Kitabı oxu: «Los irreales»
Alba Vera Figueroa
Los Irreales

Por la transmisión de la memoria, esa inextinguible llama.
Por el amor, ese fuego que la anima.
A mi compañero Oscar.
A mis hijos Pablo, Martín y a sus familias.
A nuestros familiares presentes y ausentes.
A nuestras amigas y amigos que nos regaló la vida.
ALBA VERA FIGUEROA*
* Portar también el apellido materno es recuperar las heredades femeninas en la inscripción del nombre.
La mayoría de estos cuentos y relatos fue concluida durante los años 2000 y 2002.
Parte I
Los Irreales
Manuel Belgrano avanza sin saber que de entre los huecos de septiembre el 24 habrá de ser el más beligerante. Avanza sin imaginar la confusión, sus propias órdenes contrariadas, la polvareda… Avanza rechazando oficio tras oficio del Triunvirato de Buenos Aires, de retirarse a Córdoba; de abandonar las Provincias del Norte a su suerte, al dominio de las huestes godas.
En Tucumán, habrá de ver a los vecinos, a los reclutas voluntariosos, soldadesca rejuntada; verá sus caballos pertrechados con guardamontes de cuero endurecido. Escuchará las palabras de coraje y los modos aindiados de algunos hombres hechos a sí mismos y se confirmará en su desobediencia. Hablará con Balcarce, López, Aráoz de Lamadrid y con Los Decididos. Y envalentonado por el temblor del miedo y del valor juntos, contravendrá a Pueyrredón, de Buenos Aires.
Lo está esperando la neblina del 24; lo aguarda el no saber qué ocurrió con las alas de su ejército. Todavía ignora que se cruzará en medio de la contienda con sus hombres: qué pasó, qué sabe usted, oficial, se preguntarán de caballo a caballo en medio de esa bruma inusitada, a las ocho del comienzo, en medio de esa mañana transida de humo que huele y asfixia, neblina del norte, tiempo de hostilidades, pajonal de incendio. Todavía ignora que habrá de ver a Gregorio Aráoz de Lamadrid aprovechando los ventarrones del sur para avivar el fuego, en el entrevero de filtro cegador y fantasmal de los pastos bamboleantes. Será la llamarada que él mismo ha ordenado ondear el día anterior, inventándola para desconcertar al enemigo, el más real que tuvieran estas tierras, esos tiempos. Al general Belgrano y a sus hombres se les atraviesa la palabra realista incrustada en esos pueblos apenas tangibles y querrán borrar del horizonte tucumano a ese paredón uniformado, a esa infantería de chaquetones y correajes que se cierne sobre ellos. Mucho antes del 24 de septiembre han estado al tanto de que el ejército godo, pisándoles los talones, arribó a Jujuy y no encontró más que vacío de resplandores y cenizas, el único rastro posible que le han dejado ellos, Belgrano y la muchedumbre paciente en éxodo que arreaba sus animales, cargando sus enseres…
El 24, ese hueco entre los días de septiembre de 1812, ya en Tucumán, querrán no haber visto a ese Real que avanza de inexorable uniforme rojo y azul, armado hasta los dientes, como debe ser, como corresponde a un ejército que se precie de invasor, de verdadero, de cuatro mil hombres.
Pero antes se habrán preguntado cuántas armas tenemos —dos mil hombres mal armados—, cuántas municiones, cuántas bayonetas —sin bayonetas, general, solo esas lanzas y esas otras hechas de cuchillos atados—…
No sabe aún que ese día habrá de entender por qué lo subvierte no tanto los Realistas como esa palabra: incongruente, impropia de estas tierras, de esta humanidad nacida de padres españoles pero acriollada, diferenciada a fuerza de pisar tierras diversas. Cómo habrían de convertirse los criollos, al noroeste de Buenos Aires, en Realistas, llamarse realistas…, se ha preguntado en las noches insomnes tucumanas. Dónde está el bastimento que hace a un ejército notorio, adherido a la realidad de los días, sin fantaseo de victoria. Dígame, general, recuerda que le ha preguntado Gregorio Aráoz de Lamadrid mientras contaba los pertrechos. Y es entonces cuando habrá de echar mano —en ese instante lo decide— de los incontables que le sugieren los vecinos: patria, voluntad, valor, entusiasmo…, palabras…, palabras que van y van en los oficios que envía por los caminos polvorientos al Triunvirato de Buenos Aires. Palabras inmiscuidas entre las cuentas que no resultan, que indican a las claras a los de Buenos Aires que no habrán de vencer, que no están los cañones ni la pericia de las guerras napoleónicas necesarias para vencer. Desentiéndase, le dice el Triunvirato, delegue esas tierras para los Realistas; déjelas, es una orden. Intransigente, obcecado ya en delirio tucumano, insensato por los campos de Dios, atesta de palabras los oficios que los chasquis a caballo transportan a la Asamblea General constituida, reconstituida, vuelta a constituir.
