Kitabı oxu: «De santos y milagros»

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ÁLVARO CUNQUEIRO

ÁLVARO CUNQUEIRO

DE SANTOS Y MILAGROS

Selección e introducción de

Xosé Antonio López Silva

Prólogo de

César Antonio Molina

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL


© Fundación Banco Santander, 2012

© De la introducción, Xosé Antonio López Silva

© Del prólogo, César Antonio Molina

© Herederos de Álvaro Cunqueiro

Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

ISBN: 978-84-16950-39-3

ÍNDICE

1  La melancolía de la ficción, por César Antonio MolinaÁlvaro Cunqueiro, su obra vital y literaria, por Xosé Antonio López SilvaCriterios de ediciónBibliografía

2  DE SANTOS Y MILAGROSEl destino del hombreHoras del cristianoLetra del glorioso patriarca San JoséLa Resurrección del SeñorVersiones del mes y día de San JuanA la romería de CompostelaLa emperatriz y el santoAlemania y el Camino de SantiagoDom Salvado el fundador, o Un misionero gallego en AustraliaSan Osvaldo, apóstol de InglaterraSan Pedro ClaverLa ardiente prisa de Sor TeresaBeato Juan Gabriel PerboyreSan Leandro, apóstol de los godosSeu Cosme, rey de los GouBeato Raimundo Lulio, doctor iluminadoLa campana, el león y el balónRelato de San Metodio, apóstol de los eslavosHistoria de la burla del becerroAgustín, apóstol de InglaterraEl fraile que pintaba abanicos para el emperador de la ChinaMártires en UgandaSanta Olga de KievDe la calle de Velázquez al río EyoLos cinco demonios de Wupei. Cuento chino vuelto al castellano por Álvaro CunqueiroNuestra Señora de la MercedLos ojos ante el milagroEl fuego. Atum cuenta. Leyenda negra adaptada al castellanoLa manzana de CeashLas extrañas mercancíasViaje matinal del señor CarlomagnoPor la canonización de Enrique IVLa condesa CatalinaLa descendencia de la burra de BalaamLos sabios de Saint-EmilionUn traje de seda por San AndrésCamino de BelénLos criados de HerodesEl tema de un sermónLa sobrina de MelchorDe San ExpeditoArtes suasoriasSan PatricioLa moneda ensangrentadaEn Emaús, anocheciendoVanas cenizas al vientoDonde fue un molino de vientoPeregrinos de antañoAlgunos milagrosAdiós a San JosafatSan Cosme no MonteFroilán con su loboEl monje de MostarTambién se fue San MiguelSantos Crispín y CrispinianoMañana es San MartínLa edad de MaríaLos Reyes en BelénSan Maidhum el MenorLos veintisiete de San PatricioLa ceniza de RomaDe lenguas y otrosLonginos y su lanzaLa túnica inconsútilSan Jorge a la jinetaSantiago en ClavijoSan Malaquías, profetaLa capa de San MaelHuberto, patrón de cazadoresÚrsula y las Once MilMañana es San MartínDe Santa BárbaraTreinta y tres díasLa degollinaLa Copa de NanteosMilagro en CupertinoGendalón, alma de golondrinaEl alegre FranciscoSan Valentín y los amoresDesde Olaf a VolckaertLa confusión de lenguasEl perro del ermitaño silvestreEl hombre rico de ArimateaParsifal entre los alcapudresSan Jorge mató el dragónLos papeles del barón DunsanySan Antonio, taumaturgoLa gran mañanaSan Pedro y Santa IsabelCristóbal de LiciaSan Nicolás y las navesSantiago peregrinoEl Perdón de los Siete DurmientesMilagros de GuidodiéSan Lorenzo y la DemandaImagen de Roque peregrinoEl fantasma de Kastell GwingwamEl zorro, el unicornio y OgSan Cipriano y los tesorosContando milagrosPeregrinos y demoniosLa leyenda de Santa BárbaraMatutino y VespertinoBeppo puso el marEn Belén, en la nocheBrandán sale al marAlix borda árboles del ParaísoEl Fénix en BóvedaLa visita a CelestinoEn el Vado de los FrancosEl ciervo de San RonanJorge, megalomártirLos santos del 31San Ginés, sobrino de CarlomagnoDe niños prodigiosCosas que pasanEl viaje a EunateD. Alfonso, creedorLa sobrina del rey MelchorNombres de santosPeregrinos bretonesPor aquel caminoDe canonizacionesNoche de San JuanCristobalónDe cosechas y de estrellasCuando el niño nace en una islaEl sueño de los Reyes MagosEnigmas de Tecla y tortilla de JorgeCanonizando reyesLos santos que no huboEl Apóstol SantiagoDel Beato Jordán y de otrosLas multiplicacionesMás de voladores y de levitantesDe San Patricio, Sartre y otrosLa isla de San BrendanLas difíciles canonizacionesPor San Blas, la cigüeña verásMundo variadoUna vozEntre Santa Rosalía y los padrinosGalicia bizantinaEl curador Cosme

