Kitabı oxu: «Temblor»
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TEMBLOR
Allie Reynolds
Traducción de Claudia Casanova para Principal Noir

Contenido
Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Epílogo
Agradecimientos
Sobre la autora
Página de créditos
Temblor
V.1: febrero de 2021
Título original: Shiver
© Allie Reynolds, 2021
© de la traducción, Claudia Casanova, 2021
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2021
Todos los derechos reservados.
Diseño de cubierta: Tal Goretsky
Imagen de cubierta: CasarsaGuru | iStock - Tatjana Kabanova | Shutterstock
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-17333-82-9
THEMA: FHX
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.
TEMBLOR
Nadie sabe lo que hice. Y voy a asegurarme de que siga así.
Cuando Milla recibe una invitación para reunirse con sus antiguos compañeros de snowboard en un resort de los Alpes, no lo duda ni un momento. Hace diez años que no los ve y, aunque aquel último invierno acabó de forma trágica, con la desaparición de la bella y enigmática Saskia y el accidente que dejó postrada a Odette, Milla está deseando reencontrarse con sus compañeros, especialmente con Curtis.
Pero cuando los amigos llegan a las instalaciones, nada es como habían imaginado. Están solos en el resort, alguien les quita los teléfonos móviles, les corta la luz y los vigila en un juego macabro que pondrá en peligro sus vidas. ¿Quién los ha invitado? ¿En quién pueden confiar? ¿Qué pasó realmente aquel invierno? Los secretos del pasado están a punto de salir a la luz.
«En lo más profundo de los Alpes, la venganza —y quizá hasta un asesinato— se ha puesto en marcha. Este debut espectacular contiene estilo y sustancia.»
Kirkus Reviews
«La escritura de Reynolds es tan evocadora que notaba la nieve en los ojos y el viento en la cara. Un thriller escalofriante.»
Stephanie Wrobel
Imagina a Agatha Christie con una novela ambientada en los Alpes. El resultado es Temblor, un extraordinario y siniestro thriller psicológico
Para mi madre y mi padre,
gente de las montañas
Prólogo
Es de nuevo esa época del año, cuando el glaciar devuelve los cuerpos.
La inmensa masa de hielo de allí arriba es un río helado que fluye tan lentamente que el ojo humano apenas percibe el movimiento. Las víctimas recientes rozan a las antiguas en sus profundidades cristalinas. Algunos emergen en la cima, otros en la morrena, y no hay forma de saber quién será el siguiente.
Pueden pasar años antes de que reaparezcan, incluso décadas. En un glaciar de la vecina Italia encontraron hace poco los cuerpos momificados de soldados de la Primera Guerra Mundial, con sus cascos y rifles.
Aun así, todo lo que entra tiene que salir, por lo que cada mañana compruebo las noticias de la zona.
Estoy esperando a que aparezca un cuerpo en concreto.
1
—¿Hola?
Mi voz resuena en la caverna de cemento.
El familiar teleférico de color rojo y blanco espera en la plataforma, pero no hay nadie en la cabina del operario. El sol ha desaparecido detrás de los Alpes y el cielo se ha teñido de rosa, pero no hay ni una sola luz en todo el edificio. ¿Dónde está todo el mundo?
Un viento helado me golpea las mejillas. Me hundo todavía más en la mullida chaqueta. Es temporada baja y aún falta un mes para que la estación abra, por lo que no esperaba que los teleféricos estuvieran en funcionamiento, pero creía que este sí estaría en marcha. De lo contrario, ¿cómo se supone que vamos a subir hasta el glaciar? ¿Me he equivocado de día?
Dejo mi bolsa de snowboard en la plataforma y saco el móvil para comprobar de nuevo el correo. «Sé que ha pasado mucho tiempo, pero ¿te apetece venir a una reunión de fin de semana? En el edificio Panorama, en el glaciar del Diablo, Le Rocher. Nos vemos en el teleférico a las cinco de la tarde del viernes 7 de noviembre. Besos, C».
La C es de Curtis. Si cualquier otro me hubiera invitado, habría borrado el mensaje sin contestar.
—¡Eh, Milla!
Y ahí está Brent, que se acerca subiendo los peldaños. Es dos años más joven que yo, debe de tener treinta y uno, y todavía conserva su encanto juvenil, con el pelo moreno y largo y los hoyuelos, aunque parece exhausto.
Me levanta del suelo con un abrazo de oso y yo también lo abrazo con fuerza. Todas aquellas noches frías que pasé en su cama. Me siento mal por no haberme puesto en contacto con él, pero después de lo que sucedió… Y, de todas formas, él tampoco me llamó.
Por encima de su hombro, las sombras de los afilados picos se recortan contra el cielo, que oscurece, y parecen vigilarnos. ¿De verdad quiero estar aquí? No es demasiado tarde. Podría poner cualquier excusa, volver al coche y conducir de vuelta a Sheffield.
Alguien se aclara la garganta detrás de nosotros. Nos apartamos y vemos la figura alta y rubia de Curtis.
No sé por qué, pero esperaba que tuviera el mismo aspecto que la última vez que lo vi: atravesado por el dolor, un hombre roto. Pero, por supuesto, no es así. Ha tenido diez años para superarlo. O para enterrarlo todo dentro.
El abrazo de Curtis es breve.
—Me alegro de verte, Milla.
—Yo también.
Siempre me costó mirarlo a los ojos por lo guapo que era, y lo sigue siendo, pero ahora me resulta todavía más difícil.
Curtis y Brent se dan la mano; la piel pálida de Curtis destaca sobre la de Brent. Ellos también han traído sus tablas de snowboard, lo que no es ninguna sorpresa. Sería difícil que subiéramos a una montaña sin ellas. También llevan tejanos, pero me divierte ver que debajo de los anoraks asoman cuellos de camisa.
—Espero que no hubiera que arreglarse para la ocasión —comento.
Curtis me mira de arriba abajo.
—No te preocupes.
Trago saliva. Sus ojos son tan azules como siempre, pero me recuerdan a alguien en quien no quiero pensar. Tampoco transmiten ni un ápice de la calidez que solía sentir en su mirada. Me he arrastrado hasta el lugar al que había jurado que no volvería jamás, y lo he hecho por él. Ya me arrepiento.
—¿Quién más viene? —pregunta Brent.
¿Por qué me mira a mí?
—Ni idea —respondo.
Curtis se ríe.
—¿No lo sabes?
Pasos. Ya llega Heather. ¿Y quién más? ¿Dale? No es posible. ¿Siguen juntos?
La melena salvaje de Dale ahora es más corta y estilosa. Ya no tiene piercings. Ni siquiera parece que haya estrenado las botas de nieve de marca que lleva. Supongo que Heather lo ha transformado. Al menos le ha dejado traer la tabla.
Heather lleva un vestido, negro y brillante, con medias y botas hasta la rodilla. Se estará helando viva, aunque se haya puesto una chaqueta carísima encima. Cuando me abraza, noto el aroma de laca de pelo en sus largos mechones oscuros.
—Me alegro mucho de verte, Milla. —Habrá tomado más de una copa antes de llegar porque casi suena sincera. Sus botas tienen un tacón de ocho centímetros, lo que la hacen un poco más alta que yo. Seguro que se las ha puesto por eso.
Me enseña un anillo.
—¿Os habéis casado? —exclamo—. ¡Felicidades!
—Hace tres años. —Su acento del noreste de Inglaterra es más marcado que nunca.
Brent y Curtis dan palmadas a Dale en la espalda.
—Tardaste lo tuyo en proponérselo, ¿eh, amigo? —bromea Brent. Su acento de Londres también parece más marcado.
—En realidad, fui yo quien se lo propuso —replica Heather.
La puerta del teleférico se abre con un chirrido. El operario se desliza por detrás, lleva la gorra negra de la estación de esquí. Comprueba nuestros nombres en una lista y nos hace un gesto para que nos acerquemos.
Los demás pasan dentro.
—¿Está todo el mundo? —pregunto para ganar tiempo.
El tipo cree que sí. Me resulta familiar.
Todos han subido a la cabina y me uno a ellos, reticente.
—¿Quién más faltaría? —replica Curtis.
—Cierto —reconozco. Antes había algunos más, gente que iba y venía, pero del grupito original solo quedamos nosotros cinco.
O mejor dicho, somos los únicos que quedamos en pie.
Una oleada de culpabilidad me invade. «Jamás volverá a caminar».
El operario cierra la puerta. Me esfuerzo por echarle un vistazo, pero antes de que pueda observarlo mejor, se dirige al otro extremo de la plataforma y se encierra en la cabina de mandos.
El teleférico se pone en marcha. Igual que yo, los demás miran a través del plexiglás fascinados mientras pasamos sobre las copas de los abetos, en pos de la luz mortecina en lo alto de la montaña. Resulta extraño divisar la tierra y la hierba más abajo; siempre estaba nevado. Intento ver a las marmotas, pero probablemente estén hibernando. Pasamos por encima de un peñasco y el diminuto pueblo de Le Rocher desaparece de nuestra vista.
Un sentimiento extraño se apodera de mí ahora que estamos suspendidos en el aire y el paisaje se desliza al otro lado de la ventana. En lugar de subir a la montaña, parece que viajemos hacia atrás en el tiempo. Y no sé si estoy lista para enfrentarme al pasado.
Es demasiado tarde. El teleférico ya se aproxima a la estación intermedia. Salimos arrastrando las bolsas. Aquí hace más frío, y será todavía peor en nuestro destino. Una bandera francesa ondea en la brisa helada. El altiplano está desierto. A medio camino, el verde y el marrón se han trocado en blanco: es la línea de nieve.
—Pensaba que la nieve ya habría llegado al valle a estas alturas.
Curtis asiente.
—Cosas del cambio climático.
En invierno, este es el corazón del área de esquí, con telesillas y remolques que se mueven en todas direcciones, pero el único ascensor que funciona hoy es la burbuja, que está cubierta.
Antes, el medio tubo se encontraba aquí, justo al lado del pequeño cobertizo. Ahora, el largo canal en forma de U es una zanja embarrada, pero en mi mente aún veo sus paredes blancas y prístinas. Fue el mejor medio tubo de Europa en su época, y también fue lo que nos reunió a todos aquel invierno.
Dios mío, los recuerdos. Tengo la piel de gallina. Nos veo de jóvenes, compitiendo y riéndonos. Los cinco.
Y las dos que faltan.
Un remolino helado me alborota el pelo. Me subo la cremallera del anorak hasta la barbilla y me apresuro a seguir a los demás.
El ascensor burbuja nos llevará hasta casi 3500 metros de altura. El glaciar del Diablo es una de las zonas aptas para el esquí más elevadas de Francia. Las brillantes cabinas naranjas cuelgan del cable como adornos navideños. Curtis entra en la que está más cerca.
Heather tira de la mano de Dale.
—Vamos a buscar una para nosotros dos.
—No, venga —insiste Dale—. Cabemos todos en esta.
Curtis hace un gesto para animarlos.
—Hay sitio de sobra.
Heather parece dudar, y la entiendo. Estas pequeñas cabinas, en teoría, pueden transportar hasta seis personas, pero todos llevamos bolsas y estaremos apretados. Tampoco ayuda el hecho de que se haya traído una maldita maleta.
Brent se agacha para entrar debido a su altura.
—Puedes sentarte en mi rodilla, Mills. Dame tu bolsa de snowboard.
—Dale puede quedarse con tus rodillas —replico—. Yo me sentaré ahí.
Heather se sienta en el regazo de Dale, al lado de Curtis, mientras que Brent y yo nos sentamos enfrente con las bolsas en el medio y a nuestro alrededor. Se me hace raro ver a Dale sin sus rastas. Junto con su tez nórdica, me recordaba a un vikingo. Ahora parece un presentador de concursos.
Ascendemos por el altiplano. Hay un inmenso vacío a nuestros pies. Me olvidaba de lo enorme que es esta zona. Los senderistas suben hasta aquí en verano, y las pistas zigzaguean por la montaña. Debe de ser precioso, con un conjunto de flores alpinas, pero ahora solo se ven retazos de hierba marrón y sedimentos rocosos. No hay señales de vida, ni siquiera un pájaro. La tierra parece yerma.
Muerta.
No. Está dormida, a la espera.
Como algo más ahí arriba. Trago saliva y me obligo a no pensar en eso.
La rodilla de Curtis choca contra la mía cuando dejamos atrás una torre eléctrica. Parece más callado que de costumbre, pero lo entiendo. Si esto es duro para mí, debe de ser cien veces peor para él.
La invitación no lo mencionaba, pero es obvio por qué estamos aquí. Lo anunciaron en las noticias el día antes de que llegara el correo: «Tras una batalla legal, diez años después se declara la muerte in absentia de una esquiadora de snowbard británica».
Seguro que a los demás les apetecía tan poco como a mí subir hasta aquí, pero ¿cómo podíamos negarnos? Es normal que quiera celebrar el aniversario.
Hay nieve a nuestros pies y brilla con un resplandor lila en el crepúsculo. Muy por encima se encuentran los inmensos acantilados que dan el nombre a Le Rocher. El edificio Panorama cuelga en lo más alto, una forma oscura y chata acuclillada contra los elementos.
—¿Cómo lo has conseguido, Mills? —pregunta Brent.
—¿El qué?
—El acceso VIP al glaciar. El transporte privado en teleférico y todo eso. Es bastante impresionante.
Lo miro sin comprender nada.
—¿Qué quieres decir?
—Que estamos fuera de temporada. No puede ser barato.
—¿Por qué crees que lo he organizado yo? Fue Curtis.
Curtis me mira extrañado.
—¿Cómo?
¿A qué juegan? Todos sacamos el móvil. La última vez que subí aquí con uno, rompí la pantalla en el primer salto y me salió un moratón con forma de teléfono en la cadera. Después de eso, ya no volví a subir con el móvil.
Les muestro el correo que recibí y Brent me enseña el suyo. Su invitación dice lo mismo que la mía, excepto que la firma es de M. y hay una posdata: «He perdido el móvil. Mándame un correo».
—Mira. —Curtis me muestra el mensaje que ha recibido él. Es idéntico al de Brent.
Nunca entendí del todo a Curtis. ¿Acaso considera que esto es una broma?
La cabina se balancea cuando dejamos atrás otra torre eléctrica y se me destapan los oídos. En este punto la subida se torna más empinada. Hemos empezado el largo, larguísimo, ascenso hasta el glaciar.
Me giro hacia Dale y Heather.
—¿Qué decía vuestra invitación?
Dale vacila.
—Lo mismo que la tuya —responde Heather.
—¿De M o de C? —pregunta Brent.
—Eh, M —aclara Heather, que me mira.
¿Por qué tengo la sensación de que miente?
—¿Puedo verla?
—Lo siento —confiesa Heather—. La borré. Pero era igual que la de ellos.
2
No sé qué esperaba encontrar en la cumbre. ¿Música? ¿Velas? ¿Camareros con bandejas y copas de champán?
No hay nada de eso. La plataforma apenas está iluminada y no hay nadie ni aquí ni en la cabina del operario. Sacamos nuestras bolsas. Suena una alarma y el ascensor burbuja se detiene. Deben de estar maniobrándolo desde abajo, para ahorrarse los costes del personal, y habrán vigilado la subida mediante la cámara de seguridad que supervisa el circuito. Pero después de la confusión sobre quién mandó la invitación, todo esto es un poco inquietante y, a juzgar por el ceño fruncido de Heather, ella piensa lo mismo.
Brent me mira.
—¿Dejamos las cosas aquí por ahora?
—No me lo preguntes a mí —respondo.
Las pone en el suelo. Dudo y, finalmente, yo también las dejo. No es que nadie vaya a robarlas.
Los peldaños son rejas de metal para que se puedan subir cuando uno lleva botas cubiertas de nieve. Al fin llegamos a la cima y estoy jadeando. Aquí el oxígeno escasea. Empujo las puertas dobles que dan acceso al edificio Panorama. Respiro el aire acre de madera quemada y, por un momento, tengo que cerrar los ojos. Porque eso, más que nada, era el aroma de mis inviernos.
Curtis pulsa un interruptor y el pasillo forrado de madera se ilumina. Normalmente, una procesión de esquiadores desfila por aquí, pasa las taquillas de equipamiento y llega hasta la entrada principal del glaciar, pero esta noche el silencio es espeluznante.
Curtis se pone las manos alrededor de la boca y grita:
—¿Hay alguien ahí?
Brent me mira, y Dale también. Pienso de nuevo en las invitaciones. ¿Es posible que uno de ellos haya organizado esto? No parece probable. Como dijo Brent, estamos fuera de temporada. Un fin de semana aquí debe de costar miles de dólares a estas alturas del año. Gracias a mi investigación previa, porque he buscado sus perfiles en internet, sé que a Curtis le va bien, así que debe de haber sido él. Pero ¿a qué viene tanto misterio? ¿Y los demás están en el ajo o les ha hecho creer que soy yo quien ha organizado la reunión?
