Kitabı oxu: «Vientos de libertad»

Şrift:

Vientos de libertad


Vientos de libertad © Alejandro Basáñez Loyola

D. R. © Editorial Lectorum, S. A. de C. V., 2021

Batalla de Casa Blanca, Manzana 147–A, Lote 1621

Col. Leyes de Reforma, 3a. Sección?

C. P. 09310, Ciudad de México

Tel. 5581 3202

www.lectorum.com.mx

ventas@lectorum.com.mx

Primera impresión: agosto 2021

ISBN: En trámite

D. R. © Portada: Angélica Irene Carmona Bistráin

D. R. © Imagen de portada: Shutterstock®

Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.?

Prohibida la reproducción parcial o total sin autorización escrita del editor.

Índice

1  Prefacio

2  1 · El año del hambre

3  2 · Cuando los insurrectos se encuentran

4  3 · Cuando se mata a los reyes

5  4 · Miguel de la Grúa, el virrey corrupto

6  5 · Amores espinosos

7  6 · Sueños de libertad

8  7 · Réquiem para un imperio

9  8 · Agoniza la dominación pacífica

10  9 · Un alemán redescubre América

11  10 · Nelson vence a Napoleón en Trafalgar

12  11 · Vientos de libertad

13  12 · Se descubre la conjura

14  13 · Arde el Bajío

15  14 · Guanajuato en llamas

16  15 · Monte de la Cruces

17  16 · Calleja recupera Guanajuato

18  17 · Hidalgo se rehace en Guadalajara

19  18 · Puente de Calderón

20  19 · Allende depone a Hidalgo

21  20 · Calleja captura a Hidalgo

22  21 · Los mártires son ejecutados

23  Epílogo

Prefacio

Después de la exitosa conquista de Tenochtitlán en 1521 por Hernán Cortés y su gavilla de aventureros, nacería la Nueva España. La madre España dominaría este inmenso territorio por trescientos largos años. Tres siglos gobernados por 64 virreyes; algunos de ellos notables y, la mayoría, corruptos del montón, que solo velaban por sus intereses personales, haciendo que el tiempo y el progreso se estancaran por décadas en la Colonia, como si nada nuevo e interesante pudiera ocurrir en el inmenso dominio español en América.

Hechos relevantes, ocasionados por las beligerantes Francia e Inglaterra en Europa, agitarían las tranquilas aguas de la Nueva España, generando vientos de libertad, que la sacudirían en sus cimientos, despertando el descontento y la inconformidad en la Colonia, sucesos que desembocarían en la guerra de independencia, encabezada por el visionario cura criollo don Miguel Hidalgo y Costilla en 1810.

En esta apasionante novela sentiremos de cerca esas ventiscas de libertad, tornados libertarios venidos de Filadelfia, con la guerra de independencia de los Estados Unidos en 1775, y de Paris en 1789, con la con la toma de la Bastilla y la decapitación de Luis XVI y María Antonieta.

Los encantadores personajes de la novela, vivirán de cerca la hambruna que azotó a la Nueva España en 1785; la decadencia del imperio español en América; la intolerancia entre criollos y gachupines, considerándose superiores los nacidos en la península, acaparando los mejores puestos de gobierno y sociales en la Colonia; la explotación de los mineros y campesinos; la guerra europea entre España y Francia, contra la poderosa Inglaterra; la decadencia de la monarquía y fortalecimiento de la república, como mejor alternativa de gobierno; el fin del milenio con la culminación de la construcción de la Catedral Metropolitana, el descubrimiento del calendario azteca; el encarcelamiento y expulsión de fray Servando Teresa de Mier, por blasfemar que el Calendario Azteca demostraba que la imagen de la Virgen María fue milagrosamente impresa en la capa del apóstol Santo Tomás, quien ya predicaba el evangelio en el Nuevo Mundo, desde siglos atrás, en la persona del apóstol Santo Tomás, conocido como Quetzalcóatl entre los aztecas y Toltecas; la inauguración de la estatua de Carlos IV, obra de Manuel Tolsá, conocida como el Caballito, y las primeras y fallidas conspiraciones para derrocar al alicaído gobierno de la Nueva España.

Viviremos de cerca la juventud de Hidalgo, Allende, Aldama, Morelos y la Corregidora, como futuros próceres de la independencia de México.

Asistiremos a tertulias y eventos sociales en la capital, donde conoceremos a la impugnada Güera Rodríguez y sus atormentados amores. Controvertida mujer que se haría presente en el movimiento de independencia, al apoyar financieramente al cura Hidalgo y a la organización de los Guadalupes, en la capital de la Nueva España.

España, la madre patria, después de largo tiempo de ser una potencia temida y dueña de gran parte del mundo, sufriría su atraso y decadencia, al ser superada militar y tecnológicamente por Inglaterra y Francia. Los dos eternos enemigos de la península Ibérica se lanzarían en un ataque en distintos tiempos, donde Francia tomaría el control absoluto del imperio más grande del mundo, al encarcelar a Fernando VII, hijo del derrocado Carlos IV. Esto ocasionaría un síndrome de orfandad que despertaría las conciencias de los pensadores americanos para intentar liberar a la Nueva España del inminente dominio francés, al desconocer el gobierno espurio de Napoleón.

La guerra de independencia de México fue una larga conflagración que duró un poco más de una década, cuando pudo haber sido un evento de mero papeleo entre virreyes, curas y militares, resuelto en unos cuantos días y con muy pocas bajas en ambos bandos.

En Vientos de Libertad conoceremos los orígenes y razones de este sanguinario levantamiento social, culminado en su primera fase con el fusilamiento de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, y dejando el terreno abierto para continuar la revuelta con Ignacio López Rayón, el cura José María Morelos y Pavón, Vicente Guerrero, Mariano Matamoros; los hermanos Hermenegildo, Juan Pablo y Juan José Galeana; Guadalupe Victoria, Pedro Moreno, fray Servando Teresa de Mier, Francisco Javier Mina, Agustín de Iturbide, y muchos otros próceres más, que conseguirían la victoria soñada por Hidalgo y Allende, diez años después de que sus descarnados cráneos estuvieron expuestos dentro de unas macabras jaulas en cada esquina de la Alhóndiga de Granaditas.

Qué mejor manera de conocer toda esta fase de gestación libertaria, que vivirla paso a paso, en compañía de los protagonistas principales de esta historia, al interactuar codo a codo con los hombres que dejaron sus vidas por engendrar el México libre de hoy.

1 · El año del hambre

Antes de dar al pueblo sacerdotes, soldados y maestros, sería oportuno saber si no se está muriendo de hambre.

León Tolstoi

Corría el fatídico año de 1785, y la Colonia resentía en su castigada población los estragos del hambre. La escasez de lluvias y los soles abrasadores habían acabado con los cultivos de maíz en el centro de la Nueva España.

El impacto de la sequía era distinto de una localidad a otra, dependiendo de los tipos de suelo y de la efectividad de la ayuda prestada por el gobierno. Casi toda la Nueva España fue presa del hambre, cobrando la vida de 85000 personas. En el campo las catástrofes se intensificaron, afectando más a los campesinos con epidemias y enfermedades desconocidas, que arrancaban la vida de los desposeídos, sin distinción alguna. Todo esto obligó a los campesinos a concentrarse en las ciudades más importantes en busca de ayuda para evitar morir de hambre en sus parcelas.

Para enfrentar esta desesperada crisis de víveres, el virrey Bernardo de Gálvez (1785-86), sucesor de su padre, Matías de Gálvez (1783-84), recurrió a distintas medidas, que desde el punto de vista de la Colonia, significaron una declaración de guerra contra los agricultores y especuladores, que veían más por sus intereses que por la mortandad de los indígenas del centro de México.

La cruzada contra el hambre impulsada por el virrey, consistió en cuatro medidas importantes: el impulso de la siembra de riego y semirriego para aumentar la disponibilidad de maíz y otros granos y de esa manera regular el mercado; la segunda en dar empleo a los indígenas pobres y vagos en las obras públicas y religiosas para generarles un ingreso para su manutención; tercera, prohibir las limosnas, que sólo generan vagancia y ociosidad; y la cuarta, dar techo, comida y educación a los pobres más desesperados, para evitar así mortandad y epidemias entre ellos.

En atención a la disposición del virrey de otorgar ayuda alimentaria a los pobres que deambulaban por las calles de las ciudades, la Iglesia y algunos particulares instalaron cocinas en los monasterios y en sus casas para alimentar gratuitamente a estos desdichados y detener la sombra de la muerte, que poco a poco iba diezmando a la población con su huesuda y relente mano.

Debido a las heladas en Guanajuato, Valladolid, Chihuahua, San Luis Potosí, Guadalajara y Pachuca, los dolores de costado, pleuríticos, sarampión y “fiebres malignas” azotaron a la población en 1785, cobrando la vida de miles de víctimas.

Don Espiridión López, hecho un guiñapo con el rostro congestionado por las lágrimas, terminó de enterrar a su esposa, quien había muerto de un fulminante dolor de costado.(1) Una llana cruz de madera sobresalía de un promontorio de tierra y rocas frente a su casa de adobe. Una improvisada y grotesca tumba, que arrancó las últimas fuerzas de un hombre que había perdido casi todo. Lo último que le quedaba se encontraba junto a él, con los ojos irritados de tanto llorar.

—¡No te mueras, tata! —gritó el niño Martiniano desesperado.

El chiquillo, de escasos siete años, quedaría solo ante el mundo. Con la muerte de sus padres, no había ya nadie que pudiera ver por él. En tiempos de crisis todo mundo ve para sí mismo.

—¡Huye a la ciudad, hijo! No te quedes... aquí... ah...

El padre del chiquillo intentó articular unas palabras más, pero estas quedaron ahogadas para siempre en su garganta. Una mirada de impotencia y desesperación, al dejar en la orfandad al chiquillo, fue lo último que reflejó el rostro cadavérico de don Espiridión al morir.

Martiniano enterró a su padre junto a la tumba que el mismo don Espiridión había cavado para sí mismo un par de horas antes. El desdichado niño, entre sollozos tomó su quimil y huyó de ahí, buscando el camino que lo llevaría a Valladolid. Sabía que algo desconocido mataba a la gente en el campo y debía huir para no morir igual que sus padres.

Por horas y horas, camino por una polvorienta vereda hasta que la noche lo alcanzó, y se vio obligado a dormir bajo la negra bóveda celeste, donde no había una sola nube que eclipsara a los millones de astros que iluminaban la noche.

El terror se apoderó de él al escuchar unos feroces gruñidos. Ocho luces, que no eran otra cosa más que los ojos de cuatro coyotes obligaron a Martiniano a treparse a un mezquite y evitar así terminar engullido por los gregarios depredadores de la noche. Los depredadores intentaron por unos minutos hacer algo para atacar a su presa, pero al ver que esta se encontraba muy alto, en un lugar inaccesible para ellos, mejor se retiraron en busca de algo más fácil que atacar.

El hambre torturaba su estómago y las dulces vainas de ese mezquite sirvieron para mitigar un poco su feroz apetito.

Martiniano fue despertado por los primeros rayos del sol del amanecer. Con el cuerpo entumido por la incomodidad de haber estado trepado por horas en el mezquite, el chiquillo prosiguió su incierto camino. A lo lejos, tras una loma se distinguían las torres de la catedral, en medio de cientos de construcciones. Valladolid, su salvación, estaba a unos cuantos kilómetros de él.

Cuando enfilaba por una recta vereda, un hombre apareció en el camino. El individuo era un hombre regordete de unos cuarenta años. Sus rasgos indígenas lo delataban como otro de los sobrevivientes que buscaba asilo y salvación ante la pandemia que azotaba el campo.

Por un momento Martiniano pensó en correr y huir de aquel peligroso encuentro. Su indecisión lo dejó anclado en el suelo, ante el acercamiento del indio chichimeca que con sonrisa burlona dimensionaba la soledad y debilidad de su presa.

—¿Qui haces tan solo por estos rumbos, konetl (niño)? —preguntó el indio contemplando al chiquillo de pies a cabeza.

—Busco a mis padres en la ciudad.

El indio chichimeca comprendió toda la mentira del niño. Si estaba solo por esa vereda era porque era un huérfano más por el azote del hambre.

—¡Eres un mentiroso, konetl! Estás solo como ese kuauitl (árbol) del camino. De seguro tu familia se murió de hambre en tu ranchito y vienes a la ciudad a salvar tu prieto pellejo.

—No, señor. Ellos viven en la ciudad. Se lo...

—¡Calla, itscuintli (perro) asqueroso!

El chichimeca propino una fuerte bofetada al chiquillo, sumiéndolo en la tristeza y la desolación. Sus lágrimas limpiaron un poco el polvo del camino, dejando dos líneas grises sobre sus mejillas.

—Te quedarás conmigo y seremos buenos amigos. Te pondré a pedir una caridá. Tás en muy buena edad pa ́dar lástima y así sacar unos buenos riales. A Chimalhua no le gusta trabajar, y tú, ajolote haragán, me servirás pa ́consiguir comida.

—¡Déjeme ir por favor!

—¡Calla, axolotl (ajolote) asqueroso! Otra qui me digas eso ti arrancaré un ixpolotl (ojo). Toy siguro que así darás mucho más lástima y ganaré más riales.

Los viajeros entraron a la ciudad aparentando ser padre e hijo. Nadie cuestionaba una pareja así de natural. El hambre los atormentaba y pronto consiguieron un nutritivo desayuno en un comedor de la catedral de Valladolid. Los indígenas devoraban sus alimentos de pie si ni siquiera intentar sentarse. Una pieza de pan con un atole era un bálsamo salvador para aquellos desdichados.

Chimalhua devoró su refrigerio contemplando detalladamente a su alrededor. El desayuno aplacaba momentáneamente su hambre, pero la de pulque era demonio incontenible. Debía hacerse pronto del preciado elixir o en verdad moriría sobre la plazuela de la catedral. Sus dedos negruzcos por la mugre acariciaron los dos diminutos bigotes en cada extremo de los labios. Su enorme nariz abotagada por el alcohol de años, se expandía jalando aire como si fuera un tapir asomando la cabeza en una laguna. Sus ojillos se pasearon sobre las caderas de una indígena que servía de sirvienta de alguna familia de Valladolid. La nativa encendía otras pasiones que también atormentaban su cuerpo. Desde aquella india que violó en un río cercano a Cuitzeo no había tenido otra con quien saciar esta otra flama que le quemaba por dentro.

“Si no consigo hembra pa´hoy, este konetl me servirá para aplacarme un poco” —meditó la bestia chichimeca, mientras su mirada se perdía en la morenas piernas de la india que acompañaba a su elegante patrona.

De pronto un hombre joven de escasos treinta años irrumpió en el comedor. Era un hombre delgado, de avanzada calvicie, de estatura mediana, piel blanca y ojos verdes. Por su acento se notaba que era un criollo bien educado y de finos modales.

—¿Ya no quedaron más víveres en la carreta, Luisa?

—No, don Miguel. Panchita y yo hemos entregado todo.

Don Miguel sonrió satisfecho y aprovechó para saludar a los comensales.

—¿Les gustó su refrigerio?

—Muchis gracias, padrecito. Que Diosito si lo pague —contestó un indígena huichol que venía con su esposa y dos hijas.

—No tienen por qué darlas. Esto se los manda el Señor por nuestro medio.

Don Miguel sonrió complacido a la familia. De pronto sus ojillos verdes se clavaron en un padre que venía con su hijo. Algo extraño había en ellos que llamó poderosamente su atención.

—¿Y a ustedes que les pareció el desayuno?

Martiniano intentó contestar pero Chimalhua se le adelantó con voz aguardentosa.

—Muy sabroso, padrecito.

—¿De dónde vienen? No los había visto antes por aquí.

—De Yuriria, padrecito. Allá murió la nantli (mamá) del niño y nos vinimos pa´ca.

—¿La mamá del niño? ¿Entonces no eres tú el papá del chamaco?

—No, padrecito —logró clamar Martiniano, mirando directamente a los ojos al sacerdote.

Por debajo de la mesa Chimalhua lo silenció con un pellizco.

Por nada del mundo aquel sacerdote entrometido debería saber que Martiniano no era su familiar y que además era su esclavo, pensó el perverso chichimeca fingiendo tranquilidad con una aparente sonrisa.

—La madre del niño era mi hermana, padrecito. Todos murieron di hambre y tuve que juir con el konetl pa salvarlo.

—¿Entonces el niño es tu machtli (sobrino)?

—Sí, padrecito. Mesmante así.

La mirada del cura se clavó suspicaz en los dos. El niño miró temeroso al suelo, y el chichimeca esbozó una sonrisa estúpida que sólo ocasiono más sospechas en el prelado.

Chimalhua, sintiéndose presionado, tomó al niño de la mano, abandonando intempestivamente el lugar para evitarse más preguntas. El cura intentó detenerlos, pero no encontró un argumento sólido para hacerlo, ante los demás comensales que contemplaban la escena sin perder detalle.

—¿No lo va a detener, don Miguel? —cuestionó la muchacha al cura.

—Quisiera Luisa. Ese hombre me da muy mala espina con el chamaco.

—¡Pues hágalo!

El cura salió a la calle pero entre tanta gente les perdió el rastro. Atormentado por su indecisión regresó de nuevo al comedor.

—Se me perdieron, Luisa.

La muchacha miró al cura con resignación.

—Ojalá regresen mañana, don Miguel.

—Lo dudo, Luisa. En verdad lo dudo, pero ya Dios dirá.

La elegante diligencia era custodiada por diez jinetes fuertemente armados. El paso por Río Frío era un albur por tantos ladrones oportunistas del camino, y una familia española, como los Larrañeta, jamás se expondría a cruzar la zona sin la debida protección.

Don Anselmo Larrañeta era un acaudalado millonario que había cruzado el Atlántico para invertir su fortuna en las minas de plata de Guanajuato.

Un formal y jugoso contrato firmado con el conde de La Valenciana(2), era su pasaporte y garantía hacia la riqueza. La extracción de plata en Guanajuato había cobrado un mayor auge con el impulso del rey Carlos III(3) y su enviado especial en América, José de Gálvez, ministro de las Indias de 1775 a 1787.

Para finales del siglo XVIII, La Nueva España producía diez veces más plata que todas las minas de argento de Europa, en otras palabras, dos terceras partes de toda la plata del mundo.

Dentro de la diligencia viajaba una familia completa: don Anselmo Larrañeta y su bella esposa Viridiana Godoy, junto con sus pequeños hijos Gonzalo, Elena y Ubaldo; de cinco, cuatro y un año de edad respectivamente.

Don Anselmo era considerado un hombre muy emprendedor y valiente por invertir en la Colonia y no en su natal Toledo, donde aparentemente vivía muy bien y sin ninguna preocupación. Rumores venidos de España decían que era más un huir que un invertir en América. Una bella dama de la realeza parecía haberse envuelto con él, y eso no le gustó nada al rey Carlos III. “Empezar de ceros en otro lugar, es a veces mejor que deteriorarte y perecer en el mismo, por empecinarte en seguir ahí”, lo pensó don Anselmo y fue así que se embarcó con su familia y todo su dinero hacia la aventura en la Nueva España.

—¿Faltad mucho para llegar a México, padre? —preguntó Gonzalo, sin dejar de asomar la cabeza por la ventana de la diligencia para no perder un solo detalle del camino.

—No, hijo, esta misma tarde estaréis ahí. Os lo prometo.

Don Anselmo ordenó que las diligencias hicieran un alto en Río Frío para comer un refrigerio. El sitio para almorzar era una cabaña de roca de cantera color rosa, rodeada de montes y bosques. El lugar era atendido por un criollo que preparaba alimentos del gusto de los españoles. Don Ceferino Reyna vivía de su posada y no tenía ninguna intención en volver a la capital del reino. Río Frío era su mundo y ahí moriría sin ningún problema. Lo acompañaba su esposa Ernestina. Una mujer tan gorda que parecía ya no salir de su cuarto por no caber en la puerta.

—¡Qué lugar tan hermoso, Anselmo! Parece que estamos en Suiza —comentó doña Viridiana.

La esposa de don Anselmo era una bella señora de veinticinco años, de cuerpo delgado, cabello negro y piel blanca como la nieve. Sus bellos y grandes ojos negros estaban rodeados por unas largas pestañas. La señora Larrañeta era tan bella que todo mundo volteaba a verla por donde pasara.

—Donde se encuentra la mina Viri, es un lugar rodeado de montañas. Estoy seguro que te encantará el lugar y el clima.

—¡Sentaos, por favor! —ordenó don Ceferino, acomodando las sillas, hechas con sólidos respaldos y asientos de troncos de árbol.

Atrás de su mesa había una enorme chimenea alimentada con leños, haciendo agradable el lugar.

—¿Es su primer viaje a la capital? —preguntó don Ceferino, mientras acomodaba los platos en la mesa.

—Sí, caballero. Vamos para Guanajuato.

—Llámeme Ceferino. Ceferino Reyna a sus órdenes. —Gracias, Ceferino. Yo soy don Anselmo Larrañeta y ella mi esposa Viridiana Godoy. Mis tres hijos.

Don Ceferino hizo una caravana a la señora y sonrió amable a los niños. Inmediatamente ordenó a dos mocitas que trajeran los alimentos del día. Alta cocina española para el agrado de los comensales.

Minutos más tarde la familia devoraba la deliciosa fabada y pierna de jamón serrano, con pan horneado ahí mismo. El vino tinto gustó mucho a don Anselmo quien con una sonrisa radiante le sirvió otra copa a su mujer.

—¿Y cómo ve las cosas en la ciudad, don Ceferino?

—Complicadas don Anselmo. El hambre que azota al centro del país es una amenaza para el virreinato. Un pueblo con el estómago vació no entiende razones. La Iglesia tiene comedores para los desesperados. También los hay de hacendados que tratan de congraciarse con el pueblo.

