Kitabı oxu: «Más que sonidos»

“Todo lo que deseamos es que un investigador nos diga por qué ese joven que está sentado en la fila A está firmemente absorbido por los sonidos musicales que escucha, mientras que su novia, poco o nada extrae de ellos.” El músico Aaron Copland lanzaba ese deseo y Alejandro Vainer toma el desafío. “La música es una experiencia corporal e intersubjetiva” es el eje que lo recorre. En las antípodas de quienes sostienen que es un “arte inmaterial”, este libro restituye el cuerpo a la experiencia musical.
El autor organiza una propuesta donde define una subjetividad que es corporal donde se produce como un entramado biológico, psíquico y cultural. Siguiendo a Freud, postula las “series complementarias musicales”, que le permiten desentrañar por qué amamos ciertas músicas a lo largo de nuestra vida. Luego analiza las experiencias musicales en situaciones diferentes. Primero, un análisis de lo sucedido con las músicas en los campos de concentración-exterminio durante la Segunda Guerra Mundial y en la última dictadura cívico-militar en Argentina. Segundo, el entrecruzamiento del erotismo y la música a lo largo de la historia. Y tercero, un exhaustivo análisis de la función subjetiva y social de la música de fondo. La forma de escuchar más frecuente hoy. El libro cierra con dos bonus tracks: uno sobre la historia de los psicoanalistas y la música; el otro sobre los músicos y el dinero, donde se visualiza las condiciones de trabajo de quienes producen esas experiencias que nos llegan hasta los huesos.
Un libro ameno y profusamente documentado. Sus fundamentos van desde el psicoanálisis hasta la musicología, pasando por las neurociencias, la antropología, la sociología, la literatura y los testimonios de los propios músicos.
Un viaje para amantes de la música. Más que sonidos, es una parte de nuestra vida.
Más que sonidos
La música como experiencia
Alejandro Vainer

Colección Psicoanálisis, Sociedad y Cultura

Colección Fichas para el Siglo XXI
Diagramación E-book y tapa: Mariana Battaglia
Ilustración de tapa: Julia Vallejo Puszkin.
| Vainer, AlejandroMás que sonidos : la música como experiencia / Alejandro Vainer. - 1a ed . - CiudadAutónoma de Buenos Aires : Topía Editorial, 2020. Libro digital, EPUB - (Fichas para el siglo XXI ; 39) Archivo Digital: descarga ISBN 978-987-4025-45-6 1. Psicoanálisis. 2. Música. 3. Experiencias Personales. I. Título. CDD 150.195 |
© Editorial Topía, Buenos Aires 2020.

Editorial Topía
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web: www.topia.com.ar
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
La reproducción total o parcial de este libro en cualquier forma que sea, idéntica o modificada, no autorizada por los editores viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.
Más que sonidos
la música como experiencia
Alejandro Vainer

Colección Fichas para el Siglo XXI
A Enrique Carpintero,
mi maestro
A Vicente Galli
el analista que me ayudó a encontrar la voz propia
Indice
Donde escuchar
Agradecimientos
Preludios
Capítulo 1 La música es una experiencia corporal e intersubjetiva
Demoliendo definiciones
La música como experiencia corporal
La música como experiencia intersubjetiva
No hay música sin sujeto
Capítulo 2 Música, cuerpo y subjetividad
¿De qué hablamos cuando hablamos de subjetividad?