Ha avanzado quién sabe desde qué día de su vida hacia el día de las langostas, hasta el día en que las escuchará estrellarse contra los guardamontes, que creará la ilusión estridente de disparos; jamás imaginaron siquiera los Realistas encontrar tan fuertemente armada a esta chusma sin bandera, tal estruendo, tal poderío. Mal pensó el brigadier Pío Tristán. Quién hubiera conjeturado que los godos se creerían alcanzados por miles de balazos en medio del humo caliginoso. Quién hubiera imaginado a la soldadesca de Irreales, con sus contornos difusos, con andrajos más que ropas, suponiéndose inmortales por la misma descarga, plaga de saltones pétreos, contra sus cuerpos, sus caras, sus guardamontes convertidos en cajas de resonancia inverosímil. Qué nos ha vuelto inmunes, general. Qué somos, qué somos, Dios mío, Virgencita de las Mercedes.
Quién hubiera imaginado que los Irreales atacarían llevando como aliada a una plaga de langostas. ¡Adelante!, casi ciegos, casi perdidos, pero aullando como si la indiada se les hubiera metido dentro de la sangre acriollada. Y quién conjeturó que habrían de avanzar con el rugido como boca de fuego, con lanzas emulando a los aborígenes, con el estruendo contra los guardamontes, haciendo de salva de metralla, con la voluntad, con la astucia, la desesperación y que cercenarían por el medio a ese frente uniformado, a esa maldición hecha cuerpo que avanzaba como la evocación empecinada de una falta.
Y después de unas horas…
—Hemos vencido, general.
—Qué han vencido, dónde, qué ala…
—Vencimos a los que teníamos adelante, al frente. Los pasamos por encima, los traspasamos como si no fueran nada, como si no fueran Reales, y fuimos al corazón de sus tesoros, fuimos al centro que les latía de hierro, de cañones, de oro de Potosí, de municiones, de medicinas, de alimentos. Tocamos toda su realidad avituallada, los despojamos de lo único que los hacía más reales que nosotros.
—Atravesamos esa pared roja y azul que nos teñía el horizonte y les arrancamos su valía. Y nosotros resultamos ahora más reales. Y ellos quedaron ahí rodando, confusos en sus uniformes manchados de tizne, de humareda, de langostas muertas. Ellos, tan Realistas, se fueron desvaneciendo y retrocediendo, huyendo livianos, con escaso peso que llevar, ahumados de neblina.
Ninguna plaga que se precie en esos años de 1812 se habría hecho anunciar ni tampoco habría de permitir ver con claridad el resultado. El ala izquierda, preguntó Belgrano. Y galopó hasta el ala izquierda. El ala derecha, quiso saber, increpó a Balcarce, a Díaz Vélez. Y galopó subido a sus dolores de viva la patria; qué patria, se preguntaban; qué patria, señor. Vamos, volvamos a la ciudad…
El realista Pío Tristán se hizo estampa rearmándose como un mal fantasma en pesadilla de toda una ciudad. Y mandó decir: «Ríndanse o incendiaremos la ciudad, mataremos a los rehenes». Las misivas transportadas por las bocas de los mensajeros, por sus manos tiznadas, de ida y de vuelta en la penumbra de los caminos de 1812.
Y no era tan fuerte Pío Tristán ni tan uniformado ni tan esmirriado cuando surgió de entre las sombras. Todos pudieron ver contra el horizonte al espectro perseguidor desde el Perú cuando surgió para replegarse lentamente, sin luchar, sin rendirse, perpetrando en su imaginación otra batalla de resarcimiento más al norte, en Jujuy o en Salta.
Es la perplejidad que sobrevuela a vencedores y vencidos. El pastizal humoso a lo lejos, y sobre la tierra tapizada de langostas muertas, se ve al criollo Manuel Belgrano, abogado y general, junto a sus insólitos guerreros.
