Kitabı oxu: «Alma partida»

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Akira Mizubayashi

ALMA PARTIDA

Traducción de Lucía Dorin


“La prosa de Akira Mizubayashi es tan simple que parece cristalina; reúne el naturalismo de la novela francesa y la magia de los cuentos japoneses. Su libro es un regalo.” Jérôme Garcin, L’Obs

En 1938, gobernado por una dictadura nacionalista, Japón emprende una guerra para expandirse en Asia. Mientras, cuatro músicos aficionados, Yu, de origen japonés y tres estudiantes chinos, amantes de la música clásica occidental, se reúnen regularmente para ensayar Rosamunda, la sonata de Schubert. Son sesiones idílicas, que los sustrae del clima de intolerancia y terror que los rodea.

El amparo de Schubert dura poco. Una patrulla militar irrumpe en un ensayo, los detienen; no se volverá a saber de ellos. El hijo de Yu, Rei, escondido en un armario, escucha todo. Un teniente abre la puerta y lo descubre. Cruzan miradas en una larga y tensa escena, donde lo peor puede suceder. Sin embargo, el teniente le entrega el magnífico violín de su padre, destruido por los soldados, y se marcha, sin delatarlo.

Es un momento que marcará su vida, el momento de la piedad y el perdón que interrumpen la crueldad y la violencia homicida. Será adoptado por una familia francesa, se mudará a Francia, se convertirá en un destacadísimo luthier. Pero no olvidará. Tras años de paciente trabajo, restaurará el violín de su padre y volverá a Japón, a cerrar el círculo que la compasión del teniente abrió.

Con una prosa sugerente y exquisita, Akira Mizubayashi, escribió una novela conmovedora sobre el poder de la evocación y la memoria. Ganadora en 2020 del Premio de los Libreros de Francia, el mismo que en su momento obtuvieran La elegancia del erizo y Nada se opone a la noche, Alma partida narra con delicadeza y sobriedad una historia signada por el duelo imposible, el desarraigo y el renacimiento.

Mizubayashi, Akira

Alma partida / Akira Mizubayashi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Lucia Dorin

ISBN 978-987-628-613-8

1. Novelas. 2. Narrativa Japonesa. I. Dorin, Lucia, trad. II. Título.

CDD 895.63

Título original: Âme brisée

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Primera edición: octubre 2020

© Editions Gallimard, Paris, 2019

© de la traducción Lucía Dorin, 2020

© de la presente edición Edhasa, 2020

© Theodor W. Adorno, Momentos musicales IV,

Madrid, Akal ediciones, 2008

Rosamunde de Franz Schubert. Photo © IMSLP / CC.BY SA

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ISBN 978-987-628-613-8

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Edición en formato digital: junio de 2021

Conversión a formato digital: Libresque

Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Dedicatoria

  Epígrafe

  Recogimiento

  I. Allegro ma non troppo

  II. Andante

  III. Menuetto: Allegretto

  IV. Allegro moderato

  Epílogo

  Agradecimientos

  Sobre el autor

A todos los fantasmas del mundo

“ALMA: sust. f. Música. Alma de un instrumento de cuerdas. Pieza pequeña de madera interpuesta, en el cuerpo del instrumento, entre la tapa y el fondo para mantener a igual distancia ambas partes y asegurar así la calidad, la propagación y la uniformidad de las vibraciones.”

Trésor de la langue française

“Ante la música de Schubert, a uno se le saltan las lágrimas sin primero cuestionar el alma: tan poco figuradamente y tan realmente nos invade. Lloramos sin saber por qué; porque todavía no somos como esa música promete, y en la innominada felicidad de que ella solo ha menester ser así para asegurarnos de que alguna vez nosotros seremos así.”

Theodor W. Adorno, Escritos musicales*

* Adorno, Theodor, “Schubert” Escritos musicales IV, Madrid, Akal ediciones, 2008, pp. 34-35.

Recogimiento

“Domingo, 6 de noviembre de 1938, Tokio.

Ruido seco y tajante de pasos de botas, que crece y disminuye. Alguien camina. Se detuvo… Vuelve a caminar… Se detuvo otra vez. Ahora está muy cerca. Me parece escuchar su respiración. Un ruidito de algo que entra en contacto con madera. ¿Acaba de apoyar algo sobre el banco? Estoy en la oscuridad, temblando de miedo. El miedo me da frío en la espalda. Silencio. De golpe, se rompe el velo de oscuridad. Un gran cuadrado luminoso irrumpe delante de mí. ¿Qué veo? Mis ojos enceguecidos ven un inmenso cuerpo de hombre, de pie, erguido, vestido de uniforme militar caqui. No veo la cabeza ni los pies. Veo la parte delantera del uniforme con los botones bien alineados verticalmente, un pesado sable que le cuelga de la cintura, los brazos, las manos que salen de las mangas, las dos piernas hasta las rodillas como robustos troncos de árbol. La luz ilumina con crueldad mis pies calzados con medias de algodón verde que ya no puedo esconder. Al lado de mis pies petrificados, mi libro… cuya tapa blanca tiene bordada a cada lado una delgada raya anaranjada. El título en letras grandes negras se muestra sin vergüenza a la luz intensa: Dime cómo vives. Debajo del título está impreso en letras pequeñas el nombre del autor, y abajo, en un tamaño medio, el nombre de la colección a la que pertenece el libro: ‘Biblioteca de los pequeños ciudadanos’. ¿Lo va a agarrar? ¡Rápido, hay que adelantarse! No, es mejor que no me mueva… Una fracción de segundo después, apoyo mi mano derecha sobre el libro y lo tomo. Retiro suavemente mi mano temblorosa… Pasan algunos segundos interminables… No sé qué está haciendo, el cuerpo no se mueve ni un centímetro. Tengo miedo. Instintivamente, cierro los ojos. El silencio persiste. Vuelvo a abrir los ojos a medias. Se inclina entonces lentamente, muy lentamente, como si dudara, como si no estuviera seguro de lo que hacía. Ante mis ojos aparece una cabeza de hombre, con un quepis del mismo color que el uniforme. A contra luz, está velado por una sombra densa. Del borde del quepis cae por detrás hasta los hombros una pieza de tela también caqui. Solo los ojos brillan como los de una gata al acecho en la oscuridad. Mis ojos, ahora bien abiertos, se encuentran con los suyos. Creo que puedo reconocer una sonrisa discreta que se dibuja y se expande alrededor de los ojos. ¿Qué va a hacer? ¿Me va a lastimar? ¿Me va a sacar a la fuerza de este escondite? Me acurruco todavía más sobre mí mismo. De repente, se inclina de costado y se agacha un poco, y enseguida se levanta con el violín arruinado en la mano, que seguramente apoyó, hace un instante, sobre el banco que está justo al lado del armario donde estoy refugiado. De golpe, se escucha una voz de hombre fuerte e insistente, que se acerca rápido:

—¡Kurokami! ¡Kurokami!

