Kitabı oxu: «La improbable fuga de la señora Paraíso»

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La improbable fuga de la señora Paraíso

Agustín Roig


colección narrativas ocultas / 2

ISBN 978-9915-9313-6-4

La improbable fuga de la señora Paraíso

Todos los derechos reservados.

1ª edición, Montevideo, Uruguay, Octubre 2019

1ª edición ebook 2021

© civiles iletrados

civiles iletrados editores

Castillos 2572

Montevideo, Uruguay

CP 11800

civilesiletrados@gmail.com

civilesiletrados.blogspot.com.uy

Diseño cubierta: D/G José Prieto, www.prieto.com.uy

Diagramación: D/G José Prieto

Fotografía de la autora: Milagros Sequeira

Cuidado de edición: Cecilia Ríos

Conversión a formato digital: Libresque

A esa ménade inclaudicable

... y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí.”

(James Augustine Joyce. Ulises)

I

Tengo la impresión de que te escribo más por satisfacerme a mí que por darte explicaciones a vos.

Hoy fue un día como todos. Me levanté a las siete. Desperté a las nenas. Las vestí. Les di el desayuno. Les preparé el pack lunch. Las besé. Esperé que llegara la camioneta y me despedí de ellas a través de la melancolía de la lluvia que caía pareja como si fuera eterna.

La luna de setiembre se hizo con agua: Nos espera un verano lluvioso.

Me vestí, peiné y maquillé. Agarré la gabardina del perchero y anduve buscando el paraguas que encontré al salir de la casa.

Olvidaste entrarlo anoche, cuando llegaste del estadio.

En el colegio solo quedamos los funcionarios y algún que otro alumno que va a averiguar promedios o a coordinar horas de tutoría para el examen. Yo aprovecho para corregir los escritos de emergencia de los rezagados, oportunidades dadas más por lástima que por espíritu académico. Hoy terminé las últimas dos libretas que me quedaban del liceo público. Es de no acabar.

Hace años llegué a la conclusión de que el mejor negocio tanto para el Estado como para los padres es que nadie se vaya a examen o repita el curso, pero como decía Ofelia Miranda, mi profesora de Didáctica III, si no evaluamos como corresponde mañana los que sean cirujanos nos van a operar con cuchillo y tenedor. Así que aquí estoy, sin alumnos y más cansada que nunca.

Cuando llegué a casa estabas en el estudio, como ahora mientras tecleo en Word un correo que no sé si te enviaré o si terminaré de escribir, tal vez más por pudor que por renuncia, más por piedad que por convencimiento.

¿Cuánto gastaste en insonorizar la oficina? Te recuerdo que estamos en diciembre y que los próximos tres meses vas a convivir con tu esposa y tus hijas. Sería deseable que te esforzaras por cambiar los horarios de sueño.

Querido, alguna vez en tu vida vas a tener que vivir al derecho.

Hoy, cuando me desperté, hacía media hora que te habías acostado. A veces pienso que lo hacés a propósito. Sos como el mecanismo de un reloj. Cuando yo llego a la cama vos te vas y viceversa. Leopoldo el relojero.

Debo suponer que tu apatía por la vida en familia depende de tu berrinche sobre la libertad, subterfugio que te permite desentenderte del mundo y establecer un horario de vampiro dedicado a redactar artículos, reparar otros, componer poemas y enviar tus ejercicios literarios a diarios y revistas.

El rédito (lo que menos me importa), más galones que cobres, no vale la rabia e impotencia que me da verte dormir hasta la dos de la tarde, perdiéndote de tus hijas, encerrándote.

¿Cuánto hace que no las ves? Martina le costó aprender a escribir, pero ahora lo hace bien. Hace unos meses la maestra me llamó porque no había manera… Parece mentira, yo profesora de literatura y vos escritor. ¿Rebeldía o daño? La ayudé a estudiar para las pruebas. Hicimos ejercicios en cuadernos de doble raya. El problema era la caligrafía. ¡Mirá que son pelotudas estas maestras!

¿Sabés que tu hija pasó raspando a segundo?

Entiendo, se trata del privilegio de los amos. Deberías explicarme mejor esa cuestión de la independencia. ¿Tiene que ver con las rentas de la casa de tu madre en la Costa de Oro y la del apartamento del Centro?

“El trabajo asalariado es muerte”, te escuché decir. Nunca nos vamos a poner de acuerdo porque estás en desacuerdo con vos mismo. Trabajar no es solo el depósito mensual en tu cuenta, sino ir al encuentro del prójimo, servir, dar, ensuciarte, extenuarte, morirte.

Vos no trabajás. Vos jugás. Y los adultos no juegan. Trabajan. Juego y familia no riman, poeta, pero familia y trabajo sí. Altruismo, amor y sacrificio también ¿Qué te voy a decir yo a vos que soy una filistea, a vos, galardonado al pedo por tu basura lírica?

A pesar de tu profesionalismo literario, digo sin rodeos que sos un vago, un egoísta, un mal compañero, un déspota. Porque es ser déspota salir de un encierro de seis o siete horas, cubierto por un mugroso salto de cama y gritar a las niñas por cualquier bobada, que si tira la leche, que si se levanta de la mesa, que si está contenta y se ríe.

La falla está en vos, no en mí (y mucho menos en las niñas). Todo lo que no tenga que ver con tu breve órbita de escritor te irrita. Estoy harta de tu vejez. Los veinte años que me llevás se están notando. La diferencia no está en el cuerpo. Sos viejo porque vivís como viejo. Se te nota en la obsesión de los hábitos, en la ceguera del corazón, en los bajones cuando te das cuenta que las colaboraciones disminuyen y que aparecen nuevos nombres que hacen que el tuyo se vaya olvidando. ¿Es el olvido una consecuencia de la libertad? Antes me seducían palabras como literatura, independencia, oficio, pero hoy, por tu causa, me repugnan.

Hace algunas noches después de hacer el amor hablamos sobre la anagnórisis. Me dijiste que a pesar de que eras lector de los trágicos griegos, la anagnórisis, en lo personal, te resultaba ajena. Yo te miré como si fueras un extraterrestre. Me hiciste dudar sobre si estabas haciendo un chiste, pero después pensé que eras poeta y que los poetas no se dan cuenta de nada porque su condición narcisista se lo impide. Te dije que la anagnórisis era ver las cosas y la gente con ojos nuevos, sin el despilfarro de la ilusión, sin lo que uno se inventa de sí mismo y lo que el otro interpreta. En la anagnórisis la verdad recorta el contorno concreto de quien somos. No hay tutía. Recuerdo que vos me dijiste que te daba pánico que alguna vez me dejaras de importar. Querido, sucede que en la vida todo deja de importar.