—¿En qué radica el problema, don Ceferino?

—En las sequías y heladas fuera de estación que ha habido desde el año pasado. No hay maíz y eso lo es todo para la gente. El mes pasado la imagen de la virgen Los Remedios fue llevada a la capital de México, para que sus creyentes rogasen por lluvias prolongadas que permitan una abundante, aunque tardía cosecha. Sin embargo, ni en mayo ni en este mes se han generado lluvias.

Don Ceferino señaló al radiante sol, que en lo alto del cielo parecía aumentar su tamaño para generar más calor y acreditar más al criollo.

—¿Y qué con el ganado? —preguntó doña Viridiana, muy interesada en el tema.

—Los puercos, caballos, mulas y otros animales, habitualmente alimentados con maíz y cebada han sido forzados a pastar en los campos secos, muriendo masivamente de insolación, sed y hambre. El precio de la carne se ha ido a las nubes, poniéndola fuera del alcance de los habitantes de las regiones afectadas.

—Eso puede generar violencia y rebeliones —agregó don Anselmo.

—En la capital las puertas del palacio virreinal, la alhóndiga, las iglesias y conventos son asaltados diariamente por hambrientos que ruegan por alimentos y dinero. Los cementerios y criptas de las iglesias se han rápidamente saturado. Urge encontrar nuevos sitios para el exceso de entierros. La desfallecida población ha comenzado a cazar y comer gatos, pájaros, ratas y perros. Las autoridades municipales han ordenado que todos esos animales sean asesinados y enterrados, para proteger así a la población de un brote mayor de enfermedades. En la ciudad se respira un ambiente de caos y desesperación humana. Los vagos caminan sin rumbo por el campo y montañas alrededor de la ciudad, comiendo raíces, malas hierbas y corteza de árboles. Las familias se están separando. Se escuchan casos en que los padres tratan de vender a sus pequeños hijos por tan solo 2 o 3 reales, eso es menos que el jornal semanal de un peón. En una hacienda cercana a México, más de 200 niños abandonados fueron reportados al gobierno.

—¿Supongo que esta concentración fuera de lo común en las ciudades grandes ha generado delincuencia, vagancia, prostitución y violencia?

Don Ceferino vertió más vino en su copa. Platicar con alguien venido de España lo animaba mucho.

—Exacto don Anselmo. Por eso precisamente el gobierno está tratando de frenar el flujo de migrantes a las ya sobrepobladas ciudades. Las autoridades civiles intentan, en lo que pueden, prohibir la salida de campesinos de sus pueblos e impedir que los léperos entren a los centros administrativos.

De pronto una de las muchachas que ayudaban en la mesa a don Ceferino le dijo algo al oído de su patrón. El rostro de don Ceferino cambió, tornándose preocupado.

—¿Algún problema don Ceferino?

—Acaba de llegar gente de los alrededores pidiendo comida. Diario les doy, pero mi almacén tiene un límite y eso me preocupa mucho. Más cuando tengo clientes como ahora.

Don Ceferino y don Anselmo salieron al encuentro de los visitantes, dejando a la familia adentro de la cabaña. Los guardias que los acompañaban en la otra diligencia, observaban atentos ante cualquier anomalía que se presentara con los inesperados visitantes. Recargado junto a una cerca había cuatro muchachos mestizos que arreaban dieciocho mulas. Uno de ellos, el más grande, se acercó amable a saludar y explicar su razón por irrumpir ahí sin invitación alguna. Era un muchacho de escasos veinte años, moreno, de cabello rizado y anchas espaldas. Un paliacate rojo cubría su cabeza.

—Buenos días, señor.

—Buenos días, muchacho. ¿Qué puedo hacer por ustedes? —Conduzco estas mulas hacia la Ciudad de México, señor.

Un poco de comida y agua que nos dé es un alivio para mi gente. El hambre azota con todo en la región y gracias a gente como usted podríamos llevar algo a nuestros estómagos para no morir de hambre. Le puedo pagar con estas monedas o trayéndole leña, limpiando el ranchito o haciendo lo que usted necesite, al fin que somos varias manos para ganarnos honradamente el pan.

—En un momento las muchachas les traerán algo para calmarles el hambre, y un poquito más, para que lleguen bien a la capital.

—Muchas gracias, señor. ¡Que Dios se lo pague!

—Yo les ayudo con esto hijo —dijo don Anselmo entregándole un pañuelo con monedas de plata en su interior—. Les puede servir para comprar más comida en su viaje.

El arriero miró asombrado las monedas y con amabilidad se las regresó a don Anselmo, explicando su razón por no aceptarlas.

—No puedo aceptar dinero, señor. Se lo agradezco de todo corazón. Con la comida de don Ceferino nos basta y sobra. Es usted muy gentil. Nunca olvidaré este gesto tan noble de su parte.

—Recuérdame como tu amigo Anselmo Larrañeta, futuro minero de Guanajuato.

—A mí recuérdeme como su amigo José María Morelos y Pavón, futuro sacerdote, espero que de alguna parroquia de Valladolid.

—Ya me cansastis, konetl cabrón. Llevo dos días y las caridades han sido malas. Tienes qui dar más lastima pa que den más riales.

—Hago lo que me dice, señor.

El regordete indio tomó al chiquillo de una muñeca, jaloneándolo con coraje.

—Ahorita mesmo te voy a dejar pa dar más lástima.

Chimalhua saco su machete de un costal manchado con grasa y mugre del camino. Tomó al niño fuertemente de brazo con la intención de cercenarle la mano derecha con el filoso machete.

—Un konetl manco hará llorar a la gente y tendré más riales pa mi pulque y mujeres.

—¡No, señor! ¡No me corte la mano! ¡Por favor, déjeme!

—¡Calla konetl piojoso! Sólo ti dolerá un ratito y luego ni te acordaras. Ya virás.

—¡No, por favor!

Cuando el indio levantaba el brazo para cortar la mano de Martiniano, un fuerte puñetazo lo puso fuera de combate. Con el piso y techo dándole vueltas, Chimalhua contempló borrosamente a su singular agresor.

—¡Eres tú! ¡El padrecito!

—Dios me iluminó para encontrarte a tiempo, indio perverso. Un minuto más y hubieras arruinado la vida de este pobre chiquillo.

—¡Pirdón padrecito! ¡Yo no mi pegue más!

—¡Huye de Valladolid, cerdo asqueroso! Si te vuelvo a encontrar te mataré con mis propias manos. ¡Largo de aquí!

—¡Si, padrecito!

Chimalhua, cojeando y con el rostro bañado en sangre por la golpiza recibida, se alejó lentamente del jacal amparado por las sombras de la noche. Don Miguel Hidalgo, por un momento pensó en acabar de una vez por todas con esa alimaña peligrosa, disparándole por la espalda, pero la cordura y su vocación religiosa lo hicieron recapacitar. Lo importante en ese momento era cuidar y educar a ese niño, que a partir de ese momento vería al cura como su padre y protector.

Chimalhua volvería pronto a las andadas. Al mes siguiente sería pillado intentando raptar a una niña de seis años metiéndola dentro de un costal. El degenerado sería capturado y linchado por los enardecidos habitantes del pueblo. Un macabro cuerpo, colgaría de una rama a la entrada de la villa, advirtiendo a los fuereños de los alcances de los padres de San Julián por defender a sus hijos.

Los Iturbe eran una familia criolla de abolengo dedicada a la cría de borregos en San Miguel el Grande(4). Jacinto, su hijo, heredó la fortuna de su padre, al perecer éste de una extraña enfermedad. Don Gabriel Iturbe, desde que puso un pie en América, se dedicó a la minería y con un gran patrimonio de años de ahorro y sacrificio, asentó las bases para el nuevo negocio del hijo, quien odiando a la minería, prefirió probar suerte en lo que siempre deja dinero en cualquier parte del mundo: la crianza de animales. Criar borregos en su rancho le permitió llevar una vida diferente a la de su padre. Don Gabriel fungió por años como separador de plata con el azogue o mercurio con el famoso método de Beneficio de patio(5). La constante exposición con el azogue le provocó una muerte prematura, razón por la que su hijo juró dedicarse a otra cosa y no correr el mismo destino de su padre.

Aquella soleada mañana de febrero de 1786, don Jacinto tuvo que arrear un rebaño para entregarlo personalmente en Dolores, a unos treinta kilómetros de San Miguel el Grande. En ese año del hambre de 1786, los animales aumentaron más su precio por su apreciada y escasa carne. Doña Marina, hermosa madre de veintiún años y esposa de don Jacinto, quince años mayor que ella, aprovechó esa oportunidad para visitar la famosa Poza de San Miguel(6). Marina iba acompañada de sus dos pequeños, Jacinto y Cruz, de cuatro y dos años respectivamente. Al llegar ahí se encontró con un muchacho que parecía ya la esperaba.

—¡Marina! —le gritó—. ¡Qué gusto verte de nuevo!

El muchacho era un mozo criollo, de cabello negro rizado, de escasos dieciocho años de edad. Era alto, de patillas frondosas, de espalda ancha y complexión atlética. No aparentaba la edad que tenía. Marina le creyó cuando le dijo que tenía veintiuno. Las faenas del campo lo mantenían en buena forma, ya que le gustaba montar caballos y lazar reses, como el mejor de los charros de San Miguel.

—Hola Ignacio. Eres puntual a la cita. Ya sabes que no me gusta venir sola al río con los niños.

—Aquí estamos de nuevo, Marina. ¡Por algo será!

Los dos se miraron fijamente y se tomaron de las manos. Marina notó que el pequeño Jacinto los miraba suspicaz. Aun a su corta edad, el chiquillo veía raro que aquel hombre, que no era su papá, tomara a su madre de las manos.

—¿Se quedará don Jacinto en Dolores?

—Sí, Nacho. Son treinta kilómetros y al entregar los borregos cae como muerto en la posada de don Chuy. Estará aquí hasta mañana por la tarde.

—¡Magnífico!

El muchacho la miró con ojos de deseo. Marina era una jovencita muy bella y la maternidad le había asentado muy bien. Nacho y Marina se conocían desde unos meses atrás, cuando Nacho compró unos borregos a su marido. Su destino la unió a los dieciséis con don Jacinto, por órdenes de su padre al querer asegurarle su futuro con un hombre de economía estable, pero quince años más grande.

—Debo aclararte que estos encuentros serán más esporádicos, Nacho. San Miguel es del tamaño de la palma de mi mano y le gente ve y dice cosas. ¡Entiéndelo! Es mejor así para los dos.

—Yo no le veo ningún problema, Marina. Con una vez al mes que te tenga entre mis brazos, es como si me cargara de oxígeno para muchas semanas más.

Marina sonrió halagada y ordenó al niño Jacinto que se sentara con Cruz en una roca junto a un árbol cerca de la orilla del estanque. Ignacio y ella los cuidarían de cerca y así tendrían un poco de libertad para platicar.

—¡Estense sentaditos ahí, hijos!

—Chinto se pone muy serio. ¿Crees que sospeche algo? —le preguntó Nacho, mientras le acariciaba los senos por debajo del vestido. Con el pulso de un relojero pellizcaba deliciosamente sus pezones, agrandándolos entre sus atrevidos dedos.

—No lo creo, Nacho. De todas maneras debemos ser cuidadosos y no hacer nada frente a ellos.

—Lo sé. Ya se dormirán y entonces vendrá lo nuestro.

—¡Calla pícaro! Si mi marido lo supiera me mataría con sus propias manos.

—¡Descuida! Nunca lo sabrá.

La poza de San Miguel se encontraba enclavada en el fondo de una cañada. Su profundidad era desconocida. Ninguno de los mejores nadadores de El Grande había alguna vez tocado su fondo para contarlo. Había rumores que en el fondo de sus aguas vivía El Chan, un monstruo maligno que los lugareños durante varias décadas juraban haber visto. Su corriente era constante y durante su recorrido había molinos para granos y canales artificiales para llevar agua a los cultivos de las haciendas cercanas.

—¿Quieren que las haga un columpio niños? —les preguntó Nacho, sacando una larga cuerda que guardaba a un costado de su caballo.

—Si —respondió Jacinto sonriente.

El columpio quedó listo y los niños se divirtieron de lo lindo, mientras los enamorados se acariciaban discretamente y se decían cosas que sólo entre ellos entendían.

Un par de horas después los niños dormían plácidamente bajo la fresca sombra de un sabino. Nacho y Marina aprovecharon para consumar ese encuentro candente que habían postergado desde muchos días atrás. Sin quitarse el vestido, Marina se sentó en la hombría de Nacho, quien permanecía acostado bocarriba, contemplando sus bellos ojos. Marina permaneció sobre él un largo rato, arrancando gemidos de placer al charro de San Miguel, mientras ella contenía los suyos para no despertar a los niños. Solo cuando cayó rendida sobre el pecho de Nacho, él supo que había llegado al máximo placer posible.

Permanecieron descansando bajo la fresca sombra por un largo rato. La joven pareja sin saberlo todavía, engendraría una hermosa niña que vería la primera luz del mundo a finales de ese mismo año de 1786. El atosigado marido se sorprendería del acontecimiento, sabiendo que aun sin haber casi tocado a su esposa en meses, su fertilidad a distancia había consumado el asombroso milagro.

(1) “Se suelen sentir dolores vagos en el cuerpo, principalmente en las espaldas, en los costados, y en el pecho, é impensadamente, y por una causa ligera, asalta un recio escalofrio que dura seis, ocho y doce horas, con dolor en la mitad del pecho, ò en algunos de sus lados ó en un costado, y media espalda: ó suele comenzar por una fluxión que ocupa el pecho y los pulmones, ó por un dolor al hombro que va descendiendo hasta fijarse en el costado. A esto sigue calentura aguda con encendimiento de cara y ojos; el pulso en el tiempo de frío se contrae, pero después hace una impresión en las yemas de los dedos fuerte, frecuente, redoble y con llenura: la respiración es acelerada, semejante a la que hace un ejercicio violento; hay tos, que si lleva esputos consigo se llama húmeda, y si es sin desgarrar se llama seca... la cabeza suele abromarse, amodorrarse, ó sentirse incomodada de dolores, ó de vahídos que no permiten levantarla de la almohada. Algunos sienten en el colodrillo un dolor, como si una mano les comprimiera fuertemente el pequeño cerebro.” (Alzate, 1831, p. 137).

(2) Aunque la mina fue descubierta en 1548, la Valenciana alcanzó sus niveles máximos de producción de 1768 a 1804. En 1760 el joven Antonio de Obregón y Alcocer obtuvo un préstamo del mercader de la mina de Rayas, Pedro Luciano Otero. Durante varios años ambos siguieron invirtiendo en la mina hasta que en 1768 su producción se incrementó de manera considerable. Durante varias décadas la mina de La Valenciana produjo más plata que todas las minas del virreinato del Perú, siendo socios de Obregón, los señores Diego Rul y Otero.

(3) El 20 de marzo de 1780 el rey Carlos III de España, por sugerencia y recomendación del virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa, le otorgó a Obregón, dueño de la mina de la Valenciana, los títulos de vizconde de la Mina y conde de La Valenciana.

(4) La ciudad fue fundada en 1542 por el monje franciscano Fray Juan de San Miguel, quien bautizó el asentamiento como San Miguel el Grande. Era un punto de paso importante del Antiguo Camino Real, parte de la ruta de plata que conectaba Zacatecas con la capital de la Nueva España.

(5) Bartolomé de Medina (1497-1585), fue un metalurgista español, radicado años más tarde en Pachuca, México, donde descubrió el Beneficio de Patio, procedimiento minero para separar la plata o el oro y de otros metales, mediante el uso de mercurio y sales. Su método fue tan exitoso, que en menos de una década, en 1562, sólo en Zacatecas existían 35 haciendas de beneficio por dicho método que permitió explotar minas que por su escasa ley no eran aptas para la fundición.

(6) El Charco del Ingenio es un jardín botánico y reserva natural localizado a unos minutos del centro histórico de San Miguel de Allende. Está provisto de una gran biodiversidad, sus abundantes especies nativas de flora y fauna se aprecian en el matorral, el humedal y la cañada. Conserva una extensa colección botánica de cactáceas y otras plantas suculentas mexicanas, muchas de ellas raras, amenazadas o en peligro de extinción. Sitio consagrado como Zona De Paz por el Dalai Lama que consta de: Conservatorio de plantas mexicanas, miradores, senderos y vestigios históricos, jardín de los sentidos para niños, zona de acampar, tienda y cafetería; así como de diversas actividades como visitas guiadas, temazcales, talleres, conciertos, ceremonias de luna llena y más.

2 · Cuando los insurrectos se encuentran

Que se eduque a los hijos del labrador y del barrendero como a los del más rico hacendado. José María Morelos y Pavón

Transcurría el año de 1790, y el motivo del festejo no era para menos, el cura don Miguel Hidalgo y Costilla, a sus treinta y siete años de edad, y tras una exitosa carrera de sacrificio dentro de la institución, fue nombrado rector del prestigioso Colegio de San Nicolás Obispo en Valladolid.

Don Miguel, lleno de orgullo y felicidad, organizó una pequeña reunión para festejar con sus amigos y seres queridos el importante ascenso.

—Muchas felicidades, padre. Es un honor estar en esta reunión para celebrar su importante ascenso dentro del colegio —comento uno de los invitados, estrechando amistosamente la mano del cura.

—Muchas gracias por acompañarnos, José María. Tu presencia hace más grato este momento.

El rector vestía un elegante traje de color negro con chaleco rojo y pantalones holgados. Unas lustrosas botas de color negro soportaban las fuertes piernas del sacerdote. Un sombrero de palma protegía su calvo cráneo ante los embates flamígeros del sol de aquella calurosa tarde en el hermoso jardín, que el cura cuidaba como si fuera el Edén mismo. José María, muy al contrario, vestía un sencillo pantalón de arriero de color café claro, con una camisa blanca de manta. Un paliacate de color rojo coronaba su cabeza. Su rostro afilado de piel morena, con grandes ojos negros bajo dos frondosas cejas, contemplaba con admiración y agradecimiento al cura.

—Todo un reto dirigir este grandioso colegio, padre.

Hidalgo saludó con un gesto amistoso a tres invitados que se fueron directo al fondo del jardín.

—En cierta manera ya lo vengo haciendo desde hace tres años que fui nombrado vicerrector, José María. El anterior casi no se metía y me dejaba manga ancha para trabajar a gusto.

—Todos sabemos de su gran capacidad, padre.

—Llámame Miguel, José María. Aunque hasta ahora te había tratado como mi alumno, nuestra amistad es algo diferente. De entre todos mis alumnos, te invité a ti porque eres el de más edad y con el que me puedo abrir de manera diferente. Eres especial José María. Estudiar para sacerdote a tus treinta años es algo singular dentro del colegio. Solo te llevo siete años. Bien podríamos ser compañeros de banca en cualquier otra escuela.

—Muchas gracias, Miguel. En verdad me honras con esta distinción.

—Está muy cerca tu ordenación, José María.

—Sí, Miguel. Este año me traslado al Seminario Tridentino de Valladolid para ampliar mis estudios de teología, filosofía y retórica. —No sabes el gusto que me da que ya pronto te ordenes como

cura y empieces a ejercer en alguna iglesia de Michoacán.

—Sin duda que con su valiosa ayuda esto pronto se dará, padre. —¡Miguel! —reiteró el cura su nombre, chocando su copa de

vino con la de José María.

Un grupo de mujeres de mediana edad soltó una sonora carcajada en una de las mesas bajo un frondoso sabino. El cura Hidalgo gustaba del teatro y con ellas ponía en escena algunas de sus obras favoritas.

—Sí... Miguel... perdón —Morelos sonrió, tomando al cura Hidalgo del hombro.

En una esquina del jardín había tres guitarristas tocando música flamenca para deleitar a los invitados. Los músicos, todos ellos con sus cabezas blancas, pasaban de sesenta años y eran grandes amigos del cura.

Una bella mujer de rasgos indígenas, con tres niños, de doce, seis años y cuatro respectivamente, se acercó a don Miguel para entregarle un jarrito con fresco pulque. Morelos miró discretamente la cintura y busto de la atractiva india, y por respeto desvió la mirada hacia unos rosales que estaban al lado.

—¡José María! —Dijo Hidalgo a Morelos en voz baja— Ella es mi mujer, Manuela Ramos, y mis hijos, Martiniano, Agustina y Lino Mariano.

Morelos entendió perfectamente el juego de discreción que manejaba su amigo y maestro. Muchas cosas se empezaban a decir del polémico cura penjamense.

La bella Manuela estrechó sonriente la mano de Morelos. Martiniano y Lino sólo saludaron con una sonrisa. Les urgía escapar de ahí para ir a comer pastel. Agustina, el vivo retrato de su madre, sólo miró a Morelos conteniendo una risita juguetona.

Los ojos verdes del cura hicieron un rápido atisbo a todas las mesas e invitados para ver que todo estuviera bien.

—Que no falte nada en las mesas, Manuela. Diles a las muchachas que te ayuden.

—Sí, padre.

Manuela y los niños caminaron hacia otras mesas donde había más invitados. Antes de irse dijeron con permiso, con una sonrisa en sus rostros, lo que hablaba de su buena educación. Hidalgo y Morelos volvieron a su charla.

—Manuela cuida de mis hijos. Martiniano es adoptado. Vive conmigo desde hace cinco años que quedó huérfano por la hambruna de Michoacán. Lo rescaté de las manos de un cerdo degenerado que explotaba niños para vivir. Agustina y Lino Mariano son los hijos que tengo con Manuela.

—Sin lugar a dudas una mujer muy bella, Miguel. Además de ser toda una responsabilidad. Como curas debemos ser discretos y no hacer alarde de esto.

—Así es, José María. Discreción ante todo. Antes de ser curas somos hombres y contra eso simplemente no se puede luchar. Es como querer amarrar a un toro con listones para que se esté quieto en el corral.