La corposubjetividad
La experiencia musical corposubjetiva
Lo “extramusical” no existe
Las músicas son parte de nuestra entrañable vida
Capítulo 3 Cómo llegamos a amar ciertas músicas
Fanfarria para un hombre común
“La música” no existe
Los caminos de este amor: las series complementarias de los amores musicales
Relatos de encuentros amorosos musicales
Libros y experiencias
Capítulo 4 El tango de la muerte La música en los campos de concentración-exterminio
Freud y la noche de los cristales rotos
El odio a la música del horror
La música como resistencia
La música en los campos: entre el espacio-soporte y lo siniestro
La música en los campos de concentración-exterminio en Argentina
Finalmente…
Capítulo 5 La música del erotismo Las canciones de los cuerpos
Las danzas de Eros
La sinfonía de todos los sentidos
Espectros sonoros y música viva
Capítulo 6 Músicas de fondo Músicas para no ser escuchadas
De qué hablamos cuando hablamos de música de fondo
La música de fondo impuesta
La propia elección de música de fondo
La música que más escuchamos hoy… es música de fondo
Música “funcional” y música subjetivante
Posludios
La furia de Jarrett
Lenin y sus pasiones musicales
Sin música no hay revolución
Bonus Track 1 Yendo del diván al piano El mito de la sordera musical de los psicoanalistas
La sombra de Freud
La polifonía de los herederos
Bonus Track 2 Demoliendo mitos Los músicos y el dinero
Todos los músicos son trabajadores
Los efectos subjetivos de trabajar como músico
Bibliografía
Donde escuchar
A lo largo de este libro se citan varios textos y músicas. Las notas al pie y la bibliografía permiten buscar los primeros. Si quiere escuchar las músicas mencionadas, se encuentran disponibles en www.topia.com.ar/masquesonidos.
Allí están ordenadas por capítulos para que pueda enriquecer la lectura. Así puede sentir las músicas citadas para transformarlas en experiencias propias.
Agradecimientos
Tengo una serie de gratitudes para los que ayudaron a que este libro fuera posible. Va el reconocimiento:
A quienes se tomaron el trabajo de leer la versión inicial del libro y brindaron aportes que lo enriquecieron: Enrique Carpintero, César Hazaki, Edgardo García, Luciano Nicolás García, Laura Ormando, Tomás Pal, Diego Vainer y Florencia Macchioli.
Al equipo de Topía, una usina de pensamiento crítico. Topía es una caja de resonancia que potencia las melodías de cada uno y permite desarrollarlas. En cada encuentro, los aportes, las críticas, las sugerencias y estímulos nos permiten avanzar. Muchos de los textos incluidos en este libro tuvieron su primera versión en la Revista Topía, y las discusiones contribuyeron a que tuvieran su forma final. Poder estar en este equipo, que promueve apasionadamente la producción, es uno de los privilegios de la vida. A cada uno de ellos: Carlos Barzani, Alfredo Caeiro, Héctor Freire, Alicia Lipovetzky, Susana Ragatke y Susana Toporosi.
A Enrique Carpintero y César Hazaki, con quienes compartimos la pasión de ser editores de Topía. A Enrique por tantas cosas condensadas en la dedicatoria del libro. A César, por invitarme a participar como el pianista de su obra de teatro El blues del psicoanalista, que hicimos el segundo semestre del 2011 en el Cavern Club del Paseo La Plaza de la ciudad de Buenos Aires. Con su empujón, volví a la música. Me estimuló para que avanzara en distintos frentes, tanto en tocar como en escribir sobre todo esto.
A Mariana Battaglia, por el cuidado diseño de tapa y del libro. A Andrés Carpintero, por sus ideas para facilitar la experiencia musical del libro en internet.
A Julia Vallejo por el cuadro que me regaló para un cumpleaños hace un par de años. Ni bien lo vi supe que sería la tapa de este libro.
A Aníbal Rodolico, por las fotografías.
A Guillermo Romero, mi maestro de piano, por lo que me transmitió sobre la improvisación y por nuestros ricos diálogos.
A Mario Hernández, por invitarme para ser columnista musical de su programa “Fe de Erratas” de FM La Boca desde 2012. A mi compañero del programa Matías Eskenazy. Cada miércoles ese espacio me permitió pensar algunas de las cuestiones que sin saberlo llegaron al libro.
A varias personas les agradezco por compartir encuentros musicales, improvisaciones, libros, recitales, charlas y datos que fueron aportando de distinto modo: Hernán Bronstein, Pablo Cabrera, Javier Sánchez, Rafael Fernández Durán, Juan Duarte, Mauro Lassos y Mariana Casullo.
A David Liberman, quien a mis 18 años me recomendó que nunca dejara la música aunque me convirtiera en psicoanalista.
A mi hermano Diego, con quien descubrimos la música desde muy chicos adentrándonos en el piano y otras latitudes musicales. Mucho de lo que significa la música para mí al día de hoy se lo debo a las experiencias que compartimos. A nuestros padres, Naum Vainer y Sofía Bekman, por lo que propiciaron.
