Kitabı oxu: «Patrimonios migrantes»

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PATRIMONIOS MIGRANTES

Ricard Huerta, Romà de la Calle (eds.)

Amparo Alonso-Sanz, Lilian Amaral, Roser Calaf, Romà de la Calle, Adriana Careaga, Marcelo Falcón, Olaia Fontal, Alejandro Giménez, Manuel Hernández Belver, Rosa María Hervás, Ricard Huerta, Francisca Navarro, Germán Navarro, Chiara Panciroli, Ricard Ramon, Elena Tiburcio, Apolline Torregrosa, Joan Vallés

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© De los textos: los autores, 2013

© De esta edición: Universitat de València, 2013

Coordinación editorial: Maite Simón

Maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Pau Viciano

ISBN: 978-84-370-9146-4

Edición digital

(Disponible edición en papel)

Índice

INNOVANDO EN EDUCACIÓN PATRIMONIAL: LA CREACIÓN DEL CONCEPTO DE PATRIMONIOS MIGRANTES

Ricard Huerta

TRANSVISUALIDAD Y LENGUAJES MIGRANTES EN LAS POÉTICAS ARTÍSTICAS DE LA GLOBALIZACIÓN

Romà de la Calle

TRÁNSITOS EN EL PAISAJE Y DESPLAZAMIENTO DE BIENES CULTURALES HACIA EL MUSEO

Roser Calaf Masachs

LAS RUTAS DE LA SEDA COMO ITINERARIOS CULTURALES. EXPOSICIONES Y MUSEOLOGÍA

Germán Navarro Espinach

EDUCACIÓN PATRIMONIAL COMO ESTRATEGIA PARA LA FORMACIÓN CIUDADANA Y LA MEMORIA COMPARTIDA HISPANO-MARROQUÍ

Rosa María Hervás Avilés, Elena Tiburcio Sánchez y Francisca Navarro Hervás

LA EDUCACIÓN PARA EL PATRIMONIO A TRAVÉS DE LAS FORTIFICACIONES DE MONTEVIDEO

Alejandro Giménez y Adriana Careaga

LA OBRA DE ARTE COMO EXPERIENCIA EDUCATIVA EN EL MODE MUSEO TALLER DE LA EDUCACIÓN DE LA UNIVERSIDAD DE BOLONIA

Chiara Panciroli

PATRIMONIOS MIGRANTES: GEOPOLÍTICA E IDENTIDADES EN TRÁNSITO

Lilian Amaral

MIGRACIONES METODOLÓGICAS EN EDUCACIÓN ARTÍSTICA

Amparo Alonso-Sanz

VISIONES DE IDA EN PORCELANA. LLADRÓ Y LAS NUEVAS FORMAS DE APROXIMACIÓN AL PATRIMONIO

Ricard Ramon Camps

PATRIMONIOS INSTINTIVOS

Apolline Torregrosa Laborie y Roberto Marcelo Falcón Vignoli

ESCUELA-MUSEOS. DE LA NECESARIA DIFERENCIA ENTRE MEDIACIÓN CULTURAL Y ENSEÑANZAS ARTÍSTICAS

René Rickenmann

MUCHO MÁS QUE... AMPLIANDO HORIZONTES PARA LA EDUCACIÓN PATRIMONIAL

Olaia Fontal

Joan Vallés

CREATIVIDAD Y EDUCACIÓN ARTÍSTICA CON PERSONAS CON DEMENCIA TEMPRANA Y ENFERMEDAD DE ALZHEIMER

Manuel Hernández Belver

PERFIL DE LOS AUTORES

INFORMACIÓN ADICIONAL

INNOVANDO EN EDUCACIÓN PATRIMONIAL: LA CREACIÓN DEL CONCEPTO DE PATRIMONIOS MIGRANTES

Ricard Huerta

Universitat de València

Observamos que el concepto de patrimonio evoluciona sobre la base de los sucesivos esquemas sociales que se van consolidando. El significado de patrimonio se adapta a las diferentes realidades, teniendo en cuenta los cambios de orden cultural, económico y político que cada momento histórico genera. En ese sentido, las constantes modificaciones que se perciben en el tratamiento de los bienes patrimoniales están invadidas por presencias y ausencias que van marcando sus características y sus funciones. Aspectos clave del patrimonio serían la identidad, la posesión, lo aprendido, lo heredado o lo preciado y, por tanto, lo protegido y atendido. Pero también aquello que fluye y que puede pertenecernos en un momento determinado se asume como bien patrimonial, sin por ello dejar constancia de ningún tipo de querencia o pertenencia, siendo únicamente el disfrute de lo vivido la parte adquirida libremente. Tanto lo virtual como lo perecedero, si es compartido, también se intuye como patrimonio.

Un fenómeno de corte global como es Internet, de proporciones sobredimensionadas, ha alterado y moldeado cualquier apreciación patrimonial que pudiese haber sido descrita hace tres décadas, lo cual determina un nuevo modelo de recepción y difusión del patrimonio. Es cierto que como instancia social el patrimonio estará siempre pendiente de las decisiones de tipo legal o de los procedimientos notariales y judiciales, especialmente cuando nos referimos al patrimonio material y a su conservación por parte de las instancias del poder. La propia coherencia de la idea de patrimonio está enmarcada en el uso que desde las instituciones, o desde nuestras necesidades personales, se le dé a lo que entendemos por bien patrimonial. Sobre la base de los constantes cambios que se vienen sucediendo al respecto en las últimas décadas, consideramos muy oportuno replantear las posibilidades del hecho patrimonial, e incluso abordar sus repercusiones en lo que denominamos educación patrimonial. No hay educación sin patrimonio, ni tampoco patrimonio sin educación.

El patrimonio puede ser de orden material o inmaterial (ICOM, 2007). Los aprendizajes, las vivencias, los saberes, las lecturas, y tantas otras manifestaciones que nos implican desde lo personal no constituyen experiencias que puedan ser catalogadas con facilidad, pero sí que podemos darles la importancia que merecen. Quiero presentar un ejemplo de patrimonio intangible que me es muy cercano, y que evoluciona al mismo tiempo que mi propia trayectoria vital. Utilizo este caso desde una perspectiva par­ticular, aunque podríamos extrapolarlo con similares características a cualquier otro individuo, ya que se trata de un patrimonio que toda persona posee: su lengua materna. Mi lengua materna, la que se hablaba y se habla en la familia y la casa donde nací, la lengua vehicular de la gente con la que viví mi infancia y adolescencia, y la de muchas más personas a quienes he conocido a lo largo de mi vida, no es la misma lengua con la que aprendí a leer y escribir en la escuela. Durante el franquismo, y desde mucho antes, mi lengua estaba prohibida o descartada en el uso oficial, ya que el idioma de la escuela y de las instituciones era el castellano. En la escuela aprendíamos el español, mientras en casa y con los amigos hablábamos nuestra lengua materna. Los dos ámbitos (el doméstico y el oficial) estaban separados por una identidad lingüística diferenciada. Por el hecho de haber crecido familiarizándome con dos idiomas se puede decir que soy bilingüe. Mi competencia lingüística es de cariz natural, ya que crecí aprendiendo ambos idiomas en realidades diferentes. Posteriormente he estudiado y utilizado otros idiomas (francés, italiano, inglés), otras lenguas que he aprendido y voy usando en función de las sucesivas necesidades de orden educativo, laboral o personal. Evidentemente todas esas lenguas forman parte de mi patrimonio, y puedo disponer de ellas en varios registros, en función de las posibles necesidades. Por tanto, mi patrimonio lingüístico ha cambiado, ha evolucionado y se ha transformado a lo largo de las décadas. Se trata de una riqueza que valoro por su variedad. Dicho patrimonio adquirido ha tenido mucho que ver con mi interés por los lenguajes, y esto me hace muy afortunado como usuario, ya que también la curiosidad y el deseo de aprender son un patrimonio que valoro como algo realmente preciado. Si María Zambrano afirmaba «mi lengua es mi patria», como exiliada en México, lugar donde jamás se sintió expatriada, sino que formaba parte de un territorio lingüístico que consideraba suyo, recientemente Juan Marsé remataba la cuestión con otra deriva: «la patria del escritor es el lenguaje». El tiempo y las circunstancias construyen nuevas sendas e interpretaciones del patrimonio lingüístico y cultural.

En mi patrimonio intangible puedo decir que poseo otros bienes de carácter inmaterial: haber estudiado música, por ejemplo. Aprendí inicialmente en la escuela de educandos de una sociedad musical, una tradición muy vinculada al territorio valenciano. Después amplié durante años mis conocimientos musicales en el conservatorio. El hecho de poder tocar un instrumento, de ser intérprete, y por tanto de tener la oportunidad de gestionar esta habilidad con otros músicos, adquiere la característica de un verdadero patrimonio que se puede compartir. También la oportunidad de haber estudiado una carrera como Bellas Artes en una universidad pública me facilitó el acercamiento a las técnicas y las comprensiones artísticas, lo cual ha redundado en un poso patrimonial que me permite valorar como espectador y como creador otras tantas instancias creativas y estéticas. Lo aprendido y lo vivido forma parte de mi experiencia patrimonial, en la cual anidan los recuerdos, las sensaciones recuperadas, mi labor docente, la relación con mis hijos, los planes que hago con mi pareja, o el deseo de relacionarme con otras personas, de luchar por los derechos humanos, y de generar reflexiones y acciones de orden social y cívico. Este patrimonio intangible es intenso, y tan propenso a la transmisión como puedan ser los patrimonios materiales. Mi interés por mejorar cada día en las clases que imparto tiene un impresionante valor motivador, algo que intento gestionar como un verdadero patrimonio de carácter profesional. Entiendo que todo este patrimonio personal, que afecta también a la gente cercana y a la sociedad en la que vivo, debe ser reclamado como algo valioso, más allá de su posible valor material. Del mismo modo que debemos conocer, valorar, respetar y difundir el patrimonio compartido, hemos de reconocer también el valor de nuestro propio conocimiento como una cuestión patrimonial. Por todo lo dicho, entiendo que tanto mi patrimonio personal como el patrimonio cultural que comparto constituyen entidades que van cambiando y evolucionando con los años, y que adquieren en cada momento una importancia distinta, lo cual hace que estos patrimonios se desarrollen, muten, se modifiquen, cambien, progresen, y por tanto que sean migrantes, en el sentido amplio del término.