CÉSAR ANTONIO MOLINA

LA MELANCOLÍA DE LA FICCIÓN

«NADIE FUE MÁS HÁBIL en huir de las prisiones de su tiempo», nos dice Álvaro Cunqueiro que le comentó su gran amigo y mentor Rafael Sánchez Mazas al hablarle de Fanto Fantini. Un homenaje a quien tanto lo protegió y con quien compartía su amor por Italia y, sobre todo, por la Italia del Renacimiento donde se desarrollan las historias asombrosas de la Vida y fugas de Fanto Fantini de la Gherardesca (1972). Sánchez Mazas era un magnífico escritor que, durante los años anteriores a nuestra guerra civil, fue el corresponsal en Roma del periódico ABC. Sus crónicas no sólo eran de carácter político, sino que muchas de ellas eran viajeras, literarias y ensalzadoras del gran patrimonio arqueológico, arquitectónico y artístico de aquel país tan próximo al nuestro.

A través de esta frase que el autor del relato atribuye a su amigo, «nadie fue más hábil en huir de las prisiones de su tiempo», Cunqueiro también se está definiendo a sí mismo. El escritor gallego, mediante la creación literaria, huyó de las prisiones de la vida, de las prisiones de su tiempo. ¿Cuáles eran? Las materiales lo persiguieron tenazmente durante algún tiempo y lo condujeron a un exilio extraordinariamente creador en su pequeña ciudad natal de Mondoñedo. Pero siempre las más penosas fueron las espirituales. A Cunqueiro no le gustaba el tiempo en que le había tocado vivir, demasiado moderno, demasiado materialista, demasiado tomado por los medios audiovisuales de comunicación de masas. Él era, sobre todas las cosas, un narrador oral, un contador de historias con una memoria apabullante. Memoria verdadera o, por lo general, memoria fingida, inventada, creadora de ficciones sin fin. De ahí que muchas de sus «novelas» acaben abruptamente. El relato oral es siempre inacabado, indefinido, queda pendiente de ser retomado en lugares o tiempos distintos. A Cunqueiro, como a su personaje Paulos Expectante de El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes (1974), muchas veces le pasa que «sí sabía comenzar las historias, de cuya maraña no salía». Cunqueiro disfrutaba en medio de esa maraña a la que los editores ponían coto apremiándole las entregas. ¿Para qué acabar las historias? Historias surgidas de su experiencia personal, de su rico entorno imaginativo pero, la mayoría de las veces, procedentes de la propia literatura. Cunqueiro fue un maestro de lo metaliterario, de la interpolación, de lo ácrono. Sus personajes surgen del mundo grecorromano medieval o renacentista, pero se mueven ya por geografías distintas y diferentes que, en muchos casos, son coincidentes con la nativa de su resurrector. Argos, Tebas, Corinto, Venecia, Damasco o Bagdad acaban siendo todas Mondoñedo. Le ceden su exotismo a esta última, que las abarca en una nueva, semejante y diferente a la vez. «El país a donde viajé tiene forma de palma de mano, con sus colinas, y las rayas son ríos. Yo entré en él por el que llamaremos dedo índice, considerando que puesto en mapa, de norte a sur, el país es la mano izquierda. En la tercera colina del índice, antes de llegar a la palma, hay un bosque de alisos y abedules, y a orilla del camino, una fuente. Una mujer llenaba de agua una herrada, cuyos aros de cobre brillaban con la caricia del sol naciente. Levantaba la niebla y se veían los anchos llanos. Apartó la herrada para que yo bebiese aquel delgado hilo que salía por uno de los tres caños que los otros no daban, que era tiempo de estiaje» (El año del cometa).

