Kitabı oxu: «Paraísos en el mar»

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PARAÍSOS

EN EL MAR

Adolfo Zableh Durán

I

el beso más bonito de mi vida lo di el tercer domingo del diciembre de mis veintiún años en la mitad de una calle vacía. Una semana después sería Navidad, una semana después de eso, Año Nuevo, y ya saben el limbo que son esas semanas antes de las fiestas, medio hábiles, medio muertas, donde la gente se pone ansiosa por la cercanía de las vacaciones, los eventos pendientes y la promesa de que el próximo año la vida será mejor. Era uno de esos días de los que no se espera mucho. Llevaba poco tempo viviendo en Bogotá, acababa de jugar fútbol y en vez de irme para la casa pasé por la de la mujer que me gustaba, no solo porque quisiera verla sino porque me resistía a llegar a la mía. En mi juventud nunca quería estar en mi casa, menos en diciembre, cuando de ninguna manera se sentía en ella la calidez y el amor que se supone se debe sentir en un hogar durante esa época. Ella me recibió sin importar que estuviera sudado, me invitó a almorzar y al rato se soltó un aguacero tan fuerte que decidimos salir a ver qué pasaba, o más bien qué no pasaba, porque cuando se vive en una gran ciudad tiene que ocurrir algo extraordinario para poder recorrerla en soledad.

Saltamos a la calle sin paraguas, sin impermeable ni chaqueta, apenas en camiseta, y a los pocos segundos estábamos empapados y exponiéndonos a una neumonía, lo que nos sonaba a poco porque cuando estás enamorado no solo no te importa mojarte, sino que parece una buena idea. Caminamos unas cuadras, nos acomodamos en la mitad de una calle al azar y desde allí no solo veíamos golpear las gotas sobre el pavimento, sino que podíamos oírlas. Nos quedamos viéndolas porque era un espectáculo maravilloso, pero también porque nos daba pena enfrentarnos. Solo estaba el agua, y bajo ella, dos ex adolescentes que, salvo en el gesto de acompañar al otro a ver llover, eran incapaces de demostrarse que se querían. Tomamos fuerzas, nos cogimos de la mano y alzamos las cabezas para mirarnos, pero seguíamos sin ser capaces de pronunciar palabra bajo un aguacero que ya empezaba a ser incómodo. No sé qué estaría haciendo la gente que me importaba ese 17 de diciembre, en ese momento solo existía la calle donde ella y yo tratábamos de encontrar la forma de decir lo que sentíamos por el otro.

No tengo claro lo que pasó alrededor del beso, si fue corto o largo, si me gustaron sus labios, ni si quiera si logramos coordinar, lo único que tengo claro es que no recuerdo haber besado así antes ni después. Sí, el beso más bonito de mi vida lo di el tercer domingo del diciembre de mis veintiún años en la mitad de una calle vacía. Y encima, llovía. Todo un cliché, pero qué sería del amor sin los clichés.

Eso fue lo que debió haber pasado.

La verdad es que todo lo que acabo de contar corresponde a la realidad, menos el beso. No llegamos a besarnos esa tarde ni ninguna otra, y luego de aquel día la vida nunca nos volvió a poner en el mismo lugar. Meses después me llegó una carta suya, más bien como una postal hecha por ella misma, toda en tinta negra con un par de dibujos y un mensaje corto que no recuerdo con claridad, salvo que al final decía que esa tarde, al tenerme al frente suyo mojado bajo la lluvia, pensó en besarme apasionadamente y aún no entendía por qué no lo había hecho. Ninguno de los dos fue capaz de dar el primer paso aquel domingo, pero al menos ella tuvo el coraje de reconocer su deseo, así fuera cobijada por la seguridad que da mirar al pasado desde una ciudad a cinco mil kilómetros del lugar donde ocurrieron los hechos. Durante casi veinte años guardé aquella carta hecha cuidadosamente a mano en un papel grueso que se notaba fino, hasta que un día la boté en un trasteo porque entendí que no valía la pena cargar con ese peso y que las cosas realmente importantes viven en nuestra memoria y no necesitan un documento que las valide.

