de mi honra te tendré. De otra guisa, desamarte he como a enemigo de virtud y perseguidor de mi honra (1554, Juan Rodríguez Florian, Comedia llamada Florinea).

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ALONSO, Martín (1986): Diccionario medieval español. Desde las Glosas Emilianenses y Silenses (s. X) hasta el siglo XV, Salamanca: Universidad Pontificia de Salamanca.

ALVAR, Carlos y José Manuel LUCÍA MEGÍAS, eds. (2002): Diccionario filológico de literatura medieval. Textos y transmisión, Madrid: Castalia.

CANO, Rafael (2014): «Oraciones condicionales», en Sintaxis histórica de la lengua española. Tercera parte: preposiciones, adverbios y conjunciones. Relaciones interoracionales, vol. 3, México: UNAM, pp. 3905-4092.

COROMINAS, Joan y José Antonio PASCUAL (1980-1983): Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Madrid: Gredos.

MONTOLÍO, Estrella (1999): «Las construcciones condicionales», en Bosque, Ignacio y Violeta Demonte, Gramática descriptiva de la Lengua Española, Madrid: Espasa, pp. 3643-3738.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA (RAE) y ASOCIACIÓN ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA (ASALE) (2009): Nueva Gramática de la Lengua española, Madrid: Espasa.

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA (RAE) y ASOCIACIÓN ACADEMIAS DE LA LEN-GUA ESPAÑOLA (ASALE) (2014): Diccionario de la Lengua Española, [en línea]: http://dle.rae.es/?w=diccionario.

1 El término lo tomo de Estrella Montolío (1999).

2 Ejemplos similares, aunque más tardíos, encontramos con otramente y con otras locuciones como de otra manera, en otra manera.

3 La interpreto como procondicional al considerar que «segunt dize en la ley ante desta» se refiere a que en la ley anterior se señala esa posibilidad, no la manera de hacerse.

4 No se tienen en cuenta los casos presentes en la obra de 1491 Siete Partidas de Alfonso X. En esta obra es muy utilizado el sustantivo guisa en diferentes construcciones. De otra guisa en la edición del CORDE aparece 187 veces; 16 de ellas podrían considerarse procondicionales; las 16 son condicionales potenciales con apódosis en daría.

5 En contraste con lo que sucede con otramente.

6 Denomino los tipos de irreales por los esquemas latinos prototípicos.

7 El adverbio fácilmente impide la función como complemento modal de de otra guisa.

EL CONCEPTO DE LENGUAJE EN LA OBRA DE LORENZO HERVÁS Y PANDURO (1735-1809): ALGUNAS REFLEXIONES

Elena BATTANER MORO

Universidad Rey Juan Carlos

El profesor don Emilio Ridruejo es una de las figuras más relevantes y destacadas en la Historiografía lingüística española. Los historiadores de la lingüística le debemos no sólo su magisterio en esta área –desde sus estudios gramaticográficos de distintos ejemplos de la tradición española (Nebrija, Benito de San Pedro, Gregorio Garcés, Jovellanos, Gómez Hermosilla o Salvá, entre otros) a sus publicaciones sobre Lingüística Misionera, pasando por sus trabajos en Historia del español, entre otros–; sino, además, su continuada y esforzada labor en la constitución y consolidación de la Sociedad Española de Historiografía Lingüística (SEHL), para la que el Prof. Ridruejo ha sido y es, indudablemente, condición sine qua non. Todos los miembros de esta Sociedad conocemos y honramos su voluntad y su disposición, y a todos nos ha guiado, de una forma u otra, esta labor continuada durante las últimas décadas.

Una característica propia del trabajo del Prof. Ridruejo ha sido la de aunar Lingüística y Filosofía en muchas de sus numerosas obras; en ellas, racionalismo, naturalismo o positivismo, entre otras corrientes o tendencias, encuentran un lugar en la descripción, explicación o justificación histórica de muchos autores de nuestra tradición. En esta línea que bucea e investiga en el fundamento filosófico de nuestros objetos de estudio, quisiera ofrecerle un pequeño trabajo acerca del concepto de lenguaje y de sus diferentes formas y desarrollos en algunas obras del jesuita español Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809). En concreto, me centraré en diversos tratados –algo menos estudiados– en los que podemos encontrar varias acepciones en torno a este concepto –por ejemplo, lengua o lenguas, idioma natural o habla– que el conquense emplea para describir diferentes actividades lingüísticas asociadas a las edades del Hombre o a sus condiciones físicas. Estas obras últimas del jesuita parecen compendiar, en cierto modo, no sólo su pensamiento lingüístico; en ellas, además, podemos encontrar las diferentes reflexiones sobre el lenguaje que encontraron un desarrollo excepcional a lo largo del siglo XVIII y que, sin duda, abrieron diferentes puertas hacia los estudios lingüísticos –teóricos y aplicados– del siglo XIX. Justamente, la figura de Hervás se nos muestra como un gozne entre ambos siglos y, de esta manera, como un ejemplo de los distintos caminos que conducen hacia la episteme moderna.

1. INTRODUCCIÓN

En anteriores trabajos (vid. especialmente Battaner, 2016) he señalado la relevancia y la pertinencia de detenerse en textos de la lingüística que pueden ser considerados no canónicos puesto que ofrecen no sólo puntos de vista singulares, originales o incluso revolucionarios, sino porque además pueden permitir entender el devenir de nuestra disciplina desde un punto de vista genealógico y cómo se ha ido construyendo a lo largo de los últimos siglos (Foucault, 1966, 1999, 2000).

El siglo XVIII en concreto ofrece una amplia relación de autores y textos heterodoxos cuyo estudio puede permitir profundizar en el modo como se ha ido configurando nuestra disciplina; y por diferentes razones filosóficas, políticas o religiosas, el jesuita Lorenzo Hervás y Panduro1 es una figura muy apropiada para acercarse a las diferentes formas de pensar el concepto o el objeto «lenguaje» a lo largo del siglo XVIII.

Como sabemos, Hervás nació en Horcajo de Santiago (Cuenca) el 10 de mayo de 1716 y estudió Filosofía y Teología en la Universidad de Alcalá de Henares entre 1752 y 1760. Debido a su pertenencia a la Compañía de Jesús, en 1773 fue enviado al exilio junto con sus compañeros de orden y vivió en varios puntos de Italia, sobre todo en Cesena, hasta que en 1785 se mudó a Roma. Allí permaneció con distintos cargos hasta 1798, cuando se le obliga a regresar a España. En 1801, debido a la segunda expulsión de los jesuitas, volvió a Roma en 1802, donde murió el 24 de agosto de 1809.

La primera obra de Hervás fue Idea dell’Universo (1778-1787, 1792); con 11 tomos y 21 volúmenes, da buena cuenta del sentir y del interés intelectual –casi enciclopédico, aunque abominaría de esta etiqueta– del conquense. Dividida generalmente en tres partes –Historia de la vida del Hombre, Elementos cosmográficos e Historia de las lenguas–, es esta última (vols. 17-21) la que le ha dado su fama como lingüista. En concreto, el volumen 17 lleva por título Catalogo delle Lingue (1784) y contiene una colección de lenguas del mundo, conformada gracias a la información derivada de –entre otros– sus contactos con otros jesuitas misioneros que, como él, llegaban al exilio jesuítico de Roma. En el volumen 18, Origine, formazione, meccanismo ed armonia degl’idiomi (1785), se pueden encontrar algunas de sus ideas sobre el origen del lenguaje. Hervás remite constantemente a estas obras para explicar muchas de sus ideas sobre el origen de las lenguas desde una perspectiva poligenética, discusiones y características de las lenguas matrices y una descripción de las lenguas (número, evolución, origen…) de distintos continentes.

Cuando Hervás se dispuso a traducir sus obras al español, amplió y reestructuró algunos de sus textos y dividió su Idea en cuatro obras relativamente independientes: Historia de la vida del hombre (Madrid, 1789-1799), Viaje estático al mundo planetario (Madrid, 1793-1794), El hombre físico, o anatomía humana físico-filosófica (1800) y el Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas (1800-1805). Dado que esta última es una de las más conocidas y trabajadas en la historia de nuestra disciplina, en este trabajo nos vamos a detener en Historia de la vida del Hombre y El hombre físico, a las que se une Escuela Española de Sordomudos, que fue escrita y publicada en Madrid en 1795 entre las ediciones italiana y española de Idea dell’Universo. Repasaré, por tanto, en estas tres obras, algunos conceptos sobre el lenguaje y las lenguas con objeto de contribuir al estudio de las reflexiones lingüísticas de Lorenzo Hervás y Panduro.

2. HISTORIA DE LA VIDA DEL HOMBRE (1789)

No es habitual encontrar descripciones acerca del proceso ontogenético del lenguaje en nuestras obras «clásicas» de la historia de la lingüística, de ahí que lo expuesto por Hervás en esta obra sea tan singular. En Historia de la vida del hombre (1789, tomo primero: «Concepción, Nacimiento, Infancia y Niñez del Hombre»), el jesuita se detiene en describir cuáles son los diferentes aspectos o fases que atraviesa el ser humano desde el momento de su nacimiento (incluso antes); una de estas fases –y que específicamente nos hace humanos– tiene que ver con la capacidad de comunicación (diríamos que innata [i. e. divina], según Hervás) que poseemos las personas a diferencia del resto de animales. No se trata exclusivamente de una descripción ontogenética –en la que se describan fases o periodos, por ejemplo– puesto que se entrelaza a veces con otro tipo de cuestiones y resulta, en comparación con otros aspectos estudiados, algo más reducida. Sin embargo, este aspecto ontogenético puede darnos ciertas claves acerca de la concepción hervasiana de lenguaje que nos ayudará a desbrozar parte de su pensamiento y vocabulario.

En «Primeros indicios de la racionalidad del Infante» (Libro II, Capítulo VI, pp. 218-221), Hervás escribe estos primeros párrafos, ya muy esclarecedores (la cur-siva es mía):

Volvamos nuestra consideración al niño para observar las particularidades que nos presenta desde el segundo mes de su vida hasta los dos años. Después del primer mes fortificados ya los órganos del recien-nacido, los objetos hacen en él impresiones duraderas, y correspondiendo á éstas el infante empieza á darnos indicios claros de su racionalidad, y del espíritu que animándole encuentra ya la máquina corporal […] (Hervás, 1789: 218-219).

El infante, pues, desde los 40 dias de su vida, si está sano, empieza á mostrar sensiblemente las pasiones de alegría, de amor, de tristeza y de enfado por medio de señales que mas que la figura le distinguen de los animales (Hervás, 1789: 219-220).

El infante en estas circunstancias no es aun capaz de articular ó significar con voces las pasiones que le agitan; mas no necesita este lenguage; porque todos sus miembros son otras tantas lenguas2. El Hombre mudo en su mayor edad no habla con los ademanes mas inteligiblemente; ni con mas claridad explica sus ideas que un infante desde los primeros meses de su vida sí aquella alma, que anima la pequeña máquina de su cuerpecillo, se esfuerza y empeña en declararnos que es ella la que obra en lo interior, y nos explica sus ideas mentales con ademanes corporales. Esta alma aunque tan principiante en explicar lo que piensa y desea reconoce luego por amigo y compañero al Hombre, distinguiéndole de la bestia (Hervás, 1789: 220).

He querido seleccionar estas líneas no tanto por reforzar lo ya sabido sobre Hervás –en este caso, la inspiración sensualista de estos conceptos– sino porque es especialmente relevante que Hervás subraye el hecho de que la comunicación se produce sin sonido (i. e. no se oye lengua articulada) y que se lleva a cabo con el movimiento. Así, el idioma de la vista es, para Hervás un idioma anterior y más natural que el idioma oral (o articulado), en el sentido de que es o parece anterior filogenéticamente: de esta forma, Hervás puede sostener, con estas observaciones, sus ideas acerca de la imposibilidad humana de crear una lengua (es decir, que es de origen divino) y que, pese a que todos los seres humanos nacemos iguales, el hecho de que existan distintas lenguas sólo puede deberse a un acontecimiento posterior, como es el episodio de Babel. Más adelante volveremos sobre estas cuestiones.

Tras estas primeras consideraciones, el capítulo VII está especialmente dirigido a describir los primeros desarrollos del lenguaje y de ciertas reflexiones sobre el lenguaje y las lenguas de orden más general, para cuyo estudio remite al Catálogo. En «Tiempo en que el infante empieza á hablar; si hay idióma natural al Hombre; y sobre la diversidad de idiómas» (Libro II, capítulo VII, pp. 231 y ss.), Hervás se detiene específicamente en el término «lengua». Es necesario aclarar en este punto algunas de las ideas que señala, dado que una lectura actual puede llevar a confusión (la cursiva es mía):

Desde luego que nacen las bestias, su lengua empieza á hacer todas las funciones de que es capaz, y que exercitará por toda la vida, de ellas; no sucede esto en el Hombre; en el que siendo la lengua el instrumento sensible de su racionalidad, ella con las palabras nos da pruebas experimentales de ésta, á proporción que el alma va exercitando sus funciones espirituales (Hervás, 1789: 231).

El infante empieza á conocer desde los primeros meses de su vida; mas los actos de su conocimiento son momentáneos; porque las especies de los objetos se imprimen tan tiernamente en su celébro, cómo si fuera en el agua. Crece el infante en edad y en conocimiento; y á proporción que se van fortaleciendo sus miembros, nos habla y da pruebas de su racionalidad con ademanes, gestos y acciones. Este modo de hablar es su primer lenguage; y á él sucede después, el vocal, que llamamos lengua; pues que con la lengua pronunciamos la mayor parte de las palabras. Los infantes no suelen empezar á hablar hasta que tienen dos años; algunos, y principalmente las hembras, suelen hablar antes de tener dos años; y otros no hablan palabra alguna hasta los tres años (Hervás, 1789: 231).

Aunque en casi todos los idiomas conocidos, al idioma se da el nombre mismo que á la lengua; porque con ésta se pronuncia la mayor parte de las palabras; no obstante, es innegable que el Hombre aunque no tuviera lengua podría hablar un idioma que fuese bastante inteligible y abundante para exprimir todas las ideas de las cosas sensibles y espirituales (Hervás, 1789: 233).

Los siguientes párrafos redundan en la idea de que para Hervás no existe idioma natural en el hombre –una discusión constante en la época3– más allá de los gestos, acciones o sonidos que puedan ser entendidos por todas las personas (i. e. son «universales»), a diferencia de los arbitrarios:

El idioma natural del Hombre es solamente la voz, la qual es naturalmente mas capaz de tonos y modulaciones, que la de los animales. Es vana y aun pueril la opinión de los que pretenden probar, que el Hombre tiene idioma natural. En la naturaleza humana el Filósofo no reconoce otro idioma universal y natural, que el de las interjecciones y acciones (Hervás, 1789: 241).

Las voces que exprimen los afectos del ánimo, én casi todas las lenguas son simples sonidos de letras vocales; los quales la naturaleza forma con grande uniformidad; y por esto entendemos los acentos de susto, admiración, llanto, &c. que hacen los estrangéros, aunque no entendamos una palabra de sus lenguas. El idioma de acciones es el que se hace con ademanes y gestos; y porque las acciones son movimientos naturales de los miembros corporales según la impresión de los afectos interiores, todas las naciones entienden este lenguage, en que los miembros sirven de lengua, y las acciones sirven de palabras. Tended la vista por una gran galería en que estén pintados los hechos, i ó vidas de algunos héroes; y en las pinturas veréis; el vocabulario del Idioma natural de las acciones. De éstas se vale el arte pantomímica, que es el idioma que usarían todos los hombres, si fueran mudos4 (Hervás, 1789: 241-242).

Por tanto, Hervás desarrolla aquí –como ocurre en muchas de sus obras– varios conceptos: a saber, idioma (universal o) natural e idioma de acciones, entendidas como acciones productivas (voz y gestos, independientemente de que sean arbitrarios o no). Al mismo tiempo, incluye su aspecto receptivo (oído y vista) que, con más detenimiento, estudiará en obras posteriores; en concreto, en Escuela Española de Sordomudos (vid. punto 3). En ellas, como veremos, introducirá entonces los conceptos de idioma oral o vocal e idioma visual o de la vista.

Como ya hemos señalado en otros lugares (Battaner, 2012 y Battaner y Dovetto, 2013), el contacto de Hervás con la escuela de personas sordas sita en Roma y dirigida por Silvestri (alumno directo de Charles de L’Epée), supuso cierto revulsivo intelectual y permitió que el conquense reconsiderara o matizara algunas de sus ideas en torno al lenguaje humano. En la siguiente sección nos detendremos en algunas de ellas.

3. ESCUELA ESPAÑOLA DE SORDOMUDOS (1795)

La Escuela Española de Sordomudos (EES) es una obra que aparece casi de repente en el plan editorial diseñado por Hervás y que, como expuse en Battaner (2012), responde a una necesidad del jesuita por cuanto que, de su experiencia romana en el colegio de personas sordas, hubo «aprendido y descubierto algunas verdades que se habian ocultado á mi [su] mente». Algunas de estas «verdades» tenían que ver con la existencia de lenguas «gestuales» no naturales (i. e. arbitrarias), como las lenguas de signos o señas empleadas por las personas sordas; del mismo modo, que eran lenguas sin historia ni nación, dos condiciones fundamentales en la descripción de las lenguas que pueblan su Catálogo. Así, en la EES encontramos mucho más trabajados algunos de los conceptos hervasianos acerca del lenguaje y de las lenguas y, a diferencia de Historia de la Vida del Hombre y de sus aspectos ontogéneticos, en la EES los argumentos pueden entenderse mejor en un contexto de explicación filogenética.

Derivado pues de su contacto con la lengua de signos empleada por estudiantes e instructores en la escuela romana, Hervás desarrolla específicamente el concepto de idioma de la vista; en concreto, añade la cuestión de que existen lenguas arbitrarias (desarrolladas léxica y gramaticalmente) visuales –a diferencia del idioma natural de los gestos o la pantomima, como incluía en obras anteriores– y de que asimismo existen, asociadas a ellas, formas equiparables a la escritura (la dactilología, por ejemplo; la cursiva es mía):

Idioma humano es todo lo que con señales que puedan oirse o verse, es capaz de conocer los actos mentales de quien las hace: el idioma de oido solamente se puede formar con voces: el de vista se puede formar de varias maneras; pues se puede formar hablando con el mero movimiento de los labios, de los ojos, de las manos &c. y hablando con la pintura de símbolos naturales o arbitrarios. El hombre por su naturaleza es mas propenso á hablar el idioma de vista que no el de oido o el vocal (Hervás, 1795, tomo I: 133).

Sin necesidad de la escritura se puede inventar un idioma de vista que se figure con el movimiento de las manos y de los dedos, como el que se usa en las escuelas de los Sordomudos (Hervás, 1795, tomo I: 134).

Idioma es […] todo lo que es capaz de expresar sensiblemente las ideas que concebimos. No hay cosa sensible que por si o por motivo de significacion arbitraria no pueda declarar ideas; por lo que perteneciendo toda sensacion á alguno de los cinco sentidos corporales, todas las cosas sensibles por medio de algunos de estos nos pueden servir de idiomas, y estos en general pueden ser tantos, quantos los sentidos […]. El de la vista, por ejemplo, suministra los idiomas visibles, y estos pueden ser de escritura ó de accion; pues á la vista se habla con caracteres escritos y con señas (Hervás, 1795, tomo I: 258).

Las señas arbitrarias pueden ser idiomas inventados por los hombres, y las señas naturales son idioma de la naturaleza (Hervás, 1795, tomo I: 262-263).

En lo que respecta al idioma visual, entonces, contamos con que con el sentido de la vista podemos acceder al significado de los gestos (naturales, universales) y de los signos (en este caso, de las lenguas signadas, como la LSE); igualmente, accedemos a las letras través de la escritura o de su representación con las manos (la dactilología). Del idioma visual queda una última forma señalada por Hervás y que de nuevo tiene que ver con las formas de comunicación de las personas sordas: se trata de la lectura labial, que debemos añadir como otro aspecto del idioma visual:

No podemos pronunciar palabra alguna sin mover sensible, y visiblemente los órganos vocales con que la pronunciamos, y porque cada palabra se profiere con diversos órganos vocales, ó con diversa accion de unos mismos órganos, la vista de la diferencia de estos ó de sus acciones servirá para que se conozcan ó distingan las varias palabras que se pronuncian. La vista para distinguir las palabras por medio del vario movimiento de los órganos vocales no es menos idonea, que el oído para distinguirlas por medio de su sonido, por lo que los hombres podían haber inventado un idioma mudo de palabras no sonoras, las quales se espresarán solamente con los gestos de la boca, ó con el solo movimiento de los organos vocales (Hervás, 1795, tomo II: 255).

Las palabras pertenecen al idioma de la vista, no en quanto son sonoras, sino en quanto se forman con el movimiento visible de los órganos vocales (Hervás, 1795, tomo II: 256).

En la siguiente sección nos detendremos brevemente en el idioma oral a través de algunas de las apreciaciones fisiológicas que, con respecto al habla, realiza Hervás. Debido a que, por razones de espacio, nos es imposible profundizar aquí en la magnitud del conocimiento de Hervás sobre las distintas tendencias anatomofisiológicas de la época, únicamente repasaremos la distinción entre el habla natural o la voz –entendida como el ruido que, al igual que los animales, realiza el Hombre naturalmente– y la que posee como expresión de su pensamiento y de sus pasiones y emociones.

4. EL HOMBRE FÍSICO (1800)

Si en la sección anterior hemos delineado las apreciaciones de Hervás en relación con el idioma o los idiomas visuales, en esta nos referiremos a una cuestión mucho más física relativa al habla humana. El hombre físico es una obra ligeramente apartada de los estudios lingüísticos tradicionales de Hervás pero que aporta una información muy valiosa acerca de la profundidad «científica» del trabajo del jesuita. Quizá porque lo relacionado con la fisiología de la voz –comparado, por ejemplo, con el estudio de la gramática– es un ámbito menos estudiado en nuestra área o porque se perciba, precisamente, un tanto fuera de los límites disciplinares de la historiografía lingüística, El hombre físico no es realmente una obra de Hervás que se haya trabajado y, en mi opinión, merecería un estudio mucho más exhaustivo no sólo en clave fisiológica, sino también en la clave genética del lenguaje que más habitualmente se ha rastreado en otras obras de Hervás.

El hombre físico es una relación de descripciones corporales y fisiológicas del cuerpo humano, a menudo salpicada con comentarios del jesuita que remiten a otras obras anteriores o a los distintos debates de la época. Para hallar cuestiones relacionadas con el habla –o, más concretamente con la producción de voz– debemos detenernos en el capítulo VII: «Los pulmones» (pp. 406-480). Así, veremos que, junto a descripciones puramente anatómicas o de funcionamiento, podemos seguir encontrando el pensamiento lingüístico de Hervás a propósito no sólo de la descripción del aparato respiratorio, sino de la descripción que además añade de la laringe y de sus partes. Así, en las secciones 264 y 265 de este capítulo, dentro del artículo IV («La respiración forma la voz») podemos hallar las siguientes reflexiones (la cursiva es mía):

264. En el habla del hombre, ó en la voz humana, se deben considerar y distinguir dos cosas: una es la formacion de la voz en quanto esta es significativa arbitrariamente, y con ella los hombres se entienden, y comunican sus pensamientos: y en este sentido, la voz se llama palabra, y forma el idioma que para entenderse mútuamente hablan los hombres. Puede considerarse tambien la voz humana en quanto ella sea uno de aquellos acentos naturales que el hombre pueda tener, como muchisimas especies de animales naturalmente tienen sus acentos respectivamente propios; pues no parece creible que el hombre dotado del singular privilegio y facultad de hablar los idiomas con que se exprimen los pensamientos y afectos de su espíritu, en caso de no hablar idioma alguno, no tuviera sus propios acentos, como los tienen comunmente los animales mas perfectos […] (Hervás, 1800: 475).

La descripción anatómica de la voz, a lo largo de diferentes páginas de esta obra, sirve a Hervás a sus fines genéticos; en este caso, no tanto al argumento poligenético (como en otras obras, aunque también), como al del origen innato (entendido como don divino). Dado que todas las personas poseemos el mismo aparato fonador, lo lógico sería que existiera una única lengua; sin embargo, como señala Hervás, otra de las pruebas que demuestran que no es invención del ser humano es precisamente el hecho de que haya tantísimas, y muy diferentes entre sí. Tal situación, como ya habría señalado en diferentes lugares, sólo pudo ser el resultado de la confusión babélica (v. por ejemplo nota 3).

5. REFLEXIONES FINALES

Los términos o conceptos que hemos repasado tan brevemente en las secciones anteriores, a propósito de cada una de las obras mencionadas, poseen un horizonte lingüístico amplio, por así decirlo, y conectan con diferentes tradiciones –filosóficas, médicas, religiosas o lingüísticas– en las que enmarcar cada uno de ellos; del mismo modo, todos y cada uno de ellos –más o menos conocidos en la bibliografía sobre Hervás– permanecen en las coordenadas teóricas de las ideas lingüísticas del conquense.

Tratándose del siglo XVIII, no es fácil agrupar estos términos o sus definiciones en áreas de conocimiento como las actuales o «traducirlos» sin pecar de presentismo. No obstante lo anterior, creo que ya es interesante de por sí llamar la atención hacia estas obras menos conocidas o trabajadas de Hervás por cuanto su potencial lingüístico es enorme.

Con respecto a la relación entre pensamiento y lenguaje o a la discusión acerca del concepto de signo (vid. Rosenfeld, 2001 a este respecto), he creído interesante el estudio de conceptos como lenguaje y lengua, lengua escrita y lengua hablada, así como otra pequeña constelación de términos derivados de ellos. Estos conceptos, debo señalar, son los actuales: en el caso de Hervás, nos encontraremos con algunas dificultades para delimitar exactamente los términos empleados para nociones similares y para deshacer, no sin dificultad también, alguna ambigüedad a este respecto.

Con objeto de delimitar el territorio por el que transita Hervás, incluyo el siguiente esquema que, a modo de mapa o guía, recoge algunos de los términos tratados en este trabajo:


Como vemos, desde un término más general («lenguaje») entendido como capacidad de comunicación humana, se abren dos caminos asociados a sendos sentidos corporales: vista y oído. De clara orientación sensualista, la presencia de los sentidos en los trabajos de Hervás es de vital importancia; por esta razón, a ellos debemos asociar diferentes formas posibles de comunicación humana, ya sea natural o arbitraria.

Hervás considera que el «idioma visual» es más natural en el ser humano, y que a nuestra vista nos hablan los gestos (universales) y lo que he denominado «signo (arbitrario)» pese a su posible redundancia, dado que se trata de señales preestablecidas y acordadas que se nos representan como las lenguas signadas (LSE, por ejemplo; una idioma de la vista que posee artificio sintáctico), la lectura labial, la escritura y la dactilología.

En lo que respecta al sentido del oído, es indispensable asociar la comunicación de este tipo a su producción (i. e. la voz, en general). Como hemos visto, Hervás señala también la existencia de formas naturales («el acento natural del Hombre») y arbitrarias a este respecto, que se convierten específicamente en las diferentes lenguas («idiomas») que hablan los seres humanos. En esta rama he incluido además el artificio sintáctico y la pronunciación porque son sus características fundamentales como sistema y porque serán algunos de los argumentos que esgrima Hervás para reforzar sus ideas acerca de la poligénesis lingüística. Sin embargo, también es cierto que existe cierto vacío en la postura de Hervás: así como establece que el idioma de la vista es más natural, no se detiene específicamente en su aspecto productivo, como sí ocurre en el caso del sentido del oído.

No hace falta señalar la vastedad y profundidad de la obra de Lorenzo Hervás y Panduro; cualquier historiador que se asome a sus obras puede maravillarse con el ingente trabajo realizado por el jesuita y por las posibilidades que ofrece para estudiar cómo se ha ido constituyendo el estudio del lenguaje como disciplina científica. Valgan estas modestas líneas, en honor del profesor don Emilio Ridruejo, para contribuir a reclamar y recuperar el lugar que merece el conquense en nuestra disciplina.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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BATTANER MORO, Elena (2016): «Límites disciplinares y formaciones discursivas: el sonido del lenguaje», en Salvador Plans, A., C. Galán Rodríguez, J. C. Martín Camacho, I. Rodríguez Ponc, F. Jiménez Calderón, E. Fernández de Molina y Á. Sánchez Rufat, eds., La historiografía Lingüística como paradigma de investigación, Madrid: Visor Libros, 17-44.

BATTANER MORO, Elena y Francesca DOVETTO (2013): «La educación lingüística de Personas Sordas en el siglo XVIII. Líneas de convergencia entre las Escuelas Española e Italiana», Romanistik In Geschichte Und Gegenwart, 19, 1, pp. 77-95.

ESPARZA, Miguel Ángel, Elena BATTANER, Vicente CALVO, Adrián ÁLVAREZ y Susana RODRÍGUEZ, dirs. (2008): Bibliografía Temática de Historiografía Lingüística Española. Fuentes Secundarias, Hamburg: Buske.

FOUCAULT, Michel (1966): Les Mots et Les Choses, Une Archéologie Des Sciences Humanes, París: Éditions Gallimard.

FOUCAULT, Michel (1999 [1970]): El Orden del Discurso, Barcelona: Tusquets.

FOUCAULT, Michel (2000 [1988]): Nietzsche, La Genealogía, La Historia, Valencia: Pre-Textos.

FUERTES GUTIÉRREZ, Mara (2015): «Lo que se sabe de Hervás: ideas lingüísticas, errores y revitalización de su figura en el marco de la historiografía lingüística», Estudios de Lingüística del Español, 36, pp. 197-234, [en línea]: http://infoling.org/elies/36/elies36-8.pdf. [Consulta: 28/7/2018].

HERVÁS Y PANDURO, Lorenzo (1789-1799): Historia de la vida del hombre. Madrid: Aznar (vols. 1 y 2), Imprenta Real (vol. 3), Imprenta de Villalpando (vol. 4), Imprenta de la Administración de la Rifa del Real Estudio de Medicina Práctica (vols. 5 y 6) e Imprenta de la Administración del Real Arbitrio de Beneficencia (vol. 7), [en línea]: http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000012033&page=1. [Consulta: 28/7/2018].

HERVÁS Y PANDURO, Lorenzo (1795): Escuela Española de Sordomudos, ó arte para enseñarles a escribir y hablar el idioma español, 2 volúmenes, Madrid: Imprenta Real (vol. 1) e Imprenta de Fermín Villalpando (vol. 2), [en línea]: http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000037373&page=1. [Consulta: 28/7/2018].

HERVÁS Y PANDURO, Lorenzo (1800): El hombre físico, ó anatomía físico-filosófica del hombre, 2 vols. Madrid: Imprenta de la Administración del Real Arbitrio de Beneficencia, [en línea]: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/el-hombre-fisico-o-anatomia-humana-fisicofilosofica-tomo-i--0/html/017aef2e-82b2-11df-acc7-002185ce6064.htm. [Consulta: 28/7/2018].

ROSENFELD, Sophia (2001): A Revolution in Language: The Problem of Signs in Late Eighteenth-Century France, Stanford: Stanford University Press.

1 Vid. Fuertes (2015) para profundizar en la biografía de L. Hervás y Panduro. V. asimismo Esparza et al. (2008) y Battaner (2012) para un repaso detallado de la bibliografía secundaria sobre el conquense.

2 En este caso, y como explicaremos más adelante, por «lengua» Hervás se refiere específicamente en este punto al órgano vocal, no a distintos idiomas (aunque señalará que a menudo los idiomas se denominan por como en cada lengua se nombre al órgano vocal).

3 En el caso de Hervás, esta discusión se trae a colación para demostrar que el lenguaje (oral o escrito) es un don (de Dios) y que no ha podido ser un desarrollo específico del Hombre. Mencionando el Catálogo, señala: «En ellos llamo á examen y cotejo casi todas las lenguas que se conocen en el mundo; y de este modo hago inútiles centenares de libros que sobre dichas dudas se han escrito; y observando la diversidad substancial de los idiomas en las palabras y en la sintexí, establezco que el Hombre es incapaz de formar por sí mismo un idioma; que fue infuso él primero que hablaron los hombres; y que la diversidad de los idiomas en palabras y sintaxí no puede ser efecto de otra causa, que de la admirable confusión de lenguas, que refiere Moysés; y se contiene algo enmascarada en la mitología, tradición, é historia de las naciones Paganas» (Hervás, 1789: 242-243).

4 De nuevo, una concepción que Hervás cambiará en la EES: en ella reconocerá que existen lenguas gestuales (de signos o señas), como las empleadas por las personas sordas, puesto que, entre otras características, disponen de artificio gramatical.

LOS GÉNEROS DEL COTILLEO Y DEL CHISMORREO

Luis BELTRÁN ALMERÍA

Universidad de Zaragoza

Los géneros del cotilleo han alcanzado una relevancia inconcebible hace unas cuantas décadas, gracias al éxito de la prensa rosa, de los programas televisivos de carácter rosa y, últimamente, de las nuevas tecnologías (Facebook, Twitter, Instagram…)1. El interés del cotilleo es tan grande en la actualidad que consigue ocupar un considerable espacio en el prime time televisivo. El éxito internacional de los reality shows como Gran Hermano demuestra que es un fenómeno de primera línea de la cultura de masas y no un asunto local o pasajero. En España Gran Hermano lleva dieciocho ediciones en Tele 5 y su secuela Gran Hermano VIPS, cinco.

Esta relevancia ha servido para que aparezcan estudios dedicados a estos géneros, tanto en el ámbito del periodismo, como en los de la sociología, la lingüística y los estudios literarios, casi siempre vinculados a los estudios sobre la mujer, pero estos tratamientos son demasiado limitados para la trascendencia de este asunto. Desde otro punto de vista también la antropología se ha ocupado de estas cosas. Yuval Noah Harari ha subrayado en De animales a dioses que los géneros del cotilleo y del chismorreo fueron decisivos para la formación y consolidación del homo sapiens. Harari no es un antropólogo. Simplemente se ha hecho eco del interés que estos géneros han suscitado entre los antropólogos. La razón de ese interés puede explicarse en dos pasos. Hoy la psicología evolutiva tiene un bien merecido prestigio. Ese prestigio se debe a que muchos de los hábitos actuales se deben a hábitos adquiridos en la era preagrícola. Y los avances en ese terreno resultan muy sugerentes. Sabemos que los sapiens preagrícolas vivían en hordas, esto es, en grupos de entre diez y treinta individuos que recolectaban y cazaban. Sabemos que durante unos cien mil años aproximadamente convivieron con otros humanos, los neandertales, que se extinguieron por razones que no están todavía claras. Al parecer, los sapiens estaban peor dotados físicamente que los neandertales u otras humanidades como los denisovas –con los que también convivieron–. Sin embargo, consiguieron prosperar. Quizá la razón decisiva para esa prosperidad radique en el lenguaje verbal. Las otras humanidades también tuvieron sus lenguajes, gestuales y orales, aunque quizá no fueran articulados. La diferencia de los sapiens puede consistir en un grado superior de articulación del lenguaje, que permitiría un mayor desarrollo de la imaginación y de la cohesión de la horda. Los neandertales existieron durante quinientos mil años. Apenas evolucionaron. Los sapiens llevamos en la Tierra ciento cincuenta mil años. La evolución ha sido considerable. Esta diferencia refleja una capacidad de imaginación y de comunicación suficiente para determinar dos destinos opuestos.

Un paso más allá de estas certezas ha ido Robin Dunbar. En su libro Grooming, Gossip, and the Evolution of Language planteó la hipótesis de que el cotilleo juega –y mejora– el papel que tiene entre primates el aseo entre compañeros. El principio «si me rascas la espalda te rascaré la tuya» se convertiría en «si me cuentas algo de alguien te contaré algo que no sabes». Dunbar cuestiona la idea convencional de que el lenguaje articulado se desarrolló para permitir a los varones coordinarse en las cacerías y ser así más eficaces.

This is the ‘there’s a herd of bison down by the lake’ view of language evolved to enable the exchange of highfalutin stories about the supernatural or the tribe’s origins. The hypothesis I am proposing es diametrically opposed to ideas like these, which formally or informally have dominated everyone’s thinking in disciplines from anthropology to linguistics and palaentology. In a nutshell, I am suggesting that language evolved to allow us to gossip (Dunbar, p. 79).

Quizá las dos hipótesis sobre los orígenes del lenguaje articulado no sean tan opuestas como dice Dunbar. Podemos suponer una división de tareas para el lenguaje: la dimensión masculina como útil de caza y la dimensión femenina como cotilleo. Quedan funciones mixtas como las orientadas a la recolección.

Dunbar cree que el proceso del paseo del aseo mutuo al cotilleo va ligado al crecimiento de la horda. Y que ese proceso comenzó con el homo erectus hace dos millones de años:

Eventually, even this form of communication [grooming] would have exhausted its capacity to bond groups. A more efficient mechanism for bonding was needed to allow group size to continue its upward drift. At this point, the vocalizations began to acquire meaning. But the content was largely social: gossip had arrived (Dunbar, p. 115).

El objeto del cotilleo y el chismorreo es establecer relaciones sociales estables entre individuos que no tienen relaciones familiares o que no pertenecen a la misma horda. Un reciente estudio contempla estas relaciones como amistad entre cazadores-recolectores («Characterization of hunter-gatherer networks and implications for cumulative culture», 2017). Pero el concepto de amistad es demasiado moderno e impreciso para aplicarse a estas relaciones. Conceptos como el compadreo y el clientelismo están algo más indicados. En las épocas históricas premodernas la relación de compadreo se establece como un parentesco sin lazos consanguíneos, basado en relaciones de casta que se revisten de razones culturales, profesionales o religiosas. Hoy quedan todavía residuos de esas relaciones de compadreo. Veamos algunos ejemplos. El primero tiene un carácter religioso: las cofradías en España. Se trata de agrupaciones religiosas que procesan en Semana Santa o en otras festividades religiosas. Un carácter laico tienen las sociedades gastronómicas en el País Vasco o las peñas festivas en Aragón. En Estados Unidos, las fraternidades en las universidades son otro ejemplo de relaciones familiares sin vínculos de sangre. Estas asociaciones son formas premodernas de cohesión social, que sobreviven más o menos adaptadas y tipificadas a los nuevos tiempos. Su origen se remonta a las relaciones tribales que han tomado en las sociedades históricas carácter de casta.

Sin duda el lenguaje articulado necesitó miles de años para desplegarse. La cuestión de cuándo puede hablarse de lenguaje verbal articulado es todavía muy problemática. Las muestras de arte y simbolismo suelen aparecer en el Paleolítico superior, esto es, hace cincuenta o cuarenta mil años, según las regiones. Quizá estos testimonios puedan apuntar la existencia de ese tipo de lenguaje. El caso es que tenemos cierta documentación de la presencia de géneros orales complejos2. Entre esos géneros son frecuentes los juegos y las bromas de horda. En todo caso, la cuestión de la aparición del lenguaje articulado no puede disociarse de otros fenómenos. El crecimiento de las hordas precisó nuevos instrumentos de cohesión, como apunta Dunbar, pero también un reparto más complejo de tareas y un mayor gasto energético para cumplirlas. Esto último es una aportación de Fred Spier.

1. EL COTILLEO Y LA RISA

Los sapiens somos débiles pero tenemos una herramienta prodigiosa: la capacidad de cohesionarnos mediante el discurso y la risa. Esto nos diferencia de otras humanidades –y, por supuesto, de los primates y otros mamíferos– que solo parecen haber tenido una capacidad de comunicación por lenguajes no verbales. Los sapiens hemos fusionado parte de los lenguajes no verbales (la risa, el llanto, los ruidos inarticulados, la gestualización) con el discurso. Y el resultado de esa fusión son los géneros menores de la risa y, dentro de ellos, los géneros del cotilleo y el chismorreo.

La cohesión de los sapiens conoce varias formas y niveles. El discurso del cotilleo y el chismorreo es la forma básica, primera. En este tipo de discurso aparecen dos dimensiones íntimamente asociadas: la alegre y la agresiva. Son las dimensiones de la risa, trasladadas del lenguaje no verbal al verbal para fundar estos géneros3.

En primer lugar, conviene dejar claro el punto de partida: los géneros menores de la risa son los géneros del cotilleo y del chismorreo, sobre los que se asientan otros géneros más complejos: desde el chiste, el caso y la fábula a la anécdota y las canciones, estos ya géneros artísticos. En medio están proliferando otros géneros que podríamos llamar mixtos: los géneros del chismorreo vinculados a las nuevas tecnologías: Facebook, Whatsapps, Instagram, el correo electrónico o, incluso, Twitter. También el chiste, la fábula y la anécdota son mixtos. Son géneros orales y también escritos. El hecho de que puedan acomodarse a la escritura y que lo hayan hecho hasta el punto de ser considerados géneros de la cultura es un indicio de su trascendencia. Pero esa trascendencia no debe ocultar la que tienen esos otros géneros que no han salido de la oralidad. Esta jerarquía refleja la evolución de esta línea discursiva, desde los niveles más primitivos de la horda a los niveles complejos de la sociedad histórica. Pero conviene no olvidar que en la sociedad moderna siguen funcionando las hordas.

Los géneros del chismorreo y del cotilleo abarcan una amplia gama de géneros del discurso. Desde las quejas a las burlas y las bromas, pasando por el noticiario más o menos mal intencionado, pero siempre teñido de alguna intencionalidad. Como es natural, estos géneros del cotilleo han cambiado con los tiempos. Es de suponer que en su fase inicial –el Paleolítico– fue un género alegre –aunque también cruel, ambivalente–, limitado a la cohesión de la horda, que se consigue mediante recursos y juegos que producen placer, con el sexo en lugar preferente. En sociedades complejas, como son las sociedades históricas, este género convive con otros elementos: las noticias, las informaciones factuales –del tipo «me voy» o «tengo que recoger a mi hijo»–, los enunciados protocolarios –«buenos días» o «perdón»–, la expresión de emociones y sensaciones, etc. Pero nada de lo añadido en las etapas civilizatorias puede desplazar al papel central que cumple el cotilleo, por mucho que hoy el entramado de este género resulte especialmente complejo. Las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación han producido fenómenos que prueban el enorme arraigo cultural del cotilleo. Esta variedad les confiere un carácter mixto, seriocómico. Lo mismo pueden servir para lamentarse que para alegrarse y, por supuesto, para zaherir. También permiten establecer jerarquías y alianzas dentro de la horda o del grupo. Socializan a los individuos. Sin estos tenues vínculos los individuos estarían condenados a la soledad. Aristóteles vio este fenómeno cuando, en el libro primero de la Política, dice eso tantas veces citado de que el ser humano es un animal social. Pero añade otra cosa más importante y es que un individuo aislado solo puede ser un animal o un dios. El individuo aislado no es posible en el género humano. El ser humano no puede prescindir de la horda.

