Kitabı oxu: «La experiencia literaria y otros ensayos»
LA EXPERIENCIA LITERARIA Y OTROS ENSAYOS

ALFONSO REYES, 1958
ALFONSO REYES
LA EXPERIENCIA LITERARIA
Y OTROS ENSAYOS
Selección y prólogo de
Jordi Gracia
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL

© Fundación Banco Santander, 2009
© De la introducción, Jordi Gracia
D.R. © (1995) Fondo de Cultura Económica (Carretera Picacho-Ajusco 227, C.P. 14200, México, D.F.)
Alfonso Reyes / Pedro Henríquez Ureña, Correspondencia 1907-1914, ed. de José Luis Martínez, México, FCE, 1986.
Gutiérrez Vega, Zenaida, ed., Epistolario Alfonso Reyes-José M.ª Chacón y Calvo, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1976.
Alfonso Reyes / Valery Larbaud, Correspondance, 1923-1952, ed. de Paulette Patout, París, Didier, 1972.
Alfonso Reyes, Obras completas, II, México, FCE, 1956; III, México, FCE, 1956; IV, México, FCE, 1956; VII, México, FCE, 1958; VIII, México, FCE, 1958; XI, México, FCE, 1960; XII, México, FCE, 1960; XIV, México, FCE, 1962; XV, México, FCE, 1963; XXI, México, FCE, 1981.
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN: 978-84-92543-91-5
Para Domingo Ródenas,
por sus lecciones
ÍNDICE
1 Alfonso Reyes o la continuidad del saber, por Jordi GraciaSobre la bibliografíaNota para esta selección
2 MÉXICO, MADRID, PARÍSCartas a Pedro Henríquez UreñaEl reverso de un libro (Memorias literarias) [fragmento]Apuntes sobre AzorínCartones de MadridLas roncasCanción de amanecerValle-Inclán, teólogoGiner de los RíosHuelga (Ensayo de miniatura)Ramón Gómez de la SernaEn la casa de GarcilasoCarta a José María Chacón y CalvoParís cubista (Film de «Avant-Guerre»)Los libros de notasMontaigne y la mujerSobre EsproncedaApuntes sobre José Ortega y Gasset [1916-1922]Juan Ramón y los duendesLa Residencia de EstudiantesCarta a Valery LarbaudCalendarioLa melancolía del viajeroRomance viejoUn apunte sobre Eça de QueirozCompás poéticoEN AMÉRICA LATINADiscurso por VirgilioA vuelta de correoNotas sobre la inteligencia americanaLA EXPERIENCIA LITERARIAJacob o idea de la poesíaApolo o de la literaturaCategorías de la lecturaLas jitanjáforas [fragmento]Meditación sobre MallarméCarta a José María Chacón y CalvoLos estímulos literarios [fragmento]El deslinde [fragmento]Carta a José María Chacón y CalvoArma virumque (El creador literario y su creación)Carta a José María Chacón y Calvo
JORDI GRACIA
ALFONSO REYES O LA CONTINUIDAD DEL SABER
EL ALFONSO REYES que llega a París con veinticinco años, en 1913, lleva ya mucha y muy agitada historia encima. Acaba de vivir las primeras sacudidas dramáticas de la revolución en México en una familia comprometida contra el proceso revolucionario: en él habrá perdido la vida su padre, su hermano se exilia forzosamente y a él no parecen quedarle muchas ganas de seguir en un equívoco político en el que está familiarmente atrapado. En 1913 es un exiliado voluntario cuya imagen en México está asociada a la contrarrevolución que derrocó a Madero. En el fondo ha huido de la revolución que él mismo había anhelado desde la juventud y no se sentirá capaz de reasumir su compromiso con la misma hasta el golpe que derroca a Carranza en 1920 y habilita el poder para quienes habían sido sus antiguos amigos en el Ateneo de la Juventud desde 1909, entre ellos José Vasconcelos, nombrado rector de la Universidad Nacional.
Está ya en Madrid desde 1914 precisamente porque teme quedar atrapado en el sello político de su familia. La licenciatura de Derecho terminada a toda prisa en 1913 sirvió para escapar de las redes políticas de su país, y algunas de las formidables cartas a Pedro Henríquez Ureña expresan sin tapujos el sentimiento de invalidación que significaría la profesión política para su vocación de intelectual. El asesinato de su padre, gobernador de Nuevo León, aconseja al joven la fuga hacia París para llegar a Madrid enseguida, en 1914. Y es que la complicidad original del general Reyes en el inicio de la revolución se ha convertido en conspiración contra Francisco Madero desde 1912. La revolución mexicana estará en pleno proceso de marcha y contramarcha al menos hasta 1920, y Alfonso Reyes ha sido desde 1909 uno de los activos miembros, oxigenantes entonces y legendarios hoy, del Ateneo de la Juventud, junto con los citados José Vasconcelos o Pedro Henríquez Ureña: «Ya triunfó la Revolución […]. Nos espera una época agradabilísima y de civismo serio», le escribe al dominicano en junio de 1911, cuando todavía Francisco Madero y su padre son aliados. Alfonso Reyes cree que Madero «trae propósitos de fundar Universidad a la gringa, con edificios extramuros y fondos particulares». Y no quiere quedar fuera de ese proyecto: asume en 1912 responsabilidades universitarias y es secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, semilla de la futura Facultad de Filosofía y Letras, pero la rebelión que inicia su padre contra Madero va a cambiar su destino personal. El intento de golpe fracasa, Madero le conmuta la pena de muerte pero desde la cárcel el general Reyes conspira en un nuevo golpe de fuerza e intenta una nueva sublevación. Ese mismo 9 de febrero de 1913 muere alcanzado por la metralla al intentar la toma del Palacio Nacional, cuando empieza la decena trágica que acabará también con la vida de Madero dos semanas después, fusilado por el general que se hace con el mando del golpe de Estado, Victoriano Huerta. Reyes deja de ser secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios el 28 de febrero de 1913, muertos ya tanto su padre como el presidente Madero. En agosto de ese año inicia su exilio en Europa, como si huyese de las agudas contradicciones en que anduvo su familia (porque su hermano Rodolfo había estado activamente implicado en el golpe contra Madero que libraría a su padre de la cárcel) y quizá como si huyese también de los rumores de infancia: «Desde niño oigo hablar de que nos persiguen y nos quieren matar. Mi padre fue toda la vida una impopularidad potencial», le escribe el 16 de junio de 1914 a Henríquez Ureña, lo cual define de un modo doméstico el complicado papel que la familia Reyes desempeñó en los primeros tiempos de la revolución. Alfonso sólo se sentirá seguro cuando el presidente de México sea Álvaro Obregón y él mismo se convierta gracias a los amigos de juventud en diplomático en Madrid (pese a que en Madrid vive refugiado también su hermano, lo que rompe por completo sus relaciones personales)1.
ITINERANCIA FECUNDA
En todo caso, entre los veinticinco y los cincuenta años, Alfonso Reyes va a vivir el mundo desde fuera de México y lejos del Monterrey donde nació en 1889 —«toda mi ciudad de sol y urracas negras, de espléndidas y tintas montañas y de casas bajas e iguales», recuerda en sus Cartones de Madrid, de 1917—. En España rendirán sus frutos, en forma de liberación fecunda y expansiva, las amarguras vividas desde los once años en el rígido Liceo Francés de la capital mexicana, y multiplicará de manera vertiginosa una actividad que ha contado él, han contado otros a menudo, y quedó siempre como una etapa irrepetible en su memoria2. Con su buen amigo cubano José María Chacón y Calvo, que residirá en España entre 1918 y 1936, se cartea a menudo, y en los primeros años de Madrid Reyes le propone ser corresponsal de la Revista de Filología Española por encargo de Menéndez Pidal. El anzuelo determinante es su propia experiencia en Madrid: la síntesis de sus trabajos a la altura de 1917 es que «estoy tan ocupado que tiemblo por mí, sinceramente. Pronto le enviaré publicaciones mías. ¡Dioses! ¿Qué furia se ha apoderado de mí? Yo soy víctima de algo o de alguien que me va empujando por detrás. Digo como Horacio al Dios: “¿Adónde me llevas, lleno de ti mismo?”»3.
Pero conviene verlo más despacio, a pesar de que el lector encontrará algunos pedazos de la biografía de Reyes en Madrid en las primeras páginas de la antología, incluido un espléndido mosaico de relatos vanguardistas de ese mismo y vivísimo año 1917, Huelga. Pero no vale resumir esa actividad porque es desaforada. Quizá sí conviene reparar sin embargo en el acierto y el tino en la selección de sus aliados primeros, sus mejores amigos, y también en algún otro vector del muchacho de la alta sociedad mexicana que llega a Madrid con la necesidad de ganarse la vida, cuando aún no disfruta del empleo diplomático que tendrá desde 1920, como secretario de la Legación de México en España. Marcel Bataillon lo ha conocido el año anterior mientras toma una caña de cerveza con Américo Castro, y todavía lo percibe como un exilé besogneux4. Ninguno de sus contactos iniciales, empezando por el Ateneo de Manuel Azaña, será banal, y aunque haya querido recordar más de una vez su amistad con Azorín, quizá tampoco basta eso para percibir la implicación de Reyes en la sociedad literaria de la etapa más vibrante de la cultura española hasta entonces. Dicho de otro modo: Alfonso Reyes funge entre 1914 y 1924 como un escritor más de la nueva y potente hornada que va a inundar las prensas de materiales que son vanguardia y son cultura histórica, que son munición del nacionalismo liberal español, y son audacias de jóvenes atrevidos que preparan un futuro de solvencia intelectual y académica y alimentan las baterías de una industria cultural reconectada con la Europa del presente.
Por todos lados está o aparece el nombre de Reyes y a ninguno se le escapa la figura del escritor. Asiste a la tertulia de Valle-Inclán y también a la de Ramón Gómez de la Serna, acude al Teatro Real o ve a Adolfo Salazar. Hace numerosos encargos para las ediciones de La Lectura a través de Díez-Canedo, o para la colección de Saturnino Calleja. Organiza en 1923 con Juan Ramón Jiménez la revista Índice y publica en la colección de la misma la segunda edición de su Visión de Anáhuac (la primera apareció en Costa Rica, en 1917) y la primera de la Fábula de Polifemo y Galatea de Góngora, prologada y comentada por Reyes. Decide impulsar con José Moreno Villa y con Enrique Díez-Canedo (es el amigo «casi por antonomasia», le escribe a Valery Larbaud) la colección Los Cuadernos Literarios y no deja de acudir a la Residencia de Estudiantes como oyente de conferencias ni, desde luego, como amigo de varios residentes, ni renuncia a la metódica tarea de trabajar con mesa propia y aliado de Ortega y Gasset en el Centro de Estudios Históricos que dirige Ramón Menéndez Pidal, rellenar centenares de fichas bibliográficas, encargadas y revisadas, o informar de las novedades filológicas en las publicaciones del Centro y en la misma Revista de Filología Española desde 1915.
Es un filólogo accidental, pero lo es plenamente, como los demás, y por tanto también va al cine y escribe sobre cine, y con Martín Luis Guzmán inventa el seudónimo de Fósforo para las notas que alternan en España; escribe poemas y escribe prosas, y no sólo usa la prosa en su función ancilar (como explicará él mismo muchos años después) sino creativa, literaria, y sigue el impulso de creador que llevaba dentro desde México y que ni París ni Madrid van a borrar sino todo lo contrario: «Más que una obra, es una enfermedad», le dice a Valery Larbaud en 1923 mientras le manda Los dos caminos5. Algunos de los relatos nuevos y vanguardistas más felices de entonces (al decir experto de Domingo Ródenas) son del propio Reyes: los más antiguos desde México están recopilados en libros como El plano oblicuo, de 1920, y otros más recientes en libros como Calendario (1924), y el lector encontrará un par de microrrelatos tomados de este volumen. De hecho, es Ortega mismo quien lo involucra en las operaciones periodísticas más importantes de la década cuando decide encargarle una página de geografía e historia —lo que no deja de ser extraño: ¿escribía ya entonces de todo?— para el diario El Sol, y es Ortega también quien lo llama primero para la revista España y después, desde 1923, como colaborador natural de la Revista de Occidente, del mismo modo que Manuel Azaña ha requerido su colaboración para la revista La Pluma. En realidad, la pregunta habría de ser a la inversa: ¿dónde no estuvo Reyes, dónde no apareció su firma, a quién no conoció en sus primeros años en España, mientras todavía no tenía asegurada la subsistencia laboral por la vía diplomática?
Su actividad en el entorno del Centro de Estudios Históricos es igualmente trascendental, como va a serlo también veinte años después, cuando ayude en 1939 a los exiliados que ha conocido en su primera juventud (José Gaos, Adolfo Salazar, Moreno Villa, Díez-Canedo) y entienda esa ayuda como una forma de restitución de lo perdido. Su labor de filólogo y divulgador es muy intensa, con adaptaciones, que leyeron numerosos muchachos entonces, del Poema del Cid o del Libro de buen amor de Juan Ruiz, del teatro de Lope o la poesía de Quevedo. O aparece como defensor de la estética literaria de Góngora cuando todavía Góngora no es el estandarte de ningún grupo literario, allá por 1915, 1917, diez años antes de que se reúnan unos cuantos jóvenes en homenaje a Góngora… Muchos de los prólogos, artículos, notas, semblanzas, crónicas, visiones y recreaciones de esos años fueron a parar a las páginas de sus cuantiosos libros de entonces (o sobre entonces), y la vivacidad del estilo y la prosa son un rasgo dominante de esa producción literaria de papel, opinión, literatura y vanguardia… veloz.
El propio Reyes advirtió de la caducidad implícita en sus cuentos y diálogos de El plano oblicuo, de 1920. El libro lleva varios años traducido al francés por Jean Cassou pero no ha aparecido aún en Gallimard y «lo que sé es que me perjudica el paso de los años, y mi libro (escrito entre los años 1910-1914, y anterior al surréalisme) envejece por instantes, como acontece (permítame la palabra jactanciosa) con todos los precursores de las revoluciones!!». Por eso en 1929, todavía sin publicarse la traducción, le parece, «trasladado a la gran temperatura de Francia, un libro débil»6. Es el tiempo también de los ensayos y divagaciones de El cazador, escritos entre 1910 y 1920 y publicados en Madrid al año siguiente en Biblioteca Nueva, o las páginas de El suicida. Libro de ensayos, de 1917, impulsado por el suicidio de Felipe Trigo y leído con simpatía por Unamuno. De esta etapa proceden también los cinco volúmenes de Simpatías y diferencias, publicados entre 1921 y 1926, y son los materiales que reúne en un volumen de título ya tocado por la guerra, Las vísperas de España, en 1937: a él, a Pasado inmediato, de 1941, y a los Capítulos de Literatura española (primera serie, 1939, y segunda, 1945) fueron a parar muchos de esos trabajos que contaban y evocaban su paso por Madrid, el mundo que estaba dejando de existir.
Nada de eso desapareció, sin embargo, de su biografía intelectual, y es gran parte de la razón que anima a Reyes a trabajar en favor de los intelectuales republicanos desde 1937 en lo que será El Colegio de México —primero La Casa de España—, cuando sabe que el presidente Lázaro Cárdenas simpatiza con la idea. No va a olvidar a quienes conoció allí y devolverá la solidaridad activa a quienes fueron generosos ante sus «escasos recursos», cuando llegó a Madrid «en busca de un asilo, víctima de cosas semejantes»7. No es difícil entender que la década madrileña de Alfonso Reyes fue crucial, y manadero desatado de múltiples páginas de su obra, a veces en forma de autobiografía fragmentada. Cuando su vida esté ya en América de nuevo, desde 1927, cuando se mueva entre Buenos Aires y Río de Janeiro como embajador durante los años siguientes, seguirá cerca de España y sobre todo de los mejores amigos que hizo en España y también en Francia. Por eso Guillermo de Torre se permite felicitarlo, «por su porción española», unos días después de la proclamación de la Segunda República y a Enrique Díez-Canedo ha de confesarle en carta de unos meses después, en agosto de 1931, que «Madrid es una etapa central de mi vida, un peso definitivo en mi conciencia —lo mejor que me ha dado la tierra después de los años de mi infancia junto a mis padres». Y el tono se hace estremecido cuando han pasado los meses, la República ha entrado en una fase menos explosiva y la distancia a Reyes se le hace aguda: «Yo quiero volver, yo necesito volver, yo me quedé allá para siempre. Las luchas de ustedes son mis luchas; sus afanes son mis afanes». Apenas unos meses antes le había dicho lo mismo a Guillermo de Torre sin asomo de retórica, y expresaba desde Río de Janeiro, con la República recién iniciada, su sueño de volver a España porque «nuestra España, a cambio de cierta pobreza, nos da lo que sólo allí se encuentra»8.
