Kitabı oxu: «Con el Che por Sudamérica»
Contents
1 PRÓLOGO A LA EDICIÓN ARGENTINA El viaje no fue una aventura Con el Che por Sudamérica Fúser se convierte en el Che Cada vez que puedan viajar, viajen
2 PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
3 INTRODUCCIÓN
4 UN RÁPIDO ABRAZO Caracas, 26 de julio de 1952
5 CAPÍTULO 1
6 UNA PARTIDA QUE CASI SE FRUSTRA Córdoba, diciembre 29 de 1951 Villa Gesell, enero 6 de 1952 Miramar, enero 13 Necochea, enero 14 Bahía Blanca, enero 16
7 CAPÍTULO 2
8 LAS PAMPAS DE LOS INDIOS RANQUELES Benjamín Zorrilla, enero 23 Choele Choel, enero 25 Chichinales, enero 27 Carretera a Piedra del Águila, enero 28 Piedra del Águila, enero 29 Carretera a San Martín, enero 30 Orillas del lago Nahuel Huapi, febrero 8
9 CAPÍTULO 3
10 LA perfecta mÁQUINA DE LA EXPLOTACIÓN Camino a Bariloche, febrero 9 Bariloche, febrero 11 Bariloche, febrero 12
11 CAPÍTULO 4
12 EN LA TIERRA DE LOS ARAUCANOS Peulla, febrero 14 Lago Nahuel Huapi, febrero 15 Lautaro, febrero 21
13 CAPÍTULO 5
14 NUEVAS PERIPECIAS: BOMBEROS VOLUNTARIOS Los Ángeles, febrero 27 Los Ángeles, febrero 28 Santiago de Chile, marzo 1º
15 CAPÍTULO 6
16 ADIÓS A LA PODEROSA II. DE MOTOCICLISTAS A POLIZONES Santiago de Chile, marzo 2 Valparaíso, marzo 7 A bordo del San Antonio, marzo 8 A bordo del San Antonio, marzo 9 A bordo del San Antonio, marzo 10
17 CAPÍTULO 7
18 UNA DE LAS CARAS DE LA MONEDA: LA EXpLOTACIÓN yanqui del cobre Antofagasta, marzo 11 Baquedano, marzo 12 Chuquicamata, marzo 13 (Comisaría de Chuquicamata, 1a Sección) Chuquicamata, marzo 14 Chuquicamata, marzo 15 Rumbo a Iquique, marzo 16
19 CAPÍTULO 8
20 EN LAS TIERRAS DONDE luchó laferttE Iquique, marzo 20 Arica, marzo 22 Rumbo a Tacna, marzo 23
21 CAPÍTULO 9
22 EN EL PAÍS DE LOS INCAS Tacna, marzo 24 Sicuani, marzo 30
23 CAPÍTULO 10
24 UNA METAMORFOSIS POCO COMÚN. ¡AL FIN MACHU PICCHU! Cuzco, marzo 31 Cuzco, abril 1º Cuzco, abril 2 Machu Picchu, abril 5
25 CAPÍTULO 11
26 RUMBO AL LEPROSARIO DE HUAMBO Cuzco, abril 6 Cuzco, abril 7 Abancay, abril 11 Huancarama, abril 13 Huambo, abril 14
27 CAPÍTULO 12
28 RUMBO A LA SELVA TROPICAL PERUANA Huancarama, abril 15 Andahuaylas, abril 16 Andahuaylas, abril 17 Andahuaylas, abril 18 Andahuaylas, abril 19 Ayacucho, abril 22 Carretera Ayacucho-Las Mercedes, abril 23 La Merced, abril 25 La Merced, abril 26 Entre Oxapampa y San Ramón, abril 27 San Ramón, abril 28 Tarma, abril 30
29 CAPÍTULO 13
30 ERNESTO NO SABE MENTIR Lima, mayo 1º El Rancho, mayo 19 (camino a Pucallpa)
31 CAPÍTULO 14;
32 EL AMAZONAS Y SU GENTE A bordo de La Cenepa, navegando por el río Ucayali, vía Iquitos, mayo 25 Río Amazonas, mayo 26 Río Amazonas, mayo 27 Río Amazonas, mayo 29 Río Amazonas, mayo 30 y 31 Iquitos, junio 1º Iquitos, junio 2, 3, 4 y 5
33 CAPÍTULO 15
34 RUMBO AL LEPROSARIO DE SAN PABLO A bordo de El Cisne, navegando por el Amazonas, junio 6 Río Amazonas, junio 7
35 CAPÍTULO 16
36 LA CIENCIA EN LA SELVA Leprosorio de San Pablo, junio 8 al 13
37 CAPÍTULO 17
38 UN CUMPLEAÑOS “MOVIDO” Leprosorio de San Pablo, junio 14 Leprosorio de San Pablo, junio 19
39 CAPÍTULO 18
40 UNA DESPEDIDA INOLVIDABLE A bordo de la balsa Mambo-Tango, junio 20 Balsa Mambo-Tango, río Amazonas, junio 21 Río Amazonas, junio 22 Leticia, junio 23 Leticia, junio 24 Leticia, junio 25