Hoy fue un día normal, a no ser por la ansiedad que empezó a eso de las dos de la tarde, cuando ya había ordenado un poco la casa, antes de irme al liceo. No le di mayor importancia y me recosté en el sofá del living para terminar de leer los últimos poemas de los Cuadros Parisinos. Hacía años que enseñaba “Al lector” o “Correspondencias”. Estaba aburrida. Tenía ganas de releer Las Flores del Mal y seleccionar otros textos para enseñar.

La lectura, por motivos psicológicos que se me escapan, lejos de disolver la ansiedad fue atribuyéndole un contorno, una identidad. Necesitaba desentrañar un sentido que me hablara de mí misma. No me estaba sintiendo bien.

“O fins d’automme, hivers, printemps trempés de boue”, leí en la edición bilingüe de las Flores del Mal de Cátedra. No se trataba de una primavera canjeable por el renacer o el amor, sino por la muerte. Una primavera de belleza carcomida, miserable, embarrada.

“D’endormir le douleur sur un lit hasardeaux.” Las imágenes penetraban en mi cerebro como láminas de vidrio, invirtiendo su signo, habilitando un híbrido impregnado de experiencia y estado de ánimo.

La confusión me permitía el acceso a una verdad que era necesario objetivar, una verdad que me estaba dañando en la sangre y los humores, en el estómago y el alma. Entonces llegó la anagnórisis.

Necesitaba escribir. Volver a la pluma después de tantos años. La última vez que lo había hecho tenía veintidós. Nunca te había contado sobre esto. Me daba vergüenza. Eras una figura literaria de peso y negación.

La condición era escribir de noche. Solía imaginar conversaciones con mi madre, mis hermanos, con vos que solo existías como un arquetipo, con mi novio quien a las claras sabía yo que no sería mi marido. También me entretenía escribiendo relatos traviesos, ya sabés, esos que después de purificados por el fuego permanecieron en mi memoria para contártelos, diez, quince años después, durante largas madrugadas de invierno, evocando deliberadamente y con mutua complicidad los recursos de una Sherezade fuera de tiempo, que iba de la cruel Matahari a una Blanca Nieves rodeada de fálicos enanos.

Eros y Tanatos peleaban. Había el mortuorio y pluvioso deseo de trascendencia baudelaireano y había un llamado lascivo que solo podía explorar a través de la escritura. De pronto me di cuenta que lo prohibido estaba exigiendo una justificación, por eso, querido, aquí estoy para mostrarte la verdad, tu verdad, nuestra verdad.

II

Me descuidaste, me tiraste a las fieras y te sentaste en la butaca a ver el espectáculo ¿Te acordás? ¡Cuánto barrimos desde esa época! ¡Con qué disimulo! Recién empezábamos. Sacrificio, impulso fáunico, ascenso. Recuerdo ciertos detalles y me siento confiada en el canal de exploración que encontré en las palabras. Me calma y me objetiva.

¿Libertad sexual? Ay Leopoldo, tus métodos, siempre tus métodos. Pensabas en vos y en que mi ficción surgía, sacrificando mi pudor, del gusto por satisfacerte. Te mentiste. No eras (nunca lo fuiste) el maestro del desprendimiento.

La cita estaba acordada desde el día anterior. El cónsul llegó a las 23. Se llamaba Rafael. Te interesaba el cargo de agregado cultural en la embajada uruguaya de España y él te podía contactar con el ministro, no sin antes referirle tu prominente labor literaria. Conocías a Rafael del colegio, antes de que se fuera definitivamente a España, donde estudió y se recibió de licenciado en Ciencias Políticas.

Era cuatro años más joven que vos. A decir verdad, querido, debo reconocer que estaba que se partía. Tenía ese sentido del humor típicamente español de las novelas picarescas y de las películas de Santiago Segura. No tuviste mejor idea que jugar al curioso impertinente…

Empezaste a tomar champagne antes de que llegara Rafael. Cuando sonó el timbre ya habías bebido una botella entera. Estabas eufórico. Te quedaba mal el histrionismo. Se te notaba la orfandad, esa herencia de la juventud. Debiste ser más sincero con vos, pero tenías una urgencia atronadora, resentida, por dejar de ser cronopio. Triste, no debiste dejar de serlo. Era lo que te daba belleza. La corona del perdedor, del incomprendido. Hacías un sacerdocio de tu patetismo.

Hoy, al igual que aquella noche, vuelve a notarse la impostura. La incomprensión, el martirio, la soledad y la lucha con la palabra tienen otro signo. Estás bautizado. Pero el cronopio se fue. Lo exiliaste. A decir verdad te sentías avergonzado de él porque era puro deseo. Entonces vino un monstruo que redujo el arte a fórmulas. Hiciste que el corazón se convirtiera en laboratorio, lleno de tubos de ensayo, fermentos y crisoles. Te parecerá cursi que hable del corazón, pero Leopoldo, mi Leopoldo Steinerbahum, sería bueno que te saques la última máscara, que me muestres tu cara a la intemperie, evidencia de tejidos y circulaciones, carne transparente de órganos palpitantes. ¿Qué es la sangre sino la emoción? ¿No sentís todavía ansiedad cuando te ponés a escribir? ¿Ya no tenés urgencia?

Cuando me pediste que me pusiera el top que me compraste en Samaná, advertí la intención. Iba a convencerte de que eso era nuestro, que me daba vergüenza, pero insististe. No sonreías. Había algo que te desgarraba. No estabas convencido. Aunque tenías miedo, un miedo revivido, la furia contra vos era más fuerte. Necesitabas pellizcar tu carne, azotar tu mente con instantáneas en las cuales, dueño y señor, eras humillado. Cifrabas en el hibrys de la pantomima tu propia colección onanista… ¿Lo hiciste? ¿Soy tu musa? ¡Yo estaba enamorada de vos, Leopoldo!

El top dominicano era insolente. Lo habíamos comprado en una feria cerca del puerto de Samaná, al final de un malecón de abigarrados chiringuitos donde merengues y bachatas ensordecían. Era de hilo y chapitas de latas de cerveza que parecían escamas. Apenas me cubría.

Estuviste cocinando a fuego lento en el parrillero una corvina negra que te hiciste traer del puerto del Buceo. La aderezaste con sistemáticos baños de limón durante su cocción, luego de un profundo embadurnado de sal y manteca. Me pediste que preparara para el acompañamiento papas azules al champiñón. A pesar de que mientras asabas el pescado bebiste champagne (estabas pensando más en el affter hour que en la farsa que ibas a rodar) en la cena tomamos vino blanco. Esa noche las nenas iban a quedarse con mamá. Era viernes.

Te sentaste a la cabecera de la mesa. Se te notaba borracho. Empezaste la conversación elogiando tu vino blanco, repitiendo las mismas palabras de siempre. El gaita anotó que “para la próxima vez” iba a traer de la cava de la embajada un tinto seco para acompañar con carnes. Ardiendo por el fermento y el estúpido exhibicionismo al que me indujiste, dijo que yo le caía de maravillas y que seguramente te sintieras orgulloso y agraciado por tener a una dama gentil, bella y honrada.