La quinta lluvia
La lluvia golpea el paraguas resistente de la maestra María Emma Piñero. Se humedecen los faldones de su guardapolvo escolar. Solo el chapoteo regular de sus botas de goma contra el suelo cubierto de barro sirve de queja y contrapunto en la madrugada oscura.
ES EL QUINTO DÍA LLUVIOSO DEL MES DE SEPTIEMBRE DE 1960. En las calles de su barrio, la oscuridad es mayor y también el frío. María Emma no ha querido despertar a su marido ni a sus hijos para que la acompañen, pensando que ya ha pasado el peligro puesto que el hombre de la bicicleta ensangrentada, como ella lo llamó en sus pensamientos, desde hace algunos días no aparece. Cuando llega a la esquina donde suele cruzarse con él, toma precauciones y se mantiene alejada del cordón de la vereda: ya segura, da el paso y baja a la calle. Sin embargo, detrás de ella escucha una voz que le dice:
—Esta vez no esperó a que yo pasara.
María Emma siente un escalofrío. Gira la cabeza y no ve ninguna bicicleta. El hombre, empapado todo su impermeable que le cubre la cabeza, camina detrás. Ella quiere correr, pero siente la suave presión en su brazo; quiere gritar, pero la mano de él cubre levemente su boca mientras le acerca el rostro y mirando sus ojos, debajo del paraguas, le dice:
—Disculpe que la haya asustado. Solo quiero hacerle una pregunta. ¿Sabría decirme por qué estamos tan solos mojándonos en estos descampados?
Esta es la quinta ocasión en que ella encuentra a este hombre. Siempre en días de lluvia. Poco antes de las seis de la mañana, María Emma acostumbra salir camino a su trabajo. Debe ir al encuentro, a cuatro cuadras, del ómnibus interprovincial que habrá de avanzar rumbo al noroeste, rozando la serranía. Transcurridas dos horas de viaje ella habrá de bajar al pie de uno de los cerros, al que subirá, escalará o trepará, según ella elija y su Dios la ayude, para llegar a la escuela primaria Los Nogales donde enseña como maestra rural.
LA PRIMERA MAÑANA QUE LO ENCUENTRA, María Emma, a pesar del tiempo inclemente, llega hasta la esquina de la tercera calle; se detiene y espera el paso de una bicicleta que, a duras penas, avanza. El hombre que pedalea, de impermeable y cubierta la cabeza, le echa una ojeada y le dice «gracias», cercano y grave. Ella entiende que le agradece por haberle dejado el paso y evitar así el riesgo de que cayera al frenar, pero le llama la atención escuchar su voz con tanta claridad a pesar de la resonancia indiscriminada de la lluvia. El hombre sigue y ella cruza la calle sorteando los charcos; sin embargo, la desolación de esos caseríos aislados y de terrenos baldíos la inquieta no solo porque en esos lugares acecha el peligro, sino también porque allí parecieran emerger escenas lejanas y olvidadas. La maestra sabe que toda esta zona ha sido testigo de duros enfrentamientos armados en siglos anteriores y una emoción desconocida la invade. Recurre como tantas otras veces a la evocación de sus alumnos, a sus rostros sonrientes para alejar el temor, la incertidumbre.
Hace varias semanas que trabaja con sus alumnos sobre los antecedentes de la Batalla de Tucumán. Y no puede evitar pensar que, por esos espacios, en aquellas mañanas oscuras y lluviosas de 1812, ha atravesado Manuel Belgrano con su tropa y jujeños en éxodo, perseguidos por el ejército realista español. «Los chicos deben llegar al 24 de septiembre con los hechos históricos medianamente claros; que entiendan los motivos de la celebración anual.»
Le gusta ver a sus chicos, en guardapolvo blanco, cantando el Himno Nacional y mirando, luminosos, elevarse la bandera celeste y blanca creada por el patriota Belgrano. «Las caritas y las manos morenas, curtidas por el sol y el viento, revelan que les resulta fácil comprender cuando les habla de los campos desolados, de la intemperie y del ejército criollo en retirada vistiendo ropas y calzados humildes o de los rostros agobiados conducidos por un general criollo. Pero desde su realidad empobrecida, qué pueden imaginar cuando leen que Belgrano era licenciado en leyes, en el Colegio San Carlos del Río de la Plata; que había viajado a Madrid a los dieciséis años para especializarse en comercio ultramarino y que terminó en Salamanca y Valladolid profundizando sus estudios de leyes; el mismo hombre que después, devenido patriota, se empeñó en una revolución de independencia. El mismo que, ya como general, se veía perseguido en los campos de Salta y Jujuy por el ejército español y realista defensor de Fernando VII y dirigido por Pío Tristán. ¿Podrán sus niños imaginarlos alineados en perfectos uniformes azules y rojos? «¿Entenderán cuando decimos “solventados por el oro de Potosí”?», se pregunta la maestra. «Esta semana, trabajaremos sobre todo esto.»
