Kitabı oxu: «Gobernanza rural en México»

Gobernanza rural
en México

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Gobernanza rural en México / Carlos Chávez Becker, editor. - - México : Universidad Autónoma Metropolitana, 2021
1a. edición
535 p. : ilustraciones ; 14 x 21 cm
ISBN: 978-607-28-2283-2 impreso
ISBN: 978-607-28-2284-9 epub
T. 1. Desarrollo rural - México T. 2. México - Política gubernamental
HD9014.M49 G63
Primera edición: 2021
GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO
Carlos Chávez Becker (editor)
Diseño de portada: Daniel Domínguez Michael
D.R. © 2021, Carlos Chávez Becker (editor)
D.R. © 2021, Universidad Autónoma Metropolitana
Prolongación Canal de Miramontes 3855
Ex Hacienda San Juan de Dios, Alcaldía de Tlalpan
14387, Ciudad de México
Unidad Lerma/División de Ciencias Sociales y Humanidades
Avenida de las Garzas núm. 10
Col. El Panteón, 52005, Lerma Estado de México
Consejo Editorial de la División de Ciencias Sociales y Humanidades
<cedcsh@correo.ler.uam.mx>
ISBN: 978-607-28-2283-2 impreso
ISBN: 978-607-28-2284-9 epub
Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada o transmitida, por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma y por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo y por escrito de los editores.
La presente publicación pasó por un proceso de dos dictámenes (doble ciego) de pares académicos avalados por el Consejo Editorial de la División de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM-Lerma, que garantizan su calidad y pertinencia académica y científica.
Impreso en México/Printed in Mexico
ÍNDICE
Prólogo Peter R.W. Gerritsen
Introducción Carlos Chávez Becker
PARTE I DEBATES TEÓRICO-METODOLÓGICOS EN TORNO A LA GOBERNANZA RURAL
El debate de la gobernanza: entre el contenido normativo y la evidencia empírica Omar Valencia Domínguez
Gobernanza rural en México, perspectivas teóricas de un debate en desarrollo en el nivel global Carlos Chávez Becker
Perspectivas metodológicas en el análisis de la gobernanza rural en México Alma Patricia de León Calderón
Mecanismos de participación ciudadana como instrumentos de relacionamiento para la gobernanza rural: propuesta de tipología para su caracterización Alberto Rojas Rueda
PARTE II EXPERIENCIAS CONTEMPORÁNEAS DE GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO
CTC-REDD+: red de gobernanza en el sector forestal mexicano Raquel Jiménez Acosta
Participación de la sociedad civil en la gobernanza rural: el caso de los Consejos Municipales de Desarrollo Rural Sustentable en cinco municipios del oriente del Estado de México Óscar Luis Figueroa Rodríguez
El Comité de Ordenamiento Ecológico Marino y Regional del Pacífico Norte: una aproximación a la gobernanza desde la mirada de los actores participantes Jorge Carbajal Hernández
Gobernanza rural y ambiental: Holbox frente a la crisis Lidia Blásquez Martínez, Daniel Rojas Navarrete y Miguel Eduardo Alva Rivera
Gobernanza rural radical por el agua en México Armando Sánchez Albarrán
PARTE III PROBLEMAS, LÍMITES Y CRÍTICAS DE LA GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO
Problemas de gobernanza en la implementación del Programa Pueblos Mágicos en Valle de Bravo, 2000-2006 Alejandro Natal Martínez
Actores, redes y territorio en los márgenes de la gobernanza. El caso de la Reserva de la Biósfera Selva El Ocote en Chiapas Carla Beatriz Zamora Lomelí
¿Gobernanza sin gobierno? El Comercio Justo en México al filo de la gobernanza rural Carlos Chávez Becker y Silvia Jurado Celis
(Des)gobernanza rural y pescadoras afromexicanas de la Costa Chica de Oaxaca. Al filo de la confianza social y la ficción institucional Heriberto Ruiz Ponce y Kevin Hernández Pérez
Conclusiones Carlos Chávez Becker
PRÓLOGO
Peter R. W. Gerritsen*
Las zonas rurales de México se caracterizan tanto por una alta diversidad agropecuaria como por una alta diversidad biológica. Esta gran riqueza biocultural es causa y efecto de la gran variedad de condiciones ambientales locales y de una variada diversidad cultural, esto ocasiona que la actividad productiva sea diversa y llena de tradiciones, resultado de un proceso de co-producción entre sociedad y naturaleza. Además, esta riqueza biocultural se presenta en la agricultura campesina e indígena.
Si bien el México Profundo, como se refiere el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla, al campo mexicano, se caracteriza por un impresionante patrimonio biocultural, también padece una gran cantidad de problemas culturales, ecológicos, económicos, políticos y sociales. Muchos de estos problemas no son nuevos, se remontan a los años sesenta con el fracaso de la Revolución Verde. Las políticas públicas diseñadas e implementadas en las décadas posteriores, más que resolver los problemas del campo mexicano, han profundizado las condiciones de pobreza y la degradación del medio ambiente, entre otros. Esta situación se ha marcado aún más con la puesta en marcha del modelo neoliberal y su posterior globalización. La globalización neoliberal, en conjunto con una creciente urbanización de la sociedad mexicana ha ocasionado un proceso de externalización de las actividades productivas, de los conocimientos asociados y del control local ejercido.
La neo-liberalización del México Profundo no se dio de manera homogénea, ha sido un proceso diferencial, debido a las condiciones y características específicas de las diferentes zonas rurales. Aun así, las diferentes regiones tienen en común que actualmente la problemática rural se puede caracterizar de forma multidimensional, multi-actor y multi-escala. Con estos tres términos me refiero a que la problemática socioambiental en las zonas rurales no sólo es ecológica, sino que también tiene dimensiones culturales, económicas, políticas y sociales, como ya mencioné. Además, tienen que ver con una gran cantidad de actores sociales involucrados, donde resalta la presencia de nuevos actores con intereses en los recursos naturales, como son: las empresas mineras y agroalimentarias. Finalmente, estos actores se pueden mover a diferentes escalas, como es el local, regional, nacional e internacional.
En el ámbito científico y político, lo anterior conduce a reconocer la alta complejidad de problemas y procesos sociopolíticos en contextos (ecológicos, socioeconómicos y culturales) igual de diversos. Además, este reconocimiento generó varios debates sobre la naturaleza y la puesta en marcha de las alternativas para frenar y resolver la problemática rural. Dentro de estos debates, la gobernanza ha surgido como una alternativa con mucho potencial, ya que busca articular diferentes actores sociales en torno a un problema común. Si bien la gobernanza se ha conceptualizado de diferentes maneras y perspectivas, estas tienen en común la inclusión de actores sociales no-políticos en procesos sociopolíticos como manera para frenar y solucionar los problemas socioambientales de las zonas rurales.
Es en el contexto aquí descrito, en el cual podemos ubicar el libro Gobernanza rural en México, editado por Carlos Becker Chávez y con la participación de un total de 16 autoras y autores. Este libro nació a partir del Seminario de Investigación sobre Gobernanza Rural que se llevó a cabo en diciembre de 2020 en la UAM, unidad Lerma. La obra busca contribuir al debate sobre la gobernanza “colocando la gobernanza rural en el imaginario académico mexicano, para abrir un debate sobre su actualidad, calidad, características, potencialidad, áreas de oportunidad y mejora y sobre sus principales críticas” (véase introducción de esta obra, p. 15).
La puesta en marcha del objetivo principal se basa en un capítulo introductorio que permite a las y los actores ubicarse en el libro. A este primer capítulo le siguen 13 capítulos que el editor organizó en tres grupos. Primero, hay un bloque de cuatro capítulos que presentan una contribución teórico-metodológica al debate en torno a la gobernanza. Posteriormente, en la segunda parte del libro cinco capítulos presentan casos muy diversos con experiencias contemporáneas de gobernanza rural en México. Finalmente, en la tercera parte cuatro capítulos analizan los problemas y límites, así como las críticas a la gobernanza rural en México, basándose también en una gran diversidad de temas y regiones. A estos trece capítulos le sigue un capítulo en que el editor entrelaza los diferentes temas presentados para finalizar con unas conclusiones. Así, el libro nos presenta un robusto caleidoscopio de reflexiones en torno a la teoría y práctica de la gobernanza rural.
Quiero resaltar que la importancia de este libro radica justamente en esta mirada caleidoscópica, contribuyendo al debate de la gobernanza desde múltiples miradas teórico-empíricas, y moviéndose en diferentes áreas temáticas relacionadas con la gobernanza y desde diferentes ubicaciones geográficas. Además, el editor logra entretejer la riqueza de reflexiones y datos presentados en estos capítulos a través de la introducción y las conclusiones que ya mencioné. Finalmente, el editor y las/los autores participantes buscan dar identidad a la gobernanza rural mexicana, siendo la contribución más importante de la obra.
Es un gusto para mi contribuir a esta obra Gobernanza rural en México con el prólogo, destacando que el libro es una contribución importante y novedosa para todos aquellos profesionistas interesados en entender y poner en práctica la gobernanza rural desde una mirada teórica-empírica en el contexto mexicano.
* Departamento de Ecología y Recursos Naturales, Centro Universitario de la Costa Sur, Universidad de Guadalajara. Correo electrónico: <petergerritsen@cucsur.udg.mx>.
INTRODUCCIÓN
Carlos Chávez Becker*
¿DE LA GOBERNANZA A LA GOBERNANZA RURAL?
En una época que pareciera estar definida por una creciente crispación social y política, en la que los discursos de odio y exclusión en numerosos casos se han hecho la moneda corriente, incluso en las narrativas de las más altas esferas del poder y en cada vez un mayor número de países del mundo, las agendas de las hermanas menos conocidas de la democracia representativa, sus versiones participativa y deliberativa, parecería que tienen aún menores posibilidades de ganar algo de fama frente a la primera en las sociedades contemporáneas.
La razón de lo anterior se explica en parte porque en un ambiente de polarización y crispación social, las formas democráticas que, en muchas ocasiones, implican procesos más complejos y profundos de interacción, diálogo, interlocución, reflexión y entendimiento mutuo se ven eclipsadas por la desbocada carrera por los votos y la sobreideologización de los procesos, principios y normas de las prácticas enfocadas a materializar la representación política con base territorial y sus instituciones.
Una de las consecuencias de esta estridencia política es que los procesos deliberativos previstos en este ámbito de la política se ven nulificados o se trasladan a locus en donde se diluye o se deforma el carácter representativo de la democracia (Manin, 1985). Por ello, se habla de que hoy en día se vive un malestar (Velasco y Chávez, 2010; Cadena y López, 2019) con, o peor aún, de una crisis de la democracia representativa (Porras, 1996; García, 2001; Tahar, 2012) y del creciente descrédito de sus actores y participantes: partidos políticos, órganos electorales, representantes legislativos, burócratas, entre los más relevantes.
Lo problemático de este panorama, ciertamente genérico, pero que puede contribuir a describir parte de la realidad presente hoy en México, es que nos muestra que el principal dispositivo con que se cuenta para procesar la diferencia natural en toda sociedad y, como consecuencia, para modular la conflictividad inherente en ellas, vive un proceso de desprestigio y descalificación.
Por esta razón la gobernanza, desde su acepción contemporánea, aparece como una manera de contribuir en la construcción de una solución a esta encrucijada, en la medida en que plantea, desde ciertas lecturas, la posibilidad de amplificar y profundizar las formas en que se trata la diferencia pública y la conflictividad social. No para suplantar a la democracia representativa con base territorial, sino como una forma de complementarla y robustecer, y complejizar el imaginario democrático contemporáneo. Así, como proyecto de reforma política, la gobernanza constituye una contribución en la conformación de alternativas para buscar formas deliberativas y con una participación más auténtica para la atención de los problemas y las contradicciones sociales. Como categoría académica ayuda a pensar analíticamente la forma en que no sólo los actores gubernamentales, como producto del procesamiento político representativo, sino otros actores no gubernamentales con una relevancia específica pueden contribuir a la atención de los asuntos públicos y, por ende, teóricamente hablando, a disminuir las contradicciones derivadas de ellos.
Desde esta perspectiva, la gobernanza aparece como un objeto ineludible de discusión en el México rural contemporáneo, en la medida en que este ámbito de nuestra realidad social enfrenta procesos de transformación profundos:
Efectivamente, sobre los cambios en su estructura productiva todos los estudiosos reconocen el dominio de las agroindustrias y de los agronegocios, iniciado hace más de tres décadas con la aparición de la agricultura de contrato y de las cadenas productivas. También, sabemos que ese encadenamiento productivo no solamente ha fomentado la concentración de la producción en las empresas capaces de adaptarse al modelo productivista con alto consumo de insumos, sino en las regiones con mejores condiciones de producción. No sólo asistimos a un proceso de polarización social, sino a la producción de una economía del espacio, en términos del geógrafo David Harvey (2003), que favorece la creación de enclaves productivos para abastecer el mercado mundial, mientras el resto del territorio pasa al rubro de la economía de sobrevivencia, o sea de las políticas de lucha contra la pobreza. En el marco de la globalización, la polarización social y la polarización espacial se combinan estrechamente (Carton De Grammont, 2014:11-12).
Lo problemático es que esta reconfiguración del espacio rural ha sido fuente reciente de numerosos y crecientes conflictos, tanto en número como en intensidad. Al respecto, Toledo et al. (2015) afirman que entre 2009 y 2014 en México se desarrollaron conflictos en 272 municipios del país relacionados con distintos aspectos del ámbito rural: producción agrícola, uso de biotecnología, producción de energía, manejo de bosques, recursos hídricos, minería, manejo de residuos peligrosos y turismo. La severidad de estos conflictos, en algunos casos, ha sido tan elevada, que entre 2012 y 2019 fueron asesinados 83 activistas ambientales que defendían su territorio de distintas formas de extractivismo de acuerdo con datos de las organizaciones civiles Centro Mexicano de Derecho Ambiental (Cemda) y Cartocrítica (Enciso, 2020), tal como fue el caso de Samir Flores el 20 de febrero de 2019, quien era un opositor a la construcción de una termoeléctrica en Huexca, en el estado de Morelos. Según estas organizaciones, en el periodo referido, en total se han registrado 499 ataques a defensores del territorio, siendo Oaxaca (79), Sonora (49), Estado de México (48) y Puebla (47) los estados con más casos (Cemda, 2019). Este dato coloca a México como el sexto país más peligroso para las personas defensoras del medio ambiente en todo el mundo, de acuerdo con la organización internacional Global Witness (Pradilla, 2019).
Por supuesto, lo anterior debe ser considerado sólo como una muestra del enorme potencial de conflicto que se cierne sobre las áreas rurales de nuestro país, que además se ven presionadas por la actividad de los grupos criminales de tráfico ilegal. Específicamente, la violencia contra defensores del territorio y los recursos naturales debe ser eliminada por el Estado a través de todos los medios a su alcance. Pero más allá de estas situaciones límite, queda claro que la problemática que enfrentan las áreas rurales mexicanas es diversa, compleja, amplia y muy profunda. Frente a ello, lo más preocupante es que los dispositivos político-democráticos que se han montado para atenderla no parecen ser hasta ahora del todo efectivos.
EXPRESIONES DE LA GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO
Este último punto es en donde se pone especial énfasis en la presente colaboración: la gobernanza rural aparece como una alternativa en la atención y tratamiento de esa problemática, que no ha sido del todo correctamente procesada por los canales usuales empleados por los mecanismos de la democracia representativa, ni por los conductos burocráticos o las autoridades formalmente establecidas para ello. Pero es importante señalar que no se pretende mostrar a la gobernanza, en su faceta rural, como una panacea y como la alternativa que vendrá a solucionar todos estos problemas, contradicciones y conflictos que se desarrollan en estas áreas.1 Más bien en el libro se le ve como una forma complementaria a otros sistemas y aparatos públicos orientados a cumplir este objetivo. Más específicamente, esta obra tiene como principal objetivo poner a la gobernanza rural en el imaginario académico mexicano, para abrir un debate sobre su actualidad, calidad, características, potencialidad, áreas de oportunidad y mejora, y sobre sus principales críticas.
En este punto es conveniente aclarar que la puesta en marcha de diversos procesos de gobernanza rural no es algo completamente nuevo e inédito en México, pero sí constituye un proceso y un fenómeno más o menos reciente, de unas tres o cuatro décadas, de construcción de alternativas e innovación democrática y de fomento de la profundización de la participación ciudadana que tiene que ser estudiado. En otro lugar se explica con mucho mayor detenimiento este proceso (Chávez, 2021), por lo que basta con apuntar que aunque ha existido este interés por parte de diversos actores políticos y sociales en México, se trata de iniciativas en desarrollo que en este breve tiempo han tenido momentos de impulso y momentos de desaceleración o estancamiento.
Un claro ejemplo de este esfuerzo es la construcción de lo que se ha denominado en la terminología gubernamental los “Mecanismos de participación ciudadana en la administración pública federal” (Segob, 2018). La característica principal de estos órganos es que son, prácticamente en su totalidad, entidades formales; es decir, que están contempladas en algún documento normativo, en los que participan actores no gubernamentales y que atienden algún asunto o tema público de interés para la sociedad o para una porción relevante de ella, razones por las que pueden ser considerados espacios, estructuras, arreglos o redes de gobernanza. Adoptan la forma de consejos, comités, juntas, mesas, confederaciones, comisiones, grupos de trabajo, entre muchas otras y hoy pueblan prácticamente todos los sectores y áreas de la Administración Pública Federal.
En la base datos de los mecanismos de participación ciudadana en las dependencias y entidades (Segob, 2018) se localizaron 133 de un total de 329 sectorizados en el ámbito rural o cuya materia está directamente relacionado con éste. Del total, 125 están dispuestos en una ley y los demás en reglamentos, reglas de operación, acuerdos, lineamientos, decretos o convenios internacionales. En el sector rural es muy evidente cómo desde la década de 1990 hasta la actualidad ha habido un proceso incremental del número de espacios o estructuras de gobernanza creadas alrededor de un sinnúmero de temas, de no existir ninguno en 1992 a cerca de 140 a principios de 2019:
GRÁFICA 1
PROCESO DE CREACIÓN DE LOS MECANISMOS DE PARTICIPACIÓN CIUDADANA EN LA ADMINISTRACIÓN
PÚBLICA FEDERAL ORIENTADOS A TEMÁTICAS RURALES

FUENTE: elaboración propia con base en información de la Segob (2018).
La gráfica 1 también es útil para ilustrar que hubo dos periodos en los que el número de mecanismos de participación ciudadana (MPC) creció de forma más acelerada, primero, a finales de la década de 1990 y antes del inicio del periodo presidencial de Vicente Fox y, después, entre 2013 y 2018, lapso que abarca el sexenio de Enrique Peña Nieto. Gracias a la información provista por la Segob (2018), se sabe que la totalidad de los MPC operaban a finales de 2018, que 131 de ellos tienen un carácter permanente y están obligados a funcionar de manera presencial y 123 son consejos.2 En cuanto a su tipo, 101 son de consulta y 26 de consulta y ejecución.3 Con respecto a su nivel de incidencia, 119 incluyen actividades y responsabilidades de información, diálogo, opinión y deliberación.4 Finalmente, en relación con algunos aspectos operativos, se sabe que 129 de los MPC relacionados con áreas o temáticas rurales existentes en el nivel federal en México contaban con un plan de trabajo, en 131 existía algún tipo de seguimiento de acuerdos, 128 elaboraban un informe anual y en 127 se evaluaban sus resultados de alguna manera. En este grupo de MPC podemos encontrar, entre muchos otros, al Grupo de Trabajo de la Procuraduría Agraria, al Consejo Nacional Forestal, al Comité Nacional de Humedales y, dentro de la discusión sobre la gobernanza rural, al paradigmático Consejo Mexicano para el Desarrollo Rural Sustentable fundado en 2008.
Esta tendencia de crecimiento en el número de MPC también se puede observar en el orden estatal y municipal, ya que entre 2016 y 2018 los primeros aumentaron de 304 a 386 y en el ámbito municipal de 14 702 a 19 801 según información proporcionada por el INEGI (2017a, 2017b, 2019a y 2019b). En cuanto a los mecanismos de participación ciudadana estatales orientados específicamente a la promoción del desarrollo rural, éstos aumentaron de 17 a 18 y en el orden municipal de 612 a 773 en el mismo periodo (INEGI, 2017a, 2017b, 2019a y 2019b).
La información precedente sirve para mostrar que en México hoy en día existe un “tendido”, red o, como se ha denominado en otros lugares (Chávez, 2021), una constelación de MPC amplia y que está en constante crecimiento en el ámbito rural o que enfocan su trabajo a este ámbito territorial. Este hecho lleva a pensar que la gobernanza rural transita paulatinamente hacia un escenario, al menos como pretensión normativa y con cierto grado de operacionalidad, de mayor concurso y participación de los actores no gubernamentales en la labor de gobierno, en el proceso de las políticas públicas y en la atención de los asuntos y problemas sociales. En este aspecto, al menos desde una visión jurídico-institucional, están sentadas las bases para ello, pero conviene apuntar que no sólo se requiere tener mayor certeza y claridad sobre esta constelación o red, sino también sobre su calidad, como una unidad, y en cada uno de los MPC que la integran. Se considera que con la información oficial con que se cuenta hoy, no es suficiente para avanzar en el logro de este propósito.
Con estos debates en mente, la contribución ofrece al lector que se adentra en estas páginas respuestas a preguntas tales como: ¿cuál es el contexto global y nacional en el que se desarrolla la gobernanza rural en México, desde el debate de la gobernanza?, ¿teórica y conceptualmente como se puede comprender a la gobernanza rural desde la perspectiva mexicana?, ¿qué herramientas metodológicas y tipológicas se pueden y deben construir para observar la calidad de los arreglos, redes, estructuras o espacios de gobernanza?, ¿existen experiencias concretas exitosas o de fracaso sobre las que se pueden obtener hipótesis y nuevas preguntas de investigación?, ¿cuáles son estos casos?, ¿cómo es conveniente ponerlos a discusión?, ¿qué críticas se pueden y deben hacer al paradigma de la gobernanza rural desde la experiencia mexicana?, ¿cuáles son los límites y problemas que enfrenta la gobernanza rural en México?, ¿cómo se pueden trabajar y solventar estas críticas y problemas, tanto teóricamente como en la práctica para potenciar tanto los procesos como los espacios o arreglos de gobernanza rural en México?, entre algunas otras.