Morelos soltó una sonora carcajada y dio otro trago al curado de tuna que le había entregado Manuela. En sus viajes como arriero hacia la capital, había aprendido a saborear estas delicias del maguey.

—¿Cómo ves la apertura de Carlos IV, de que ya se puede comerciar entre las colonias españolas sin restricción alguna? —preguntó Morelos mientras se llevaba una mordida de taco de barbacoa a la boca.

—Por fin se le ocurrió algo bueno a ese mequetrefe. Desde hace tres siglos todo es saquear a la Colonia sin que ellos retribuyan algo de su parte. España está condenada a perder sus colonias si no incentiva su comercio con Inglaterra y Francia en América también. Hace doce años Francia reconoció el gobierno independiente que fundaron los rebeldes en Estados Unidos. El rey Carlos III se vio obligado a hacer lo mismo que el rey francés y obstruyó el envío de tropas inglesas a América, además de proporcionar ayuda a los colonos de Mississippi, sin percatarse de que con eso sólo estaba incentivando el ejemplo a los colonos inconformes de la Nueva España.

—Los criollos están inconformes por hacerlos de menos los peninsulares.

—Así es, José María. Esos zánganos gachupines se creen mejores que nosotros. Somos para ellos como unos españoles de segunda o de tercera clase.

Hidalgo se sirvió dos tacos de barbacoa con mucha salsa y aguacate. El bendito aguacate se encontraba en todas partes en Valladolid.

—Yo como mestizo no tengo ese problema, Miguel.

—¡Claro que lo tienes! Los gachupines te ven como algo muy cercano a los indios, José María.

—Y a mucha honra lo soy, Miguel. Yo no me siento menos que nadie y mucho menos que un gachupín asqueroso.

—Estoy seguro que toda esta discriminación y odio algún día conducirá a la separación total entre la Nueva España y España.

—Te juro que si algún día hay una rebelión para echar a patadas a los gachupines de México, ahí estaré yo propinándoles los primeros puntapiés en las nalgas.

—Y ahí estaré yo ayudándote a colgarlos de un ahuehuete, José María.

Los dos rieron como mozalbetes y tomaron más de su sabroso pulque de Valladolid. En ese momento parecían ser todo, menos dos respetados sacerdotes de Valladolid.

Una bella invitada se encontraba sola y con un gesto de Hidalgo, José María entendió que debía ir para allá para acompañarla. Ese momento lo aprovechó Hidalgo para cantar con los músicos una canción de agradecimiento a Dios por todo lo que le daba. Después se siguieron con otras de la región. El cura tenía una voz grave y agradable. Los invitados acompañaron la canción con palmadas.

Un singular invitado se acercó a Hidalgo, con una botella en la mano, pidiéndole al cura que brindara con él.

—¡Brinde conmigo, padre! Lo estoy buscando desde hace rato. —Es un gusto compartir una copa con mi gran amigo, Crisanto Giresse.

Crisanto era de estatura mediana, delgado, de facciones finas y ojos grandes y alegres. Un bigotito con las puntas dobladas hacia arriba y el cabello largo recogido en una cola de caballo, le daba un toque como de mosquetero francés. El amigo del cura era tan atractivo que no pasaba desapercibido para ninguno de los invitados al guateque.

—El gusto es mío, padre. Usted es un cura diferente.

Hidalgo tomó del hombro a Crisanto y acercándose a su rostro le dijo en voz baja:

—¿Por qué te acepto como amigo, sabiendo que eres un cabrón calavera que no tiene remedio?

—Y porque usted entiende la naturaleza humana y me acepta como soy.

—Dios te hizo mujer y hombre, con la mente y fuerza de ambos, Crisanto. Hasta en esos detalles Dios es un misterio y debemos aceptar sus designios.

—Un secreto de mi vida que sólo usted conoce, padre.

—Eso es para mí como un secreto de confesión, hijo. Por mí jamás nadie lo sabrá.

Crisanto tomó al cura de los antebrazos en un gesto de cariño y amistad.

—Gracias de nuevo por su valiosa amistad, padre. No sabe cuánto lo aprecio.

Crisanto era un excéntrico joven de veinticinco años, hijo de un platero francés casado con una criolla. Al morir el padre, lo dejó en la opulencia y al cuidado de su querida madre, a la que tenía con la compañía de dos mujeres que veían que nada le faltara a la dulce señora. Doña Elvia era una mujer de cincuenta años, veinticinco más joven que su difunto esposo, quien alcanzó a San Pedro a los setenta años.

—Ya te tengo un nuevo libro, traído de Europa en contrabando. Está en inglés, Crisanto.

—¿Cuál es?

—Critica de la razón pura de Immanuel Kant.

El gesto de Crisanto se alegró como si fuera un niño al que se le mostrara un caramelo.

—¡Démelo ya padre! Muero de ganas por empezar a leerlo.

—Pasa mañana por él al colegio. Ya tendremos tiempo de comentarlo. Sólo te puedo adelantar que todo conocimiento se inicia con la experiencia, pero no todo el conocimiento proviene de la experiencia, es decir que la experiencia te permite conocer, pero ella sólo te otorga conocimientos a posteriori, particulares y contingentes; los conocimientos a priori, universales y necesarios, únicamente pueden provenir de la misma mente y son ajenos a cualquier experiencia.

—Muy interesante, padre. A veces me pregunto por qué escapé del seminario y, al verme honestamente en el espejo, entiendo el porqué: una monja jamás será sacerdote en la Nueva España.

—¿Y por eso te refugiaste en esta vida de gozo desenfrenado, Crisanto? Pero en fin, te conocí como eras antes, y te acepto como eres hoy. La amistad es un tesoro inigualable. Pasa por el libro mañana y por favor, no les coquetees a las invitadas.

—No me las esconda, padre. Si ellas quieren probar lo que es amar a un hombre raro como yo, que lo hagan. Al fin que tengo para todas.

Hidalgo sonrió alegremente y brindó de nuevo con él. Crisanto era un personaje singular, que acaparaba toda la atención del rector del Colegio de San Nicolás.

—Te veo mañana, hijo.

Crisanto se retiró de la fiesta saludando con una seña a todos los invitados. Morelos prestó particular atención a las caderas del muchacho al alejarse. Algo raro y atractivo había en aquel hombre. Algo diferente que lo confundía. Ya vendría el tiempo de averiguarlo.

Apenas cayó la noche y el cura encendió el castillo de cohetes que tenía preparado para sus agasajados. La corona voló más alto de lo prometido por el experto cohetero. Martiniano y Lino corrieron por la corona para tenerla como trofeo. La fiesta cerró con tamales, buñuelos y atoles de distintos sabores. Al final Hidalgo terminó platicando con los empleados del colegio, a los que apreciaba mucho por su gran apoyo en su gestión. José María Morelos se despidió temprano en compañía de la invitada que le presentó Hidalgo. Al fin, los dos oriundos de Valladolid, se entenderían a las mil maravillas.

A cinco años de establecidos en Guanajuato, los Larrañeta se habían adaptado perfectamente a la sociedad y modo de vida de la región. La extracción de plata y oro de la mina de la Valenciana era una locura que mantenía en la opulencia a todos los accionistas que orbitaban alrededor del primer Conde de la Valenciana, don Antonio de Obregón y Alcocer, quizá el hombre más rico del mundo en ese fin de siglo XVIII.

Los Larrañeta participaban en la fundición del importante metal. Todo Guanajuato dependía de la extracción de los preciados metales de las veintitrés minas con las que contaba la ciudad. La mina de la Valenciana, propiedad de don Antonio de Obregón, producía las dos terceras partes de toda la plata extraída en la Colonia.

La urbanización de Guanajuato se adaptaba a los dos procesos mineros básicos implicados en la extracción del mineral, desarrollándose tanto en la zona montañosa, como en la del lavado del mineral, en las haciendas de beneficio en el centro y parte baja de la ciudad. Esto creó un Guanajuato bipolar, que hacía crecer la ciudad tanto en el centro como en las montañas aledañas. El río Guanajuato, sin el que sería imposible este proceso extractivo, atravesaba la ciudad en su recorrido de dieciocho kilómetros de largo, con una tributación de riachuelos de las cañadas, a lo largo de treinta kilómetros más allá de la entrada del río a la urbe aurífera.

El conde de la Valencia, ferviente devoto de San Cayetano, a quien trajo a Guanajuato en escultura, echó la plata y oro por delante para construirle en agradecimiento, la más fastuosa iglesia del momento: un templo con piedra de cantera rosa, tallado en estilo barroco mexicano con los ventanales laterales en amplios arcos. Un hermoso templo edificado(1) con altar y retablos laterales laminados en oro de 24 quilates con incrustaciones de marfil y piedras preciosas.

Aquel soleado domingo se congregó a los habitantes de Guanajuato para agradecer a San Cayetano por todo lo proveído en la semana. Se obligaba a asistir a misa a los mineros que trabajaban en la mina. Para cubrir el espacio del recinto se celebraban varias misas al día, comenzando desde las ocho de la mañana.

Aquella misa del domingo a las nueve, era la más importante del día porque era en la que asistía el conde de la Valenciana, don Antonio de Obregón y Alcocer. Don Anselmo Larrañeta y doña Viridiana se encontraban hasta adelante, justo a un lado del retablo derecho del fastuoso templo. Detrás de ellos se ubicaban sus pequeños Gonzalo, Elena y Ubaldo.

Gonzalo, aun a su corta edad, no salía del asombro al ver las condiciones de la mayoría de los mineros: hombres enjutos de estatura mediana, rostros ojerosos por el desgate al trabajar bajo tierra en condiciones deplorables, en un socavón del infierno, que como un monstruo devorador de hombres los liquidaba en un lapso no mayor a diez años. Bajar y subir los setecientos metros de profundidad de la mina implicaba caminar 1520 metros en un viaje, que por lo regular les tomaba una hora realizarlo. La temperatura de la mina era un horno que aumentaba su intensidad con la profundidad. El minero sólo usaba un calzoncillo de cuero para soportar los inclementes calores del socavón. Su jornada era de doce a catorce horas diarias, lo que los obligaba a hacer doce viajes al día cargando un costal sobre la espalda con casi cien kilos de mineral. Detrás de ellos siempre había capataces que a la menor demora los ponían en marcha de nuevo con un latigazo de advertencia. Los mineros subían las empinadas escaleras en zigzag para evitar una mortal caída por la espalda. Una caída así partía la espalda del minero, lo que obligaba al capataz a rematarlo en el suelo para evitarle más sufrimientos al desdichado.

Gonzalo observó como uno de los mineros intentó contener un tosido en pleno sermón del padre. El hombre lo ahogó con la palma de su mano, la cual quedó embarrada en sangre. Los pulmones de aquel desdichado estaban por sucumbir en un par de semanas. Con un rostro ojeroso, que más parecía una máscara mortuoria, el minero contempló la mirada de asombro del niño. Era una comunicación visual extraña entre dos personas de mundos y tiempos distintos. Uno, un pequeño inocente, hijo de los mineros explotadores; el otro, un indígena chichimeca, un alma condenada a la muerte por esclavitud para incrementar la fortuna del hombre más rico del mundo. Un millonario que al morir nada se llevaría de la tierra a la que le arrancaba sus riquezas. Esa misma tierra que pudriría por igual su carne, como las de los mismos mineros a los que arruinó su vida. Al final, bajo tierra, todos los hombres son iguales.

Otros carraspeados se le vinieron al condenado, al grado que tuvo que ser sacado por uno de los capataces, que ni bajo tierra o en la superficie los dejaban en paz.

Gonzalo logró escabullirse entre la gente sin que se dieran cuenta sus padres. Tenía que ver que hacían con ese pobre minero que involuntariamente había interrumpido el sermón del padre. El capataz condujo al minero a un costado del atrio, donde no había gente en ese momento. Ahí había otros dos capataces con otros mineros que esperaban bajo el sol a la siguiente misa. Aquella imagen, de decenas de indígenas amontonados en espera de una misa que parecía no mejorarles en nada su situación, quedaría grabada en su mente de por vida. El minero que había tosido fue agarrado a patadas por el capataz que lo había sacado. Una patada en los testículos lo dejó inconsciente. El otro capataz lo contuvo al ver que el hijo de don Anselmo andaba de curioso. El niño regresó impactado a la misa. Aquella vivencia influiría enormemente en su carácter Ahora sabía que su padre participaba en un negocio en el que se mataba en vida a la gente.

La familia Allende y Unzaga(2) era una familia distinguida y bien reconocida dentro de la cerrada sociedad de San Miguel el Grande. Los Allende se codeaban con las familias más distinguidas de la región, familias de renombre y gran riqueza como los De la Canal, Landeta, Malo, Lanzagorta y Sautto. Era un hecho que los Allende y Unzaga, a pesar de no contar con un nivel económico ni siquiera cercano al de las familias antes mencionadas, sí tenían una relación cercana con ellas y contaban con mucho prestigio y reconocimiento, heredado por la buena estirpe de doña María Ana Unzaga, madre de Ignacio. Desde antes de la unión matrimonial entre don Domingo Allende y doña María Ana Unzaga, los Unzaga ya eran una familia prestigiada y sus miembros ocuparon numerosos puestos públicos de importancia dentro de San Miguel.

No obstante, a pesar de la buena amistad y relación con las acaudaladas familias de San Miguel, no era secreto para nadie que la situación económica de los Allende en ese año de 1790, iba en precipitada picada. Don Domingo Allende murió el 24 de febrero de 1787, a los cincuenta años de edad y doña María Ana se le adelantó en 1772, por complicaciones con el parto de su hija Mariana, dejando a la familia en la zozobra de la orfandad. Don Domingo, además de dejar a sus hijos en la tristeza e incertidumbre, también les dejó muchas deudas, por esa extraña obsesión de aparentar ante la sociedad, algo que no se es, y que la misma plenamente percibe.

Por no haber alguien de los hijos, con la edad legal para administrar la herencia de la familia (el mayor de los hermanos Allende y Unzaga tenía apenas 24 años), sus bienes pasaron a ser conducidos por el europeo don Domingo Berrio.

La gestión del otro Domingo, con el menudo patrimonio(3) de los Allende, daría mucho de qué hablar en los siguientes años. Los hermanos mayores de Ignacio estudiarían buenas carreras para sostenerse en puestos públicos, a diferencia de Ignacio, quien se contentaba con pasarla bien con sus ardientes amoríos y sus negocios en venta de ganado.

Ignacio Allende y Juan Aldama, camaradas incondicionales, cabalgaban juntos en una polvorienta vereda que descendía de la Cañada de la Virgen, camino a Guanajuato. Ignacio y Juan se conocían desde niños y ambos estudiaban en el Colegio de San Francisco de Sales en San Miguel.

Juan Aldama era cinco años más joven que Ignacio Allende y tenía un hermano también llamado Ignacio, de la misma edad de Allende. Juan era delgado, con un cabello muy negro como las alas de un zanate y lacio como cerdas de brocha gorda. Su nariz era larga y ganchuda como el pico de un ave. Juan admiraba a Ignacio por sus sonadas vivencias de pendenciero y mujeriego. Ambos participaron en el salvamiento de un anciano conocido como el Tío Arriola, en el centro de San Miguel. El hombre quedó atrapado dentro de su tienda, sofocado por la humareda. Ignacio, exponiendo la vida, tiró la puerta con una pesada piedra y entró a salvar la vida de aquel desdichado. Esta hazaña se contaba una y otra vez entre las familias de San Miguel en tertulias y comidas. Allende era famoso por esta hazaña y por su fama de seductor. Uno de los agraviados por las galanterías del jovenzuelo mujeriego era don Jacinto Iturbe, a quien como broma divina, su niña de cuatro años le había salido con la misma carita que su rival de amores. Marina López, madre de Amalia, juraba que la niña era de don Jacinto, pero en su interior sabía que el padre era el hombre que todas las noches le arrancaba horas de sueño. Marina vivía perdidamente enamorada de Ignacio. Si tan sólo éste le jurara unirse a ella en matrimonio, sin dudarlo dejaría a don Jacinto, aunque la sociedad de San Miguel la aplastara como a una mosca por tamaño escándalo.

Los dos jinetes vieron aparecer frente a ellos a otros cuatro, que se acercaban lentamente levantando una nube de polvo que los nublaba un poco, haciendo difícil distinguir sus rostros.

—¿Los conoces? —preguntó Aldama con gesto de preocupación.

—No los distingo bien por tanto polvo. De todas maneras prepárate para lo peor.

—¡No sabes cómo me gusta ser tu amigo, Nacho!

Allende sonrió y se cercioró de que su mosquete estuviera cargado. Con la mano derecha palpó el puño de su filosa espada. Juan hizo lo mismo. Los jinetes estaban ya muy cerca.

—¡Buenas tardes! —dijo uno de los jinetes, levantándose el sombrero en amistoso saludo.

—¡Buenas! —contestó Ignacio.

—Somos fuereños y vamos para San Miguel. ¿Algún lugar que nos recomienden para quedarnos?

El rostro de aquel hombre se veía apacible. No parecía ser un asaltante o una amenaza para los muchachos. De todas maneras Juan no perdía detalle de los otros tres vaqueros. No podía darse el lujo de distraerse.

—El mesón de los Sautto es un lugar limpio y con buena comida —contestó Juan atrayendo la atención de los forajidos—. Está a dos calles de la iglesia.

—Muchas gracias, muchachos.

Los cuatreros continuaron su viaje sin voltear. Lo que perecía una emboscada había sido un encuentro casual, como ocurre seguido en las veredas que conducen a las ciudades importantes del Bajío.

Esa noche en San Miguel, Ignacio los volvió a ver en uno de los merenderos. Los cuatro vaqueros lo saludaron con un ademán amistoso que Ignacio correspondió amablemente. En su mesa había un platón repleto de gorditas y tlacoyos con una enorme jarra de agua de frutas. Esa noche Ignacio tenía un encuentro amoroso con una mujer llamada Antonia Herrera, hermosa mujer de rostro angelical que le había hecho olvidarse por un tiempo de la problemática Marina López, a quien evitaba cuando don Jacinto andaba en el pueblo.

Después de su encuentro con Antonia, Ignacio se dirigía hacia su casa, cuando de entre las sombras surgió alguien que sin darle tiempo a nada lo golpeó con un palo en la cabeza. Ignacio cayó al suelo levemente atarantado ya que ágilmente eludió el impacto, cayendo éste principalmente en el hombro, sólo rozándole la cabeza.

—Malditos montoneros. Uno por uno y verán cómo les va. —Hasta aquí llegaste, galancito hijo de puta.

Ignacio los reconoció plenamente: eran los cuatreros de la mañana.

Los cuatro se abalanzaron sobre él, esgrimiendo los gruesos palos en las manos. Ignacio logró esquivar al primer forajido y de un fuerte puñetazo lo dejó inconsciente en el piso, pero el siguiente palazo lo dejó igual que al que había vencido.

—Acabémoslo a golpes. ¡No dejen nada de él!

El jefe de los cuatreros levanto su tronco para destrozar la cabeza de Ignacio cuando una detonación le voló la tapa de los sesos.

—¡Déjenlo, hijos de la chingada! —les gritó un muchacho, apuntándoles con su mosquete. El ángel salvador venía elegantemente vestido de negro con una camisa escarlata. Un jovenzuelo de piel blanca, rasgos finos, con cola de caballo y bigote con puntas hacia arriba, al estilo francés.

—¿Quién los mandó a hacer esto? Si no me dicen los mató a todos.

El muchacho apuntó bien a uno de ellos dispuesto a reventarle la cabeza de un tiro.

—¡No... no dispare! No somos de aquí. Nos contrató un tal Jacinto Iturbe para que le diéramos un escarmiento al joven Allende.

—¡Largo de aquí! ¡Antes de que me arrepienta!

Los tres forajidos huyeron de ahí sin pensarlo dos veces. Una detonación se escuchó a sus espaldas, haciéndolos brincar de terror. Los tres siguieron su paso agradecidos de no haber recibido ese tiro de advertencia.

Minutos más tarde Ignacio volvió en sí. La cabeza le daba vueltas. Los dos se encontraban sentados en una banca de piedra. Su salvador, al notar que Ignacio estaba bien y su golpe no había sido de consecuencias graves, le explicó en detalle todo lo que había ocurrido.

—Muchas gracias por tu ayuda. Te debo la vida.

—No me debes nada, joven Ignacio Allende, y considérame desde hoy, también tu amigo. Mi nombre es Crisanto Giresse.

—Mucho gusto, Crisanto. ¡El cielo te envió!

Aquel soleado sábado del 14 de mayo de 1791, se llevó a cabo un interesante hecho en la catedral metropolitana de la ciudad de México, suceso que dejaría mucho qué pensar a todos los ahí congregados. Como culminación de la construcción de las torres de la catedral, en la cúpula de la torre oriente de la catedral se ocultaría una pequeña cápsula del tiempo(4) de 16 por 8 centímetros, con su preciado tesoro en su interior: un relicario, cinco monedas de plata, cinco cruces de palma, once medallas de metal dorado, veintitrés medallas de oro conmemorativas y de los santos protectores de la Nueva España(5), un agnus dei(6) de cera, un grabado de San Miguel Arcángel y de Santa Bárbara, protectora de los rayos y centellas que podían dañar la torres del edificio, y un pergamino donde se hablaba de la situación actual en la Nueva España.

La inscripción de la caja de plomo estaba realzada con carbonato de calcio y en ella se leían claramente los nombres: José Damián Ortiz de Castro y Tiburcio Cano, arquitecto y maestro cantero de la catedral.

Después de colocar el tesoro en el interior de la caja y sellarla, Tiburcio Cano trepó ágilmente el andamio y colocó la caja dentro de un nicho que fue sellado y resanado para permanecer oculto en la cúpula por décadas y ser abierto por los mexicanos del futuro.

