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La práctica política y sus agentes:
una mirada a los clásicos para el análisis de los problemas contemporáneos

La práctica política y sus agentes:
una mirada a los clásicos para el análisis de los problemas contemporáneos
Grupo de Investigación: Democracia, Estado e Integración Social (DEIS)
Departamento de Ciencia Jurídica y Política, Pontificia Universidad Javeriana Cali
Editora: Stephany Mercedes Vargas Rojas



Pontificia Universidad Javeriana Cali
Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales
Departamento de Ciencia Jurídica y Política
La práctica política y sus agentes: una mirada a los clásicos para el análisis de los problemas contemporáneos
© Néstor Raúl Arturo
© Lina Fernanda González Higuera
© Hernando Llano Ángel
© Alejandro Sánchez López de Mesa
© Joaquín Gregorio Tovar
© Nohra Palacios Trujillo
© Stephany Mercedes Vargas Rojas
ISBN: 978-958-5177-10-9
ISBN (e): 978-958-5177-00-0
Formato: 17 x 24 cms
Coordinación editorial: Claudia Lorena González González
Asistente editorial:Daniela Moreno Rojas
Diagramación y portada: Andrés Julián Tabares Rojas
Corrección de estilo: Jhony Cárdenas
Impresión: Carvajal Soluciones de Comunicación S.A.S.
Pontificia Universidad Javeriana
Calle 18 No. 118 - 250
Teléfonos (57-2) 3218200
Santiago de Cali, Colombia, 2020
El contenido de esta publicación es responsabilidad absoluta de su autor y no compromete el pensamiento de la institución. Este libro no podrá ser reproducido por ningún medio impreso o de reproducción sin permiso escrito de los titulares del copyright.
Índice
Introducción
Atomizados, fluidos y fraccionados. Usos de Sartori en el estudio de sistemas de partidos hiperfragmentados
Duverger como modelo metodológico para el estudio de los partidos políticos en el siglo XIX en Colombia
El lugar de la crítica en la definición de problemas públicos: Aportes desde la sociología pragmática de Luc Boltanski
Bobbio, un demócrata tras las fronteras de la política y el derecho
La reflexión política de Hannah Arendt: Su impugnadora e inquietante actualidad crítica
Autores
Introducción
La agencia y su configuración en el plano de la política
Alejandro Sánchez López de Mesa y Stephany Mercedes Vargas Rojas
Pese a que las preguntas sobre la agencia y su configuración en el plano de la política han sido usuales en el pensamiento filosófico y en la teoría política, sus presupuestos son ampliamente controvertidos y los marcos que intentan explicar por qué las personas actúan y razonan como lo hacen en referencia a restricciones, imperativos, instituciones o climas más amplios de pensamiento, opinión o ideas, resultan aún insuficientes. Según Ema (2004), la explicación sobre la acción dentro de la ciencia social se ha limitado, por un lado, a la discusión entre enfoques estructuralistas y funcionalistas que ubican al sujeto y su agencia como efecto de las estructuras y, por el otro, posiciones individualistas subjetivistas, que mantienen una concepción de los individuos como agentes autónomos, racionales y capaces de abstraerse de las estructuras.
Aunque a partir de los años 80, la reflexión en torno al concepto de agencia en las ciencias sociales se ha relacionado fuertemente con el desarrollo teórico de la noción de sujeto, la reflexión sobre la estructura y la agencia en la ciencia política a menudo se dejó indefinida o no especificada (Castillo, 2012; Coole, 2010). En tal sentido, lo que subyace a este reduccionismo, en particular en la ciencia política, es en últimas un descuido, una falta de atención y evasión, si se quiere, al debate metateórico sobre la relación ontológica y epistemológica entre estructura y agencia.
Ahora bien, no se trata únicamente de un déficit teórico, sino también de un déficit sobre el estudio de las transformaciones profundas de la agencia en la práctica contemporánea y en la misma cotidianidad, que no terminan de ser del todo identificadas (Marchetti, 2013; Hakli y Kallio, 2014); si bien se ha asumido que las actividades políticas son llevadas a cabo por agentes, las cuestiones de quién cuenta como agente, qué tipos de habilidades se consideran necesarias para la agencia y qué tan efectivos son los agentes para determinar los resultados políticos, todavía siguen siendo fuente de desacuerdo. Adicionalmente, al menos en la ciencia política, el tratamiento de la agencia sigue enraizada en imágenes de actores políticos convencionales como los partidos políticos tradicionales, la burocracia y el Estado, descuidando el estudio de nuevas formas de agencia que pueden emerger en las arenas públicas y en la misma praxis de la política.
Las insuficiencias mencionadas quizás se relacionen con las particularidades históricas de la institucionalización de la disciplina en la región. Valga indicar que la consolidación institucional de la ciencia política en América Latina no ha respondido a un proceso lineal; por el contrario, ha atravesado diversos debates respecto a su estatus e identidad, esto es, un desarrollo tardío y desigual comparado con Estados Unidos y Europa (Duque, 2014)1. Actualmente, la disciplina se encuentra aún en la búsqueda de enfoques innovadores y propios para el análisis de los problemas contemporáneos.
De un lado, según Serrano y Huertas-Hernández (2018), más que la agencia y los debates epistemológicos y ontológicos que permitirían explicarla, las temáticas predilectas de politólogos y politólogas en la región siguen siendo, primero, los partidos políticos, los procesos electorales y la democracia, lo cual da cuenta de la preferencia de los investigadores por los temas clásicos de la disciplina, como el análisis endógeno de las estructuras partidistas, las interacciones entre partidos, el comportamiento de los electores y la influencia de las reglas electorales sobre los resultados políticos. En segundo lugar, está el estudio de la estructura, funcionamiento e interacciones entre las ramas de poder público: las legislaturas, las cortes de justicia y el poder ejecutivo; y por último, están los trabajos sobre teoría política, donde se privilegian los autores clásicos del pensamiento político y su interpretación a la luz de los eventos contemporáneos, así como trabajos de políticas públicas.
Según lo anterior, la influencia de la vertiente europea en la formación académica de las primeras generaciones de politólogos de América Latina, explica el uso, aún predominante, de los enfoques sistémicos, derivados de la extensa obra de Sartori (2005), Easton (1965; 1999; 1997) o Rapoport (1997) (Bassabe –Serrano, 2018). En orden de preferencia, los enfoques sistémicos son sucedidos por enfoques neo institucionales, de elección racional y, por último, de una porción más reducida de teorías propias de los estudios de cultura política y otras perspectivas teóricas. Quizás en el intento por enfrentar la pregunta por la agencia y su significado, la disciplina ha optado por una salida común al recurrir a las teorías de la elección racional (TER), sin que con ello pueda reclamar la propiedad exclusiva de tal abordaje (Kiser, 1999). Autores como Motta (2017), han problematizado el aparente predominio de la TER, que alienta la complicidad de la ciencia política en la región con la reproducción de la lógica de la colonialidad, que deshumaniza la raza y el género del “otro” al que se le niega racionalidad, agencia y subjetividad política. Cualquier esfuerzo por polemizar entre ambas miradas exige problematizar cómo concebimos (o conciben) la relación entre estructura y agencia.
