Kitabı oxu: «#atrapadaenlared»

Echavarría, Albeiro, 1963-
Atrapada en la red / Albeiro Echavarría. -- Bogotá : Panamericana Editorial, 2019.
216 páginas : ilustraciones ; 23 cm. -- (Narrativa contemporánea)
ISBN Impreso 978-958-30-6012-0
ISBN Digital 978-958-30-6272-8
1. Novela juvenil colombiana 2. Redes sociales en línea -Novela juvenil 3. Novela policíaca colombiana I. Tít. II. Serie.
Co863.6 cd 22 ed.
A1647677
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Primera edición, enero de 2020
© 2019 Panamericana Editorial Ltda.
© Albeiro Echavarría
Calle 12 No. 34-30. Tel.: (57 1) 3649000
www.panamericanaeditorial.com
Tienda virtual: www.panamericana.com.co
Bogotá D. C., Colombia
Editor
Panamericana Editorial Ltda.
Fotografía de carátula
© Shutterstock: Madebyindigo
Imágenes
© Shutterstock: Media Union, 2happy, Maria Letta, Sahachatz,
Yourpane, CooiCo, Radek Standera,
Photographee.eu, jpbarcelos, SergeyIT
Diagramación
Martha Cadena
ISBN Impreso 978-958-30-6012-0
ISBN Digital 978-958-30-6272-8
Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin permiso del Editor.
Impreso por Panamericana Formas e Impresos S. A.
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Bogotá D. C., Colombia
Quien solo actúa como impresor.
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

A mi amigo X, y a los que como él salvan vidas en internet.
Nemo
MIS COLEGAS ME LLAMAN NEMO. Sí, como ese misterioso capitán de Veinte mil leguas de viaje submarino que se sumerge en los más profundos abismos del océano con la idea de no salir nunca de allí. Navego en el abismo oscuro de internet, en lo que se conoce como la red profunda, deep web. Allí no todo es malo, pero es el lugar donde se alberga la red oscura, dark web, donde todo sí es malo. Tengo que deambular entre rufianes de la peor calaña: pederastas, vendedores de drogas, traficantes de armas, terroristas y organizaciones de trata de blancas.
Al igual que el capitán del Nautilus, tengo la intención de hacer del mundo un mejor lugar para todos. A diferencia de él, no recurro a la violencia para lograrlo; sin embargo, mis métodos pueden resultar reprochables, pero son necesarios cuando se trata de explorar un mundo ilegal que se rige bajo una regla de oro: el anonimato.
La gente se imagina que un investigador como yo vive frente a una pantalla de computador espiando lo que hacen los usuarios, como un voyerista. Pero no es así. Solo puedo actuar cuando hay una investigación en curso. Y esta solo se produce cuando hay una denuncia de alguien que ha sido víctima de un acto delictivo. En mi oficina lo llamamos “noticia criminal”.
Una vez tengo la noticia criminal sobre mi escritorio, trato de actuar bajo los parámetros oficiales. Trato, pues en ocasiones hay que saltar ciertas barreras para lograr un objetivo. Eso lo saben mis jefes, pero es algo que no se comenta y se pasa por alto. Entonces, puedo decir que tengo “cierta libertad” para establecer mis propios límites.
En seguridad informática no está bien decir que uno es bueno porque siempre habrá alguien mejor. Pero me preocupo mucho porque mis equipos se mantengan actualizados. Y tengo en la oficina poderosas herramientas y un arsenal digno de una unidad de investigación: mis torpedos, como los llama Protón, nombre en clave de mi mejor amigo y compañero de trabajo.
¿Saben por qué los llama torpedos? Porque Tor, The Onion Router, es mi sitio predilecto. Tor es el navegador que más utilizo en mis incursiones a la red oscura. Por ello mi amigo Protón, ingenioso, aunque no tanto como yo, hizo un juego de palabras: tor-pedos. Porque eso es lo que lanzo, auténticos torpedos, cuando realizo una incursión en el campo enemigo. Algo así como un ataque de fuerza bruta, como denominamos en nuestro medio a una cacería de contraseñas.
Son esos torpedos, junto con mi olfato, los que me han llevado a ganar cierto prestigio entre los investigadores. Por eso me pusieron Nemo. Por eso y porque me gusta poner a prueba a todos mis colegas para que descubran no solo la vulnerabilidad de mis programas, sino también de mis personajes. Ellos saben que me esfuerzo mucho por darles todo el realismo posible. No se trata de crear un falso perfil, sino de darle vida a un bandido real que pueda vérselas de tú a tú con gente de su propia calaña.
En cierto sentido me parezco a un escritor cuando moldea sus personajes: les da vida, los hace creíbles y los pone a actuar. Solo que yo, en vez de escritor, soy un agente de la UIT, la Unidad de Investigaciones Tecnológicas de la Policía.
Euclides Torres fue una de mis últimas creaciones. Este sujeto tenía veintiocho años y vivía con su esposa y sus dos hijos en Quinta Paredes, Bogotá. Ante los ojos de todos, Euclides era un técnico electricista. Lo que nadie sabía era que tenía un socio, Richard, con quien trabajaba en la venta de videos pornográficos de menores de edad. Un día, llevado por la ambición y la avaricia, organizó una subasta para vender a sus propios hijos.
Sí, Euclides era una infame creación, como suele decir Protón, pero una creación que me habría de ayudar a desarticular a una poderosa banda de pederastas que funcionaba en varios países de América y Europa, que podría estar integrada por más de treinta mil personas. Para ello conté con Protón, con mis torpedos, con mis amigos de la Interpol y la Europol, un par de amigos en España y dos fiscales colombianos con los que comparto información.
Así fue como comenzó todo: hace un tiempo llegó a mis manos una noticia criminal sobre un caso de grooming que involucraba a un niño de trece años. Beto fue contactado por un pederasta local que se hizo pasar por un niño de su misma edad. Cuando se hicieron amigos y se ganó su confianza, el hombre le puso una cita en un parque cercano para jugar fútbol y allí lo secuestró. Durante una semana, el pederasta —que no actuaba solo— le tomó fotos a Beto, abusó de él y finalmente lo asesinó. El cuerpo del niño apareció en un potrero en las afueras de Fusagasugá, cerca de Bogotá.
Una semana después, las fotos de Beto y el video del asesinato circularon en la red oscura y fueron adquiridas por pederastas del Reino Unido y Francia. La Europol descubrió que habían sido puestas en la red desde algún lugar de Colombia.
Eso era todo lo que se sabía del caso de Beto. Todavía no se había realizado ninguna captura, pero mis colegas de la Dijin, con nuestro apoyo, iban por buen camino y tenían esperanzas de que pronto habría buenas noticias.
Así, me di a la tarea de crear a Euclides Torres. Una vez fue perfeccionado, se convirtió en la punta de lanza de la Operación Terciopelo, como se llamó en español el plan de búsqueda y futura desarticulación de la red de pederastas que compró las fotos y videos de Beto.
Si bien me esforcé en hacer creíble a Euclides, era su amigo Richard —otro invento mío— quien aparecía como el autor de las fechorías. Hasta le tuvimos un apartamento en el barrio Kennedy de Bogotá, donde trabajaba en su computador y ofrecía las fotos de los hijos de Euclides. Pero quien realmente lo hacía era otro investigador de la UIT. Yo asumo que en estos casos es más importante el mensaje que el emisor. Y en este caso, Richard es el emisor, pero Euclides es el mensaje y su relato tiene que pasar todas las pruebas.
En ese momento, Euclides aparecía en escena, pero como un personaje secundario, asediado por problemas, que estaba dispuesto a todo con tal de salir de la pobreza. Richard organizaría la subasta y de inmediato despertaría la ambición y la lujuria de cientos de pederastas, que pujarían por quedarse con los niños. Nuestra esperanza era que entre ellos se encontraran los asesinos de Beto.
En este nivel de búsqueda me topé por casualidad con un asunto que me dio muchas vueltas en la cabeza. Lo descubrí en una corta conversación en un chat de pederastas ingleses. Hacía referencia a un delfín morado que supuestamente iba a provocar una conmoción planetaria. Tres días después encontré la misma referencia, delfín morado, en un e-mail enmascarado que desapareció antes de que pudiera detectar su origen.
Lo primero que se me vino a la cabeza era que alguien estaba tramando un atentado terrorista. Así como la deep web la utilizan activistas políticos en países donde hay represión, también les sirve a las organizaciones terroristas para trazar planes y definir objetivos. Allí, en internet profundo, es más difícil rastrearlos. ¿Saben por qué? Permítanme explicarlo de una manera sencilla:
Imagine que usted es un espía que necesita saber quién es el remitente y el destinatario de un paquete que circula por las calles de Cali. Del punto A al punto B es enviado un paquete por correo. Solo con interceptar el paquete, entre A y B, sabrá la dirección del uno y del otro. Lo mismo ocurre cuando uno utiliza navegadores como Firefox o Explorer, y trata de dar con la dirección IP de un usuario emisor o receptor. Hacer eso es tan sencillo que hasta un newbie, un hacker novato, lo puede averiguar.
Pero en internet profundo, con navegadores como Tor, la cosa es a otro precio. Ese mismo paquete no circulará por las vías normales, la información no se indexará en los resultados de búsqueda y, por lo tanto, no se hará visible. Ese paquete ya no irá por las calles sino por las redes del alcantarillado, por lo que a un observador externo le será casi imposible seguir la huella.
Ya ven: mi afán era tanto que no lograba concentrarme. Mientras husmeaba en la red, iban apareciendo nuevas cosas. ¿A qué se debía mi desvelo? No voy a revelar —al menos por ahora— todos los detalles del motivo que me condujo a trabajar en la UIT, cuya oficina estaba instalada encima de un asadero de pollos de la avenida Roosevelt de Cali. Solo diré que fue por un terrible suceso que destruyó la vida de mi hermana Inés y marcó a toda nuestra familia. Y yo, que tenía otros planes para el futuro, tuve que cambiar de rumbo.
Cuando salí del colegio, mi aspiración era convertirme en actor de cine. No es que fuera un galán, ni mucho menos, sino que era bueno para exagerar cualquier situación y para meterme en la piel de otras personas. Hacía imitaciones de mis compañeros y de personajes. Yo organizaba el grupo de teatro del colegio, dirigía a los actores y me autoproclamaba personaje principal de todas las representaciones. Pero, además, era bueno para otra cosa: para los videojuegos.