A mi compañera Florencia Macchioli, que alentó la gestación de este libro; y con quien amorosamente construimos un camino conjunto que a la vez es propio. A nuestros hijos Gastón y León, porque hicieron que redescubriera la música mientras ellos se internaban por primera vez en ella.
Preludios
Como Mahler acostumbraba a decir,
la parte más importante de la música no está en las notas.
Theodor Reik, Variaciones psicoanalíticas sobre un tema de Mahler
Las hipótesis que desarrolla este libro me atraviesan desde hace años. Llevó un largo tiempo poder plasmarlas. El soporte conceptual es fruto de contacto con pares, maestros, amigos, parejas y siempre músicas. No es posible escribir por fuera de la propia historia de cada uno. Se filtra por el cuerpo, se plasma y conforma el estilo propio. Más que sonidos es el modo de desarrollar ideas que tenía sin saberlo. La música es mucho más que los meros sonidos. Son cuerpos, relaciones, pasiones, encuentros, lugares, tiempos.
(1974)
Mis compañeros de primaria me contagiaron el amor a los Beatles. A los 9 años ya había comprado varios vinilos. Una tarde de sábado me dediqué a revisar los discos de mis padres. Quería saber qué escuchaban. Con una sorpresa enorme descubrí un long play de los Beatles que no conocía. En la tapa, tres barbudos y un descalzo cruzaban una calle. ¿Serían los mismos Beatles? No eran los mismos de Help. Parecían más viejos. Bajé con cuidado la púa en el primer tema. No entendía nada, pero sentía que un mundo nuevo se abrió ¿Cómo hacían para hacer un tema donde casi faltaban las guitarras eléctricas y el sonido era tan cautivante como extraño? Cada nueva canción parecía un universo distinto. En la contratapa decía Beatles y Abbey Road. Nunca pensé que mis padres podían tener algo así. En los rincones ocultos de la historia siempre hay tesoros escondidos. Sólo hay que buscarlos.
(1975)
Mi madre había estudiado piano sin tener piano propio. Cuando pudo compró uno. Un sábado -siempre pasan cosas interesantes los sábados-, lo trajeron. Subieron por la escalera un nuevo piano vertical, Karl Schulz, un nombre alemán para un piano argentino. Con mi hermano mirábamos extasiados. Quedó en el living. A la tarde cerramos todas las puertas y empezamos a jugar a cantar y tocar sin saber. ¿Sin saber? Desde entonces la música se nos convirtió en un juego. Mi hermano quería ser músico desde chico y al día de hoy inventa mundos sonoros de los cuales sigo sorprendiéndome. Cuando me preguntaron si quería estudiar piano, contesté que sí y agregué que también me serviría para escribir mejor a máquina. Sigo tocando ambos teclados.
(1976)
Intercambiar discos es un antecedente de lo que hoy es cotidiano. Uno podía grabar cassettes y esperar alguna retribución que siempre llegaba. Los buenos amigos jamás comprábamos los mismos discos. El placer del “socialismo melómano” nos lo impedía. Un solidario cooperativismo hacía que cuanto más conseguíamos, más teníamos todos. Cada uno compraba algo para la pequeña comunidad de la que formábamos parte y ampliaba los horizontes de nuestras vidas. Canjear discos implicaba entregar una posesión por algo mejor.
En unas vacaciones hablé mucho de rock con el hijo de unos amigos de mis padres. Me recomendó varios grupos que no conocía, luego en Buenos Aires quedamos en encontrarnos. Allí arreglamos intercambiar algún disco: yo le di el pretencioso doble Tales from topographic oceans de Yes a cambio de El jardín de los presentes de Invisible. Era el disco del primer recital de mi vida y el último de Invisible. Había un bandoneonista invitado a una banda de rock. No entendía mucho, pero la poesía y las armonías exudaban una belleza insólita. Recuerdo y agradezco la audacia del padre de un amigo que llevó a varios chicos de 11 años al Luna Park. Ese padre se llama Joaquín, el hijo de Enrique Pichon-Rivière. Aún me faltaban muchos años para dimensionar la iniciación que había recibido a partir del hijo del padre del psicoanálisis en la Argentina.