El beso más bonito de mi vida nunca lo di, lo que constituye una especie de vacío irreparable que me ha acompañado, algo que me hace sentir tan incompleto como banal porque no debería afectarme tanto. La vida es mucho más que un amor juvenil; es cruel y dura, tiene temas serios, decisiones y errores que nos cambian. Tiene la muerte, que es el gran tema y no tenemos idea porque por lo general a los veintiuno nadie cercano se nos ha muerto, tan solo gente de otras generaciones, nombres que has oído a lo lejos, por lo que un beso no dado bien puede estar arriba en la escala de problemas sin resolver.

Empiezo con una anécdota ocurrida en la mitad de mi vida en lugar de ir en orden cronológico porque en ella está resumida buena parte de cómo asumimos las relaciones amorosas. El amor es muchas cosas fascinantes y duras, pero así sea en el triunfo o en el fracaso, es en esencia tímido. Dejamos pasar una oportunidad tras otra no solo porque estemos llenos de miedos, sino porque hemos idealizado tanto el sentimiento que nos decepcionamos cuando descubrimos que tal cosa no existe. Y aunque hubiese sido lindo volver a la casa con ese beso en mis labios, no me arrepiento de que no haya ocurrido, así como tampoco me arrepiento de no haber vivido otras historias de amor. Sabía que aquel no sería el primero de mis besos desperdiciados, aunque sí pensaba que sería el último porque nunca más volvería a enamorarme como lo estaba en ese momento, y si uno no va a besar sintiendo lo que sentía yo en ese momento, mejor no volver a besar nunca. Hoy entiendo que el amor tiene más besos perdidos que dados y que siempre habrá una nueva oportunidad de dar uno. Entiendo también que a veces es mejor el beso que no pasó porque después del primero todo empieza a ir cuesta abajo. Es una visión disfuncional que me ha costado muchas relaciones, pero qué se le va a hacer, todos tenemos nuestras propias formas enfermizas de llevar la vida. Mi problema es que siento mucho y después no siento nada. Cuando conozco a alguien todo es nuevo, todo es vértigo, pero al poco tiempo la sensación decae y termino aburriéndome. El amor, el enamoramiento más bien, te vuelve adicto, pero dura poco, y cuando ya no te mueve te hace buscar un estímulo nuevo y más potente que te haga sentir lleno otra vez, pero esas no son formas de llevar la vida.

No importa quién esté del otro lado porque el problema está en mí. Por mi vida han pasado buenas mujeres y de todas llegué a desinteresarme hasta dejarlas ir sin asomo de dolor o arrepentimiento. Estoy seguro de que también me hubiera aburrido de otras a las que idealicé por no haber tenido nunca posibilidad alguna, y cuando pienso en todas ellas, las que estuvieron y las que no, me preguntó qué pasa conmigo. ¿Cómo es que la gente se enamora? ¿Cómo dos extraños sin aparentemente nada en común terminan compartiendo no solo los fluidos, que ya es lo suficientemente íntimo, sino la vida misma, cenas, viajes y rutinas, incluso hijos y deudas? ¿Cada cuánto pasará que se despiertan por la mañana y piensan quién es esta persona que está a mi lado, cómo terminé aquí? ¿Les ocurrirá? ¿Lo pensarán y serán capaces de enfrentar tal duda, o simplemente la dejarán pasar porque la clave de que dos puedan estar juntos tanto tiempo es ignorar ese tipo de ideas? Tal vez la vida sea mirar hacia otro lado para no tener que responderte preguntas incómodas.