Esta voluptuosa variedad que adquiere un término tan complejo como es el de patrimonio merecía ser revisada desde diferentes ámbitos. Con la intención de reflexionar y meditar en torno a las cuestiones patrimoniales, y especialmente en lo referido a la educación patrimonial, se organizó en la Universitat de València un encuentro de profesionales bajo el lema Patrimonios migrantes, generando así un actividad concreta que permitió acoger a ciento cincuenta participantes, quienes pudieron implicarse en sesiones en las que intervinieron ponentes de diferentes universidades y centros de in­vestigación, en representación de países como Brasil, España, Francia, Italia, Suiza y Uruguay. A partir de sus reflexiones y aportaciones hemos compilado el presente volumen en el que se recogen los textos preparados por sus autores para analizar el concepto que ahora presentamos.

El conjunto de trabajos que aquí se recopila sirve para introducir este nuevo concepto que hemos denominado patrimonios migrantes. Se trata de una idea que surgió a partir de la preparación de las IV Jornadas Internacionales de Investigación en Educación Artística que se celebraron en la Universitat de València los días 8 y 9 de noviembre de 2012. Nuestra aportación a la educación patrimonial se intensifica con esta novedosa contribución, ya que los patrimonios migrantes introducen la desubicación geográfica del engranaje patrimonial como elemento válido para la reflexión. El tránsito de saberes entre profesorado y alumnado, las trashumancias en todos los sentidos, las herencias cambiantes, las migraciones humanas, el comercio de bienes, o las mutaciones del valor patrimonial, son aspectos que se consolidan al implicar patrimonio con educación, pero no desde un posicionamiento rígido, sino desde la riqueza que genera el movimiento al intensificarse cuando varían los emplazamientos y las ubicaciones. En una sociedad que avanza entre lo presencial y lo virtual no podemos imaginarnos un patrimonio sin migraciones.

Según Marian Fernández Cao, refiriéndose a ciertos prejuicios asentados en las prácticas educativas, al compartimentar los contenidos éstos surgen

como surge la necesidad educativa en un aula, las disciplinas se mezclan y los conceptos tejen una red. Las fronteras entre un elemento y otro se difuminan. Comenzamos a hablar de los prejuicios, con la intención de ir trabajando estereotipos y prejuicios sociales y educativos, para irlos analizando y desmontando poco a poco (López Fernández-Cao, 2007: 292-293).

Siguiendo la reflexión de la autora, con el fin de intentar librarnos de prejuicios y trabas, entendemos los patrimonios migrantes como un nuevo enfoque de edu­cación patrimonial desde el sujeto y su cuerpo hacia los distintos extrañamientos que nos depara cualquier orden establecido. La posibilidad de romper los moldes tradicionales revela nuevas maneras de concebir los patrimonios, de modo que el patrimonio adquirido por nuestros padres o abuelos dista mucho del que están viviendo nuestros hijos. Nuestro bagaje personal y nuestro patrimonio se basan incluso en la imagen personal, asentada en una realidad histórica y social que vivimos como partícipes del momento. La fuerza que adquieren las imágenes mediáticas se estimula en cada una de nuestras interpretaciones, pero sobre todo se incrementa en la posibilidad de compartir dicho imaginario con los demás. Hoy en día cualquier adolescente ha generado y distribuido en las redes más imágenes suyas de las que nunca se hubiesen imaginado tener nuestros padres a lo largo de toda su vida.

Las IV Jornadas Internacionales de Investigación en Educación Artística se plantearon como una reunión de especialistas en educación artística y educación en museos y patrimonios para abordar las temáticas que afectan a ambos colectivos. Con esta iniciativa se consolidan los trabajos realizados en los últimos años por el grupo Creativa de la Universitat de València. El éxito de anteriores convocatorias organizadas por el icie Instituto Universitario de Creatividad e Innovaciones Educativas, junto con el Departamento de Didáctica de la Expresión Musical, Plástica y Corporal, avalaban este nuevo proyecto. Congresos internacionales como Los Valores del Arte en la Educación (2000), el Congreso Internacional Museos y Educación Artística (2005), o el Congreso Internacional Arte, Maestros y Museos (2010), así como las anteriores ediciones de las Jornadas Internacionales de Investigación (1997, 2002 y 2008), habían repercutido de manera favorable en nuestro ámbito, al convertir los trabajos universitarios del grupo Creativa en un referente sobre temáticas referidas a la educación artística, la educación en museos y la educación en patrimonios. A todas estas actividades hay que añadir la trayectoria del diploma de posgrado Educación artística y gestión de museos (adeit-Universitat de València), un curso de especialización que a lo largo de doce ediciones consecutivas nos han permitido conocer de cerca la realidad de nuestro público universitario y el contacto que mantienen los especialistas en educación con las instituciones.

Las sucesivas reuniones y actividades de carácter científico e innovador que hemos organizado han propiciado una serie de publicaciones, entre las que destacamos los libros Los valores del arte en la enseñanza (2002), La mirada inquieta (2005) Espacios estimulantes (2007), Mentes sensibles (2008), editados por PUV bajo la coordinación y supervisión de los profesores Huerta y De la Calle, así como los volúmenes Maestros y museos (Huerta, 2009) o Museo tipográfico urbano (Huerta, 2010). Se trata de publicaciones que siempre han gozado de buena acogida por un público cada vez mayor y más interesado en estas temáticas. En todas ellas confluyen aspectos como el arte, el patrimonio, la educación, los museos, las tecnologías y la gestión cultural. Nuestros destinatarios proceden de muy diversas adscripciones, ya sean profesionales de la educación artística, investigadores universitarios, educadores de museos y patrimonios, maestros de Educación Infantil y Primaria, profesorado de artes visuales en Secundaria y Bachillerato, profesorado de Diseño y Escuelas de Arte, artistas y profesionales de las artes visuales, profesorado de Bellas Artes, gestores de museos y comunicadores institucionales, o bien estudiantes de Bellas Artes, Pedagogía, Magisterio, Filosofía, Historia del Arte, o Humanidades. Entre los participantes en nuestras iniciativas queremos destacar el papel esencial que adquieren los docentes de los distintos niveles educativos, así como todas aquellas personas que tanto desde la perspectiva educativa como desde el ámbito patrimonial están interesadas en analizar la situación de todos estos ámbitos, revisando lo que se ha hecho, y sobre todo alentando y gestionando nuevas propuestas de futuro. Queremos seguir alimentando estas iniciativas, colaborando con otras instituciones relevantes, evidentemente en el terreno universitario (grupos, departamentos e institutos de investigación), y por supuesto contando con asociaciones y entidades preocupadas por el patrimonio y la educación, como puedan ser ICOM-Unesco, Forum Unesco Universidad-Patrimonio, INSEA (International Society for Education Through Art), RIAEA (Redibercaedart), e incluso apoyando las iniciativas editoriales que se están llevando a cabo mediante publicaciones de libros y revistas. El patrimonio particular de la educación artística evoluciona y es migrante, lo cual nos puede servir para intercambiar ideas, para resolver cuestiones comunes, y también para fomentar las interacciones.

Desde el ICIE queremos convertir nuestros proyectos universitarios en fuente de recursos para los progresivos avances en materia de educación patrimonial. Tanto es así que también ha sido gracias al diploma de posgrado que ha surgido la iniciativa de crear AVALEM, la Asociación Valenciana de Educadores de Museos y Patrimonios, una realidad gestada en 2012 y que se convierte en un hito a nivel de asociacionismo entre profesionales de la educación patrimonial. Creemos que el modo de fomentar el desarrollo en humanidades parte de la necesidad de concretar conceptos y acciones. El diploma de Educación Artística y Gestión de Museos ha ayudado a promover la visibilidad de la formación universitaria especializada de los educadores en patrimonios, así como la figura profesional del educador en patrimonio. La trayectoria de las diferentes iniciativas (congresos, jornadas, cursos, conferencias, publicaciones, asociaciones) y la creación de conceptos e ideas novedosas configuran en realidad un auténtico respaldo universitario que viene evolucionando desde 1997 como una constante migración de acciones que van construyendo el peculiar patrimonio migrante generado por nuestros investigadores.

El concepto de patrimonios migrantes es el que hemos usado como eje vertebrador de nuestra aportación. A partir de ahora disponemos de un conjunto de contribuciones que ayudan a establecer un espacio de identificación para esta propuesta de orden patrimonial y educativo. Al usar el concepto como moneda de cambio en unas jornadas de investigación se postulaba su gestación. De este modo se convertía en una idea novedosa que servía como elemento integrador sobre el cual podíamos debatir para concretarlo y definirlo. Venía planteado como un ámbito capaz de incorporar y favorecer nuevas emergencias, especialmente desde la educación en artes visuales y la formación de educadores. La desubicación geográfica de los patrimonios se configura así como un valor a tener en cuenta, tanto en lo referido a objeto o sujeto patrimonial, como en la vertiente de la formación docente. Al promover el mestizaje de ideas y fomentar la integración de planteamientos las migraciones de creadores, de artistas y especialistas, los intercambios entre educadores y alumnado, así como las transiciones de saberes, constituyen un engranaje de gran vitalidad. El cambio y los expolios de patrimonios entre diferentes territorios, con ejemplos que podemos verificar en museos y colecciones de países colonizadores, serían otras cuestiones a tener en cuenta.

Desde los medios de comunicación se utilizan las imágenes como instrumento de transmisión ideológica, lo cual adquiere en nuestra memoria y nuestro imaginario un valor inusitado. Pero del mismo modo que los medios intensifican sus cambios, nuestro proceso de lectura de las imágenes evoluciona, y esta singladura de la diferente actitud que se va produciendo en nuestra mirada obedece, sin duda, a un tránsito de intereses entre lo que concebimos como propio y lo que rechazamos como extraño. Es decir, un mismo contenido cultural lo podemos asumir como patrimonio asimilable o bien excluirlo de nuestro bagaje familiar. La idea de crisis ha invadido muchos territorios desde su ámbito económico inicial, pero podemos rebelarnos y forjar nuevas miradas a la crisis para evitar que desde los propios medios se nos intenten justificar actitudes inaceptables.