Más allá del siglo XVI Cunqueiro se sentía extranjero, exiliado, ajeno. A veces algún personaje de sus obras se escapa hasta el siglo XVIII, finales de este siglo, el del neoclasicismo, el de la Ilustración, pero rápidamente retorna al tiempo pasado. No es que el autor desconociera lo restante, su literatura, su arte, ¡por supuesto que no!, sino que su espacio natural eran aquellas otras centurias donde surgieron los mitos, las leyendas, los héroes y las historias conformadoras del imaginario humano. De ahí que sus héroes, heridos por la nostalgia, sean Orestes, Ulises, Simbad, Merlín y tantos otros. Cunqueiro conocía a la perfección la tragedia clásica, los libros de caballerías, la obra de Shakespeare y la de Miguel de Cervantes, así como al Dante y la literatura renacentista. No es que la conociera solamente sino que la había asimilado como propia, la había rumiado, y de ahí su reinvención. Steiner, en La muerte de la tragedia, comenta que «por una enorme y misteriosa fortuna, Shakespeare escapó a la fascinación de lo helénico. Su manifiesta inocencia con respecto de logros clásicos más formales puede explicar su majestuosa naturalidad. Resulta difícil imaginar cómo podría haber sido Hamlet si primeramente Shakespeare hubiera leído la Orestiada, y sólo se puede agradecer que el final de El rey Lear no muestre conciencia de cómo se arreglaban las cosas en Colono».

Álvaro Cunqueiro, tanto para Un hombre que se parecía a Orestes (1969) como para la obra teatral en gallego O incerto Señor don Hamlet, príncipe de Dinamarca (1958), había leído a Homero, a Esquilo y a Eurípides a la vez que a Shakespeare. Y no sólo leído, sino que se sabía fragmentos de memoria que le gustaba recitar cuando en algún momento se hacía oportuno. Cunqueiro siempre fue un lector voraz de una memoria prodigiosa. Voraz de la literatura clásica y también de la contemporánea. Prueba de ello, en este libro donde se recogen muchos de sus escritos relacionados con las vidas de santos, es el artículo titulado «De San Patricio, Sartre y otros» (1975). Además de hablarnos del santo irlandés que por el verano se iba de viaje, «cogía su sombra con las manos, se la ponía de sombrero, y así caminaba fresco bajo ella. Gustaba salir en una barca al mar, y los vientos venían a él, se arrodillaban, y le preguntaban cuál quería usar en su vela», le adjudicaba el don de lenguas y el de disponer de una vista que alcanzaba varios kilómetros. Y del santo irlandés salta en el tiempo para hablarnos de Sartre, el filósofo francés con quien seguramente poco compartiría de sus gustos y literatura, aunque el existencialismo, sobre todo camusiano, no le sería ajeno. Cunqueiro nos dice que san Patricio fue siempre un niño apresurado, que jugaba con campanas, y lo equipara con Sartre, que, para él, fue siempre un adulto, lo ha dicho él mismo: «He sido un adulto en miniatura. Yo era un falso niño. No he escarbado nunca en la tierra ni buscado nidos, ni herboricé, ni lancé piedras a los pájaros. Los libros han sido mis pájaros y mis nidos, mis animales domésticos, mi establo y mi campiña». Cunqueiro se refiere a Las moscas (1943), de Sartre, y da una pista para su Orestes. En esta obra se puede leer aquello de «¡Soy libre! ¡Ah, cómo soy libre! Y qué soberbia ausencia de mi alma… Voy de ciudad en ciudad, extraño a los otros y a mí mismo». Sartre recrea en ella el mito de Electra y Orestes. Electra obsesionada por cumplir la justicia. Orestes regresa a Argos bajo otro nombre y se reencuentra con su hermana relegada a la servidumbre. Él se enamora de ella y ella lo convence para la venganza. De un ser pacífico, Orestes se convierte en violento. La venganza se cumple y ambos ya no serán libres de su propia culpa, que los distanciará. Homero, Esquilo, Eurípides, Shakespeare (en este caso en ausencia), pero también Sartre, Camus, Beckett. «Lo dicen Orestes y Sartre», añade Cunqueiro, «y ya Francis Jeanson en su Sartre, por él mismo ha hecho notar que el drama, su drama, comienza a partir del momento en que Orestes, o Sartre, tiene necesidad de la mirada de otro, indispensable mediador entre él y él mismo».

