Kitabı oxu: «Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación»

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Índice de contenido

Portadilla

Prefacio. Grassi, A.

Sección I: Las adolescencias

Introducción. Las adolescencias que nos interrogan, por Córdova, N.

Extravío sexual de la pubertad y neurosis del desarrollo. De epifanías y partidas, por Córdova, N.

Transitando diferentes paradigmas, por Delucca, N

Los espejos. Función de los pares en los trabajos subjetivos, por Franco, A.

Desvíos-bordes y desbordes. Las adolescencias y sus paradigmas, por Grassi, A.

Territorios adolescentes. Cartografías de un devenir, por Otero, M.E.

Sección II: Marcas de época

Introducción. Cambios culturales e interrogaciones clínicas, por Álvarez, P

Construcción de la subjetividad adolescente en la era digital. Exploraciones y obstáculos, por Lastra, S.; Saladino, G. y Weintraub E.

Nuevos rituales epocales, ¿punto de llegada o de partida?, por Lopardo, L. y Ramírez, R.

Complejo entramado de lazos, por Meiss, M.

Lo epocal en los trabajos del entretiempo, por Soler, M. y Lepka, M.

Sección III: Escenas escolares y dispositivos de abordaje

Introducción. Adolescencias y educación, por Ferraris, P.

Adolescencia y familias. Dispositivos de asistencia en la escuela media, por Giorla, G. y Guglielmo, M

Adolescentes enRedados. Violencia escolar y redes sociales, por Habif, P.

Adolescencias y escuela: tramas colectivas, configuraciones singulares, por Rodríguez, C.

Sección IV: Problemáticas clínicas y psicopatológicas

Introducción. Un sujeto acosado, por Calzetta, J.J.

Falso self: rigidez y sumisión. En búsqueda del deseo… En búsqueda del deseo…

Sobre la patologización de la infancia: constitución y devenir, por Gaudio, R.

Rasgos epocales, narcisismo y bullying, por Mazzitelli, D.

Problemáticas clínicas y actualidad. Un lugar para mi cuerpo, por Miguelez, C.

Las fobias juveniles. Esbozos, por Rodulfo, R.

Sección V: Vínculos, familias, grupalidades

Introducción. Tránsitos y subjetivación en clave de vincularidad, por Grandal, L.

Adolescencias trans. Un acto de traición, por Altobelli, H. y Guaragna, A.

Violencia vincular en la grupalidad familiar, por Blanco, C. y Suárez, G.

Lo puberal-adolescente, en trámite, por Liñares, F.

Grupos de psicoanálisis multifamiliares, por Matthews, S.

Los autores

Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación

Adrián Grassi - Néstor Córdova (Comps.)

Delucca N. - Franco A. - Otero M.E. - Álvarez P. - Lastra S. - Saladino G. Weintraub E. - Lopardo R. - Ramírez R. - Meiss M. - Soler M. - Lepka M. Ferraris P. - Giorla G. - Guglielmo M. - Habif P. - Rodríguez C. - Calzetta J.J. - Britos M. - Gaudio R. - Mazzitelli D. - Miguelez C. - Rodulfo R. - Grandal L. - Altobelli H. - Guaragna A. - Blanco C. - Suárez G. - Liñares F. - Matthews Sh.

Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación

Adrián Grassi - Néstor Córdova (Comps.)

ISBN: 978-987-46503-9-9

Primera edición EPUB: abril 2020

Dirección editorial: Marcela Pereira

Corrección de estilo: Nicolás Bocles

Diseño tapa e interior: Adriana Llano

© Editorial Entreideas

www.editorialentreideas.com.ar

info@editorialentreideas.com.ar

Grassi, Adrián

Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación / Adrián Grassi ; Néstor C. Córdova. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Entreideas, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-46503-9-9

1. Psicoanálisis. 2. Adolescencia. I. Córdova, Néstor C. II. Título

CDD 150.195

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, en castellano o en cualquier otro idioma.

Digitalización: Proyecto451

Prefacio

Adrián Grassi

Damos la bienvenida al libro Territorios adolescentes y entretiempo de la sexuación. El mismo reúne trabajos producidos en torno a nuestras enseñanzas sobre los procesos psíquicos en la adolescencia. (1) Un pensamiento atraviesa todo el desarrollo del libro: los distintos territorios por donde circulan las adolescencias encuentran un campo de investigaciones que denominamos entretiempo de la sexuación. Se continúan aquí los trabajos iniciados en el libro Entre niños, adolescentes y funciones parentales (Ed. Entreideas, 2010).

A partir del planteo freudiano de Tres ensayos (1905), “con la llegada de la pubertad se inician los cambios que llevan a la sexualidad a su vida normal”, abrimos un espacio para considerar operaciones psíquicas específicas, que sólo forzadamente podrían situarse en uno u otro de esos dos tiempos o fases, sexualidad infantil y sexualidad adulta, destacados por el mismo Freud en el texto de referencia.

Diferenciando ciertos trabajos psíquicos propios de esos momentos de “inicios de los cambios que llevan a…” y a falta de un término que resultara más apropiado, en consideración por la cronología y articulaciones lógicas de estas operaciones, optamos por el nombre de lo puberal-lo adolescente-la juventud. Situamos allí procesos en ese tiempo antes que “la pulsión halle su objeto y se haga altruista”. Reagrupamos operaciones que indican los trabajos psíquicos articulados al crecimiento y que bordean imprecisamente una cronología. Momentos en que se reorganiza el aparato psíquico, como Freud planteara en Lo Inconsciente.

Abrimos allí varias polémicas en relación a las operaciones a las cuales hacen referencia estos tres términos. Lo puberal polemiza con el lastre biologista, que en la historia de las relaciones entre lo psíquico y lo somático hace recaer con todo su peso, a través de la cronología, el paradigma positivista. Biologización de la subjetividad que con modelos tomados en préstamo de las ciencias duras se convierten en un instrumento de poder, en una biotecnología del comportamiento y del trato de “sus desvíos”. (2) Corridos del paradigma evolucionista, mediante la introducción de Lo Puberal, tal como el nombre del libro de Philippe Gutton, orientamos nuestro aporte hacia lo traumático puberal, circunscribiendo el terreno de lo psíquico en sus relaciones con el cuerpo erógeno, con sus imágenes sensoriales y escópicas. (3)

La adolescencia es un término controvertido en sí mismo para el Psicoanálisis, mencionado en contadas oportunidades por Freud –omisión por demás justificada por razones de orden históricas y culturales–. No obstante, transcurridos ciento y tantos años, sigue siendo “la hija olvidada del Psicoanálisis”, expresión que el co-compilador de este libro, Néstor Carlos Córdova, retoma en su trabajo Extravío sexual de la pubertad y neurosis del desarrollo. Nominamos esta significativa omisión del termino “adolescencia”, destacando que ha sabido hacerse camino a través de autores del Psicoanálisis que sin prejuicio estudian sus particularidades, en tanto las relaciones de la subjetividad con el cuerpo y sus transformaciones, con la historia y el proyecto, con la familia y lo extrafamiliar, con la genealogía y sus anudamientos. Con lo pulsional, el amor y la destructividad. Con la creatividad. Donald Winnicott entre ellos, Arminda Aberastury, Piera Aulagnier, por mencionar solo algunos, que han posibilitado líneas de pensamiento, retomadas por autores contemporáneos de nuestro medio psicoanalítico que en la Argentina y en el Rio de la Plata han realizado aportes fundamentales.

El presente libro está organizado en varias secciones, (4) con una introducción que permite circunscribir y señalar algunas direcciones de las problemáticas a las que hace referencia su título.

Comienza con Adolescencias (?), cuyo interrogante nos introduce en una denominación que no se deja captar por su sentido clásico. Ninguna unidad ni unificación. Diferencias culturales, históricas, sociales, sexuales, de género, subjetivas, llevan las marcas de una pluralidad que se hace lugar en su circulación. Esta nominación forma parte de los nuevos paradigmas para su abordaje, tema que plantean tanto N. Delucca en “Transitando diferentes paradigmas” como A. Grassi en “Desvíos, bordes y desbordes”.