Nuestra tarea consiste en desentrañar las definiciones tradicionales de ciertos conceptos patrimoniales. Al permitir nuevos espacios porosos, los tránsitos afloran desde la inseguridad del territorio particular, y se redescubren generando voces propias del trayecto como contenidos, en casos particularmente conocidos o en entornos que pueden descubrirse: los destierros, los robos de arte, las ventas millonarias de obras artísticas, las ocultaciones y las censuras, los silencios de los creadores afectados, las extradiciones y los abusos en momentos de crisis. Todo ello sin olvidar la inestabilidad del espacio virtual cuando intentamos definir su terreno geográfico. Planteamos la concepción del territorio como camino y del recorrido como prueba. Los tránsitos e itinerarios se convierten en otras tantas manifestaciones de la migración y de los senderos del arte, del patrimonio y de la educación artística.

TRÁNSITOS E ITINERARIOS ENTRE LAS DIFERENTES APORTACIONES

Este volumen contiene un conjunto de aportaciones mediante las cuales descubrimos algunos de los territorios que podrían enmarcar el concepto amplio de los patrimonios migrantes. He optado por ordenar esta secuencia atendiendo a los significados que postula cada uno de los textos aquí reunidos, de manera que se coordinan mediante aspectos conectados. Repasaré brevemente algunos de los argumentos, exponiendo así las cuestiones que han originado su ordenación.

Gracias al texto de Romà de la Calle titulado Transvisualidad y lenguajes migrantes en las poéticas artísticas de la globalización nos adentramos en la migración de los intereses que se han evidenciado en las últimas décadas dentro de los ámbitos de la estética, la filosofía y la creatividad en las artes. El autor hace un repaso a las líneas maestras por las que ha venido transitado lo que él llama las «estrategias funcionalmente comparativas que se propician comúnmente entre las artes y sus crecientes hibridaciones», llegando incluso a tantear la posibilidad «de dar la vuelta a la moneda y auspiciar la otra cara de la especificidad artística». Con esta predisposición a los cambios y las hibridaciones, el profesor De la Calle es capaz de intercalar en su relato factores de orden personal con argumentos que revelan las distintas opciones que se han venido sucediendo en las diferentes teorías que han tenido más impacto. Los cambios que se han producido han supuesto una evolución de las estrategias, de modo que si en los años sesenta y ochenta del siglo pasado dominaban todavía los parámetros unificadores y puristas, a partir de los años ochenta se inició una auténtica deriva «a favor de la interdisciplinariedad y de los planteamientos globalizadores». Con este nuevo argumento integrador se dio paso a las contaminaciones, los intercambios, los mestizajes, las relaciones y los diálogos, entrando así en una nueva etapa de «clara apetencia por los desplazamientos e hibridaciones».

El profesor Romà de la Calle utiliza tanto su experiencia personal como su implicación social (Huerta, 2012) en tanto que sujeto implicado, de manera que va hilvanando su aportación hacia lo que Umberto Eco denominó opera aperta, es decir, hacia la posibilidad de congregar tantas miradas válidas como posibles usuarios pudiese tener el texto artístico, con lo cual se pregunta dónde quedaba, de hecho, «lo migrante»: «Todo está ya en situación de apertura máxima, de recepción sistemática, de expansión ilimitada», remata. Implicados como estamos en lo que él denomina un tsunami socio-cultural, un efecto de cambio drástico que se impone entre las últimas décadas del XX y las primeras del XXI, se interroga sobre las exigencias a las cuales respondería este nuevo requisito, ya que «ni el arte, ni la ciencia, ni la filosofía, ni la religión marcan, por convención, sus respectivos límites, ni mantienen sus aislamientos». Romà nos anima, siempre des­de un posicionamiento reivindicativo, pero evidentemente argumentando su postura con optimismo, a convertirnos «en seres propiamente migrantes, viajeros impenitentes de una geografía plural, teóricamente sin límites –mapa en ristre–, cruzando ámbitos complejos de interdisciplinaridad difusa.»

Esta misma geografía plural a la que alude el profesor de la Calle constituye el hilo argumental de las aportaciones de Roser Calaf, quien en su propuesta titulada Tránsitos en el paisaje y desplazamiento de bienes culturales hacia el museo elabora un suculento recorrido por posicionamientos innovadores que han sido posibles gracias a ciertas iniciativas en diferentes territorios. En su texto nos habla de la metáfora de la trashumancia, una forma errante de explotación ganadera que ha llegado a configurar un importante patrimonio europeo, recopilando algunos ejemplos que se pueden seguir en tradiciones centenarias propias de zonas que atraviesan paisajes y regiones de territorios como la Provenza, Cataluña, Castilla, Aragón, o la zona de los Balcanes. En muchos de estos territorios se están construyendo actualmente museos o centros de interpretación, de los cuales Calaf defiende su interés por abordar el concepto de trashumancia, por el sentido de tránsito de «ida y vuelta», por la mutación en el paisaje y en la vida que representa dicho tránsito. Otro ejemplo interesante de migración al que se refiere Calaf es el Museo Vostell de Malpartida, un museo que reúne la mejor colección de obras del movimiento artístico Fluxus, y que llegó a tierras extremeñas debido a que su promotor, el artista Wolf Vostell, se enamoró del paisaje de aquellas tierras y de sus gentes, habiendo ubicado en Los Barruecos este peculiar espacio museístico, que viene desarrollando una importante tarea de difusión del arte contemporáneo en un territorio especialmente atractivo por su particular ubicación geográfica.

Además de recordarnos las interesantes intervenciones arquitectónicas que han generado algunas bodegas de vinos en sitios particularmente afines a esta tradición (Rioja, Cataluña, Ribera del Duero), lo cual ha permitido un tránsito fluido desde la producción vitivinícola hacia la utilización del paisaje como entorno turístico, creando así un valor patrimonial añadido y un nuevo paisaje, la profesora Calaf hace referencia a la tendencia de algunas ciudades a reutilizar espacios abiertos para instalar auténticos parques de escultura, lo cual modifica evidentemente los usos urbanos del paisaje y del arte. Centrándose en los ejemplos asturianos de Gijón y Llanes, las reflexiones de la autora nos permiten reubicar el interés de los ayuntamientos democráticos por resignificar espacios públicos como verdaderos museos al aire libre. Estas actuaciones permiten el tránsito de la ciudad industrial hacia la ciudad de ocio y cultura. Estas y otras tantas sugerentes aportaciones las podemos visitar en el texto de Calaf, cuya importante trayectoria investigadora queda reflejada tanto en sus trabajos individuales como en las habituales colaboraciones con Olaia Fontal (Calaf, Fontal y Valle, 2007). Me gustaría resaltar aquí su apuesta por lo que ella denomina los patrimonios mutantes, de los cuales deja buena nota a lo largo de su texto.

El tránsito patrimonial y los recorridos geográficos son también motivo de interés para el profesor Germán Navarro, quien en su texto Las rutas de la seda como itinerarios culturales. Exposiciones y museología incide en las rutas de la seda como itinerarios culturales, temática en la cual es especialista, entendiendo que la desubicación geográfica de los patrimonios puede plantearse de forma enriquecedora desde la educación artística. Tanto las migraciones de artesanos y comerciantes, como las transferencias de saberes y tecnologías se convierten en fenómenos clave para entender el mestizaje de las ideas y fomentar así la integración cultural. Aceptar el territorio como camino permite entender que los tránsitos e itinerarios derivan en expresión de la circulación del patrimonio, un legado que deja así memoria de lo acontecido. Tales huellas permitirán a las instituciones diseñar museos especializados, exposiciones temporales y también foros de debate. Navarro apunta que los contactos entre pueblos y civilizaciones generan un patrimonio común, de manera que el concepto de movimiento, de ruta, de interacción cultural, resultará esencial para abordar la temática de los patrimonios migrantes. En ese sentido, las rutas de la seda se convierten en un maravilloso ejemplo de carácter histórico, comercial, cultural y social.

Al indagar en las repercusiones educativas que han impulsado las iniciativas vinculadas a las rutas de la seda, Navarro recopila una serie de enlaces web en los que podemos encontrar interesantes ejemplos de carácter divulgativo y didáctico. Haciendo un verdadero recorrido geográfico, que se puede realizar tanto de forma presencial como desde el entorno web, destaca la presencia de actividad educativa significativa en los museos de la seda de China (el nacional de la Seda, el de Suzhou, el de Nanjing y el de Jiangnan), los de Yokohama y Nomura en Japón, el de Estocolmo en Suecia, el de Tbilisi en Georgia, el de Bsous en Líbano, el de Soufli en Grecia, el de Taulignan en Francia, el de Macclesfield en el Reino Unido, y finalmente los de Mendicino y Como en Italia, reconociendo este último como un caso especial, ya que su propio nombre contiene una palabra significativa: Museo Didáctico de la Seda. Navarro opina que los tres más preocupados por la vertiente educativa en sus webs son los de Como, Macclesfield y Bsous, y valora el italiano como un buen ejemplo de continuidad entre el mundo productivo de ayer (el museo con su maquinaria) y la realidad actual (la escuela que prepara a los futuros técnicos industriales). Dicho centro pretende así difundir la cultura textil, al tiempo que sensibiliza a la juventud de la entidad de su pasado, vinculando cultura, historia, arte, tecnología y economía. El museo se proyecta de este modo entre la ciudad y sus territorio, mediante itinerarios guiados o verdaderas rutas que reconstruyen el desarrollo del artesanado local, con lo cual se pueden entender mucho mejor los motivos que posibilitaron su asentamiento en aquellas tierras italianas. Algo similar ocurre con los tres espacios que configuran el museo de Macclesfield.

Descubrimos con Navarro (2005) que los itinerarios que unieron las culturas de Oriente y Occidente a través de las rutas de la seda han migrado en la actualidad de su inicial función comercial hacia nuevas implicaciones, como puedan ser los usos educa­tivos que descubrimos en los museos. También introduce su valoración sobre el territorio que ahora suscriben los investigadores y los gestores de museos. El autor cita a Eulàlia Morral, directora del Centre de Documentació i Museu Tèxtil de Terrassa, que fue presidenta de la Comisión Española de la Ruta de la Seda, y quien opina que si para el ciudadano en general resulta difícil visualizar como patrimonio estos elementos tan diversos, para quien lo gestiona resulta casi heroico alcanzar un mínimo nivel de coherencia en su museo, especialmente con respecto al resto de los museos. En cualquier caso, también destaca el hecho de que si bien el patrimonio textil ha sido poco valorado desde la museología, esta situación le otorga un enorme margen de posibilidades, al poder contar la historia desde nuevos puntos de vista.