En este punto creo que nunca voy a poder estar con nadie de la forma en que quisiera, que tampoco sé cuál sea. Y no lo digo como queja, más bien con cansancio, como una realidad que tengo que aceptar y de paso como un grito de auxilio. ¿Se puede renunciar voluntariamente al amor? ¿Dejar de amar no porque hayamos sufrido una gran decepción sino porque simplemente nos cansamos de los pequeños contratiempos? ¿Podemos volvernos inmunes por decisión propia al encanto de las personas, al interés que sentimos hacia ellas? Renunciar al amor por decisión propia como quien renuncia a un reino, esa es la cuestión. Hace poco me escribió mi última pareja para contarme que se casaba en unos meses y sentí tristeza y envidia. No porque quisiera casarme con ella más allá de que sea una persona extraordinaria, sino porque lo sentí como otro bus que me dejaba. Yo quiero eso que la llevó a ella a dar tal paso: conocer a alguien que me haga decir acá fue, esto es, y que la sensación se quede, no decaiga. Quiero formar ese pequeño club de dos que tienen los que se quieren de verdad, esa seguridad que los llena cuando van juntos en un carro, o cuando se meten a la cama al final del día y saben que todo está bien porque se encuentran en el lugar donde tendrían que estar con quien deberían estar.

Entre la mujer de mis veintiún años y mi última pareja hubo algunas, varias, muchas, no sé la medida. Tampoco sé quién fue la mejor y la peor, y no creo que esa comparación quepa porque esto no es una competencia. No sé de quién estuve menos o más enamorado, quién fue un amor real, quién apenas un enamoramiento y quién pura atracción física. Si tuviera que escoger a una no sabría cómo hacerlo. El amor es el juego del eterno fluir y los enamorados pasamos por tantas manos que ya todos estamos perdidos, rendidos tal vez en los brazos de quien no correspondía; quizá el mundo es un lugar triste porque muy pocos se quedaron con la persona con la que realmente querían estar. Culpamos a los cuentos de hadas por lograr que idealicemos el amor y por llenarnos la cabeza con ideas falsas, ¿pero no será más bien que ellos solo cumplen con la tarea de satisfacer la demanda? El amor es una droga, y nunca mejor dicho: las drogas existen no porque alguien las produzca, sino porque existe alguien dispuesto a consumirlas. El amor romántico está en todos lados, en las películas y en las series, en los libros y en las historias, menos en la vida real. No digo que no exista, solo que no es como nos lo han planteado, por eso hay tantas relaciones fallidas, tanta gente maravillosa que se juntó y sacó lo peor de sí, gente que se encontró, se perdió y se volvió a encontrar convertida en otra cosa y ya no pudo volver a gustarse.

Qué vanidad poder revivir a esas personas que fueron importantes para mí, recordar cómo eran al momento de conocerlas y ver por qué la vida nos separó para siempre. Y aunque haya empezado con una anécdota ocurrida un domingo cualquiera de diciembre que puede parecer escogida al azar (pero no lo es), la manera más fácil de hacer el recorrido es en estricto orden cronológico porque, aunque el amor sea un sentimiento muy fuerte, no hay nada más potente que el tiempo. No tiene favoritos, tampoco señalados, solo va, retratándonos sin lástima y aplastándonos a todos. No quiero hacer un escalafón descendente porque no quiero jugar con los sentimientos de nadie, empezando por los míos, y tampoco quiero hacer unas memorias como si ya estuviera de salida, solo siento que si no hago esta recapitulación ahora se me va a olvidar. Mejor contarlo todo ahora que puedo, ha pasado el tiempo exacto y todo lo suficientemente lejos para que ya no duela y lo convenientemente cerca para no haberlo olvidado. 2

