Kitabı oxu: «La ruralidad que viene y lo urbano»

Biblioteca
Ciencias Sociales y Humanidades
Comprende trabajos de investigación, obras clásicas, textos de síntesis y ensayos sobre temas relevantes en distintos campos de las ciencias sociales y humanas. Hace énfasis en las áreas de antropología, economía, educación, estudios de género, filosofía, historia, sociología y psicoanálisis, desarrollados en Colombia e Iberoamérica.
Colección
Economía
Divulga obras que conciben la economía desde una amplia perspectiva intelectual. Las obras publicadas en ella siguen en lo fundamental la idea de los fundadores de la economía, según la cual el quehacer de esta disciplina está orientado por la búsqueda de medios que permitan lograr un mejor bienestar para todos.

Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia
Machado Cartagena, Absalón, 1941-
La ruralidad que viene y lo urbano : un despertar de la conciencia / Absalón Machado Cartagena. -- Bogotá Siglo del Hombre Editores: Academia Colombiana de Ciencias Económicas, 2021.
(Biblioteca de ciencias sociales y humanidades. Colección economía)
Incluye reseña del autor. -- Contiene bibliografía.
ISBN 978-958-665-688-7
1. Desarrollo rural - Colombia I. Título II. Serie
CDD: 307.1412 ed. 23CO-BoBN– a1082689
© Absalón Machado Cartagena
La presente edición, 2021
© Siglo del Hombre Editores
Carrera 31A n.° 25B-50, Bogotá D. C.
Tel: 601 3377700
http://libreriasiglo.com
© Academia Colombiana de Ciencias Económicas
Calle 39B n.° 21-42, Bogotá D. C.
Tel: 601 2856007
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Diseño de carátula e ilustración
Gloria Diazgranados
Diseño de la colección y diagramación
Gloria Diazgranados
ISBN: 978-958-665-688-7
ISBN PDF: 978-958-665-689-4
ISBN EPUB: 978-958-665-690-0
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
Hecho en Colombia
Made in Colombia
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida total ni parcialmente, ni registrada o transmitida por sistemas de recuperación de información, en ninguna forma y por ningún medio ya sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo y por escrito de la editorial.
índice
Siglas y acrónimos
Prefacio
Capítulo I
El cambio de paradigma
1. El fracaso de nuestra modernidad
2. El paradigma insostenible: el modelo dicotómico rural-urbano
3. De la utopía a la eutopía: una invitación a soñar
4. Eutopía y rediseño de la ruralidad
Capítulo II
El nuevo paradigma: la dimensión profunda
1. Una nueva visión
2. La conciencia durante el “buen antropoceno”
Capítulo III
El sentido del rediseño de la ruralidad
1. Objetivos y alcances
2. Ruralizar lo urbano y reinventar la urbanización de la ruralidad
3. ¿Qué es la ruralidad que viene?
4. La transformación de la estructura agraria
5. Ciudades y pueblos en la ruralidad que viene
6. Relaciones rural-urbanas
7. Aspectos institucionales y de política pública
8. Los demonios y los ángeles en la ruralidad que viene
Capítulo IV
Campesinos, mujeres y jóvenes en la transformación de la ruralidad
1. El campesinado, definición y características
2. Los limitantes de la agricultura familiar
3. Campesinos, mujeres y jóvenes rurales: sus visiones, demandas y sentimientos
3.1. Campesinos
3.2. Las mujeres de la ruralidad
3.3. ¿Y los jóvenes qué?
4. Los mandatos del movimiento campesino
Capítulo V
Consumidores urbanos y rurales
1. Consumidores urbanos y rurales
2. Ciudadanía alimentaria
3. El contexto del ciudadano alimentario y la agricultura agroecológica
4. Redes y alianzas entre productores y consumidores
Capítulo VI
Las ciudades y la ruralidad
1. ¿Hacia dónde van las ciudades?
2. Hénaff y la ciudad que viene
3. Ejemplos notables de desarrollo urbano en Europa
4. La ciudad jardín
5. Las ciudades de la ruralidad
5.1. Características de las ciudades de la ruralidad
5.2. ¿Quién las administra?
5.3. Las ciudades de la ruralidad como parte del nuevo paradigma de la conciencia humana
6. Lo rural, ¿una desventaja para el desarrollo humano?
Capítulo VII
Las relaciones rurales-urbanas
1. Territorio, ruralidad y grados de ruralidad
2. Territorios funcionales y provincias
3. Combinación de variables e interfaz
4. Las síntesis
Capítulo VIII
Los equilibrios problemáticos entre la ciudad y el campo
1. Excedentes de población y migraciones
2. Tipos de migraciones rural-urbanas
2.1. La migración dispersa y caótica
2.2. La migración evolutiva: del campo a la ciudad
2.3. La migración reparativa: el repoblamiento
3. Campo y ciudad en disputa
Capítulo IX
El asocio estratégico rural-urbano
1. Los vínculos rurales-urbanos y el asocio estratégico
2. Los asocios en territorios funcionales
3. ¿Asocio o desarrollo rural territorial?
4. Síntesis
Capítulo X
Las estrategias generales del rediseño de la ruralidad
1. Objetivos y estrategias generales
2. Las estrategias generales
2.1. El ordenamiento territorial, social y productivo de la ruralidad
2.2. La descentralización política, administrativa e industrial
2.3. La ruralización de lo urbano por vía de asocios rurales-urbanos y alianzas de productores con consumidores
2.4. La redistribución de la población en el territorio
2.5. La institucionalidad y la gobernanza
2.6. El desarrollo de una cultura ciudadana
3. Una distribución diferente de la propiedad rural
4. La descentralización
Capítulo XI
Las estrategias específicas del rediseño rural
1. Cierre de la frontera agropecuaria
2. Reestructuración del minifundio y la gran propiedad
3. Fortalecimiento de la agricultura campesina y familiar
4. Educación para la ruralidad que viene
5. La protección y manejo de los ecosistemas y el medio ambiente
Capítulo XII
Esbozo de instrumentos del rediseño
1. Los instrumentos a disposición del Estado
1.1. Catastro multipropósito e impuesto predial
1.2. Formalización de los derechos de propiedad y restitución de tierras
1.3. Modernización del mercado de tierras
1.4. Jurisdicción agraria
1.5. Reinvención del sistema de notarías y registro de la propiedad
2. Grupo A. Extinción administrativa del dominio y expropiación: complementos en el conjunto estratégico
3. Grupo B. Acciones y decisiones administrativas estratégicas en el rediseño
3.1. Derechos de uso de la tierra
3.2. Fondo de tierras
3.3. Distritos agropecuarios con énfasis en los vínculos con lo urbano y sus asocios
3.4. La creación de provincias y red territorial de relaciones y sistemas efectivos de coordinación
3.5. Cadenas cortas de comercialización
3.6. Redes territoriales rurales-urbanas de ciencia y tecnología
3.7. Gobernanza para el rediseño de la ruralidad
Epílogo
1. Una oportunidad que no podemos despreciar
2. ¿Qué no cambiará en el inmediato futuro?
3. Más interrogantes que respuestas
4. La crisis y la ruralidad
Bibliografía
El autor
Miembros de la Academia
Este libro está dedicado a aquellas personas que diariamente, y de manera anónima, destinan su tiempo y su trabajo con gran sacrificio para producir los alimentos que son fuente nutritiva para nuestra vida. Su trabajo se convierte en amor y belleza en la naturaleza.
A ellos y ellas, quienes constituyen lo más noble de nuestra sociedad y saben escuchar la naturaleza y su sabiduría, extiendo un agradecimiento infinito.
siglas y acrónimos
| AFN | Redes Alternativas de Alimentos o Alternative Food Network |
| ANUC | Asociación Nacional de Usuarios Campesinos |
| BID | Banco Interamericano de Desarrollo |
| CEPAL | Comisión Económica para América Latina y el Caribe |
| CODS | Centro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para América Latina de la Universidad de los Andes |
| DANE | Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas |
| DIAN | Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales |
| DNP | Departamento Nacional de Planeación |
| ECLAC | Economic Comission for Latin America and the Caribbean |
| ELN | Ejército de Liberación Nacional |
| FAO | Food and Agriculture Organization |
| Farc-EP | Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo |
| FEADER | Fondo Europeo Agrícola de Desarrollo Rural |
| FEDER | Fondo Europeo de Desarrollo Regional |
| FEMP | Fondo Europeo Marítimo y de la Pesca |
| FIDA | Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola |
| FSE | Fondo Social Europeo |
| ICANH | Instituto Colombiano de Antropología e Historia |
| IDEA | Instituto de Estudios Ambientales |
| IDEAM | Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales |
| IEPRI | Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales |
| IGAC | Instituto Geográfico Agustín Codazzi |
| IICA | Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura |
| Incora | Instituto Colombiano de la Reforma Agraria |
| ITA | Índice Territorial de Aglomeración |
| OCDE | Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos |
| ODS | Objetivos de Desarrollo Sostenible |
| ONU | Organización de las Naciones Unidas |
| PAP | Provincia Administrativa y de Planeación |
| PIB | Producto Interno Bruto |
| PNUD | Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo |
| POT | Planes de Ordenamiento Territorial Rimisp Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural |
| SAC | Sociedad de Agricultores de Colombia |
| SENA | Servicio Nacional de Aprendizaje |
| SINA | Sistema Nacional Ambiental |
| TIC | Tecnologías de información y comunicación |
| UAF | Unidad Agrícola Familiar |
| UPRA | Unidad de Planificación Rural Agropecuaria |
| Zidres | Zonas de Interés de Desarrollo Rural, Económico y Social |
prefacio
Nada en este libro es estrictamente original, solo el orden de los temas y las relaciones entre ellos podrían considerarse propios del autor. Los contextos y escenarios en los que se mueven los actores, los agentes, las instituciones y los procesos difieren en general de aquellos referidos en la literatura utilizada en la elaboración de este libro.
Esta reflexión es el resultado de una gran insatisfacción por el estilo de desarrollo seguido por el país y en particular por el sector rural. El tratamiento histórico que se le ha dado a la ruralidad es más que insatisfactorio en relación con el trato que se brinda a las áreas urbanas. Estamos llenos de propuestas para avanzar en un desarrollo rural que sitúe al país en condiciones de satisfacer las necesidades más apremiantes de sus habitantes y reducir las brechas frente al desarrollo urbano. Sin embargo, el camino elegido ha sido el de una modernización que continúa dándole relevancia a la acumulación, la cual propicia la desigualdad, la inequidad y la codicia, los desequilibrios y el trato inapropiados hacia los grupos sociales y un manejo muy inadecuado de los recursos naturales y el medio ambiente. Esas propuestas buscan por lo general solucionar los problemas sin atender las causas de donde provienen y además tienden a imitar los modelos implementados en los países más avanzados, pero con muy poca capacidad de innovación para avanzar mediante la aplicación de otras alternativas.
Hemos transitado durante muchas décadas por los mismos discursos públicos y las mismas propuestas y experimentos institucionales sin que cambie la situación, especialmente para los sectores subordinados del modelo general de desarrollo implantado. El tipo de modernización adoptado le da preferencia al mercado y al desarrollo empresarial moderno, pues se piensa que allí se encuentra la solución a los grandes retos que enfrenta la sociedad para salir de su atraso y avanzar en un proceso de desarrollo sostenible y justo. De esa manera, se relega y minimiza la importancia de sistemas productivos rurales, campesinos y comunitarios, y de las relaciones que ellos pueden establecer con las áreas urbanas.
Así pues, el objetivo de este libro no consiste en la elaboración de propuestas para resolver todos los problemas que afectan las posibilidades de un mayor y mejor desarrollo rural y urbano. Se centra más en el análisis de la problemática rural y aspectos muy cercanos a la vida que llevan los pobladores rurales menos protegidos y beneficiados. Constituye una apuesta por rescatar la dignidad de los pequeños productores (campesinos y agricultores familiares y comunitarios) y valorizar sus contribuciones al desarrollo rural y urbano para construir una sociedad rural más próspera y menos desigual, que se integre adecuadamente con toda la sociedad y, en especial, con las áreas urbanas.
De este modo, el libro ofrece una propuesta para el rediseño de la ruralidad que tenemos y de sus relaciones con lo urbano a partir de una redistribución de la población en el territorio y de los factores productivos entre quienes habitan esos espacios, bajo una nueva concepción de los equilibrios territoriales. El punto de partida es el establecimiento de elementos con el fin de instaurar un nuevo paradigma para sustituir el vigente. Concebimos asociaciones y relaciones de cooperación diversos entre lo rural y lo urbano por encima de la lógica de los mercados, en una invitación a que lo rural y lo urbano caminen juntos con un propósito común: alcanzar la unidad de la cual hacen parte y dirimir diferencias como lo indica de manera general el papa Francisco en su última encíclica Soñemos juntos.