El intercambio y la continua difusión de recursos técnicos, patrones de consumo, modelos iconográficos y tipos de diseño han dado lugar a un importante mestizaje cultural que desemboca en procesos planetarios de interacción social según nos recuerda Navarro. En ese sentido, las rutas de la seda han favorecido la emergencia de nuevas estrategias didácticas para museos con un beneficio directo para los educadores. Estas nuevas estrategias han contribuido a reforzar la idea de intercambio cultural, ayudando al mismo tiempo a rememorar las destrezas del aprendizaje desde el patrimonio sedero. El autor coincide con Calaf y Fontal (2007: 87) cuando afirman que el concepto de patrimonio, que normalmente se asocia con los de legislación e historia, puede ser adoptado por la educación artística como fin específico para poner en valor identidades y saberes que deben convertirse en referentes inmediatos para el diálogo de culturas, el respeto a la diversidad y, en definitiva, la defensa de valores fundamentales para la construcción de una humanidad más creativa, sensible y vitalizante, educada para la ciudadanía responsable, cualquiera que sea su ideología y sus creencias, religiosas o no religiosas.

Sobre intercambio cultural y sobre respeto a las identidades nos habla también el texto de las autoras Rosa Hervás, Elena Tiburcio y Francisca Navarro, titulado Educación patrimonial como estrategia para la formación ciudadana y la memoria compartida hispano-marroquí, a partir de una investigación sobre la identificación del patrimonio común hispano-marroquí y la importancia de la formación ciudadana como una estrategia para su puesta en valor. El patrimonio se entiende cada vez más como parte fundamental de un acervo común, dentro del cual los matices y las diferencias locales enriquecen a todos. Si hasta mitad del siglo XIII la kura de Tudmir mantuvo intensos contactos con el Magreb, especialmente durante los dominios almorávide y almohade, es evidente que dichos contactos se advierten aún en la fisonomía de nuestras ciudades, percibiéndose en ejemplos como los numerosos restos monumentales de la poliorcética andalusí, la gestión del agua y el patrimonio asociado a la misma, en la trama urbana de distintos núcleos de población, en su toponimia o incluso en su paisaje, manifestación externa del sistema territorial. Todos estos elementos parten de un patrimonio compartido, en el cual la transición de saberes, el mestizaje y la integración fundamentan la multiculturalidad actual.

Los autores Alejandro Giménez y Adriana Careaga, como representantes del Espacio Cultural Al Pie de la Muralla, nos animan a recorrer las posibilidades históricas que puede tener el concepto de fortificación, al estar arraigado en la trama urbana de una ciudad como Montevideo. Las ciudades, entornos vivos, evolucionan y se transforman. En Europa desaparecieron durante el siglo XIX muchas de las murallas que desde épocas remotas habían determinado la imagen y el concepto de la ciudad. La ampliación de los espacios urbanos hacia nuevas geografías obligó a desterrar estos muros que daban cobijo y que oprimían al mismo tiempo. Algo similar ocurrió en Iberoamérica. A través de los restos de fortificaciones coloniales de Montevideo, la institución cultural Al Pie de la Muralla lleva adelante proyectos de Educación para el Patrimonio como una forma de consolidar su identidad y de impulsar la creación de ciudadanía en un país como Uruguay, donde la temática identitaria siempre ocupó un papel relevante. La idea de fortificación nos permitiría también acercarnos a otras realidades en las que un entorno protector puede acabar convirtiéndose en un espacio asfixiante y opresivo.

Reorientamos la versatilidad que proporciona el enfoque histórico en base a la adscripción o transición geográfica para trasladarnos a la realidad virtual. En su aportación titulada La obra de arte como experiencia educativa en el MoDE Museo Taller de la Educación de la Universidad de Bolonia la profesora Chiara Panciroli expone su trabajo a partir de la creación de un museo virtual donde el arte tiene una función primordial dentro de los esquemas educativos propios de su especialidad como pedagoga. Se preocupa aquí la investigadora por acercar el arte a los más pequeños mediante el recurso informático y la red de Intenet, favoreciendo entre los públicos más pequeños y los jóvenes la idea de experimentar en base al descubrimiento de la obra de arte, acercando las obras a la vida cotidiana de las personas, a sus intereses, sin descartar los modelos didácticos que ya hicieron famosas las pedagogías experimentales en las escuelas de Reggio Emilia hace varias décadas. Panciroli opina que este tipo de argumentaciones deberían interesar principalmente a los maestros, a los educadores culturales y a los res­ponsables de las políticas culturales, así como a los directores y profesionales de los mu­seos, que desde distintos puntos de vista y diferentes roles, tratan y manejan el patrimonio cultural artístico. De la futura labor de difusión de un proyecto europeo que desea fomentar se hace eco en su texto, en el cual encontramos bellas alusiones a Federico Moroni, de quien se declara seguidora y admiradora, teniendo en cuenta su adecuado posicionamiento desde el llamado no-método. Con Panciroli recorremos la posibilidad de generar actividad educativa en torno a un museo completamente virtual.

Y ahora desde el migrante mundo que promueve Internet nos mudamos a la caza de nuevas identidades artísticas de la mano de Lilian Amaral, quien con su texto titulado Patrimonios migrantes: geopolítica e identidades en tránsito investiga los modos de hacer colaborativos y artísticos, que se configuran en el ámbito de una geopolítica líquida, apropiándose del espacio-tiempo de forma participativa y compartida en las redes. Todo ello a través de los procesos de transformación de los territorios, considerando sus implicaciones culturales, ecológicas, políticas, sociales y tecnológicas, teniendo la creatividad social, la acción colectiva y las prácticas artísticas contemporáneas como ejes temáticos para innovadoras plataformas de intervención urbana. En las experiencias que describe se opera con un contexto expandido de arte, en base a ideas concebidas por creadores de imágenes, sonidos, movimientos y textos. Dichas ideas son confrontadas por críticos, escritores, antropólogos, psicoanalistas y educadores. Con estas acciones se promueven discusiones acerca de los dispositivos de creación, recepción, mediación, enseñanza y difusión educativo-cultural, experiencias cuyos orígenes se dan en diversos territorios y contextos, y que en el contacto intercultural pueden potenciar nuevas prácticas y reflexiones. Al atravesar dominios y campos específicos del saber se discute sobre los mecanismos de producción y apropiación de la cultura visual, uniendo los territorios de los diversos lenguajes: verbal, audiovisual, escénico, así como los diversos medios y contextos en los cuales operan las significaciones humanas.

Amparo Alonso-Sanz describe sus Migraciones metodológicas en educación artística como una estrategia pedagógica regenerativa. Según nos dice la profesora de la Universidad de Alicante, la comprensión de las migraciones metodológicas se plantea en educación artística como un acercamiento a los cambios y adecuaciones surgidos de la interacción entre educadores de museos, formadores de maestros, estudiantes de grado de Maestro de Educación Infantil y Educación Primaria, maestros que ejercen su profesión, y evidentemente el alumnado de las escuelas. La autora analiza en su trabajo los intercambios que diluyen las fronteras didácticas y los límites entre las necesidades de cada uno de estos colectivos, entendiendo la búsqueda de procesos de enseñanza-aprendizaje del arte como verdaderos itinerarios de encuentros.

Ricard Ramon analiza la marca Lladró y la cerámica artística como un patrimonio migrante en su texto Visiones de ida en porcelana. Lladró y las nuevas formas de aproximación al patrimonio, un estudio sobre la narrativa visual que emerge de las porcelanas Lladró como referente visual válido para plantear reflexiones en el ámbito de la educación artística. El universo visual y estético de Lladró es perfectamente coherente en sí mismo, si bien los valores culturales que emanan de estas frágiles porcelanas de kitsch nostálgico reflejan las acciones y las posiciones de una determinada estructura cultural muy poderosa, que sigue viva y vigente, aunque en constante decadencia y transformación. Lladró representa y construye un discurso visual anclado en los valores de esa modernidad que en el presente se muestra en descomposición, si bien lucha de manera persistente y tenaz por su supervivencia. Se habla aquí de migraciones mentales o conceptuales, de traslaciones en cuanto a determinados valores culturales, superpuestos a culturas en las que muchos de esos valores acaban conformando un tamiz profundamente falso y artificial que no es más que el fruto de una falta de comprensión real y profunda.

El autor se pregunta de qué forma nos podemos dejar arrastrar de manera inconsciente (o en algunos casos consciente) en nuestras propias prácticas educativas por estos valores. En nuestra creencia, casi fe absoluta en muchos casos, en la universalidad de los propios postulados de la modernidad ilustrada, proponemos únicamente viajes de ida, como inmóviles e inamovibles proyecciones. Para Ricard Ramon la educación artística debe acompañar y mediar en todo el viaje de transformación, de migración, y ésta es otra de las vías en las que hemos de entender la migración del patrimonio, no únicamente en un sentido sincrónico y diacrónico, sino a través de la multiplicidad de significados, de significaciones vitales, de experiencias que emergen de nuestra relación con el mismo, que lo convierte en organismo vivo, en la medida en que pueda seguir formando parte de nuestra propia existencia vital, la enriquezca y la nutra, convertido casi en una savia cultural. Se hace alusión en su trabajo a la fragilidad del patrimonio y el papel esencial de la educación artística. Una de las valientes aportaciones del autor radica en su acercamiento a un universo estético poco tratado con anterioridad por los investigadores de ámbitos como la historia del arte o la educación artística. En ese sentido, también, su incursión se convierte en un verdadero patrimonio migrante.

Apolline Torregrosa y Marcelo Falcón pretenden con sus Patrimonios instintivos visibilizar el patrimonio como una fuerza que hace posible las relaciones sociales, como una energía instintiva que invita secretamente a la reunión colectiva, aquella que es capaz de crear y recrear espacios respirables, habitables, comunicables. En este sentido los patrimonios instintivos hacen referencia a la acción de las potencias inconscientes de las personas que son capaces de abrir pasajes en lo real hacia otros pliegues de la existencia. Dimensiones emergentes que llevan hacia un tiempo arquetipal, y hacia las cuales es posible seguir migrando, danzando todos los días. Un viaje sagrado que puede ser vivido como una liturgia afectiva lejos de toda obligación. Sobre la base de su propuesta, los autores definen «todos los diálogos patrimoniales como potencias sensibles, afectivas, instintivas» que «se actualizan como parejas de opuestos creadoras».