41 CAPÍTULO 19
42 DE LEPRÓLOGOS A FUTBOLISTAS Leticia, junio 26 Leticia, junio 27 Leticia, junio 28 Leticia, junio 29 Leticia, junio 30 Leticia, julio 1º
43 CAPÍTULO 20
44 BOGOTÁ: UNA CIUDAD TOMADA Julio 2 Bogotá, julio 2 Bogotá, julio 5 Bogotá, julio 6 Bogotá, julio 7 Bogotá, julio 8 Bogotá, julio 9 Bogotá, julio 10 Málaga, julio 11 Cúcuta, julio 12 Cúcuta, julio 13
45 CAPÍTULO 21
46 EN LA PATRIA DE BOLÍVAR San Cristóbal, julio 14 Camino entre Barquisimeto y Corona, julio 16 Caracas, julio 17 Caracas, julio 18 Caracas, julio 19
47 CAPÍTULO 22
48 UNA TERTULIA FAMILIAR Caracas, julio 20 Caracas, julio 21 Caracas, julio 22 Caracas, julio 25
49 APÉNDICE
50 EPÍLOGO A LA NUEVA EDICIÓN
Landmarks
1 Cover


Granado, Alberto
Con el Che por Sudamérica. - 1a ed. - Buenos Aires : Marea, 2013. - (Historia urgente; 15)
E-Book.
ISBN 978-987-1307-75-3
1. CheGuevara. Biografía.
CDD 923

Fecha de catalogación: 05/06/2013
Edición: Constanza Brunet
Diseño de tapa e interior: Hugo Pérez
Corrección de pruebas: Marisa Corgatelli
© 2013 Alberto Granado
© 2013 Editorial Marea S.R.L.
Pasaje Rivarola 115 – Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
marea@editorialmarea.com.ar
www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-1307-75-3
Impreso en la Argentina
Depositado de acuerdo a la Ley 11.723
Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio
o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
PRÓLOGO A LA EDICIÓN ARGENTINA
El viaje no fue una aventura
Desde que yo tenía por lo menos catorce años, mucho antes de conocer al Che, al futuro Che, comencé a planificar el viaje como una forma ideal de mi vida. Si no hubiera hecho el viaje, aunque fuera presidente de la república, aunque fuera premio Nobel de bioquímica, no me hubiera sentido feliz. A tal punto lo tenía decidido que ya tenía una estrategia que era: si a mí una cosa me interesaba, era entonces antes del viaje y, si no me interesaba, era después de que volviera del viaje. Siempre tenía una respuesta. La idea del viaje la adornaba. Si yo me encontraba con un tipo al que le gustaba la cacería, empezaba a hablar del viaje, y le decía “¿sabes lo que es ir a Uganda y ver catorce tipos de cocodrilos, ir a África?”, y me decían “qué bueno, yo voy contigo”. Si era una muchacha, tocaba la guitarra, cantaba tango y pasaba la gorra, “ah, cómo no, yo voy contigo”, todo el mundo iba conmigo.
Y Ernesto por su lado, también a él le gustaba mucho viajar, era más movido que yo, hizo un viaje en bicicleta, así que tenía su experiencia, pero yo tenía mi propia experiencia: el viaje había que hacerlo acompañado, no se podía hacer solo. Lo curioso es que el Che en el año 1949 hizo un viaje como enfermero en la marina mercante argentina desde el Sur hasta el Norte, más allá de Belén, y de ahí hasta la Patagonia. Luego, estando yo en Buenos Aires, en mis labores de estudio de la lepra y en busca de una vacuna contra esa enfermedad, era mi idea entonces… , me encuentro con Fúser y me dice “¡ah! petiso, qué razón tenías, no encontré a nadie que me acompañara en el viaje, nada más que las tortugas. Tenías razón; un compañero siempre hace falta”.
