Kitabı oxu: «Hidráulica agraria y sociedad feudal»
HIDRÁULICA AGRARIA
Y SOCIEDAD FEUDAL
PRÁCTICAS, TÉCNICAS, ESPACIOS
HIDRÁULICA AGRARIA
Y SOCIEDAD FEUDAL
PRÁCTICAS, TÉCNICAS, ESPACIOS
Josep Torró y Enric Guinot, eds.
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
ISBN: 978-84-370-8948-5
ÍNDICE
Introducción. ¿Existe una hidráulica agraria «feudal»?
Josep Torró y Enric Guinot
Hidráulica campesina anterior a la generalización del dominio feudal. Casos en Cataluña
Helena Kirchner
Cîteaux y el control del agua en la Edad Media: la creación del canal de Cent-Fonts
Karine Berthie
Formas feudales de especulación agraria: villas, viñas y acequias en el sur de Aragón (ca. 1170-1240)
Carlos Laliena y Julián Ortega
La construcción del paisaje en una huerta feudal: la Séquia Major de Vila-Real (siglos XIII-XV )
Enric Guinot y Sergi Selma
Colonización cristiana y roturación de áreas palustres en el reino de Valencia. Los marjales de la villa de Morvedre (ca. 1260-1330)
Josep Torró
Técnicas de drenaje y sociedad feudal: las lagunas del Languedoc
Jean-Loup Abbé
La pervivencia del regadío andalusí en la Aitona bajomedieval
Marta Monjo
Sistema de riego en la cara norte de Sierra Nevada (Granada-Almería)
Jose María Martín Civantos
El agua en el reino de Granada: herencia islámica y transformaciones castellanas
Carmen Trillo San José
INTRODUCCIÓN ¿EXISTE UNA HIDRÁULICA AGRARIA «FEUDAL»?
Josep Torró y Enric Guinot Universitat de València
La posibilidad de plantear una discusión sobre la especificidad de la hidráulica agraria en el Occidente europeo medieval no sería concebible al margen del extraordinario esfuerzo de caracterización y conceptualización de los sistemas de riego andalusíes, desarrollado desde 1985 por Miquel Barceló y su equipo mediante un notable conjunto de publicaciones.1 Su descripción de los principios de la hidráulica campesina practicada en Al-Ándalus, como también en el Magreb y Yemen,2 constituye, en efecto, una poderosa e insoslayable referencia de contraste que nos obliga a considerar la lógica social de los fenómenos observados; a reconocer que no nos hallamos ante fenómenos puramente «etnográficos» o soluciones universales sin valor histórico.
Por lo demás, las conquistas y colonizaciones de territorios andalusíes llevadas a cabo por la cristiandad peninsular desde fines del siglo XI hacen posible que la comparación no se limite al plano conceptual o a la contraposición de espacios geográficos distantes. Las diferencias, aquí, pueden establecerse a través de la identificación de las modificaciones introducidas por los conquistadores en los sistemas hidráulicos capturados, ya sea en la cuenca del Ebro, en Valencia o en Granada, por mencionar ejemplos tratados en el presente libro. Esta cuestión es crucial, aunque sólo ahora comience a adquirir cierto relieve. Las importantes encuestas del grupo de Barceló se han centrado, principalmente, en las Islas Baleares, además de algunas comarcas montañosas peninsulares que, en su mayoría, continuaron habitadas por población musulmana hasta el siglo XVII. A los efectos que nos ocupan, todos estos casos tienen la virtud de facilitar el aislamiento de los componentes fundamentales de la hidráulica agraria andalusí, pero en lo referido a los cambios introducidos con posterioridad a las conquistas muestran, a lo sumo, modificaciones menores en sus dimensiones y morfología, dándose los cambios, principalmente, en la organización y funcionamiento de lo ya existente; lo que H. Kirchner (1995) ha denominado «subversión» de los diseños originales. Por sí solos, estos cambios no constituyen una base suficiente para perfilar el problema de una hidráulica agraria feudal, hasta ahora identificada fundamentalmente con la molinería.
Los trabajos reunidos en el presente volumen tienen su origen en las contribuciones presentadas en el coloquio «Hidràulica i societat feudal. Practiques, tècniques, espais», celebrado en Valencia entre el 7 y el 9 de junio de 2007.3 La idea de llevar a cabo una reunión de este tipo había ido tomando forma a medida que nuestras investigaciones (Guinot y Torró) documentaban y precisaban el impacto de los trabajos de hidráulica agraria realizados en el reino de Valencia inmediatamente después de la conquista. Existía, ante todo, una necesidad de averiguar los antecedentes de las prácticas y técnicas aplicadas en el territorio conquistado; de conocer el estado de la cuestión en las regiones de origen de los conquistadores y en otras partes de la Europa cristiana, como en la Cataluña Vieja (H. Kirchner), Languedoc (J. L. Abbé) o Borgoña (K. Berthier).4 Y también se consideraba la conveniencia de confrontar el caso valenciano con otras experiencias de colonización ibérica medieval (desde el siglo XII) en las que hubiesen tenido lugar imbricaciones de espacios irrigados y tradiciones hidráulicas, como sucede en Teruel (J. M. Ortega y C. Laliena), el valle del Segre (M. Monjo) y Granada (J. M. Martín Civantos y C. Trillo).
Durante esta puesta en común se puso de manifiesto el papel central que desempeña el señorío, tanto en la configuración de la hidráulica agraria existente en lo que denominamos «regiones de origen», como en la nuevamente creada a lo largo de las zonas conquistadas. La dominación señorial ejercida por la clase aristocrática en la cristiandad latina –de la cual, cabe recordar, forman parte igualmente los reyes y las altas dignidades eclesiásticas– constituye un agente decisivo, y sus iniciativas o su consentimiento son factores absolutamente incondicionales en este tipo de realizaciones. Sin embargo, también tuvimos ocasión de comprobar que la construcción y la gestión de sistemas hidráulicos no habrían sido posibles, en muchas ocasiones, sin el interés y el concurso de comunidades vecinales, grandes terratenientes, mercaderes e, incluso, familias campesinas. Nada hay de contradictorio en esta constatación, pero nos obliga a plantear el problema no tanto en términos de «hidráulica señorial» como «feudal», en el sentido de sistema o estructura social global. De hecho, la funcionalidad de las soluciones técnicas y los despliegues espaciales –particularmente los parcelarios– propios de esta hidráulica depende de su coherencia con el conjunto de la sociedad que los produce.
Por otra parte, en las regiones de origen, la dominación señorial, cristalizada entre los siglos x y xi, no se constituye sobre un absoluto vacío en lo relativo a espacios irrigados y dispositivos hidráulicos. El trabajo presentado por H. Kirchner describe una hidráulica campesina anterior al control aristocrático; una hidráulica basada en soluciones diversas (huertos regados por fuentes, adyacentes a caseríos; canalizaciones de agua de deshielo hacia parcelarios pequeños, etc.) a muy pequeña escala, de carácter local y aun doméstico, que perdurará, incluso, tras la generalización de los dominios señoriales. Esta comprobación es acorde con las observaciones formuladas, hace ya cierto tiempo, por M. Bourin (1987, I: 168-170) sobre la horticultura irrigada practicada en las inmediaciones de las agrupaciones residenciales formadas en Languedoc entre los siglos XI y XII, si bien dicha autora no dejaba de hacer notar la insuficiencia de informaciones escritas sobre estos dispositivos. Tampoco podía ofrecer ninguna representación topográfica, pero los indicios manejados le permitían suponer que las franjas hortícolas y forrajeras, situadas alrededor de los castra habitados, se componían de una dispersión de pequeños acondicionamientos a partir de captaciones de fuentes o pozos. En el caso catalán, sin embargo, adquieren relevancia, desde el siglo x, las derivaciones fluviales de fondo de valle, como sucede en el ejemplo, ya tratado por R. Martí (1988), de las llamadas insulae, espacios de huerto o prado situados en meandros fluviales dispuestos para un riego asociado a las crecidas.
La primera forma de intervención señorial sobre los sistemas hidráulicos campesinos consistió en la incorporación de molinos. Estas instalaciones no alteraban la morfología de los espacios irrigados, pero introducían derechos preferentes sobre el flujo de agua que podían alterar la organización del riego. Paralelamente, como advierte Kirchner, a partir de finales del siglo x la aristocracia laica y eclesiástica comenzó un proceso de apropiación de los molinos preexistentes, poseídos por familias y comunidades campesinas, que comportaba la toma de control de los dispositivos de derivación fluvial y, por tanto, del conjunto de los sistemas hidráulicos. La contribución de K. Berthier muestra los mecanismos («donaciones» inducidas, adquisiciones ventajosas de diversas modalidades) utilizados por la abadía de Císter para apropiarse progresivamente de las porciones indivisas que componían la titularidad de instalaciones molinares, lo que no deja de recordar las estrategias señoriales descritas por R. Pastor (1980: 56-62, 97-100) en el caso castellano-leonés.
El hecho de que la intervención señorial en los sistemas hidráulicos campesinos tuviera como objeto el control y la propagación de las instalaciones molinares no debe hacernos perder de vista el papel decisivo desempeñado por la implantación de molinos en la agrarización de las riberas fluviales. Según A. Durand (1998: 246-275, 289) fue éste el principal mecanismo de reducción a cultivo de los espacios de ribera de Languedoc durante los siglos xi y xii, ya que el funcionamiento de la molinería dependía totalmente de una serie de actuaciones de gran alcance transformador (construcción de diques y canales, estabilización y encaje de los sucesivos tramos de los cursos de agua) que tenían como efecto la reducción radical de la ripisilva y la generación de nuevas superficies de cultivo a lo largo de los bordes fluviales. Aunque Kirchner constata una temprana saturación de los fondos de valle de la Cataluña Vieja, que no podía ser ajena a este tipo de actuaciones, se trata de un problema crucial que merecería la realización de estudios detallados en el futuro.
Una traba fundamental a la realización de obras hidráulicas se deriva del «enceldamiento» del territorio. En el trabajo de K. Berthier se advierten claramente las dificultades que la compartimentación señorial del espacio impone al trazado de canales. Obviamente las dificultades tienden a desaparecer cuando los recorridos se efectúan en el interior de un único dominio, lo que sólo es posible en las posesiones de grandes aristócratas, sobre todo los reyes, y muy particularmente en los territorios de las ciudades. Es lógico, como observa Kirchner, que en Cataluña la construcción de sistemas hidráulicos de cierta envergadura no tenga lugar hasta finales del siglo xii y que en estas operaciones desempeñen un papel primordial monarcas y gobiernos urbanos.
La nueva hidráulica «feudal» ofrece, en sus inicios, un aspecto muy significativo en la concepción de las acequias como canales de abastecimiento y conducción. La mayor parte de su recorrido no es activo; su función principal consiste en transportar el agua hasta las áreas de residencia y los complejos de molinos que la necesitan para su funcionamiento, si bien subsidiariamente permiten el riego de pequeños huertos submolinares, prados e, incluso, algunos campos de viña, aunque a veces bajo restricciones muy estrictas al uso campesino del agua.5 Estos parecen ser los casos del Rec Comtal de Barcelona y el Rec Mulnar de Girona, en un contexto de las ciudades del siglo xi, y también un buen ejemplo es el canal de Cent Fonts, construido para el suministro de agua a la abadía de Císter y estudiado por Berthier en este volumen. También lo es el Canal Reial de Puigcerdà (9,1 km), de finales del XII (Kirchner, Oliver y Vela, 2002); y a una escala menor el conjunto de canales descritos por S. Caucanas en el Rosellón (1995). Este tipo de práctica, perfectamente distinguible de la construcción de canales destinados al riego extensivo, podemos documentarla aun en una tierra de conquista como el norte del reino de Valencia, particularmente en la concesión original hecha por Jaime I a la villa de Morella, en 1273, para la construcción del canal de la Font de Vinatxos, cuyo objeto declarado era mover los molinos que el consejo municipal pretendía edificar (Torró, 2009:102), y también en los establecimientos molinares de la década de 1230 en el río de la Sénia, en el límite entre Cataluña y Valencia (Guinot, 2002-2003).
En la medida en que el dominio señorial del espacio condiciona el planeamiento y el alcance de las canalizaciones, resulta evidente que las áreas incultas del eremus, por una parte, y los territorios de conquista, por otra, componen los escenarios idóneos para el despliegue de la hidráulica «feudal» (Batet, 2006). En el caso de las roturaciones, además, la puesta en práctica de técnicas hidráulicas asociadas al drenaje constituye, en muchas ocasiones, una condición prácticamente ineludible. A decir verdad, es muy probable que, en la Europa occidental de los siglos xi al xiii, la puesta en cultivo de zonas húmedas tuviese mayor efecto sobre la producción agraria que la tala de los bosques secos; y es obvio que las operaciones deforestadoras, en las regiones al norte de los Alpes, requerían asimismo acondicionamientos de desagüe.6 Todos estos procesos de desecación y drenaje comportaban un incontestable dominio de técnicas hidráulicas que no se aplicaban a la irrigación, o lo hacían de modo subalterno, como sucedía en el riego de prados, practicado también en las regiones más frías, donde el agua distribuida desde las propias zanjas de drenaje permitía temperar los suelos helados (Cabouret, 1999).
En las regiones mediterráneas los suelos puestos en cultivo no dependían tanto, sin duda, de la creación de dispositivos de drenaje. Lo que no nos debe hacer perder de vista, observan Horden y Purcell (2000: 186-190), que la historiografía ha «subestimado» los humedales mediterráneos, tal vez porque las desecaciones recientes a gran escala dificultan su percepción como rasgo normal del paisaje. Los autores mencionados también inciden en un aspecto que distingue estos humedales de los existentes en la Europa atlántica, como lo es su marcado carácter local, que hace de ellos una parte más del repertorio ambiental disponible en una multitud de microrregiones diferentes. De hecho, los avenamientos medievales se llevaron a cabo, sobre todo, en medios palustres de carácter litoral y fluvial bastante circunscritos (véase la contribución de J. Torró). Otro tipo de actuaciones, igualmente localizadas, fue la desecación de depresiones lagunares (étangs), como sucede en el caso del Languedoc de los siglos XII y XIII, tratado en este volumen por J. L. Abbé, quien califica dichas realizaciones como «perfectamente adecuadas a la escala territorial del señorío», llevadas a cabo justamente en antiguas reservas señoriales de pesca y caza; lo que hacía de ellos, por cierto, lugares frecuentados y aprovechados. En este sentido, el autor cuestiona de forma oportuna que el drenaje de las lagunas inaugure la gestión humana de unos espacios que habrían permanecido hasta entonces beyond the realm of normal human affairs, por decirlo con la expresión utilizada insistentemente por TeBrake (1985: 107, 141, 185, 205, 221, 238) a propósito de los pantanos de turba del delta del Rin. De lo que se trata, según Abbé, es de un «cambio para aprovechar más intensamente el terreno». La desecación debe entenderse como la más transformadora de entre un amplio espectro de técnicas de uso de los ambientes palustres; una forma agresiva de intervención que, pese a su marcada orientación productivista, destruye el rico potencial que estos ambientes ofrecen a la actividad humana.