El listado más completo y temprano de reseñas de sus obras o comentarios a propósito de sus actividades en Madrid apareció reunido en la primera monografía dedicada a su obra por Manuel Olguín en 1956, y es apabullante y sobre todo una guía meticulosa de los afectos que creó y guardó, a veces de manera realmente conmovedora. La historia de El Colegio de México está contada en varios lugares9, pero la microhistoria que reconstruyen los epistolarios se hace más prieta y densa todavía, por ejemplo, cuando Reyes escribe a Juan Ramón Jiménez informándole del curso de sus gestiones para acoger a los intelectuales en México (y eso sucede ya el 4 de marzo de 1937) o, mejor aún, cuando Reyes agradece a la altura de junio de 1945 el libro que le dedica Adolfo Salazar, Delicioso el hereje: «Otro lazo en nuestra amistad firme, vieja, cierta, necesaria y natural». Y es que la larga dedicatoria de Salazar valía como introducción a ese libro, como cuenta la editora de su epistolario, Consuelo Carredano. En ese par de páginas Salazar medita en torno a los bárbaros actuales y el sentido hondo de leer, seguir leyendo y seguir publicando en artículos las lecturas hechas, cuando «el aire de México, el sol que llama temprano a mi ventana, tienen una claridad radiante»: «Si se les hubiese dicho [a los bárbaros] que el honesto deleite y el ocio digno eran fines más nobles [que el trabajo], quizá hubieran cambiado por un ideal de silencio su criminal garrulería»10. Ni una ni otra vieja amistad, como tampoco la de Gaos o la de Díez-Canedo, Guillermo de Torre o Moreno Villa, sufrirá la quiebra de lealtad que un Ortega mal aconsejado (o muy desorientado) propició tras la guerra civil.
A España ya no va a volver más. Su profesión de diplomático es una rueda de destinos como embajador desde 1927, en que reside en Buenos Aires y allí entra en contacto con los jóvenes nuevos, los que están haciendo Sur desde 1931, mientras en Madrid nace la Segunda República o en Barcelona el futuro fundador de Editorial Sudamericana, Antoni López-Llausas, crea la editorial y librería Catalonia… Pero es noticia de nuevo demasiado breve porque la etapa entre 1924 y 1927 es densa en encuentros, reencuentros y felices nuevas amistades en Francia, extensamente contadas en el libro de Paulette Patout Alfonso Reyes et la France. La primera de todas, la de Valery Larbaud, pero no sólo Larbaud: también relató esta etapa en numerosos artículos y hasta cedió algún episodio menor, como la emoción de vivir en la misma finca en que murió Proust, en la rue Hamelin, y compartir los recuerdos de los vecinos… Como en el caso de España, tampoco son vivencias de tránsito porque se quedan en la biografía intelectual de un viejísimo devoto de Mallarmé (sería en 1923 el impulsor de los famosos cinco minutos de silencio que recoge la Revista de Occidente), al que no olvida y a quien no deja de leer y comentar en los años posteriores, como sucede con Góngora o con Goethe. Fue también ese ámbito revisitado tras los meses en París de 1913 el que propició un impulso creador y valiente, innovador y atrevido que puede verse en la semblanza de la ciudad que tituló «París cubista», o sus reflexiones sobre Montaigne o sobre el mismo Proust, su amistad con Fouché-Delbosch, con Marcel Bataillon o con Jean Cassou. Por algo se burló de sí mismo, un poco harto de la vida social, cuando se llamó «cupletista a la moda»11 mientras residía en París.
DE REGRESO A AMÉRICA
Pero el quiebro central de su biografía es el regreso a América desde Europa y su residencia prolongada casi una década más en dos nuevas capitales como embajador. Llega a Buenos Aires para vivir entre 1927 y 1929 encantado de lo que él mismo llamó, en su «Saludo a los amigos de Buenos Aires» de la revista Nosotros, «la gitanería dorada de la diplomacia». Entra en contacto con los jóvenes escritores, con Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo o Eduardo Mallea, pero en privado se siente también desplazado y demasiado solo «en la margen del Plata (¡cosa monótona y triste si las hay!)». A pesar de haber fundado la colección Cuadernos del Plata con obras nada menos que de Jorge Luis Borges, Ricardo Güiraldes o Ricardo Molinari, le pide a Larbaud en marzo de 1929 que «no me olviden mis amigos de París, porque me muero de frío. Aquí todo es pálido y liso. Mi tierra vale mucho más que esto en todos los sentidos. Pero yo prefiero a todo vivir en Francia, y sueño con irme allá definitivamente algún día»12, aunque sueñe un año y pico después con regresar a Madrid, porque París y Madrid son dos nombres casi intercambiables para un único sueño, Europa. Sin embargo, desde 1930 está en Río de Janeiro y todavía tuvo que volver a Buenos Aires, entre 1936 y 1937, que es cuando deja de confeccionar una especie de revista unipersonal iniciada en Río, «órgano de relación con el mundo literario» o «carta circular a los amigos» que llamó Monterrey. Es un correo literario del que aparecieron trece números entre 1930 y 1936, que sirvieron para hacerlo presente en México y en toda América a través de artículos y notas que mandaba expresamente a sus amigos y rebajaban la asfixia formal de sus labores diplomáticas13.
Pero la vuelta a México en 1939 es complicada, primero porque llega después de veinte años de ejercicio diplomático, segundo porque regresa con la autoridad de un hombre prolífico, crecido y acogido en las élites de la vida política y la vida literaria, y tercero porque nunca ha dejado de estar allí, y eso mismo es casi lo peor… Ese año está atravesado de amarguras, y alguna página de sus diarios de 1939, entresacada por Alicia Reyes y otros estudiosos, traslada un Reyes desnudo e insospechado fuera de la veladura simbólica de los versos. Algún artículo publicado, como «Pro domo sua», de 1952, no puede ser más claro al atrapar la sensación del propio Reyes cuando conoce al otro Reyes que han construido en México algunos, «un yo que yo apenas conocía, un tipo engreído, inaccesible, criado en aire de invernadero, y que apenas resistía la democrática experiencia de cruzar la calle». Hacia 1938, en sus cartas a José María Chacón, está desesperanzado, pese a su proximidad cordial al presidente Lázaro Cárdenas, y lo último que desea es «volver otra vez a reimpregnarme en un medio que, después de todo, ya se consideraba asimilado y superado»14. Durante ese año 1939 rescata los libros que hasta entonces custodió su suegra y construye la «biblioteca con anexos» que habitará hasta su muerte y pronto se llamará por ironía de Enrique Díez-Canedo capilla Alfonsina. En adelante, e invenciblemente, no faltará ya la miopía que «lo acuse de dar la espalda a México» por haber dedicado su tiempo a griegos y franceses, a españoles y alemanes, o por haber emprendido la traducción de la Ilíada… La frase entrecomillada la escribe Octavio Paz tan tarde como en 1949, porque sabe demasiado bien que ese había sido un recelo o un resentimiento que seguirá vivo todavía, cuando es ya un autor mexicano dentro de México.
Si tiene razón, como suele, George Steiner y Reyes pertenece a la familia «de diplomáticos poetas y peregrinos letrados», el hecho le pasó factura. Tanto Reyes como los fundadores de Contemporáneos (Villaurrutia, Jorge Cuesta, Gorostiza, Torres Bodet) conocieron el recelo o la desconfianza de sus sociedades literarias, y en 1932 Reyes mismo viviría el episodio más agudo de esta incomprensión. Aprovechó un ataque periodístico de escasa entidad para redactar una suerte de autodefensa razonada y emotiva de su función intelectual, mientras todavía permanecía en su destino diplomático de Río de Janeiro. Con el intencionado título de A vuelta de correo, y a vueltas con su propia biografía itinerante, es una de sus más explícitas apologías de la cultura humanística como instrumento de civilización para su país y América entera. Pero también era el preludio de las asperezas que iba a sentir desde 1939, y el lector encontrará el texto en la antología como muestra desarmante y directa de la dureza de la costra nacionalista —de México o de aquí, de cualquier sitio— y lo que el propio Paz identificará como el vicio de creer que «ser mexicano consiste en algo tan exclusivo que nos niega la posibilidad de ser hombres a secas»15.
Y sólo un año atrás, con escasa resonancia también, había aparecido en Río de Janeiro su Discurso por Virgilio, reproducido después en Monterrey (del que habla largamente en A vuelta de correo) y también en Contemporáneos en febrero de 1931. Todo él es otro alegato no tanto por la latinidad cuanto por una manera abierta y fecunda de entender los estudios humanísticos y la formación del ciudadano, ajena a las estrecheces patrióticas y los enredos domésticos: «¿Qué diría Platón del mexicano que anduviera inquiriendo una especie de bien moral sólo aplicable a México?». Toda su lección es de porosidad y es una lección pensada contra la proliferación de patriotismos viscerales, de allí sin duda, pero de la misma Europa también, «comida de su polilla histórica»: «Hace muchos siglos las civilizaciones no se producen, viven y mueren en aislamiento, sino que pasean por la tierra buscando el lugar más propicio, y se van enriqueciendo y transformando al paso, con los nuevos alimentos que absorben a lo largo de su decurso». Llevaba más de quince años fuera de México y todavía lo estaría algunos más: el futuro posible de América pasa por la capacidad de comprender, de seleccionar y atender, «de vivir alerta, de aprovechar y de guardar todas las conquistas».
La lección del optimista se mezcla con la lección del humanista frente al catastrofismo o la atonía, bajo el ejemplo y la invocación de Virgilio, pero también bajo su propia experiencia de observador y partícipe activo de otras culturas. Igual de grotesca es la españolada que el mexicanismo profesional, y de ahí que en septiembre de 1936 formule de manera concisa algunas de las condiciones de una maduración cultural de América Latina. La primera de todas, asumir que ha llegado tarde a la civilización occidental y que entre sus deberes está la aceleración del proceso de absorción: «América vive saltando, apresurando el paso y corriendo de una forma a otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente». Ese avance a saltos se explica porque la tradición ha pesado menos que en Europa, «pero falta todavía saber si el ritmo europeo […] es el único “tempo” histórico posible; y nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura», como escribe en esas Notas sobre la inteligencia americana de 1936 que también encontrará el lector un poco más adelante. Y aunque un desalentado y acre José Bergamín, ya en México, crea que todo está por empezar —«si en Europa el hombre se deshumaniza, aquí no puede: porque no se ha humanizado todavía»—16, el propio Reyes fue una de esas partículas aceleradoras fundamentales y lo hizo con plena conciencia de rendimientos intelectuales al reunir desde entonces diversos ensayos admirables en torno a La experiencia literaria (Coordenadas) en 1942. Los que afectaban a la América de los últimos veinte años fueron a parar a Última Tule, del mismo 1942, y dejó para esta etapa un empeño mayor, la originalidad reflexiva e interpretativa de El deslinde (1944), subtitulado Prolegómenos a la teoría literaria porque había de ser el inicio de un vasto proyecto que no llegó a culminar.
La recepción o la percepción de Alfonso Reyes en España es muy distinta. Su relevancia en México sólo sería comparable a la de Ortega en España, y no digo Unamuno porque la vivencia de la guerra y el franquismo son decisivos en las semejanzas y disimilitudes. Alfonso Reyes es hoy, en la conciencia cultural española, responsable decisivo de la acogida que vivió desde 1939 el exilio gracias a El Colegio de México (y a pesar de que competía y en el fondo rivalizaba con el Centro Español que existía ya en la capital mexicana). Esa memoria ha sido activa y firme en nuestro imaginario, y se agranda a medida que conocemos más datos de sus múltiples operaciones, entre páginas de epistolarios que lo aluden constantemente con uno u otro pretexto. El exilio entendió muy bien la labor esencial de Reyes desde 1939: reencarnar en México lo que la guerra había devastado y reencarnar como fuera posible las actividades de una élite intelectual en tierra mexicana. Un Centro de Estudios Históricos mezclado con una École d’Hautes Études (como sugiere Marcel Bataillon) podía resucitar en México en forma de El Colegio de México17. Reyes cesa en su actividad diplomática en los momentos en que termina la guerra civil y es ya un hombre mayor y respetado: quizá entre las muchas interrupciones culturales que la guerra causó, una más es la disolución de Reyes como escritor en la cultura española contemporánea, como si no hubiese sido uno de los más activos colaboradores del Centro de Estudios Históricos, como si no hubiesen creído que era un español más embarcado en las labores del nacionalismo liberal de los años veinte, como si no hubiese sido su amistad con Azorín o Enrique Díez-Canedo, con Ramón Gómez de la Serna, con Max Aub, con Guillermo de Torre o con José Gaos un pedazo central de nuestra historia reciente.
Como tantos otros, tampoco Luis Cernuda pudo agradecer públicamente la ayuda financiera mensual que le facilitó El Colegio de México en los años cincuenta para redactar los Estudios sobre poesía española contemporánea o su otro gran conjunto de ensayos de entonces, Pensamiento poético en la lírica inglesa. Reyes desaconsejó la dedicatoria que Cernuda quería anteponer al libro porque era norma de la casa evitarlas18. Todavía no sucedía así en los primeros años, los más urgentes, del exilio protegido en México, y José Gaos es sin duda el más trascendental personaje de esta primera etapa: allí adquiere la conciencia de ser un trasterrado, mejor que un desterrado, y así lo explica tan tempranamente como en 1940, cuando ha decidido aceptar la oferta de Reyes de programar al menos un año (pero será un año renovado ya indefinidamente) de cursos filosóficos, y lo mismo sucede con Adolfo Salazar en el ámbito de la música. Sólo cuatro años después, cuando Gaos ha preparado ya una gran Antología del pensamiento de lengua española en la edad contemporánea (Séneca, 1945), redacta una dedicatoria tan contundente como expresiva sobre el valor civil y político de Reyes pero también sobre su obra: «A Alfonso Reyes, representante por excelencia de la nueva unidad histórica de España y la América Española, y en ella de una de las figuras humanas esenciales: la del humanista». Era Reyes el último autor seleccionado de la antología —el último de los españoles es Ortega, después de Menéndez Pelayo, Giner de los Ríos y Unamuno— y comparecía en ella con tres capítulos de El deslinde. Nada había semejante en las letras hispánicas, ni nadie pensaba así la literatura tampoco, y Gaos sabe que por primera vez en lengua española alguien abordaba una «filosofía de la literatura», como le escribe por carta en 1945 y suscribió también tras su muerte en otros trabajos19.
Lo significativo sin embargo es que Gaos cuenta con él como «la más alta manifestación personal y viva de la misma [unidad]»: en esas cursivas que pone el propio Gaos van muchas cosas implícitas, pero la más importante de todas afecta a Ortega y Gasset y a un amargo enredo que involucró al exilio español y a Reyes, de un lado, y a Ortega y al franquismo del otro. Esas cursivas señalan que quien ha mantenido la lealtad a un ideal de vida noble, de estirpe liberal y libre de toxinas viciosas, ha sido Reyes con su apoyo a los exiliados. Y a pesar de que Ortega siga siendo Ortega, su regreso a Europa en 1942 ha causado una decepción demasiado honda como para que la estimación del exilio no se desplace, al menos en el caso de Gaos y de Guillermo de Torre, de José Bergamín y de quienes fundan los Cuadernos Americanos en 1942, desde Ortega hacia Reyes por su ejemplaridad, su generosidad y su lucidez: «Un Maestro que me ha concedido su amistad íntima», escribe Gaos, «el espectáculo de grandeza que ello representa en una de las dimensiones humanas esenciales, la intelectual, ha sido uno de los órganos regulativos de mi vida —permítame usted que le llame así: porque en España lo fue don José Ortega y Gasset, en América ha venido siéndolo usted»20.