En su texto Escuela-Museos. De la necesaria diferencia entre mediación cultural y enseñanzas artísticas René Rickenmann parte de la idea de que la concepción histórico-cultural del desarrollo ha fijado las reglas de muchos conceptos vinculados al patrimonio, de modo que en una gran mayoría de sociedades actuales

los procesos de transmisión de la herencia cultural se llevan a cabo a través de instituciones especializadas que, a lo largo de la historia, han ido dando forma no solamente a aquello que se transmite, sino también a los modos y objetivos de estos procesos de transmisión.

Estableciendo paralelismos entre los museos y las escuelas como «instituciones culturales encargadas esencialmente de conservar, estudiar, exponer y difundir el patrimonio material e inmaterial» y de «formar a las nuevas generaciones, en especial a través de la transmisión del acervo cultural». También se evidenciaban este tipo de relaciones en el libro Maestros y museos ya que:

Hablamos de espacios públicos, de escenarios que nacieron para servir a la colectividad. Todos tenemos derecho a una educación (escuela) y a un enriquecimiento personal que comprenda tanto el ocio como la reflexión cultural (museo). Se trata de entidades excepcionales, capaces de fomentar las adquisiciones con las que podemos generar nuevas interpretaciones del mundo, lanzando nuestros sondeos en varias direcciones (Huerta, 2010: 14).

Rickenmann cuestiona muchos de los esquemas en los que se basan las prácticas educativas, y con Vygotski defiende «una concepción funcional de la cultura en la que las obras son fuente de herramientas cognitivas». Propone elaborar los actos de selección docente «no en función de un supuesto valor intrínseco sino en función de la pertinencia de los aportes que trae su utilización en el marco del proyecto didáctico de formación», superando en la práctica el uso de «herramientas cognitivas en el sentido abstracto de aquellos saberes que algún día servirán para algo», con el fin de encontrar un ejercicio de la docencia concreto y pragmático, capaz de forjar «aprendizajes funcionales que cobran sentido a través del tejido de actividades propuestas en clase». Por ello cree Rickenmann que muchos docentes continúan erróneamente atribuyendo la fuente creativa de la cultura a los individuos. Critica por tanto lo que denomina el «ecumenismo cultural» y sugiere una mayor reflexión en torno a las prácticas y al uso de conceptos en los cuales se motive una verdadera migración hacia nuevas interpretaciones.

Para Olaia Fontal y Joan Vallés lo realmente importante es ampliar los horizontes del concepto de patrimonio, impulsando al mismo tiempo acciones encaminadas a desarrollar la educación patrimonial como estrategia imprescindible para innovar tanto en educación como en sentido de patrimonio. Así lo exponen en su propuesta titulada Mucho más que... Ampliando horizontes para la educación patrimonial. Debemos replantearnos qué es patrimonio y pensar qué puede permitir que una persona sea capaz de valorar determinado bien. Este sería uno de los objetivos del proyecto oepe, Observatorio de Educación Patrimonial en España, una investigación que está transformando el panorama de la educación patrimonial, además de generar una importante base de datos que inventaría actividades, programas, proyectos, planes, materiales didácticos, redes, jornadas, cursos, concursos, etc. que se han llevado a cabo en España durante los últimos diez años.

Finalizamos el recopilatorio con el trabajo de Manuel Hernández Belver Creatividad y educación artística con personas con demencia temprana y enfermedad de Alzheimer, en el que se nos descubren las posibilidades del arte como eje vertebrador de nuevos modelos de intervención con pacientes con enfermedad de Alzheimer y demencia temprana. Las investigaciones realizadas desde el MuPAI (UCM) demuestran que

en estas personas, cuyas funciones cognitivas más convencionales pueden estar afectadas, es especialmente interesante explorar otras formas de actividad cognitiva, como son las actividades artísticas, que sabemos que inciden en la actividad psíquica y en la conciencia.

La idea de la memoria como poso personal y colectivo es aquí recuperada en base a la pérdida que han padecido estas personas afectadas de Alzheimer. Hernández Belver nos recuerda que son pocas las investigaciones sobre actividades relacionadas con el arte en personas con demencia sin trayectorias artísticas previas a su enfermedad:

sin embargo, las pocas experiencias documentadas coinciden en que la demencia en sí no supone un obstáculo para consumos culturales artísticos como visitas a galerías de arte o museos, como las que se realizan ya en algunos programas de museos.

En el texto se describen algunos programas y actividades concretas de los que están realizando los investigadores del MuPAI con el fin de determinar las posibilidades que puede ofrecer el arte para mejorar la situación de estas personas. La memoria es aquí la clave, ya que es uno de los espacios donde más se puede favorecer la migración del patrimonio.

LA ESENCIA FLEXIBLE Y FLUIDA DE LOS PATRIMONIOS MIGRANTES

Un claro ejemplo de patrimonio migrante son las fundaciones y los museos que utilizan tanto los fondos artísticos como los edificios emblemáticos para remarcar su presencia en diferentes ubicaciones geográficas. Ejemplos claros de esta presencia migrante son las colecciones Guggenheim, Thyssen-Bornemisza, Cartier, Getty, Tate, Saatchi, así como las apuestas de poderosas entidades bancarias, comerciales e inmobiliarias. Lejos de estos negocios con suculentos beneficios económicos, nuestros patrimonios personales, fruto de la experiencia y la memoria que cada uno de nosotros acumula, en combinación con nuestra implicación social y colectiva, nos deparan migraciones que aportarán a nuestras vidas emotivas adscripciones de orden sensitivo y que conseguirán, de este modo, aumentar nuestra capacidad de reflexión y de acción. Lo cierto es que más allá del territorio inundado por el factor económico y el apego al beneficio, buena parte de las manifestaciones actuales del arte (y yo entiendo que las más interesantes) tienen lugar entre los colectivos urbanos que luchan por visibilizar sus aspiraciones y construir su propia memoria. En ese sentido desvela Gabriela Augustowsky que el espacio público «es también el lugar de la memoria colectiva», ya que «las sociedades contemporáneas participan de un intenso debate que involucra al arte en la construcción de espacios, memoriales, monumentos, contra-monumentos y marcas de memoria». Deduce por ello que el arte «con su capacidad creadora ofrece un camino para enseñar la complejidad, la ausencia, la fragilidad y para conocer sin renunciar a la emoción» (Augustowsky, 2012: 89). El espacio público sigue constituyendo un territorio de negociaciones colectivas que debemos mantener libre del acoso especulativo que tanto nos reprime desde el poder.

Al abordar estas cuestiones nos damos cuenta de la fragilidad del territorio de lo que denominamos espacio público, lo cual nos recuerda la gran cantidad de aportaciones que desde diferentes movimientos sociales han tenido las nuevas manifestaciones del arte, muy cercanas a los recientes rituales urbanos. Un buen ejemplo de este tipo de procesos artísticos lo tenemos en la experiencia Cabanyal portes obertes, un dispositivo humano en el que se han implicado diferentes colectivos, quienes durante más de diez años vienen reivindicando el respeto por la trama urbana de este barrio marítimo valenciano (www.cabanyal.com/nou/portes-obertes). Recordar la importancia de estos movimientos nos remite a la aportación de Reinaldo Laddaga, quien reflexiona sobre la importancia que han tenido los cambios verificados en las estructuras de intervención, debido precisamente a las nuevas matrices identitarias:

El individuo moderno, se suponía, definía su identidad por su pertinencia a una familia, su inscripción en una comunidad nacional, su participación en una profesión. Pero ¿Qué es una profesión en épocas de flexibilidad laboral? ¿Qué es una familia allí donde las familias se vuelven electivas? ¿Qué es la nacionalidad allí donde se generalizan las condiciones de migración y las situaciones de ciudadanía hipercomplejas? (Laddaga, 2010: 50).

Volvemos a lo híbrido, al mestizaje, al intercambio, especialmente desde lo social, y preferentemente desde lo urbano. En un entorno de cambios permanentes y de situaciones complejas, el sentido que puede tener lo patrimonial, lo identitario o cualquier otra modalidad de certeza no deja de ser un ritual confuso y cambiante, más pendiente de las contaminaciones que de un supuesto purismo.

Otros factores relevantes que consideramos fundamentales para regenerar la educación en patrimonio son los que abordan las autoras Alderoqui y Pedersoli, cuando defienden el aprendizaje intergeneracional, en franca relación con lo educativo y lo migrante, teniendo en cuenta que este aprendizaje intergeneracional ha sido categorizado como muy valioso en los museos «La dinámica del recorrido por una exhibición se enriquece cuando los visitantes que caminan en pequeños grupos se realizan preguntas entre sí para propiciar el diálogo». De este modo «los visitantes de distintas edades establecen vínculos explicativos entre el museo y su vida cotidiana, entre los objetos y los modelos, entre sus experiencias y futuras actividades, entre las experiencias y su interpretación» (Alderoqui y Pedersoli, 2011: 167). Reivindicando los contextos e identidades de los usuarios del museo, las autoras consideran necesario

dejar de pensar en los visitantes con un conjunto de atributos más o menos permanentes, que incluyen por ejemplo la edad o la etnia, y empezar a apreciar que cada uno de esos visitantes es único e individual, y que puede vivir un rango de diversos tipos de experiencias en el museo (Alderoqui y Pedersoli, 2011: 169).

Insistiendo en el respeto por los individuos y los grupos, por las personas y las comunidades, por el espacio público y por la exigencia en cuanto a determinaciones de orden social, reflexionando sobre los derechos de la ciudadanía ante los abusos del poder, favoreciendo cada contribución creativa, y creyendo en el papel de la educación artística como factor renovador de valores, el trayecto recorrido durante dos décadas por los investigadores del grupo Creativa de la Universitat de València ha supuesto un bagaje acumulado efectivo, lo cual ha permitido lanzar ahora el nuevo concepto de los patrimonios migrantes, una idea que mediante este libro integramos en los logros de las actuales aportaciones a la realidad de la educación patrimonial.

