Kitabı oxu: «Viajeros en China y libros de viajes a Oriente (Siglos XIV-XVII)»
VIAJEROS EN CHINA Y LIBROS DE VIAJES A ORIENTE (SIGLOS XIV-XVII)
COLECCIÓN PARNASEO
35
Colección dirigida por José Luis Canet
Coordinación
Julio Alonso Asenjo
Rafael Beltrán
Marta Haro Cortés
Nel Diago Moncholí
Evangelina Rodríguez
VIAJEROS EN CHINA
Y LIBROS DE VIAJES A ORIENTE
(Siglos XIV-XVII)
Rafael Beltrán (ed.)

©
De esta edición:
Publicacions de la Universitat de València,
Rafael Beltrán
Los autores
Julio de 2019
I.S.B.N.: 978-84-9134-511-4
Diseño de la cubierta:
J. L. Canet
Imagen de la cubierta:
Detalle del emperador de China, The Universal Traveller, Thomas Salmon (1750) Wikimedia Commons
Maquetación:
J. L. Canet
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es publicacions@uv.es
Parnaseo
http://parnaseo.uv.es
Este volumen se incluye dentro del Proyecto de Investigación Parnaseo (Servidor web de Literatura Española) financiado por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, referencia FFI2017-82588-P (AEI/FEDER, UE)
Viajeros en China y libros de viajes a Oriente (siglos XVI-XVII) / Rafael Beltrán Llavador (ed. lit.)
Valencia : Universitat de València, Publicacions de la Universitat de València, 2019 360 p. ; 17 × 23,5 cm — (Parnaseo ; 35)
ISBN: 978-84-9134-486-5
Bibliografía
1. Llibres de viatges. Crítica i interpretació. I. Beltrán, Rafael, (ed. lit.). II. Publicacions de la Universitat de València
82-992
ÍNDICE GENERAL
PRESENTATIÓN
BELTRÁN, Rafael, «Peripecia y retórica del libro de viajes a Oriente»
I. LENGUAS, COMERCIO, DESCUBRIMIENTOS Y UTOPÍAS
ALBURQUERQUE-GARCÍA, Luis, «El empirismo avant la lettre en II Milione de Marco Polo»
RUBIO TOVAR, Joaquín, «Los viajeros medievales y las lenguas»
JACQUELARD, Clotilde, «’Las grandes y estupendas cosas del Mar Océano’: Antonio Pigafetta en el corazón de la epopeya de los descubrimientos renacentistas»
DE LAMA, Victor, «El último reino del Preste Juan: la utopía de Luis de Urreta en su Historia eclesiástica, política, natural y moral de los grandes y remotos reynos de la Etiopía»
II. MISIONEROS Y PEREGRINOS: ENCUENTROS, IMPACTOS, PERCEPCIONES
BÉGUELIN-ARGIMÓN, Victoria, «Alimentación y retórica de la alteridad en los relatos de viajeros españoles a China en el siglo XVI»
BUSQUETS, Anna, «Los viajes de un misionero cosmopolita: Fernandez de Navarrete en México, Filipinas y China»
CASTRO HERNÁNDEZ, Pablo, «Comidas, especias y prácticas alimentarias en los viajes medievales a Oriente (ss. XIII-XV)»
FOLCH, Dolors, «A trancas y barrancas: la expedición franciscana a China de 1579»
HAN, Fang, «El viajero Matteo Ricci y el choque cultural con la China del siglo XVI»
ROUMIER, Julia, «Relatos de viajes y peregrinaciones (ss. XV y XVI): cuestionar la frontera de género a partir del tema de la religión y de la fe»
III. MAPAS, TESOROS, MITOS E IMAGINARIOS ACTUALES
RODRÍGUEZ TEMPERLEY, María Mercedes, «Una desconocida traducción castellana del Itinerarium Sacrae Scripturae de Heinrich Bünting (Ms. BNE 17806): apuntes para su estudio y edición»
PÉREZ RÓDENAS, Sandra, «Las hormigas guardianas de tesoros que encontraron los viajeros de Oriente: desde Heródoto hasta el siglo XIV»
CARRIZO RUEDA, Sofía M., «Mitos orientales e instituciones medievales en el imaginario de las expediciones al Río de la Plata (siglo XVI)»
ZYGMUNT, Karolina, «Viajes a Oriente, ayer y hoy: la Embajada a Tamorlán en el imaginario viajero actual»
PRESENTATIÓN
Peripecia y retórica del libro de viajes a Oriente
Rafael Beltrán
Universitat de València
El presente monográfico, Viajeros en China y libros de viajes a Oriente (siglos XIV-XVII), parte del interés académico por el tema de la literatura de viajes en el mundo hispánico y románico. Los relatos de viajes comparten sin duda en la Edad Media una especificidad que los singulariza como género, pero tanto la visión del mundo que reflejan sus autores como la retórica —dura y magnética— con la que se expresan en sus escritos se prolongan muchas veces hasta el siglo XVII.
Con los estudios recogidos en este volumen, tratamos de seguir consolidando y ampliando unas líneas de investigación que vienen fructificando desde hace décadas en los estudios románicos sobre literatura viajera. Desde una transversalidad obligatoria —inherente a cualquier perspectiva con la que desde el pasado siglo se aborda el tema—, los distintos artículos plantean aproximaciones que atañen a las expresiones lingüísticas y literarias (retórica, autoría, materialidad de los textos, vías de trasmisión, recepción), a la historia social (comercio, diplomacia y políticas de expansión), a la historia de las mentalidades (descubrimientos, evolución de la subjetividad y de las apreciaciones sensitivas) y de las ideologías (eurocentrismo, religión, orientalismo, alteridad…). Se parte siempre del trabajo filológico más depurado, con el manejo de fuentes primarias manuscritas, incunables o impresos (hoy, afortunadamente, con menores problemas de accesibilidad que hasta hace pocos años), y de la preparación de transcripciones y ediciones fieles, así como de la contextualización histórica, entendida en el sentido amplio de entronque en la historia cultural.
Los presupuestos iniciales y resultados finales de este volumen enlazan, en ese sentido, con los de otro publicado hace ya algunos años por esta misma universidad, Maravillas, peregrinaciones y utopías: literatura de viajes en el mundo románico (Valencia, PUV, 2002), en el que ya colaboraron dos especialistas a quien hemos de agradecer que vuelvan a participar aquí (Carrizo Rueda, Rubio Tovar). Sus aportes son la guía maestra que se consolida con los de otros buenos expertos en la materia viajera medieval (Alburquerque-García, Béguelin-Argimón, Castro Hernández, De Lama, Rodríguez Temperley, Roumier). Pero se amplían, además, a una geografía más lejana, la de China, en la Ruta de la Seda, dando entrada a nuevas colaboradoras, excelentes conocedoras de la historia de los encuentros occidentales con el mundo asiático, específicamente chino y filipino (Folch, Busquets, Jacquelard) y facilitando la incorporación de jóvenes investigadoras (Han, Pérez Ródenas, Zygmunt). De este modo, aunque nuestros viajeros medievales hispánicos más ilustres no pudieran seguir —ni contar— más allá de los límites de Samarcanda, seguimos ampliando, sin embargo, el abanico de miradas, tanto diacrónica como geográficamente, en la línea marcada por importantes reuniones científicas realizadas durante los últimos años, en distintas universidades europeas (Francia, Suiza, España), que certificaron la coherencia de este ensanchamiento del campo de trabajo.1
Teniendo en cuenta que íbamos a dar cabida a estudios sobre relatos de comerciantes y embajadores, de misioneros y peregrinos en la Ruta de la Seda (entre la Edad Media y el siglo XVII), pero también sobre sus repercusiones en los imaginarios de los descubridores del «Otro» Nuevo Mundo, o incluso sobre la actual literatura de viajes, hemos optado por dividir el volumen en tres bloques: «Lenguas, comercio, descubrimientos y utopías», «Misioneros y peregrinos: encuentros, impactos, percepciones» y «Mapas, tesoros, mitos e imaginarios actuales».
Dentro del primero de estos bloques, Luis Alburquerque-García, en «El empirismo avant la lettre en II Milione de Marco Polo», plantea una serie de premisas teóricas esenciales, que luego aplica a un texto —realmente el texto— fundador de lo que entendemos por literatura de viajes medieval europea: el relato de Marco Polo. Alburquerque-García estudia, en un primer apartado, cómo la marca de ficción, predominante en los libros de viajes, ha condicionado la interpretación del género desde sus mismos comienzos y de algún modo ha empañado también la correcta lectura de los «relatos de viaje» medievales. La mezcolanza entre lo verdadero y lo fantástico en estos relatos es un hecho innegable, pero es preciso señalar —explica— que apuntan en una dirección distinta de otros textos de la época que incluyen viajes en su trama, pero cuyo molde genérico es distinto. La manera en que estos «relatos de viaje» presentan la realidad y su visión de las cosas preludian en ocasiones un cambio de perspectiva —de paradigma— que cristalizará tiempo después en planteamientos filosóficos vinculados con las corrientes empiristas. El libro de Marco Polo, Il Milione, se podría considerar para Alburquerque-García emblemático dentro del género de los «relatos de viaje», al preconizar en cierto modo los avances del pensamiento occidental moderno (el «empirismo avant la lettre» del título de su trabajo). Como teórico de la literatura, Alburquerque-García presenta, además, en el último apartado de su trabajo, y partiendo de la noción de «cronotopía» bajtiniana, las bases de desarrollo del concepto de «sinestopía», y lo propone como herramienta útil para ponderar la importancia que los sentidos adquieren en los relatos de viaje, según las diferentes épocas en que se inscriban.
Joaquín Rubio Tovar, en «Los viajeros medievales y las lenguas», enfoca directamente su mirada hacia el interés que recurrentemente mostraron viajeros y enciclopedistas medievales y del Renacimiento por plasmar las diferencias entre lenguas, e incluso interrogarse, especular y teorizar incipientemente en torno a ellas. Los viajeros medievales y del XVI constataron la existencia de lenguas y de escrituras, y algunas de sus notas y observaciones pasaron después a tratados científicos y a obras literarias. Los viajeros —ya desde su gabinete o en ruta— tradujeron vocablos, explicaron etimologías, identificaron lenguas con pueblos, describieron lenguajes gestuales e incluso aportaron una serie de rudimentarios vocabularios, pero también alfabetos básicos de algunas de las lenguas que pudieron escuchar y leer, tanto europeas como asiáticas o africanas (luego, amerindias). Entre esos alfabetos y vocabularios, Rubio Tovar se centra en los de dos alemanes que viajan al filo del siglo XVI, Arnaldo von Harff, lingüista y etnógrafo, y Bernardo de Breidenbach, autor de una obra muy ambiciosa y difundidísima —a su popularidad contribuyeron sin duda las hermosas xilografías que enriquecían el texto—, la Peregrinatio in Terram Sanctam (1486), que se versionaría pronto, entre otras lenguas, al castellano (1498).
Por su parte, las enciclopedias, aunque estrictamente dejaran de redactarse en el primer tercio del siglo XIV, refundían materiales existentes. Y no sólo reconocemos en ellas los temas de los libros de viajes, insertos en un nuevo «marco», sino que algún libro de viajes, ya sea real (Pordenone), ya ficticio (Mandeville), incluye secciones librescas o enciclopédicas, compendios geográficos o descriptiones mundi. La última parte del artículo de Rubio Tovar se reserva para simplemente bosquejar —pero ese bosquejo ya resulta enormemente iluminador— la constatación de cómo en el siglo XVI advertimos una síntesis y evolución de los acercamientos medievales, cuando leemos las aportaciones de los humanistas que se dedican al estudio de las lenguas antiguas y modernas, incluso lenguas lejanas o descubiertas recientemente. La obra de Conrad Gessner, Mithridates (1555), sería esencial y ejemplar en ese sentido. El erudito renacentista dedica, por orden alfabético, un apartado a cada lengua, empezando por la Abasinorum lingua, la de los Abgazares, la Aegyptiaca lingua, etc. Gessner manejó múltiples fuentes y, entre ellas, específicamente relatos de viajes: desde Marco Polo hasta obras más recientes de Pedro Mártir de Anglería o Paolo Giovio. En conclusión, desde Marco Polo hasta los periplos de von Harff y Breidenbach nos encontramos con informaciones que provienen del universo libresco y que trascienden la experiencia personal. A la vez, de manera recíproca, sus expresiones de contacto con la realidad serán ahora aceptadas por nuevos enciclopedistas como Gessner, en el camino hacia las teorías y prácticas modernas de aprendizaje y modelos de eñsenanza de lenguas, de traducción y de interpretación.
Clotilde Jacquelard, en «˝Las grandes y estupendas cosas del Mar Océano˝: Antonio Pigafetta en el corazón de la epopeya de los descubrimientos renacentistas», al centrarse en los trayectos marítimos y de descubrimiento de pleno Renacimiento, abre el universo de los relatos de viajes a unas dimensiones mucho más amplias —y con repercusiones hasta el presente—, en concreto las de la colonización histórica moderna, para las que los presupuestos ideológicos de las narrativas medievales examinadas en los dos artículos anteriores (los de Alburquerque-García y Rubio Tovar) se diría que semejan simples cimientos o esbozos. De hecho, Jacquelard aborda su acercamiento a la apertura que plantea el relato de Pigafetta —con su «epopeya» del viaje de circunnavegación de Magallanes y Elcano— con unas interesantes preguntas que resulta casi obligatorio plantearse hoy mismo. Así, se interroga en torno al fondo de los sentidos de conceptos como «exotismo» y escritura «exótica»: «¿Podemos seguir hablando de “exotismo” en plena mundialización sin hacer sonreír, sin evocar la publicidad de una agencia de viajes o la tienda de recuerdos turísticos? Vaciado de su sustancia evocadora de apertura hacia un espacio lejano, nuevo, extraño, ideal, tal como triunfó en el siglo XIX […], nos parece haberse convertido en un concepto desgastado y no desprovisto de miras neocoloniales. Estaríamos viviendo pues el fin de un largo proceso de cinco siglos que nos ha conducido de un mundo mediterráneo cerrado a un mundo abierto a las dimensiones del planeta; cinco siglos de descubrimientos, exploraciones, asimilación, dominación colonial diversa y otras tantas rebeliones emancipadoras». Justamente por esa razón, Jacquelard plantea acudir a los orígenes de la modernidad, a partir de estos primeros relatos de los descubrimientos ultramarinos de comienzos del siglo XVI. La autora se sirve del relato de Antonio Pigafetta, uno de los contados supervivientes de la primera vuelta al mundo de la expedición magallánica (1519-1522), que cumple estos años quinto centenario, como laboratorio de observación y análisis ideal para reflexionar sobre la captación que el cronista italiano logra reflejar de la diversidad de mundos visitados y de la multitud de experiencias vividas y comentadas. Puesto que el relato de Pigafetta fue una pieza clave en la constitución del inmenso inventario renacentista de la naturaleza y de la humanidad, Jacquelard trata de identificar algunos de los resortes mentales que funcionan tras los mecanismos de descripción e información del autor.
Si tratamos de enlazar con algún sentido el trabajo que sigue con el artículo precedente de Jacquelard, y puesto que Victor de Lama nos va a hablar de delirios utópicos, podríamos recordar que en las tres principales utopías renacentistas publicadas en Europa los tres narradores, si bien ficticios, son marineros, como Pigafetta lo fue en la realidad histórica: el viajero y explorador Hitlodeo, que se presenta como acompañante de Américo Vespucio, en la Utopía (1516) de Tomás Moro; el navegante genovés que dialoga con el caballero de la orden de Malta en la Ciudad del Sol (1606) de Tomás Campanella; y el sabio con conocimientos de marinería que toma la primera persona en La Nueva Atlántida (1626) de Francis Bacon. Porque Victor de Lama precisamente plantea, en «El último reino del Preste Juan: la utopía de Luis de Urreta en su Historia eclesiástica, politíca, natural y moral de los grandes y remotos reynos de la Etiopía», un pormenorizado acercamiento a una de las obras europeas que más ilustrativas parecen a la hora de entender la todavía ambigua perspectiva renacentista sobre la veracidad histórica y, a la vez, los procesos de creación de las grandes utopías de los siglos XVI y XVII.
Durante unos cuatrocientos años el personaje fabuloso del Preste Juan fue considerado por los europeos como un rey y sacerdote cristiano a la vez, en quien cabía depositar muchas de las esperanzas para combatir a los musulmanes desde las mismas eñtranas de Oriente, empezando por la reconquista de los Santos Lugares de Palestina. La del Preste Juan se forjó como una de las leyendas más extraordinarias de la Edad Media. Umberto Eco, por cierto, aprovecharía su leyenda —a partir de la composición insensata pero bien calculada de las cartas que originaron el mito del Preste Juan— en su magnifíca novela Baudolino (2000), narrando y reflexionando desde la postmodernidad sobre las posibilidades, manipulaciones, delirios y logros efectivos de los resortes de la fabulación, no sólo medieval sino de cualquier tiempo. Utopia y distopía se funden y confunden, en ese sentido, en la propia fábula de la novela del semiótico italiano. Pues bien, en Valencia, en 1610, apareció publicada la Historia eclesiástica, política, natural y moral, obra escrita por el dominico valenciano Luis de Urreta, en la que se describía a largo de sus más de 700 páginas, y con prodigioso detalle, la historia, la geografía, la organización politíca y religiosa de la Etiopía donde se suponía que se sucedían desde tiempo inmemorial los herederos del Preste Juan, fieles a la doctrina de Roma. La obra de Urreta era el resultado de la imaginación desbocada de su autor, disfrazada de historia magnifícamente documentada, de manera académica y erudita, buscando nada menos que conseguir la preeminencia ante Roma en la tarea de cristianizar las nuevas áreas geográficas descubiertas y, en este caso concreto, la evangelización de Etiopía. De Lama examina, con profusión de citas ejemplificadoras, a cual más interesante y sorprendente, algunos de los puntales de un edificio de concepción y construcción tan singular como fue la Historia eclesiástica. De Lama incluye, finalmente, algunos de los inmediatos ataques a las patrañas de la obra, pero también aporta, en valioso contraste, algunos de los fragmentos apologéticos que igualmente surgieron en defensa del asombroso relato de Urrea.
El bloque más extenso del volumen —la sección segunda, que lleva como título genérico «Misioneros y peregrinos: encuentros, impactos, percepciones»— lo componen seis trabajos que incluyen en casi todos los casos el examen de textos —a partir de fuentes primarias, en ocasiones de archivo, o bien inéditas, o bien desconocidas o muy poco conocidas— que hablan de viajes relacionados con misiones y peregrinaciones. Textos referidos, en el caso de las misiones, casi todos a China (o China y Filipinas).2
Dolors Folch, en «A trancas y barrancas: la expedición franciscana a China de 1579», parte de los antecedentes en 1575, cuando los primeros misioneros, Martín de Rada y Miguel de Loarca, consiguieron entrar en China, dejando sendas relaciones explicativas de su viaje y estancia, y proporcionando de este modo la primera información extensa que conocemos sobre China. Esta expedición animó a otros frailes de distintas órdenes, sobre todo franciscanos, a emprender la misma aventura. La que resume Folch —con persuasiva y potente retórica narrativa— cuenta con todos los ingredientes épicos de las mejores crónicas de Indias, desde el mismo momento en que relata cómo los misioneros ponen proa a Zhangzhou, cuyo puerto, Haicheng, era el único a la sazón autorizado para el comercio marítimo exterior. En un barco pequeño zarparon del norte de Manila cuatro frailes, tres soldados y un chino que sabía algo de castellano, más cuatro indios filipinos remeros. La mar estaba tan brava («ésta estaba tan picada que pensamos ser comidos de ella») que tuvieron que retroceder a tierra varias veces. Dos de los frailes, Alfaro y Tordesillas, y uno de los soldados, Dueñas, plasmarían las experiencias de ese viaje y de su estancia en China con todo tipo de pormenores, a los que Folch va dotando de sentido. Las descripciones y anotaciones de los tres se van complementando. Las coincidencias son muchas, empezando por la constatación de la alta densidad de población: «era tanta la gente que a esta sazón nos seguía que apenas podíamos andar»; «es tan innumerable como las arenas del mar» (Alfaro); «era tanta la gente que les hacían pedazos las puertas y ventanas [de los mesones en los que se alojaban los misioneros]» (Tordesillas).
Los frailes van verificando positivamente los logros de la agricultura intensiva, con el «buen gobierno» o almacenamiento de lo recolectado en graneros comunitarios (con servicio acumulado con cautela para abastecer también a los más pobres); las construcciones, sobre todo las de las famosas murallas interurbanas, potenciadas por la dinastía Ming; también las de los muros que rodean y se alzan en el interior de las ciudades; y las de algunos puentes que parecen megalíticos, como los de Fujian, construidos casi todos ellos durante la dinastía Song, entre los siglos XI y XIII (y conservados muchos hasta hoy). Marco Polo, viajero durante la dinastía Yuan, no pudo ver tantas murallas, más modernas, ni tantos edificios, aunque sí que describió el mismo bullicio comercial que los franciscanos recrean nuevamente, anotando que algunas de las calles de Cantón, Zhaoquing o Zhangzhou incluso superaban con creces la actividad de cualquiera en Flandes. Folch explica que mucho de lo que simplificadamente malinterpretamos nosotros como artesanía (en telas, cerámica, etc.) era producción de pequeñas industrias o factorías en cadena, estrictamente reglamentada. Además, los frailes retratan de manera excepcionalmente detallada el funcionamiento de la justicia, de la administración y del sistema educativo y militar. La justicia es por lo general juzgada más que benévolamente, destacando la honestidad de los jueces, por el hecho de estar bien pagados como funcionarios y no necesitar recurrir a sobornos. Los frailes viajeros explican la aplicación de la ley, con códigos estrictos, que incluyen muertes inclementes. Y se recrean en los hábitos en torno a la comida y la bebida, que examinan más a fondo los artículos de Béguelin-Argimón y Castro Hernández en este mismo volumen. Pese a esas descripciones tan ricas y muchas veces encomiásticas, el balance final de los frailes es de signo negativo, a la hora de plantear expectativas para una colonización de Asia, es decir, una imposición militar y religiosa por parte de Occidente. El denominado —como veremos en el trabajo de Han— «choque cultural» se impone. Las citas finales que aporta Folch son sobradamente reveladoras.