En esto último me secundaba mi amigo Efraín, un auténtico cracker. Con solo decir que él se las ingeniaba para hackear el computador del rector, extrayendo de allí secretos que los alumnos no teníamos por qué saber. Yo era apenas un aficionado a consolas como Xbox 360, sin embargo, asimilaba todo lo que Efraín me enseñaba desprevenidamente. Con una o dos clases que me daba sobre un asunto particular, superaba al maestro. Aunque yo no estaba interesado en convertirme en hacker, oía a Efraín, asimilaba sus conocimientos y guardaba todo lo que aprendía sin darle ningún uso.
Entonces ocurrió lo de mi hermana y nuestra vida familiar se hizo añicos. Todo por culpa del HPZ: el HIPNOTIZADOR, como llamo a internet. Sí, echen una mirada alrededor y verán que todos andan como hipnotizados —en el bus, en la calle, en la mesa, en la cama o a la orilla de la carretera— por las imágenes que aparecen en la pantalla del teléfono. Auténticos zombis que se mueven en una aldea virtual totalmente ajenos a lo que sucede en el mundo real: ¡el gran HPZ! Y mientras la mayoría ha sido hipnotizada por la red, como en una novela distópica, unos cuantos, expertos en sondear las debilidades y puntos vulnerables de niños y jóvenes, aprovechan para asesinar a pequeños como Beto o para comprar a los hijos de Euclides.
Después de la desgracia familiar me costó mucho levantar cabeza. Cuando lo hice, me dediqué a estudiar ingeniería de sistemas y le paré bolas a todo lo que Efraín tuvo a bien enseñarme. A los cinco años, cuando me gradué con honores, ya tenía trabajo. No sé quién le llevó el cuento a la Policía de que en la Universidad del Valle se estaba gestando un genio y entonces me reclutaron. Ni siquiera fue necesario que me convirtiera en policía, empecé a trabajar para ellos como contratista civil. Acepté porque sabía que eso era lo que quería hacer por el resto de mis días.
No aparezco en la nómina oficial de la Policía, pero soy el jefe en la sombra, aunque solo mande en un pequeño cuarto que siempre huele a pollo asado. Protón, con el cargo de subintendente, figura como jefe. Así que estamos a la par: yo, jefe en la sombra, y él, jefe oficial. Tanto las órdenes suyas como las mías tienen que acatarse. ¿Quién ordena y quién obedece? ¡Vaya lío el que nos armamos en ocasiones! Menos mal que tenemos un jefe de verdad, conocido entre nosotros como Lukas3, quien despacha desde sus oficinas de la Dijin en la avenida Simón Bolívar y se encarga de poner orden cuando nosotros nos descarrilamos.
Ahora, volviendo al asunto principal, mi prioridad era mantener en alto la credibilidad de Euclides Torres, ese hombre que estaba dispuesto a vender a sus dos hijos con tal de conseguir dinero para salir de la pobreza y costearse el vicio, el licor y todo lo que se le viniera en gana. Richard, viejo conocido de la red profunda, estaba a punto de contar su historia ante los pederastas del mundo, que seguramente se frotarían las manos al ver a los dos niños que serían subastados. Podría decir que la Operación Terciopelo entraba en su fase más crítica. Esto me mantendría muy ocupado por algún tiempo y confiaba en tener suerte para desenmascarar a los asesinos de Beto.
Me hice el propósito de averiguar, en los ratos que me quedaban libres, qué se traían entre manos con eso del delfín morado. Algo me decía que era un asunto siniestro. Pero solo podría actuar cuando tuviese información significativa. Porque, como ya saben, yo no estoy aquí para observar, sino para actuar sobre hechos concretos, para resolver una noticia criminal.
Laura
UN DÍA LUCY ME DIJO que yo era bipolar y la miré con ganas de matarla. Me sonó feo. Como si me hubiera dicho en términos científicos que yo estaba loca. Eso fue ofensivo. Si al menos me hubiera dicho “Laura, estás deschavetada” o “Estás más loca que una cabra”, yo lo habría tomado como una expresión de cariño. Esa palabra me dolió tanto que decidí vengarme dejándola en visto en WhatsApp durante cuatro días. Fui demasiado cruel, lo reconozco, porque no puede haber peor ofensa y humillación que lo dejen a uno en visto, pero se lo merecía.
Eso de que yo era bipolar me resonó en la cabeza toda la tarde. Cuando me acosté, seguía maldiciendo a mi befa. Ya saben, befa es una derivación de BFF, best friend forever. Lucy era mi befa. Aunque a veces peleábamos, terminábamos amándonos como siempre. La cosa funcionaba así: la muy canalla decía sus cosas, a mí me daba rabia, me alejaba por un tiempo, la dejaba en visto todo lo que podía y después, aunque no lo reconociera, sus palabras me ponían a pensar.
No soy bipolar, o quién sabe, pero sí he tenido mis días, mis horas y mis segundos en los que he parecido una veleta. Como ocurría cuando me despertaba, levantaba la persiana, dejaba que entrara el viento de la madrugada y me decía a mí misma que iba a tener un día maravilloso. Después, al regresar del baño, mi mundo se derrumbaba cuando miraba el celular y veía que en el grupo del salón, Los Terribles Despechados, tenía mil seiscientos mensajes sin leer. ¿Por qué me acosté tan temprano? El mundo acabándose y yo durmiendo como un lirón. Entonces desayunaba de mal genio, me despedía a las carreras de mamá y, cuando me subía al bus, empezaba a repasar el chat mientras iba maldiciendo para mis adentros, pensando que el colegio era el peor invento de la humanidad. Menos mal solo me faltaba un año para pasar a la universidad. Cuando iba por la mitad de la ruta me quedaba dormida y no alcanzaba a ver ni siquiera la mitad de los mensajes. ¡Qué horror! Estaba totalmente desactualizada. Todos me mirarían como si yo fuera un bicho raro.
Las cosas empezaban a cambiar cuando llegaba al colegio, me encontraba con mi befa, con Lina y con las demás, Las Rechiqui, como nos llamábamos entre nosotras. Entonces me parecía que el colegio era el único lugar donde era feliz, donde era sincera y donde encontraba mi verdadera identidad. Sí, cuando me fuese del colegio las extrañaría.
Los sube y baja de mis estados de ánimo eran famosos. Que lo digan mis estados en WhatsApp que muchas veces se volvieron virales. Ponía frases que me inventaba, de las que se deducía cómo me encontraba. Para la muestra, una captura de mi estado cuando perdí Química:

Otras veces me ponía más sentimental. Ocurría, por ejemplo, cuando pasaba horas enteras viendo la foto del perfil de Daniel en WhatsApp, esperando, rogando, suplicándoles a todos los santos que el muy cretino se dignara a enviarme un mensaje. Podía soportar todo en la vida, menos que Daniel me ignorara. De verdad, ni siquiera se fijaba en mis mensajes. ¿Por qué no me bloqueaba de una vez por todas? Tal vez quería dárselas de importante o le gustaba hacerse el difícil. “Cuando él me busque, le voy a pagar con la misma moneda, como dice la canción de Maluma —pensaba—. Yo sé, por lo que me ha dicho Lucy, que le gusto. A lo mejor él también se pasa mirando mi foto y leyendo mis estados”. En momentos así, ponía estados megacursis, como indirectas para Daniel. Yo sé que quienes más se divertían con mis estados eran mis amigas; como con este, que fue muy alabado:

Daniel era amigo de las faru del salón, o sea, de las populares, y no solo me ignoraba en las redes sino en la vida real. Aunque eso que llaman “vida real” es bastante relativo, pues para mí esta cabía en la palma de la mano: todo lo que palpitaba y era importante estaba allí, en ese milagroso aparato, mi celular, que me mantenía en contacto con el mundo exterior y en comunicación directa con Las Rechiqui. ¡Ah! No importaba que Daniel fuera un cretino. ¡Es que era tan lindo! Parecía un oso de peluche. Si mis papás lo hubiesen conocido no se habrían puesto tan bravos como cuando estuve de novia con Mario Bros, que se ganó su animadversión porque era muy mal hablado y una vez fue a la casa con tragos en la cabeza. ¡Es que mis papás eran bastante complicados! Al final terminamos, no por mis papás, sino porque él se enredó con Lina, del mismo combo de las faru.
Mamá trabajaba como jefe de prensa de un político que estaba haciendo campaña para llegar a la gobernación del Valle. Llegó allí porque fracasó en el periodismo y terminó haciendo comunicados de prensa en varias empresas, hasta que la contrató el político. Papá es odontólogo. Tiene dos trabajos: uno en la EPS, donde atiende por las mañanas, y otro en el edificio Versalles, donde tiene su consultorio particular. Ambos se ponían de acuerdo para llegar a casa a las nueve de la noche, cuando yo estaba a punto de dormirme. Poco nos veíamos, pero siempre estábamos al alcance de un clic: debo decir que el grupo The Family Tree, compuesto por mamá, papá y yo, era de los más aburridos. Pero al menos servía para cuando ellos me querían ubicar o cuando íbamos a reunirnos en alguna parte.
En WhatsApp pertenecía a quince mil grupos. Exagerada, ¿no? Quítenle el mil y da la cifra exacta. Quince grupos donde tenía tantos amigos que ni yo misma sé quiénes eran todos ellos. Casi siempre tenía tres o cuatro chats abiertos y hasta me confundía mandándoles cosas a unos que eran para otros. Tampoco llegaba al extremo de Tampi, mi mejor amigo. Un día estaba con mi mamá y él envió un video que a primera vista era el de un señor persiguiendo a otro por un callejón. Cuando lo abrí, ¡oh sorpresa!, era un video pornográfico: tremendos gritos y gemidos de una pareja haciendo al amor en todas las posiciones habidas y por haber. Yo me puse tan nerviosa que no encontraba la forma de bajarle el volumen y sentí que se me subieron los colores a la cara. Menos mal mamá conocía a Tampi desde que éramos chiquitos y apenas se limitó a gritarle, mientras yo grababa un mensaje de voz haciéndole el reclamo, “Cochino, no mandés eso”.
Podía parecer muy amiguera por todos los contactos que tenía en Instagram, Snapchat o en WhatsApp, pero no era la felicidad en pasta. Muchos de mis días comenzaban mal y terminaban repeor. Incluso, a veces lloraba sin motivo. Como cuando estaba en el baño y dejaba que las lágrimas salieran hasta que el vapor de la ducha comenzaba a ahogarme. Eso era bueno porque se confundían con el agua. Y si mamá me veía con los ojos rojos, le explicaba que los tenía así porque me había caído jabón y no porque estuviera fumando marihuana, que era lo primero que ella pensaba al verme así. Pero eso, fumar cualquier cosa, nunca me interesó.
No sé por qué me ponía así. Había algo misterioso que me venía a cada rato y me mantenía con el ánimo por el piso. No podía descubrir qué era. No creo que por falta de novio, como decía Lucy, porque mi situación era peor cuando salía con Mario Bros. En esos días no solo andaba triste sino al borde del suicidio. No me soportaba ni a mí misma.
