Kitabı oxu: «Isla en negro»

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PRÓLOGO
Diez negritos apuntes desde la isla

I. En un principio esta introducción iba a llevar el siguiente subtítulo: “Te voy a ripiar en diez trozos, dice Juanito (serial killer a quien el rumor callejero ha puesto de sobrenombre el Carnicero de La Habana) y alza el machete encima del cadáver de Mr. Prólogo”. Pero era excesivamente largo. Y demasiado jocoso para la seriedad de las notas que leerán a continuación.

II. En 1974 obtiene el Premio Aniversario del Triunfo de la Revolución una novela de Rodolfo Pérez Valero titulada No es tiempo de ceremonias. En el prólogo a su primera edición (Editorial Arte y Literatura, Colección Dragón, La Habana, 1974), José Martínez Matos alega que “nos encontramos ante una nueva modalidad de este género tan leído” donde “se hace patente la lucha de clases y no aparece el héroe que con un golpe genial soluciona el enigma de un extraño crimen, como es frecuente en este género. Estos elementos y la participación activa del pueblo le confieren cierto aire de tragedia”[1] .

Esta declaración, enunciada en el cenit del período de la cultura cubana al que se conoce como quinquenio gris o decenio negro, acabó convirtiéndose en normativa para decidir a qué poner el cuño de legitimidad dentro de la producción literaria de género policial en Cuba durante las décadas del 70 y el 80 del pasado siglo. Desde entonces quedó abolido para el uso por los escritores nativos el héroe individual, policía o detective privado, que tipificaba la tradición del género y que, en nuestro contexto, fue mirado como símbolo de la literatura policial burguesa y de su rezago ante la virtuosa realidad de una sociedad socialista.

En su lugar quedaba implantado el protagonista colectivo, el pueblo y su organización de masas (los CDR: Comités de Defensa de la Revolución), como eficiente colaborador de la labor intachable de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) y el Ministerio del Interior (Minint), en el enfrentamiento a una galería de míseros villanos, compuesta por “elementos contrarrevolucionarios”, delincuentes comunes y gente lumpen, mercenarios voluntarios (o inconscientes) al servicio del enemigo externo, una fauna execrable asimilada como aberración o anomia dentro del paraíso nacional.

Colgados buenos y malos en cada extremo, estereotipados y devenidos personajes de cartón, se consolidó a manera de paradigma una estética maniquea, puesta al servicio de una intención ideologizante y de una comprensión del hecho literario solamente en función de sus probables propiedades “educativas” —y puede que hasta “curativas”— de cualquier desviación de la normalidad social.

No cabe echar la culpa a Pérez Valero y su novela, por demás, de aceptable aliento literario, sino al implante prefabricado del molde conveniente para un tiempo ceremonioso, donde el imperativo del deber ser buscó cubrir con los telones del sueño utópico la superficie del ser y sustituyó la marca realista y crítica del policial de antaño por la edulcoración “realista socialista”.

Pasó el tiempo, así en la isla como en la vida de Rodolfo Pérez Valero; y pasó que realidades indisimulables y dramáticas sobrevinieron tras la caída del campo socialista; y pasó que el escritor, un paseante a través de esa misma circunstancia, ensayó rumbos nuevos en lo geográfico, en la experiencia personal y en lo literario.

Evidencia de ello es su cuento “Mister Not Guilty”, donde el “héroe” es un cubano emigrado, Ricardo Abrego, que ha sido condenado a muerte por la violación y asesinato de un niño. ¿Chivo expiatorio de un sistema de justicia venal o canalla verdadero? Es ese el enigma con el que se abren las páginas de esta Isla en negro.

III. En el libro El que a hierro mata (apuntes sobre la literatura policial cubana) hay un Anexo III intitulado “50 años del cuento policial cubano”[2], donde su autor, Lorenzo Lunar, propone una lista de veintidós relatos que conformarían un hipotético volumen destinado a la Colección 50 Aniversario del Triunfo de la Revolución[3]. Basada en su criterio personal como escritor del género, pero también en la lectura concienzuda que hoy lo dignifica entre los —lamentablemente pocos— interesados en investigar a fondo sobre los avatares del policial de factura nacional, la selección que hace L. L. recorriendo un largo período de tiempo y enmarcando textos significativos sí merecería cabalmente, en caso de que llegara a ser publicada, el apelativo de Antología.

Porque en el terreno nacional se ha puesto de moda el armar libros con la recopilación de narraciones (o de poemas) ensartados por cualquier hilo común, generalmente temático, a veces generacional, y llamarles “antologías”. Esto, incluso, cuando algunos de los cuentos son inéditos y desde ahí encuentran por primera vez lectores, o hasta cuando varios de esos relatos se improvisan ex profeso para integrar tales volúmenes.

Pero Antología es “flor selecta” según el mandamiento de la etimología (del griego anthos, flor; y legein, escoger), y su empleo como calificativo implica una dignidad superior. “Lo antológico” debería quedar reservado para aquello “digno de ser destacado, extraordinario”, y que es resultado de una “selección natural” del tiempo histórico y su insidioso sedimento, de ese proceso de destilación que reciben los textos literarios en la memoria de los lectores, o del esfuerzo acucioso, cauto y sabio que suda el experto para separar la paja del trigo.

Luego, Isla en negro no reclama para sí la denominación de Antología. Sus hacedores determinaron de inicio un marco cronológico referencial: los años transcurridos del siglo xxi y lo que esto puede significar en el sentido de una producción literaria “fresca”, “de nuevo tipo”; y pretendieron conjuntar narraciones cortas (publicadas en su mayoría, así sea en libros, revistas o espacios literarios de Internet) que cupieran bajo el rubro “Historias de crimen y enigma”.

Si algún lector aprecia desniveles cualitativos entre los cuentos o distancias en el renombre de los autores involucrados, sépase que el énfasis mayor en la selección se colocó en la multiplicidad de variantes formales y en la condición variopinta del argumento de los textos.

IV. En un artículo de 1985 aparecido en la revista El Caimán Barbudo[4], Leonardo Padura escribe que “la novela policial de estos años, mientras tanto, no ha tenido la misma fortuna ni promete un futuro más halagüeño”, cuando la compara con respecto al resto de la creación literaria del momento.

Más adelante afirma que atraviesa “una etapa de franco estancamiento: se repiten indiscriminadamente modelos y fórmulas patentados en los años 70 y se pone de manifiesto una crisis cualitativa que no se puede resolver con la presencia de tres o cuatro piezas[5] que no han olvidado el principio fundamental que, a mi juicio, debe caracterizar a esta modalidad narrativa: la policial, para serlo, debe empezar por ser literatura”.

Once años apenas desde que se estableciera el sambenito de “la Fórmula”, y ya hubo alguien con luces para vislumbrar que los caminos del policial setentista estaban cerrados. Según lo ha confesado en entrevistas, fue el cansancio de insistir con la crítica de esos automatismos argumentales y manquedades estilísticas lo que llevó a Padura a ir más allá de la “gran negación” (dicho a lo Marcuse), y dar él mismo un salto dialéctico hacia la confección de un mundo nuevo para el policial cubano[6].

Inició su ofensiva en el gozne vertiginoso de entre décadas con la escritura de la novela Pasado perfecto[7] a la que siguieron Vientos de cuaresma, Máscaras y Paisaje de otoño; en todas ofreciendo protagonismo a Mario Conde, el “policía imperfecto”, héroe distinto para un policial diferente.

Cumplido este paso adelante, el policial cubano entra en sintonía con los acordes, hasta ese momento foráneos, del neopolicial iberoamericano, y recupera su veta objetiva y dolorosamente crítica, dándole entrada al casting de actores sociales emergentes de esa realidad nacional de los 90 que el discurso oficial nombró período especial: gente marginal y comunes desencantados, agresivos buscavidas y personalidades psicopáticas, proxenetas y jineteras, uniformados de ambigua ética y ricos de nuevo tipo encumbrados por el robo de guante blanco de gerentes y funcionarios o los trapicheos del mercado negro.

El envión de Padura estimuló a que otros escritores (el caso de Amir Valle y Lorenzo Lunar, por ejemplo) se subieran a la carreta del policial hacia finales de los 90 y comienzos del siglo xxi. Pero, aunque todavía siguieran siendo pocos, algo hay que subrayar conclusivamente de este período: el carácter de manifiesto ruptural asumido por éstos desde la obra, a modo de acción o gesto, sin aglutinarse necesariamente como grupo ni hacerse ostensibles mediante un discurso programático.

Por ahí andaba el policial cubano cuando las manecillas del reloj dieron la hora en el albor de la centuria nueva.

V. En 2011, y sorprendiendo a tantísimos que consideraban al policial si no extinguido al menos circunscrito a escasos cultores dentro de la narrativa de la isla, ve la luz Confesiones (Nuevos cuentos policiales cubanos). Esta compilación de dieciocho cuentos quedó justificada por un prólogo ensayístico titulado “El nuevo cuento policial cubano. ¿La aguja en el pajar?”[8], donde el dúo autoral de Rebeca Murga y Lorenzo Lunar afirma categóricamente: “El nuevo cuento policial cubano exhibe hoy una serie de rasgos que lo insertan en el amplio concierto de nuestra nueva (y también novísima y posnovísima) narrativa y que a la vez lo identifican como un fenómeno literario independiente”[9].

VI. ¿Qué rasgos son estos? Vayamos por partes, como hizo el londinense Jack el Destripador (o Juanito, el Carnicero de La Habana), y sirviéndonos de ejemplos extraídos de la presente Isla en negro.

Al decir de Murga y Lunar estaría: “1. La desacralización del héroe”, exhibida en “la intención de alejarse de la imagen del policía perfecto” y apoyada en “un trabajo de prospección psicológica más profundo”. Además, ellos indican que “hay una tendencia a la búsqueda del héroe individual”. Particularidades todas que se exteriorizan en franco contraste respecto al dogma de los 70 y los 80.

Muestras de esta desmitificación son el mayor Rodríguez, una caricatura de la vieja guardia del policial cubano, pero menos intransigente ya, al punto de adoptar una actitud comprensiva hacia los motivos de Nicanor, autor de un robo (“Un caso de Rodríguez”, Eduardo del Llano); P edrito el Policía, desplazado a papel secundario dentro del amplio reparto de personajes que quieren dilucidar el asesinato del socio Manolo (“Abecedario del crimen”, Rafael Grillo); o el insólito habanero en Japón de “Lost in translation” (Jorge Enrique Lage), extra de un comercial empujado a actuar de detective para la mafia yakuza. Pero el paradigma más fehaciente se vislumbra en “Mientras recuerdo al secretario del Partido” (María Matienzo), con el agente atormentado por afrontar el deber de atrapar a un escurridizo asesino serial en nombre de su fidelidad a la organización política.

Prosiguen Murga y Lunar con: “2. La introducción de personajes novedosos en nuestra literatura”, peculiaridad que alcanza su encarnación en el psycho killer Mr. Hawthorne (“Ellas quieren ser novias”, Frank David Frías); en el empleado del hampa apodado el Mexicano: imperturbable, violento y hablantín al estilo Tarantino (“Cortes y puntadas”, Ahmel Echevarría); la pareja de secuestradores de “Hay un bebé que llora” (Yamilet García) y los pandilleros juveniles que trafican con sexo en “Lastre, para qué”, de Michel Encinosa.

A continuación R. M. y L. L. enuncian: “3. Exploración a diversos niveles de la realidad”; y tras observar que “las historias del más reciente relato policial cubano tienen, en la mayoría de los casos, su referente en la realidad social inmediata”, aportan que “sin embargo, muchos […] han explorado en sus relatos otras zonas de la realidad e incorporado figuras propias del relato fantástico”.

En tal dirección va Emerio Medina, que arranca con un tema costumbrista pero tuerce la historia hacia una intervención sobrenatural en la aclaración de una muerte del pasado (“Fantasma”); y Grillo, que ofrece un desenlace comparable al del famoso “En el bosque” de Ryunosuke Akutagawa o al más puro talante mágico realista (“Abecedario del crimen”).

Mientras, algunos como Leonardo Gala (“Cuestión de tiempo”) y Ariel Sánchez (“Aquella noche en Moscú”) desarrollan su evento criminal en escenarios y circunstancias de la ciencia ficción. Aunque siga predominando en Isla en negro la impronta realista, tributada por relatos como “El olor de los autos en las tardes que duelen”, de Carlos Manuel Álvarez.

“Los juegos literarios son muy comunes en algunos cultores del Nuevo Cuento Policial Cubano”, explican Murga y Lunar sobre el rasgo “4. El uso de recursos lúdicros”. Ahí, “Historias con ventanas” (Yonnier Torres), “Sexo, best sellers y falsas entrevistas” (Luis Alfredo Vaillant) y “Juana la Loca” (Reinaldo Cañizares) son evidentes retozos con la maniobra de yuxtaponer el proceso de construcción de la historia con la realidad aludida en la ficción.

