Kitabı oxu: «Las rutas de la seda en la historia de España y Portugal»
LAS RUTAS DE LA SEDA
EN LA HISTORIA
DE ESPAÑA Y PORTUGAL
RICARDO FRANCH BENAVENT
GERMÁN NAVARRO ESPINACH (eds.)
LAS RUTAS DE LA SEDA
EN LA HISTORIA
DE ESPAÑA Y PORTUGAL
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Esta publicación se inscribe en el marco del proyecto «Nuevas perspectivas de historia social en los territorios hispánicos del Mediterráneo Occidental en la Edad Moderna» (HAR2014-53298-C2-1-P), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad, y cuenta con la colaboración de

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente,ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico,electrónico, por fotocopia o por cualquier otro,sin el permiso previo de la editorial.
© Los autores, 2017
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2017
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Maquetación: Inmaculada Mesa
Corrección: Communico-Letras y Píxeles, S. L.
Ilustración de la cubierta: Portulano de Iacobus Russus(Mesina, 1563). Universitat de València, Biblioteca Histórica, Ms. 896.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
ISBN: 978-84-9134-262-5
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN, Ricardo Franch y Germán Navarro
LA SEDA EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y AL-ÁNDALUS, Laura Rodríguez Peinado
LA SEDA EN EL REINO NAZARÍ DE GRANADA, Adela Fábregas García
LA SEDA EN ANDALUCÍA DURANTE LA EDAD MODERNA: BALANCE Y PERSPECTIVAS DE ESTUDIO, Félix García Gámez
VALENCIA EN LAS RUTAS DE LA SEDA DEL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL (SIGLOS XIII-XV), Germán Navarro Espinach
LA SEDA EN LA VALENCIA MODERNA: DE LA EXPANSIÓN PRODUCTIVA Y MANUFACTURERA DEL SIGLO XVI AL PERIODO DE ESPLENDOR DEL SIGLO XVIII, Ricardo Franch Benavent
EL HORIZONTE DE LA SEDA EN EL REINO DE TOLEDO EN LA ÉPOCA MODERNA, Francisco José Aranda Pérez
EL CULTIVO, LA MANUFACTURA Y EL COMERCIO DE LA SEDA EN LA MURCIA MODERNA: DEL ÉXITO DEL HILADO AL FRACASO DEL TEJIDO, Pedro Miralles Martínez
LA SEDA EN ARAGÓN EN LA EDAD MODERNA, Ana María Ágreda Pino
MADRID COMO CENTRO CONSUMIDOR, PRODUCTOR Y REDISTRIBUIDOR DE TEJIDOS DE SEDA EN LA EDAD MODERNA, José Antolín Nieto Sánchez
LA SEDA EN EL COMERCIO COLONIAL ESPAÑOL DURANTE LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII, Daniel Muñoz Navarro
LA SEDA EN CATALUÑA, SIGLOS XVIII-XIX, Àngels Solà Parera
A INDÚSTRIA DA SEDA EM PORTUGAL ENTRE OS SÉCULOS XIII E XVI, Joana Sequeira
PROCEDÊNCIA E CONSUMO DA SEDA ASIÁTICA EM PORTUGAL (SÉCULOS XVI E XVIII), Maria João Ferreira
A SEDA NA REGIÃO DE TRÁS-OS-MONTES DURANTE O ANTIGO REGIME (SÉCULOS XV-XVIII), Fernando de Sousa
INTRODUCCIÓN
UNESCO y el Consejo de Europa pusieron en marcha en 1987 un programa dedicado al estudio integral de las rutas de la seda, contempladas como itinerarios culturales para promover el diálogo entre civilizaciones. En algunos países se crearon inmediatamente comités de expertos para llevar a cabo iniciativas en esa línea. Este fue el caso de España, en donde se constituyó la Comisión Española de la Ruta de la Seda, cuya iniciativa más importante fue la realización de un seminario internacional sobre «España y Portugal en las rutas de la seda. Diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente», que se celebró en Valencia entre los días 15 y 17 de diciembre de 1993. La Universitat de Barcelona publicó en 1996 un libro con las ponencias presentadas, que dos años después se tradujo al inglés. Han pasado veinte años desde la edición de aquella obra y los estudios sobre las sederías peninsulares han continuado avanzando desde entonces, por lo que se hacía necesaria una revisión profunda del estado de la cuestión. La oportunidad ha venido de nuevo de organismos internacionales. Hace dos años, el 1 de abril de 2015, España pasó a formar parte del programa «La Ruta de la Seda» creado por la Organización Mundial del Turismo. Las Corts Valencianes acordaron proponer a Valencia como Ciudad de la Seda 2016, iniciando un programa de iniciativas que pretende tener continuidad hasta 2020. En respuesta la UNESCO designó a Valencia como Focal Point de España en la red internacional de la Ruta de la Seda. También en 2016 se inauguró el nuevo Museo del Colegio del Arte Mayor de la Seda de Valencia, gracias a la rehabilitación del edificio llevada a cabo por la Fundación Hortensia Herrero. En esas circunstancias, la Agència Valenciana del Turisme ha asumido la coordinación de todas las actividades que se programen en colaboración con otras instituciones. Y así la Universitat de València está impulsando la realización de actividades científicas encaminadas a la recuperación de la historia y el patrimonio de la seda, con el fin de poner de manifiesto la importancia que esta actividad ha tenido en la conformación de la sociedad y la cultura valenciana actual. En este marco es en el que recibimos el encargo de coordinar un encuentro científico de alto nivel de nuevo en Valencia para actualizar el estado de las investigaciones realizadas veinte años después de la publicación de España y Portugal en las rutas de la seda.
El libro que ahora tiene el lector en sus manos recoge las ponencias del Congreso Internacional «Las rutas de la seda en la historia de España y Portugal», celebrado en la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de València entre los días 26 y 28 de octubre de 2016. La organización corrió a cargo de la propia facultad, la Agència Valenciana del Turisme y la Conselleria d’Educació, Investigació, Cultura i Esport de la Generalitat Valenciana, con la colaboración del Vicerrectorat de Relacions Internacionals i Cooperació y el Instituto Confucio de la Universitat de València, el programa Silk Road Platform de la UNESCO, el proyecto de investigación con referencia HAR2014-53298-C2-1-P del Ministerio de Economía y Competitividad, el grupo de investigación «El mediterráneo hispánico en la época moderna» (Medhismo) y la Corporación Marítima Boluda. Queremos manifestar nuestro agradecimiento a todas estas entidades por el apoyo prestado para la realización del congreso. El Colegio del Arte Mayor de la Seda de Valencia se sumó a la iniciativa ofreciendo una visita a su nuevo museo para los ponentes. Damos las gracias a Vicente Genovés, presidente del Colegio, por esa invitación, así como también a José María Chiquillo, coordinador de Valencia Focal Point of Silk Road de la UNESCO, que en todo momento apoyó la organización del congreso.
A diferencia de aquel primer seminario que se celebró en Valencia en 1993 y que contaba con la participación de expertos vinculados no solo a la historia sino también a la museografía textil o la conservación del patrimonio sedero, en el congreso de Valencia de 2016 se quiso poner toda la atención de los ponentes en el análisis histórico, comparando los distintos territorios peninsulares entre sí. En ese sentido, tras una ponencia inaugural sobre la seda en la Antigüedad tardía y al-Ándalus a cargo de Laura Rodríguez, se plantearon dos ponencias sobre la historia de la sedería valenciana en época medieval y moderna (siglos XIII-XVIII) a cargo de los propios coordinadores del congreso. Y en paralelo se desarrollaron estados de la cuestión sobre el reino nazarí de Granada (Adela Fábregas), Toledo (Francisco José Aranda), Murcia (Pedro Miralles), Andalucía (Félix García), Madrid (José Nieto), Aragón (Ana María Ágreda), Cataluña (Àngels Solà), Andalucía (Félix García), Portugal (Joana Sequeira) y el comercio colonial español (Daniel Muñoz). La revisión de la investigación realizada en el caso de Portugal se ha conseguido reforzar de cara a la presente publicación con la incorporación del trabajo realizado por Fernando de Sousa sobre la región de Trás-os-Montes, que fue la zona en donde el sector sedero adquirió una mayor importancia, y el elaborado por Maria João Ferreira sobre la importación y el consumo de la seda asiática durante la Edad Moderna como consecuencia de la expansión ultramarina experimentada por dicho país. Los estudios recopilados en esta obra permiten disponer, por tanto, de una visión de conjunto sobre la influencia de la seda en la historia de las sociedades ibéricas, poniendo el acento en los periodos cronológicos y las áreas geográficas en las que dicho sector adquirió una mayor relevancia en su vida económica y condicionó más intensamente sus relaciones sociales y manifestaciones culturales.
La panorámica general de resultados ha consolidado varias líneas de reflexión. Es evidente el éxito que ha tenido finalmente el concepto Rutas de la Seda, denominación creada por el geógrafo alemán Ferdinand Freiherr von Richthofen en su libro China, publicado en Berlín en 1877, con vistas a definir una red de caminos que a partir del siglo II a. C. surcaron Eurasia desde Oriente a Occidente para la exportación de sedas y otros productos. Los primeros ensayos de confección de tejidos de seda se documentan muchísimo antes, allá por el año 2750 a. C. Sin embargo, hasta el siglo I a. C. la importación de sedas no llegó al Imperio romano y, cuando lo hizo, se dijo que procedía de un país misterioso del Extremo Oriente llamado Sérica. Los primeros detalles sobre estas rutas los proporciona Ptolomeo en el siglo II d. C. pero hubo que esperar hasta el siglo VI para que se consolidase la primera producción industrial autóctona de seda en Occidente, concretamente en Constantinopla en tiempos del emperador Justiniano. Tras la conquista de Persia por los musulmanes a mediados del siglo VII estos controlaron la ruta de la seda y, al extender después su dominio sobre el norte de África y la península Ibérica, difundieron ese saber técnico hacia el Mediterráneo occidental. Al-Ándalus, la península Ibérica en poder del islam, fue la primera región del continente europeo en la que se identifica la cría del gusano de seda de forma masiva. Desde aquel entonces la seda fue además una industria presente en varias partes de Europa. Cuando los reyes cristianos conquistaron los territorios musulmanes peninsulares, aprovecharon la herencia recibida del arte de la seda y, por medio de artesanos mudéjares y judíos, encargaron la confección de vestiduras y telas ricas tanto para la liturgia cristiana como para su propia indumentaria y adornos en cortes y palacios, hábitos que tiempo después se extendieron entre la burguesía.
Desde entonces las rutas de la seda, además de llevar mercancías y técnicas, transportaron también ideologías y religiones, en un trasiego complejo de formas y estilos artísticos, modas y costumbres. Mientras tanto, a partir del siglo XIV, con la llegada al poder de la dinastía Ming en China, las rutas marítimas de la seda comenzaron a tener un mayor protagonismo frente a las caravanas terrestres, que quedaron reducidas a un número pequeño de intercambios. Y hubo un giro importante en los itinerarios comerciales de la seda mirando al Pacífico. Las islas Filipinas fueron avistadas por la expedición de Hernando de Magallanes en 1521 y cuarenta años después conquistadas y colonizadas por España. El protagonista de esta empresa fue Miguel López de Legazpi, nombrado primer gobernador del lejano archipiélago, que descubrió la ruta de regreso a México en 1565 y fundó Manila en 1571. Con el hallazgo de ese viaje de ida y vuelta entre Asia y América se inició el comercio regular entre ambas orillas del inmenso océano. Cientos de galeones partieron del puerto de Manila rumbo a México transportando la seda de China para regresar cargados de plata americana. El Pacífico en época moderna se convirtió así en un océano de seda y plata, como reza el título de un libro recientemente editado por Salvador Bernabéu y Carlos Martínez Shaw (Un océano de seda y plata: el universo económico del Galeón de Manila, Sevilla, 2016). De ese modo la ruta alcanzó por fin América y las cortes virreinales pudieron utilizar los géneros de seda con mayor profusión para remarcar su poder y la preeminencia social de sus élites. Asia, Europa y América quedaron conectadas por el negocio de la seda.
Pero no solo eran mercancías las que circulaban por las rutas sederas, sino también saberes técnicos, gustos artísticos, conocimientos, ideas, creencias religiosas, etc. La seda posibilitó, pues, procesos de aculturación que enriquecieron a las civilizaciones existentes e incrementaron los elementos comunes que las vinculaban. Y en ese escenario de incipiente globalización, la península Ibérica se convirtió en un epicentro histórico al hallarse ubicada en el extremo sudoccidental de las rutas euroasiáticas, pero constituyendo una encrucijada de comunicaciones entre Europa Occidental y el norte de África y entre el Mediterráneo y el Atlántico. El protagonismo que tuvieron españoles y portugueses en los descubrimientos geográficos los convirtió en los pioneros de la comunicación directa por vía marítima con Asia y en la prolongación de las rutas hacia el continente americano, otorgando como resultado una dimensión mundial a las rutas vinculadas con el comercio de la seda. Si dentro de veinte años se vuelve a celebrar un congreso internacional como este, que a nadie le quepa duda de que las investigaciones seguirán abriendo nuevos horizontes de análisis ante una realidad tan compleja. Nosotros no sabemos si estaremos para contarlo, pero el legado científico y cultural puesto en marcha seguirá imparable. El análisis de las estructuras explicativas del mundo actual ha encontrado desde hace tiempo en el tema de las rutas de la seda un pozo inagotable de experiencias transculturales. La historia de España y Portugal son buena prueba de ello a tenor de la solidez de los estudios que componen esta obra colectiva.
RICARDO FRANCH BENAVENT
Universitat de València
GERMÁN NAVARRO ESPINACH
Universidad de Zaragoza
LA SEDA EN LA ANTIGÜEDAD TARDÍA Y AL-ÁNDALUS*
Laura Rodríguez Peinado Universidad Complutense de Madrid
Según la leyenda china, reinando Huangdi, el legendario emperador amarillo de la dinastía Xia, la emperatriz Silingshi observó en los jardines del palacio de Shanhung cómo un gusano formaba su capullo. Intrigada, supo apreciar su utilidad, lo introdujo en agua caliente y consiguió devanarlo obteniendo un hilo de gran longitud, muy resistente y con gran brillo, desarrollando las técnicas del hilado y tejido de esta maravillosa fibra.
La leyenda ubica el origen de la seda en el siglo III a. C., pero será en el siglo I a. C. cuando se utilice como moneda de cambio y producto de exportación muy codiciado por pueblos que desconocían su origen, hasta llegar a igualar su valor al del oro.1
En el siglo V a. C. ya se conocía el secreto en Asia Central y, otra vez, la leyenda atribuye su difusión a una princesa china que al tener que abandonar su país para contraer matrimonio con el rey de Khotan llevó escondidos entre su cabello huevos de gusanos y semillas de morera, para implantar su cultivo y su arte fuera de las fronteras chinas.
La seda se conoció en la cuenca del Mediterráneo a partir de las expediciones asiáticas de Alejandro Magno, uso que se impuso entre las élites griegas.2 Su maestro Aristóteles, en su Historia Animalium (V.19), comenta la finura del hilo de la especie que denomina «gusano que tiene cuernos», así como que la primera seda tejida en la cuenca del Mediterráneo fue en la isla de Cos, donde se hacían unas finas gasas seguramente a partir de la fibra de una oruga que vivía en especies mediterráneas como robles, fresnos o cipreses, que poco debía de tener que ver con la codiciada seda asiática.3
Desde el siglo II a. C., la Ruta de la Seda conectó China con el Mediterráneo comercializando esta fibra textil entre otros productos de gran valor.4 Fue también una vía por la que se transmitieron ideas y conocimientos y, en el caso de la seda, diseños y motivos decorativos que fueron utilizados en distintos contextos como símbolo de distinción, aunque también se intercambiaron técnicas y artefactos que facilitaron la evolución de estas manufacturas en Oriente y Occidente.
Roma controló algunas de las ciudades de esta ruta, siendo Palmira uno de los centros principales al que llegaban las caravanas cargadas de productos de lujo, entre los que se encontraba la seda, de la que los romanos desconocían su naturaleza y su origen animal, identificándola Plinio con un vellón blanco extraído de los árboles (Naturalis Historia, VI.54).
El uso de los tejidos de seda pronto se extendió entre las clases privilegiadas romanas, lo que llevó a legislar sobre su uso y a establecer algunas prohibiciones, como la de vestir seda para los hombres en un edicto del Senado del año 16 a. C., citado por Tácito (Annales, 2.33). Con el tiempo llegó a declararse que era un deshonor su uso entre los hombres, por eso a Calígula se le censuraba por vestir de seda como una mujer (Suetonio, Calígula, 52). Pero Plinio lanzó juicios morales sobre su uso tanto entre hombres como entre mujeres (Naturalis Historia, XI, 27-28).
Aunque la utilización de seda fue habitual entre la familia imperial, fue Heliogábalo, de origen sirio, el primer emperador en vestir íntegramente con este material (Lampridio, Heliogabalus, 26), porque hasta entonces esta fibra estaba reservada para algunos detalles y aplicaciones de la indumentaria; por eso Alejandro Severo censuró y prohibió a la emperatriz cubrirse con un vestido de seda cuyo coste equivalía a su peso en oro (Lampridio, Alexander Severus, 40).
Es evidente que la seda se convirtió en Roma en un artículo de lujo, poder y estatus cuyo uso estaba regulado.5 La sociedad romana expresó su pasión por estas exóticas telas, hasta el punto de que fue necesario fijar sus precios, como queda reflejado en el Edictium de Pretiis Maximis de Diocleciano (XXIII, 1-2).6 Por el deseo que suscitaba su disfrute se entiende que cuando Alarico sitió la ciudad en el año 410 exigiese al Senado, para liberarla de su asedio, 4.000 túnicas de seda, entre otros tributos.7
Durante el Imperio la fibra que se adquiría a los comerciantes que traficaban con ella en la Ruta de la Seda se tejía en centros con tradición textil de Asia Menor, Grecia y Egipto al menos desde el siglo I d. C.,8 aunque las primeras piezas que confirman esta actividad provienen de los enterramientos egipcios de Antinoé y Akhmim a partir del siglo VI, donde orbiculi, tabulae y clavi de este material sirvieron de guarnición para túnicas y prendas de indumentaria. En la ornamentación de estas piezas se advierte una influencia sasánida como consecuencia del control que los persas ejercieron sobre la Ruta de la Seda a partir del siglo IV, supervisando el suministro de materia prima a Occidente y proporcionando tejidos manufacturados en sus talleres, que serían imitados técnica y decorativamente en los centros textiles ubicados en los territorios del Imperio.
Poco sabemos de los tejidos de seda manufacturados en los talleres sirios, porque no se han encontrado evidencias arqueológicas, pero igual que en los centros textiles egipcios, parece que la seda se mezclaba con lana en las tramas para aportar mayor resistencia y porque constituía una forma de ahorro en la utilización de un material de elevado coste.9 Todavía en el siglo VI, Isidoro de Sevilla habla de la fibrina (Etimologías, XIX, 27.5 y 22.6), un tejido cuya trama estaba formada por lana de castor y seda.10
Uno de los puertos de llegada más importantes de la Ruta de la Seda al Mediterráneo era Alejandría, ciudad que desde su creación por Alejandro Magno fue un importante centro textil, aunque las condiciones de su suelo no eran las más adecuadas para la preservación de materiales orgánicos y son las fuentes escritas las que nos aportan datos sobre esta actividad.11 Según Lucano (X, 141-143), los alejandrinos importaban sedas que luego deshilaban y volvían a tejer de acuerdo con sus gustos. Esta afirmación ha sido discutida por muchos autores, que la han interpretado como una descripción poética de la actividad de la ciudad, pero no como una práctica inhabitual entre comunidades de tejedores que apreciaban más el material que los diseños textiles.12 Por el Codex Theodosianus del año 438 se sabe que en Alejandría había un gineceo imperial donde se trabajaba la seda, tan reputado como los de Damasco, Antioquía, Tiro o Sidón.13
Como ya se ha mencionado, Antinoé y Akhmim, dos ciudades con tradición textil en la provincia romana de Egipto,14 desarrollaron una tecnología adecuada para producir tejidos de seda que en parte llegaba a través de los puertos del Mar Rojo, donde atracaban las embarcaciones con las mercancías que seguían la vía marítima desde los puertos de la India con destino a Alejandría.15 El auge de la industria textil sedera de estas ciudades parece que se produjo a partir de la dominación sasánida del territorio egipcio (619-629). En sus necrópolis se han exhumado tejidos de origen sasánida y otros manufacturados en los talleres de estos centros imitando las sedas de esta procedencia.16 Son aplicaciones que formaban parte de la ornamentación de tejidos de indumentaria y de amueblamiento con decoración bicolor y esquemas compositivos a base de elementos vegetales estilizados con palmetas y hojas cardiáceas a menudo dispuestas en torno a un eje de simetría, esquemas geométricos y escenas figuradas.17 Eran motivos ajenos al repertorio decorativo de estos territorios integrados en nuevos contextos como símbolo de distinción.18 Técnicamente son samitos19 en los que se observan constantes desde el punto de vista de su ejecución que sugieren agrupamientos. Aunque se ha discutido el origen de estos textiles, las investigaciones recientes han puesto de manifiesto su carácter autóctono en función de los testimonios papirológicos que mencionan la importante producción de estos centros.20 Hay que tener en cuenta que durante la Antigüedad tardía Egipto fue un gran productor e importador de tejidos, influyendo decisivamente en su industria los de importación, de tal forma que no solo imitaron en seda los tejidos que llegaban de Persia e incluso de Asia Central,21 sino que imitaron esos mismos diseños en tejidos de lino y lana realizados en tapicería,22 materiales y técnicas tradicionales en sus manufacturas.23
Antinoé fue fundada en el Medio Egipto en el año 140 d. C. por Adriano en memoria de su favorito Antinoo. La ciudad se convirtió en un centro clave en la ruta por el desierto hasta el mar Rojo que enlazaba con Siria, Persia e India, por eso su producción textil muestra gran originalidad, aunque su catalogación presenta problemas a casusa de los métodos de excavación llevados a cabo en sus necrópolis por Albert Gayet a finales del siglo XIX, que desenterró ricos ajuares entre los que no faltan las sedas ni la indumentaria de moda sasánida.24 La homogeneidad en los procedimientos técnicos de la tejeduría permite reevaluar la delicada cuestión de las importaciones, pudiéndose concluir que los talleres de la ciudad desarrollaron una tecnología capaz de elaborar tejidos de seda imitando los de procedencia oriental,25 donde los códigos decorativos se organizan con composiciones de losanges que encierran en su interior rosetas, medallones con motivos vegetales o animales en su interior, o figuras afrontadas a un eje de simetría.
Akhmim, la Panópolis griega, situada asimismo en el Medio Egipto, fue famosa por sus manufacturas de lino. Excavadas sus necrópolis por Gaston Maspero, se sacaron a la luz tejidos de varias generaciones en los que se observa diversidad de estilos. Las sedas de Akhmim muestran una iconografía de tipo bizantino con motivos vegetales y figurados, aunque podrían haberse realizado en talleres locales. Se han establecido grupos en función de su decoración y de criterios estilísticos, clasificándose entre los siglos VII y VIII.26 Destacan por su singularidad un grupo con inscripciones en griego con los nombres «José» y «Zacarios», que se han asociado al nombre de tejedores o a talleres.27 En tejidos salidos de las manufacturas egipcias en la Antigüedad tardía se encuentran algunos signos reiterados que se podrían interpretar como marcas de taller, incluso en dos de ellos se han podido leer inscripciones que podrían mencionar localidades concretas; en el Victoria and Albert Museum de Londres se lee «Panos», posiblemente Panópolis (Akhmim), y en el Textile Museum de Whasington, ¿«Heraclée»?, probablemente Heracleópolis.28 Pero en el caso de las sedas de Akhmim, la posible alusión a un tejedor las acerca a la identificación que las leyendas epigráficas aportaban en los tejidos fabricados en los tiraz como señal de control e identificación, por lo que podrían considerarse un antecedente de los tiraz islámicos.
La producción sedera de Egipto se realizó a partir de la importación de materia prima durante la dominación romana, bizantina, sasánida y posteriormente árabe, porque el suelo egipcio no es apto para la implantación de la sericultura.29 La milenaria tradición textil egipcia favoreció el florecimiento de su industria durante la época islámica. Los tejidos fatimíes tuvieron su influjo técnico y decorativo en los andalusíes y su industria se extendió a Sicilia, el primer territorio europeo, a excepción de al-Ándalus, donde se implantó la sericultura.
El origen de la sericultura en la cuenca del Mediterráneo se atribuye a la audacia y al espionaje industrial de dos monjes nestorianos que, según la leyenda, hacia los años 553-554 d. C. llevaron a Bizancio huevos y semillas escondidos en el hueco de sus bastones para ofrecérselos al emperador Justiniano (Procopio, De Bello Gothico, IV.17). Esta historia no hace más que ratificar un hecho que, al parecer, ya se había producido en la ribera del Mediterráneo siglos antes, porque como ha sugerido Muthesius apoyándose en Teophanes de Bizancio (Fragmenta Historicorum Graecorum, IV, 270) y en documentación china, las moreras debían cultivarse en Siria al menos desde el siglo V, por lo que seguramente ya se produciría seda para alimentar, al menos en parte, los talleres de Siria y Asia Menor.30 Con Justiniano se legisla sobre la manufactura, distribución y uso de este material,31 estableciéndose talleres imperiales en Constantinopla y otras ciudades con gran tradición textil como Antioquía y Tiro, con el fin de llevar a cabo una política monopolística en la industria de la seda, dándose los primeros pasos de lo que se convertiría en uno de los pilares de la economía bizantina, utilizada como medio de pago y con sentido diplomático.32 A partir del establecimiento de estos talleres estatales se produjo un declive de los talleres privados que habían funcionado en los siglos anteriores proporcionando tejidos de lujo a la corte y a las clases privilegiadas de la sociedad bizantina.33 Con todo, la producción de seda se extendió gradualmente en Bizancio, por lo que sus manufacturas fueron durante siglos dependientes de la importación de materia prima, como evidencia el hecho de que todavía en el siglo X Constantinopla continuase comprando el producto a comerciantes sirios.34
La seda se convirtió en un artículo de lujo imprescindible en Bizancio y, vinculada al color púrpura,35 fue símbolo de poder político y de autoridad esencial en el rígido ceremonial cortesano. También la Iglesia requirió ornamentos e indumentaria de seda que aportaban boato a la liturgia. Estas ricas sedas se convirtieron en poderosas armas políticas del Imperio al ser utilizadas como regalos diplomáticos para reafirmar alianzas con los reinos occidentales. Sirvan como ejemplo la seda imperial de los leones (Schloss Köpenick, Berlín) con una inscripción alusiva al reinado del basileo Romanos y la seda imperial del elefante (Tesoro de la Catedral de Aix-la-Chapelle), regaladas a los emperadores del Sacro Imperio.36
En los siglos XI y XII, como resultado del aumento de la demanda, el cultivo de la morera y la producción de la seda cruda se hicieron muy activos en Bizancio. Los principales centros de producción de seda dentro del Imperio estaban en el Peloponeso, Macedonia y algunas islas del Egeo, porque los centros de cultivo de Siria y el sur de Italia fueron conquistados por turcos y normandos respectivamente.37 La producción se concentró en Constantinopla, Tebas y Corinto, donde junto a los talleres oficiales se incrementó el número de establecimientos privados que tejían productos de gran calidad ante la necesidad de abastecer una demanda que iba en aumento. En este periodo las sedas bizantinas llegan a Occidente en mayores proporciones a través del comercio mediterráneo. Bizancio concedió concesiones comerciales a las potencias marítimas de Venecia, Pisa, Génova y Amalfi para asegurar, a cambio, la ayuda militar y naval para los territorios bizantinos. Pero los comerciantes italianos no solo ejercieron de intermediarios, sino que desempeñaron un papel importante en la transferencia de tecnología y diseños decorativos, lo que se tradujo en el nacimiento de la industria textil italiana.38
La complejidad técnica de las sedas bizantinas hizo necesaria una especialización de acuerdo con las técnicas y el tipo de telar.39 Técnicamente dominaron el samito y el lampas,40 aunque también se realizaron damascos, tapicerías y bordados.41
Desde el punto de vista decorativo, las sedas más antiguas se caracterizan por diseños pequeños distribuidos en losanges o semilleros trabajados a dos colores. A partir del siglo VIII los diseños se distribuyen en hileras o en medallones con bordes perlados o con roleos vegetales que albergan elementos de influencia sasánida afrontados o adosados a un eje de simetría: caballos alados, leones, bestias imaginarias; junto a escenas que evocan actividades cortesanas como carreras de cuadrigas o jinetes practicando la caza; símbolos imperiales como el león, el águila y el grifo; y una iconografía cristiana que parece que se impone tras el periodo iconoclasta.42
Bizancio dominó la producción de sedas en Europa hasta el siglo XII, cuando el establecimiento de manufacturas en ciudades italianas como Lucca, por una parte, y la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204, por otra, supusieron el comienzo de su declive, aunque la producción sedera continuaría hasta la caída del Imperio en 1453.