La ampliación de los espacios de cultivo mediante roturaciones no supone una alternativa a la conquista militar, ya que se inscribe en la misma lógica expansiva. En una compilación reciente consagrada a la «colonización interna» de Europa, los editores hacen notar que el ensanchamiento medieval de las fronteras de la cristiandad latina adquiere inteligibilidad, precisamente, sobre ese trasfondo (Fernández-Armesto, y Muldoon, 2008: xxii). Y cabría añadir que las dinámicas de «colonización interna» no sólo preceden a la expansión «exterior», sino que también la acompañan, dado que las roturaciones y los trabajos hidráulicos no se paralizan, en absoluto, en las regiones de origen. No debemos perder de vista, sin embargo, que la ocupación de nuevos ecosistemas cultivados conlleva, también, procesos de adaptación. Así, la hidráulica agraria practicada en la cristiandad latina se relaciona, sobre todo, con las necesidades de drenaje, pero en general tiene poco que ver con la irrigación. El problema del manejo y desarrollo de sistemas de riego se planteará, fundamentalmente, a raíz de las conquistas hispánicas.
Hace tiempo que Glick (1991: 131-132) expuso cuáles eran, a su entender, las opciones de los conquistadores al encontrarse con la omnipresente agricultura irrigada andalusí. Se podían abandonar los cultivos y reemplazarlos por la cría de ovejas, o bien se podía implantar el sistema septentrional de agricultura de secano; ambas cosas sucedieron, de hecho, en algunas áreas de expansión castellana.7 Pero también «podía aprenderse y continuarse el sistema musulmán». Afirmaba igualmente dicho autor que, de forma general, «los sistemas de regadío musulmán se mantuvieron intactos», y que los colonos cristianos tuvieron que hacer grandes esfuerzos para familiarizarse con las prácticas indígenas, tal y como muestran las encuestas llevadas a cabo en Tarazona (falsamente datada en 1106) y Gandia (1244). En su obra más reciente, Glick (2007: 193-201) mantiene la idea de la continuidad de los espacios irrigados y los procedimientos operativos de época andalusí, aunque admite que los cristianos cambiaron (únicamente) las formas de administración comunitaria, inspiradas ahora en el modelo de las corporaciones de oficio. Es indudable que los colonos cristianos heredaron las infraestructuras hidráulicas andalusíes, pero cabe cuestionar si el manejo que hicieron de éstas consistía, verdaderamente, en una conservación o reproducción del «sistema musulmán» de acuerdo con el enunciado «como en el tiempo de los sarracenos», ampliamente aludido en los documentos de la época en calidad de referencia que debía informar las normas de funcionamiento de los sistemas de riego (Guinot, 2008).
En este orden de cosas, resulta de interés destacar el contraste entre el estudio presentado por M. Monjo sobre el valle del Segre (Aitona) y el de J. Ortega y C. Laliena relativo a Teruel. En el primer caso, el rasgo predominante sería el mantenimiento de los sistemas hidráulicos andalusíes constituidos a partir de derivaciones fluviales de fondo de valle, que la autora relaciona con cierta continuidad de población musulmana (tal vez reubicada allí por la familia señorial de los Montcada) en los asentamientos más estrechamente vinculados al trazado de los canales. Parece que los cambios posteriores a la conquista serían poco importantes, apenas algunas ampliaciones mediante prolongaciones de acequias. Por el contrario, Ortega y Laliena inciden en el impacto de una inmigración colonial rápida y numerosa, que habría dado lugar a una veloz e intensa densificación de la red de acequias del Guadalaviar promovida por la aristocracia y la oligarquía urbana. Los objetivos de estas actuaciones se dirigieron a la generación de rentas mediante la proliferación de instalaciones molinares y la ampliación de los riegos, dirigidos en particular hacia plantaciones de viñas, cuyo producto se destinaba, sobre todo, a un mercado urbano controlado por el grupo dirigente de la villa de Teruel. Las conclusiones de estos autores suponen una anticipación de fenómenos muy similares puestos de manifiesto, algunas décadas después, tras la conquista de Valencia.
En las dos contribuciones dedicadas a Granada, se aprecia también cierta disparidad. El estudio de J. M. Martín Civantos, centrado en la cara norte de Sierra Nevada (Guadix y el Zenete), se ocupa fundamentalmente de las características originales de los sistemas hidráulicos andalusíes, cuando el regadío era prácticamente la única superficie cultivada. No hay indicios de que la colonización castellana del siglo xvi comportase una ampliación de las infraestructuras de riego, aunque sí debió modificarse la organización de los cultivos y del reparto del agua para adaptar los sistemas a los cambios productivos introducidos por los castellanos. Por su parte, C. Trillo también hace ver, si bien de forma más detallada, las adaptaciones de las redes hidráulicas, pero no sólo las relacionadas con las nuevas forma de gestión y reparto del agua, sino también las que comportan el incremento de las áreas irrigadas. Un aumento que se muestra asociado a la formación de grandes propiedades y a la proliferación de cultivos comerciales, principalmente la caña de azúcar y el moral, que en el contexto de policultivos anterior a la conquista ocupaban un lugar limitado.
Resulta evidente, en todo caso, que el engrandecimiento de los espacios irrigados constituye un componente central de la intervención llevada a cabo por los colonos cristianos, sea en el Teruel de los siglos xii y xiii o en la Granada del xvi ;8 y, por descontado, en la Valencia de los siglos xiii y xiv. Esta constatación es fundamental, ya que nos remite a un cambio en la estructura de los sistemas de riego que, por fuerza, anularía la validez práctica de la referencia al «tiempo de los sarracenos» como fundamento de las normas de distribu– ción. Al preguntarse si «se feudalizaron los sistemas de irrigación andalusíes», Glick (2007: 201-204) introduce una variable decisiva que no había tenido en cuenta anteriormente al enunciar las opciones de los conquistadores (o que consideraba subsumida en la continuidad de los sistemas de riego), como lo es la realización de nuevas obras hidráulicas por parte de los colonos cristianos.
Puede decirse que las conquistas hispánicas ofrecen, en este sentido, dos grandes posibilidades a los grupos sociales que las protagonizan. En primer lugar, la captura y la reorganización de sistemas hidráulicos preexistentes, que muchas veces comporta su ensanchamiento y la densificación de la red de acequias, eliminando los intersticios no irrigados (Guinot, 2005). Estas acciones, que se presentan en formas diversas, requieren sin duda la inteligencia del funcionamiento anterior del sistema, pero no siempre con la intención de reproducirlo indefinidamente («como en el tiempo de los sarracenos»), sino también para alterarlo y modificar sus límites. En segundo lugar, tenemos la vía de la reducción a cultivo de nuevos espacios, ampliamente experimentada y desarrollada en las regiones de procedencia. Las roturaciones podían tener como objetivo tierras secas o de humedal, pero compartían la necesidad de construir los dispositivos hidráulicos que las hiciesen posibles; de drenaje en el segundo caso, de irrigación en el primero. Cabe admitir que la creación de un sistema de riego ex novo no implica necesariamente que la tierra afectada no fuese antes objeto de actividades agrarias, pero el grado de transformación requerido equivale, en verdad, a un rompimiento.
En el reino de Valencia la construcción de sistemas de riego completamente nuevos es muy temprana y tiene sus principales manifestaciones en dos grandes proyectos impulsados por el rey Jaime I: la llamada Séquia Nova d’Alzira, iniciada en 1258, y la Séquia Major de Vila-Real, de menor envergadura, comenzada hacia 1272. A la segunda dedican su atención E. Guinot y S. Selma en el presente volumen. La apertura de la acequia de Vila-Real fue una realización estrechamente asociada a la fundación de la puebla colonizadora del mismo nombre, siendo su objetivo la distribución de agua de riego por tierras que, anteriormente, habían sido de secano o habían permanecido yermas. En realidad, se creó un nuevo espacio agrario, ya que la red de canales y el parcelario se diseñaron de forma conjunta, siguiendo pautas de regularidad geométrica. El estudio de una realización íntegramente nueva, como ésta, tiene el interés añadido de facilitar el aislamiento de los caracteres originales. Para los autores es justamente la morfología el aspecto que permite diferenciar de forma más clara los nuevos espacios irrigados construidos por los colonos cristianos, aportando la pista más útil para una identificación de las operaciones llevadas a cabo en el ámbito de las antiguas vegas andalusíes. Si tenemos en cuenta que la forma de los diseños tiene implicaciones funcionales decisivas, determinando por ejemplo el retorno del agua a sus cauces o, en la ocurrencia, la disipación de ésta, deberemos admitir que no nos hallamos ante modificaciones menores, sino ante un verdadero cambio en los principios de funcionamiento o, lo que es lo mismo, un trastorno general de los sistemas heredados de época andalusí.
La construcción de nuevos sistemas hidráulicos en un país lleno de huertas antes de la conquista, como lo era Valencia, ofrece un aspecto que merece destacarse de forma especial: la circunstancia de que los técnicos encargados de llevar a cabo los trabajos –o en su caso, supervisarlos– fuesen, todos ellos, cristianos procedentes de Cataluña o de tierras occitanas. Ni un solo nativo musulmán encontramos relacionado con estas tareas. De lo que se deriva un problema importante, como lo es el de las experiencias y tradiciones técnicas desplegadas por estos expertos. Es muy probable –ya lo hemos sugerido– que los saberes en materia hidráulica agraria procedentes de dichas regiones tuvieran más que ver con el drenaje que con la irrigación. En realidad, la desecación de áreas palustres con fines agrarios tuvo también una gran relevancia –igual o mayor que la de los nuevos sistemas de riego– en el reino valenciano entre los siglos xiii y xiv. En el caso de los marjales de Morvedre, objeto de la contribución de J. Torró, pueden advertirse algunos puntos en común entre los dos tipos de realizaciones, como la aplicación de criterios de regularidad similares al dividir parcelas, o la difusión del mismo tipo de cultivos (terram panis et vini) que en las nuevas tierras irrigadas, sin olvidar que la irrigación es, también, un componente de los sistemas de drenaje. Todo ello, sin embargo, conlleva un mayor impacto sobre la biodiversidad y el abanico de posibilidades que, en su estado anterior, ofrecían estos espacios a la actividad humana, y que los colonos experimentarían de un modo particular al advertir la disminución de los prados húmedos utilizados como pastos. El hecho de que estos inconvenientes –o la presumible previsión de ellos– no generasen, que se sepa, ningún tipo de oposición, muestra hasta qué punto la expansión agraria, dependiente de la multiplicación de dispositivos hidráulicos, formaba parte de una lógica social general.
A partir de la lectura de los trabajos reunidos en este libro es posible proponer una problemática capaz de dar sentido al conjunto y orientar investigaciones futuras. Nos referimos a la cuestión de los límites. Si algo ha podido establecerse con claridad es que la hidráulica agraria «feudal» se caracteriza por su capacidad para romper unos límites que las comunidades campesinas habían mantenido de un modo u otro: límites al ensanchamiento de las superficies cultivadas, a la disipación del agua de riego y a la propagación de cultivos comerciales. Sin duda –y hemos insistido en ello-, eran muy diferentes las condiciones ofrecidas por las zonas de procedencia, antes de la generalización del dominio señorial, de las existentes en las regiones conquistadas a al– Andalus, pero el proceso de agrarización que a ambos afectó tenía los mismos fundamentos sociales. El estudio de técnicas, prácticas y espacios hidráulicos puede ofrecer una valiosa herramienta para la comprensión de una anomalía no exenta de graves costes ecológicos: la poderosa dinámica expansiva que, en palabras de J. Baschet (2004: 23, 32), «constituye un crecimiento excepcional en la historia occidental, de una amplitud desconocida desde la invención de la agricultura y que no volverá a producirse antes de la revolución industrial».
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1 Principalmente, Barceló (1995); Barceló (ed.) (1997); Barceló (coord.) (1998); Bar– celó, Kirchner y Navarro (1996). Véanse, asimismo, el inventario elaborado por E. Sitjes (2006) y las reflexiones de H. Kirchner (2009).
2 M. Barceló, H. Kirchner y J. Torró (2000); Barceló et al. (2003).
3 El presente volumen es el resultado de la posterior discusión y reelaboración de aquellos materiales en el marco del proyecto «Modificaciones del ecosistema cultivado medieval en el reino de Valencia» HAR2011-27662 (IP Josep Torró), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
4 El texto de J. Rouillard sobre la cuenca del Sena no ha sido entregado para publicación.
5 Para la Cataluña Vieja, véase Arbués (1998) y Kirchner, Oliver y Vela (2002); para el Languedoc resulta interesante el trabajo de L. Macé (1994).
6 Resulta significativo el desplazamiento de atención hacia los medios húmedos que se ha producido en los estudios relativos a las roturaciones medievales durante los últimos años. Sirvan como ejemplo algunos de los trabajos reunidos por Burnouf y Leveau (2004), o la compilación de textos relativos a la Toscana editada por Malvolti y Pinto (2003). Una región privilegiada en este sentido es el Languedoc, donde el problema es tratado por Durand (1998: 287-293), Bourin et al. (2001: 390-395) y, de forma especial, por el libro de Abbé (2006). El trabajo de Rippon (1997) sobre los humedales costeros de Gales ofrece orientaciones metodológicas de gran interés.
7 También en el Nuevo Mundo, y a una escala colosal. Véase Melville (1999).
8 Véase Teixeira (1999) sobre un caso de ampliación de los perímetros de riego del monasterio cisterciense de Veruela, en el valle de Huecha (Aragón), durante el siglo XII.
HIDRÁULICA CAMPESINA ANTERIOR A LA GENERALIZACIÓN DEL DOMINIO FEUDAL. CASOS EN CATALUÑA
Helena Kirchner Universitat Autónoma de Barcelona
Sólo en contadas ocasiones ha sido aplicado el método de la «arqueología hidráulica» (Kirchner y Navarro, 1993) al estudio de espacios irrigados y su gestión en sociedades feudales. Para al-Andalus, en cambio, la investigación llevada a cabo desde los años ochenta1 ha permitido crear un conjunto empírico de alrededor de 160 sistemas hidráulicos estudiados, principalmente en las Islas Baleares y en el País Valenciano. Recientemente, este corpus ha sido analizado estadísticamente por E. Sitjes en dos de sus aspectos más significativos: la morfología de los espacios irrigados y sus tamaños (Sitjes, 2006). Contamos, pues, con una tipología de sistemas hidráulicos bien definida (Glick y Kirchner, 2000; Kirchner, 2009) y conocemos con precisión los rangos de sus tamaños. Nada parecido puede hacerse, todavía, con los sistemas hidráulicos de las sociedades feudales. Para al-Andalus, además, sabemos que un sistema hidráulico consiste sobre todo en la creación de un espacio irrigable, donde la articulación entre el punto de captación, el trazado de las acequias y el emplazamiento y morfología de las parcelas constituye su estructura básica. Los molinos integrados en el sistema hidráulico, cuando los hay, tienen una presencia claramente subsidiaria a la irrigación (Kirchner, 2011).