Pero al mal tiempo buena cara. Para eso estaban las amigas. En el chat de Las Rechiqui, Lucy me tenía a mí como Lau Mor, mientras que yo la tenía a ella como Bruja. Ahí estaban también mis otras amigas: Naty Bebita, Lina Arango, Mi China, Tati Sandoval, H. Corral y Danna Pérez. Todas más o menos de mi edad; la mitad de ellas tenía novio; seis eran fanáticas del reguetón; una, Lina Arango, estaba enamorada del profesor de Física; otra, Tati Sandoval (Tati Lana), que era la más seria, se la pasaba escuchando canciones de Calle 13, por eso le decía que era la más rara de todas. Tarareaba todo el tiempo esa canción, John, el Esquizofrénico, que en alguna parte dice: “Ven, amiguito, acércate aquí, las tijeras que traigo son para cortar el jardín”. Y en otra dice: “Para poder matar el hambre, desayuno cereal con sangre”. La verdad es que a mí me gustaba también esa canción, pero si lo decía me iban a señalar de poco original o de copietas, por ser la canción preferida de Tati Lana.
En el chat de Los Terribles Despechados hablábamos mucho de tareas y de generalidades del grupo, aunque algunos se lo tomaban como si fuera su chat de amigos privados. Caso Tampi, “el Rey del Porno”. ¿Había dicho que Tampi se me declaró cuando estábamos en séptimo? Cuando le respondí que no, dejó de hablarme como un mes. Pero después, en una fiesta de cumpleaños dejó la bobada y me volvió a dirigir la palabra. Es un buen chico pero no me veo al lado de él. Bueno, sí, como grandes amigos que somos, pero nada más. Pero eso sí, a mamá le encantaría que fuera mi novio, con todo y lo grosero que es.
Y tenía otros chats: Los Vagos Oprimidos, de mis amigos del conjunto, donde había un niño, Emanuel, que siempre me gustó, pero creía que era gay; Décimo Prom2018, donde estaban los dos cursos de décimo que había en el colegio, y Los Melomerengues, donde tenía amigos en común de varios grupos. Allí fue donde conocí a Condesa. Ella, después de Lucy, se convirtió en mi mejor amiga. ¡Otra befa! ¿Qué más puedo hacer si soy tan faru? Mentiras, yo no soy faru ni nada de eso.
Condesa era un caso aparte. Ella era la befa de un amigo de Rodolfo, el cual era un amigo de Felipe, que conoció en Los Melomerengues. Y como Felipe era amigo de Lina Arango, la puso en contacto con ella. Lina y Condesa se hicieron muy amigas. Un día nos pusimos a charlar las tres. Con el tiempo resulté yo más amiga de Condesa que la misma Lina.
Condesa estaba amargada porque sus papás se separaron y cada uno vivía en una ciudad diferente. Ella no quiso irse con ninguno y vivía en el barrio Los Alcázares, con la abuela. Era una viejita rica que iba a dejarle toda su herencia, pues no quería a la hija porque había sido muy desconsiderada y, si hubiera sido por ella, la habría tenido en un ancianato. Pero a Condesa eso de la plata no le importaba. Ella quería trabajar para irse a vivir a la India o a otro país remoto. A propósito, no es que Condesa se llamara así sino que en el grupo la llamaban así, vaya a saber por qué. Su verdadero nombre era Diana.
Cuando las dos conversábamos, sentía que hacíamos clic. Ella era madura y loca a la vez. Y eso me divertía mucho. Hay que ver las cosas que se le ocurrían, empezando con que le gustaba jugar a los retos, como ese de No Arms Challenge. Ay, no saben lo que me reí cuando un día me mandó un video de su primita sosteniendo una galleta en la frente y tratando de hacerla bajar a la boca y comérsela sin que los brazos intervinieran. Pero, según me contaba, eso eran bobadas comparado con lo que realmente le gustaba: el paracaidismo, la montaña rusa o el alpinismo, en fin, todo lo que le alborotara la adrenalina.
Lo que más me gustaba de Condesa era su lado tierno. Se preocupaba mucho por mí, me ayudaba a hacer tareas y hasta me daba consejos cuando tenía algún problema. A las dos nos gustaban las mismas canciones y hasta teníamos listas similares en Spotify. Quise que se hiciera amiga de mi befa pero se negó, aduciendo que ya tenía muchas amigas, que de pronto terminaba peleando con mi befa porque se podía poner celosa y bla, bla, bla. La verdad es que Condesa valoraba mucho nuestra amistad. Y yo le correspondía.
Ella tenía gestos bonitos. Un día yo no podía dormir, como a las tres de la mañana le escribí y al minuto me contestó. Chateamos hasta que me quedé dormida. Otro día mamá estaba enferma y ella fue mi consuelo. Papá se había ido de viaje y entonces a ella se le bajó la presión, porque creía que él andaba en amoríos con una enfermera. Al otro día estaba tan mal que tuve que llamar al doctor. Llegué tarde al colegio y apenas volví a la casa me tocó ponerme a hacer oficio. ¡Qué horror! Yo que ni siquiera lavo un plato ni sé tender una cama. Cuando vi el WhatsApp, estaba inundada de mensajes de todo el mundo. Pero no los leí, solo contacté a Condesa. Ella me subió el ánimo…, aunque no fue de mucha ayuda:


Si hay algo que me gustaba de Condesa era que rara vez me dejaba en visto. En eso no se parecía en nada a Bruja. No sé por qué, pero sentía que con ella me daban más ganas de sincerarme. ¡Tantas cosas que me pasaban por la cabeza! Bueno, es que yo a mi edad no debería tener tantos problemas. Y menos tener que lidiar con los de mis papás. Ellos, si no se ponen pilas, van a correr la misma suerte de los papás de Condesa. ¡Y la pobre Conde! Ella también se pegaba sus lloradas. No debe ser fácil vivir en la casa de la abuela por muy millonaria que sea. Condesa me decía que su abuela era requetealegona y que le ponía horarios muy estrictos cuando tenía fiestas… Hay abuelitas muy tiernas, pero es que hay otras que uno quisiera que se las comiera el lobo, como en Caperucita.
Otra cosa que me gustaba de Condesa es que a veces era bastante misteriosa. Por ejemplo, cuando pasó diez horas sin dar señales de vida después de que tuvimos un chat inconcluso, en el que me propuso un juego todo misterioso. Luego de eso me dejó en visto. Aclaro que esta era la primera vez que ocurría, porque como ya dije, ella siempre estaba para mí. Tal vez se durmió y no tuvo tiempo de conectarse. Este fue nuestro último contacto esa noche:

Esa noche me tuvo en ascuas. Finalmente no me respondió de qué se trataba el juego. Al parecer tenía que ver con un delfín. O con muchos delfines. ¿Quería que la acompañara a cazar delfines a la isla Gorgona? O mejor aún, ¿a Madagascar? No me caía mal una aventura en las profundidades del mar. Pero no creía que mis papás me dejaran ir de paseo con una desconocida. O quién sabe. Además, ellos no tenían por qué saber que solo conocía a Condesa a través del chat y no en la vida real. Igual, a algunos amigos míos del colegio ellos nunca les habían visto la cara, como es el caso de Daniel. ¡Un momento, baby! ¿Cómo así que cambió el estado? ¿Qué tenemos aquí? ¡Se rapó el cabello! Bueno, ya tengo tema de conversación para otra hora con Las Rechiqui. ¿Cómo quedó mi bebé? No sé, creo que me gustaba más con el pelo largo. Pero así, rapado a los lados y con cresta, también se ve lindo, reáspero.
Me puse a ver qué había en los otros grupos mientras esperaba que Condesa regresara desde el mundo de los muertos, para que me aclarara eso de los delfines. ¡Tan tiernos! Pensándolo bien, de pronto terminaba siendo domadora de delfines, pues siempre me gustaron los animales. Que lo diga Dulcinea, la gata más consentida del mundo. La recogí en la calle un día que iba con mamá. Vimos cómo la atropelló un carro y el conductor ni siquiera se bajó a ver qué había ocurrido, sino que se dio a la fuga. La recogimos, la llevamos al veterinario y en cosa de quince días ya estaba recuperada. En esos días me tomé una foto con ella junto al balcón, la puse en mi estado y de inmediato todos respondieron: Goals, seguido de muchos…

¡Mi tierna Dulcinea! No sé qué sería de mi vida sin ella.
Nemo
CUANDO VEO PELÍCULAS DE JUSTICIEROS me horroriza pensar que yo actué como ellos: movido por la sed de venganza. Uno no puede tomarse la justicia por sus propias manos. No se debe actuar siguiendo la misma lógica de los criminales, pues en algún momento se pierde el norte y termina uno siendo un bandido más.
Me alegro de pertenecer a la UIT, así no esté en la nómina oficial. Desde acá puedo hacer algo por este mundo, dominado ya por el gran HPZ, y en el que a veces siento que me falta el aire. Trabajar aquí me ha dado la oportunidad de no andar por ahí atormentándome con rencores que podrían hacerme daño. Recuerdo cuando le conté a Protón lo que había ocurrido con mi hermana. El tema surgió de otro tema que él me planteó.
—A veces, en la Dijin, me hacen sentir mal —me confesó Protón un día, cerca de la cafetería de la esquina, después de mordisquear a la mitad un pandebono caliente.
—¿Y allá no están tus amigos? —pregunté.
—Qué amigos ni qué nada.
—¿Cuál es el problema?
—Dicen que mientras ellos arriesgan su vida en las calles, lidiando con toda clase de malandrines, yo estoy en una oficina mirando porno en internet. Que lo mío no es investigación ni es nada. Que no hay nada de heroísmo en pasarse la vida jugando al espía en las redes. Me matonean todo el tiempo. A veces me hacen dudar de mi trabajo.
—Pues ellos no van a reconocer lo que haces hasta que no tengan que venir a pedir tu ayuda —respondí indignado—. Eres muy bueno en lo que haces. Y todos, según nuestras capacidades, podemos servir a los demás de una manera diferente. No te dejes desanimar. Muchos niños están esperando que haya tipos como tú, que los defiendan de esos miserables depredadores que están esperándolos en internet cada vez que se conectan. ¡Si hubiera habido un Protón que hubiese salvado a mi hermana!
En ese momento sentí que podía confiar en Protón. Le conté lo que a nadie le había dicho. Aunque era algo que pertenecía al círculo íntimo de nuestra familia, podía servirle a él para darse cuenta de lo importante que era su trabajo.