—Tiene que haber alguien más aquí —dice Curtis—. Echemos un vistazo.
Todos salimos en direcciones distintas, como críos sueltos en un parque temático. Este lugar es un laberinto. El único edificio en kilómetros a la redonda es un complejo de casas y múltiples recintos que acoge a la unidad de rescate de montaña, la sala de control y todo lo que necesiten tanto el personal como los visitantes aquí arriba. Yo solo conozco el restaurante y los baños, pero nada más. Ah, sí, y una vez pasé una noche en uno de los diminutos dormitorios comunitarios. Es el albergue juvenil situado a mayor altitud de Francia.
Corro por los pasillos y enciendo los interruptores a medida que avanzo. Hay un montón de puertas cerradas. Algunas se abren y otras no. Esta sí. Dios mío, podría ser el lugar exacto donde dormí. El olor a humedad y moho despierta un recuerdo. Brent debajo de mí en la cama, con sus grandes manos agarrando mis caderas. Contemplo la estrecha cama de la litera. Luego salgo y cierro la puerta con firmeza tras de mí.
La siguiente puerta es un armario de ropa limpia con toallas blancas y ásperas y sábanas gastadas apiladas en estanterías de pino que apestan a detergente barato. Más allá huelo a comida y, en efecto, es la cocina. Hay dos sartenes encima de unos fogones inmensos. Levanto las tapas. En una hay un guiso con carne y en la otra, puré de patatas. Aún están calientes. Podría ser nuestra cena, pero ¿dónde está el personal de la cocina?
Veo un lavabo y empujo la puerta con cautela, pero está vacío y oscuro. Más allá se encuentra el restaurante, también a oscuras, donde el olor a madera quemada es lo bastante fuerte como para hacerme toser, aunque el fuego no esté encendido. Aquí pasé horas tratando de calentarme los dedos con tazas de café o esperando a que amainaran las tormentas de nieve, pero ahora las mesas están vacías, así que sigo caminando por otro pasillo. Los demás deben de estar en el piso de arriba porque ya no los oigo.
Hay más estancias y almacenes, y más puertas cerradas. Los interruptores tienen temporizadores, por lo que ocasionalmente se apagan antes de que haya encendido el siguiente y me quedo en la más absoluta oscuridad. Avanzo a tientas, siguiendo la pared. El silencio es aterrador. Si alguien apareciera tras una de estas puertas, me daría un ataque al corazón.
Por fin veo algo que me resulta familiar: la entrada principal al glaciar. Me apresuro hacia allí. Nadie estará fuera a esta hora de la noche, y es probable que la puerta esté cerrada con llave, pero si no lo está, quiero degustar el aire con sabor a hielo. Ha pasado demasiado tiempo.
La puerta se abre. El viento se cuela por el hueco con un grito agudo e implacable. El sonido es extrañamente humano. Cierro la puerta de golpe, me quedo quieta y respiro con fuerza. Sabía que volver sería un problema. Demasiadas puertas que no debería abrir.
«Cálmate, Milla».
Vale. Puedo hacerlo. En cuanto me tome un par de copas, estaré bien.
Arriba hay un gran salón, donde se suelen celebrar bodas y otros eventos. Es una fuente de ingresos práctica para estaciones de esquí modestas como esta, en especial durante la temporada baja. Solo lo he visto en fotografías, pero será donde han ido los demás, porque he comprobado todos los rincones de esta planta.
Aquí están las escaleras. En lo alto hay una pesada puerta ignífuga y el aire al otro lado parece todavía más frío. Llega un olor tenue, conocido. ¿Qué es? Quizá el perfume de Heather.
Oigo voces al otro lado de la puerta que hay a la derecha.
«¡Alto!», reza un cartel. «Empieza el juego. Hay que dejar los teléfonos en la cesta».
Exhalo. Un juego. Una especie de concurso, quizá, algo acerca del esquí y del snowboard o de lo que recordamos los unos de los otros. Algo que dé pie a hablar de los viejos tiempos. Típico de Curtis, decir qué debemos hacer, sin nada que nos distraiga de sus planes. Voy a dejar el móvil en la cesta. A menos que…
Me fijo otra vez en el cartel. «Empieza el juego». Una vez le dije eso mismo a… No. Es una frase de lo más normal. No significa nada. Dejo el móvil encima de los otros cuatro y entro en la sala.
El salón se proyecta sobre la montaña. La alfombra es espesa y mullida, blanca para imitar la nieve del exterior, y los muebles blancos y plateados son, sin duda, ridículamente caros. Hay sillones forrados de satén y mesas de vidrio y metal. La opulencia contrasta con el mobiliario rústico y modesto del piso de abajo. Incluso el olor es distinto. Ya no huele a madera quemada, sino a pintura fresca.
La pared del fondo está cubierta por ventanales y cortinas de terciopelo blanco atadas con una cuerda. La vista debe de ser espectacular durante el día, pero ahora solo se ve una total oscuridad. No hay luz. En nuestra situación resulta inquietante, pero, por lo demás, es un espacio precioso para una boda.
Si es que uno es capaz de olvidar las vidas que este glaciar se ha cobrado.
Y los cuerpos que todavía encierra.
«No pienses en eso».
Aquí hace tanto frío que veo mi aliento. También hay humedad. Es probable que no hayan utilizado esta sala durante meses. Todos los demás se han servido una copa. Hay una cerveza solitaria en una bandeja cercana, una Kronenbourg 1664. El cristal está frío al contacto con mi palma. Antes me encantaban los botellines de cerveza francesa, dulce y espumosa. No he bebido ninguna desde la última vez que estuve aquí.
De nuevo nos encontramos los cinco. El personal estará por los pasillos. Curtis mira hacia la puerta. ¿Qué planea?
Las uñas primorosamente pintadas de Heather se curvan sobre mi brazo.
—¿Has visto el juego?
—¿Qué juego?
Tira de mí y cruzamos la alfombra hasta una mesita sobre la que descansa una caja alta de madera. Al lado hay bolígrafos, sobres y tarjetas de papel de buena calidad. Y una hoja impresa con la frase: «Para romper el hielo». La caligrafía es elegante, como la que suele usarse en los servicios de los funerales.
Y en las bodas, me recuerdo enseguida.
«Escribe un secreto, algo sobre ti que ninguno de los demás sepa. Mételo en la caja, dentro de un sobre. Después, sacad los sobres de uno en uno y tratad de adivinar quién lo ha escrito».
Miro a Curtis otra vez. Me divierte que se haya esforzado tanto, cuando nos habríamos conformado con tomar algo y emborracharnos juntos. Pasa a mi lado en dirección a la ventana. Frota el vidrio para limpiar la condensación y mira hacia fuera. La fluidez de sus movimientos siempre me recordó a los de un gimnasta, y eso no ha cambiado; todavía posee la misma gracia poderosa y felina.
Necesito tomar más alcohol antes de acercarme a él, así que me dirijo hacia Brent. Me sorprende ver una cerveza en su mano. No solía beber.
—¿Has practicado snowboard últimamente? —pregunto.
—Una vez al año —responde—. Es lo único que puedo permitirme. Pero sí que voy mucho en monopatín.
—Se nota, por cómo tienes las zapatillas.
La puntera de sus DC está tan gastada que veo el calcetín. La marca había sido su patrocinador, pero supongo que habrá tenido que comprar este par. Me conmueve que se haya mantenido leal a la marca, pero así es Brent.
Solo tenía veintiún años aquel invierno, con la energía y la larguirucha figura de un adolescente. Ahora está un poco más fornido. Es difícil de asegurar por la ropa ancha que viste, pero parece que aún está en forma. Y todavía lleva los tejanos colgando sobre el trasero.
Sus facciones oscuras y elegantes, cortesía de su padre indio, le brindaron una breve trayectoria de éxito como modelo antes de que su carrera en el snowboard despegara. De vez en cuando, compruebo por internet cómo le va, pero su Instagram no revela demasiado. Me gustaría preguntarle si sale con alguien, o incluso si tiene hijos, pero no quiero que me malinterprete. Necesito saber que es feliz.
—¿De verdad no me invitaste tú? —pregunta Brent.
—No, ya te lo he dicho.
Curtis me mira desde el otro lado del salón, con aspecto… ¿preocupado? Probablemente se preguntará dónde está el personal.
—¿Aún practicas snowboard? —inquiere Brent, que se esfuerza por llevar la conversación a un territorio seguro.
—No desde que me fui de aquí —respondo.
—¿De verdad? ¿Ni una sola vez?
—Estoy demasiado ocupada. —Percibo su sorpresa. En aquella época, yo solo pensaba en el snowboard e imaginaba que seguiría practicándolo hasta que la edad no me lo permitiera.
Lo cierto es que ahora me aterroriza. Me aterroriza en quién me convierte y las vidas que podría destruir. En cuanto me ato las botas, no me importa nada más.
Brent no sabe lo que hice, al menos no del todo. Ninguno de ellos lo sabe.
Y mi intención es que siga siendo así.
3
Heather aplaude para atraer la atención de los demás.
—A romper el hielo.
—Estoy muerto de hambre —se queja Brent.
—Yo también —añado—. He visto que había un guiso en la cocina.
Heather hace un mohín de decepción.
—Vamos, será divertido. Comeremos después.
¿Siempre ha sido tan inaguantable o el matrimonio la ha hecho más mandona? Se bebe de un trago el resto de la copa de vino. Quizá solo está borracha.
Brent rezonga, pero Heather reparte las tarjetas, los bolígrafos y los sobres. Miro a Curtis de nuevo, pero pasa por mi lado y sale de la habitación.
—¿Qué se supone que debemos escribir? —pregunta Brent.
—Algo interesante que nadie más sepa —explica Heather.
Tengo la boca seca. Me termino la cerveza, pero es ese tipo de sequedad que ninguna cantidad de alcohol logra paliar. Lo sé porque lo intenté cuando me marché hace diez años.
Mordisqueo la punta del bolígrafo y me esfuerzo por pensar en algo divertido que revelar. Oigo la voz de Curtis en el pasillo. Tiene el teléfono en la oreja. Típico, nos obliga a entregar los móviles mientras él utiliza el suyo. ¿Estará hablando con su novia? Se da cuenta de que lo observo y cierra la puerta.
Miro mi tarjeta, pero tengo demasiado frío y hambre como para pensar. Al final solo escribo: «Tengo un gato que se llama Indy».
Brent ha desaparecido. Deslizo mi secreto en un sobre y lo meto por la ranura de la parte superior de la caja. ¿De dónde ha sacado Curtis este trasto? Aparte de ser blanco, no pega en absoluto con el resto de la sala. Los laterales de contrachapado de madera están mal pegados y la pintura salta en algunos puntos. Parece algo que mi abuelo podría hacer en sus ratos libres.
Tengo que ir al baño. El de mujeres es la primera puerta al fondo del pasillo. El agua sale tan fría del grifo que me extraña que las cañerías no se hayan congelado.
De vuelta a la sala, Brent ha traído una bolsa grande de patatas fritas. Tomo un puñado.
Señalo la chaqueta de Brent:
—¿Burton todavía te regala cosas o has tenido que comprártela?
Mastica las patatas.
—Me hacen descuento.
—Qué suerte. Yo he tenido que comprarme todo el equipo de nuevo para este viaje. —Me chupo la sal de los dedos. Le di todas mis prendas y el equipamiento de snowboard a una chica francesa que vivía al otro lado de la calle. Se lo merecía más que yo.
Curtis ha terminado su llamada y vuelve a instalarse junto a la ventana, de espaldas a nosotros. ¿Qué mira? No hay nada que ver.
Dale entra con más cervezas. Brent y yo tomamos una cada uno.
—¿Listos para jugar? —dice Heather.
—Un segundo —se excusa Curtis, y sale otra vez.
Diría que Heather está a punto de explotar. Disimulo una sonrisa. Es como si Curtis quisiera enfurecerla a propósito.
—¿Has visto a alguien del personal? —pregunto a Dale.
—No —responde—. Creo que estamos solos.
—Eso parece —interviene Brent.
—Pero había comida caliente en la cocina —les recuerdo.
—Sí, lo he visto —comenta Dale—. Supongo que han pensado que podemos servirnos nosotros solos. Quizá mandarán a alguien mañana por la mañana, con el ascensor burbuja, para preparar el desayuno.
—¿Un grupo de invitados sin nadie que los sirva? Me sorprendería que lo permitieran —admito.
—Es más barato —señala Dale.
Brent asiente.
—Un sitio tan pequeño lo tendrá crudo frente a estaciones de esquí más grandes, como la de Trois Vallées.
—¿Qué hay del juego? —pregunto—. ¿También lo han dejado preparado?
No saben qué responder. Y por cómo me miran, siguen pensando que tengo algo que ver.
—¿Hago los honores? —se ofrece Heather en cuanto Curtis regresa. Sin esperar respuesta, abre la tapa de la caja, se pelea para sacar el primer sobre y lo abre.
El resto nos sentamos en sillones. ¿Por qué está tan animada? ¿Qué cree que dirán las tarjetas?
—Voy a leerlas todas en voz alta y, luego, adivinamos quién ha escrito qué, ¿de acuerdo?
Está nerviosa, y no es por la bebida. Creo que se ha tomado algo más. Pero Curtis parece igual de inquieto: está sentado muy tieso y observa la estancia sin bajar la guardia.
No me siento los dedos. Me acomodo sobre mis manos, pero el asiento de mi sillón forrado de satén está tan frío como el resto de los objetos del salón.
Heather lee la tarjeta y sus mejillas se ruborizan: «Me acosté con Brent».
Lanza una mirada ansiosa a su marido como si temiera que fuera una confesión, pero él me mira a mí, igual que Brent y Curtis.
—No lo he escrito yo —replica Curtis.
Todos nos reímos.
Todos excepto Heather.
—Dijimos que los leeríamos todos de golpe antes de intentar adivinar de quién son.
Trata de darle órdenes a Curtis. Buena suerte.
—Yo tampoco lo he escrito —confieso.
Los chicos se ríen más. Heather me mira enfadada.
Dale levanta las manos.
—A mí no me miréis.
Más risas.
Uno de ellos debe de haberlo escrito para hacer una broma. Seguro que ha sido Curtis.
Heather procede a abrir el siguiente sobre. Me asombra la prisa que tiene. ¿Hubo algo entre Brent y ella? Incluso si así fuera, dudo que lo anunciara con tanta tranquilidad. Ella y Dale empezaron a salir al principio de aquel invierno.
Se aclara la garganta:
—«Me acosté con Brent».
Su voz suena demasiado alegre.
Más risas, más fuertes esta vez; todos nos reímos, Brent, Curtis y yo. Excepto Dale, que no sonríe.
Curtis le da una palmada a Brent en el hombro.
—No me extraña que no llegaras a los Juegos Olímpicos. No dormías lo suficiente.
Me alegra ver a Curtis contento. Su juego para romper el hielo resulta efectivo. Nos está relajando, ya sea porque nos divertimos o porque nos avergonzamos un poco, a pesar de la fría temperatura ambiente. Y a mí me gusta ver a Heather incómoda. Por la expresión en el rostro de Dale, si su esposa y Brent tuvieron algo, es la primera vez que oye hablar de ello.
Brent y Heather cruzan una mirada. El ceño de Brent está ligeramente fruncido, como si le preguntara: «¿a qué juegas?». ¡Brent cree que ha sido Heather quien ha escrito las tarjetas! Heather responde con una leve sacudida de la cabeza. ¿Qué quiere decir? ¿Ahora no? ¿O que no las ha escrito ella?
Mi cerebro piensa a toda velocidad. Si Brent cree que Heather ha escrito una de las notas, ¿quiere eso decir que sí se acostó con ella?
Estiro el cuello para ver la letra de la nota. No porque sea capaz de reconocerla, ya que no escribimos demasiado aquel invierno, pero la tarjeta de Heather está en mayúsculas claras y limpias, es decir, tal y como uno escribiría si quisiera ocultar su caligrafía. Es una broma. Debe de serlo. Una broma ideada por Curtis y Brent para crear confusión. Ellos nunca se llevaron del todo bien, pero la sorpresa de Brent parece auténtica.
Podría intervenir e insistir en que no he escrito ninguna de las dos notas, pero creo que esperaré a ver qué dice la siguiente.
Heather abre la tercera tarjeta. Mira el texto y contiene la respiración.
—«Me acosté con Saskia».
Esta vez nadie se ríe. Acabamos de cruzar una línea.
A pesar de nuestras diferencias, no se me ocurre ningún motivo por el que alguien escribiría algo así. Hasta donde yo sé, solo una persona de los aquí presentes se acostó con Saskia, y no creía que nadie más lo supiera. Me cuido de no mirar a Brent, ni tampoco a Curtis.
Heather observa a su marido, preguntándose claramente si la ha escrito él. Si llevo razón en mi sospecha de que Curtis y Brent son los autores de las dos primeras notas, entonces Dale debe de haber escrito esta. Pero ¿por qué demonios haría algo así?