Gira maquinalmente la cabeza como si se preguntara de dónde viene la voz con exactitud, como si tratara de identificar al autor del llamado, mientras una crispación nerviosa le recorre el rostro.

Me entrega sin decir palabra el violín roto, casi aplastado que, con sus cuatro cuerdas dibujando un contorno abombado, se parece en la oscuridad a un pequeño animal agónico. No sé qué hay que hacer… dudo… pero, finalmente, tomo con temor el instrumento averiado con ambas manos.

—¡Kurokami! ¡Teniente Kurokami!

Se apura por cerrar la puerta, mientras me mira fijo una última vez. A la mirada inquieta y desamparada que me lanza, le sigue un esbozo de sonrisa que reprime rápido por la cercanía de quien grita su nombre desde hace un rato.

—¡Ah, acá estás! ¿Qué carajo estás haciendo, Kurokami?

Se van. No hay tiempo de remolonear.

—¡Sí, mi capitán! Perdóneme, verificaba si no se habían olvidado nada…

En la oscuridad del armario, escucho con claridad una dura voz de hombre que creo que es la del que gritaba hace un rato ‘¡Kurokami!’. Me sorprende escuchar el nombre Kurokami, porque nunca me había imaginado que ‘negro (kuro) pelo (kami)’ podía ser un apellido. El hombre articula palabras que no entiendo muy bien en un tono autoritario o como alguien muy enojado. Me da miedo. Otra voz de hombre le responde de forma pausada, tranquila, casi dulce. ¿Es la voz del que me dio el violín?

Poco a poco las voces se alejan. Los pasos también. Me quedo en lo oscuro. Pronto no escucho nada más. O más bien, escucho a través de los largos túneles de mis oídos como el canto débil y obstinado de las cigarras que van a morir. Es el acúfeno, palabra que aprendí recientemente de mi padre. Es el ruido del silencio de algún modo. Miro por la cerradura. La sala está a oscuras por las cortinas negras cerradas, pero lo bastante iluminada por las luces de neón para convencerme de que ya no hay nadie. ¿Qué hora es? Todavía no debe ser de noche, pero empiezo a tener hambre. Aguzo el oído… y me digo que de verdad no hay nadie más. Entonces, levanto el pestillo lo más suavemente posible y, entreabriendo la puerta, trato de no provocar ningún ruido. Pero rechina… ¡Silencio!, me digo, espero un poco… Nada nuevo, está siempre igual de silencioso. Ya no hay nadie. Me pongo los zapatos de tela que me había sacado para no hacer ruido. Salgo de mi escondite, con el violín arruinado en las manos y mi libro en el bolsillo del pantalón. Doy unos pasos tímidos, me cuesta caminar, ¡ah!, tengo hormigas en las piernas. Me detengo. Espero tres segundos. Sigo caminando. Cruzo la gran sala y me acerco a la salida. Empujo, con todo mi cuerpo, la pesada puerta de entrada. Ahora estoy de pie frente al edificio del Centro Cultural Municipal. Alzo los ojos al cielo. El día se está yendo. Empieza a oscurecer. Me siento solo, desamparado. Tengo un nudo de lágrimas en la garganta. Una fuerza negra, enorme, me aplasta y proyecta sobre mí sombras sin forma, opresivas. La gente pasa por la calle. Patrullan algunos soldados de la policía militar, con el fusil al hombro. No veo un solo chico a mi alrededor. ¿Dónde se habrá metido papá? ¿Va a volver aquí? ¿O regresará directamente a casa? Tomo la calle que va a mi casa. Acelero el paso… llevo el violín destruido como un animal moribundo que quiero salvar a cualquier precio…”

Estoy de pie, plantado delante del altar del placard abierto por completo. Tengo los ojos cerrados. Siento detrás de mí el suave perfume de una presencia femenina. Bajo lentamente la sombría escalera del tiempo…

I Allegro ma non troppo

1

Era una tarde de domingo tímidamente soleada. El chico, un colegial de once años, leía solo en un banco con respaldo en la gran sala de reuniones del Centro Cultural Municipal. Estaba concentrado en su libro. Nada parecía desviar su atención de las páginas que pasaba a intervalos regulares, tan absorto estaba en la historia que estaba siguiendo, en las palabras que saboreaba, inmóvil como una estatua. En cuanto a su padre, vestido con un simple saco gris, barría el suelo cubierto de pelusas por todas partes. Cuando terminó de hacer esa limpieza superficial, colocó dos atriles plegables que había traído de su casa uno al lado del otro.

—Y, Rei,* ¿es interesante la historia de Coper?

Rei no se inmutó. Coper, sobrenombre que venía de Copérnico, era el personaje principal de su libro: un estudiante japonés de quince años. De hecho, lo llamaban Coper-kun agregando el sufijo kun que expresa afecto y simpatía.

—Mientras ensayamos, vas a poder seguir leyendo, pero ¡los vas a saludar cuando lleguen! ¿Me estás escuchando?

—Sí, papá.

El chico respondió en voz baja, tragando un poco de aire, sin levantar los ojos de su libro. El padre se dirigió al hall. Volvió tan rápido como había desaparecido por el pasillo, con dos grandes cajas de cartón vacías destinadas a transportar frutas, una color kraft, otra amarilla con un dibujo a un costado, que representaba una mandarina. Las puso en forma vertical, una detrás de otra, de manera que los atriles metálicos quedaron rodeados por las dos cajas. El padre se dirigió a su hijo:

—¿Por dónde vas?