Así, esta obra trató de un esfuerzo por releer a algunos autores clásicos desde las áreas de investigación del colectivo de profesores del grupo de investigación Democracia, Estado e integración social (DEIS), del Departamento de Ciencia Jurídica y Política en el marco del proyecto de investigación “La acción pública: una mirada desde la experiencia de los problemas públicos” (020100645), financiado por la Pontificia Universidad Javeriana Cali (2019-2020). Cada uno, desde sus propias apuestas teóricas, intenta usar a Maurice Duverger, Giovanni Sartori, Norberto Bobbio, Hanna Arendt y Luc Boltanski para estudiar el comportamiento de agentes-actores-sujetos en distintos ámbitos; por lo tanto, este trabajo ofrece lecturas diversificadas. Algunos capítulos se concentran en presentar la obra de autores clásicos que han marcado la evolución de la ciencia política y las ciencias sociales, mientras otros establecen un diálogo entre los planteamientos de los pensadores con evoluciones posteriores e incluso contemporáneas de su obra, presentando reflexiones para el contexto colombiano.
Por su parte, la introducción, como texto que inaugura esta publicación colectiva, tiene por objeto exponer las características generales del debate meta teórico sobre la relación entre agencia y estructura, identificando su relevancia para los argumentos que desarrollan los autores de este volumen. Para ello, se comienza reconociendo los argumentos centrales de teorías codeterministas y las críticas formuladas por autores como Archer y Emirbayer, para después analizar tres estrategias a partir de las cuales los politólogos evitamos el debate metateórico y, en últimas, la necesidad de enmarcar nuestros análisis en una teoría que refleje la realidad del universo social: la estrategia del embudo y de la trayectoria dependiente, identificadas por Mahoney y Snyder (1999) en los estudios sobre cambio de régimen y la teoría de la agencia adoptada de la economía.
Las razones del agente. Aproximaciones al debate sobre la relación entre estructura y agencia
La existencia de mecanismos capaces de reproducir el orden político, con independencia de cualquier intervención deliberada, hace posible que se reconozca como políticas […] solo aquellas prácticas que tácitamente excluyen el control de los mecanismos de reproducción del área de la competencia legítima. Así, la ciencia social, al tomar como objeto la esfera de la política legítima (como lo hace la ciencia política en estos días) adopta un objeto pre construido que la realidad [el orden político] le impuso (Bourdieu, 1995, p. 189).
Según lo anterior, Bourdieu simultáneamente descubre el enmascaramiento de la política y cuestiona a la ciencia política por su incapacidad para reconocerlo. El verdadero ámbito de la política, donde se produce y reproduce el orden político, permanece fuera del alcance de los “politólogos de sus días”, limitados por su instrumental analítico a estudiar apenas aquel tipo de conducta dirigida a obtener o conservar poder, esto es, esa agencia que no afecta las estructuras que gobiernan las prácticas y sus representaciones.
Por lo tanto, la crítica sugiere la centralidad del interés por el agente en la ciencia política y subraya la falta de atención al debate metateórico sobre la relación ontológica y epistemológica entre estructura y agencia, el problema agente-estructura del que habla Imbroscio (1999, p. 45), y que se hace más complejo al hallarse vinculado a una red de dualidades de igual o más enigmático carácter, tales como mente/cuerpo, razón/ causas o sujeto/objeto (Fuchs, 2001, pp. 24-25). Intentar elaborar una respuesta al problema o siquiera reconstruir sistemáticamente algunas de las teorías que lo afrontan, como la teoría de la práctica de Bourdieu, supondría un esfuerzo que desborda el propósito de este capítulo introductorio.
Por otro lado, para evitar el riesgo del esencialismo al considerar la dualidad estructura/agente, Fuchs (2001) sugiere ubicarse en un segundo nivel de exploración y “observar cuando los observadores de primer orden utilizan bien la agencia o la estructura para dar cuenta de causas y resultados” (p. 31), dando sentido a fenómenos sociales. Sin embargo, un esfuerzo por leer cada capítulo de este libro desde la propuesta de Fuchs fracasaría, no solo porque sus autores renuncian a exponer los supuestos ontológicos que subyacen a sus explicaciones, sino además porque se trata de un análisis en el que intentan valorar la utilidad de autores clásicos de la disciplina para pensar problemas contemporáneos.
Por ello, tal como se mencionó anteriormente, a continuación se expondrán las características generales del debate metateórico sobre la relación entre agencia y estructura, al tiempo que identificamos su relevancia para los argumentos que desarrolla cada uno de los autores de este volumen. Esto permitirá exponer, en un segundo momento, las estrategias a partir de las cuales muchos politólogos evitamos este debate.
Agencia y estructura. Un vistazo al debate metateórico2
Hays (1994) reconoce que el valor dado a la libertad individual en occidente puede estimular el compromiso teórico, explícito o implícito, con la agencia (p. 59). Esta posición en el debate agente/estructura asocia los resultados en el mundo social con la conciencia, la voluntad y la reflexividad de un sujeto o sujetos, cuya acción es la realización de un propósito o un objetivo, a partir de un conocimiento empírico sobre el mundo (Fuchs, 2001, p. 26). Así, las miradas más voluntaristas sobreestiman el potencial creativo del actor y el carácter contingente de los resultados de su interacción, pese a que en las ciencias sociales existen complejos debates en torno a conceptos como el de “intención” (p. 27), central para estas explicaciones.
Por su parte, las aproximaciones estructuralistas ven la agencia como variable dependiente. La acción o el comportamiento se explican por sus vínculos con la estructura, entendida bien como la sociedad o la cultura como un todo, un conjunto de relaciones de varios niveles o una única institución (Pomper, 1996, p. 300). Un constructivismo de segundo orden permite reconstruir conceptualmente la voluntad como discrecionalidad en el desempeño de un rol o una posición; de esta manera, la intención deja de ser algo que el actor tiene y se vuelve una variable a estimar o medir, a medida que cambian las condiciones en las que se encuentra (Fuchs, 2001, p. 30).