Heather abre la siguiente tarjeta. Pensará que no puede ser peor que la anterior.
Pero, al parecer, sí que es posible, porque parpadea y nos mira atónita.
—«Sé dónde está Saskia».
Curtis le arranca la tarjeta de la mano y la estudia con expresión impenetrable.
—¿Es una broma?
Nadie responde.
—¿Alguien de aquí ha escrito estas notas?
Nos miramos. Negamos con la cabeza.
Estoy inquieta. Miro hacia la ventana, a la absoluta y total oscuridad que hay afuera y que me recuerda lo solos que estamos. Nosotros cinco, nadie más. Ni un alma en varios kilómetros a la redonda. Necesito saber si Curtis ha organizado la reunión. Porque si no ha sido él…
Miro a la puerta y pienso en los largos y oscuros pasillos que he visto antes. ¿Hay alguien ahí fuera?
Brent rompe el silencio.
—¿Qué dice la última?
Heather la abre y empalidece. La tarjeta cae de sus dedos hasta el suelo.
La recojo.
—«Yo maté a Saskia».
4
Hace diez años
Una chica vuela por encima del medio tubo. Su melena rubia, de pelo casi blanco, se escapa por debajo de su casco. Es buena. En el último salto, realiza una rotación y media, quinientos cuarenta grados, y se detiene delante de mí, rociándome con nieve.
Sé quién es: Saskia Sparks. Me ganó en el Campeonato Británico de Snowboarding el año pasado, con lo que me relegó al cuarto puesto.
Y este año seré yo quien gane.
Soy también rubia, aunque mi pelo es un poco más oscuro que el suyo, y es bastante distintivo, así que si yo la he reconocido, es probable que ella a mí también. Pero no muestra señales de haberlo hecho. Tan solo separa el pie posterior de la tabla y se desliza hacia el telesilla.
Me cuelgo la mochila a la espalda y me apresuro tras ella. He oído rumores. La llaman la Doncella de Hielo.
Tengo el ticket del teleférico en el bolsillo. Giro la cadera para que el escáner lo lea, espero el pitido y paso el torno.
El telesilla es bastante estándar: barras de plástico en forma de T, desgastadas por el tiempo, que cuelgan de un cable móvil raído. Agarro el telesilla más cercano, me lo pongo entre los muslos y observo el paisaje mientras me sube por la colina.
Le Rocher, con su natural terreno imponente de acantilados escarpados, estrechos pasos y pendientes demasiado inclinadas para el típico paquete de vacaciones de esquí, se considera un destino de culto entre los esquiadores expertos y los que practicamos snowboard.
La estación tiene, además, otra gran ventaja: el medio tubo de Le Rocher. Es el equivalente a una rampa de monopatines, pero en la nieve, y el largo canal blanco se extiende por toda la pendiente. Se construyó para cumplir los requisitos de los Juegos Olímpicos: mide ciento cincuenta metros, tiene muros de nieve de seis metros de alto a ambos lados y aspecto de estar bien conservado.
Los esquiadores, montados en sus tablas, lo cruzan una y otra vez, se lanzan desde las paredes de hielo y ejecutan todo tipo de piruetas, a cada cual más arriesgada. Es difícil reconocer quién es quién debajo de los cascos, los gorros y las gafas protectoras, pero está claro que hay un puñado de nombres importantes que se entrenan para el Open de Le Rocher de mañana por la mañana.
Ojalá hubiera llegado antes. La temporada empezó hace dos semanas, el 5 de diciembre, pero aún tenía que trabajar. Quería ahorrar lo suficiente para mantenerme durante todo el invierno y, de este modo, concentrarme en mi entrenamiento. Jamás llegaré a estar entre las tres primeras si me paso toda la noche trabajando en un bar para pagar las facturas. Bueno, ha llegado el momento de ponerme al día.
Saskia se encuentra en lo alto de la pista. ¿Habrá venido para la temporada o para el Open de Le Rocher? Se deja caer y ejecuta una enorme pirueta de cinco cuarenta. Clava los aterrizajes.
La primera vez que vi un medio tubo me aterrorizó la abrupta verticalidad de las paredes de hielo. Es una ilusión. La rampa es tu amiga. Si caes del modo adecuado, es tan suave que ni siquiera lo notas. Pero el hielo es duro como el cemento, así que, si no lo haces bien, estás en un aprieto.
Siento un hormigueo como consecuencia del miedo mientras fijo las botas a la tabla. Tengo las palmas sudorosas dentro de los guantes de cuero. Estoy más nerviosa de lo habitual porque la tabla es nueva, una Magic Pipemaster 157, pagada por el primer patrocinador que he tenido en mi vida.
Normalmente, soy conservadora en la primera carrera, para adaptarme al medio tubo, pero como tengo que vencer a Saskia, trato de hacer un cinco cuarenta en mi última pirueta. Corro por el lateral hasta ganar suficiente velocidad y, luego, me lanzo. Bajo por la pared, cruzo el suelo del medio tubo y subo por la pared opuesta para elevarme en el aire.
Mi mano delantera encuentra el borde del talón de la tabla y lo agarra con fuerza. Backside Air. Vuelo por encima del hielo, mi mente está pura y vacía, no veo ni oigo nada. Solo siento. Momentos preciados en lo alto del arco, ligera, suspendida por la gravedad. Por esto tengo tres trabajos durante la mitad del año y me machaco en el gimnasio.
Desciendo hacia la tierra y toco suelo, motivada y lista para otra ronda. Ida y vuelta de pared a pared, como un péndulo. En la pirueta final, giro con fuerza y, por los pelos, logro el cinco cuarenta. Me tiemblan los dedos al desabrochar el cierre de la tabla. Me encanta. La conservaré para siempre, la colgaré en la pared para enseñársela a mis nietos.
Saskia camina colina arriba porque hay cola para subir al telesilla, así que troto detrás de ella. La nieve desprende un brillo deslumbrante. El color blanco de un invierno en los Alpes es tan distinto de la nieve gris en un invierno urbano que mis ojos todavía necesitan acostumbrarse.
En la siguiente salida, realiza amplios cinco cuarentas seguidos en las dos últimas piruetas. El miedo me invade el estómago. Siempre imaginé que en cuanto encontrara patrocinadores, podría relajarme. Qué equivocada estaba. La presión se ha multiplicado porque tengo una imagen que defender. No puedo decepcionar a mis patrocinadores.
Repaso los giros en mi cabeza mientras me ato la tabla de nuevo. Tengo que ir a por todas en la primera pirueta, para conseguir más aire y tiempo y ejecutar la segunda. Vamos allá.
Mierda. Me caigo de cara frente a todos los que comen al pie del medio tubo. Escupo nieve, me limpio las gafas y me pongo en pie. Me duele la rodilla, y no quiero saber si Saskia me ha visto.
Tengo que conseguirlo. Clasificarme entre los tres primeros puestos marca la diferencia entre ser semiprofesional y totalmente profesional, y eso significa que podría entrenar a tiempo completo durante todo el año. A diferencia de Saskia, no vengo de una familia rica, pero deseo esto más de lo que jamás he deseado nada.
Lo intento de nuevo. Otra caída. Ahora le toca a la mano derecha y el dolor asciende por el brazo. Creo que diviso a Saskia con una sonrisa burlona mientras me levanto. Lo repito cuatro veces más hasta que por fin lo logro. Y, maldita sea, Saskia se marca un siete veinte. Dos rotaciones en lo alto, encima del hielo.
El sol brilla sobre el medio tubo. Cada vez que logro algo, Saskia me desafía con una pirueta más difícil. Me obligo a ir más allá, pero tengo un límite. Si me rompo algo antes del Open de Le Rocher de mañana, estoy jodida.
Hacia la mitad de la tarde, mi botella de agua vuelve a estar vacía. Ya he subido una vez a la estación intermedia para rellenarla. Como antes, dejo mi tabla al pie de la instalación entre las demás, que forman un colorido ramillete, y corro por el altiplano.
En el camino de vuelta, me cruzo con una familia de esquiadores, el padre, la madre y un niño, que debaten agitados al borde de un peñasco. Cuando miro, entiendo por qué: un pequeño guante azul brilla en la nieve.
Observo a la familia. El hombre lleva un bebé atado al pecho, acurrucado contra los elementos. Solo se ven sus mejillas de querubín y una diminuta manita. El guante se habrá caído desde el tembloroso telesilla que chirría más arriba. Le Rocher no es un lugar apto para familias; es la primera que he visto aquí. Vivirán en los alrededores.
Compruebo ambos lados del peñasco. He conseguido saltos más altos muchas veces. Según la revista White Lines, «si no son más de seis metros, ni siquiera es un risco». Pero perderé tiempo de entrenamiento. Miro por encima del hombro hacia el medio tubo, donde Saskia estará aumentando su ventaja. Luego miro al bebé y su pobre mano desnuda. Sin pensarlo dos veces, me meto el botellín de agua en el sujetador y corro hacia el borde. La mano de la mujer vuela hacia su boca cuando salto.
En cuanto lo hago, caigo en la cuenta de que solo he saltado riscos con mi tabla. Esto me va a doler.
Desciendo en picado por el aire. Las rocas y la nieve fresca me esperan abajo. Cuando toco tierra con las botas, encojo los hombros, lista para rodar, y la nieve acumulada amortigua el aterrizaje. Levanto las gafas y veo los rostros asombrados de la familia, que me mira desde el peñasco. ¿Dónde está el guante?
Una punzada de dolor me atraviesa la rodilla mientras me levanto. Es una vieja lesión que a veces se despierta. El entrenamiento de hoy no ha ayudado. Recojo el guante y la familia aplaude. Lo tiro hacia arriba con tanta fuerza como puedo. El hombre lo agarra, me da las gracias con un grito y desaparecen del peñasco. Ahora solo necesito salir de aquí.
Después de un largo recorrido vadeando la montaña entre la nieve fresca, por fin llego al medio tubo, sudada y sin aliento. Todo por un maldito guante de bebé.
La camiseta interior térmica se me ha pegado a las axilas y me he bebido la mitad del agua de la botella, pero al menos mi tabla sigue donde la he dejado. Saskia está sentada cerca, con la cara hacia el sol. Parece que no se han fijado en mí, pero en cuanto cojo la tabla, ella hace lo mismo y corre hacia el telesilla, por lo que me adelanta. Voy tras ella y trato de concentrarme.
Mientras ascendemos, una figura enfundada en una chaqueta de color menta se marca un giro amplio. Mierda, ¡es una chica! Casi siempre se pueden distinguir a las chicas de los tíos por cómo saltan, con menos potencia y más cautela, pero esta lo hace igual que ellos, completamente centrada en sus movimientos. ¿Cómo voy a competir contra esto? Al menos, espero que no sea británica.
Me recompongo. Por ahora, lo único que tiene que preocuparme es Saskia. Se deja caer por el medio tubo mientras aseguro los cierres de la tabla. Maldita sea. Acaba de hacer dos siete veintes seguidos. Dudo que pueda hacer lo mismo.
«¡Venga, venga! ¡Tus patrocinadores romperían el contrato si supieran lo cobarde que eres!».
Respiro hondo y me lanzo, pero la tabla pesa y no responde bien; soy un desastre. Lo único que logro en el último salto es una rotación completa. Un tres sesenta bastante pobre.
Fuera de control, acelero la bajada y agarro el borde de la tabla. Aterrizo sobre el regazo de un pobre chico, y lo empujo a la nieve.
Genial. Acabo de caer sobre Curtis Sparks, el tricampeón británico de medio tubo y el hermano mayor de Saskia.
—¡Lo siento mucho!
Me ayuda a levantarme.
—No hay problema. ¿Estás bien?
—¡Sí! ¿Y tú? Te he dado bastante fuerte.
Parece divertido.
—Sobreviviré.
Llevo años medio enamorada de este chico. No solo es guapo y tiene un talento inmenso. Cuando le preguntaron por qué no se había clasificado para los Juegos Olímpicos de invierno, miró al periodista a los ojos y le dijo: «Porque no he sido lo bastante bueno». No mencionó que poco antes de las pruebas había pasado por una operación quirúrgica. No hay excusas que valgan. Es su crítico más duro. Me encanta.
Me levanto las gafas para ver qué le pasa a mi tabla.
—Te vi en los campeonatos de Inglaterra el año pasado.
—Sí, y yo a ti —respondo.
Ruborizada por cómo me mira, examino la tabla.
—Las cintas se han vuelto a soltar. ¿Tienes un destornillador?
—Vamos a ver. —Curtis se inclina sobre la tabla y agarra la cinta con sus grandes manos. Su pelo es rubio, pero más oscuro que el de su hermana, y lo lleva muy corto. Tiene la piel dorada, pero pálida en la zona cubierta por las gafas protectoras, alrededor de los ojos.
—¡Eh, Sass! —grita.
Ahí está, observándonos.
—¿Qué has hecho con mi destornillador? —le pregunta.
Se acerca con un enorme destornillador con mango de color púrpura.
—Gracias. —Lo cojo.
Se levanta las gafas de color fucsia hasta el casco, pero no dice nada. Tiene unos ojos increíbles. Los he visto en fotos, pero son más azules en la vida real, incluso más que los de su hermano.
Aprieto la cinta con todas mis fuerzas porque no quiero que se vuelva a soltar. Ya he tenido que pedirle un destornillador a un tío antes, en la plataforma.
—¿Quieres que las apriete más? —ofrece Curtis.
—¿Tengo aspecto de tener un problema en el brazo? —contesto; no puedo evitarlo. Sé que es maleducado, pero ¿de verdad piensa que estaría aquí arriba si no fuera capaz de ajustar mis propias cintas?
Contiene una sonrisa y me mira de arriba abajo.
—No, no veo ningún problema.
Me arden las mejillas. Le devuelvo el destornillador y me fijo en que tiene un desgarro en la parte inferior del pantalón.
—Dios mío, te he roto los pantalones.
Su sonrisa se ensancha.
—No te preocupes, no los pago yo. Puedes caerte encima de mí cuando quieras.
Este tío es una máquina de flirtear, ¡y delante de su hermana!
—Qué raro. Es la segunda vez que se me aflojan las cintas hoy —comento, parloteando. Es el efecto que causa en mí.
Su sonrisa se borra.
—¿De verdad? —Se gira hacia su hermana.
¿Por qué la mira así?
Saskia se arregla el pelo, que le cae sobre los hombros.
—Será porque hace más calor. Los agujeros de la base se habrán expandido o algo así.
—Hoy has hecho sudar a mi hermana —comenta Curtis, pero todavía la mira—. Está haciendo cosas que no sabía que podía hacer.
El rostro de ella se oscurece. Quizá para alcanzarla no me falta tanto como creo.
Me ofrece una mano.
—Hola, soy Saskia.
—Milla.
Me sonríe.
—Lo sé. ¿Vas a salir esta noche? En el Glow Bar celebran una fiesta previa al campeonato.
Vacilo.
—No suelo salir antes de un día de competición.
Saskia ladea la cabeza.
—¿Por qué no? ¿Tienes miedo?
Maldigo para mis adentros.
—No. Allí estaré.
5
En la actualidad
Nos pasamos los «secretos» en el gran salón helado. Todos están escritos con la misma letra manuscrita en mayúsculas.
—¿Qué pasa aquí? —inquiere Curtis, con una voz peligrosamente tranquila.
Un mar de caras desconcertadas. Dale aprieta los puños; Brent estrangula el cuello de su botellín de cerveza. Los ojos de Heather van de un rincón a otro.
Después de todo, no creo que sea Curtis quienquiera que esté detrás del juego. Nadie sería capaz de fingir esa furia contenida, y además no habría dicho esas cosas de su hermana.
Toma la caja y la sacude con fuerza. Está claro que tiene ganas de hacer lo mismo con nosotros. Sacudirnos lo bastante fuerte como para obtener respuestas.
En la caja se oye algo. Curtis mete la mano en la apertura de la parte inferior. Se oye un tamborileo.
—Hay un falso fondo —anuncia. Le da la vuelta y observa el interior acercando el ojo a la ranura larga y estrecha en la parte superior—. Nuestras tarjetas siguen ahí.
Se hace un silencio ensordecedor. Todos lo rodeamos para verlo.
Curtis me tiende la caja. Una separación de madera la divide en dos compartimentos: la parte superior, donde siguen los sobres que hemos metido, y la parte inferior, ahora ya vacía. La caja no se ha movido de la sala. ¿Es posible que uno de nosotros metiera las tarjetas falsas sin que los demás lo viéramos o lo han preparado de antemano?
—Veamos —dice Brent.
Le paso la caja. La golpea con fuerza y se rompe en pedazos.
—¿Qué sentido tiene todo esto? —murmura Curtis.
Lleva razón. Apuesto a que los secretos que hemos escrito nosotros no tienen el menor interés en comparación con los que Heather ha leído.
Heather agarra uno de los sobres y lo abre.