—…

El padre levantó la voz.

—¡Eh! Rei, ¿por dónde vas de tu libro?

—Ay, perdón, papá… Eh… en la página de las estatuas de Buda de Gan… dha… ra…

Rei se trabó en la palabra “Gandhara”.

—Ah, es el momento en que el tío le explica a Coper-kun que fueron los griegos los que tuvieron la idea de hacer estatuas de Buda mucho antes que la gente de Asia. ¡Formidable ese pasaje!

—¡Pronto lo termino, qué lástima! —murmuró Rei mirando la delgadez de las páginas que le quedaban por leer.

—Entonces, ¿no te hizo llorar?

—Oh, sí, cuando Kitami-kun se las agarra con Yamaguchi para defender a Urakawa-kun. ¡Todo el mundo se burla de él, pobre!

—Yamaguchi y su grupo ponen en ridículo a Urakawa-kun por el abura-agué (tofu frito) que tiene todos los días en su bento porque sus padres son fabricantes de tofu. ¿Es así?

—Sí. Y hay otra escena: Coper no se anima a ponerse del lado de sus dos amigos… ¡La banda de los mayores los maltrata! ¡No lloré, pero estaba tan enojado con esos grandotes orgullosos! ¡Le ordenan a Kitami-kun que los obedezca! Si no, lo tildan de un alumno al que no le gusta su colegio, ¡un traidor!

—¡Ah, sí, una escena emocionante! ¿Pero no te gustó lo que sigue? Hay páginas hermosas sobre el sufrimiento de Coper justamente por su cobardía… ¡Y después su madre es tan amable con su hijo! ¿Sabías que la madre de Coper me hace pensar en la tuya?

—Sí, sí, cuando su madre le habla de lo que no pudo hacer por timidez o por falta de valentía en comparación con la abuela que subía las escaleras de un templo cargando un gran fardo en la mano… Me hizo llorar… Coper ya no tiene a su papá, a mí me falta mi mamá… nos parecemos un poco…

—Bueno, Rei, me gustaría mucho que hablemos los dos de este libro, cuando lo hayas terminado.

Rei, sumergido de nuevo en las últimas páginas del libro, no respondió.

En ese momento se oyeron ruidos de pasos en el hall. Un hombre de unos cuarenta años, más bien alto, rubio, entró a la gran sala. Vestía un traje beige con un echarpe de algodón azul alrededor del cuello.

—Buenos días, Yu. ¿Cómo está? Estaba seguro de que lo encontraría aquí. Me había dicho que ensayaría esta tarde con sus amigos músicos…

—¡Ah! ¡Buenos días, Philippe! ¡Qué sorpresa! ¿Qué lo trae por aquí? No esperaba verlo hoy —respondió Yu en un francés un poco titubeante, pero perfectamente correcto.

—Eh…

—Tiene cara de preocupado, Philippe…

El visitante extranjero notó, por encima de los hombros de Yu, al chico que acababa de suspender su lectura y miraba con aire algo soñador a los dos adultos que conversaban.

—¿Rei-kun, genki? ¿Naniwo yonderuno, sugoku omoshirosoodane, sono hon? (¿Qué tal, Rei? ¿Qué estás leyendo con tanta pasión?) —le preguntó Philippe en un japonés completamente comprensible a pesar de una entonación que sonaba extraña al oído de Rei. Philippe, sin esperar la respuesta que Rei estaba por darle, miró a Yu a los ojos.

—Mi mujer y yo decidimos volver a Francia. La vida aquí se está volviendo difícil para mí… Pedí mi repatriación. La decisión del diario no debería demorar… En fin, me hubiera gustado hablar de todo esto con usted, pero ahora no tiene tiempo…

Yu miró su reloj.

—No, van a llegar de un momento a otro. ¿No puede venir a verme esta noche a casa? Si no mañana a la noche, si le viene mejor.

—Está bien, esta noche pasaré a verlo, pero un poco tarde, a eso de las once, once y media, si no le molesta —respondió Philippe, después de un instante de duda.

Las personas que Yu esperaba justo acababan de entrar a la sala. Dos hombres y una mujer, entre veinticinco y treinta años. Yu los saludó inclinándose y les dio un apretón de manos. Después de eso, les presentó a Philippe, agregando que era el corresponsal de un diario francés. Los amigos de Yu eran de nacionalidad china. El más joven de los tres se llamaba Kang (康). En la mano izquierda traía un violín en su estuche. La joven llamada Yanfen (硯芬) tocaba la viola y tenía un estuche un poco más grande que el de Kang. El último, que parecía mayor que los demás con su barba y su frente despejada, traía gallardamente sobre los hombros una caja de violonchelo. Se llamaba Cheng (成). Los tres jóvenes músicos aficionados formaban parte de los pocos estudiantes chinos que no habían quedado atrapados dentro del estrecho punto de vista de un nacionalismo exacerbado frente a la animosidad recíproca, que se acrecentaba cada vez más desde el incidente de Manchuria en 1931, entre su Nación del Centro invadida y el Imperio nipón seducido por el expansionismo colonial.

—Mizusawa-san, ¿kyowa oisogashii no dewa naïdesuka? (Señor Mizusawa, ¿tal vez está ocupado hoy?) —le dijo Cheng a Yu en un japonés fluido, con una sonrisa que se expandía por su amplio rostro.

Yu notó que Cheng lanzaba una mirada furtiva hacia su amigo periodista.

—Iya, sonnakoto wa arimasen, Cheng-san. Filippusan towa atode hanashimasukara goshinnpai naku. (No, no se preocupe, Cheng, estoy con ustedes. Con Philippe, ya tendremos nuestro propio tiempo más tarde). —Yu agregaba al final de cada nombre que pronunciaba el sufijo san, expresión de cortesía afectuosa en japonés, al igual que Cheng acababa de hacerlo con el apellido de Yu: Mizusawa.

—Voy a quedarme un momentito para escucharlos. No se preocupe por mí, Yu.

—Gracias, Philippe. Entonces nos vemos esta noche.

—Sí.