Desde su casa hasta la parada del ómnibus piensa en las lecciones del día para distraerse, pero también para alejar el temor. Nadie camina a esas horas de la madrugada por las calles de su barrio, un lugar que parece suspendido en una medianía indiferente a todo rasgo: ni obrero ni campesino ni pequeñoburgués ni marginal ni rico ni pobre del todo. Ni avanza ni se atrasa ni brilla ni tampoco se enluta por desgracias accidentales. Los que tienen trabajo lo mantienen, como a sus nombres, y quienes lo han perdido aguardan su retorno en una espera indefinida. El barrio y sus gentes funcionan como un ejército disciplinado en una abulia infinita y, por lo tanto, no llaman la atención ni siquiera de sí mismos. Y aunque las casas están mal pintadas, sus verjas sean mezquinas y deslucidas y, en época de sequía, las aceras estén cubiertas de un leve polvillo, no parecen resentir la estética general, ya que también los espacios libres entre las casas y sus verjas, en vez de hermosos jardines, son simplemente pedazos de tierra sin pastos ni flores ni plantas, regada y apisonada por los hombres sin trabajo para evitar que el polvillo se soliviante.
María Emma advierte que no ha prestado atención desde hace unos minutos, como es su costumbre cada vez que orilla esos tramos de terrenos baldíos cubiertos de arbustos y pastizales. Ve entonces que el hombre de la bicicleta no ha continuado por la calle anterior, sino que viene en su misma dirección, detrás de ella y muy cerca. Intranquila, cruza, casi delante de él, para caminar en dirección contraria al tráfico ausente. Él, sin dudarlo y aprovechando la desolación, se pasa también al otro lado. Ella advierte la maniobra y empieza a correr salpicándose con el barro. Llega a la esquina y cruza una última calle hasta la parada, donde unas personas, como sombras, esperan. Puede ver, entonces, que el hombre de la bicicleta sigue su camino.
Las manchas en su uniforme son apenas recordatorios del peligro que la acecha en su recorrido solitario. Las estratagemas mentales para eludir el temor no le han servido esta vez y una mezcla de tristeza y rencor la invade cuando piensa en su marido y en sus hijos mayores, los tres sin trabajo, que duermen en casa, protegidos de la inclemencia. «Al menos si tuviesen la voluntad…» empieza, pero sigue, «¿y ese hombre en su bicicleta? Tal vez solo va a su trabajo…, debo estar más alerta… qué busca a estas horas…». Pero otra frase, singular, le sigue: «Ese hombre está tan solo en su bicicleta ensangrentada».
Víctima de la última palabra, ve llegar el ómnibus. Sube y el olor a ropa mojada la perturba, mientras camina con cuidado sobre la humedad barrosa, hasta que encuentra asiento. Unas lágrimas sin freno se confunden con algunas gotas de lluvia que descansan en sus mejillas. A nadie llama la atención que la maestra saque el pañuelo y seque su rostro. Pero al conductor, que la mira por el espejo retrovisor, sí le sorprende que ella continúe, durante todo el tiempo que dura el viaje, secándose los ojos y tratando de limpiar el barro de su delantal blanco.
El ómnibus, después de que la deje a ella en el paraje Los Nogales, prolongará su recorrido hasta la provincia de Salta y, horas más tarde, arribará a Jujuy, en la frontera con Bolivia. Así que no resultan ajenos en el transporte los hombres y las mujeres de rostros aindiados y sombreros negros, ellos vestidos con ropas oscuras y ellas con amplias y coloridas faldas, cargando bultos de mercaderías y enseres que han comprado en los comercios de Tucumán.