(1980)
A finales de los ‘70, el rock de acá se llamaba “nacional”. Para algunos, los recitales eran ceremonias de encuentros y de vida ante tanta muerte. Para entonces la oscuridad de La grasa de las capitales de Serú Girán me ayudaba a soportar mi melancolía adolescente y la sordidez de la última dictadura cívico-militar con canciones que rápidamente reflejaban la propia vida. Entonces, aparecieron los raros carteles diseñados por Renata Schussheim. Serú Girán presentaba Bicicleta. Las campañas de marketing no habían inundado todo aún, primero era el recital y luego el disco. Pocas veces salí tarareando la melodía o recordando una frase con una sola escucha. Una catarata de canciones con una escenografía con conejos, bicicletas y los cuatro vestidos con camisa blanca, pantalón y chaleco negro. Por suerte había llevado un grabador y el sábado, -siempre sábado-, me dediqué a sacar en el viejo piano un tema nuevo: Inconsciente colectivo. No lo incluyeron en el disco. Tuve que esperar dos años para poder volver a escuchar el mejor tema de esa noche.
(1981)
Expreso Imaginario fue mucho más que una revista. A quienes atravesamos la adolescencia durante la dictadura, nos dio burbujas de oxígeno mes a mes para resistir. Y también nos guío gran parte de los viajes musicales, que empezaron entonces y llegan hasta hoy. Compré muchos discos “a ciegas”, simplemente porque leía una nota apasionante. La revista era como tener un grupo de amigos mayores que te recomendaban tesoros escondidos. Mi confianza era tal que compré muchos discos sin escuchar. Aún sigo agradeciendo, porque así llegué a Jaime Roos, a Dino Saluzzi y a Egberto Gismonti. Pero los más arriesgados fueron un doble y un triple del pianista Keith Jarrett. El doble resultó ser un camino sin retorno. Al día de hoy no puedo creer que The Köln Concert haya surgido como una improvisación. Una vuelta al mundo en poco más de una hora. Al regresar todo estaba en su lugar, pero yo no era el mismo.
(1997)
La apertura de Tower Records en Buenos Aires fue el canto del cisne del CD. Una noche organizamos ir con mi hermano a mirar discos a la nueva sucursal del mejor templo de nuestra religión. Una vieja tradición compartida. Buscar en distintas bateas y mostrarle al otro los descubrimientos. El mismo juego, en otro tiempo. Elegí un par de discos de jazz, Sketches of Spain de Miles Davis y The best of Bill Evans Live. No recuerdo qué eligió él. A la medianoche tomaba un micro para asistir a un Congreso en Mar del Plata. El de Davis me gustó mucho, pero encontré con Bill Evans un nuevo mundo. Lo escuché una y otra vez toda la noche. Cambié una tarde intrascendente del Congreso por esa compañía mirando el mar. Ese fue el día que conocí a Bill Evans.
(2013)
Yellow submarine era el disco de los Beatles que menos había escuchado. El vinilo tenía un lado de temas que no eran del todo originales y un lado de la banda sonora orquestal compuesta por George Martin. Hasta que nacieron mis hijos. Nunca termino de entender cómo vieron infinitas veces una película hablada en inglés desde los 2 años -las versiones disponibles sólo contienen subtítulos-. Llevó a que pidieran una y otra vez escuchar el disco; aquí, allá y en todas partes. Finalmente se convirtió en el disco de los Beatles que más veces escuché. Cada vez que vuelvo al inicio de la antes indiferente orquesta, en cualquier situación, la emoción me inunda los ojos.
Estas pequeñas historias muestran como convergen cuerpos, relaciones, pasiones, sociedades y culturas. Cada cual tiene sus propias experiencias, donde la música siempre desborda lo sonoro.
De esto trata el libro, que ya ha comenzado.
Capítulo 1
La música es una experiencia corporal e intersubjetiva
La música, la de verdad, no suena:
te atraviesa el cuerpo de parte a parte
Belén Gopegui, Deseo de ser punk
Demoliendo definiciones
La música es mucho más que sonidos. Si bien las definiciones tienden a encerrarla en el fenómeno acústico.