No será Gaos menos expresivo en 1947, en otra carta pública conmovedora: a México ha llegado la noticia de una entrevista a pie de obra que Armando Chávez Camacho ha hecho a Ortega, que está en San Sebastián en 1947. Allí Ortega ha hablado de «la porción de tonterías» que ha hecho Reyes y eso ha salido en El Universal del 15 de septiembre. Una semana después, Gaos puntualiza con amargura profunda que el afecto que ha tenido siempre por Ortega no ha de hacer dudar a Reyes sobre su posición actual: «Qué hondo y sincero pesar encontrarnos empujados hacia la pérdida de un respeto que creíamos necesario», después de haber tenido que defender tantas veces «el silencio de Ortega en años anteriores, aduciendo razones que nos parecían las suyas mismas: que cuando los hombres están lo bastante locos para no querer oír, el intelectual no tiene nada que hacer, porque su hacer es decir»21. La carta de Reyes a Ortega, dos días después de hacerse públicas sus declaraciones, ha sido en parte reproducida y contiene alguna línea profundamente amarga para justificar que «mi único delito consiste en haber procurado un techo para aquellos compañeros que usted mismo educó y embarcó en la aventura, pues sólo me he ocupado en los que pertenecían a nuestra familia». Y por familia hay que entender que no ha acogido bajo el paraguas del Colegio de México a los comunistas ni radicales de ningún signo, y es eso mismo lo que ha hecho de Reyes «víctima de los ataques de ambos extremos. Es nuestro destino común. Creí que usted, desde allá, lo percibía»22.
En todo caso, la estima de Ortega por Reyes no debió de ser muy grande, o eso percibió el propio Reyes. Cuando Ortega visitó Argentina en 1928 salió de allí sin despedirse de Reyes, pese a haber disfrutado de una hospitalidad incluso extraordinaria, a la vista de la carta que Reyes escribe a Amado Alonso contándole su melancolía a propósito del comportamiento de Ortega. En la traducción que publicó Barbara Bockus Aponte, Reyes apunta que «this man has always been very strange in his manner with me»23, pese al buen entendimiento al que llegaron en otros aspectos humanos y que Reyes contó donde tocaba, en un Anecdotario publicado póstumamente por su nieta Alicia Reyes en 1968 e incorporado después al tomo XXIII de las Obras completas, titulado Ficciones.
A la altura de 1947, sin embargo, Reyes está acumulando más problemas y tristezas, y quizá Ortega no está entre sus preocupaciones fundamentales (sobre él volverá a escribir con la ecuanimidad y probidad habituales…). Ha estado este tiempo, como dice tan expresivamente a su amigo Chacón, «moribundo»: «Cinco meses de cama o, al menos, de reclusión, trombosis coronaria, espada de Damocles, recuperación relativa, salud mentirosa, vida pendiente de un hilo, y así sigo aunque ya lo bastante valiente para preguntarte por tu vida»24. Y el siempre chismoso epistolario de Pedro Salinas y Jorge Guillén cede de nuevo una percepción privada del personaje particularmente valiosa. Ya en 1950, Salinas no llega a entender que un hombre como Reyes, «tan mesurado y grecolatino», pierda algo de su imagen pública, de su «figura, su persona histórica». Pero es que Guillén no había ahorrado nada al narrar la hirsuta reacción mexicana ante la proyección de Los olvidados de Luis Buñuel —«¡Majadero nacionalismo, qué peste!»— y derivar por ahí hacia la tristeza de Reyes, «muy activo en su Weimar —El Colegio de México— consolándose así de su apartamiento de la Acción, vibrante, combativo y amargo. (Se siente solo, no admirado por su Patria. Y de ahí, incesantes recriminaciones amargas)»25.
De algunas de esas recriminaciones no llegó a enterarse, y mejor así. Apenas tres meses antes de su muerte, Jorge Luis Borges come en casa de Bioy Casares, como solía hacer varias veces por semana en los años cincuenta. Es un 5 de octubre de 1959, es lunes y esta vez la conversación es larga y está minuciosamente anotada por Bioy. Se ocupan de asuntos tan diversos como la narrativa de Arnold Bennett —porque le chiflaba a la abuela de Borges— o de la tradición «de libros de maestro y discípulo». Se han remontado esa misma tarde hasta la vida de Apolonio de Tiana escrita por Filóstrato y han reparado sin piedad en una anécdota sexual que pagaba un favor político y un delito… Pero es Bioy quien se acuerda entonces de Alfonso Reyes con una sorna que rebaja la estima que públicamente le profesaba (según cuenta Octavio Paz en sus cartas de los años cincuenta). A Bioy le admira que al parecer Alfonso Reyes «lo incluye todo en sus obras completas», y para entonces lleva ya diez gruesos volúmenes editados y preparados por el propio Reyes. No parece tampoco que hayan visto ninguno, pero la burla sanguinaria salta enseguida: «¿Habría que felicitarlo —se pregunta Borges— por la manera en que busca el olvido? Los estudiosos no tendrán nada que hacer; ya estará todo servido y por demás, ad nauseam. ¿O habrá que felicitarlo porque sabe que sólo mostrándose como un ser absurdo se logra la inmortalidad?». Enseguida Bioy se hace eco de otro de los chismes que tanto le gustan —«Marcos Victoria me dijo que Ortega llamaba a Reyes el Tontín»— y remata la página con otra maledicencia, pero esta procedente de un viejísimo amigo de Reyes, aliado de batallas intelectuales y políticas al menos desde 1906, el dominicano Pedro Henríquez Ureña. Bioy pone en su boca otra frase para la posteridad caudalosa de la obra de Reyes: «Bueno, lo malo es que no hay obra»26.
Con el inicio de la edición de las Obras completas de Reyes en 1955, Borges había redactado una página donde Reyes figura no como el primer ensayista sino como «el primer hombre de letras de nuestra América», y por tanto, «menos que un individuo, es ya un arquetipo». Al año siguiente de su muerte, Borges incluye en El Hacedor un poema titulado «In memoriam A. R.» —a Reyes la Providencia le dio no el sector o el arco sino «la total circunferencia», dicen los versos— y ocho años después, en la revista Life, la contundencia aumenta para señalar el 11 de marzo de 1968 que «para mí el mejor prosista de la lengua española de este y del otro lado del Atlántico sigue siendo Reyes». Cuando piensa en la perduración de su obra, matiza mejor y puntualiza que «suponiendo lo más triste, que no perdurara nada de ella, cosa que no creo, siempre perdurará el ejercicio de la prosa». Y después un paso más, algo alucinante: «Si tuviera que decir quién ha manejado mejor la prosa española, sin excluir a los clásicos, yo diría inmediatamente: Alfonso Reyes»27. Son hipérboles desasosegantes, en la línea de exageración neutralizadora de esas otras efusiones de Borges por la obra de Rafael Cansinos Assens o de Manuel Machado, e incluso la imagen de la circunferencia tiene una resonancia incómoda para un hombre a quien Melchor Fernández Almagro describió «menudo y redondo» en un artículo de Cuadernos Hispanoamericanos en 1951 y a quien Juan Ramón Jiménez había descrito en un hermoso retrato de 1933 como «hombre breve y lleno» cuyas dos caras no miraban al pasado y al presente sino que eran «dos en una y en fundición general esférica, giratoria, presente, con eje en la médula espinal»28.
Esas apreciaciones contradictorias, y a pesar de los distintos registros de cada una de ellas, anticipan algo de la problemática memoria de Alfonso Reyes más allá del respeto por la magnitud de una obra intelectual inabarcable. Es un asunto crónico y algo fastidioso porque la obra de Reyes es desde luego ingente pero el juicio de sus aciertos es evidentemente incontestable en términos de crítica literaria, de reflexión filosófico-literaria, en términos de divulgación y quizá en el más puro de todos, que acertó a expresar George Steiner a pesar de su escasa (y confesada) familiaridad con la obra de Reyes: «Casi me atrevería a decir que él era, en un sentido maravilloso, un amateur, si recordamos lo que la palabra significa: amatore, un amante. A partir del Renacimiento, el amateur no era un crítico sino algo complementario de la universalidad y el ecumenismo del amor y de la simpatía. Vivimos ahora un clima mucho más amargo y más estrecho, ya sólo a muy pocos les está permitido ser amateurs, pues estos son castigados por sus pasiones». Quizá también Alfonso Reyes lo fuera, y acabase jugando en su contra la curiosidad militante por lo clásico y lo nuevo, lo de hoy y de ayer, de aquí y de allí, y la pulsión de contarlo y decirlo, editarlo y repartirlo, difundirlo y hacerlo vivo como instrumento de felicidad, o de sabiduría moral y utilitaria para vivir mejor29.
A todos los prolíficos les espera antes o después una mezcla de cicatería y fatiga, de desatención y reticencia, como si no hubiese manera de escapar del destino de desdén ante el exceso, la proliferación, la sobreabundancia de una obra. Es posible que Reyes llevase por mucho tiempo esa marca invisible —el polígrafo prolífico…— y puede que también se haya hecho antipática la sobreprotección paternal de Reyes por su propia obra: desde mucho antes de cumplir los cuarenta años piensa ya en el proyecto de reunirla en unas obras completas, poco después emprende las publicaciones del Archivo Alfonso Reyes y, a veces, ese afán recolector le lleva a poblar los volúmenes de las completas, u otros tomos sueltos de su etapa de madurez, con títulos como Briznas, Astillas, Residuos, Reliquias y otras metáforas de lo provisional o secundario. Parece una carrera de la ansiedad contra la amenaza del olvido o del menosprecio, y simultáneamente es también el cumplimiento de un afán autorreivindicativo, particularmente agudo desde su regreso a México en 1939, pero no sólo entonces. El púdico decoro de su figura pública no llega a ocultar hoy, a la luz de sus ya numerosos epistolarios publicados, la urgencia sentimental de un hombre que se sintió querido fuera de México y menospreciado en México, el mismo México del que huyó con veinticinco años para iniciar algo parecido a un exilio. En México es percibido demasiadas veces como poco mexicano, en España es casi confundido con un español, por dentro se siente un poeta sin la plenitud soñada, la narración pura ha ido siendo cada vez más escasa… Hacia fuera, sin embargo, su nombre proyecta autoridad en el sentido fuerte y fecundo de la palabra: es decir, con un ejercicio generoso y no autoritario de su autoridad moral y literaria.
La ansiedad por una obra fatal e intensamente dispersa desemboca en el primer volumen de sus Obras completas porque aspira así a «acercarse a la Unidad cuanto sea posible», según escribe en los preliminares del primer volumen, en 1955. Quizá desde este ángulo mixto entre lo público y lo privado se entienda mejor la rara observación de un gran poeta como José Emilio Pacheco a propósito de la memoria intelectual de Reyes. En 1989, cuando se celebra el centenario de su nacimiento, Pacheco anotaba en un artículo para el diario Proceso la dificultad de escribir sobre Reyes. Había que hacerlo «siempre a la defensiva», como si suscitase resquemores a tantas bandas que nunca había plena seguridad de estar entre lectores respetuosos de su legado o de su obra30. Octavio Paz no había olvidado en 1949, cuando acaba de publicar Libertad bajo palabra con ayuda de Reyes, algo de la incomprensión que un sector intelectual de México demostró hacia su labor de civilización quince años atrás, y Rafael Gutiérrez Girardot quiso subrayar en su estudio preliminar a Última Tule, en 1990, que el fondo de un proyecto civilizador está en la depuración de la asfixiante huella católica por la vía de la difusión utilitaria de la Antigüedad grecolatina, la cultura clásica acosada y marginada en la América hispana frente a la cultura católica: «El descubrimiento de Grecia debía encauzar en la educación y en la vida social las fuerzas y esperanzas que desató la Revolución Mexicana»31. La cultura clásica era un programa moral contra el peso represivo de la tradición católica y era una garantía de ensanchamiento y curiosidad inquieta y gratuita, una forma de aprender a ver el mundo fuera del propio corral. Un reciente estudioso lo ha dicho con contundencia a partir de Visión de Anáhuac y otros textos reunidos en El suicida, ambos de 1917: el trabajo de Alfonso Reyes es «mucho más revolucionario que el de sus contrapartes nacionalistas», y sugiere que su impregnación en la cultura española es lo que «constituye el archivo privilegiado que Reyes utilizará para contrarrestar las ideologías nacionalistas»32.
Por eso creyó siempre que en América podía alentar la última esperanza o el último refugio de la esperanza (que eso significa última tule) de un proyecto de civilización solvente y estable, como si la lección de las catástrofes europeas del siglo XX hubiese de valer de guión o pauta para un proyecto de civilización más seguro o, en todo caso, más capaz de cumplir las promesas que entregaba por escrito desde hacía dos mil años la Grecia clásica que tanto frecuentó Reyes y la misma tradición occidental. Su estudio y divulgación tenían un objetivo práctico, utilitario, político: acercar a América un sueño humanista de realización plena. Y ese rasgo utópico es quizá uno de los vértices más secretos de una actividad tan hiperactiva como la suya: la entrega de los materiales que habrían de hacer mejores las vidas de los lectores. Vale tanto para el lector que ignora quién es Gómez de la Serna como para el que necesita leer el Poema del Cid prosificado, vale tanto para el lector actual de la Ilíada como para quien pueda aprovechar la diáspora de la inteligencia republicana tras la guerra española. Reyes pensó alguna vez, entre las páginas de un diario todavía en su mayor parte inédito, que el sacrificio de su voz más veraz y dramática —la del dolor y el llanto, la del quebranto y la pena— debía servir para aumentar el caudal de saber disponible, debía servir para hacer más felices a los demás: más sabios.
VIGENCIA DE UN ESCRITOR Y ENSAYO DE UNA ANTOLOGÍA
Lo que no es tan seguro es que en España perviva la conciencia del Reyes escritor y ensayista, a pesar de que algunos de los autores más relevantes del ámbito hispánico han sido deudores explícitos de su magisterio o de su colaboración. Nadie ha olvidado que La región más transparente de Carlos Fuentes debe su título a uno de los textos más celebrados de Alfonso Reyes, Visión de Anáhuac. El arco y la lira, de Octavio Paz, ha sido uno de los ensayos más influyentes en nuestras letras del último medio siglo, y ese libro se abre con una explícita nota de agradecimiento a Reyes en términos nada retóricos aunque sí algo rimbombantes a propósito de varios ensayos que «me hicieron claro lo que me parecía oscuro, transparente lo opaco, fácil y bien ordenado lo selvático y enmarañado. En una palabra: me iluminaron». No son desde luego virtudes menores de un ensayista: hay en esa página de reconocimiento una excelente medida de lo más perdurable hoy mismo del ensayista Alfonso Reyes, objeto preferente de esta antología, y en particular el ámbito estético y literario.
Estas son algunas de las razones por las que la selección de textos quiere rehuir la reproducción en miniatura del macrocosmos de las Obras completas de Reyes. He optado por dar una inventada coherencia interna al libro, con su larga cuota de sacrificio de otros Reyes posibles, como el narrador ficticio o semificticio o el divulgador de la Grecia clásica o de la actitud vital de Goethe. No aspira a ser un microcosmos de su obra sino sólo una antología posible armada en torno a tres ejes: su vinculación intelectual y biográfica con la España de la Edad de Plata, como crítico, escritor y personaje de su vida literaria; su papel como repensador de América Latina, y, por fin, su exploración de La experiencia literaria tal como aparece en su libro así titulado y en El deslinde, que no es un ensayo sino un acercamiento metódico y muy trabado a la teoría literaria. Las lecciones de un lector están por todas partes en su obra, pero las que recojo aquí quieren mostrar el brío de prosa y libertad de un lector que disfruta de los clásicos y los modernos desde una locuacidad irreprimible y juvenil. En la madurez, sin embargo, prefiere atrapar y sistematizar el sedimento teórico y reflexivo de esa frecuentación literaria. Mientras tanto habrá ido haciendo miles de cosas y se habrá ocupado de centenares de libros, habrá traducido a Chesterton y a sus clásicos griegos y habrá explicado la Antigüedad grecolatina, habrá hecho exploraciones minuciosas en el pasado americano y habrá seguido atento a la actualidad política como diplomático en activo, y nunca habrá renunciado a la vocación secreta y mágica de seguir siendo poeta ni tampoco al uso literario, narrativo, de la prosa.