Cabe preguntarse qué tienen en común los géneros orales del chismorreo y del cotilleo con los géneros artísticos, sean orales o escritos. Lo primero que tienen en común es su escenario. Todos estos géneros tienen su lugar natural en el tiempo festivo o alegre, esto es, en el tiempo improductivo. Es el tiempo que llamamos de ocio. Esos momentos de ocio se llenan de un discurso para la distracción, por tanto, de perfil cómico o, cuando menos, joco-serio. En el caso de los géneros artísticos sucede otro tanto. En el universo de la oralidad estos géneros aparecen en el tiempo de recreo, que en las hordas primitivas suele ser al caer la tarde, en torno a una hoguera. Así ha sido hasta hace bien poco entre los gitanos españoles. Una hoguera, gobernada por un patriarca, era el centro de reunión de pequeños y mayores. Y allí se contaban obras de géneros literarios tradicionales. Esta práctica ha continuado en culturas avanzadas. Los libros de la Biblia se leían en determinadas festividades. El Cantar de los Cantares se leía o rapsodiaba en la Pascua, Rut en Pentecostés, Eclesiastés en la de los Tabernáculos, Esther en Purim, y en el aniversario de la destrucción de Jerusalén, Lamentaciones. La fiesta conjuga las dos dimensiones de la risa: la crueldad y la alegría (Smadja, 6)4.

2. CRUELDAD Y ALEGRÍA

Veamos ahora la otra cara de estos géneros: la cara de la crueldad. Estos géneros contienen, junto a su dimensión lúdica, una dimensión cruel, que solemos llamar crítica, burlesca, satírica o, incluso, grotesca. No debe extrañarnos esta vinculación entre alegría y crueldad. Estos géneros están en el germen de nuestra humanidad, como venimos diciendo, y proceden del lenguaje no verbal de las otras humanidades y de los primates. Los tiempos primitivos fueron –y todavía lo son los actuales– tiempos de crueldad y de juego. Ambos son los instrumentos esenciales para la supervivencia de la horda. En un mundo hostil solo la risa (o el juego en tanto que manifestación alegre) puede ofrecer esperanzas en el mañana. Y la crueldad es la acción más genuina de la naturaleza. Los animales son crueles con otras especies y, también, con su misma especie. Así es también el género humano, pero puede compensar esta faceta con la risa.

También se pueden señalar diferencias entre los géneros orales del chismorreo y los géneros culturales de la esfera de la risa. Tal vez la mayor sea que los géneros orales del chismorreo admiten la noticia. Se sitúan en el horizonte de la actualidad. Sin embargo, los géneros literarios son refractarios a la noticia, aunque se apoyen en un caso. Prefieren un tiempo impreciso. En la Modernidad estos géneros se abren a la actualidad con todas sus consecuencias. Recientemente Arellano (2016) ha estudiado los cotilleos sobre la reina Cristina de Suecia en los Avisos de Jerónimo Barrionuevo, una colección de cartas escritas entre 1654 y 1658 y dirigidas a un clérigo de Zaragoza amigo suyo. En sus cartas Barrionuevo mezcla noticias cortesanas, chismes y algún poema o loa en verso a la reina sueca. El carácter joco-serio se contagia incluso a la loa poética, como ha notado Arellano:

Es característica de los Avisos relativos a Cristina, la marcada inclinación al comentario cuando menos poco respetuoso y burlón sobre la agitación de esta mujer a la que Barrionuevo considera sin duda de cascos ligeros («un azogue»). El distanciamiento jocoso se evidencia, por ejemplo, en varias categorías de alusiones chistosas, por ejemplo, a posibles deseos de tener un hijo de Felipe IV:

La reina de Suecia ha escrito al rey una elegantísima carta [...] Pídele le señale en Italia algún lugar ameno y de recreación, donde dicen quiere retirarse [...] Solo le falta que se le antoje le haga algún hijo el rey, que en esto de bastardos tiene muy buena mano, y en los legítimos una dicha muy corta.

Mucho se parece el modo de esta reina a la de Saba [...] Mire no se le antoje lo que a la otra, que el rey es para todo y la cumplirá (Arellano, p. 69).

El carácter joco-serio es la seña de identidad estética de los géneros del cotilleo. Pero ese carácter no ha permanecido estable en el transcurso de los milenios. En el mundo de las tradiciones (la prehistoria) el carácter dominante parece ser cómico aun sin prescindir de la crueldad. Queda un margen para los sucesos, los episodios de crueldad. Por el contrario, también puede observarse una clara línea de pervivencia y continuidad en los géneros del cotilleo, lo que vamos a llamar, siguiendo a Ortiz-Osés, coimplicación, esto es, la expresión de la cohesión colaborativa grupal.

La coimplicación exige una respuesta activa por parte de los interlocutores: esto es, la comprensión plena de la intencionalidad del enunciador y la apertura a asumir sus implicaciones valorativas y didácticas, a las que no se opone resistencia alguna y que suele llevar aparejada la complacencia en la risa. Esa coimplicación chismológica tiene un carácter muy especial. En el caso de géneros como las órdenes también suele haber una respuesta activa y una comprensión plena del receptor que responde ejecutando la orden. Pero en estos géneros imperativos los enunciados suelen ser muy rígidos y no dejan ningún resquicio a la expresividad personal. En los géneros orales como el cotilleo ocurre lo contrario. Sus enunciados son muy expresivos y flexibles y se orientan a una creatividad que capte el interlocutor.

3. COTILLEO Y CIVILIZACIÓN

En la sociedad abierta el cotilleo adquiere una nueva dimensión. No solo mantiene su vieja función asociativa, sino que se convierte en un instrumento muy eficaz y peligroso al aparecer el problema de la imagen pública. Las sociedades cortesanas y la cultura de masas actual han hecho del cotilleo un gran negocio. No solo la parte espectacular del cotilleo (los programas y la prensa rosa) o las nuevas tecnologías sino el mundo de la política y de los negocios son totalmente dependientes del cotilleo. En los últimos años se ha extendido la práctica política de pagar a ciertas empresas para mejorar la imagen pública de los agentes políticos y, si es posible, impedir la circulación de rumores o noticias inconvenientes. Igualmente han surgido nuevos medios para poner en circulación noticias falsas que persiguen objetivos políticos manipuladores. Naturalmente no todas las expresiones del cotilleo actual tienen ese carácter espectacular.

Cabe plantear que el cotilleo-chismorreo responde a dos grandes leyes sociales. La primera es que el carácter esencial de estos géneros está en relación inversa con el grado de socialización y de complejidad cultural. La segunda ley parece contradecir a la primera: en el mundo moderno los géneros del cotilleo y del chismorreo adquieren un nuevo impulso, ofreciendo facetas hasta ahora desconocidas. Trataré de explicar esta paradoja.

Vayamos primero con la ley de la relación inversa con el proceso civilizatorio. La explicación es sencilla. En la medida en que las hordas preagrícolas carecían de estructura social y convenciones –lo que podemos llamar vida cultural– el papel de los géneros del cotilleo y del chismorreo es casi único en su horizonte de expectativas comunicativas. Solo en la medida en que las colectividades humanas se orientan a la producción –las comunidades de cazadores-recolectores son únicamente consumidoras– la división de tareas se hace más compleja y aparecen nuevos espacios comunicativos que van ganando terreno a los géneros del cotilleo y del chismorreo. Todavía hoy podemos apreciar el alcance de esta ley en las sociedades rurales. Cuanto más pequeño es el núcleo rural más fuerte es el torrente de chismorreo y cotilleo. Todos saben todo. Los cauces de la oralidad funcionan a pleno rendimiento. En cambio, en los espacios urbanos el cotilleo reduce sensiblemente su actividad y se limita a los ámbitos relevantes para la vida cotidiana (el laboral y el familiar). Para alcanzar ámbitos superiores es necesario recurrir a las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información.

La segunda ley, la del nuevo impulso de los géneros del cotilleo y el chismorreo que les lleva al primer plano del espacio público –televisivo, periodístico, mediático– parece contradecir lo anterior, pues lleva el cotilleo a un nivel superior y de gran trascendencia social: el mundo de los grandes negocios, de la alta política y de los espectáculos masivos es enormemente dependiente de estos géneros. La razón de la explosión espectacular de estos géneros es la siguiente: estamos ante el mundo de la aldea global. Como ya apuntó McLuhan a propósito de su teoría de la comunicación, la era moderna se caracteriza por la fusión de oralidad y escritura, que da lugar a las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información. Si la era anterior, premoderna, fue la era de la galaxia Gutenberg, la era moderna es la de la aldea global. La hegemonía del libro como instrumento comunicativo decae frente al ascenso de tecnologías que funden oralidad y escritura, de las que el telégrafo fue la primera, ya en el siglo XIX. Esta idea tiene una dimensión puramente tecnológica. Pero es fácil deducir que los nuevos canales comunicativos abren las puertas a nuevos géneros del discurso o, mejor dicho, a viejos géneros que habían quedado desplazados por la cultura del libro y de la escritura. Entre los nuevos géneros emergentes están, en primer lugar, como puede apreciarse, los géneros del cotilleo o del chismorreo. Ya he apuntado su importancia en el mundo de los negocios o de la política. En la mayoría de los estados avanzados se han promulgado leyes contra el uso de información privilegiada en los negocios. Y cualquiera sabe que para ganar dinero fácil con la especulación lo primero es tener acceso a fuentes de información muy especializadas. El cotilleo se ha convertido en un gran negocio.

Entre las culturas primitivas y la era de la cultura de masas que es la Modernidad se abre un tipo de sociedad peculiar: la sociedad cortesana. En el mundo de las sociedades cortesanas también el cotilleo juega un papel estelar. En estas sociedades el cotilleo despliega su faceta más perversa. Se convierte en un arma de destrucción de la imagen pública. Como testimonian numerosas obras literarias que expresan las leyes de la sociedad cortesana –La princesa de Clèves, Las amistades peligrosas…– en este tipo de sociedades la dependencia de una imagen pública intachable es vital. Cualquier error, cualquier indiscreción puede suponer la caída en desgracia de la persona afectada. Ese carácter perverso del cotilleo cortesano se debe a que la sociedad cortesana es una sociedad cerrada para el resto de la sociedad (las clases populares). El carácter cerrado de la comunidad convierte a la sociedad cortesana en algo parecido a lo que es cualquier comunidad rural: un mundo fuertemente cohesionado, pero al mismo tiempo sometido a las leyes de servidumbre del cotilleo.

4. EL CASO

Un tipo especial de cotilleo es el caso, que pasa a ser un género cultural en las sociedades urbanas. El caso es un género de la información. Hoy podemos ver en la información audiovisual y en la prensa la presencia de casos: niños desaparecidos, desaparición de adultos –especialmente mujeres jóvenes–, persecución de terroristas, disputas entre parejas de famosos… Son motivos que dan lugar a casos. Estos casos requieren una atención diaria de los medios, aunque no presenten novedades. Algunos casos mantienen la atención de los medios durante meses. El caso es un género complejo. Requiere varios momentos esenciales: una pregunta, un juicio, una decisión… Pero también ha sufrido una evolución. En la tradición el caso es un género autónomo de la información. Es un género didáctico. En la edad heroica el caso pasó a formar parte del epos –la esfera de la memoria–. En las sociedades históricas el caso suele aparecer como relato dramático o cómico en el dominio del entretenimiento. Una dimensión educativa aparece en la jurisprudencia y en la medicina, la casuística. En la Modernidad el caso es un género de actualidad. Casos sin resolución mueren cuando pasan unos meses sin resultados apreciables. Sin embargo, ha emergido en tiempos recientes una nueva casuística. Freud es autor de varios casos que han alcanzado gran relevancia, incluso en la literatura –Dora, el hombre de los lobos y el del hombre rata, nombres abreviados de «Fragmento de un análisis de un caso de histeria», «De la historia de una neurosis infantil» y «Notas sobre un caso de neurosis obsesiva»–. Foucault hizo célebres los casos de Herculine Barbin y Jacques Rivière.

5. COTILLEO EN LA ALDEA GLOBAL

La Modernidad ha transformado el universo del cotilleo. Durante milenios el cotilleo no conoció otro escenario que la intimidad. En el Paleolítico fue la intimidad en la horda. A partir del Neolítico –la etapa agraria– ha sido la intimidad familiar. Esta afirmación sobre la intimidad debe ser matizada. En el Paleolítico y en el Neolítico no existe la intimidad porque no existe la imagen pública. Solo con la Historia aparece la esfera de lo público y es entonces cuando se puede hablar con propiedad de intimidad en la esfera de lo privado, opuesta a la esfera pública. La intimidad, así mismo, ofrece en el periodo histórico al menos dos dimensiones: el cotilleo y el ensimismamiento. La primera es primaria en cuanto que tiene una larga tradición y responde a estímulos comunicativos muy elementales. La segunda, el ensimismamiento, es secundaria en cuanto requiere unas condiciones culturales superiores. Está en el origen de la alta cultura y de las disciplinas, desde la filosofía a la ciencia. La casuística del ensimismamiento intelectual es infinita. Es bien conocida la anécdota de la risa de la esclava tracia que cuenta Platón en el Teéteto §174a:

[Thales] cuando estudiaba los astros, se cayó en un pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo y se olvidaba de las que tenía delante y a sus pies. La misma burla podría hacerse de todos los que se dedican a la filosofía.

Y prosigue explicando que al sabio le pasan desapercibidas las cosas de sus vecinos –el cotilleo–, sin embargo, conoce las cosas que son trascendentes.

El cotilleo es la antítesis del ensimismamiento. En la sociedad cortesana el cotilleo trasciende los límites de la familia para convertirse en un arma arrojadiza en la esfera cortesana. Precisa el cotilleo un escenario de ocio en el que se dan las luchas de poder. Ya vimos el caso de Barrionuevo a propósito de la reina Cristina de Suecia. La novedad moderna consiste en que el escenario ya no es el de la corte, sino que tiene un alcance global. No precisa –aunque puede abarcarlo– el poder. La fuerza del cotilleo moderno reside en su carácter espectacular. Por supuesto, persiste el cotilleo familiar y doméstico. Pero ahora se da una nueva dimensión: el espectáculo. Eso es lo que hace posible la literatura rosa y la telerrealidad.

Pero contemplar solo la dimensión espectacular y global del cotilleo moderno es ver solo una de las caras. La cara oculta del cotilleo moderno es la de su rechazo. No solo es mal visto socialmente, sino que nuevas iniciativas intentan neutralizarlo en nombre de la lucha contra el silencio y el aislamiento. Iniciativas como la página de Facebook End Small Talk o Irrational Labs pretender ennoblecer la comunicación oral trascendiendo las conversaciones o, incluso, prohibiendo las conversaciones intrascendentes. No son propiamente iniciativas contrarias al cotilleo, pero cabe concluir que la lucha contra el cotilleo entra entre sus objetivos. También forma parte de esta reacción la aparición de bibliotecas humanas o cafés filosóficos, personas o grupos que se ofrecen para dialogar. Son iniciativas idealistas. Pero desconocen el factor de cohesión que supone el cotilleo. Aunque es cierto que el cotilleo puede tener y, de hecho, tiene una dimensión perversa, no es menos cierto que todavía conserva un potencial de cohesión nada despreciable y que no puede ser eliminado, aunque sus efectos perversos deban ser cuestionados y combatidos.

Otra manifestación vinculada al cotilleo son las llamadas fake news, ahora tan actuales. Estas «noticias» resultan de aplicar la dimensión perversa del cotilleo a la información. Y los instrumentos de información y comunicación en red les han dado una nueva dimensión, a la que no podían aspirar los medios de propaganda del pasado todavía cercano. Facebook y otras redes sociales se ven obligadas a tomar medidas con las fake news que vehiculizan.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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DUNBAR, Robin (1996): Grooming, Gossip, and the Evolution of Language, Cambridge: Harvard UP.

MIGLIANO, A. B., A. E. PAGE, J. GÓMEZ-GARDEÑES, G. D. SALALI, S. VIGUIER, M. DYBLE, J. THOMPSON, NIKHILL CHAUDHARY, D. SMITH, J. STRODS, R. MACE, M. G. THOMAS, V. LATORA y L. VINICIUS (2017): «Characterization of hunter-gatherer networks and implications for cumulative culture», Nature Human Behavior, vol. 1, art. 043, pp. 1-6, [en línea]: www.nature.com/nathumbehav. [Consulta: 1/9/2017].

PLATÓN (1988): «Teéteto», Diálogos V, trad. de A. Vallejo Campos, Madrid: Gredos.

SMADJA, Éric (20114): Le rire, París: PUF.

SPIER, Fred (2011): El lugar del hombre en el Cosmos. La gran historia y el futuro de la Humanidad, Barcelona: Crítica.

1 Traduzco como cotilleo el término inglés gossip que se usa en sentido amplio para designar las conversaciones de la vida cotidiana de apariencia irrelevantes pero que, visto en términos de la gran evolución humana, es un instrumento esencial para el crecimiento y la supervivencia de la humanidad.

2 En cambio, apenas tenemos documentación sobre el chismorreo, quizás por considerarse una actividad natural e intrascendente en términos culturales.

3 Que lo alegre y lo cruel forman parte de la risa es una idea que parece tener su origen en el concepto de caricatura que desarrolló Christoph Martin Wieland en su Conversaciones con el párroco de XXX (1775). En ese concepto ve Wieland tres posibilidades: la realista, la deformidad satírica y la fantasía grotesca. La deformidad satírica conserva todavía sus raíces en lo real. Sin embargo, la fantasía grotesca se abandona a la imaginación y ofrece imágenes monstruosas, buscando obtener la risa o la repulsión. Kayser reformula esta idea en la versión del doble grotesco: el grotesco realista y el grotesco romántico. De él la toma Bajtín. Por otro lado, la teoría de la filogénesis de la risa apunta en la risa un origen agresivo que se transforma en un juego (Smadja, pp. 52-54).

4 Un ejemplo evidente de la doble dimensión de la risa es la fiesta de los toros en el mundo hispánico. La fiesta nacional despliega su doble faceta: diversión y crueldad.

DIMENSIONES GENERACIONALES E IDIOLECTALES DEL CAMBIO LINGÜÍSTICO: UNA APROXIMACIÓN SOCIOLINGÜÍSTICA*

José Luis BLAS ARROYO

Universitat Jaume I

1. INTRODUCCIÓN

Hasta tiempos recientes, apenas contábamos en la lingüística con estudios longitudinales que analizaran la evolución de ciertas variables lingüística en diferentes cortes históricos de una misma comunidad de habla. En este sentido, el reexamen de la pequeña población suiza de Charmey por Hermann (1929), estudiada ya a principios del siglo XX por Gauchat (1905), o los trabajos de Brink y Lund (1979) sobre el habla de Copenhage –examinados con anterioridad a mediados de siglo–, constituyen una rara excepción hasta el surgimiento de la sociolingüística en la segunda mitad del siglo XX. A partir de ese momento, han proliferado los estudios variacionistas de poblaciones que habían sido ya objeto de estudio quince o veinte años atrás, al tiempo que la sociolingüística histórica se ha servido de estos mismos principios para el análisis de fenómenos de variación y cambio detectados en textos de inmediatez comunicativa en épocas más remotas. Como veremos, estos estudios han supuesto avances destacados en la comprensión del cambio lingüístico.

La distinción entre diferentes tipologías del cambio lingüístico representa una de las cuestiones más debatidas e interesantes en la sociolingüística actual. Los diferentes modelos de cambio lingüístico, en los que se imbrican lo social y lo individual, fueron teorizados inicialmente por Labov (1994), y más recientemente por Sankoff y asociados (Sankoff, 2006; Sankoff y Blondeau, 2007). En lo que sigue, resumimos los principales caracteres de cada uno de ellos.

2. ESTABILIDAD

Junto a esferas de la gramática que no están sometidas a variación, y cuyas reglas pueden considerarse categóricas, existen otras en las que esa variación existe, pero resulta estable en el tiempo. O lo que viene a ser lo mismo: no muestran señales visibles de cambio alguno. Ello demuestra uno de los principios laboveanos, según el cual la variación es una propiedad inherente de la lengua, que preludia el cambio, pero no necesariamente lo contrario. Este es, por ejemplo, el caso de algunos fenómenos variables altamente correlacionados con factores estilísticos y sociales, y que han permanecido así durante largos periodos de tiempo, como sucede con la variable (-ing) del inglés (Labov, 2001) o las diferentes variantes de (-s) en coda silábica estudiadas recurrentemente en el mundo hispánico (Donni de Mirande, 1989; Cepeda, 1995).

Estas variables dan lugar a un patrón de estratificación sociolingüística plano cuando se relacionan con la edad, de manera que los representantes de diversos grupos etarios se comportan de una manera similar en sus realizaciones. Por otro lado, no faltan los casos en los que una variante novedosa, que ha mostrado signos de variación generacional (durante un tiempo, estas variantes aparecen más frecuentemente en el habla de las generaciones jóvenes que en las más adultas), tiende a estabilizarse en un momento posterior. Como hemos visto en otro lugar (Blas Arroyo y Vellón, 2018), un desenlace de este tipo es el que afecta a la construcción artículo + que en subordinadas oblicuas de relativo (en la casa en (la) que vivo) en la primera mitad del siglo XX: a diferencia de las centurias anteriores, en las que se aprecia una correlación sistemática entre la edad y la realización de la variable, en las primeras décadas del XX las diferencias se neutralizan completamente, lo que justificaría –entre otras razones– la estabilización de la variable en ese periodo.

3. LOS CAMBIOS GENERACIONALES Y LA HIPÓTESIS DEL TIEMPO APARENTE

Los cambios de este tipo representan uno de los principales hitos de la sociolingüística, y están detrás de la denominada teoría del tiempo aparente, según la cual es posible inferir la existencia de un cambio lingüístico en la comunidad mediante la comparación entre el comportamiento lingüístico de diferentes grupos etarios. Y, más concretamente, cuando esa comparación ofrece una distribución lineal ascendente o descendente (Labov, 2001: 171). En los cambios generacionales, los individuos adquieren la frecuencia de uso de una determinada variante de sus ascendientes más cercanos (padres, abuelos, etc.). Sin embargo, esta puede incrementarse en la adolescencia (adolescent peak) (Baxter y Croft, 2016), lo que suele ser, precisamente, un signo de la existencia de ese cambio en marcha. Con todo, al final de este periodo crítico, el sistema lingüístico del individuo tiende a estabilizarse hasta el punto de mantenerse prácticamente inalterado durante el resto de la vida (Lenneberg, 1967). De este modo, el incremento regular en la frecuencia de uso de las formas innovadoras por parte de las sucesivas generaciones da lugar al cambio en el seno de la comunidad (Labov, 1994: 84).

En suma, el cambio generacional implica la existencia de cambios (en marcha) en la sociedad, pero básicamente la estabilidad en la actuación de los individuos, una vez que estos han entrado en la primera edad adulta. Por otro lado, estos cambios suelen tener un periodo inicial en el que la mutación de las formas antiguas por las nuevas se realiza de manera lenta, para acelerarse bruscamente en su fase intermedia y volver a un estadio de mayor lentitud hacia el final de proceso, cuando las variantes novedosas prácticamente se han impuesto ya, quedando relegadas las más antiguas a contextos lingüísticos y extralingüísticos restringidos. En este punto, en el que la característica curva en S alcanza su punto más elevado, se considera que el cambio se ha completado (Weinreich, Labov y Herzog, 1968; Labov, 1994).

Diversos trabajos en tiempo real han confirmado la hipótesis del tiempo aparente basada en estudios sincrónicos previos. A esta nómina corresponden, por ejemplo, el estudio de Fowler (1986), que reproduce el realizado previamente por Labov en varios grandes almacenes neoyorquinos; la investigación de Trudgill (1988) sobre la labialización de /r/- en Norwich; o, en el caso del español, el proceso de lenición de /ch/ en Panamá (Cedergren, 1987). Lo mismo sucede en la sociolingüística histórica con los trabajos de Kroch y sus colaboradores (Kroch, 1989; Pintzuk, 1995; Kroch y Taylor, 1997), a partir del modelo de las gramáticas en competencia (competing grammars) y la hipótesis del ritmo constante (constant rate). O el estudio de Raumoling-Brunberg (1996) sobre algunos cambios morfológicos en individuos de generaciones distintas de dos familias inglesas de los siglos XVI y XVII. En el caso del español, un cambio de este tipo es el que experimenta la perífrasis tener que + infinitivo, que a partir del XIX comienza a arrebatar ámbitos de uso a la otrora estrella del firmamento modal, haber de (Blas Arroyo, Porcar y Vellón, 2013). Durante esta centuria, el cambio transcurrirá de una manera lenta y moderada, pero, a finales de siglo, y sobre todo con la entrada del XX, este se acelerará bruscamente hasta la práctica compleción del cambio que vemos en la actualidad (Blas Arroyo, 2018).

4. AGE GRADING

Cuando la comparación entre diversos grupos de edad exhibe patrones de distribución lineal, la hipótesis del tiempo aparente puede hacernos pensar en la existencia de un cambio lingüístico en marcha de carácter generacional. Sin embargo, no es esta la única posibilidad. De hecho, el mismo modelo de distribución puede estar relacionado con un fenómeno bien distinto, que no implica el cambio en la lengua, la cual permanece estable, sino tan solo en el habla del individuo. Es el conocido como age grading (Labov, 1994: 84). Este tiene lugar cuando la gente utiliza la lengua de manera diferente en diferentes momentos de su vida. Además, estos cambios pueden reproducirse con el mismo perfil en generaciones sucesivas.

A diferencia del cambio generacional, el modelo de variación característico del age grading es curvilíneo, con picos máximos (o mínimos) en los grupos de edad intermedios (adultos entre 30 y 55 años), que en este sentido se comportan de un modo diferente a como lo hacen los grupos extremos (jóvenes y mayores), menos sometidos (en especial, los primeros) a las presiones sociales del mercado lingüístico y el estándar (Labov, 1994: 73; Tagliamonte, 2012: 46-48). Por lo general, este fenómeno de variación asociado a la edad se produce principalmente con variables sobre las que existe una elevada conciencia lingüística (Labov, 1994: 111-112), y entre las que cabe incluir algunas que irrumpen con fuerza en la comunidad de habla, pero tienen un ciclo de vida corto (Wolfram y Fasold, 1974: 90), como sucede con las innovaciones léxicas o pragmático-discursivas impulsadas por los jóvenes. Estos usan a menudo más términos jergales y estigmatizados que sus padres, pero, cuando esos jóvenes se convierten en adultos, comienzan a poner freno a su empleo (Chambers, 2009: 95). Sin embargo, no es infrecuente que las siguientes generaciones de jóvenes retomen los promedios de usos de quienes les precedieron, lo que asegura un ciclo de subidas y bajadas que puede perpetuarse en el tiempo.

El objetivo de dilucidar entre los procesos de variación que implican cambio y aquellos que están regidos por el age grading ha ocupado un lugar destacado en la bibliografía sociolingüística. Y en este sentido, como recuerda Sankoff (2006: 1003), solo los estudios longitudinales en tiempo real pueden ayudarnos a dilucidar entre ambos desenlaces. Por otro lado, no menos interesantes que los fenómenos que afectan a niños y adolescentes son aquellos en los que se ven implicadas las generaciones adultas –especialmente, las más jóvenes entre estas– en respuesta a las presiones del mercado lingüístico (Sankoff y Laberge, 1978). Por ejemplo, Wagner y Sankoff (2011) han dado cuenta de un fenómeno de este tipo en la extensión del futuro morfológico a costa del perifrástico en el francés quebequense. En este proceso se observa un fenómeno de age grading: conforme los hablantes se hacen mayores, las dos terceras partes de la muestra incrementan el uso de la variante tradicional, y más prestigiosa. Ello no parece impedir la evolución del cambio que opera en la sociedad (a favor del futuro perifrástico) pero puede estar ralentizándolo.

Algunas variaciones significativas en el comportamiento lingüístico de San Juan de Ávila, asceta e insigne escritor del siglo XVI, a propósito de un marcador sociolingüístico como la elisión del nexo en subordinadas completivas (creo no vendrá), podrían encajar en este esquema sociolingüístico, como hemos advertido en otro lugar (Blas Arroyo, 2017). En efecto, el escritor abulense muestra un patrón curvilíneo muy marcado en las realizaciones de esta variante vernácula, con ascensos importantes en las etapas inicial y final de sus escritos, y un descenso no menos significativo en la intermedia, coincidente con el punto culminante de su carrera.

5. CAMBIOS COMUNITARIOS Y CAMBIOS A LO LARGO DE LA VIDA DE LOS INDIVIDUOS

A pesar de la comprobada utilidad del cambio aparente en la explicación de numerosos cambios lingüísticos, en los últimos años la investigación sociolingüística basada en el tiempo real y el uso de investigaciones longitudinales ha comprobado que esta metodología puede calcular correctamente la dirección de los cambios, pero, al mismo tiempo, puede subestimar la velocidad e intensidad de estos. Por otro lado, durante décadas la bibliografía sociolingüística se ha concentrado en la investigación sobre la variación y el cambio lingüístico tomando como base la actuación de diferentes grupos sociales en función de parámetros como la edad, el sexo o género, la condición social, entre otros. El interés por el modo en que estos fenómenos se desarrollan desde una perspectiva idiolectal, esto es, en el seno del habla de los individuos, tan solo ha comenzado a despertarse en los últimos tiempos. Sea como sea, lo cierto es que una cantidad cada vez mayor de investigaciones ha demostrado que, ciertamente, algunas personas realizan cambios en la realización de algunas variables lingüísticas a lo largo de su vida (Boberg, 2004; Sankoff y Blondeau, 2007).

Según Labov (1994: 84), los cambios comunitarios (comunal changes) tienen lugar cuando la mayoría de los miembros de la sociedad alteran sus frecuencias de uso de manera conjunta y simultánea, un desenlace que es más característico, por ejemplo, del cambio léxico (Boberg, 2004) o de ciertas partículas discursivas como las estudiadas por Thibault y Daveluy (1989) en Montreal. Junto a este escenario, encontramos también otros en los que, sin necesidad de cambios que involucren a toda la sociedad, hallamos «individual speakers change over their lifespans in the direction of a change in progress in the rest of the community» (Sankoff, 2005: 1011). Este subtipo específico de cambios, que afectan al habla de individuos concretos, se conoce con el nombre de cambio longitudinal (longitudinal change) (Sankoff, 2005: 1011), o cambio a lo largo de la vida (lifespan change) (Sankoff y Blondeau, 2007: 562). La diferencia entre estos y los cambios comunitarios es, pues, más bien de enfoque: mientras que en los cambios comunitarios se pone el acento en la comunidad, en el segundo la atención se fija en el hablante. Eso sí, tanto en uno como en otro el cambio implica la existencia de inestabilidad en la variación idiolectal, a diferencia de lo que veíamos a propósito del cambio generacional, donde esta solo afecta a la sociedad, pero no al individuo.

Ahora bien, si ya Weinreich, Labov y Herzog (1968: 188) destacaban que la gramática de la comunidad de habla es más regular que la gramática de los hablantes concretos, para Baxter y Croft (2016) lo mismo puede decirse a propósito del cambio: «the overall trajectory of change of a linguistic variant in a speech community appears to be more regular than the trajectories of change for individual speakers in the community» (Baxter y Croft, 2016: 129). Por otro lado, estos autores señalan que hay dos tipos principales en lo que al cambio idiolectal se refiere. Por un lado, se encuentran aquellos individuos que cambian gradualmente, siguiendo para ello las tendencias medias de la comunidad. Y, por otro, quienes muestran un comportamiento mucho más categórico, bien innovando drásticamente y por encima de esos promedios comunitarios, o bien no cambiando en absoluto.

Metodológicamente, una posibilidad de evaluar la posible existencia de este tipo de cambios es la realización de estudios longitudinales, en los que el investigador analiza el comportamiento lingüístico de los mismos individuos (panel studies) –o una muestra sociológicamente idéntica a la del pasado (trend studies)– en diferentes momentos de su vida (Sankoff, 2006: 1003). Aunque hasta la fecha, la sociolingüística sincrónica no se ha prodigado excesivamente en este tipo de trabajos, existen algunos a gran escala en países como Finlandia (Sundgren, 2009) o Dinamarca (Gregersen et al., 2009). En estos se ha comprobado, efectivamente, la existencia de individuos concretos que modifican la frecuencia de uso de ciertas variantes novedosas más allá del umbral de la adolescencia. Y lo mismo ocurre con otros estudios que cuentan con muestras más pequeñas, pero cuyos resultados no son menos significativos. A modo de ejemplo, valga el caso investigado por Sankoff y Blondeau (2007) sobre la difusión en el francés de Montreal de la variante [R] posterior –de clara raigambre francesa–, un rápido cambio desde arriba en el que participan en diferente medida distintos grupos sociales, pero también algunos individuos concretos. Aunque el comportamiento de la mayoría muestra una estabilización tras superar el periodo crítico de adquisición del vernáculo, una minoría (aun así, nada desdeñable) ha modificado la frecuencia de uso de esta variante en la dirección de este cambio en marcha en el plazo de quince años. Y, aunque este cambio idiolectal sea solo un pálido reflejo de un cambio más profundo, que afecta al conjunto de la sociedad, hay que reconocer que estos «difusores de última hornada» (late adopters) desempeñan un papel instrumental en su aceleración dentro de la comunidad (véase también Boberg, 2004).

En la sociolingüística histórica se han llevado también a cabo algunos estudios de este tipo, basados en la lengua de ciertos individuos, especialmente escritores, políticos y otros representantes de las capas altas de la sociedad. Por ejemplo, Stein (1987) analiza el rápido cambio en los afijos verbales de tercera persona (del tradicional -th al más moderno -s) en las obras de Shakespeare en torno al año 1600. En relación con este mismo cambio, pero esta vez a partir de un corpus de correspondencia privada de diez individuos entre 1570 y 1670, Raumoling-Brunberg (2005) concluye que en él se adivinan patrones de cambio generacional y longitudinal (lifespan) al mismo tiempo. Por un lado, hay un claro cambio generacional, de tal manera que este se acelera en las cohortes de edad más jóvenes conforme avanza la centuria. Sin embargo, dentro de estas generaciones se advierte también cómo afectan a los individuos de diferente manera, de tal modo que hay hablantes que progresan en el empleo de las variantes novedosas conforme se van haciendo mayores, mientras que otros no participan en absoluto de estos cambios (más detalles en Nevalainen y Raumoling-Brunberg, 2003: 86-92).

Por nuestra parte, hemos analizado recientemente el perfil idiolectal de una veintena de escritores de los Siglos de Oro a través de su correspondencia epistolar durante extensos periodos de su vida (Blas Arroyo, 2017). Las conclusiones de este estudio revelan que los patrones variacionistas son más complejos de lo que una hipótesis estricta sobre el cambio generacional podría hacernos pensar. De ahí que, junto a individuos que siguen las tendencias imperantes en la época que les tocó vivir, no escasean quienes se sitúan claramente por detrás en la realización de variantes vernáculas que nunca debieron de ver con buenos ojos, como representantes de las élites sociales culturales que eran. Pese a ello, y aunque en menor proporción, no faltaron tampoco quienes destacaron por situarse nítidamente por encima de la media en la difusión de estas mismas variantes vernáculas.

6. TIPOLOGÍA DE LOS CAMBIOS Y NIVELES DEL ANÁLISIS

En otro orden de cosas, se ha discutido también qué niveles de la gramática son más susceptibles de experimentar unos u otros tipos de cambios. Así, para Labov (1994: 83-84) y Sankoff (2005), los cambios fónicos y morfológicos, que afectan a esferas internas de esa gramática, suelen ser cambios de carácter generacional. Por el contrario, los que atañen a la sintaxis y al discurso pero, sobre todo, al léxico, son más de tipo comunitario o longitudinal (lifespan) (Boberg, 2004). Sin embargo, Kerswill (1996: 200) ha dibujado una tabla con las edades a las que se adquieren y estabilizan los respectivos fenómenos de variación en el plano individual, y concluye que los cambios a lo largo de la vida van más allá de la incorporación de vocablos nuevos y pueden afectar incluso a la morfología y la fonología. Por otro lado, este autor recuerda también que estos cambios longitudinales son a menudo la consecuencia de préstamos llegados desde otras comunidades de habla. Y, a diferencia de aquellos que se originan en el seno de la misma gramática interna, en los que es habitual observar un incremento regular en el paso de una generación a otra, los cambios externos son más proclives a experimentar avances más abruptos.

En este último desenlace, Blondeau (2001) establece una escala implicacional para la edad adulta: 1) los locutores más conservadores en fonología pueden adoptar, sin embargo, un cambio morfosintáctico; 2) los usuarios de nuevas normas fonológicas mostrarán una tendencia a adoptar cambios morfosintácticos recientes, 3) un comportamiento variable en la dirección de un cambio en fonología se acompañará generalmente de un comportamiento favorable a un cambio en morfosintaxis. Su estudio sobre diversas variables fónicas y gramaticales del francés en Montreal demuestra lo esencial de estas hipótesis.

Por otro lado, se ha supuesto que los cambios en los que incurren las personas adultas funcionan de un modo diferente a como lo hacen los niños (Croft, 2000: 45-53). Estos últimos, señala Labov (2007: 346), funcionan por incremento y transmisión: «in which successive cohorts and generations of children advance the change beyond the level of their caretakers and role models, and in the same direction over many generations». Por el contrario, si los adultos modifican sus idiolectos, lo hacen básicamente por el contacto con miembros de otras comunidades, en un mecanismo mucho más atenuado, que el sociolingüista americano denomina «difusión» (diffusion). Ello explicaría también los resultados encontrados por Tagliamonte y D’Arcy (2007) a propósito del marcador para la introducción del estilo diferido be like, y que demuestran que el empleo de este no se detiene con la edad –como en los desenlaces del age grading–, pese a lo cual la gramática interna continúa básicamente inalterada en el paso de un corte generacional a otro. Con todo, no faltan estudios que ponen en evidencia cambios más profundos, en los que también la gramática interna, y no solo las frecuencias de uso, se ven afectadas en los cambios idiolectales. Así lo han visto, por ejemplo, Sankoff y Blondeau (2007) en la evolución favorable a la variante posterior [R] del francés de Montreal a la que nos referíamos anteriormente. En definitiva, puede que los sistemas fonológicos abstractos de los hablantes adultos sean diferentes a los de la niñez o la juventud, pero el cambio no se detiene en estas etapas tempranas.

7. CONSERVADORES, LÍDERES Y CONFORMISTAS: LA RESPUESTA DE LOS INDIVIDUOS ANTE EL CAMBIO LINGÜÍSTICO

Junto a los temas reseñados, hay otros interrogantes que han suscitado el interés de los investigadores a propósito de la participación de los individuos ante los cambios lingüísticos en marcha. Por ejemplo, ¿es posible delimitar a los líderes de un cambio o a quienes se sitúan en su retaguardia, poniendo freno a su extensión? ¿Coinciden estos papeles en todos los casos o varían de unos a otros, de modo que determinados individuos pueden situarse a la vanguardia de algunos cambios y a la zaga de otros? Los datos que aportan Nevalainen, Raumoling-Brunberg y Mannila (2011) parecen apuntar hacia una respuesta positiva a este último interrogante. Así, en su estudio sobre materiales del Corpus of Early English Correspondence durante un periodo de 270 años (finales del XV a finales del XVII), estas autoras llegan a la conclusión de que existen pocos individuos prototípicamente líderes o conservadores, pues la mayoría se ubica en lo que dan en llamar in-betweens, ya que siguen básicamente los modelos variacionistas imperantes en la comunidad de habla (en el mismo sentido, véase también Labov, 2001: 437, 463 y Eckert, 2000: 139-141). Por nuestra parte, los datos del estudio reseñado acerca del comportamiento lingüístico de una veintena de escritores de cartas pertenecientes a las élites sociales y culturales de los siglos XVI y XVII, muestran cómo la mayoría aparece en el bloque conservador, ya que su realización de las variantes vernáculas se sitúa casi siempre por debajo de la media en cada etapa histórica. Ahora bien, no faltan algunos líderes (pocos) de estas variantes, así como otros, de naturaleza más conformista y contemporizadora con las tendencias imperantes en la época (Blas Arroyo, 2017). Y, sin embargo, tampoco escasean los ejemplos de quienes se muestran conservadores o contemporizadores en relación con determinadas variables, al tiempo que lideran otras. Este, por ejemplo, pudo ser el caso de Santa Teresa de Jesús, quien fue una decidida prácticamente de la elisión del nexo en subordinadas completivas (creo vendrá), pero mucho menos de otras formas vernáculas de la época, como la variante prepositiva de las perífrasis modales con deber (deber de + infinitivo). Un desenlace similar apunta Labov (2001) a propósito del comportamiento de algunas mujeres de clase trabajadora en Filadelfia, quienes se colocan a la vanguardia de ciertos cambios fónicos, al tiempo que se muestran mucho más conservadoras en relación con otros rasgos estigmatizados de la pronunciación.

Por su parte, Nevalainen, Raumoling-Brunberg y Mannila (2011) ofrecen también algunas ideas interesantes acerca del momento en que surgen estos prototipos de hablantes. En su opinión, los líderes de los cambios aparecen en las fases explosivas (new and vigorous phase) e intermedias (mid-range phases), pero no en las etapas periféricas (incipientes o completadas). En este sentido, formulan una hipótesis según la cual la participación de los hablantes en los procesos de cambio puede hallarse también en relación directa con la duración de este último: cuanto mayor es esta, mayor es también el número de contemporizadores en las fases intermedias (las de más larga duración). Por el contrario, cuando el cambio se desarrolla en un espacio temporal más corto, las posibilidades de encontrar líderes lingüísticos se incrementan.

Para terminar, cabría preguntarse también: ¿quiénes son y en qué grupos se desenvuelven los individuos más innovadores (o conservadores)? En relación con esta pregunta, es sabido que en la sociolingüística contemporánea compiten las tesis de Milroy (1987), para quien los innovadores son, por lo general, personas con una posición marginal en sus redes sociales respectivas, y las de Labov (2001: 323-411), quien defiende que los verdaderos líderes son hablantes influyentes, que ocupan un lugar central en el seno de esas redes. Raumoling-Brunberg (2005: 69; 2006) ha intentado llegar a un punto de encuentro entre ambas hipótesis, al concluir que las diferentes perspectivas pueden obedecer a otros tantos puntos del cambio sobre los que se centra el interés. De este modo, Milroy podría estar dando cuenta de los momentos iniciales, mientras que Labov pone su atención en fases más avanzadas del cambio, en las que los individuos centrales e influyentes parecen ya más decisivos. Sea como sea, concluye Raumoling-Brunberg (2009), lo más relevante es comprobar cómo la participación en esas redes sociales (y el tipo de estas) condiciona la participación de los hablantes en los cambios lingüísticos en marcha. A este respecto, esta investigadora y otras representantes del Research Unit for Variation, Contacts and Change in English de la Universidad de Helsinki han advertido, a partir de un corpus de cartas privadas del siglo XVI, la existencia de importantes diferencias en el empleo de variantes novedosas entre unos escritores y otros, incluso si estos se hallaban unidos por condicionantes sociales similares. Así, Nevalainen y Raumoling-Brunberg (2003) han comprobado la existencia de una notable diferencia en la actuación de dos hermanos mercaderes, John y Otwell Johnson, en torno a algunos cambios lingüísticos en marcha que tuvieron lugar en el inglés del siglo XVI y que, en el fondo, podrían obedecer a la participación de los hermanos en redes sociales diferentes.