CONTENIDO DEL LIBRO
Para aproximar algunas respuestas a estas interrogantes el libro se organizó en tres partes. En la primera, se ofrecen consideraciones contextuales, teórico-conceptuales, metodológicas y tipológicas sobre la gobernanza rural.
La colaboración de Omar Valencia es útil para enmarcar y acotar el debate sobre la gobernanza. Desde este ángulo funciona como asidero contextual conceptual de arranque. La ruta que sigue es ofrecer una diferenciación del concepto desde un enfoque normativo o como un proceso de interacción social concreto entre actores públicos y privados que interactúan en mecanismos o arreglos en los que se abordan asuntos y problemas públicos. El autor reconoce que la gobernanza es un proceso en el que deben ser consideradas las diferencias cognitivas y culturales de los actores que participan en espacios de esta naturaleza, ya que de lo contrario se corre el riesgo de que éstos terminen bajo el control de los más poderosos.
El segundo apartado, escrito por Carlos Chávez Becker, es una aproximación al debate global sobre la gobernanza rural, desde una perspectiva fundamentalmente académica. Este capítulo es el asidero teórico-conceptual del libro. En el trabajo se hace un análisis de la gobernanza a partir de las generaciones de estudio del concepto y su carácter, cuestión que da paso a un recorrido y análisis amplio del desarrollo del concepto de gobernanza rural. Tomando como base algunas aportaciones consideradas precursoras en la discusión sobre la gobernanza rural en México, se avanza en la construcción de una versión del concepto que puede ser útil para el estudio del fenómeno en nuestro país, con lo que es posible localizar agendas de investigación y áreas de estudio confluyentes hacia el futuro. En el trabajo se concluye que la categoría de gobernanza rural es útil para estudiar y analizar novedosos y complejos procesos de gobierno en el ámbito de lo rural desde una visión poco abordada en el país.
En el capítulo siguiente, Alma de León propone una metodología para el análisis de la gobernanza rural en México. Dicha propuesta se construyó a partir del análisis de varios de los casos que componen el presente volumen. En su trabajo, después de explicar que la medición u operacionalización de la gobernanza es un reto metodológico importante, la autora plantea que la gobernanza puede ser analizada desde los actores en relación con el territorio, en donde éstos llevan a cabo sus actividades a partir de diferentes componentes o variables: Definición del problema público que atienden, instrumentos de relacionamiento, marco institucional, coordinación y características de los espacios de coordinación. Concluye que existe una variabilidad importante en los casos analizados, pero que, varios de ellos, constituyen interesantes experiencias de gobernanza.
Por su parte, Alberto Rojas Rueda, tomando como base los enfoques de la geografía crítica, la ecología política y particularmente el de derechos humanos, construye una tipología para el análisis de los espacios, estructuras, arreglos o mecanismos de gobernanza institucionalizados. A partir de un análisis de su naturaleza deliberativa, estructura y función, cataloga los “Mecanismos institucionalizados de participación ciudadana” (MIPC) tomando en cuenta estas dimensiones generales. Se trata de una tipología flexible que se adapta a un sinnúmero de posibilidades y alternativas y que permite, hasta cierto punto y entre otras cosas, hacer valoraciones sobre el diseño y operación de los MIPC, así como las desigualdades e inequidades de poder que el arreglo de dichas estructuras puede ocasionar o reproducir.
La segunda parte está compuesta por cinco estudios de caso en los que se analizan experiencias contemporáneas de gobernanza rural en México.
La primera de ellas es un análisis del llamado Comité Técnico Consultivo REDD+ (CTC-REDD+), que es un espacio de gobernanza orientado a la reducción de emisiones por deforestación, degradación forestal, así como el manejo sustentable de los bosques, producto de un acuerdo internacional en la materia firmado por México. El texto escrito por Raquel Jiménez plantea que este mecanismo de gobernanza ha alcanzado un grado importante de incidencia y se ha posicionado como una de las voces de mayor peso en la materia en México, debido fundamentalmente a la constante y experta participación de numerosos y muy relevantes actores no gubernamentales que tienen una amplia experticia en la materia, aspecto que se suma a la voluntad política que algunos actores gubernamentales han mostrado para que este mecanismo alcance un interesante grado de impacto en el sector en el que opera.
Un segundo estudio de caso es el de los Consejos Municipales de Desarrollo Rural Sustentable (CMDRS) existentes en cinco municipios del oriente del Estado de México. En este capítulo, Óscar Figueroa plantea que estos consejos tienen graves problemas de diseño y operación, debido a que en ellos se observa un problema de representatividad, en tanto que los actores gubernamentales están sobrerrepresentados en detrimento de la participación de los actores no gubernamentales, como lo pueden ser miembros de organizaciones de la sociedad civil (OSC) o de centros académicos, entre otros. El autor plantea que en la región de Texcoco se requiere todavía mucho trabajo de desarrollo institucional para garantizar que la participación de la ciudadanía en los CMDRS sea más efectiva.
En el siguiente capítulo, Jorge Carbajal realiza un análisis del Comité de Ordenamiento Ecológico Marino y Regional del Pacífico Norte. En su contribución el autor pone especial énfasis en la perspectiva de los actores participantes, provenientes de ámbitos sistémicos muy diferentes, como pueden ser agencias gubernamentales, empresas, organizaciones de pescadores, academia, etc. En su investigación, el autor se centra en la calidad y los resultados del proceso participativo y concluye, entre otras cosas, que entre los participantes en el comité hay posiciones encontradas en cuanto a la valoración de la inclusión de los actores relevantes en el sector y hay una subrepresentación de algunos grupos sociales. Caso contrario a la percepción de los resultados que ha conseguido este espacio de gobernanza, en la medida en que la mayoría de los participantes sienten que tuvieron cierto grado de incidencia en la adopción de algunas decisiones importantes.
Lidia Blásquez, Daniel Rojas y Eduardo Alva estudian una cuarta experiencia. En esta oportunidad se trata de la red informal de actores involucrados en la formulación del programa de manejo del Área Natural Protegida Yum Balam en el municipio de Lázaro Cárdenas, en el estado de Quintana Roo, en donde se encuentra la turística isla de Holbox. A través del análisis de redes sociales, en el trabajo se discute la compleja problemática que vive la región en términos de los equilibrios/desequilibrios que genera la contraposición con respecto, por un lado, a la preservación ambiental y, por el otro, a la explotación turística. La heterogénea composición del grupo de stakeholders redunda, en cierta medida, en una enorme dificultad para lograr acuerdos y para dar una salida eficaz y sustentable al problema de la degradación ambiental de la región. En este escenario, se explica que usualmente las opiniones de los actores económicamente más poderosos y con mayores recursos relacionales prevalecen por sobre las de otros actores.
El último apartado de esta sección, escrito por Armando Sánchez, está dedicado al estudio de una red de gobernanza, tildada de radical, dado que se crea por fuera de los cauces institucionales-formales, pero en última instancia, su acción se constituye como un importante activo para la definición de una parte de la reciente política pública de manejo hídrico en México. La investigación se centra en el caso del movimiento de organizaciones y colectivos que se opuso a los diez decretos de explotación de cuencas hídricas, por parte de la iniciativa privada, la cual fue aprobada en 2018 en el Congreso de la Unión. El éxito de esta experiencia reside en su capacidad de llevar a cabo una participación basada tanto en movilizaciones públicas, como en procesos de debate experto, contribuciones que, a la postre, enmarcaron las posibilidades y espacios transitables para la deliberación y la decisión sobre la materia.
Finalmente, la tercera parte incluye otros cuatro estudios de caso en los que se pone a discusión algunos problemas, límites y críticas a la gobernanza rural desde situaciones concretas y procesos en los que la práctica se distancia de la teoría.
La razón para la inclusión de este apartado descansa en que existe una contranarrativa que ve a la gobernanza como una especie de “juego de suma cero”, en el que la transformación estructural del Estado y su consiguiente achicamiento, procesos que derivaron en su retirada de múltiples sectores y áreas antaño consideradas estratégicas, resultó en la necesidad de la participación de actores no gubernamentales en la atención de las problemáticas públicas para subsanar el vacío dejado por éste. Esta lectura ve a la gobernanza, desde una lógica de reforma política, como una alternativa subóptima, en la medida en que elimina la responsabilidad que tiene el Estado en la atención de las necesidades sociales. Este proceso ha generado una literatura crítica de la gobernanza que ha tenido una veta de crecimiento en las epistemologías del sur y el pensamiento decolonial5 (Santos, 1998, 2007; Carrasco 2020).
En el primer capítulo de esta sección, Alejandro Natal pone a discusión la compleja problemática que se generó alrededor de la implementación del programa Pueblos Mágicos en Valle de Bravo entre los años 2000 y 2006. En su escrito, el autor explica que el programa, basado en buena medida en espacios de gobernanza en los que confluyen actores gubernamentales y no gubernamentales, no logró generar procesos de participación y deliberación suficientemente efectivos. Explica que las condiciones sociopolíticas estructurales en el nivel local todavía generan inercias e intereses demasiado potentes como para que puedan ser revertidas en espacios de gobernanza de naturaleza primordialmente deliberativa. Desde esta lógica, Natal reconoce que todavía hay un largo camino por recorrer para lograr un anclaje subnacional más profundo de los mecanismos y arreglos de gobernanza, pero sostiene que no se puede ni se debe poner fin a esa búsqueda.
El análisis del caso de la Reserva de la Biósfera Selva El Ocote, en Chiapas, sirve a Carla Zamora para poner a discusión uno de los márgenes de la gobernanza rural en México. En este caso se plantea que la perspectiva de la gobernanza rural homogeniza y homologa territorios amplios que están compuestos por unidades más pequeñas y que presentan una rica diversidad en el área de estudio. Por ello, en el margen de la gobernanza rural aparece la gobernanza ambiental como una alternativa que ayuda a mejorar procesos de conservación y de promoción de explotación sustentable en territorios en donde todavía se cuenta con una amplia e importante biodiversidad. Para la autora, la gobernanza rural será una categoría útil, no sólo académica sino empíricamente hablando, cuando sea capaz de aprehender los procesos de apropiación territorial, que son producto de identidades colectivas específicas y que, muchas veces en los hechos, se superponen al entramado jurídico-institucional existente.
La tercera colaboración incluida en esta sección fue preparada por Carlos Chávez Becker y Silvia Jurado. En ella, los autores, por medio de un análisis transversal de las principales características, dimensiones, contradicciones y perspectivas del comercio justo en el nivel global, latinoamericano y nacional, plantean la existencia de la posibilidad de la existencia de procesos de gobernanza sin gobierno. Los autores afirman que esta iniciativa, en la que prácticamente los actores gubernamentales no participan o lo hacen de manera marginal, ha logrado avanzar en la atención de la problemática económica y financiera que enfrentan miles de productores primarios depauperados que pueblan áreas rurales en numerosos países del mundo. Esto se ha logrado a través de un sistema en el que confluyen variados stakeholders provenientes de muy diversos ámbitos y sectores y que, por medio de procesos deliberativos y participativos, dirigen sus acciones para mitigar esta problemática pública sin el concurso de agencias gubernamentales en los diversos órdenes político-territoriales.
El último capítulo de la obra, a cargo de Heriberto Ruiz y Kevin Hernández, explica lo que los autores denominan un proceso de desgobernanza por medio del análisis de un caso protagonizado por un grupo de pescadoras afromexicanas en la localidad El Zapotalito, en el municipio de Tututepec de Melchor Ocampo en el estado de Oaxaca. A decir de los autores, este caso sirve para ilustrar el enorme diferencial entre la teoría de la gobernanza rural y la situación concreta que viven las pescadoras que constituyen el grupo de observación. La falta de planeación territorial, la precaria articulación entre los diferentes órdenes de gobierno, la prevalencia de intereses económicos y políticos de poderes fácticos poderosos, entre otros, son factores que limitan fuertemente procesos colegiados de deliberación sobre el mejoramiento de las condiciones de explotación de los recursos pesqueros de la zona. Estos problemas derivan, según Ruiz y Hernández, más en una situación caótica (de desgobernanza) que de coordinación social y política para tal efecto. Por supuesto que la migración, la fragmentación comunitaria y la sobreexplotación o explotación inadecuada de los recursos naturales, son tan sólo algunos de los efectos de la situación reinante.
AGRADECIMIENTOS
Todos los capítulos que componen este libro son inéditos y han sido el fruto de los trabajos que durante cuatro años se desarrollaron alrededor del proyecto de investigación “Gobernanza rural en México”, realizado en el seno de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Lerma. Durante ese periodo, por medio de la realización de reuniones en seminario, participación en congresos nacionales e internacionales y presentaciones de avances de investigación, se tuvo la posibilidad de tener enriquecedoras y, a veces, muy acaloradas discusiones sobre temas diversos relacionados con el ámbito rural mexicano contemporáneo. El adecuado desarrollo del proyecto y su exitosa culminación, así como la publicación de la presente obra, no hubieran sido posibles sin el apoyo de la División de Ciencias Sociales y Humanidades, pero particularmente de su directora, Mónica Benítez Dávila, a quien agradecemos profundamente las facilidades brindadas. De igual forma, el soporte que ofreció el Departamento de Procesos Sociales al proyecto, en específico, su directora, Alma de León Calderón, quien ha sido parte del mismo desde su arranque, fue también invaluable y por ello también estamos agradecidos.
Cabe mencionar que los trabajos que conforman el volumen, en su última fase, se vieron beneficiados por los atinados y sugerentes comentarios de académicos de diversas universidades, centros de investigación e instituciones, que participaron en el coloquio de presentación de resultados finales del proyecto de investigación “Gobernanza rural en México”, llevado a cabo del 1 al 3 de diciembre de 2020 y con quienes estamos en deuda. Ellas y ellos son: Laura Montes de Oca, Miriam Alfie Cohen, Francisco Porras Sánchez, Gerardo Torres Salcido, Carolina Escobar Neira, Eugenio Fernández Vázquez, Obeimar Balente, Graciela Cruz Jiménez, Ámbar Varela Matutte, José Francisco Hernández Ruiz, Pablo Pérez Akaki, Amalia Salgado López, Erika Cassio Madrazo e Ileana Espejel.
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1 En este respecto, Miriam Alfie Cohen, en su participación en el coloquio de presentación de resultados finales del proyecto de investigación “Gobernanza rural en México”, en diciembre de 2020, apuntaba con toda razón que “la gobernanza no debe ser vista como un paraíso ideal, en donde todo mundo llega a un acuerdo” y, por el contrario, de cierta manera, “se sigue manifestando el poder”.
2 Los otros diez son comités, grupos de trabajo, mesas de diálogo, juntas de gobierno, entre otros.
3 Tres son de ejecución y tres de monitoreo.
4 Los otros 14 presentan variantes de estas actividades y responsabilidades.
5 Se agradece a uno de los dictaminadores anónimos del presente libro haber señalado este aspecto. Efectivamente, la inclusión y el reconocimiento de la construcción de una literatura que es crítica a la teoría de la gobernanza ayuda a amplificar el espectro de análisis alrededor de esta temática.
* Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Lerma. Adscrito al Departamento de Procesos Sociales. Correo electrónico: <c.chavez@correo.ler.uam.mx>.
PARTE I
DEBATES TEÓRICO-METODOLÓGICOS EN TORNO A LA GOBERNANZA RURAL
EL DEBATE DE LA GOBERNANZA: ENTRE EL CONTENIDO NORMATIVO Y LA EVIDENCIA EMPÍRICA
Omar Valencia Domínguez
Este capítulo tiene por objeto abordar el debate de la gobernanza desde dos perspectivas: la gobernanza como un elemento normativo de la acción pública o como un proceso de interacción social para dirimir problemas públicos con la participación de actores públicos y privados (entre éstos, sociales y económicos), que da como resultado mecanismos de interacción social que fragmentan el poder dentro del ejercicio público. No es el propósito de este capítulo ahondar en la definición de un concepto de la gobernanza rural, pero sí ofrecer un acercamiento somero sobre las posibilidades de abordaje a éste y a otros espacios de interacción social.
Para ello se realiza una breve semblanza de la genealogía del concepto, nos centramos en tres obras para abordar el debate: Arellano, Sánchez y Retana (2014), Zurbriggen (2011) y Bevir (2013). También se lleva a cabo una pequeña intervención entre las diferenciaciones de la interacción en lo rural contrastándola con otros espacios de interacción no rurales y se ofrecen algunas conclusiones. Con ello pretendemos abonar a la identificación de un concepto que sin ser unívoco, dé cuenta de los ejercicios de poder y la micropolítica (Bassols, 2011) dentro de los mecanismos de toma de decisiones, seguimiento y evaluación de políticas y programas públicos, así como de otras formas de interacción entre actores públicos y privados.
Dicho lo anterior, hablar sobre gobernanza, hoy día, es remontarnos a un conjunto muy amplio de concepciones, que entre ellas pueden parecer, en ocasiones, contradictorias; en general, la gobernanza ha tenido algunos componentes comunes ligados a la forma de entenderla.
Por lo tanto, existen autores que mencionan su polisemia como una necesidad derivada de cada autor, según el problema o fenómeno analizado; es decir, que el significado de la gobernanza es aquel que el autor decide utilizar, según las necesidades de éste y su investigación (Peters, 2007; Bevir, 2013).
Lo anterior tiene implicaciones sobre la capacidad normativa del concepto, dada la amplia gama de significaciones, esto trae como consecuencia que cada vez se agreguen y excluyan cualidades al “deber ser” de la gobernanza. Entonces, si la gobernanza no es sólo un concepto normativo y se observa como fenómeno sociopolítico, la dificultad de dar una significación unívoca al concepto radica en la forma en que se observa éste, dada la dicotomía antes planteada.
En otras palabras, la gobernanza como fenómeno es una; ésta puede ser autoritaria, horizontal, multinivel, democrática, pero es entendida como lo que es, gobernanza, pero si se observa como un constructo normativo que busca tener implicaciones en el comportamiento social, entonces la gobernanza puede y de hecho adquiere una amplia variedad de significaciones dependiendo el área de conocimiento que la observa, el fenómeno observado y de los autores que hacen referencia a la misma.
Puede parecer un falso dilema tratar de definir el concepto de gobernanza; tal vez la dificultad radique en la validez de la investigación partiendo de lo que se busca analizar; si se observa a la gobernanza como un fenómeno y, por lo tanto, estudiarla desde un enfoque teórico o rama del conocimiento particular (sociología, antropología, política, etc.), lo que resultaría es la gobernanza como lo que es. O bien, si se busca realizar algún tipo de evaluación partiendo desde un concepto normativo de gobernanza, lo cual redundará en que tan cerca o alejado se encuentra el espacio y/o fenómeno estudiado del concepto normativo del que se parte.
Tratar de definir o generar un concepto unívoco es algo más complejo, si se parte de la premisa anterior, ya que las implicaciones normativas de la gobernanza partirán de la forma en que ésta sea definida o, por el contrario, de lo que se termine entendiendo de ella.
Para simplificar un poco esta problemática se puede partir por entender (responder) ¿qué analiza de fondo la gobernanza?, sea cual sea el enfoque que ésta tome, si esto es posible, se puede partir de que la gobernanza, como generalidad, analiza formas de relación entre grupos sociales que, normalmente, conciernen a grupos pertenecientes a la esfera gubernamental con organizaciones sociales. También existen estudios que no necesariamente analizan las interacciones entre grupos no gubernamentales y gubernamentales, en otras palabras, la gobernanza sin gobierno (Bevir, 2013; Rhodes, 2007). Sea cual sea el caso, se observan interacciones, acciones, resistencias, omisiones, creencias, deseos; en general, las formas y resultados que nacen de dichas interacciones. Es decir, se muestran intereses y preferencias de los grupos y se diserta sobre los objetivos que se buscan, se debate y se acuerda sobre dichas necesidades y se adoptan decisiones.
Estas interacciones se pueden entender como relaciones de poder, dichas relaciones son componente esencial de la gobernanza, ya sea observada con valores normativos implícitos en su forma de comprenderla, o como resultado del análisis de los procesos de interacción de grupos sociales en espacios y tiempos determinados.
El objetivo del presente texto es proporcionar un acercamiento a las formas de gobernanza que se pueden encontrar al observarla desde el proceso sociohistórico propio del concepto (particularmente el tránsito europeo de la idea de gobernanza), mostrando algunos de los conceptos de gobernanza ligados al estudio de la toma de decisiones en el espacio público, para encontrar un común de componentes de ella y, posteriormente, dar cuenta de las formas de abordaje posibles. Encontrando aquellos factores que le hacen particular y/o general en el uso de esta herramienta de análisis sobre las relaciones en lo público.
GOBERNANZA
Como se mencionó, la gobernanza se ha mostrado como un concepto de moda utilizado tanto por la academia como por actores gubernamentales con el fin de mostrar el concepto en sí mismo como deseable, y tomando formas y espacios variados: ya desde la década de 1990, Rhodes enlistaba una familia de seis formas de entender a la gobernanza: buena gobernanza, gobernanza corporativa, gobernanza global, gobernanza como sistema cibernético, gobernanza como Estado mínimo y gobernanza como nueva gestión pública (Rhodes, 1997; Valencia, 2020).
Después de dos décadas, una diversidad de autores sigue haciendo uso diferenciado de este concepto; dentro de las definiciones a través del tiempo podemos encontrar, por ejemplo; Kooiman en 1993 la entendía como un orden sociopolítico que surge de una mayor interdependencia de actores sociales y políticos. En 2010, Peters la planteó como un instrumento para la definición colectiva de metas y objetivos con implicaciones para la administración pública; en ese mismo año, Aguilar (2010b), la entendía como un conjunto de actividades y apertura de espacios a grupos no gubernamentales para la definición de políticas y toma de decisiones.
Como se puede notar, los conceptos pueden ser variados, pero contienen como factor común, el observar las formas de interacción entre grupos organizados o no, con actores gubernamentales. Además, no explícitamente, se espera que como resultado se observe la fragmentación del ejercicio de poder, a través de la apertura del espectro público, resultando un nuevo proceso de creación de la agenda pública y la definición de objetivos comunes. En el siguiente apartado se expone la génesis de la gobernanza.
ORIGEN DE LA GOBERNANZA
La gobernanza, según Davies (2011), encuentra sus orígenes en las décadas de 1960 y 1970, tiempos caracterizados como una época de crisis para las dos concepciones del Estado burocrático existentes: la primera, el Estado keynesiano y, la segunda, el estalinista. Dentro de las características de esos tiempos encontramos que, a partir de las movilizaciones sociales de 1968 en adelante, la izquierda busca encontrar la salida a la crisis de los modelos de gobierno que la caracterizaban. Los movimientos no lograron transformar del todo la realidad, esto abrió la posibilidad de que otros grupos se apoderaran de la bandera de lucha y optaran por alternativas distintas a las que proporcionaba la izquierda.