En la llamada hidráulica feudal, al menos para Cataluña, no se ha avanzado mucho respecto a las propuestas formuladas en 1988 por M. Barceló2 y R. Martí (1988a). En aquel momento, a partir de escasos indicios, se consideró que la hidráulica feudal privilegiaba los molinos, que los sistemas hidráulicos se construían principalmente con el objetivo de alimentar con agua los molinos. Además, en aquellos textos, se asumía que existía una hidráulica feudal que, por su complejidad y eficacia y gracias al dominio de los señores que la imponían, vendría a sustituir una imprecisa, escasa y simple hidráulica campesina. Esta idea aparece, también, en numerosos estudios realizados a partir de documentación escrita rígidamente condicionados por la historiografía del «crecimiento agrícola» altomedieval3 y por las propuestas, más lejanas, de M. Bloch (1936) sobre la difusión del molino (Barceló, 2004). El factor determinante de la atribución confusa a los feudales de la difusión de la tecnología hidráulica ha sido, justamente, el molino, al ser considerado como un indicador del «crecimiento agrícola» de la Alta Edad Media. El problema de establecer la cronología y autoría de la difusión de los molinos hidráulicos sigue sin tener una solución clara, aunque la sucesión propuesta, a menudo, de los más rudimentarios molinos de rueda horizontal a los más complejos y por ello asociados a la clase señorial feudal, no tiene ya mucho sentido a raíz de los hallazgos arqueológicos en Irlanda, Inglaterra y Francia, que datan de los siglos vii y viii (Barceló, 2004: 261, 263, 264; Wikander, 2000).
Algunos investigadores ya han advertido de que la emergencia en la documentación escrita de los molinos no fecha su construcción ni identifica, por aparecer en manos de un monasterio, a los constructores en lugares muy diversos como la Renania o el Languedoc (Lohrman, 2002: 78; Durand, 2002: 37-39). Según estos autores, en el siglo viii existen ya estructuras hidráulicas con molinos bien consolidadas. También los hallazgos arqueológicos franceses, aunque escasos, vienen a confirmar esta cronología (Durand, 2002: 45; Bernard, 1998). En el caso del monasterio de Cluny, por ejemplo, según G. Rollier (1998), los habitantes de la antigua villa de Cluny ya poseían algún tipo de sistema hidráulico y molinos que aparecen documentados entre los años 893 y 910, antes de la creación del monasterio, aunque no han sido localizados.4 En cambio, el análisis que hace E. Champion (1996) de los polípticos carolingios llega a la conclusión de que, entre el Loira y el Rhin, la difusión se produce fundamentalmente en época carolingia, puesto que el emplazamiento de los monasterios y de las villae no responde a criterios hidráulicos, y ello significaría que las villae existían antes de los molinos. Sin embargo, también hace notar que los diplomas del siglo ix se refieren a menudo a donaciones que incluyen molinos formando parte de una villa y, por tanto, su construcción no habría sido siempre promovida por los señores de estas villae. Así, dicho autor establece que los molinos pueden tener «un doble origen, el de la adquisición o la construcción». Habría que ver, pues, qué villae tienen molinos y cuáles no y por qué razones, y qué infraestructuras hidráulicas promueven directamente los monasterios y cuáles son el resultado de adquisiciones.
Con posterioridad, los monasterios cistercienses, estudiados por P. Benoit y K. Berthier (1998) y C. Raynaud y M. Wahout (1998), se aprovechan de unos sistemas hidráulicos y molinos construidos previamente a su implantación y que reciben como donaciones. Pocos son los molinos cuya construcción es promovida directamente por los monjes. Para M. Arnoux (2009: 715-716), entre los siglos x y xi se produce una saturación de instalaciones de molinos en los cursos de agua, forzando, a partir de este momento, a crecer en los mismos emplazamientos, substituyendo molinos abandonados o agrupando en los mismos lugares varios molinos.
La cuestión de la identificación de los constructores de los molinos está estrechamente relacionada con el problema de establecer la cronología de su construcción. En Irlanda, algunos molinos han sido asociados a establecimientos monásticos y existe documentación escrita que alude a constructores especializados (Rynne, 2000). M. Barceló señaló el hecho de que no está claro cómo estos especialistas en la construcción de molinos eran reclutados y por quién. Dicho autor enunció con claridad el núcleo del problema insistiendo en la necesidad de saber cómo se desarrollan los conocimientos técnicos de la construcción de molinos y a demanda de qué sectores sociales (Barceló, 2004: 265).5
En Francia, la construcción del molino carolingio de Belle-Église (Oise) (Bernard, 1998) se vincula, aunque de forma algo ambigua, a la «emergencia del sistema señorial, en el cual los grandes eclesiásticos y laicos se dividen el poder de las tierras», y se convierten en «potencias capaces de emprender grandes obras». Es en tiempos de Carlomagno cuando «el dominio de las técnicas parece consolidarse» (p. 78). Sin embargo, las condiciones del hallazgo y excavación de un canal de molino descritas por Bernard no permiten identificar al responsable de la construcción del molino con ningún señor laico o eclesiástico; sí, en cambio, puede asociarse su construcción, datada por dendrocronología en el invierno del 810-811, con un poblado ocupado desde época romana hasta el siglo x.6 A. Durand considera que los responsables de la construcción y difusión de molinos en el Languedoc, que puede empezar a situarse al menos desde finales del siglo vii, son «riches aleutiers», asociados en algunas ocasiones a las futuras familias castrales y responsables del proceso de «encelulamiento» feudal (Durand, 2002: 43-44). De manera muy excepcional, los monasterios benedictinos son responsables de la construcción de los molinos, y los que poseen proceden de las dotaciones a partir de tierras fiscales recibidas de los soberanos carolingios o de donaciones posteriores, mayoritariamente realizadas por este sector alodial «rico» o, rara vez, por familias nobles (Durand, 2002: 42).
En Italia, M. E. Cortese (1997) establece que las primeras menciones ya se encuentran en documentos del siglo viii y se van haciendo cada vez más frecuentes a partir del ix, aunque siempre se trata de molinos asociados a monasterios y obispados. Sólo a partir del siglo xii, las ciudades y sus oligarquías pasan a protagonizar también iniciativas en este sentido. E. Caruso (2004), para la zona de la Romaña, atribuye primero a los benedictinos y después a los cistercienses la principal actividad de construcción de molinos. A partir del siglo ix se incorporan los obispos y a partir del xi, las ciudades. En el Lacio, las primeras menciones se sitúan también en el siglo viii, aunque el grueso de las referencias se sitúa en los siglos xi y xii. El incremento se asocia al aumento de la documentación y al éxito de la difusión (De Francesco, 2009: 292).
Estos estudios, si bien han puesto de relieve la antigüedad de los molinos hidráulicos datándolos en los siglos vii y viii, siguen sin identificar claramente a los responsables de su construcción. Hay que señalar, también, que lo que se tiene en consideración mayoritariamente es el molino y no el sistema hidráulico en su conjunto. El molino hidráulico implica la existencia de una captación de agua, normalmente realizada en un curso estable, y el trazado de una canalización, con la pendiente adecuada para hacer circular el agua que simultáneamente puede servir para irrigar las parcelas que quedan debajo. El recorrido de la canalización viene determinado por la necesidad de conseguir el desnivel necesario para instalar la rampa del molino, si se trata de un molino de rueda horizontal. Si, en cambio, se trata de molinos de rueda vertical accionada por debajo, este desnivel no es necesario y sí, en cambio, un canal con un caudal abundante y una pendiente adecuada. La localización de los molinos no es, pues, azarosa, ni siquiera puede hacerse en cualquier punto adyacente a un curso de agua. Aparecen, además, constantemente asociados a las parcelas que pueden ser irrigadas desde la canalización. La falta de visión de conjunto de los sistemas hidráulicos en estos estudios produce interpretaciones erróneas o dudas que podrían tener una explicación. Así, por poner algún ejemplo, De Francesco no sabe si los molinos del Lacio son de rueda horizontal o vertical (2009: 288), o interpreta que la irregular distribución de los molinos en el territorio se explica por los altos costes de gestión y manutención requeridos por estas estructuras (2009: 294). M. Arnoux no consigue dar una explicación a la constatación de diferencias regionales significativas en Francia, tanto en las cronologías como en las densidades de instalaciones molineras (Arnoux, 2009: 713).
En Cataluña, sólo dos zonas han sido estudiadas siguiendo los métodos de la arqueología hidráulica, el río Aravó y la villa de Puigcerdà (Girona) (Kirchner et al., 2002) y las posesiones del monasterio de Sant Cugat del Vallès en la comarca del Vallès Occidental (Barcelona) (Kirchner, 2006). En cambio, las transformaciones que los feudales catalanes introducen en los espacios irrigados andalusíes conquistados en las Islas Baleares a partir de 1229 (Kirchner, 1995 y 1997; Kirchner, 2003; Batet, 2006), en el País Valenciano (Torró, 2003, 2005 y 2009; Guinot, 2005 y 2007; Furió y Martínez, 2000), en Aragón (Laliena, 1994 y 2008) o en territorio catalán, antes, a partir de mediados del siglo xii (Batet, 2006), han sido mejor estudiadas. En realidad, pues, nadie ha descrito una hidráulica atribuible a los feudales anterior al siglo xii. Estos casos de estudio indican, por ahora, que la actuación de señores feudales eclesiásticos y laicos a partir del siglo x consistió, fundamentalmente, en apropiarse de sis- temas hidráulicos, con y sin molinos, muchos de ellos con espacios irrigados asociados, mediante donaciones, compras y permutas, sin apenas introducir modificaciones o añadir nuevas instalaciones hidráulicas.
LOS SISTEMAS HIDRÁULICOS EN LOS SIGLOS X Y XI EN CATALUÑA.
EL CASO DE SANT CUGAT DEL VALLÈS Y SUS POSESIONES EN EL VALLÈS OCCIDENTAL7
En Cataluña, la emergencia en la documentación de sistemas hidráulicos (espacios irrigados y molinos) sólo se produce cuando estos bienes son objeto de las operaciones de desposesión ejercidas por los feudales laicos y eclesiásticos, a través de donaciones, testamentos, permutas y compras y, a veces, restableciendo un dominio útil a los campesinos a cambio del pago de la renta. Sería el caso del proceso de apropiación feudal de los molinos hidráulicos de origen atribuido a campesinos (Martí, 1988a) y de las insulae fluviales (Martí, 1988b). Las donaciones y ventas de molinos por parte de un grupo de posesores o de fracciones de molino indican la existencia de formas de gestión colectivas (Bonnassie, 1975, I: 461) que son desmanteladas por los señores feudales al instalar molineros de confianza con los que se reparten los beneficios de la moltura (Martí, 1988b). En el mismo sentido se orientan los testimonios documentales en Aragón, donde los molinos empiezan a ser mencionados en el siglo ix, en manos de comunidades campesinas que justo en este momento empiezan a entregar sus bienes a instituciones eclesiásticas y a señores laicos (Ortega, 2008: 92). La demanda de renta impuesta por los señores debió condicionar el uso y la gestión del sistema hidráulico por parte de los campesinos en una medida que por ahora no sabemos percibir en la morfología de los espacios irrigados. Incluso, la apropiación feudal de dichos espacios y sus molinos conducirá, simplemente, a la expulsión de los campesinos, o a impedir que puedan construir nuevos sistemas hidráulicos alternativos. Esta exclusión no pasa, necesariamente, por la creación de monopolios o derechos banales sobre los molinos. Es mucho más sencillo: los sistemas hidráulicos no pueden multiplicarse indefinidamente puesto que no pueden construirse en cualquier sitio escogido al azar y los cursos de agua que lo permiten tienen caudales y, sobre todo, espacios de ribera con pendientes adecuadas limitados.
Un buen ejemplo es el del monasterio de Sant Cugat del Vallès (Kirchner, 2006), que protagoniza a partir del siglo x un proceso de ampliación y ordenamiento de su patrimonio muy característico de las instituciones eclesiásticas en este momento (Bou, 1988; Salrach, 1992; Ruiz, 1995, 1999). Las referencias documentales a irrigación (huertos, vergeles, árboles frutales, parcelas situadas por debajo de canalizaciones, las propias canalizaciones, fuentes, insulae o pozos) son particularmente abundantes. A menudo, estas referencias aparecen asociadas a los molinos, que son mencionados junto a las parcelas irrigadas adyacentes.
A pesar de la intensa urbanización en fechas recientes del Vallès Occidental, comarca donde se ubica el monasterio, ha sido posible identificar en el paisaje actual los lugares objeto del interés de los abades que, a través de donaciones, compras y permutas, van incorporando al dominio del monasterio. Los terrazgos documentados son mayoritariamente espacios irrigados situados en fondos de valle. Se irrigaban mediante derivaciones realizadas en corrientes de agua (Riusec, Riu Major o Riera de Sant Cugat, río Ripoll, Riera de Rubí, torrente de can Ferran y torrente de los Alous) y mediante azudes (resclausa) construidos con materiales poco estables (troncos, piedras, barro, etc.) (figura 1). Los canales así derivados abarcan normalmente un perímetro reducido delimitado por la canalización y el curso natural de agua. Al final del recorrido del canal, cuando este alcanza suficiente desnivel respecto el fondo de valle, solía haber un molino de rampa.8 A la salida del cárcavo, una canalización conducía el agua al río o torrente. La canalización abrazaba, pues, un perímetro irrigable, de llanura aluvial, a menudo incluido en un meandro, de tamaño variable, aunque de dimensiones habitualmente modestas (figura 2).
Se pueden diferenciar diversas áreas donde se construyen espacios agrarios irrigados y molinos hidráulicos: la zona más inmediatamente cercana al emplazamiento del monasterio, en varios torrentes y en la riera de Sant Cugat (Sant Cugat del Vallès); la riera de Rubí (Rubí); el Riu Major o riera de Sant Cugat y el río Riusec (Cerdanyola del Vallès); y el río Ripoll (Ripollet o Palatio Avuzid/ AuzitolAuditolOditlAvozido en la documentación) (figuras 3, 4 y 5). El monasterio se halla situado en un llano entre la riera de Sant Cugat y la de Vullpalleres que desembocan en el río Ripoll y pertenecen a la cuenca del Besós.9 En este lugar se erigió una fortaleza romana en el siglo iv, posiblemente en el mismo solar donde hubo una villa de inicios del Imperio, y donde se han hallado restos de miliarios romanos, uno de ellos con una inscripción que hace referencia a la Vía Augusta. También es el emplazamiento de un aula o iglesia paleocristiana con función funeraria de la segunda mitad del siglo v, que ha sido tradicionalmente relacionada con el culto a san Cucufate mártir y una necrópolis asociada.
Figura 1. Situación de las zonas estudiadas, en torno al monasteriode Sant Cugat del Vallès y en Puigcerdà (Girona)