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* El presente artículo se integra dentro del proyecto de investigación «Dimensiones estructurales, sociales e idiolectales del cambio lingüístico: nuevas aportaciones desde la sociolingüística histórica al estudio del español» (Ref. FFI2017-86194-P), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad (2018-2021).

OBSERVACIONES SOBRE EL LÉXICO DEL DIÁLOGO DE LA LENGUA DE JUAN DE VALDÉS

José MANUEL BLECUA PERDICES y Gloria CLAVERÍA NADAL

RAE y Universitat Autònoma de Barcelona

1. INTRODUCCIÓN

El ideal de lengua valdesiano por excelencia se condensa en las palabras que inician la parte del diálogo dedicada al estilo, cuando en boca de Juan de Valdés se ponen las palabras siguientes:

Para deziros la verdad, muy pocas cosas observo, porque el estilo que tengo me es natural, y sin afetatión ninguna escrivo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que sinifiquen bien lo que quiero dezir, y dígolo quanto más llanamente me es possible, porque a mi parecer en ninguna lengua stá bien lafetatión. Quanto a la diferentia en el alçar o abaxar el estilo, según lo que escrivo o a quien escrivo, guardo lo mesmo que guardáis vosotros en el latín (Valdés, 1535 [2010]: 238).

Aparecen en este fragmento los términos que describen sus concepciones lingüísticas, tan propias de la naturalidad del siglo XVI (Blecua, 2006a: 1115): el estilo en el habla y en la escritura1; el cuidado (Terracini, 1979: 57-86; Barbolani, 1982: 74-83) y el uso (usar), como principios rectores de la práctica lingüística; la afectación, siempre vituperable, frente a la aconsejable llaneza (llanamente); y los vocablos, como unidades lingüísticas mínimas.

Efectivamente, uno de los términos fundamentales del Diálogo es vocablo, voz que generalmente se refiere a las unidades mínimas del léxico, aunque en alguna ocasión puede también utilizarse para las estructuras complejas, como reflejo de la distinción clásica entre verba singula y verba coniuncta (verba plura), que aparece también en el mismo título del Diccionario de autoridades (Blecua, 2006b: 37 y ss.). No se utiliza en la obra el tan nebrisense sinónimo dicción (dición) ni tampoco palabra.

El puesto que ocupa el léxico dentro del Diálogo de la lengua es ciertamente central. Aunque la obra, a primera vista, puede parecer deslavazada por su ficción conversacional (Vián, 1988; Lerner, 1986; Gómez, 1988; Alcalá 1997), tiene un hilo conductor bien definido y explicitado en las primeras páginas a través de una intervención de Marcio:

Si os queréis gobernar por mí, haremos desta manera: en la primera parte le preguntaremos lo que sabe del origen o principio que an tenido así la lengua castellana como las otras lenguas que oy se hablan en España; en la segunda, lo que pertenece a la gramática; en la tercera, lo que le avemos notado en el escrevir unas letras más que otras; en la quarta, la causa que lo mueve a poner o quitar en algunos vocablos una sílaba; en la quinta, le pediremos nos diga por qué no usa de muchos vocablos que usan otros; en la sesta, le rogaremos nos avise de los primores que guarda quanto al stilo; en la séptima, le demandaremos su pareçer acerca de los libros que están escritos en castellano; al último haremos que nos diga su opinión sobre quál lengua tiene por más conforme a la latina, la castellana o la toscana. De manera que lo primero será del origen de la lengua, lo segundo de la grammática, lo tercero de las letras, adonde entra la ortografía, lo quarto de las sílabas, lo quinto de los vocablos, lo sesto de los libros, lo último de la conformidad de las lenguas (Valdés, 1535 [2010]: 129).

Ocupa, pues, el léxico el quinto lugar y está enunciado de forma particular, pues interesa la explicación del uso de los vocablos por parte de Valdés, pues, según Marcio, es distinto al de otros hablantes. No carece el tratamiento del léxico de organización interna de los contenidos: «se trata sucesivamente de los arcaísmos, de las palabras sincopadas, de los equívocos y de los neologismos que desearía introducir Valdés del griego, del latín y del toscano, con un apartado final en que se pone de relieve la existencia de numerosos vocablos sin correspondientes latinos para mostrar la riqueza de la lengua, puesta en entredicho por la necesidad de neologismos» (Laplana, 2010: 49). Así y de forma natural, se pasa por medio del diálogo de uno a otro tema.

El léxico es también el pilar de la argumentación sobre el origen del castellano, un tema muy querido en el Renacimiento. Además, cabe reparar en el hecho de que la referencia al léxico a través de la «propiedad de los vocablos» es también continua en la sección final dedicada al estilo.

Siguiendo las enseñanzas valdesianas, en esta breve contribución al Diálogo intentaremos desbrozar los motivos subyacentes a la concepción léxica de la obra: en la primera parte, consideraremos la posición del léxico en la sección sobre el origen de la lengua (epígrafe 2); en la segunda, analizaremos la sección dedicada a los vocablos (epígrafe 3); y, en la tercera, consideraremos el influjo de la tradición clásica en el tratamiento del léxico, en especial en la parte final de la obra en la que la aproximación a los vocablos se desenvuelve desde la consideración de sus propiedades retóricas (epígrafe 4).

2. EL LÉXICO Y EL ORIGEN DEL CASTELLANO: «MÁS HISTORIA QUE GRAMMÁTICA»

En justa correspondencia al apasionamiento que generó en el Siglo de Oro (Alcina y Blecua, 1984: 70), el primer problema lingüístico que se somete a examen en el Diálogo de la lengua es el origen del castellano (cf. Lope Blanch, 1990: 49-50, 91 y ss.; Binotti, 1995; Gauger, 2004: 689-693). En el marco de las distintas teorías existentes y aceptando el latín como precedente inmediato del castellano, Valdés defiende que el origen de la lengua se encuentra en el griego, una idea que «no hace más que trasladar la alta valoración de la lengua griega por los humanistas en el siglo XVI a la historia de la lengua española» (Bähner, 1966: 62). Sustenta su opinión en datos históricos de carácter político y social (Terracini, 1979: 28), y en datos lingüísticos de dos tipos: el origen etimológico de algunas palabras y «algunas maneras de dezir» para las que aduce la autoridad de Luciano2.

Muchas de las voces que son aportadas como helenismos para sustentar la idea valdesiana (apeldar, malatía, fantasía, gaçafatón, tío, etc.) no son, en realidad, de esta procedencia, aunque siguen los cauces por los que discurría la argumentación etimológica de la época y reflejan el interés por la dignificación de las lenguas vulgares a través del establecimiento de relaciones etimológicas entre las lenguas clásicas y el romance. Así se inicia el análisis etimológico en el Siglo de Oro, felizmente consagrado más adelante con el Tesoro de Covarrubias (Seco, 2003; Campos Souto, 2007).

También en el marco de la equiparación de las lenguas vulgares con las lenguas clásicas, debe entenderse la pregunta planteada por Marcio: «¿Creéis que la lengua castellana tenga algunos vocablos de la hebrea?» (1535 [2010]: 143) y Valdés, según las creencias del momento, menciona los ejemplos de abad y saco.

Además, el interés por el establecimiento del origen del léxico conduce, después del análisis del origen de la lengua, a la consideración del componente árabe, palabras para las que se observa con perspicacia que se usan no solo para «aquellas cosas que avemos tomado de los moros» y «no tenemos otros vocablos con que nombrarlas sino los arávigos que ellos mesmos, con las mesmas cosas, nos introduxeron» (Valdés, 1535 [2010]: 138), sino también para voces que ya existían en latín (alhombra-tapete, alcrebite-piedra sufre, azeite-olio).

3. LOS VOCABLOS

Diversos estudiosos han reconocido en Pietro Bembo y sus Prose della lingua volgare (1525) la base del Diálogo de la lengua de Valdés (Bahner, 1966: 60, 66 y ss.); sin embargo, en esta obra el foco del análisis se concentra en la gramática3, mientras que en el Diálogo la gramática es un componente secundario y el léxico adquiere un peso notable (Terracini, 1979: 21). Las cuestiones gramaticales se encuentran diseminadas por todo el Diálogo y encierran un elevado valor documental para la lengua de la época (Lope Blanch, 1969: 18-22): desfilan por el Diálogo apreciaciones relacionadas con los artículos y el género, los pronombres y su orden con respecto al verbo (Valdés, 1535 [2010]: 150-151, 154-155, 179-180, 239), las formas verbales (Valdés, 1535 [2010]: 172), los tratamientos (Valdés, 1535 [2010]: 173, 187), el uso elementos superfluos (Valdés, 1535 [2010]: 238-239), el empleo de la preposición a ante objeto directo (Valdés, 1535 [2010]: 240), etc.; pese a ello, falta una descripción gramatical sistemática (Lapesa, 1946: 16). Por contra, la obra está repleta de valiosísimas observaciones de carácter léxico en las que destacan las que se relacionan con la variedad y la renovación.

Establece Valdés como punto de partida una triple composición genealógica del léxico en correspondencia con la historia trazada en el origen de la lengua. De esta forma, se expone que «la lengua castellana consiste principalmente en vocablos latinos, así enteros como corrompidos, y en vocablos arábigos o moriscos, y en algunos pocos griegos» (Valdés, 1535 [2010]: 196). Acompaña a esta clasificación una breve y atinada referencia a cada grupo:

Lo que más os puedo dezir es que, mirando en ello, hallo que por la mayor parte los vocablos que la lengua castellana tiene de la latina son de las cosas más usadas entre los hombres, y más anexas a la vida humana; y que los que tiene de la lengua aráviga son de cosas extraordinarias o a lo menos no tan necesarias, y de cosas viles y plebeyas, los quales vocablos tomamos de los moros con las mesmas cosas que nombramos con ellos; y que los que tiene nuevos4 de la lengua griega casi todos son perteneçientes o a la religión o a doctrina. Y si miráis bien en esto, creo que lo hallaréis casi siempre verdadero (Valdés, 1535 [2010]: 196).

Ya en esta introducción sobre los vocablos aparece la idea fundamental de la concepción léxica valdesiana. En este caso y por boca de Marcio, se plantea la importante cuestión de la selección de las palabras en el uso como fundamento de la corrección lingüística (Gutiérrez Cuadrado, 2005): «Buena parte del saber bien hablar y escrivir consiste en la gentileza y propiedad de los vocablos que usamos» (Valdés, 1535 [2010]: 196). En las páginas siguientes y como corolario de esta afirmación, se van a ir desgranando diversas particularidades lingüísticas, eminentemente léxicas, que van a ser tratadas desde la óptica de la variación, de la corrección y del dinamismo tan propio de la pervivencia del vocabulario. La relevancia del léxico y su selección dentro de la teoría de los estilos5 marca el rumbo de las agudas y prolijas observaciones sobre los arcaísmos (Valdés, 1535 [2010]: 197-212), sobre los «vocablos equívocos» (Valdés, 1535 [2010]: 214-223) y sobre la renovación del léxico, que pasa por la importación de préstamos del griego, del latín o del italiano (Valdés, 1535 [2010]: 223-227). Concluyen las consideraciones léxicas con la revisión de las voces castellanas que no tienen equivalente en latín con el fin de poner de relieve la riqueza de esta lengua (Valdés, 1535 [2010]: 227-230). La profunda atención al léxico que se prodiga en el Diálogo no hace más que demostrar la importancia de este componente, algo de lo que son plenamente conscientes los interlocutores de Valdés.

La primera cuestión léxica, planteada por Marcio, tiene que ver con la riqueza léxica y los vocablos que dejan de usarse a lo largo de la historia: «en la lengua castellana ay muchos vocablos, de los quales algunos no se usan, porque con el tiempo se an envegeçido…» (Valdés, 1535 [2010]: 196), un fenómeno que es refrendado aduciendo los principios retóricos horacianos. En las páginas siguientes multitud de voces son tratadas de manera sistemática y en orden alfabético. Aparecen en este punto dos aspectos fundamentales de las concepciones lingüísticas del Diálogo: por un lado, la relación entre arcaísmos y refranes; por otro, la importancia de la selección y la calificación del léxico.

La ausencia de obras literarias como autoridades estilísticas y lingüísticas «lleva a la búsqueda de otros elementos modélicos, como los refranes, de acuerdo con una tradición erasmiana» (Blecua, 2008: XXVII), de forma que en estos se encuentra, según Valdés, «la puridad de la lengua castellana» (1535 [2010]: 125). De hecho, dentro de la dignificación de lo popular del siglo XVI, el refrán ocupa un puesto central que va desde el Diálogo al Quijote (Blecua, 2006a: 1116). Se evidencia claramente en la argumentación que los refranes suelen ilustrar la palabra que Valdés desaconseja por haber envejecido con lo que se realza, aún más si cabe, el dinamismo tan consustancial del léxico:

Aya y ayas por tenga y tengas se dezía antiguamente y aún lo dizen agora algunos, pero en muy pocas partes quadra; úsanse bien en dos refranes, de los quales el uno dize Bien aya quien a los suyos se parece, y el otro Adonde quiera que vayas, de los tuyos ayas (Valdés, 1535 [2010]: 198).

Los ejemplos aducidos reflejan a la perfección el cambio léxico que se había producido a lo largo del siglo XV y que revolucionó su constitución a través tanto de la latinización como de la evolución gramatical y semántica. Los ejemplos examinados en el Diálogo son tanto verbos (aver-tener, catar-buscar, erguir-levantar, fallecer-faltar, henchir-llenar) como en elementos gramaticales (ayuso-abaxo, ca-porque, dende-de ahí, desque-quando, maguera-aunque, so-debaxo, suso-arriba), además de sustantivos (hueste-exército, acuçia-diligençia, cuita-fatiga, duelo-fatiga, engeño-ingenio, falta-falla, guisa-manera, honor-honrra, hemençia-ansia, (h)inojos-rodilla) y adjetivos (cabero/çaguero-último/postrero, humil-humilde, hito-importuno, luengo-largo, ledo-alegre, raez-fácil)6. Estas ideas deben ser valoradas en consonancia con la crítica de «tutto ciò che è típico nella retorica e nello stile di transizione tra medioevo e pieno rinaciscimento» (Terracini, 1979: 5-26).

Se ha reparado en que el examen de arcaísmos sigue orden alfabético y presenta un elevado grado de coincidencias con el Vocabulario español-latino del denostado Nebrija. No es difícil rastrear su aprovechamiento, que quizá se pudo combinar con otra fuente lexicográfica o se pudieron ir añadiendo voces relacionadas al repasar el diccionario nebrisense7. Los ejemplos son numerosos y así se lee en el Vocabulario «atender esperar. expecto.as.», equivalencia que da pie a «atender por esperar ya no se dize, dezíasse bien en tiempo pasado, como pareçe por este refrán […] En metro se usa bien atiende y atender y no pareçe mal; en prosa yo no lo usaría» (Valdés, 1535 [2010]: 199), palabras en las que la simple equivalencia interlingüística se transforma en una reflexión dentro de la teoría de los estilos; a la opinión valdesiana de «Más me contenta dezir embaraçado que embaçado, y más tardar que engorrar, y más partir que encentar, y más año que era…» (Valdés, 1535 [2010]: 201) pueden corresponder las siguientes entradas del Vocabulario:

embaçado maravillado. stupidus.a.um

embaraçado. impeditus. implicitus

encetar lo entero. libo. delibo.as. degusto.as

engorrar o tardarse. moror, aris, imoror

En el otro extremo de los arcaísmos, se encuentran los neologismos y también en este caso es Marcio quien pregunta a Valdés: «me acuerdo algunas vezes oíros dezir que deséais entroduzir ciertos vocablos en la lengua castellana» (Valdés, 1535 [2010]: 223). Así se da paso a la revisión de helenismos (paradoxa, tiranizar, idiota, ortografía), latinismos (ambitióm, eceptión, dócil, superstición, objeto, etc.) y otras voces que parecen necesarias para suplir los huecos observados en el léxico del castellano (Lapesa, 1946: 22). Se plantea, de este modo, la cuestión del neologismo, sus límites y sus justificaciones.

Las reflexiones léxicas discurren con constante atención a la semántica (feligrés), al uso personal («yo uso ingenio», luengo) o general (yazer), a la teoría de los estilos y la oposición entre prosa y verso (atiende, atender, so-soy, sobrar-sobrepujar), y a la variedad diastrática y diafásica (yantar, lóbrego y lobregura, platel-plato).

De hecho, uno de los objetivos principales de la sección dedicada a los vocablos es mostrar la abundancia de la lengua castellana a lo que contribuyen las voces sin equivalencia latina (Valdés, 1535 [2010]: 228-230).

4. LA CALIFICACIÓN DEL LÉXICO

Como se ha señalado anteriormente, para Valdés, el aspecto central del uso lingüístico se halla «en la gentileza y propiedad de los vocablos que usamos», de ahí que sea tan importante la selección como base de uso. De este modo, en la obra «el léxico es objeto de una criba minuciosa» (Lapesa, 1946: 20; cf. Carrera de la Red, 1988: 123-124), pues la selección adecuada ayuda a evitar la variación no deseada (Terra-cini, 1979: 61). La selección se fundamenta en la concepción del léxico propia de la época dentro de la teoría retórica, en especial de la elocutio (López Grigera, 1994; Roldán Pérez, 1998; Gutiérrez Cuadrado, 2005).

Desde esta perspectiva hay que reparar en los adjetivos que se utilizan para la calificación del léxico (Gauger, 1989; Terracini, 1992; Rivarola, 1998), así «la gentileza de la lengua castellana» se basa en los vocablos «llenos y enteros» (Valdés, 1535 [2010]: 171) y en los «vocablos tan propios castellanos» (Valdés, 1535 [2010]: 144). La selección debe privilegiar los «mejores vocablos» (Valdés, 1535 [2010]: 196), los dignos de uso son «gentiles» (Valdés, 1535 [2010]: 198), mientras que los términos reprobables son «feos» y «grosseros» (Valdés, 1535 [2010]: 201, 203)8. Estas mismas consideraciones y calificaciones se aplican en la sección dedicada al estilo en la búsqueda del ideal del «puro castellano», basado en «espremir muy gentilmente y por muy propios vocablos castellanos» (Valdés, 1535 [2010]: 251).

Como en todo texto clásico, en el Diálogo de la lengua resuenan los ecos de la formación humanística:

Marcio. Assí se hará, proseguid en decirnos lo que pertenece al estilo de vuestra lengua castellana.

Valdés. Con deziros esto pienso concluir este razonamiento desabrido: que todo el bien hablar castellano consiste en que digáis lo que queréis con las menos palabras que pudiéredes, de tal manera que, explicando bien el conceto de vuestro ánimo y dando a entender lo que queréis dezir, de las palabras que pusiéredes en una cláusula o razón no se pueda quitar ninguna sin ofender a la sententia della, o al encarecimiento, o la elegantia (Valdés, 1535 [2010]: 242).

Valdés explica a continuación los vocablos sententia y encarecimiento, pero da por supuesto que todo el mundo conoce lo que significa elegantia. Elegancia es un término muy preciso de la Retórica clásica que supone la fusión de latinitas y explanatio (corrección y claridad), que existe en romance desde la segunda mitad del siglo XV (como queda demostrado en las primeras concordancias de la voz en el CDH académico) y que algunas veces alterna con tersura. Íntimamente relacionado con elegancia, está el término elegante, que también aparece en el Diálogo. Marcio pregunta: «¿No tenéis por tan elegante y gentil la lengua castellana como la toscana?»:

Valdés. Sí que la tengo, pero también la tengo por más más vulgar, porque veo que la toscana está ilustrada y enrriquecida por un Bocacio y un Petrarca, los quales, siendo buenos letrados, no solamente se preciaron describir buenas cosas, pero procuraron escribirlas con estilo muy proprio y muy elegante, y como sabéis la lengua castellana nunca ha tenido quien escriva en ella con tanto cuidado y miramiento quanto sería menester para que hombre, quiriendo o dar quenta de lo que scrive diferente de los otros, o reformar los abusos que ay oy en ella, se pudiese aprovechar de su autoridad (Valdés, 1535 [2010]: 119).

Dejando aparte el análisis de los términos técnicos proprio y propiedad, es evidente que elegancia es término usado por Valdés como perfectamente conocido y que equivale a vocablos como cuidado y miramiento, para decirlo con sus palabras llanas y sencillas. Los vocablos elegancia y pureza (sermo purus) gozaron de enorme fortuna en la creación literaria (Lausberg, 1966-1969: § 460) y en la vida de la recién nacida Real Academia Española, en cuyo Estatuto Único se lee: «Siendo el fin principal de esta Academia cultivar y fijar la pureza y elegancia de la Lengua Castellana…».

La definición de elegancia en el Diccionario de autoridades (1726-1739, NTLLE) se mantiene en estos valores semánticos.

ELEGANCIA. s. f. Eficáz y grave compostúra de estílo, con que se expressan en la oración los conceptos, usando de términos proprios, puros y sin afectación. Es voz puramente latina.

Siglos después el binomio pureza y elegancia había quedado desprovisto de significado técnico y produjo un episodio curioso y triste en la vida de las jóvenes Corporaciones. Ha narrado Santiago Muñoz Machado, en su reciente obra Hablamos la misma lengua. Historia política del español en América, desde la Conquista a las Independencias, que en los momentos gloriosos de la sedición lingüística un académico argentino, Juan María Gutiérrez, rector de la Universidad de Buenos Aires, devolvió a Aureliano Fernández Guerra y Orbe, secretario a la sazón de la RAE, el título de académico correspondiente al leer el texto del escrito académico.

Exponía tres razones; copiamos la primera del texto de Muñoz Machado (2017: 631): «América y sus habitantes cultivaban la lengua que les había legado España, se expresaban en ella, pero “no podemos aspirar a fijar su pureza y elegancia”, por razones que nacen del estado social que ha deparado a los americanos la emancipación política de la antigua metrópoli». Muñoz Machado ha contado que Gutiérrez había escrito una carta a un amigo en marzo de 1876 donde preguntaba: «¿Qué le parece mi cohete a la Academia?» (Muñoz Machado, 2017: 631). Gutiérrez es un excelente prosista, como atestigua su carta a la RAE9, pero en su texto testimonia que los términos retóricos clásicos ya eran completamente desconocidos para algunos académicos por aquellos años.

5. A MODO DE CONCLUSIÓN

Mediante la ficción conversacional del diálogo el léxico es objeto de un pormenorizado análisis. Se empieza con los arcaísmos, pero no se trata de voces antiguas autorizadas sino palabras cuyo uso es desaconsejable. A continuación, se acometen los vocablos sincopados que serían equiparables a los barbarismos que implican algún tipo de supresión de sonidos en el dominio de la gramática y la retórica. Finalmente, se tratan cuestiones relacionadas con los vocablos equívocos, fenómenos que coinciden con los cambios semánticos (peregrinos metafóricos). Se plantea, además, la cuestión de la introducción de voces nuevas con algunos ejemplos de las lenguas clásicas, del griego y del latín (1535 [2010]: 223-225), y del italiano (1535 [2010]: 225). Cuando Valdés propone usar en español una serie de palabras de estas lenguas, Coriolano reacciona esgrimiendo un argumento purista:

No me plaze que seáis tan liberal en acreçentar vocablos en vuestra lengua, mayormente si os podéis passar sin ellos como se an passado vuestros antepassados hasta agora. Y si queréis ver que tengo razón, acordaos quán atentadamente y con quánta modestia acreçienta Cicerón en la lengua latina algunos vocablos, como son qualitas, fantasia que significa visum, y comprehensibile, aunque sin ellos no podía esprimir bien el concepto de su ánimo en aquella materia de que hablava, que es si bien me acuerdo en sus Quistiones que llama académicas (Valdés, 1535 [2010]: 225-226).

Replica Valdés a esta intervención que su propuesta no estriba en acuñar vocablos nuevos sino en utilizar los que ya existen en otras lenguas y, en boca de Marcio, se alude al fenómeno de la motivación de los préstamos: «ninguna lengua ay en el mundo a la qual no estuviesse bien que le fuessen añadidos algunos vocablos, pero el negoçio está en saber si querríades introduzir estos por ornamento de la lengua o por neçesidad que tenga de ellos» (1535 [2010]: 227). La respuesta de Valdés no puede ser más clara: «por lo uno y por lo otro», pues ambas razones se encuentran sustentadas por los preceptos retóricos, unos preceptos retóricos que más adelante se desvanecerán hasta provocar la incomprensión.

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1 Sobre la interacción entre ambos planos y la interpretación de la afirmación valdesiana, cf. Menéndez Pidal (1968: 69-71); Terracini (1979: 60 y ss.), quien centra la interpretación en la oposición cuidado-descuido; Rivarola (1998: 98-101); Gauger (1989: 55-60 y 2004); y Bustos Tovar (2004: 468-474).

2 Cf. Bähner (1966: 62-63 y nota 9); Laplana (2010: 43); Terracini (1979: 15) repara en la coincidencia con F. de Vergara, también seguidor de Erasmo.

3 Cf. el libro tercero (Bembo, 1525 [2011]: 391-703).

4 A diferencia de los helenismos citados en el fragmento del origen del castellano.

5 Cf. Bembo (1525 [2011]: 284-285), lugar en el que aparece la vinculación de manera clarísima.

6 Algunas de estas sustituciones léxicas fueron ya estudiadas por Y. Malkiel (por ejemplo, 1975 y 1980) y, en el cambio de siglo, aparecen las publicaciones de Eberenz (1998a y 1998b); Harris-Northall (1999); Eberenz (2004 y 2008); Dworkin (2005 y 2006) para la relación entre hueste y ejército. Puede encontrarse una visión panorámica en Dworkin (2004).

7 Esto podría ocurrir en el caso de la observación sobre arregostar que podría haber surgido ante el agostar del Vocabulario o duelo(s) quizá motivada ante el amplio grupo de entradas de la familia del verbo dolerse de la obra nebrisense.

8 Cf. Bembo (1525 [2011]): 292-293) para calificaciones léxicas. El adjetivo grossero se repite en Torquemada (1552 [1970]: 73) y en Salinas (1541: lxi vº, lxxxvii) con el emparejamiento «antiguos o groseros»; en Palmireno (1573: 106) «hablar glossero» se equipará a barbarismo.

9 El escrito se conserva en el Archivo académico (FRAE 63/18). Los autores agradecen la ayuda de su directora, Covadonga de Quintana.

UN NO EXPLETIVO NO TAN EXPLETIVO

Julio BORREGO NIETO

Universidad de Salamanca

1. PLANTEAMIENTO: LA SITUACIÓN NORMATIVA DEL NO EXPLETIVO CON HASTA

Si alguna vez le ha dado a usted por decir, lo cual, por cierto, sería bastante natural, No trabajaré hasta que no me paguen dignamente, debe saber que no solo está incurriendo en un acto contra el orden establecido, sino también en una posible transgresión gramatical. En efecto, ese segundo no, el que le ha colocado a paguen, representa a la negación que ha recibido calificativos diversos: redundante, superflua, pleonástica, innecesaria, potestativa, espuria o, más técnicamente, expletiva. Lázaro Carreter (1977) define expletivo así: «Se dice de cualquier término no estrictamente necesario para la frase». Como se sabe, el contexto creado por hasta no es el único en que tal negación aparece, pero sí es uno de los más proclives a ella, si no el que más (Bosque, 1980: 152).

Hay que decir que el normativismo no se ha cebado demasiado con este «defecto», aunque no ha dejado de censurarlo. Morera (1986: 102-103) cita los reproches de Cuervo, Restrepo, Santamaría y Kany. Más recientemente, en el Manual de Gómez Torrego (2002: 711), se invita, aunque con mucha suavidad, a no darle preferencia:

Este uso, considerado incorrecto por algunos normativistas, hoy es bastante frecuente y se encuentra en documentos del nivel culto; no obstante, se ha de preferir la construcción sin el adverbio no, que significa lo mismo que con el adverbio y es más económica lingüísticamente.

El artículo de Morera antes citado (Morera, 1986: 103, 106) agradece a la Academia su falta de pronunciamiento sobre el asunto. Seguramente no se había pronunciado hasta esa fecha, pero sí lo hace en el DPD (RAE y ASALE, 2005): «Debido a lo arraigado de este uso, ha de considerarse admisible, aunque no hay que olvidar que el enunciado no necesita esta segunda negación». En la NGLE (RAE y ASALE, 2009) de nuevo se elude totalmente cualquier referencia normativa.

Como se señala en muchos de los trabajos dedicados al tema (véase, por ejemplo, Ridruejo, 2014), la «norma correcta» es una cuestión puramente social: los usos aceptados en ella lo son porque no reciben estigma alguno de los hablantes tenidos por modélicos (y, ligado a ello, tampoco de las instituciones oficialmente responsables de la norma) y los emplean en sus emisiones formales. El tema de la negación que nos ocupa es enfocado, pues, de forma adecuada por quienes se remiten, para su condena o aceptación, al uso y no a la estructura. Por ejemplo, por Gómez Torrego en la cita anterior, por María Moliner en su Diccionario, al aludir en último término a su carácter «inelegante», por el propio DPD y su recurso a «lo arraigado de su uso», o por Santos Río, 2003, s.v. hasta), que lo asocia principalmente al lenguaje «espontáneo y emotivo».

En cambio, dictaminar en estas cuestiones alegando disfunciones semánticas como la anfibología o la ambigüedad, desajustes estructurales o razones de economía lingüística suele desenfocar el problema. Los hablantes antiguos y modernos han asistido con frecuencia al triunfo social de las soluciones menos precisas (por ejemplo, el de escuchar en detrimento de oír) y, como se muestra en Borrego y otros (2016), fenómenos presuntamente incoherentes con el funcionamiento del sistema (por ejemplo, el uso no impersonal de haber: Hubieron fiestas) pueden encajar perfectamente en él si se analizan de otra manera. En lo que sigue trataré de ilustrar hasta qué punto esto es cierto utilizando el tema planteado al inicio, esto es, el de la «negación expletiva» con hasta.

2. EL FUNCIONAMIENTO DEL NO EXPLETIVO CON HASTA

Del propio nombre de expletiva, así como de otros calificativos que se le han aplicado, puede desprenderse que el usuario elige libremente entre poner o no esta negación. Lo cual resulta sorprendente, porque si así se hiciera, podrían resultar secuencias como las siguientes:

1) a. *Vimos la televisión hasta que no cenamos

b. Vimos la televisión hasta que cenamos

2) a. *La sesión de pilates no dura hasta que no se agota la gente

b. La sesión de pilates no dura hasta que se agota la gente

3) a. ?La conferencia no empieza hasta que la gente no permanece en la sala

b. ?La conferencia no empieza hasta que la gente permanece en la sala

4) a. # Aquella vez los gladiadores no lucharían hasta no morir

b. Aquella vez los gladiadores no lucharían hasta morir

5) a. Nadie hace penitencia hasta no caer enfermo. (Entonces se acuerda de la divinidad)

b. Nadie hace penitencia hasta caer enfermo. (Se detiene antes de llegar a ese extremo).

Si nos atenemos a sus significados normales, las oraciones (1a) y (2a) resultan agramaticales, pero dejan de serlo si el no desaparece, como se observa en (1b) y (2b); (3a) podría aceptarse, pero solo con una interpretación determinada, favorecida, precisamente, por el no expletivo, como luego veremos. En cuanto a (4a), lo que el signo # indica es que la oración no es exactamente agramatical, pero su contenido va contra el estado del mundo tal como lo conocemos, de modo que la oración podría resultar normal si aceptamos, por ejemplo, un mundo de zombis en el que los gladiadores luchan después de morir. En cuanto a las opciones de (5), ambas son aceptables, pero significan cosas distintas, según se observa en las posibles continuaciones que van entre paréntesis.

A la vista de lo anterior, uno empieza a desconfiar que una partícula que tiene tales restricciones contextuales, que pone y quita agramaticalidades y anomalías y que cambia tan claramente significados no es tan espuria, redundante, innecesaria o antieconómica como a veces se dice.

Las restricciones que las opciones a. y b. de arriba sugieren ya han sido estudiadas, pero quizá sea revelador juntarlas, hacerlas explicitas, precisarlas y ordenarlas utilizando como hilo conductor los ejemplos propuestos:

2.1 Características aspectuales y semánticas

1. La anomalía que (1a) refleja la mencionan todos los autores que con finalidad descriptiva o normativa se han ocupado del tema: este no con hasta solo aparece cuando la llamada oración principal es negativa. Lo que no siempre se añade es que el sentido de la negatividad es más pragmático que sintáctico o semántico. Ya Bosque (1980: 154) hace ver que puede tratarse de cualquiera de los AANN (activadores negativos) clásicos, con ejemplos como los siguientes:

6) Tiene miedo de salir de casa hasta que no llegue su madre

7) Que sea la última vez que empiezas el trabajo hasta no haber recibido instrucciones

8) ¿Quién empieza a trabajar hasta que no llega el jefe?

9) Me sorprende que se levante de la cama hasta que no suena el despertador.

En realidad, constituye un contexto adecuado cualquier oración principal en que se manifieste rechazo por lo que alguien ha sugerido o está en el contexto. Los siguientes ejemplos son del CORPES XXI:

10) Constituir los grupos por separado, es decir, en hombres y mujeres, ya que hasta no lograr el empoderamiento de las muchachas, el unirlos las colocaría en desventaja [el unirlos claramente equivale a el no separarlos]

11) Hasta no efectuar estudios en seres humanos, los científicos recomiendan a los pacientes diabéticos continuar con las prescripciones [con continuar se quiere decir aquí no interrumpir]

12) Yo decía que hablaba francés, y realmente me lo creí... hasta no vivir en Francia [= no salí de mi error hasta no vivir en Francia]

13) [El entrenador] dejó ver que hasta no recibir gol se fiaría del contragolpe [= no cambiaría de táctica]

14) Nos reservamos el diagnóstico hasta no consultar con los especialistas [Nos reservamos equivale aquí a no revelamos, no emitimos].

Creo que merece la pena destacar no solo la presencia del no expletivo en oraciones como (12) o (13), donde es difícil señalar alguno de los AANN habituales, sino también el hecho de que en algunos de los ejemplos se hace difícil la interpretación si se suprime el no, aquí aún más paradójicamente tildado de expletivo. Pruébese a hacerlo, por ejemplo, con los de Bosque. En los aportados por mí la supresión es posible, pero la presencia de la negación resulta más natural que su ausencia.

2. El ejemplo (2a), *La sesión de pilates no dura hasta que no se agota la gente, resulta agramatical por otro requisito, este no mencionado en todos los trabajos, pero sí en los que han entrado en la cuestión de forma más meticulosa. Podríamos enunciarlo brevemente diciendo que la parte A de la construcción debe contener un predicado télico, entendiendo por A la considerada oración principal, La sesión de pilates no dura, y por B la oración de hasta. Dicho en los términos de Vendler, la parte A debe ser un logro o una realización, y durar no lo es. La oración «se arregla» de dos maneras: bien cambiando el verbo por otro con telicidad (La sesión de pilates no termina hasta que no se agota la gente), bien suprimiendo el no expletivo, como en (2b): La sesión de pilates no dura hasta que se agota la gente. En este caso, no obstante, a costa de un cambio en el significado, puesto que lo que ahora se indica es que su duración no llega hasta el punto de agotar a la gente. Como se verá más adelante, este es el contexto normal de las oraciones con hasta que no admiten no expletivo: un predicado durativo y no télico en desarrollo, cuyo límite final se indica en la subordinada:

15) La sesión de pilates se prolongará hasta que termine el invierno.

3. El carácter no del todo natural o satisfactorio de (3a), ?La conferencia no empieza hasta que la gente no permanece en la sala, se debe a la ruptura de otro requisito simétrico del anterior y necesario para la presencia del no expletivo: la parte B también tiene que tener carácter télico. Esto es común a todas las construcciones con hasta, presenten o no la negación que ahora nos ocupa1. Por eso cualquier verbo durativo colocado en esa posición o es agramatical o recibe automáticamente una interpretación incoativa o terminativa que le da carácter télico. Ello afecta incluso a verbos tan típicamente estativos como ser o saber, como puede comprobarse en las oraciones que siguen, en que eran españoles se interpreta como ‘habían adquirido la nacionalidad española’, y sabían español como ‘aprendían español’, es decir, como verbos de cambio de estado y, por tanto, télicos:

16) No conseguían trabajo hasta que no eran españoles / hasta que no sabían español.

Incluso verbos inherentemente atélicos como permanecer no son del todo inmunes a esta interpretación, y por eso no acaba de sonar mal (3a), interpretable, aunque de modo algo forzado, y de ahí la interrogación, como ‘La conferencia no empieza hasta que la gente deja de entrar y salir en la sala’.

4. Los casos de (4a,b) y (5a,b), que repito ahora como (17) y (18), son los más interesantes porque permiten individualizar, por contraste, la característica más destacada de la negación que estamos tratando, así como su utilidad para la interpretación de la oración, utilidad que socava de manera notable los argumentos normativos tradicionales en contra de su empleo.

17) a. # Aquella vez los gladiadores no lucharían hasta no morir

b. Aquella vez los gladiadores no lucharían hasta morir

18) a. Nadie hace penitencia hasta que no cae enfermo. (Entonces se acuerda de la divinidad y empieza a hacer penitencia)

b. Nadie hace penitencia hasta caer enfermo (Se detiene antes de llegar a ese extremo)

Las construcciones con hasta que admiten negación expletiva, es decir, las propias de los contextos télicos descritos en 1-3 de arriba, tienen siempre un significado que suele denominarse puntual (véase, por ejemplo, Bosque, 1980: 146). Ello significa que en una secuencia como No gritó hasta que (no) sintió el pinchazo la acción descrita en A (gritar) no sucede antes de que ocurra la descrita en B (sentir el pinchazo): entonces empieza a suceder. Por contra, cuando el predicado de A no es télico, como en Normalmente no corría hasta agotarse, la negación expletiva no es posible, como hemos visto, y la secuencia adquiere un sentido llamado durativo: lo que se indica es que la actividad de A (correr) sí sucede, pero no se prolonga hasta el punto de agotar a la persona, sino que se detiene antes.

Pues bien, hay muchos predicados que designan estados o actividades, como hacer penitencia en el ejemplo (18b), pero que pueden adquirir también un sentido incoativo o terminativo y convertirse entonces en télicos, como sucede en (18a). Eso explica que la oración Nadie hace penitencia hasta que cae enfermo, sin otro contexto, sea ambigua, de modo que el hasta puede interpretarse como puntual o como durativo. En tal tesitura la negación expletiva puede resultar de utilidad: (18a), que la lleva, solo puede interpretarse como ‘No hace penitencia, pero empieza a hacerla cuando cae enfermo’, es decir, con un significado puntual. Por el mismo mecanismo se explica que (17b) Aquella vez los gladiadores no lucharían hasta morir sea perfectamente natural y que no lo sea (17a) #Aquella vez los gladiadores no lucharían hasta no morir: en el mundo que conocemos, los gladiadores no luchan cuando mueren, y de esta interpretación solo ese no pleonástico, innecesario, redundante, inútil y expletivo es el responsable. Es verdad, por tanto, que no niega, como dicen los lingüistas más cautos, pero no lo es que no aporte nada a la interpretación.

Se ha discutido mucho, y con muy variados y sutiles argumentos, la forma de explicar el sentido puntual y el durativo de hasta, que confluyen en (18) (véase Bosque, 1980: 146-156; García Fernández, 2000: 109-115). Por ceñirnos a las dos posturas principales, para unos se trata de dos hasta distintos; para otros hay solamente un hasta, y las diferencias de interpretación tienen que ver con el ámbito de la negación de A, es decir, con los elementos afectados por ella, que no coinciden en las dos versiones de (18). Volveremos sobre esto más adelante.

También ha habido debate en relación con otros matices del contenido: se ha dicho, por ejemplo, que las dos interpretaciones son en realidad dos «efectos de uso» contextuales derivados del significado único ‘extensión que va a terminar a un punto final absoluto’ (Morera, 1986: 104); se ha señalado que el hasta puntual forma unidad con el no de A, es decir, que en realidad en No se levanta hasta las 12 el nexo es no…hasta, y este nexo actúa como un exclusor de los momentos previos en que se suponía que tendría que levantarse, lo que explica de paso la impresión de ‘tardanza’ que se percibe (García Fernández, 2000: 113-115); se ha atribuido a la parte B de las construcciones con hasta puntual un valor irreal o virtual, derivado del sentido excluyente mencionado, «lo que a su vez explica que esta oración tenga un sentido implícitamente negativo que puede manifestarse explícitamente en forma de negación expletiva» (Sánchez, 1999: 2630); el valor puntual se ha relacionado, por otra parte, con el condicional, dado que «Los equipos de rescate no actuarán hasta que no sea seguro» equivale a «Los equipos de rescate no actuarán si no es seguro» (Rodríguez Muñoz, 2011: 83).

No es nuestro objetivo ahora entrar en apreciaciones sobre los juicios anteriores2. Su mención aquí tiene la única finalidad de destacar que, independientemente de la explicación o el matiz que cada cual le atribuya, los dos significados son claramente perceptibles y solo uno de ellos, el puntual, está claramente ligado a la negación llamada expletiva, que se convierte así en un instrumento útil para deshacer ambigüedades.