BIBLIOGRAFÍA

ALDEROQUI, Silvia y Constanza PEDERSOLI (2011): La educación en los museos. De los objetos a los visitantes, Buenos Aires, Paidós.

AUGUSTOWSKY, Gabriela (2012): El arte en la enseñanza, Buenos Aires, Paidós.

CALAF, Roser, Olaia FONTAL y Rosa Eva VALLE (coords.) (2007): Museos de arte y educación: construir patrimonios desde la diversidad, Gijón, Trea.

HUERTA, Ricard (2008): Museo tipográfico urbano. Paseando entre las letras de la ciudad, Valencia, PUV.

— (2010): Maestros y museos. Educar desde la invisibilidad, Valencia, PUV.

— (2012): Romà de la Calle. L’impuls estètic en art i educació, Valencia, Universitat Politècnica de València.

HUERTA, Ricard (ed.) (2002): Los valores del arte en la enseñanza, Valencia, PUV.

HUERTA, Ricard y Romà DE LA CALLE (eds.) (2005): La mirada inquieta. Educación artística y museos, Valencia, PUV.

— (2007): Espacios estimulantes. Museos y educación artística, Valencia, PUV.

— (2008): Mentes sensibles. Investigar en educación y en museos, Valencia, PUV.

ICOM (2007): Convención de Viena sobre el patrimonio cultural material e inmaterial, UNESCO.

LADDAGA, Reinaldo (2010): Estética de la emergencia. La formación de otra cultura de las artes, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora.

LÓPEZ FERNÁNDEZ-CAO, Marian (2007): «Las fronteras: aproximación cartográfica a la educación artística», en Roser Calaf, Olaia Fontal y Rosa Eva Valle (coords.): Museos de arte y educación: construir patrimonios desde la diversidad, Gijón, Trea, pp. 291-304.

NAVARRO, Germán (2005): «El comercio de telas entre Oriente y Occidente (1190-1340)», en el catálogo El monasterio de las Huelgas y su época, 1170-1340 (Palacio Real de Madrid, marzo-junio), Madrid, Patrimonio Nacional, pp. 89-106.

RAMON, Ricard (2011): «El museo como instrumento de legitimación en la construcción de identidades», EARI Educación Artística. Revista de Investigación, n.º 2, pp. 170-174.

TRANSVISUALIDAD Y LENGUAJES MIGRANTES EN LAS POÉTICAS ARTÍSTICAS DE LA GLOBALIZACIÓN

Romà de la Calle

Universitat de València

Quod discis, tibi discis.

Feci quod potui. Faciant meliora potentes.

PATRIMONIOS MIGRANTES Y GLOBALIZACIÓN

Una cierta manera –quizá «otra»– de aproximarnos al complejo y apasionante tema de los patrimonios migrantes, por caminos algo más diferenciados, posiblemente pueda consistir en el hecho de propiciar la reflexión operativa acerca de las mil formas en que cabe acercarnos y participar eficazmente en las fundamentales relaciones, solapamientos, diálogos, intercambios, juegos de combinación o estrategias funcionalmente comparativas, que se propician comúnmente entre las artes y sus crecientes hibridaciones.

También, desde este dilatado contexto, conviene tener en cuenta la perspectiva, los efectos, condicionamientos e incidencias de la globalización. Efectivamente, la decisiva cuestión de la correspondencia entre las artes supone, de hecho, tener definitivamente en cuenta su enfoque holístico, de conjunto y en imbricada totalidad de las artes. Se trata, sin duda, de dar la vuelta a la moneda y auspiciar la otra cara de la especificidad artística.

Aún recordamos perfectamente cómo a caballo entre los años sesenta y setenta, del pasado siglo, ciertas teorías estéticas y determinados programas artísticos partían efectivamente de la pregunta básica acerca de la especificidad de las respectivas artes. Así nos interesábamos, por ejemplo, bastante a menudo por lo específico pictórico o por cuáles eran las claves de lo específico fílmico o deseábamos saber a qué nos referíamos exactamente si hablábamos de la especificidad de la poesía. En realidad, el estructuralismo y la semiótica barrían con fuerza hacia ese lado y tales tendencias nos ocuparon ampliamente a los investigadores del momento.

Las tornas cambiaron paulatinamente y, en algún caso, hasta de repente –primero en la extensión y replanteamientos de las distintas prácticas artísticas y luego en la diversificación de los enfoques metodológicos y en las teorizaciones subsiguientes– cuando las cuestiones de la salvaguarda de los límites y el decidido respaldo a las diferencias y especificidades fueron dando paso a la creciente diversificación de registros empleados, a la pluralidad de los materiales auspiciados y a la heterogeneidad de los medios y canales de comunicación recurrentemente arbitrados en torno al hecho artístico coetáneo.

Los dominios de las especificaciones respectivas, que habían venido dando paso y cobertura a las clasificaciones diferenciales, a los ordenamientos semióticos dispares y al surgimiento de ámbitos propios, con reglas, elementos, objetivos y funciones distintos, vieron cambiar seguidamente las tornas a favor de la interdisciplinariedad y de los planteamientos globalizadores. Totalidades e interrelaciones llevaban claramente las de ganar sobre acotaciones, purismos y aislamientos especificantes. Y así nos dimos cuenta de que se iba imponiendo el tiempo de las contaminaciones y de los diálogos, que entrábamos en la etapa de los intercambios, de los mestizajes y de las relaciones, en la clara apetencia por los desplazamientos e hibridaciones. Insistimos, primero fue en el ámbito de las propias prácticas artísticas, que se atrevieron a interrelacionarlo todo, que no dudaron en considerar, como terreno abonado y a su alcance a toda la historia entera de las obras de arte precedentes, en las que podían basarse, bucear y extraer así modelos, materiales, procedimientos y objetivos, de acuerdo con criterios abiertos y fáciles de justificar. Igualmente podía decirse que también la realidad toda, en sus diversas capas y modalidades, se hallaba a su plena disposición.

De manera que las identidades vigentes –en lo que bien podría calificarse como etapa de la pre-globalización–, decantadas entonces, como hemos indicado, hacia las especificidades –como modelos reiterados– difícilmente podían ya dar respuesta ni aportar recursos a la exigencia de las nuevas identidades atisbadas: había ya que postular resolutivamente y apostar a favor de otras identidades, propias de la globalización.

Pero vayamos por partes, puesto que el salto que se trataba de propiciar era bien considerable. Una cosa era el perfil de una identidad homogénea y analítica, vinculada abiertamente al periodo de las especificaciones (característico de la pre-globalización) y otra diferente iba a ser la identidad conformada interdisciplinarmente y elaborada de manera articulada, entre rasgos plurales y heterogéneos y de carácter sintético (fruto de la globalización e incluso de una post-globalización que no llegábamos –ni llegamos– ciertamente a atisbar).

Desde ambas perspectivas históricas cabe, en efecto, hablar de realidades y conformaciones patrimoniales. Pero, en un caso, tales recursos patrimoniales implicaban procesos de selección homogéneos y analíticos, que depuraban identitariamente al máximo sus perfiles axiológicos. Es decir, se buscaban las diferencias y con ello las especificidades, se primaba lo propio y se imponían modelos internos de homologación, que regulaban la selección de materiales, estrategias, procedimientos y objetivos. El eslogan imperante podría ser: «Lo nuestro es diferente y, en cuanto tal, valioso».

Sin embargo, en el otro contexto que ya se iba perfilando, los recursos patrimoniales suponen procesos de selección y de combinación heterogéneos, con preponderancia metodológica de la síntesis y del mestizaje, los cuales con su acción contaminan cualquier atisbo de puridad diferenciada, a la hora de definir identitariamente la situación resultante. Con ello, es evidente que el perfil axiológico preponderante ha variado de forma clara. Es decir, se potencian más bien las desemejanzas y las heterogeneidades resultantes, desde modelos externalizados, en los que prepondera la pluralidad y la hibridación, la mezcla y hasta lo simplemente azaroso. «Lo nuestro» –entendido como algo compartido y no ya como algo estrictamente propio– supone, sin discusión, la suma de las partes y comporta una axiología altamente diversificante.

Quizás el precedente chovinismo de la especificidad dio relevo legitimador a la apertura sistemática hacia lo interdisciplinar. Aquella añorada individuación, singularizada al máximo, sería devorada por el juego de la globalidad sistemática. Y en el intermedio de ambas fronteras cronológicas y temáticas, las oportunidades de respaldar el afloramiento histórico de lo patrimonial, como sustrato y memoria compartida en su caracterización, como manera de caminar y desarrollarse culturalmente en la existencia, han constituido y siguen integrando un verdadero horizonte de posibilidades abiertas.

Pero ¿y dónde quedaba, de hecho, «lo migrante»? ¿A qué exigencias responde, efectivamente, este nuevo requisito en el horizonte del tsunami socio-cultural que se impone entre las últimas décadas del XX y las primeras del XXI?

Ya ni el arte, ni la ciencia, ni la filosofía, ni la religión marcan, por convención, sus respectivos límites, ni mantienen sus aislamientos. Opera aperta. Ahora sí, de pleno. Todo está ya en situación de apertura máxima, de recepción sistemática, de expansión ilimitada. Tampoco los géneros artísticos rastrean ya sus especificidades ciegamente. Las fronteras se hacen crecientemente porosas, por doquier, aunque haya que recurrir a la fuerza de los nuevos proyectos para imponer sus exigencias de disparidad. También el sujeto es la suma interactuante de elementos dispares. Del yo se ha pasado, pues, al nosotros, como quien no quiere la cosa... También lo sensible y lo racional, lo imaginario y lo emotivo, más que ámbitos dispares, son ya partes directamente interconectadas de un todo flexible y fluctuante, en cuyo núcleo la histórica categoría de sustancia ha sido definitivamente relevada, de cuajo, por las potentes y reactualizadas categorías de relación y/o de proceso.

Precisamente para elaborar nuestros actuales patrimonios culturales necesitamos convertirnos, cada vez más, en seres propiamente migrantes, viajeros impenitentes de una geografía plural, teóricamente sin límites –mapa en ristre–, cruzando ámbitos complejos de interdisciplinaridad difusa. No podemos ya guardar celosamente y preservar nuestra especificidad pre-global, ni siquiera manteniéndonos en nuestro espacio atávico de existencia añorada en los recuerdos.