II

en mi prehistoria veo a una niña a la que le rompo el corazón. Vivimos en Santa Marta, tenemos cinco años y estoy enamorado de ella (como si tal cosa fuera posible a esa edad). Vivimos en un conjunto cerrado cerca al mar que tiene caminos peatonales de ladrillos rojos, un parque de piso de arena con columpios y toboganes al fondo y una piscina cerca de la entrada principal. Su casa queda al frente de la mía y para llegar a la suya debo atravesar un pequeño camino cubierto por altas acacias que dan flores rojas y unos frutos no comestibles largos y curvos, como la hoja de una espada árabe. A veces me distraigo y en el camino a verla me quedo recogiendo los que hay en el suelo; los abro y están llenos de semillas cafés y duras que salen volando. Juego a que son carritos, a veces lanchas, depende de la fantasía. En el lugar donde vivimos todos se conocen con todos y los niños andamos libres de casa en casa; a donde llegamos nos ofrecen arroz con leche y gelatina, galletas y gaseosa. Yo me la paso en pantaloneta, pero disfrazado de vaquero, con un sombrero negro y un cinturón que puede cargar dos revólveres, uno a cada lado. En las tardes después del colegio tomamos en la tienda gaseosas de marcas que ya no existen, vamos a los columpios del parque, al mar, a la piscina; al cine y a la bolera. Parece una infancia feliz. Juntos perseguimos cangrejos en la playa a eso de las cinco de la tarde, bajo el sol que ilumina pero no quema. Son tan pequeños, pero también lo somos nosotros. Estoy convencido de que vivo un verano que no puede acabarse y de que la vida no me llevará a otros lugares ni a otras personas.

Un día la niña desaparece y no vuelvo a saber de ella en casi una semana. La preguntaba todos los días y nadie me daba razón. Un día regresa al conjunto, yo salgo a recibirla y veo que tiene un parche en el ojo por cuenta de una operación que acaban de hacerle; nada grave. La veo, me pongo a llorar y salgo corriendo, aterrado. Cada vez que me busca yo me alejo, le huyo todo el tiempo; ella pasa de ser lo mejor que hay en mi vida a ser una extraña, alguien con quien no quiero tener ningún tipo de contacto. Con las semanas deja el parche y yo vuelvo a buscarla, pero ya nada es lo mismo, ha perdido la confianza en mí y no sé cómo volver a ganármela. Dejamos de ser amigos. Yo sigo yendo a la playa por las tardes junto a mi madre a perseguir cangrejos, pero no es lo mismo. Al poco tiempo me mudo a Barranquilla y no vuelvo a verla. No recuerdo nada de ella, ni su cara ni su voz, ni idea qué habrá sido de su vida; hoy podría cruzármela todas las mañanas y yo perdido. Mi primer gran amor se acabó porque no pude resistir un parche en un ojo, así soy. Apenas cinco años y ya sabía cuál sería mi destino, y no hablo solo de amor: hacer sentir mal a la gente sin querer, abandonarla, dejar pasar oportunidades. Solo recuerdo que se llamaba Pilar y ese es uno de los pocos nombres que mencionaré en este libro. Lo hago porque es de lo poco que recuerdo y omitirlo sería anular mucho de lo que me queda de ella. A las demás personas que cite acá las recuerdo plenamente, con varias sigo teniendo contacto, sé cómo lucen, a qué se dedican, conozco plenamente muchos detalles de su vida, incluso algunos secretos inconfesables. Varios me los confiaron, de otros fui testigo, así que no necesito validarlas con un nombre.

