Kitabı oxu: «Política comunitaria gobernanza global y desarrollo internacional»

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Olano Alor, Aldo

Política comunitaria, gobernanza global y desarrollo internacional : una propuesta desde los pueblos originarios andinos / Aldo Miguel Olano Alor. -- Bogotá : Universidad Externado de Colombia. 2021.

234 páginas ; 21 cm.

Incluye referencias bibliográficas (páginas 223-234)

ISBN: 9789587907391 (impreso)

1. Participación ciudadana -- Región Andina 2. Gobernanza -- Región Andina 3. Globalización -- Región Andina 4. Capitalismo -- Región Andina 5. Bienes públicos -- Región Andina I. Universidad Externado de Colombia III. Título

320 SCDD 21

Catalogación en la fuente -- Universidad Externado de Colombia. Biblioteca.

diciembre de 2021

ISBN 978-958-790-739-1

© 2021, ALDO OLANO ALOR

© 2021, UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA

Calle 12 n.º 1-17 Este, Bogotá

Teléfono (601) 342 0288

publicaciones@uexternado.edu.co

www.uexternado.edu.co

Primera edición: diciembre de 2021

Diseño de cubierta: Departamento de Publicaciones

Corrección de estilo: Carolina Ochoa Gutiérrez

Asistente editorial: Luz Adriana Gómez Gómez

Composición: David Alba S.

Impresión y encuadernación: DGP Editores S.A.S.

Tiraje: de 1 a 1.000 ejemplares

Prohibida la reproducción o cita impresa o electrónica total o parcial de esta obra, sin autorización expresa y por escrito del Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad del autor.

Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Si solo vemos el mundo a través de los ojos del poder, lo hemos perdido todo.

George Orwell

CONTENIDO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO PRIMERO PENSAMIENTO DECOLONIAL Y RELACIONES INTERNACIONALES

CAPÍTULO SEGUNDO GOBERNANZA GLOBAL Y CONOCIMIENTO SITUADO

I. Transformaciones globales y orígenes del concepto

II. El capitalismo cognitivo y las críticas desde el Norte

CAPÍTULO TERCERO EL DESARROLLO INTERNACIONAL Y LOS BIENES GLOBALES

I. La gobernanza ambiental y los recursos naturales

II. Los bienes públicos globales: ¿medios para el desarrollo?

CAPÍTULO CUARTO LOS PUEBLOS ANDINOS Y LA POLÍTICA EXTERIOR COMUNITARIA

I. Ver el mundo desde los Andes del Sur

II. La nueva comunidad política en Ecuador

CAPÍTULO QUINTO BIEN VIVIR: LA ARMONÍA ENTRE LO INTERNO Y LO EXTERNO

I. El bien vivir y la política exterior comunitaria

II. Las ontologías andinas y la normatividad plurinacional

REFLEXIONES FINALES

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

NOTAS AL PIE

Resumen. El siguiente es un trabajo en el que se debaten teorías y conceptos que en tiempos recientes han adquirido relevancia en el interior de la disciplina de relaciones internacionales. Me refiero a la gobernanza global y la gobernanza regional para el desarrollo, junto a otras formas de gobernanza relacionadas con el ambiente y las materias primas. Debemos agregar que desde la perspectiva que nos ofrece el pensamiento decolonial, todos ellos son objeto de discusión en la disputa teórica establecida sobre los principios en que está organizado el sistema internacional, más los mecanismos político-institucionales que lo soportan. Al mismo tiempo, hacemos una revisión de las propuestas que desde hace varias décadas han formulado los distintos movimientos sociales y organizaciones políticas de los pueblos originarios andinos, en este caso los de Ecuador y Bolivia, muchos de los cuales confluyen en la política exterior comunitaria e incluso han sido incorporados en la normatividad con la que se organizó el Estado plurinacional en ambos países.

Palabras clave: gobernanza global, gobernanza regional para el desarrollo, pensamiento decolonial, pueblos originarios andinos, región Andina.

Abstract. The following is a paper that discusses theories and concepts that in recent times have gained relevance within the discipline of international relations. I refer to global governance and regional governance for development, together with other forms of governance related to the environment and raw materials. We should add that from the perspective offered by decolonial thought, all of them are the object of discussion in the theoretical dispute established on the principles on which the international system is organized, plus the political-institutional mechanisms that support it. At the same time, we review the proposals that for several decades have been formulated by the different social movements and political organizations of the native Andean peoples, in this case those of Ecuador and Bolivia, many of which converge in the community foreign policy and have even been incorporated in the regulations with which the plurinational State was organized in both countries.

Keywords: Global governance, regional governance for development, decolonial thinking, Andean indigenous peoples, Andean region.

INTRODUCCIÓN

Este es un libro escrito con la finalidad de participar en un debate sobre aspectos teóricos que, en las actuales circunstancias, adquieren mayor relevancia para la disciplina de relaciones internacionales. Debemos agregar que son objeto de discusión en la disputa epistemológica establecida sobre los principios en que está organizado el sistema internacional, más los mecanismos político-institucionales que lo soportan. Puesto que la investigación ha sido orientada por la teoría y el pensamiento decolonial, aquel es un sistema que más bien reconocemos como sistema-mundo moderno y colonial.

Es un libro que rastrea aspectos ya algo conocidos sobre el origen y la difusión de teorías, conceptos y definiciones influyentes en su estudio, pero de manera particular lo hace en lo relacionado con lo que se conoce como gobernanza global y desarrollo internacional. Ambos conceptos son centrales en el estudio realizado, pues han venido interactuando de manera muy dinámica en la región durante las últimas tres décadas, sobre todo cuando observamos el diseño de políticas públicas que orientan el desarrollo de los países latinoamericanos promoviendo, en este caso, la extracción y exportación de materias primas. De manera particular, aquí nos referimos a la gobernanza ambiental y a la gobernanza regional de los recursos naturales.

Pero no se trata solo de mostrar las definiciones elaboradas por quienes se han encargado de administrar el sistema que promueve la gobernanza global para el desarrollo, según las normas del nuevo régimen internacional organizado para tal fin, sino también de confrontar las teorías tradicionales con las generadas en América Latina/Abya Yala1 durante el periodo que decidimos estudiar: 1980-2020. Para tal fin, nos referimos al pensamiento decolonial como el horizonte teórico al estar situado en la región, lo cual no descarta que en momentos dados de la exposición se recurra a muchos otros, pues igual se pueden valorar como aportes al estudio del sistema-mundo moderno y colonial.

De igual manera, el pensamiento decolonial nos permite reiterar su importancia para el estudio de la organización y el funcionamiento del sistema, sobre todo por la posibilidad que otorga adelantar un tipo de análisis basado en la larga duración y a la vez tenerlo como una forma de conocimiento que desde su formación se reconoce como de origen local. En este caso, es un tipo de pensamiento que desde lo regional y lo local promueve un interesante debate sobre las definiciones dadas a la gobernanza global y al régimen internacional del desarrollo, las cuales –y desde la perspectiva con que analizamos– se consideran parte de un tipo de pensamiento, el occidental, al que ya hemos reconocido también como occidentalismo. Sí, el mismo que es resultado de una trayectoria histórica e intelectual claramente situada y cuyos principios los hemos analizado con el rótulo de nuevos estudios internacionales latinoamericanos (Olano, 2018 y 2019).

Aquí debemos señalar que este rótulo ha dominado la producción de conocimiento en el interior de la disciplina de relaciones internacionales, y en el caso particular de la gobernanza global y el desarrollo internacional, sus múltiples definiciones gestadas durante las últimas cuatro décadas están inscritas en aquel pensamiento con el cual, supuestamente, se busca darle forma a un orden mundial más democrático. Por ello, aquí reafirmamos que el occidentalismo surgió sobre la base de una particular trayectoria histórica que involucra múltiples aspectos, por ejemplo, la larga duración o el surgimiento de la llamada modernidad, y la mayor parte de ellos creó las condiciones para organizar o acceder a ciertas formas de entendimiento.

En este caso, estamos hablando de cómo fue posible construir visiones muy etnoeurocéntricas sobre la organización y el funcionamiento del sistema-mundo moderno y colonial, el mismo que desde aquel lugar de enunciación se llama sistema internacional. Ahora bien, es importante señalar al liberalismo como la ideología que mayor influencia ha tenido en los análisis internacionales, como también mencionar el privilegiado rol adquirido por este en la organización y el funcionamiento del sistema-mundo moderno y colonial, más aún en su contemporánea fase de la globalidad neoliberal. Por ello, consideramos la importancia de irlo despojando de su aura universalista, pues el liberalismo es también una ideología que no se puede desvincular de una historia caracterizada por su particularidad, de una trayectoria intelectual con la que se constituyó una visión del mundo, aquella que está basada en la ontología con que se ha formado el ser occidental.

De alguna manera, esto último puede vincularse al proyecto intelectual formulado por el físico, historiador y teórico poscolonial indio Dipesh Chakrabarty, quien afirmó que provincializar Europa era un acto de justicia con la historia de los pueblos y las sociedades colonizadas, pues dicho continente dejaría de ser el centro universal orientador de acciones similares en distintos lugares del planeta. Las acciones siempre han abarcado aspectos complementarios en la generación de conocimiento, sobre todo en memoria histórica, formas de organización política, tradición jurídica, actividades económicas, prácticas sociales y expresiones culturales (Chakrabarty, 2008).

Por estas razones, y por muchas otras que aparecen a lo largo del libro, es que estudiamos el régimen de la gobernanza global y el desarrollo internacional, y a las instituciones que agrupan, como los aspectos centrales de nuestra investigación. Todas ellas son promotoras de un ideario e impulsoras de políticas que proponen lograr el desarrollo para un importante número de países alrededor del planeta, a través de una mayor inserción en el mercado mundial incrementando la extracción y exportación de materias primas en amplias regiones del continente. Por eso, afirmamos que el sistemamundo moderno y colonial ha dado forma a un régimen económico internacional extracto-desarrollista, a sabiendas de las consecuencias negativas que para distintos pueblos y sociedades trajeron intentos anteriores orientados por una idea similar: extraer y exportar las riquezas o, como se acostumbra decir, los recursos naturales de los que gozan nuestros países. O sufren.