Pero no aparece aquí nada de eso, o apenas nada, por imposibilidad material de incrustarlo en una antología limitada y esencialmente divulgativa como es esta. Adolfo Castañón anotó que Eugenio d’Ors fue uno de los «maestros secretos»33 de Reyes, y la observación ha de enlazarse con una estrategia habitual del escritor: la aptitud para trepar a la abstracción desde la agilidad del relato, la aptitud para mostrar la bonhomía de Giner de los Ríos o la peculiaridad de Valle-Inclán con unos cuantos retales de sus figuras humanas. Pero también la intuición con la que encuentra en sus trabajos más ásperos la cita oportuna, el modelo de referencia, los versos que ilustren el caso teórico que explica, y nunca limitado a una sola tradición literaria ni a una sola época. Quizá el dato decisivo de sus mejores páginas está en el equilibrio de un escritor que entrega una mirada empapada de experiencia de lector feliz con memoria prodigiosa, y muy renuente al palmetazo o la lección ejemplarizante (eso lo separa tantas veces de Eugenio d’Ors como la suntuosidad retórica aleja a Ortega de la prosa más habitual de Reyes). Al contrario: su estilo de pensar es compartir. Busca la generosidad difundidora antes que la rectificación o la condena. Ese don conciliador que tantas veces se le ha reconocido está también como actitud crítica en su prosa de ensayista: conciliar desde una comprensión respetuosa de lo examinado, sin perder de vista el objetivo final de explicar claro lo complejo. Lo dijo en una frase con aire improvisado en 1924, a instancias de un periodista de México: «Yo siempre escribo bajo estímulos —¿cómo diré?— constructivos»34. Porque el tono de su ensayo es una prolongadísima conversación literaria —Díez-Canedo puso bajo ese título buena parte de su propia obra crítica, dictada por la necesidad de comunicar palpitantemente el hallazgo o la idea, el gozo del hallazgo—. Rara vez afluye a su prosa publicada el quejido o el lamento, reservado episódicamente para el diario y muy disfrazado de figuras y mitos en su poesía. Por eso escribió con perspicacia Adolfo Castañón que de haberlo leído en los años cincuenta, los jóvenes habrían perdido todo interés por Alfonso Reyes, por su placidez reflexiva y su jovialidad sin estridencia: «Le hubiésemos reprochado a don Alfonso su falta de desesperación. Probablemente lo hubiésemos enterrado junto a Giraudoux y France, con Valera y Rodó, antes de seguir debatiéndonos entre La peste y La náusea»35.
Y sin embargo, Reyes es escritor nato. En la misma entrevista citada de 1924, confesaba que «cuando llega el apremio de escribir, hay palpitaciones cardíacas semejantes al sobresalto amoroso, e iguales descargas de adrenalina en la entraña romántica». Su pulso es genuinamente creativo porque crea en el lector el efecto de ser parte atrapada en algo que le importará, o ha de importarle para su propia vida de persona adulta, de sujeto civil. Y esa es una tarea inagotable, como inagotable fue su ambición intelectual sin fronteras de tiempo ni de espacio: un humanista luminoso y capaz de poner en práctica los ensayos espléndidos de una nueva narrativa de vanguardia con una formación y gusto netamente clásicos, y capaz también en la madurez de meditar el fenómeno literario desde una percepción rasa y básica de sus mecanismos sin caer víctima de sí mismo, de sus gustos o prejuicios, con una ejemplar mirada abierta a lo imprevisto y lo nuevo. Esa actitud la delatan frases tan simples como su apreciación de que «algunos lectores no sienten la imagen, y otros se fascinan con ella hasta perder el sentido», como explica en uno de los artículos de La experiencia literaria. El fin es interiorizar y disfrutar la riqueza imprevista de registros y recursos que entrega la literatura leída como ella pide, y no como cada lector (más o menos averiado) exige. Ante pocos ensayistas sobre literatura se percibe tan nítidamente como en el caso de Reyes la gratitud por lo mucho que ha recibido y la generosidad con la que devuelve la experiencia de leer: un aristotélico inyectado de platónico, un clásico inyectado de romántico.
Uno de sus intérpretes, y en el mejor libro de conjunto sobre la obra de Reyes, Voces para un retrato, señala la progresiva neutralización del impulso romántico del joven que llega a España en 1914 y reanuda la actividad intelectual, periodística y crítica iniciada en México, con el fin último de hacerse escritor y, sobre todo, poeta. Reyes vive el tránsito desde la crítica impresionista y creadora hacia la crítica académica o «selecta», en palabra del propio Reyes. Eso significa que la misma crítica gana la categoría de creación propiamente dicha porque «poesía y crítica son dos órdenes de creación». Es la primera, ampliamente representada en esta antología, la crítica de un creador, de un escritor que no ha renunciado al desarrollo de la propia obra en múltiples formatos. En cambio el regreso de Reyes a México, la instalación institucional de sí mismo y de su propia biblioteca desde 1939 parecen trazar también el fin de la fe como escritor literario. Sus ensayos dejan de ser ya crítica creativa para ser pensamiento literario, acercamientos a la comprensión teórica y filosófica del fenómeno literario antes que ensayo literario. No es un salto abrupto, ni siquiera es un salto propiamente dicho: es un abandono progresivo de la pulsión del creador en favor del ejercicio del pensamiento; es una renuncia a la libertad del creador para escribir y pensar con y sobre libros ajenos. Fue el propio Reyes quien hubo de puntualizar repetidas veces qué había querido hacer con un libro tan valioso e insólito como El deslinde: «Tiene otro objeto y, en consecuencia, otro procedimiento: es un libro científico, de una ciencia que yo no he inventado […]. Esta vez me dirigía yo al especialista, al técnico de la filosofía literaria»36. Nace de sus clases en El Colegio Nacional y en el propio Colegio de México, y quiere ser una aproximación a una Ciencia de la Literatura. Lo admirable no es tanto la ambición sistematizadora como el análisis metódico de los fenómenos literarios en relación con las demás disciplinas del saber —desde la historia hasta la matemática para desembocar en las equivalencias de la literatura con la religión—, vistos después de una extensísima frecuentación de la tradición humanística de Occidente. La continuidad del saber en Reyes puede haber sepultado al Reyes creador desde entonces, y hasta algo de su biografía sentimental puede ayudar a entender ese tránsito de su imaginación literaria desde la ambición creadora a la teoría y el pensamiento hacia finales de los años treinta.
Buenos Aires fue un espacio social activo, pese al aburrimiento que confesaba, y allí padeció una crisis sentimental que arrastrará hasta Río de Janeiro, pero sobre todo que puso al escritor contra las cuerdas. Es una quiebra grave en su ánimo y pone en riesgo esa figura histórica, pública, a que aludía Pedro Salinas en una carta ya citada. Su nieta menciona el episodio como un elemento de perturbación superficial (un «amorcillo», dice expresivamente en Genio y figura), pero ese atasco sentimental pudo tener repercusiones hondas en el futuro literario de Reyes. Nunca se ha sentido tan solo como en Río de Janeiro, le escribe a Valery Larbaud en 1930, porque «en Buenos Aires me dejé fuertes amores (así: con todas sus letras). Estoy neurasténico y mutilado», aunque aliviará el sufrimiento la relación con una joven, en torno a la que gira explícitamente un texto tardíamente publicado en 1970 por FCE, Vida y ficción, y después incorporado al tomo XXIII de sus Obras completas37. Las confidencias que cede su diario de entonces tienen que ver con la vocación literaria, con su tiranía y con la tensión interior de un hombre en conflicto. Reyes sabe demasiado bien que la omisión del dolor vivido no es el mejor laboratorio de creación literaria, y quizá desde entonces sabe ya definitivamente que su obra literaria será la del ensayista, la del erudito ameno, la del crítico profesional, la del maestro y sabio, pero no la del narrador, o la del poeta.
La intimidad de Reyes, en medio de tantísimos miles de páginas de sus obras, está vedada, velada y deliberadamente amputada, incluso en el ámbito privado donde más acuciante podía ser su presencia. El diario del escritor es un «diario de fechas y datos», como dijo él mismo, y hasta él llega también la disciplina del pudor o del decoro. A principios de los años treinta y en una meditación insólitamente veraz, escribe:
«Muchas veces tuve el deseo de dar a este diario toda mi intimidad. Me ha detenido un respeto humano. Acaso lo mismo que quita valor a este diario lo resta a mi vida, a mis versos, a mis libros. Siempre tuve que ahogar mi fantasía. Sé que moriré con ella… por causa de un respeto humano. A veces me pregunto si no cometo un error con esto. Si yo pudiera manifestarme aquí con toda libertad y describir día a día mis experiencias, sabría más sobre mí mismo, y aun acaso hubiera podido sacar partido artístico de ciertos dolores destinados a morir inútilmente dentro de mí. Pero ese respeto…».
Las complicadas relaciones entre vida y literatura emergen más veces en su diario inédito, como ha examinado con mucho cuidado Víctor Díaz Arciniega, pero tienen también algo de anticipo de una derrota literaria asumida. Reyes parece claudicar o renunciar al sueño de una literatura propia. Borges había escrito de Reyes una insinuación muy sutil y honda, cuando advertía en Life, en 1968, que en una página cualquiera, «que parece fría, se nota de pronto que debajo hay algo muy sensible, que el autor siente, y quizá sufre, pero que no quiere mostrarlo»38. La revisión de sus diarios autoriza a Díaz Arciniega a una apreciación contundente, que concuerda con esta misma intuición de amigo que señala Borges, porque en 1935 es el propio Reyes quien alude al «fondo de irremediable melancolía que es mi vida, y que nadie conoce». La intimidad es estrictamente privada, y sobre ese fondo invisible crece una obra que adquiere la trascendencia de ser la más completa imagen de sí mismo, del único sí mismo que vale y acepta, que es el público. Su obra expresa la voluntad de ser ese sujeto íntimamente opaco, no de espaldas a México como le reprocharon absurdamente sino de espaldas a sí mismo: «Reyes sufre porque no expresa y expresa lo que no sufre»39. De ahí que ante algunos textos póstumos, como Análisis de una pasión, el lector se sienta inmerso en páginas de diario que han decidido por fin empeñarse en el análisis de sí mismo. En ese texto de ficción resuenan las líneas que acabo de citar del diario, cuando desestima la generalidad y apuesta por ir a la cuestión central: «Tengo que ser completamente sincero, si es que este diario ha de tener alguna utilidad para mí mismo, o los que lo lean a mi muerte» (OC, t. XXIII, pág. 53). Sin embargo, es difícil escapar a la sensación de que se trata de un extenso extracto de su diario real.
Dejo en un mero apunte esta observación sobre los límites de un escritor, pero el dique del pudor formó parte muy activa de su reflexión sobre el fenómeno literario, sobre los modos en los que la biografía se disfraza en la obra literaria, sobre los mecanismos que alteran la verdad histórica para hacerla verdad literaria o, aún más, la palmaria verdad de que la literatura no se hace con sentimientos sino con palabras, y que esa es la fuente de la experiencia literaria. Es una lección que pudo haber aprendido en Mallarmé en plena juventud, y que nutrió su vida de escritor sobre literatura hasta el final. Incluso cuando se trata de difundir nada más que «el goteo espontáneo e irresponsable de la pluma, tal vez enfermedad de la tinta», como le confiesa con ironía muy suya a José María Chacón en una carta de 1958, un año antes de morir.
J. G.
SOBRE LA BIBLIOGRAFÍA
PESE A SU ANTIGÜEDAD, no carece de interés el ensayo de sistematización y biografía que propone Manuel Olguín en Alfonso Reyes, ensayista. Vida y pensamiento (México, Ediciones de Andrea, 1956), publicado al año siguiente de un excelente trabajo de Gutiérrez Girardot, Imagen de América en Alfonso Reyes (Madrid, Ínsula, 1955), primera etapa de una admiración que culmina con el espléndido estudio introductorio a Última Tule, en la Biblioteca Ayacucho (1990). Sin embargo, la mejor semblanza general y sintética de Reyes se debe a Adolfo Castañón, Alfonso Reyes. Caballero de la voz errante (Bogotá, Tercer Mundo, 1991), y el mejor libro de conjunto es el que editó en 1990 Víctor Díaz Arciniega, Voces para un retrato. Ensayos sobre Alfonso Reyes (México, FCE), mientras que la monografía de su nieta Alicia Reyes, Genio y figura de Alfonso Reyes, ha sido varias veces reimpresa desde su primera publicación en 1976 (hoy en FCE). Aporta la memoria biográfica y sentimental de la autora, y debe complementarse con los materiales epistolares del volumen de Fernando Curiel El cielo no se abre. Semblanza documental de Alfonso Reyes (UNAM / El Colegio Nacional, 1995) y el catálogo de la exposición Alfonso Reyes: el sendero entre la vida y la ficción (Instituto Cervantes / Universidad Autónoma de Nuevo León, 2007, accesible en el Centro Virtual Cervantes). Sobre su pensamiento literario, fundamentalmente en torno a La experiencia literaria y El deslinde, existen varios trabajos analíticos de interés, pero es destacable en particular el de Rangel Guerra, Las ideas literarias de Alfonso Reyes (El Colegio de México, 1989), y abordan aspectos semejantes el de Víctor Barrera Enderle, La mudanza incesante. Teoría y crítica literarias en Alfonso Reyes (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2002), y el más reciente libro de Sebastián Pineda Buitrago, La musa crítica: teoría y ciencia literaria en Alfonso Reyes (El Colegio Nacional, 2007), también colaborador del monográfico de Anthropos dedicado a Reyes (núm. 221, 2008).
Son muchas las antologías preparadas sobre Reyes, pero las tres más valiosas posiblemente sean la que publicó Alianza Editorial a cargo de José Luis Martínez en 1986, titulada Antología general; la que seleccionó y prologó vibrantemente Gutiérrez Girardot en 1990, ya citada, con el título de Última Tule y otros ensayos, y, por fin, la más voluminosa de todas, guiada por la voluntad de subrayar la vigencia de la cultura española en su vida, debida a Héctor Perea, España en la obra de Alfonso Reyes (FCE, 1990). En las páginas finales se reproducen textos antiguos y recientes de autores que van desde Juan Ramón Jiménez —que le hizo un retrato incluido en Españoles de tres mundos— hasta María Zambrano, pasando por José Gaos, Juan Rejano, Max Aub, Moreno Villa o José Bergamín (aunque desde 1956 han aparecido varios volúmenes de Páginas sobre Alfonso Reyes y Más páginas sobre Alfonso Reyes, en El Colegio de México y después en El Colegio Nacional, a cargo sucesivamente de Alfonso Rangel Guerra y James Willis Robb, el último de 1997). La más reciente antología de su obra poética es Una ventana inmensa, publicada por la Universidad Autónoma de Nuevo León en Monterrey (2004), a cargo de Gerardo Deniz, y sobre el impacto de la guerra de España, véase Alberto Enríquez Perea, Alfonso Reyes y el llanto de España en Buenos Aires (El Colegio de México, 1998).
Los epistolarios disponibles de Alfonso Reyes son ya muy numerosos, de interés muy desigual y a veces no llega a justificarse cabalmente su publicación (es el caso de la breve y profesional correspondencia con José Puche entre 1939-1940 en torno a los refugiados españoles, publicada por El Colegio Nacional en 2004, o el de Gabriel y Alfonso Méndez Plancarte [El Colegio Nacional, 2006], pese al interés ocasional de alguna de las cartas, o incluso Cartas a La Habana. Epistolario de Alfonso Reyes con Max Henríquez Ureña, José Antonio Ramos y Jorge Mañach [ed. de Alejandro González Acosta, UNAM, 1989]). Son casi siempre cartas menos de Alfonso Reyes que a Alfonso Reyes, con escasos testimonios propios del escritor, como sucede con Guillermo de Torre (Las letras y la amistad. Correspondencia Alfonso Reyes / Guillermo de Torre, 1920-1958, ed. de Carlos García, Valencia, Pre-Textos, 2005), con el de José Gaos, valioso para entender las quiebras del exilio (Correspondencia. Itinerarios filosóficos, ed. de Alberto Enríquez Perea, El Colegio de México, 1999), con Max Aub (Escribo conforme voy viviendo. Alfonso Reyes y Max Aub. Epistolario, 1940-1959, ed. de Alberto Enríquez Perea, Segorbe, Fundación Max Aub, 2007) y también con Octavio Paz (Correspondencia Alfonso Reyes / Octavio Paz, 1939-1959, ed. de Anthony Stanton, FCE, 1998), a pesar de que ahí el testimonio de la admiración por el joven poeta y ensayista es muy categórico y poco diplomático (y a pesar de la función que ejercen ambos). Otros epistolarios contienen cartas de Reyes casi siempre de carácter protocolario: Luis Cernuda da cuenta de sus trabajos al presidente de El Colegio de México (Epistolario, 1924-1963, ed. de James Valender, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2003), y lo hace también un muy antiguo amigo vinculado a los trabajos de El Colegio como Adolfo Salazar (Epistolario 1912-1958, ed. de Consuelo Carredano, Madrid, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2008).
