Kitabı oxu: «Identidad y disidencia en la cultura estadounidense»

Şrift:

IDENTIDAD Y DISIDENCIA

EN LA CULTURA ESTADOUNIDENSE

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

http://www.uv.es/bibjcoy

Directora

Carme Manuel

IDENTIDAD Y DISIDENCIA

EN LA CULTURA ESTADOUNIDENSE

Candela Delgado y Cristóbal Clemente, ed.

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

Identidad y disidencia en la cultura estadounidense

© Ed. Candela Delgado y Cristóbal Clemente

1ª edición de 2013

Reservados todos los derechos Prohibida

su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-152-9

Imagen de la portada: Sophia de Vera Höltz

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Índice

CARMELO MACHÍN Prólogo: Las paradojas de la política estadounidense: de George W. Bush a Barack Obama

CANDELA DELGADO La insalvable frontera de la nación estadounidense: la aislada identidad sureña en la literatura norteamericana

JESÚS LERATE DE CASTRO Naturaleza y medioambiente: De la Escuela del río Hudson a Moby-Duck

JUAN MANUEL GÓMEZ Arte dramático en los Estados Unidos: mitos y realidades de la formación actoral

YIYI LÓPEZ GÁNDARA La ruptura como eje vertebrador de la primera vanguardia norteamericana

Mª ÁNGELES TODA IGLESIA ¿Ritos Comunes? Etnia, género y adolescencia en las novelas estadounidenses de formación

ALFONSO CEBALLOS MUÑOZ Unidos pero no revueltos: la identidad gay en el teatro norteamericano contemporáneo

MAR GALLEGO DURÁN La reinvención de Estados Unidos a través de las escritoras y críticas afroamericanas contemporáneas

INMACULADA GORDILLO Diversidad y ruptura en el cine norteamericano contemporáneo

Prólogo

Las paradojas de la política estadounidense:

de George W. Bush a Barack Obama

Carmelo Machín

“Los Estados Unidos son un mundo que merece la pena conocerse”. Esto, ni más ni menos, es cuanto me gustaría decir como introducción al conjunto de trabajos al que estas pocas líneas sirven de presentación. Como introducción y como conclusión. Tecleo la frase en el buscador de Google para comprobar quién antes que yo ha escrito semejante obviedad y veo, perplejo, que nadie lo ha hecho. Me apunto, pues, la frase como propia y os la regalo a cuantos queráis hacer uso de ella libremente porque creo que es cierta. La repito y la resalto para hacerla más visible.

El hilo conductor de los ensayos de este volumen que han editado Candela Delgado y Cristóbal Clemente ha sido la “diversidad y la ruptura” en la literatura y la cultura de los Estados ¿Unidos?, entre signos de interrogación, para sugerir la permanente búsqueda y cambio que el país, u otro posible término que se desee atribuir al mismo, experimenta desde sus orígenes y seguirá experimentando mientras exista. Creo que es un hilo conductor sugerente que, de la mano de sus autores, nos conduce por la historia, el cine, la literatura y el arte en general de los Estados Unidos, a través de conflictos como la esclavitud, la relación de sexos, la lucha norte/sur, en definitiva, la historia.

“La creación de los Estados Unidos es la más grande de las aventuras humanas” (23), afirma el historiador Paul Johnson en el inicio de su obra Estados Unidos: la historia.1 Y, aunque puede resultar excesivo, no le falta razón ya que supone lisa y llanamente que un “puñado” de colonos aventureros visionarios consiguieron crear el hasta ahora imperio más poderoso del mundo a partir de muy poco y en muy poco tiempo. Alrededor de trescientos años hay desde que el navegante inglés Walter Raleigh puso sus pies en lo que ahora es el estado de Virginia hasta que los ya independientes Estados Unidos, en Cuba, en 1898, derrotaron y sustituyeron a España como gran potencia en la zona. Norteamérica quedó para los norteamericanos.

Desde ese año hasta nuestros días, un poco más de otro siglo, los Estados Unidos se han convertido una de las primeras potencias económicas, militares, industriales, científicas, culturales, artísticas y algunos adjetivos más. Es cierto que en este camino hacia su triunfo los Estados Unidos han dejado también un reguero de destrucción que comienza al mismo tiempo que su epopeya y que llega hasta estos momentos en los que, tal vez, ha iniciado su declive, como otros imperios antes que él. El exterminio de los pueblos indios en primer lugar y la esclavitud después son dos pecados originales, dos rupturas, que acompañarán siempre esta sin duda gran aventura humana. No las únicas, pero sí las más importantes.

Luces, sombras, hazañas, crímenes, logros, desastres y todos los múltiples puntos intermedios que existen entre estos extremos se cuentan por miles en la historia de los Estados Unidos. Y todos ellos, o casi todos ellos, están documentados y son accesibles sin demasiadas dificultades a quien esté interesado. Un ejemplo, sólo uno, de este poderío cultural es la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, una de las más grandes instituciones del mundo, en el corazón de la democracia del pueblo americano. ¿Hay algún otro estado en el mundo en el que estos dos pilares de la sociedad, el poder democrático y la cultura, estén tan unidos? Es posible, pero yo no lo conozco. He hecho la pregunta en público y alguien me ha sugerido que tal vez el Vaticano pudiera ser algo parecido…. Si fuese un estado democrático, que evidentemente ni lo es ni lo ha sido y mucho tiene que cambiar para que alguna vez lo sea.

Los Estados Unidos son un mundo que merece la pena conocer y, añado ahora un nuevo verbo, merece la pena estudiar. Y los nueve trabajos a los que estas torpes palabras sirven de presentación pueden ser un buen comienzo para quien se inicie con ellos en el camino de conocer los Estados Unidos, o un buen complemento para los ya iniciados. Hay que leerlos. Algunos de ellos proceden de un seminario celebrado en la Universidad de Sevilla en septiembre de 2012. Pero falta el que yo en aquel encuentro dediqué a “Las paradojas de la política estadounidense: de George W. Bush a Barack Obama”. No está porque soy un vago empedernido, me cuesta mucho esfuerzo ponerme a escribir y casi nunca quedo satisfecho con lo escrito. Además, como sucede siempre con el periodismo, el paso del tiempo deja viejo, muy viejo nuestro trabajo a veces en cuestión de minutos. Pero aprovecho esta oportunidad para esbozar y recordar a muy grandes rasgos mi experiencia personal como corresponsal de Televisión Española en Washington D.C., la capital, que no el alma, de los Estados Unidos. Aquellos años y aquel trabajo me permitieron ser testigo de este nuevo cambio experimentado por la sociedad norteamericana, aunque no acabo de tener claro si fue una ruptura o una más de las muchas variaciones constantes de aquella sociedad tan conservadora y tan cambiante al mismo tiempo.

Llegué un día de junio del 2004, cuando el país —o por lo menos su parte WASP— lloraba la muerte de Ronald Reagan y se preparaba para reelegir a George W. Bush. Me marché en agosto de 2009, cuando Barack Obama, el primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos, llevaba más de medio año en el cargo. El país al que llegué era, por tanto, bastante distinto del que dejaba a mis espaldas y el cambio se había producido en apenas cinco años.

La caída de George W. Bush desde el pedestal de popularidad al que ascendió tras los atentados del 11 de septiembre estuvo provocada, sobre todo, por la guerra de Irak. Ahora está claro que fue una guerra de elección, en la que Bush y sus asesores se metieron porque quisieron; sin tener el apoyo de esas “razones de estado” con las que los poderosos intentan justificar las guerras. Un error de cálculo que se saldó con una tragedia para el pueblo iraquí y el mundo, y con una derrota para los Estados Unidos.

Y si hay algo que la historia difícilmente perdona son las derrotas. Si añadimos la pésima actuación que la administración Bush tuvo frente a la catástrofe del huracán Katrina, más la crisis financiera que estalló en su último año de mandato y que todavía nos ahoga, hay pocas dudas de que el final del ciclo republicano había llegado a su fin y que el próximo inquilino de la Casa Blanca sería un demócrata. “Una demócrata” para ser más exactos, llamada Hillary Clinton.

La gran pelea de aquella campaña no fue demócratas y republicanos, los dos partidos de poder en los Estados Unidos, sino entre dos candidatos a la presidencia del partido demócrata, que, además, se presentaban bajo una de las pancartas que más atrae a los norteamericanos: ser los primeros, hacer historia. Hillary, la primera mujer, frente a Barack, el primer negro, ambos compitiendo por la presidencia de los Estados Unidos.

Cinco años después de aquella lucha de titanes todavía resulta difícil explicar con claridad cómo aquello fue posible. Hillary Clinton tenía prácticamente todo a su favor: el mejor equipo electoral, todo el dinero necesario y el viento de la historia.

La personalidad de Barack Obama y su oratoria entre doctor y predicador tuvieron sin duda mucho que ver en su victoria, especialmente en los momentos complicados de la campaña cuando fue capaz de salvar con limpieza escollos que parecían imposibles. Y hay que citar el llamado “discurso de la raza”2 pronunciado el 18 de marzo en Filadelfia, con el que desactivó la mina que para su carrera suponía el hecho de que el pastor de la parroquia a la que él y su familia iban, en Chicago, defendía unos puntos de vista indefendibles3 para el americano medio.

Pero también influyeron mucho en la victoria de Obama otros factores como el equipo de geniales “segundones” que le llevaron la campaña y que se empeñaron en derrotar a los especialistas números uno que Hillary había contratado; sin olvidar el hecho de que los Clinton, Hillary y Bill, tenían tantos enemigos acérrimos como fieles seguidores y despertaban filias y fobias casi a partes iguales. Frente a la esperanza que Barack Obama intentaba repartir, Hillary en algunos inspiraba miedo.

Pero si buscamos el factor determinante y clave en la llegada del primer negro a la Casa Blanca, le tenemos que situar en Iowa, el estado que tal vez mejor representa la Norteamérica profunda, blanca, netamente conservadora, y cuya mayor aportación al sistema, al margen de producir maíz, es decidir quién puede y quién no puede ser presidente de los Estados Unidos. Y en el caso que nos ocupa, el duelo Clinton-Obama, un friísimo día de enero de 2008, Iowa dio la victoria a Obama y lo invistió como “presidenciable”. A partir de ahí, algunos sectores del electorado americano, empezando por los negros hasta entonces reacios en su mayor parte a creer que el sueño de Obama fuese otra cosa que un sueño, empezaron a creer en Obama y a votar por él.

El duelo fue largo, muy largo, no siempre noble y limpio pero sí interesante y preñado de emociones, y acabó inclinándose por Barack Obama un sábado de junio del año entonces en curso, 2008, cuando Hillary Clinton arrojó finalmente la toalla.

La elección de Barack Obama frente al candidato republicano John McCain fue más un trámite que un duelo y se saldó con una contundente victoria de Obama, que podía haberse cantado en cuanto se supo que New Hampshire había votado por él. Y eso se supo muy pronto. Si las televisiones aguantaron algunas horas más sin cantar victoria fue por respeto y, sobre todo, por miedo a volver a equivocarse como sucedió ocho años antes, en el duelo Bush-Gore, cuando los resultados en Florida fueron tan dudosos (todavía lo son) que hubo que esperar semanas para declarar ganador.

¿Fue una “ruptura” la elección de Obama o un “cambio” como en su día lo fue la elección de J.F. Kennedy, el primer presidente católico en la historia de los Estados Unidos, y lo será más pronto que tarde la elección de la primera mujer?

Con la perspectiva que dan los cuatro años que Barack Obama lleva de presidente y sabiendo ya que continuará por otros cuatro más, no es arriesgado afirmar, creo, que Barack Obama no supone una ruptura aunque sí suponga un gran cambio. Los americanos, una sociedad profundamente religiosa y conservadora en general, huyen de los grandes cambios. El propio sistema político, ideado para escapar del Impero británico, está plagado de controles y equilibrios que dificultan mucho los cambios radicales. El presidente de los Estados Unidos es, sin duda, uno de los hombres más poderosos de la tierra en estos momentos, pero tiene siempre que contar con los otros poderes, empezando por el Congreso, siguiendo por los estados, el Tribunal Supremo, etc y los intereses de los Estados Unidos que no suelen cambiar de la noche a la mañana. Y no olvidemos que los imperios no tienen ni amigos ni enemigos; tienen intereses.

De cara al mundo exterior, los cuatro años de Barack Obama en la presidencia no han sido muy distintos a otras presidencias. Y en los Estados Unidos el único gran cambio de la presidencia ha sido la reforma sanitaria, que ha conseguido extender la atención médica a todos los ciudadanos. Desde un punto de vista europeo y hasta universal, llamar “ruptura” a este importantísimo avance social suena excesivo.

Pero hay algo que sí ha cambiado de forma radical con la presidencia de Barack Obama y que supone una completa ruptura con el pasado de los Estados Unidos: la familia presidencial. Barak, su esposa Michelle y sus hijas Sasha y Malia presentan ante el mundo una imagen que rompe con el pasado. Descendientes de esclavos (Barack Obama no lo es pero sí lo son su mujer y sus hijas) ocupan ahora el vértice más alto de la sociedad norteamericana y sirven de modelo a esa misma sociedad en la que hace unas décadas tenían prohibida la entrada.

Recomiendo encarecidamente la lectura atenta de los trabajos que vienen a continuación sobre todo porque, como decía al principio, los Estados Unidos son un mundo que merece la pena conocerse.