Esto nos ayuda a entender por qué siendo un modelo que viene de tiempo atrás, me atrevería a decir que desde comienzos del siglo XVI, algunas regiones de los Andes pasaron a ser territorios mineros, petroleros, gasíferos, agroexportadores, y como podemos ver en la actualidad, algunos Estados se propagandizan como si esa situación fuera una virtud, por ejemplo, ser un país minero o considerar a este sector como locomotora del desarrollo. Pero da igual, pues con base en información cuantitativa ampliamente divulgada, podemos ver las estadísticas que publica la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y queda demostrado cómo la inversión extranjera se relaciona de manera prioritaria con el extracto-desarrollismo en todos los países de la región andina, mientras que un pequeño remanente va al sector comercio y otro al sector servicios. Ahí no hay nada que potencie el desarrollo, en caso de que este sea todavía posible, por medio de la extracción y exportación de materias primas o por medio de una difícil, por no decir imposible, industrialización.

Pero este proyecto de universalizar-uniformizar pensamientos, producción de conocimientos y políticas no ha estado exento de respuestas en los campos de lo epistémico y también de lo político. Es lo que ha venido sucediendo de manera particular con los pueblos andinos ubicados en los actuales Estados de Ecuador y Bolivia, lugares donde además de venirse adelantando una seria resistencia a los proyectos de la gobernanza global y el desarrollo internacional, se han logrado elaborar propuestas económicas alternativas y proyectos de convivencia entre habitantes de distintos territorios. Propuestas basadas en principios radicalmente distintos a los que enarbola y promueve el funcionariado de las instituciones multilaterales y de los Estados que se hacen llamar desarrollados, a los que de manera cotidiana se suman los integrantes de ciertas academias que se hacen llamar globales. De más está decir que todos estos justifican sus ideas sobre la base de considerarse a sí mismos democráticos e incluyentes.

En este trabajo, observaremos el grado de afectación que la gobernanza global y el desarrollo internacional han traído para los pueblos originarios de la región, pues con su implementación solo han logrado una mayor exclusión y han profundizado las desigualdades epistémicas ya existentes en el interior del sistema-mundo moderno y colonial. Es por eso que tratamos de averiguar cómo en medio de un proceso de cambios regionales y globales realmente importantes adquirieron un lugar tan destacado las teorías de la gobernanza global y el desarrollo internacional. Al mismo tiempo, queremos averiguar sobre el impacto que la materialización de muchos de sus principios en las llamadas políticas públicas, aquellos que según sus promotores son considerados como irrenunciables, ha generado en comunidades originarias alrededor del planeta, en este caso y de manera particular entre los integrantes de los pueblos andinos.

Después de todo, las definiciones más utilizadas para dichos conceptos no hacen sino demostrarnos la permanencia del occidentalismo en las actuales teorizaciones y análisis del sistema-mundo moderno y colonial. Para nosotros, es el momento en el que los ideólogos de la gobernanza global y el desarrollo internacional solo buscan legitimar, con la retórica de la cooperación y la igualdad dentro del sistema, el actual dominio de los Estados que lo han controlado desde su fundación. Por eso, una contribución bastante interesante al entendimiento de la actual fase del sistema, la globalidad neoliberal, es el debate que intelectuales y pensadores han propiciado en torno a ambos conceptos, cuyas definiciones más convencionales han sido ampliamente difundidas y sobre todo aceptadas en distintos círculos académicos y medios decisores de política durante las últimas cuatro décadas.

Gobernanza global y desarrollo internacional son teorías y conceptos que siguen siendo objeto de cientos de conversaciones en instituciones multilaterales del viejo y el nuevo regionalismo, en centros de investigación y de educación superior públicos y privados por igual, en medios de comunicación, sobre todo los más transnacionalizados, así como en escenarios de realización de la política a escala local y global. En el debate, han confluido infinidad de académicos y funcionarios procedentes de universidades y Estados del primer y el tercer mundo, en especial de aquellos que se hacen llamar democracias liberales, pues cuentan con autoridades elegidas y con autoridades pertenecientes a dictaduras civiles y militares que se ubican en distintos lugares del mundo.

Ahora bien, tras haber establecido los criterios mínimos que orientaron la realización de este trabajo –se podría también decir que fueron las motivaciones intelectuales–, quisiéramos presentar la forma en que ha sido organizado. El primer capítulo, titulado “Pensamiento decolonial y relaciones internacionales”, está escrito a manera de ensayo y aquí exponemos algunos aspectos dirigidos a entender el posicionamiento del occidentalismo como paradigma dominante en el estudio del sistema-mundo moderno y colonial. Para ello consideramos que, en su mayor parte, su actual organización y funcionamiento están relacionados con la trayectoria histórica e intelectual de un solo tipo de civilización: la occidental, lo cual es posible de afirmar después de revisar la normatividad que da forma a los distintos regímenes internacionales, nuevamente el derecho internacional, o de constatar la procedencia de quienes dirigen las instituciones multilaterales que integran dicho sistema.

En relación con la importancia de identificar aspectos normativos, podríamos decir que sin haber sido los únicos, algunos de ellos fueron los realmente importantes para la organización del sistema-mundo moderno y colonial. En esta parte, hablaremos del derecho de conquista, la doctrina del descubrimiento, la disputa de Valladolid y la Paz de Westfalia como acuerdos que conllevan imposiciones legales, morales, culturales e institucionales justificadas con los aspectos misionales de la invasión europea del continente y que luego fueron replicados, incluso con mayor intensidad, en Asia y África. Todos esos acuerdos los encontramos en la violenta incorporación de Abya Yala como evento fundacional para dicho proceso, y en consecuencia, son los antecedentes legales y políticos más tempranos en la formación del sistema-mundo moderno y colonial.

A lo largo de este capítulo, hacemos una revisión desde posturas abiertamente críticas a las teorías dominantes en el interior de la disciplina de relaciones internacionales. Estas últimas son identificadas como parte de un pensamiento historicista que por considerarse universal, no deja de tener su origen en un determinado lugar del mundo. Esta es la razón para que el occidentalismo responda de manera muy adecuada a un determinado contexto, reconociendo que al ser un pensamiento situado ha logrado tener una muy buena capacidad explicativa de tal trayectoria histórica, pero no justifica ninguna posición de superioridad epistémica sobre la totalidad de conocimientos generados por distintas civilizaciones alrededor del planeta.

En el segundo capítulo, al que hemos llamado “Gobernanza global y conocimiento situado”, trabajamos aquel concepto y lo hacemos en una perspectiva histórica a corto plazo, pues nos remontamos a inicios de los años ochenta en busca de sus orígenes, un momento de la historia reciente en el que ya se visualizaban los primeros síntomas de una serie de cambios en el sistema internacional. Aquí argumentamos que, en el exitoso tránsito hacia el nuevo orden mundial liderado por Estados Unidos desde inicios de la década siguiente, no solo se tuvo una institucionalidad multilateral constituida en soporte del Estado dominante, sino que también se contó con el aporte de las academias dedicadas al tema internacional.

En tal sentido, y con el ánimo de conocer algo más sobre el concepto en debate, en el primer acápite (“Transformaciones globales y los orígenes del concepto”) muestro el contexto intelectual y político en el cual se inicia la búsqueda de una teoría que permita reformular el sistema internacional para entonces vigente. Fueron momentos en los que los seguidores del pensamiento neoliberal habían empezado a tomar el control de las instituciones multilaterales, en medio de una grave crisis económica iniciada años atrás, en 1974 coinciden los expertos, como también políticos adscritos a esa tendencia ganaban las elecciones en dos de los Estados más importantes para el funcionamiento del sistema: Estados Unidos y Reino Unido.

Es el inicio de un proceso conducente a la instalación de lo que después pasó a llamarse nuevo orden mundial, y con la idea de estabilizar el naciente orden es que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) creó la Comisión de Gobernanza Global, integrada, de manera algo paradójica, por personalidades con una destacada trayectoria política e intelectual muy cercana al ideario socialdemócrata. Fueron aquellas personas quienes tuvieron una participación muy activa en la primera definición del concepto, el cual fue luego ampliamente difundido a través de los distintos medios con los que cuenta la ONU, incluida una revista como el espacio académico Global Governance.

Por eso, aquí afirmamos que personalidades políticas y académicos procedentes de distintos lugares del mundo fueron convocados por la necesidad de pensar y resolver en nombre de la humanidad un problema que ya resultaba acuciante para el nuevo orden mundial. Los integrantes de la comisión trabajaron en definir el concepto de gobernanza global sin darse la tarea de que lo hacían desde la particularidad de una ideología, el neoliberalismo, y siendo fieles a su tradición intelectual, le dieron un carácter universal por su lugar de enunciación: Occidente.

En el segundo acápite (“El capitalismo cognitivo y las críticas desde el Norte”), exponemos algunos de los más importantes cuestionamientos que se le han dado al concepto de gobernanza global desde lugares de enunciación algo similares a los que han predominado en el debate dentro de la disciplina de relaciones internacionales. Uno de aquellos permite visualizar la relación que se ha construido con el llamado capitalismo cognitivo, la cual es muy evidente al observar la institucionalidad académica global que se ha organizado para el debate y la difusión del concepto, en los que se deben tomar en cuenta los requerimientos poco democráticos establecidos para participar en el debate. Luego hacemos una breve revisión de algunas críticas teóricas y metodológicas relacionadas con lo que hemos llamado unas relaciones internacionales de las ausencias, retomando una acción que interpela la exclusión de formas de entendimiento distintas a las dominantes, por ejemplo, las ontologías andinas.

En el capítulo tercero, titulado “La gobernanza para el desarrollo y los bienes globales”, debatimos algunas de las definiciones que más han circulado sobre ambos conceptos. La gobernanza para el desarrollo la estudiamos en dos de sus componentes, los cuales han sido tomados muy en cuenta al momento de decidir e implementar las políticas dirigidas a lograr el desarrollo internacional, que ya sabemos que involucra lo nacional y lo regional. En el primer acápite, analizaremos algunas definiciones y políticas públicas relacionadas con la gobernanza ambiental y la de los recursos naturales, puesto que ambos tipos de gobernanza han sido considerados por la retórica y las políticas dominantes como insustituibles en la actual búsqueda del desarrollo, que además será internacional; esto junto a los dos tipos de gobernanza y a la densa red de instituciones multilaterales que soportan el proyecto, desde las financieras y jurídicas hasta las humanitarias y de cooperación.