Esta puerta es aprovechada por la derecha y adopta como suya la bandera de la libertad, demanda común de las movilizaciones sociales surgidas de la crisis. De todo esto nace, como respuesta, lo que hoy se conoce como políticas neoliberales, respaldadas por una sensación de demanda de bienestar y un renovado poder coercitivo del Estado (Davies, 2011).
Éste es el escenario en el que Davies (2011) coloca como colofón del nacimiento de la gobernanza anglosajona, ligada a los nuevos principios que dan vida al neoliberalismo ampliando el debate sobre el ejercicio de ciudadanía, lo que logró permear tanto a la ideología de izquierda como de derecha, abriendo la discusión sobre cómo se debe interpretar, si la gobernanza es un concepto y fenómeno surgido de la ideología de derecha pero que puede ser retomado por la izquierda, o sólo son movimientos pertenecientes a la derecha; entonces, el comportamiento de quiénes y cómo participan abre la puerta para el estudio sobre la generación de nuevas elites o la consolidación de las existentes, así como las nuevas formas de inclusión y exclusión y otras consecuencias, deseadas y no deseadas, que nacen de una exposición y fragmentación del poder, así como de las interpretaciones que se pueden dar sobre el fenómeno del ejercicio del poder.
Otro planteamiento es proporcionado por Peters (2010), quien pone el surgimiento de la gobernanza a partir de dos causas principales: la primera, relacionada directamente con la administración pública, de corte gerencial; y la segunda, referida con la apertura democrática (sistemas de representación y procesos electorales), es decir, de corte político.
Por lo que respecta al primer tipo de causas, Peters (2011) establece que la administración pública experimentó en las últimas décadas muchas presiones que produjeron cambios en ella. Estas presiones se pueden resumir en tres tipos de crisis, de acuerdo con Cabrero y Nava (1999:20), la primera es la crisis de eficiencia en agencias gubernamentales; la segunda es la crisis de eficacia en las acciones gubernamentales que por la dispersión no focalizan sus impactos y con frecuencia no solucionan los problemas públicos y, finalmente, la crisis de legitimidad debido a la falta de credibilidad y confianza en el gobierno.
En el primer caso, se relaciona con la crisis derivada de la forma de administración, caracterizada por ineficiencia, ineficacia y falta de legitimidad por parte del sector gubernamental, lo que generó cambios en las formas de administración. Por otra parte, Lynn (2011) agregaría que esos tiempos se vieron irrumpidos por dos fuerzas interrelacionadas, por una parte, la creciente interdependencia mundial en los procesos económicos y financieros, derivadas de las crisis económicas de las décadas de 1970 y 1980, en conjunto con las expectativas ciudadanas por recibir soluciones por parte de sus gobiernos; las transformaciones institucionales demandadas para dar respuesta a estos procesos y en general la transformación del sistema-mundo a partir de la finalización de la Guerra Fría. Por otro lado, irrumpe una ciudadanía más despierta, con mayor conciencia de sus derechos, que pide jugar un papel más protagónico en el proceso de la acción pública.
Una de las respuestas generadas para dar atención a los problemas nacientes de las transformaciones sociales en los niveles mundial y local fue la Nueva Gerencia Pública, esta nueva forma de ejercer la administración pública se caracterizó por la aplicación de prácticas gerenciales del sector privado en el sector público, como por ejemplo: administradores de corte empresarial, enfoque del ciudadano como cliente, fomento de la competencia entre los proveedores de servicios, contratación con terceros (contracting out), privatización, entre otras (Osborne y Gaebler, 1992; Barzelay, 1998; Ramírez y Ramírez, 2010).
Los resultados no fueron los esperados, la falla se observó al mirar las nuevas prácticas administrativas a través de los valores democráticos, ya que el interés de las prácticas antes mencionadas se concentró en la prestación de servicios, no en el ciudadano y sus derechos; es decir, la ausencia de mecanismos por medio de los cuales los ciudadanos pudieran ejercer sus preferencias y necesidades, sus creencias y sus deseos (Valencia, 2020; Peters, 2011). Es aquí donde Peters (2011) ubica la respuesta a esta carencia de espacios por medio de la gobernanza, las particularidades de ésta serían la capacidad de timonear la economía y a la sociedad, con mayor atención en la construcción de ciudadanía y la apertura para el ejercicio de los derechos.
Por lo que se refiere al segundo tipo de causas (crisis democrática), nacen de la mano de las anteriores, si bien la democracia logra consolidarse como sistema de gobierno hegemónico, la compatibilidad de ésta con el capitalismo no es del todo clara, ya que, por una parte, la democracia hace referencia a la apertura de las libertades del individuo, éstas se limitan al ejercicio y búsqueda del bien común, esto es, el sacrificio de valores individuales por espacios de valoración colectiva (valor social), lo que no es acorde con las libertades entendidas en el mercado dentro de los sistemas económicos y financieros, mismos que dentro del sistema-mundo no se han democratizado, por el contrario, se exaltan las libertades bajo la ahora falsa creencia en la existencia de una mano invisible que equilibraría los mercados evitando la concentración de capitales; sumado a ello, la parte de timonear la economía pasa por crear condiciones óptimas para el desarrollo de las economías y mecanismos para una repartición de la riqueza más justa. Esto genera tensiones entre la democracia y el capitalismo, las tendencias se inclinan hacia el desarrollo de la democracia poniendo límites a la propiedad y logrando avances dentro de los sistemas redistributivos en los sectores menos favorecidos (Santos, 2005).
La búsqueda de modelos alternativos al modelo de democracia liberal, han llevado al entonces modelo de democracia participativa hacia la democracia popular en países de Europa oriental, así como otras formas democráticas en países con peculiaridades y procesos sociohistóricos diferentes y diversos (Santos, 2005; Valencia, 2020). Dentro de las particularidades que incrementan la sensación de crisis se encuentran: la globalización de mercados y los sistemas culturales, pérdida de límites entre las naciones, agotamiento de los modelos de representación política, así como las resistencias glocales:1 además las causas de tipo gerencial traen como consecuencia la demanda de espacios de apertura del espectro público, con mayores capacidades de incidencia y control por parte de sectores sociales sobre la acción pública (Santos, 2005; Valencia, 2020).
En general, la crisis de legitimidad, eficacia y eficiencia desencadenan demandas sociales que crean presiones internas desde abajo, así como presiones de parte del sistema económico y la búsqueda de parte de las potencias por incidir en los rumbos del sistema-mundo, creando presiones externas y desde arriba.
Como resumen y respuesta a la fata de credibilidad en el gobierno y la inestabilidad de los sistemas económicos, Aguilar (2010b) propone dos líneas o cursos de acción generales: el primero, la gobernabilidad, vista como estrictamente gubernamental, como mecanismo para enfrentar la crisis al interior del gobierno; la segunda, la gobernanza, que a diferencia de la gobernabilidad, ésta es vista con un enfoque gubernamental y, a la vez, político y social, lo que reúne a la acción de gobierno, pero no reducida sólo a ello, ya que además, incluye a sectores sociales y económicos. Esto implica cambios en la institucionalidad estatal, de tal forma que éstos puedan responder a las demandas sociales y económicas a través de mecanismos vinculantes entre los diversos sectores.
Entonces, la búsqueda de legitimidad y eficacia en la acción pública es parteaguas para la aparición de la gobernanza como una continuidad de los movimientos democratizadores, esto lleva al debate de la democracia hacia conceptos alrededor de la democracia participativa y la democracia deliberativa,2 que son mecanismos de apertura para el involucramiento ciudadano en el quehacer público (Valencia, 2020).
Además de los orígenes mencionados hasta ahora sobre gobernanza para dar cuenta del fenómeno en Occidente, el estudio presentado por Zurbriggen (2011) permite observar la evolución de los estudios de la gobernanza partiendo del debate europeo de finales de las décadas de 1980 y 1990, que pone a la gobernanza como un nuevo paradigma para dar cuenta de las transformaciones del Estado en las últimas décadas (finales de los años sesenta). En este estudio se puede encontrar un conjunto de conceptos más o menos generales, que engloban las formas en que el concepto ha sido tratado con anterioridad, obedeciendo también, a la etapa histórica en que se desarrolla, el modelo económico predominante y la ideología y comportamiento del Estado.
Así, Zurbriggen (2011) analiza el origen teórico considerando a dos escuelas: la escuela de las redes de política pública y la escuela de gobernanza. El primero (redes), hace el intento de mostrar la diversidad de modalidades de intermediación de intereses entre actores públicos y privados en el proceso de elaboración de políticas públicas, dejando atrás los modelos corporativistas creados en los gobiernos bajo el modelo económico del Estado de bienestar (que coincide en parte con el planteamiento de Davies [2011]). El segundo (gobernanza), se soporta en las transformaciones de las funciones administrativas del Estado, este modelo se caracteriza por ser un modo nuevo de gestión, opuesto al modelo jerárquico y de mercado (Zurbriggen, 2011). Ambas líneas no son del todo claras, en ocasiones suelen traslaparse.
Como se ha mencionado anteriormente, los modelos y conceptos sobre gobernanza son diversos; históricamente, en Europa se han desarrollado desde la década de 1950 hasta la de 1970, donde prevalece un modo jerárquico, entendido como un modelo de gobierno soportado en la autoridad estatal; en los años ochenta se plantea el modelo denominado de mercado, éste se centra en el precio, la eficiencia, la eficacia y la descentralización, el cual está ligado a los principios de la nueva gerencia pública. Ya en la década de 1990 emergen los modelos de red de gobernanza, las redes suponen lazos de interdependencia, la confianza y la empatía. Este modelo (redes) se considera como una forma híbrida entre los dos anteriores, el jerárquico y el de mercado, dando lugar al surgimiento de una nueva tecnología de gobierno o forma de gobernar (Zurbriggen, 2011; Thompson et al., 1990; Peters, 1998).
Por lo tanto, se pueden identificar cuatro conceptos dominantes en este periodo en Europa:
El primero (Zurbriggen, 2011; Jessop, 1998) define a la gobernanza como heterarquía, entendiendo por ésta la existencia de interdependencia y coordinación negociada entre sistemas y organizaciones. Estos autores mencionan que existen tres modelos de regulación dentro de las sociedades: la primera, jerárquica (autoridad); la segunda, económica (definida por las reglas del mercado), y la última, heterárquica (por redes autoorganizadas y asociaciones). Los tres modelos coexisten en configuraciones variadas; para los autores, la configuración que predomina en la actualidad es una extensión de mecanismos heterárquicos, en detrimento de los otros dos. Visto desde esta perspectiva, se asocia la gobernanza con la sociedad civil, de aquí el nexo con la carga normativa injustificada, ya que desde esta perspectiva se ha asociado a la gobernanza con procesos consensuales, equitativos e igualitarios, cimentados en fuertes lazos de confianza y deliberaciones lógicas coherentes, como una extensión o reproducción de los valores que enarbola la sociedad civil (Zurbriggen, 2011; Sǿrensen y Torfing, 2009).
El segundo es un concepto más acotado que excluye toda forma de interacción política que no esté organizada en términos de una red horizontal. Esto supone el empoderamiento de organizaciones del sector privado y la sociedad civil, de la misma forma que supone un declive de las potestades estatales; así, se presume que las políticas no necesariamente emanan de la autoridad estatal o del sector público, sino que es un proceso que involucra a una pluralidad de organizaciones públicas y privadas. Con ello, el enfoque de redes de política pública es una forma emergente de gobernanza, ya que se profesa una creciente interdependencia entre el Estado y actores no estatales (Mayntz, 1994; Zurbriggen, 2011).
El tercero se basa en una concepción más amplia de la gobernanza (Rhodes, 2007), ya que contempla la diversidad de niveles de gobierno en lo regional, nacional, supranacional y local, y una amplia demanda de participación de sectores voluntarios y privados para la prestación de servicios y la toma de decisiones públicas. Se supone la pérdida de hegemonía estatal, dependiendo ahora de mecanismos de dirección, negociación, coordinación y diplomacia por parte del Estado hacia los sectores emergentes.
Por lo tanto, la gobernanza se caracteriza por redes de organizaciones e individuos que colaboran en redes semiautónomas y en ocasiones autogobernadas, basadas en objetivos comunes que suponen lazos de confianza (Zurbriggen, 2011). Así, retomado la postura de Rhodes (2007), gobernar sin gobierno resume esta forma de gobernanza; ya que gobernar desde esta perspectiva implica un proceso interactivo, ya que ningún agente, sea cual sea su naturaleza (pública, privada y/o social) tiene el monopolio del conocimiento, ni capacidades de emplear los recursos, de tal forma que permita la resolución de problemas públicos de forma unilateral (Zurbriggen, 2011).
Finalmente, el cuarto concepto define a la gobernanza como el conjunto total de interacciones entre organismos públicos, sector privado y sociedad civil, orientadas a la resolución de problemas públicos; con ello, el concepto final de gobernanza es un concepto general que contiene a todas las formas de gobernanza antes descritas (Zurbriggen, 2011; Pierre y Peters, 2000).
Así, podemos encontrar dos grandes grupos de gobernanza, los ligados al primer concepto, esto es, con contenidos normativos positivos al concepto y ejercicio de políticas, el segundo y tercer tipos, se pueden considerar dentro del primero al hacer referencia a las redes como principal mecanismo de operación en los asuntos comunes, por lo tanto, públicos; por otra parte, los ligados al cuarto concepto, que da cuenta de un concepto general, de alguna forma holístico, que permite dar cuenta de las relaciones de poder a través de redes, pero no como un elemento normativo y específico, permanente y planificado, sino que también permite interpretaciones de las relaciones de poder en la determinación de problemas comunes, que no responden forzosamente a procesos planificados y acotados, por el contrario, como procesos intempestivos, más o menos organizados y permanentes que encuentran sentido derivado de problemas específicos que incentivan la participación de diversos sectores sociales y privados, dependiendo de la naturaleza a la que atiende un problema público.
Podemos observar, de forma más o menos general, cómo se ha desarrollado el concepto, respondiendo de diferente manera ante los cambios sociales, económicos y políticos; por lo tanto, se pasa de diversas formas de gobernanza en términos del diseño de Estado y el comportamiento del mercado, sin dejar de lado las presiones sociales.
Con ello se hace notar que estas formas de comprender a la gobernanza no son iguales para todos los Estados, en tiempos iguales o, siquiera similares, la evolución de la sociedad y el comportamiento de los Estados ante las presiones del sector privado y social son vastas y diversas; por ello se debe tener en cuenta, para el estudio de la gobernanza, el devenir histórico del espacio social y geográfico que se analiza, considerando los niveles de gobierno al que pertenece, así como a las tradiciones culturales del propio espacio.
Además, la noción de gobernanza dota de nuevas perspectivas para el análisis de la complejidad de los procesos en la toma de decisiones de interés público, en la que intervienen una pluralidad de actores que interactúan para promover, formular, crear y negociar intereses que puedan ser considerados como soluciones a problemas y necesidades públicas, poniendo en juego sus conocimientos y recursos, costumbres, ideas y normas, independientemente de la corriente teórica a la que se haga referencia.
En este sentido, las narrativas sociohistóricas sobre el origen de la gobernanza pueden variar dependiendo de la visión y el perfil de quién da cuenta de ello; sin embargo, se puede observar qué fenómenos históricos están inmersos dentro del proceso, partiendo de la crisis del Estado benefactor hasta la crisis de los modelos de gobierno autoritarios (dictaduras en América Latina), y la generalizada crisis de legitimidad, eficiencia y eficacia de los gobiernos neoliberales (ésta se exacerba en diferentes tiempos, dependiendo de la ubicación territorial de las naciones, así como el desarrollo sociohistórico local) y sus periferias, que en mayor o menor medida concentran el sentimiento de enfado social. En general, el agotamiento de los modelos políticos y económicos nacidos de los principios de las políticas neoliberales, que con el tiempo se han visto rebasados dada las dinámicas sociales, dan como respuesta una variedad de virajes tan diversos como las sociedades mismas, así como las formas de interpretación y reinterpretación que plantean los nuevos postulados que orienten y dirijan el desarrollo social.
La gobernanza como fenómeno, pero aún más, como elemento normativo del accionar social y gubernamental, tendrá una serie de interpretaciones y reinterpretaciones (como las que se han marcado en este texto) tan amplia como los espacios de construcción social lo demanden, o sea, no todo proceso de gobernanza es igual (entendiendo por ésta la fragmentación del uso de poder en espacios de interacción social), ya que se verá afectado por el devenir sociohistórico de cada espacio, pero de igual forma, las necesidades y demandas por crear espacios de interacción normados por el concepto de gobernanza, que dan como resultado una diversidad de conceptos que atienden a una vasta variedad de problemas sociales. Entonces, se puede establecer que este concepto puede tener distintas acepciones y usos.
GOBERNANZA, USOS Y CRÍTICAS
Mario Bassols (2011) concibe a la gobernanza como un procedimiento moderno dentro de la tarea de gobernar, que se realiza a través del diálogo, la negociación y el esclarecimiento de metas, con la particularidad de ser fortalecido por procesos de comunicación política eficaz y el objetivo de lograr la integración social, precisando que esta integración no tendrá que ser idéntica en tiempo ni en espacio, ya que esto evita el ejercicio de parcialidades, permitiendo observar las realidades distintas.
Dentro de las críticas, podemos encontrar la aplicación normativa del concepto como positivo, bueno y deseable per se, esto explica en alguna manera porque el uso amplio del concepto relacionado con la actividad social en diversas áreas de conocimiento, pero también, del espectro político como elemento discursivo y como acción política. En palabras de Mark Bevir (2013), el uso de gobernanza como nueva política, si bien contiene elementos que permiten presuponer que las acciones que derivan de ello son democráticas, lo que sucede después no forzosamente es el cumplimiento de la letra del supuesto normativo; esto permitiría ver el concepto como organización social; en ambos casos, la gobernanza es una serie de prácticas sociales dispares que se crean y recrean en un continuo, materializadas por la actividad humana quien les dota de significancia.
Considerar el concepto de gobernanza como positivo presupone la existencia de consensos, dejando de lado los procesos de negociación, creación y reacción, que pueden ser vistos como estrictamente necesarios dentro de la gobernanza, dicha limitante se retoma dentro del concepto de acción pública, que permite observar las resistencias, las negociaciones, las exclusiones y los mecanismos de control, los pesos y contrapesos y, en general, todo el proceso sociopolítico; de ser así, esto permitiría que el análisis partiendo de la teoría de la gobernanza muestren lo que Bassols llama “microfísica del poder” (Bassols, 2011).
Como ejemplo, Bevir (2013) menciona que al realizar la crítica a la visión sajona de la gobernanza vista a través del análisis de redes, entre otras cosas plantea que se llega a la reducción de la idea de nación basada en redes de pueblos, sin que éstas se encuentren estrechamente delimitadas o definidas por algo como un número o la cercanía de sus integrantes; por el contrario, son productos de fluidas acciones contingentes y conflictivas de personas, por lo tanto, las apelaciones a las redes de política resultan en simplificaciones que domestican a un mundo caótico compuesto por una multiplicidad de actores que crean y hacen políticas a través de razonamientos, opciones y actividades variadas y complejas.
Para ello, el autor propone, sin dejar de lado todo tipo de metodología que se pudiera haber aplicado al análisis de la gobernanza, la narrativa. Ésta, la narrativa, entendida con un doble papel, primero, se refiere a las historias por las cuales las personas que son observadas por los científicos sociales tienen y encuentran sentidos en sus mundos; y segundo, se refiere a las historias por las cuales los científicos sociales dan sentido a las narrativas y las acciones que estudian (Bevir, 2013).
Así, si se parte de la idea de que la gobernanza también puede ser un marco analítico para observar las resistencias en la microfísica del poder, constituyendo al ciudadano no sólo como objeto sino también como sujeto dentro de los procesos políticos, sin que en esto, necesariamente, se entienda al ciudadano como empoderado, más bien como sujeto activo, como ciudadano consciente e informado, de forma tal, que se podría decir que la gobernanza analiza el comportamiento del poder y sus relaciones con la acción pública con toda su diversidad de actores (Bassols, 2011; Valencia, 2017).
Como ya se mencionó, la visión positiva de la gobernanza, línea muy marcada en los estudios de Aguilar (2006, 2010b, 2013), menciona que a partir de las crisis de gobierno que se han mencionado con anterioridad, la pérdida de legitimidad, eficiencia y eficacia, también llevan a una pérdida de capacidad directiva del gobierno, es decir, no toda acción del gobierno puede ser vista y acatada como tal; así, el gobierno y la sociedad crean formas asociativas que dotan al proceso de toma de decisiones públicas de la legitimidad y, por lo tanto, de la capacidad directiva que el Estado ha perdido, pero en este sentido, dicha capacidad es compartida con la sociedad.
Cabe mencionar que, si se pierde la capacidad directiva por parte del Estado, ésta puede ir acompañada de la pérdida de gobernabilidad; entonces, la gobernanza puede ser un instrumento que dote de capacidades al gobierno de las cuales carece; esto, además, no sólo es entendido como una acción de gobierno, también es una acción política y social; esto es, de alguna manera plantea una nueva forma de gobernar. Así, la gobernanza también se muestra como el rediseño de procesos directivos, y no sólo como un mecanismo que dota de capacidades, lo que podría resultar limitado al momento de enfrentar la conflictividad social; por lo tanto, muestra dos procesos, uno técnico y otro político, esto transforma la intencionalidad social en acción pública (Aguilar, 2006, 2012; Bobadilla, et al., 2013; Valencia, 2020).
En este sentido, Bobadilla et al. (2013) mencionan que la gobernanza permite el estudio de la formulación de políticas públicas partiendo del rompimiento del modelo tradicional, sustentando en el monopolio estatal sobre el diseño y toma de decisiones, proceso que dada la falta de eficacia y eficiencia erosionó la gobernabilidad y legitimidad del gobierno.
Considerando lo anterior, los procesos participativos y la inserción del ciudadano en los procesos de diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas, puede permitir la fragmentación del ejercicio de poder, dando como resultado procesos menos verticales y más horizontales, descentralizando la toma de decisiones; así, la gobernanza permite analizar la transformación de las estructuras de gobierno tanto en lo netamente administrativo (técnico), como en lo político, principalmente en los procesos de toma de decisiones, que de ser cumplidos los principios normativos de la gobernanza tenderán a ser cada vez más horizontales (Valencia, 2020).