“Lo de honrada es discutible”, interrumpiste y empujaste las palabras con una carcajada. La adrenalina tiene sus costos, Leopoldo. La merca también.

Rafael sacó la latita de rapé y dijo: “¿Te molesta?…”. Vos respondiste que no y que incluso nos gustaba. Sirvió una generosa raya sobre la mesa. “Escama”, informó y agregó: “Las damas primero”.

“Pasá farfala”, me dijiste y juro que sentí un desprecio tan profundo, sentí tanta lástima de vos, que en ese momento me convencí de que hiciera lo que hiciera jamás me iba a arrepentir. Y no me arrepiento por la sencilla razón de que me subestimaste desde que me conociste hasta el momento en que termines de leerme…

Me incliné y esnifé, de una, como si estuviera acostumbrada, como si fueran los viejos tiempos. Fui al baño. Me miré en el espejo. No había rastros en las fosas nasales. Sentí que algo se alojaba en mis caderas, un mecanismo, una forma.

“A brillar mi amor”, pensé y te pedí un cigarrillo. El gaita te ganó de mano y me ofreció un Marlboro. Con el pucho colgando de los labios, abrí una botella de Jameson. Les ofrecí. Vos querías seguir con champagne. Rafael aceptó. “El whisky va bien con la coca”, dijo.

La gruesa raya estaba peinada sobre la mesa. Yo preferí esperar. Era muy buena. Como tenía ganas de hacer algo y no sabía qué, me puse a hablar como una loca. No recuerdo el tema, a decir verdad no me importaba. Tenía la sangre caliente. Vos te pusiste de mal humor. Tenías las cejas despeinadas. Estabas trancado. Rafael te preguntó si te sentías bien. Sin responderle llenaste nuevamente tu copa de champagne, tomaste un sorbo y te paraste. Prendiste un cigarro y con el cenicero en la otra mano caminaste hasta quemar el pucho en cuatro caladas. Respirabas ferozmente. Te pregunté si estabas bien y no me respondiste nada. Le pedí a Rafael que peinara otra línea para mí. Esnifé, en dos tiempos. Tenía las mandíbulas anestesiadas. “¡Qué rica!”, dije, incontinente, como si las palabras se me hubiesen caído. Levanté la frente de la mesa ratona y vi las atléticas piernas del cónsul, vestidas con bermudas Polo de color blanco, y un poco más arriba, incierto en el pliegue de la prenda por el modo de estar sentado, un principio de erección que se confirmó después que me di cuenta del modo en el que me miraba, ni libidinoso ni cauto, sino simplemente como si estuviera comprendiendo algo, como si le cayera la ficha.

¿Por qué te fuiste a la terraza? ¿Querías atrapar lo que quedaba de la primavera? ¿Querías recordar cuando eras amado por ella? ¿Te sentiste rancio y ajado? ¿Qué querías ver sin ver?

Entonces el impulso y la acción ¿Había algo en el medio? ¿La culpa? ¿La necesidad? ¿La rabia?

Me senté encima de Rafael y busqué la erección con las caderas y el culo. Me acomodó a criterio. Sentí un deseo insoportable de caer. En tu receta era imprescindible que participara mi animalidad.

Deslizó el bretel del top con el dedo índice. Me sentí expuesta y avergonzada. Alternando manoseos y besos, Rafael miraba la puerta de la terraza abierta, de la que venía un aire fresco que henchía la cortina de satén, detrás de la cual, como en un tango de cornudos, se veía tu fisgona silueta. Extático e impredecible como una efigie, mal tragabas la angustia.

Corriste la cortina y entraste. La realidad superaba la fantasía. La piel era piel. Los cuerpos tenían hambre y sed. Viste mi espalda desnuda, la tanga, los tacos. Previste el rostro congestionado del cónsul entre mis pechos. Alzaste la copa. Del resto no me acuerdo. Intentar narrarlo sería como recordar un viejo sueño. Interviniste cuando no pudiste soportarlo más. De rodillas en la alfombra yo regalaba el supremo mimo. Sentí la prepotencia de tus manos en las caderas y luego la negra y estrecha penetración que te otorgaba el galardón, el desquite frente al saqueo que te habías infringido.

III

Cuando empezamos a salir no me interesabas. Tenía la piel caliente de haber atravesado la juventud. Estaba terminando la veintena. Venía golpeada.

Entonces jugaste la última carta y me convenciste. Compré tu discurso del “buen puerto”. Colocaste en la columna de tus haberes la aceptación de lo que yo era y de lo que traía… El hombre bueno y generoso.

Te favoreció mi familia. Había que sentar cabeza y ocultar. Siempre trataron de hacerme entender que eras el “adecuado” y que no podía seguir siendo el hada Campanita. Usufructuaste tu aristocracia revenida que lo único que te permitía era unos cuantos bienes inmuebles que habían quedado del naufragio económico y moral de tu padre, mujeriego y estridente, al que bien poco le importó las condiciones en que quedarían su viuda y su único hijo, el belinún, como te decía, el inútil y, lo que es peor (esto le daba vergüenza pronunciarlo, no me resulta difícil imaginar las elipsis para referirse a lo que ibas a empezar a ser y estabas siendo, como si con voz apagada y entre dientes, asumiendo una debilidad, gesto prácticamente imposible en él, dijera homosexual),te decía poeta y entonces reía, pero también lloraba, lloraba de humillación y se lamentaba de cuando 43 años atrás habías nacido.

Hacía poco habías enterrado a ese hijo de mil putas. Todavía arrastrabas en la caída de los párpados diálogos imposibles con el muerto. Sentías lástima por él y por vos, por lo que no vivieron, por lo que no te dio.

Tu herida psicoanalítica fue tu caballito de batalla, junto al futuro de nietos y sobrinos, la promesa del discreto encanto de la residencia en José Ignacio, donde viviríamos bajo la sombra de los pinos y la sempiterna presencia de un jardín ahíto de vegetación, la glorieta del five o´clock tea, hamacas y toboganes donde jugarían dos niñas flacas y rubias.

Ya era suficiente eso de vivir en un barrio de negros, en un apartamento de soltera rentado a un precio elevado para una estudiante de IPA. Mi profesión era improductiva y nunca me permitiría alcanzar la utopía de bienestar para la que había sido educada. Porque yo me crié en el Prado Bueno, fui al Clara Jackson, aprendí armonía con Héctor Tosar.

Me convencieron. Tenía la guardia baja y se me había metido en la cabeza y en el corazón que nadie me iba a querer. Me sentía culpable e idiota, desquiciada e ingenua. No había un lugar para mí. La verdad me resultaba insoportable. Por eso, cuando te lo dije en la cama después de la segunda cita y vos aseguraste con frases y acciones que no te importaba, comprendí que empezaba a quedarme contigo y que las aspiraciones de mi familia se concretarían.

