Kitabı oxu: «Literatura y ficción»

COLECCIÓN PARNASEO
25
Colección dirigida por José Luis Canet
Coordinación Julio Alonso Asenjo Rafael Beltrán Marta Haro Cortés Nel Diago Moncholí Evangelina Rodríguez Josep Lluís Sirera

©
De esta edición:
Publicacions de la Universitat de València,
los autores
Junio de 2015
I.S.B.N.: 978-84-370-9849-4
Diseño de la cubierta:
Celso Hernández de la Figuera y J. L. Canet
Diseño imagen de la portada:
María Bosch
Maquetación:
Héctor H. Gassó
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Parnaseo
http://parnaseo.uv.es
Esta colección se incluye dentro del Proyecto de Investigación
Parnaseo (Servidor Web de Literatura Española), referencia FFI2014-51781-P, subvencionado por el Ministerio de Economía y Competitividad
Esta publicación ha contado con una ayuda de la
Conselleria d’Educació, Cultura i Esport de la Generalitat Valenciana
ÍNDICE GENERAL
Volumen I
PRELIMINAR
I. LITERATURA Y FICCIÓN: MODELOS NARRATIVOS Y POÉTICOS, TRANSMISIÓN Y RECEPCIÓN
Juan Manuel CACHO BLECUA, Historias medievales en la imprenta del siglo XVI: la Valeriana, la Crónica de Aragón de Vagad y La gran conquista de Ultramar
Fernando GÓMEZ REDONDO, La ficción medieval: bases teóricas y modelos narrativos
Eukene LACARRA, ¿Quién ensalza a las mujeres y por qué? Boccaccio, Christine de Pizan, Rodríguez del Padrón y Henri Cornelius Agrippa
Mª Jesús LACARRA, La Vida e historia del rey Apolonio [Zaragoza: Juan Hurus, ca. 1488]: texto, imágenes y tradición génerica
Juan PAREDES, El discurso de la mirada. Imágenes del cuerpo femenino en la lírica medieval: entre el ideal y la parodia
II. HISTORIOGRAFÍA, ÉPICA Y LIBROS DE VIAJES
Alfonso BOIX JOVANÍ, La batalla de Tévar: de la Guerra de las Galias al Cantar de Mio Cid
Constance CARTA, Batallas y otras aventuras troyanas: ¿una visión castellana?
Leonardo FUNES, Estorias nobiliarias del período 1272-1312: fundación ficcional de una verdad histórica
Juan GARCÍA ÚNICA, Poesía y verdad en la Historia troyana polimétrica
Maria Joana GOMES, Un paseo por el bosque de la ficción historiográfica: la Leyenda de la Condesa Traidora en la Crónica de 1344
José Carlos Ribeiro MIRANDA, A Crónica de 1344 e a General Estoria: Hércules a Fundação da Monarquia Ibérica
Filipe Alves MOREIRA, Processos de ficcionalização do discurso nos relatos cronísticos do reinado de Afonso VIII de Castela
Miguel Ángel PÉREZ PRIEGO, Los relatos del viaje de Margarita de Austria a España
Daniela SANTONOCITO, Argote de Molina y la Embajada a Tamorlán: del manuscrito a la imprenta
III. MESTER DE CLERECÍA
Pablo ANCOS, Judíos en el mester de clerecía
María Teresa MIAJA DE LA PEÑA, «Direvos un rizete»: de fábulas y fabliellas en el Libro de buen amor
Francisco P. PLA COLOMER, Componiendo una façion rimada: caracterización métrico-fonética de la Vida de San Ildefonso
Elvira VILCHIS BARRERA, «Fabló el crucifixo, díxoli buen mandado». La palabra en los Milagros de Nuestra Señora
IV. LITERATURA SAPIENCIAL, DOCTRINAL Y REGIMIENTOS DE PRÍNCIPES
Carlos ALVAR, El Erasto español y la Versio Italica
Hugo O. BIZZARRI, Los Dichos de sabios de Jacobo Zadique de Uclés y la formación espiritual de los caballeros de la orden de Santiago
Héctor H. GASSÓ, Las imágenes de la monarquía castellana en el Directorio de príncipes
Ruth MARTÍNEZ ALCORLO, La Criança y virtuosa dotrina de Pedro Gracia Dei, ¿un speculum principis para la infanta Isabel de Castilla, primogénita de los Reyes Católicos?