Lunar (“Su nombre en un cartel”) adereza su habitual Antropología del Barrio con una sátira de la semiótica metafictiva tan cara al policial posmoderno. Y en el mentado “Abecedario del crimen”, la parodia se apropia a diestra y siniestra de referentes medulares en la tradición del policial. Al tiempo que la intertextualidad, en su modalidad de reescritura, aparece en Ernesto Pérez Castillo y su “Memorial de Penélope”, que reconvierte a la dócil heroína homérica en una esposa de insaciable apetito de venganza; y en Orlando Andrade y “El reino y el avellano”, donde se trastoca una fábula infantil y la búsqueda de Cenicienta por el príncipe enamorado deriva en ocurrente peripecia policiaca.

“La visión del otro” es el elemento 5 traído a colación por R. M. y L. L., quienes arguyen que, en lugar del punto de vista del héroe y la voz de la ley y la justicia, se dejan escuchar otras voces como la del criminal o la del perdedor. Este argumento encuentra apoyo en varios sujetos protagónicos: la víctima devenida victimario de “Mala sangre” (Murga), los sacrificados por la violencia política (“El fin de la verdad”, Alejandro Cernuda; “De la intensidad a la ausencia”, Daniel Díaz Mantilla), la pareja de vagabundos que contempla un cruel ajuste de cuentas (“Perro mundo”, Marcial Gala).

A propósito de testigos, Leopoldo Luis hace que ese personaje de relleno o auxiliar en la corte arquetípica del género adquiera protagonismo y propicie un curioso enigma trocado, en “El último jonrón”. Y “La muerte de Lucas” (Lázaro Alfonso Díaz Cala) se recompone desde una perspectiva coral, con el surtido observatorio de la gente de pueblo.

Murga y Lunar agregan un punto final: “6. La libertad creativa”, para advertir que “la mayoría de los autores del nuevo relato policial cubano no están encasillados como autores del género policial”.

Al respecto, baste decir que en Isla en negro, salvo a Pérez Valero (ícono inaugural de la vertiente cubana) y Lorenzo Lunar (especialmente reconocido por el policía Leo Martín y la serie de novelas integrada por En vez de infierno encuentres gloria, ¿Dónde estás corazón?, Nitro/Press), al resto no se les identifica en particular como escritores policiacos. Hay algunos que, incluso, han sido encuadrados ya dentro de corrientes genéricas como la ciencia ficción, la literatura para niños y jóvenes o el realismo a secas; en tanto a otros se les percibe como creadores de signo ecléctico.

VII. Si tanto se ajustan los textos literarios de Isla en negro a los requisitos del Nuevo Cuento Policial Cubano —podría cuestionarse un lector de este volumen—, ¿por qué, en cambio, los agruparon bajo el subtítulo solapado de “Historias de crimen y enigma”?

Una vez más, vayamos por partes, piden los compiladores y a seguidas explican:

1) Hay que recordar a Raymond Chandler y su demanda de fair play para el policiaco en un célebre decálogo[10]. Todo género supone una serie de convenciones (formales y de contenido, estructurales y dramatúrgicas, de ambientes y personajes), establecidas por el decantado de una tradición, y que en materia del policial[11] significa la presencia de un hecho delictivo y su cohorte de implicados: profesionales de la investigación y detectives por cuenta propia, asesinos y ladrones, testigos, juristas, peritos científicos, etcétera; bajo la condición de un enigma envuelto en una atmósfera de intriga y suspenso y resuelto con rigor deductivo. Estas reglas que predeterminan el acto creativo del escritor funcionan a la vez como pacto de honestidad con el lector interesado en el género.

De modo que, simplemente, Isla en negro buscó una solución tangencial para no exasperar al límite las expectativas de un lector convencional, más inflexible ante una propuesta de gato por liebre.

Pero vale aclarar que, en modo alguno, esta decisión es una conservadora defensa de formas tradicionales y una negación de las mutaciones del género. Hace tantísimo que la movida del policial superó su vertiente de resolución de un misterio hasta hacer énfasis hoy en los escenarios de la violencia; y ha desechado los mayores tabúes, como aquél de no involucrar bajo ningún concepto elementos fantásticos.

En la actualidad, el policial asimila sin trauma la fusión con lo futurista (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick), el terror (Hannibal, Tomas Harris), la novela histórica (El nombre de la rosa, Umberto Eco) y la especulación metafísica (Trilogía de Nueva York, Paul Auster); o la presentación bajo uno solo de sus rasgos constitutivos (como demuestra el thriller, que exacerba el suspenso; o la llamada narcoliteratura, donde se acentúa la violencia); o su disolución como repertorio exclusivo de un gueto autoral para nutrir el prontuario temático y formal de los autores del mainstream (en Vice de Thomas Pynchon o Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, por sólo mencionar dos ejemplos).

2) A la declaración anterior se le interpone, sin embargo, una reflexión que justifica la toma de distancia de Isla en negro en referencia a la tesis de Murga y Lunar sobre el Nuevo Cuento Policial Cubano como “fenómeno literario independiente”.

Porque ¿pueden establecerse las fronteras de una corriente o movimiento sin que haya un autor o autores de cabecera, un modelo propio y un rastro de continuadores (como sí ocurrió en el policial setentista)? ¿Sin que exista tampoco una suerte de “conciencia de clase” en que los creadores se registren como miembros de una legión específica? ¿Sin una visión programática, un proyecto de definición, en línea de continuidad o de ruptura, con respecto a los predecesores (como sí ocurrió en los 90)? ¿Sin organización en grupos ni espacios aglutinadores, ya sea informales o formales? ¿Sin sellos editoriales y concursos que los divulguen, absolutamente “desinstitucionalizados” (al contrario del viejo policial que tuvo a su disposición la colección Radar, de Letras Cubanas, luego la editorial Capitán San Luis, y ha gravitado alrededor del concurso Aniversario del Triunfo de la Revolución, convocado por el Ministerio del Interior)?

Los mismos compiladores de Confesiones revelan su búsqueda de “la aguja en el pajar”, ante la dispersión del policial cubano del siglo xxi. Y reconocen también la condición de “policiacos involuntarios”[12] de muchos de los autores recogidos en ese volumen.

VIII. Ahora donde dije Diego digo… porque Isla en negro va a defender la arriesgada etiqueta de Nuevo Cuento Policial Cubano, aunque desde otra perspectiva.

El acto del investigador literario, del crítico que ausculta el corpus de las obras de su momento actual (y no aquél que hurga en el canon, en lo ya establecido y delimitado, con el asidero de la “distancia histórica”), se tropieza con textos semilleros, con autores en camino a la maduración y conjuntos textuales emergentes, con procesos en movimiento. En tal sentido, más que consolidar cartografías en su repaso a la realidad literaria, ese investigador debe adoptar el rol de “descubridor” y ejecutar su lance clasificador no como comprobación de taxonomías hechas sino como verdadero “gesto fundante”.

Esto quiere decir que si el Nuevo Cuento Policial Cubano, en tanto atributo para cualificar la envoltura de determinados textos literarios del ámbito nacional, no existía antes de Confesiones y la jugada del binomio Murga-Lunar, ahora ya sí; y a partir de ese instante queda implementada una novedosa visa de entrada para la mirada crítica y su tan necesaria reorganización del panorama de la literatura cubana del momento. Y lo que es todavía más importante: la “nueva marca” sirve de acicate para un resurgimiento del policiaco nacional, en mejores condiciones para el autorreconocimiento del escritor y la estima del género.

A resultas de ello, Isla en negro se confiesa como una compilación tributaria del sorpresivo acto fundacional de Confesiones.

IX. Dos años han bastado desde la publicación de Confesiones para que ya se haga manifiesta su dimensión no de gesto forzado o apresurado, sino oportuno e inaugural para la actualidad literaria de la isla.

La prueba mejor la obtuvieron por sí mismos Rebeca y Lorenzo, quienes convocaron en 2012 a la primera edición del concurso nacional Fantoches para cuentos policiales y se presentaron 44 relatos aspirantes al premio. Los resultados fueron dados a conocer en La Piedra Lunar, librería que ellos gestionan de manera independiente, y en el marco de un evento nacional para el género al que nombraron Agosto[13]. Para 2013 ya lanzaron una segunda convocatoria de Fantoches.

Por su parte, la página digital Isliada[14] se planteó desde el inicio abrir una plaza promocional en Internet para el policial de factura nativa. La secuela, francamente inesperada, es que dos años después han conseguido colgar cerca de cincuenta textos del género, y que la sección policial constituye hoy la más amplia puerta de acceso de visitantes al sitio. Otra derivación importante es el interés declarado por académicos de Francia y los Estados Unidos, de traducir y publicar en sus países estas producciones del Nuevo Cuento Policial Cubano.

X. ¿Y qué si regresamos para el cierre con el episodio de Juanito, el Carnicero de La Habana? “¡Listo!, dice, y contempla el guiñapo humano en diez trozos de lo que fue Mr. Prólogo. Tocan a la puerta, y Juanito piensa en un probable cliente o en el infeliz de la brigada de fumigación contra los mosquitos. Pero quien está realmente del otro lado del umbral es Rodolfo W., un fanático del periodismo de investigación[15] que llegó hasta ahí siguiendo el rastro de los extraños malestares de estómago desatados en personas que se surtieron en la bolsa negra de una presunta carne de res…”.

Rafael Grillo

Julio de 2013

[1] Citado por Lorenzo Lunar en El que a hierro mata (apuntes sobre la literatura policial cubana), Editorial Mecenas, Cienfuegos, 2012, p. 13.

[2] Este ensayo, breve pero muy sustancioso para quienes deseen adentrarse en la historia del policial en Cuba, obtuvo en 2011 el Premio de Investigación Literaria Florentino Morales. El Anexo III aparece en la página 56.

[3] Los distintos volúmenes de esta colección conmemorativa aparecieron en 2009 y bajo el sello de varias editoriales (Letras Cubanas, Editorial Científico Técnica, Ciencias Sociales). Resulta sintomático que se publicaran libros destinados a recoger cincuenta años del cuento cubano, del béisbol revolucionario a través de la crónica, de la literatura escrita por mujeres en este período y hasta de cuentos de ciencia ficción, pero ninguno dedicado al cuento policial cubano. Este hecho expone el descrédito y la pérdida de interés a la que llegó el género policial hacia los años recientes por el carácter circunstancial de aquella fórmula setentista, retrasada ya respecto a las actuales condiciones sociales y del campo literario. Seguramente no fueron muchos los que, como Lunar, repararon en que, a pesar de todo, algo de excelencia podía entresacarse de ahí.

[4] “La novela de los 80: balance provisional”, Leonardo Padura, en El Caimán Barbudo, edición 211, junio de 1985, p. 8.

[5] Esta alusión enmarca al exiguo corpus de obras que consensualmente se mencionan de ese período como islas a flote sobre un mar de naufragios: El cuarto círculo del dúo Guillermo Rodríguez Rivera y Luis Rogelio Nogueras; otras dos de este último: Y si muero mañana y Nosotros, los sobrevivientes; Joy y La sexta isla de Daniel Chavarría; y Con el rostro en la sombra de Ignacio Cárdenas Acuña.

[6] Una buena manera de entender qué se propuso Leonardo Padura en su reelaboración del policial hecho en Cuba es la lectura del grupo de ensayos agrupados en el tomo Modernidad, posmodernidad y novela policial (Ediciones Unión, La Habana, 2000), donde el autor de Adiós, Hemingway revela sus afinidades con Georges Simenon y Raymond Chandler, dos de los “más literarios” autores del género; y con Manuel Vázquez Montalbán, dentro de un repaso a la actualidad del género en España y la aparición del neopolicial iberoamericano, además de bosquejar los nuevos rumbos del policial en el escenario de la posmodernidad.

[7] Presentada al concurso Aniversario del Triunfo de la Revolución en 1991; sin embargo, ese año el jurado declaró desierto el premio. La suerte de Padura (y el viento de la época) cambió hacia 1993, cuando la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) entregó su premio de novela a Vientos de cuaresma, segunda entrega de la saga de Mario Conde.

[8] En el volumen publicado por Ediciones Unión, La Habana, 2011, este prólogo ocupa las páginas de la 9 a la 13. También aparece como capítulo en el mencionado El que a hierro mata (apuntes sobre la literatura policial cubana), páginas 29 a la 33; y fue reproducido por la web Isliada en: http://www.isliada.com/ensayo/2011/08/el-nuevo-cuento-policial-cubano-la-aguja-en-el-pajar/.

[9] Esta cita y las que vienen a continuación provienen del material referenciado en la nota anterior.

[10] Dice Chandler que “no es necesario, ni deseable, engañar al devoto verdadero de la ficción policiaca”, en “Apuntes sobre la narrativa policiaca”. Tomado de Los desafíos de la ficción (Técnicas narrativas), Casa Editora Abril-Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, La Habana, 2001, pp. 1192-1198.

[11] En realidad un subgénero de la narrativa, que se expresa en novelas y cuentos. Aunque hay ejemplos de poesía con auténtico aliento policial, como “El último caso del inspector” de Luis Rogelio Nogueras.

[12] Esta noción proviene de Agenor Martí y su prólogo a Los policiacos involuntarios. Publicado en 1981 por la colección Dragón de la editorial Arte y Literatura, este volumen incluía relatos de Wilde, Chéjov, Faulkner, Cortázar, entre otros, aglutinados por ser “cuentos policiacos… a medias”, donde: “Ninguno de los autores […] se propuso «escribir una na rración policial» […]. Ha sido a través de la utilización de recursos, situaciones, ambientes o psicologías —de los que históricamente […] la literatura policial se ha apropiado— que estos autores han querido penetrar el ser humano y reflejarlo”.