Los volúmenes que reúnen las cartas más valiosas del propio Reyes son los de Pedro Henríquez Ureña (Correspondencia 1907-1914, ed. de José Luis Martínez, FCE, 1986), el que cruzó con su gran amigo Martín Luis Guzmán (Medias palabras 1913-1959, ed. de Fernando Curiel, UNAM, 1990), el cruzado con dos amigos más, como Genaro Estrada (Con leal franqueza, ed. de Serge Zaïtzeff, México, El Colegio Nacional, 3 vols., 1992-1994) o José Vasconcelos (La amistad en el dolor, ed. de Claude Fell, México, El Colegio Nacional, 1995), el Epistolario Alfonso Reyes-José M.ª Chacón y Calvo, a cargo de Zenaida Gutiérrez Vega (Fundación Universitaria Española, 1976), y el de Valery Larbaud, exhaustivamente anotado por Paulette Patout (París, Didier, 1972), autora a su vez de una monografía sobre Alfonso Reyes et la France, 1889-1959, con infinitas informaciones de detalle, publicada en 1978 por Klincksieck, en París. Otros epistolarios tienen carácter más circunstancial, pero a veces reúnen materiales valiosos, como el editado por Fernando Curiel, Casi oficios. Cartas cruzadas entre Jaime Torres Bodet y Alfonso Reyes, 1922-1959 (El Colegio de México / El Colegio Nacional, 1994), mientras que un buen libro temprano sobre Reyes se basó en las relaciones epistolares y personales con Unamuno, Valle-Inclán, Ortega, Juan Ramón y Gómez de la Serna y es obra de Barbara Bockus Aponte, Alfonso Reyes and Spain (Austin, University of Texas Press, 1972), aunque todas las extensas citas de cartas inéditas están traducidas al inglés sin versión original. La bibliografía más actualizada en torno a su epistolario se encuentra en la contribución de Sebastián Pineda al monográfico de Anthropos, núm. 221 (2008), págs. 176-178. Alicia Reyes publicó el Diario de su abuelo en 1969, pero siguen inéditos los restantes quince cuadernos, entre 1931 y 1959, que custodia la Capilla Alfonsina. Aspectos que han quedado muy desatendidos en esta introducción son objeto sin embargo de trabajos monográficos, en particular el de Robert T. Conn, The Politics of Philology. Alfonso Reyes and the Invention of the Latin American Literary Tradition (Lewisburg, Bucknell UP, 2002), y Adela Pineda Franco e Ignacio Sánchez Prado (eds.), Alfonso Reyes y los estudios latinoamericanos (Universidad de Pittsburgh, 2004). Por fin, el libro de Rogelio Arenas Monreal Alfonso Reyes y los hados de febrero (UNAM, 2004) es un buen ensayo de interpretación de la obra autobiográfica de Reyes a partir de la evocación de su padre en Ifigenia cruel, en la Oración del 9 de febrero y algunos otros textos inéditos.
Por otra parte, la edición de las Obras completas de Fondo de Cultura Económica fue cuidada por el mismo Reyes hasta el tomo XI. Desde el volumen XIII hasta el XXI van prologados y preparados por Ernesto Mejía Sánchez con meticulosas explicaciones editoriales y comentarios útiles, y desde entonces y hasta el XXVI (1993) por José Luis Martínez, que es también el responsable de la edición del DVD Alfonso Reyes digital en 2002, que reúne sus Obras completas y sus epistolarios con Pedro Henríquez Ureña y Julio Torri. La Capilla Alfonsina Virtual puede visitarse en la página www.alfonsoreyes.org.
NOTA PARA ESTA SELECCIÓN
EL AFÁN DE REPRESENTAR entero a Alfonso Reyes sería el primer riesgo grave del antólogo de su obra y no he querido caer en él… o he preferido correr otro y seleccionar aquellas páginas en donde resuenen de manera poderosa tanto la tensión del estilo como algunos de los ejes cruciales de su biografía intelectual. Y en este caso he aceptado el sacrificio del fragmento, pero fragmento suficiente: el caso más difícil son las selecciones dispersas que propongo de El deslinde, pero también la labor de selección forzosamente caprichosa de tantas semblanzas y páginas autobiográficas vinculadas a su intensa etapa de España.
Semejante criterio ha hecho asimismo que coincidamos varios antólogos de su obra en algunos textos inevitables. Esa es la penitencia de toda antología: aspirar a ser original sin renunciar a ser también previsible, y por ello se omite un clásico tantas veces reproducido como Visión de Anáhuac, pero a cambio se reproducen algunas espléndidas cartas de juventud a Pedro Henríquez Ureña y algunas otras de madurez a José M.ª Chacón y Calvo o Valery Larbaud. El resto de los textos están tomados de la edición de las Obras completas de Fondo de Cultura Económica, iniciadas en 1955 y cuyo último tomo, el XXVI, ha aparecido en 1993. Para hacer más operativa la información, tras cada texto remito al tomo en el que se incorpora el texto, pero también he señalado el título original del libro en el que se recogió por primera vez, y si es pertinente, indico la fecha de primera publicación dado que la antología sigue un criterio casi siempre estrictamente cronológico.
Terrassa, Barcelona, diciembre de 2008
MÉXICO, MADRID, PARÍS
CARTAS A PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA
Monterrey, 14 de enero de 1908
VINE DE MALAS. Me recibieron con la noticia de que se había quemado un puente de hierro, de notable construcción, que servía para unir la parte aristocrática y la plebeya de esta ciudad. El puente de madera que existía antes fue destruido por inundación, fue destruido por el agua; el segundo lo fue por el fuego, el tercero que hagan desaparecerá bajo la tierra (en un terremoto, por ejemplo) y al cuarto se lo llevará el aire, el viento. Los elementos se conjuran en contra de esta mísera provincia que vive de puro milagro en medio de la mala voluntad de nuestra señora mamá la naturaleza. La gente de aquí también vive de milagro y a eso se debe que yo no vea sino muchachitas raquíticas —mis hermanas inclusive, las cuales se hallan plañendo penas de amor y están flacas y descaecidas como no he visto otras. En mi casa, el tengo, el tenía, que tanto criticabas en mí, son moneda corriente; al grado de que mi hermana Otilia se queja con razón de que «en casa todo lo toman como tarea obligatoria». Es la crítica más bien hecha que conozco. El señor general don Bernardo Reyes resuelve todo con mandatos militares y el otro día, discutiendo sobre asuntos literarios, le hice ver que ha adquirido el vicio de maltratar autores que no ha leído. Él se disculpa arguyendo que su trabajo de gobernador no le da tiempo para eso. Su proyecto es que yo vaya a Nueva York y estudie en la Universidad de Columbia (¿esa es la de Nueva York?) lo que me parezca bien estudiar, sin estar de pie en dicho Instituto, viajando por las principales ciudades, visitando museos, etc. Parece que nos entendimos bien. Dime: una persona decente y aficionada a no economizar mucho y a comer bien, y a dormir a gusto, y a comprar libros ¿puede vivir con holgura en Nueva York disponiendo de 100 $ oro? Le hablé a papá de Max y está de acuerdo. Espera sólo mover de lugar a los que provisionalmente cubrieron la vacante. Barrero baila de gusto con la perspectiva de conocer a Max y de hacerse su amigo personal. En cuanto haya algo resuelto se lo diré a Max.
¿Cuándo escribió Chucho ese estudio de pintura que concluyó hace poco de publicar La Gaceta? Yo no sabía de él. Saluda a todos. Infórmame de todos.
Monterrey, 21 de febrero de 1908
De Alfonso a Pedro: Ante todo, proponte tomar en serio mi carta. Me chocaría que juzgaras ligera y heinescamente lo que quiero contarte.
Yo no sé si, en el fondo, me creerás tú capaz de verdadera pasión o si seguirás teniendo de mí el concepto de que soy una vanidad viviente, un espíritu sin ninguna fuerza, ni para el bien, ni para el mal, quiero decir, ni para lo hermoso, ni para lo feo. Te parecerá mezquina la razón que citaré, pero, si has estado en idénticas circunstancias alguna vez (y por fuerza tiene que haber sucedido eso; en una de tus cartas me dijiste, ¿qué no conoceré yo?), trasládate con la imaginación a esa época y no opines científicamente en el asunto, ya que estás conforme en que la inteligencia no es lo que predomina —y sobre todo en mí.
Ayer recibí carta de Acevedo y hoy recibí la tuya con el artículo de R. D. y la carta de Max. La primera emoción que experimenté, ya lo supondrás, fue más cristiana que helénica, pero al fin dominé mi violencia y, mejor que acudir, como lo había pensado, a enviarte un telegrama negándome por segunda vez, en términos lacónicos y brutales, preferí sentarme a escribirte. Y piensa que me dirijo al organizador de la fiesta; que no hable aquí tu egoísmo, me dirijo al amigo que ha recibido tantas confidencias mías, y le pido un serio consejo ya que lo reconozco superior a mí (bien sabes que no hago frases contigo, te escribo en serio). Todos los motivos que acumulé en mi carta anterior son verdaderos, pero creo que son motivos meramente ocasionales. La verdad anda por otro rumbo.
Me propones que vaya a México, sea a decir los versos, sea a gozar de la fiesta como espectador. Yo, más que a otra cosa le temo a la ida a México (no culpes a la tanda. Tratándose de mí, es pueril alegar influencias semejantes). Ya sé que mi voluntad no es fuerte y tengo que dominarla artificialmente. En mi caso se triunfa no presentando el frente al enemigo, antes huyendo de él. No hagas caso de mis imágenes si quieres, yo te escribo cartas literarias, aunque ofuscadamente (¡cuándo me harás justicia!) o creíste así en una ocasión. Bueno, continúo, no quiero ir a México porque ya no tendría valor de volverme. A duras penas soporto la ausencia de una persona que tú sabes. Me paso días enteros sin hacer más que pensar en ella. Estaba yo acostumbrado a acariciarla y amarla constantemente y ya parece que se descompleta mi naturaleza con la separación. Sabes que no se trata de puro amor platónico (en el sentido vulgar del vocablo), piensa que no soy ni un hombre de mundo, ni un hombre de experiencia, ni ninguna pose semejante; que mi pasión siempre ha sido sincera y vigorosa, que si amo así es porque en ese amor me he hallado una verdadera fortuna. Varias veces he intentado ya volverme a México. Si voy me será imposible salir a Estados Unidos, créelo. Y te repito, no opines sobre este asunto con egoísmo (porque he observado, en tu carta anterior, que sólo hiciste caso de lo relativo a la manifestación que había en mi carta) ni opines científicamente. Me desespera hallarme con gente artificial que con argumentos quiere acallar pasiones. Te pido que seas humano. Y no analices si mi pasión me enaltece o me rebaja (yo tengo para mí que todo lo que hace vivir de modo más intenso, enaltece) ni te rías de mí. Que no soy de los que hacen burlas del amor, y acaban por caer en amores de que sí se puede hacer burlas. Si tomas a juego lo que te voy expresando, recibiré una impresión de despecho y de tristeza que me va a desanimar más aún. Por miedo a que no me tomara muy en serio, no me he resuelto a hablar a Max de eso sino de un modo vago. Ya te digo, si voy a México no vuelvo ya, no salgo ya de ahí. ¡Hasta temo mucho no resistir mi año en Estados Unidos! Porque ahí no tendré ni un compañero para mi espíritu. Y yo, por desgracia, no sé (todavía) desahogar en versos mi tristeza. Así es que no hago sino desesperarme solo. Por mucho que leo aquel lied de Goethe que se llama «La dicha de la ausencia», no puedo llegar a esas altitudes. Me quedo hecho un burgués. ¡Si vieras qué miedo tengo de que te rías de mí! Eso no te lo podría yo perdonar. Lo más grande que ahora tengo es ese cariño y ¡qué sentiría yo de que tú lo tomaras a juego! Por favor amistoso, no te rías de lo que llevo dicho. Conviene el esprit dentro de ciertos límites, pero hay terrenos en que a ti, más que a otro, te desagrada hacer el papel de Anatole France.
Yo no me imagino lo que vas a pensar de mí; estoy acostumbrado a que me hagas tan poca justicia, que ya tiemblo.
La enfermedad de Max es imaginaria. Algo hay de neurastenia; casi llega a igualarme, pero se queda un poco atrás. Y eso es todo. Compáralo con mi caso, no para gloriarme de mis debilidades, sino para que te des cuenta de cómo anda la cosa. ¡Pero me olvidaba yo de que tú no sabes el estado en que yo me encuentro! Bástete saber que, a mi vez, me aproximo a Darío Herrera (a propósito, no sé por qué, me alegro de su viaje).
Oí tocar a Max en el piano de casa y creo que ha ganado mucho en sentimiento y en expresión, o como se llame eso. Me leyó su conferencia «Chopin» y la juzgo realmente apropiada y bella. Ya me dirás tú; espero que también te guste. Tu carta filípica me ha puesto en efervescencia todas las emociones que me son más habituales. No puedo escribirte más. Creo que algo se me olvida decirte. Si lo recuerdo te escribiré otra carta. Adiós.
París, 1.º de agosto de 1914
Pedro: Todas las naciones se arman. Estamos en vísperas de la toma de Bizancio. Seguramente que vemos el fin de una era histórica: la de las Grandes Potencias. El hábito porfiriano de la paz me había hecho concebir el mundo como en la fábula india: mantenido por torres y por elefantes. Y resulta que es deleznable. Caminamos sobre minas de dinamita (teoría de la confianza, etc.). La gente hace cola ante los almacenes de comestibles, que están cuidados por policía: sólo se vende determinada cantidad a cada persona: las señoras han encontrado la fórmula de la violación haciendo un pedido para sí y otro para su criada. Todo el mundo provee su despensa. En el comercio no quieren recibir billetes. Sólo se obtiene moneda en la Banque de France y hay que hacer cola de varias calles y esperar el turno día y medio, sin apartarse de allí. Han puesto en circulación, para dar respiración, billetes de cinco y veinte francos emitidos ha mucho y guardados hasta hoy en reserva. Por las calles las gentes lloran o ríen, según que se trate de un reservista joven o de su madre, una vieja portera. Anoche asesinaron a Jaurès, socialista que oponía la huelga a la guerra y partidario de la ley de dos años, en vez de tres, para el servicio militar. Después de esto, ya no te enviaré mi croniquilla sobre la huelga y la guerra; en ella, en resumen, decía yo que la huelga y la guerra son exactamente la misma cosa, y que es irrisorio oponerlas. Figúrate que hay que hacer en cada casa reservas de alimentos y de moneda. Naturalmente que es un pánico injustificado por ahora; ¡pero esta gente tiene tales experiencias sobre las espaldas! En la calle un grupo de dos o tres soldados es centro de la atención. Los hombres hablan a solas. Hay una como angustia alegre. —Adiós.
[Diego] Rivera se fue a Mallorca a pasar uno o dos meses. No sé si volverá antes de lo propuesto. Todos los veraneantes vuelven a París. No aún los míos. Hay electricidad en el aire. Se vive a ruidos fuertes y fuertes emociones. De lejos, oigo los gruñidos del Asia. Abramos nuestra ventana a lo imprevisto. (Estoy lleno de involuntarias frases: es terrible sentir a un gran pueblo venteando la guerra corno buey que huele el vendaval.)
Por lo demás, escribo a saltos: no puedo concentrarme. Ayer tracé el primer ensayo del Héroe y el discreto (libro de que creo haberte hablado). Se llama «La unidad estéril». Tras él está concebido otro: «El fracaso del amor». Después comienza el desarrollo de la lógica de la Acción, con la definición de la pareja activa: el héroe y el discreto. En redor del Cid tengo ya algo adelantado. En estos instantes completo un ensayo aislado que entrará en el primer libro (si es que habrá libros en la Era Asiática cuyo umbral estamos pisando): «La conquista de la libertad». Por nombres elegantes y por asuntos elegantes no queda. Lo que me falta y siempre me faltará son desarrollos. Antes había oratoria larga, y yo creía ser desarrollos aquel verbalismo (¿entiendes?). Hoy tiendo a fórmulas breves. Y acabo todo en una página.
Quizá ha llegado ya Gibbes. Pronto sabrás algo. Entretanto, tal vez hay que esperar. No va a quedar donde refugiarse.
Adiós número 2.
EL REVERSO DE UN LIBRO
(MEMORIAS LITERARIAS)
[Fragmento]
HAY LIBROS QUE, por su carácter o por el que la casualidad viene a conferirles, justifican el anhelo de evocar el ambiente que los vio nacer. Acabo de publicar una primera serie de Capítulos de Literatura española, en su casi totalidad escritos durante mis años de Madrid (1914-1924). Aquella España ha desaparecido y muchos de mis compañeros españoles de entonces se encuentran a mi lado en México. Ellos han sentido, tras de las páginas que tratan del Arcipreste de Hita o de Gracián, por lejano que sea el asunto, resucitar el recuerdo de nuestra España de aquella década. Hemos conversado juntos sobre las cosas de entonces, y poco a poco se han venido organizando estas notas, que son el reverso de mi libro. Ya en el prólogo me remito a la noticia preliminar de Las vísperas de España (1937), donde rápidamente me referí a las circunstancias en que estos ensayos se escribieron. En Las vísperas, como en el Reloj de sol (Madrid, 1926), hay muchos lugares que tienen carácter de memorias sobre mi época española. Por desgracia en aquellos años no llevaba yo un diario, que bien hubiera valido la pena por todo lo que me tocó ver y oír. De aquí que, en el afán de no olvidarlo, siempre ando queriendo reconstruirlo.
