Kitabı oxu: «Historia de la sociabilidad contemporánea»
HISTORIA DE LA SOCIABILIDAD CONTEMPORÁNEA
DEL ASOCIACIONISMO A LAS REDES SOCIALES
HISTORIA DE LA SOCIABILIDAD CONTEMPORÁNEA
DEL ASOCIACIONISMO A LAS REDES SOCIALES
Ramon Arnabat y Montserrat Duch, coords.
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Este libro forma parte de los proyectos de investigación SGR091930 AGAUR Generalitat de Catalunya «Ideologia i societat a la Catalunya contemporània» y HAR2011-28123 MINECO «Los espacios y la memoria de la sociabilidad popular en la Cataluña contemporánea».
Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© Del texto, los autores, 2014
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2014
Grupo ISOCAC-URV
Con la colaboración de: Fundació Mútua Catalana
Universitat Rovira i Virgili
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
publicacions@uv.es
Fotografía de la cubierta: © Arxiu Antoni Pineda
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
ISBN: 978-84-370-9612-4
ÍNDICE
Presentación: Sociabilidades contemporáneas Ramon Arnabat y Montserrat Duch (coordinadores)
Apuntes para una historiografía de la sociabilidad catalana contemporánea en una perspectiva mediterránea comparada Pere Solà Gussinyer
Las sociedades patrióticas del liberalismo exaltado al liberalismo democrático (1820-1854): una práctica de sociabilidad formal liberal Jordi Roca Vernet
«Conscientes, enérgicos y pensadores»: sociabilidad, sindicalismo y movilización de los toneleros españoles Ramon Arnabat Mata
«El porvenir de la libertad»: cultura y sociabilidad republicanas en los siglos XIX y XX Manuel Morales Muñoz
Las Casas del Pueblo en el socialismo español Enrique Moral Sandoval
Sociabilidad agraria en la Cataluña contemporánea Antoni Gavaldà
Franquismo y espacios de sociabilidad Elena Maza Zorrilla
Asociacionismo y participación política de la juventud catalana Enric Prat Carvajal
Solidaridades en el postfordismo Montserrat Duch Plana y Xavier Ferré Trill
SOCIABILIDADES CONTEMPORÁNEAS
Ramon Arnabat y Montserrat Duch
LAS DOS RUPTURAS
En el largo proceso del asociacionismo y las sociabilidades contemporáneas europeas hay dos momentos clave en su evolución y ruptura, directamente relacionados con los cambios económicos y sociales que se producen alrededor del taylorismo o fordismo. Matizados, naturalmente, por los marcos nacional-políticos que se mueven entre la democracia y la dictadura.
El primer momento corresponde al proceso de industrialización y de división técnica y social del trabajo que originó una polaridad social, a la vez que una formalización de las relaciones sociales y de poder. En este contexto tenía cabida la reproducción de marcos asociativos autónomos, y también de conceptos antinómicos de solidaridad. La comunidad, como ámbito de relaciones horizontales y recíprocas, fue sustituida por la asociación, de carácter contractual institucionalizado (Tönnies, 1984). En esta transición, la cultura hegemónica era exponente de la dialéctica entre clases que se manifestaban en el ámbito político. Por lo tanto, el nuevo poder coercitivo organizado y legitimador del modelo de la sociedad del capitalismo industrial fordista estableció los parámetros educacionales y formativos que legitimasen el continuo de cohesión social. Cada tipo organizativo correspondía a un imaginario intelectual de clase.
La identidad contemporánea entre la ideología dominante y sus redes de transmisión cultural explicaba, precisamente, la emergencia de una concepción del mundo que se quería alternativa al patrón hegemónico burgués industrial (y agrario). Fue en este proceso, en el tránsito de la modernidad a la contemporaneidad, cuando se estableció el asociacionismo comunitarista de distinta formulación política estratégica. Es decir, una pluralidad de formulaciones de culturas políticas en función de cada organización entendida como intelectual orgánico (Pye y Werba, 1965). En este sentido, la sociabilidad, como espacio organizativo y de construcción de identidades sociales, se correspondía a la autoorganización cultural de la clase subalterna.
El tiempo libre era, en este sentido, un valor optimizado en la culturización heterónoma, es decir, con una orientación a identificar al sujeto con su propio ámbito de relación y condición social. En definitiva, no se trataba tan solo –cuando se hablaba de sociabilidad– de apelar al ámbito intermedio entre Estado e individuo, sino de analizar cómo se sustantivaba este tercer espacio en cuanto a unos modelos de interpretación de la realidad. El patrimonio cultural ateneístico, cooperativo, sindical, deportivo, lúdico, bibliográfico (revistas, ensayos, periódicos) concretaba la «técnica», el proceso de definición de una cosmovisión transformadora a modo de decodificación de un tipo de orden social establecido (Williams, 1974).
Una parte de los textos aquí publicados se enmarca en la sociedad fruto de la producción taylorista y en el surgimiento de la cultura de masas (eclosión de medios de comunicación). Otros trabajos se sitúan en un marco internacional, fundamentalmente europeo, que en el primer tercio del siglo pasado proyecta experiencias sociopolíticas y culturales –desde las vanguardias y las nuevas estéticas revolucionarias a un nuevo modelo higienista y de urbanización –que son acumuladas en la experiencia de las clases subalternas: proletariado industrial y pequeña burguesía. Este hecho no es accesorio, porque tanto la sociología comprensiva de Max Weber (1964), como los estudios de Werner Sombart (1998) sobre la burguesía, y la implantación del análisis y praxis materialista histórica del construccionismo soviético al proyecto de «Viena la Roja» (1934-1936), fueron elementos referenciales y de debate –en distinta gradación y expansión– en los círculos comunitarios ateneístas y obreristas. El conjunto de estas tradiciones definió un nuevo tipo de ciudadanía transformadora, contrapuesta al modelo de ciudadanía burguesa que asociaba jerárquicamente «clase, estatus y poder».
El segundo momento, a la vez comparativo con el anterior, es la transición del fordismo al posfordismo (o toyotismo), es decir, del ciclo productivo jerarquizado al modelo de organización del trabajo deslocalizado y flexible. Este proceso, que corre paralelo a la reconstrucción europea de la segunda posguerra mundial, conlleva un cambio social y cultural conocido como el surgimiento de la «sociedad de la información». Este contexto, que a su vez define un nuevo modelo de estandarización cultural (e ideológica), conlleva una ruptura en lo referente al marco de las sociedades industrializadas, respecto al fraccionamiento de la identidad y, por lo tanto, a la sustitución de un referente transformador por un referente hegemónico que Lipovetsky (2006) define como «hiperindividual».
Por todo ello, los trabajos aquí presentados pretenden analizar qué variaciones existen en la dinámica asociativa coetánea y, en consecuencia, qué tipo de ruptura se produce respecto al primer tercio del pasado siglo. Pero, en segundo lugar, la evolución de la dinámica en distintos ámbitos asociativos (por ejemplo, la recuperación de la memoria cooperativista contemporánea) plantea vincular los antecedentes del asociacionismo informal a la variable «memoria» y al «espacio vivido» (Duch, 2012). De alguna manera, los (nuevos) movimientos sociales subjetivan experiencias del pasado que, como referente, suponen un contrapunto a procesos de anomía social (Durkheim, 1982). Es decir, el planteamiento de una doble ruptura –entre el fordismo y el posfordismo– concibe la memoria como vector de socialización de un pasado proactivo.
SOCIABILIDAD, SOCIABILIDADES E HISTORIA
La aceptación del concepto sociabilidad en la práctica historiogràfica es hoy incuestionable y ha sido el eje de muchas investigaciones, publicaciones, congresos y seminarios realizados durante los últimos treinta años. Es necesario, no obstante, retroceder a las aportaciones pioneras de los sociólogos alemanes Georg Simmel (1986) y Max Weber (1964) y, especialmente, a las del ruso nacionalizado francés Georges Gurvitch (1941), realizadas en la primera mitad del siglo XX. Durante la segunda mitad de aquel siglo, debemos hacer referencia a los trabajos de los historiadores franceses Philippe Aries y Georges Duby, a los del británico Edward P. Thompson (1977), así como a los del antropólogo americano Marvin Harris (1981). Habrá que esperar hasta los años ochenta del siglo pasado para que en España se inicien diversos estudios que tendrían la «sociabilidad» como eje principal. Unos estudios realizados, mayoritariamente, desde la antropología y la sociología (Isidoro Moreno, Josepa Cucó, Javier Escalera), tal y como han señalado en unas primeras aproximaciones globales Jean-Louis Guereña (1989, 1999 y 2003) y Jordi Canal (1992, 1993a, 1993b y 1995).
El personaje clave en la introducción de la «sociabilidad» como categoría histórica fue el historiador francés Maurice Agulhon durante los años sesenta y setenta (1966, 1977, 1981, 1988 y 1892, y con Bodiguel, 1981). Sociabilidad entendida como la «aptitud de los hombres para relacionarse en colectivos más o menos estables, más o menos numerosos, y a las formas, ámbitos y manifestaciones de vida colectiva que se estructuran con este objetivo» (Guereña, 1999). Los estudios sobre sociabilidad contemporánea pronto encontraron eco en Italia (Banti, 1991; Maltesta, 1992; Ridolfi, 1999; Isnengui, 1994), y durante la década de los ochenta en España y en la década posterior en Latinoamérica (Rebolledo, 1988; Gayol, 2000; Pani y Salmeron, 2004; Guerra, 2012). Sirva como muestra el volumen 50-51 (1989) de la revista Estudios de Historia Social de la Universidad Complutense de Madrid, coordinado por Jean-Louis Guereña, y el número 13 (1993) de Siglo XIX. Durante las dos décadas finales del siglo XX se realizaron diferentes encuentros científicos europeos en Bad-Homburg (1983), Lousanna (1986), Torino (1988), Besançon (1988), Roma (1991) y Girona (1993), que sirvieron para contrastar y profundizar en el concepto teórico y en la praxis de la sociabilidad.
En España, las dos últimas décadas del siglo XX fueron especialmente fructíferas en lo referente a las investigaciones y los debates teóricos epistemológicos y metodológicos alrededor del tema de la sociabilidad. Debates y estudios que se desarrollaron en paralelo otros países europeos, especialmente Francia y Alemania, destacando las aportaciones de Javier Escalera, Josepa Cucó, Jorge Uría, Maurice Jacques, Michel Ralle, Gerard Brey, Manuel Morales, Marie-Claude Lecuyer, Pere Solà, Francisco Alía Miranda, Rafael Villena, Félix Castrillejo, Alberto Valín, Pilar Calvo, Rafael Serrano, Antonio Fernández, Pere Gabriel, Pere Anguera y las reflexiones más globales de Jordi Canal (1992, 1993, 1995 y 2003), Jean-Louis Guereña (1989, 1999 y 2003) y Elena Maza (2002, 2003 y 2011).
Hay que señalar como puntos centrales de este debate y reflexión el Seminario «Sociabilidad en la España contemporánea. Historiografía y problemas metodológicos», celebrado en la Universidad de Valladolid a finales de 1999 y publicado posteriormente por Elena Maza (2003). En el mismo sentido deben citarse el monográfico de la revista Hispania (número 214 de 2003), coordinado por Jean-Louis Guereña; los artículos publicados en la revista Historia Social, entre los que debe destacarse el dosier dedicado a la «Sociabilitat: en torno a Maurice Agulhon» (número 29 de 1997), y en L’Avenç, que organizó el VI Congrés Internacional d’Història Local de Catalunya sobre «Sociabilidad i Àmbit local» (2001), cuyas actas se publicaron dos años más tarde (VV. AA., 2003). O el VIII Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea dedicado a «Los movimientos sociales en la España contemporánea», celebrado en Vitoria en 2006 (Rivera, Ortuño y Ugarte, 2008), o el V (Albacete, 2003) y VI (Zaragoza, 2006) Encuentro de Investigadores del Franquismo, dedicados a temas de sociabilidad (Ortiz, 2005 y VV. AA., 2006). Finalmente, cabe añadir los congresos organizados por la Asociación de Historia Social: el II (1995) sobre «El trabajo a través de la historia» (Castillo, 1996), el III (1998) sobre «Movimientos sociales» (Castillo y Orruño, 1998) y el VII (2013) sobre «Mundo del trabajo y asociacionismo».
La evolución del concepto de sociabilidad ha permitido integrar la sociabilidad formal (asociativa) e informal (relacional) y ampliar el campo de estudio desde el asociacionismo a los espacios y tiempos relacionales, como por ejemplo las fiestas y actividades de todo tipo, una «sociabilidad de lo cotidiano» (Agulhon, 1992). Ha permitido también la ampliación de los campos de estudio y de las cronologías de la sociabilidad, ampliándola a todos los grupos sociales, especialmente a los más populares, y a la segunda mitad del siglo XX (Uria, 2003a, 2003b y 2005). Ha posibilitado también, como señala Danièle Bussy Genevois (1999, 2002 y 2003),
aplicar los instrumentos de análisis de la sociabilidad a las mujeres españolas sin contentarse con la aplicación de una categoría cómoda a un objeto de estudio variopinto. Incluso al extenderse a la historia contemporánea de España, permiten matizar la categoría de la presunta «informalidad», al analizar con qué modalidades la historia del género relativiza la deferencia entre las dos formas de sociabilidad, se aboga por lo tanto por un estudio preciso, historicizado y crítico.