[13] Ambas denominaciones pertenecen a conocidas novelas y son tributos a La piedra lunar de Wilkie Collins y Agosto de Rubem Fonseca.

[14] Se accede a través de www.isliada.org. Catalogada como Web de Literatura Cubana Contemporánea, se fundó en junio de 2011 por iniciativa personal de los escritores y periodistas Leopoldo Luis y Rafael Grillo. Posee secciones destinadas a narrativa, policial, ciencia ficción, ensayo, poesía, reseña y artículos. Gestiona además un blog, un boletín de distribución por email, un canal audiovisual en YouTube y un proyecto editorial.

[15] Se ha puesto de moda en el policial más reciente que un periodista sea quien desempeñe el rol investigativo tradicionalmente reservado al policía o al detective privado. Un ejemplo celebérrimo es el personaje de Mikael Blomkvist, en la saga Millenium escrita por Stieg Larsson.



MISTER NOT GUILTY
– RODOLFO PÉREZ VALERO –

El guardia pelirrojo esperó a que la doctora que certificaría la defunción llegara hasta la camilla con las correas. Luego cerró la puerta del cubículo y extrajo las llaves de su bolsillo. Ante él, el reo pareció desvanecerse y el guardia calvo a sus espaldas tuvo que sostenerlo. Del otro lado del cristal de la única ventana, los padres del Peloterito, el niño violado y asesinado dieciséis años atrás, ocupaban sus asientos junto a un grupo de periodistas. Era el día de la inyección letal para Ricardo Abrego, Mister Not Guilty, el condenado a muerte más célebre de los Estados Unidos. El pelirrojo le zafó la cadena de la mano derecha. Y Abrego le lanzó una patada que lo tiró contra el ventanal, torció bruscamente la cabeza del guardia calvo y algo traqueó, y enredó la cadena que pendía de su mano izquierda alrededor del cuello de la doctora. Del otro lado del ventanal, la madre del niño se desmayó.

Bajo la llovizna, Manny Huerta salió del carro patrullero y abrió la reja de la finca. El detective de la policía de Miami extrajo su pistola y los dos agentes que lo seguían lo imitaron. Mientras avanzaba por el camino fangoso, observó a su derecha un viejo camión con un letrero descolorido: EL MEXICANO. LANDSCAPING AND TREE SERVICE. SE HABLA ESPAÑOL.

Veinte minutos antes, Manny había recibido una llamada de un tal Juan Flores: escuchó la voz apenas audible del hombre que le rogó que anotara su dirección y, luego, un disparo. Ahora, al tocar a la puerta de la casita de madera, ésta se abrió. Sobre la mesa de la sala comedor, los restos de un desayuno, varios envases de medicamentos, una jeringuilla y un ámpula rota de morfina. En la pared, el escudo del Deportivo Guadalajara, rodeado de fotografías. Manny reconoció en una de ellas a Chicharito, en otra, aparecía todo el equipo bajo el texto Manchester United Premier Cup, 2006; y en una pequeña, un hombre muy flaco sonreía ante una de las entradas al viejo Estadio Jalisco. Mientras avanzaba hacia el dormitorio, Manny recordó su infancia en Cuba, y que su bisabuela, madrileña, lo aficionó al Real Madrid. El hombre estaba sobre un charco de sangre en el piso, aún tenía la pistola en su mano, y a pesar de que le faltaba parte de la cabeza, Manny supo que era el flaco de la foto en el Jalisco. Sobre el televisor, reposaba una cinta de video con la etiqueta para Manny Huerta. El detective ordenó a los agentes que avisaran a la Unidad de Escena del Crimen, y colocó la cinta en el reproductor. Desde la pantalla del televisor, el flaco, muy demacrado, le dijo que era el violador y asesino del Peloterito, que había conocido al menor porque arreglaba patios en esa cuadra, y ese día fue allí a recoger un rastrillo que se le había quedado y vio salir al niño de la casa del doctor Abrego, y no supo por qué, pero le pidió ayuda al Peloterito para buscar algo que se le había perdido dentro del camión…

El fiscal estatal Andrew Ruffinelly no tocó a la puerta, la abrió y entró agitado a la oficina del gobernador.

—Tenemos que detener la ejecución de Ricardo Abrego —le urgió—, alguien confesó ser el asesino, y hay pruebas.

Teddy Hudson lo observó incrédulo, pero de inmediato reaccionó y miró hacia el reloj en la pared. Iba a decir algo cuando, por el intercomunicador, su secretaria le avisó que tenía una llamada urgente desde la cárcel. Mientras el gobernador escuchaba al teléfono, su rostro palidecía. Tomó el control del televisor y lo encendió. Estaban informando de lo ocurrido en la prisión. Teddy Hudson tapó el teléfono y le preguntó al fiscal cuán creíble era esa confesión y Ruffinelly le respondió que se trataba de un exconvicto, y que había dado detalles hasta ese momento desconocidos. Hudson lo fulminó con la mirada, respiró hondo y, por teléfono, pidió al alcaide de la prisión que lo pusiera por un altavoz donde lo escuchara Abrego. Segundos después, le habló:

—Señor Abrego —dijo—, soy el gobernador Hudson, mantenga la calma, por favor, no le haga daño a la doctora, alguien ha confesado el crimen por el cual usted fue condenado, y yo voy a ir de inmediato a verlo, acompañado de la prensa para conversar con usted, todo esto se puede arreglar —hizo una pausa, y añadió—: Se lo garantizo.

Hudson esperó en silencio mientras Ruffinelly desaprobaba con la mirada. Cuando el alcaide le dijo que el reo accedía a esperarlo, Hudson colgó el teléfono.

—Fue un caso bien llevado —le dijo Ruffinelly mientras abandonaban de prisa la oficina—, el Peloterito salió ese día de su casa para ir a jugar con el hijo de Abrego, sin saber que su amiguito había ido de compras con la madre. Nadie volvió a ver al Peloterito hasta que dos días después apareció dentro de una bolsa en un terreno baldío, estrangulado y abusado sexualmente, pero el violador usó un condón y no pudimos obtener ADN. Sin embargo, hallamos una huella parcial de Abrego en la bolsa y otra en una curita en la rodilla del niño. Ahí lo detuvimos, y él juró que no había visto al Peloterito en días. Varios testigos dijeron que la tarde del crimen vieron salir el auto de Abrego y supusimos que allí trasladó el cadáver del niño. En el auto no hallamos huellas: Abrego lo había lavado porque, según dijo, había salido a comprar fertilizante para su jardín y se le derramó un poco en el auto. Pero el manager de un supermercado cercano a la zona nos avisó que había visto al detenido en actitud sospechosa, observamos sus cintas de video de seguridad y vimos a Abrego echando algo en un tanque de basura. La ciudad no había recogido aún la basura y allí hallamos un libro perteneciente al Peloterito, con una manchita de sangre de la víctima y huellas de Abrego. Entonces él admitió que el niño fue a su casa, que llegó con un arañazo en la rodilla y el libro manchado de sangre y que sí, le puso una curita como habría hecho con su propio hijo, nada más. Y dijo que esa misma noche, cuando buscaban al niño, se dio cuenta de que se le había quedado el libro en la casa, tuvo miedo de que lo involucraran y decidió botarlo. Pero no pudo explicar por qué apareció una huella parcial suya en la bolsa del crimen. Principalmente gracias a esa huella logramos que el jurado lo hallara culpable… Ahora tenemos un gran problema. Pero podemos exonerarlo del asesinato del Peloterito, lo llevamos a juicio por la muerte del agente y le pedimos una condena de dieciséis años, los mismos que ya cumplió por el crimen que no cometió, y lo dejamos libre.

Desde el asiento trasero de su auto oficial, Teddy Hudson se cercioró de que se aproximaban a la prisión, y se volvió hacia Ruffinelly.

—No —le dijo irritado—, no lo puedes acusar de la muerte del agente. Abrego fue condenado a morir por errores de un investigador o por prisa tuya en hallar un culpable y ser elegido al cargo de fiscal estatal. Sobrevivió dieciséis años en la cárcel, se hizo abogado, escribió libros sobre su caso y acerca de condenados que después se supo que eran inocentes, se hizo un abanderado contra la pena de muerte y los fallos del sistema de justicia, se convirtió en el famoso Mister Not Guilty y con los derechos de autor mantuvo a su familia y donó dinero a obras de caridad; y cuando perdió su última apelación, yo no moví un dedo para conmutar su pena por cadena perpetua, y hoy lo íbamos a ejecutar. Si quieres ser un cadáver político, atrévete a juzgarlo. Va a tener a toda la opinión pública a su favor: padre de familia, prestigioso profesional respetado en su comunidad, al que tú acusaste injustamente, manchaste su reputación e hiciste que lo condenaran a morir, y el día en que se descubre que es inocente, no porque un detective inteligente llegó a la verdad, sino porque el real culpable lo confesó, ese día lo van a ejecutar y el hombre se defiende y mata al que lo va a matar a él. Cualquier abogaducho lo saca por defensa propia. No, yo no me voy a involucrar en eso. Y si tú lo haces, yo lo indulto. Recuerda que cuando termine mi mandato voy a postularme para el senado.

Manny Huerta dejó caer el periódico sobre el buró de su jefe.

El fiscal general de La Florida, Ty Washington, leyó el titular “Inocente condenado a muerte mata a su verdugo y sale en libertad”, y sonrió con amargura.

—Jodiste tu carrera, Manny —dijo y siguió fumando su habano de Santo Domingo.

Pero Manny negó con la cabeza y abrió su libretica.

—Estuve haciendo averiguaciones —dijo—. El año pasado, Ricardo Abrego pasó todo un mes en el hospital de su prisión debido a una apendicitis que derivó en peritonitis. ¿Y sabe usted quién coincidió allí con él? Sí, el mexicano Juan Flores: lo trasladaron allí porque en su penitenciaría no le podían dar el primer tratamiento de quimioterapia para su cáncer. Ya se conocían, porque Flores arreglaba el jardín de Abrego. Y compartían una afición: recuerdo que hace dieciséis años cuando arresté a Abrego en su casa, vi en una pared un escudo del Guadalajara. Él nació en Cuba, pero al venir acá su familia se estableció primero en Texas, y allí su padre se aficionó al Guadalajara y al parecer le inculcó al hijo su amor por el club. Y es muy probable que la pasión de Abrego y Flores por las Chivas los haya amistado. Poco después, debido a su salud, dejaron libre al mexicano, para que muriera tranquilo. Y yo quiero que me autorice a investigar por qué se confesó autor de un crimen que no cometió. Es que hay incongruencias. Fíjese: en el video, Flores dice que una semana antes del crimen, Abrego le había dado varias bolsas de basura para botar las hojas de su jardín y que él guardó en su camión una que le sobró; y que cuando mató al niño, vio la bolsa y lo metió allí, y que por eso apareció la huella de Abrego en la bolsa, pero no las suyas porque siempre usaba sus guantes de jardinero. Y yo le pregunto: ¿cómo es posible que siendo su huella en la bolsa la principal prueba, Abrego no se acordara de que le había dado varias bolsas a su jardinero? Si lo hubiera dicho, yo habría investigado a Flores y habría descubierto la verdad. ¿No será que la confesión del mexicano es una farsa?

Washington se movió incómodo en su butaca, como molesto porque le interrumpieran la hora de su habano.

—Mira, Manny, en el video Flores no sólo confiesa con detalles cómo lo hizo todo, sino que menciona el sitio exacto donde enterró la mochila del Peloterito que estaba desaparecida, y allí mismo la encontramos. Además, el mexicano no era un santo, sino un delincuente convicto —dijo, como zanjando el asunto.

Pero Manny pasó la hoja de su libretica y se la mostró a su jefe.

—Juan Flores viajó a Cuba para conocer a un hermano de su madre —dijo—, y allí se enamoró de una cubanita. Y al regreso, consiguió un bote y fue a buscar a la mujer y los padres de ella, pero los detectó la guardia costera y a los cubanos los devolvieron a la isla y a él lo condenaron por contrabando de humanos. No era un delincuente, sino un enamorado que tuvo mala suerte y, para colmo, se enfermó. Estoy seguro de que no mató al Peloterito. Déjeme investigar.

—Mierda —bramó Washington, sin que quedara claro si se refería al caso o al habano, que terminó botando en el cesto—. Mira, Manny, el fiscal Ruffinelly y el gobernador Hudson dieron el caso por cerrado. Lo que te sucede es que cometiste un error que dejó libre al verdadero violador y asesino; un error que por poco le cuesta la vida a un inocente, y que provocó la muerte de un agente del sistema carcelario. Y que la verdad no se supo gracias a tu inteligencia sino porque el culpable sintió remordimientos. Si la prensa se entera de que estás investigando a Abrego otra vez, lo van a ver como algo personal. Y lo que es peor: va a parecer que el departamento de policía y la fiscalía no son capaces de llegar a la verdad de los hechos, y todos los otros casos serán puestos en duda. Ruffinelly y Hudson quedarían en ridículo, pero me pasarían la cuenta y perdería el cargo y hasta la pensión. No se te ocurra hacerlo ni en tu tiempo libre, porque te meto preso por desacato y te boto deshonrosamente. Mejor piensa en tu familia, en tus hijitos. Ahora vete.