Eloísa PALAFOX, Los espacios nomádicos del exemplum: David y Betsabé, el cuento 1 del Sendebar y el exemplo L del Conde Lucanor
Carmen PARRILLA, La ‘seca’ de la Tierra de Campos y el Tratado provechoso de Hernando de Talavera
David PORCEL BUENO, De nuevo sobre los modelos orientales de la Historia de la donzella Teodor
María José RODILLA, Tesoros de sabiduría y de belleza: didactismo misógino y prácticas femeniles
Barry TAYLOR, Alfonso X y Vicente de Beauvais
Volumen II
V. PROSA DE FICCIÓN: MATERIAS NARRATIVAS
Axayácatl CAMPOS GARCÍA ROJAS, El retiro en la vejez en los libros de caballerías hispánicos
Juan Pablo Mauricio GARCÍA ÁLVAREZ, Alternativas narrativas para enlazar historias en la Primera parte del Florisel de Niquea (caps. VI-XXI)
Daniel GUTIÉRREZ TRÁPAGA, Continuar y reescribir: el manuscrito encontrado y la falsa traducción en las continuaciones heterodoxas del Amadís de Gaula
Gaetano LALOMIA, La geografia delle eroine, tra finzione e realtà
Lucila LOBATO OSORIO, La narración geminada de aventuras en los relatos caballerescos breves del siglo XVI: consideraciones sobre una estructura exitosa
Karla Xiomara LUNA MARISCAL, Los juglares del Zifar: algunas relaciones iconográficas
José Julio MARTÍN ROMERO, Heridas, sangre y cicatrices en Belianís de Grecia: las proezas del héroe herido
Silvia C. MILLÁN GONZÁLEZ, De Pantasilea a Calafia: mito, guerra y sentimentalidad en la travesía de las amazonas
Rachel PELED CUARTAS, La mirada: reflejo, ausencia y esencia. Desde la poesía del deseo andalusí hasta Flores y Blancaflor y La historia deYoshfe y sus dos amadas y La historia de Sahar y Kimah
Roxana RECIO, Desmitificación y misterio: la destrucción del mito en Sueño de Polifilo
VI. ROMANCERO
Nicolás ASENSIO JIMÉNEZ, Ficción en el romancero del Cid
Alejandro HIGASHI, Imprenta y narración: articulaciones narrativas del romancero impreso
Clara MARÍAS MARTÍNEZ, Historia y ficción en el romance de la «Muerte del príncipe don Juan». De la princesa Margarita a las viudas de la tradición oral
VII. POESÍA
Marién BREVA ISCLA, Las Heroidas de Ovidio en Santillana y Mena. Algunos ejemplos
Àngel Lluís FERRANDO MORALES, Ausiàs March en els pentagrames del compositor Amand Blanquer (1935-2005)
Elvira FIDALGO, De nuevo sobre la expresión del joi en la lírica gallegoportuguesa
Josep Lluís MARTOS, La transmisión del maldit de Joan Roís de Corella: análisis material
Jerónimo MÉNDEZ CABRERA, La parodia de la aventura caballeresca en el Libre de Fra Bernat de Francesc de la Via
Isabella TOMASSETTI, Poesía y ficción: el viaje como marco narrativo en algunos decires del siglo XV
Joseph T. SNOW, La metamorfosis de Celestina en el imaginario poético del siglo XVI: el caso de los testamentos
Andrea ZINATO, Poesía y «estorias»: Fernán Pérez de Guzmán
VIII. MANUALES Y DIDÁCTICA DE LA FICCIÓN
Antonio MARTÍN EZPELETA, La novela medieval en los manuales de literatura española
Ana María RODADO, Reflexiones sobre didáctica (a través) de la ficción medieval
Preliminar
El monográfico que tienen en sus manos da cuenta de las principales líneas de investigación actuales en torno a literatura y ficción en la Edad Media. El volumen se inaugura con cinco estudios que clarifican con suma maestría los modelos narrativos (Gómez Redondo) e imágenes poéticas (Paredes) de la ficción, así como su ámbito de transmisión (Eukene Lacarra) y recepción manuscrita e impresa (Cacho Blecua y Mª Jesús Lacarra).