Cuando los musulmanes conquistaron Persia y conocieron el secreto de la seda, entre los centros textiles bizantinos y los recién creados centros islámicos del Mediterráneo y Asia Central se produjo un rico intercambio de técnicas y temas iconográficos, hasta el punto de que muchas piezas presentan dificultades en su catalogación. Samitos y lampas con motivos como elefantes y senmurvs incluidos en círculos perlados formaron parte de un repertorio común. El incremento de los centros productores de tejidos de lujo supuso una revolución económica ante la gran demanda, lo que originó redes comerciales que permitieron que estos objetos llegaran a todos los lugares para cumplir funciones de lo más variadas.
La expansión del Islam fue decisiva para la implantación de la sericultura en el ámbito del Mediterráneo fuera del control bizantino. Al-Ándalus fue el primer territorio europeo donde el cultivo de la seda generó una potente industria textil que exportó sus manufacturas a Oriente y Occidente. Parece que hasta entonces solo habían llegado a la península sedas importadas de Bizancio de las cuales, además del testimonio de San Isidoro en sus Etimologías, solo resta el pequeño fragmento pegado a una hebilla de cinturón de la necrópolis visigoda de Castiltierra, donde la seda se trabaja mezclada con otra fibra.43
La cría del bombix mori se introdujo en al-Ándalus hacia el año 740, coincidiendo con los asentamientos de población siria en la vega de Granada y en comarcas del valle del Guadalquivir, donde las condiciones climáticas favorecieron su cultivo.44 En el Calendario de Córdoba (961) se describe el proceso de producción de la seda y las transacciones comerciales del preciado material.45
El desarrollo de la industria textil sedera en al-Ándalus estuvo ligado, inexorablemente, a una compleja organización donde todos los procesos de producción estaban estandarizados y regularizados para producir artículos que se comercializaron sistemáticamente; de ahí su fama en los mercados orientales y occidentales. Esta estandarización se produjo por un trabajo sometido a control y la implantación de tecnología que agilizaba la producción. La industria sedera andalusí fue una de las más importantes del ámbito islámico, quizá, como apunta Constable,46 por los artesanos provenientes de Siria y Líbano, donde ya se practicaba la sericultura.
Para el proceso del hilado no hay que descartar, como comenta Silvia Saladrigas, que se pudiese utilizar algún sistema semimecánico que permitiese un molinaje múltiple, como se puede deducir de un pasaje del año 965 del historiador Ibn Miskawayh que se refiere a la provincia de Azerbaiyán y que se podría trasladar a la industria andalusí.47 El proceso del hilado requería una alta especialización, diferenciándose entre quienes devanaban directamente los capullos para obtener la seda de más alta calidad –manqud– y quienes hilaban a partir de la seda desechada –muqassar–, por lo que había distintas calidades de seda que repercutían en el precio final de los tejidos resultantes.48 Aunque la denominación genérica de la seda, aplicable también a tejidos de seda de gran valor, era harir, se utilizaron distintos términos en función de la calidad y los tipos de tejidos obtenidos.49
El color aportaba un valor añadido a los tejidos de lujo. Era símbolo de estatus e implicaba, a su vez, un concepto de moda. Los musulmanes introdujeron cambios estacionales en la indumentaria, utilizando ropas blancas en verano y de brillantes colores en invierno.50 También desplegaron una rica gama cromática en los tejidos de ornamentación.
El proceso de teñido se realizaba sobre las madejas de fibra hilada, sumergiéndose en tinas no sin antes haber sido introducidas en un baño de mordiente fijador del color. El oficio de tintorero estaba especializado en el uso de colorantes con los que se obtenían colores específicos. Según Benjamín de Tudela, este trabajo fue monopolizado por los judíos.51 La utilización de sustancias fraudulentas estaba penalizada porque se valoraban los tintes persistentes que no perdían su brillo y calidad con el transcurso del tiempo.52 En al-Ándalus está documentado el cultivo de gran cantidad de plantas destinadas a proveer de materias primas a una industria fundamental en el desarrollo de la producción textil.53 En los tejidos analizados se han detectado tintes obtenidos con colorantes cosechados en la península Ibérica: pastel para los azules; granza y quermes para los rojos; gualda, azafrán y bayas persas para los amarillos, junto a otros que procedían de la importación y que aumentaban el valor de los tejidos, como la cochinilla armenia, el liquen orchilla y la madera de Brasil para la obtención del color rojo.54 Probablemente, en los tejidos más suntuosos, para la obtención de los azules pudo utilizarse el índigo, obtenido a través del comercio, pero su detección no es posible porque, al igual que en el pastel, su componente básico es la indigotina, que es lo que se detecta en los análisis.
Respecto al color púrpura, tan valorado en la Antigüedad tardía, fue perdiendo protagonismo y, cuando aparece, pocas veces se obtiene a partir del murex, sino de la mezcla de rojos y azules, como es el caso del almaizar de Hisam II –granza e índigo–.55 El color púrpura violáceo se puede observar en algunos tejidos clasificados como andalusíes, como un fragmento conservado en los Musées Royaux d’Art et d’Histoire de Bruselas (inv. 1S.Tx.374), fechado en los siglos XII-XIII con decoración en bandas horizontales con aves afrontadas; o el del Instituto de Valencia de Don Juan de Madrid (inv. 2058), con gacelas afrontadas que alternan con aves que destacan sobre un fondo purpúreo y donde los análisis de colorantes han detectado liquen orceilla –rocella tinctoria–, ya empleado en Roma como sustituto del púrpura para conseguir los tonos violáceos.56 El murex se sustituyó por otros tintes igualmente suntuarios con los que se obtenía un color rojo muy intenso, considerado una variación de la gama del púrpura y dotado de gran valor durante la Edad Media por su saturación e intensidad tonal, como el quermes (del árabe qirmiz) y colorantes procedentes de la importación como el tinte laca (Kerria lacca), cochinilla y madera de Brasil (especies Caessalpina).57
Junto a la seda, la utilización de hilos metálicos aportaba mayor riqueza a los textiles. En la producción andalusí fueron empleados ya en las primeras piezas conocidas, reduciéndose su uso en el siglo XV, cuando fueron sustituidos por seda amarilla.58 Los hilos metálicos podían ser de oro o plata dorada. Generalmente se utilizaron en forma de hilos entorchados a una membrana o piel de origen animal conocida como «oro de Chipre» u oropel.59
A mediados de la octava centuria ya se habrían formado talleres que permitían combinar las prácticas más tradicionales con las más especializadas para producir tejidos de seda, lo que conllevó la utilización de una tecnología sofisticada basada en telares que permitían la ejecución de tejidos complejos. Junto a telares de alto lizo donde podían ejecutarse tapices y alfombras, se incorporaron los telares de pedales de bajo lizo donde se manufacturaban tejidos con una sola urdimbre como tafetanes con franjas de tapicería en los que se incorporaba la decoración o la inscripción en el caso de los tiraz, cendales y otros tejidos simples. En estos telares, para formar la decoración se utilizan canillas con los hilos de colores que se incorporan según requiera el diseño. Los hallazgos arqueológicos permiten confirmar la presencia de telares horizontales en yacimientos islámicos por la aparición de algunas piezas empleadas en este tipo de artefactos como el templén, que permitía formar orillos y ajustar la anchura del telar para que el tejido no se deformase.60
Para aquellos tejidos en los que se repiten los motivos decorativos a lo largo de la pieza, donde se precisa la preparación de las urdimbres para que faciliten a las lanzaderas trabajar de orillo a orillo, se utilizó el telar de lazos o de tiro, que permitía la repetición de los motivos mediante lazos o anillas fijados en el ramo del telar, o bien un telar donde los hilos de la urdimbre que formaban el dibujo se seleccionaban por medio de varillas.61
La utilización de estos artefactos requería operarios capaces de disponer su montaje y controlar su manejo. En los primeros tiempos de la implantación de esta industria estos artífices pudieron ser de origen sirio, teniendo en cuenta que Abd al-Rahman I, en su exilio, fue acompañado por sirios fieles entre los que había artesanos cualificados y no faltarían los tejedores.
Esta sofisticada tecnología imponía la necesidad de llevar a cabo esta actividad en talleres organizados dotados de la infraestructura necesaria. La importancia de las telas como signo de magnificencia y el control de su producción como símbolo de poder se manifestaron en la fundación del tiraz real en tiempos de Abd al-Rahman II. El dar al-tiraz era un monopolio estatal igual que la instauración de las cecas para la producción de moneda, como atestiguan al-Maghrib y al-Suyuti. Este último autor sostiene que fue durante el gobierno de Abd al-Rahman II cuando se creó el tiraz y comenzó la acuñación de monedas.62 Ibn-Hawkal afirma que en el año 978 funcionaba en al-Ándalus más de una factoría de tiraz, lo que revela que la institución podía disponer de talleres que trabajaban exclusivamente para el monarca, incluso había operarios que eran forzados a trabajar para el dar al-tiraz si les era demandado.
Del reinado de al-Hakam II nos han llegado noticias de una visita que el califa hizo al establecimiento ubicado en el arrabal de la capital,63 pero durante el califato no funcionó únicamente el dar al-tiraz cordobés, sino que en las distintas fuentes se mencionan otras casas en Sevilla, Almería, Málaga, Pechina, Fiñana y Baza.64 La importancia de la institución era tal que el sahib al-tiraz era uno de los funcionarios más importantes de la corte.65
Los talleres reales satisfacían las necesidades del monarca y su familia, y se destinaba una parte de la producción a regalos diplomáticos con los que el soberano obsequiaba a los personajes principales de su corte y a las distintas embajadas. Entre los regalos diplomáticos que recibían los califas fatimíes destacan las sedas andalusíes por su singularidad y calidad. Ibn Hawkal comenta que su fama llegaba hasta los límites de Jurasán.66 Una de las especialidades de esta factoría, de donde salían los más bellos tejidos de seda e hilos metálicos distinguidos con el marchamo real, eran los tejidos con inscripciones alusivas al soberano, como el almaizar de Hisam II (Real Academia de la Historia, Madrid) o la franja de tiraz de Abd al-Rahman III (Cleveland Museum of Art).67
Tras la caída del califato, los distintos reyes taifas tuvieron sus propias casas del tiraz como señal de prestigio, continuando activa la institución en las distintas dinastías andalusíes, aunque llegó a desaparecer con los primeros monarcas almohades porque acorde al rigor que los caracterizó suprimieron el establecimiento adoptando una gran austeridad en el vestir.68
La gran demanda interna y el comercio exterior que generó la calidad de las telas urdidas en los telares andalusíes hicieron necesario el establecimiento de talleres privados, seguramente la mayoría de reducidas dimensiones y especializados en un tipo de tejido,69 pero posiblemente agrupados en torno a un centro que les daba cohesión, como se puede deducir de los textos de cronistas árabes como al-Idrisi, que informa que Almería, en la época almorávide, contaba con ochocientos talleres de tiraz, mil de fabricación de brocado y otros mil de siqlatun, y se fabricaban allí todo tipo de telas, incluso guarnecidas con piedras preciosas.70 Almería fue uno de los centros más florecientes en el comercio de las sedas y su puerto la puerta a Oriente por donde entraban y salían objetos suntuarios, entre los que se encontraban las numerosas variedades de telas, pero en todas las ciudades con tradición textil estos talleres tendrían una incesante actividad, llevando a cabo tanto un trabajo estandarizado con modelos que podían ser originales de un taller o un grupo de talleres, como piezas de encargo para satisfacer a una clientela islámica o cristiana que requería piezas exclusivas, entre las que estarían los tejidos blasonados o scutulados. Junto a Almería, la producción textil fue fuente de riqueza en otras ciudades como Sevilla, Málaga, Toledo o Fiñana.71
Si bien el número de tejidos andalusíes conservados es considerable, no son más que una pequeña muestra de lo que sería la gran producción textil, donde no solo los tejidos de seda gozaron de gran consideración, también se citan los de lana, lino y algodón, por su calidad y la finura de ejecución, además de las alfombras, que compitieron en el mercado con las de procedencia oriental.72
La clasificación de los tejidos conservados se ha realizado encuadrándolos en las distintas etapas históricas de al-Ándalus,73 pero proponemos su catalogación en relación con las modas que imperan en la cuenca del Mediterráneo en un determinado periodo más que con las dinastías reinantes, porque consideramos que no fueron intereses políticos o religiosos los que contribuyeron al éxito de una técnica o un repertorio decorativo, sino las tendencias y gustos dominantes los que difundieron técnicas, tipologías y repertorios que se copiaron y versionaron en los distintos centros de producción.74 Por tanto, opinamos que es más conveniente una clasificación cronológica exenta de una carga política y acorde a las modas; así, la capa del infante don Felipe (Museo Arqueológico Nacional, Madrid) formó parte del ajuar funerario del hermano de Alfonso X el Sabio, que fue enterrado en la iglesia de Santa María la Blanca de Villalcázar de Sirga (Palencia) en 1274. El infante participó en la revuelta nobiliaria de 1272 contra el rey y para eludir las represalias se refugió en Granada invitado por Muhammad I, de donde podría proceder la pieza, decorada con entrelazos, polígonos estrellados, cuadrifolios y atauriques, y rematada con bandas epigráficas donde se repite, en caracteres cúficos, baraka (‘bendición’). La capa se clasifica como nazarí por el contexto histórico en el que, presumiblemente, fue ejecutada,75 pero su técnica –se trata de un taqueté labrado– y código decorativo no difieren de otros tejidos denominados almohades por tejerse en los años de la decimotercera centuria, en los que dicha dinastía reinaba en al-Ándalus.76 La discriminación por dinastías reinantes no da como resultado tejidos distintos, por lo que es más adecuada una clasificación cronológica, teniendo en cuenta que en técnica y decoración responde a las producciones del siglo XIII.
Pero no siempre resulta fácil establecer la cronología de estas producciones, porque al carácter conservador de la industria textil hay que unir la descontextualización de muchas de las piezas o su hallazgo en contextos en los cuales no es fácil determinar su datación,77 por lo que resultan de gran ayuda los métodos científicos de caracterización.
La institucionalización del tiraz durante el emirato de Abd al-Rahman II conlleva necesariamente la prosperidad de la industria textil andalusí a comienzos del siglo IX, pero desconocemos si algunos de los ejemplos conservados son anteriores al siglo X. Los tejidos clasificados en esta centuria se han caracterizado por presentar su decoración con técnica de tapiz, dominante en la cuenca del Mediterráneo durante la Antigüedad tardía. Si bien no está documentada la llegada de tejedores egipcios que practicaron secularmente esta técnica, las similitudes tecnológicas y decorativas hacen probable su presencia en al-Ándalus. Los tejidos de tapicería andalusíes presentan particularidades ya señaladas por Carmen Bernis.78 El repertorio decorativo de piezas tan significativas como el almaizar de Hisam II (Real Academia de la Historia, Madrid)79 se aproxima a la producción textil del valle del Nilo anterior y coetánea, pudiéndose apreciar relaciones compositivas con las piezas contemporáneas fatimíes, aunque en el caso andalusí la seda se utiliza para las tramas y urdimbres y se incorporan hilos de oro en la decoración. Pero la franja del Pirineo (Instituto Valencia de Don Juan, Madrid), una de las piezas más significativas clasificadas en este periodo, decorada con círculos enlazados del que se conserva uno con una hembra de pavo inserta en una doble rueda con motivos vegetales estilizados, es más afín a la tradición oriental en composición y motivos, por lo que de ser andalusí nos permitiría establecer una segunda tradición vinculada a tejedores de origen sirio que pudieron llegar a al-Ándalus en los siglos VIII y IX. En todo caso, ambos tejidos permiten establecer la convivencia de dos tradiciones textiles.
Parece probable que en el siglo X, además de tapicerías, se fabricasen otros tipos de tejidos como los samitos, de los que tenemos muestras significativas fechadas en el siglo XI, como el paño de las brujas (Museu Episcopal de Vic). Son piezas de vivos colores donde el fondo rojo entronca con la tradición bizantina en el uso de este color, asimilado al púrpura y considerado símbolo de prestigio y poder. El repertorio decorativo, de inspiración oriental, con animales reales y fantásticos afrontados dificulta su filiación a talleres hispanos, bizantinos o sirios, máxime cuando tejidos de este tipo se nombran en la documentación como greciscos y siriacos. Lo que es evidente es que tejidos de distinta procedencia circulaban por los mercados y eran adquiridos como objetos suntuarios al apreciar la riqueza del material y la decoración, donde se imponían los repertorios que dominaban en los talleres orientales.
La tradición secular de composiciones inscritas en círculos fue una constante en el mundo bizantino e islámico. En Bagdad se fabricaban telas de este tipo muy preciadas que debieron de llegar desde muy pronto a los mercados occidentales. Con marchamos de la ciudad en forma de inscripción identificativa, se conocen como attabi –en alusión al barrio textil bagdadí–, baldaquíes y diaspros, término con el que se citan en inventarios medievales.80 Estos tejidos constituyeron una seña del prestigio de la dinastía abasí y provocaron una ola orientalizante en la decoración textil en centros que imitaron su producción. De procedencia bagdadí se ha venido considerando un tejido de San Isidoro de León fechado a finales del siglo X o comienzos del siglo XI con la inscripción en el círculo «hecho en Bagdad para Abu Bakr» y decorado con elefantes afrontados con leones sobre sus lomos en los que se posan aves. Pero los diaspros en técnica de lampas con brochados de hilos metálicos para ejecutar algunos detalles se imitaron en los talleres andalusíes, posiblemente en Almería, donde se menciona su producción. La copia de diseños se justifica por la amplia demanda de productos que causan impacto y se ponen de moda, por lo que en los tratados de hisba se regula la producción y se prohíben las imitaciones. La gran demanda de los reinos cristianos de estas palia rotata llevó a la imitación de sedas andalusíes en Lucca en el siglo XIII, exportadas a Castilla desde Génova y mencionadas en la documentación como spanish bagadelli.81
De procedencia almeriense parece ser el tejido de San Pedro de Osma procedente de su sepulcro en la catedral de Burgo de Osma, donde fue enterrado en 1109, terminus post quem, para establecer la cronología de la pieza. Decorado con parejas de leones que muerden arpías inscritos en círculos, la inscripción que bordea las rotatas menores dice: «Esto es de lo hecho en Bagdad, guárdelo Dios», pero la grafía presenta elementos propiamente hispanos, por lo que se considera una falsificación.82 En técnica y colorido es afín a otras piezas de esta serie, como el estrangulador de leones, procedente de la dalmática de San Bernardo Calbó, obispo de Vic entre 1233 y 1243, o las telas del relicario de Santa Librada de la catedral de Sigüenza. En la iglesia Quintanaortuño (Burgos) se conserva la casulla de San Juan de Ortega, decorada con leones adosados apresando ciervos y una banda de tiraz con la leyenda «asistencia de Dios para el emir de los musulmanes, Alí [...] labor de Sammaāk». La inscripción no solo es honorífica a Alí ben Yúsuf (1106-1143), lo que permite datar los tejidos de esta serie, sino que identifica al tejedor, dato menos frecuente en estas piezas. Si bien la mayor parte de los tejidos de lujo se adquirirían mediante el comercio, piezas del tiraz real como esta o el mencionado almaizar de Hisam II pudieron formar parte de regalos diplomáticos o llegar a los territorios cristianos como botín de guerra.
Desde mediados del siglo XII la moda de las palia rotata parece agotada y aunque no desaparecen del todo, como queda de manifiesto en piezas procedentes de los enterramientos de Las Huelgas de Burgos (tapa del ataúd de Fernando de la Cerda o forro del ataúd de María de Almenar), se van imponiendo otros diseños decorativos que irán ganando terreno a lo largo de los dos siglos siguientes, como es el caso de pequeños motivos vegetales y animales incluidos en esquemas poligonales, estrellados o lobulados (manto de Fernando, hijo de Alfonso X, Museo de Telas Medievales del monasterio de Las Huelgas, Burgos). En las manufacturas del oriente musulmán se ponen de moda los motivos asimétricos de origen chino,83 pero también las telas a rayas o raqm84 formadas por franjas de distinta anchura y color y que pueden contener motivos variados. En al-Ándalus alternan los tejidos con los diseños seculares junto a las nuevas modas que se van introduciendo en piezas de calidad con una compleja y variada técnica donde incluso se observa la combinación de más de una en la misma pieza: lampas, taquetés, samitos y tapicería a los que se une la técnica de paños de arista (pannus de areste) con ligamento de sarga en el que interviene una urdimbre y al menos dos tramas formando un entramado en espiguilla o espina de pez,85 como el tejido de la capa de San Fructuoso (catedral de Roda de Isábena, Huesca). En estos paños ricos, con la seda se combinan hilos metálicos en abundancia en composiciones donde la figuración se minimiza y mimetiza entre el resto de los motivos geométricos, entrelazos, figuras estrelladas e inscripciones distribuidos en bandas, dando como resultado las que se nombran en la documentación como telas listadas, viadas o bastonadas. Si bien los motivos que conforman la decoración de estos tejidos se han interpretado como una evocación al arte andalusí de los siglos anteriores,86 como en los roleos de la dalmática de Rodrigo Ximénez de Rada (monasterio de Santa María de Huerta, Soria), que recuerdan los cuerpos tapizados de los bronces califales, parece más bien que este tipo de decoraciones densas, donde los motivos de reducido tamaño contenidos en estructuradas formas geométricas o lobuladas se diseminan sobre la superficie del tejido o se distribuyen en franjas, se extendieron desde Oriente.87 En el panteón real del monasterio de Santa María la Real de Huelgas en Burgos las telas exhumadas conforman un magnífico muestrario de la producción textil entre 1170 y 1340, donde se aprecian estos cambios.88
Junto a las telas de producción ibérica también se han localizado en estos sepulcros tejidos con marchamos de importación, como el forro del ataúd de Alfonso de la Cerda, con decoración en bandas en las que alternan la epigrafía y motivos estrellados.89 De estos tejidos viados hay excelentes muestras en la colección de Las Huelgas, por lo que parece claro que se imitaron en los telares andalusíes, como las ropas de doña Berenguela, el pellote de Leonor de Castilla, la cofia del infante Fernando de Castilla, el forro del ataúd de Fernando de la Cerda, la almohada de Leonor de Castilla, la almohada de María de Almenar, o el sudario de doña Mencía de Lara (monasterio de San Andrés del Arroyo, Palencia) y la dalmática de don Rodrigo Ximénez de Rada (monasterio de Santa María de Huerta, Soria). Estas imitaciones en seda y oro son propias de industrias sofisticadas que interpretaron con creativas variaciones los tejidos orientales, con lo que se redujo la demanda de estas piezas y se abarató su coste. No obstante, su uso fue exclusivo de los círculos aristocráticos. Es razonable pensar que la potente industria andalusí tuviera que adaptarse a los nuevos gustos para satisfacer a una clientela entre la que estaban los reinos cristianos hispanos y europeos, y no solamente en los talleres hispanos se imitaron estas telas importadas que hicieron cambiar los gustos aristocráticos, sino que en las manufacturas italianas también se produjo este proceso de emulación de modelos orientales.90
Las altas jerarquías eclesiásticas, la nobleza y la monarquía de los reinos cristianos serán importantes clientes, ya que adquirieron telas estandarizadas realizadas en serie con idénticas composiciones, medidas y variaciones en motivos y colores,91 o realizaron encargos, como es el caso de las piezas blasonadas o scutuladas, clara muestra de una condición social –manto y aljuba de Fernando de la Cerda (Museo de Telas Medievales, Burgos), manto de Fernando III (Armería del Palacio Real, Madrid), capa del arzobispo don Sancho de Aragón (Museo de Textiles y Tapices, catedral de Toledo).
Algunos de los tejidos de este periodo combinan la seda para las tramas junto a lino o lana en las urdimbres, son las denominadas filosedas, consideradas de menor calidad, por lo que se atribuyen a talleres mudéjares que trabajaban para los cristianos,92 pero probablemente la mezcla de fibra no estaría en función de la ubicación de los talleres, sino del precio de las telas resultantes, teniendo en cuenta que el género obtenido cumplía las exigencias de lujo tan del gusto en la sociedad occidental como símbolo de magnificencia y ostentación. Las medias sedas con mezcla de fibras se utilizaron en la Antigüedad tardía, cuando se incorporó este material a la producción, y también se documentan en Bizancio durante los siglos X y XI para producir piezas de gran valor estético y menor valor material.93
La producción del siglo XIV se configura a partir de los parámetros ya establecidos en la centuria anterior. Se observa la influencia de los tejidos asiáticos y mamelucos en los motivos vegetales –Museo Lázaro Galdiano, Madrid (inv. 1604)– y palmetas asimétricas de clara impronta oriental –Museo Lázaro Galdiano, Madrid (inv. 1719)–.94 Entre estos elementos se disponen inscripciones epigráficas donde se repite la leyenda «gloria a nuestro señor el sultán», lema de los sultanes nazaríes de Granada. Técnicamente sigue predominando el lampas que combina sedas de brillante y contrastado cromatismo con hilos metálicos, que tienden a desaparecer en la producción del siglo XV para ser sustituidos por seda amarilla. En el siglo XV, junto a piezas donde la epigrafía sigue constituyendo el motivo principal, como es el caso de la capa de los condestables de la catedral de Burgos,95 predominan los motivos geométricos y de lacerías, distribuidos en franjas de diferente anchura, similares a los alicatados de los palacios de la Alhambra, ejecutados en una gama de intensos colores. Estos motivos continuarán siendo los protagonistas en tejidos y bordados realizados durante el siglo XVI en los talleres magrebíes tras la conquista del reino de Granada por los Reyes Católicos.
Los tejidos de seda actuaron como los mediadores primarios en el intercambio cultural debido a su portabilidad y alto estatus. Con estos objetos de gran lujo los estilos y motivos cruzaron fronteras culturales, así como las innovaciones tecnológicas que dieron lugar a piezas de gran sofisticación, gracias al comercio y al establecimiento de rutas de circulación. Eran bienes que no respondían a una demanda individualizada, lo que favoreció las interacciones entre centros; no obstante, formaron parte de la cultura material de la sociedad que los produjo y de su estética, a pesar de la dificultad de su clasificación en ocasiones por partir de una tradición técnica y decorativa común y debido a la copia de piezas y diseños que habían causado impacto, de ahí la importancia de la caracterización que permita establecer diferencias entre las manufacturas.
La producción textil fue una de las industrias más potentes en la Antigüedad y la Edad Media y los tejidos de lujo constituyeron la base de la economía de sociedades como la bizantina y la islámica en la cuenca del Mediterráneo. Su importancia fue tal que formaron parte del paisaje visual y de la vida diaria en espacios profanos y sagrados, públicos y privados, cortesanos y domésticos. Su uso fue señal de prestigio, por eso traspasaron barreras religiosas valorándose por la calidad de la seda, el oro, los colorantes y la decoración. Su procedencia diversa facilitó la formación de un vocabulario estético ajeno a significados religiosos, valorándose lo matérico, es decir, lo importante es que fueran de seda, porque la seda ejercía fascinación y otorgaba respetabilidad, estatus e identidad social.
El estudio de la seda en el Mediterráneo se puede abordar desde diversos puntos de vista; aquí se han analizado algunos de ellos, pero no por ello dejan de tener la misma importancia aquellos que no se han tratado.
* Este trabajo forma parte del Proyecto de Investigación I+D+i HAR2014-54918-P «Las manufacturas textiles andalusíes: caracterización y estudio interdisciplinar», financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España.
1 Las primeras evidencias de la sericultura se dan en torno al siglo III, cuando se data un bombix mori de jade y un fragmento de fieltro de seda, pero los primeros restos de tejidos de seda se fechan durante las dinastías Shang (XVIII-XII a. C.) y Zhou (XII-III a. C.): Carmen García-Ormaechea: «La ruta de la seda», en Textil e indumentaria: materiales, técnicas y evolución, Madrid, Grupo español del IIC, 2003, p. 142.
2 Irene Good: «On the question of silk in pre-Han Eurasia», Antiquity, 69, 1995, pp. 965-966, refiere la presencia de restos textiles de posible origen chino en el Keramikos, en Etruria y en Altrier (Luxemburgo) en el siglo V a. C.; asimismo comenta el hallazgo de un hilo de seda en una momia de la dinastía XXI en Deir el Medina (ca. 1000 a. C.), aunque en este caso no se ha podido comprobar si la seda era salvaje o cultivada. Sobre la procedencia de esos y otros fragmentos, Irene Good: «The archaeology of early silk», Textile Society of America Symposium Proceedings, 388, 2002.
3 Posiblemente se trata del Pachypasa otus, de la familia lasiocampidae, una especie propia del Mediterráneo. Véase Good: «The archaeology of early silk...», p. 2. Un vestigio de esta seda salvaje se encuentra en un galón conservado en el Musée Historique des Tissus de Lyon (inv. 38.845), pero parece que su empleo no fue muy habitual: Gabriel Vial: «Deux exemplaires d’utilization de soie non mûrier (Tussah) dans les tissus anciens», Bulletin de liaison du CIETA, 61-62, 1985, pp. 50-51.