Yu se dirigió al cuarto trastero que estaba muy cerca del banco con respaldo. Sacó de allí dos taburetes y, de regreso, le dijo a su hijo ausente del mundo circundante:

—Rei, están aquí. ¡A saludar!

El hijo se levantó y miró a los tres chinos amigos de su padre que estaban sacando sus instrumentos.

—¡Konnichiwa! (¡Buenos días!) —dijo Rei con voz clara haciéndoles unas pequeñas reverencias.

Los músicos chinos le respondieron al mismo tiempo. Los hombres levantaron la mano para saludarlo, mientras que Yanfen le dedicó una hermosa sonrisa diciéndole que le daba curiosidad conocer el libro capaz de cautivar su atención con tanto poder. Rei se quedó sorprendido por la belleza aterciopelada de la voz femenina y también por las palabras japonesas que articulaba de un solo soplo. Miró a la joven. Llevaba un vestido marrón oscuro que hacía resaltar las líneas de su cuerpo esbelto. Su rostro ovalado resplandecía de una blancura deslumbrante. Su pelo negro medio largo estaba atado detrás de su nuca desnuda. Sus ojos eran como dos joyas volcadas que reflejaban en todas direcciones el suave rayo de sol matinal. Sus labios sin maquillar se movían como hojas verdes que temblaban por el tibio viento de primavera. El mentón de la joven era el punto de partida de una misteriosa línea curva que terminaba por trazar la discreta redondez de su pecho.

Sorprendido por la indiscreción de su propia mirada, Rei trató de recuperarse y se volvió a sumergir rápido en su libro, donde su atención turbada no lograba encontrar el inicio de las líneas por leer.

Yu dispuso los taburetes delante de los atriles. Kang volvía en ese momento del cuarto trastero con otros dos taburetes que colocó al lado de las cajas. Yu, a su vez, sacó del estuche su violín que había dejado sobre el parqué entre el banco y un gran armario europeo de acajú esculpido del que se destacaba su presencia a la vez maciza y discreta. Después, maquinalmente, fue a guardar el estuche al trastero.

Ahora estaban sentados los cuatro, formando un semicírculo. Yu se encargaba del primer violín, Kang del segundo. A su lado, se encontraba Yanfen, con la viola. Finalmente, Cheng, el violonchelista, estaba casi en frente de Yu, a dos metros de distancia. Una vez que colocaron cada uno su respectiva partitura sobre el atril o sobre la caja, comenzaron a afinar sus instrumentos. De pronto, Yu se dirigió a su hijo como si recordara algo importante:

—Rei, perdón, ¿podrías correr las cortinas negras y encender la luz?

Rei, esta vez, reaccionó de inmediato.

—Es nuestra tercera sesión de trabajo, ¡pero seguimos siempre en el primer movimiento! —dijo Yu dirigiéndose a Philippe. Y se apuró por traducir al japonés para sus amigos chinos lo que acababa de decirle a Philippe en francés.

—¡Por suerte! ¡Tratamos de prolongar nuestro placer al máximo! —dijo riendo Cheng—. Nosotros no estamos apurados, ¿no es cierto?

Los cuatro rieron juntos con ganas. Philippe hizo lo mismo, animado por el buen humor de los músicos en el que le parecía percibir una dosis infinitesimal de inquietud mal disimulada.

—¿Arrancamos? —dijo Yu a los otros tres músicos.

Se hizo un largo silencio. Luego Kang señaló el comienzo a la viola y al violonchelista con un movimiento de cabeza muy leve de arriba hacia abajo, mientras Yu, colocando bajo el mentón su instrumento brillante por la luz pálida que descendía de las luces de neón del techo, esperaba su entrada inminente, con el arco todavía en el aire. Kang dibujaba en un pianísimo una melodía lánguida que se deslizaba muy suavemente sobre el chapoteo regular de las notas graves que interpretaban en conjunto Yanfen y Cheng.

Más que melómano, Philippe, que además tocaba el clarinete desde la adolescencia, reconoció de inmediato el comienzo del cuarteto de cuerdas en la menor opus 29 de Schubert, llamado Rosamunde. Deslumbrado por la belleza trémula de esa música que no había escuchado desde hacía mucho tiempo, se quedó inmóvil por varios minutos, sentado en el banco al lado de Rei, que, con el libro abierto, miraba fijo a su padre completamente absorto en las páginas desplegadas de la partitura. Pero, después de dar una ojeada a su reloj de bolsillo, se levantó con cuidado. Apoyó la mano delicadamente sobre la cabeza de Rei y le susurró al oído: “¡Bye bye, matane! (¡Hasta luego!)”. Después se acercó a la puerta en puntas de pie sin mirar a los músicos que estaban tocando. Antes de volver a cerrar la puerta, sin embargo, por apenas un cuarto de segundo, Philippe fijó su mirada penetrante e intensa en Yu que le respondió con una sonrisa casi imperceptible. En cuanto a los tres músicos chinos, se concentraban en sus partituras sin ser molestados por la salida discreta del periodista francés, mientras Rei, el colegial, ya se había vuelto a zambullir en su libro.

* El nombre Rei se pronuncia: [re-i]

2

El cuarteto sino-japonés, recientemente constituido, no tenía nombre. Se había fundado bajo el único principio del placer musical compartido, más allá de cualquier otra consideración, olvidándose de todo lo que estaba por fuera de la música schubertiana, aislado del resto del mundo, atento a sí mismo y a los demás. A partir de entonces, cada uno de sus miembros avanzaba, paso a paso, en la exploración del primer movimiento de Rosamunde. La ejecución de ese inmenso movimiento requería de alrededor de un cuarto de hora. Hacía casi media hora que trabajan arduamente, pero todavía no habían agotado todos sus esfuerzos, lejos de ello. Habían terminado de tocar la repetición. Sin embargo, no se sentían preparados para tocar la seconda volta y seguir avanzando. Yanfen propuso retomar desde el comienzo y detenerse cada vez que tuvieran la sensación de que algo no andaba bien.

—¿Qué les parece?