En la segunda parte del capítulo, se trabaja el concepto de bienes públicos globales y su correlato de los bienes colectivos regionales, en cuanto continuidades teóricas de lo ya visto, dado que ellas buscan legitimar un manejo más adecuado, racional dirían sus seguidores, de la gobernanza ambiental y la de los recursos naturales. Cosa similar sucede con la argumentación que realizan las instituciones del régimen internacional para el desarrollo, en favor de un acceso racional a los llamados bienes públicos globales. En su parte final, se introduce un análisis sobre lo que vendrían a ser los nuevos proyectos latinoamericanos de integración, relacionando dichos proyectos con las ideas contenidas en los conceptos que hemos mencionado.

Por último, aclaramos que en los tres primeros capítulos hemos priorizado las definiciones que sin lugar a dudas proceden o forman parte del repertorio teórico proveído por el pensamiento neoliberal. Pero de igual manera, hasta aquí hemos adelantado un estudio utilizando también la perspectiva que a escala regional promueve debatir las teorías y los conceptos que más se utilizan en relaciones internacionales: el pensamiento decolonial. Algo necesario de hacer si sobre todo se piensa participar de manera mucho más activa en el debate con el occidentalismo.

En el capítulo cuarto, “Los pueblos andinos y la política exterior comunitaria”, se presentan algunas de las propuestas que han elaborado distintos movimientos sociales y organizaciones de los pueblos originarios de Bolivia y Ecuador, en relación con temas muy complejos y bastante diversos que, igualmente, comprometen la política internacional. Unas propuestas que vienen desde comienzos de la década de los ochenta y con las cuales se inició un debate político de gran alcance, puesto que podrían ser consideradas como los antecedentes programáticos para una nueva forma de organizar el Estado en estos países. El Estado se propone como una forma de sociedad política con la cual se contribuye a pensar e implementar una forma de gobernanza regional muy distinta a la que se ha venido promoviendo desde las instituciones multilaterales que identificamos en los capítulos dos y tres.

Ahora bien, aquel proceso que de alguna manera concluyó cuando se promulgaron las nuevas Constituciones ya en la primera década del siglo XXI se ha reactivado con recientes acontecimientos que, en gran medida, han creado las condiciones para repensar algunos de los fundamentos originales contenidos en las propuestas del primigenio progresismo andino. Infortunadamente, y por razones relacionadas con el proyecto de investigación original, no fueron aquí trabajados. En todo caso, reiteramos que las bases teóricas e institucionales del sistema-mundo moderno y colonial se han visto sacudidas con las propuestas que sobre su organización y funcionamiento han hecho un buen número de organizaciones sociales en ambos países. Algunas de ellas relacionadas con aspectos fundamentales para la existencia del Estado-nación en que han debido actuar, como las nuevas definiciones de frontera, territorio, autonomía y autodeterminación, e igualmente pensando que con todas ellas es posible construir una nueva forma de relacionamiento entre lo local y lo regional.

Para una mejor explicación, el capítulo lo hemos dividido dos partes. En el primer acápite (“Ver el mundo desde los Andes del Sur”), se analiza el camino seguido por distintas organizaciones y movimientos de los pueblos originarios de Bolivia desde comienzos de la década de los ochenta, y por ello, también presentamos el contexto y los principios que acompañaron su fundación. En este caso, el proceso condujo a una forma de centralización organizativa que se llamó el Pacto de Unidad y Compromiso, en el que confluyeron las más importantes organizaciones sociales junto al Movimiento al Socialismo-Instrumento Político para la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP).

En el segundo acápite y teniendo el caso del Ecuador, realizamos un estudio muy similar al revisar la trayectoria de los más relevantes movimientos y organizaciones de los pueblos originarios que habitan en aquel país, y de cuya convergencia en noviembre de 1986 surgiera la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie). Aquí destacaremos la particularidad del proceso con hechos que mantienen importantes similitudes temporales y políticas al caso boliviano.

En el capítulo quinto, titulado “Bien vivir: la armonía entre lo interno y lo externo”, proponemos estudiar algunos de los principios que han dado forma a lo que podríamos considerar una filosofía del Sur. Advertimos que lo haremos de manera algo breve, puesto que en la actualidad existe una amplísima bibliografía sobre este tema, además de que se trabajaron algunos de aquellos principios en el capítulo anterior. En todo caso, y luego de haber establecido los criterios mínimos de filosofía a partir de priorizar el análisis de las propuestas formuladas por estudiosos del proceso andino y activistas políticos de distinta procedencia, es que lo relacionamos con los bien fundamentados cuestionamientos a las convenciones teóricas establecidas por las instituciones multilaterales y sus seguidores en el campo académico.

Cosa parecida hacemos con las propuestas que ahora proceden de organizaciones sociales andinas, latinoamericanas y otras de alcance más global, por considerarlas como lugares desde donde se elaboran y difunden los principios de lo que podríamos ir llamando política exterior comunitaria. Es por eso que en el primer acápite destacamos aquellos aspectos relacionados con la idea vital de convivir en armonía con la naturaleza, a fin de entender la importancia otorgada a la necesidad de pensar y actuar de manera conjunta contra las formas actualmente operativas en la organización y el funcionamiento del sistema-mundo, sobre todo en lo relacionado con el modelo extractivista que predomina en las economías de la región.

Ya para concluir, en el segundo acápite (“Las ontologías andinas y la normatividad plurinacional”) trabajamos la forma como algunos de aquellos principios quedaron incorporados en el ordenamiento legal de Bolivia, uno de los países que hemos venido estudiando. Parte del proceso dirigido a contar con la nueva institucionalidad basada en los principios del bien vivir es revisado en aspectos muy puntuales de la Asamblea Nacional Constituyente elegida en Bolivia en el año 2006, y en los pactos que sostuvieron su funcionamiento, para luego revisar parte de su contenido, priorizando el análisis de las propuestas elaboradas por quienes fueron representantes de los pueblos originarios bolivianos, los cuales solo pudieron ser elegidos a través de los partidos políticos legalmente reconocidos, dadas las restricciones propias del sistema vigente.

En todo caso, con la organización de un nuevo tipo de sociedad política, el Estado plurinacional, se propone también un nuevo tipo de relacionamiento internacional que ya no solo será con otros Estados, sino que más bien se propone construir y avanzar en la implementación de lo que pasó a llamarse diplomacia de los pueblos. Un nuevo tipo de diplomacia con la que se dará un impulso a la política exterior comunitaria de los pueblos originarios de Bolivia, podríamos decir de los pueblos andinos. Por ello, se propone la organización de un nuevo multilateralismo que trascienda el ahora vigente, y para eso se necesita una nueva forma de entender los principios de autodeterminación, soberanía, territorio y autonomía, lo cual podría comenzar a trabajarse en aquellos niveles que traería consigo la política exterior comunitaria de los pueblos originarios andinos.

Pero bueno, como no podía ser de otra forma, el libro se cierra con unas reflexiones finales en las que reafirmamos que fue escrito con la firme voluntad de contribuir a un debate dirigido a sentar las bases para un nuevo sistema donde quepan muchos mundos.

CAPÍTULO PRIMERO PENSAMIENTO DECOLONIAL Y RELACIONES INTERNACIONALES

En este primer capítulo, presentamos aspectos dirigidos a entender el posicionamiento del occidentalismo como paradigma dominante en el estudio del sistema-mundo moderno y colonial. Para ello, consideramos que su actual organización está relacionada con la trayectoria histórica e intelectual de un solo tipo de civilización: la occidental, lo cual se afirma después de haber revisado aspectos muy puntuales de la normatividad que ha dado forma a los distintos regímenes internacionales. Cosa parecida sucede si constatamos el lugar de procedencia de quienes dirigen las instituciones multilaterales que integran el sistema.

Partimos por considerar que sin haber sido los únicos aspectos normativos, algunos de estos fueron realmente importantes en el proceso con el cual se le dio forma al sistemamundo moderno y colonial. Aquí hablaremos del derecho de conquista, la doctrina del descubrimiento, la disputa de Valladolid y la Paz de Westfalia como acuerdos que trajeron consigo imposiciones legales, morales, culturales e institucionales con las que se justificó la ocupación europea del continente. Todos estos se consideran los antecedentes más tempranos y por ello fueron también decisivos para la formación del sistema internacional, pues estuvieron siempre presentes en la violenta incorporación de Abya Yala en dicho proceso para luego hacer presencia en otras regiones del planeta.

Por último, hacemos una muy puntual revisión de aspectos relacionados con las teorías dominantes en el interior de la disciplina de relaciones internacionales, ubicándolas como parte de un pensamiento profundamente historicista que por considerarse universal, no deja de tener su origen en un determinado lugar del mundo. Esta es la razón para que el occidentalismo responda de manera muy adecuada a cierto contexto, reconociendo que al ser un pensamiento situado ha logrado tener una muy buena capacidad explicativa de tal trayectoria histórica, incluso con las corrientes críticas surgidas a lo largo de su formación.

En la actualidad, los Estados-nación considerados más poderosos del planeta son quienes mantienen el control de los múltiples aspectos que conforman el sistema-mundo moderno y colonial. Esto es posible de afirmar cuando revisamos la normatividad que da forma a los distintos regímenes internacionales que forman parte de él, se constata la procedencia de quienes dirigen las instituciones multilaterales que integran dicho sistema o estudiamos su organización y funcionamiento, todo desde una perspectiva basada en la larga duración. En tal sentido, este primer capítulo está dedicado a identificar algunos aspectos normativos y regulatorios del sistema, considerando que la existencia y el funcionamiento de la mayor parte de ellos se relacionan con una trayectoria histórica e intelectual, aquella que ha dado forma a la epistemología del occidentalismo.