Territorios adolescentes, configuración abstracta, metáfora que designa el espacio, como plantea M.E. Otero en su texto homónimo,

en el que se producen los movimientos del pensamiento, la circulación de las intensidades deseantes. Es el soporte formal que configura el sentido y posibilita el acontecimiento. Lejos de pensar en una geografía preocupada por las limitaciones, los lugares y las regiones, derivamos nuestra mirada hacia un pensamiento múltiple, nos situamos en una geografía secundada por la multiplicidad. De este modo, el territorio es pensado como una construcción social, donde la subjetividad se anida y el deseo se vuelve su motor. Lo imprevisible, el devenir y la creatividad son elementos esenciales para diseñar y conquistar nuevas geografías.

Se plantea entonces un pensamiento abierto con líneas de fuga, hacia lugares por donde las adolescencias pasan y dejan sus marcas, que a su vez marcan a las mismas adolescencias. Interrogantes propios de quienes seguimos los trayectos, esas estelas que van quedando en el devenir adolescente., Pasando también por marcas que lo puberal-adolescente ha dejado en producciones artísticas, en la pintura y la literatura por ejemplo, retomadas en diversas referencias del trabajo de N. Córdova. P. Álvarez, en la introducción de la sección Marcas de época, se ocupa de señalar algunos interrogantes que recorren la misma. ¿Qué hay de nuevo en las prácticas culturales y sociales ligadas a la era digital que afecten significativamente la vida adolescente? ¿Hay transformaciones subjetivas y simbólicas en las formas de construir identidades y de vincularse con pares y con adultos? ¿Podemos reconocer modalidades de época en los trabajos psíquicos vinculados a la constitución narcisista y los procesos identificatorios? ¿Cómo atraviesan estas marcas a las problemáticas clínicas en nuestro trabajo cotidiano? Estos interrogantes son tratados en los trabajos que constituyen la sección, integrada por los trabajos de S. Lastra, G. Saladino y E. Weintraub, “Construcción de la subjetividad adolescente en la era digital”, el de L. Lopardo en coautoría con R. Ramírez, “Nuevos rituales epocales, ¿punto de llegada o de partida?”, el de M. Meiss, “Complejo entramado de lazos”, y M. Soler y M. Lepka, “Lo epocal en los trabajos del entretiempo”, trabajo planteado con originalidad en el despliegue de un dispositivo de intervenciones a partir de la Ley de educación sexual integral, que no se deja aprisionar en las redes de la burocratización de una práctica institucional.

En la introducción a la sección Adolescencias y educación, P. Ferraris, educador de una profusa experiencia como directivo escolar, plantea abordar el tema desde diversos lugares. “Fuimos encontrándonos recorriendo experiencias en situaciones de vulnerabilidad en donde la escuela, maltratada y desfondada de sentidos y recursos por políticas de recorte y desmantelamiento, tiene aún muchas cosas que aportar y es incluso la chance histórica de generar novedad”. Las propuestas de los tres trabajos que componen la sección, C. Rodríguez, “Adolescencia y escuela: tramas colectivas-configuraciones singulares”, P. Habif, “Adolescentes en-redados”, y M Guglielmo y G. Giorla, “Adolescencia y familia”, se presentan como contraposición de ese riesgo. “Transitar, repensar y proponer la experiencia de la escuela con la dinámica de las líneas de fuga que habilite la posibilidad de un futuro en donde la inclusión sea posible”.

Expresado de manera clara y precisa por quien realiza la introducción de la sección Problemáticas clínicas y psicopatológicas, J.J. Calzetta traza una diferencia que viene siendo significativa en la clínica psicoanalítica, lo que André Green llamó la “nueva clínica psicoanalítica”, la cual pone el acento en las organizaciones patológicas no neuróticas y se muestra fértil tanto para encarar problemas concretos de la clínica actual como para aportar a la comprensión de las nuevas formas del malestar en la cultura. En efecto,

en las publicaciones psicoanalíticas y en la clínica cotidiana tiende a verse, desde hace ya algunas décadas, y en consonancia con las mutaciones habidas en el ámbito social, un incremento considerable de las manifestaciones, tanto a nivel de la psicopatología como de las interacciones, cuyas causas se explican mejor por mecanismos primitivos como la disociación y la desmentida que por la acción de la represión o el retorno de lo reprimido.

Es lo que destacan los trabajos de los autores que integran esta sección. “Falso self, rigidez y sumisión”, de M. Britos, “Sobre la patologízación de la infancia”, R. Gaudio, “Rasgos epocales, narcisismo y bullying”, de D. Mazzitelli, “Problemáticas clínicas de actualidad”, C. Miguelez y “Las fobias juveniles”, R. Rodulfo.

En la sección Vínculos, familias, grupalidades, L. Grandal destaca en su introducción que la mesa puso a trabajar las categorías de “lo trans”, “lo vincular”, “lo puberal-adolescente en trámite” y “lo múltiple”, abriendo posibilidades de reflexionar acerca de cómo pensamos lo que pensamos. Los trabajos que integran la sección son “Adolescencia trans un acto de traición”, de H. Altobelli y A. Guargna, “Violencia vincular en la grupalidad familiar”, de C. Blanco y G. Suarez, “Lo puberal-adolescente en trámite”, de F. Liñares, y “Grupo de Psicoanálisis multifamiliares”, de S. Mathius.

Quiero agradecer a todo este equipo que viene trabajando, acompañando, produciendo, haciendo de nuestros desarrollos en la Facultad, en distintas instancias, materias de grado en programas de extensión, programas de investigación y en carrera de especialización. En este camino hemos tomado contacto con otras instituciones (escuelas, hospitales, oficinas de los derechos de niños/adolescentes, hogares de tránsito), con profesores con los que trabajamos de otras cátedras y de otras facultades y universidades. Todo esto ha enriquecido nuestra mirada y ampliado nuestro horizonte conceptual.

En todas estas instancias en que pensamos las adolescencias, desde la clínica, la psicopatología, sus procesos específicos, sus relaciones con la cultura y la actualidad, pensamos y transmitimos Psicoanálisis, en un trabajo grupal que nos enriquece. Esperamos que este nuevo libro pueda dar cuenta de nuestro recorrido.

1. Enseñanzas que venimos desarrollando con el equipo de la cátedra II Psicología Evolutiva Adolescencia, Facultad de Psicología, UBA, en la cual cumplo funciones como profesor titular desde el año 2007.

2. Abrimos de este modo problemáticas actuales referidas, entre otras, a la medicalización de las infancias, lo cual puede seguirse en la sección “Problemáticas clínicas y psicopatológicas”.

3. El trabajo de A. Franco toma especialmente la función de los espejos en su doble aspecto de superficie de reflexión y en sentido metafórico de los otros como espejo y su función en los procesos subjetivos en la pubertad.

4. El libro está compuesto por trabajos presentados en las jornadas “Conmemorando 10 años y el porvenir de la Cátedra”, celebradas en la Facultad de Psicología, UBA, en noviembre de 2017.

Sección I.

Las adolescencias


ESTOY BIEN. Karina Benitez

Introducción.

Las adolescencias que nos interrogan

Néstor Carlos Córdova

El trauma puberal provoca un momento de conmoción y extravío sexual a partir del cual el adolescente exiliado de la infancia, se constituye como tal por su fidelidad al acontecimiento, por su acto decisivo de lanzarse a la conquista de un tiempo y territorio radicalmente nuevos.

La pubertad es el acontecimiento que viene al encuentro de alguien que aún no es y por lo tanto no está allí para inscribirlo (Córdova, 2017).

Gracias a la bella traducción de Alejandra Pizarnik, leemos en La vida tranquila:

Todas las partes de mi cuerpo han estallado bajo la fuerza del día, mis dedos que estallan de la palma de mis manos, mis piernas de mi vientre, y hasta la punta de mis cabellos, mi cabeza. Siento el cansancio orgulloso de haber nacido, de haber llegado al fondo de este nacimiento. Antes que yo, nada había en mi lugar (Duras [1944] 2016: 127).

El título de esta sección convoca a cada uno de los autores a trazar un recorrido en el que se ponen en juego sus experiencias clínicas singulares, su formación y referencias teóricas y los paradigmas epistemológicos que vertebran sus producciones; coordenadas fundamentales desde los cuales pensar, conceptualizar y transmitir la práctica del psicoanálisis con adolescentes en contextos clínicos y no clínicos.