Con el sonido de la voz femenina, Rei, siempre sumergido en su libro, levantó la cabeza para mirar a la joven. Se preguntaba cómo y por qué ella podía expresarse con tanta fluidez, sin el menor acento, como una verdadera japonesa. Hablaba con tanta naturalidad, con tanta gracia, que le hizo sentir algo de sorpresa mezclada con admiración.

—A mí también me gustaría retomar desde el comienzo —dijo Kang con timidez—. No estoy del todo satisfecho con la exposición que estoy haciendo…

—La viola y el violonchelo proporcionan la base de la construcción con ese ritmo particular —intervino Cheng—: “tá… takatakata……, tá… takatakata……, tá… takatakata……”. Tengo la impresión de que no estamos del todo unidos y ensamblados con Kang-san…

Cuando Cheng se encontraba con Kang y Yanfen en situación de diálogo en japonés, solía agregar el sufijo san a sus nombres. Apreciaba la civilidad y el sentimiento de igualdad amistosa que le parecía traducir ese sufijo.

—Sí, es eso —respondió Yanfen—. Me parece que tenemos que lograr crear cierta redondez en el volumen sonoro… Si las bases que plantamos no son sólidas, el primer violín no podrá asentar el tema principal que es absolutamente magnífico…

—Tiene razón, Yanfen-san —dijo Yu a su vez.

Prosiguió lentamente como si reflexionara mientras hablaba, mientras hacía que a sus labios llegaran las palabras que seleccionaba con cuidado.

—Creo que es necesario ponernos de acuerdo en el tempo a adoptar. Schubert anotó: “Allegro ma non troppo”. Para mí, debe ser lo suficientemente lento para marcar cierta gravedad, una gravedad inherente a la obra, pero no demasiado, justamente para no caer en un exceso de sentimentalismo.

—Hemos tocado demasiado rápido… —murmuró Cheng mirando a Yanfen.

—Sí, me parece que sí —respondió Yu.

Luego continuó:

—El tema que voy a tocar es para mí la expresión de la nostalgia por el mundo de antaño que se confunde con la infancia tal vez, un mundo en todo caso apacible y sereno, más armónico que el de hoy en su fealdad y su violencia. En cambio, escucho el motivo que presentan la viola y el violonchelo “tá… takatakata……, tá… takatakata……” como la presencia obstinada de la amenaza preparada para invadir la vida aparentemente sin problemas. La melodía que introduce Kang-san traduce la angustiante tristeza que habita en el fondo de nuestro corazón…

—¡Ah, muy bien dicho, Mizusawa-san! —exclamó Kang.

El joven chino consideraba que la expresión empleada por Yu traducía a la perfección el sentimiento que lo habitaba con respecto al motivo inicial que debía bosquejar. “Angustiante tristeza” no dejaba tampoco a Yanfen indiferente: había recordado una melodía, obsesiva, la del extraordinario acompañamiento del piano en El rey de los elfos. Pero se abstuvo de decirlo.

—¿Empezamos de nuevo? —propuso Cheng.

Los cuatro músicos se prepararon para volver a trabajar en el primer movimiento. Después de un largo silencio de varios segundos, Kang hizo al fin la señal para comenzar con un muy discreto meneo de cabeza. Sostenido por pequeños e inquietantes estremecimientos rítmicos ejecutados con mayor lentitud por la viola y el violonchelo, dibujado por la línea media ágil y fluida del segundo violín, el paisaje sonoro schubertiano aparecía esta vez nítidamente más marcado por una indecible tristeza.

“Do-mi-do-si-do-mi-la-mi, do-mi-do-si-do-mi-la-mi”

Entonces Yu se deslizó muy suavemente en la música y se apoyó sobre el basamento sonoro instalado pianísimo pero con solidez por los tres instrumentos: exponía soberanamente el primer tema con una belleza estremecedora.

“Mi~~~do~la~~, do~si~~~-re-do-si-do-si-la-~do~si~~~sol#

~do~~~la~re~~re#~~mi~~~”

Yu tocaba con los ojos cerrados como si la concentración interior separada de todo el universo circundante lo ayudara a penetrar con la mayor profundidad posible en la materia sonora. Una vez que terminó de exponer el tema, volvió a abrir los ojos y les propuso a sus compañeros de equipo, con aire sonriente, sostener el impulso y proseguir.

Así, el cuarteto interpretó de un tirón todo el comienzo del primer movimiento y en el momento en que encaraba la seconda volta, los cuatro músicos se detuvieron naturalmente como si se hubieran puesto de acuerdo de antemano.

—Me parece que salió mucho mejor… —dijo tímidamente Kang.

—Sí, salió muy bien, creo. ¡Siento un verdadero placer al participar en el trabajo en común! —señaló Yanfen, entusiasta, poniéndose un poco colorada.

—No logré muy bien el tema modulado en mayor —dijo Yu rascándose la cabeza con la mano derecha liberada del arco.

—Pero sí, no estaba mal, Mizusawa-san —se apuró a decir Kang.

—¡Es un momento de bella confusión! Y creo que yo no estaba a la altura…

—¡Es cierto, ese cambio de tonalidad es magnífico! —exclamó Cheng—. Es como si el paisaje súbitamente se iluminara por un momento…

El cuarteto sino-japonés siguió así alrededor de una hora más hasta haber interpretado a toda costa el primer movimiento íntegro. Cuando el primer violín retomó el gran tema melancólico para recorrer los últimos veinte compases, cada uno de los cuatro miembros del cuarteto sentía en su fuero interior que escalaban juntos un camino ascendente hacia una cima vertiginosa. Pasando de fortísimo a pianísimo, y de nuevo a fortísimo, los dos violines ultimaban su cuadro de la soledad melancólica, mientras que la viola y el violonchelo se encargaban en conjunto de una base enérgica, siempre amenazadora y gradualmente ascendente. Finalmente, cuando cayeron sobre los últimos acordes en la menor, hubo un largo momento de silencio seguido de un suspiro de alivio y una sonrisa de satisfacción.

—¡Uf! —exclamó Yu—.Titubeamos un poco en el camino, pero de todos modos pudimos llegar hasta el final.

Una ligera sonrisa se esbozaba en su rostro. En su frente surcada por arrugas horizontales se asomaban algunas gotas de sudor. Sugirió una pausa.