Este es el pórtico de acceso a una notable nómina de rigurosos trabajos que detallan la poética de la ficción medieval, analizando su discurso y plasmación literaria en géneros consolidados como la historiografía (Funes, Gomes, Miranda, Moreira, Pérez Priego), la épica (Boix Jovaní) —sin olvidar manifestaciones épico-caballerescas cortesanas como la materia de Troya (Carta y García Única)—, los libros de viajes (Santonocito) o la literatura sapiencial y doctrinal (Rodilla), que jugó un papel relevante en el arraigo de la ficción: desde Alfonso X (Taylor) y su mecenazgo en el impulso de la traducción, al desarrollo y profusa difusión a lo largo de la Edad Media de la cuentística (Alvar y Palafox), de las obras de preguntas y respuestas con marco narrativo (Porcel Bueno), de la literatura de dichos y sentencias (Bizzarri) y, también de notable importancia, de los tratados doctrinales (Parrilla) o de los regimientos de príncipes (Hernández Gassó y Martínez Alcorlo).
La sección dedicada a la prosa de ficción abarca la materia narrativa carolingia (Peled Cuartas), la hagiográfica y la de la Antigüedad (Lalomia), el Libro del cavallero Zifar (Luna Mariscal), la ficción onírica e, incluso, fantástica (Recio) y la literatura caballeresca (Campos García Rojas, Millán González) y sus ciclos: el de Amadís (García Álvarez y Gutiérrez Trápaga) o el de Belianís de Grecia (Martín Romero). Y, por supuesto, no faltan las historias caballerescas breves (Lobato).
Los modelos de ficción se dan cita en el mester de clerecía (Ancos), tanto en la hagiografía (Pla Colomer y Vilchis Barrera), como en el Libro de buen amor (Miaja). Y también en el corpus del romancero —épico (Asensio Jiménez) o histórico (Marías Martínez)— con su dilatada transmisión impresa (Higashi). De igual modo, se proyectan en la lírica gallegoportuguesa (Fidalgo), en la poesía en catalán (Méndez Cabrera) —Ausiàs March (Ferrando Morales) o Joan Roís de Corella (Martos)—, en la lírica cancioneril (Tomasetti) y en las composiciones de los grandes poetas castellanos del siglo XV: Santillana, Mena (Breva Iscla) o Pérez de Guzmán (Zinato). Incluso obras poéticas de los siglos XVI y XVII se inspiran en grandes personajes ficticios de nuestra literatura medieval, como es el caso de Celestina (Snow).
Y no falta en el volumen un panorama detallado sobre la atención y tratamiento de la prosa de ficción en las historias de literatura española (Martín Ezpeleta), ni la reflexión en torno a la práctica docente y didáctica (Rodado).
Literatura y ficción: «estorias», aventuras y poesía en la Edad Media es el colofón científico del Coloquio Internacional de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval que con el mismo título se celebró en Valencia del 19 al 21 de noviembre de 2014, organizado por los miembros del equipo de investigación Parnaseo, profesores Rafael Beltrán, José Luis Canet y Marta Haro Cortés. Las aportaciones que aquí se reúnen han sido seleccionadas y evaluadas de acuerdo con el sistema de arbitraje por pares. La preparación y publicación de estos dos volúmenes no habría sido posible sin la desinteresada y valiosa colaboración del Comité Científico y sin el apoyo económico de la Conselleria d’Educació, Cultura i Esport de la Generalitat Valenciana y del Proyecto de investigación Parnaseo, subvencionado por el Ministerio de Economía y Competitividad.