En su interior, la ideología del liberalismo es la que ha proveído la mayor cantidad de ideas para la organización del sistema internacional durante la larga fase del dominio europeo occidental y que en la actualidad se nos presentaría como en su fase de la globalidad liberal; esta última se entiende como una nueva etapa en la historia de la civilización occidental. Aquí veremos cómo algunos principios teóricos de origen liberal abarcan lo político, lo económico y lo jurídico con que se han elaborado y luego aplican las normas internacionales. Sin dejar de lado el contexto en el que se retoman, las normas internacionales terminan condicionando las decisiones que influyen en el direccionamiento del sistema, y si en algún momento se oponen a los designios imperiales de algún Estado en particular, simplemente son obviadas.

Pero bueno, empezamos señalando que numerosos análisis elaborados durante las últimas tres décadas en distintos centros de investigación y de pensamiento, públicos o privados, nacionales o multilaterales por igual, coinciden en destacar los múltiples logros alcanzados por el sistema internacional en la renovación de sus instituciones. En relación con aspectos de tipo teórico, pensamos que fueron renovados con el liberalismo de las últimas cuatro décadas, actualizando el institucionalismo de mediados del siglo pasado para darle forma, ahora sí, a lo que podríamos llamar institucionalismo neo-neoliberal. Para nosotros, en cambio, es un sistema que ha transitado por distintas fases y se ha reinventado con los principios que son parte de una trayectoria histórica e intelectual muy propia, con la cual se ha dado forma al occidentalismo. Esta sería la epistemología que resultó ser la articuladora de principios, valores, normas y símbolos que han dado forma al orden político y jurídico de una civilización en particular: Occidente.

Según nuestro parecer, el occidentalismo no deja de ser una epistemología situada, pues se fundamenta en que distintos pensadores y dirigentes políticos pertenecientes al mundo europeo occidental –desde su particular lugar en el mundo y siguiendo determinados métodos, sobre todo el positivismo– han elaborado formas de conocimiento condensadas en teorías, conceptos y definiciones basadas en el estudio de su civilización. De manera casi que simultánea, parte importante de aquellas formas tan particulares de leer su mundo adquirieron el carácter de universales y tras el manto legitimador del racionalismo contenido en las ciencias, lograron expandirse alrededor del planeta no solo por considerarse naturalmente superiores, sino también por la asociación que establecieron con el colonialismo. América Latina ha sido/es un territorio emblemático en este proceso, pues fue aquí donde se inició la transformación del particularismo europeo en universal.

Con los mismos principios, normas, valores y símbolos agrupados en las narrativas y metadiscursos también se fundaron la modernidad, la idea de progreso (luego llamado desarrollo), la igualdad y la libertad como aspiraciones comunes de toda la humanidad, y el inevitable bienestar en el sentido material de la palabra, pero también la regeneración ética y moral de las sociedades. Una epistemología que, desde sus orígenes con la fusión de los pensamientos helénicos y romanos para después sumárseles el judío y el cristiano, es consecuencia de un proceso de larga duración y que en el camino transitado hacia el lugar que ocupa en la actualidad llevó a la subalternización de otras epistemes como algo natural a la supuesta supremacía que iba adquiriendo. Todas aquellas epistemes que tienen un lugar de enunciación distinto al que logró ubicarse en el centro del sistema universal del saber y del poder.

En tal sentido, el consenso que promueve el multilateralismo tiene una particularidad: haber establecido que no hay espacio para opciones políticas e ideológicas distintas a las que fundamentaron las normas o el pensar de quienes dirigen las instituciones. La multiplicidad ontológica de las civilizaciones que componen la humanidad ha sido de lejos superada con la formación de un sistema donde predominan los que en sí mismos se han considerado Estados-nación racionales, modernos, democráticos y liberales. En nuestro caso, son los mismos que hace quinientos años se volvieron potencias, imperios, metrópolis, hegemones, líderes globales o de manera más reciente, y muy a tono con aspectos de la cultura Avengers, los superpoderes que nos protegen de los villanos globales.

Todas estas son sociedades políticas que han logrado construir un sistema en el que no existen límites a su accionar, salvo los que entre ellas mismas establecen. Son Estados que pueden pensar, actuar e intervenir con altos niveles de independencia en un mundo al que están destinados y es su deber controlar. La superioridad moral que induce su comportamiento se fundamenta en el alto grado de razón que han alcanzado, lo cual conlleva el cabal y completo entendimiento no solo del lugar que habitan, su centro, sino también del mundo entero. Nunca entendieron que hace ya muchos siglos el planeta adquirió un carácter policéntrico, y a pesar de cortos periodos de tiempo en los que ciertos Estados asumieron un rol dominante, y hasta les llamaron hegemónicos, múltiples civilizaciones lograron subsistir manteniendo su lugar en el mundo. Algo así sucedió en la región Andina, tal como lo veremos de manera más detallada en los capítulos cuatro y cinco de este libro.

Al considerarse racionales por naturaleza, fueron incapaces de cometer los mismos equívocos en los que cayeron los integrantes de las múltiples civilizaciones que no habían alcanzado igual nivel de evolución. Ellas mismas eran responsables de haber caído bajo el dominio colonial, de comenzar a perder sus idiomas o de que sus dioses fueran siendo extirpados de su espiritualidad y conciencia. En gran medida, esto sería producto del predominio de una ontología estatalista de típico origen europeo occidental que da forma al ser que conquista, el ego conquiro del que nos habló algunas décadas atrás el filósofo argentino Enrique Dussel.

Un tipo de ontología con sus correspondientes formas de ver y pensar el mundo y luego actuar sobre él, para lo cual sus poseedores muy poco utilizaron la sabiduría de la que presumían al momento de justificar sus intervenciones. Esto se evidencia en la forma como ha sido organizado el sistema-mundo moderno y colonial, jerarquizado por quienes lo han controlado desde su periodo formativo hasta el día de hoy. En este proceso en que se va construyendo el occidentalismo, confluyen muchos argumentos sobre humanidad y redención, pero también algunos menos idealistas, por ejemplo, los ejércitos y las armadas reales, pues pertenecían a los monarcas, pero compartían el trabajo y las ganancias con otras no tan estatales y menos reales. Estas últimas hasta podrían ser vistas como formas tempranas de empresas militares que, en aquel entonces, prestaron sus servicios a cambio de un pago en tierras en los territorios conquistados o a cambio de dinero.

Las ideas que dieron forma al ser europeo que conquista pueden encontrarse en los principios ideológicos contenidos en el derecho de la conquista. Este fue un grupo de leyes con las cuales se justificó la expropiación de los territorios que estaban en manos de los pueblos primitivos y paganos según la calificación asignada por el conquistador para así transferirlos a los pueblos cristianos y civilizados que él mismo representaba. La doctrina empezó a aplicarse durante las cruzadas en el siglo XI, señalando la importancia de contar con un “régimen legal que justificara la conquista, dominación y colonización de los pueblos y naciones no europeas” y no cristianas por una coalición en la que participaron las monarquías europeas y el papado. Medio milenio después, se utilizó con igual o mayor intensidad en la conquista de América una vez que fueron conocidas como las leyes del colonialismo (Miller y Stitz, 2021).

Posteriormente, llegó la doctrina del descubrimiento, un conjunto de principios contenidos en las bulas emitidas en 1493 durante el papado de Alejandro vi, con los cuales se sentaron las bases jurídicas para la institucionalización del colonialismo. En las bulas alejandrinas no solo se estableció lo que podría ser la primera gran repartición del mundo entre dos Estados con ambiciones imperialistas muy similares, sino que también se legitimó el derecho de los invasores europeos a quedarse con las tierras que supuestamente iban descubriendo o a tomar posesión de ellas en nombre del príncipe cristiano al cual debían obediencia. La posesión de las tierras obligaba al conquistador a que, haciendo uso de los medios disponibles, cristianizara a la población que habitaba los nuevos territorios a cambio de las tierras que entregaba. Casi al mismo tiempo, se realizó uno de los primeros debates entre teólogos dominicos, evento de donde salieron los primeros argumentos filosóficos sobre la superioridad del ser que conquista, el ego conquiro.

La disputa de Valladolid convocada en medio del fragor de la conquista de Abya Yala se resolvió en favor de los invasores, puesto que los primeros indios descubiertos luego pudieron ser conquistados al no tener las condiciones suficientes para considerárseles humanos; por lo tanto, debían ser sojuzgados y puestos al servicio de un nuevo soberano: el emperador de España. Varias décadas vieron a las sucesivas majestades hablar muy bien de quienes habían considerado súbditos para así, entre otras razones, protegerlos de las maldades que los humanos son capaces de cometer y para ello les ofrecieron la evangelización. La protección prometida nunca llegó a concretarse y así fue como los administradores locales tomaron sus propias decisiones para organizar el absolutismo monárquico en versión colonial hispanoamericana. Un siglo después, se sentaron las bases jurídicas del que luego sería conocido como el moderno derecho internacional, el cual ha sido considerado como el gran aporte de los absolutismos monárquicos europeos luego de haberse firmado la Paz de Westfalia.

Con el derecho de conquista, la doctrina del descubrimiento, la disputa de Valladolid y la Paz de Westfalia, se fundamentaron la organización y el funcionamiento del sistema-mundo moderno y colonial, el mismo que luego del último acontecimiento pasó a conocerse de manera mucho más eurocentrada como sistema internacional. Entre las bases jurídicas del orden mundial que empezó a surgir no podemos dejar de lado el principio tomista de la guerra justa, que desde mediados del siglo XVI fuera enarbolado para justificar la invasión de Abya Yala y la subordinación/destrucción de milenarias civilizaciones en todo el continente.

Un resultado hasta cierto punto previsible, pues luego de haber sido inferiorizadas por el discurso y la acción se asumieron con la suficiente capacidad para establecer quiénes eran poseedores de humanidad. Luego, se sumó el Estado como actor determinante en lo relacionado con la organización y el funcionamiento del sistema, el derecho a la integridad territorial bajo el principio de soberanía nacional y la libertad religiosa, la renuncia a intervenir en asuntos internos de otros Estados, la extraterritorialidad de las sedes diplomáticas y la organización de la diplomacia en el sentido moderno del término.