Después vino lo mejor de vos, de lo que sí me enamoré.

Te avergonzaba mostrarte como eras. La memoria del muerto, sobreestimado en vida (cuanto más difunto), prolongaba la influencia negativa. ¿Preparabas la renuncia? Un año y medio después lo confesaste como una deformación: “Soy poeta”. Me reí y simultáneamente sentí alivio. Un alivio total, de cuerpo y alma. Hablábamos de literatura, sabías que estaba estudiando docencia, íbamos al cine, tu padre estaba muerto, aún así lo ocultaste. ¡Después de todo no éramos tan distintos! Siempre tan destrozados y opacos, siempre tan escondidos detrás de las voces.

Había dos libros escritos y un tercero que pretendías publicar. Estabas solo. No te reconocías. Vivías entre el dicho y el trecho. Luchabas contra el dragón. Escribías. Ninguna de esas angustias compartiste. Sí, ya sé, las angustias son de uno, pero igual no alcanza, por eso siguen siendo angustias.

El primer libro era un ensayo sobre Milan Kundera. Te había llevado dos años escribirlo. Cuando me lo diste a leer parecías un niño, lo vi en tu sonrisa irregular. “Espero no te embole”, me dijiste. Era bueno. “Un ensayo poemático”, te dije. Mi juicio te preocupó, pero te pareció simpático, por eso, luego de analizarlo someramente, sonreíste. Tenías miedo. Mezclabas literatura y filosofía como un mago. Poética del análisis. Fuiste impuro hasta el hueso y te la bancaste. Ni la anécdota ni la confesión desdeñaste en el dispositivo crítico a la hora de encararte con la densidad del texto.

Del autor que habías elegido como objeto de estudio, yo había leído La Insoportable Levedad del Ser. Había quedado fascinada con algunos personajes, como era el caso de Teresa, tan frágil y ambigua, tan fuerte y tan débil. Era admirable que una novela de tal densidad existencial pudiera haberse convertido en un best seller. La clave estaba en el equilibrio entre lo fácil y lo difícil, entre la trama novelesca y las extensas citas filosóficas, históricas y literarias.

Tu ensayo captaba esta afinidad y exploraba en “arenas movedizas”, como le llamabas a las incursiones en las que se desvirtuaba la frontera entre el individuo y el texto, el autor y el receptor. ¿Qué pasaba con esa simbiosis, ese campo magnético de energía psíquica, ese fenómeno cuya base era la identificación? ¿Era solamente estética la repercusión? ¿Volvía la literatura a sus raíces éticas? ¿Era teóricamente asimilable dicha fagocitación? Buscaste apoyo en la tradición hermenéutica heideggeriana, desde Dilthey hasta Gadamer. Abusaste de Riccoeur.

El Kundera se llenaba de polvo en el cajón del escritorio, pero ahí estaba, y a pesar de los pronósticos ñoños de las editoras uruguayas, cuando no la indiferencia, lograste publicarlo en Chile, cuando vos ya eras vos y tu interpretación dodecafónica sonaba a todo vapor.

Tenían razón los de CAUCE cuando te dijeron que en Uruguay no sabrían qué hacer con un trabajo como ese. Vos sabías, e insististe, que un libro sobre Kundera también podía vender (el checo había escrito un best seller y estaba permanentemente nominado a nobel de literatura), y en esos términos se lo planteaste a los de LSL (literatura sobre literatura), quienes se interesaron por el abstract y te publicaron dos meses después.

Sin embargo el silencio charrúa persistió, incluso un intelectualucho de ocasión con buenos contactos en la prensa local deslizó en cierta columna del pasquín de moda una crítica adversa, calificando tu trabajo de típico periplo intuitivo de poetastro. ¿Te acordás que celebramos el comentario? Fue lo único que leí o escuché sobre tu libro en las tierras de Caracé.

Leopoldo, ahora más que nunca estás en posición de burlarte de la Academia. No te prives. Ahora sabés lo que podés y cuánto más que ellos valés. Siempre me agradeciste la publicación de tu Kundera. Yo tenía un ex novio que hacía años vivía en Santiago. Era colega. Conocía y era amigo de un editor de textos académicos. Le hablé de vos y te leyó. Sabía que le gustarías.

Durante nuestra etapa de novios, salvo al final, fui testigo de la sensación de fracaso que se te pegó como una segunda piel. Es cierto, Leopoldo, no bajaste los brazos. Me sorprendía la capacidad que tenías de defender tu trabajo, aún previendo la indiferencia y la incomprensión. Me decías que el valor consistía simplemente en que cuando lo leías te gustaba, por eso seguías confirmándote y malgastando horas, aún sabiendo que la vida te llamaba.

¡Ay mi asceta, mi dueño de cartuja!, invocando esa extraña forma de la serenidad que otorgan las musas. Eras un perfecto lector de ti mismo y devoto de la idea de que la poiesis se producía en la recepción. Y lo llevabas a la práctica con interminables correcciones “buscando el producto”, como decías, pensando con esa conciencia escindida al acecho del efecto. ¿Pero para quién? Ibas a reventar. Necesitabas un nombre, un ser. La libertad era un dolor de cabeza.

Entonces le propusiste a tu tío rico (conocido empresario hotelero de La Paloma, quien en sus tiempos libres se dedicaba a estudiar alquimia y a publicar de su bolsillo novelas del corazón con mensajes herméticos) montar una editorial cuyo primer best-seller sería un rejunte de textos que en algún momento pretendiste que integraran una novela. La lira seguía en el cajón debajo del Kundera.

Se te ocurrió que encontrarías en el mercado lo que el canon te negaba, así publicaste un monstruito que se adaptaba a una lectura de playa, con una tapa vistosa, letras grandes y mentiras sobre vos mismo. Pretendías un souvenir al revés. Le diste los textos a tu tío que los aceptó fingiendo aptitud crítica para que no te sintieras menos.

El tío era un hombre de gran corazón y dueño de una virtud que consistía en, aun siendo rico, no por ello ser antipático, déspota o engreído. Es raro encontrar una persona que criada en la austeridad y hasta en la pobreza, al hacer fortuna no se convierta en un piojo resucitado. Vos eras para él como los hijos que no pudo tener. ¡Cómo es la vida! ¡Cómo reparte el vestuario! Estoy segura que reprobaba la indiferencia y desdén con que te trataba tu padre. ¡Y cómo se inundó de ternura cuando se murió tu madre! “La mujer más buena que conocí”, decía.

Te leyó. Escribías muy distinto a él, otro tono, otro estilo, otra mirada. No obstante estoy segura que le gustaste y lo que te dijo te lo dijo sinceramente.