De hecho, en el año 1997 se celebró en Cádiz el V Coloquio Internacional de la Asociación Española de Investigación Histórica de las Mujeres sobre «Pautas históricas de sociabilidad femenina. Rituales y modelos de representación» (Nash, Pascua y Espigado, 1999), y en el año 2000 se celebró en París el encuentro sobre «Sociabilités feminines, sociabilités feministes en Espagne (XIX-XX)», organizado por el ERESCEC (Lecuyer, 2003).
LAS SOCIABILIDADES EN LA HISTORIA
Entre los historiadores existe un cierto consenso en que la sociabilidad no debe ser una nueva historia sectorial, una nueva «migaja» de la historia, sino un elemento más y de carácter interdisciplinar que nos permita un mejor conocimiento de la realidad histórica, de la historia total o social. Una sociabilidad entendida como «el sistema de relaciones que se teje en diversos lugares y las formas y prácticas que adopta». La reflexión teórica y los estudios empíricos deben interrelacionarse, igual que las aportaciones de las diversas disciplinas que tratan el tema de la sociabilidad. Todo ello en el marco de una historia comparativa que permita, a la vez, la comparación de las diversas historiografías y los resultados de las investigaciones concretas.
La categoría de sociabilidad, según nuestro criterio, contiene grandes potencialidades para el análisis social diacrónico en sus dimensiones de género, clase y estatus, así como para el análisis de los espacios (tabernas, lavaderos públicos, mercados, talleres, fiestas, cofradías…) donde transcurre el encuentro entre personas cara a cara. La sociabilidad, además, es un elemento clave de la socialización y politización de los individuos (Bordieu, 2000; Valín, 2001; Navarro, 2006; Canal y Luzón, 2009; Cucó y Pujadas, 1990; Sánchez y Villena, 1999; Ortiz, Ruiz y Sánchez, 2001). Un hito importante desde este punto de vista, además de algún trabajo aleatorio o de algunos otros que hablan de esto pero que no son reconocidos desde el punto de vista metodológico, será el VI Congreso Internacional de Historia Local de Catalunya, celebrado en 2001 (VV. AA., 2003), en el que hubo una interesante ponencia de Pere Gabriel sobre sociabilismos obreros y populares e historia política en Cataluña hasta la Guerra Civil. Pere Solà (1978, 1983, 1994, 1996 y 1998) ha hecho una gran tarea a partir del vaciado exhaustivo de los fondos de asociaciones conservados en los archivos provinciales de Cataluña provenientes de los gobiernos civiles. Estos estudios son útiles; lo que sucede es que a menudo acaban en 1964, cuando se adopta una nueva ley de asociaciones al amparo de la cual se podrán crear, por ejemplo, las asociaciones de vecinos. Esta ley, aunque muy restrictiva inicialmente, abre algunas posibilidades de asociacionismo formal, legal, en una dictadura que negaba las libertades individuales.
En relación con la temporalidad del fenómeno de la sociabilidad contemporánea, encontramos dos ejemplos significativos, como las comisiones en los centros de trabajo o las asociaciones de vecinos en los barrios (Molinero e Ysàs, 2010), que son ejemplos de una gestión inteligente dentro de un marco de oportunidades muy reducido, muy restrictivo, porque la dictadura mantiene su componente represivo hasta el final. Se ha hablado mucho de otros aspectos de sociabilidades vinculados a identidades políticas, por ejemplo los trabajos de Jordi Canal (1998) sobre carlismo, que de hecho es el introductor del concepto en España, y que ha hecho estados de la cuestión y presentado a Agulhon a la comunidad historiográfica hispánica.
El Grupo de Investigación Consolidado, Ideologías y Sociedad en la Cataluña Contemporánea (ISOCAC) de la URV, dirigido por Montserrat Duch, se reconoce en la investigación de ámbito más local de los trabajos sobre el área reusense que publicó el difunto Pere Anguera (1977-1999), primer catedrático de la URV (1997). Fieles o solidarios con la genealogía de la historia social, nuestra investigación en la actualidad se concreta en el proyecto «Los espacios y la memoria de la sociabilidad popular en la Catalunya del siglo XX», que tiene como investigadora principal a la catedrática Montserrat Duch (HAR-2011-28123). En este volumen se avanzan algunos estudios parciales sobre una temática quizá menospreciada, quizá poco a la moda-page, pero de gran fecundidad para la historia sociocultural y el conocimiento de los procesos de politización de la mayoría del pueblo. En este volumen se incluyen cuatro estudios de miembros del grupo: Ramon Arnabat sobre la sociabilidad de los toneleros, Antoni Gavaldà sobre sociabilidad rural contemporánea, Jordi Roca sobre sociabilidad liberal durante el siglo XIX y Xavier Ferré y Montserrat Duch sobre sociabilidad en el posfodismo.
La mayor parte de los textos que se encuentran en este volumen están relacionados con el curso de verano organizado por el grupo de investigación ISOCAC de la URV en Tarragona el verano de 2013 «Història de la sociabilitat contemporània: de l’associacionisme a les xarxes socials». Curso en el cual intervinieron también Giovanni Levi, Pere Gabriel, Jordi Canal y Susana Tavera. No hemos incluido ninguna aportación sobre el entorno de las fiestas, un espacio de sociabilidad por antonomasia (Uria, 2003), de vida en la calle, de mezcla pero a menudo también de confrontación en comunidades humanas que rivalizan para afirmar su identidad y posición social (Isnengui, 1994). No se precisa mucha lucidez para saber que los espacios de sociabilidad no son necesariamente armónicos, sino que, en ellos, en este cara a cara, en este «étre ensemble» que definió Agulhon, se viven también contradicciones, conflictos, peleas.
Somos partidarios de huir de los tópicos de que la sociabilidad sea un concepto en el que quepa todo; debemos diferenciar asociacionismo formalizado respecto de los movimientos sociales como la acción colectiva que culmina y se fortalece a partir de expresiones de sociabilidad de carácter más espontáneo y no intencional sobre la esfera pública. Y tenemos que discernir muy bien, porque a veces confundimos las cosas porque a los mismos entes, los líderes sociales, a menudo, los encontramos por todas partes en los espacios locales, propio de la microhistoria. Como, por ejemplo, se puede ver en las contribuciones más holísticas de este volumen que reúne perspectivas, miradas y análisis de diez historiador@s. Ahora bien, hay que emplear los conceptos con propiedad porque, de lo contrario, no acaban de explicar prácticamente nada. Por lo tanto, nos hacen falta nuevas y más ambiciosas perspectivas metodológicas y, como siempre, la necesidad de insistir en el equilibrio entre teoría y práctica y entre microhistoria y perspectivas teóricas, que a menudo provienen de la sociología, como aprendimos de Carlo Ginzburg (1994) y Giovanni Levi (1993).
Manuel Castells (1997) habla de tres tipos de relaciones fundamentales en la historia de la humanidad que tienen su diacronía: relaciones de poder, relaciones de producción y relaciones de experiencia. La sociabilidad fundamentalmente remite a las relaciones de experiencia, al contexto, a las lógicas de las relaciones entre las personas. Los espacios de sociabilidad son muy importantes desde el punto de vista del equilibrio de las personas que participan en ellos (Barbichon, 1991; Pellegrino, Lambert y Jacot, 1991; Guereña, 2003; Uría, 2003a). O incluso podríamos entender el porqué de las causas que hacen que se acerquen o que la ruptura del pacto biográfico lleve a establecer distancias y exclusiones. Los espacios de sociabilidad que no son movimientos sociales, que no son asociaciones formales, que a menudo son espacios espontáneos y que quizá derivarán en formalización, aunque no necesariamente, son, y esto nos parece muy relevante, agencias de significación; dan sentido de conciencia, de pertenencia, de identidad a las personas en su individuación y a los grupos más o menos grandes, más o menos estables. Los espacios de sociabilidad responden a necesidades humanas de todos los tiempos y de todas las culturas. Por ello, pensamos que, lejos de considerarlo una categoría débil, queremos enfatizar aquello que ya en la declaración de sentimientos de Séneca Falls en 1848 y antes de la declaración de independencia americana se proclamaba, en sendos documentos fundadores de la contemporaneidad occidental, que aspiraban a una sociedad de ciudadanos libres que tuvieran derecho a la felicidad (Nash, 2004; Duch, 2012). En cualquier caso, el espacio es un elemento muy importante en la historia humana; de hecho, la historia no deja de ser el estudio de la humanidad en el tiempo y el espacio (Schlögel, 2007).
Una contribución a la sociabilidad
Este libro se organiza de modo cronológico y combina reflexiones de ámbito catalán, español y europeo sin renunciar a la perspectiva comparada. La primera contribución, de carácter general, es la de Pere Solà (catedrático de Historia de la Educación en la Universitat Autònoma de Barcelona): «Apuntes para una historiografía de la sociabilidad catalana contemporánea en una perspectiva mediterránea comparada», en la cual reflexiona sobre los últimos decenios de debate conceptual e historiográfico en torno al desarrollo del Tercer Sector, el capital social y la educación informal (y popular) en Cataluña, con comparaciones que afectan al ámbito mediterráneo.
Jordi Roca (investigador Beatriu de Pinós en el grupo ISOCAC-URV) aporta el único texto dedicado plenamente al siglo XIX, antes del fordismo: «Del liberalismo exaltado al democrático a través de las sociedades patrióticas (1820-1854), una forma de sociabilidad política liberal», en el cual realiza un seguimiento de las sociabilidades liberales durante la primera mitad del novecientos, centrándose en las sociedades patrióticas.
A caballo entre los siglos XIX y XX, en pleno fordismo, se sitúa el trabajo de Ramon Arnabat (profesor de la Universitat Rovira i Virgili), «“Conscientes, enérgicos y pensadores”: sociabilidad, sindicalismo y movilización de los toneleros españoles», en el que analiza diversos aspectos sociales relacionados con los trabajadores de oficio, concretamente los toneleros, durante el último tercio del siglo XIX y el primer tercio del XX. En la misma cronología se inserta la contribución de Manuel Morales (catedrático de Historia de la Universidad de Málaga), «“El porvenir de la libertad”: cultura y sociabilidad republicanas en los siglos XIX y XX», un texto sintético, ambicioso, de carácter interpretativo, fruto de sus numerosas investigaciones, y en el cual se llama la atención sobre cómo los republicanos se valieron de diversas otras formas y espacios de sociabilidad en su intento por articular la sociedad civil (las escuelas nocturnas para adultos, las sociedades corales, la calle y el barrio, los cafés y las tabernas o las reboticas y trastiendas de no pocos talleres artesanales), es decir, para las relaciones interpersonales y para la propaganda política.
Entrando ya de lleno en el siglo XX, pero aún dentro del fordismo, Enrique Moral Sandoval (profesor de la Universidad Complutense de Madrid) presenta «Las Casas del Pueblo en el socialismo español», donde reflexiona sobre el espacio de la cultura socialista en el primer tercio del siglo XX, y en el que traza los antecedentes y realiza un análisis desde una perspectiva comparada de las Casas del Pueblo, espacios de sociabilidad que albergaron en un elevado número de poblaciones a las organizaciones socialistas, así como a un amplio grupo de entidades de diverso tipo inspiradas directamente por estas. Espacios de experiencia vivida que mostraron a un sector de las clases trabajadoras que otro modelo de sociedad era posible.
Antoni Gavaldà (profesor titular de la Universitat Rovira i Virgili) aporta la contribución «Sociabilidad agraria en la Catalunya contemporánea», donde el reputado especialista en cooperativismo y sindicalismo en el medio rural se interroga sobre la sociabilidad agraria, la sociabilidad de clase y la sociabilidad difuminada del franquismo. Se trata de un sintético y globalizador análisis de las diversas formas de sociabilidad agraria a lo largo de un siglo (desde los años ochenta del siglo XIX a los setenta del siglo XX).
Elena Maza (catedrática de Historia de la Universidad de Valladolid), una de las historiadoras más reconocidas en la historiografía hispánica sobre asociacionismo, nos ofrece un texto, «Franquismo y espacios de sociabilidad», en el cual se analiza un gran volumen de información sobre asociaciones durante el Franquismo y se reflexiona sobre la difícil convivencia entre la dictadura y las diversas formas y espacios de sociabilidad: las aulas, los espacios de sociabilidad informal, los espacios del ocio, para analizar finalmente el llamado «asociacionismo voluntario» alrededor del pan (cooperativas y economatos) y el circo (deportes y distracción).