2.2 El no expletivo y la negación encubierta

A propósito de lo expuesto en el apartado anterior, conviene dedicar unas líneas la «negación encubierta o tácita» que, según la NGLE (RAE y ASALE, 2009) «es característica del español de México y Centroamérica, y con extensión desigual se atestigua también en ciertas áreas de Colombia, del Ecuador y de Bolivia» (48.11v). Se trata de ejemplos como Se levantó hasta que no tuvo más remedio o Ese tipo de negocios abren hasta que llega la noche, que en otras zonas, España entre ellas, se expresarían anteponiendo una negación al verbo principal (no se levantó…, no abren…) y que aquí se supone que queda implícita. Estas oraciones han sido muy perseguidas desde el punto de vista normativo porque, además de violar aparentemente las reglas de la gramática, resultan sumamente incómodas desde el punto de vista práctico, puesto que no se sabe si, por ejemplo, los negocios antes mencionados abren o cierran al anochecer. Pero si uno repara en los contextos de la negación encubierta (los que NO incluyen en A un predicado de estado o actividad: NGLE, 48.11w), vemos que coinciden justamente con los propios de la negación expletiva. Su labor de desambiguación es, por tanto, especialmente útil aquí, lo que explica su frecuentísima aparición en los ejemplos. Véanse, por ejemplo, estos, procedentes de México y tomados de los corpus académicos:

19) Tenemos, como directiva, que ser cautelosos para no manosear al jugador y que lo utilicen. Hasta no existir algo concreto, nos pronunciaremos

20) Esto se ha convertido en una necesidad para cientos de bandas más que, hasta no ver las pérdidas ocasionadas por la piratería, recordaron que su público quería verlos en vivo, no sólo comprar sus discos

21) Hasta no convivir con ellos comprendió que no era justo que vivieran dentro de una pieza de escasos tres por tres metros, máxime siendo tantos.

Para resumir brevemente todo lo expuesto en 2.1. y 2.2., si al hablar de negación expletiva alguien entiende que el hablante puede ponerla y quitarla a voluntad, debe saber que solo puede hacerlo en realidad en los casos en que la construcción adopta el valor llamado «puntual», y aun en estos casos es una herramienta muy útil para deshacer ambigüedades, lo que restringe su carácter potestativo. Así ocurre en concreto cuando el predicado de A puede interpretarse o no con valor incoativo o terminativo, como en el ejemplo de la penitencia antes citado3.

2.3 Las relaciones entre A y B en las construcciones de negación expletiva

Hay otra cuestión que conviene tocar antes de terminar este trabajo: no sé si en un ejemplo como el tren no entró hasta que la vía estuvo despejada la negación convierte, como se ha dicho, el predicado puntual de A, entró, en durativo y no sé tampoco si es el ámbito de esa negación el responsable de que en una oración como la (18) de arriba, Nadie hace penitencia hasta que cae enfermo, el significado se bifurque. Lo que sí parece fuera de discusión es que ese ámbito es diferente en la interpretación puntual y en la durativa de hasta. Si una madre le dice a su vecina

22) Mi hijo no anda por ahí hasta que cierran los bares [hasta durativo].

no está negando que ande por ahí, sino que lo haga hasta el cierre de los bares; es decir, (22) equivale a (23):

23) Mi hijo anda por ahí, pero no hasta que cierran los bares.

Si, en cambio, le dice a su hijo:

24) Hoy no sales hasta que no me pidas perdón [hasta puntual],

por el momento le está negando la salida, que, en todo caso, no se producirá antes de que ocurra lo que la oración de hasta señala.

Como ocurre con las causales con por(que), la negación desde el verbo principal de la oración con hasta durativo se debe a que se trata de complementos integrados en el predicado. Son indicio de lo mismo al menos los siguientes hechos:

a) Las oraciones con hasta durativo negado suenan mucho más naturales con infinitivo y correferencia de sujetos, característica habitual en las subordinadas más ligadas al verbo regente.

b) En las oraciones con hasta durativo hay una fuerte vinculación semántica entre la principal y la subordinada, de modo que esta o es una consecuencia (compárese Manolo estuvo estudiando hasta cansarse / *hasta irse a jugar con Pedro: Bosque, 1980: 153) o representa la culminación de una acción progresiva expresada en la principal (La rambla se estrechaba hasta convertirse en un torrente: Hernanz, 1999: 2309). Ello no ocurre con el hasta puntual, en que la relación no tiene por qué sobrepasar la mera relación temporal: Manolo no empezó a estudiar hasta no haber telefoneado a Luisa (Bosque, 1980: 153).

c) En las oraciones con hasta puntual la anteposición de la subordinada resulta mucho más sencilla y natural que con el hasta durativo, lo cual es indicio de menor trabazón sintáctica. Ayuda, además, a interpretar los ejemplos confusos originados por la ausencia de negación expresa en la principal, bien porque se trate de zonas de «negación encubierta» (véase 2.2.), bien porque la negación se efectúe por medios pragmáticos más que sintácticos: no es casualidad que de los cinco ejemplos recogidos para ilustrar arriba esta circunstancia (véase 2.1.), tres lleven la temporal delante. Tampoco lo es que en el Diccionario de Santos Río, 2003, alabado por la naturalidad de sus ejemplos, surjan con espontaneidad los antepuestos para el hasta puntual.

3. LAS RAZONES DEL NO EXPLETIVO

Más difícil que describir los contextos y valores del hasta puntual, el que admite la negación expletiva, es explicar satisfactoriamente la presencia de ese no. Es evidente que su papel no es negar, porque si negara se producirían las incoherencias que le han atribuido los normativistas. Dado que puede sustituirse por mientras no con valores muy cercanos (No habló hasta que no / mientras no le dieron la palabra), se ha pensado en un cruce con esta construcción ya desde Cuervo (Morera, 1986: 102; Santos Río, 2003; Bosque, 1980: 152; Gómez Torrego, 2002: 711, entre otros). Por otra parte, ya se ha mencionado más arriba (nota 3) que para Cépeda (2018) el no expletivo surge de la intención de marcar la finalización del evento denotado en B.

Sánchez (1999: 2630) apunta que la negación expletiva se deriva del carácter mutuamente excluyente de la oración principal y la subordinada en las construcciones con hasta puntual. Esta propuesta, que no excluye las razones aducidas por otros, resulta atractiva. La construcción está compuesta claramente de dos ramas interdependientes y, a la vez, contrapuestas, y las dos negaciones vendrían a ser como dos «balizas» que las delimitan a la vez que marcan su simetría. Sería una muestra más de la iconicidad en la gramática, que se pone de manifiesto en Borrego (2000), a propósito de las construcciones con ni...ni y o...o.

4. EL NO EXPLETIVO CON HASTA EN LOS TEXTOS

Lo que se ha pretendido mostrar en buena parte de este trabajo, ordenando lo que se sabe en torno al no expletivo con hasta, es que este no es ni contradictorio o totalmente inútil desde el punto de vista semántico, ni utilizable a la carta en cualquier contexto. Su aceptación o rechazo desde el punto de vista normativo debe atenerse a lo que es propio de este punto de vista: el uso social que de tal fenómeno se hace. Así lo entienden, por ejemplo, Gómez Torrego (2002: 711), cuando tacha su empleo de «frecuente» y encontrable «en documentos de nivel culto», o el DPD cuando lo considera «arraigado». Ninguna de las dos fuentes indica los datos concretos en que se basa tal afirmación, así que vamos a terminar el artículo aportando algunos. Se trata de una mera aproximación, bastante imprecisa por el momento, que convendría refinar en el futuro.

Como fuente primaria de datos hemos utilizado una vez más el CORPES XXI. Se han llevado a cabo varias búsquedas:

a) En la primera se han pedido las secuencias con la combinación hasta que no precedida, a una distancia de no más de 5 palabras, del adverbio no, tratando de determinar así, aunque sea de manera grosera, que el predicado principal vaya negado. El resultado es que cabría pensar que el no es expletivo en el 9,78 % de los casos. Teniendo que cuenta que este no podría no ir pegado a la conjunción, hemos contemplado la posibilidad de que esté situado hasta cinco palabras después. Los resultados se colocan entonces en el 13,33 %. Si tenemos en cuenta el porcentaje solo para España, sube hasta el 16,35 %. Se alegará, con toda razón, que muchos de los casos registrados pueden no corresponder a la construcción que se busca. Luego volveremos sobre esto.

b) Como se recordará, la construcción con infinitivo (hasta no + inf.) se ha considerado más propia del valor durativo que del puntual (véase 2.3.b), que es el que aquí se busca. Los datos del CORPES parecen confirmarlo: una búsqueda semejante a la descrita en a), pero sin que y con el no siguiendo de forma inmediata al hasta, da un porcentaje de casos del 0,76 %, de los que el 0,36 % corresponden a España.

c) Con el fin de refinar más los resultados, se ha realizado un tercer tipo de búsqueda. Le hemos pedido al programa que nos dé todas las secuencias en que hasta que vaya precedido de no en un intervalo de 5 palabras. Para que los datos obtenidos no fueran excesivos, se ha acotado la búsqueda a España, a la lengua escrita y a cinco años, situados en la zona central del corpus: 2005-2009. El resultado arroja 683 registros, que han sido analizados manualmente uno por uno, lo cual significa que todos los casos de no expletivo son reales. Han sumado, en total, 102 sobre 533 posibles4, es decir, un 19,14 %.

Es evidente, pues, que Gómez Torrego tiene razón cuando señala que el fenómeno ha llegado a los textos del nivel culto. ¿Podemos considerar, como él, que es «bastante frecuente» o, como el DPD, que es un uso «arraigado»? Pues todo depende de qué se entienda por bastante y por arraigado. Dice Emilio Ridruejo en su magnífica lección sobre la norma: «Sea cual sea el criterio elegido para seleccionar una variedad de la lengua, su registro por escrito funciona como un instrumento decisivo. Solo se escribe aquello que se considera correcto» (Ridruejo, 2014: 37); si esto es así, que el fenómeno que estudiamos se escriba casi una de cada cinco veces en que hay ocasión de hacerlo, le otorga una parcelita respetable de frecuencia, de arraigo y de corrección.

El corpus utilizado permite llegar todavía un poco más lejos. Arriba señalábamos (2.3.c) que la anteposición de la subordinada parece un contexto que favorece notablemente la aparición del no expletivo. Para tratar de confirmar la intuición con algún dato concreto, hemos recurrido de nuevo al CORPES XXI con los siguientes parámetros: España, lengua escrita, años 2005-2009. Lo más difícil era fijar el contexto. Para obtenerlo, al menos de manera aproximada, le hemos pedido que busque los casos en que hasta siga de forma inmediata a un punto. Hemos analizado uno por uno los 390 registros obtenidos, para filtrar los que cumplieran las condiciones: subordinada antepuesta y principal negada, es decir, ejemplos del tipo Hasta que no oigo los pasos del repartidor que se va, no abro la puerta; Hasta que se examinó este fenómeno en el contexto de la seguridad, no había explicación. Los resultados son sorprendentes: de los 42 casos posibles, 27, es decir, el 64,3 % muestran el no expletivo. Pero es que además a estos ejemplos habría que añadirles otros 11 en que aparece negación expletiva sin que haya negación sintáctica –y sí solo pragmática– en la principal5. De modo que no parece nada temerario sospechar un fuerte vínculo entre negación expletiva por un lado y anteposición de la subordinada y negación pragmática de la principal por otro.

5. A MODO DE CONCLUSIÓN

Se ha señalado con frecuencia que las oraciones de hasta constituyen un contexto muy propicio para la aparición de una negación llamada de diversas maneras (expletiva es el nombre más técnico), y de la que con frecuencia se ha dado a entender que es, como mínimo, innecesaria y antieconómica, cuando no contradictoria. En este trabajo se han procurado repasar sus características, para llegar a la conclusión de que:

1. No puede colocarse a voluntad: su aparición está sometida a restricciones muy estrictas: oración principal negada bien sintáctica, bien pragmáticamente; predicado, tanto en A como en B, de naturaleza télica o interpretable como tal. En este contexto la construcción adquiere un significado que ha sido llamado «puntual»: hasta indica el arranque de un evento que hasta entonces no se ha producido. Si la construcción tiene un sentido «durativo», es decir, indica que el evento de A tiene lugar pero que cesa antes del punto que hasta señala, el no expletivo no es posible.

2. Tampoco puede suprimirse siempre sin consecuencias: su aparición deshace la ambigüedad de los predicados que pueden adoptar la interpretación puntual o la durativa marcando que es la primera la que debe considerarse. Como herramienta de desambiguación es particularmente útil en contextos de negación pragmática o de negación encubierta, sobre todo si se ayuda de la anteposición.

3. Desde el punto de vista normativo, ha contado con detractores, pero también con defensores, algunos ilustres. Los detractores se basan, en general, en consideraciones de contenido. Los textos académicos no se pronuncian, salvo el DPD, que la admite, aunque con reticencias. No está ausente, ni mucho menos, de los textos cultos escritos, sobre todo en determinados contextos.

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1 Escribiría «a absolutamente todas las construcciones con hasta» si no fuera porque Santos Río (2003) habla también de un «uso, muy chocante, del segmento hasta que [que] se da con actos durativos», que equivale a mientras y que es visible en ejemplos como Estaremos aquí hasta que dure la verbena. Añade que este uso no está generalizado.

2 Si lo hiciéramos, señalaríamos, por ejemplo, que el carácter de del no…hasta como exclusor y la idea de tardanza que de él se desprende (quizá una implicatura, técnicamente) es muy sugerente; que el valor irreal o virtual no acabo de verlo, y que el sentido condicional, además de restringirse solo a algunos casos, parece secundario frente a los propios de hasta.

3 Cuando el predicado de A es inequívocamente télico, como en Ana no se irá hasta que María cante el himno sí parece indiferente añadir o no la negación: Ana no se irá hasta que María no cante el himno. Aun así, hay autores que aquí perciben diferencias, como Cépeda, a quien se debe el ejemplo, y que piensa que añadiendo el no se indica que TODO el acto de la oración de hasta ha llegado a su fin cuando tiene lugar la eventualidad de la oración principal, es decir, que María ha terminado de cantar el himno cuando Ana se va (Cépeda, 2018). Si no se añade el no, Ana se iría, en opinión de la autora, cuando María solo ha comenzado la interpretación.

4 Lo cual significa que los 150 registros que faltan hasta los 683 originales no corresponden a la estructura estudiada.

5 Se trata de los marcados en las concordancias resultado de la búsqueda con los números 25, 48, 56, 76, 84, 116, 140, 141, 156, 200, 207.

ADVERBIOS IMPLICATIVOS

Ignacio BOSQUE

Universidad Complutense de Madrid

1. Los adverbios que modifican al verbo o al sintagma verbal constituyen un amplísimo grupo en el que cabe hacer numerosas distinciones. En este breve trabajo me limitaré a llamar la atención sobre la peculiar relación semántica que mantiene con el predicado verbal un pequeño grupo de estos adverbios, al que pertenecen los que resalto en los ejemplos de (1):

1) Atropellar mortalmente a alguien; terminar exitosamente los estudios; buscar infructuosamente un remedio; esperar en vano una respuesta; llegar felizmente a puerto; intentar fallidamente un nuevo sistema organizativo; utilizar provechosamente el tiempo; intentar inútilmente una salida desesperada; tratar en balde de asegurar la carga; proseguir estérilmente la búsqueda.

En efecto, el adverbio mortalmente no expresa una ‘manera de atropellar a alguien’ (aunque el DLE parezca afirmar lo contrario) en oraciones como Un ciclista fue atropellado mortalmente ayer, sino más bien la consecuencia del atropello. De hecho, podemos concluir que la persona designada por el sujeto paciente de atropellar en esta oración murió, aun cuando el verbo morir no aparezca en ella. La única referencia a la muerte que esa secuencia contiene es el adjetivo mortal, base léxica del adverbio mortalmente. El hecho de que el SN correspondiente a la nominalización de atropellar conserve esta peculiar propiedad (un atropello mortal) muestra que el fenómeno descrito tiene lugar por igual en el ámbito del SV y en el del SN.

Los demás ejemplos de (1) son sintagmas verbales construidos con adverbios o locuciones adverbiales que designan el éxito o el fracaso de la acción que se persigue, o bien expresan el hecho de que dicha acción tenga o no algún resultado positivo para el que la lleva a cabo. Así, el sintagma buscar infructuosamente un remedio no informa acerca de la manera en la que cierta búsqueda tiene lugar, sino del hecho de que esta no tenga consecuencias satisfactorias. Cabría tal vez concluir, en función de esta diferencia, que mortalmente es un adverbio consecutivo (ya que admite paráfrasis como «con consecuencia de muerte»), y quizá que los demás adverbios de (1) son adverbios resultativos. Aplicaré, no obstante, el término adverbio implicativo a todos los adverbios de (1), aun cuando se puedan hacer algunas distinciones semánticas entre ellos, como explicaré a lo largo de estas páginas.

2. Geuder (2002) usa el término resultative adverb para aludir a los correlatos adverbiales de los complementos predicativos resultativos. Aun así, el paralelismo entre adjetivos y adverbios es menos evidente de lo que puede parecer, ya que las lenguas romances admiten sin dificultad sintagmas como decorar hermosamente un recinto o cargar pesadamente un camión, pero presentan considerables dificultades para admitir los complementos predicativos adjetivales correspondientes (cf. *decorar hermoso un recinto; *cargar pesado un camión). Aunque los complementos predicativos resultativos no son desconocidos en español (pintar las paredes de verde; cortar el pan en dos pedazos, etc.), están sumamente restringidos en comparación con el inglés. Cf. ingl. sweep the room clean ‘limpiar la habitación y dejarla limpia’. En la traducción de este ejemplo se observa que el español necesita otro predicado (dejar en este caso) para expresar el significado resultativo1.

Geuder (2002), que no parece ser consciente de esta diferencia interlingüística, considera resultativos los equivalentes ingleses de hermosamente o pesadamente, puesto que estos adverbios se orientan semánticamente hacia el estado resultante de la acción que el verbo expresa. En cualquier caso, el término no sería apropiado para los adverbios de (1). En sentido escrito, el resultado de la oración Reclamó la deuda es la situación en la que cierta deuda ha sido reclamada. Si añadimos el adverbio infructuosamente no alteraremos esa situación, sino que añadiremos una inferencia según la cual tal acción no produjo el propósito natural buscado: el de cobrarla.

Los llamados verbos implicativos (Kartunen, 1971; van Leusen, 2012) proporcionan inferencias en cierta forma paralelas a estas. La oración María logró escribir su tesis afirma «María escribió su tesis», e implica que dicho proceso conllevaba alguna dificultad superada. Al contrario, con los verbos implicativos negativos se infiere que la situación expresada por el predicado no llega a tener lugar, como en María desistió de escribir su tesis o en Estuve a punto de asistir a la fiesta. Los adverbios que aquí llamo implicativos no expresan exactamente estos significados, pero dan lugar a inferencias semejantes a las que estas oraciones permiten, ya que añaden al predicado principal cierta información sobre las consecuencias, alcanzadas o no, de la acción expresada. Ciertamente, no la niegan, pero pueden llegar a hacerla casi irrelevante. En Fue herido mortalmente se dice de alguien que «fue herido», pero posee mayor relevancia informativa el hecho de que murió a consecuencia de una o varias heridas, lo que –paradójicamente– es expresado por un adverbio.

Este último punto permite establecer otro vínculo entre los verbos implicativos y algunos de los adverbios que aquí analizo. Los primeros se parecen a los verbos modales en que permiten cancelar, en ciertos contextos, la implicación a la que dan lugar. Por ejemplo, (2a) no dice que alguien vaya a resolver necesariamente cierto problema2. Análogamente, algunos de mis informantes entendían que la oración (2b) no implica necesariamente «Juan murió».

2) a. Si Juan logra resolver ese problema.

b. Juan fue herido mortalmente.

c. «Según los informes, la bala que hirió mortalmente a Mario penetró por debajo de la axila izquierda, sin pasar a través del brazo» (EL PAÍS, 12-10-1996, CREA).

Pero esta inferencia, que solo algunos hablantes pueden cancelar con el verbo herir, resulta difícilmente cancelable con el verbo atropellar. Tampoco es preciso leer la crónica completa de la que extraigo el fragmento (2c) para concluir que se habla allí de una persona muerta por disparo de bala. En cualquier caso, la cuestión de qué factores (léxicos, sintácticos o pragmáticos) condicionan la suspensión de las inferencias a las que aludo requiere un estudio más pormenorizado3.

3. Antes de entrar a considerar las propiedades gramaticales y léxicas de los adverbios implicativos, conviene hacer notar que ciertos sintagmas preposicionales pueden expresar su mismo significado. La locución preposicional con resultado de admite un número muy restringido de términos (muerte, lesiones, daños, pérdidas y unos pocos más), por lo que constituye propiamente una colocación. Están algo menos restringidos sintácticamente SSPP como con éxito (cf. con un más que notable éxito), sin resultados (cf. sin resultado apreciable alguno) y otros similares como con notable provecho, sin éxito alguno, etc. A pesar de que los SSPP implicativos requerirían un estudio independiente, mencionaré aquí algunos usos de con éxito y sin éxito por su evidente proximidad con los adverbios introducidos.

En cuanto al paradigma mismo de los adverbios implicativos, cabría pensar en ampliarlo en varias direcciones, pero entiendo que ello podría restarle unidad. Me parece, por ejemplo, que no sería adecuado añadir a (1) adverbios como correctamente o equivocadamente. En el sintagma traducir equivocadamente una frase se juzga el resultado de la traducción; en cambio los ejemplos de (1) no contienen juicios de valor de esta naturaleza, sino que manifiestan la consecuencia natural –positiva o negativa– de las acciones que se mencionan, o bien la información relevante sobre si se alcanza o no el desenlace perseguido por quien las lleva a cabo.

4. Frente a lo que pudiera parecer, el adverbio mortalmente no expresa el resultado mortal de una acción cualquiera, por peligrosa que esta sea. Si así fuera, no tendríamos contrastes como los siguientes:

3) a. Se había comido una seta venenosa {*mortalmente / y murió}.

b. Recibió un disparo {*mortalmente / y murió}.

Aunque la consecuencia de la acción que se menciona en estos ejemplos es la muerte de la persona designada por el sujeto, la sintaxis rechaza en ellos el adverbio mortalmente, de forma que el significado que se desea expresar debe ponerse de manifiesto con algún otro recurso (una expresión coordinada, en estos ejemplos). Si la persona muerta es designada por el objeto directo o el indirecto, podemos obtener contrastes similares:

4) a. Lo empujaron desde el ático {*mortalmente / y murió}.

b. Le abrieron las venas {*mortalmente / y murió}.

De hecho, el adverbio mortalmente está restringido fundamentalmente a un grupo de verbos que expresan agresión, de forma que el objeto directo designa a quien la experimenta, y muere a consecuencia de ella:

5) golpear, herir, apuñalar, atropellar, derribar, disparar, arrollar, atentar (contra alguien), alcanzar (como en Fue alcanzado mortalmente en el pecho) y unos pocos más.

Descarto los usos figurados de mortalmente, como su combinación con los verbos aburrir u odiar, en los que no se habla de muerte alguna, y también dejo aquí de lado las combinaciones que muestran este adverbio en sintagmas adjetivales, como en mortalmente tóxico o mortalmente peligroso, que no podrán ser analizadas aquí por razones de espacio.

Se abordan algunas de las numerosas restricciones léxicas a las que dan lugar los adverbios de manera del español en García Page (2001, 2004), Bosque (2004, 2017) y Torner (2007), además de en los títulos citados en esas obras4. Es oportuno recordar aquí que los factores semánticos que restringen la predicación secundaria no afectan únicamente al aspecto léxico o modo de acción (realizaciones frente a estados o actividades, etc.), sino que a menudo hacen referencia a otras variables más sutiles. En la NGLE (§ 38.8l) se explica que algunos complementos predicativos del objeto directo expresan «estados relativos» a determinadas acciones, como en comprar {bara-tã cruda} la carne, frente a comer {*baratã cruda} la carne. Como puede verse, no basta que barato sea un predicado de estadio (ingl. stage level predicate) que admite estar y puede predicarse de carne. La gramática impone una restricción mayor, ya que el estadio de la carne que se evalúa es relativo a la acción de comprarla.

De manera en cierta forma semejante, el que el adverbio mortalmente esté limitado al grupo de verbos introducidos arriba muestra que la gramática solo da cabida a un subconjunto de las relaciones predicativas en las que cabría pensar. Los adverbios de manera se consideran generalmente predicados de los eventos. La sintaxis codifica, pues, la relación restrictiva que se da entre los adverbios y su argumento externo, y la restringe a ciertos predicados que expresan formas de agresión cuya consecuencia natural puede ser la muerte. Curiosamente, apenas existen verbos de proceso que se construyan con el adverbio mortalmente, con la excepción de enfermar. Nótese que también en este caso la relación que la gramática codifica léxicamente (la que existe entre la enfermedad y la muerte) es tan solo una de las que pueden conducir a ese fatal desenlace5.

5. En el apartado precedente he mostrado que la relación semántica entre el adverbio mortalmente y los predicados a los que modifica es sumamente restrictiva. No lo son tanto las que se establecen con los demás adverbios de (1) que dividiré en dos grupos, en función de que las consecuencias a las que se alude sean negativas (infructuosamente, en vano, inútilmente, ineficazmente, etc.) o positivas (exitosamente, provechosamente, felizmente).

Comenzaré por los adverbios de sentido negativo. Quizá el más restrictivo de los adverbios de este grupo sea ineficazmente, que se combina sobre todo con los verbos que denotan uso o empleo, como en usar ineficazmente los recursos disponibles. A este paradigma pertenecen verbos como usar, utilizar, emplear, manejar o gastar. Aun así, los textos proporcionan ocasionalmente otras combinaciones, como luchar ineficazmente, intentar ineficazmente o presionar ineficazmente. La mayor parte de ellas corresponden a los grupos semánticos en los que es posible clasificar los verbos a los que modifican los demás adverbios implicativos de sentido negativo que he mencionado: infructuosamente, inútilmente, etc. En efecto, no existe un solo grupo semántico de verbos que abarque en estos casos todas las opciones. Los que resultan marcadamente preferidos son los siguientes:

6) a. Verbos que denotan BÚSQUEDA, especialmente si es esforzada: buscar, hurgar, perseguir (también andar o correr tras algo o alguien), aproximarse (en sentido figurado), investigar, indagar, rastrear, dar vueltas a algo.

b. Verbos que denotan INTENTO: intentar, tratar, probar, ensayar, procurar.

c. Verbos que denotan ESPERA: esperar, aguardar.

d. Verbos que denotan SOLICITUD: pedir, reclamar, instar, llamar, solicitar, demandar.

e. Verbos que denotan PROPUESTA o SUGERENCIA: proponer, ofrecer, plantear.

f. Verbos que expresan INSISTENCIA (insistir, empeñarse, presionar), así como otras formas de ACCIÓN PORFIADA o ESFORZADA dirigida a un fin: luchar, litigar, disputar, batallar, alzarse o levantarse (contra alguien), pugnar (también propugnar), forcejear, defender, denunciar, hacer valer, esforzarse, sacrificar(se), afanarse, negociar, gritar, desgañitarse.

g. Verbos que denotan APOYO: ayudar, alentar, apoyar.

La mayor parte de los ejemplos encontrados en varios corpus (CREA, CORPES, GBOOKS) encajan en alguna de las clases semánticas que figuran en (6). En ciertas búsquedas, las coincidencias rondaron el 90 % de los casos encontrados. Se ilustran algunas de estas combinaciones en los ejemplos siguientes:

7) a. Intentó inútilmente adaptarse a las nuevas costumbres.

b. Se había pasado años luchando infructuosamente contra un cáncer.

c. Volvieron a pedir en vano una nueva negociación.

d. Se afanaba en balde por cambiar de empleo.

e. Trataron vanamente de impedir el avance de las tropas.

f. Estaba dispuesto a sacrificarse estérilmente por un ideal inalcanzable.

Las relaciones semánticas que pueden detectarse entre los grupos semánticos de (6) son evidentes. Ciertamente, el verbo buscar pertenece al grupo «a», pero significa ‘intentar encontrar’, e intentar corresponde al grupo «b». Es también estrecha la relación entre los grupos «b», «d» y «e». Nótese que las búsquedas, los intentos, las esperas, las solicitudes o las «acciones porfiadas» son actuaciones dirigidas de modo natural a un fin particular que forma parte de su propio significado. Es más, los resultados a los que apuntan todas estas acciones se pueden codificar en pares «acción-resultado», como los que se recogen en (8):

8) «búsqueda-encuentro»; «intento-logro»; «espera-llegada»6; «solicitud-aceptación»; «acción porfiada-éxito», etc.

A todo ello se añade que varios de los predicados verbales mencionados rigen complementos preposicionales que denotan expresamente el fin perseguido (insistir en, empeñarse en, luchar por, esforzarse por, sacrificarse por, etc.). Así pues, los verbos que se ajustan a los pares de (6) expresan –léxicamente unas veces y sintácticamente otras– los objetivos de la acción a la que aluden. En algunos casos, se requiere cierto rodeo para llegar a esa misma conclusión. Por ejemplo, el uso de tocar el timbre en (9) se asimila al grupo (6d),

9) Tocó el timbre de la puerta inútilmente.

aun cuando tocar el timbre no sea una locución verbal, sino una colocación. En cuanto que tocar significa aquí, según el DLE, ‘Avisar haciendo seña o llamada’ (como en tocar la campanilla), entiendo que la correspondencia con los predicados de ese grupo es correcta en lo fundamental.

La finalidad perseguida puede manifestarse en ciertos complementos argumentales, como hemos visto, pero también a través de adjuntos: una subordinada final, como en (10a, b), o un sintagma preposicional encabezado por locuciones como en demanda de, en busca de y otras similares que manifiestan de forma expresa aquello que se desea conseguir, como en (10c, d):

10) a. […] en vano se colgaba de la campanilla para llamar a sus empleados, nadie acudía (Isabel Allende, Eva Luna, CREA).

b. Para no olvidar el punto de la tumba mi madre trazó inútilmente sobre ella un círculo enigmático con el dedo (Manuel Vicent, Balada de Caín, CREA).

c. Un grupo de jubilados recorrió ayer infructuosamente dependencias del gobierno del Estado en demanda de un aumento en sus percepciones económicas (Diario de Yucatán, 23-07-1996, CREA).

d. «[…] dio la orden de allanamiento para que un nutrido destacamento de policías armados entrara inútilmente en busca de armas y explosivos en la Escuela Hebraica de Caracas» (El Nuevo Día, 14-12-2004, CREA).

Aunque menos frecuentemente, esta información puede obtenerse a través de factores puramente discursivos. No es sencillo, en efecto, explicar el significado de la oración (11) fuera de contexto:

11) Los cines se llenaban inútilmente (M.ª Luisa Puga, La forma del silencio, CREA).

Esta oración cobra, en cambio, pleno sentido cuando se repasa el largo párrafo en el que se inscribe, ya que en él se narran literariamente diversas formas en las que la gente intentaba pasar el tiempo en Acapulco durante cierto día lluvioso.

En resumen, la expresión de las consecuencias indeseadas que caracterizan a los adverbios implicativos de sentido negativo requiere que se recupere gramaticalmente el objetivo que se persigue. Esta recuperación puede obtenerse de tres maneras:

12) a. LÉXICAMENTE, como en los predicados verbales de (6).

b. SINTÁCTICAMENTE. Permiten recuperarla de esta forma los argumentos de algunos de estos mismos verbos. La finalidad perseguida se puede expresar asimismo a través de complementos adjuntos, como sucede en (10).

c. DISCURSIVAMENTE. Es la situación menos frecuente. En estos casos, la recuperación tiene lugar a través del contexto extraoracional, a veces necesariamente amplio, como sucede en (11).

6. Quedan, finalmente, los adverbios implicativos de sentido positivo: felizmente, provechosamente o exitosamente, a los que puede agregarse el SP con éxito. En el caso del adverbio felizmente, es preciso descartar varios sentidos no relacionados con el que aquí interesa, como la acepción en la que felizmente equivale a ‘de modo feliz o placentero’ (Su vida transcurría felizmente; Cantaban felizmente). También deben descartarse los usos en los que felizmente es un adverbio modal extraoracional, en lugar de un modificador del SV, como en La despidieron, pero, felizmente, encontró un nuevo trabajo. Una vez descartados estos casos, predominan claramente en las combinaciones del adverbio felizmente los verbos que expresan término o finalización de algo:

13) acabar, terminar, completar, concluir, culminar, coronar, finalizar, confluir, clausurar, cerrar, llegar, desembocar, alcanzar.

Resulta, pues, natural que los sustantivos que se combinan prototípicamente con el adjetivo feliz, usado en esta interpretación, sean desenlace, final, resultado, conclusión, término y otros similares que expresan esos mismos significados7. Un segundo grupo de verbos, ejemplificado en (14a), añade al significado expresado en (13) el hecho de que el proceso que concluye parte de un estado inicial negativo, o en general adverso para el que lo experimenta:

14) a. superar, liberar(se), recuperar(se), recobrar(se), etc.

b. llevar a cabo, llevar a efecto, realizar, cumplir, etc.

Otros verbos asociados a este grupo caracterizan léxicamente los predicados de realización o efectuación (ingl. achievement), como se muestra en (14b). Recuérdese que estos predicados se definen aspectualmente por presentar a la vez duración y término. Aun así, el simple hecho de constituir un predicado de realización (ingl. accomplishment) no garantiza la legitimación del adverbio (compárese concluir felizmente la redacción del informe con *redactar felizmente el informe).

Los grupos léxicos ejemplificados en (13) y (14) proporcionan asimismo combinaciones naturales con el adverbio exitosamente, más usado en el español americano que en el europeo. Es oportuno recordar que este adverbio se deriva del adjetivo exitoso, a su vez formado sobre el sustantivo éxito (cf. lat. exĭtus ‘salida’). El adverbio exitosamente se desliga aparentemente de su etimología cuando se combina con verbos que denotan el inicio de un proceso, en lugar de su final:

15) abordar, acometer, arrancar, afrontar, ensayar, etc.

No obstante, en estos casos se mantiene plenamente el sentido actual de la voz éxito, ya que se infiere aquí que se habla de procesos iniciados que conllevan alguna dificultad superable. Es también de esperar que el adverbio exitosamente se registre repetidamente en los textos combinado con los verbos que expresan la existencia de un conflicto del que se espera algún desenlace que puede ser o no favorable (recuérdese el grupo [6f ]):

16) competir, lidiar, negociar, defender, enfrentar, guerrear, enfrentar(se), etc.

El mismo adverbio (así como el sintagma con éxito) se emplea también con naturalidad con los verbos que significan ‘hacer uso’ (aprovechar, usar, utilizar, emplear, etc.). Coincide en ello con ineficazmente, tal como he señalado arriba. Este mismo grupo de verbos es, por otra parte, el mayoritario en las combinaciones atestiguadas con el adverbio provechosamente. Tiene además particular interés el hecho de que exitosamente se registre frecuentemente con verbos que hacen referencia a la acción de obtener rendimiento económico (es decir, éxito) de diversas maneras. Se trata de predicados como explotar, vender, capitalizar, comercializar, mercantilizar, distribuir (un producto), etc.

Como en otros grupos de verbos, existen aspectos composicionales, además de discursivos, a los que la selección léxica no puede sustraerse. El éxito de una acción o un proceso implica el reconocimiento en ella de riesgos o de dificultades. Este hecho se expresa a través del léxico en los grupos de (14), (15) o (16), pero puede expresarse también composicionalmente; es decir, a través de la sintaxis. Pueden ilustrar esta idea los pares siguientes:

17) a. ??Salió felizmente de su casa.

b. ??Se alejó con éxito del hospital.

18) a. Salió felizmente {del apuro / de una complicada operación}.

b.Se alejó con éxito {del peligro / de sus perseguidores / de la zona militar}.

Las oraciones de (17) no son agramaticales, pero resultan menos naturales que las variantes de (18), en gran medida porque obligan al oyente a deducir del contexto previo cierta información que en estas últimas se presenta explícitamente.

7. No es posible predeterminar los objetivos que los individuos desean alcanzar con las acciones que realizan (Searle, 1983, entre otros muchos autores). Ello es perfectamente compatible con el hecho de que muchos predicados verbales expresen lingüísticamente el objetivo que persigue quien lleva a cabo tales acciones. Unos verbos lo ponen de manifiesto en su propio complemento (Intentó una negociación), pero otros lo implican como parte de su significado léxico: el resultado natural de esperar algo o a alguien es que la persona o la cosa esperada lleguen; el de solicitar un aumento de sueldo es obtenerlo; el de luchar contra algo es vencerlo o superarlo, etc. Son estas, fundamentalmente, las consecuencias naturales de las acciones y los procesos a las que los adverbios implicativos hacen referencia.

Como he explicado antes, cuando los adverbios implicativos son admitidos por predicados de realización ajenos a los paradigmas introducidos arriba (como, por ejemplo, en pintar inútilmente un retrato), no se ve afectado el «estado resultante» que estos verbos expresan léxicamente, sino el propósito último que la acción perseguía, supuestamente aportado por el discurso precedente. Aun así, he intentado mostrar que estos contextos son minoritarios, y que incluso se restringen a menudo a la lengua literaria. La situación no marcada es, por el contrario, aquella en la que el objetivo perseguido se expresa a través del léxico o de la sintaxis oracional, como se resume en el esquema de (12).

Tal vez sea posible unificar los grupos de verbos introducidos arriba a través de un número menor de distinciones (problema, por otra parte, común a todas las clasificaciones que introduce el diccionario REDES). En cualquier caso, el hecho mismo de que esas clases semánticas existan, y el que muchas de ellas pongan de manifiesto la redundancia habitual en los procesos de selección semántica, es un indicio de que forman parte de estructuras predicativas. De hecho, confirman la interpretación –hoy habitual en los estudios de semántica– de los predicados verbales como argumentos externos de los adverbios que modifican al SV. Si esta relación es predicativa, es lógico que dé lugar a restricciones semánticas entre predicados y argumentos. Las más conocidas se suelen definir en términos aspectuales (es decir, en función de los Aktionsarten). En cambio, las que he intentado presentar aquí introducen variables algo más sutiles que valdría la pena seguir explorando.

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1 Es imposible dar cuenta aquí de la ingente bibliografía que existe sobre los complementos predicativos resultativos. Se puede obtener una buena composición de lugar a través de Demonte y Masullo (1999), Rodríguez Arrizabalaga (2002, 2016), Mendívil Giró (2003), Levinson (2010) y las referencias citadas en estos trabajos.

2 La implicación asociada con el pretérito, no con el presente, en pares como Juan {fue / es} capaz de abrir la caja ha sido estudiada con detalle. Remito a Hacquard (2009), Guéron (2015) y trabajos allí citados. Para el español se aborda recientemente la cuestión en Carrasco (2018).

3 El DLE incluye un verbo modal en la acepción relevante de mortal: ‘Que ocasiona o puede ocasionar muerte’. En la definición de envenenar del mismo diccionario (‘Administrar un veneno a una persona o un animal’) no se menciona que esta acción se hace con el propósito de causar la muerte, ya que ello se deduciría del significado de veneno. Pero, aunque no se haga expresa, nótese que la información relativa a la relación causal entre el envenenamiento y la muerte es necesaria para dar sentido a ejemplos como (i):

(i) […] le envenenaron sin éxito y tuvieron que pegarle dos tiros, tal era su fortaleza física (El Mundo, 11-11-1996, CREA).

Retomaré esta cuestión en los §§ 5 y 6.

4 No deja de ser curioso que la búsqueda de generalizaciones semánticas sobre la combinatoria léxica (lo que viene a equivaler al intento mismo de comprenderla en alguna medida) sea a veces desestimada por algunos lexicógrafos. Alonso-Ramos (2017) entiende que la información que proporcionan los grupos léxicos del diccionario combinatorio REDES (Bosque, 2004) constituye una «curiosidad intelectual», ya que, al parecer, el hablante de español como primera o segunda lengua debe memorizar separadamente cada combinación restrictiva sin atreverse a hacer generalizaciones sobre ellas (más o menos, como si fuera un ordenador). El mismo razonamiento se aplicaría, por tanto, al paradigma de (5), entre otros muchos. Cabe también pensar, aplicando este mismo criterio, que, en lugar de acudir a conceptos abstractos como «suceso fortuito», el hablante debería memorizar uno a uno, al parecer, los sustantivos que pueden ser sujetos del verbo ocurrir (accidente, desgracia, catástrofe, tragedia, incidente, imprevisto, milagro, incendio, percance y unos pocos más). A aquellos estudiantes de E/LE que pregunten por qué unos verbos admiten interrogativas indirectas y otros las rechazan habría quizá que sugerirles –continuando con el razonamiento– que moderen su «curiosidad intelectual» y se limiten a memorizar esas propiedades individualmente. Lo cierto es que el estudio de la relación entre el léxico y la sintaxis posee ya una larga historia, que podría resumirse como el intento de formular generalizaciones parciales sobre clases semánticas y gramaticales, en lugar de acumular más y más casos particulares. Esas generalizaciones son a menudo difíciles; muchas de ellas son incompletas e insuficientes, y algunas cuentan con no pocas excepciones. Podrán ser cualquiera de esas cosas; pero no son, desde luego, simples «curiosidades intelectuales».

5 La relación entre las estructuras verbales y las nominales es solo parcial en este punto, ya que junto a caída mortal no se registra ??caer mortalmente. Como es obvio, no constituye un contraejemplo la expresión caer mortalmente herido, puesto que mortalmente no modifica en ella a caer, sino a herido.

6 O simplemente consecución o realización, como en Esperamos la pronta publicación de la obra.

7 Curiosamente, el DLE no asigna una acepción diferente a feliz en hombre feliz y en resultado feliz, a diferencia de lo que hacen otros diccionarios.

ALLÍ PASÓ DE TODO. UNA NOTA SOBRE LOS PARTITIVOS ESCUETOS CON CUANTIFICADOR UNIVERSAL EN ESPAÑOL

José María BRUCART

Universitat Autònoma de Barcelona

1. LOS PARTITIVOS ESCUETOS

En su influyente monografía sobre la partitividad, Hoecksema (1996) distingue dos clases de sintagmas partitivos: los plenos (full partitives) y los escuetos (bare partitives). La diferencia entre ambos viene dada por la realización del cuantificador que expresa la parte. En los partitivos escuetos, que serán objeto preferente de atención en esta nota, tal elemento está fonéticamente ausente. El contraste de (1) ejemplifica esta oposición:

1) a. En aquella librería tenían algunas de las novelas que me pediste.

b. En aquella librería tenían de las novelas que me pediste.

En (1a) el sintagma en cursiva adopta el esquema tripartito característico de los partitivos plenos (parte-de-todo). La falta de realización de la parte convierte al de (1b) en partitivo escueto. En la bibliografía, los partitivos plenos han recibido mucha más atención que los escuetos. Poco se ha escrito, que sepamos, sobre el funcionamiento de estos últimos en español. Una excepción muy notable es Treviño (2010), que analiza en detalle estas construcciones. Los ejemplos de (2), tomados de esta autora, reflejan las distintas variantes de partitivos escuetos en español (Treviño, 2010: 50):

2) a. No hemos conseguido de esos cactus miniatura en ninguna parte.

b. Te traje del chocolate que te gusta.

c. Se me antojaron de los caramelos de canela.

d. Vimos/había de todo en esa tienda.