1 Paul Johnson, Estados Unidos: la historia. Trad. Fernando Mateo y Eduardo Hojman. Barcelona: Javier Vergara Editor, 2001.

2 Barack Obama, “Discurso sobre la raza”. Trad. Alberto Supelano. Revista de Economía Institucional. Vol. 10, nº 19 (Segundo semestre, 2008): 385-396.

3 El pastor Jeremiah Wright declaró que la politica exterior estadounidense y la intensa lucha contra el terrorismo únicamente podían generar más violencia; sugeriendo así que la nación debía por tanto aceptar las consecuencias de sus acciones como inevitables.

La insalvable frontera de la nación estadounidense:

la aislada identidad sureña en la literatura norteamericana

Candela Delgado

En un trabajo minucioso de arqueología cultural en la historia de los Estados Unidos de América, se detecta sin dificultad que su sociedad nunca ha producido obras de arte, independientemente del género, que representen una identidad global homogénea. La cohesión que exporta la nación se torna cuestionable al percibir la fractura que aleja el Norte y el Sur del país. Dicha fragmentación comienza ya en los primeros estadios de la formación de la sociedad americana como tal. El continente americano del norte no puede borrar de su pasado los acontecimientos violentos que han contribuido a forjar su propia identidad, en la que han dejado cicatrices visibles. Toda nación pretende silenciar pasajes ignominiosos sin éxito, pero el intento se dificulta cuando precisamente los productos culturales que dan honra a la entidad social y política versan, reiteradamente, sobre aquello que en el proceso de construcción propia se quiso ignorar.

Al respecto, el primer caso claro en los Estados Unidos lo constituye el trato dado a las culturas nativas, aquellas que fueron acosadas, aisladas y sometidas a ocultación en el sistema de reservas. La diversidad, sin embargo, prevalece con persistencia y firmeza tanto en la conciencia del ciudadano como en el imaginario popular. En particular, este artículo se preocupa de analizar la dualidad Norte/Sur, distinguida por sus desemejanzas.

Al plasmar en narraciones, bien orales o escritas, los testimonios de los hombres y mujeres que experimentaron la creación y el desarrollo de las colonias en estados y estos en nación, se puede observar que tanto el Norte como el Sur comparten la mencionada herencia de desolación. Dichos testimonios, recogidos en crónicas o relatos de ficción, muestran la complejidad de un proceso en el que conviven la voluntad colonizadora, las diferencias según territorios y la resistencia de las culturas indígenas. El colono que se esfuerza por crear una nueva civilización en Jamestown, Virginia, a principios del siglo XVII, se ve rodeado de un entorno extraño en el que no halla significantes adecuados para representar, por un lado, los nuevos elementos que encuentra, y por otro, los híbridos culturales que se van creando.

Así, la herencia literaria norteamericana deberá convivir con un sentimiento de culpa, derivado del exterminio o deterioro de valiosos bienes culturales e, igualmente, superar las carencias de una civilización reciente que sufre cambios continuos y muy acelerados. Este último factor provocará una tendencia al recuerdo obsesivo de los orígenes; una perpetua nostalgia transmitida en el futuro a generaciones que, paradójicamente, experimentarán tristeza por la ausencia de una patria, un paisaje y costumbres que ni siquiera llegaron a conocer. Por lo tanto, al convertirse este padecimiento moral en una parte integrante del folclore nacional, se reflejará, inevitablemente, en su producción artística.

La culpa y sentimiento de melancolía constante perduran como legado común a todos los estados, si bien ambas características se acentúan en las regiones del Sur. Se pueden identificar hechos y procesos fácilmente perceptibles en el pasado de esta región de los Estados Unidos que marcan de manera progresiva una narrativa de identidad, unas pretensiones y actitudes sociales y culturales muy diversas a aquellas del Norte, siendo además esto producto de un esfuerzo consciente de aserción de independencia.

El Sur exento desde el origen

Retomando el periodo colonial y el mencionado Jamestown, se advierte en este territorio la imposición de unas estructuras sociales y económicas que encauzan al Sur, desde sus principios, en una dirección diferente a las colonias del Norte. A medida que fueron creciendo las colonias del sur a lo largo del siglo XVII, se establecieron como cultivos preferentes el tabaco, el algodón y el arroz, con una mano de obra dependiente de la servidumbre y la esclavitud de nativos americanos, africanos y blancos carentes de propiedades o soporte económico. En los primeros escritos de americanos se describe al esclavo como un ser carente de humanidad:

[E]sto sugería simultáneamente que el esclavo era incapaz de ser leal, bondadoso o de experimentar la felicidad —o la compasión. De este modo pasaba a representar la pesadilla sureña de insurrección de los esclavos, criaturas que podían levantarse en la noche y asesinar a sus amos y a sus familias sin ningún tipo de compasión o sentimiento.1 (Taylor, 7)

Con el avance de la institución de la esclavitud, surge el ideal de la plantación sureña, sustentada en gran medida por el comercio de vidas humanas, con la aparición y desarrollo conjuntos de una alta burguesía terrateniente y feudal, que en un principio, imitaba las maneras y costumbres de la nobleza inglesa. Este aspecto primario marcará el mito del Sur y, obviamente, las visiones románticas del mismo que procurarán redefinir estos comienzos como un paraíso que jamás se debió haber perdido. Pero, del mismo modo, se convertirá en un estigma que durante los siglos venideros deberá aprender a articular, integrando estrategias en su retórica que excusen esta parte de su historia, hasta elaborar incluso exaltaciones enmascaradas de la misma a través de retrospectivas idealizadas. Sin embargo, resultará innegable, en un análisis histórico del Sur, la siguiente declaración de William Harris: “Fue la alianza entre la esclavitud de africano-americanos y la economía de la plantación lo que funcionó como cimientos para la creación del Sur” (23).

Aunque diferentes historiadores aseguran que la plantación, como base de la economía sureña, resultó un lastre para su desarrollo en comparación con el Norte, parece innegable que paralelamente aseguró la extrapolación de la estratificación social al sistema jurídico, con la creación de leyes que afianzaron la supremacía blanca. La paradoja de este rasgo histórico de los Estados Unidos quedará plasmada en el proceso de gestación de la Declaración de la Independencia (1776), una vez que las sociedades coloniales evolucionaron, reconociendo una mayor necesidad de autorregulación. Thomas Jefferson como redactor principal y tercer presidente de la nación, ejemplifica bien esta incongruencia, pues teniendo origen sureño, poseía esclavos pero rechazaba públicamente la esclavitud, si bien mostrando su naturaleza racista al establecer comparaciones entre ambas razas, tanto en carácter y emociones como en anatomía, en una tentativa de racionalizar su concepto racial tanto desde el punto de vista psicológico como del científico. Así afirmaba lo siguiente de los africano-americanos, adjudicándoles características animales: “segregan más por las glándulas de la piel y menos por los riñones, lo que les da un olor fuerte y desagradable [. . .] sus penas son transitorias” y “su existencia parece basarse más en sensaciones que en reflexiones” (cit. en Magnis, 494).

Por lo tanto, la carrera hacia la independencia incluía una contradicción inherente que gradualmente produjo el desdoro del Sur como principal usuario y productor de la esclavitud. Aunque, por supuesto, la representativa e influyente aristocracia sureña llenó sus escritos de discursos elaborados que se esforzaron en disfrazar lo aberrante de esta ideología o en excusarla, como en la cita previa, mediante discursos adoctrinantes y demagógicos que apelaban al miedo ignorante de la raza blanca.

Un amplio número de escritos retrataron la desigualdad social, como en las cartas ficticias de William Wirt, escritor de Maryland, donde critica Virginia desde los ojos de un supuesto espía británico, quien proporciona la siguiente descripción:

Creo que no existe ningún otro lugar en el que la propiedad esté distribuida de manera más desigual que en Virginia. […] Aquí y allá se pueden ver majestuosos palacios aristocráticos, con todos sus accesorios, llamando la atención, mientras alrededor, en millas, nada más que chozas que echan humo y cabañas de madera de pobres trabajadores ignorantes en alquiler. (100-1)

En la ironía de estas líneas, que causaron un gran interés en su publicación, se mencionan otros rasgos distintivos del Sur que no favorecieron tampoco su integración en el discurso mayoritario del Estado nacional. El supuesto espía retrata una economía estancada, muy polarizada y muy dependiente del sistema agrícola de la plantación, sin apenas industria y con una población empobrecida. Todo esto unido a la presencia de una elite que incrementaba sus posesiones. Igualmente, el texto señala la sensación de extrañamiento que un ciudadano del Norte experimentaba en un Sur que le resultaba atrasado con respecto al sistema educativo y económico propio. Dicha sensación sólo constituye el principio de una oposición entre un Norte democrático y un Sur clasista y primitivo, que ya quedaba delineada incluso antes de la independencia. De este modo, se comienza muy temprano a proyectar en la literatura una imagen decadente de esta región a la que escritores como Henry David Thoreau, por ejemplo, llegaron a calificar más tarde de “hongo moral” (cit. O’Brian, 21).

El siguiente elemento que trazó una barrera infranqueable entre el Norte y el Sur, se puede identificar en crónicas que se centran en su entorno natural. Junto con el hecho de que el Sur, en el discurso de la independencia, ya comenzaba a convertirse en una parte desarraigada de la política mayoritaria y dominante en el resto del país, el paisaje sureño adquiría en el imaginario nacional una peculiar fuerza que debe ser recalcada. Las zonas de pantanos, por ejemplo, provocaban la elaboración de imágenes de misticismo y de elementos sobrenaturales. La descripción realizada por William Bedford Clark del Sur, desde la perspectiva del imaginario nacional, en su artículo de 1974 “The Serpent of Lust in the Southern Garden”, resulta relevante al enfrentar el pantano al mito dominante del idealizado Sur. Clark afirma que “en la mente de muchos americanos, existen dos Sur;” uno es “una tierra ideal de abundancia [. . .] habitada por gentes felices y hospitalarias para las que la vida es placentera y el placer es un modo de vida”. Y el otro Sur es un “mundo de pesadilla de calor tórrido y asfixiante en el que pasiones incontrolables e insensibles actos de violencia se convierten en los síntomas visibles de una corrupción interna infecciosa; un secreto pecado que envenena los mismos cimientos de la vida sureña” (291). El calor húmedo de las zonas pantanosas, la oscuridad, que provoca un entorno de misterio amenazante y aguas estancadas asociadas a enfermedades, materializan las reacciones de rechazo al Sur.

De este modo, esta región comienza a adoptar asociaciones trascendentales alegóricas, que la cargan de connotaciones que permanecerán como recurso bien de crítica, como en el ejemplo precedente, o por el contrario, de inspiración. Así, la topografía es una barrera que aleja al Sur en sus representaciones artísticas, como en el siguiente poema colonial. Richard Lewis es considerado uno de los mejores poetas durante la consolidación del Nuevo Mundo. Alrededor de 1731, el escritor compone el poema “Comida para los críticos”, en el que describe el paisaje de Maryland:

[…]

el grácil cambio del escenario colorido

el rico bordado de la llanura verde

sus árboles y el crujir de sus ramas

los susurros silenciosos del aire al pasar

el solemne rugido de la caída de las cataratas

enviando un eco en murmullos de orilla a orilla

mezclado con la música del coro alado

hacen despertar la imaginación y el fuego del poeta.

[…]. (cit. Jehlen y Warner, 1046)

La descripción pastoral evoca un mundo idealizado y con matices espirituales que parecen llamar a los bienaventurados y a las musas. En resumen, una descripción que en nada coincide con la despectiva categorización de Thoreau, mencionada anteriormente, en la que el Sur se presenta como el origen de una infección que podía acabar con la bondad y las artes del país en formación. Ésta, de hecho, será una crítica recurrente referida al Sur: un territorio presentado como la rémora económica y cultural de los Estados Unidos.

Como consecuencia de estos principios, la unión de los trece estados, una vez firmada la paz tras la guerra de la independencia con el Tratado de París en 1783, no acabará con las relaciones conflictivas entre el Norte y el Sur. Teniendo esto en cuenta, podemos afirmar el gran error cometido por Thomas Paine en Common Sense en 1776 donde afirma que aquellos que temían que la independencia pudiera llevar a una guerra civil hablaban sin conocimiento (39). De este modo, las diferencias regionales y la influencia de los conflictos y cambios en Europa separaron de manera irreversible a las dos mitades norteamericanas como identidades opuestas, culminando años más tarde, entre 1861 y 1865, en la guerra civil de los Estados Unidos.

La paradoja reside en el hecho de que el rechazo percibido funcionará como lazo de unión entre las comunidades sureñas, alimentando un espíritu separatista y una visión de uniformidad interna. Wilbur J. Cash, uno de los autores más influyentes con su obra sobre el Sur, escribe en The Mind of the South (1941) lo siguiente: “el sentimiento de comunidad y la uniformidad en sus orígenes, [. . .] ayudó a cortar a todos los hombres según un único patrón [. . .] y el efecto final del mundo de la plantación fue unirles con un único objetivo que fue defendido con una intensidad peculiar” (91).