María Emma Piñero, nacida en 1917, conserva el semblante de sus antecesores familiares, habitantes del norte de la península ibérica llegados a Chile por las playas del Pacífico, a fines de los años 1500. Ellos, desplazándose por las centurias, se asentaron en la ciudad de Córdoba, en Argentina. Dejando atrás los años del siglo XIX, pasadas las victorias y las derrotas por la independencia del Reino de España y más tarde los enfrentamientos armados y políticos por territorios o puertos entre las provincias, alrededor de los años 1890 la nación pareció alcanzar cierto florecimiento. De aquellas familias viajó a la ciudad de San Miguel de Tucumán una pareja recién casada. El cometido del hombre era asumir la Contaduría General del Banco Municipal y el de su esposa, parir todos los hijos que Dios les enviare, «ya que ningún regalo o don debe rechazarse», solía decir ella. Así, María Emma, una de sus numerosas hijas, creció ya con la idea de que ella misma y todos los niños eran preciosos obsequios de la vida.
María Emma suele llevar a su trabajo, además de un portafolios de cuero rústico con libros y carpetas, una pequeña bolsa plástica con sus zapatos elegantes y sus medias de nylon, que cambia por las botas de goma una vez en la escuela. Así, piensa, su impecable guardapolvo blanco de maestra de primaria resalta. Sus alumnos —hijos de hombres y mujeres de la montaña, peones contratados por la empresa inglesa que construye la enorme represa El Cadillal o cosecheros conchabados por los ingenios azucareros— visten ropas modestas que, cada vez más empobrecidas, repiten año tras año.
María Emma suele decir ante sus compañeras de enseñanza: «Ni mal humor ni malos modos, de tal suerte que lo enseñado vaya acomodándose en sus cabecitas y en sus corazones como si de regalos se tratara. El educarlos me alegra y quiero que lo sepan cuando miran mi ropa y mis zapatos limpios». Así justifica la razón de su esmero. «Bastante amarga es la cara de la miseria que ven en sus casas», suele pensar apenada.
Pero este primer día de lluvia del mes de septiembre de 1960, cuando el ómnibus llega a destino, a pesar de todos los genes heredados, voluntariosos y temerarios, la maestra María Emma siente que no logrará vencer al cerro…, a esa pendiente.
«Juntaba fuerzas —diría más tarde a sus compañeras— cuando escuché que uno de mis alumnos, Cipriano, me gritaba “¡Espéreme, señorita!” y me aferraba la mano.»
—¡Cómo has sabido que hoy necesitaría ayuda! —le dice la maestra.
—Ya sabemos que, cuando llueve, todo se hace más escabroso en la montaña, y yo la esperaba —responde él mirándola.
A la maestra María Emma se le humedecen los ojos cuando el niño trata de limpiarle con sus manitas las manchas del delantal.
Y así, llevada por Cipriano, el pequeño baqueano de la montaña, llega a la escuela y se encuentra con sus compañeras. Algunas viven en las cercanías, otras son llevadas por sus maridos o sus novios en sus automóviles tibios. Ella, un poco avergonzada por su estado, les dice que ha pisado un charco de agua. Las chicas le alcanzan el guardapolvo que cuelga en un armario; le señalan que vaya al baño y se arregle el cabello mientras le preparan un té caliente.
—Esto, más que un lugar de trabajo pareciera un objetivo que alcanzar —dice ella frente al espejo.
—Con una diferencia —agrega una de sus compañeras sonriendo con sarcasmo—: un objetivo se alcanza un día y se pasa a otra cosa. Esto más bien parece una condena que debemos repetir día tras día.
—Deberíamos pensar que el objetivo es otro —responde ella.
—Y que lo desconocemos —completa una tercera.
Bromean mientras beben té o café y, ese día en especial, las palabras de sus compañeras alientan a María Emma para rehacerse y estar frente a sus chicos, como siempre, como si nada hubiese pasado.
Disfrutando de la protección que la escuela les brinda, los alumnos se amontonan en las ventanas del aula para ver cómo se limpian a lo lejos la vegetación enmarañada y los árboles de la montaña. Luego, cada uno va a su asiento. Juntos hacen cuentas, repiten fórmulas matemáticas, repasan las declinaciones verbales y cuando llega la hora de Historia la maestra María Emma se anima sobremanera, y les cuenta sobre el general Belgrano, sobre su vida, sus estudios, sus renuncias en favor de la construcción de una patria nueva.
—¿Cómo es una patria nueva? —pregunta uno de sus chicos.