Los diccionarios suelen describirla como el “arte de combinar los sonidos de la voz humana o de los instrumentos, o de unos y otros a la vez, de suerte que produzcan deleite, conmoviendo la sensibilidad, ya sea alegre, ya tristemente.”1
La definición más breve y usada es la de “sonido organizado”. Su autor, Edgar Varèse, músico vanguardista del siglo XX, diferenciaba sus composiciones de lo que habitualmente entendemos por música. Tenía la convicción de que la música debía ser experimentada físicamente, más que por la comprensión. Para ello, en sus obras utilizaba sonidos electrónicos de diversa clase y grabaciones del medio ambiente. Varèse sostenía que era un “operario de ritmos, frecuencias e intensidades”.2 Es una paradoja que esta definición de música como “sonido organizado” sea una de las más citadas para reducir la experiencia musical a sonidos.
Ante la multiplicidad de músicas y experiencias en el mundo, el musicólogo Ian Cross llega a una definición más amplia: “Cabe definir las músicas como esas actividades humanas, individuales y sociales de base temporal que consisten en la producción y percepción de sonido y que no poseen una eficacia evidente ni inmediata, ni una referencia fija universalmente aceptada.”3
Las definiciones se centran en los sonidos. La música pareciera ser sólo eso, lo cual lleva a dos reduccionismos.
Primero, se reduce a un fenómeno acústico. Cuando escuchamos, todo el cuerpo vibra al son de la música. Las vibraciones acústicas nos tocan en todos los sentidos. Nadie elimina los demás sentidos cuando está escuchando música. Aunque la atención esté centrada en lo sonoro, esto no impide moverse, ver, percibir, degustar, tocar y demás cosas que forman parte de un todo que configura una experiencia particular. Limitarla a un fenómeno acústico es reducir la frondosa experiencia musical que cada uno de nosotros tiene cuando está escuchando música. El modelo de escuchar sentado y concentrado es una idealización de la “alta” música occidental, que reniega de la experiencia corporal y subjetiva en juego.
Segundo, se excluye a los sujetos involucrados. A quienes la producen y a quienes sólo la perciben en una situación determinada. Una división que a esta altura también es absurda. Los propios músicos a la vez perciben los sonidos. Y quienes son “el público” también contribuyen en su producción enmarcando el tipo de experiencia. El silencio de un teatro, las toses en una función, los gritos en un recital, el baile en una fiesta, el manejar escuchando música, el caminar con auriculares, hasta el propio escribir o leer estas líneas puede estar acompañado por música… La música siempre implica distintos cuerpos atravesados por la experiencia sonora.
La música es una experiencia. Ahora bien, ¿Qué entendemos por experiencia? Experiencia es una palabra del lenguaje común y a la vez un concepto con diferentes enfoques según los autores. Empecemos por una definición. El “hecho de presenciar, conocer o sentir alguien una cosa él mismo, por sí mismo o él mismo.”4 Aquí “la cosa” es la música. La experiencia musical implica todo lo que involucra el fenómeno sonoro, eso es la figura que sobresale y un fondo que determina sus contornos. La música es una experiencia y no los meros sonidos. Lo que vivimos cuando escuchamos música con todo el cuerpo. Cuando hablamos de experiencia (musical), encontramos que “se halla en el punto nodal de la intersección entre el lenguaje público y la subjetividad privada, entre los rasgos comunes expresables y el carácter inefable de la interioridad individual.” 5
Por eso, la música es más de lo que encierran sus definiciones.