De hecho, este sentimiento de colectividad y el fiero orgullo que sentían por su identidad activará los primeros discursos que anunciaban intenciones de secesión y lucha en contra del concepto de democracia ideal en el que no tenían cabida el racismo y las fuerzas discriminatorias. Éstas fueron descritas en la novela Uncle Tom’s Cabin de Harriet Beecher Stowe, publicada en 1852. Aunque su trabajo se ha criticado extensamente por contener una propaganda simplista y obvia, llena de estereotipos despectivos, personajes planos y argumentos y diálogos predecibles, representa, aún así, un retrato de la antigua mentalidad de este país. La autora no consigue eludir el tono adoctrinador del narrador en tercena persona que, frecuentemente, interrumpe el ritmo del argumento para incluir sus valoraciones éticas y reflexiones religiosas. Es interesante analizar cómo el dueño de los esclavos describe su actitud hacia los trabajadores:

Te diré de una vez, y para que te sirva de gobierno, que nosotros, los amos, nos dividimos en dos clases: en opresores y oprimidos. Los que están dotados de un buen corazón y detestan la severidad se exponen a graves inconvenientes. Tenemos por precisión que alimentar a una cáfila de perezosos é ignorantes y que sufrir, por consecuencia, todos sus defectos. Vemos también, aunque raramente, amos dotados de un tacto particular para establecer el orden doméstico, sin necesidad de recurrir á medidas rigurosas, pero yo no pertenezco a esta clase. [. . .] No quiero castigar ni hacer apalear á esos desgraciados, cuya triste condición les hace ya demasiado infelices; con todo debo añadirte que ellos lo saben, y abusan casi siempre de mi indulgencia. (Trad. Orihuela, 161)

La primera frase de su parlamento resume de manera concisa la ironía de la perspectiva del hablante, quien percibe, en el hombre adinerado blanco, la existencia de un patrón sometido por aquellos que, en condiciones infrahumanas, eran explotados para mejorar la ya generosa situación de bienestar de la familia blanca. La corrupción de valores se sitúa en el esclavo africano-americano, mientras que la inocencia es presentada como virtud inherente al amo. Del mismo modo, la supuesta inteligencia del blanco percibe el intento de beneficio indebido del ignorante sirviente.

Por el contrario, como se mencionó en párrafos anteriores, el Sur previo a la guerra es despreciado con frecuencia por su actitud casi anti-intelectual por el resto de la nación, y aunque es cierto que la producción literaria del Sur hasta los 60 del siglo XIX no es prolífica, merece la pena mencionar que muchas de las obras producidas en estos años fueron creadas por mujeres. Una de las figuras más importante es la escritora sureña Augusta Evans Wilson que con frecuencia culpa al Norte por sus actitudes prepotentes y el desdén con el que trata al Sur. En su obra The Speckled Bird, culpa al Norte por haber aniquilado el paraíso que ella conoció con “el despiadado mildiú de la pobreza que robó el lustre del esplendor de antes de la guerra” (cit. Ayres, 231). Y así los escritores sureños se aferraron a esta imagen de un Norte infeccioso que acabó con la pureza del Sur que proporcionaba el deleite espiritual que podría haber sido el espejo de la nación. Resulta evidente que la percepción mutua de la mitad opuesta en el antagonismo Norte/Sur coincide. Ambos perciben al “otro” como una amenaza para el progreso de la entidad cultural.

Harriet A. Jacobs publicó en 1861 Incidents in the Life of a Slave Girl: Written by Herself. En estos escritos recoge sus memorias como esclava, detallando el maltrato y los abusos sufridos. El libro sigue siendo material esencial dentro de la protesta en contra de la esclavitud americana desde el punto de vista femenino. La voz narrativa traza el camino interminable hacia la libertad que no se logra únicamente al convertirse en un ciudadano independiente del amo, sino al conseguir ser dueña de su cuerpo. En el siguiente fragmento, la escritora parte de la pregunta base del alegato por la abolición y lo plantea desde una perspectiva minoritaria ya que el Norte ya no se presenta como la panacea para sufrimiento del sometido, pues se dibuja cómplice cobarde del Sur:

Admito que el hombre negro es inferior. ¿Pero qué es lo que lo hace inferior? ¿Es la ignorancia en la que el hombre blanco lo obliga a vivir?; ¿es el látigo torturador que azota su hombría hasta acabar con ella? ¿Son los fieros sabuesos del Sur y los sabuesos humanos del Norte apenas menos crueles, que imponen la ley del esclavo fugitivo [. . .] el hombre del Norte no es bienvenido al Sur de la línea Mason y Dixon a no ser que se reprima cada pensamiento y sentimiento que difiera de su “peculiar institución” y no es suficiente permanecer en silencio. Los amos no están complacidos a no ser que obtengan un mayor grado de sumisión que este. (45)

La escritora comienza con una enunciativa afirmativa que parece establecer el hecho de manera categórica para, a continuación, y mediante una serie de interrogativas, demostrar el error del que parte el dogma racista. La violencia, el aislamiento, la censura y el miedo son las armas mencionadas empleadas para mantener al esclavo sometido y para robarle su dignidad.

El intento de secesión y la reconstrucción del mito

El Sur se enfrentaba desde un principio a la guerra civil en desventaja por la ausencia de un ejército suficientemente organizado, habiendo partido del erróneo principio de que conseguirían la secesión sin grandes dificultades. Sin embargo, sus tierras, su economía y su ánimo se vieron rápidamente mermados, añadiendo a esto los incontables daños colaterales. Por lo que en las narraciones del conflicto bélico los sureños expresan su sufrimiento pero siempre culpando a las manos armadas salvajes del Norte.

Mary Boykin Chesnut, mujer de un oficial confederado, recoge en su diario su estancia refugiados en Carolina del Sur: “Estamos aquí encerrados, castigados mirando a paredes muertas, sin correo… Todos los ferrocarriles han sido destruidos y han desaparecido los puentes. Estamos desconectados del mundo aquí para morir de sufrimiento, consumiendo nuestros corazones” (542). Ante esta sensación de aislamiento, el sureño parece perder su alma y cae en la desesperanza ante un entorno en el que el progreso, simbolizado por el ferrocarril y el puente, ha sido destruido por una mano ajena. Al presentar el agente como pasivo, la estrategia de la redactora resulta efectiva al permitirle no incluir a los confederados como participantes activos en los destrozos.

Bien por omisión o por crítica despectiva explícita, el relato de los hechos desde el otro bando se encauza con la intención clara de establecer equivalencias entre el Sur y lo salvaje y el Norte y el progreso y la razón. Incluso, simplemente a través de la diferencia en el ecosistema y paisaje, pues ésta llevaba a los soldados del Norte a un estado de ostracismo psicológico; estas connotaciones se atribuyen a la naturaleza del Sur ya en textos que relatan la Revolución:

Las Carolinas y Georgia eran increíblemente salvajes en la época de la Revolución; exceptuando algunos tramos en los alrededores de las ciudades, que, en general, los partisanos Patriotas evitaban, la jungla quedaba siempre a tiro de mosquete [. . .] las montañas les obligaban a descartar todas las tácticas bélicas formales de la época, teniendo que ser adaptadas al entorno para que tuvieran éxito. (Weller, 123)

Por otro lado, independientemente del carácter radical de las imágenes que ambas partes sostenían del enemigo, se debe tener en cuenta que una de las características principales de las crónicas y remembranzas sureñas de la guerra civil es la reevaluación de la validez de los principios que los llevaros a reclamar la secesión, debido a las pérdidas sufridas y a la confluencia de argumentos conflictivos incluso dentro de los estados del Sur, por más que pretendieran presentarse como una unidad indivisible (Channing, 219). La existencia de diferentes grupos raciales y clases sociales significa que no todos los segmentos de la población podían abanderar los mismos principios. El blanco pobre, el aristócrata dueño de plantaciones y esclavos de varias generaciones componían un frente forzado que inevitablemente presentaba fracturas que dejaban entrever dudas sobre la identidad sureña como ente sólido. Este conjunto desordenado de intereses resultó en una doble pérdida, ya que como dice el reconocido historiador C. Van Woodward: “cuando los objetivos ideológicos se encuentran en conflicto con fines egoístas y pragmáticos, son los ideales los que tienen más posibilidades de ser sacrificados” (552-3). Por lo que los daños materiales, naturales y humanos deberán sumarse al deterioro de la pureza de convicción en los discursos acerca del conflicto.

Tanto en textos escritos por soldados de la Unión, como en la novela de la guerra civil de Stephen Crane, The Red Badge of Courage, como desde la perspectiva de sureños confederados como Gone with the Wind de Margaret Mitchell, se percibe la decepción, el terror y, sobre todo, el legado de tierras baldías, muertes e incertidumbre que las batallas dejaron en el país y, sobre todo en el Sur. Crane narra la experiencia traumática de la guerra en la que el joven soldado oscila de los espasmos de valor a una angustiosa catatonia; en ambos polos se imposibilita cualquier intento de contar la experiencia bélica con tonos generosos, soñadores o sentimentales:

El muchacho se hallaba paralizado por el horror. Miraba fijamente, lleno de agonía y asombro. Se olvidó de que se hallaba ocupado combatiendo el universo. Arrojó a un lado sus folletos mentales sobre la filosofía de los que se retiran y sus reglas para guía de los condenados. La lucha se había perdido. Los dragones avanzaban con pasos invencibles y continuos. El ejército, sin fuerzas en los espesos matorrales y cegado por la noche inminente, iba a ser devorado. La guerra, aquella bestia roja; la guerra, aquel dios henchido de sangre, iba a saciarse hasta hartarse. Algo en su interior le obligó a gritar. Sintió el impulso de pronunciar un discurso de aliento, de cantar un himno de batalla, pero sólo pudo lograr que su voz preguntara al aire: —Pero..., pero..., ¿qué... qué sucede? (Trad. Micaela Misiego, 101-2)

La inocencia del convencido inexperto se corrompe al experimentar la soledad, el pánico, la crueldad, el hastío, el agotamiento, el dolor y lo inhumano de la batalla.

Por el contrario Walt Whitman en su colección de poemas publicada en 1865 bajo el título Drum-Taps, incluye el poema “The Wound-Dresser” que endulza en la voz de un anciano un periodo de fracaso casi absoluto, si no fuera por haber significado el primer paso hacia la libertad de los ciudadanos africano-americanos. El veterano cuenta a su audiencia sus recuerdos entre heridos:

[…]

así en silencio, en proyecciones de sueños,

vuelvo, comienzo de nuevo,

me abro camino en el hospital,

el dolorido, el herido,

los calmo con mi mano que funciona como bálsamo.

Me siento junto a los pacientes agitados en la noche oscura,

algunos son tan jóvenes, otros sufren tanto.

Recuerdo la experiencia dulce y triste.

Muchos brazos afectuosos se han entrelazado alrededor de este cuello,

descansando, muchos besos de soldados habitan en estos labios barbados. (229)

El poeta es fiel en su retrato del padecimiento extremo y las condiciones pésimas, pero la comunión entre los participantes en el horror parece convertir ese capítulo del pasado en una experiencia merecedora de un relato. La participación de un proyecto común es una conocida táctica política y parte de la conciencia cívica de los Estados Unidos, que sigue presente en las reflexiones nacionales más recientes.

Mitchell, por otro lado, nos describe de la siguiente manera a su protagonista tras ver destruida la que fue la plantación de su familia:

Para Scarlett, el silencio de Tara era insoportable porque le recordaba demasiado vivamente el silencio mortal de toda la comarca que había tenido que atravesar aquel largo día de camino a casa desde Atlanta. La vaca y el ternero pasaban horas y horas sin exhalar un mugido. Los pájaros no piaban cerca de su ventana, e incluso la alborotada familia de estorninos que habían vivido entre el crujir constante de las hoja de los magnolios durante generaciones, no tenían canción aquel día. Scarlett arrastró una silla junto a la ventana abierta de su cuarto, que daba al camino principal de entrada, al césped y a los verdes pastos vacíos al otro lado del camino, y allí permaneció sentada, con la falda por encima de las rodillas y la barbilla apoyada en las manos sobre el alféizar de la ventana. Tenía junto a ella un cubo de agua del pozo, y de vez en cuando metía en él el pie ulcerado, haciendo una mueca de dolor cada vez que sentía la punzante sensación. (413)

La imagen de la mujer herida que contempla la desolación y la falta de toda compañía reflejan el venidero Sur del periodo de la Reconstrucción (1865-1877).

La intrusión del gobierno federal en el Sur durante este periodo, implicaba para los perdedores renegar de principios fundamentales. Por ejemplo, para poder ser aceptados en la Unión tenían que comprometerse a cumplir con la emancipación. La confusión de intereses contrarios, junto a la experiencia traumática de tener que redefinir su identidad política, social y cultural marcará dos caminos diferentes en la literatura del y sobre el Sur. Ciertos autores utilizarán la nostalgia como la musa para sus escritos en los que la mirada al pasado embellecía y camuflaba tanto las crueldades de las plantaciones y el Viejo Sur, como los desastres del conflicto. Otros optarán por críticas, en casos estereotipadas, en otros certeras, de los defectos de una sociedad rica en su folclore pero con errores imborrables.

En cualquier caso, los intentos radicales de intentar integrar al Sur en la conciencia y política de la nación no hicieron más que aumentar no sólo el rechazo de medidas hacia la igualdad como la decimocuarta enmienda de la Constitución Americana, sino incluso el aumento de actos violentos infligidos a los ciudadanos africano-americanos. Como consecuencia, la frontera ideológica se cerró aún más, haciendo que intentos abolicionistas previos siguieran siendo relevantes por las dificultades que debió afrontar dicha revolución. William Faulkner en su novela The Unvanquished, enfrenta a una serie de personajes en favor y en contra de los cambios impuestos y adoptados tras la guerra de secesión. Una joven que ha luchado con los confederados, Drusilla, afirma lo siguiente sobre un proyecto de igualdad social: “No es un sueño cosa demasiado segura de la que estar cerca [. . .]. Es como una pistola cargada con un gatillo de la firmeza de un cabello” (471). Cualquier propuesta de alteración del antiguo statu quo se recibía como exánime y, lo que es aún más llamativo, como peligrosa.