No es correcto emocionarse frente a los niños, pero se siente tan cercana a los antiguos reclamos libertarios de Castelli, French y Beruti, así como del deseo de independencia en Manuel Belgrano, que la pregunta inocente la conmueve. Su alumno Cipriano se atreve a preguntarle si ese hombre, que durante su vida de patriota fue tan pobre y honrado, era familiar suyo y si ella lloraba porque se había muerto…
EL SEGUNDO DÍA DE LLUVIA DEL MISMO SEPTIEMBRE, María Emma hace su recorrido acompañada por Miguel Ángel, su hijo mayor.
Había sido el primer día de lluvia, al llegar a casa y mientras cenaban cuando le dijo a su familia: «Alguien debería acompañarme, es muy solitario y peligroso el recorrido, sobre todo en los días de lluvia. Un hombre pasa en bicicleta y me ha atemorizado». Los chicos le preguntaron si el hombre le había dicho algo o si solo le tuvo miedo. Ella no quiso alarmarlos y les respondió «mejor, prevenir».
Tomada del brazo de su hijo, se siente protegida bajo el paraguas que el muchacho fornido sostiene, aunque ella teme por su regreso y le produce angustia «que se quede despierto a esas horas, con el ruido entristecido de la lluvia, sin trabajo y sin nada productivo en qué ocupar sus pensamientos; por eso es por lo que prefiero dejarlos durmiendo y tal vez viviendo un sueño entretenido», se dice. Para darle algo distinto en qué pensar, le cuenta de sus clases sobre la Batalla de Tucumán, de los niños, de la próxima celebración el día 24. Hasta logra que se ría recordándose a sí mismo pequeño, en esas fiestas de escuela primaria. Luego le pide que esa mañana vaya a la biblioteca del centro de la ciudad y le busque material sobre la batalla, sobre las campañas del general Belgrano, sobre esos vecinos decididos y la gente pobre y valiente que le ofreció su esfuerzo.
Sin embargo, a pesar de esta charla distendida, ambos han caminado pendientes de la calle y la penumbra para evitar ser sorprendidos por la aparición del hombre de la bicicleta.
Llegan a la parada del ómnibus y se sienten aliviados de llegar a destino sin percances; se despiden riéndose a pesar de la opacidad lluviosa y del barro que, adherido a las ruedas del ómnibus, gira y gira. El conductor se siente aliviado al ver a la maestra sonriendo y le dice:
—¿Más tranquila?
—Sí, gracias, es mi hijo, el mayor, que me acompañó
—dice mientras señala con la mirada.
Pasa y busca asiento; se siente liviana, la compañía y la charla con su hijo le han mejorado el ánimo. También ha retornado su deseo de avanzar con la tarea que la espera frente a sus chicos. Les hablará también del cambio en el ánimo del general Belgrano al ver que le han ofrecido acompañarlo. Cree ver su rostro, tan lejano. Cree ver también la batalla más decidida por la independencia. «Si Miguel Ángel me consiguiera material, podría ilustrar mejor a mis chicos; transmitirles ese sentimiento insólito que ha expandido el corazón de los patriotas.»
Miguel Ángel regresa entretenido pensando que en una hora más despertará a su padre y a su hermano Gregorio y los sorprenderá con el desayuno y tal vez, se dice, eso les dará ánimos para salir en busca de algún trabajo que hacer. Se detiene en la segunda calle, antes de llegar a su casa, para dejar pasar a un hombre en bicicleta cubierto con un impermeable oscuro y la cabeza semicubierta que, cuando está a su lado, lo mira y le dice: «Gracias», con una voz extraña. Miguel Ángel se sobresalta como si despertara de un ensueño. Y le grita:
—¡Eh! ¡Usted! ¡Eh! ¡Pare ahí! —pero el hombre apura su bicicleta y sigue su camino; da vuelta en la esquina y se pierde entre las sombras.
Entiende que su madre se asustara del hombre que parecía acostumbrado a la lluvia, a la oscuridad, al barro de las calles. Piensa que en cuanto despierte a su padre y a su hermano los animará para darle, juntos, un escarmiento al hombre.