Adolescencias en plural

El plural en términos de complejidad cuestiona la tendencia a simplificar y adjudicar a la palabra un único sentido, mutilando su riqueza y diversidad.

El título de esta sección invita a problematizar el tema a tratar: podríamos afirmar que “no existe la adolescencia” sin considerarla como un recorte singular en el contexto plural y diverso de “las adolescencias”, negación que complejiza y a la vez desafía. Y el desafío es una característica esencial del devenir adolescente.

Sin embargo el pensamiento complejo admite la paradoja de un plural que se abre a lo singular, dado que cada adolescente constituye su propia subjetividad entramada con las particularidades del grupo familiar, su historia y genealogía, su grupo de pares, el contexto político, histórico-social y cultural.

También la diversidad sugerida por el título permite incluir a “las (otras) adolescencias”, aquellas que tienden a ser invisibilizadas porque interpelan a la sociedad y desnudan la precariedad del orden simbólico, la fragilización de los vínculos familiares y lazos sociales, la insuficiencia de estrategias y dispositivos institucionales...

El plural finalmente nos conduce a considerar las diferentes perspectivas teóricas y paradigmas epistemológicos desde los cuales la adolescencia, recortada como objeto de estudio e investigación, ha sido y es tratada, estudiada y teorizada por el psicoanálisis en diálogo con otras disciplinas.

Así, en su incesante devenir otro, con sus cambiantes manifestaciones, formas y semblantes, los adolescentes y las adolescencias escapan a todo intento de representación y definición única y totalizadora.

Adolescencias con signo de interrogación

El signo de interrogación interpela, conduce a los múltiples enigmas que surgen en el trabajo con adolescentes, particularmente aquellos que por sus problemáticas nos generan preguntas acuciantes en el fragor de la clínica psicoanalítica y a la hora de intentar pensar y teorizar esa práctica.

A su vez, remite a las angustiosas y abismantes preguntas adolescentes que surgen en momentos críticos y no encuentran respuestas de parte de los adultos.

¿Quién soy? ¿Cómo ser un hombre o una mujer? ¿Cuál es el sentido de mi existencia? Estas y otras preguntas requerirán de los adolescentes un tiempo singular de espera y elaboración que se vertebra en una lógica intersubjetiva; de trabajos psíquicos en soledad y en grupo, hasta arribar al momento de concluir con la invención de una fórmula para posicionarse ante la falta y crear un modo posible de encuentro sexual con el otro y su irreductible alteridad.

Enlazado con el empuje al desorden, la rebeldía y creatividad adolescentes, cabe un recordatorio del Mayo Francés, a través de uno de sus célebres grafitis: “Es necesario llevar en sí mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante (Nietzsche)”. (1)

Final

En esta sección se presentan escritos que son pensamientos, que representan experiencias, recorridos y posicionamientos singulares aunque sustentados en paradigmas epistemológicos afines.

La convocatoria a pensar las adolescencias, generó un encuentro entre psicoanalistas dispuestos a trabajar en un diálogo intertextual fecundo al que los invitamos a sumarse y participar.

El deseo de transmitir el modo de estar atravesados por la práctica del psicoanálisis con adolescentes, enlaza a cada uno de los psicoanalistas, autores de estos trabajos.

Bibliografía

Córdova, N. (2017): Anamorfosis de la pubertad. En prensa.

Duras, M. (2016 [1944]): La vida tranquila. Buenos Aires, Mar Dulce.

Grassi, A. y Córdova, N. (eds.) (2010): Entre niños, adolescentes y funciones parentales, Buenos Aires, Entreideas.

1. Grafiti del Mayo Francés pintado en el Teatro Odeón, París, 1968.

Extravío sexual de la pubertad y neurosis del desarrollo

De epifanías y partidas

Néstor Carlos Córdova

Introducción

El siglo XX es el tiempo del estallido cultural de la adolescencia y los adolescentes, figuras endemoniadas que irrumpen en el centro de la escena social revolucionándola para entronizarse como un fenómeno de masas, tal como lo fueran las histerias de la época de Charcot.

Hasta fines del siglo XIX, los jóvenes, especialmente las mujeres, eran sometidos a las rígidas pautas morales de la época y la violenta represión del deseo sexual y sus exteriorizaciones. Las adolescencias nacidas en tiempos de la Belle Époque eran vigiladas y sofocadas, pero el cuerpo erógeno expresaba su insumisión a través de los indescifrables síntomas de la histeria.

El mítico animal uterino, perseguido por los egipcios y los antiguos griegos, migraba hacia los territorios más insólitos del cuerpo humano para alterarlo, rebelándose tanto al orden religioso como al médico, indiferente a las diferencias sexuales.

La histeria, como lo expresara Freud (1888), era la “bête noire”, la indeseable bestia negra de la medicina, cuyo saber y poder sobre el cuerpo anatómico era interpelado por el lenguaje indescifrable de los síntomas del cuerpo erógeno.

Françoise Marty (2005) plantea que Freud opera un descentramiento de la perspectiva de su época sobre la sexualidad, dado que al poner en primer plano la sexualidad infantil, echa por tierra la idea generalizada del inicio de la sexualidad en la pubertad.

Para este autor, con ese desplazamiento del centro de gravedad de la pubertad a la infancia, la sexualidad infantil pasa a tener una función decisiva en los procesos de constitución de la vida psíquica y se convierte en un factor causal de los procesos saludables y patológicos.

Surge así el psicoanálisis de niños y las conceptualizaciones sobre el psiquismo temprano, en cambio la pubertad permanecerá opacada y pasarán muchas generaciones de analistas hasta que la adolescencia comience a ser nombrada y considerada por el psicoanálisis como objeto de estudio con sus procesos específicos y no solo una mera repetición o continuación evolutiva de la niñez.

El brillo actual de “la adolescencia”, elevada al lugar de ideal por el narcisismo de los adultos de la época, no logra ocultar el lado hostil de su ambivalencia desplazado a “las (otras) adolescencias” (Córdova, 2017), aquellas cuyas problemáticas interpelan a la sociedad y están expuestas a la violencia, segregación y criminalización.

Cada generación adolescente agita ante la mirada de los adultos las estremecedoras figuras de la alteridad radical: la sexualidad, el extranjero y la muerte. Así como la histeria y sus síntomas para la medicina, las adolescencias encarnan a esa bête noire para el imaginario social y aun para el psicoanálisis.

El arte como recurso epistemológico del psicoanálisis

Retomando la tradición freudiana, Lacan (1988 [1954]: 17) señala: “Los poetas que no saben lo que dicen, sin embargo siempre, como es sabido, dicen las cosas antes que los demás”.

En ciencia, el contexto de descubrimiento, a diferencia del contexto de justificación, nos abre, sin perder rigurosidad, a una dimensión poética de la ciencia que enriqueció particularmente al psicoanálisis. El descubrimiento es en cierto modo una nueva mirada que subvierte, un acontecimiento que estalla los saberes dominantes y la lógica instituida.

Las intuiciones artísticas y literarias fueron fuente de inspiración del pensamiento freudiano y forman parte del andamiaje teórico psicoanalítico, dado que Freud se apoyó en el genio de los poetas para validar sus descubrimientos.

Rescatando el espíritu freudiano, denomino recursos epistemológicos del psicoanálisis a aquellas producciones artísticas, literarias, históricas, mitológicas, que contribuyen a la formulación de nuevas conceptualizaciones y la construcción de conocimientos transmisibles.

En este trabajo se recurrirá a una obra de arte para dar comienzo a un recorrido analítico enlazando algunos momentos críticos y procesos cruciales de la adolescencia.

Despertar y trauma: la pubertad de Munch

Momento dramático del despertar de los sueños de infancia, el llamado de la pubertad es el acontecimiento que arroja al niño a un territorio y un tiempo desconocidos.

La obra de Edvard Munch titulada Pubertad (1895) representa magistralmente ese momento inasible y decisivo: el segundo despertar sexual, cuando la desmesura de lo real del sexo irrumpe como trauma puberal.