Un hombre que se parecía a Orestes es uno de mis libros favoritos, precisamente por esa lectura contemporánea que Cunqueiro hizo de la tragedia griega. Lectura muy sui géneris a través del existencialismo y del Godot del irlandés-francés Samuel Beckett. Según la leyenda, Orestes era el hijo de Agamenón y Clitemnestra, hermano de Electra, Ifigenia (la ofrendada) y Crisótemis. Cuando el héroe de la guerra de Troya, hermano de Menelao, rey de los argivos, regresó a Micenas, fue asesinado por Egisto, amante de su esposa, y con su consentimiento. Electra envió a su hermano pequeño, Orestes, junto a su tío Estrofio, rey de Fócide. Orestes creció allí con su primo Pílades. Ambos, junto con Aquiles y Patroclo y Teseo y Pirítoo, conformarán las parejas de amigos más famosas de la mitología griega. Orestes llevará a cabo la venganza promovida por Apolo. Luego, perseguido por las Erinias y la locura, irá de un sitio a otro hasta ser juzgado por el tribunal del Areópago. Apolo lo defiende y Atenea vota a su favor. Orestes se casa con su prima Hermíone, la hija de Menelao, y gobierna Micenas. Su hermana Electra se casa a su vez con Pílades. Orestes muere en Arcadia por una picadura de serpiente. Citado brevemente en la Ilíada y la Odisea, será la tragedia quien lo convierta en protagonista. Esquilo, en la Orestiada (458 a. C., su primera representación), centra el asunto en la venganza de sangre, que, aun habiendo sido ordenada por Apolo, debe ser castigada. Eurípides, en el Orestes (408 a. C.), retrata al héroe trágico como una persona desequilibrada.

Álvaro Cunqueiro plantea la venganza de Orestes de otra manera muy distinta, menos sangrienta. Condena a Egisto y Clitemnestra a la inquietud de la espera infinita. El matrimonio asesino gastará, dilapidará el resto de sus días esperando al vengador que nunca llega. Centinelas perpetuos, serán comidos y recomidos por los remordimientos. «Los reyes no podrán morir si no viene Orestes. El pueblo estará ese día como en el teatro. Quizá solamente falte el miedo». Orestes no llega nunca, Orestes no acaba de llegar, y la vida se les va al viejo rey y a la reina. Cunqueiro siempre confesó que uno de sus grandes temas era el de la eterna juventud. La búsqueda de la eterna juventud. Egisto y Clitemnestra agonizan ya en su eterna espera de cumplirse la venganza. Egisto se había ofrecido a morir primero esperando que ella se salvase después de hablar con su hijo, porque «¿quién es uno para matar a su madre?». Todo el que llega a la ciudad puede ser Orestes. Pasa tanto tiempo que incluso muchas gentes dudan de que Agamenón hubiese regresado de Troya a Micenas. ¿Se quedó en otro país? «Algunos como a don León lo tomaron por Orestes, siendo él un caballero bizantino, que viajaba a causa de un desengaño amoroso. Él se cruzó con el vengador. Iba montado en un caballo negro galopando por un camino entre olivares». En Esperando a Godot (1952), Beckett pone a esperar en vano junto a un camino a Vladimir y Estragón. El tal Godot, quizá el mismo Dios, God, nunca llega. El cruel Pozzo y su esclavo Lucky, seguidos de un muchacho, se confrontan con los caminantes detenidos. El muchacho es quien hace llegar a Vladimir y Estragón el mensaje de que Godot no vendrá hoy, pero «mañana seguro que sí». Beckett teoriza sobre la carencia de significado de la vida, Cunqueiro sobre la carencia de significado de la venganza. «Orestes está impaciente. No quiere estar en la página 150 esperando a que llegue la hora de la venganza. Se va a adelantar». En la obra de Cunqueiro nunca lo hizo.