La propia lingüista mexicana señala que puede haber diferencias diatópicas y diafásicas en el grado de aceptación de algunas de estas construcciones. Es posible, en efecto, que algunas variedades sean más restrictivas que el español mexicano a la hora de perfilar el perímetro de la partitividad escueta. Así, por ejemplo, en nuestro idiolecto una construcción como (2c) resulta desviada, como sucede en general con cualquiera en la que el partitivo escueto represente la función de sujeto de un verbo inacusativo (*Me gustan de las novelas de aventuras1). Cabe destacar, no obstante, que el partitivo escueto con cuantificador universal neutro de todo constituye una excepción señalada a la anterior restricción, ya que permite representar sin problemas tal función: En cuestión de música clásica, le gusta de todo. Por motivos de espacio, Treviño (2010: 51) centra su análisis en los partitivos escuetos cuya coda es un sintagma determinante (SD) que incluye un sustantivo –esto es, el tipo representado por los ejemplos de (2a-c)– y señala, en relación con de todo, que esta variante sigue en muchos aspectos el patrón general, aunque también presenta ciertas diferencias de comportamiento2.

El objetivo de esta nota es estudiar algunos aspectos de la sintaxis del partitivo escueto de todo. Dado nuestro enfoque formalista, la estructura asociada con tal construcción debe reflejar directamente su interpretación, ya que es el propio entramado estructural el que determina el significado composicional de los enunciados. Nos interesaremos, pues, en construcciones como la de (3a), que contrasta con (3b, c):

3) a. Este hombre sabe de todo.

b. Este hombre lo sabe todo.

c. Este hombre se lo sabe todo.

También el cuantificador universal negativo nada puede aparecer en estos contextos, pero su distribución está mucho más restringida. Podríamos decir Este hombre no sabe nada o de nada, pero no sería posible la concurrencia con el clítico pronominal (*Este hombre no lo sabe nada) por la naturaleza intrínsecamente indefinida del cuantificador negativo, lo que impide su combinación con un SD y evita su funcionamiento como cuantificador flotante: todo ello frente a *nada ello. Además, de nada no puede en ningún caso aludir a la ausencia de individuos animados, frente a de todo, que puede denotar la existencia de personas (A esta consulta viene de todo: ricos y pobres). Así pues, nos centraremos en el análisis de las variantes con todo, porque traslucen con mayor facilidad el mecanismo interpretativo de esta construcción, al no implicar la dificultad añadida de los contextos negativos.

2. EL PARTITIVO ESCUETO DE TODO

2.1 Los datos

En este apartado, analizaremos someramente las características de los elementos que forman el sintagma partitivo escueto de todo. Como en muchas otras lenguas, el cuantificador universal todo presenta en español dos valores claramente diferenciados. La primera variante cuenta con flexión de género y número y toma sintagmas determinantes en su combinación sintáctica, tanto si están formados por nombres como por pronombres personales. Además, esta variante flexiva de todo es un cuantificador flotante, ya que puede acompañar o no al sintagma determinante cuando este asciende (Sánchez López, 1993, 1999)3:

4) a. Todos los colegas le están agradecidos.

b. Todos ellos le están agradecidos.

c. {Los colegas / ellos} le están todos agradecidos.

La segunda variante del cuantificador universal todo, denominada distributiva, posee solamente flexión de género y toma directamente un nombre como restricción:

5) Todo lingüista le está agradecido.

Al no combinarse con un SD, sino con un SN, esta variante de todo no admite pronombres personales (ya que estos son SD, no SN) ni puede separarse de su restrictor.

Volviendo a los contrastes de (3), es evidente que el cuantificador todo que aparece en (3b, c) corresponde a la primera de las variantes de todo que hemos presentado, ya que lleva asociado un pronombre clítico lo que representa su restricción. En cuanto al género, en (3b) es el mismo que corresponde al clítico, que es neutro (cf. Sabe todo lo que uno pueda imaginar). En cambio, en (3c) puede ser masculino (El programa de la asignatura se lo sabe todo) o neutro (Eso se lo sabe todo).

Centrémonos ahora en (3a), que va a ser nuestro objeto principal de indagación. Lo primero que debemos preguntarnos es qué clase de todo tenemos en este caso. Parece claro que se trata de la forma neutra del todo que se combina habitualmente con SD, ya que la variante distributiva del cuantificador universal requiere siempre un nombre adyacente y esta construcción no admite la presencia de ningún elemento de tal clase4. Por otra parte, la combinación con un clítico definido está también vedada, dado que el significado de los partitivos escuetos es siempre inespecífico e indefinido:

6) a. *David sabe de todo problema.

b. *David lo sabe de todo.

Finalmente, las posibilidades de combinación con un restrictor neutro están restringidas por factores semánticos. Pueden añadírsele demostrativos para la remisión anafórica a una clase mencionada previamente, como en el siguiente ejemplo, obtenido del CREA5:

7) Muchas personas acumulan objetos y, cuando hacen limpieza general, no saben qué hacer con ellos. Pueden ser periódicos atrasados que nunca se deciden a tirar; muebles usados que no saben dónde meter; ropa desgastada de la temporada o hasta piruletas, licuadoras y dentaduras postizas, que de todo eso y más se recibe en algunos centros destinados a recoger los objetos que desechan los ciudadanos (La Vanguardia, 30/09/1994).

Por otra parte, la posibilidad de tomar relativas neutras como restrictor parece depender del hecho de que su contenido pueda interpretarse como referido a subtipos de las entidades que componen el todo6:

8) a. ??David trajo de todo lo que compró en Argentina.

b. David trajo de todo lo que te puedas imaginar.

c. Entonces la mamá tiene que probar de todo lo que le regalan de parte de los vecinos. (Elizabeth Burgos, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia). [Consulta en CREA: 10/07/2018].

En cuanto a la preposición de característica de los partitivos escuetos, su principal característica es que no viene impuesta por el régimen del verbo, a diferencia, por ejemplo, de (7), donde la preposición introduce el complemento de régimen verbal:

9) Se acuerda de todo (lo que ocurrió aquella noche).

Si exploramos los contextos sintácticos en los que puede aparecer el partitivo escueto de (3a) –es decir, aquellos en los que la preposición no viene impuesta por el régimen del verbo–, observamos que siempre se corresponden con la posición de argumento interno, ya sea con verbos transitivos, como en (10), o inacusativos, como en (11):

10) a. Hay que leer de todo, Haroldo, para poder opinar. (Fulgencio Argüelles, Letanías de lluvia)

b. […] y yo «desgraciado», solté paquetes, solté cartera, de todo y salí corriendo detrás del tipo. (Alexandra Álvarez Muro, Poética del habla cotidiana)

11) a. Había de todo en aquel palomar, de todo menos palomas. (Fulgencio Argüelles, Letanías de lluvia)

b. […] mientras que estaba en el Cusco pasó de todo en Lima. (Expreso [Perú], 04/06/1997)

c. Después vinieron los punks con su «qué hacé bolú» y todo eso, y ahora viene de todo. (Carlos Polimeni, Luca)

Es interesante anotar que, pese al carácter neutro del cuantificador, de todo puede referir a conjuntos de personas, como en (11c). Como es de esperar, puesto que también se trata de construcciones inacusativas, se atestiguan asimismo ejemplos de de todo en pasivas reflejas y anticausativas7:

12) a. […] las temperaturas estuvieron -18º; se rompió de todo en ese invierno, cañerías de agua, etc. (https://www.estancierasbsas.com.ar/foro/index.php?topic=4181.0)

b. […] pusieron en ella tantas luminarias que se quemó de todo (Mesonero Romanos, Manual histórico-topográfico administrativo y artístico de Madrid)

En cambio, no parece posible que de todo se proyecte como argumento externo de verbos transitivos o inergativos. Podría parecer que los ejemplos de (13) contravienen este principio:

13) a. […] en la blogosfera anida de todo. (apiedeaula.wordpress.com/2006/01/09/bloggeo-luego-existo/)

b. […] cómo adoraba esos días metida en la humilde casa de mis abuelos, donde brillaba de todo, hasta el amor. (cuentosparalospadresdeloshijos.blogspot.com.es/2010/09/cu-cuu-cantaba-la-rana.html)

Anidar y brillar son verbos inergativos, por lo que podría pensarse que de todo representa el argumento externo en las oraciones de (13). No obstante, Torrego (1989) argumenta convincentemente que las oraciones locativas con verbos inergativos como las mencionadas son en realidad construcciones inacusativas8. En cualquier caso, lo que no es nunca posible es la presencia de de todo en posición preverbal, si exceptuamos casos de desplazamiento por focalización, como el de (14):

14) DE TODO hay en la viña del señor

Finalmente, en este repaso de las posibilidades distribucionales del elemento que estamos estudiando, debe señalarse que también puede aparecer en posiciones de atributo o de complemento predicativo, como en (15):

15) a. La boda de Elton John fue de todo menos secreta. (shangay.com/la-boda-de-elton-john-fue-de-todo-menos-secreta)

b. La llamaron de todo: de «perra» a «mentirosa congénita». (El Mundo, 15/10/1996)

2.2 La estructura

Obviamente, la presencia de un SP en posiciones de sujeto y objeto resulta llamativa. En primer lugar, cabe preguntarse cuál es la contribución de la preposición en estas construcciones, pues como ya se ha visto nada tiene que ver con el régimen verbal. La respuesta más plausible consiste en suponer que de es una marca de partitividad en todos estos ejemplos. Esta es, en efecto, la caracterización que le otorga la gramática que trata más extensamente de esta construcción (la NGLE) y el estudio pionero de Treviño (2010). Un argumento adicional a favor de este enfoque lo proporcionan los casos, no muy numerosos, en que se explicita el componente que expresa la parte, como en (12):

16) a. […] la dictadura, época oscura en la arquitectura uruguaya donde se rompió de todo un poco dando lugar a horribles edificios sin gracia, … (http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=1757447&page=6)

b. En el debate hubo un poco de todo. (Revista Semana [Colombia], 16-22/10/2000)

c. en un interrogatorio que le practicaran recientemente en la Fiscalía dijo ignorarlo todo de todo. (Rumbo [Rep. Dominicana], 17/11/1997)

Nótese que los ejemplos de (16) no cumplen las condiciones para ser considerados partitivos escuetos, dada la realización léxica del cuantificador expresivo de la parte. Pero es innegable que, a efectos interpretativos, están íntimamente relacionados con ellos. Una hipótesis plausible consiste en suponer que, cuando de todo no aparece precedido por un elemento que exprese la parte que se extrae, la estructura sintáctica incluye un elemento vacío que es el que le da a la construcción su interpretación indefinida por defecto y que sería distribucionalmente equivalente a un poco o todo en (16), aunque no interpretativamente:

17) [Esp ∅/un poco [SPart de [Complemento todo]]].

Una ventaja obvia de (17) es que la presencia del especificador elimina el problema que plantea la aparición de un sintagma preposicional en contextos de argumento. Hay, no obstante, otros modos de evitar el problema. Uno, por ejemplo, consiste en proponer que la preposición es un núcleo funcional que encabeza una proyección SPart (sintagma partitivo) y que es transparente a efectos de la asignación de caso nominativo o acusativo. Otra posibilidad sería asumir que estos sintagmas reciben caso inherente partitivo del verbo que los selecciona, aplicando la idea de Belletti (1988). En su análisis de los partitivos escuetos ejemplificados en (2a-c), Treviño (2010) opta por considerar que estas construcciones carecen de especificador vacío y que el de partitivo tiene un comportamiento híbrido entre determinante y preposición (D/P), tal como propone Kayne (1994). Un argumento decisivo para adoptar esta posición se relaciona con la concordancia: en los casos en que estas construcciones funcionan como sujeto, como en (2c), el verbo concuerda con el SD que aparece tras la preposición partitiva. Tal concordancia resulta difícil de justificar si se supusiera la existencia de un especificador vacío, ya que esa entidad, carente de rasgos de género y número, a priori podría interpretarse como singular o plural cuando la coda partitiva es plural (cf. {Una/dos} de las novelas que me pediste me {costó/costaron} de encontrar).

En nuestra opinión, no obstante, es preferible atribuir la estructura de (17) a todas las construcciones partitivas, sean plenas o escuetas, y asociar las posibles diferencias interpretativas a otros factores. En primer lugar, intentaremos derivar la distribución de los partitivos escuetos. La imposibilidad de que la construcción partitiva neutra aparezca en la posición de argumento externo (es decir, fuera del dominio directo del verbo) está probablemente relacionada con la propuesta de Diesing (1992) de que los argumentos en el interior del SV se incluyen en el alcance nuclear de la predicación y, a falta de determinación, pueden recibir interpretación existencial indefinida, que es lo que requieren los sintagmas que estamos estudiando. En su estudio sobre los partitivos en holandés, Le Bruyn (2008) señala la íntima conexión existente entre los partitivos escuetos y los nominales escuetos. En efecto: la distribución que presentan unos y otros es coincidente. Si se parte de la idea de que tal relación existe, parece lógico concluir que es la presencia de un especificador vacío lo que permite establecer tal correspondencia. El valor existencial indefinido de ese elemento derivaría de su posición estructural como argumento interno de un predicado verbal. Por otra parte, el valor plural que se asigna a estas construcciones cuando la partitividad se ejerce sobre un sustantivo contable reproduciría la asimetría de número que se da en los nominales escuetos (Llegan trenes / Compró libros frente a *Llega tren/*Compró libro). En consecuencia, no es necesario suponer que, cuando el partitivo escueto es sujeto, la concordancia con el verbo la desencadena la coda partitiva, que es un SD en todos los casos.

La caracterización de los partitivos escuetos como un caso particular de nominales escuetos permite explicar otras dos características de aquellas, debidamente mencionadas en Treviño (2010). Por una parte, la naturaleza atélica que comunican a la predicación, que sería reminiscente del efecto que producen los nominales escuetos en contrastes como Escribió una carta (realización) frente a Escribió cartas (actividad). Por otra, la incapacidad de funcionar como sujeto de predicaciones secundarias seleccionadas por verbos como considerar: *Consideré resueltos de los problemas planteados (Treviño, 2010: 74), del mismo modo que resulta agramatical *Consideré resueltos problemas. A este respecto es interesante notar que los partitivos escuetos pueden aparecer como sujetos de predicaciones secundarias locativas seleccionadas por verbos como querer: Quiero {de esos pasteles/de todo eso} en mi fiesta. De nuevo, la correlación con los nominales escuetos se cumple: Quiero pasteles de fresas en mi boda.

2.3 La interpretación de los partitivos escuetos con cuantificador universal

La NGLE (§ 20.2r-v) registra con bastante detalle la construcción con de todo, dedicándole cinco epígrafes. Se señala que los cuantificadores que pueden aparecer son todo y nada y califica estas construcciones como «expresiones cercanas a las pseudopartitivas». En nuestra opinión, sin embargo, se trata de verdaderas construcciones partitivas. Un indicio de ello es que su coda preposicional puede estar ocupada por un cuantificador asociado a la definitud, como todo. En las construcciones pseudopartitivas, el término de la preposición es siempre indefinido (un nominal escueto):

18) a. Dos de los vasos de la cocina (construcción partitiva)

b. Un par de vasos de la cocina (construcción pseudopartitiva)

Otra prueba del carácter partitivo de la construcción la proporciona la posibilidad de colocar la coda delante del primer término de la relación, como en de todo un poco.

Por otra parte, si se dice de alguien que Sabe un poco de todo parece expresarse una relación entre dos conjuntos, que es la principal característica semántica de las construcciones partitivas. De cada una de las materias a las que alude la coda partitiva se extrae un subconjunto inespecífico que representa lo sabido por el individuo. Véase el contraste de (19):

19) a. Sabe un poco de todo

b. Lo sabe todo de todo

c. No sabe nada de nada

En Lo sabe todo de todo lo que se expresa es justamente que lo sabido corresponde exhaustivamente a los contenidos de cada una de las materias consideradas. Podría parecer que en el caso de No sabe nada de nada no es posible tal interpretación, pero creemos que en ella se está siguiendo el mismo criterio que en (19b): de cada una de las materias que pueda denotar la coda (que son todas las referentes al dominio discursivo o a un dominio universal, a pesar de que la inducción polar pudiera llevar a pensar otra cosa) se extrae un contenido que corresponde al conjunto vacío. De ahí que (19c) sea equivalente a No sabe absolutamente nada, aunque la construcción sintáctica de ambas oraciones es muy distinta.

Un aspecto relevante de las construcciones partitivas con de todo es su relación con la noción de ‘tipo’, introducida como primitivo ontológico en el análisis semántico por Carlson (1977). Esta relación aparece señalada en la NGLE (§ 20.2t):

20) […] de todo se ha lexicalizado como expresión cuantificacional con el significado de ‘todo tipo de cosas’, por lo que ha perdido en buena medida su interpretación partitiva (NGLE § 20.2t).

Como intentaremos argumentar más adelante, creemos que no es necesario recurrir a ningún proceso de lexicalización para explicar la asociación de estas construcciones con la noción de ‘tipos’ o ‘clases’ y que es precisamente la construcción partitiva la que genera esta interpretación gracias a la presencia en la coda partitiva de un elemento neutro. El contraste de (21) nos parece relevante a este respecto:

21) a. Allí ocurrió todo

b. Allí ocurrió de todo

La diferencia interpretativa básica entre las dos oraciones de (21) es que en la segunda se afirma que hubo episodios de naturaleza diversa, mientras que en (21a) se denota meramente la globalidad de lo sucedido. Mientras que el sujeto de (21a) podría denotar un acontecimiento conocido por el interlocutor, el de (21b) sugiere más bien situaciones inesperadas, contradictorias o cambiantes.

En la NGLE (§ 20.2s) se propone una explicación del contraste en términos de estructura informativa:

22) Como consecuencia de la interpretación partitiva de de todo o de nada, estas expresiones solo pueden emplearse si tiene sentido hacer referencia a un conjunto supuesto de personas o cosas cuya existencia se confirma o se niega (por ejemplo, bienes, alimentos o servicios en el texto de Azúa [En este barrio no hay de nada]). Si este conjunto no se puede suponer, se omite la preposición. Así, el que entra en un departamento y quiere expresar que está completamente vacío podría decir Aquí no hay nada. Si dijera Aquí no hay de nada expresaría la ausencia total de enseres, alimentos, utensilios u otros elementos que serían de esperar en ese lugar (NGLE, § 20.2s).

Estamos básicamente de acuerdo con la interpretación que se hace del anterior contraste, pero ya hemos visto que el de (21) no se ajustaría al mismo criterio, lo que parece indicar que la idea de conjunto presupuesto no proviene del significado de la expresión, sino que es más bien un efecto contextual. La misma explicación podría aplicarse a la ambigüedad de Cogió de todo, que se comenta en NGLE (§ 20.2u). Es cierto que aquí de todo puede interpretarse en función de un conjunto previo o bien de modo absoluto (significando ‘todo tipo de cosas’), pero la diferencia, a nuestro entender, depende del dominio de entidades relevantes en el discurso y no de la propia construcción.

2.4 El análisis

De los argumentos que hemos presentado hasta aquí se deduce que la construcción partitiva con de todo (o de nada) tiene un significado completamente composicional que deriva de sus componentes y de las propiedades estructurales que caracterizan a los sintagmas partitivos. La lista de (23) refleja el conjunto de componentes que intervienen en esta construcción:

23) a. Componentes de la construcción:

• Cuantificador universal neutro

• Preposición de que expresa la relación partitiva

• Especificador que denota: (a) una cantidad inespecífica del conjunto de las subclases obtenidas (∅/un poco), o (b) la totalidad del conjunto de las subclases obtenidas (todo/nada).

b. Estructura: [SPart ∅/un poco/todo [Part’ de [SD todo]]]

La coda de la construcción, que representa el conjunto de extracción, es un cuantificador universal en género neutro. Dado este último valor, la operación partitiva no obtiene directamente individuos de aquel. Piénsese, por ejemplo, que el neutro no denota nunca entidades animadas, a diferencia de la construcción que estamos estudiando. Lo que se obtiene de la relación partitiva escueta son tipos o clases cuyo valor viene condicionado por el verbo que selecciona el argumento partitivo. Así, con Ha llegado de todo podemos referirnos a personas o a cosas, pero en Come de todo solamente se pueden obtener subclases de alimentos. Una pregunta interesante es por qué otros elementos neutros del español (como esto) no pueden reproducir este mismo funcionamiento. El motivo es que solamente el cuantificador universal es capaz de representar el conjunto de todas las variedades o subclases de la entidad denotada. En Comeré de esto, que también es una construcción partitiva escueta, no se pro duce la operación de generación de subclases y, en consecuencia, la lectura que se ob tie ne es simplemente la de una cantidad inespecífica de la comida deícticamente identificable.

El contraste de (24) muestra la diferente naturaleza del cuantificador universal neutro en la construcción definida y en la partitiva:

24) a. Nos falta de todo, menos vajilla.

b. Nos falta todo, menos la vajilla.

En (24a), el sintagma exceptivo elimina uno de los valores obtenidos de la operación partitiva. Tal elemento debe ser un nominal escueto, ya que lo que se exceptúa es una clase de objetos. Por el contrario, en (24b) lo que se separa es un conjunto extensionalmente delimitado. La NGLE (§ 36.3n) señala acertadamente que cuando se especifican las entidades englobadas en la construcción partitiva, como en (25), la preposición no debe repetirse:

25) a. Spa es un trazado muy divertido y tiene de todo: curvas rápidas, rectas largas, oportunidades de adelantamiento, cambios de elevación y condiciones climatológicas aleatorias (https://www.caranddriver.es/formula-1/sainz-spa-es-uncircuito-muy-divertido-y-tiene-de-todo).

b. […] era una plataforma bastante completa, pues en ella había de todo: búsquedas, comunicación, compras y titulares de todas las noticias del momento (https://www.unocero.com/software/no-todo-es-google-conoce-los-otros-navegadores-que-habia-antes-de-el/).

El motivo es claro: la operación partitiva solamente actúa con el cuantificador universal, por lo que la preposición debe estar ausente de cualquier mención de las clases englobadas en aquel.

Respecto de la íntima relación existente entre los partitivos escuetos con de todo y la noción de tipo, resulta interesante la siguiente muestra de lenguaje oral correspondiente a Venezuela recogida en el CREA:

26) […] nos han dicho que en el estadio ocurre de todo tipo de cosas (CSHC-87 Entrevista 59).

Para nosotros, (26) es agramatical. Lo interesante es que el hablante parece haber mezclado dos estrategias sintácticas que coinciden en un valor similar: la construcción partitiva y la construcción con el nombre ‘tipo’ (Pasó de todo / Pasó todo tipo de cosas). Esto muestra que, en la conciencia lingüística de ese hablante, ambas construcciones son equivalentes. La redundancia que se detecta en la interpretación deriva, pues, del uso simultáneo de dos procedimientos que coinciden en expresar una lectura partitiva de tipo.

3. A MODO DE CONCLUSIÓN

En su reconocida obra sobre la evolución de las estructuras gramaticales, Ridruejo (1989: 34) señala que «es una legítima forma de conocimiento el formular hipótesis explicativas y confrontar tales hipótesis con los hechos lingüísticos tal como han tenido lugar». En esta modesta aportación a su merecido homenaje, hemos presentado una propuesta de análisis de las construcciones partitivas escuetas con cuantificador universal siguiendo criterios composicionales. A diferencia de algunos análisis previos, hemos defendido que los sintagmas partitivos escuetos contienen un especificador vacío que tiene un funcionamiento asimilable al de los nominales escuetos, lo que explica la distribución y la aportación aspectual de estas construcciones. Además, hemos intentado mostrar que la interpretación de estos sintagmas está íntimamente relacionada con lecturas de tipo, lo que diferencia los partitivos escuetos de los plenos. Esta característica quizás derive de la anumericidad característica de los nominales escuetos (Laca, 1996). Como señala Le Bruyn (2008: 145), «for a sentence containing a bare partitive to be felicitous it is necessary for it to be relevant without the need of specifying quantity».

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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KAYNE, Richard S. (1994): The Antisymmetry of Syntax, Cambridge (Mass.): MIT Press.

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LE BRUYN, Bert (2008): «Full Partitives, Bare Partitives and Non-maximal Definites», Proceedings of ConSOLE XV, pp. 135-147.

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RIDRUEJO ALONSO, Emilio (1989): Las estructuras gramaticales desde el punto de vista histórico, Madrid: Síntesis.

SÁNCHEZ LÓPEZ, Cristina (1993): La cuantificación flotante y otras estructuras conexas, tesis doctoral, Universidad Complutense de Madrid.

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TORREGO, Esther (1989): «Unergative-unaccusative alternations in Spanish», MIT Working Papers in Linguistics, 10, pp. 253-272.

TREVIÑO, Esthela (2004): «Una prueba de inacusatividad para el español», en Barreras Aguilar, Isabel y Mirna Castro Llamas, eds., Memorias del Séptimo Encuentro Internacional de Lingüística en el Noroeste, Hermosillo, Unison, 381-398.

TREVIÑO, Esthela (2010): «Bare Partitives in Modern Spanish», en Capistrán Garza, Alejandra y Edgar Madrid, eds., Estudios de lingüística teórica. México: Universidad Autónoma Metropolitana/Ediciones del Lirio, 49-95.

1 No debe confundirse el ejemplo anterior con Me gustan de aventuras, donde el SP es un complemento predicativo y se supone la existencia independiente de un sujeto pronominal elíptico.

2 La autora remite a un trabajo anterior (Treviño, 2004), específicamente dedicado a de todo, que lamentablemente no nos ha sido posible consultar.

3 El cuantificador todo en singular puede combinarse también con sintagmas indeterminados (como en Es todo un caballero), pero este valor no es relevante para nuestra argumentación, ya que la cuantificación no se ejerce en este caso sobre la extensión del SD, sino sobre las propiedades atribuidas internamente a este, por lo que estas proyecciones suelen funcionar como atributos y no como designadores de un individuo.

4 En cambio, es posible la presencia de un sintagma inclusivo o exceptivo (David sabe de todo, {incluso/menos} de diplomacia).

5 Todos los ejemplos obtenidos del CREA de la RAE han sido extraídos de consultas realizadas el 10/04/2015.

6 En § 4.4 argumentaremos que una de las características semánticas de los partitivos escuetos consiste en activar la lectura de tipo o subtipo.

7 Los ejemplos tomados de Internet se han obtenido a través del buscador Google en consultas efectuadas el 12/04/2015.

8 En una concepción neoconstruccionista (Borer, 2005), la estructura sintáctica no se proyecta directamente a partir de los núcleos léxicos (en este caso los verbos), sino que son las proyecciones funcionales las que la forman. Eso permite que un mismo verbo pueda ser compatible con diversos esquemas sintácticos. Para un enfoque distinto del de Torrego (1989), véase Pérez Jiménez y Moreno (2007).

DE RETÓRICA, PRAGMÁTICA E HISTORIOGRAFÍA LINGÜÍSTICA: EL «ARTE DE BIEN HABLAR» EN LA ILUSTRACIÓN ESPAÑOLA

María Luisa CALERO VAQUERA

Universidad de Córdoba

Algunos lingüistas vienen señalando en los últimos tiempos (p. ej., Calvo y Esparza, 2009; Laborda, 2013; Vidal Díez, 2016) la necesidad de incorporar cuestiones de pragmática a los estudios de historia de la lingüística. Convencida también de los beneficios que conlleva –tanto para una disciplina como para la otra– el cultivo de esa línea de trabajo, pretendo realizar aquí un aporte más con un análisis breve de algunas obras de la tradición española (José Díaz de Benjumea, 1759; Beatriz Cienfuegos, 1786 [1764]; Santiago Delgado, 1799 [1790]) en cuyas páginas se trata de establecer, con mayor o menor profundidad y extensión, pautas de lo que se ha dado en llamar «reglas (o arte) de bien hablar»1, i. e., lo que hoy llamamos cortesía verbal e integramos como subdisciplina en el marco de la pragmática. Son aquellas tres muestras de textos que, publicados en la segunda mitad del siglo XVIII, nos interesan por tender puentes entre la antigua retórica –cuyas reglas se presentan a veces integradas en manuales de urbanidad, en gramáticas escolares, etc.– y las teorías actuales sobre pragmática y cortesía verbal (v. gr., Lakoff, 1973; Leech, 1983; Brown y Levinson, 1978, 1987)2. Textos de factura heterogénea –una obra específica sobre el «arte de bien hablar» (Díaz de Benjumea), una publicación periódica de opinión (La Pensadora Gaditana, de Beatriz Cienfuegos) y una gramática escolar (Delgado)–, editados, como se ve, con diferentes propósitos y destinatarios, lo cual parece confirmar la diversificada amplitud del interés que el «arte de la conversación» iba ganando entre las personas –hombres y mujeres– ilustradas, especialmente como útil herramienta de exhibición oral en los salones, tertulias, academias y otros ámbitos de sociabilidad, tan abundantes en ese momento histórico en su papel de medios de propagación del ideario ilustrado. Se adivina en este proceso un cambio de estatus de la tradicional retórica, una «democratización» o extensión del número y diversidad de sus usuarios, a lo que no era ajeno el hecho de que esta disciplina –una de las siete «artes liberales»– desde 1850 venía siendo sustituida por otras en los programas educativos europeos (Douay-Soublin, 1992). Todo ello, por otra parte, parece contradecir la extendida idea de que antes del nacimiento de la dialectología a finales del siglo XIX, a los estudiosos del lenguaje solo les interesó esta facultad humana en su modalidad escrita.

1. En el caso del periódico de opinión La Pensadora Gaditana (1786 [1764]: t. IV, 79-102), el capítulo (o «Pensamiento») XLIII, que discurre sobre «Qual es el mejor modo de hablar su propio Idioma», es un ejemplo de la importancia que la supuesta autora, bajo el también supuesto pseudónimo de Beatriz Cienfuegos3, concede a la interacción verbal (o retórica interpersonal según Leech, 1998 [1983]: 61) en la sociabilidad humana:

[…] debemos todos poner el mayor cuidado en nuestras conversaciones, así familiares, ó privadas como las públicas, destinadas para el común adelantamiento de nuestros intereses (Cienfuegos, 1786 [1764]: 80).

La última frase («destinadas para el común adelantamiento de nuestros intereses») deja entrever el concepto de «intención» que por parte del hablante se supone en el origen de cualquier tipo de discurso, y que dos siglos después llevó a Leech (1998 [1983]: 59) a hablar de los objetivos o funciones de los enunciados en el marco del intercambio conversacional4. La siguiente cita revela cuál es la intención última que, a juicio de «La Pensadora Gaditana», alberga el hablante con su discurso:

Casi todos los que se hallan bien educados se empeñan laudablemente en adquirirse un brillante estilo para hacerse entender, y ponen todo su estudio en manejar con destreza su Idioma para ser aplaudidos, y estimados (Cienfuegos, 1786 [1764]: 82).

Ese propósito del emisor de «ser aplaudido y estimado» gracias a su educada conversación es una idea también compartida por quienes, más recientemente, se han ocupado de los principios de la conversación y la cortesía verbal. Así, Brown y Levinson (1987: 13), tras determinar que las personas tienen una negative face (= imagen negativa, esto es, el deseo de no ver impedidos sus actos por otras personas) y una positive face (= imagen positiva, es decir, el deseo de que sus actos sean aprobados hasta cierto punto por los demás), concluyen que, para respetar y mantener esa imagen –positiva o negativa– a la que, por su carácter universal todos somos acreedores, y a fin de lograr una estabilidad en sus relaciones sociales, los interlocutores desarrollan las apropiadas estrategias de cortesía: de ahí la distinción que en seguida establecen entre positive politeness (= cortesía de solidaridad, o conjunto de estrategias lingüísticas que buscan establecer un nexo positivo entre los interlocutores y prevén la atenuación del enunciado a través del mutuo reconocimiento o de la reciprocidad de relaciones amistosas) y negative politeness (= cortesía de distanciamiento, o estrategias lingüísticas que prestan atención a la distancia existente entre los interlocutores para evitar entremeterse en territorio ajeno) (cf. Brown y Levinson, 1987: 101-210)5. Para el concepto de «imagen», Brown y Levinson se inspiran en Goffman (1997 [1959]: 15), quien, utilizando la metáfora del teatro para describir el comportamiento de las personas en la interacción social, concibe a estas como actuantes que se esfuerzan por transmitir una impresión favorable de sí mismas frente a los distintos auditorios ante los que actúan (familia, amigos, etc.), deseando que los demás tengan un alto concepto de ellas, además de intentar «controlar la conducta de los otros, en especial el trato con que le[s] corresponden». El mantenimiento de esa imagen favorable durante el intercambio comunicativo es el modo de obtener una interacción armoniosa; o, en otras palabras, es la finalidad del uso de la cortesía (cf. Mariottini, 2007: 7).

Un atentado contra la imagen es, justamente, lo que supone uno de los tres «riesgos» o «defectos» calificados por la autora gaditana como «amenazas para el bien hablar», a saber, «las porfias contenciosas sobre qualquiera asunto», puesto que, a su entender, los interlocutores se exponen «á que con el ardor de la porfia se arriesgue la quietud, la amistad, y no pocas veces lo mas estimable, que es la vida» (Cienfuegos, 1786 [1764]: 83-84). Y en seguida se prescribe la receta del antídoto:

Para escusar los peligros de estas porfias, y que las conversaciones de los racionales sean útiles, y provechosas á la misma verdad que se busca, no se han de enardecer las disputas con empeños inconsiderados, ni se ha de procurar hacer valer su dictamen guiado por la pasion propia: todo se ha de olvidar, y haciendo los cargos con moderacion, y blandura, y respondiendo con amor al que se opone, concediendo unas veces desapasionados, y considerando otras prudentes, se descubrirá la hermosa luz de la verdad (Cienfuegos, 1786 [1764]: 86-87).

Se observará, de paso, la referencia a «la verdad que se busca», «la hermosa luz de la verdad» que pretende descubrirse con la conversación, idea coincidente con la supermáxima de la categoría de cualidad («Trate usted de que su contribución sea verdadera») señalada por Grice (2005 [1967]: 525) como parte del principio cooperativo de la conversación («Haga usted su contribución a la conversación tal y como lo exige, en el estadio en que tenga lugar, el propósito o la dirección del intercambio que usted sostenga», según Grice, 2005 [1967]: 524), conceptos más tarde adoptados y reformulados por Leech (1998 [1983]: 147)6.

Contra el principio de cortesía lingüística, considerado por Leech (1998 [1983]: 51, 140) como un aspecto complementario del principio cooperativo por su continua interacción con aquel, actúa el segundo defecto señalado por Beatriz Cienfuegos: «la costumbre de chanzearse inconsideradamente, y de procurar la diversion agena, á costa de la estimación propia» (p. 89), y ello «sin reparar en los sentimientos de los amigos, ni en que los agravian con sus imprudencias» (p. 94). Tal costumbre se trata, pues, de una acción verbal que, aplicada sin mesura, atenta contra el mantenimiento de la buena relación y entendimiento entre los interlocutores:

Porque las chanzas han de ser como la sal; que ministrada con prudencia en los manjares, los hace sabrosos y gratos al paladar; pero arrojada con inmoderación los exaspera, y los pone displicentes al gusto (Cienfuegos, 1786 [1764]: 92).

De nuevo es el principio cooperativo de la conversación el que se ve incumplido en el tercer «defecto» denunciado por la autora: «la porfiada continuacion de hablar, y mas hablar, sin permitir que otros puedan, proferir una palabra en su presencia» (p. 95). En este caso el locuaz hablante quebranta la categoría de cantidad, en su modalidad negativa («No haga usted que su contribución resulte más informativa de lo necesario»), tal como la formuló Grice (2005 [1967]: 525), y más tarde Leech (1998 [1983]: 51).

Y con la siguiente recomendación finaliza su discurso la «pensadora» ilustrada, insistiendo en ese aspecto principio (= el cuidado de la imagen) que actúa como poderoso regulador de la interacción verbal:

Estos son los defectos que por menos advertidos, y no por esto menos perjudiciales, se deben desterrar de las prudentes conversaciones […]. Guárdese el que quisiere mantener su estimacion, y autoridad de incurrir en semejantes abusos; pues de esta manera será el objeto de la veneracion de todos (Cienfuegos, 1786 [1764]: 100-101).

2. Con mayor profundidad y extensión se ocupa del «buen hablar» Santiago Delgado en sus Elementos de gramática castellana, ortografía, calografía, y urbanidad (1799 [1790]), escritos para los alumnos de las Escuelas Pías7. Como se hace constar en el título, su última parte es un «Tratado de la urbanidad y cortesía» (pp. 74-109) que consta de 11 capítulos, en 8 de los cuales se hace referencia expresa a la cortesía verbal (cf. Vidal Díez, 2016: 78). Esta se incluye en el marco más amplio de la urbanidad, así definida:

La urbanidad no es otra cosa sino el arte, o habilidad de ordenar de un modo agradable nuestras acciones y palabras en todo lugar, tiempo y con todas personas. Por tanto, al hombre sensato será fácil adquirirse la estimación y concepto del hombre urbano y cortés, hecho bien cargo de las circunstancias de su edad y estado, de las personas con quienes trata, del lugar y el tiempo. Toda esta gran ciencia […] estriba en una verdadera y sólida humildad y caridad christianas (Delgado, 1799 [1790]: 77).

Se observará, para empezar, la contradicción en que se incurre aquí al etiquetar a la vez como «arte» y «ciencia» los estudios sobre urbanidad, pues uno y otra son categorías que desde la antigüedad clásica quedaron bien delimitadas (e incluso contrapuestas). En cualquier caso, merece destacarse el elevado concepto que Delgado tiene de los estudios sobre urbanidad y cortesía, hasta el punto de incluirlos como una sección más de su libro:

El trato de los hombres en la vida civil nos precisa a todos con una obligación estrecha a acomodarnos en cuanto nos sea posible a su modo de pensar y obrar para sostener este comercio y sociedad. Por tanto, el libro de los oficios u obligaciones que debemos a toda clase de personas, es el más digno de nuestro estudio si queremos granjearnos la unión y paz admirable, y aquella armonía que hace a los hombres sociables y racionales […] (Delgado, 1799 [1790]: 75).

En la citada definición de urbanidad, al margen de la estima que expresa por el estudio de la misma, se puede reconocer una de las reglas de competencia pragmática de Lakoff (1973: 296-298) («Sea cortés») así como las diferentes reglas de cortesía que de tal principio se derivan («No se imponga», «Ofrezca opciones», «Refuerce los lazos de camaradería»). Consejos como estos se ofrecen por doquier en el «Tratado»; como muestra:

A todos los condiscípulos, que son sus iguales, [el alumno] tratará con afabilidad, y cortesía; no altercará, con ellos, ni reñirá, ni les dirá ninguna afrenta, ó palabra descompuesta, ni sucia, ni descortés […]. Los juramentos, y palabras torpes no se consentirán en nuestras Escuelas, porque fuera de descortesías, son escándalos, y pecados enormes (Delgado, 1799 [1790]: 95).

Junto a la valoración de la imagen (vid. Goffman, 1959; Brown y Levinson, 1978, 1987) que en esa definición de urbanidad se deja traslucir («al hombre sensato será fácil adquirirse la estimación y concepto del hombre urbano y cortés»), se manifiestan también, y con mayor claridad, una serie de principios pragmáticos condensados en la siguiente recomendación: «[el hablante se ha de hacer] bien cargo de la circunstancias de su edad y estado, de las personas con quienes trata, del lugar y el tiempo». Son tales «circunstancias» una manera de referirse a algunos de los «factores extralingüísticos que determinan el uso del lenguaje» (Escandell, 2013: 16) y que, en este caso, aparecen detallados en el capítulo IX del «Tratado», el titulado «Como se ha de conformar con las circunstancias de lugar, tiempo, y personas» (pp. 100-102). Ahí el contexto se erige en un factor clave para la adecuada (des)codificación del discurso:

El que atentamente considerare estas circunstancias del lugar en que habla, de su estado, y condicion, de la calidad, genio, ó actuales circunstancias de las personas, con quien trata, errará poco en la Urbanidad. Porque […] lo que es lícito en la calle, no lo es en la Iglesia; lo que en una enhorabuena, no viene bien en un duelo. Por tanto, el trocar las expresiones, y cumplidos es descomedimiento, y descortesía. […] En todas las ocasiones se ha de hacer cargo, para no errar en la práctica, si se le sigue á la persona alguna ofensa, ó incomodidad, observando las reglas propuestas (Delgado, 1799 [1790]: 100-102).

Asimismo, en numerosos pasajes del «Tratado» se alude a las diferentes variables sociales y contextuales –(a) poder relativo o prestigio social del hablante con relación al oyente, (b) distancia social entre los interlocutores y (c) grado de imposición atribuida a una determinada expresión lingüística– consideradas cruciales por Brown y Levinson (1987: 15) para determinar el nivel de cortesía que un hablante habrá de escoger en la interacción verbal; lo cual parece lógico por tratarse de una obra dirigida a la educación de la infancia. Seleccionamos una de entre las muchas citas posibles:

[Hay] varios grados de obligacion; y en dar á cada uno el suyo con la estima, y aprecio, que se merece, consiste la discreta Urbanidad. Todos los hombres son iguales en la naturaleza […]; mas en la union de la Sociedad hay ciertas Gerarquías, que los distinguen unos de otros […]. Por lo que de un modo tratamos á nuestros Padres, Maestros, Reyes, y Magistrados; de otro á nuestros iguales, y de otro tambien á nuestros criados, é inferióres. Y así en no quitar á los mayores sus respetos, ni dar de mas á los iguales, é inferiores, consiste el medio prudente de la cortesía (Delgado, 1799 [1790]: 79).

No obstante, las recomendaciones más prolijas sobre el empleo de este tipo de estrategias lingüísticas en función de los diversos factores sociales y contextuales se concentran en los capítulos III («Del respeto á los Padres, Maestros, y mayores», pp. 84-86) y IV («Del tratamiento a los Superiores», pp. 86-91).

Y donde se resumen buena parte de los principios (con sus correspondientes máximas y modalidades) propios de la cortesía verbal es en el capítulo VII, «Reglas del hablar» (pp. 96-99). Véase aquí un extracto:

La conversacion, y palabras deben ser medidas, modestas, fuera de toda afectacion, austeridad, vanidad, y sandez. Ha de ser libre, y alegre sin disolucion, ni ligereza; dulce, y graciosa sin estudio, ni lisonja, y proporcionada á las personas con quien se habla. Se ha de hablar ni muy baxo, ni muy alto, ni afeminado; toda violencia en las acciones, y palabras es fastidiosa. No se usarán las frases, locuciones, y modas de hablar de gente baxa. No se reirá sin motivo […]. No dirá de modo alguno palabras equívocas, y de mal sonido. A nadie satirizará, ni contristará con palabras picantes, de altivez, ó de desprecio. Sepa callar lo que se le encargó que no dixese […]. En los tratamientos de las personas sígase la costumbre de los Pueblos donde se halle […]. Nunca hable de sí con estimacion, y alabanza, y si se ve precisado, siempre sea con mucha modestia; y quando en su presencia le alaben, atribúyalo á la bondad, y cortesía del que hablare. Nunca diga truanerías, ni chocarrerías para reir […]. Tampoco haga comparaciones, ni dé la preferencia á alguno presente, dexando al mismo tiempo desayrado á otro tambien presente […]. En fin, no ofenda á nadie con sus palabras, ni dé motivo de queja; hable de todos con honor, y con modestia de sí. Disimule qualquiera falta de cortesía, ó de lenguage, y aunque conozca ser mentira, no lo manifestará, ni hará befa, ni se reirá; que con los mayores seria insolencia. Si le vituperan sin razon, ó le faltan á la Urbanidad, sufra quanto pueda, y con palabras corteses, y afables dará su descargo, y procurará pacificarlos […] (Delgado, 1799 [1790]: 97-99).