Este cuadro en cada uno de sus detalles tiene un valor significante: la mirada, la posición de las manos, las sutiles manchas de sangre, la asimetría del cuerpo que sugiere una parte aún niña y la otra siendo ya mujer.

La púber desnuda cubre sus genitales con las manos; experiencia de vulnerabilidad ante la caída de los semblantes infantiles. Su angustiosa mirada parece dirigirse desconcertada hacia un lugar indefinido a la espera de respuestas.

La oscura sombra, objeto informe y enigmático se proyecta detrás de la escena como representación de ese cuerpo en transformación, aún ajeno; magma de sensaciones que tendrán que ser metabolizadas inicialmente por lo originario. Bischoff (2000) describe parte de la escena del cuadro: “Los ojos muy abiertos, los brazos que cubren el sexo expresan elocuentemente lo que significa para la muchacha la entrega a lo desconocido, el despertar de la sexualidad”.

Lacadée (2017) señala que debido a la pubertad el niño se descubre exiliado de sí, de su cuerpo de niño, de las palabras y la lengua de la infancia. Gutton (1993) define lo puberal como el proceso psíquico activado por la pubertad que genera un trauma que incluye la reanudación de los anteriores.

Este trauma, provocado por lo puberal y sus reverberaciones infantiles, promueve como respuesta los trabajos de lo adolescente. “El trauma se ofrece más allá del trabajo elaboración, a una decisión, a la invención de un camino” (Tarrab, 2013).

El cuadro Pubertad de Munch parece capturar ese instante inasible de suspensión estructural e inconsistencia subjetiva en el que el trauma puberal da lugar a un momento lógico: el “extravío de la pubertad”, tiempo de desconcierto y punto de partida de esa travesía, azarosa e incierta que cada adolescente deberá realizar con tiempo e ingenio, en soledad y en grupo, hacia la conquista del mundo adulto.

El extravío de la pubertad

La pubertad es el acontecimiento inédito y turbulento que le ocurre a alguien que aún no es y por lo tanto aún no está allí para inscribirlo (Córdova, 2017).

Es un inequívoco llamado a trasponer el marco de la escena familiar en un decisivo pasaje por los desfiladeros de la adolescencia para volver a crearse y crear el mundo con los coloridos trazos de la pasión idealizadora.

La pubertad impone al sujeto el exilio del territorio de la infancia y su pasaje a la condición de extranjero. El magma de sensaciones sexuales y las alteraciones del cuerpo y sus imágenes confrontan al púber con la experiencia de lo informe, (1) extraño e indecible.

Ante esta alteración (2) generalizada, el yo pierde las coordenadas que orientaban su accionar durante la niñez y sobreviene el trauma puberal junto con un tiempo de desconcierto y desgobierno pulsional que denomino “extravío de la pubertad”.

“El habitual extravío sexual de la pubertad” es una expresión de Freud (1892) realizada de un modo ocasional, como al pasar, para referirse a la pubertad. Expresión que se retoma en este escrito para definir un momento lógico posterior al trauma: el desconcierto del sujeto ante lo real de la sexualidad y los cambios que alteran su imagen corporal.

La frase citada pertenece a “Un caso de curación por hipnosis de 1891-1893”, cuando refiriéndose a una neurastenia juvenil, desliza la siguiente secuencia que conduce a su desencadenamiento: “Una disposición originariamente buena, el habitual extravío sexual de la pubertad” (Freud, 1986 [1892-1893]).

Extravío es el resultado de la brusca alteración del curso normal de un proceso. Estar extraviado es estar desorientado, haber perdido el rumbo. Extraviar es perder algo y no saber dónde encontrarlo. Este extravío, consecuencia del despertar de los sueños y el exilio de la infancia, es pensable desde una perspectiva saludable como ese momento lógico de desorden e incertidumbre (3) que se requiere para dar lugar a los procesos del entretiempo de la sexuación hasta advenir una nueva organización (Grassi, 2010).

En términos rituales, tras la muerte simbólica del niño, el tiempo de pasaje entre los litorales de la infancia y el mundo adulto provoca un estado de suspensión estructural. Los adolescentes son sujetos liminales, (4) dado que transitan territorios de frontera y su condición social es paradojal; no son los niños que eran ni los adultos que se supone serán.

El extravío sexual es un momento lógico de desorden y avasallamiento del yo anterior al centrado genital, a la transformación en ternura del excedente sensual y el hallazgo de objeto. Se asocia al impacto de lo puberal y sus fundamentos (Gutton 1993): la tumultuosa confluencia de las renovadas corrientes sensuales provenientes de la infancia y la inusitada sensualidad pubertaria; intensa activación de pulsiones no inhibidas en su fin tanto parciales y polimorfas como genitales.

Experiencia puberal inédita de sentirse (auto)seducido por ese magma de sensaciones que requieren inicialmente un intenso trabajo de representación pictogramática por el proceso originario, para luego encender ensueños y fantasías, telón de fondo del autoerotismo genital, necesario preludio de un encuentro presentido (Córdova, 2017).

El extravío sexual puede expresarse como una experiencia transitoria de desgobierno y locura. El adolescente ante el predominio de lo puberal es un sujeto a merced de la pulsión; sujeto que a menudo “pierde la cabeza” y recurre al acto o se refugia en el ascetismo y la inhibición; imagen acéfala que plasmara genialmente Max Ernst (1921) en su cuadro La pubertad cercana (La puberté proche ou Les pléiades).

Didier Lauru (2005) sostiene que durante la adolescencia enloquecen el cuerpo y la pulsión. Entonces el pasaje por el “cortocircuito del acto” es inevitable ante las flaquezas del narcisismo y el extravío del yo.

En esta dirección afirma Grassi (2018: 6), refiriéndose a los desvíos, bordes y desbordes adolescentes: “Proceso al cual son inherentes los conflictos, regresiones y progresiones, dudas e incertidumbres, con finales abiertos, inciertos. Transita por bordes, desbordes y desvíos, más que por logros y metas claras”.

La pieza teatral Despertar de la primavera, de Frank Wedekind (1891), ha sido subtitulada alternativamente “tragedia infantil” y coincidentemente con el tema tratado: “tragedia de la adolescencia extraviada”. Comentada sucesivamente por Freud y Lacan, esta pieza trata sobre el despertar sexual de la pubertad en un grupo de niños hijos de una sociedad puritana que se asoman a las primeras e intensas sensaciones sexuales desprovistos de recursos y del acompañamiento de sus referentes adultos: padres y profesores.

Sin referencias y rechazados por la cruel severidad e hipocresía social, exploran en la oscuridad. Son adolescentes que aún no han superado su condición de niños extraviados en el exilio impuesto por la pubertad; desconcertados y apremiados por sus urgencias pulsionales, la oferta de goces letales y los imperativos sociales de la época bordean inevitablemente el abismo de la tragedia.

El exilio de sí, el imperio del goce pulsional y la fuga de sentidos pueden precipitar la búsqueda de atajos que representan verdaderos callejones sin salida; tiempo de caminos que se bifurcan ante los cuales Edipo, adolescente extraviado, apresuró su paso rumbo a la tragedia.

Del extravío a la creación

No sabemos quiénes somos (...) ni cuál es la tierra que pisamos,

ni el tiempo en que vivimos; que no hay quién tenga las

respuestas correctas a nuestras preguntas, que nadie puede

decirnos dónde está la verdad ni cómo encontrarla.

TELES (2002)

La pubertad es para el sujeto psíquico el avant coup, la anterioridad lógica a toda inscripción y transcripción, que exigirá a posteriori un trabajo de representación y simbolización del impacto traumático de la pubertad.

El adolescente se descubre siendo un extranjero exiliado del lenguaje y las imágenes de la infancia. Arrojado a un incesante devenir otro, deberá partir en busca de las palabras que le permiten traducir sus inéditas sensaciones y crear con ellas una poética de la inexistencia (Córdova, 2017).

El extravío sexual de la pubertad es el momento crucial durante el cual se impone de un modo radical la experiencia de lo informe, estado de no integración (Winnicott, 1986) que, tiempo de espera mediante, puede dar lugar a la creatividad. Winnicott (1986) se refiere a lo informe (5) como aquello que todavía no ha tomado forma, que aún no ha sido integrado. Tolerar lo informe y aceptar ese estado de no integración es lo que permite con el tiempo el surgimiento de la creatividad.