Por consiguiente, la Reconstrucción no se vivió como un camino de libertad sino de ocupación, en el que el Sur se comenzaba a diluir entre componentes del Norte. En un tono de humor el editor sureño de la revista Constitution de Atlanta, Henry Grady, describe de la siguiente manera el entierro de un granjero durante este periodo:

Lo enterraron en una cantera de mármol; sin embargo, pusieron una pequeña lápida sobre él que era de Vermont. Lo enterraron en el corazón de un bosque de pinos, pero la madera de pino del ataúd era importada de Cincinnati. Lo enterraron a tiro de piedra de una mina de hierro, aunque los clavos en su cofre y el hierro de la pala que cavó su tumba eran importados de Pittsburgh. Lo enterraron en un abrigo de Nueva York, en unos zapatos de Boston [. . .] bombachos de Chicago y camisa de Cincinnati. (cit. Carter, 49)

Una interpretación metafórica de esta irónica declaración pública en contra de un nuevo proceso de colonización por parte del Norte, desvela la queja y exigencia del autor. El periodista expresa su malestar por la hegemonía industrial y económica impuesta como una fuerza que esconde bajo tierra cualquier vestigio de cultura sureña.

En este periodo y de la interpretación distorsionada del sentimiento reprimido, surgen actos criminales movidos por la ignorancia visceral y el odio. El Ku Klux Klan, que nació en Tennessee en 1865, vive su clímax durante estos años. La obra The Clansman del sureño Thomas Dixon Jr., publicada en 1905, intenta, desde la exacerbación de la supremacía blanca, convencer al Norte de mantener la segregación racial. El escándalo y agitación que provocó su obra no sorprende al leer las siguientes líneas del escritor:

Por la raza negra únicamente siento lástima y compasión, a pesar de que cada gran convención de negros desde la publicación de mi primera novela histórica sobre el conflicto racial se ha complicado la vida denunciando que mis novelas caricaturizan y difunden calumnias sobre su gente. Su error es natural. Mis novelas son lecturas difíciles para los negros, y sin embargo, los negros, al denunciarlas, están denunciando inconscientemente a uno de sus mejores amigos. (8-9)

Es innecesario recalcar su intento de otorgarse la autoridad de restringir la libertad del que considera subordinado, con el objetivo de presentarlo como no merecedor de la calidad de ciudadano.

La decadencia ideológica y las continuas barreras encontradas por los abolicionistas se unieron con una economía desesperada por recuperarse. En ese intento asomaron una tendencia capitalista sin moral, un crecimiento en la producción industrial sin escrúpulos, especulaciones corruptas y sobreexplotación de recursos que proyectaban una aparente mejora y un lujo superficial que Mark Twain denomina “la época dorada”, es decir, que copia su color o lo asemeja mas no equivale al valor del metal precioso. Acuña el término en la obra escrita con Charles Dudley Warner, The Gilded Age: A Tale of To-Day, publicada en 1873 y situada en los años después de la guerra civil, satirizando la avaricia y corrupción de este periodo. Uno de sus personajes afirma: “Lo que el Sur necesitaba [. . .] eran trabajadores cualificados; sin ellos será incapaz de avanzar en sus minas, construir sus ferrocarriles, trabajar sus tierras fructíferas para sacarles partido y, sin grandes pérdidas, establecer fabricantes o entrar en una carrera industrial próspera” (150). Y a pesar de lo certero de este consejo, el Sur y sus agricultores y campesinos lucharán por preservar los valores asociados a la vida en la granja, las plantaciones y la convivencia con la tierra.

Así el Sur se adentra en el siglo XX y el conflicto con el Norte parece no apaciguarse. El autor Albion W. Tourgee le da voz a un veterano de la Unión en su novela A Fool’s Errand, describiendo la pugna política y cultural así:

[A]ntes de la guerra, era como una corriente de agua con rápidos enojados aquí y allá; luego, durante un tiempo, fue como una cascada espumosa; y desde entonces ha sido el amenazador, oscuro, profundo pero silencioso torbellino [. . .] con susurros enfadados, con corrientes invisibles y fuerzas escondidas, cuyo curso futuro no puede predecirse, sólo se puede saber que debe continuar. (379)

La inquietante descripción pesimista, tristemente, se cumple en la historia contemporánea del Sur.

El Nuevo Sur

No obstante, la denominación de Nuevo Sur sí demostraba ciertos cambios hacia políticas más justas y con cierto carácter progresista para favorecer la igualdad de las razas, en una rápida industrialización de estos estados, y un crecimiento de las zonas urbanas en deterioro de las rurales. Pero el absurdo aparece de nuevo cuando se analizan los datos del crecimiento de linchamientos en los años 20 en el sur de los Estados Unidos. Otra de las vergüenzas con las que tendrá que convivir esta región. El poeta Claude McKay dedica un poema “The Lynching”, de 1919, a dicha atrocidad:

[…]

El día cayó, y pronto la multitud plural llegó para observar el cuerpo espectral balanceándose al sol las mujeres llegaban en tropel para mirar, pero nunca ni siquiera una mostró pena es sus ojos de azul acero; y pequeños chiquillos, futuros ejecutadores de linchamientos, bailaban alrededor de aquella cosa terrible en regocijo diabólico. (176-7)

Una evolución económica, un cambio en infraestructura, y gestos propagandísticos hacia los derechos civiles no podían coexistir con tales atrocidades sin provocar un estancamiento social, incrementado por la Gran Migración de africano-estadounidenses a estados del norte y oeste del país en busca de mayores posibilidades de mejora en su calidad de vida y libertad. Todo esto, junto a la perduración de las leyes de segregación de Jim Crow, no ayudaron a evitar la nacionalización del término despectivo hill-billie, acuñado por The New York Journal en 1900, estereotipando al blanco sureño pobre como un individuo carente de intelecto, de naturaleza visceral y atávica, culturalmente estéril y degenerado. Por lo que aparece otro grupo social olvidado en el Sur, el pobre blanco, “La gente olvidada de Dixie” los llama Wayne Flynt.

La Gran Depresión de 1930 tendrá un impacto aún mayor en un Sur ya empobrecido, alejándolo aún más del Norte. El Sur, obviamente, no experimentó los locos años veinte de la manera que pudieron ser retratados por F. Scott Fitzgerald en The Great Gatsby y que fielmente retrata la escritora sureña Eudora Welty es su faceta como fotógrafa. Sin embargo, paradójicamente, entre los años 20 y 30 comienza el Renacimiento del Sur con William Faulkner como principal representante. En “A Rose for Emily”, el viejo Sur, representado por una casa, resiste a pesar de su innegable declive:

Era una casa de madera, grande, más bien cuadrada, que alguna vez había sido blanca; estaba decorada con cúpulas, agujas y balcones con volutas, según el airoso y pesado estilo de los setenta. Se ubicaba en la que antiguamente fue nuestra mejor calle, después invadida por talleres y limpiadoras de algodón que se inmiscuyeron e hicieron caer en el olvido incluso los apellidos más ilustres de ese vecindario. Sólo la casa de la señorita Emily seguía alzando su obstinada y coquetona decadencia por encima de los camiones de algodón y las bombas de gasolina —un adefesio entre adefesios. Y ahora la señorita Emily había ido a reunirse con los que otrora portaran aquellos ilustres apellidos en el lánguido cementerio de cedros, donde yacían entre las tumbas, ordenadas en filas y anónimas, de los soldados de la Unión y la Confederación que cayeron en la batalla. (Trad. Cecchi, 258)

El blanco sin lustre de la fachada de la casa, la dañada arquitectura con pretensiones que ahora yace en una zona urbana sin ningún prestigio, delatan los intentos elitistas de mantener elementos anacrónicos que resultan ya ridículos. Concluye el fragmento con la imagen de paz e igualdad de los bandos que únicamente se alcanza después de la muerte.

El poeta de Kentucky Allen Tate explica que el Sur reconoció a partir de los años 30 “que los Yankees no tenían la culpa de todo […] la leyenda del Sur de derrota y frustración heroica fue poseída por una docena o más de escritores de primera calidad y se convirtió en un mito universal de la condición humana” (536). Esta ligera intención de apertura al mundo y el enriquecimiento intelectual y cultural silencia las despectivas palabras del periodista Henry Louise Mencken en su controvertido artículo “The Sahara of the Bozart”, publicado en 1920, en el que desprecia así al Sur: “Allí abajo un poeta es algo tan raro como un músico que toca el oboe, un grabador de punta seca o un metafísico. Es, realmente, increíble contemplar tal vasta vacuidad… Es casi tan estéril artística, intelectual y culturalmente como el Desierto del Sahara” (<Sahara>).

Económicamente, las estrategias del New Deal de Roosevelt en los años 30 y la llamada Revolución Bulldozer en los 40, de naturaleza industrial y de maquinaria, mejoraron la situación del Sur. Además, muchas empresas que proveían de maquinaria y armas al ejército durante la segunda guerra mundial se instalaron en tierras del Sur, incrementando así su poder económico y sus puestos de empleo. De todos modos, las principales variaciones que tuvieron lugar fueron de apariencia más que de ideología. Incluso cuando el Sur aceptó estas renovaciones para sobrevivir en la economía nacional, el sentimiento era de rechazo. Edward King en sus diarios de viaje a lo largo del Sur entre 1873 y 1874, mientras trabajaba para el Scribner’s Monthly, ya atisbó lo perjudicial del avance tecnológico en el Sur:

Los ferrocarriles que ahora penetran el Sur en todas direcciones, y las prosaicas, aunque cosmopolitas, carreteras federales que, a ojos sureños, corren con tal irreverente ausencia de reparo por las fronteras de los estados, que aniquilan todo el sentimiento local, están, sin duda alguna, anulando la devoción de los derechos estatales. Viajantes curiosos en el Sur han observado que tan pronto como un ferrocarril penetra una sección, el sentimiento con respecto a los asuntos del mundo exterior se liberalizan a lo largo de dicha frontera [. . .] Sin embargo por más que dañen las vías de los trenes el apego de cada individuo a su estado y vecindario particular, este apego resistirá durante muchos años como una de las propiedades prominentes del carácter sureño. (772)

La naturaleza “prosaica” de la invasión urbana en el paisaje original del Sur, arrancó de raíz los estímulos esenciales para aquellos que se definen como sureños. La asociación de la nueva infraestructura ferroviaria con el atributo “cosmopolita” puede liberarlos de las ataduras locales, y, sin embargo, lo urgente, para el Sur, ya en este momento histórico, pero aún más después de la Revolución Bulldozer, era acentuar las diferencias que los hacía únicos. La industrialización en este pasaje se describe desde la perspectiva de una persona del Norte, y, aún así, este narrador intenta procesarla a través de los principios y valores del Sur. Por este motivo, la descripción sugiere que el desarrollo le ha faltado al respeto a la sagrada institución del Sur prebélico. Estos avances se interpretan como una ofensa que, además, infectó la pureza del Sur.

W.J. Cash menciona también estos cambios o los avances en la industria de la agricultura que, igualmente alteraron ese inmaculado paisaje: “Los nuevos campos, [. . .] estaban llenos de hachas y de humo punzante y agrio. […] Era muy probable que desapareciesen los puntos de referencia de la noche a la mañana. La vida, simplemente, no podía ser [. . .] algo estable que se pudiera tomar con una disposición calma, despreocupada y grácil” (12). El mismo tono crítico ante el proceso que tanto acercaba al Sur a la nación como ponía en peligro su entidad peculiar, es utilizado por uno de los Poetas Fugitivos,2 John Crowe Ransom, quien comenta lo siguiente en una reflexión sobre su poema “Prelude to an Evening”: “[El hombre] ha creado, [. . .] un revoltijo de pequeñas máquinas y mecanismos que al mismo tiempo que le ayudaban a ahorrar fuerza, se la han disminuido, dejando su cuerpo débil y su mente carente de objetivos” (155).

Así la economía de la nación llega al Sur y la literatura del Sur llega a la nación, difuminando de alguna manera esta barrera histórica, gracias al reconocimiento, entre otros, de autores como Robert Penn Warren, Katherine Ann Porter o Flannery O’Connor. O’Connor, quien, de hecho, escribió en 1955 un relato titulado “Good Country People” que puede servir como una alegoría de un Sur que ha aceptado sus componentes grotescos, que se ha desarraigado de los convencionalismos religiosos y se ha sumergido en la academia y la cultura; pero, gracias al humor chocante de la escritora, podemos obtener la visión de una sureña que es capaz de profundizar en sus raíces e ir más allá de los estereotipos, desmontando a lo largo del relato todo los personajes tipo que el lector imaginaba encontrar. Hulga, la rebelde hija, de treinta y dos años, de dos granjeros, es descrita así por el narrador a través de las preocupaciones de su madre:

La muchacha había hecho su doctorado en filosofía y esto había dejado en total desventaja a la señora Hopewell. Uno podía decir: “Mi hija es enfermera”, o “Mi hija es maestra” o incluso “Mi hija es ingeniero químico”. Uno no podía decir “Mi hija es filósofo.” [. . .] Joy se pasaba el día sentada en un hondo sillón, leyendo. De vez en cuando, se iba a caminar, pero no le gustaban los perros ni los gatos ni los pájaros ni las flores ni la naturaleza o los jóvenes. Miraba a los jóvenes como si estuviera oliendo su estupidez. Un día la señora Hopewell había cogido uno de los libros que la muchacha acababa de dejar y, abriéndolo al azar, leyó: “[. . .] la ciencia no desea saber nada acerca de la nada. Eso es, después de todo, la actitud estrictamente científica frente a la Nada. Lo sabemos al no desear saber nada acerca de la Nada”. Estas palabras [. . .] tuvieron para la señora Hopewell el efecto de alguna encarnación diabólica en forma de parloteo. Cerró el libro rápidamente y salió del cuarto como si estuviera a punto de ser presa de terribles convulsiones. (268-9)

Cuando el Sur absorbe de manera forzada los términos que el Norte impone, en un intento de alejarse del estereotipo de escasa sofisticación e ignorancia, el resultado roza el ridículo. Los significantes del Sur inadaptado se aplican, sin éxito, a elementos de la realidad, valores e ideas que no corresponden al contexto en el que son interpretados y la situación resultante es delirante.