Tenías dos textos en mente. Al primero lo escindiste. Era algo inconexo. Había dos partes: una ulcerada invectiva sociológica y una informe masa narrativa. Con la primera parte hiciste una introducción y con la segunda el primero de dos relatos que incluirías en el volumen. Imaginaste un balneario poblado de leyendas y lo desmitificaste.

Eras vos, Leopoldo, eras vos. Salud, yodo y paz se transformaban en suicidio, decadencia, pensiones y muertos podridos. Diste voz a los monstruos, les diste poder. Aparecieron las palabras impúdicas, los academicismos, tu humor, tu ternura. Diste el seudónimo por válido y mandaste libro y firma al horno.

Algunos no te entendieron y te acusaron de tener “mal gusto”. A otros les fuiste indiferente por tus rachas de intelectualismo. Otros te empezaron a venerar como a un maldito y te llenaste la boca hablando en notas y entrevistas que bancaba el tío. Pregonabas la urgencia de una literatura nacional, como quería Onetti, pues el austral Uruguay, con sus vientos y humedades, era el país de Isidore Ducasse.

IV

Nunca te conté por qué me separé de Israel. Cuando lo intenté vos te negaste, decías que había cosas que no correspondía saber. Algo de razón tenías, pero vos sabés cómo he sido desde el principio, siempre tratando de decirte las cosas como eran, prescindiendo de interpretaciones, la verdad hasta el hueso. Tengo esperanza de que poniendo en palabras los nombres de los demonios pueda ahuyentar el fracaso y el miedo a repetir durante toda mi vida los mismos temas.

Como con tantos hombres con los que compartí el cuerpo y el alma (novios, amantes, concubinos, parejas, ponele el nombre que quieras) mantuve con Israel la amistad fuera ya del sexo. Hacía más de veinte años que lo conocía.

Vos no lo querías, decías que era un ejemplo desastroso para las niñas. ¡Por favor, Leopoldo! ¿Qué tanta cosa con Israel? Estabas celoso, pero no hablabas, sino que esperabas el momento menos oportuno para el berrinche o el cachetazo ¡Siempre fiel a tu estilo! ¿Pensabas que yo podía volver con él? ¡Qué poquito me conocías, Leopoldo! ¡Qué poquito me conocés! Si alguna vez te hubieras atrevido a desmitificarme para mirarme con los ojos limpios, tal vez la historia podría haber sido otra y yo no me hubiera visto empujada a buscar en la imaginación y la memoria.

Entre vos e Israel había una vida. Habitaban dimensiones irreconciliables. Yo no sé si hay vidas pasadas, pero sí que en esta que vivimos hay muchas. El lapso de esos cuatro o cinco años que había entre el fin de la relación con Israel y el comienzo de la nuestra era una confusión de caras, anécdotas, lugares. Todo muy sórdido, paranoico, venéreo. Cuando descubrí el poder de mi cuerpo en los ojos de los tipos, fue cuando se me soltó la cadena. Tan adormecida estaba. Promediaba la veintena. El bueno de Israel tuvo que soportar mi inquietud. Seis años viví con él. Por momentos estuve enamorada, sinceramente enamorada.

Como la mayoría de los hombres con los que me había acostado hasta ese momento, Israel era mayor que yo. Me llevaba diez años.

“No creo que sea bueno para las niñas ver a ese tipo, vos, cuando estés sola, si querés, andá a verlo, es asunto tuyo, pero las nenas…” ¡Qué simple, Leopoldo, mi emperador, mi poeta! ¡Vos, justo vos, revolcándote en la brea de las buenas costumbres! Sí, tenías razón, Israel era pincheto. ¿Es menos inmoral o violento meterse la merca por la nariz que por las venas?

Una vez Israel intentó desintoxicarse. Sabía que no iba a dejar la mierda, pero al menos sí pasar cierto período de abstinencia. En esa época no había la oferta de clínicas de rehabilitación que hay ahora. Tenías que achicar sin ayuda, sobre todo si no tenías plata. Nosotros vivíamos medio mes con dinero y el otro medio a préstamos y regalos. Había que sufrir sin metadona.

En la primera etapa comenzó reduciendo la dosis. Pasó de picarse dos veces por día a hacerlo una, de nochecita, a eso de las siete de la tarde. Era primavera. Así estuvo tres meses. El cambio fue desfavorable. Se despertaba a media mañana de malhumor. No me hablaba hasta la tarde, no comía. A las cinco, el enojo se convertía en melancolía. Malhumorado era más digerible.

Yo sufría con él. Los temas de la pareja estaban postergados. Lo importante era que se recuperara. Solo importaba él, y estaba bien que así fuera. A los tres meses redujo la dosis de la noche a la mitad. Se ponía contento porque un gramo le duraba cinco días. La merca en las venas rinde y pega más. La cosa se complicó cuando llegó el momento de la suspensión total. Vivía en cama, sudando y temblando. Al revés de lo que sucedía en el período anterior de reducción de la dosis, se tranquilizaba de tarde y padecía de noche.

Al cuarto día de abstinencia me pidió que lo picara, porque no podía ni siquiera calentar la cuchara y cargar la merca liquidizada en la jeringa. Puse una silla al lado de la cama. Acostado, él extendió el brazo derecho y lo apoyó sobre la silla para que se lo atase. En el botiquín había un gramo de emergencia, aunque estaba un poco diezmado porque yo me había retocado la nariz. Lo volqué en su totalidad encima de la mesa del living. Molí con el ángulo de la Credisol algunas piedritas. Era buena la merca. Hice cuatro montoncitos y uno de ellos lo cargué en una cuchara de té. Lo fundí colocándole la llama del encendedor a unos centímetros. Se diluyó rápido. Arrimé la jeringa e hice que absorbiera el líquido. Resaltaba una vena que parecía estar pidiendo la droga. Una vez la aguja estuvo dentro, cesó la transpiración, los movimientos bruscos de los miembros. Se levantó de la cama, fue al baño y cuando salió empezó a caminar de un lado a otro del apartamento, contando chistes, criticando gente, planificando viajes. Volvía a ser él. Yo prefería bancarlo duro que en abstinencia. Nunca se lo dije.

Pero el motivo por el que lo dejé no fue su adicción. Disfuncionalmente, ferozmente, irregularmente, como quieras llamarlo, funcionábamos. Yo “torciendo alambres en la plaza”, como decías vos, y él transando merca, porro, ácidos, en fin, ya sabés. Hasta llegó a mover caballo entre egregios miembros de la clase política. ¿Sabés quiénes? Mejor no hablar de ciertas cosas.