—«Cuando veo sangre me desmayo».
Nadie la está escuchando.
Los ojos de Curtis echan chispas.
—Alguien ha preparado esto. ¿Quién ha sido?
Nos mira, uno por uno, con dureza y durante un buen rato. Apartamos la vista.
Me cuesta desechar la idea de que fuera él quien nos ha invitado aquí. En parte, es una cuestión de orgullo. Me sentía halagada. Pensaba que significaba algo. Esperaba que así fuera. Entonces, si Curtis no ha organizado la reunión, ¿quién ha sido?
Brent se levanta de un salto.
—A la mierda. Necesito una bebida de verdad.
La puerta se cierra tras él.
Heather tiene puntitos rosas en las mejillas. Más tarde, trataré de pillarla a solas y le preguntaré acerca de Brent, porque tengo que saberlo. Si se acostó con él, ¿fue antes o después de empezar con Dale? ¿Antes o después de que Brent estuviera conmigo?
Dale la acompaña a la ventana y se quedan allí de pie un rato, hablando en voz baja. ¿Le estará preguntando por Brent? Supongo que sí.
No me parece probable que Heather esté detrás de todo esto. Los primeros tres secretos parecían diseñados para humillarla. ¿O es lo que se supone que debo creer? Me parece que antes mentía, cuando me ha hablado de la invitación que había recibido.
Tomo un sorbo de la cerveza. Yo también querría una bebida más fuerte. Doy un respingo. Curtis está detrás de mí. Cuando quiere, se mueve como un gato.
—¿Esto tiene algo que ver contigo, Milla?
—No, por claro que no —respondo.
No parece convencido.
—Háblame de la invitación —le pido—. ¿Cuándo la recibiste?
—Hará unas dos semanas.
—Igual que yo. —No llegó con demasiada antelación, pero lo dejé todo para venir. «Porque pensaba que me habías invitado tú». Quizá no hayamos hablado durante estos últimos diez años, pero no podía dejar pasar la oportunidad de verlo.
—¿Te la enviaron al móvil o al correo electrónico? —pregunto.
—Al correo.
—¿Desde qué dirección? —Debería haberlo comprobado antes, cuando él y Brent me han mostrado los mensajes que habían recibido.
Curtis mira al otro lado de la sala, hacia Dale y Heather.
—M. Anderson, algo así. Una cuenta de Gmail.
—No tengo cuenta de Gmail. La invitación que yo recibí era de C Sparks. También de Gmail.
Pasé un buen rato redactando la respuesta. ¿Debía mencionar a Saskia? ¿Ofrecerle mis condolencias? Pensé en llamarlo. No constaba número de teléfono en la invitación, pero había varios en su página web. Al final me acobardé. Las conversaciones incómodas son más fáciles en persona.
«¡Una idea genial! —escribí—. Allí estaré. Me alegro de saber de ti. ¿Cómo estás?».
Su respuesta llegó al momento: «Qué bien que puedas venir. Nos vemos pronto».
Me sentí decepcionada, pero supuse que estaría ocupado. Y, además, es un hombre. ¿Qué hombre escribe más de lo necesario?
Me termino la cerveza. A diferencia de Brent, Curtis ha envejecido bien. Está afeitado y el hoyuelo en su mentón es claramente visible. Debe de haber viajado al extranjero hace poco porque tiene la piel ligeramente bronceada. Lleva el pelo rubio oscuro un poco más largo que antes, pero le queda bien. Viste una chaqueta de estilo militar de la marca Sparks, con un ribete blanco en las mangas. Últimamente, en las fotografías de las redes sociales toda su familia lleva esa marca de ropa.
O mejor dicho, lo que queda de su familia.
—¿Seguiste en contacto con alguno de ellos? —pregunta Curtis.
—No —respondo.
—¿Ni siquiera con Brent?
¿Lo pregunta por curiosidad o por algo más?
—No.
Hay muchas cosas que quiero preguntarle. Cuánto tiempo pasa en la nieve. Dónde vive. Si sale con alguien. Busco en su rostro las señales de la antigua calidez, o una simple indicación de que ya no me odia.
Pero Curtis solo piensa en una cosa.
—¿Y con alguien más de aquel invierno?
—No.
Me metí en el coche y me alejé conduciendo para dejar la tormenta a mis espaldas. Los borré de mi Facebook. De mi teléfono. De mi vida. Ahora me siento mal por eso, pero quiero arreglar las cosas.
—Pero es fácil encontrarme en internet. Soy entrenadora personal y tengo un blog y una página propia.
Si me ha buscado, no lo deja entrever.
—Ya.
—Supongo que tú también.
—Sí.
Al parecer, Curtis tiene tanto talento para los negocios como lo tenía para el deporte, porque Sparks Snowboarding, la empresa de ropa deportiva de nieve que montó hace siete u ocho años, ha despegado. Y me encanta lo que hace con su empresa. Organiza campamentos de snowboard en Suiza cada verano, invita a niños en riesgo de exclusión y los mezcla con las futuras estrellas del deporte. Hace campaña por la lucha contra el cambio climático, tratando de proteger los glaciares para que las futuras generaciones los disfruten.
Al otro lado de la sala se oye la voz de Dale, más fuerte, aunque la baja cuando se percata de que lo miramos. Heather niega con la cabeza. Su lenguaje corporal es defensivo. No me gusta lo que veo. Si le pone un dedo encima, voy a ir hacia allí.
Brent vuelve con una botella de Jack Daniels y varios vasos.
Tomo uno.
—Buena idea. Quizá me ayude con el frío.
Brent me sirve una copa y lo hace con la mano temblorosa. Doy un sorbo y parpadeo. Dios, es bastante fuerte.
Dale y Heather siguen con la discusión. La voz de él es un rugido sordo; la de Heather, quejumbrosa.
—¿Quieres una, Curtis? —ofrece Brent.
—No, gracias. Bueno, ¿con qué te ganas la vida ahora? —pregunta Curtis.
Brent se sirve una copa, llena hasta arriba, y la vacía de un trago.
—Soy albañil.
No sé qué esperaba, pero no era eso.
—Es el negocio familiar —añade. Debe de haberse percatado de nuestras expresiones.
Ahora que nos lo ha dicho, detecto las señales de su profesión en los hombros anchos, en la dureza de las manos, en la ligera inclinación de la espalda.
Pienso en sus sueños olímpicos y algo dentro de mí se retuerce.
La fama es algo pasajero para la gran mayoría de atletas, pero lo es incluso más en deportes tan peligrosos como el nuestro. Cuando estás en lo más alto, te ponen en un pedestal y te llaman héroe, pero basta un error para que todo termine. Llegar al borde demasiado rápido o demasiado lento, o tropezar en un surco que haya dejado el competidor anterior. Un minúsculo error de juicio. O pura mala suerte. Es tanto lo que está en juego que si le prestásemos atención, no saltaríamos, a menos que quisiéramos morir.
Todos caemos de un modo u otro, pero lo de Brent es una caída más dura que la de la mayoría. Era el chico de oro de Burton; el rostro de las bebidas energéticas Smash. Durante años, seguí las clasificaciones con la esperanza de ver su nombre, pero desapareció de la faz de la Tierra, igual que yo. Supuse que sufriría una lesión grave, pero ahora no estoy tan segura. ¿Acaso dejó de competir por algo relacionado conmigo? Si fuera el caso, no creo que lo soportase.
Curtis se recupera antes que yo de la sorpresa.
—¿Y qué tal es?
—Es un trabajo. —Brent suena a la defensiva.
—¿Tienes página web? —pregunto.
—Sí.
Curtis y yo cruzamos una mirada. Así que cualquiera podría haber encontrado el correo de Brent.
Heather sale apresuradamente del salón, cabizbaja. ¿Debería ir tras ella?
No. Parece alterada y ahora mismo no puedo aguantar un numerito de lágrimas en el baño. Nunca sé qué decir. Cuando yo estoy mal, me lo guardo para mí. Era una de las cosas buenas de Saskia. Jamás me montaría ningún espectáculo lacrimoso en el baño.
Una vez vi a Odette llorar, pero si me hubieran dicho lo que a ella, yo también lo habría hecho.
Y no habría parado.
No volverá a caminar nunca más.
Me trago el resto del whisky. No voy a pensar en eso. Hablaré con Heather más tarde, cuando se haya calmado.
Dale está de pie junto a la ventana, con la botella en la mano. Mira a Brent y, luego, se gira. ¿Qué le habrá dicho Heather?
—¿Cómo habéis llegado hasta aquí? —pregunta Curtis.
—En avión, he aterrizado esta mañana —contesta Brent.
—¿Grenobles?
—Lyon.
—Eso explica por qué no te he visto —comenta Curtis—. Yo he entrado por Grenobles.
Me he fijado en las etiquetas de equipaje en sus bolsas de snowboard.
—Yo he venido en coche —intervengo.
Curtis arquea las cejas.
—¿Todo el trayecto?
—Por los viejos tiempos. Así he tenido tiempo para pensar.
«En ti, entre otras cosas».
Heather vuelve a entrar.
—Chicos —nos llama, sin aliento—. Alguien se ha llevado nuestros móviles.
6
Hace diez años
Saskia me rodea con el brazo como si fuera su nueva mejor amiga. Huele a un perfume embriagador y exótico, aunque no lleva maquillaje aparte del delineador violeta que hace que sus ojos parezcan todavía más azules.
Estamos en un reservado en el Glow Bar; somos seis chicas. No tenía ni idea de qué ponerme esta noche. Saskia parecía el tipo de persona que siempre se viste para la ocasión, pero aquí la temperatura es de diez grados bajo cero, así que me he puesto tejanos y dos jerséis, dispuesta a parecer una pardilla, pero todas las chicas de la mesa, que creo que son francesas, llevan lo mismo, y, además, no nos hemos quitado las chaquetas de esquí. Son mi tipo de gente.
El bar está lleno. No me gusta demasiado salir de fiesta durante la competición. He venido para entrenar, no para ir de juerga. Siempre me ha parecido raro que los visitantes de las estaciones de esquí se pasen más tiempo en el bar que en las pendientes, pero bueno, el Glow Bar es el único bar del pueblo.
En el escenario, una banda toca punk-rock del malo.
Saskia grita por encima del ruido.
—¿Has venido para la temporada, Milla, o solo por la competición?
—Para la temporada —respondo—. ¿Y tú?
—Yo también.
Los nervios hormiguean en mi estómago. Durante todo el invierno, entrenaré al lado de mi rival más cercana. Podré seguir sus avances, claro, pero ella también los míos. Estudio sus hombros estrechos y sus caderas. Es un par de centímetros más baja que yo, pero la altura no es ninguna ventaja en el medio tubo. Un centro de gravedad más bajo contribuye a ganar equilibrio. Aun así, la supero en potencia muscular. Me gustaría saber cómo entrena en el gimnasio. Tendrá mucha fuerza en el tren inferior, para ejecutar las piruetas que he visto antes.
—¿Tienes patrocinadores? —inquiere.
—Sí.
Espera.
—Tabla de Magic, ropa de Bonfire y gafas de Electric. —Y una marca de barritas de muesli, pero no se lo diré por si se burla de mí. He llegado con mi pequeño Fiat Uno cargado con las barritas y ya estoy harta de ellas, pero al menos no moriré de hambre. Mis patrocinadores solo me envían productos. Me pago el entrenamiento como puedo, pero tampoco pienso decírselo—. Hace dos años tenía otra marca de ropa, pero me dejaron cuando me rompí la rodilla.
—A mí también me pasó algo similar —comenta una de las chicas.
Estaban hablando francés, pero cuando nos hemos sentado con ellas han pasado al inglés.
—Deberíamos asegurarnos las piernas —propone otra chica—. Como los jugadores de fútbol.
—¿Sabes que Mariah Carey se aseguró las suyas por mil millones? —comenta Saskia.
—Y Jennifer Lopez se aseguró el trasero —añade otra.
—¿Cuándo se van a caer esas dos? —tercio—. Ojalá pudiera asegurar mi trasero.
Empezamos a hablar de las partes de nuestro cuerpo que nos gustaría asegurar.
La camarera trae otra bandeja de chupitos. Le da uno a Saskia y ella me lo ofrece a mí. No tenía intención de beber esta noche, pero es difícil negarse. Todas las chicas competirán mañana en el Open de Le Rocher y están bebiendo. Saskia invita. Espero a que todo el mundo tenga una copa y, luego, me tomo la mía. Todas levantamos la voz y eso llama la atención de las chicas de la mesa de al lado, que son alemanas o, quizá, suizas, y supongo que también compiten mañana, porque ninguna de ellas bebe alcohol.
Dos chicos se acercan a nuestra mesa, uno de piel morena y el otro con rastas rubias. Me suenan de algo.
—¿Quién es esta? —pregunta el de piel morena, que me mira. Tiene acento de Londres.
—Vete a la mierda —responde Saskia.
Los chicos se van a la barra. Espera, eran Brent Bakshi y Dale Hahn. ¡Y Saskia acaba de mandarlos a la mierda!
Justo detrás de ellos está Curtis. Me saluda con una sonrisa y frunce el ceño a su hermana cuando ve los vasos de chupito. Se dirige a una mesa llena de chicos, más caras que reconozco de los DVDs de snowboard, y estrecha las manos de todos. Curtis y Saskia son la realeza de este deporte. Sus padres son los pioneros del snowboard Pam Burnage y Ant Sparks, y da la sensación de que conocen a todo el mundo.
A mi lado está Odette Gaulin, medallista de bronce de los Juegos X. Es la chica de la chaqueta color menta. Bajo una gorra Rossignol asoman sus rizos de pelo corto y castaño. Trato de no dejarme impresionar, pero es realmente agradable. Ella también va a pasar aquí la temporada, me explica; las demás chicas solo se quedarán durante la competición.
Me inclino hacia ella.
—¿Los chicos se sienten intimidados por ti? Seguro que sí, eres muy buena en lo que haces.
Odette agita la mano.
—Pfff.
Ojalá la banda dejara de tocar. Estoy quedándome afónica.
—El año pasado salía con un deportista de snowboard suizo y me dejó porque le gané a un pulso.
Las chicas se echan a reír.
—Delante de todos sus amigos —añado.
Odette choca los cinco conmigo. Es el vodka el que habla. Normalmente, jamás me sincero tan rápido, sobre todo con gente a la que acabo de conocer, pero contárselo me hace sentir bien. No me había dado cuenta de la rabia que aún me daba. Stefan era un skater profesional que jamás ralentizaba para esperarme y a mí me encantaba correr con él, porque me obligaba a saltarme todas las reglas para seguirlo.
—Tendrías que haberlo mandado al gimnasio —sugiere la chica al otro lado de la mesa.
—¡O contratarle un entrenador personal! —exclama otra.
—¡O darle esteroides! —Las sugerencias se vuelven más atrevidas.
Encajar en un grupo de chicas como estas es una sensación nueva. Las salidas con mis amigas en casa son más dolorosas. Solo quieren hablar de moda y de famosos. Yo me siento más cómoda con las bromas subidas de tono de los compañeros de rugby de mis hermanos.
Llegan más chupitos de vodka. ¿Cuántos llevamos? He perdido la cuenta. No suelo beber. Estoy demasiado ocupada con los entrenamientos, el trabajo o con ambas cosas. Y nunca bebo antes de una competición, pero las demás chicas siguen y hay un par de ellas que, además, se han pedido una cerveza, así que me bebo el contenido de un trago y dejo el vaso con fuerza encima de la mesa.
Las alemanas hablan de nosotras, y creo que es justo lo que quería Saskia. Es una declaración de principios: somos lo bastante duras como para beber esta noche y, además, ganaros mañana. Y quizá sí, si una es Odette Gaulin, aunque no estoy tan segura en mi caso. Pero no quiero decepcionar al grupo.
Curtis se acerca y susurra algo al oído de Saskia. No puedo oírlo por el volumen de la música, pero creo que le ha dicho que no siga bebiendo. Ella agita la mano, como en señal de que no le dé la lata, y Curtis vuelve a su mesa, con expresión enfadada.
—Dios, qué pesado es —exclama.
—Mi hermano también es así —digo—. ¿Cuántos años os lleváis?
—Dos.
—Como mi hermano y yo.
—Tengo dos hermanos mayores —interviene Odette.
—Pobrecita —la compadece Saskia, y nos reímos.
—¿También hacen snowboard? —pregunto.
—No, son velocistas de esquí —explica Odette—. Yo también lo era, pero me cambié al snowboard a los catorce.
—¿Están aquí, en Le Rocher? —inquiero.
—No, este invierno se han quedado en Tignes. ¿Has ido alguna vez?
Eso da pie a una nueva conversación sobre dónde hemos entrenado o competido.
Luego, Saskia se dirige a la barra y veo que ella y Curtis discuten. Jake no se atrevería a decirme qué debo hacer y qué no; llegó a esa conclusión hace años.