Gutton (1993) afirma que para que el proceso puberal pueda acaecer sin fracturas, se requiere un primer trabajo de la psique: la representabilidad. Sin representaciones lo puberal no puede acaecer y no pueden tener lugar los trabajos de lo adolescente para configurar una adolescencia saludable.

Las escenas puberales son escenas que el niño púber tendrá que sufrir (Gutton, 1993), dado que sus fantasmas edípicos ahora “incestuados” ocupan el centro de la vida psíquica y constituyen los materiales necesarios sobre los cuales habrá de trabajar lo adolescente, permitiendo que el yo (je), extraviado por el impacto puberal, pueda representar e integrar lo nuevo y logre establecer un lazo de continuidad con la infancia mediante un trabajo que denomino “duelo historizante” (Córdova, 2017).

Coincidiendo con la importancia otorgada por Gutton a las transformaciones y función de las escenas puberales, Lauru (2005: 15) señala que “el sujeto adolescente va a constituirse construyendo su fantasma”. La creatividad y las experiencias amorosas son posibles cuando cede la furia incestuosa y parricida de las primeras escenas puberales.

Por los trabajos de lo adolescente, el yo logrará controlar la violencia puberal; la tormenta edípica incestuosa podrá ser gradualmente elaborada y atenuada, posibilitando el acceso a una realidad sexual diferente de la infantil.

Los diálogos amorosos y fraternales construyen circuitos intersubjetivos que facilitan el recorrido pulsional fuera del cuerpo y posibilitan que el exceso de goce ceda paso al deseo. Se aproxima el momento de concluir del proceso de sexuación que supone la definición de un modo prevalente de goce, la asunción de una posición sexual y la creación/hallazgo de objeto en su dimensión de alteridad.

Florecimiento de la neurosis adolescente del desarrollo

En el teatro de sombras de la pubertad se proyectan y danzan las desconcertantes figuras de la adolescencia. Como en los viejos caleidoscopios, sus formas se suceden mágicamente en un juego fascinante de engañosas simetrías.

La histeria o neurosis saludable de la adolescencia no define por sí sola este momento crucial de la vida (reducir la adolescencia a una histeria del desarrollo sería mutilar su complejidad); esta neurosis sin embargo es decisiva en tanto vertebra los procesos de estructuración psíquica del “Entretiempo de la sexuación”.

León Pinto (2013: 32), en un recorrido por los primeros trabajos de Freud sobre la histeria, concluye que el mismo arriba a la siguiente conclusión provisoria: “La adolescencia tomará la forma de una histeria potencial en cuanto las sensaciones sexuales propias acrecentadas por la pubertad permitirán significar huellas mnémicas anteriores, también asociadas al vivenciar sexual infantil”.

Freud, en 1895, en el “Proyecto” anticipa que “la dilación de la pubertad es un carácter universal de la organización. Toda persona adolescente tiene huellas mnémicas que solo pueden ser comprendidas con la emergencia de sensaciones sexuales propias; se diría entonces que todo adolescente porta dentro de sí el germen de la histeria” (Freud, 1986a [1895]: 143).

Gutton (1993: 32) sostiene que “la pubertad, a través de lo puberal, reactiva los traumas precedentes y vuelve traumáticos a posteriori los complejos imagógicos infantiles. Lo puberal es el trauma narcisista por excelencia causante de un ataque de histeria”.

Por su parte, Donald Winnicott (1961: 8) señala que “en el período de la adolescencia, la pubertad es una amenaza que luego crece y domina la escena”. Continúa su descripción del proceso para afirmar finalmente: “De modo que la psiconeurosis entra en el cuadro de la adolescencia”. También advierte sobre el riesgo de que la rigidez de la neurosis se convierta en un refugio y solución falsa para el adolescente.

Juan David Nasio (2010) afirma que la adolescencia es una neurosis del desarrollo, y más precisamente una histeria que se caracteriza por ser saludable y pasajera, dado que se disipa con el tiempo. Se trata de una neurosis de crecimiento benéfica, al final de la cual se entra en la adultez. Nasio sostiene que el Edipo es una neurosis que se manifiesta en las dos grandes crisis del desarrollo, la infancia y la adolescencia. Este autor define a la adolescencia como la manifestación a veces tumultuosa y sufriente de dos procesos: una histeria y un duelo.

Cabe finalmente preguntarse por las características de esta “neurosis edípica”, definible como no clínica desde una perspectiva psicopatológica. Proceso que se dirime y resuelve fundamentalmente en el campo intersubjetivo familiar.

Adolescencia: el artificio de “enfermar y curarse de y con los padres”

Tras el traumático despertar de los sueños de infancia, con el extravío sexual asociado con el impacto de lo puberal, se renueva el pasaje por el Complejo de Edipo, ahora incestuoso y genital.

El Edipo se manifiesta como una neurosis del desarrollo iniciada por lo puberal que se resuelve mediante los trabajos de lo adolescente para dar lugar a los procesos de la juventud.

Esta neurosis, pensada tanto desde una perspectiva metapsicológica como clínica, en términos estrictamente psicoanalíticos, se configura en el campo intersubjetivo familiar como una neurosis de transferencia; esta es la hipótesis teórica y clínica a exponer.

En esta dirección, Erik Porge (1990) deduce que los estados neuróticos por los que atraviesan muchos niños son neurosis de transferencia y no una neurosis clínica u ordinaria.

Los niños organizan la neurosis de transferencia ante un cambio de lugares o situación particular en la familia y la focalizan en el padre, la madre, alguno de sus hermanos, etc.

Dado que los padres se sienten interpelados por la crisis y los síntomas, el niño se vuelve persecutorio porque suponen que esas manifestaciones son dirigidas “contra ellos”.

Este autor señala que la función del analista es lograr que los padres toleren la neurosis de transferencia y permitir entonces que el niño la desarrolle hasta su resolución. Afirma Porge que lo que todo niño demanda es que lo dejen desarrollar su neurosis sin impedirla. De este modo, el niño intenta retomar el curso de su proceso edípico interrumpido.

En el caso de la neurosis de transferencia adolescente, esta permite la actualización y liquidación de los conflictos y traumas infantiles y actuales en el hic et nunc (6) de la escena intersubjetiva familiar. Este proceso tumultuoso se pone de manifiesto en los síntomas, actings y somatizaciones que forman parte de la denominada crisis de la adolescencia.

Hemos de señalar que los aspectos más pasionales (puberales) de la transferencia se dirimen con los padres, mientras que el grupo de amigos y ciertas figuras adultas de relevo son objeto de transferencias idealizadas, división y desplazamiento que permite al adolescente preservar en otros espacios no familiares la función de apuntalamiento, mientras se libra esta decisiva confrontación transferencial.

Los padres deben posicionarse de modo de acompañar y sostener la transferencia sin responder especularmente ni implicarse pasionalmente ante la virulencia de la crisis que los toma como objeto y los interpela como sujetos al agitar sus propios fantasmas edípicos infantiles y puberales. La clave reside en no impedir el desarrollo de la neurosis ni tampoco exacerbarla.

Las respuestas perturbadas y obstaculizantes de los padres ante esta decisiva y dolorosa lucha por la autonomía y desasimiento que libran los adolescentes pueden ser expulsivas o posesivas; violentas, seductoras o culpabilizantes. Cualquiera sea, agrava la crisis y pone en riesgo la continuidad y éxito de los procesos adolescentes.

El duelo es un trabajo decisivo para la resolución del desasimiento; la muerte simbólica de los protagonistas es inexorable. Deben ser asesinados los padres y debe morir el niño maravilloso (Leclaire, 1992), representación ideal del narcisismo parental que renace en cada generación.

Mediante esta neurosis (de transferencia) edípica, dado que nada puede ser resuelto in absentia o in effigie, (7) el adolescente se “enferma” “de (y con) sus padres” y se cura “de ellos (y con ellos)” (Córdova, 2011).