Sin embargo, Hays (1994), nos advierte que el esfuerzo por vincular estructura y agente supone reconocer que las estructuras son creaciones humanas, esenciales para el empoderamiento y la comprensión del mundo al limitar y posibilitar la acción humana, y que existen en diferentes niveles o capas más y menos accesibles a la conciencia, durables y resistentes al cambio (pp. 61-62); por lo tanto, la agencia se distingue del comportamiento en cuanto pasa a concebirse como el ejercicio de creación o transformación de las estructuras. Así, teorías codeterministas como la de Giddens, Goffman, Berger y Luckmann, entre otros, señalan que las estructuras sociales existen y se mantienen a través de la interacción entre los individuos (Hays, 1994, p. 62), ontología que reconoce que las personas crean y recrean las estructuras en la cotidianidad, lo que enfatiza su carácter procesual y la condición dual de la agencia como estructuralmente reproductiva y estructuralmente transformadora (pp. 64-65).
Este carácter dual de la estructura (límite y condición de posibilidad de la acción humana) y la agencia (lugar de producción y reproducción de las estructuras) distingue a estas teorías (Dépelteau, 2008, p. 54). Tanto el concepto de estructuración de Giddens como la determinación recíproca entre estructuras estructuradas y estructurantes de Bourdieu, por ejemplo, constituyen esfuerzos por dar sentido a la determinación de agencia y estructura. Por su parte, para Dépelteau (2008), esta forma de explicar el universo social es consecuente con el esfuerzo moderno por conciliar la reflexividad individual con la explicación científica de los fenómenos sociales a partir de sus causas (p. 54). Sin embargo, planteada de esta forma, la codeterminación solo introduce el problema epistemológico; a juicio de Hays (1994), reconocer la imbricación mutua entre estructura y agencia exige un proceder al investigador:
Las preguntas relevantes que encaramos como investigadores incluyen la especificación de las características de las estructuras culturales y relacionales: su lógica, sistematicidad, los contextos en los que operan y la resiliencia de sus distintas capas o niveles. [Luego] podemos volver la atención a la pregunta por las condiciones culturales y relacionales bajo las cuales, así como los procesos culturales y relacionales a través de los cuales, la agencia ocurre (p. 71).
El sesgo en favor de la estructura resulta claro en la formula y, para algunos críticos, en los presupuestos de las teorías codeterministas, pues los agentes interactúan con estructuras que no crearon. Ante esto, Margaret Archer (como se citó en Dépelteau, 2008), cuestiona que en teorías como la de Giddens agencia y estructura sean mutuamente constitutivos, por lo que no pueden distinguirse y sus influencias recíprocas no logran precisarse en la investigación empírica. Además, a su juicio esta condición negaría la reflexividad autónoma que está en la base de la agencia: el actor solo puede pensar sobre algo y cambiarlo si lo puede concebir como externo, si es capaz de construir la diferencia entre sujeto y objeto.
Their [A. Giddens and P. Bourdieu] respective approaches to human practices generically preclude from disengaging the properties and powers of the practitioner from the Properties and Powers of the environment in which practices are conducted – and yet again this prevents analysis of their interplay. Instead we are confronted with amalgams of “practices which oscillate wildly between voluntarism and determinism, without our being able to specify the conditions under which agents have greater degrees of freedom or, conversely, work under a considerable stringency of constraints (Archer, como se citó en Dépelteau, 2008, p. 57).
En términos analíticos, las estructuras deben ser externas a las acciones porque las preceden; es decir, las estructuras no son reductibles a las personas y ellas no son títeres de las estructuras, en tanto tienen propiedades emergentes, lo que significa que las reproducen o las transforman (Bell, 2011, p. 899). Así, la relación entre estructura y agencia se asegura por la capacidad de los seres humanos para sostener conversaciones internas, reflexiones privadas sobre su situación y deseos que les permiten modificarse y modificar su entorno en forma reflexiva, imaginaria y genuinamente subjetiva. Estas conversaciones son el principio de los planes de acción en el mundo, con un significativo potencial transformador en tanto las estructuras solo ejercen un efecto a través de las actividades de las personas, por lo que no existen como entidades reificadas, más allá de la interacción social (p. 890).
El debate metateórico no se agota en la contraposición entre la defensa que hace Archer (2000) de la reflexividad individual y el principio de constitución recíproca de la agencia y la estructura propuesta por Giddens y otros. Un tercer enfoque, que Dépelteau llama Relacionismo, propone radicalizar (hasta dejar sin sentido), el principio de dualidad propuesto por las teorías codeterministas, aspirando a renunciar a cualquier distinción ontológica y epistemológica entre estructura y agencia (Dépelteau, 2008, p. 61), pues estas no existen en el universo social más que como artificios moldeados por el observador. De esta manera, Dépelteau insiste en que esta “teoría en desarrollo” nos propone entender el universo social como compuesto por transacciones entre actores sociales. Es decir, las estructuras no serían nada distinto a regularidades “que existen en tanto transacciones”, sino que son transacciones estables y continuas en un espacio específico, las cuales no preexisten a los actores. El hecho de que las transacciones se memoricen y reproduzcan no convierte a las estructuras en nada distinto; se buscaría así explicar los fenómenos sociales sin reconocer relaciones causales totales o parciales de la estructura a la acción (Dépelteau, 2008, p. 59).
Mientras en otros enfoques estructura y agencia tienen propiedades y poderes intrínsecos que limitan la agencia o afectan la estructura (ideologías, intereses, etc.), la mirada relacionista concibe que solo existen en las transacciones, de manera que los individuos hacen juicios prácticos y normativos sobre trayectorias de acción en respuesta a demandas, dilemas y ambigüedades de situaciones en permanente evolución; por lo tanto, “las propiedades del ego” (p. 63) existen únicamente como transacciones empíricas. Así, Dépelteau (2008) insiste en que no se ha se continuar debatiendo sobre las relaciones ontológicas y epistemológicas entre estructura y agencia, pues a su juicio se requieren herramientas sofisticadas para analizar cadenas de transacciones altamente complejas y hacer de ellas el objeto de una nueva sociología (p. 70).
El institucionalismo histórico y otras formas de evitar el debate metateórico
Mahoney y Snyder (1999), reconocen la pertinencia de la discusión sobre el uso de la estructura y la agencia como variables causales en los estudios sobre los cambios de régimen en la ciencia política. En su texto, analizan dos estrategias comunes a partir de las cuales los politólogos han intentado sintetizar e integrar variables de ambos ámbitos en la construcción de sus análisis; a la postre, ambas resultan formas limitadas de evadir la discusión metateórica.