Saskia regresa con más bebidas. Nos las tomamos y la banda se lanza con una versión de una canción de The Killers, «Somebody Told Me».
Saskia se pone en pie.
—Me encanta esta canción.
El resto la seguimos al centro de la pista y, de repente, todo el bar está bailando; los cuerpos chocan entre sí en el pequeño espacio. Estoy un poco mareada. No he bebido tanto en años. Antes de irme a la cama, tendré que tomarme, como mínimo, un litro de agua.
Como no se me pasa el mareo, voy a los baños. De camino a la mesa, tropiezo y un par de manos agarran mi antebrazo. Curtis.
Maldigo para mis adentros. Las piernas me tiemblan bastante, y mi voz también titubea:
—Gracias.
Sus ojos brillan.
—Como te he dicho antes, estás invitada a caer sobre mí las veces que quieras.
Me obligo a no ruborizarme y señalo su botella de agua.
—Debes de ser la única persona del local que no bebe.
—No bebo alcohol cuando entreno. Altera mi tiempo de recuperación.
Miro hacia la mesa. Ha llegado otra ronda de chupitos de vodka. Mierda.
Curtis se fija en la dirección de mi mirada.
—Creo que ya has bebido suficiente.
—¿Perdón? —digo—. Si necesito tu opinión, te la pediré.
¿Quién se cree que es? Una cosa es que le diga a su hermana pequeña que no beba más, pero a mí ni siquiera me conoce. A trompicones, voy hacia la barra. No puedo dejar que Saskia pague durante toda la noche. Está claro que puede permitírselo, pero no quiero aprovecharme de ella. Al menos tengo que pagar una ronda.
Pero no tengo ni idea de la marca de vodka que hemos bebido, y creo que Saskia es una persona a quien ese tipo de cosas le importan.
—¿Otra ronda de lo mismo? —sugiere la chica del bar antes de que pueda abrir la boca.
—Sí —exclamo, aliviada.
Dale y Brent están sentados en la barra, más allá. La camarera charla con ellos mientras prepara las bebidas. Lleva un vestido negro corto y botas de tacón, y le miran las piernas descaradamente. Es menuda y muy guapa, con el pelo largo y negro, y lleva los ojos muy maquillados. Oigo retazos de su acento, más marcado que el mío, del noreste de Inglaterra. Ya me cae mejor. Una compañera del norte.
Dale dice algo y ella entorna los ojos. Le responde y él inclina la cabeza, finge estar avergonzado. Brent se ríe y le da una palmada a Dale en la espalda.
La camarera trae las bebidas. Siento pena por ella. Tiene que aguantar a los clientes que solo quieren ligar noche tras noche. Aunque sean tan especiales como Dale, con sus rastas y sus numerosos piercings, estará hasta las narices.
Pero cuando pone los vasos de chupito en mi bandeja, veo que esboza una sonrisa discreta, y caigo en la cuenta de mi error. Es ella quien juega con ellos. Y sabe exactamente cómo hacerlo.
—Aquí tienes —dice—. Son diez euros.
Vacilo. Las bebidas en las estaciones de esquí son carísimas. Pensaba que me costaría por lo menos cincuenta euros. Seguro que se ha equivocado, distraída por Dale y Brent, pero si no le digo nada, le restarán la diferencia del sueldo.
—No puede ser.
Una sombra de irritación cruza sus bonitas facciones.
—Es lo que cuesta.
Vale. Al menos lo he intentado. Le tiendo un billete de diez euros.
Mientras cobra, mira de reojo hacia los dos chicos y sacude el pelo, como diciendo: «No estoy interesada». Observo fascinada cómo Dale se inclina sobre la barra, con las mangas subidas para que se vean sus antebrazos llenos de tatuajes, y la llama. Ella sonríe para sí de nuevo y finge que no lo ha oído.
Jamás he jugado así con los tíos. No sabría cómo hacerlo.
Señala las bebidas con una uña pintada de rojo y dice algo que no entiendo.
—¿Perdón? —pregunto.
—Esa de ahí es el vodka.
¿Qué?
Un pensamiento horrible se abre paso en mi cerebro anegado en alcohol. Pero Saskia no haría algo así.
¿Verdad?
7
En la actualidad
Corremos hacia el frío y oscuro pasillo. La cesta donde habíamos dejado los móviles está vacía.
—¿Quién se los ha llevado? —El tono de Curtis es amenazador.
—Mi móvil era nuevo —se queja Heather, al borde de las lágrimas—. Todos mis contactos del trabajo están guardados ahí.
—Cálmate —la tranquiliza Dale—. Lo encontraremos.
Todos parecen igual de confundidos.
Miro a ambos lados del pasillo. ¿Es posible que los tenga uno de los cuatro o habrá sido alguien más que se encuentre en el edificio? Ojalá pudiera pensar con más claridad. Nada de esto tiene sentido. Siento el efecto del whisky en mi cerebro. A estas alturas, el alcohol pega todavía más fuerte y, además, no he comido desde hace horas.
—Podemos aclarar quién no se los ha llevado —sugiero—. ¿Quién se ha quedado en la sala? Yo he ido al lavabo antes de que empezáramos a jugar.
—¿Te has fijado en si los móviles estaban en la cesta? —pregunta Curtis.
Me esfuerzo por recordar.
—No lo sé.
—Yo he ido a por bebidas —añade Dale—. Tampoco me he fijado. —Mira a Curtis—. ¿Tú por qué has salido?
—Tenía una llamada —contesta Curtis—. Y luego he ido al baño.
—¿A quién has llamado? —pregunto.
Curtis arquea las cejas como si eso no fuera asunto mío.
—¿Y bien? —insiste Dale.
—¿Por qué es relevante? —espeta Curtis.
—Podría serlo —responde Dale.
Curtis me mira, enfadado.
—He llamado a mi madre.
—Yo he salido dos veces —interviene Brent.
—Y Heather acaba de salir ahora mismo —digo—. Mierda. Cualquiera de nosotros podría habérselos llevado.
—¿Y luego qué? —pregunta Curtis.
—Supongo que quien haya sido los habrá escondido en alguna parte —comento.
Los ojos de todo el mundo se posan en el bolso de Heather. Es la única que ha subido con un bolso de mano.
Tengo treinta y tres años y no uso bolsos. Compré uno para llevarlo a la boda de mi amiga Kate. En el pie de la invitación escribió: «No te atrevas a venir con la mochila, Milla». Era de color azul claro, a juego con mi traje de dama de honor, y me sentí ridícula al llevarlo, como una niña que se disfraza de su madre. Después de la boda, lo llevé a la tienda de ropa de segunda mano del barrio.
El bolso de Heather es marrón y, a juzgar por la llamativa etiqueta dorada que cuelga de la cremallera, supongo que es caro. Cuando se percata de que lo miramos, se sonroja y vuelca el contenido encima de la moqueta. Hay un pequeño monedero plateado, pañuelos, tampones y una cantidad ridícula de productos de maquillaje. No hay ningún móvil. Nos mira, desafiante.
—¿Contentos? —Lo guarda todo de nuevo.
—La alternativa es que alguien más se los haya llevado —comenta Curtis.
Heather abre mucho los ojos.
—Pero ¿quién?
—Vosotros diréis —responde Curtis.
Dale abraza a Heather y ella apoya la cabeza en su hombro. Al menos por ahora, vuelven a estar unidos.
—Tenemos que registrar este lugar —continúa Curtis—. En busca de los móviles o de la persona que se los ha llevado.
—Vale. —Brent se acaba el whisky y se dirige a la puerta.
Hago ademán de seguirlo.
—¡Esperad! —grita Heather—. No sabemos quién está ahí fuera.
—Bien pensado —concuerda Curtis—. No creo que las chicas deban quedarse solas.
Dale agarra la mano de Heather.
—Yo me quedaré con Heather.
—Y yo con Milla —dice Curtis.
—No, yo me quedaré con Milla —interviene Brent.
Quizá debería estar agradecida porque les importo, pero no es así. Estoy furiosa. No soporto la idea de que me consideren un ser débil al que hay que proteger por el mero hecho de ser mujer. Soy tan fuerte como hace diez años; de hecho, ahora tengo más fuerza en los brazos, aunque el tren inferior está más debilitado y, si alguien intenta atacarme, tendría que enfrentarse a una pelea bastante dura.
Abro la boca para decirlo. Luego, veo la tensión en la mandíbula de Curtis y en el rostro de Brent. Ninguno de los dos se amedrenta con facilidad. Pienso en los pasillos largos y desiertos. Más vale prevenir que curar, o eso dicen.
—¿Qué os parece si vamos los tres juntos?
Curtis asiente.
—¿Nos vemos aquí de nuevo en veinte minutos?
Dale comprueba el reloj.
—De acuerdo.
—Vosotros id por allí —ordena Curtis, y señala a la izquierda—. Nosotros iremos por el otro lado. Registrad el piso inferior; nosotros nos ocupamos de este.
—¿Eres el jefe o qué? —protesta Dale.
Curtis no responde. En realidad, siempre fue el líder del grupo, aunque yo no solía obedecerlo.
Dale tira de la mano de Heather y se adentran en el pasillo.
—Comprobad las taquillas —grita Curtis—. Y ya que estáis, buscad una línea de teléfono fija. Tiene que haber una.
Nos vamos en la dirección contraria. Naturalmente, Curtis encabeza la expedición. Ya ha sido bastante inquietante recorrer los pasillos antes, pero ahora resulta espeluznante. El edificio Panorama es muy distinto durante la temporada de esquí, cuando por sus paredes resuena el eco de los esquís, los bastones y la charla de los visitantes en invierno. Hoy todo está vacío y demasiado silencioso.
¿Para qué querría alguien llevarse nuestros móviles? No sé qué me asusta más, si la idea de que un completo extraño nos robe o que lo haya hecho una de las personas a las que conozco. O, al menos, que conocía.
Las primeras puertas a la derecha son lavabos.
—¿Compruebo el de mujeres? —propongo.
Curtis empuja la puerta.
—Lo comprobaremos todos.
Hay una hilera de cuatro cubículos cerrados. Miro por debajo de las puertas. Si veo un par de pies…
¡Bang! Casi se me para el corazón, pero es Curtis, que empuja cada puerta de una patada. No hay nadie. Por supuesto que no hay nadie. Brent revisa las papeleras.
Comprobamos los baños de hombres de la misma manera. Una corriente helada me acaricia el cuello y me fijo en que la pequeña ventana está ligeramente entreabierta, menos de un centímetro. Me pongo de puntillas para mirar hacia fuera. Imagino una mano que arroja nuestros móviles, uno a uno, al vacío de la noche oscura. Si eso es lo que ha sucedido, los hemos perdido para siempre, porque esta cara del complejo da a los precipicios. Pero ¿por qué harían algo así?
—¿Esta ventana estaba abierta antes? —pregunto.
Curtis suelta un exabrupto y la cierra.
—No me he fijado.
—Yo tampoco —responde Brent.
La siguiente puerta es un pequeño armario de limpieza que apesta a lejía. Revisamos las pilas de pañuelos de papel y recambios de jabón para los dispensadores. Hay un montón de papel higiénico. Compruebo cada tubo.
Preferiría estar muerta antes que admitirlo, pero me alegro de que hayan venido conmigo. Sobre todo Brent, porque estar al lado de Curtis me pone nerviosa de una manera completamente distinta.
El pasillo se desvía a un lado y hay un recodo con puertas en cada pared, todas cerradas. Me tenso al pasar delante de cada una de ellas, en guardia por si alguien salta de repente sobre nosotros.
—¿Qué crees que son? —suelta Brent cuando intentamos abrir la última.
—Despachos, tal vez —comenta Curtis—. O zonas de almacenaje.
El pasillo termina en una pared.
—Aquí no hay gran cosa —afirmo mientras deshacemos el camino andado—. ¿Y fuera?
—Está demasiado oscuro como para salir ahora —señala Curtis.
—Pero ¿recuerdas qué había? —inquiero—. Creo que un par de garajes, para los Snowcats.
Son enormes. Las máquinas con las que realizan el mantenimientos de las pistas son gigantescas.
—Tres, creo —responde Curtis.
—Y el cobertizo al pie del telesilla —añade Brent—. Y el quiosco.
—Y el área de descanso exterior —comenta Curtis—. Con tumbonas. Debe de haber una cabaña o algo así para guardarlas.
Volvemos al salón. Heather y Dale todavía no han regresado. Hay más espacio donde buscar abajo que aquí arriba.
Curtis cierra la puerta y baja la voz.
—¿Creéis que Heather y Dale están detrás de todo esto?
Lo miro fijamente.
—¿Por qué lo harían?
—Ni idea.
—No creo —aseguro—. Heather parecía bastante asustada.
—Quizá simplemente sea buena actriz. —Curtis mira a Brent.
Este se encoge de hombros.
—A mí no me mires.
Curtis lanza una patada al aire, hacia la puerta.
—Alguien está jugando con nosotros y no me gusta.
Brent se sirve otro Jack Daniels, generoso. Es interesante ver cómo se enfrentan a la tensión, cada uno a su manera. Brent se está emborrachando, Curtis se está enfureciendo paulatinamente.
—¿Quieres uno, Mills? —ofrece Brent.
Menuda reunión nostálgica. No tiene nada que ver con lo que había imaginado. Suspiro.
—Bueno.
Curtis me toca el brazo.
—Milla.
El déjà vu me pilla con la guardia baja. Una noche, hace diez años, Curtis ya me advirtió que no bebiera más y debería haberle hecho caso, pero no lo hice.
Igual que ahora.
Extiendo el brazo para que Brent me sirva. Debe de estar más afectado de lo que deja entrever, porque le tiembla la mano y derrama whisky sobre mis dedos. Chupo el licor y me tomo la bebida de un trago.
Creo que Curtis se ha fijado en el temblor, porque ahora observa a Brent como si tratara de adivinar de qué es capaz.
Está mirando a la persona equivocada.
8
Hace diez años
Avanzo poco a poco por el altiplano; me laten las sientes y tengo el estómago revuelto. Espero llegar al medio tubo sin vomitar de nuevo.
Han colocado pancartas enormes: Open de Le Rocher. Los competidores con dorsales saltan uno tras otro por el tubo para calentar; otros hacen ejercicios de calentamiento o se ajustan las cintas. Los rostros están tensos, los deportistas se concentran en las piruetas que quieren ejecutar. Igual que yo, si no estuviera demasiado ocupada tratando de no vomitar.
He intentado comer varias veces desde que volví a la habitación tras estar en el Glow Bar anoche, pero lo vomito todo. Estoy furiosa conmigo misma. ¿Cómo he sido tan imbécil? Tengo veintitrés años, no soy una adolescente. La presión de grupo no debería haberme empujado a comportarme como una idiota.
Unos altavoces escupen música hiphop y el sol me taladra el cerebro. Me protejo los ojos y pienso en que ojalá pudiera acurrucarme en una habitación oscura y silenciosa para pasar la resaca durmiendo.
El chico que está a mi lado come un plátano maduro y el estómago me da mil vueltas. Lo huelo. Hay cámaras a ambos lados: de Eurosport, de France 3, un par más. Aprieto los labios. «No vuelvas a vomitar».
Hay un zumbido de idiomas extranjeros en la cola de inscripciones. Al recoger el dorsal de competición, me cruzo con algunas de las chicas de anoche, que llevan la tablas bajo el brazo. Agacho la cabeza porque no quiero verlas riéndose de mí.
Alguien me toca el hombro y Odette se acerca para darme dos besos.
—¿Cómo estás?
Arqueo las cejas.
—¿A ti qué te parece?
Su sonrisa se tiñe de extrañeza.
—¿Cómo?
—Me refiero al vodka.
—¿El vodka?
—El que me pasé toda la noche bebiendo.
El rostro de Odette se ruboriza a medida que le explico lo sucedido. Mira a su alrededor en busca de Saskia, incrédula. Allí está, con su chaqueta blanca de marca Salomon, abrochada hasta el cuello, a punto de lanzarse. Odette se vuelve hacia mí y las palabras salen a borbotones de su boca. Al parecer, Saskia lo organizó antes de que yo entrara en el bar y sugirió que sustituyeran el alcohol por agua, para despistar a la competencia.
—Lo siento muchísimo —se disculpa Odette—. No lo sabía.
A juzgar por su expresión mortificada, la creo.
—¿Qué hay de las demás chicas? ¿Crees que lo sabían?
—Lo dudo.
No sé si eso me hace sentir peor o mejor.
Saskia pasa rápidamente a nuestro lado, en dirección al telesilla. Odette la mira, como si le costara aceptar que su amiga sea capaz de hacer algo así.
Ya he perdido la mitad del tiempo de calentamiento. Agarro mi tabla de snowboard.
—Terminemos con esto. ¿Cómo está el tubo?
Odette y yo subimos juntas al telesilla.
Curtis se ajusta las cintas de la tabla en la cima. Me mira un instante y suelta una maldición.
—Traté de advertírtelo.
—¿Qué? —exclamo—. ¿Lo sabías?