Incluso con lo anterior, los principios normativos de la gobernanza, si bien son deseables, difícilmente pueden generar estructuras en el ejercicio del poder perfectamente verticales; de alguna forma se podrán crear sesgos y asimetrías propias de las estructuras sociales, ya que los intereses comunes no son tan comunes, es decir, no todos comparten las mismas necesidades y prioridades, esto, en más de una forma, tenderá a crear desigualdades, mismas que se esperan sean menos graves que las surgidas sin la intervención social, o dicho de otra forma, como lo mencionan Bobadilla et al. (2013), bajo el modelo tradicional vertical.
Sobre esto también nos advierte Bevir (2013), que el uso de innovaciones participativas, y cualquier intento de soportar la deliberación en la autogobernanza y otras formas de innovación democráticas soportadas en la experiencia modernista, están más o menos condenadas al fracaso, ya que al suponer lo anterior se estará reforzando la creencia en la experiencia formal a expensas de una ética dialógica y democrática. Dicho de otra manera, la tropicalización de políticas, sin considerar las particularidades de espacios socioespaciales y sus sociedades, así como sus necesidades, creencias y deseos, estará más o menos condenada al fracaso, toda vez que el replicar acciones que en un lugar X ofrecieron un resultado Y, no forzosamente mostraran el mismo resultado si se aplica en el lugar Z.
Esto abre la puerta para lo que diversos autores han denominado como espacios de cooptación y simulación de los procesos de participación (Hevia e Isunza, 2010; Font et al., 2010); es decir, si la gobernanza es entendida como igual a positivo y ésta tiene un componente alto de participación ciudadana, no toda participación ciudadana produce gobernanza; si se observa como fenómeno, entonces se puede decir que un proceso participativo X produce un resultado Y de gobernanza, bajo el espacio y tiempo determinado y, todo resultado será distinto, al moverse en el espacio tiempo, independientemente si éste es positivo o negativo.
O, dicho de otra manera: a + b = c, donde el resultado siempre es c, pero c nunca es la misma c, por lo tanto, tampoco a y b son las mismas, ni siquiera en el mismo lugar, en tiempos diferentes. Así, las variables a y b, en lo rural se tornan ampliamente diferentes a las variables a y b en zonas urbanas o semiurbanas, los significados simbólicos de los valores sociales tienden a ser elementos diferenciadores de este tipo de relaciones sociales.
Las preferencias, necesidades, valores y costumbres moldean y construyen las relaciones e interacciones en espacios sociales diferenciados, mientras en lo urbano las necesidades y problemas públicos generalmente giran en torno a infraestructura urbana, en lo rural esto se carga a lo simbólico, a los elementos identitarios y las costumbres; es decir, hacia la generación de infraestructura ligada a las necesidades que representan elementos de comunión, como lo son los elementos religiosos, culturales e históricos, elementos de representación y estructuración comunitaria.
Con ello, la réplica exacta de una política o programa público dará resultados diferenciados, aun en espacios y contextos similares. Por ejemplo, el presupuesto participativo, con diseño idéntico, aplicado en lugares diferentes o aun en el mismo lugar, pero en tiempo diferente, tenderá a mostrar resultados diferenciados.
El proceso de la gobernanza, entonces, se entiende como constante e inacabado, las relaciones entre actores públicos, sociales y privados siempre darán como resultado procesos de gobernanza; sin embargo, estos procesos de gobernanza no siempre serán los mismos, aunque siempre hablen de lo mismo, la gobernanza (relaciones de poder), es decir, de la estructuración de fuerzas en los juegos de toma de decisiones, de las formas en que se estructura y ejerce el poder.
Por lo tanto, a + b siempre será c, pero ni a, ni b, ni c serán perfectamente iguales en otro momento. Con esto, la gobernanza seguirá siendo gobernanza, pero no exactamente el mismo proceso de gobernanza, los actores sociales serán actores sociales, pero éstos no serán los mismos al analizar casos semejantes y, probablemente, las preferencias de ciertos actores no permanecerán intactas en el tiempo; por esta razón, en la arena pública y procesos de gobernanza siempre habrá actores públicos y privados (entre estos últimos, sociales y económicos), pero no serán siempre los mismos o con idénticas preferencias intactas en el espacio-tiempo.
GOBERNANZA Y SUS CONCEPCIONES
Como se ha mencionado con anterioridad, la gobernanza es un término polisémico, algunos autores la denominan concepto “paraguas” (Porras, 2007, 2011, 2012; Méndez, 2012), dada la gran diversidad y amplitud del concepto. A lo largo de este texto se han visto algunas definiciones que se han dado al mismo; ahora, este ejercicio se hará un tanto más amplio, aunque la intención de este apartado es lograr conjugar un concepto más acotado.
A principios de la década de 1990, Kooiman (1993) la definía como un nuevo orden sociopolítico que se crea a través de una creciente interdependencia entre actores sociales y gubernamentales. Lo que muestra aquí, como se mencionó en el apartado anterior, la necesidad de herramientas que permitan salir de las crisis a las cuales ya se hizo mención, por ello, se hace referencia a la creación de un nuevo orden sociopolítico, soportado en la interdependencia de los actores.
Otras formas de concebirla, sin estar alejadas de la anterior, son los estudios que hacen referencia a entender la gobernanza como una nueva forma de democracia: gobernanza democrática (Bardhan, 2005; Peters, 2005; Colomer y Negretto, 2002). Bardhan (2005) la presenta como una forma de descentralización del poder, concebido éste como un movimiento mundial, principalmente centrado en países en desarrollo; este autor menciona que la descentralización se lleva a cabo del gobierno central hacia los gobiernos locales, con el fin de que estos últimos sean más fuertes y eficientes; además de ser un nuevo mecanismo para la recolección de información y preferencias en el nivel local y facilitar el monitoreo público del ejercicio público en el ámbito local. La descentralización en este caso es vista como una herramienta que dota de mayor autonomía política, económica y social a los gobiernos locales, lo que deberá facilitar la rendición de cuentas dada la naturaleza y características de este nivel de gobierno, por lo tanto, eso es entendido como nuevos procesos democráticos o de gobernanza (Bardhan, 2005, Valencia, 2020).
En ese sentido, Peters (2005) considera a la gobernanza como participativa además de que ésta puede ser entendida como sinónimo de empoderamiento o gobierno participativo. El común denominador de estos términos es una mayor apertura del espectro público, sobre todo en los espacios de toma de decisiones, la participación que se da no sólo es consultiva, sino deliberativa, lo que lleva los espacios de la democratización más allá de la democracia representativa o electoral.
La gobernanza también puede ser vista desde el nivel de gobierno que ejerce la política o programa público, o la intervención de varios de éstos con la sociedad. Las principales diferencias se han dado entre la escuela sajona y la angloamericana ya que se observan las concepciones de Rhodes (1997) y Stoker (1998), ambos autores tienen en común la visión de la gobernanza como fenómeno político donde su característica central es la fragmentación del poder dentro de las organizaciones que lo ejercen, acompañado de amplia participación social en la toma de decisiones públicas, con formas de interorganización y donde el gobierno no tiene el control completo en la dirección y toma de decisiones (Guarneros, 2011; Valencia, 2020).
Sin embargo, la escuela americana representada por Peters y Marinetto, entre otros, hacen la crítica a esta forma de concebir a la gobernanza y mencionan que existen diferencias entre los niveles de gobierno que aplican o ejecutan el poder, ya que sus funciones también son diferenciadas; por lo tanto, existirán diferencias marcadas entre los niveles de gobierno que ejecuta y busca generar equilibrios, lo que da paso a lo que denominan gobernanza local, su principal característica es la disminución de la centralidad e injerencia del gobierno en lo público y esta parte que no ejerce el gobierno es retomada por los sectores sociales y económicos, acompañada por nuevos modelos en la prestación de servicios y estructuras administrativas (Guarneros, 2011).
En general, existen muchas formas más de observar a la gobernanza, entre ellas, encontramos a la gobernanza transfronteriza, la gobernanza global, la gobernanza ambiental, la gobernanza del agua, la gobernanza migratoria y, así, una larga lista que hace referencia a fenómenos sociales tan diversos como la actividad antropogénica puede generar; por ello, la tendencia a denominarle “paraguas”, ya que es a través de los postulados y su contenido normativo cargado de supuestos positivos en su accionar que llevan a crear espacios de interacción (todos diversos) pero que son denominados como gobernanza X, Y, y un largo etcétera, proporcionando un amplio campo de términos que denotan las formas que los procesos de interacción entre actores gubernamentales, sociales y económicos, generan para la definición de metas y objetivos comunes, todas con la intención de crear valor social.
Por otra parte, también se pueden observar los procesos tratando de no generar prejuicios sobre la forma en que éstos tendrían que dar resultados; por el contrario, se trata de observar como son los intercambios en la definición de metas y objetivos, los procesos de toma de decisiones, el seguimiento y la evaluación de acciones, el resultado que de esto se obtiene, también nos puede decir que tipo de gobernanza se genera, pero esta vez, sin la carga normativa. De estos ejercicios de investigación es que nacen procesos que se pueden denominar gobernanza autoritaria o vertical, o democrática, entre muchas más que dan cuenta de la microfísica del poder en las interacciones sociales.
ACOTANDO A LA GOBERNANZA
El análisis de forma general sobre el comportamiento del concepto de gobernanza concuerda con el subcapítulo anterior (“Gobernanza y sus concepciones”), donde se pueden encontrar dos grandes grupos de estudios, ambos ligados a los estudios y análisis de redes, pero, por otra parte, se encuentran aquellos que contienen preceptos normativos íntimamente acompañados de las directrices propias de la sociedad civil y su carga positiva como mecanismo organizador de preferencias y necesidades, y sus formas de interacción con entes públicos y privados, y una concepción más general del concepto, que alude a todas las relaciones para la resolución de problemas públicos en los que pueden intervenir actores estatales, sociales y privados; o entendida como toda relación de poder en la arena pública en la que interviene más de un actor.
Dentro de este último tipo de estudios de gobernanza se encuentran aquellos que dan cuenta de las redes de política pública, en las que se incluyen todo tipo de éstas, formales o no, organizadas, semiorganizadas o improvisadas, y sus diversas formas de interacción, choque, negociación y creación de concensos y disensos, más o menos estables, que muestran la segmentación del poder dentro de la arena pública.
De estos dos grandes grupos se pueden encontrar algunas variedades de estudios que, más o menos, se contienen en la enunciación de los tipos de conceptos propuestos por Zurbriggen (2011), específicamente los referentes al concepto dos (acotado a redes organizadas) y el tres que se refiere a la concepción amplia de gobernanza (que supone una pérdida de hegemonía por parte del Estado), pero que de alguna manera hacen alusión a las redes de política pública, pero con diferente naturaleza.
Como se ha mencionado en este texto, así como en otros trabajos similares, existe una cantidad importante de estudios ligados a los contenidos normativos del concepto de gobernanza. Por lo tanto, resulta necesario dar cuenta de conceptos alejados de esta idea normativa, no porque no sea útil, sino porque es necesario crear contrastes que permitan ver las vicisitudes del ejercicio del poder, no como predefinido con reglas claras y procedimientos claros y determinados, sino como una realidad cambiante que somete a la sociedad a constantes roces, que deriva del conflicto y la oposición, del desencuentro y que, precisamente, son éstos los procesos que permiten dar salida al conflicto en soluciones más o menos estables, donde la diversidad de actores pone en juego sus intereses y busca lograr que éstos permanezcan vigentes en la agenda pública y sean llevados a la generación de programas y políticas públicas, los cuales están contenidos en el cuarto concepto que establece Zurbriggen (2011), ya que la definición general de éste permite observar el comportamiento social y sus interacciones desde esta perspectiva.
Así, la gobernanza también da cuenta de estos espacios, que no forzosamente responden a mecanismos formales que dan como resultado el cauce para la atención de la diversidad de problemas públicos derivados de reglas bien definidas y de procesos claros y transparentes; dando así espacio para el estudio de la microfísica del poder (Bassols, 2011), donde las estrategias e intenciones no son siempre claras, las alianzas y negociaciones no se muestran a simple vista, y las técnicas para el control y manipulación de grupos resultan, en cierta forma, comunes pero no visibles.
A esta forma de gobernanza, Arellano, Sánchez y Retana (2014) la denominan gobernanza “a secas”, o gobernanza “más allá de la moda”. Si recordamos parte de la definición vertida en la definición general que menciona que la gobernanza es la totalidad de interacciones entre entes públicos, privados y sociales, en la resolución de problemas públicos; es decir, toda interacción, por lo que la esencia sería dar cuenta de estas interacciones; así, cualquiera de los enfoques aquí descritos y aquellos que no se han descrito en el presente, son parte de las formas de gobernanza existentes.
Pero la generalidad del concepto también permite acotar lo que denominaron gobernanza a secas, entendida como: “[…] una estructuración de un proceso de toma de decisiones entre diversos actores, grupos u organizaciones […]” (Arellano, Sánchez y Retana, 2014:121), parte que coincide con el cuarto concepto que refiere Zurbriggen (2011), pero agregan: “[…] tiene que ver en mayor medida con la forma en que se organiza y estructura la autoridad y la decisión para llevar a cabo ciertos fines definidos por alguien o por algunos” (Arellano, Sánchez y Retana, 2014:121; Fukuyama, 2013).
Los autores argumentan que en la gobernanza a secas se da cuenta de quién y cómo ejerce el poder; dentro de una variedad de actores colectivos e individuales insertos en una arena de intereses en conflicto susceptibles de ser considerados como problemas públicos.
En esta concepción, por lo tanto, no es que se aleje de los preceptos normativos, simplemente, lo que trasciende es desenmarañar las urdimbres del poder, lo que Bassols (2011) denomina la microfísica del poder; es decir, dar cuenta de las herramientas, tácticas, alianzas, argumentos y, en general, de toda forma utilizada para llevar a cabo un fin determinado, en este caso, lograr que la toma de decisiones favorezca a los intereses de ciertos actores insertos en la arena pública.
Por lo tanto, podemos acotar en dos grandes grupos a los estudios y formas de acceder a gobernanza. El primero, ligado a las cargas normativas, que en muchos de los casos terminan siendo una receta llena de buenos deseos, ya sea que se observa a la gobernanza como una tecnología de gobierno para el diseño, evaluación y aplicación de políticas públicas o como mecanismo soportado en redes que da cuenta de procesos preestablecidos para dirimir problemas públicos. El segundo grupo la considera como una herramienta sociológica para el análisis de las relaciones entre sociedad, mercado y gobierno; sobre todo si se entiende que dichas relaciones son conflictivas y, por lo tanto, sus resultados no siempre son asequibles; por el contrario, las reacciones son inciertas, así, puede dar resultados contrarios o no planeados, generando acciones no diseñadas, diseños de acciones no ejecutadas y resultados no planeados (Arellano, Sánchez y Retana, 2014).
INCIDENCIA DE LA GOBERNANZA EN LO RURAL
Como se menciona al inicio del presente texto, no es el fin de éste proporcionar una definición de la gobernanza en lo rural, pero sí proporcionar elementos generales aplicables a cualquier espacio de interacción social; sin embargo, presentamos un breve acercamiento en el cual se hace énfasis en la diferenciación de definición de intereses colectivos y los significantes de la interacción en espacios rurales, donde lo simbólico adquiere mayor peso sobre las decisiones colectivas.
Dicho lo anterior, resulta pertinente recordar lo expuesto por Bevir (2013), cuando realiza la crítica a la visión sajona de gobernanza, donde, entre otras cosas, menciona que esta visión resulta reduccionista y que deja de lado el hecho de que estas redes son producto de fluidas acciones contingentes y conflictivas de personas diversas, provenientes de un mundo caótico, quienes crean, piensan, viven, luchan y se organizan de formas variadas y complejas.
El acercamiento a la ruralidad partiendo de la idea anterior, permite observar la complejidad cultural de estos espacios sociales caracterizados por estar fuertemente relacionados con tradiciones organizacionales ligadas a las creencias y tradiciones locales; estas organizaciones sociales rurales se determinan de forma diversa, pero el respeto por sus creencias y normas sociales suele ser una de las características de la organización social en espacios rurales. Así, la complejidad de las relaciones sociales en lo rural y su convivencia con otras formas de organización, en este caso estatales, como los medios de generación de bienes públicos y la prestación de servicios, se caracteriza por una vastedad de rituales; dentro de éstos, tienen un papel importante los elementos simbólicos e ideológicos, acompañados de un grupo de creencias, donde todas ellas son parte integradora de los dispositivos para el ejercicio del poder (Lutz, 2017; Chávez, 2017; Salas, 2019).
Cabe destacar que la complejidad y diversidad social y organizativa en lo rural es propia de cada espacio, dicha variedad no es menor a las representaciones que se han generado en espacios no rurales, como lo urbano, y se podría decir que es posible que su diversidad y complejidad represente mayores retos para su comprensión (Lutz, 2017; Chávez, 2017; Salas 2019).
Los elementos culturales e identitarios, así como los organizativos, en lo rural están llenos de particularidades que hacen de los espacios una mina de exploración en torno a las formas de relacionarse, de ejercer los procesos de la toma de decisiones que dotan de significado, tanto al espacio social, como a la suma de preferencias individuales traducidas en prioridades públicas.
La lógica de la toma de decisiones públicas en lo urbano, por lo general, serán en torno a la mejora y mantenimiento de la infraestructura urbana, en lo semiurbano, la aspiración será llegar a ser urbano o no perder cierto nivel de urbanización, pero, en lo rural, ¿cuál es el principio que orienta las decisiones?, ¿dejar de ser rural? o, preservar ese elemento, seguir siendo rural, pero, ¿bajo qué parámetros?
Difícilmente la aspiración de los espacios urbanos y semiurbanos será dejar de serlo y regresar a lo rural. ¿Pudiera ser interpretado como una forma de involución?, pero hasta dónde lo rural significa precisamente esto, hasta dónde significa precariedad y atraso, ¿realmente es así? Por eso las cargas simbólicas e identitarias son elementos primordiales para entender la dinámica en espacios rurales como construcción de un cuerpo social, el significado de lo rural no siempre está ligado a la idea de precariedad y carencia.
Algunos supuestos sobre la estructura de redes: en lo rural el fenómeno del “gorrón” o free rider es menos común, dado el principio de organización por faenas y las penalizaciones que la estructura de mando impone si existen faltas a la cooperación social, además de la carga de necesidad de unión de fuerzas para lograr objetivos comunes (Martínez y Valencia, 2017); en lo urbano, puede ser más común ver este fenómeno dada la ausencia de estructuras organizativas con peso punitivo sobre ciertos actores que deciden que es mejor no participar, al fin y al cabo, el mantenimiento y mejora de la infraestructura es necesario y se aplicará, incluso si se decide no participar, y las formas de organización social, tanto formales como informales, hacen más compleja la estructuración de mecanismos punitivos que obliguen a la participación o excluyan del beneficio común.3
En ese sentido, la identificación de redes, la capacidad de participación y recursos para incidir en lo público puede ser, en lo rural, más identificable (sobre todo por principios geográficos y poblacionales), pero no por ello menos complejos que en otros espacios sociales caracterizados o catalogados como urbanos.
Las relaciones entre lo estatal y la organización no estatal (redes de cooperación), son más comunes o más fáciles de identificar en espacios rurales, por ejemplo: organizaciones para la administración del agua sin intervención del Estado, llegando hasta la organización de grupos de autodefensas (seguridad pública), como medios para dotar de seguridad; organizaciones de carácter religioso que facilitan de capacidad de mando a actores locales, entre otros. Estas formas de organización, como ya se mencionó, ampliamente cargadas de elementos simbólicos que las dotan de significado y crean identidades que dan vida a las particularidades de la organización social en lo rural, tienen un punto de encuentro con lo estatal, de ello se derivan innumerables formas de vivir lo público; desde la colaboración de forma directa sin mayor oposición a las decisiones estatales, como aquellas que se oponen tajantemente a las decisiones estatales y son vistas como invasivas en algunos espacios rurales.
Por ello, se recupera en un principio la idea de Bevir (2013), cuando refiere a la narrativa como una forma más completa, o al menos, con menor contenido ideológico, menor contaminación para dar cuenta de las relaciones de poder entre actores estatales y no estatales. De alguna forma, también Zurbriggen (2011), en el tercer concepto, en el que ofrece un elemento integrador de las formas de organización entre actores estatales y no estatales sin cargas normativas, como mecanismo para dar cuenta de una compleja forma de ejercer el poder, también aporta a la idea de documentar dentro de las redes de política pública todos los procesos en que éstas se ven inmersas entre los diversos actores, así como sus consecuencias, por ello es una visión integradora.
Finalmente, la propuesta de Arellano, Sánchez y Retana (2014), al hacer referencia a la gobernanza a secas, como el proceso para la toma de decisiones relacionado con la o las formas de integración de la autoridad y la capacidad de ejecutar acciones, decididas por alguien o por algunos, nos da luz, en conjunto con la idea de Bevir (2013) y Zurbriggen (2011), de la importancia de documentar (narrativa), o lo que se puede definir como una etnografía de redes, para dar cuenta de los procesos de toma de decisiones y, en general, del ejercicio de poder entre diversos actores en torno a problemas públicos y que al proporcionar una mayor cantidad de datos ligados a las diferentes redes pueden intervenir en estos procesos, arrojando mayor luz sobre la complejidad de los ejercicios de poder y las significaciones de los actores en torno a la toma de decisiones y el emprendimiento, o no, de acciones en torno a un problema público, lo cual puede ser entendido como gobernanza.
El capturar los elementos que dan sentido a las decisiones colectivas, sea cual sea ésta, permite entender de mejor manera los procesos y resultados de la interacción entre actores públicos, privados y sociales en la búsqueda por dar respuesta a problemas públicos; dichos elementos que dan sentido, adquieren mayor relevancia en la apreciación de estos procesos en espacios rurales, dado el alto contenido simbólico de sus formas de organización.
REFLEXIONES FINALES
Hasta aquí se ha intentado hacer un breve pasaje en la evolución del concepto de gobernanza, tratando de resumir la amplitud del concepto y en alguna forma delimitarla, para concentrarnos en dos maneras de abordarlo. Por una parte, asumiendo su carga normativa y partiendo de ésta para analizar las interacciones de los actores en la arena pública, funcionando como mecanismo de evaluación de las acciones emprendidas, así como herramienta discursiva que pretende minimizar los efectos de ilegitimidad derivados del sector público y, cada vez más, del sector privado; en este sentido, lo que se evalúa principalmente es la cercanía de la acción, con el principio normativo, más que la interacción entre los diversos actores y todo lo que dicha interacción, por lo general conflictiva, implica.