En ese sentido, como proceso estratégico, se sugiere el establecimiento de una alianza entre productores y consumidores de alimentos. Eso incluye, además, la creación de ciudades en la ruralidad, pequeños centros urbanos de vida digna, humana, sociable y sostenible; cuyo propósito consista especialmente en ser el receptáculo de los excedentes de población resultantes del proceso de rediseño de la ruralidad y que se complementen con los asentamientos rurales de pequeña escala ya establecidos en veredas y corregimientos. Esas ciudades son parte de una nueva visión de la ruralidad, pues se integran en todo el cuerpo social, donde lo urbano y lo rural comparten un territorio, son codependientes y constituyen un todo.
Después de revisar los principales materiales académicos y programáticos del orden nacional e internacional, se evidencia que hace falta avanzar hacia una transformación efectiva de la realidad en un horizonte a mayor largo plazo. Esto bajo el criterio de un desarrollo sostenible, incluyente y humano que permita romper las cadenas del atraso y de la destrucción de la naturaleza, el medio ambiente y de la condición misma del ser humano. Ese desarrollo se inscribe en las nuevas discusiones sobre el “buen antropoceno” y el buen vivir, las cuales invitan a reinventar lo hecho en una búsqueda por evitar la catástrofe anunciada que ha generado el antropocentrismo.
Todos los procesos de transformación aquí propuestos tienen tiempos diferenciados no predeterminables, ya sean de corto, mediano o largo plazo. Esto se debe a que forman parte del proceso de evolución que seguirá la ruralidad y las relaciones rural-urbanas en su camino hacia una nueva visión para recuperar los equilibrios perdidos entre el hombre y la naturaleza, y que tanto sufrimiento ocasionan a la humanidad como las pandemias. Ese proceso de cambio lo iniciarán personas y grupos que han alcanzado un nivel de conciencia mayor y quienes tienen la convicción de que esos cambios forman parte de una misión que les corresponde y no da espera.
No obstante, un lector informado sobre los temas tratados en este libro puede imaginarse, o mejor opinar, con buena razón, que la figura de las ciudades de la ruralidad, uno de los temas centrales en esta discusión, es una simple copia de las propuestas de Ebenezer Howard, de finales del siglo XIX, cuando propuso las ciudades jardín. El texto de Howard llegó a mis manos cuando ya el desarrollo de este libro estaba avanzado. El hecho de que coincida con él en la necesidad de crear esas ciudades no es ninguna novedad, la diferencia radica en los contextos, sus características y propósitos. Él buscaba la descongestión de la convulsionada Londres de finales del siglo XIX mediante la creación a su alrededor de centros urbanos con naturaleza para que acogieran a los citadinos londinenses. Por el contrario, la propuesta aquí desarrollada sobre ciudades de la ruralidad parte de un contexto diferente y apunta a propósitos distintos: repoblar la ruralidad del territorio y ser receptáculo de los excedentes de la población rural, que fluye a congestionar más las ciudades de hoy, y urbanizar lo rural de otra manera.
Este ejercicio se ha elaborado pensando más en la realidad colombiana, pero tiene validez para todos los países con patrones de crecimiento y desarrollo parecidos. Sin embargo, se distancia de los países del primer mundo, que en alguna medida resolvieron desde temprano los problemas estructurales que les impedían avanzar hacia una modernidad plena. En esa vía, la propuesta se ubica en una idea central: el actual proceso de desarrollo capitalista especulativo de la era neoliberal y el consumismo desaforado no tienen futuro, pues conducen a un camino sin salida que amenaza la vida en el planeta y nos dirigen hacia una distopía. Por eso, es necesario llevar a cabo una transformación que produzca efectos de largo plazo y que pueda proyectarse desde ahora. Para algunos lectores, esta propuesta puede ser una utopía, pero en realidad se trata más de una eutopía, bajo el criterio de que todo es posible cuando se tiene la convicción y la voluntad de hacer las cosas y sobre todo una conciencia más amplia sobre lo que somos y nuestra misión.
Si una idea no se crea y se trasmite, no existe. Esperamos darle vida a un sueño y confiar en nuestra conciencia, pues constituye un arma poderosa para la transformación y el cambio. Por supuesto, esto solo no genera automáticamente los resultados esperados; también se requiere de la acción social y política, dado que no se trata solamente de un asunto técnico o menos material. ¿Cómo pasar de la propuesta técnica a la acción política? Esta es una pregunta que este libro no aborda, pero queda para posteriores reflexiones.
Este trabajo inició en el año 2017 y estaba muy avanzado cuando se presentó la pandemia de la covid-19. No obstante, resulta claro que este hecho obligará a ocuparse de sus impactos más inmediatos sobre la vida rural y en las ciudades, aunque no dejará por fuera consideraciones de mayor largo plazo. Tomé la decisión de mantener el escrito siguiendo la concepción inicial, pues considero que conserva validez con o sin pandemia. Por ello, se ha incluido al final un epílogo donde se presentan algunas reflexiones sobre la coyuntura actual y pospandémica.
En el mismo sentido, cuando había terminado este escrito tuve conocimiento de la reflexión promovida por la Oficina Regional de la Food and Agriculture Organization (FAO) para América Latina y el Caribe, en cabeza de Julio Berdegué, a la cual no se hace referencia en este trabajo. Allí confluyeron noventa expertos para analizar el futuro de la alimentación, la agricultura y el desarrollo rural en el continente en el contexto de la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Como resultado, se publicó una Serie con treinta y tres documentos1. Esa Serie desarrolla temas y análisis más específicos no tratados en este libro. También propone un proceso de transformación rural, pero sigue algunas vías diferentes a las sugeridas aquí y presenta varias coincidencias y complementariedades entre ellas2.
Igualmente, soy consciente de que las trasformaciones rurales-urbanas y todos los procesos señalados en este libro requieren de una lectura con consideraciones sobre el medio ambiente, más allá de la economía, la sociedad y las políticas públicas. Este es un tema pendiente por desarrollar en posteriores reflexiones puesto que permitiría cubrir muchas de las limitaciones de la propuesta aquí elaborada. Por ello, es recomendable abordar las lecturas de textos que han profundizado en ese tema como los de Julio Carrizosa Umaña y otros autores, donde el concepto de ambientalismo complejo tiene cabida, igual que conceptos como el de buen vivir y ecología integral, este último incluido en las consideraciones del papa Francisco en Laudato si’. Claramente, el rediseño de la ruralidad involucra serias implicaciones sobre el medio ambiente y además puede ayudar a sanar parte del daño que le hemos causado a la naturaleza y a nuestras relaciones con ella.
Finalmente, debo reconocer con humildad y como economista, mis limitaciones académicas para profundizar en visiones de lo rural y lo urbano a través de disciplinas como la sociología, la antropología, la psicología, el urbanismo, el ambientalismo, la política, la filosofía, las ciencias básicas como la física y otras. Nuestra visión siempre es limitada y solo espero contribuir con un grano de arena al universo del conocimiento en expansión. Por eso, los lectores deben ser benignos por el abuso de términos económicos que abundan en el libro y entenderán que somos simples aprendices en este universo infinito que tratamos de entender.
No podía cerrar esta introducción sin expresar mis agradecimientos a las personas que tuvieron la amabilidad de destinar parte de su tiempo a leer las notas iniciales o la versión final de este libro. En particular, extiendo mi gratitud a la profesora Martha Alicia Cadavid de la Escuela de Nutrición y Dietética de la Universidad de Antioquia, quien me hizo sugerencias útiles sobre el consumo en general y la alimentación humana. También agradezco al economista Gabriel Martínez, quien con sus observaciones me ayudó a precisar aspectos diversos del escrito a través de una lectura del primer borrador y de la versión final, las cuales representaron una ayuda para la organización del libro y la precisión de temas. Finalmente, agradezco a Carlos Salgado de Planeta Paz, quien también aportó sugerencias de gran utilidad para mejorar la versión final.
Adicionalmente, doy las gracias por la paciencia de Viviana Otálvaro para diseñar y realizar cambios en los diagramas incluidos en el libro, fue una muestra de que podemos ayudar a los demás sin esperar retribuciones. Muy poco de este libro pudo dar a luz sin la paciencia, la abnegación, la comprensión y la generosidad de mi esposa María Matilde, de cuya grata compañía me he privado durante largas horas por estar dedicado a escribir y leer textos. Sin su colaboración hubiera sido muy difícil dedicarme a estos menesteres. A todos, el universo les retribuirá su gran benevolencia.
capítulo I
el cambio de paradigma
“Es decisivo que el Hombre esté orientado hacia el infinito, es el problema esencial de su vida. Cuanto más un Hombre corre detrás de falsos bienes, y cuanto menos sensible es a todo lo que es esencial, tanto menos satisfactoria será su vida; se sentirá limitado, porque limitados serán también sus fines”.
—Carl G. Young. Psicología analítica.
1. El fracaso de nuestra modernidad
Con el actual nivel de conciencia, observamos que Colombia presenta muchos contrastes. Se debate entre el atraso y una modernidad incompleta e insatisfactoria, la cual llegó a los grandes centros urbanos, mas no a la ruralidad. La urbanización y la modernización han ido invadiendo lo rural, no para darle la oportunidad de avanzar hacia su propio desarrollo, sino para imponerle un modo de vida diferente, dejándolo sin oxígeno para sobrevivir con dignidad e identidad. Ese proceso es diferenciado y desigual territorialmente y configura islas avanzadas de producción, especialmente de los productos de exportación con ventajas comparativas y competitivas, y en algunos productos destinados al consumo interno. Esos islotes coexisten de manera asimétrica y conflictiva entre grupos de habitantes que viven a la defensiva frente a esa transformación o no pueden acceder a ella ni encontrar un camino propio para su desarrollo sostenible y digno.
Vivimos en una encrucijada y no hemos hallado la forma de salir de ella. Si bien el modelo adoptado deja buenos dividendos a las élites y sectores de altos ingresos (clases hegemónicas), mantiene en la desesperanza al grueso de la población que vive y trabaja en la ruralidad, y a aquellos que por diversas razones han debido abandonar el campo ubicándose en las ciudades en medio de las frustraciones y sin posibilidades certeras de progreso (clases subalternas).
Ante este panorama, es necesario reinventarlo casi todo: lo urbano, lo rural y sus relaciones. Por ello, le apostamos a una propuesta que se ocupe de la ruralidad y sus relaciones con lo urbano, como la punta de lanza de un proceso más comprehensivo que abarque paulatinamente diversos ámbitos de la sociedad. Una aproximación similar deberá hacerse sobre la realidad urbana, donde hay avances con propuestas como las generadas en Colombia por la Misión Sistema de Ciudades (Dirección Nacional de Planeación [DNP] y Banco Mundial, 2014), que fue complementada con las propuestas de la Misión para la Transformación del Campo (2015) y las más generales originadas en el marco de la Nueva Agenda Urbana Hábitat III de las Naciones Unidas.
El sector campesino de los pequeños productores pobres del campo se encuentra amenazado por cuatro grandes tendencias: la acelerada urbanización y la metropolización, el desarrollo inequitativo de los mercados y el consumismo, la ineficacia e inadecuación de las políticas públicas y los procesos de modernización productiva, sin contar el cambio climático. Estas tendencias arrinconan y sacan de sus parcelas y proyectos de vida a muchos productores a medida que la competitividad se torna el rasero para permanecer en el mercado.
El país ha ensayado diversos tipos de políticas para resolver el problema agrario y rural. La mayoría de ellas pueden considerarse un fracaso, como por ejemplo, el modelo de desarrollo emprendido para la agricultura y el desarrollo urbano. Programas como el Plan Nacional de Rehabilitación, el Desarrollo Rural Integrado y la Reforma agraria, entre otros tuvieron impactos marginales en la solución de la pobreza rural y no generaron las condiciones necesarias para iniciar el cambio frente a un modelo que acentúa los desequilibrios rurales-urbanos. En ese sentido, es previsible que el nuevo esquema de desarrollo rural con enfoque territorial enunciado, el cual se encuentra en marcha en varios países de América Latina, produzca resultados parecidos. Esto se debe a la forma como están diseñados los programas y proyectos, buena parte de ellos son concebidos por una burocracia pública alejada de la realidad, y también a los métodos adoptados por los gestores y ejecutores para adelantar programas y proyectos sin una coordinación real y efectiva, los cuales además operan en el marco de una institucionalidad desarticulada que todavía maneja criterios sectoriales y carece de integralidad.
La Reforma agraria colombiana, formulada en 1961, propuso la reestructuración del minifundio y la desconcentración de la propiedad rural, pero el Estado hizo muy poco y mal hecho, para resolver los problemas generados por la desigualdad. No tuvo la intención política de eliminar los factores conducentes a tal situación. El profesor Albert Berry en su último libro, Avance y fracaso en el agro colombiano, siglos XX y XXI (2017), indica que lo perdido por las malas políticas agrícolas, practicadas en Colombia desde los años 60, ha sido demasiado.