Con el transcurrir del tiempo y conforme se fueron fortaleciendo las bases para normativizar y legitimar su dominio –estamos hablando de casi trescientos años en los que confluyen diferentes perspectivas en su formación–, el occidentalismo pudo concluir su trayectoria como fundamento de la mayor parte de las teorías pertenecientes a la disciplina de relaciones internacionales, que ya en la primera mitad del siglo XX se fue organizando con el llamado idealismo y las semillas del moderno realismo como sus puntos de partida. Es un conjunto de principios que están condensados y son parte de una narrativa que se considera de alcance universal, por ejemplo, la retórica del consenso y la cooperación que ya hemos referido, los cuales ayudan a la fundación de una nueva etapa en ese orden interestatal pactado en la Paz de Westfalia, pero también la profundización de las diferencias entre civilizaciones establecida en la disputa de Valladolid. Esto es perfectamente entendible dada la expansión moderna colonial tenida en las décadas anteriores y la posterior naturalización de los principios en que dicho sistema se fundó.

Desde la perspectiva del mainstream, las tradiciones grociana y hobbesiana de manera muy temprana fundamentaron el occidentalismo en las relaciones internacionales, a las cuales se han sumado los que son considerados valiosos aportes de Kant al derecho internacional. Todas estas tradiciones jurídicas y filosóficas se han considerado como las que dieron forma al idealismo y luego, con la presencia de los historiadores, es que se diseña el realismo político. Cosa similar sucedió con las teorías siguientes, el liberalismo o transnacionalismo, por ejemplo, más todas aquellas que participaron de manera activa en los cuatro grandes debates realizados en el tiempo de vigencia de la disciplina y que por ahora no han sido mencionadas.

Algo parecido viene sucediendo con las ahora llamadas teorías reflectivistas, como el posmodernismo, las teorías feministas, el constructivismo y las teorías críticas. Podemos afirmar que ellas, en su mayoría, están también inmersas en el occidentalismo, pertenecen a esta tradición, ven el mundo desde el ser occidental y por eso proponen recuperar los fundamentos extraviados de la modernidad.

Una trayectoria que se mantuvo en la segunda mitad del siglo pasado gracias al rol dominante y desde entonces es abiertamente intervencionista de Estados Unidos, y que en gran medida ha logrado sostenerse en el siglo XXI. Es por eso también muy comprensible que en los distintos estudios y análisis que se realizan con la epistemología del occidentalismo y teniendo el marco disciplinar de las relaciones internacionales, la mayor parte de todos ellos se haga bajo la dirección teórica del mainstream académico. Si bien es cierto que esto último no es más que un conjunto de teorías procedentes de una comunidad de pensadores sobre todo angloestadounidenses, que siguen pensando y analizando el mundo según los criterios orientadores de la epistemología dominante, la teoría que ha sido más utilizada y que hasta el día de hoy sigue dominando el debate es el liberalismo.

En tal sentido, podemos afirmar que, desde sus orígenes, el multilateralismo y el institucionalismo de la segunda posguerra fueron al mismo tiempo teoría, práctica y expresión política del renovado pensamiento liberal luego de su crash ideológico sufrido en la década de los treinta. Fue el liberalismo, por medio de sus más destacados pensadores y las instituciones que se fueron fundando con suma rapidez, el que asumió la conducción ideológica del proceso de lo que para nosotros es actualmente el sistema-mundo moderno y colonial en su fase de globalidad neoliberal. Podemos afirmar que el sistema y las teorías de las relaciones internacionales son partes inseparables de una tradición fundada en los sacralizados principios que dieron origen a un sistemamundo muy jerarquizado y al primer sistema regional de Estados, que ya finalizando el siglo XX y con la inclusión de otras formas de Estado y tipos de gobierno alcanzó el grado de realmente global.

Según lo planteó el sociólogo e historiador estadounidense Immanuel Wallerstein, este proceso dio forma a “un sistema interestatal global de organizaciones político-militares controladas por hombres europeos e institucionalizadas en administraciones coloniales” (1979). Agregaría que todas ellas vienen funcionando desde el momento de su fundación con el institucionalismo auspiciado por el pensamiento liberal, una alianza político-epistémica que pone en evidencia la irrefutable realidad de considerarse modernas en sí mismas, pero terminan siendo neocoloniales. En la actualidad, la colonialidad y la modernidad mantienen su presencia en el actual orden globalizado que ha impuesto el neoliberalismo, y funciona con instituciones del viejo y el nuevo multilateralismo.

El sistema y los principios con los que se ha organizado y se administra se aceptan para ser parte integrante, y esa es la razón principal para que los Estados pierdan soberanía, pero aun así son condiciones que no pueden rechazar, pues se corre el riesgo de lograr solo condenas de la comunidad internacional, y la consecuencia solo puede ser el aislamiento y las sanciones que terminan afectando a la población. Aquellos principios de un origen tan local o regional tendieron a legitimarse globalmente gracias a la ley internacional y al asentamiento del poder dentro del sistema en las ciudadescapitales de determinados Estados. Desde aquel entonces, los poderes que actúan a escala local se concentran y ejercen desde lugares controlados por ciertos Estados y que, casi siempre, se referencian con los nombres de las ciudades que los albergan.

Son lugares que inspiran respeto al ser mencionados, pues se han posicionado como centros del orden planetario sin tener en cuenta que estas denominaciones terminan ocultando a quienes realmente influyen o conducen las decisiones de política internacional. Aquí se tiene a un pequeño grupo de Estados que se organizan en territorios nacionales, algunos incorporan a sus colonias llamándolos de ultramar o insulares, que utilizando distintos mecanismos han llegado a ser lugares donde se concentra el poder de quienes mayores recursos de poder tienen dentro del sistema internacional. Es por eso que no deja de sorprender la simpleza de ciertos análisis en los que se dice que Washington manda señales sobre alguna relación o comportamiento que considera ajeno al orden existente, Bruselas muestra su preocupación por tal acontecimiento, Londres expresa interés en adelantar algún convenio o como ha sucedido en años recientes, cuando todos ellos le piden a cierto Estado que administre justicia según los criterios establecidos por un ordenamiento legal al que han llamado derecho internacional.

Este lenguaje tan aséptico no sería posible utilizarlo si es que al momento de analizar se incorporaran variables de estudio que vayan más allá de lo establecido en las normas y los discursos que rigen al multilateralismo contemporáneo. Por ejemplo, cuando mandan señales o piden ser responsables con ciertas decisiones, quienes allí habitan lo hacen porque saben perfectamente que albergan a las alianzas militares encargadas de garantizar la defensa y la seguridad de los distintos niveles del sistema internacional, continentales o regionales por igual, porque allí están establecidas las instituciones encargadas de proteger la vigencia de la economía de mercado o radican los tribunales internacionales de justicia.

Quisiéramos enfatizar que desde los escenarios multilaterales siempre se manifiesta una profunda preocupación por el logro de la paz en el mundo, a la vez que se amenaza con hacer uso del abrumador poder militar de un reducido grupo de Estados. La mayoría de las veces son amenazas que se llevan a cabo de manera unilateral, con el declarado objetivo de neutralizar las que puedan surgir contra la seguridad internacional o para proteger a la humanidad; en algún momento se llamó defensa anticipada, pero en realidad están dirigidas a preservar la desigualdad inherente a un sistema-mundo como el moderno colonial.

Todos ellos garantizan el orden ante lo que consideran amenazante, como la presencia de comunidades o sociedades políticas que ya existen o pueden ir surgiendo, pero que son descalificadas puesto que no están preparadas para asumir los desafíos de conducir o participar en la administración del sistema-mundo. El argumento más utilizado es que no reúnen los requisitos políticos o las cualidades intelectuales para tener mayor participación en el funcionamiento de las instituciones multilaterales, pues su falta de conocimiento o experiencia en el manejo de los asuntos globales les imposibilita tener una presencia más destacada. Se argumenta que esto no debe ser motivo de preocupación para quienes han sido excluidos del pensar sobre el sistema y del actuar en el sistema, puesto que desde mediados del siglo XX se tienen las instituciones que siempre se han mostrado como medios para garantizar la paz, la igualdad y la prosperidad en el planeta.

Utilizando de manera bastante intensa la retórica que habla del principio de la igualdad entre Estados, de la cooperación y ayuda oficial al desarrollo o, de manera más simple y para cuando estaba vigente el campo socialista, de la amistad entre los pueblos, sabemos perfectamente que parte importante de todo ello ha sido muy difícil de alcanzar en el campo de la política real. Es algo estructural que viene de tiempo atrás: la subalternización de una multiplicidad de actores es parte intrínseca de un sistema que funciona sobre la base de jerarquías bien establecidas. Claro, debemos tener en cuenta que los Estados y las instituciones siempre hablan en nombre de la humanidad, pues ella no solo requiere el discurso ordenador de todo sistema, sino que también necesita aquellos que, con su desinteresado accionar, contribuyan a mantener el orden establecido. En todo caso, lo anterior ha llevado a que:

[…] mientras que para unos existen amenazas, para otros es bienestar, algunos ven riesgos donde otros buscan reducir la desigualdad. El discurso dominante naturaliza el predominio de una ideología, el liberalismo desde su neutralidad y manteniendo el control de las instituciones multilaterales, ha llevado a la aceptación de un orden dirigido por ciertos Estados quienes afirman decisiones basadas en su soberanía, mientras que promueve la desregulación por el lado de los que menos capacidad de resistencia tienen. (Zuleta et al., 2007)

Algo de esto se puede ver en los distintos niveles de la gobernanza global con la reiterada utilización de adjetivos que hacen sus altos funcionarios, quienes buscan la descalificación política y moral del sujeto que confrontan para de allí hacer notar su inferioridad. Una actitud que desdice el razonar del que se cree superior, pues nos permite observar sus limitaciones por lo binario, simple y maniqueo de los análisis del sistema basados en la epistemología del occidentalismo. A fin de cuentas, lo que se busca es mantener esa misma producción de superioridad basada en la ontología del ser que conquista sobre la inferioridad del ser conquistado, una relación que funciona hace varios siglos y que, como ya lo hemos dicho, ha funcionado en los principios que se consolidaron luego de la elaboración del derecho de conquista, la doctrina del descubrimiento, la disputa de Valladolid y la Paz de Westfalia.