De niño oí historias de amor entre adultos en las que los hombres abandonaban a las mujeres, y casi todas terminaban con un «Y se fue con otra». Nunca nadie decía quién era la otra, ni cómo se llamaba ni de dónde había salido; solo era la otra, una mujer sin rostro que seguramente debía tener mil virtudes y atractivos para que alguien dejara de lado su vida previa para marcharse con ella. Crecí entonces con la idea de que las mujeres eran las víctimas, las que sufrían, y que los hombres solo íbamos de un lugar a otro buscando lo que necesitábamos y luego abandonábamos sin sentir nada, pero la verdad es que nunca me he ido con la otra, nunca me he ido con nadie en realidad. Lejos de considerarme un verdugo, que lo he sido, crecí sufriendo por las mujeres y sintiéndome despreciado, incluso por Pilar, la niña del parche, así haya sido yo quien saliera corriendo. Decidí entonces hacerme amigo de ellas a ver si lograba entenderlas y amarlas en silencio para no salir herido. Hay quienes crecemos marginales, viviendo el amor a través de los otros y anhelando que algo similar nos pase algún día. No haber tenido un gran amor adolescente es una especie de frustración con la que muchos tendremos que vivir, no importa qué tan bien o qué tan mal nos vaya después, porque siempre nos quedará la espina de esa primera relación frustrada. Aunque, por otro lado, no ser correspondido es casi una regla en la vida, más en la adolescencia, cuando nos entregamos con furia a lo que no habíamos sentido antes. La juventud es emanciparnos de casa para lanzarnos a los brazos de alguien que está tan perdido como nosotros y acabar destrozados después de entregar el corazón, convencidos de que nunca nos lo iban a romper.

Mi torpeza en la adolescencia era tal que cuando conocía a alguien que me gustaba trataba de mostrarme como la mejor persona posible, lo que lograba que se interesara en mí, pero como amigo. Y entre más me quería como tal más me llenaba yo de rabia. Es posible que inspirara una mezcla entre ternura y lástima, desagrado incluso; pienso en mis dieciséis y me veo como un idiota, inexpresivo y torpe, despeinado, bañado en sudor y mal vestido. ¿Qué demonios estaba haciendo mal? ¿Por qué mis amigos lograban tener pareja y yo no? ¿Qué invalidez o incapacidad veían las mujeres en mí? ¿Qué buscaban en un hombre y por qué yo carecía de lo que fuera que buscaran? ¿Era necesario hacerse el malo, el indiferente? ¿Tocaba ser popular y atlético? Si era eso de lo que se requería no iba a llegar a ningún lado, yo era apenas un niño de ojos tristes, algo que de alguna manera sigo siendo.

Hay en la niebla de mis siete años un recuerdo menos difuso que el de la niña del parche en el ojo. Veo una cara pecosa, un vestido de flores y un pelo rojo con cola de caballo. No sé por qué la conocí, pero sí tengo claro que alguna vez me hizo llorar y nunca más volví a acercármele. Quién sabe con qué carencia venimos de casa que buscamos afuera la felicidad que dentro de ella nos fue negada. Por entonces era muy pequeño y no lo sabía, pero yo venía herido de familia y cada niña de mi edad que no perteneciera a mi hogar era un escape hacia lo que yo creía que era la felicidad. Por cuenta de ese falso ideal me pasé más de media vida buscando la plenitud en mujeres a las que conquistaba solo en fantasías porque era muy cobarde para hacerlo en la realidad. Está bien comportarse así a los siete, a los diecisiete, incluso a los veintisiete, pero llega un momento en el que, si no te das cuenta de lo que estás haciendo contigo, te condenas a ser un desdichado por el resto de tus días.

Un par de años después de la pelirroja hubo otra vecina porque antes nos enamorábamos de lo que estuviera a la mano: una vecina, la hija de la mejor amiga de la mamá, la compañera de pupitre, y estaba bien. No sé si las cosas eran mejor así, pero sí eran más sencillas, incluso más puras. Ahora recorremos el mundo esperando encontrar quién sabe qué tipo de magia en los rincones más apartados, como si en esos escondites fuéramos a dar con tesoros imposibles de descubrir a la vuelta de la esquina. A veces el amor está esperando en la acera del frente, también la muerte; mi vecina murió de cáncer al poco tiempo de conocerla y no supe cómo sentirme, creo que no me dolió demasiado, o por pura negación hice como si no me importara. Un día estaba y al otro no, así resolví la pérdida. Nunca le di el pésame a nadie, ni a sus padres ni a sus hermanos, que eran mis amigos. ¿Cómo iba a hacerlo si tenía nueve años y encima creo no haber sentido nunca igual que los demás? Fallece alguien, se produce un atentado, el noticiero saca una nota sobre un pueblo que aguanta hambre y la gente se suelta a llorar mientras que a mí no se me mueve un músculo; todo me resulta mero paisaje. Puedo, en cambio, ver un juguete tirado mientras voy por la calle y sentirme triste porque imagino que perteneció a alguien que lo perdió y que lo extraña, que desistió de su búsqueda al poco tiempo de dejarlo caer, pero que se pasará el resto de la vida buscándolo, recorriendo en su cabeza los pasos que lo llevaron a perderlo a ver si logra descubrir el momento exacto en que cometió el error. Durante mucho tiempo me cuestioné por ser tan insensible, pero no quiero juzgarme más; siento raro, eso es todo.