La música como experiencia corporal
Nuestras propias experiencias musicales son mucho más que el mero contacto con algunos sonidos que nos gusten, nos apasionen, los repudiemos o nos resulten indiferentes. Lo sonoro es la punta del iceberg que divisamos, pero nos suceden muchas más cosas cuando escuchamos música. Los sonidos adquieren su valor porque nos “tocan”, en una relación con otros, en una situación. Cualquier lector puede confirmarlo con un simple experimento. Primero busque en su memoria algún tema musical que lo apasione. Después reprodúzcalo en distintas situaciones de su vida diaria y verá cómo la misma música se transforma cada vez. Si la usa de música de fondo; si la escucha en un medio de transporte; si la escucha solo; si la escucha con otros; si es un ambiente o en otro. Ni que hablar si escucha una versión “en vivo”. El músico David Byrne lo sintetiza en una frase: “Cómo -o cómo no- funciona la música depende no solo de lo que es aisladamente (si se puede decir que tal condición existe), sino en gran parte de lo que la rodea, de dónde y cuándo la escuchas, de cómo es ejecutada o reproducida, de cómo se vende y se distribuye, de cómo está grabada, de quién la interpreta, de con quién la escuchas, y finalmente, por supuesto, de cómo suena: estas son las cosas que determinan si una pieza musical funciona -si logra lo que se propone conseguir- y qué es.”6
Podemos agregar algunas cosas más a lo dicho por Byrne. La posibilidad de que cierta música nos “llegue” en una situación dada dependerá de la constitución de nuestra propia historia personal enmarcada en una cultura que incluye las determinaciones de clase social, género y generación. La música es un fenómeno complejo que necesitamos abordar desde distintas perspectivas. En ese punto incluimos la musicología, la física, la filosofía, la biología, la psicología, el psicoanálisis, la sociología, la antropología y también las descripciones de los propios involucrados. En el segundo capítulo ahondaremos un modelo de subjetividad que nos permitirá entender el interjuego de esta complejidad.
La música es irreductible a lo meramente sonoro. Al hablar de música, el lenguaje mismo transpira una corporalidad que lo excede. Decimos “te recomiendo ir a ver a X”, para sugerir ir a escucharlo en vivo. O bien, “me gusta W”. Cuando recalcamos las bondades de un músico que “no nos tocó”, afirmamos que “es muy bueno, pero no sentí nada”. Nunca hablamos de la música con verbos que remitan solamente al campo sonoro. La música se vive con todos los sentidos del cuerpo. No es una novedad. Muchos autores lo sugieren.
El músico Aaron Copland afirma: “mi mente -y no sólo mi mente, sino todo mi ser físico- vibra ante los estímulos de las ondas sonoras producidas por instrumentos que suenan solos o en conjunto. El por qué de ello no puedo explicarlo, mas puedo asegurar que es así.”7
El filósofo Vladimir Jankélévitch comienza su libro La música y lo inefable con la siguiente afirmación: “La música actúa sobre el hombre, sobre su sistema nervioso, e incluso sobre sus funciones vitales… el hombre transportado por ella fuera de sí ya no es el mismo: todo él, cuerda vibrante y tuba sonora, tiembla desaforadamente bajo el arco o los dedos del instrumentista.”8
El semiólogo Roland Barthes sostiene que “toda la sensualidad que hay en la música no es puramente auditiva, sino también muscular.”9
El neurólogo Oliver Sacks relata como todos, salvo algunas excepciones, podemos percibir música, “los tonos, el timbre, los intervalos, los contornos melódicos, la armonía y (quizá de una manera sobre todo elemental) el ritmo. Integramos todas estas cosas y ‘construimos’ la música en nuestras mentes utilizando muchas partes distintas del cerebro. Y a esta apreciación estructural en gran medida inconsciente de la música se añade una reacción emocional a menudo intensa y profunda.”10
El escritor Pascal Quignard sugiere que “el sonido nunca se emancipa del todo de un movimiento del cuerpo que lo provoca y que él amplifica. La música no se disociará nunca íntegramente de la danza cuyos ritmos anima.”11
La música es una experiencia corporal. Y mucho más.
La música como experiencia intersubjetiva
La experiencia musical es contacto con otros. Intersubjetividad significa literalmente “entre subjetividades”.12 Cuerpos que actúan sobre otros cuerpos, donde el momento musical compartido define la situación. Está claro en la mayoría de nuestras experiencias musicales. Hasta el siglo XX, compartir el espacio con los músicos era un requisito imprescindible. La reciente posibilidad de grabación y reproducción permite hacerlo en otras situaciones, hasta en aparente soledad. La escucha solitaria de una reproducción musical tiene siempre como antecedente una relación intersubjetiva. Antes o después, es compartida. En todo momento encontraremos cuerpos que afecten otros cuerpos a través de la música o hablando de ella. Además, la que nos apasiona nos lleva a buscar experiencias más intensas. Vivir la música es con otros. Sea una reproducción musical en una fiesta, una disco, una reunión, o escucharla “en vivo”. Compartir una situación de cuerpo presente con otros (muchas veces con los propios músicos) promueve esa experiencia sonora que llamamos música.