En la actualidad, la noción de superioridad se reproduce más en función de los intereses de quienes dirigen las instituciones de la gobernanza y los Estados que las controlan, los cuales para todo efecto práctico resultan siendo los mismos. La superioridad también se manifiesta en el desmesurado uso de adjetivos que, de manera bastante explicable, se volvieron conceptos, al tiempo que aparecen y sobredimensionan las capacidades de los Estados y los líderes políticos que promueven desafíos al orden establecido.

Calificados los terroristas como graves amenazas a la seguridad internacional, entre otras cosas, el adjetivo terrorista se naturaliza y encarna en el sujeto político que se atreve a confrontar a las “grandes naciones”, George Bush dixit. A raíz de las últimas elecciones en Estados Unidos, muchos analistas del sistema internacional, que además se dicen académicos, reclamaron que este país debía recuperar el prestigio perdido durante los años de Trump. Una de las primeras acciones internacionales del gobierno de Joseph Biden para acceder a este pedido fue bombardear lugares donde habitan algunos de los que han sido considerados “enemigos de la humanidad” desde hace un par de décadas, lo cual imagino que llenó de alegría a quienes desde su lugar de enunciación siguen motivando a Estados Unidos para que recupere su lugar en el mundo.

Ahora bien, esos enemigos son actores y agentes que han sido naturalizados como amenaza a la seguridad del ser que conquista, y fueron incluidos sin ningún razonamiento medianamente serio como integrantes de los distintos ejes del mal que, supuestamente, han surgido en las dos últimas décadas. Al ser considerados de esta manera, pierden su calidad de seres humanos y por su irracional accionar en defensa de lo propio, se legitiman los bombardeos que se hacen en nombre de la humanidad. Después de todo, aquellos son humanos que han entrado en la zona del no ser y, ante esa inevitable realidad, su destino no puede ser otro que su desaparición de la faz de la Tierra. Como puede verse, el discurso con el cual se legitima la inferioridad involucra a civilizaciones con sus correspondientes sociedades políticas, ubicadas en territorios que durante cientos de años fueron objeto del imperialismo y la mentalidad conquistadora, y que hoy en día son caracterizados por los mismos invasores como carentes de legitimidad y autoridad para gobernar su interior.

Las incontables víctimas civiles que trae consigo toda acción militar son daños colaterales susceptibles de superarse una vez llegue la ayuda humanitaria que la comunidad internacional se encargará de proveer de manera muy rápida y eficiente por medio de las organizaciones no gubernamentales de alcance global. Con dicha ayuda, se sanarán las heridas físicas y emocionales que la guerra produce, y harán notar lo bondadosos que también pueden ser quienes alientan los ataques militares, puesto que desde lo más profundo de su ser están comprometidos con la necesidad de humanizar las guerras o compensar los daños que todas ellas, sin distinción, producen.

Ahora bien, a esa inocultable voluntad por recuperar el prestigio perdido durante los años de gobierno del republicano Donald Trump, súmenle el mayoritario parecer del multilateralismo como ideología y el accionar de los gobernantes globales, desde el cual también se argumenta sobre la incapacidad de ciertas comunidades políticas de dirigir a su población o de administrar los recursos que se encuentran en sus territorios. En consecuencia, tras ser lugares en el mundo que se constituyeron producto del dominio colonial en esta triple vertiente (política, económica y epistemológica), se les niega la posibilidad de gobernarse con autonomía puesto que esa será la prueba de una mayor rebeldía o resistencia al orden establecido.

Además, deben reconocer que todo ello se hace por su propio bien, puesto que la paz y la prosperidad de la humanidad no deben ponerse en riesgo por el irresponsable accionar de actores que no aceptan el lugar donde han sido ubicados. Ante cualquier desafío, siempre quedará el recurso de la fuerza militar para reintegrarlos al orden mundial. En la misma situación se encuentran las instituciones que crean el derecho y administran la justicia internacional, puesto que la mayor parte de ellas fue pensada y quedó organizada con base en una tradición jurídica conocida como el iuspositivismo. En esta tradición, predomina la norma escrita como fuente de autoridad, sobre todo si viene escrita en latín o en cualquiera de sus derivados romances, y que de manera definitiva pudo legitimarse a inicios del siglo XIX con la codificación de las normas durante la vigencia del imperio dirigido por Napoleón Bonaparte.

Siendo el Código Civil uno de los más importantes, el iuspositivismo estuvo acompañando, desde su independencia, el ordenamiento legal y normativo de la casi totalidad de los neocoloniales Estados andinos. Allí radica la importancia de superar los estrechos marcos jurídicos que el pensamiento republicano trajo consigo y de superar también las negativas consecuencias que el sistema político basado en la forma republicana de Estado contribuyó a profundizar en la región. En el caso del llamado derecho internacional, que empezó a instaurarse con el advenimiento de la modernidad al continente europeo, se retomaron los principios elaborados por uno de los filósofos más promocionados del supuesto humanismo occidental, de los cuales también se dice que son parte fundamental en el surgimiento del pensamiento ilustrado: Immanuel Kant.

En relación con su administración, otro aspecto a tomar en cuenta es que en los territorios de aquellos Estados que se han ubicado en el centro del sistema funcionan las cortes internacionales de justicia, como la CIJ ubicada en La Haya (Países Bajos), la Corte Penal Internacional (CPI) con sede en Roma o el Tribunal Internacional del Derecho del Mar que se ubica en Hamburgo (Alemania). Pero al mismo tiempo, existen cortes que actúan con una jurisprudencia local, que por razones muchas veces inexplicables han terminado adquiriendo una influencia de alcance global. Allí se ven desde delitos cometidos por organizaciones ilegales de distinto tipo, casos de corrupción o narcotráfico –que son los más investigados–, hasta demandas de inmensos conglomerados económicos contra Estados que incumplen sus compromisos de mantener la seguridad jurídica y proteger la inversión privada, por ejemplo.

Por eso la importancia del régimen internacional y de las instituciones que defienden la inversión privada y extranjera, como el Centro Internacional de Arreglo de Diferencias relativas a Inversiones (Ciadi), pues en ellas se refugian los agentes económicos que demandan seguridad para las grandes inversiones que realizan en distintos megaproyectos de infraestructura o de extracción de recursos. Solo quisiéramos mencionar que la seguridad jurídica y los mecanismos de protección de la inversión privada consisten en la explícita prohibición de las distintas agencias que conforman el Banco Mundial de afectar las utilidades o renegociar los ingresos que las empresas transnacionales obtienen por medio de ir acelerando el extractivismo rural y urbano en los lugares donde operan.

En este caso, no importan los graves daños ocasionados en la Amazonia ecuatoriana y peruana con la explotación petrolera, sobre todo por la ruptura en los últimos años de los obsoletos oleoductos que transportan el recurso, o por el estrés hídrico que desde 2016 se sufre en Bolivia y sus principales ciudades ya sea por la desglaciación, la sequía o el uso intensivo del agua en la extracción minera o para el riego de los monocultivos. Ni mencionar los desplazamientos de población que el extractivismo genera en campos y ciudades, pues hoy en día lo que realmente importa es que la dinámica del capital no se vea afectada por cambios en las normas que regulan la economía de mercado. La mayor parte de ellas aparece como naturalizada en el discurso y el accionar de los agentes y actores con mayores recursos de poder en el interior del sistema-mundo.

Si no, cómo entender que un tribunal internacional de arbitramento ubicado en La Haya termine anulando una sentencia promulgada por un tribunal ecuatoriano, la Corte Provincial de Sucumbíos, y ratificada en todas las instancias judiciales de un Estado soberano contra una multinacional que se demostró que había cometido graves crímenes ambientales. Pero no solo ambientales, pues el tribunal ecuatoriano aceptó como agravante en la decisión tomada el hecho de que cerca de dos mil personas, casi todos integrantes de los pueblos originarios que habitan el territorio, habían fallecido a causa de la contaminación ocasionada. La consecuencia más notoria y hasta cierto punto lógica de las decisiones que se van tomando, en este caso por un tribunal de arbitramento, es que la administración de justicia forma parte de un sistema basado en leyes e instituciones, cuyo funcionamiento está muy distante de una definición mínima de democracia entendida, en este caso, como igualdad.

A nuestro modo de ver, es la consecuencia de contar con un sistema-mundo moderno y colonial construido con base en los principios jurídicos y políticos procedentes de la particularidad que ha dado forma a la tradición jurídica europea occidental. Es un sistema que, ya lo hemos dicho, funciona con jerarquías bien establecidas producto de las grandes diferencias en los recursos materiales de poder, cierto, pero sobre todo producto de la actitud dominante y exclusionaria de la epistemología que ha gobernado el pensamiento y las instituciones construidas sobre estas ideas. Resulta siendo la misma tradición epistemológica con la cual se fundó, y se ha ordenado y dirigido, el sistema-mundo desde comienzos del siglo XVI: el occidentalismo. En este caso, la llamada justicia internacional que ciertos Estados-nación tan ávidamente se han encargado primero de promover y organizar para luego controlar, siempre argumentando que lo hacen en nombre de la humanidad.

Con estos antecedentes en su contenido y al ser analizados en clave decolonial, se han elaborado muy serios argumentos para considerar que los conceptos con los que se da forma a la disciplina de relaciones internacionales no vienen a ser sino la actualización de formas de violencia epistémica históricamente constituidas, con las cuales ha sido posible darle continuidad a un particular dominio del sistema-mundo moderno y colonial en su fase actual de la globalidad liberal. En América Latina y desde hace ya varios años, el pensamiento decolonial cuestiona tales conceptos y sus convencionales definiciones, las mismas que se producen de abundante manera en distintos medios académicos que no cesan en definirse globales y cosmopolitas. Cosa parecida sucede con las definiciones que sostienen a las instituciones multilaterales, en realidad son sus conductores quienes las elaboran, y las prácticas que adelantan como parte de lo que sus dirigentes consideran una ecuménica misión.