—Lo sospechaba.
Saskia está de pie rodeada de un grupito, riéndose y bromeando. Brent se encuentra con ellos, y también Dale, con su piercing en el labio brillando al sol. Mi ira se acrecenta. Voy hacia ellos y toco a Saskia en el hombro.
Se gira para mirarme. Su expresión me recuerda al gato de mis padres cuando algo despierta su instinto de caza.
—¿Por qué me atacaste así? —espeto, consciente de que Curtis y Odette están detrás de mí.
El grupo se queda callado.
Estoy segura de que Saskia va a negarlo, pero se limita a mirarme, y sus ojos azules no muestran el menor arrepentimiento.
—Porque podía.
—¿Tenías miedo de que te ganara?
No contesta. No tiene que hacerlo. Hoy no la ganaré, se ha asegurado de ello.
Estoy tan furiosa que quiero abofetearla. Siempre he sido una deportista agresiva, tenía que serlo; mi hermano compite con más ferocidad que nadie que conozca. Pero lo hace abiertamente. Esta es una agresividad distinta: femenina, quizá. Más sutil. Y no sé cómo hacerle frente.
Intento que mi enfado no se refleje en mi rostro.
—Espero que seas consciente de que el juego ha comenzado.
Sonríe.
—El juego ha comenzado.
Curtis la llama y los dos se sientan con las cabezas juntas. Por cómo señala hacia mí, la está riñendo. Saskia me mira otra vez de reojo y, luego, me da la espalda. Curtis indica el tubo. Le está dando indicaciones. Voy a necesitar toda la ayuda del mundo, así que hago un esfuerzo por escuchar lo que dice.
—Esa pared está a pleno sol, así que se deshará más pronto. Ve con cuidado con no engancharte por el borde de la tabla cuando aterrices de las piruetas.
Saskia asiente y se ata las cintas. Curtis se queda sentado y la observa mientras salta. Un tipo barbudo con dorsal de competición choca sus puños con él. Es estadounidense.
Me encajo las ataduras e inspiro profundamente en un intento de preparar mi estómago para las piruetas.
Las palabras de Curtis flotan empujadas por el viento.
—Debería mantenerse dura todo el día.
Qué raro. ¿Le acaba de decir exactamente lo contrario a Saskia o lo he entendido mal?
Al cabo de media hora, ya estoy al borde de un ataque de nervios mientras espero a que digan mi nombre.
—¡Milla Anderson!
Normalmente, llegados a este punto, la calma se apodera de mí y todo pasa a cámara lenta. Mis horas de entrenamiento y visualización dan sus frutos y me permiten ejecutar el salto en modo piloto automático. No obstante, esta vez es como si fuera al doble de velocidad. Me siento mareada incluso cuando estoy en pie, así que no es sorprendente que meta la pata en el primer giro y me caiga al suelo del tubo. Mi segundo salto no es mejor. Y ya estoy fuera.
Me obligo a sentarme en un banco y contemplar el resto de la competición. Voy a tragarme lo que ha pasado y asegurarme de no cometer el mismo error nunca más.
Curtis se mueve con la misma confianza y destreza sobre la nieve que fuera de ella. Sus movimientos limpios y potentes lo llevan hasta la final. Saskia llega a la final femenina y clava varios siete veintes encadenados, con lo que se coloca en la séptima posición, lo cual es impresionante, teniendo en cuenta que estamos en una competición internacional con deportistas de toda Europa. La ganadora es Odette.
Los participantes se reúnen al pie de la plataforma, donde se abrazan y chocan las manos. Abren botellas de champán y rocían a la muchedumbre.
—¡Fiesta en el Glow Bar! —grita alguien.
Parece que soy la única que no celebra nada. Mis dedos se aprietan en un puño cuando oigo que alguien felicita a Saskia. Cojo mi tabla y desaparezco.
Dentro de cuatro meses, Saskia y yo nos enfrentaremos de nuevo en los campeonatos británicos de snowboard. Y la venceré, aunque tenga que dejarme la piel en ello.
9
En la actualidad
La puerta del salón se abre de par en par y doy un respingo. Dale entra detrás de Heather.
Parece furioso.
—Alguien nos ha robado el portátil.
Curtis sale corriendo por la puerta.
—¿Qué pasa? —grito.
—He traído un MacBook.
Lo perseguimos al piso de abajo y por el pasillo. El aire frío me sacude el pelo cuando abre las puertas dobles. Baja los peldaños metálicos de dos en dos. Me alivia ver que nuestras bolsas de viaje están donde las hemos dejado.
Curtis comprueba su mochila.
—Mierda. Mi MacBook tampoco está.
Me fijo en que la cremallera de mi mochila está medio bajada y registro mis cosas, con pánico. Encuentro la cartera y las llaves. No he traído ordenador portátil, lo hago casi todo con el móvil.
Los demás están comprobando las bolsas. Heather escarba a través de capas y capas de ropa.
—¿Os falta algo más? —pregunta Curtis.
—No que yo sepa —comenta Brent.
Estoy tan nerviosa que ni siquiera recuerdo qué he metido en el equipaje.
—No estoy segura.
—Esto no es divertido —critica Heather—. Quiero irme de aquí.
«Piensa, Milla». Mis ojos se posan en la cámara de seguridad que enfoca a la parte superior del ascensor del teleférico que sube hasta la estación. Me coloco delante y agito los brazos.
—¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Curtis recorre la plataforma.
—No puedo creer que haya permitido que pase esto. Debería haber bajado hace media hora.
Sigo agitando los brazos con la esperanza de que el operador nos vea, aunque no pueda oírnos, y vuelva a activar el teleférico.
—Llevo semanas sin hacer una copia de seguridad del portátil —insiste Heather a Dale—. Tenemos que encontrarlo.
—No hace falta que me lo recuerdes —murmura Dale.
Curtis se vuelve hacia él.
—¿Qué hacíais aquí abajo tanto rato?
—Eh —protesta Dale—. No nos cuelgues ese muerto. Antes has salido dos veces de la sala y lo sabes.
Desde luego, Heather y Dale han tenido tiempo de registrar las bolsas y esconder los ordenadores mientras han estado solos aquí abajo, pero lo cierto es que cualquiera de nosotros ha tenido la oportunidad de hacer lo mismo.
¿O habrá sido alguien más?
Sea como fuere, lo han planificado con cuidado. El responsable de esto nos ha instalado arriba, en la sala de actos, suponiendo que no subiríamos las bolsas hasta el segundo piso, como ha ocurrido.
—Hemos buscado por todo el piso de abajo —informa Heather—. Luego me he acordado del ordenador.
—¿Habéis encontrado algo? —pregunta Curtis.
—Un montón de puertas cerradas —responde Dale.
—¿Nadie más? —dice—. ¿O un teléfono fijo?
—Hemos visto dos cajetines para línea telefónica, pero están vacíos —cuenta Heather—. Uno en el bar y otro en la cocina.
¿Vacíos porque alguien ha arrancado la línea? Por la expresión de su rostro, eso es lo que cree.
—¿Qué son las puertas cerradas? —inquiere Heather.
—¿Habéis encontrado alguna habitación de control central? —añade Curtis—. ¿O una sala de rescate de montaña? ¿Primeros auxilios?
—No.
—Bueno, pues vamos a ver… —Curtis golpea la portezuela de la cabina del operario del teleférico. Está cerrada, por supuesto. Apoya la mano en el cristal y trata de mirar por la ventana.
Hago lo mismo.
—¿Algún rastro de teléfono o de radio?
—No —confirma con tono frustrado.
Brent se acerca para ver mejor. Un ruido de cristales rotos nos hace girar en redondo. La cámara de seguridad está hecha pedazos sobre el suelo de cemento. Con la tabla de nieve en alto, Dale está junto a lo que queda del mecanismo. Parpadeo y miro los pedazos de la cámara, asombrada.
—¿Por qué has hecho eso? —ruge Curtis.
Dale baja la tabla.
—No queremos que nos vigilen, ¿verdad?
Lucho por conservar la calma.
—Pero podrían habernos rescatado.
Curtis recoge el pedazo más grande. No nos hace falta ningún electricista para que nos diga que la cámara no se puede reparar. Lo tira a un lado.
—Acabas de romper la única conexión que teníamos con el valle. ¿Alguien más ha visto una cámara en este lugar?
—Probablemente habrá una en el restaurante —sugiero.
Dale se aclara la garganta. Sospecho lo que va a decir.
—También la he roto.
Brent y yo cruzamos una mirada. Estoy segura de que todos pensamos lo mismo. ¿Es Dale el responsable de esto? Pero ¿por qué?
Curtis camina hacia él.
—De todas las cosas estúpidas…
—Vamos, espabila —espeta Dale—. Si hay alguien que nos vigila por las cámaras, seguro que está implicado en esto. Tiene que estarlo.
—Ya —conviene Curtis—. Necesitamos respuestas. Repasemos las papeletas del juego de mierda. —Gira la cabeza hacia Heather—. ¿Te acostaste con Brent?
Parpadeo. La sutileza nunca ha sido una de las virtudes de Curtis.
Los dos hombres se miran. Dale es ligeramente más alto, demasiado para un deportista de snowboard: más de metro ochenta. Pero Curtis tiene la espalda más ancha.
—¿Y después vas a preguntarme si me acosté con Saskia? —gruñe Dale.
—¿Lo hiciste? —insiste Curtis.
—¿Y tú? —replica Dale.
Curtis lo agarra por los hombros y lo empuja por la plataforma. Unos metros más allá, el suelo se acaba y se convierte en un precipicio hacia la noche. Una delgada barrera de metal es lo único que nos separa del vacío.
Brent y yo vamos tras ellos. Témpanos afilados como cuchillos cuelgan del techo del porche, sobre nuestras cabezas. Rezo porque no escojan este momento para caerse. Brent se va a por Dale, así que me acerco a Curtis por detrás. Es arriesgado hacerlo cuando está así. En teoría, sé lo que debo hacer. Cuando tu hermano mayor es un jugador de rugby, la autodefensa es una cuestión de supervivencia. Y, además, también vigilé las puertas en un club nocturno de Leadmill, unos años después de dejar el snowboard.
Espero acordarme de cómo hacerlo. Deslizo el brazo derecho alrededor del cuello de Curtis, el izquierdo por detrás de su cabeza y lo agarro del cuello. En cuanto se da por vencido, aflojo. Curtis se gira hacia mí, estupefacto y furioso a partes iguales.
Dale se saca a Brent de encima y lo amenaza:
—Ándate con cuidado. No eres mi persona favorita ahora mismo. —Con los ojos brillantes, Dale se recoloca la chaqueta y vuelve junto a Heather.
—Tenemos que calmarnos y tratar de comprender de qué va esto —jadeo.
—¿Qué hay de las taquillas de esquí? —pregunta Curtis—. ¿Estaban abiertas?
—Todas menos una —aclara Dale.
—Comprobemos si podemos forzarla —propone Curtis.
Me cuelgo la mochila a la espalda y cojo la bolsa donde guardo la tabla y el equipo de esquí. No pesan demasiado; al fin y al cabo, solo he venido para dos noches. Y quiero tener mis cosas cerca. Los demás también se cuelgan las bolsas al hombro y lo subimos todo al piso de arriba.
Las portezuelas de las taquillas están numeradas. Son cien en total y están pintadas de bonitos colores pastel. Las llaves cuelgan de las cerraduras. Paso frente a un par de taquillas y miro dentro. Curtis, un poco más avanzado, hace lo mismo.
—Ya hemos mirado —afirma Heather.
Observo la taquilla que está cerrada. Brent tira de la puerta.
—Tengo un destornillador —dice Curtis.
—Dame un segundo. —Brent se saca un montón de llaves del bolsillo. Lo observamos mientras separa las llaves del alambre con el que permanecen unidas y lo aplana. Lo mete en la cerradura y lo mueve con pericia.
Dale se pasea por la entrada principal, como si estuviera a punto de abrir las puertas hacia el exterior.
«No. Por favor, no». No soportaría oír de nuevo ese sonido. Tarde o temprano, tendremos que abrirla y salir fuera, pero ya estoy lo bastante nerviosa. Necesito calmarme y prepararme mentalmente.
Dale tropieza y se agarra a la pared para no caerse.
—Mierda. El suelo está mojado.
Es cierto. Hay charquitos húmedos en las tablas de madera que llevan a la entrada.
—¿Son huellas? —pregunto.
—Eso parece —afirma Curtis, sombrío—. ¿Ha salido alguien?
Se hace el silencio. Pero si hubieran salido, sus botas estarían mojadas. Compruebo con discreción los zapatos de los demás. ¿Me lo estoy imaginando o la punta de las zapatillas DC de Brent están un poco más oscuras?
—Eso es —anuncia Brent mientras extrae el alambre.
Es impresionante, pero siempre ha sido hábil con las manos.
Nos arremolinamos alrededor de la taquilla cuando abre la portezuela, pero está vacía. Curtis, el que está más cerca, mira el interior dos veces, como si se le acabara de ocurrir algo, y, luego, escudriña nuestros rostros. ¿Pensará que Brent ha abierto la taquilla con excesiva facilidad?
—Entonces, ¿dónde están nuestros teléfonos? —exige saber Dale.
—Dímelo tú —replica Curtis.
Me pongo tensa. Parece que estos dos volverán a enzarzarse en una pelea.
—¿Podemos comer? —ruega Brent.
Curtis se gira en su dirección.
—Tenemos que encontrar los jodidos móviles.
—Lo sé, pero estoy muerto de hambre.
Curtis levanta la voz.
—¿Comprendes lo que está pasando? El teleférico no funciona y no tenemos forma de contactar con nadie. Si no encontramos los teléfonos, estamos atrapados.
—Yo también tengo hambre —intervengo—. ¿Podemos hablarlo mientras cenamos?
No lo digo, pero, tal vez, comer algo ayudará a que el alcohol baje un poco y, así, podré pensar con más claridad.
Heather me mira incrédula.
—¿Cómo puedes pensar en comer mientras alguien nos hace esto?
—No sirve de nada estar estresada y, además, hambrienta —declaro.
Curtis tira de las bolsas y va hacia el restaurante, airado. El resto corremos tras él. Para cuando llegamos, se encuentra en el bar, donde inspecciona la cámara de seguridad que hay en el suelo. Amontonamos las bolsas en una pila.
Heather señala su bolso con la cabeza.
—Por favor, vigílalo —pide a Dale, y sale hacia la cocina.
De reojo, miro las DC de Brent otra vez.
—¿Tienes las zapatillas mojadas? —pregunto en voz baja.
Brent se mira los pies.
—Debe de ser whisky.
—Ya.
—Veamos si podemos encender el fuego —dice, y se dirige a la chimenea.
Supongo que soy tan capaz de encender un fuego como ellos, pero quiero preguntar a Heather por Brent, así que voy a la cocina.
El aroma a tomate y especias hace que me ruja el estómago. Heather mira qué hay en cada sartén y enciende los fogones.
—¿Qué hago? —pregunto.
No cocino. Trato de comer sano, pero, por lo general, todo es crudo, como ensaladas y cosas así, para no tener que meterme en la cocina.
Heather me entrega una cuchara de madera y señala el guiso.
—Ponte ahí y remuévelo.
Es un remolino de movimientos, girando y abriendo armarios en lo que parece un ballet de azar. ¿Cómo se mueve así con esos tacones que lleva? La última vez que me puse tacones fue cuando tenía siete u ocho años y jugaba a ser mayor. Me torcí el tobillo y no pude competir en el torneo de gimnasia de la escuela, así que juré que no volvería a ponérmelos.
Estoy desesperada por comer algo. Miro por encima de su hombro, en busca de un tentempié, pero en los armarios no hay nada excepto cosas básicas. Tampoco hay nada en la nevera. Tiene sentido. La llenarán el mes que viene, para prepararse de cara a la apertura de la estación de esquí.
—¿De qué trabajas ahora? —pregunto, e intento que mi tono parezca normal.
—Dale y yo somos agentes deportivos —explica—. Me saqué la carrera de Derecho y montamos nuestra propia agencia después de casarnos.
—Vaya, eso es impresionante.
La conversación llega a un punto muerto. Nunca supe de qué hablar con Heather. Casi no competía y yo tenía mucho más en común con Dale. Las mujeres como Heather me hacen sentir insegura. El pelo, el maquillaje, el esfuerzo por estar guapa a todas horas. Es justo como se supone que debe ser una mujer, al menos, según los estándares convencionales.
Yo no soy así. Más bien, soy una chiquilla vestida de chico que jamás ha crecido. Y sigo así. Aunque finjo que no me importa mi aspecto, en el fondo no es así. Sí que me importa. Pienso que, tal vez, a los hombres no les gusta que no sea femenina y coqueta. Y por eso sigo sin pareja.
Heather rebusca en la nevera. Nunca será buen momento para preguntarle si ha engañado a Dale, así que allá voy.