4 E. Morral y A. Segura: La seda en España. Leyenda, poder y realidad, Barcelona, Lunwerg, 1991, pp. 50-55; García-Ormaechea: «La ruta de la seda...».
5 R. Delmaire: «La vêtement dans les sources juridiques du Bas-Empire», Antiquité Tardive, 12, 2004, p. 200.
6 M. Albadalejo y M. García: «Luxuria et mollitia: Rome’s textile raw material trade with the East», en C. Alfaro, M. Tellenbach y J. Ortiz (eds.): Production and Trade of Textiles and Dyes in the Roman Empire and neighbouring regions, Valencia, Universitat de València, 2014, p. 62.
7 En Europa la documentación aporta numerosos datos sobre la importación de tejidos, pero además han aparecido fragmentos de tejidos de seda en distintos registros que llegaron seguramente por medio del comercio durante la Antigüedad tardía. En la basílica de Saint Denis se han identificado fragmentos del siglo VI de origen chino junto a otros probablemente de Persia y de otros centros del Mediterráneo: Sophie Desrosiers: «Chinese silks in the Merovingian graves of Saint-Denis Basilica?», en K. Grömer y F. Pritchard (eds.): Aspects of the Design, Production and Use of Textils and Clothing from the Bronze Age to the Early Modern Era, The North European Symposium of Archaeological Textiles, Budapest, Archaeolingua, 2015, pp. 135-144; Sophie Desrosiers y Antoinette Rast-Eicher: «Luxurious Merovingian textiles excavated from Burials in the Saint Denis Basilica, France in the 6th-7th Century», Textile Society of America Symposium Proceedings, 9-1, 2012. En Naintré se ha identificado el primer damasco de seda de la Galia en una tumba del Bajo Imperio. En Colchester se ha encontrado un tafetán probablemente de origen chino. Véase Jean-Michel Carrié: «Vitalité de l’industrie textile à la fin de l’Antiquité: considérations économiques et technologiques», Antiquité Tardive, 12, 2004, pp. 19 y 29. En la Inglaterra anglosajona se documenta el uso de sedas al menos desde finales del siglo séptimo traídas de Roma por el obispo Benedicto, a donde viajó tres veces. Véase Charles R. Dodwell: Anglo-Saxon Art: a New Perspective, Nueva York, Cornell University Press, 1982, pp. 129-130.
8 Ethel Lewis: La novelesca historia de los tejidos, Madrid, Aguilar, 1958, p. 39.
9 La seda pura se conocía como holosericae, mientras la mezcla de seda con lana o lino se denominaba subseriacae o tramosericae. Para el término se’ricum véase en línea: <http://www.perseus.tufts.edu/hopper/text?doc=Perseus%3Atext%3A1999.04.0063%3Aalphabetic+letter%3DS%3Aentry+group%3D2%3Aentry%3Dsericumcn> [consulta: 12/10/2016].
10 Carmen Alfaro: El tejido en época romana, Madrid, Arco Libros, 1997, p. 22.
11 Muhammad Abdel Aziz Marzouk: «Alexandria as a textile centre. 331 B.C. - 1517 A.D.», Bulletin de la Société d’Archéologie Copte, XIII, 1948-1949.
12 Ibíd., p. 121, n. 7, afirma que esta costumbre todavía era practicada en el siglo XIX por los indios navajos, que deshilaban tejidos de lana inglesa teñida de rojo por la dificultad que tenían para obtener este color. Ana Cabrera: La industria textil copta: la colección de la Antigüedad tardía del Museu Tèxtil y d’Indumentaria de Barcelona, Madrid, UCM, 2015, p. 91, n. 313, recoge la misma práctica por los romanos, que exportaban a India piezas retejidas con seda china. David Jacoby: «Silk economics and cross-cultural artistic interaction: Byzantium, the Muslim world, and the christian West», Dumbarton Oaks Papers, 58, 2004, p. 198, n. 3, plantea que con esta práctica se obtendrían tejidos de peor calidad.
13 M. Marzouk: «Alexandria as a textile centre...», p. 124.
14 M. Martiniani-Reber: Soieries sassanides, coptes et byzantines, Ve-XIe siècle, París, Réunion des Musées Nationaux, 1986, p. 11.
15 M. Albadalejo y otros: «Luxuria et mollitia...», pp. 60-61.
16 M. Martiniani-Reber: Soieries Sassanides...; A. de Moor, Sabine Schrenk y Chris Verhecken-Lammens: «New research on the so-called Akhmim silks», en S. Schrenk (ed.): Textiles in Situ. Their Find Spots in Egypt and Neighbouring Countries in the First Millennium CE, Rigisberg, Abegg-Stiftung, 2006; F. Calamet y M. Durand (dirs.): Antinoé à la vie, à la mode. Visions d’élegance dans les solitudes, Lyon, Fage, 2013.
17 M. Martiniani-Reber: Soieries sassanides..., pp. 61-97.
18 M. P. Canepa: «Textiles and elites tastes between the Mediterranean, Iran and Asia at the end Antiquity», en M-L. Nosch, Z. Feng y L. Varadarajan (eds.): Global Textile Encounters, Oxford/Filadelfia, Oxbow, 2014, p. 9.
19 El samito es un tejido de doble urdimbre donde la urdimbre de ligamento trabaja en sarga con las tramas de decoración y la urdimbre de base intercambia las tramas del anverso al reverso del tejido. Para su ejecución se requiere un telar horizontal de lazos o de tiro que permite la repetición de los diseños al distribuirse los hilos de urdimbre en grupos mediante unos lizos que permitirán que los lizos se muevan por la acción de un ayudante o por medio de pedales. Véase Silvia Saladrigas: «Los tejidos en Al-Ándalus: siglos IX-XVI. Aproximación técnica», en España y Portugal en las Rutas de la Seda. Diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente, Barcelona, Universitat de Barcelona, 1996, pp. 92-93; Pilar Borrego: «Análisis técnico de ligamentos en los tejidos hispanoárabes», Bienes Culturales, 5, 2005, p. 120.
20 Thelma K.Thomas: «Coptic and Byzantine textiles found in Egypt», en R. S. Bagnall (ed.): Egypt in the Byzantine World, 300-700, Cambridge, Cambridge University Press, 2007.
21 En el British Museum de Londres y el Musée des Tissus de Lyon se conservan fragmentos de un tejido de seda descubierto en Egipto y catalogado como de la región de Bujara. Véase M. Martiniani-Reber: «Témoignages textiles des relations entre Égypte et Proche-Orient», Antiquité Tardive, 12, 2004, p. 118.
22 L. Mackie: Symbols of Power. Luxury Textiles from Islamic Lands, 7th-21th Century, New Haven / Londres, The Cleveland Museum of Art, 2015, p. 47.
23 Son numerosos los tejidos de este tipo, por lo que remitimos a los conservados en colecciones españolas. Véase E. Morral: Egipte. Entre el sol y la mitja lluna, Barcelona, Ambit, 1999; L. Rodríguez Peinado: «Los tejidos coptos del Museo Arqueológico Nacional», Boletín del Museo Arqueológico Nacional, XVII, 1 y 2, 1999; L. Rodríguez Peinado: «Tejidos coptos del Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid. II», Anales de Historia del Arte, 12, 2002; L. Rodríguez Peinado y A. Cabrera: «La colección de tejidos coptos del Museo Nacional de Cerámica y Artes Suntuarias “González Martí” de Valencia», Anales de Historia del Arte, 18, 2008; A. Cabrera: La industria textil copta... En las aplicaciones de tapicería, las tramas de lana pasan alternativamente por los hilos de urdimbre recubriéndolos por completo y no cruzan el tejido de orillo a orillo, sino que se adaptan a las dimensiones que requiere el motivo decorativo, permaneciendo los hilos suspendidos en ese punto en el reverso hasta ser retomada la lanzadera en la siguiente pasada para completar el dibujo. Véase L. Rodríguez Peinado: Los tejidos coptos en las colecciones españolas: las colecciones madrileñas, Madrid, UCM, 1993, pp. 152-153.
24 F. Calamet y otro: Antinoé à la vie, à la mode...
25 M. Martiniani-Reber: Soieries Sassanides..., pp. 75-79.
26 Ibíd., pp. 80-97.
27 M. Martiniani-Reber: «Témoignages textiles...», p. 117; A. de Moor y otros: «New research on the so-called Akhmim silks...», p. 88.
28 L. Rodríguez Peinado: Los tejidos coptos en las colecciones españolas..., p. 111.
29 Maurice Lombard: Les textiles dans le monde musulman. VIIe-XIIe siècle, París, Mouton, 1978, p. 94.
30 Anna Muthesius: Studies in Byzantine and Islamic Silk Weaving, Londres, The Pindar Press, 1995, pp. 270-279.
31 El monopolio imperial de la compra de seda a los persas está registrado por primera vez entre los años 383 y 394 (Codex Iustinianus, IV, 40, 2). Véase R. Delmaire: «La vêtement dans les sources juridiques...», p. 200.
32 Robert Sabatino López: «Silk industry in the Byzantine Empire», Speculum, XX, 1, 1945; Heleanor B. Feltham: «Justinian and the international silk trade», Sino-Platonic Papers, 194, 2009.
33 Anna Muthesius: «Essential processes, looms, and technical aspects of the production of silk textiles», en A. Lailou (ed.): The Economic History of Byzantium from the Seventh Through the Fifteenth Century, Washington, Dumbarton Oaks Reseach Library, 39, 2002, p. 150.
34 D. Jacoby: «Silk economics and cross-cultural artistic interaction...», p. 198, n. 6.
35 Este preciado tinte se obtenía principalmente a partir de la secreción de la glándula hipobranquial de moluscos marinos clasificados en la familia de los muricidae (D. Cardon: Le monde des teintures naturelles, París, Belin, 2003, pp. 432-433). Fue el tinte más caro del mundo antiguo por la laboriosidad de su extracción y su elaboración, convirtiéndose en un símbolo de poder y riqueza. En Roma fue signo de opulencia y rango social, reservándose para el emperador el sacer murex o púrpura sagrada. Diocleciano instituyó la ceremonia de la adoratio purpurae, que marcaba la solemnidad mística de las audiencias imperiales. El término divina purpura que aparece en los textos se aplica a la indumentaria del emperador, convertida en emblema de poder absoluto (L. Bessone: «La porpora a Roma», en O. Longo (ed.): La porpora. Realtà e immaginario di un colore simbolico, Venecia, Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti, pp. 188-202; Meyer Reinhold: History of Purple as a status symbol in Antiquity, Bruselas, Latomus, 1970, pp. 62-65).
36 A. Muthesius: «The datable byzantine lion and elephant silks whit woven inscriptions, and their relationship to some similarly patterned uninscribed silks», en Byzantie Silk Weaving: A 400 to AD 1200, Viena, Erschienen, 1997.
37 A. Muthesius: «Essential processes, looms, and technical aspects...», pp. 151-152.
38 R. Sabatino López: «Silk industry in the Byzantine Empire...», pp. 35-41; G. Navarro Espinach: «El arte de la seda en el Mediterráneo medieval», En la España Medieval, 27, 2004, p. 12; D. Jacoby: «Silk economics and cross-cultural artistic interaction...», p. 228.
39 A. Muthesius: «Essential processes, looms, and technical aspects...», pp. 152-160.
40 El lampas es un tejido labrado de doble urdimbre. La urdimbre de base y la trama de fondo trabajan en tafetán, sarga o raso, y el diseño se forma con la urdimbre de ligamento y las tramas suplementarias. S. Saladrigas: «Los tejidos en Al-Ándalus...», pp. 94-98; P. Borrego: «Análisis técnico de ligamentos...», p. 120.
41 L. Mackie: Symbols of Power..., pp. 36-37.
42 Thelma K.Thomas: «Silks», en H. Evans y B. Ratliff (eds.): Byzantium and Islam. Age of Transition, 7th-9th Century, Nueva York, The Metropolitan Museum of Art, 2012, pp. 148-159.
43 Emilio Camps Cazorla: «Tejidos visigodos de la necrópolis de Castiltierra», Anuario del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, II, 1934, pp. 93-94, lám. 2.
44 M. Lombard: Les textiles dans le monde musulman..., pp. 95-96.
45 V. Lagardère: «Mûrier et culture de la soie en Ándalus au Moyen Age (Xe-XIVe siècles)», Mélanges de la Casa de Velázquez, 26-1, 1990, pp. 99-105.
46 O. Remie Constable: Trade and Traders in Muslim Spain: the Commercial Realignment of the Iberian Peninsula, 900-1500, Cambridge, Cambridge University Press, 1994, p. 102.
47 S. Saladrigas: «Los tejidos en Al-Ándalus...», p. 78, n. 8.
48 Shelomo Dov Goitein: A Mediterranean Society. The Jewish Communities of the Arab World as Portrayed in the Documents of the Cairo Geniza, Berkeley / Los Ángeles, University of California Press, 1967, p. 104.
49 Ibíd., pp. 454-455, n. 53; D. Serrano Niza: «Los vestidos según la ley islámica: la seda», Boletín de la Asociación Española de Orientalistas, XXIX, 1993, p. 162.
50 R. Serjeant: Islamic Textiles. Material for a History up to the Mongol Conquest, Beirut, Intl. Book Centre, 1972, p. 167.
51 Cristina Partearroyo: «Estudio histórico-artístico de los tejidos de al-Ándalus y afines», Bienes Culturales, 5, 2005, p. 42.
52 Ibíd., p. 42.
53 M. Lombard: Les textiles dans le monde musulman..., pp. 117-145.
54 Laura Rodríguez Peinado: «La producción textil en al-Ándalus: origen y desarrollo», Anales de Historia del Arte, 22, 2012, pp. 271-273; B. García Gómez y E. Parra: «Tablas de resultados de análisis de los tejidos estudiados», en L. Rodríguez y A. Cabrera (eds.): La investigación textil y los nuevos métodos de estudio, Madrid, Fundación Lázaro Galdiano, 2014, pp. 202-211.
55 M.ª Dolores Gayo García y Á. Arteaga: «Análisis de colorantes de un grupo de tejidos hispanomusulmanes», Bienes Culturales, 5, 2005, p. 130, tabla 5.
56 L. Rodríguez Peinado: «Púrpura: materialidad y simbolismo en la Edad Media», Anales de Historia del Arte, 24, 2014, p. 482.
57 En los análisis que hemos llevado a cabo hemos detectado el tinte laca en seis casos, la cochinilla en siete y la madera de Brasil en uno. Véase L. Rodríguez Peinado, A. Cabrera, E. Parra y L. Turell: «Discovering Late Antique textiles in the public collections in Spain: an interdisciplinary research project», en M. Harlow y M. L. Nosch (eds.): Greek and Roman Textiles and Dress. An Interdisciplinary Anthology, Oxford/Filadelfhia, Oxbow, 2014, pp. 354-356. El tinte laca, con origen en la India y el sureste asiático, se utilizaría en Egipto a partir del siglo VI. Véase A. Verhecken: «Relation between age and dyes of 1st millennium AD textiles found in Egypt», en A. de Moor y C. Fluck (eds.): Methods of Dating Ancient Textiles of the 1st Millennium AD from Egypt and neighbouring countries, Tielt, Lanoo, p. 211. En cuanto a la cochinilla, no es fácil conocer cuál fue la especie de coccus utilizada, porque en las distintas familias la concentración de ácido carmínico es similar, aunque las especies más utilizadas fueron la cochinilla armenia (Porphyrophora hamelii) y la cochinilla polaca (Porphyrophora polonica). Véase E. Phipps: Cochineal Red. The Art History of a Color, New Haven / Londres, Yale University Press, 2010, pp. 5-9; S. Carbonell (coord.): Colors del Mediterrani. Colorans naturals per a un tèxtil sostenible?, Tarrasa, CDMT, 2010, p. 158. El coccus llegó a reemplazar al murex en la variedad de púrpura conocida como blatta. Véase A. Carile: «Produzione e usi della porpora nell’Imperio bizantino», en O. Longo (ed.): La porpora. Realtà e immaginario di un colore simbolico, Venecia, Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti, 1998, p. 248.
58 C. Partearroyo: «Estudio histórico-artístico...», p. 66. En cuanto a la procedencia del oro, su origen estaba en África y se introducía en al-Ándalus a través del Magreb. Véase O. R. Constable: Trade and Traders in Muslim Spain..., p. 166.
59 A. Cabrera: «Materias preciosas textiles: el caso del bordado con posible escena de Pentecostés en el Museo Nacional de Artes Decorativas», Anales de Historia del Arte, 24, 2014, pp. 32-35.
60 Manuel Retuerce identificó estas piezas en asentamientos arqueológicos islámicos fechados a partir del siglo VIII. Véase M. Retuerce: «El templén. ¿Primer testimonio de telar horizontal de Europa?», Boletín de Arqueología Medieval, 1, 1987, p. 74. Aunque se pensaba que esta tecnología penetró en Europa por al-Ándalus, en excavaciones arqueológicas realizadas en el norte de los Alpes se han encontrado piezas de templen que pueden ser datadas en el siglo VII, cf. Joana Sequeira: O pano da terra. Produçao textil em Portugal nos finais da Idade Média, Oporto, Universidade do Porto, 2014, p. 99, n. 105.
61 S. Saladrigas: «Los tejidos en Al-Ándalus...», pp. 87-88.
62 R. Serjeant: Islamic textiles..., p. 165.
63 L. Rodríguez Peinado: «La producción textil en al-Ándalus...», p. 275.
64 R. Serjeant: Islamic textiles..., pp. 169-173.
65 C. Partearroyo: «Los tejidos de al-Ándalus entre los siglos IX al XV (y su prolongación en el siglo XVI)», en España y Portugal en las Rutas de la Seda. Diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente, Barcelona, Universitat de Barcelona, 1996, pp. 60-61.
66 R. Serjeant: Islamic textiles..., pp. 165-168.
67 El término tiraz tiene un carácter polisémico, porque además de referirse a las factorías reales, en su origen deriva del persa y significa bordado, especialmente bandas ornamentadas con inscripciones destinadas a personas de alto rango donde además de aparecer frases elogiosas hacia los príncipes, se reproducían versos del Corán y loas a Allah. Véase R. Serjeant: Islamic textiles..., p. 7, de ahí la extensión de su significado como taller en el que se hacen esos tejidos con inscripciones.
68 Ibíd., p. 8.
69 S. Goitein: A Mediterranean society..., pp. 80-81.
70 R. Serjeant: Islamic textiles..., pp. 169-170.
71 Ibíd., pp. 173-176.
72 L. Rodríguez Peinado: «La producción textil en al-Ándalus...», pp. 269-270.
73 C. Partearroyo: «Estudio histórico-artístico...»; C. Partearroyo: «Los tejidos de al-Ándalus...»; Cristina Partearroyo: «Tejidos andalusíes», Artigrama, 22, 2007, pp. 371-419.
74 No se pretende en este estudio hacer un catálogo de las piezas significativas de cada periodo, ya realizado por Cristina Partearroyo, sino que se mencionarán ejemplos que sirvan para argumentar el discurso.
75 C. Partearroyo: «Estudio histórico-artístico...», pp. 61-62.
76 R. M.ª de los Santos Rodríguez y C. Suárez Smith: «Informe técnico sobre los trabajos de conservación y restauración de la capa del infante don Felipe (siglo XIII)», Boletín del Museo Arqueológico Nacional, XV, 1997, pp. 231-239.
77 Coincidimos con Fernando Valdés en considerar que el método estilístico o la epigrafía no deben constituir en sí mismos elementos de clasificación, e incluso la reconstrucción histórica de las piezas no permite, en la mayoría de los casos, conocer su origen. Fernando Valdés Fernández: «Algunas reflexiones sobre el estudio arqueológico de los tejidos de origen o procedencia andalusí», en M. Marín (ed.): Tejer y vestir: de la Antigüedad al Islam, Madrid, CSIC, 2001, pp. 379-393.
78 Carmen Bernis: «Tapicería hispano-musulmana (siglos IX-XI)», Archivo Español de Arte, 27, 1954, pp. 190-191.
79 Aunque se ha fijado su cronología entre los años 976 y 1013, no hay que descartar que se hiciera en Sevilla durante el reinado ficticio del falso Hisam (1034-1044 / 1060). F. Valdés Fernández: «Algunas reflexiones sobre el estudio...», p. 387.
80 C. Partearroyo: «Los tejidos de al-Ándalus...», pp. 64-65.
81 D. Jacoby: «Silk economics and cross-cultural artistic interaction...», pp. 218, 228-229.
82 Dorothy Shepherd: «A dated hispano-islamic silk», Ars Orientalis, 2, 1957, p. 380, n. 25.
83 L. Mackie: Symbols of Power..., p. 183.
84 S. Saladrigas: «Los tejidos en Al-Ándalus...», p. 80.
85 Para el análisis de su técnica, véase Sophie Desrosiers, Gabriel Vial y Daniel De Jonghe: «Cloth of aresta. A preliminary study of its definition, classification and method of weaving», en L. Monnas y H. Granjer Taylor (eds.): Ancient and Medieval Textiles. Studies in Honour of Donald King, Londres, Pasold Research Fund, 1989. Un grupo de estos tejidos son densos y resistentes con motivos estilizados, mientras un segundo grupo se caracteriza por ser más finos y frágiles, con motivos más realistas, heráldicos e inscripciones. Sophie Desrosiers: «Les draps d’areste: de nouvelles soieries à la mode en Occident aux XIIe-XIIe siècles», L’innovation technique au Moyen Âge, Actes des congrès de la Société d’Archéologie Médiévale, 6-1, París, Errance,1998, p. 44.
86 C. Partearroyo: «Tejidos andalusíes», p. 395.
87 El análisis y la observación de la decoración, así como la distribución de tejidos de procedencia mongol fechados en los siglos XIII y XIV, revelan similitudes con las producciones andalusíes en la disposición de la decoración en franjas y la organización en estas de los motivos contenidos en cartuchos geométricos donde alternan inscripciones con fórmulas de bendición y motivos geométricos, vegetales o animales inscritos en formas geométricas. Los tejidos mongoles fueron comercializados en occidente por varias rutas durante la pax mongólica y se designan en los inventarios como panni tartarici. Estas producciones fueron imitadas en las manufacturas andalusíes y en talleres italianos. Véase Markus Ritter: «Cloth of gold from West Asia in a late medieval european context: the Abu Sa’id textile in Vienna - Princely funeral, and cultural transfer», en J. von Fircks y R. Schorta (eds.): Oriental Silks in Medieval Europe, Riggisberg, Abegg-Stiftung, 2016, p. 244 y figs. 5, 7, 10, 11 y 12, que muestran semejanzas con los tejidos andalusíes en estructura compositiva y motivos. Véase también Juliane von Fircks: «Islamic striped brocades in Europe: “Heinrichsgewänder” in Regensburg from a transcultural perspective», en J. von Fircks y R. Schorta (eds.): Oriental Silks in Medieval Europe, Riggisberg, Abegg-Stiftung, 2016, pp. 267-287; Brigitt Borkopp-Restle: «Striped golden brocades with arabic inscriptions in the textile treasure of St. Mary’s church in Danzig/Gdansk», en J. von Fircks y R. Schorta (eds.): Oriental Silks in Medieval Europe, Riggisberg, Abegg-Stiftung, 2016, pp. 288-299.
88 C. Herrero Carretero: Museo de Telas Medievales. Monasterio de Santa María la Real de Huelgas, Madrid, Patrimonio Nacional, 1988; Joaquín Yarza (coord.): Vestiduras ricas. El monasterio de las Huelgas y su época, 1170-1340, Cat. Exp. Madrid, Patrimonio Nacional, 2005.
89 C. Herrero Carretero: «Marques d’importation au XIVe siècle sur les tissus orientaux de Las Huelgas», Bulletin du CIETA, 81, 2004, p. 41, figs. 7-8; Kristin Böse: «Beyond foreign: textiles from the Castilian royal tombs in Santa María de Las Huelgas in Burgos», en J. von Fircks y R. Schorta (eds.): Oriental Silks in Medieval Europe, Riggisberg, Abegg-Stiftung, 2016, p. 228, fig. 6.
90 David Jacoby: «Oriental silks at the time of the Mongols: patterns of trade and distribution in the West», en J. von Fircks y R. Schorta (eds.): Oriental Silks in Medieval Europe, Riggisberg, Abegg-Stiftung, 2016, p. 109.
91 Ibíd., p. 117.
92 C. Partearroyo: «Los tejidos de al-Ándalus...», p. 67; C. Partearroyo: «Estudio históricoartístico...», pp. 63-64.
93 D. Jacoby: «Silk economics and cross-cultural artistic interaction...», p. 209.
94 La producción de este periodo se estudia e ilustra en A. López Redondo y P. Marinetto Sánchez (eds.): A la luz de la seda. Catálogo de la colección de tejidos nazaríes del Museo Lázaro Galdiano y el Museo de la Alhambra. Orígenes y pervivencias, Madrid, TF Editores, 2012, pp. 68-73.
95 Mónica Moreno García y Aranzazu Platero Otsoa: «Gloria al sultán en la capa de los condestables de la catedral de Burgos», Akobe: conservación y restauración de bienes culturales, 8, 2007, pp. 36-43.
LA SEDA EN EL REINO NAZARÍ DE GRANADA*
Adela Fábregas García Universidad de Granada
Hablar sobre la seda en la Granada nazarí no es fácil. Más allá de los amplios estudios que se han realizado en torno a las condiciones fiscales de esta actividad a partir del siglo XVI, que efectivamente muestran su vigor, poco se ha hecho para entender las circunstancias concretas desde las que partió el desarrollo de esta actividad en sus diferentes niveles productivos.
La falta de fuentes ha sido y sigue siendo crucial para entender este retraso. A riesgo de resultar pesados, cada vez que afrontamos un estudio de estas características nos vemos en la obligación de recordar que con extraordinaria dificultad se están consiguiendo reunir a lo largo de los últimos años conjuntos de datos e informaciones que, aunque sigan siendo parciales, ayudan a recomponer siquiera de manera poco definida lo que en otras zonas se nos ofrece de manera mucho más precisa gracias a un cuerpo de datos relevantes en cantidad y calidad.
En estas condiciones, hemos de confesar que hasta el momento no se ha llegado a saber mucho acerca de la seda nazarí. De manera general sabemos que es uno de los grandes productos que sustentan la faceta comercial nazarí, y que era heredera de una tradición productiva presente en al-Ándalus desde época muy temprana. Ya en el siglo IX, precisamente la Cora de Ilbīra, centro del futuro reino nazarí, sí que se mostraba en los registros fiscales trasladados por al ‘Udrī1 como la principal área productora de un territorio rico en seda y de plantas tintoreas asociadas a su producción, como el cártamo o alazor.2 La producción de seda no era ni mucho menos exclusiva de esta zona, detectándose su presencia en el sur de la península Ibérica desde el valle del Guadalquivir, con Sevilla y sobre todo Córdoba como grandes centros de elaboración de tejidos de seda andalusíes. A partir de allí se extendería principalmente hacia el sureste. Pues bien, desde este momento, la cora de Ilbīra aparecería como área productora de seda mencionada por otros geógrafos como al Istajrī3 o al Bakrī en el siglo X. Este último hacía ya mención expresa a la calidad de la materia elaborada en Sierra Nevada, donde encontraría «... diferentes especies de frutos maravillosos, y en sus pueblos se encuentra la seda de la mejor calidad, y lino que aventaja al lino del Fayyum».4
Los trabajos agrícolas asociados al cuidado del moral aparecen también en las más tempranas fuentes agronómicas de al-Ándalus. El Calendario de Córdoba, por ejemplo, ya aludía a las fases del ciclo agrícola del moral, señalando la neta distinción de trabajo y actores operantes que participarían en las distintas fases del trabajo de la seda. En los primeros momentos de este, que contemplaban el cultivo de la planta que proporcionaba el alimento y la cría de los gusanos de seda, hasta la obtención de los capullos, esa fase «rural», tal y como la definía López de Coca,5 podían ya contemplarse diversas fórmulas de colaboración y asociación coordinada entre diversos actores del trabajo sedero. Esas fórmulas de colaboración quedarían reflejadas en los dictámenes jurídicos, las famosas fatwas, que conformaban la tradición jurídica en al-Ándalus, y que recogen ampliamente esta actividad en el mundo nazarí.6 Destaca el contrato conocido como širka fī-l-‘ulūfa, asociación en la que intervendrían el propietario de las moreras y el de las larvas de gusanos de seda en diferentes proporciones y que podría contemplar el recurso a trabajadores asalariados.7 Efectivamente, tal y como observaba Lagardère en su momento, la actividad sedera implicaba un gran número de actores, que podían adoptar a su vez múltiples formas de trabajo,8 desde la actividad individual de un propietario de morales que posee también las larvas para su cría, hasta asociaciones múltiples de propietarios de hojas, larvas y trabajo de hilado, que en todo caso se realizaría de manera independiente a las fases artesanales de elaboración y tejido de la seda. Para nosotros la importancia de todo esto reside en que pone de manifiesto la existencia de diferentes sectores implicados en las primeras fases del ciclo productivo, pero sobre todo en que señala la posibilidad de que intervengan actores diferentes en sistemas aún no coordinados.