La primera es la estrategia del embudo (The Funnel Strategy), donde el investigador construye un modelo de explicación causal en el que “variables de diferentes niveles de análisis son tratadas como vectores independientes con distintas fuerzas y direcciones” (p. 12); de esta manera, los factores estructurales y las diferentes agencias se conciben como efectos independientes sobre el desarrollo del proceso y se les incorpora con criterios disímiles. Las estructuras se conciben como externas al agente, por lo que no explican sus intereses ni su identidad y solo justifican parcialmente su comportamiento (p. 13). Para los autores, esto supone un sesgo voluntarista de la estrategia teórica.
Por otro lado, la segunda estrategia de síntesis es propia del institucionalismo histórico. El concepto de trayectoria dependiente (Path Dependance) es usado para intentar fusionar estructura y agencia, a partir de la construcción de un uso secuencial de las instituciones como variables dependientes e independientes. A juicio de los autores, el análisis descansa en un modelo evolucionista de causación que trata a las instituciones, creadas durante coyunturas críticas, como poseedoras de un “stock genético” que limita el rango de posibles trayectorias del cambio político (Mahoney y Snyder, 1999, p. 17).
Sumado a lo anterior, el institucionalismo histórico concibe a las instituciones como variable independiente que explica los resultados políticos en períodos de estabilidad y se convierten de pronto en variables dependientes al aparecer la crisis (Bell, 2011); las instituciones explican todo hasta que de repente ya no explican nada. Así, el componente faltante en el análisis es el que permite examinar la interacción cotidiana entre estructura y agencia, que el institucionalismo histórico reemplaza por la alternación de voluntarismo y determinismo, de forma que el analista de los procesos de cambio en los regímenes políticos se especializará en analizar las coyunturas e identificar sus legados institucionales3.
Mahoney y Snyder (1999) identifican que ambas estrategias tienden a privilegiar la agencia, en tanto no se soportan en bases conceptuales o teóricas, que permitan una adecuada integración entre la agencia y la estructura; ambos enfoques carecen de los microfundamentos requeridos para explicar el cambio histórico. Por un lado, Bell (2011) señala que se carece de una teoría para explicar el cambio, por lo que propone un nuevo tipo de institucionalismo histórico centrado en el agente (p. 896), mientras Mahoney y Snyder (1999) concluyen que en el problema metateórico agente-estructura se hayan las claves para superar las limitaciones de las estrategias planteadas; por lo tanto, destacan la importancia de reconocer los principios que Hays (1994) identifica como fundamentos del argumento codeterminista: las estructuras son creaciones humanas, objeto del quehacer reflexivo, que limitan y también hacen posible la acción humana; además, existen en diferentes niveles más o menos accesibles a la conciencia y la acción humana, durables y resistentes al cambio (pp. 61-62).
La teoría económica de la agencia como estrategia de evasión definitiva
La teoría económica de la agencia surgió a partir de los esfuerzos por estudiar la cooperación entre un actor (el principal) que delega en otro (agente) la realización de un trabajo o labor; por lo tanto, esta teoría intenta resolver […] el problema que surge cuando (a) los deseos o propósitos de principal y agente entran en conflicto y (b) es difícil o costoso para el principal verificar lo que efectivamente hace el agente (Eisenhardt, 1989, p. 58). De esta forma, la cooperación se torna costosa y aumenta el riesgo de incumplimiento.
La ubicuidad de este tipo de relaciones en la interacción humana, y particularmente en la política, ha sido un insumo fundamental en la construcción de hipótesis y modelos del comportamiento y la cooperación. En sus distintas versiones, la teoría económica de la agencia hace objeto de análisis a los acuerdos (contratos) de cooperación y presume el interés individual, la aversión al riesgo y la racionalidad situada de los actores, que no es más que su capacidad para establecer conexiones, medios y fines en contextos en los que la información es costosa. Por lo tanto, la teoría de la agencia ha sido muy útil para exponer dilemas en la cooperación como el riesgo moral (asociado a la falta de esfuerzo por parte del agente) y el riesgo de selección adversa (la representación errónea de las competencias del agente), así como las estrategias a partir de las que se les afronta.
Por su parte, Eisenhardt (1989) distingue entre la investigación principal-agente (desarrollada a partir de modelos formales), la cuidadosa construcción de los supuestos, la deducción lógica y prueba matemática de las proposiciones, y la teoría positivista de la agencia, interesada principalmente en la descripción empírica de las formas en que se resuelven los dilemas de la relación principal-agente en distintos entornos (p. 59-60). Ambas renuncian al debate ontológico y epistemológico estructura-agente y apelan al individualismo metodológico y la figura del contrato para caracterizar los intercambios entre principal y agente; de esta manera, el condicionamiento estructural no es considerado como determinante o parte integrante del componente creativo del comportamiento.
Pese a este desdén por el debate metateórico, la teoría ha sido utilizada más allá de la economía para construir hipótesis y analizar las formas en que intenta garantizar la cooperación en distintos contextos. Como lo documentan autores como Eisendhardt (1989), Shapiro (2005) o Kiser (1999), su uso implica relajar supuestos como el individualismo metodológico o la naturaleza diádica de los contratos. Así, la inclusión de organizaciones o redes como entramados en los que se sitúan principales y agentes y en los que, de hecho, ambos roles pueden desempeñarse simultáneamente, o donde existen historias compartidas que afectan los intercambios, solo enriqueció la mirada sobre un dilema omnipresente bajo la máscara de diferentes alias (Shapiro, 2005, p. 282).
Los dilemas que estudia la teoría de la agencia son usualmente interpelados por la ciencia política, en tanto esta se interesa especialmente por la delegación y el control del poder en distintos ámbitos. La distribución del riesgo entre principales y agentes es un asunto esencialmente político y se le ha pensado de cara a problemas tan disímiles como la relación entre políticos y electores, entre funcionarios elegidos y burócratas en las agencias estatales, entre ciudadanos y funcionarios, entre líderes y seguidores en organizaciones sociales y movimientos políticos o entre políticos y capitanes en las organizaciones que compiten por votos.
Pese al desdén con el que a veces se percibe la estilización de la interacción en los modelos matemáticos, lo cierto es que en ciencia política muchos análisis comparten sus supuestos. Por ejemplo, Kiser (1999) señala cómo incluso la construcción de los tipos weberianos de dominación podría leerse como un esfuerzo por modelar problemas de agencia en distintos contextos institucionales, en tanto cada uno supone conjuntos de estrategias específicas de reclutamiento, monitoreo y sanción, a partir de las cuales se piensan las relaciones entre el gobernante, sus gobernados y los funcionarios (p. 158). De esta forma, los supuestos de racionalidad4, individualismo metodológico y el uso de modelos abstractos5, así como los dilemas de riesgo moral y selección adversa son tematizados por este clásico de la sociología en la construcción de su teoría.