Tiempo después, a eso de los diez, me enamoré en los ensayos de un desfile de modas en el que no sé por qué termine metido. Fue verla y caer. Pelo liso, largo y negro, ojos azules, dientes grandes, voz dulce. Yo, que sufro de pánico escénico y vivo acomplejado de mi cuerpo por tener las caderas anchas, entre otras cosas, desfilé en vestido de baño y sin camiseta frente a doscientas personas solo para poder estar junto a ella las dos semanas que duraron los ensayos. La veía en las tardes después del colegio y en la noche pensaba en ella porque su nombre era el mismo de la protagonista femenina de una serie de televisión de la época. Pero aparte de eso no hacía nada, no interactuaba con ella, no me le acercaba a hablarle, no era capaz siquiera de mirarla, todo se limitaba a estar a la espera de que ella tuviera un don sobrenatural que la hiciera fijarse en mí y descubriera que yo era la cosa más maravillosa que existía sobre la tierra.

Toda la vida me ha pasado lo mismo, no solo con las mujeres. Yo deseo muchas cosas, tengo metas y sueños como cualquiera, pero salvo pocas excepciones, nunca he movido un dedo para conseguir aquello que anhelo, más bien suelo sentarme a esperar a que el universo ponga a mis pies lo que creo merecer. Por cuenta de eso, muchas cosas me han llegado tarde, otras nunca llegarán, pero así tiene que ser. ¿Cómo es que no me ven? ¿Cómo es posible que haya personas que solo sean capaces de centrarse en mis defectos y no noten el milagro excepcional que soy?

El punto es que a los pocos días me di cuenta de que a la niña del desfile le gustaba otro, alguien más extrovertido y arriesgado. Yo me retiré, ni siquiera competí. Es posible que a partir de ese momento estuviera poseído por una vocación de víctima que me acompañó durante mucho tiempo, una actitud de perro herido que se echa en una esquina para dejarse morir. Varias veces le saqué provecho, imposible negarlo, porque la lástima puede ser rentable, pero desde ya hace varios años me incomoda y trato de estar alerta cuando la siento volver. Además de manipuladores, quienes no luchamos de frente por lo que queremos, ¿somos pacifistas o cobardes? ¿Por qué disfrazamos de serenidad o indiferencia el hecho de ser unos pusilánimes?

El niño en el que se fijó es hoy un hombre, por supuesto. Se casó, se separó, vivió un tiempo en el extranjero por razones de trabajo y volvió a Barranquilla. En ocasiones coincidimos porque tenemos amigos en común y todavía siento vergüenza cuando nos cruzamos. Obvio no menciono nada al respecto y trato de comportarme como si nada, pero soy incapaz de mirarlo a los ojos, tartamudeo más de la cuenta y siento angustia en el estómago, como si el tiempo no hubiera pasado y a través de él siguiera enamorado de la niña de mis diez años. ¿Cómo no temerle, si fue por él que me sentí poca cosa por primera vez en la vida? Y ni siquiera, él fue apenas el vehículo, un mensajero; la sensación de inferioridad ya estaba instalada desde antes de que él apareciera. Ella, por su lado, se fue del país y aunque nunca más la volví a ver, supe que también se casó y se separó. Alguna vez estuve en la ciudad donde vive y le escribí para vernos. Ella me respondió, nos pusimos una cita y pocas horas antes del encuentro canceló argumentando cualquier cosa. No lo tomé mal pero sí me dio tristeza, no por no verla, que hay gente que hace parte de tu pasado y está bien que se quede allí, sino porque me hizo sentir un poco como el marginal de antes, el de siempre.