El Sur postmoderno

Y, a pesar de que los libros no salvan de la brutalidad a los personajes de los relatos mencionados, el avance cultural durante los años 60 y los movimientos por los Derechos Civiles cambiarán no sólo el Sur sino los Estados Unidos, eso sí, no de manera definitiva ni alcanzando un ideal de igualdad. La literatura relacionada con el movimiento tendrá como objetivos principales denunciar y reafirmar. Así lo hace el siguiente poema de la poetisa de Kansas Gwendolyn Brooks titulado “Still Do I Keep My Look, My Identity...” (“Aún así mantengo mi apariencia, mi identidad…”):

Todo cuerpo posee su arte, su preciosa pose prescrita

que incluso en curiosas contorsiones de pasión, vals

o golpes de dolor —O cuando una pena da una puñalada

O el odio lo hace trizas —es de su propiedad y de nadie más. […]. (231)

Los años 60 no sólo causan trauman en estos cuerpos, símbolo de la esperanza común, al observar el rechazo a un estado de justicia social e igualdad, sino también los marcarán la cruel experiencia de la guerra de Vietnam. A este respecto, resultan interesantes las siguientes palabras del líder del movimiento por los derechos civiles Martin Luther King en su discurso “A Time to Break Silence” (“Un momento para romper el silencio”), que parece resumir el despertar general de las voces minoritarias en los diferentes estados: “Nos han hecho enfrentar repetidamente la cruel ironía de ver a los chicos negros y blancos en las pantallas de los televisores mientras matan y mueren juntos por una nación que ha sido incapaz de sentarlos juntos en las mismas escuelas” (<Break Silence>). El orador y activista desvía la culpa del dolor causado hacia fuerzas superiores, liberando de ella a regiones o colectivos específicos; así todos son espectadores del horror causado por el gobierno central, el poder nacional que explota al ciudadano, independientemente de su clase o raza. Anima, de este modo, a liberarse, en lugar de ser esclavos, de opresión racista, máquinas, armas, ideologías imperialistas, industrias o intereses económicos de políticas exteriores.

El problema es que la historia de los Estados Unidos se ha narrado desde la perspectiva del presente en la que América y Norte se convertían en sinónimos, mientras que el Sur ha continuado mirando al pasado, y narrando y fabricando su historia desde la nostalgia y la memoria. Y esto ocurre a medida que la globalización aumenta, que las estrategias políticas de manipulación en el Sur, como las trabajadas por Richard Nixon con “The Southern Strategy” en su campaña del 1969, complican todo esto y diluyen cualquier intento de conseguir una sensación de integridad, de identidad no fragmentada. De hecho, Arthur Miller en su artículo “Sincerity Lacking”, publicado en 1967, demuestra tener pocas esperanzas en las nuevas generaciones del país, en la que llama “una era de abdicación”, de las que dice que no es que sufran de una falta de comunicación, “sino de la falta de un tipo de sinceridad tan impresionante que te deja sin respiración y, que de un golpe, los ha convertido en tarados morales” (<Sincerity Lacking>). Así el proceso avanza hacia lo que Richard C. Cobb denomina “una lobotomía cultural” (142), en la que los medios de comunicación tienen un gran impacto en el Sur. La escritora sureña Bobbie Ann Mason describe este cambio en el paisaje en su relato “Shiloh”:

Las parcelas se extienden a lo largo del Oeste de Kentucky como una marea negra… Leroy no consigue adivinar quién vive en todas esas casas nuevas. Los granjeros que se solían reunir alrededor de la plaza del juzgado en las tardes de los sábados para jugar a las damas y escupir el jugo del tabaco han desaparecido. Hacía años que Leroy no pensaba en los granjeros y habían desaparecido sin que él se diera cuenta. (5-6)

Las tradiciones se pierden. Los pasatiempos pasan de ser momentos de inclusión en la comunidad, a un mayor aislamiento provocado por una total entrega del tiempo y atención a las nuevas transmisiones y recursos mediáticos. El paso del tiempo obliga al Sur a volver a delinear su geografía humana y física, aunque las incursiones en la modernidad sean percibidas como impuestas e infecciosas. Parte de este cambio llega con el denominado “Sun Belt” y la expansión hacía el Oeste. El Sur comienza a convertirse en una mercancía que puede publicitarse y hacerse atractiva para el Norte. Zonas como California se convierten en destinos ideales de turismo y, es más, el pasado anteriormente rechazado por vergüenza y culpa se reescribe de forma parcial y resaltando las cualidades de un Sur puro e inocente, hasta el punto de conseguir venderlo como una pantalla o escenario en la que el visitante puede volcar sus fantasías y sumergirse en un mundo intacto al que poder volver cuando la nostalgia por un pasado que nunca vivieron les ataque. Y en este Sur sumergido en lo absurdo, Lewis P. Simpson acuña el término Postsureño, un Sur que deberá aceptar la intertextualidad, entendiendo el uso del término como la inclusión de elementos extraños, para poder prosperar en su afán de alcanzar una incorporación final en el discurso nacional.

A pesar de que el Sur aparece ante los ojos del lector contemporáneo bajo el efecto de pentimento3 (Willie Morris), en la que sólo podemos adivinar lo que fue, viendo trazos de lo que actualmente es, el discurso del autor sureño no es siempre pesimista. Incluso en la distopia de Cormac McCarthy The Road, padre e hijo buscan la esperanza en el Sur. Doris Betts explica en un artículo en el que habla sobre su proceso creativo que en la complejidad que requiere un intento de retratar el Sur actual, como en su novela Souls Raised From the Dead, “la esperanza puede ser susurrada tan suavemente que puede ocurrir que no todos los lectores se den cuenta de que hay ‘padres’ y ‘Padres´ en el párrafo final” (<Whispering>). La autora explica que siguen existiendo referentes y guías en el Sur, aunque, en la actualidad, sea difícil encontrarlos.

El Sur no ha desaparecido pero en el proceso de americanización sí se ha transformado y como dice Edward P. Jones: “El sur es la mejor mamá del mundo y la peor mamá del mundo” (viii). El sureño debe decidir “qué parte de su herencia debería descartar y a cuál debería aferrarse” (Boles, 542). Sin embargo, ésta será una hazaña complicada al tratarse de un lugar repleto de “fantasmas”. Binx Bolling, en la novela de Walker Percy The Moviegoer, viaja al Norte, siendo consciente de la opresiva presencia del pasado en el Sur. Pese a ello describe así las ciudades que encuentra en sus incursiones en el Norte: “un lugar peligroso [. . .] [donde se puede sentir] el viento de los espíritus, brotando excitado y con lamentos de alarma” (203). Por lo tanto, un hombre del Sur se siente más seguro rodeado de la inquietante presencia de los espectros del pasado, las memorias que avergüenzan, que en el temido Norte que produce terror al no poderse controlar.

Pero el Sur no puede permanecer encerrado en la obsesión con su pasado. Uno de los personajes de Barry Hannah en su última colección de relatos Long, Last, Happy, “Out-Tell, the Teller”, afirma que “si te introduces en tu historia dorada, tan sólo caminarás dando vueltas en la parálisis de tener tus botas llenas de lodo” (435). Si el sureño se empecina en construir su identidad según los estereotipos y perpetuados en la historia se sentirá como explica el ilustre historiador sureño Noel Polk “más frecuentemente cancelado que afirmado [. . .] en un infinito desconcierto de resonancias y mitos cuyos orígenes ya no pueden ser localizados” (10).

El fecundo imaginario del Sur no debería alcanzar tal nivel de protagonismo en la identidad regional hasta el punto de bloquear la identidad del individuo contemporáneo, simplemente por un deseo de complacer al discurso mayoritario nacional (Egerton, 25). El sureño debe reapropiarse de los símbolos que los representan, para redefinirlos en un intento de ser fieles y justos con el pasado, conformes pero libres de complejos de inferioridad. Así podrán observar la producción constante de nuevos emblemas, contenedores de la reciente historia sin el lastre de las antiguas deshonras.

Igualmente, la tragedia de los recientes ataques terroristas del 11 de septiembre crearon de manera inmediata un sentimiento de unión que ha eclipsado las diferencias y discursos regionales (Moss, 234). Por lo tanto, la afirmación del Presidente Obama en su discurso de investidura de las elecciones del año 2012 contienen una verdad innegable pero que requiere un matiz; el Presidente declaró: “Esta noche, más de 200 años después de que la antigua colonia obtuviera el derecho a definir su propio destino, la tarea de perfeccionar nuestra unión da un paso al frente” (<Obama>). Resulta necesario añadir que la unión Norte/Sur contiene aún fracturas significativas y este residuo no beneficiará a ninguno de los elementos de la dualidad. El esfuerzo por preservar el folclore regional en el siglo XXI debería incorporar la coexistencia de la diversidad nacional, a través de una fluctuación de mutua retroalimentación ideológica y cultural. Si no se acepta este método, el Sur puede recaer en una “locura nostálgica” (Wills, <Dumb>); resurgiendo así los peores aspectos del Sur bajo una etiqueta de errónea dignidad territorial.

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1 Todas las traducciones han sido elaboradas por la autora de este artículo a no ser que se indique lo contrario.

2 Otro término utilizado para referirse al grupo de escritores llamados los Doce Agrarios, quienes publicaron una revista epónima desde 1922 hasta 1925. El grupo se creó entorno a la Universidad Vanderbilt, en Nashville, Tennessee.

3 En arte este término hace referencia a los rastros o vestigios que se pueden detectar en un cuadro de una pintura anterior que se encuentra bajo las capas de la más reciente.

Naturaleza y medio ambiente:

de la Escuela del río Hudson a Moby-Duck

Jesús Lerate de Castro

En todas las épocas y culturas, la naturaleza ha sido fuente inagotable de inspiración creativa. En el caso de Norteamérica, el interés por describir el entorno natural se evidencia ya en la tradición oral nativo-americana, donde se pueden encontrar abundantes referencias al paisaje, la flora y la fauna del continente americano. En el siglo XVI, los primeros exploradores europeos en llegar a América también incluyeron en sus escritos descripciones de la geografía del Nuevo Mundo y de sus pobladores indígenas. Y, asimismo, entre el siglo XVII y XVIII numerosos autores, entre los que se encuentran Mary Rowlandson, Cotton Mather y Hector St. John de Crèvecoeur, escribieron narrativas, tratados o textos epistolares detallando la topografía y etnografía americanas.

Con todo y ello, se puede afirmar que hasta mediados del siglo XIX los americanos no empiezan a tomar conciencia de la belleza de su continente y a reivindicar su naturaleza como un tesoro a preservar. En este gradual proceso de concienciación conservacionista, que coincide con el desarrollo industrial de Estados Unidos, la Escuela pictórica del río Hudson, la filosofía transcendentalista y el escritor Henry David Thoreau jugaron un papel significativo que quisiera considerar en la primera parte este artículo. Reservaré la segunda parte de este trabajo para sugerir que el autor de Moby-Dick también merece ser tenido en cuenta como un pionero de la literatura medioambiental, y que su visión ética de la naturaleza encuentra su versión más contemporánea en Moby-Duck, el reciente libro de Donovan Hohn.

La Escuela del río Hudson

La Escuela del río Hudson, que surgió alrededor de la segunda década del siglo XIX y tuvo su apogeo entre 1840 y 1870, puede considerarse la primera gran escuela de pintura norteamericana.1 Estaba formada por un grupo heterogéneo de unos sesenta pintores que, adaptando la filosofía transcendentalista2 y las técnicas del paisajismo romántico europeo, supieron hacer de la naturaleza autóctona americana un instrumento de identidad cultural y nacional. Estos artistas, entre los que cabe mencionar a Thomas Cole, Asher Durand, Albert Bierstadt, Thomas Moran o Frederick Church, sentían una profunda reverencia por la belleza natural de América y entendían esa naturaleza salvaje como manifestación inefable del poder divino. De ahí que sus lienzos, a menudo de épicas proporciones, representen el paisaje americano como escenario edénico, sublime y lleno de armonía.