Sobre este libro
Aunque es evidente que este no es un libro sobre el debate agencia- estructura en ciencia política, es claro que la discusión sobre esta relación define los capítulos aquí presentes; sin embargo, lo hace sin tematizarla, ni convertirla en objeto de indagación. Ante esto, es posible, por ejemplo, sugerir que la discusión sobre el principio de legitimidad que proponen Arturo y Llano en su texto sobre Bobbio o aquella que desarrollan Llano y González en su exploración del ethos democrático a partir de Arendt, están necesariamente referidas a formas particulares de conceptualizar la relación entre estructura y agencia. A ambos subyace la pregunta por el tipo de cultura (la estructura) que exige el ejercicio democrático y por cómo la agencia puede transformar la violencia y convertirla en fundamento subyacente del ejercicio legítimo de la autoridad.
Por su parte, Sánchez y Palacios, al interesarse por las instituciones electorales y los sistemas de partidos interpelan, aunque tácitamente, el debate agente-estructura, así sea solo al pensar el impacto de estas instituciones (esas meso estructuras) en el comportamiento de políticos y electores. El texto de Palacios reta simultáneamente la mirada historiográfica que sospecha de la agencia y la mirada politológica, proclive a identificar los efectos causales de los sistemas electorales para explorar las oportunidades que ofrecen las nuevas reglas para innovar en las formas de organización del ejercicio político.
Finalmente, el texto de Vargas y Tovar, al investigar la cooperación entre expertos y actores del común en la construcción de los problemas públicos, interpela a un debate propuesto por Imbroscio (1999) acerca de la conexión entre la democracia y la forma en que se conceptualiza la relación entre estructura y agencia. Según este autor, el juicio determinista tiende a promover una menor sensibilidad democrática (responsiveness), en tanto asume que existen límites insalvables en el grado en el que los expertos pueden rendir cuentas y responder a las demandas de los ciudadanos. Como sugiere su texto, la cooperación demanda un sustrato teórico en el que se privilegie la agencia sobre los constreñimientos estructurales.
El modelo principal-agente desarrollado por la teoría económica de la agencia, evita el debate agente-estructura. Aun así, la teoría y los dilemas que propone al analizar la cooperación pueden ser utilizados para interpelar argumentos científicos, de forma similar a como es usado por Kiser (1999) para caracterizar la teoría weberiana. El modelo, al igual que el tipo ideal weberiano, permite revisar la terminología, valorar la construcción de distintas hipótesis o suscitar preguntas que alienten la indagación. En tal sentido, conviene demostrar su uso interpelando a los argumentos de los textos incluidos en este volumen, sin pretender exponerlos para ser sometidos a un juicio riguroso, sino para exponer los usos de una teoría. De esta forma, el diálogo atento compete al lector de cada pieza.
El texto de Vargas y Tovar permite utilizar el modelo principal-agente para interpelar, ya no el modelo weberiano (Kiser, 1999), sino las relaciones entre comunidades y agencias estatales. Kiser (1999) analiza la relación entre el gobernante y la burocracia, mientras que otro cuerpo de literatura ha analizado la relación entre votantes y funcionarios elegidos, utilizando la teoría económica de la agencia. Por su parte, Vargas y Tovar reconocen los fallos en ambos tipos de relaciones y optan por elaborar una propuesta que promueve el rol de los actores ordinarios, no expertos como un “principal subsidiario”, capaces de participar en la definición de los problemas públicos de los que se ocupan las políticas públicas, por medio de la actividad crítica. Ante esto, la propuesta desde la sociología pragmatista de Luc Boltanksi permite especular sobre las posibilidades que esto ofrece para la reducción del riesgo moral y la selección adversa. Una cuidadosa consideración de los distintos tipos de relaciones principal-agente y los distintos roles como principales y agente que burócratas y actores del común asumen en su interacción, podría ayudar a apreciar las distintas dificultades que subyacen a los intentos de unos y otros por cooperar.
Por otro lado, Palacios se pregunta por los entramados de relaciones y sociabilidades que soportan los ejercicios político electorales en la Colombia del siglo XIX, cuestionando a Duverger. Su texto toma clara distancia de la mirada propuesta por la teoría económica de la agencia al preguntarse por las organizaciones en las que tales roles se desempeñan; sin embargo, la teoría permite al menos dos preguntas sugerentes:
¿actuaban los candidatos en calidad de principales o agentes, tanto al aprobar la legislación como al actuar con miras a conseguir votos? Aunque es fácil el interés de la autora por indicar el potencial de la norma, quizás conviene señalar que olvida que este importa allí donde sea aplicada. Al pensar su argumento desde el dilema principal-agente, podemos preguntarnos cuál era el rol de los funcionarios encargados de implementar esas normas electorales y si al hacerlo actuaban en calidad de agentes: ¿quién era el principal?
Por su parte, Sánchez tampoco interpela explícitamente el dilema principal- agente. Su trabajo sobre la hiperfragmentación partidista y los usos de Sartori para su estudio, permite reconocer el complejo entramado estructural en el que las relaciones principal- agente se configuran. ¿Los distintos tipos de organizaciones se corresponderían con distintas maneras de resolver la relación entre unos y otros? ¿Aumenta en unos y otros el riesgo moral? Ambas son preguntas que podrían sugerir futuros cauces de pesquisa.
Siguiendo con el texto de Arturo y Llano, se problematiza la naturaleza del dominio y la relación entre derecho y política a la luz de Bobbio. Si suponemos al gobernante como principal y a la burocracia como su agente, como lo propone Kiser (1999), la teoría principal-agente nos permite reconocer el uso de la norma para prevenir el abuso egoísta (por exceso o defecto) del funcionario; así, si se asume que el gobernante es agente de los ciudadanos, como sucede en ocasiones en las democracias representativas, se entendería que la norma sirve igualmente para reducir el riesgo moral, obteniendo un criterio para valorarla.
Finalmente, Llano y González logran reconstruir un imperativo en la norma para la convivencia democrática, un ethos no violento requerido para el encuentro democrático entre principal y agente propuesto por Arendt. En este sentido, la cultura podría ser vista a la luz de su texto como el principal recurso en la reducción del riesgo moral, vis a vis con incentivos organizativos de distinto tipo, reflexión especialmente pertinente en un país en guerra.
De esta manera, los autores de esta obra hacen un llamado vehemente a reconocer la vitalidad de los autores escogidos para el análisis politológico. Se espera que estos textos contribuyan a enriquecer el debate acerca de la necesidad de desarrollar perspectivas de análisis sobre la agencia adaptadas a nuestros contextos.