Casi en continuidad cronológica con el anterior artículo, Anna Busquets, en «Los viajes de un misionero cosmopolita: Fernández de Navarrete en México, Filipinas y China», nos presenta la obra de uno de los más destacados religiosos que viajaron a Filipinas y China en el siglo XVII. El dominico vallisoletano Domingo Fernández de Navarrete (1618-1686), autor de los Tratados históricos, políticos, éticos y religiosos de la monarquía de China (1676), deseoso de sumarse a las misiones de Oriente y contribuir así a la evangelización de los nuevos territorios, se presentó voluntario para unirse al grupo misionero de otro dominico. Navarrete hace revivir, con su relato, los avatares de navegación (peligros, carencia de vituallas, rezos, supersticiones, diversiones como la improvisada corrída de «toros» en cubierta —que se diría un verdadero paso de Lope de Rueda en la nave). El viaje se hizo a través de México, donde tuvieron que esperar casi dos años, rumbo a Manila. Los sufrimientos, a partir del momento de desembarco en una isla cuatro días lejana de Manila, tuvieron que ser incontables. Pero una vez instalados en la misión, Navarrete incluirá los pormenores de su regla diaria como misionero, especialmente en Mindoro. Más adelante, al cabo de dos anos, anotará su intento frustrado de regreso a España, esta vez por la vía de la India, para evitar el penoso trayecto del Pacífico y Atlántico. Tendrá que permanecer en China, en Macao, lo que permitirá que guardemos como legado su pormenorizada descripción de China. Sin entrar en la perspectiva y retórica de esa descripción, perfectamente analizada por Busquets, la conclusión de la investigadora es meridiana: «Fernández de Navarrete quedó completamente cautivado por China y en su mirada de la otredad cultural se filtra el alto grado de civilización que otorga a la sociedad china. Para el dominico es totalmente erróneo e injustificado considerar que los chinos, y ni tan siquiera los manchúes, pudieran ser considerados bárbaros, sino todo lo contrario».
Los dos artículos siguientes, de Béguelin-Argimón y Castro Hernández, abordan de manera complementaria temas de alimentación, absolutamente vitales a la hora de entender no sólo las culturas gastronómicas del país de origen y el de llegada, sino sus economías, los gestos y actitudes sociológicos de tratamiento y cortesía en torno a esa gastronomía, y los enfoques de estos fenómenos desde la alteridad. Victoria Béguelin-Argimón parte de un corpus bien representativo de relaciones de viajes a China y de tratados sobre este territorio redactados en español en el último cuarto del siglo XVI: las relaciones del agustino Martín de Rada (1575) y del encomendero Miguel de Loarca (1575); la relación del alférez Francisco de Dueñas (1580); tres relaciones del jesuita Alonso Sánchez (1583, 1585 y 1588); y la relación del también jesuita Alessandro Valignano (1584). A partir de ese amplio corpus ofrece, en la primera parte de su artículo, «Alimentación y retórica de la alteridad en los relatos de viajeros españoles a China en el siglo XVI», un análisis —si bien sistemático, nada frío, sino muy agudo y sensible— de la información que brindan estos textos acerca de la alimentación y de las prácticas alimenticias de los naturales, examinando tanto los aspectos que despiertan el interés de los españoles como la imagen que transmiten sobre el mundo recorrido en relación con este tema. En la segunda parte, se presentan algunos de los recursos retóricos empleados por los redactores para fabricar una determinada imagen de la alteridad, mediante la verbalización de la alimentación —distinta y diversa— de los naturales, así como de los rituales y valores ligados a esta.
En cuanto a Pablo Castro Hernández, «Comidas, especias y prácticas alimentarias en los viajes medievales a Oriente (ss. XIII-XV)», analiza la percepción que trasladan al papel los viajeros occidentales en torno a las comidas, especias y prácticas alimentarias presentes en las culturas orientales durante estas tres centurias bajomedievales. En primer lugar, examina la historia de la alimentación desde una perspectiva historiográfica y cultural. Posteriormente, estudia la presencia de las comidas, bebidas y especias en la narrativa de los viajes medievales, revisando las percepciones, discursos e imaginarios que articulan los viajeros para describir la otredad oriental. De manera que analiza el tema alimentario en una doble vertiente: la riqueza material en cuanto a costumbres y prácticas de alimentación de los pueblos asiáticos y, por otra parte, las sensaciones, gustos y experiencias de los viajeros con las comidas extranjeras. Su artículo complementa perfectamente, como hemos comentado, el anterior de este mismo volumen, de Béguelin-Argimón, dotando de continuidad y ampliando el tema de las percepciones y sensaciones de los viajeros, es decir, la «sinestopía» o ponderación de los sentidos que ya proponía Alburquerque-García en el primer artículo del libro.
Fang Han, en «El viajero Matteo Ricci y el choque cultural con la China del siglo XVI», explora e interpreta desde una perspectiva novedosa algunas facetas de la bien estudiada vida del misionero, matemático y cartógrafo italiano. El 10 de septiembre de 1582 Matteo Ricci llegó a Macao y aquí empezarían sus veintisiete años de vida en China. La biografña y obra del jesuita son conocidas y seguirán siendo sin duda escrutadas, pero Han aporta, como principal novedad a interpretaciones anteriores sobre la visión del mundo chino que refleja el misionero, el concepto de «choque cultural» («cultural shock»), desarrollado en los años 50 y 60 del pasado siglo por el antropólogo Kalervo Oberg y aplicado posteriormente en numerosos trabajos, en especial sociológicos. El impacto cultural o «choque cultural» consiste en el conjunto de reacciones emocionales que se producen como consecuencia del estrés y de la ansiedad que provoca en cualquier emigrante el contacto con una nueva cultura, unido a las sensaciones de impotencia y pérdida de símbolos, normas sociales y referentes familiares de la cultura de origen. Esa nueva perspectiva permitiría, en opinión de Han, entender algunas de las posturas de filia y fobia en principio contradictorias en un humanista casi «cartesiano» como Ricci. Los saltos bruscos en su línea cronológica continua de adaptación al nuevo mundo chino —verdaderos «choques culturales»— provocarían, a juicio de Han, esa posible falta de coherencia a la hora de asumir plenamente el papel de «comunicador intercultural» que sin duda tuvo y que hoy se le reconoce en todo el mundo.
El artículo de Julia Roumier, «Relatos de viajes y de peregrinaciones (siglos XV y XVI): cuestionar la borrosa frontera genérica a partir del tema de la religión y de la fe», se articula sobre la premisa inicial de que en nuestra cultura los conceptos de fe y creencia se suelen entender como contrarios de los de razón y desconfianza; de igual modo, jugando con esa misma ecuación, solemos contraponer relatos de viajes y relatos de peregrinaciones, dos géneros de textos que supuestamente serían, en el primer caso productos de la curiosidad profana, y en el segundo productos de la fe y la práctica religiosa. ¿Cómo estas nociones antitéticas se pueden conciliar y combinar, si es que lo hacen, según el proyecto propio de cada autor, a la hora de describir el mundo descubierto? Para apuntar a esta diversidad de tratamiento del tema religioso, Roumier propone una lectura comparada entre relatos redactados en castellano en un amplio siglo XV —es decir, en el mismo periodo en el que se abren los textos a la curiosidad, con una mayor presencia de lo profano—, sumándoles las dos peregrinaciones que inician la vuelta a este tipo de texto en los albores del XVI. Esto le permite considerar la porosidad genérica en cuanto al tema de lo religioso y los distintos usos que hacen de este tema los autores. ¿Cómo se habla o se escribe con fe y sobre fe en el viaje y se crea esta difícil alianza con la curiosidad profana para mejor abarcar la experiencia de lo extranjero? En los relatos de viajes, por laicos o profanos que sean los viajeros, las referencias religiosas sin duda servirán, como poco, para organizar el reparto geográfico —o incluso simbólico— del mundo, o también para llamar a la lucha contra los infieles. Pero, por otro lado, confirmaremos que también los relatos de peregrinaciones experimentan una apertura a la curiosidad profana, a través de los innegables intercambios con poblaciones infieles, que son escrutadas desde la distancia, pero también respetadas.
El último apartado, «Mapas, tesoros, mitos e imaginarios actuales», consta de cuatro artículos. María Mercedes Rodríguez Temperley, en «Una desconocida traducción castellana del Itinerarium Sacrae Scripturae de Heinrich Bünting (Ms. BNE 17806): apuntes para su estudio y edición», nos presenta y avanza —anuncio de la edición crítica que prepara de este importante texto por ella identificado— el contenido y orígenes del inédito ms. 17806 de la BNE, el titulado Descriptíon y destrución de la ciudad y templo de Jerusalem. Los viajes y caminos que hizieron los Santos Patriarcas, Profetas, Reyes y otros mencionados en la Sagrada Escritura… La autora descubre que este manuscrito (localizado sin datos de autor, fecha ni otros que permitieran ningún tipo de filiación) es en realidad un eslabón dentro de una larga cadena de traducciones que conduce finalmente a la importante obra del teólogo luterano Heinrich Bünting (1545-1606), Itinerarium Sacrae Scripturae, escrita y publicada originalmente en alemán (1581) y luego traducida, entre otras lenguas europeas, al latín. Guía de viajes «de escritorio», o geografia sacra, la obra fue compuesta por Bünting en el marco del denominado «Humanismo bíblico», que buscaba un retorno a las fuentes de la Antigüedad y de la Biblia en aras de una mejor comprensión de los acontecimientos, nombres y lugares, cuando se efectuaba la lectura profunda y contrastada de los textos sagrados. Las más de 60 ediciones en distintas lenguas, entre 1581 y 1757, delatan la relevancia del texto de Bünting. Rodríguez Temperley presenta aquí como primicia algunos importantes resultados en el curso del trabajo de edición y anotación que está llevando a cabo. Sin pretender siquiera resumir sus importantísimas aportaciones, me limito a subrayar que la traducción podría ser un texto expurgado (la supresión de menciones a Lutero son más que explícitas) de una fuente no latina del texto, sino inglesa, teniendo en cuenta las razones contundentes que, tras los cotejos pertinentes, esgrime la investigadora y editora. Pero no es sólo eso. Estaríamos ante la única versión —que se conozca— del Itinerarium Sacrae Scripturae en cualquier lengua romance y ante una obra especialmente representativa, por sus características —por la adopción de criterios muy originales a la hora de versionar el texto fuente— para los estudiosos de la historia de las traducciones.
Sandra Pérez Ródenas, en «Las hormigas guardianas de tesoros que encontraron los viajeros de Oriente: desde Heródoto hasta el siglo XIV», parte de la premisa, común a la Edad Media, de que misioneros, conquistadores y otros viajeros que recorrieron el mundo, se vieron impelidos a mencionar —aunque evidentemente no los vieran— aquellos prodigios que se supone que habían de encontrar, puesto que los citaban autoridades de prestigio, en lugares ignotos hasta entonces. La sed de aventuras del hombre medieval lo llevó a idealizar estos remotos lares y, así, se empezó a fraguar el mito de Oriente como espacio inmenso, exótico y repleto tanto de tesoros como de peligros, encarnados a veces en monstruos o seres fantásticos. De entre las múltiples historias plagadas de elementos sobrenaturales recurrentes en la literatura de viajes, Pérez Ródenas se centra en las leyendas sobre las hormigas guardianas del oro. La autora detalla el recorrido que ha seguido este mito a lo largo de la historia, gracias al testimonio de autores antiguos como Heródoto, Estrabón, Pausanias o Heliodoro, hasta llegar a la Edad Media, donde destacan las menciones del anónimo Libro del conosçimiento y del difundido Libro de las maravillas del mundo de Mandeville. De esta manera, a través de citas puntuales, rotundas y expresivas, rigurosamente aportadas y luego traducidas de sus lenguas clásicas originales, seremos testigos de la importancia de las leyendas clásicas en la literatura medieval de viajes. Leyendas que no sólo servían para enmarcar la narración en un espacio mítico, sino que también tenían una utilidad didáctica, pues permitían al lector reconocer e identificar el extraordinario pasado mitológico del que otrora habían hablado los autores antiguos; confirmar y ratificar, en suma, la validez de esas autoridades.
Sofía Carrizo Rueda, en «Mitos orientales e instituciones medievales en el imaginario de las expediciones al Río de la Plata (siglo XVI)», parte del hecho de que las temáticas relacionadas con «los horizontes oníricos» de la Edad Media conducen a una irreductible plurivocidad. Por ejemplo, no se trató solo del Océano Índico, sino también de sus cruces con la Biblia, con documentos de geógrafos musulmanes y con varias mitologías. A lo largo de dieciocho siglos estos «horizontes» fueron objeto de aserción, dudas y discursos ambiguos para diferir la aceptación y rechazos. Cuando fueron relocalizados y adaptados en América, las nuevas sociedades los incorporaron a una nueva plurivocidad que provenía de causas varias. Pero, fundamentalmente, provenía de distintos «objetos del deseo», como la búsqueda de paraísos en la tierra, la adquisición de riquezas y la utopía de una sociedad genuinamente cristiana. Los choques con la realidad resultaron frecuentemente muy duros. Así ocurrió con la expedición al Río de la Plata, que fundó por primera vez la Ciudad de Buenos Aires. En ese contexto, dos imaginarios nuevos y distintos de los precedentes, el del «caudillo» y el del «desengaño», comenzaron a surgir y a afianzarse hasta el día de hoy. En el trabajo de Carrizo Rueda se da cuenta de este proceso y de la influencia que tuvieron en la implantación de esos imaginarios determinadas instituciones de la España medieval.
Finalmente, Karolina Zygmunt, en «Viajes a Oriente, ayer y hoy: la Embajada a Tamorlán en el imaginario viajero actual», analiza la pervivencia del viaje de la Embajada a Tamorlán en el imaginario de los viajeros-escritores contempo-ráneos y aplica sus comentarios al uso de lo medieval en la narrativa de viajes reciente. Para ello se centra en dos textos de Miquel Silvestre, La emoción del nó-mada (2013) y Nómada en Samarcanda (2016), y en el relato de viajes de Patricia Almarcegui, Una viajera por Asia Central (2016). El análisis de las menciones a Embajada a Tamorlán en estas obras permite ver cómo, pese a manejar el mismo texto como fuente, los intereses y la visión del viaje que manifiestan ambos autores, así como la manera de acercarse al original medieval y el sentido que le otorgan tanto al texto como al mundo tan distante, se muestran como manifiestamente distintos.
Hemos de agradecer efusivamente a las colaboradoras y colaboradores de este libro sus inestimables aportaciones. Agradecer, cómo no, al profesor José Luis Canet, director de la Colección Parnaseo de la Universitat de València, no sólo la acogida del libro en su Colección, sino las horas dedicadas a su revisión profunda. Y agradecer el apoyo a la iniciativa del libro a la profesora Marta Haro, investigadora principal del Proyecto de Investigación Parnaseo (Servidor Web de Literatura Española), FFI2017-82588-P (AEI/FEDER, UE), concedido por el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad del Gobierno de España, bajo cuyos auspicios se publica. Ambos animaron la elaboración de este monográfico, desde sus inicios, y facilitaron al máximo el itinerario viajero que ha conducido hasta su publicación.
1.- Me refiero, en concreto, a la Journée d'Étude «L'écriture du voyage en péninsule Ibérique (XIIe-XVe siècles)», Burdeos, MSHA. Univ. Bordaux Montaigne, Pessac / Instituto Cervantes, 16-17 febrero 2015, organizada por Julia Roumier; Jornada de Estudios «Relatos de viajes a Oriente en el mundo hispánico (siglos XV-XVI)», Lausana, Université de Lausanne, 7-8 marzo 2016, organizada por Victoria Béguelin-Argimón; Jornada de Estudios «Libros de viajes a oriente (siglos XIV-XVII): relatos de viajeros en la Ruta de la Seda», Valencia, Univ. de Valencia, 27 de abril de 2018, organizada por Rafael Beltrán y Victoria Béguelin-Argimón. Esta última Jornada, en la que presentaron ponencias —esbozos de sus artículos de ahora— L. Alburquerque-García, V Béguelin-Argimón, A. Busquets, F. Han, S. Pérez Ródenas y J. Rubio Tovar, contò con el apoyo institucional y económico del Màster y Programa de Doctorado de Estudios Hispánicos Avanzados del Departamento de Filologia Espanola; de la Facultat de Filologia, Traducció i Comunicació; y del Instituto Confucio (que estuvo representado por su director, Vicent Andreu), todos ellos órganos o centros de la Universitat de València.
2.- En este sentido, hay que destacar el material accesible a través de la página web del Proyecto de Investigación «La China en Espana. Elaboración de un corpus digitalizado de documentos espafioles sobre China de 1555 a 1900», proyecto dirigido por la profesora Dolors Folch, en el que ha participado activamente Anna Busquets. Ese importante corpus es utilizado por las tres primeras autoras de esta sección.
I LENGUAS, COMERCIO, DESCUBRIMIENTOS Y UTOPÍAS
El empirismo avant la lettre en Il Milione de Marco Polo1
Luis Alburquerque-García
Instituto de Lengua, Literatura y Antropología. CSIC
1. «Relato de viaje» versus libro de viaje
En trabajos previos he dedicado mi atención a distinguir entre «relato de viaje» y libros de viaje o literatura de viaje en general. Los «relatos de viaje» se asientan en algunos principios que creo pueden ayudarnos a delimitar la naturaleza del género. Distingo fundamentalmente su carácter factual, rasgo a mi entender radical, que va a condicionar la estructura del texto y de su paratextualidad (prólogos, epílogos, íncipits, ilustraciones, mapas, cartularios, dibujos, etc.).
La factualidad afecta a la instancia del narrador, que se hace presente en todo momento como proyección del autor mismo: Marco Polo habla unas veces en primera y otras en tercera persona (sombra alargada, quizá, de la figura vicaria de Rusticello da Pisa), aunque a partir del capítulo 19, referido a la provincia de Armenia, predomina la primera persona que refuerza su mirada como protagonista de los hechos narrados.2
Otro rasgo importante es el carácter descriptivo de estos textos, que se impone de manera contundente al carácter narrativo que sigue presente, aun perdiendo su función dominante, como aval que da sentido a la condición del texto como «relato». Como han señalado las profesoras Popeanga (1991: 25) y Carrizo Rueda (1997: 8), la información variada de estos textos se estructura en forma de descripción y se convierte en un elemento modélico dentro del género literario. La función descriptiva absorbe a la función narrativa suspendiendo las situaciones de «riesgo narrativo» (Regales Serna, 1983: 80), que avivan las expectativas del lector conduciéndolo al desenlace como algo natural. Por el contrario, la descripción se «remansa» en la lectura para ofrecernos informaciones, reflexionar sobre ellas y disfrutar del asombro o del placer de cada una de las «escenas». En rigor, el rasgo de la descripción permite distinguir estos textos de «todas aquellas obras que narran un desarrollo de un conflicto vital a lo largo de un viaje» (Carrizo Rueda, 1997: 14).
El carácter testimonial sería otro de los rasgos distintivos del género que actuaría como correlato de la factualidad ya señalada. El narrador aparece en primera persona contando unos hechos por él vividos que se esfuerza en transmitir verazmente. En el capítulo 1 Rusticello da Pisa se esfuerza por subrayar que los acontecimientos narrados han sido vividos (vistos y oídos) directamente por el protagonista:
Es lo que os referirá este libro tal como micer Marco Polo, sabio y noble ciudadano de Venecia, lo relata aquí según él mismo lo vio. Hay algunas cosas que él no vio, pero que sí oyó de boca de personas dignas de toda fe; por eso, lo visto lo presentará como visto, y lo oído como oído, para que en este nuestro libro resplandezca la verdad y no haya sombra de mentira. (p. 91)
Se sirve Rusticello en su prólogo de las convenciones retóricas, procedentes del ámbito jurídico, para subrayar la objetividad de lo narrado al mismo tiempo que la testimonialidad —«según él mismo lo vio»— y, cuando el testimonio no sea directo, en terceras personas «dignas de toda fe». En suma, la vista y el oído como los dos sentidos privilegiados para apuntalar la verdad de lo contado. El testimonio directo proyectado en la primera persona y en los hechos por él mismo vistos y oídos, muestra la íntima relación entre el modo de narrar y la verdad de lo narrado.
Factualidad frente a ficcionalidad, descripción frente a narración y objetividad (testimonialidad) frente a subjetividad, forman tres pilares sobre los que se asienta la índole del género «relato de viaje». Habría también que añadir la intertextualidad y la paratextualidad ya citada como dos características más que ayudan a delimitar el género frente a otros géneros limítrofes, tales como el que he denominado en otras ocasiones «novelas de viaje», en los que la ficcionalidad se convierte en el rasgo dominante.
Esta distinción permite diferenciar obras como la Odisea de Homero, por ejemplo, y El libro de las maravillas de Marco Polo, cuyo origen —el de este último— hay que buscar más bien en el ámbito historiográfico que en el literario propiamente dicho. La Historia de Heródoto (recordemos que el verbo griego «isorien», vinculado con el «videre» latino, suena como «ver», que remite al testigo ocular que narra los hechos) y la Anábasis de Jenofonte serían las fuentes clásicas más conocidas en las que se injertaría el género. De ahí que algunos autores hablen del carácter bifronte de estos textos en los que la indiscutible función poética (su voluntad de estilo es innegable) y la función representativa (historiográfica) actuarían como la cara y la cruz de la moneda del género.
Sigo pensando que la distinción entre «relato de viaje» y «novela de viaje» es pertinente, ya que facilita la discriminación entre obras que, aun compartiendo los mismos recursos textuales (la descripción y, sobre todo, la narración en primera persona), cuentan con una naturaleza genérica diversa. Esta diferencia permite no confundir los «relatos de viaje» con la «épica de viaje» de la época clásica, como la Odisea de Homero, la Argonáutica de Apolonio de Rodas (siglo III a.C.) o la Eneida de Virgilio (siglo I a.C.). Ni con la «novela de viaje», representada en la época clásica por las obras del período helenístico, como las de Yambulo y sus viajes fantásticos por la isla del Sol y la de Antonio Diógenes, las Maravillas de más allá de Tule, cuyas noticias se nos han transmitido gracias a los testimonios del historiador Diodoro y del patriarca Focio, respectivamente.
El máximo exponente de este género «novela de viaje» o, más bien, del sub-género «aventura fantástica», que adelanta en buena medida los escenarios de la futura ciencia ficción (García Gual, 2002: XIX), es Luciano de Samósata (siglo II d.C.), cuyos Relatos verídicos (según la traducción del título griego) o Verdadera historia (a partir del título latino), alcanza la cima del género a la vez que provoca su decadencia. El carácter satírico y su inequívoca intención paródica adelantan el procedimiento del que curiosamente se servirá muchos siglos después Cervantes en el Quijote para acabar con un género, la literatura caballeresca, precisamente escribiendo un libro de caballerías o, más bien, su parodia. El disparatado humor con que se describen las idas y venidas de los protagonistas por espacios remotos lo convierten en precursor de los viajes fantásticos modernos de Julio Verne o de H.G. Wells, aunque sin la inclusión de las innovaciones científicas y los inventos ingeniosos característicos de estos relatos modernos.
En realidad, Luciano estaba denunciando tanto los relatos de aventuras fantásticas como aquellos textos que, bajo la apariencia de historia o de tratados geográficos, se decantaban descaradamente por la incorporación de toda clase de fantasías y extravagancias. La mala fama de las obras de Ctesias de Nido (siglo IV a.C.) fue denunciada ya por Aristóteles y parodiada por Luciano. En cierto sentido, la obra de Ctesias se puede comparar por su difusión y coincidencia en algunos de los lugares descritos con el famoso relato medieval de Mandeville titulado Libro de las maravillas del mundo (siglo XIV). No consta que Ctesias viajara nunca por la India ni que Mandeville lo hiciera por el interior de Asia ni China.
En esta misma tradición podemos situar La vida y hazañas de Alejandro de Macedonia (siglo III d.C.), obra atribuida a Calístenes, en la que los elementos ficticios que se deslizan en numerosas ocasiones hacia lo fantástico, la alejan del supuesto carácter histórico de la biografía.