El hilado de la seda también podría realizarse en ámbito rural, tal y como muestra la observación de Ibn al Jatīb, en relación con la localidad de Jubiles, «un espléndido manantial de magnífica seda y quienes se dedican a su industria, en su doble aspecto de tejidos para vestir y para alfombras, se enriquecen fácilmente...»;9 o la protesta realizada en 1504 en contra de los vecinos de la misma localidad, que ante la necesidad «de dar cuenta ante el recaudador de lo que cada vno de los veçinos ouiesen hilado e hilasen»,10 llegaban a la alcaicería granadina, donde habían de pasar el control fiscal correspondiente, declarando mucha menos seda de la en realidad hilada.11 No obstante, esta fase del trabajo sedero podría desarrollarse ya en otros ámbitos, urbanos, incorporando de este modo a nuevos actores al proceso productivo. Y es que al menos en el mundo nazarí parece mantenerse la tradicional disociación entre las dos fases que implica el trabajo con la seda que ya se habían mostrado en el Calendario de Córdoba, es decir, la etapa de cría y extracción del hilo de seda, lo que López de Coca calificaba como fase rural, y la posterior fase urbana, que implicaba la elaboración de tejidos, con las distintas labores de tundido, tintada, urdimbre y tejido propiamente dicho.
Desde bien pronto también la producción sérica andalusí conseguiría introducirse en los nacientes circuitos comerciales que movían el Mediterráneo, siendo uno de los principales objetos de interés de los mercaderes judíos, que dejaron testimonio de su actividad en el Mediterráneo oriental y occidental en las cartas del archivo de la Genizá del Cairo.12 Y Almería, alcaicería de al-Ándalus según Al-Zuhrī,13 principal puerto andalusí de salida comercial hacia el Mediterráneo en esos momentos, se convertía en epicentro de una sólida producción textil vinculada a la seda destinada a esta exportación. De hecho, buena parte de la actividad artesanal de la ciudad era ocupada por los 800 telares de seda, tal y como nos traslada de manera quizás algo exagerada Al-Idrīsī.14 La destrucción de la ciudad a manos de fuerzas cruzadas en 1149 pudo afectar negativamente, cómo no, a la industria almeriense, según lamentaba Idrīsī y repetían posteriormente otros autores, empeñados en narrar un declive sin fin de la ciudad. Sin embargo, a nuestro parecer ese descenso, que no desaparición, de los establecimientos de tejido de seda obedece más bien a otras razones.15 Almería seguiría siendo un elemento central del tráfico marítimo de la región, diversificando desde entonces de manera notable su órbita de contactos, al asumir progresivamente la entrada en escena con fuerza del sector latino en el sistema de intercambios del Mediterráneo. Esto la llevaría, entre otras cosas, a consolidarse como puerto de conexión con el área del Levante peninsular, algo importante, como veremos más adelante. Por otro lado, observamos que a partir de este momento la exportación de seda no disminuye. Todo lo contrario. Aunque sí empezó a adoptar otras formas, las que le pedían los nuevos clientes. Volveremos sobre ello más adelante.
La cuestión es que los testimonios acerca de la cantidad y calidad de la producción de seda continuarían sucediéndose, centrándose progresivamente la producción en la mitad oriental de lo que a finales de la Edad Media constituiría el territorio nazarí, y mostrando además cómo desde bien pronto estas tierras dedicarían parte de su actividad productiva al intercambio. Al Ḥimyarī aludiría a principios del siglo XIII directamente a la vega granadina como espacio de producción sedera16 y el extremo oriental comenzaría a destacar ya nítidamente. Baza sobresaldría por su «magnífica producción de seda»,17 Guadix, cuyas «principales industrias de esta ciudad son las del hierro y la de la seda»,18 Fiñana, con «talleres de hilado de telas de brocado»,19 y áreas costeras como Dalias, donde «florece en ella la industria de la seda, que cualquiera que sea su calidad, se logra a bajo precio».20 Pero, sobre todo, las Alpujarras granadina y almeriense, con Andarax a la cabeza de un territorio donde «... su seda vale tanto como el oro...»,21 o Jubiles, en plena Alpujarra granadina, donde se llega a decir que «salvo el de la seda, no hay otro comercio en esta ciudad»,22 perfilan el perímetro principal de la actividad sedera nazarí, aun estando presente prácticamente en todo el reino.
Ibn al Jatīb contaba que en Granada se producían tejidos de seda. También lo decían otros viajeros, como Ibn Sabbah, que dice que «la ya citada ciudad de Granada / (33r) es la sede de la artesanía del tejido de la tela de seda y del tafetán».23 Tejidos lujosos, se supone que muy valorados, conocidos en los mercados del mundo árabe y de otras zonas de Occidente... Sin embargo, la realidad sobre la exportación de seda que nos transmite otro tipo de fuentes en época nazarí es muy distinta. La verdad es que al menos en época nazarí no parece que esos ricos y apreciadísimos tejidos de seda nazaríes jamás fueron capaces de hacer ni mucho menos sombra a otras sedas en las plazas occidentales.
Evidentemente ello no quiere ni mucho menos decir que la seda nazarí no fuera un éxito para la economía de este pequeño reino y que no estuviera presente en esos mercados extranjeros. La actividad sedera no había quedado en absoluto destruida. El comercio de este artículo es notable, objetivo estratégico por parte del Estado nazarí, que establecería controles fiscales específicos mediante la red de alcaicerías que establecieron en las principales ciudades y desde las que controlaban y gravaban la salida de este artículo. Pero ya lo hemos anunciado. Esa seda exportada adoptaría otra forma. Aun sin dejar de elaborar tejidos conocidos y apreciados en los más refinados círculos del lujo, estos, sin embargo, no serían el objeto del interés prioritario de los agentes del comercio internacional. Las distintas fuentes, en su mayoría externas al reino, nos van desvelando la forma y destino que emprenden algunos de los artículos nazaríes que encuentran su espacio en el mercado occidental del momento. Entre ellos destaca de manera nítida la seda en madeja como el artículo de mayor interés por parte de los hombres de negocios extranjeros, que en algunas ocasiones se quejaron de su mala calidad, pero que en todo caso no dudaban en adquirir.
Los libros de contabilidad de mercaderes presentes en el reino, las actas notariales que daban fe de acuerdos comerciales, las operaciones de carga en puertos nazaríes, la correspondencia comercial, los registros aduaneros genoveses, los manuales de mercancías, las mercuriales que mostraban la actualidad de los precios de los productos vendidos en los principales mercados de Occidente a finales del siglo XIV... todo ello alude a las sedas granadinas también en esta variedad en hilo, y no de otra manera. Ni rastro de las prendas.
La correspondencia Datini constituye una de las más extraordinarias fuentes de información para el conocimiento de la realidad internacional del comercio nazarí a finales del siglo XIV y principios del XV. En ocasiones ofrece claves importantes para entender lo que estaría pasando también con nuestro artículo.
Una de las cuestiones que emerge con fuerza a partir de la lectura de la correspondencia Datini es que la demanda de seda en madeja por parte de mercaderes que trabajaban en Valencia fue muy activa ya al menos desde finales del siglo XIV.24 Hasta tal punto es así, que podría constituir un elemento importante a la hora de entender el creciente impulso mercantil valenciano que se proyecta sobre el Reino de Granada en su último siglo de existencia y que les llevaría a principios del siglo XV a intentar obtener unas condiciones de ventaja en sus negocios nazaríes, proponiendo acuerdos con las autoridades nazaríes que les garantizaran exclusividad en sus negocios de importación de sedas.25 El mercado valenciano parece ser una buena escala de tránsito en los sistemas de aprovisionamiento de seda granadina, reexportada a centros textiles italianos, toscanos y ligures. La seda nazarí, identificada como de Almería o Málaga, en alusión a los puertos desde donde sale, que no siempre a los territorios de origen, llegaría incluso al norte de Europa, Brujas o París, cuando no alcanza una calidad suficiente para los exigentes mercados italianos. Destacan en particular los núcleos sederos de Génova, Florencia y Lucca. Concretamente este último, por ejemplo, se perfila, a falta de un estudio pormenorizado aún por hacer, como un importante centro de demanda de esta materia prima, aceptando también la de procedencia nazarí. Un colaborador de la compañía Datini, Frosino di Ser Giovanni, comentaba en 1392 la afluencia a esta ciudad de mercaderes luqueses para comprar seda granadina, de buena calidad, según él, y con precios muy convenientes.26 Poco después, en 1405, un mercader luqués residente en Brujas y especializado en el comercio de paños, Antonio di Quarto, decidía volver a su tierra para iniciarse en el negocio del tejido de seda. El aprovisionamiento de materia prima adquirió entonces protagonismo en sus negocios y para ello aprovechó su experiencia en el mercado de la seda y sus contactos valencianos para hacerse con material granadino.27 Es una muestra de lo que estaría ocurriendo en Granada. Se estaría optando por aprovechar la fuerte demanda internacional de materia prima, convirtiéndose el reino nazarí en proveedor de seda en madeja a las industrias textiles más potentes y consolidadas en el momento en Europa, controladas ya por sectores de capital mercantil.
Estos mercaderes toscanos tendían a acudir preferentemente a un centro de redistribución externo, que resultaba ser Valencia, para hacerse con la seda granadina. En algunas ocasiones se prefirió un contacto directo con los centros de producción, tal y como solía hacer nuestro Antonio di Quarto, que pedía que le avisaran acerca de «chi será in Malicha bene atto a servirci di conperare seta fina....».28 Y más adelante Benedetto Cattaneo, colaborador asiduo de Francesco Spinola, y experimentado en la venta de seda granadina en Toscana, actuaba en Granada en nombre de Clemente de Albici, donde compraría 100 arreldes de esta seda que curiosamente sería destinada a Venecia.29 Pero lo cierto es que la estrategia de aprovisionamiento mayoritaria pasaba por un recurso a los mercaderes valencianos que se trasladaban a plazas nazaríes y que después acercarían el producto a la propia Valencia.
Para ello recurrieron en más de una ocasión a mercaderes musulmanes valencianos, efectuando compras de seda a Azat Lucente, moro, y Alchia Rogi, moro,30 y esperando la puesta a la venta en Valencia de cargamentos de seda granadina que serían propiedad de mercaderes levantinos.31 Y desde luego aguardaban siempre las llegadas de barcos procedentes de tierras nazaríes, Almería, fundamentalmente, al puerto de Valencia. La existencia de un tráfico mercantil marítimo sostenido directamente entre el puerto de Valencia y los puertos nazaríes es una realidad bien constatada.
Lo cierto es que la lectura de la correspondencia Datini confirma esta vigencia, mostrando estos contactos como una práctica regular, e incluso común, y llegando a sugerir la existencia de servicios regulares entre los principales puertos nazaríes, Málaga y Almería, con Valencia. A ello acompañaría un tráfico constante de fustas, galeotas y barcas procedentes también de las costas nazaríes. Pequeñas embarcaciones dirigidas por mercaderes valencianos,32 que en algunos casos conforman convoyes y que tendrían un objetivo de transporte muy claro, que puede ser seda. Así ocurría en 1398, cuando dos galeotas viajarían desde Valencia a Málaga con el objetivo exclusivo de cargar seda,33 o en 1401, cuando la llamada galeota de Berbería, que había tocado también la costa nazarí, llegaba casi el mismo día que una barca también proveniente de allí cargada con seda.34
Ya en estos momentos tempranos se detecta el recurso a una estrategia de aprovisionamiento de este artículo en suelo nazarí destinada a convertirse en asidua. Cuando los empresarios luqueses demandaban toda la seda que sus colaboradores mercantiles de la compañía Datini fueran capaces de recoger, no dudaban en ofrecer la posibilidad de un intercambio por paños enviados por ellos mismos desde los centros textiles del norte de Europa.35
La permuta de paños europeos por seda nazarí es un recurso que veremos repetir con asiduidad también a los mercaderes genoveses décadas más tarde, cuando se perfilaban ya como el grupo de demanda más sólido de seda granadina, a pesar de los esfuerzos realizados por los catalanes por monopolizar la exportación de seda. Los ligures funcionaron a partir de idénticos parámetros de actuación comercial, es decir, nutriendo con estas madejas su creciente industria, tal y como habían hecho antes otros, o bien ejerciendo tareas de redistribución para otros centros sederos europeos.
En este caso la estrategia de aprovisionamiento de seda granadina recurriría a cauces directos, gestionándose siempre desde territorio nazarí y acudiendo a la colaboración con interlocutores mercantiles locales. En las relaciones de los hombres de negocios genoveses con esos mercaderes nazaríes se nos muestran diversos grados de implicación y colaboración.
Yzac y Sadia Yzarael, podrían representar el prototipo de abastecedor de sedas al que recurren los genoveses en suelo nazarí. Mercaderes locales, preferentemente de paños, aunque no solo, a juzgar por las dedicaciones que se señalan en otros casos muy destacados como el de Macomet Aben Carabos, identificado como especiero. Mercaderes en todo caso que obtenían bienes por medio de permutas por seda local que posteriormente venderían en los mercados nazaríes.
También encontramos en las colaboraciones más estables que nos muestran los libros de contabilidad genoveses, negocios mantenidos con sociedades constituidas legalmente como tales entre mercaderes indígenas. Es el caso de tres destacados personajes locales de la costa granadina, los judíos granadinos Maimon Coin, Aim Aben Xiech e Isac Safí. Sabemos que el sector judío resultaría bastante activo en el comercio granadino, por la cantidad de negocios que establecían con los extranjeros y por su capacidad para trabajar en cooperación. De hecho, son judías la mayor parte de las sociedades constituidas entre mercaderes granadinos.
En este caso se trata de mercaderes de paños que actuaban como proveedores de seda y azúcar para Francesco Spinola q. Pietri entre 1434 y 1437, según refleja la contabilidad del genovés.36
Los negocios comunes entre este y los granadinos se establecieron a partir de un conocimiento y colaboración previa e individual con cada uno de los socios. A esa relación de confianza, que seguramente constituiría ya una cierta garantía, se añadieron instrumentos precisos, sancionados legalmente, que reforzaron ese principio de confianza. Sobre estas bases emprendieron colaboraciones ya de mayor entidad. En julio de 1434, por ejemplo, adquirieron una deuda de 5.336 besantes por la compra de 16 piezas de paños entregados en Almuñécar. Un importe que debían restituir, a modo de permuta, por la cantidad de seda correspondiente y que efectivamente irían satisfaciendo a partir de octubre del mismo año. Algo menos de la mitad de la cantidad debida sería completada mediante entregas de seda, tanto en Granada, donde en la alcaicería el corredor de sedas Said Soraichí entregaría 21 arrobas en nombre de esta sociedad en octubre de ese año,37 como en la propia Almuñécar, donde depositarían 75 arrobas. El resto sería pagado en azúcar, que se convirtió en objeto de transacciones por parte de esta sociedad a partir prácticamente de la entrada en esta del tercer socio, Yzac Safí, al año siguiente, en 1435.38
Por último, podemos hablar de colaboraciones estrechas y permanentes, hasta el punto de poder calificarse a quienes las practicaban como trabajadores que actuarían por cuenta de la familia Spinola, en este caso, o de alguna de sus sociedades. El mejor ejemplo con el que contamos de este tipo de relación en el negocio sedero nos lo ofrece el corredor de seda de la alcaicería granadina Said Soraichí, ya mencionado. Se trata del mayor proveedor de seda de Francesco Spinola, a quien llegó a ofrecer durante este periodo material por valor de 43.512 besantes. En el caso de las operaciones que este hombre gestionó a favor de uno o varios miembros de la familia frente a otros mercaderes nazaríes, a los que compraba seda, parece que no hay crédito, ya que a las partidas de dinero entregadas a Soraichi seguiría de manera casi inmediata la seda solicitada. No era un mercader local que emprendía negocios de intercambio de bienes con el genovés. Estaba actuando como un factor a su servicio dentro de la estructura de aprovisionamiento de seda que el genovés utilizaba en el mercado nazarí. La misma función realizaba Abolcacim El Bognoli, que suministraría seda a los genoveses procedentes íntegramente de la alcaicería granadina.
Existen otros muchos ejemplos que no incluimos por no alargar la cuestión. Vemos siempre, en todo caso, que se trata de interlocutores mercantiles locales, que constituyen el contacto entre el comprador de seda extranjero y los productores locales, en ningún caso presentes bajo ninguna fórmula en las cuentas de los genoveses. A pesar del alto interés por la seda granadina, este, sin embargo, no se tradujo en una participación mediante fórmulas de colaboración o asociativas, ni siquiera en una interacción directa con el tejido productivo local. Es algo, por lo demás, ya detectado también en el caso de otros sectores productivos nazaríes, como el azúcar o los frutos secos, fuertemente mediatizados por la demanda extranjera y que no obstante en ningún momento de la historia nazarí acusarían una intervención directa de capitales genoveses en sus estrategias productivas. Incluso venimos detectando en los últimos tiempos este límite fundamental en su capacidad de penetración en el mercado interior nazarí. Es una cuestión compleja, que por supuesto no voy a tratar en esta ocasión.39 Solo diré que en el caso del azúcar se detectan resistencias importantes en la sociedad campesina nazarí a asumir plenamente la dimensión especulativa de cultivos como el de la caña de azúcar. Unas resistencias vinculadas a la ruptura de su propio equilibrio social y económico que conllevaría la implantación de la dinámica especulativa en sus campos.
En relación con la seda, el tema, como he dicho al principio, no ha sido tratado por el momento más que de manera superficial. De modo que por ahora solo me puedo limitar a constatar la existencia también en este ámbito de un límite que parece infranqueable en tierras nazaríes a cualquier tipo de iniciativa especulativa, a pesar de los fuertes intereses externos que estarían ya propiciando un cambio, y que de hecho emprenderían en cuanto les fuera posible. Más allá de esta primera constatación, por el momento no puedo ofrecer una secuencia explicativa mínimamente rigurosa.
* * *
Aun después de la conquista sabemos que seguía practicándose la compra de seda como materia prima para exportar a otros centros productivos, principalmente italianos, aunque sabemos que también se activó con fuerza una corriente de exportaciones hacia Castilla. Mercaderes genoveses residentes en la ciudad de Granada en los años inmediatamente posteriores a la conquista, como Marcos Squarzafigo, así lo declaran con toda franqueza.40 La exportación, dirigida en ocasiones por estos mismos factores comerciales, se dirige también a otros espacios islámicos, como Túnez, mencionada como mercado receptor de sedas granadinas en varias ocasiones.41 A este Squarzafigo nos lo encontraremos poco más tarde, en 1510, gestionando nuevas compras por adelantado de seda granadina, de la variedad joyante, la de más alta calidad en madeja. Adquiriría hasta 175 libras de seda procedente de la Alpujarra almeriense (Andarax, Láchar, Alboloduy), que debería entregarle en la Alcaicería de Granada Miguel de León, caballero Veinticuatro, que de este modo se convertiría en su proveedor. No es extraño que aparezcan miembros del Gobierno municipal involucrados en negocios de este tipo. De hecho este parece ser un mecanismo de ascensión social bien arraigado en la nueva sociedad granadina.42
En principio podríamos tener la impresión de que seguimos en la misma línea. Pero nada más alejado de la realidad. El cambio más destacable tendría que ver con la participación del capital mercantil en el negocio sedero granadino, que estaba empezando a superar ya los límites de la mera adquisición de materia prima. Con ello entramos en un segundo bloque de nuestra intervención, dedicado a intentar entender algo más acerca de la notable transformación que experimenta la industria de la seda en Granada desde el momento de su incorporación a la Corona de Castilla, precipitando de manera definitiva la asimilación de nuevos parámetros económicos y productivos. Se trata de una cuestión crucial que en realidad viene centrando los esfuerzos de muchos estudiosos del mundo nazarí desde hace años. La constatación de cambios rápidos y directamente dirigidos a ajustar, o al menos a intentarlo, las posibilidades de ciertos segmentos productivos nazaríes a unas dinámicas empresariales y ritmos productivos muy diferentes, que estarían empezando a funcionar ya en otros espacios; la observación de hasta qué punto la sociedad nazarí y posnazarí estaría preparada para asumir tales reformas; o el grado de resistencia que mostrarían ante dichos cambios, por ejemplo, son elementos importantes a la hora de centrar ese ejercicio de caracterización del mundo nazarí como una sociedad de transición.
En el caso concreto de la producción sedera, desde ya reconocemos que se trata aún de un tema absolutamente abierto y digno de un estudio mucho más detallado que el realizado hasta el momento. Por nuestra parte, repito, lo único que podemos hacer por el momento es proponerlo como un objeto de futuro estudio en esta clave, planteando algunas cuestiones que ayudaran a impulsarlo. Queda todo el trabajo por hacer.
Aun así, empiezan a definirse algunos elementos importantes en la caracterización de un proceso de evolución que notamos con fuerza desde principios ya del siglo XVI, en los momentos inmediatamente posteriores a la conquista.
La referencia más antigua de renta de la seda menciona a don Mosé Abenalfar como arrendador de las rentas de Guadix, Baza y su tierra en 1491-1492.43 Se pagaría por la seda anualmente esos años 350.000 maravedís, interviniendo ya como fiadores judíos toledanos. La cifra es alta y muestra la solidez del negocio sedero. Pero es que de manera inmediata observamos una subida sostenida y muy importante de esas rentas. El negocio inició una fase de crecimiento claro, que en algún momento llegaría a bordear peligrosamente el bloqueo productivo, ante una demanda exterior creciente de sedas granadinas, consideradas de buena calidad, que no podría satisfacerse con la capacidad de producción alcanzada hasta el momento en la zona. Se llegaría al punto de revertir la realidad hasta entonces presente, al plantearse la importación de sedas murcianas y valencianas para nutrir las necesidades de esta industria creciente, o a introducir innovaciones vinculadas con la implantación de variedades de la planta más adecuadas para sustentar mayores volúmenes productivos.44 Esto último daría lugar al famoso pleito de las moreras, más delicadas pero de crecimiento más rápido y por tanto de mayor productividad, para alimentar a los gusanos de seda, estudiado por López de Coca.45
Este crecimiento vino acompañado de una diversificación productiva clara, que contempló de nuevo la elaboración de tejidos de seda y sobre todo la incorporación de nuevas producciones textiles, caso del terciopelo, que aparece con fuerza en los talleres granadinos de manera inmediata a su incorporación a Castilla. La potencia de esta industria sería percibida con nitidez por parte de las nuevas autoridades, que se empeñaron desde bien temprano en regular, en fijar las condiciones de producción de tejidos de seda, lanzando series de ordenanzas desde los primerísimos años del siglo XVI (1501, según Garzón) y que actualizarían y completarían constantemente. En las de 1515,46 las terceras que conocemos desde principios de siglo para la ciudad de Granada, aparecía ya un elemento importante, que dio pie en su momento al desarrollo de propuestas extraordinariamente interesantes. En ellas se incluye por primera vez la obligación de utilizar peines de la marca ginovizca para la elaboración de terciopelo, rasos, damascos y tafetanes.47 Esto hizo pensar en la introducción de nuevas variedades en el tejido de seda vinculadas con la práctica tecnológica desarrollada en otras industrias textiles europeas48 y, posiblemente, cómo no, en un control de esta industria por parte de capitales mercantiles extranjeros, mediante la concesión de sus propias marcas de calidad. Esas sospechas venían avaladas por los rápidos movimientos que mercaderes y artesanos genoveses y valencianos habrían realizado para incorporarse a los sectores productivos de la artesanía de la seda nazarí, particularmente evidente en el caso de la Málaga recién conquistada.49 Los famosos documentos de solicitud de naturalización en Málaga de Martín Centurión y Agustín Ytalian, en los que manifiestan su intención de dedicarse a labrar sedas, eran acompañados por presencias efectivas de artesanos genoveses y valencianos avecindados en la ciudad y que desempeñan oficios vinculados a la industria de la seda, según nos mostraba el Libro de Repartimientos de la ciudad de Málaga.50
En realidad lo que se estaba planteando, en una propuesta audaz y extraordinariamente sugestiva, era la posibilidad de que los primeros movimientos que se detectan de manera muy temprana a favor de una renovación y ajuste a nuevos parámetros en la manufactura textil granadina estuvieran en cierto modo relacionados con la iniciativa productiva genovesa, como hemos visto absolutamente bloqueada hasta entonces, tal y como había ocurrido también en otros segmentos productivos nazaríes ligados a la especulación comercial. Y que esta iniciativa genovesa se viera soportada por el concurso técnico de la experiencia valenciana, fuertemente marcada ya por la influencia de la tecnología productiva ligur, reconvertida en una industria de la seda dedicada a la producción de tejidos de terciopelo y, como hemos visto, estrechamente vinculada en su tradición comercial previa a Granada.51
Poco podemos aportar por el momento a la propuesta tan sólidamente construida por Germán Navarro hace años.52 Una primera revisión a las fuentes que reforzaron las primeras sospechas, los libros de repartimiento en los que en el caso malagueño se detectaba una presencia y dedicación tempranísima a estas tareas por parte de valencianos y genoveses, no aporta grandes resultados. Granada, entregada por capitulaciones, no fue objeto de repartimiento y por tanto no disponemos de esa fuente fundamental para conocer a los primeros inmigrantes en los momentos posteriores a la conquista. El Repartimiento de Guadix desgraciadamente no ha llegado a nosotros y sobre los de otras ciudades importantes, como Almuñécar y Vélez Málaga, no hay evidencias de trabajos vinculados a la industria sedera. En Almería sí que reconocemos una disposición importante, que recomendaba no incluir en el reparto las casas de los antiguos tejedores moros, que se guardarían para ser entregadas a otros tejedores que hubieran de venir.53 Más allá de mostrarnos el interés por mantener una industria textil que evidentemente no había dejado de existir, no llegamos a saber nada más.
Tampoco estamos seguros del éxito definitivo que pudo tener esta iniciativa, teniendo en cuenta que conforme avanzara el siglo, la alternativa castellana como foco de demanda y la tutela en la organización de la industria textil granadina parecía imponerse frente a los intereses ligures en este campo.54 Rafaél Girón, que ha estudiado la actividad genovesa en el Reino de Granada a lo largo del siglo XVI, defiende la idea de una intervención implicada al más alto nivel en la industria textil granadina, aunque centrada preferentemente en la industria lanera, cuyo ciclo en la zona de Huéscar consigue reconstruir con gran eficiencia.55 Muestra, sin embargo, una mayor implicación en la industria sedera por parte de familias judías procedentes de Toledo,56 algo que podrían confirmar los registros de la Inquisición estudiados por Enrique Soria recientemente, que revelan redes familiares judeoconversas participando activamente en el negocio de la renta de las sedas granadinas prácticamente desde principios de siglo.57
Pero no nos equivoquemos. Todo ello no obsta para prestar atención a los movimientos que se detectan en los primeros años de la Granada posnazarí y el papel que pudiera desempeñar esa iniciativa ligur en la reconversión de la manufactura sérica granadina, independientemente de su evolución posterior.
Una de las escasas fuentes que nos ayudan a entrever algo más en el inicio de este proceso son los protocolos notariales firmados en las ciudades del antiguo territorio nazarí. La documentación notarial en la ciudad de Granada se conserva a partir del año 1505. De esa fecha son los primeros protocolos, firmados por el notario Juan Rael, a quien sigue García Davila, que refrenda protocolos entre 1508 y 1509, y Juan Alcocer, que lo hace entre 1510 y 1512. Un último tomo suelto, con protocolos sin firma del año 1515, cierra el primer lote de documentos de la ciudad de Granada, que se encargó de expurgar hace años Juan de la Obra.58 De entre ellos extraemos parte de los datos que seguidamente ofrecemos y que se complementan con algunas breves menciones obtenidas del primer acercamiento que en su día realizó Manuel Espinar a los protocolos notariales de la ciudad de Guadix, también de primerísima época cristiana, entre 1490 y 1500 y sobre los que habrá que volver.59
Por primera vez, de manos de esta documentación, podemos conocer empresas de tejido de seda en Granada. Empresas de tejido de seda en las que detectamos, también por primera vez, de manera tímida al principio, más contundente conforme se consolide el éxito de la nueva apuesta económica, la intervención del capital mercantil, incluido el capital mercantil italiano que tan fuertemente había impulsado la demanda de seda nazarí.
Muchas de estas empresas se dedicaban a la elaboración de terciopelo, efectivamente, un producto absolutamente novedoso en la tradición textil granadina. Solo de manera excepcional es detectada en Granada con anterioridad la presencia de terciopelos, posiblemente de origen ligur,60 que formaría parte del grupo de tejidos europeos de importación que los mercaderes extranjeros usaron en sus intercambios, permutas y negocios con los comerciantes granadinos.