Las propuestas del Informe Nacional de Desarrollo Humano, Colombia rural (Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo [PNUD], 2011), el acuerdo agrario y sobre cultivos ilícitos de la Habana (Mesa de Conversaciones, 2016), las recomendaciones de la Misión para la Transformación del Campo (2015) en El campo colombiano: un camino hacia el bienestar y la paz, las provenientes de la Banca multilateral, la FAO y otros organismos internacionales son muy valiosas, pese a que enfocan las políticas públicas en muchos lugares comunes. Se sitúan más cerca de la estabilización de un modelo de desarrollo, que imita los implementados en países más industrializados con algunas adaptaciones, pero lejos de visualizar una ruralidad estructuralmente diferente. Aunque no todo en ellas es descartable, resultan insuficientes por sus enfoques: la falta de miradas hacia un mayor largo plazo, una contextualización regional más precisa y la poca consideración que hacen de las relaciones rural-urbanas.
El Informe nacional de desarrollo humano para Colombia, Colombia rural, (PNUD, 2011) indicó que el modelo de desarrollo seguido por el país:
1. No promueve el desarrollo humano y hace más vulnerable la población rural.
2. Es inequitativo y no favorece la convergencia.
3. Invisibiliza las diferencias de género y discrimina a las mujeres.
4. Es excluyente.
5. No promueve la sostenibilidad.
6. Concentra la propiedad rural y crea condiciones para el surgimiento de conflictos.
7. Es poco democrático.
8. No afianza la institucionalidad rural.
9. Genera un proceso de destrucción de lo rural debido al seguimiento de las reglas del mercado y la forma como lo urbano invade la ruralidad.
Esto produce una migración perversa, que causa un despoblamiento innecesario de la ruralidad, y concentra la población en centros urbanos cada vez menos sostenibles y más caóticos. Adicionalmente, estimula el uso de insumos y tecnologías que conllevan serios conflictos con el medio ambiente; no involucra oportunidades para que todos los habitantes disfruten un mejor bienestar; reafirma la idea de que los pequeños productores son ineficientes y no pueden competir en los mercados y que, por lo tanto, no tiene sentido implementar políticas públicas para buscar mejoras en su competitividad. Este constituye un modelo de acumulación codiciosa y egoísta, fundamentado en buena medida en el ejercicio de la violencia y el desconocimiento de los derechos humanos fundamentales.
En un plano más general, el modelo de desarrollo económico y social, que ha orientado el rumbo del país, ha conducido a varias encrucijadas y serias dificultades para transformar los factores estructurales que impiden el desarrollo y el avance de la democracia en la sociedad. Colombia es un país relativamente estancado a pesar de contar con una dotación privilegiada de recursos naturales y una población con grandes capacidades. Las élites, que se han alternado el ejercicio del poder (clase dirigente), no han tenido una visión de país y actúan más en favor de la satisfacción de sus intereses personales y los de pequeños grupos en el corto plazo. Así pues, una porción significativa de la población no ha tenido la oportunidad de incorporarse al desarrollo y lograr el disfrute de los beneficios de una modernidad incluyente.
Colombia ha asistido, desde los años 50 del siglo pasado, a un proceso intenso de colonización desordenada de los territorios existentes en zonas donde la calidad de los suelos es pobre y el Estado no ejerce los controles que le corresponden, ni ha establecido una institucionalidad adecuada para atender a los migrantes o colonos y garantizar los derechos humanos. Allí, se ha asentado la producción de cultivos de uso ilícito como la coca, materia prima del narcotráfico y las mafias derivadas. Esto genera múltiples problemas, conflictos, ilegalidad, conductas criminales, violaciones contra los derechos humanos, corrupción, violencia y sojuzgamiento de las poblaciones por parte de actores en la ilegalidad. Esos cultivos, la colonización, el narcotráfico, la violencia, la pobreza rural y la carencia de una reforma agraria y rural constituyen fenómenos altamente interrelacionados con la problemática social y rural colombiana.
En los últimos sesenta años, el país vivió un conflicto armado interno donde participaron varios grupos al margen de la institucionalidad, especialmente las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (Farc-EP) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). El primer grupo se encuentra hoy desmovilizado en buena parte gracias a la firma del Acuerdo de Paz en la Habana y luego en una ceremonia en el Teatro Colón en Bogotá. Se ha discutido mucho sobre los orígenes de esta confrontación armada y sus diversos géneros y modalidades. Ese debate fue notorio durante la negociación en la Habana y aún persiste con visiones y enfoques diversos, sin que exista en el país un acuerdo al respecto. La diversidad de opiniones y concepciones sobre las causas del conflicto quedó expresada en los doce documentos escritos por expertos durante las discusiones (Comisión Histórica del Conflicto y sus Víctimas, 2015).
El gobierno de Iván Duque apoya la tesis de que en Colombia no existió un conflicto armado, sino terrorismo y debilidad del Estado para controlarlo, así como el accionar de grupos criminales al margen de la ley (Ministerio de Defensa Nacional, 2019). En esa vía, sostiene que:
Si bien no existen causas que justifiquen la criminalidad y la violencia, sí condiciones que favorecen su surgimiento y perpetuación, lo cual obliga al Estado a combinar todos los recursos que la Constitución otorga para garantizar la vigencia de la legalidad. (Ibídem, p. 5).
También, agrega que “la principal amenaza a la seguridad interna son los espacios vacíos de institucionalidad o con precaria institucionalidad, no simplemente los grupos ilegales o las economías ilícitas” (Ibídem, p. 6). Por lo tanto, no acepta acuerdos de paz que introduzcan reformas sustantivas a las instituciones básicas del Estado y la sociedad. Se negocia con los grupos armados solo para obtener su desmovilización. Esta es una doctrina contraria a la aplicada durante los dos gobiernos de Juan Manuel Santos en la década del 2010.
Sin embargo, no todo es negativo en el sector rural y no se le puede apreciar como un cuerpo totalmente imperfecto según nuestras visiones. Se han logrado avances en muchas áreas, pero aún falta bastante camino por recorrer: las coberturas de educación y salud han crecido de manera importante, aunque la calidad de los servicios está lejos de cumplir los requisitos mínimos aceptables; la seguridad social ha avanzado, pero sigue siendo precaria en comparación con la de las áreas urbanas; la tecnología digital hace presencia en el campo, aunque la infraestructura para facilitar un mayor acceso a ella es aún deficiente. Varios cultivos se han desarrollado creando islas de modernidad productiva, pero no se han podido diversificar las exportaciones de manera significativa y consistente, configurando un patrón primario-exportador. En general, los niveles de calidad de vida han aumentado y las tasas de crecimiento demográfico se han reducido. Es indudable que los indicadores de calidad de vida y desarrollo aún pueden mejorarse significativamente.
Asimismo, existen atrasos notorios en la asistencia técnica, el uso del riego, el acceso al crédito y la tierra, en vías terciarias, movilidad y en las capacidades de negociación de los agricultores pequeños y medianos. Adicionalmente, las brechas rurales-urbanas en términos del nivel de vida e ingresos en lugar de disminuir han crecido en los últimos años. Las estadísticas muestran que las desigualdades existentes son enormes y las condiciones de seguridad de los pobladores y líderes sociales resultan muy preocupantes. Además, buena parte del capital social que se venía generando espontáneamente en la ruralidad fue destruido por el conflicto y hoy las organizaciones sociales se encuentran desarticuladas, son frágiles y el asesinato de líderes sociales en la ruralidad es un fenómeno persistente. La situación de los indígenas y afrodescendientes también es bastante precaria y los factores de discriminación social y política se mantienen elevados.
Este contexto nos ha llevado a creer que estamos llegando, si no es que ya lo hicimos, a un punto de bifurcación como el descrito por Ervin Laszlo en su libro El cambio cuántico (2010), conforme al cual la sociedad se ve obligada a tomar una decisión sobre dos opciones o rutas que le quedan: la continuidad en sus acciones, lo cual la llevará con una alta probabilidad a la catástrofe y la desaparición de la vida humana, o asumir el reto de seguir la ruta de la sostenibilidad manteniendo los equilibrios con la naturaleza, bajo la óptica de una nueva conciencia. Colombia, como la mayoría de los países, se enfrenta a una decisión de esas características, pues el camino actual la conduciría inevitablemente a un caos incontrolable3. Esto aplica para la mayoría de los países, sean desarrollados o en vías de desarrollo.
Es aquí donde debe hacerse una reflexión sobre el estado de cosas que nos acostumbramos a rechazar porque no coinciden con nuestros ideales y conceptos, si queremos hacer cambios. No aceptar la realidad como es nos genera siempre sufrimiento, como señala la Escuela de Magia del Amor4. Ese sufrimiento se deriva de la lucha de cada cual para acomodar la vida a sus propios ideales, lo cual pensamos nos generará satisfacción, felicidad y paz; sin entender cuál es la función de la realidad presente, como indica Schmedling. La Escuela mencionada anota que ese propósito nunca se cumple satisfactoriamente ya que siempre existirán fenómenos como la desigualdad, los desequilibrios, la pobreza, las injusticias, la codicia, etc.
La realidad, tal cual debe aceptarse, constituye el instrumento perfecto para nuestro proceso de aprendizaje y la evolución de nuestra conciencia. Rechazarla es anular sus abordajes. Los problemas y dificultades existentes forman parte de nuestra experiencia y están relacionados con nuestro yo. Por eso, para que la realidad cambie, debemos empezar por hacerlo cada uno de nosotros en nuestro ser interior. Esto implica aumentar el nivel de conciencia a partir de la aceptación de la realidad para evitar el sufrimiento y valorar más lo interno (nuestro ser) que el exterior de la materialidad que nos rodea. Los problemas que encontramos en el proceso de desarrollo de la economía y la sociedad son connaturales a nuestro proceso de aprendizaje y perfección, por lo cual debemos perseguir la comprensión de cómo está organizado el universo y el papel que en él desempeñamos.
Aquello que observamos en la realidad y concebimos como imperfecto, que no nos gusta y queremos cambiar, es el resultado de los ideales que han aplicado personas, gobiernos, partidos políticos, funcionarios, técnicos, organizaciones diversas, etc. No obstante, esto forma parte del proceso de evolución de la humanidad, la cual vemos aún en una etapa temprana. Sin embargo, si lo que hacemos hoy se acomoda en el futuro a una concepción y sabiduría regida por las leyes del universo, entonces cobra sentido proponer transformaciones de la realidad a sabiendas de que no se darán de inmediato, sino después cuando la humanidad avance en su proceso evolutivo. Esas propuestas deben hacerse ya y empezar a realizarse en la medida que aumente el nivel de conciencia de los ciudadanos.
El hecho de que aceptemos la realidad tal cual es, considerando que cumple un propósito específico en el proceso de evolución, no quiere decir que pasemos a la inacción, pues dependiendo del nivel alcanzado por nuestra conciencia podremos hacer propuestas. “Cuando se llegue al nivel de comprensión tal que ya nada más tenemos que aprender de la realidad presente, entonces y solo entonces, se producirá el fenómeno mágico de que la realidad pareciera transformarse totalmente” (Schmedling, 2014, p. 7).
Existen, sin embargo, individuos cuya misión consiste en cambiar el entorno que ya no guarda correspondencia con las expectativas de las personas que allí viven. Si se reconoce que cambiar la realidad presente es nuestra misión en este proceso de aprendizaje, estamos en el lugar correcto para proponer cambios en ella en un horizonte que definirá el futuro. Eso es lo que este libro plantea. Estamos en ese nivel intermedio entre el atraso espiritual de unos y aquellos que ya han logrado modificar su propia conciencia, alcanzando un alto nivel de ella, a través de la aceptación de la realidad presente como una maravillosa oportunidad para trascender sin limitaciones internas. Si se reconoce y considera que tenemos la misión de cambiar algo como lo dicta nuestra conciencia, será necesario disponer de las herramientas y medios para lograrlo.
En consecuencia, la propuesta desarrollada en los próximos capítulos forma parte del cumplimiento de esa misión, la evolución de nuestra propia conciencia. Constituye un proceso de aprendizaje y una misión. Por esas y otras razones, se propone un cambio de paradigma y un proceso de transformación de la ruralidad y sus relaciones con lo urbano a la luz de la idea de que los cambios imperceptibles y continuos terminan por transformar la realidad al estilo de la gran transformación que Karl Polanyi describió para Inglaterra y el mundo occidental en un periodo de largo plazo. Se trata de promover cambios a pequeña escala que permitan generar acumulados constructivos y que devengan en una modificación de las características del modelo actual de desarrollo. En ese sentido, este libro es una invitación a soñar a partir de una lectura diferente de la vida rural y urbana, y de sus relaciones.
2. El paradigma insostenible: el modelo dicotómico rural-urbano
La visión de la modernidad que pone en cabeza de la ciudad y el desarrollo urbano el único centro posible de progreso, dejando al campo o lo rural por fuera y considerándolo como subsidiario del desarrollo urbano-industrial y financiero, se ha cuestionado desde hace mucho tiempo. Así ocurre desde que el desarrollo urbano, siguiendo las pautas de la modernidad, empezó a crear desequilibrios regionales, sectoriales, poblacionales y sociales que situaron a buena parte de la población en la marginalidad, la informalidad y la desesperanza.