La otra forma parte de observar a la gobernanza desde el término más general, como una herramienta teórico-conceptual que pretende dar cuenta del ejercicio del poder en lo público, las formas en que éste se fragmenta, así como las acciones, resultados y consecuencias de dichas interacciones de poder realizadas por actores más o menos constantes y heterogéneos, en problemas diversos en escenarios variables y contingentes, caracterizados por el conflicto.
Esta última forma permite observar procesos no deseados, entendiendo que no toda decisión resulta de procesos de consenso más o menos estable, por el contrario, puede resultar de procesos de cooptación, control, imposición y aprovechamiento de espacios de incertidumbre que les permiten tomar ventaja sobre otros (grupos, organizaciones y/o individuos) e imponer sus intereses sobre el resto. Por lo tanto, no siempre resulta la observación de procedimientos y herramientas discursivas lógicas y estructuradas coherentemente, es decir, en procesos racionales. Por el contrario, lo irracional en este sentido no deberá ser entendido como una patología, sino como una respuesta que da cuenta de cómo la acción o inacción se ejerce en contextos plurales y dinámicos, así como los intentos por imponer procesos racionales tiende a derrumbarse (Arellano, Sánchez y Retana, 2014; Bevir, 2013).
Por lo tanto, la gobernanza en este sentido puede mostrar qué actores prevalecerán sobre otros, siendo éstos los que cuenten con mayores capacidades, recursos cognitivos, informativos, persuasivos y materiales que les proporcionan ventajas en el control de los espacios de incertidumbre, logrando colocar sus preferencias por encima de la de otros menos favorecidos en tanto a recursos, esto se entiende como una narración amplia de procesos y descripción de las redes de participación y toma de decisiones (Arellano, Sánchez y Retana, 2014; Bevir, 2013; Zurbriggen, 2011).
Cualquiera de las formas que se opten para analizar las relaciones de poder entre actores públicos, privados y sociales, sea normativa o no, y/o responda a las modificaciones estructurales y organizacionales de los actores públicos, o el análisis de redes de colaboración, o la fragmentación del poder, entre otras, la gobernanza resulta una concepción teórica útil para dar cuenta de la interacción de grupos y/u organizaciones dentro de lo público, de lo concerniente a lo común y puede permitir un acercamiento a la realidad, partiendo de las diversas formas de acceder a ésta.
Pero, no se omite realizar crítica a la concepción normativa de la gobernanza, ya que resulta pertinente y hasta deseable, sobre todo si se parte de la idea de que el elemento participativo es un mecanismo igualador de oportunidades en estructuras horizontales, como su argumento central y soporte empírico, propio de los valores de la gobernanza, entendiendo esto como una forma de inclusión equitativa (Arellano, Sánchez y Retana, 2014). Sin embargo, como se mencionó anteriormente, un tanto ingenuo, ya que la lógica organizacional no siempre responderá en mecanismos horizontales igualadores que den como resultado una equivalencia de fuerzas en los procesos de toma de decisiones en los actores presentes; por el contrario, se puede entender como un elemento que agrega complejidad y es precisamente éste procedimiento (ampliar la base de participantes, bajo el supuesto de igualdad y equidad), el que resulta como un elemento que facilita la fragmentación del poder al ampliar la vitrina de intereses, necesidades y deseos de una pluralidad de actores.
Así, podríamos decir que no existe una ecuación única y finita para dar cuenta de las amplias formas de relaciones que se dan entre actores en la arena pública, las ecuaciones pueden ser tan vastas como actores dentro del espacio público, por lo tanto existe una particularidad en la generación de redes de intereses y alianzas que se forman en torno a deseos y preferencias; esto es, cada caso resultará como único, aunque se parta del mismo supuesto teórico.
Por lo tanto, resulta importante resaltar y recordar la importancia que tienen las particularidades bajo las cuales se analizan los procesos de gobernanza, es decir, las características de los actores, las tradiciones culturales de espacio geoespacial, el contexto sociohistórico, las tradiciones mercantiles y, en general, la caracterización que encierra la interacción de actores, en espacio-tiempo determinados. Ya que de éstos depende en gran medida la trayectoria de las interacciones, delimitando oportunidades, caracterizando redes y marcando resultados.
Con ello, la carga de la evidencia empírica puede dar el apodo o apellido a la gobernanza: buena, democrática, autoritaria, regular, etc. y no al contrario, una fuerte carga normativa preconcebida, que generalmente no se cumple, pero que puede servir como elemento discursivo para un modelo ideal de organización social en la toma de decisiones colectivas; el seguimiento y evaluación de las acciones y resultados derivado de dicha toma de decisiones puede aportar, en términos políticos, en el ejercicio cotidiano de la acción pública, pero se limita el valor analítico en la observación del ejercicio del poder público si se queda en la observación del diseño de políticas y programas, si sólo se concentra en cumplir con ciertos elementos que dan sustento al discurso normativo y generalmente positivo de la gobernanza.
Por esta razón es necesario el análisis fuera de la carga normativa que, con evidencia empírica, de cuenta de las formas, mecanismos y herramientas para ejercer el poder de un grupo de actores inciertos en la arena pública y, con ello, proporcionar los elementos que caracterizan a la gobernanza en esos grupos en espacios y tiempos específicos.
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1 Fenómenos económicos y culturales que hacen referencia a la globalidad, pero también a lo local, reuniendo características de ambos espacios socioeconómico-culturales.
2 La democracia participativa se entiende como la participación de los ciudadanos en el ejercicio efectivo del gobierno, es la participación ciudadana más allá de lo electoral, es acercar el ejercicio del gobierno a los gobernados, lo que significa tomar parte en la toma de decisiones. En lo que se refiere a la democracia deliberativa, la intención de esta propuesta es parecida a la anterior, con la diferencia de que deliberar supone sopesar, meditar y argumentar en relación con la toma de una decisión, nuevamente el horizonte es el de la democracia directa, aunque con un énfasis mayor en la discusión que precede a la decisión (Rivero, 2006:36-37).
3 En este caso se puede retomar lo expuesto por Olson y Calvet (1992) en el libro La lógica de la acción colectiva, en donde se establece que en grupos pequeños es más factible la cooperación, pues la no cooperación puede ser más fácil de identificar, así como la existencia de coerción u otro tipo de instrumento que incentive la cooperación.
GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO, PERSPECTIVAS TEÓRICAS DE UN DEBATE EN DESARROLLO EN EL NIVEL GLOBAL
Carlos Chávez Becker *,**
INTRODUCCIÓN
Hoy en día la gobernanza se ha constituido como un concepto central en los ámbitos de la administración pública, la ciencia política, la economía política y, muy especialmente, en la discusión sobre las políticas públicas. Para algunos autores (Rhodes, 2007), este concepto en la actualidad constituye un nuevo paradigma para la ciencia política y una nueva oportunidad para enlazar a esta disciplina con los debates alrededor del Estado contemporáneo. Para otros autores, el enfoque de la gobernanza es el nuevo paradigma de las políticas públicas (Villarreal, 2010) o materializa un novedoso modelo para su análisis (Pardo, 2004) y también se le observa como una perspectiva que amplifica el debate alrededor de la administración pública moderna (Vigoda, 2002; Koliba et al., 2011).
En efecto, la noción de la gobernanza hoy en día recoge y sintetiza un sinfín de significados y usos, y es un vocablo que ha sido adoptado por cada vez más actores, no sólo académicos, en su retórica cotidiana, lo que ha generado un proceso de “estiramiento del concepto” (Sartori, 2000) y, por consiguiente, que por sí sólo éste nos explique cada vez menos. La falta creciente de precisión conceptual ha derivado en que cada vez más, a la gobernanza se le acompañe de “apellidos” que permitan entender un poco mejor su significado o, al menos, que ayuden a comprender a qué se hace referencia cuando se usa en un momento específico. Hoy se habla de gobernanza “multinivel”, “metropolitana”, “multiactor”, “territorial”, “ambiental”, “urbana”, “en redes”, “energética”, “neoliberal”, “sistémica”, “corporativa”, “participativa”, “colaborativa”, “local” o “rural”, entre muchas otras opciones, lo que, al parecer, en vez de ayudar a ganar claridad ha derivado en una mayor confusión.
En todo caso, lo que sí resulta cierto es que en términos académicos el concepto está presente en un amplio número de debates en muy diversas disciplinas. Natera (2005:757-758) y Rhodes (2007: 1246) coinciden en reconocer áreas de desarrollo académico en las que más recientemente la gobernanza aparece como una categoría analítica central. Algunas de ellas son: 1) el ámbito de la gestión pública, “en su relación con el paradigma de la nueva gestión pública, pero más particularmente con respecto a sus formas colaborativas” (Klijn, 1998); 2) el campo de análisis de las políticas públicas, desde el enfoque de las “redes de políticas” (policy networks), las estructuras (Grandori, 1997) o espacios de gobernanza (Stoker, 1998; Rhodes, 2007; Luna, 2005); 3) desde la economía política, en “donde el intercambio público-privado ha pasado a concebirse en términos de gobernanza” (Natera, 2005:757) y se pone énfasis en la coordinación de diferentes sectores y actores de las economías (Hollinsworth y Boyer, 1997); 4) en el marco de la discusión de la gestión empresarial (corporate governance) (Denis, 2001; Williamson, 1984); 5) en la perspectiva de las relaciones internacionales, en donde se analiza con especial interés el tema de la gobernanza global (Finkelstein, 1995; Martinelli, 2003; Martín, 2003); 6) desde instituciones intergubernamentales (Banco Mundial, 1994; Comisión Europea, 2001), como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Comisión Europea, que proponen mecanismos y modelos analíticos para promover la llamada “buena gobernanza”, poniendo énfasis en los procesos de reforma de los países en desarrollo; 7) en “el terreno de la política urbana”, en donde la gobernanza local y el análisis de las redes de participación ciudadana reciben particular atención (Pierre, 1997; Stoker, 1999); y finalmente, 8) en el campo de reforma supraestatal de entidades como la Unión Europea, ámbito en el que se debate la forma de una gobernanza multinivel que permita el desarrollo de políticas comunes entre Estados diversos, en donde la gobernanza aparece pensada como su fuente última de legitimidad (Schmitter, 2007).
Este panorama conceptual puede resultar abrumador y llevar a la conclusión de que la noción de gobernanza ha dejado de ser útil. Lo mismo ocurre, cuando hablamos de gobernanza rural, que es el motivo central de nuestro trabajo, por lo que es necesario hacer una revisión de la literatura que aborda ambos conceptos, con el objetivo de ofrecer al lector una alternativa teórica específica que permita hacer un análisis sobre los nuevos procesos de coordinación social y política que se han experimentado en el medio rural en las últimas décadas, particularmente en México. Para conseguir este propósito se inicia con un doble posicionamiento sobre el concepto de gobernanza, en términos de las generaciones de estudio y de su carácter de estudio. Enseguida se explica y analiza el uso del concepto de gobernanza rural en la literatura académica en el nivel global. El tercer apartado introduce las aproximaciones existentes sobre la gobernanza rural en nuestro país, lo que da pie para que en la siguiente sección se pueda ofrecer una definición operativa de la gobernanza rural. La quinta parte del trabajo explica los futuros desarrollo de estudio sobre la gobernanza rural en México y la complementariedad con otras agendas de investigación. Al final se ofrecen algunas conclusiones sobre lo planteado en los cinco apartados que componen este escrito.
GOBERNANZA
Tal como ya se señaló, el panorama sobre los estudios de la gobernanza es muy extenso, complejo y se ha diversificado enormemente, al punto en el que más allá de tradiciones, corrientes o escuelas, hoy incluso se habla de “mundos de la gobernanza” (Bevir, 2010; Rothstein, 2013). Frente a ello resulta necesario y conveniente encontrar algunos asideros teóricos que permitan distinguir con más claridad tanto el objeto como el sujeto de estudio que se aborda en cada caso. Para este efecto, a continuación, se proponen dos distinciones generales: una, sobre las generaciones de los estudios de la gobernanza y otra con respecto al carácter del concepto de gobernanza.
LAS GENERACIONES DEL ESTUDIO DE LA GOBERNANZA
Si durante el siglo XX y los primeros años del nuevo milenio la transformación de los Estados occidentales ha sido, en no pocos casos, dramática, desde el punto de vista académico las transformaciones teórico-conceptuales que han tratado de acompañar y registrar este proceso, no se quedan atrás. La transformación del modelo Estado-céntrico de coordinación social y/o política al modelo estatal paulatinamente protagonizado por las redes (Lechner, 1997; Messner, 1999) en los Estados contemporáneos, ha sido un proceso que la academia ha seguido con enorme interés.1 Por ello, el concepto de gobernanza ha sufrido transformaciones muy profundas en los últimos 70 u 80 años (Mayntz, 1998; Martín, 2003).
De ser una noción ligada estrechamente a la teoría de la dirección política y la actividad público-estatal de diseño y modelado de estructuras y procesos políticos y socioeconómicos para la atención de los asuntos de índole público (Rhodes, 2007:1251; Martín, 2003), pasó a ser un concepto que analiza un nuevo horizonte en el que las redes (al menos potencialmente) constituyen el elemento central de una forma distinta de coordinación social y/o política (Lechner, 1997:12).
Este reconocimiento dio origen en las últimas dos o tres décadas a una amplísima producción académica alrededor de lo que, genéricamente, podríamos llamar una “nueva gobernanza” y derivó en lo que Sørensen y Torfing (2007:11-12) han denominado la “primera generación” de estudios de la gobernanza.
Al respecto, estos autores señalan que en la primera generación se observa a la gobernanza como “una síntesis del Estado y el mercado” y sostienen que el argumento que potenció el crecimiento de la investigación sobre ésta es que el entramado normativo e institucional, “definido como el intento por lograr un fin determinado, es el resultado del proceso de gobierno”, que en la actualidad no está controlado de manera plena por las agencias gubernamentales, “sino sujeto a negociaciones entre un amplio número de actores públicos, semipúblicos y privados, cuyas interacciones dan paso a un patrón relativamente estable de mecanismos de hechura de políticas públicas, que constituyen una forma específica de regulación”2 o, en palabras de Mayntz (1998), un nuevo modo de coordinación para la atención colegiada de los asuntos públicos. Entre otras cosas, este planteamiento paulatinamente ha permitido comprender los límites de proyectos políticos como el otrora poderoso triángulo corporativista entre el Estado, los sindicatos y las organizaciones patronales (Jessop, 1995) o el del Estado mínimo.
Para Sørensen y Torfing, algo sumamente importante es que la gobernanza se materializa en espacios, estructuras o como ellos prefieren llamarles, “redes de gobernanza”, que comparten usualmente las siguientes características (2007:9):
[…] 1) una articulación relativamente estable y horizontal de actores interdependientes, pero operacionalmente autónomos, 2) quienes interactúan a través de procesos de negociación, 3) la cual se desarrolla dentro de marcos regulatorios, normativos, cognitivos e imaginarios, 4) las redes de gobernanza son espacios relativamente auto-regulados, dentro de límites impuestos por algunos agentes externos y 5) las redes de gobernanza buscan contribuir al bien público.3
Lo interesante aquí, es que la primera generación de estudios sobre la gobernanza logró convencer a muchos académicos y políticos en el ámbito global, de que algo nuevo, en términos de coordinación social y política, estaba ocurriendo. Esta generación explicó con mucha claridad el porqué de las redes de gobernanza y en qué se diferencian del control jerárquico estatal o de la “anarquía del mercado” (Sørensen y Torfing, 2007:14).
Hoy en día, es observable, no sólo en las democracias occidentales mejor establecidas, sino incluso en regiones como América Latina, el creciente grado de aceptación que ganó la gobernanza como mecanismo de coordinación política y social y, como derivación, como objeto de estudio (Chávez Becker, 2010). Desde diversos ángulos y tradiciones comenzó a constituirse como un campo recurrido y recurrente de estudio. Desde la ciencia política o el análisis de instituciones, pasando por la sociología, la administración pública, o los estudios culturales, el debate sobre la gobernanza ha colonizado espacios cada vez más amplios, al punto que hoy, “no representa nada nuevo ni exótico”. Por el contrario, las redes de gobernanza son “algo con lo que debemos vivir y de las que habrá que sacar el mayor de los provechos”4 (Sørensen y Torfing, 2007:14).
Con esto, se ha comprendido gradualmente que hoy encontramos nuevos retos explicativos sobre la gobernanza y sus espacios de cristalización y éstos han constituido la materia de una segunda generación de estudios sobre el tema. Nuevas preguntas de investigación han surgido, adoptando como base lo construido por las investigaciones de la primera generación. Algunas de ellas podrían ser las siguientes (Sørensen y Torfing, 2007:14):
1. ¿Cómo podemos explicar la formación, funcionamiento y desarrollo de las redes de gobernanza?
2. ¿Cuáles son las fuentes del éxito o el fracaso de las redes de gobernanza?
3. ¿Cómo podrán, entre otras cosas, las autoridades regular redes de gobernanza autorreguladas a través de diferentes tipos de metagobernanza?
4. ¿Cuáles son los problemas y potencial democrático inherente a las redes de gobernanza?
La relación entre el entorno y la capacidad de adaptación de las redes de gobernanza, diseños organizacionales y modus operandi, por qué, cuándo y cómo surgen, la relación que existe entre el contexto político-institucional y su desempeño organizacional, evaluación y metaevaluación de las redes, los mecanismos “suaves” de regulación, así como la gobernanza democrática, son algunos de los temas que pueblan las nuevas y pendientes agendas de investigación en esta área de estudio.
Con todo, la aparición de la “nueva” o “moderna” visión de la gobernanza ha significado un proceso heurístico y epistemológico muy importante, porque activó, entre otras cosas, un renovado interés por el proceso de gobierno y por el análisis de las mejores formas en que se pueden enfrentar las diversas problemáticas sociales (Chávez Becker, 2010).
Sin embargo, un aspecto muy interesante, pero también problemático, en este análisis de la literatura de la gobernanza es que en la primera generación prevaleció, por lo general, una narrativa, por momentos, muy optimista sobre las nuevas oportunidades políticas y públicas que se abrían ante la constatación de un cambio importante en el paradigma de control social y político. Este análisis, hasta cierto punto festivo, en muchos casos originó altas expectativas sobre el concepto mismo de la gobernanza ya que se ponía énfasis en el carácter supuestamente asociativo, colaborativo y cooperativo de las interrelaciones entre actores no solamente pertenecientes al ámbito gubernamental para la atención de la problemática social. Esta generación continuamente se esforzó por oficializar el acta de defunción de los “viejos” esquemas de coordinación social y política, y en esa labor cargó, en no pocos momentos, de un signo positivo y esperanzador a la gobernanza.
EL CARÁCTER DEL CONCEPTO DE LA GOBERNANZA
Una consecuencia de lo señalado hasta aquí es que en los últimos 30 años se ha desarrollado lo que podríamos denominar una perspectiva normativa de la gobernanza. Desde esta lógica a la gobernanza se le ha asociado,
[…] con supuestos y juicios de valor, que declaraban que el modo de gobernar “compartido, participativo, interdependiente, relacional, horizontal, por redes, en asociación, público-privado, gubernamental-social, indirecto o mediante terceros” (adjetivaciones descriptivas) era la opción de gobierno apropiada, eficaz, responsable, que debía seguirse sin más en las condiciones de las sociedades contemporáneas. Por ende, el concepto de gobernanza llegó prematura o inquietantemente a presentarse en algunos autores y en varios documentos de los organismos internacionales como equivalente al “buen gobierno” o, por lo menos, a “las mejores prácticas de gobierno” que debían ser emuladas por los gobiernos de los demás países, particularmente los de mercados emergentes y democracias recientes (Aguilar, 2010:36).
Eso significa que se ve a la gobernanza como un punto de llegada, más que como un medio o un método para producir resultados u outputs que impliquen la convergencia de actores sistémicamente diferenciados en la atención de los asuntos públicos. Más precisamente, se le asoció a la gobernanza como algo bueno en sí mismo, dado su carácter intersistémico e intersectorial, algo que, adicionalmente, estuvo aderezado por la buena recepción que tuvo la llamada “ola asociativa global” (Edwards, 2014; Salamon, 2003) que se desarrolló con toda fuerza, probablemente como causa y consecuencia de la emergencia de la nueva gobernanza.
Por otro lado, esta visión de la gobernanza también ha sido cuestionada porque plantea una problematización nula o muy superflua sobre la cuestión democrática, ya que tal parece que el hecho de que la participación ciudadana y de la sociedad civil5 en las cuestiones públicas y el gobierno colaborativo hayan irrumpido de manera estrepitosa en la arena pública y, por consiguiente, en su análisis y estudio, generó una especie de acuerdo tácito en términos de asociar a la gobernanza con la democracia. Dicho de otro modo, al parecer y sin querer caer en una generalización demasiado vaga, se dio por sentado que, al abrirse los diversos espacios y estructuras de gobernanza, éstos en sí mismos portaban una fe bautismal democrática. Esto se explica, en muy buena medida, por la novedad que significó la creciente y, en ocasiones masiva incorporación de la ciudadanía y otros actores en las decisiones referentes a los asuntos públicos. Se puso tanta atención en la documentación misma del fenómeno, que por un tiempo se dejó de lado el análisis interno del mismo; es decir, la puesta en práctica, operación y funcionamiento de los espacios, redes y estructuras que materializan a la gobernanza moderna. De ahí que en muchos casos se asuma que gobernanza es democracia.
Sin embargo, frente a esta visión, y probablemente como consecuencia de la profundización de los estudios de segunda generación de la gobernanza, se ha hecho una creciente crítica sobre los mecanismos de la gobernanza en términos de su forma de operar, con respecto a los sectores o ámbitos en los que se crean, sobre su éxito o fracaso o sobre una evaluación de éstos.