Solo ahora, tras la conquista cristiana y coincidiendo con el relanzamiento de la industria de tejido de seda y con la implicación por primera vez de manera clara de capital mercantil en los procesos productivos, empezamos a encontrar los primeros testimonios granadinos de producción de terciopelo. Este nuevo sector entra, además, con fuerza, confirmando, efectivamente, lo reseñado por Ramón Carande en su momento y adelantando su aparición algunos años.61 Entre 1510 y 1515 nos encontramos reseñados hasta 31 tejedores de terciopelo (anexo 1). Son maestros de orígenes para nosotros desconocidos, salvo dos casos claramente indicados como nuevamente convertidos (ambos con el nombre de Gonzalo Fernández, antes Hamet el Merini, uno, también citado como tejedor de seda, y otro Almoxacarí), un valenciano (Miguel Esteban, residente en Granada), un toledano (Lope de Santiago) y un último procedente de Écija (Fernán Suarez). En los demás casos no se indica su procedencia. Parecen agruparse mayoritariamente en la zona de San Matías y Santa María la Mayor y sus actividades se desarrollarían en un ámbito que no superaba el marco doméstico, algo ya señalado en su momento por López de Coca para Málaga a partir de la revisión del Libro de Repartimientos de Málaga, recordando la existencia de varias viviendas de telares de seda.62 Nosotros podemos confirmarlo también en Granada. En 1511, Gonzalo de Illescas, vecino de San Pedro y San Pablo, arrendaba a Juan de Morales, tejedor de terciopelo, vecino de dicha colación, unas casas por dos años, con la condición de que reparara la cocina y no pusiera telares en la parte alta de la casa, solo en el bajo, y pagara los desperfectos que se originasen por su instalación.63 El crecimiento de la industria se hace patente también mediante esta reglamentación, que ya en 1515 limitaba la propiedad de telares de terciopelo a un total de seis, cuatro como máximo en la vivienda del maestro sedero.64 En todo caso nos mantendríamos aún ante una estructura de producción limitada con relación a lo que veremos desarrollarse poco después. Eso, sin embargo, no quiere decir que no empezaran ya a mostrarse signos de una cierta organización coordinada de los trabajos bajo una misma dirección, la del tejedor, que podría disponer de colaboradores. Aparte de los diversos contratos de aprendizaje que nos trasladan las actas notariales y que contemplan la elaboración de tejidos (anexo 2), se nos muestran servicios como el prestado por Pedro Lamar, sedero, a Rui Gomez, del mismo oficio, en 1510, por el que recibiría 1760 maravedís;65 o Juan de Berrio (antes Mahamed), que entraría al servicio de Juan de Villanueva, hilador de seda, para mover el torno o lo que se le mandase durante seis meses a partir de septiembre de 1510.66 Llegaban a contratar el servicio de otros tejedores, como ocurre en 1515 con Juan Seco, tejedor de terciopelo que pagaría los servicios de otro colega, Fernán Suarez, tejedor de terciopelo vecino de Granada, pero que antes lo fue de Écija, para trabajar con él durante un año.67 En este sentido el testimonio más destacable sin duda es el que nos ofrece la firma de la sociedad establecida entre Francisco Maldonado Aladri, toquero, y Juan de Valencia Jaime, hilador de seda, con el que concierta suministrarle dos tornos de hilar seda, un menador, un rodetero y toda la seda que fuere menester, de la que sabemos que al menos recibiría 45 onzas de seda joyante de tela devanada ese mismo día,68 para que los seis meses siguientes el de Valencia hilara cada onza de seda al precio de medio real. El pago a los dos empleados, menador y rodetero, sería de 1 real diario.69
Estos artesanos trabajarían en estrecha colaboración con proveedores de seda,70 con quienes en ocasiones establecían acuerdos e incluso sociedades específicas para la producción de tejidos. Así ocurría en enero de 1508, cuando Alonso de Salas, escribano de Granada, y Pedro de Valencia, tejedor de terciopelo, establecían una compañía para la realización de 1 pieza de terciopelo de 40 varas en dos meses y medio. Detraído de su venta el caudal inicial aportado por Salas, los beneficios se repartirán a mitad.71
Igual sucedía en marzo de 1510, cuando Alonso de Villegas, mercader estante en Granada, y Ginés Silvestre, tejedor de terciopelo, que acordarían la entrega por adelantado de 2 telas de seda, de unas 80 varas, para tejer terciopelo doble, y un telar donde realizar dicho trabajo, que pagaría a razón de 119 maravedís por vara. Se estipularon concienzudamente los plazos de entrega, de manera que a las 10 varas ya tejidas en el momento de la firma del acuerdo se sumarían 6 más en los 5 días siguientes, y el resto a razón de 6 varas cada fin de semana.72 El tejedor ponía como garantía de su compromiso el telar, algo común en otros casos. Un caso que parece destacar por el montante de ventas de seda que alcanza es el de Alonso de Toledo, definido como mercader estante en Granada y que se muestra como importante proveedor de materia prima a terciopeleros de la ciudad. Solo en el año de 1512 vendería seda por un total de 119.716 maravedís y 9 ducados a los mercaderes Alonso de Torres (14.520 maravedís),73 Juan Pérez (40.175),74 Diego Catalán (28.735),75 Pedro de Valencia76 y al terciopelero Juan Peralta (36.286). Y aunque aparecen como mercaderes de seda, tal y como acabo de comentar, no podemos excluir que en realidad fueran también tejedores de terciopelo, que es lo que ocurre con uno de ellos, Pedro de Valencia, que confiesa su oficio de tejedor de terciopelo en otra ocasión.77
¿Hay interés de los genoveses por controlar la producción sedera? Desde luego que sí. También ellos surtirían en más de una ocasión a los artesanos de terciopelo la seda adecuada para la elaboración de este tejido. Observamos a estos mercaderes genoveses adquiriendo seda en cantidades importantes en centros productivos tan destacados como Guadix, donde Felipe Cicala, por ejemplo, entre 1497 y 1500 llegaría a adquirir directamente de los productores, ya sin intermediarios locales, seda de la mejor calidad, aquella seda joyante que ya se pedía un siglo antes en la Granada nazarí por parte de los mercaderes que abastecían la industria internacional (anexo 4).
Desgraciadamente no conocemos el destino de estas adquisiciones, que pudieran bien ser destinadas para la exportación, tal y como se había hecho hasta entonces, y se continuaba haciendo según testimonio de Squarzafico. Pero también sabemos que en algunos casos los genoveses se convierten en parte de sociedades productivas ya en la propia Granada establecidas con terciopeleros, aportando generalmente la seda con la que trabajarían, tal y como muestra, por ejemplo, el caso de Gregorio Cattaneo, que establecería en 1510 un contrato de colaboración con Diego Alcaraz, que se define como mercader pero que declara tener en su casa dos tornos de hilar seda, desde donde el genovés proveyó de seda por valor de 12.000 maravedís que este debería hilar.78 Este Gregorio Cattaneo, uno de los genoveses estantes en la capital durante estos primeros años, nos ofrece la última información de valor con la que pretendemos cerrar este trabajo. Es a él a quien vemos participar activamente como socio de negocios productivos, bien aportando seda para su hilado, o bien proveyendo tornos para el hilado y telares para el tejido de terciopelo, producto que parece centrar su atención (anexo 3). Acudía ya al famoso sistema de adelantos utilizado por los genoveses en sus actuaciones en Granada en época moderna,79 que consistiría en préstamos a la producción y al trabajo, aportando la materia prima, la seda que se habría de tejer, o, como en los negocios que emprende en 1510, la maquinaria necesaria, telares o tornos, cuyo valor se le restituiría en dinero o en el producto terminado, que obtendría, así, en mejores condiciones.
CONCLUSIONES
Queda mucho por hacer. Diría que queda prácticamente todo por hacer, si queremos entender qué ocurrió con la seda en época nazarí, en qué se traduce en términos concretos esa proyección comercial que nuestro artículo pudo tener y qué impacto pudo alcanzar esa dimensión especulativa en la organización productiva y el esquema económico de una sociedad islámica como esta.
La seda, objeto de interés comercial evidente y desarrollado en época nazarí, fuertemente limitada, sin embargo, en la capacidad de producción, en cantidad y sobre todo en calidad, no llegando a desarrollarse como industria propiamente dicha, a pesar de sus enormes posibilidades... La seda, sujeta a cambios evidentes y tempranísimos tras la conquista del reino, centro de posibles transferencias tecnológicas que desarrollan sus posibilidades textiles en la naciente industria granadina, y tempranísimo ejemplo en Granada de innovaciones empresariales vinculadas con la incorporación del capital mercantil a los procesos productivos, algo al parecer impensable poco antes... La seda, digo, puede ayudarnos a entender todo ese proceso complejo de crecimiento que experimenta la sociedad nazarí.
ANEXO 1
Tejedores de terciopelo en Granada, según la documentación notarial

ANEXO 2
Contratos de aprendizaje firmados en Granada

ANEXO 3
Negocios de Gregorio Cattaneo en Granada

ANEXO 4
Compras de seda de Felipe Cicala en Guadix

* Trabajo realizado en el marco del proyecto I+D con referencia HAR2015-66550-P «Poder, comunidades rurales en el reino nazarí (ss. XIII-XV)».
1 M. Sánchez Martínez: «La cora de Ilbīra (Granada y Almería) en los siglos X y XII, según al‘Udrī (1003-1085)», Cuadernos de Historia del Islam, 7, 1976, pp. 5-82 (esp. p. 24).
2 E. García Sánchez: «Las plantas textiles y tintóreas en Al-Andalus», en M. Marín: Tejer y vestir: de la Antigüedad al Islam, Madrid, CSIC, 2001, pp. 417-451 (esp. pp. 436-437).
3 No hemos podido consultar el texto original. Remitimos a la breve información que sobre este autor ofrece J. Alemany Bolufer: «La geografía de la Península Ibérica en los escritores árabes», Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, IX, 1919, pp. 109-172 (esp. pp. 122-127).
4 Abū ‘Ubayd al-Bakrī: Geografía de España (Kitāb al-masālik wa-l-mamālik) (intr., trad. notas e índ. por Eliseo Vidal Beltrán), Zaragoza, 1982, pp. 23-24.
5 J. Enrique López de Coca: «La seda en el Reino de Granada (siglos XV y XVI)», en España y Portugal en las rutas de la seda. Diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente, Barcelona, 1996, pp. 33-57 (esp. pp. 34-36).
6 Vincent Lagardère: Campagnes et paysans d’Al-Andalus, VIIIe-XVe s., París, 1993, pp. 391-411; Vincent Lagardère: Histoire et société en Occident musulman au Moyen Âge. Analyse du Mi‘yār d’Al-Wanšarīsī, Madrid, 1995; J. López Ortiz: «Fatwas granadinas de los siglos XIV y XV», Al-Andalus, VI, 1941, pp. 73-127.
7 Salud M. Domínguez Rojas: «La economía del reino nazarí a través de las fetuas recogidas en el Mi‘yār de Al-Wanšarīsī», Anaquel de Estudios Árabes, 17, 2006, pp. 77-107 (esp. pp. 86-87).
8 Vincent Lagardère: Campagnes et paysans..., p. 396.
9 Ibn al-Jatīb: Mi‘yār al-Ijtiyār fī dikr al-Ma‘āhid wa-l-diyār (texto árabe, traducción castellana y estudio por Mohamed Kamal Chabana), Rabat, 1977, p. 130.
10 P. Arroyal Espigares et al.: Diplomatario del Reino de Granada. Registro General del Sello, 1504, Granada, 2010, p. 296.
11 «... Sepades que por parte de Alonso de Alanys, nuestro arrendador e recabdador maior de los derechos de las sedas de çiertos partidos de las Alpujarras del dicho reyno de Granada de los años pasados de XCVIII, XCIX, D, DI años e deste pre sente año de la data desta nuestra carta, nos hyso relaçión disyendo que halgunas personas veçinos e moradores de las villas e logares del dicho su partido han ylado mucha seda e que non han querido dar la quenta nin rasón dello para saber lo que le pertenesçe e deuen aver de derecho...». María Luisa García Valverde et al.: Diplomatario del Reino de Granada. Documentos procedentes de la sección Registro General del Sello del Archivo General de Simancas, año de 1502, Granada, 2010, pp. 598-599.
12 S. D. Goitein: Letters of Medieval Jewish Traders, Princeton, 1973; O. Remie Constable: Comercio y comerciantes en la España musulmana: la reordenación comercial de la Península Ibérica del 900 al 1500, Barcelona, 1997.
13 «[Almería] es la alcaicería (qaysāriyya) y la atarazana (dār al-sinā‘a) de al-Andalus... En Almería se fabrican brocados de seda (dībāŷ), de excelente factura, comparables a los brocados (mudabbaŷāt) conocidos por bagdadíes, vestidos con brocados blancos. Para nadie es un secreto lo perfecto de su fabricación... Todos sus habitantes, tanto los hombres como las mujeres, son diestros artesanos manuales...». E. Molina López y C. Álvarez de Morales: «Repertorio de noticias geográficas sobre Almería islámica», en Homenaje a la profesora Elena Pezzi, Granada, 1992, pp. 77-86 (esp. pp. 80-81).
14 «... habia toda clase de industrias maravillosas, en concreto habia 800 telares de seda, en los que se fabricaban túnicas (al-ḥulal), brocados (al-dībāŷ), el ciclatón (siqlātūn), el ispahaní, el gorganí, velos enguinaldados (al-sutūr al-mukallala), vestidos con ojetes (al-tiyāb al-mu’ayyana), el jumar, el ‘attābi, almajares (al-ma’āŷir) y toda clase de sedas...» (trad. Jorge Lirola Delgado), Almería andalusí y su territorio, Almería, 2005, p. 61.
15 A. Garcia Porras y A. Fábregas: «¿Una ciudad en crisis? Almería después de la taifa: época almohade y nazarí», Actas de las VI Jornadas técnicas de la Alcazaba. La taifa de Almería y su Alcazaba: mil años después (en prensa).
16 «La seda que proviene del llano de Elvira es la que está extendida por todo el país, y la que se exporta al exterior. En cuanto al lino que allí se cultiva es de calidad superior al lino del valle del Nilo; su cosecha es tan abundante que se exporta a los países musulmanes más alejados». M. Pilar Maestro González: Al-Himyari, Kitab ar-Rawd al-Mi’tar, Valencia, 1963, p. 58.
17 M. Pilar Maestro González: Al-Himyari..., p. 96.
18 Ibn al-Jatīb: Mi‘yār...
19 Al- Ḥimyarī: Kitāb..., p. 289. Ibn al-Jatīb: Mi‘yār..., p. 131.
20 Ibn al-Jatīb: Mi‘yār..., p. 123.
21 Ibíd., p. 129.
22 Ibíd., p. 130.
23 Francisco Franco Sánchez: «El reino nazarí de Granada según un viajero mudéjar almeriense: Ibn as-Sabbah (m. Después 895/1490)», Sharq al-Andalus, 13, 1996, pp. 203-224 (esp. p. 208).
24 Una aportación en este sentido, elaborada a partir de sondeos en la rica documentación Datini, lo ofrecimos en su momento en Adela Fábregas: «Estrategias de intervención de los mercaderes toscanos y genoveses en el reino nazarí de Granada. Una primera aproximación a través de la correspondencia datini», Serta Antiqua et Medievalia, Génova, 2002, pp. 259-304. Allí tratamos más extensamente la cuestión a la que aludimos ahora.
25 Blanca Gari y Roser Salicrú: «Las ciudades del triángulo: Granada, Málaga, Almería, y el comercio mediterráneo de la Edad Media», en D. Abulafia y B. Gari (eds.): En las costas del Mediterráneo occidental. Las ciudades de la Península Ibérica y del reino de Mallorca y el comercio mediterráneo en la Edad Media, Barcelona, 1996, pp. 171-211 (esp. p. 209). El asunto fue tratado con más detalle por Germán Navarro: «Los valencianos y la seda del Reino de Granada a principios del Cuatrocientos», en Actas del VII Simposio Internacional del Mudejarismo, Teruel, 1999, pp. 83-93.
26 ... Cotesti luchesi vengono costa e llevane assai, ma queste sono di s. 40 molto fini, s. 36 in 38 ce ne per Lucca... Archivio di Stato di Prato, Archivio Datini, Filza 547, Valencia-Pisa, 303187 (30/9/1392).
27 «... se io mi vi meterò ne conperò asai per guardarla, ta(n)to verà sua stagione. Bene la penso tuta fare lavorare. Vorei essere avizato che pregio vi vale a cotanti e a terme...». ASP, Datini, 980, Brujas-Valencia, 604450 (3/12/1405).
28 ASP, Datini, 980, Brujas-Valencia, 604450 (3/12/1405).
29 Archivio Durazzo-Giustiniani, sección Sauli, man. 1842, c. 45 v.
30 ASP, Datini, 795, Valencia-Génova, 512601 (12/10/1393).
31 Una de las pocas ocasiones en las que llegamos a conocer al propietario de estos cargamentos de seda recién llegados de Almería resulta ser «... un uomo di qui, Ferando Grazia...», que tiene previsto ponerla a la venta en torno a 42 sueldos la libra. ASP, Datini, 924, Valencia-Barcelona, 516843 (13/09/1407).
32 Jacqueline Guiral estudiaba 309 licencias concedidas por el Baile de Valencia con destino a Berbería entre 1426 y 1488, y concluía que el 92,8% de licencias se otorgaron a valencianos, frente a un 7,1% correspondientes a genoveses, florentinos, castellanos y catalanes. J. Guiral Hadziiossif: Valencia, puerto mediterráneo en el siglo XV (1410-1525), Valencia, 1989, pp. 239 y ss.
33 ASP, Datini, 547, Valencia-Pisa, 600380 (5/12/1398).
34 ASP, Datini, 921, Valencia-Barcelona, 115864 (18/04/1401).
35 «... per le ghale vi mandrò pani 200, la metà di Choltrai, ressto Vervi e altri pani, li quali vorò ne faciate fine a contanti. E si pure no ne poteste fare fine di tuti a contanti prendetene della seta di Malicha e mandatela a Pisa...». ASP, Datini, 854, Brujas-Barcelona, 416744 (1401/12/7). Otros ejemplos en ASP, Datini, 854, Brujas-Barcelona, 416749 (1402/23/2), ASP, Datini, 1060, Brujas-Mallorca, 121246 (1402/21/1).
36 A D-G, Sauli, man. 1839.
37 A D-G, Sauli, man. 1839, f. XIIv.
38 A D-G, Sauli, man. 1839, f. LXXXIv.
39 Ambas cuestiones han sido tratadas últimamente por mí misma en sendos trabajos, que deben aún ver la luz: «Commercial crop or plantation system? Sugarcane production from the Mediterranean to the Atlantic», en T. F. Glick, A. Malpica, F. Retamero y J. Torró (eds.): The Unending Conquest. Al-Andalus and the Americas (13th-17th c.): Destruction and Construction of Societies, Leiden-Boston, Brill (en prensa) y «Las industrias y los mercados rurales en el Reino de Granada», en G. Navarro Espinach y C. Villanueva (coords.): Industrias y mercados rurales en los reinos hispánicos (siglos XIII-XV), Murcia, 2017, pp. 63-91.
40 En 1502 «despachó çierta seda en el alcayçería de la dicha çibdad de Granada para la enbiar a Gínova e a otras partes...». Pedro Arroyal Espigares et al.: Diplomatario..., pp. 313-314.
41 El propio Squarzafigo declara su intención de cargar en 1504 seda para Túnez, «e que teniendo carga de este dicho presente año çierta seda para Túnes, gela enbargaron e no gela dexaron lleuar fasta que los pagase el dicho diezmo della», Pedro Arroyal Espigares et al.: Diplomatario..., p. 313. Se trata de una práctica, por lo demás, reconocida fiscalmente. Ibíd., p. 521.
42 Rafael Girón Pascual: «Mercaderes de seda, “verlegers” y veinticuatros: los Castellano de Marquina de Granada (1569-1644)», en J. J. Iglesias Rodríguez, R. Pérez García y M. Fernández Chaves (eds.): Comercio y cultura en la Edad Moderna. Comunicaciones de la XII Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna, Sevilla, 2015, pp. 405-419.
43 Félix Garcia Gámez: «La renta de la seda del Reino de Granada y sus arrendadores en el Marquesado de los Vélez en época mudéjar ( 1490-1504)», en F. Andújar Castillo y J. P. Díaz López (coords.): Los señoríos en la Andalucía moderna. El Marquesado de los Vélez, Almería, 2007, pp. 257-265 (esp. pp. 258 y ss.).
44 José Enrique López de Coca: «La seda en el Reino de Granada...», pp. 49-53.
45 José Enrique López de Coca: «“Morus nigra” vs “Morus alba” en la sericultura mediterránea: el caso del Reino de Granada (siglo XVI)», en G. Airaldi (ed.): Le vie del Mediterraneo. Idee, uomini, oggetti (secoli XII-XVI), Atti del convegno tenuto a Génova, 1994, Génova, 1997, pp. 183-199.
46 L. Perez Bueno: «Ordenanzas de la seda. Granada, año de 1515», Hispania, XXXV, 1949, pp. 308-317. Las primeras ordenanzas conocidas datan de 1512, aunque no incorporan la disposición que a nosotros interesa. R. Marín López: Documentos para la historia de la seda en el Reino de Granada (siglos XV-XVIII), Granada, 2008, pp. 56-58.
47 L. Perez Bueno: «Ordenanzas de la seda...», pp. 312-313.
48 Germán Navarro Espinach: «La seda entre Génova, Valencia y Granada en época de los Reyes Católicos», en Actas del Congreso «La frontera oriental nazarí como sujeto histórico (s. XIII-XVI)», Almería, 1997, pp. 477-483; José Enrique López de Coca: «La seda en el Reino de Granada...», p. 38.
49 Francisco Bejarano Robles: La industria de la seda en Málaga durante el siglo XVI, Madrid, 1951.
50 José Enrique López de Coca: «Mercaderes genoveses en Málaga (1487-1516). Los hermanos Centurión e Ytalian», en El Reino de Granada en la época de los Reyes Católicos. Repoblación, comercio, frontera, Granada, 1989, vol. II, pp. 89-127.
51 Germán Navarro: «Velluteros ligures en Valencia (1457-1524): la promoción de un saber técnico», en G. Airaldi (ed.): Le vie del Mediterraneo. Idee, uomini, oggetti (secoli XII-XVI), Genova, 1994, pp. 201-211.
52 Germán Navarro Espinach: «La seda entre Génova, Valencia y Granada...».
53 Miguel Ángel Ladero Quesada: Granada después de la conquista: repobladores y mudéjares, Granada, 1993, p. 51.
54 Rafael Girón Pascual: «Mercaderes de seda, “verlegers”...»; Enrique Soria Mesa: «El negocio del siglo. Los judeoconversos y la renta de la seda del Reino de Granada (siglo XVI)», Hispania, LXXVI, n.º 253, 2016, pp. 415-444.
55 Rafael Girón Pascual: «Los lavaderos de lana de Huéscar (Granada) y el comercio genovés en la Edad Moderna», Atti della Società Ligure di Storia Patria, Nuova Serie, vol. LI (CXXV), fasc. I, 2011, pp. 191-202.
56 Rafael Girón Pascual: «Mercaderes de seda, “verlegers”...».
57 Enrique Soria Mesa: «El negocio del siglo...», pp. 419 y 422 y ss.
58 Juan M.ª de la Obra Sierra: Catálogo de protocolos notariales: Granada, 1505-1515, tesis doctoral inédita leída en la Universidad de Granada, 1986.
59 Manuel Espinar Moreno: «La voz de los mudéjares de la aljama de Guadix (1490-1500)», Sharq al-Andalus, 12, 1995, pp. 85-128.
60 En 1438, por ejemplo, se reciben tres piezas de paños de terciopelo verdes y celestes (√√ Item die VII februari (1438) in procepsu neptis de pc. III panni septe, videlicet avelutatum celestri pr. XXVI, avelutatum verde pr. XXXXV et camocatum celestri pr. CVI nobis avalatis per Filipum Spinule in cartulari magni in CLXXXI [140r]), y al año siguiente Francesco recibiría hasta 22 piezas de terciopelo en la nave de Galeacii Pinelo (162r). Por último, solo en una ocasión encontramos en la contabilidad de Francesco Spinola del año 1451 una compra de 2 piezas de paños «avelutati», una celeste y otra verde. Adela Fábregas: La familia Spinola en el reino nazarí de Granada. Contabilidad privada de Francesco Spinola (1451-1457), Granada, 2004, pp. XXXVIv-XXXVIIr.
61 Ramón Carande: Carlos V y sus banqueros (I). La vida económica en Castilla (1516-1156), Madrid, 1965.
62 José Enrique López de Coca: «La seda en el Reino de Granada...», p. 37.
63 Juan M.ª de la Obra Sierra: Catálogo de protocolos..., doc. 1889, p. 1166. Protocolo Juan Raél, 567r/v.
64 L. Perez Bueno: «Ordenanzas de la seda...», p. 313.
65 Juan M.ª de la Obra Sierra: Catálogo de protocolos..., pp. 816-817.
66 Ibíd., p. 901.
67 Ibíd., p. 1610.
68 Ibíd., p. 1146.
69 Ibíd., p. 1147.
70 Aprovisionamientos atestiguados en el caso de Alfonso Gallego, tejedor que compra en 1510 seda a varios proveedores como Hernán Álvarez, cambiador, y Gonzalo de la Fuente, mercader vecino de Toledo (ibíd., p. 530), así como a Rodrigo de Zamora, mercader granadino (tesis, p. 545); o Ginés Silvestre, tejedor que compra el mismo año a Rodrigo de Zamora seda por valor de 3.000 maravedís (ibíd., pp. 816-864).
71 Ibíd., p. 109.
72 Ibíd., p. 668.
73 Ibíd., p. 1279.
74 Ibíd., p. 1306.
75 Ibíd., p. 1509.
76 Ibíd., p. 109.
77 Ibíd., pp. 122-123.
78 Juan de la Obra Sierra: Mercaderes italianos en Granada (1508-1512), Granada, 1992, pp. 52-53.
79 Francisco Andújar Castillo: «Los genoveses en el Reino de Granada. Comercio y estrategias mercantiles», en E. Belenguer Cebriá (coord.): Felipe II y el Mediterráneo, Barcelona, 1999, vol. II, pp. 357-376.
LA SEDA EN ANDALUCÍA DURANTE LA EDAD MODERNA
BALANCE Y PERSPECTIVAS DE ESTUDIO
Félix García Gámez Universidad de Almería
1. INTRODUCCIÓN
La pretensión del presente trabajo es ambiciosa y ardua, dada la complejidad del tema que nos ocupa y el afán de dar una visión globalizadora y sintetizada del fenómeno. Decimos que implica complejidad debido a que el periodo que se trata de abarcar supone un espacio cronológico muy extenso, plagado de etapas de esplendor y decadencia; y a que se intentará abordar sucintamente una amplia variedad de temas. Por fuerza, no puede ser más que una muestra de las líneas generales de lo que se ha estudiado hasta el momento y los caminos que deberíamos seguir. Sin embargo, hemos visto la necesidad de su realización en un intento de que sirva de reflexión sobre lo que hasta el momento se ha escrito sobre el tema y, al mismo tiempo, de punto de arranque de nuevas investigaciones, tanto propias como ajenas, a partir de la reconsideración y, en su caso, matización de las cuestiones analizadas en el texto.
Por otro lado, consideramos que no podemos tratar el territorio andaluz en esta etapa como un conjunto homogéneo o indiferenciado, por las notorias diferencias entre el Reino de Granada y el resto del actual territorio andaluz, tanto en lo referente a su evolución histórica, política, administrativa e institucional, como a sus particularidades económicas y sociales, al menos en los siglos XVI y XVII. Así, para el caso de la seda, las diferencias fundamentales se podrían resumir en dos: el distinto peso de la fiscalidad y del control estatal, y la falta de vertebración de la producción y comercialización de la seda andaluza. Dividiremos, por lo tanto, el territorio andaluz en las cuatro grandes circunscripciones que existían en aquella época, los cuatro reinos que, a nuestro modo de ver, se acercan más a la realidad del periodo.
Este trabajo tiene como finalidad analizar dos aspectos: primero, realizar un examen de la principal producción historiográfica sobre la seda en Andalucía durante la Edad Moderna, diferenciando los trabajos que versan sobre cada territorio; segundo, mostrar las líneas temáticas y señalar las lagunas que aún siguen existiendo. No obstante, debemos señalar que este trabajo es más fruto de las propias lagunas, dudas y reflexiones de método del autor que un avance hacia la solución de las preguntas que se nos han planteado desde hace ya algún tiempo.
Para terminar, debemos indicar que nuestro trabajo se fundamenta y continúa el realizado hace ya más de veinte años por el profesor López de Coca para el Reino de Granada,1 por lo que no se incidirá en algunos aspectos que él ya trató en su momento, por ser ampliamente conocidos, a no ser que sea para matizar o complementar lo que expuso. Asimismo, puede entenderse como una ampliación del trabajo que ya realicé en 2004, en aquel caso para la seda del Reino de Granada y la renta de esta en el siglo XVII,2 el cual nos sirve hoy de guía.