Ese modelo se fortaleció después de la Segunda Guerra Mundial cuando el mundo académico norteamericano, especialmente, definió a través del emblemático artículo de Johnston y Mellor las funciones y el destino del sector agropecuario como subsidiario. Su función consistía en aportar al proceso de industrialización urbano y la modernización de la sociedad mediante el aprovisionamiento de alimentos, mano de obra y materias primas baratas y excedentes agropecuarios de carácter primario para las exportaciones y la generación de divisas. De este modo, se sistematizó el modelo generado desde el comienzo de la Revolución Industrial en Inglaterra, Estados Unidos y los países europeos, con lo cual se impulsó la era del antropocentrismo y el consumismo, grandes depredadores de los recursos naturales.
La subsidiaridad mencionada consolidó un modelo de desarrollo desigual, inequitativo y asimétrico que devino en serios desequilibrios sociales y un tratamiento sectorial diferenciado. Este último orientó las principales inversiones estatales hacia las ciudades y dio paso a un abandono secular de lo rural. Además, fortaleció la idea del papel de las naciones en vías de desarrollo, especialmente en América Latina, África y parte de Asia, como productores de materias primas que solo podían procesarse en los países más industrializados, poseedores de las tecnologías, el capital y las capacidades para esos procesos. A esto, lo denominamos el paradigma rural-urbano dicotómico del atraso rural, la desigualdad y los desequilibrios.
Un aspecto fundamental de esa visión tradicional se encuentra en la consideración de lo rural y lo urbano como constituyentes de una dicotomía, la cual se manifiesta en las políticas públicas que han privilegiado el desarrollo urbano frente al rural. Esa concepción desconoce una realidad contundente: lo rural y lo urbano integran una totalidad, un mismo cuerpo social que se expresa en una realidad territorial.
En Colombia, el modelo ha tenido expresiones perversas, reflejadas en procesos como el despojo masivo de tierras, el desplazamiento forzado de los pobladores rurales y el desconocimiento de los acuerdos que se han emitido en defensa del reconocimiento de los derechos y posibilidades de desarrollo de las sociedades campesinas en sus diversas manifestaciones. En el ámbito internacional, esto se ha evidenciado recientemente en decisiones como la negación de Colombia, a finales del año 2018, para firmar la Resolución de las Naciones Unidas sobre los derechos de los campesinos. Esos actos políticos e institucionales son coherentes con la concepción vigente bajo la cual se desprecia, desvaloriza y no se reconoce lo rural como un escenario estratégico para el desarrollo.
La ruralidad actual en Colombia está cooptada por el mercado y los diferentes grupos ilegales y de agentes concentradores de recursos y poder (Revéiz, 2016). Está ahogada por una cooptación perversa que no la deja respirar y no les permite a sus habitantes y sus actividades ser valorados y reconocidos por el resto de la sociedad. Pero además, el Estado la ha mantenido subvalorada en las políticas públicas y las consideraciones sobre el desarrollo. Existen así muchas razones para emprender un proceso de cambio en lo rural y sus relaciones con lo urbano. Entre las principales, podemos señalar:
1. La ruralidad actual está diseñada de manera inapropiada, no coincide con las expectativas de sus habitantes. Han sido el mercado, las malas políticas y los intereses políticos de grupos que no trabajan por el bienestar colectivo, quienes la configuraron. Ese diseño se hizo sin la participación y consulta a sus pobladores.
2. La ruralidad está subdimensionada y es débil, mientras las ciudades están sobredimensionadas y se han convertido en espacios problemáticos para los ciudadanos.
3. La sociedad y especialmente los habitantes de las grandes ciudades desvalorizan la ruralidad. La reconocen como atrasada, pobre, conflictiva y como un receptáculo de todo tipo de criminalidades e ilegalidades, violencias, narcotráfico, informalidades; pero olvidan que las ciudades también presentan esas y otras características indeseables.
4. La ruralidad existente y las políticas que la han orientado, no han garantizado un mejor nivel de vida e ingresos para sus pobladores, ni han permitido que ellos construyan y disfruten de un estilo de vida propio. Sus habitantes están desamparados, se enfrentan a un Estado ausente y no disponen de gobernabilidad en los territorios.
5. Nuestra ruralidad no es sostenible, estable ni resiliente; se encuentra en una situación de gran vulnerabilidad.
6. El desarrollo rural y urbano están en conflicto. Compiten por obtener recursos del presupuesto público, pero la tajada grande se la lleva siempre lo urbano. Además, no existe convergencia ni coherencia entre ellos.
7. La sociedad rural es objeto de extracción de excedentes económicos, expulsa población hacia los centros urbanos y aporta bienes esenciales a la vida urbana (alimentos, aire, agua y paisaje). Entrega mucho más de lo que recibe y esto produce brechas en los niveles de ingresos y la calidad de vida de sus habitantes.
8. La ruralidad la administra y gobierna una institución débil (el municipio), sin la capacidad para promover el desarrollo. Así, se halla sometida a múltiples reglamentaciones y se enfrenta a la manipulación de intereses políticos individuales y oscuros.
9. Los pobladores rurales viven en la desesperanza, han perdido la confianza en el Estado y sus instituciones. Actúan a la defensiva frente los actores violentos y se sienten desprotegidos. La ruralidad no tiene una gobernanza confiable ni democrática.
10.La ruralidad es objeto de codicia por parte de muchos actores, nacionales e internacionales, urbanos y rurales en razón a los valiosos recursos que poseen en el suelo y el subsuelo.
Existen igualmente razones de peso para reafirmar la idea de que tenemos un desarrollo urbano incompatible con un mundo sostenible, amable, ambientalmente sano y saludable, donde el mejor vivir sea el bien más apreciado por todos los ciudadanos sin distinción. El modelo de desarrollo urbano, que imita el establecido en los países industrializados, puede considerarse hoy más que un éxito, un fracaso por razones diversas, algunas de las cuales se exponen parcialmente en los capítulos siguientes.
El rediseño de la ruralidad se fundamenta en el postulado de que el problema no es lo rural en sí, los campesinos pobres y desvalidos o una agricultura que no puede competir en los mercados internacionales y no cambia su modelo extractivista. El problema radica más en nosotros, en la manera como concebimos la ruralidad, como la tratamos con nuestra mentalidad urbana, en las actitudes que asumimos frente a ella y la forma como se ha administrado lo rural. Se la concibe desde lo urbano y se considera que los pobladores rurales deben adoptar ese estilo de vida. Todo ello surge de la ideología que implantó el viejo paradigma del desarrollo. Así pues, no se trata solamente de resolver problemas como lo hace la política pública, sino de gestar procesos que contribuyan a transformar la realidad a largo plazo. La sociedad, con sus visiones y actitudes, ha visto lo rural como un problema y no como parte de una solución.
3. De la utopía a la eutopía: una invitación a soñar
Con la propuesta desarrollada en este libro, no nos ubicamos en el campo de la utopía. Contrario a esto, asumimos el concepto de eutopía sugerido por Lewis Mumford (2015). La eutopía se diferencia considerablemente de los ideales clásicos sobre la utopía desarrollados por Platón en la República y luego por Tomás Moro en 1516 (Moro, 2000) y otros renacentistas. Por supuesto, se aleja también de la visión de utopía del neoliberalismo, que busca un mercado puro y perfecto como lo indica Bourdieu.
Bertrand Russell, citado por Bregman (2017, p. 29), señaló en una oportunidad que: “No es una utopía acabada lo que deberíamos desear, sino un mundo donde la imaginación y la esperanza estén vivos y activos”. Es a partir de esa esperanza y la utilización de nuestra imaginación que se puede ejercer el poder de soñar y visualizar otros futuros más deseables para asegurar la supervivencia de nuestras sociedades. Lo que se busca es un camino donde nadie nos quite la esperanza de vivir mejor y “donde todos los hombres se tornen hermanos”, según reza el Himno a la alegría escrito por el poeta alemán Friedrich von Schiller, que Beethoven inmortalizó en su novena sinfonía; es decir, un mundo más humano y para todos.
Para el propósito de este libro, nos alejamos un poco de las propuestas elaboradas por Rutger Bregman en Una utopía para realistas (2017). Su propuesta busca obtener una renta básica universal, una semana laboral de quince horas y un mundo sin fronteras, saliéndole al paso a las tendencias actuales del capitalismo, aunque no se descartan algunas de esas posibilidades. Su propuesta se ubica en el campo global de la economía, la sociedad y la globalización, sin llegar a establecer una distinción entre lo urbano y lo rural. Acá, adoptamos una ruta diferente para inducir transformaciones en el actual modelo de desarrollo con una propuesta situada entre los sueños de Tomas Moro y otros, y la realidad actual.
El concepto de eutopía resulta adecuado para proponer un proceso de transformación centrado en el rediseño de la ruralidad y de las relaciones rural-urbanas actuales. Esto conlleva finalmente a estructurar una serie de procesos encadenados y acumulativos que en el largo plazo conducirán a la implementación de un modelo alternativo de desarrollo. Según Mumford, hay dos clases de utopías5: las de escape, que dejan el mundo tal como es, pues procede a través de la construcción de castillos en el aire, y las de reconstrucción, las cuales buscan cambiarlo de manera que pueda actuarse con él en nuestros propios términos. La primera es un relato sin rumbo, mientras la segunda es intencional y pretende reconstruir lo existente; es la eutopía. Este es el camino mejor adaptado a nuestra realidad, posibilidades y propósitos.
En este sentido, se puede aceptar la afirmación de Bregman de que “es hora de regresar al pensamiento utópico” (2017, p. 28) y buscar “horizontes alternativos que activen la imaginación” (Ibídem) para alcanzar un orden social imaginado mediante la transformación de lo existente para un mejor vivir. Sin embargo, el camino no es necesariamente el de la utopía como tradicionalmente se ha concebido, resulta preferible una senda de transformación que no termine en un mero idealismo.
El rediseño de la ruralidad se acerca a la utopía de reconstrucción, es decir, a la eutopía, consistente en lo que Mumford define como:
[…] la visión de un entorno reconstituido que está mejor adaptado a la naturaleza y los objetivos de los seres humanos que lo habitan que al ambiente real; y no meramente mejor adaptado a su naturaleza real, sino mejor ajustado a sus posibles desarrollos. (Mumford, 2015, p. 33).
También agrega más adelante: “No tenemos que abandonar el mundo real para penetrar en esos otros mundos realizables, porque estos siempre surgen de aquel” (Ibídem, p. 37).
El autor no se queda solamente en proponer transformaciones materiales en el mundo que nos rodea (el entorno reconstruido), avanza cuando indica que se trata también de incorporar:
[…] nuevos hábitos, a una escala de valores inédita, a una red diferente de relaciones e instituciones y posiblemente —pues casi todas las utopías enfatizan el factor de la crianza— a una alteración de las características físicas y mentales de las personas elegidas, mediante la educación, la selección biológica, etc. (Ibídem, p. 33).
El autor deja abierta la discusión con una afirmación básica que se desarrolla más adelante y representa la esencia de cualquier eutopía o proceso de transformación reconstructivo:
Para poner fin a la desintegración de la civilización occidental y poner en marcha su reconstrucción, el primer paso consiste en la transformación de nuestro mundo interior, de forma que establezcamos un nuevo fundamento para nuestro conocimiento y nuestros proyectos. La realización del potencial de la comunidad —que es el problema fundamental de la reconstrucción eutópica— no es un simple asunto de economía, eugenesia o ética, como han remarcado diversos especialistas en la materia y sus seguidores políticos. (Ibídem, p. 250).
Así pues, soñar es construir y los sueños se construyen en compañía, aplicando el criterio de humanidad. Se estructuran mediante la edificación de propuestas y proyectos guiados hacia la configuración de un nuevo estado de la situación con fundamento en la ciencia y el examen de los ideales. No somos el sueño de muchos, somos utopías cumplidas, como dice el profesor Memo Ánjel en una de sus conferencias. Lo propuesto aquí es justamente un sueño, pues la eutopía es la esperanza que se percibe en la dinámica social y en las contradicciones y conflictos del orden existente y los ímpetus para llegar a un orden deseado.
El primer paso para la transformación consiste en cambiar nuestro mundo interior y realizar el potencial de la comunidad, reto principal de la reconstrucción eutópica. Esto coincide con los planteamientos sugeridos por Ervin Laszlo, que buscan implícitamente la humanización del mundo, sacando el hombre del torbellino del egocentrismo codicioso generado por el mal antropoceno.
Según Mumford, la ciencia debería centrarse en las comunidades locales y las regiones en particular y sus problemas, para introducir en ellas una jerarquía definida de valores humanos, porque allí es donde deben aplicarse los conocimientos. Esto significa que lo que requerimos no es la ciencia en sí, sino una ciencia instrumental al servicio de la comunidad y de los más necesitados; una eutopía fundamentada en la ciencia como un instrumento adaptado a las necesidades humanas.
La ciencia es valiosa si sus investigaciones pueden aplicarse en una comunidad en particular, en una determinada región, y se ocupan de lo real (la ciencia como sistema al servicio del hombre), no como un pasatiempo o como un idolum arbitrario, como señala ese autor. El tema persigue la humanización de la ciencia y sus resultados; el conocimiento, más como una herramienta que como un motor. Mumford nos recuerda también una directriz esencial: sin sueños, los avances de la ciencia pueden ser ingobernables.