El planteamiento de un enfoque en el tiempo largo, desde las Sociedades Patrióticas hasta las mutaciones del siglo XXI, con la irrupción de la ciberpolítica y las redes sociales, pasando por la ley de asociaciones de 1887, llega con la contribución de Enric Prat (Centre d’Estudis dels Moviments Socials de la Universitat Pompeu Fabra), a caballo de los siglos XX y XXI y en pleno posfordismo, «Asociacionismo y participación política de la juventud catalana», en la cual se analiza la participación de la juventud en los asuntos colectivos. Una participación que presenta un carácter multidimensional, y en la que tiene un protagonismo relevante la participación política, entendida esta como el conjunto de actividades que realiza la ciudadanía con el propósito de influir en el proceso político y en sus resultados: votar en las elecciones, mantener un activismo en algún grupo social o político, promover una iniciativa legislativa popular, asistir a manifestaciones en la calle o practicar la desobediencia civil ante una ley que se considera injusta.
Finalmente, desde el pasado y observando el presente, en la compleja transición de la sociedad globalizada del siglo XXI, Xavier Ferré y Montserrat Duch plantean, quizá desde el optimismo de la voluntad, la naturaleza de la sociabilidad, sus modalidades en relación con las continuidades y rupturas en el marco de una profunda transformación de la estructura social congruente con el capitalismo neoliberal.
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APUNTES PARA UNA HISTORIOGRAFÍA DE LA SOCIABILIDAD CATALANA CONTEMPORÁNEA EN UNA PERSPECTIVA MEDITERRÁNEA COMPARADA
Pere Solà Gussinyer Universitat Autònoma de Barcelona
PRESENTACIÓN
El objeto de esta comunicación es proyectar cierta luz sobre los últimos decenios de debate conceptual e historiográfico en torno al desarrollo del Tercer Sector, el capital social y la educación informal (y popular) en Cataluña, con comparaciones que afectan al ámbito mediterráneo. Aprovecho la ocasión de esta invitación –que agradezco en lo que vale– para desarrollar el tema que se me ha encargado y a la vez explicar mi posicionamiento teórico y práctico sobre el ámbito de investigación de este cursillo o seminario. Toda una trayectoria de investigación ha llevado al ponente a interesarse por los mecanismos de sociabilidad organizada y su incidencia cultural y educativa. Digo bien educativa porque en la base de la investigación está la premisa o axioma de que la sociabilidad organizada, institucionalizada hasta en entidades voluntarias de la sociedad civil, es una fuente directa o indirecta de educación popular, en el sentido de que no solo se puede reconstruir el movimiento asociativo partiendo de una diversidad de fuentes, sino que es posible acogerse a criterios más o menos objetivos –indicadores– de tipo cuantitativo y cualitativo para evaluar o ponderar su incidencia social, cultural y educativa.1
Basta con pensar, en el caso catalán (y no solo del XIX), en las escuelas de las universidades populares y de los ateneos o en la contribución de las sociedades musicales y corales a la educación artística y musical de las «clases medias» y obreras.
Ni que decir tiene que esta ponencia no es un estudio exhaustivo sobre el tema y que los estudios citados no son todos, y se referencian únicamente a título indicativo. El tema es complejísimo, como he tenido ocasión de comprobar en mi último estudio de caso sobre el despliegue de la sociabilidad organizada en el este catalán. Por suerte, estudios sectoriales permiten avanzar en campos como la sociabilidad obrera: ahí están trabajos como los de Pere Gabriel2 y aportaciones recientes como la de Pere López Sánchez,3 con el agravante de que la sociabilidad subalterna suele dejar poca huella.
Ahora mismo estoy organizando, para el año próximo, con las instituciones y los grupos que se quieran sumar, un simposio internacional sobre aspectos comparativos del desarrollo histórico de las redes de sociabilidad en el Mediterráneo y, en particular, en torno a la contribución a la educación popular de redes sociales concretas, como las redes de mujeres –asociacionismo de género–, las organizaciones benéficas y de derechos humanos –una de cuyas variantes más emblemáticas, precisamente, es la masonería–,4 y las redes culturales.
Los aspectos comparados son asequibles en la medida en que grandes formas comunitarias/asociativas son transnacionales. Las iglesias cristianas en el Mediterráneo son un claro ejemplo de ello. Esta base común permite estudios sobre temáticas sensibles del estilo de: ¿qué posición adoptaron los grupos confesionales ante las dictaduras militares mediterráneas del siglo XX? Más complicada es la comparación con redes asociativas de base religiosa musulmana, como la de los «Hermanos Musulmanes», organización fundada en 1928 por Ḥassan al-Banna e implantada con fuerza en Egipto y los países del Oriente Próximo, empezando por Siria. No hace falta mucha memoria para recordar que en el Egipto excolonial, en la etapa dictatorial de Mubarak, el Gobierno (laico) se enfrentó a grupos islámicos que utilizaban la beneficencia en sociedades sin ánimo de lucro para extender su influencia popular. En dicho estado –primero sometido al Imperio otomano, más tarde bajo control británico, por lo que el autoritarismo estatal no ha estimulado precisamente en él el desarrollo de la sociedad civil–, se calculaban a finales del siglo pasado 17.500 entidades reconocidas, que abarcaban a seis millones de personas de un total de cincuenta y tres millones, sin contar entidades de pobres (redes) ni la red de beneficencia y educación islámica.5 En Egipto, la Ley 32 de 1964 estableció el control de facto de las asociaciones no oficiales por parte del Gobierno. Más modernamente, la oferta de servicios con finalidades religiosas, políticas o económicas (es decir, no necesariamente «altruistas») ha contribuido a la formación de unas potentes redes del Tercer Sector, con una proyección política potencialmente decisoria/decisiva. Antes del último golpe de estado militar de 2013, y presumiblemente después, la Hermandad Musulmana y las mezquitas han creado instalaciones de servicios como clínicas, como vía para consolidar su presencia entre las clases pobres, quitando protagonismo al Estado.6 El caso egipcio resulta interesante en la medida en que el islam admite poca separación entre religión y política, al subrayar la integración de lo individual dentro de un marco social y religioso más amplio, obstaculizando así la existencia de un espacio social separado para el ejercicio de la iniciativa individual, lo que no estimula precisamente el crecimiento de un sector sin ánimo de lucro.
RAZONES DE UNA ELECCIÓN TEMÁTICA
¿Por qué razones dedicar energía investigadora al ámbito de la cristalización, evolución e incidencia de las redes de sociabilidad organizada? En realidad, esta preocupación la comparten muchos científicos sociales de estas últimas décadas. Al respecto, son pertinentes preguntas como: ¿qué factores han incidido en la influencia de las organizaciones de la sociedad civil?, ¿difieren estos según entornos socioculturales diferentes (según países)?, ¿cómo construir un índice de la eficacia (histórica) de las organizaciones voluntarias?, ¿qué cultura cívica ha constituido la base de dichas organizaciones?, ¿contribuyen estas a un cambio democrático, hacen subir el listón de cultura popular y reconfiguran la conciencia colectiva?
PRIMERA RAZÓN: REACCIONAR FRENTE A UNA MANERA PARCIAL DE ENTENDER LA HISTORIA SOCIAL
Naturalmente, no hay redes de sociabilidad organizada e intencional sin movimientos sociales. Unos movimientos sociales que se manifiestan de forma cambiante y que tienen una traducción en todas las esferas de la vida pública y aun privada: educación, trabajo, cultura, ocio, etc. Hay, también, unos condicionantes estructurales, cambios en el modo de producir y distribuir, globalización, sociedad del conocimiento…, preeminencia de valores individualistas, crisis de formas anteriores de mediación social, hegemonía neoliberal, etc.
La evidencia nos pone, pues, ante modalidades de sociabilidad y de asociacionismo totalmente nuevas, desde la crisis del petróleo hasta la gran crisis financiera y el crash económico de 2008: feminismo, fair play de género, ecologismo, defensa de derechos humanos, etc., pero, al mismo tiempo, renacimiento de formas de sociabilidad antiguas de economía social, de defensa del trabajo y del trabajador (Navarro, redes de cultura anarquista valenciana) o de construcción nacional y de identificación comunitaria, en el sentido tönniesiano. Sin que esto quiera decir que las formas tönniesianas tipo «gesellschaft» pierdan sentido. Más bien se disuelven a menudo en redes sociales propias de la presente sociedad de la comunicación.
Por una parte, mi interés inicial por los temas de sociabilidad fue seguramente una reacción ante una manera de hacer historia social. Cada generación reacciona ante ciertas exageraciones o fijaciones de la anterior. La historia social avanzada en el franquismo insistió mucho en temas sociales y en una visión algo mecanicista de la lucha de clases. Por esto, fue importante, estratégicamente, a partir de cierto momento, enfatizar la importancia de la «superestructura» asociativa, utilizando la terminología académica marxista.7
Cada gremio y subgremio tiene unos condicionantes. Lo mismo pasa con la investigación histórica. A menudo, un gran problema es una miopía comparativa y un planteamiento cerrado, si no endogámico, por lo menos autárquico. No únicamente a nivel nacional, sino, en nuestro caso, estatal. Es muy difícil ver la viabilidad de proyectos de investigación que no reflexionan sobre las categorías de análisis que utilizan. Así, si se estudia el binomio mundo del trabajo y asociacionismo, es básico cerner los cambios que afectan a la teoría y práctica del trabajo. Y este análisis difícilmente puede partir de burócratas del sindicalismo.8
Pero así como un proyecto amplio, sólido, de estudio de la sociabilidad moderna tiene que disponer de los conceptos teóricos y conceptuales adecuados, también debe contar con una perspectiva comparativa mínima.
Primera constatación: un déficit de estudios realmente comparativos. La aguda crisis de los estudios humanistas en el sistema universitario europeo acaso tenga que ver con la escasez de proyectos de estudio histórico comparado sobre la incidencia educativa de las redes de sociabilidad organizada.
Otra causa de esta falta de estudios internacionales histórico-comparados es sin duda alguna la orientación, contextualización y concepción en exceso localista de muchos estudios, por otra parte muy completos en cuanto a aportación positivista de datos. Ello es perceptible en los capítulos más estudiados de este gran tema de la sociabilidad cultural popular, como puede ser la historia de los ateneos y de los casinos. Fijémonos en que muchas de las contribuciones, en el caso catalán, son monografías locales.
Sobre el papel no sería tan complicado impulsar estudios comparativos «mediterráneos» (en torno a un hilo conductor de caso, como sería siempre el cometido de grupos organizados ante determinada problemática y el peso de sectores sensibles de «voluntario/as») sobre temas clásicos sensibles.
Realmente, es cuantiosa la nómina de estudios locales sobre las organizaciones voluntarias en las últimas décadas, aunque de valor dispar.9 Un aspecto muy considerado en la literatura historiográfica al respecto no es tanto la trayectoria institucional de estas entidades como su comportamiento en épocas como la II República o el franquismo.10
SEGUNDA RAZÓN: RECURRIR ALL PASADO PARA ENTENDER MEJOR EL PRESENTE
Pero hay otra motivación fundamental para este tipo de estudios: el historiador mira, escudriña el pasado desde el presente y hacia el futuro. Por ello, no por socorrido deja de ser válido el titular. La historia, ciertamente, marca, dibuja ciclos y tendencias. Las circunstancias de la Guerra Civil, por ejemplo, determinaron la emergencia del trabajo «voluntario» sobre todo en labores sanitarias, acciones humanitarias, beneficencia o educación. Medio siglo más tarde, el mismo auge del pensamiento neoliberal puso de nuevo en primera línea el voluntariado, con múltiples aportaciones internacionales y nacionales que daban cuenta del potencial educativo de la sociedad civil organizada y mostraban cómo el asociacionismo libre y «voluntario» ha sido fuente de cambios educativos, a veces decisivos. Mucho cabría hablar de la emergencia y desarrollo del «voluntariado» como sujeto o «constructo» histórico.11
Fruto del esfuerzo de tantos ha sido un gran avance en el conocimiento de la dinámica social en la Restauración y la Segunda República y durante el franquismo, en relación con el sindicalismo agrario. Sobre todo en la Cataluña central y meridional, también en el Maresme o el Pla de l’Estany.12
DOS EJEMPLOS DE REDES
Es difícil resumir y calibrar el progreso en el conocimiento de las redes de sociabilidad contemporáneas. Centrémonos ahora solo en dos aspectos, a saber, por un lado los efectos (en el terreno de la educación popular) de las redes de la masonería, siglos XIX-XX; y, por el otro, el significado de la eclosión del asociacionismo femenino.
El primero de estos temas hunde sus raíces en el siglo XIX (librepensamiento, masonería y educación), el segundo –la presencia social, la educación de la mujer y el papel de las organizaciones de mujeres– ha experimentado gran auge en las últimas décadas del siglo XX y principios del XXI.