Por último, al lector atento no le habrá pasado desapercibido que a lo largo de las citas escogidas de este «Tratado de la urbanidad y cortesía» (y muy especialmente en el capítulo II, «Del culto Divino», pp. 80-84) se encuentran diseminadas frecuentes expresiones (del tipo «caridad christiana», «pecados enormes», «la Iglesia», etc.) que ponen de relieve su marcada orientación religiosa (= católica), a diferencia del texto plenamente laico de «la Pensadora gaditana». Tales alusiones, «aunque propiamente no forma[n] parte de la cortesía verbal […], sí conforma[n] el uso y sentir de los hablantes y, consecuentemente, desde una perspectiva pragmática, inciden en la actuación y el comportamiento social del individuo (ethos)» (Vidal Díez, 2016: 80). En el caso de la obra que trataré a continuación, las referencias de este tipo se encuentran concentradas en el capítulo IV, el titulado «De la conversacion con Dios» (pp. 48-55).

3. El tercer y último autor estudiado, José Díaz de Benjumea, en su Arte de bien hablar (1759) se precia de la originalidad que tal título supone en el panorama español, antes de reconocer las fuentes que inspiran su libro:

Este es el primer tratado que he visto con el nombre, y titulo de Arte de bien hablar: và fundado en documentos de la Sagrada Escriptura, dichos de Sabios [Platón y Séneca fundamentalmente], y direcciones de la razón: Español es el autor, logrenle, y aprendanle los primeros los Españoles […] (Díaz de Benjumea, 1759: 299-300).

Es cierto que con ese título, traducción literal del clásico ars bene dicendi, no es fácil hallar obras en la tradición española (escrita en español) antes de la de Díaz de Benjumea8; pero más digno de atención ahora me parece el subtítulo de la obra: Modelo utilissimo para todos estados, sexos, y edades de personas…, en el que se explicitan distintas categorías de los potenciales destinatarios. Como se ve, las mujeres son tenidas en cuenta por el autor como posibles lectoras de este Arte de bien hablar, así como receptoras de sus consejos, lo que no es habitual en obras de estas características (ni de muchas otras) en la época. No obstante, en la mente de Díaz de Benjumea parece prevalecer la consideración del destinatario masculino, a juzgar por las numerosas sugerencias que les ofrece a ellos para tratar a las damas; por ejemplo:

[La cortesía no] consiste en requebrar à las Damas, y decirles muchos de los que llaman favores, porque esto nace de ligereza inconsiderada, pues falta à el respecto que se les debe à las mugeres: porque si este tiene por basa, y fundamento su fragilidad, y debilidad, no viene bien provocarlas (Díaz de Benjumea, 1759: 150).

[…] la cortesìa no ha de ser igual con todos; sino mayor, ò menor segun pidiere la graduacion del sugeto à quien se trata: si es muger, entienda que la ha de tratar con mucha cortesìa: porque en el respeto del hombre honrado està librada la honra, y estimacion de su fragilidad (Díaz de Benjumea, 1759: 154).

A la inversa, es raro encontrar consejos directos que sirvan como guía de conducta cortés a las mujeres, si acaso este ejemplo: «à todos conviene tener modo afable; pero à ninguno con tan estrecho vinculo, como al marido con su muger, y à la muger con su marido» (p. 159), y alguno más en los que a ellas se les exige mayor contención verbal («las palabras deshonestas, que en todo tiempo estàn prohibidas, son entre mujeres grande contravando», p. 155) o donde se infravaloran sus habilidades9:

[Durante el juego] En las Damas bien criadas, agudas, y decidoras, se permite alguna mas licencia, y desahogo en sus enfados de perder, porque mas entretienen, y deleitan con lo que dicen, que con lo que juegan (Díaz de Benjumea, 1759: 170).

Como en las dos obras ya comentadas, en la de este autor no faltan pasajes dedicados a esclarecer el concepto de «cortesía». El comportamiento cortés, para él, no consiste en «las exteriores ceremonias» o en «los ofrecimientos mentirosos» sino en «vencerse, sujetarse, y proporcionarse à los otros» (p. 150), en tanto que su empleo es considerado enteramente beneficioso en la interacción social:

La cortesìa es el hechizo con que los hombres encantan, prenden las voluntades, y vencen muchas dificultades. No puede hablar mal, quien usa de cortesìa: […] luego armado debes estar de ella para con todos […]. Se ha visto, que buenas palabras apagaron mas incendios, que pudieran muchas cargas de agua. Por lo que se dice, que quien no tiene miel en la orza, tengala en la boca (Díaz de Benjumea, 1759: 146-147).

En la obra se determina también la finalidad del discurso, que no es sino la estimación y el reconocimiento del otro («si quieres que todos te estimen, habla bien de todos: si quieres captivar las voluntades de los otros, hablale à cada uno en su lengua», p. 144), lo que nos lleva de nuevo a recordar el concepto de «imagen» de Brown y Levinson (1978, 1987). Las diferentes categorías, con sus correspondientes máximas, del principio cooperativo de Grice (2005 [1967]: 524) son reconocibles en varias de las normas que aparecen en el Arte de bien hablar, como se verá en la siguiente tabla comparativa:


Grice (2005 [1967])Díaz de Benjumea (1759)
Categoría de cantidad.Máximas:- Haga usted que su contribución sea tan informativa como sea necesario.- No haga usted que su contribución resulte más informativa de lo necesario (p. 525).Ejemplos:- … no solo se peca, hablando lo que no se debe, y no diciendo lo que se debe, sino no diciendo lo que se debe decir, y del modo que debe decirse (p. 180).- [hemos de hablar, como vestimos: pues si ninguno quiere mas calzòn, que el que necessita, tampoco ha de hablar mas de lo necesario (p. 179).
Categoría de cualidad.Máximas:- No diga usted lo que crea que es falso.- No diga usted aquello de lo cual carezca de pruebas adecuadas (p. 525).Ejemplos:- Cada uno de nosotros tenemos derecho, à que quando nos hablan, […] que se diga la verdad, y no se le engañe à el que tercia, con la mentira (p. 61).- … no puede hablar bien, quien miente (p. 143). -No debes juzgar cosa alguna sin verla, porque te expones à temeridad, y à fabricar sin fundamento (pp. 108-109).- … habla mal el que dice, por lo que oyò con ligereza (p. 200).- … nunca hablará de lo que no sabe; sino que debe hablar lo cierto como cierto, lo dudoso como dudoso, y lo no averiguado, como indeciso (p. 146).- Nunca hables en duda, ni en ella te resuelvas (p. 181).
Categoría de relación.Máxima:- Vaya usted al grano [sea pertinente] (p. 525).Ejemplos:- No sea redundante, ò superfluo en las pruebas, ò parentesis, y mucho menos si son impertinentes (p. 57).
Categoría de modo.Máximas:- Evite usted ser oscuro al expresarse.- Evite usted ser ambiguo al expresarse.- Sea usted escueto (y evite ser innecesariamente prolijo).- Proceda usted con orden (pp. 525-526).Ejemplos:- Principio del saber, es convenir en el hablar; y para esto conviene la claridad en los vocablos (pp. 151-152).- Que las palabras, y voces con que se explica sean claras, y bien pronunciadas sin afectación (pp. 57-58).- … la demasiada subtileza es enemiga de la verdad (p. 184). -Pocas palabras tienen mas precio que muchas, si son premeditadas. Muchas palabras, son ruido, ò algaravia, que deleita à los ignorantes (p. 145).- … los hombres cuerdos, y prudentes gastan menos palabras para explicarse (p. 184).

En cuanto a los principios pragmáticos, como ya vimos en el manual escolar de Delgado, también en el Arte de Díaz de Benjumea se tiene en cuenta el relevante papel que desempeñan los factores extralingüísticos en la conversación, puesto que el emisor ha de esperar el momento oportuno para su intervención («la dificultad [de hablar] es en el quando, y ha de ser a su tiempo», p. 145) o el más conveniente («el vicio que se opone por defecto à la virtud de la conversacion, es el [hombre] taciturno con excesso, que no habla quando conviene», p. 264), de forma que sus palabras se adecuen al contexto situacional («no es proporción hablar de cosas tristes, y adversas en tiempo de alegria; ò chistes, y motes burlescos en tiempo de tristeza», p. 176). En definitiva, su consejo es: «Atienda el que habla para hablar bien, a la substancia, modo, tiempo, y personas que tercian» (p. 146).

En esta última cita se apunta la idea –ya mencionada– de los diferentes factores (poder relativo, distancia social, grado de imposición atribuido a una expresión determinada) que condicionan el uso de la cortesía en el discurso, idea que más adelante detallará el autor al referirse a las «propiedades de una buena conversacion»:

Al Superior nunca se le dice que se cubra, que se siente, &c. porque como dueño no espera la licencia de otro. A el inferior es à quien se le manda cubrir, sentar, &c. y à el igual se le ruega que se siente, ò cubra (p. 156). El hombre afable es familiar con los amigos: con los inferiores, benigno; con los superiores, obsequioso; con los ancianos, sério; con los mozos, jovial; con los niños, gracioso; y con las mugeres muy cortès (Díaz de Benjumea, 1759: 158-159).

Es en el capítulo XVI («De el modo de hablar el Superior, ò à el Superior», pp. 293-295) donde se explaya el autor en estas consideraciones de cortesía verbal según la distancia social. He aquí una nueva muestra, rematada con una expresiva comparación:

[Con el superior] Hablaràs pocas palabras, y de gusto, mas suaves, y doradas, que si hablaras con otro igual; que no se unta la cara para curarla con la misma untura fuerte, que se untan los otros miembros del cuerpo (Díaz de Benjumea, 1759: 294).

Muchas otras citas podrían seguir aduciéndose como precedentes de las modernas teorías sobre los principios, propiedades y condiciones de la conversación interaccional. Así, en el siguiente pasaje resuena la máxima de modestia del principio de cortesía de Leech (1998 [1983]: 62): «En qualquiera circunstancia huiràs del vicio de la adulación, porque esta, de parte de el adulador supone baxeza de animo, y de parte de el adulado vanidad, y engreimiento» (p. 44). Pero con lo visto hasta aquí mediante el análisis de estas tres obras de la segunda mitad del siglo XVIII, parece demostrada la conveniencia de seguir indagando en los antecedentes (plasmados en manuales de retórica, de urbanidad, artes de hablar, etc.) de esa subdisciplina de la pragmática que hoy denominamos cortesía verbal, en la línea de lo afirmado, entre otros, por Vidal Díez (2016: 70): «La incorporación de aspectos de pragmática en la investigación historiográfica de la lingüística española continúa siendo una asignatura pendiente». Tarea que, dicho sea de paso, admite una doble vertiente, no necesariamente intercambiables pero doblemente productivas10: por un lado, el aporte de los historiógrafos de la lingüística (de lo que pretende ser una pequeña muestra este trabajo) y, por otro, la contribución de los especialistas en pragmática, quienes, sin duda, con la mirada retrospectiva sobre su disciplina hallarán inestimables datos para respaldar y enriquecer sus propios estudios acerca de las estrategias usadas por los hablantes en la conversación.

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1 Lo había intentado también Ignacio Luzán unas décadas antes en su Arte de hablar, redactado en 1729 y editado por primera vez en 1991 gracias a la labor de M. Béjar Hurtado (vid. Marcos Sánchez, 1999).

2 Como afirma Vidal Díez (2016: 70), «pragmática, retórica y cortesía no solo no se oponen, sino que forman parte de una misma cosa». Asimismo, Brumme (1997) intenta demostrar la vinculación existente entre esas tres disciplinas en su estudio sobre los tratados de urbanidad publicados en la España del siglo XIX.

3 Para los problemas relacionados con la autoría de La Pensadora Gaditana consúltese Canterla, 1999.

4 Términos que, en opinión de Leech (1998 [1983]: 59), son más neutros que el de intención, pues este puede ser equívoco, a diferencia de objetivo o función, que «no compromete[n] al usuario en relación con la volición consciente o motivación».

5 Cortesía de solidaridad y cortesía de distanciamiento son los términos propuestos por Haverkate (1998: 46) para lo que suele traducirse como cortesía positiva y cortesía negativa, respectivamente. Consideramos esta traducción de Haverkate más adecuada en español a lo que se quiere expresar.

6 Leech ([1983] 1998: 147) observa, por ejemplo, que las máximas de cantidad y de cualidad «pueden ser consideradas juntas, pues […] con frecuencia trabajan juntas y en competencia mutua, de forma que la cantidad de información que s [= el hablante] da queda limitada por el deseo de s de evitar decir falsedades».

7 Esta obra ha sido estudiada por Vidal Díez (2016) junto a otros ocho tratados de urbanidad escogidos de la tradición española, con el fin de averiguar «en qué medida se ajustan las normas de cortesía reflejadas en estos manuales de urbanidad con la cortesía pragmática» (p. 75), en la línea de Brumme (1997).

8 Cuestión diferente son los contenidos, de los que sí tenemos tempranas muestras en lengua castellana como el Galateo español (1582) de Gracián Dantisco o la Norma breve, de cultura, y politica de hablar (1737) de Carlos Ros; para esta última obra, vid. Calero Vaquera (2017).

9 Incluso en un par de ocasiones las mujeres son puestas como ejemplo de «maligna murmuración» y de «hipocresía» («Una vieja havia en Alcalà de Nares…»; «No es muy dessemejante de esta aquella vieja que refiere un Autor moderno…» (Díaz de Benjumea, 1759: 29-34).

10 Tal como destacábamos en una publicación reciente: «que el conocimiento del trabajo historiográfico reporta ganancias a la investigación lingüística actual y que, a la inversa, el ocuparse de los planteamientos actuales de la lingüística resulta imprescindible para el tratamiento de temas encuadrados en la historia de la disciplina» (Calero y Haßler, 2016: 9).

DEFICIENCIAS LEXICOGRÁFICAS Y ANÁLISIS CONTRASTIVO DEL LÉXICO

Julio CALVO PÉREZ

Universitat de València

A partir del análisis contrastivo del léxico peruano y español (TERCO, Calvo, 2015), algunas de las diferencias que se observan a primera vista entre los dos dialectos solo son tales si las sometemos a la información ofrecida en su día por el DRAE y más tarde por el DLE. En cuanto que se mejora el bagaje lexicográfico peninsular por otros medios (ampliación dialectal, indagación diacrónica, extensión del corpus, etc.), es posible realizar un trabajo contrastivo más estricto; con estos nuevos alcances, se detectan y explicitan mejor las deficiencias e insuficiencias del diccionario académico, pudiendo clasificarse estas con algún criterio en beneficio del perfeccionamiento del mismo. De hecho, esta mejora se viene dando, pues muchas de las ausencias o incoherencias encontradas se han corregido desde la publicación de TERCO, aunque como es habitual –y así lo denuncian muchos lexicógrafos latinoamericanos– la RAE no cita las fuentes en que apoya.

1. INTRODUCCIÓN

En TERCO (2015) planteé la necesidad de contrastar el léxico del castellano peruano y el peninsular, uno de los campos donde más sentido tiene el cotejo interdialectal de la lengua española: el gran volumen del Diccionario de americanismos de la ASALE (2010) nos da una idea de la diversidad léxica de una lengua tan extendida y sometida a tantas influencias como la nuestra, en concreto por el aporte de las lenguas indígenas que han dejado su huella el español peruano y como consecuencia de varios siglos de separación léxica con la Península. Por otra parte, la comparación entre lenguas diferentes lleva a un concepto manido y en su denominación absurdo, el de falso amigo, de modo que por mi parte preferí establecer un nuevo concepto de equiparación, el de término de compromiso, haciendo ver que en los contrastes léxicos, sea cual sea su naturaleza, no hay mayor divergencia entre palabras de significantes alejados como próximos para memorizar y emplear los vocablos y locuciones más propios de cada dialecto en contextos muy concretos. No obstante,

este argumento particular se aplica igualmente a los falsos amigos intralingüísticos que son convivientes, [o] compromisos, elementos que, aunque con dificultades, permiten seguir viviendo orgánicamente en la lengua sin ruptura semántica entre los dialectos involucrados en ella (TERCO, p. 22),

es decir, palabras con el mismo significante o muy parecido que significan distinto, en diversos grados de diferencia, sin que por ello se rompa la unidad del idioma o la estructura semántica general del léxico. Para realizar este diccionario, me serví, en principio, de mi propia experiencia contrastiva y lo difícil que me resultaba pasar por peruano en una conversación normal o por escrito, pese a mis largas temporadas de convivencia con los (sub)dialectos nacionales. Para dar objetividad a todo esto, pero con la infinidad de notas que se toman en veinte años de investigación lingüística en un lugar, me avine a publicarlas haciéndolas pasar por el tamiz de los diccionarios, entre ellos y muy particularmente, el DRAE (ahora DLE).

Este preámbulo sirve únicamente para introducir el tema de mi contribución: las dificultades que acarrea el hecho de cotejar la realidad diversa y cambiante del léxico a partir de las situaciones estáticas que presentan incluso los mejores repertorios léxicos. Particularmente, advertí las muchas carencias y descuidos de nuestro diccionario oficial (DLE, 2014) y las necesidades de corrección continua que exigía la evaluación de las concomitancias y divergencias habidas respecto al Diccionario de peruanismos recién publicado por la Academia Peruana de la Lengua (DiPerú, 2016), en fase de corrección cuando se publicaba el TERCO.

Es una lástima que una obra académica que comenzó con tan buen pie en el período 1726-1739 (Diccionario de Autoridades), que se transformó pronto, en 1780, en un manual para uso común, sin autoridades y que lleva ahora 23 ediciones, haya sido sujeto de descuido hasta situaciones tan caóticas como las declaradas hace años por Calvo (1995) en cuanto al léxico de origen andino. El nuevo estudio, en base a lo recogido en TERCO, va a situar en la picota de nuevo a nuestro diccionario académico.

2. DESARROLLO

Los aspectos que se han tenido en cuenta a la hora de comparar el léxico común peruano y el peninsular en TERCO han sido muchos. Entre ellos, los de las diferencias léxicas que implican sinonimia, paronimia, homofonía y homografía y aquellas derivadas de estas dos últimas: particularización y generalización, espines, metáforas y metonimias (con diferencias por sinécdoque), polisemia, etc. y la estandarización, ampliación o reducción léxica a partir del uso en el contexto americano. Los demás aspectos analizados tienen que ver con las divergencias gramaticales (morfológicas y sintácticas), los cambios referenciales, los registros pragmáticos (eufemismo, etc.), las diferencias de registro social o cultural y cómo no, las que he bautizado como falsos registros debidos a las carencias, insuficiencias y deficiencias metalexicográficas, desajustes definicionales de los que me voy a ocupar en este breve ensayo. Para la casuística del resto de los fenómenos me remito a TERCO (pp. 15-50 y passim).

2.1 Carencias metalexicográficas

Considero que son carencias lexicográficas aquellas en que uno esperaría que el diccionario académico contuviera la entrada con su desarrollo correspondiente, pero que por alguna razón no la contiene (o no la contenía en el momento de la redacción de la obra). Se observa en entradas del TERCO como las siguientes1:

abrefácil. 1. m./adj. ‘Dispositivo metálico o plástico, en el exterior de los envases, con que estos se abren fácilmente con las manos’ / […]. En España se utiliza igual (El uso de las latas de refrescos se generalizó en la década de 1960 gracias a un invento, el abrefácil, y a la incorporación del aluminio en su fabricación) y además nombra al recipiente entero en ciertas construcciones (sardinillas abrefácil), pero el DRAE no lo contempla2.

aprestamiento. 1. m. ‘Desarrollo de habilidades y destrezas que recibe el niño, generalmente previas a la lectoescritura’ / […]. En la Península se ha desarrollado este sustantivo verbal, aunque no lo aporte el DRAE, y cuyo significado es el esperado como delata el ejemplo siguiente: Desde los momentos iniciales de esta etapa de adquisición de la técnica de la escritura, todos los ejercicios tenderán a trabajar con el significado, con unidades significativas. El aprestamiento debe ser un proceso bien planificado, presentado a modo de juego3. Así que, diferencialmente, no se trata de un caso de creación léxica por derivación en el Perú, puesto que la palabra es de uso peninsular también, sino de una carencia lexicográfica que la propia Academia debe valorar.

autor, ra: autor de sus días. 1. loc. sust. ‘Progenitor, padre o madre’ / […]. El DRAE no trae la locución antedicha, pero se conoce igualmente en España. Ejemplo: …y ahora al cabo de no muchos años de aquel fracaso, era mucho más rico que el autor de sus días. Se trata de un circunloquio para no nombrar al padre, el cual puede sufrir alteraciones en el posesivo por razones referenciales obvias como: el autor de mis días, etc.

barbi. 1. adj./f. ‘<Dicho de una mujer> Que tiene rostro y cuerpo de muñeca adulta, con cabello y formas ostentosas’ / f. […]. En España se emplea igualmente esta metáfora cosificadora a partir del hipocorístico (< BÁRBARA), aunque no la traiga el DRAE: Solo hay que ver las pintas de las primeras fotos conocidas de esta señora y compararlas con su transformación en una Barbi del barrio de Salamanca (ejemplo español tomado tal cual, donde sería preferible escribir barbi en minúscula; cf. Calvo, 2007).

chamote. 1. m. ‘Arcilla que se obtiene de fragmentos de cerámica reducidos a polvo’ / chamota - chamote […]. Cualquier ceramista sabe en España lo que es el chamote (o chamota, más usual), independientemente de que no pueda haberlo aprendido en el DRAE. Ejemplos españoles: Ah... se me olvidaba. Sobre la chamota hay ya mucho dicho en el foro, de cómo realizarla / Las formas abiertas (platos y fuentes) son muy difíciles, y hará falta mucha chamote4.

No voy a reproducir todos los casos de carencias lexicográficas halladas en el momento de recopilar el TERCO. Baste con decir que los ejemplos que anteceden son paradigmáticos en cuanto a que sirven para una subcategorización sencilla. Por ejemplo, al igual que está ya incluido el compuesto abrefácil, podría estar también el ausente caficultura5. Las derivaciones obvias no son bien atendidas en el DLE, pues lo mismo que aprestamiento deberíamos tener también atragantamiento, atrasador, cachivachero, rescatable6, ronero, similaridad, etc. y no están. A la locución autor de sus días se le suman otras como oleado y sacramentado a la se le hubiera podido dar una compañera más: cerrar filas, si no fuera porque al fin ya ha sido admitida en el diccionario académico peninsular7. El deónimo barbi busca un compañero sentimental como es pinocho, que no está tampoco en el DLE, pero que tiene significado obvio, por iniciativa del personaje de Carlo Collodi: «Mentiroso, que acostumbra a mentir o que no da importancia al hecho de mentir» (DiPerú); ejemplo español: El fútbol es el gigante que reina rodeado de cortesanos pinochos. Los puristas dirían que el fútbol es el arte de dominar el balón y engañar al feroz contrario (https://tinyurl.com/y7zj8w3c). Sobre los tecnicismos, hay algunos de ellos, como chamota, no incorporados, a falta de diligencia terminológica que nada tiene que ver con la que tuvo en el siglo XVIII el gran lexicógrafo español Esteban de Terreros en su Diccionario (1786-1793).

Las carencias metalexicográficas están a veces minimizadas bajo el pretexto de que la entrada figura también en el DLE, aunque en tales casos falte la acepción de referencia, que sería preciso ingresar. Diríamos que se trata de carencias parciales, especie de artículos incompletos o faltos de acepciones8, como las observadas en:

acartonado, da. 1. adj. ‘<Dicho de una persona> Estirado, poco natural en su figura y comportamiento’ - [Mx, RD, Co, Ve, Ec, Bo, Ch, Ar, Ur, Pe. ‘Persona que se comporta de una manera muy poco natural y espontánea’] / ‘Que tiene el aspecto o la consistencia del cartón’. Una cosa acartonada es aquella que presenta arrugas o excesiva sequedad en su superficie o que simplemente se parece al cartón. Eso se puede aplicar al físico de las personas (de rostro acartonado), aunque figuradamente también al comportamiento, como se ve en las dos acepciones (muy próximas) de la primera parte del artículo doble (peruano y español) del texto. Estas acepciones no han sido registradas en el DLE todavía, aunque hay ejemplos españoles en que la metáfora para lo abstracto se aplica con naturalidad: …conocer cómo todas estas cargas de gustos, aversiones, esquemas, ideologías, modos de ser, ideas de cómo debe de ser la vida, los comportamientos asumidos, nos van convirtiendo en personas acartonadas (https://tinyurl.com/yclldk75).

En casos como este, las carencias parciales del DLE se detectan muy frecuentemente. Las vemos por ejemplo en borrarse (‘Dejar de pertenecer a algo’), florero (con varias acepciones, pero ninguna de ellas la más popular metafóricamente hablando, que falta en todos los inventarios: ‘Persona bella e insustancial que está como de adorno en un lugar’, que se aplica injustamente casi siempre a mujeres, o bien el sustantivo ‘Persona que se sirve de palabrería para persuadir u obtener algo de alguien’, reducido a adjetivo por el DLE), listo (con cinco acepciones, pero ninguna de ellas la que recoge DiPerú, también usual en la Península: ‘interj. <Expresión usada por quien realiza una acción para indicar que algo se ha concluido> Hecho’), oxidarse (‘Quedar <alguien> desactualizado en el ejercicio de algún oficio o profesión’ con ejemplos peninsulares, que denotan que la acepción debería darse también en el DRAE: Las matemáticas me asustan porque estoy oxidado, pero habría que ver el nivel de dificultad que tienen, con inclusión de una nueva acepción en el DLE después de la publicación de TERCO), etc.

2.2 Insuficiencias metalexicográficas

La carencia, respecto al DLE, implica inexistencia total o parcial de un artículo en la obra, como he dicho. En un segundo supuesto, menos grave, podría hablarse, sin ir tan lejos, de simples insuficiencias lexicográficas, de modo que calificaríamos solo de insuficientes ciertos aportes incompletos que hace la RAE al caso que nos ocupe. Por ejemplo, fulbito es tomado por argentinismo y fulbito de mano (‘futbolín’) por peruanismo. Para el Perú, fulbito (o fubsal) es también ‘Deporte variante del fútbol, en que participan dos equipos de seis jugadores cada uno, con arcos y cancha más pequeños, y que se juega generalmente en piso de cemento’. Es lo que equivale a fútbol sala en el estándar español, pero también a fulbito o futbito como voz popular y coloquial respectivamente.

Cosa semejante podemos ver en acordonar, donde el DRAE ya había perdido la acepción natural ‘Ceñir o sujetar con un cordón’, de modo que es incapaz de reconocer la acepción peruana ‘Cerrar los alrededores de determinada zona con cintas de seguridad’, siendo apenas recuperable por medio de un evanescente «etc.» en el DLE: ‘Incomunicar por medio de un cordón de tropas, de puestos de vigilancia, etc.’.

En ciertos contornos nos damos cuenta de una insuficiencia sistemática del DLE, la que tiene que ver con oficios y género gramatical. Compárese DiPerú con las acepciones españolas: adobero, ra. 1. m. y f. ‘Persona que tiene como oficio fabricar adobes’ / adobera. f. ‘Molde para hacer adobes’, ‘Lugar donde se hacen adobes’ (tomado como otros muchos ejemplos del TERCO). Habríamos de preguntarnos: ¿si aceptamos que alcaldesa es «5. f. coloq. p. us. Mujer del alcalde», ¿cómo debería llamarse al esposo (o esposa) de la alcaldesa? Si un diccionario debe sugerir usos también y no solo recogerlos, basta con fijarse en la siguiente acepción del DLE: «2. m. y f. Consorte del marqués o de la marquesa» (bajo la entrada marqués, sa). En este sentido es bueno que la Academia corrija o complete la información; así, de la definición insuficiente «Utensilio para enseñar a andar a los niños» (s. v. andador) se ha pasado a reconocer últimamente que también los ancianos o los cojos pueden usar el aparato de referencia con la misma propiedad y utilidad.

A veces la falta toma visos categoriales, como vimos en florero y en listo, o ahora en puro, que el DLE no acepta como adverbio, aunque de hecho lo es en España tanto como en el Perú: Esa película de puro mala es cachondísima (siendo correcto en el uso: Lo hizo de puro tonta, e incorrecto: ?Lo hizo de pura tonta, como se lee incluso en algún blog elemental de reglas gramaticales españolas: https://tinyurl.com/ya2so7uu).

Solo por lo que toca a aparentes diferencias con lo que ocurre en el Perú, TERCO recoge al menos un centenar de insuficiencias lexicográficas, del tipo de las analizadas u otras por el estilo. Un simple listado nos lleva a: andancia, ardiente, barriada, cafetalero, campana (En España es campana extractora, según la Academia, aunque los dos ejemplos que siguen permiten avalar la duplicidad: La actual gama de campanas extractoras posee una estética coordinada con el resto de los electrodomésticos de la cocina y las más altas prestaciones, pero Te ofrecemos una amplia gama de campanas que combinan con el diseño de tu cocina. Disponemos de campanas de pared y colgantes de diferentes estilos [España]), cuadrado (respecto a ‘Referido a persona, gorda, que no tiene figura o curvas’), escarabajo (el DLE no acoge la diferencia, real también en España, ‘Coche de cierta forma’), interiorizado, lance ([amoroso] ‘Aventura intrascendente, generalmente de carácter amoroso’), maría (= ‘mariguana’9), y tantas otras voces fronteras entre la mera carencia parcial o la simple insuficiencia léxicográfica.

En cambio, tenemos también sobreabundancias léxicas. Por ejemplo, cancelar. ‘2. tr. Pagar o saldar una deuda’ remite a acepción culta o menos frecuente en España, ya que donde la voz es verdaderamente estándar es en el Perú: ¿Cómo y cuándo puedo cancelar la reserva de un restaurante?, se dice por ejemplo (frente al español peninsular que prefiere anular). Es lo mismo que pasa con arribar, liso, luego de, ubicarse, etc., que –algunas en ciertas acepciones o empleos– son simplemente voces usuales en el país latinoamericano.

2.3 Deficiencias metalexicográficas

Un tercer apartado de fenómenos metalexicográficos, que no impiden, pero sí dificultan el trabajo contrastivo entre dialectos de una misma lengua, es el que he recogido bajo el rótulo de deficiencias metalexicográficas, tomando técnicamente deficiencia como error o falta menor que la carencia o la insuficiencia. Veamos algún caso:

mocoso, sa. ‘Persona que está en la niñez o pubertad’ / ‘Que tiene las narices llenas de mocos’, ‘< Dicho de un mozo> Poco experimentado o advertido’. A partir de estas diferencias la verdad es que a quienes convivimos a caballo entre los dos dialectos, peruano y peninsular, mocoso nos suena desde el principio a lo mismo: a quien tiene mocos y a quien tiene poca edad, que es cuando usualmente el líquido nasal aflora con mayor frecuencia. Este ejemplo español lo revalidaría: –¿Te rindes, mocoso? –Miguel se incorporó de golpe y empujó a Rubén. Otra cosa es que los diccionarios no definan mocoso adecuadamente, por lo que para evitar errores se ha introducido la palabra en DiPerú, un diccionario estrictamente diferencial por otra parte. En efecto, un jovenzuelo, muy experimentado o advertido, lleno de picardías e incluso de arrogancia y todos cuantos sustantivos y adjetivos se nos ocurra añadir en esta línea, puede ser tildado de «mocoso». Otro ejemplo, español: Aquellas mocosas hicieron prender con sus acusaciones a ciento cincuenta personas (tras auscultarlas en el ojo izquierdo), las cuales fueron juzgadas: veintitrés de ellas fueron ahorcadas en Salazar… Es decir, que mocoso es simplemente también un adolescente o un mozo, no necesariamente solo el joven inexperto, empleado peyorativamente. Otros ejemplos que encontramos en TERCO son: antro, cuyas dos definiciones difieren, aunque parecen totalmente sinónimas (‘Local de mala reputación donde se practica algún vicio’ ) (DiPerú) / ‘Local, establecimiento, vivienda, etc., de mal aspecto o reputación’ (DLE)10), fenómeno que se da igualmente en apechugar (Apropiarse, tomar para sí’ / ‘Cargar con las consecuencias negativas de algo’), badulaquear (‘Comportarse como un bellaco’ / ‘Portarse como un necio’), bajial (‘Bajío <en las provincias litorales>, lugar bajo que se inunda en el invierno’) / ‘Bajío <como terreno bajo>, lugar inundable por las lluvias y crecidas de los ríos’), bombillo (‘Trampa, rejilla de desagüe’ / ‘Aparato con sifón para evitar la subida del mal olor en las bajadas de aguas fecales’), capear (‘Jugar con el toro para darle castigo y finalmente muerte’ / ‘Hacer suertes con la capa al toro o al novillo’), castañero, ra (‘Persona que cultiva y vende castañas’ / ‘Persona que vende castañas’), chupetón ( ‘Hematoma que queda en la piel, generalmente en el cuello, causada por la succión de los labios’ / ‘Acción y efecto de chupar con fuerza’), gallito ( ‘Agresivo, que busca pelea sin motivo alguno’ / ‘Hombre presuntuoso o jactancioso’), hacienda (‘Finca agrícola y ganadera’ / ‘Finca agrícola’), huero (‘<Dicho de un huevo> Podrido’ / ‘Vano, vacío y sin sustancia’ y otras muchas palabras peninsulares y americanas que llevan a sutilidades diferenciales o diferencias de concreción, difíciles de evaluar en ciertos casos, como sucede con cachaza (‘Aguardiente de jugo caña de azúcar destilada’ / ‘Aguardiente de melaza de caña’), encomendero ( ‘Terrateniente, dueño de campos cultivables a quien se ha otorgado una encomienda’ / ‘Hombre que por concesión de autoridad competente tenía indios encomendados’), peliculero ( ‘Que llama o busca llamar la atención’/‘Fantasioso, que se deja llevar de la imaginación’), recibo (‘Comprobante de pago de la adquisición de un producto o la prestación de un servicio’/‘Escrito o resguardo firmado en que se declara haber recibido dinero u otra cosa’), trono (‘Váter’/‘Taza del váter’), tupé (‘Jactancia’/‘Atrevimiento, desfachatez’), etc.

Otro tipo de deficiencia, más próxima a la carencia parcial o insuficiencia, según se mire, es la que se encuentra en la voz pacotillero. Obsérvese que existe en el DLE, pero no en la acepción recogida por el DA:

pacotillero, ra. 2. adj./m. y f. [Pe, Bo:O, Ch. ‘Persona que realiza algo sin esmero o de manera descuidada’] / […]. || Aparentemente, esta palabra no existe en España, pero sí (ser algo) de pacotilla ‘De inferior calidad, o estar hecho sin esmero’, lo que nos sitúa en la misma isotopía, aunque sin el desarrollo latinoamericano como adjetivo derivado. O al menos eso es lo que parece si nos atenemos al DLE, aunque como siempre la realidad lingüística va por delante de las Academias. Ejemplo español: Lo peor es que vas y encima sale con el rollo ese de los progres tan típico del liberalismo pacotillero y demagógico a la carta de algunos medios que tú tanto debes escuchar.

Un tercer tipo nos viene de ejemplos en que la deficiencia es intrínseca, al margen de su valor contrastivo. Así, es norma básica de la lexicografía avanzada y ha sido denunciado por expertos en lexicografía (como Porto Dapena, 2002: § 3.1.2) e investigadores en ciencias sociales (como Bunge, 1999: 91) que una definición en que el definiendum está contenido en el definiens es de por sí deficiente (circular, tautológica, ilógica…). Es el caso de la entrada palo, definida en el DLE no solo como ‘Pieza de madera u otro material, mucho más larga que gruesa, generalmente cilíndrica y fácil de manejar’, sino también como ‘Palo de madera u otro material que se utiliza como mango’. Véase que en esta segunda acepción [palo] es definido mediante ]palo[, donde el nivel lógico metalingüístico del abierto (o definidor) se hace coincidir grave e ilógicamente con el lingüístico cerrado (o definido), como ya denunció el lógico polaco Tarski para resolver la paradoja. Entonces, ¿cómo encajar la nueva acepción de palo debida al Perú y a otros muchos países latinoamericanos [en Mx, Gu, Ho, ES, Ni, CR, Pa, RD, PR, Co, Ve] como ‘Árbol de tronco exento’ o bien la explícita metáfora sexual para el pene [En Perú, lo mismo que en ES, Ni, Bo:C,O; Ho, Cu, Ch, Ar, Ur]? La dificultad estriba en que se llama palo al tronco en Latinoamérica, mientras que en España o se trata de una rama recta, desgajada y sobre todo seca, o bien de una pieza artificial, tallada para alguna utilidad, como el palo de la escoba que mejor hubiera sido definido como ‘Mango largo de madera u otro material para agarrar un utensilio’ o simplemente como ‘Mango de la escoba’, dada la colocación (el) palo de (la) escoba11. Esto hubiera simplificado el cotejo con solo añadir al conjunto definicional que se trata de la clásica polisemia, resuelta en las dos acepciones latinoamericanas como dos simples acepciones más en un proceso frecuente de ampliación del significado.

Un caso de grave deficiencia es aquel en que se esperaría, por tratarse de un diccionario general como es el DLE, de una diferencia por homonimia, que a veces no se da. Esto sucede cuando se acumulan en una sola entrada no indexada palabras de procedencia etimológica dispar (como en tortillera1 / tortillera2, en que el DLE no distingue como étimos entre lat. vulg. TŌRTA y lat. TŎRTA)12, tipo de casos a los que no me referiré aquí, aunque en alguno de ellos afecta directamente al Perú como en patero en sus acepciones ‘Que entabla amistades con facilidad’ < PATA ‘amigo íntimo’ < lat. PACTA ‘las cosas pactadas’, en el Perú / ‘Que caza patos salvajes’ < PATO), en general.

Un ejemplo final, que tiene que ver con toda la polémica observada sobre el supuesto machismo del DLE es este, en que al parecer el resultado es el contrario, motivado sin duda por la infrecuencia de que una mujer maneje / conduzca un camión: camionera. 1. f. ‘Mujer de aspecto o comportamiento rudos’ - [Pe, Ch. ‘Lesbiana con modales y apariencia masculinos’] / ‘Mujer que conduce un camión’ Comentario: Un camionero en España no solo es quien conduce un camión, sino una persona ruda o de modales violentos, aunque el DLE no lo recoja: ¿Se puede saber porque a él no le riñes y a mí sí? Es una duda que me corroe, suponiendo que mi hermano de seis años habla como un camionero. Por tanto, la diferencia solo estriba en la buena o mala dedicación del lexicógrafo. En todo caso, la palabra es vejatoria para este oficio, y lo es más aplicada a mujeres, por nombrar un oficio que es una labor circunstancial para ellas. Ello es así, aunque se objete con este ejemplo real: ¿Él le dijo camionera? No veo nada de machismo en eso: esta mujer hizo un escándalo, faltó el respeto a todo el pueblo peruano al comportarse como una bestia en medio del discurso presidencial (TERCO).

Quizá sean ineludibles las deficiencias en los diccionarios. No deben insertarse palabras o alguna de sus acepciones en la nomenclatura hasta que estas no estén consolidadas, pero mientras tanto la carencia está ahí. Es el caso de amarillo, voz que designa el apoyo político de la prensa o de los sindicatos al poder en uno de sus sentidos y que no se ha incluido hasta hace poco en el artículo correspondiente del DLE. La exigencia de la realidad, que se impone sin paliativos, así como posiblemente la denuncia de TERCO, han permitido en este caso mejorar el DLE. Lo mismo ha sucedido con amueblado, chequera, conteo, filetear, incursión, interiorizar, luminaria (= ‘lumbrera’), pagos (‘Lugar o región’. U. m. en pl.), etc. Que haya sido en buena hora.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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1 Los artículos de TERCO constan del lema (que pondré en negrita), la categorización y la definición en DiPerú (1916) o, eventualmente, en el DA (entre corchetes). A ello sigue una barra (/) a cuya derecha se inscriben las definiciones del DLE, o similares, en caso de que existan. Si no existen o bien quedan en parte podadas, se recurre a nuevos corchetes con puntos suspensivos en su interior: […]. Después, el artículo contiene las explicaciones oportunas sobre el conjunto antedicho, los ejemplos pertinentes (a veces) y la subcategorización semántica en base al método contrastivo. A los efectos de este trabajo, se añadirán los aspectos que se consideren oportunos para completar la información, pero se mantendrá siempre el orden trazado en las definiciones anteriores / posteriores a la barra indicadora. La comilla simple (‘…’) se utilizará para registrar el significado (o sentido) del lema y será sustituida por las comillas latinas («…») cuando haga referencia a citas literales.

2 En algunos casos, como este, el DLE ya ha incorporado la entrada: «1. m. Sistema que facilita la apertura de envases herméticos».

3 En María L. Regueiro Rodríguez: Lecto-escritura, cuanto antes mejor. Madrid, UCM, p. 9. En https://tinyurl.com/y9ecn8an. Para evitar citas incómodas, prescindiré de las referencias de los ejemplos en aquellos casos en que la competencia habitual de los hablantes no creamos que deba ponerse a prueba.

4 Voz de género ambiguo: se emplea indistintamente como masculino o femenino: Según la cantidad que se agregue y su tamaño, el chamote aporta a las piezas cierta textura áspera o rugosa, que igualmente se trasmite a los barnices.

5 «caficultura. 1. f. ‘Técnica del cultivo del café’ - [Lo mismo en Gu, Ho, ES, Ni, CR, RD, Co, Ve, Ec, Bo; PR] / (Col., El Salv., Guat., Nic., P. Rico y Ven. ‘Cultivo del café’), […]. Es americanismo en el DRAE, aunque no se menciona al Perú. En todo caso, uno puede hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo se llamará en España al cultivo del café? Pues, sin duda, del mismo modo; ej.: La caficultura no puede ser ajena a los requerimientos del mercado. La carencia es del diccionario, no de los hablantes. La prueba indirecta está en que el DRAE trae caficultor» (TERCO, s.v. correspondiente).