No se trata de poner el deseo por encima de la realidad, como lo hicieron los utopistas clásicos, sino de construir sobre la realidad, reinventando lo que se ha construido consciente o inconscientemente. Esto implica promover una especie de reconstrucción creativa, concepto que puede asimilarse con el que usó Joseph Schumpeter de “destrucción creativa”, el cual aplicaba perfectamente al surgimiento del capitalismo donde la idea de la innovación era clave en los procesos disruptivos de transformación. Algunos han sugerido que el autor finalmente era pesimista con respecto a la sostenibilidad de un proceso de esa naturaleza, pues debilitaba los marcos mismos del desarrollo capitalista.
Conviene indicar que, en el caso colombiano, no existen textos claramente orientados hacia un idealismo utópico que consideren directamente lo rural. Sin embargo, puede mencionarse al respecto la propuesta de Julio Silva Colmenares (2013) sobre una utopía posible. Esta aborda la configuración de un mundo mejor que conduzca a la libertad y la felicidad. El autor propone un modo de desarrollo humano donde se generan acciones mancomunadas y complementarias entre el Estado y el mercado, y la solidaridad social. Esta idea es muy similar al lema “Más Estado en el mercado, menos mercado en el Estado, y más participación de la sociedad en el diseño de políticas públicas y su implementación”, incluido inicialmente en el Informe nacional de desarrollo humano, Colombia rural (2011) del PNUD.
Asumir una visión desde la eutopía significa regresar a la política y no sustentarse en una tecnocracia apolítica que decide buena parte de la suerte de los demás con base en un conocimiento técnico y una manera de formular políticas sin la participación de la comunidad o de los actores potenciales, sean beneficiarios o perdedores en la misma. Frecuentemente, los técnicos tienden a seguir modelos estilizados de políticas provenientes de países donde supuestamente se han resuelto los problemas y se han alcanzado mejores niveles de vida y donde el éxito se mide por los crecimientos del Producto Interno Bruto PIB, no por la felicidad y el alcance de un mundo sostenible, de una vida buena, donde todos puedan disfrutar de un mayor bienestar según su diversidad de pensamientos y proyectos de vida.
Nuestra propuesta se sitúa en el camino trazado por Mumford para la eutopía. Llega hasta la consideración de una conciencia más universal y ética de mayor alcance, como la sugerida por Laszlo en sus trabajos en el Club de Budapest, especialmente en sus libros: El cambio cuántico (2009), La naturaleza de la realidad (2017) y Reconnecting to the source (2020); si bien también se parte de las enseñanzas de los antiguos maestros védicos de la India como punto esencial de referencia.
Como indicó Mumford: “El objetivo del verdadero euto-piano es el cultivo de su entorno, y decididamente no el cultivo —ni mucho menos la explotación— del entorno de otra persona” (Mumford, 2015, p. 287). Aquí el autor recuerda el precepto final del Cándido de Voltaire: “hay que cultivar nuestro jardín” (Ibídem). No le debemos temer a una propuesta que surja de la realidad de nuestro entorno, pues será fácil sentarla sobre cimientos firmes. Como dice el papa Francisco, “cuidemos nuestra casa común”.
Muchos analistas se preguntan con justa razón: ¿por qué no imaginamos un mundo mejor del que tenemos? ¿Somos capaces de hacerlo? Es difícil renunciar a esa formulación, pues los seres humanos casi siempre están insatisfechos con lo que alcanzan en el mundo de la materialidad, donde se mide el éxito solo por la capacidad de acumular riqueza y poder. ¿Será que nos pasa lo que plantea Bregman: que “la verdadera crisis es que no se nos ocurre nada mejor” (2017, p 20) y, por lo tanto, caemos en el conformismo?
La ventana de la mente puede abrirse con la eutopía aquí adoptada, que para mentes cerradas y conservadoras es un sueño imposible de llevar a la realidad. Ese camino alternativo no es de fácil tránsito y requiere preparación, mente abierta y un nivel de conciencia mayor. En otro plano, esto coincide con las propuestas de Maharishi Mahesh Yogui en técnica de la meditación trascendental y La Ciencia del ser y el arte de vivir (1990), la cual se fundamenta en las ciencias védicas, practicadas por muchas personas en todo el mundo a través de la meditación, y que permiten desplegar distintos niveles de conciencia6.
4. Eutopía y rediseño de la ruralidad
Nos encontramos en el momento de seguir soñando con un mundo mejor, construir sobre lo ya construido, transformar a partir de la realidad y generar ideas conducentes para el alcance de ese propósito. Ese es el desafío, aquí y ahora, que se expresa en el rediseño de la ruralidad y de las relaciones rurales-urbanas como un foco inicial de atención. Ese proceso consiste en cambiar la realidad existente en la ruralidad, a partir de lo cual deben desatarse cambios y transformaciones que arrastren también lo urbano. Lo más profundo y prometedor es emprender cambios en ambas esferas (la rural y la urbana) simultáneamente, dada su interrelación y la mayor dinámica de una en relación con la otra.
Como se mencionó anteriormente, la ruralidad actual es el resultado de un diseño impuesto, que no cumple los requisitos necesarios para considerarla sostenible ni tiene la capacidad de brindar a sus habitantes el bienestar que requieren bajo los conceptos de equidad, progreso, justicia distributiva y dignidad. Por ello, una pregunta pertinente que surge de inmediato es: ¿qué es más fácil hoy, reformar lo urbano o lo rural, a sabiendas de que ambos requieren un cambio? O mejor, ¿A partir de dónde debe iniciarse un proceso que transforme efectivamente lo existente? No existe una respuesta precisa a ese interrogante, pues ambas son esferas muy complejas e interrelacionadas y lo ideal sería intervenirlas ambas al mismo tiempo. Por una parte, lo urbano tiene mayores capacidades de arrastrar lo rural por sus grandes ventajas en términos de desarrollo, conocimiento y diversidad; pero la dificultad reside en que desvaloriza lo rural y parte de una negatividad y un desinterés por considerar algo que percibe fuera de su ámbito. Por otra, lo rural, si bien no tiene esas mismas capacidades dinámicas, sabe que tiene grandes ventajas y poderes no desplegados, pero está mal organizado, desconfía de lo urbano y no genera la capacidad suficiente para convencer a los citadinos de que lo acompañen.
En esas condiciones, podría decirse que ni el uno ni el otro tendrían una iniciativa alentadora, atrayente y de alcance. Así pues, el camino consiste en partir de una asociación estratégica entre ambos para iniciar procesos conducentes a modificar lo que se considera insatisfactorio para el desarrollo mutuo. Si algunos de estos asocios son claves para empezar a cambiar las relaciones rurales-urbanas y la ruralidad toma algunas iniciativas al comienzo para abrir caminos, eso será muy apreciado cuando se vean los resultados.
También debe considerarse que las propuestas de rediseño de la ruralidad especificadas más adelante generan dinámicas y procesos que conducen inevitablemente al encuentro urbano-rural. Lo rural no puede transformarse sin contar con lo urbano, pues ambos son caras de una misma unidad y no se trata de generar conflictos entre ellos. Por el contrario, lograr coherencia y convergencia en sus desarrollos, en aras de mejorar de manera significativa las condiciones de vida de sus habitantes y encontrar caminos para hacerlos más sostenibles e incluyentes constituye un propósito nacional de largo alcance.
La conclusión es evidente, una actuación de los ruralitas solos no tiene como emprender un proceso de transformación que comprometa lo urbano. Esto ocurre en razón a que requieren de un reconocimiento del otro, de su inevitable socio, para que en la ciudad haya interlocutores dispuestos a hablar con la ruralidad y por ella, entendiéndola y reconociéndola como lo que es. Adicionalmente, puesto que existe de entrada una cierta apatía de los citadinos para comprometerse con apoyos para una reforma rural, la intervención del Estado puede ser indispensable si este también parte del reconocimiento de lo campesino y la ruralidad como algo estratégico para el desarrollo.
Todo esto se recoge en la idea central de este libro: si todos aumentan su nivel de conciencia para comprometerse con nuevos procesos en beneficio común, ahora y en el futuro, el camino estará abierto para visualizar la ruralidad que viene. Ella irá incorporando nuevas visiones y procesos evolutivos que se abrirán camino, siguiendo el ritmo de un proceso de transformación que ya está en marcha, pero que requiere de nuevos direccionamientos para abrir las vías a un orden deseado diferente al actual.
Resulta claro que la presión por el cambio de la ruralidad actual proviene actualmente más de ella que de la ciudad o que del Estado mismo. Los ruralitas no pueden lanzarse solos a una empresa de cambio estructural como la que aquí se propone. No obstante, pueden desplegar iniciativas que empiecen a contar con el apoyo de sectores sociales de las ciudades y que comprometan paulatinamente al Estado. Representa un gran reto lograr que estos tres actores se pongan de acuerdo y actúen al unísono, pero puede lograrse si existe la convicción y la conciencia de que es necesario y conveniente para toda la sociedad ahora y para labrar un futuro sostenible para todo el conglomerado. Aquí se aplica el principio derivado de la física cuántica: todo está relacionado con todo, todas las parte del organismo social constituyen una unidad, un todo.
capítulo II
el nuevo paradigma: la dimensión profunda
1. Una nueva visión
Como se señaló antes, lo rural y lo urbano se han considerado, desde la visión tradicional, en términos de una dicotomía, una dualidad, como si existieran dos realidades antagónicas con relaciones conflictivas, no convergentes. Bajo esta concepción, el subconjunto urbano explota al otro, le extrae excedentes y no le devuelve a cambio una justa retribución, lo considera una realidad atrasada y sin importancia dinámica para el crecimiento y el desarrollo. Al amparo de esa visión, la modernidad de la ciudad es el espejo que se le presenta a la ruralidad; allí debe verse y compararse. Las políticas públicas han sido coherentes con esa concepción, han privilegiado el desarrollo urbano y han buscado uniformar los modos de vida en general bajo el estilo moderno de las ciudades.
Esta no es una visión nueva que haya surgido con el avance del conocimiento, proviene desde antes de la Edad Media cuando empezaron a desarrollarse las ciudades como espacios diferentes de los rurales. Durante ese periodo, por ejemplo, lo rural y lo urbano tendían a confundirse. La ciudad hacía parte de lo rural, de su paisaje, como lo describe muy bien Mumford en sus libros La ciudad en la historia (2012) y Cultura de las ciudades (2018). El campo formaba parte de la ciudad, ambos se consideraban un mismo cuerpo con funciones claramente definidas. La dicotomía se manifestó y visibilizó cuando el desarrollo del capitalismo entró al campo y empezó a destruir todas las relaciones sociales y de poder existentes en la sociedad. Se abrió la brecha rural-urbana, donde lo primero representa el atraso y lo otro la modernidad, y se redefinieron sus relaciones, no en términos de comunidad como antes, sino de individualidades diferentes: la del campo, como aquella que debía incorporarse a una modernidad que únicamente era posible en las ciudades y lo urbano como aquello que debía imitarse.
El paradigma tradicional de la dicotomía rural-urbano es una concepción sin integralidad. Concibe el cuerpo social en el marco de una profunda división, conflictos y polarizaciones entre lo moderno y lo atrasado. Esa visión considera que lo rural debe explotarse, sin importar cuánto cueste, pues sus riquezas son esenciales para robustecer una concepción de modernidad donde la agricultura es funcional para el modelo urbano, industrial y financiero, al cual se le considera generador de crecimientos dinámicos y procesos de acumulación crecientes.
La concepción de la relación rural-urbano vigente genera un desarrollo incoherente, desarticulado, con notorios desequilibrios económicos, sociales, territoriales y ecológicos que destruyen la naturaleza y al hombre mismo por la acumulación sin límites, la cual desconoce los derechos elementales del ser humano como la vida. Constituye un modelo sin coherencia social y humana, de energías desperdiciadas, donde no existe una visión del universo y del planeta como algo que nos pertenece a todos. Solo hay un espacio local, territorial, donde se expresan poderes, una inhumanidad como dice Hannah Arendt (2016). La desarmonía social se desborda y la falta de coherencia en la actuación humana, expresada a través de las políticas públicas, se profundiza cada vez más con el proceso desordenado y caótico del desarrollo urbano.
Haciendo un símil con la división en dos hemisferios del cerebro humano, lo que existe hoy es un cerebro social sustentado por el paradigma tradicional donde el hemisferio izquierdo, llámese lo urbano, antagoniza con el derecho, lo rural. Sin embargo, ambos constituyen dos realidades que se han considerado separadas, pero la una vive de la otra, la necesita. Concebidas bajo la división, no se integran ni alcanzan convergencias, tampoco guardan coherencia y, por lo tanto, no generan energías transformadoras para perfeccionarse y producir un conjunto sostenible y sustentable. Esa es la peor visión derivada de una modernidad que solo se ha desarrollado en un lado de la esfera. Al amparo de la visión dicotómica, los mercados sin regulaciones suficientes, ni controles adecuados tienden a destruir parte de ese cuerpo o todo al mismo tiempo y la porción rural de ese conjunto, la más débil, no tiene como defenderse del acoso continuo proveniente de una supuesta modernidad originada en el espacio urbano. De ese modo, la nueva visión se fundamenta en una concepción diferente de la realidad.