En este sentido, es particularmente importante que en numerosos casos alrededor del mundo se estudió y observó que los espacios, redes o estructuras de gobernanza generaban tendencias hacia la burocratización y una consiguiente desmovilización de actores académicos o expertos, así como de organizaciones de la sociedad civil que, por fuera del perímetro gubernamental, empujaban de manera muy efectiva agendas sobre muy diversos temas de atención pública y que al participar en ellos, eran por decirlo de alguna manera, maniatados o mediatizados. Pero más grave aún, en otros diversos casos se constató que los espacios y estructuras de gobernanza eran utilizados simplemente como mecanismos para validar las decisiones gubernamentales o de actores privilegiados en determinados ámbitos o sectores de la vida pública de algún país o región. Se observó, por ejemplo, la existencia de desequilibrios de poder insalvables entre los actores y organizaciones de la sociedad civil pertenecientes a las redes de gobernanza; es decir, el ejercicio del poder fundamentado por un peso específico superior que podían poner en juego sólo algunos actores privilegiados, esto es, la formación y consolidación de elites participativas. También se observaron desigualdades discursivas muy significativas, que redundaban en la imposibilidad de establecer una deliberación amplia de algunos temas y que subsumían la expresión de algunos actores que, sin embargo, eran muy relevantes en la atención de una problemática dada. En otros espacios se han estudiado problemas relacionados con la transparencia y la rendición de cuentas. Y también se han observado casos extremos de simulación en los que los espacios o redes de gobernanza sólo existen en papel, pero no operan en la realidad.6
Esta creciente crítica y la cada vez más intensa necesidad de estudiar a las estructuras de gobernanza ha dado pie a una forma alternativa de entender a la gobernanza, que denominamos analítica, en el sentido que se le reconoce simplemente como “todo acto de gobernar, sin importar si se trata de un proceso encabezado por un gobierno, un mercado o una red; si se ejerce sobre una familia, una tribu, una empresa o un territorio; o si se lleva a cabo a través de leyes, normas, poder, o el lenguaje” (Bevir, 2013:1). Es decir, la gobernanza “es un término más amplio que el gobierno porque ésta no sólo se centra en el Estado y sus instituciones, sino también en la creación de reglas y ordenamientos en las prácticas sociales”, pero que implica la participación colegiada de actores sistémicamente diferenciados, con el objeto de incidir en la dirección de las decisiones que afectan a la colectividad. Es interesante observar que esta forma de entender a la gobernanza reduce significativamente la carga normativa que tenía la primera forma de comprenderla. Con este reciente desenvolvimiento teórico, la gobernanza se convierte en un concepto más neutro y, ciertamente un instrumento más útil para el análisis político y académico, en la medida que no implica per se una forma en que deberían ser las cosas en materia del gobierno colegiado o de coordinación social.
Desde esta forma de comprender a la gobernanza, ésta ya no se encuentra asociada intrínsecamente a la democracia, tan sólo está orientada al análisis del gobierno o más precisamente a las tareas contemporáneas de coordinación social y política. La gobernanza, entonces, puede ser no buena, no adecuada o no democrática y es por derivación objeto de un análisis que permite discernir y discutir sus componentes, características y cualidades, y la cuantificación específica de estas últimas. En este sentido, también se debe reconocer que en la medida en que hay procesos de coordinación social que no requieren del concurso, o más aún en los que no se recomienda la participación de múltiples actores, la construcción de amplios y profundos procesos deliberativos y el establecimiento de normas de convivencia asociadas con prácticas democráticas, hay momentos en los que la gobernanza no es recomendable como práctica de coordinación.
Por ello, en ciertas circunstancias muy puntuales la existencia de espacios o estructuras de gobernanza no democrática es explicable e, incluso, justificable. Por supuesto, nos referimos a labores específicas de seguridad nacional, respuesta urgente ante desastres naturales y algunos otros asuntos de competencia estatal que requieren acciones inmediatas y puntuales en donde la deliberación y el concierto multiactor puede ser más un obstáculo que una oportunidad. Pero más allá de esto, lo interesante de esta versión del concepto es que también es útil para estudiar a las estructuras, redes o espacios de gobernanza en clave de eficiencia técnica, desempeño organizacional, autoorganización, racionalidad y/o legitimidad democrática.
La discusión hasta aquí presentada pone énfasis en las características generales del concepto de gobernanza que se empleará en las discusiones sobre la gobernanza rural en México. En primer lugar, se plantea que la noción proviene de un desarrollo histórico en el proceso de complejización social y política de los Estados contemporáneos en Occidente. Este proceso de complejización está dado, entre otras cosas, por una creciente participación de actores ubicados de forma sistémica fuera del círculo gubernamental, pero que efectivamente y en los hechos participan de alguna manera y en algunas áreas en la tarea de gobierno. El planteamiento fundamental es que la gobernanza se materializa en redes (espacios o estructuras, como también se les denomina en la literatura especializada), cuyas características son la articulación de actores interdependientes pero autónomos, que se relacionan por medio de la deliberación y la negociación en la búsqueda de construcción de consensos, dentro de marcos jurídico-institucionales formalmente establecidos, pero con una alta dosis de autorregulación en la búsqueda del bien público y la contribución a la atención de las problemáticas sociales (Sørensen y Torfing, 2007; Luna y Velasco, 2017).
La idea de gobernanza que se plantea es una idea mucho más analítica que normativa y se basa en el reconocimiento de que la gobernanza es mucho más un medio (o un método, diferente a otros) que un fin en sí mismo. Esto significa que se comprende a la gobernanza como una forma de coordinación social y/o política para el logro de objetivos orientados a la incidencia en los asuntos públicos,7 que presenta variables grados de cooperación, colaboración, eficacia, eficiencia y legitimidad (democrática), por lo que se aleja de una visión que plantee que la llegada a la gobernanza o la existencia de la gobernanza es un bien en sí mismo. Desde esta perspectiva, podemos decir, en concordancia con Rothstein (2013), que se puede hablar de la calidad de la gobernanza. Es decir, la calidad de la gobernanza es variable y depende de un número indeterminado de factores que explican su adecuado funcionamiento como mecanismo para atender asuntos públicos y problemáticas sociales.
GOBERNANZA RURAL
Antes de discutir las características de una gobernanza que se pueda considerar de carácter rural, conviene abundar en la manera en la que este concepto se ha debatido en diversas latitudes y la forma en la que paulatinamente ha alcanzado la fisonomía que tiene ahora en los círculos académicos en donde se ha discutido con mayor profundidad. Esto permitirá reconocer su utilidad y capacidad heurística, como una herramienta para estudiar y analizar casos y experiencias específicas en el contexto mexicano.
En un análisis general de la literatura sobre la gobernanza rural, lo primero que destaca es que este debate tiene poco más de 20 años de existencia. Muy probablemente el número especial de la Revista de Estudios Rurales (Journal of Rural Studies), aparecido en 1998, es el primer espacio consistente dedicado directa y exclusivamente a analizar las nuevas formas de coordinación en varios ámbitos y aspectos del medio rural en Reino Unido, específicamente desde el enfoque de la gobernanza rural.
Integrado por algunos trabajos de corte teórico y estudios de caso, en la nota editorial del volumen, Mardsen y Murdoch (1998:1) preguntan: “¿por qué la gobernanza rural?”. La respuesta la construyen explicando que entonces en Reino Unido, pero también en otros países desarrollados, en los últimos años se habían observado cambios sustanciales en la manera en la que eran gestionadas y gobernadas las áreas rurales. Reconocen un proceso de complejización en el que los gobiernos dejaban de ser actores centrales, exclusivos y unívocos, para dar paso a la emergencia de procesos multiactores y multiniveles en los que la decisión sobre la cuestión rural se deslocaliza y se dispersa en diferentes espacios o estructuras de coordinación política. Por ello, afirman, en concordancia con lo que entonces ocurría en otras esferas de la vida pública, política y administrativa en diferentes países, que también en el ámbito rural se observa la transición del gobierno a la gobernanza, lo que significa “una nueva topografía de relaciones políticas”. Por su parte, Goodwin (1998: 5) en su colaboración hacía patente el asombro que le producía la falta de producción académica alrededor de la gobernanza rural y “el rechazo de los especialistas en temas rurales para involucrarse con los debates emergentes sobre las nuevas formas de gobernanza”, aspecto que resultaba “particularmente sorprendente cuando se consideran las dimensiones de los cambios ocurridos recientemente en la gobernanza de la sociedad rural” en Reino Unido (1998:6).8
Un segundo elemento que resulta notorio en un análisis de la literatura académica sobre la gobernanza rural es que a partir de 1998, las publicaciones que hacían alusión al concepto de manera directa y explícita se multiplicaron exponencialmente y se convirtieron en un tema de discusión recurrente en diversos ámbitos de los estudios rurales en el mundo. Se inauguró un área de estudio que se amplificó notoriamente en el siglo XXI y que en un primer momento se potenció a través de una discusión de corte más teórico, en donde se describía y analizaba una nueva composición y estructuración de los procesos de coordinación en las áreas rurales, en donde la participación de las agencias gubernamentales ya no era una característica única y exclusiva. En este esfuerzo contribuyeron autores como Jones (Jones y Little, 2000) y Little (2001), quienes plantean y reconocen la existencia de un nuevo modo de coordinación política y social en el espacio rural en diversos países del mundo, en donde el papel de las asociaciones y organizaciones no gubernamentales resulta un componente clave, dado que éstas materializan la posibilidad de la participación ciudadana colectiva y contribuyen en el establecimiento de metas y objetivos claros para redes o espacios (de gobernanza) que, dado su carácter interdependiente, requieren de un monitoreo y seguimiento permanente.
En esta misma línea, Edwards, el propio Goodwin, Pemberton y Woods (2001) enfatizan la importancia que ha ganado en los espacios rurales la participación de actores con un carácter no gubernamental y no mercantil para la atención de diferentes asuntos y aspectos que usualmente eran abordados por las agencias de gobierno o a través de mecanismos de negociación o concertación entre éstas y distintos participantes interesados (stakeholders) provenientes del ámbito empresarial. En el caso de Wiskerke, Bock, Stuiver y Renting (2003), resaltan dos elementos en su análisis sobre la gobernanza rural: por un lado, el reconocimiento de la necesidad de generar estructuras y redes flexibles de gestión de lo rural, las cuales deberían tener un carácter autorregulado y autoorganizado mucho más profundo que lo que se había experimentado en las décadas anteriores. Por el otro lado, es muy importante la asociación de “lo rural” con la cuestión de la protección ambiental, de ahí que los autores apuesten por las cooperativas ambientales como el nuevo sujeto portador del desarrollo social. Por último, en este primer grupo de trabajos, una importante aportación, se encuentra en el artículo de Conelly, Richardson y Miles (2006), quienes incorporan la discusión sobre la legitimidad en el debate sobre la gobernanza rural. En su opinión, la legitimidad es una precondición necesaria para que los grupos o participantes involucrados (stakeholders) en las redes de gobernanza puedan promover y eventualmente alcanzar sus objetivos. Sin embargo, señalan que ésta no debe proceder de cualquier tipo de fuente, sino que debe provenir de arreglos democráticos y suficientemente representativos para que su funcionamiento sea adecuado.
En tercer lugar, a la par de la discusión teórica, que trataba de reflejar una nueva realidad en la manera en la que se organizaba y coordinaba la vida rural, comenzaron a surgir numerosos trabajos basados en estudios de caso y éstos se han multiplicado hasta la actualidad. Es importante hacer notar también que, durante la primera década del nuevo milenio, prácticamente la totalidad de estos estudios se hicieron en países desarrollados. En Reino Unido, tal como ya se señaló, fue la primera referencia de análisis entre los estudiosos de la gobernanza rural (Ward y McNicholas, 1998; Edwards, 1998; Tewdwr-Jones, 1998; Woods, 1998; Mardsen y Murdoch, 1998; Clark, Southern y Beer, 2007). Pero pronto esta literatura abarcó otros países del mundo desarrollado: Australia (Wilson, 2004; Pini, 2006); Italia (Gulisano, Marcianó, De Luca, Calabró, 2005; Brunori y Rossi, 2007); Holanda (Boonstra, 2006; Derkzen, 2008); Alemania (Giessen y Böcher, 2009; Kupper, 2010); España (Díaz, Vidueira y Gallego, 2011), entre algunos otros.
Es interesante observar que, hasta cierto punto, también en el ámbito de la gobernanza rural se puede corroborar el sentido y contenido del cambio generacional descrito en el debate sobre la gobernanza en el apartado anterior. En efecto, frente a un inicial entusiasmo por mostrar y divulgar las novedosas formas, más colaborativas, de coordinación en el ámbito rural, en donde la creciente participación de actores no gubernamentales, el reconocimiento de la interdependencia entre ellos, el fortalecimiento y expansión de procesos deliberativos, la creación de redes y estructuras de gobernanza con un carácter mucho más flexible, entre otros elementos propios de nuevos procesos decisionales; paulatinamente se dio paso a un debate sobre la naturaleza y la calidad de estos espacios, sobre su interior y exterior organizacional, sobre los factores y la manera en que éstos aparecen y se forman o se diluyen y desaparecen, sobre las características de los perfiles más adecuados para su potenciación, impulso y fortalecimiento, sobre los riesgos de la simulación y otros importantes debates en términos de su diseño, la manera en que operan, funcionan y se desempeñan y también sobre los resultados que ofrecen a la sociedad o al sector, o ámbito en el que fueron creados.
Se puede decir, como un cuarto punto, que la importancia de la gobernanza rural como objeto de investigación en diferentes partes del mundo generó rápidamente un interés que comenzó a rebasar el perímetro académico, para colocarse en el foco de atención de algunas instancias intergubernamentales con cierta capacidad de influencia en los procesos de política pública en los niveles global y nacional. En este aspecto, resulta de particular importancia la publicación de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) (2006), The New Rural Paradigm: Policies and Governance. A través del análisis de programas y políticas en algunos países miembro, como “Rural Lens” en Canadá, el “Programa de Política Rural Multianual” en Finlandia, “Regionen Aktiv” en Alemania, la nueva “Estrategia Rural” en Reino Unido, “Agenda for a Vital Countryside” en Holanda, el programa “Microrregiones” en México y la iniciativa “LEADER Community” en el nivel europeo, se da cuenta de la existencia de un nuevo paradigma de coordinación política, social y económica en los países miembro de la organización en el ámbito rural. Al respecto el documento concluye que:
El “nuevo paradigma rural” de gobernanza demanda importantes cambios en la manera en la que se conciben y se implementan las políticas públicas, de manera que éstas incorporen un enfoque de transversalidad y una lógica multiactor. Diseñar políticas públicas para el desarrollo rural dirigidas a comunidades y territorios muy diferentes obliga a reconocer y aprovechar el conocimiento que poseen numerosos y variados actores provenientes de los sectores público y privado. Por ello, las estructuras administrativas tradicionalmente jerárquicas son inadecuadas para gestionar de manera efectiva este nuevo tipo de políticas públicas, por lo que es necesario hacer ajustes en tres dimensiones de gobernanza: horizontalmente a nivel central y local y verticalmente a lo largo de todos los niveles de gobierno (OCDE, 2006:17).9
Es importante apuntar que el texto se enfoca en la documentación de los procesos de coordinación entre los variados participantes (stakeholders) de los nuevos programas y estrategias echadas a andar en algunos países, más que las características, calidad y resultados de las redes de gobernanza construidas para materializarlas, por lo que en muchos sentidos se trata de un documento fundamentalmente descriptivo y normativo.
Por el contrario (en quinto lugar), con un matiz mucho más analítico, la compilación de Cheshire, Higgins y Lawrence (2007) constituye uno de los trabajos más comprensivos e influyentes en el tema de la gobernanza rural producidos hasta hoy y un punto de relanzamiento del tema en el ámbito académico. En el trabajo, los diversos autores participantes analizan de manera comparada las cambiantes formas y estructuras de gobernanza rural en diversas latitudes del mundo. De igual manera, indagan sobre la emergencia de nuevas formas de gobierno en las áreas rurales, que desde su perspectiva han transitado paulatinamente a esquemas de gobernanza que han difuminado la línea divisoria existente entre el gobierno y la sociedad civil y otros actores relevantes en la atención de temas como la producción agropecuaria, el impulso de la sustentabilidad de los ecosistemas, la disminución de la pobreza en las áreas rurales, el manejo colectivo de los recursos naturales, entre muchos otros. Desde la perspectiva de Cheshire, Higgins y Lawrence (2007), en diversas latitudes, es observable un paulatino tránsito hacia formas menos centralizadas del poder, orientadas a la atención de la problemática pública en las áreas rurales, en donde actores como los productores, los comerciantes e intermediarios, ONG, pueblos originarios, jornaleros, trabajadores sin tierra, comunidades locales y/o agencias de gobierno de diversos órdenes participan colectivamente para delinear e implementar las políticas públicas en el medio rural.
Lo interesante de este trabajo radica en que, a través del análisis de casos en diversos países de Europa, en el Sudeste Asiático, el norte de América y Australia, se observan diversos grados de profundidad en la transición desde formas más de Estado-céntrico hacia la construcción y operación de redes multiactor orientadas a la atención de problemas públicos en el mundo rural. Con muy diversas características y cualidades propias de los contextos analizados, los compiladores observan algunas tendencias generales en tres temas analíticos diferentes: los actores, el locus o espacio de gobierno y su proceso de conducción (Cheshire, Higgins y Lawrence, 2007: 14) y llegan a la conclusión de que la nueva (y participativa y democrática) gobernanza rural presenta todavía en la mayoría de los países importantes retos para consumarse como una realidad y para dejar de ser más que un horizonte deseable. En su opinión, probablemente, en este sentido, el reto mayor que enfrenta este nuevo paradigma de coordinación rural es el desequilibrio de poder existente entre actores diferenciados sistémicamente que tienen distintas características y capacidades con una variable capacidad de interlocución e intercambio con los otros actores participantes en las redes (Cheshire, Higgins y Lawrence, 2007:300), aunque al final lo que destaca es el reconocimiento de que hay una “nueva” estructura de relaciones de poder en el ámbito rural en numerosos países del mundo y eso determina nuevas formas de gestión, gobierno y, más aún, de gobernanza.
Más allá de lo anterior, algo que resalta en el volumen por dichos académicos es que, aunque el foco de análisis siguen siendo los países en desarrollo, se incorporan, casi por primera vez, estudios de caso de países en desarrollo o economías emergentes. Los trabajos sobre Hungría (Nemes, High y Huzair, 2007); Filipinas (Saladar y Loveridge, 2007); India (High, Slater y Rengasamy, 2007); República Checa y Bulgaria (Sikor, 2007) y Argentina (Rodríguez-Bilella, 2007) contribuyeron de manera sustancial a amplificar el espacio del debate sobre la gobernanza rural en el mundo. Con ello, nuevas preguntas emergieron alrededor de las características específicas de las nuevas formas de coordinación social y política rural en contextos con variados grados de institucionalidad, complejas y agudas contradicciones socioeconómicas, volúmenes poblacionales extremadamente diferenciados, la permanencia de poderes de corte caciquil, entre muchos otros.
En sexto lugar, tal parece que después de la publicación de este trabajo, la producción académica alrededor de la gobernanza rural se disparó y se convirtió en un tema importante de análisis en el nivel académico no sólo en Europa occidental, sino en otras regiones del mundo. Aunque existen algunas excepciones, como los trabajos de Datta y Sen (2000) sobre India o los artículos de Tao y Qin (2007) y Liu y Wu (2007) sobre China, los estudios de caso realizados en países en desarrollo se han multiplicado en la presente década. Análisis sobre India (Nagarajan, Jha y Pradhan, 2013); Sudáfrica (Mazibuko, 2014); Vietnam (Acuña, Cuong, Anh y Tung, 2015); Nigeria (Ikegwuoha, Onyenwigwe e Ifeanyi, 2015; Offong, 2016); China (Kennedy, 2013); Tanzania y China (Abdulrahman y Bin, 2016); Colombia (Rico, 2017), entre otros, ejemplifican consistentemente el creciente interés de académicos por profundizar el análisis de la gobernanza rural en otros contextos y con diferentes configuraciones en las relaciones de actores gubernamentales y no gubernamentales en el ámbito rural.
ESTUDIOS PRECURSORES SOBRE LA GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO
El análisis precedente nos permite dejar claro que la cuestión sobre la gobernanza rural es un debate abierto y en desarrollo en el nivel global, en el que académicos y especialistas en muy diversas partes del mundo han contribuido de manera crecientemente abundante y que en la actualidad sigue siendo una veta importante de investigación. Sin embargo, es de sorprender que en México este debate se ha dado de manera muy incipiente y superficial aun a pesar de que en el nivel empírico/práctico en las últimas décadas se han experimentado transformaciones estructurales en los modos de coordinación y gestión de las áreas rurales. Carton De Grammont desde la década de 1990 documentaba esta importante metamorfosis:
[…] la transformación del campo mexicano en este fin de siglo es tan profunda que no solamente hay que hablar de cambios, sino de transición de una sociedad agraria tradicional hacia una sociedad rural compleja y diversificada (Carton De Grammont, 1995:37).
En efecto, importantes cambios en la manera en la que son atendidos asuntos tan relevantes como la promoción del desarrollo rural sustentable, el fomento a la producción, el manejo de los recursos hídricos, el tratamiento de la crisis ambiental, el ordenamiento territorial, la gestión de recursos forestales, la administración de áreas naturales protegidas, entre muchos otros, han ocurrido recientemente, en muchas ocasiones bajo la premisa de la inclusión de actores no gubernamentales como único medio posible para alcanzar los resultados esperados en cada materia o ámbito.
Lo problemático es que, aun así, buena parte del registro académico que se ha hecho de este masivo proceso contemporáneo de transformación de la ruralidad mexicana tiene un carácter muy descriptivo y se ha desarrollado casi por completo por fuera de un análisis estructural de la transformación de los modos de coordinación social y política que comprende la literatura sobre la gobernanza y, más específicamente, sobre la gobernanza rural en el mundo. En otras palabras, en buena medida, el análisis académico que se ofrece sobre la manera en que se ha experimentado en México la paulatina transición de modelos jerárquico-estatales o con orientaciones más mercantilizadas hacia mecanismos más heterogéneos, de redes multiactor (multi stake holder, para usar la expresión más común en inglés), es muy errático y está atomizado en muy variadas perspectivas y enfoques.
Es muy notorio que prácticamente la noción de la gobernanza rural para hacer análisis del caso mexicano no se ha utilizado. Sin embargo, algunas excepciones nos hacen reafirmar la utilidad y conveniencia de emplear esta categoría para analizar el caso de nuestro país.