En el salón de banquetes, Ricardo Abrego corroboró que era el hombre del momento. Sus simpatizantes le organizaron la recepción para celebrar su libertad. No cesaba de estrechar manos y recibir abrazos y muestras de apoyo. En una mesa esperaban decenas de ejemplares de sus libros para ser vendidos, con su firma. Su caso había trascendido las fronteras de los Estados Unidos, y Mister Not Guilty había recibido múltiples invitaciones de países y organizaciones que se oponían a la pena de muerte, sobre todo en Europa. Gracias, Dios mío, pensó. Besó a su esposa en la mejilla, le dijo algo al oído y se apartó de ella y de su hijo, médico también, para acercarse a un grupo de periodistas, que no esperó a que llegara a ellos para lanzarle la primera pregunta:

—¿Qué hará ahora Mister Not Guilty?

—No guardo rencor a nadie —aseguró Abrego—, y estoy más ansioso que nunca de servir a la sociedad, de ayudar a resolver los problemas de la comunidad.

—¿Va a entrar en la política?

—Bueno, todas las opciones están abiertas —sonrió—. Ah, como ustedes saben, he demandado a la Fiscalía del Estado de la Florida y al Departamento de Policía de Miami-Dade por los infinitos sufrimientos infringidos a mí y a mi familia, y las imborrables secuelas que han dejado en nosotros. No lo hago por el dinero. De hecho, una buena cantidad la donaré a la familia del agente carcelario que falleció, porque él es otra víctima del sistema. Lo hago para llamar la atención sobre todas las injusticias que se cometen por motivos, a veces personales, de políticos y funcionarios más preocupados por mostrar un supuesto buen expediente que en servir a la sociedad. Cuando la Florida tenga que pagar unos milloncitos del dinero de los contribuyentes, no creo que los funcionarios responsables de casos mal llevados, como el mío, obtengan ni un solo voto en sus aspiraciones políticas, ¡y ustedes saben a quiénes me estoy refiriendo! Ahora, discúlpenme, necesito estar con mi familia —dijo, posó por última vez para las cámaras de la televisión y los fotógrafos de los diarios, hizo con los dedos la V de la victoria, y se alejó.

Mientras avanzaba entre las personas que le sonreían y lo felicitaban, en busca de su esposa, Abrego se dijo que, como hombre de palabra, tenía que enviar el dinero prometido a la mujer de Flores en Cuba. ¡Joder, el mexicano casi deja que me maten! No es fácil meterse un tiro, pero de todas maneras el cáncer se lo estaba comiendo, ¡y habíamos hecho un trato, ¿no?! Bueno, calma, nunca más, nunca más. ¿Cuán descontrolado estabas que no te pudiste contener con un niño de tu propio barrio? Cuando tengas tus urgencias, haz lo de siempre: un viajecito de “trabajo” a Bolivia, Perú, Guatemala… Ahí están los niños de la calle. Y ahora, sonríe y saluda, que eres un hombre libre.



SU NOMBRE EN UN CARTEL
– LORENZO LUNAR –

Fue un puntazo frío. Con música de fondo. En un callejón oscuro de la ciudad. Los fuegos artificiales a lo lejos, como el ritmo de la orquesta. El corito: “Menea, menea, menea tus caderas, María...”.

El rostro descompuesto, el cigarro colgándole de la comisura de los labios, el olor a sudor mezclado con cerveza. “Coge, pa’ que aprendas a ser hombrecito”. Un punzonazo en el abdomen, unos centímetros a la derecha y encima del ombligo. Eso debió sentir Eusebio. Después, la muerte.

El cuerpo lo encontraron al amanecer. En medio del charco de sangre coagulada. Una mano (los dedos rígidos) intentando aferrarse a la pared. Última expresión de la agonía. Y la frase (la palabra, el nombre de mujer) escrita con sangre en el muro: MARÍA.

La idea de escribir este cuento nació de una conversación con Alexis. Alexis es policía y quiere escribir literatura negra. Tomábamos café y yo trataba de explicarle lo que busco al escribir una historia policial. “No es el criminal lo que más le interesa al escritor, negro, ésa es la diferencia con el policía. El escritor investiga dentro del hombre y el policía se queda en las acciones exteriores. Cuando descubre al culpable el caso se cierra. ¿Te has puesto a pensar cuántos misterios quedan dando vueltas en torno a un crimen cualquiera después de descubierto el culpable?”. Entonces se me ocurrió ponerle el ejemplo del asesinato de Eusebio.

Al asesino no costó trabajo encontrarlo, él mismo se entregó. El móvil, de lo más verosímil en una ciudad como ésta: un simple cigarro que Eusebio le había negado por la tarde. El intercambio de palabras que se convirtió en amenaza y la pública sentencia de muerte ejecutada casi de inmediato. Sin embargo, hay un misterio: el cartel, el letrero. El nombre de María escrito con sangre en la pared. Eso, de la misma manera que impresionó a todos durante los primeros minutos y hasta fue considerado por la policía una pista importante, luego quedó como simple escenografía del lugar de los hechos, nada más.

Alexis conocía el caso de Eusebio tan bien o mejor que yo. “María es la exnovia”, dijo como si eso fuera una explicación. Yo le sonreí con aire de superioridad y le dije:

—Lo que pasa es que ustedes los policías no saben nada de análisis de texto, negro.

Ese asunto de la superación profesional es algo muy importante. Digamos que uno, con el pretexto de un posgrado de Técnicas de la Narrativa, se coge un mes fuera de la jodienda de la editorial y este libro que está para meterlo en imprenta, y aquel que hay que terminar de corregir, y el otro que tienes que discutir con el autor porque al jefe le parece un poco violenta aquella frase en la que se refiere por igual al Partido y a la Iglesia católica.

En realidad, el posgrado es un vacilón porque lo imparte una filóloga que, para hacerle honor a su título, es rubia y tiene buenas nalgas. Son apenas dos horas de la mañana, el resto del tiempo queda libre incluso para escribir un cuento —quizás este cuento—. Y lo más importante, uno se pertrecha de cierto vocabulario técnico que permite luego sorprender a las profesoras de humanidades, impresionar a las estudiantes de Letras y deslumbrar a las chiquillas existencialistas que frecuentan el Club Paradiso.

El trabajo final que nos orientó la rubia completó la idea de este cuento: análisis narratológico de un texto. Agustín me dijo con su habitual picardía que su trabajo lo iba a titular “Breve disección de un textículo”. “Voy a hacer el análisis del cuento El dinosaurio, de Augusto Monterroso”. “Yo voy a analizar un texto más breve que ése”, le dije.

Teniendo en cuenta que durante los últimos tres años de su vida Eusebio tenía como norma emborracharse, hablar mal del Gobierno y visitar el taller literario de la Casa de la Cultura, podemos otorgarle el título —post mórtem— de escritor. Así pues, aquel nombre de mujer escrito con sangre en la pared puede considerarse su última obra literaria. (El asunto no es compartir o no una tesis, sino utilizarla para un fin determinado. En uno de sus últimos ensayos, el poeta Alberto Sicilia trata de explicar cómo la intención, la pose y hasta la impostura del autor son factores determinantes para demostrar la literaturidad de un texto). Sin dudas un texto brevísimo, más breve que el de Monterroso. Más breve que cualquier otro que haya intentado alguien escribir. Sin título, apenas una palabra, un nombre de mujer.

El trabajo que presento a continuación es, sencillamente, el análisis narratológico de un texto. Las razones por las cuales he seleccionado éste son estrictamente personales, explicarlas no debe aportar nada a quien tenga que emitir una evaluación sobre mis conocimientos. Sobre la cuestión de si es un cuento o no, vale la pena explicar que el texto está indisolublemente ligado al contexto. María, que así es como llamaremos a la obra objeto de análisis, es un cuento en el contexto en que se escribió, y conocer este es lo que nos permite analizarla como tal.

Esto podía leerse en la primera hoja de mi trabajo final del posgrado de Técnicas de la Narrativa. Cuando Alexis comenzó a hojearlo, sentado frente a mí en la sala de mi casa, intentó una sonrisa tímida. Yo imaginé a la profesora rubia acomodada en su sofá, preparándose para leer. Un cigarrillo en la mano derecha y la música saliendo del tocadiscos.

Para el estudio literario de cualquier texto narrativo es necesario hacer una serie de abstracciones que permitan el análisis por separado de todas y cada una de las categorías narratológicas que interactúan simultáneamente en el mismo. Es por esto que tomaré la licencia de dividir en dos partes el trabajo: primeramente, el plano ideotemático y, luego, el plano estructural.

El análisis del plano ideotemático de este texto, como el resto del estudio que de él se hará, tiene el encanto de una investigación policial, y no solamente porque la fábula que nos narra sea una historia negra, marginal, sino porque toda pesquisa científica siempre tiene este matiz.

María —sobre el título de la obra ya se profundizará cuando se analice el plano estructural— nos cuenta una historia ubicada en el cercano contexto de la Cuba actual, tan cercano que el escenario geográfico es nuestra ciudad (La Ciudad) durante una de las noches del último carnaval (1999).

Es importante destacar que el autor del texto, Eusebio Ramírez Portal (1964-1999), era natural de La Ciudad. Poeta y narrador, perteneció al taller literario Leopoldo Ávila y durante su carrera literaria fue galardonado con diversos premios a nivel municipal y provincial.

La historia de María es intensa y llena de sugerencias, con cientos de aristas ocultas que conforman un misterio descifrable sólo fuera de ella misma. Este cuento es una vigorosa fotografía que quiebra sus propios límites, que irradia una energía más allá del texto escrito, más allá de la apropiación que el lector haga del argumento.

Un hombre es apuñalado una noche de carnaval en una esquina de La Ciudad. Este hombre, en el momento de la muerte, escribe con su propia sangre un nombre en la pared: María.

María había sido su novia. ¿Es éste el centro de la fábula? Podría tenerse en cuenta también que el asesino, un conocido marginal con antecedentes penales por varias causas, se entregó casi inmediatamente. Que confesó haber matado al hombre porque un rato antes le había negado un cigarro en público. ¿Queda algo más de esta historia? Queda más, mucho más. Lo que ocurre es que la anécdota no está explícita en el texto. Pero puede suponerse la traición de María, el desencanto del hombre que busca la muerte como una bendición —como en los más tremendos boleros— y que la enfrenta, estoico, en una esquina oscura de La Ciudad, una noche de carnaval.

—Eso lo sabes tú porque vives en La Ciudad y conocías a Eusebio. ¿Tú crees que una persona de Camagüey, por ejemplo, pueda darse cuenta de todo eso con sólo leer el nombre de María escrito en la pared? —fue la reacción de Alexis.

—Un lector profano, no. Claro. Acuérdate de que estoy haciendo un análisis narratológico de un texto y lo que más abunda por las calles no son gentes que se preocupen por la narratología. De hecho, María es una obra para cierta élite, no es un cuento popular. A pesar de la violencia de la historia, por sus códigos interiores, es un cuento que podría inscribirse, según la división de Arturo Arango, entre los exquisitos: códigos enrevesados distantes del alcance de la media de los lectores, ausencia aparente de la anécdota y oscuridad del superobjetivo. Sin embargo, es posible, si ese lector de Camagüey tiene buena vista y conocimiento sobre análisis de un texto, que se apropie de alguna parte importante de la historia que le permita construir su propio cuento. Eso es la polisemia, ¿no? En definitiva, ¿cuántas cosas querría decir Cervantes en el Quijote que ahora nosotros nos estamos perdiendo simplemente por lo alejados que estamos de aquel contexto?

La filóloga garabateó algo sobre la página tres de mi evaluación final, colocó el cuadernillo sobre la mesita, se puso de pie y caminó hasta el tocadiscos. Nuevamente se hizo la música. Prendió otro cigarrillo y de vuelta al sofá continuó la lectura. Ahora sentada.

Tema, asunto y argumento; estas categorías generalmente definibles una de las otras, en el texto que nos ocupa se superponen ocultándose como la misma historia. ¿Es María un cuento que tiene como tema la traición? ¿El asunto es cómo puede morir alguien una noche cualquiera de carnaval? ¿Es el argumento ése que expuse anteriormente, o lo referido es sólo una parte de él?, ¿o simplemente no es ése?

La insuficiencia del análisis del plano ideotemático es evidente. Sobre todo cuando se trata de una obra literaria de estas características. Y es que un cuento, en última instancia, se mueve en ese plano donde la vida y la expresión escrita de esa vida libran una batalla fraternal. El resultado es el cuento mismo. Resulta entonces imprescindible el estudio de las categorías internas del texto.

María es una obra sui géneris. Una sola palabra: MARÍA, escrita (en mayúsculas) sobre una pared. Sin título. Si nos atreviéramos a transcribir el texto sería solamente esto: MARÍA. Obviando, lógicamente, la caligrafía trémula. Sin punto final.