La relación entre la masonería y aspectos concretos de la educación popular en contextos como el catalán,13 el hispano o el italiano es tema rico en estudios valiosos, que en cualquier caso no agotan el tema de estudio, en continua revisión. Normalmente, la perspectiva moderna de capacitación (empowerment, término anglosajón más usado) de la sociedad civil se tiene en cuenta en ellos. Pero se echa en falta en muchos estudios, por otra parte muy rigurosos y bien documentados, una voluntad comparatista. Es indiscutible la labor de instituciones, investigadores y congresos al respecto. En cambio, lo que quizá se haya tratado mucho menos sea el aspecto comparativo deliberado acerca de la evolución histórica de la sociabilidad masónica en el área mediterránea en cuanto a la incidencia de la masonería en lo sociológico, moral, religioso, estético, político y pedagógico.
En un balance relativamente reciente en torno a la temática abordada en los Symposia del CEHME, Ferrer Benimeli se refería a las contribuciones sobre política interior española, relaciones internacionales con América, Filipinas y Europa (Italia, Francia, Bélgica, Portugal) o con algún país del área mediterránea (Marruecos, Turquía o Israel), etc., sobre «educación, laicismo, anticlericalismo, cultura, mujer, beneficencia, librepensamiento, composición socioprofesional, ideología…», sobre derechos humanos, sobre el rechazo de la masonería y sobre la difusión de la masonería, sin olvidar las relaciones conflictivas con la Iglesia católica, la prosopografía masónica o el tema de archivos y fuentes.
Queda mucho por profundizar acerca del papel de la masonería en cuanto a influencias interterritoriales en el espacio mediterráneo, aunque es cierto que más o menos indirectamente hay estudios, por ejemplo, sobre la acción de grupos librepensadores en congresos y acciones diversas. De manera permanente e incisiva ha abordado el profesor gallego Alberto Valín el tema de la influencia masónica de la educación popular, insistiendo en la actividad en el terreno cultural, moral o filosófico de muchos militantes obreros ibéricos en el siglo XIX –el caso de gente como Anselmo Lorenzo Asperilla–, que en las redes masónicas aprendieron oratoria y logística en la acción tanto de naturaleza reivindicativa como cultural, y a trabajar en común, en un marco de respeto democrático, para la consecución de fines sociales y de enseñanza mutua.
Una posible idea rectora en un estudio comparado sería la de ver la masonería como un asociacionismo de élite social. El carácter tendencialmente mesocrático y elitista se percibe también en la ubicación de las logias masónicas, casi siempre en el centro urbano. La red o redes masónicas, de implantación territorial y racionalidad geopolítica bastante identificables, se han nutrido de clases medias y profesiones de todo tipo, pero poca clase obrera, a lo sumo miembros de la aristocracia obrera.
Ahora bien, ¿cómo definir las redes masónicas en tanto que estructuras de sociabilidad organizada de gran importancia política y cultural hasta la actualidad? Aquí hay que considerar la base ideológica (elementos filosóficos, elementos religiosos), el ideal de perfección de la organización y sus interpretaciones, ortodoxias y heterodoxias, divisiones, desuniones, pasiones, banderías, traición, crisis.
Tensión de pureza y facilidad en caer en la transgresión. Fracaso de proyectos de unión masónica (1888, por ejemplo). Trátase, en cualquier caso, de una concepción –la de la masonería en sus ramas diversas– antropológica cambiante de fondo laicista, una especie de religión secular cuyos nombres y referentes simbólicos (como, en la situación española, Riego, Sócrates, Giordano Bruno, Ferrer Guardia, Rosario de Acuña…) evocan modelos personales que evocan, a su vez, virtud y valores.
Históricamente, las redes masónicas no han sido nunca redes de masas. Los grupos masónicos han sido casi siempre de pocos efectivos en comparación con las tasas de afiliación de las redes asociativas de todo tipo (en las últimas décadas del siglo XIX y hasta la Guerra Civil de 1936).
Pero una cosa es la cantidad y otra la efectividad en cuanto a incidencia social y humana. Una cosa es el registro numérico y otra la proyección exterior. No han constituido un movimiento social, aunque han colaborado en los movimientos sociales. Han tenido, según qué vientos políticos soplaran, momentos de auge y de reflujo. Habría que comprobar si es cierto y hasta qué punto en los países latinos la masonería nunca volvió a tener la importancia e implantación social de los ochenta del siglo XIX.
Las redes masónicas se integran, desde el punto de vista geopolítico, en la selva del asociacionismo propiciado por las transformaciones ilustradas burguesas y liberales desde quizá el siglo XVIII y con toda seguridad desde el siglo XIX.
Aquí son de interés ítems como circunscribir la influencia de la masonería en la creación de los nuevos espacios asociativos, por ejemplo, en España, entre 1835 y 1850 (casinos, ateneos, liceos y círculos de la amistad). En el caso español, las redes masónicas, más importantes cualitativa que cuantitativamente, han sido expresión de las luchas políticas (por el poder político) de liberales, republicanos y progresistas; en general, no han sido instrumentos directos de poder económico.
La focalización en grupos de élite de influencia política ha sido una de las causas de importantes crisis societarias, como la que tiene lugar con motivo de la independencia cubana y filipina. No tanto con el problema catalán, ya que en Cataluña habría habido una dinámica algo distinta, por el tinte catalanista de muchos masones desde la Renaixença y hasta la II República. Sea como sea, hay que ver el activismo político como factor a veces importante de desunión de la familia masónica.
Habría que ver las distintas interpretaciones a expresiones rituales de la concepción antropológica de la masonería, en lo que se refiere a prácticas de iniciación, la recepción de mandil de maestro masón, etc. Calibrar la conexión entre rituales, regla de vida, valores masónicos, todos ellos guiados por la filosofía de la fraternidad, la evolución de normas y símbolos, las oscilaciones y «écarts» del discurso entre la mística y el sentido de realidad. Ahondar en la comparación de la «producción» masónica en cuanto a prensa, literatura, arte, pedagogía. Cerner –separando mediante cedazo lo grueso de lo fino en una materia desmenuzada– cómo se expresa en la vida masónica la mujer, esta «mitad en la sombra» (las «logias de adopción»), su papel, la representación de la mujer en la producción masónica, el significado de la escasa representación, históricamente hablando, de la masonería femenina.
Habría que evaluar también las consecuencias –en el plano de la sociabilidad y de la educación popular, que es lo que aquí interesa– de una organización que abrazaba el secreto como metodología, los inconvenientes del secretismo en punto a clandestinidad, afiliación no declarada, estigmatización de adherentes en localidades pequeñas en contraposición al anonimato de la gran urbe. Asimismo, habría que ver más concretamente las conexiones profesionales que la organización masónica pudo propiciar en oficios tan sensibles como la milicia. Igualmente, hay que analizar comparativamente las conexiones políticas –en particular, el juego de la red como lobby para obtener favores políticos–, intelectuales, artísticas y culturales. También las conexiones familiares y las espaciales y/o de vecindad.
Habría que comparar, por otro lado, de qué forma en distintas formaciones y coyunturas históricas la represión política ha afectado a las redes de sociabilidad masónica. La oposición frontal de la Iglesia católica, por ejemplo. Las campañas clericales al respecto, su qué y su cómo. ¿Qué representación se ha dado a las formas de sociabilidad atribuidas a los masones? En muy distintos contextos, la represión contra la masonería, la presión social o policial, creó conflictos personales y familiares. En el caso español, la represión gubernamental de 1896, con la crisis colonial como fondo, fue un hito más. La secular instrumentalización derechista del mito antimasónico tuvo su colofón en la ley de marzo de 1940 sobre la represión de la masonería y el comunismo.
Las redes asociativas y fundacionales tienen bien establecida su forma regular u oficial de financiación. Los grupos masónicos no son ninguna excepción a esta regla, con estatutos y reglamentos internos que prevén la asignación de fondos a finalidades de funcionamiento interno y beneficencia. Como grupos de élite política, profesional y no tanto económica, la jerarquización funcional (más que autoritarismo) y el formalismo estricto, y hasta la burocratización, son rasgos frecuentes en las diversas expresiones masónicas. Más de una persona especialista en masonología se ha preguntado por qué la masonería «no se conectó más con la sociedad circundante». ¿Acaso pesó en ello una rígida estructura burocrática?
Un punto que me parece de la mayor relevancia es el de las redes masónicas y la gobernabilidad. ¿Hasta qué punto la práctica societaria formó a líderes políticos locales o nacionales?
El hecho de ser grupos de gente «escogida» y poco numerosa facilita el trabajo de investigación prosopográfico. En este sentido, es bueno recalcar que los resultados del rastreo prosopográfico en relación con la sociabilidad masónica no dejan de ser muy prometedores. Por ser especialista en el tema, conozco algo la evolución del compromiso de un personaje como Ferrer Guardia, vinculado a la sociabilidad masónica en vida y muerte.
Se pretende seguir cómo un individuo se implica y compromete en una red iniciática y de ayuda mutua, al tiempo que red de presión política, pasando por un periodo más o menos prolongado de curiosidad e iniciación. Participa entonces en procesos de autoformación y de heteroformación, siempre interesado en la protección y «coaching» recibidos, y que él o ella un día podrán también dar. Se facilitan así procesos de inserción social que permiten, a nivel personal, combatir el aislamiento y, a nivel colectivo, igualmente evitar la marginación grupal o incluso formas de persecución o de rechazo. Es cierto que, con frecuencia, la adhesión a redes como la masonería fue un cálculo interesado fruto de unas necesidades coyunturales, y ello explica en muchas ocasiones la poca implicación, el absentismo o incluso el abandono por parte de «hermanos» con altos grados, acaso frustrados en sus expectativas de promoción social o política.
El grupo de pertenencia incide mucho sobre el control mutuo moral. Hay un aspecto ascético y disciplinario. Las organizaciones son denominadas «obediencias». Se articulan mecanismos reforzadores de determinadas conductas de lealtad y adhesión (asistencia a reuniones por ejemplo), con sanciones simbólicas, llegado el caso, como la obligación de realizar «actos de caridad individual».
En definitiva, nada de lo que apunto es nuevo. Los grandes especialistas en el tema han diseñado modelos u organigramas de tipo descriptivo de lo que representa la logia masónica. Se trataría, más bien, de ver el mundo de las redes asociativas masónicas a la luz de esquemas interpretativos amplios de historia cultural y social, en comparación con otros tipos de asociaciones secretas o discretas del ámbito europeo y mediterráneo, considerando temas o leitmotivs (puntos recurrentes) como: la democracia interna en el seno de las logias, la temática de la emancipación mujer, la proyección socioeducativa (incidencia educativa y social de las redes masónicas), en punto a educación popular, educación básica o educación permanente, sin olvidar el papel de la ideología optimista de la coeducación de clases sociales en las formulaciones de racionalismo pedagógico y de escuela neutra, o, last but not least, el papel que en las organizaciones masónicas jugaron las diferentes manifestaciones artísticas (artes plásticas, música, literatura).
Una visión amplia, más allá de localismos y descriptivismos, debería ayudar a ver la masonería (y hasta cierto punto redes como los rotarios) como una red más que compite con otras redes asociativas de ayuda mutua, religiosas, políticas o sindicales, en el plano lúdico y de la libre expresión de ideas, en el plano del socorro mutuo, etc. En este punto hay, seguramente, capítulos donde profundizar, como por ejemplo el de las redes de ayuda y sociabilidad masónicas durante el franquismo, en su conexión con otras redes del exilio y con redes políticas clandestinas, más allá del tema de la implacable represión franquista.
Y qué duda cabe de que el análisis histórico de estas cuestiones nos ayudará a entender el papel de esta organización en la actualidad, la masonería actual y su incidencia en el terreno político y educativo, el tránsito del laicismo y anticlericalismo del siglo XIX y primera mitad del XX al laicismo actual, con los retos de los potentes fundamentalismos de nuestros días, religiosos o económicos (dogma neoliberal).
SIGNIFICADO DE LA ECLOSIÓN DEL ASOCIACIONISMO FEMENINO
El auge del asociacionismo femenino contemporáneo –tipo asociativo del que en nuestro país hay precedentes durante la II República– ha sido extraordinario. El espacio público, laboral y cívico de la mujer no ha cesado de ampliarse. Tradicionalmente, el espacio urbano –lo público– se ha asociado al hombre, mientras que el espacio femenino se ha asimilado al mundo doméstico, a lo privado, terreno abonado a los procesos informales de educación. Pero todo es relativo: lo doméstico se teje con lo doméstico, se forman lazos de parentesco, que coinciden con los de vecindad. Cada género ha tenido su rol en una sociedad marcada por una desigual distribución de funciones. Como bien decían en 1995 Ballarín y Martínez López,
… mientras que los varones tienen el ágora, el foro, el ayuntamiento o el casino para relacionarse, la sociabilidad femenina, de forma mayoritaria, está relacionada con un trabajo exterior a su vivienda que supone, en la práctica, una prolongación del trabajo doméstico, pero que les permite el contacto con las demás mujeres de la ciudad, hablar y compartir las noticias y sentimientos.14
Otro de los espacios públicos que tiene que ver con esta proyección doméstico-laboral de la mujer es el mercado, donde la mujer rural ha vendido los productos de su propio trabajo desde tiempo inmemorial. Nuevamente, en el «espacio mercado», actividad laboral y ocasión de sociabilidad se desarrollan casi sin solución de continuidad. Al lado de estos espacios de sociabilidad, en toda Europa ha habido para la mujer un espacio profesional propio y a veces exclusivo, aunque se constata que en los albores de la modernidad las mujeres quedan relegadas a los sectores menos valorados de la cadena productiva protoindustrial.