Por mi parte, quiero agradecer de corazón a Rafael Beltrán y José Luis Canet su infinita generosidad al confiarme la edición de este monográfico. A todos los autores, su trabajo y muestras de amistad. Y a Héctor H. Gassó y a José María Gómez Izquierdo, su incansable colaboración y dedicación.
Todo el esfuerzo y trabajo realizado han merecido la pena porque, a buen seguro, las «estorias» y aventuras en prosa y verso que componen este libro contribuirán al conocimiento, estudio e investigación de la literatura y ficción medievales.
I. Literatura y ficción: modelos narrativos y poéticos, transmisión y recepción
Historias medievales en la imprenta del siglo XVI: la Valeriana, la Crónica de Aragón de Vagad y La gran conquista de Ultramar1
Juan Manuel Cacho Blecua
Universidad de Zaragoza
En un trabajo ya clásico, Keith Whinnom señaló las escasísimas obras anteriores al siglo XV impresas en el XV y el XVI, con excepción de «the histories and legal codes» (1967: 10). La relación de textos medievales editados hasta 1560 ofrecida por Simón Díaz (1988) corrobora la abundante difusión de la historiografía, si bien todavía puede ampliarse más de acuerdo con los datos que llevamos recogidos en nuestra base de datos COMEDIC («Catálogo de obras medievales impresas en castellano hasta 1600»), todavía en proceso de realización (Cacho Blecua, 2015). Una de las obras más editadas fue La crónica abreviada de España de Mosén Diego de Valera, no muy estimada pero muy influyente durante cerca de noventa años (1482-1567) (Moya, 2014b). Hasta 1500 se editó en diez ocasiones diferentes, cifra extraordinaria que revela su gran éxito, que tuvo su correlato en la posible ascendencia sobre dos obras publicadas a finales del siglo XV y comienzos del XVI, La crónica de Aragón de fray Gauberte Fabricio de Vagad (1499) y la reedición de La gran conquista de Ultramar (1503). La cercanía de fechas de impresión, sus similitudes materiales y en especial el empleo de portadas con escudos regios, bien opuestos (La crónica de Aragón), o idénticos (La gran conquista de Ultramar), constituyen indicios de unos influjos que trataremos de corroborar con su dispositio (La gran conquista de Ultramar) y su contenido.
1. «La maravillosa arte de escrevir» (imprimir)
Durante la Edad Media, la historia constituía una ciencia auxiliar sin ciencias auxiliares (Guenée, 1980: 91), y sobre todo el escritor dependía casi exclusivamente de sus predecesores, de los documentos que podía encontrar en el taller historiográfico o de los que tenía una información de primera mano o a través de testigos, según épocas y géneros. La experiencia alfonsí, y sus continuaciones, marcaron una buena parte de los caminos, textos y contenidos de la historiografía medieval, cada vez mejor estudiados como reflejan los bien informados trabajos complementarios de Fernández-Ordóñez (2000), Deyermond (2006), Ward (2009) y Martin (2012), además de la web del Grupo Historia 15 de la Universidad de Sevilla. Las principales transformaciones del siglo XIV están relacionadas con «el poder de la escritura y la escritura del poder» (Ruiz, 1999), en acertada síntesis de una evolución en la que aumentan los letrados ligados a la Corona, se concede menos importancia a la oralidad y se seculariza la producción escrita. «Las razones aducidas en los nombramientos para la elevación al cargo de cronista eran: la ydoneidad, la sufiçiençia, la fiabilidad, la abilidad y la discreción. Este cúmulo de cualidades aúna las relativas a la preparación técnica con las vinculadas a las necesidades políticas del momento» (Ruiz, 1999: 284). La dependencia del cronista de la Cancillería podemos ilustrarla con las figuras de Sánchez de Valladolid y López de Ayala, autores ya con nombre propio frente al anonimato anterior, mientras que en el siglo XV las actividades pueden hacerse más complejas, hasta el punto de combinarse el cargo de «secretario, consejero, enviado diplomático e historiador oficial» (Tate, 1995: 40).