Figura 2. Reconstrucción hipotética en alzado y en planta del diseñodel sistema hidráulico con molino que se debió construir en los torrenteso ríos del entorno de Sant Cugat del Vallès. Se trata de un croquiscuyas medidas no se ajustan a ningún caso real

Figura 3. Sector de Sant Cugat del Vallès. Espacios irrigados y de prado

Figura 4. Sector de Rubí. Espacios irrigados y molinos

Figura 5. Sector de Cerdanyola y Ripollet. Espacios irrigados y molinos

Este edificio fue objeto de reformas a finales del siglo vi y principios del vii ya entonces utilizado como iglesia.10 La primera noticia escrita de la iglesia o monasterio de Sant Cugat es del año 878, una confirmación de bienes y privilegios otorgada por el rey Luis el Tartamudo al obispo Frodoí de Barcelona, entre los cuales se encuentra la «iglesia de Sant Cugat y Sant Feliu, en el lugar de Octavia, con aprisiones y adyacencias y todas sus pertenencias, las cuales, el abad Ostofred había obtenido por precepto».11 Según D. Miquel, la aprisión que fundamenta el patrimonio original del monasterio debió de producirse entre la conquista franca del 801 y el advenimiento al trono de Carlos el Calvo, en el 839 (Miquel, 2004: 38), aunque argumenta que esta aprisio se hace sobre tierras consideradas fiscales tras dicha conquista que no estaban realmente despobladas. Los primeros documentos conservados del siglo x referentes a donaciones al monasterio indican que los donantes tenían los bienes objeto de donación por herencia o compra, no por aprisio, lo cual indicaría, según este autor, que el establecimiento de esta infraestructura agraria no es inmediatamente anterior a la emergencia documental. A partir del 910, los bienes y derechos vuelven a ser confirmados al abad Donadéu (Miquel, 2004: 40).
El conde Sunyer de Barcelona (910-947) definió los límites del alodio monástico. El documento no se ha conservado pero se conoce su existencia por la referencia que hace de él el precepto del rey Lotario expedido en el 986 (Miquel, 2004: 40). J. Aguelo (1998 y 2001) estableció los límites de este alodio, que se extiende alrededor del emplazamiento del monasterio y que fue objeto de sucesivas ampliaciones.
Por lo tanto, el núcleo central del patrimonio sancugatense estaba constituido por los valles tributarios de la riera de Sant Cugat (o Riu Major en la documentación) en los que se documentan parcelarios de fondo de valle, presumiblemente irrigados en su mayoría y una extensa área de prado, zona húmeda en cuyos márgenes había parcelas cultivadas.12 En toda esta área no existe ni un solo molino en el siglo x ni se construyeron posteriormente (figura 3). Los sistemas hidráulicos con molinos se encuentran en los términos vecinos de Rubí13 y Cerdanyola,14 así como en Ripollet (Palatio Avuzid),15 en cursos de agua más estables (figuras 4 y 5).
Tabla 1. Estimación de las superficies irrigables
| Sistema del castillo de Rubí con un molino | 4,2 Ha |
| Sistema del molino de la Noguera | 3,5 Ha |
| Sistema del molino de los Bessons | 2,4 Ha |
| Sistema del molino de Can Calopa | 6,8 Ha |
| Sistema del molino de la Via | 0,4 Ha |
| Font Calçada | 2,9 Ha |
| Campanyà | 2,0 Ha |
| Sistemas en la Rambla del Celler | 13 Ha |
| Sistemas del torrente de Can Cornellera (Vallseca) | 3,5 Ha |
| Sistema del torrente de la Bomba | 0,48 Ha |
| Riera de Can Vilallonga | 0,36 Ha |
| Sistema del torrente de Ferrusons (Magarola) | 1,1 Ha |
| Sistema del molino de Can Fatjó y otras derivaciones | 2,9 Ha |
| Sistema de las Feixes | 3,0 Ha |
| Sistemas de Saltells, con molinos | 11.2 Ha10,3 Ha17,9 Ha |
| Sistemas del Ripoll, con molinos | 53,20 Ha |
| TOTAL CALCULADO | 130,14 Ha |
Se han medido las superficies que corresponden a los espacios irrigados identificados sobre la fotografía aérea de 1967. En esta fotografía son claramente visibles algunas de las áreas regadas que aparecen en los documentos a partir de finales del siglo x. Pero solo pueden ser consideradas como cifras orientativas, puesto que los perímetros delimitados en la fotografía aérea no han podido ser prospectados a causa de las profundas modificaciones urbanísticas que los han hecho desaparecer. No se ha podido determinar, pues, qué partes de estos espacios corresponden al diseño original de época medieval. Se trata de los perímetros en funcionamiento a mediados del siglo xx y, sin una prospección arqueológica, es muy difícil determinar qué ampliaciones y modificaciones han podido sufrir. Al tratarse de fondos de valle, es muy probable que las franjas de terreno más próximas a los lechos de los ríos, especialmente en el Ripoll y el Riusec (Ripollet y Cerdanyola), fueran zonas inundables que se dejaban como áreas de prado para pasto. Estas zonas de pasto aparecen en la documentación frecuentemente designadas con el término prat.16
Las 53 Ha del Ripoll representan el 40,8% de la superficie total calculada. Aparentemente, en 1967 esta zona se regaba desde una sola canalización. La documentación del monasterio alude a diversos molinos que debían de encontrarse a lo largo de la canalización.17 Se conoce el emplazamiento de dos de estos molinos, el de Can Rata y el del Ginestar. Ello, junto a la morfología del parcelario de la década de 1960, permite reconstruir el recorrido de la acequia del río Ripoll. Sin embargo, el espacio efectivamente cultivado y regado abarcaba todo el perímetro delimitado por la canalización y por el lecho del río. La franja más próxima al lecho del río permanecía yerma y como prado.
En cuanto a los cultivos realizados en estos espacios es difícil, por la documentación, obtener un registro detallado y completo. Sin embargo, las abundantes referencias a viñas y tierras (el término terra presumiblemente alude a campos de cereal, claramente situados en los espacios irrigados o lindando con torrentes y canalizaciones), indican que cereales y vid eran cultivados preferentemente en zonas irrigables o, al menos, en fondos de valle especialmente húmedos. De hecho, no es posible, a excepción de alguna parcela dispersa, situar fuera de estas zonas parcelarios de secano (Kirchner, 2006). Las menciones de viñas y tierras aparecen, también muy a menudo, asociadas a los huertos o vergeles, a árboles de «géneros diversos» –raramente precisada su especie concreta– y a las canalizaciones de los molinos. Cabe suponer, pues, unos espacios de policultivo, donde se entremezclan espacios de hortaliza, viña, arboricultura y cereal. Su localización, determinada por los cursos de agua, es discontinua en el paisaje y no hay parcelarios de secano extensivos.
Arqueológicamente hay muy poca información que pueda ayudar a reconstruir el elenco de plantas. Sólo la excavación de unos silos amortizados a finales del siglo xii y principios del xiii, situados en la proximidad del molino de Can Fatjó, en el Riu Major (Cerdanyola), ha permitido realizar análisis antraco- lógicos de los restos de carbones, entre los cuales, aunque de forma minoritaria junto a especies características del bosque circundante, aparecen carbones de pomoideae, grupo en el que se incluyen especies como el manzano, el peral o el níspero, y también de ficus carica (higuera) (Ros, 1999). La autora del análisis considera que los carbones hallados son restos de madera utilizada como combustible donde habría, además de maderas de bosque, los restos de la poda de árboles de cultivo.
Según R. Martí (1988b), a partir del siglo xi los únicos constructores de molinos o de canales derivados de cursos estables de agua eran los señores feudales, al menos en Cataluña. P. Bonnassie situaba el momento inicial de construcción de sistemas hidráulicos, por parte de grandes linajes aristocráticos y monasterios, a mediados del siglo x y lo califica de verdadero impulso tecnológico y expansión productiva (1975, I: 462), aunque algunas páginas más adelante atribuye a los esfuerzos campesinos la construcción de canales para la irrigación en los cursos inferiores de los ríos Besós y Llobregat (Barcelona), mientras que la intervención de «poderes públicos» debió de ser más tardía, al menos posterior a la primera mención del «rec comtal» de Barcelona en el 1075. S. Caucanas (1995: 26-28) menciona tres ejemplos de finales del siglo ix y del x y xi de construcciones dirigidas o impulsadas por instituciones religiosas.
Por ahora es difícil evaluar el alcance de esta actividad hidráulica, aunque no parece que suponga la substitución de los sistemas hidráulicos supuestamente campesinos que los feudales se apropian en un principio. Las referencias documentales a concesiones para construir canales y molinos no han sido contrastadas arqueológicamente de forma general. Los abades del monasterio de Sant Cugat, por ejemplo, promovieron sólo la construcción de un molino nuevo en el área estudiada (Kirchner, 2006).18 En cambio, P. Bonnassie (1975: 562) interpreta las referencias a molinos contenidas en los documentos del siglo x como una prueba de la iniciativa de los monasterios, obispos y familias aristocráticas en su construcción.19 Uno de los ejemplos aducidos por Bonnassie, la supuesta construcción del molino en el torrente de Xercavins, no llegó a realizarse. El documento que se refiere a este molino20 es, de hecho, un pleito con Sunifredo, vicario del castillo de Rubí, que pretendía construir un molino nuevo alimentado por las aguas de las fuentes del Xercavins que ya abastecían los molinos del monasterio situados en el río Rubí.21 Seniofredo perdió el pleito. Los molinos de Sant Cugat estaban, efectivamente, en el río Rubí, alimentados por canales de derivación que recibían agua del río, que se nutría de las fuentes de su afluente Xercavins. La prospección y las noticias de restos de molinos en el río Rubí corroboran la descripción del documento. En el torrente de Xercavins no constan restos de ningún molino.
El mismo autor aduce otro ejemplo, en este caso de cómo los aristócratas y monasterios promovían la construcción de molinos. Se trata de un documento según el cual el monasterio de Sant Cugat habría proporcionado la parcela y las aguas para construir un molino y el receptor se compromete a construir el molino y el sistema hidráulico.22 Creo que el documento no debe ser entendido así. El abad Juan otorga una carta precaria a Guitesindo y a su hermana Susana sobre un alodio situado en el río Riusec, en el lugar de Ruginada, que es descrito con toda precisión como una parcela regada con fuentes que surgen en ella y unas casas, acondicionado y cultivado por el propio Guitesindo.23 A cambio, el abad pide el pago de la tasca y la mitad de un molino que Guitesindo construyó en el lugar de Saltells.24 El lugar de Ruginada lindaba con el Riusec y, por tanto, debió de estar cerca del lugar de Saltells, también situado en el fondo de valle del Riusec, pero se trata de dos sitios diferentes. El molino se encontraba en Saltells y había sido construido por Guitesindo. Así, el documento es más bien un buen ejemplo de qué tipo de procedimientos legales utiliza el monasterio para apropiarse de parcelas, espacios regados y molinos fundados anteriormente por grupos probablemente campesinos.
Los ejemplos descritos por S. Caucanas en el Rosselló de iniciativas señoriales en la construcción de sistemas hidráulicos tampoco son concluyentes. El primero es una donación que un matrimonio hace al monasterio de Lagrasse de su villa de Pézilla-la-Rivière, reservándose el dominio útil durante su vida. En la enumeración de bienes que componen esta villa figuran molinos y canales que van desde el pueblo de Pézilla a los territorios de tres asentamientos más. Nada indica, pues, que el monasterio hubiera promovido la construcción de un sistema hidráulico, sino más bien que se apropió de él (Caucanas, 1995: 26). El segundo ejemplo debería ser revisado: en 988, Oliba, conde de Cerdanya, y su esposa dan al monasterio de Sant Miquel de Cuixà la villa de Baho (comprada por los donantes previamente). S. Caucanas dice que «un canal fue construido para alimentar los molinos ya edificados en Baho para permitir la irrigación del terrazgo» y que «el monasterio podrá establecer la presa de aguas en el río Têt, entre el Soler y Millàs, y conducir dicho canal hasta Baho». La explicación es confusa, puesto que si «ya» existen molinos, debe existir necesariamente alguna canalización que los alimente. A lo largo de cincuenta años, el monasterio va haciendo otras adquisiciones por medios diversos, de predios por donde pasaba el canal. S. Caucanas interpreta que el monasterio no lo pudo construir hasta que hubo conseguido asegurarse todo el recorrido (1995: 26-27). Sin embargo, en las reseñas de los documentos menciona referencias al canal ya construido. ¿No podría ser que los abades de dicho monasterio programaran la adquisición de todos los predios por donde ya pasaba el canal, para controlar toda su gestión? En este caso, la construcción de dicho canal no habría sido promovida por el monasterio.
El tercer ejemplo parece ser el único que atestigua la construcción de una canalización por parte de un poder feudal. Se trata de un documento por el cual el abad de Saint André de Sorède autoriza al obispo de Elna a conducir el agua del Tech por las tierras del monasterio hasta Elna (p. 28).
En cualquier caso, S. Caucanas, al fijarse en la condición social de los posesores de los molinos antes de la transacción que comporta la apropiación señorial, concluye que la iniciativa en la construcción de sistemas hidráulicos no es únicamente debida a las familias condales y a los monasterios. Entre los vendedores y donantes figuran abundantes «pequeños aleutiers». S. Caucanas (p. 27), como P. Bonnassie (1975, I: 465), advierten de que monasterios y señores laicos muestran un gran interés por dominar los sistemas hidráulicos en su conjunto, sus molinos, la gestión de los canales y las parcelas irrigables, pero ello no implica, tal como intentan demostrar, que los feudales sean promotores de obras hidráulicas en los siglos x y xi.
Por lo tanto, la aparición documental de estas estructuras hidráulicas corresponde al momento en que los feudales laicos y eclesiásticos se las apropian, y no data el momento de su construcción ni permite deducir que los constructores no sean campesinos. La mayoría de los molinos y sistemas hidráulicos, así como los espacios regados asociados, emergen en la documentación, abruptamente, a partir del siglo ix o x,25 pero el momento de su construcción, probablemente campesina, no tiene por qué ser contemporáneo de las menciones, ni siquiera inmediatamente anterior. Las fechas de los documentos sólo indican que estas infraestructuras ya existían en aquel preciso momento.
En zonas de conquista feudal se constata también la existencia de una estructura agraria campesina consolidada que es objeto de dominio por parte de señores laicos y eclesiásticos. En la zona del Penedès, al sur de Barcelona, donde el conde de Barcelona promueve la conquista y ocupación a partir de finales del siglo x, los señores laicos que colaboran en la expansión y el monasterio de Sant Cugat adquieren dominios donde se incluyen tierras cultivadas, molinos, casas, etc. Aparentemente, los nuevos señores no impulsan transformaciones significativas en esta estructura agraria (Batet, 1996).
La apropiación de estructuras agrarias campesinas, inicialmente concebidas para la supervivencia y convertidas después en fuentes de renta, sigue siendo el procedimiento que caracteriza los centros monásticos más tardíos en las zonas de conquista sobre territorios andalusíes. También, entonces, la construcción de sistemas nuevos es muy esporádica. Es el caso del monasterio de Santes Creus (Tarragona), que, en el siglo xii y en un área de conquista reciente, no impulsó nuevas instalaciones molineras y se limitó a ocupar y, a veces, hacer reconstruir aquellas existentes. El objetivo de este monasterio fue el de acaparar los molinos y no el de crear nuevas instalaciones hidráulicas (Virgili, 1985-1986: 223). Los monasterios de Santa Maria de Poblet, en la Cataluña Nova (Tarragona y Lérida) durante los siglos xi y xii, y el de Santa Maria La Real, en Mallorca, después de la conquista catalana de 1229 (Batet, 2006), actuaron de la misma forma. Asimismo, los señores laicos que, tras la conquista feudal de las Islas Baleares, ya en el siglo xiii, reciben extensos territorios, organizan la ocupación de los espacios irrigados andalusíes sin apenas introducir modificaciones, excepto algún nuevo molino, y mediante nuevos colonos cristianos que pagan renta por las explotaciones que reciben. El objetivo de la ocupación de estos espacios pasa a ser igualmente la percepción de la renta. Para ello se substituyen los variados cultivos andalusíes por especies típicamente feudales, como la viña, y se priorizan los turnos de agua destinados a los molinos hidráulicos. Se subvierte la gestión de los espacios sin casi ninguna modificación de su estructura (Kirchner, 1995 y 1997). Un proceso parecido se ha detectado en Aragón, con la introducción masiva del cereal y la viña en los espacios irrigados después de la conquista (Laliena, 2008: 59). En cambio, en el Sharq al-Andalus la construcción de nuevos sistemas hidráulicos o la ampliación de superficies irrigadas en los intersticios que existían entre los espacios irrigados de las alquerías andalusíes van a ser mucho más contundentes después de la conquista feudal (Torró, 2009; Guinot, 2005 y 2007; Esquilache, 2007). También en Aragón el crecimiento comercial de las ciudades a partir de 1250 conducirá a realizar ampliaciones y construcciones de grandes canales de irrigación (Laliena, 1994, 2008: 62). Está claro que, en el segundo cuarto del siglo xiii, la capacidad de esta sociedad feudal de promover grandes obras hidráulicas y parcelaciones a escalas considerablemente mayores está consolidada.
Los sistemas hidráulicos construidos por señores feudales laicos o eclesiásticos antes de finales del siglo xii son, pues, muy excepcionales. Algunos de ellos, sin embargo, parecen más fruto de obras de reconstrucción o de modificación de instalaciones hidráulicas más antiguas que creaciones ex-novo, como es el caso de los canales condales de Girona y Barcelona. Estos canales podrían tener origen en anteriores canalizaciones romanas, extremo propuesto por algunos autores, pero con escasas pruebas por ahora (Canal et al., 1995; Martí, 1991; Ortí, 1993). En el caso de Girona, ya en el siglo ix, se documentan molinos y canalizaciones en las zonas del recorrido del Rec Comtal, aunque como tal no aparece mencionado antes de principios del siglo xi (1015) (Martí, 1991: 54). Y en el caso de Barcelona, existe alguna referencia documental a un regario en el siglo X, citado por diversos autores (Ortí, 1993: 244, n. 3), que indica la existencia de sistemas hidráulicos ya antes de la primera mención al Rec Comtal, que es de 1075 (Busqueta, 1991: 162-163; Ortí, 1993: 244).
La denominación de condal parece, pues, aplicarse a un sistema hidráulico ya existente. Bonnassie, sin embargo, basándose en el hecho de que las primeras menciones seguras de una acequia con molinos corresponden a la época de Ramon Berenguer I, considera que éste es responsable de la construcción de la canalización y de la mayor parte de los molinos (Bonnassie, 1975: I, 466), ya que «el trabajo que supone sobrepasaba las fuerzas de un individuo o de una familia».
Los estudios mencionados han abordado la cuestión de la construcción de estas canalizaciones sólo a partir de la documentación escrita. Intentar, por tanto, una reconstrucción planimétrica es imprescindible para llegar a comprender cómo se formaron estos sistemas hidráulicos.
SISTEMAS HIDRÁULICOS PROMOVIDOS POR REYES Y GOBIERNOS URBANOS A PARTIR DE FINALES DEL SIGLO XII
Otra cuestión es cómo se organiza la gestión de los grandes sistemas hidráulicos promovidos desde instancias señoriales, reales, o desde gobiernos ciudadanos, a partir de finales del siglo xii y, sobre todo, principios del xiii. Se trata de sistemas hidráulicos que no están necesariamente concebidos como espacios de supervivencia de grupos campesinos. El objetivo de reyes, señores laicos y eclesiásticos era la creación de fuentes de renta. Las concesiones o permisos para construir canales en diversas comunidades de usuarios, villas rurales o ciudades en el Rosselló se dan a cambio del pago de entradas y censos, habitualmente en moneda (Caucanas, 1995: 45-47). Según S. Caucanas estas concesiones respetaban los usos hidráulicos preexistentes y, en consonancia con lo que determinaba la rúbrica 72 Stratae de los Usatges de Barcelona, que determina que las aguas pertenecen a las potestates (príncipe soberano y señores feudales), se deben preservar los derechos de uso ya establecidos de los usuarios de las aguas (p. 47). J. P. Cuvillier (1984: 153) hizo notar que en los siglos xiii y xiv comienza el tiempo de las grandes obras hidráulicas asociadas a nuevas formas de agricultura comercial, que se yuxtaponen a los modelos aldeanos anteriores y constituyen el punto de partida del potencial hidráulico que se desarrolla entre los siglos xvi y xvii. El caso de las ampliaciones y creaciones de nuevos sistemas hidráulicos en el País Valenciano, ya aludido, es ejemplar en este sentido. También C. Orcástegui (1979) constata las primeras concesiones reales y del monasterio de Rueda para construir molinos en el siglo xiii en Aragón, en zonas donde ya existía una infraestructura hidráulica antigua. Por su parte, A. J. Forey (1987) recoge la actividad de los templarios de construcción y administración de canales hidráulicos en el valle del Ebro.
S. Caucanas destaca que a partir de inicios del siglo xiv, en el Rosselló, el rey es el protagonista de la mayor parte de actuaciones, y en este momento se modifican antiguos trazados y se construyen nuevos canales, con el objetivo principal de la irrigación de vastos terrazgos, no sólo el de alimentar molinos. El rey obtiene ingresos por cada concesión de construcción de un canal nuevo y de las cesiones de derechos de uso del agua. Así, en los primeros años del siglo xiv, sólo el rey Jaime ii de Mallorca hace las concesiones para la construcción de canales, revocando las realizadas por monasterios a comunidades de regantes y volviéndolas a realizar en beneficio de la Corona por los pagos exigidos, o bien haciendo concesiones a instituciones religiosas o señores laicos (pp. 48-49). En la segunda mitad del xiv, el rey, entonces Pedro iv de Aragón, procurará recuperar bajo su jurisdicción concesiones y usos de aguas supuestamente usurpados por instituciones eclesiásticas o por comunidades de regantes, cobrando por la restitución de los derechos de uso del agua. Caucanas recoge al menos dos ejemplos de nuevos canales construidos: uno por los habitantes de Elna y sus cónsules, que reciben la autorización del abad de Sant Andreu de Sureda, y otro por parte de los habitantes de Pessillà (Pézilla) y de Cornellà (Corneilla-la-Rivière), así como su preboste con autorización del señor de Millàs (pp. 50-53). A finales del siglo xiv, el rey ya no es contestado en su jurisdicción sobre las aguas, pero empezará a alienar bienes patrimoniales para hacer frente a los crecientes gastos de estado. Una de las estrategias seguidas fue, otra vez, la de cuestionar concesiones y derechos de agua anteriores y solicitar pagos por la restitución de las concesiones (pp. 56-58).
Los casos del Canal Reial de Puigcerdà y del Canal de Manresa, realizados a finales del siglo xii y a mediados del xiv, respectivamente, son buenos ejemplos de sistemas hidráulicos construidos por el rey (el primero) y por la Universitat de Manresa el segundo. En Manresa, bajo iniciativa de su consejo vecinal, se construye una acequia de 20 km para regar una huerta urbana de más de 300 ha (Alabern y Virós, 2002; Piñero, en prensa).
El Canal Reial de Puigcerdà (Pirineo, Girona) fue construido entre finales del siglo xii y principios del xiii en relación con la fundación real de la villa de Puigcerdà (Kirchner et al., 2002). Se trata de un sistema hidráulico concebido para alimentar los molinos harineros y traperos situados en la villa y pertenecientes al rey. Subsidiariamente, permite alimentar una zona de huerta urbana que será objeto, sin embargo, de severas restricciones de uso del agua del canal. El perímetro de tierras que abraza el canal, de unas 600 Ha de superficie, era un espacio expresamente excluido del riego por las disposiciones reales, todavía en el siglo xiv. Este espacio sólo empezará a ser regado a partir del siglo xvii. Por lo tanto, la creación de este sistema hidráulico no conlleva ningún tipo de previsión campesina ni de gestión colectiva, sino que es resultado de un gesto individual de autoridad, real en este caso (figura 6).
Figura 6. Sistemas hidráulicos de Puigcerdà (Girona) (Según Kirchner et al. 2002)

Además, la fundación de la villa y la del sistema hidráulico se hacen en un espacio donde existían otros sistemas hidráulicos de pequeño tamaño, formados a partir de derivaciones realizadas en el río Aravó, que alimentan canales paralelos al curso del río, en cuyo extremo se instala un molino. También existe un pequeño parcelario situado en la vertiente izquierda del río Aravó, que era regado por una canalización procedente del torrente de Bena, afluente del Aravó, por donde desciende el agua de deshielo de la nieve (figura 7). Estos espacios aparecen documentados a partir del siglo x, cuando son dominados por los distintos señores feudales de la zona (Monasterio de Cuixà y obispado de Urgell), pero la fecha de su construcción es probablemente anterior. Su gestión terminará en el siglo xiii, en manos de la oligarquía urbana de Puigcerdà (Kirchner et al., 2002).
Figura 7. Parcelario medieval irrigado por la desviación de aguas de deshielo del torrente de Bena (Enveig, La Cerdanya) (Según Kirchner et al. 2002)

