Kitabı oxu: «La ventana de enfrente»

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Índice de contenido

La ventana de enfrente

Portada

Capítulo 1: SEPTIEMBRE. AterrizoEnMadrid

Capítulo 2: OCTUBRE. LosProfesYaMeTienenHarta

Capítulo 3: NOVIEMBRE. YaHaceFrío

Capítulo 4: DICIEMBRE. SeVienenLasFiestas

Capítulo 5: ENERO. RegaloDeReyes

Capítulo 6: FEBRERO. VivaLaContrafarsaYElCarnaval

Capítulo 7: MARZO. VacacionesDeNuevo

Capítulo 8: ABRIL. BajoLluviaEnMadrid

Capítulo 9: MAYO. LosQueTeHacenLlorarYSufrir

Capítulo 10: JUNIO. ÚltimoMesDeClases

Capítulo 11: JULIO. TodoSeDesarma

Biografía

Legales

Sobre el trabajo editorial

Contratapa

Septiembre

AterrizoEnMadrid

Fue cuando me instalé en el avión, que no pude aguantar más y largué el llanto. Desde el asiento de al lado, mamá me miraba con cara comprensiva. Pobre. Si supiera la verdad. Ella creía ingenuamente que mis lágrimas eran porque me había despedido de mis amigas y primos en el aeropuerto, y no los iba a ver por casi un año. Yo no quería estropearle la alegría que le generaba la “nueva vida” que, según ella, nos esperaba en Madrid. Para qué repetirle que tenía cero ganas de irme a vivir a una ciudad que no conocía, a diez mil kilómetros de todo lo mío. Se lo había dicho tantas veces, que no valía la pena. Lo otro era lo que mi madre no sabía. No podía contárselo. A ella menos que a nadie. Cada vez que recordaba aquella escena, lo que descubrí la tarde en que me perdí volviendo del dentista, confirmaba con angustia que no podría decírselo nunca.

Al aeropuerto habían ido todas mis amigas del colegio con regalos, cartas y recuerdos. Me daban unos abrazos tan apretados como si tuvieran que pasar una prueba de fuerza, como si no fuéramos a vernos nunca más. Por suerte los abuelos no estaban, mi madre decidió que era mejor despedirnos de ellos en su casa. En el aeropuerto de Carrasco, siempre ruidoso, inundado de viajeros que arrastran carros de valijas, altavoces que sueltan palabras que nadie entiende y gente que se mueve de un lado a otro, iban a ponerse demasiado nerviosos.

En septiembre empieza la primavera. O termina el verano. Depende del punto de vista y el sitio donde uno se encuentre. Para mí, ese mes de septiembre significó alejarme de todo lo que conocía hasta ese momento, para empezar la vida en un país donde las estaciones funcionan al revés. Lo que no sabía era que tantas otras cosas serían también diferentes.

Después de embarcar las maletas y pasar por migración, nos instalamos en la fila 8, yo del lado de la ventanilla y mamá del pasillo. Hice como que leía las cartas de mis amigas. Eran varias, y algunas bastante largas. Cada vez me costaba más distinguir las palabras, las veía borrosas y desenfocadas. Cuando no pude leer más, puse en el MP3 la música que me había grabado Ana, y por los auriculares me inundaron nuestras canciones preferidas. A mi mirada líquida se agregó un cosquilleo que subió de la garganta a la nariz. Mi amiga había grabado también unas palabras de despedida.

—Tomá, Julieta –me dijo mamá, mientras me alcanzaba un pañuelo descartable que sacó de la cartera. Siempre previsora. No fue suficiente con uno.

Mi preocupación de la noche anterior al elegir la ropa que usaría para el viaje me pareció tan lejana. ¡Cómo podía haberme importado eso! En Montevideo terminaba el invierno y estaba fresco. Carlos nos había escrito en un mail que en Madrid hacía mucho calor. Así que pensé: el pantalón marrón de pana mejor no, el celeste si porque la tela es más fina y me queda bien con la camiseta azul. Al final me decidí por el vaquero ancho. Quería estar bien por si al aeropuerto iba él, lo que fue una pérdida de tiempo porque al final no se apareció. No fue ningún chico, solamente mis amigas. Mejor.

Ahora todo eso me parecía una estupidez. Me encontraba suspendida en el aire, a medio camino entre una vida que no valoré hasta que tuve que dejarla y un futuro incierto. Atrás quedaba mi país, parte de mi familia, mis amigas, mi colegio, y debía empezar de nuevo en un sitio del que no conocía nada.

Carlos y mi madre hacía meses que me insistían con lo que iba a ganar: vivir en Europa, en el primer mundo, cuna de la Historia, donde iba a tener oportunidades de conocer lugares interesantes, de relacionarme con gente diferente, de insertarme en una nueva realidad. En el fondo yo sabía que mi opinión no contaba en su decisión. De todos modos se iban a ir, y me tenían que llevar con ellos. El trabajo nuevo de Carlos, la mejor oportunidad de su vida, no podía competir al lado de los insignificantes problemas de una adolescente consentida. Sabía que esas debían haber sido sus palabras, casi como si las hubiera escuchado.

El viaje me resultó interminable. La escala en Río de Janeiro fue incómoda. Bajamos del avión de madrugada, y una funcionaria de TAM, entre distraída y medio dormida (no había nadie más en la sala de espera desierta) nos hizo bajar y atravesar corredores interminables, entre frases en un portugués del que no entendimos nada. Cuando entré de nuevo en la cabina del avión, olía a esos perfumes artificiales que ponen en los autoservicios de lavado de coches. A la media hora empezó la rutina de la cena traída por una azafata con sonrisa de anuncio de pasta dental y después pasaron una película que se veía horrible porque la pantalla era de dos por dos y estaba tres filas más adelante de mi asiento.

Por fin, Madrid. La luz que indicaba que podíamos desabrocharnos los cinturones se apagó con un pitido metálico. Nos levantamos, con el cuerpo entumecido. Los que habían tenido paciencia con las largas colas para usar el baño minúsculo del avión estaban un poco más presentables, al menos se habían lavado los dientes y alisado el pelo con un peine. Yo ni me había acercado, me dio asco después de que vi salir de ahí a un gordo con el pelo grasiento y a una vieja que inundó el corredor del avión con un olor que no quisiera describir. Así que debía tener un aspecto lamentable.

Entramos en una especie de tubo que temblaba bajo nuestros pies como si fuera a desarmarse. Nos depositó en una sala del aeropuerto en la que había dos filas de personas. Frente a cada una, un funcionario controlaba pasaportes y ponía sellos. Sin dudarlo, me dirigí a la más corta.

Mi madre me sacó de mi error.

—No, la nuestra es la otra –me dijo, y se ubicó al final de la fila que tenía cuatro veces más gente, detrás de una señora con un niño en brazos y otro de la mano, con expresión más de cansada que de madre. No me atrevería a adivinar cuál de los dos empezaría a llorar primero.

—¿Por qué?

—Es que la fila corta es para los que tienen pasaporte de la Unión Europea –me explicó.

Empezaba a darme cuenta de que no es fácil ser sudamericano.

Qué suerte tenía Bernardo, el hijo de Carlos, que pudo quedarse. Claro, como él está en la Universidad y trabaja, ya es grande y puede tomar sus propias decisiones. Y prefirió seguir en Montevideo, al menos por un tiempo, nos dijo, hasta avanzar un poco más en la carrera, y después quizás pudiera conseguir una beca en España.

—¿Y cómo te quedás a pesar del bajón que es vivir en Uruguay, de los impuestos indiscriminados, de la inflación, de la corrupción, de toda la basura que se ve en las calles y de los políticos ineptos? –le pregunté a Bernardo cuando nos contó su decisión.

Mamá me miró, sorprendida. Estaba claro que esas palabras no eran mías. Se las había robado a Carlos, que las decía unas diez veces por día para que nos creyéramos de verdad que lo mejor era irnos.

—Prefiero quedarme –contestó Bernardo sin hacer caso de la ironía que yo había querido trasladar a mi pregunta.

—¿Estás seguro? ¿Lo pensaste bien? –preguntó su padre.

—Sí. Voy a probar qué tal se me da vivir solo, no quiero dejar mis estudios por la mitad, y además no podría estar sin Daniela, vos lo sabés.

Daniela es su novia. Hace dos años que están juntos, y aunque cada tanto tienen unas peleas que levantan los techos de la casa, la verdad es que se quieren mucho y se los ve felices.

Así que Bernardo se quedó. Yo, con mis catorce años, soy demasiado chica para tomar una decisión así, aunque ya sea mayor para todas las cosas que a los adultos les conviene que deje de hacer. En fin, que ya estoy acostumbrada a estar en el medio de todo, como si fuera una atleta que avanza en cámara lenta, lentísima, en una carrera en la que estoy ya lejos de la salida pero todavía me falta mucho para llegar a la meta.

El apartamento que había alquilado Carlos en el barrio del Retiro no estaba tan mal. Era chico, mucho más que nuestra casa en el Prado, pero la cocina y el baño eran súper modernos y, para mi dormitorio, había elegido todos los muebles en Ikea, una tienda sueca que él pensaba que era lo máximo. Como si con eso pudiera arreglar algo. Estaba muy contento por nuestra llegada. Hacía un mes que estaba solo, y nos extrañaba. Qué me va a extrañar a mí, pensé, pero no dije nada. Al llegar, tuvo que hacer un millón de trámites y papeleos. Nos contó que en agosto en Madrid, hace un calor que parece que uno se derrite con cada paso. Tenía que tomar tres litros de agua por día para llegar hasta la noche sin deshidratarse.

Y además, eso de tener que ocuparse de las cosas de la casa, no era para él. A pesar de que yo nunca lo había visto antes hacer compras en el súper, (porque cuando iba, lo hacía con mi madre), nos recibió con la heladera llena de comida y se notaba que había hecho lo posible. Mamá parecía feliz. Lo había extrañado mucho, y en el aeropuerto se abrazaron y besaron como dos novios. Bastante ridículo. Pobre mamá. Si supiera. Me gustaba verla contenta, aunque tuviera que guardarme lo que sabía para mí sola.

Lo de mi colegio ya estaba arreglado. Empezaría el lunes siguiente. Conocía el nuevo liceo por una foto que me había mostrado mi madre, y la verdad, no me había gustado nada. Parecía un convento o una cárcel. Me había quedado grabada la imagen de unas paredes altísimas de ladrillo rojo salpicadas de ventanas que miraban a un patio triste de baldosa gris. Perdía por lejos en comparación con mi colegio anterior: el jardín muy verde, lleno de plantas y flores donde había pasado mis recreos, y la casona blanca y antigua, de dos plantas, desde donde se podía ver el mar. Además, tendría que tomar el Metro y hacer una combinación porque no había una línea que me llevara directo.

Mamá y Carlos hablaban de trámites y preparativos. Había que comprar libros y útiles. Yo escuchaba a medias, no tenía ganas de oír el parloteo. Estaba tan cansada que casi me quedo dormida en el sofá de la sala.

Lo primero que hicimos al otro día fue conocer el barrio. A tres minutos teníamos el Parque del Retiro, hermoso y arbolado, con un estanque enorme donde la gente alquilaba botes azules. Mi madre enseguida quiso alquilar uno, pero por supuesto yo le dije que ni pensarlo. ¡Tiene cada idea a veces! De pensar en la vergüenza que pasaría yo remando con ellos dos, como si fuera una nena de seis años, se me caía la cara. El Retiro se parecía un poco al Parque Rodó, en Montevideo, pero mucho más grande y cuidado. Había músicos y teatros de títeres, y además varios edificios dentro del parque donde hacían exposiciones de cuadros y esculturas. Y muchísima gente. Eso es lo que se repetiría más adelante en cada lugar nuevo que conocería en Madrid. Gente y más gente. Al subir al Metro, en un cruce de semáforos en la calle Alcalá o Gran Vía, en los bares y restaurantes, en el cine, en todos lados. Personas que circulaban, que compraban, fumaban y conversaban con gestos amplios y voz muy fuerte.

Aunque también estaban los que pedían limosna. Músicos andinos con cara de hambre que llenaban con sus canciones los pasillos del Metro, gitanas que ofrecían hierbabuena a cambio de algunas monedas, mujeres extranjeras que llevaban bebés siempre dormidos en sus brazos y murmuraban súplicas en un español difícil de entender. Eso me hizo pensar que algunas cosas no cambian tanto por más que uno esté en lo que llaman “el primer mundo”.

Y llegó el día que empezaban las clases. Tenía que ir a segundo de ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria). Me hizo mucha gracia el nombre, y a mis amigas uruguayas también, cuando les conté (por teléfono) me hacían bromas con lo de:

—¿Y adónde es que vas a estudiar? ¿A “eso”? ¿”Eso” qué es?

Aunque pronto empezó a aburrirme que todos me hicieran el mismo chistecito. Lo mismo que mis compañeros de clase, cuando les dije el nombre de mi país, ni uno dejó de decirme:

—¡Hombre, Uruguay, qué país tan guay!

Y yo sin entender nada, hasta que me explicaron que “guay” quiere decir “divertido”, “con buena onda”, o como dicen acá, “majo”, “con buen rollito”.

Lo de las formas diferentes de nombrar lo mismo, daba para divertirse bastante al principio. Y con todo lo que iba a sucederme ese año, bien que iba a necesitar algo de diversión.

El primer día la vi en el vestíbulo de entrada con cara de susto. Hacía como que leía las listas de alumnos en la cartelera de la pared. Como vi que consultaba la de nuestra clase, le ofrecí ayuda. No sabía para dónde ir ni cuál era el salón. Yo sabía que tendríamos una compañera nueva de fuera, de algún país de Sudamérica (aunque no recordaba cuál), así que cuando le ofrecí acompañarla y me dijo “grasias”, así con la ese bien pronunciada, enseguida supe que era ella. Llevaba los libros apretados bajo el brazo como si se le fueran a escapar. Es la chica más guapa del colegio.

Octubre

LosProfesYaMeTienenHarta

Entre los profesores del San Cristóbal había de todo. La de Inglés era bastante simpática y, para mi asombro, era también la profe de Religión. Tenía el pelo negrísimo y un peinado redondo como una bola de lana. Asomaban por aquí y por allá mechas castañas, rojizas y rubias y su voz era como el balido de una oveja. El de Ciencias naturales, daba también Lengua y en las dos materias resultaba igual de aburrido. Eso de los profesores al cuadrado me sorprendió, era como una oferta de dos por el precio de uno. Pero no fue lo único que encontré diferente.

La clase de Ciencias sociales siempre era la primera de la mañana. El profesor se llamaba don Severino pero le decían Flo porque era idéntico a Florentino Fernández, un actor de la tele. Usaba el cinturón bien apretado por arriba de su enorme barriga, lo que hacía que los pantalones le quedaran varios centímetros por encima de los zapatos. El saco le quedaba tan justo que parecía que los botones iban a salir disparados en cualquier momento. Entraba en el salón con pasos fuertes y mirada torcida.

Una mañana de lunes, haría unos diez minutos que la clase había empezado, cuando el profesor dejó de hablar y se paró a mirar con fijeza al chico que se sentaba en el banco anterior al mío. Desde atrás, yo podía ver que apoyaba el mentón en la palma de la mano y el codo en la mesa. Su familia vivía lejos, en las afueras de Madrid, en un lugar que se llama Eurovillas y para llegar al cole tenía que viajar en bus, y después tomar el Metro en Avenida América. Eran casi dos horas de viaje cada mañana. Llegaba siempre medio adormilado y con el correr de la mañana se iba espabilando. Después de la comida, en las clases de la tarde, completaba su transformación y se convertía en el mejor imitador de profesores de la clase. Se llamaba Esteban.

Don Severino miró a Esteban unos segundos más, pero él ni se movió. La clase estaba expectante y en silencio. No podíamos avisarle, era imposible hacerlo sin quedar en evidencia. El profesor apoyó sus dos manos en el cinturón y se subió todavía más los pantalones, lo que hizo que las botamangas quedaran bailando en el aire. Los que lo conocían estaban al tanto de que ese era el gesto que hacía cuando se impacientaba. En un instante, se sacó algo del bolsillo del pantalón y lo tiró a la cara de Esteban. Desde atrás, lo escuché soltar un grito de dolor y enderezarse. Enseguida se llevó la mano a la frente y cuando la retiró estaba manchada de sangre.

El profesor le había tirado su llavero a la cabeza. Según comentó después, como Esteban no lo había atrapado en el aire, demostró que no estaba atento. Satisfecho con la forma en que lo había puesto en evidencia, se dio vuelta y empezó a escribir en el pizarrón. Yo no podía creerlo. Alguien le alcanzó un pañuelo de papel a Esteban, que se lo pasó por la frente y siguió como si nada. Tenía una herida pequeña, rodeada por un moretón que se ponía más oscuro a medida que avanzaba la hora.

A la salida, comentamos lo que había pasado, pero nadie parecía asombrado o dispuesto a denunciarlo ante el tutor o el Director. “Así que esto es algo común y corriente”, dije asombrada.

—Bueno, no con todos, pero sí con el de Sociales –comentó Elena, una chica pecosa y de lentes gruesos como una lupa, que se sentaba a mi lado.

Desde ese momento, decidí que, por lo menos ese profesor, no iba a notarme nunca distraída o ausente.

El mejor de todos era sin duda Fernando, el profesor de Plástica. Apenas entró a la clase y lo vi saludar al grupo, supe que realmente le gustaba dar clases. Su sonrisa parecía de verdad y lo primero que hizo fue pedir que nos presentáramos. A cada uno le hacía una broma o un comentario.

—¿Así que uruguaya, no? Galeano y Las venas abiertas de América Latina, Torres García y su pintura en Barcelona, y Forlán, el de la celeste –me dijo con un guiño.Me pidió que les contara por qué estaba en Madrid, y algo típico de mi país para que todos empezaran a conocerlo aunque fuera un poco. Enseguida me sentí cómoda con él. Era como si todos estuviéramos más a gusto, con menos ganas de discutir. A la salida, Elena me contó que era un profesor estupendo, que había discutido con el director porque le prohibieron dar clase con pantalón vaquero y él había ganado, ya que siempre los usaba. Los chicos estaban fascinados con su moto.

—¿La has visto? ¡Es una Kawasaki Ninja! ¡Va a más de ciento cincuenta por hora! –le decía Esteban a otro chico una tarde en que lo vimos irse a la hora de salida, seguido de un rugido potente. Le brillaban los ojos, estaba muy distinto a cuando se dormía en clase.

“El de Plástica es el mejor”, le conté a Ana esa tarde, en el chat.

A la vuelta del colegio, mi madre me atosigaba a preguntas. Ella es profesora de Literatura, pero en España no podía trabajar en eso porque no era válido el diploma de otro país. Por eso, había decidido completar su investigación sobre la novela moderna, para después escribir una tesis y publicar el resultado. Nunca había encontrado antes el tiempo para hacerlo.

Yo siempre me había quejado del poco tiempo que tenía mi madre para mí. Cuando vivíamos en Uruguay, siempre estaba ocupada. O leía, o corregía exámenes, o tenía que preparar clases, además de preparar la cena, doblar la ropa limpia y el resto de las cosas de la casa. Y ahora que tenía tiempo, la verdad es que no resultaba como había esperado. Estaba pendiente de mis cosas. De lo que tenía que estudiar para el día siguiente, de lo que había pasado en el cole, ¡hasta me preguntaba qué tal el viaje en Metro! Más que decirle que estaba lleno de gente apurada que te empujaba para subir antes de que las puertas se cerraran, que los pasillos tenían goteras y estaban sucios, y que casi siempre tenía que ir apretujada entre personas que transpiraban a chorros, ¿qué le iba a contar? Pero ella no se dejaba impresionar por mis palabras. Para ella, yo exageraba.

—Es fantástico tener un medio de transporte que comunica toda la ciudad –me decía–. En otros sitios, hay gente que para llegar a su trabajo, tiene que esperar media hora en la parada, y después viajar a diez kilómetros por hora en un ómnibus viejísimo, para recorrer en cuarenta y cinco minutos una distancia que en coche puede llevarle diez. Ni se puede comparar.

—Claro, es que ni te importa el hecho de que yo antes caminaba cinco minutos para llegar al colegio, y ahora tengo que salir una hora antes y arrastrar una mochila que pesa como un muerto y que me deja la espalda reventada. Como vos te quedás en casa… –contestaba yo, resentida.

Nada podía con el entusiasmo de mi madre. Estaba encantada de poder disfrutar de los recitales de música, y del teatro. Cada día descubría una nueva librería o un café escondido. ¡Y los museos! Los había recorrido todos. O leía una novela en que la trama se desarrollaba tres siglos atrás, y después seguía las andanzas de los personajes y buscaba los sitios que aparecían en el libro. ¡Tenía cada idea! Parecía una aventurera y yo, una vieja rezongona.

Carlos viajaba. Más de la mitad del tiempo la pasaba fuera de España, porque tenía que visitar las sucursales europeas de la empresa donde trabajaba. Nunca lo confesaría, pero la verdad era que cuando no estaba en casa, todo parecía aún más vacío. Mi familia había quedado reducida a nosotros tres. Antes, una salida con mi madre, las dos juntas, me encantaba. Ahora, si íbamos las dos al cine o a algún museo, no podía evitar la sensación de que estábamos muy solas. No quería esa vida para ella, no quería verla pasar otra vez por lo mismo. Por eso había elegido guardarme para mí lo que sabía.

En el apartamento donde vivíamos, usábamos el tercer dormitorio como un cuarto de trabajo. Allí estaban la mesa con la computadora, una silla giratoria y dos bibliotecas. Tenía una sola ventana desde donde se veía, dos pisos más abajo, un patio chico de baldosas color mostaza y paredes grises y ásperas. Cuando yo chateaba, desde donde estaba sentada podía ver la ventana de otro apartamento, que daba al mismo patio. Ya era la tercera vez que veía a una chica, rubia y delgada, que tocaba la flauta. No podía escucharla, pero distinguía sus dedos nerviosos que se movían para tapar los agujeros, y los labios fruncidos alrededor de la boquilla. Una vez estuvo casi dos horas seguidas soplando. No sé cómo podía aguantar tanto tiempo, a mí me alcanzaba con inflar tres globos de cumpleaños para quedar mareada.

Nosotros estábamos en segunda planta, en el 2º C. Suponía que ella estaba en el B o en el A, no estaba segura. No nos habíamos cruzado nunca, ni en el ascensor ni en la entrada al edificio. La ventana me permitía ver solamente la parte de arriba de su cuerpo. Tenía el pelo corto, claro y muy enrulado y me pareció más o menos de mi edad. Creía que ella no me había visto. Parecía tan concentrada en lo suyo, como si no existiera nada más a su alrededor, como si ella y la música estuvieran dentro de una burbuja que las aislaba de todo lo demás.