No es raro que, a lo largo de la historia, se hayan asimilado dentro del mismo marbete conceptual obras de viaje que pertenecen a estirpes genéricas distintas. Esta indefinición ha llevado a algunos estudiosos de los libros de viaje a confundir estas «novelas de viaje» (de aventuras fantásticas) con los «relatos de viaje» propiamente dichos. Cuando Luciano parodia estas novelas de aventuras fantásticas está denunciando un tipo de literatura que no son «relatos de viaje», aunque sus autores se sirvieran de la lejanía de los lugares imaginados para embutir en el texto una sarta de fábulas inverosímiles. El propio Luciano deja claro a los lectores cuál es su objetivo y quiénes conforman el blanco de su sátira al comienzo de los Relatos verídicos:
No sólo les atraerá lo novedoso del argumento, ni lo gracioso de su plan, ni el hecho de que contamos mentiras de todos los colores de modo convincente y verosímil, sino además el que cada historia apunta, no exenta de comicidad, a alguno de los antiguos poetas, historiadores y filósofos, que escribieron muchos relatos prodigiosos y legendarios; los habría citado por su nombre, si no se desprendiera de la lectura […].
Pues bien, después de tomar contacto con todos esos autores, llegué a no reprocharles demasiado que engañen al público, al notar que ello es práctica habitual, incluso, entre los consagrados a la filosofía. Me sorprendió en ellos, sin embargo, que creyeran escribir relatos inverosímiles sin quedar en evidencia. Por ello mi personal vanidad me impulsó a dejar algo a la posteridad, a fin de no ser el único privado de licencia para narrar historias; y, como nada verídico podía referir, por no haber vivido hecho alguno digno de mencionarse, me orienté a la ficción, pero mucho más honradamente que mis predecesores, pues al menos diré una verdad al confesar que miento. Y así, creo librarme de la acusación del público al reconocer yo mismo que no digo ni una verdad. Escribo, por tanto, sobre cosas que jamás vi, traté o aprendí de otros, que no existen en absoluto ni por principio pueden existir. Por ello, mis lectores no deberán prestarles fe alguna. (García Gual, ed., 2002: 52-53)
No cabe duda de que Luciano dirige su diatriba contra los autores de ficción y, sobre todo, contra la novela de aventuras. Tampoco salen bien librados los filósofos (tal vez haya que leer entre líneas a Platón), ni los escritores de leyendas épicas (Homero es citado explícitamente), ni siquiera algunos historiadores como el mismo Heródoto porque, algunos más que otros, se dejaron llevar en algún momento por la introducción de ápista o elementos maravillosos.
La acusación de mentirosos, de la que no se librarán los autores de «relatos de viaje» medievales y mucho menos Marco Polo, se arrastra ya, como vemos, desde la tradición clásica. Luciano arremete contra los mitos y leyendas a los que dio carta de naturaleza incluso el propio Heródoto, a pesar del método racional, crítico y escéptico con que asimila las noticias que le proporcionaban los precursores en el género, los llamados logógrafos preherodotianos. En rigor, el de Halicarnaso no asumió como propias muchas de las fábulas que todavía en tiempos de Marco Polo formaban parte del imaginario colectivo. Gómez Espelosín enfatiza este aspecto crucial de la obra de Heródoto:
Es muy posible que Heródoto utilizara la obra del navegante cario [Escílax de Carianda, siglo VI a.C.] como fuente de información principal sobre estas regiones, pero destiló tan solo aquellas noticias que se ajustaban al marco de su propia narración y dejó de lado las historias de carácter más fantástico que podían poner en entredicho la validez general de su relato.
Heródoto siguió este mismo procedimiento aparentemente también con el poema de Aristeas de Proconeso a la hora de extractar sus noticias sobre las regiones del norte. Heródoto no admitía la veracidad de las historias que hablaban de seres con un solo ojo (los arimaspos, que daban nombre al poema de Aristeas) y con el resto del cuerpo igual al de los demás hombres. Tampoco parece que concediera demasiado crédito, aunque no lo declara de forma explícita, a la historia de la lucha entre estos seres y los grifos que custodiaban el oro. (2000: 184-185)
Sorprende, insisto, ver que muchos de estos elementos de carácter fabuloso que circularon durante toda la Edad Media tuvieran su origen en estos textos clásicos griegos. Estos mirabilia podían incluso aparecer en obras de carácter «aparentemente» histórico o biográfico, como en la Vida de Apolonio de Tiana de Filóstrato (siglo III), según señala Gómez Espelosín:
En una alusión aparentemente crítica a los escritos de Escílax (xungraphai) se dice que en ellos hacían su aparición pueblos de unas características fabulosas como los pigmeos que habitan bajo tierra más allá del Ganges, los hombres que se hacen sombra con sus propios pies (esciápodos), o aquellos otros que poseen una cabeza alargada (macrocéfalos). Da la impresión de que se trata tan solo de una muestra más o menos significativa extraída a modo de ejemplo de un catálogo que quizá era mucho más amplio en la obra original. Dicha impresión podría verse confirmada con otro pasaje, procedente esta vez del historiador bizantino Tzetzés. A los ya citados esciápodos se suman en esta ocasión los de grandes orejas (otolicnos), los de un solo ojo (monophthalmoi), los que engendran una sola vez (ektrapéloi). Toda una galería de seres fabulosos que poblaban en la imaginación mítica los confines del mundo. (2000: 92-93)
Historiadores y teóricos a lo largo del tiempo han hecho hincapié en el contenido falaz y mentiroso de los libros de viaje sin atender a la distinción señalada. Curiosamente, los «relatos de viaje» como el de Marco Polo quedaron a salvo de la tacha de mentirosos (a juicio sobre todo de filósofos empiristas como Locke o Hume), que solía atribuirse a los libros de viaje que yo denomino «novelas de viaje» y que incluye tanto la «épica de viaje» como la «novela de aventuras». Como hemos podido ver, la historia tampoco fue inmune a la incorporación de lo fantástico y tanto las «historias noveladas» (ficción histórica) como las «biografías noveladas» (ficción biográfica) lastraron el componente histórico en favor de la ficción.
En suma, la ascendencia literaria del libro de Marco Polo hay que buscarla en el género historiográfico clásico instaurado por Heródoto, al que pertenecen también Tucídides y Jenofonte. En la Historia de Heródoto, la primera obra historiográfica del mundo occidental, encontramos in nuce algunos de los prin-cipios de larga tradición que sustentarán la base de los «relatos de viaje»:
1) la constatación testimonial de los acontecimientos que, aun no siendo testimonios de primera mano, se procuran a través de testigos directos o indirectos. En el caso de Jenofonte, los acontecimientos de la Anábasis responden a un testimonio directo de los hechos relatados. Hay claramente un afán investigador. Marco Polo dirá, por boca de Rusticello, que «hay algunas cosas que él no vio, pero que sí que oyó de boca de personas dignas de toda fe» (p. 9).
2) La transmisión de conocimientos geográficos, sobre todo de carácter corográfico,3 de saberes etnográficos (naturaleza y carácter de los pueblos indígenas) y de informaciones relativas a la flora, la fauna y los recursos materiales de los lugares descritos, forman parte de la tradición que hereda, recoge y sistematiza magistralmente Heródoto. Aunque gran parte de esta tradición literaria preherodotea se ha perdido nos queda constancia de aportaciones como la de Anaximandro (siglo VI a.C.), que elaboró el primer mapamundi, o la de Hecateo, de cuyas dos obras Periégesis y Contorno de la Tierra, apenas nos han llegado documentos y, además, los que hay son de carácter fragmentario y disperso.
En cualquier caso, ambas características condensan el afán investigador y el afán explorador que ha motivado la permanencia de los viajes y sus relatos a lo largo de la historia y que quedan fijados en la obra herodotiana. Como dice Schrader:
Este es precisamente el peldaño que separaba a la logografía de la historia y que fue ascendido por Heródoto, quien, en realidad, no es sino el último escalón de una larga tradición, pues en su obra aparecen relatos genealógicos, narraciones fundacionales, noticias de periplos, especulaciones geográficas y relatos etnográficos. Pero, por otra parte, Heródoto es el principio de algo nuevo con respecto a sus precursores: con él la época mítica dejará de considerarse historia y pasará a ser la prehistoria del pueblo griego. (2000: XV-XVI)
Se puede considerar el Libro de las maravillas del mundo de Marco Polo, al igual que otros «relatos de viaje» medievales y posteriores, como perteneciente a esta rama de la historiografía. El «relato de viaje» parte de una experiencia personal (el viaje) que se ofrece como testimonio de las cosas trasmitidas. El carácter testimonial apunta hacia lo objetivo de lo relatado a través de la descripción y, a la vez, procura la carga subjetiva propia de lo vivido en primera persona. El testimonio implica una cierta tensión entre lo objetivo (la descripción despunta sobre la narración) y, a la vez, ofrece una visión propia por ser testimonial, que dota de singularidad al relato y en este punto lo aleja de lo estrictamente historiográfico. Rusticello de Pisa remite al punto de vista del autor no tanto como instancia garante de la verdad, sino como autoridad testimonial: «Es lo que os referirá este libro tal como micer Marco Polo, sabio y noble ciudadano de Venecia, lo relata aquí según él mismo lo vio» (p. 91).
Aunque la mano de Rusticello, escritor de oficio y autor y recopilador de libros de caballerías, se serviría de los procedimientos y técnicas de la literatura de ficción, el relato se apoya en el recorrido y las vivencias durante casi veinticinco años del mercader Marco Polo por tierras de Asia, lo que lo condiciona de manera determinante y lo decanta hacia el terreno del «relato de viaje». Aunque los procedimientos usados en uno y otro género coinciden en lo esencial, difieren en el punto de partida (factual para el «relato de viaje») y en el objetivo distinto que persiguen (mostrar una realidad vivida digna de darse a conocer por sus singularidades).
2. Il Milione como «relato de viaje»
No cabe duda tampoco de la similitud entre algunos procedimientos narrativos de los «relatos de viaje» y las crónicas medievales. López Estrada puso de manifiesto la coincidencia entre algunos procedimientos narrativos de la Embajada a Tamorlán4 y la Crónica de Juan II: la sucesión cronológica con apunte de día de la semana, seguido del mes y del año, así como la anotación de los topónimos de los lugares recorridos actúa como patrón narrativo en ambos textos (1984: 133-134).
El relato de Marco Polo participa de los procedimientos de las crónicas y de la literatura ficcional de la época como corresponde a su condición de «relato de viaje». La sucesión cronológica, por ejemplo, en jornadas y la relación topo-nímica de reinos, regiones y ciudades es uno de los pilares en que se asienta el relato poliano. Su vinculación con la literatura ficcional viene de la mano de Rusticello, a quien se debe con toda probabilidad la inserción de expresiones que evocan las utilizadas frecuentemente en los libros de caballerías. Como recuerda Rubio Tovar:
La invocación inicial en la que el autor se dirige a los espectadores, reyes, caballeros, duques y marqueses, y a todos cuantos quisieran conocer la variedad de las regiones del mundo, es una fórmula literaria muy cercana a la que puede leerse en prosas de ficción contemporáneas. El prólogo parece transformar a veces a los tres venecianos en héroes de un roman. Si consideramos el texto sin dejarnos condicionar por la idea de que vamos a leer un libro de viajes, nos llevaremos más de una sorpresa. En los primeros párrafos se nos da noticia de que tras haber permanecido micer Nicolo y micer Maffeo en Soldadía (establecimiento comercial veneciano en Crimea, junto al mar Negro) «que nada tenían que esperar en aquella ciudad (…) se pusieron en camino. Cabalgaron mucho, sin encontrar aventura digna de mención». Poco después deciden rodear el reino de Berca «por un itinerario desconocido». Esta clase de expresiones, presentes en la versiones más antiguas del relato, nos hacen pensar en una historia de caballeros errantes […] Aunque el tono caballeresco se pierde en las partes más geográficas o descriptivas del libro, reaparece en las batallas entre los kanes, que recuerdan a los combates entre los caballeros de Irlanda y Cornualles. (2005: XXV)
Conviene precisar que la transmisión del texto de Marco Polo está cargada de problemas de difícil resolución. Dependiendo de la versión manejada el texto contendrá más o menos adiciones, supresiones o reducciones sufridas a lo largo de su convulsa historia textual. El título del libro, incluso, reflejaba los intereses de cada editor. Carrera Díaz lo resume del siguiente modo:
La versión franco-italiana lo denomina Le devisament dou monde («La descripción del mundo»). Algunos manuscritos tempranos se refieren a él con el título de Livre des meruevilles du monde («Libro de las maravillas del mundo»). En la tradición italiana se afirmó el de Il Milione («El Millón») en referencia al apelativo de la familia, reforzado por el atractivo eco altamente cuantificador que tal denominación sugería. G.B. Ramusio, al incluirlo en su compilación de viajes, necesariamente hubo de denominarlo Dei viaggi de messer Marco Polo («Los viajes de Micer Marco Polo»). Y con todos estos títulos, según las preferencias de cada editor, se ha venido publicando el libro hasta los tiempos modernos. (2008: 50)
Las diferencias entre unas copias y otras respondían básicamente a las elecciones de cada copista según el tipo de lector al que iban dirigidas. Parece, por ejemplo, que la traducción toscana reflejaba los intereses de la clase burguesa mercantil y, por tanto, se decantaba por los datos comerciales en detrimento de la narración más detallada de las batallas y los combates o las abundantes descripciones de la naturaleza. Esta traducción abreviaba y resumía en numerosos lugares el texto original. Sensu contrario, la edición de Giovanni Battista Ramusio de 1559, incluida dentro de la compilación Delle navigationi et viaggi, ampliaba y detallaba considerablemente en numerosos pasajes la información contenida en manuscritos anteriores con el propósito de ensalzar la figura de Marco Polo. En cambio, en la traducción al latín de 1320 del franciscano Francesco Pipino de Bologna se observan importantes cambios: «El carácter artificial, el latín empleado, así como la pérdida de la retórica caballeresca de Rusticello, apartan el texto de Marco Polo del romance y dan al relato un tono más insípido y, en cierto sentido, más abstracto y culto, que recuerda a las obras escritas para hombres instruidos» (Rubio Tovar: XXX).
Cabría distinguir, por tanto, tres posibilidades en la transmisión del texto: la más austera (la toscana), la más ampliada (la de Ramusio) y la intermedia (la latina de Pipino de Bologna), que reflejan tres posibles estadios en la evolución y desarrollo del texto a través de las copias, ediciones y traducciones.
A la mano de Rusticello se deben, sin duda, las fórmulas y procedimientos narrativos propios de las novelas de caballerías con las que estaría familiarizado —consta como autor de una compilación en prosa de aventuras arturianas con el título de Meliadus—. Tampoco se vería libre el texto poliano de los tópicos y estereotipos de este género literario caballeresco como veíamos anteriormente.
En el Libro de las maravillas de Marco Polo se advierte una considerable traza literaria que se debe a la presencia de procedimientos narrativos —fórmulas estereotipadas, expresiones y paralelismos sintácticos propios del género—, que han sido oportunamente señalados por Rubio Tovar (2005: XXV).
Resulta especialmente significativa en este contexto la justificación de Carrera Díaz para escoger la versión toscana en su edición, ya que salta a la vista la apreciable diferencia entre las numerosas versiones de la misma obra:
El traductor toscano obedece a una lógica más individual moderna: con una excelente capacidad para distinguir lo esencial de lo accesorio, y la información nueva de la ya conocida, opera un doble tipo de reducción textual: en el aspecto formal, elimina los reiterativos elementos de interrelación lector-oyentes, y en el contenido maneja las tijeras siguiendo dos distintos procedimientos. Por un lado, suprime sin más algunos capítulos de contenido puramente épico y repetitivamente retórico referidos a informaciones poco aprovechables desde el punto de vista práctico, como las batallas entre las distintas facciones mongólicas; por otro, evita resueltamente las repeticiones de la información relevante mediante el simple procedimiento de remitir a lo anteriormente dicho. Cuando en el texto francés se dan detalladamente las características de los habitantes de un lugar, y al pasar a la siguiente población, a menudo en la misma página, se repite exactamente lo dicho para la anterior, el traductor toscano abrevia diciendo: «Y estos son como los anteriores», procedimiento un tanto expeditivo, pero sin duda ágil y perfectamente eficaz desde el punto de vista informativo. La versión toscana, pues, es algo más que una traducción abreviada del texto francés; responde a una concepción distinta de la función del texto, en la que, por un lado, prima el interés y la coherencia del contenido, y, por el otro, se apuesta por una forma de lectura textual ya alejada de los procedimientos expositivos de la juglaría bajomedieval, en un curioso pero sin duda interesado (por dirigirse a una burguesía mercantil ya relativamente ilustrada) acercamiento a la modernidad de la lectura individual. (2008: 61)
En resumen, a Rusticello debemos la índole literaria del texto por sus reconocibles huellas como autor experimentado. Ahora bien, ¿qué se debe en el texto a la mano de Rusticello y qué procede de adherencias posteriores que se fueron incorporando a lo largo de la vida textual de la obra? No olvidemos que la transmisión literaria en la época era fundamentalmente oral y que se llevaba a cabo a través de lecturas públicas que necesitaban tanto de muletillas dialógicas («¿Y por qué esto era así?», «¿pero para qué alargarme más hablándoos de esto?») como de resúmenes y repeticiones aclaratorias solo justificables por su condición de texto para ser leído (Carrera Díaz, 2008: 60-61).
De todo lo dicho hasta ahora se sigue como corolario que el libro de Marco Polo tiene una marcada voluntad literaria y, a su vez, apunta hacia un tipo de relato que enfatiza aspectos de clara prosapia historiográfica, a la que pertenecen la mayoría de las referencias geográficas, etnográficas, religiosas y de todo tipo, que constituyen el meollo de la narración.
3. El «relato de viaje» como fuente de experiencia
A pesar de la insistencia repetida a lo largo de la historia de la condición poco fiable de los viajeros, conviene subrayar la idea de que los «relatos de viaje» propiamente dichos, según la distinción que establecimos al comienzo, poco tenían que ver con las novelas de aventuras y menos con las novelas de aventuras fantásticas. Bien es cierto que las mismas fuentes del género, como denunciaba Luciano ya en el siglo II, no estaban exentas de incluir situaciones inverosímiles que se intentaban acreditar como verdaderas y que fueron objeto de sus parodias. Pero la intención de Heródoto, del mismo modo que la de Jenofonte, fue siempre la búsqueda de la verdad de los hechos contados. El «relato de viaje», heredero de esa tradición historiográfica, apuntó siempre en esa dirección y no se debería mezclar con cualquier otro tipo de género literario. Ya lo enfaticé al comienzo: el «relato de viaje» no es un género ficcional sino factual, basado en la doble experiencia del viaje y de su posterior relato. Es, a la letra, lo que sucede con el Libro de las maravillas de Marco Polo.
No en vano, el libro de Marco Polo fue reconocido como un relato auténtico cuyo autor contaba su experiencia de casi veinticinco años por un mundo apenas conocido a finales del siglo XIII: la Asia profunda. La asociación de viajero con la condición de mentiroso ha sido recurrente a lo largo de los siglos. El ya clásico libro de Percy Adams, Travelers and Travel Liars 1660-1800, es buena muestra de ello. No obstante, el libro de Marco Polo, como señalé, se libró de esta tacha, al menos en la consideración de algunos filósofos que, en la estela de Roger Bacon, interiorizaron que los «relatos de viaje» tenían que ver con la ciencia en sentido amplio.
Conviene recordar cómo el relato del franciscano flamenco Guillermo de Rubruquis (del viaje realizado en 1253, con un objetivo evangelizador, bajo el patrocinio del rey de Francia Luis IX) fue utilizado por Roger Bacon en su Opus maius. A su vez, el del franciscano Pian del Carpine del año 1245 fue recogido en el Speculum Historiale de Vicent de Beauvais. Una obra de carácter filosófico y una enciclopedia, respectivamente, recogen parte de los conocimientos transmitidos por estos «relatos de viaje».
El rendimiento cartográfico de que fue objeto el relato de Marco Polo es muestra de la credibilidad que despertaba entre los lectores cultos. El Atlas ca-talán del judío mallorquín Cresques Abraham de en torno a 1375 corrobora la pronta asunción del libro de Marco Polo como un relato fiable. Como hemos insistido en varias ocasiones no por eso dejaba de asumir el cartógrafo algunas de las leyendas insertadas todavía en el imaginario colectivo. También San Isidoro en sus Etimologías y otros enciclopedistas posteriores se hicieron eco de estas fábulas que eran tomadas como verosímiles por los lectores. Recuerda Rubio Tovar (2005: XXXV-XXXVII) que la obra de Marco Polo ganó en importancia a medida que la geografía fue adquiriendo prestigio como saber autónomo. Sobresalen los testimonios del humanista de finales del XV Domenico di Bandino, que elogia a Plinio, a Brunetto Latini y al viajero veneciano en su Fons memorabilium universi; el de Domenico Silvestri en su De insulis et earum proprietatibus o el que más influyó en la credibilidad posterior del libro de Marco Polo, el de Niccolò dei Conti, cuyo viaje nos ha llegado por la insistencia de Poggio Bracciolini, que recogió una parte de aquél en su Varietate fortunae libri quattor.