Yo en esa época estaba estudiando literatura en el IPA y militaba en el CEIPA. A Israel lo dejé una noche en la que le dije a sangre fría que tenía fantasías sexuales con el negro Soto. ¡Qué comedia! Yo era una gurisa. La simple idea de acostarme con otro hombre era en sí misma un gesto adúltero y por lo tanto, fiel a la honestidad infantil que me caracteriza (aquí la prueba), debía apartarme de Israel para no lastimarlo, para no ser ni sentirme una puta. “No seas boluda”, me dijo, “la lujuria está a la vuelta de la esquina, podrías haber esperado a cogerte al negro para contármelo”. Ahora no dejaría a un hombre por esa boludez. Tal vez por otras sí, pero por esa nunca más.

Hubo una época en la que se le había dado por insistir en que la diferencia de edad iba a separarnos, no porque él se volviera viejo sino porque yo en algún momento iba a tener ganas de “conocer mundo”. Tenía razón.

El negro Soto era compañero de militancia. No es que me gustara. Ni siquiera tenía buen cuerpo. Simplemente me calentaba. (¡Cómo son las cosas! Hace poco lo encontré en un congreso sobre la negritud y me dio asco, sinceramente. Lo vi tan burgués, tan satisfecho consigo mismo y con el país, secretario de un legislador del Frente, criando hijos que tiene con una blanca, lo vi tan poco negro que me llamó la atención cómo pude haber dejado a Israel, que lo amaba, por ese imbécil, ese títere, pero así fue la historia, Leopoldo, mi pequeña historia de amor.)

Israel ya no me miraba como lo hacía el negro Soto, que hablaba sobre equidad, reforma agraria, descentralización, lucha. ¡Era tan justo! ¡Y tan negro! No me olvido más de la cara del tipo una vez que fui a la asamblea con una musculosa blanca. Recién había llegado yo de la Pedrera y no había tenido tiempo de ir a cambiarme. Te juro que pensé que le venía algo. Tartamudeaba y me miraba ablandado, como si yo le hubiese hecho una crueldad y él la tuviese que soportar con resignación. Movía las manos sobre los papeles y estiraba las piernas debajo de la mesa. Cuando terminó la asamblea me abordó, pero yo, aunque simpática, lo rechacé.

Empezó a ser el que es ahora una vez que estábamos discutiendo si levantar o continuar con una de las tantas ocupaciones del IPA, a fines de los ochenta ¡Qué desilusión! Nada más y nada menos que él, con el peso que tenía dentro del sindicato, facción a la que yo pertenecía, mocionó levantar la medida y organizar una seguidilla de movilizaciones.

¡Ay los tibios, Leopoldo!, esos que hacen que legiones de personas vivan creyendo que la vida es una mierda. No era la ocupación una medida muy desestabilizadora que digamos, pero era más digna. Y todavía lo creo así, pero no es el punto.

Discutimos públicamente. Él me subestimó y llenó el ojo de la asamblea con un discurso en el que esbozaba un turbio pragmatismo político al que todos, sindicatos y partidos de izquierda, deberíamos aspirar para no morir como dinosaurios. Había mostrado la hilacha. Estaba preparándose para escalar en la orgánica del Frente Amplio a partir de su condición de cuadro exótico y moderado. Por eso asistió a una reunión extraoficial con el Consejo y entregó la ocupación.

Antes del desencanto político tuvimos nuestro primer y único encuentro. Yo había dejado a Israel hacía unos meses. El negro había organizado una fiesta en su casa, un apartamento del Barrio Sur, Durazno esquina Ibicuí, exclusivamente para levantarme. Yo seguía rechazándolo, pero moría de ganas. Durante la ocupación, en un pasillo a media luz del segundo piso, me había apretado y yo medio que sí medio que no lo hice entender que tenía compañero y que debía calmarse. Él dijo que yo lo franeleaba.

El día de la fiesta yo había tomado mucho. Necesitaba relajarme. No había ido a franelear. Me señaló la puerta de entrada como invitándome a dar una vuelta. En la fiesta quedaban algunas personas todavía. Sonaba “When the music´s over” de los Doors. Salimos. El ascensor no sé por qué motivo no funcionaba. El apartamento estaba en un tercer piso. Al llegar al segundo por las escaleras, me agarró del brazo, me apretó contra él y me besó. Yo gemí al sentir la erección contra mi vientre. Confirmaba el rumor racista. Acarició mis pechos. Acaricié su bulto por encima del jean. Estaba húmedo y caliente. Me saqué la remera. En esa época no usaba sutién. Me pidió que me sentara en el antepenúltimo escalón, antes del descanso, y arrodillado entre mis piernas jugó con sus labios y lengua en mis pechos. Acaricié la cabeza negra y motuda. Fui hasta la bragueta, la abrí, saqué el miembro de caoba y lo masturbé. Cuando estaba por explotar, quiso penetrarme, pero no lo autoricé. Me miró como un niño despojado. Desprendí los botones de su camisa y le lamí las tetillas, con la punta de la lengua. Aceleré el ritmo de mi mano y aquello se convirtió en una fuente.

“Me tengo que ir”, le dije, y limpiándome la cara con la mano bajé los dos pisos restantes.

La próxima vez que nos vimos fue cuando entregó la ocupación. Ver al sorete del negro Soto vencido en el piso, descamisado y desvergado, fue como una especie de venganza avant la lettre. Al tiempo me llamó y me invitó a salir. No tuvo suerte.

Hace poco, un año o dos, me volvió a cargar. Me lo encontré en una reunión de los ex compañeros de militancia. Fue en la casa del Partido Socialista. Me dio asco que estando recién casado y con un hijo de tres meses hiciera esa estupidez. Lo puse blanco de la puteada. No lo volví a ver hasta el congreso de la negritud. Poco antes le había mandado una solicitud de amistad por Facebook, pero me la rechazó.

V

¿Cuándo caíste en la trampa? ¿Por qué la elegiste? ¿Desolación? ¿Narcisismo? ¿Aburrimiento? ¿Resistencia a aceptar la pobreza de la realidad? El misterio del individuo no se resuelve con una fórmula trágica, determinista. Tampoco mediante el idealismo de la libertad. Ninguna decisión es absolutamente libre. Nadie llega a ser lo que es por entero mérito de sí mismo. Y esto es así, porque el deseo no es un impulso racional. Hay en nuestro inconciente una necesidad de que nos pasen las cosas que nos pasan. ¿Qué necesitaremos cuando ya estemos acostumbrados a los breves goces? ¿Qué seremos, Leopoldo, mi poeta, mi jugador, cuando nos toque bailar entre la imaginación y el desencanto?

Recuerdo escucharte reír de la caterva freudiana y del ala izquierdosa del existencialismo. “Crecer es como una lobotomía progresiva”, decías. ¿Cuál era la diferencia entre vos y tus compañeros de colegio, tus parientes, los amigos? ¿Un cuidado excesivo de mamá o la falta de reconocimiento que día a día te aplicaba tu padre fiel a la máxima borgeana (que desconocía en absoluto) “severo en la crítica y parco en el elogio”?