La situación intersubjetiva es el fondo determinante desde el cual llamamos música a un fenómeno acústico. La cultura propia es determinante para vivirla. Algunas situaciones donde se encuentran diferentes culturas nos permiten ejemplificarlo.
El citarista indio Ravi Shankar participó en el famoso “Concierto para Bangla Desh”, que organizó George Harrison en 1971 en el Madison Square Garden para juntar dinero para dicho país. Shankar comenzó a desplegar sonidos con su grupo. A los pocos minutos se detuvieron y los 20.000 asistentes aplaudieron. En ese momento Shankar agradeció y dijo: “confío en que disfrutarán del concierto, viendo lo mucho que les ha gustado la afinación”.
El músico brasilero Egberto Gismonti relata su encuentro con los aborígenes que vivían en el Parque Xingú, dentro del Amazonas. Ya había elegido su música para un documental sobre dicha comunidad. Luego, en el marco de un proyecto de intercambio entre músicos y zonas de Brasil, decidió representar dicha región y solicitó viajar allí, lo cual implicaba la autorización de la propia comunidad. Luego de dos días para conocerse se organizó la “fiesta del hombre blanco”. Al final le tocó el turno: “toqué, toqué, toqué. La guitarra no les produjo el menor interés. Fue un desastre. No tuve ningún éxito con la guitarra con ese público. Empecé a sacar las flautas con cuidado (tenía unas quince), y empecé a tocar. Pero me guardé una ‘carta en la manga’: una flauta llamada klutaí. El klutaí es una flauta hecha por los indios que yo tenía hace tiempo. No sólo sabía tocarla, sino también prepararla antes de tocar. Ellos usan un recipiente de coco, le ponen agua, y van echando el agua dentro de la flauta por los agujeros, para que la madera se hinche y suene mejor, el sonido corre más suave por adentro del tubo. Yo había aprendido todo eso en la película que había visto. En el momento en que me puse agua en la boca para soplarla dentro de la flauta ellos comenzaron a hacer ruidos que producen cuando están contentos, cuando algo les gusta. Me estaban reconociendo. Seguí tocando, tocando. Después de un rato se levantaron y se fueron. Es costumbre entre ellos no reaccionar a la música, no distraerse con aplausos o algo de eso. Ellos se van mientras la persona está tocando para quedar con la música adentro.” 13
En ambas situaciones se puede concluir cómo aquello que llamamos música depende de una cultura que determina una intersubjetividad, la cual promueve cómo se viven los sonidos. En el primer caso, una simple afinación -preludio de un recital-, fue tomada como el primer tema de dicho concierto por un público que desconocía los rituales, instrumentos y sonoridades de dicha cultura. En el segundo caso, hasta no “reconocer” algo como experiencia musical, quedan como sonidos que tienen poco sentido para los participantes. La etnomusicología se ha ocupado de demostrar cómo es imposible percibir la música por fuera del propio marco cultural.14 Si uno recorre el excelente Museo de Instrumentos Musicales de Bruselas verá y escuchará con una audioguía cientos de instrumentos de distinta procedencia. Luego de unas horas se informará de las huellas de miles de experiencias encerradas en un objeto, una explicación y una grabación. Viviendo una experiencia de museo.
La cultura le da sentido a ese conjunto de sonidos que llamamos música. Y subjetivarse en distintas sociedades implica diversas musicalidades. Para muchos de nosotros, sumergirnos en la “experiencia de producción comunal del tiempo (extraña a la pragmática cotidiana en el mundo de la propiedad privada capitalista) hace que la música parezca monótona si estamos fuera de ella, o intensamente seductora y envolvente si entramos en su sintonía.”15
Como sostiene Simon Frith: “la escucha musical sólo puede ocurrir dentro de culturas musicales. Para escuchar combinaciones de sonido como música, es necesario saber algo del sentido convencional de los elementos musicales compartidos.”16 Esto implica que no hay música por fuera de una cultura, de una clase social y de la propia historia personal. Estos factores tallan aquello que después percibimos simplemente como nuestro “gusto musical”. Este complejo desarrollo será abordado en el tercer capítulo.