Hay una cosa cierta. Eusebio no tenía otra pretensión al escribir el nombre de María en la pared que no fuera dejar testimonio de algo. Resulta bastante difícil creer que en el momento de la muerte alguien esté preocupándose por cuestiones estilísticas. Además, su literatura siempre fue así. En los debates literarios generalmente se le criticaba su distanciamiento de lo formal en busca del mensaje. Sin embargo, ¿cuál es el mensaje del cartel?

Elemento fundamental para dar respuesta a la pregunta anterior es descubrir una nueva superposición de categorías en el texto. Autor, narrador y personaje protagónico son una misma voz. Eusebio se convierte en una triple entelequia. Una triple angustia lo conduce a escribir el nombre de María en la pared en el momento de su muerte.

A los pocos minutos de encontrar el cadáver, ya una historia andaba en las bocas de las viejas de La Ciudad. “Pobre muchacho, en el momento de la muerte escribió el nombre de su novia en la pared, ¡cuánto la quería!”. Las viejas de barrio son así, su formación estética no pasa más allá de las novelas que trasmiten a las diez de la mañana por la emisora provincial, sus mentes no pueden generar otro tipo de historia. Tampoco pueden tener lucidez para hacerse las preguntas siguientes: ¿si amaba tanto a su novia, por qué no estaba con ella en la noche de carnaval? ¿Por qué andaba borracho y perdido por una calle oscura y solitaria? Contestarlas les podría causar un gran desencanto, además de un derrame cerebral.

Lo cierto es que quienes conocían a Eusebio, y a María, sabían que ése no podía ser el mensaje. Algunos se preocuparon durante un rato. ¿Sería una acusación? ¿El nuevo novio de María sería el acuchillador de Eusebio? Todavía estaba fresco en la memoria de la gente el escándalo de Eusebio frente a la Casa de la Cultura el día que María le dijo que no podía seguir con él, que no aguantaba más sus bebederas con el grupo en la esquina, hablando basura, y mucho menos las broncas con cualquiera y por cualquier motivo. Que ella lo que quería era tranquilidad.

Inolvidables las borracheras depresivas de Eusebio y la golpiza que le dio a María cuando se enteró de que ella andaba con Yoelito, el instructor de teatro. La gente estuvo esperando la bronca de los dos, pero se sabe que María le pidió a Yoelito que no le hiciera caso a Eusebio. Por el bien de los tres.

Pero Eusebio continuaba, y aquella ofensa se convertía en un lugar común: ¡María, puta! Al pasar frente a la casa de ella: ¡María, puta! Cruzándose en la calle: ¡María, puta! De un extremo a otro del parque de La Ciudad: ¡María, puta! Interrumpiendo el programa de la radio base de la Casa de la Cultura: ¡María, puta! Y el comentario permanente en cada tertulia: ¡Esa puta me pegó los tarros...! ¡María, puta! ¡María puta! Y la primera noche de carnaval, gritándole por toda la Calle Central junto a la carroza donde ella bailaba: ¡María, puta! ¡María, puta! Como una idea fija. Un motivo permanente. ¡María, puta!

Por eso en los primeros instantes la gente relacionó la muerte de Eusebio con María. Pero cuando el asesino se entregó y explicó todo, pocos continuaron haciéndose la pregunta: ¿por qué su nombre escrito en la pared? ¿Cuál sería, entonces, el mensaje?

Es que la gente sólo tiene ojos para ver las relaciones directas, las vías amplias y despejadas. ¿Pero son çstas las que pueden conducirnos a la luz?

Tema, argumento, personajes, acción, conflicto, ambiente y contexto. De cierta manera he ido vinculando estas categorías que, al decir de Grove y Bauer, son las que definen al cuento moderno y gracias a ello se han descorrido algunos de los múltiples velos que envuelven en el misterio a éste, como a todo cuento que se respete. (Un cuento sin esos velos simplemente no es un cuento).

Pero decía al inicio que este tipo de análisis se me antoja semejante a una investigación policial. Entonces uno vuelve al principio: el nombre de María escrito en la pared. Y aunque el investigador va teniendo alguna luz sabe que algo falta por analizar.

Estilo. Ahí está la clave. Usted podrá pensar que me contradigo. Si ahorita explicaba que el texto póstumo de Eusebio tenía el super objetivo de dejar un testimonio y que en el momento de la muerte es bastante improbable que alguien se esté ocupando de cuestiones estilísticas, ¿cómo voy ahora a apoyarme en el estilo como la categoría que me abrirá las puertas al análisis final? Es que yo también tengo mi estilo y la literatura policial me atrae como una tentación. Aquella pista falsa, o insignificante, es la que generalmente en las buenas novelas policiales conduce a la verdad. Sin engañar al lector. Le garantizo, profe, que yo tampoco lo haré con usted.

Eusebio no tenía tiempo para ocuparse del estilo, pero el estilo es circunstancial. María fue un texto circunstancial. Eusebio tenía que dejar un mensaje. Escribió el nombre del destinatario. En estos tiempos es muy común sustituir las palabras por signos más rudimentarios: Eusebio podía haber dibujado en la pared un corazón en lugar del nombre de María. No lo hizo, sabemos que ése no era su mensaje. También pudo haber dibujado otra cosa, escrito otra cosa. Pudo no haber escrito nada y hubiese sido lo más normal. Pero Eusebio quería dejar un mensaje escrito, nunca pensó en dejar un enigma. De haberlo pensado entonces hubiese escrito: MARÍA... (con esos tres puntos). Por lo tanto es evidente que Eusebio iba a continuar escribiendo, pero... ¿No cree usted, profe, que ya es bastante?

La filóloga sonrió mientras apagaba el cigarrillo en el cenicero. El tocadiscos sonaba con música brasileña; ella había regresado unos meses antes de Río Grande do Sul donde trabajara como cooperante. Garabateó un cinco en la portada de mi cuadernillo y comenzó a cantar con el tocadiscos Mañana de carnaval.

—¿Y entonces, qué era lo que iba a escribir Eusebio? —me preguntó Alexis.

—Ustedes los policías no saben nada de análisis de texto, negro —le contesté.



UN CASO DE RODRÍGUEZ
– EDUARDO DEL LLANO –

Vinieron a buscarlo al tercer día. Una señora del CDR lo había visto entrar y avisó a las autoridades. No lo denunció antes porque primero tenía que resolver unos trámites en la embajada de España.

Lo atendió el mayor Rodríguez, un tipo alto y achinado con cara de buena gente que lo miró diez largos minutos en mudo reproche.

—Que no seas revolucionario, va y pase —dijo al fin—, pero ¿tú no eres patriota?

—Me considero bastante patriota, sí.

—Entonces explícame por qué hiciste lo que hiciste.

Nicanor suspiró.

—Creo que se explica por sí solo.

—No, no se explica para nada —gruñó el oficial—. Si el porqué de robarse una pieza del camión de Fast Delivery que usaron los estudiantes el 13 de marzo del 57 para asaltar el Palacio Presidencial es algo tan obvio y no está en abierta contradicción con el patriotismo, entonces yo debo ser un imbécil. ¿Me estás llamando imbécil?

—No —dijo Nicanor con suavidad.

El mayor hizo una mueca y siguió mirándolo sin hablar. El detenido le sostuvo la mirada hasta que se aburrió. El otro sonrió, satisfecho de su victoria.

—Tengo que admitir que tienes cojones. Ni siquiera te esfuerzas en negarlo.

—¿Y por qué lo negaría? Me vio Georgina, la del CDR. Es una señora seria. La conozco bien, incluso he estado en su casa. El nieto me vendió langosta un par de veces.

Rodríguez tomó nota. Mental.

—¿Y para qué lo hiciste?

—Tengo un Ford del 54. Se me rompió hace dos semanas. Con una pequeña adaptación, el alternador que me robé le sirve.

—O sea, que antepones los intereses personales a la salvaguarda de la honra y la gloria de la nación.

—No sé si hago eso. Pero el carro apenas lo uso para mí. Vaya, en los últimos cinco años sólo lo he usado para llevar a la vieja al médico. Tiene el sistema inmunológico muy bajo y coge infecciones de na. Como está la gasolina, no puedo permitirme sacar el carro pa otra cosa.

—No sabía lo de tu madre.

—Pues sí, es por la vieja. Muy amiga de Georgina.

Rodríguez desvió la mirada. Creía conocer la ciudad y sabérsela toda. Creía conocer a los seres humanos, delincuentes o no. Pero mentira, siempre encontraba situaciones que lo sorprendían.

Este Nicanor era de poca monta, eso se veía. Un ladrón curtido tendría mejor montado su número. Como Angelito, aquel hijo de puta al que se la tenía jurada y que llevaba años tratando de agarrar, pero el muy tarrú siempre se escabullía. Angelito era el Lupin local.

—A nivel humano puedo hasta solidarizarme contigo, vaya —confesó—; por otra parte, soy un mayor de la policía, y tú has robado propiedad estatal que, además, tiene valor añadido por ser parte del patrimonio histórico. Tenías que haber pensado en eso antes de cometer el delito.

—No, si yo lo pensé —dijo Nicanor—, pero no tenía opción. No tenía.

—No me jodas con eso. La gente les adapta partes de Lada a los carros americanos, canibalea vehículos estatales, revende piezas. Aquí mismo en la estación, tenemos… pero bueno, eso no te importa. No me digas que tu carro necesita un alternador tan específico.

—Necesita un alternador muy específico. El único carro que conozco que tenía uno igualito era el camión de los héroes, así que era ése o nada. Y aunque hubiera aparecido por la izquierda, no tengo dinero para comprarlo.

—Claro —bufó el policía—, no hay dinero, y qué rico, a robar.

—Bueno, por eso es precisamente que se roba.

Rodríguez decidió cambiar de táctica.

—Lo que trato de explicarte es que hay toda una gradación de robos posibles, incluyendo algunos frente a los cuales podría hacerme de la vista gorda. También soy un ser humano. Y mi vieja también está jodida.

—¿De la circulación?

—No. Vive en Niquero. Pero es que coño, tú has ido a lo más grave. Ese camión ya no es un camión, sino un símbolo. Y nos pertenece a todos.

—Bueno, pues yo fui y cogí mi pedacito.

—¡Es que ese alternador no era tuyo, nadie te dijo que te tocaba! Todo el camión es de todos. Representa la rebeldía nacional.

—Y la sigue representando sin alternador. Nadie se va a fijar en eso. Si me hubiera llevado, qué se yo, el chasis, la carrocería, las ruedas, incluso el timón, bueno. Pero sigue teniendo el aspecto de un camión bueno para asaltar palacios presidenciales.

—Contigo no se puede discutir —dijo Rodríguez, y salió. En realidad fue al baño, pero no explicó lo que hacía para que el otro se pusiera nervioso. El dominio de sí mismo que mostraba Nicanor resultaba casi obsceno.

Bien mirado, no es autoconfianza, sino resignación, se dijo el mayor mientras orinaba, virilidad en mano, cuidando de no rozar el inodoro. Resignación. La gente como Nicanor delinque hoy día no porque tenga alma criminal, sino porque los hemos llevado a ver el delito como una opción normal, práctica, una estrategia de supervivencia cotidiana. Nadie subsiste en este país sin comprar carne en el mercado negro, sin revender el café, sin cemento robado. Yo mismo azulejeé el baño de Xiomara con lo que me vendió Estrada, el prieto del Barrio Obrero. Me dijo que los azulejos se los dejó en herencia un tío de Nueva Gerona, así que tenían valor sentimental, y me clavó con el precio. Qué hemos hecho, concluyó Rodríguez, sacudiéndose el miembro para escurrir las postreras gotas, y por qué empleo el plural si en definitiva yo no hago más que cumplir órdenes.

Nicanor seguía sentadito en la silla, mirando a la pared.

—Eres periodista.

—Trabajo para un periódico. Soy fotógrafo, aunque he escrito alguna que otra cosita.

—O sea, que eres una persona instruida. Un profesional. Y, por lo que veo, también un profesional del robo. ¿Cómo te las arreglaste para sacarle el alternador al camión, a la vista de todos?

—Me disfracé de fumigador contra el mosquito, y dije que se había detectado un foco dentro del camión.

Un buen truco, admitió Rodríguez para sí. Y volvió a pensar en Angelito. Su archienemigo no tendría ese refinamiento, pero es que en primer lugar no se robaría el alternador del camión. Resultaba mucho más probable que se robara el camión entero para venderlo por piezas, o a algún millonario de afuera, coleccionista y excéntrico.

—¿Qué hago contigo, Nicanor O’Donnell? —se preguntó Rodríguez, histriónico—. Mira, devuelve el alternador y vamos a hacer como que no pasó nada. Eres un buen tipo, no tienes antecedentes, y al hombre que se equivoca hay que darle una oportunidad…

—Sí, pero si me hace devolver la pieza, volveré a robármela —advirtió O’Donnell lealmente—, tengo que garantizar los turnos de la vieja con el médico…

Rodríguez pestañeó con incredulidad, y soltó una risa que parecía un jadeo.

—No seas bruto, coño. Si te meto preso, igual te quitaría el alternador, y ahí sí que no podrías hacer nada por tu señora madre.

—Es que no hay nada que hacer. El único alternador que me sirve es ése, ya le dije. Si me ayuda a encontrar otro en La Habana, le prometo que no vuelvo a tocar el camión de José Antonio Echeverría.