Debe haber pocas cosas peores que sentirse paria en cualquier situación y lugar, incluso en la ciudad donde naciste, y yo hasta ahora estoy asimilando que en Barranquilla siempre me sentí fuera de lugar. No sabía qué hacía en el colegio, encerrado en un salón con otros cuarenta niños que se veían y se comportaban igual que yo, que tenían el mismo acento, pero que sentía a millones de kilómetros, como si yo vivera en una dimensión diferente a la suya. Nunca me encontré del todo bien aunque estuviera rodeado de caras conocidas; para mí no funcionaban los encuentros familiares, las fiestas de cumpleaños ni las de piscina. No me hallaba cuando acompañaba a mi madre a visitar a sus amigas y me ponían a jugar con los hijos de ellas, y tampoco me daba para ser feliz cuando dormía en la seguridad de mi cuarto porque ni mi casa la sentía mía. Una noche a mis diez años me fui amargado a la cama porque horas antes, ni idea por qué, no había querido probar una malteada que me había comprado mi papá. ¿Pueden imaginar eso, un niño negándose a tomar una malteada de chocolate invitada por su padre? El lugar lo cerraron poco después de aquella vez, así que nunca tuve la oportunidad de probarla, que seguro estaba deliciosa. Recuerdo tan bien dónde quedaba el local que tengo claro que hoy se ubica allí una ferretería, que antes fue una papelería y, antes de eso, una tienda de discos. A veces, cuando paso por allí pienso no solo en el episodio, sino en cómo no soportamos llevar una vida feliz y en las maromas que hacemos para amargárnosla, un continuo autosaboteo que no es exclusivo de los adultos. 2

III

sin darme cuenta, esta historia acaba de dar un giro que no creo poder ni querer corregir y siento sobre la marcha que es mejor hablar de la ciudad donde viví mi adolescencia que de mis amores juveniles frustrados. Aunque yo esté marcado por el amor y el desamor, ambos escenarios han pasado a importarme poco en este momento. ¿Cómo embarcarse en la misión de hablar de tales cosas si antes hay temas pendientes más determinantes como la ciudad donde nací, crecí y abandoné contra mi voluntad antes de convertirme en un adulto? Avanzamos por la vida rodeados de temas sin resolver y la relación con el sitio donde nacimos es uno de ellos. A veces lo que debería ser nuestro lugar en el mundo se convierte en un fantasma que nos visita cada tanto con el único fin de atormentarnos, y si no hacemos las paces con él, nada, ni el paraíso más bello sobre la tierra ni las personas que nos quieren, será capaz de reconfortarnos. Es como si la vida acabara de llamarme y yo debiera contestar. Si no sigo por esta vía que acabo de tomar, este callejón inesperado, habré arruinado otra oportunidad de reivindicarme conmigo mismo.