2. BALANCE HISTORIOGRÁFICO
En general, la bibliografía de la que disponemos sobre la seda en Andalucía se caracteriza por su escasez y dispersión. No existe ninguna monografía que trate el tema de la seda para el conjunto del territorio andaluz durante el periodo propuesto, ni para cada uno de los reinos en particular, ni para los principales temas, es decir, la fiscalidad, la producción de materia prima, su transformación o su comercialización. Exceptuando, como veremos, contadas obras, normalmente parciales, la dispersión de los datos es sobrecogedora, lo que hace muy difícil una visión de conjunto para el proceso sedero durante el tiempo que abarca la Edad Moderna. En otros casos, la información aprovechable sobre algún aspecto del sector sedero aparece en obras de otra temática. Asimismo, las monografías se hicieron normalmente, como mínimo, hace cuarenta años, por lo que adolecen, sin negarles, por otra parte, su mérito, de una metodología desfasada, necesitada de una pronta revisión. Estos son, en definitiva, los rasgos comunes que se van a ir repitiendo, con mayor o menor intensidad, en cada uno de los reinos de la Andalucía moderna.
Para el caso del Reino de Granada, la bibliografía existente es la más abundante con diferencia, aunque, en algunos casos, los autores beben de fuentes comunes. Hasta el momento, no se han estudiado en su plenitud todos los aspectos económicos, fiscales, sociales e, incluso, poblacionales que en el conjunto del Reino de Granada ha supuesto una actividad como la sedera, aun siendo ampliamente mencionado. Los estudios que se han realizado sobre la producción y renta de la seda nos aportan visiones parciales y sesgadas, tanto desde la óptica de continuidad temporal como espacial y sectorial.
Así, el pilar esencial de esta historiografía sigue siendo la obra clásica de Manuel Garzón Pareja La industria sedera en España. El arte de la seda de Granada,3 redactada hace ya más de cuarenta años, pues es la que aporta más datos sobre la seda en este periodo. No obstante, su metodología positivista, sus errores y el hecho de estar basada principalmente en documentación procedente del Archivo de la Real Chancillería de Granada la hacen hoy necesitada de reexamen.
El siglo XVI y, en particular, sus momentos iniciales hasta la rebelión morisca de 1568-1570, ha sido, de largo, el periodo que ha atraído más a los investigadores. Además del antedicho, nos encontramos aquí las otras dos obras pioneras sobre el tema: La industria de la seda en Málaga durante el siglo XVI, de Bejarano Robles,4 y La industria sedera granadina en el siglo XVI y en conexión con el levantamiento de la Alpujarra, 1568-1571, de Garrad.5 Para las cuestiones fiscales tenemos los capítulos dedicados a la cuestión por Carande6 y Ulloa.7
En los años ochenta y noventa aparecen las obras esenciales de Ladero Quesada8 y, especialmente, de López de Coca, cuyo trabajo para la obra España y Portugal en las rutas de la seda: diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente puede estimarse como la piedra angular para la nueva historiografía sobre el tema,9 ya que afianza lo ya conocido sobre la renta granadina, la producción inicial, el problema de los morales y la decadencia tras el levantamiento de los moriscos. Este último autor ha dado posteriormente otros artículos sobre el tema sedero, unos dedicados al tema de los morales y moreras10 y otros sobre los inicios de los arrendamientos durante la guerra de conquista del reino nazarí.11
Más recientemente, los trabajos de Galán Sánchez y Peinado Santaella, sobre la incidencia de la pérdida poblacional tras la conquista y sus implicaciones en la producción sedera;12 Castillo Fernández y Muñoz Buendía sobre la evolución de la hacienda castellana en el reino granadino;13 y García Gámez sobre las rentas iniciales,14 la situación de los arrendamientos en el tránsito del siglo XVI al XVII,15 las consecuencias del levantamiento morisco y el proceso repoblador a finales del siglo XVI16 y la situación de las alcaicerías tras el levantamiento morisco,17 suponen las últimas aproximaciones al fenómeno. En los últimos años los trabajos de Soria Mesa, Ortega Cera y Girón Pascual sobre la prosopografía de los arrendadores y sus compañías y los mercaderes18 constituyen nuevas líneas de investigación de acercamiento al tema. En conjunto, nos dan una visión más próxima, aunque todavía incompleta, de la situación en el sector sedero para el siglo XVI.
Caso distinto es la bibliografía para los siglos XVII y XVIII. La evolución durante el periodo de los Austrias menores presenta amplias lagunas en todos los ámbitos. Para el aspecto específico de la renta de la seda, apenas sí conocemos los nombres de los arrendadores que se encargaron de esta renta y las cantidades que se contrataron en los arriendos (no ya las que se consiguieron cobrar), todos ellos dentro de la primera mitad del siglo XVII. Tampoco tenemos noticias concluyentes de la actividad sedera durante el periodo, debiendo contentarnos con las escasas referencias que nos hablan de una situación caracterizada por la recuperación, pero sin llegar al esplendor de tiempos anteriores. Singular es el profundo vacío que encontramos en el periodo central del Seiscientos, ya que la bibliografía pasa directamente desde los primeros años de la década de los cuarenta a los acontecimientos que se inician alrededor de 1680. Por lo tanto, escasez, dispersión y amplios periodos de sombra (por no decir de oscuridad) conforman el paisaje de nuestros conocimientos historiográficos, siendo escasísimas las obras que tratan este problema, todas ellas parcialmente. Su enumeración será, por fuerza, breve.
De los años ochenta contamos con las páginas que dedicó Bernard Vincent en «Economía y sociedad en el Reino de Granada en el siglo XVII», dentro del tomo IV de Historia de Andalucía,19 y en la Historia de Granada. III. La época moderna. Siglos XVI, XVII, XVIII, este último escrito en colaboración con Antonio Cortes Peña.20 En ellas se analiza la situación de la producción artesanal de la seda y los estadios de su recuperación hasta los inicios del último tercio del siglo XVII y su posterior decadencia, que provocaría la formación de la Junta Particular de Comercio en 1685. De la misma década son los datos aportados por Henry Kamen en La España de Carlos II,21 que inciden sobre las causas de la crisis finisecular de la seda granadina y la creación de la Junta Particular de Comercio.
En los años noventa, se mantiene la escasez de referencias sobre el sector sedero granadino. Así, la nómina prácticamente se reduce a los siguientes trabajos: Ricardo Franch Benavent,22 Juan A. Sánchez Belén,23 Francisco Andújar Castillo y Félix García Gámez, este último con los artículos ya citados más arriba.24 El artículo de Franch Benavent señala la existencia de una fuerte decadencia de la seda granadina en el último tercio del siglo XVI, a pesar de los esfuerzos de la monarquía filipina por reanimarla. Sánchez Belén se concentra en las medidas fiscales, tales como rebajas impositivas a los mercaderes o la propuesta de encabezamiento de los derechos de la seda entre los cultivadores en 1686. Asimismo, expone la preocupación de las autoridades por los fraudes que se cometían al huir de la excesiva presión fiscal, especialmente mediante la introducción furtiva de seda foránea. Andújar Castillo hace hincapié en la progresiva decadencia de la producción sedera y sus causas, aunque señala que esta se mantuvo como una de las escasas producciones dinámicas y con resultados positivos dentro de una economía que languidecía.
Finalmente, García Gámez aborda en el primero de sus trabajos el estudio de las medidas que se pusieron en práctica para recomponer la producción y la renta de la seda del Reino de Granada tras el levantamiento morisco y sus secuelas, aseverando que tuvieron éxito aquellas que se establecieron para la reactivación de la industria, comercio y renta, no siendo así para la producción de seda en bruto. En el segundo trabajo, partiendo de las conclusiones ya expuestas del anterior, analiza la evolución de la producción sedera de base, las causas del fracaso de su revitalización durante los primeros años de la segunda repoblación y las medidas adoptadas para conseguir encaminarla, ya en el siglo XVII.
Al margen de estos estudios han aparecido otros que, no tratando temas específicos de fiscalidad o de la problemática de la seda granadina, nos han dejado algunas referencias sobre la cantidad de seda producida dentro de las fronteras del Reino de Granada en el primer tercio del Seiscientos y la entrada de seda extranjera en la Corona de Castilla. Nos referimos a los trabajos de Alfonso Cebrián Rey,25 Ángel Santos Vaquero26 y Nombela Rico.27
En cuanto al siglo XVIII, el panorama es similar. La historiografía entronca con las reformas realizadas en las últimas décadas del reinado de Carlos II para luego analizar de manera resumida el desarrollo del sector, basándose principalmente en las instituciones que se crearon a tal efecto, como la Junta Provincial o Real Compañía de Granada, y sus desavenencias con los gremios. Los memoriales realizados por dicha junta, por las Sociedades Económicas de Amigos del País u otras instituciones y los censos gubernamentales permiten tener un mejor conocimiento de la evolución de la producción artesanal de este siglo.
La mejor síntesis que tenemos es de los años ochenta, debida a Sanz Sampelayo, que da una visión de conjunto de la situación del sector sedero desde 1684 hasta finales del siglo XVIII, aunque centrándose en la creación, desarrollo y desaparición de la breve Compañía de Comercio,28 que complementa y da consistencia a los datos aportados por Garzón Pareja. Otros tratan sobre los gremios granadinos, las juntas de gobierno o las reales compañías de Granada o el Consulado del Mar de Málaga y las relaciones entre Granada y América en dicho periodo. Tal es el caso de Molas Ribalta,29 Molina Martínez,30 Santos Arrebola31 o Villas Siroco.32
Por último, capítulo aparte son el exhaustivo trabajo de Teresa de Diego Velasco sobre los gremios granadinos por medio de sus ordenanzas33 y la aportación de Marín Torres de 2008 para una completa visión de la legislación y reglamentación de la seda granadina con su impagable Documentos para la renta de la seda en el Reino de Granada (siglos XV-XVIII),34 documentación de procedencia varia, pero local sobre todo.
Visto lo anterior, la bibliografía para el resto de los reinos andaluces se nos muestra mucho más raquítica.
Las contribuciones de la historiografía no nos proporcionan ningún trabajo de síntesis sobre el tema en el Reino de Sevilla, lo que no nos permite tener un conocimiento de conjunto sobre el fenómeno sedero ni en la capital, ni en la provincia. Este punto es particularmente grave, cuando se toma a la capital sevillana como uno de los grandes centros productores de tejidos de seda y mercado a partir del cual se exportaba el producto, no solamente sevillano, sino andaluz y nacional a las Indias y Portugal. Las noticias son, por necesidad, escasas. Los trabajos para la capital se centran en las pocas líneas que dedicaron a la seda sevillana en los siglos XVI y XVII Enrique Otte,35 Carande,36 Domínguez Ortiz,37 Lorenzo Sanz38 o Morales Padrón.39 En general, tratan del baile de cifras sobre el número de telares y tejedores que trabajan en la ciudad, los mercaderes y el verlagssystem como modo de producción principal, la decadencia de la alcaicería40 y el papel de la ciudad en el comercio con las Indias. Para el siglo XVIII en sus etapas finales, solo disponemos de las páginas dedicadas por Aguilar Piñal.41
Fuera de la capital, la historiografía se ha centrado en tiempos recientes en los núcleos menores que formaban entonces parte del reino sevillano. Los trabajos más sobresalientes son los de Valiente Romero, ya sea solo o con Castillo Martos, dedicado a Écija;42 para otras poblaciones tenemos los artículos de Parejo Barranco para Antequera,43 de Morales Luque para Archidona44 y de Torrejón Chaves para Cádiz a finales del siglo XVIII.45
Para el caso cordobés, la bibliografía se presenta más completa, aunque tampoco tenemos publicada ninguna obra de síntesis, si exceptuamos el breve e intenso artículo escrito por el tándem de la Torre y Rey Díaz en 1930. Se trata de un resumen de un trabajo mecanografiado anterior y de mayor enjundia, que podemos considerar, aun con sus limitaciones metodológicas, como el trabajo inicial que otros autores han continuado.46
Tras ellos, no fue hasta los años setenta y ochenta del siglo pasado cuando se retomó el tema de la sedería cordobesa, primero en los trabajos de Fortea Pérez,47 Aranda Doncel,48 en menor grado, López Ontiveros49 y, posteriormente, por Córdoba de la Llave, en este caso, como herencia del pasado musulmán en el tránsito de la Edad Media a la Moderna.50 Como para el caso granadino, el desconocimiento mayor se ubica en el siglo XVII y en particular en sus años centrales.
En las páginas de Fortea Pérez se ahonda en lo referido por de la Torre y Rey, tanto para el siglo XVI como para los periodos posteriores. En su magnífico y denso artículo sobre la industria textil en el tránsito entre los siglos XVII y XVIII, nos da una panorámica mucho más amplia para poder explicar qué factores llevaron a las reformas de finales del siglo XVII y las causas que provocaron finalmente su fracaso en el siglo siguiente.51 Aranda Doncel centra sus investigaciones en la población morisca que se asentó en Córdoba y su campiña tras el levantamiento de los granadinos.
El otro centro cordobés de importancia fue Priego. Este, tomado como el centro rival del capitalino, del que se benefició en sus horas bajas, como de los otros grandes centros productores de Andalucía, ha llamado la atención de la historiografía más reciente. Así lo analizan, desde su origen hasta su decadencia en los albores del siglo XIX, los estudios de Durán Alcalá y Ruiz Barrientos, el segundo de ellos más exhaustivo y basado en la documentación del Cabildo municipal.52 Otro trabajo que trata sobre esta localidad y su área de influencia a mediados del siglo XVIII, y basándose en el catastro de Ensenada, nos lo brinda Peñín Rodríguez.53
Escasísima y muy parcial es la bibliografía que disponemos sobre el Reino de Jaén. Apenas un par de artículos, ninguno de ellos centrado en la industria de la seda, y datos sueltos en obras generales sobre la producción sedera en Andalucía o España nos dan una imagen muy difuminada de su desarrollo y evolución a lo largo de la Edad Moderna. No digamos sobre otros centros donde también apareció esta actividad, como Úbeda o Baeza, de las que prácticamente no tenemos más información más allá de su mera existencia como centros de producción sedera. Los artículos a los que aludimos más arriba son obra de Molina Martínez, que trata sobre los pleitos entre el conde del Villar y los mercaderes y tejedores de mediados del siglo XVI,54 y de Rodríguez Molina, Martínez Plaza y Cuevas Mata.55 Estos últimos nos muestran una foto fija de finales del primer tercio del siglo XVII de la actividad sedera de la capital giennense a partir de la tasa de precios de la seda en bruto y tejida, no solo de la producida en la propia Jaén, sino también de la que se vendía en ella procedente de otros lugares de Andalucía y el extranjero. Por otro lado, Molinié-Bertrand56 y Murcia Cano57 han aportado información sobre la actividad sedera en el área subbética del Reino de Jaén. La primera a partir de los datos censales del siglo XVI y la segunda sobre el desarrollo de esta industria en Alcalá la Real de los siglos XVI y XVII.
Por último, no podemos olvidar la bibliografía que aborda la actividad sedera andaluza y su comercio en las colonias americanas. Ya en la bibliografía anterior aparecen alusiones a esta cuestión que podemos concretar en tres apartados: transacciones entre Andalucía y las Indias, la cuestión del monopolio granadino y la introducción y prohibición de la entrada de géneros extranjeros tanto en las Indias como en España, especialmente de la seda china. La obra fundamental es el monumental trabajo de Lorenzo Sanz Comercio de España con América en la época de Felipe II,58 que hemos mencionado más arriba para la industria sevillana. Más antiguos son los artículos de Boyd-Bowman sobre mercancías granadinas llegadas a América,59 y de Martínez Cardós, en referencia a las disposiciones de las Cortes de Castilla sobre el comercio transatlántico y las quejas por el monopolio granadino de exportación de sedas a América.60 Recientemente han aparecido otros trabajos de la mano de autores como Molina Martínez,61 que examina la introducción de la sericultura y las ordenanzas por colonos granadinos en Nueva España, o como Picazo Muntaner,62 Bonialian63 y Romero Sánchez y Ruiz Gutiérrez,64 centrados en el problema de la introducción de seda china.
3. LÍNEAS TEMÁTICAS Y PERSPECTIVAS DE ESTUDIO
A tenor de las carencias que se han expuesto en la descripción del aparato historiográfico, es obvio que todavía queda un largo camino que recorrer para el conocimiento profundo del fenómeno sedero en el territorio andaluz. Por consiguiente, los campos de estudio que se nos abren son enormes, tanto en lo referente a la tributación soportada por el sector como a la producción y comercialización del género.
3.1 La fiscalidad de la seda
Todas las etapas de la producción de la seda, desde la producción de hoja de los morales y moreras hasta su venta final tejida, se vieron de una manera u otra gravadas por una diversidad de derechos e imposiciones de carácter estatal, municipal, señorial y eclesiástico a lo largo del periodo. En la actualidad tenemos un conocimiento muy somero de estos impuestos en aspectos como el hecho mismo de conocer todos los gravámenes que se imponían, qué cantidades representaban y su secuenciación serial a lo largo del periodo o la repercusión de cada uno de ellos sobre los productores y el precio final del producto.
Por otro lado, constituye una obviedad recordar que, al margen de este aspecto común a toda Andalucía, la diferencia primordial que hacía destacar al Reino de Granada del resto de los reinos andaluces era el mayor peso impositivo que aquel soportaba, que por sí mismo suponía un capítulo aparte en las rentas reales de Castilla: la renta de la seda del Reino de Granada. Frente a ella, de la que hablaremos extensamente más abajo, los reinos de la Baja Andalucía pagaban alcabalas y almojarifazgos, en el primer caso difícilmente cuantificables, dado que se encontraban insertas en las cifras generales que pagaban los municipios por este concepto. Para el segundo, ya sea el Almojarifazgo Mayor de Sevilla, ya sea el de Indias, no se ha hecho aún un estudio pormenorizado de sus cuantías, aunque sí se conoce algún dato de lo que se gravaba por la seda.65 Fuera de esto, poco conocemos de otros impuestos que gravasen la producción sedera en Sevilla, Jaén o Córdoba, aunque nos podemos permitir conjeturar que habría cargas decimales pagadas a la Iglesia por la hoja, la simiente o los capullos.
No obstante, algunos autores nos han dado noticias sobre la existencia de otras imposiciones. Así, Molina Martínez, por medio de los pleitos que sostuvo el conde de Villar con los mercaderes y tejedores de la ciudad de Jaén a mediados del siglo XVI, nos muestra el intento de introducción de antiguas cargas señoriales ya abandonadas: el derecho del peso mayor de la seda y el derecho de sol y viento. El primero suponía una innovación, ya que pretendía gravar con un maravedí por cada 30 el valor de la seda en madeja que los comerciantes compraran o vendieran en la capital giennense y que no fuera de crianza, cuando entonces se pagaban dos maravedíes por solicitar el peso mayor, independientemente de la cantidad. El segundo resucitaba el derecho de sol y viento que pagaban los tejedores en la Edad Media. Se interpusieron sendos pleitos que terminaron en la Chancillería de Granada y que obtuvieron un resultado dispar: se le dio la razón a los comerciantes, mientras que el tribunal falló en contra de los tejedores.66
Encontramos otro caso en Priego, donde Ruiz Barrientos enumera la existencia de una renta de la seda dividida en cinco apartados que gravaban la importación, la producción local y la exportación durante los siglos XVII y XVIII.67 Para la primera se pagaba la denominada renta de la seda del viento, que fue sustituida a principios del siglo XVIII por un impuesto similar llamado renta de la seda en rama. La producción local pagaba la renta de la seda de los vecinos, mediante el sistema de conciertos con el arrendador. A ella se sumó un arbitrio de un real por libra de seda joyante y medio real por la seda azache y los hiladillos. Por último, existían dos gravámenes para la exportación de tejidos labrados con seda local y forastera, por los que se pagaba un real por pieza y que subió otro medio real temporalmente a modo de arbitrio destinado a los gastos del cabildo municipal.
Por último, en Alcalá la Real se pagaba a principios del siglo XVII un real por libra labrada68 y de Archidona consta el pago de un arbitrio sobre la seda en el siglo XVIII de tres mrs. por libra hilada.69
En lo que respecta a la renta de la seda del Reino de Granada, opinamos que se deben diferenciar dos aspectos fundamentales, aunque se encuentren estrechamente unidos: por un lado, el desarrollo de la fiscalidad de la renta y, por otro, el estudio de la figura del arrendador.
Sobre el primero, está todavía por hacer el estudio sistemático de lo recaudado, así como su evolución. Aunque a grandes rasgos conocemos, hasta finales del siglo XVII, las cantidades recaudadas, y en algunos casos los vaivenes en las cifras a las que se habían comprometido los recaudadores, hace falta indagar de forma pormenorizada cuáles fueron esas cantidades, las rebajas que se produjeron y sus causas y si se consiguió cubrir lo estipulado en los contratos de arrendamiento. Asimismo, es necesario precisar si los distintos derechos que aglutinaba la llamada «renta de la seda» se mantuvieron inamovibles a lo largo de todo el periodo. Desde Bejarano y Carande, son varios los autores que nos han dado una lista, más o menos coincidente, de los gravámenes que formaban la renta de la seda del Reino de Granada, siendo estos los que siguen: diezmo de la venta de la seda en madeja y tartil; diezmo y medio de lo morisco de la seda en madeja (y después también torcida y tejida), si se enviaba a Castilla; alcabala de la que se vendiera dentro del reino; almojarifazgo o derecho de puertos de aquella que se exportara por mar, menos a Castilla; y derecho de lía y marchamo.70 Aparte de los derechos propios de la renta, se cobraban otros derechos, ya fueran de los oficiales que participaban en el proceso, ya fueran sobre la producción primaria de hojas y capullos.71 Estos últimos acabarían convirtiéndose en derechos decimales de la Iglesia.72
Sin embargo, los autores discrepan sobre la fecha en la que la renta de la seda empezó a cobrarse como tal y cuándo fueron introduciéndose todos estos impuestos. A la vista del estado de la cuestión, podemos aseverar, sin lugar a dudas, que esta empezó a cobrarse en asiento separado del resto de las rentas granadinas a partir del arrendamiento de 1495.73 Para 1500, ya con la población mudéjar convertida, los distintos impuestos que la formaban estaban plenamente definidos. Por otro lado, la complejidad de la recaudación de la alcabala y los impuestos sobre la exportación, junto con los constantes pleitos y desavenencias en su cobro, hicieron que se concertara entre el arrendador Juan de la Torre y los mercaderes en una cantidad fijada en 90 mrs. por libra en 1524.74 Esta innovación fue revocada por los contadores mayores al año siguiente, pues veían una posible merma en la recaudación. Pese a esto, el recaudador pudo concertarse privadamente con parte de los mercaderes en los años siguientes por la misma cantidad o algo inferior, quizá desde principios de la década de 1540. La situación se mantuvo así hasta que el arrendador pidió que se le incluyera esta iguala o concierto en las cláusulas del nuevo arrendamiento que iba a iniciarse en 1547. Esto provocó la protesta de un sector de los mercaderes, encabezado por los genoveses, y de la propia ciudad y la consiguiente consulta del príncipe Felipe ordenada al arzobispo granadino.75 El informe final y la resolución de la consulta terminaron por dar la razón a Juan de la Torre. A partir de entonces, se empezó a cobrar dicho concierto, que fue ascendiendo progresivamente, tras acuerdo con los mercaderes, a lo largo de la existencia de la renta de la seda.76
Posteriormente, se añadieron nuevos gravámenes a la renta de la seda. Así, debido al levantamiento morisco y dentro de los intentos de levantar la producción de la seda del reino granadino, se permitió la entrada de seda procedente de los territorios fronteros, de Murcia, Valencia, África e Italia, para ser labrada como seda granadina y con destino al mercado indiano. La entrada posterior de seda de la India portuguesa y de la China, introducida por Sevilla, también se permitió. Todas estas sedas fueron gravadas con el diezmo, como si fuera seda granadina,77 aunque no sabemos si se mantuvo con posterioridad a 1620. Ya en el siglo XVII, se realizaron en 1639 y 1642 rebajas en los impuestos sobre las sedas labradas que pagaban los comerciantes, lo que llegó a repercutir en un crecimiento en los derechos pagados por los cultivadores.78 Al mismo tiempo, la ciudad de Granada llegó a percibir un real por cada libra de seda como arbitrio, al parecer de manera extraordinaria a partir de 1640, para sufragar gastos militares o de otro tipo,79 aunque terminó integrándose en la renta de la seda, como apunta Gerónimo de Ustáriz en 1724, ya con la renta encabezada.80 Esto nos muestra cómo el peso de las contribuciones terminaba recayendo en el eslabón más débil de la sociedad granadina, pero aún más se perjudicaba a aquellos que formaban la base de la producción sedera, cuando, en realidad, se pretendía fortalecer dicha producción.
Están por explorar las condiciones con las que se asentaron los contratos de arrendamiento, tanto generales –las comunes en todos los casos– como las particulares –aquellas pactadas por cada arrendador con las autoridades hacendísticas y que podían permanecer posteriormente o no–, por lo que está todavía por determinar si se mantuvieron las existentes en los inicios del arrendamiento de la renta de la seda y cuándo se produjeron innovaciones. Sobre esta cuestión sabemos que se mantuvieron en lo básico, es decir, los derechos a pagar y los obligados a hacerlo, ya que las condiciones generales se fijaron definitivamente con el arrendamiento de 1547 que aparece sancionado en el título XXX del libro noveno de la Nueva Recopilación. Pero, al mismo tiempo, y atendiendo a las circunstancias, aparecieron en los contratos de arrendamiento nuevas condiciones, aunque de momento ignoramos si perduraron. Tal es el caso, en el siglo XVI, de los cambios que se produjeron con las pragmáticas sobre la saca y entrada de seda en el Reino de Granada, las diferentes leyes sobre el lujo o el cambio en el sistema de arrendamiento, pasando del régimen de subastas al de contrato en 1557.81 También fueron muy significativos los cambios reflejados en los arrendamientos posteriores al levantamiento morisco, en el intento de revitalizar la producción y la renta de la seda, como el permiso de entrada de seda forastera, la obligación de los arrendadores de plantar morales y moreras, la compra de simiente para entregar a los criadores y el monopolio de la seda granadina en el mercado americano. Cambios, en principio, coyunturales, y que perduraron o reaparecieron hasta el reinado de Felipe IV.82
También conocemos algunas modificaciones para el siglo XVII. Por ejemplo, en el arrendamiento de Juan Suárez de Santa Cruz para el periodo de 1622-1633, se introdujo una condición que permitió a los veinticuatro, jurados y otros funcionarios públicos granadinos, participar en el arrendamiento de la renta como arrendadores o fiadores.83 La importancia que tiene para nosotros esta innovación en el arrendamiento es que supuso un salto cualitativo en lo referente a las personas que podían estar involucradas en la administración de esta renta y las implicaciones que conllevaba: se ponía a disposición de la oligarquía granadina el control de la renta de la seda, teniendo en cuenta que estos estaban relacionados con el negocio, ya personalmente como comerciantes, tratantes y dueños de talleres, ya mediante sus parentelas y clientes. No era esta una situación nueva, pues el propio Suárez de Santa Cruz era mercader y, en fin, unos años antes se habían encargado de la recaudación de la renta un grupo de mercaderes asociados, con lo problemático y sospechoso que podía ser que un sector de la población que tenía intereses evidentes en la producción sedera se encargase de la recaudación de sus derechos, convirtiéndose así en juez y parte.84
El peso abrumador de las cargas impositivas, que llegaron en 1686 a los 22 reales por libra de seda producida,85 además de los abusos cometidos por los propios arrendadores, los comerciantes y las élites, provocaron, junto a otros factores, el abandono o la desidia de los cultivadores, que preferían ocuparse de otras actividades menos gravosas y la consecuente reducción de la producción de seda en rama. Esto llevó a establecer el encabezamiento de la renta de la seda ese mismo año, aunque manteniendo el sistema de arrendamiento.86 Sin embargo, la idea no era nueva, pues ya hacia 1618 Luis de Córdoba sugería en sus memoriales esta solución a los problemas que agraviaban a los cultivadores de la seda, aunque sin éxito.87 Poco sabemos del encabezamiento iniciado en 1686, exceptuando que supuso una rebaja en la presión fiscal sobre el producto, ya que se cobraron una media de 15 reales y 12 mrs. por libra, aunque con escasos efectos en la producción y en el cobro de la renta; el nombre de algún arrendador, como Juan Hidalgo Blanco hacia 172088 o la Real Compañía de Granada para los años 1747 y 1748;89 la definitiva sustitución del sistema de arrendamiento por el de administración directa en época de Fernando VI;90 y su fin en 1776, dándose una bajada de los derechos de la seda a 2 reales por libra, pagados por el comprador, hasta su completa desaparición en 1801.91
No conocemos con detenimiento las medidas adoptadas por las distintas administraciones para el cumplimiento de los pagos de los derechos y las condiciones de los arrendamientos, la organización de la burocracia necesaria para dicha recaudación, los conflictos de competencias entre las distintas administraciones a la hora de juzgar los casos referentes a la seda o cobrar sus derechos. Ejemplo de ello es nuestra ignorancia casi absoluta sobre la figura del juez de comisión de la renta de la seda, figura que aparece en la documentación que disponemos desde siglo XVI.92
Relacionados con lo anterior estuvieron los fraudes cometidos contra la renta, las medidas adoptadas para reducirlos y su efectividad. Sería preciso determinar la repercusión del fraude en las cantidades cobradas en la renta, a pesar de las evidentes dificultades que tenemos para conocer el monto de lo defraudado, al ser bienes que pretendían pasar inadvertidos a los ojos de los arrendatarios. Sucintamente, hoy tenemos evidencias de la pervivencia de tipos de fraude, llamémoslos «clásicos», ya sumamente conocidos durante el siglo XVI, tales como la entrada ilegal de seda de otros lugares,93 la saca furtiva de seda granadina a territorios con una fiscalidad más laxa y la compraventa de seda fuera de las alcaicerías, a las que añadiríamos la práctica de la garfa, fraude que consistía en que el recaudador o sus delegados cogían un puñado de capullos a los criadores de aquellos que llevaban a hilar. Con este hurto descarado, los arrendadores se podían quedar con una cantidad no despreciable de seda impunemente.94
De igual forma, hemos comprobado que a partir de 1570 aparecieron nuevos métodos de fraude para eludir el pago de derechos, que coincidían con las nuevas circunstancias sociales imperantes en el Reino de Granada. En ellos participaban incluso las propias autoridades que tenían la obligación de perseguirlos y castigarlos. De este modo, a principios del siglo XVII, el arrendador Juan Bautista de Guedeja, entre otras irregularidades, compraba seda extranjera en su propia casa.95 Los jelices engañaban a los productores en el pesado de las libras de seda, ya que a la hora de pesar usaban la pesa morisca de diecinueve onzas y media por libra, aunque en los libros reflejaban la obligada pesa castellana de dieciséis onzas por libra. Naturalmente, la diferencia de tres libras y media era retenida por aquellos.96 También parecía generalizada la práctica de la «subastilla», que consistía en que los mercaderes se confabulaban para comprar fuera de las alcaicerías la seda a los cultivadores a un precio determinado, más bajo del que estaba estipulado. Si el cultivador rechazaba esas ofertas, los mercaderes le presionaban amenazándole con pujar dentro de la alcaicería a un precio incluso menor, por lo que el cultivador no tenía más salida que vender al precio ofrecido.97 Por último, los eclesiásticos, y otras personas relacionadas con ellos, pretendían exonerarse del pago de derechos aduciendo que nunca lo habían hecho, cuando la ley era muy clara al respecto, ya que todo el mundo estaba obligado a satisfacer los derechos de la seda.98
Para acabar, es preciso examinar las pautas y los cambios producidos en las mercedes y, sobre todo, en los juros situados en la renta de la seda, así como el origen de dichas modificaciones y perpetuaciones en un periodo de larga duración y con documentación serial. Tengamos en cuenta que ya señaló Modesto Ulloa que desde el levantamiento morisco difícilmente se pagaron con regularidad y puntualidad los juros,99 además de que sus intereses disminuyeron y parte de ellos se cambiaron a otras rentas más seguras. Por tanto, es necesario analizar en qué medida la deuda crónica pudo influir sobre la renta y si la situación se mantuvo o no durante el siglo XVII. Los juros, así, nos mostrarían el estado de salud de la renta de la seda.