En estas circunstancias, la aparición de la imprenta supuso un notable cambio en la historiografía. La difusión más rápida de los libros, su consulta menos dificultosa y más asequible ponían al alcance de mayor número de personas una más amplia documentación, que espacialmente podía ser más lejana y temporalmente más reciente. El empleo de los libros había sido tan difícil antes y era tan aislado que «suffirait à expliquer une différence de degré, voire même de nature, entre l’oeuvre d’un historien du Moyen Age et celle d’un historien moderne» (Guenée, 1980: 109).
En el encendido elogio de la imprenta inserto al final de la Crónica abreviada de España de Mosén Diego de Valera, se vislumbran importantes transformaciones:
las istorias crónicas, que por luengos intervalos de tiempo, por guerras y otras varias dissensiones, parescen ser sepultas y enmudecidas sin fruto a cabsa de la penuria de originales y trasuntos […] ocurren con tan maravillosa arte de escrevir […] restituyéndonos por multiplicados códices en conoscimiento de lo pasado, presente y futuro […] A espensa del qual [del alemán Michael Dachauer] y de García del Castillo, vezino de Medina del Canpo, tesorero de la hermandad de la ciudad de Sevilla, la presente istoria general, en multiplicada copia, por mandado de vuestra alteza [Isabel la Católica] […] fue impresa por Alonso del Puerto en el año del nascimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quatrocientos y ochenta y dos años (Moya, 2009: 338-339).
Para Diego Catalán el invento supuso la reducción de la apertura de los significantes en la transmisión del romancero, quedando solo abierta a los significados. «La obra, en sí, quedará fija, sin que su difusión en el tiempo o en el espacio conlleven una adaptación del modelo a los diversos contextos sociales e históricos en que se realiza su reproducción —si dejamos de lado la inevitable ‘traición’ de las traducciones» (1997: 163-164). Sin duda, restringió la variabilidad de los significantes textuales primitivos, pudiéndose añadir otros, si bien a partir del invento algunos textos cobraban nuevos sentidos, condicionando su recepción. En el taller editorial se introducían a veces cambios significativos en la obra, recortando o ampliando los materiales en función de las necesidades, de su brevedad y extensión, modernizando (actualizando) la lengua, acrecentando paratextos verbales y gráficos, los grabados, re-ordenando el texto o imprimiéndolo al lado de otros, lo que implicaba unas renovadas expectativas de lectura, etc., modificaciones que suponen una nueva cadena de transmisión. De acuerdo con Elisa Ruiz, en el caso de la Crónica abreviada de España cabía pensar en el patrocinio de la Corona, sin que existiera mención alguna a «un posible privilegio ni tampoco tasa alguna, pero en este caso ya se aprecia una diversificación de funciones: dos profesionales corren con la gestión económica y un tercero, con la ejecución técnica de la obra» (Ruiz, 2011:117). El nuevo invento modificaba material y estéticamente el producto, en un principio sin cambios drásticos, al tiempo que lo introducía en un circuito comercial, en unas nuevas circunstancias de producción y difusión.
2. La primera historia nacional impresa en romance: La crónica abreviada de España
La Crónica abreviada de España (1479-1481), denominada también por pretensión del autor como la Valeriana, fue editada hasta el siglo XVI en 20 ocasiones diferentes (Moya, 2009: CX-CXI):
1) Sevilla: Alfonso del Puerto, 1482 [a costa de Miguel Dachauer y García de Castilla]. 2) Burgos: Fadrique Biel de Basilea, 1487. 3) Tolosa: Enrique Mayer, 1489. 4) Burgos: Fadrique Biel de Basilea, 1491. 5) Sevilla: s.i., 1492. 6) Salamanca: Impresor de Nebrija, 1493. 7) Zaragoza: Pablo Hurus, 1493, 24 de septiembre. 8) Salamanca: Impresor de Nebrija, 1495, 8 de mayo. 9) Salamanca: Impresor de Nebrija, 1499, 20 de enero. 10) Salamanca: Impresor de Nebrija, 1500, 17 de junio. 11) Zaragoza: Jorge Coci, 1513. 12) Sevilla: Jacobo Cromberger, 1517, 2 de octubre. 13) Sevilla: Juan Varela de Salamanca, 1527, 2 de febrero. 14) Sevilla: Juan Cromberger, 1534, 31 de agosto. 15) Sevilla: Juan Cromberger, 1538. 16) Sevilla: Juan Cromberger, 1543. 17) Sevilla: Juan Cromberger, 1543, 9 de abril. 18) Sevilla: Jácome Cromberger, 1553. 19) Sevilla: Sebastián Trujillo, 1562, 4 de diciembre. 20) Sevilla: Sebastián Trujillo, 1567.