—Sólo Dios sabe en qué año se descubrirá esa cápsula y lo que pensarán los habitantes de la Nueva España en ese lejano futuro cuando la vean —comentó el arzobispo de México, Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Dr. Don Alonso Núñez de Haro y Peralta(7), encargado de la ceremonia, dándole su bendición al evento.

—¡Será un país diferente, padre! Un territorio independiente de España llamado con otro nombre —comentó un invitado ahí reunido, un militar criollo llamado Rodolfo Montoya.

El arzobispo volteó consternado al que había dicho semejante blasfemia. Junto a él se encontraba un muchacho de escasos veinte años.

—¿Con quién vienes, hijo?

—Pertenezco al regimiento de infantería fijo de Puebla del capitán Félix María Calleja, quien llegó de España en octubre de hace dos años, junto con el virrey Juan Vicente de Güemes, segundo conde de Revillagigedo(8).

El arzobispo, al enterarse del origen de aquel atrevido individuo, retuvo como un veneno en las venas el regaño que tenía en la punta de la lengua. El prelado sentía escozor por los criollos.

—Dios está con España, hijo, y todo lo de España estará con ella por siglos porque España es grande. No vuelvas a decir algo tan blasfemo como lo que acabas de decir, y mucho menos en la casa de Dios.

—Los ingleses y franceses son una amenaza, padre. Ellos, si derrotaran a España en una guerra definitiva, las colonias de América pasarían irremediablemente a manos del vencedor. Hace treinta años, el rey Carlos III entró en guerra contra Inglaterra apoyando a Francia. En represalia Inglaterra se apoderó de la Habana por casi un año. Por todo ello pienso, que algún día que se abra esa caja del tiempo, este territorio será independiente o pertenecerá a Inglaterra, que ya hizo independiente a los vecinos del Norte en el 82.

—¡Los Estados Unidos! Un país lleno de infieles, hijo: una sucursal del mismo infierno.

—No discutas con su Ilustrísima en la Casa de Dios, Rodolfo —dijo el capitán Félix Calleja, asumiendo la responsabilidad de su pupilo en la catedral.

El capitán Calleja era un hombre de 48 años de edad, alto, de complexión delgada y nariz aguileña. Su cabello cano lo hacía lucir más viejo que lo que en verdad era. Don Félix provenía de Medina del Campo, Valladolid.

—¡Disculpadme Capitán, Calleja! ¡Disculpadme, su Ilustrísima!

El arzobispo sonrió satisfecho. En la catedral no podía haber alguien que pudiera discutir su palabra, porque era palabra directa de Dios. Mucho menos un mocoso criollo de veinte años que creía saber mucho por haber leído uno o dos libros en su vida.

Al terminar la ceremonia en la catedral, Félix Calleja y Rodolfo Montoya, se reunieron en el Palacio de los Virreyes con el segundo Conde de Revillagigedo y el arzobispo Alonso Núñez. Comer con el virrey era todo un privilegio para militares como ellos. Para el arzobispo era cosa habitual comer con los virreyes y asesorarlos en sus gestiones. Después de todo, él ya había fungido como tal por unos meses.

El comedor del palacio se encontraba arreglado para recibir a seis personas: al virrey Juan Antonio Güemes, al capitán Félix María Calleja, al teniente Rodolfo Montoya, al arzobispo Alonso Núñez y al antropólogo Antonio de León y Gama. El virrey no era muy dado a recibir gente en la comida. Prefería hacer sus gestiones por la mañana y dedicar la comida para él mismo.

—Es un honor para mí recibirlos en esta sencilla comida para charlar sobre asuntos referentes a la ciudad —dijo el virrey, señalándoles sus asientos con un ademán.

El virrey, era un hombre delgado con una contrastante barriga, como un Quijote embarazado. Vestía una elegante levita color café con unos pantalones ajustados a media pierna, medias blancas con zapatillas color café con hebillas de oro en los empeines. La camisa blanca del virrey contaba con varios holanes en los puños y pecho. Una peluca blanca con bucles engalanaba su cabeza.

—El honor es nuestro, señor virrey —contestó Calleja en su nombre y por el de su compañero Montoya. Los dos vestían sus elegantes uniformes militares con orgullo. El arzobispo sólo sonrió, como dándoles a entender que él era diferente y entraba y salía del Palacio de los Virreyes, como lo hacía en la catedral. El antropólogo, limpiando su lentes con un paño, también lo agradeció con un susurro indetectable.

Después de unos minutos de intercambio de saludos y cortesías, los comensales comenzaron a comer y a escuchar al conde la razón de su importante invitación al Palacio Virreinal.

—Mi gestión dio inicio hace casi dos años, señores, en octubre se cumplen, para ser más precisos. Me he dedicado en este tiempo a emparejar las calles del centro, ponerles desagües y atarjeas. No saben cómo sufrí al principio al percibir la peste a materia fecal y orines del Palacio Virreinal y la Catedral. No dejaré ninguna calle sin drenaje. Todas quedarán empedradas para la segura circulación de caballos y carretas. Acabo de poner en funcionamiento carros de alquiler para facilitar el desplazamiento dentro de la ciudad. El centro de esta metrópoli será un lugar limpio y seguro para sus paseantes. Pondré iluminación nocturna. Las calles de la ciudad deben ser seguras para sus habitantes. He implantado el servicio de recolección de basura todas las mañanas y las casas ahora sí tienen una numeración lógica y coherente para encontrar un domicilio. He reforzado el cuerpo policiaco con agentes bien entrenados en su profesión. No puedo aceptar en la policía a gente peor que los que supuestamente persiguen. Ahora contamos con serenos que patrullan las calles por las noches y avisan que todo esté en orden.(9)

—Su labor como virrey hasta ahora ha sido ejemplar e incuestionable, don Juan —comentó el arzobispo, llevándose la blanca servilleta a los labios.

—Muchas gracias, Su Ilustrísima.

Una mesera de marcados rasgos indígenas, como para plasmarla en un mural representativo de los aztecas, se acercó a llenar la copa del prelado. Montoya discretamente contempló el cuerpo de tentación de la trabajadora. La mirada escrutadora del virrey le hizo desviar la vista hacia otro lado.

—También reconozco la importante labor de mi amigo Félix y su compañero Rodolfo en la vigilancia del camino de Puebla a México. Ningún ciudadano deber ser importunado por delincuentes en ese importante sendero hacia la capital. La seguridad es ante todo mi prioridad.

—Inmerecido halago, señor virrey —repuso con respeto el capitán Calleja. Montoya hizo otro tanto con una mirada de respeto hacia tan importante personaje.

—No nos distraigamos más en halagos y alabanzas y disfrutemos la comida, que al final deseo mostrarles algo muy importante y es la razón por la que este día también nos acompaña el distinguido señor de León y Gama.

La charla prosiguió de manera alegre y relajada. Tres botellas de finos vinos españoles fueron abiertas y disfrutadas por los alborozados comensales. Al final el virrey les pidió que lo acompañaran a un espacio abierto en un jardín, donde había un enorme objeto de cinco metros de alto por cuatro de ancho, cubierto por una manta de color blanco, manchada de lodo seco y grasa.

El virrey se acercó a la manta y la jaló para dejar al descubierto a una enorme roca de basalto, labrada en su totalidad, asemejando a una enorme moneda de piedra de tamaño colosal.

—Señor León... esto usted lo puede explicar mejor que yo. Por favor hágalo.

Antonio de León y Gama se paró junto al virrey y comenzó su explicación sobre el enorme monolito azteca:

—La roca fue hallada por José Damián Ortiz de Castro, maestro mayor de las obras urbanas ejecutadas por el virrey, quien informó de este hallazgo el 17 de diciembre pasado. El monolito fue hallado a medio metro del suelo y a 60 metros al poniente de la segunda puerta del palacio virreinal. Lo extrajimos del agua y lodo con un aparejo de doble polea tirado por varios animales. Por mis estudios arqueológicos y de culturas prehispánicas me he tomado el atrevimiento en bautizarlo como el Calendario Azteca. Estoy seguro que esto es un calendario y que los aztecas lo consultaban a diario al estar exhibido cerca del templo mayor.

—Para mí no es más que el producto de una cultura pagana y debería ser regresado al lodo de donde se extrajo —comentó el arzobispo, despreciando todo lo que fuera de origen prehispánico.

—Precisamente eso es lo que hizo uno de sus antecesores hace dos siglos, Su Ilustrísima. El monolito fue encontrado a flor de tierra en una acequia y el segundo arzobispo de México, don Alonso de Montufar, ordenó que ese sepultara de nuevo por ser de origen diabólico y pagano.

—¡Sugiero que se haga lo mismo! ¿Para qué diablos queremos esa roca con grabados ininteligibles?

La mirada del arzobispo era de enojo. Sus fosas nasales se dilataban para jalar más aire y poder hacer frente al coraje que lo abrumaba.

—¡Esta vez no será así, don Alonso! —intervino el virrey, anteponiendo un don, y no mencionando ningún grado eclesiástico para restarle poder al arzobispo. El carácter del virrey quedaba demostrado de nuevo—. Se colocará como exhibición permanente a un costado de la torre poniente de la catedral. Todos los habitantes de esta metrópoli conocerán la grandeza de la cultura azteca y del nuevo entendimiento que sobre esto tiene el virreinato. Este es un descubrimiento magno y será compartido con todos.(10)

(1) La planta de la primitiva construcción era tan grandiosa, que ocasionó celos (sic) al Cura de Guanaxuato D. Manuel Fernández: reclamó éste porque se levantaba una basílica cuando la licencia se había otorgado a una capilla: se le dio a esta especie toda la importancia que se concedía entonces a las de su clase, y después de reñidos debates, se transó el negocio, conviniendo en que la obra no siguiera adelante: se concluyó por lo mismo donde iba y por tal motivo la iglesia quedó con un cuerpo de menos. El canónigo José Guadalupe Romero en su inspección al Obispado de Michoacán.

(2) Tuvieron siete hijos: José María (1763-1811); María Josefa (1765-1834); Domingo José (1766-1809); Joaquín, 1768 (murió a los pocos días de nacer); Ignacio, nacido el 21 de enero de 1769; Manuela (1770-?), y finalmente, Mariana (1772-1830).

(3) Era dueño de una tienda de comercio en San Miguel; una casa particular de dos plantas, construida, a juzgar por las características barrocas, a mediados del siglo XVIII, y de la hacienda San José de la Tresquila y de su anexo, Manantiales.

(4) Se descubriría 216 años después, el 22 de octubre del 2007, al realizar reparaciones a los campanarios.

(5) De procedencias distintas, entre ellas, las ciudades de Guadalajara, Guanajuato, Zacatecas, Villahermosa, Campeche, Orizaba y Oaxaca, entre otras, lo que demuestra la relevancia de carácter nacional que tuvo la construcción de la Catedral Metropolitana.

(6) Ésta representa al Cordero de Dios acostado sobre el libro cerrado con siete sellos, nimbado con la cruz, y ostentando la bandera de la Resurrección. Son hechos con la cera sobrante del Cirio pascual del año anterior, bendecidos y ungidos con el santo Crisma por el Papa. Su tamaño oscila entre 3 y 23 centímetros, y asimismo el tamaño de la imagen.

(7) Virrey de la Nueva España desde el 8 de mayo de 1787 hasta el 16 de agosto de 1787. Arzobispo de México de 1771 a 1800, año de su muerte. En 1792 el Rey, Carlos IV lo condecoró con él la gran cruz de la Orden de Carlos III. Hasta su muerte en 1800, siguió recibiendo el tratamiento y honores de virrey de Nueva España.

(8) Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas (La Habana, 1738 - Madrid, 1799), II conde de Revillagigedo, fue el 52o virrey y presidente de la Junta Superior de Real Hacienda de Nueva España del 16 de octubre de 1789 al 11 de julio de 1794.

(9) Después del notable gobierno del Conde de Revillagigedo, la capital de la Nueva España fue llamada la Ciudad de los Palacios. El ejemplo de la transformación positiva de la Ciudad de México se extendió a otras ciudades del virreinato como Veracruz, Toluca, Guadalajara, San Blas y Querétaro.

(10) El calendario azteca fue colocado a un costado de la torre poniente de la catedral Metropolitana el 2 de julio de 1791. Ahí fue admirado por todo los mexicanos que visitaban el zócalo, entre algunos, Alexander von Humboldt, quien realizó diversos estudios sobre su iconografía. Durante la invasión estadounidense en México en 1847, los soldados del ejército norteamericano que ocuparon la plaza, usaron la Piedra del Sol para tiro al blanco. En 1887, después de 96 años en exhibición en la catedral, fue trasladada a la Galería de Monolitos del Museo Arqueológico de la calle Moneda. Por documentos de la época se sabe de la animadversión popular que causó el injusto encierro del monolito de la ciudad. En 1964 fue trasladado al Museo Nacional de Antropología e Historia, donde preside la Sala Mexica de dicho museo y está inscrita en diversas monedas mexicanas.

3 · Cuando se mata a los reyes

Si a Luis XVI se le consideraba inocente, entonces nosotros solo éramos unos rebeldes. Si era culpable, el peso de la justicia debía caer sobre él.

El diputado jacobino Jean-Bon Saint-André

A los dos años de haber sido nombrado rector, catedrático de Teología y tesorero del Colegio de San Nicolás, don Miguel Hidalgo y Costilla es nombrado por el obispo de Michoacán cura interino de Colima, donde deberá tomar posesión en marzo de 1792. La razón de su disfrazado despido obedece a los constantes escándalos en los que se había visto inmiscuido: amoríos prohibidos, desvío de fondos, sus polémicas disertaciones con sus alumnos sobre política y religión; más su marcado aburrimiento al vivir enclaustrado entre cuatro paredes, sin haber todavía ejercido como cura con una capilla propia. Todo esto, más un doble de ingresos, lo obligan a aceptar la vicaría de Colima, donde ganará más dinero y tendrá manga ancha para seguir con su polémico modo de vida, lejos de los inquisidores ojos de los eclesiásticos de Valladolid.

—¿Por qué no puedo ir con usted a Colima, padre? —preguntó Manuela, recostada completamente desnuda a un lado de Hidalgo, después de haber tenido un intenso encuentro sexual donde ambos había quedado empapados en sudor. Su frente se encontraba aún perlada en sudor, al igual que la del fogoso cura.

—Tu vida está hecha aquí, Manolita. Tenemos tres hijos a los que debes atender. No te faltará nada. Te enviaré dinero sin falta.

Hidalgo dio una profunda fumada a su cigarro. Soltó el humo con caprichosas figuras que revoloteaban sobre sus cabezas, luego lo pasó a su joven amante, quien también gustaba del tabaco.

—Pero yo lo necesito a mi lado, padre —insistió Manuela, jugueteando con los vellos del ancho tórax del cura, a la vez que sobaba con sus pies descalzos las velludas piernas del cura prohibido.

—Lo sé, Manolita. Entiende que Colima es una ciudad muy pequeña. Lo primero que notaría la gente calumniadora es que el nuevo cura de Valladolid, llegó con su familia, y eso me afectaría notablemente. De por sí, ya voy para allá con un costal de calumnias a cuestas. Todo Valladolid chismea con lo nuestro. Llegar contigo allá sería como dar fe ante una notaría pública de que soy un cura sinvergüenza.

—Y lo es padre, por eso lo amo.

—Yo también te amo, Manolita. Entiende que esto tiene que ser así. Ya que pase un tiempo veré como están las cosas y te avisaré. La calva brillosa del cura se puso entre los grandes pechos de la nativa. Como un lactante bebió amor de los pezones color tamarindo de su esclava sexual. Manuela, encendida como una posesa de Afrodita, hizo crecer oralmente de nuevo la dureza del cura para poseerlo. Pronto se iría su hombre y sabía que extrañaría estos momentos de pasión con gran nostalgia.

El viaje de Crisanto Giresse a Paris, para cobrar la herencia del hermano de su padre, coincidió con un terrible hecho histórico que daría mucho que hablar a las generaciones futuras de Francia y el mundo. En la mañana del 21 de enero de 1793, en la Plaza de la Concordia, los curiosos se congregaron para contemplar le ejecución de su amado y también odiado rey, el monarca Luis XVI, quien sería decapitado como un vulgar asesino. Finalizaba así el largo vía crucis de Luis XVI, el último monarca absoluto de Francia, convertido en el ordinario Luis Capeto, un simple ciudadano francés más.

La polémica decisión de ejecutarlo fue el resultado de una larga querella entre los diputados girondinos, de tendencia moderada, y los más radicales jacobinos, acaudillados por su máximo líder Maximilien Robespierre. En medio de una Europa literalmente confabulada contra ella, la recién estrenada República Francesa experimentó una escalada hacia la radicalización política. Desde la proclamación del nuevo régimen republicano, el 21 de septiembre de 1792, la República había iniciado un camino de sonados triunfos. Meses antes se había desatado la guerra con Austria y Prusia, escamados países inclinados a invadir Francia. La nueva República, lanzando una exitosa ofensiva, pasó de ser un régimen liberador, que prometía igualdad, libertad y fraternidad a los países que la imitaran, a convertirse en una potencia conquistadora. Sin embargo había algo que nublaba el éxito de este vanguardista frente revolucionario: ¿No era una contradicción mantener al antiguo y desacreditado rey en un régimen republicano? La familia real y el papel que esta podría desempeñar en un nuevo país en que se había abolido la monarquía, no encajaba por ningún lado. Su sola presencia dentro de Francia fomentaba las esperanzas contrarrevolucionarias, y ponía en duda la legitimidad del triunfo de la Revolución.

Justo a las diez de la mañana, el rey llegó a la plaza en un carro escoltado por soldados. Su estampa serena descendió del vehículo. El piquete de soldados que rodeaban la plaza, hacía más solemne el evento. Al mirar el tétrico patíbulo en el centro de la plaza, las piernas le comenzaron a temblar como a un anciano. Una visible mancha de orina ennegreció su ajustado pantalón. Cuando parecía que caería fue sostenido por los soldados que lo acompañaban. Así, con mirada nostálgica perdida entre cientos de cabezas que anhelaban su muerte, el rey comenzó a hablarles. Luis XVI se jugaba su última carta al lanzar un conmovedor mensaje que apenas iniciaba con un “Ruego a Dios que mi sangre no caiga nunca sobre Francia...”, cuando fue ahogado por los tambores marciales del ejército. Sin darle tiempo a más, su cabello fue cortado en la zona donde la cuchilla atravesaría su cuello. Sus manos fuero atadas por la espalda y fue puesto bocabajo en la plancha de madera que se deslizó suavemente hacia el punto donde su cabeza quedó expuesta por un lado y el resto de su cuerpo separado por una tabla de madera que se adaptaba perfectamente al tamaño del cuello. El verdugo volteó a ver al encargado, quien con una mano ordenó que se dejara caer la pesada cuchilla hacia el tierno cuello, aun con las venas y arterias repletas de vida. El viaje del metal fue cosa de un segundo y la cabeza del último rey absoluto de Francia cayó dentro de una canastilla ante el grito de la gente. El verdugo tomó la cabeza con las manos y la mostró triunfante a la gente que lanzaba alaridos de triunfo y algunos de tristeza. Crisanto Giresse, colocado en un sitio cercano, vio claramente como los ojos del rey aun parpadearon por unos segundos. Unos ojos que contemplaban su fin, al verse sin el vital cuerpo que mantenía la testa con vida. Minutos más tarde la cabeza del rey de Francia fue colocada en una pica para que la viera todo mundo con detalle. El contundente y total triunfo de la República quedaba constatado en esa macabra exhibición. Muerto el rey se acabó la monarquía.(1)

Tras la decapitación del rey, las monarquías de Inglaterra, España, Portugal, los estados italianos y los distintos miembros del Imperio alemán se unieron a Austria en una lucha sin cuartel contra la nueva República del Terror. Mientras tanto, surgía un periodo de sospecha y desconfianza, que terminaría con la horrenda represión de todo sospechoso de contrarrevolucionario, iniciándose así la senda imparable hacia el imperio Napoleónico.

Crisanto Giresse en su viaje de regreso a la Nueva España hizo un alto de negocios en la Habana, Cuba. El viaje a Francia del afortunado heredero de los Giresse, había sido un éxito. Dentro de un insignificante maletín de cuero viejo, Crisanto viajaba con cientos de monedas de oro. Una fortuna que garantizaba una desahogada vida en la Nueva España. En la cabeza del elegante viajero había un mundo de planes para invertir su dinero. Crisanto sembraría tabaco en la Nueva España y fabricaría puros y cigarros para el ávido mercado del virreinato. La dulce viuda cubana Otilia García, encumbrada tabacalera, le daría el mejor precio para las semillas, y dos encargados, que echarían a andar la siembra en la fértil región veracruzana de Huatusco.

Otilia gemía de placer, mientras su nuevo socio, Crisanto Giresse, la embestía con la furia de un semental. Ella se encontraba totalmente desnuda, a diferencia de Crisanto que mantenía un calzoncillo con una abertura por la que se asomaba su tumefacto falo. En una de esas, Otilia excitada a lo máximo, se volteó para tomar su hombría con la boca y sin dar tiempo de reaccionar al fogoso amante, la cubana sintió en su mano derecha la presencia de una pequeña y húmeda vulva entre el escroto y el ano del atractivo amante francés.

Crisanto entrecerró los ojos de placer, al sentir que la cubana hábilmente introducía su dedo índice en su húmeda vagina, mientras seguía succionando su pene como una desquiciada. Otilia era la primera en conocer su secreto: Crisanto contaba con los dos sexos y era capaz de recibir y dar placer por igual a hombres y mujeres. Otilia sería discreta y se convertiría en su incondicional amante en la Habana y en sus viajes a la Nueva España.