Cuando ocurrió el suceso de mi hermana, hacía dos años que yo había salido del colegio y estudiaba actuación. Mi hermana es cuatro años menor que yo y estaba en décimo. Ella siempre había sido muy amiguera, contrario a mí, que era bastante tímido y retraído. Ella era muy activa en internet. Mis papás confiaban en ella porque siempre dio muestras de ser muy madura. Tenía perfiles en todas las redes sociales y se jactaba de tener muchos más amigos que cualquiera de sus compañeras de colegio.
Los dos manteníamos una buena relación, aunque ya no tan cercana como cuando niños. Su adolescencia nos alejó un poco. En esa época peleábamos por cualquier motivo y, al poco tiempo, nos reconciliábamos. Yo estaba pendiente de sus cosas, pero no me atrevía a husmear en su celular. Nos respetábamos y defendíamos mucho nuestra privacidad.
Después, cuando vino la investigación, supe que su núcleo de acción era WhatsApp, donde tenía muchos amigos desconocidos, aunque también frecuentaba Snapchat, que permite que los mensajes enviados se borren en corto tiempo. Yo también tenía mis grupos, pero eran pura mamadera de gallo o todo lo contrario, asuntos realmente serios.
La amiga de Inés, o befa como se decían entre ellas, era una niña de su misma edad que había llegado al colegio cuando estaban en sexto. De inmediato congeniaron y se hicieron inseparables. Le decían Houston, porque se parecía a la cantante Whitney Houston. Era muy extravertida y pronto se hizo muy popular en el colegio.
Mi hermana se montó en la cresta de popularidad de Houston y las dos crearon un grupo al que llamaron Houston y Sus Comadres. Allí estaban las más bonitas, las más lanzadas y las más apetecidas por los muchachos. Así se llamaban en la vida real y también en el grupo que tenían en WhatsApp.
Houston era, por supuesto, la que más admiradores tenía. Más de uno soñaba con tener una relación sentimental con ella. Por eso la chica e Inés acordaron mantenerse al tanto de todo avance que realizaran los muchachos en ese sentido. Es decir, se cuidaban la espalda. Fue tal el grado de confianza y de camaradería que cultivaron entre las dos, que un muchacho debía primero pasar el examen de la una para que pudiera entablar amistad o amorío con la otra: “Si le partes el corazón, te las verás conmigo”, “Te voy a dar el visto bueno, pero si no te comportas, te voy a hacer la vida imposible en las redes sociales”. Si algunas de las dos rechazaba a un pretendiente de la otra, no había vuelta de hoja y era dejado en visto o bloqueado del chat.
Fue Houston la que animó a Inés a aceptar una relación amorosa con Tobías. ¿De dónde había salido este tipo? Ese muchacho era amigo de una prima de Andrea, que era una de las Comadres. Fue Andrea la que lo llevó al grupo Loslocosdelsalón y allí fue donde se interesó por el perfil de mi hermana Inés. A las pocas horas eran amigos y al otro día él le declaró a mi hermana, a través del chat privado, que estaba enamorado de ella.
Lo que a Tobías le faltaba en belleza física le sobraba en palabrería. En la segunda noche, después de haber recibido el visto bueno de Houston, Tobías le mandó a mi hermana veinticinco mensajes de voz. Algunos de ellos de hasta diez minutos. Y hablaba de una manera tan cariñosa que era fácil entender por qué mi hermana se había enamorado de él. Eso, sumado a que tenía una voz muy sensual, hizo que Inés cayera en sus redes.
Los mensajes que encontramos después revelaron que Inés no se quedó atrás. Se comunicaba con él estando en clases, en recreo o en la buseta. Y ni se diga cuando llegaba a la casa y se encerraba en su habitación. Encontramos conversaciones después de la medianoche, cuando se suponía que estaba dormida. Los mensajes de Inés no eran tan explícitos como los de Tobías, pero sí mostraban a una adolescente perdidamente enamorada y terriblemente ingenua.
Fueron quince días de amor intenso hasta que Tobías le pidió a Inés que se vieran en la vida real. Ella le respondió que eso era imposible porque mis papás no la dejarían. Entonces él recurrió a varios trucos y, hablándole como solo él sabía hacerlo, le propuso que se vieran el sábado cuando ella fuera a la unidad residencial de mi tía Emilia, rutina de la que estaba enterado porque Inés le había contado su vida al derecho y al revés, y le había hablado al detalle de cada uno de los integrantes de nuestra familia.
Todo quedó en los mensajes que se intercambiaron: la estrategia de Inés para salir del apartamento de la tía Emilia diciendo que iba para el apartamento 1104 donde vivía una amiga y el truco de salir por la portería sin ser vista por los porteros, esperando en el corredor hasta que un grupo de personas saliera para confundirse con ellas. El vehículo de color marrón que la recogió una cuadra más adelante del edificio fue captado por una cámara de seguridad.
Ese día me habían invitado a celebrar el cumpleaños de un amigo en un bar de la calle sesenta y seis. Fui a la casa después de mi última clase de teatro, me cambié, pregunté por Inés y mamá me dijo que estaba en la casa de la tía Emilia. Hablé con papá y le pedí plata. Me despedí y salí a la portería donde ya me estaba esperando el taxi.
Al llegar al bar me vi en dificultades para encontrar la mesa donde estaban mis amigos. La gente estaba bailando reguetón y cantando en coro. Había que avanzar empujando a todo el mundo. Saludé a mis a amigos, me tomé un sorbo de ron y me puse a charlar. Al rato salí a bailar con Betty, mi mejor amiga de la escuela de artes. Ella y yo nos entendíamos bien, pero nada más. Bailé con ella todo el rato.
A las once y quince de la noche sonó el teléfono. Miré la pantalla y me di cuenta de que era mamá. Contesté a los gritos mientras intentaba despejar el camino para llegar al baño. Lo único que supe fue que mamá estaba llorando. Avancé entre la multitud, dando codazos a diestra y siniestra, hasta que alcancé la puerta. Entonces, alejado ya del ruido, mamá repitió lo que había dicho en medio de la algarabía: Inés no aparecía por ningún lado. Ni siquiera había llegado al apartamento 1104 donde supuestamente había ido a visitar a su amiga.
La habían buscado por toda la unidad y nadie daba razón de ella. Mi tía andaba como loca averiguando en todas partes, pero hasta el momento no había noticias de mi hermana. En ese momento la tía estaba revisando los videos de las cámaras instaladas en la unidad residencial y papá había salido para allá.
Traté de calmar a mamá, diciéndole que había transcurrido muy poco tiempo, que todavía era temprano y que seguramente Inés estaría donde alguna otra amiga en el conjunto porque era imposible que la tía pudiera ir de apartamento en apartamento buscando a mi hermana. Finalmente le dije que saldría de inmediato para la casa de mi tía y que me sumaría a la búsqueda.
Me despedí de mis amigos diciéndoles que se había presentado una emergencia en mi casa y tomé un taxi que me llevó en menos de diez minutos al barrio El Caney. Al llegar, encontré a papá y a Jaime, esposo de mi tía, en la sala del apartamento, con rostro de tragedia, tratando de calmar a mi tía que había sufrido una crisis de nervios.
Papá me explicó que habían descubierto, gracias a los videos, que Inés había salido del conjunto residencial camuflada entre un grupo de personas y que después se había subido sola a un carro que la estaba esperando en la esquina. Yo me quedé de una pieza. Me hice el fuerte para no angustiarlos más, pero por dentro entré en pánico absoluto y así estuve durante las horas siguientes.
Algo terrible había ocurrido y prácticamente estábamos maniatados. Lo único que podíamos hacer era esperar… Y esperar en tales circunstancias fue una verdadera tortura.
Papá fue a la estación de policía, yo lo acompañé. Allí le dijeron que era muy pronto para poner una denuncia por desaparición. Salimos refunfuñando por la actitud de los agentes. Después, sabiendo que mamá estaba sola y hecha una mata de nervios, nos dirigimos a la casa. Cuando llegamos, mamá estaba con la camándula en la mano. Se abalanzó sobre nosotros y se puso a llorar. Ya iban a ser las cinco de la mañana.
Después de un rato, papá me pidió que me fuera a descansar y yo fingí que le obedecía, pero en ese momento recordé algo importante y salí para el cuarto de mi hermana. Prendí su computador y activé la aplicación Buscar iPhone, que yo mismo le había instalado porque mi hermana era muy despistada y siempre andaba perdiendo las cosas. Después de un par de minutos logré establecer que el celular se encontraba en un lugar específico del parque El Ingenio, al sur de la ciudad. Salté de la silla como un resorte y fui a comunicarles a mis padres el resultado de mis pesquisas. Más me demoré en decirlo que papá en coger las llaves del carro. Yo recogí el portátil de mi hermana y salimos juntos sin decirnos ni una palabra.
Nos demoramos una hora y pico buscando el celular en el lugar que señalaba la aplicación, la cual nos permitía buscar en un perímetro concreto aunque no tan preciso. Fui yo quien lo encontró al lado de un matorral, en un sector del parque alejado de los senderos que utiliza la gente para trotar. De inmediato supe, sin ser siquiera un aficionado en asuntos forenses, que allí había ocurrido algo grave. No había sangre ni nada de eso, pero las plantas estaban aporreadas, la grama aplastada y había varias colillas de cachos de marihuana. Supuse que algo muy terrible le habían hecho a mi hermana, pero no quise comentarle nada a papá porque mi imaginación tiene cierta tendencia a crear escenarios que después resultan ciertos, y eso asusta a las personas.
Por el lugar en el que encontré el celular supuse que mi hermana había logrado ocultarlo sin que sus atacantes se percataran de ello. Para mi papá fue el presagio de eventos terribles y se puso a llorar. Lo abracé y dejé que se desahogara. Para mis adentros pensé que encontrar el celular había sido bueno porque de esa manera, si estábamos de suerte, íbamos a poder reconstruir lo que había ocurrido con mi hermana.
Esa misma mañana, antes de formalizar la denuncia por desaparición, hice una copia de todas las comunicaciones de mi hermana y empecé a analizar la información que encontré en los chats de WhatsApp, en las fotos de Instagram y en los mensajes de Snapchat. Muy pronto empecé a armar el rompecabezas con solo seguirles la pista a las conversaciones que había sostenido con su befa, Houston, y con su amigo Tobías, quien era a todas luces el principal implicado en la desaparición.
Al descubrir todo aquello me tendí sobre la cama como si un rayo me hubiera desplomado. Me parecía increíble que mi hermana no se hubiese dado cuenta del peligro que estaba corriendo al citarse con un desconocido. Las palabras de ese muchacho le habían adormilado la conciencia. Yo estaba convencido de que ella no era ninguna tonta. Siempre había demostrado sagacidad e inteligencia. ¿Qué le había ocurrido para dejarse engañar de esa manera?