Por eso, definimos el nuevo paradigma, que orienta y regula las relaciones rural-urbanas, como el de la unidad rural-urbana para superar esa dicotomía entre ambos sectores. La unidad en la diversidad existe en el fondo de esta discusión. Al concebir la realidad como una unidad cambian todas las consideraciones que han guiado a las políticas públicas y las visiones de los actores participantes. A la luz de ese nuevo paradigma, lo rural comienza a adquirir una valoración de la que carecía y sucede de la misma manera con lo urbano.
La superación de las concepciones tradicionales inicia por considerar lo rural y lo urbano como parte del mismo cuerpo social, expresado en un territorio y en relaciones socioeconómicas y culturales. Integran tejidos sociales en la unidad que requieren buscar coherencia; pese a las tensiones y conflictos existentes entre ellos. Especialmente por esa razón, la propuesta de transformación de la ruralidad y su rediseño pasa por asumir la existencia de una conciencia que induzca el cambio de nuestra visión del mundo y, por tanto, de las relaciones rurales-urbanas. Eso puede lograrse asumiendo la visión de la “dimensión profunda” que propone Laszlo y su equipo del Club de Budapest para poder entender de una manera diferente lo que concebimos en las relaciones mencionadas.
Así como Frecska (2017) indica que la visión materialista y neodarwiniana tradicional niega el papel fundamental de la conciencia en la evolución, el modelo dicotómico rural-urbano niega la existencia y la posibilidad de estructurar un cuerpo social único coherente; una visión unificada que ponga término a los desequilibrios y la explotación que realiza un lado del cerebro social sobre el otro. La “dimensión profunda” invita al desafío de asumir y desarrollar una conciencia más universal y planetaria en defensa de lo humano en el universo y que conciba el cuerpo social como una unidad sistémica para el desarrollo sostenible y humano, regido por la dignidad y la equidad.
Ese fundamento es de una gran profundidad y se sustenta en los aportes de la ciencia cuántica, la cual concibe una conciencia más allá del espacio-tiempo: la “dimensión profunda” —o lo que se ha denominado en la tradición védica el campo unificado de todas las leyes del universo7, super campo o campo universal de la conciencia y totalidad única indivisible. Igualmente, se le denomina ser puro o inteligencia pura; una abstracción de donde surge una oleada de vibraciones que dan lugar a todo lo que existe. Por eso, en la física cuántica se dice que nosotros y todas las manifestaciones materiales que vemos son una vibración de ese campo. Somos diferentes frecuencias vibratorias en el universo, como lo aclara bien el físico cuántico John Hagelin en sus Conferencias. Laszlo y la tradición védica lo han denominado también La Fuente, o el Akasa, un tipo de inteligencia transformadora.
El Akasha “es el elemento total que subyace a todas las cosas y se convierte en todas las cosas” (Laszlo, 2013, p. 80); es el elemento fundamental del cosmos. Montecucco dice que esta visión emergente de la ciencia “forma parte de un modo más ecológico, más humano, más sostenible de contemplar el mundo” (2017, p. 182).
Como se indicó anteriormente, el cambio puede empezar por la esfera de lo rural, con la ayuda de las conciencias originadas en lo urbano. No basta con que los habitantes rurales, alcancen un mayor nivel de conciencia para adquirir una nueva visión del mundo, se requiere que al tiempo lo hagan también los ciudadanos de las zonas urbanas. Si bien la transformación empieza con el rediseño de la ruralidad, en el camino de la evolución, ambas esferas o realidades terminarán reinventándose en una nueva visión.
Alcanzar la nueva conciencia es un proceso gradual y acumulativo a través de programas y proyectos específicos, locales y territoriales, dotados de nuevas visiones y maneras de ver y hacer las cosas, así como de relaciones y procesos que aglutinen voluntades de cambio en un campo de coherencia. El problema radica más en la voluntad expresada en decisiones, que en la inteligencia; pero si la inteligencia y la sabiduría acompañan esas voluntades, el proceso de transformación será más potente. El nuevo paradigma de las ciencias cuánticas considera que todo está interconectado e intercomunicado y existe una sola unidad donde se conjugan todas las diversidades posibles. En eso, difiere de la visión tiempo-espacio, sensorial, materialista, donde tiene sentido ver las realidades como separadas y antagónicas, como en el caso de lo rural y lo urbano.
Resulta por lo menos sorprendente, que la tradición indígena haya proclamado en diversas formas este criterio de la unidad que la física cuántica trata de expresar, desde hace tiempo, en fórmulas matemáticas. Al Jefe Seatle de la tribu Duwamish, se le atribuyen estas palabras:
Todas las cosas están conectadas entre sí […] Lo que sea que suceda a la tierra, recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciera al tejido lo hará así mismo […] Todas las cosas están conectadas. (1854).
Estos procesos de cambio de conciencia están en marcha y se observan a través de múltiples indicadores. Los ejemplos son innumerables: el creciente surgimiento y activismo de todo tipo de organizaciones y movimientos que pregonan el combate contra los factores que generan el cambio climático, a través de acciones decididas sobre el manejo del medio ambiente con una visión ambientalmente compleja (Carrizosa, 2000); la conservación de la naturaleza, el freno a la deforestación; la defensa de las comunidades indígenas y campesinas; el combate al consumismo desaforado; las críticas a la creciente desigualdad; la necesidad de suprimir el uso del plástico y el consumo de alimentos ultra-procesados; la defensa de la agricultura agroecológica y la crítica al uso de insumos agroquímicos y energías fósiles, etc. También están los grupos de meditación y de coherencia creados por las escuelas de meditación del Oriente asiático.
En un libro reciente, Reconnecting to the source (2020), Laszlo ofrece una síntesis de las aproximaciones al nuevo paradigma de la ciencia. Allí, afirma que el mundo no es una estructura mecánica materialista, sino un holograma cuántico cuya información está en toda partícula, átomo y ser humano. El universo es un sistema cuántico integral, un dominio de coherencia que se debe a la conexión y comunicación de todas las partes, donde todas reciben información y responden a todas las otras partes. Esos sistemas coherentes son de integración sistémica.
Concebir de otra manera el campo, la ciudad y sus relaciones pasa por nuestra capacidad, voluntad y decisión de elevar nuestros niveles de conciencia. La búsqueda de esos nuevos escenarios de nuestra conciencia puede iniciarse a través de movimientos de solidaridad y compasión en áreas como la educación, la salud, los negocios y la política, como indica Hagelin en varias conferencias.
El nuevo paradigma del siglo XXI propone una concepción radicalmente nueva mediante la redefinición de la naturaleza de la realidad y de lo existente. Laszlo lo precisa de la siguiente manera: se ve el mundo “como un sistema integral en el que todas las cosas interaccionan y, juntas constituyen un sistema entrelazado, de tipo cuántico, cuyos componentes son elementos intrínsecos de una totalidad integral” (2017, pp. 39-40). Es un realismo global, no local, donde las cosas pueden estar a una distancia finita en el espacio y el tiempo, pero permanecen conectadas. Todo ello se fundamenta en la idea básica proveniente de la ciencia de que la realidad fundamental no es materia, sino una energía; y las leyes de la naturaleza no son normas de interacción mecánica, sino “instrucciones” o “algoritmos” que codifican “patrones de energía” (Ibídem, p. 41). Esta teoría se fundamenta en los enunciados de Max Planck de 1944, cuando expresó que la materia no existe y que detrás de esa fuerza hay una mente consciente e inteligente, que es la matriz de toda materia (Ibídem). Todas las cosas en el universo son grupos de vibración coordinada.
En este punto, no podemos prescindir de las afirmaciones de Montecucco para entender mejor el asunto:
El alineamiento con el concepto de realidad del nuevo paradigma se produce de forma natural en personas que viven en armonía con las dimensiones físicas de la naturaleza y son conscientes de ser parte de un delicado equilibrio social y ecológico. (2017, p. 185).
Esta nueva interpretación de la realidad ofrece una concepción unitaria del ser humano y la existencia, y es expresada por una persona consciente de su integridad psicosomática, que vive de una manera más natural y consciente.
2. La conciencia durante el “buen antropoceno”
El nuevo paradigma de la ciencia es la pauta que seguirán los individuos y grupos sociales en la era del “buen antropoceno”, el cual sustituye al “mal antropoceno” que ha tenido su gran desarrollo desde la Segunda Guerra Mundial, acentuado en la era de la globalización neoliberal. En este último, todo se ha puesto al servicio de la economía con el fin de satisfacer las necesidades de un ser egoísta y arrogante, quien considera que el planeta le pertenece y puede destruirlo para satisfacer sus necesidades individuales en medio de una desmesura, sin importar las necesidades presentes y futuras de los seres humanos y demás especies vivientes.
La nueva era del “buen antropoceno” empezó a visualizarse y perfilarse bajo diferentes manifestaciones. Se caracteriza, según Alejandro Gaviria8, por cinco factores, a saber:
1. Piensa en la libertad, restringiéndola si se presenta un daño sustancial a los demás (libertad acotada).
2. Considera la existencia de impuestos sostenibles para prohibir o limitar ciertas actividades humanas.
3. Es un antropoceno con dignidad.
4. Establece la práctica de la democracia, donde existe la libre circulación de las ideas.
5. Aplica una justicia climática.
Es un proceso que vela por el bien común global y donde todo se resuelve en el ámbito de la acción colectiva, como indica Juan Camilo Cárdenas9. En este “buen antropoceno”, se despliega con facilidad el desarrollo de la conciencia y alcanza niveles más altos que permiten cuidar la naturaleza y al hombre.
Las precisiones realizadas por Laszlo y sus colegas del Club de Budapest; las sugerencias de Lederach (2016); las ideas de Mumford; las enseñanzas de la meditación trascendental de Maharishi y de la Escuela de Magia del Amor liderada por Gerardo Schmedling son las principales orientadoras del intento por rediseñar y reinventar o deconstruir una realidad a todas luces insatisfactoria, que nos está conduciendo hacia una trayectoria catastrófica. El “buen antropoceno” podría ser una guía para la proyección de la ruralidad que viene y las nuevas relaciones del campo con la ciudad.
Consideramos estas raíces como las bases sobre las cuales sugerimos realizar la búsqueda de un camino diferente para superar los problemas del modelo de desarrollo actual. Se trata de un aprendizaje que nos permite encontrar los procesos relacionales conducentes a una innovación permanente de nuestras capacidades para transformar el entorno en el que vivimos y avanzar hacia un cambio social constructivo para un buen vivir, a través del cambio de nuestra propia conciencia; ese gran desafío del ahora.
El buen vivir es un concepto derivado de las palabras indígenas sumak Kawsay (en quechua) —suma qamaña (en aymará)— cuyo significado es vida en plenitud, en armonía, en equilibrio con la naturaleza y la comunidad, y también se le denomina buen convivir. Fue concebido en Ecuador y Bolivia, y su significado lo recoge también el papa Francisco en su Encíclica Laudato si. Este concepto se combina también con el de ecología integral (Carrizosa, 2018) y hace parte de las nuevas alternativas para buscar un estilo de desarrollo diferente donde las conciencias de las personas, los grupos y las sociedades evolucionen hacia niveles superiores de comprensión de lo que somos y nuestro destino.
En la medida en que los procesos encausados por estas visiones encuentren un punto de inflexión mediante nuevos campos relacionales, una conciencia diferente, actitudes y comportamientos renovados y una manera diferente de vivir y valorar; se abrirán nuevos campos, concepciones de las políticas públicas y una visión diferente de la realidad y sus relacionamientos, más allá de lo aparente. Aplicar el arte de crear lo que hoy no existe pero es posible, como indica Lederach (2016), es la eutopía que aquí proponemos.
Esto conduce a la pregunta: ¿cómo encontrar ese camino? Algunas de las posibles respuestas son:
1. Aceptar la realidad como es, como algo que nos concierne a todos, y autorreconocernos como parte del problema. La cuestión no es solo un asunto de los pobladores rurales, también lo es de los urbanos. Si ambos actúan como un solo cuerpo social y buscan coherencia, el camino se abrirá más rápido de lo que pensamos.
2. Buscar mejorar y elevar el nivel de nuestras propias conciencias, es decir, lograr una transformación interior.
3. Encontrar una respuesta a la pregunta: ¿qué es lo que puede mantener unido como un cuerpo único a lo rural y lo urbano, considerando que ambos tienen visiones, comportamientos, actitudes, expectativas y niveles de conciencia diferentes?
4. Tener el convencimiento de que se puede crear algo nuevo y posible; una eutopía como resultado de la imaginación creativa y nuestra propia transformación.
capítulo III
el sentido del rediseño de la ruralidad
“Para cambiar, una persona debe encarar al dragón de sus apetitos con otro dragón, la energía vital del alma”.