El 10 de marzo de 1792, el padre Hidalgo tomó posesión como cura interino de la vicaría de Colima, la última y más alejada en el poniente del obispado de Michoacán. Su estancia en esa sacristía sería de tan solo ocho meses. Hidalgo(2) se daría a la tarea, encomendada por el obispo de Michoacán, de convencer a los curas y religiosos de las cuatro parroquias de Colima: Santiago de Tecomán, San Francisco de Almoloyan e Ixtlahuacán y la de Hidalgo, de que se opusieran a pasar a formar parte del obispado de Guadalajara, para lo cual se decía, ya había una orden firmada por el Papa. Los padres que había en las cuatro parroquias de Colima tenían algún nexo con el cura Hidalgo, ya que, o habían sido sus compañeros(3) o sus alumnos en el Colegio de San Nicolás. Entre ellos había dos muy estimados por él: el cura de Almoloyan, Francisco Ramírez de Oliva; y el padre José Antonio Díaz, quien fungía como capellán de Colima, y que había sido catedrático en el referido colegio, y su vicerrector también.

Don Miguel Hidalgo, preso dentro de un entorno desconocido de soledad, pronto volvió a caer en el vicio prohibido que lo perseguiría toda su vida: las mujeres. Apenas llevaba unas semanas en su vicaría, cuando una hermosa mujer casada, con apenas veinte años encima, hizo acto de presencia en su confesionario. La jovencita se quejaba de no amar a su marido y de haber sido obligada a casarse. Hidalgo, preocupado por este singular caso, decidió atenderlo personalmente tras los gruesos muros de su parroquia. La bella Antonia Pérez era la esposa del subdelegado de Colima, don Luis de Gamboa, un cuarentón gordo como manatí, enfundado en elegantes ropas de marqués.

Un soleado viernes, aprovechando que no había nadie en la parroquia, el audaz cura le hizo el amor a la insaciable mujer de distintos modos posibles, hasta quedar ambos exhaustos, empapados en sudor, sobre un mullido colchón, mirando abrazados hacia la cúpula del salón. El fogoso cura, con el rostro como el de un hombre que había calmado su feroz hambre con un pan, se puso de nuevo su sotana para la misa siguiente. La jovencita vistió otra vez sus discretas ropas para regresar a casa con la comunión en la boca. Su marido adoraba que Toñita fuera tan piadosa: “Nada mejor que una mujer alejada de los pecados de la carne, y la casa de Dios es el mejor sitio para mantener segura a tu mujer”, pensaba el ingenuo don Luis, al beber su espumosos chocolate caliente, al ver a su abnegada mujer prepararle la cena.

Tres meses después, dos hechos importantes coincidieron en la peliaguda vida del cura penjamense: la vacante de párroco del curato de San Felipe Torres Mochas, en Guanajuato y el frío cañón del rifle de don Luis en la calva frente del cura. Antonia tenía tres meses de embarazo y no se sabía quién de los dos podría ser el padre.

—Tiene sólo esta noche para largarse de aquí cura cabrón, hijo de puta, o me iré al infierno matando a un ministro de Dios. ¡Escoja usted su destino! —dijo don Luis, haciendo clic a la carga del mosquete.

Al día siguiente, 26 de noviembre de 1792, Hidalgo se alejó para siempre de Colima, salvándose de ser asesinado por el cornudo marido y salvó así el honor de don Luis y doña Antonia(4).

Seis meses después nacería una hermosa niña con ojos verdes, la misma imagen del Zorro de San Nicolás.

La puerta de la casa de don Jacinto Iturbe sonó justo a las ocho de la noche, como si estuviera en sintonía con las campanas de la iglesia, quienes daban puntualmente la hora a los Sanmiguelenses.

Don Jacinto Iturbe sintió que las piernas se le hacían de goma al ver a dos hombres en la puerta a los que reconoció inmediatamente: eran los jóvenes Ignacio Allende y Juan Aldama. Detrás de don Chinto aparecieron los cuatro niños Iturbe, con sus rostros llenos de curiosidad infantil sobre los extraños visitantes. Marina, presa de la sorpresa les ordenó que se metieran a la casa. Allende alcanzó a ver perfectamente la carita de Amalia, niña de seis años que era su vivo retrato y quien Marina le juraba era su hija.

—¿Podemos hablar en privado, don Chinto? —preguntó Ignacio con rostro sereno.

—Sí, claro. ¿No veo por qué no?

Aldama se quedó tranquilamente recargado en la barda de la casa fumando un cigarrillo, mientras Allende y don Jacinto se sentaban en una banca a entablar un incómodo dialogo que ambos sabían podría traer consecuencias funestas.

—Le pido disculpas por irrumpir en su casa de este modo, don Jacinto, pero no me dejó otra opción. Sé que no me esperaba, así como yo no esperaba que usted fuera tan cobarde de mandar unos cuatreros a matarme.

La frente calva de don Jacinto empezó e bañarse de roció por el sudor de los nervios que lo invadían.

—Yo no mandé... a nadie Nacho —dijo con un delatador tartamudeo—. ¿Pero aunque así fuera?... ¿creo que... mis justas razones tendría, no? Usted... tú... te has estado metiendo con mi mujer desde hace tiempo.

—Esto es un asunto de hombres, don Jacinto. ¡Así ha sido y no lo niego! No estoy aquí para que nos expliquemos las razones de por qué ocurrió así. Estoy dispuesto a que usted defienda su honor y nos batamos a duelo como usted quiera. Solo con sangre se pueden arreglar estas cosas. ¡Escoja usted las armas y los padrinos!

Don Jacinto tragó saliva como si tuviera el cogote lleno de pinole. Su parpadeo aumento a niveles notorios. Con una voz que más parecía un ruego que una altanera y bravucona refutación dijo:

—No es para tanto, Nacho. Solo te pido que ya no la busques más y asunto olvidado. —Los ojos negros de Allende se clavaron como dos dardos sobre el tímido cornudo.

—Me alejaré por completo de Marina, don Chinto. Pero si usted vuelve atentar contra mi persona, lastima a Marina o a la niña Amalia, vendré personalmente a matarlo con mis propias manos, o lo hará Aldama, que sabe todo lo nuestro, si usted me asesina primero.

—Nada de esto pasará, Nacho. Te lo aseguro.

Allende se incorporó de la banca y se alejó del lugar junto con su amigo. Don Jacinto se quedó unos segundos más sentado. Sabía que sería cuestionado por Marina y debía prepararse para el incómodo interrogatorio.

El 24 de enero de 1793, don Miguel Hidalgo arribó a San Felipe Torres Mochas, recibiendo la parroquia de manos del padre franciscano Diego Bear, el último cura de órdenes regulares habido en dicha población. Don Miguel Hidalgo, cargando con buenos fondos desde Colima, inmediatamente compró una casa en la calle principal de la Alcantarilla (hoy Hidalgo), a poca distancia del templo. La casa contaba con un ancho zaguán que conducía hacia un amplio portal que se abría hacia a un patio cuadrangular rodeado de extensas habitaciones. Atrás de la casa, para no importunar las actividades del cura, se encontraban las áreas de servicio y una fértil huerta.

Una mañana, en los primeros días en los que apenas se estaba instalando el cura, alguien llamó a la puerta. El cura, hombre de joven de treinta y nueve años, resoplaba de tanto sudar al mover objetos dentro de las amplias habitaciones de la casa.

—¡Martiniano! —dijo sonriente al abrir el grueso portón de madera—. ¿Qué haces aquí?

—Ahora si soy un hombre de quince años y no se va a deshacer tan fácil de mí padre. He venido a quedarme con usted. Aquí hay mucho que hacer y empiezo ahoritita mismo.

—¿Y tu madre?

—Ella está bien en Valladolid, padre. Está con mis hermanos y una señora que le ayuda con los niños.

—Pero es tu madre y debes estar con ella.

—No padre. Ella no es mi madre. La quiero mucho pero me siento mejor con usted. Entiéndame por favor.

—Está bien, muchacho. Escoge tu cuarto y ayúdame a cortar leña. Bienvenido a mi nueva casa, sólo Dios sabe por cuánto tiempo.

—Gracias, padre... digo, papá.

Un piquete de soldados que vigilaba el tramo de Puebla a México le cerró el pasó a la elegante diligencia que se acercaba. Los caballos resoplaron frenando su polvoriento avance, nivelando poco a poco su agitada respiración al ser detenidos abruptamente. El teniente que dirigía al pelotón se acercó al carro para saludar al cochero.

—¡Buenas tardes, amigo! Soy el teniente Rodolfo Montoya, y estoy a cargo de la seguridad de este tramo del camino hacia la capital. Necesito saludar a tus importantes pasajeros.

—¡Adelante teniente! Estamos a sus órdenes.

El cochero descendió del carro y explicó por la ventanilla a sus pasajeros lo que ocurría. La puerta del carromato fue abierta y el que parecía el dueño de la diligencia, descendió decidido para encarar al teniente. Los otros tres hombres que acompañaban al distinguido líder se quedaron en el interior del carromato.

—¡Buenas tardes teniente! Mi nombre es Crisanto Giresse y estoy a sus órdenes. Los hombres que me acompañan trabajan para mí y yo respondo por ellos.

El teniente Montoya saludó a aquel elegante hombre, de gran personalidad, cercano a los treinta años de edad y con un atractivo varonil muy singular. La brillante cabellera negra, contenida en una larga cola de caballo, le daba un toque de revolucionario francés.

—Un gusto saludarlo, señor Giresse. Esta es sólo una inspección de rutina para combatir el bandidaje por esta zona.

—¿Le parezco un bandido, teniente?

—Para nada señor, Giresse. Es sólo una revisión para conocer a los importantes viajeros de este camino y así protegerlos mejor.

—Entiendo teniente. Le repito que yo soy Crisanto Giresse y vengo de regreso de un largo viaje a Francia. También le puedo decir que recorro constantemente este camino porque vendo tabaco de Veracruz en la capital y el Bajío.

Crisanto sacó una caja de habanos y la obsequió al sorprendido teniente. Montoya la olió, reconociendo la calidad del tabaco que comerciaba este hombre.

—Huele muy bien, don Crisanto. Se nota que son habanos de calidad.

—¿Quiere ver mi permiso para comerciar tabaco en la Nueva España?

—De ninguna manera, don Crisanto. Usted es un honorable comerciante y ahora ya lo conozco. Puede usted continuar su viaje y le reitero mis disculpas por haberlo importunado con mi innecesaria inspección.

—Ninguna molestia, teniente. Estamos a diez minutos del mesón de don Ceferino Reyna y me encantaría invitarlo a comer.

—Siendo así, es un honor al que no me puedo negar. ¡Vayamos y continuemos nuestra plática!

—Encantado teniente.

En el elegante mesón de don Ceferino Reyna se encontraron con el capitán Félix María Calleja, quien también se dirigía a la capital y gustaba comer en aquel oasis español en el camino a la capital.

—Capitán Calleja. No esperaba encontrarlo por aquí —comentó Rodolfo, haciendo un saludo militar a su superior.

—Me voy para el norte Rodolfo. Hoy fue mi último día en Puebla.

El capitán Félix miró amable al hombre que acompañaba a Rodolfo, y éste de inmediato lo presentó para evitar una descortesía entre ambos.

—Capitán, le presento a Crisanto Giresse, comerciante franco hispano de habanos.

Crisanto estrechó su mano amistoso. El capitán Calleja, con su rostro felino, sonrió amable hacia el singular invitado del teniente.

—Su rostro se me hace conocido, señor Giresse. Siento como que lo he visto en algún lado antes.

—Podría ser en algún evento en Valladolid o en la capital, capitán Calleja. También viajo seguido a España y Francia, quizá en algún barco no habremos cruzado.

—Podría ser, Crisanto. Le verdad es que no tiene la menor importancia. ¿Les importa si los acompaño a comer?

—De ninguna manera, capitán. La verdad es que se nos adelantó. Ya se lo iba a proponer. Por favor pasemos a una mesa.

En ese momento fueron abordados por don Ceferino Reyna, quien saludó de abrazo a todos y los condujo a su mesa. El enorme bigote canoso de don Ceferino y su obesidad, lo hacía parecer como una extraña morsa, fuera del agua.

Después de quedar cómodamente instalados, los tres comensales comenzaron su amena plática. Don Ceferino intervenía intermitentemente por tener que estar en varias mesas al mismo tiempo.

—¿Y cómo va el negocio del tabaco, Crisanto? —preguntó don Félix, tomando un caracol con salsa de la charola de botana.

—En auge, capitán. Fumar es un negocio en todo el mundo y la hoja del tabaco es muy versátil y se da casi en cualquier entorno con buena humedad. El gobierno nos regula mucho y desea estar al tanto de cualquier nuevo sembradío, lo cual es imposible, debido a la enormidad de este país.

Los ojos de gato de Calleja se clavaron en los de Crisanto. La belleza varonil de este hombre causaba admiración en el capitán español, quien interiormente lo aceptaba, sin tener una apreciación homosexual en su juicio. Crisanto le parecía un galán de obra de teatro francesa, y punto. No era común ver hombres tan diferentes en la Nueva España.

—Quizá algún día me interese en ese negocio y te busque, amigo. —Estoy abierto a nuevos socios, capitán.

—Llámame Félix. Ni a Rodolfo le permito que me diga capitán

fuera del trabajo. Aquí somos amigos y todos iguales. —Gracias, Félix.

—El capitán... perdón, Félix fue promovido por el segundo Conde de Revillagigedo a un puesto más alto y diferente —intentó explicar Rodolfo.

Calleja sonrió halagado por la oportuna intervención del hombre que tomaría su lugar en el regimiento de Puebla.

—Digamos que me convertiré en un investigador del norte de la Nueva España. Necesito encontrar oportunidades de negocio y expansión para la corona. El norte está extrañamente estancado, amigos. No hay crecimiento y yo veo un mundo de oportunidades.

—El peligro del norte son las tribus de indios salvajes, Félix.

—Los indios y la maldita nueva república del norte que amenaza nuestra integridad con sus ideas atropelladas de libertad y expansión.

—Los Estados Unidos, Félix. Apoyados por Francia, mi otro país que llevo adentro.

—Esos malditos franceses han puesto a Europa al borde de la guerra. España e Inglaterra son monarquías y jamás comulgarán con las libertades republicanas del nuevo gobierno francés.

Don Félix notó que se había extralimitado con su insulto hacia los franceses, quizá ofendiendo a su nuevo amigo.

—Discúlpame por lo de los malditos franceses, Crisanto. Se me fue la lengua.

Crisanto sonrió sin dar importancia al comentario ofensivo. Con tranquilidad tomó un poco de queso fundido con chistorra, lo untó sobre una tortilla de harina y continuó escuchando la interesante charla.

—Pierde cuidado, Félix. Hace un año estuve presente en París, en la ejecución del rey Luis XVI y créeme que estoy curado de espanto —Don Félix abrió los ojos con admiración, deteniendo el viaje de otro caracol a su boca—. Este nuevo régimen ha conducido a una lluvia de sangre que no sabemos dónde terminara. Las ideas francesas de libertad son lesivas para los intereses españoles en la Nueva España. ¿Qué tal si nosotros seguimos su ejemplo francés y nos independizamos de España, nombrando a alguien como usted rey de México?

—Félix primero de México. ¡Suena bien! —dijo Rodolfo ocurrente.

El rostro gatuno de Calleja les obsequió una sonrisa. Su mano derecha bebió de su copa continuando la interesante charla.

—Precisamente por eso voy al norte. Como cartógrafo que soy, Juan Vicente de Güemes me ha pedido que forme cuerpos milicianos novohispanos, además de llevar a cabo un reconocimiento geográfico, poblacional y económico de las provincias internas del norte de la Nueva España. Mi misión será cortar todo avance o intento de expansión de los malditos rebeldes norteamericanos, así como poner un escarmiento a todos esos indios rebeldes que pululan en las rancherías del norte, sembrando el terror y el miedo, asesinando colonos inocentes. Esas bestias no son humanos. Son como animales que es necesario exterminar para dar tranquilidad a las haciendas del norte.

—Tarea un tanto difícil, don Félix. La mayoría de los habitantes de este país son indios —intervino don Ceferino, mientras les servía porciones abundantes de la sabrosa paella que a diario preparaba.

—Pues los mantendré a raya, don Ceferino. El norte de la Nueva España debe ser un lugar confiable para invertir. Habrá muchas oportunidades de vender terrenos a buenos precios, señores. Los mantendré al tanto.

El dialogo continuó ameno y alegre sobre cuestiones sociales y políticas del virreinato. Los comensales se sentían a gusto en el elegante mesón. El momento de partir llegó primero para don Félix. Su diligencia estaba lista y su apretada agenda lo esperaba en la capital.

—Me tengo que ir, señores. Será un gusto saludarlos de nuevo en la boda de un mozalbete del regimiento del virreinato, que con el aval del segundo conde de Revillagigedo, desposará a una bella jovencita de sociedad. Los espero en esta dirección este fin de semana. Ojalá puedan acompañarme. El nuevo virrey Miguel de la Grúa Talamanca estará con nosotros. Dos virreyes, el anterior y el nuevo en una sola fiesta, una gran oportunidad de saludar gente notable.

Crisanto tomó el papel en sus manos con interés. Una boda así siempre era una buena oportunidad para conocer nuevos clientes, socios y víctimas. Por nada del mundo se la perdería.

—¡Allá estaré, Félix! Muchas gracias por la invitación. Será un honor compartir otra copa de vino con usted.

En aquella soleada tarde de septiembre de 1794, Crisanto Giresse y Rodolfo Montoya se presentaron puntualmente a la boda a la que fueron invitados por don Félix María Calleja. Lo que pensaron sería una boda sencilla, resultó ser una de las mejores fiestas a la que habían asistido en años. En la recepción conocieron gente importante como el ex virrey Juan Vicente de Güemes Pacheco y Padilla, segundo conde de Revillagigedo, y al nuevo, desde ese julio de 1794, don Miguel de la Grúa Talamanca, primer Marqués de Branciforte.

El novio, José Jerónimo López de Peralta de Villar Villamil, un miliciano criollo de familia acaudalada, de escasos veinte años, contraía nupcias con María Ignacia Rodríguez de Velasco, jovencita de dieciséis años, hija de don Antonio Rodríguez de Velasco, Regidor Perpetuo de la Ciudad de México. La jovencita era conocida como la Güera Rodríguez, por sus caireles color trigo y sus bellos ojos verdes que cautivaban a los núbiles del regimiento del virreinato, a unas cuadras de su casa en la calle de San Francisco.

—Hola, yo soy Crisanto Giresse, amigo de Félix Calleja y Rodolfo Montoya. Les deseo la más grande felicidad en su matrimonio —les dijo Crisanto a la pareja, abrazándolos afectuosamente.

—Muchas gracias, Crisanto —repuso el novio con una sonrisa afectuosa.

—Muchas gracias por venir, señor Crisanto —dijo la Güera, regalándole una sonrisa que resaltaba la belleza de su angelical rostro. —¡Crisanto a secas, María! Con el señor me haces sentir como un viejo y ni a treinta años llego todavía.

Crisanto y María se miraron por varios segundos, aprovechando la distracción del marido, que era felicitado afectuosamente por Montoya y Calleja. María y Crisanto reconocieron mutuamente la beldad de ambos. Los dos eran unos agraciados de Dios o la naturaleza. Crisanto aprovechó para regalarle un sincero piropo, cuidando que no fuera escuchado por el marido:

—¡Eres la muchacha más bella que he visto en vida!

El rostro de la Güera se sonrojó para simplemente musitar: —Gracias, Crisanto. ¡Qué hermoso cumplido!

José Jerónimo se presentó de nuevo en ese momento rompiendo el encanto.

—¡Con su permiso Crisanto! Todavía tenemos a mucha gente que saludar. En un rato nos vemos de nuevo.

—Adelante muchachos.

Crisanto la vio partir resignado. Algo tenía esa jovencita que lo había dejado afectado.—¿Todo bien Crisanto? —preguntó Rodolfo inquieto.

—Me he enamorado de la novia, Rodolfo. ¡Qué Dios me perdone!

Rodolfo sonrió divertido, entendiendo perfectamente lo que le pasaba a su amigo. De una u otra manera a él también lo había perturbado la güera cabellos de sol.

Los músicos colocados en una esquina del jardín, deleitaban a los invitados con un concierto de violines de Antonio Vivaldi. Un toro asado pendía de un grueso fierro, mientras los meseros cortaban jugoso cortes para llevarlos a sus invitados. Dos barriles de vino llenaban las copas de los comensales sin dejar que ninguno de ellos se perturbara por sentir la copa medio vacía.

Calleja se les unió en el dialogo. Los tres se encontraban solos en una de las tantas mesas del festejo.

—En un momento les presento al nuevo virrey Miguel de la Grúa. Nada más termina de platicar con esa mujer. Como antecedente, sólo les puedo decir que el nuevo virrey se casó con María Godoy y Álvarez de Faria, la hermana del ministro Manuel Godoy(5). El cuñado lo tiene como protegido y a ambos les encanta el dinero.

—Si Godoy es un corrupto, ¿qué podemos esperar de él? —dijo Crisanto, dando una fumada a su habano y mirando desde lejos a la Güera que bailaba sensualmente un vals con su marido.

—Al italiano no le gustan los franceses, Crisanto. Ahora que estamos en guerra con Francia podría ensañarse con ellos.

—Que ni lo intente, Félix. Soy hijo de española, nacida aquí, y de francés de alcurnia. Tengo de las dos sangres. Me puedo hacer para el lado que me convenga.

—Ya dejó de hablar con la señora. Ahora es el momento —indicó Rodolfo.

Félix Calleja se acercó a saludarlo y luego lo encaminó hacia ellos.

—Señores Rodolfo Montoya y Crisanto Giresse, tengo el honor de presentarles a nuestro nuevo virrey, el notable Miguel de la Grúa Talamanca de Carini, primer Marqués de Branciforte.