En el ejemplo de Puigcerdà puede verse una secuencia muy completa del proceso de construcción de sistemas hidráulicos:
| Existentes en el siglo x | Espacios campesinos de tres tipos:-Sistemas hidráulicos caracterizados por derivaciones de ríos que permiten regar pequeñas superficies y alimentar molinos.-Sistemas realizados a partir de la canalización de aguas de deshielo hacia parcelarios de dimensiones reducidas. -Pequeños huertos adyacentes a las casas agrupadas en pueblos regados a partir de fuentes. |
| A partir de finales del siglo x | Apropiación por parte de instituciones religiosas de los sistemas hidráulicos caracterizados por derivaciones de ríos y normalmente con molinos. |
| Finales del siglo xii | Construcción por iniciativa real de un sistema hidráulico de gran envergadura: canal de 9 km para conducir el agua a la villa real recién fundada con el objetivo principal de alimentar molinos reales y, secundariamente, alimentar una huerta urbana. |
| Siglo xiii | Apropiación por parte de la oligarquía urbana de los sistemas hidráulicos de origen campesino. |
CONCLUSIONES
Los dos casos presentados, el de Sant Cugat y el de Puigcerdà, no pueden, por ahora, constituir una muestra suficiente para proponer conclusiones sobre una «hidráulica feudal» que puedan ser generalizables. Sin embargo, creo que sí permiten plantear algunas cuestiones de relieve que contradicen asunciones hasta ahora poco discutidas y que proceden de la historiografía del «crecimiento agrario medieval» o de la atribución a los señores feudales, laicos o eclesiásticos, de decisivas capacidades constructivas en la difusión de los molinos y, en consecuencia, de los sistemas hidráulicos que los alimentan.26
En primer lugar, existen unos espacios irrigados y molinos, con sus correspondientes sistemas hidráulicos, que aparecen en la documentación en el momento en que los feudales se los apropian. No podemos determinar, por ahora, cuándo ni en qué condiciones son construidos. En el momento de su emergencia documental, en el siglo ix o x, estaban en manos presumiblemente de campesinos y, al menos algunos de los molinos, podrían haber sido gestionados de forma colectiva, algo que vendría indicado por la posesión de fracciones de molino. Se trata mayoritariamente de sistemas hidráulicos basados en la derivación de cursos de agua estables, mediante azudes que canalizan agua hacia una acequia. La acequia suele abastecer un solo molino que se sitúa al final de su recorrido, aunque más excepcionalmente puede haber varios, y permite regar un espacio comprendido entre la acequia y el curso de agua, ocupando, a veces, el interior de un meandro de éste. Se trata, pues, de espacios dotados de estructuras hidráulicas que ocupan fundamentalmente fondos de valle. Además, en las zonas estudiadas, estos espacios son dominantes y no es posible identificar ni en la documentación ni sobre el terreno otros espacios agrícolas, de secano, por ejemplo, que formen parcelarios compactos. Sólo en el área de Sant Cugat del Vallès, en los márgenes de algunas zonas húmedas, se documentan algunas parcelas y posibles canalizaciones de drenaje.
En segundo lugar, desde la segunda mitad del siglo x, estos espacios agrarios ya están globalmente bajo el dominio de clase señorial, que se los ha apropiado y los ha convertido en fuentes de renta sin apenas introducir modificaciones ni construir sistemas hidráulicos nuevos. Sólo esporádicamente se documenta la construcción de nuevos molinos. En este sentido, conviene observar que no pueden construirse molinos de forma indefinida o en un número arbitrariamente decidido. Cada molino requiere una canalización y ésta ha de tener un punto de captación y un recorrido con pendiente para que el agua circule y que, al mismo tiempo, alcance el desnivel necesario para instalar la rampa del molino. ¿Hasta qué punto, pues, cuando el monasterio de Sant Cugat se apropia de los sistemas hidráulicos del Vallès Occidental, quedan tramos de cursos naturales de agua libres y adecuados para construir nuevos sistemas hidráulicos sin destruir o comprometer el funcionamiento de los ya existentes? Recordemos que el abad del monasterio se opone frontalmente a que el vicario del castillo de Rubí construya un molino en el torrente de Xercavins, un afluente de la riera de Rubí. Los molinos del monasterio construidos en sistemas hidráulicos de la riera de Rubí se beneficiaban también del agua que aportaba el Xercavins. Hay, pues, poca «hidráulica feudal». De hecho, y con la evidencia existente hoy, no se puede realmente hablar de una hidráulica promovida por los señores feudales.
Finalmente, algunos de los sistemas hidráulicos supuestamente construidos desde instancias feudales o reales deberían ser escrupulosamente revisados. Hemos visto algunos ejemplos de la zona del Rosselló o Cataluña, donde la iniciativa feudal no queda bien demostrada. Tampoco los recs comtals de Girona y Barcelona parecen construcciones promovidas por los respectivos condes. Es imprescindible, pues, realizar un trabajo de campo arqueológico sistemático para discriminar entre lo que son estructuras hidráulicas construidas o promovidas por los monasterios o señores laicos y las que ya existían y pasan a formar parte de sus patrimonios.
En Sant Cugat, nada parece fundamentar que los numerosos donantes de molinos y espacios irrigados se identifiquen con familias de «ricos campesinos» que vayan a ser responsables del ejercicio de dominios castrales, tal como ocurre en el Languedoc (Durand, 2002: 43-44). No quiero calificarlos de «simples rustici» ni «ricos campesinos». Me inclino por considerar estos donantes o transmisores de estructuras hidráulicas, siendo el molino la más notoria, miembros de comunidades campesinas. Ahora bien, la falta de relieve arqueológico, e incluso de precisión textual, hace que por ahora esta identificación sea sólo genérica.
A partir del siglo x, estos campesinos se ven envueltos en procesos de donación o venta de sus bienes, que son mayoritariamente molinos y parcelas irrigables integrados en sistemas hidráulicos construidos en los fondos de valle. La posibilidad de identificar sobre el terreno los espacios acondicionados para el riego y el cultivo y los emplazamientos de los molinos ha permitido describir un paisaje agrario concentrado en los fondos de valle, cuya ocupación ya es muy intensa en el momento en que los documentamos. En cambio, no existen ni sistemas hidráulicos construidos en vertientes ni una agricultura extensiva de secano que produzca parcelarios compactos fuera de los fondos de valle. Por lo tanto, a pesar de que en el siglo x emerge documentalmente un paisaje agrario que podemos describir como formado por espacios de cultivo regados de fondo de valle, dispuestos, por lo tanto, de forma discontinua en el espacio,27 podemos constatar que estos espacios de fondo de valle están ya prácticamente saturados, que no quedan en ellos intersticios donde desarrollar ampliaciones significativas de los sistemas hidráulicos ni donde crear otros nuevos.
A partir de finales del siglo xii y principios del siglo xiii empiezan a realizarse grandes obras hidráulicas promovidas desde instancias reales o urbanas. El de Puigcerdà es un buen ejemplo de un sistema hidráulico, promovido por un rey, consistente en un canal de largo recorrido (9 km), destinado a alimentar molinos harineros y traperos del rey y, secundariamente, a regar la huerta urbana de la villa real. Esta obra tiene por objetivo generar ingresos, por la gestión de los molinos y por las concesiones de agua de riego. Sin embargo, tuvo que realizarse en un espacio ya colonizado agrícolamente desde antiguo, cuyos pequeños sistemas hidráulicos y molinos de fondo de valle, de probable origen campesino, habían sido apropiados por un monasterio y un obispado, donde «no cabían», pues, más molinos ni canales. La única alternativa era salir del fondo de valle: realizar una gran obra, un canal de 9 km que recorre la vertiente hasta el emplazamiento de la recién fundada villa de Puigcerdà. También el canal de Manresa, de 20 km de recorrido, sale fuera del fondo de valle y se dirige a una huerta urbana que presumiblemente estaba situada en una vertiente. Esta hidráulica, regia, urbana, quizá señorial en algunos casos, como los descritos por S. Caucanas (1995), de gran envergadura a causa de las dimensiones de las estructuras construidas, es, de hecho, marginal. Es resultado de iniciativas tardías en el proceso de ocupación agraria e hidráulica del territorio que, en sus fases más antiguas, había privilegiado los fondos de valle. Éstos se encuentran densamente ocupados cuando a partir de finales del xii se quieren realizar nuevas obras hidráulicas. La gran envergadura de estas nuevas obras se debe a la necesidad de llevar el agua fuera de estos fondos de valle.
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1Dirigida principalmente por Miquel Barceló, desde la Universitat Autónoma de Barcelona. Grupo de Investigación Consolidado (2009 SGR-304) «Arqueologia Agrària de l’Edat Mitjana» (ARAEM).
2Barceló (1988: 230-243).
3Un resumen reciente de las aportaciones bibliográficas del estado de la cuestión en M. Arnoux (2009: 698-703).
4El único sistema hidráulico descrito por este autor es atribuido a los monjes de Cluny.
5«How millwright skills developed and upon whose demand is clearly the crux of the diffusion of the water-mill wich can not be anymore postulated as a sweeping wave of thec- nological innovation» (M. Barceló, 2004: 265).
6Bernard menciona otro hallazgo arqueológico de un canal de molino vinculado a un poblado de idéntica cronología en Les Coutures (Amiens).
7El Museo del Monestir de Sant Cugat financió esta investigación en el 2006.
8En la región sólo se han conservado dos molinos, muy modificados en siglos posteriores, en Ripollet: Molí del Ginestar y Molí de Can Rata. Eran molinos de rampa. Aunque en la documentación no exista una referencia clara a las rampas, la tradición local mantenida hasta la actualidad permite postular este procedimiento de conducir el agua al rodezno. El tipo de canalización descrita en la documentación, las canalizaciones conservadas o la morfología de los parcelarios fosilizados cuando éstas han desaparecido no permiten suponer la instalación de molinos de rueda vertical. Para los diversos procedimientos de conducción del agua al rodezno y tradiciones constructivas, véase Barceló (2004). Este tipo de molino es el habitual en Cataluña y fue descrito hace años por J. Bolós y J. Nuet (1983).
9Para las características geomorfológicas, véase D. Miquel (1999).
10Para los hallazgos arqueológicos, véanse P L. Artigues et al. (1995), P L. Artigues et al. (1997) y E. Riu Barrera (2000).
11«domum Sancti Cucuphatis et Sancti Felicis ad locum Octavianum cum aprisionibus et adiacenciis et omnibus ibidem pertinentibus, sicut Ostofredus abba per perceptum tenuit» (DCB, doc. 3).
12CSCV 182, año 986: tierra situada en Aqualonga que linda con el prado o la vía que va a Canals; cscv 261, año 990: en el prado de Aqualonga, una parellada de tierra; cscv 269, año 991: pieza de tierra con prado en el lugar de Font de Pere en el Prat, Aqualonga. Algunas menciones más tardías aluden incluso a canalizaciones, muy probablemente con función de drenaje: cscv 1073, año 1170, concordia entre Raimon abad y Arbert de Rubí sobre las aguas y zanjas que en tiempo de lluvia pasan de un alodio al otro, en la parroquia de Sant Ciprià d’Aqualonga, en el prado de Sant Cugat llamado Font de Petra.
13CSCV 317, año 996: juicio sobre el predio de los molinos situado en el río Rubí. Sunifred, vicario del castillo de Rubí, pretendía construir un nuevo molino alimentado por las aguas de las fuentes del río Xercavins, y aducía haber desviado estas aguas para regar huertos y alimentar molinos siempre que había querido y según la costumbre. En cambio, el abad Odó y sus testimonios afirman que hacía más de 30 años que estas fuentes y río Xercavins se utilizaban para regar y para la canalización de los molinos del monasterio y habían sido de Godemar, clérigo difunto. Sunifred devolvió las aguas a la potestad del monasterio y admitió su error. Los molinos del monasterio estaban en la riera de Rubí, no en el Xercavins. Sunifred pretendía derivar agua que bajaba por el torrente de Xercavins, afluente de la riera de Rubí. El abad no lo consintió porque quería asegurarse de que el lecho de la riera de Rubí recibía todas las aguas de Xercavins para que a sus molinos situados más abajo (Noguera, Bessons y Calopa) no les faltara agua. cscv 1008, año 1156: el abad Raimon dona a censo medio molino de Ripa situado en el término de Rubí y parroquia de Sant Cugat, a Raimon de Farigola y Bernarda, cum rego et capud rego et glevariis et petris; cscv 1294, año 1219: Sança, hija de Gilabert, difunto, y de Maria Gilaberta, vende al monasterio dos piezas de tierra situadas en el lugar de Alberic, y dos viñas vecinas del molino de Bezonibus.
14Molino en el Riu Major o riera de Sant Cugat (Can Fatjó del Molí): LLBsc 49, año 1150: Donación de Guillem Ramon de Montcada y sus hijos al monasterio de la Gran Selva de un honor en las montañas de Cerdanyola para edificar un monasterio dedicado a la virgen María. Además dona un «campum unum super molendinum Berengarii de Saltels, cum aqua ad rigandum, in loco qui dicitur Rivi Maioris»; LLBsc 59, año 1154: Guillem Ramon, senescal, junto con sus hijos, dona al monasterio de Valldaura un molino: «illum nostrum molendinum, cum suo rego et caput rego et ipsum resclosar et cum omni suo edificio», en la parroquia de Sant Martí de Cerdanyola, en el Riu Major, que los tenía por permuta con Berenguer de Saltells «qui hedificavit supradictum molendinum». LLBsc 213, año 1179: el obispo de Barcelona realiza una permuta con el monasterio de Santes Creus y recibe «ipsum molendinum cum orto et fexa, quod est in termino de Cerdanola in rivo maiori, cum ingres- sibus et egressibus suis, cum arboribus diversi generis, cum rego et capud rego, cum glebariis et cum aquarum ductibus et reductibus et cum omnibus ad ipsum molendinum pertinen- tibus», tal como consta en el documento de donación que realizó Guillem Raimon, senescal, al monasterio de Santes Creus. Cerca de este molino apareció, en 1989, una agrupación de cuatro silos amortizados a finales del siglo XII, principios del xiii (Francès et al., 1999).
El molino de las Feixes era un molino diferente del anterior, situado en el mismo Riu Major aguas abajo: cscv 792, año 1107: Provencia donó a su hija y luego al monasterio el manso con molino de las Feixes en Sant Iscle de Cerdanyola; cscv 822, año 1114: Beren- guer Raimon de Montcada entrega después de una sentencia al monasterio el manso, alodio y molino de las Feixes.
En el Riusec: cscv 160, año 984: Carta precaria otorgada por el abad a Guitensindo y Susana por un alodio en el Riusec, en el lugar de Ruginada, consistente en casas con una parellada de tierra con árboles, un huerto con fuentes, a cambio de la mitad de un molino en el lugar de Saltells que poseía y había construido Guitesindo; cscv 222, año 988: alodio en Riusec y Saltells, término de Palatio Audito, que Beliardis y sus hijos donan al monasterio, lindaba con el molinare de Ermengarda y con el Riusec. cscv 225, año 988: Seniofredo vende al monasterio una tierra con casa, corral, árboles, «cum ortis vel ortalibus, sub reganeis, et molinaribus cum suo rego et capud rego et cum resclosar cursu subtus rego vel discursu». Lindava con el molinar de Ermengarda o en el Ripoll (este) y en el Riusec (sur). cscv doc. 249, año 990: Chixilo dona al monasterio alodios en el lugar de Saltells, Palatio Auzito, en el término y acceso a Cerdanyola: «terris, vineis cum arboribus, casis, solis et superpositis, cum curtibus, molino et molinaribus, cum capud regos atque eorum discusibus, terra rigua vel irrigua, regum et subtus regum, pratis, pascuis, viridicariis cum pomiferis, cultum vel heremum». cscv doc. 996, año 1079: alodio, manso y molinos en Saltells: Ermengod y Arsemis donaron al monasterio un manso en Saltells, parroquia de Palad Odit, con tierras, árboles, «cum mulinis et molendinariis, et cum regis et capud regis et cum illorum hedi- ficiis».
15cscv 161, año 984: Miravulo y sus hermanos permutan con el monasterio las heredades de su molino situado en el Ripoll, al lado de Palatio Avozido, «cum suo rego et caput rego et subtus rego, et cum sua strumenta», con casas y tres sortes de tierra. cscv 185, año 986: Argefred vende al monasterio tierras y porción en el molinar de Palazio Avuzido «us- que in flumine Riopullo: ipsa mea porcione in ipso molinare et in ipso capud rego et subtus rego... cum ipso arboribus et pomiferis». cscv 193, año 987: «terra cum molendinis et regos et caput regos, cum eorum aquis discursibus, et vinea». cscv 218, año 988: Sistemiro entrega al monasterio una casa, un corral y un molino «cum ipso plantario», al lado del Ripoll, que tenía por testamento de su hermano Fredemundo. cscv 229, año 988: Joan dona al monasterio diversos bienes y una porción de molino «iuxta flumen Riopullo sive de ipsos mulinares, cum suis caput aquis et suos regos et subtus regos et illorum discursibus, id est, ipsum tercium». cscv 234, año 989: Adalaizis permuta con el monasterio un alodio en Palacio Auzito, en el Ripoll: «id est, molinare vel molinares, regos et capud regos cum illorum discursibus et subtus regos, cum arboribus et fructiferis seu arundinetis, pratis, et casis, et curtis». cscv 357, año 1001: Los hermanos Audegari y Longobard donan al monasterio de Sant Cugat unos molinos y tierra en Palacio Avuzid, «iusta flumine Riopullo». cscv 375, año 1002: Rigoaldo, levita, permuta con el monasterio la cuarta parte de un molinario, por un huerto con pozo y otras cosas: «id est, ipsa quarta parte cum suo integro exio, cum rego et capud rego et subtus rego, e in alio loco pecia una de terra». La pieza de tierra linda al sur con el río Ripoll y por el oeste con tierra de Bellito, «vel in predicto rego qui est de predicto mulinario». cscv 881, año 1125: tercera parte de un molino en el río Ripoll.
16CSCV 603, año 1054: «solarium vocatum Archanova» con casas, tierras, emparrados, viñas, árboles, «prata quoque ac pascua pronumque et planum, cum dirivacionibus aquarum », en el Ripoll y hasta el río de Saltells, lindando con ambos. El predio se sitúa, pues, poco antes de la desembocadura del Saltells en el Ripoll y entre ambos. cscv 921, año 1132: manso de Saltells cum aquis et pratis, en la parroquia de san Martí de Cerdanyola; cscv 959, año 1145: Manso de Prat, en la parroquia de san Martí, «ad ipso Prato», linda con torrente.
17Véase n. 14.