Las teorías y el conocimiento producidos en las relaciones internacionales son también situados. Todos ellos son formas particulares de leer e interpretar, pues se formaron en un espacio histórico-temporal que abarca casi un milenio y un continente entero, más los territorios que se fueron sumando en los últimos quinientos años. A todas ellas las hemos considerado teorías acompañantes en el reforzamiento no solo de un pensamiento situado en las relaciones internacionales, sino también de activos participantes en la institucionalización de la fase actual del sistema-mundo moderno y colonial. Retomando el concepto de geopolítica del conocimiento, el antropólogo colombiano Eduardo Restrepo considera que todo conocimiento es situado puesto que:

Es imposible la existencia de un conocimiento des-subjetivado, descorporalizado. El conocimiento está siempre anclado y marcado por los sujetos que lo producen, independientemente de sus capacidades reflexivas para comprender y cartografiar estas improntas. Las historias y trayectorias de estos sujetos (las cuales no solo operan en el registro de lo mental, sino que se han hecho cuerpos) troquelan de las más diversas maneras, no solo el conocimiento como resultado, sino las posibilidades e imposibilidades mismas del conocer. Ciertas experiencias o condiciones de los sujetos concretos invisten de maneras difíciles de separar (cuando no incluso de identificar) la producción misma del conocimiento. (2016)

Para refutar los argumentos anteriormente señalados, se establece como falso el que otras regiones del mundo no clasifiquen como lugares de enunciación en el entendimiento y el funcionamiento del sistema-mundo. Estas regiones están destinadas a ser simples receptores de teorías explicativas y modelos organizativos con los que se han construido los múltiples conceptos y organizado las prácticas dirigidas a garantizar el dominio del sistema. El moderno Estado-nación, capitalista y con una impronta imperialista, terminó por dominar el sistema internacional utilizando distintos medios, hayan sido epistemológicos o materiales, para lo cual han resultado muy útiles las violencias de distintos tipos.

Las violencias han sido el medio a través del cual se aniquilaron civilizaciones enteras, por ejemplo, adoctrinando en el sentido cristiano de la palabra e incorporando en la desde entonces llamada civilización superior a todos aquellos que pasaron a ser objetos de su misión civilizatoria. Es así como se impuso el occidentalismo y es parte integrante de todas las formas de colonialidad existentes, la del poder, el ser, el saber y de la naturaleza, que han permitido mostrar el ahora bien conocido lado oscuro de la modernidad.

Estas primeras páginas nos comienzan a mostrar que las instituciones multilaterales y sus normas permiten establecer alianzas entre ciertos actores políticos involucrados en la gobernanza multinivel, con agentes económicos que sobre todo son los propietarios del capital oligopólico aglutinado en las empresas y corporaciones transnacionales. Para darle forma a la coalición, utilizan un sistema en el que se conjugan los principios más elementales del liberalismo económico, por ejemplo, la prioridad que se le sigue dando a la desregulación del sistema económico internacional.

En tal sentido, quisiéramos advertir que, por razones propias de la investigación, el estudio del actual régimen internacional para el desarrollo atraviesa la totalidad del libro debido a las implicaciones que tiene al momento de pensar la gobernanza global y las otras formas de gobernanza que revisaremos más adelante. Pero también dadas las respuestas que ha generado entre los pueblos originarios andinos. Lo hacemos porque parte de un sistema construido sobre la base de múltiples alianzas, el desarrollo, si es posible de lograrse y además debe ser sostenible, abarca temas e instituciones globales de importancia como los relacionados con la gobernanza del ambiente, la extracción responsable de las materias primas más la protección humana de los que en años recientes pasaron a llamarse bienes públicos globales.

En todo este accionar, interviene el multilateralismo con el potencial regulador de sus normas y acciones, más ahora que están tan preocupados por implementar la gobernanza en los distintos sentidos que le han dado a este concepto. Junto a ellos, el inocultable accionar de los Estados que se encargan de proteger las inversiones de sus connacionales utilizando distintos mecanismos, por ejemplo, el Organismo Multilateral de Garantías de Inversiones (MIGA, por sus siglas en inglés) y el Ciadi, o como también se viene haciendo ahora con la colaboración gobierno a gobierno en el caso de la contratación de la obra pública. En todo caso, podemos afirmar que esto en gran parte sucede en un sistema-mundo organizado en múltiples instituciones que buscan desde regular la economía mundial hasta promover el desarrollo, cuidar el ambiente y conseguir el bienestar para todos los habitantes del planeta. Por lo menos, así es como nos lo dicen.

Entre todos los conceptos que hoy en día han logrado una gran popularidad se destacan la gobernanza global y la gobernanza regional para el desarrollo. Podríamos afirmar que ambos, al igual que muchos otros, traen consigo una importante cantidad de referentes simbólicos y materiales en los que el sistema-mundo legitima su actual existencia y funcionamiento, y en los que sus actores más relevantes mantienen unas políticas que siguen jerarquizando y, en consecuencia, subalternizando amplias regiones del mundo. Con la gobernanza global y el desarrollo regional, se da continuidad a parte importante de los conceptos insertos en la epistemología que ha influido de manera decisiva en los estudios del sistema-mundo moderno y colonial, pero además y como algo realmente pernicioso y amenazante, han condicionado las decisiones en la política internacional, sobre todo aquellas relacionadas con el ordenamiento económico a escala local. Es algo que viene pasando hasta el día de hoy y así lo mostraremos en los siguientes capítulos.

CAPÍTULO SEGUNDO GOBERNANZA GLOBAL Y CONOCIMIENTO SITUADO

En este capítulo, trabajamos el concepto de gobernanza global y lo hacemos en una perspectiva histórica a corto plazo, puesto que nos remontamos a inicios de los años ochenta, cuando ya se visualizaban las primeras evidencias de cambios importantes en el sistema internacional. En tal sentido, aquí argumentamos que en el exitoso tránsito hacia el nuevo orden mundial liderado por Estados Unidos desde inicios de la década siguiente no solo se tuvo una institucionalidad multilateral constituida en soporte del Estado dominante, sino que también se contó con el aporte de las academias dedicadas al tema internacional, cuyos integrantes trabajaron en definir el concepto de gobernanza global desde la particularidad de una ideología, el neoliberalismo, y buscaron darle un carácter universal por su lugar de enunciación, Occidente.

Con el ánimo de conocer algo más sobre el concepto en debate, en el primer acápite mostramos el contexto intelectual y político en el que se inicia la búsqueda de una teoría que permita reformular el sistema internacional. Son momentos en los que los seguidores del pensamiento neoliberal han empezado a tomar el control de las instituciones multilaterales, en medio de una grave crisis económica iniciada años atrás, como también que políticos adscritos a esa tendencia ideológica ganaran las elecciones en dos de los Estados más importantes para el funcionamiento del sistema: Estados Unidos y Reino Unido.

Es el inicio de un proceso conducente a la instalación de lo que pasó a llamarse nuevo orden mundial, y con la idea de estabilizarlo es que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) creó la Comisión de Gobernanza Global integrada, en su mayor parte, por personalidades con trayectoria política e intelectual muy cercana al ideario socialdemócrata. Fueron estas quienes participaron de manera muy activa en organizar la primera definición que tuvo el concepto, que luego sería difundido por los distintos medios con que cuenta la ONU, incluida una revista que fue fundada con esa finalidad: Global Governance.

En el segundo acápite, exponemos algunos de los cuestionamientos que se le han dado al concepto de gobernanza global desde lugares de enunciación muy similares a los que han predominado en el debate sobre el tema. En ellos, se permite visualizar la relación construida con el capitalismo cognitivo, lo cual es muy evidente al observar la institucionalidad académica global que ha surgido para la difusión del concepto. Por último, hacemos una breve revisión de algunas críticas teóricas y metodológicas relacionadas con lo que podríamos llamar unas relaciones internacionales de las ausencias, retomando una acción que interpela la exclusión de formas de entendimiento distintas a las dominantes, por ejemplo, las procedentes de las ontologías andinas.

I. TRANSFORMACIONES GLOBALES Y ORÍGENES DEL CONCEPTO

La metodología del conocimiento situado puede llevarnos a una interesante disputa teórica sobre el concepto de gobernanza global; la principal motivación que tendríamos para participar han sido las serias consecuencias que su puesta en práctica trajo para la administración de ciertos territorios dentro del sistema-mundo moderno y colonial2. Retomando aspectos ya señalados en el primer capítulo, diríamos que la gobernanza es parte de una historia y de un pensamiento local que por distintas circunstancias se volvieron soportes de un diseño global, cuya lejanía epistemológica pero mucha cercanía material afecta sobre todo los niveles del sistema que se mueven entre lo regional y lo nacional.

Ahora bien, algunos antecedentes para entender el surgimiento y el posicionamiento del concepto son ubicables a finales de los setenta e inicios de los ochenta, pues coinciden con la llegada de políticos neoconservadores al Gobierno de dos de los principales Estados aportantes al multilateralismo de aquel entonces: Reino Unido y Estados Unidos. Además, se debe tener en cuenta que varios Gobiernos socialdemócratas en Europa occidental habían sido derrotados años antes por las tendencias políticas opositoras, en medio de una generalizada crisis económica y política, esto es, para algunos, la crisis terminal de un sistema basado en el fordismo y el Estado de bienestar.

Desde aquel entonces, el neoliberalismo se erigió también como la ideología impulsora de los cambios en la administración del sistema internacional, pues se dirigió a darles una nueva orientación a las instituciones multilaterales luego de haber retomado el control de los Estados ya mencionados, ambos fundadores y que en gran medida podrían ser llamados ideólogos de la institucionalidad neoliberal. Según lo describe el politólogo ecuatoriano César Montúfar (2002), todo ello transcurrió conforme se producía el cambio del paradigma con que se había organizado el desarrollo internacional en las tres décadas anteriores, el periodo comprendido entre 1950 y 1980.

Ideología y política no podían desvincularse de la economía y por ello tuvieron a su lado, y de una manera mucho más abierta que en décadas anteriores, a las inmensas corporaciones empresariales que empezaron a utilizar más activamente la desregularización promovida por quienes habían asumido la conducción del régimen económico internacional. En el interior de lo que podríamos llamar una coalición político-económica transnacional, se estableció una alianza firme entre política conservadora y economía liberal, y allí no pudieron faltar intelectuales y académicos insertos en los estudios del sistema internacional, quienes fuertemente motivados por los cambios acelerados que se iban sucediendo, decidieron elaborar un programa de investigación bastante ambicioso.