El virrey sonrió amistoso extendiendo su huesuda mano. Ataviado con una levita de color azul oscuro con camisa de holanes blancos, el máximo jerarca de la Nueva España parecía más una gigantesca águila humana. Su enorme nariz destacaba amenazante en su polveado rostro. El virrey era un hombre de origen italiano, de treinta y nueve años, famoso por su ambición desmedida: un atributo fascinante que lo hacía el comparsa perfecto de Manuel Godoy, ministro del rey Carlos IV.

—Mucho gusto señores. La puerta de mi despacho está abierta para lo que se les ofrezca.

—El honor es mío —respondió Montoya—. Soy capitán de la honorable guarnición de Puebla. Hasta hace unos días todavía reportaba a mi amigo Félix María Calleja.

—Una ciudad estratégica en el camino a Veracruz, señor Montoya. Usted debe hacer que el viaje a la capital ocurra sin incidentes para los viajeros.

—Así debe ser, señor.

—A sus órdenes, señor Virrey. Soy Crisanto Giresse, amigo de Calleja y suyo, desde el día de hoy. Me dedico a comercializar habanos.

Los ojos de Miguel de la Grúa se clavaron inquisitivos en los de Crisanto. La belleza varonil del franco hispano lo confundía.

—¿Es usted francés?

—Mi padre lo fue. Mi madre es criolla.

El rostro del virrey esbozó un gesto de pedantería que fue detectado al instante por Crisanto y sus compañeros.

—En un momento más prudente hablaremos de negocios señores. Me interesan mucho sus actividades. Les recuerdo que estamos en guerra contra la Francia liberal que está contaminando las mentes de Europa con su veneno. No lo permitiré aquí en la Colonia. Si es necesario que los franceses residentes en la Nueva España lo paguen, así será.

Crisanto regresó al virrey un gesto parecido al que segundos antes él le había manifestado. Era evidente que la presentación entre los dos no había resultado agradable.

—Me atropella por lo de los franceses, señor virrey.

—Usted es mitad español, Giresse. No tienen por qué mortificarse. —El virrey con gesto desafiante se encaminó hacia otros invitados—. Con su permiso. Todavía hay mucha gente que saludar.

—Un honor, señor virrey respondió Crisanto.

Don Jacinto Iturbe, preso de la furia y la humillación de haber sido amenazado por Ignacio Allende, decidió tomar otro camino diferente para vengarse de su mujer. Marina debía pagar su infidelidad de algún modo, y él creía haber encontrado la solución. Marina dormía plácidamente bocarriba en su mullido lecho. Su rostro angelical dibujaba plácidos sueños. Don Chinto debía actuar rápido. Para los ojos de los sanmiguelenses su esposa habría muerto del corazón al dormir, como ocurrió con Catalina Suárez, la desafortunada esposa de Hernán Cortés. Con sus calludas manos tomó la suave almohada entre sus manos y se acercó a ella para cubrirle el rostro y en cuestión de segundos mandarla con Satanás por infiel. Para los ojos del mundo Marina habría muerto de un funesto infarto, dejando al triste viudo Iturbe solo y consternado con cuatro hijos a cuestas. Una nueva mujer tomaría su lugar en breve y así quedaría resarcido su honor ante ese mentecato estanciero que lo había humillado. Allende no podría cargar contra él por la sencilla razón de que la muerte de Marina sería cosa de Dios y no de él. Muy al contrario, quizá hasta un buen pésame le daría y a la niña Amalia le reclamaría. Podría entregarle a Amalia y así sólo quedarse con tres hijos. Aquella chiquilla no era su hija, y lo sabía tanto, como desde el día en que su infiel mujer puso ojos en ese maldito ranchero.

Al acercarse, decidido a matarla, sintió como una mortal punzada le acalambraba el corazón. Con vértigo en su cerebro cayó sobre ella despertándola exaltada. Marina entendió en segundos que su infartado esposo había caminado hacia ella buscando ayuda.

Don Chinto, sumido en su inconsciencia, y en lo que pensó era el trance hacia la otra vida, escuchó claramente los gritos y el esfuerzo que hacía su mujer por traer en cosa de cinco minutos al doctor de la familia. A nada estuvo el viejo de haber muerto, dejando a los hijos en una espantosa orfandad. Don Próculo hizo el milagro de evitar que don Chinto muriera. El suertudo marido, hundido en arrepentimiento, tomó su resurrección como otra oportunidad dada por el Señor y jamás cruzaría por su mente de nuevo el atentar contra su esposa.

(1) Nueve meses después de la ejecución de su marido, María Antonieta de Austria fue juzgada, condenada por traición y guillotinada el 16 de octubre de 1793. Luis Carlos, su hijo y único heredero al trono, conocido como Luis XVII, murió en 1795, a los diez años de edad, en una pútrida cárcel.

(2) Durante su estancia en Colima quedó registrado que sólo bautizó a dos criaturitas y casó a 489 parejas de amancebados, apareciendo su firma en los tres libros de “informaciones matrimoniales”. Lo que nos indica su desbordada preocupación por hacer cumplir dicho sacramento.

(3) Cuando se suscitó el movimiento insurgente en 1810, encabezado por Hidalgo, varios de sus más entrañables amigos colegas colimenses simpatizaron con él y hasta se sumaron a la lucha.

(4) Hidalgo, no dispuesto a morir por una bala del herido esposo, le donó a doña Antonia unas pequeñas minas que había comprado por los rumbos de Tecalitlán, de las que ella tomó posesión a principios de 1793, cuando estaba por nacer la niñita que se llevaría el nombre de Mariana Francisca Teodosia Paula Gamba y Sudayre, y a la que los seguidores de Hidalgo apodarían como “La Fernandita”.

(5) El nuevo soberano Carlos IV, al coronarse rey en 1788, comenzó a llenarlo de honores y títulos como cadete, ayudante general de la Guardia de Corps, brigadier, mariscal de campo, sargento mayor de la Guardia, ministro y otros más con el correr de los años. Malas lenguas decían que era por ser el amante de la horrible esposa del rey Carlos IV. En 1801 fue nombrado generalísimo, título jamás dado a alguien en España. Finalmente, en 1807, cerca ya de su caída, Carlos IV le concedió el título de gran almirante, con tratamiento de Alteza Serenísima, y de presidente del Consejo de Estado.

4 · Miguel de la Grúa, el virrey corrupto

La Humanidad debe gratitud eterna a la Monarquía española, pues la multitud de expediciones científicas que ha financiado ha hecho posible la extensión de los conocimientos geográficos.

Alexander von Humboldt

La guerra entre Francia y España, después de la polémica ejecución de Luis XVI, estalló irremediablemente en 1793, viendo su fin tres años después. Aunque la conflagración tuvo lugar principalmente en Europa, las colonias españolas de América se vieron influenciadas por la tensión e influjo que ejercía la comunidad francesa en el norte de América, así como el abierto apoyo dado por Francia a los rebeldes triunfadores, en la nueva república independiente llamada Estados Unidos de América.

El nuevo virrey, Miguel de la Grúa, prestamente encabezó la ofensiva española contra todo lo que fuera francés y sus principales afectados fueron 124 franceses radicados en la Nueva España. El 15 de enero de 1795, el virrey ordenó su inmediata aprehensión y despojo de propiedades.

Dentro de los afectados se encontraba Crisanto Giresse, quien no daba crédito a lo que decía el documento que tenía en sus manos. El virreinato de la Nueva España ordenaba el inmediato embargo de sus bienes, por lo que el tabacalero hispano francés perdía todo lo invertido en su empresa tabacalera, más su casa de Valladolid. Para su fortuna, su herencia en monedas de oro se mantenía oculta en un lugar secreto, al que jamás llegarían las garras del ambicioso virrey.

El cerrojo de la puerta del húmedo calabozo sonó con un rechinido siniestro. Crisanto se levantó inquieto de la destartalada cama de metal que se encontraba en la improvisada celda en el Palacio Virreinal. Todos los aprehendidos en la capital, y en las distintas ciudades del virreinato, habían sido despojados de sus bienes. Algunos ya habían sido liberados por la férrea disposición del ambicioso virrey. Dos guardias lo condujeron al imponente despacho donde lo esperaba el ministro del virrey, un hombre enjuto y calvo, que más parecía un insepulto vuelto a la vida por una extraña hechicería, que el hombre de confianza del virrey.

—Don Crisanto Giresse. Espero que este encierro le haya hecho cavilar sobre su delicada situación ante el gobierno del marqués de Branciforte —dijo el circunspecto ministro, llenando dos copas de vino y ofreciendo una a su prisionero.

—¡Excelente vino, señor ministro!

—Incautado de las cavas de los malditos franceses, que se pasan confabulando contra el gobierno virreinal con sus ponzoñosas ideas revolucionarias. El virrey debería pasarlos a todos por las armas, para de una vez por todas acabar con el peligro que implica el tenerlos aquí.

—Tendría que empezar conmigo, ahorita mismo, señor. Soy mitad francés y mitad español, y tengo muy frescas las ideas revolucionarias que segaron la vida de los reyes de Francia.

—Lo sé, Crisanto. Créame que con gusto lo haría, pero el virrey ha ordenado su inmediata liberación.

—¿Adónde quiere llegar este incompetente, incautando el patrimonio de la comunidad francesa?

El ministro explotó en furia, arrojando su copa contra la pared, haciéndola añicos.

—¡Más respeto miserable!

—Haga lo que quiera conmigo, mentecato del virrey. Le prometo que si me deja vivo se las cobraré al doble.

El ministro contuvo su enojo. Apretó los dientes y su cadavérico rostro se tornó rojizo por el enfado.

—¡Lárguese de aquí Crisanto! Antes de que me arrepienta y desobedezca al virrey y ordene su encierro de nuevo —gritó el ministro, extendiendo su espada amenazante hacia el pecho de Crisanto.

Crisanto se alejó de ahí. De una forma u otra estaba libre y podía empezar de ceros de nuevo. Con su oro escondido le repondría la casa a su madre y maquinaría nuevas maneras de hacerse de recursos otra vez.

Antonia Herrera irrumpió en la vida de Ignacio Allende como una densa nube que cae plena sobre un campo seco, árido por varios días de intensos soles abrasadores. El vacío dejado por Marina fue oportunamente cubierto por la bella flor de San Miguel.

—Estoy embarazada, Nacho. Mis padres me van a matar. —¿Estás segura?

—Tan segura como de que es tuyo y tendrás que responder a mi familia por el agravio.

Ignacio la abrazó conmovido. Su mirada serena asimilaba poco a poco el amargo trago que implicaba semejante responsabilidad. En su mente claramente se imaginaba lo que le diría su tío don José María Unzaga, quien había visto por él y sus hermanos desde que cayeron en la orfandad.

Nada de esto lo detendría. Hablaría con la familia Herrera y asumiría el papel de padre que semejante compromiso implicaba.

—Hoy mismo hablo con tus padres, Toña. Pediré tu mano y haremos vida juntos.

Antonia sonrió escéptica. Sabía que su padre jamás aceptaría que se casara con Nacho por no ser alguien importante o de abolengo.

Esa misma tarde Ignacio tomó el toro por los cuernos y habló gallardamente con los padres de la agraviada.

—No aceptaré que te cases con mi hija hasta que seas alguien digno de ella —dijo el padre de Antonia—. Mientras tanto, mi hija se irá a Valladolid, donde tendrá a su hijo. No quiero que la gente se la coma si se queda aquí. Una vez pasada la tormenta quizá regrese. Ya con el niño crecido que digan misa y punto.

—¿Puedo verla en Valladolid?

—Que eso lo decida ella. Pero nada de vivir juntos. Ella irá con su madre, quien la asistirá hasta que nazca la criatura.

El día del alumbramiento finalmente llegó y Nacho y Antonia tuvieron un varoncito a quien bautizaron como Indalecio Allende Herrera. Su destino como pareja se reflejaría en los siguientes años. Por lo pronto Ignacio se desviviría porque a ese niño no le faltara nada.

El 20 de agosto de 1795, el marqués de Branciforte, temeroso de alguna intervención extranjera por el norte de la Nueva España, ordenó la formación de un valeroso regimiento de caballería en la villa de San Miguel el Grande. Se conocería como el Regimiento de Dragones Provinciales de la Reina, en honor a la reina de España, María Luisa de Borbón. Se conformaría por un cuadro de militares profesionales comisionados y pagados por la corona, así como por doce compañías de militares que radicarían en distintos puntos estratégicos en la región del Bajío y el norte de la Nueva España. Cada compañía se integraría por treinta soldados, encabezados por un capitán, un teniente y un alférez.

Ignacio Allende, luchando por sus sueños y el amor de Antonia, ingresaría al regimiento el 19 de febrero de 1796. Serviría en la tercera compañía, ubicada en San Miguel el Grande, con el nombramiento de teniente, bajo las órdenes del capitán José María de la Canal y Landeta y teniendo como alférez a Antonio de Apezteguía, ambos vecinos prominentes de los Allende Unzaga.

Cansado de comerciar vacas y borregos, Allende se compenetraría con el ejército del virrey para ascender socialmente a peldaños más altos. El pertenecer a los Dragones de la Reina lo ponía más cerca de casarse con Antonia y dar así una familia y apellido a Indalecio. Su juventud y el tiempo serían sus aliados para escalar puestos más altos en los turbulentos tiempos que se avecinaban.

La belleza de Amparo Salvatierra había cautivado a don Crisóforo Guerra a niveles de locura. Tres veces se habían visto al salir de misa. En las dos primeras sólo se saludaron. La primera ocasión sólo con un gesto, la segunda con una presentación formal de unos cuantos segundos. En la tercera ocasión caminaron y platicaron un poco alrededor de la plaza. En esta cuarta, la bella dama sorpresivamente accedió a visitar la mansión del enamorado, una hermosa hacienda a su cargo, en la salida al camino a Santa María de los Lagos (Lagos de Moreno). Don Crisóforo estaba a cargo de la hacienda del famoso conde del Teúl. Su patrón andaba de viaje con su familia en España. Crisóforo mantenía una vigilancia cerrada en la mansión del platero de Lagos con dos hombres fuertemente armados, uno en cada esquina del castillo.

—¡Impresionante hacienda, don Cris! ¿Es suya?

—No, pequeña. Sólo estoy a cargo de su vigilancia. Mi patrón es muy rico y anda de viaje. Cómo verás, es toda nuestra para disfrutarla al máximo. ¿Gustas una copa?

—¿Tiene coñac?

Don Crisóforo frunció el ceño con sorpresa. Una mujer que bebiera coñac era un caso raro. Con tranquilidad dejó su afilado sable a un lado de la mesa de fina caoba y se dirigió a la cantina. Tomó dos copas y una botella de Coñac Hennessy enfundada en una coraza plata que tenía grabado el apellido TEUL sobre ella, y regresó sonriente a su lado.

—Déjeme servir las copas, don Cris. Esa botella es una hermosura.

—¡Adelante primor! —mientras Amparo servía las copas, don Crisóforo la tomó por detrás de la cintura y le dio un beso cariñoso en su cuello. Amparo se estremeció con la bella sensación.

Amparo dejó las copas sobre la mesa y correspondió a Don Crisóforo con un suave beso. Al terminar le entregó su copa a su embelesado admirador y ambos brindaron.

—¡Salud mi amor!

—¡Salud, don Cris!

—Pídeme lo que quieras, princesa. Eres una reina.

—¿Lo que yo quiera, don Cris?

—Lo que tú quieras, pequeña. Si quieres la corona de Carlos IV, soy capaz de ir por ella al fin del mundo, todo con tal de complacerte.

Amparo sonrió divertida por lo chusco del halago. Sus hermosos ojos negros parecían lanzar fulgores hipnóticos sobre el viejo vigilante, un hombre cuarentón de ancha espalda y cabeza canosa como salpicada por la nieve. Su ancha nariz parecía arrancada de la imagen de un nativo de las selvas del Congo.

—Usted me halaga, don Cris. Se nota su experiencia en el trato con las damas.

—¿Dices que tus padres también andan en España y te dejaron sola por un tiempo?

—Así es, don Cris. Solita, pero con dinero para pasármela bien y no estar sufriendo carencias.

—¡Salud de nuevo Amparo! ¡Por nuestro amor!

Don Crisóforo puso su calluda mano izquierda sobre la pierna derecha de Amparo, mientras que con la derecha acariciaba su larga cabellera bruna. El agradable aroma de su cabello lo enervaba. La bella muchacha no hizo nada por quitarla. Algo había en aquel hombre maduro que le atraía mucho.

—Eres una mujer muy bella, Amparo. Soy un hombre muy afortunado en estar aquí con una princesa como tú.

—Lo mismo digo yo, don Crisóforo. Todo un administrador de esta imponente hacienda española. A su entera disposición como si usted fuera el dueño. ¡Qué orgullo!

Don Crisóforo acercó su rostro al de ella y ambos se unieron en un candente beso. El administrador se sentía dichoso de haber llegado a ese momento con una mujer tan joven y hermosa. La paciencia del cazador era debidamente recompensada.

La mano de don Crisóforo se deslizó lentamente bajo el vestido de Amparo. Una mano escrutadora que avanzaba lentamente entre sus piernas hacia su ansiada intimidad, lentamente, como lo hace una serpiente de cascabel al divisar un inocente lebrato entre la hierba.

Al llegar a la máxima intimidad de la jovencita, don Crisóforo soltó lo que palpó como si fuera un mortal áspid cuatro narices(1).

—¡Eres hombre! Me engañaste jijo de la chingada —gritó don Crisóforo exaltado.

Herido en su orgullo, corrió hacia la mesa para tomar el sable para salvar su escarnecido honor. Con una irreconocible cara de Belcebú, lo levantó amenazante con las dos manos, dispuesto a partir a Amparo en dos, cuando una punzada mortal en el estómago lo paralizó, segando poco a poco su vida.

—Me has engañado cabrón... ¡Ah me muero!... ¡Ah mi panza!... ah...

Don Crisóforo cayó muerto de bruces a los pies de la peligrosa mujer. El veneno vertido en la copa de su víctima había tenido un efecto fulminante, tal y como se lo había prometido la bruja negra Matilde. De su boca emanaba un ectoplasma espumoso como si fuera un perro rabioso.

—Qué bueno que el veneno actuó a tiempo, vejete asqueroso, si no hubiera tenido que cortarte el cogote y el pito con mi daga de plata, antes de que intentaras algo más conmigo. Dos violentas patadas en los testículos de la víctima, causaron un morboso placer en la asesina. El rostro de Amparo era totalmente otro, comparado con el de la dulce jovencita de unos minutos antes. En su perturbada mente se presentaban nítidas imágenes de un hombre mayor, acariciando su intimidad y abusando de ella de niña. El fantasma de aquel abusador, su padre, era un espectro que atormentaba su mente desde la infancia.

Sin perder tiempo se medió desnudó y llamó con un grito a uno de los compañeros de don Crisóforo pidiendo ayuda:

—¡No sé qué tiene! Se puso mal de repente —dijo Amparo al confundido guardia, cubriéndose sus diminutos pechos con una sábana.

El sorprendido guardia después de atisbar las tetillas de la dama, se arrodilló para sobarle el pecho a su tieso jefe, intentando resucitarlo. Al estar de espaldas sobre el suelo, Amparo lo atravesó por la espalda con el filoso sable del patrón. El guardia cayó muerto sobre el pecho de su patrón. Después de limpiar la filosa daga sobre las ropas del difunto, volvió a llamar al único guardia que quedaba y al entrar éste al salón, Amparo lo recibió por la espalda con un mortal sablazo que le cortó medio cuello, dejando la cabeza colgando del sangrante tronco, a punto de desprenderse por su propio peso. Una lluvia de borbotones sanguinolentos salpicó a la asesina y todo lo que se encontraba cerca. Amparo sonrió satisfecha, saboreando una gota de sangre que oportunamente cayó sobre sus labios carnosos. Su plan había culminado con éxito. La plata del conde del Teúl ya era suya. Con la ayuda su compinche vaciaría la bodega de las preciadas monedas de plata de los odiados dueños.

Amparo contaba con la ayuda de Cipriano Villalobos, su cómplice de confianza. Cipriano era un hombre de treinta años de edad, un ex minero que consiguió su libertad huyendo de las minas de la Bufa en Zacatecas, dejando tres guardias muertos en el camino a su apreciada libertad. Cipriano era buscado por las autoridades virreinales y con Amparo encontró un remanso para rehacer su vida de nuevo.

Cipriano era alto, de musculatura marcada, de cráneo rasurado protegido con una pañoleta roja. Usaba barba de candado que le daba un toque temerario. Un elegante traje de color café claro con chaleco y pantalones acampanados le daba una estampa de sanguinario pirata.

Amparo le abrió la puerta principal. Cipriano entro con un carromato y lo dirigió a la entrada de la casona. Al contemplar los tres cadáveres en el cuarto principal, Cipriano dimensionó la peligrosidad de su patrona, y más temor, admiración y respeto crecieron en él.

—Tenemos poco tiempo para sacar lo más que podamos de la bodega, Cipriano. No perdamos tiempo contemplando a estos infelices. Su último día era hoy y ya se los cargó el diablo.

—Sí, patrona. Comencemos de inmediato.

Fray Servando Teresa de Mier, presbítero dominico de tan solo veintinueve años de edad, había preparado su sermón con dedicación y ahínco, para presentarlo aquella fría mañana del 12 de diciembre de 1794, por motivo del festejo de la aparición de la virgen de Guadalupe en el Tepeyac, 263 años atrás. Sus investigaciones de años le daban la oportunidad de oro de deslumbrar al arzobispo de México, don Alonso Núñez de Haro y Peralta y al virrey Miguel de la Grúa con su revolucionaria teoría:

“¿No es éste el pueblo escogido, la nación privilegiada y la tierna prole de María, señalada en todo el mundo con la insignia gloriosa de su especial protección?” —Comenzó Fray Servando con la parte normal o esperada del sermón. Así continúo por varios minutos, hasta que de pronto arrojó su incendiaria teoría:

“Guadalupe no está pintada en la tilma de Juan Diego sino en la capa de Santo Tomé y apóstol de este reino. Mil setecientos cincuenta años antes del presente, la imagen de Nuestra señora de Guadalupe ya era muy célebre y adorada por los indios aztecas que eran cristianos, en la cima plana de esta sierra del Tenayuca, donde le erigió templo y la colocó Santo Tomé.”