Un trabajo pionero en este debate es el artículo de Paz (2008), sobre un espacio multiactor en el que se buscaba deliberar un plan de manejo de riesgo a la salud derivado de la actividad minera en una zona rural del centro de México (distrito minero de Molango, en el estado de Hidalgo) y que eventualmente se buscaría concretar por medio de una política pública ad hoc. El análisis de la autora concluye que el espacio o red de gobernanza creado para atender el problema específico era de muy mala calidad, ya que:
[…] la población de la zona continúa estando expuesta al manganeso; la coordinación de la acción pública, lejos de haberse compartido, sigue estando en manos del gobierno del estado mediante el Consejo Estatal de Ecología y la Secretaría de Gobernación de la entidad, la cual controla y sanciona todas las propuestas; la coordinación interinstitucional entre dependencias de gobierno o entre los tres órdenes de gobierno (estatal, federal, municipal) parece estar restringida a la convocatoria o asistencia a las reuniones de la Mesa de Gestión Ambiental; las presidencias municipales de los cinco municipios involucrados no parecen hacer suya la gestión del problema y siguen sin incorporarlo a sus planes de desarrollo municipal; las comunidades están desmovilizadas y subrepresentadas en el órgano colegiado; y la empresa minera sigue encontrando siempre la forma de evadir su responsabilidad (Paz, 2008:198).
Fernanda Paz (2008:208) explica que este fracaso se debe fundamentalmente a que la red de gobernanza creada específicamente era mucho más “un espacio de confluencia de actores”, que uno de “interacción entre ellos”. Por ello, las asimetrías de poder prevalecieron y aunque se creó un espacio de gobernanza con múltiples y variados actores involucrados, éste falló como mecanismo para dar solución a un problema específico.
En segundo lugar, está el trabajo en que Rivera, Varela y Gómez (2012) analizan cinco diferentes consejos nacionales relacionados con temas ambientales y agropecuarios. Es necesario apuntar que, aunque en el libro no se habla específicamente de la gobernanza rural, los casos seleccionados son sumamente relevantes en este ámbito: Consejo Consultivo Nacional para el Desarrollo Sustentable, Consejo Mexicano de Desarrollo Rural Sustentable, Consejo Nacional Forestal, Consejo Nacional de Producción Orgánica y Consejo Técnico Consultivo de Sanidad Animal. Desde el enfoque de la “buena gobernanza”, los autores hacen un análisis del desempeño y de los resultados que han logrado dichos consejos en los diversos sectores en los que participan. Las variables de análisis que emplean para desagregar la idea de la buena gobernanza son: experiencia de incidencia, apertura, eficiencia, corresponsabilidad, transparencia y rendición de cuentas (Varela, Rivera y Gómez (2012: 121-127). Si bien en el estudio se observan resultados variables entre los diferentes consejos, por lo general se reconoce que funcionan de manera adecuada y contribuyen a fortalecer las políticas públicas de dichos sectores de manera incluyente, con una progresiva participación de actores relevantes en cada ámbito.
Otro interesante esfuerzo analítico es el que hacen Balente, Díaz y Parra (2013) alrededor de dos estudios de caso (el Consejo Municipal de Desarrollo Rural Sustentable de Villaflores, estado de Chiapas, y el Proyecto de Reconversión de la Agricultura en la Frontera Sur de México [Reagri], localizado en la misma entidad), analizados como redes o espacios de gobernanza y a cargo de la implementación del programa Alianza para el Campo. Por medio de una evaluación, que retoma los criterios principales para la operación de los Consejos Municipales de Desarrollo Rural Sustentable establecidos de manera general en la Ley de Desarrollo Rural Sustentable, los autores encontraron que el consejo de Villaflores tuvo un funcionamiento muy deficiente (6 de 15 puntos), mientras que Reagri alcanzó un desempeño perfecto (15 de 15 puntos) en cinco categorías centrales alrededor de la noción de la “nueva gobernanza”: descentralización, eficacia, participación, regulación y estabilidad política (Balente, Díaz y Parra, 2013:511). La principal conclusión del estudio es que en el primer caso la implementación del programa se hizo con lógicas y “prácticas de la vieja gobernanza”, lo que imposibilitó aumentar la participación de las organizaciones sociales y privadas (actores involucrados) e impidió que las decisiones finales alrededor del programa salieran del círculo gubernamental (federal y estatal). En el segundo caso, por el contrario, prevaleció una dinámica de “nueva gobernanza”, en donde la participación de los actores no gubernamentales y, muy importante, de agencias internacionales, fue un elemento clave para detonar un proceso colaborativo y eficiente de la red (Balente, Díaz y Parra, 2013: 512-513).
Una cuarta referencia obligada, de más reciente aparición, en el análisis de la gobernanza rural en México es la elaboración de López (2017:217), dirigida a operacionalizar y eventualmente adoptar una “propuesta de categorización territorial para los nuevos territorios rurales” basada en “una lógica relacional” por medio de la “nueva gobernanza”. A diferencia de los trabajos de Paz (2008) y de Balente, Díaz y Parra (2013), el trabajo de López (2017) es muy útil para pensar el carácter dinámico del componente rural del concepto en discusión, pero sobre todo desde un enfoque de gobernanza.
La problematización alrededor de la definición de lo rural es un debate amplio que ya se ha planteado con anterioridad (Chávez, 2017:37-38). Tal como en el caso de López (2017:222), se considera que los criterios funcionales, demográficos o político-administrativos son insuficientes y heurísticamente poco potentes para discernir la naturaleza de lo rural. De ahí que sea necesario “ir más allá de una definición de lo rural, que se base en un criterio funcional-poblacional hacia una categoría que tome en cuenta factores de corte más cualitativo (como los aspectos culturales o identitarios) con un carácter no estático y, por tanto, en permanente transformación” (Chávez, 2017:38).
En este sentido, López (2017:223) advierte que es muy importante considerar que un nuevo entendimiento de lo rural (o nueva ruralidad como se le conoce en algunos círculos académicos) es “una categoría universal que se materializa de forma específica en cada país, región y comunidad”. Sin caer en el relativismo, este planteamiento es relevante en la medida en que nos hace ver que cada espacio o territorio tiene características propias y que es importante hacer un análisis por caso para entender a profundidad el grado de ruralidad de un espacio o un territorio definido.
Sin embargo, más allá de lo anterior, se encuentran coincidencias en que una forma más comprensiva de definir lo rural es, de acuerdo con Ploeg y Marsden (2008:2-3, en López, 2017:224), como “el sitio en el que tiene lugar el continuo encuentro entre la naturaleza viva y el ser humano [...], la coproducción. En estos lugares es donde se da una serie de prácticas espacial y temporalmente determinadas”. Desde esta misma perspectiva, se entiende a lo rural como:
[…] la confluencia de significados compartidos relacionados con una coproducción histórica de un entorno o ambiente conformado por fuerzas naturales y sociales que actúan de manera simultánea. La particularidad de esta composición teórica radica en que es en el medio rural en donde prevalece la pretensión de una convivencia e interacción cotidiana con los elementos de la naturaleza (Chávez, 2017:38).
Una importante conclusión del trabajo de López (2017:232-233) está en la valoración que se hace sobre la Comisión Intersecretarial de Desarrollo Rural Sustentable (CIDRS) y el Programa Especial Concurrente para el Desarrollo Rural Sustentable (PEC), ambos, “instrumentos fundamentales” de la Ley de Desarrollo Rural Sustentable, en vigor en México desde el año 2001. Para el autor, aunque la aparición de la ley así como la creación de instancias que descentralizan, horizontalizan, que promueven la participación ciudadana y buscan profundizar la eficiencia y eficacia de la política pública de desarrollo rural sustentable, son avances que no deben ser desdeñados, también es cierto “que estamos ante órganos sin capacidad ejecutiva, cuyas resoluciones no tienen más que un carácter propositivo y sobre las cuales el Ejecutivo Federal tiene la última palabra” (López, 2017:232). Es decir, aunque se ha planteado un nuevo modelo de coordinación social y política en el ámbito rural mexicano en las últimas dos décadas, con un carácter pretendidamente más inclusivo y participativo, hasta ahora no se ha logrado profundizar en un grado suficiente este nuevo modelo, lo que nos lleva a cuestionar y problematizar la calidad de las redes de gobernanza que se han creado para conducir dicha política pública en el país.
Como se puede apreciar, estos cuatro estudios sirven perfectamente para ilustrar la conveniencia del uso de la categoría de gobernanza rural en el contexto actual del desarrollo del campo mexicano. Son muy útiles para corroborar que al menos en algunos asuntos relacionados con el desarrollo rural está presente la diferenciación generacional que se planteó en el primer apartado de este trabajo. Lo que resulta muy interesante en este respecto es la escasa existencia de literatura relacionada con el proceso de complejización, descentralización y desregulación del sector rural en nuestro país, visto como una consecuencia del cambio de modelo en los modos de coordinación social y política, propio de la primera generación de la literatura de la gobernanza (y, se podría decir también, de la gobernanza rural). Pero también estos trabajos son aleccionadores en cuanto al posicionamiento sobre el carácter de la gobernanza del que se habló previamente en este escrito. En los cuatro se opta por una versión analítica de la gobernanza, explícitamente, en el caso de Paz (2008) e implícitamente en los de Balente et al., (2013), Rivera, Varela y Gómez (2012) y López (2017).
GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO
Con la revisión anterior se puede prefigurar y construir un concepto que contribuya a estudiar y analizar la actualidad de la gobernanza rural en México.
La gobernanza rural se materializa en redes, estructuras o espacios, los cuales usualmente tienen un mandato institucional. Estas redes, estructuras o espacios, son arreglos relativamente estables y horizontales (Sørensen y Torfing, 2007:9) de actores sistémicamente diferenciados que interactúan entre sí y quienes, a pesar de ser operacionalmente autónomos, presentan un cierto grado de interdependencia con respecto a un asunto de interés público que no pudo ser resuelto por las autoridades legalmente constituidas y sus instituciones (Luna y Chávez, 2014:192). Estos actores pueden ser colectividades o individuos con adscripción gubernamental o no, pero están interesados en la atención de problemas relacionados con el bien público y, en muchas ocasiones, se enfocan a la acción de gobierno (Luna y Velasco, 2017). Comúnmente, estos actores interactúan a través de mecanismos de coordinación no jerárquicos en donde por lo general se privilegia la deliberación y la construcción de consensos, más que el uso de mecanismos decisionales de carácter agregativo con el objetivo de incidir en un asunto de interés público. Estas redes, se desarrollan y desempeñan dentro de marcos jurídico-institucionales, “normativos, cognitivos e imaginarios” concretos y constituyen espacios relativamente “autorregulados, dentro de límites impuestos por algunos agentes externos”, principalmente el Estado (Sørensen y Torfing, 2007:9), que les dan cierto grado de certidumbre y estabilidad en el tiempo.
Por último, el carácter rural de estas redes radica en que ponen atención a asuntos referentes a espacios en donde ocurre de manera privilegiada una interacción sistémica entre lo social y la naturaleza viva y en donde sus propios actores hacen comúnmente un ejercicio autorreferencial de pertenencia e identidad con lo rural.10 Por lo general, estos espacios o redes están dirigidos a la atención de asuntos o la resolución de problemas o conflictos en el ámbito rural, es decir, territorios en donde se busca deliberadamente la sostenible confluencia de la “naturaleza viva y el ser humano” (Ploeg y Marsden, 2008:2-3, en López, 2017:224) o dicho de otra manera, en donde volitivamente se promueve la “coproducción histórica de un entorno o ambiente conformado por fuerzas naturales y sociales” que actúan e interactúan de manera simultánea y permanente (Chávez, 2017:38). El tipo de asuntos que frecuentemente se tratan en estas redes están relacionados “con la producción y comercialización agropecuaria, la tenencia o defensa de la tierra, la provisión de servicios, la migración, cuestiones indígenas, la protección del medio ambiente, al abasto agroalimentario, la cohesión comunitaria” y otros aspectos en donde llegan a confluir agendas en que se sintetizan preocupaciones de índole social en convivencia con elementos y fenómenos de la naturaleza (Chávez 2017:40).11
Conviene señalar que el “problema del diferenciador rural” es recurrente en la literatura académica sobre gobernanza rural y es un debate no acabado. Por ello, más que una definición estricta y cerrada, en el presente escrito se ha optado por dejarlo abierto, sabiendo que existen diversas alternativas conceptuales alrededor de la distinción y especificidad de lo rural y más particularmente de la gobernanza rural. Desde esta perspectiva, nociones como territorio, territorialidad, espacio o espacialidad, resultan muy útiles en el análisis concreto de topos geográficamente delimitados que pueden poseer características y elementos rurales, urbanos o una mezcla de ambos. Lo problemático de estos términos es que no son lo suficientemente potentes en términos heurísticos como para lograr la diferenciación planteada. El problema con sus contrapartes “rurales”, es decir, las ideas de territorio rural, territorialidad rural, espacio o espacialidad rural, al adoptar este calificativo conceptual, es que caen exactamente en la misma necesidad diferenciadora de la gobernanza rural.12
El concepto construido aquí, nos permite dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿se puede entonces hablar de gobernanza rural en México? Dado el carácter analítico de esta propuesta teórica, la respuesta a esta pregunta es afirmativa hasta el punto en el que es posible diferenciar una situación ideal de un estado presente. En otras palabras, debido a que al comprender que la gobernanza no es un fin o un punto al que se pretende llegar sino, por el contrario, un medio para llegar a un fin se debe reconocer que está presente en México una expresión de la gobernanza rural, tal como ocurrió en Reino Unido en la década de 1990 o como ocurrió en otras regiones, de acuerdo con lo que se pudo documentar en secciones anteriores del presente escrito. Al respecto, la promulgación de la Ley de Desarrollo Rural Sustentable en 2001 funciona como un reconocimiento explícito y formal en la búsqueda de un nuevo modo/modelo de coordinación social y política en dicho sector, pero más aún, la proliferación de redes, espacios o estructuras que claramente tienen una orientación de gobernanza, son una prueba fehaciente de la necesidad de estudiar y documentar un fenómeno presente en el país, pero que tiene un evidente correlato en otros países y regiones, en donde se ha dado, de manera similar, una transformación estructural de la forma en que se abordan y atajan los asuntos relacionados con las áreas rurales.
No obstante lo anterior, también queda claro que las redes o espacios de gobernanza en materia rural que han sido abordados por la literatura especializada en México, por lo general tienen una muy baja calidad y presentan numerosos problemas, tales como: reducido nivel de inclusividad, significativas asimetrías discursivas y de poder entre los diferentes actores que las conforman, severas limitantes en materia de transparencia y rendición de cuentas, acotado nivel de legitimidad, sub y sobre representación de actores, sectores y, más en general de los participantes involucrados (stakeholders), persistencia de prácticas clientelares, paternalismo atávico o diferentes formas de cooptación y control, entre mucho otros.
Con ello, se puede responder una segunda cuestión, formulada de la siguiente manera: ¿es útil el concepto de gobernanza rural para estudiar el caso mexicano? Y de nuevo, la respuesta es afirmativa, en tanto que una gobernanza rural en México de buena calidad, que permita, potencie y promueva una efectiva participación de actores que provienen tanto del ámbito gubernamental como de otros subsistemas, por medio de la cooperación y la colaboración, aparece más como un horizonte deseable que una realidad plenamente palpable en la actualidad. Frente a ello, lo importante es que la sola posibilidad de concretar paulatinamente un escenario en el que la participación sea realmente una alternativa y una contribución en la atención de los asuntos públicos y las problemáticas sociales funciona, a la manera de una idea reguladora kantiana, como brújula de navegación en la transformación de la realidad pública-gubernamental en un país en el que hasta hace no mucho tiempo prevalecía un modelo preponderantemente Estado-céntrico en las tareas de coordinación social y política.
FUTUROS DESARROLLOS DE INVESTIGACIÓN Y AGENDAS INTERDISCIPLINARIAS
Con base en lo expuesto hasta aquí, se puede suponer que la agenda de investigación sobre gobernanza en México rebasa y desborda a la que está enfocada directamente en el análisis de lo rural, que como se apuntó previamente, es todavía parte de una producción académica muy incipiente y limitada. Sin embargo, el desarrollo de otras perspectivas de la gobernanza, que están muy relacionadas con las cuestiones rurales es, por el contrario a lo observado hasta aquí, bastante prolífica y vive en la actualidad un proceso de crecimiento y expansión temática acelerado. Se trata de agendas de investigación en las que se pone atención a temas que afectan o influyen directa o indirectamente a las áreas rurales mexicanas, pero que, por un lado, en algunos casos van más allá de ellas hablando en términos geográficos o, por el otro, se limitan a unidades de análisis más específicas.
La primera de estas perspectivas complementarias es la que trata de la gobernanza ambiental (Alfie Cohen, 2013; Martínez y Espejel, 2015). Particularmente en el caso mexicano, este tema de análisis se hizo cada vez más relevante y, podríamos decir, punta de lanza en los estudios de la gobernanza en el país, debido a que, derivado de la firma de pactos y acuerdos internacionales por parte de los gobiernos mexicanos desde la década de 1990, particularmente lo convenido en la Cumbre de Río y la llamada Agenda 21, fue en el sector ambiental en el que se comenzó a construir redes, espacios o estructuras de gobernanza como un nuevo enfoque para tratar los asuntos públicos (Hevia, 2012). Manejo de biodiversidad (Álvarez-Icaza, 2014); promoción del desarrollo sostenible (Cassio y Sánchez, 2018); cambio climático (Moreno, 2017); impulso de la producción orgánica y agricultura sustentable (Mestiza, Vázquez y Rappo, 2016); protección de áreas con valor ecológico, gestión de Áreas Naturales Protegidas (Paré y Fuentes, 2007; Brenner, 2010; López de Lara, Murillo y López, 2018); conflictos socioambientales (Paz, 2015); desarrollo de nuevas políticas públicas, instrumentos de gestión ambiental (Peniche y Guzmán, 2018), entre otros, son sólo algunos de los temas en los que se observa un cruce con el imaginario rural, es decir, son procesos que, por lo general, ocurren y se desarrollan en áreas consideradas rurales, de acuerdo con el debate y el posicionamiento teórico que se presentó en el apartado previo. Y algo muy similar ocurre con la literatura orientada a lo que se ha denominado gobernanza forestal (Merino, 2018), relacionada con la administración de zonas boscosas y generalmente enfocada en promover un aprovechamiento sostenible en conjunto con las comunidades que dependen de ellas.
Otra área de análisis con un enorme potencial de interrelación con la gobernanza rural son los estudios de la gobernanza territorial o gobernanza del territorio (Torres y Ramos, 2008; Iracheta, 2008; Rosas, Calderón y Campos, 2012). Este tema está muy relacionado con lo que se señalaba con anterioridad, con respecto a la enorme dificultad teórica de distinguir entre un área rural y una urbana (Rosas, Rogel y Colín, 2016). Desde la lógica del análisis de la gobernanza territorial, se plantea que cada unidad territorial o cada área geográfica que se pretende analizar posee características únicas que hacen imposible arribar a generalizaciones mayores con respecto a los distintos problemas y contradicciones que se expresan en ellas, por lo que las redes de gobernanza de esos territorios también deben tener características únicas. Desde el ángulo de la gobernanza territorial, lo importante son las configuraciones concretas, específicas, en términos de la composición de actores presentes y las relaciones de poder entre ellos, de fisonomía geográfica y de intercambios existentes con otros territorios afuera de dicha unidad (Torres y Ramos, 2008). Si bien pareciera insalvable la diferencia que existe entre un área de análisis que se basa en una definición de lo rural y un área que plantea la imposibilidad de definir de manera generalizada al territorio, es posible encontrar puntos promisorios de confluencia al analizar espacios en donde la interacción de agentes sociales y fuerzas naturales ocurre como principio.13 Desde esta lógica, el enfoque de la gobernanza rural puede ofrecer un valor añadido al análisis sobre los mecanismos o modos de coordinación de unidades territoriales, en donde la confluencia de actores heterogéneos es la única vía para resolver asuntos que generan un cierto nivel de interdependencia y, a su vez, éstos se encuentran íntimamente relacionados con elementos propios del ecosistema. En este sentido, es importante señalar que el análisis de la gobernanza del territorio no pone especial énfasis en áreas urbanas o rurales, sino en unidades de territorio que son definidas específicamente y de manera ad hoc. Es justo ahí en donde las posibilidades que ofrece el estudio de la gobernanza rural se hacen perfectamente compatibles y una oportunidad para profundizar la investigación en un cierto tipo de territorios desde enfoques trans y multidisciplinarios.
Algo similar ocurre con el campo de estudio que aborda la gobernanza local y cuyos desarrollos también están ampliamente difundidos en México y América Latina (Zaremberg, 2012). De nueva cuenta, lo local en esta literatura se aborda desde un punto de vista casuístico, por lo que la distinción rural-urbano es poco importante.14 Por esta razón, lo local puede ser urbano o rural o urbano-rural (rururbano, como se le llama en algunas ocasiones), es decir, presenta una lógica transversal. El análisis de la gobernanza rural en este caso puede aportar a esta literatura importantes reflexiones sobre lo local-rural, particularmente la manera en la que se abordan asuntos públicos que requieren del concurso de actores diversos y que se coordinan para tratarlos y, eventualmente, darles alguna solución satisfactoria para el mayor número de participantes involucrados (stakeholders).15
Finalmente, otra área de estudio en donde se ha desarrollado consistentemente la literatura sobre las redes o espacios de gobernanza en México es la relacionada con el manejo de los recursos hídricos (Pacheco-Vega, 2014; Pliego y Guadarrama, 2019). Esta área temática también ha generado un enorme interés por parte de especialistas en México, ya que la cuestión hídrica representa un tema de urgencia nacional y afecta, por igual, al campo como a la ciudad. En este caso, la participación social, en cuanto al aprovechamiento de un recurso que se ha hecho paulatinamente más escaso y cuyo potencial de conflictividad aumenta en proporción, es fundamental (Guerrero, Gerritsen y Martínez, 2010). Temas relacionados con acceso (Ruelas y Travieso, 2015); distribución, gestión (Gutiérrez, Zapata, Nazar et al., 2019); consumo sustentable (Lirios, Carreón, Hernández et al., 2015); polarización social, movimientos ciudadanos, relación con ecosistemas, entre muchos otros (Salcido, Gerritsen y Martínez, 2010; Venancio y Bernal, 2019), pueblan el imaginario académico de las últimas décadas en nuestro país, y en ese crecimiento la teoría sobre la gobernanza ha sido un punto de partida cardinal.
De lo anterior se puede concluir que, más que exclusivas, estas agendas de investigación ofrecen una enorme potencialidad de inclusión y de trabajo colaborativo y se pueden sumar a otras como los estudios sobre la gobernanza del turismo o la gobernanza costera, por mencionar sólo un par de ejemplos. Lo que queda claro es que la amplia agenda de gobernanza en nuestro país es una fértil área de estudio, que abarca todo tipo de actores, regiones y espacios, en donde se han desarrollado, en algunas ocasiones, novedosos mecanismos y formas, con fisonomía de redes, para el tratamiento y atención de los asuntos de interés público y abrir la posibilidad de incidencia ciudadana en ellos. En este concierto polifónico de la gobernanza en México, lo interesante es que la categoría de lo rural sigue siendo necesaria e importante, dado que tiene una unidad de análisis específica, que ningún otro desarrollo aborda de manera directa.