Referencias
Archer, M. (2000) Beign Human. Cambridge University Press
Basabe-Serrano, S. y Huertas-Hernández, S. (2018). El estado de la investigación en ciencia política sobre América Latina. Revista Española de Ciencia Política, 47, 153-170. https://doi.org/10.21308/ recp. 47.00
Bell, S. (2011). Do We Really Need a New ‘Constructivist Institutionalism’ to Explain Institutional Change? British Journal of Political Science, (41), 883-906. https://doi.org/10.1017/S0007123411000147
Bourdieu, P. (1995). Outline of a Theory of Practice. Cambridge University Press.
Castillo, M. (2012). Construyendo categorías para pensar la agencia política en sociedades desiguales. Una reflexión sobre Arendt y Butler. Revista Internacional de Pensamiento Político, 7, 275-289. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4733608
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11 Siguiendo a Duque (2014), el desarrollo de la disciplina en la región ha sido heterogéneo, alcanzando un mayor progreso a partir de los años 70 en Brasil, Argentina y México, seguido por Chile, Colombia, Uruguay, Venezuela y Costa Rica, países en los que existen avances, pero el proceso de institucionalización es aún incipiente; en los países restantes el desarrollo de la disciplina ha sido insatisfactorio.
2 En esta discusión solo aspiramos a enunciar las principales apuestas de las teorías codeterministas y dos de sus críticos. Estamos, claramente, dejando de lado teorías que relegan a un segundo plano o hacen desaparecer al actor y la agencia en la explicación del universo social; piénsese, por ejemplo, en la teoría de sistemas de Luhmann o en aproximaciones postmodernas que postulan el predominio absoluto de la estructura lingüística y disuelven al sujeto en el lenguaje.
3 Cabe anotar que Bell (2011) reconoce que otras vertientes del institucionalismo, como el institucionalismo constructivista, no están exentos de críticas similares. A juicio del autor, este último tiene tal énfasis ideacional (las instituciones delimitan el contexto de sentido de la acción) que se acerca al posmodernismo y termina desplazando el foco lejos de los agentes situados, que operan dentro de un marco institucional que limita y promueve determinadas agencias.
4 Kiser (1999) recuerda que Weber, como individualista metodológico, considera que una explicación de la acción debe exponer los motivos de los agentes. Aunque distingue la acción en cuatro tipos, Weber (como se citó en Kiser, 1999) argumenta que será analíticamente útil comenzar asumiendo microfundamentos instrumentales: “con miras a un análisis tipológico científico, es conveniente tratar todos los elementos irracionales, afectivamente determinados del comportamiento como desviaciones de un concepto típico ideal de acción racional” (p. 157).
5 El tipo ideal weberiano es un modelo. Weber (como se citó en Kiser, 1999), insiste en que “entre más afilado y preciso haya sido construido el tipo ideal y, en consecuencia, entre más abstracto e irreal en tan sentido sea, mejor podrá desempeñar su función en la formulación de terminología, clasificaciones e hipótesis” (p. 158).
Atomizados, fluidos y fraccionados.
Usos de Sartori en el estudio de sistemas de partidos hiperfragmentados
Alejandro Sánchez López de Mesa
“Cuando Llegamos inexorablemente a nuestra frontera inevitable de ignorancia, todo depende de cómo hemos sido socializados ante lo posible”
(Sartori, 2015, p. 186)
La fragmentación partidista en Colombia es un fenómeno incómodo, pues dificulta la previsión, eleva sustancialmente los costos de información en el sistema político, limita la politización de las diferencias (su conversión en ejes de contestación partidista) y, en consecuencia, el desarrollo de clivajes a partir de los cuales se organicen las identidades políticas6. En las últimas décadas, esto se explicó como resultado de la Constitución de 1991 y la Cuota Hare (Pizarro, 2008), el Frente Nacional (Bejarano, 2011), la descentralización (Mainwaring et al., 2018) o la imitación de estrategias exitosas por operadores políticos, en un ambiente que ofreció distintas oportunidades para hacerlo
(Gutiérrez, 2007).
Esta fragmentación ocurre a partir del aumento en la autonomía de los operadores locales, que los políticos regionales experimentan como una pérdida de control sobre sus maquinarias electorales. De esta forma, el sistema se torna altamente personalizado a medida que los partidos y líderes regionales pierden el control sobre la designación de candidatos, los membretes pierden relevancia, se dificulta la agregación de votos en el partido o esta es artificial y los competidores pasan a ser alianzas de morfología variable y de corta vida. Recientemente, países como Argentina y Perú experimentaron procesos de descomposición similares, mientras que Brasil logró revertirla a partir de un proceso de recomposición partidista liderado por el Partido de los Trabajadores (Levitsky et al., 2016).
Al respecto, la fragmentación supone un reto adicional para el quehacer del politólogo, que intenta caracterizar el sistema de partidos en el nivel subnacional y orientar intervenciones que generen valor: ¿cómo pasar de la generalidad de las explicaciones del fenómeno a la elaboración de descripciones que expongan las características de las estructuras existentes y expliquen sus interacciones? El primer problema surge al intentar nombrar a los actores. Distintos esfuerzos monográficos del nivel subnacional utilizan indistintamente los términos facción, fracción, red, movimiento, organización o partido para referirse a las polifacéticas entidades que compiten por votos; ante esto, urge un esfuerzo de estilización conceptual de cara a la realización de comparaciones sobre la forma en que se estructura la competencia en distintos departamentos.
En segundo lugar, la fragmentación dificulta la construcción de una representación del tablero de juego, del conjunto de interacciones que tiene lugar entre esa gran variedad de entidades pobremente definidas. De esta manera, reconocer que los partidos son “federaciones descentralizadas de políticos”, fórmula común en la literatura relevante, aporta muy poco a la comprensión de la forma en que tiene lugar la interacción; con ella, se renuncia a intentar exponer la mecánica de la competencia, la lógica de los intercambios, de las tomas de posición y los esfuerzos por cooperar.
Teniendo en cuenta lo anterior, en mi ejercicio recurro a un recurso heurístico para resolver el problema: asumir que la competencia electoral se desarrolla en dos arenas distintas, si bien interconectadas. La pregunta por el lugar o los lugares desde donde se coordina la acción en las redes políticas (Friedberg y Levitsky, 2007), permite distinguir las organizaciones que compiten por votos en el Valle del Cauca y con ello también las arenas en que lo hacen. Así, distinguimos aquellas organizaciones que han obtenido una proyección nacional (logrando sostener una curul en la Cámara o el Senado de la República por más de dos períodos), de aquellas que sobreviven en lo local y construyen alianzas pasajeras con operadores políticos con figuración pública nacional. El movimiento Nueva Generación de Dilian Francisca Toro (Partido de la U) o la Fuerza Social de Ubeimar Delgado (Partido Conservador), son ejemplos del primer tipo.