Estuve muchos años preparando el viaje. La teoría hizo que la moto estuviera tan recargada de cosas: desde un frac para dar una conferencia hasta una pelota de fútbol para hacer un partido. En la salida estuvimos a punto de chocar contra un tranvía, por el exceso de peso la moto se levantaba de adelante y no tenía dirección. Nosotros aspirábamos a llevar más que una moto, un trailer, una casa rodante. Pero después la vida nos demostró que había tantas cosas que no eran necesarias. Llevábamos tienda de campaña, unos catres, las mantas, los libros, cuadernos, el repuesto, medicamentos, una pequeña parrilla para hacer asado en el camino. Todo lo que se nos iba ocurriendo lo poníamos. Pensábamos que íbamos a comer en las carreteras, y al final fueron los vecinos quienes nos ayudaron.
Todo empezó como una aventura. Queríamos conocer el mundo, pero nos impactó la miseria, cómo la gente pobre, la gente humilde, se relacionaba con nosotros, nos atendía, eso nos impresionaba. Por ejemplo, nos encontrábamos en algún lugar con unos médicos, hablábamos de medicina, de lepra, sabíamos del tema, pero por el aspecto que teníamos, cuando salíamos de ese lugar ya no nos volvían a recibir.
Con el Che por Sudamérica
En realidad “El Diario” no tenía nombre. La Agencia Literaria, la gente que trabajó conmigo en Letras Cubanas le puso ese nombre un poquito en contra de mi voluntad. Por la palabra Che, porque el viaje no fue con el Che Guevara, fue con Ernesto, pero yo estaba muy interesado en que se publicara y aspiraba a que no siguieran apareciendo “amigos” del Che que nunca habían sido verdaderos amigos. Ni quería que se siguiera hablando del Che como de un hombre lleno nada más que de virtudes, sino como de un muchacho de 24 años, lo que era en realidad. Por eso acepté que tuviera ese título como una forma de que saliera al aire. Pero yo nunca pensé que iba a tener el éxito que ha tenido en todas partes del mundo. Yo solo pensaba en evitar que al Che lo siguieran endiosando, que a mi amigo Ernesto Guevara lo siguieran transformando en un hombre sin ningún defecto.
Fúser se convierte en el Che
Yo tenía seis años más que el Che. Cuando salimos yo tenía 28, el Che tenía 24, lógicamente yo trabajaba, había tenido resultados de investigación, tenía una farmacia, sin embargo el Che era un estudiante de medicina que no había terminado de graduarse, pero desde que lo conocí me había dado cuenta de que era un muchacho inteligente y muy tenaz. Me gustaba mucho todo lo que él había leído, todo lo que a él le gustaba me gustaba a mí. Su personalidad va ir cambiando durante el viaje, desde nuestra salida de Córdoba hasta que se rompe la moto y llegamos a Chile, yo era el líder, pero después ya de aquel encuentro con la “vieja enferma”, el encuentro con los mineros, cuando le tira la piedra al dueño del camión... ya empieza a desaparecer un poco el Fúser para transformarse en el futuro Che.
Cada vez que puedan viajar, viajen
A los jóvenes que sean rebeldes, alegres y profundos, como decía el Che, que recuerden que el futuro es de los jóvenes y que nadie va a hacer el futuro por ellos, además hay una palabra que usa mucho Fidel, y es resistir, hay que resistir todo, no estar nunca conforme.
Alberto Granado Jiménez
La Habana, septiembre de 2007
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
Es muy difícil poder precisar en el tiempo cuándo surgió la idea del viaje. La literatura desempeñaría un papel importante en la decisión. La lectura del libro de Ciro Alegría, La serpiente de oro, luego Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno, que leí ávidamente, concretaron el hacia dónde y el para qué del viaje.
Debía conocer el mundo, pero primero Latinoamérica, mi sufrido continente. Y hacerlo no con los ojos del turista, que busca sólo paisajes, comodidades y placeres efímeros, sino con los ojos y el espíritu de un hijo del pueblo que necesita conocer la belleza del continente, las riquezas que encierra, a los hombres y mujeres que lo pueblan, así como a los enemigos internos y externos que lo explotan y empobrecen.