—Sí, por favor —respondieron al mismo tiempo Cheng y Kang.

—¿Hacemos té?... Voy a calentar el agua —anunció Yu.

Fueron al cuarto trastero para dejar sus instrumentos.

—Mizusawa-san, yo lo hago —dijo Yanfen con voz clara y cantante.

Después de haber guardado su instrumento en el estuche, la joven china, llevando en la mano una pequeña caja de té que Yu le había confiado, se dirigió hacia el sector cocina de la sala que se encontraba en el lado opuesto al cuarto trastero.

3

Cuando Yanfen volvió con una gran tetera blanca, Yu había puesto cinco tazas de té desparejas sobre un cuadrado de tela azul marino que cubría las dos cajas que oficiaban de atril.

—No tengo mucha azúcar. ¿Quién quiere?

—Yo —respondió alegre Rei que acababa de cerrar su libro otra vez.

Yanfen vertió el té en las tazas. En medio de la mesa improvisada, había un plato con masas dulces.

—Sírvanse —dijo Yu sin ceremonias.

—Pero, a pesar de todo, ¡qué música increíble! —declaró Kang.

—Sí, de verdad —asintió Cheng mientras tomaba una masa diciendo: “Itadakimasu”.*

—La soledad del poeta Schubert que cae en una melancolía abismal frente a la violencia del mundo desmadrado, es algo… Me apropio, como Kang, de la fórmula de Mizusawa-san que me llega directo al corazón —afirmó Yanfen.

Y ella continuó su observación agregando que la tristeza de la melodía, al sonar por encima o al lado de la sorda inquietud expresada por la base, era sin dudas uno de los rasgos característicos de la escritura de Schubert que solía encontrar con bastante frecuencia en sus últimas sonatas para piano.

—Yanfen-san, ¿toca también el piano? —preguntó Yu.

—Sí, en China lo hacía con regularidad. Pero ahora ya no. No tengo piano en Tokio.

—La melancolía es un modo de resistencia —declaró Yu—. ¿Cómo seguir lúcido en un mundo en el que se ha perdido la razón y que se deja arrastrar por el demonio de desposesión individual? Schubert está con nosotros, aquí y ahora. Es nuestro contemporáneo. Es lo que siento profundamente.

Rei ya había vuelto a su banco después de comer una o dos masas remojadas en su té. Había regresado a su libro que claramente había terminado de leer; volvía sobre algunos pasajes y los releía con redoblada atención. Pero levantaba la cabeza cada vez que su padre tomaba la palabra, para prestar una atención creciente a lo que él decía aunque sin poder comprender lo suficiente el significado de esas palabras de adulto.

—En todo caso —continuó Yu con convicción—, creo que tiene sentido… que hoy, en 1938, en un rincón de Tokio, un cuarteto sino-japonés toque Rosamunde de Schubert…, mientras el país entero sometido a sus obsesiones belicistas parece estar devorado por el cáncer nacionalista que divide a los individuos entre un nosotros y un ellos…

—Pero, habla demasiado fuerte, Mizusawa-san —murmuró Kang.

—Perdónenme…

—¿Alguien quiere otro té? —preguntó Yanfen.

Cheng le acercó su taza.

—¿Y Mizusawa-san?

—No, gracias. Así está bien.

Yanfen se dirigió entonces al chico que iba pasando las hojas de su libro.

—¿Te gustaría un poco más de té, Rei-kun?

—Sí, por favor.

El chico dio tres grandes pasos para acercarse a Yanfen, quien llenó su taza.

—Cuidado, está muy caliente.

Yanfen, sonriente, le dio una masa a Rei, que le agradeció con timidez y volvió a su banco con la taza en la mano, midiendo sus pasos al caminar para no derramar el té.

—Tengo una pregunta para hacerles, a los tres —dijo Yu sin rodeos—, una pregunta que no tiene nada que ver con la música.

Los tres chinos se miraron, intrigados por el tono muy poco ceremonioso que su amigo japonés adoptó súbitamente.

—¿Por qué decidieron quedarse en Japón, cuando la mayoría de los estudiantes chinos que estudiaban aquí regresaron a su país el año pasado después del estallido de la guerra entre nuestros dos países? Es muy valiente de su parte…

Cheng tomó la palabra espontáneamente:

—Es verdad que muchos chinos volvieron a China desde el año pasado. Es una baja espectacular, creo. Pero también hay otros que llegan a pesar de la guerra. No muchos, pero los hay. El Centro Cultural nipo-chino sigue trabajando…

—No es exactamente una respuesta a la pregunta de Mizusawa-san —intervino Yanfen—. Por qué te quedas en Tokio a pesar de ciertas dificultades innegables, de algunos peligros incluso en el contexto actual de la guerra, esa es la pregunta de Mizusawa-san.

La construcción perfecta de la oración japonesa pronunciada por Yanfen con una claridad admirable como la de una locutora de radio despertó de nuevo la curiosidad de Rei. Levantó la cabeza, escrutó a los adultos que entablaban una conversación que ya no giraba en torno a la música de Schubert.

—Ya hace cuatro años que vivo en Tokio. Oficialmente, sigo siendo estudiante, pero tengo una vida que comienza a echar raíces aquí. Tengo amigos como ustedes a los que estoy muy apegado. Y también salgo con una japonesa con quien imagino un futuro en común…

Cheng se puso muy colorado como después de un vaso lleno de cerveza, cosa que lo ponía sistemáticamente en un estado de ebriedad soporífera.

—Es cierto —dijo a su vez Kang con voz tímida— que los dos países entraron en guerra abiertamente desde el incidente del puente Marco Polo. Pero no me identifico del todo con China. Soy chino, hablo chino, pero me considero ante todo un individuo libre de sus filiaciones. Hago un esfuerzo para convencerme de que primero, antes de ser chino, soy un ser humano. De la misma forma, tampoco asimilo mis amigos japoneses a su país. Me gustaría creer en un vínculo de amistad que va más allá de los antagonismos nacionales…

Las palabras pronunciadas pausadamente por Kang en un japonés un poco inseguro y colorido por un acento particular suscitaron una reacción de parte de Yanfen. Rei, sentado en el banco con su libro en las rodillas, se levantó entonces despacio; se acercó a Yu, y de pie detrás de él, puso su mano derecha, con su libro contra el pecho, sobre el hombro izquierdo de su padre.