Los rostros de los fieles ahí presentes reflejaban sorpresa y preocupación. La cara del arzobispo Haro se tornó roja como un tomate. Fray Servando juraba que en cualquier momento le gritaría “Basta de tanta blasfemia.”

—El descubrimiento del Calendario Azteca en la Plaza Mayor demuestra que la imagen de la Virgen María fue milagrosamente impresa en la capa del apóstol Santo Tomás, quien predicó el evangelio en el Nuevo Mundo desde hace siglos(2). El apóstol Santo Tomás, conocido como Quetzalcóatl entre los aztecas (Toltecas), estuvo en América aun antes que Cristóbal Colón y evangelizó a los indios desde antes de la conquista. —Fray Servando notó que el virrey y el arzobispo se dijeron algo entre cuchicheos. Sus caras denotaban molestia—. La Virgen de Guadalupe, no es otra más que la diosa Tonantzin del Tepeyac. La virgen de la tilma no es otra más que la virgen morena grabada por ella en la capa de Santo Tomás. Ahí plasmó la reina de cielos su efigie, la cual fue entregada a Juan Diego en 1531, diez años después de la conquista de México.

El Arzobispo no espero a que Fray Servando terminara su infame sermón. Escuchar que la virgen del Tepeyac no era de Nueva España sino indígena, era un vomitivo para él. El cura se levantó de su silla haciendo un desplante de molestia, y junto con Miguel de la Grúa, abandonaron furiosos el recinto Guadalupano. Fray Servando temió lo peor por su imprudencia.

El arzobispo, quién sentía escozor por todo lo criollo, le acusó de herejía y blasfemia ante el Santo Oficio, por lo cual fue excomulgado, encarcelado y despojado de sus libros malditos. Como si fuera una maldita coincidencia, el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, Fray Servando fue condenado a diez años de exilio en España. Intentó3 apelar su condena, puesto que tanto los cargos como el procedimiento fueron ilegales. Por ser miembro del clero regular no podía ser sentenciado por el obispo de México (clero secular), además de que fue sentenciado sin previo juicio. Tras pasar dos meses en la fortaleza de San Juan de Ulúa, en la que casi muere, el 7 de junio de 1795 embarcó en Veracruz, rumbo a Cádiz.

El cura se alegró de recibir esta inesperada visita en su nueva casa de San Felipe Torres Mochas. Crisanto Giresse era siempre bienvenido para don Miguel Hidalgo y Costilla. Don Miguel se econtraba sin camisa, empapado en sudor por estar partiendo leña.

—Ya tenía tiempo que no nos veíamos, padre —gritó Crisanto, extendiendo los brazos para darle un cálido abrazo a su querido amigo.

—¡Crisanto! Luces como un marquesillo de esos que andan por la capital todo el día lambisconeando al virrey para ver qué le sacan.

—Yo no tengo nada que sacarle a ese cabrón, padre. Al contrario, él me dejó seco al robarse todo mi patrimonio por ser francés.

—Sí, lo sé. Esa incautación de bienes a los franceses ha causado un escándalo en la Nueva España.

—¡Me dan ganas de asesinarlo!

Hidalgo se puso un sacó para evitar sufrir un enfriamiento. Extendió una copa de vino a su amigo. Los dos se sentaron en el enorme jardín de su propiedad. El olor a árboles frutales enervaba los sentidos. Un candente sol caía pleno sobre el jardín. El cura y Crisanto disfrutaban una fresca sombra bajo un frondoso árbol de aguacates.

—Quítate esa idea de la cabeza, mozalbete cabrón. Ya de por sí es una victoria que estés vivo y libre. Bien podrías seguir en una mazmorra encerrado hasta pudrirte en vida. El capital ya lo harás de nuevo. Ése va y viene, y tú tienes talento para eso.

Crisanto se quedó estático al tener enfrente de su rostro a un veloz y amenazante abejorro, semejante a una uva voladora. Después de hacer una tregua pacífica con aquel humano, el insecto continuó su vertiginosa exploración entre los aromáticos guayabos.

—Ya estoy trabajando en eso, padre. A mí ese carbón no me va a dejar sin nada con los brazos cruzados. Ya me recuperaré poco a poco.

Hidalgo sabía de las inicuas actividades de Crisanto por la mutua confianza que se tenían. El cura no lo trataba como feligrés, sino como a un amigo. Nunca lo había confesado. Lo mucho que sabía de su amigo era porque él se lo compartía.

—¿Ya empezaste a desplumar gachupines de nuevo?

Crisanto soltó una risotada cínica. Su atractivo varonil se acentuaba cuando se encontraba alegre. De su casaca sacó una cajita de finos puros y compartió uno con su amigo.

—Ahora lo hago pero en grande, padre. Ya no asalto viejecitas saliendo de misa.

Hidalgo rio por la ocurrencia de su amigo. Con sus dedos tomó un puro para encenderlo.

—¿Qué golpe grande diste ahora que te ves tan contento?

—Yo fui el que asaltó la hacienda del conde del Teúl.

Hidalgo detuvo el viaje del puro a su boca. Sus ojos se agrandaron ante el asombro y temor. El asalto a la hacienda había sido un escándalo en el Bajío. El virrey consternado había jurado atrapar a los culpables de los asesinatos del cortijo.

—¡Hubo muertos hijo!

—Tres, padre. ¡Mi cómplice los mató! Ellos tuvieron la culpa. —¿Por qué los mató?

—A veces no es posible dar un golpe sin ser visto, padre. Cuando uno es reconocido, no se puede dejar vivo al testigo. Al día siguiente te atraparían y te pondrían una soga al cuello. Por eso lo hizo.

—Qué Dios perdone a tu cómplice y dé descanso eterno a los caídos.

Crisanto dio una profunda fumada a su puro. Entrecerrando los ojos soltó la humareda, creando caprichosas figuras en el aire. Mirando serenamente al cura, le respondió:

—Mi cómplice es una mujer, padre.

—¿Una mujer?

Hidalgo puso una mano en el hombro de su amigo para comentar:

—Más aún, Crisanto. Una mujer está para engendrar vida y cuidarla, no para quitarla.

Crisanto, con gesto abstraído, clavó la mirada al suelo. Sabía que el cura tenía razón y encontraba difícil e incómoda la defensa de su compinche.

—Procuraré que eso no vuelva a ocurrir, padre. Hablaré con Amparo, y si es preciso la traeré ante usted para que se confiese.

—Eso no es necesario, amigo. Sólo te pido que evites a toda costa que tu gente mate. Eso es todo. Todas las vidas son sagradas y necesarias en el reino del señor, hijo. Por eso nuestro Señor las trajo a este mundo.

Crisanto, buscando salir de ese tema tan incómodo, hurgó en un maletín de cuero que llevaba a su lado para entregar algo al padre.

—Ahora es a mí a quien le toca entregarle una obra magna, padre.

Hidalgo abrió sus ojos como si fuera un chiquillo al que se le acercara un frasco con coloridos caramelos.

—¡El desengaño del hombre!

—Así es, padre. El mismo libro al que el virrey ha prohibido su entrada en la Nueva España.

—El mismito que Santiago Felipe Puglia escribió en Filadelfia en español.

—Una obra escrita en español que pone en duda la legalidad de la monarquía española, al argumentar que es un sistema antinatural, pues contraviene las leyes divinas y humanas, además de atentar contra la libertad del hombre.

Hidalgo palpaba extasiado el cuero del forro y examinaba algunos renglones del contenido.

—Este libro plantea con muy buenas bases la independencia de las colonias americanas.

—Tan buenas bases que por eso no es posible encontrarlo en ningún lado, padre.

—¿Cómo fue que lo conseguiste?

—De manos de un amigo que vigila el camino a Veracruz. —Muchas gracias, Crisanto. Me fascinó tu presente.

—En una hora vendrán unos amigos con los que ensayaremos una obra de teatro. Espero te quedes a verla y me des tu valiosa opinión.

—Con gusto, padre. Ya sabe que me encanta el teatro francés. ¿Qué obra es?

—Tartufo de Moliere.

—Tartufo, el cura farsante que quiere quedarse con los bienes y la hija de su amigo Orgón, además de seducir a su joven esposa.

—Ese mismo, amigo. ¡Me sorprendes!

—Nada más con que usted no la haga de Tartufo, padre. Eso no sería actuar.

Los dos rieron por la broma de Crisanto. En el fondo sabían que algo o mucho del personaje embonaba muy bien con la polémica personalidad del cura de San Felipe.

—Trataré de representarlo mucho mejor que en los teatros de París.

El virrey Miguel de la Grúa ordenó a su asistente que permitiera la entrada al importante invitado que aguardaba en la antesala de su elegante despacho. Era un hombre joven, de cabello rizado con largas patillas y ojos negros como el carbón. Su vestimenta reflejaba una modesta posición económica. El convidado se paró en el umbral del despacho para saludar con un gesto amable:

—Un honor ser invitado a platicar con el máximo jerarca de la Nueva España.

—No te desgastes en elogios zalameros, Manuel(4). Lo tuyo es crear con tus manos obras maestras para la posteridad, no lambisconear nobles haraganes. Es por eso que estas aquí.

—Usted dirá para qué soy bueno, señor virrey.

De la Grúa sirvió dos copas de coñac y entregó una a su importante invitado.

—Su majestad Carlos IV me tiene entre ceja y ceja por los escándalos de los últimos meses. Debo ganármelo, y para eso te llamé

Manuel. Necesito que diseñes una estatua del rey montando un brioso caballo en movimiento, como la del romano Marco Aurelio. Yo cargaré con los gastos, los cuales incluyen muy buenos honorarios para ti, amigo.

Manuel Tolsá echó una mirada a su copa, jugueteó con el cristal, haciendo que casi se derramase en su mano.

—¿Don Miguel, tiene usted una idea del tamaño de semejante proyecto? Entre 1685 y 1699 François Girardon creó la estatua de Luis XIV, una escultura realizada en bronce y colocada en la Plaza Vendôme de París hasta que fue destruida durante la Revolución Francesa. La representación del Rey y del caballo está inspirada en el modelo de la Estatua ecuestre de Marco Aurelio, realizada en el año 176.

—Lo sé, Manuel. Tendrás que superar en tamaño a la de Luis XIV.

Tolsá camino al escritorio del virrey y con toda la confianza del mundo tomó la pluma del tintero y sobre un papel se puso a hacer unos cálculos del proyecto. Al terminar comentó sarcástico al virrey:

—Necesitaré por lo menos seiscientos quintales(5) de bronce para Ia fundición del jinete metálico.

—¿Eso cómo cuánto es?

—Digamos que como veintiocho toneladas de bronce.

De la Grúa no se inmuto, quizá por desconocer la verdadera dificultad que implicaba reunir semejante montículo de aleación. —Sé que este proyecto implica varios años de trabajo, Manuel. Por lo pronto, para que el rey y el pueblo vean que el proyecto ha iniciado, la primera piedra del pedestal del monumento ecuestre será colocada por mí el 18 de julio (de 1796) y quiero que para este 9 de diciembre, fecha deI santo de Ia reina María Luisa, con una lujosa ceremonia se devele una estatua provisional, hecha de madera y estuco y recubierta con hojas de oro. Para la inauguración del original coloso de bronce, sé que faltan un par de años. Tú me dirás cuándo(6).

—¿Y mis honorarios a cuánto ascienden, don Miguel?

—Este mismo domingo organizaré una espléndida corrida de toros. La mitad de la taquilla será un adelanto a tus honorarios, amigo. Créeme que te ira bien. Así que a trabajar que el tiempo apremia. ¡Brindemos por la futura estatua de Carlos IV!

—¡Salud don Miguel! —¡Salud Manuel!

El soleado zócalo de San Miguel lucía pletórico ese domingo 2 de octubre de 1796. La fiesta de San Miguel Arcángel era la fiesta máxima de los Sanmiguelenses y el día se prestaba para un gran jolgorio.

Ignacio Allende festejaba en compañía de Antonia e Indalecio. Los tres degustaban una sabrosas quesadillas con mucha carne deshebrada, cilantro y cebolla. Tres vasos de agua de horchata refrescaban su agasajo. Aunque Indalecio apenas tenía cuatro años de edad, luchaba ya por él solo devorar una quesadilla entera. En caso de no poder, su madre, como en otras ocasiones, terminaría comiéndose lo que sobraba. Desde su mesita contemplaban el paso de la gente que rodeaba la plaza. Mirar gente era toda una distracción en eventos como éste.

—Mis hermanos están muy contentos por tu incorporación al ejército del virrey, Nacho.

—¿Lo ven como mi boleto de aceptación para algún día casarnos?

—No los juzgues, Nacho. Los hermanos siempre son celosos y sólo quieren lo mejor para las hermanas.

—Llegado el día que me canse te montó a un caballo con el niño y punto.

—Sólo avísame con anticipación para estar lista.

Los dos rieron estrechando sus manos. Indalecio con la boca llena de crema también los acompañó con una espontánea sonrisa. De pronto, de entre la gente, apareció una hermosa señora como de treinta años de edad, acompañada de cuatro niños de catorce, doce, diez y ocho años. La niña de diez, una belleza de chamaca, era ni más ni menos que Amalia, la hija de Marina y Nacho. Como una broma del destino la niña era idéntica a Ignacio y eso

dejó perpleja a Antonia.

Marina, después de saludar con un gesto, clavó su mirada en

Indalecio, quien con sus deditos hurgaba entre la crema para rescatar un buen trozo de carne. La familia Iturbe continuó su paseo. Por ningún lado se veía a don Chinto. Ignacio buscó por todos lados a su rival de amores pero este aparentemente no había ido al festejo.

—¡Pero si se te fueron los ojos de ver a esa puta!

Ignacio miró hacia otro lado tratando de evitar el tema. Sabía que con los celos de Antonia no se podía.

—¿Quieres otra horchata?

—Qué horchata ni que mis narices y todavía tuvo el cinismo de saludarnos.

—¿Qué querías qué hiciera? Se topó con nosotros. Al menos mostró educación.

—¡Educación mis huevos! Esa puta no pierde la esperanza contigo. —¡Toña por favor compórtate! El niño nos escucha.

—¡Vete a la chingada cabrón pito flojo!

Antonia se alejó furiosa del mesón con Indalecio de la mano.

El niño todavía volteó confundido dejando su media quesadilla sobre la mesa.

(1) Nauyaca Real (Bothrops asper) una serpiente crotalina venenosa que habita en sur de América del Norte, América Central y el norte de Sudamérica. Tiene una cabeza triangular (que identifica su peligrosidad), su cuerpo es de color café con una serie de manchas oscuras laterales en forma de triángulo bordeadas por una o dos líneas de escamas de color blanco. Cuando se sienten acorraladas son extremadamente peligrosas. Es probablemente una de las serpientes más peligrosas del mundo.

(2) Mientras, solo diré que el sermón del Dr Mier se dirigió á probar: que el evangelio había sido predicado en las Americas por el apóstol Santo Tomas: que este era el mismo barón célebre en las historias Mexicanas con el nombre de Quetzalcbhuatl (sincopado Quetzalcoatl). Historia de la revolución de Nueva España, antiguamente Anáhuac, o Verdadero origen y causas de ella con la relación de sus progresos hasta el presente año de 1813, de don José Guerra.

(3) En 1861 se descubrieron en la iglesia de Santo Domingo las momias de trece frailes. La iglesia fue saqueada por los liberales y las momias compradas por un cirquero argentino. Una de esas momias era precisamente la de fray Servando Teresa de Mier.

(4) Manuel Tolsá, (1756-1816). Fue un notable arquitecto entre el barroco y el neoclásico. Algunas de sus obras póstumas son la conclusión de la Catedral de México, el busto de bronce de Hernán Cortés, la estatua ecuestre de Carlos IV (considerada por algunos su obra cumbre, realizada de 1796 a 1803), el palacio de la Escuela de Minería, el altar mayor de la Catedral de Puebla, residencias como las del marqués del Apartado y la de Buenavista, los planos para el Hospicio Cabañas y de la Iglesia de Loreto, así como un proyecto de panteón civil.

(5) Un quintal es igual a 46 kilogramos, por lo que hablamos de 27.6 toneladas

(6) El Virrey de la Grúa no pudo ver la estatua final de bronce colocada al centro de la Plaza Mayor, pues fue retirado de su cargo en 1798, tras de la escandalosa cadena de actos de corrupción que le caracterizaron.

5 · Amores espinosos

Los españoles tuvieron una clara superioridad sobre los demás pueblos: su lengua se hablaba en París, en Viena, en Milán, en Turín; sus modas, sus formas de pensar y de escribir subyugaron a las inteligencias italianas y desde Carlos V hasta el comienzo del reinado de Felipe III España tuvo una consideración de la que carecían los demás pueblos. Voltaire

La húmeda celda de Fray Servando Teresa de Mier en San Juan de Ulúa fue visitada por el teniente Rodolfo Montoya. Unos meses atrás, el Domingo de Ramos a las tres de la mañana para ser precisos, Fray Servando fue conducido por soldados fuera de la Ciudad de México rumbo a Veracruz. El polémico cura fue escoltado desde la capital a la prisión del puerto por el eficiente militar español, conocido del virrey y del arzobispo.

Montoya estaba maravillado con las ideas flamígeras del cura. Ganas no le faltaban de liberarlo, la cuestión era que el destierro del cura era orden directa del virrey y el arzobispo, algo imposible de eludir, bajo el riesgo de morir en el paredón por traición al marqués de Branciforte.

El cura sufría de altas fiebres que fueron curadas por la atención directa que Montoya prestó al prelado caído en desgracia. Aunque el fraile debía estar en total reclusión, sin visita de nadie, Rodolfo se jugó el puesto atendiendo y evitando que un personaje tan importante en la historia del virreinato, pereciera consumido por aquel infierno del puerto, como otros tantos presos antes que él.

—Te expones demasiado, hijo. El arzobispo, si es posible, me quisiera muerto antes de embarcarme para España.

—Pues no lo permitiré, padre. Mi misión termina una vez que usted haya puesto pies en el barco. Jamás me lo perdonaría el verlo morir en esta celda inmunda, sin que yo haga algo.

—Espero no perjudicarte con esta noble acción de tu parte, hijo.

Montoya acercó la cuchara sopera con el delicioso caldo de res. Los guardias del alcázar, era un hecho que habían corrido el chisme de que en Ulúa, Rodolfo Montoya se desvivía por atender al infeliz que había dicho que la Santa Virgen era una indita insignificante de un cerro árido en Tenayuca.

—Tengo una duda, padre.

—¿Cuál hijo?

—Israel está muy lejos de América, padre. Nadie sabía que todo esto existía hasta que Colón lo descubrió hace tres siglos. ¿Cómo diablos le hizo Santo Tomás para cruzar el océano y llegar hasta acá? Fray Servando esperó a que el delicioso trozo de carne del

caldo viajara a su reducido estómago para contestar.

—Quizá el mismo Cristo lo transportó, como en la Biblia dice ocurrió con Jonás y Ezequiel. Los misterios de Dios son inalcanzables e incomprensibles, hijo.

Montoya dejó que el prelado tomará el plato y la cuchara él mismo. La mejoría del cura hereje era sorprendente.

—¿Entonces la Tonantzin es una diosa azteca que ha estado en ese mismo cerro por siglos antes de la llegada de los españoles? —Así es, hijo. No tiene nada de española, ni la trajo ningún gachupín de la conquista como la generala de Los Remedios, que

trajo Juan González de Villafuerte.

—¿Y todo este castigo que usted sufre es sólo por su sermón del día de la virgen?

Fray Servando rascó con su mano derecha su abundante barba. No se rasuraba desde diciembre, mes en que fue aprehendido.

Acomodándose sus lentes de aro prestó atención a la pregunta contestando:

—El arzobispo odia a los criollos, Rodolfo —Montoya sonrió al escuchar su nombre y no el hijo con el que lo llamaba al inicio—. Además de ser un ignorante empecinado en engrandecer todo lo español sobre lo indígena. No me soltará el cuello hasta asfixiarme. Entre más lejos esté de él mejor.

—¿Qué es lo mejor para la Nueva España, padre?

—Romper con España y buscar la independencia, Rodolfo. Debemos seguir el ejemplo de los Estados Unidos. Si unimos todas las federaciones en un solo gobierno destacaremos sobre España como una nación soberana e independiente. Tenemos todo para ser autónomos. No es justo que toda la plata y el oro viajen a España.

—Decirlo suena fácil, pero el hacerlo es lo difícil.

—Si en verdad quieres participar en esto y lograrlo, busca unirte con gente de influencia y poder, Rodolfo. Qué mejores aliados para esto que los sacerdotes criollos. Busca su alianza y verás que habrá una luz de esperanza.

—¿Por qué ellos y no militares como yo?

—Porque nadie, mejor que los curas, conocen la injusticia que se cierne desde hace tres siglos sobre los indígenas. Ellos saben que en cierto modo se han coludido con la corona española para permitir esta explotación. Hombres como Fray Bartolomé de las Casas pusieron un grito de basta al imperio, pero la explotación no desapareció por completo. Los indios son los verdaderos dueños de este territorio. Si los indígenas son dirigidos por una fuerza religiosa superior se pueden convertir en ejércitos peligrosos para los virreyes. Eso cerdos son la fuerza opresora que ha tenido su bota sobre el cuello de los hijos de Moctezuma desde que Cortés conquistó México.

—¿Y los militares criollos?

—Ellos son los generales que deben dirigir a las huestes que exalten los religiosos. Si se lograse unir la fuerza de los indígenas con un nuevo ejército mexicano, totalmente ajeno al virreinal, se conseguiría la independencia.