6 «La palabra no está en el DRAE, pero hay ejemplos que denuncian esa carencia; un portavoz de un partido político en el gobierno ha dicho: La fuerza de España hace que no sea un país rescatable. Sí, eso se dijo y nunca se pudo saber si España fue un país rescatado o no…» (cita reproducida en julio de 2012 en diversas páginas de Internet).

7 Tampoco está saludo a la bandera: «saludo: saludo a la bandera. 1. loc. sust. ‘Acto que resulta inútil o puramente simbólico’ / […]. No hay en la Península (e Islas, sin duda) una locución en estas palabras: El soldado saluda a la bandera el día de la jura, por ejemplo, es literal [y no tiene alcance lexicográfico]. Pero sí hay una locución sinónima: brindis al sol…» (TERCO, s.v.), la cual no aparecía, incomprensiblemente, en el DRAE, aunque ya se ha incorporado al DLE.

8 Evidentemente, faltos de acepciones netas, porque tampoco se trata de acumular infinitesimalmente sentidos a los sentidos dados en el artículo léxico. No obstante, el conocimiento contrastivo interdialectal del español, en sus múltiples dialectos, debe ser una pauta para fragmentar el continuo de la realidad como convenga.

9 Que maría equivale en España a ‘marihuana’ lo demuestra también el ejemplo español siguiente: Las razones que los responsables de estas páginas apuntan cuando se trata de justificar la irrupción de Barcelona como ese supuesto mejor lugar del planeta para fumar maría son variadas.

10 Siempre en el orden advertido de latinoamericanismo/voz peninsular.

11 Sirva igualmente para cotejo la diferencia entre bandera como adjetivo directo transformado o la locución de bandera, sinónimos al efecto, aunque el DLE no lo explicite en su caso. Ejemplo: Productos bandera como el café, los espárragos, la maca, el pisco y la lúcuma alcanzaron en exportaciones los US$ 708,07 millones (Perú). Pero sucede que en el Perú se dan las dos formas, al igual que en España: Fue reconocido producto de bandera en abril de 2013 (Perú) / Nuestro producto bandera es la naranja y todas sus variedades (España).

12 La distinción es entre los étimos (1): < lat. vulg. TŌRTA < lat. TŌRTA [PANIS] ‘pan redondo’ < gr. τώρτίδιον, contracción de τò άρτίδιον ‘panecillo’, dim. de ἄρτος ‘pan, torta’ (de donde ha derivado tortilla, como ‘alimento hecho con huevo cuajado’ y tortillera1) y (2) < lat. TŎRTA < torquēre para ‘tortera, tortillera’, es decir, ‘lesbiana’). Véase DEPP (2015) y DCECH (1980-1991), en sus entradas correspondientes. En concreto el DEPP asegura: «La palabra tortillera apostamos a que viene del francés entortillée ‘retorcida’ (< fr. ENTORTILLER < lat. TORTILIĀRE < TORTĬLIS, ‘torcido’ < TŎRTUS < TORQUĒRE, part. pdo.), que luego tendría como atractor tortillera2 en España, pero no referido a una torta pequeña, como en cocina, sino a algo tuerto o torcido (< lat. TŎRTA, y no < lat. TŌRTA). Esta explicación se refuerza con el hecho de que el amor lésbico se considera un amor torcido [por la forma física de amarse entre mujeres homosexuales], o desviado [moralmente además] de lo natural. De modo que guárdense ustedes de asociar hacer tortas con practicar el sexo entre mujeres y las formas o fórmulas que se adopten en ello» (p. 679).

CONTINUIDAD Y RUPTURA EN LA HISTORIA SINTÁCTICA: DEL DOBLE ACUSATIVO EN LATÍN AL DOBLE OD EN CASTELLANO MEDIEVAL

RAFAEL CANO AGUILAR

Universidad de Sevilla

1. Construcciones del tipo «ruégalos de coraçon que prendan de sus averes» o «e amonestauanlos que feziesen maldat», donde coexisten un claro OD (por la forma acusativa del clítico) y una completiva introducida solo por que, han atraído en muy escasa medida la atención de los gramáticos e historiadores de la lengua1. Algunos han creído ver ahí construcciones de OD más predicativo (semejantes a los casos de OD + Sust./Adj. indicadores de «predicación secundaria», o los de Obj. + infinitivo con sujeto propio)2. Sin embargo, han sido sobre todo los historiadores de las interferencias entre estos clíticos (los bien conocidos leísmos, laísmos y loísmos) quienes se han interesado más sobre la cuestión, aunque en general por medio de apuntes esporádicos, al menos en lo que se refiere a los usos ante oraciones completivas3.

2. El origen se sitúa de forma unánime en las construcciones latinas de doble acusativo, que con distintas formas sintácticas pudieron pervivir como construcciones de doble OD en castellano, pervivencia residual que cedería el paso (salvo en los casos mencionados antes) a la canónica triactancial de OD + OI. Así, Lapesa (2000, [1968]: 292-295, 303-307) señaló las fluctuaciones en el uso de formas de acusativo o dativo pronominal en estos contextos y las erróneas interpretaciones como laísmos o loísmos. Marcos Marín (1978: 23 y sigs.) habló de laísmos y loísmos «antietimológicos», pero sin referirse específicamente a estas construcciones. Los estudios recientes sobre las interferencias pronominales apenas tienen en cuenta estas construcciones (Fernández-Ordóñez, 2001, no las cita), y solo el estudio de Matute (2004) sobre los usos pronominales en castellano medieval vuelve a sacarlas a colación, aunque finalmente no las considere decisivas en la génesis y desarrollo de laísmos y loísmos.

2.1. En primer lugar hay que señalar que el elenco de verbos regentes de subordinada completiva en esa construcción de OD + Or. subda. es bastante mayor de lo que se suele decir, restringiéndonos por el momento al período medieval (textos situados hasta 1499). Sin pretender una relación exhaustiva (quedan áreas por investigar)4, hay que indicar los ya referidos por otros autores (amonestar, apremiar, castigar, constreñir y rogar) y los hallados en el curso de la investigación (aducir, atraer y traer, ayudar, compeler, condenar, embargar, emplazar, enderezar, enviar, esperar, exhortar, forzar, guiar, inducir, meter, mover, obligar, poner, requerir y sentenciar). No en todos la productividad de la construcción es la misma: en algunos es alta (amonestar, apremiar, constreñir, emplazar, embargar) o muy alta (enviar o requerir), en otros es mínima (guiar o forzar, o el culto exhortar), y en los demás se mueve en términos discretos.

La mayor frecuencia coincide por lo general con la continuidad del reparto de los verbos a lo largo de la época medieval. En los otros pueden observarse (salvo azares en la documentación) discontinuidades. Pero también la discontinuidad puede afectar a algunos de los más frecuentes, cuando no se trata de formas patrimoniales sino introducidas como léxico «culto»: es el caso de requerir, que, salvo esporádicas apariciones previas, solo intensifica su presencia desde mediados del XIV; o de exhortar, introducido en el s. XV. Dos verbos de la misma familia léxica se reparten en el tiempo: mientras aduzir apenas supera el límite del siglo XIII, induzir es más bien tardío, con alguna presencia en el XIV pero propio sobre todo del XV. A veces, la inclusión en el grupo se produce tras otros procesos, normalmente cambios semánticos: así, forçar, general desde los orígenes con el sentido de ‘violar’, solo se integra (y mínimamente) en estas construcciones cuando generaliza su significado más allá de esa limitación; algo así ocurre en obligar, usual desde principios del XIII para indicar el compromiso jurídico (y moral) que alguien adquiere (de ahí lo habitual de su uso reflexivo), y que solo esporádicamente designa la coerción impuesta a otro, lo que, si bien tiene ya alguna muestra en el XIII, solo se hace más presente a lo largo del XV. Finalmente, puede ocurrir que un sustantivo, culto pero presente desde los orígenes, solo genere el verbo en época muy tardía: es lo ocurrido con sentenciar, solo vivo desde el último tercio del XIV.

2.2. La complementación con clítico en acusativo5 no es la única indicación indubitable de que el verbo en cuestión lleva dos OD, el señalado por el clítico y la completiva con que. Ello parece igualmente evidente cuando se da un SN sin preposición (a). Dada la naturaleza semántica de estos verbos, lo «normal» es que en tal posición solo aparezcan entidades animadas, más específicamente humanas (individuadas o no), por lo que la ausencia de a las categoriza claramente como OD. Ello se da en las situaciones típicas en que en la Edad Media tal ausencia era factible: con plurales que aludían a un grupo de cantidad indeterminada y no especificado en sus individuos componentes:

puede el obispo apremiar sus clerigos que reciban ordenes (Primera Partida, 1256-1263 [CORDE])

o con singulares genéricos, no siempre nombres colectivos:

costrenia e apremiava el pueblo que adorassen ydolos (CSVercial, LExemplos, 1400-1421 [CORDE])

Puede ocurrir también que la ausencia se dé ante OD singular y específico, muestra de la notable oscilación en la variación de este fenómeno (o de posibles problemas en la transmisión de la documentación):

E assy requerían el dicho Appius que él sufriesse… (Ayala, Trad. Décadas, h. 1400 [CORDE])

La otra posibilidad es que la construcción aparezca en forma pasiva, siempre que sea la entidad nominal, no la oración completiva, la que aparezca en la posición formal del sujeto (determinada por la concordancia):

E de aqui fue el Principe induzido que dende en adelante procurasse posada aparte (Abreviación Halconero, 1489-1517 [CORDE])

Llama la atención, relativamente, que estas distintas posibilidades de construcción no se repartan de forma equilibrada en todos los verbos, ni siquiera entre los más frecuentes: de hecho, enviar es el único de tan elevada presencia con OD sin a como con clítico acusativo, pero no se encuentra en forma pasiva; los otros más frecuentes, amonestar6, apremiar o requerir, en cambio, lo son con clítico acusativo (este entorno es siempre el más presente) y en pasiva, pero bastante menos con OD nominales sin a. Un caso llamativo es el de sentenciar, cuya presencia en este marco se limita a las construcciones pasivas. En general, el contexto de SN sin a es el de menor intensidad en la presencia.

2.3. Los verbos de este grupo se sitúan en un ámbito semántico de verbos de acción, en general con sujeto activo (agente animado o entidad causante del proceso), que se proyecta en dos ámbitos paralelos y complementarios: el ente, por lo general humano, sobre el que se efectúa la acción y el producto de esa acción; en términos de la vieja Gramática, el primero sería «objeto afectado» y el segundo «objeto efectuado». Frente a lo supuesto por algunos no siempre, ni mucho menos, ese producto de la acción ha de entenderse como lo «dicho», producto de una enunciación verbal especial. Esto último ocurre con algunos, pocos, verbos, que de esta forma se convierten en verbos de un «decir» especial, de los que el ejemplo típico sería amonestar (o rogar):

Judas […] amonestando los suyos que fuertemente peleasen (Biblia romanceada, h. 1400 [CORDE])

También pueden aproximarse a este sentido aquellos verbos cuya acción denotada puede realizarse, aunque no necesariamente, a través de un acto de «decir», tales como apremiar, constreñir, emplazar, exhortar o requerir:

& que las costringades por sentençia que nos entregue las costas (Docs. Carrizo, 1282 [CORDE])

yo estando en mi tierra fue requerido por su parte que yo veniese a tu corte (PCorral, Crón. Sarracina, h. 1430 [CORDE])

Y en el caso de enviar puede ocurrir que, en efecto, «lo enviado» sea el contenido de un acto de habla, interpretación, contextual pero muy frecuente, que debió de verse favorecida por la frecuente presencia en la lengua medieval de la perífrasis enviar (a) decir que, con el valor de transmisión interpuesta de información:

& enbiol sus mandaderos que ouiessen treguas (GCUltramar, 1293 [CORDE])

llamó a Diego Hordones de Lara e enbiólo al Çid que se tornase (LGSalazar, Istorias, 1471-1476 [CORDE])

Pero en general los verbos que aquí se analizan se organizan básicamente en torno a dos ejes semánticos, que al final convergen, y que incluso podría afirmarse que surgen de una misma raíz: por un lado, aquellos en los que el contenido «efectuado» del verbo consiste en la realización de una acción, o una serie de ellas (o en su no realización), producto de la coerción o imposición ejercida, en formas muy variadas, por el elemento agente (sujeto oracional) sobre el ente «afectado» (apremiar, condenar, constreñir, embargar, emplazar, exhortar, forzar, inducir, obligar, requerir, sentenciar); y por otro, aquellos en los que dicho contenido es el resultado de un movimiento ejercido igualmente en la misma dirección (aducir, atraer y traer, enderezar, enviar, guiar, meter, mover, poner). Queda fuera alguno como esperar, que, en este entorno sintáctico, supone, más que un contenido «efectuado» en la oración completiva, un punto de referencia vinculado al elemento «afectado».

El que en prácticamente todos estos casos el contenido expuesto por la oración completiva sea el objetivo pretendido de la acción verbal (tanto en forma de coerción como de movimiento) ha hecho pensar a los gramáticos que se han ocupado de estas construcciones que en ellas podría verse un que final, y por tanto estas se etiquetarían como adverbiales con este valor significativo. El matiz de ‘finalidad’, como objetivo pretendido de las acciones denotadas por estos verbos, es indiscutible, y ello viene reforzado por el hecho de que, sobre todo a finales de la Edad Media, en lugar de completiva se encuentran oraciones introducidas con para que o porque con verbo en subjuntivo. La introducción con estas locuciones conjuntivas excluye en principio a la subordinada del elenco de actantes, o elementos propios de la valencia del predicado (más aún, cuando hay alternancia con una consecutiva con de manera que o semejante). En cambio, la alternancia, desde los orígenes, entre la construcción con que solo y con el conjunto a que muestra explicitado, por un lado, ese sentido en la oración y por otro su carácter de elemento valencial, en cuanto que ahí sí se puede defender la existencia de un complemento interno con preposición (o suplemento, u «objeto preposicional», o complemento «de régimen»…). En algunos casos la contienda entre introducir la oración con que o con a que se da en variación simultánea (aducir, meter, mover desde el XIII, condenar desde principios del XV, compeler, exhortar, forzar en el XV); en otros hay desfase, con a que siempre posterior a que solo (régimen este último documentado desde los orígenes): el desfase puede ser ligero (con ayudar, emplazar, enviar, poner, traer, a que desde fines del XIII o principios del XIV; con apremiar, a que desde mediados del XIV); o notable (con amonestar, atraer, constreñir, embargar, esperar, guiar o requerir, a que solo desde principios del XV). Se observa así un doble proceso evolutivo, que por un lado saca la subordinada del núcleo predicativo, convirtiéndola en un modificador externo (finales con para que, etc.); o por otro la mantiene dentro de él, pero explicitando la noción de ‘objetivo’ o ‘finalidad’ presente en el sentido global. Un proceso, que podría considerarse de gramaticalización de las relaciones de sentido, de expresión explícita de tales valores, no debidos ya solo al contexto. Por el contrario, casi ninguno de estos verbos (salvo requerir, rogar y algún otro) ha desarrollado en la lengua moderna la construcción de completiva con que solo, muestra de que su proximidad a los verbos de «decir» era contextual, pero no estructural.

Naturalmente, el análisis de la oración como complemento interno del predicado o como modificación externa puede depender de un parámetro casi totalmente inaccesible al historiador, la entonación y las pausas; los editores, en ocasiones, se toman ciertas libertades en la interpretación, a través de la puntuación:

& que·l aiuden, que ninguno non le pueda forçar sus cosas que él ganó a derecho (FJuzgo, h. 1250-1260 [CORDE])

Pero también de la combinatoria sintáctica habitual del verbo: por analogía sintáctica, el siguiente ejemplo solo puede analizarse como final (externa, como muestra la puntuación del editor), dado que (l)levar no se construye con oraciones como único complemento:

¡Delante Dios te levaré, que te juzgue! (SVFerrer, Sermones, 1411-1412 [CORDE])

Hay otras explicaciones alternativas posibles, en especial la de analizar que como relativo referido al OD del verbo en cuestión. La posibilidad de este análisis está latente siempre que tenga sentido delimitar, especificar, la extensión del OD a través de lo enunciado como posibilidad o hipótesis en la subordinada (por eso se da más cuando el OD es un SN que cuando es un pronombre)7.

3. Si se plantea la historia de estas construcciones como la contienda entre esquemas que varían (¿con diferencias de significado?), por tanto como una situación de variación activa que conduce al cambio lingüístico, en la que debería dibujarse el triunfo de una(s) variante(s) sobre otra(s), no se puede decir que al cabo de los siglos el cambio haya concluido, pues, aun reducidas respecto de su espacio medieval, las construcciones en cuestión y sus posibles variantes siguen presentes en el idioma. De esta forma, son varias las cuestiones que en su investigación pueden surgir.

3.1. Uno de los análisis de estas construcciones hechos por gramáticos españoles es considerar a las oraciones ahí presentes como un tipo de «complementos predicativos». Sin embargo, las oraciones no suelen figurar en el elenco de categorías que pueden funcionar como complementos predicativos (sí participios y gerundios, al integrar construcciones cuasiproposicionales) (Demonte y Masullo, 1999: 2471-2473; pero véase arriba n. 2, sobre la admisión parcial y limitada de tal posibilidad en la NGLE).

La base para tal análisis radica en la asunción generalizada de que las funciones sintácticas ocurren solo una vez en la estructura oracional, salvo casos de coordinación (al igual que las determinaciones «circunstanciales» de tiempo, lugar, etc.). Es cierto que varias lenguas indoeuropeas, entre ellas el latín, muestran estructuras que parecen ir en contra de tal asunción (las construcciones de «doble acusativo», por ejemplo), pero, al menos en el caso del latín, el problema se soluciona considerando que ‘acusativo’ es una mera marca formal que encubre la realización de distintas funciones (en estas estructuras, pues, obligadamente distintas); si, por el contrario, se considerara que los casos como acusativo, etc., son los nombres de las funciones del latín (y no las modernas de objeto, complemento, etc.), el problema se plantearía en toda su crudeza8. En las construcciones aquí analizadas se asume que la entidad, nominal o pronominal, es el OD. El problema es, pues, la oración. Las razones para asimilarla al grupo de los complementos predicativos, y no analizarlas también como OD, radican, como se ha dicho, en la mencionada asunción de la unicidad de las funciones oracionales en cada unidad oracional9. Por eso, cuando estos verbos presentan la oración como único complemento nuclear no se discute en absoluto que ahí se trate de subordinadas completivas en función de OD (posibilidad comprobada en prácticamente todos ellos, aunque en algunos, como apremiar o constreñir, sea minoritaria).

Ciertamente, en esta posibilidad de aparecer solas como complemento nuclear del predicado coinciden estas oraciones con las estructuras de infinitivo y los sustantivos susceptibles de funcionar como predicativos («hicieron construir casas» o «eligieron diputados»), lo que no es posible con los adjetivos, estos sí verdaderos predicativos («he visto a Juan muy débil» / *«he visto muy débil»).

Por otro lado, como argumento para el análisis como predicativo (integrante de una segunda predicación) se aduce el hecho, coincidente en principio en los infinitivos subordinados y en estas oraciones, de que el OD nominal o pronominal ha de ser interpretado como sujeto de esa otra estructura. Ello en efecto es así, al menos en los infinitivos, pero no siempre, o no tan claramente, en las oraciones subordinadas:

& amonestolos que les pesasse de la fuerça de tal fecho como aquell (GEst4, h. 1280 [CORDE]) (el OD pronominal reaparece en la subordinada como OI)

que lo requiriesse que se procediese en esta cosa segunt la ley (Ayala, Trad. Décadas, h. 1400 [CORDE]) (el OD no aparece en la subordinada)

En estos casos, ciertamente, la subordinada parece más claramente final.

En realidad, como ya se señaló más arriba (cfr. § 2.3.), nos hallamos ante una doble variación (o una variación con tres elementos en juego): la que se da entre los esquemas de doble OD y los de OD + OI ocurrió sobre todo en los verbos que significan actos de «decir» (como rogar), y también en algunos de coerción aquí no analizados (como hacer). Pero en el grupo aquí estudiado la contienda fue más bien con la introducción de la oración por medio de a que, lo que, con seguridad, no contradice el carácter nuclear de esta subordinada oracional, si la interpretamos como «objeto preposicional» o «complemento de régimen». La doble dirección de la variación permitiría, entonces, analizar la subordinada con que solo como OD, y a la construcción en su conjunto como construcción de doble OD en castellano.

3.2. La presencia de estas construcciones a lo largo de la historia del español no debe hacer olvidar que se trata de construcciones más bien minoritarias. No lo son hasta el punto de tener que ser consideradas marginales, aunque lo cierto es que la práctica habitual de los gramáticos e historiadores de la lengua así debe de haberlo estimado, por la escasa atención que se les ha prestado.

Se produce, por tanto, una situación aparentemente paradójica: construcciones de larga vida que, sin embargo, no ocupan el centro del sistema lingüístico. Si unimos esto a lo visto en el parágrafo anterior, las contiendas de esta variante con otras, llegamos a una de las cuestiones centrales en los procesos de cambio lingüístico: el ritmo del cambio, su duración. La idea de que los cambios son procesos de largo o muy largo alcance es vieja en la Lingüística histórica posterior a los neogramáticos (aunque no todos los lingüistas posteriores la hayan asimilado debidamente), y la formuló con rotunda claridad Menéndez Pidal en Orígenes del español: «Los 300 años señalados por Saussure como caso notable de duración para la propagación de un cambio lingüístico, son todavía poca cosa en muchos casos» (19768: § 1122).

Sin embargo, ante procesos de cambio sintáctico como el aquí considerado no se trata ya de la mayor o menor duración del cambio como tal, es decir, de la situación de variación dinámica. Sino más bien del hecho, como se ha señalado ya, de que la variación no es idéntica, estable, en todas las épocas (si fuera estable no habría cambio), sino que parece comportarse de modo distinto a lo largo del tiempo y va modificando las unidades en que se manifiesta (por lo que, en efecto, sí hay cambio); pero la variación persiste, y las variantes minoritarias, incluso en camino de marginalización, se perpetúan en la historia. En suma, parece que cambios sintácticos como este y otros, en especial los que afectan a la dimensión sintagmática, combinatoria, de las unidades lingüísticas, no parecen acabar de ningún modo.

Por otra parte, en este caso no parece tratarse tampoco de la situación bastante repetida en la que la variante en retroceso queda y permanece como posibilidad marginal, sometida a restricciones de uso. En efecto, el proceso parece haber ido en la dirección de disminuir el ámbito de uso de tales estructuras de doble OD: menos verbos en los que darse, menos presencia textual… Pero ya el origen era también restringido, pues las construcciones latinas de doble acusativo tenían también una presencia, relativamente amplia sí, pero limitada. Por otra parte, una de las competidoras de este esquema era también una variante escasa en los siglos medievales, la combinación de preposición (a) y que en la formación de subordinadas nucleares (o de «régimen»); aunque, ciertamente, escasa pero no marginal (como los estudiosos de la evolución habida en de que parecen querer generalizar a todas las combinaciones de régimen).

3.3. Finalmente, el análisis de la historia medieval de estas construcciones ha mostrado cómo esa historia no puede hacerse desde una perspectiva meramente formal: la semántica de las construcciones tiene un papel fundamental en su perpetuación, y ese valor significativo de la construcción en su conjunto tiene como punto de partida inexcusable el sentido de las unidades léxicas verbales que constituyen su núcleo predicativo. Al margen de otras situaciones en que estas construcciones de doble OD pueden darse, no es en absoluto casual que se den de manera más intensa con aquellos verbos que suponen una doble proyección, hacia una entidad receptora y hacia un proceso producido. Esa doble proyección puede manifestarse como coerción o como movimiento, y en uno y otro casos puede derivar hacia la manifestación de un decir dirigido a un destinatario.

Pero ello va también unido a un ámbito textual en el que se produce de manera más significativa. La investigación tradicional en Sintaxis histórica solía incluir en sus descripciones referencias más o menos ocasionales, en general ilustrativas, a los tipos de textos en que podían hallarse con mayor o menor habitualidad los procesos de cambio estudiados. En la actualidad, gracias en gran parte a los esfuerzos de la Romanística alemana, también en este punto, sabemos que no podemos hacer historia de «la lengua» en abstracto, sino solo a través de los productos enunciativos que se nos han conservado, fundamentalmente los textos, agrupados en las clasificaciones por tipos, géneros, etc. que cada investigador o escuela considere más pertinentes. Y, sobre todo, contamos con el concepto de «tradición discursiva» como elemento fundamental no solo ya para el análisis y la descripción, sino también para la explicación de los cambios; esta herramienta se está revelando imprescindible para los cambios léxicos y semánticos, y muy especialmente para los sintácticos, en especial los más relevantes para la construcción del discurso10.

En el tipo de construcción aquí analizada la adscripción a tipos textuales, ámbitos de textos y tradiciones de discurso11, es innegable, aunque, como suele ocurrir, esta no es ni mucho menos unidireccional ni excluyente. La razón de esa adscripción está, evidentemente, en la naturaleza significativa de los verbos implicados, de modo que en principio la vinculación textual y discursiva tiene que ver tanto con la construcción sintáctica en sí misma como con las unidades léxicas regentes empleadas. Las indicaciones de actuaciones de coerción sobre alguien (algunas veces, sobre algo) son muy propias de los textos del universo jurídico, en especial de aquellos tipos que manifiestan disposiciones con fuerza de ley, normas de comportamiento obligadas, etc. Tradiciones textuales y discursivas como las «leyes» (partidas, ordenamientos…), los acuerdos municipales, etc. son el marco adecuado para este tipo de construcciones. Así, son propios de este ámbito verbos como apremiar, constreñir y emplazar, y en menor grado embargar; requerir es frecuente aquí, pero su presencia es también alta, hasta casi igualarla, en textos básicamente narrativos. No se puede afirmar, con los datos de que se dispone, si tal marco textual está en el origen, como motivo o factor explicativo (habría que volver sobre el doble acusativo latino, en la época histórica y en la tardoimperial y postimperial), o más bien, como parece desprenderse del análisis, como canal idóneo para la utilización, desarrollo y mantenimiento de estas construcciones. Por otro lado, la frecuencia con que la narrativa medieval de las crónicas (otra tradición textual) relata las actuaciones del poder (real, nobiliario, eclesiástico…) sobre los súbditos, así como la habitual transferencia de formas varias del discurso jurídico al mundo de la historia12, justifica la alta presencia en el discurso de la narración de estas construcciones con verbos como requerir o amonestar. Y, por último, la coerción que las normas morales y éticas desarrolladas en los abundantes tratados didácticos medievales imponen sobre el debido comportamiento humano explica también el porqué de su presencia en este tipo de textos, a través de verbos como amonestar, compeler o exhortar. Naturalmente, estos ámbitos textuales no son excluyentes: las transferencias de formas de discurso de unos tipos textuales a otros, y el hecho de que, al fin y al cabo, denotan actuaciones humanas posibles en muy diversos ámbitos, justifican la dispersión textual de estas construcciones (dispersión, por otra parte, como se ha visto, pequeña y no demasiado relevante).

La transmisión de información, bien a través de verbos de «decir» (rogar) o de movimiento (enviar, indicador de la intermediación en esa transmisión), es también otra de las bases semánticas de esta construcción, tal como se ha señalado, y esta es la razón de su alta presencia en los textos narrativos medievales, buena parte de cuyos contenidos consiste precisamente en los numerosos actos de «decir» que se van entrecruzando. En otros casos (aduzir, (a)traer, meter, mover, etc.) el movimiento denotado por los verbos viene a ser una variante más suave de la coerción indicada por otros: de ahí que no sean tan habituales en los textos del universo jurídico, más proclives a marcar estas actuaciones con las formas léxicas más transparentes, pero sí en los narrativos, donde tales actuaciones sobre los demás adquieren una variedad mayor.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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REAL ACADEMIA ESPAÑOLA y ASOCIACIÓN DE ACADEMIAS DE LA LENGUA ESPAÑOLA (2009): Nueva gramática de la lengua española, Madrid: Espasa.

1 No así de la NGLE, que se limita a una derivación imaginaria: de «Se lo juro, yo no he sido» saldría el calificado como uso loísta «Los juro (a ustedes) que yo no he sido» (§16.10n).

2 Véase Matute (2004: 134, n. 172), con referencia a Hernanz, Bosque o Báez Montero (también: 497). También la NGLE habla de oraciones como «complementos predicativos», pero limitándolas al habla coloquial o a verbos como haber y dejar (para el que cita: déjala que se vaya) (§ 26.9c).

3 Que coinciden con las construcciones causativas y de percepción con infinitivo en que un elemento nominal o pronominal, en principio complemento (¿OD u OI?) de V1, ha de ser interpretado normalmente como sujeto de la completiva subordinada.

4 Dada la ambigüedad en el análisis de las secuencias de a + SN (en general, de rasgo ‘animado’, pero no solo ellas) como OD u OI, y la duda en la interpretación del clítico apocopado -l’ (pese a los intentos de llevar tal forma al terreno del «leísmo»), solo se han tenido en cuenta para ser considerados posibles casos de doble OD aquellos en que el SN no lleva a (y no puede asignársele otra función) o el clítico es forma de acusativo. Es cierto que los datos de los corpus (CORDE entre ellos) pueden no ser siempre correctos, pero en estos casos de fenómenos repetidos los posibles errores quedan compensados en la imagen global del proceso.

5 Por orden de frecuencia: los, lo y la; es llamativo que no se encuentren casos de las en esta posición.

6 Ha de matizarse, no obstante, que la frecuencia de amonestar en pasiva se debe en gran parte a su presencia en un solo texto, el anónimo Tratado de la Comunidad, conservado en el manuscrito escurialense MS. &-II-8, de hacia 1370.

7 Véase NGLE § 37.4., para una discusión sobre el carácter predicativo, sustantivo o relativo de estas oraciones.

8 Sobre este problema, puede verse Cano (1995).

9 No parece muy sólida la objeción esbozada en la NGLE (§ 37.4f), sobre que un verbo como ver no tiene el mismo sentido en «Yo la vi que llegó muy bien» y «Veo que tiene razón». Tal diferencia no se da con otros verbos, por lo que no es en absoluto generalizable ni utilizable como criterio sintáctico clasificador.

10 Es cierto que, pese a todos los esfuerzos hechos hasta ahora, no solo el concepto mismo de «tradición discursiva» se está aplicando a realidades bastante disímiles (llegando en ocasiones a ser un concepto ómnibus, aplicable para casi cualquier cosa, por tanto, con poder explicativo disminuido), sino que aún no está claro si las tradiciones son motor o, simplemente, el canal de los cambios.

11 Ha de señalarse que estas adscripciones son muy lábiles, y deberán ser precisadas con un análisis más minucioso, pues de todos es sabido que los textos son multiformes y diversos en los tipos discursivos que los constituyen: los textos jurídicos incluyen relatos, las crónicas encierran múltiples referencias a actuaciones jurídicas, la didáctica moral se nutre de tradiciones de todo tipo…

12 No solo a este: piénsese, por ejemplo, en las parodias del discurso jurídico en un texto tan difícil de definir como el Libro de Buen Amor.

LÉXICO DE LA MEDICIÓN EN LA DOCUMENTACIÓN DEL ESPAÑOL DE ANDALUCÍA. LAS MEDIDAS PONDERALES

Inés CARRASCO CANTOS

Universidad de Málaga

1. INTRODUCCIÓN

Para la elaboración de este trabajo partimos del conjunto de textos de ordenanzas municipales que conforman el corpus base del Diccionario de textos concejiles de Andalucía (DITECA), disponible en la red1. Este tipo de fuentes posee un valor excepcional para el conocimiento del sistema de medidas usado en las ciudades andaluzas desde la Edad Media en adelante. Nos informan unas veces de forma directa del valor explícito asignado a cada unidad metrológica y otras veces de forma indirecta a través de la regulación de las actividades comerciales y artesanales de los ciudadanos en cuyas normas se presta una consideración especial a la reglamentación de los pesos y las medidas, cuya vigilancia estaba encomendada a la administración local2.

Los términos utilizados en el español de Andalucía desde la Edad Media para la expresión de las distintas unidades de peso y medida presentan bastantes coincidencias con los que podemos encontrar en otras ciudades castellanas, algo esperable si tenemos en cuenta que Andalucía, junto con Galicia y las provincias vascas, formaba parte de la Corona de Castilla. Sin embargo, encontramos bastante disparidad en el valor asignado a las medidas dentro, incluso, de un mismo territorio (vid. infra a propósito de la voz tarea)3. Por esta razón, los legisladores se veían en la necesidad de precisar los valores puntuales de algunas de las medidas. Es, por ejemplo, lo que se observa en la siguiente norma de las ordenanzas de Baeza cuyo objeto es establecer la justa proporción del estadal:

Quanto es vn estadal. Otrosy, por quanto tenemos hordenado e mandado por las hordenanças antes desta, que no se pueda poblar njngund colmenar, nj nos podamos hazer merçed del sy no estoviere çierto espaçio apartado del que antes ovieremos dado e se oviere poblado y el dicho espaçio e limjte, declaramos por tantos estadales de la qual es medida, de que en esta çibdad no se tiene notiçia, de lo qual entre los vezinos della, çerca de los dichos asyentos e posadas ha avido duda, de que ha resultado pleitos e debates, por ende, hordenamos e mandamos e declaramos que se entienda que vn estadal sean quatro varas de medir, que son diez e seys palmos de quarta, lo qual asy se tenga e se guarde de aquj adelante e que con esta declaraçion se guarde la hordenança susodicha (Obae 64v).

Hemos de destacar, no obstante lo dicho, que los redactores de los textos de las ordenanzas andaluzas suelen utilizar algún que otro término particular cuyo uso se circunscribe a Andalucía. Es el caso de canasta, ‘medida propia para la aceituna en el Aljarafe de Sevilla, equivalente a la media fanega’ (vid. DLE, s.v. 6). También el arabismo tarea lleva la marca diatópica de andaluz con el significado de ‘conjunto de quince fanegas de aceitunas recolectadas’ (DEL, s.v. 5.), significado que cambia en la ciudad de Archidona donde la tarea es el ‘conjunto de siete fanegas y media de aceitunas recolectadas’: «Y cada tarea a de tener siete hanegas y media de azeituna» (Oar § 35.4). Por otra parte, en Baeza este mismo término se define tomando como elemento de comparación a la moledura, que es el total de la aceituna molida en un día: «Que la tarea sea de ocho moleduras» (Obae 61v)4.

La disparidad de las medidas, sobre todo entre las utilizadas para la adquisición de los artículos de consumo más necesarios, fue motivo de muchas quejas por parte de los ciudadanos, pues facilitaba el fraude y el engaño en las transacciones comerciales5. Estos factores son los que impulsaron a Alfonso X a proponer un único sistema de medidas, tal y como lo justifica en el preámbulo de la ley que lleva por título Normas sobre pesos y medidas6:

Don Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castiella, […]. Aviendo grand sabor de vos fazer bien e merçet e por toller muchos dannos que recibien los omnes por las medidas, que eran de muchas maneras e, maguer que ganavan en las unas perdien en las otras, por todas estas razones e porque nuestro sennorio es uno, queremos que todas las medidas e los pesos de nuestros regnos, tanbien de pan cuemo de vino e de las otras cosas, sean unas (1261, Normas sobre pesos y medidas. CORDE).

Su propósito fue implantar en todo el reino un sistema único de pesos y medidas defendiendo un criterio uniforme7. En su primer programa de unificación de 1261, Alfonso X decretó la implantación del cahíz de Toledo como patrón para la medida de áridos, el moyo de Valladolid para el vino, el arrelde de Burgos (10 libras) para la carne, y la vara y el marco alfonsíes para las medidas lineales y ponderales, respectivamente8:

Don Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castiella, […] e por ende tenemos por bien e mandamos que la medida mayor del pan sea el cafiz toledano, en que a doze fanegas; e la fanega, en que a doze celemis; e el celemi en que a doze cuchares; […]. E la medida mayor del vino sea el moyo de Valladolit, en que a diez e sex cantaras; e de la cantara, fagan media e quarta e dent ayuso medidas, quantas oviere mester, por que compre cada uno lo que quisiere; e al que fallaren falsa medida de vino peche sesaenta sueldos de la moneda que fuere en la tierra e crebantenle las medidas ante la puerta (1261. Carta Real [Documentos de Alfonso X dirigidos al Reino de León]. CORDE).

Unos años más tarde, en 1268, Alfonso X sustituyó el moyo de Valladolid por el de Sevilla y redujo el arrelde de 10 libras a 4:

Et mayor medida del vino sea el moyo de Seuilla en que aya dies e seys cantaras, e la cantara que sea medida e ochauo, e dende ayuso medidas quantas ouieren menester por que conpre cada vno lo que quisiere (1268. Ordenamiento de posturas en el Ayuntamiento de Jerez. CORDE).

En las Ordenanzas de Sevilla, de la época de Alfonso X el Sabio9, se establecen ligeras variaciones en cuanto a las medidas establecidas como modelo por el monarca. El contenido aparece en su título 32: «Huso e custumbre de los pesos e de las medidas de pan, e de uino, e de carne, e d’ azeit, e de pannos, e de todas las otras cosas por que venden a peso o a medida en Seuilla».

Con Alfonso XI, Juan II, Enrique I se introducen ligeras modificaciones. Y con las iniciativas de los Reyes Católicos los patrones ponderales y lineales castellanos permanecieron prácticamente inmutables hasta la puesta en vigor del sistema métrico decimal, que de forma efectiva ocurrió en 188010.

2. LAS UNIDADES PONDERALES

El sistema ponderal que aparece reflejado en los textos de ordenanzas está integrado por una serie de unidades, algunas de las cuales sirven también para la expresión de otras magnitudes. La unidad básica y principal del sistema es la libra11, a partir de la cual se establecen otras medidas como múltiplos o submúltiplos12. De acuerdo con la normativa de los Reyes Católicos, puede considerarse que la libra jugaba el papel de unidad básica para el peso, pues tenía como múltiplos al quintal (cien libras) y a la arroba (25 libras). Como submúltiplo, para cantidades pequeñas, está la onza (16 onzas equivalían a una libra)13.

Los términos que analizaremos en este trabajo son los siguientes: libra, libreta, quintal, arroba, arrelde, onza, adarme. En apartado distinto prestaremos atención a las medidas específicas para el aceite.

2.1 La libra

‘Pesa que comunmente consta de diez y seis onzas y en algunas partes de doce’ (Terreros, 1787, s.v., NTLLE). Los lexicógrafos utilizan expresiones en sus definiciones para dar a entender la variabilidad o falta de fijeza en el peso de esta unidad. Aquí Terreros es bastante preciso si se compara con la que nos había ofrecido Sebastián de Covarrubias cuando decía a este respecto que ‘es peso comunmente de doze onças, pero estas se varian a mas, o a menos, conforme el vso de la tierra, y la calidad de las cosas que se pesan’ (1611, Covarrubias, s.v., NTLLE).

La libra de 16 onzas es la más general en las zonas castellanas. Dentro de Andalucía, este peso se da en todas partes sin excepción (Escalona, 2009: 136). Nuestros textos confirman su uso en las ciudades de Sevilla, Córdoba, Carmona, Archidona, Baeza y Monda.

En su primera documentación lexicográfica, la libra se define como ‘peso de 12 onzas’ (Nebrija, 1495, s.v., NTLLE). Con esta magnitud de 12 onzas fue comúnmente empleada en la Corona de Aragón y Navarra. También en Andalucía se usó, según el testimonio de sus ordenanzas más antiguas14. En Sevilla había tres tipos de libras: la libra mohadía de 16 onzas, la orholía de 12 onzas y la libra carnicera de 36 onzas15:

En la çibdat de Seuilla dizen tres nonbres de libras; et dizen a la vna libra mohadia, en que a setze onzas; et dizen a la otra libra orholia, en que a doze onzas; et dizen a la terçera la libra carniçera, en que a trenta e seys onzas, que son tres libras orholias (Ose1 § 32).

Respecto de las dos primeras especificaciones (mohadía y orholía), tenemos que concluir que no hemos sido capaces de encontrar ninguna otra documentación, por lo que puede considerarse este testimonio de las ordenanzas sevillanas como único.

Esta triple diferenciación no se vuelve a observar en el resto de las reglamentaciones. Lo usual es encontrar referencias a la libra ordinaria o común (de 16 onzas) y a la libra carnicera (de 36 onzas), llamada así debido a que era la usada por los carniceros, si bien no solo se pesaba con esta medida la carne y sus derivados sino también el pescado (DEL, s.v.) y de ello tenemos el ejemplo de las ordenanzas de Granada en las que se señala a la libra carnicera para el peso del pulpo y de las sardinas (Ogran T.128, §15).

Covarrubias conoce este tipo de libra pero no indica el peso exacto: «la libra carnizera pesa al doble de la ordinaria» (Covarrubias, 1611, s.v. libra, NTLLE). La Academia al incorporar la información de Covarrubias precisó más la definición: ‘La que consta de treinta y seis onzas, y en algunas partes de solas veinte y quatro, según las onzas de la libra común, porque la carnicera pesa el doble de la ordinaria’ (RAE A 1734, s.v., NTLLE).

En cuanto a la variación de la libra según el tipo de productos, es un hecho del que nos dejan testimonios las ordenanzas de Granada, en cuyo texto se especifica el valor de la libra de 16 onzas pero para pesar el pescado se necesita la libra de 32 onzas: CANTOS «Ordenamos, y mandamos que de aqui adelante no se pese el pescado con otra libra, ni pesa, salvo de treynta y dos onças, y aquella aya nombre de libra» (Ogran T. 128, § 17).

Aparecen también en los textos testimonios del uso de la libra como unidad tributaria con la que se pagaba a la administración por las distintas actividades comerciales relacionadas con la venta de los productos16: «Otrosi, ordenamos y mandamos que el dicho fiel quite en el dicho peso de cada hanega que repesare en harina una libra de despolvoreo y un celemin de maquila» (Oar §34.5); «De la carga de las pasas moriscas, vna libra» (Ocórd §84).

Consta, asimismo, como elemento de referencia en la fijación de los precios de las mercancías:

e mandamos que njnguna nj alguna persona que vendiere candelas de sebo no las pueda vender, syno que sy se pusyeren a diez marauedis la libra, que aya en cada libra çinco o diez o veynte candelas en libra e no mas nj menos; e sy fuere a mayor o menor preçio la libra respeto (Obae 48v).

2.2 La libreta

‘Libra menor que la regular, y es de doce onzas’ (RAE A 1734, s.v., NTLLE). ParaTerreros vale once onzas (Terreros, 1787, s.v., NTLLE). En Andalucía parece ser una variante y con el mismo valor que la libra de 16 onzas. Se aprecia de forma clara en Ordenanzas de Málaga, mientras que en las de Granada no se aclara el peso de esta medida:

e las texederas de telar baxo que tengan pesas en esta manera, vna pesa de vna libra de a diez y seys onças, e otra pesa de media libreta de a ocho onças e vna quarta de a quatro onças, e otras dos onças (Omál 74r).