Me dirás que deje a papi y a mami fuera de esto y agregarás (para despedirte y encerrarte en el búnker) que no interprete con el manual pelotudo que me enseñaron en Psicología del Aprendizaje. No, Leopoldo, no soy esa pelotuda aplicada, abanderada de la uruguaya y medalla de honor del instituto; en este momento soy tu adalid y vos me vas a seguir leyendo hasta que me sosiegue y termine. Lo leas o no. Si fui abanderada de la uruguaya y si fui medalla de honor y si acabo de recibir mi posgrado en Literatura Iberoamericana, sumado a la especialización en Didáctica de la Lengua y de la Literatura, no fue por ser ninguna pelotuda, no fue por quedarme pintando las uñas, como sí te hubiera gustado que lo hiciera, no porque te sintieras avasallado ni porque representara para vos una competencia (vamos por carriles diferentes), sino porque te sería más cómodo: Podrías aislarte en paz a condición de ser un buen proveedor, pretextando la diferencia “espiritual” entre ambos. Serías absolutamente capaz de llevar una relación así.

Estoy siendo prejuiciosa, lo reconozco. Pido disculpas a las pintadoras de uñas. Yo también me pinto las uñas cuando tengo tiempo. Es que me da rabia no poder hacer que las cosas funcionen. Cuando estés desesperado por haberme perdido, por favor no me vengas con la musiquita de feriado bancario. A partir de la muy teórica opción originaria, mi traumado Baudelaire, consideraste que el pensamiento se iba a fortalecer a través de un ostracismo que germinaría frutos intelectuales para compensar la esterilidad o irritabilidad de los vínculos humanos. No te rías. Fue un refugio en el que fuiste olvidando que solo vale la pena si la vida se comparte; y si bien lo sabías, y si bien en determinado momento te fuiste encontrando con personas valiosas que te querían sinceramente, que te reconocían por lo que eras, que te admiraban, aún así no te entregaste y mantuviste una opción sobre la que permanentemente has estado rumiando.

Seguiste trabajando, necio y solo. Ibas a fortalecer tu yo. Montaste un celibato y un poeta negro. Habitaste un pastiche. Sé que esas son las cosas que en el fondo te gusta que te diga. Te aburriría, a pesar de darte seguridad, que fuera complaciente. “Ay mi amor, qué genio”, o, lo que es peor, “qué orgullo ser la esposa de fulanito de tal”, que no es lo mismo, cabe destacar, que decirte “estoy orgullosa de vos”.

Te fuiste quedando solo, esta vez no por judío, desgarbado o sobreprotegido, sino porque quisiste. Asimilado el sacrificio y autorizado el subterfugio, se presentó el doble obstáculo de oponerse a la renuncia y escribir. Si faltaba esto último, la opción, el sacrificio y la necesidad se irían por el desagüe, y lo que es peor, la vida en general estaría perdida.

Como muchacho se te estaba saliendo la piel del pensamiento mágico y te era irrelevante la distancia que había entre la idea y la realización. Un poeta que no escribe, flagrante contradicción… Como esos estudiantes de novela picaresca que gastan el tiempo y la pensión en vino y mujeres, postergando hasta el olvido la carrera de la que tan honorablemente pretendieron egresar ¡Eternos bachilleres saludando en pedo al rayo de luna! Transitaste por esa etapa con suerte. Tenías ventipoco. Me mostraste cosas de ese período. No eran de valor, pero se veía en trazos lo que serías.

El hermetismo si no eras Neruda se consideraba un privilegio burgués. Había una guerrilla parapetada en los escombros del Uruguay batllista. Empezaba a ser una tarea reprobable separar la literatura de una izquierda culturalmente hegemónica. Se estaba fundando una tradición. Sin embargo vos, que venías de una familia reaccionaria (tu padre era agente publicitario de Pacheco Areco, el boxeador que cagó a trompadas a la juventud sediciosa), si bien miraste con simpatía el legado socialista de Frugoni y la formación del Frente, mantuviste una brecha respecto a los Benedetti y a los Galeanos. Simpatizaste con el Cortázar de El Libro de Manuel, porque “lograba conjugar el experimentalismo estético con el idealismo político del sesenta, superando a Rayuela, harto lúdica pero menos polifónica”. Te fijaste en Donoso y quedaste hipnotizado con su “imaginismo desestabilizador”. Celebraste un políticamente incorrecto Piliph Roth quien recientemente había publicado su “Lamento de Portnoy”. Escribiste en el suplemento cultural de “EL Popular” (una colaboración que aisladamente alumbró tu carrera): “Anda en librerías de Montevideo, publicada hace unos años, la novelita de un relativamente joven escritor llamado Philip Roth. A ritmo freudiano, psicoanalista incluido, hace una comedia de stand up “.

¿Cuál fue el costo? Un absoluto aislamiento de los ambientes. “A desalambrar”, brotaba desde la clandestinidad. ”Cielito del 69, con el de arriba nervioso y el de abajo que se mueve”, y todavía vos, siendo de izquierda aunque demasiado “individualista”, a decir de tus colegas arremangados y de barba, venías a vindicar un escritor yanqui que veinte años después del Lamento de Portnoy, en una de sus novelas (“Deception”), denigró la revolución sandinista, despotricó contra Cuba y fustigó visceralmente a los palestinos. Elogiaste a un judío liberal que cuanto más viejo se ponía más mostraba la hilacha sionista, y nos hacía pensar que, como Baudelaire por no ser negro ni mujer, agradecía ser norteamericano.

El espacio que habías conseguido para publicar había caído. La prensa alcahueta prestaba nulo interés a la producción intelectual y se reducía a publicar loas y triunfos del gobierno de facto. Como no eras peligroso, te dejaron en paz. Tu mala fama dentro de la izquierda te favoreció. Los milicos no te dieron pelota. Eran tan palurdos que no supieron utilizarte. Eras un pez difícil de atrapar, para unos y para otros. Volvías a ser el judío errante, pero en vez de expandirte hacia afuera, lo hacías hacia adentro.

Cierto amigo de tu padre te ofreció empleo en la propaganda que antes había servido a Pacheco y ahora lo hacía a los milicos. Te negaste siguiendo un concepto que en esa época se usaba mucho por los jíbaros de izquierda, una palabra que te resultaba antipática, vulgar, avocada al sacrificio y a la frente en alto (mentira grande como una casa); te negaste por dignidad.

Casi con treinta años y siendo un perfecto inútil, el dinero y los contactos te venían fenómeno. Seguías viviendo del favor de tu padre, a pesar de las discusiones sobre el tema político. Sin embargo, tu madre borraba con el codo lo que tu padre escribía con la mano. Tenía talento para eso. Lograba salirse con la suya sin contradecirlo. Por eso permitiste que te arropara con manto de angustia y destinara el pichuleo que obtenía de los dineros en remendarte un poco. Pero la red de contactos de papá quería darte otra oportunidad.