Sus composiciones se inspiran inicialmente en la exuberante naturaleza del valle del río Hudson y sus alrededores.3 No obstante, algunos miembros asociados a este movimiento recrearon posteriormente escenas de otras regiones geográficas del continente americano. Ahora bien, más allá de la topografía concreta representada, lo que distingue a los pintores de esta escuela es que “dieron un giro radical a la pintura paisajística, haciendo del paisaje ya no un fondo de la composición, sino convirtiéndolo en el auténtico motivo y protagonista del cuadro” (Fernández, 1). Conviene recordar, en este sentido que, hasta entonces, los pintores estadounidenses se habían dedicado casi exclusivamente a la pintura histórica y al retrato y, por tanto, los paisajes (cuando se incluían) ocupaban un lugar secundario en la composición.

Convertir el paisaje en motivo esencial de los lienzos no es una creación original de la Escuela del río Hudson. De hecho, este es el tema central del temprano paisajismo romántico europeo representado por Claude Lorrain, Caspar David Friedrich, John Constable o Joseph Turner, cuya influencia se deja notar en la obra de estos pintores americanos. Sin embargo, los artistas de esta escuela introducen un elemento ausente en el paisajismo europeo: la dimensión política. Como señala Isaiah Smithson, los lienzos de estos pintores enfatizan “los salvajes paisajes naturales de Norteamérica y la libertad política de Norteamérica asociada con esa naturaleza salvaje” (106).4 Esta ideologización del paisaje está íntimamente relacionada con el contexto histórico en el que surge este movimiento. El auge de la Escuela del río Hudson coincide cronológicamente con el anhelo de independizar la cultura americana de la larga influencia europea. Este sentimiento nacionalista que, a nivel literario, se canalizó a través de la pluma de escritores como Cooper, Emerson o Whitman, se tradujo, en términos pictóricos, en el deseo de celebrar patrióticamente la belleza de los paisajes del valle del Hudson, y hacer de su naturaleza salvaje una orgullosa seña de identidad nacional. Unido a este deseo, otro factor que propició el florecimiento de esta escuela paisajística fue la expansión industrial y demográfica que, a mediados del siglo XIX, iba ya devastando las tierras vírgenes americanas. Como observa Maldwyn Jones:

Entre 1815 y 1860, los Estados Unidos cambiaron más deprisa y completamente que en los dos siglos anteriores o en cualquier otro periodo posterior. La población continuó doblándose más o menos cada veinticinco años y en 1860 pasaba de los treinta y un millones y era superior a la del Reino Unido. Los límites del país se extendieron hasta el Pacífico, el área colonizada se duplicó y el número de estados aumentó de dieciocho a treinta y tres. Al mismo tiempo, una economía capitalista y comercial en rápido desarrollo reemplazó a la sociedad agraria más simplista de los tiempos de Jefferson. Hubo imponentes mejoras en el transporte y la comunicación, floreció el comercio exterior, las ciudades progresaron y la inmigración llegó a cotas nunca soñadas. (109)

Los artistas de la Escuela del río Hudson reaccionan ante este frenético expansionismo y evocan plásticamente la necesidad de preservar los bellos espacios naturales del aniquilador progreso industrial. Así, estos pintores suelen obviar en sus lienzos la presencia tecnológica de modernos medios de transportes de la época como el barco de vapor o el ferrocarril y representan el paisaje americano como un escenario idílico y pre-industrial. Ello se enfatiza, en gran medida, a través de la armoniosa conjunción de diferentes elementos naturales que incluyen, entre otros: extensos y difuminados cielos, escarpadas montañas, frondosos bosques y valles, así como lagos, cataratas o ríos. Por otra parte, a nivel técnico, la perspectiva elevada y panorámica de estos lienzos ayuda a magnificar la grandiosidad de la naturaleza americana y la dota de un halo de espiritualidad. Otra característica a destacar es el hecho de que estos paisajes no suelen incorporar figuras humanas y, si aparecen suelen ser comparativamente pequeñas para evocar la insignificancia del individuo frente a la naturaleza. En todo caso, si algún elemento figurativo tiene cabida en las composiciones paisajísticas de estos artistas, este es, generalmente, el nativo-americano, el primigenio habitante de las tierras salvajes americanas.5 En palabras de Thoreau: “El indio vive libre y sin obligaciones en la naturaleza. Es su habitante, no su huésped y posee su gracia y sencillez. Pero el hombre civilizado tiene los hábitos en su casa y su casa es su prisión” (The Journal, 253). Así pues, para resaltar la armónica integración del nativo-americano en la naturaleza circundante, algunos paisajes suelen reservarle un espacio, aunque sea reducido.

Pintores como Thomas Doughty (1793-1856) o William Henry Bartlett (1809-1854) fueron los primeros en celebrar las glorias paisajísticas del valle del Hudson, pero sería Thomas Cole (1801-1848) quien de forma más coherente articulara el sentimiento nacionalista de la época y el arte del paisaje. De ahí que, tradicionalmente, se le reconozca como fundador de la Escuela del río Hudson.


Thomas Cole, Distant View of the Niagara Falls

Británico de nacimiento, Thomas Cole emigró a Norteamérica a los 17 años, por lo que se lo considera un pintor plenamente norteamericano. En 1823 comienza sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Pensilvania y poco después, persuadido por su amigo el poeta romántico William Cullen Bryant, se traslada a vivir al valle del río Hudson. En este entorno natural pintará sus primeros paisajes que luego expondrá exitosamente en Filadelfia (1824) y Nueva York (1825). Thomas Cole se convierte, así, en un reconocido pintor casi de inmediato. Y esta fama que adquiere hace que, en torno a él, se congregue un grupo de paisajistas estadounidenses que luego llegarían a ser conocidos como la Escuela del río Hudson.

Thomas Cole deja patente la orgullosa admiración que siente por la belleza natural de Norteamérica no sólo en su obra sino también en su “Essay on American Scenery”, conferencia dictada en 1835 en el Liceo de Nueva York y publicada al año siguiente. En ella, Cole declara:

El ensayo, que aquí se presenta, es un mero esbozo de un tema casi ilimitado —el paisaje americano— y al elegir este tema el escritor ha depositado más confianza en su desbordante riqueza que en su propia capacidad para tratarlo en una manera merecedora de su inmensa importancia. Es un tema que para cada estadounidense debería ser de sumo interés, porque, tanto si contempla las aguas del Hudson confluyendo con el Atlántico, explora su naturaleza salvaje en el centro del continente, o permanece al margen en el distante Oregón, él se encuentra aún en medio del paisaje americano. Es su tierra —y su belleza, su magnificencia y su sublimidad— son suyas. ¡Qué indigno sería de su lugar de nacimiento si no se percatara de ello y dejase su corazón indiferente! (cit. Hart, 3)

Tras la muerte de Thomas Cole en 1848, artistas como Asher Durand, Albert Bierstadt, Thomas Moran o Frederick Church tomaron el relevo de la pintura paisajística americana dentro del estilo marcado por el fundador de la escuela pero, al mismo tiempo, introduciendo algunas innovaciones técnicas y temáticas.

Asher Durand empezó su carrera artística como grabador, luego se hizo retratista y, tras conocer la obra de Thomas Cole, decidió introducirse en el paisaje. Defensor del método de pintar directamente en el entorno natural, sus cuadros se caracterizan por el depurado detallismo con que plasma bosques, árboles, ramas u hojas, y por proporcionar en el espectador la sensación de encontrarse dentro de la misma naturaleza. Composiciones como The Beeches, In the Woods o A Creek in the Woods son buenos ejemplos de esta técnica paisajista de Durand. Sin embargo, su lienzo más famoso y emblemático es Kindred Spirits donde muestra a su colega Thomas Cole y al poeta William Cullen Bryant contemplando un hermoso paisaje en las Montañas Catskills.6 Esta bucólica composición, tributo a Thomas Cole tras su muerte, sugiere la afinidad entre ambos artistas románticos y, por extensión, la íntima conexión espiritual existente entre el hombre y la naturaleza.


Asher Durand, Kindred Spirits

Albert Bierstadt es otro importante paisajista de la Escuela del río Hudson. Este pintor estadounidense de ascendencia alemana comenzó a pintar de forma autodidacta escenas naturales de Nueva Inglaterra y la parte norte del estado de Nueva York. Sin embargo fue en los paisajes del Lejano Oeste americano donde encontró su verdadera inspiración artística. Algunos de sus cuadros más conocidos sobre esta temática son Storm in the Rocky Mountains, Sierra Nevada o Looking Down Yosemite Valley. En ellos, Bierstadt enfatiza la sublime majestuosidad del paisaje montañoso de esta región, envolviéndolo con elementos lumínicos y atmosféricos como nubes, brumas o tormentas que evidencian la influencia de Claude Lorrain y Joseph Turner.


Albert Bierstadt, Looking Down Yosemite Valley

Otro artista asociado al movimiento paisajístico del río Hudson pero que, como Albert Bierstadt, se especializa en el paisaje montañoso del Oeste americano es Thomas Moran. Por ello, hay críticos de arte que prefieren incluir a estos pintores en la llamada Escuela de las Montañas Rocosas. El interés de Moran por las tierras del salvaje Oeste se remonta a 1871 cuando participó en una expedición topográfica a Yellowstone dirigida por Ferdinad Hayden, el entonces director del Servicio Geológico de los Estados Unidos. En esta expedición, Moran documentó la poderosa belleza natural de esta remota región caracterizada por sus montañas, lagos y géiseres. Los bocetos realizados durante este viaje le sirvieron de material para numerosas composiciones, entre ellas, The Great Canyon of Yellowstone, que fue expuesto en el Capitolio y posteriormente adquirido por el Congreso de los Estados Unidos. Los dibujos y lienzos de Moran fueron ampliamente reproducidos en litografías e influyeron decisivamente para que Yellowstone se convirtiera en el primer parque nacional de Estados Unidos en 1872.


Thomas Moran, The Great Canyon of Yellowstone

La iniciativa conservacionista de Yellowstone propició que, posteriormente, otras zonas se declararan parques nacionales como sucedió con Yosemite Valley, en California (1890); Mount Rainer, en Washington (1899); Mesa Verde, en Colorado (1906); Glacier, en Montana (1910) o Grand Canyon, en Arizona (1919).

Frederic Church representa de algún modo la culminación de la Escuela del río Hudson. Posee el amor por el paisaje de Thomas Cole, el lirismo romántico de Asher Durand y la grandilocuencia de Albert Bierstadt o Thomas Moran. Este pintor fue discípulo de Thomas Cole y hereda su estilo paisajístico, como evidencia en sus composiciones sobre las cataratas del Niágara [Niagara (1857) o Niagara Falls, from the American Side (1867)]. Sin embargo, temáticamente, la topografía del valle del río Hudson pronto se le quedó pequeña y Church buscó escenarios más exóticos para sus paisajes. A ello contribuyó grandemente el científico y explorador alemán Alexander von Humbolt que, en su libro Kosmos (publicado en inglés en 1849), animaba a los pintores a viajar a aquellas tierras que presentaran la mayor variedad botánica y geológica. Church siguió la recomendación de Humbolt y realizó dos viajes a Sudamérica (el primero a Colombia en 1853 y el segundo a Ecuador en 1857). Fruto de su estancia allí, pintaría The Heart of the Andes (1859), su cuadro de temática tropical más famoso. En su denodada búsqueda de nuevos y sugerentes paisajes, Church también viajó al Ártico y plasmó la belleza de su gélido paisaje en cuadros como Icebergs (1861) y Aurora Borealis (1865).


Frederic Church, The Heart of the Andes

Junto a los pintores antes mencionados podrían citarse otros artistas pertenecientes a la llamada segunda generación de la Escuela del río Hudson, surgida como corriente estética alrededor de 1860. A estos pintores también se les conoce con el nombre de Luministas, por su interés en recrear los efectos atmosféricos de la luz en los paisajes representados. Entre ellos, cabe destacar a Fitz Lane o John Kensett que se dedicaron con éxito a la representación de escenas marinas; mientras que Martin Heade, al igual que Frederic Church, se sintió atraído por la exuberante naturaleza de Sudamérica y se especializó en su exótica flora y fauna. Otros notables pintores luministas son Sanford Gifford y Jasper Cropsey.

La Escuela del río Hudson empezó a perder vitalidad artística tras la guerra civil norteamericana (1861-65) y, hacia 1880, puede afirmarse que era un movimiento desfasado, si no olvidado. Ello se debió, en buena medida, al declive del idealismo romántico que siguió a esta cruenta guerra de secesión así como a la creciente influencia del impresionismo francés, cuya estética fue imponiéndose en Estados Unidos de la mano de pintores como Winslow Homer o John Sargent.

Si en términos pictóricos, la Escuela del río Hudson fue instrumental en el proceso conservacionista que se inicia a mediados del siglo XIX, a Henry David Thoreau se le suele citar como al primer escritor estadounidense que reflexiona seriamente sobre la interacción entre el individuo y la naturaleza, y la importancia que ésta tiene en el bienestar espiritual del hombre. No es de extrañar, pues, que a Thoreau, quien declara en su ensayo “Walking” (1862) que “en la naturaleza salvaje se halla la preservación del mundo” (534), se le considere el precursor de la tradición literaria medioambiental. Como señala Max Oelschlaeger: “Thoreau inspiró no sólo a luminarias del siglo XIX como Frederick Law Olmstead y John Muir, sino también a figuras del siglo XX, como Aldo Leopold y Joseph Wood Krutch” (3).7

La visión que de la naturaleza tiene Thoreau está influida por el pensamiento filosófico transcendentalista y, por tanto, se aleja radicalmente de la concepción calvinista de los primeros puritanos que demonizaban todo “lo salvaje” al asociar la naturaleza indómita con el oscuro y maligno territorio de Satán. Para Thoreau, como para Emerson, “los particulares hechos naturales son símbolos de hechos espirituales [y] la naturaleza es el símbolo del espíritu.” (“Nature”, 190). Así pues, este autor ve en la naturaleza una manifestación simbólica de la divinidad, un espacio virgen donde el ser humano puede hallar, de forma compendiada, las leyes universales que rigen el cosmos.