CONCLUSIONES
La presente contribución ha tenido como objetivo central encontrar los componentes teóricos fundamentales de la gobernanza rural y explicar por qué este concepto resulta útil y conveniente para estudiar y analizar un verdadero entramado de redes y relaciones sociales que se ha desarrollado en el campo mexicano en las últimas décadas con el afán de atender problemáticas, contradicciones y carencias sociales que parecieran tener un certificado de perpetuidad.
Con este objetivo en mente, se hizo un análisis general sobre el concepto de gobernanza, poniendo especial énfasis en dos dimensiones. Por un lado, en lo que se denominó las generaciones de la gobernanza. En este respecto, el planteamiento fundamental es que, por lo general, la literatura de la gobernanza se ha dividido en aquélla proveniente de la primera generación, que consigna y celebra la emergencia de modos de coordinación social y política como una novedosa ruta para la atención de los asuntos públicos, dejando atrás el modelo de Estado-céntrico o el modelo mercantilizado del Estado y aquella que se centra, como parte de la segunda generación de estudios de la gobernanza, en la naturaleza, características, detonadores, funcionamiento y/o evaluación de los espacios, redes o estructuras de gobernanza. Por el otro, se explicó que la gobernanza, en términos muy generales, se ha analizado desde una visión normativa o desde un enfoque más analítico. En el presente texto se ha optado por emplear la segunda opción, en tanto que estudia a la gobernanza como un objeto de investigación materializado en redes o espacios que tienen variable calidad y que, dependiendo de la correlación de fuerzas interna en cada una de ellas y el contexto en el que se desarrollan, varía su desempeño y los resultados que ofrecen en el sector en el que fueron creadas y, más allá, en el orden público. De esta manera, el texto se aleja de una visión (la más normativa) que se esfuerza por ver en la gobernanza un punto de llegada, un momento en el que actores sistémicamente diferenciados colaboran y cooperan de manera exitosa para la resolución de los problemas. Por el contrario, se asume que la gobernanza es un medio para alcanzar otras cosas, como la gobernabilidad democrática, la estabilidad, la paz o la prosperidad social, por lo que se entiende que la gobernanza, o más precisamente aún, las redes de gobernanza pueden ser de mala calidad, ineficientes, ineficaces y ser objeto de problemas de transparencia y rendición de cuentas, entre muchos otros.
Ambas clarificaciones son útiles para comprender el debate sobre la gobernanza rural que se ha desarrollado en los últimos 20 o 25 años alrededor del mundo. Se consigna que una cada vez más vasta producción teórica, acompañada de un sinnúmero de estudios de caso, discute un fenómeno que ha transformado la realidad rural en diferentes regiones y países. Y es interesante observar que en este cuerpo más específico de literatura también se percibe la existencia de las generaciones de la gobernanza y de los diferentes caracteres que se observan en el nivel más general.
La revisión sobre las publicaciones científicas en el ámbito global en torno a la gobernanza rural permite reconocer y dimensionar que la contraparte mexicana está muy poco desarrollada. Si bien hay algunas aproximaciones más o menos recientes, por lo general, los trabajos que analizan de alguna manera la gobernanza rural son muy descriptivos y superficiales y, en su mayoría, están orientados por una visión normativa de la gobernanza, lo que limita enormemente su capacidad heurística ante fenómenos complejos que ocurren hoy en las regiones rurales mexicanas. Por ello, en el texto se ponen de relieve algunos trabajos que son la excepción a esta regla y que ofrecen interesantes hallazgos y conclusiones sobre redes o espacios de gobernanza que existen en diversas áreas rurales o de la política rural mexicana. Estos trabajos son útiles para mostrar el camino que podría y, tal vez, debería seguir el análisis académico de la gobernanza rural en México en sus desarrollos futuros.
De los análisis precedentes se desprende y se ofrece una definición de la gobernanza rural que podría ser útil para investigar los procesos, redes y espacios de gobernanza que pueblan muchos ámbitos de la vida del campo en este país. El concepto construido abreva de diversas fuentes teóricas y retoma diferentes aspectos de una visión analítica de la gobernanza y se inscribe en el marco de lo que Sørensen y Torfing (2007) llaman la segunda generación de estudios de la gobernanza. Es decir, se plantea como una definición útil para pensar la naturaleza, mecanismos de interacción, detonantes, inclusividad, formas decisorias y otros aspectos relacionados con la calidad de las redes de gobernanza. Este concepto puede servir, además, como un principio para hacer procesos de evaluación de las redes de gobernanza, aspecto que resulta cada vez más necesario en la actualidad del mundo rural mexicano y, más en general, en la arena pública institucional en los Estados contemporáneos.
Por último, en el trabajo se ofreció un breve análisis sobre la posible confluencia y complementariedad de la agenda de investigación sobre gobernanza rural en México con otras agendas que se han desarrollado profusamente en los últimos años. Se observan dos clases: las que se orientan a análisis espaciales y las que se concentran en análisis temáticos. Dentro de las primeras, se habló de los estudios mexicanos sobre la gobernanza territorial y sobre la gobernanza local, las cuales, dentro de su campo de estudio, contemplan el ámbito rural pero lo rebasan. Se explicó que la especificidad del estudio de las áreas rurales sigue siendo un activo académico particular muy significativo y que puede aportar a estas vertientes un importante valor agregado. Dentro del segundo tipo se habló de los estudios de la gobernanza del agua y, en menor medida, de la gobernanza forestal, gobernanza costera o gobernanza del turismo. En este caso, ocurre algo semejante, ya que estos temas o sectores trascienden la distinción urbano-rural, pero en la mayoría del tiempo, se desarrollan en ambientes con fuertes dosis de ruralidad. Por esta razón, la especificidad de lo rural vuelve a tener un peso específico, como unidad particular de análisis. El planteamiento central aquí, es que más que duplicidad, las diversas agendas de gobernanza que están en contacto directo o indirecto con lo rural son suplementarias y pueden ser objeto de un rico intercambio y una colaboración académica muy intensa en los años por venir.
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1 Para una revisión mucho más profunda de este proceso, se puede consultar Chávez Becker (2010) y Chávez Becker y Esquivel (2016).
2 Traducción propia.
3 Traducción propia.
4 Traducción propia.
5 Más particularmente de las organizaciones de la sociedad civil o el también llamado “tercer sector” (Chávez Becker, 2005).
6 Algunos de estos problemas, por ejemplo, se observaron y documentaron detalladamente en los Consejos Consultivos para el Desarrollo Sustentable (PNUD, 2017).
7 Alberto Rojas, en el capítulo 4 de este libro, enfatiza en la orientación de incidencia que poseen las redes de gobernanza, es decir, abunda en explicar que una de sus preocupaciones centrales es lograr resultados en términos de la manera sobre cómo se atiende o debería atender un asunto público.
8 Traducción propia.
9 Traducción propia.
10 Esta definición, en buena parte, es producto de interesantes discusiones llevadas a cabo en el seno del Seminario sobre la Gobernanza Rural en México. Más en particular, es fruto de acalorados debates sostenidos con Alma de León y Alberto Rojas, con quienes estoy en deuda por sus acertadas sugerencias.
11 En el trabajo de Alma de León, en este mismo volumen, se complementa, amplía y profundiza la discusión sobre lo rural ofrecida aquí.
12 Aunado a lo anterior, resultó esclarecedor el planteamiento hecho por Francisco López Bárcenas sobre esta cuestión, a quien agradezco infinitamente sus sugerencias y comentarios sobre la construcción conceptual que aquí se ofrece. Para el especialista, la noción de gobernanza rural puede resultar particularmente útil si el foco de atención se pone en los actores que participan en las interacciones que se desarrollan en las redes de gobernanza, más que en el locus
en donde ocurren estas transformaciones y que, sin duda, tienen una singularidad histórica. Como se puede observar, desde nuestra perspectiva el análisis y la inclusión de actores gubernamentales y no gubernamentales resulta un elemento central en la propuesta analítica.
13 El trabajo de Torres, Morales y Velázquez (2017) ejemplifica claramente este planteamiento.
14 Ver, por ejemplo, los trabajos de Brenner y San German (2012) o Miquel y Casarín (2017).
15 El artículo de Sántiz y Parra (2010) es una buena muestra de esto.
* Profesor-investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Lerma. Adscrito al Departamento de Procesos Sociales. Correo electrónico: <c.chavez@correo.ler.uam.mx>.
** Agradezco los comentarios que hicieron a versiones previas del texto las y los colegas del proyecto “Gobernanza rural en México”: Lidia Blásquez, Óscar Figueroa, Alberto Rojas, Jorge Carbajal, Raquel Jiménez, Citlali Tovar, Silvia Jurado, Heriberto Ruiz, Alejandro Natal, Alma de León, Javier de la Rosa, Marco Almazán, Ximena Celis, Carla Zamora, Raquel Güereca, Armando Sánchez y Francis Mestries. También estoy en deuda con Gerardo Torres Salcido, quien amablemente leyó y comentó muy atinadamente una de las últimas versiones del escrito. De igual manera, las sugerencias y comentarios que hizo Ámbar Varela Matutte sobre el texto en el coloquio “Gobernanza rural en México” fueron sumamente valiosos para preparar la versión definitiva. Por último, debo reconocer que el trabajo realizado por Paola Millán en la asistencia de investigación fue un insumo invaluable para elaboración de este escrito.
PERSPECTIVAS METODOLÓGICAS EN EL ANÁLISIS DE LA GOBERNANZA RURAL EN MÉXICO
Alma Patricia de León Calderón
INTRODUCCIÓN
En el capítulo anterior se planteó cómo la noción de gobernanza alude a un sinfín de significados y usos, por lo que el panorama conceptual puede resultar abrumador (Chávez Becker, segundo capítulo de este volumen). La gran profusión de definiciones y marcos de gobernanza plantea un primer problema: qué medir, más allá de analizar la consistencia entre la definición usada y sus indicadores (Porras, 2020: 48). Por lo que, el primer reto fue establecer la definición de gobernanza rural sirviera de base para ir a campo y sintetizar la evidencia recabada en cada uno de los estudios que aquí se presentan:
La gobernanza rural se materializa en redes, estructuras o espacios, los cuales usualmente tienen un mandato institucional. […] Comúnmente, estos actores interactúan a través de mecanismos de coordinación no jerárquicos en donde por lo general se privilegia la deliberación y la construcción de consensos, más que el uso de mecanismos decisionales de carácter unilateral con el objetivo de incidir en un asunto de interés público […] el carácter rural de estas redes radica en que ponen atención a asuntos referentes a espacios en donde ocurre de manera privilegiada una interacción sistémica entre lo social y la naturaleza viva y en donde sus propios actores hacen comúnmente un ejercicio autorreferencial de pertenencia e identidad con lo rural (Chávez Becker, segundo capítulo de este volumen).
Incluso si esta interpretación resulta válida, se presentan varios retos en el uso de esta definición en los estudios de caso, particularmente, los que se analizan en esta obra. Entre ellos, ¿cómo pasar del concepto de gobernanza y sus múltiples categorías, como la gobernanza rural, a una operacionalización del mismo?, es decir, ¿cómo llegar a un método que permita observar una realidad específica denominada gobernanza rural y qué sentido de interpretación se dará a dicha observación?
A partir de lo anterior, surgió la inquietud de proporcionar al lector de esta obra el marco teórico-metodológico del concepto de gobernanza rural que sustenta el trabajo empírico de varios de los capítulos subsecuentes. La metodología incluye el tratamiento de los conceptos, la elección de los casos y las variables (Bartolini, 1995: 39). Sin una metodología definida, el investigador carecería de una ruta para poner a prueba sus planteamientos iniciales. De esta forma, el objetivo de este capítulo es presentar los referentes metodológicos que se emplearon en la mayoría de los estudios de caso, con la finalidad de ofrecer algunas líneas generales aplicables a otros estudios, o un análisis futuro de los mismos que continúen contrastando el concepto teórico de gobernanza rural propuesto por Chávez Becker (en el capítulo anterior de este libro).
Para la consecución del objetivo planteado, este capítulo se divide en tres apartados. En el primero se presenta el problema de la medición de la gobernanza. En el segundo, se hacen explícitas las dimensiones observadas del concepto propuesto de gobernanza rural, que sirve, al mismo tiempo, de propuesta metodológica para futuros estudios. El tercer apartado contiene la manera en que se utilizaron en cada uno de los estudios de caso. Finalmente, se ofrecen algunas reflexiones como conclusión.
GOBERNANZA Y EL PROBLEMA DE SU MEDICIÓN
La literatura sobre la gobernanza ha crecido desde hace al menos dos décadas, el término ha sido utilizado por la administración pública, las ciencias políticas, la economía, las políticas públicas; así como por gobiernos, organismos internacionales y, en general, por tomadores de decisiones —públicos y privados— que han visto ciertas ventajas en su uso; particularmente, la de visibilizar los vínculos y recursos entre actores públicos y privados.
El estudio de los asuntos públicos y del gobierno desde disciplinas como la administración y la gestión pública, así como el más reciente estudio de las políticas públicas, ha estado sujeto permanentemente a la influencia de dos factores: por una parte, las transformaciones sociales y económicas en las que se enmarcan dichos asuntos públicos, las cuales han repercutido constantemente en el rol que el gobierno y la administración pública juegan en la sociedad. Por otra, el estudio de estos temas se ha visto siempre afectado por la forma en que la acción del gobierno es conceptualizada y por las discusiones y desarrollos epistemológicos y metodológicos de las disciplinas que estudian el fenómeno. (Ramírez, 2016:13).
La complejidad de numerosos asuntos públicos ha contribuido a que, en la actualidad, cobren mayor relevancia las aproximaciones epistemológicas que consideran que las relaciones no lineales entre variables podrían tener mayor capacidad explicativa sobre algunos de los fenómenos que afectan la vida pública (Ramírez, 2016:14). De esta forma, la concepción del gobierno basado en relaciones jerárquicas de tipo vertical comienza a ser insuficiente para explicar las dinámicas sociopolíticas y su repercusión en los asuntos de interés públicos, en donde cada vez participan más actores no gubernamentales.
La gobernanza, desde una perspectiva de red como la que se ha adoptado en el marco teórico del primer capítulo de este volumen, destaca la relevancia que tienen las redes de intercambio entre actores (públicos y privados) para entender los procesos de construcción de consensos alrededor de un asunto de interés público; además de enfatizar los vínculos que se pueden dar en los territorios en los cuales interactúan dichos actores.
La gobernanza puede servir de referente normativo para realizar una evaluación empírica de esa interacción; no obstante, sigue siendo necesario recurrir a otras teorías o marcos organizativos más consolidados (rational choice, institucionalismo, teorías sociales y antropológicas de redes, teoría de elites, entre otras) para complementar su análisis (Porras, 2016:182). Esta última característica, aunada a la polisemia del propio concepto, tiene a su vez implicaciones empíricas y metodológicas en los trabajos que se han desarrollado, ya que se pueden encontrar un gran número de métodos, variables e indicadores usados en cada análisis empírico.
De acuerdo con Porras (2016:189), una gran cantidad de la literatura sobre la gobernanza presupone la plausibilidad de sus hipótesis, particularmente la que vincula las redes de política pública (Rhodes, 1990; Marsh y Rhodes, 1992; Waarden, 1992; Kooiman, 1993; O’Toole, 1997; Börzel, 1998; Klijn, 1998), no obstante, existen pocos intentos por medirla, aunado a que los instrumentos más usados para medirla usualmente no consideran los problemas fundamentales de la gobernanza (Porras, 2020:52).
En el ámbito internacional, “existen varios índices y rankings que buscan medir la gobernanza, como el World Values Survey, el Latinobarómetro, el Índice de Percepción de Corrupción (IPC) de Transparencia Internacional y, particularmente, el Worldwide Governance Indicators (WGI)” (Porras, 2016:189). La figura 1 resume algunas de las principales fuentes de información; sin embargo, estas fuentes miden más bien las condiciones de gobernabilidad,1 buen gobierno, Estado de derecho o calidad de la democracia que las variables que se dicen en la definición de la gobernanza (Porras, 2016: 189; 2020:48).
A pesar de las virtudes de los sistemas de indicadores que se han desarrollado, no parecen capturar la esencia de la gobernanza […] [Ésta] en su nivel más básico significa la capacidad de los actores (los de las instituciones oficiales mismas y de aquéllas operando en concierto con actores sociales) para establecer y buscar metas colectivas y, en segundo lugar, hacerlo de manera democrática. En consecuencia, estos sistemas de indicadores, por más importantes que sean para evaluar distintos aspectos del desarrollo, no pueden examinar efectivamente los procesos de definición de objetivos ni los atributos de estos procesos [...] centrales para entender la gobernanza. (Torfing et al., 2012:71).
FIGURA 1
PRINCIPALES FUENTES DE INFORMACIÓN SOBRE GOBERNANZA

FUENTE: INEGI (2017:15).
Asimismo, es importante destacar que la gran mayoría de iniciativas para medir la gobernanza que actualmente existen, no son extrapolables a otros niveles, como una región o un nivel de gobierno local (estatal o municipal); en ese sentido, su uso es limitado para estudios empíricos como los que aquí se presentan y que refieren a territorios rurales.
En esta obra se consideró importante que la gobernanza rural, además de ser definida teóricamente, tuviera una definición operacional; es decir, una definición que identificara las propiedades que pudieran observarse y las operaciones que la verificaran (Sartori, 2003:66) para facilitar su uso. Por lo tanto, fue necesario considerar algunas dimensiones útiles, aunque no necesariamente únicas ni exhaustivas, para ofrecer una operacionalización de gobernanza rural.2
POSTULADOS METODOLÓGICOS EN ESTA OBRA
En la práctica, las distintas nociones y definiciones de la gobernanza, y en particular si se considera a la gobernanza rural, ponen énfasis en distintas dimensiones, y si se suma que éstas pueden ser expresadas por diferentes variables e indicadores, el resultado es una divergencia en la manera de medirla. En este apartado se presentan los atributos principales que tiene la gobernanza rural, como una estrategia de aproximación a la realidad de los estudios de caso y como una propuesta para su uso en futuros estudios, lo que permitiría su análisis y comparación.
Chávez Becker (véase el segundo capítulo de este libro) menciona que la gobernanza se define como una forma de coordinación social y/o política para el logro de objetivos, que presenta varios grados de cooperación, colaboración, eficacia, eficiencia y legitimidad (democrática); esto implica que su visión se aleja de ver a la gobernanza como un bien en sí mismo (como la gobernabilidad) y se asocia con una visión instrumental del concepto.
Si se parte de la definición operativa que hace Sørensen y Torfing (2007:9) se deben observar los siguientes elementos: 1) una articulación relativamente estable y horizontal de actores interdependientes, pero operacionalmente autónomos; 2) quiénes interactúan a través de procesos de negociación; 3) la cual se desarrolla dentro de marcos regulatorios, normativos, cognitivos e imaginarios; 4) las redes de gobernanza son espacios relativamente autorregulados, dentro de límites impuestos por algunos agentes externos, y 5) las redes de gobernanza buscan contribuir al bien público.
Con base en la anterior definición operativa que retoma Chávez Becker en el segundo capítulo de este libro y en la discusión sobre la gobernanza rural, en particular, se observan algunos atributos fundamentales en el concepto de la gobernanza rural:
• La gobernanza rural se visibiliza en redes (estructuras o espacios) que son arreglos relativamente estables y horizontales entre actores individuales y/o colectivos.
• Dichos actores interactúan y negocian para construir consensos, más que obedecer a mandatos, pero siempre dentro de marcos regulatorios o institucionales.
• Esta interacción de actores busca atender un problema público.
• Dicha interacción y asunto de interés se presentan en un territorio rural.
Estos elementos plantean un marco que permitió seleccionar las dimensiones o aspectos que se incluyeron en la medición de gobernanza rural de cada uno de los casos para dar claridad teórica y analítica. No obstante, se es consciente que el marco metodológico de toda investigación en ciencias sociales se construye a través de un complejo proceso del “deber ser” y “el poder ser” en el cual lo deseable y lo posible son difícilmente conciliables (Cabrero, 2005:105), por lo que no todos presentarán las mismas dimensiones. Con base en lo anterior, en el cuadro 1 se presenta la propuesta de operacionalización del concepto de gobernanza rural.
Una red, en términos generales, se puede definir como una estructura social relativamente estable, compuesta por actores que interactúan. Los actores son los individuos o personas que llevan a cabo acciones con una intencionalidad, es decir, actúan para conseguir un objetivo o un fin. Estos actores pueden también conducirse de manera colectiva, como por ejemplo un partido político, una organización social o el Estado; a éstos se les llaman actores colectivos y tienen la misma característica de intencionalidad para la consecución de un objetivo o un fin particular.
CUADRO 1
CONJUNTO DE DIMENSIONES DE OBSERVACIÓN DE LA GOBERNANZA RURAL
| Dimensión | Definición |
| Red | Estructura social relativamente estable, compuesta por actores que interactúan. |
| Coordinación | Proceso metódico de interacción entre los actores, no jerárquico, para concertar medios y esfuerzos que posibilita el cumplimiento de los objetivos planteados para incidir en un asunto de interés público previamente identificado. |
| Marco institucional | Reglas, procedimientos y mecanismos que legitiman las acciones de los actores, les dan certidumbre y estabilidad en el tiempo. |
| Problema público | Situaciones que se consideran no deseadas/deseables y que se relacionan con el espacio público y/o el bienestar de una colectividad. |
| Rural | Espacio en el que ocurre de manera privilegiada una interacción sistémica entre lo social y la naturaleza viva (territorio) y en el que sus propios actores hacen un ejercicio autorreferencial de pertenencia e identidad. |
FUENTE: elaboración propia.
En el caso que nos ocupa, la red de gobernanza rural se formará por actores (individuales o colectivos) que participan directa o indirectamente (a través de representantes); y por su origen, es decir, gubernamental (provienen del gobierno o alguna de sus dependencias) o ciudadano/no gubernamental (véase el capítulo de Alberto Rojas en este volumen). Cabe mencionar que la identificación de los actores puede suceder de dos formas; la primera se relaciona con una característica que el investigador considera para identificar a cierto individuo o colectividad dentro de una red y, la segunda, cuando hay una autorreferencia de pertenencia del actor.
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