Las diez primeras pertenecen al período incunable (1500), unos datos que atestiguan su excepcional acogida, sin que tuviera en lengua vulgar ninguna competencia. Estaba dirigida «a la muy alta y muy excelente princesa, serenísima reina y señora, nuestra señora doña Isabel, reina de España, de Secilia y de Cerdeña, duquesa de Atenas, condessa de Barcelona, abreviada por su mandado por mosén Diego de Valera, su maestresala y del su consejo» (Moya, 2009: 19). Entre los títulos figura como primero y jerárquico el de reina de España, un espacio convertido en sujeto historiable, de acuerdo con la tradición, con la novedad de que ahora tiene una única gobernante, por la gracia divina, como se recalca después: «E como quiera, muy esclarescida princesa, que Nuestro Señor vos aya dado, no sin gran merescimiento, poco menos la monarchía de todas las Españas y de las cosas divinas ayaes muy copiosa instrucción» (Moya, 2009: 19).
Diego de Valera escribe el libro entre 1479 y 1481, tras la guerra de sucesión, y el poco menos parece la anticipación deseada de los acontecimientos posteriores. El texto se presenta como una obra de encargo, por lo que es lógico que su discurso histórico esté al servicio de la peticionaria. La presencia implícita de esta se hace palpable desde el inicio hasta al final, en un tipo de interlocución habitual en las epístolas (dejo al lado la predicación): «Y no es dubda, preclarísima princesa»; «Y porque, muy excelente princesa»; «Y muy poderosa princesa» (Moya, 2009: 62, 65 y 128), con calculadas variaciones. La estrategia permite una andadura más cercana, íntima, con la particularidad de que gracias a la imprenta los lectores nos enteramos de las palabras que Valera le dirige; el recurso le permite ganar en proximidad y reforzar su autoridad, al tiempo que funciona como presentación modesta (el autor responde a una petición). Aparte de otras referencias, con cierta persistencia Valera remite a «vuestra corónica d’España» (Moya, 2009: XCVIII), muy posiblemente la Estoria del fecho de los godos, por lo que refuerza la conexión y acentúa, estratégicamente, la autoridad. Cualquier lector puede situarse no en el mismo plano de la reina, pero sí pensar que estaba leyendo, u oyendo, un escrito dirigido a la máxima autoridad. Por otro lado, Valera realiza lo que le han solicitado, una abreviación, «el ir por sumas», procedimiento que contaba con numerosos antecedentes en el siglo XV (Jardin, 2000). Del contenido de sus materiales no tiene por qué sentirse responsable el autor, pues los ha retomado de historias anteriores, pero como muy bien argüía Valdés en este caso la «prudencia del que scrive consiste en saber aprovecharse de lo que ha leído de tal manera que tome lo que es de tomar y dexe lo que es de dexar, y el que no haze esto muestra que tiene poco juizio» (Laplana, ed. 2010: 264).