Es claro que a los jóvenes solo les interesa agrandar su círculo de amistades para que crezca su popularidad y no se preocupan por la procedencia de sus amigos. Mi hermana andaba en ese plan y por eso la amistad de Houston le cayó como anillo al dedo. Tobías era el supuesto amigo de la prima de una amiga. Ni siquiera el amigo directo de su amiga Andrea o de alguna otra de Las Comadres. Andrea lo había agregado a Loslocosdelsalón por petición de su prima. Vaya uno a saber cómo fue que la prima lo conoció. Pero Houston le había dado el “visto bueno” y, por lo visto, confiaba más en ella que en cualquier otra persona sobre esta Tierra.
Para consolarme, pensé que al menos había un rostro, una voz y muchas pistas en ese celular. Allí estaba Tobías y todo indicaba que era un muchacho real. Cuando papá regresó a la estación de policía, ya tenía un relato concreto y una denuncia de mucho peso. ¿Aprovecharía la Policía los datos que le estábamos entregando?
Lo que yo descubrí en menos de una hora, ellos se tardaron varios días en corroborarlo. En ese entonces la UIT estaba en pañales y los investigadores no tenían mucha experiencia. Y antes que ellos entregaran resultados concretos, apareció mi hermana.
Un cortero de caña la encontró de puro milagro en un cañaduzal en la vía que de Cali conduce a Candelaria. El hombre creyó que mi hermana estaba muerta, pero cuando sus compañeros se acercaron observaron que aún respiraba. Pidieron ayuda y la condujeron al hospital departamental. Los médicos determinaron que había sido violada, torturada y que, finalmente, producto de una terrible golpiza, había quedado en estado de coma.
A mis papás les quedó, al menos, la ilusión de que Inés se recuperara algún día y eso les dio fuerza para seguir adelante. Fueron días muy difíciles para todos. No me gusta pensar en eso porque me revuelve el estómago y se me hace un nudo en la garganta. Para mí, hubiera sido mejor encontrarla muerta que en ese estado… Si hubiera tenido los conocimientos que tengo hoy, seguro habría dado con los responsables de ese crimen, pero apenas era un aficionado a los videojuegos…
La Policía logró establecer que Tobías fue el anzuelo que le pusieron a mi hermana dos sujetos conocidos como Parkis y Rigo. Ellos utilizaron a Tobías para seducir a mi hermana. Al salir de casa para verse con él, cayó en las redes de los bandidos. Fue atacada en el parque El Ingenio y después conducida a un lugar de la ciudad donde fue sometida a toda clase de vejámenes sexuales. Al cabo de cinco días —tal vez porque la dieron por muerta— sus verdugos la abandonaron en el cañaduzal.
A los dos días de aparecer mi hermana, fue encontrado el cadáver de Tobías —que en realidad no se llamaba Tobías sino Joansen Aparicio— en un potrero cerca de Jamundí. Ese hecho, en vez de acelerar la investigación, la atascó. Lo único que se pudo establecer con total certeza, por los mensajes que recibió en su celular, fue el vínculo que tenía Joansen con Parkis y Rigo, pero estos eran nombres falsos y nunca se pudo dar con su paradero.
Hay algo de todo esto que no saben mis padres, Protón ni nadie. Dos años después de la tragedia, cuando ya estaba estudiando en la Univalle y hacía un trabajo de investigación sobre la red oscura, encontré por pura casualidad un video que circulaba en un chat. De inmediato, sin que la primera imagen lo mostrara, supe que allí había algo que me incumbía. Fue como una corazonada. En efecto, en el video aparecía mi hermana siendo violada y torturada por un par de encapuchados.
Fue entonces cuando comprendí que los hombres que destruyeron la vida de mi hermana tenían como objetivo principal vender esas imágenes en la red a los usuarios que las pedían desde cualquier lugar del mundo. Esas imágenes acabaron con la poca paz que me quedaba.
A pesar del tiempo transcurrido, todavía no he superado el impacto que me produjo ese video. Guardé silencio por respeto a mi hermana y por temor a que las imágenes recibieran más difusión de la que tenía en la red oscura. Pero empecé a trabajar de inmediato con la convicción de que algún día descubriría a los culpables.
Me pasé noches enteras tratando de descifrar la ruta del video, pero este ya llevaba mucho tiempo circulando y fue imposible rastrear el origen. Además, era una tarea que tenía que hacer yo solo, sin ayuda de nadie, y no tenía los conocimientos suficientes para semejante empresa. Lo que sí logré fue desaparecerlo, impedir que siguiera circulando. Sé que aún puede estar guardado en algún computador, pero yo estoy listo para atacar a quien se atreva a publicarlo.
Mi hermana ha permanecido todos estos años en recuperación. A los veinte días despertó del estado de coma, sin daños cerebrales aparentes, pero con un trauma sicológico que la ha dejado irreconocible. No regresó al colegio, casi siempre habla en monosílabos o articula frases cortas, se queda horas enteras mirando por la ventana, no llora ni ríe. Me da mucho dolor verla así, cuando era tan activa, tan conversadora, tan amiguera. Y no es que hablara mucho conmigo, pero su sola presencia le daba alegría a la casa. Mis padres se pasan la vida cuidándola y aunque se han envejecido más de la cuenta esto los mantiene vivos. No pierden la esperanza de que Inés vuelva un día a ser la misma de antes. Quién sabe. A lo mejor se quede así para siempre… Como ida de este mundo.
Cuando Protón escuchó parte de este relato, clavó los ojos en la mesa como un niño que recibe un regaño por haber actuado tontamente. Después levantó la mirada y extendió el brazo hasta alcanzar mi hombro.
—Cuenta conmigo —dijo—. Te agradezco por contármelo. Y te admiro por hacer las cosas como las haces. Yo, en tu caso, no sé cómo hubiera reaccionado.
—No deseo venganza, como debería —dije—, pero no pierdo la esperanza de encontrar alguna pista que me lleve hasta las autores de ese crimen, aunque este trabajo no haya dado fruto hasta el momento.
—Te entiendo —respondió—, yo también me siento impotente frente al sistema. Pero creo que tenemos un buen campo de acción y, con lo que me dices, ya somos dos los que estamos tras esa escoria humana.
—Al menos los dos somos pacientes —agregué—. En este trabajo hay que actuar con la paciencia del pescador que lanza el anzuelo en aguas poco tranquilas. Se requiere una buena carnada y mucha suerte para dar con una buena presa.
—¡En eso eres un experto! —dijo sonriendo—. Que lo diga Euclides Torres. O nuestro amigo Richard…
Protón apuró el jugo de mora que se estaba tomando y yo terminé mi tercer tinto del día. Después salimos a la calle. Hacía mucho calor y parecía que las palmas afuera del edificio estuvieran bailando salsa al ritmo de la suave brisa de la tarde. Respiré profundo y quise creer que me despojaba de todas mis angustias. En ese momento me dieron ganas de estar en otro lugar, en la cima de una montaña tal vez, donde no tuviera que preocuparme por las atrocidades del mundo.

Arriba, en la oficina, nos esperaba mucho trabajo. Richard había entrado en acción esa misma mañana en Bogotá. Richard era el personaje ficticio que yo había creado y que estaba siendo interpretado por Tadeo35, un agente de la UIT que fue compañero mío en la universidad. Llevábamos bastante tiempo trabajando en llave y eran muchas las investigaciones que habíamos compartido desde nuestras respectivas ciudades. Él se hacía pasar por Richard de acuerdo con el libreto que yo le había diseñado y tenía la misión de evitar que los usuarios sospecharan que se trataba de una operación policial.
Según lo que Tadeo35 informó aquella tarde, ya se habían hecho tres ofrecimientos por los hijos de Euclides. La subasta iba para largo porque lo que necesitábamos era tiempo, mucho tiempo para identificar a los verdaderos implicados en la muerte de Beto. Era como esperar en un parque a que se prendiera una luz en el apartamento X de una torre gigantesca. Si esa luz se prendía con cierta periodicidad y en el momento indicado, podríamos deducir que el inquilino estaba en contacto con Richard. Pero en la red oscura era muy difícil llegar al parque, encontrar el edificio y, mucho más, observar la luz.
Nuestro hombre en la Europol era Alain2. Con él tengo una buena amistad y hemos trabajado en grandes investigaciones, rastreando descargas y conexiones a través de las redes P2P, usadas por pedófilos para el intercambio de archivos en la red oscura. Cuando esa tarde me comuniqué con Alain2, pensé que él estaría muy concentrado en la Operación Terciopelo y que me tendría noticias al respecto. Todas las acciones referentes a la búsqueda de los involucrados en la muerte de Beto habían sido coordinadas entre la UIT, la Europol, la Interpol y la Guardia Civil española. Pero Alain2, hablando un español muy fluido, me sorprendió preguntándome sobre otra cosa.
—Oye, Nemo, ¿has visto por ahí algo que tenga que ver con un delfín morado?
De inmediato me incorporé.
—¡La conmoción planetaria! —recordé con tono burlesco—. Siempre estamos conectados, justamente estaba pensando en eso. Pues sí, resulta que hace unos días descubrí un correo en que dos peches —así llamamos en clave a los pedófilos— hablaban de que delfín morado iba a causar una conmoción planetaria. Estaba por preguntarte lo mismo.
—¿Me puedes reenviar ese correo?
—¿Tienes algo? —pregunté—. Si el mundo se va a acabar quiero ser el primero en saberlo.
—No sé de qué se trata, pero ha ocurrido algo aquí en Francia, específicamente en Marsella. Una niña de quince años, Annette, fue encontrada muerta en el baño de su casa. Tenía tatuado un delfín morado en la palma de su mano izquierda. La investigación indica que recibió alguna instrucción por la red, pero hasta el momento ha sido imposible obtener algo concreto. ¡Envíame, por favor, ese correo!
—Lo estoy buscando, pero no lo encuentro. Dame unos minutos —respondí, mientras revisaba mis archivos de asuntos clasificados.
Soy muy cuidadoso con el material de trabajo. Normalmente hago tres backup cuando se trata de material sensible. El riesgo es muy grande. Yo mismo, siendo investigador, puedo ser blanco de ataques por parte de crackers o de agentes anónimos de la red oscura. Aunque mi equipo cuenta con un software muy avanzado, ellos siempre son muy sagaces y a veces es difícil mantenerse a la vanguardia. ¿Cómo iba a desaparecer un simple archivo, una copia de un chat, que no habría ocupado ni media página de Word, así, como por arte de magia? Era de no creérselo. Le pedí tiempo a Alain2 mientras investigaba qué había ocurrido.