La resolución del complejo de Edipo posiciona al adolescente de cara al horizonte característico de la juventud. La salida de la adolescencia hacia la conquista de un lugar en el mundo adulto requiere del reconocimiento del padre y se articula con la definitiva puesta en funciones del Ideal del yo, instancia que señala al yo el rumbo hacia el cual encauzar la energía pulsional, en especial la genital, poderosa fuente de futuras realizaciones amorosas y culturales.

De epifanías y partidas

Como el ingenioso e intrépido Ulises, el adolescente extraviado habrá de descender al tenebroso reino de Hades, inframundo de los muertos, para emerger de esa experiencia de cara a la muerte y la castración con la inquebrantable determinación de reanudar su viaje y aventurarse a la conquista de lo nuevo.

Librarse de la neurosis edípica y desasirse de sus padres requiere del adolescente un largo y doliente proceso hasta asumir su paradojal condición de sujeto doblemente determinado. Determinado en tanto marcado por su historia personal, familiar y el contexto epocal. Pero a la vez determinado en el sentido de decidido a asumir su propio deseo.

La adolescencia, sostiene Didier Lauru (2005: 71), “es un tiempo de heroísmo e idealismo. El ideal del yo, heredero del pasaje pubertario, está marcado por el sello del futuro y del proyecto”.

La literatura ha creado un género llamado Bildungsroman; novela de aprendizaje e iniciación en la que el joven protagonista a través de un viaje azaroso (a veces interior) logra encontrarse a sí mismo y encontrar su propio lugar en el mundo. En ciertos casos ese camino de salida de la adolescencia se ilumina fugazmente mediante una epifanía, (8) instante de inusitada claridad en la que el joven tiene acceso a una reveladora visión de sí y su realidad.

Stephen Dédalus, protagonista de la novela de James Joyce Retrato de un artista adolescente, joven oprimido por el clima moralista y conservador de su Dublín natal, expresa en un diálogo su terminante decisión:

No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria, o mi religión, y trataré de expresarme mediante algún modo de vida o arte, tan libremente como pueda, tan plenamente como pueda, usando en mi defensa las únicas armas que me permito utilizar, el silencio, el exilio y la astucia (Joyce, 1995 [1916]: 224).

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1. En este punto considero lo informe como la pérdida de aquellas formas reconocidas como propias. Lo informe resulta de una intersección de ideas propias con las nociones aportadas por Georges Bataille en relación al arte y pensamiento modernos y Donald Winnicott cuando señala un estado de no integración al que me referiré y citaré oportunamente en este trabajo.

2. Alteración, de alter-otro, hacerse otro.

3. Que no se debe confundir con un proceso de desorganización característico de un desencadenamiento psicopatológico.

4. De límites.

5. Georges Bataille fue quien introdujo en 1930 el término “informe” como crítica a la búsqueda de una correspondencia entre las cosas y las formas en elarte y el pensamiento en general. “Haría falta, en efecto –para que los académicos estén contentos– que el universo cobre forma (…) En cambio, afirmar que el universo no se asemeja a nada y que solo es informe significa que el universo es algo así como una araña o un escupitajo”. Sugestivamente Francis Bacon, un pintor admirado por Donald Winnicott, hizo de la búsqueda de lo informe un motivo de su obra.

6. Aquí y ahora.

7. La neurosis edípica no se resuelve en ausencia de los padres.

8. Epifanía: término perteneciente al cristianismo, apropiado con un sentido diferente por Joyce para la literatura.

Transitando diferentes paradigmas

Norma Delucca

Haré una breve historización del recorrido que fuimos realizando con el equipo docente desde mi lugar de pertenencia como profesora titular de Psicología Evolutiva II, en la carrera de Psicología de la UNLP. (1) Haré mención a los paradigmas que fuimos incorporando, en el extenso camino transitado.

En un primer tramo (el de los comienzos de mi carrera docente, en la que previamente se llamaba Niñez y Adolescencia, con Mauricio Knobel, psicoanalista didacta de la APA, como profesor titular) se presentaba una psicología del desarrollo influenciada aún por el psicoanálisis kleiniano. Ofrecía una mirada lineal sobre la temporalidad. Se hablaba de etapas, siguiendo el modelo de los procesos madurativos biológicos, por lo que se planteaba una estrecha soldadura entre lo biológico y lo psíquico.

A pesar de los cambios que se venían dando en la cultura, este paradigma evolucionista articulaba aún con el pensamiento de la modernidad, con una visión de la familia tradicional y con el modelo patriarcal para pensar las relaciones hombre/mujer y padres/hijos. Por otro lado, tengo el recuerdo que los contenidos del desarrollo se transmitían desligados de lo histórico social.

El segundo tramo comenzó en la década del 70, ya divididas las cátedras de Evolutiva. Siendo muy joven ingreso a la titularidad de la cátedra, al interior del gran giro estructuralista dentro de las disciplinas y el psicoanálisis, que afectó sensiblemente nuestra mirada sobre el desarrollo, que dejó de ser planteado en clave evolucionista. Pero en muchos de estos planteos, como ustedes recordarán, “se tiró al niño junto al agua de la palangana”, quedando fuertemente cuestionadas por las líneas más radicalizadas, las conceptualizaciones que incluían “la válida pregunta por la edad”, como lo plantearon tempranamente Marisa y Ricardo Rodulfo (1986) en su clásico trabajo sobre Clínica psicoanalítica con niños y adolescentes. Luego, Silvia Bleichmar realiza un aporte superador, en su trabajo de 2006, sobre Historia y acontecimiento.

En estas intersecciones no ortodoxas, la edad estaba ya inexorablemente mirada desde otro paradigma que priorizaba la consideración de los procesos psíquicos en juego y no linealmente el tiempo cronológico. Y lo histórico social fue penetrando de la mano de Castoriadis (1975, 1998) y previamente a través de valiosos psicoanalistas como Marie Langer (1951, 1987); Gilou y Diego García Reinoso (1984, 1986); Pichón Riviere (1970) –entre otros–, que me alentaron ya en los comienzos a introducir en el programa desarrollos sobre familia y macrocontexto, desde donde mirábamos la construcción de la subjetividad adolescente. Y en esta mirada, debo mi formación fundamentalmente a maestros como Isidoro Berenstein (1997, 2007, 2008) y Janine Puget (1988, 1997). Esa fue la impronta teórica. Pero lo social nos arrasó en esa década infame, dado que la dictadura cívico-militar (y dos años antes, “La Triple A”) nos dejó afuera de los claustros, en mi caso a lo largo de 12 años. Al volver a la cátedra, estábamos en otro mundo. Pero voy a centrarme en rescatar los cambios que advinieron en nuestro equipo docente, en el camino de hacer de la adversidad una oportunidad de crecimiento. Ha corrido mucha agua bajo el puente y hoy, al parecer –eso esperamos–, los movimientos pendulares de los extremos binaristas, de los versus, que se dieron en aquellas épocas, han dado lugar a una mirada más amplia, más inclusiva, que pensamos constituye ya un nuevo paradigma, que es el de la complejidad, la diversidad y la coexistencia de multiplicidad de modelos. Esta es nuestra posición hoy. Y ha sido insustituible, no solo la lectura de autores innovadores que pertenecen a este paradigma como P. Aulagnier (1975); J. Benjamin (1996, 1997); J. Laplanche (2003); E. Morin (1995); C. Castoriadis (1975, 1998); C. Corea e I. Lewcowicz (1999, 2004); G. Agamben (2001); Silvia Bleichmar (2006, 2008), por nombrar solo algunos, sino los recorridos que realizamos por diferentes investigaciones de campo.