En cuanto al estudio de la figura del arrendador, tenemos un conocimiento bastante completo, pero superficial, del registro de los diversos arrendadores, recaudadores, asentistas, receptores, tesoreros y administradores que se fueron sucediendo a lo largo de la Edad Moderna. Conocimiento suficiente para poder discernir las diversas etapas en que se dividió la renta según la procedencia dominante de aquellos. No obstante, las investigaciones deben incidir en su origen, su patrimonio y capacidad financiera, su círculo de fiadores, los lazos clientelares y su relación con las instituciones político-administrativas de todo ámbito (Corte, Consejo de Hacienda, Real Audiencia de Granada, oligarquías municipales, etc.) y con los sectores productivos dentro del propio reino granadino. También sería conveniente estudiar las luchas por el control de la renta, ya sea en la Corte, ya sea en el Reino de Granada.
Estas son las líneas maestras que han iniciado las aportaciones de los últimos años a las que nos hemos referido más arriba. Siguiendo una metodología preferentemente prosopográfica, se han empezado a conocer los entresijos de los arrendadores y compañías que compitieron por el control de la renta de la seda en los años iniciales.100 Dicho periodo fue extremadamente complejo dado el número de arrendadores, pretendientes a acceder a los arriendos y la división de la renta entre recaudadores menores.101 Anteriormente, los trabajos de Linda Martz y Alonso García nos han acercado a los arrendadores toledanos de origen judeoconverso del periodo anterior a la revuelta morisca, al igual que Soria Mesa ha centrado su esfera de estudio en el origen judeoconverso o morisco de estos.102 Por otro lado, desde una óptica plenamente hacendística, Ulloa y García Gámez han analizado a los arrendadores de los reinados de Felipe II y Felipe III respectivamente.103 Mas quedan importantes lagunas por cubrir. Como muestra, permanece sin estudiar la figura de Juan de la Torre, actor capital en los arrendamientos del reinado de Carlos I, o los arrendadores de los siglos XVII y XVIII casi en su totalidad.104
3.2 La producción, transformación y comercialización de la seda
Con el inicio de la Edad Moderna, los reinos andaluces se convirtieron en focos punteros de la producción y comercialización sedera junto a Toledo, Valencia y Murcia. Los grandes centros de esta industria coincidirán, como sabemos, con las capitales de los respectivos reinos, a saber, Córdoba, Sevilla, Granada y, en menor medida, Jaén. Sin embargo, frente a la continuidad en Granada de la tradición islámica, las ciudades de la Baja Andalucía no mostraron este influjo, perdido mucho tiempo atrás,105 y desarrollaron su actividad siguiendo técnicas importadas por los genoveses,106 a la sombra de la conquista del reino nazarí, el comercio con Europa y, posteriormente, el comercio indiano. También diferenciaba estos focos del granadino la falta de materia prima local, en todo caso de baja calidad, usada en la fabricación de género menor y, por tanto, su dependencia de las remesas enviadas tanto del Reino de Granada, como de Murcia y Valencia. Esto último podía explicar el interés de las compañías sevillanas, cordobesas y giennenses por el control de la renta de la seda granadina justo tras la conquista del territorio, en dura competencia con los toledanos,107 en un intento de dirigir la producción de seda cruda hacia sus mercados.
En menor grado, dentro de cada reino aparecieron otros centros productores que, en algún caso, florecieron al tiempo que los centros principales entraban en decadencia y con la llegada de población morisca expulsada de Granada. Así, para el Reino de Córdoba, el caso de Priego es paradigmático. Esta localidad que inició su andadura a lo largo del siglo XVI como respuesta a la precaria situación de una población sin tierras, despegará en el siglo XVII, convirtiéndose, gracias a su producción de tafetanes simples, en rival no solo de la industria de la capital, sino también de Sevilla y Granada, erigiéndose en el catalizador del modesto desarrollo de la producción sedera en su comarca.108 Caso similar observamos en Écija con respecto a Sevilla, fundamentalmente a partir de finales del siglo XVII con la fundación de su Arte Mayor de la Seda,109 además de la existencia de otros focos menores en Archidona, Antequera, Jerez, Puerto Real y Cádiz, esta última, con el establecimiento de fábricas de medias en la Isla de León.110 En Jaén, además de nombrarse a Úbeda y Baeza como centros sederos, aunque no hemos encontrado evidencias en la historiografía sobre su producción, el centro más destacado tras la capital era Alcalá la Real, la cual tuvo una industria de cierta relevancia en el periodo a caballo entre los siglos XVI y XVII, desapareciendo a partir de 1650.111 En el Reino de Granada, Málaga era el segundo centro productor de manufacturas, a gran distancia de la capital granadina, cayendo en decadencia durante el siglo XVII, pero resurgiendo con cierta vitalidad en la centuria siguiente.112 En cambio, en Almería prácticamente había desaparecido toda actividad, excepto por la presencia de algunos hiladores y torcedores.113 Fuera de los aquí destacados, la producción y manufactura de seda aparece en otras localidades más pequeñas, pero su importancia fue insignificante.
Conocemos los rasgos generales de la evolución de los centros productores andaluces para toda la etapa. Estos tuvieron su fase de máximo esplendor durante el siglo XVI, a la par de la bonanza económica y la venta de su producción en otras partes del reino, en los territorios coloniales y en Europa. Fue a partir del último tercio de esa centuria cuando la industria sedera andaluza empezó a mostrar síntomas de decadencia, en general, por la competencia de géneros procedentes de otras regiones productoras europeas, de las Indias portuguesas o de China, que les fueron arrebatando mercados tanto en Castilla como en América. Se añadía a lo dicho los cambios tecnológicos en la industria foránea, que abarataban los costes de producción, y en las modas, que sustituían en el gusto de los compradores los pesados artículos confeccionados en las manufacturas andaluzas, que un sistema gremial anquilosado y corto de miras tardó demasiado tiempo en asimilar. Asimismo, las decisiones equivocadas de la monarquía a la hora de promulgar leyes contra el lujo, el permiso de entrada de sedas extranjeras, las sucesivas devaluaciones de moneda o las expulsiones de moriscos de Felipe II para Granada y la general de Felipe III, junto con los brotes epidémicos de las ciudades productoras, que redujeron la producción y, de esta manera, la demanda, u obstaculizó el trasvase de materias primas o mercancías, provocaron, pese a los conatos de reactivación que se produjeron, al menos en Granada y en Córdoba, sucesivos rebrotes de crisis que culminaron en los años ochenta del siglo XVII.114
De especial relevancia fue la crisis que se produjo en la producción sedera del Reino de Granada a consecuencia de la revuelta de los moriscos y su expulsión, que nosotros hemos analizado con cierta profundidad,115 tanto para ese territorio como para otros territorios vecinos. En aquellos trabajos pusimos de relieve cómo la guerra destruyó casi completamente la capacidad de producción y el comercio de la seda en buena parte del territorio granadino, salvándose escasamente su zona oriental. La enormidad del desastre fue tal que, ya en los primeros informes de inicios de 1569, las autoridades granadinas manifestaban la necesidad de medidas de choque,116 que después se pusieron en marcha tanto por el Consejo de Población, creado para inspeccionar el proceso de repoblación y la recuperación económica del reino, como por los propios arrendadores, tal como se estipulaba en las condiciones de sus arrendamientos. Dichas medidas se pueden resumir en la plantación de morales y moreras; la compra de simiente por parte de los arrendadores, debido a la interrupción y destrucción de la cría de seda durante la guerra, para repartir entre los cultivadores; el propiciar la permanencia o el regreso de los moriscos útiles para la cría e industria de la seda; la entrada de sedas procedentes de otros territorios, siempre que no estuviera labrada ni tejida; diversas exenciones fiscales o la rebaja de impuestos a los criadores; el permiso para labrar sedas ligeras117 y, finalmente, la concesión del monopolio de venta en el mercado indiano de la seda labrada en Granada a partir de 1569, que conllevaba el cobro del Almojarifazgo de Indias de la seda. Estas medidas, que en principio se estimó que no se alargarían más allá de 1575, se mantuvieron de forma intermitente en algunos casos hasta, al menos, 1620, sobreviviendo a la extinción del Consejo de Población. Por lo demás, tal aserto no hace más que confirmar el fracaso del proceso repoblador y de buena parte de las medidas que se propusieron, por motivos diversos, desde el abandono del cultivo de los morales y las moreras y su sustitución en algunas áreas por otros productos especulativos, como la caña de azúcar, los viñedos o la ganadería, hasta las inclemencias climáticas. El afán real de aquellas medidas era hacer llegar a las alcaicerías granadinas la mayor cantidad de seda posible para activar y mantener la renta y la industria de la seda. Ulloa hablaba, con razón, de una especie de falsificación, al hacer pasar por granadina seda de variadas procedencias.118 Para otros centros productores, por el contrario, la guerra significó una revitalización de su propia actividad, en particular en las tareas de la cría y el hilado, al propiciar el afincamiento de los moriscos expulsados.119
La situación de crisis que aparece en los grandes centros sederos en los primeros años de la década de 1680, atribuida a la mala calidad de las manufacturas, dio lugar a la promulgación de las Ordenanzas Generales de los Tejidos de Seda en 1684, que contó con la colaboración y el asesoramiento de fabricantes y artesanos de Sevilla, Granada y Toledo. Se crearon al mismo tiempo juntas particulares de comercio provinciales, cuya labor fue controlar que las labores manufactureras se ajustaran a los cánones establecidos en dichas ordenanzas. Sin embargo, la rigidez y lo inapropiado de estas, que se basaban en tejidos pesados contrarios a los gustos del mercado, junto a la reticencia del sector sedero, contrario a la introducción de innovaciones, a lo que se sumaba el impacto comercial de la Guerra de Sucesión, hicieron que la reactivación fuera tibia, cuando no nula, y las reformas, un fracaso.120 Tras la guerra se produjo cierta recuperación, debido a la normalización del tráfico con las Indias; la introducción lenta y tardía de innovaciones tecnológicas como el método Vaucanson; el fomento por las juntas de la aparición de reales fábricas de seda, aunque con escaso éxito; la labor de impulso del cultivo de morales y moreras, la cría de seda y el patrocinio de escuelas de artesanos, particularmente en el arte menor y la hilatura, por parte de las diferentes sociedades económicas de amigos del país; la aparición del Consulado de Málaga, o la iniciativa privada. Todo ello supuso entrar en un periodo de cierta estabilidad y progreso caracterizado por continuos vaivenes, aunque definitivamente los tejidos del arte mayor fueron decayendo, mientras se desarrollaba una próspera industria de lo angosto.121
Hasta aquí hemos sintetizado lo que la historiografía contemporánea nos ha mostrado de la evolución del sector sedero andaluz. A continuación, veremos las líneas de estudio sobre las que incidir en el futuro próximo, dividiendo esas líneas en las distintas fases del proceso productivo, aun sabiendo que están íntimamente ligadas entre ellas. Estas etapas son: el cultivo y cría de seda, la producción artesanal y la comercialización final del producto.
Las certezas sobre el cultivo de morales y moreras en el territorio andaluz son, hoy por hoy, poco fiables, aunque conocemos con seguridad las áreas predominantemente productoras. Así, en el Reino de Granada, el plantío estaba desperdigado y su propiedad, heredera de la tradición nazarí, era minifundista, sobresaliendo en la Penibética, particularmente Las Alpujarras, y en las hoyas, vegas y llanuras litorales, siendo predominante el moral, que fue sustituido poco a poco y no sin resistencia en las zonas más bajas y de clima más suave. Otras zonas de menor importancia las encontramos a lo largo de las Sierras Subbéticas y sus aledaños y la campiña cordobesa y el Obispado de Jaén.122 De la misma manera, sabemos los lugares que en algunas áreas ocupaban los morales y las moreras: linderos de tierras y pequeñas arboledas en el Reino de Granada y huertos a orillas de los ríos también en el territorio granadino y en las localidades de la Baja Andalucía. Por otra parte, López de Coca ha analizado el conflicto de la introducción de la morera en tierras granadinas entre los años 1520 y 1560, que intentaba emular el fenómeno murciano,123 que con independencia del debate sobre la calidad de la seda producida con hoja de morera, consideramos más bien una lucha entre las prácticas tradicionales de los moriscos y el intento de introducir un modelo de explotación capitalista que multiplicara la producción de seda en rama y, con ello, su exportación. También nosotros estudiamos el lento proceso de reactivación de la producción sedera durante la segunda repoblación, marcado por un relativo fracaso, ya que no se consiguieron alcanzar las cifras de producción sedera justamente anteriores al levantamiento morisco.124
Los sistemas de cría también han sido estudiados por López de Coca, para el caso granadino, Aranda Doncel, para el caso cordobés, y Valiente Romero, para el caso de Écija.125 Los tres coinciden en la existencia de tres modelos principales de carácter familiar y doméstico, con una producción de entre 1 y 3 libras de seda de media y un alto grado de trabajo femenino: medianería, asalariados, en este caso existieron pocos ejemplos, y por cuenta propia. En los dos primeros, el productor entregaba al criador la simiente y la hoja para que la criara por una parte de lo producido o por un salario. Valiente señala que, ya a finales del siglo XVIII, se intentó superar estos modelos, introduciéndose en Écija el sistema de casa de cría, del que no tenemos constancia en otros lugares de Andalucía, de momento. Este presentaba un salto en la profesionalización de la actividad ya que contaba con operarios dedicados al cuidado de los gusanos.
Por otro lado, no tenemos una secuenciación mínimamente serial de las cantidades de árboles existentes y su evolución a lo largo del periodo. Sobre todo dificulta la tarea el carácter subsidiario de su cultivo en muchas zonas, las lagunas de la documentación y la indefinición en la terminología que se usaba en dicha documentación al referirse al arbolado: ¿cómo cuantificar el número de árboles cuando se nos refiere a ellos como arboledas, hazas de moral o morera y moraledas, o se sustituyen por cantidades de arrobas de hoja o de onzas de simiente? Aun con el estudio minucioso de las actas notariales, la documentación fiscal y municipal, las rentas decimales eclesiásticas y, en el caso del reino granadino, los Libros de Apeo y Repartimiento realizados tras la conquista o tras el levantamiento morisco, tendríamos una perspectiva incompleta y fija, aunque más acertada, del arbolado.
Igualmente están todavía por dilucidar los problemas de escasez de materia prima y de simiente que se fueron produciendo en diversos momentos del periodo. Ya hemos hablado más arriba sobre la escasez de materia prima y de cómo la adquirieron los principales centros manufactureros de seda de procedencias diversas, aunque principalmente murciana y valenciana, a pesar de que falta por conocer las cantidades que entraban en cada territorio, las necesidades que pudieran tener de ellas y que todavía están por determinar, los conflictos que se produjeron por su entrada ilegal y la competencia que le hacían a las sedas locales. Se han estudiado bastante bien los lugares donde se compraba la seda por parte de los tratantes y regatones y cómo ello llegó a repercutir en la propia escasez del producto y en su precio. Sin embargo, es menos conocido el papel de las ferias de Medina del Campo en los intercambios del producto.126
La escasez de simiente fue un fenómeno particular que se produjo en el Reino de Granada y sus efectos se mantuvieron constantes desde el inicio de la guerra de los moriscos hasta bien entrado el siglo XVII. Sabemos que la destrucción o el abandono por los criadores de la simiente durante el conflicto originaron la necesidad de reconstruir la cría del gusano de seda desde la raíz. Por eso, en las condiciones del arrendamiento de 1572 a 1577 se incluyó una cláusula en la que los arrendadores se comprometían a adquirir anualmente 15.000 onzas de simiente traída de Calabria, estipulándose que se vendería a los cultivadores al precio que comúnmente se vendía antes del levantamiento.127 La medida, en principio excepcional, se repitió en años sucesivos y siguió apareciendo en los contratos de otros arrendadores,128 aunque estos traerán también la simiente de Sicilia, Priego, Huelma y Valencia. Un documento fechado en 1583 nos deja un dibujo excepcional del funcionamiento de la compra de simiente y su reparto entre los criadores granadinos del periodo. El arrendador, en este caso, diferenciaba la simiente de moral, de la que había que comprar 2.500 onzas en Priego, Huelma y otros lugares, de la de morera, de la que se comprarían 500 onzas en Valencia. Asimismo, se indicaba que la experiencia demostraba que era preferible la compra de la simiente en capullo antes de sacar la simiente, adelantándola al mes de junio, unos meses antes de lo que se solía comprar, y repartirla entre los criadores en los meses de enero y febrero. Además, nos informa de que las causas de que hubiera que comprar todos los años simiente se debían a que los criadores eran tan pobres que aprovechaban toda la cosecha de capullos para hilar o, en otros casos, no sabían sacarla como los moriscos. Por último, el arrendador se quejaba de que al venderla fiada y cobrada al tiempo de la cosecha, se podía perder entre un tercio y la mitad de lo invertido en la compra de la simiente, debido al porcentaje que pudiera venir muerta, adelantarse su nacimiento antes de repartirse o por el tiempo, es decir, antes de la aparición de la hoja, u otros motivos como tenerla criando en lugares húmedos.129 Desconocemos, sin embargo, hasta cuándo se prolongó la entrega de simiente a los criadores.
El mundo manufacturero, aunque ampliamente tratado por la historiografía, muestra amplios espacios oscuros, tanto en lo temporal como en lo espacial. Sabemos de la existencia de hiladores, torcedores, tejedores y tintoreros por la diversa documentación que ha tratado el tema, desde informes enviados a la administración central u otros organismos, a los contratos entre operarios y mercaderes, pasando por las ordenanzas de cada ramo que fueron apareciendo desde finales del siglo XV hasta mediados o finales, en algún caso, del siglo XVII. Sin embargo, los datos referentes al número de efectivos para los siglos XVI y XVII son poco fiables, cuando no fantásticos, debido a que aparecen en memoriales tardíos que hablaban más bien de una especie de Arcadia sedera en el siglo XVI. Más fiables y continuos son los datos para el siglo XVIII, gracias a los informes de los intendentes provinciales y los censos y catastros realizados durante el periodo, lo que nos permite secuenciar los altibajos del sector con más detalle. Espacialmente, es abrumador la ignorancia que tenemos del sector en Jaén y, paradójicamente, en Sevilla, donde Carande y Lorenzo Sanz llegaron a dudar de la importancia de la industria sedera en el siglo XVI.130 Silencio que se mantiene en el siglo siguiente.
Se conoce mejor la aparición de las ordenanzas de los sederos, tanto de los centros principales como de los secundarios. Sin embargo, no se ha continuado la línea de análisis que inició de Diego Velasco, que profundizó a partir de las granadinas en las condiciones laborales, los sistemas de exámenes y el trabajo femenino e infantil dentro de los gremios granadinos. Tampoco se ha hecho una comparación entre las ordenanzas impuestas en Andalucía, ni se han explorado las posibles influencias mutuas. Por lo que sabemos, las ordenanzas granadinas irradiaron un mayor influjo, ya que fueron la base de las que se asentaron en Córdoba, Priego e incluso en Nueva España. Por el contrario, las de Écija se fundamentan en las toledanas.131 Finalmente, están estudiadas de manera superficial las instituciones de control de los gremios.
También se puede seguir profundizando en las relaciones mercaderes-artesanos, la implantación y evolución del verlagssystem, la dicotomía arte mayor-arte menor, así como en cuestiones como la introducción de nuevas técnicas de fabricación y de géneros y la resistencia de los gremios a tales innovaciones. Relacionado con lo anterior, sería también interesante indagar sobre la movilidad de los artesanos de los diferentes oficios, en particular dentro del ámbito andaluz. No nos referimos únicamente al desplazamiento forzoso morisco que hemos puntualizado más arriba, sino a aquellos motivados por las propias circunstancias de la estacionalidad del oficio, como en el caso de los hiladores.132 En otros casos, son las coyunturas económicas las que hacen trasladarse a los artesanos granadinos a otros centros productivos, ya sea por el fin del monopolio de la venta de seda en las Indias, conflictos entre el arrendador y los comerciantes a principios del siglo XVII o la presión fiscal que los empujan a villas de señorío donde esta es menor.133 Ignoramos si volvieron pasados los brotes de crisis. También se dieron casos de llegada de artesanos y peticiones de permanencia de artesanos moriscos en el reino granadino.134
Por último, el comercio, como las otras fases de la actividad sedera, está escasamente estudiado en todos sus aspectos. Por un lado, aunque sabemos de la existencia de mercaderes en todos los centros productores andaluces, desconocemos secuencialmente su número en casi todos ellos. Solo se han dado algunas cifras para el Reino de Granada en el siglo XVI e inicios del XVII por parte de Carande, Garrad, Cortes Peña y Vincent, López de Coca y García Gámez,135 que arrojan luz sobre este aspecto. Para Córdoba, Fortea explica los tres tipos de mercaderes que se podían encontrar en la ciudad relacionados con el negocio de la seda,136 aunque desconocemos si dicha tipología puede ser extrapolable a otros lugares de Andalucía. Pocos son los datos sobre las interrelaciones de los comerciantes andaluces, exceptuando la presencia de estos en las alcaicerías del Reino de Granada o en Sevilla. También fue natural la presencia de comerciantes de otros reinos peninsulares o extranjeros en ambos mercados. Para el comercio con América los toledanos, siguiendo el ejemplo de los italianos, fundaron compañías en Sevilla, tanto en el siglo XVI como en el XVII.137
Asimismo conocemos concisamente cuáles fueron los principales mercados de la producción andaluza, tanto a nivel nacional como internacional, y la competencia ejercida por la entrada de seda de otros reinos españoles y del extranjero, ya fuera de forma legal como de contrabando; aunque ignoramos serialmente el volumen de ventas tanto para la exportación como para la importación, como la evolución de dichos mercados.
Capítulo aparte merece el comercio con las Indias. A grandes rasgos, sabemos que fue uno de los mercados principales, hasta el punto de convertirse en motor de la producción sedera, no solo andaluza sino también de otras partes de Castilla y Aragón, así como las etapas de esplendor y decadencia que se fueron alternando, las últimas por la competencia sobre el terreno de la seda china y los géneros europeos más baratos y más del gusto del consumidor americano. Por lo demás, desconocemos casi todo del papel de Sevilla y, posteriormente, de Cádiz en el tráfico indiano, o del número y la cantidad de la mercancía embarcada.
Algo más se ha tratado la concesión del monopolio de la venta de seda granadina en América, con el consiguiente cobro del Almojarifazgo de Indias sobre la seda embarcada, y las quejas de comerciantes, de los oficiales de la Casa de Contratación y de la propia ciudad de Sevilla, que terminaron llegando a las Cortes castellanas.138 Por el contrario, nada se ha escrito sobre la situación de la seda granadina tras la derogación del mencionado monopolio. Según nuestras averiguaciones, desde Granada se mandaron memoriales, en 1592 y 1593, quejándose del quebranto que para su sector sedero suponía la pérdida del estanco, que no obtuvieron respuesta.139 Sin embargo, tales quejas podían ser exageradas, pues desde el año siguiente comenzaron a formarse compañías de comerciantes granadinos y sevillanos aplicados a la exportación de seda desde Granada a Sevilla y, desde allí, a América. Tal era el caso de Juan Álvarez Dávila, el cual formó a partir de 1595 una red comercial con 27 mercaderes y cargadores a la Indias hispalenses. Dicho año los portes de seda que mandó a Sevilla fueron 20.743 varas de tejidos de seda (rasos, tafetanes) con un valor de 340.813 reales.140 Por otro lado, todavía quedaron rescoldos por la pugna sobre a quién pertenecía el cobro de los derechos de la seda granadina que se fletaba a las Indias a principios del siglo XVII.141
1 J. E. López de Coca Castañer: «La seda en el Reino de Granada: siglos XV y XVI», en España y Portugal en las rutas de la seda: diez siglos de producción y comercio entre Oriente y Occidente, Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, 1996, pp. 33-57.
2 F. García Gámez: «La renta de la seda del Reino de Granada durante el siglo XVII. Balance y perspectivas de estudio», en M. Barrios Aguilera y Á. Galán Sánchez (coords.): La historia del reino de Granada a debate: viejos y nuevos temas: perspectivas de estudio, Málaga, Diputación de Málaga, 2004, pp. 263-280.
3 M. Garzón Pareja: La industria sedera en España. El arte de la seda de Granada, Granada, Archivo de la Real Chancillería, 1972.
4 F. Bejarano Robles: La industria de la seda en Málaga durante el siglo XVI, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1951. Basado en documentación local.
5 K. Garrad: «La industria sedera granadina en el siglo XVI y en conexión con el levantamiento de la Alpujarra, 1568-1571», Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos, V, 1956, pp. 73-104.
6 R. Carande: Carlos V y sus banqueros, Barcelona, Crítica, 1990 (1.ª ed., Madrid, 1943).
7 M. Ulloa: La Hacienda Real de Castilla en el reinado de Felipe II, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1977.
8 M. Á. Ladero Quesada: «La producción de seda en la España medieval. Siglos XIII-XVI», en S. Cavaciocchi (ed.): La seta in Europa secc. XIII-XX, Florencia, 1993, pp. 125-139.
9 J. E. López de Coca Castañer: «La seda en el Reino de Granada...».
10 J. E. López de Coca Castañer: «“Morus nigra” v. “Morus alba” en la sericultura mediterránea: el caso del Reino de Granada (s. XVI)», en G. Airaldi (ed.): La vie del Mediterraneo. Idee, uomini, oggetti (secoli XII-XVI), Génova, 1997, pp. 183-196; y «Morales y moreras en la sericicultura granadina», en F. J. Pérez-Embid Wamba: La Andalucía medieval: actas «I Jornadas de Historia Rural y Medio Ambiente» (Almonte, 23-25 mayo 2000), Huelva, Universidad de Huelva, 2002, pp. 453-470.