Las principales directrices de su discurso histórico se perciben incluso en su dispositio. La obra, que abarca desde los primeros pobladores (Túbal) hasta la muerte de Juan II (1454), se divide en cuatro diferentes secciones. Su independencia queda subrayada por la numeración no correlativa de sus capítulos. La primera «trata de la cosmografía, división o partimento de las tres partes en que los sabios antiguos el mundo partieron». Este inicio geográfico, cuyo modelo remitía a las Historiae adversus paganos de Orosio, resulta un compendio de mirabilia, buena parte de los cuales procede de la compilación enciclopédica de Thomas de Cantimpré (1201-1272), De rerum naturis, «y ahí puede ser que radique una de las claves de su fortuna» (López Ríos, 2004: 229). Significativamente, de acuerdo con la visión geográfica teocéntrica tradicional, comienza por Asia, dedicando su primer capítulo al Paraíso terrenal. La segunda parte trata de los míticos primeros habitantes de las Españas, desde Túbal hasta la llegada a España del cónsul Cipión Africano Menor y del cerco de Zamora (confundida tradicionalmente con Numancia), ciudad quemada por sus habitantes, sin que Cipión alcanzara el triunfo. La tercera parte se ocupa de la venida de los godos en las Españas, desde el rey Atanarico, pero en su capítulo inicial, que carece de epígrafe, no se indica para nada su llegada, como si siempre hubieran permanecido. Termina la sección con la derrota del rey don Rodrigo, «en cuyo tiempo las Españas se perdieron». La cuarta parte se inicia con Pelayo, tras la dispersión de los godos derrotados y su llegada a Asturias, hasta terminar con la muerte de Juan II (1454). Además, una tercera de esta sección está dedicada a Rodrigo Díaz de Vivar, una auténtica crónica particular publicada después exenta, la Crónica popular del Cid, quien de este modo se convierte en «el personaje más destacado de la crónica, por encima de cualquier rey» (Moya, 2014: 55).
La dispositio y selección de los materiales resulta significativa en su asimetría. Dejando el inicio geográfico, los primitivos y míticos habitantes resaltan unos orígenes prestigiosos, equiparables o superiores a los de otras naciones, sin que importe demasiado ese sustrato romano, que evidentemente debe entenderse como piedra de toque ideológica. La reina de España, Isabel, a quien se le dedica la obra, puede considerarse descendiente de quien lo ha sido previamente, por ejemplo, de Hércules, Pelayo o Alfonso VI. Se percibe una interesada vinculación neogoticista, omnipresente desde el siglo XIII y reverdecida en el siglo XV, un mito de larga duración que traspasa la Edad Media (Álvarez y Fuente, 2013: 29), el ámbito castellano y también el español para alcanzar América con nuevas modulaciones. Para nuestro propósito, «el objetivo de la restauratio Hispaniae seguirá siendo en las crónicas del periodo de los Reyes Católicos la Hispania Gothica perdida a comienzos del VIII» (Díaz, 2013: 64). Desde esta óptica se entiende muy bien la dispositio descompensada. Una vez establecidos los prestigiosos orígenes y la vinculación con el pasado godo, interesaba sobre todo desarrollar más extensamente el intento de restauración, todavía incompleto pero cuyo final podía avistarse en el horizonte propagandístico. Esta dispositio implicaba unos periodos de importancia desigual, lo que conllevaba una visión ideológica al servicio de la mandataria, justo en momentos cercanos al comienzo de la conquista de Granada.
No insistiré en aspectos bien destacados por Cristina Moya: superioridad de Castilla, goticismo y valor ejemplar de la obra. Resaltaré también la identificación entre Castilla y España, la marginalidad de los territorios no castellanos, sin apenas peso en el discurso, y la apertura de su obra hacia la la literatura caballeresca (Gómez Redondo, 2014). La obra asume una geografía plena de mirabilia, una tradición legendaria y un entramado de hazañas, de las que citaré dos ejemplos, en el ámbito narrativo y en el locutivo, que le conectan con los libros de caballerías: Hércules solicita de Gedeón combatir con la condición de que el que lograse la vitoria «quedase por señor de la tierra» (Moya, 2009: 76). Del mismo modo, ante las palabras soberbias de Martín Gómez al Cid, este «respondió que a los cavalleros más convenía obras que palabras» (Moya, 2009: 174).