18CSCV 674, año 1072: El abad concede a Ermengol Bernat una parcela en el lugar de las Fonts de Berter para construir un molino. Ermengol deberá pagar algunos censos en compensación: «terram nostram propriam ad construendum molendinum cum rego et caput rego et subtus rego et cum alia terra qui est subtus ipso rego».
19«... les canaux de dérivation s’alongent et sont prévus pour alimenter non plus des moulins isolés mais des groupes construits en file. De tels ensembles sont aménagés, entre 980 et 1020 environ, sur la plupart des cours d’eau de la région barcelonaise, particulièrement en Vallès: ainsi sur la riera de Rubí, sur son affluent le Xercavins et surtout sur le río Ripoll, à Sardanyola (sic) et à Reixac» (Bonnassie, 1975, I: 462).
20cscv, I, 317, año 996. Véase nota 14.
21«predicta predia molendina, sita in rivulo vocitato Rio Rubio»; «de decursu aque illa- rum quod iam dictus Sunifredus, extorserat vi et deviarat alias, ubi volens sibi edificare molindina nova ex aqua de ipsas fontes de rivulo que nuncupant Exercavinos, qui semper commixte fuerunt inriguum qui decurrit ad prefata molindina s. Cucufatis tempore oportuno.».
22cscv, I: 160, año 984.
23«Manifestum est enim quia venisti ad nos, et petisti nos alaudem de domum s.Cucuphati per precaria, id est, domos, curte, solos et superpositos, quod tu ipse condirexisti cum tuo avere et arbores quod edificasti, simul cum ipsa parialata I quod in circuitu ipso domo est... Et est ipsum alaude simul cum ipsos domos, et orto cum ispas fontes, qui intus surgunt, in comitatum Brach., in Riosico, ad locum ubi vocant ipsa Ruginada».
24«... et nos recipimus propter hoc medietatem de ipso milino quod tu (por Guitesindo) condiresisti in alaudem de domun s. Cucuphati, in locum que dicunt Saltellos, quod ibidem habebas per tua construccione».
25En la mayoría de los registros documentales, las menciones a molinos son frecuentes desde el siglo ix, pero también las hay ya para el siglo viii (Gautier-Dalché, 1974).
26Véase el análisis realizado por M. Barceló (2004).
27Hace tiempo, J. P. Cuvillier ya se dio cuenta de la característica de la discontinuidad y lo atribuyó, acertadamente, al hecho de que el agua era captada y conducida gracias a la fuerza de la gravedad (Cuvillier, 1984: 148). Este principio fundamental de los sistemas hidráulicos tradicionales (Barceló, 1989) hace que los espacios irrigados tengan límites bien definidos y no puedan ser construidos en cualquier terreno.
CÎTEAUX Y EL CONTROL DEL AGUA EN LA EDAD MEDIA: LA CREACIÓN DEL CANAL DE CENT-FONTS
Karine Berthier Université de Paris 1-LAMOP, UMR 8589
En la Edad Media los monasterios, más que cualquier otro tipo de establecimiento humano, debían dotarse de un equipamiento hidráulico. La concentración de hombres en un espacio restringido necesita de acondicionamientos, tanto para las necesidades de la vida cotidiana como para la producción.1 Y en este sentido la orden cisterciense dispuso de medios superiores a los de la mayoría de sus contemporáneas, adueñándose de ríos, pesquerías, lagunas y molinos.
No son escasas las fuentes para el estudio de las relaciones entre los cistercienses y el agua.2 Los monjes de Císter supieron, más que otros, preservar sus archivos, y particularmente los diplomas o actas privadas: primero donaciones, luego intercambios, compras o, incluso, acuerdos con los herederos de los donantes. En muchos casos los religiosos copiaron estos diplomas en sus cartularios. Se trataba de conservar la memoria de las condiciones de adquisición de un patrimonio que debía protegerse. En el caso de la apertura del canal de Cent-Fonts, la investigación se ha visto favorecida por 64 documentos aprovechables, de 1150 a 1288, del total de 90 estudiados.3 A partir del siglo XV los documentos contables y los registros de arrendamiento permiten completar la aportación de los diplomas.
A través del estudio de la creación del canal de Cent-Fonts es posible desvelar los rasgos esenciales del hidraulismo medieval en sus aspectos sociales y económicos, así como en los de carácter técnico. La abadía de Cîteaux, casa madre fundada en 1098, desarrolla a inicios del siglo XIII un importante programa de adquisición de tierras, bosques, molinos y cursos de agua con el fin de construir un canal que permita abastecer al monasterio.
Después de abandonar un primer emplazamiento, probablemente a causa de problemas relacionados con el agua, a inicios del siglo XII, menos de diez años después de su instalación inicial bajo el abadiazgo de Alberico, los monjes se trasladan a una terraza a 2,5 km de distancia de la primitiva sede, en la confluencia de los ríos Condoin y Vouge.4 Con el crecimiento de la casa durante el siglo XII surge la necesidad de un nuevo acondicionamiento del lugar; se establece así, hacia 1130, un canal de conducción de agua en el río Vouge, al oeste de la abadía.5 Entre 1204 y 1210, los monjes de Saint-Germain-des-Prés, propietarios de los terrenos, autorizan a los cistercienses a llevar a cabo una derivación del Vouge con el fin de suministrar agua a la abadía.6 La derivación ofrece una longitud de alrededor de 3,5 km, y se inicia al este de la aldea de Villebichot. No obstante, este acondicionamiento no debió de resultar suficiente, ya que a partir de 1212 los monjes blancos emprendieron el desvío del cauce del río Cent-Fonts,7 un afluente de la orilla derecha del Vouge, abriendo un canal de más de 10 km de longitud a partir de la aldea de Saulon-la-Chapelle. Se hizo imprescindible, incluso, la construcción de un puente-acueducto, el Pont des Arvaux, para atravesar, a 5 m de altura, el cauce del Varaude.8
LA APROPIACIÓN DEL RÍO: EL APOYO DUCAL
Las donaciones
Tras la donación efectuada por Maurice de Barges en 1175, los cistercienses construyeron un molino en la aldea de Saulon-la-Chapelle.9 Esta instalación, llamada «molino de los monjes» (Aux Moines), fue la primera posesión de la abadía en el río de Cent-Fonts.10 A lo largo del mismo periodo, el capítulo de Langres cedió asimismo tierras en los límites de la granja de Tarsul, no lejos de Saulon-la-Chapelle.11 En la centuria siguiente los monjes blancos consolidaron, mediante nuevos acuerdos, sus posesiones en este sector.12 Bajo el abadiazgo de Arnaud I Amaury (1202-1212), se emprendieron gestiones ante el duque de Borgoña y el capítulo de la catedral de Langres para la creación de un canal. Si en 1212 el duque daba su consentimiento para que atravesase sus tierras,13 entregando también a los monjes la aldea de Corcelles, localizada sobre el futuro trazado del canal, más difíciles resultaron los tratos con el capítulo de Langres. Poseía éste una parte importante del territorio sobre el que debía pasar la derivación y, sobre todo, de la aldea de Noiron, por donde corre el Varaude. Un documento capitular de Langres, de noviembre de 1212, indica que «se han hecho y quedan por hacer –por valor de 200 libras de Dijon– el acueducto de Saulon y fosas de drenaje en su territorio de Noiron»; indemnización que «el capítulo de Langres se compromete a pagar a la iglesia de Cîteaux si el agua no se conduce a la casa de Cîteaux».14 Este documento muestra que la apertura del canal se hallaba ya bastante avanzada, puesto que la aldea de Noiron dista 2 km del punto de derivación.
Bajo la dirección del abad Arnaud II (1212-1217), los religiosos obtuvieron en «compra camuflada» tierras situadas en el futuro trazado del canal.15 Así, en 1213, la abadía recibía, en el territorio de Saulon-la-Chapelle, la villula que dicitur Les Bordas, es decir, un caserío atravesado por el río Cent-Fonts, formado por un conjunto de casas y provisto de varios molinos.16 Pese a las objeciones expresadas por los diferentes propietarios, en 1214 el duque Eudes III autoriza a los monjes blancos a hacer pasar el canal de Cent-Fonts por sus tierras y, en general, por cualquier lugar necesario a fin de conducir el agua hasta el monasterio. Promete, además, garantizar y mantener a los monjes estas libertades y derechos, obligando en ello a sus sucesores a perpetuidad.17 En esta misma fecha, el duque ratifica un acuerdo establecido entre los religiosos y los señores de Lambre relativo a los daños causados por la derivación de las aguas de Saulon. En 1214 Eudes III cede a los monjes los derechos que acaba de adquirir, pagando 50 libras a cierto Lambert, sobre la laguna de Saulon-la-Rue y la cuarta parte del molino de las lagunas (Des Étangs), bienes situados a casi 5 km del punto de derivación;18 en 1215 el duque ratifica la venta efectuada a la abadía de Cîteaux, por Marguerite y sus hijos, de los derechos que su marido y su padre tenían sobre la mencionada laguna y el molino.19
En 1218 el duque da testimonio del acuerdo concluido entre Eudes de Lambre y el nuevo abad, Conrad (1217-1219), relativo a los daños ocasionados por la derivación.20 Y en éste se renueva el pacto de 1212 entre la abadía y el obispo de Langres relativo al cruce de Noiron: se pide a los cistercienses que construyan sobre el canal «tantos puentes como sea necesario para el uso de los hombres de Noiron» y que «esos puentes se mantengan siempre en buen estado por los dichos monjes».21 La notificación de este acuerdo acompaña a una donación ducal de diez libras a la abadía «que se tomarán cada año a perpetuidad del peaje de Châtillon-sur-Seine», descargando a «los hombres de Noiron de lo que ellos pagaban a Cîteaux, excepto 41 émines22 de avena».23 De este modo, el capítulo no sufría ningún perjuicio a causa de los acondicionamientos del Císter. Una vez acabado el canal, los religiosos, seguros ya de la protección ducal y de la aceptación del capítulo de Langres, acentuarán desde 1221 su apropiación de las tierras adyacentes al antiguo y al nuevo curso del Cent-Fonts.
Examinando los documentos de adquisición, se pone de relieve un nuevo aspecto social: la comunidad familiar.24 La unidad conyugal tiende a generalizarse, pero no antes de la segunda mitad del siglo XII. Hasta ese momento la mayor parte de las noticias muestran una comunidad que comprende no sólo al marido, la mujer y los hijos, sino también a los hermanos y hermanas. Tanto unos como otros ejercen derechos de posesión sobre el patrimonio familiar, sobre todo el de consentir las enajenaciones.
Analizando quién consiente o acepta la transacción de un laico, advertimos que no se establecen diferencias entre las personas que otorgan una laudatio: viuda, hermano, señor, etc. Las personas que aceptan una transferencia de propiedad se distinguen, en los diplomas, de los testigos que no tienen derechos sobre el bien en cuestión. La mayor parte de las donaciones son confirmadas por el duque de Borgoña, el señor de Grancey y el «prior de Dijon», interviniendo luego las mujeres (viudas) y los descendientes. Los hijos no sustituyen a las viudas, ya que el consentimiento de éstas se añade a las donaciones del padre, y luego, una vez ha alcanzado el hijo la edad adulta, confirma la donación hecha por su madre. Así, Jacques de Strabonne confirma, en 1219,25 la donación hecha por su madre en 1217.26 Cuando el donante cede la tierra que tiene en feudo, debe obtener la conformidad de su señor.27 De la lectura de los documentos de 1150 a 1250 se desprende que los hombres de Iglesia ofrecen, también, su aval para las donaciones. Es el caso de la cuarta parte de las donaciones. Dentro de ese 25% el consentimiento de una autoridad laica –la del duque de Borgoña– junto al plácet de una religiosa –la del capítulo de Langres– conviven en un 4% de las actas. Las dos conformidades simultáneas aparecen sólo en las donaciones del caudal de Cent-Fonts, por lo tanto en los años 1218 y 1219,28 cuando Conrad, abad de Cîteaux, recibe autorización de Eudes de Borgoña y del mencionado capítulo catedralicio, señores de los lugares, para hacer pasar el aqua de Salun por el territorio de Saulon-la-Chapelle y Noiron. Los documentos son objeto de aprobación, como hemos dicho, por parte de los parientes de los donantes y los testigos, entre los cuales podemos contar, sin duda, a personas vinculadas por relaciones de vasallaje, dado que, al parecer, la gran mayoría de donantes se localiza alrededor de Cîteaux. Los diplomas que incluyen la mención de consentimiento del señor –el duque de Borgoña– no son numerosos (una décima parte),29 pero se refieren todos al caudal de Cent-Fonts. Por el contrario, en la mayor parte de los casos la laudatio familiar es la norma, y parece bastar.
Las adquisiciones
Tras la llegada del canal al monasterio, en 1221, los monjes blancos deben indemnizar a los propietarios de molinos establecidos en el antiguo curso del Cent-Fonts, entre el molino de la Velle, perteneciente a Saint-Bénigne de Dijon, e Izeure. Eudes de Marigny cede a Cîteaux «la acequia de su molino, la mitad del molino situado bajo el molino de Saint Bénigne y un jornal de tierra cerca de la casa del leproso», a cambio de «diez libras de Dijon, un terreno de diez toesas30 de anchura para reparar el canal, permiso para ensanchar el canal en su tierra, para limpiarlo, para arrojar tierra y lodo sobre las tierras de ambos lados cada vez que los monjes lo juzguen útil». En caso de producirse daños en sus tierras o en las de sus gentes por no llevarse a cabo el mantenimiento del canal, «los monjes de Cîteaux estarán obligados a pagar los desperfectos». Eudes de Marigny recibe 79 libras y 2 dineros de Dijon, manteniendo el derecho de pesca en la parte de río que conserva.31 En el mismo año, la duquesa Alix interviene, con motivo de un conflicto entre la abadía y Guy y Renauld de Corcelles, quienes reivindican derechos sobre «la acequia del río de Saulon que va a la abadía».32 En 1222 la duquesa resuelve un litigio sobrevenido entre la abadía y Ponce de Blaisy, declarando que corresponde a Cîteaux «todo lo que Ponce de Blaisy posee en Corcelles, tanto en feudo como en alodio y en propiedad plena y completa, así como sus derechos sobre la laguna situada bajo Corcelles, el bosque de Fay, el bosque de la Vesvre y el acueducto que atraviesa su tierra». A cambio, el monasterio le hace entrega de 120 libras de Dijon y «se compromete a proporcionarle cada año 15 émines de grano a requisición de Ponce de Blaisy».33
En 1228, Guillaume de Marigny y Blandine, abadesa de Sainte Marie de Beaune, confirman la donación de un prado cercano a la fuente del río Cent-Fonts efectuada por Etienne de Perrigny, hermano de Guillaume. En 1225, Guillaume de Marigny certifica que ha sido entregado «todo lo que los monjes pedían o podían pedir del río de Saulon, así como de las lagunas y molinos situados en este río». A cambio Cîteaux le daba 60 libras de Dijon, «y sus herederos recibirán, a su muerte, dos setiers34 de trigo a medida de Dijon».35 No será hasta 1239 cuando los monjes consigan una renta cargada sobre un molino establecido en el río: tres bichets36 de grano concedidos por Humbert Balbe, molinero, que deberá recibir de uno de los dos molinos de Saulon-la-Rue, el «molino llamado es Baslon».
Modalidades de adquisición
Las donaciones constituyen el 80% de los documentos y se hacen más numerosas a partir del inicio de los trabajos de apertura del canal. Del total de 22 actas de donación, nueve se datan entre 1150 y 1215, y trece entre 1215 y 1290. La motivación de los donantes se evoca en el 17% de los documentos: se trata de donaciones realizadas para la salvación del alma. En el 6% de estas donaciones pías, los donantes reciben una suma de dinero de entre 7 y 18 libras. Cuando las donaciones tienen por objeto porciones de molinos o, accesoriamente, prados y bosques, son retribuidas mediante pagos de 1 a 200 libras, según el valor del bien. En el 67% de las donaciones los cistercienses conceden una suma de dinero para agradecer la entrega de partes de molinos, prados o bosques, pero a veces la suma otorgada equivale al coste de compra o, incluso, a un valor superior (de 20 sueldos a 200 libras).37 Por lo demás, en este último caso, las donaciones pueden calificarse, más bien, de venta: la media de las sumas concedidas como gratificación asciende a 61 libras, mientras que alcanza sólo las 25 libras cuando se trata de ventas. El pago de estas importantes sumas de dinero, probablemente en calidad de indemnización, facilitó sin duda la cesión de bienes en beneficio de la abadía. En efecto, los propietarios de molinos establecidos sobre el antiguo curso del río dejarían de tener agua para hacer girar las ruedas una vez construido el canal. Así pues, cedían estas instalaciones a la abadía de Cîteaux a cambio de pagos considerables.
Las partes
Las donaciones de molinos y ríos recibidas por los monjes blancos corresponden, en su mayoría, a porciones.38 Lo único de todo esto que Cîteaux recibe en forma de donación completa es el molino Des Bordes, poseído en su totalidad por el señor de Touttent.39 El número de partes en que se divide la posesión de un molino varía según los casos.40 La lectura de los cartularios no permite definir qué proporción del molino representan las diferentes partes: el molino de las lagunas, por ejemplo, se divide en tres partes, mientras que el de Odeler sólo en dos,41 pudiendo un único propietario reunir más de una parte. En 1214, los cistercienses poseían un cuarto del molino de las lagunas, en 1215 ya tenían tres cuartos y en 1227 su totalidad.42 El río Cent-Fonts era poseído, igualmente, por diversos individuos y establecimientos religiosos. El duque de Borgoña tenía, con el señor de Ouges, las fuentes, Marigny, el tramo comprendido entre el molino de la Velle (Saulon-la-Chapelle) y la confluencia con el Varaude. El tramo fluvial entre el Varaude y la confluencia con el Vouge era patrimonio de los señores de Lambres e Iseure.
Para derivar el curso del Cent-Fonts, los monjes llevaron a cabo una política que incitaba a los diferentes propietarios a ceder, cuando menos de momento o en un lapso de tiempo muy breve, sus porciones de molinos situados en el antiguo curso fluvial. En ciertos casos, los solapamientos entre actas de donación han permitido establecer a todos los propietarios de un mismo molino. Así, la donación efectuada por Damerus y Jacques de Strabonne, en 1217, indica que la otra mitad pertenece a Eudes de Marigny.43 Sucede lo mismo con el molino de las lagunas, cuya parte –un cuarto– cede el duque de Borgoña en 1214;44 luego, en 1215, la mitad es entregada por Margarita y sus hijos; finalmente, Hugues cede el cuarto restante en 1227.45 La identificación del origen de algunos molinos ha requerido la consulta de fondos de archivo pertenecientes a otras abadías.46 Es el caso del molino de las lagunas, para el cual contamos con un inventario de los bienes del capítulo catedralicio de Langres en el que se indica que Hugo, duque de Borgoña, había entregado en 1164 la mitad de este molino, situado junto al río de Saulon.47