Además de los estímulos materiales y simbólicos proveídos por las instituciones multilaterales para trabajar en un nuevo concepto, los encargados de producir conocimiento se vieron muy interesados en establecer los criterios mínimos para darle un fundamento teórico a la gobernanza global. Darle valor universal al concepto no sería problema, pues para ello contaban con una extensa institucionalidad académica y política. Al mismo tiempo, quizá como su lado oculto, debían utilizar los aportes del nuevo concepto y contribuir a la estabilidad del futuro nuevo orden mundial una vez que se produjera el derrumbe del llamado campo socialista, pues era muy visible la erosión en fase terminal de las fuentes de poder que lo sustentaban.

Para empezar, el trabajo se inició a finales de los ochenta en pleno derrumbe del campo socialista, con la invitación del excanciller de Alemania Willy Brandt a sus colegas de años anteriores: Julius K. Nyerere, expresidente de Tanzania, Olof Palme, quien había sido primer ministro de Suecia, y Gro Harlem Brundtland, la ex primera ministra de Noruega, para que entre todos ellos lideraran distintos grupos de reflexión sobre temas y problemas globales. Una década atrás, Brandt había dirigido la Comisión Independiente sobre Asuntos de Desarrollo Internacional, mientras que Palme había dirigido la Comisión Independiente sobre el Desarme y Seguridad. Hacia 1987, la ONU hizo público el Informe Brundtland, “Nuestro futuro común”, documento en el que se presenta de manera oficial el concepto de desarrollo sostenible, mientras que ese mismo año Nyerere se hizo cargo de la recién fundada Comisión del Sur (Villamar, 2017, p. 137).

Tres de ellos se habían convertido en preclaros representantes de las ideas socialdemócratas y desde su retiro de la vida política –recordemos las derrotas de los partidos de dicha tendencia en los años setenta–, se habían posicionado como intelectuales al servicio de las causas de la humanidad. Por ello, a finales de la década de los ochenta reaparecieron en el escenario internacional como firmes defensores de una política mundial para el desarme y la protección del ambiente, como promotores del desarrollo y de la cooperación Sur-Sur, y como algo infaltable en este tipo de narrativas, el fomento de la democracia liberal sobre todo en los territorios donde había operado el colonialismo y se mantenía la colonialidad.

Meses más tarde, a los diálogos promovidos por Willy Brandt se sumaron el sueco Ingvar Carlsson y el guyanés Shridat Ramphal, quienes habían sido primeros ministros en sus países de origen y para entonces contaban con una amplia trayectoria en la administración del régimen internacional del desarrollo. Ambos liderarían la comisión independiente encargada de las conversaciones para darle forma y contenido al concepto de gobernanza global (Villamar, 2017, p. 137).

Un par de años después, en septiembre de 1992, luego de la implosión soviética, la globalización del modelo neoliberal y sus correspondientes democracias, la guerra de los Balcanes y la victoria estadounidense sobre Irak en la primera guerra del Golfo, se estableció que había surgido un nuevo orden mundial que no estaba exento de las llamadas nuevas amenazas a la seguridad internacional. En todo caso, y tal como fue establecido por los veintiocho miembros que integraron la comisión, se consideró que la propia evolución de las relaciones internacionales, es decir, el sistema que integra a los Estados del mundo, había “creado una oportunidad única para el refuerzo de la cooperación global y su encuentro con el reto de asegurar la paz, conseguir el desarrollo sostenible y universalizar la democracia. [Era el momento] para construir un sistema más efectivo de seguridad mundial y gobernanza” (Núñez y Rey, 2009).

En ese contexto y con las oportunidades y los desafíos que afrontaba el nuevo orden mundial, el recién elegido secretario general de la ONU, el egipcio Boutros Boutros-Ghali, le dio el necesario respaldo a la búsqueda de un concepto que contribuyera a darle mayor estabilidad al sistema internacional, y para ello promovió la incorporación de la Comisión de Gobernanza Global al sistema de Naciones Unidas. Fue en febrero de 1995 cuando se hizo público el documento titulado Our Global Neighborhood, el cual es considerado el trabajo académico que funda el concepto por medio de la siguiente definición de gobernanza:

Governance is the sum of the many ways individuals and institutions, public and private, manage their common affairs. It is a continuing process through which conflicting or diverse interests may be accommodated and co-operative action may be taken. It includes formal institutions and regimes empowered to enforce compliance, as well as informal arrangements that people and institutions either have agreed to or perceive to be in their interest. (Commission on Global Governance, 1995)

El concepto buscó legitimarse aún más cuando determinadas comunidades académicas, ubicadas en lugares que hemos identificado como los centros del sistema internacional, en este caso del saber y del poder, y con el apoyo institucional y financiero del Consejo Académico del Sistema de Naciones Unidas (ACUNS, por sus siglas en inglés), fundaron en 1995 la revista Global Governance. A Review of Multilateralism and International Organizations. Editada de manera trimestral por una entidad privada con sede en los Países Bajos y que se presenta como editora académica internacional, Brill, además de tener el apoyo de The Hague Academy of International Law, solo se puede leer previo pago de una suscripción en dólares o euros pues es de acceso restringido. Además, y con el ánimo expreso de que tenga una difusión realmente global, solo publican artículos en inglés, puesto que sus editores piensan en lo importante que es la igualdad entre idiomas para avanzar en estos menesteres políticos y académicos de garantizar la gobernanza global.

Es así como teniendo una revista inmersa en el mundo del capitalismo cognitivo es que se inicia el debate sobre su significado, y para ello se comenzaron a formular distintas definiciones. En su artículo publicado en el primer número de la revista, James Rosenau, reconocido politólogo e internacionalista estadounidense, consideró que la gobernanza global debía ser vista como “[…] systems of rule at all levels of human activity – from the family to the international organization – in which the pursuit of goals through the exercise of control has transnational repercussions” (1995, p. 13). Poco después, Lawrence S. Finkelstein (1995), profesor de ciencia política y estudios internacionales, también funcionario del sistema internacional y servidor del sector defensa en su país de origen, Estados Unidos, intentó algunas reflexiones sobre el concepto recién formulado, señalando la importancia de que la gobernanza global debe ser lo más amplia posible si se quiere entender como parte integrante de las relaciones internacionales.

En tal sentido, y en medio de la confusión inicial en la que se desenvolvió la gobernanza global, Finkelstein consideró que esta no debía verse como algo opuesto a la convencional definición de gobierno, sino que pretendía ir más allá al considerar que el sistema internacional había procesado cambios donde lo más notorio era la ausencia de jerarquías en su interior. Lo que se nota es un cierto debilitamiento en la aspiración de ciertos Estados por tener una forma de gobierno que abarcara al mundo entero. Así es como apareció el concepto de gobernanza, puesto que no se llegó a entender y no se supo cómo llamar a lo que sucedió en el mundo de la posguerra fría. Diríamos que la gobernanza global puede verse como cualquier actividad propuesta con el objetivo de controlar o influenciar a alguien más, sean actores estatales o no estatales, por ejemplo, y puede darse ya sea en los espacios ocupados por las naciones o en los distintos niveles en que está organizado cualquier tipo de sociedad o sistema, incluido el internacional.

Ante esta situación de incertidumbre conceptual, Finkelstein propuso que la gobernanza global es una actividad que debe institucionalizarse, pero a su vez recomendó que las instituciones deben verla como un medio en manos de alguna organización, agencia o actor, con la finalidad de identificar y examinar partes del proceso de decisión y acción que moldea o determina estas actividades. En tal sentido, es importante reconocer que la adopción de reglas puede ser un objetivo primario de la gobernanza, así como del Gobierno nacional, puesto que la gobernanza global es gobernar sin una autoridad soberana ya que el Estado no será el único actor que establezca las relaciones con otros similares. La gobernanza global es hacer internacionalmente lo que los Gobiernos hacen a nivel nacional. Bueno, aquí cabría la pregunta sobre si la gobernanza permite que los pueblos originarios andinos implementen una decisión común de prohibir la extracción de materias primas en sus territorios.

Para cerrar este primer debate alrededor del concepto de gobernanza global, podría establecerse que las tempranas diferencias entre los autores hasta ahora trabajados hacen ver algunos de los ligeros matices existentes en el interior del paradigma que permea y con el que trabaja la disciplina de relaciones internacionales. Finkelstein critica la definición de Rosenau al considerarla demasiado amplia y con esa elasticidad que le imprime este autor, se logra que cualquier cosa haga parte de la gobernanza global. Sin embargo, la aproximación realizada por Finkelstein parece dejarnos en la misma posición, sobre todo cuando una conclusión bastante reduccionista considera que gobernanza no solamente son las actividades ejecutadas por un Estado, sino que ahora es necesario que dichas actividades se hagan a escala internacional. Por ejemplo, legislar sobre la mejor manera de extraer materias primas.

Al mismo tiempo, pasó por alto la característica jerárquica del sistema internacional; y muy en su formación de intelectual progresista estadounidense, Finkelstein reconoce la anarquía que ha predominado en el sistema y de la cual mucho se han preocupado los seguidores del realismo en sus versiones más tradicionales. En síntesis, las definiciones dadas aquí por estos dos autores nos sirven como una primera aproximación más académica, por decirlo de alguna manera, al concepto de gobernanza global. Teniendo en cuenta que es poco deseable que las definiciones dadas a un concepto se parezcan tanto, pues haría notar una cercanía ideológica entre quienes las formulan, aquí resulta demasiado evidente que lo formulado por Rosenau y Finkelstein no logra desmarcarse de las teorías tradicionales en relaciones internacionales. Mucho institucionalismo neoliberal, sobre todo cuando coinciden en que el uso adecuado del concepto puede establecer las bases de un nuevo régimen internacional.

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Litresdə buraxılış tarixi:
11 sentyabr 2025
Həcm:
273 səh. 6 illustrasiyalar
ISBN:
9789587907407
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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