Veamos, por ejemplo, en el tema del asociacionismo femenino, la trayectoria del grupo Albada, de una pequeña localidad cercana a Lleida, Mollerussa, capital de la comarca del Pla d’Urgell (provincia de Lleida, Cataluña), a 23 km de esta, ciudad con una economía agraria e industrial basada en la producción y transformación de cereales, harinas, pastas y ganado porcino. La población pasó de 1.760 habitantes en 1900 a 3.185 en 1930, cifra que en 1970 se había más que doblado (6.685 habitantes). De entonces hasta 2006 la cifra se ha vuelto casi a doblar: 8.966 (1991), 11.087 (2004) y 12.569 (2006). El desarrollo urbano ha superado las limitaciones físicas impuestas por la vía del ferrocarril de la línea Lleida-Barcelona, vía Manresa, y por el Canal de Urgell.15 Nos fijamos, de esta villa, en la asociación de mujeres Albada de Mollerussa (Pla d’Urgell), que nació en febrero de 1990, con 150 socias, que en enero de 2004 ya eran 700. Su objeto era y es agrupar a las mujeres de la comarca.
El análisis de caso implica una especial atención a su historia, y en particular a las circunstancias de su creación, en la que intervinieron mujeres dirigentes del oficial Institut Català de la Dona (Generalitat de Cataluña), procediendo al recuento de las ayudas exteriores recibidas en función de determinadas finalidades y objetivos (el desarrollo de la creatividad, etc.) y al análisis de sus actividades y programas formativos de tipo doméstico, artístico, turístico, deportivo o literario…
La incorporación de la mujer como agente activo de la transformación cultural se hace cada vez más evidente a lo largo de la historia reciente. Entre las múltiples asociaciones que han venido promoviendo actividades de animación y agitación cultural o lúdica en comarcas, destacan diversas sociedades de mujeres. En las tierras leridanas y, en general, en el Principado, la fuerza cultural de los movimientos de mujeres de los años ochenta y noventa no tiene parangón en la historia asociativa anterior.
Se trata de un fenómeno nuevo el que las mujeres, reivindicando la igualdad civil, moral, política y cultural, hagan cultura y la difundan, fenómeno que, si acaso, enlazaría con tiempos anteriores a la Guerra Civil (1936-1939). Albada agrupa a las mujeres del Pla d’Urgell para poder relacionarse, y adquirir conocimientos de tipo cultural, social o manual ha sido su gran objetivo. La entidad muestra una heterogeneidad en cuanto a la edad de sus asociadas, que van desde lo que podríamos llamar jóvenes maduras, a gente activa que podríamos calificar de abuelas.
Las responsables de la entidad han proclamado que la finalidad del centro no ha sido cultivar una actividad de tiempo libre especializada, encajes de bolillo por ejemplo, sino que se trata de tender la mano a «cualquier mujer», sin límites de edad ni condición, para desarrollar un programa amplio de actividades de tipo doméstico, artístico, turístico, deportivo o literario.
Intenta desarrollar la creatividad de sus socias mediante actividades orientadas a promocionar o estimular la vocación humana de progreso integrador hacia el acceso a todas las ramas del saber y de la profesionalidad cultural, mediante la oferta de una gama variada de enseñanzas, en colaboración con las instituciones oficiales más significativas, para potenciar «el conocimiento, la convivencia y las iniciativas que desarrolla y de que tiene ya noción la mujer».16
Se observa en el capítulo de ingresos que la autofinanciación de la entidad alcanza cotas importantes: los beneficios de la artesanía de cosecha propia, las cuotas de socias y las matrículas de cursos se llevan la mayor parte de los ingresos. En cuanto a gastos, sobresale una partida, la de profesorado, lo que evidencia la vocación cultural y ateneísta de la institución. La ideología de fondo que guía a la entidad no puede ser más clara. Se trata de promover el debate para el cambio positivo en lo que concierne a la mujer y su universo, su problemática familiar, el paro femenino o los maltratos. La institución ha promovido actividades de toda índole.
Abunda la oferta de manualidades, actividades recreativas y artesanales, como la restauración de muebles; también las artísticas, con certámenes y exposiciones, sin olvidar gestos públicos, como, en su momento, apuntarse a las manifestaciones con lazo blanco los lunes frente al Ayuntamiento para solidarizarse con el pueblo de Bosnia frente a la barbarie sufrida.
Albada buscó también, de acuerdo con sus modestas posibilidades, desde el principio, incidir en aspectos concretos para la mejora de la condición de vida femenina. Prueba de ello fue el curso de 1991 de formación de mujeres adultas sobre matrimonio: nulidad, separación y divorcio, u otros sobre la mujer en la dinámica familiar. O cuando se creó una bolsa de trabajo para la mujer (1995). Por otro lado, las actividades correspondientes al modelo «ateneo», de cultura general o especializada, se han sucedido, con viajes y visitas de tipo cultural, incluso propuestas de «Rutas en bicicleta» (1992), amén de viajes al Teatre Nacional de Cataluña, etc.
Normalmente, las propuestas culturales respondían a criterios de actualidad o por ser de tipo práctico. Así, la entidad organizó un cursillo de informática con aportación de fondos de la Unión Europea (marzo de 2002). Además, se han ofertado cursos de idiomas y conferencias sobre meteorología, salud, el papel de la mujer en la guerra, a partir sobre todo del caso de Bosnia, etc.
La incidencia educativa de todas estas actividades ha sido objetivamente relevante. Se trata, además, en el caso de Albada, de un movimiento que busca complicidades y crear red, como proclamaban las intenciones del «Encuentro de las Asociaciones de Mujeres del Pla d’Urgell, Garrigues, l’Urgell y la Noguera», celebrado en Mollerussa en mayo de 1999, de donde salió la idea de continuar esta fórmula de encuentro, que «cada any s’organitzarà en una població diferent». Aparecía la voluntad de crear red, voluntad permanente en esta entidad de mujeres, no sin un fondo de crítica a veces. Así, cuando tuvo lugar el Congreso de Mujeres de Cataluña (Tarragona, 30 y 31 de mayo de 2003), esta asociación comarcal de mujeres participó en sus actividades, pero no juzgó de modo positivo el desarrollo de las tres ponencias sobre el asociacionismo femenino en Cataluña.17
En resumen, el estudio de caso centrado en el asociacionismo femenino emergente muestra las nuevas líneas de capacitación de un decisivo sector ciudadano, y cómo la cultura y la sociabilidad se han convertido en pilares de dicha capacitación, autoorganización y autoafirmación.
En las últimas décadas del siglo XX, a lo largo y ancho del espacio mediterráneo, merece una atención destacada la eclosión política, educativa y cultural del feminismo –con sus manifestaciones de sociabilidad organizada–, coincidiendo con el auge del fenómeno de la globalización. Ha habido al respecto movimientos emblemáticos. Tras las guerras civiles balcánicas, destacó como modelo de empowerment el movimiento pacifista serbio de las Mujeres de Negro (Women in Black) en su intento de neutralizar la mentalidad patriarcal conectando con el feminismo internacional y reafirmando los principios de no violencia, pacifismo y antimilitarismo.
El movimiento empezó en octubre de 1991, réplica del que en 1988 había empezado en Israel para contrarrestar la ocupación sionista de Palestina, y pretendía contrarrestar el militarismo agresivo serbio y la limpieza étnica. Mostró una dimensión política y pedagógica, sensibilizando al público sobre las atrocidades contra la población civil, reclamando la verdad sobre los desaparecidos y exigiendo justicia contra los violadores de derechos humanos, expresando solidaridad con los refugiados de guerra, desplazados y expulsados, y promoviendo la objeción de conciencia. El movimiento organizó líneas de educación alternativa, reclamando la prohibición de minas antipersona y la conversión de la industria militar y organizando acciones pedagógicas para estimular el desarrollo de la sociedad civil, las organizaciones autónomas de mujeres y las redes interculturales, trabajando a favor de la paz.18
En el contexto continental y mediterráneo expuesto más arriba, se puede evaluar el impacto histórico de importantes movimientos feministas y la prosperidad actual de las redes de sociabilidad organizada femenina en países como Serbia o Marruecos. En cualquier país del área geográfica mediterránea, el estudio de casos locales, concretos, singulares, debidamente contextualizado, permite ciertamente extraer conclusiones generalizables, actuando inductivamente.
PALABRAS FINALES
Desde luego, intentar compactar en una exposición de estas características un tema tan complejo y difícil como la sociabilidad (informal, semiorganizada u organizada) es algo más que temerario, imposible. Basta con considerar la gran diversidad tipológica y de aspectos que habría que tratar en relación con la sociabilidad catalana moderna. No se trataría de intentar una visión de conjunto sumando o yuxtaponiendo, sino más bien intentando deconstruir discursos y fijando acentos. Los subgremios académicos que se dedican a estas cuestiones actúan con lentitud a la hora de depurar conceptos no exactamente neutrales de las ciencias sociales. Es el caso del concepto capital social, que utiliza en su investigación sobre capital social y mutualismo y, en concreto, sobre la Federación de Sociedades de Socorros Mutuos de Cataluña19 entre 1896 y 1946 el joven estudioso Fernando Largo Jiménez.
Que el tema es muy complejo y que en él se imbrican históricamente redes y dinámicas sociales lo prueban las conexiones informales que siempre ha habido entre beneficencia, mutualismo y sindicalismo, o entre las redes de ocio y cultura (casinos o ateneos) y las diversas opciones políticas y sociales. Así pues, este balance se hace con ánimo colaborativo, a modo de «suma y sigue». Un suma y sigue en el que lo cuantitativo20 (el tema está de moda) debe dar paso a lo cualitativo: ni todos los estudios tienen igual valor, ni cualquier perspectiva es equivalente en cuanto a fecundidad. El debate conceptual es insoslayable. En la presentación de la ponencia que da origen a este articulo puse de relieve la importancia y utilidad de la microhistoria y de los estudios de caso.21 Anuncié la publicación de un estudio suyo sobre el despliegue de las redes de sociabilidad en las comarcas leridanas. El trabajo por hacer en el campo de la historia de la sociabilidad, intentando combinar la microhistoria y la historia comparada, es ingente y los recortes en la investigación científica, concretamente en el campo de las humanidades, son y serán una cruz, pero también un reto.
1 Se discuten estos aspectos en, por ejemplo, Pere Solà Gussinyer: «Asociacionismo en la España periférica: tipología y rasgos dominantes», en E. Maza (ed.): Asociacionismo en la España Contemporánea. Vertientes y análisis interdisciplinar, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2003, pp. 89-146. Para una idea de las iniciativas del sector fue en un cierto momento útil «A l’Abast», Butlletí quinzenal d’informació per a entitats de Voluntariat, Incavol, Generalitat de Catalunya-Fundació Pere Tarrés. También: Pere Solà Gussinyer (ed.): Associacions, fundacions, organitzacions del Tercer Sector: factors d’educació social i eines de democràcia participativa. Materials del Postgrau, uab, 2000-2001, Barcelona, uab, 2002.
2 Pere Gabriel: «Perifèries de Barcelona, 1850-1950. Unes taules –fragmentàries i a mig fer– i un comentari», en José Luís Oyón y Juan José Gallardo: El cinturón rojinegro, Barcelona, Ediciones Carena, 2004, pp. 163-279.
3 Pere López Sánchez: Rastros de rostros en un prado rojo (y negro). Las Casas Baratas de Can Tunis en la revolución social de los años treinta, Barcelona, Virus, 2013.
4 Organización secreta/discreta que ha practicado teórica y prácticamente la simbólica «cadena de unión» de todos los autocalificados «hermanos», quienes además se ven a sí mismos literalmente como piezas de una «cadena universal de fraternidad».
5 Kandil, 1998, capítulo 3 [3. nonprofit sector in Egypt], en Helmut K. Anheier y Lester M. Salamon: The nonprofit sector in the developing world: a comparative analysis, Manchester, Manchester Unversity Press. Ver, más reciente, Mahi Khallaf: «Civil Society in Egypt: A Literature Review», disponible en línea: <http:// foundationforfuture.org/en/Portals/0/Conferences/Research/Research%20papers/Civil_Society_in_Egypt_Mahi%20Khallaf_English.pdf>. De Kandil, igualmente, ver el reciente (2010) y muy importante ensayo: «A critical review of the literature about the arab civil society», disponible en línea <http://foundationforfuture.org/en/Portals/0/Conferences/research/Research%20papers/Amani_Kandil_English.pdf: 35>.