—Pero ¿tú te piensas que yo no tengo nada mejor que hacer que resolverte un alternador? —rugió el mayor, elevándose ante el detenido como un genio encabronado ante Aladino—. ¿Qué carajo tú te piensas que soy yo, chico, un negociante, un merolico, uno que trafica con la propiedad del Estado? Mira, alégrate…

Asomó Bolaños, el sargento de guardia. Cuadrado. Es decir, se cuadró militarmente al entrar.

—Permiso, mayor. Hay información urgente, que…

—Hable.

—Le traigo una noticia buena y una mala —clasificó Bolaños, con cierta satisfacción—, usted me dirá…

—Primero la buena.

—Hemos localizado a Angelito. El agente Montero lo encontró en Arroyo Arenas, en casa de una querida, una tal Xiomara.

Rodríguez palideció. Xiomara. Arroyo Arenas. No podía ser. Esa mulata no podía ser tan singá… Claro, con razón Angelito no aparecía. Es lo jodío de la quinta columna, viene a ser como un parásito que te come por dentro. No se te puede olvidar proponer a Montero para un ascenso, se dijo.

—Vamos ahora mismo.

—Y ahí cae la mala noticia —continuó el sargento—. El capitán Artiles se llevó todo el parque automotriz de la unidad, para otra operación en gran escala. Órdenes superiores.

Rodríguez soltó un gemido. Era demasiado bueno para ser cierto. Angelito y Xiomara no podían caer junticos, el mismo día. Podía cazarles la pelea, claro, pero lo rico era cogerlos ahora, mansitos, y partirles los cojones. A los dos.

—Yo tengo mi Ford parqueao afuera —dijo Nicanor.



FANTASMA
– EMERIO MEDINA –
I

La fiesta en la facultad, el título nuevecito con mi nombre en letras doradas, José Ignacio Villafruela Villavicencio, licenciado en Derecho. Todo el mundo sonriente, música, bailes, algo de alcohol, el mejor amigo del hombre en cualquiera de sus formas, aunque hay quien dice que es el perro, Eso es porque nunca se han emborrachado bien, doscientos pesos reunidos, las mujeres contentas, se aprietan sin prejuicios, se dejan manosear, las tetas moviéndose, nosotros sin pena ninguna, que agarro aquí, aprieto allá, todos somos licenciados, abogados, entiéndase, doctores en Leyes, las nalgas se mueven delante, los cuerpos sudados, sin ajustadores, el decano también se ha puesto a bailar, alguien pide rumba y le dan rumba, dicen hasta abajo y hasta abajo todo el mundo, todos abogados, último día del curso. Último día, una rubia se me pega, yo borracho, es Ninette, la del Vedado, la verdadera rubia, toda sudada, Arnoldo la está halando y ella que no, se despega y viene hacia mí, Hasta abajo, dice, y yo hasta abajo, después no puedo subir, ella me hala, sin ajustadores, estamos en verano, pulóveres blancos, me besa en la boca, empiezo a ver claro, Mañana hay una fiesta en mi casa, Mañana entonces, Mañana, están llamando a los graduados. El decano va a decir unas palabras, todo el mundo borracho, Ninette borracha en el descansillo de la escalera, pero no tanto, No tanto. El decano terminó de hablar, llaman para la guagua, Los albergados tienen que irse ya, se va la guagua, Ninette me da un beso, Mañana, me dice. La guagua coge por Línea, el albergue, mi cama está ahí mismo, el título lo pongo en cualquier parte, dormir, dormir, dormir.

Hubiera dormido toda la noche, toda la noche y el día siguiente, pero no puede ser, algo me despierta, una claridad al lado de la cama, los contornos del cubículo delineándose, los ronquidos de los orientales suenan lejos, y esa luz en el cuarto, miro al piso. No lo puedo creer, me pellizco tres veces, cierro los ojos y los abro despacio, está allí, un hombre, un muerto, porque se ve que está muerto, tirado en un charco de sangre, en esa claridad que deja ver cada detalle, las botas con hebillas brillantes, nunca las he visto así, los pantalones con tirantes, la camisa blanca manchada de sangre, mangas largas con ribetes de encaje en los puños, un hombre joven, el pelo negro y lacio, el rostro vuelto hacia mí, los ojos cerrados. Tengo que asustarme, y me asusto, pero no tanto como yo mismo quisiera, me levanto de la cama, despacio, hacia el interruptor, el muerto está ahí, el clic tan fuerte, como un chasquido de carne abriéndose, de sangre brotando a chorros, las lámparas tardan en encenderse, parpadean y se hace la luz. El muerto ha desaparecido, ni gota de sangre en el piso, pero hay algo, un pergamino, letras doradas, algo conocido, Qué hace mi título aquí, qué broma es ésta, mi título en el lugar del muerto, no recuerdo bien dónde lo puse, se me cayó tal vez cuando entré. El muerto era otra cosa, un fantasma, el alcohol se sube a la cabeza, Juro no tomar más.

Alguien despierta, Qué haces, Ignacio, qué le voy a decir, Vi un fantasma, Estás borracho, acuéstate, Lo vi de verdad, estaba aquí, Un muerto dices, Bien muerto, Por dónde se fue, No lo sé, encendí la luz y desapareció, Tenías que haber visto por dónde, Qué tiene que ver, Ya es tarde, las cuatro, acuéstate que mañana vemos lo del muerto, tienes que recordar por dónde se fue, Te digo que lo vi, estaba aquí mismo, Apaga la luz y no jodas más, para eso tomas. Qué puedo hacer, apago la luz y me siento en la cama con el título apretado sobre el pecho, Un fantasma, quién lo hubiera creído, el primer fantasma de mi vida, dicen que el primero nunca es malo, quién sabe si éste se traía algo entre manos.

Todo el mundo sabe del fantasma. Viene mucha gente a ver el cuarto, Un fantasma en el albergue cinco, empiezan a hacer cuentos de cuando la escuela al campo, Vieron un ahorcado en una mata de jobo, una vieja que salía vestida de blanco, una mujer con un gato negro, tantas cosas, toda la mañana en eso, Se ve que son de Holguín, aquí en La Habana no se ven esas cosas. Cómo explicar todo, Yo lo vi, estoy seguro, Estabas borracho, la resaca da eso, Por dónde se fue, Otra vez con lo mismo, qué sé yo por dónde, se fue y ya, me voy a almorzar.

El arroz está duro, y yo pensando en el fantasma, Mucha sal el picadillo, por dónde se iría, Ninette me dijo que la fiesta iba a ser por la tarde, Ir o no ir, si se entera de lo del muerto, Vamos, Ignacio, hay una fiesta en la casa de la rubia, para orientales también, ella no está en eso, Entonces invitó a más gente, no voy a quedarme solo en el cuarto, Espérenme que me voy.

Una fiesta es una fiesta. Los padres de Ninette hicieron bien las cosas, comida abundante, gente sencilla, Éste es Ignacio, el marqués de Aguas Claras, Por qué marqués, No ven que tiene un nombre de ésos, don José Ignacio Villafruela y Villavicencio, grande de Holguín, sangre directa de los reyes de España, Este muchacho va a ser alguien en oriente, ya lo verán en los periódicos. Los padres de Ninette son de Santiago, empiezan a preguntar, hace tiempo que no van a oriente, gente buena de la tierra, han tenido suerte, Ninette nunca lo había dicho, Te lo tenías callado, Mejor dime tú cómo fue eso del fantasma, Qué fantasma, ya alguien te vino con el cuento, Anda, chico, dime, No fue nada, estaba tirado allí, desapareció cuando encendí la luz, Por dónde se fue, No sé, todo el mundo pregunta lo mismo, Ay, chico, olvídate de eso, vamos para el balcón. Ella me besó en la boca, dijo que era muestra de afecto, Tú siempre me has gustado, Ignacio, Lo dices ahora, ya mañana me voy, No importa, bésame.

En casos así la vida puede cambiar de pronto. No es que no quiera volver a Holguín, pero con una muestra de afecto como ésa cualquiera puede tambalearse, Si quieres me quedo, Qué vas a hacer aquí, ni siquiera tienes casa. Ah, claro, la casa, las veinte razones del alquiler, los cuartos estrechísimos, Yo pudiera vivir en un solar de ésos, hay unos cuarticos baratos, yo pudiera vivir ahí, Pero yo no, dice Ninette, y con eso queda todo claro.

Hay otras muestras de afecto esta noche, gente llorando y cosas así, Se nos van los orientales, cinco años juntos, regresan a la tierra, todos graduados, Perdóname por decirte guajiro, No importa, eso es lo mejor que tengo, Vuelvan un día por acá, Se van en tren o en avión, Holguín está tan lejos, Vuelvan por acá un día. Ninette está llorando, Te vas mañana, Ignacio, Me voy. Los padres nos despiden en la calle, Ninette triste, yo triste, Adiós, Ignacio, Adiós, Ninette. Quién sabe, a lo mejor un día nos vemos.

II

El primer día de trabajo nunca se olvida. Es septiembre y llovizna, el director del bufete dice unas palabras de bienvenida, Un nuevo profesional asume su responsabilidad ante la sociedad y se incorpora a trabajar con nosotros, le deseamos éxitos en el trabajo futuro, le garantizamos todo el apoyo necesario, aquí se va a sentir como en su casa. Por primera vez me dicen “licenciado”, me tratan bien, Ésta va a ser tu mesa. La oficina no está mal, una ventana con vista al patio, Te gustó La Habana, Me gustó, pero Holguín es mejor, es más limpio, Más limpio, sí, y menos bulla, Más limpio, la bulla es la misma, Vamos a almorzar, Vamos. Dulce felicidad la del que empieza, suerte de principiante dicen cuando Mayelín me sonríe en el comedor, ella que no se ríe con nadie, Le has caído bien, Ignacio.

Mayelín se pasa todo el almuerzo mirándome, habla con alguien y me mira. Eso es tuyo, Ignacio, te lo digo yo, suerte que tienes, muchacho. Hay que ver cómo la gente se preocupa, todo el mundo sabe lo de Mayelín, Viste cómo miraba al nuevo. Ella no está nada mal, mulatica clara de Mayarí, yo con acento habanero, Ignacio, verdad, Ignacio, Te gusta esto, Me gusta, me gusta, me gustas tú, Mayelín sonríe, Todos los hombres son iguales, no pierden el tiempo, Todos los hombres sí, de Mayarí dijiste, De Mayarí, Todas las mujeres son lindas allá, Todas no.

Duermo temprano, demasiadas cosas para un solo día. Una claridad conocida me despierta como a las doce, Será posible, miro al piso y lo veo, mi fantasma conocido, la misma pose, la misma sangre, tan muerto como la primera vez, primero el susto, el corazón latiendo, No te vas a escapar. Valiente Ignacio, nombre de marqués, sangre directa de los reyes, no han visto a un hombre abalanzarse sobre algo, Te tengo, pero nada, el esfuerzo ha sido en vano, se esfumó en el aire. Me pregunto por dónde se fue, debe tener un plan B, eso no falla. Mi madre se asoma, Qué pasa, Ignacio, Nada, vieja, Qué haces en el piso, si está oscuro, muchacho, Nada, vieja, un baile nuevo, Acuéstate, Sí, vieja, hasta mañana.

No se ve dos veces el mismo fantasma, éste quiere algo. Mayelín también quiere algo, está esperándome en la entrada del bufete, Hola, Ignacio, Hola. Me besa en la boca y yo como un poste, así de fácil, En Mayarí todas las mujeres son así, Todas no.

No le digo nada del fantasma, va y se asusta y se echa todo a perder, no todas las mujeres te aguantan eso. Un mes saliendo, Ésta es mi mamá, Hola, cómo está, Esta es Mayelín, De dónde, De Mayarí, va a vivir aquí conmigo, Pero…, Ignacio, mijo, Ya lo decidí. Qué puede hacer una madre, qué puede hacer.

Un año exacto viviendo juntos, el amor es una bendición, Estoy embarazada, dice Mayelín cuando estamos sentados a la mesa. Yo contento, mi madre también contenta, Bien, niño o niña, Vamos a ver mañana, vamos a ver.

Esta noche ha vuelto el fantasma, Despierta, Mayelín, Déjame dormir, Que hay un muerto aquí, Déjame dormir que tengo turno en el policlínico, Un muerto te digo, No me fastidies. Tengo que enfrentar el problema solo, qué se hace en estos casos, sólo puedo mirar, Qué quieres, como si los muertos hablaran, una hora mirándolo, él allí, bien muerto, Debo hacer algo, enciendo la luz y desaparece.

Vienen noches iguales, Como si no tuviera nada que hacer, se ve que allá el tiempo sobra, las cosas con Mayelín se han puesto agrias, Te pasas la noche dando vueltas por el cuarto, en qué estás tú, Yo sin poder explicar, Un fantasma, digo, El único fantasma eres tú, me voy. Mayelín se va de la casa y del bufete, A Mayarí, le dice a la gente, empiezan a mirarme raro, yo sin poder defenderme, a quién le importa mi fantasma, Ella no es para ti, Ignacio, olvídala, Lleva un hijo mío adentro, coño.