—Rumi.
1. Objetivos y alcances
Esta propuesta busca modificar los desequilibrios rurales-urbanos actuales para llevarlos a un estado de ruralidad sostenible, incluyente y humana, siguiendo una senda de prosperidad que se fundamente en el despliegue de la conciencia, la dignidad y la ética en el universo donde vivimos. En otros términos, persigue recrear la ruralidad y lo urbano como una unidad integrada y única, donde se abren espacios a la dignidad humana. El ser humano es la prioridad y la unidad campo-ciudad constituye el objetivo del desarrollo. Los propósitos de vida son la dignificación de lo humano y el trabajo, así como la comunión con la naturaleza y sus leyes.
Todo ese proceso termina siendo un acto de amor, una apuesta que activa y despliega nuestra concepción del mundo y de nosotros mismos. Como bien lo dice Laszlo, nos encontramos aquí con el fin de evolucionar la conciencia del cosmos haciendo evolucionar nuestra propia conciencia. Este proceso parte de acciones individuales que se aúnan en grupos específicos y derivan en un acto colectivo. Consiste en un proceso para la transformación de nuestras visiones, comportamientos, percepciones y valoraciones a partir de una mirada integral de lo que nos rodea y de los espacios donde actuamos. Es una innovación de la manera como vemos al otro y una necesidad de transformarnos a nosotros mismos como actores del cambio con nuestra capacidad creativa. Rediseñar la ruralidad es enamorarse de ella, comprenderla como es, quererla y defenderla, sentir disfrute con ella, acompañarla en su ser y totalidad, en su unidad.
En otros términos, y siguiendo los postulados de Lederach, lo que se pretende es aplicar la imaginación moral a la ruralidad y sus relaciones con lo urbano; elevarnos más allá de lo aparente y visible; trascender el límite de lo existente hoy y realizar un acto creativo, pues la imaginación moral “desarrolla una capacidad de percibir cosas más allá y a un nivel más profundo, de lo que salta a la vista” (Lederach, 2016, p. 70). El autor define la imaginación moral como “la capacidad de imaginar algo anclado en los retos del mundo real pero a la vez capaz de dar a la luz aquello que todavía no existe” (Ibídem, p. 73-74).
En el Epílogo al libro La naturaleza de la realidad de Laszlo, Shamik Desai señala que:
[…] La orientación predominante de la realidad —consumismo, objetivos a corto plazo, maximización de lo cuantitativo— representa solo un nivel adolescente de la conciencia. Ha llevado a desequilibrios peligrosos e insostenibles en el nivel individual, social y planetario y, por tanto, debe ser reconsiderada y revisada urgentemente de forma colectiva. (2017, p. 293).
Por eso, hacer que las relaciones campo-ciudad evolucionen de otra manera es una apuesta posible que puede fundamentarse en una evolución colectiva de la conciencia.
La apuesta es por un tránsito a un modelo de desarrollo cuyo centro sea el ser humano, no el mercado ni el dinero, que son instrumentos, mas no fines. Ese proceso inicia con la transformación de la ruralidad existente y de sus relaciones con lo urbano, mediante la implementación de una política de distribución de la población en el territorio, combinada con una redistribución de los recursos del territorio entre la población, especialmente la tierra y las capacidades. Para ello, busca el alcance de equilibrios territoriales para un desarrollo sostenible social y ambientalmente.
En ese sentido, se trata de abrir espacios para un modelo diferente de desarrollo rural y urbano, donde la agricultura campesina y familiar coexista con el modelo empresarial en las áreas rurales y que se valore debidamente. Consideramos que los pequeños productores sí pueden estar en los mercados y ser eficientes en el uso de los recursos que poseen, mantener la biodiversidad y ser un factor estratégico para el desarrollo y los equilibrios sociales. Es decir, el campesinado como tal integra un proceso evolutivo que la sociedad debe aceptar tal cual es, valorarlo y respetarlo.
La ciudad y el campo no son un problema en sí, ambos han sido y serán necesarios en el desarrollo de la humanidad, el uno necesita del otro. Ambos son más bien un proceso articulado de vida, actividades, angustias, emociones, éxitos, fracasos y búsqueda de la felicidad. El problema ha consistido más en la manera divergente e incoherente como se han articulado a través del mercado y el papel que las sociedades y sus ideales les han fijado, lo cual ha conducido a grandes desigualdades y conflictos.
Lo que se requiere hoy y en el futuro es revertir esa desigualdad en el desarrollo y los niveles de vida a partir de la valoración adecuada del uno y el otro, pero especialmente de lo rural. Eso implica que las ciudades entreguen más de lo que han otorgado hasta ahora a la ruralidad, mediante la reinvención de sus relaciones y que continúen desarrollando ventajas y prosperidad a través del asocio por encima de la dirección del mercado, para darle más espacio al desarrollo rural. De este modo, se configuraría un proceso diferente para garantizar el éxito de la ciudad.
2. Ruralizar lo urbano y reinventar la urbanización de la ruralidad
En tres artículos publicados en el diario El Espectador, el escritor William Ospina (2018a, b y c) expresa la idea de concebir una ruralidad imaginada y por qué es necesario asumir un cambio en las tendencias actuales. Según él, no se debe seguir urbanizando lo rural tal como ocurre en la actualidad, sino ruralizar lo urbano. Al respecto, indica que:
[…] No se trata de despoblar las ciudades y repoblar los campos sino de impedir que la mancha urbana avance sobre los campos como una enfermedad, y que para ello son más bien los campos los que deben avanzar sobre la ciudad, porque el principal desafío de la especie es reconstruir el bosque planetario, reconciliar la ciudad con el mundo. (Ospina, 2018b, párr. 10).
Ospina también propone que nos declaremos agrodescendientes, apropiándonos de enunciados hechos por grupos de jóvenes solidarios con los movimientos campesinos. Además puede agregarse que también se trata de rescatar valores culturales existentes en la ruralidad y preservarlos en las conciencias ciudadanas.
Actualmente, el tipo de urbanización de la ruralidad llena de cemento las áreas rurales aledañas a los principales centros urbanos, con lo cual se obedece solamente a la dinámica de las fuerzas de un mercado inmobiliario y especulativo, y a la necesidad de los grupos de mayores recursos de poseer fincas de recreo y escaparse por momentos de la congestión y contaminación de las grandes ciudades. Esa invasión es perversa, caótica y sin planeación por la forma como se realiza y los objetivos que persigue. La urbanización no es un error, se deben reconocer sus valiosos aportes al desarrollo y a la humanidad, pero el rumbo que ha tomado en la civilización contemporánea sí lo es, como muestra Ospina.
La ruralización de lo urbano se concreta cuando la visión de la vida rural apacible, el paisaje, el disfrute y el contacto con la naturaleza, el aire más puro y los grandes beneficios de contar con un medio ambiente sano y una naturaleza activa y dinámica, que conserva sus cualidades, etc., se incrustan como una necesidad vital en la conciencia de todos los habitantes urbanos y especialmente entre las clases medias y quienes poseen mayores ingresos pues tienden a alejarse más de lo rural por sus patrones de consumo. Configura un avance de la ruralidad sobre la ciudad y no al contrario como sucede hoy. Eso se obtiene particularmente por medio de asociaciones estratégicas y el aumento del nivel de conciencia de los urbanitas sobre el valor de la ruralidad.
En esta propuesta, ruralizar las ciudades y grandes centros urbanos alberga un significado diferente al de trasladar los habitantes rurales a las ciudades en búsqueda de sus ventajas. No se trata de ponerle límites a la expansión urbana y su misión civilizadora, por el hecho de que el modelo de urbanización actual se haya convertido más en una amenaza para el planeta, que en un factor para el mejoramiento de las condiciones de vida de su población. En esta propuesta, la consigna de ruralizar lo urbano tiene un significado especial que apunta a:
1. Crear una conciencia urbana sobre lo rural para valorarlo y verlo de una manera diferente. En consecuencia, construir relaciones más cercanas y equilibradas entre los dos, como realidades que hoy tienden a ser indistinguibles, principalmente en los bordes de las ciudades, las áreas de conurbación y periurbanas.
2. Que los urbanitas recuperen el valor de lo rural y decidan disfrutar de ello como parte de su calidad de vida; así como que los ruralitas adquieran una visión diferente de lo urbano y lo utilicen para su desarrollo y crecimiento. Ruralizar lo urbano es también hermanar ambas realidades, establecer entre ellos relaciones de comunidad, de coherencia, apoyo mutuo y solidaridad sin esperar siempre contraprestaciones monetarias, pero sí mejoramientos en la calidad de vida, el bienestar y el reconocimiento del otro.
3. Que los urbanitas decidan apoyar las iniciativas de desarrollo rural propias de las áreas rurales o que provienen del Estado. Así pues, los citadinos le exigirán al Estado esas políticas porque los benefician directamente, aunque vivan fuera de la ruralidad. Así, los planes de desarrollo urbano contendrán políticas de desarrollo rural con el apoyo de los habitantes de las ciudades.
4. Que los ruralitas y citadinos acepten y respeten los Planes de Ordenamiento Territorial (POT), participen en su elaboración, ejecución y veeduría mediante el establecimiento de acuerdos para el desarrollo. Que los ciudadanos hagan respetar el cumplimiento de los POT y les exijan a las autoridades el cumplimiento de los acuerdos y las disposiciones que protegen los intereses rurales y urbanos.
5. Que aparezca una nueva cultura de consumo y de producción de alimentos. Así, los habitantes de zonas urbanas le darán preferencia a la adquisición de los bienes y servicios ofrecidos por las áreas rurales circundantes, consumirán primero lo propio antes que lo extranjero o lo ultraprocesado; y los ruralitas producirán alimentos frescos, sanos y saludables con base en una agricultura más ecológica, orgánica y regenerativa.
El mayor error que se ha cometido ha sido considerar que el ciudadano del campo debe asimilarse al urbano para ser considerado moderno. No obstante, también debe ser claro que valorar el modo de vida rural no significa volver a un pasado bucólico. Se trata, a fin de cuentas, de introducir la ruralidad en una modernidad humanizada y sostenible, sin pretender igualar las condiciones de vida de ambos ámbitos en un territorio. Ambos merecen valorarse y respetarse, tanto en las políticas públicas como en la mente de todos los ciudadanos. Es un error pretender homogenizar las condiciones de vida rural y urbana, la diversidad es la norma.
Por otra parte, reinventar la urbanización de la vida rural significa repensar el tipo y modelo de desarrollo urbano impuesto en las áreas rurales, cuya expresión clara se encuentra en lo que denominamos pueblos tradicionales y conglomerados urbanos intermedios, existentes en los territorios rurales y rurales-urbanos, y los conjuntos residenciales usados como segundas viviendas o fincas de recreo de ciudadanos urbanos. Con ello, se busca inducir un proceso mediante el cual se produzcan adaptaciones, renovaciones, cambios y mejoramientos en los desarrollos urbanos de esos espacios, para alcanzar una vida urbana sostenible, amable, sociable, saludable, incluyente y con dimensión humana. Parte de ese proceso es el establecimiento de ciudades de la ruralidad propuesto en este libro.
El desarrollo urbano en las áreas rurales, que ha sido impulsado por el capital financiero y especulativo, y manipulado además por políticos y negociantes corruptos interesados solo en el dinero de fácil consecución, no satisface los postulados de los ODS y de otros enunciados sobre una modernidad basada en el ser humano. No se fundamenta en la planeación y el ordenamiento territorial, ni considera las relaciones rurales-urbanas. Es un atentado al buen gusto y a la estética, y se construye sobre el ofrecimiento de vivienda de mala calidad y espacios reducidos para las familias, especialmente en los denominados pueblos tradicionales de nuestra geografía y ciudades intermedias. Además, se expande sin considerar las capacidades municipales de ofrecer los servicios mínimos a sus habitantes y los espacios públicos requeridos para ejercer la ciudadanía. Más que un fracaso, es una disolución de la idea de ciudad.
Como se afirmó antes, aquello que se debe cambiar no es la ciudad ni el campo en sí; sino la mentalidad, las concepciones, las visiones, los propósitos y la conciencia de las personas involucradas en el desarrollo urbano y rural en general. Solo así podrá realizarse una transformación innovadora de la realidad con sentido y proyección para mejorar el bienestar de todos. Esto cobra sentido cuando se realiza a partir del rediseño del sistema, es decir, cuando se adquiere una visión holística y sistémica de las relaciones rurales-urbanas y se consideran el campo y la ciudad como una totalidad, una unidad inseparable integrada en un territorio.
El rediseño de la ruralidad y de las relaciones rurales-urbanas constituye también un llamado a la reconciliación e integración del país, a fin de cuentas termina por representar un proyecto de reconstrucción del Estado y la sociedad a largo plazo, con una visión territorial y holística que supera las nociones de lo sectorial.
3. ¿Qué es la ruralidad que viene?