I
Los trabajos sobre el Arcipreste de Hita me transportan a los tiempos en que me encerraba yo en mi pisito de General Pardiñas, núm. 32, y sentado a la mesa de faldas, con el brasero a los pies —la «camilla» castiza con que se defiende del frío la gente modesta—, me consagraba a mi tarea, como me decía Justo Gómez Ocerin, con toda la resignación de un paralítico. El Arcipreste me lleva a pensar en el invierno de Madrid, en el nevado Guadarrama, en el frío que pasábamos a veces en la Biblioteca Nacional. Yo frecuentaba sobre todo la sala de manuscritos. Para calentarme las manos entre una y otra copia, y más cuando confrontaba con los tres gruesos y espléndidos volúmenes del Ms. Chacón las pruebas de la edición gongorina que, desde París, dirigía Raymond Foulché-Delbosc y de que yo era el albañil, descubrí unos aparatitos japoneses que se cargaban con barras de carbón pulverizado y prensado, y luego ardían a fuego lento y sin humo. Aun así, la tarea manual era dura, pues aquellos volúmenes de vitela soberbiamente empastados se cerraban solos como un estuche de resorte. Había que dejar la mano izquierda puesta sobre el libro abierto, como en un juramento zurdo, mientras la derecha se las arreglaba como podía para escribir y sujetar a un tiempo el papel. No bastaban las dos manos, y más de una vez tuve que pedir los auxilios de mi esposa. Y los apararitos japoneses —las «granadas de mano japonesas», como las bautizó Pablo Martínez del Río, que por entonces andaba en Madrid y fingía huir de mí asustado cuando me encontraba camino de la Nacional armado con mi invento— se encargaban de que no se nos entumecieran los dedos.
Ya he dicho que para el itinerario del Arcipreste por la sierra del Guadarrama he tomado en cuenta las observaciones personales de don Ramón Menéndez Pidal y del inolvidable Enrique de Mesa, ambos famosos conocedores del espinazo carpetovetónico. Ya he contado cómo el maestro Menéndez Pidal cruzaba el puerto entre la nieve, y los mismos serranos se dejaban guiar por su experiencia. Ya he recordado que los literatos madrileños de entonces eran muy amigos de la sierra, y he recogido testimonios de esa saludable inclinación que acaso data de Francisco Giner de los Ríos, como tantas buenas cosas de España. Ya he descrito una noche de luna y nieve en la sierra, en aquel refugio del doctor Madinaveitia que se llamaba La Casita. Don Ramón Menéndez Pidal pasaba temporadas en su residencia de San Rafael, donde años más tarde estuvo a punto de perder sus libros en un incendio, como lo ha relatado el escritor cubano José María Chacón y Calvo. Hoy está ya admitido y reconocido, con una inscripción conmemorativa en la llamada Peña del Arcipreste, allá por las heroicas cumbres, aquel lugar de La Tablada a que se refiere mi estudio, y que vio nacer la «cantiga de serrana», prodigio que se opera exactamente hacia la estrofa núm. 959 del poema, el día de San Medel, 3 de marzo, y traspuesto el puerto que ha dado su nombre al agua de Lozoya. Conservo de aquellos días una herradura recogida en el túnel que va de San Rafael a Cercedilla, donde por poco nos atropella la locomotora a don Ramón Menéndez Pidal, a Solalinde y a mí. La herradura lleva la fecha grabada (3-VIII-1918) y estos versos del Arcipreste:
Cerca la Tablada, la sierra pasada.
La edición popular del Libro de Buen Amor publicada por la casa Calleja, y en la cual aparecieron mis estudios como explicación del texto, acaba de ser juzgada con ligera severidad por Félix Lecoy en su excelente obra Recherches sur le «Libro de Buen Amor» (París, 1938), aunque naturalmente sale mejor librada que la de La Lectura, a cargo del arbitrario Cejador. Acaso Lecoy me atribuye los errores que se deslizan en las sucesivas reediciones de la librería popular, reediciones que nunca vuelven a pasar por las manos del que ha cuidado el primer texto. No puede en estos casos exigirse el rigor de una edición científica. En cambio, no pareció Lecoy interesarse por el esfuerzo de vulgarización que ese librito representa, ni percatarse del esfuerzo para fijar los puntos del itinerario, hasta entonces no establecido. Tampoco advirtió que en las notas léxicas, con ser popular la edición, se aprovechaban por primera vez materiales del Centro de Estudios Históricos que por aquellos días no estaban al alcance de nadie. En rigor, Lecoy, dado el plano de su obra, pudo dispensarse de citarnos. Ya que lo hace, no debió sacar las cosas de quicio. ¿Qué deja entonces para cierto «erudito», de cuyo nombre no quiero acordarme, que al encontrar aquella línea del Arcipreste: «Ca según buen dinero yace en vil correo», entendió «correo» a la moderna y creyó haber descubierto en el viejo poema los orígenes del giro postal?
II
Cuando comencé a ocuparme en las ediciones populares de clásicos que lanzó la casa Calleja, hacía un par de años que esta editorial, sin abandonar su viejo fondo de libros infantiles, había aumentado considerablemente su radio. Por ahí encuentro, entre mis papeles, una pequeña crónica firmada en octubre de 1915 y publicada en Las Novedades, de Nueva York, el 18 de noviembre del propio año, crónica que copio aquí para recuerdo. Muchos de los proyectos que aquí se anuncian no llegaron nunca a realizarse:
«La tradicional casa editora de la infancia —la casa de Saturnino Calleja— cambiará de rumbo. Los hijos de Calleja han confiado la orientación artística al poeta Juan Ramón Jiménez, experto en la confección del libro, quien sueña con descubrir un tipo fino y viril a un mismo tiempo, fundado en las tradiciones de la imprenta española. Recuérdense, en contra, el ejemplo de la casa Renacimiento, que comenzó con sus “Obras maestras de la literatura universal”, una imitación algo falsa del célebre tipo “Everyman”, o los juguetillos, que no libros, de la “Biblioteca Carona”. La pericia de Juan Ramón Jiménez ya está demostrada en las publicaciones de la Residencia de Estudiantes. Pero la novedad no se limitará al aspecto externo de los libros: la casa Calleja, bajo las inspiraciones de Jiménez, confiará en adelante algunas obras infantiles a los especialistas; así, ha pedido a don Ramón Menéndez Pidal una gramática española elemental, y a don Manuel B. Cossío un método de lectura, y pedirá al joven catedrático de filosofía Ortega y Gasset una retórica elemental, dándole ocasión para que desarrolle de algún modo fácil e inteligente ciertas nociones de estética. En esta prueba se prueban los ingenios: no hay como someter a los hombres al trato de los niños para valorar su calidad. Al lado de la serie infantil —que, con serlo, podrá también convenir a los adultos, como es el caso para el reciente libro de Jiménez, Platero y yo—, la casa Calleja publicará obras de interés vario, ampliando su campo de acción. Para cuando suene la hora, estudia ya los proyectos de un periódico infantil y un periódico femenino; este, no a la manera mundana de Francia o Inglaterra, sino también en la tradición de la mujer española: sentimental. Por último, pronto comenzará a publicar una revista, “la revista” que hasta hoy no se ha logrado en España, y que acaso se llamará Revista Española. Aparte de artículos de importancia general, publicará ensayos de especialistas, una sección bibliográfica permanente, grupos de poesías de un solo poeta en cada número, y una página crítica de Azorín. Juan Ramón Jiménez recorre los círculos literarios sembrando esperanzas y recogiendo sugestiones».
III
Poco después de mi llegada a Madrid por octubre de 1914, la editorial La Lectura, a proposición de Enrique Díez-Canedo, me encomendó la preparación del teatro de Ruiz de Alarcón. Para disponer de la bibliografía indispensable, comencé a frecuentar el Centro de Estudios Históricos, cuyo acceso me franqueó su director don Ramón Menéndez Pidal, por presentación de Federico de Onís, con quien mantenía yo correspondencia de tiempo atrás, desde los días en que me encargué, en la Escuela de Altos Estudios de México, de la cátedra sobre historia de la lengua y la literatura españolas (1913).
El Centro estaba entonces instalado en los bajos de la Biblioteca Nacional, y, además de sus propias colecciones de libros, podía disponer en préstamo del riquísimo fondo que en aquella biblioteca se custodiaba.
La Sección de Filología estaba directamente gobernada por el maestro Menéndez Pidal, y contaba entonces como miembros principales a Tomás Navarro Tomás, secretario del Centro, y a Federico de Onís, ambos catedráticos, ahora, de la Universidad de Columbia y el segundo director del Instituto de las Españas, en Nueva York; a Américo Castro, ahora también en las universidades de los Estados Unidos, y a Antonio G. Solalinde. Todos pusieron voluntad en atraerme y acogerme como un colaborador más de la sección. Puedo decir que mi padrino ante ellos fue mi paisano Ruiz de Alarcón, quien también había ido a «pretender en Corte», allá a principios del Seiscientos.
Poco a poco quedé incorporado regularmente al Centro, donde sobre todo me consagré a la literatura de los siglos XVI y XVII, además de colaborar con el llorado Antonio G. Solalinde —especialista en la Edad Media española— para la preparación de la bibliografía en curso, que aparece al final de los cuadernos trimestrales de la Revista de Filología Española. También teníamos a nuestro cuidado la bibliografía retrospectiva.
El arte de reducir a fichas toda noticia de publicaciones que afectara, en el más amplio sentido, a la filología española tenía para nosotros —que éramos los más jóvenes de la casa— todos los encantos de un juego de solitario, de un rompecabezas, de una investigación policial. Trabajábamos como buenos hermanos en las cabeceras de una gran mesa, partida en dos por una pequeña muralla de libros como por una red de ping-pong.
Un día, en nuestro anhelo de hacer una buena publicidad a la Revista, que no fuera un vulgar reclamo, discurrimos un procedimiento que, a la vez, sirviera de anuncio y transformara a todo lector en un colaborador más de nuestra bibliografía. De aquí nació el folleto Revista de Filología Española: Sección de Bibliografía (Madrid, 1917), en que —aparte de los sumarios de los números publicados— dábamos las reglas de nuestras fichas, describíamos las operaciones de nuestra catalogación, y establecíamos la lista de las principales siglas usadas, siglas que se han convertido ya en signos de uso permanente entre los filólogos del grupo, como un álgebra del oficio. Este folleto, ya escaso, puede todavía ser útil en esa hora de la iniciación, cuando ni el más modesto consejo se desperdicia. A este había de seguir otro, también muy elemental, sobre crítica de los textos, con una colección de casos ilustrativos, desde documentos paleográficos hasta ediciones modernas. Nunca llegamos a escribirlo. Y Américo Castro, que nos dio varias notas, al fin acabó por aprovecharlas en cierto articulito sobre «La crítica filológica de los textos», publicado en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, 1917, núm. 1, y más tarde recogido con adiciones y retoques en su volumen Lengua, enseñanza y literatura, Madrid, Suárez, 1924.
Después Solalinde se fue a los Estados Unidos, donde murió siendo catedrático en la Universidad de Wisconsin y dejando encaminada su obra magna sobre el Rey Sabio y la General Estoria.
IV
Por los tiempos de nuestra convivencia en Madrid, Solalinde y yo llegamos a ocupar dos pisos de la misma casa: «la casa del hielo» de que habla José María Chacón, donde también él habitaba, en la calle del General Pardiñas núm. 32, a la que ya me he referido. Yo aprendí de Solalinde una buena costumbre, que era resultado de su salud moral: en cuanto guardábamos los papeles y salíamos a la calle, el filólogo desaparecía, dejando el sitio al muchacho más sencillo que he conocido. Recorríamos juntos todo Madrid. Él me contaba su llegada a la Corte, cuando salió de Toro empujado por el deseo de ayudar a su madre viuda, aquella lúcida y sobria mujer de España a quien yo recuerdo siempre vestida de negro, goyesco retrato de mantilla, juntos los talones y las puntas de los pies separadas a lo militar, como en algunas telas del maestro de Fuendetodos.
Antonio, recién llegado a Madrid, fue a dar a la Residencia de Estudiantes, colina del Pinar. Trabajaba como delineante, y él dibujó ese letrero que se lee en una puerta lateral de la Almudena: «Por esta puerta se administran los Santos Óleos». Luego, Menéndez Pidal comenzó a encargarle algunos trabajos. Un día, el arqueólogo Gómez Moreno le encomendó un dibujo, según cierto modelo o borrador que le entregó y que estaba pergeñado a la diabla. El mecánico asiático de que habla Cocteau construyó un nuevo tanque para un auto estropeado en una carretera, y reprodujo en el nuevo tanque la perforación del antiguo. También Antonio tomó al pie de la letra —o de la línea— los trazos de Gómez Moreno, y los reprodujo fielmente con todas las deficiencias del original.
—¿De modo —le reclamaba Gómez Moreno— que si llego a darle el modelo en un papel manchado Ud. hubiera reproducido las manchas? Y si el papel llega a tener por ahí el recuerdo de una mosquita, ¿Ud. lo hubiera reproducido también?
Había que oír las carcajadas rabelaisianas con que Antonio evocaba estos recuerdos de su prehistoria.
A veces discutíamos sobre mis maneras mexicanas de hablar. Yo lo acusaba, burlescamente, de vivir preso entre los muros del «dialecto castellano» y no querer salirse de ellos. Porque el hecho de que en España se haya dado preferencia en el habla corriente a la palabra «estrecho» sobre la palabra «angosto» no significa que esta deje de ser perfectamente legítima. Y él se amparaba en su prosapia toresana:
—¡Señor, venir a decirme a mí lo que es el castellano, a mí que soy de Toro! ¿Ha oído Ud. hablar de las «Leyes de Toro»?
Y se vengaba diciéndome que yo pronunciaba «Atlántico» a la manera azteca. Porque él se empeñaba en decir «Ad-lántico» —que no pasa de ser un feo popularismo peninsular—, y fue necesario acudir a la autoridad de don Ramón Menéndez Pidal para que se me concediera el triunfo.
Entre mis resabios nacionales, yo solía decir: «¡No más eso faltaba!», en vez del castizo y directo: «¡No faltaba más!». Y él me caricaturizaba así:
—¡Vaya un modo alambicado de hablar! ¿A quién se le ocurre decir: «No faltaba sino que nada más que eso?».
Como buen catador del humorismo y afecto a la travesura sin veneno, era el primero en festejar aquella copla de un ingenio que no ha querido revelar su nombre:
Con vino de Cola no hay nadie que brinde: eso dice Sola— Sola— Solalinde.
O aquella parodia de Valle-Inclán, del mismo autor ignoto, en que a todos nos iba llegando nuestra hora («la hora de todos y la fortuna con seso», diría Quevedo), parodia que muchos recuerdan de memoria, incompleta y equivocada, y que conviene recoger aquí para que no la sigan tergiversando:
Es la hora de Valle-Inclán. La comadreja y el vampiro se pasean por el Retiro; los va siguiendo el lubricán. ¡Es la hora de Valle-Inclán!
Es la hora de Julio Camba, que en estos horribles bochornos va a comer bacalao a Fornos y a tomar café a Tupinamba. ¡Es la hora de Julio Camba!
Es la hora de Araquistáin, de estirpe social democrática, el cual con su risa socrática dice siempre «ja» y nunca nein. ¡Es la hora de Araquistáin!
Es la hora de Alfonso Reyes, escritor de abundante léxico, que sueña en las calles de México y en las pitas y en los mameyes. ¡Es la hora de Alfonso Reyes!
Es la hora de Castillejo, que intriga, sonsaca, pregunta. (Cuando alguien habla de la Junta, Bonilla arruga el entrecejo). ¡Es la hora de Castillejo!
Es la hora de Solalinde, el benjamín de los filólogos que redacta notas y prólogos, de quien don Ramón no prescinde. ¡Es la hora de Solalinde!
Es la hora de don Américo, no sé si teórica o práctica: junto a su pericia sintáctica Meyer-Lübke es algo quimérico. ¡Es la hora de don Américo!
Ya ha comprendido el discreto lector que la quinta estrofa se refiere al secretario y vestal de la Junta para Ampliación de Estudios, don José Castillejo, y a Adolfo Bonilla y San Martín, que nunca vio a la Junta con buenos ojos (ni la Junta a él); que el don Ramón de la sexta estrofa es don Ramón Menéndez Pidal, y el don Américo de la séptima es don Américo Castro. Para saborear del todo las alusiones hay que haber vivido en aquel mundo, Weltanschauung difícil de comunicar con palabras.
¡Pobre y caro Sub illa limite, como gustábamos de llamarlo en latín! En plena juventud, lo vimos un día, valerosamente, arrancarse del pecho una saeta que a muchos hubiera vencido; lo vimos entrar con paso firme en la madurez; lo vimos desaparecer de pronto.
VIII
Como todo el mundo, desde la infancia había yo recibido cierta absurda imagen de Quevedo, el Quevedo de los chascarrillos inconvenientes, cuando tropecé con cierta frase de Menéndez y Pelayo en que se le califica como «el varón más literario de España». Mi curiosidad se encabritó, y pronto descubrí entre los libros de mi padre —humanista por sentido natural y sin escuela, como Cervantes, y como él fogueado en armas y enamorado de las letras al punto que lo leía todo— una edición de las obras del grave señor de la Torre de Juan Abad, comentadas por su amigo Jusepe Antonio González de Salas, que tuvo la docta audacia de anotarlo como sólo se hacía con los clásicos de la Antigüedad.
Mi padre me cedió aquellos libros, y cuando de Monterrey me trasladé a México para completar mi bachillerato (hacia los dieciséis años), puedo asegurar que ya me encontraba en buenas relaciones con Quevedo. Todavía recuerdo la indignación que me causó el escuchar en boca de una persona mayor, a quien en mala hora se me ocurrió hablarle de la influencia de Quevedo sobre la monja mexicana sor Juana Inés de la Cruz, estas palabras descomedidas: «¡Qué barbaridad! ¡Si Quevedo era un groserón!».
Pocos años después, en aquel bucear a solas que fue mi formación literaria, Góngora se apoderó de mi fantasía; y así al sesgo, por las simpatías y diferencias entre el cultismo y el conceptismo, gemelos enemigos, seguí ojeando mi Quevedo. Lo primero que conocí de Góngora fue, directamente, la edición de Hozes y Córdova, Madrid, 1634, que adquirí por $ 30 de mi alma en la librería de Orortiz (calle del Esclavo), donde yo, estudiante, me escondía entre los callejones de libros para disfrutar desde allí la charla de varios historiadores que solían juntarse en tertulia: González Obregón, Pereyra, Salado Álvarez. Ahora soy feliz poseedor de otro ejemplar de aquella edición, que el año de 1933 me envió Paul Morand desde París a Río de Janeiro, con estos versos, firmados en Villefranche donde veraneaba:
Ce coup de gong aux rats attablés au fromage de la poésie impure, celui qui le frappa —et fit un bruit qui dure— n’est ce pas Gongorá?
Le contesté con esta décima sobre los «Paúles»:
En la Poética Suma, como sin darle importancia, los Seis Paúles de Francia se me vienen a la pluma: si Verlaine es todo espuma, Claudel fuego, y Valéry cristal, y Fargue benjuí, y Éluard literatura, Morand, queda la flor pura para apellidarte a ti.
Cuando, en mis tiempos de Madrid, Rafael Calleja me pidió una antología popular de Quevedo para sus ediciones, tuve que refrescar mis lecturas, porque andaba distraído con otros temas. Pronto me pareció percibir que, además de la leyenda procaz, hasta los estudios eruditos se había deslizado otra leyenda en torno a la biografía de Quevedo: la de las anécdotas y los duelos providenciales, lances de máscara y de espada, y un cierto afán de rodearlo siempre de acasos pintorescos. Preferí entonces dar al pequeño ensayo que sirve de prólogo a mi antología, y que recojo en los Capítulos, un tono general, abreviando rasgos biográficos e insistiendo en la impresión que deja la obra. Pero Rafael Calleja, que con razón pensaba en el público al que destinaba sus ediciones, me pidió que apuntalara mis generalidades con algunos datos y fechas. Y aunque lo hice en notas o en pasajes incrustados para no alterar mi redacción primitiva, aquel caballeroso amigo estaba tan acostumbrado a que los escritores recibieran siempre cualquier observación con impaciencia («Genus irritabile vatum»), que me mandó pagar una remuneración doble de la convenida para compensar mi pequeño esfuerzo.
Las «Apostillas a Quevedo» que aparecen en los Capítulos no son más que las breves introducciones explicativas que preceden a cada sección de la antología.
Para estudiar a Quevedo es corta una vida. Mucho más tendría que decir si volviera al tema; pero lo mismo me acontece con todos los demás temas de los Capítulos.
XII
La nota sobre Le Mexicain Ruiz de Alarcón et le Théâtre Français evoca para mí los mejores días de París y el grato ambiente de la Revue de l’Amérique Latine: Francisco y Ventura García Calderón, Charles Lesca, Ernest Martinenche, Armando Godoy, Gonzalo Zaldumbide.
Mi primera relación editorial con París se estableció a través de mi caro y noble amigo Francisco García Calderón, cuando yo vivía aún en México y cursaba la Facultad de Derecho. Pedro Henríquez Ureña me decidió a reunir mis primeros ensayos. El manuscrito de las Cuestiones estéticas fue remitido a Ollendorff, por conducto de mi familia, que se encontraba en París. Francisco apadrinó aquel libro de un joven oscuro y le puso un prólogo tan generoso como todo lo que sale de su pluma. La obra se publicó a fines de 1910. Yo llegué a París por agosto de 1913 —era mi primera salida—, y de pronto me sentí tan desconcertado, entre la sorpresa y la ruina familiar que había dejado a mi espalda, entre el pasado incendiado y el porvenir incierto, que me parecía estar más lejos de Francia que cuando, en México, pasaba yo por la librería Bouret, en la avenida del Cinco de Mayo. De esta primera hora de desconcierto ha quedado un rastro en El cazador, Madrid, 1921 («París cubista: Film de aván-guerra»). Pero la desordenada siembra se quedó en los lechos del alma, tal vez esperando su estación. Entretanto, ante una situación que se sabía indecisa e insostenible, yo me había arreglado para trabajar, llegado el caso, en las editoriales de Ollendorff y Garnier, que publicaban libros en español y dominaban las plazas de América. Vino lo imprevisto: a la vez que en México se suspendió en masa al cuerpo diplomático, sin proporcionar viajes de regreso, en Francia estalló la guerra y cerraron sus puertas las dos casas en que yo fundaba mis proyectos. Y aquí sobrevino esa declinación «Rumbo al Sur» de que hablo en Las vísperas de España.
Diez años, diez fecundos años de España, años de provechosa lucha, la mitad en plena vida periodística y literaria, y la otra mitad de nuevo en nuestro servicio exterior, me permitieron conocer aquel mundo por los dos extremos y el medio, y compenetrarme para siempre con la gente que preparaba el porvenir de aquel pueblo con cuyo dolor han latido las más altas esperanzas del mundo. Durante esta ausencia, se organizaban en mí, inconscientemente, las desordenadas impresiones de mi primer París. Tuve, en este tiempo, la ocasión de volver unas cinco veces a Francia. Fui primero con Azorín a Burdeos (Las vísperas: «De servicio en Burdeos»); y luego a París, ya para acompañar a Genaro Estrada y a Manuel Toussaint, ya en simple viaje de recreo, ya para leer en el Colegio Libre de Ciencias Sociales (Rue Serpent), en cierto ciclo americano organizado por Alberto Zérega-Fombona, una conferencia, «L’Évolution du Mexique» (Revue de l’Amérique Latine, París, abril-mayo de 1923), que fue publicada por la Revista de Revistas de México, traducida al español, si no me engaño, por José María González de Mendoza.
Fui llamado a México a mediados de 1924, y aunque designado para Buenos Aires, adonde al fin no se me envió en esa vez, anduve entre Francia y España de octubre a diciembre del propio año, en cierta comisión pasajera; hice un corto viaje a Roma por Navidad y Año Nuevo, y en enero de 1925 me encargué de la Legación de México en París. La Revue de l’Amérique Latine me recibió con una generosa reunión de amigos en la que, además de sus redactores, estaban presentes Souza Dantas, embajador del Brasil y decano de los americanos, Robert de Flers, el senador Honnorat y hasta el viejo Richepin. Martinenche, el caro maestro, decía entre otras cosas: «¡En qué malas compañías andaba usted la primera vez que apareció entre nosotros! ¡Hasta lo vi a usted en mi curso, en la Sorbona!».
Un día hubo cierta reorganización en la Revue de l’Amérique Latine, y sus fundadores tuvieron la gentileza de ofrecerme la dirección, que mi cargo diplomático no me permitió aceptar, porque me quitaba a la vez tiempo y libertad para el comentario de la vida pública americana. Cuando, años más tarde, la revista puso fin a sus días como el estoico, recuerdo que Valery Larbaud —tan puntual en la correspondencia con sus amigos mientras su salud lo consintió— me dio la noticia con sincera pesadumbre. «En verdad», me decía, «llenaba una necesidad indiscutible, tenía un sitio único».
Precedida por la Revue Sud-Américaine que fundó Leopoldo Lugones en París, año 1913, y por la Hispania, trimestral de Ventura García Calderón, llegó a vivir más que todas ellas, y su colección pronto se cotizará como una rareza y un documento de época. Mucho ha de llover para que la vida literaria de los hispanoamericanos en París recobre la vitalidad que en esa revista se refleja.
México, octubre de 1939
Pasado inmediato (1941); OC, XII
APUNTES SOBRE AZORÍN
RASGOS DE AZORÍN
LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES acaba de publicar —y de celebrar con una lectura a que han asistido las doce o quince personas interesantes— un libro de Azorín: Al margen de los clásicos. Esta es ocasión de decir algunas cosas personales sobre Azorín.
LA TIMIDEZ
La gente que le conoce habla de él como de un hombre tímido. Todas las formas de la timidez, dicen, él las padece. No es orador, y esta determinante ha modelado toda su ética y su estética. Titubea en la conversación. En dos ocasiones me ha dejado hablar casi sin despegar él los labios, aunque no sin calarme con su mirada perspicaz. De cuando en cuando, y con monosílabos, le ponía una coma a mis frases, un acento, una diéresis a mis palabras. Como no es orador, escribe. Ya escribir me parece una forma de pudor: el papel es el interlocutor más complaciente, y al lector no lo vemos siquiera.
Oigo decir que del Azorín de ayer al de hoy hay como un proceso de reconcentración: los adjetivos se han hecho más escasos, y las frases, más cortas. Salvo las dudas que abrigo sobre esa receta de la crítica que todo quisiera explicarlo por las «dos maneras del escritor», es verdad que el procedimiento de Azorín se ha hecho menos adjetivo, pero es que se ha hecho más sustantivo. Porque hay tantos estilos como hay funciones de la palabra, sin exceptuar los estilos de régimen y de interjección. Por lo que atañe a la frase corta en sí, ¿qué reparo hacerle? Lo bueno, si breve, dos veces bueno, dice Gracián. Además de que la frase corta tampoco denuncia necesariamente timidez. En aquel cubano fino y ardiente —José Martí— la frase corta era un latigazo eléctrico. Por otra parte, lo breve es, de suyo, imperativo. Y, sin embargo, es cierto que en Azorín la brevedad finge timidez. «No escribe», he oído, «balbucea». Porque el ritmo de su prosa es muy uniforme; porque traza todas las líneas en el mismo sentido, sin cruzar la pluma. Es que, en Azorín, la frase corta no busca la síntesis o la fórmula, sino que vuelve a la actitud primitiva de la mente, y procede, otra vez, por adiciones. Así, en lugar de «tres», suele decir: «uno + uno + uno». Es que algunas veces no retrata, sino que deletrea el objeto, como un primitivo.
Y aumenta, en fin, la sugestión de timidez, esa melancolía igual de sus cuadros, y hasta la buscada semejanza que tienen entre sí todas sus escenas, descritas siempre al modo romántico.
EL BOVARISMO
Un sutil intérprete de Flaubert, «dialectizando» sobre la Madame Bovary, ha definido con el nombre de «bovarismo» esa ilusión voluntaria, ese don de concebirse distinto de lo que se es, sin el cual ni la vida individual ni el arte podrían existir. Aparte de su significación fundamental —base del idealismo filosófico—, el bovarisrno tiene significaciones relativas. Bovarista es el que se equivoca de buena fe al juzgarse; bovarista, el que se desdobla en una existencia ficticia —lo cual es distinto de equivocarse, aunque está fundado en el equívoco.
Son las más inesperadas las reacciones de la timidez. Aquel tímido estalla, de pronto, en gritos desacordes, pensando que por los rugidos vamos a tomarle por león. Los hay, como Amiel, que se libran de su esterilidad describiéndola. Otros —en el fondo los más creadores— inventan, por bovarismo, un tipo semirreal, seminovelesco; un doble a quien encargan de realizar, por las páginas de los libros, lo que ellos no realizan por las calles y plazas. Es posible que el señor Martínez Ruiz sea tímido; pero ese pequeño filósofo que él ha inventado, ese «Azorín» que de hijo suyo ha pasado, poco a poco y por un eclipse psicológico, a confundirse con él y a servirle de vestidura externa, ese ha dicho sobre la vida y el arte españoles, si no las cosas más audaces, las más personales. Y realizado ya el prodigio, abierta la vena por donde el tímido ha de desahogarse sin rubores, entonces todo puede hacerse, con tal de que se haya conquistado, como en el caso, la gloria literaria.
LA LECTURA
Faguet no ha dicho nada importante sobre el arte de la lectura, ni es posible aquí reglamentar, como no se puede reglamentar la índole de las gentes. Alguien afirma que traducir es «servir». Y leer, ¿qué será? No es un joven quien podría definirlo: al adolescente le asalta su yo crítico, a la hora en que quiere olvidarse con la lectura. Más tarde, va dejando el yo de ser dolencia y se vuelve resignación. El hombre maduro sabe leer, se entrega, voluntariamente, a otro hombre; entra en él por un doble esfuerzo de cansancio y de disciplina. Porque a la inquietud rebosante no hay quien la obligue a seguir un rumbo trazado, a leer un libro ya escrito. Pero aquí, como en todo, la edad es cuestión de temperamentos, y hay hombres que han tenido siempre edad de lectores.
Azorín es un gran lector. Es, desde luego, uno de los pocos que han sabido leer sus clásicos. A veces nos habla de las palabras que ha encontrado en el curso de sus lecturas. A veces escribe porque lee, y a veces escribe lo que lee. Su caso nos recuerda el del joven Stevenson, que acostumbraba salir al campo con un libro en el bolsillo izquierdo, para leer, y un cuaderno en blanco en el derecho, para escribir. Y creemos, con una adivinación maliciosa, percibir en su cara un ligero gesto de despecho, cuando ve que Lemaître se le anticipó, llamando a su libro Al margen de los viejos libros. Azorín siente que esta denominación le pertenece, y hace bien en reivindicar el título para su obra.
Pero ser lector (es inevitable: o escribimos hoy bajo un ofuscamiento, o todo se reduce al mismo diapasón), ser lector es también ser tímido. La amistad de los libros es una imitación atenuada de la amistad de los hombres: no hay amigo tan complaciente como un libro; a su autor, ni siquiera lo tenemos delante.
LAS VENTANAS
En mi nueva Literatura Preceptiva, Azorín queda clasificado como «poeta de ventanas». La imagen del hombre a la ventana le es una obsesión. El hombre de la ventana ha visto pasar la historia —la historia humilde, diaria e intensa, la que se ve desde las ventanas—, sin que le puedan «quitar el dolorido sentir». Todo hombre, en Azorín, aparece como una expectación ante una ventana. A los poetas antiguos y modernos los imagina siempre en relación con el paisaje de sus ventanas. Azorín es un hombre a la ventana. Su obra toda exhala el misticismo de la celda y la claraboya. Concentrado, pero curioso; tímido: de su casa más que de la calle; pero inteligente, abierto al espectáculo del mundo: tal un caracol que, desde su hendedura, arriesga los palpos filosóficos y meditabundos.
1915
Los dos caminos (1923); OC, IV
CARTONES DE MADRID
LAS RONCAS
BLUSAS ROJAS, pañuelos verdes al cuello; la falda, como quiera.