Es difícil reconocer que se es vulnerable. Y aunque uno lo sabe —no hay equipos totalmente seguros—, es peor si se es experto en seguridad informática y ese ataque ha sido exitoso para el adversario. Porque así como un soldado tiene que enfrentar en la guerra a un enemigo que puede acabar con su vida, nosotros, Protón y yo, tenemos que vérnoslas día a día con enemigos despiadados que darían lo que fuera por vernos por fuera del sistema. El ataque a mi computador había sido exitoso y habían borrado todo lo referente al mensaje y a la ruta. Pero igual: no hay daño que no se pueda reparar.
Me quedé hasta muy tarde en la oficina recuperando lo que me habían robado. Lo logré a eso las dos de la mañana. No me contenté con obtener de nuevo la conversación, sino que descubrí otra charla en la que el tema del delfín morado volvía a salir. Era algo sobre “el chico de Turín” y, por lo que deduje, se trataba de un niño al que iban a someter a una especie de prueba. Todos los mensajes estaban cifrados y me fue imposible avanzar. Concluí que el asunto del delfín morado era algo muy organizado y que debía avanzar a ciegas durante un buen trecho si quería obtener un resultado positivo.
Justo antes de apagar el computador me llegó un correo enmascarado, cuyo contenido estaba desplegado en su totalidad en el asunto. Era una amenaza:
The dolphin will take you to the depths
Laura
CIERTO DÍA NO FUI AL COLEGIO porque me dolía todo el cuerpo. Mamá me puso el termómetro y tenía 39 grados. Debí estar al borde del delirio pues la vi desfigurada: tan alta como un dinosaurio y tan voluminosa como esas gordas de Botero que visitamos una vez en Medellín. Me sentía tan mal que durante una hora ni siquiera tuve alientos de mirar el celular. Claro que al rato, cuando la fiebre ya estaba en 38, arrastré un cojín, lo puse sobre la almohada y ¡las que se conectan con el mundo!
No hay nada tan emocionante como prender el celular: es como abrir una ventana y encontrarse con que una multitud lo está esperando a uno para contarle sus cosas: “¿En que anda mi befa? ¿Daniel se ha dignado responderme? ¿Qué se comenta por los lados de Los Melomerengues? ¿Y mis adoradas Rechiqui? ¡Condesa se ha manifestado otra vez!”.
A pesar del dolor de cabeza y el escalofrío, leí todo lo que Condesa había escrito y le respondí. Ella, ¡tan linda!, me levantó el ánimo y me aclaró las dudas con respecto a nuestro último contacto, en el cual me hablaba de un juego de delfines azules, que en verdad eran morados, porque en internet uno ve las cosas del color que le plazca, como cuando se puso de moda que un vestido era azul, pero unos decían que era fucsia y otros que rosado…
Condesa me lo explicó en mensaje de voz. Yo, que andaba tan achicopalada, me reanimé un poco con solo escucharla y salí de mi lamentable estado. El juego se llamaba Delfín Morado y era de carácter privado. Es decir, que no era para todo el mundo. Como dijo Conde, había una lista reducida de invitados. Y habría premios o tal vez dinero, que se pagarían en bitcoines, para quien llegara sano y salvo a la meta después de cumplir con los veintiún retos de la prueba.
Eso de los retos siempre fue la pasión de Condesa. ¡Sí que se divertía con el No Arms Challenge! Yo me consideraba bastante tímida y hasta miedosa para esas cosas. Condesa me mostró los tiquetes que acababa de ganar por otro juego en el que participó y en el que obtuvo el segundo puesto: ¡un crucero por las islas griegas! Bueno, el caso es que ella me convenció de que participara en Delfín Morado. Además, la primera prueba me pareció tan tonta que me dije a mí misma: “Laura, ya es hora de salir al mundo y vivir emocionantes aventuras. Pronto saldrás del colegio y empezarás tu vida de adulta. Has vivido una juventud tan aburrida que si algún día tienes hijos no tendrás nada qué contarles”. Me imaginé con mi propia cuenta en bitcoines comprando en la red todo lo que se me antojara: ropa, maquillaje y… ¡Una casa en Hollywood! Condesa dijo que si ella se ganaba el reto se compraría un Mustang GT, que era el carro que le gustaba.
La cosa funcionaba de la siguiente manera: todas las pruebas tenían que ser grabadas, pero no había que subirlas a las redes sociales ni nada de eso, sino enviarlas a un correo donde las clasificaba un jurado. Eso me acabó de convencer porque yo no quería aparecer por ahí haciendo alguna bobada que se volviera viral y por la que mis amigas me matonearan. A medida que superabas las pruebas, los jurados de Delfín Morado te enviarían un correo de confirmación, donde te aceptaban para el siguiente reto. Si no llegaba nada era porque no habías superado la prueba y chao: si te vi no me acuerdo. Lo mejor era que todo sería secreto: solo al final se diría el nombre de los dos ganadores y ni en ese momento los videos saldrían a la luz pública. Condesa dijo que los organizadores de Delfín Morado eran los mismos de La Vaquita Hablantinosa, el juego en el que ella se ganó el viaje a las islas griegas.
Solo se podía participar por invitación de un concursante activo. Como Condesa ya estaba inscrita e iba por la segunda prueba, ella me aceptó y los del juego me enviaron por la tarde un correo de confirmación con mi primer reto, que decía así:

1. Maquíllate al estilo drag queen utilizando los cosméticos de tu madre.
Me pareció divertido porque a mí siempre me ha gustado el maquillaje. No tan exagerado y elaborado como el que usan las drag queens, que conocí un día en la Feria de Cali cuando paseaba por el Bulevar del Río y me quedé embelesada mirándolas como si fueran personajes que hubieran acabado de llegar del País de las Maravillas. Pero sí me gustaba maquillarme de forma moderada. Lo difícil para mí iba a ser utilizar el maquillaje de mamá porque ella siempre era muy celosa con sus cosas. Una vez se había puesto furiosa porque me puse una camisa suya sin pedirle permiso. Y en cuanto al maquillaje, dice que eso es como el cepillo de dientes: es de uso privado y no debe prestársele a nadie. Pero bueno, yo me las podría ingeniar para cumplir el reto en un momento en que ella no estuviera en la casa.
El video no podía superar los diez minutos y no debía ser editado, así que tenía que grabarse en una sola secuencia. El viernes siguiente, como llegué temprano del colegio y mamá no estaba, preparé todo y me dispuse a grabar el video. En una situación normal hubiera hecho el trabajo en una hora, por eso siempre llegaba una o dos horas tarde a las fiestas. Así que no podía esperar gran cosa con el tiempo del que disponía: iba a quedar más como un payaso que como una drag queen y sería eliminada de inmediato. ¡Si al menos hubiera podido ponerlo en cámara rápida!
Aun así saqué el estuche del armario, instalé la cámara en un buen ángulo, me senté junto al tocador y me maquillé a la velocidad de la luz. Para qué, pero me divertí haciéndolo. Como era de esperarse, ¡quedé horrorosa! Mi gata Dulcinea, apenas me vio, salió despavorida emitiendo extraños maullidos como si le hubieran pisado la cola o hubiese visto un fantasma. ¡La muy traicionera!
Me gustaría haber puesto el video en mi grupo de Las Rechiqui, pero Condesa me advirtió que ni siquiera a ella podía mostrárselo. Solo lo podía enviar a ese correo que me habían dado los de Delfín Morado y, apenas lo hiciera, debía borrarlo de mi dispositivo. Pero yo lo pasé al computador y después lo borré del celular. Quería tener una copia para compartirlo en mi grupo después de que el juego terminara. Del computador, lo pasé a una memoria externa donde le abrí la carpeta #DelfinMorado.
Y después…, a esperar. Según me dijo Condesa, la respuesta no tardaría. A ella ya le habían respondido y le habían mandado el siguiente reto, que no me reveló porque estaba prohibido. Cada participante tenía un reto diferente y debía mantenerlo en secreto.
Pasaron dos días y no hubo respuesta. Me mordía los labios para no contarles a mis amigas cuál era el motivo de mi visible ansiedad. Si no pasaba la prueba, no se iba a caer el mundo. Pero si la pasaba… A veces me asaltaban las dudas: ¿Hasta cuándo iba a seguir con el juego? Si todo iba a ser tan fácil… O si, a lo mejor, llegaba hasta el reto veintiuno. Solo el tiempo lo diría.
Al día siguiente salté de la cama cuando vi un correo cuyo remitente era Delfín Morado. No decía si el primer reto lo había hecho bien o no. Simplemente aparecía:

2. Súbete a la cama con un vaso lleno de leche en la mano y vestida en piyama. Salta sobre el colchón hasta que no quede ni una gota.
Me dio mucha risa. Cuando era una niña, saltar sobre la cama era uno de mis deportes favoritos. Claro que sin el vaso de leche. ¡Qué reto tan bobo! Bueno, lo primero que tenía que pensar era la excusa que iba a darle a mamá por el desastre con la ropa de cama y con mi piyama. Viéndolo bien, el reto tenía su gracia, aunque su grado de dificultad era igual a cero. Decidí que lo haría esa misma tarde cuando llegara del colegio. Pero esa promesa no la cumplí del todo porque cuando llegué del colegio me conecté a WhatsApp y estuve actualizándome de todo lo que había ocurrido en el mundo, y eso me llevó un par de horas.
Con la que más me demoré hablando fue con Naty Bebita, la más tierna de Las Rechiqui. En ocho días iba a celebrar sus quince años y la fiesta iba a ser por todo lo alto: en el Salón Rojo de Ciudad Jardín. Desde hacía un año estaba organizándola y a todas nos tenía mareadas con los detalles del magno evento. Y no se cansaba de preguntar si iba a ir. Y yo repetía lo mismo como una lora:

Era un hecho que iba a ir a la fiesta. El problema era que mamá no me había conseguido el vestido. ¡No me iba a aparecer allá con cualquier hilacha! Y mucho menos si en la fiesta iba a estar Daniel. ¡Las cosas que pueden ocurrir en una fiesta de quince! Una tiene que ir preparada, y sobre todo, inolvidablemente hermosa…
A las siete de la noche me pasé al grupo The Family Tree y les pregunté a mis papás si iban a ir a la casa esa noche porque yo tenía mucha hambre. Mamá dijo que me preparara un sándwich porque su reunión iba para largo. Papá ni siquiera me contestó. Creo que estaba en un congreso de odontólogos. Salí del cuarto con Dulcinea, fui a la cocina y preparé el sándwich, le di concentrado a la gata y serví un vaso de leche. Fui otra vez al cuarto, me puse la piyama y probé varios ángulos para grabar mi reto. Cuando estuve satisfecha, me subí a la cama con el vaso en la mano. No pude evitar que sin haber dado el primer salto se derramara un poquito sobre el edredón. Salté lo más alto que pude. Casi toda la leche cayó en mi cara y el pelo, también sobre la piyama, el tocador, la mesa de noche y hasta en la pared. Hice una cara terrible cuando sentí la cara mojada, pero ni me inmuté por el desastre que estaba ocasionando. En el fondo del vaso aún quedaba leche, entonces volví a brincar una y otra vez hasta que no quedó ni una sola gota.