—Yo también pienso como Kang y por supuesto como usted, Mizusawa-san. Lo digo con toda sinceridad ya que quedará entre nosotros.

Yanfen bajó el tono de su voz.

—Con toda franqueza, estoy indignada contra el expansionismo colonial del Imperio japonés, pero no confundo sin embargo a los individuos con el Estado que los incorpora. En el mundo actual, estamos inevitablemente sometidos al Estado. Cada cual debería sin embargo definirse primero y ante todo como un individuo más allá de toda filiación. Obviamente soy china, hablo chino, pero no quisiera que me reduzcan a eso… Mi individualidad es no obstante otra cosa que lo que se define por el azar de mi nacimiento.

Absorto por las palabras de sus amigos, Yu había olvidado su té. Cuando vació su taza de un sorbo, el té estaba frío. Al apoyar la taza, se dirigió a los tres, mientras acariciaba la mano de su hijo que sentía sobre su hombro.

—Estoy profundamente conmovido por lo que dicen. Prefiero tener amigos como ustedes en un país enemigo más que tener una patria detestable y compatriotas rastreros que solo hacen juramentos por su filiación a esta patria. Estaré con ustedes, me quedaré con ustedes, aunque me acusen de ser “un mal súbdito japonés”, un “traidor de la nación”, un hikokumin.

La última palabra que su padre acababa de pronunciar, hikokumin, impactó vivamente a Rei, que no pudo evitar decirle a su padre:

—Papá, conozco esa palabra. La leí en mi libro. ¡Es la palabra que la banda de Kurokawa usa para moler a golpes a Kitami-kun!

—Es verdad, Rei —respondió Yu volviéndose hacia su hijo—. Es la palabra mágica que los poderosos de este país usan muchas veces para aplastar a quienes no los obedecen. Creen ocupar el centro del mundo y que todo gira alrededor de ellos como la gente influyente que Copérnico, justamente, criticó en su época. ¡Es una fea palabra que deshonra a quien la pronuncia y no a quien le está dirigida! Estás de acuerdo conmigo: Kitami-kun tiene razón al decir que “no” a toda su banda que le ordena someterse a ellos porque como son mayores, tienen razón y más autoridad. Es una orden absurda ya que no se basa en la preocupación por distinguir lo justo de lo injusto. ¡Los que son más grandes no pueden tener razón por ser mayores! No saben cuánto se envilecen al usar esa palabra horrible.

Los amigos chinos, atónitos, escuchaban en silencio a Yu Mizusawa hablándole a su hijo.

—Y bien, tal vez sea tiempo de volver a encontrarnos con nuestro querido Schubert… —dijo Yu mirando de reojo su reloj. Una sonrisa luminosa se vislumbraba en su rostro.

En unos minutos todo quedó ordenado. Yu volvió a poner las cajas en su lugar. Cada uno fue a buscar su instrumento al cuarto trastero. Cuando los músicos rearmaron el semicírculo, Rei, por su lado, se había vuelto a sentar en el mismo lugar: otra vez sumergido en su libro, buscaba justamente la página donde aparecía la palabra hikokumin.

—¿Qué hacemos, Mizusawa-san? —preguntó Kang—. ¿Pasamos al segundo movimiento? ¿O seguimos un poco más en el primero?

—Eh, ¿qué piensan? ¿Quieren que empecemos con el Andante?

—Tal vez podemos pasar al segundo movimiento —propuso Yanfen—, aunque después volvamos al Allegro ma non troppo. ¿Cuál es tu opinión, Cheng?

—Sí, en lo personal, estoy impaciente por ver qué pasa con el Andante. Pero tal vez a Mizusawa-san le gustaría que nos detengamos todavía un poco en el primer movimiento…

—¡Todavía estamos lejos de haber terminado con el Allegro ma non troppo, pero estoy de acuerdo con empezar a explorar el segundo movimiento!

Después de un largo momento de vacilaciones que intrigó a los otros tres miembros del cuarteto, Yu volvió a hablar en un tono que no era del todo el mismo. Su mano izquierda sostenía su violín sobre el regazo, mientras su mano derecha, colgando, sostenía su arco casi al ras del piso.

—Salto de un tema al otro… tengo una propuesta para hacerles…

Rei, sensible a la inflexión liliputiense de la voz paterna, apuntó la mirada hacia su padre.

—Formamos un cuarteto. Tocamos Schubert juntos. Somos tan pequeños unos como otros frente a esta obra inmensa…

El colegial cerró su libro, no se movía; no sacaba los ojos de su padre.

—… pero hay una especie de asimetría que no es muy feliz para mí. Hablo de nuestra manera de estar juntos… Los tres me llaman Mizusawa-san por mi apellido, mientras que yo los llamo por su nombre. ¿Por qué no me llaman Yu-san?

—¿No es difícil en japonés, casi imposible, llamar a alguien por su nombre? —preguntó Kang apoyando con delicadeza su violín y su arco en el suelo.

—Eso es verdad. No es lo normal. O se hace en ciertas condiciones, en ciertas situaciones que tampoco podría explicar bien… ¡Pero es lo que hago con ustedes! Incluso podríamos planear llamarnos pura y simplemente por nuestro nombre sin agregar san, como en las lenguas europeas… ¿Es demasiado radical?

—¿Quiere que reine entre nosotros una gran libertad y una perfecta igualdad, propicias para liberar nuestras palabras? —le dijo Yanfen a Yu.

—Exactamente. ¡Que cada uno se defina simétricamente en relación con la lengua que tenemos en común! Deberíamos ser iguales ante la lengua y en la lengua…

Se instaló el silencio. Que Yanfen rompió. Había apoyado su instrumento y su arco sobre sus rodillas juntas, completamente disimuladas por el vestido.

—Ya que Mizusawa-san… no, Yu-san… no… ¡Ya que Yu insiste, tratemos de instaurar un nuevo espacio, una nueva manera de ser entre nosotros, por el uso sistemático de nuestros nombres respectivos! Creo que los nativos difícilmente pueden transformar su lengua ya que están encerrados dentro… ¡Son más bien los extranjeros los que pueden aportar cambios!