El principio de los cantos rodados, aplicado al fenómeno de la migración generalizada, atestigua abiertamente los efectos del diferente grado de frottage resultante entre las culturas, entre las costumbres y entre las existencias desplazadas y los correspondientes contextos de recepción. De ahí que –porque tenemos la necesidad de transmitir, explorar y comunicar, de sentirnos agarrados al mundo y a la historia– Patrimonios Migrantes, quizás, en determinados momentos, comenzaron siéndolo unos, pero en la actualidad ya lo son potencialmente todos. Claro que algunos contextos patrimoniales se muestran más fácilmente flexibles a los fenómenos de ósmosis culturales externas, mientras que otros se presentan, en su resistencia, plenamente integristas y a la defensiva en favor de sus perfiles originarios y de sus atávicas raíces y básicas convenciones. De ahí ciertos fenómenos convulsos que afectan de manera directa a medio mundo y preocupan consiguientemente al otro medio.

En este juego de estrategias cruzadas, se mueven también, con sus radicalidades y acomodaciones, el grueso del hecho artístico contemporáneo y la propia educación artística, en sus diálogos con el pasado y en sus conexiones constantes y operativas –in fieri– con el futuro, en toda su efervescencia y disparidad. Trahit sua quemque voluptas. Virgilio (Buc. 2, 65). Sin duda alguna, a cada cual le arrastra su pasión.

TRANSVISUALIDAD Y LENGUAJES MIGRANTES

Uno de los principios que regula el funcionamiento de la iconosfera, entendida ésta como universo global e interactivo de las imágenes, es precisamente el de la Tranvisualidad. Según su funcionamiento, implica que la interpretación de cualquier imagen es siempre holística, es decir que se ejercita por totalidades. Entender una imagen supone siempre relacionarla, vincularla a otras, conectarla, compararla, distinguirla o contextualizarla con otros racimos o series de imágenes.

En tal sentido, el aislacionismo icónico (es decir la interpretación aislada y simplista de una imagen) nunca será ya explicativamente aceptable. De hecho, no es viable... igual que tampoco podemos presumir de miradas inocentes en cualesquiera contextos culturales. Siempre se darán contextos «imaginarios» / de imágenes en el que se enmarcará el juego semántico, la estructura sintáctica, la noción de campo, la exigencia pragmática y la tendencia holística de la imagen, siempre además en relación constante con otras. Pero asimismo tampoco hay que relegar el peso, la influencia y la acción de las convenciones, de los iconotipos, es decir de las imágenes implantadas como definitorias y como claves características y como pautas determinantes de un marco cultural, con sus determinaciones e influencias fundamentales en la constitución de la memoria y de la cultura visual contemporánea, enraizada en la dimensión patrimonial de nuestra existencia. Así pues, desde tal marco interrelacional, deberemos abordar y rastrear todo el plural radio de acción de nuestros patrimonios migrantes. Y nos atreveríamos a puntualizar, en tal sentido, la existencia fundada de dos conceptos imprescindiblemente correlacionados, a pesar de sus diferencias.

Por una parte tendríamos la noción de sustrato, en ese bagaje migrante, conformado precisamente por las costumbres, experiencias, iconotipos adquiridos / heredados, habilidades adquiridas, tradiciones y procedimientos ejercitados. Sólo dentro de tal con­texto activo –sustrato cultural donde se enraízan los arquetipos– podemos sentir / expe­rimentar / construir «algo» y además reconocernos plenamente en ello. Y es ese algo lo que estamos también más predispuestos a comunicar, dado que es ése nuestro aire de respiración, en el que justamente encontramos nuestras raíces y donde anida supuestamente nuestra identidad. Es nuestro mapa confortable, fruto de la paideia / la formación que nos facilitó valores, anhelos y capacidades de lucha y de respuesta.

Pero asimismo en ese juego constante de desplazamientos y migraciones persistentes, el sustrato, en su profundidad, resistencia y ocupación activa, se topa inevitablemente con múltiples paisajes que nos son desconocidos, con rostros ajenos y pupilas de otro color. Pero que igualmente –todos ellos– nos observan o ignoran, mantienen la distancia o ayudan, al ritmo y oportunidades marcadas por el principio de los cantos rodados, ya anteriormente citado. Y es en tales contextos de implicaciones mutuas donde se irá consolidando asimismo, ni más ni menos, la noción de horizonte de acogimiento, que acabamos por compartir con el radio de acción que delimita y señala nuestras intervenciones. Ese horizonte de acogimiento es el directo escenario, el marco que posibilita la dimensión performativa –de acción y de actuación– donde se irá gestando el fruto progresivo de la nueva educación. En este caso estamos refiriéndonos primordialmente a la aventura apasionante de la educación artística y estética, con sus persistentes y plurimorfas conexiones patrimoniales. La que se aporta / se desarrolla desde los orígenes y la que se reestructura / revisa y transforma en los nuevos encuentros de llegada y acogida, característicos de la intensa dialéctica los Patrimonios migrantes.

Si el sustrato respectivo que aporta el viajero tiene su historia a flor de piel, atávica y/o personal, como una mochila vital o un museo imaginario, también aquel horizonte con el que nos encontramos y que ayudamos a construir vitalmente –en la medida en que reaccionamos junto con lo otro, con aquello que nos es circundante y, por tanto, condicionador–, va a ir exigiendo también sus paulatinas y complejas modulaciones socio-históricas.

Nos afincamos así culturalmente en el espacio del «entre» –en intervalos, con intersticios (palabras de alta significación en estas coyunturas)– que nos permite y ofrece, a su vez, el denominado horizonte de acogimiento, tras la llegada sostenida, abierta e interminable. Pues siempre estamos, en este viaje existencial, logrando algo y despidiéndonos de alguien o abandonando algún lugar. Y, con ello, el comportamiento del sustrato tendrá relevantes consecuencias, según endurezca su viabilidad o flexibilice sus aprendizajes. Y ambos extremos –la flexibilización dialogante o la reacción inflexible– van a abrir diferentes opciones culturales a esta apasionante historia de Patrimonios migrantes y expandidos.

Todos, efectivamente, hemos ido conformando, paso a paso, esa riqueza patrimonial que nos define personal o colectivamente. Cada encuentro entre individualidades, grupos, colectivos o globalidades –por dar cabida a la máxima diversificación escalar posible– puede ser reinterpretado, más que metafóricamente, como encuentros entre patrimonios migrantes.

Seguramente nos interesan tanto los procesos como los resultados, la dimensión memorialística como la performativa de todo patrimonio. Ya que «patrimonializar» –no lo olvidemos– es llanamente «hacer nuestro», incrementar nuestros bienes colectivamente, pero también incorporar experiencias, habilidades y capacidad de memoria, abierta a posibles proyectos. Por eso sentimos la persistente necesidad de ampliar nuestro patrimonio cultural, bien sea personal o colectivamente. Y es aquí donde conviene matizar / reintroducir, nuevamente, una justa distinción, dado que debemos discriminar entre el enriquecimiento de la personalidad educativamente hablando –la paideia como formación y enriquecimiento personal y así tendríamos claramente que contar con las experiencias estéticas del sujeto– y el enriquecimiento patrimonial sociocolectivo, siendo, pues, inevitable apuntar, estrictamente hablando, las efectivas aportaciones catalogadas del patrimonio histórico-cultural.

Los individuos se enriquecen con sus respetivos perfeccionamientos educativos, arracimados en procesos, sustanciados en hábitos y capacidades de relación. Ése es nues­tro patrimonio migrante personal, siempre in fieri. Por eso tal dimensión antropológica es clave para la estética (como experiencia y como disciplina, por supuesto). J. Ch. Friedrich Schiller (1759-1805) ya supo verlo perfecta y agudamente, como es sabido, dejándonos reflexiones fundamentales en tal sentido en sus Cartas para la Educación Estética del Hombre (1794), en las que lamentamos no poder recrearnos ahora, en su manera de relacionar hábilmente la estética con los respectivos dominios de la técnica (hoy hablaríamos de tecnología, claro está) y de la política. Toda una potente trilogía de interrelaciones básicas.

Pero también las sociedades, como entramado de personas, se enriquecen con los resultados diferenciados de los aportes patrimoniales. Y aquí «patrimonio» tiene ya un nuevo sentido, un carácter diferente, de constante construcción socio-histórica. Pues el patrimonio cultural aparece hoy en día como un fenómeno multidimensional con implicaciones tanto locales como globales.

Pero no olvidemos que nos podemos encontrar con dos matices, cada uno con sus bagajes históricos: Cabe hablar, por una parte, del patrimonio histórico-artístico y monumental, y así lo heredamos real y nocionalmente del XIX. Sin embargo, también a mediados del XX, acompañando nuestra propia historia existencial, a caballo entre los años cincuenta y sesenta, se hablará ya inequívocamente del patrimonio como conjunto de bienes culturales y naturales, materiales e inmateriales de nuestro entorno, hasta que eclosiona tal desarrollo conceptual, a partir de la década de los ochenta, al hilo de la profunda crisis de transformación que la propia modernidad sufre, a marchas aceleradas, convirtiéndose en una sociedad crecientemente globalizada. Tal es nuestra situación actual.

Ya nada es tan simple como antes, aunque sigamos hablando categóricamente de sujetos y de colectivos, de bienes y de tradiciones, de capacidades y memoria. De hecho, por un lado, en este contexto de plena globalización, el patrimonio se nos ha transformado a ojos vista, entre las manos, en un fenómeno claramente político, donde directamente interviene el Estado y también otra serie de numerosos agentes locales, nacionales y transnacionales. Es en tal conjunto donde se asume, ni más ni menos, la necesidad de salvaguardar, de proteger, de estudiar, de mostrar e incrementar los denominados bienes culturales y artísticos; pero asimismo hay que resaltar su dimensión social, es decir la creciente necesidad de sensibilización de la ciudadanía hacia esa misma conservación patrimonial, su conocimiento y divulgación, surgiendo un marcado asociacionismo, de nuevo cuño, volcado hacia la defensa, la concienciación y el incremento patrimoniales.