11 J. E. López de Coca Castañer: «Israel/Hernando de Sosa, intérprete y recaudador de impuestos. Apuntes para una biografía», Baética, 35, 2013, pp. 227-252, donde matiza lo que expone J. Suberbiola Martínez en «Primeros encabezamientos del Reino de Granada. El secretario real, Hernando de Zafra, y las rentas de los mudéjares de Ronda, Marbella y la Garbía (1485-1490)», Baetica, 30, 2007, pp. 249-283
12 Á. Galán Sánchez y R. G. Peinado Santaella: Hacienda regia y población en el Reino de Granada: la geografía morisca a comienzos del siglo XVI, Granada, Universidad de Granada, 1997.
13 J. Castillo Fernández y A. Muñoz Buendía: «La Hacienda», en M. Barrios Aguilera (ed.): Historia del Reino de Granada. II. La época morisca y la repoblación (1502-1630), Granada, Universidad de Granada / Legado Andalusí, 2000, pp. 101-177.
14 F. García Gámez: «La renta de la seda del Reino de Granada y sus arrendadores en el Marquesado de los Vélez en época mudéjar (1490-1504)», en F. Andújar Castillo y J. P. Díaz López (coords.): Los señoríos en la Andalucía Moderna. El Marquesado de los Vélez, Almería, Instituto de Estudios Almerienses / Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, 2007, pp. 257-265.
15 F. García Gámez: «La seda del reino de Granada durante el segundo proceso repoblador (1570-1630)», Chronica Nova, 25, 1998, pp. 249-273; y «Asaltar la renta: caos y conflicto en la administración de la renta de la seda del Reino de Granada a inicios del siglo XVII (1600-1608)», Chronica Nova, 30, 2003-2004, pp. 103-155.
16 F. García Gámez: «La seda del reino de Granada durante...», Chronica Nova, 25, 1998, pp. 249-273 y «Seda y repoblación en el Reino de Granada durante el tránsito de los siglos XVI y XVII», Chronica Nova, 28, 2001, pp. 221-255.
17 F. García Gámez: «El comercio de la seda en la alcaicería de Almería a comienzos del siglo XVII», en J. P. Díaz López (coord.): Campesinos, nobles y mercaderes: Huéscar y el Reino de Granada en los siglos XVI y XVII, Huéscar, Ayuntamiento de Huéscar, 2005, pp. 125-138.
18 E. Soria Mesa: «Los moriscos que se quedaron. La permanencia de la población de origen islámico en la España Moderna: Reino de Granada, siglos XVII-XVIII», Vínculos de Historia, 1, 2012, pp. 205-230; y «El negocio del siglo: los judeoconversos y la renta de la seda del Reino de Granada (siglo XVI)», Hispania: Revista española de historia, vol. 76, 253, 2016, pp. 415-444; Á. Ortega Cera: «Arrendar el dinero del Rey. Fraude y estrategias financieras en el Estrado de las Rentas en la Castilla del siglo XV», Anuario de Estudios Medievales, 40, 2010, pp. 223-249; y «Estrategias, dinero y poder. Compañías financieras castellanas a finales de la Edad Media», en J. A. Bonachía Hernando y D. Carvajal de la Vega (eds.): Los negocios del hombre. Comercio y rentas en Castilla. Siglos XV y XVI, Valladolid, Castilla Ediciones, 2012, pp. 261-286; R. Girón Pascual: «Mercaderes de seda, “verlegers” y veinticuatros: los Castellanos de Marquina de Granada (1569-1644)», en J. J. Iglesias Rodriguez, R. M. Pérez García y M. Fernández Chaves (eds.): Comercio y cultura en la Edad Moderna. Actas de la XIII Reunión Científica de la Fundación de Historia Moderna, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2015, pp. 405-419.
19 B. Vincent: «Economía y sociedad en el Reino de Granada en el siglo XVII», en Historia de Andalucía, t. VI, Barcelona, Planeta, 1980, pp. 370-371.
20 A. Cortes Peña y B. Vincent: Historia de Granada. III. La época moderna. Siglos XVI, XVII, XVIII, Granada, Don Quijote, 1986, pp. 71 y ss., y pp. 138 y ss.
21 H. Kamen: La España de Carlos II, Barcelona, Crítica, 1981, pp. 118 y ss.
22 R. Franch Benavent: «El comercio y los mercados de la seda en la España moderna», en S. Cavaciocchi (ed.): La seta in Europa secc. XIII-XX, Florencia, 1993, pp. 565-594 (esp. pp. 570-573).
23 J. A. Sánchez Belén: La política fiscal en Castilla durante el reinado de Carlos II, Madrid, Siglo XXI, 1996, pp. 175-177.
24 F. Andújar Castillo: «La economía: de la crisis a la recuperación», en Francisco Andújar Castillo (ed.): Historia del Reino de Granada. III. Del siglo de la crisis al fin del Antiguo Régimen (1630-1833), Granada, Universidad de Granada / Legado Andalusí, 2000 (para García Gámez, ver n. 16).
25 A. Cebrián Rey: «Una visión de la crisis de la industria sedera toledana en el primer tercio del siglo XVII: el Memorial de Juan González de Vatres Sotomayor», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, H.ª Moderna, 11, 1998, pp. 239-264.
26 A. Santos Vaquero: «Memorial del mercader toledano Damián de Olivares, de 17 de febrero de 1626», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, H.ª Moderna, 12, 1999, pp. 151-180.
27 J. M.ª Nombela Rico: «La manufactura textil en España en 1620. El “Primer Memorial” de Damián de Olivares a la luz de los “Papeles... que los corregidores... enviaron del valor de las mercaderías, años 1617 y 1618”», en XI Congreso Internacional de la AEHE, 4 y 5 de septiembre 2014, Madrid, 2015, pp. 1-38.
28 J. Sanz Sampelayo: Granada en el siglo XVIII, Granada, Diputación Provincial de Granada, 1980.
29 P. Molas Ribalta: «Instituciones y comercio en la España de Olivares», Studia Historica. Historia Moderna, 5, 1987, pp. 91-98, y «Una nueva Junta de Comercio en Granada (1785)», Baetica, 12, 1989, pp. 203-214.
30 M. Molina Martínez: «La Real Compañía de Granada para el comercio con América», en Andalucía y América en el siglo XVIII: actas de las IV Jornadas de Andalucía y América, Universidad de Santa María de la Rábida, marzo, 1984, vol. I, Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1985, pp. 235-250; y «Aproximación a las relaciones entre Granada y el Nuevo Mundo», Boletín AEPE, 40-41, 1992, pp. 52-66.
31 M.ª S. Santos Arrebola: «La gestión del Consulado del Mar de Málaga: 1785-1787», Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, 7, 1994, pp. 365-376.
32 S. Villas Siroco: «Las manufacturas en la estructura económica malagueña del siglo XVIII», Baetica, 14, 1992, pp. 297-312.
33 T. de Diego Velasco: «Los gremios granadinos a través de sus ordenanzas», En la España Medieval, 8, 1986, pp. 313-342.
34 R. Marín López: Documentos para la Historia de la seda en el Reino de Granada (siglos XV-XVIII), Granada, Universidad de Granada, 2008.
35 E. Otte: Sevilla y sus mercaderes a fines de la Edad Media, Sevilla, Fundación El Monte, 1996; y Sevilla, siglo XVI: materiales para su historia económica, Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2008 (ambos reimpresiones de trabajos más antiguos).
36 R. Carande, op. cit.
37 Esencialmente, A. Domínguez Ortiz: Orto y ocaso de Sevilla, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1974; también Alteraciones andaluzas, Sevilla, Junta de Andalucía / Caja San Fernando, 1999.
38 E. Lorenzo Sanz: Comercio de España con América en la época de Felipe II (2 vols.), Valladolid, Diputación Provincial de Valladolid, 1979.
39 F. Morales Padrón: Historia de Sevilla: la ciudad del Quinientos, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1989. En este caso, sintetiza lo referido por Domínguez Ortiz.
40 Sobre la alcaicería de Sevilla y su decadencia en los siglos XVII y XVIII, A. Domínguez Ortiz: «La alcaicería de la seda de Sevilla en 1679», en Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, 1979, pp. 79-96; y Juan Carlos Hernández Núñez: «Noticias sobre la alcaicería de la seda de Sevilla y su transformación en el siglo XVIII», Laboratorio de Arte, 7, 1994, pp. 115-130 (este último desde el punto de vista urbanístico).
41 F. Aguilar Piñal: Historia de Sevilla: siglo XVIII, Sevilla, Universidad de Sevilla, 1989.
42 A. Valiente Romero: La evolución de la sericultura y su aplicación en Écija en la Edad Moderna, Écija, Gráficas Sol, 2012; y Economía e industria textil en la España moderna: el Arte Mayor de Écija, Sevilla, Universidad de Sevilla, 2014. En colaboración con M. Castillo Martos: «Impacto tecnológico de las ordenanzas de la Junta General de Comercio (1684) en la producción de tejidos simples de seda. El caso de Écija», Llull: Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, vol. 34, 74, 2011, pp. 443-468; y su continuación en A. Valiente Romero y M. Castillo Martos: «Impacto tecnológico de las ordenanzas de la Junta General de Comercio (1684) en la producción de tejidos simples de seda. El caso de Écija», Llull: Revista de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, vol. 35, 75, 2012, pp. 189-210.
43 J. A. Parejo Barranco: «La Industria textil antequerana en el siglo XVIII», Jábega, 30, 1980, pp. 29-34.
44 N. M. Morales Luque: «A propósito de los moriscos archidoneses y de su expulsión», Rayya. Revista de Investigación Histórica de la Comarca Nororiental de Málaga, 8, 2012, pp. 25-56.
45 Juan Torrejón Chaves: «Fábricas textiles en la Isla de León a fines del setecientos», Trocadero. Revista de Historia Moderna y Contemporánea, 3, 1991, pp. 59-76.
46 J. de La Torre y J. M.ª Rey Díaz: «La industria de la seda en Córdoba», Boletín de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, 27, 1930, pp. 59-63.
47 J. I. Fortea Pérez: Córdoba en el siglo XVI: las bases demográficas y económicas de una expansión urbana, Córdoba, Monte Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1980; «La industria textil en el contexto general de la economía cordobesa entre fines del siglo XVII y principios del XVIII: una reactivación fallida», en Andalucía Moderna. II Coloquio de Historia Moderna de Andalucía, I, Córdoba, Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1983, pp. 443-465; y «Las ciudades de la Corona de Castilla en el Antiguo Régimen: una revisión historiográfica», Boletín de la Asociación de Demografía Histórica, XIII, 3, 1995, pp. 19-59.
48 J. Aranda Doncel: Los moriscos en tierras de Córdoba, Córdoba, Publicaciones del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Córdoba, 1984; y «Los moriscos cordobeses y la cría de la seda. Aportación documental», Melanges Louis Cardillac, 1, 1995, Zaghouan, pp. 49-56.
49 A. López Ontiveros: «Evolución de los cultivos de la campiña de Córdoba del siglo XIII al siglo XVIII», Papeles del Departamento de Geografía, 2, 1970, pp. 9-77; y «Subdesarrollo y desequilibrio industrial y comercial en la Provincia y Campiña de Córdoba (I)», Papeles del Departamento de Geografía, 4, 1972, pp. 25-77.
50 R. Córdoba de la Llave: «Algunas consideraciones sobre el legado tecnológico andalusí en la Córdoba cristiana», Acta Histórica et Archaelogica Mediaevalia, 18, 1997, pp. 335-375.
51 J. I. Fortea Pérez: «La industria textil en el contexto general de la economía cordobesa...».
52 F. Durán Alcalá: «La industria de tafetanes en Priego de Córdoba en el Antiguo Régimen. Siglos XVII y XVIII (I)», en J. Aranda Doncel (coord.): Encuentros de Historia local. La Subbética, Córdoba, Diputación Provincial, 1990, pp. 205-220. M. del C. Ruiz Barrientos: «La industria de tafetanes en Priego de Córdoba en el Antiguo Régimen. Siglos XVII y XVIII (II)», en J. Aranda Doncel (coord.): Encuentros de Historia local. La Subbética, Córdoba, Diputación Provincial, 1990, pp. 221-246.
53 M.ª del Pilar Peñín Rodríguez: La población y poblamiento en la Subbética cordobesa en el siglo XVIII según el Catastro del Marqués de Ensenada, Priego de Córdoba, Ayuntamiento de Priego, 1991.
54 M. Molina Martínez: «Los Torres y Portugal del Señorío de Jaén al Virreinato Peruano», en Andalucía y América en el siglo XVI: Actas de las II Jornadas de Andalucía y América, coord. Bibiano Torres Ramírez, José J. Hernández Palomo, vol. 2, Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1983, pp. 35-66.
55 J. Rodriguez Molina, M. Martinez Plaza y J. Cuevas Mata: «Precios y salarios en Jaén en 1627. Pragmática de Felipe IV», Chronica Nova, 15, 1986-1987, pp. 365-448.
56 A. Molinié-Bertrand: «El Adelantamiento de Cazorla en el siglo XVI», Cuadernos de Investigación Histórica, 1, 1977, pp. 7-21.
57 M. T. Murcia Cano: «El comercio y la industria de la seda en Alcalá la Real», en II Estudios de Frontera. Actividad y vida en la frontera. En memoria de Claudio Sánchez-Albornoz, Jaén, Diputación Provincial de Jaén, 1998.
58 E. Lorenzo Sanz: Comercio de España con América...
59 P. Boyd-Bowman: «Otro inventario de mercancías del siglo XVI», Historia mexicana, vol. 20, 1, 1970, pp. 92-118.
60 J. Martínez Cardós: «La política económica indiana de las Cortes de Castilla», Revista de estudios políticos, 82, 1955, pp. 173-192.
61 M. Molina Martínez: «Aproximación a las relaciones entre Granada y el Nuevo Mundo», Boletín AEPE, 40-41, 1992, pp. 52-66.
62 A. Picazo Muntaner: «El comercio sedero de Filipinas con México y su influencia en la economía de España en el siglo XVII», en F. J. Aranda Pérez (coord.): La declinación de la monarquía hispánica en el siglo XVII. Actas de la VII Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2004, pp. 501-509.
63 M. Bonialian: «La seda china en Nueva España a principios del siglo XVII. Una mirada imperial en el Memorial de Horacio Levanto», Revista de Historia Económica / Journal of Iberian and Latin American Economic History, Marzo 2016, pp. 1-25.
64 G. Romero Sánchez y A. Ruiz Gutiérrez: «Patrimonio oriental en los templos doctrineros de los pueblos de indios neogranadinos», Cuadernos de Arte de la Universidad de Granada, 41, 2010, pp. 111-130.
65 Para el Almojarifazgo Mayor, véase A. Domínguez Ortiz: Orto y ocaso..., p. 34, y para el Almojarifazgo de Indias, E. Lorenzo Sanz, op. cit., vol. II, p. 368.
66 M. Molina Martínez: «Los Torres y Portugal del Señorío de Jaén...», pp. 47 y 49. El fallo contrario a los tejedores se debió, argumenta el autor, a que se intentó beneficiar a la industria granadina y la exportación de sus tejidos rebajando la capacidad de competencia de los fabricantes de Jaén.
67 M. del C. Ruiz Barrientos, op. cit., pp. 223 y ss.
68 M.ª T. Murcia Cano, op. cit., p. 638.
69 N. M. Morales Luque, op. cit., p. 33.
70 R. Carande, op. cit., pp. 314-315; F. Bejarano Robles, op. cit., p. 89; K. Garrad, op. cit., pp. 84-85; M. Ulloa, op. cit., pp. 359-360; Manuel Garzón Pareja, op. cit., pp. 219-223, que sigue a Bejarano; M. Á. Ladero Quesada, op. cit., p. 134; J. E. López de Coca Castañer: «La seda en el Reino de Granada...», pp. 42-43; y C. Trillo San José: «La sericultura en el reino nazarí de Granada», en M. González Jiménez y J. E. López de Coca Castañer (dirs.): Historia de Andalucía. V. El Reino nazarí y la formación de la nueva Andalucía, Sevilla, 2006, p. 239.
71 C. Trillo San José: La Alpujarra antes y después de la conquista castellana, Granada, Universidad de Granada, 1994, pp. 301-303 (entre otros).
72 «Debese pagar diezmo de la seda de morales, moredas y de la simiente de dicha seda, en simiente, ó en capullos, si no estuviesen dezmados, el cual se ha de pagar en el término del lugar, o parroquia donde se sacare, y diézmese por peso, o por cuenta como más quisiere el arrendador, o como se convinieren», Constituciones Sinodiales de la ciudad y Obispado de Almería, publicadas en la Sínodo Diocesana que celebró el Señor Obispo Don Antonio González de Acevedo, Obispo de ella en 24 de Mayo del año del Señor de 1635, reimpresa por Don Mariano Álvarez, Almería, 1865, p. 137.
73 F. García Gámez: «La renta de la seda del Reino de Granada y sus arrendadores en el Marquesado de los Vélez...», p. 260.
74 Garrad se equivocaba cuando afirmaba que de la Torre empezó a cobrar esa cantidad alrededor de 1540, en K. Garrad, op. cit., pp. 84-85. Para el primer año en que se dio este concierto y su posterior desarrollo, véase AGS: Contaduría Mayor de Cuentas, 1.ª época, leg. 851. Seguimos este documento mientras no se señale otra cosa.
75 Además del documento apuntado, se refiere a él R. Carande, op. cit., p. 321.
76 Sobre las cantidades que se fueron concertando, véase F. García Gámez: «La seda del reino de Granada durante el segundo proceso repoblador...», p. 260.
77 AGS: Consejo y Junta de Hacienda, legs. 164-9, 192 y 193; y Contaduría Mayor de Cuentas, 3.ª época, legs. 434 y 435.
78 F. Henríquez de Jorquera: Anales de Granada. Descripción del reino y ciudad de Granada. Crónica de la reconquista. Sucesos de los años 1568-1646, edición preparada por A. Marín Ocete, Granada, 1934 (nueva edición, Granada, 1987), p. 830; M. Garzón Pareja: La industria sedera en España..., pp. 266-267; también en A. Cortes Peña y B. Vincent: Historia de Granada..., p. 144.
79 J. L. Navarro Pérez: «Aportación económica y militar de la ciudad de Granada a las guerras del reinado de Carlos II», Chronica Nova, 6, 1971, pp. 5-77, donde habla del cobro del arbitrio en 1640, 1661 y 1691; E. Martínez Ruiz: «Los impuestos municipales en Granada durante la Guerra de Sucesión, 1700-1713», Chronica Nova, 13, 1982, pp. 169-186; y M. Garzón Pareja: La industria sedera en España..., p. 233, habla de arbitrios durante al menos el intervalo entre 1670 y 1673.
80 G. de Ustáriz: Theoría y práctica de Comercio y de Marina en diferentes discursos... / los ofrece Don Geronimo de Uztáriz..., Madrid, 1724, p. 328.
81 R. Carande, op. cit., p. 332.
82 Dichas cláusulas aparecen estudiadas en F. García Gámez: «La seda del reino de Granada durante el segundo proceso repoblador...», pp. 260-262 (en proceso de revisión).
83 AGS: Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 573-10.
84 Tema ampliamente desarrollado en F. García Gámez: «Asaltar la renta...».
85 H. Kamen, op. cit., p. 120.
86 J. de la Ripia y D. M.ª Gallard: Práctica de la administración y cobranza de las rentas reales, y visita de los ministros, que se ocupan de ellas, Madrid, 1796, p. 15; F. Gallardo Fernández: Origen, progresos y estado de las rentas de la Corona de España, su gobierno y administración, tomo III, Madrid, 1832.
87 L. de Córdoba: Memorial de las advertencias y arbitrio que se da para el remedio de los criadores de la seda del reino de Granada por parte de Luis de –. Y segundo discurso sobre las mismas condiciones y arbitrio del mismo autor, s.l., 1618?, Biblioteca Nacional, Varios Especiales, 68-28.
88 G. de Ustáriz, op. cit., p. 328.
89 M. Molina Martínez: «La Real Compañía de Granada para el comercio con América», en Andalucía y América en el siglo XVIII: actas de las IV Jornadas de Andalucía y América, Universidad de Santa María de la Rábida, marzo, 1984, vol. I, Sevilla, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1985, p. 243.
90 M. Garzón Pareja: La industria sedera en España..., p. 239.
91 Ibíd., pp. 240 y 241.
92 AGS, CJH, leg. 465-9.
93 Un ejemplo notable lo encontramos en AGS: Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 27.
94 Aparece en el artículo VIII del Título XXX del libro 9 de la Nueva Recopilación. Según el DRAE procede del árabe hispánico ḡarfa, ‘puñado, cantidad que se coge con una mano’, y este del árabe clásico ḡarfah.
95 AGS, CJH, leg. 465-9.
96 AGS, CJH, leg. 323-11.
97 Luis de Córdoba: «Memorial de las advertencias y arbitrio...».
98 F. García Gámez: «Seda y repoblación en el Reino de Granada...», pp. 254-255.
99 M. Ulloa, op. cit.
100 Véase n. 18.
101 F. García Gámez: «La renta de la seda del Reino de Granada y sus arrendadores en el Marquesado de los Vélez...» (donde señala rasgos iniciales sobre esta situación).
102 L. Martz: «Converso Families in Fifteenth and Sixteenth-Century Toledo: The significance of Lineage», Sefarad, XLVIII, 1998, pp. 117-196; «Los toledanos y el reino de Granada de 1492 a la década de 1560», en R. L. Kagan y G. Parker (eds.): España, Europa y el mundo atlántico. Homenaje a John H. Elliott, Madrid, Marcial Pons / Junta de Castilla y León, 2001, pp. 151-176; D. Alonso García: «Entre Granada y Castilla. La familia Fuente y la hacienda real a comienzos de la Edad Moderna», Investigaciones Históricas, 25, 2005, pp. 11-30. Para Soria Mesa, véase n. 20.
103 M. Ulloa, op. cit.; F. García Gámez: «Asaltar la renta...».
104 La excepción la tenemos en Á. Sánchez Durán: «Confianza y reputación en redes de negocio con la Real Hacienda castellana: asentistas y arrendadores portugueses en la Monarquía de Felipe IV (1638-1652)», IV Encontro Internacional de Jovens Investigadores em História Moderna, Oporto, 2015, pp. 1-20.
105 M. Á. Ladero Quesada: «La producción de seda...», p. 129.
106 G. Navarro Espinach: «La seda entre Génova, Valencia y Granada en época de los reyes Católicos», en P. Segura Artero (coord.): Actas del Congreso Frontera oriental nazarí como sujeto histórico (ss. XIII-XVI), Lorca-Vera, 22 a 24 de noviembre de 1994, Almería, 1997, pp. 477-483 (esp. pp. 480-481). El autor señala la introducción de los telares de marca ginovesa y la fabricación de damascos y terciopelos en el Reino de Granada algo después, primero en Málaga, donde había desaparecido el artesanado autóctono con la conquista por los Reyes Católicos, y antes de 1515 en la propia capital, pues así lo reflejan las ordenanzas de tejedores de ese año. El mantenimiento de la tradición manufacturera nazarí lo corroboran las palabras de Juan de la Torre en las pesquisas realizadas en 1546: «... antes se pagaba de la seda texida, como era alm[ayza]res e zarzahanes e tocas, porque entonces no [se texía] otra cosa en Granada...», AGS, Contaduría Mayor de Cuentas, 1.ª época, leg. 851.
107 F. García Gámez: «La renta de la seda del Reino de Granada y sus arrendadores en el Marquesado de los Vélez...»; también Á. Ortega Cera, op. cit., pp. 241-243. Los arrendadores terminaron beneficiándose de la compra de 10.000 libras de seda, según las condiciones de sus arrendamientos, en el caso de Juan de la Torre hasta 30.000, un tercio de la producción de seda en rama, tal como recoge M. Á. Ladero Quesada, op. cit., p. 136.
108 F. Durán Alcalá, op. cit.; M. del C. Ruiz Barrientos, op. cit.; y M. P. Peñín Rodríguez, op. cit.
109 A. Valiente Romero y M. Castillos Martos: «Impacto tecnológico de las ordenanzas de la Junta General de Comercio...».
110 Damos cumplida noticia de la bibliografía en las notas 47 a 49.
111 M.ª T. Murcia Cano, op. cit.
112 M. Á. Ladero Quesada, ibíd.; para el siglo XVIII, véase S. Villas Siroco, op. cit., p. 306; y M.ª S. Santos Arrebola, op. cit., p. 374.
113 N. Cabrillana Ciézar: Almería morisca, Granada, Universidad de Granada, 1982, pp. 122-123. AGS: Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 115 (nos informa de que en Almería no se comercia con seda tejida ni teñida en 1570).
114 Sería prolijo volver a enumerar los autores que han tratado la evolución de los diversos centros productores, por lo que remitimos al capítulo dedicado al balance bibliográfico. Para la cuestión de los procesos de decadencia y crisis que hemos sintetizado y su similitud con otros casos en España e Italia, véase R. Franch Benavent, op. cit., y «El artesanado sedero valenciano en el siglo XVII», en F. J. Aranda Pérez (coord.): La declinación de la monarquía hispánica en el siglo XVII. Actas de la VII Reunión Científica de la Fundación Española de Historia Moderna, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 2004, p. 512; también A. Santos Vaquero, op. cit.
115 F. García Gámez: «La seda del reino de Granada...»; «Seda y repoblación en el Reino de Granada...». Seguiremos lo dicho en estos trabajos mientras no se diga lo contrario.
116 AGS: Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 98, pp. 192-195.
117 AGS: Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 164, 9, s.l., 1572.
118 M. Ulloa, op. cit., p. 370. En AGS: Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 164, 9, s.f. 1572, se apunta que entre las condiciones del arrendamiento en 1571 hay una que demanda introducir hasta 50.000 libras de seda de Murcia, Valencia, Calabria, Sicilia, África y otras partes. Las cantidades serían aproximadamente: 20.000 libras de Murcia, 15.000 de Valencia y 10.000 de otras partes.
119 Varios autores inciden en la importancia de la llegada de los moriscos expulsados a diversas localidades andaluzas. De entre ellos destacan los trabajos sobre los moriscos en Córdoba de J. Aranda Doncel; véase nota 48.
120 Para las ordenanzas de 1684 y sus consecuencias en el sector, véase R. Franch Benavent: «Fiscalidad y manufacturas en la Valencia de Felipe V», Revista de Historia Moderna Anales de la Universidad de Alicante, 20, 2002, pp. 421-448. Para la Junta Provincial de Granada, véase M. Garzón Pareja, op. cit., pp. 269 y 314 y ss.
121 De estos aspectos hemos dado cumplida información en la bibliografía del capítulo dedicado al balance historiográfico.
122 AGS: Consejo y Juntas de Hacienda, leg. 91, 242, Granada, 1569. Enumera los lugares fronterizos al Reino de Granada de donde se podría traer seda para paliar la carencia de la local: Andújar, Huelma, Alcalá la Real, Antequera, Cazorla, Priego, Cambil y Archidona, «siendo la tal seda de la bondad y fineza de la del dicho reino de Granada». Ibíd., leg. 98, 192, Granada, 1569, añade el Obispado de Jaén, Adelantamiento de Cazorla, Teba y Hardales. Varios autores han tratado el tema, como Valiente Romero para Écija, López Ontiveros para Fortea, Aranda Doncel para Córdoba y su campiña, Ruiz Barrientos para Priego y Murcia Cano para Alcalá la Real.
123 J. E. López de Coca Castañer: «“Morus nigra” v. “Morus alba”...».
124 F. García Gámez: «La seda del reino de Granada...» y «Seda y repoblación en el Reino de Granada...».
125 J. E. López de Coca Castañer: «La seda en el Reino de Granada...», p. 35; J. Aranda Doncel: Los moriscos en tierras de Córdoba..., pp. 207-208 y «Los moriscos cordobeses y la cría de la seda...», pp. 52 y 55; A. Valiente Romero: La evolución de la sericultura..., pp. 80-81 y 161-162.
126 Hemos hallado únicamente dos referencias. AGS: Expedientes de Hacienda, leg. 721, s.p., 1515. Carta de requerimiento de Rodrigo Ponçe a Juan de la Torre, para que no se le cobren los derechos de 2.000 libras de seda que se contrataron en Medina del Campo en julio de 1514, a recoger en las alcaicerías de Granada, Málaga y Almería; y Archivo de Protocolos Notariales de Granada, prot. ¿?. Granada, 1570, Mayo, 11. Contrato de compra de seda de Valencia en la feria de Medina del Campo entre Manuel Caldera, en nombre de los arrendadores de la renta de la seda de Granada, Hernando Díaz de Alcocer y Antonio Álvarez de Alcocer, y los mercaderes milaneses Ypólito Afetati y Juan Bautista Tridi.
Pulsuz fraqment bitdi.