—Intento aclarar quién ha escrito las tarjetas. Y me preguntaba si lo que decía sobre Brent y tú…
Heather se endereza, con una lechuga en una mano y un pepino en la otra. Comprueba que no haya nadie en el pasillo y se gira hacia mí.
—¿Y qué te preguntabas exactamente? —inquiere, con un tono helado.
—¿Te acostaste con él?
Sus ojos relampaguean.
—¿Y tú, te acostaste con Dale?
—Por supuesto que no. —Pero sí que lo besé. Espero que no lo saquen a colación, porque no estoy orgullosa de eso—. ¿Y bien?
—No. —Pero rehúye mi mirada.
—No te creo —confieso.
Los chicos habrán encendido el fuego. El olor a madera quemada llega con más intensidad.
—Pues cree lo que te dé la gana. —Heather abre un armario de los de arriba y saca cinco platos.
—No te preocupes —digo—. Se lo preguntaré a Brent.
En silencio, sirve la comida en los platos y deja la lechuga y el pepino abandonados en la encimera. Es la segunda vez que presiento que miente. ¿Sobre qué más mentirá?
El olor a madera quemada me ahoga cuando saco los platos de la cocina. El restaurante es tal y como recordaba. Paneles de madera oscura, vigas a la vista, alfombras de piel de vaca y fotografías en blanco y negro. Las llamas destellan en la enorme chimenea de piedra. Encima de esta cuelga la cabeza disecada de un ciervo. Sobre la repisa, un reloj familiar marca las horas, amarillento a causa del paso del tiempo.
No hay mucha luz; procede de las lámparas que cuelgan sobre las mesas, muy cerca. Podría ser agradable, hasta íntimo, pero ahora hay demasiados recodos oscuros para mi gusto.
Brent y Dale están sentados charlando en la mesa más cercana al fuego. Dejo los platos, aliviada al ver que vuelven a llevarse bien. Dale también le está dando al whisky y hay una segunda botella de Jack Daniels al lado de la primera.
—¿Ya os habéis terminado una botella entera? —reprocho.
Brent sonríe.
—Barra libre. Ninguna queja.
Voy a buscar más vasos al bar y me sirvo otra copa, consciente de que no debería, y parpadeo entre el humo para observar a mi alrededor. Hay equipamiento de esquí antiguo colgado de las paredes a modo de decoración: gafas de glaciar vintage, crampones y un par de botas de esquiar muy gastadas.
Y una piqueta herrumbrosa. Los salvajes picos de Le Rocher lo convierten en un destino popular para los esquiadores en invierno. Toco la punta de metal. Sigue afilada, como si la hubieran colgado ayer.
Curtis se arrodilla frente al fuego y empuja la pila de troncos con el atizador.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Busco los teléfonos.
—Ya he mirado ahí —informa Dale.
Curtis sigue removiendo. El humo hace que me piquen los ojos.
Heather llega con el resto de los platos.
—Tengo que encontrar mi portátil.
—Deja de hablar del portátil —sisea Dale.
Heather siempre me ha parecido una mujer fuerte. Incluso entonces, parecía que llevaba los pantalones en la relación, pero, al parecer, el equilibrio de poder ha cambiado.
Me siento al lado de Brent. Las sillas están forradas con piel de oveja. Me gustaría ponérmela sobre las piernas como si fuera una manta, pero está fijada a la silla.
—¿Qué opinas del cuádruple tirabuzón de Billy Morgan? —pregunta Brent mientras comemos.
—¿El Quad Cork 1800? Lo vi en YouTube —digo, agradecida de que haga un esfuerzo por mantener una conversación ligera.
Dale asiente.
—Y ahora un tipo japonés ha logrado hacer un Quad Cork 1980 por primera vez.
—Eso es increíble —comento—. ¿Hace cinco rotaciones completas?
—Cinco y media —corrige Dale—. El snowboard ha avanzado mucho.
Heather comprueba el reloj como si contara los minutos que faltan para irse de aquí y Curtis sigue vigilante. Pero yo, con el guiso y el alcohol calentándome el estómago y las llamas acariciando mi rostro, empiezo a relajarme.
—¿Puedes creer que saltásemos sin cascos? —recuerda Brent.
—Yo no lo hacía —replica Curtis.
—Menudos saltos nos marcamos —dice Brent—. Tuvimos suerte.
Pero algunos de nosotros no tuvimos tanta suerte. Intento no pensar en ello. De todos modos, un casco no impide que te rompas el cuello.
—¿Viste al tipo noruego que hizo una pirueta hacia atrás de cinco cuarenta? —pregunta Dale.
—No, ¿qué es? —respondo.
Dale era el maestro del estilo y me encantaba hablar de piruetas y trucos de ejecución con él.
Deja su vaso en la mesa.
—Es como un siete veinte y, luego, haces marcha atrás. Imagina que ralentizaras la pirueta en mitad del salto y fueras hacia atrás. Es jodidamente difícil. Inténtalo y lo comprobarás. —Pone la silla en una mesa cercana y se sube encima.
Me encantan estos tipos. Cuando salgo con mis compañeros del gimnasio, hablamos de Netflix. A estos quizá no los veo desde hace diez años, pero todavía tengo más en común con ellos que con cualquier otro.
En un deporte, nunca te haces profesional por dinero, especialmente en una disciplina de alto riesgo como la nuestra. Nunca te harás rico practicando estilo libre de snowboard, a menos que seas Shaun White. No, lo haces porque te apasiona. Porque quieres pasar cada minuto de tu vida haciéndolo, pensando en ello y soñando con ello. Nosotros ya no somos profesionales, pero no hemos perdido ni un ápice de la pasión que sentíamos.
Dale salta de la silla y gira en sentido opuesto cuando se deja caer.
—No —lo corrige Curtis—. Tienes que tirar marcha atrás ciento ochenta grados completos o, si no, solo es una media pirueta.
Dale lo mira con rabia.
—Probemos —propone Brent, que se sube a la mesa y salta.
Una chispa se enciende en mi interior. Me pongo en pie.
—Me toca a mí.
Heather entorna los ojos, pero me siento como si tuviera veinte años de nuevo. La silla tiembla cuando me subo. Salto en el aire. Uf. Aterrizo mal. Llevo años sin saltar de nada más alto que un StairMaster.
—No tenemos suficiente recorrido —alega Dale, y su mirada se posa en un pedazo de tronco cortado para hacer la función de mesa. Levanta una mesa pequeña y la coloca encima; luego, sitúa una silla en lo alto. La estructura se tambalea peligrosamente cuando se sube encima. Brent la agarra justo a tiempo. Dale salta, se da contra la mesa y cae directo al suelo.
—Basta —dice Curtis—. Dejémonos de tonterías.
Dale se levanta y se frota el hombro.
—¿Qué problema tienes?
—Pues que alguien me ha robado el móvil y el ordenador.
—Anímate.
Curtis se inclina sobre la mesa.
—Devuélveme las cosas y lo haré.
Dale y él se miran fijamente. Reparo en que el vaso de whisky al lado del plato de Curtis está vacío. No me había dado cuenta de que estaba bebiendo.
—No has cambiado nada, ¿eh? —comenta Dale—. Aburrido como el que más. Sabía que no deberíamos haber venido.
—¿Por qué lo has hecho, entonces? —replica Curtis.
Dale señala a Heather con la cabeza.
—Ella quería venir.
¿En serio? Miro a Heather. ¿Por qué querría hacerlo? Siempre tuve la impresión de que odiaba este sitio.
—Y para contestar a tu pregunta anterior —aclara Dale—, no, no me acosté con la hija de puta de tu hermana.
Curtis se pone en pie.
—Solo una persona tiene derecho a hablar mal de mi hermana y ese soy yo. Pero no lo hago porque, a diferencia de ti, soy respetuoso.
Hay un silencio tenso.
El ambiente cambia con tanta facilidad como las condiciones meteorológicas.
10
Hace diez años
Brent y Curtis están sentados frente a mí en la cabina del teleférico. El viento sopla con fuerza y nuestra burbuja se balancea de lado a lado. Gruño y me agarro el estómago.
—No te atrevas a vomitar sobre mis pantalones de snowboard nuevos —me advierte Brent, con su marcado acento de Londres.
—Sí, tienes que vigilar tus pantalones cuando Milla está cerca —bromea Curtis—. Ayer me rompió los míos.
Compruebo la parte inferior de los pantalones que lleva Curtis. No hay desgarrón. Son nuevos. Ahora que la presión de la competición ha desaparecido, Curtis y Brent son todo sonrisas. Y tienen motivos para ello. Curtis ha quedado tercero y Brent, quinto. Un buen resultado para los chicos británicos.
Otra ráfaga de viento sacude la cabina y mi estómago da un vuelco. La peste a tabaco tampoco ayuda. Quien haya viajado en la cabina antes que nosotros se ha saltado la prohibición de fumar a la torera.
He subido para ejecutar unos saltos y dar rienda suelta a mi ira, pero lo cierto es que me alegro de que hayan subido conmigo, porque así no me devano los sesos pensando en el día tan desastroso que he tenido. Cuando Curtis clava sus ojos azules en mí, es difícil pensar en otra cosa.
—Creía que estaríais abajo, celebrándolo —digo.
—Siempre doy un par de saltos más después de una competición, para bajar la adrenalina. —Curtis mira a Brent de reojo—. Y a Brent lo perseguía una chica suiza de anoche. Tenía que salir por piernas.
Sonrío y miro las tablas apoyadas contra la ventana. La de Brent está recubierta con todas las marcas de sus patrocinadores y apenas veo qué modelo es. Burton no sé qué. El modelo profesional de Shaun White, supongo. Si Brent sigue ejecutando sus saltos como lo ha hecho hoy, es posible que el año que viene los de Burton saquen el modelo Brent Bakshi.
Señalo una pegatina de Smash.
—¿De verdad bebes esa mierda?
—¿Por qué? ¿Quieres una? —Brent rebusca en su mochila y saca una lata naranja resplandeciente, la abre y me la tiende.
—No —respondo—. Bueno, de hecho, sí. Jamás la he probado. —Tomo un sorbo—. Ugh. Sabe a enjuague bucal. —Se la devuelvo—. Dicen que tiene la misma cantidad de cafeína que tres cafés.
—Cinco —corrige Brent, y se pone en pie. Su pelo negro toca el techo de la cabina. El frío entra cuando abre la ventana y vacía la lata por el agujero.
—¿Qué haces? —le reprocho—. Las marmotas no podrán hibernar este año.
—No lo soporto. —Brent cierra la ventana y mete la lata vacía dentro de la mochila—. No se lo digas a nadie, porque son ellos los que me pagan la temporada.
Me gusta Brent. Me recuerda a uno de los amigos de mi hermano, Barnsey.
—¿Te pagan más que Burton? —pregunto.
—Me pagan más que todos los demás patrocinadores juntos.
—¿En serio? —Pero tiene sentido. Brent es el chico que va a por todas. Es el modelo perfecto para una bebida energética.
—Cuando me dijeron lo que me pagarían, les aseguré que me tatuaría el nombre de la bebida en el culo.
—¡No lo dices en serio!
Brent se levanta la chaqueta y agarra la cintura de sus pantalones como si fuera a bajárselos.
—¿Quieres verlo?
No estoy segura de si bromea o no y miro a Curtis.
Este levanta las manos en el aire.
—A mí no me mires. ¿Por qué piensas que le he visto el trasero?
Brent se ríe y se sienta de nuevo. Tiene la confianza descarada que viene con ser excepcionalmente bueno en un deporte, y no uno cualquiera, sino uno en el que hay que volar por los aires hasta lo más alto. Pero es divertido. Por no mencionar que, además, es atractivo, con una sonrisa fácil e increíbles ojos oscuros.
Lo he visto en una entrevista esta mañana en la televisión, antes de venir aquí. La presentadora, Anna no sé qué, una mujer guapa de unos cuarenta años, le ha preguntado qué músculos había que trabajar para practicar snowboard. Casi todos, ha respondido. Ella le ha convencido para que se quitara la camisa, así que Brent lo ha hecho; la mujer no podía parar de tocarlo. El presentador masculino casi ha tenido que llevársela a rastras.
Ha sido un ejemplo hilarante de sexismo a la inversa. Si uno intercambiase los géneros, con un presentador hombre y una atleta mujer, habría generado una polémica a nivel nacional. Pero en la entrevista, la mitad del público se ha reído de ella y la otra mitad se ha vuelto igual de loca por Brent como ella. Brent se ha sentado tan tranquilo a disfrutar del espectáculo.
Y sí, esos pectorales suyos. Ya, lo entiendo. Pero no me afecta, no como Curtis.
Me agarro al asiento cuando la cabina se balancea de nuevo. La burbuja disminuye la velocidad al llegar a su destino.
—¿Sabes que Dale me ha pedido un smash esta mañana? —dice Brent a Curtis.
—¿Ah, sí? —se sorprende Curtis.
—Anoche se marchó a casa con la camarera.
—¿Con quién, con Heather?
—No sé cómo se llama.
—Pelo negro.
—Sí.
—Vive con mi hermana —comenta Curtis—. Así que lo dejó seco, ¿eh? Bueno, eso seguro que te ha ayudado.
Los dos se ríen.
—¿En qué posición ha quedado Dale? —pregunto.
—Séptimo —indica Curtis.
La dinámica entre Brent y Curtis me interesa. Son rivales, pero también amigos. Curtis es mayor, tendrá veinticuatro o veinticinco años, demasiado para ser un deportista profesional de snowboard. Los chavales que ganan competiciones hoy en día a veces solo tienen quince años y lo cierto es que muy pocos compiten pasados los veintitantos. Los huesos jóvenes y blandos no se rompen con tanta facilidad. Es posible que Curtis se sienta amenazado por el vertiginoso ascenso de Brent.
Me abalanzo hacia delante cuando la burbuja se detiene con brusquedad. Mierda. Solo estamos a mitad de recorrido de la empinada montaña.
—Dicen que, una vez, un esquiador se tiró de esos peñascos —comenta Curtis.
Miro la cara de la montaña, de pura roca.
—¿En serio? ¿Tú lo harías?
—No sin paracaídas.
Se oye un crujido en los altavoces y el locutor hace un anuncio en francés.
—¿Qué ha dicho? —pregunta Brent.
—¡Agarraos, agarraos! —grito.
Curtis se ríe.
—Qué mala eres, Milla.
—En serio, ¿qué ha dicho? —insiste Brent.
—No lo sé —confieso—. No sé mucho francés.
—Tienen un problema técnico —explica Curtis—. Y lamentan el retraso.
Brent suelta un exabrupto.
—¿Alguien tiene comida?
Busco en mi mochila y saco una barrita de muesli.
—Tengo esto.
—Genial.
La burbuja se balancea de lado a lado como si estuviéramos en una feria. Una corriente helada entra por la ventana abierta. Aprieto las rodillas contra el pecho.
—Aquí nos vamos a congelar.
Curtis se cambia de sitio para sentarse a mi lado. Al cabo de un momento, Brent hace lo mismo, así que estoy apretujada entre los dos. Es bastante íntimo y creo que no soy la única que se da cuenta, porque se hace un silencio.
El crepúsculo tiñe la nieve de un color dorado. La nieve fresca más arriba sigue las líneas ondulantes de mil descensos. Debería preguntarles cosas acerca de los trucos que emplean para saltar, pero no puedo pensar en nada excepto en la presión del muslo de Curtis contra el mío.
Me mira de nuevo.
—¿Mejor?
—Sí. —Tengo que salir de aquí. No aguantaré si me sigue mirando así. Lo último que quiero este invierno es una distracción.
El locutor vuelve a hablar por los altavoces.
—¿En serio? —se queja Curtis—. El viento ha activado el cierre automático del sistema. Van a evacuar las cabinas de una en una. Mejor poneos cómodos. Estaremos aquí un buen rato.
Se oye el zumbido de un helicóptero sobre nuestras cabezas. Estiramos los cuellos para verlo. Se pasea por encima de una de las burbujas que está más abajo en la pendiente. Un hombre desciende por una cuerda. Me soplo los dedos. Esto tardará un siglo.
—¿Quieres mi chaqueta? —pregunta Curtis.
—No, gracias —respondo.
—¿Y la mía? —dice Brent.
Capto la mirada furibunda de Curtis a Brent. «No te pases».
—No. ¿Alguno de los dos quiere la mía? Bien, porque no tengo intención de prestarla.
Los tres nos reímos y la tensión se rompe. Dejan de flirtear y volvemos a hablar de snowboard. De lugares donde hemos competido, de los días buenos y malos; del récord de Terje Hakonsen de 9,8 metros en el aire en el Reto Ártico. El cielo se transforma y pasa de rosa a púrpura y a azul marino.
—¿Cómo os conocisteis vosotros dos? —pregunto.
—En el Open Burton de Estados Unidos, hace unos años —explica Curtis—. Alquilamos un apartamento juntos durante la última temporada.
—Con su hermana —añade Brent.