Parece que desde el punto de vista geográfico sus aportaciones fueron aprovechables y consta también que algunos filósofos de la época tuvieron en cuenta su relato como materia susceptible de ulteriores conocimientos. No es del todo improbable que Roger Bacon tuviera noticia del viaje de Marco Polo, aunque su muerte se produjera poco antes de la llegada de este a Venecia. Me ha parecido interesante traer a colación una cita en que la figura de Marco Polo se une a la del filósofo Roger Bacon, precursor del empirismo y franciscano de orden como lo fue Guillermo de Rubruquis y lo sería, poco después, Guillermo de Occam:
Bacon se había enterado de los avances de la ciencia en la China a través de los viajes de Marco Polo, quien fue el principal vector medieval de una estructura científica que había evolucionado por caminos diferentes y, como dijimos en su momento, había desarrollado con especial habilidad la invención y la construcción de todo tipo de instrumentos. Marco Polo vivió la transición de la dinastía Song —en la cual se habían descrito los primeros anteojos, la primera imprenta y la fabricación de la pólvora— a la dinastía mongólica Yuan que llegó al poder con la contundente conquista de la China por parte de Kublai Kan, el nieto de Gengis Kan. El aporte de Marco Polo no se ha considerado en su verdadera magnitud, pues la integración de la cultura china —que ya había vivido su Renacimiento en la dinastía Song—, a través de mentes privilegiadas como la de Roger Bacon, preparó las bases del Renacimiento europeo y, en particular, de la ciencia experimental que contaba ya con los recursos matemáticos islámicos, iniciando la construcción de instrumentos de medición y observación inspirándose en los chinos. (Gómez Gutiérrez, 2002: 115)
En suma, las realidades que aparecen descritas en los «relatos de viaje», y concretamente en el de Marco Polo, contienen unas características que las distinguen de otros relatos anteriores y coetáneos. El viajero Marco Polo y antes los franciscanos Pian del Carpine y Guillermo de Rubruck, como después el también franciscano Odorico da Pordenone (en 1318 inició su viaje a Oriente) y, casi un siglo después, el español Ruy González de Clavijo, no se dejaron condicionar por la tradición libresca que pesaba sobre la cultura de la época. Los viajeros medievales, léase Marco Polo, describen lo que ven con una fidelidad que no encontramos en otros escritores medievales. Olschki resume muy bien este este aspecto de los «relatos de viaje» que los singulariza dentro de toda la producción literaria e histórica medieval:
Sus escritos, que forman una nueva categoría de la literatura medieval, no son tanto una fuente de noticias geográficas, etnográficas, históricas y naturalísticas, sino también el síntoma y el documento más homogéneo de una emancipación de los hábitos espirituales comunes y de la tradicional limitación del saber y de la experiencia. (apud Rubio Tovar: 1997: 27)
El Libro de las maravillas de Marco Polo describe en el capítulo 176 (p. 306) el reino de Quilón (Coilu en otras ediciones) que, curiosamente, en algunas versiones como en el manuscrito francés de la Bibliothèque Nationale de París (cap. 157) aparece ilustrado por el miniaturista con un Blema (ser fabuloso sin cabeza y con la boca en el estómago), un Esciápodo (criatura con un solo pie) y un Monóculo. Se habla en este capítulo del mirobálano5 y de la pimienta, del calor insoportable de este reino del sudoeste de la India, del culto idólatra que profesan sus habitantes que, por cierto, son todos negros «y van completamente desnudos exceptuando un hermoso paño con el que cubre las partes pudendas», de la lengua propia que hablan y de la presencia de cristianos y judíos. Pero en ningún momento se habla en este capítulo de seres sin cabeza y con la boca en el estómago, ni de criaturas de un solo pie o con un solo ojo. ¿Cómo puede haber una distancia tan grande entre el texto y sus ilustraciones? La respuesta de Umberto Eco —a quien seguimos en este punto— corrobora lo que venimos diciendo:
Porque él, como sus lectores, en tiempos de Polo y también más adelante, confiando en una cadena ininterrumpida de doctísimas enciclopedias relativas a las maravillas del mundo, sabía que debían existir. El mercader Marco Polo era un simple descarado que se permitía no contar las cosas como debían ser, sino (y son palabras suyas o de Rusticello) «describir las provincias y países donde estuvo». Testigo ocular. Parece oficio fácil, pero en aquellos tiempos no lo era en absoluto. (2000: 80)
En efecto, en los mapamundi de la época de Polo podemos encontrar (es el caso del mapa de Heresford, del último cuarto del siglo XIII), como señala Rubio Tovar (2005: XXXIX), que en la lejana Asia aparecen los esciápodos, los pigmeos y los gigantes; en las islas, hombres de largas orejas, antropófagos y hombres con los pies al revés, y en Etiopía, sátiros y faunos, hombres con la cabeza en el pecho, etc.
Sírvanos el ya citado Libro de las maravillas de Mandeville, escrito en torno a 1357, como contraejemplo del relato de Marco Polo. Nadie duda de que John de Mandeville o quien se escondiera tras este nombre ficticio, hablaba de los seres que deben existir frente a los que debían existir de Marco Polo.
Un ejemplo significativo de este realismo de la prosa poliana tiene que ver con la descripción de los unicornios de la isla de Java. Eco lo considera un hecho crucial del relato:
La página más significativa es la relativa a los unicornios, que se le aparecen en Java. Ahora bien, que los unicornios existan un hombre del medievo no lo pone en duda. […] Que el unicornio existía lo había dicho el Fisiólogo, que había dado origen, en Europa, a la leyenda de que para capturarlo había que exponer en el bosque a una virgen inmaculada y, como decía, treinta años antes que Marco Polo, Brunetto Latini, «cuando el unicornio ve a la doncella, su naturaleza es tal que en cuanto la ve, se acerca a ella y depone toda su fiereza…».
¿Podía Marco Polo no buscar unicornios? Los busca y los encuentra. Quiero decir que no puede dejar de mirar las cosas con los ojos de la cultura. Pero una vez que ha mirado y ha visto, basándose en la cultura pasada, se pone a reflexionar como enviado especial, es decir, como quien no solo aporta informaciones nuevas, sino que, además, critica y renueva los lugares comunes del falso exotismo. Porque los unicornios que él ve son en realidad rinocerontes, un poco distintos de esos corzos graciosos y blancos, con cuerno en espiral, que aparecen en el blasón de la corona inglesa. (2000: 81-82)
Recordemos la descripción del unicornio que nos ofrece Marco Polo en el capítulo 162:
El pelo lo tienen como los búfalos, las patas como las del elefante; en el centro de la frente tienen un cuerno grande y negro. Os diré que no hieren con ese cuerno, sino con la lengua, que está cuajada de grandes espinas. Su cabeza es parecida a la del jabalí, aunque la llevan siempre inclinada hacia el suelo. Les gusta estar en el fango. Es un animal muy feo, y desde luego, no es que se deje tomar en brazos por una doncella, como decimos nosotros, sino todo lo contrario. (p. 282)
Y no es el único ejemplo que ilustra esta visión «realista» de Marco Polo. En el capítulo 59 nos topamos con la desmitificación de la leyenda sobre la salamandra:
La salamandra no es, como se dice, un animal que vive en el fuego, porque en el fuego no puede vivir ningún animal. Yo os diré cómo se hace la salamandra. Un compañero mío llamado Zuficar, turco, estuvo en aquella región tres años sirviendo al Gran Khan, y dirigía la producción de estas salamandras; fue él quien me lo contó a mí, ya que él las había visto muchas veces, como yo también las vi ya hechas. La salamandra se extrae de la mina, se prensa y se obtienen unos hilos como de lana; luego se deja secar y se machaca en unos grandes morteros de cobre; después se lava para que se desprenda la tierra que lleva pegada, y quedan unos filamentos como si fueran de lana. Luego se hilan y dan lugar a un paño como de manteles. Al terminar de elaborarlos, estos manteles son de color oscuro, pero al ponerlos en el fuego se vuelven blancos como la nieve. Cada vez que se ensucian, se ponen en el fuego y vuelven a blanquear. Estas son las salamandras, y el resto son fábulas. Y añadiré que en Roma hay una de estas salamandras que el Gran Khan mandó como gran regalo para que se colocase en su interior el sudario de Nuestro Señor. (p. 154)
La frase de la cita que he subrayado («estas son las salamandras, y el resto son fábulas») hace explícito el compromiso de Polo con esa realidad que se impone a la cosmovisión heredada con el contrapeso de la experiencia: el «amianto », el mineral al que se refiere el texto, no procedía como se pensaba erróneamente de la piel de la salamandra, sino de una manufactura que nada tenía que ver con la leyenda atribuida a este animal, que se pensaba inmune al fuego.
Aunque pueda parecer excesivo considerar a Marco Polo, según palabras de Eco, como un posible «antropólogo moderno», no sería temerario presentarlo como precursor de un cierto «realismo» que doblega, en no pocas ocasiones, la tradición libresca. Estamos ante un «relato de viaje» o, así al menos podemos percibirlo hoy, cuyo acercamiento a la realidad habrá de cristalizar más adelante en la época moderna de la mano de la filosofía empirista.
Recordemos de nuevo que Giovanni Battista Ramusio (1485-1557) incluyó una versión ampliada del relato de Marco Polo en su volumen Delle navigationi e viaggi, una extensa y documentada recopilación de viajes desde la época antigua hasta su tiempo, publicada póstumamente en 1559. No deja de ser curioso que junto con el de Marco Polo aparezcan, entre otros muchos relatos, algunas crónicas del descubrimiento, los viajes de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, la relación de Pigafetta, algunos escritos de Colón, etc. El vínculo estrecho entre el relato de Marco Polo y las crónicas de indias —a las que yo considero los «relatos de viaje» del Siglo de Oro por antonomasia— se revela con claridad en esta compilación de Ramusio, la primera gran antología de la historia de los «relatos de viaje», que compagina escritos clásicos con contemporáneos. Conviene no olvidar, además, que Colón leyó en un ejemplar de su propiedad, el libro de Marco Polo, que atesoraba en su biblioteca junto con otros como la Cosmografía de Tolomeo, la Historia natural de Plinio, la Ymago mundi de Pierre d’Ailly o la Descripción de Asia de Pío II. En el ejemplar colombino aparecen más de trescientas notas o comentarios, algunos del propio almirante, otros, de su hijo o del monje de la cartuja de Sevilla Gaspar de Gorricio.
El libro de Marco Polo entronca por línea directa con las crónicas del descubrimiento aunque, de hecho, no gozó de gran difusión en la península hasta el siglo XVI. Ni el Libro del conoscimiento (cuyo autor parte de Sevilla en 1304) ni el autor de la Embajada a Tamorlán conocieron directamente la obra de Polo. A pesar de existir una primera traducción al aragonés encargada por Juan Fernández de Heredia (†1396), en 1503 se imprimió en Sevilla un volumen que contenía, entre otras, una traducción de Rodríguez Fernández de Santaella (1444-1509). Como señala Rubio Tovar (2005: XL), la fortuna del libro durante la época de los grandes descubrimientos pasó por Sevilla, donde se había creado la sede de la Casa de Contratación de las Indias en 1503. Se volvió a imprimir en 1518 y consta que ya en 1526 la alta cotización alcanzada por el libro se correspondía con el interés que suscitaba.
Estamos en el umbral de los «relatos de viaje» vinculados con el descubrimiento de América y con la imponente figura de Pedro Mártir de Anglería. Su labor de sistematización, ordenación y aprovechamiento de los materiales aportados por los testimonios de los viajeros a América y sus relatos, es solo comparable a la influencia ejercida unos siglos antes por Roger Bacon como catalizador de parte del material suministrado por los viajeros del siglo XIII.
4. Sinestopía y «relato de viaje»
Fue Bajtin, como sabemos, quien adaptó el concepto de «cronotopía» a la literatura y, más concretamente, a la novela griega antigua. Insistía Bajtin en su aprovechamiento para la distinción de los géneros y de sus variantes a lo largo de la historia. No pretendiendo ahora analizar el desarrollo del cronotopo del «relato de viaje» en la historia de la literatura, lo que excedería el límite razonable de este trabajo, no estaría de más apuntar algunos de los posibles rasgos dominantes del cronotopo del género. El propio Bajtin, al trazar los rasgos de la novela griega de aventuras, se asoma también a los elementos comunes que comparte con otros géneros de la literatura antigua, como la denominada por él novela geográfica que, a mi parecer, coincide con la que comenté al hablar de la tradición historiográfica.
Las similitudes de algunos elementos entre ambos géneros son claras, aunque no lo sean sus respectivas funciones. Lógicamente los relatos historiográficos, más en consonancia, como vengo diciendo, con los «relatos de viaje» —y menos con las «novelas de viaje»—, asumen los mismos principios estructurales.
El universo de la novela geográfica, dice Bajtin, no se parece al universo de la novela de aventuras (1991: 256-257). Efectivamente, mutatis mutandis, el universo poliano se encuentra alejado de los universos ficcionales de su época en los que el elemento narrativo actuaba como eje del relato, mientras que en el de Polo será la descripción de las tierras, sus habitantes, su religión, sus costumbres, etc., la que actúe como médula del relato. Este hecho primordial se manifiesta en que el universo descrito en el libro parte de una realidad que se impone a la ficcional: la instancia narrativa (Marco Polo) se identifica con la figura del mercader veneciano que dicta sus vivencias a Rusticello. Este hecho imprime al relato una visión anclada en la experiencia biográfica que, al partir de una cosmovisión propia y unas vivencias determinadas, contrasta con las de la nueva realidad:
Hemos ido contando todo lo que se puede saber de los tártaros y de los sarracenos, así como de sus usos y costumbres; y también todo lo que se puede explorar y conocer de los otros países del mundo. No hemos hablado ni dicho nada del Mar Negro ni de las regiones que lo circundan, aunque todo aquello lo hemos explorado detenidamente. Y es que nos parece ocioso hablar de cosas innecesarias, inútiles o más que sabidas; ese mar ha sido explorado y navegado incesantemente por muchos, entre los que se puede citar a los venecianos, genoveses, pisanos y muchos otros que viajan por él a menudo y lo conocen perfectamente. Esa es la razón por la que callo y no digo nada sobre él. (p. 354)
Como consecuencia, el narrador/protagonista/autor (Marco Polo) del «relato de viaje», frente a los otros autores de «novelas de viaje», es un hombre de carne y hueso que experimenta una transformación vital en el proceso del viaje. El cronotopo del «relato de viaje» se compone pues de un espacio real, el Asia profunda, que recorre el viajero y en el que vive durante un tiempo real que abarca específicamente el tiempo biográfico invertido, en el caso concreto de Marco Polo casi veinticinco años. El final del libro lo resume adecuadamente:
De cómo nos marchamos de donde el Gran Khan ya hablamos al comienzo de este libro, en ese capítulo donde relatamos la desazón y congoja que experimentaron micer Mateo, micer Nicolás y micer Marco al pedirle al Gran Khan permiso para marcharse. Y en ese mismo capítulo se relata la aventura de nuestra partida. De no haber sido por la tal aventura, quizás nunca hubiéramos iniciado el viaje y difícilmente habríamos regresado a nuestra tierra.
Pero creo que plugo a Dios que regresásemos para que pudiesen saberse las cosas que hay en el mundo. Y como dijimos al comienzo de este libro, no ha habido jamás un hombre —cristiano, sarraceno, tártaro o pagano— que haya explorado tantas cosas del mundo como lo hizo micer Marco, hijo de micer Nicolás Polo, noble y gran ciudadano de la ciudad de Venecia. (p. 354)
Hasta aquí la breve reflexión acerca del cronotopo, necesariamente sumaria, en relación con el libro de Marco Polo. Quedaría pendiente ver su evolución a lo largo de la historia o, lo que es lo mismo, observar el desarrollo del género desde la antigüedad hasta nuestros días.
Pero lo que quiero ahora apuntar o, mejor, esbozar, es el rendimiento que para los «relatos de viaje» puede aportar un concepto nuevo, la «sinestopía», que propongo al hilo de las reflexiones sobre la «cronotopía» bajtiniana.6 Incorporo este nuevo término al reparar a menudo en el hecho de que los sentidos (determinados sentidos) aparecen aferrados a determinados espacios (a través de objetos o personas), dependiendo de las épocas, de los viajeros y de los fines de los viajes. Aunque no exclusivo de los «relatos de viaje», por su frecuencia e interés podría llegar a considerarse como un rasgo distintivo del género. Descubrir los sentidos que el viajero privilegia en su relato y con qué realidades están asociados, puede ser un instrumento útil para el estudio de la evolución del género y para la historia de los sentidos en general. Su incorporación al campo literario es síntoma de los cambios de «sensibilidad» que se preparan con el advenimiento del renacimiento y de la filosofía moderna.
En el caso de Il Milione no parece que la «sinestopía» esté vinculada a más sentido que la vista y, en ocasiones, al oído. Habría que ver con detalle en otros relatos medievales si el sentido del olfato, del gusto o del tacto o del oído son también casi «invisibles». En Marco Polo, aunque surgen momentos en que podrían erigirse como motores de las descripciones, apenas adquieren algún protagonismo. A pesar de las numerosas ocasiones en que se nos habla de las especias, se sigue utilizando para su descripción el sentido de la vista. Por todas partes aparecen la pimienta (p. 306), el almizcle (p. 171), la mirra (p. 121); por no enumerar las veces en que se nombran minerales, tejidos, líquidos, plantas, comidas exóticas, etc., que podrían haber sido descritas por su tacto, por su olor o por su sabor. Se menciona el origen de determinados tipos de seda (p. 113), de muselinas (p. 114), de gemas (p. 124), se habla de las minas de hierro y de alinde (pp. 113, 131 y 154), por no citar las continuas referencias a la comida: pistachos, manzanas del paraíso, dátiles (p. 125), sal (p. 137), peces (p. 190). La riqueza de productos mencionados es extraordinaria, pero en ningún momento la descripción se inclina ni por el olfato, ni por el tacto, ni por el gusto, ni por el oído, y no por falta de ocasiones, insisto, sino porque la manera de describir la realidad circundante no ha alcanzado aún su madurez. De las contadas ocasiones en que el sentido de la vista es completado con alusiones táctiles y gustativas lo encontramos en el capítulo 37 en que describe el penoso paso por el desierto:
Durante tres jornadas no se encuentra agua si no de color verde, salada y amarga; basta beber una gota para sufrir diez ataques de desarreglos intestinales, y lo mismo ocurre si se ingiere una pizca de la sal que produce; de ahí que sea necesario llevar de beber para todo el trayecto. (p. 130)
En suma, el libro de Marco Polo muestra aún una «sinestopía» limitada al sentido de la vista, del que dependía, junto con el del oído, como vimos al principio, la credibilidad del relato. La incorporación en las descripciones de los cinco sentidos enriquecerá notablemente los relatos, pero para ello habrá que esperar todavía un par de siglos. Quizá el descubrimiento del Nuevo Mundo, con el papel desempeñado por las especias, de nuevo, y los metales preciosos y las comidas exóticas, propicie el desperezamiento descriptivo de los viajeros y ponga en funcionamiento en sus descripciones los sentidos del tacto, el gusto, el olfato y el oído en relación con los nuevos espacios de las nuevas realidades.7 Un par de ejemplos puede ser suficientes para ilustrar lo que vengo diciendo. Proceden del libro V de la primera Década de Mártir de Anglería. Las descripciones incluyen ya todos los sentidos: en el primer ejemplo, en concreto, sobre todo el gusto y el tacto; en el segundo, sobre todo el oído y, aunque alusivamente, el olfato. Son ya, sin ningún género de duda, los protagonistas absolutos de la descripción:
El Adelantado, inducido por el gracejo de la hermana del cacique, se decidió a probar bocado; pero así que el sabor de aquella carne comenzó a acariciar su paladar y garganta, parecía pedirla a boca llena, y no a mordisquillos ni sólo untándose los labios; todos, convertidos en glotones a ejemplo suyo, no hablaban ya de otra cosa sino de la delicadeza de las serpientes, afirmando que tal manjar es más exquisito que lo son entre nosotros el pavo, el faisán y la perdiz. Pero si no se prepara de un modo determinado pierden el sabor, como sucede con los pavos y los faisanes cuando se les asa sin manteca en asadores […].
Cuando ya se acercaba la carabela, dispararon desde ésta a un mismo tiempo las máquinas de guerra, con lo cual llenóse el mar de estruendo y el aire de humo de pólvora. Los indígenas se quedaron sobrecogidos de espanto, creyendo que el mundo, con aquella sacudida se les venía encima; pero al ver que el Adelantado los miraba riéndose, se tranquilizaron. Al aproximarse más, resonaron los pífanos, flautas y tímpanos en acordadas danzas. Los indígenas, atraídos de la dulzura del sonido, se llenaron de asombro y admiración. (Mártir de Anglería, 1964: 157-158)
Salta a la «vista» que la descripción ha alcanzado en estos textos un desarrollo y una madurez notables con la incorporación de todos o casi todos los sentidos. La retórica descriptiva ha dado un salto cualitativo y ha creado nuevas posibilidades incorporando plenamente el mundo de los sentidos al mundo literario por la vía de los «relatos de viaje». Aunque las Décadas de Pedro Mártir no pertenezcan propiamente al género (estamos ante un viajero que escribe «de oídas»), la materia descriptiva sí procede de relatos y relaciones de viaje de experiencias surgidas ante el descubrimiento del Nuevo mundo.8
5. Conclusión
El libro de Marco Polo se puede considerar como un «relato de viaje», cuyas raíces genéricas hay que buscar en los relatos historiográficos clásicos y no en la «novela de viaje» ni en la «épica de viaje». Delimitar el género «relato de viaje» y distinguirlo de otros parecidos facilita su estudio y comprensión. Según esto, el Libro de las Maravillas de Marco Polo forma parte de un conjunto de textos con unas características comunes, como traté de mostrar al comienzo, que ostentan la rara capacidad de mirar hacia lo literario y hacia lo historiográfico. Por decirlo con otras palabras, la función representativa (historia) y la poética (literaria) se dan aquí la mano.
Se trata de un relato factual: Polo hizo el viaje que se describe. De un relato predominantemente descriptivo: las figuras retóricas propias de este modo de narración inundan el relato. Y, por último, la pretensión de objetividad de lo mostrado no impide una visión personal, que no pocas veces cambia sus prejuicios ante la realidad que se le impone.
La importancia de estos tres aspectos en la configuración de género ya ha sido tratada por mí en trabajos previos: factual/ficcional, descriptivo/narrativo y objetivo/subjetivo. Con respecto al primer binomio, si la balanza textual se inclina del lado de lo ficcional (dependiendo del grado en que lo haga), nos alejamos del género propiamente dicho (es el caso de las «novelas de viaje»). Si en la pareja descriptivo/narrativo el segundo término del par domina sobre el primero también nos distanciamos de lo descriptivo, uno de los puntales de estos relatos. Por el contrario, si lo descriptivo invade completamente la escena, nos encontramos con los casos en que por exceso de lo descriptivo nos apartamos del esquema genérico (las guías de viaje ejemplificarían este caso extremo). En cuanto al tercer binomio, objetivo/subjetivo (vinculado muchas veces a una determinada carga ideológica), sucede algo parecido: si se potencia lo subjetivo por encima de lo objetivo nos alejamos paulatinamente del modelo. En la medida en que el relato se convierte en pura subjetividad se sale del marco genérico. Otra cosa distinta es que lo subjetivo prevalezca sin merma de los elementos testimoniales (como es el caso del relato de Marco Polo). Como ya recordaba en otra ocasión:
La hipertrofia de los aspectos ficcionales a expensas de los factuales, de lo subjetivo a expensas de lo objetivo y de lo descriptivo a expensas de lo narrativo, enmarcarían por defecto (de lo factual y de lo objetivo) y por exceso (de lo descriptivo) las fronteras del género. Estos binomios, junto con las precisiones hechas sobre la importancia de los aspectos paratextuales e intertextuales, pueden facilitar la clasificación del variado arco de obras que caben dentro del género «relato de viajes». (Alburquerque, 2011a: 33)
Está claro, por otra parte, que no se trata de un género, como ciertamente casi ningún otro, con los contornos perfectamente nítidos. Como ya han enfatizado otros estudiosos, estamos ante un género multiforme, y no solo durante la Edad Media, que abraza textos con objetivos muy diferentes. Hay viajes de peregrinación, viajes diplomáticos, viajes geográficos, viajes científicos, viajes comerciales (como el de Marco Polo), pero todos con unos ciertos rasgos comunes que he reducido a los tres binomios anteriores. La paratextualidad, formada sobre todo en la Edad Media por ilustraciones, mapas y cartularios, adquiere en este género de los «relatos de viaje» una importancia colosal que corrobora su índole testimonial.