No es fácil despertarlos; tampoco hacerles entender su rabia al descubrir, unas calles después de acompañar a su madre hasta el colectivo, que el hombre de la bicicleta le pasó por delante de sus narices y no pudo hacer nada porque se esfumó en la penumbra. Ante la mirada inexpresiva y somnolienta de su hermano y de su padre, no advierte la sorpresa de ellos cuando dice que se va «a la biblioteca del centro a buscar material para mamá». No sabe que lo han mirado como a un bicho raro. Pero es tal la mezcla de enojo, responsabilidad y decisión de Miguel Ángel que no emiten ni un comentario. Ya en la puerta se vuelve a decirles que se ocupen de la comida para esperar a mamá con un buen plato caliente. Su padre y su hermano se miran y siguen desayunando en silencio. Oyen la lluvia caer y parecen entenderse con la mirada mientras piensan: «¡Quién nos dará trabajo en un día como este!». Luego, ven el desorden a su alrededor y Gregorio dice: «Mejor dormir de nuevo y luego, cuando mamá vuelva, ya sabrá arreglarlo mejor que nosotros y en menos tiempo». Y en cuanto a comer, «ya prepararemos cualquier cosa rápida».
EL TERCER DÍA DE LLUVIA no solo la acompañará Miguel Ángel, sino también Gregorio. Durante la noche, al contrario de las anteriores, ha habido una vigilia disimulada. Han dado vueltas en las camas, alguien se ha levantado y encontrado al otro que vuelve de la cocina después de tomar agua. Cuando el reloj despertador de la madre ha sonado, a diferencia de otros días en que nada perturbaba el sueño de los hombres, los dos hijos mayores también despiertan. El mayor ha preparado café y tostadas y ha desayunado sin hacer ruido en la cocina, tal como ha acostumbrado su madre todos los días de su vida para no importunar a los que dormían.
Cuando salen, la maestra cierra con cuidado la pequeña puerta de metal «para que al golpear no moleste a los vecinos», les dice a sus hijos. Hace más frío y la lluvia no amaina. Por debajo del abrigo de ella puede verse la línea blanca de su delantal de maestra. Parece más pequeña flanqueada por los dos muchachos fuertes. Si alguien los viera partir desde la casa, se emocionaría como ante un lienzo pintado en alguna ciudad europea, en los años 1600: una madre tomada del brazo de sus dos hijos mayores, alejándose bajo la lluvia pertinaz, pisando el agua y embarrándose las botas.
A pesar de que Miguel Ángel está impaciente por contarle a su madre sobre lo leído en la biblioteca el día anterior, un nerviosismo le recorre el cuerpo y lo mantiene extrañamente lúcido, vigilante a la aparición del hombre de la bicicleta. Pero se contiene para no transmitirle aflicción a su madre. Y, con la intención de empezar el tema sobre Belgrano, le comenta:
—Debió de haber sido muy difícil aquel tiempo.
«Campos embarrados de oscuridad y silencio», responde María Emma con el pensamiento.
—No entiendo cómo Manuel Belgrano, un tipo educado en un colegio prestigioso como el San Carlos y en las mejores universidades españolas, que asistía a las cortes, hablaba varios idiomas…, no entiendo. Con tantos privilegios, tenía todas las de ganar en la sociedad. Qué impulsa a alguien de esa condición a decidirse y luchar por la independencia de un pueblo.
—No te olvides de que había nacido en estas tierras; aunque de padres españoles, este ya era su pueblo. Belgrano seguramente quería ver a la gente de estos pueblos iniciar actividades económicas o impulsar mayores actividades culturales, pero la dependencia con la Corona española impedía ese desarrollo.
»Y cada época —agrega la madre maestra— tiene sus problemas que superar. Pero, aunque tanto las épocas como los problemas eran diferentes de los actuales, los sentimientos o los estados de ánimo han sido siempre los mismos: la esperanza, el valor, la decisión para encarar nuevos proyectos, el desánimo, la voluntad…»
Los muchachos se quedan en silencio, porque imaginan que encierra una queja o un sermón para ellos, los inactivos, como su madre acostumbra a llamarlos con suavidad. Entonces, para desviar la conversación, Gregorio pregunta en tono burlón:
—¿Dónde aparece el fantasma del impermeable?
—En la próxima calle —le responde Miguel Ángel.
—¡A mí no me va a joder, en cuanto me diga «gracias», lo derribo de una piña!
—No es así cómo se resuelven las cosas —dice la madre—. Hay que ver quién es el hombre.
—¡Lo único que faltaría es que le pidiéramos documentos con esta lluvia y esta oscuridad!
—¡Sí, por qué no! —dice la madre maestra—. Solo es necesario hacerle saber que no estoy sola.
—¡Ay, mamá! ¡Cómo se ve que sos maestra! —dice Miguel Ángel.
—¡Y que tratás con niños! —completa Gregorio.
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