Qué te pasa, te veo mal, me dice Jorge en El Níkel, Mi buen amigo Jorge, así que dejaste la universidad, Sí, chico, eso no da nada, En qué estás, Hago lo que puedo, qué tienes, te veo nervioso. Tengo que decirle todo a Jorge. No me jodas, chico, así que te inventaste un fantasma para mortificar a tu mujer, Lo mismo dice mi mamá, pero te juro que es verdad, Conozco a una gente, dice Jorge, aquí mismo en Frexes, número tal, dile que vas de parte mía, Yo soy un abogado, coño, yo no puedo, Claro que puedes, o ve a la policía.

Jorge tiene razón, no pierdo nada, cinco pesos, un tabaco y una vela. De parte de quién, dice el hombre, De Jorge, Qué Jorge, El de Nuevo Llano, Ah, Jorge, sí, claro, pasa. Sobre la mesita gira un ventilador, una silla frente a la otra, la vela arde a cubierto del aire pesado y caliente, no es septiembre por gusto, Tú vienes por lo del muerto, Cómo lo supo, Yo lo sé todo, no debes tener miedo, no es un muerto malo, Ah, los hay malos y buenos, qué importa eso si están muertos, qué pueden hacer, qué es lo que quiere de mí, Tu mujer se fue, Eso quería él, Eso, te necesita a ti solo, no a tu mujer, A mí entonces, para qué, Quiere que lo ayudes, Por qué no me lo dijo, Ellos no hablan mucho, no hablan nunca, Hubiera escrito en la pared, No seas bobo, eso sólo pasa en los cuentos, ellos sólo pueden aparecerse, el resto depende de ti, Qué debo hacer, Eso yo no lo sé, Dijiste que lo sabes todo, Eso no, hay cosas que nadie las sabe, ni siquiera alguien como yo, Estamos en las mismas, No digas eso, tienes que dejarte llevar, Eso qué quiere decir, Los muertos trabajan así, te ponen cosas delante, te ayudan a decidir, deciden por ti a veces, sólo debes hacer lo que él te diga, Cómo me lo va a decir, Ya te lo dije, déjate llevar, las cosas van a ir pasando solas, como accidentes, o como casualidades más bien, tienes que seguir el ritmo, como en un baile, más o menos un baile con un muerto, observa bien los lugares, los escenarios que aparezcan, habrá siempre algún mensaje para ti, Dices que no es malo, No lo es, te lo aseguro, Por qué me escogió a mí, Eso yo no lo sé, lo descubrirás tú mismo.

La conversación me ha abierto la curiosidad. Si es cierto lo que el hombre dice, el fantasma no me dejará tranquilo. Estoy obligado a ayudar, cualquier cosa que sea lo que el muerto quiere de mí.

Hay que ver la forma que tienen los muertos de hacer las cosas, para algo están muertos, y eso de trabajar con las mentes de la gente es algo que merece estudiarse, Cualquier día abren un curso de Muertología, cinco años en la universidad, diplomas diferenciados, muertólogo brillante, pero yo aprendí mi lección en cinco minutos, No sé cómo he venido a dar a la estación de ferrocarriles, El último para La Habana, la lista de espera es de eso, de espera. Un hombre me sacude por el brazo, dice que es el administrador, Usted es el pasajero número tal, ha ganado un pasaje gratis, cortesía de la empresa, promociones que se hacen, un nuevo estilo de trabajo, interesar al público, brindar un mejor servicio, hacer más con menos, todo por el cliente, autoplanificación económica, dirección por objetivos, normas isonuevemil aplicadas al transporte ferroviario, no hay que ir al extranjero para aprender, aquí lo tiene, destino Habana, salida a las ocho pe eme, totalmente gratis. La gente aplaude, Los cubanos aplauden por cualquier cosa, me pongo colorado, voy colorado por Aricochea, son las diez, no puedo irme para La Habana así como así, yo tengo un trabajo, eso significa responsabilidad, hay un jefe por el medio, El director al teléfono, Soy yo, Ignacio, Sí, dime, Ignacito, te oigo, Es que tengo que ir a La Habana, es urgente, No te preocupes, si te hace falta dinero, No, dinero no hace falta. Debe haber otro mundo bajo el nuestro, o al lado, Un submundo, diría alguien, líneas paralelas, un espejo invisible donde nuestras acciones encuentran otras acciones en respuesta, leyes metafísicas inimaginables, casas y tiendas iguales a las nuestras, Falta saber si los precios son los mismos, el amor, el dolor, la esperanza, todo tiene allí su lugar adecuado, basta pegar el rostro a los cristales y cerrar los ojos, no es el cristal lo que importa, sino ese cuerpo gaseiforme del que hablan los poetas, los locos y los curanderos, el resplandor y la llovizna puestos a prueba dentro del maletín que ha comprado mi madre, Para qué, vieja, Por si te hace falta viajar de pronto, tú eres un profesional, no vas a ir por ahí hecho un desastre. Entiendo, demasiadas coincidencias, el pasaje gratis, el director tan atento, el maletín, podría escribir un cuento sobre eso. Permiso, al hombre le toca el asiento de la ventanilla, media hora sin hablar, después se presenta, o me presento yo, hablamos, el sueño me vence, aquí cada uno encuentra su propio ritmo, su rostro y su cristal, a mí lo mío, mi fantasma vuelve, hasta en el tren se me aparece, pero no viene solo, hay otra imagen, o la misma imagen en un close up abierto, el cuerpo es el mismo, y la sangre, pero al lado hay algo nuevo, un gran cuadro de dos por uno, un hombre viejo vestido a la moda de la colonia, un caballero español, barbilla prominente, bigote de Cervantes, peluca de Fernando de Aragón, todo en joyas, la espada guarnecida con diamantes, los ojos azules, la mirada terrible, asusta, despierto.

III

Ninette está en la estación, Cómo supiste que venía, Lo supe, no estás contento, Estoy, y este carro de quién es. El marido de Ninette es alguien, una firma extranjera, buen carro, apartamento en Miramar, Dónde está, Salió urgente para Shanghai, estaremos solos, tienes miedo, qué te pasa, Si llega de pronto, No te preocupes, Los vecinos..., Esto no es Holguín, aquí se conoce más fácil a los amantes que a los maridos. Primera noche juntos, A qué has venido, Ignacio, Qué le puedo decir, Vine por un fantasma, Qué fantasma, El mismo de siempre, Tú y tus fantasmas, Vine a trabajar, No hay trabajo en Holguín, Claro que hay, pero necesitaba cambiar de ambiente, Te puedo conseguir algo en una firma, No quiero firmas, quiero trabajar en la construcción. Hasta para mí suena extraño, pero tengo que dejarme llevar, eso fue lo que dijo el hombre de Frexes, eso es lo que hago yo. No eres tan bobo, dice Ninette, un abogado consigue casa rápido en la construcción, No quiero ir de abogado, Entonces de qué, De albañil, o de ayudante, Estás loco, pero qué les hacen a todos ustedes allá en Oriente, No voy a discutir eso, no hay por qué.

El jefe del contingente me trata bien, habla de la fuerza de trabajo fluctuante y de la necesidad de personal, de la rapidez en las contrataciones y la calidad de los trabajos. Demasiadas molestias por un ayudante de albañil, Ésta es tu cuadrilla, todos gente muy seria, estás en buenas manos, muchacho. El jefe de la cuadrilla me pone con la gente de demoliciones, no será por mi físico, por algo será. Me veo dando mandarriazos en las paredes de una iglesia vieja, No naciste para eso, dice un mulato grande, Te enseñaré cómo es, Los demás miran, toda una semana en eso.

Nos hemos quedado solos el mulato y yo, Vamos a terminar temprano hoy, esta pared se va fácil, ya sabes cómo es. Unos cuantos golpes y..., oh, milagro, una habitación oculta, Eso no está en el plano, aquí hay gato encerrado, Fantasma encerrado diría yo, Qué quieres decir, Nada, mejor vamos a buscar a los jefes, De jefes nada, esto es entre tú y yo. Lo dice con tanta fuerza que no se puede protestar, además del sólido argumento de la mandarria, Vamos a ver lo que hay aquí. No es gran cosa, sólo unos huesos organizados en forma de esqueleto, Éste debe de tener como doscientos años, Tú cómo lo sabes, Lo sé, dice el mulato, quieres el anillo o el crucifijo, No quiero nada, Espera, aquí hay un paquetico. Son papeles envueltos en cuero, el mulato me pone el paquete en el bolsillo, Llévate eso, aunque sea de recuerdo, ahora vamos a buscar a los jefes.

Otro muerto, dice Ninette, a ti te persiguen los fantasmas, Éste es de verdad, Dices que estaba en la iglesia, Sí, un cuarto secreto, Interesante eso. Ninette se mete en el asunto, tiene amistades entre los historiadores, El tipo que hallaste se llama don Alejandro de Alvarado, se desconocía su paradero, murió en 1820, pero no es el que se te aparece dondequiera, Ah, no, cómo lo sabes, Porque el muerto tuyo es joven, y éste murió de setenta años, No veo que tengan relación, Ni yo, vamos a comer que ya es tarde.

En la Habana Vieja a Ninette se le ocurre entrar a un museo, Anda, chico, vamos, No estoy para museos hoy. Ella puede ser muy convincente cuando quiere algo, me arrastra hacia el edificio colonial, Ves cuántas cosas, A éste yo lo conozco. Ninette se acerca al cuadro, Seguro es algún vecino tuyo, No, en serio, yo he visto antes esos ojos, Si es un cuadro desconocido, dónde puedes haber visto a este hombre, Lo vi en el tren, Dices que este caballero español venía contigo en el tren, no fastidies, Ignacio, Te digo que lo vi en el tren, cuando venía me quedé dormido, vi al fantasma y vi este mismo cuadro. Ninette está perdiendo la paciencia, Voy a buscar ayuda. Al rato vuelve, Vaya, Ignacio, algo aquí está muy raro, Qué pasó, Este hombre del cuadro es don Alejandro de Alvarado, el mismo que encontraste en la iglesia, y otra cosa, Qué cosa, El cuadro lo hizo un primo tuyo, Rubén Villafruela Reyes, Qué dices, yo no tengo ningún primo pintor, ningún primo Rubén, No lo tienes, pero lo tuviste, Cómo es eso, El cuadro fue hecho hace doscientos años, pero no entiendo por qué lo viste en el tren, Yo sí, digo para mí mismo, y saco a Ninette del museo.

Ahora está clara la intención del fantasma, todo se relaciona. No es tan casual el hallazgo de los huesos de don Alejandro, hay algo en el pasado de ese hombre que lo vincula con la muerte del fantasma, Es el fantasma del pintor, y por tanto, de mi primo. Tengo que hallar la relación entre ellos, así sabré lo que se espera de mí, Doy vueltas a las ideas en la cabeza, pero es Ninette la que da con la clave, Qué es esto, Ignacio, me muestra el paquetico de cuero con los papeles, yo lo había puesto en la gaveta, Caramba, se me había olvidado eso, lo encontré en la tumba de don Alejandro, son papeles, No son papeles, Ignacio, son cartas, Cartas, Sí, cartas fechadas en Madrid y en La Habana, en 1814, enero, abril, mayo, lo ves, toda una historia policial.

Todo bien sencillo, desde Madrid alguien avisaba a don Alejandro, ...se sospecha de usted por el robo de las joyas, cuidado con la policía en La Habana, y cosas así, el ilustre señor era un vulgar ladrón. Seguían las cartas del pintor, ...atentamente, Rubén Villafruela, sobre las pinturas encargadas, acuerdos sobre el precio y plazo de los trabajos, absoluta discreción garantizada, el pobre Rubén, sólo estaba haciendo su trabajo, los pintores viven de lo que pintan. Por último, un personaje macabro, Vicente Sartorio, asesino a sueldo, cartas en relación con la eliminación del pintor, ...proceder o no proceder, espero confirmación, el precio acordado. Todo está claro, Alejandro encargó las pinturas de las joyas que él mismo había robado, se supo descubierto, o bajo sospecha, y decidió eliminar al pintor, un posible testigo. Tienes una buena historia ahí, Ignacio, Qué voy a hacer yo con todo esto, Qué vas a hacer, pues proceder, claro, Estás loca, eso pasó hace doscientos años, no voy a revolver ninguna investigación, Tienes que hacerlo, Ignacio, era tu primo, y lo mataron, Lo mataron, sí, qué puedo hacer yo, No lo entiendes, Ignacio, tu pobre primo se te aparece después de doscientos años y te pide ayuda, Estás loca, qué crees que soy, Eres lo que eres, un abogado, el primer abogado de los Villafruela, tu primo esperó todo este tiempo porque no pudo acudir a nadie más, es... un asunto familiar, eso.

He dicho que Ninette puede ser muy persuasiva, o quizás es realmente un asunto familiar, o tengo miedo de que Rubén no me deje en paz. Se abre la sesión del juicio, Nunca pensé tener un primo pintor, en La Habana todo es posible, hasta el proceso contra don Alejandro de Alvarado, La causa número sesenta del año dos mil, sala de lo penal, Se lo merece, Tribunal Popular de Ciudad de La Habana, por el delito de homicidio premeditado, asesinato, entiéndase, en la persona de Rubén Villafruela Reyes, de profesión pintor, abogados, acérquense.