Al ver el video casi me muero de la risa. Si lo hubiera puesto en la red, de inmediato se habría vuelto viral. Y habría sido víctima de terribles bromas. Menos mal los del concurso no iban a publicar nada en internet y yo no iba a mostrárselo a mi befa ni a Condesa, ni a nadie. Traté de limpiar el reguero de leche antes de que llegaran mis padres y media hora después me acosté exhausta, no sin antes mandar el video a delfinmorado@aol.orion.r. Mientras intentaba dormir pensaba que seguro pasaría el reto porque el video había quedado muy gracioso. Y ahora, ¿cuál sería el siguiente reto? Hasta el momento me habían decepcionado. Yo pensaba que todo iba a ser más emocionante. De verdad que esto, comparado con otros retos que salían en internet, parecía un juego de niños.
Al día siguiente me contactó Condesa. Me dijo que seguía en el juego y que le habían puesto una prueba muy emocionante. No me dijo cuál, pero me animó a seguir haciendo todo lo que me pusieran, porque, si pasaba la segunda prueba, ahora sí empezaría la verdadera carrera por el trono y que entonces llegarían los retos complicados. Me pidió que fuera fuerte y que no le fallara. En la tarde estuve chateando un rato con Lucy. Mi befa peleó con la mamá porque no la quería dejar ir a la fiesta de Naty Bebita debido a que en el reporte intermedio iba perdiendo dos materias: Filosofía y Física. Mi pobre befa estaba inconsolable…, y con razón. Pero yo le arreglé el día.

El tema de los siguientes veinte minutos fue la música. Y por eso digo que salvé a mi befa del suicidio. Claro que yo habría estado en las mismas si mamá me hubiera prohibido ir a la fiesta. Pero en ese sentido mis papás eran buena gente. Para ese momento ya había ido a cinco fiestas de quince. Cada una me alcanzaría para narrar una historia de trescientas páginas. Es decir que soy una pro en eso de fiestas. Qué cosas las que pasan en las fiestas de mis amigas y en las de mis enemigas —porque a esas también me invitaron y a veces me divertí más que en las fiestas de mis amigas—. El caso es que cuando iba a una fiesta, mamá o papá me llevaban y regresaban por mí más tarde, no tanto como yo hubiera querido.
Eran las once de la noche y ya iba a apagar la luz de mi cuarto, cuando me entró un mensaje. Miré la bandeja y era de Delfín Morado. No voy a negarlo, mi corazón se puso a saltar de contento. Pero cuando abrí el correo me quedé de una pieza:

3. Toma todos los calcetines de tu papá, llénalos de arroz y lánzalos por la ventana.
¿Que qué? Esta gente estaba loca. ¿Cómo podía dejar a papá sin calcetines? Con lo maniático que es del orden, ya me lo imaginaba abriendo el cajón y preguntándole a mamá que dónde estaban sus calcetines y a ella buscando por todas partes como una loca y cuando no encontraran nada…, la que se armaría. No quería ni imaginarlo. ¡Y llenarlos de arroz! ¿Con qué objetivo? Por un momento pensé que era un chiste, pero después, al recordar lo que me había dicho Condesa sobre que el juego se tornaría difícil, pensé que hasta era bueno que los retos fueran tontos porque así tendría más posibilidades de seguir en el juego.
Sí, definitivamente esa gente de Delfín Morado era muy ridícula. ¿Qué otras cosas absurdas tendría que hacer? ¿Cuál sería el reto veintiuno?
Me animé pensando que de pronto salía gracioso lo de los calcetines, como ocurrió con lo de la leche y el maquillaje. Sí, decidí que era un reto divertidísimo. Me moría por verle la cara a papá cuando abriera el cajón de la ropa, y ¡oh!… ¿Dónde están mis calcetines?
Nemo
EN UN PRIMER MOMENTO NO QUISE CONTARLE a Protón que me habían amenazado. Tampoco entré en pánico ni nada de eso. Los investigadores de la UIT no estamos en la mira de las grandes mafias, ni de las grandes organizaciones de bandas criminales, como sí ocurre con los agentes de la Dijin. Ellos lo saben y es por eso que, en ocasiones, cuando estamos charlando entre amigos, nos hacen bromas del tipo “los de la UIT tienen un alto riesgo de morir… pero en Mortal Kombat”. Mas hay que ver quiénes son los primeros en aparecer en la prensa cuando desarticulamos una red de pederastas o descubrimos a un criminal cibernético. Son ellos los que se llevan todo el crédito. ¡Ah!, pero otra cosa es la utilidad y la eficiencia del trabajo que hace cada cual.
Para mí, rastrear una amenaza en internet es realmente sencillo. Aunque no ocurre lo mismo si la amenaza proviene de la red profunda, donde el anonimato del usuario está garantizado, los mensajes son cifrados y pasan por un número indeterminado de nodos, de tal manera que es casi imposible conseguir la dirección IP del remitente. A pesar de que cuento con software avanzado que me permite rastrear la huella de un usuario, en ocasiones debo hacer un trabajo de filigrana para encontrar una respuesta o dar con un sospechoso.
Estuve casi una semana alargando mis jornadas laborales sin conseguir resultados concretos. En esos días, salía de mi oficina, me tomaba una cerveza con Protón en el Dos Gardenias, una cantina del barrio Alameda donde ponen tangos y música de carrilera. Después me dirigía a casa. Lo habitual era que conversáramos de los asuntos en que estábamos trabajando, la Operación Terciopelo o de alguna fake news. Pero después, la conversación se desviaba a temas de nuestra vida privada, aunque yo en ese aspecto tenía poco que aportar. Entonces Protón me hablaba de su mujer y de su hijo Dago, de lo bien que la pasaban los fines de semana.
Para Protón —eso lo decía abiertamente—, yo era un sujeto extraño, sin vínculos sociales y propenso a la depresión. No fue así en mis épocas de colegio cuando era un muchacho alegre, amiguero y festivo. Aunque entonces también tenía tendencia a la depresión, pero lograba disimularla muy bien. Solo sé que cuando ocurrió lo de mi hermana mi vida cambió por completo.
La verdad es que solo había tenido dos novias cuando empecé a trabajar en la UIT. La primera cuando estuve en el colegio y la otra en la universidad: al principio todo fue muy bien, y se podría decir que fue mi primer amor de verdad, pero con el paso del tiempo ella se cansó de que mi prioridad fueran los computadores y no ella. Me sentí muy mal cuando terminamos, pero al tiempo me contrató la UIT y decidí que el amor tendría que esperar un buen rato. Por el momento me conformaba con una amiga, Daniela S., con la que me acostaba de vez en cuando. Ella andaba en las mismas que yo: sin ánimo de comprometerse, solo interesada en tener a alguien para pasar buenos ratos.
Después de una larga semana de insomnios, finalmente decidí contarle a Protón lo de la amenaza y lo del tema que había llamado mi atención: Delfín Morado. Tal como se lo expliqué, yo estaba convencido de que alguien, en algún lugar del mundo, se había infiltrado en nuestros sistemas para llegar hasta mí. Y las pruebas eran la desaparición del chat que hacía referencia a Delfín Morado y la amenaza, si es que lo era porque podría interpretarse como otra cosa. De inmediato, una pregunta flotó en el ambiente: ¿cómo habían podido establecer que yo había interceptado una comunicación sobre Delfín Morado cuando ni siquiera había empezado una investigación oficial al respecto y solo había tenido un breve intercambio de información con Alain2? El hecho es que los miserables estaban allí, metidos en nuestro sistema, habían ingresado por la puerta trasera y probablemente habían instalado un malware muy sofisticado. Teníamos que descubrir quiénes eran y atacarlos sin consideración.
Protón se mostró preocupado. Dijo que si en una semana yo no había logrado ningún avance, estábamos tratando con una organización criminal muy poderosa. El problema, en ese momento, era que el jefe nos estaba pidiendo resultados de la Operación Terciopelo y nosotros, si mucho, apenas íbamos por la mitad. Varios pedófilos habían mordido el anzuelo tendido por Richard —Tadeo35—: tres sospechosos que estaban bajo estricta vigilancia de la Interpol, pero ninguno de ellos tenía nada que ver con el atroz crimen de Beto. Cabía la posibilidad de que todo se hubiera ido al traste porque la oferta había sido demasiado suculenta para ellos, algo así como “ver para creer”, y los criminales hubieran olido que lo de Richard y Euclides era en realidad un honeypot detrás del cual se escondía una operación policial.
Convinimos en detener nuestro trabajo hasta asegurarnos de que nuestros equipos estuvieran libres de agentes maliciosos. Los resultados fueron negativos y dos días después reanudamos nuestras labores. Esa misma tarde me comuniqué con Alain2, quien ya tenía un dosier completo sobre Delfín Morado. No quise comentarle nada sobre la amenaza y, más bien, presté atención a sus revelaciones.
Hasta el momento se habían contabilizado tres víctimas de Delfín Morado en diferentes países de Europa, incluida Annette, la niña de Marsella. Eran menores de edad entre los catorce y los dieciséis años de edad que se habían suicidado. Los tres, dos chicas y un chico, tenían tatuado un delfín morado en alguna parte de sus cuerpos: la palma de la mano, la pierna y el pecho.
Lo que Alain2 y los investigadores de la Europol habían podido establecer con total certeza era que los niños habían participado en un juego de retos conocido como Delfín Morado, en el que tenían que superar muchas pruebas, la última de las cuales era el suicidio. Esto se descubrió porque uno de los niños, Agostino, escribió una carta a su mamá antes de atentar contra su vida, despidiéndose de ella, en la que le pedía perdón y dejaba algunas pistas acerca del accionar del juego. Ni en los portátiles ni en los celulares pudo encontrarse detalles concretos del intercambio de información que se produjo entre las víctimas y los delincuentes.
En todos los casos los criminales no solo habían tomado el control absoluto de las vidas de los niños, sino de sus artefactos electrónicos. Y lo habían hecho desde la red oscura, utilizando navegadores enmascarados y empaquetando la información a través de múltiples servidores. Era algo muy sofisticado que estaba siendo dirigido por cibercriminales de altísimo perfil.