De esta manera, a partir de 1940, “el viaje” se transformó en el viaje por América. Dos años después, en 1942, apareció en escena Ernesto Guevara de la Serna, el Pelao de mis años juveniles.
A la habitual audiencia constituida por mis padres y hermanos se agregó, en forma muy activa por cierto, la presencia del Pelao. Por supuesto, con su innata ironía y su capacidad crítica y polémica puso una nota a las ya tradicionales discusiones sobre el utópico viaje.
Con esa perspicacia impropia de sus escasos catorce años, que lo acompañaría toda su extraordinaria vida, se percató de que si bien para mis padres y tíos, y aun para mis hermanos, el viaje era sólo un motivo de amenas conversaciones y un pretexto para mantener y aumentar los conocimientos geográficos y políticos, para mí era algo tan real y concreto como que iba a ser bioquímico y que sería un científico honesto y no un comerciante de la profesión.
Desde aquel año tuve en Ernesto un seguro puntal de apoyo a mis ideas y argumentos. Durante los casi diez años que transcurrieron desde que él conoció el proyecto hasta que este se concretó, cuando creía verme flaquear en mis convicciones siempre tenía como muletilla: “¿Y el viaje qué?”. Yo tenía una sola respuesta: “Todo me puede fallar menos eso”.
Aquellos años sirvieron para que la amistad con Ernesto se hiciera cada vez más profunda, y se arraigara y profundizara la necesidad e importancia del viaje.

Durante los años que trabajé en el leprosorio J.J. Puente, se mantuvo mi contacto con Ernesto, a quien ya el apodo del Pelao le había sido reemplazado por el de Fúser, apócope del Furibundo Guevara de la Serna, como lo llamaban, por su tenacidad y falta de temor en el juego de rugby, deporte que, al igual que el fútbol antes, y la cacería después, llenaban nuestras escasas horas libres. Aquí posamos con nuestro equipo en 1948.
Como en una visión caleidoscópica pasan por mi mente los hechos más resaltantes de esa década: las luchas estudiantiles por la defensa de las libertades democrático-burguesas, amenazadas por el nazismo criollo, que envuelto en ropajes nacionalistas parecía apoderarse del país; la persecución y las cárceles, que nos permitieron conocer a los verdaderos luchadores por el bienestar del pueblo; el enfrentamiento, como estudiantes, a los profesores reaccionarios, que nos hizo esforzarnos por alcanzar los mejores expedientes frente al favoritismo de los serviles.
En esos años fue cuando conocimos en realidad la Unión Soviética, en los momentos de la titánica lucha contra las hordas nazis que trataron de borrar del mapa a la primera nación socialista. Los nombres de Stalingrado, Leningrado, Brest y Moscú tomaron una nueva dimensión a nuestros ojos. El heroísmo del pueblo soviético no pudo ser silenciado por los que se decían defensores de la libertad y la democracia.
El período de la guerra me sirvió para darme cuenta de la falsedad de la prensa capitalista. ¡Cómo se iban quitando la careta a medida que todas las mentiras que habían urdido durante años sobre el “terror rojo” y el pueblo descontento se desvanecían ante la unidad real entre este, el gobierno y el Partido Comunista Soviético!
En 1945, mi primer nombramiento como practicante menor me abrió las puertas de la investigación, que nunca más abandonaría, aunque a veces la vida me alejara temporalmente de ella. Al siguiente año comencé a trabajar en el leprosorio J. J. Puente. Un nuevo y fascinante mundo se abrió ante mí.
La lepra, ese flagelo que arranca de la sociedad a quien lo padece, crea a su vez en sus víctimas una sensibilidad especial y una inagotable fuente de agradecimiento. El que conoce por dentro un leprosorio no puede menos que dejarse subyugar por ese tipo de colectividad tan discriminada, y sin embargo, tan sensible.

Hasta el lejano hospital donde yo trabajaba, a cientos de kilómetros de Buenos Aires, llegó un día Fúser, en una bicicleta con motor, solo apta para correr en las asfaltadas avenidas de una ciudad, pero que el tesón y el coraje de Ernesto la llevaron a través de pampas, sierras y desiertos hasta su meta.