6 Paradójicamente, defensores de la sharia y del sistema democrático han rechazado la acción armada para lograr sus objetivos. En enero de 2011 los Hermanos Musulmanes apoyaron la gran revuelta contra Mubarak. Su dirigente, Mohamed Morsi, ganó las elecciones presidenciales. «La aprobación en referéndum de una nueva constitución de fuerte acento islamista en diciembre comportó una nueva oleada de revueltas de la oposición. Después de unos meses (julio de 2013) el ejército depuso a Morsi, con lo cual los Hermanos Musulmanes fueron apartados del poder después de poco más de un año». Trad. Gran Enciclopèdia Catalana, ed. digital, 2013.
7 Contribuí con varios complejos estudios a cerner la dimensión territorial del desplegamiento asociativo, desde un inicial estudio sobre el noreste catalán (Pere Solà Gussinyer: Cultura popular, educació i societat al nord-est català (1887-1959), Girona, Col·legi Universitari de Girona, 1983) hasta Pere Solà Gussinyer: Història de l’associacionisme català contemporani. Barcelona i les comarques de la seva demarcació, Generalitat de Catalunya, Departament de Justícia, 1993, 566 pp.; Pere Solà Gussinyer: Itineraris per la sociabilitat meridional catalana. L’associacionisme i la cultura popular a la demarcació de Tarragona (1868-1974), Tarragona, Diputació de Tarragona, 1998.
8 Así, nos encontramos con un VII Congreso de Historia Social [Mundo del trabajo y asociacionismo en España] en torno a «Collegia, gremios, mutuas, sindicatos…», celebrado en Madrid del 24 al 26 de octubre de 2013 y en el que se anunciaba nada menos que una ponencia del secretario general de ugt Cándido Méndez: «Presente y futuro de la ugt».
9 M. Borrell i Sabater: El Cercle Cultural Colomenc. El Círcol, 1898-1983, Santa Coloma de Farners, Ajuntament, 1998; Jordi Canal: «Un espai de sociabilitat política: el Cercle Tradicionalista d’Olot», en VV. AA.: Història de la Garrotxa, Girona, Diputació de Girona, 2008, pp. 581-587. Unos se remontan a los años setenta y ochenta, como Joan Domènech i Moner: Història dels Casinos de Lloret, Lloret de Mar: Club Marina, 1982. Lluís Esteve i Cruañas: «El Casino dels Nois de Sant Feliu de Guíxols (I)», Revista de Girona, 85, 1978:¡, pp. 345-356. Íd. (II), n. 87 (1978), pp. 61-71, Ángel Jiménez: «El Casino dels Nois. Cent anys de vida guixolenca», Revista de Girona, 138, 1990, pp. 32-38. Otros son más recientes, como M. E. de Fez i Valero: «El moviment associatiu a l’Hospitalet, 1940-1960», en I Jornades de recerca històrica i social del Baix Llobregat, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2001, pp. 581-593; J. Gaitx, A. León, A. Maurici y J. Solà: «La depuració de la Biblioteca del Casino dels Nois. Un cas de violència ideològica franquista. Febrer de 1939», en Premis literaris Àncora. Any 2000, Barcelona, Publicacions de l’Abadia de Montserrat, 2001, pp. 51-124; M. Jové Campmajó: «Tallers d’Història a l’Hospitalet: l’asssociacionisme al barri de la Gornal», en I Jornades de recerca històrica i social del Baix Llobregat…, art. cit., 2001, pp. 527-438; Ll. Molinas: «Can Mariano de Begur, un casino dels temps dels indianos», Revista de Girona, 199, 2000, pp. 28-32. A. Mussons i Argell: Lluïsos de Gràcia, 1855-2005, Barcelona, Lluïsos de Gràcia, 2005. S. Ponce y M. Ramisa: El Casino de Vic, 1848-2008, Vic, Eumo Editorial, 2008.
10 Ahí están estudios, y sin ningún ánimo de exhaustividad, sino a modo puramente indicativo, como: Ramon Arnabat Mata: «Franquisme i vida cotidiana a comarques. El Penedès », en VV. AA.: Franquisme i transició democràtica a les terres de parla catalana. Actes del Segon Congrés de la ccepc, Valls, Coordinadora de Centres d’Estudi de Parla Catalana, 2001, pp. 675-690; Joan Camós y Cl. Perramon: «Crisi del franquisme, associacions i moviment ciutadà la l’Hospitalet de Llobregat, 1939-1960», en VV. AA.: Franquisme i transició democràtica…, op. cit., 2001, pp. 83-94; O. Garcés y N. Toril: «Entitats socio-culturals a l’Hospitalet del tardofranquisme: canvi generacional i crítica social», en VV. AA.: Franquisme i transició democràtica…, 2001, pp. 583-590; ibíd.: M. Gómez Inglada: «Associacionisme cultural al Prat de Llobregat, 1939-1960», pp. 471-484. C. Santacana i Torres: La persistència de l’associacionisme, en Borja de Riquer: Història, política, societat i cultura dels Països Catalans, vol. X, Barcelona, Fundació Enciclipèdia Catalana, 1997, pp. 272-287; Pere Solà Gussinyer: L’esclafament de l’associacionisme lliure a Catalunya en temps del general Franco, Barcelona, Rafael Dalmau, 1996; A. Testart i Guri: El casino menestral figuerenc, 1939-1979. Un estudi de sociabilitat sota el franquisme, Figueres, Ajuntament de Figueres, Col. Juncària, 2010.
11 Ver O. Fernández, M. E. Alfaro, E. Arnanz, con prólogo de Antonio Albarrán Cano: El voluntariado en la acción sociocultural, Madrid, Editorial Popular, 1990; Xavier Ballart: ¿Cómo evaluar programas y servicios públicos?, Madrid, Ministerio para las Administraciones Públicas, 1992. E. Cohen y R. Franco: Evaluación de proyectos sociales, Madrid, Siglo XXI, 1992; Joffre Dumazedier: La révolution culturelle du temps libre, 1968-1988, París, Méridien, Klincksiek, 1988; J. Dumazedier y M. Samuel: Société éducative et pouvoir culturel, París, Seuil, 1976; J. Escámez Sánchez y P. Ortega (1986): La enseñanza de actitudes y valores, Valencia, Nau Llibres; J. Escámez Sánchez (director de equipo): Solidaridad y voluntariado social, Valencia, Fundació Bancaixa, 1999.
12 Ahí están, por citar solo algún nombre, trabajos como Josep Maria Ramon i Muñoz: El Sindicalisme agrari a la Segarra, 1890-1936, con prólogo de Josep Fontana, Lleida, Pagès, 1999. Investigadores como Antoni Gavaldá Torrents nos permiten avanzar en la significación del sindicalismo agrario en el sur de Cataluña después de la Guerra Civil, con las hermandades sindicales de labradores y ganaderos, mediante el estudio de sus dirigentes y valedores, profundizando en el significado político y económico en términos de producción y comercialización de este sindicalismo agrario franquista. Esfuerzo paralelo al de otros investigadores en esta u otras partes del territorio, como demuestran los trabajos de Ramón Arnabat Mata sobre asociacionismo rural entre 1870 y la II República. En el campo del cooperativismo los frutos han sido muy abundantes, con las publicaciones de la Fundació Roca i Galès: Cossetània (Barcelona, Valls) de la Col·lecció Cooperativistes Catalans, dirigida por el propio Antoni Gavaldà. El trabajo de Montserrat Duch: La Cooperativa Obrera Tarraconense; consum, treball i lleure a Tarragona (1904-1965), Tarragona, Edicions El Mèdol, 1993 constituye un ejemplo, entre tantos, de cómo la explotación del archivo documental de la propia entidad permite seguir la evolución de una unidad del movimiento cooperativista, que el libro califica como «instrumento» de campesinos, peones, empleados ferroviarios, dependientes de comercio, etc., para acceder al consumo de bienes de forma más económica, conseguir prestaciones sociales, actuaciones sindicales y políticas y promover en beneficio colectivo actividades de ocio y cultura (grupos sardanistas y de música coral, clubes deportivos y «castellers»). O el mismo Josep Santesmases i Ollé: Història econòmico-social de les Cooperatives Agrícoles de Nulles (1917-1992) (con Antoni Gavaldà), Valls, Institut d’Estudis Vallencs, 1993; íd.: El Cooperativisme agrari a Vila-rodona (1893-1939). Un exemple d’estructuració econòmica, social i política en la Catalunya vitivinícola, Vila-rodona, Centre d’Estudis del Gaià, 1996.
13 Se conoce mucho mejor lo que ha sido la masonería catalana desde contribuciones tempranas como Enric Olivé Serret: «El Moviment anarquista català i la francmaçoneria a l’últim terç del segle xix: Anselmo Lorenzo i la lògia Hijos del Trabajo», Recerques: història, economia, cultura, Barcelona, 16, 1984, pp. 141-156 (Estudis i Notes), hasta obras maduras como Pere Sánchez Ferré: La Maçoneria a Catalunya (1868-1947), Premià de Mar, Clavell Cultura, 2008, 2 vol., o Pere Sánchez i Ferré: «La Masonería, el librepensamiento y los orígenes del feminismo en Cataluña, 1870-1920», Bulletin d’Histoire Contemporaine de l’Espagne, Aix-en-Provence, 32-36, 2003, pp. 117-141, que profundiza en temas como espiritismo o feminismo, personajes como Ángeles López de Ayala (1858-1926) y asociaciones como la Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona o la Sociedad Progresiva Femenina. Los trabajos de este autor (autor también de monografías como La Logia Lealtad: Un exemple de maçoneria catalana (1869-1939), Barcelona, Alta Fulla, 1985), junto a la labor de otros especialistas, como el profesor Josep Clara Resplandís en Girona, por citar uno de ellos, nos permiten conocer mejor la dinámica de una red de más de doscientas logias documentadas entre 1868 y 1947, cuya incidencia en el terreno sociopolítico y cultural-educativo fue incuestionable, con derivaciones en terrenos de la sociabilidad como el librepensamiento, el feminismo o el pacifismo.
14 P. Ballarín y C. Martínez (eds.): Del patio a la plaza. Las mujeres en las sociedades mediterráneas, Granada, Universidad de Granada, 1995.
15 En línea <http://www.idescat. cat/emex/?id=251370>.
16 M. A. Cullerés: Albada, Associació de Dones del Pla d’Urgell, Aniversari 1990-2000, Mollerussa, Gràfiques Miquel, 2000.
17 Ibíd., p. 12.
18 Desde 1998 Mujeres de Negro-Women in Black llevó a cabo un proyecto educativo en cuatro ciudades de Serbia y Montenegro. [En línea <http://www.womeninblack.org/worldwide/belgrade.htm>].
19 Importante organización de segundo grado del sector mutualista catalán.
20 Xavier Motilla Salas: «Bases bibliográficas para una historia de la sociabilidad, el asociacionismo y la educación en la España contemporánea», Historia de la Educación, 31, Salamanca, 2012, pp. 339-358.
21 Pere Solá Gussinyer: «Tercer Sector y educación en perspectiva histórica: estudio de la incidencia pedagógica de las redes de sociabilidad organizada», Historia de la Educación: Revista Interuniversitaria, 25, Salamanca, 2006, pp. 173-203.
LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS DEL LIBERALISMO EXALTADO AL LIBERALISMO DEMOCRÁTICO (1820-1854): UNA PRÁCTICA DE SOCIABILIDAD FORMAL LIBERAL
Jordi Roca Vernet Universitat Rovira i Virgili
INTRODUCCIÓN
Las sociedades patrióticas, entre 1820 y 1854, fueron espacios de sociabilidad formal en los que el liberalismo revolucionario se proyectó sobre una amplia base social más allá de la legalidad electoral del sistema político definida por las distintas constituciones. En estos espacios, el liberalismo revolucionario se democratizó al incorporar a la política al conjunto de la ciudadanía y al escenificar constantemente el ejercicio de la soberanía nacional a través de la multitudinaria presencia de ciudadanos. El liberalismo había convertido las sociedades patrióticas en lugares de representación de los sectores excluidos del sistema político liberal, como eran los extranjeros, las mujeres, los artesanos, los obreros, los jornaleros y los criados. Aunque el liderazgo político siempre estuvo en manos de las clases medias revolucionarias, las sociedades patrióticas se apropiaron de la representación popular, modulando algunas de sus demandas. La hipótesis de este trabajo es que la identidad política del liberalismo exaltado se configuró en estas sociedades a través de un triple proceso: la escenificación permanente de la revolución a través del ejercicio de la soberanía nacional o popular, la articulación de las distintas formas de movilización política legales e ilegales y la universalización de la condición de ciudadano, que contribuyó a incorporar a una minoría de mujeres y jornaleros a la política, facilitando así la identificación con el pueblo. Las sociedades patrióticas sirvieron al liberalismo exaltado para coaccionar a las autoridades liberales hasta que ambas se hicieron con el control formal de las instituciones liberales. El acoso contra las autoridades precedentes deslegitimó el sistema político, lo que favoreció la extensión de una cultura insurreccional entre las filas del liberalismo exaltado.