Todo un racimo de cuestiones surge, pues, en su entorno: ¿cómo olvidar la dimen­sión jurídica, con nuevas normas y leyes, que se solicitan y reclaman por doquier y a todos los niveles, locales, comarcales, autonómicas, nacionales e internacionales? ¿Cómo relegar la perspectiva del patrimonio como potencial recurso de explotación sociocultural, de carácter académico, turístico, creativo, objeto de consumición y factor también de desarrollo socioeconómico y cultural, en momentos de profunda y extremosa crisis, tan intensa como inesperada, por la desmedida intervención de los mercados, la falta de previsión y la alta dosis de irresponsabilidad política que hemos sufrido y seguimos padeciendo?

No obstante, digamos claramente que es la vertiente de su dimensión identitaria, de formación personal y colectiva, de expresión vital como conciencia de salvaguarda de unos orígenes y de unos ciclos de vida, la que nos estalla entre las manos en estas reflexiones sobre Patrimonios migrantes y expandidos.

Aunque aquí nos estamos centrando, ciertamente, en ese campo de las experiencias artísticas y estéticas (en esa correlación fenomenológica entre objetos artísticos y objetos estéticos como dominios patrimoniales específicos), no podemos dejar de acercarnos a la noción de patrimonio cultural entendido como bien público, es decir como un conjunto específico de bienes (culturales) que constituyen la riqueza cultural de una sociedad, al margen incluso de sus concretas titularidades. Ha sido éste uno de los logros del derecho moderno. Sin olvidar tampoco que detrás de esta expresión global de patrimonio cultural se cobijan además otras nociones, tales como las de patrimonio artístico, histórico, simbólico, paisajístico, etnológico, natural, ecológico o inmaterial.

He ahí la herencia valiosa recibida y que debemos mantener e incrementar de cara al futuro. Formando parte, también las personas, sus valores y experiencias, con carácter metafórico y traslaticio, de tal dilatado y común acervo patrimonial.

Nos encontramos, pues, con una determinada «construcción social», que apunta a la constitución de repertorios patrimoniales, con la fuerza de ser referentes simbólicos activos y transformadores, seleccionados, definidos, estudiados en torno a y en función de ideas, de intereses y de valores diversos, vigentes en el contexto social del periodo, a través de una gestión racional y experta, en la que la educación tanto tiene que decir y hacer.

¿Queda claro, pues, el complejo entramado político, profesional, especializado, empresarial, asociacionista, ciudadano, académico o pedagógico que se activa decididamente en su entorno?

En cuanto hablamos de «patrimonializar» –verbo cargado de honda responsabilidad, en su uso– estamos traspasando un bien a una nueva dimensión, de prestigio, de historia, de selección, de racionalización e incluso de (re)sacralización secularizadora del pasado y/o del presente.

Hablamos también, como venimos sugiriendo, incluso no sin cierto entusiasmo personal, metafóricamente, de Patrimonios migrantes, ampliando así su radio de acción, su alcance y sus sentidos. Porque para construir e interpretar nuestras imágenes debemos contar con un doble repertorio circundante: el de la historia global de las imágenes y el de la realidad misma, en toda su extensión e intensidad, como entorno vital y cotidiano. Todo está, pues, totalmente a nuestra plena disposición, al menos en principio, como un derecho sociocultural. Por eso somos perpetuos migrantes patrimoniales, siempre en situación de pesquisa y de búsqueda, de experimentación y de logro. Ahora bien, ¿de qué tipo son nuestras migraciones culturales? Deberemos hilar ya más fino, ahora.

Nos encontramos, cada vez más en el marco de sociedades postradicionales, que han cruzado, en su historia, modernidades radicalizadas, que se han caracterizado por un extrañamiento intenso del pasado y luego se han distanciado incluso de tales opciones, al socaire, sobre todo, de las versiones recientes de la postmodernidad, ya también relegada, en ese desmadejar el ovillo de la historia con rapidez y perpetuamente.

Las miradas patrimoniales se han ido activando, de mil maneras, en este cruce actual de caminos que nos ocupa, primero desde una lógica científica, para fundamentar su estudio e investigación, como corresponde a sociedades desarrolladas, pero también se ha recurrido a una lógica que podríamos llamar políticoideológica, buscando con ello, ante todo, la legitimación del poder. Lo hemos vivido claramente en estas últimas décadas de manera tan intensa como evidente e incluso lo hemos padecido en nuestras propias carnes sus efectos.

No obstante, en esta segunda ola de modernidad que nos atosiga con sus globalizaciones, hoy vivimos más cerca –en este concreto contexto patrimonial del que hablamos– de una mirada reflexiva que nos permite, a los sujetos involucrados, conocer el pasado para mejor entender el presente y planificar el enigmático futuro que sigue ocultándonos sistemáticamente sus bazas y sus secretos. Es precisamente esta lógica políticoidentitaria la que también ha ocupado al poder en estos años anteriores, la que ahora ya cede quizás sus presiones en beneficio indisimulado de una lógica turístico-comercial, que transforma, con una nueva vuelta de tuerca, el patrimonio cultural, en su conjunto, en directo objeto de consumo y de mercancía.

Vivimos, más que nunca, en una versión claramente light del patrimonio cultural, la versión que no duda en calificar, si es necesario, de «patrimonio incómodo» a cuanto interfiere en sus proyectos expansivos de carácter económico y mercantilista. Tal es la realidad que tantas veces hemos vivido dolorosamente, frente a la pérdida o la amenaza de patrimonios emblemáticos pero «incómodos» y, por ello, etiquetados y considerados operativamente como prescindibles. Conservación vs destrucción. Tal es la dialéctica que nos rodea efectivamente en el escenario socio-político-económico actual. Los ejemplos a citar –no nos engañemos– podrían ser sorprendentemente numerosos y reiterados, procedentes, sin duda, de cualesquiera rincones de nuestra geografía local, nacional o internacional. (Tan sólo me referiré, a modo de desahogo y de doble cita testimonial, circunscribiéndome al área valenciana, a la reciente desaparición total, traumática e irrecuperable, del Barri d’Obradors de Cerámica de Manises, con más de siete siglos de historia, memoria viva de la ciudad, y a las extremosas polémicas y proyectos en marcha, que aún siguen actualmente activas y afectan de forma directa a la supervivencia del también histórico Barrio del Cabanyal de Valencia. En ambos casos, la actitud de modernidad y de progreso, asumida como pose determinante, se transforma argumentalmente en la peor palanca para la conservación histórica del patrimonio, previa y oportunamente definido como «incómodo» y marcado con una especie de invisible cruz de tachado en rojo).

Por ello, a partir de dicho marco contextualizador, queremos insistir, como funámbulos conceptuales –aún a riesgo de antropomorfizar un tanto la propia noción de patrimonio–, en considerar también parte activa de tales patrimonios migrantes, a las figuras viajeras de los creadores y receptores del arte y de la cultura contemporáneos, a sus estudiosos y defensores, a quienes los viven día a día con su presencia, en una especie de constante autoeducación patrimonial, a menudo contagiosa. Quod discis, tibi discis.

No en vano, más allá de los bienes culturales, propios del patrimonio material, se hallan asimismo los extensos dominios del patrimonio inmaterial, con todas sus modalidades y tipificaciones. Y entre ellas tienen lógica cabida –con el respaldo de la transvisualidad, de las poéticas activas y contando con la eficacia de los lenguajes artísticos– los complejos diálogos que la creatividad es capaz de mantener siempre con todo el amplio arco de posibilidades que va desde las más lejanas tradiciones heredadas hasta los logros aportados / facilitados por la imparable tecnología, que nos circunda.

Es esa creatividad, fundida plenamente con la educación, la que nos atrae y seduce, como parte fundamental del propio Patrimonio migrante y expandido de la contemporaneidad. ¿Acaso nos atreveríamos a considerar patrimonio, en pleno sentido, algo que nadie realmente usara, algo relegado y sin funciones de ningún tipo? Como mínimo, la función recordatoria y memorialística –por lo menos–, pero también y sobre todo la función actualizadora y de revisión, la función educativa y de expansión vital, la función de repatrimonialización a través de la intervención creativa y migrante.

LA CREATIVIDAD Y LA EDUCACIÓN COMO PARTES DEL PATRIMONIO MIGRANTE

También la creatividad tiene su historia, formando parte directa de ella misma. De ahí que incluso su propia noción haya ido variando, al ritmo de sus especificaciones y desarrollos diacrónicos. De aquellas caracterizaciones asociadas, en un principio, directamente a la innovación, a la fluidez y a la flexibilidad de sus intervenciones y recursos, hasta las interpretaciones actuales, ampliamente asociadas ya a las relecturas, reciclajes, reinterpretaciones, asociaciones y reflexividades transformadoras, ha transcurrido todo un mundo de variaciones y confluencias múltiples en su entorno. Aunque siempre, a nuestro modo de ver, manteniendo estrechamente conectadas las nociones de creatividad y de educación, como fundamentos operativos de la constitución y génesis de los patrimonios expansivamente migrantes.

La creatividad, que tanto culto exige en los tiempos presentes, forma parte activa e imprescindible, como indicamos, de la propia educación. Educatio. Pocas palabras serán más recurrentes, representativas y sintomáticas de las preocupaciones, reivindicaciones y protestas colectivas frente a los recortes desproporcionados y persistentes en la presente crisis. Educatio procedente de la palabra latina educo. Pero recordemos que esta forma corresponde, en simultaneidad, a dos verbos. Así tenemos etimológicamente «educo» de educare y «educo» de educere. Por ello educare nos remite al «cultivo de un despliegue de potencialidades, de capacidades internas, con vistas a la formación, a la construcción del sujeto», mientras que educere significa exactamente «conducir a fuera, poner en contacto con el exterior» y así también nos decanta hacia el campo semántico de adecuar, preparar, capacitar al sujeto para este encuentro fundamental con la realidad, base de toda experiencia.

Curiosamente, en ese doble filo educativo («sacar de dentro» y «poner en contacto con») se mueven también clara y versátilmente los perfiles de la creatividad y de ello se deriva asimismo –educación y creatividad– la patrimonialización de la cultura alcanzada y vivida, es decir de la acción artística posibilitada.

Preguntas clave, pues, las que se arraciman en este contexto de patrimonializaciones progresivas y encadenadas, en el que nos venimos moviendo: ¿cómo se produce? ¿cómo se comunica? ¿cómo se interpreta, disfruta y valora? ¿cómo se consolidan sus efectos?

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