—Gracias, Yanfen…

Yu estuvo por decir “Yanfen-san”, pero se contuvo de ir hasta el extremo del automatismo arraigado: a las dos sílabas del nombre Yanfen no le siguió más que un vacío sonoro que creó el impactante efecto de una brutal sustracción.

El chico, que había seguido con atención la conversación de los adultos, quedó estupefacto con el extraño efecto que produjo su padre y la joven china al llamarse por sus respectivos nombres.

Yu, animado por la inesperada audacia de Yanfen, prosiguió:

—Saben, aprendo francés con Philippe, a quien saludaron hace un rato… me dijo una vez algo que me impactó y que me hizo reflexionar… En francés se usan las mismas palabras con cualquier interlocutor… las palabras son las mismas para hablarle al mozo del bar, a un chofer de taxi, a un médico, a un profesor, y hasta a un ministro…

—¡Ah, ahí se vuelve complicado! —dijo Cheng con tono juguetón.

—Sí, me parece que no es algo evidente… Trato entonces de formular a mi manera lo que creo entender… Pienso que, para Philippe, la lengua, en este caso el francés, es un bien común que sus usuarios comparten equitativamente. Las relaciones sociales de superioridad y de inferioridad no están encastradas en la lengua… como en el japonés.

—Me parece que entiendo mejor —respondió Cheng sosteniendo su violonchelo apretado entre las piernas como si el hombre y el instrumento se enlazaran bailando.

—Compartir con todos la lengua como un bien común —declaró Yanfen—, facilita necesariamente las relaciones sociales horizontales que tienden a restringir la posibilidad de la dominación de unos sobre otros…

—Exactamente —dijo Yu volviéndose hacia Yanfen—. Es algo bueno, ¿no?

—Sobre todo en la actualidad, me parece —respondió la joven sonriéndole tímidamente a Yu.

—Imaginen una situación en la que hablo con un hombre importante, socialmente superior, un ministro por ejemplo, justamente… Y yo quisiera evocar a su padre: y bien, no puedo nombrar a su padre en francés de ninguna otra manera que por “su padre”. Para ese ministro, es lo mismo si quiere hablar de mi padre…

—Solo puede nombrar a su padre, al de usted, por “su padre” como en chino por otra parte… —agregó Cheng.

—… mientras que en japonés —señaló Kang a su vez—, debe necesariamente elegir una palabra adaptada a su posición respecto de su interlocutor…

—Sí, es eso, exactamente eso —aprobó Yu.

—Al igual que en japonés no podemos usar el pronombre personal “usted” de una manera universal —observó Yanfen—. Además, es una fuente de frustración para mí… siempre quiero usar el “usted” con alguien que está frente a mí… Pero sé que no es posible…

—Ah, sí —suspiró Cheng esbozando una sonrisa triste—, la imposibilidad de decir “usted” a alguien con quien estamos hablando…

—…

Después de un momento de silencio que reunió a los cuatro miembros del cuarteto en un recogimiento meditativo, Yu propuso dedicarse al segundo movimiento.

Sin esperar la respuesta de los demás, Yu volvió a ponerse el violín debajo del mentón.

Rei, con su libro cerrado sobre las rodillas, observaba a los adultos. Había seguido, con muchísima atención, toda la conversación de su padre y sus amigos músicos.

—Sí, empecemos —respondieron al mismo tiempo Kang y Cheng.

—El Andante es tan melancólico como el Allegro ma non troppo —dijo Yanfen—. Prosigamos entonces con nuestro acto de resistencia… ¿no es cierto, Yu?

Rei se sorprendió al oír el nombre de su padre irrumpiendo otra vez y vio dibujarse una sonrisa graciosa en el rostro apenas maquillado de Yanfen.

Los músicos se pusieron en posición. Cada uno, reteniendo el aliento, estaba listo para arrancar. Un silencio absoluto había caído en medio de ellos y se prolongaba. Rei, inmóvil como una carpa en el fondo de un estanque de invierno, no les sacaba los ojos de encima. Finalmente, Yu señaló el comienzo con un leve movimiento de cabeza que inició respirando apenas.

Una melodía simple, conmovedora, punzante, transparente como un río de lágrimas, comenzó a correr por las cuerdas del primer violín.


Fragmentos del cuarteto de cuerdas n°13 en la menor D. 84, op. 29, Rosamunde de Franz Schubert. Foto © IMSLP / CC.BY SA 4.0.

El colegial, como petrificado de asombro y admiración, era todo oídos y sentía subir en él, progresivamente, hasta detrás de sus orejas, un estremecimiento de emoción mezclado con una efusión de calor. Los cuatro instrumentistas, mirándose cada tanto con connivencia, sonreían como los niños esculpidos por Carpeaux. El primer violín seguía trazando delicadamente una línea melódica con una suavidad muy íntima, mientras los otros tres instrumentos la sostenían como un sólido pedestal que soporta una gran diosa de frágil cerámica.

De repente, la música de Schubert se desgarró por la irrupción de voces de hombres que articulaban ruidosamente palabras incomprensibles, y por pasos de botas que llegaban con violencia y subían en masa al primer piso.

De manera instintiva, Yu se levantó, se acercó a su hijo, con el violín y el arco en la mano izquierda. Lo tomó de su brazo izquierdo y le pidió que se escondiera inmediatamente en el gran armario. Rei se apresuró a hacerlo.

—¡No te muevas hasta que yo vuelva! ¿Está bien?

—¡Ah, Coper! —gritó Rei.

Yu se volvió, empuñó el libro que había quedado sobre el banco, se lo dio a su hijo ya instalado en el armario y cerró la puerta de inmediato. De un salto, fue al cuarto trastero, dejó su violín y su arco en el estuche y salió enseguida. De pie, apoyado contra la pared, respiró profundamente.

Los tres músicos chinos, asombrados, lo miraban sin decir ni una palabra. Él los miró a su vez y les sonrió.

* Es la expresión que se utiliza para empezar una comida. Literalmente significa “recibo humildemente lo que me ofrecen”.

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