Los documentos relativos a la donación de partes del curso del río Cent-Fonts son poco explícitos. El donante estipula, simplemente, su cesión de «todo lo que él posee o cree poseer» del cauce fluvial. Para localizar las partes concedidas ha sido necesario proceder a un solapamiento con las porciones de molino entregadas por esos mismos propietarios. De los ocho documentos de este tipo datados entre 1212 y 1228, cinco se refieren a una indemnización otorgada por la abadía a los donantes.
Las compras
Las compras representan el 20% de los documentos, y afectan tanto a bienes raíces (tierra, prado, molino) como a rentas (cuatro documentos de un total de ocho). Las compras son raras antes de 1200 (un documento), pero se hacen corrientes a partir de 1215 (seis). Los precios varían de 7 sueldos y 15 dineros a 50 libras. A diferencia de las donaciones de partes, los documentos de venta mencionan la causa de ésta: el perjuicio sufrido por los propietarios de unos molinos que ya no se pueden explotar. Además, los monjes se ven obligados a rescatar las rentas cargadas sobre estos molinos. En 1226 adquieren la renta de siete boisseaux48 de grano y una cartéranche49 de trigo percibida por Helvetz, hijo de Nicolas de Barges, de uno de los molinos de Saulon-la-Chapelle, a cambio del pago de 25 libras.50 El mismo año compran, por 7 sueldos y 15 dineros, siete boisseaux de grano de Raynard de Corcelles.51 En 1230 adquieren los dos setiers de grano percibidos por el señor de Barges pagando 18 libras;52 y en 1233 Cîteaux rescata por 7 libras los 28 boisseaux de grano que recibía Hugues de Fange del molino de Odeler.53
La gestión de conflictos
La construcción del canal de Cent-Fonts suscitó numerosos conflictos relativos a la titularidad de las aguas captadas, a su paso por señorías limítrofes situadas a lo largo de los 10 km de trazado y, por encima de todo, a los territorios recorridos por el antiguo curso fluvial. Entre otras dificultades, los monjes blancos tuvieron que garantizar a los habitantes de Noiron varias indemnizaciones y el compromiso de construir puentes sobre el canal. En 1215 el duque de Borgoña, en nombre de Cîteaux, asigna al capítulo de Langres una renta de diez libras sobre el peaje de Châtillon-sur-Seine, sustituyendo una renta similar que los monjes blancos debían a los canónigos y que éstos perdieron al desviarse las aguas de Saulon.54 En el transcurso del año 1221 varios propietarios de las parcelas atravesadas fueron compensados por la pérdida de superficie cultivable con un pedazo de tierra equivalente de 12 toesas de ancho.55 Los religiosos hubieron de afrontar una oposición muy decidida por parte de los caballeros de Izeure que, rechazando aceptar la captación de aguas del río de Saulon, confiscaron los bienes entregados en donación piadosa a la abadía por los vecinos del lugar. Este rechazo, dirigido por el señor Raymond d’Izeure, estuvo motivado por el desvío de aguas realizado por los cistercienses, que había secado el curso inferior del río, en detrimento de los molinos,56 además de vaciar los fosos de la casa fortificada. A raíz de las numerosas quejas de los caballeros, la duquesa de Borgoña tuvo que intervenir en 1227 para calmar los ánimos y restaurar la paz entre los monjes y los propietarios perjudicados. Los cistercienses fueron condenados a construir a su costa, a lo largo de varios kilómetros, una nueva aducción de agua para suministrar a Izeure, pero se les prohibió construir una esclusa o un nuevo canal, así como sangrar el conducto. Para llevar a cabo esta operación, los religiosos movilizaron a 300 hombres de los alrededores.57
El coste
Para construir el canal, Cîteaux tuvo que comprar seis molinos, tal vez ocho si añadimos los de Quincampoix y Graveles, lo que representó un gasto de 102 libras, al que deben añadirse las sumas de dinero entregadas como gratificación: 249 libras; en total, 351 libras sólo para los molinos. El rescate de rentas comportó el dispendio de 50 libras. Un prado se compró por 2 libras, pero las indemnizaciones por donaciones de prados ascendieron a 105 libras; en total, 107 libras. La adquisición del río, con el derecho de atravesar la aldea de Noiron, costó 417 libras. El importe total de la derivación del Cent-Fonts ascendió, pues, a 926 libras, esto es, 246 marcos de plata.58 Es evidente que estos gastos no fueron los únicos vinculados a la apertura del canal, del mismo modo que no fue ésta la única operación llevada a cabo por Cîteaux entre 1212 y 1230. La única información que poseemos sobre las finanzas de la abadía nos la proporciona la relación de cuentas del capítulo general de 1235, donde se afirma que Cîteaux tiene, en esa fecha, una deuda de más de mil marcos de plata.59 No es posible saber si este endeudamiento concierne únicamente a los fondos reservados a la organización del capítulo general, o si tiene que ver con las obligaciones exclusivas de la abadía. Si admitimos la segunda hipótesis, la suma global que hemos establecido, 246 marcos de plata, representaría por sí sola un cuarto de la deuda de Cîteaux en 1235.
La adquisición de molinos situados en el antiguo curso no puso fin a los gastos relacionados con el canal de Cent-Fonts. Los monjes blancos, en efecto, tuvieron que rescatar luego las rentas de los molinos destruidos, y sólo una vez finalizado este proceso, en 1225, los cistercienses pueden considerarse plenamente propietarios del río, es decir, de las fuentes y del curso comprendido entre éstas y Saulon-la-Rue, así como de la parte situada entre el molino Saint Bénigne e Izeure.
La transformación del paisaje
El puente de Arvaux
El puente acueducto, edificado en seis años, se construyó en piedra desde el principio. A causa de la anchura del Varaude, los monjes planearon un puente de dos arcos labrados, cimentados sobre zapatas incrustadas en el lecho fluvial. Los contrafuertes de sillería se sostenían, a continuación, mediante taludes formados con la tierra procedente de la excavación del canal. La diferencia de nivel entre los ríos Varaude y Cent-Fonts es de cinco metros, la anchura del acueducto es de ocho y su longitud de doce. El puente actual, sin embargo, data de la reconstrucción de 1746, atravesando el Varaude por medio de dos arcos de piedra tallada que sostienen el canal.60
Los molinos
En 1221, una vez que el agua de Cent-Fonts fue conducida hasta Cîteaux, el cauce original del río quedó seco y los religiosos dejaron abandonados los molinos existentes entre la toma de agua del canal y confluencia con el Varaude. Parece, asimismo, que se desprendieron de los molinos de los que sólo poseían algunas porciones, como es el caso de Quimcanpoix y Graveles que, en lo sucesivo, dejan de aparecer en los cartularios abaciales, así como en las cuentas del tesorero y del cillerero. En su paso por la granja de La Forgeotte, el canal fue dotado de un dispositivo de descarga que permitía la construcción de un molino. Después incluso de la creación del canal en el siglo XIII, la granja mantuvo el nombre de «granja de la forja», al menos hasta 1307; no se menciona un molino en La Forgeotte hasta 1470.61 Los cistercienses sólo conservaron cuatro molinos, de los que un par habían sido edificados con sus propias manos: el molino Aux Moines y el de La Forgeotte. Estas instalaciones, destinadas a la producción de harina, no ofrecen siempre las mismas características: los molinos de las lagunas se hallan equipados con tres ruedas, mientras que los dos antes citados sólo parecen haber tenido una.62
Zanjas y lagunas artificiales
Paralelamente a la creación del canal, los monjes debieron abrir, en las tierras y bosques recorridos por éste, una red de drenaje formada por una serie de pequeñas zanjas de orientación este-oeste. Estos drenajes, situados en su totalidad al norte de la abadía, entre Noiron y Cîteaux, en 1212 empiezan a mencionarse en un acta capitular de Langres donde se estipula que los cistercienses deben excavar zanjas para proteger sus tierras de riesgos de inundación. La demanda se repite en 1218 y 1221.
Asimismo, a finales del siglo XII o inicios del XIII, los monjes blancos habían creado lagunas artificiales entre la Grange Neuve y la granja La Forgeotte, después de establecer su dominio y obtener el reconocimiento general de sus derechos de propiedad. Las dos lagunas de la granja de Saule datan, tal vez, de la segunda mitad del siglo XII, ya que en la donación de 1152 efectuada por Pedro, «abad de Saint Bénigne de Dijon», se dice que Cîteaux recibe «el territorio de Saule, tanto prados como bosques y aguas, a cambio de una renta de diez sueldos de Dijon, reservándose la abadía de Dijon el derecho de tomar madera para reparaciones».63 En ninguna parte este documento hace mención de la existencia de lagunas, por lo que parece razonable que hayan sido obra de los cistercienses.64 Los cartularios no ofrecen alusiones a lagunas relacionadas con la derivación de Cent-Fonts, datándose en 1221 la primera mención de una laguna al norte del monasterio: se trata de la laguna Coindon,65 alimentada por el canal de Cent-Fonts, y cuyas aguas se vierten en otra laguna llamada le Grand Étang.66
No se habla para nada de las otras lagunas artificiales dispuestas en cascada bajo la de Coindon, pero es verosímil que daten también de este periodo. A lo largo del siglo XIV los monjes blancos drenan las aguas del bosque de Fesc y crean lagunas forestales, entre ellas la de la Fontaine Regnault.
La gestión del patrimonio hidráulico
Mantenimiento de cursos de agua
La abadía de Cîteaux no poseía cursos fluviales en su totalidad, sino tramos importantes de éstos. Controlaba, desde el siglo XII, el curso del Vouge, desde la fuente hasta Izeure, a lo largo de 15 km. A partir de principios del siglo XIII, tuvo en sus manos los 10 km del canal de Cent-Fonts, las fuentes y varios tramos fluviales. El río Varaude, llamado le Chairon en los textos, pertenecía en gran parte a los monjes blancos. En total, pues, los religiosos disponían de más de 30 km de cursos de agua de cuyo mantenimiento debían hacerse cargo. La contabilidad cisterciense permite seguir algunos de estos trabajos. En 1380, el canal de Cent-Fonts es objeto de pequeñas obras por importe de 6 gros.67 Poco después, entre 1381 y 1382, las reparaciones del canal se efectúan por tramos: de Salon hasta Noiron, un franco; cerca de la abadía, Philibert Coquet recibe otro franco. El conjunto de las reparaciones cuesta 3 francos y 6 gros al monasterio.68 Los carboneros de Corcelles reciben 4 gros por haber trabajado durante ocho días en el río Chairon.69 A finales de 1386 y durante la primera semana de 1387, trabajan ocho hombres en el canal de Cent-Fonts y en los ríos Chairon y Vouge, pero también en las acequias del interior del monasterio por un total de 5 francos, 65 gros y 33 dineros.70 Las operaciones realizadas por hombres de Noiron en el río Chairon consisten, simplemente, en segar hierbas. En el Vouge encontramos a un carpintero que cobra tres francos por trabajar en el territorio de Villebichot. En las cuentas bianuales de 1387-1388, segar el lecho del Chairon cuesta a la abadía 5 francos, 37 gros y 15 dineros.
Mantenimiento de los molinos
La abadía de Cîteaux poseía una docena de molinos en el siglo XV, repartidos por diferentes cursos fluviales, cuatro de ellos en el río y canal de Cent-Fonts. Los textos ofrecen pocas informaciones sobre la explotación de los molinos. El molino de Portier, situado en Saulon-la-Chapelle, se hallaba dirigido, sin duda, por un asalariado o un converso en el siglo XII ;71 y un documento de 1247 indica que Philippe d’Aiserey y su mujer se donaban a la abadía de Cîteaux a cambio de residir en el molino.72 Sólo un documento ofrece informaciones para la época medieval: se trata del registro de cuentas o Boursier de Cîteaux.73 Muestra que las reparaciones son realizadas por hombres que habitan en las aldeas cercanas a la abadía o a los molinos. El nombre de la persona que efectúa las tareas no se indica siempre, y es raro que se mencione la parte del molino reparada o la duración del trabajo. La contabilidad que va de finales de 1379 a finales de 1380 menciona varias obras en diferentes molinos. El molino llamado de La Porte, en Saulon-la-Chapelle, es objeto de algunas reparaciones: dos carpinteros trabajan allí en noviembre de 1379 durante 13 días por 10 francos y 6 gros. Jean Drelin, originario de Saulon-la-Chapelle, percibe como salario, en su calidad de molinero de este molino, por 18 días en mayo de 1380, la suma de 3 francos y 5 dineros, a la que se añade un bichet de grano.74 Durante el verano del mismo año, los monjes blancos pagan, en parte, 2 francos por dos compras: 2.000 tejas cuadradas y 2.000 clavos destinados al molino de La Porte.75 Este molino es objeto de nueva reparación a finales de año por un importe de 3 francos.76 La renovación de las dos muelas del molino de La Forgeotte, en 1387, le cuesta 1 gros y 10 dineros a la abadía.77 La operación se repite al año siguiente, pero con un coste de 14 gros, debido al transporte de las dos muelas desde la cantera al molino.78 En 1389 las dos muelas de uno de los dos molinos de las lagunas se tallan en Détain y luego son transportadas por dos carros desde Brazey al molino a cambio de 8 gros.79 El importe de las otras dos muelas del segundo molino de las lagunas asciende, el mismo año, a 7 francos y 10 gros.
Parece que los primeros arrendamientos de molinos empiezan un siglo después de los de las granjas, a finales del cuatrocientos.80 El primero data de 1466. Se trata del arrendamiento de los molinos de las lagunas, en el que se indica la existencia de tres molinos, de los que uno es calificado de viejo y otro de nuevo, y se localizan en dos edificios. El contrato tiene una duración de nueve años y el arrendatario también recibe los prados y el derecho a pescar en la fuente de Cent-Fonts, así como la autorización para coger madera de los bosques de la abadía para el mantenimiento del molino.81 El registro del cillerero de 1495 da cuenta de ciertos molinos que han sido tomados en arriendo por varias personas, e indica que ése es el caso de los molinos de las lagunas.82 El molino Aux Moines se arrienda por primera vez en 1470.83 A lo largo de los siglos XV al XVII se llama invariablemente molino Au Grand Portier; luego se denominará simplemente molino Au Portier. Las rentas que aportaba a la abadía eran recibidas, en efecto, por el portero.
CONCLUSIÓN
La abadía de Cîteaux parece haber llevado a cabo una verdadera política de adquisición de tierras inmediatas al río, así como de consolidación de sus derechos sobre los molinos fluviales. Los sucesores de Guy II de Paray, abad de 1193 a 1202, continuaron con la apropiación del río y la adquisición de tierras a lo largo del canal; en el abadiazgo de Arnaud I Amaury (1202-1212) se concluyeron los pactos que condujeron a la autorización para derivar el río Cent-Fonts.84 En 1212 los religiosos ya habían abierto 2 km de canal, así como las zanjas de drenaje85 de Saulon-la-Chapelle en Noiron. Arnaud II (1212-1217) y Conrad, antiguo abad de Clairvaux (1217-1219), se aplicaron a continuar con la excavación del canal y la adquisición de molinos situados en el antiguo curso de agua. La construcción de un puente acueducto que permitió el paso del canal de Cent-Fonts por encima del Varaude se finalizó en 1218.86 El abad Gauthier (1219-1223) acabaría la obra del canal, al cual asociaría varias lagunas destinadas a drenar las tierras que le eran adyacentes. El río de Saulon llega a Cîteaux en 1221, y la laguna de Coindon87 aparece en el mismo documento que da la noticia.
Da la sensación de que los monjes blancos no empiezan a extender sus propiedades a lo largo del canal de Cent-Fonts hasta que sus posesiones se hallan bien establecidas alrededor de las granjas. Un intervalo de ocho años separa las primeras donaciones de 1202-1203 de las de 1212 y los años siguientes. Los documentos de 1202 a 1210, durante el abadiazgo de Arnaud I Amaury, conciernen esencialmente a donaciones de prados88 cercanos al molino Aux Moines o a la posesión del agua de las lagunas de Saulon-la-Rue,89 mientras que los de años posteriores, bajo los abades Arnaud II y Conrad, de 1212 a 1219, tratan de la adquisición del río90 y del molino de las lagunas.91 Da la impresión, pues, de que el consentimiento del capítulo de la catedral de Langres y el aval del duque de Borgoña para el desvío del agua de Cent-Fonts son los hechos que se hallan en el origen de las ulteriores avenencias otorgadas por sus vasallos, poniéndose así en evidencia el funcionamiento de los engranajes vasalláticos.
La obra del canal, desde su planeamiento hasta su remate, se muestra, desde cualquier punto de vista, como una operación de gran envergadura. Tras ganarse la confianza del duque de Borgoña y la aprobación de los canónigos de Langres, los monjes supieron aprovechar las donaciones que recibían, negociar las ventas, encontrar financiación y compensar los perjuicios causados por su empresa. Todo ello con el fin de realizar acondicionamientos que perduran de un modo ejemplar. Los monjes blancos parecen haber contravenido la Regla de la orden, no por el hecho de haber adquirido un curso de agua, sino por la aceptación de molinos construidos por laicos, aunque una gran parte de éstos hayan sido derribados luego. Además, el coste financiero del canal y de la adquisición de molinos se presenta como exorbitante, ya que en 1235 la abadía de Cîteaux debe recibir la ayuda de sus afiliadas para colmar su déficit de mil marcos de plata. Evidentemente, nada permite afirmar que los trabajos de Cent-Fonts formen parte de la deuda, pero es muy probable que las sumas dispensadas para la derivación y la compra de los molinos hayan repercutido en ese millar de marcos. No ha sido posible determinar las fechas de construcción de los molinos adquiridos por Cîteaux en el transcurso del siglo XIII, pero las fechas en que aparecen estos ingenios han podido afinarse gracias al estudio de otros establecimientos religiosos. El «registro de arrendamientos» de los siglos XV y XVI en el que se conservan los contratos indica que estos molinos se arrendaban por separado de las granjas limítrofes,92 demostrando así que se trataba de estructuras con entidades propias. Con todo, es interesante hacer notar que las lagunas y el canal de Cent-Fonts han sido gestionados siempre directamente por los monjes blancos, lo que da idea de la importancia que otorgaban a este patrimonio hidráulico.
Bibliografía
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figuras
Figura 1. Posesiones de Cîteaux en 1212 (con el molino Aux Moines)