En ese marco también se mantuvo mi contacto con Ernesto, a quien ya el apodo del Pelao le había sido reemplazado por el de Fúser, apócope del Furibundo Guevara de la Serna, como lo llamaban, por su tenacidad y falta de temor en el juego de rugby, deporte que, al igual que el fútbol antes, y la cacería después, llenaban nuestras escasas horas libres.
Hasta ese lejano hospital, a cientos de kilómetros de Buenos Aires, llegó un día Fúser, en una bicicleta con motor, solo apta para correr en las asfaltadas avenidas de una ciudad, pero que el tesón y el coraje de Ernesto la llevaron a través de pampas, sierras y desiertos hasta su meta.
Por esa época compré la Poderosa II, una motocicleta Norton de 500 centímetros cúbicos de cilindrada, y a la que bauticé así pues reemplazaba a la Poderosa I, una bicicleta que en mis años de estudiante utilicé incansablemente, ya fuera para repartir volantes en las manifestaciones públicas y eludir luego la persecución policial, como para las excursiones por los ríos, lagos y montañas que rodean a mi Córdoba natal.
Esos esporádicos encuentros con el Pelao servían para reafirmarnos en nuestros gustos e ideales comunes. La literatura nos daba motivos de grandes discusiones. Por esa época apareció en el ámbito literario argentino un grupo de autores norteamericanos, antes poco editados, como: Caldwell, Sinclair Lewis, Faulkner y otros, que ponían al desnudo la hipocresía de la sociedad capitalista yanqui, y la discriminación al latino y al negro.
También la interpretación de las obras de Sartre y Camus, con sus implicaciones político-filosóficas, fue motivo de debates cuando en alguna excursión campestre, bajo el toldo del cielo estrellado y frente a una acogedora hoguera, intercambiábamos mates, ideas y sueños.
En esa forma activa y no siempre continua pasaron casi diez años, tiempo que en lugar de frenar nuestros impulsos, nos iba dando más y más argumentos para hacer realidad el tan anhelado viaje por América Latina.
Alberto Granado Jiménez
La Habana, octubre de 1978
INTRODUCCIÓN
UN RÁPIDO ABRAZO
Caracas, 26 de julio de 1952
Las manos apretadas, en señal de despedida, se niegan a soltarse. Ambos protagonistas de la separación tratan con muy poco éxito de disimular la emoción que los domina. Muchos son los hechos acaecidos, y muchos más aún los sueños por hacer realidad, los que como una fuerza atractiva mantienen unidas esas manos. Juntas han ido desbrozando caminos, eliminando obstáculos opuestos a veces tercamente a la realización de propósitos, uno de los cuales acaba de ser culminado con éxito.
Al fin, casi al unísono, las manos se separan para dar paso a un rápido abrazo. Luego, la despedida breve que impide la manifestación exagerada de la emoción cierta, pero ruborosamente contenida.
–Te espero, Fúser.
–Nos juntaremos, Mial.1
Mial se sienta en el muro que separa la pista de aterrizaje de la zona de desembarque de los caballos que serán transportados vía aérea hacia Miami. Observa cómo la figura de Fúser se achica al alejarse hacia la enorme aeronave de cuyo verdadero tamaño, disminuido por la distancia, toma conciencia al compararla con la pequeña figura que resulta ahora su amigo. Este empieza a subir la rampa por donde algunos minutos antes han sido izados los caballos de carrera. A la mitad del trayecto gira la cabeza y agita su mano derecha a guisa de saludo.
Como respuesta al gesto, Mial da un salto y al mismo tiempo que desaparece su forzada indiferencia mueve sus brazos, y a despecho de que la distancia apague su voz, se despide a grito destemplado:
–Chao, Fúser...; te espero, Pelao...; estudia mucho, Ernesto..., chao, chao...
Al ruido producido por el cierre de las escotillas sigue de inmediato el estruendo de los motores. Pocos minutos después el avión pasa por sobre la cabeza de Mial, quien con naturalidad se deja caer sobre el césped que bordea el muro del aeropuerto de Maiquetía. Extrae de una maltrecha mochila un cuaderno cuidadosamente forrado en papel rojo, y recostándose en el muro lo abre y comienza a leer.
1 Apodo: contracción de “Mi Alberto”.