Rodolfo caminó hacia la ventana del húmedo recinto, donde llevaba casi dos meses encerrado el cura. A través de la ventana divisó el mar y a la carabela que llevaría al cura a

España para continuar su indefinida prisión en el convento dominico de Las Caldas, en Santander.

—Buscaré la manera de hacer realidad su sueño, Fray Servando.

El sacerdote miró la sombra que proyectaba la figura de Montoya al estar en la ventana. Una satisfacción gratificante creció en su interior al contar con un aliado para cumplir su sueño.

—No sabes el gusto que me da haber sembrado en ti la inquietud de generar un cambio en la Nueva España. Te recomiendo que busques a un cura que conocí en Valladolid. Su nombre es Miguel Hidalgo y Costilla. Él es diez años más grande que yo. Sé que la flama libertaria crece en su corazón. Acércate a él y exponle lo que platicamos. A ver qué le parece. Lo peor que te puede ocurrir es que te diga que no o que aún no es tiempo. Puedes estar tranquilo de que jamás te delatará con la policía virreinal.

La reja de la entrada de la celda se abrió de nuevo. Los guardias del barco español venían por Fray Servando. La plática quedó ahí y los dos se despidieron con un emotivo abrazo. Sólo Dios sabía si volverían a encontrar de nuevo algún día. Tras pasar dos meses en la fortaleza de San Juan de Ulúa, el 7 de junio de 1795, Fray Servando embarcó en Veracruz rumbo a Cádiz, España.(1)

Don Anselmo Larrañeta no escatimó un peso en hacer de los XV años de su única hija, uno de los eventos más grandes y recordados en la historia de Guanajuato. El platero echó la casa por la ventana para presentar a su hija Elena como una distinguida señorita española que cumplía los quince años de edad y estaba lista para desposarse con el mejor chambelán de la ciudad. Todo Guanajuato hablaba de los XV años de La Gachupina, como la apodaban en el pueblo.

Las fiestas de XV años en la Colonia eran eventos para asegurar quién sería el futuro marido de la festejada. Por ello se invitaba a las familias de más abolengo y dinero en la región. Los chambelanes bailaban y competían para que ese mismo día el padre decidiera quien sería el futuro marido de la festejada. Más que una fiesta inolvidable para la adolescente, el jolgorio se tornaba en una desdicha, al ser arreglado su matrimonio con un muchacho al que seguramente ella aborrecía. Los intereses de la familia eran prioridad y lo que más importaba. El padre de familia decidía el destino de todos sus hijos, y este día don Anselmo lo haría con el de la bella Elena.

El sitio de donde se llevaría a cabo la fiesta era un enorme salón en el centro de Guanajuato. El salón era propiedad del conde de la Valenciana y no había otro que le hiciera cercana sombra en elegancia y confort.

La misa de cumpleaños de Elena se realizó en el imponente templo de San Cayetano. En el edificio no cabía una persona más para ver a la quinceañera recibir la sagrada comunión. Después todos los invitados se trasladaron al salón del conde para brindar y festejar con la homenajeada.

Uno a uno los elegantes chambelanes bailaron con Elena. Con el último de ellos, su rostro ya no podía ocultar su fastidio. Sabía bien que su padre ya había escogido y esto era pura exhibición para ganar tiempo y halagar a los invitados.

Don Anselmo, ataviado en su ajustada levita, con cuya tela se podrían haber hecho unas buenas cortinas, contempló satisfecho al último chambelán bailar con su hermosa hija. Se disponía a regresar a su mesa cuando fue abordado por un singular invitado.

—¡Don Anselmo! Muchas felicidades por tener a una hija tan bella y virtuosa.

—Muchas gracias Crisanto. Es un honor tenerte aquí con nosotros, después de tu reciente tropiezo con el virrey.

Los dos se abrazaron afectuosamente. Crisanto se sorprendió de la impactante obesidad de su amigo, que parecía ganar kilos conforme más se enriquecía con la mina de la Valenciana.

—Me quitó mucho, pero me hará conseguir más. No hay peor condición para un hombre que el pensar que ya hizo mucho y echarse a dormir. Es ahí cuando los rivales lo alcanzan y lo matan a uno dormido. Me estoy recuperando poco a poco y pronto seré rico de nuevo.

—Lo sé, Crisanto. Se habla de ti con admiración y respeto en mi reducido círculo social.

—¿Y quién es el afortunado que desposara a la bella Elena? —¡Tú Crisanto! ¿Quién más?

El rostro de Crisanto se puso pálido de la impresión. Todo esperaba, menos ser él, el escogido. Ni siquiera había ido a la misa ni bailado el vals.

—¿Ahora si te espantaste, verdad, grandísimo cabrón?

Don Anselmo soltó la carcajada por su buena broma. El color poco a poco retornó al lívido rostro de Crisanto.

—Tu problema es estar tan bonito, Crisanto. Quieres ser para todas y serás para nadie.

—Algún día me casaré y usted será el padrino, don Anselmo. Ya lo verá.

A ver si no me muero primero o España nos declara libres y soberanos para ver esto.

Un mesero esquelético, enfundado en una casaca tan floja que parecía un perchero con un saco encima, se acercó para que don Anselmo tomara dos copas y entregara una a don Crisanto.

—¿Y quién es el pretendiente oficial de Elena?

—¡Evaristo Obregón! Hijo de un medio hermano del Conde de la Valenciana.

—¿Usted no pisa en flojito, verdad don Anselmo? El cabrón ése está tan feo como apedrear la efigie de Cristo en Semana Santa, pero con el hecho de ser el sobrino del Conde de la Valenciana, que el mundo se vaya al diablo.

—¿Qué, quieres que la case con un muerto de hambre, sólo porque está guapo o ella lo ama?

—No tan extremoso el ejemplo, pero si dejarle más opciones, ¿no? ¡Por Dios! Apenas tiene quince años.

—No sabes cómo me he partido el lomo desde que llegué a América. Mi fortuna la he hecho gracias a la sombrita que me da el árbol del conde. No pienso exponerla a darle su herencia a un mal nacido oportunista.

—Entiendo don Anselmo. Es lógica su manera de pensar.

Crisanto se distrajo al ver venir a doña Viridiana en compañía de Elena.

Crisanto besó a las dos en las mejillas para saludarlas.

—¡Qué gusto que te hayas dado la oportunidad en venir Crisanto!

—Esto no me lo podía perder, doña Viridiana.

Crisanto sacó de la bolsa interior de su elegante levita negra un estuche de terciopelo negro de quince centímetros por cinco de largo. Lo entregó personalmente a Elena, dándole un fraternal abrazo de felicitaciones. Elena abrió el estuche y se quedó maravillada al ver una hermosa pulsera de oro con incrustaciones de diamantes.

—¡Mucha gracias don Crisanto! ¡Está preciosa!

Don Anselmo y doña Viridiana sonrieron satisfechos. Crisanto Giresse era generoso y por eso embonaba tan bien con los ricos del Bajío.

Doña Viridiana en su interior sentía admiración y deseo por el atractivo invitado. La señora de Larrañeta tenía treinta y cinco años de edad, cinco más que el franco hispano tabacalero. La monstruosa obesidad de don Anselmo, que casi había desaparecido su pene entre carnes amorfas, la hacía tener sueños húmedos con el mosquetero de Valladolid. Los dos se miraban discretamente, lanzándose esas miradas que solo entienden los embelesados. Doña Viridiana, a pesar de haber tenido tres hijos, lucía una figura de artista de teatro, como de esas obras prohibidas que le encantaba representar al Zorro penjamense de Hidalgo en San Felipe.

Dentro de los invitados había un cochero de dieciocho años que llevaba un año trabajando con los Larrañeta. El muchacho conocía a Crisanto y en la primera oportunidad que tuvo lo saludó.

—¡Don Crisanto! ¡Qué gusto encontrármelo aquí! —¡Martiniano! ¿Vienes con don Miguel?

—No, don Crisanto. Llevo un año trabajando para don Anselmo. Soy su cochero. Mi padre sigue muy feliz en San Felipe. Él me apoyó para que me viniera a trabajar aquí.

—¡Qué sorpresa, Martín! Estas muy alto y bien parecido, muchacho cabrón.

Martiniano era alto, de gruesa espalda y cintura angosta, lo que le daba un toque de gladiador romano. Su cabello era negro y encrespado, con un rizo que luchaba por a momentos eclipsar su penetrante mirada. Era un hecho que los difuntos padres del muchacho debieron ser bien parecidos porque el cochero atraía las miradas de todas las mujeres de la fiesta, robándole unas pocas de seguidoras al Don Juan de Crisanto.

Martiniano al hablar, volteó hacia donde estaba la festejada. El cruce de miradas fue perfectamente leído y entendido por Crisanto, quien le comentó jocoso:

—¿No me digas que ustedes dos... se entienden?

La mirada de complicidad de Martiniano lo dijo todo. —¡Cuídate mucho muchacho! Si don Anselmo los descubre, te matará.—Lo haré, don Crisanto, y le juro aquí frente a usted, que es mi amigo de mi padre, que Elena no se casará con ese infeliz riquillo.

Crisanto bebió todo el resto de su copa de un jalón. Su mente experimentada se imaginó en unos segundos, como una negra nube en el horizonte, todo lo que se le podría venir al galano hijo adoptivo de Hidalgo.

—¡Qué Dios te cuide, hijo!

El 9 de diciembre de 1796, el virrey Miguel de la Grúa inauguró la base donde en casi una década se colocaría el majestuoso caballito con Carlos IV tomando las riendas. Por un tiempo habría un provisional caballito de madera para recordar a la gente que el magno proyecto estaba en camino en manos del afamado Manuel Tolsá.

La ceremonia fue un evento magno donde se reunió lo más selecto de la sociedad criolla y española del momento. El virrey escogió ese día por ser precisamente el cumpleaños de doña María Luisa, la reina de España. Si Manuel Godoy, el suertudo cuñado del virrey, la mantenía contenta en donde el Rey se quedaba corto, ¿por qué el marqués de Branciforte no haría su tanto en la Nueva España, engalanándole el día con este magno evento? El virrey acuñó monedas conmemorativas2 para que el día fuera recordado por años.

La verdad es que detrás de esta cortina de humo se escondía el gran temor que el virrey sentía a los ingleses, a los que España había declarado la guerra un par de meses atrás, el 5 de octubre de 1796 para ser más preciosos. Branciforte temía un ataque por Yucatán y Veracruz y debía armarse bien para repelerlo. España había permitido a los ingleses explotar la riqueza de maderas de los bosques de Belice, y como acostumbraban, no habían respetado lo dicho, expandiéndose más de lo acordado. Don Arturo O’Neill, gobernador de Yucatán desde 1793, sabía perfectamente que los ingleses no habían cumplido con las estipulaciones del tratado de Londres, y quiso aprovechar la oportunidad de la guerra para armar una expedición contra Walix y desalojar de allí a los ingleses.

La ceremonia de inauguración siguió su curso en el Palacio Virreinal. El día comenzó con el lanzamiento de salvas de artillería al emerger el sol entre las montañas. Poco a poco se empezó a poblar la plaza de gente que venía de muy lejos y deseaba apartar su lugar lo más cerca posible del pedestal.

Al cuarto pasado de las ocho de la mañana, la plaza ya estaba rodeada de un buen número de tropas de infantería y caballería de regimientos de Puebla y Toluca, y con no poca infantería de la capital. Miguel de la Grúa, acompañado de lo más selecto de la nobleza y tribunales, desde el balcón principal del palacio virreinal hizo una señal con un pañuelo y el velo que cubría la estatua fue retirado. Mas salvas acompañaron este solemne momento. El caballito de madera con su jinete lucía imponente sobre el pedestal. El sólo pensar que uno de metal lo sustituiría pronto, emocionaba a los presentes.

Sobre el pedestal de la estatua se leía con letras de bronce dorado, la siguiente inscripción en castellano, compuesta por el mismo Virrey:

A CARLOS IVEL BENEFICO EL RELIGIOSORETDE ESPAÑA Y DE LAS INDIAS ERIGIÓ Y DEDICÓESTA ESTATUAPEREMXE MONUMENTO DE SU FIDELIDAD Y DE LA QUE ANIMAA TODOS ESTOS SUS AMANTES VASALLOS MIGUEL LA GRUAMARQUES DE BRANCIFORTEVIREY DE ESTA N ESPAÑAAÑO DE 1796(3)

El virrey y su esposa bajaron del balcón y entregaron monedas conmemorativas a la gente. Al frente de la moneda venían grabados los bustos de varios reyes y en el reverso la estatua como frente a sus ojos lucía en ese momento. Este noble acto causó mucho revuelo entre la gente de escasos recursos, que también hacía historia estando ahí en ese importante día.

Después de develar la placa y mostrar la provisional estatua, la gente pasó a la catedral, donde el Arzobispo Alonso Núñez de Haro cantó misa de pontifical y predicó un largo sermón conocido ese día como el Sermón del Caballito.

Después la misma comitiva zalamera marchó a la garita de San Lázaro, donde el Virrey develó una lápida que con letras de bronce decía que en aquel día se comenzaba allí el camino de México a Veracruz, de que estaba encargado el Consulado, nombrándolo El Camino de Luisa; nombre que pronto quedaría en el olvido.

El marqués de Branciforte, lleno de entusiasmo, tomó en sus manos varios instrumentos de albañilería y los entregó al tribunal del Consulado, en señal de la importante comisión que se le confería al lugar donde habían de fijarse los cimientos para dar principio a la histórica obra.

También ese día el virrey autorizó el libre comercio de aguardiente de caña llamado Chinguirito, clandestino competidor de las bebidas españolas.

Terminadas estas actividades, la comitiva fue invitada al palacio virreinal a comer y disfrutar una tarde agradable, charlando, bailando y contemplando los fuegos artificiales. Branciforte, una vez más, demostraba como con una mano robaba al pueblo y con la otra lo apapachaba, como si tranquilizara a un feroz animal con un pedazo de carne.

Dentro de los invitados al festejo se encontraban Rodolfo Montoya y Crisanto Giresse, quienes un par de años atrás, habían estado en la memorable boda de la Güera Rodríguez, la distinguida rubia que por su alcurnia no podía faltar entre los invitados.

—Debo estar loco para estar aquí con este mequetrefe ratero del virrey, cuando bien sabes que hace un año me despojó de una tabacalera y una casa en Valladolid —comentó Crisanto, encendiendo uno de sus cigarrillos, sin quitarle los ojos de encima al virrey.

Rodolfo tomó un cigarrillo de la elegante cigarrera de plata de Crisanto.

—El marqués sabe de tu enorme talento y capacidad de recuperación, Crisanto. ¡En algo se parecen! —Montoya reforzó su comentario con una palmadita de camaradería en el hombro de su amigo—. Si no fuera así, nunca te hubiera invitado a este evento. Ni a mí, que no me perdona que haya cuidado tanto a Fray Servando en la prisión de Ulúa. La guerra entre Francia y España(4) ha terminado, amigo. Irónicamente ahora Francia y España son aliados contra Inglaterra.(5) Su cuñado Godoy ha hecho una alianza con los galos para enfrentar a los ingleses.

—No dudo que ese cabrón también despoje a los ingleses residentes en la Colonia de su patrimonio.

—Es un hecho que lo hará. El marqués le saca plata hasta un burro pastando. Él y su cuñado Godoy son unas máquinas de sacar dinero.

Crisanto se distrajo al ver a la Güera Rodríguez sola. Por nada del mundo desaprovecharía esta oportunidad enviada por el Altísimo.

Los dos amigos se miraron con complicidad.

—Discúlpame amigo, pero ahí hay una dama sola y Crisanto siempre está al tanto.

—¡Adelante don cabrón! —repuso Montoya haciéndole un pase con la mano.

—Un honor volverla ver, señora.

Crisanto besó galantemente la mano de María Ignacia. La Güera se sonrojó al tener en frente al hombre que el día de su boda había perturbado sus sentidos.

—¡Dos años sin verlo, don Crisanto Giresse!

—Ando mucho por el Bajío, señora. Valladolid es mi terruño.

—Llámame Güera. Todo mundo lo hace

El rostro hermoso de María Ignacia causaba admiración en el hispano galo. Crisanto la imaginaba como una muñeca de porcelana fuera de una vitrina.

—Te ha sentado muy bien el matrimonio, Güera. ¡Luces radiante!

—¿Estará algunos días por acá?

—Eso depende de qué aventura se me presente, Güera. No veo a su marido por ningún lado.

María Ignacia refrescaba su rostro con un fino abanico con pedrería. Con el mismo cubrió sus labios para discretamente musitar: —Anda de viaje como siempre. Se la vive en Puebla con el ejército virreinal.

Crisanto aprovechó la llegada de un mesero con copas en su charola. El galo tomó dos, extendió una para María y continuaron su amena charla en una esquina del jardín.

—Me gustaría verte a solas, Güera.

María Ignacia sostuvo su copa en los labios. Sin quitarle la mirada de encima le contestó con una exquisita coquetería:

Mañana a las once de la mañana en mi casa. Te espero.

—Ahí estaré puntual, preciosa.

María Ignacia chocó su copa con la del galo. Sabía que no podía quedarse mucho tiempo con un solo invitado para no despertar habladas innecesarias entre las demás invitadas.

El enorme portón de madera de la casa de la Güera sonó con el golpeteo, ocasionado con la maciza manija metálica con figura de león que colgaba del centro de la misma. Crisanto no esperó mucho ahí, al abrirse la misma por una de las singulares criadas.

—¿Qui si li ofrece, al siñor? —dijo la sirvienta, tan baja de estatura, delgada y morena que Crisanto la imagino como un mono uniformado.

—Busco a tu patrona. Soy el señor Giresse.

La sirvienta, sobre avisada sobre esta importante visita, lo dejó entrar sin preguntar más.

—Es usted muy puntual Crisanto.

Crisanto quedó deslumbrado de la belleza de Ignacia. Los rayos del sol, en el patio central de la casona, golpeaban plenos sobre sus rizos dorados, como si los mismos hubieran llegado del mismo astro rey, a anidarse sobre su cabeza como una extraña Medusa heliaca. El talle de su cintura era estrecho, como el de una señorita, a pesar de ya tener una hija pequeña de brazos. Su vestido resaltaba sus aprisionados pechos como si amenazaran botarse por la presión asfixiante del ajustado escote.

—Te confieso que me inquieta un poco el estar en la casa de una señora de sociedad. La gente puede imaginar cosas al no estar el marido presente.

María Ignacia lo tomó de la mano y lo encaminó a una banca de piedra que se encontraba en el patio central, flanqueado por altos arcos de ladrillo rojo, con cañones botaguas en la parte superior.

—A mí me tiene sin cuidado lo que diga la gente, Crisanto. Además de que no estamos solos: tres sirvientas y un mocito viven conmigo.

Un atrevido colibrí se acercó a una irresistible rosa del jardín, sin percatarse de los intrusos en su vergel.

—Eres una mujer muy bella, María. Qué hombre tan afortunado debe ser tu marido.

—Te pido de favor no hablar de él. Estamos tú y yo, y no tiene sentido distraernos en un hombre que presta más atención a otros asuntos que a su familia.

Crisanto clavó su mirada cortesana en los ojos de la Güera. María Ignacia le sostuvo el encuentro visual como aceptando el desafío. Los dos se gustaban, y a la Güera parecía no importarle nada el estar en su casa con un hombre que no era su marido.

—Eres un hombre muy diferente, Crisanto. Eres guapo, pero diferente.

—¿Diferente? Explícate mejor, Güera.

—Es como si tuvieras fusionada la belleza femenina y masculina en tu persona. Eres como un ángel. Eres muy guapo y también podrías ser muy hermosa. Dios te agració con la belleza.

—Tú eres muy hermosa, María. Desde aquel día que te conocí, no te he podido sacar de mi cabeza. Lamento el hecho de haberte conocido el día de tu boda y no antes, para evitar que cayeras en manos de tu marido.

—Ya te dije que no hablemos de mi marido. Ven, hay algo que quiero mostrarte.

La Güera lo encaminó a un cuarto en una esquina del enorme patio. El mocito, que en ese momento fungía como jardinero, los miró como si no existieran. La discreción de los empleados de la Güera era como un juramento ante ella, de jamás decir lo que veían y oían. La Güera recompensaba muy bien esa preciada lealtad con dinero y privilegios.

Una vez adentro, la Güera cerró la puerta del rústico salón. Crisanto sonrió complacido de saber lo que aquello significaba.

—Qué mejor lugar para hacer de las tuyas que en tu propia casa y no exponerte a las habladurías de la gente en la calle.

—Aquí soy la reina y hago lo que quiero, amigo.

Los dos se unieron lentamente en un tierno abrazo. Crisanto la besó con ardiente pasión. Un beso de unos cuantos segundos, que parecieron eternizarse, como si el tiempo les diera una concesión especial, y cada minuto se extendiera al triple. Crisanto bajó el escote del elegante vestido, poniendo en libertad los aprisionados pechos de su amada. Crisanto los tomó con sus manos como si fueran dos tiernas palomas. Sus dedos pellizcaron suavemente sus pezones rosados hasta levantarlos al unísono con su propia erección. Crisanto puso su cara en medio. En cada mejilla sentía la esplendorosa sensación de la tersura de sus cálidos pechos. Después los besó y succionó como si fuera un lactante hambriento. La Güera parecía enloquecer de placer al hundirse en esa placentera sensación. Sin ninguna prisa María se despojó de todas sus prendas, una a una, hasta quedar completamente desnuda. Crisanto sabía que era un bendecido de los dioses al presenciar este espectáculo terrenal, por lo que cualquier jeque árabe daría toda su fortuna por contemplar unos cuantos segundos.

Pulsuz fraqment bitdi.

14,18 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 iyun 2025
Həcm:
511 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9786074572285
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar