Kitabı oxu: «Cronista de dos mundos»
Contents
1 Introito
2 Astor Piazzolla. Un tango con la sirena de la ambulancia
3 Miguel Ángel Bustos y la doble red
4 ¡Salve César! o el conductor de los domingos
5 Antonio Porchia. “Voces” del silencio
6 El conde Eugenio de Chikoff o el magisterio de los buenos modales
7 Juan L. Ortiz. El escondido licor de la tierra
8 Entrevista a Sara Gallardo
9 Tres pintores argentinos en París. Noé, Pérez Célis y Deira
10 Edmond Jabès y el libro de lo vivido
11 Carlos Fuentes. La novela mítica
12 Elie Wiesel. El heredero de la memoria
13 Adiós a Sartre, el que quedaba
14 Israel tiene 50 años y mira telenovelas
15 Carlos Gardel o la valija del padre
16 Marguerite Duras y un camino hacia la soledad
17 Este país
18 El grito de Benjamín Fondane
19 El fantasma de los jázaros
20 Julio Cortázar y Fredi Guthmann. Perseguidores de absoluto
21 Escandalosamente ellas, las surrealistas
22 En la dacha de Stalin
23 Gauchos judíos. Tiempo de juntar las piedras
24 Las dos Bolivias de Paz Estenssoro a Evo Morales
25 Carta a Simone de Beauvoir
26 Setenta balcones y bastante flor
27 Diálogo de mestizos
28 Las raíces africanas de la Argentina
29 Il Corriere della Massera
30 Edgar Bayley y la tentación de la claridad
31 El dinero y las palabras
32 Purgatorio de los escritores
33 Germaine Tillion y la observación como arma de resistencia
34 Por qué escribí un libro sobre Milagro Sala
35 La antecesora Simone Veil (1927-2017)
36 El “Teorema de Gorosito”
37 A modo de epílogo. El tesoro de la incertidumbre
Landmarks
1 Cover



Dujovne Ortíz, Alicia
Cronista de dos mundos : textos periodísticos / Alicia Dujovne Ortíz ; compilación de Ariel Hendler. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2021.
Libro digital, EPUB - (Periodismo de colección)
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8303-64-2
1. Periodismo Cultural. 2. Entrevistas. 3. Literatura Feminista. I. Hendler, Ariel, comp. II. Título.
CDD 070

Dirección de colección: Constanza Brunet
Coordinación editorial: Víctor Sabanes
Edición: Ariel Hendler
Asistente editorial: Carla Belén Rafael
Corrección: Brenda Wainer
Diseño gráfico de tapa e interiores: Hugo Pérez
Fotografía de tapa: gentileza de Éditions Gallimard
© 2021 Alicia Dujovne Ortiz
© 2021 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
marea@editorialmarea.com.ar
www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-8303-64-2
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio
o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Agradezco a Ariel Hendler por el modo sensible
y riguroso con que seleccionó y editó los artículos
contenidos en este libro.
Introito
La memoria hace trampas que pueden confundir, pero también esclarecer. Mi primera entrevista para la revista dominical La Nación tuvo lugar en 1969. Sin embargo, durante largo tiempo guardé una imagen curiosamente distorsionada de esa escena. Me veía a mí misma de veinte años, tímida estudiante de Filosofía y Letras con su montgomery de botones con forma de tronquitos, temblando de nervios porque iba a entrevistar a Nélida Lobato, una vedete de teatro de revistas hoy olvidada. Solo al disponerme a prologar esta antología me doy cuenta de la transposición: para el momento de la entrevista no tenía veinte años sino treinta y, entre otras cosas, ya había tenido una hija y publicado un libro de poemas. Pero fue el periodismo, ese ejercicio indiscreto que consiste en hurgar por detrás de la supuesta realidad, el que me arrancó del lugar delicioso al que llamamos el propio ombligo, me despertó la curiosidad por las vidas ajenas y me convirtió en biógrafa y en novelista.
No sé por qué el director de la revista La Nación, Ambrosio Vecino, me consideró la persona ideal para entrevistar a actrices y actores. Y digo que no lo sé, porque mis orígenes familiares –una madre, Alicia Ortiz, escritora feminista y comunista, y un padre, Carlos Dujovne, dirigente y editor del PC–, no resultaban el mejor pasaporte para ingresar en ese diario tradicional. Lo cierto es que me encontré de buenas a primeras entrevistando a decenas de personajes extraordinarios como Narciso Ibáñez Menta, Luisa Vehil, Alfredo Alcón, Norma Aleandro, Hedy Crilla o Niní Marshall, a los que yo, con razón o sin ella, estaba convencida de haber aprehendido a fondo, tanto psicológica como profesionalmente, gracias a un sistema de mi invención que consistía en callarme la boca para, por una parte, escuchar el murmullo de lo que no se decía y, por otra, esconder mi ignorancia. No fallaba nunca: instantes después, el propio entrevistado me lo aclaraba todo.
Habrá sido alrededor de 1972 cuando el poeta Mario Satz me legó su puesto de crítico literario en Raíces, la revista de la Sojnut, la Agencia Judía que reclutaba candidatos para hacer aliá, o en criollo, emigrar. Mi trabajo allí tuvo por consecuencia que Mario Diament me propusiera como secretaria de redacción en una revista de la Sociedad Hebraica Argentina, llamada Plural, que él dirigía. Poco más tarde, también por su intercesión, aterricé en el diario La Opinión como redactora de la sección Vida Cotidiana. Para mí, entrar en ese diario era como entrar en Le Monde, aunque lo hiciera por la puerta chica y dentro de un rubro en el que no descollaba. Pese a todo, coseché algunos laureles gracias a mis consejos para que los ravioles no se abrieran al echarlos en el agua hirviente; consejos lo bastante surrealistas como para que el director del suplemento cultural, Luis Gregorich, pidiera mi traslado a esa sección del diario. Y ahí sí, por fin, el periodismo literario me abrió los brazos. Si nunca hubiera escrito otra cosa en mi vida que mi entrevista al poeta Juan L. Ortiz, pienso que me podría morir tranquila: la nota reflejó con tal amplitud nuestro encuentro en su casita de Paraná, que hasta conservó el canturreo con que el anciano sabio Juanele iba ritmando sus palabras: “Mmm mmm...”.
Hasta que en 1977, un año después del golpe de Estado, el diario fue intervenido por el Ejército. A esa altura, yo ya había organizado en todos sus detalles mi traslado a París. Contaba con una beca modesta pero bienvenida de la embajada francesa y con dos pasajes para mi hija y para mí, ofrecidos por el periodista Emilio Perina a cambio de notas para una revista que él estaba por publicar y que –ha llegado el momento de hacer mea culpa– en la vorágine de mi llegada a Francia nunca le mandé. Contaba asimismo con la promesa de Luis Gregorich: él me publicaría notas en el suplemento haciéndome pasar por corresponsal hasta que clausuraran el diario –una muerte anunciada– con el objetivo de poder cobrar la indemnización, por escasa que fuera.
No acababa de hacer pie en la capital francesa cuando el escritor cubano Severo Sarduy me propuso escribir notas sobre literatura latinoamericana para Les Nouvelles Littéraires. Además publiqué otras en Le Monde y multipliqué las entrevistas para el suplemento de La Opinión: a Héctor Bianciotti, el argentino convertido en miembro de la Académie Française que fue mi gran apoyo en París; a Nathalie Sarraute, importante figura del nouveau roman; a Michel Tournier, admirado escritor que me despachó sin miramientos en cosa de minutos; a Roger Caillois, el “inventor” de Borges, según este; a Philippe Sollers, jefe de fila del grupo Tel Quel, seductor, hablador y eternamente prendido a su pipa como a un caramelo; a Costa-Gavras, el serio y militante director cinematográfico griego que me invitó a presenciar la filmación de Clair de Femme, con Romy Schneider, y a Yves Montand, entre otros.
Por desgracia, casi todas estas entrevistas han desaparecido, en parte por culpa de ese régimen que destruyó el archivo de La Opinión y, en parte, por mis múltiples migraciones, durante las que fui perdiendo estos y otros artículos publicados en diferentes medios. Con todo, lo milagroso es haber podido conservar un paquetón de artículos más que suficiente como para permitir la publicación de esta antología. Y el colmo del milagro: que la única de mis entrevistas parisienses salvada del naufragio fuera justamente la más importante a mis ojos: aquella que refleja mi encuentro con el maravilloso poeta judeoegipcio Edmond Jabès, de quien recuerdo su rostro, de una bondad profunda y dolorosa, y la voz con que me hablaba de los rabinos que en su obra dialogan por encima de los siglos.
Clausurada La Opinión, me alejé del periodismo durante largos años. Hasta que en 1995, ya convertida en escritora “famosa” gracias a mi biografía de Eva Perón, Julio Crespo me propuso colaborar en la página de opinión del diario La Nación. Años más tarde lo sucedió Hugo Caligaris. Fueron años felices. Tener jefes amigos era una fiesta, estaba lejos pero cerca de la Argentina gracias al periodismo, y además se trataba de un periodismo de investigación y opinión como hasta el momento jamás lo había ejercido. Para completarla, gozaba de una absoluta libertad. Me sabía utilizada, es cierto (la libertad que se me concedía demostraba la apertura y la tolerancia que, todavía por ese entonces, a ese diario liberal le interesaba dar), pero a mi vez me apoderaba de ese espacio para expresarme sin ninguna autocensura: pongo como ejemplo aquella nota en la que apoyé las retenciones al agro, historia que culminó en la agónica frase “mi voto no es positivo”, del vicepresidente Julio Cobos. El del diario tampoco lo era, lo cual no le impidió publicar ese artículo donde yo afirmaba que el mío sí.
Después llegaron jefes menos y menos amigos, hasta que en 2017 me pasé de la raya, ahora no con una nota sino con un libro: Milagro, también publicado por Marea Editorial; una “transgresión” que marcó el final de mi relación con ese diario, y con el periodismo en general. Hoy solo publico algún artículo cuando se me sube la mostaza con algún tema como el aborto, la pandemia, el golpe de Estado contra Evo Morales o el fotógrafo de Luciano Benetton que se pavonea con sus United Colors a costa de los mapuches.
A mis 82 años, trabajo como siempre. He terminado una novela de autoficción titulada Aguardiente, traduzco a Hélène Cixous (la más difícil de todas las escritoras francesas) y he retomado la poesía y la pintura, abandonadas hace apenas unos sesenta años. Retomarlas significa tomar distancia. Esto equivaldría a admitir que he regresado a mi ombligo, si bien se trata de un ombligo muy diferente: el de mis comienzos era paradisíaco, y el de ahora, un foco de resistencia empecinadamente vivo desde el que intento –y digo bien intento– pensar con un mínimo de claridad mientras se incendia el planeta.
Dos palabras sobre el título de este libro. Los dos mundos son evidentemente la Argentina y Francia. Pero, acaso debido a mi doble pertenencia, judía-no judía, y a mi sempiterno exilio, en mi trabajo de periodista, de novelista y de biógrafa me he interesado en personajes igualmente dobles por razones nacionales, sociales, sicológicas u otras, vale decir, mestizos en la sangre o el alma que representan la esencia de mi país y la del mundo actual.
Alicia Dujovne Ortiz,
París, mayo de 2021


Alicia Dujovne Ortiz leyendo un poema de su primer libro Orejas invisibles para el rumor de nuestros pasos, en 1967.
Foto: Archivo personal de Alicia Dujovne Ortiz.
Astor Piazzolla
un tango con la sirena
de la ambulancia
Una cara de Baudelaire mezclada con duende (la raya amarga de los labios, la nariz bulbosa, la frente marcada y enorme): esperaba encontrar por lo menos a un intelectual que me explicara el fenómeno de su éxito masivo en términos sociológicos, pero me ha recibido un personaje rubicundo y entusiasta que me contesta, sencillamente: “Les pusimos la tapa. –Y agrega–: Todo se ha cumplido. Este es un boom insólito que me alegra y me da miedo”. Yo tengo ganas de recitarle la letra de Borges para su Milonga de Jacinto Chiclana: “Entre las cosas hay una/ de la que no se arrepiente/ nadie en la tierra. Esa cosa/ es haber sido valiente”. El que ha tenido coraje para concebir e imponer un tango desgarrador o estrangulado, vibrante o machacón, con violín romántico y rascar de uñas, de papel de lija y de torno de dentista, por momentos ahogado, submarino (una impresión de sol borroso visto desde el fondo), por momentos de una sabia brutalidad, bien puede darse el lujo de asustarse cuando una multitud por fin se estremece.
Hace mucho tiempo, Piazzolla le dijo a un periodista que su primer recuerdo infantil (de los cuatro años, en Nueva York) es el de una pelea con unos chicos que hablaban en un idioma raro. Se me ocurre que el último va a ser el mismo. Piazzolla pasó de la pandilla callejera neoyorquina a la pandilla del Octeto Buenos Aires, y a la del quinteto de 1960, y ahora, nuevamente, a la de este quinteto que se presenta en el Regina (Piazzolla, Osvaldo Manzi, Antonio Agri, Oscar “Cacho” Tirao, Kicho Díaz), y a esa cantante, Amelita Baltar, cuya sola presencia es combate, porque no puede dejar de pelearse para imponer otro lenguaje más lógico, más de acuerdo con él, y con nosotros.
Una mirada a su trayectoria nos devuelve la imagen única del luchador. Y triunfos, que configuran una existencia inusual: un chico de trece años que entra como bandoneonista de la orquesta de Gardel, en Nueva York; un hombre joven que en 1953 gana el premio Fabien Sevitzky con su Sinfonía Buenos Aires, y que viaja a Francia con una beca para estudiar con Nadia Boulanger (antes había sido alumno de Alberto Ginastera, entre otros) y para integrar un conjunto en la Ópera de París; un hombre que compone en Broadway la comedia musical New Faces of 1960.1 Todo esto a fuerza de talento llamativo, agresivo, germen de polémicas, de bandos en contra y a favor, ya que la falta de rótulo conocido genera intranquilidad, y un simple tango puede “mover el piso” más de lo que aparenta. “¿Es tango?” “Llámelo música de Buenos Aires, si quiere. Pero es tango”. “¿Se propone esterilizar el tango?” “Sí, esterilizarlo, es decir, purificarlo”. “¿Es enemigo del tango?” “Soy enemigo del tango..., del tango del compadrito, del que no nos refleja como somos ahora”. Julián Centeya decía: “Un Debussy que busca el infratango entra en el deschave lamentable y toca pito en la esquina para llamar a la policía’’. Lo que no dejaba de ser, en cierto modo, exacto: en la música de Piazzolla hay un agudo llamado –un silbato, una sirena– pero para las fuerzas de un orden distinto; hay una nota visceral que debe ser “infratango” porque suena desde las capas subterráneas (y el ritmo de su contrabajo, un pulso oscuro, antiguo y a la vez tan urbano) y hay un “deschave” para lamentarse por los que no están “piantaos, piantaos, piantaos”.
La mirada retrospectiva también nos deja entender su evolución interior: el esfuerzo por imponer el tango “en el centro”, con Aníbal Troilo y frente a la orquesta de Francisco Fiorentino; la tendencia hacia la música culta de la época de París; la frustración del año 1957, al volver a Buenos Aires y encontrarse con que su país lo rechaza; la decisión de llevar el tango afuera, a Nueva York, y, a partir del regreso (después de la experiencia estadounidense del “JT” o “jazz-tango”), la ubicación definitiva como argentino en la Argentina, la elección de asumir este lugar del mundo no solo expresándolo sino también quedándose en él. Desde 1962, cuando creó el santuario nocturno para ir a escuchar el tango (no para bailarlo ni para recordar el tiempo en que éramos novios, “¿te acordás, vieja?”; para escucharlo con una lucidez que no excluya los sentimientos), su línea ha sido clara pese a los tanteos a que lo impulsa su “mufa” constructiva.
Con Borges, en 1965, nace la idea de dar palabras a su música. En 1968, el disco Catorce para el tango, con letras de conocidos poetas. Ese mismo año, la operita María de Buenos Aires, ya con la colaboración de su letrista Horacio Ferrer y de su cantante Amelita Baltar. Y ahora, esta conjunción de valores (Piazzolla- Baltar-Ferrer-solistas) que ha ascendido a la gran ovación popular del Luna Park repleto en el Festival de Buenos Aires de la Canción y la Danza, y a la del teatro Regina, donde se presenta –entre cortinados de terciopelo muy belle époque– con una carga de violencia y tristeza que ya no va para su “gente especial”, sino, además, para las señoras con las tres vueltas de perlas y los batidos rígidos de spray, o para los hombres a los que se alude en términos cuidadosos (“medio” o “entre”: mediana edad, entrecano), en fin, para la gente de Buenos Aires.
“Es un renacimiento del tango –me dice–. Ha muerto un tango y ha nacido otro. Este triunfo me compromete más”. Porque también ha muerto una sensibilidad complacida en la nostalgia de lo que nunca existió, y uno de los agentes activos que han obrado para que un pueblo tomara conciencia de sí mismo en su versión no envilecida, para que se enfrentara con la nobleza de su rostro, ha sido, indudablemente, Piazzolla. Su propia música, por otra parte (para un encuentro se requieren dos) parece haber salido de aquel obsesivo ritmo que nos causaba opresión, y haberse abierto a un exaltado estallido de sabor auténtico, como si se hubiera vuelto música orillera por un extraño camino, orillera al revés y viniendo del fondo del río turbio.
¿Pero en qué medida han contribuido a su éxito la voz afónica y potente de Amelita Baltar y esas letras de Ferrer que, en opinión del maestro, han dado con el sentido justo de su música-flauta mágica para quedarse, flauta mágica para arrastrar al pueblo, no hacia afuera de la ciudad sino hacia dentro, hacia el fantástico refugio que no está nada lejos? “Trepate a esta ternura de locos que hay en mí/ ponete esta peluca de alondras y ¡volá!/ Volá conmigo ya, ¡vení!, ¡volá!, ¡vení!/ Quereme así piantao, piantao, piantao...”, invita la Balada para un loco, y Amelita Baltar, con túnica ocre, levanta su brazo para llamar mientras la orquesta es un camión de bomberos, una chimenea de barco, un anuncio. “No, yo no puse canto y letra para atraer al gran público. Lo que pasa es que me encontré con el letrista adecuado. A algunos les gusta la música sola, a otros, con canto. Nosotros acaparamos a los dos públicos”, me contesta Piazzolla.
Y, ciertamente, son dos públicos porque son dos espectáculos. El letrista y la cancionista representan un aspecto de Piazzolla, una mano más cálida con las virtudes y los defectos de lo humano, demasiado humano. Sin bajar de nivel con relación a la orquesta, establecen una comunicación emotiva aunque ligeramente desplazada del puro núcleo musical. No son una concesión, son una necesidad expresiva; llenan un hueco que debía colmarse con esa precisa voz tierna y grave y capaz de un grito salvaje que hiela la espalda, y la eficacia delas palabras simples, sostenidas por ese fuego con maticesde otoño y marfil que es Amelita Baltar, indudablemente sacuden una tremenda explosión afectiva. (Piazzolla/enanito de Blancanieves/Baudelaire se ríe y me cuenta: “Le preguntaron a [Roberto] Goyeneche si la Balada para un loco es un tango. ¿Sabe lo que contestó? ‘No es un tango, ¡es un tangazo!’”).
Sin embargo, cuando se quedan solos, los cinco (bandoneón, guitarra eléctrica, piano, contrabajo y violín), hay un sabbat aterrador, combinado con el palito impertinente que golpea la tapa del piano, un galope pánico mezclado con algún irritante rasqueteo, los ruidos más alejados entre sí, la revelación de su parentesco: gemidos hambrientos del bandoneón entrecruzados con un violín que después de una gitanería sentimental rasguña y roe, con un piano y una guitarra lúcidos, civilizados, o con la palpitación de yugular hinchada y tensa del contrabajo. Cinco “piantaos” que nos atrapan en su demencia sin necesidad de decir “vení”. Y dos maneras de estar musical y “tangamente” (la expresión es de Ferrer) chiflados: la sordina que conserva la modalidad acuática (el tango sumergido que nos agobiaba) y el súbito aquelarre con los aullidos, los jadeos, los hipos, el llanto de todos los demonios y de todas las fieras de la ciudad. Y cierta insistencia, también, cierta reiteración machacona de determinados ritmos y chirridos que literalmente nos obligan a “parar la oreja”, porque no están por casualidad:
–Piazzolla es todo lo mismo –comenta uno a la salida–. Piiiii, piiiii, chin, chin, chin. Siempre igual.
–También los japoneses parecen todos iguales –responde otro, un muchacho barbudo que ha estado escuchando la función con una curiosa expresión de alerta–. Pero miralos bien.
Miralo bien: es un “toco” de música pesada, cuadrada, compacta, sobrevolada por una sirena chillona y angélica; es un tango como una ambulancia esterilizada, blanca, cargada de sufrimiento y que nos exige atención.
La Nación Revista,
14 de diciembre de 1969
1 El espectáculo nunca llegó a estrenarse.
Miguel Ángel Bustos y la doble red
Los ojos y las venas de los brazos, azules, la lechosa piel de las sienes y de las muñecas son parte de un tejido aéreo, de una especie de tela de araña con la que, evidentemente, está entrelazado, y en la que, evidentemente, está atrapado. La frente angosta, ligeramente deprimida y con unos gruesos surcos de campesino que parecen entrar hasta el hueso en el esfuerzo por comprender, es parte de una madeja terrestre maternal (léase la vida) todavía no cortada y todavía fresca en alguna que otra sonrisa. Pero el tejido celeste gana.
Miguel Ángel Bustos, joven poeta, autor de Cuatro murallas (1957), Corazón de piel afuera (1959), Fragmentos fantásticos (1965), Visión de los hijos del mal (1967, Segundo Premio Municipal) y El Himalaya o la moral de los pájaros (1970), ha expuesto recientemente una colección de dibujos y témperas que lo demuestra. Porque un tejido celeste tiene varias maneras de ganar; para simplificar, tiene dos: “benigna” y “maligna”. División que no incluye, necesariamente, un ele-mento ético sino que se refiere a dos formas de actuar de lodivino, a dos estilos sagrados de acercársenos: el éxtasis gozoso y el espanto. Los dibujos y témperas de Miguel Ángel Bustos vienen del espanto; la desnudez de sus colores viene del espanto. En este sentido, un violeta puro y agudo como una puñalada puede ser “celeste”, celeste del lado del horror.
Dije que es joven, que tiene un Premio Municipal; no dije que su último libro, El Himalaya o la moral de los pájaros, es best seller (para los que no están en el tema aclaro que la poesía jamás es best seller), ni que se vendió la casi totalidad de los cuadros de su exposición, ni que esta es su primera exposición, porque Miguel Ángel Bustos no pintaba antes pública y oficialmente. De modo que, para empezar, le pregunto desde cuándo dibuja, si estudió “bellas artes” y qué significan sus pinturas.
–Hace cinco años comencé a dibujar. No estudié –contesta–. Estoy haciendo, desde entonces, un diario gráfico y ya tengo dos volúmenes completos de quinientas páginas cada uno. Las imágenes corresponden a los días, en un intento de fusionarlas con lo verbal. Es la palabra dibujada, escribir en imágenes, tratar el verbo como algo manual, visible, como lo hacían los códices aztecas y con la misma adoración por la palabra de la mística judía, de la Cábala. Además, es la pintura de mis obsesiones. He dibujado casi literalmente lo que veía “filmado” en la pared. Cuando dibujo tengo estados a los que no sé si llamar alucinatorios; en todo caso, las imágenes aparecen ahí, sobre la pared, y yo las veo actuar y sigo su recorrido.
–¿Las imágenes de su poesía también “se le aparecen” de golpe, ya construidas, dictadas?
–Sí, el Himalaya lo escribí de un solo tirón, con la misma sensación de certeza. Y también es una poesía con el ambiguo sentido que Rimbaud le daba a la palabra “iluminación”: a la vez iluminación del espíritu y pintura. En mis dibujos, concretamente, recorro el doble camino: ilumino un manuscrito y sigo el dictado de algo que me llega.
–¿Que le llega de afuera? ¿Lo siente como una presencia exterior con la que entabla un diálogo?
–Viene de la perfecta ausencia de uno mismo, de la despersonalización. Cuando uno está limitado a un yo limitado, limita lo que le llega. Pero si se hace el vacío total, si uno se vuelve cóncavo, entonces cabe la presencia de lo que debe llegar.
–¿Provoca esos estados o vienen solos?
–Me han llegado solos. Pero usted sabe que yo padezco una grave enfermedad (la epilepsia), por la cual estuve internado en el Instituto de Neuropsiquiatría.
–En la antigüedad se consideraba que la epilepsia era una enfermedad sagrada, y Dostoievsky describe la espera del ataque en términos de iluminación...
–Sí, los médicos me han dicho que mi caso es similar al de Dostoievsky. El estado previo al ataque es un momento de aura y advenimiento, una exaltación de la lucidez y la euforia. Es como si se gozara de todo el cosmos a la vez. Imposible transferir ese sentimiento a la gente, porque no es que la gente no contemple sino que usa una mínima parte de sus posibilidades para no quedar anonadada. El horror de mi situación es, precisamente, un continuo, un insoportable estado de lucidez.
–¿Siempre conoce momentos de espanto? ¿Nunca los éxtasis, los arrobamientos, la parte amorosa de la experiencia?
–Casi nunca, solo por instantes, curiosamente a través de los gatos. Ellos pueden darme un atisbo de lo que es el éxtasis feliz.
–¿Y la naturaleza, los bosques? En su poesía siempre aparecen “bosques de coágulos”, nunca bosques verdes.
–La naturaleza no me transmite más que su atrocidad. Un vivero me parece un conjunto de fantasmas porque puedo alucinar lo que veo, deformar un objeto hasta sus proporciones cósmicas. Un pájaro se convierte en un Ángel. Es como un aparato de proyección que me permite leer en los seres mi propia cosmogonía. Y todo lo que percibo es terrible. Tengo la sensación permanente de que algo acecha en el cielo, de que se van a venir abajo los planetas, de que los seres humanos que están conmigo se van a fugar y me van a dejar solo en un desierto helado, mineral, de cuarzo.
–El “cristal” de sus poemas: un dios implacable, pagano, que lo acompaña desde la infancia. Pero, además, hay una mística del sol.
–El Himalaya está dividido en ciclos solares; en cada convulsión del Sol se produce un cambio en nosotros. De alguna manera somos soles, aunque cueste admitirlo en lo cotidiano. Adoro el sol y me aterra la noche, no la soporto en soledad, lo mismo que me atemorizan la suciedad, los insectos, las ratas, todo lo subterráneo de las ciudades.
–Antes lo llamó lucidez. ¿Es estar demasiado despierto?
–Sí, quisiera no darme cuenta de las cosas pero las siento confluir todas al mismo tiempo, y este sentimiento de totalidad, si va acompañado de paz, es la santidad, y si no, es el infierno. Yo no soy un santo.
–¿No hay otro camino que la santidad? ¿No puede existir una vía sensorial, una mística de los sentidos que dulcifique la experiencia?
–No, yo siento los perfumes y los colores como algo atroz. Me veo en manos de algo que nos desmenuza constantemente y no puedo aceptarlo, me opongo de todas formas a la victoria de lo que nos rodea y nos ata a la tierra. Si tengo una iluminación maravillosa la recibo con una enorme tristeza, y su contraste con lo demás me produce una desesperación horrenda.
–¿Qué poetas lee? Varias veces, en sus dibujos y en sus poemas alude al “sol negro” de Nerval y a Holderlin.
–Ellos, en primer lugar, y Nietszche, Lautréamont, los trovadores provenzales.
–Claro, los cátaros, los “puros”.
–Sí, quisiera ser un puro. Estuve cinco años en el infierno de la pureza total, cuando estudiaba el bachillerato. Leo, además, mucha literatura oriental, sobre todo al Shri Aurobindo, un gran santo de la India. Y los relatos jasídicos judíos: su extraordinaria vitalidad, desesperación y superación en la alegría. Yo nunca he conocido la serenidad. Hasta he buscado castigarme, pegarme balazos, pero las cosas son burocráticas hasta en el terreno del dolor. Hay un escalafón para el sufrimiento. Imposible escapar.
Atrapado en una tela de araña. Tan atrapado como todos, aunque sin la nube piadosa que a algunos nos impide advertirlo, sin el valiente sometimiento que a otros les permite aceptarlo. Sin sueño, sin fe. Sin piel. El tejido aéreo le cubre directamente la carne viva. Pero la palabra manual, musical, el verbo tangible y cadencioso de Miguel Ángel Bustos son su victoria sobre el espanto, su forma de ganarle a la trama celeste con sus mismas armas: una red de vocablos para aprisionarla o, como decía Rimbaud en su manuscrito perdido, una “cacería espiritual”. Doble trampa, es decir, mutuo abrazo. En esta pareja del poeta y su dios salvaje palpita un ardiente odio, es decir, palpita lo que más se parece al amor.2
La Nación Revista,
24 de enero de 1971
2 Miguel Ángel Bustos fue secuestrado y desaparecido poco después del golpe de Estado, el 30 de mayo de 1976. En 2014 sus restos fueron identificados en una fosa común en el Cementerio de Avellaneda.
¡Salve César! o el conductor
de los domingos
Breve y preciso como una cifra. Unos ojos claros y fríos. El corte del traje y el del pelo, perfectos. El aire dominante. Una sonrisa que nunca termina en carcajadas. Es Roberto Galán.
Comparémoslo con los otros animadores de programas monstruos de fin de semana. De inmediato advertiremos la diferencia de participación. Héctor Coire, por ejemplo. Tiene un gran lunar negro en la mejilla temblorosa de sentimiento. Esa mejilla expresa, más que ninguna otra cosa, inclusive más que la voz enronquecida por una sostenida emoción, la raíz, la médula diría, de esa bondad sabática exaltada hasta lo aquelárrico, en el programa homónimo.3 Ahora bien: Coire participa del frenesí. Su voz, el temblor de su rostro (cuyo rótulo de venta es “hombre común”, “hombre como todos”) lo atestiguan. Participa, con absoluta entrega, en ese sabbat que no es negro sino blancuzco y de tono raviol. También el famoso Nicolás “Pipo” Mancera participa. Todo, para ese pequeño e inagotable pulsador de nuestra realidad en sus más diversas manifestaciones, es motivo de miradas profundas. Aquí ya no lunar en mejilla, sino ojos que han leído; ya no voz de proclamar la nobleza de un producto nutritivo, sino las inflexiones agudas de la intelligentsia, abismo que une un tango de Floresta con otro en el que se menciona la calle Arenales. Orlando Marconi, por último, participa también con su talento de actor cómico, su honda ojera violeta, su nariz finita, su camisa de flores y su capacidad de divertirse él mismo, una frescura que logra sobreponerse a todo, aun a las inacabables prendas y premios que componen su Feliz domingo. Concepto de felicidad competitiva que es, por otra parte, característico del largo programa televisivo de los sábados y los domingos. Felicidad: un auto (el animador siempre lo describe como “brillante, lustroso”, mientras la mano acaricia en el aire una superficie redonda), un par de medias, un frasco de mayonesa, un millón de pesos. Su precio: divertir luchando contra leones y gladiadores.
¿Cómo definiríamos, en general, la actividad de ese personaje que retiene en suspenso el aliento y el tenedor con tallarines de las multitudes? Se lo pregunto a Roberto Galán.
–Conductor –responde con firmeza–. La actividad, la profesión esta de conductor del programa. –Y me mira, enérgico, como para imponerme la idea.
–¿Fue beneficioso para la gente su ciclo Si lo sabe cante?
–¡Ah, otra vez me preguntan eso! Sí, a pesar de todo y de todos los que se opusieron, fue positivo. Cada programa era una fiesta. Venían a cantar eufóricos, alegres y felices. Era auténtico, sano, nunca tuve un disgusto. Los programas más didácticos se enfrentan con problemas, yo no.
–¿No era, digamos, tal vez, me parece, un poquito humillante para algunos...?
–No, cantar no. Hacer algo para ganar una heladera puede ser, pero cantar les gusta a todos. Ni los que levantaron el programa ni cierto periodismo lo comprendió, pero sí el pueblo. En cualquier momento volveré con ese programa.
–¿Usted tiene conciencia de su poder sobre ese pueblo, de que puede influir en él mucho más directamente que un político?
–Sí, soy bastante consciente porque tengo los pies en la tierra, pero he aprovechado mi popularidad en beneficio del pueblo. Campañas de vacunación y bancos de sangre. ¿No se acuerda? A la gente le da rabia que uno tenga ideas originales. Acá hay un cartel que señala con el dedo: “Vacúnese”. Yo, en cambio, decía “vacúnese” cantando. Creamos cinco bancos de sangre. ¿Cree que el Ministerio de Salud Pública se dedicó a difundirlo, o que algún médico vino a darme la mano y decirme “muy bien, Galán”? No.
–Además de esa contribución sanitaria, ¿no pensó en introducir algún elemento... cultural?
–¿A qué le llama cultura? A veces resulta aburridísima en televisión. Y aquí hacemos cultura en Domingos de mi ciudad. Preguntas y respuestas. Y regalamos un millón de pesos cada domingo, como si nada. Conozco programas culturales donde para ganar un millón de pesos los tienen hamacándose más, bastante más de un domingo.
–Su característica es que usted, en sus programas, moviliza fuerzas (actores, público, secretarias), pero no se entrega efusivamente a una actuación personal.
–Es la labor del conductor. No soy vedette. No hago esfuerzos desesperados por presentarme, dejo que la gente hable.
–Claro, sencillamente los pincha. ¿Y esas amas de casa sosegadas, que en su programa pierden los estribos y se abalanzan sobre usted?
(Ménades. Pienso en las robustas matronas que entran chillando en la arena, súbitamente enloquecidas, a prenderse de la chaqueta del conductor. Por ejemplo, del imitador del “Dúo de dos”, cierta vez en que este cantaba una canción de Sandro y una señora se salió de madre para abrazarlo gimiendo. Era, repito, una imitación humorística, o sea que lo que la matrona abrazaba no era la figura grande del envase de cierto producto de limpieza, sino el reflejo de su reflejo en la sartén pulida...).
–Cariño –contesta Galán–. Simpatía. No se sabe por qué razones un individuo determinado inspira fervor en las masas.
Entonces le pido permiso para asistir a la grabación del programa. Por el corredor conversamos y la charla salta hasta Venezuela:
–Lo conocí en la época de su gobierno fuerte –recuerda Galán–. Carreteras, hospitales, orden: eso es lo que mi experiencia personal me dicta.4
Estoy distraída y, de repente, me espanta un rugido que parece venir de las entrañas de nuestra oscura madre, la tierra: ¡la “boca de sombra”! Es que acabamos de entrar en el estudio. El público saluda al conductor. En la primera fila, matronas.
–¡Roberto, Roberto! ¡Venga, que le traje un regalito!
Galán se acerca, se deja abrazar y vuelve con un ramito de ruda macho contra la “mufa”.
–¡Roberto, venga! Soy de Rosario. Vine solamente para verlo. Desde las 19.30 de ayer que estoy esperando en la cola, (son las once de la mañana).
Una repetida cara de moneda nacional lo contempla embriagada. Comienza la grabación. A los primeros compases de la música del programa, los rostros se iluminan. Dos controladores del entusiasmo crean, con los movimientos de sus brazos, las palmas rítmicas del público y la cataratade aplausos. Confieso que cuando sale Galán a la arena, entre ovaciones, solo, breve y preciso como una cifra, me estremezco.
“La Rueda de la Felicidad”. Galán llama por teléfono a una señora y le anuncia que si se presenta al programa podrá ganar... ¡Un millón de pesos! (“¡Aplausos!”, soplan los controladores). Pero, de pronto, un bache. La señora no tiene televisor. ¿Cómo que no tiene televisor? ¿Y por qué? ¡Ah, porque está muy ocupada para ver televisión! Lo siento. Cuelga. “¡Cosa increíble! –medita, meneando la cabeza–. Una señora que no puede ver televisión porque está muy ocupada!”.
Ritual, consagratorio, sacramental, oficiante, muestra al público el millón de pesos. Los cómicos Triky y Willy hacen gestos de adoración ante la caja abierta. Corte comercial. Ahora viene una chica que el domingo pasado ha ganado el millón. Relata el recibimiento que le hicieron en el barrio, cuando volvió a su casa después de ganar. “La verdad, sinceramente, que fue algo maravilloso”. Le pasan la grabación del momento en que lo ganó. Ella se ve a sí misma llorar y llora. El momento. Todas las vidas tienen un momento cumbre y lo demás, el resto del tiempo, son aureolas borrosas alrededor de ese núcleo brillante. Galán le pregunta a la gente de la tribuna qué haría con “esa fuerza enorme” que es un millón. “Departamentos, viajes”. La matrona más próspera, la de peinado alto, la que merecería llamarse Trifena o Eumolpa, clama “Me casaría con...” (menciona a un cameraman del programa). Pasan los jóvenes matrimonios que deben cumplir la prueba de arrojarse huevos. Glosando a Juana de Ibarbourou, son parejitas pequeñas y dulces. Galán les pregunta dónde se conocieron. “En la playa de Núñez, ¿vio?”. “En el colectivo”. Les pregunta qué sobrenombres se dan en la intimidad. “Mami, Negrito, Batatita, Chuequito”. Los exprime directamente del árbol, como si fueran fruta fresca. A los que no tienen jugo los deja de lado sin vacilar. Sabe de quiénes puede venir el alimento para la tribuna de Trimalciones y Proselenas. Las muchachas comienzan a arrojarles huevos a sus maridos. Me levanto y me voy. Llego a mi casa. Enciendo el televisor. Marconi está dirigiendo una prueba. Las muchachas con los ojos vendados tantean en el aire, buscando a sus maridos. “La verdad que es muy divertido. La verdad que es imposible apagar el televisor”, pienso, bajando inconscientemente el pulgar.
La Nación Revista,
14 de marzo de 1971
3 Sábados de la bondad, programa de televisión que comenzó a emitirse por Canal 9 en 1968.
4 Roberto Galán, viejo conocido de Juan Domingo Perón, tuvo trato asiduo con él durante los años de su exilio transcurridos en Caracas, Venezuela (1956/58).
Antonio Porchia
“Voces” del silencio
Sobre todo los árboles, las ramas desnudas que crecen como ruego y llamado en los cuadros de los pintores ingenuos de cualquier lugar, de cualquier tiempo; sobre todo esos árboles siempre iguales, ¿acaso no nos hacen pensar en una tierra idéntica para todos los hombres, escondida para los impuros, revelada y fresca para los inocentes? Además de los árboles ingenuos, las dos o tres ideas, las cuatro o cinco imágenes primordiales de todos los místicos de cualquier lugar, de cualquier tiempo, ¿no son siempre iguales? Pocas formas, pocas palabras ocultas por la maraña de cierta cultura que diferencia, distingue, separa, y que, en su actividad aparentemente clarificadora, logra esconder la brevedad de lo muy poco, simple y enorme que se debe saber.
¿Porchia sabía? ¿Acaso resulta extraño que de pronto haya surgido en la Argentina un taoísta de origen italiano, un taoísta de barrio vestido con pijama a rayitas, ex obrero portuario, anarquista, autodidacta que jamás había leído a Lao-Tsepero que vivía prefiriendo, como Lao-Tse, el vacío de la copa a la copa misma? Otro pintor de árboles con un pedido en el hueco de la mano, otro hacedor de escasas palabras en las que se mezclan las confesiones directas, las anotaciones de alguna dificultad, de alguna limitación humana, con verdaderos hallazgos en medio del silencio, con los encuentros de lagrandeza, con todo cuanto aparece más allá de la ética, dela prohibición: ¿acaso resulta extraño? ¿Porchia sabía? ¿Porchia era un puro? ¿Por eso se le aparecían las exactas palabras del sufismo persa, a él que vivía en su casita de Olivos leyendo casi nada, leyendo cursilerías o esos libros finiseculares como Los derechos del hombre, de Eugenio Pelletan (Edición Juan Pops de Barcelona, 1870), que fue su libro de cabecera, lo más importante de la biblioteca de este meridional tocado por la Gracia y por la ridiculez, verdadero y teatral, cierto como un santo y, como un santo, absurdo, fuera del tiempo, por encima, a los lados y hasta por debajo del tiempo?
Creo que por eso. Creo que la verdad de Porchia está acreditada precisamente por esa continua oscilación al borde de la perogrullada, por ese riesgo de lo ridículo que acompaña cada “Voz”, cada acción de su vida. Ridículo y terrible es su origen, el dolor de sus comienzos que sin embargo se convierte fácilmente en un chiste: era el hijo de un cura. Nació en Catanzaro, el 25 de noviembre de 1886; se crió en Avellino, cerca de Nápoles, cerca del mar. El cura había dejado los hábitos antes de casarse, pero igual a Antonio los chicos del pueblo lo corrían señalándolo con el dedo y gritando:“Il figlio del prete!” (el hijo del cura). Se tuvieron que venir a la Argentina para escapar a ese pogrom moral, y de todo aquello a Porchia debe haberle quedado horror por los estrechos márgenes del “bien” y del “mal”, y frases de la Biblia, inocentemente “copiadas” en sus Voces, y mar y tolerancia y tendencia a la comprensión y al perdón. Odio también pudo haberle quedado, pero lo que permaneció en definitiva abarcaba el resentimiento, lo superaba, explicaba la semivida a la que se condenó y la trascendía; en definitiva lo que permaneció venía ciertamente de ese dedo y ese grito, “Il figlio del prete!”, si bien absorbido hacia un amor universal sereno, ferozmente triste y maravillado, hacia un sagrado silencio en el que Porchia fue, en su más alto sentido, figlio del prete.
Se vinieron a la Argentina (todos, don Francisco Porchia, doña Rosa Vescio e hijos) en el vapor Bulgaria de la Compañía Alemana, en 1902. Aquí ya no había ni dedo, ni grito. Estaba, en cambio, el destino social y cultural casi fijado, casi ineludible: poco estudio, bastante pobreza, un padre que decide morirse y carga a su progenie sobre los hombros del joven Antonio; un trabajo de apuntador en el puerto, un anarquismo que era, por una parte, moda, y por otra, en Porchia, necesidad y expresión de libertad individual. “¿Anarquista, Porchia? –me dijo el Papa de los anarquistas argentinos, don Diego Abad de Santillán–. Sí, colaboró en La Protesta. Pero siempre estaba en otra cosa. En otra nube, diría. Nunca fue activista, nunca quiso meterse a fondo. Cuando llegó el momento bravo tuvo miedo y, simplemente, lo dijo. Anarquista fue, porque fue libre por dentro. Nada más que por eso”.
Miedo. Curiosa palabra para un santo. Lo mismo que odio, o que avaricia, o que falsedad teatral. Y sin embargo, ¿de dónde salen el valor, el amor, la generosidad, la verdad? ¿De qué fuente común a sus aparentes opuestos? Yo conozco dos anécdotas de Porchia que prueban en él una particular especie de coraje. La primera me la contó el poeta Lysandro Z. D. Galtier: fue durante la Semana Trágica. En el puerto. Problemas entre dos gremios enemigos. Los hombres del gremio de Porchia tiraron a suertes a quién le tocaba ser elegido para parlamentar con los del gremio contrario, que además tenían un perro adiestrado para matar. Le tocó a otro compañero que, al oír su nombre, se desmayó. Entonces se ofreció Porchia. Empezó a caminar hacia allí, los compañeros escucharon a lo lejos los ladridos del perro y después nada, silencio. Al rato Porchia apareció del brazo de los enemigos. El perro les correteaba alegremente alrededor y les hacía fiestas como un cuzquito. La explicación era simple, Porchia había pasado plácidamente junto al perro y había convencido al otro gremio de que “todos somos hermanos”. La segunda anécdota me la contó el escultor Libero Badii. Porchia ya era viejo y vivía en su casita de Olivos, cuidando un jardín de tres por cuatro y comiendo dos papas y dos zanahorias por día. Vinieron unos ladrones a asaltarlo. Porchia los hizo entrar, les cebó mate y los despidió amigablemente en la puerta, después de haberles explicado, precisamente, eso mismo, otra de sus perogrulladas: que todos somos hermanos. “Pero si a usted lo atacan, ¿no se indigna, no se defiende?”, le preguntaba Badii. “Y si mientras camino por la calle se me cae una cornisa en la cabeza, ¿me indigno, me defiendo? No, lo considero un accidente”, respondía el “miedoso” que no había querido meterse en líos de anarquismo. Del odio, o del resentimiento, ya sabemos, ya podemos entender a esta altura que salieron su capacidad de comprensión, su ensanchamiento hacia un más allá del bien y del mal que no era judeocristiano sino oriental, más precisamente sufí o taoísta aunque Porchia no lo supiera porque solo leía Los derechos del hombre, José Ingenieros, Anatole France o El fuego, de Henri Barbusse.
Y verdaderamente, de la imprenta que tuvo más tarde con sus hermanos y que se liquidó cuando Porchia contaba más o menos 45 años, ¿no le quedó dinero como para vivir con algo más que dos papas y dos zanahorias? Hay motivos para dudarlo. También hay motivos para ver en su frugalidad esa mezcla de terror al gasto con espíritu franciscano que nos da garantías, lo repito, de toda su verdad de fondo, de su ciertísima santidad. Otro ejemplo: Galtier y Badii me han contado que Porchia pasaba horas arrodillado contemplando una rosa. Ellos (cada uno por separado) llegaban a la casa de Olivos y se lo encontraban a Porchia en éxtasis; tocaban y tocaban el timbre, pero nada, Porchia estaba contemplando su rosa. “Murió con una rosa en la mano –me dijo Galtier–. Era, efectivamente, un poco el italiano de teatro lírico, inclusive cuando estaba solo, cuando miraba su rosa sin que nadie lo viera. Y juntaba esas cosas un poco efectistas con una ilimitada honestidad”. Contemplar arrodillado una rosa, morir con ella, ¿no pueden ser (como lo son todo Porchia, toda su vida, todas sus Voces) lo más extraordinariamente ridículo y lo más absolutamente cerca de lo divino? El que tenga mezquindad puede divertirse con Porchia. El que tenga grandeza puede admirarse. El que tenga las dos cosas, todos nosotros, podemos encontrarlo justo, un Justo, justamente en la medida de su desgarramiento, de su palpitante contradicción.
¿Fue un solitario? Sí, fue un solterón tranquilo que vivió durante años con sus hermanos y sobrinos en cierta casona llena de plantas del barrio de Núñez y terminó sus días en su ermita de la calle Malaver. Tuvo, sin embargo, una historiade amor. De su tamaño. Característica. La única. “Parece sacada de una novela de Carolina Invernizio, pero lo increíble es que en Porchia esto era tan cierto como expirar oliendo una rosa”, me dijo Galtier. Y me contó que Porchia frecuentaba un boliche de La Boca (porque antes de mudarse a Núñez vivía en San Telmo y era socio de Impulso y amigo de Benito Quinquela Martín, etcétera, y hasta llegó a ser el presidente de Impulso, todo un mundo del que después se alejó hacia... la rosa) donde iban también, tan arquetípicos como la rosa, una prostituta pálida con boca de corazón violeta y un cafisho de bigotito con aviesos brillos de gomina en el jopo. Un día el cafisho le dijo a la prostituta que le entregara el dinero, la prostitutale entregó la mitad porque la otra mitad la tenía, obviamente, en la media; entonces el cafisho le pegó hasta acentuar sus tonos violáceos y Antonio Porchia se puso de pie: ¿quién iba a defender a una prostituta en un lugar donde aquello sucedía sin romper la rutina, sucedía ante la indiferencia? ¡Ah!
Pero la trompada de Porchia y la definitiva huida del cafisho con su miserable bigotito raleado y sus gominas deshechas ya no pudieron suceder ante la indiferencia. Aquello sacudió, despertó. Porchia se convirtió en el héroe del boliche. La prostituta ya para siempre “buena” se arrojó a sus pies y le dijo que ningún hombre la había defendido jamás y le juró amor eterno, y Porchia se puso de novio con la prostituta y estaban a punto de casarse cuando ella murió, tuberculosa. La Mujer, la Imagen en el Cielo de la Mujer murió seguramente entonces y, otra vez, una historia de Porchia digna de Libertad Lamarque, otra vez una historia ridícula, sublime, de suprema belleza.
“Siempre hablaba de la belleza –me dijo Badii–. Nunca relataba anécdotas de su vida, solo se refería a temas abstractos y eternamente relacionados con la gran Armonía. Nunca le escuché una palabra amarga y sin embargo había sufrido como pocos. Pero cada golpe se convertía, después de años de meditación, en una breve frase de sabiduría. Nadie se ha dado cuenta aún de que las Voces de Porchia son autobiográficas minuto a minuto, una por una lo narran, pero no a la manera directa de un hombre que cuenta cómo le han dolido las cosas, sino a la manera trascendida de un auténtico Iluminado. Porchia tenía la paz. Pagó con su soledad, con su vida de monje, tanta ventura. Pero yo lo aplaudo. A mí me hacía bien estar con él y escucharle de vez en cuando una palabra de admiración por lo creado, por la Belleza, por la Perfección del Instante. O simplemente que se callara, como lo hacía tanto. No era necesario hablar. Él decía que todo el conocimiento se condensa en veinte palabras y se espantaba ante la mole de libros que le llegaban por día. “Cuántas palabras”, se lamentaba. Escribía muy poco. Cuatro, cinco frases por año. Pero trabajaba cada una con un rigor no solamente interior sino también de artífice del lenguaje. Era maniático por las comas, porque una coma resultaba fundamental para marcar matices de su pensamiento. Solamente lo he visto furioso por eso: por una coma equivocada en la imprenta”.
Y era humilde, pero ¿le gustaba que André Breton lo admirara y que Henry Miller tuviera las Voces en su mesa de luz, o que Roger Caillois lo hubiera “descubierto” en Francia y traducido al francés, tras ese prólogo tan lleno de dudas de racionalista (que tanto irritaban, en Caillois, a Aldo Pellegrini), pero las dudas por fin vencidas y entregadas a la fe en esa difícil, ardua, reseca verdad de las frases del taoísta de barrio porteño? Le gustaba, sí, le gustaba. Le gustaba, pienso, por su tremenda soledad, por ese margen de afectuosidad insatisfecha que se colmaba con los libros enviados por amigos desconocidos, con las visitas continuas de jóvenes que lo rodeaban para hacerle preguntas o simplemente para sentir la “sensación áurea” que circundaba su cabeza y que Badii captó en el retrato espiritual de Porchia. Un hueco, naturalmente, un hueco, silencioso camino, Tao, aliento detenido en el punto de luz blanca del éxtasis y recorrido por los dos ejes del equilibrio armónico; un hueco lleno del encuentro del yo consigo mismo, allí donde son perfectos el mal, el horror,“Il figlio del prete”, la prostituta muerta, el miedo con el coraje, la pobreza franciscana con el temor a gastar los ahorros, allí donde los opuestos se confunden. Toda la poesía de Porchia es poesía de antinomias neutralizadas allí, en el centro mismo del vacío. Toda su poesía es la gran aquiescencia, el sí pronunciado como fin de una senda donde la aceptación total incluye la negación y la vuelve Gracia. Y así, de sus Voces al principio demasiado personales y autobiográficas van surgiendo nuevas voces metafísicas, áridamente puras, y de su rostro juvenil con cierta falsa hermosura de cantante de ópera va naciendo su rostro definitivo, esa cara para la que él trabajó desde adentro con tremendo fervor; dos ojos de viejo bueno llenos de luz y lágrimas, y dos pliegues alrededor de una boca que extrañamente fue, en este raro asceta, su rasgo distintivo. Badii lo comprendió también en un dibujo donde Porchia aparece con un borde impreciso de continente que linda con el misterio y un largo tajo de boca de monje, de boca que no comía, ni besaba, de boca parca en palabras, ancha en silencios.
¿Era bueno? ¿Porchia era bueno? Que era bueno lo afirmó el hijo de Badii cuando tenía seis años y fue con su padre a visitar al anciano de la calle Malaver. Que era bueno lo afirma la sobrina de Porchia, una deliciosa señora de Niada que vive atesorando los libros del tío, el disco con la voz de ásperos ecos del tío, la memoria quemante del tío que era uno de esos buenos de bondad interminable, militante, exasperante, indiscutible, fuera de duda. Era bueno. Tal vez fuera esa la clave de una inteligencia fuerte y penetrante que jamás se aplicó a otra cosa sino a la búsqueda de relaciones, de lazos ocultos. Que jamás pretendió desunir, cortar. La cultura, cierta forma de la cultura, a la que solemos llamar “occidental” o “racionalista”, diferencia, distingue, separa. El místico Chuang-Tzu se oponía a Confucio porque negaba las sutiles, precisas, inútiles distinciones de Confucio. Schabi, Rumi, Rezi de Artiman, todos los místicos del sufismo desdeñaban la aparente sabiduría de la separación. Separar y cortar, ¿no es una de las actividades del demonio? ¿Representaba Porchia una fuerza del Bien, de un tan absoluto Bien que renegaba de cualquier diferencia con su contrario? La maraña de palabras de la literatura, ¿le molestaba porque intuía que la cultura, en el sentido de ejercicio de la distinción, puede ser “actividad del demonio”, y sabía, con Meister Eckhart, que “hay una sola cosa importante: Dios”? Al afirmarse ateo, por otra parte, pero ateo amante de Dios, ¿no estaba Porchia en el camino más puro del budismo y, lo repetimos, en el Tao para las que Dios es apenas pantalla de Dios?
“Figlio del prete”, miedoso capaz de amansar a un perro furioso y de trompear a un cafisho, refinado espiritual capaz de comprarse un pijama a rayitas especialmente para recibir a una distinguida poetisa que iba a visitarlo y de agasajarla, a la hora del té, con vino y queso, enamorado de Beatriz en imagen de prostituta de muerte romántica, oledor teatral y auténtico de rosas, Porchia poeta difícil de masticar, difícil de descartar, difícil de abandonar y olvidar, ¿inmortal?, ¿hacedor de una Biblia nueva, simple, santa? ¿santo él mismo y humilde, asceta, bueno, sabio, verdadero?
Yo creo que de una fuente bebía y que realmente, cuando fue viejo, cuando llegó por fin a la forma de carne para la que tanto había trabajado en su alma, en su cara se dibujaba el árbol primero, las ramas desnudas que crecen como ruego y llamado en los cuadros ingenuos. Curiosamente, como un ruego a lo que ya se tiene, como un llamado a lo presente. Sin angustia ninguna.
Clarín,
8 de noviembre de 1973
El conde Eugenio de Chikoff o
el magisterio de los buenos modales
Cuando subía hacia el departamento del conde Eugenio de Chikoff, ensayando ante el espejo una gentil sonrisa,el ascensor se detuvo entre dos pisos. Diez minutos de encierro y una eficaz y heroica acción del portero dieron como resultado que mi presentación ante el conde, lejos de caracterizarse por los gorgoritos previstos, ocurriera aproximadamente de la siguiente manera: “¡Qué horror, qué claustrofobia, qué angustia, no se imagina cuánto he sufrido!”. Sin embargo, la firme mano de bienvenida y la imperturbable sonrisa no expiraron en el extremo del brazo ni en los labios del conde Chikoff. Por mi parte, estreché esa sólida diestra sin detenerme a observar los ojos clavados en los míos (hay que demostrar a cada señora que ese momento es único y que ella, momentánea pero certeramente, es la primera dama de la tierra) ni la rectitud de los hombros y la recia apostura con que aquel raro gigante de ochenta y un años se cuadraba ante mí. Solo cuando el conde me condujo hasta una habitación y me instaló frente a un escritorio –donde esperaba en orden y brillantez perfectos un ejército de platos, platitos, vasos, copas, saleros diminutos y tiernísimos y cubiertos de varias formas especialmente diseñados para comer cangrejo del Mar de la China, pez fosforescente de Tahití, mariposas del Himalaya y quién sabe si no, inclusive, mondongo a la española– dejé de protestar contra el ascensor-vientre materno y lo vi.
Curiosa experiencia. Recortada contra un tapiz verde azulado, una cabeza de calva totalmente tártara, a lo Yul Brinner, mostraba su aspecto irrompible completado por unas mandíbulas de cemento que se abrían y cerraban con lentitud; en realidad, el conde hablaba con los dientes apretados y de alguna manera (tal vez absurda, pero posible) hacía pensar en una enorme criatura marina que expeliera el agua de ese modo para no liberar los pececitos que se acababa de tragar. Una mirada intensa y fija, y unas largas, finas y puntiagudas orejas de duende completaban la imagen. Último detalle: el escudo del zar en el ojal de la solapa.
–Para qué voy a hablarle de mi vida. Todo el mundo la conoce –argumentó (no arbitrariamente; yo le había solicitado ese relato)–. En este momento solo me importa hablar de educación. ¿Sabe usted que una de las acepciones de esa palabra, según el Diccionario de la Real Academia Española, es: “Enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía”? Sin embargo, generalmente cuando se habla de educación se omite el importante terreno de los buenos modales. Grave error: la educación –en ese sentido– es una materia que se enseña y se estudia, sometida a leyes inmutables. Si en los colegios primarios y secundarios se la hubiera implantado, como lo quiso mi gran amigo Joaquín V. González bajo la presidencia de Roca, en dos o tres décadas nuestro país habría cambiado totalmente.
–¿Roca no aceptó la idea?
–Sí. Pero faltaban profesores. Hubieran tenido que buscarlos en el extranjero. Lo cual ha sido y es una gran lástima, porque la Argentina cuenta con un elemento humano de excepcional calidad. Tres Premios Nobel. Varios campeones mundiales. Técnicos y científicos requeridos como pancitos en el exterior.
Hubo una pausa durante la cual resonó la idea de los crocantes y dorados profesionales argentinos, ávidamente masticados. El conde continuó, con relativa modestia:
–Otra observación extraordinaria. Usted habrá visto, por las calles de Buenos Aires, grupos de cuarenta o cincuenta chicos de colegios primarios a los que un maestro les muestra las bellezas de la ciudad. Esos chicos provienen de barrios de emergencia (a nadie se le ocurriría enseñarles a los del barrio Norte la Plaza San Martín o el Obelisco) y lo observan todo exactamente como lo hace un pariente pobre cuando entra en la casa del pariente rico. Nace entonces en ellos un sentimiento de agresión contra lo que están viendo, puesto que en sus barrios no lo tienen, y cuando vuelven solos a las hermosas plazas y calles céntricas destruyen losbancos y ensucian las paredes. ¿Por qué? Porque nadie les dijo que estas calles y estas plazas son suyas, y que son sus padres quienes las pagan con su propio dinero. En otros países europeos, por el contrario, son los mismos alumnos de las escuelas los que pintan, en su día franco, los bancos delas plazas.
–¿Esos países tienen barrios de emergencia?
–No. Pero en todas partes hay pobres. Sin embargo, sus niños se sienten tan dueños de su ciudad como cualquiera.
–Señor Chikoff –dije, tras luchar inútilmente contra mi lengua para forzarla a pronunciar la palabra “conde”–. Señor Chikoff –repetí, no por desafío e ignoro si por elegancia y suave, discreto pudor, o por acendrado espíritu democrático–, ¿no cree que el proceso de simplificación de las costumbres (por ejemplo, el tuteo generalizado) acerca más a la gente que las antiguas “maneras”?
El conde no lo creía.
–Alguien me preguntó el otro día si todo esto no estaba fuera de uso –respondió–. Yo le contesté: en Navidad, en su cumpleaños o en su casamiento, ¿usted no se esfuerza por poner dignamente su mesa? Pues bien, mientras haya reuniones, fiestas, será necesario saber comportarse y actuar.
–¿De qué forma se detecta a una persona bien educada?
–A mí me bastan dos cosas. Uno: cómo se conduce esa persona cuando entra en el baño. Si yo entro después que ella, puedo escribir un libro acerca de su vida –dónde nació, quéeducación recibió– solamente comprobando el estado enque ha dejado el baño después de su uso.
–Sin entrar en detalles, ¿cómo se supone que debería dejarlo?
–Exactamente como lo encontró. Si lo ha ensuciado, es el usuario mismo el que debe ponerlo nuevamente en condiciones.
Empezaba a desanimarme. Nunca se me había ocurrido que en la corte de los zares hubiera baños. Ningún personaje de Tolstoi abandona el salón para que minutos después las damas reunidas en torno al samovar de plata se codeen escuchando el correr del agua.
–Número dos –prosiguió el infatigable cortés–: detecto a una persona educada según sus actitudes en la mesa. Mi gran amigo Giovanni Papini me decía: “Estoy completamente de acuerdo con usted, querido conde. La gente debería comer encerrada en celdas para que nadie la viera”. El otro día observé el comedor de un colegio aristocrático. Era un chiquero. Volaban las servilletas y las migas por el aire. Las celadoras no consideraban su obligación enseñarles modales a esos chicos de buena familia. Por el contrario, yo visito dos colegios de villas miseria donde los niños me idolatran, cuando llego se cuelgan de mí como racimos de uvas. Les he enseñado a comportarse y lo hacen mejor que los del Barrio Norte. Un niño ama lo bello por naturaleza, ansía con toda el alma aprender. Y yo sostengo que la cortesía emana del corazón y significa respeto y bondad.
Otra pausa durante la cual flotó en el ambiente la dulzura de la nueva metáfora. Los jóvenes argentinos son panchos; los pequeños, uvas. Todo comenzaba a aclararse como un licor que se decanta. Algo fluía mansa y graciosamente, como un minué. El ingrato episodio del baño quedaba olvidado y todas las princesas Dolgoruki sonreían cabeceando con dignidad.
–Por mi escuela –dijo el conde– han pasado miles de alumnos de todas las clases, embajadores y ministros, dentistas y abogados, viejos y jóvenes. Ha venido gente desde Venezuela para tomar mis clases, que son diez.
–¿Diez? ¿En diez clases se civiliza uno?
–Diez. Divididas en dos partes. En las cinco primeras enseño la pequeña ciencia internacional del comportamiento en la mesa. Enseño a hablar, es decir, a evitar los ridículos modismos con que la gente empobrece el idioma más rico del mundo que es, indiscutiblemente, el español: “fenómeno”, “regio”, “bárbaro”, “café cortado”... ¿Se da cuenta? ¡Café cortado! Eso viene de las cafeterías de tercer orden, en las que el mozo grita semejantes términos para simplificar su pedido. O esos restaurantes donde el camarero aúlla: “¡Un bife a caballo!”. Comprendo que el mozo deba usar ese “léxico profesional” porque no ha tenido acceso a ninguna educación, pero que un universitario diga “bife a caballo” me parece abominable. Enseño a caminar: ¿se ha dado cuenta de que algunas personas bracean tan violentamente que pueden lastimar a quien pase a su lado? Enseño a quién debe dársele la mano y a quién no. Por ejemplo, si entra una persona notable, es ella la que debe iniciar el gesto, y no nosotros. Es la mujer quien tiende la mano al hombre, y no él a ella, salvo que el hombre sea respetable y anciano. Enseño a levantarse del asiento cuando corresponde: una mujer, solo ante otra mujer más anciana, nunca ante una joven o ante un hombre (tampoco ante un anciano, porque lo humilla). Un hombre, siempre, ante todos. Enseño a saludarse por la calle. Suponga que usted encuentra a una amiga a la que hace tiempo no ve. ¿Se precipitaría a abrazarla, gritando desaforadamente de alegría? No: es falso.
–¿Y si uno tiene un temperamento expansivo?
–El temperamento no es ninguna excusa. Oscar Wilde dice en uno de sus relatos que un lord atravesó todo Londres sin ser visto por nadie. ¿Por qué nadie lo vio? Porque iba vestido como un señor y se comportaba discretamente. Enseño también a conducirse en el teatro, el cine, el restaurante. Si un caballero la invita a comer, ¿quién pasa primero? ¿Usted? ¡Falso! Debe pasar él, porque si usted entra primero, a él puede cruzársele alguien por el camino, impidiéndole el paso, de manera que usted se encuentre sola en medio del restaurante y algún caballero solitario de otra mesa piense... Todo lo cual conduciría a un conflicto.
–Conde Chikoff –dije, olvidando la Revolución Francesa en el ardor de asombro–, ¿nunca ha hablado de todo esto con alguna militante del Movimiento de Liberación Femenina?
–Oh, una mujer siempre es una mujer, aunque sea más inteligente que un hombre y hasta más instruida.
–Tal vez será mejor que ahora me relate su vida, señor conde –supliqué, aunque secamente.
–No antes de explicarle en qué consisten las restantes cinco clases. Consisten en cultura general. ¿Qué es una persona culta? Es una persona que en una reunión puede hablar de temas literarios o artísticos o científicos universales con relativa propiedad. ¿Diría usted que un especialista en literatura medieval española es culto? No, porque solo conoce lo suyo. Así es que yo preparo a mis alumnos una lista de los tres escritores franceses, tres rusos, tres alemanes, etcétera, que deben leer, así como de los tres pintores de cada sitio y escuela cuyos nombres deban retener, y los tres músicos, y...
–Sospecho que usted se refiere a una cultura for export, no a la que influye interiormente hasta cambiar el propio rumbo, ¿no?
Me miró. Decir que no tenía un pelo de tonto hubiera resultado redundante, dada la extraña lisura de su cráneo. Su expresión no era, decididamente, la de un tonto, y me respondió con astucia, relatando una anécdota aparentemente desvinculada de mi pregunta:
–Una vez viajé en un barco a cuyo bordo iba [Vicente] Blasco Ibáñez. Yo lo admiraba enormemente. Nos hicimos amigos. Siempre me han atraído los genios y ellos no me rechazan porque intuyen en mí una curiosidad despierta. Le pregunté por qué había “matado” a la pobre Yolanda, la protagonista de una novela suya, de la que yo estaba locamente enamorado. Blasco Ibáñez hablaba con un vozarrón potente y feroz. Rugió con una mezcla de rabia y desesperación: “¿Pero tú crees que yo la he matado? No es así. En mi cerebro nacen personajes, cada uno tiene su vida y la recorren a su manera, y yo no los puedo detener en su felicidad o su desgracia”. Esas palabras me resuenan todavía; no he terminado de entenderlas pero me resuenan. Y ahora, ¿quiere saber algo acerca de mi vida? Nací cerca de Moscú; en 1915 salí de mi país para formar parte del ejército que combatió en Francia. Yo era subteniente. La revolución me sorprendió en París. Un amigo argentino, gran señor y amigo de mi padre, me dijo: “Esta aventura durará dos o tres semanas. Mientras tanto, vente a la Argentina a pasarlas agradablemente”. La “aventura” duró más de dos semanas y en su transcurso mi familia desapareció sin dejar rastros. Yo estaba aquí, formando parte del mundo aristocrático, donde se descubrió que actuaba de manera especial; es decir, que sabía cosas acerca del comportamiento social ignoradas por los otros muchachos. Así fue como comencé a dar clases. Todos los cadetes navales, entre 1920 y 1922, pasaron por mis manos. Más tarde, un gran amigo, el general Alfredo Inzaugarat, me dio el puesto de gerente de relaciones públicas en YPF. Me casé, tengo hijos, nietos y bisnietos argentinos. ¿Qué más se puede contar? Le diré lo que le dijo un sabio a un rey moribundo que quería conocer la historia del mundo, en un cuento de Anatole France: “Majestad, en todas partes del mundo nacieron hombres, vivieron hombres, murieron hombres. Esa es la historia del mundo”.
Cuando me levanté, se apresuró a retirarme la silla. No lo miré porque estaba recogiendo mi bolso.
–Ah, no –protestó con dulzura–. Una mujer a la que un hombre le sostiene la silla debe darse vuelta a mirarlo a los ojos y a sonreírle diciéndole “gracias”.
–Gracias –le dije, dándome vuelta hacia la izquierda.
–No, hacia la derecha.
No exclamé: “¡Ufa!”. Dejé que me besara la mano y me cerrara la puerta del ascensor (de servicio, lamentablemente; recordé a tiempo la tragedia del otro) y me fui caminando con gran cuidado, tratando de no pisarme la cola del vestido que se arrastraba majestuosamente tras de mí. En la vereda me esperaba Vronsky, retorciendo sus bigotitos de azabache. Los fogosos corceles piafaron cuando él me ayudó a subir al coche como si yo fuera una especie de pájaro inválido, una preciosa pluma completamente renga. “Ana”, murmuró Vronsky, con los ojos como carbunclos.
La Opinión,
22 de mayo de 1977
Juan L. Ortiz
El escondido licor de la tierra
“¿Oiríais desde aquí el crecimiento de la margarita?”, preguntaba Juanele en uno de sus poemas, y la respuesta me pareció evidente: no. No, para escuchar los delicados sonidos era necesario viajar hasta Paraná y oírlos desde su raíz, sin intermediarios espesos y ruidosos o, lo que es lo mismo, oírlos desde la propia voz del poeta. ¿Pero, cómo?, podrán preguntarse quienes no conocen a Juanele; ¿o acaso la propia voz del poeta no sería intermediaria entre aquel crecimiento y este escuchar? Y nuevamente la respuesta me pareció evidente, y negativa. No, porque Juanele se ha consagrado a la transparencia con un ardor absoluto que garantiza la fidelidad de su audición. De manera que uno puede escuchar directamente el crecimiento de la margarita, si junta coraje y si resuelve dedicarle la vida entera al objetivo de oír. Pero si no lo junta, o si apenas pedazos sueltos de su vida consiguen acercarse a la levedad de ese murmullo, puede también confiar en la perfección de lo escuchado por un poeta que escribe:
“Todas las cosas decían algo, querían decir algo. Había/ que tener el oído atento u otro oído fino, muy fino, que/ debía aparecer”.
Una mañana, pues, me vi sobre el ómnibus, camino a Paraná, y pensando en Juanele. Pensando, por ejemplo, en las íes de los versos que acabo de transcribir: decían, querían, había, oído, fino, todos los acentos y gran parte de los finales descansaban inevitablemente en una “i”. Todo era estío, todo era río, todo era invisible y chino en esos poemas de sílfides, de maíz y de “visitas del olvido”, esos poemas que exhalaban el “suspiro de las islas”, poblados por diminutivos que acentuaban lo íntimo, lo tímido, la neblina y la llovizna de esa “red infinita”: hierbecillas, hebrillas, pajillas. ¿Por qué la “i”?, me prometí averiguarle. Aunque tan desconcertantes como la insistencia en el sonido delgado y amarillo de la tercera vocal me resultaban sus otras “manías”, esos tics aparentemente circunstanciales, pero cuya repetición constante me creaba un estado de alerta, como si tuviera la intuición de que, apretando esos timbres desparramados a lo ancho de sus versos sábanas, se me abrirían las puertas hacia él. ¿Qué tics? Los puntos suspensivos, para adelgazar aún más la colita de sus palabras aladas; el exceso de comas, para cortar con breves respiraciones de pajarito el flujo de un discurso que rechaza la pesada sonoridad; las preguntas: “¿No?”, “¿Qué?”, “¿Quién?”, para mostrar la apertura en abanico de un sinfín de posibilidades bifurcadas más allá de lo manifestado por aquellas palabras; las comillas, sin relación lógica con lo aparente del pensamiento, para acentuar un sentido, pero no como lo hacemos las personas de carne y hueso, recalcándolo en la base con un trazo horizontal, sino suspendiéndolo en el aire con ese parde alitas dotadas de la gracia y el secreto de un guiño de complicidad; las palabras francesas, utilizadas también entre comillas; los ayes: ¡Ay!, una sucesión de gemidos para punzar o picotear lo demasiado rotundo de la certeza, convirtiendo al poema en un panal o un pulmón perforado por multitud de agujeritos habitados por multitud de suspiros; las anécdotas y descripciones, para huir de la moderna retórica que las prohíbe y rescatar la antigua retórica como una forma de ternura. Manías tendientes, sin duda, a eliminar del lenguaje todo grosor, todo límite rígido, inclusive todo esqueleto y especialmente toda intromisión petulante del yo, para dejarlo correr, suelto como la música del aire y del agua, diáfano, o –como dijo el poeta santafesino Hugo Gola en el prólogo a las obras completas de Ortiz, recopiladas por Editorial Biblioteca bajo el título En el aura del sauce– para tejer con él “una red de palabras, delicada y precisa, aunque aérea, semejante a esas inmensas construcciones que las arañas pacientemente entrelazan”.
Me vi, pues, sobre el ómnibus, camino a Paraná, pensando en Juanele, en el hilo sutil de sus poemas y en su leyenda: porque el viaje a la ciudad litoraleña se ha convertido, desde hace tiempo, en la obligada peregrinación de los poetas argentinos. Y ahora, de a poco, cada vez más, también de los periodistas a los que nunca buscó. ¿Pero qué esperan encontrar los peregrinos, y qué aureola particular rodea a este ancianito allí recluido desde siempre en el rincón de su provincia? Un viejecito de más de 80 años, frágil y arrugadísimo, observador exclusivo de las hierbas del río y el espejear de la corriente, y de una gota irisada y su temblor sobre el pétalo, ¿qué puede darnos a nosotros para que viajemos diez horas y atravesemos la inundación litoraleña y miremos la extensión desolada bajo el acero del cielo, y los ranchos negros hundidos en pantanos interminables; qué puede damos a nosotros los apurados y activos de la ciudad? Esto me preguntaba (aunque era, por supuesto, una pregunta retórica), jurándome no alarmarlo a él con preguntas opacas, no perturbarlo en su fluir y prometiéndome un reportaje imposible a fuerza de callado. Entrevista que me imaginaba como una versión Juanele de aquella frase de Balzac cuando, después de una conversación sobre política, dijo: “Bueno, volvamos a la realidad, hablemos de Eugenia Grandet”. Solo que Juanele diría, o decía, en mi imaginación: “Bueno, hablemos de cosas importantes, guardemos silencio”. ¿Pero qué prestigio de sabio chino, de santón milagroso me colmaba de semejante respeto anticipado? En otros términos: ¿qué vida cierta y maravillosa, qué transcurrir maravillosamente cierto por la tierra solventaba hasta tal punto cada palabra de su poesía, cada coma, cada comilla, cada “i”, cada “¿no?”, cada terceto de puntos suspensivos, dotándolos de esa verdad luminosa tan ajena a los brillos de la mera literatura y tan próxima a la santidad?
Cuando abrí la ventana de mi hotel, en Paraná, comprobé que en la casa de enfrente se agitaban unas plantitas silvestres crecidas entre los ladrillos. Era una vieja azotea con baranda brotada por esas gráciles criaturas dispuestas a recibir saludando. Lo consideré como un gesto de Juanele, propicio. Por teléfono escuché la voz de la famosa Gerarda, la inseparable compañera del poeta. Yo esperaba que no conocieran ni este diario, ni a mí, ni a nadie fuera del mundo de las “niñas del río”, y me internaba en un mar de explicaciones cuando ella me contestó con alegre naturalidad: “Ah, ¿es usted? ¿Y está en Paraná? Venga mañana”.
Paraná es una ciudad formada por pedacitos superpuestos. Hay un impulso (un élan, diría por influencia de Juanele) hacia lo nuevo que produce fachadas de mosaicos brillantes color rosa o patito, o asfaltos muy prolijos y limpios, pero que no logra ocultar las tejas y los ladrillos intensamente rojos de un pasado presente. Esa mañana las hierbas saludaban desde todos los techos y llovía (eran los días de la inundación, como creo haber dicho hace un momento). Daba placer caminar escuchando los pasos (en Buenos Aires uno marcha sin conciencia de sus pies, porque el ruido de los otros oculta el propio) y daba placer, sobre todo, caminar respirando ese aire de plata, húmedo y vivo como un ser amistoso y no menos saludador que las plantitas de las terrazas. La casa de Juanele, estrecha y de tejados y jardín diminuto, aguardaba junto a la barranca vertiginosa del río Paraná.
La reconocí por los gatos que me miraban desde el porche (todo el mundo sabe que Juanele vive entre los gatos). Entré despacito por el sendero del jardín (todo el mundo sabe que la casa de Juanele siempre está abierta) y me aterró su llamado: “Aliiiiiiizia”. A la izquierda, en el porche, oculto detrás de una cortina, con su arrugada carita de Lao-Tse, su bombilla de bambú y su mate de guampa, estaba Juanele acurrucado y yo contuve mi grito, tan parecido lo encontraba a su leyenda y a su imagen, tan similar a él mismo como si no fuera esta la primera vez que nos veíamos sino un reencuentro planeado por algún planificador misterioso y sonriente. ¡Y lo que dijo de entrada! Dijo lo que soñé mil veces con atreverme a decirle. Dijo: “Aliiiiizia, ¿sabe que uhté y yo zomoh parientez?”. Con su acento entrerriano, ceceoso y de haches aspiradas, me contó la misma historia que contaba mi abuela materna sobre nuestro parentesco y que, narrada por él, me obligaba a reconstruir la exacta impresión: que era absolutamente irreal, ilógica e incomprensible la vía por la cual ambos deducían esos lazos de sangre, puesto que el padre de Juanele era un Ortiz de San Antonio de Areco y mis Ortices siempre habían estado en Paraná.
Me guardé muy bien de dudar en voz alta. Estaba demasiado orgullosa de que el propio Juanele en persona aludiera a las supuestas gotas comunes que unos unían allá por el tiempo del Diluvio. Lo dejé fluir. Apenas si le señalaba uno de los gatitos, o le sugería alguna extrañeza (por ejemplo, el encomillado francés de sus poemas).
–Ah, sí, Rilke advirtió que el juego de los animales es una de las cosas más emocionantes, es la fantasiiiiía –ceceó–. Palabras francesas, sí. Las uso por razones eufónicas, porque la lengua castellana en un contexto melódico es expresiva, no digo lo contrario, pero demasiado fuerte y rompe la línea o el..., cómo diría, el “relente” melódico –las comillas estaban implícitas en su voz–, y yo lo siento así y no me lo propongo por retórica sino como ligado a la propia cosiiiita que uno tiene que decir… –los puntos suspensivos también estaban implícitos en su voz–. El francés, como es tan labrado, como tiene tantos matices me da cierta... saliiiida de ese tipo. Pero estos son trabajos inconscientes de la “transcripción”, ¿no?, transcripción en el sentido de los surrealistas aunque sin mucho enfatizar, sin creer que es el “ángel” o la “visita” que vienen hacia el poeta, y sin embargo es así, uno es como un medio... para que pasen a través algunos ecos o reverberaciones... apenas... Acentúo en las íes, sí, es cierto, yo encuentro esa letra femeniiina y con timbre de cascabel, de cristal... ¿no? Y cuando fui a la China supe que en los poemas chinos hay una alternancia de sonidos... uno es mate y el otro, cristalino, y los finales son siempre cristalinos, con “i”, y entonces descubrí que yo había hecho lo mismo sin saberlo, solo por mi deseo, ¿no?, de evitar la densidad, de dejar la cosiiita suspendida, que se evapore, que se pierda...
Hablaba sin dejar por un instante de afanarse con el mate, revolviendo con la finísima bombilla, agregando media pizca de azúcar con la cucharita minúscula, tapando y destapando continuamente la azucarera y la yerbera colocadas en el suelo. Entre palabras, canturreaba: Mmmm, mmmm, una melodía quedita y sin forma mojaba los pies de su expresión verbal, como si esta surgiera de aquella y se nutrierade esas olitas cristalinas que, por alguna misteriosa razón de la memoria, me recordaron los ingenuos versos de nuestro Fausto gauchesco cuando, al hablar del mar, se dice de esas olas pequeñas y mansas: “Y allí en lamer se entretienen/ las arenitas labradas”. Mmmmmm, mmmmmmm, el canturreo iba y venía lamiendo las arenitas labradas de sus palabras, humildemente a sus pies.
–Mire, mire cómo el gatito le hizo una fantasía a la perrita –mostró con su dedo largo y corvo como de garra de pájaro– Ah, Rafael Barrett, ese gran escritor sobre el que alguna vez habrá que hacer un estudio, dijo que el perro nos ayuda a salvar el abismo de la comunicación humana, y que el gato nos comunica con las estrellas. Dos formas de comunicación, una horizontal, la otra vertical, y esto no es nada arbitrario porque ahora dos franceses y dos rusos, sabios, acaban de detectar en la pelambre del gato radiaciones de Mira, una estrella que forma parte de una de las constelaciones últimamente descubiertas, ¿no? Y se sabe además que por el poder de su vista los gatos perciben el neutrino, la antimateria, y no ven colores sino torbellinos de radiaciones... Sí, con las estrellas, y de ahí el éxtasis que los sobrecoge a los gatos de noche, paraditos sobre un muro. Este perro es recogido, pobrecito, igual que todos mis gatos, ahora tenemos pocos pero llegamos a albergar diecisiete, porque la gente debido a una antigua superstición no mata gatitos pero los tira, ¿qué? ¿no sabía?, se dice que quien mata a un gato tiene siete años de desgracia.
Por otra misteriosa razón de la memoria recordé el poema a su galgo muerto: “Silencioso amigo mío, viejo amigo mío, cómo nos entendíamos.../ Esta tarde hubiéramos salido a mirar los oros transparentes, casi íntimos.../ ¿Qué veías allá, sobre las islas, cuando enhestabas las orejas?/ Y te tocaba el blanco alado de la vela lejana?/ ¡Oh, los perfumes de las gramillas y de la tierra, qué ríos de éxtasis!”. Salvado el abismo entre dos mentes que compartían una “serenidad ligera” en un “extraño mundo seguro”, Juanele, percibió mi pensamiento. Seguramente lo percibió. Comenzó a hablar de poesía cotidiana. De repente lo oí diciendo:
–Sí, lo cotidiano, en los poemas aparentemente menos musicales hay un misterio musical... que rodea todas las cosas..., aun en una poesía familiar, casi vulgar como la de Carriego, hay eso que trasciende... Aquello de “la niña que ahora nadie ocupa...”
Dijo, efectivamente, “la niña” en lugar de “la silla”. Aproveché para deslizar una extrañeza más: lo anecdótico y descriptivo en sus poemas que parecen creados a contrapelo de la corriente poética moderna, volcada hacia la esencia.
–La poesía es narración... de ciertos estados íntimos, siempre fue narración. La china, y ni hablar de la árabe y de la persa... Y España, Italia, Francia... Claro, después se llegó, y eso era explicable, a una poesía anticonfidencial que rescataba la esencia, pero como reacción contra la poesía puramente narrativa o discursiva.
Y revolvía su mate y me alargaba de vez en cuando alguno en el que venía una gotita dulzona, tibia y de un extraño sabor.
–Prefiero el mate de guampa, el calabacín también le da gusto y siento mucho respeto por él, pero este me resulta más agradable, lo que no quiere decir que sea superior –explicó, empeñado en no herir posibles susceptibilidades, tal como lo había hecho al comparar la lengua francesa con la castellana y como si temiera que el calabacín y el idioma español se echaran a llorar de la pena–, solo que esta sustancia córnea impregna la yerba de elementos químicos estimulantes. En China se tomaban ciertas bebidas calientes en cuerno, por el mismo motivo. Y aquí, en Entre Ríos, decían que el mate en guampa volvía irritables a los hombres, o que era afrodisíaco. Eso ya es más grave... Y he leído que en Paraguay, donde hay liana a granel que da el calabacín, usan la guampa. [Augusto] Roa Bastos lo dice en sus novelas, y todavía no he hablado de eso con él, pero ya le preguntaré. Mi amigo Raúl González Tuñón me llamaba “toxicómano” por estas cosas. Murió. Todos los amigos han muerto; hace poco, [Cayetano] Córdova Iturburu, que escribió ese poema premonitorio, qué maravilla, donde anticipaba su muerte...
Del mate pasamos al pueblo que lo toma con mayor entusiasmo: el entrerriano, “panza verde”. Le mencioné su poema Pueblo costero, donde unas breves palabras dan cuenta de la especial dignidad, la elegancia y el orgullo de esa gente morena y ceceosa “o al amor de lo suyo increíble de decoro o de honor bajo los vientos”. Le mencioné sobre todo esas palabras, “decoro y honor”, y Juanele las recordó con un aire lejano, como si fueran suyas y no lo fueran, asintiendo a ellas, y de allí pasamos al pueblo de China, “a su gentileza, su humildad, su sonrisa”.
–Estuve en China en 1957, conocí a Mao, a Chou En-lai, y encontré muchas cosas y sobre todo me encontré a mí mismo. Siempre había sentido entusiasmo por la poesía oriental, persa y china, que conocía por traducciones. La poesía china se escribía sobre hueso, y al calentar el hueso aparecían los caracteres... esos ideogramas perfectos que dibujan la idea, no la intelectual sino la idea en sentido platónico...
Gerarda venía por el senderito del jardín. Cabellos grises, ojos azules y un aire amable, aunque fuerte. “Entren que afuera está fresco”, ordenó. Juanele me condujo a su piecita de trabajo, ahora abandonada por un rincón del living donde el poeta encuentra más luz. La piecita estaba oscura, olorosa a gato, y en el piso había cuatro libros que aplastaban las alas de un sombrero.
–Ah, justamente, Rafael Barrett –exclamó Juanele mostrando el título de los tomos-aplanadora–. Rafael Barrett, del que recién le hablé. Lo puse allí porque el sombrero me había quedado como un zapallo... Todas estas estanterías y estas lámparas y pantallas fueron diseñadas por mí... a mi gusto... Qué preciosas, ¿no?
–Preciosas –respondí, la voz como un hilo, tocando con un tembloroso meñique (solo con un tembloroso meñique se podían tocar) las pantallas de tul marfileño enjoyadas por alguna diminuta florcita salida de la tumba de Margarita Gautier, casi deshechas en polvo de ala de mariposa. El rincón del living, nueva conquista ambiental de Juanele, se componía de un sillón cubierto de papel de diario y de una pila de libros que Juanele revolvía descubriendo papeles de bordes quemados por el tiempo, pajitas, puchos, una bandejita de cartón hacía tiempo perdida. Lo vi liar sus cigarrillos, sus ideas de cigarrillos (medio gramo de tabaco en una tenue hojita de bordes ensalivados) y colocarlos en el extremo de la mítica boquilla. Me atreví a agarrar esa boquilla y tuve que soltarla... ¿No dicen que las casas encantadas se impregnan del alma de sus dueños y repiten largamente gemidos y risas extinguidos años atrás? La boquilla de Juanele estaba encantada y producía temor, y también repugnancia: no olvidar que Rudolf Ottó, en ese magnífico ensayo que se titula Lo sagrado, aclara que una de las reacciones posibles ante lo numinoso (lo poblado por una intensa dosis de presencia divina) son el horror... y el asco.
–Murió la vecina de la otra cuadra –anunció Gerarda.
–Ya han muerto varios por estas partes. Anda cerquiiiita la muerte, ya va a llegar hasta acá –respondió Juanele.
Ella admitió naturalmente, como si hablara del barrendero, o del vendedor de pochoclo, que vinieran:
–Sí, ya va llegando.
Y entonces comenzaron a hablar. Juntos. Al mismo tiempo, estrictamente, a la vez, como un dúo de flautas perfectamente acordadas, sin mirarse entre ellos y atrayendo con la mirada mi atención, obligada a dividirse a derecha e izquierda igual que si debiera prestarse a la charla de un águila de dos cabezas. Si Gerarda por un instante daba una nota discordante y disentía, Juanele se detenía y ahora sí la miraba con cierta extrañeza, y se establecía entre ellos no una discusión sino un conciliábulo para afinar los instrumentos, como si buscaran el “La”. Hasta que Juanele llegó a un momento del duetto en el que se pronunciaba la palabra “caballos” (seguido de cerca por Gerarda, que enunció su propia versión levemente distinta de lo mismo, por ejemplo, “ruanos” o “tordillos”), y aproveché para llevar hasta su infancia al poeta que, en el acto de narrarla, adquirió nuevamente su propia y singular cabeza.
En suma, le pregunté por su niñez en el campo, y contó:
–Nací en Puerto Ruiz, que es un puerto de río y de ultramar, con mucho movimiento, y a mi padre, que era de Areco, lo nombraron administrador de una estancia en Mojones Norte, pleno monte, plena selva, y allí viví entre los tres y los siete años, en ese lugar agreste que resultó decisivo para mi vida, y después nos fuimos a Villaguay, donde hice la escuela primaria hasta sexto grado, y finalmente recalamos en Gualeguay. Allí en Gualeguay estudié la Normal, soy medio maestro, y comencé mis escapadas a Buenos Aires donde cursé estudios libres en Filosofía y Letras...
–Pero él es completamente un maestro –dijo Gerarda retomando y retocando la expresión “medio maestro”–, porque siempre lo han seguido los muchachos de Gualeguay y de acá, y él los guía por buen camino a todos los que vienen...
–...hasta excederse vienen –agregó Juanele–, porque tengo cosas entre manos, poemiiitas, cosiiitas, y necesitaría ciertas horas que ellos me ocupan, hasta las nueve de la noche...
–...un gran maestro, eso es lo que es –dijo Gerarda–, y por lo visto desafinaba porque Juanele sopló su flauta buscando el “La” de la armonía y objetó que el maestro es el que aprende, y que era él en verdad quien aprendía de esos muchachos porque le traían y le descubrían autores e inquietudes desconocidos.
–Después de la Normal –continuó– vino la bohemia de Buenos Aires, aunque esporádicamente. Digamos que cumplí con esa etapa indispensable y me relacioné con la gente que por ese entonces estaba en el candelero, como se dice... Salvadora Medina, la mujer de [Natalio] Botana, me ofreció un puesto en Crítica, que no acepté para no atarme a la ciudad; no estaba pertrechado para soportarla... Ella me ayudó mucho, me publicó... en La Protesta, que era anarquista y donde salían poemas de Verlaine... Y cuando no acepté el puesto de Crítica me propuso de administrador en una estancia, con mucho dinero, pero tampoco quise5. Es claro que renuncié a muchas cosas para venirme a quedar acá, en la provincia, yo necesitaba mis tardes liiibres... las que me quedaban con el empleíto en el Registro Civil de Gualeguay. Y así viví, en Gualeguay, hasta que en el 42 me jubilé con jubilación extraordinaria y nos vinimos a Paraná... para estar un poquito más cerca del... movimiento, de la gente. En Gualeguay hacía sociedad con muchachos amigos de la lectura, de la canoa, del paisaje...
Hacía listas de libros para la Biblioteca, hasta que la puso al día con todo el pensamiento del mundo. Córdova Iturburu vino a verla y se quedó sorprendido: “Ni en las bibliotecas de Buenos Aires tenemos esto”, dijo. Yo “pescaba” y traía traducciones del ruso, del japonés, literatura africana, todo. Descubrí, por traducciones francesas, a Panait Istrati y a [Boris] Pasternak antes de que en la misma Europa los apreciaran tanto... Y de Rabindranath Tagore, que traduje al inglés y al francés… De los poetas hindúes tomé cosas que traduje, algunas publicadas, otras no. También [Vladímir] Maiakovski. Muchas traducciones hice, muchas, de Aimé Césaire, de [Léopold] Senghor, antes de que los conocieran tanto... Con un amigo de acá, Rubén Turi, traduje varios libros de Louis Aragón. Y chinos, poetas chinos, porque me ayudaron unos muchachos de China que sabían castellano.
Y abanicaba la mano larguísima, de palma recta y falanges encorvadas, y canturreaba, mmmmm mmmmm, y me mostraba en el jardín un arbolito chino del período terciario, del más antiguo de la tierra, que se llamaba ginkgo biloba. Ya era mediodía, lo supuse cansado y me despedí hasta la tarde.
No llovía aunque continuaba el cielo plomizo, y el río (esto lo dijo Juanele) estaba “terni”. Decidí quedarme en la barranca, bajar hasta la orilla por un camino vertiginoso entre cipreses corvos como uñas de Juanele. Casi me alegraba de la atmósfera gris, que sumergía al paisaje en el pleno secreto, sin el barullo del sol. En el suelo se agitaba un mar, un verdadero mar de hormiguitas coloradas cargadas con pétalos azules. Y la ladera se veía cubierta de jacarandás negros con hojas sutiles como helechos, y el Paraná, que de lejos era una masa espesa de chocolate levemente rosado, observado de cerca dividía sus aguas en dos especies: las que corrían livianas, en brazos finos y brillantes, y las detenidas en grumos opacos que parecían hervir. Se me ocurrió pensar que el ejemplo de este río ante la vista no tornaría fácil, sin duda, pero tampoco tornaría tan espantosamente difícil el acto de soltar las riendas de la propia vida, y de dejarse fluir, “a lo Juanele”, con la certeza del abandono a una corriente dulce como el tranquito del caballo que nos conduce a casa, de vuelta, aunque vayamos dormidos. ¿Quién tiene miedo? Solo el que osifica su voluntad. Juanele hablaba de durezas (mate de guampa y poemas escritos en los huesos), mientras yo me imaginaba su esqueleto transparente como el de un grillo y recorrido apenas por un tenue dibujo, una escritura leve que resumía todos los sentidos. Y un esqueleto así no se consigue gritando: “¡Yo!”, ni mucho menos: “¡Yo quiero!”.
Me entretuve recordando su leyenda, las hazañas que le atribuyen. La vez que subió a un tranvía en Buenos Aires y se agarró de una cuerda finita que producía un agradable “tilín”, y la escuchó encantado y sonriente hasta que el guarda vociferó bronco y terrible expresiones que no cuadra reproducir. O la vez que Carlos Mastronardi y Córdova Iturburu lo acompañaron hasta otro tranvía, y Juanele abrió cálida y extensamente sus brazos para despedirse de sus amigos, exclamando: “Bueeeeeeno, Carliiiiitos, bueeeeeeno, Coooooordova, chaaaaau, hasta lueguiiiiito”, y varias veces se dio vuelta para tomar un tranvía, y otro, y otro, porque los irritables transportes porteños, hartos de esperarlo, decidían “no más” con su hilera de caras perplejas pegadas a los vidrios de las ventanillas. O los años durante los cuales, a mitad de camino entre su revuelta melena inicial y su pelusa parca de ahora, peinó sus cabellos en tres largos copetes, uno sobre la mollera y los dos restantes a los costados, pero hacia arriba, como un impulso, como un élan de antenas en punta, encaminado a captar los mensajes del cielo. O su máquina de escribir con tipos diminutos, que se compró cuando sus editores le rogaron, con lágrimas en los ojos, que no enviara nunca más esos ilegibles poemas escritos con su letra de delirante pequeñez. O esa operación de la vista, el año pasado, cuando estaba casi ciego y los médicos amigos de Paraná le operaron gratuitamente las cataratas y le regalaron los anteojos (porque Gerarda y él viven con la exagerada modestia de medios con que no debiera permitirse que pasaran sus días el poeta mayor de la Argentina y su esposa), y Juanele, en medio de tan delicada intervención (con anestesia local, que le permitía mantenerse perfectamente consciente), exclamaba deleitado y feliz como un niño: “¡Qué liiiiiindo, ahí veo unos amarilliiitos que vienen bailando desde el fondo, y ahí aparecen unos honguitos celestiiiiiitos, si los vieras, Gerarda!...”.
A las cinco de la tarde volví a su casa. Había visitas: un abogado amigo, Carlos Virgala, y un joven de ojos celestes que cebaba el mate.
–Estuve pensando en mi debilidad por la “i” –reflexionó Juanele, como si no hubieran pasado varias horas desde mi partida– ¿Y sabés de dónde debe venirme también? Del guaraní: casi todas las palabras guaraníes terminan cristalinas.
–¿Qué está escribiendo ahora, Juanele? –le pregunté para que no se dijera que había viajado a Paraná a entrevistarlo sin preguntarle nada de nada.
–Ahora tengo dos poemas larguísimos, casi como novelas en verso. Uno es Entre Diamante y Paraná, y el otro, El niño y el perro. Ah, y después tengo otro muy..., en realidad tengo tres..., es el canto de la luz, no se titula así pero ese es el sentido. Empieza con, qué sé yo, la luz canta, algo en que la luz se da y que a la vez tiene cierto tipo de música...
Y llevaba y traía la mano por el aire. Le pedí que leyera poemas, cualquier poema. Desapareció en la pieza del sombrero con Rafael Barrett y apareció trayendo una caja, que desató despacio con sus dedos de pájaro. Y de allí extrajo los famosos poemas escritos en interminables tiras de papel enrolladas sobre una maderita, con su letra minúscula que parece penetrar por la rendija del microcosmos hasta el núcleo más prieto de lo creado. Al final de las tiras, unos trazos deshechos en el viento (tal vez hierbas del río, tal vez movimientos puros de la luz) representaban la “ilustración” del poema. Sin embargo, no leyó de allí sino de los tres tomos con tapas plateadas de sus obras completas. Eligió El espinillo. ¿Leía simplemente? No, glosaba, reconstruía, recordaba la circunstancia y la esencia de cada verso, como si algún otro ser, algún hermano suyo muy próximo a su alma, le hubiera dejado de regalo esas palabras misteriosas que ahora él se esforzaba por explicar y aclarar.
–“Anhelo del horizonte”, claro, porque a los espinillos les flota ese anhelo cuando se borra el tronco y queda la copa flotando... Eso visto a la lejanía, por cierto... Y el espinillo tiene algo de, cómo le diría, no de triste sino de melancólico, y unos viajeros ingleses lo dijeron, esto no es cosa mía solamente, dijeron que Entre Ríos está envuelta en una melancolía de espinillos... Cuando el espinillo tiene flor es otra cosa, pero cuando no la tiene... “Y un solo vuelo mancharlos”, dice acá, y fíjese qué curioso que un vuelo de pájaro pueda manchar esa soledad de agua y esa transparencia que viene del agua al aire. Y eso yo lo sentí, sentí el canto de un pájaro y dije: “Ve, parece que se mancha la tarde”. Porque a la media tarde los espinillos parecen conversar con la luz. Y se condensa en ellos la soledad de la tarde, y fíjese que esto no es cosa mía solamente, porque muchos lo han notado. Un amigo mío me dijo que en el Chaco los espinillos no dan esa sensación de concentración que dan los de acá...
–Lea el poema a Gerarda, Juan –pidió el amigo. Y añadió que Juanele la conoció a Gerarda Irazusta cuando ella tenía catorce años (se casaron cinco años después) y que al verla por primera vez en una plaza de Gualeguay le escribió este poema:
–“Ella iba de pana azul entre las manzanillas”, dice acá. Y la sombrilla sobre su cabeza venía como a defenderla del amor de octubre, claro, porque la cara de ella quedaba en penumbra. ¿De qué color era la penumbra? –Se quedó pensando–. Y aquí habla de “toda la abeja del aire”, porque sus labios eran la flor... Y claro, ella tenía como vergüenza de su propia inocencia, en esa edad de jacinto...
Pasó unas páginas y leyó:
–“Venía de las colinas”. Porque de pronto acá las colinas, fíjese, ya no son azules sino celestes, aunque celeste grave, por cierto..., aunque el cielo gravita en tal forma que se ponen así... “En el aire triste de su vuelo vago”, dice, por la poesía que vuela hacia mí... Pero la rosa del día no se iba sola esta vez por el río... ¿Por qué la tristeza?... Ah, y aquí está “Las flores de los paraísos”, esas flores tan chiquitas que no se distinguen nada de la brisa y tiemblan... Pero claro, estas son cosas incomunicables, ¿no?
Y nuevamente la extraña memoria me trajo un recuerdo literario: un cuento de Hoffmann, El caballero Gluck, en el que el fantasma del músico revisa febrilmente las partituras y corrige, corrige con su mano de sombra... como corregía Juanele sus poemas íntimos y ajenos, reconociéndolos, extrañándolos. Entonces el amigo abogado y el muchacho de ojos celeste-colina le rogaron a Gerarda que leyera el poema del tiempo de la inundación, ese que comienza: “Estamos bien, mi amiga”.
–Ah –dijo Juanele–. Gerarda es mi mejor lectora.
–Son ustedes los que ponen lo suyo al escucharme–respondió Gerarda–. Yo leo así no más, discretamente.
Y comenzó a leer y a dibujar con su voz la evocación de una tarde en la que ambos estaban en su casa, bien, serenos, leyendo a e. e. cummings y escuchando a Debussy, mientras en los campos la gente se moría de frío entre las aguas. Leía discretamente, es cierto, y esa temblorosa hondura, suave, suavísima, inesperada en la mujer amable pero fuerte, de cabellos grises, provocó una tierna sensación casi vecina del sufrimiento. Es difícil hallar una imagen tan clara del amor, y es difícil no llorar al encontrarlo. En ondas sobre el cielo pasó una formación triangular de patos sirirí. Había golondrinas sobre los postes.
–Ay, pobreciiiitas, no se fueron a California, se van a morir –se lamentó Juanele.
–No, no se van a morir porque las que no se van tienen nidos –contestó el estudiante de los ojos y el mate.
–¿Y cuando tienen nidos no se mueren? –pregunté.
–No, no se mueren, tienen por qué vivir –respondió nuevamente el discípulo del frágil viejecito, que, mientras tanto, canturreaba en secreto, como un grillo, mmmmmm, mmmmmm, sorbiendo de a ratos una gota pequeña, o una pizca de humo.
Anochecía, y se escuchaba perfectamente a las margaritas crecer en el jardín.
La Opinión,
6 de abril de 1978
5 Salvadora Medina Onrubia nació en La Plata pero vivió toda su infancia y adolescencia en Gualeguay, Entre Ríos, donde fue amiga de Juan L. Ortiz (ella era dos años mayor que él).
Entrevista a Sara Gallardo
Me contaba su vida con el aire preciso de estarse refiriendo a alguna vida interesante, sí, y por momentos hasta querida, pero no suya: de otro, o de otra. Y resultaba fascinante ir reconociendo, en esas fluctuaciones entre la distracción y la calidez, los rasgos de su estilo. Una escritora que puede llegar amplia y generosamente hasta el límite de lo poético, y detenerse con elegancia (interior) que impide resbalar, más allá de ese límite, hacia el patetismo. A veces áspera, cortante, a veces extremadamente gentil pero pensando, a todas luces, en otra cosa, ni ella misma en persona, ni su escritura conseguían (consiguen) sin embargo disimular el hecho básico de esa vida que me contó. Sara Gallardo es como aquellas heroínas de las novelas “de antes”, heroínas íntegras y de una sola pasión. Si la existencia cotidiana y la literatura actual evolucionaron o degeneraron hacia formas blandas y hasta pringosas del “más o menos”, ella no. Juegos de ingenio, humor ácido y agresivo, nada alcanza a esconder la impresionante faz heroica y apasionada (“mística”, dice la propia Sara) de esta mujer muy bella, muy extraña, capaz de pronunciar con absoluta veracidad la menos habitual de las palabras: “definitivamente”.
“Nací el 23 de diciembre de 1933 –comenzó (rareza número uno: nadie le estaba preguntando la fecha)– y pasé mi infancia en la chacra de los Gallardo en Bella Vista, una casa maravillosa con un enorme parque lleno de árboles emocionantes y pájaros y citrus con azahares y todo eso. Era como el Paraíso, y duró hasta que mi hermano y yo fuimos expulsados, por esas cosas abyectas que suceden en las familias. Somos seis hermanos: el mayor vive en París, es un gran cantante de cámara y pasó años trabajando como payaso en un circo. Estoy muy unida a él, ambos somos capricornianos. Tengo otro hermano poeta, Miguel, otra hermana que es una señora hermosa, otro que es el director del suplemento literario de La Nación (Jorge Emilio), y después la menor, madre de cuatro hijos, que es el consuelo de mis padres.
”De chica, siempre estuve enferma, lo cual era fantástico porque me podía quedar sola en la cama sin que nadie me hablara. Me recibí de asmática bronquial histérica, síntoma unido al misticismo precoz y a una percepción desviada de la realidad. Estudié tres años economía doméstica (costura y bordado) porque mi padre pensaba que eso era lo único capaz de salvarme. A los once años escribí mi primer poema, donde rimaba flores con olores. A los diecisiete ya escribía poesías atroces en las que todo era de color violáceo, qué asco, y que obtuvieron un éxito inmenso dentro de la familia. Después me casé con Luis Pico Estrada, de quien tengo dos hijos, uno de diecisiete y otro de dieciséis años. A los veintitrés años me convertí en una niña prodigio gracias a la publicación de mi primera novela, Enero, que era realmente muy buena. Tuvo un doble éxito porque encantó tanto a los conservadores como a los izquierdistas.
”En el 55 empecé a trabajar como periodista, hice muchos viajes en calidad de tal y en calidad de escritora, y una vez más tarde en calidad de señora (con Héctor Murena, cuando ganó la beca Guggenheim). Anduve por países árabes, Grecia, Turquía, mandando notas a la revista Atlántida, que por ese motivo se fundió. Fue muy divertido. Después me divorcié. En 1963 publiqué Pantalones azules, un opio de novela, que causó decepción general aunque ganó el tercer premio municipal. Ese mismo año conocí a Murena. Empezó una época de gran actividad: a la tarde trabajaba como redactora de Primera Plana y por la mañana escribía Los galgos, los galgos, mi primera novela gruesa aunque sin mérito de gruesa porque le sobran unas 40 páginas. Pero ganó muchos aplausos y me sacaban fotos y yo aparecía contenta y feliz, con pestañas postizas, y eso era en el 68. Se hicieron cuatro ediciones de Los galgos..., que tuvo el primer premio municipal y el Gran Premio Necochea de novela.
”Ese año me dieron la célebre columna de Confirmado, con respecto a la cual quiero decir algo: detrás de todo periodista que da lo mejor de sí mismo siempre hay un director valiente. En este caso, era Félix Garzón Maceda, que me permitía reírme de lo que publicaba en su propia revista, de él mismo, de Onganía bajo censura, de todo. Desde entonces, muchas revistas me han contratado para hacer “la columna de Confirmado”, pero nadie se atreve a publicarla de veras. Héctor me traía textos para hacer mi columna, me ayudaba, pero en general no leía el resultado. Y eso me servía para tener bien claro que la columna era solo un trabajo y que lo importante estaba en la literatura. Tuve la columna durante seis años, hasta que cerró Confirmado. En el 71 publiqué Eisejuaz, que es mi novela preferida. En ella mezclé dos temas: uno de ellos lo tomé de una historia sucedida en la vida de San Antonio. Un fraile recoge a un paralítico tan abominablemente perverso, que el fraile piensa que los dos se van a perder. El asunto me impresionaba, porque en todos nosotros hay un fraile con un paralítico a cuestas. Después estuve en el Chaco salteño y un indio me impidió que tomara notas sobre varias historias que quería contarme. Y el libro terminó siendo la historia de una vocación, en la que un hombre de raza mataca es llamado para una misión que él supone importante, y que resulta ser, precisamente, cuidar a un paralítico infame y, encima, blanco. Pero él sigue su vocación o su misión hasta el fin. Todos mis libros, bien mirados, enfocan este tema: en el primero hay una chica que se deja hacer un destino; en Pantalones azules hay un joven guiado por prejuicios, por un código de ideales mentales sin relación con la realidad, y él elige ese camino de irrealidad. Recién en Eisejuaz encontré la posibilidad de reflejar a un hombre más fuerte que su destino, capaz de cumplir con su misión. (No olvidarque por ese entonces Héctor Murena había pasado a ser “el intelectual más desacreditado de América”, después de haber sido el niño mimado, y sin embargo, había seguido su voz interior sin la menor vacilación).
”Bueno, después de ese libro yo hubiera podido proseguir el camino místico, pero me planteé la necesidad o el deseo de ser una persona que quiere contar historias. Porque el místico no tiende a contar nada, sino a callarse. Y me obligué a escribir a modo de ejercicio, los cuentos de El país del humo, unidos por el común denominador de América, un lugar donde nada permanece, donde todo lo hecho se borra enseguida y donde se levantan estatuas en una inútil batalla contra el humo. El hecho de que en varios cuentos aparezca un extranjero mirando el fenómeno americano apunta a esa extrañeza, la misma que sentía Héctor (tan gallego) ante el horror o las barbaries americanas. Yo tuve bastante experiencia del campo argentino, pasé largos veranos en la estancia de mi padre en Chascomús, y con mi hermano hacíamos arreos y ensillábamos caballos todo el tiempo. Y además leí mucho sobre la Colonia y los indios y los gauchos, todos en casa leíamos mucho sobre esas cosas. Pero hay que estar muy fuerte para soportar el paisaje de América. Yo ya no puedo. Después de la muerte de Héctor quedé definitivamente vulnerable. Por eso me fui a un lugar casi europeo como Cruz Chica yLa Cumbre, y cuando voy al campo de mi padre no me quedo a dormir. Necesito sitios más suaves, como si hubiera quedado minada por dentro y para siempre.
”Con respecto al lenguaje de El país del humo, Mujica Láinez y Raimundo Lida me hicieron objeciones que comparto: la puntuación. Manucho me dijo “Ponés las comas como una asmática”. Corrijo muchísimo el lenguaje, me cuesta horrores escribir, soy haragana e indisciplinada,me busco pretextos ridículos para no sentarme a la máquina. Además, tengo tres buenos pretextos que son mis chicos (enel 70 nació Sebastián, el hijo que tuve con Murena). Pero ahora, por fin, he recomenzado a escribir una novela que surge a partir de un cuento autónomo al que se ligan varias historias de amores o pasiones no correspondidos o quiméricos, que modifican definitivamente la vida de quienes los sufren. Gente que se enamora locamente y de manera total.
–En El país del humo –dije, por fin; hasta entonces no había dicho nada porque, para confesarlo con toda franqueza, no podía cerrar la boca de admiración, sentimiento tan difícil de experimentar que, cuando viene, es necesario recibirlo con la mayor y más silenciosa alegría– hay un cuento de un gato que se chifla por un león joven y lo acompaña en su aventura; pero lo más interesante de esta historia de sacrificio es el personaje de la gata, porque ella sigue a su gato sin ilusiones, sabia, realista, segura del dramático fin y sin embargo lo sigue, definitivamente, a causa de una de esas locas pasiones.
–Así es –respondió Sara Gallardo, con una sonrisa amable que hasta parecía casual.
Después hablamos del humor, y ella reflexionó acerca de su literatura y su periodismo, y se preguntó por qué era más humorista en sus columnas (censuradas o no) que en sus libros. Y hablamos sobre la literatura femenina, y ella admitió que siempre había escrito “como un marimacho” porque desdeñaba lo exquisita y blandamente femenino, y que escritoras como Clarice Lispector, Virginia Woolf o Djuna Barnes tenían el rigor del acero, “engarzaban un diamante en acero”, y que eso a ella siempre le había parecido una cualidad viril. Y recordó que Santa Teresa les aconsejaba a sus monjas: “Sed viriles”, en el sentido de la fortaleza interior. Pero agregó: “Tal vez, cuando esté más madura como escritora, podré hacer un tipo de relato en el que asuma completamente lo femenino sin temor a la blandura”.
Yo seguía sin cerrar la boca. Pensaba que si alguien no tiene motivos para temerle a la blandura, es ella. En realidad, la envidiaba con toda mi alma. No por su talento, ni por su belleza, ni por la agudeza de su ingenio, ni por su capacidad de verse desde afuera como si hablara de otra, ni por su magistral escritura cuyas comas no me parecen asmáticas en absoluto, sino por el diamante y el acero de su amor. Hay vidas interesantes y también admirables a su modo, pero muy llenas de vueltas. Discernir el sentido directo y luminoso de Sara Gallardo, con ese dolor definitivo, recto como una flecha, me inspiraba un humano respeto que naturalmente no le expresé, así como tampoco ella expresó más emociones que las que hubiera manifestado la mujer del Cid Campeador, impávida, toda blanca y negra y asomada a una torre en plena soledad de Castilla, viendo aparecer a lo lejos el atisbo de un penacho y el brillo de una coraza conocida. Solo que en vez de impávida, Sara Gallardo aparecía frívola y divertidísima. Y era casi imposible distinguir en sus gestos risueños el hueso austero, la locura terriblemente española que la impulsa a proseguir su camino hasta el fin.
1978
Pulsuz fraqment bitdi.