Desde la cátedra, investigamos organizaciones familiares de nuestro medio en la amplia gama de expresiones de la diversidad: familias con hijos adolescentes; con hijos pequeños, con un solo progenitor; con parejas del mismo sexo y en construcciones posdivorcio. Las expresiones de los entrevistados, los relatos de sus experiencias, del mismo modo que el permanente contacto con la clínica, nos resguardó y nos resguarda de los dogmatismos excluyentes y nos permiten acceder a la profunda complejidad de la realidad (2003, 2012, 2013). Desde esta conjunción, consideramos las funciones familiares necesarias para la constitución psíquica del recién nacido, diferenciadas de la soldadura con la persona concreta de quien ocupa un lugar del parentesco. Por eso desde hace muchos años insistimos en remarcar que sigue siendo fundamental cierta asimetría adulto niño en algunos aspectos centrales y que alguien se haga cargo del cuidado, del amparo de la cría humana y del ejercicio de una función de regulación de los vínculos. Funciones que en el mejor de los casos podrán llevarlas a cabo inicialmente de manera privilegiada, pero no única, una madre y un padre, una madre sola, un padre solo, una abuela, dos madres o dos padres, u otros, a condición de que quienes la ejerzan brinden ese amparo y regulación, en un movimiento de investidura libidinal y de mutualidad (Benjamin, ob.cit 1997), que genere, a su vez, las condiciones de una respuesta en el infans, a predominio del deseo de vida.

Condiciones para la constitución psíquica presentes desde el comienzo de la vida en sus complejos registros y de la producción de subjetividad, que se irá configurando a partir del acceso a lo simbólico, en la insoslayable doble faz de una construcción solidaria entre las significaciones sociales instituidas en los tiempos sociohistóricos a los que se pertenece y la singularidad de su expresión. Singularidad como movimiento instituyente que marca lo fundamental de la conquista creciente de una capacidad de optar, de pensar y desear, autónomos. Esta autonomía no podría lograrse, sin el atravesamiento por otros vínculos más allá de los familiares.

Afín a este sentido, la otra cuestión que quiero señalar es algo que menciona Élisabeth Roudinesco (2003) en el libro escrito con Jacques Derrida, Y mañana, qué…, interrogante referido al futuro de “aquello que llamamos familia”. Titula uno de los capítulos: “Escoger la herencia”. La autora hace referencia tanto al nivel del campo intelectual, como al familiar, donde el vínculo filiatorio supone esa rica amalgama de haber podido recibir algo, aceptarlo y realizar con lo recibido la propia síntesis o la propia creación. Esto exige un trabajo elaborativo de arreglo de cuentas con la historia singular, que no fuerce a la renegación o la desmentida de la continuidad del vínculo filiatorio y, a su vez, una disponibilidad abierta por los actuales encuentros con otros, para la creación de nuevos sentidos y nuevas marcas, como expresión de la discontinuidad, vertiente ineludible de todo vínculo. Entonces tanto en los vínculos como en nuestra formación: ni reproducción mimética, ni autoengendramiento.

Y finalmente, en este nuevo tramo de la historia, nos enfrentamos a la fluidez de las significaciones y los vínculos. Zygmunt Bauman (2003) nos atraviesa con sus conceptualizaciones sobre la modernidad líquida, el amor líquido, que nos presentifican el nuevo desafío de nuestra tarea docente. Se impone la incertidumbre, lo imprevisible, lo inanticipable. Pero al menos, estamos sobreaviso. No hay pautas previas, por lo que en los vínculos afectivos, como en la transmisión docente, tendremos que tener en cuenta estas nuevas lógicas. Como también lo expresan de manera original, Corea y Lewkowicz (2004: 14):

En la era de la fluidez, hay chicos [y adolescentes] frágiles con adultos frágiles, no chicos frágiles con instituciones de amparo. La solidez supuesta en un tercero se desfondó. Así, las situaciones de infancia pueden pensarse como situaciones entre dos y no tres (chicos-adulto-Estado) (…) Las situaciones se arman entre dos que se piensan, se eligen, se cuidan y se sostienen mutuamente. Ya no se trata de fragilidad por un lado y solidez por el otro: somos frágiles por ambos lados.

Lo que significa que apostar al vínculo con los otros, es una verdadera tarea artesanal, “por pura prepotencia subjetiva”.

A modo de ilustración de lo dicho, quisiera concluir con una pequeña anécdota acaecida recientemente en mi ámbito privado. Toca el timbre una vecinita de 19 años que está cursando la que fuera “mi” asignatura, hoy dictada por docentes con quienes formamos equipo, en todo ese tramo que relaté. Por lo que algunos textos de mi autoría circulan entre los alumnos. Ya ha recurrido a mi ayuda porque sabe, vagamente, que soy o he sido docente de la carrera. Tiene que dar un parcial y está trabada – según comunica– con Piera Aulagnier y con los conceptos de algunos otros autores. Pregunto nombre del ayudante con que cursa. No lo recuerda. A partir de cierto tono de aburrimiento de su parte, empezamos a dialogar acerca de los interrogantes que trae a la consulta. “Acá hay un concepto de un artículo de Delucca que tengo dudas”. Le digo: “Bueno, María, Delucca vengo siendo yo”. “¡¡¡Nooo.!!!! ¡¡¡No te puedo creer!!! Qué vergüenza.” Superado el bochorno, el intercambio se va animando. Al final me dice: “Vos tendrías que dar clases en la facultad. Qué bien explicás”. “Bueno, María, te cuento que estuve 35 años en la facultad, precisamente como titular de esta materia.” “¡¡¡Noooo!!! Soy de terror. Me quiero matar. Vos para mí eras simplemente mi vecina Bibi.”

Lo que quiero marcar es que la alumna, aún adolescente, muestra una actitud de época, de desestimar la historia, de no saber ni interesarse por el apellido de su vecina docente, ni el nombre de quien todas las semanas trabaja con ella en la facultad, de mostrar inicialmente como un desinterés por el conocimiento y un querer entender para zafar. Pero como en el diálogo yo me voy apasionando con Piera y con lo que escribí alguna vez, ella también se enciende y piensa y produce. Eso es lo que rescato. Y a eso apuesto. A la posibilidad de construcción de un diálogo. A que la pasión se transmita, haga lazo y no sucumba. Como en la historia del fuego, pasar la posta. Y en algún momento, encienden el propio…

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1. Agradezco al Prof. Adrián Grassi la invitación a integrar esta mesa de apertura de las Jornadas en que se conmemoran los 10 años en que el profesor asumiera la titularidad de la cátedra de Psicología Evolutiva Adolescencia en la Facultad de Psicología UBA. Es con gran emoción que comparto esta celebración.

Los espejos. Función de los pares en los trabajos subjetivos

Adriana Franco

Considero a la adolescencia un momento trascendente e inédito de la constitución subjetiva. De los trabajos psíquicos puberales y de adolescencia dependerán en gran medida la salud o diversas patologías si estos son obturados o fallidos. Con ellos deberemos vernos tanto en el análisis de adolescentes y jóvenes, como así también en el tratamiento de algunos pacientes adultos.

No lo tenía tan claro cuando comenzó mi práctica clínica. En 1979 recibí mis primeras pacientes de 18 y 19 años. Desde entonces, y especialmente a partir de un seminario, (1) surgió mi interés por pensar y escribir sobre adolescentes y adolescencias.

¿Hoy podría sostener esos textos? ¿Qué modificaría? ¿Intervendría igual en el trabajo con algunas adolescentes que atendí hace más de 30 años? ¿Qué lecturas, qué textos, qué concepción de adolescentes teníamos en aquella época y cuál ahora? ¿El diagnóstico, las indicaciones terapéuticas, el encuadre serían los mismos?

La función de los pares como espejos en los cuales los adolescentes se reconocen en sus nuevos cuerpos metamorfoseados por la pubertad, ¿continúa siendo determinante en estos procesos de aceptación y reconocimiento de la sexualidad puberal?

“La adolescencia es la energía de la transformación”, nos dice Françoise Dolto (2004). Por tanto el psicoanálisis que no se actualiza respecto a los paradigmas socioculturales mal podrá pensar y trabajar con púberes y adolescentes en pleno trabajo de constitución de la subjetividad.

El concepto de adolescencia fue acuñado por F. Stanley Hall (1846-1924), psicólogo y educador estadounidense. Introdujo el término en 1904, y lo definió como una etapa decisiva para la vida, una especie de segundo nacimiento del hombre.

Philippe Gutton (1993) sostiene que la pubertad impone una discontinuidad, mejor dicho, una continuidad en des-construir/reconstruir. La adolescencia es una segunda oportunidad en la vida de un sujeto. Este autor, en un seminario intensivo que dictó en Buenos Aires, (2) planteaba que para que una adolescencia llegue a buen término, para que el cambio adolescente se produzca, el joven necesita que todo lo que sucede en su vida sea dirigido hacia alguien.