Nada de esto se había filtrado a la prensa ni a las redes sociales, pero mi amigo Alain2 creía que era cuestión de tiempo para que el juego se popularizara. El rastreo de un correo indicó que los organizadores estaban en una etapa previa, en la que el juego iba a ser ensayado en diferentes escenarios antes de ser introducido de forma masiva entre los jóvenes adolescentes, que era el grupo de población más fácil de influenciar.
Y aquí venía lo concerniente a nuestro trabajo: había indicios de que se estaba haciendo una prueba en América Latina, probablemente en Colombia, por ser uno de los países con mayor porcentaje de actividad en la red y más vulnerables al grooming, o sea, niños que son engañados por adultos, creando lazos de amistad y emocionales, hasta llegar a la dependencia y después al abuso sexual.
La advertencia que me hizo la Europol, a través de Alain2, fue clara y contundente: era altamente probable que un niño o una niña colombiano estuviera siendo manipulado por la tenebrosa banda delincuencial que había organizado el juego de Delfín Morado. Un niño o una niña cuyo destino, si no interveníamos a tiempo, iba a ser el mismo de Annette, de Agostino o de Ofelia.
—No es mucho lo que tengo, pero la información ha sido verificada. Son apenas las pruebas de un juego que va a extenderse por todo el mundo —dijo Alain2.
—Por lo difícil que ha sido para ustedes seguirles la pista, deduzco que no solo están haciendo pruebas del juego sino que están probando la efectividad de un nuevo software en la red profunda —respondí.
—Tarde o temprano los encontraremos. —Alain2 intentaba tener un tono esperanzador.
—El problema es de tiempo…
—Y tiempo es lo que no tenemos —replicó Alain2, que sonaba menos convencido que antes.
—¿Y si advertimos en las redes del peligro del juego? —sugerí.
—Es lo que ellos quieren: que sean las redes las que hagan la publicidad. De inmediato, los adolescentes van a interesarse y querer jugarlo por los riesgos que propone. Buscarán a Delfín Morado y lo encontrarán porque sus creadores estarán listos para recibir nuevos adeptos —repuso Alain2.
—¿Qué puedo hacer? —pregunté—. Tú sabes que solo puedo investigar bajo el mandato de una noticia criminal. No puedo ir a decirle al jefe que existe la probabilidad de que un niño colombiano vaya a suicidarse y que debemos evitarlo. De inmediato me va a decir que me concentre en la Operación Terciopelo.
—Sé que oficialmente no puedes hacer nada. Pero podrías echarle un vistazo al asunto… Si yo pudiera, te ayudaría. Pero tenemos aquí muchos problemas. Ojalá puedas hacer algo y encontrar la conexión antes de que sea demasiado tarde.
—Todavía hay muchos cabos sueltos —dije.
—Si conseguimos algo más, tú serás el primero en saberlo al otro lado del Atlántico —prometió—. Aquí estamos investigando, a partir de la carta dejada por Agostino y fragmentos de información de la red oscura, cosas como cuál es el verdadero objetivo del juego, qué hacen para mantener a los niños cautivos hasta el final, cuáles son todos los retos y si hay algo todavía más oscuro que se esconde detrás de esto.
—No quería decírtelo, pero me amenazaron —dije abruptamente.
—¿Quién?
—Los de Delfín Morado. Me escribieron “The dolphin will take you to the depths”.
—¿Y pudiste rastrear el mensaje?
—Nada. Todo desapareció. Me siento como un newbie.
—Eso lo confirma. Están actuando en tu país, tal vez en tu ciudad, y temen que intentes impedirlo. Pero ¿por qué se pondrían en evidencia?
—Eso mismo me pregunto. No tiene sentido.
—Sí lo tiene para ellos. Saben que eres el mejor de Colombia. Saben que te interesaste en el tema. Y que por lo tanto eres un peligro potencial para sus planes. De todas maneras, es muy raro. Tal vez…
—¿Tal vez qué?
—Tal vez te hayas topado con ellos en otra de tus investigaciones. No estaría de más que revisaras todo lo que has hecho en conjunto con la Europol y la Interpol. Si les preocupas es porque te conocen de antes, porque los has golpeado en otra oportunidad.
—Eso es cierto. Aquí en Colombia hemos desmantelado muchas organizaciones de pedófilos, pero ustedes allá en Europa tienen más recursos que nosotros. Deberían temer más la reacción de ustedes. Aquí todavía no hay tela de dónde cortar.
—O tal vez…
—No me dejes en suspenso, Alain.
—Tal vez quieran jugar otro reto.
—¿Te explicas, por favor?
—No es lógico que te hayan escrito. Para mí no es una amenaza. Al hacerlo, se pusieron en evidencia. Y ahora se han convertido en un blanco directo de la UIT. ¿Por qué? Tal vez te están retando a que descubras quién será la próxima víctima.
—¡No me digas que estamos tratando con un desquiciado asesino serial! —exclamé.
—Ya van tres muertos en Europa y pronto comenzará en América. Los que están detrás de esto tienen los recursos y la tecnología para atreverse a retar a las autoridades. No descartes esa posibilidad.
—¿Qué hacemos mientras tanto?
—Mi residencia permanente es la red oscura e imagino que pasa lo mismo contigo. Hay que rastrear a los viejos depredadores. Tal vez ellos nos muestren una ruta y encontremos un factor común. No hay que desechar ninguna pista, por insignificante que sea. Ellos están allí. Se mimetizan en la oscuridad, pero en algún momento moverán un dedo y ahí estaremos nosotros para captar el sonido.
—Sea su intención o no eso que dices del reto, nuestro objetivo será evitar que haya una Annette en Colombia. Pero no tenemos siquiera permiso del jefe.
—Él tendrá que entenderlo —dijo Alain2—. Espero que cuando hablemos de nuevo podamos compartir mejores noticias. Buena suerte, Nemo.
Cuando sostuve esa conversación con Alain2, Protón estaba a mi lado. Apenas aquel se despidió, los dos nos miramos como haciéndonos la misma pregunta: ¿cómo íbamos a conseguir el permiso de Lukas3?
—La amenaza es suficiente —dijo Protón—. Con eso podemos armar una noticia criminal.
—Pero nos dirá que la amenaza no es una amenaza, que fue el resultado de un trabajo no autorizado y que nuestra prioridad es la Operación Terciopelo.
—Intentaré hablar con él —repuso Protón—. Pero eso sí: tendré que echarte toda el agua sucia. ¡Esa manía tuya de andar husmeando en la red oscura asuntos que están fuera de la agenda de trabajo!
Protón tenía que vérselas con Lukas3 en la mayoría de los casos. Todo porque ambos eran policías y yo apenas un contratista. A quien sancionarían si algo salía mal era a él. Eso en los papeles. En otro nivel yo tenía una tremenda responsabilidad, como lo recalcaba Lukas3 cada vez que hablábamos sobre nuestras funciones. El hecho de no hacer parte de la Policía me daba más libertad para actuar, lo que constituía una ventaja. Por eso Protón debía echarme el agua sucia si quería sacar algo del jefe.
Ese día, después de trazar nuestra estrategia, Protón se antojó de una cerveza y yo la acompañé después de que cerramos la oficina. Caminamos por el barrio Alameda entre almacenes de fiestas infantiles, compraventas, viveros y pescaderías. Nos detuvimos un rato en la plaza de mercado y seguimos hasta el Dos Gardenias, donde nos sentamos en una mesa cerca del orinal, que pese a los malos olores tenía la ventaja de ser la más apartada de la vitrola. En ese momento sonaba un disco de Julio Jaramillo que Protón imitó a la perfección cantando:
Amada, es imposible borrar de mi memoria Me persigue el recuerdo de tu extraño mirar Esa risa tan tuya, tus labios tentadores Que dejaron su encanto prendido en mi ansiedad…
—¡Te las sabes todas! —expresé en tono burlón.
—No es mi música —respondió sonriendo—. Pero me las aprendí en casa. Papá era un coleccionista de la música popular: Daniel Santos, el Caballero Gaucho, Alci Acosta…
—Pero lo que te gusta son las rancheras…
—¡Las rancheras! Claro que sí, para tomar guaro. ¿A ti no?
—Ya ni sé cuál es la música que me gusta. He entrado en una etapa de mi vida que ni siquiera la música me levanta el ánimo. Y lo peor, tampoco consigue llevarme a los abismos de la depresión, donde están los potenciales suicidas. Simplemente, hoy por hoy, la música me resbala.
—Lo que te está matando es esa soltería —aclaró, jocosamente, Protón—. Si tuvieras a alguien, le encontrarías sentido a todo.
—No creo —respondí—. No me hace falta vivir con alguien. No quiero tener compromisos. Y no quiero hacer sufrir a una persona que esté conmigo. Este trabajo es muy absorbente.
—¡Excusas! —bramó Protón—. Todos necesitamos compañía. Y la soledad deprime a cualquiera.
—A mí no me aburre la soledad. ¿Sabes que es lo que me deprime en realidad? —pregunté con rabia—. Que a veces pienso que no tengo a qué aferrarme. En lo virtual no hay asidero. Estamos dominados por el HPZ y cada vez la vida depende más de lo virtual que de lo real. Casi todo es una gran mentira. Me asombra la ingenuidad de los nativos digitales. Con toda la información que tienen deberían ser más inteligentes que las anteriores generaciones… Si lo fueran, si pensaran un poquito, se darían cuenta de que el mundo virtual es la peor de las ficciones. Ya no es Alicia en el País de las Maravillas, sino Alicia en el País de las Mentiras.
—Eso es cierto —dijo Protón—. Un político ya no contrata a un asesor de imagen sino a un cracker para que espíe al contrincante, propague noticias falsas y destruya al opositor.
—Si quieres mostrarte joven y bello, tienes un sinfín de aplicaciones para mejorar tus fotografías —agregué—. ¡El tan anhelado elixir de la eterna juventud!
—Y la amistad: ¡que concepto más desvalorizado! —exclamó Protón—. Va uno a ver el comportamiento en redes de un joven y qué se encuentra. No es raro que tenga grupos infinitos en WhatsApp, más de cuatro mil contactos en Facebook y otro tanto de seguidores en Instagram, en Snapchat o en cualquier otra red social. Dime una cosa: ¿de dónde saca un joven cuatro mil amigos? Tú y yo sabemos que un gran porcentaje son desconocidos y, entre esos desconocidos, hay un gran número de perfiles falsos, detrás de los que se esconden temibles depredadores, como lo hemos podido comprobar. ¿Te acuerdas del caso Leila? Cinco pedófilos entre sus contactos y ella creía que eran amigos de su misma edad.
Pulsuz fraqment bitdi.