Curtis y él cruzan una mirada. ¿De qué va esto? Pero ahora no quiero pensar en ella. Simplemente me alegro de haber quedado atrapada en la burbuja con estos dos y no con ella.
Otro anuncio por los altavoces.
—Falta poco —informa Curtis.
—¿Hablas bien francés?
—Yo no diría eso.
—También habla alemán —añade Brent—. Si hubiera sabido que me iba a dedicar a esto, me habría esforzado más en las clases de idiomas en la escuela.
—Yo igual —convengo—. Pasé toda una temporada en Suiza el año pasado, en Laax, y solo sabía decir dos frases en alemán.
—¿Y cuáles eran? —se interesa Curtis.
Intento hablar con mi mejor acento alemán.
—«Ich verstehe nicht». —La mirada de Brent denota que no lo pilla—. Quiere decir que no lo entiendo.
—¿Y la otra? —pregunta Curtis.
—«Wo ist der Krankenhaus?». Dónde está el hospital.
Curtis se ríe.
—Buena elección. De hecho, se dice «das Krankenhaus».
Finjo que le doy un puñetazo en las costillas.
Se oye un ruido persistente por encima de la burbuja y se proyectan luces sobre la cabina.
—Ha llegado el helicóptero —anuncia Brent.
Una figura entre sombras desciende con una cuerda. Nos apartamos cuando el hombre fuerza la puerta de nuestra cabina y se planta dentro. Dice algo en francés.
—¿Quién va primero? —dice Curtis.
Levanto la mano.
—¡Yo!
Siempre tengo esta necesidad absurda de demostrar que puedo con todo. Que no tengo miedo. La culpa es de mi hermano. Jake y sus amigos se lanzaban a hacer un montón de locuras en los bosques cercanos a nuestra casa y la única manera de que me dejaran ir con ellos era que me comportara como la más aguerrida de todos. «Venga, Milla. ¿A que no te atreves?» Me rompí varios huesos al intentar seguir su ritmo. Jamás me negaba ante un reto, y sigo igual. Es un hábito. Milla la Atrevida. Es lo que espera la gente.
El hombre me engancha al arnés de seguridad.
—No ze preocupe, zeñorita.
—No lo estoy —aseguro—. Siempre he querido hacer algo así.
Me mira con curiosidad y Curtis y Brent se ríen a mandíbula batiente.
—Ánimo, Milla —dice Brent cuando empiezo el descenso.
De hecho, estoy muy lejos de estar tranquila. Las rocas a nuestros pies parecen muy escarpadas. «Venga, aguanta». Paso a paso, desciendo por la fachada del precipicio, atada a la cuerda. El viento me azota y me empuja. «Vaya». Me agarro a la cuerda con una mano y estiro la otra justo cuando me balanceo contra la pared de roca. Espero a que pase la ráfaga helada y sigo bajando.
Diez metros más. Por fin la pendiente se aplana y mis botas se hunden en la nieve.
Un Snowcat ha zigzagueado y ha cubierto la corta distancia al pie del glaciar para iluminar la zona donde aterrizamos. Me protejo los ojos del brillo de sus faros.
Y Saskia emerge de entre las sombras como un fantasma.
Me sorprende tanto verla que casi choco de espaldas contra las rocas puntiagudas.
—¿De dónde sales? —suelto.
Con la cabeza, señala una burbuja más allá de la nuestra. Su expresión es de triunfo y, de repente, lo entiendo. Me ha visto arrastrarme hasta aquí y me ha seguido para restregarme su victoria.
Aprieto las manos a ambos lados para contener las ganas de empujarla precipicio abajo.
11
En la actualidad
—¿Sabes qué? —suelta Dale—. Me alegro de que tu hermana esté muerta.
Los puños de Curtis salen disparados e impactan contra la mandíbula de Dale, que se cae hacia atrás y se lleva las manos a la cara.
No es un puñetazo demasiado fuerte, porque estoy segura de que podría haber sido peor si Curtis hubiera querido, pero, aun así, me quedo boquiabierta. Por lo general, Curtis es el señor Control, aunque hubo ocasiones en aquel invierno cuando lo vi perder los estribos, y siempre era por su hermana. El Superman del snowboarding británico y su kriptonita.
Dale se recompone, se abalanza sobre Curtis y lo golpea contra una mesa.
Las cosas se pusieron feas entre Dale y Curtis la noche antes de que Saskia desapareciera, pero, hasta donde yo sé, Heather y Saskia fueron quienes lo empezaron todo. Curtis y Dale se vieron arrastrados, nada más. Imagino que después de eso, no volvieron a verse, como yo, y su amistad jamás lo superó.
Brent y yo intervenimos. Los puños vuelan y el pobre Brent recibe un golpe que lo deja sin aliento. Intento detener a Curtis y lo atenazo por el cuello de nuevo, pero ya ha aprendido el truco. Heather permanece en un rincón, con las manos sobre la cara.
—¿Cómo sabes que está muerta? —cuestiona Curtis—. ¿La mataste tú?
Por cómo mira a Dale, parece que lo considera una posibilidad.
Una carga familiar se apodera de mí.
«No fue Dale. Fui yo. Yo la maté».
Quería ganar a toda costa y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa. Durante estos últimos diez años, he repetido en mi cabeza una y otra vez lo que sucedió y siempre llego a la misma conclusión: murió por mi culpa.
Y lo que me provoca náuseas es que si volviera a pasar por la misma situación, no sé si actuaría de forma distinta.
Dale choca conmigo y me devuelve al presente. Me tambaleo hacia un lado, caigo encima de una mesa y él sobre mí. Estoy mareada a causa del whisky y tardo en reaccionar. Brent agarra a Dale de la capucha de la chaqueta y se oye un desgarrón.
Dale maldice y empuja a Brent contra la chimenea.
—Vale, te lo voy a preguntar: ¿te acostaste con mi mujer?
Es posible que Dale haya perdido su aspecto de vikingo, pero sigue actuando como si lo fuera. Contengo la respiración. «Di que no, Brent, aunque lo hicieras, o te aplastará».
—No —contesta Brent.
Dale lo mira fijamente y se gira hacia Curtis.
—En cuanto a ti, tu hermana estaba fuera de control. ¿Sabes qué pienso? Que tú la mataste. Admítelo. Estabas hasta las narices de ella, igual que todos nosotros.
Curtis lanza otro puñetazo. Dale lo esquiva y la mano de Curtis le roza el hombro. Tiene dos pequeños círculos rojos en las mejillas. Jamás lo he visto tan alterado como ahora.
Su furia me hace pensar. Tal vez la muerte de Saskia no fue culpa mía, después de todo. ¿La golpeó él? ¿Fue así como murió? Es difícil de imaginar, porque era muy protector con ella, pero, quizá, perdió el control. Todo el mundo tiene un límite. Incluso Curtis.
Curtis y Dale siguen esquivándose y peleando. Las sillas y los vasos se estrellan contra el suelo.
Heather se sujeta la cabeza con las manos.
—¡Basta!
Brent pone la mano en el hombro de Dale.
—Tranquilízate.
Y Dale le da un puñetazo en el estómago. Esto está degenerando en una pelea de bar, y recuerdo a la perfección lo que pasó la última vez que estos tipos se pelearon.
Tengo que detenerlos antes de que vaya a más, pero ¿qué hago? Tampoco es que podamos llamar a la policía.
Curtis se acerca a Dale. Espero que no me ataque y me interpongo.
—Basta.
El cuerpo de Curtis se balancea contra el mío.
—Ese jueguecito para romper el hielo —aventuro—. Parece que alguien intente que nos peleemos. No le demos esa satisfacción.
Curtis aprieta la mandíbula. Sus ojos destellan con furia. El duelo dura unos breves y tensos segundos hasta que asiente, con reticencia. Se deja caer en una silla sin desviar la mirada de Dale. Entre murmullos, Dale hace lo mismo. Brent y yo también nos sentamos. Nos arreglamos la ropa y recuperamos el aliento.
—Tenemos que averiguar quién ha escrito todo eso en las tarjetas —afirmo—. Porque quienquiera que fuera nos conoce a todos. De verdad.
—Un momento… —Brent se pone a la defensiva.
—No digo que todo sea cierto —aclaro—. Quería decir…
Curtis interviene.
—Tiene razón. Creo que solo hay siete personas que podrían haberlo hecho. Una ha perdido el uso de sus piernas y brazos; otra lleva diez años desaparecida y acaban de declararla legalmente muerta. Eso nos deja con cinco.
Sus palabras flotan en el aire. Hay miradas llenas de nerviosismo.
—¿Se sabe algo de Odette? —pregunta Dale.
Bajo la mesa, me clavo las uñas en los muslos tan profundamente como puedo. Dale me mira, así que sacudo la cabeza. Nunca la he buscado por internet; así puedo decirme a mí misma que es posible que, por un milagro, se recuperara. O que, al menos, sintiera sus miembros de nuevo. Porque si no…
—Yo hablé con ella la semana pasada, por FaceTime —comenta Curtis.
Levanto la cabeza con brusquedad.
—¿Sigues en contacto con ella?
—Apenas. Desde que nos fuimos de aquí, solo he hablado con ella una o dos veces.
—Me dijo que la dejara en paz —confieso—. No quería verme nunca más.
—No es personal —explica Curtis—. A mí también me lo dijo. Dejé pasar un tiempo antes de llamarla.
Me preparo.
—¿Cómo está?
La tristeza en su mirada me dice todo lo que necesito saber.
—Sigue postrada. Puede mover los brazos, aunque no mucho. Pensé en ir a verla antes o después de la reunión, en función de donde estuviera, pero dijo que no tenía ganas.
Heather se pone en pie.
—¿Por qué nos quedamos aquí sentados? Quiero salir.
Mira a Dale como si este pudiera transportarla por arte de magia más allá de los quince kilómetros de hielo y roca que nos separan del pie de la montaña, en plena oscuridad.
—Esta noche no vamos a ninguna parte —replica él—. Tenemos que esperar a que se haga de día.
Heather nos mira para que lo confirmemos.
—Créeme —asegura Curtis—. Si hubiera alguna manera de marcharse, yo ya no estaría aquí.
Intervengo:
—Es demasiado peligroso salir mientras esté oscuro. La montaña está llena de grietas.
Muy a su pesar, Heather toma asiento de nuevo. Se hace el silencio. Brent se termina el whisky que tenía en el vaso. Recojo una botella de cerveza que ha caído al suelo. También se ha derramado sobre la mesa, pero ya me preocuparé de eso más tarde.
Heather toma la mano de Dale con tanta fuerza que sus nudillos se vuelven blancos.
—¿Por qué haría alguien algo así?
Nadie parece dispuesto a responder lo obvio.
—Tiene que ver con Saskia, ¿verdad? —digo, luchando por mantener la voz tranquila—. Alguien piensa que uno de nosotros la mató. Quizá no lo sabe a ciencia cierta, porque, de lo contrario, iría a la policía, pero sospecha y, por eso, nos ha traído hasta aquí. Para descubrir al asesino.
Espero que la culpa no esté pintada en mi rostro.
«No pasa nada. Nadie sabe lo que hiciste».
No sé qué me da más miedo: la perspectiva de que me descubran o la posibilidad de que Saskia no muriera como yo imaginaba, sino a manos de una de las cuatro personas que están aquí conmigo.
Por cómo nos miramos los unos a los otros, parece que todos los demás se preguntan lo mismo:
«¿Mataste a Saskia?».
Excepto, por supuesto, si uno de ellos es la persona que la asesinó.
Curtis carraspea:
—Mirad, ni siquiera sabemos si mi hermana está muerta o no.
Dale masculla algo.
Curtis salta:
—¿Qué has dicho?
Mierda, otra vez no.
—Dejémoslo aquí —propongo, mientras Curtis da la vuelta a la mesa en dirección a Dale—. Es tarde y todos estamos nerviosos. Hablaremos largo y tendido mañana por la mañana.
Brent se interpone entre Curtis y Dale.
—Vamos a dormir, amigo.
Curtis mira a Dale. Luego, gira sobre sus talones, agarra las bolsas y sale en tromba del restaurante. Algo acerca de la caída de sus hombros me hiere. Parece como si, de nuevo, estuviera roto. Miro a Brent, nerviosa por dejarlo a solas con Dale, cojo mi bolsa y sigo a Curtis.
—¿Cuántos dormitorios hay abiertos? —pregunto. Curtis empuja una doble puerta.
—No me acuerdo.
Quiero que se apague la luz, pero Curtis presiona todos los interruptores y permanece encendida.
—No me apetece compartir habitación con Heather —reconozco.
Cuento los dormitorios mientras Curtis sigue abriendo puertas.
—Uno, dos. —El armario con la ropa de cama—. Tres, cuatro. Genial. Heather y Dale pueden compartir uno.
Curtis empuja la última puerta con el pie.
—¿Quieres este?
—Gracias —digo, y arrastro mi bolsa al interior.
Se queda en el umbral. Tiene una marca roja en la sien.
—Necesitas ponerte hielo —recomiendo.
Curtis chasquea la lengua e inspecciona sus nudillos. Están enrojecidos.
—¿También te has hecho daño en la mano?
—Estoy bien. —Descansa la cabeza contra la puerta.
—¿De verdad?
—Sí.
Lo observo mientras inspira profundamente.
—¿Soy yo o Dale ha cambiado? —pregunta.
—Parece bastante tenso. —«Como tú», podría añadir, pero no lo hago. Cambio de tema—. ¿Por dónde paras estos días?
—Londres, pero viajo mucho. ¿Y tú?
—Sigo en Sheffield.
Se yergue.
—Buenas noches, Milla. Estaré en la habitación de al lado. Como en los viejos tiempos.
Siento una punzada en el pecho. No es exactamente arrepentimiento, sino más bien una especie de nostalgia de lo que pudo ser.
Lo sigo hasta el pasillo. Quizá no sea el mejor momento para preguntárselo, pero necesito saberlo.
—¿Sales con alguien?
Trato de que suene casual, pero no lo parece en absoluto. ¿Se habrá dado cuenta? Se gira despacio y observo su cara, pero sus ojos azules son tan impenetrables como siempre. Creo que es una de las cosas que me atrajo de él, junto con el muro que puso entre los dos cuando Brent y yo estuvimos juntos. Me fascinaba. Todavía lo hace.
—Rompí con alguien hará unos meses. ¿Silvi Asplund? —Lo pronuncia como si tuviera que reconocer el nombre.
—Ya no sigo las clasificaciones.
—Es noruega. Su estilo era big air. —Curtis se apoya en la pared—. Salimos durante unos años, pero no era nada serio. No es fácil convivir con exatletas.
—Qué me vas a contar —concuerdo—. Sobre todo con los que fracasan.
Su expresión se suaviza.
—Tú no fracasaste.
Arqueo las cejas.
—Aquel invierno te esforzaste más que nadie, Milla.
—No es verdad.
—No hablo sobre lo que podías hacer. Me refiero a los riesgos que corriste.
—Todos nos arriesgamos —señalo.
—Sí, pero llevaba años practicando las piruetas que hacía. Y Saskia y Brent, igual. Las habíamos probado en trampolines y, luego, sobre colchonetas de aire en los campamentos de verano. Tú las probabas sobre el hielo.
No me lo había planteado así. Solo veía que era la peor atleta del grupo y siempre trataba de estar a la altura de los demás.
—¿Por qué lo dejaste? —pregunta.
Hay una respuesta sencilla a esa pregunta. Por lo de tu hermana. Y por Odette también, claro. Pero, sobre todo, por su hermana.
—Hice cosas que no debería haber hecho. —Trago saliva—. Y me equivoqué muchas veces.
Muchas.
Curtis me observa con intensidad y, de repente, pienso en un error en concreto, una decisión que tomé en este mismo pasillo hace diez años. La elección entre seguir con mi sueño de convertirme en una deportista profesional del snowboard o rendirme a una atracción que se convertiría en una distracción para mi carrera.
Me pregunto si adivina en qué pienso. Separa los labios, pero las dobles puertas se abren y los demás aparecen, acarreando sus bolsas. Brent nos mira con curiosidad y se mete en uno de los dormitorios. Detrás de Heather y Dale, la puerta se cierra en el dormitorio adyacente.
Estoy a punto de entrar en el mío cuando Curtis murmura:
—¿Sabes que jamás encontraron el cuerpo de mi hermana?
Me giro para mirarlo.
Vacila.
—Quizá esté loco, pero me ha parecido oler el perfume de Saskia cuando he abierto esa taquilla. Y también en el pasillo.
Se me pone la piel de gallina. Recuerdo la intensa fragancia de vainilla.
—Yo también lo he notado —musito con voz débil—. Pensaba que era el perfume de Heather.
Mira hacia el pasillo y baja la voz todavía más.
—Siempre he tenido mis dudas acerca de lo que pasó. En los registros de su tarjeta de crédito aparecieron muchas transacciones después de que desapareciera.
Pulsuz fraqment bitdi.