En cuanto llegaba del cole y terminaba los deberes (o le decía a mi madre que los había terminado) me ponía a chatear. A veces no tenía suerte y no estaba conectada ninguna de mis amigas de Montevideo. Es que la diferencia de cinco horas hacía que a las siete de la tarde en Madrid, recién fueran las dos allá. Cuando mis amigas terminaban sus tareas y clases, para mí ya era hora de ir a la cama.

Por suerte Ana casi siempre intentaba estar allí. Con ella chateaba más que con las demás. Al ver el alias que me puse para octubre, “LosProfesYaMeTienenHarta”, se mató de risa y me mandó los emoticones con caritas más divertidas que encontró.


Y así seguíamos. Nos contábamos lo que habíamos hecho ese día y los planes para el fin de semana siguiente. Casi siempre, esto me ayudaba a sentirme más cerca. Pero la tarde en que Ana me contó del campamento, me puse a pensar en todo lo que me perdía. Los campamentos de nuestro colegio eran buenísimos, nosotros mismos teníamos que armar las carpas y preparar nuestra comida. Además podíamos navegar en canoa en el arroyo y trepar a la sierra. La pasábamos genial.

En cambio, el paseo que habíamos tenido en el San Cristóbal, “para integrarnos y conocernos”, según había dicho el Director, fue bastante aburrido. Fuimos a “Los Molinos”, a una casa en la sierra. Nos llevó un autobús, a pasar un día. No había mucho para hacer; era una gran casa con un parque de juegos para niños de seis años. Y para peor nos tocó un día de lluvia. Lo único bueno fue que el profesor que nos acompañaba era el de Plástica.

Después de comer, los chicos se juntaron en grupos a charlar. Yo no sabía muy bien con quién estar, todavía no conocía demasiado a ninguno. Él se dio cuenta y se acercó.

—¿Todo bien? –preguntó.

—Sí, gracias.

—Imagino que no debe ser fácil el cambio que te ha tocado, ¿no?

—No, no lo es.

Mis respuestas parecían las de una idiota, pero no lo podía evitar. Las ocurrencias ingeniosas y brillantes solo aparecían en series de televisión yanquis.

—Para mí también fue un cambio grande venirme a Madrid. Es una ciudad que se impone, que puede atemorizar bastante.

—¿Y de dónde viniste? –le pregunté.

—Soy de Campo Real, un pueblo pequeño, no muy lejos de aquí. Pero de todos modos el cambio a la gran ciudad fue tremendo. Vivo aquí desde hace cuatro años.

—¿Para estudiar?

—Sí. Estoy en cuarto de Bellas Artes.

—¿Qué carrera?

—Bueno, por ahora el ciclo común, pero lo que me interesa es el arte digital. O sea, el que puede ser realizado por computadora.

Y seguimos la charla. Me quedé fascinada de que me contara esas cosas, como si yo estuviera a su nivel. Intenté acordarme de algo que hubiera escuchado en casa, porque Carlos en su trabajo en la agencia de publicidad, a veces hablaba de imágenes procesadas por computadora y esas cosas. Supongo que algún comentario medianamente inteligente debí haber dicho, porque lo cierto es que habló conmigo un rato bien largo. Al final, tuvo que levantarse para controlar a algún bobo que pateó la pelota contra una ventana y rompió el vidrio. ¡Los chicos a veces tenían actitudes de niños de Jardín de infantes!

En el viaje de vuelta, pensé que lo mejor del día había sido esa charla. Estaba loca si hablar con un profesor era lo que más me había gustado de una jornada de convivencia. La verdad es que resultaba de lo más extraño...

Se pasó buena parte de la tarde charlando con el de Plástica. Ya me había dicho mi hermano Juan que a ese profesor le gusta hacer el tonto con las chicas, que intenta darse aires de seductor. ¿De qué hablarían? Intenté acercarme pero no logré escuchar nada, se reían y hablaban en voz baja. Al final, lo único que pude hacer fue romper el cristal de la ventana con la pelota. Me he ligado un buen regaño pero ha valido la pena.

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