Ordenaron y mandaron, que aora, y de aqui adelante sea obligado en cada un dia de les dar à cada una dos libras de pan, y una libreta de carne, la mitad carnero, y la otra mitad vaca, ò puerco, y medio quartillo de vino à cada comida (Ogran T 124 §3).

Es un término de escasa documentación. En los datos de CORDE entre 1200 y 1500 aparece dos veces. En el s. XVI se incrementa muy ligeramente su uso (14 casos en 6 docs.). En el s. XVII, se dan dos ocurrencias17. A partir del XVIII, el término ya no se usa con este significado que estamos tratando.

La primera documentación se encuentra en un testamento de finales del siglo XIII:

Et estas son las debdas que me deven de los logueres de las casas: xxxv maravedis doña Mari Juhan, muger de Domingo Martinez; […], e su muger quatro maravedis e media libreta de filado (1295. Testamento de doña Alda. Cartulario de Silos. CORDE).

En cuanto a la documentación lexicográfica, la primera es la de Nebrija: «Libreta libra pequeña: libella. e» (Nebrija, 1495, s.v., NTLLE). La Academia mantiene esta voz con la definición específica de ‘unidad de peso’ hasta la edición de 1791 (3.ª ed.). A partir de entonces deja de considerarla, lo cual está justificado si advertimos que hacía casi un siglo que ya no se usaba, según el corpus CORDE.

2.3 Los múltiplos (quintal, arroba, arrelde)

2.3.1 El quintal

‘El peso de cien libras, o quatro arrobas aunque en algunas partes varía’ (RAE A 1737, NTLLE). Su etimología remonta al latín CENTENARIUM por vía del árabe qintâr (DCECH, s.v.). Su documentación lexicográfica parte de Nebrija 1495 (NTLLE, s.v.) y continúa en la última edición de la Academia (DLE, s.v.).

En nuestras ordenanzas, con la acepción más generalizada se usa en Lepe, donde es la medida recomendada para la venta de los higos y de las pasas: «que todas y qualesquier personas que en esta mi villa vendieren higos y pasas por quintales, no de más de quatro arrobas por quintal y el peso del esportón» (Olep 9r)18.

2.3.2 La arroba

‘Peso de 25 libras y sirve para cosas sólidas y líquidas’ (Terreros, 1786, s.v., NTLLE). Es medida tanto de peso como de capacidad de origen árabe19. Procede del hispanoárabe arrúbç, cl. rubç (Corriente, 2003, s.v.). Junto con la libra, constituye la medida tradicional de peso más utilizada en España. Su equivalencia actual es de 11 kilogramos y 502 gramos (Escalona, 2009: 135)20. En nuestro corpus el término presenta un alto índice de ocurrencias tanto de la unidad como de sus fracciones: media arroba y quartilla:

qualquier vezino o morador que prestare a otro que non sea vezino ni morador su media fanega o arrova o media arroba para pesar o medir las legumbres, o para medir azeyte, o pesar sebo o vnto, o qualquiera cosa que sea para pesar o medir (Ocórd § 74).

las arrobas y medias arrobas y quartillas y otras medidas con que se mide el azeyte e vino y miel y otras cosas mandamos que estén conçertadas y justas con los padrones, y que ninguno sea osado de vsar de ninguna ni medir con ella (Ocar 22v).

2.3.3 El arrelde

‘Peso de cuatro libras’ (NDHLE, s.v.). Procede del ár. hisp. arra/íṭl, cl. raṭl o riṭl, y este del gr. lítra (Corriente, 2003 s.v.).

Esta medida, de acuerdo con el modelo de Burgos, equivalía primero a 10 libras, según lo establecido por Alfonso X en 1261:

E el peso mayor de la carne sea el arrelde de Burgos, en que a diez libras; e del arrelde fagan medio e quarto e ochavo e dent ayuso deçenda quanto oviere mester, por que pueda cada uno comprar quanto quisiere» (1261. Carta Real [Documentos de Alfonso X dirigidos al Reino de León]. CORDE).

Después, en 1268, quedará fijado en 4 libras:

Et el peso mayor de la carrne sea el arrelde de Burgos en que ha quatro libras, e del arrelde fagan medio, quarto e ochauo, e dende ayuso» (1268. Ordenamiento de posturas en el Ayuntamiento de Jerez. CORDE).

Nuestra documentación corresponde a Baeza, Granada y Málaga, cuyas ordenanzas recomiendan esta medida para la venta de cabritos, morcillas, espinazos, capones y pescados varios:

E las personas que de aquj adelante vendieren cabrito en el rastro desta çibdad, lo vendan a peso, el arrelde a preçio de veynte e dos (Obae 41v).

Platicose sobre que se venden las truchas, y anguillas, y peces sin peso, y que vale muy caro: mandaron pregonar, que se venda todo por peso, las truchas, y anguillas, el arrelde à quarenta y ocho marauedis, y los peces, y barbos à treynta y dos maravedis el arrelde (Ogran T30 § 6).

Yten, que a de auer en estos dichos ochenta pasteles dos arreldes y medio de muy buena baca, o carnero bien picado, y que lleue dos adarmes de açafran, y media onça y dende arriba de pimienta, y su agraz, y quando no vuiere agraz su longita de tocino, o si no su agro que conuenga (Omál 141r).

2.4 Los submúltiplos (onza, adarme)

2.4.1 La onza

‘Se toma ordinariamente por una de las partes en que se divide una libra, que por lo regular es en Castilla de 16 onzas, aunque en algunos parages suele ser de 12, de 20, de 36 etc.’ (RAE A 1737, s.v., NTLLE). Tiene 16 adarmes. Procede del lat. ŬNCIA ‘duodécima parte de varias medidas’ (DCECH, s.v.)21. Existe una abundante documentación en DITECA de las ordenanzas de Sevilla, Córdoba, Carmona Baeza y Archidona:

Otrosi, que los dichos pasteleros hagan los pasteles de buena masa con carne sufiçiente asi en los grandes como en los pequeños y que los pasteles de quatro maravedis tengan de peso despues de cozidos quatro onzas cada uno y los de a ocho maravedis ocho onzas y a todos les an de echar buena espeçia y adereço cumplido, so pena de seisçientos maravedis como dicho es (Oar 38.2).

2.4.2 El adarme

‘La décima sexta parte de una onza, o la mitad de una dracma’ (Terreros, 1786, s.v., NTLLE 22. Se trata de una voz procedente del griego drachme que se introduce en el castellano por la vía del hispanoárabe addárham (cl. dírham) y cuyo significado, al igual que el del vocablo griego, era tanto ‘peso’ como ‘especie de moneda’ (Corriente, 2003, s.v.).

En castellano, las variantes más antiguas son adárham (Primera Crónica General), adárame, adáreme (DCECH, s.v.). Con respecto a adarme, sus testimonios parten antes de la fecha de 1559 asignada por Corominas. En CORDE, el más antiguo ejemplo lo encontramos en la Sevillana medicina de Juan de Aviñón (1381-1418). Las ocurrencias de esta voz en las ordenanzas son escasas. Por el contrario, suele ser habitual su uso en recetarios tanto medicinales como culinarios o en textos donde se explica alguna receta, como es el caso de las ordenanzas de los pasteleros de Granada y Málaga:

Yten, que a de auer en estos dichos ochenta pasteles dos arreldes y medio de muy buena baca, o carnero bien picado, y que lleue dos adarmes de açafran, y media onça y dende arriba de pimienta, y su agraz, y quando no vuiere agraz su longita de tocino, o si no su agro que conuenga (Omál 141r)23.

2.5 Las medidas del aceite

En la economía de las ciudades de Andalucía, el aceite es un producto de gran importancia y, en consecuencia, las ordenanzas concejiles contienen específicas normas sobre su elaboración en los molinos, su precio, venta y consumo24. En las primeras ordenanzas sevillanas del siglo XIII, las medidas indicadas para el aceite son el quintal, la arroba, el azumbre, la panilla y el terrazo:

A la mayor medida del azeit dizen quintal, e en el quintal entran diez arrouas, e en cada una arroua a ocho açunbres, e assi lo uenden a medida; e en la açumbre entran ocho paniellas, quatro en el medio terrazo (Ose1 § 32).

En este texto, las unidades para medir el aceite coinciden en parte con las utilizadas para el vino. Es frecuente que los concejos regulen conjuntamente estos dos productos25, a pesar de que existió una ley por la que Felipe II en las Cortes de 1563 ordenaba que el aceite sólo se midiese a peso, en arrobas, libras, cuarterones y onzas26.

2.5.1 El quintal

En la Sevilla del siglo XIII, el quintal para el aceite equivale a 10 arrobas: «A la mayor medida del azeit dizen quintal, e en el quintal entran diez arrouas, e en cada una arroua a ocho açunbres, e assi lo uenden a medida» (Ose1 §32). Por lo tanto, el quintal para el aceite equivale a dos quintales y medio del quintal normal. Es una normativa que se recoge en las Cortes de Alcalá de Henares (1348) para su aplicación «en Sevilla y en la frontera […] como se usó fasta aquí», y que constituye una herencia de la España musulmana27.

2.5.2 La arroba

‘Medida de líquidos que varía de peso según las provincias y los mismos líquidos’ (NDHLE s.v. 3). Se usa en Sevilla con el valor de ‘la décima parte del quintal’: « e en el quintal entran diez arrouas» (Ose1 § 32). Es también medida en Córdoba, Baeza, Archidona, Carmona:

El vezino o morador venda e mida su miel e su azeyte en su casa o en el lugar qualquiera con su arroba e medida derecha e que non dé derecho alguno, saluo sy fuere recatero público que vende por menudo (Ocórd §37).

y asimismo an de tener arrova y media arrova quarto y medio quarto de arrova y panillas asi para dar el azeite a sus dueños como para maquilar (Oar 35.3).

Yten, las arrobas y medias arrobas y quartillas y otras medidas con que se mide el azeyte e vino y miel y otras cosas mandamos que estén conçertadas y justas con los padrones (Ocar 22v).

Un derivado de esta voz es el término arrobado, que remite a aquello que ‘se pesa o se mide por arrobas’ (NDHLE, s.v.). Su empleo lo encontramos en las ordenanzas de Granada y de Baeza y también en otros textos de la misma tradición discursiva como las ordenanzas de Gran Canaria de 1555 (CORDE).

Yten, que njngund molinero nj ofiçial de los dichos molinos pueda vender en ellos azeyte ageno nj suyo, por menudo, nj arrovado, nj hazer preçio, syno que el que lo vinjere a conprar hable con el sennor del azeytuna e lo conpre e se conçierte con el (Obae T. 27, § 13).

2.5.3 La azumbre

‘Medida equivalente a la octava parte de la arroba’28. Procede del ár. ȶumn ‘octava parte’ (DCECH, s.v.). Se indica como medida para el aceite en las ordenanzas de Sevilla: «e en cada una arroua a ocho açunbres, e assi lo uenden a medida; e en la açumbre entran ocho paniellas» (Ose1 § 32). Se usaba también para el vino en Córdoba (Ocórd § 27), Carmona (Ocar 107v) o Granada (Ogran T 51 § 11). En otras zonas de la Península se usó para medir otros productos como, por ejemplo, la manteca (Morala, 2016: 571).

2.5.4 La panilla

‘Medida que se usa solo para el aceite y es la cuarta parte de una libra’ (DLE, s.v.). Este término deriva del lat. vg. PANNA ‘sartén’ (DCECH, s.v.). La equivalencia que ofrecen las ordenanzas de Sevilla es ‘la octava parte de la azumbre’: «e en la açumbre entran ocho paniellas» (Ose1 § 32). También existen medidas de panilla fraccionarias (la media panilla):

Yten que el señor de los dichos molinos sea obligado a poner en ellos media arrova y medio quarto y media panilla sellada y requeridas conforme a las hordenanças para medir el azeyte que se hiziere en los dichos molinos (Omo § 36).

En algunos lugares es sinónima de cuarterón (Terreros, 1788, s.v., NTLLE).

2.5.5 El terrazo

A partir del significado de ‘jarro’ se derivó el más específico de ‘medida para el aceite equivalente a la azumbre o a ocho panillas’, de acuerdo con el texto de las ordenanzas sevillanas: «e en la açumbre entran ocho paniellas, quatro en el medio terrazo (Ose1 § 32). Con este valor específico no lo hemos visto registrado en las fuentes lexicográficas consultadas. En CORDE hemos encontrado algunos testimonios de la época de Alfonso X:

Et valie estonce la vianda enel alcudia. El arroua dela farina de trigo .ij. morauedis et quarta. Et el arroua del panizo dos morauedis menos quarta Et el arroua del ordio ij. morauedis & quarta. Et el terrazo del azeyte morauedi et medio. (a. 1270-1284. Alfonso X, Estoria de España II. CORDE).

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1 En http://www.arinta.uma.es/.

2 Las abreviaturas de las fuentes utilizadas son las siguientes: Ordenanzas de Aljarafe (Oalj); Ordenanzas de Archidona (Oar); Ordenanzas de Baeza (Obae); Ordenanzas de Carmona (Ocar); Ordenanzas de Córdoba (Ocórd); Ordenanzas de Granada (Ogran); Ordenanzas de Lepe (Olep); Ordenanzas de Málaga (Omál); Ordenanzas de Monda (Omo); Ordenanzas de Sevilla (Ose1).

3 En las propias definiciones de muchos de los términos de medidas se indica que no se usan en todas partes con el mismo valor. Por ejemplo, para cahíz señala la Academia que es ‘medida de capacidad para cereales, diferente según las regiones’ (DLE, s.v.). Otros ejemplos se pueden ver en este estudio (libra, libreta, etc.).

4 Para estas y otras cuestiones relacionadas con los andalucismos en los textos de ordenanzas, vid. Carrasco (en prensa).

5 Esteban, s.a.: 1.

6 Vid. CEM para los datos más significativos que influyeron en el desarrollo de la metrología en España.

7 Carande (1975: 113).

8 Lara (1984: 104).

9 González Arce, su primer editor, señala que es un texto que se conserva en una copia simple de finales del siglo XIII cuyo traslado fue ordenado al parecer por Sancho IV a ruego de los alcaldes y alguaciles de Murcia (vid. Kirschberg-Fernández, 2002: II, 27 y n.1).

10 Para la legislación sobre pesas y medidas, vid. Vallvé (1977: 63-73); Lara (1984: 104-107). Para la época renacentista, vid. entre otros los estudios de Sánchez (2007); Esteban (s.a.).

11 Existe también como unidad monetaria.

12 Vid. Escalona (2009: 134-138); Lara (1984: 146).

13 Esteban (s.a.: 1).

14 El doble valor de la libra tiene su origen en la coexistencia en la España musulmana de los dos tipos de libras (Vallvé, 1977: 63). Vid. también Sánchez (2007: 955).

15 González (1997: 224).

16 Vid. González (1997: 228).

17 Pertenecen a Mateo Alemán y a Correas, quien utiliza la voz como parte de un refrán ya usado antes por Santillana: «A Dios te doi, libreta, bevida i por hilar. Rreprehende a los ke no moderan el gasto i antes ke lo ganen, o kaiga la rrenta, lo tienen gastado» (Gonzalo Correas, 1627, Vocabulario de refranes y frases proverbiales, CORDE). En este corpus no están incluidos nuestros ejemplos de las ordenanzas.

18 Para el quintal ‘medida de aceite’, vid. infra.

19 Vallvé (1977: 73).

20 Una amplia información de las diferentes magnitudes de la arroba según los productos y las zonas nos la proporciona Terreros, s.v. (NTLLE).

21 Para los diferentes tipos de libras en función del número de onzas, vid. supra § 2.1.

22 Vid, también Moretti (1828, s.v.).

23 Este fragmento de las Ordenanzas de Málaga constituye un traslado literal del contenido de las ordenanzas de Granada (Ogran T 50 §4).

24 Para todo lo relacionado con la reglamentación del aceite en la Sevilla de la Edad Media, vid. González (1997: 215, 220-221).

25 Vid. Oar § 7.1; Ocar 22v.

26 Esteban (s.a.: 3).

27 Vallvé (1977: 67, 85 y n. 10).

28 Para las distintas magnitudes y usos de esta unidad, vid. Vallvé (1977: 114).

LA MARCACIÓN DIALECTAL EN EL DICCIONARIO DE TEXTOS CONCEJILES DE ANDALUCÍA (DITECA, 2018)

Pilar CARRASCO CANTOS

Universidad de Málaga

En el presente trabajo atenderemos a aspectos vinculados con la historia de las hablas andaluzas a partir de los textos que forman el corpus DITECA (http://www.arinta.uma.es/). Se trata de documentos redactados en Andalucía desde la Baja Edad Media y que constituyen una de las fuentes preferentes en la búsqueda de nuevos datos sobre la caracterización y cronología del español meridional.

Nos proponemos analizar desde el punto de vista léxico los términos de escasa documentación y de adscripción meridional: andalucismos. Ya hemos manifestado la complejidad que entraña la adscripción léxica o semántica a una determinada zona dialectal y máxime a partir de los documentos notariales o actas capitulares y ordenanzas municipales como las que conforman nuestra base de datos que, a priori, son poco permeables a la recepción de dialectalismos.

1. INTRODUCCIÓN

El Diccionario de Textos Concejiles de Andalucía (DITECA, 2018), es el resultado del trabajo realizado en el marco de dos proyectos de investigación1 sobre edición y estudio lingüístico e histórico de los textos de ordenanzas municipales andaluzas de los períodos medieval y clásico (s. XIII-s. XVIII), con algunas representaciones del siglo XVIII.

Del elenco de textos que integran el corpus, hemos seleccionado el léxico de los siguientes textos de ordenanzas: Sevilla (s. XIII), Córdoba (1435), Sevilla (1492), Carmona (1525-35), Lepe (ss. XVI-XVIII), Baeza (s. XVI), Monda (1574), Aljarafe (s. XVI) y Archidona (1598)2.

La primera versión de este diccionario lo ofrecimos online en 2013 y está compuesta por un total de 4518 entradas o «hiperlemas»3 originadas de la lematización de 17 151 formas gráficas o types, con 285 714 ocurrencias o tokens. Tras sucesivas revisiones hemos preparado para la imprenta la edición en papel4 cuyas características lexicográficas expongo a continuación.

1.1 Organización de las entradas

En la edición de 2018, en papel, las entradas se han reducido respecto de la edición online a 3824, al eliminar los topónimos, antropónimos, diminutivos y partículas.

Las variantes gráficas o types de cada voz aparecen lematizadas bajo una entrada que corresponde a la forma escrita del español actual. Si el lema presenta variación de género, damos preferencia en la entrada a la variante del masculino.

El lema o más bien el «hiperlema» puede a veces coincidir con algunas de las variantes documentadas en el corpus. Por ejemplo: fructa y fruta se agrupan en la entrada FRUTA; previlegios, priuilegio, priuillejo, privilegio en s.v. PRIVILEGIO, etc. Pero no siempre entrada y variante presentan coincidencia formal. Así la variante perrochano se incluye bajo PARROQUIANO; ruchiquel en ROSICLER; chiquerrero bajo CHICARRERO, la variante dialectal hurto ‘surto’ aparece bajo la voz SURGIR, así como almexar y almejar se estudian bajo ALMIJAR, etc.

En el caso de que no exista correspondencia con el español actual, hemos elegido como lema la variante que mayor índice de frecuencia presenta en el corpus. En esta nueva edición hemos seleccionado una sola cita textual para cada variante gráfica. De las restantes citas seleccionamos un token por obra y solo se consignan en forma numérica, con referencia al folio o al párrafo del texto correspondiente, mencionado en abreviatura: Ose, Ocórd, Olep, etc.

Los lemas no documentados en otras fuentes lexicográficas van seguidos de un asterisco y en su mayoría, según nuestras investigaciones, pertenecen a ámbitos dialectales. Son los siguientes:

acensalar ‘imponer censo’, adarón ‘planta’, alholinar ‘meter sal en el alholí’, almejera ‘tipo de barca para la pesca de almejas’, almotaclacía ‘impuesto que pagaban los menestrales por abrir tienda’, altecillo, ‘sitio algo elevado’, aquintalado ‘se dice de la mercancía que se vende a quintales’, arcado ‘arqueo’, bacinar ‘caja o cepo que llevan los demandadores para recoger las limosnas’, blambolí ‘blanquívolo’, ‘albayalde’, camar ‘encamar, cubrir camadas o rellenar huecos con ramaje’, capachuela ‘capacheta’, corralejo ‘corralón’, cortecero ‘el que recoge la corteza para hacer corcho’, desencorralar ‘sacar el ganado del corral’, encapachador ‘el que encapacha’, encimada ‘parte superior’, encinada ‘encinar’, enciniego ‘especie de roble’, enherbolamiento ‘acción y efecto de enherbolar’, entorviscar ‘pescar con torvisco’, hembradero ‘lugar destinado a la cría de ganado’, humazo ‘ahumador’, matojar ‘dejar señales en los rastrojos retazados para que los siga comiendo la boyada’, mermejera ‘brezo’, mohadía ‘Peso antiguo de 16 onzas’, ondeaje ‘impuesto que se pagaba por pasar las mercaderías de un navío a otro sin sacarlas a tierra’, orholía ‘libra de doce onzas de Aragón, Baleares, Cataluña y Valencia’, parramero ‘despojos de un animal’, pleguero ‘encargado de doblar el paño con cierta técnica y pliegues determinados y perfectamente estudiados’, quemadizo ‘seco, enjuto’, racioniego ‘dícese del ganado que pertenece con pleno derecho al señor, el cual paga una ración al pastor que lo guarda’, recomedero ‘vasija o cajón donde se echa la recomida’, renjero ‘palo largo del arado, que se ata al yugo’, requemoso ‘quemado o tostado en exceso’, resalar ‘volver a salar’, saosmimbre ‘sauce canario’, socane ‘especie de barniz’, terrazo ‘medida de capacidad equivalente a ocho panillas’, tocal ‘cabrahígo, higuera silvestre’, torejón ‘¿dim. de toro?’, yunta (a tornaobrada) ‘modalidad de alquiler de yunta en la que el obradero realiza una doble obrada’, trabuz ‘trabuco’, veintenado ‘se aplica al ganado gravado con la pena de la veintena por entrar en los pastos comunales’, voltizo ‘tipo de tierra inculta, frente a la de labor’, xamasquilla ‘prob. albaricoque’, xavaquí ‘parte del cincho de las caballerías’, zahonero ‘artesano dedicado a elaborar zahones’.

Las formas creadas a base de sufijos con valor diminutivo no se han lematizado ni aparecen bajo el lema del término base correspondiente (ej. alberquilla, cabecillo, dehesilla, hortezuela, laguneta, lagunilla, lomecillo, etc.), a menos que estén lexicalizadas (cf. capachuela ‘capacheta’, corralejo ‘corralón’, pulgarejo ‘hígado de las cabras’, pesillo ‘balanza pequeña y muy exacta que sirve para pesar monedas’, capillo ‘capacete’, pepinillo ‘variedad de pepino de tamaño pequeño’).

Los homógrafos se discriminan mediante números arábigos en formato de superíndice:

BANDA1. Fr. ant. bende o bande. s. Ancho: «Que en las botas y pipas no puedan tener de vanda mas de un palmo y el tonel un palmo y el quarto un palmo» (Olep 6r).

BANDA2. Prob. gót. bandwŌ. s. Lado de algunas cosas: «y echen suertes por la vanda que cada vno a de lleuar» (Ocar 44v).

PAGO1. Der. de pagar. 1. s. Entrega de un dinero o especie que se debe: «y que sean bastantes para la siguridad y pago de lo que a los dueños se deviere» (Oar 13.12). Var. pago Ose2 37, Obae 4v. || 2. loc. verb. Hacer pago. Cumplir, satisfacer: «y se haga pago de lo que cada uno deviere del dicho voto» (Olep 184r). Var. hagan pago Oar 13.13; hará pago Olep 185r.

PAGO2. Lat. PAGUS. s. Distrito determinado de tierras o heredades, especialmente de viñas u olivares: «y mandamos que si algun daño se hiziere en el pago en panes, viñas y heredades el viñadero o menseguero de el dañador dentro de nueve dias» (Oar 41.2). Var. pago Ocar 135r; pagos Ocar 102v.

1.2 Ordenación de los artículos

En la microestructura aparece la siguiente información: 1. La etimología, en cursiva; 2. la categoría morfológica, en forma abreviada; 3. la acepción, que irá precedida de un número arábigo en negrita si el lema es polisémico, y 4. las variantes gráficas (types).

1.2.1 Etimología

El campo de la etimología recoge el étimo propuesto en el DCECH y está vinculado con el campo del lema. En algunas ocasiones hemos preferido el étimo seleccionado en el DLE, principalmente en el caso de los derivados a los que el DCECH presta poca atención.

1.2.2 Categoría morfológica

• Los sustantivos se indican con la abreviatura «s.». El género no se señala pues aparece implícito en las variantes gráficas que van a continuación del lema.

• Los adjetivos se lematizan siguiendo los mismos criterios que los sustantivos y con la abreviatura «adj.».

• Las entradas correspondientes a las categorías verbales se organizan en torno a la forma del infinitivo seguida de las marcas «tr.», «intr.» y «prnl.».

• Las locuciones van al final de cada entrada con las abreviaturas «loc. adj.», «loc. conjunt.», «loc. adv.», «loc. nom.», «loc. prepos.» y «loc. verb.».

1.2.3 Definición

Hemos atendido al sentido que las voces presentan en los diferentes contextos. Seleccionamos las acepciones que mejor se adaptan al significado del término recogidas en las diversas ediciones del DRAE, desde Autoridades, y se recurre al paréntesis si se abrevia el texto de la definición. Pero también hemos considerado otras fuentes lexicográficas que nos han suministrado una información más adecuada a nuestros contextos. A veces hemos optado por la definición según el contexto (s.c.). Así, por ejemplo, en una de las acepciones de abril explicamos que es el ‘mes en el que comienzan a contar los plazos para presentar las acusaciones y para librar los pleitos los alcaldes’ (OSe2 § 105; soga toledana ‘medida equivalente a veinte varas’ (Ocar 37r); jorrar, and. ‘Pescar con red barredera’ (s.c.) (Ocar 129r); almejera ‘tipo de barca para la pesca de almejas’ (Olep 22r).

Este proceder ha sido inevitable cuando las formas no se registran en repertorio léxico alguno, en cuyo caso también hemos recurrido a la sinonimia: mermejera ‘bermejuela’. And. ‘brezo’.

En el terreno de las instituciones nuestro corpus permite documentar aquellas que son específicas del gobierno de las distintas ciudades de Andalucía. Por ejemplo, el número de regidores del cabildo municipal variaba de unas ciudades a otras; no obstante, en las ciudades de Andalucía lo más frecuente era que fueran veinticuatro, por lo que este numeral pasó a usarse como sustantivo sinónimo de regidor, también con flexión de plural veinticuatros (Ose2). Las veinticuatrías son una novedad de las instituciones municipales andaluzas. La cuadra es el nombre de la sala capitular del ayuntamiento de Sevilla ‘pieza donde se constituye un tribunal de justicia para celebrar audiencia y despachar los asuntos a él sometidos’6, etc. El repartimiento ‘en Andalucía [...] sistema seguido en la repoblación [...] consistente en una distribución de casas y heredades de las poblaciones reconquistadas entre quienes habían tomado parte en su conquista’ (Ocar 52r). Sistema también propio de Aragón, Mallorca y Levante.

Podemos también documentar la renovación léxica que se origina en el sistema judicial sevillano cuando, por ejemplo, en los textos a partir del XV se produce una sustitución de la voz poyo ‘lugar señalado para dirimir el litigio’ y ‘derecho que se otorgaba a los jueces por administrar justicia’ por corral ‘lugar para librar los pleitos’.

1.2.4 Variantes gráficas

Se recogen las representaciones gráficas bajo las que aparece el lema en los textos. En la última versión, frente a la publicación online, solo se indica un contexto por acepción.

De las demás variantes gráficas mostramos solamente una localización textual con la referencia al párrafo o folio de la obra; por razones de espacio no pueden aparecen todos los contextos (tokens).

En el caso de los verbos, las variantes gráficas de las diversas formas temporales y modales se agrupan bajo la entrada en infinitivo.

Dentro de algunos lemas del diccionario hemos dado cabida a los significados expresados mediante locuciones con núcleo verbal, sustantivo, adjetivo, adverbial, etc. Estas unidades complejas se encuentran definidas bajo el lema que corresponde con su núcleo. Si en la expresión se presentan dos voces de la misma categoría gramatical, se incluye en la entrada correspondiente a la primera de las voces, según el criterio académico.

Solo en el caso de las locuciones nominales hacemos la correspondiente llamada a la voz bajo la que se puede encontrar el significado de dicha forma compuesta (Ej. s.v. TOLEDANO, se menciona la loc. «soga toledana» pero se remite a la entrada SOGA, donde se presenta el significado).

La inclusión de estas unidades es de gran importancia para comprender determinadas realidades y procedimientos. La función del contexto a la hora de determinar la significación de una palabra se pone de manifiesto de una manera muy evidente en el estudio de las locuciones, pues es ahí donde las palabras pasan a formar unidades cuyo significado ya no es la suma de los significados de cada uno de sus elementos7.

De entre las distintas categorías de locuciones, las más abundantes son las locuciones verbales seguidas de las adverbiales. Veamos algunos ejemplos de estos compuestos sintagmáticos a partir de los datos extraídos del DITECA, 2018:

• Locuciones verbales: dar a entender algo a alguien, dar fe, echar cercanía, dar fondo, dejar horca y pendón, echar a perder, echar mano a la espada, estar en las cadenas, haber lugar, hacer fe, ganar con el cuerpo, lanzar en la cárcel, llamarse alguien a engaño, meter en la cárcel, poner cobro, poner en efecto, quemar la calera, vender a ojo, vender a pedazos, vender a peso, vender a recatonía, vender en gros, vender por menudo, etc.

• Locuciones adverbiales: a cuestas, a golpe, a jornal, a la letra, a todas horas, al contrario, de consuno, de contado, de cuajo, de buena gana, de fuerza, de grado, de hoy en adelante, en continente, en contorno, en contrario, en depósito, en derechura, en derredor, en efecto, en escondido, en especial, en forma debida, en frente, en general, en grueso, en guarda, en junto, por cima, por defecto, por entero, por granado por la fuerza, so color, sobre la mano derecha, sin embargo, sin su grado, siempre jamás, etc.

• Locuciones nominales: alcalde de la hermandad, buena fe, caballero de gracia, cabildo abierto; capillo de hierro, carga mayor, carga menor, carta ejecutoria, carta de merced, carta de quitamiento, carta ejecutoria, clérigo de corona, corral de alcaldes, caballero de contía, cuarto delantero, cuarto trasero, derecho del sol, derecho real, día de fiesta, día feriado, escribano mayor, fiel ejecutor, media fanega, fiador carcelero, fianza lega, llana y abonada, fiel de la romana, ganado mayor, ganado menudo, ganado menor, ganado de cerda, hacedor de hierros, herrero de prieto, hombre bueno, hombre de caballo, hombre de fuera parte, etc.

• locuciones preposicionales: a costa de, a falta de, a favor de, en faz de, a fin de, cerca de, debajo de, demás de, en defecto de, enfrente de, de frente de, frontero de, fueras ende, en fuerza de, en haz de, en lugar de, junto a, por encima de, sin embargante de, so color de, etc.

• Locuciones adjetivales: a propósito, buena gente, de confianza, de mala vida, de mal vivir, de oficio, de (a) pie, un poco, por sí solo.

• Locuciones conjuntivas: cada vez que, como quiera que, de forma que, de tal manera que, de suerte que, luego que, no embargante que.

• Fórmulas jurídicas y frases hechas («expr.»): es a saber, salud e gracia, por la gracia de Dios, etc.

La variación que las locuciones tiene en su estructura se representa mediante el recurso a la barra inclinada (/) y a los paréntesis: Sacar (las) prenda(s) / bienes. ‘Embargar’; A / en la sazón. ‘En aquel tiempo u ocasión’; para / por siempre jamás. ‘siempre’. Aquellas locuciones que pueden pertenecer a distintas categorías llevan un superíndice numérico: por ej. loc. adj. de oficio1; loc. adv. de oficio2.

2. TÉRMINOS DE MARCACIÓN DIATÓPICA

El análisis pormenorizado de cada texto nos ha permitido encontrar ciertas voces de uso restringido en las áreas geográficas en donde fueron redactados los documentos. Esta circunstancia concede un carácter particular al DITECA, diccionario caracterizado no solo por el predominio de un léxico específico de tipo jurídico y administrativo sino también por la presencia de voces de marcación diatópica andaluza que difícilmente se registran en las fuentes lexicográficas de carácter general8.

Algunos de estos dialectalismos vienen ya consignados en la lexicografía académica, bien de forma explícita, mediante la etiqueta And., o bien implícitamente, a través de la misma definición. Vid. Almijar ‘lugar donde se ponen las uvas o las aceitunas para que se oreen antes de exprimirlas’ (DLE, s.v. y AV), aunque nuestra acepción coincide con la propuesta por Covarrubias ‘dize el padre Guadix que es el lugar donde tienden los higos para pasarse’ (Covarrubias, 1611, s.v. almixar). Alota ‘lota’, ‘porción mayor o menor de pescado que se subasta en los sitios adonde arriban los barcos pesqueros’ y ‘sitio o lugar en que se efectúa esta subasta, en la que se va pregonando el precio fijado en escala descendente, hasta que un postor acepta un precio’ (DEL, s.v. lota 1, 2). Altabaque ‘cestillo o canastillo de mimbre’. Solo Autoridades se refiere al uso en Andalucía de la variante con el artículo al- (RAE 1726, s.v.), en este caso se trataría de un andalucismo fonético pues el significado coincide con el término general tabaque al que se remite a partir de 1770. Barcina ‘herpil’ (DEL, s.v. 1, se usa tanto en Andalucía como en México9). Bedén ‘lo mismo que pierna de colgadura. Es voz que solo tiene uso en los reinos de Andalucía’ (RAE 1726, s.v.). Desaparece a partir de la décima sexta edición de 1936. Bayón ‘arbusto’ (RAE H 1936, s.v. 2). Cortijo ‘en Andalucía y Extremadura, extensión grande de campo y el conjunto de edificaciones para labor y vivienda’ (RAE 1992, s.v.). La primera documentación académica con la marca diatópica parte de Autoridades aunque en la edición de 1780 se suprime; reaparece en la sexta edición (RAE 1822) hasta la undécima (RAE 1869) para reaparecer en la de 1992 y por último, en la de 2001 y 2014, aunque con redacción modificada. Mermejuela ‘bermejuela, brezo’ (DLE, s.v. 3). Renjero ‘palo largo del arado que se ata al yugo’ (DEL, s.v. enjero).

Con cierta frecuencia los andalucismos se consignan en fuentes lexicográficas diferentes de las académicas: Alherca ‘anillo o armella’ (López Tamarit10). Bastina ‘pescado basto’ (AV); es también sinónimo de ‘cazón’. Campanilla ‘esquila’, ‘cencerro de cobre o bronce en forma de campana’ (AV, s.v. campanillo). Coçuelo ‘tributo o pecho que se pagaba antiguamente’ (Gaspar y Roig 1853, s.v. cozuelo11). Corralejo ‘corralón’, ‘vaqueriza, corral descubierto para el ganado vacuno’ (TLHA, s.v. corralón). Falda, halda ‘saca grande para llevar paja’ (AV, s.v. halda). Trecenera ‘panadera’ (del Rosal s.v. trezeneras12).

Cuando el término no se recoge explícitamente en ninguna fuente lexicográfica o dialectal, término ausente, la presencia en nuestros textos y su correspondencia en el español de Canarias y de América nos da la pauta para su marcación dialectal: vid. Alholinar ‘meter la sal en el alholí’ (granero o pósito). Almejera ‘tipo de barca para la pesca de almejas’ (cf. AV, s.v. almejero: ‘arte de pesca para almejas’). Arrazamar ‘obtener el permiso para vender en las ferias y mercados’. Baçinar ‘caja o cepo que llevan los demandadores para recoger las limosnas’. Calomar ‘subir’. Jorrar ‘pescar con red barredera’. Madero ‘artificio de caza’. Mojarra ‘sargo’. Padrón ‘ribazo’. Montaracía ‘montazgo’. Ondeaje ‘impuesto que se pagaba por pasar las mercaderías de un navío a otro sin sacarlas a tierra’. Pierna de tijera ‘cabrio o madero que va desde la cumbrera a la solera o a la pared, de dos en dos, para formar la armadura del tejado a dos aguas’ (TLHA, s v. pierna 10: ALEA). Pleguero ‘encargado de plegar el paño’. Pozancón ‘charca’, ‘alberca’. Pozuelo ‘pocillo del lagar’. Recomedero ‘sitio donde acude a comer el ganado’. Requemoso ‘quemado o tostado en exceso’. Resalar ‘volver a salar’. Saosmiembre ‘sauce canario’. Sendajo ‘ribazo’ (ALEA). Solador ‘el encargado de aparar o coser las diversas partes del zapato con la suela’. Tocal ‘cabrahígo’. Veintenado ‘se aplica al ganado gravado con la pena de la veintena’.

2.1 Andalucismos semánticos13

Consideramos como tales aquellos términos que presentan una acepción específica el español de Andalucía: Aguar ‘mezclar agua con la masa de la aceituna para extraer la máxima cantidad de aceite posible’ (s.c.); Sobreaguar ‘id’. Almejera ‘tipo de barca para la pesca de almejas’. Bayón ‘arbusto’14. Esta marcación dialectal ya no aparece en la edición académica de 2001. Cabezas ‘los turbios del aceite’ (s.c.). Canasta ‘en el Aljarafe de Sevilla, medida para aceitunas cuya cabida es de media fanega’ (DLE, s.v. 6). Campanilla ‘esquila’. Conocedor ‘mayoral de las vacadas o toradas’ (DLE, s.v. 3). Hechor And. y Chile ‘malhechor’. Garganta ‘cama del arado’ (AV, s.v.; DLE, s.v. ganganta 10). Humazo ‘ahumador con que se ahúma la colmena antes de castrarla’. Jamila ‘pozuelo al que va a parar el alpechín y donde este se castra de algún aceite’ (AV s.v.) y ‘alpechín’. Jorrar ‘pescar con red barredera’ (s.c.)15. Padrón ‘ribazo entre dos propiedades’. Madero ‘artificio de caza’. Palacio ‘en el antiguo reino de Toledo y en Andalucía, sala principal en una casa particular’ (DLE, s.v. 4). Pozancón ‘charca’, ‘alberca’. Pozuelo ‘cavidad en molinos y fábricas donde se deposita el caldo de la aceituna prensada y donde desnuda el aceite del alpechín’ (AV, s.v.). Rebatir ‘reforzar el fondo o base de toneles, pipas, cuartos, botas, etc.’ (s.c.)16. Remolida ‘faena que se ejecuta con el aceite de las jamilas y orujo para extraerles aceite’ (AV, s.v. remolido). Resalar ‘aplicado al pescado, volver a salar’ (s.c.). Ruedo ‘tierras o heredades que están situadas en los alrededores de una ciudad’. Solador ‘el encargado de aparar o coser las diversas partes del zapato con la suela’. Tarea ‘conjunto de quince fanegas de aceitunas recolectadas’ (DLE, s.v. 5; AV, s.v.), aunque en nuestro caso, según el contexto, deducimos que corresponde a siete fanegas y media. Trapero ‘pañero’ (DLE, s.v. 4). Veimiento ‘veiduría’. Zamarrón ‘cobertor o manta de lana’ (AV, s.v.). Semillera ‘persona que vende semillas’.

2.2 Occidentalismos y portuguesismos en andaluz

Como ya se ha señalado, comparte el léxico andaluz elementos procedentes del occidente peninsular: Se conserva en salmantino y en andaluz la voz entremijo ‘and. y sal. Expremijo’ (RAE M, 1927). En las ediciones académicas de uso la voz se da solo como salmantina desde la primera documentación de 1791.

Mayor extensión dialectal presenta la voz garganta, usado en Andalucía para la ‘cama del arado’ (AV, s. v.; DLE, s.v. 10), es la forma dominante en Andalucía occidental y el SO de la Andalucía oriental y según los testimonios de A. Llorente, es la denominación usual en ciertos puntos de Salamanca, León y Extremadura, así como en varios pueblos de Zaragoza y de Huesca17.

De acuerdo con el área que cubre esta denominación en Andalucía, garganta podría ser un occidentalismo del andaluz.

Chicarrero ‘el que hace chicarro [calzado de niño] o lo vende’ (RAE 1970); a partir de esta edición se considera término propio de Valladolid. Nuestra documentación ofrece también las variantes chiquerrero y chiquerero en las ordenanzas de Córdoba (s. XV) que representan el primer testimonio del término. Ninguna de las formas se documenta en CORDE, por lo que de momento la única documentación que conocemos es de origen andaluz18.

El término de la zona onubense tocal ‘cabrahígo’ de las ordenanzas de Lepe (Olep 30r) está relacionado con el verbo tocar ‘cabrahigar’ (AV), de Huelva y del Algarve portugués, desde donde se introdujo como portuguesismo en el occidente andaluz.

El ictiónimo cerda ‘bonito’19 es el término que pervive en el occidente andaluz bajo la variante vernacular sarda, coincidente con la denominación portuguesa sarda ‘peixe’ (Machado, s.v. sarda1).

2.3 Orientalismos en andaluz

Aladrero ‘carpintero que construye y repara arados, aperos de labranza, carros, etc.’ (DLE, s.v.)20.

La RAE15 1925 da como murciana la acepción ‘constructor de arados’; la marca dialectal desaparece después salvo en la edición manual de 1950. Nuestra documentación corresponde a las ordenanzas de Córdoba, por lo que el origen meridional del término es casi seguro. Además, el derivado aladrería ‘conjunto de útiles empleados en la labranza’ sí se considera andaluz en la obra académica desde la décima cuarta edición de 1914, que es la primera documentación académica de esta voz, eliminada ya en la ed. de 2001.

Cozuelo término de posible origen aragonés, según Gaspar y Roig, ya comentado.

2.4 Genovesismos

La voz capón de las Ordenanzas de Lepe (f. 26v) la hemos relacionado con el italiano genovés cappone ‘pez de color rojo de carne blanca y delicada’ (vid. Casaccia 1972 s.v.), que tiene su correspondencia en los términos del español cabracho, rascacio o del andaluz gallineta21. Otro ictiónimo probablemente de origen genovés como chanquete y anchoa22.

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9788491332565
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