Un segundo tipo de organizaciones (la mayoría) sobrevive en lo local. Por ejemplo, en la ciudad de Santiago de Cali, las 21 curules al concejo están repartidas entre 10 partidos, en los que se apiñan 19 organizaciones políticas distintas; solo en ocho de estas es posible identificar relaciones de subordinación a un congresista, de forma tal que resulte factible afirmar que la curul pertenece a un movimiento liderado por él o ella. Las otras 11 son organizaciones que sobreviven en lo local, mantienen cuotas de poder y electorados significativos para ser reelectos y pueden aspirar o no a proyectar su acción política a los niveles departamental o nacional.
La creciente autonomía de los operadores locales también puede constatarse a nivel subregional. Al caracterizar la competencia política en 16 municipios del norte del Valle durante las pasadas elecciones locales y las últimas tres elecciones legislativas, resultó evidente que quienes compiten son organizaciones de alcance municipal, que establecen alianzas contingentes con los actores regionales (Sánchez, 2015). Quien intente buscar patrones de predominio electoral de las organizaciones con proyección nacional en los distintos municipios durante las elecciones legislativas, dará de bruces con un caleidoscopio; el mapa de las organizaciones regionales que obtienen votaciones significativas en los distintos municipios, de una elección a otra, se recompone siguiendo patrones que resultan muy difíciles de describir. Así, las alianzas pueden cambiar mucho más rápido que los membretes y la votación de un grupo en las elecciones legislativas puede crecer rápidamente en una elección y desvanecerse con igual premura en la siguiente.
Ante este panorama, la idea de las arenas y el concepto “organizaciones que compiten por votos” permiten avanzar la caracterización evadiendo la conceptualización rigurosa. La revisión de la obra de Giovanni Sartori ofrece un buen pretexto para hacer frente a esta tarea pendiente, pues sus textos sobre la naturaleza de la ciencia política, así como su influyente trabajo sobre los partidos políticos, resultan instrumentos pertinentes para enfrentar este desafío. Buena parte de la obra del politólogo italiano tiene como propósito establecer el estatus científico de la ciencia política, para lo cual se propone distinguir su objeto y desarrollar una metodología para la construcción de conceptos que garanticen su normalización, acumulabilidad, operatividad y repetibilidad. Sobre su objeto, insiste en que “el comportamiento político no es un tipo, sino un hacer en un ámbito, un contexto” (Sartori, 2015, p. 217), por lo que la disciplina ha de estudiar cómo este ámbito de actividades se diferencia y organiza. Por su parte, las estrategias de composición conceptual son especialmente relevantes para avanzar en la revisión crítica de los instrumentos con los que intento caracterizar el sistema de partidos en el nivel subnacional.
En efecto, Sartori insta a la disciplina a reconocerse como una ciencia empírica en la que la descripción sea requisito de la teoría y la validez de los enunciados se soporte en una relación de cada término y su referente. En la primera de las tres partes de este capítulo se exponen los principios y procedimientos que el autor propone para la construcción de conceptos en ciencia política, utilizándolos en la producción de un término útil para la caracterización de las entidades que compiten por votos en un sistema de partidos hiperfragmentado.
Sartori es igualmente relevante para los propósitos de este capítulo en razón de la importancia de su texto “Partidos y Sistemas de Partidos” (Sartori, 1987). Su obra, continuamente reeditada, propone una forma singular de estudiar los sistemas de partidos que toma distancia de explicaciones estructuralistas e institucionalistas previas, explicando la interacción y la mecánica de la competencia a partir de un número sorprendentemente reducido de variables: el número y la distancia ideológica; además, propone el concepto de partido político, cuya elaboración es especialmente pertinente para los propósitos de este capítulo.
A saber, la distinción entre partido y facción es central en el desarrollo conceptual del autor; por lo tanto, pretendo exponer y criticar su esfuerzo por hacer de esta diferencia el principio organizador de los conceptos a utilizar en la investigación empírica. La crítica permitirá exponer algunos de los rasgos de las entidades que compiten por votos en sistemas hiperfragmentados y su interacción. Es claro que a Sartori le cuesta concebir la interacción faccional como unidad de análisis; tanto su esfuerzo como sus tropiezos, servirán, al contrastarlos con los datos de esta investigación, para reconocer aquello que anticipa y aquello que su teoría no logra explicar. A esto dedicaré la segunda parte del capítulo.
Finalmente, un tercer aparte de este escrito intenta encontrar en la tipología de los sistemas de partidos, conceptos que permitan entender las dinámicas de la interacción en el caso colombiano. Su taxonomía, construida en el estructural funcionalismo, pretende explicar los sistemas de partidos desde un modelo evolutivo, que ubica a los sistemas pluralistas como el tipo más desarrollado o estructuralmente consolidado. Por su parte, Sartori insiste, en repetidas ocasiones, en que el tercer mundo carece de sistemas partidistas; no aspiro a la crítica decolonial de sus afirmaciones, sino más bien a otro tipo de deconstrucción de sus argumentos que sirva al interés por aumentar la precisión de los conceptos de los que dispongo para pensar la hiperfragmentación. Así, me interesa exponer y comentar aquellas herramientas que Sartori desarrolla en su esfuerzo por descifrar las lógicas de la interacción en ese tercer mundo que lo desconcierta o en esos sistemas anacrónicos que no siguen la mecánica de los sistemas pluralistas7.
Pese a que intento una lectura de Sartori desde la pregunta por la aplicabilidad de sus conceptos, carezco de los recursos y el espacio para someterlos a un juicio crítico basado en evidencias empíricas suficientes y significativas, como lo hace el autor a partir de una extensa revisión de fuentes secundarias. De esta forma, en este texto apuesto por utilizar mis propios esfuerzos por caracterizar el sistema político en el nivel subnacional8, así como algunos estudios específicos del caso colombiano, para revisar la utilidad de sus conceptos como contenedores de datos. No pretendo probar o improbar ninguna de sus tesis, sino utilizar sus herramientas para ganar en claridad conceptual de cara a mi propia pesquisa.