Curiosamente, en un «relato de viaje» de peregrinación tan alejado en el tiempo del de Marco Polo como el viaje de Egeria (siglo IV), sorprende encontrarnos una visión que cuestiona la perspectiva asumida por la tradición como canónica. El valor del relato queda reforzado por la autoridad del testimonio. Así lo recuerda Carlos Pascual en su edición de la obra:
Pero no se cree bobaliconamente cualquier cosa que le digan; cuando el obispo de Segor le indica el lugar donde supuestamente se encontraba la estatua de sal en que habría quedado convertida la mujer de Lot, Egeria escribe después, un tanto maliciosamente, a sus amigas: «—Pero creedme, venerables señoras […], cuando nosotros inspeccionamos aquel paraje, no vimos la estatua por ninguna parte, no puedo engañaros al respecto». (2017: 35 y 36)
En este punto me apoyo para sugerir que viajeros como Marco Polo, es decir, viajeros reales, factuales, son los primeros empiristas avant la lettre de la historia pues, gracias a sus relatos, otros pensadores como Roger Bacon o, más tarde, Francis Bacon o incluso el propio Pedro Mártir de Anglería, pudieron sistematizar y ordenar los datos por ellos suministrados para facilitar el cambio de paradigma de la edad moderna. La consideración (ya repetida por muchos estudiosos, Larner [2001] entre otros) de la influencia ejercida por Il Milione en la expansión ultramarina adquiere su sentido más pleno en este contexto.
Bibliografía
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1.- Este articulo es resultado del proyecto de investigación Cartocronografía de los relatos de viaje españoles contemporáneos (siglos XIX y XX), (referencia: FFI2017-86040-P), subvencionado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España.
2.- Las citas del libro de Marco Polo proceden de la edición de Manuel Carrera Diaz (2008) consignada al final de la bibliografía.
3.- Del griego ‘choros’ (trozo de tierra ocupado por una persona o una cosa). Se refiere a la descripción de un país, de una región o de una provincia. Presta atención a las condiciones físicas del terreno y al paisaje y al estudio de los topónimos.
4.- Narra el viaje realizado en 1403 por fray Alonso Paez de Santamaria, Gómez de Salazar y Ruy González de Clavijo, a quien probablemente se debe la redacción del texto. Se trata de la embajada encomendada por el rey Enrique III (1390-1406) al emperador mongol Tamerlán el Grande, con el fin de unir fuerzas para mantener alejada la amenaza turca. Clavijo invirtió tres años en el viaje. Desde su vuelta hasta su muerte en 1412, escribió una relación completa de la embajada donde narra los hechos y describe, con sumo detalle, todo lo relacionado con la misión encomendada.
5.- Árbol originario de la India, de la familia de las combretáceas, que produce unos frutos del tamano de una ciruela pequena y que se usaban en medicina y tintorería (Carrera Díaz, 2008: 306).
6.- El neologismo «sinestopía» procede de la fusion de las palabras «sinestesia» (del gr. 'sin junto' y 'aesthesis', 'sensación') y «topos» (del gr. 'lugar').
7.- Una posible vía de estudio de la «sinestopía» está vinculada al estudio de la historia de las especias. En este sentido, el libro de Turner (2018; ed. orig., 2004) sobre la historia de las especias cobra todavía más interés.
8.- Para ver la relación entre los «relatos de viaje» y las «crónicas de indias» se puede consultar Alburquerque (2008 y 2011b).
Los viajeros medievales y las lenguas
Joaquín Rubio Tovar
Universidad de Alcalá
1. El interés por las lenguas
El interés por la variedad de las lenguas, por sus semejanzas y diferencias, aparece en textos medievales de diferente naturaleza. El tema de la primera lengua que hablaron los hombres, su corrupción, la confusión posterior, las dificultades para la comunicación y la luz de Pentecostés (y el tema inagotable de la traducción), están presentes no solo en la teología, sino en romans, en crónicas, en tratados gramaticales y filosóficos (Rubio Tovar, 2014). Decía Georges Mounin que el episodio de Babel era una de las imaginaciones poéticas más grandiosas sobre el drama de la comunicación entre los hombres (1967: 160). La reflexión sobre la confusio linguarum fue continua a lo largo de la Edad Media. Los viajeros constataron la existencia de lenguas y de escrituras, y algunas de sus observaciones pasaron después a tratados científicos y a obras literarias.
La variedad mencionada no se constata solamente en países asiáticos. La ausencia de fronteras lingüísticas nítidas en las manifestaciones escritas medievales europeas es un hecho bien conocido. Sabemos que hubo zonas en las que había lenguas en contacto y se hablaban mezcladas: sur de Italia y Sicilia, la frontera entre el mundo germano y el mundo eslavo, las lenguas que se cruzaron en Inglaterra. En varias zonas de España convivieron y se mezclaron varias y no solamente en el sur. La hermandad del gallego-portugués y el castellano (sin necesidad de acudir a los dialectos ‘puente’ como el leonés) permitía a ambas literaturas compartir sus obras. En el Oriente peninsular la mayor distancia entre el catalán y el castellano venía a ser salvada por la vigencia del aragonés, donde ni los catalanismos ni los castellanismos resultaban extraños (Catalán, 1975). Eran zonas en las que debieron de abundar traductores e intérpretes.
No creo que deba trasladarse el fenómeno, sin más, a las lenguas de Oriente, hasta que tengamos un conocimiento exhaustivo de qué lenguas se hablaban y en qué regiones, pero el testimonio de los viajeros se refiere a lenguas en contacto, a alfabetos diferentes y a distintas escrituras. La riqueza y complejidad de aquel universo debió de ser extraordinaria.
Dos de los primeros libros o crónicas de viaje a Extremo Oriente son la Ystoria Mongalorum quos nos Tartaros apellamus (Historia de los Mongoles que nosotros llamamos Tártaros) de Giovanni da Pian del Carpine (Plan Carpino) y el Itinerarium ad partes orientales de Guillermo de Rubruc o Rubruquis. Maria Carreras y Raffaele Pinto (1996) han destacado una aclaración muy precisa que aparece en el texto de Plan Carpino.1 Los términos «mongoles» y «tártaros» no significan lo mismo, precisaba el viajero. «Mongoles» se refiere al nombre que los conquistadores de Asia se daban a sí mismos. El segundo, «tártaros», es el nombre con el que se les nombraba en Occidente. Para los pueblos asiáticos, lo mismo que para cristianos y musulmanes, los tártaros representaban al conjunto de las tribus mongolas, quizá porque los tártaros habían tenido un papel muy activo en las relaciones entre diversos pueblos asiáticos. Para Carpino parece que la palabra «tártaros» es poco precisa y debería corregirse. La formulación del título revela una mentalidad que destaca «la contraposición de perspectivas culturales, implícita en la distinción de los nombres. Nuestra cultura, la que usa el término tártaros, no es la cultura, sino una cultura, y el conocimiento del mundo que en ella está almacenado, a través de los nombres que ha impuesto a las cosas, no es el único posible» (Carreras y Pinto, 1996: 141). El viaje supuso para Plan Carpino una experiencia personal de la realidad, el conocimiento directo de aquellos pueblos, frente a las ideas preconcebidas.
La distinción mencionada sugiere que debemos atender a las observaciones de tipo lingüístico que aparecen con cierta frecuencia en este relato (y en otros, como veremos luego). El conocimiento de las lenguas abría las puertas a otros saberes. En un pasaje se menciona a unos clérigos rusos que vivían bajo la dominación mongola, pero que sabían latín y francés, de manera que podían explicar a Plan Carpino los secretos de la corte imperial:
Encontramos también en la corte a las siguientes personas que habían venido en el séquito de otros capitanes: varios rusos, húngaros que sabían latín y francés, clérigos rusos y otros individuos que los habían acompañado en sus campañas y demás acciones, algunos durante treinta años, y conocían toda su vida y andanzas, porque hablaban su lengua. (Gil, 1993: 242-243)
Conocer la lengua de un pueblo suponía conocer uno de los rasgos distintivos de una etnia y era un elemento que caracterizaba de la misma manera que los rasgos raciales. La relación entre la lengua, las costumbres y el credo religioso es una constante en muchos libros de viajeros. Cito solamente un ejemplo: «Todos estos pueblos tenían el mismo aspecto físico y la misma lengua. Aunque fueran separados en provincias y principados» (Gil, 1993: 251).
Cuando Plan Carpino atravesaba tierras en las que se hablaban lenguas conocidas (como el griego, el árabe y algunas lenguas eslavas), no percibía la necesidad de interrogar a través de la lengua las costumbres de las poblaciones. Los parentescos religiosos y las afinidades culturales no abrían las puertas a una percepción clara de la diversidad y dificultaban en cierto modo la intuición de que la lengua era uno de los rasgos de la identidad ajena. En cambio, cuando encuentra a los mongoles, «su percepción lingüística se agudiza» (Carreras y Pinto 1996: 144) y los distintos pueblos se describen según su lengua y tipo de escritura, la religión que practicaban, sus costumbres. Plan Carpino destaca en algunos pasajes, no sin asombro, la presencia de intérpretes en tierras tan lejanas y destaca la importancia de la traducción:
Kadac nos preguntó entonces si en la corte del Papa había personas que entendiesen la lengua rusa, arábiga o tártara. Le replicamos que no teníamos intérpretes ni de ruso, ni de arábigo, ni de tártaro, y que, aunque había sarracenos en Occidente, vivían lejos del señor Papa; añadimos, sin embargo, que nos parecía conveniente que su respuesta la escribiesen en tártaro y nos hiciesen una traducción, pues nosotros la pondríamos fielmente en nuestra lengua y así llevaríamos tanto la carta como su versión al señor Papa. (Gil, 1993: 243)
El franciscano Guillermo de Rubruc viajó a Mongolia entre 1252 y 1255 y debió de preparar su viaje detenidamente. Leyó cuanta información llegó a sus manos sobre aquellos pueblos y conversó con algunos viajeros que habían llegado hasta Tartaria y, según Juan Gil, hubo de tener largas pláticas con Andrés de Longjumeau para conocer su itinerario, así como con mercaderes genoveses. El resultado de su viaje por las estepas mongolas, de su estancia en la corte de Mangu y de la cantidad de personajes que conoció en su extenso periplo se refleja en su relato de viajes. Me interesa destacar el fino oído y la inteligencia del franciscano, que señaló y diferenció algunas lenguas de aquel gigantesco imperio que tuvo ocasión de escuchar, y esta era una información de interés para la misión evangélica, pero también para futuros contactos políticos y, desde luego, para el conocimiento del mundo.
Rubruc se fijó en las diversas religiones y distinguió las diferentes razas y costumbres que llegó a conocer. Me detengo solamente en su interés por las lenguas. El descubrimiento de una manera de escribir tan diferente a la occidental debió de dejarle perplejo:
Los tártaros han tomado de ellos el alfabeto. Empiezan a escribir por arriba y continúan la línea hacia abajo, y leen de la misma manera; las líneas las prosiguen de izquierda a derecha. Hacen mucho uso de papeles y letras como conjuros, así que sus templos están llenos de letreritos colgados. Mangu Kan os envía una carta en lengua y alfabeto moal. (Gil, 1993: 348)
La moneda común de Cataya, dice en otro pasaje, es una hoja de algodón de un palmo de largo y de ancho, sobre la que se imprimen unas líneas, y destaca que:
escriben con el pincel con el que pintan los pintores y comprenden en una figura las diversas letras que componen una palabra. Los tebet escriben como nosotros y tienen caracteres muy parecidos a los nuestros. Los tangut escriben de derecha a izquierda, como los árabes, pero continúan las líneas subiendo hacia arriba: los iugures, tal y como antes se ha dicho, lo hacen de arriba abajo. (Gil, 1993: 385)
Tuvo que costar un gran esfuerzo intelectual entender las características de la escritura china (que, tal y como se describe, no es fonética). Para Pinto y Carreras esta clase de escritura era el «límite infranqueable de la cultura lingüística de un europeo del siglo XIII» y es justamente la percepción de una mentalidad lingüística tan radicalmente distinta «la que agudiza la sensibilidad de estos viajeros hacia el lenguaje en general» (1996: 146).
A los viajeros les llamó la atención que en países tan lejanos, hubiese intérpretes conocedores de tantas lenguas y capaces de traducir entre ellas:
Entonces le presenté vuestra carta con traducción de la misma al arábigo y siríaco, pues en Acre la había hecho trasladar a una y otra lengua y alfabeto. Allí había sacerdotes armenios que sabían turco y arábigo y también estaba el compañero de David, que sabía siríaco, turco y arábigo. (Gil, 1993: 321)
A pesar de las diferencias en la escritura, en estos países encontró europeos que habían aprendido aquellas lenguas:
El maestro Guillermo nos condujo lleno de gozo a cenar con él a su morada. Está casado con la hija de un lorenés; ella es natural de Hungría y sabe bien el francés y el comano. Encontramos también allí a otro hombre llamado Basilio, hijo de un inglés, que había nacido en Hungría y sabía esas mismas lenguas. (Gil, 1993: 395)
Sabemos que a su regreso Guillermo de Rubruc se encontró en París con Roger Bacon, que enseñaba en aquellos años en la Sorbona y que le dio una copia de su relato. Bacon siempre se sintió atraído por los mongoles y sabemos que conocía otros textos de viajeros. Aparte de sus intereses de orden religioso, le llamaron la atención las distancias quilométricas y el tamaño de países y desiertos que se desprendían del relato, pues cambiaban su idea de las dimensiones del mundo. Y es seguro que le sorprendería la variedad de lenguas y alfabetos que había recogido fray Guillermo.
A los viajeros les preocupaba la competencia lingüística del intérprete, que era incapaz de trasladar a los religiosos mongoles el símbolo de la fe, cuestión esta central y que también interesó a otros grandes viajeros e intelectuales como Ramon Llull. Llull propuso que se destinara un lugar en el que pudieran reunirse hombres doctos que estudiaran diversos idiomas para que fueran capaces luego de predicar el evangelio y las verdades de fe.2 No solo había que conocer bien la doctrina sino la lengua de los receptores para poder debatir y argumentar. Téngase en cuenta que estamos en escenarios orales de comunicación, de ahí el enorme interés de los estudios de oralidad y lo mucho que nos están aportando para entender estos encuentros que menciono.
A los viajeros les sorprendía e interesaba la variedad de lenguas y acentos que escuchaban, así como la peculiaridad de las escrituras, tan distintas a las de sus países de su origen, y en más de un lugar expresan la relación entre lengua, nación y costumbres. El nombre de Cristo, de cristiandad, parece que lo vinculaban con el de nación. Así lo explicaba Guillermo de Rubruc:
«No digáis que nuestro señor es cristiano, pues no es cristiano sino moal [mongol]». En efecto, el nombre de cristiano les parece propio de un pueblo, y están tan henchidos de soberbia que, aunque quizá crean algo en Cristo, no quieren sin embargo llamarse cristianos, con el propósito de exaltar su nombre, es decir, el de moal, sobre todos los demás; tampoco quieren recibir el nombre de tártaros. (Gil, 1993: 323)
Las lenguas eran también fronteras. Esta cita de la Embajada a Tamorlán nos pone sobre aviso de varias cuestiones. Cuando los embajadores llegan a la ciudad de Cermit, leemos:
Esta ciudad solía ser de la India Menor e agora es del imperio de Samaricante […]; e se llama tierra de Nogalia, e la lengua se llama mogalia. E no se entiende esta lengua aquende el río, pero que fablan todos la lengua persiana, que d’esta lengua a la persiana ay poco departimiento, pero que la letra que escriben estos de tierra de Samaricante, el río allende, no la entienden ni saben leer del río aquende. E llaman a esta letra mogalí, e el Señor trahe consigo ciertos escrivanos que bien saben escribir esta letra mogalí. (López Estrada 1999: 241)
Debe destacarse el interés del relator de la obra por el nombre de una lengua, su relación con otra, su observación de que los habitantes de una orilla del río entienden una lengua, pero los de la otra orilla no pueden hacerlo, y la referencia a dos tipos de letra.
2. Alfabetos y vocabularios: von Harff y Breidenbach
En el viaje libresco, desde la biblioteca, que narró Mandeville, hay una preocupación sistemática por el tema del lenguaje, que se manifiesta de diversas maneras: traduce vocablos en otras lenguas, aparecen explicaciones etimológicas, referencias a las lenguas vistas como identidad de un pueblo, descripciones o relatos que incluyen noticias sobre el lenguaje gestual, la inclusión de una serie de alfabetos —a la que luego volveré— y alguna consideración sobre la carencia de la palabra entre los salvajes.3
Algunos de estos alfabetos se reproducen en copias manuscritas, como en la que recoge la traducción aragonesa: el egipcio (f. 8r), el hebreo (f. 26v), el árabe (f. 38v) y el persa (f. 41v).4 Se anuncia el alfabeto caldeo, pero no llega a reproducirse y en su lugar aparece un espacio en blanco.
Pero no fue Mandeville el único viajero que reprodujo alfabetos. He escogido para este ensayo los que aparecen en dos libros de peregrinos: Bernardo de Breidenbach y Arnold von Harff. Me referiré a ellos y a algunos breves glosarios.
2.1. Arnold von Harff
El caballero alemán Arnaldo von Harff nació en 1471 en la baja Renania, entre Colonia y Aquisgrán, no lejos del río Harff (hoy Erft), en un pueblo llamado también Harff, de donde pudo tomar el apellido. Fue estudiante de la facultad de artes en la Universidad de Colonia. El relato de su viaje revela que tenía conocimientos de geografía y astronomía, de historia bíblica y de hagiografía, y muestra también un interés grande por las lenguas y sus alfabetos. Arnaldo von Harff partió el 7 de noviembre de 1496 de Colonia y regresó el 10 de octubre de 1498, y en cuanto tuvo oportunidad se unió a mercaderes que conocían los caminos y las lenguas. Recorrió una parte muy extensa de Europa y algunos lugares de África y Asia: Alemania, Austria, Italia, Yugoslavia, Albania, Egipto, Grecia, el Sinaí, Arabia, Adén, Jerusalén y Santos Lugares, Siria, Beirut, Turquía, Bulgaria, Hungría, Francia y España (una parte del Camino de Santiago, hasta Finisterre). No llegó a la India, Madagascar y otros lugares, y sustituyó su experiencia personal por información tomada de los relatos de Marco Polo, de Mandeville y de la obra geográfica de Ptolomeo. Algunos topónimos africanos coinciden con los de la Cosmographiae introductio de Waldseemüller (1507), posterior al viaje de von Harff, pero quizá uno y otro consultaran la misma fuente. Von Harff debió de escribir su libro en dos etapas: en el transcurso del viaje tomaría nota de las distancias (una y otra vez se mencionan las millas) y los topónimos, y transcribió algunas frases y palabras, y en una segunda etapa añadiría los alfabetos y otras noticias, así como los más de cuarenta dibujos con los que ilustró su texto.
A medida que recorrió países y regiones, el viajero se refirió a las lenguas y, junto a algunos alfabetos, transcribió un pequeño vocabulario, unas cuantas frases que provienen del habla cotidiana. Incluyó glosarios de nueve lenguas: esloveno, albanés, griego, árabe, hebreo, turco, húngaro, euskera y bretón, y los alfabetos del griego, árabe, caldeo, etíope, copto, hebreo y armenio (Fig. 1 y 2).

Fig. 1: Glosario hebreo (von Harff)
Von Harff no viajó solo, sino acompañado de mercaderes y de algún intérprete. En Venecia contrató un traductor para las lenguas orientales, que le prestó grandes servicios. Siempre encontró en lugares apartados a campesinos o a nobles que le suministraron informaciones muy valiosas. Un gran señor de Eich (del cantón de Lucerna) le facilitó la visita para contemplar las reliquias de Ravenna y un armero alemán le mostró las obras de fortificación en Methoni en el Peloponeso. En El Cairo se encontró con dos mamelucos de Danzig, que le consiguieron un salvoconducto para el sultán, un franciscano que venía de una comunidad de San Truiden (Bélgica) le explicó el significado de los santos lugares en Jerusalén y un caballero de Estiria le explicó cómo debía comportarse ante el sultán turco en Estambul.

Fig. 2: Muestra de alfabeto árabe (von Harff)
Los vocabularios son muy concisos y tienen un sentido muy práctico. Harff anotó cómo se decían (o pronunciaban) algunas palabras esenciales para la vida cotidiana, como pan, agua, comida, albergue, dormir, etc., y algunas frases útiles para desenvolverse. A pesar de los errores que puedan percibirse, dialectólogos y especialistas de varias disciplinas han estudiado los alfabetos y las humildes listas de palabras pues, en muchos casos, son los primeros y únicos testimonios que se conservan de algunas lenguas, como el albanés primitivo o un dialecto bretón, por ejemplo.5 A Harff no le interesaron ni el gallego ni el castellano, de los que no recogió ni un solo término.

Fig. 3: Muestra de glosario (von Harff)
Quiero destacar que la recopilación del viajero no es caótica ni arbitraria y no carece de orden. A la hora de presentar las listas de palabras de una lengua o sus alfabetos, suele escribir prácticamente las mismas frases, y la lista de palabras y expresiones que recoge es bastante parecida en todas ellas. En el caso del esloveno escribe:
Esta ciudad —Ragusa— es en el reino de Croacia y aquí se habla por todas partes la lengua eslovena, que llega muy lejos […] a través de Eslovenia, a través del reino de Polonia, por los reinos de Dalmacia y de Croacia. He recogido algunas palabras de la lengua, tal y como están escritas aquí abajo.
Del turco dice que sus hablantes: «Tienen una lengua muy particular, de la que he retenido algunas palabras tal y como está escrito aquí abajo». Al referirse al húngaro escribe: «como atravesamos este reino de Hungría, he conservado algunas palabras de su lengua y he escrito los nombres aquí abajo» (Fig. 3).
Del albanés: «De esta lengua albanesa he retenido algunas palabras, así como aparecen escritas aquí abajo, transcritas de acuerdo con nuestras letras». Y del euskera: «En Vizcaya tienen su propia lengua que es muy difícil de escribir, y de la que yo he retenido algunas palabras, así como está escrito aquí abajo».6 Filólogos e historiadores han estudiado estos testimonios y han subrayado su importancia lingüística y antropológica. Destacaré solamente el caso de la lengua bretona (Fig. 4).

Fig. 4: Dos bretones (según ilustración de Von Harff)
Según el celtista Guyonvarc’h, el breve glosario en lengua bretona que transcribió el viajero demuestra que no conocía la lengua. Se trata de un bretón hablado (quizá entre Nantes y Rennes), profundamente dialectal y, según el autor mencionado, muy vivo en la boca del informador que escogió von Harff. Estamos ante un ejemplo de breton vannetais, que desapareció hace cientos de años. Está transcrito según la grafía de la lengua materna del viajero alemán: «le francique moyen que l’on parlait à Cologne vers les XVème-XVIème siècles» (1984: 3).7 Este inconveniente no deja de ser a la vez una ventaja, pues habla bien a las claras de la sinceridad de las transcripciones realizadas. Es un documento interesante, el único testimonio de un bretón dialectal de finales del siglo XV, y el único testimonio conocido de contacto directo del bretón con un extranjero que no hablaba francés ni ninguno de sus dialectos, en un período en el que ningún bretón pensaba escribir su lengua. No sabríamos nada de ella sin el pequeño glosario de von Harff recogido en Nantes en 1499.
Anotar palabras y frases de la vida cotidiana en diferentes lenguas exigía disponer de unos principios de transcripción, por muy elementales o rudimentarios que fueran, lo que revela un destacado interés por las lenguas y lo que representaban.
2.2. Bernardo de Breidenbach
El deán y canónigo de Maguncia, Bernardus de Breidenbach es el autor de Peregrinatio in Terram Sanctam. La obra debió de terminarse en 1484 y en febrero de 1486 la imprimió en esa ciudad Erhardus Reuwich. El relato tuvo mucho éxito en Europa, según revelan las siguientes ediciones y traducciones aparecidas entre 1486 y 1490. La versión española lleva por título Viaje de la Tierra Sancta y fue impresa en Zaragoza por Pablo Hurus, en 1498. El texto figuraba en las bibliotecas de Hernando Colón, Fernando de Rojas o Juan Alonso de Guzmán, entre otras muchas. Breidenbach fue uno de los numerosos viajeros alemanes que emprendieron una peregrinación. A otros viajeros les movieron razones comerciales o el interés por explorar tierras desconocidas. No fue un homo viator aislado que escribiera a su regreso en 1484 el Viaje de la Tierra Santa.8
La presencia de hermosas xilografías ayudó a su difusión. En la edición de Pablo Hurus se utilizaron algunas ya empleadas en ediciones anteriores. Es un ejemplo más del intercambio de material tipográfico entre los impresores de los siglos XV y XVI. De la edición latina de Maguncia proceden las siete vistas panorámicas de ciudades (excepto la de Roma), así como catorce grabados con grupos de personas, animales, alfabetos y edificios (Fig. 4). De la edición alemana se tomó el alfabeto armenio (Cabeza Sánchez-Albornoz y Abad Lluch, 1999: 214).
Las opiniones de Breidenbach sobre la necesidad de difundir el mensaje cristiano, junto al interés por la geografía, tan apreciada por los primeros humanistas, fueron, sin duda, del agrado de Pablo Hurus. Gonzalo García de Santa María y Martín Martínez de Ampiés ayudaron al impresor en su tarea. Martínez de Ampiés no solo fue el traductor del viaje de Breidenbach. Trasladó del catalán el Libro de Albeytería en 1495 y al año siguiente el Libro del Anticristo. Fue autor del Triumpho de María (impresa en 1495) y del Tratado de Roma, que antecede al Viaje de la Tierra Santa y que fue añadido por indicación del impresor.
Ampiés no hizo una versión literal del texto, sino que intervino en él mediante glosas y amplificaciones y acomodando algunas palabras al ámbito hispano. Algunas frases comienzan con expresiones como: «porque mejor se pueda entender» o «para que se pueda mejor entender la muerte de dicho capitán Syara, es necesidad traer la historia desde el principio». Explica, además, quiénes fueron algunos personajes históricos o legendarios.
Entre las extraordinarias ilustraciones que he mencionado antes destacan la alegoría de la ciudad de Maguncia (donde aparecen los tres escudos de las personas que realizaron el viaje: Breidenbach, Juan de Solms y Felipe de Bicken), una serie de vistas de diferentes lugares (Venecia, Corfú, Rodas, Tierra santa), y lo que nos interesa en este ensayo: representaciones de diferentes pueblos que vivían en Tierra santa y una serie de alfabetos (arábigo, hebreo, griego, caldeo, copto, armenio y abisinio).
Si en el caso del viajero von Harff vimos un carácter más o menos sistemático a la hora de presentar los alfabetos y los breves glosarios, también en el de Breidenbach aparecen presentados mediante referencias y frases muy parecidas. Me refiero a la identificación y singularización de los pueblos a través de su vestimenta (tal y como aparece en algunos grabados) junto a la reproducción de los alfabetos de su lengua. Presento solamente algunos ejemplos. En el caso de los sarracenos leemos: «Y ende se sigue su alphabeto con la figura siquier forma de su hábito y vestir». Tras las xilografías leemos: «La forma siquier manera de los vestidos y hábitos que usan y costumbran levar y vestir los sarracenos o moros, así hombres como mujeres, en Jerusalem y Tierra sancta es como se demuestra por la figura siguiente». Y a continuación: «Los sarracenos siquier moros usan la lengua arábica con su letra, la qual contiene XXXI letras según en el siguiente alphabeto están figuradas» (Tena 2003: 353) (Fig. 5).

Fig. 5: Breidenbach, Viaje de la Tierra Santa (Zaragoza, Pablo Hurus, 1498), fol. CXX
En el caso de los judíos («que ahún habitan en Jerusalem») leemos: «Hablan ellos en aquellas tierras la arábica lengua, y entre sí mismos usan sus propias lengua y letras hebraicas según en el siguiente alphabeto stan escriptas» (Tena 2003: 357). Y a continuación se reproduce el Alphabeto hebraico.
La relación entre el vestido y el alfabeto aparece también claramente en el caso del alfabeto griego: «Comiença dezir de algunos griegos, que ahún moran en jherusalem, los quales según su costumbre, van en hábito y vestidos como en la siguiente figura parece». El capítulo acaba con la reproducción del alfabeto: «En los officios divinos usan la lengua griega, que todos los legos entender la pueden. En todos los otros negocios que en Jerusalem y Tierra Sancta hazen hablan en arábigo, como los moros. Su propio alphabeto, y letra, todo, al natural, es lo siguiente» (Tena 2003: 359 y 362). Y a continuación se reproduce el Alphabeto o «létera» de los griegos.
Poco después leemos: «De los surianos, a que ahún en jerusalem biven, y en los lugares circunvezinos, y pónese primero la figura de qué manera y forma ellos andan vestidos». De los surianos explica el lugar de donde provienen y las lenguas que usan: «Otro linaje hay en Jerusalem y en sus lugares circunvezinos, y estos se llaman surianos, porque salieron, según algunos, de la ciudad Assur antigua; o, según otros, de la provincia llamada Syria se dizen syrios. […]» (Tena 2003: 364).
Me parece relevante el interés del viajero por destacar que en una misma ciudad o región se usa una lengua para los negocios mundanos y otra para los divinos, y la relación que establece entre la vestimenta, el modo de llevar el cabello, las costumbres y las lenguas: «En los negocios mundanos hablan lengua morisca, en los divinos y espirituales usan la griega. Algunos en ellos usan el chaldeo, quando les plaze, porque bien lo saben. Y la verdadera letra y alphabeto de la scriptura y lengua chaldea es la siguiente» (Tena 2003: 364).
De los armenios nos dice que: «lievan los cabellos de las cabeças cortados y hechos en forma de cruz» (Tena 2003: 372). Y de los abbasinos, muchos de los cuales vivían todavía en Jerusalén, leemos: «Estos abbasinos siquier indianos, aunque en Jerusalem y Tierra Sancta saben y entiendan la moriega lengua, y d’ella, quando les plaze, usan, no menos tienen su propio lenguaje y alphabeto, el qual tiene XLVII letras según en las siguientes figuras son escriptas» (Tena 2003: 377).
Uno de los primeros libros impresos donde los lectores podían ver los alfabetos orientales fue el de este peregrino. El autor no sugería filiación o relación alguna entre ellos, sino que su objetivo era referirse a su diversidad. El alfabeto hebreo tenía para él 28 letras, como para el tratadista Geoffroy Tory, y no las 22 habituales, número sobre el que se fundaron tantas especulaciones, pues cinco letras presentan una doble grafía.9 La obra de Breidenbach presenta uno de los rasgos significativos de los relatos de viajes. Al tiempo que se habla de las particulares costumbres de los pueblos orientales, los alfabetos se consideran también una muestra de exotismo y aparecen en un lugar destacado junto a los vestidos de los pobladores. Existe, además, para Breidenbach, «una correlación entre la diferencia de lenguas, las escrituras y las sectas, multiplicidad que se opone, elocuentemente, a la unidad de la fe católica» (Demonet, 1992: 51). Y debe destacarse, además, la diferencia que señala entre lenguas y escrituras de uso y aquellas que se refieren al culto.10
Los eruditos del siglo XVI añadieron nuevas preocupaciones a la información de los viajeros. A unos les preocupaba saber quién inventó las letras, qué alfabeto fue el más antiguo y cuáles le siguieron, así como qué relación existía entre las letras.
3. Enciclopedias y tratados
En algunos libros de viajes se relatan experiencias sucedidas, se habla de paisajes contemplados, se recogen noticias de tipo histórico y geográfico, se describen o mencionan accidentes naturales, regiones y ciudades, se habla de prodigios y monstruos y se recogen informaciones librescas muy variadas (Béguelin-Argimón, 2011).
Es interesante destacar la relación que mantiene el Libro de las maravillas con la ciencia tal y como se exponía en las enciclopedias medievales.11 Las enciclopedias se nutrían, entre otras muchas fuentes, de los relatos de viajes, y mantenían con ellos una relación de intercambios y préstamos mutuos, como señala Rodríguez Temperley (2005). Las enciclopedias compilaban y refundían materiales existentes, y reconoceremos en determinadas secciones los temas de los libros de viajes, pero insertos en un nuevo ‘marco’ que los recontextualiza.
Al hilo de esta transformación debe recordarse que en el primer tercio del siglo XIV dejaron de escribirse nuevas enciclopedias, y a medida que fue desapareciendo este género, comenzó el auge de cierto tipo de relato de viajes, algunos de los cuales incluyeron un compendio geográfico o una descripción del mundo, como en la Descriptio Orientalium Partium de Odorico de Pordenone (c. 1330), el Liber de quibusdam ultramarinis partibus de Guillermo de Boldensele (1336), el Libro de las maravillas de Mandeville y el Libro del conoscimiento (c. 1360). Se percibe todavía en ellos un saber libresco.
Hasta cierto punto, podemos afirmar que algunos relatos de viajes se convirtieron en una especie de enciclopedia divulgativa, que no presentaba la organización del saber característico de las enciclopedias. Frente al discurso expositivo-explicativo, se constituyó el narrativo, característico de los libros de viajes. El saber aparece organizado y expuesto de una manera diferente a la enciclopedia, digamos, académica. Rodríguez-Temperley (2005) ha explicado este extremo con toda claridad.
El relato de Mandeville muestra un interés notable por las lenguas de los países que dice recorrer, y llega a copiar en su libro algunos alfabetos, como he señalado ya, lo que le otorga un carácter diferente frente a otros relatos de viajes. La traducción al aragonés recogida en el manuscrito de la biblioteca de El Escorial no contiene ilustraciones de seres monstruosos o de ciudades y palacios, pero incluye algunos alfabetos, y este es un rasgo destacado. Los alfabetos solo aparecen en la primera parte de la obra, e indican que los pueblos (o las personas) que los crearon no solo tenían un lenguaje, sino que poseían uno escrito. En la segunda parte se describen regiones en las que vivían seres monstruosos, híbridos extraños. Los monstruos no tienen la capacidad de hablar ni menos la de expresarse por escrito. En los impresos castellanos del siglo XVI desaparecen los alfabetos y se da un valor excepcional a las ilustraciones de monstruos. El libro reorienta su significado y cambia de naturaleza. Otros fines y otros lectores determinaron su sentido.
4. Los alfabetos
El tratado conocido como Doctrinale de Alejandro de Villadei parece que remite en los versos finales del prólogo a dos tratados de gramática titulados Alphabetum minor y Alphabetum maius, lo que nos hace pensar que el autor llamaba alfabetos a unos manuales de gramática.12 El alfabeto parece ser la base de todo aprendizaje lingüístico y nos introduce en el estudio de contenidos más complejos. Téngase en cuenta que a la hora de filiar algunas lenguas se tuvo muy presente el aspecto gráfico de las letras para establecer vínculos entre ellas.
El alfabeto más antiguo, el de la primera lengua, fue para muchos pensadores y exégetas el hebreo, aquel cuyas letras trazó la mano de Dios al grabar las Tablas de la Ley. Esta reflexión es, sin duda, mucho más antigua que la que encontramos en las Etimologías de san Isidoro, pero esta obra fue uno de los textos más influyentes a la hora de situar el alfabeto hebreo a la cabeza de todos. La serie de autores y argumentos para demostrar este extremo es amplísima. Para san Isidoro, el origen de las letras latinas y griegas parece remontarse a los hebreos. Entre estos, escribía:
la primera letra se llama aleph; a partir de ella, y alterando un poco la pronunciación, se dijo alpha entre los griegos; de aquí a en latín. El autor del transvase adaptó la letra de acuerdo con la semejanza del sonido entre una y otra lengua, de forma que podemos admitir que la lengua hebrea es madre de todas las demás lenguas, así como de todas las letras. Los hebreos se sirvieron de veintidós signos gráficos, tantos como son los libros del Antiguo Testamento. Los griegos, por su parte, tienen veinticuatro […]. Las letras hebreas tienen su origen en la Ley, gracias a Moisés. En cambio, se remontan a Abrahán las letras sirias y caldeas, por lo que concuerdan con las hebreas en cuanto a su número y sonido, discrepando tan solo en su grafía. […] Se dice que entre los egipcios, los sacerdotes emplean un tipo de letras, y otro tipo el vulgo. (Díaz y Díaz, Marcos Casquero y Oroz Reta, 1993-94: I, cap. 4, 279)
Algunas lenguas podían relacionarse si se demostraba que los rasgos de las letras eran los mismos, así como por el orden alfabético, que se entiende como un orden significativo. Nebrija señalaba en el capítulo sexto de De vi ac potestate litterarum el parentesco de las lenguas orientales como el árabe (llamado púnico), el arameo, el egipcio y el hebreo, y no solamente por las palabras, sino por el orden de las letras.13 Las letras y su orden tuvieron un significado importantísimo para varias culturas y no solo se ocuparon de ellas los cabalistas, entre otros grandes sabios. No se debe olvidar que san Jerónimo las tradujo a un sentido cristiano, según aparece en la carta XXX (A Paula de Urbica):
ALEPH significa doctrina, BETH casa, GUIMEL plenitud, DELETH de las tablas, HE esta, VAU y, ZAI aquella, HETH vida, TETH bien, IOD principio, CAPH mano, LAMED de la disciplina o del corazón, MEM de los mismos, NUN sempiterno, SAMECH ayuda, AIN fuente u ojo, PHE boca, SADE justicia, COPH vocación, RES cabeza, SEN de los dientes, TAU señales. (Bautista Valero, 1993: 292)14
Después de la traducción de los caracteres, se explica con detalle su sentido espiritual. Con ello, el alfabeto hebreo no sólo se traduce, sino que se moraliza mediante una interpretación cristiana. El interés por el hebreo es una constante entre muchos tratadistas y viajeros. Su condición de primera y única lengua para la humanidad era una idea muy extendida.15 San Isidoro lo consideraba la primera de todas y señalaba que:
fue utilizada por los patriarcas y los profetas, no solo en sus predicaciones, sino también en las Sagradas Escrituras. En un principio hubo tantas lenguas como pueblos, pero más tarde el número de pueblos superó al de lenguas, porque de una misma lengua se desgajaron diferentes naciones. (Díaz y Díaz, Marcos Casquero y Oroz Reta, 1993-94: IX, cap. 1, 739)
Del hebreo se destacaron su pureza, antigüedad, fecundidad (es la madre y origen de otras lenguas) y su origen divino, por más que san Isidoro confesara (poco después de la cita que acabo de recoger) la dificultad a la hora de saber qué lengua utilizó Dios en la creación:
Es difícil determinar en qué lengua habló Dios cuando, al comienzo del mundo, dijo (Gén. I, 3): «Hágase la luz», puesto que todavía no existían lenguas. La misma dificultad entraña el querer saber en qué lengua llegó más tarde su voz a los oídos de los hombres. […] Hay quienes opinan que se trata de la única lengua que existió antes de la multiplicación de las lenguas. (Díaz y Díaz, Marcos Casquero y Oroz Reta, 1994-94: I, cap. 11, 740)
A lo largo del siglo XVI vemos a los humanistas dedicarse al estudio de las lenguas antiguas y modernas, incluso lenguas lejanas o descubiertas recientemente. Estas preocupaciones explican la publicación de múltiples Tesoros del lenguaje o Trésor des langues, también llamados Mithridates (en honor a Mitrídates, legendario conocedor de muchísimas lenguas), en alguno de los cuales encontraremos una sucesión de capítulos dedicados cada uno a una lengua concreta.16 Es el caso de la obra de Conrad Gessner, Mithridates (1555), en la que dedica, por orden alfabético, un apartado a cada lengua, empezando por Abasinorum lingua, la de los Abgazares, la Aegyptiaca lingua, etc.
La vida del excepcional polígrafo Conrad Gessner gira en torno a la ciudad de Zúrich, aunque estudió en diferentes ciudades europeas (Estrasburgo, Bourges o París) y mantuvo correspondencia con numerosos sabios contemporáneos, como Theodor Bibliander. Su saber no conocía fronteras y se ocupó de medicina y botánica, de gramática y de teología, entre otras disciplinas. Desde el punto de vista lingüístico, su obra más importante fue la mencionada Mithridates. En la portada de la edición de 1555 leemos: Mithridates. De differentiis linguarum tum veterum tum quae hodie apud diuerdad nationes in toto orbe terrarum in usu sunt. Gessner insiste en las diferencias más que en las semejanzas entre las lenguas, frente a algunos de los sabios predecesores, como Guillaume Postel (autor de De originibus seu de Hebraicae linguae et gentis antiquitate, deque variarum linguarum affinitate [De los orígenes o de la antigüedad de la lengua y de la raza hebrea y de la afinidad de las diferentes lenguas], París, 1538) o Theodor Bibliander (autor de De ratione communi onium lingurum et literarum commentarius [Comentario sobre el sistema común de todas las lenguas y de todas las letras], Zúrich, 1548), a quienes Gessner rinde homenaje en el epílogo al lector.
Antes de la obra de Gessner, Teseo Ambrosio (que se sirvió de las observaciones del peregrino Breidenbach sobre los alfabetos) recopiló en 1539 una de las primeras colecciones de alfabetos en su Introductio in Chaldaicam linguam, syriacam atque armenicam et decem alias linguas seguidas de Characterum differentium alphabeta circiter quadraginta. Por esos mismos años apareció la obra más lingüística de Guillaume Postel: De Originibus…, que completó poco después con Linguarum duodecim characteribus differentium alphabetum introductio.
Estas obras manifiestan el interés de la época por las colecciones, las recopilaciones de lenguas y alfabetos. Para esta tarea, los grandes sabios del siglo XVI se sirvieron de cuantos datos llegaron a su poder, entre otros, los que les suministraron los libros de viajes. La variedad de lenguas y alfabetos fue un interés común para ambos. No se ha destacado suficientemente el hecho de que se diferenciara entre la existencia de una lengua de culto y una lengua de uso, que se planteara la existencia de dos alfabetos para una sola lengua. Esto hace pensar si no se empezaba a dudar sobre la univocidad entre una lengua y unos signos…
No dispongo de espacio para presentar y discutir las opiniones de este y otros grandes ilustrados de la época y su relación con los relatos de algunos viajeros. Lo que me interesa en este punto es el uso que hicieron estos grandes sabios de las informaciones de los viajeros, la comunidad de intereses que mostraron viajeros y sabios y como se ocuparon de cuestiones comunes. Permítaseme, en todo caso, un apunte final.
La inmensidad y el poder del imperio mongol impresionaba todavía a los letrados más instruidos del siglo XVI. Al hablar de la lengua tártara, Gessner empezaba diciendo que el imperio donde se hablaba esta lengua se extendía por una gran parte de Asia y de la Escitia y llegaba hasta Europa, y pensaba que no había monarquía que pudiera compararse con la de aquella zona, «si uera sunt M. Pauli Veneti scripta» (Colombat y Peters, 2009: 259). No es este el único lugar donde menciona el relato de Marco Polo. Al referirse a las ciudades de Lop y Sachion, resume unas páginas de los capítulos 44 y 45 del Milione (Colombat y Peters, 2009: 266). En el capítulo De linguis in orbe novo, Gessner menciona los textos de Pedro Mártir, los de Colón y Américo Vespucio para referirse a las lenguas que se hablaban en el nuevo mundo: «Colonus decem uiros ex Hispaniola secum in Hispaniam adduxit, a quibus posse omnium illarum insularum linguam nostris literis Latinis, sine ullo discrimine, scribi compertum est» (Colombat y Peters, 2009: 268). Para Gessner era sorprendente que la lengua de los habitantes de aquellas islas pudiera transcribirse con las letras del alfabeto latino… Pero no son estos los únicos relatos de viajeros que maneja. Al hablar de diferentes lenguas de los países más remotos del imperio tártaro y del Nuevo Mundo, Gessner escribe que los pueblos Caitachi vivían alrededor de los montes Caspios y que había entre ellos muchos cristianos, y a continuación señala su fuente: Josaphat Barbarus (Colombat y Peters, 2009: 265). Iosaphat Barbarus (1413-1494), que conocía los libros de Mandeville y de Nicolo Conti, fue el autor del Viaggio in Persia, publicado en 1543.
Gessner manejó muchas fuentes para escribir Mithridates. En la última parte de la obra utilizó en especial los relatos de viajes: De variis linguis, praessertim et remotissimis terris imperii Tartarici et Orbis novi [De diversas lenguas, en particular de las habladas en los países más remotos del imperio tártaro y del nuevo mundo]. Además de Marco Polo y del diplomático y comerciante veneciano Josaphat Barbaro, cuando redactó la parte dedicada a las lenguas del nuevo mundo, se sirvió de los relatos de Pedro Mártir (Décadas del Nuevo Mundo) y de Alvise Cadamosto.17 Colombat y Peters (2009) señalan que utilizó una edición de Orbis Novus Regionum ac Insularum Veteribus Icognitarum (Basilea, 1532), la amplia recopilación de textos realizada por Simon Grynaeus y la explicación del mapa de Sebastian Münster, que le permitía conocer los relatos de Cadamosto, Vespuccio, Luis Varthema, Marco Polo, Maciej Miechowita (1457-1523)18 y Paolo Giovio.
5. El aprendizaje de las lenguas
María Cruz Cabeza Sánchez-Albornoz y Silvia Abad Lluch recuerdan que en la edición del relato de Breidenbach publicado en Zaragoza «se ha suprimido el pequeño vocabulario de alrededor de unas doscientas treinta palabras turcas más usuales, que se recogen en otras ediciones» (1999: 209). No es el primer ni el único libro de viajes en el que se recogía un vocabulario, como hemos visto en el caso de von Harff. Esta presentación de algunas lenguas, sus escrituras y algunas de sus palabras no tardó en completarse unos años después con la perspectiva de eruditos e historiadores, como veremos enseguida.
Siempre me han llamado la atención estos breves vocabularios, que aparecen ya en el Liber Santi Jacobi y que he recordado en el relato de von Harff. Nada tienen que ver con la elaboración de los eruditos y académicos glosarios que encontramos tras la traducción de las Décadas de Tito Livio o en la Biblia de Alba, por ejemplo. Sin embargo, su presencia resulta muy sugestiva.
Gessner recogía también en su obra Mithridates algunas listas de palabras. Uno de sus intereses es reproducir el padrenuestro en muchas de las lenguas, pero reproduce también listas de palabras y sus traducciones a otros idiomas (indio, caldeo, latín, egipcio, turco…).19 Recoge también unas frases escritas según el alfabeto que inventó Tomás Moro para los habitantes de la isla Utopía (Colombat y Peters, 2009: 273). Recopilaciones de este tipo no siempre se hacían con fines lingüísticos.20
Durante años, las listas de palabras que recogían frases hechas o conversaciones han sido un procedimiento muy utilizado para la enseñanza de las lenguas. Los estudios sobre este sistema de enseñanza son abundantes y todavía hoy es posible encontrar manuales que se sirven de ellas. En este ensayo solo me he referido al testimonio de unos viajeros y a uno solo de los tratados de humanistas franceses del siglo XVI. Pero en el curso de mi investigación he recogido también algunas escenas en los libros de viajes que tienen la oralidad como protagonista. Todo ello nos obliga a plantearnos cómo sería la comunicación entre personas que desconocían completamente las lenguas que escuchaban y cómo las aprenderían. Estamos ante la enseñanza y la comunicación de tipo oral, el universo de la oralidad, de extraordinaria riqueza. Ya escribía san Agustín en De magistro que algunas lenguas se aprendían por un sistema semejante a lo que nosotros llamamos inmersión en las lenguas o inmersión lingüística.