La búsqueda transcendental de esa verdad universal que brota de la naturaleza salvaje hizo que Thoreau se recluyera dos años (1845-47) en el entorno natural del lago Walden (cerca de Concord, Massachussetts). Resultado de dicha estancia sería Walden, or Life in the Woods donde relata la solitaria y austera vida que allí llevó con el propósito de “cultivarse” a sí mismo en contacto con la naturaleza.8 Según sus propias palabras: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, a fin de hacer frente a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñarme; para no descubrir, en el momento de morir, que no había vivido” (Walden, 135).

Junto a Thoreau, George Perkins Marsh es otro temprano autor norteamericano preocupado por el impacto medioambiental que la revolución industrial de mediados del siglo XIX traía consigo. En Man and Nature, su libro más conocido, argumenta que el progreso industrial provoca la deforestación y la desertización y, por tanto, pone en peligro la sostenibilidad ecológica y los recursos naturales de los ecosistemas. Según Marsh: “el hombre es un agente perturbador allí donde va. Donde planta el pie, distorsiona la harmonía de la naturaleza” (36).

De Moby-Dick a Moby-Duck:

La ética medioambiental de Melville y Hohn

Si Thoreau y Marsh han sido celebrados por la ecocrítica como pioneros de la ética conservacionista, Herman Melville no ha corrido la misma suerte, ya que Moby-Dick, su obra más señera, ha sido generalmente interpretada como una apología de “el honor y la gloria” de la caza ballenera; actividad que grupos y organizaciones ecologistas abiertamente condenan. Sin embargo, en mi opinión, una lectura más atenta de Moby-Dick permite intuir que Melville no carecía, ni mucho menos, de la que hoy podríamos denominar conciencia medioambiental.

Donald Worster señala en su libro Nature’s Economy: A History of Ecological Ideas que, en la Norteamérica del siglo XIX, hay dos perspectivas dominantes con respecto a la naturaleza. La primera de ellas asociada, según lo entiende este crítico, con el subjetivismo transcendentalista, y la segunda con el objetivismo científico. Ambos enfoques están presentes en Moby-Dick, pero, como se verá más adelante, Melville se muestra escéptico con respecto a ambas interpretaciones.

Aunque Melville nunca gravitó en la órbita del transcendentalismo, estaba familiarizado, si no tanto con la propia obra de Thoreau, sí con la de Emerson, con quien compartía la idea de que “toda la naturaleza es una metáfora de la mente humana” (194). Quizás, por ello, los personajes centrales de Melville —Ismael (el narrador) y Ahab (el capitán del Pequod)— en determinados momentos reaccionan ante la naturaleza en términos transcendentales, meditativos o especulativos.

Así, por ejemplo, en el capítulo 35, Ismael hace su turno de guardia en la cofa del barco y, mecido por la cadencia de las olas, “toma el místico océano a sus pies por la imagen visible de esa profunda alma azul y sin fondo que penetra la humanidad y la naturaleza” (Valverde, 196).9 Y, Ahab, por su parte, declara en el capítulo 70: “¡Ah, naturaleza, y, oh alma del hombre!, cuánto más allá de toda expresión están tus analogías emparejadas; no se mueve ni vive el más pequeño átomo de materia sin que tenga en la mente su hábil duplicado” (Valverde, 368); palabras que sintetizan a la perfección la filosofía transcendentalista de Emerson.

El subjetivismo especulativo de la novela también se refleja en los distintos modos en que Ismael, Ahab y otros personajes interpretan la ballena blanca. Para Ismael, este enorme cetáceo representa un irresoluble enigma. Para Ahab, un veterano marino de 58 años al que le falta una pierna desde que Moby-Dick se la arrancó en un viaje anterior, esta ballena albina representa la encarnación de todas las fuerzas malignas, un satánico leviatán al que se debe aniquilar a toda costa. Y, según Starbuck, el primer oficial del Pequod, Moby-Dick es un “animal estúpido” que atacó a su capitán “simplemente por su instinto más ciego” (Valverde, 202).

Ahora bien, como antes señalaba, Melville también incorpora en su narración el enfoque objetivo y científico, dado que antes de embarcarse en la composición de Moby-Dick, se documentó ampliamente sobre cetología y la pesca ballenera que, a mediados del siglo XIX, se había convertido en una pujante industria en Estados Unidos. Estas lecturas, junto a su experiencia personal a bordo del ballenero Acushnet, sin duda le resultaron muy útiles para describir las distintas especies de ballenas y otras criaturas marinas que desde el Pequod se divisan.

Sin olvidar que Moby-Dick es una obra de creación literaria y no un tratado científico, 17 de los 135 capítulos de la novela están dedicados a la descripción biológica, anatómica, taxonómica y etológica de las ballenas. Adicionalmente, Ismael también dará cuenta de estos mamíferos acuáticos desde el punto de vista histórico, mitológico, religioso, pictórico y literario. Sin embargo, y a pesar de su exhaustiva exploración de las ballenas, Ismael termina reconociendo que estos cetáceos, al igual que el mar o el color blanco que distingue a Moby-Dick, son “una perenne terra incognita” (Valverde, 327).

En todo caso, lo que sí parece saber Ismael a ciencia cierta es que todas las especies se rigen por la teoría darwinista de la selección natural y la supervivencia del más fuerte.10 Esta convicción del joven marino se evidencia en el capítulo 59 cuando se dirige al lector y le pide que considere “el canibalismo universal del mar, cuyas criaturas se devoran unas a otras, manteniendo eterna guerra desde que empezó el mundo” (Valverde, 328). La conclusión de la novela también viene a reforzar esta teoría darwinista, pues en la batalla final entre Moby-Dick y el Pequod, la ballena blanca, personificación del indómito poder de la naturaleza, destruye el casco del barco y acaba con la vida de sus perseguidores. Sólo Ismael sobrevivirá al naufragio del Pequod para relatarnos esta historia sobre las trágicas consecuencias de desafiar la naturaleza salvaje.

Como he señalado, en determinados momentos Melville presenta el mundo marino a través de la óptica transcendentalista y en otros por medio de la observación científica. Pero, en última instancia, ninguno de estos enfoques parece resultarle enteramente satisfactorio y así, opta por una tercera vía interpretativa que evidencia su conciencia medioambiental. En esencia, su posición con respecto a la relación hombre―naturaleza se fundamenta en la idea de que el desarrollo industrial capitalista (personificado en la pesca ballenera) ha deshumanizado al hombre y, por tanto, ha degradado su primigenia relación con la naturaleza. En este sentido, la novela de Melville, lejos de glorificar la ballenería, denuncia la implacable explotación del mar y sus recursos naturales que tal práctica supone.11

Cuando Melville escribe Moby-Dick, la industria ballenera americana se encontraba en pleno apogeo, pues se calcula que unos 17.000 hombres trabajaban en ella y contaba con una flota de unos 700 barcos, que zarpaban principalmente de los puertos de New Bedford y Nantucket en Massachusetts. La caza de ballenas era, sin duda, un oficio duro y peligroso. Melville nos lo recuerda cuando Ismael entra en la Capilla de New Bedford en el capítulo 7 y observa varias lápidas de mármol en recuerdo de aquéllos que perdieron sus vidas tratando de capturar ballenas en alta mar. Sin embargo, la ballenería también era un negocio rentable, pues de estos cetáceos se extraía la grasa necesaria para elaborar velas, jabones, cosméticos y otros productos derivados. Este interés económico y comercial es el que impulsa al Pequod, y a otros barcos balleneros mencionados en la novela, a hacerse a la mar.

Para los norteamericanos de mediados del siglo XIX, el mar era una inextinguible fuente de recursos, pero Melville parece anticipar en su obra la que más tarde se convertiría en preocupación medioambiental por tan limitada visión. De hecho, en distintas ocasiones de la novela, Melville apela al lector para hacerlo consciente de la repercusión ecológica de la actividad ballenera; actividad, que por otra parte, a menudo se presenta como brutal e inhumana.

Para enfatizar esta idea, Melville introduce numerosos símiles, alusiones o metáforas que asocian la apariencia y el comportamiento humano con el de los animales, especialmente aquéllos de más fuerte instinto depredador. Así, por ejemplo, Ahab llama “leopardos” a los arponeros del Pequod; Fleece, el cocinero, se refiere a Stubb, el segundo oficial, como a un tiburón; mientras que a Ahab se lo describe o compara con un lobo, un tigre, un oso o un león marino.

La naturaleza depredadora del hombre, sugerida por estas comparaciones, se refuerza con escenas en que se describe, en toda su crudeza, la sanguinaria captura de ballenas. En el capítulo 61, Ismael relata la agónica muerte de una de ellas en estos términos:

La inundación roja brotaba de todos los costados del monstruo como los arroyuelos por una montaña. Su cuerpo atormentado no flotaba en el agua, sino en sangre, que burbujeaba y hervía [. . .] Y mientras tanto, chorro tras chorro de humo blanco se disparaba en agonía por el respiradero del cetáceo. (Valverde, 340)

Otro ejemplo que ilustra los terribles efectos de la caza ballenera lo hallamos en el capítulo 87, donde se describe a un cachalote herido en la cola por un cable arponero y que “atormentado hasta la locura [. . .] hería y asesinaba a sus propios compañeros” (Valverde, 452).

Con el propósito de que el lector se identifique con el sufrimiento de las ballenas y vea al hombre como un salvaje agente de su exterminio, Melville también “humaniza” a las ballenas dotándolas de sentimientos afectivos. Una buena ilustración la encontramos en este mismo capítulo 87, donde Ismael contempla el cariñoso comportamiento materno-filial entre un grupo de ballenas:

Suspendidas en esas bóvedas acuosas, flotaban las figuras de las madres nutricias de los cetáceos, y de aquéllas que, por su enorme circunferencia, parecían próximas a ser madres. El lago, como he sugerido, era muy transparente hasta una considerable profundidad; y así como los lactantes humanos, mientras maman, miran de modo tranquilo y fijo lejos del pecho, igual que si llevaran dos vidas diferentes a un tiempo y, a la vez que toman alimento mortal, disfrutaran en espíritu el festín de alguna reminiscencia supraterrenal, del mismo modo, los pequeños de esos cetáceos parecían levantar su mirada hacia nosotros [. . .] Flotando a su lado, también las madres parecían observarnos tranquilamente. (Valverde, 450)

Esta tierna descripción maternal se complementa con una nota a pie de página donde Melville apela a la sensibilidad de sus lectores al sugerir que la muerte de estas ballenas madre suponía también la muerte de sus crías lactantes que, al no poder seguir siendo amamantadas, estaban irrevocablemente condenadas a perecer (Valverde, 451).

La conciencia medioambiental de Melville se constata asimismo cuando Ismael deja entrever que, al igual que la conquista del Oeste trajo consigo el exterminio de ingentes cantidades de bisontes, así también las ballenas corren el peligro de desaparecer debido al acelerado desarrollo industrial de la pesca ballenera. Así, en el capítulo 105, leemos:

Comparando los jibosos rebaños de ballenas con los jibosos rebaños de búfalos que, no hace cuarenta años, se extendían en decenas de millares por las praderas de Illinois y Missouri, y agitaban sus férreas melenas y miraban hurañamente con sus frentes cuajadas de truenos los asentamientos de las populosas ciudades fluviales, donde ahora el cortés agente os vende tierra a dólar la pulgada, tal comparación parecería ofrecer un argumento irresistible para mostrar que la perseguida ballena ya no puede escapar su rápida destrucción. (Valverde, 529)

Moby-Dick sí escapará con vida al final de la novela para subrayar simbólicamente que la naturaleza es más poderosa que el hombre. Sin embargo, no por ello, Melville deja de mostrar su sensibilidad medioambiental ante el cruel e indiscriminado exterminio de ballenas en aras del beneficio económico. Starbuck ilustra muy bien esta actitud cuando Ahab anuncia públicamente que el propósito principal del Pequod es dar muerte a Moby-Dick y el primer oficial le espeta estas palabras: “he venido aquí a cazar ballenas y no para la venganza de mi jefe. ¿Cuántos barriles le dará la venganza, aunque la consiga, capitán Ahab? No le producirá gran cosa en nuestro mercado de Nantucket” (Valverde, 201).

La sed de venganza de Ahab y el interés económico de Starbuck contrastan con la respetuosa tolerancia que Ismael siente hacia Moby-Dick y hacia las ballenas en general. Esta actitud medioambientalista de Ismael, fundamentada en la armónica coexistencia del hombre y la naturaleza, es la que Melville también suscribe y la que pretende trasladar a sus lectores. El hecho de que Ismael sea el único que sobreviva al feroz ataque de la ballena blanca y que, posteriormente y ya a la deriva, los tiburones pasen a su lado “como si llevasen candados en la boca” (Valverde, 648) enfatiza la idea de que la naturaleza protege a quien sabe respetarla.