Esas hembras de voz tan ronca, de fáciles cóleras, son todas hembras, todas conscientes de la maldición. Andan con un ritmo animal, pisan el suelo de verdad, usan unas alpargatas planas. De allí que la cadera, siempre en juego, sepa quebrarse graciosamente; pero casi siempre se desarrolla en exceso con los años, y esas mocitas terribles de quince se pierden al crecer.
Mujeres trompos, mujeres ánforas. Siempre van a la fuente: qué sé yo si quiebran el cántaro. El botijo les es natural, como el espejo o la manzana a la diosa. Lo han criado en sus curvas, lo han brotado de sus cinturas; lo abrazan al pecho y se balancean, mirando fosco, como si abrazaran a un amante. Cuando van a llenarlo a la fuente, todo el mundo puede pedírselo y echar un trago al aire. Entonces hacen corro para comadrear, hablan de tarabilla, carcomiendo todas las palabras, a pie quebrado, transformando las consonantes para tropezar menos en ellas, con instinto y con natural majeza.
Y hablan ronco, ronco, echando del busto una voz tan brava que nos desconcierta y nos turba. Y aguantan, si las miramos, y hasta gritan algo: acuden al reclamo siempre. Y contestan el requiebro, prestas, en una lengua hueca y convencional que las defiende mejor que los pudores.
¿Qué quieren? Quieren que nos maten. ¿No es eso amor? Quisieran devorar al macho, apropiárselo íntegro, como la hembra del alacrán. Cercenarle la cabeza, como la araña, al tiempo de estarlo embriagando: mascullarlo, desgarrarlo, echarlo a la calle a puntapiés, tembloroso todavía de caricias.
CANCIÓN DE AMANECER
Me despierta el luminazo de la ventana: un cielo resueltamente azul: un ángulo de muro encalado que se tuesta en oro. Es tan temprano, que el cuerpo se resiste aún y, durante algún tiempo, el sueño entra y sale por los ojos, antes de abandonarnos. Suben los rumores por el vano: cloquear de gallinas, mugir de vacas, patético ensayo de una mula que no puede hallar término medio entre el relincho y el rebuzno; rechinidos de campo, voces roncas de mujeres y sonoros bajos de voz viril.
Oigo entonces lo que sólo entonces he oído: caricias de una madre a un pequeño. Por esas calles del pueblo no es fácil sorprender ternuras: vense mujeres con hijos colgándoles por la cintura y los brazos; pero maldicientes, rabiosas:
—¡Hay que ver! ¡Hay que ver la guerra que dan los críos!
Y mojicón por aquí, cachete por allá, infierno de chillidos y cólera. La mujer del pueblo vive aquí de la cólera. Ellos son más mansos en el trato. Ellas, broncas, iracundas siempre. Y hasta para acariciar al hijo ¡tanta aspereza! ¿Sabéis lo que se oye por esos arrabales?
—¡Te voy a pegar en el culo!
Esta es la caricia que muchas mujeres del pueblo dedican a sus hijos. En el trato con los niños, se oye sin cesar esta palabreja, que parece consagrada al mundo infantil.
Mi vecina, en cambio, es toda de miel al amanecer. La hora sin trabajo, la hora de su corazón. Oigo los besos, y oigo unas palabras tan dulces que me hacen pensar en mi tierra:
—¡Mi rey, mi ángel! ¡Mi rey, mi ángel!
Y al fin —cuando ya no cabe en el pecho la ternura— brota una canción. No es bella su voz, pero es de animal exacto; funciona bien, y produce con precisión todas sus notas, con una claridad de tímpano. Es la más hermosa canción de España. Me llegan algunas frases destacadas: un lenguaje claro, giros bien casados, bien cocidos, vieja lengua del pueblo, con unos gerundios que danzan y unos espesos relativos… Si quiero recordar la tonada, zumba vagamente a mis oídos, y al fin se escapa.
Canta, canta la clara voz. El sueño entra y sale. Abro los ojos. Cierro los ojos. Bailan unas moscas en la luz.
VALLE-INCLÁN, TEÓLOGO
SÚBITAMENTE
Don Ramón María del Valle-Inclán ha pronunciado, en el Ateneo, una conferencia teológica sobre el «quietismo estético». Súbitamente: ¿qué conexión puede tener el asunto con la hora actual, como no sea una conexión negativa y paradójica? ¿Acaso la reciente exposición de pintores le hizo volver sobre las contiendas del dinamismo y del quietismo? Él, por lo menos, no lo confiesa. Habla como si viniera de otro mundo: ¡como si no supiera lo que nos está sucediendo! Es decir —insisto—, súbitamente. Habla para negar el movimiento, ¡y todo, ante sus ojos, está moviéndose, pintándose y borrándose, como los juegos de niños en la arena que decía Heráclito! Acaso ese mismo estrépito lo ensordece; acaso el movimiento absoluto que nos embriaga ha acabado por asentarse en su ánimo con una impresión de constancia, de quietismo.
UNA CONFERENCIA TEOLÓGICA
¿Qué nos importa, en efecto, el pretexto estético a que el conferenciante se acoge? Estético tiene que ser siempre su procedimiento, literarias sus alusiones, artísticos sus recuerdos, porque todos hablamos el lenguaje de nuestro oficio. ¿Qué nos importan sus fugaces definiciones del clasicismo, ni qué sentido pueden tener? No es eso lo importante. Tampoco lo es la falsa combinación que ensaya entre dos o tres teorías modernas, y ya viejas, y dos o tres teorías antiguas y eternas. En rigor, lo que nos seduce es el «teologismo» nativo de su discurso. En esta nación de teólogos armados, el Manco de Madrid cumple un sacerdocio renovando el prestigio de las argumentaciones sobre el Paracleto. Y, por geometría, por matemática, con constante referencia al punto, la línea, el círculo y la esfera, emprende —coram populo, ante un auditorio de Ateneo— la exposición del misterio del Espíritu Santo, la homilía de la Trinidad y la definición de los pecados mortales.
EN EL ATENEO
La sala está llena y hay más mujeres que hombres, como sucede ya siempre en este mundo. (¿Por qué, amigos míos, por qué?)
Don Ramón es una figura rudimental, de fácil contorno: el mirarlo incita a dibujarlo: con dos circulitos y unas cuantas rayas verticales queda hecha su cara (quevedos y barbas), y con cuatro rectas y una curva, su mano derecha (índice, cordial, anular, meñique y pulgar). Cara y mano: lo demás no existe, o es sólo un ligero sustentáculo para esa cara y esa mano. De hecho, nada más necesita el maestro definidor: la cara es el dogma, y la mano es el comentario.
Habla bien, conoce la nigromancia española. Es galante: ofrece la teología en bombonera. Pero no sólo hace de abate florido, no: una vez traspuesto el preámbulo, sus ojos comienzan a centellear, su voz se torna cálida, y su mano de cera, más elocuente aún que sus palabras, dibuja y discorre continuamente una curva rítmica, isócrona, trascendental. La mano va y viene. Por momentos, el índice parece alargarse para apoyar un corolario que se quiere escapar. Otras veces, se despliega aquella larga aleta de pez y azota el aire, o bien se ostenta como un plano de proyección para las ideas. Lanzadera metafísica, la mano va y viene. La cara es fecunda como una cifra, y la mano desenmadeja las infinitas connotaciones de la cara.
Afronta el absoluto sin caer en el ridículo. Cuando habla de la muerte, lo hace con conocimiento personal, asumiendo la responsabilidad de haber estado muerto algún día. Aconseja olvidar, después de aprender y conocer, para no conservar más que el olor del conocimiento. Hagamos —decía el quietista Miguel de Molinos en el siglo XVII— como la nave que, llegada a puerto, olvida el oficio de la vela y del remo. Busca nuestro teólogo una ilustración a la doctrina: se acuerda de Velázquez. Lo imagina trabajando en su galería de Palacio, a toda hora de la mañana y de la tarde. No pinta la luz accidental, la que pasa, la que no existe; no pinta el acaso dinámico del momento, y ni repara en «el flemón que le salió aquel día al buen señor». Pinta lo estable, pinta la luz general, pinta el día, pinta el tiempo. Y, para llegar a esta comprensión de lo estático y lo perenne —así como el místico árabe, tratando del éxtasis, aconsejaba entregarse al movimiento giratorio—, él aconseja mirar las cosas en el recuerdo, evocándolas con razón quieta de amor.
Afronta la definición de los enemigos del alma: el mundo perece con los ojos que lo contemplan, es una creación de la luz. La carne perece con la carne. ¡Pero el Demonio! El orgullo, el amor y el aborrecimiento, los pecados anteriores al hombre, anteriores a Adán, son los únicos que nos eternizan. (Por el auditorio ha corrido un temblor. No se oyen aplausos, sino resuellos agitados.)
Afronta la definición de la obra creadora. Compara al hombre con el animal porque, como este, produce imágenes que se le parecen; pero lo compara también con el ángel porque, como este, produce acciones. Y aquí, al hablar del sexo de los ángeles y establecer que toda obra de arte es un andrógino, nos ha recordado a Anatole France cuando glosa a los filósofos griegos y a los Padres de la Iglesia; pero también nos recuerda (él no se asombrará de oírlo) al padre Feijoo.
Afronta la definición de la magia. ¿La magia? El conferenciante vacila…, lleva la mano a la frente, como si se acomodara la tapa de la cabeza (un nuevo escalofrío ha corrido por el auditorio), y dice con voz sofocada:
—¡Voy a ver zi puedo ezplicarme!
La magia es, en uno de sus aspectos, aceleramiento de la vida, nueva carga dinámica en el dinamismo de la vida: don Illán el Mágico ha visto desfilar la historia en un segundo, y en el reflejo de unas redomas hemos leído todos nuestros años por venir.
Valle-Inclán el Mágico nos ha hecho vivir varios siglos de vida intensa en media hora:
Tengo la sensación de que siento y que vivo a su lado una vida más intensa y más dura.
Después de la conferencia, a la vez que una emoción de linda y preciosa finura, nos llevamos el sabor de algo áspero, bronco y hasta salvaje. ¿Qué ha sido ello? Lo diré: ¡la manga vacía!
LA MANGA VACÍA
Como esos despertadores que vibran y brincan al disparo de una potente maquinaria, aquel frágil ropaje humano ha vibrado y ha brincado también sacudido por una idea más grande que él. Entonces, al abrirse la mano derecha como un ala, al desarrollarse el brazo derecho como un remo en una tempestad, el muñón izquierdo se ha erguido, tremolando al aire —con una elegancia ya sangrienta— una manga vacía.
GINER DE LOS RÍOS
Se le recuerda como un viejecito pequeño junto a una estufa: como un viejecito siempre joven. Un alma fina de rondeño, una aristocracia nativa disfrazada con un traje vulgar. Es tan suyo, les pertenece tanto o es tanto lo que ellos le deben, que resulto intruso al evocarlo.
Era un krausista derivado de Sanz del Río, un profesor de Filosofía del Derecho, un escritor, un liberal. Pero nada de eso es importante: era un hombre de temple apostólico. ¿Su fuerza? La sonrisa. Desconfiad —hallo en el libro de mis proverbios— de la puntualidad de aquellos que adelantan el reloj, y desconfiad de la energía de los que se encolerizan. En efecto, la amabilidad es la mayor fuerza y la mayor disciplina.
Era hacendoso: aseaba él mismo su cuarto. Era un religioso; más bien un místico, pero a la manera española: cargado de ideales prácticos y positivos. La buena tradición española quiere que la práctica y la mística broten juntas, como en la actual filosofía pragmatista. Santa Teresa fundaba monasterios y los sabía regentar. ¿Qué dice a sus hijas de devoción? Oídla: «Entre los pucheros anda el Señor». ¿Qué entendía ella por acercarse a Dios? Algo como realizar una empresa, como llevar a buen término una campaña, como ganar una partida de ajedrez. «Daremos mate a ese Rey Divino», grita en un momento de entusiasmo. Y san Ignacio de Loyola es un personaje militar: es el militar. No es nuevo esto de que la tarea guerrera se avenga con la mística. James ha dedicado una hermosa página a definir el misticismo militar: el soldado no tiene, no debe tener bienes terrenos; vive con el pie en el estribo y parte al menor llamado, sin mirar los riesgos, «como una flecha del anhelo». Porque el misticismo es condición de la vida activa.
En otro siglo, a este viejecito ágil le hubieran llamado san Francisco Giner. Y él mismo comprendía lo místico de su misión. Dicen que él ejercía el sacramento de la palabra, y que su función social era hablar. Hablaba —o mejor, conversaba— de la mañana a la noche; y en los pocos ratos perdidos, quizá para aprovechar las ideas que el cansancio engendra de rechazo, escribía sus libros. (Pero los libros no debieran ser más que memoranda de la acción.) Hablaba para consolar a los afligidos: así, como suena y sin literatura. He oído a más de uno decir, cuando corrió por Madrid la nueva de su muerte:
—¿Y a quién llevaremos ahora nuestras dudas íntimas?
Y muchos son los que aseguran deberle todo lo que han llegado a ser.
Ministraba la confesión laica. Era bueno por profesión. ¿Sonreís? ¿No creéis en la profesión de ser bueno? ¿Pensáis todavía que el hábito no hace al monje? Rezagados andáis. Mas, tranquilizaos, era también bueno por espontaneidad generosa.
Ni siquiera le faltó sublevarse, como a buen santo español. Después de ganar una cátedra en la universidad, renuncia a ella para unirse a los perseguidos. En el éxito no se adiestran los hombres; hay que probar antes el fracaso. Y así, de uno en otro ejercicio espiritual, prueba éxitos y fracasos, acatando plenamente el sabor de la vida. Desde el 68, con la revolución triunfante, influye en la enseñanza pública. Era su destino, era jardinero de almas. En el 75, con la restauración monárquica, vuelve a unirse a los perseguidos, y salva —huyendo como Noé en su Arca— la cultura romántica. El ministro que lo perseguía tiene un nombre medieval y eclesiástico: Orovio. Orovio hace encarcelar en un castillo de Cádiz a Francisco Giner, presa de la fiebre. Francisco Giner rechaza el auxilio que le ofrece Inglaterra, porque «el gobierno español sabe lo que hace». Orovio flaquea: el santo es excarcelado, pero se le destituye de su cátedra. Vuelve el santo a Madrid: funda la Institución Libre de Enseñanza.
Y he aquí como tampoco le faltó fundar una orden. No sé bien si es una orden monástica, pero me parece que es una orden de caballería; aunque tal vez ambas cosas paran en una. Y de aquí proceden los nuevos caballeros de España. Los hombres del 98 —pléyade improvisada y callejera, hija de su propia desesperación— acaban por coincidir más o menos con él, que representa lo orgánico, lo institucional. La inmensa devoción del santo produce frutos por mil partes. «Influyó siempre —leo en un periódico— de una manera interna, pura e ideal en muchos movimientos y en muchas instituciones que nadie creería relacionadas con él.» Las instituciones que de él proceden directamente forman sin disputa el grupo avanzado de la cultura española.
Este hombre se ha multiplicado como una divinidad indostánica, para asilarse en el corazón de todos sus adeptos. Y desde allí funda y reforma. Porque —hay que subrayarlo—, como buen místico español, era descontentadizo. (En el fondo de la mística, ¿no es verdad que alienta la herejía? Las prudentes madres superioras prohíben, por eso, a las pupilas, que cultiven el éxtasis.) Después del Concilio Vaticano, Francisco Giner se aparta de la Iglesia católica.
Si Francisco Giner no está precisamente en el origen de todas las orientaciones actuales, es indiscutible que todos los hilos han pasado por sus manos. Su influencia personal es tan honda que abunda quien le deba hasta algunos de sus ademanes más habituales, y aquella manera de exclamar: «¡Por Dios, por Dios!». En las dos o tres conquistas de la gente nueva, él ha intervenido. Es a saber: en la política, sustitución de la listeza por la honradez; en la ciencia, sustitución de la fantasía por la exactitud; en el trato humano, abolición de lo público teatral. (Los hombres se salvarán por la intimidad, por el trato de hombre a hombre.) En la instalación de la vida, sustitución del color local por la adecuación y por la higiene. ¡Cuánto hemos pensado —visitando los pabellones, los jardines, la biblioteca de la Residencia de Estudiantes— en el quevedesco pupilaje del Dómine Cabra, que, aunque segoviano, podemos imaginar situado hacia la calle de Jácome Trezo, donde en fuerza de ayunar, al Buscón y a su señor don Diego se les poblaba el estómago de alimañas!
Cartones de Madrid (1917),
recogido después en Vísperas de España (1937); OC, II
Pulsuz fraqment bitdi.