Antes de precisar esta noción, conviene hacer un acercamiento a los conceptos de ruralidad y urbanidad. El Informe nacional de desarrollo humano, Colombia rural (2011) del PNUD tomó como referente de lo rural la noción propuesta por Edel-mira Pérez (2001). A la luz de esa propuesta, lo rural se considera como una complejidad resultante de las relaciones entre el territorio, la población, los asentamientos y las instituciones públicas y privadas. Así mismo, como se especifica más adelante, la Misión para la Transformación del Campo (2015) y otros analistas asumieron la construcción de un índice de ruralidad con el propósito de distinguir lo urbano de lo rural más allá de los indicadores demográficos. De manera que, a lo largo de todo este libro unas veces nos referimos a lo rural y otras a la ruralidad.
Podemos aceptar que lo rural es la materialidad expresada en la realidad que vemos: un territorio, una población, unos asentamientos, una actividad productiva y una organización social; y que todas ellas actúan de una manera interrelacionada y constituyen una unidad en sí. Sin embargo, esto no es suficiente para entender el sentido de esta propuesta, basada en el nuevo paradigma de la dimensión profunda. Para ello, y en sentido estricto, el concepto de ruralidad resulta más apropiado debido a que trasciende la materialidad rural que vemos. Se trata de una realidad que expresa al tiempo una cultura, unas visiones, unas maneras de actuar, unos ideales, unos sueños, unas virtudes y valores. Bajo una concepción holística, la ruralidad incluye, tanto lo material como lo inmaterial, unas conciencias presentes en sus habitantes que tienen expresiones determinadas.
Lo mismo puede decirse de lo urbano, tiene unas bases materiales, una esfera inmaterial y unas conciencias ubicadas en ese medio. No es que exista una conciencia rural y otra urbana que puedan diferenciarse fácilmente, la conciencia es una sola, pero se expresa y tiene manifestaciones diferentes en la vida real y en el proceso evolutivo, por lo cual alcanza grados diferentes de perfección.
Esta es una discusión de profundo calado, que nos saca de los conceptos más socorridos de lo rural y lo urbano, y no es el propósito desarrollar aquí este tema, pues caeríamos en el problemático y dinámico campo de las definiciones taxativas. Por eso, cuando nos referimos unas veces a lo rural y lo urbano, y otras a la ruralidad, si bien se puede hacer la distinción anotada antes, siempre entendemos el término en un sentido holístico y comprehensivo. Nuestra apuesta es por la ruralidad más allá de los aspectos materiales.
En ese sentido, la ruralidad que viene constituye la nueva realidad hacia donde evolucionará la actual, después de un proceso de cambios y transformaciones en las estructuras agrarias, poblacionales y territoriales, en las relaciones rurales-urbanas y en los niveles de conciencia de sus habitantes. Representa el fruto de la valoración social y política de sus habitantes, y el establecimiento de alianzas rurales-urbanas que le dan vida a la actividad social a través de nuevas relaciones coherentes, cuyo fin es la construcción de un relacionamiento más solidario y comprometido con el desarrollo sostenible e incluyente. Es la realización del orden deseado por las nuevas generaciones, quienes buscan un modo de vida diferente y equilibrado donde la realidad exprese una coherencia que catapulte las energías y capacidades de todos al unísono. En ese nuevo estado, la ruralidad en lugar de desaparecer se fortalece y se considera una parte fundamental de la existencia humana.
En lo que vendrá con los cambios que se indican en este libro, la codependencia ciudad-campo se fortalece con nuevas visiones dentro de la era del “buen antropoceno”. Esto implica el desarrollo de capacidades y visiones en todos los habitantes del territorio para posicionar lo humano, la dignidad, la mesura y el respeto por la naturaleza y sus leyes en la geografía nacional.
Así pues, los componentes de la ruralidad que viene pueden organizarse en cuatro bloques, como se muestra en la figura 1. El primero lo conforman una serie de elementos y procesos vinculados con la estructura agraria, el segundo se refiere a las ciudades, el tercero a las relaciones rural-urbanas y el cuarto comprende aspectos comunes muy vinculados a temas institucionales y ambientales.
De ese modo, podría decirse que la ruralidad que viene es el resultado de una vía diferente de desarrollo, con más Estado en el mercado, menos mercado en el Estado y más participación de las comunidades en las alianzas y asociaciones rural-urbanas, tanto en el diseño como en la ejecución y evaluación de programas y proyectos, que obedecen a estrategias concertadas. Esa vía se encuentra en línea con los ODS actuales, los cuales se han ido ajustando a los contextos nacionales e internacionales para alcanzar una mayor resiliencia de los sistemas productivos y de las sociedades.
FIGURA 1.
Procesos y elementos del rediseño rural

FUENTE: elaboración propia.
Por lo tanto, la ruralidad que viene pasa a ser un nuevo ámbito de la vida económica, social e institucional, pues expresa tejidos territoriales y sociales a través de los cuales se nutre todo el sistema. Cuenta con una migración evolutiva y reparativa como la descrita en el capítulo VIII, con flujos de población regulados por las asociaciones rural-urbanas y las autoridades provinciales y municipales. A su amparo, existe la libertad de movimiento con normas respetadas y acordadas; y se conforman flujos poblacionales, desplazamientos y ubicaciones, a través de una migración responsable y funcional para el territorio.
4. La transformación de la estructura agraria
El rediseño de la estructura de la propiedad rural es quizás el proceso más estratégico y complejo para configurar la ruralidad por venir. Como se indica en los capítulos XI y XII, esta propuesta contiene varias estrategias e instrumentos que conforman un conjunto articulado. Constituye un desafío enorme para la sociedad que tendrá que asumirlo con seriedad si quiere avanzar en una modernidad que cubra el territorio nacional. Como lo indica la figura 1, es una actividad que incide en todos y cada uno de los demás elementos característicos del rediseño rural.
Uno de los resultados fundamentales de esa apuesta consiste en la superación y desaparición de la estructura minifundista y de pobreza en el campo. Como consecuencia de su aplicación, el minifundio de infrasubsistencia desaparece al final del proceso y se fortalecen la agricultura de tipo familiar, la mediana empresa rural y la urbana. Ningún productor se sitúa por debajo del nivel de subsistencia, sea urbano o rural y opera una renta básica para los pobladores más vulnerables. También desaparecen el latifundio y la gran propiedad con tierras fértiles mal utilizadas. Se mantienen únicamente las empresas altamente productivas que cumplen las normas ambientales y la generación de alimentos sanos. La disminución del grado de desigualdad en el acceso a oportunidades e ingresos es notoria, los conflictos por la tierra se habrán disipado al realizarse un ordenamiento social y productivo del uso del suelo y se fortalecerán los derechos de propiedad.
La agricultura campesina y familiar puede ser la base de la formación de un estrato socioeconómico medio10 en la ruralidad que viene para fortalecer la democracia, introducir la modernidad y contribuir al logro de un equilibrio económico, social y político en el campo, y en toda la sociedad. Para abrir espacio al surgimiento de ese estrato, se requiere la redistribución de la propiedad rural y sus recursos con el fin de poner término al minifundio sin capacidad para mejorar las condiciones de vida de sus poseedores y propietarios. Además, debe fortalecerse la diversificación de actividades económicas, sociales y culturales para que las familias puedan mejorar sus niveles de ingresos y bienestar y permitir su ascenso en la escala social. Pasar de la condición de pobreza a ser parte de un estrato medio rural siempre implica un proceso que requiere tiempo y desarrollo de capacidades, entre otras condiciones. El rediseño propuesto requiere ser siempre un proceso que redistribuya y cree nuevas oportunidades y alternativas para la dignidad humana.
Además de los productores campesinos no minifundistas, los medianos productores y las microempresas, que prestan servicios en el campo y desarrollan procesos agroindustriales, engrosarán ese estrato socioeconómico. Esto implica que el campesino minifundista sin esperanzas y capacidades para superar las trampas de la pobreza desaparecerá y el paisaje social será diferente. En consecuencia, habrá un nuevo campesinado del siglo XXI, uno incorporado a una modernidad hecha a su medida.
Bajo esa perspectiva, los productores, quienes sostienen el sistema agroalimentario nacional y provincial, serán principalmente pequeños y medianos y se complementarán con el recurso de explotaciones mayores. No usarán toda la tecnología disponible en el mercado y seleccionarán solo aquella funcional para fortalecer los lazos con lo urbano y no afectar los empleos y la calidad de los productos en una economía diversa. Los instrumentos esenciales para elaborar esa selección tecnológica serán las organizaciones de tipo cooperativo y de productores, así como las alianzas productores-consumidores y organizaciones parecidas que hayan realizado procesos de capacitación y especialización de algunos de sus miembros.
En la ruralidad que viene, se reducirán y regularán mejor los cultivos altamente intensivos en el uso del agua, que actualmente se apropian de la que necesitan los pobladores de los territorios circundantes. Por medio de esto, se establecería un equilibrio entre las necesidades económicas y sociales. Para ello, se implementarán tecnologías que aprovechen los diferentes ecosistemas y recursos a fin de generar alimentos por medio de una agricultura más ecológica, orgánica y regenerativa.
En la labor de filtración de las tecnologías ofrecidas a los productores, los comités de expertos en las provincias cumplirán un papel significativo. En ellos, los académicos, los productores y consumidores participarán activamente. Se preferirán tecnologías que garanticen la biodiversidad y las que sean más compatibles con las asociaciones de productos (en lugar de los monocultivos no orgánicos) y con las necesidades de generar empleo.
5. Ciudades y pueblos en la ruralidad que viene
La reinvención de la urbanización de la ruralidad no implica frenar el desarrollo urbano en esos espacios, sino contener el actual modelo de invasión urbana en las áreas rurales para sustituirlo por otro, a través de la creación de ciudades o centros urbanos de un nuevo tipo que se integren en lo rural. Esto es lo que, en este libro, denominamos ciudades de la ruralidad o centros urbanos integrados a ella. Estos forman parte estratégica de una política de población para acercar los habitantes rurales a buena parte de los beneficios que brinda una urbanización equilibrada y sostenible.
Las ciudades de la ruralidad consisten particularmente en reubicar en centros urbanos, situados dentro de la ruralidad, los excedentes de pobladores rurales provenientes de explotaciones pequeñas (minifundios) y medianas. Se integran por pobladores que se mueven de una habitabilidad en el campo a otra en lo urbano debido a cambios productivos (por ejemplo: la tecnología o el cambio climático), por razones de edad y dignidad o por la redistribución de la tenencia de la tierra, como se expone en los dos capítulos finales de este libro.
Un propósito fundamental de esta reubicación persigue frenar la migración caótica hacia los grandes centros urbanos y las zonas de colonización. No se trata de seguir multiplicando y sobredimensionando el tipo de pueblos actuales, cuya mayoría representan desastres arquitectónicos, estéticos, medioambientales y sociales debido a que se han construido al azar, sin ninguna planeación ni criterios de dignidad. Con las ciudades de la ruralidad, se apunta a configurar una urbanización de estilo rural, hecha a la medida de las necesidades y expectativas de los ruralitas y de una vida planetaria sostenible.
Las ciudades de la ruralidad representan un intento por llevar algunos de los beneficios de la urbanización y la modernidad a los habitantes rurales, mediante una planeación participativa y regulada por las autoridades competentes. Como se indica en el capítulo VI, las ciudades ofrecen una serie de atributos de la modernidad ausentes en las áreas rurales. Más allá, las ciudades de la ruralidad conforman pequeños y medianos conglomerados humanos que siguen los criterios que Jan Gehl identificó en Cities for people (2010) para las ciudades de la modernidad en un mundo sostenible y más humano; y algunos de los que la conferencia Hábitat III (Organización de las Naciones Unidas [ONU], 2016) propuso para las urbes de hoy y mañana, y que también han sugerido Richard Sennet, Peter Hall y otros.
Como se ha mencionado antes, el proceso de invasión del campo por lo urbano, que expulsa habitantes hacia las ciudades, es un proceso guiado por un mercado imperfecto de bienes raíces, por intereses particulares de grupos de la sociedad que no se sustentan en los de los pobladores rurales y es el resultado de no aplicar un ordenamiento social y territorial apropiado.
Contrario a esto, las ciudades de la ruralidad configuran la expresión de la integración entre los ciudadanos urbanos y los rurales en el territorio de la ruralidad y sus nuevos relacionamientos. Esas ciudades conforman un campo social relacional que comparte el territorio con unas reglas de juego definidas por las mismas comunidades y que cuentan con la participación de lo público. Constituyen una unidad que vive y convive con la naturaleza, mientras disfruta de elementos y procesos de la modernidad reflejados en lo urbano, pero filtrados por la comunidad. Ese espacio urbano-rural, que es al tiempo un tejido social, representa un remanso en medio del agite modernizante actual.
Allí se resuelven las contradicciones y antagonismos creados por el viejo paradigma del desarrollo. De esta manera, se abren espacios para una construcción social innovadora o como sostiene Lederach (2016), procesos de construcción social creativos. Así pues, representa el lugar apropiado para generar una conciencia diferente sobre la realidad. En las ciudades de la ruralidad, los ciudadanos no son urbanos ni rurales, sino ciudadanos plenos con una nueva conciencia.
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