Alguien que existe en el mundo, que no sea una figura parental. En el análisis, el analista es para el adolescente tanto un confidente imaginario como una persona real, exterior al sujeto y resistente a las proyecciones imaginarias del mismo. Su presencia es importante. No se puede producir el proceso adolescente sin un referente que escuchará al adolescente y dará su opinión sobre lo que escucha.

Necesitan encontrar terceros como referentes no familiares; algunos lo encuentran en las redes virtuales, en sus seguidores y los comentarios que pueden hacer, o en quienes ellos siguen. Cuando estos referentes no aparecen podrá ser el psicoterapeuta o psicoanalista quien cumpla esta función sin perder su lugar de analista y su actitud profesional. Ofreciéndose para “ser usado” (Winnicott, 1993) en transferencia como doble especular en algunos momentos del análisis en el espacio transicional, espacio de transferencia.

Lo digital y la realidad virtual se introdujeron en los espacios clínicos sin solicitar nuestra aprobación o permiso. Paula Sibilia (2005) nos plantea un interrogante: ¿son las nuevas tecnologías las que generan transformaciones en la subjetivación o es que las transformaciones en las subjetividades generaron estas nuevas formas de comunicación a través de lo digital? Inteligente reflexión que nos permite preguntarnos a su vez si es lo digital y lo virtual lo que deja su impronta y modifica los procesos de subjetivación, tal como los estudiamos y aprendimos en nuestra circulación permanente entre teoría y clínica, o en verdad son las nuevas formas de subjetividades generadas en el contexto socioeconómico vigente las que dieron lugar a la vinculación y aceptación masiva por niños, adolescentes y jóvenes, los “nativos digitales”, como bien los denomina.

Mark Prensky (2001), retomado por Alejandro Piscitelli (2006), exige a los psicoanalistas aggiornarnos si no queremos, como bien decía un paciente adolescente que filosofaba en sesión sobre la necesidad de volver a la naturaleza, a un mundo sin fronteras, a la esencia del hombre sin tanto tecnicismo, pero ansiaba a la vez un celular de última generación “para no quedarse afuera”, como aclaró. Para ser o seguir siendo, para tener existencia en el mundo actual. La mayor parte de lo que le interesa a los púberes y adolescentes pasa por su celular, música, videos, fotos y fundamentalmente los chats, en general con más imágenes que diálogos.

Las categorías teóricas con que pensamos la constitución de la subjetividad deben ser revisadas, deconstruidas, acompañando las transformaciones que las sociedades y sus modelos socioeconómicos imponen a los sujetos que en ellas habitan en espacio y tiempo. Los descubrimientos científico-técnicos y las tecnologías de avanzada también nos imponen cambios en las teorías psicoanalíticas.

Entre otras cuestiones, el reconocimiento de la diversidad sexual nos permite pensar la homosexualidad como una de las modalidades que adquiere la elección de objeto sexual y no como una desviación psicopatológica a tratar en una psicoterapia o psicoanálisis.

Las nuevas parentalidades. Multiplicidad de vínculos en las diferentes configuraciones familiares que aún no encuentran en el lenguaje una palabra que los represente.

Considero que el lugar y función de los pares, de los amigos íntimos, “banda”, siguen siendo necesarios para atravesar los trabajos puberales y de adolescencia. Pero el espejo en que se miran los púberes y adolescentes tempranos hoy es en la cantidad de seguidores, en la cantidad de “Me gusta” y en los comentarios de los amigos virtuales en las redes que utilizan. Redes que van cambiando en la medida en que los adultos comienzan a meterse en ellas.

Si el espejo en la infancia unifica, genera júbilo el reconocerse en esa imago especular; en la adolescencia el espejo genera cierta angustia e inquietud, el ya no niño se desconoce, se ve como un extraño. Deben reconocerse y aceptarse en este nuevo cuerpo sexuado genitalmente. Los pares representan los espejos en los cuales se miran, y reconociendo al amigo es que por identificación se reconocen en sus nuevos cuerpos y rostros. Hoy podríamos pensar en función de la pregnancia de la virtualidad que los espejos son los Me gusta – No me gusta – Me encanta, de los seguidores. Se miran en las selfies, hacen gestos provocativos, se exhiben en sus aventuras de riesgo y sexuales.

En algunos casos llegan a someterse a experiencias de gran peligro para la integridad física, con el fin de conseguir la aprobación de sus seguidores. El ser no estaría dado ya por lo que percibe de sí mismo y lo que percibe en la mirada del amigo/a íntima sino por la aceptación o rechazo de esos seguidores virtuales. A los que no conoce personalmente pero que determinan si existe o no para los otros. Y para algunos chicos si no existe para los otros entonces la vida no tiene sentido.

Apatías, depresiones, trastornos del sueño y de la alimentación, adicciones, flagelaciones, intentos de suicidio pueden ser la vía de escape a la sensación de vacío o no existencia. El psicoanálisis y los psicoterapeutas tienen mucho para aportar en estos casos. A pesar de contar con herramientas conceptuales diferentes, en el trabajo con púberes y adolescentes, el respeto e interés por sus sueños, potencialidades, sufrimientos y alegrías en un espacio transferencial de confianza y manteniendo una actitud profesional pero sin acartonamientos es que podemos acompañarlos en la realización de los trabajos psíquicos necesarios para volar por sí mismos y realizar sus propios sueños y construir proyectos vitales. Parafraseando a Winnicott, diríamos para sentirse vivos.

Bibliografía

Achugar, H. (2001): “Prólogo: Aquí y ahora, los desafíos de la globalización”, en Appadurai, A., La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización, Montevideo-Buenos Aires, Trilce-Fondo de Cultura Económica.

Appadurai, A. (2001): La modernidad desbordada. Dimensiones culturales de la globalización, Montevideo-Buenos Aires, Trilce-Fondo de Cultura Económica.

Dolto, F. (1989): Palabras para adolescentes, Buenos Aires, Atlántida.

—. (2004): La causa de los adolescentes, Buenos Aires, Paidós.

Franco, A. (1995): “La niña púber”. Disponible online en: <http://www.psi.uba.ar>.

—. (2001): “Los espacios de (en) la adolescencia”. Disponible online en: <http://www.psi.uba.ar>.

Franco, A. y otros (2013): “Abuso sexual infantil y el investimento/desinvestimento libidinal del cuerpo sexuado genitalmente”. Anuario investigaciones, Buenos Aires, vol. 20, n°1, enero. Disponible online en: <http://www.scielo.org.ar>.

Gutton, P. (1993): Lo puberal, Buenos Aires, Paidós.

Piscitelli, A. (2006): “Nativos e inmigrantes digitales: ¿brecha generacional, brecha cognitiva, o las dos juntas y más aún?”, Revista mexicana de Investigación Educativa, enero-marzo, vol. 11, nº28. Disponible online en: <http://www.redalyc.org>.

Prensky, M. (2001): “Digital Native, Digital Inmigrant”. Disponible online en: <www.marcprensky.com>.

—. (2011): Enseñar a nativos digitales. Madrid: Ediciones SM.

Sibilia, P. (2005): El hombre postorgánico. Cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales, Buenos Aires, FCE.

Winnicott, D. (1993a): “Sobre el uso de un objeto”, en Exploraciones psicoanalíticas, vol. I, pp. 261-293, Buenos Aires, Paidós.

—. (1993b): “El jugar y la cultura”, en Exploraciones psicoanalíticas, vol. I, pp. 246-249, Buenos Aires: Paidós.

1. Seminario que dictamos junto con el Prof. Grassi en la cátedra de Psicología Clínica de Niños y Adolescentes 1987-1988, y cuyo titular era el Prof. Ricardo Rodulfo.

2. Seminario internacional de posgrado de la UBA “Clínica Psicoanalítica con adolescentes”, constituido por cuatro módulos dictados por los profesores: Phillipe Gutton, Jean-José Barantes, Bernard Brusset y Raymond Cahn. Abril, mayo, junio y julio de 1996.

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23 oktyabr 2025
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9789874650399
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