Teniendo en cuenta lo anterior, para la reconstrucción de las tesis y argumentos de Sartori se utilizaron tres fuentes principales9: el texto Cómo Hacer Ciencia Política. Lógica, Método y lenguaje en las Ciencias Sociales (Sartori, 2011), que recoge y compila artículos publicados por el autor entre 1970 y 1991 en revistas como American political Science Review y Journal of Theoretical Politics, así como cuatro capítulos de textos publicados en el mismo período por distintas editoriales especializadas. Se utilizó igualmente su ambicioso manual metodológico La Política. Lógica y Método en las Ciencias Sociales (Sartori, 2015), así como su obra clásica Partidos y Sistemas de Partidos. Marco para un Análisis (Sartori, 1987). Cabe finalizar con unas breves consideraciones sobre la forma en que Sartori procede en la construcción de argumentos. En su retórica se combina una exhaustiva aprensión etimológica (un esfuerzo constante por definir sus términos) con un notable pragmatismo, que se evidencia en la selección de definiciones en función de su inteligibilidad intuitiva antes que de la legitimidad de algún sistema teórico. Así, el autor hace un uso generoso de las metáforas para exponer ideas abstractas: la luna, las manzanas sanas y las podridas, la balanza (por mencionar algunas), y utiliza, en no pocas ocasiones, situaciones cotidianas para evidenciar las propiedades de una categoría, como cuando evoca una disputa de pareja para distinguir la acción racional de la acción razonable. A mi criterio, estos rasgos de su prosa son consecuentes con su aspiración por una ciencia concebida como un saber práctico para actuar en el mundo (Sartori, 2015, p. 45).
Palabras y su uso empírico ¿Cómo nombrar a las entidades que compiten por votos?
Utilizando como punto de partida la estrategia que Sartori propone para la construcción de conceptos en ciencia política, pretendo crear un concepto que permita aprehender el tipo de entidades que compiten por votos en el nivel subnacional de un sistema de partidos fragmentado. Para ello, primero, se expone la relación existente entre lenguaje y tipo de conocimiento, con el fin de precisar cuál es el tipo de conceptos a los que debe aspirar la ciencia política, según Sartori. En segundo lugar, se revisan los tipos de definiciones con que ha de lidiar el investigador para valorar la utilidad de algunas de las definiciones utilizadas en la literatura reciente. Finalmente, se expone la técnica sugerida por el autor para el tratamiento lógico de los conceptos y se intenta proponer una clasificación.
Ante esto, Sartori es oportuno al reconocer que el conocimiento científico y el filosófico constituyen dos modalidades del lenguaje que se distinguen del discurso común, en tanto están construidos a partir de la reflexión crítica sobre el instrumental lingüístico. La finitud del lenguaje (de las palabras) obliga a la construcción de acuerdos sobre los significados en diferentes contextos; al respecto, la solución consiste en “ordenar el lenguaje según tipos de significado correspondientes a destinaciones típicas” (Sartori, 2015, p. 17), lo cual permite usos
diversos de un mismo lenguaje10.
Existe así un tipo de significación distinta de las palabras en su uso empírico, propio de la ciencia, y en su uso especulativo, propio de la filosofía. En tanto a la ciencia, cuyo fin es “comprender en términos de observación”, se requieren palabras que tengan un significado perceptivo11, “que ocupen el lugar de las cosas que representan” (Sartori, 2015, p. 37). Por su parte, la filosofía requiere palabras leves en su contenido denotativo en tanto no intentan asir un referente concreto; así, el saber especulativo hace un “uso ultrarepresentativo y omnirepresentativo” de las palabras en la medida en que están más allá de cualquier representación y aspiran encarnar todas las representaciones posibles
12
Con miras al ejercicio que intento, conviene afirmar que conceptos como partido político tienen una denotación que define un límite y busca distinguir el referente de otro tipo de entidades en un sistema político; sin embargo, en la práctica este límite dificulta conciliar lo que vemos (las entidades que compiten por votos en el sistema político colombiano) con el signo. Sartori advierte que una cosa es señalar la inadecuación de un signo (insistir en que no existan partidos) y otra distinta producir conocimiento científico; necesitamos palabras de observación que signifiquen lo que representan y con las que podamos asir lo que existe más allá del sistema lingüístico.
Por otra parte, para el autor las ciencias sociales tienen un fin nomotético al tratarse de un saber que busca encontrar leyes de causalidad no determinista13, las cuales se construyen como en este ejemplo: “dada la fragmentación partidista, es probable que la competencia se desarrolle a través de alianzas estructuradas de x forma”. Se procede a través de formulaciones de “tipo programático o predictivo”, de suerte que la validez del conocimiento depende de su aplicación; al respecto, la regla para validar una proposición científica es su aplicabilidad, esto es, que se cumpla según las previsiones, que funcione. En efecto, el conocimiento científico es un conocimiento práctico, la ciencia política es una ciencia para la acción (Sartori, 2015, p. 45), y la inadecuación conceptual amenaza la esencia misma de los estudios sobre el sistema de partidos en Colombia.
Como señala Sartori (2015), la materia prima del politólogo es el lenguaje de la política práctica, aquel que informa los comportamientos del ciudadano o del político14, y el científico procede reconociendo los términos con los que se exponen y explican sus dilemas prácticos. Los políticos vallecaucanos, por ejemplo, identifican dos dilemas centrales en la construcción de entidades que les permitan conseguir votos y proseguir una carrera política: la construcción de una estructura y de una escalera15. Estos conceptos adquiridos por el investigador, son sometidos a un juicio crítico que busca precisar y desarrollar el significado a través de unos pasos; al “relevamiento descriptivo” o la construcción de conceptos empíricos le sucede la construcción de clasificaciones y taxonomías (fase clasificatoria) que, a su vez, antecede a la teoría y a la formulación de generalizaciones y explicaciones causales.
Según lo anterior, la construcción de conceptos exige distinguir entre las palabras, significados y referentes, estos últimos entendidos como “todo lo que está afuera, más allá del conocimiento lingüístico o verbal”. Por su parte, la palabra es el signo y al asociarse a un significado se considera un término, pues “el requisito que define un concepto es que se declare su significado” (Sartori, 2011, capítulo 1, sección 3, párrafo 25). Por último, las definiciones pueden ser de distintos tipos según sus fines: declarativas, denotativas, especificativas (o caracterizadoras) y operacionales (Sartori, 2015, pp. 66-68). La declarativa apenas hace referencia al acto de expresar un significado, al uso de una palabra; la denotativa busca aferrar el referente, fijar los límites, precisar qué está incluido y qué no, estableciendo así la condición general que ha de cumplir la clase, dada su función de incluir-excluir (Sartori, 2011, capítulo 5, sección 3, párrafo 4). De esta manera, un concepto será de utilidad para la ciencia política si está estandarizado, lo cual garantiza la acumulación, y a su vez tiene un alto poder de discriminación, asegurando que sea un buen contenedor de datos (capítulo 4, sección 3,7, párrafo 3).
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