Hubo que esperar hasta 1986 para que la caza comercial de ballenas fuera prohibida por la Comisión Ballenera Internacional, aunque diversas excepciones han permitido a países como Japón, Islandia y Noruega continuar con las capturas. Organizaciones como Greenpeace o Sea Shepherd, liderada por Paul Watson, dedican sus esfuerzos a boicotear dichas capturas y a proteger la sostenibilidad marina. No obstante, en el contexto literario norteamericano, no sería desatinado ver en Melville y Moby-Dick el germen de esta ideología bioética que, hoy en día, grupos ecologistas y organizaciones medioambientales abiertamente defienden.

Desde mediados del siglo XIX hasta nuestros días, la tradición literaria medioambiental ha ido consolidándose firmemente en Estados Unidos gracias, en buena medida, a escritores y activistas como John Muir, Aldo Leopold, Rachel Carson, Edward Abbey, Peter Matthiesen, Barry López, Wendell Berry o Al Gore, entre otros. En esta nómina de escritores comprometidos con la defensa de la naturaleza y el medioambiente cabe también incluir a Donovan Hohn, autor de Moby-Duck: la verdadera historia de 28.800 patitos y otros muñecos de goma perdidos en el mar, y de los oceanógrafos, los ecologistas y los lunáticos que salieron en su busca (2011).

A pesar de su jocoso título, Moby-Duck tiene como referente literario la obra maestra de Melville. Ello se aprecia no sólo en el título principal que elige Hohn para su primer libro, un claro guiño al autor de Moby-Dick, sino también en los títulos de tres de los capítulos de su obra (Primera Cacería, Segunda Cacería, Tercera Cacería) y que traen a la memoria los tres últimos capítulos de Moby-Dick (La Caza: Primer Día, La Caza: Segundo Día, La Caza: Tercer Día). Por otra parte, Hohn abre varios de los ocho capítulos en que divide su libro con epígrafes tomados de Moby-Dick. Y, al igual que hace Melville en su novela, también concluye su libro con un “Epílogo” donde Hohn reflexiona sobre el tema de la paternidad en Moby-Dick para interrelacionarla con la suya propia. A nivel estructural, Moby-Duck también se articula de forma parecida a Moby-Dick, ya que ambas obras pueden describirse como novelas de aprendizaje o formación propiciadas por un largo viaje transoceánico.

Moby-Duck carece de la dimensión épica y el calado literario de la sexta novela de Melville. Pero, como Moby-Dick, el libro de Hohn se mueve a medio camino entre el objetivismo científico y la novela de aventuras para transmitir un urgente mensaje en defensa de la naturaleza marina.

La historia que narra Donovan Hohn se remonta al 10 de enero de 1992, cuando una violenta tormenta sorprendió, cerca de las Islas Aleutianas, a un carguero (Ever Laurel) que cruzaba el océano Pacífico desde Hong Kong a Tacoma, Washington. A consecuencia del fuerte oleaje, que a punto estuvo de hundir al buque, uno de los contenedores almacenados en la cubierta cayó al mar y liberó 28.800 juguetes de plástico fabricados por una empresa china. Empujados por el viento y las corrientes marinas, los miles de patitos amarillos, ranas verdes, castores rojos y tortugas azules, que componían la carga, navegaron a la deriva y nunca llegarían a su destino final: las bañeras infantiles de Norteamérica.

Donovan Hohn leyó esta sorprendente noticia, que apareció brevemente recogida en la prensa, y se propuso escribir una crónica pormenorizada sobre el increíble viaje de los juguetes de baño perdidos en el mar. Sin embargo, pronto comprendió que para seguir el rastro de estos náufragos muñecos de goma, él mismo debía embarcarse en su busca. Así, en 2005, empezó su propia odisea marina como “aprendiz de arqueólogo de lo ordinario” (Hohn, 19); una odisea que, a lo largo de cinco años, lo llevaría a China, Alaska, Groenlandia, Hawái y el Ártico a bordo de todo tipo de embarcaciones y, a veces, bajo extremas circunstancias climatológicas.

Relatada en primera persona, Moby-Duck narra la búsqueda de este cargamento multicolor de juguetes de plástico que, aún hoy, veinte años después, no ha llegado a su fin. A lo largo de estos años, el seguimiento científico de estos animalitos de plástico, que han aparecido en lugares tan distantes como Alaska, el Ártico o Escocia, ha permitido a los oceanógrafos estudiar el movimiento de las corrientes oceánicas. Pero, este hallazgo resulta nimio comparado con las catastróficas consecuencias que para el mar y la fauna acuática supone el plástico del que están compuestos estos animalitos y la mayoría de los vertidos que flotan sobre la superficie del mar. Según las estimaciones de Hohn, “producimos globalmente 300 millones de toneladas de plástico al año” (219) y una ingente cantidad de este plástico acaba en los ríos y los océanos. Este plástico, al ser ingerido por los peces y otras criaturas marinas, es causante de incontables muertes por envenenamiento.

Hohn ilustra el pernicioso efecto medioambiental del plástico haciendo referencia al albatros de Laysan, un ave autóctona de Hawái. Según Hohn, en las colonias de estas aves marinas se han recogido de tres a cuatro millones de encendedores de plástico y, recientemente, unos naturalistas extrajeron 252 objetos de plástico del cadáver de uno de estos albatros (90).


Albatros de Laysan

Otro dramático ejemplo que cita Hohn es el de una ballena gris de once metros que, en la primavera de 2010, apareció varada y muerta cerca de Seattle. Entre los objetos que se encontraron en el interior de su estómago había: cinta aislante, sedal de pesca, 26 piezas de material variado de bolsas de plástico, una bolsa de zumo, un cilindro de plástico rojo, cuerda trenzada de nailon y un guante quirúrgico (434). Como observa Hohn: “Las mismas características que hacen del plástico el material perfecto para juguetes de baño —¡tan flotante, tan maleable, tan suave, tan coloreado, tan higiénico!— también lo convierten en un colosal contaminante de los mares” (219).

En una reseña sobre Moby-Duck, publicada en el diario El País, Antonio Muñoz Molina señala lo siguiente:

La ballena blanca de la búsqueda [de Donovan Hohn] eran aquellos animalitos de juguete, pero el apocalipsis con el que fue encontrándose se reveló más aterrador que las cacerías que hacia finales del siglo XIX estaban a punto de exterminar a los grandes cetáceos. (<Apocalipsis de plástico>)

Este comentario es ciertamente oportuno porque de forma paralela a la búsqueda de estos juguetes infantiles, Hohn se propone llamar la atención del lector sobre los devastadores efectos que, para el océano y su fauna, representan los residuos vertidos al mar. Estos contaminantes marinos, como observa Muñoz Molina, aún cuando tengan forma de inofensivos muñecos de plástico, son en la actualidad más letales que el masivo exterminio de ballenas en la época de Melville. Esta caótica situación medioambiental requiere una toma de conciencia colectiva que frene este “apocalipsis” ecológico, y éste es el propósito subyacente de Moby-Duck. En este sentido, el libro de Donovan Hohn entronca con la corriente literaria ecologista contemporánea inaugurada por la bióloga Rachel Carson y autora de obras tan influyentes como Under the Sea-Wind, The Sea Around Us, The Edge of the Sea o Silent Spring. Según el autor de Moby-Duck:

Cada año caen por la borda de los cargueros miles de contenedores. Nadie sabe con exactitud cuántos, quizás dos mil, quizás hasta diez mil. Nadie lo sabe porque las navieras y sus abogados, temerosos de la mala publicidad o de su imputable responsabilidad, prefieren guardar silencio acerca de la pérdida de contenedores. (47)

Lo que sí se sabe, porque hay prueba de ello, es que estos cargamentos caídos al mar representan una terrible fuerza contaminante. Algunos de estos vertidos, arrastrados por las corrientes, acaban encallados en remotas costas donde rastreadores de playas y grupos ecologistas han recogido numerosas muestras. De hecho, será en Gore Point (Alaska), y entre esos desechos residuales, donde casualmente Hohn encuentre uno de esos animalitos de plástico. Sin embargo, muchos de estos residuos de pos-consumo nunca llegan a tierra y quedan flotando a la deriva en el mar. Según Hohn, es difícil saber cuántos peces y otras especies marinas mueren al enredarse en estos residuos o al ingerirlos, pero “un cálculo muy citado, aunque sospechosamente redondo, estima que la tasa de víctimas está en cien mil animales al año” (134). En opinión de los oceanógrafos no hay forma de saber con exactitud cuánta basura flotante hay en el océano, pero de lo que sí hay certeza es que una de las zonas marinas más contaminadas del planeta es la que se ha dado en llamar “la mancha de basura del Pacífico norte”. Se trata de una extensión equivalente a la de Texas, cuya franja oriental se extendería más o menos a medio camino entre Hawái y California y, en su franja occidental, más o menos entre Hawái y Japón (Hohn, 50).

Charles Moore, el capitán del buque oceanográfico Alguita, y al que Hohn tiene oportunidad de conocer, fue el descubridor de este inmenso “basurero marino” cuando, en 1997, navegaba a unas 800 millas de California. En las palabras de Moore que Hohn transcribe:

Me enfrenté con una panorámica de plástico hasta donde llegaba la vista. Parecía increíble, pero no encontré ni un solo hueco limpio [. . .] lo único que se veía por todas partes eran residuos de plástico flotando: botellas, tapones de botella, plástico de embalar, fragmentos de plástico. (58-9)

El vertido de basura al mar es ilegal en la mayor parte del mundo desarrollado y existen distintas leyes internacionales que prohíben esta práctica, pero la contaminación marina, como evidencia la mancha de basura del Pacífico, es un hecho constatable. Hasta la fecha, de los 28.800 juguetes extraviados en el mar en 1992, los rastreadores de playas tan sólo han recuperado un millar. Con respecto al paradero de los demás muñecos de plástico nada se sabe, pero Hohn especula que:

Siguen por ahí, girando alrededor del golfo de Alaska, navegando sobre un témpano de hielo a través del Ártico o hundidos bajo las algas y la arena en alguna caverna apartada del océano. Y al menos uno o dos podrían estar flotando en la gran mancha de basura del Pacífico, dando vueltas alrededor de redes fantasmas, boyas de pesca y puertas de frigoríficos. (91)

Entre la publicación de Moby-Dick y Moby-Duck han transcurrido 160 años. A lo largo de este periodo de tiempo, las aguas de nuestros mares se han ido degradando de forma alarmante por los contaminantes de origen humano que ponen en serio peligro la subsistencia y reproducción de las diferentes especies marinas. A mediados del siglo XIX, la ballena blanca de Melville pudo escapar del arpón del capitán Ahab. Sin embargo, hoy en día, seguramente estaría muerta por el impacto medioambiental de los vertidos de petróleo, por los residuos de los cargueros caídos al mar o la ingesta masiva del plástico que flota a la deriva en los océanos.

Biólogos marinos, oceanógrafos, ecologistas y escritores comprometidos con la defensa del medioambiente llevan décadas alertándonos de estos peligrosos agentes contaminantes del mar que en la época de Melville eran impensables. Con todo y ello, el autor de Moby-Dick se anticipa a su tiempo al denunciar la indiscriminada caza de ballenas y al sugerir, a través de Ismael, que sólo una respetuosa relación entre el hombre y la naturaleza puede garantizar la pervivencia de ambos. El mensaje que transmite Donovan Hohn en Moby-Duck es, sin duda, más explícito que el de Moby-Dick, ya que revela con numerosos datos científicos los catastróficos efectos que el plástico ocasiona en la fauna marina. No obstante, el libro de Donovan Hohn puede leerse como una versión contemporánea de Moby-Dick y un homenaje a su autor que, ya en 1851, supo anticipar la necesidad de proteger la naturaleza del poder destructivo del hombre.

Andrew Delbanco, en su libro Melville: His World and Work, describe con estas palabras el ímpetu vital que la experiencia personal de Melville en el mar le confirió a su escritura: “Lo que Melville encontró en el mar fue lo que otros escritores encontraron en la guerra: un sentimiento de contacto con el mundo que lo sacudió, por igual, con momentos de deseo y pavor. Abandonó nociones y teorías aprendidas de libros y se convirtió en [. . .] un comprometido partícipe de la vida” (58). Algo similar podría decirse de Donovan Hohn que dejó su trabajo como profesor de escuela y se despidió de su comprensiva esposa embarazada de su primer hijo para intentar averiguar de primera mano el enigmático paradero de los juguetes de plástico extraviados. Esa búsqueda, ese contacto directo con el mar, como el experimentado por Melville, sería determinante no sólo para publicar Moby-Duck, su único libro hasta la fecha, sino también para transformarlo en un escritor comprometido con la defensa de la naturaleza marina.12

A modo de conclusión cabe afirmar que si la filosofía transcendentalista, canalizada a través de la pintura paisajista de Escuela del río Hudson y de la obra literaria de Thoreau o Marsh, abrió el debate sobre la necesidad de preservar la naturaleza salvaje americana del implacable desarrollo industrial; otro tanto puede decirse de la ética medioambiental que emana de las páginas de Moby-Dick. En esta novela, Melville pretende sensibilizar al lector con respecto al masivo exterminio de cetáceos y propone como alternativa ética la armónica coexistencia entre naturaleza y hombre. En Moby-Duck, Donovan Hohn revitaliza esta filosofía melvilliana y, como un Ismael del siglo XXI, documenta, con un claro propósito medioambiental, el destructivo poder de los residuos plásticos para el mar, sus criaturas y la propia supervivencia del hombre.

Bibliografía

Cooper, James F. The Pioneers. Oxford: Oxford University Press, 1991.

Delbanco, Andrew. Melville: His World and Work. Nueva York: Knopf, 2005.

Pulsuz fraqment bitdi.