En las prensas sevillanas de Sebastián Trujillo en 1567 se publicó la última edición de la Valeriana, copiada casi a plana y renglón de la anterior (1562), en tamaño folio, letra gótica, disposición a doble columna, portada xilográfica, en este caso con el escudo regio, características habituales de una gran parte de las crónicas del siglo XVI (López-Vidriero, 1998) y específicamente de la Valeriana. «Privada del favor de las prensas, ocupadas en la difusión de nuevas y modernas crónicas, la pérdida de lectores para un texto esencialmente medieval era una cuestión de tiempo» (Moya, 2014b: 121). Por esas fechas se estaba fraguando una auténtica transformación de la historiografía, en una fase de «propuestas revolucionarias, que abarcaría de 1555 hasta 1575, aproximadamente», mientras que después llegaría su ejecución a fines del siglo (Alvar, 2014: 195). Por el contrario, buena parte de la Valeriana respondía a unos parámetros ni siquiera aceptables para historiadores más rigurosos de la segunda mitad del siglo XV y menos en el XVI, como criticó Valdés. Debajo del escudo de la portada se leía La chronica de España abreviada por mandado de la muy poderosa señora doña Ysabel, reyna de Castilla, identificando a la «poderosa señora» Isabel como reina de Castilla, contradiciendo el prólogo. Desde una óptica material, por esas fechas la letrería gótica solía estar desgastada en unos talleres habitualmente descapitalizados. Dado los sistemas de imprimir a plana y renglón, el empleo de la letra romana hubiera supuesto un mayor esfuerzo, con el consiguiente incremento del coste (Lucía, 2000: 438). Sin embargo, no era este el caso. A la muerte de Trujillo, el taller pasó a su viuda, quien publicó dos obras históricas medievales, una de ellas producto indirecto de la Crónica abreviada de España, La crónica popular del Cid (1571); la otra era La crónica particular de San Fernando (1572), reimpresa al menos en 21 ocasiones durante el siglo XVI:
1) Sevilla: Jacobo Cromberger, 1516. 2) Sevilla: Jacobo Cromberger, 1526. 3) Salamanca: Pedro de Castro, 1540. 4) [Valencia: s.i., 1541]. 5) Valladolid: Sebastián Martínez, 1545. 6) Sevilla: Pedro Gómez de Pastrana, 1547. 7) Medina del Campo: Francisco del Canto, 1551. 8) Sevilla: Dominico de Robertis, 1551. 9) [Sevilla: Sebastián Trujillo, 1552]. 10) Valladolid: Sebastián Martínez, 1555. 11) Medina del Campo: Francisco del Canto, 1556. 12) Sevilla: Sebastián Trujillo, 1558. 13) [Sevilla: Sebastián Trujillo, 1563]. 14) Medina del Campo: Francisco del Canto, 1566. 15) Medina del Campo: Francisco del Canto, 1567. 16) Medina del Campo: Francisco del Canto, 1568. 17) Sevilla: Viuda de Sebastián Trujillo, 1572. 18) Sevilla: s.i., 1576; 19) Sevilla, Fernando Díaz [a costa de Alonso de Mata]1586; 20) Alcalá de Henares: Sebastián Martínez, 1586. 21) Sevilla, Alonso de la Barrera, 1588.
La última la había impreso Alonso de la Barrera, quien había asumido el taller de su padre, Sebastián Trujillo, lo que indirectamente implica que la Valeriana carecía de demanda. La Crónica de Valera no podía competir con la historiografía posterior, ni con la previa, del mismo modo que ante obras como la Silva de varia lección, por mencionar un libro impreso en la misma ciudad, sus mirabilia resultaban ya poco admirables. Todos estos factores debieron de confluir para que se dejara de editar: había dejado de interesar. Aun así, todavía se observan supervivencias indirectas. En síntesis de Jardin, los sumarios de crónicas habían constituido la historia de una apropiación, de una traición y de una salvación. En este último sentido, «lo que hombres como Mariana o Garibay conservan de la cultura histórica medieval, para bien o para mal, lo deben ante todo a obras como las de Mosén Diego de Valera o el Despensero Mayor» (Jardin, 2000: 152-153).