Después de la experiencia del Trienio Liberal (1820-1823), se produjo el declive del liberalismo exaltado, que tuvo que competir con nuevas identidades políticas como la progresista, la demócrata y la republicana. En los años treinta, cuarenta y cincuenta, el progresismo intentó utilizar las sociedades patrióticas para capitalizar el apoyo del conjunto de liberales revolucionarios fuera cual fuera su condición social. El liberalismo progresista no obtuvo el éxito del liberalismo exaltado, ya que los gobiernos progresistas, después de afianzarse en el poder, percibieron la amenaza que suponían estas sociedades para su estabilidad, por lo que en 1836, 1841 y 1854 promulgaron leyes que restringían las reuniones de las sociedades, lo que las obligó a cerrar. El liberalismo democrático abandonó aquel modelo de movilización del mundo popular y apostó por nuevas formas de sociabilidad. El fin del modelo de sociedades patrióticas que pervivió en Madrid hasta el Bienio Progresista (1854-1856) desapareció en Barcelona durante el Trienio Esparterista (1840-1843) como consecuencia de la desconfianza del liberalismo democrático y popular hacia el progresismo gubernamental. La experiencia del Trienio Esparterista fue determinante entre los colectivos obreros para buscar sus propios espacios de representación al margen del liberalismo progresista, aunque se establecieran entre ambos acciones políticas conjuntas. Mientras que el liberalismo exaltado había sembrado la semilla de la deslegitimación del sistema liberal, el progresismo había inoculado el virus de la desconfianza entre los liberales revolucionarios y los sectores populares.
La investigación se propone cinco objetivos para comprobar la hipótesis de estudio. En primer lugar, demostrar que las sociedades patrióticas fueron una forma de sociabilidad que se desarrolló más allá del Trienio Liberal. El segundo objetivo es analizar cómo estas sociedades fueron espacios socialmente permeables, lo que permitió que se establecieran relaciones entre distintos grupos sociales, ampliando la base social del liberalismo exaltado y posteriormente del progresista. El tercero es demostrar cómo las sociedades se convirtieron en plataformas electorales idóneas para radicalizar los regímenes liberales progresistas. En cuarto lugar, se trata de dirimir cómo estas sociedades cristalizaron como lugares de representación del ejercicio de la soberanía nacional en su derivada popular y si esto desacreditó las instituciones liberales. El último objetivo es observar cómo la distribución, arquitectura y decoración de estos espacios contribuyeron a articular una identidad del liberalismo exaltado basada en la concepción universalista de la ciudadanía, la identificación de la movilización de los ciudadanos con el ejercicio permanente de la soberanía nacional y la extensión de los espacios de representación política más allá de la cámara de diputados.
El trabajo aborda el estudio de la identidad política del liberalismo exaltado desde una perspectiva de análisis basada en la historia social y cultural de la política que se concentra en el estudio de las sociedades patrióticas. La ausencia de documentación sobre las sociedades patrióticas obliga a los historiadores a reconstruir sus actividades de forma indirecta. La prensa, las memorias y la correspondencia de algunos de sus miembros se han convertido en las principales fuentes primarias para conocer qué sucedía en su interior. Los datos e informaciones publicados en la prensa a menudo son fragmentarios, por lo que la reconstrucción de sus prácticas, funciones y discursos es incompleta por definición. El acceso parcial a las actividades de las sociedades supone un inconveniente evidente que se puede corregir integrando el estudio de las sociedades en su contexto político local. Este análisis tiene como punto de partida el estudio realizado sobre las sociedades patrióticas de Barcelona y la vertebración y ascensión al poder político local y provincial del movimiento liberal exaltado,1 con el fin de compararlo con otras investigaciones recientes sobre estas formas de sociabilidad y renovar la interpretación sobre el significado y la transcendencia que tuvieron las sociedades patrióticas en la formación del liberalismo democrático.
DEFINIR EL LIBERALISMO EXALTADO Y LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS
La historiografía española sobre el primer liberalismo ha llegado a un consenso tácito sobre la formación de dos identidades políticas liberales durante el Trienio Liberal: la moderada y la exaltada. Mientras que la primera se postuló como continuadora de las tesis del liberalismo doceañista, representado por los exdiputados que promovieron la Constitución de 1812 y por antiguos realistas ilustrados, la exaltada fue asociada a una nueva generación de liberales más transgresores y revolucionarios. La distinción y caracterización de ambas ha suscitado un sinfín de estudios. A continuación se recopilan escuetamente algunos de los trabajos más significativos aparecidos en las últimas décadas. La tesis clásica fue acuñada por Alberto Gil Novales, quien distinguió a los liberales exaltados de los moderados en función de la necesidad que tenían los primeros de desarrollar en un sentido revolucionario la Constitución de 1812 y su pretensión de buscar el apoyo popular para llevarlo a cabo,2 aunque puntualizara que después del fallido golpe de estado del 7 de julio de 1822 muchos moderados adoptaron formas exaltadas para evitar ser perseguidos. En esa misma línea interpretativa, Ramon Arnabat diferencia ideológicamente a moderados y exaltados en función de cuáles son sus sustentos sociales: mientras que los primeros buscan el apoyo en las viejas clases dominantes, los exaltados prefieren desarrollar y acelerar el proceso revolucionario en un «sentido más democrático» que los lleva a acercarse al poble menut3
La renovación historiográfica desde la nueva historia política ha revisado estas interpretaciones, como sugiere el trabajo de Irene Castells, quien analizó el liberalismo exaltado a la luz de la revisión interpretativa del jacobinismo francés y evidenció que el mundo exaltado «era un conglomerado político y social, lleno de fracturas y división».4 La tesis de Castells ha provocado la recuperación de investigaciones precedentes como las de Iris Zavala5 o Anna Maria Garcia Rovira,6 en las que construían subidentidades políticas vinculándolas a la diversidad ideológica de las sociedades secretas que convivían en el seno del liberalismo exaltado. Otros historiadores, como Ignacio Fernández Sarasola, han subrayado la diferenciación ideológica entre moderados y exaltados, apuntando que se basaba en una «distinta interpretación del articulado de la Constitución de 1812», y consideran que los exaltados estuvieron más cerca del «ideario jacobino y fueron más fieles a la dogmática originaria de la Constitución»,7 basada en un parlamentarismo monista que imitaba la Convención revolucionaria francesa.8 Jean Baptiste Busaall afirma que los exaltados promovieron una democratización del modelo gaditano aunque con una buena dosis de provocación y demagogia.9 Otros, como Marta Ruiz Jiménez, han definido el liberalismo exaltado por oposición al moderado, ya que tuvieron «la pretensión de convertirse en todo aquello que el liberalismo moderado no quiso o no se atrevió a realizar».10
La historiografía de los conceptos ha rastreado la génesis del término exaltado, ubicando su origen en la Guerra de la Independencia (1808-1814), en la que era sinónimo de jacobino, y atribuyendo su creación a la propaganda y publicística absolutista. Durante el Trienio Liberal la denominación de exaltados, según Juan Francisco Fuentes, permitió a los liberales distinguirse de los moderados en 1820 sin recurrir a la temida homologación al jacobinismo francés11 y asociándolo a «las connotaciones que el naciente romanticismo otorgaba a la exaltación en todos los órdenes». Fuentes también lo vincula al alto grado de emotividad que otorgaba el liberalismo radical a la revolución.12 La interpretación más estimulante ha sido la de Noelia González Adánez, quien establece la diferenciación entre moderados y exaltados en función del grado de activismo político: mientras que los primeros fomentaban la apatía de los ciudadanos, los segundos los instaban a participar directamente en política.13 La principal interpretación discursiva sobre las identidades exaltada y moderada ha sido formulada por María Cruz Romeo, quien considera que la división se produjo a raíz de la disolución del Ejército de la Isla y caracteriza a los exaltados como defensores permanentes de la voluntad del pueblo que se oponían a los poderes constituidos y al gobierno, apelando a la supremacía del legislativo.14 La reivindicación constante de la movilización del pueblo para incidir en los actos de gobierno, basándose en que era depositario de la soberanía, devino una de las características fundamentales del liberalismo exaltado.15 En esa misma línea interpretativa, Peyrou define discursivamente el liberalismo exaltado en función de su definición de ciudadanía «como un derecho natural definido por una intensa participación y vigilancia del poder».16 Finalmente, Fuentes reitera que la voz exaltado cayó en declive durante la regencia de Espartero a raíz de un doble proceso: primero, porque fue sustituida por la de progresista, desposeyéndola parcialmente del sentido romántico y democrático de exaltado, y, en segundo lugar, porque ganaron fuerza los términos demócrata y republicano, más próximos a un movimiento obrero que podía expresarse sin eufemismos.17 El éxito abrumador durante décadas del concepto de sociabilidad ha convertido en historiable su génesis de la mano de historiadores como Jordi Canal18 o Jean-Louis Guereña.19 Son muchos los estudios referentes a la sociabilidad que mencionan explícitamente la obra de M. Agulhon,20 lo que ha sugerido diversas revisiones del uso histórico del concepto, planteándose su viabilidad como categoría histórica. Durante más de tres décadas, el uso del concepto ha sido modificado para abordar nuevos campos de estudio, incorporando aspectos formales, centrados en la vida asociativa, y aspectos informales, vinculados a la vida cotidiana. Las sociedades y tertulias patrióticas han sido estudiadas a través del concepto sociabilidad, definido como «la aptitud de los hombres para relacionarse en colectivos más o menos estables, más o menos numerosos, y a las formas, ámbitos y manifestaciones de vida colectiva que se estructuran con este objeto».21 Estas sociedades han sido analizadas como formas de sociabilidad formal porque disponían de un lugar de reunión propio, estatutos que concretaban su organización y un número de socios que solo se podían unir o desligar de ellas dándose de alta o de baja, como apunta María Zozaya,22 quien insiste en que el deseo de pertenecer de manera voluntaria al entorno de un grupo de pares concreto es una de las denominadas afinidades electivas. Los recientes análisis de J. F. Fuentes23 sobre las sociedades patrióticas señalan la trascendencia que estas tuvieron, junto a la Milicia Nacional Voluntaria, en la incorporación de los sectores populares a la revolución liberal. En opinión de Manuel Morales,24 en la gradual ampliación de la base social de las formas de sociabilidad liberal que se produjo entre 1810 y 1868 es en donde deben buscarse los orígenes de la sociabilidad obrera posterior; sin descuidar, como apunta Fuentes, los elementos procedentes de la cultura popular del Antiguo Régimen que, junto a la notable aportación de la sociabilidad burguesa, conformaron la sociabilidad obrera.
De ahí que en este trabajo nos ocupemos de cómo estas sociedades articularon prácticas políticas y dinámicas relacionales que determinaron el significado del liberalismo exaltado, asociándolo a unas nuevas formas de acción y representación política. La construcción de redes sociopolíticas capaces de aunar a ciudadanos y posibilitar la formación de mayorías25 que determinaron el devenir político del régimen liberal seguirá el modelo expuesto para el caso argentino por Pilar González Bernaldo de Quirós,26 permitiendo la definición por contraposición de identidades políticas como eran la exaltada y moderada, según J. F. Fuentes.27 El estudio de las dinámicas relacionales y de las redes políticas en las que se integran los individuos en sociedad facilita la comprensión de cómo se formaron y reprodujeron las distintas identidades colectivas, como ha apuntado Joseba Louzao.28 El liberalismo exaltado fraguó sus redes sociopolíticas sobre la base de una interpretación universalista de la ciudadanía,29 una movilización permanente de los ciudadanos y la formación de espacios de máxima permeabilidad social, lo que lo diferenció sustancialmente del liberalismo moderado. La investigación que desarrollé sobre el primer liberalismo en Barcelona se fundamenta en este método de estudio30 en el que se contraponen distintas redes políticas y sociales. La formulación de la distinción entre redes y dinámicas relaciones de los agentes políticos resulta fundamental para comprender cómo se gestaron y consolidaron las identidades liberales y su proyección en las instituciones liberales, lo que deviene determinante para explicar los enfrentamientos políticos entre ambas identidades liberales.
La definición que A. Gil Novales31 propuso hace más de tres décadas sobre las sociedades patrióticas se articulaba en tres aspectos: la formación de los ciudadanos en el auténtico significado de la Constitución, la articulación de una opinión pública sobre los principales asuntos de la vida política española y la vigilancia permanente sobre los cargos políticos, ya fueran electos o no, para denunciar cualquier posible infracción de la legalidad constitucional. La mayoría de los estudios posteriores sobre las sociedades patrióticas, entre los cuales
cabe subrayar los de Juan Francisco Fuentes,32 Ramon Arnabat,33 José María García León34 u Óscar González García,35 no han modificado sustancialmente esta tesis, aunque han enfatizado la relevancia que tuvieron para la defensa del sistema político liberal.36 La interpretación de Gil Novales otorgaba a las sociedades patrióticas una doble faceta, pues por un lado eran entidades colaboradoras con el sistema político y por el otro eran opositoras a las instituciones liberales. Colaboraban con el sistema porque formaban a los ciudadanos en la política y moldeaban sus opiniones, y se oponían a las instituciones ya que se alzaban como espacios de representación que desautorizaban y ejercían de contrapoder ante las autoridades del régimen liberal. Gil Novales concluía aquella definición apuntando que las sociedades patrióticas eran clubes políticos que actuaban como cajas de resonancia de la vida política nacional, fundamentales en un país con un elevadísimo número de analfabetos,37 aunque les negaba toda capacidad representativa que les permitiera el ejercicio de la soberanía nacional y toda vinculación con los procedimientos juntistas. La principal debilidad de la interpretación de Gil Novales era una definición de las sociedades patrióticas extremadamente amplia, lo que ocasionaba problemas para su interpretación. Entre las sociedades estudiadas por Gil Novales había algunas que se reunían clandestinamente en cafés y otras que vertebraban un liberalismo moderado o de orden y, por lo tanto, no compartían funciones ni objetivos con las demás sociedades articuladoras del liberalismo exaltado.