Alguna vez mi profesor de español dijo en una clase que escribir un libro era como adentrarse en una isla desconocida en la que el autor no sabía qué iba a encontrar ni dónde iba a acabar, cosa que me pareció rara porque a esa edad pensaba que la incertidumbre era más del lector que del escritor. En esa época yo leía pocas cosas y escribía aun menos, si acaso las tareas del colegio, y con ellas casi siempre sabía dónde iba a terminar: en reprobado. Era brillante aquel profesor. En una ciudad donde la cultura es decorativa y muchas veces las casas tienen bar en vez de biblioteca, aquel maestro se empeñaba año tras año en enseñarles a un puñado de adolescentes sobre Grecia y Proust, el Renacimiento y Borges, y lograba que hasta el más indolente de los estudiantes se interesara en lo que él decía porque lo hacía con conocimiento y pasión. Así hablara de La Eneida, obra que oí por primera vez de sus labios y que a la fecha no he leído, conseguía que todos fuéramos a clase con ilusión y que una vez en ella no nos desconcentráramos, así fuera la de las dos de la tarde, justo después del almuerzo en un salón no sin aire acondicionado, que ya era mucho pedir, sino sin ventiladores. Aquel profesor no terminó bien, hace poco murió de mala manera, detalles que prefiero omitir porque salvo los chismes que me han llegado no conozco bien el episodio. Y así lo supiera a la perfección es mejor callar y recordarlo no como aquel cuerpo demacrado e inerte que imaginé apenas me dieron la noticia de su fallecimiento, sino como era en mis días de estudiante: joven y fuerte, culto y encantador, admirado y querido por todos, una figura que marcó a quienes pasamos por su salón. Y encima, tenía razón con aquello de la isla desconocida, solo que a mí me tomó treinta años entenderlo.

Verán, nací en Barranquilla por accidente. Mi familia paterna es árabe, la materna, santandereana; mi papá nació en El Retén, Magdalena, y mi mamá en Bogotá. El padre de mi padre salió de Belén huyendo de la guerra luego de perder las tierras que su familia había tenido durante siglos, mientras que el de mi madre llegó a la costa buscando un lugar junto al mar donde su corazón pudiera funcionar mejor. Se llamaba Camilo (otro nombre que siento que debo decir a manera de homenaje), me decía ‘Mi caballerito’ y murió cuando yo tenía seis años. Nunca supe que estuviera enfermo, para mí solo era, además de mi abuelo, otro señor mayor. Un día salió para la clínica y nunca más volví a verlo, pero recuerdo que cuando mi madre y mi abuela volvieron a casa a explicarme lo que había sucedido me dijeron que, antes de fallecer, se quedó mirando a la pared blanca de su cuarto de hospital y dijo «Hola, mi caballerito», como despidiéndose de su nieto menor. Y yo no estaba ahí, no sabía, y apenas ahora me arrepiento de no haberle dicho adiós como correspondía. Mientras escribo estas líneas acabo de llorar por él por primera vez en mi vida, lo que supongo que es algo bueno.

Cuando tienes seis y se muere alguien cercano no entiendes nada, te lo dicen y pasas a otra cosa, es ruido apenas, como si te estuvieran contando lo que van a servir al almuerzo. Lloro ahora por él, nunca es tarde; lloro por todo lo que perdí y por lo que no pudo ser. A veces las personas te abandonan para siempre y no lo sabes, no es tu culpa, tampoco es decisión de ellas, solo ocurre; él representaba lo que nunca más tuve en mi vida, todo lo bueno que no volverá, y gracias a estos renglones que me llegaron desde quién sabe qué esquina de los recuerdos puedo entenderlo. Quiero creer que desde aquel diez de abril anduve por el mundo como si nada de aquello hubiera pasado, debatiéndome entre el llanto, la rabia y la tristeza por cosas que no valían la pena y usándolas como excusa para ignorar el dolor que significaba la muerte de mi abuelo materno. Tampoco puedo creer que me tomara tanto tiempo hallar lo que en este momento siento que es el origen de muchas de mis penas del pasado. Ahora mismo suena por casualidad ‘Can´t find my way home’, una de mis canciones preferidas. Canta Steve Winwood, Eric Clapton en la guitarra, y me parece muy oportuna para el momento. Pasa mucho eso de que no podemos encontrar el camino a casa, que lo perdemos incluso antes de salir de ella. «Somebody holds the key», dice en alguna estrofa. Sí, alguien tiene la llave, siempre alguien es capaz de marcarnos el camino de vuelta al hogar.

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Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 yanvar 2025
Həcm:
120 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9789585586703
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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