IV

Te vas, Ignacio, Me voy, A Holguín, A Holguín, Volverás un día, Volveré. Pero no será tan pronto, encuentro a Mayelín en mi casa, me está esperando, Qué pasó, mi amor, me vas a perdonar, Perdonar, claro, todo se perdona, Y tu fantasma, Mi fantasma bien, qué bonita te ves con esa barriga, Qué dices, Ignacio, todas las mujeres se ven así, Todas no.



HISTORIA SIN VENTANAS
– YONNIER TORRES –

Empujé la puerta del baño. Puse las manos sobre la pared. Me miré al espejo. Quise descifrar la expresión de mi rostro. Siempre he sido malo para establecer definiciones:

Si me circunscribiera a los ojos podría haberme decidido por la tristeza.

Si me fijara en los labios la elección habría sido el abatimiento.

Mirando todo el conjunto decidí que lo más cercano era el de samparo.

Recosté mi frente a la frialdad del cristal durante unos segundos y luego abrí la llave del grifo. El agua cayó sobre la fina hoja de metal y el olor a sangre comenzó a desaparecer. Regresaron los olores habituales que sostiene todo baño de una gasolinera. Miré hacia las paredes en busca de una ventana por la cual pudiera escapar en el caso de ser descubierto, como sucede en toda historia donde hay un cuchillo, un lavamanos para escurrir la sangre, un baño que colinda con el patio y un bosque de pinos adornado por el vaho caliente de la luna llena.

Pero justo dos horas antes, cuando Salvador Fleján se quitó la cha queta de cuero negro, o de algo parecido al cuero negro y la puso encima de la mesa, quedé convencido de que ésta no sería una historia convencional. No habrían ventanas, no habría vencidos o vencedores, ni siquiera créditos finales.

Salí del baño. Saqué del bolsillo un billete de veinte pesos y le dije al dependiente que me alcanzara una botella de ron.

Su auto está listo, dijo el hombre mientras se limpiaba las manos con un paño mugriento, revisé el aceite y le dejé el tanque lleno.

¿Cuántos kilómetros faltan para llegar al próximo pueblo?, pregunté.

Treinta, más o menos. Si desea dormir encontrará un motel a la entrada. Guíese por los carteles en la carretera.

El hombre prendió la radio. Sintonizó una emisora donde trasmitían un tema de Ozzy Osbourne y regresó a su puesto tras el mostrador.

Le di las gracias. Salí afuera. La claridad de la luna caía de lleno sobre el capó de mi auto. Me acomodé frente al volante. Giré la llave en la cerradura. Eran casi las doce de la noche.

Me sentía triste, abatido y, sin dudas, desamparado.

Durante el trayecto pensé en la verosimilitud de las acciones cotidianas, en el funcionamiento del motor de un auto y en las calamidades que sufrió Baudelaire mientras cortaba las rosas de un jardín ante la mirada escrutadora de su prometida, del jardinero y de su perro rottweiler. Pensé en casi cualquier cosa que me pudiera alejar el recuerdo de aquella cantina, donde Ernesto Torres, entusiasmado ante la presencia de un coro de borrachos que fungía como público diestro, anunció la entrada de Salvador Fleján con el tono de quien dicta sentencia.

El tipo era muy diferente a como yo lo imaginaba. Según su biografía había nacido en el año 1966, en la ciudad de Caracas, capital de Venezuela. Tendría, a la altura de lo que narro, unos cuarenta y cinco años. O sea, veinte años más que yo. Sin embargo lucía joven, era alto, no tenía facciones indígenas y ostentaba con orgullo un pelo rubio que le caía sobre las cejas. La mayoría de las personas que tienen el pelo rubio lo ostentan con orgullo, sobre todo si les cae sobre las cejas.

Los escritores jóvenes cometen estupideces, dijo Ernesto de forma categórica y de acuerdo con lo que hice, creo, ya sin lugar a dudas, que tenía razón.

Yo me atreví a irrumpir sin miramientos en su aula de la Facultad de Artes y Letras, mientras dictaba una conferencia sobre la nueva narrativa latinoamericana. Hablaba de la posmodernidad, los juegos intertextuales y la ruptura con los condicionamientos aristotélicos.

Subí al estrado, lo tomé por el cuello y le dije que me presentara de inmediato a ese tal Salvador Fleján.

Sus alumnos se quedaron perplejos, pero no intercedieron en el conflicto. Para un alumno no hay acción más gratificadora que ver cómo a su maestro lo toman por el cuello, lo tiran al piso y le aciertan un par de patadas en las costillas, sobre todo cuando segundos antes hablaba de la nueva narrativa latinoamericana.

A la entrada del pueblo se levantaba un cartel de neón anunciando la proximidad de la posada. Tomé la senda de la derecha, reduje la velocidad y parqueé el auto frente a lo que parecía una recepción. En la puerta colgaba un sonajero de campanitas plásticas. La recepcionista se despertó, se acodó sobre el mostrador y abrió un grueso libro de huéspedes.

Su rostro denotaba tristeza, abatimiento y, sin dudas, desamparo.

La recepción, o lo que parecía una recepción, estaba compuesta por un sofá de cuero gastado, o de algo parecido al cuero gastado, dos butacones, una mesita de centro sobre la cual descansaba un cenicero, un par de plegables del balneario Costa Azul y en la pared una imitación del cuadro El grito; un poco desagradable, sobre todo para la recepción de una posada, o lo que parece la recepción de una posada.

La señora me pidió el carné de identidad. Creí prudente decirle que lo había extraviado, darle un nombre falso, una dirección falsa, incluso falsear mi edad, mi procedencia social y mi estado civil.

Me extendió la llave de la habitación número doce.

Le pedí que tocara temprano a mi puerta. Luego me arrepentí de haberle hablado con tal nivel de ambigüedad. Tocar temprano a mi puerta puede dar lugar a varias interpretaciones, tampoco sabía a ciencia cierta cuál era la idea de temprano que podrían tener en ese lugar.

Subí las escaleras. Me tiré sobre la cama y miré a los rincones buscando un minibar. Ya había terminado mi primera botella de ron, pero la sed, como el insomnio, sobre todo después de haber acuchillado a alguien, suele ser persistente.

El cuarto era pequeño, estaba compuesto por una cama, un espejo frontal, un armario y un baño con los olores que sostiene todo baño, ya sea de motel o de gasolinera. Del techo colgaba una lámpara amarilla y como era de suponer, dado el estado absurdo y poco convencional de esta historia, no había ventanas en la habitación para escapar, en el caso de que me descubrieran, en el caso de que los policías se apostaran alrededor del edificio con sus fusiles y sus altoparlantes.

El motel estaba en silencio. Traté de dormir, acomodé la almohada bajo mi cabeza, pero los ojos de Salvador Fleján se interponían en el sueño y me hacían despertar de un tirón.

Creí, al verlo entrar en la cantina, que me pediría disculpas, que estaba dispuesto a esclarecer la situación y jurar que no lo volvería a hacer. Sin embargo, en una historia truculenta y macarrónica, escenas como ésas no son comunes.

Ernesto es un tipo astuto. Ésa fue una de las cosas que no tomé en cuenta. Él decidió el lugar: Hay un bar cerca de la avenida, me dijo, Salvador vendrá en el primer vuelo de Caracas. Debe llegar sobre las ocho de la noche. Espéralo a las diez. A esa hora el bar estará prácticamente vacío.

Sus palabras fueron ciertas, para las diez menos cuarto sólo quedaban media docena de borrachos y un barman que movía el dial del radio de un lado para otro. Después de varios intentos atrapó Summertime, limpió algunos vasos de cristal y me dijo que la cerveza estaba caliente, la había acabado de poner en el refrigerador.

La posada mantuvo el silencio durante toda la noche. El lugar se me antojó parecido a los pueblos abandonados en las novelas del boom latinoamericano, donde el tiempo parece no correr y los personajes se sientan en el portal durante las tardes de lluvia, respiran ese aire que tan bueno es para los males respiratorios y de paso para la tristeza, el abatimiento y, sin dudas, el desamparo.

Clavé la vista en las figuras que se dibujaban en el cielo raso de la habitación y en las paredes. Para ser un motel de mala muerte, el empapelado no era de mal gusto. Creo recordar el diseño de algunos elefantes montados por hombres, una selva tupida y un par de tigres, todo sobre un fondo rojo chamuscado por algunos tonos amarillos de un sol naciente y unos arabescos negros en las cuatro puntas de cada cuadro.

Caminé hasta el baño. Me eché un poco de agua en la cara y me miré al espejo. Tenía una barba de tres días. Un verdadero rostro de criminal.

Mi tránsito de víctima a victimario fue apenas reconocible. Bastó que Salvador Fleján colocara su chaqueta de cuero negro, o de algo parecido al cuero negro, sobre la mesa, para darme cuenta de que las cosas comenzarían a ir mal.

Ernesto estuvo de su parte desde el principio; es cierto que tomarlo por el cuello en medio de una clase no fue prudente, pero la rabia es como una rata que se instala en el pecho y te carcome el esternón.

¿De qué otra forma podía explicarle que aquel tipo me había robado?

Regresé al centro del cuarto. Quise fumar. Revisé en los bolsillos de mi camisa. Ya no me quedaban cigarros. Bajé hasta la primera planta. La recepcionista me brindó media cajetilla que alguien había dejado olvidada en la habitación número cuatro. Me dijo que dentro de la posada no se podía fumar.

Salí a la calle. La luna llena había ganado en intensidad, arrojaba su vaho caliente sobre la carretera.

Esto no puede ser casual, le dije a Ernesto, un poco más calmado, en la cafetería de la Facultad de Artes y Letras, ese cuento es idéntico al mío; saqué el libro Los peces del Amazonas, antología que Ernesto había preparado para la Feria del Libro y le mostré las páginas donde aparecía el cuento de Salvador Fleján: Usa mis recursos, mis referencias a Bolaño, a Kenny Rogers, incluso a Leo Dan. Por si fuera poco me copia en el uso de las teleseries como recursos temáticos, se atreve a hablar con desparpajo de Robert Rodríguez, de Tarantino y de Petrocelli (1974-1976), precisé y, además, dije como colofón, usó mi título: “Miniatura salvaje”.

Todo eso puede ser cierto, dijo Ernesto, pero yo no lo podía imaginar. ¿Quiénes han leído tu cuento?

No lo sé. Salió publicado en una revista de provincia, le dije.

Es como si aún permaneciera inédito. Me comunicaré con Salvador. Ya llegaremos a un acuerdo.

Soñé maravillas del dichoso acuerdo. No hay nada mejor para un escritor prácticamente inédito que llegar a un acuerdo con un escritor extranjero. Sobre todo si el escritor inédito es joven, inexperto. Sobre todo si le han robado un cuento.

Fumé tres cigarros, uno detrás del otro. Luego regresé a la posada. Me senté en el sofá de la recepción, o de lo que simulaba una recepción. Hojeé uno de los plegables sobre el balneario Costa Azul. Sin dudas las imágenes eran atractivas. A la orilla del mar varias muchachas leían gruesos volúmenes. El viento despeinaba los cocoteros y en el lobby del hotel una pareja joven se deleitaba con una copa de helado de chocolate, apuntalada por sombrillitas de papel y virutas de harina dulce.

Creí que el balneario sería un lugar perfecto para esconderme. Le dije a la recepcionista que me marcharía de inmediato. Subí por mis cosas. Sentí la frialdad del cuchillo en el pantalón.

Llevarlo al encuentro fue algo casual, incluso no creí que lo usaría. Generalmente los escritores se entienden mediante la palabra.

Cuando el tipo soltó su chaqueta de cuero negro, o de algo parecido al cuero negro, y pude ver los destellos del metal atado a su cintura, saqué mi único medio de defensa.

Me planté en el suelo y extendí los brazos como haría un gaucho cuchillero. Dimos un par de vueltas por el salón. Los borrachos separaron las mesas, lanzaron chiflidos y apostaron botellas. El barman se mantuvo impasible. Todo parece indicar que estaba acostumbrado a escenas similares

Con el orgullo de un escritor no se juega, pensé mientras movía la cuchilla de una mano a la otra. Ernesto trató de huir, pero la puerta del bar se había cerrado a cal y canto. Un par de borrachos la custodiaban. El sitio, como es de suponer en esta historia absurda y poco convencional, no tenía ventanas.

Erré los primeros golpes.

Salvador intentó subirse en una mesa, tomar ventaja.

La madera crujió, el hombre cayó al suelo y en medio de la confusión, casi sin darme cuenta, le clavé la hoja de metal en el estómago.

Luego tomé el auto y conduje por la carretera sin rumbo fijo.

La recepcionista me pidió que firmara el libro de huéspedes, dijo que el balneario quedaba a cincuenta kilómetros en línea recta por la autopista, que en temporada baja tenía muchas habitaciones disponibles y colocó la llave tras el mostrador justo cuando los policías cruzaban la puerta.

Yo había ido hasta el baño de la planta baja. Lo primero que hice antes de orinar fue asegurarme de que la ventana sobre el inodoro estuviera abierta y fuera lo suficientemente grande como para que mi cuerpo cupiera a través de ella.

Detrás había un patio, cuatro patrullas cruzadas, una veintena de policías y un bosque de pinos, adornado por el vaho caliente de la luna llena.


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9786078256945
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