Las primeras sociedades patrióticas surgidas después del éxito del pronunciamiento de Rafael de Riego en marzo de 1820 no se parecían demasiado a las que surgieron entre el verano y el otoño de 1822. Aunque fueran concebidas siguiendo los mismos principios, no desarrollaron las mismas funciones ni se dirigían al mismo público: si las primeras eran herederas de las academias ilustradas y de las sociedades económicas de amigos del país, las segundas se imaginaron como pequeñas asambleas políticas en las que el pueblo tomaba la palabra para ejercer la soberanía nacional. A pesar de las diferencias en los objetivos, funcionamiento y organización, ambas compartían el deseo de representar e instruir políticamente a los ciudadanos, garantizarles la igualdad ante la justicia y fiscalizar las instituciones para denunciar cualquier posible irregularidad.
DE ACADEMIAS A ASAMBLEAS
La Sociedad Patriótica Barcinonense de los Buenos Amigos recogió en su reglamento la necesidad de vigilar al gobierno y de formar políticamente a los ciudadanos.38 La sociedad imitaba en el funcionamiento y la organización a las academias ilustradas, y los socios, antes de subir a la tribuna de oradores, debían presentar por escrito el discurso que iban a pronunciar. Durante los nueve meses que estuvo abierta, creó una cátedra de Ideología y Constitución, al frente de la cual estaba Miguel García de la Madrid,39 quien difundía una interpretación moderada y ultracatólica de la norma gaditana, alejándose de las premisas más radicales y populares. La concurrencia a las sesiones de la sociedad no era demasiado numerosa y la mayoría de los asistentes eran los artífices del pronunciamiento barcelonés de marzo de 1820, algunos representantes de los sectores acomodados del liberalismo y los liberales perseguidos durante el Sexenio Absolutista (1814-1820). El liberalismo popular que engrosaba las filas del primer regimiento de la Milicia Nacional Voluntaria no participaba en las reuniones de la sociedad patriótica. La desconexión entre los sectores populares y dirigentes del liberalismo generó lecturas diferenciadas de la Constitución de 1812, lo que produjo un gradual alejamiento entre los postulados de unos y otros. La sociedad patriótica no puso demasiado empeño en captar la atención del liberalismo popular, a diferencia de lo que sucedería más adelante con sus sucesoras. Aun así, las autoridades tomaron algunas medidas para frenar el sesgo radical de la interpretación subversiva del liberalismo popular que se había difundido esencialmente entre los milicianos. Prueba de ello fue la apertura de la Academia Cívica, financiada por el Ayuntamiento con el objetivo de adoctrinar políticamente a más de medio millar de artesanos que conformaban el primer regimiento de la Milicia Nacional Voluntaria40 y desterrar así, en palabras de Joaquín Catalá, «de entre mis discípulos aquellas ideas exaltadas, que bajo de un celo indiscreto, pervierten el orden, y más bien sirven para destruir, que para edificar».41 Si la tarea de la sociedad patriótica Barcinonense era formar a los ciudadanos, la creación de la Academia Cívica demostraba que no habían conseguido penetrar en los sectores populares del liberalismo. Aunque las sociedades eran poco permeables socialmente, sí pretendían representar al conjunto de la ciudadanía, como lo corrobora que los socios de la Barcinonense se propusieran formar una sociedad que garantizara la igualdad de todos los ciudadanos ante la justicia, ya que eran habituales los abusos del poder judicial con los más débiles.42 Aquella vocación representativa también la manifestaba la sociedad patriótica madrileña que se reunía en el Café Lorencini y pretendía presionar al gobierno, como lo recogería años más tarde en sus memorias Antonio Alcalá Galiano, cuando escribía:
… todo pueblo no acostumbrado a la discusión templada y pacífica sólo quiere usarla como preliminar de actos dirigidos a ejercer el poder, los oradores del café Lorencini pretendieron ser no una reunión de individuos sueltos, sino un cuerpo deliberativo. Así es que enviaron diputaciones al Gobierno, pidiendo no menos que excluir del ministerio a uno de los que le componían, al ministro de la Guerra, marqués de Amarillas.43
El debate parlamentario que precedió a la reforma profundamente restrictiva de las sociedades patrióticas hizo patente cómo los líderes moderados asimilaron las sociedades a las juntas revolucionarias, otorgándoles capacidad política y representativa. Los moderados insistieron en que, una vez consolidado el cambio político, aquellas sociedades dejaban de ser necesarias, y las tacharon de cuerpos políticos que intermediaban entre los ciudadanos y la máxima representación de la soberanía nacional, las Cortes.44 Durante la primera legislatura del Trienio, los diputados moderados impulsaron una comisión para promover una ley que regulara el funcionamiento de las sociedades patrióticas. Nicolás Gareli, miembro de aquella comisión, argumentó contra las sociedades diciendo que su naturaleza era artificiosa, característica de situaciones revolucionarias o excepcionales, como también lo fueron las juntas provinciales, y, como estas, tenían que desaparecer con el triunfo del liberalismo. Juan Álvarez Guerra, otro de los miembros de la comisión, censuró las sociedades al considerarlas una forma de representación política, por lo que indefectiblemente se abría un conflicto entre la legalidad constitucional, las instituciones y la degeneración revolucionaria, las sociedades. Los moderados desacreditaron las sociedades patrióticas mencionando insistentemente la comparación con los clubes franceses y los mítines ingleses.45 Estas opiniones se difundieron ampliamente a través de los artículos publicados en la prensa y los opúsculos dedicados a las sociedades patrióticas, que las definían como espacios de representación en los que los ciudadanos coaccionaban a las autoridades «sin elección ni nombramiento alguno que les haga depositarios de la confianza de sus conciudadanos».46
La réplica inmediata vino de la mano de Francisco Martínez Marina, quien intentaba evitar que se legislara sobre las sociedades patrióticas, aduciendo que eran de origen español y, por lo tanto, podían ampararse en la pretérita legislación nacional de los siglos XIV y XV que garantizaba las reuniones de las hermandades.47 Los diputados exaltados añadieron dos argumentos para responder a los moderados: las mujeres y los artesanos podrían saldar en ellas su déficit de formación política, y las sociedades patrióticas forjarían la opinión de los ciudadanos ayudando a consolidar la revolución. A pesar de los esfuerzos de la minoría exaltada de la cámara, el decreto de sociedades patrióticas fue aprobado el 21 de octubre de 1820 y significó la desaparición de la mayoría de las sociedades, que solo reaparecieron cuando se adaptaron a las restricciones formuladas por la ley. A las Cortes llegaron centenares de peticiones de ciudadanos con el fin de conseguir una mayor claridad en las condiciones y el alcance de la ley de sociedades patrióticas para evitar la arbitrariedad con la que actuaban los jefes políticos en las provincias. A pesar de ello, todas las peticiones fueron desestimadas por la comisión y no llegó a reabrirse el debate parlamentario.
El Gobierno, durante la legislatura extraordinaria de 1821-1822, instó a las Cortes a debatir tres proyectos de ley que restringieran la libertad de expresión de los ciudadanos: la libertad de imprenta, el derecho de petición y las sociedades patrióticas. Los dos primeros fueron aprobados y el final de la legislatura impidió la sanción del último. Los ciudadanos, desencantados por los reiterados fracasos de reformar la ley de 21 de octubre y ante la amenaza de una legislación todavía más restrictiva, decidieron emprender una vía más pragmática y aprovechar todas las disposiciones legales para garantizar que no se cerraran las sociedades y se abrieran nuevas. El cambio de rumbo político de la cámara después del verano de 1822 supuso que en la legislatura de 1822-1823 fuera aprobada una nueva ley de sociedades patrióticas, el 1 de noviembre de 1822, que amplió su autonomía e incentivó la apertura de nuevas sociedades o tertulias patrióticas. A finales de 1821 y gradualmente, las sociedades patrióticas reabrieron sus puertas, y a lo largo del año siguiente se convirtieron en el espacio vertebrador de la identidad política del liberalismo exaltado, en el que confluían un liberalismo popular, marginado del sistema político, y el revolucionario, que insistía en desacreditar y presionar a las autoridades a través de distintas formas de movilización política. Después del golpe de estado del 7 de julio de 1822, el liberalismo gubernamental emprendió una deriva exaltada que facilitó un cambio en la ley de sociedades patrióticas para blindar su autonomía política, lo que hizo que surgieran decenas de ellas en toda España. Las nuevas sociedades tenían una clara vocación representativa del conjunto de la ciudadanía, más allá de los límites impuestos por la legalidad constitucional, por lo que en ellas también se reunían los excluidos de la condición de ciudadanos, como eran mujeres, jóvenes menores de veintiún años, extranjeros, criados o jornaleros, entre otros.
El acceso a la mayoría de las nuevas sociedades era gratuito y la cuota de socio era inferior a la suscripción de un periódico; además, en ciudades como Barcelona los oradores que subían a la tribuna a menudo pronunciaban sus discursos en catalán para enfatizar que se dirigían a los estratos más populares de la ciudadanía, aunque estos conocieran la lengua castellana. El catalán fue la lengua del liberalismo popular y reinó en la oralidad de los revolucionarios catalanes, así declamaron discursos y cantaron himnos, y hubo incluso una versión en catalán del famoso Trágala.48 Generalmente, los periódicos no reproducían las peroratas en catalán pronunciadas desde las tribunas de la tertulia patriótica de Barcelona y solo copiaban bandos, arengas o discursos que las autoridades dirigían a los sectores populares, especialmente los de las zonas más rurales. Eran pocos los periódicos que incluían secciones fijas escritas en catalán. Uno de ellos fue el bisemanario barcelonés La Voz del Pueblo, publicado en 1822, cuya primera página la dedicaba a explicar los artículos de la Constitución de 1812 en lengua provincial,49 como decían los redactores del Diario Constitucional, Político y Mercantil de Barcelona:
Mientras la ilustración a la sombra de las instituciones liberales no se extienda entre las clases llamadas ínfimas, especialmente entre los labradores, será siempre preciso acudir, para darse a entender a nuestro idioma vulgar, y no dudamos que este discurso impreso y difundido por las poblaciones pequeñas daría mejores resultados que pronunciado en una tribuna de sociedad patriótica erigida en una población industriosa y grande; y por lo mismo más ilustrada y conocedora de la lengua nacional.50
Excepcionalmente, mujeres, extranjeros, artesanos o jornaleros subieron a las tribunas de las sociedades o tertulias, aunque fue más habitual que los oradores se hicieran eco de las demandas de estos colectivos presentando soluciones al desempleo, a la subida de precios de los productos de primera necesidad o al contrabando. Los oradores propusieron la creación de un fondo de beneficencia para ayudar a los damnificados de la crisis económica, la formación de una sociedad para evitar los abusos del sistema judicial, la suscripción popular para financiar los gastos de la Milicia Nacional Voluntaria, la contratación de obras públicas para emplear a jóvenes y jornaleros desocupados, la imposición de un máximo en los precios de los productos básicos de consumo51 y la adopción de todo tipo de medidas contra el contrabando. Todo ello reforzó la convicción entre los asistentes a las tertulias de que una de sus funciones era la de dar voz a los excluidos de las instituciones liberales que tampoco tenían la capacidad para influir sobre ellas. Las sociedades patrióticas, a finales de 1822, en particular la Tertulia Patriótica de Lacy en Barcelona y la Landabarunia de Madrid, celebraban sus sesiones en antiguos conventos desamortizados que administraban temporalmente los ayuntamientos. La iglesia u otras dependencias de los conventos eran grandes espacios que facilitaban una concurrencia masiva de ciudadanos, que en ocasiones superaba el millar. En Barcelona, centenares de milicianos del primer regimiento se agolpaban en los lugares reservados al público y los menos en el de los socios, insuflando popularidad a las reuniones de la Tertulia Patriótica de Lacy, en las que se amontonaban ciudadanos de distintos orígenes sociales.52 La diversidad social, junto con la representatividad política, fueron los dos elementos substanciales para la conformación de la identidad política del liberalismo exaltado, basada en la universalización de la condición de ciudadano, la movilización constante del pueblo, la identificación permanente con este y la recreación del ejercicio de la soberanía nacional asimilado a la acción política del ciudadano.53
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