La enseñanza era campo fértil para todos los acomodos imaginables e inimaginables de los amigos, mujeres y familiares de los milicos. Después de la destitución masiva del 73, los cargos llovían. La mayoría de los docentes destituidos estaban exiliados, muertos o presos, sin contar los que zozobraban en Uruguay, calladitos la boca limpiando vidrios, recolectando basura o en el mejor de los casos manejando un taxi. Entonces aceptaste el cargo. No solamente necesitabas ganar tu dinero para no probar la comida que pagaba tu padre, y esto era lo de menos (todos lo sabemos), sino para no ceder a la tentación de volarle la cabeza.

Empezaste a aborrecer hasta lo insoportable la palabra dignidad. Salías a la calle con el cinismo del degenerado y el resentimiento del humillado. Sonreías alcahuete como si te hubieras tallado una sonrisa. Fue bueno para vos haber entrado en la enseñanza. Hubiera sido imposible resistirte. ¿Dónde hubieras terminado? Carecías de competencias, salvo el placer que te proporcionaba la lectura (placer y refugio, la esperanza de un mundo distinto que nada tenía que ver con las transformaciones políticas preconizadas por los marxistas y todos los “istas” del mundo) y una buena pluma.

La Instrucción Pública te ayudó a sistematizar las lecturas. El orden que te proponías y el que aplicabas a las cosas estaba signado por el caos. Según contaste alguna vez (con la solvencia del oficio y la intención de encauzarte) te establecías ciclos de lectura. Durante un año el sistema funcionó. Los primeros cuatro meses releíste todo Onetti, incluyendo el material crítico, propio y de otros. El segundo tercio del año se lo dedicaste a la teoría de la literatura, género humorístico si los hay. El último tramo consistió en filosofía existencialista. Allí aplicabas un método más cercano a las afinidades que a la cronología: Cabalah, Nietzsche, Cátaros, Kierkegaad, Tao, Heidegger.

El segundo año no fue tan parejo. Volvió a instalarse el orden basado en el caos, o mejor dicho, en el capricho (vos dirás Alma, Inconsciente o, tal vez, Deseo). No lograbas continuidad. Comprendiste la inutilidad del sistema cuando en lugar de estar leyendo Bioy Casares, según el ciclo de escritores argentinos del 40 al 70 que te habías marcado, te encontraste releyendo por cuarta vez la reciente novela de Donoso “El obsceno pájaro de la noche”. De todas maneras no te diste por vencido. Para “aliviar” el método articulaste dentro del último mes del cuatrimestre un espacio que llamaste recreativo; consistía, básicamente, en novelas policiales (tus autores de cabecera eran Poe, Chandler, James Hadley Chase, un reciente Don DeLillo, John Simenon) y por supuesto folletines al estilo Somerset Maugham.

Tampoco daba resultado. Cuando empezó el cuatrimestre correspondiente a Formalistas Rusos, seguías enganchado en la calle Morgue. Por eso, preparar el programa de 5to humanístico, releer los clásicos emblemáticos de los distintos períodos de la humanidad occidental, las epopeyas homéricas, la tragedia clásica, los textos sagrados, el TNK, el Nuevo Testamento, La Comedia de Dante, el gran Shakespeare con sus sonetos de amor, sus comedias y sus irreverentes tragedias, el monstruoso Fausto sobreviviendo con creces al joven y tormentoso Werther, la rebelión del Germinal de Zolá, el romanticismo retardado de una Madame Bovary o el incisivo análisis de conciencia de un ratón de subsuelo en Dostoievski, te permitió no tanto saber de literatura, que sabías y mucho (deleitabas a los estudiantes con ese estilo doctoral que te colocaba más allá o después de todo y de todos), sino ir al encuentro del otro.

Quiero decir que al fin una sistematización de tus lecturas (esta vez impuesta por un factor externo) alcanzó una finalidad noble. Es cierto, el alumnado era distinto al de ahora. La mayoría de los estudiantes había leído la Ilíada o la Odisea, y así todos los mamotretos que le enseñaste a la generación humanística del 79 del Liceo Zorrilla. Enseñabas callado la boca, a pesar que desde que empezaba hasta que terminaba la clase el único que hablaba eras vos (salvando la excepción de alguna alumna que se animaba a levantar la mano sin importarle ser vista como una sediciosa; a decir verdad a vos te gustaba que participaran y muchas veces les planteabas las mismas preguntas que te hacías vos sobre determinados temas o visiones, sin embargo no había retorno didáctico, seguían garrapateando apuntes con destreza), y cuando digo callado la boca me refiero a que hablabas exclusivamente de literatura, nada de parábolas o analogías con el mundo político, ni siquiera comentarios o valoraciones personales. Tenías miedo, ocultabas la piel de la transgresión de cuando eras un mantenido. Te estabas convirtiendo en un hombre.

Por esa época habías alquilado un apartamentito en el Centro. Tenías una novia, María Rosa, que se quedaba los fines de semana contigo. Era maestra y vivía con la madre, una vieja pilla bastante liberal para los asuntos de pantalones. Todavía seguían vigentes ciertas ventajas de un país de tradición laica. La muchacha esperaba de un momento a otro que la invitaras a vivir contigo.

“Let´s spend the night together”, cantaba mientras lavaba los platos. El inocentón estribillo de los Stones era su transgresión a medida. Tarde se pía en la periferia. Sabías que ella esperaba casarse con vos y que no se animaba a planteártelo, no tanto por prejuicio, sino porque, como vos, en algún lado sabía que no eras el indicado.

Fueron pasando los años y te aburriste de ella. Un día de invierno le dijiste que la querías, que era conmovedoramente tierna con vos, pero que te ponías contento cuando llegaba el domingo. Ella te miró y se puso a llorar. Agarró el paraguas y antes de irse te estampó una cachetada. No la viste más. Había fracasado tu primera pareja, pero te importó poco. Destinaste los fines de semana a la lectura y a escribir, ya que durante la semana te dedicabas casi por entero a estudiar y preparar las clases. Extrañaste más a la puta que visitabas todos los jueves cuando se fue, como era su costumbre, a hacer la temporada a Punta del Este y no volvió nunca, que a tu pálida y discreta María Rosa.

En efecto, a Rita la lloraste y la rastreaste. Se había ido con un célebre caficcio de la Unión que tenía negocios en los feudos de Piria y en la Península. La pobre terminó muerta de sida en París a fines de los 80. Cuando te enteraste volviste a llorar. Bye bye amor. Te resultaba prácticamente insoportable la contradicción entre el recuerdo de sus prodigios sexuales y la imagen de un cuerpo pudriéndose en Le Cimetiere des Innocents.

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152 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9789915931364
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