6. Conclusiones
El conocimiento del mundo es un largo proceso que todavía no ha acabado. Los relatos de viajes medievales a tierras asiáticas ofrecieron información de ciudades y regiones, de accidentes geográficos, de razas y prodigios. Uno de los elementos necesarios para conocer el mundo eran las lenguas de los países recorridos. Muchos viajeros se fijaron en ellas, señalaron dónde se hablaban, cómo eran sus alfabetos, qué palabras y frases eran las más corrientes, y cómo servían de frontera entre unas y otras zonas. Las lenguas eran una muestra más de la variedad del mundo y había que dar cuenta de ella. En ocasiones, las lenguas se entendían como un elemento más para caracterizar a un pueblo, como lo eran sus costumbres y creencias.
Los tres textos que menciono en este breve ensayo muestran relación con fuentes de origen libresco. Mandeville viajó desde una biblioteca y compuso su relato con los libros que tenía a su alcance. Las etapas del viaje que no llevó a cabo von Harff fueron redactadas con la ayuda de otros relatos de viajes y el periplo de Breidenbach ofrece información que trasciende la experiencia personal, la expresión del contacto con la realidad. Parte de la información que nos ofrece sobre las zonas que recorre proviene del universo libresco. En el relato de Breidenbach se muestra una visión muy ambiciosa de los países que recorre, pues menciona noticias históricas, científicas. En algún pasaje, nos dice que fundamenta su descripción en «el escripto del venerable padre señor, Diago de Vitriaco, e de la iglesia sancta romana». Me he centrado, sin embargo, en el interés por los alfabetos y en los pequeños glosarios.
El interés por la primera de las lenguas, por la variedad de las existentes y su relación entre ellas, así como por los alfabetos, por el origen y significado de las letras, son algunas de las preocupaciones de tratadistas y pensadores medievales y del humanismo. Pero también se interesaron por la variedad de escrituras los viajeros medievales. Los alfabetos nunca fueron listas inertes. El número de letras, su forma, el orden en el que aparecían, las semejanzas y diferencias entre ellas fueron motivo de atención. Algunos viajeros reprodujeron alfabetos porque era un rasgo que caracterizaba y distinguía a los pueblos, como sus costumbres y sus creencias. Los viajeros medievales encontraron en las cortes que visitaron a personas, y muchas de ellas europeas, capaces de entender y traducir lenguas muy lejanas a las europeas. ¿Cómo aprendieron estas lenguas? De todos estos asuntos y de las novedades que traiga la lectura de tratados y relatos de viajeros, trata la investigación que estoy desarrollando.
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1.- «A continuación entramos en la tierra de los mongalos, a los que damos el nombre de tártaros» (Gil, 1993: 235).
2.- Ramon Llull no tenia una idea muy precisa de las creencias y costumbres de los tártaros, de quienes pensaba que eran paganos iletrados y salvajes guerreros. Es probable que sus conocimientos le llegaran a través de la Flor des Estoires de la Terre d’Orient del monje armenio Aitó de Gorigos. Fantaseando a partir de historias basadas en relatos de misiones a Oriente, Llull imaginaba en el Llibre d’Evast e d’Aloma e de Blanquerna la creación de escuelas de misioneros entre los tártaros. Este afán le movió a presentar a Bonifacio VIII en 1295 la creación de unas escuelas de lenguas (studia idiomatum) en el país de los tártaros (in terris tartarorum). Entre 1287 y 1289, Llull propuso en la Universidad de Paris la creación de un studium linguarum en el que se ensenaran lenguas: «es fundi un estudi d’àrab, de tàrtar i de grec, en el qual aprenguem les llengües dels enemics de Déu i nostres». Véase Batalla Costa, Cruz Palma y Rodriguez Bernal (2016), de donde procede la información de esta nota. Llull mostró interés por el universo mongol y fue autor de Llibre del Tàrtar i el Cristià / Liber Tartari et Christiani.
3.- Quien más y mejor ha explicado estas y otras características ha sido Mercedes Rodriguez Temperley (2005, 2011), de donde proceden estas observaciones. Hago constar la deuda que tienen estas páginas con los estudios de la excepcional investigadora argentina.
4.- No aparecen, sin embargo, en las ediciones impresas del siglo XVI espanol, tal y como indica Rodriguez Temperley, y su ausencia es muy significativa.
5.- Estas listas de palabras han sido utilizadas a veces con una clara intención política. Cuando se trata de demostrar la antigüedad de una nación o de fundamentar que sus primeros pobladores hablaban ya una lengua (que debe defenderse frente a otras), estas descarnadas listas han sido utilizadas como argumento.
6.- Todas las citas provienen de la edición y traducción de Brall-Tichel y Folker (2007). El vocabulário vasco que aparece en el Liber Santi Jacobi y el recogido por von Harff han sido bien estudiados. Luis Michelena senala que el del viajero alemán habría sido recogido en la Alta Navarra y no en la Baja como se había venido sosteniendo (1964: 63-65).
7.- Se trata del ripuario, o fráncico ripuario («ripuarisch», en alemán).
8.- Se conocen algunos nombres de peregrinos alemanes que hicieron el Camino de Santiago a finales de la Edad Media: Sebastian Ilsung, Georg von Ehingen, Sebald Rieter, Leon von Rozmital, Hermann Kunig von Vach y Nikolas von Popplau, entre otros. El Codex Bratislavensis recoge textos, en distintas lenguas, sobre viajes a territorios asiáticos. Véase al respecto Krása, Polisensky y Ratkos (1986). Interesa de manera particular el mercader y viajero Lázaro Nuremberger, quien en los años de 1517 y 1518 representó los intereses de las casas comerciales alemanas en India.
9.- De este autor nos interesa «Champfleury. Au quel est contenu l’Art et Science de la deue et vraye Proportion des Lettres Attiques, qu’on dit autrement Lettres Antiques, et vulgairement Lettres Romaines proportionnees selon le Corps & Visage humain» [Campo florido, en el cual está contenido el arte y la ciencia de la debida y verdadera proporción de las letras atenienses, que son llamadas alternativamente letras antiguas, y vulgarmente Letras Romanas, proporcionadas según el Cuerpo y el Rostro humano], publicado en París en 1529.
10.- La diferencia entre dos tipos de escritura, una para la comunicación diaria y otra para el culto, es también indicada por algunos tratadistas de otras lenguas. «Los egipcios utilizan modos particulares de escritura, precisaba Gessner, uno llamado vulgar, que es aprendido por todo el mundo, y otra que llaman sagrada, que solamente conocen los sacerdotes, y que han aprendido de sus padres a título privado» (Colombat- Peters, 2009: 110).
11.- Deseo hacer constar la enorme deuda que tienen las páginas que siguen con las impecables ediciones y estudios que ha realizado María Mercedes Rodríguez-Temperley.
12.- Este libro [el Doctrinal] «se estudiará después del Alphabetum minus; / luego, quien siga mis escritos, abordará el Alphabetum maius; / casi todo este libro está sacado de aquel» (Villadei, 1993: 77).
13.- Hablando de una característica de la lengua hebrea, señala: «Algo parecido observamos también en la lengua árabe, muy próxima a la hebrea y, por ello, a la aramea y a la egipcia, no sólo en los sonidos de las letras, sino también en la ordenación de las mismas» (Nebrija, 1987: 89).
14.- En su estudio sobre el signo en el siglo XVI, dice Demonet que el orden arbitrario de los alfabetos fue traducido y moralizado por místicos y teólogos. Su reproducción: «como en los relatos de viajes, los libros de antigüedades o las recopilaciones, los presenta como condensaciones de las lenguas, resúmenes que dieran al lector la impresión de poder apreciar, de un vistazo, el parentesco de las lenguas» (1992: 63).
15.- La idea de que el hebreo es la lengua madre, no solo la primera y más antigua de las lenguas, sino la única que se muestra pura y sin mezcla, es un presupuesto básico del que participan la mayoría de los tratadistas europeos del siglo XVI. Jean Gessner escribía que el hebreo era prima et antiquissima omnium y la única que apareció pura et syncera. La idea de que los pueblos orientales, y muy en particular los hebreos, habían inventado todas las artes y disciplinas, y en particular el de componer lenguas, era antigua y puede encontrarse en Roger Bacon.
16.- El término ‘tesoro’ (trésor en francés, que proviene de thesaurus) lo encontramos en español en la obra de Covarrubias. Este diccionario etimológico corona una tradición no muy larga de etimologistas del español. Covarrubias consideraba que su libro era «la colección más extensa, hasta ese momento, de etimologías de la lengua española» (Seco, 2003: 189). Y lo llama Tesoro que dedica, por orden alfabético, un apartado a cada lengua, empezando por Abasinorum lingua, la de los Abgazares, la Aegyptiaca lingua, etc.
17.- Alvise Cadamosto (1432-1483) fue un explorador y comerciante que trabajó para el príncipe portugués Enrique el Navegante. Es autor de Navigazioni.
18.- Se trata de un representante del renacimiento polaco. Fue médico, historiador, geógrafo, astrólogo. En Tractatus de duabus Sarmatiis (1517) da muestra de sus conocimientos del húngaro, el lituano y el tatar o tártaro.
19.- En la biblioteca de Wolfenbüttel se conserva un manuscrito que recoge un vocabulario de 224 palabras o expresiones de la lengua Rotwelsch. En Mitrídates se reproduce su contenido. Gessner señala que había tomado este vocabulario de un opúsculo impreso en Basilea. Se trata de: «Elementos y vocabulario de la Gramática y de la lengua Rotwelsch, descritos por los muy sabios Cammesierer [sabios mendigos] en los viajes. Aquello que ningún campesino puede comprender ni hablar. Sí, una basura en su boca» (Colombat y Peters, 2009). A esta lengua de los mendigos (Liber vagatorum) o Rotwelsch se ha dedicado una abundante bibliografía.
20.- En el caso del noruego, Colombat y Peters señalan que: «Cette liste renseigne moins sur la langue que, même de manière assez sommaire, sur la realíté sociale des Norvégiens qui avaient conservé, à l’époque, une partie du système des bondi d’avant le christianisme» (2009: 198).
«Las grandes y estupendas cosas del Mar Océano»: Antonio Pigafetta en el corazón de la epopeya de los descubrimientos renacentistas1
Clotilde Jacquelard
Sorbonne Université, CLEA
Reflexionar sobre el concepto de «exotismo» hoy en día pone el dedo sin duda en uno de los aspectos del desencanto característico de nuestros tiempos postmodernos. En efecto, ¿sigue existiendo hoy día una frontera real, una distinción nítida entre Occidente y los mundos no occidentales? Ésta parece cada vez más borrosa si nos referimos al proceso de globalización u occidentalización en curso. ¿Qué significado dar a un «acá» y un «allá» cuando algunas horas de vuelo nos separan de las antípodas, en un mundo aparentemente reducido al tamaño de un pueblo cosmopolita y heterogéneo? ¿No proclamaba Claude Lévi-Strauss ya en los años 50 «la fin des voyages» y unos trópicos más bien tristes (Levi-Strauss, 1955)? ¿Qué sentido dar entonces a la relación entre el hombre y el medio que lo rodea, ya cercano ya lejano? ¿Podemos seguir hablando de «exotismo» en plena mundialización sin hacer sonreír, sin evocar la publicidad de una agencia de viajes o la tienda de recuerdos turísticos? Vaciado de su sustancia evocadora de apertura hacia un espacio lejano, nuevo, extraño, ideal, tal como triunfó en el siglo XIX (Moura, 1992), nos parece haberse convertido en un concepto desgastado y no desprovisto de miras neocoloniales. Estaríamos viviendo pues el fin de un largo proceso de cinco siglos que nos ha conducido de un mundo mediterráneo cerrado a un mundo abierto a las dimensiones del planeta; cinco siglos de descubrimientos, exploraciones, asimilación, dominación colonial diversa y otras tantas rebeliones emancipadoras. A la hora del balance quizás sea oportuno volver a visitar de alguna manera el punto de partida de este proceso de larga duración, los cimientos de la modernidad, a través del examen de un relato de viaje emblemático de comienzos del siglo XVI, la Relación del primer viaje alrededor del mundo. Noticias del mundo nuevo con las figuras de los países que se descubrieron señalados por Antonio Pigafetta. Vicentino. Caballero de Rodas.
Lo que calificamos de «exotismo», o sea la curiosidad, el interés, la fascinación por mundos lejanos, es indisociable de la historia de la «expansión» europea. Este proceso arrancó en el último tercio del siglo XV, cuando la geografía de lo lejano irrumpió en la Europa cristiana con los primeros viajes ibéricos transoceánicos. No sólo pensamos en los de Cristóbal Colón a partir de 1492, sino también en el del portugués Vasco de Gama, quien tocó el subcontinente indio en Calicut en 1498 por la ruta del Cabo de Buena Esperanza. El tercer panel de este tríptico lo configura a todas luces la primera vuelta al mundo, imprevista, efectuada por la expedición magallánica entre 1519 y 1522. Este conjunto de expediciones —y no las citamos todas— constituye una aventura colectiva y competitiva entre Castilla y Portugal en el paso de la Edad Media al Renacimiento, una experiencia de radical novedad que funda la modernidad en esta salida del mundo mediterráneo, en esta revelación de horizontes reales y ya no meramente míticos para los europeos.2
Antonio Pigafetta, cuyo relato será centro de nuestra reflexión, fue miembro de la expedición magallánica. Como humanista de comienzos del siglo XVI, nos ofrece un testimonio excepcional de esta gran mutación de la mirada occidental focalizada hacia otros mundos, otros hombres, otras culturas; una mutación permitida por unas condiciones técnicas e intelectuales, y concretamente por la exploración marítima planetaria por parte del Occidente cristiano (Chemello, 1996). Lo otro, lo extranjero, lo extraño, surgían bruscamente y materialmente en el pensamiento occidental. A la inversa, la influencia occidental iba a extenderse progresivamente a escala planetaria (Gruzinski, 2004). Se trata pues de un doble movimiento revolucionario que tardó varios siglos, en lo que se refiere a Europa, a destronar el sistema de pensamiento dominante heredado de los Antiguos por una parte, así como afectó, por otra parte, a pueblos recientemente revelados. La circunnavegación magallánica iba a probar por la experiencia la rotundidad de la tierra; el hecho de que todos los océanos están conectados y que todo comunica por tanto a la superficie del globo. Fue el punto de partida, concreto y moderno, de la globalización acelerada que vivimos y que se cuestiona actualmente.
La figura del viajero: Antonio Pigafetta, ¿primer «turista»?3
Resulta imprescindible detenernos en la figura del viajero para comprender su mirada, la selección que opera en la realidad y su retranscripción via una primera formulación de la escritura de lo extraño, de lo extranjero que fue en aquel entonces el relato de viaje.
Antonio Pigafetta fue un testigo excepcional de esta primera vuelta al mundo. Muy pocos datos tenemos hoy acerca de su trayectoria vital. Nació después de 1492 en una familia noble de Vicenza. Pudo beneficiar de una formación culta, humanista, en el crisol intelectual de la Venecia renacentista. Llegó a Barcelona y luego a la corte de Carlos I con el nuncio apostólico Francesco Chieregati en 1519, en el momento de la preparación de la expedición magallánica en busca de un «paso» hacia la codiciada Especiería. Deseó embarcarse para satisfacer su curiosidad: «[…] determiné […] de experimentar el ir en busca de tales cosas» (Pigafetta, 1985: 50-51). Esta actitud curiosa era excepcional en una época en la que nadie viajaba por puro afán de conocer, y en la que podía resultar complicado reclutar tripulaciones para este tipo de viaje de larga duración y hacia parajes desconocidos, tanto más al servicio de un capitán portugués, Fernando de Magallanes. Así, Antonio Pigafetta no se contentó con recibir y leer noticias del nuevo mundo en un gabinete o merced a conversaciones eruditas con cosmógrafos en la corte de Venecia o en la de Carlos I, sino que se resolvió a participar personalmente. Quiso hacer la experiencia del descubrimiento y abrirse a un mundo todavía encantado, en tanto que no revelado: «[…] las grandes y admirables cosas que Dios me ha concedido ver o sufrir en la mi luego escrita, larga y peligrosa navegación […]» (Pigafetta, 1985: 49). Se trata de conocer directamente, sin intermediario, lo que explica la preocupación constante de su relato por referir lo que hoy designamos como «verdad documental», desprovista de digresiones y anécdotas fuera del propósito del mismo viaje, aunque no desaparece del todo la dimensión maravillosa. De manera que no viajaba por obligación, como los marineros, ni por sed de conquistar o enriquecerse, como el conquistador hispánico, puesto que no era súbdito del monarca español, sino por afán de conocer como humanista que era. Tuvo la oportunidad, por las recomendaciones que le acompañaron, de colocarse cerca del artífice principal de la expedición, al servicio personal del capitán general, el mismo Fernando de Magallanes.4
Detrás de la mirada encontramos por tanto a una figura culta, curiosa, que no deseó limitarse a observar desde la borda de la nave sino presentarse como actor de pleno derecho de la expedición. En efecto, no vacilaba en bajar a tierra, ir al encuentro de la gente tratando de darse a entender, así como intentando entender él mismo a pueblos isleños de Insulindia, por ejemplo.5 Participó en diversas embajadas en situaciones peligrosas, en las cuales la traición, fundada en el malentendido o la incomprensión, siempre era posible. Curioso de encontrar al otro, mediante la observación atenta y el diálogo, actuó como un etnógrafo avant la lettre. Pigafetta aparece pues como una figura pionera de viajero moderno, de explorador movido por la curiosidad y la voluntad de participar en la epopeya de su siglo.
Pigafetta es el cronista más famoso de este viaje que demostró ser excepcional por la odisea de cruzar por primera vez todos los océanos del planeta y por su final exitoso, y cuya meta consistía en alcanzar por el oeste las islas de las especias, las Molucas, ya reconocidas por los portugueses a través de la ruta africana y el estrecho de Malaca.6 Pigafetta lógicamente aspira a escribir y transmitir una suerte de viaje total. Consciente de ser un descubridor, a la vanguardia de los conocimientos geográficos de su época y siendo uno de los 18 supervivientes, en 1522, de los 240 hombres salidos de Sevilla en 1519, se ocupó en escribir un diario de abordo durante los casi tres años del viaje. La relación que tenemos hoy data de 1524. Es una reescritura a partir de sus apuntes, puesto que las versiones originales entregadas, una a Carlos V en la entrevista que mantuvo con él en Valladolid a su regreso, y otra a María Luisa de Saboya, madre de Francisco I de Francia, se perdieron.7 Dicho fenómeno de reescritura explica el empleo exclusivo de los tiempos del pasado y la influencia de lecturas posteriores al viaje (Vagnon, 2010). Su relato es un testimonio de la singularidad de la experiencia personal que Pigafetta quiso dejar, puesto que uno de los objetivos confesados de su viaje era acceder al «renombre en la posteridad» (Pigafetta, 1985: 51).
Por supuesto Pigafetta ne podía hacer tabula rasa de las estructuras mentales colectivas y propias de la cultura cristiana europea de su época en las que se encontraba inmerso, como el providencialismo, la devoción, el estado de los conocimientos, o incluso un sentimiento de cierta superioridad imperial de la que trata de convencer a los isleños en Asia. Así, los combates simulados en armadura, la visita de los navíos, los tiros de artillería en señal de alegría, el intérprete que anuncia que Carlos V es el mayor rey del mundo, o la constatación, tanto en Brasil como en Filipinas, entonces bautizadas «islas de San Lázaro», de que los habitantes presentaban predisposiciones favorables para su evangelización. Pero estos códigos y convenciones culturales muy a menudo pasan a un segundo plano y no constituyen un obstáculo mayor para la observación. Raras veces aparece la condescendencia o un juicio explícito negativo emitido sobre los pueblos encontrados. En la gran mayoría de sus descripciones, el otro aparece de manera neutra mediante expresiones como «los habitantes», «la gente del país», «los hombres», «las mujeres», «los niños», y el primer contacto aparece siempre como recíprocamente curioso, benevolente, cordial, ya sea en Patagonia, Filipinas o en las Molucas:
Gran familiaridad adquirieron con nosotros estos pueblos. Nos dijeron cómo denominaban muchas cosas y el nombre de cuantas islas divisábanse desde allá. La de ellos se llamaba Zuluán y no era demasiado extensa. Nos satisfizo mucho su trato, porque eran asaz agradables y conversadores. (Pigafetta, 1985, 82)
A todas luces el espectáculo de lo extraño, de la novedad es el que ocupa todo el primer plano del relato.
Escribir el mundo
La narración del viaje toma la forma de un diario de abordo, pero no de aportación diaria, puesto que la versión que tenemos fue condensada y completada a posteriori a partir de apuntes y lecturas. Ofrece una serie de hitos cronológicos que destacan las principales etapas del viaje y los acontecimientos relevantes según la perspectiva del narrador. Es emblemático, en tanto que transpone por medio de la escritura la existencia de una nueva geografía fuera del mundo europeo, lo que les europeos llamarán más tarde escritura «exótica». Los cuatro primeros capítulos, breves, configuran la fase inicial del relato narrando el trayecto de Sevilla hasta el archipiélago canario, donde las tripulaciones solían acabar de constituirse y aprovisionarse de agua dulce, madera y víveres, mientras que el último capítulo relata brevemente el viaje de vuelta, desde la proximidad de las costas chinas hasta Sevilla, pasando por el océano Índico prohibido a la navegación española —razón por la cual Magallanes no podía planear una vuelta al mundo. Pocos especialistas se han detenido a calibrar este viaje de vuelta por el Índico después de haber descubierto el estrecho austral y la magnitud del océano Pacífico. Sin embargo, este viaje de regreso fue probablemente la mayor proeza náutica de la expedición: cinco meses de navegación sin escala para un buque solitario, la nao Victoria, en mal estado, donde debían coexistir especias con víveres para sesenta personas (Fig. 1). No tenían ningún mapa de la zona; ignoraban las corrientes y los vientos dominantes. Tardaron nueve semanas en doblar el cabo de Buena Esperanza y recorrieron finalmente treinta mil quilómetros. El cruce inaugural del océano Pacífico había durado «sólo» algo más de tres meses (en concreto, noventa y ocho días). Pigafetta, en un gesto probablemente de desprecio social, no cita ni una sola vez a Juan Sebastián Elcano, quien les llevó de regreso a Sevilla.