Figura 2. Acondicionamientos para la construccióndel puente-acueducto de Arvaux, 1212

Figura 3. Donaciones de porciones de molinos

Figura 4. Curso antiguo del Cent-Fonts

Figura 5. Molinos poseídos en 1221

Figura 6. Molinos poseídos en 1230

Figura 7. Molinos poseídos después de 1230

Figura 8. Adquisición de partes de molinos de 1213 a 1227

Figura 9. Canal de Cent-Fonts, en el bosque de Corcelle

Figura 10. Canal de Cent-Fonts antes de La Forgeotte

Figura 11. Puente-acueducto de Arvaux

Figura 12. Parte aérea del puente-acueducto

1P. Benoît y M. Wabont (1990); A. Hoffmann (1996); P. Benoît (1996); P. Benoît y K. Berthier (1998); P. Benoît et al. (1999).
2P. Benoît y M. Wabont (1990); P. Benoît y J. Rouillard (1996); K. Berthier y J. Rouillard (1999).
3Los no utilizados son copias del siglo XV.
4K. Berthier (1996); K. Berthier y J. Rouillard (1999).
5Abbé J. Marilier (1961).
6Archives Départementales de la Côte d’Or (en adelante, ADCO ), 11H 66, cartulare antiquuum, t. III, fol. 81v; R. Poupardin (1909). El nuevo tramo del Vouge se realizó, sin duda, antes de los años 1210-1212, periodo a partir del cual los trabajos en Cent-Fonts ya se hallaban en marcha.
7Se ha preferido esta forma, correspondiente a la abreviación del nombre centum fontes del río, tal y como aparece en los documentos del siglo XIII, antes que la escogida por el IGN, Sansfond. El topónimo se debe a las numerosas fuentes que aseguraban el débito del río. La derivación es mencionada con los términos pro ductu aqua de Salun.
8K. Berthier (1996); K. Berthier y J. Rouillard (1999).
9ADCO 11H 63, Cartularus vetus, 1098-1290, fol. 4; Abbé J. Marilier (1961), doc. n.° 136.
10Ibíd., n.° 227.
11Ibíd., n.° 145.
12ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 39, 41, 4, 5, 40, 15 y 21. En 1202 los cistercienses recibieron, de la mano de Bonnanus li veneuers, un prado situado en las proximidades de su molino en Saulon; Hapins et Johens darían a Cîteaux el censo que recibían del molino situado por encima de la casa de Odon militis de Marrigny. En 1203 los religiosos recibieron dos lagunas en Saulon-la-Rue de Andreas de Houges et de ses fils W. et R. El mismo año, W. et R. reconocieron la donación de las dos lagunas, agregándole el censo que percibían del molino situado en éstas.
13ADCO 11H 74, cartulario de Jean de Cirey, t. V, fols. 1 y 2 (finales del siglo XV ).
14ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 2 (siglo XIII).
15ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, tome II, título XX Salun, n.° 24 y 32; H. Flammarion (ed.) (1995), n.° 132 y 133, p. 152. El duque de Borgoña había arbitrado, cuatro meses antes, un arreglo entre el capítulo de Langres y la abadía de Cîteaux relativo a las modalidades de desvío de las aguas del Saulon. Al año siguiente, el duque asignó al capítulo de Langres una renta de diez libras que percibir del peaje de Châtillon-sur-Seine, en lugar de una renta similar que Cîteaux debía al capítulo a causa del desvío de las aguas del Saulon.
16ADCO 11H 66, Cartulare antiquuum, t. III, título III Lingonensi, n.° 12 (siglo XIII).
17ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 6.
18ADCO 11H 64, Cartulare antiquuum, t. I, título I Ducum Burgundie, n.° 18.
19ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 10. Ella cede la renta en grano que recibía, así como la mitad del molino de las lagunas.
20ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, acta n.° 38.
21fn> ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, acta n.° 12.
22fn> Medida de granos utilizada en Borgoña. La émine de Dijon equivalía a unos 427 l [N. del T.].
23ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, acta n.° 1.
24R. Locatelli (1975).
25ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 27.
26ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 25.
27ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 22: en 1210, con motivo de la donación de prados a Cîteaux, Eudes de Grancey otorga su consentimiento en calidad de señor de Iacobus de Strabonne, su hermano.
28ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 1 y 2.
29ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 31, 43, 10, 1, 38, 34 y 26.
30Medida agraria de longitud (toise). En el siglo XIV la toesa de Borgoña medía 2,437 m [N. del T.].
31ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 33.
32E. Picard (1882-1887).
33Ibídem.
34Medida de grano equivalente, en Dijon, a la mitad de una émine, casi 214 l [N. del T.].
35ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 35.
36Al parecer, el bichet de Dijon era una medida de grano equivalente al setier [N. del T.].
37ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 10 y 33. En 1221, la donación de la mitad del molino de Saulon-la-Chapelle cuesta 79 libras a Cîteaux, siendo así que en 1215 la compra de la mitad del molino de las lagunas de Fenay había ascendido a sólo 40 libras.
38Cîteaux poseía toda el agua del Vouge entre Villebichot y la granja de Saule en el siglo XIII (Abbé J. Marilier, 1961).
39ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 17.
40J. Rouillard (1991); B. Rouzeau (1994).
41ADCO 11H 63, Cartularium vetus, fols. 91r y 92v; y 11H 66, Cartulare antiquuum, t. III, título III Lingonensis, n.° 27.
42ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 27.
43 ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 25.
44ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 6.
45ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 21.
46ADCO G 996, Saulon-la-Chapelle, legajos relativos a las posesiones de Saint Lazare de Autun, 1552-1788; G 1060, Saulon-la-Chapelle, legajos relativos a las posesiones del capítulo de la catedral de Saint Mammès de Langres, 1164-1607.
47ADCO G 1060, Saulon-la-Chapelle, legajos relativos a las posesiones del capítulo de la catedral de San Mamés de Langres, 1164-1607; H. Flammarion (ed.) (1995), doc. n.° 123, p. 142.
48Medida de grano equivalente a 1/12 de setier, es decir, unos 18 l [N. del T.].
49Medida de grano (quarteranche) equivalente a 1/8 de setier, es decir, unos 27 l [N. del T.].
50ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 17.
51ADCO 11H 63, Cartularium vetus, fol. 51.
52ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 20.
53ADCO 11H 66, Cartulare antiquuum, t. III, título III Lingonensi, n.° 28.
54 H. Flammarion (ed.) (1995), doc. n.° 133, p. 153.
55ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX, fol. 43r.
56ADCO 11H 66, Cartulare antiquuum, t. III, título III Lingonensi, n.° 26. Raymond d’Izeure indica que el desvío del río conlleva que los molinos de Graveles y Odeler dejen de funcionar.
57ADCO 11H 66, Cartulare antiquuum, t. III, título III Lingonensi, n.° 26.
58E. Fournial (1970) ofrece las equivalencias entre el dinero de Dijon y el marco de plata: en 1205 un marco valía 882 dineros, y a partir de 1218, 960 dineros.
59J. M. Canivez (1933).
60ADCO C 4188, plano del puente de Arvaux, 1747.
61 ADCO 11H 142, registro de arrendamientos: Granges, molins et thieulleries, 1464-1577.
62ADCO B 1440, fol. 81v, año 1375.
63Abbé J. Marilier (1961).
64K. Berthier (2006).
65ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 35.
66ADCO 11H 70, copia de los documentos relativos a Saulon contenidos en 11H 67. Cartulario de Jean de Cirey, tomo I, fol. 130 (fines del siglo XV).
67adco 11H 1160, fol. 80. Las obras se realizan a lo largo de los meses de noviembre y diciembre de 1380.
68ADCO 11H 1160, fol. 86.
69ADCO 11H 1160, fol. 109. La intervención de los carboneros tiene lugar en diciembre, y la suma pagada parece una gratificación más que un verdadero salario.
70 ADCO 11H 1160, fol. 140. Los hombres vienen de Corcelles.
71Se trata de un molino construido por los cistercienses en la segunda mitad del siglo XII.
72ADCO 11H 230, Aiserey, adquisiciones, 1247-1308. Philippe d’Aiserey y su mujer son alimentados, alojados y vestidos por la abadía de Cîteaux, lo que hace creíble que algunos molineros sean tratados, también, de este modo.
73ADCO 11H 1160, registro de cuentas, 1337-1402.
74ADCO 11H 1160, fol. 320.
75ADCO 11H 1160, fol. 320. Los clavos provienen de un mercado de Dijon.
76ADCO 11H 1160, fol. 320.
77ADCO 11H 1160, fol. 147.
78ADCO 11H 1160, fol. 148.
79ADCO 11H 1160, fol. 164.
80ADCO 11H 755, cartulario 180, fol. 54v: se hace referencia en este documento a un contrato de arrendamiento del molino Chaugey, partida llamada Chamberne, en 1423.
81ADCO 11H 142, registro de arrendamientos.
82ADCO 11H 1172, cuentas del cillerero, fols. 31 y 41.
83ADCO 11H 142, registro de arrendamientos: Granges, molins et thieulleries, 14641577.
84 ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 2.
85ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, acta n.° 2.
86ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, acta n.° 12.
87E. Picard (1882-1887).
88ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 39, 40 y 22.
89ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 10, 21 y 4.
90ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 2, 31, 43, 10, 1 y 38.
91ADCO 11H 67, Cartulare antiquuum, t. II, título XX Salun, n.° 6 y 10.
92ADCO 11 H 142, registro de arrendamientos: Granges, molins et thieulleries, 1464-1577.
FORMAS FEUDALES DE ESPECULACIÓN AGRARIA: VILLAS, VIÑAS Y ACEQUIAS EN EL SUR DE ARAGÓN (CA. 1170-1240)
Julián M. Ortega Ortega y Carlos Laliena Corbera Universidad de Zaragoza
INTRODUCCIÓN: VILLAS DE FRONTERA Y PERIFERIA FEUDAL
En la genealogía de la noción de «villa de frontera», imposible de obviar en cualquier intento de caracterizar el comportamiento social de la villa de Teruel en su etapa más temprana, ha pesado de forma muy notoria la idea de una especificidad, sustentada en las diferencias que parecían distinguir a las entidades de población así descritas respecto de los industriosos núcleos urbanos del Camino de Santiago y de las antiguas medinas conquistadas. Sin que sea preciso extenderse sobre el contenido con que autores como José M. Lacarra o Jean Gautier Dalché la dotaron,1 convendrá retener sucintamente los fundamentos sobre los que descansaba, a juicio de estos autores, la novedosa organización de agrupaciones humanas en los frentes feudales de conquista: surgían por iniciativa directa del monarca; eran el resultado de complicados y lentos procesos de atracción de inmigrantes; generaban un asentamiento estructurado en collaciones parroquiales; daban lugar a una organización concejil en la que el senior nobiliario al frente del honor era desplazado por el iudex, juez surgido de la elite local, y, finalmente, presentaban un esquema social muy polarizado en torno a la posesión o no de equipos militares. Las villas aparecían, en suma, como cabezas de puente destinadas a concentrar reclutas para el hostigamiento y conquista de al-Andalus2 o, en el peor de los casos, para asentarlos en las aldeas y lograr la irreversibilidad de las conquistas frente al muy aducido «peligro almohade».
Congruentes con el carácter «estratégico» atribuido a estas villas, los fundamentos económicos habitualmente señalados para su desarrollo, si es que tal hecho podía darse, ofrecen una imagen irremediablemente arcaizante, marcada por la ausencia de una «burguesía», por utilizar una terminología tradicional, mínimamente articulada. La centralidad historiográfica de este aspecto debe ser resaltada. Sin una genuina capa social que dotase a las villas de frontera de un suficiente dinamismo comercial, los escasos proyectos productivos de cierta entidad a los que se veían abocados sus habitantes se presentaban carentes de cualquier complejidad. El botín, por ejemplo, se vislumbra como una respuesta adaptativa forzada por las duras limitaciones impuestas por el medio al desarrollo agrario, que el secular vacío demográfico dejado por la etapa andalusí no había hecho sino agravar. La ganadería, por su parte, era poco más que un recurso obligado por las bajas densidades demográficas, y su versión trashumante, la prueba de la imposibilidad de lograr crecimientos significativos de la riqueza solamente con los recursos locales. Así, ni siquiera la autarquía resultaba ser, desde esta perspectiva, un objetivo alcanzable.
Aunque este resumen traicione algo la sofisticación de los planteamientos llevados a cabo por una generación de historiadores, para nuestros intereses esta esquematización refleja bien una forma de concebir la formación de núcleos urbanos en los territorios de conquista: milicias, autonomía, libertad, depredación y escaso desarrollo económico serían, en síntesis, los elementos determinantes. Algunos de ellos pueden reagruparse bajo un denominador común, la ausencia del mercado como factor regulador de los comportamientos de los agentes sociales. En expresión frecuente, se trata de un mundo de pastores-guerreros que configuran una elite social de «caballeros-villanos».3
Este trabajo se sitúa en una línea muy diferente. Su objetivo es mostrar cómo el grupo dirigente de una de estas villas de frontera, Teruel, era perfectamente capaz desde el principio de desarrollar estrategias que pasaban por el mercado a la hora de maximizar sus rentas. Este mercado, sin embargo, no funcionaba como una instancia absoluta, sino como parte de un continuo que tiene su origen en la desigual distribución de la propiedad de la tierra, la creación de infraestructuras, la adaptación de los cultivos, en particular el viñedo, la incorporación de la molinería, como aspecto subsidiario a la vez de la configuración de los sistemas de acequias y de la captación de rentas mercantiles, y, por supuesto, el control del mercado de múltiples formas desde una posición de privilegio social.
Desde esta perspectiva, examinaremos los diferentes aspectos enumerados, en particular los relativos a la formación de las redes hidráulicas y su corolario, la instalación de molinos harineros y pañeros, la plantación de viñas y la habilitación del mercado urbano adaptado a las necesidades de una elite hacendada.
La villa
No es preciso extenderse aquí sobre las características de la villa de Teruel, objeto en su día de minucioso tratamiento por parte de Antonio Gargallo.4 Merece la pena, no obstante, hacer hincapié en dos puntos. El primero es la inexistencia de un precedente urbano en el solar que luego ocupó la villa. El lugar había sido una fortaleza desde época califal, el hisn Tirwal, que aparece citado por Ibn Hayyan en su al-Muqtabis con referencia al año 935. Aunque no es imposible que desde entonces, y como resultado de las alteraciones demográficas imputables al avance feudal, la población asociada a la fortificación se hubiera incrementado, este crecimiento debió de ser muy relativo y, en cualquier caso, sin apenas influencia sobre la organización posterior del espacio urbano. La fase de conquista se saldó con la desaparición local y regional de cualquier resto de poblaciones islámicas, de tal modo que la aljama turolense fue establecida a finales del siglo XIII con cautivos liberados y familias atraídas expresamente para ello.5
Esta cuestión es importante porque, y éste constituye el segundo punto que debemos reseñar, la ausencia de un espacio urbano consolidado pone de relieve, más allá de los debates eruditos sobre el momento concreto de la organización inicial de la villa, sin duda posterior a 1168 y anterior a 1172,6 la potencia del flujo inmigratorio inicial, en abierta oposición con la general insistencia en la lentitud de los procesos de colonización de las villas fronterizas. Apenas dos décadas después del comienzo del proceso de asentamiento de colonos, en 1189, Teruel concentraba un destacado volumen demográfico, que necesitaba ser repartido entre las nueve parroquias con las que contaba.7 Aunque el dato resulta endeble para poder extraer de él excesivas conclusiones, es ciertamente sintomático del éxito de este proceso, verificado en el transcurso de un lapso temporal realmente corto.
También las noticias disponibles sobre la configuración urbanística del primitivo Teruel resaltan la celeridad de la llegada de colonos. Además de los edificios de culto que servían de soporte a las parroquias señaladas, antes de que el siglo XII llegara a su fin, un primer circuito amurallado delimitaba la muela que servía de asiento a la población, englobando el conjunto de su caserío, como hizo hasta el siglo XIX, cuando comenzaron los derribos sistemáticos. En 1196 existía ya el Portal de Guadalaviar en el flanco meridional del recinto murado, e incluso es posible que lo sustancial de éste hubiera estado concluido un decenio antes, hacia 1185, si damos crédito a las referencias sobre la existencia de una lápida conmemorativa fechada en ese año e instalada en el Portal de Zaragoza.8
Los rápidos logros colonizadores fueron pronto capitalizados por algunos nobles, tenentes del conjunto de rentas y autoridad que constituye el honor asignado por el monarca, con diversos grados de implantación en el medio local que, por lo general, desarrollaron sólidos lazos con los distintos establecimientos religiosos de la villa, en virtud de contactos previos y de relaciones ajenas al espacio turolense, ya fueran las órdenes militares (de Montegaudio, después absorbida por el Temple, y Santiago), ya fueran los monjes de Alcalá de la Selva o los cistercienses de Santa María de Piedra. Dicho de otra manera, los nobles con acceso a los recursos materiales y a las reservas de poder acumuladas durante la conquista por Alfonso II se insertaban en redes de vasallaje, parentesco y afinidad muy amplias en las que este honor de frontera jugaba un papel significativo pero en absoluto exclusivo.
No es extraño, además, que estas redes integrasen los elementos más conspicuos de un pujante estrato de caballeros, en principio ajenos a la nobleza, la denominada «caballería villana», que se mostró capaz de hacerse con los resortes del gobierno local desde comienzos del siglo XIII. El potente bloque conformado por esta trama de intereses mutuos y alianzas, no siempre bajo los auspicios del monarca, fue el responsable de la implementación de fórmulas específicamente feudales de gestión tanto del movimiento de inmigración como de la ordenación de las bases productivas, y por tanto paisajísticas, a escala regional. Algunas de ellas, y no las menos importantes, se sustentaban en el control de los espacios hidráulicos anejos a la villa.
LOS REGADÍOS
Hacia 1230, el paisaje agrario del entorno de Teruel estaba marcado en gran medida por una tupida red de infraestructuras hidráulicas, que comprendía lógicamente azudes, acequias y huertas, pero también de molinos y baños, que se entremezclaban con caminos, ermitas y hospitales, dibujando en su conjunto un panorama que, en su misma densidad, portaba la traza de la movilización de cantidades ingentes de trabajo, que habían sido, no obstante, invertidas en el transcurso de apenas dos generaciones (figuras 1 y 2).9
Aunque no existen datos directos, existen razones para sospechar que una porción significativa, pero no determinada en el momento actual de la investigación, de todo el trabajo acumulado en este laberinto hidráulico podría provenir de fechas anteriores a la conquista aragonesa, como sucedía alrededor del resto de los antiguos husun andalusíes de la región.
Figura 1. Esquema general de los regadíos medievales de la villa de Teruel (sector septentrional)

Figura 2. Esquema general de los regadíos medievales de la villa de Teruel (sector meridional)

En efecto, desde Alfambra a Villel o desde Cella a Castielfabib, la inmensa mayoría de las fortificaciones de este sector, con la rara excepción de Ródenas, se ubicaba frisando las principales llanuras aluviales dispersas por las depresiones interiores del Sistema Ibérico. La confluencia de los ríos Alfambra y Guadalaviar en las inmediaciones de Teruel, en el interior de una hoya excavada en las blanquecinas formaciones yesíferas y calcáreas del Mioceno, duplicaba además las posibilidades ligadas a la instauración de regímenes de cultivo ordenados por la construcción de sistemas de riego. Tal posibilidad no escapó, con seguridad, a los campesinos andalusíes asentados en las inmediaciones de estos centros neurálgicos del poblamiento musulmán.
La Acequia de Miguel de Santa Cruz
A pesar de ello, la mayor parte de la infraestructura en funcionamiento hacia 1230-1240 debe ser asociada a la etapa de posconquista y, sobre todo, a la iniciativa de los elementos sociales más comprometidos con la dirección del proceso colonizador. Buena muestra de ello es la intervención de algunos nobles en el trazado del conjunto de acequias que componían este abigarrado conjunto, de la que comenzamos a tener noticias a fines del siglo XII. En concreto, el primer sistema hidráulico en aflorar en la documentación manejada es el formado por la «acequia de Miguel de Santa Cruz», nombre del senior que estuvo al frente del honor de Teruel entre, al menos, 1177 y 1182.10 De hecho, el propio Miguel de Santa Cruz llegó en agosto de 1193 a un acuerdo con el conjunto de regantes que tomaban agua de dicha acequia, tanto los establecidos en la villa como los residente en la vecina aldea de Villaspesa, por el cual se obligaba a proporcionar el sobrante de las aguas de la acequia de Guadalaviar después de que hubieran pasado por sus molinos, a cambio de 1.600 sueldos jaqueses, con el compromiso añadido de hacerse cargo del mantenimiento del azud y de la acequia bajo multa de 10 sueldos por cada día que no se pudiera regar por falta de agua.11
Es importante señalar que parte del riego de las aldeas de Villastar, de Villaspesa y de Villar de Segarra, una partida cuyo topónimo todavía se conserva al sur de esta última, dependía de esta misma acequia, varios kilómetros aguas abajo del azud, como el mismo documento hace constar. Se trataba, por tanto, de un canal de enormes proporciones. La acequia, hoy denominada «del Batán», sangraba el caudal del Guadalaviar por la vertiente derecha a partir de un azud situado a los pies del actual barrio rural de San Blas, a 5 km al este del casco urbano de Teruel. Hacia él se dirigía su trazado para torcer, a la vista de las murallas, en dirección sur, describiendo un ángulo prácticamente recto, y seguir, a partir de entonces, paralelo al Turia hasta más allá de la citada población de Villastar.12
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