Fig. 1: La nao Victoria, en uno de los mapas del Theatrum Orbis Terrarum de Abraham Ortelius (1570)
Si dejamos de lado estos cinco capítulos, los cuarenta y cinco restantes tienen como objetivo de captación y transcripción estos nuevos mundos descubiertos desde la proa de las naos, o en tierra, después de fondear.8 En efecto, las tripulaciones magallánicas entraban por primera vez en un mundo ignoto, a partir del estuario del Río de la Plata y hasta el vasto archipiélago de Asia del Sureste, tocado por los portugueses una década antes. En adelante, nuevos paisajes poblados de especies vegetales y animales desconocidas por los europeos hasta la fecha, nuevos pueblos distintos, vinieron a encarnar la alteridad, la diferencia con respecto a la norma cristiana y mediterránea familiar.
El relato de viaje de Pigafetta tiene entonces como objetivo primordial informar, dar a «ver» el mundo a los europeos, hacerles sensibles y comunicables realidades extranjeras mediante la función mimética e ilusionista del lenguaje (Galand-Hallyn, 1995). Conlleva en ese sentido una dimensión visual, hasta pictórica esencial, explotada en el futuro por lo pintoresco o el «color local». La atención del viajero se centra en el mundo real, tal cual es, tal como le sorprende, le maravilla o suscita su rechazo. El viaje de descubrimiento toma la forma de una búsqueda profana de objetos y seres nuevos que saturan el relato descriptivo. El espacio está considerado en sí, por su singularidad, y es objeto de una observación fascinada. En estos términos califica Pigafetta el estrecho austral, llamado más tarde estrecho de Magallanes: «No creo hay en el mundo estrecho más hermoso ni mejor» (Pigafetta, 1985: 74), una apreciación estética raramente repetida con tal lirismo en la obra y sorprendente para calificar una zona tan inhóspita. Podemos percibir en ella el orgullo de la autoridad, puesto que el descubrimiento del «paso» interoceánico era la obsesión de los españoles al comienzo del siglo XVI, el modo de alcanzar Asia por el oeste y salvar el continental obstáculo americano. Tal fiebre, desde los tiempos de Colón, había motivado la constitución de varias expediciones, como la de Juan Díaz de Solís, que descubrió el Río de la Plata en 1515, la de Esteban Gómez por el Noroeste del continente, en 1523, o también la de Cristóbal de Olid, enviada por Hernán Cortés en 1524 al sur de Yucatán. Uno de los objetivos del viaje acababa de cumplirse aunque el «paso» se situaba a ¡52° de latitud sur!
Mostrar al lector lo que uno ha visto supone tratar de ocultarse tras su objeto de observación, lo que hace el etnógrafo contemporáneo. Pigafetta inicia justamente esta vía, puesto que en ningún momento nos da parte de una reflexión autobiográfica, ni del impacto que provoca en él este proceso de descubrimiento, quizá presente en su diario original. Al contrario del viaje interior, íntimo, exhibido por los viajeros del siglo XIX o XX, se trata de un relato extrovertido, que registra nuevas realidades y cuyo objetivo es fundamentalmente informativo. Se define ante todo como un texto geográfico, pero ya también protoetnográfico, en el sentido de que el autor busca describir los diversos grupos humanos con los cuales se cruza, sus características antropológicas y sociales. Refleja y encarna una época en la cual los europeos indagaban para conocer e inventariar el mundo. Este tipo de relato es un instrumento complementario de la cartografía y de la lámina. Así, por ejemplo, la «nuez de coco» está descrita sistemáticamente, por estratos, desde la superficie exterior hasta lo más interior:
Es éste más o menos grande como una cabeza humana. Su corteza más exterior es verde, dos dedos gruesa y la constituyen en parte unos filamentos con los que los nativos tejen las cuerdas para sus barcas. Bajo esa costra hay una segunda, dura y considerablemente mayor que la de la mayor nuez. Esta suelen quemarla y aprovechan sus cenizas para su pintura. Debajo, por fin, viene una pulpa endurecida blanca, de un dedo de espesor, que comen fresca con la carne del pescado, como el pan nosotros y que al paladar recuerda la almendra. Secándola se amasaría pan. Dentro de esa pulpa encuéntrase una agua clara, dulce y refrescantísima; agua que cuando se deja posar, se congela y termina como una manzana (Pigafetta, 1985: 82).
No se nos escapará, adicionalmente, el sistema analógico de Pigafetta, así como la mención de los usos y transformaciones del producto citado en función de la cultura de los pueblos asiáticos. Esa información «exótica» para el lector europeo, podía resultar estratégica para los expedicionarios facilitando su supervivencia.
Aspirar a transmitir un viaje total según Pigafetta consiste en respetar la trama cronológica de los acontecimientos. Es proporcionar asimismo un itinerario marítimo y realizar un cuadro de costumbres de los pueblos encontrados. La lengua busca ser precisa e incluso técnica. El viajero desgrana las etapas, la localización de los lugares y de las costas en grados de latitud. Estima las distancias recorridas con una honda preocupación por el rigor y la precisión científica. Descubrir, conocer era por tanto medir el mundo (Besse, 2003). El texto aspira a demostrar el dominio del espacio físico por el hombre. En efecto, la mayoría de los topónimos siguen siendo identificables hoy y las distancias mencionadas en su gran mayoría se acercan a la realidad, pese a las conocidas dificultades del cálculo de la longitud en la época. Pigafetta se detiene incluso en referir las técnicas de navegación a vela, los instrumentos náuticos de Magallanes, la misma realidad marítima con sus vientos, períodos de calma chicha, tempestades, aves marinas y peces. La travesía inaugural de la inmensidad desértica y angustiosa del océano Pacífico, entre el estrecho austral y Asia del Sureste a lo largo de casi cuatro meses, es otra secuencia bien conocida, mientras las tripulaciones sólo disponían de las exiguas vituallas obtenidas en la zona del estrecho, después de más de un año de viaje desde Sevilla y habiendo desertado en el estrecho la nao San Antonio, la de mayor tonelaje y por tanto con más víveres… Diezmadas por distintas enfermedades y la falta de alimentos, las tripulaciones experimentaron por primera vez en las navegaciones españolas los estragos del escorbuto.
Antes de ser plenamente y conscientemente exótico, el viaje renacentista es ante todo un descubrimiento intelectual y científico: Fernando de Magallanes y sus compañeros descubrieron la extensión austral del continente americano, esta inmensa barrera meridiana que cierra la relación directa por el oeste entre Europa y Asia. Por primera vez se experimentó y se tomó conciencia del tamaño gigantesco del océano bautizado «Pacífico», nunca atravesado sin escalas en el sentido ya mencionado. Magallanes y sus hombres pusieron los pies por primera vez, en nombre de España, en el archipiélago filipino. Pese a la linealidad del itinerario, la expedición revela a Europa nada menos que un nuevo hemisferio, marítimo ante todo, la cara oculta del planeta truncada por los márgenes de los mapamundis tradicionalmente eurocentrados. Esta realidad cuestionaba la idea preconcebida, heredada de Ptolomeo, de un globo sobre el cual la masa terrestre hubiera dominado sobre los mares. Pigafetta dudaba ya de la existencia de un inmenso continente austral.
Esta primera vuelta al mundo revelaba asimismo el tamaño real de un planeta que se pensaba hasta entonces más pequeño, como el proyecto de Colón lo definía. También revelaba el nuevo cielo astronómico del hemisferio austral. Pigafetta da cuenta de la influencia de la inclinación de la tierra en torno al eje polar sobre la duración de los días y las noches en función de las estaciones, fenómeno claramente percibido por los expedicionarios durante la estancia de varios meses en la Patagonia; se revela también el desajuste de un día al dar fin a la vuelta al mundo para los que habían escrito cotidianamente. La experiencia produce un saber que infirma o confirma la teoría a priori y se convierte en autoridad (González Sánchez, 2007). Pigafetta escribe pues una página virgen de la geografía mundial y participa en esta vasta empresa de inventariar el mundo que arranca en el Renacimiento y proseguirá hasta el fin del siglo XVIII. Constatar, registrar, asimilar la diversidad del mundo trastornará la esfera intelectual europea durante tres siglos hasta llegar a la revolución científica, el relativismo y el cuestionamiento del sistema monárquico y religioso al final del período moderno.
¿Cómo representar lo extranjero, lo extraño? ¿Cómo describir y censar las curiosidades del mundo? Por medio de una estética mimética, dedicada a la descripción animada, la hipotiposis que busca crear un efecto de realidad, un efecto de verdad en el lector y en la cual participan los cinco sentidos con el fin de compartir y transmitir una experiencia excepcional (Hamon, 1981). En efecto, están convocados en el relato no sólo la vista erigida como sentido primordial, sino también el gusto de los nuevos alimentos, como en el caso del coco que tendría sabor a almendra; el tacto con respecto a nuevas materias y nuevos objetos; y la sensibilidad a nuevos olores como la madera de sándalo, el alcanfor y, por supuesto, las especias aromáticas: canela, nuez moscada y, en especial, clavo (cuya producción era exclusiva de las distantes islas Molucas). La misma escritura se convierte en viaje ilusionista, buscando el trastorno espacial del lector después de haber descentrado al viajero. A la apertura infinita de los horizontes geográficos corresponde el dispositivo formal de la escritura descriptiva atenta al detalle, abierta de manera ilimitada a nuevos contenidos (Besse, 2003: 210).
Si la escritura del relato de viaje es transcripción de la experiencia y del saber, por definición es informativa y se funda en un desfile enumerativo perenne que antepone un objeto, un animal, una planta, una figura humana, ropa nueva, etc. Estructuralmente descriptivo, el texto se vale de las técnicas del inventario, del censo, de la clasificación. Despliega una lista, un caudal de experiences y conocimientos presentados de forma sucesiva y subordinada. Se hace enciclopédico, como hemos apuntado antes, avant la lettre. La escritura quiere ser exhaustiva, pero a todas luces no consigue plenamente dar cuenta de un mundo cuya diversidad desborda por los márgenes del manuscrito. Despliega el espectáculo del mundo, puesto que la naturaleza era paradigma de la varietas (Galand-Hallyn, 1995). Escribir, describir el mundo se convierte en principio de escritura en sí que trasciende lo narrado. Más allá de cualquier idealización, no olvidemos, sin embargo, que la enumeración de los recursos naturales y alimentícios, omnipresente en cada etapa, también se inscribe —y ante todo— en una perspectiva de supervivencia para las tripulaciones hambrientas y en un enfoque utilitario: tal isla fértil y cuyos habitantes son acogedores podrá servir de etapa para las futuras expediciones, o para determinar en el futuro un asentamiento. Tal fue el caso de las islas Filipinas, y en particular las islas de Cebú y Limasawa, conquistadas en la segunda mitad del siglo XVI por presentar estas características, además de su situación estratégica en las riberas del mar de China (Jacquelard, 2015).
La novedad geográfica irrumpe asimismo en el texto a través de la transcripción fonética de vocablos extranjeros, y ante todo la toponimia local: así, las islas de los archipiélagos de Kawio y de Sangir, al sur de Mindanao, en Filipinas, camino de las Molucas: «Son: Cheana, Caniao, Cabia, Camanuca, Cabaluzao, Cheai, Lipan y Nuza» (Pigafetta, 1985: 128). Del mismo modo, aparecen ciertos términos de la vida cotidiana que son préstamos de distintos idiomas indígenas, como el boij o bohío, término taíno que designa la cabaña antillana y empleado en Brasil; amache, que dio hamaca, o también la palabra de origen taíno, caníbal. En Asia, se puede citar el barangay en las islas centrales de las Filipinas, las Visayas. El término designa a la vez una embarcación de remos baja de bordo que podía transportar varias familias —hasta un centenar de personas— y asimismo, en tierra, la organización política del pueblo sometido a un jefe o dato (Scott, 1994). De igual modo, surge la nueva realidad náutica descubierta en Asia, con términos como el prao, o piragua con vela y balancín o contrapeso, embarcación malaya por excelencia y que Pigafetta describe detenidamente por primera vez en el espacio de las «islas de los Ladrones» (futuras Marianas); o también el kora-kora del espacio moluqueño, prao de guerra de gran tamaño.
Más allá de estos términos dispersos y «exóticos», Pigafetta propone una serie de vocablos que atestiguan su interés por otras culturas y su voluntad de entrar en comunicación para conocer, comprender y entablar una relación continuada. Así, es bien conocida en su relato la inclusión de un vocabulario brasileño y luego del patagón. Se refiere principalmente a la morfología del cuerpo humano, dado que los indios tehuelches eran bastante más altos que los europeos; los cuatro elementos, ciertos alimentos y objetos del entorno inmediato. El léxico de las islas del sureste asiático es el más desarrollado, en particular el de las Molucas, con 344 entradas, lo que no debe sorprendernos, puesto que el archipiélago constituía la meta última del viaje y la compra de especias supuso la instauración de una comunicación más compleja que la de mera supervivencia. Por eso encontramos toda una terminología relativa a las creencias, el círculo familiar, amistoso y político, la morfología humana —dominante, lo que indica un interés destacado hacia el otro en tanto que ser humano a la vez extranjero y similar—, la fauna y los productos alimenticios, las especias y condimentos, la ropa, los tejidos, las medidas, los colores, el vocabolario doméstico, las mercancías españolas, las herramientas, los principales astros, el clima, el calendario, los términos geográficos básicos, un vocabulario náutico, los metales buscados, las enfermedades, las salutaciones, los números, las actitudes y acciones humanas. En suma, todo un mosaico representativo a la vez de la alteridad y diversidad, la estructura básica —hasta una mise en abyme— del relato de viaje testimonia la dimensión relacional del encuentro con el otro, así como probablemente una apertura lingüística, favorecida por los ambientes cortesanos frecuentados por Pigafetta antes del viaje (Cachey, 2007: XXVI). Resulta evidente que estos glosarios exhiben las diferencias culturales, pero al mismo tiempo designan algo idéntico gracias al referente. Subrayan pues la universalidad de la humanidad en la diversidad de sus expresiones. Transmitir un saber nuevo también consistía en valerse de la comparación cultural y lingüística con el fin de tratar de hacer inteligible lo que a veces sólo tenía una lejana relación con una realidad familiar. Así, Pigafetta compara ciertas embarcaciones locales de las «islas de los Ladrones» con las góndolas de la región de Venecia (Pigafetta, 1985: 80).
El relato de viaje descansa, casi exclusivamente, en las diferencias geográficas y culturales, puesto que las expectativas del lector curioso del Renacimiento a quien se dirige se cifraban en éstas. Por eso Pigafetta da cuenta del talle mayor de los indios tehuelches de Patagonia. Menciona de forma repetida la desnudez, pero también la libertad de los pueblos encontrados, tanto en las costas brasileñas como en las Filipinas o en las Molucas; repara en la práctica del tatuaje o la pintura del cuerpo, en el canibalismo, en la poligamia, en el hecho de ser imberbes o de llevar tocados con plumas o turbantes. Notemos la sensibilidad del viajero ante la belleza, incluso salvando las diferencias, leyendo este retrato del rajá Calambu del norte de la isla de Mindanao (Filipinas):
Por su esmero en el vestir y cuidado, resultaba el más hermoso de los hombres que viésemos entre estos pueblos. Sus cabellos negrísimos le alcanzaban a media espalda, bajo turbante de seda: pendían de sus orejas dos aros inmensos de oro. Unos pantalones de paño, bombachos, enteramente recamados de seda, cubríanle de cintura a rodilla. Al costado, una daga con descomunal empuñadura —de oro también—, y su funda de madera tallada; en cada diente ostentaba, por fin, tres manchas de oro, que parecía que en él estuvieran engastados. Olía a los perfumes de estoraque y de benjuí; era oliváceo bajo su mucha pintura. (Pigafetta, 1985: 88)
En efecto, más allá de los paisajes que aparecen como un decorado, es el hombre, en toda su diversidad, el que está contemplado y quien es el tema predilecto de observación y descripción del humanista Pigafetta. En sus actividades vinculadas con la caza en las costas americanas, con la pesca o con los combates navales en Asia; en su hábitat sobre pilotes en las Filipinas o las Molucas, en sus ritos mortuorios, o en sus ceremonias animistas que observa y respeta todavía. Pigafetta va anotando, entre otras costumbres, algunos ritos de alianza, como el espectacular pacto de sangre para concluir un pacto, el casi casi; las comidas que se comparten en torno al vino de palma o de arroz, y al pan de sagú; el régimen de trueque que se establece entre los abalorios traídos en los navíos y los productos locales; los sistemas locales de pesos y medidas; los combates de gallos en las Molucas; la costumbre asiática de mascar betel; etc. Los motivos oficiales del viaje de los españoles, cuando les preguntan los isleños, consisten en el establecimiento de un contacto pacífico y comercial. Resulta evidente que la realidad fue menos idílica y las escaramuzas se fueron multiplicando después de la muerte de Magallanes, el carismático general. Los buques no se detuvieron después de haber cargado la nao Victoria con clavo de Tidore, aunque se había alcanzado el principal objetivo de la empresa: encontrar el paso a través de América para llegar a Asia y alcanzar las Molucas.
Este relato «total» es también un relato de acciones, un libro de aventuras sumamente excitantes, pero a la vez peligrosas, en medio de las cuales ronda la muerte a cada momento, tanto en medio de la inmensidad oceánica, en particular en el Pacífico, como en medio de pueblos que permanecen herméticos y oscuros en sus lenguas, costumbres o ademanes. Así, el episodio trágico de la muerte de Magallanes en el islote de Mactán, al noreste de Cebú en las Filipinas, el 26 de abril de 1521, cuando se enfrentaba con isleños rebeldes a la autoridad del rajá de Cebú, es el momento trágico por antonomasia del relato. O la muerte a traición de veintidós miembros de la oficialidad, durante un banquete funesto organizado por el mismo rajá Humabón algunos días más tarde. Se trata pues de una epopeya, pero ya no mítica ni imaginaria. Por el contrario, aparece muy humana, pero también sobrehumana.
Este relato heroico exalta el nuevo poder del hombre moderno para tratar de dominar un mundo difícil de acceso. El dominio del espacio físico se convierte en la condición misma de la supervivencia y de la supervivencia depende la existencia del relato, y por tanto de la difusión de los nuevos conocimientos, unos tesoros bien precarios. En los albores del siglo XVI, ya no era el Santo Grial el objeto de la búsqueda, sino el Más Allá del mundo mediterráneo, como inmensa e inagotable reserva de recursos, que albergaba tesoros muy concretos: el oro o el lucrativo clavo de las Molucas. Los nuevos mundos que iban desvelándose gracias a las travesías oceánicas sorprendían y maravillaban más allá de cualquier ficción. El relato del viaje de Pigafetta encarna la irrupción de alteridades a escala del planeta. Si para Victor Segalen el exotismo consiste en hacer «la experiencia de lo inédito», este relato lo muestra a la perfección. El viajero renacentista no sólo experimenta lo diverso, lo relativo, sino que también entra en relación con ello, percibiendo no obstante el carácter a la vez precario e inagotable de tal relación. En este sentido, puede resultarnos cercano e incitarnos a reinventar nuestra relación al mundo, un mundo que, tan lejos y tan cerca, resulta inagotable tanto para las ciencias como para la sensibilidad.9
Bibliografia
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1.- Este ensayo es la traducción y revision de un artículo publicado en francés, «’Las grandes y estupendas cosas del Mar Ocèano’, Antonio Pigafetta au cœur de l’épopée des grandes découvertes de la Renaissance», en Françoise Aubes y Françoise Morcillo (dir.), Si loin, Si près, l’exotisme aujourd’hui, Paris, Klincksieck, 2011, pp. 27-39. La cita inicial procede de la dedicatoria de Antonio Pigafetta a Filippo Villers Lisleadam, en la edición de Leoncio Cabrero: Antonio Pigafetta, Primer viaje alrededor del mundo, Madrid, Historia 16, 1985, p. 50. Es la edición que citaremos.
2.- Ver los Viajes de Jean de Mandeville compuestos entre los años 1350 y 1360. Este viajero de gabinete publicó un conjunto de mirabilia, sobre la base de compilaciones, que tuvo un inmenso éxito: más de trescientos manuscritos en diez idiomas y noventa ediciones antes de 1600. Su crédito conoció altibajos, pero este cabal éxito en Europa duró todo un siglo, entre 1450 y 1550, incluso a la hora de los grandes viajes de descubrimiento. Habría sido un motor intelectual y un libro que acompanó a numerosos viajeros. Ver el estudio de Christiane Deluz, Le livre de Jehan de Mandeville, Louvain-La-Neuve, 1988.
3.- Este título voluntariamente provocador por su anacronismo corresponde sin embargo a la figura de Pigafetta, si nos atenemos a la definición que da del turista Le Petit Robert : «personne qui se déplace et voyage pour son plaisir»; y de «turismo» el Diccionario de la Lengua Española de la RAE: «actividad o hecho de viajar por placer».
4.- Aparece, en los puestos asignados entre la tripulación (piloto, marino, grumete...), como "sobresaliente" (es decir, como un cargo supletivo o suplente, al servicio del capitán).
5.- Insulindia es el nombre geográfico dado al archipiélago del Sureste asiático, que incluye las islas de Indonesia (Sumatra, Java, Madura, Bali, las islas menores de la Sonda, las Molucas, Célebes, Borneo) y Filipinas, así como la península de Malaca.
6.- A raíz de la toma de Malaca por Afonso de Albuquerque, en 1511, el compatriota de Magallanes, Francisco Serrão formò parte de la primera expedición portuguesa que lograba tocar las Molucas, en 1512, fundando factorías alli. Por su lejanía al Oriente, Serrão estaba convencido de que las Molucas estaban en la esfera de influencia de Castilla y ya no de Portugal, definidas en el tratado de Tordesillas de 1494. Esta convicción estuvo al origen del proyecto de viaje de Magallanes al servicio de Carlos V.
7.- La primera edición del relato entregado a María Luisa de Saboya se debe a Simon de Colines, en 1524-1525, después de su traducción al francés por Jean Lefèvre d’Étaples. La segunda edición, en italiano, del mismo texto se debe a Giovanni Battista Ramusio, en 1536, en Venecia, quien la volvió a incluir en 1550 en el primer volumen de sus famosos Navigazione e viaggi. Por su parte, Pigafetta reescribió su texto a partir de 1523, buscando distintas protecciones como la de duque de Mantua, la del dogo de Venecia o la del papa Clemente vii, así como compensaciones económicas. Éstas se concretaron con la obtención de la encomienda de Norcia, Todi y Arquata de parte de la Orden de Rodas y el apoyo de su Gran Maestre, Filippo Villiers de L’Isle-Adam, en 1524. De aquel año data la ultima huella documental acerca de Pigafetta, quien debió de morir antes de 1532. Quedan en la actualidad cuatro copias del relato de Pigafetta: tres en francés, conocidas como A y B, de la Biblioteca Nacional de Francia en Paris, la C de la Beinecke Library de la Universidad de Yale y otra en italiano, la D, de la biblioteca Ambrosiana de Milán.
8.- Esta organization del relato por capítulos se encuentra en la edición Chandeigne que edita como manuscrito principal el de Yale. No aparece desgraciadamente en la edición de Leoncio Cabrero que no precisa en su introducción la copia que utiliza principalmente, pese a enumerar las distintas ediciones.
9.- Vista desde hoy, esta conclusion, redactada en 2009, queda optimista dado el sombrio cuadro que los científicos nos dibujan ahora para los años futuros en materia de recursos naturales en vias de agotarse. Pero decido no renunciar a ella.
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