Le tengo especial cariño y admiración a esta obra de Álvaro Cunqueiro porque fue la primera que leí de él con una verdadera conciencia de lector. Lo conocía y lo había tratado desde niño, lo había escuchado en muchas de sus conferencias, había seguido sus artículos de prensa, pero la publicación del Orestes coincidió con mis dieciséis años y, por tanto, es la obra que considero más contemporánea con mi descubrimiento de la literatura como pasión. Como escribía Barthes, «leer es desear la obra, es querer ser la obra». Tengo la primera edición dedicada, y de entre mis subrayados de entonces acojo aquí los que todavía para mí siguen teniendo vigencia. Escribe Cunqueiro: «Mientras viajes, no serás un hombre viejo. Pero el día en que decidas descansar, aunque sea mañana, lo serás». Y en otro lugar del Orestes le hace confesar al vengador ausente que el objeto de su viaje «es ver países, tratar gentes, escuchar historias, admirar prodigios variados, ver teatros y conocer caballos padres».

Cunqueiro, en cada libro, cuenta cientos de historias y nos relata prodigios. Prodigios como, por ejemplo, los que se producen en la Vida y fugas de Fanto Fantini. El caballero italiano tenía un caballo, Lionfante, que era ventrílocuo y políglota. Ante el senado de la Señoría de Venecia había pronunciado un discurso que influyó en el de Otelo, es decir, en Shakespeare nada menos. El caballo, mestizo de húngara y toscano, un día dio las gracias al duque de Urbino en elegante latín, citando a Virgilio y relinchando en griego. «¿No forman parte de la Humanidad los animales, plantas y piedras, los astros y los vientos? ¿Y acaso no es aquella simplemente un nudo de nervios, en el que se cruzan infinitamente hilos que van en distintas direcciones? ¿Puede ser comprendida sin la naturaleza? ¿Es realmente tan distinta de las demás especies naturales?» Novalis, uno de los escritores más queridos por el autor gallego, hacía esta anotación a otra de Schlegel. Cunqueiro la compartiría absolutamente. Para él toda la naturaleza tenía vida y alma, se la podía interpretar y entender. Compañero de Lionfante, en las aventuras de Fanto Fantini, era el perro Remo, que declaró su nombre tomando un palo en la boca y dibujando las letras en la arena. También entendía latines y otras lenguas aunque era mucho menos hablador que el equino. Interpretaba los sentimientos y el estado de ánimo de su dueño, sobre todo cuando ensoñaba el aroma de su ciudad. Otro de los personajes esenciales de esta novela es Nito Saltimbeni, el fiel escudero. Las obras de Cunqueiro también están repletas de lances amorosos, la mayor parte de ellos frustrados. Todos sus personajes los rememoran como un sentimiento del paso del tiempo. Eumón, rey de Tracia, confesaba en Un hombre que se parecía a Orestes que «lo que más me gusta de la arribada de una nave es que descienda de ella una hermosa mujer desconocida». Fanto Fantini tuvo amores con Cósima Bruzzi. Le daba celos al caballero y quería que la amenazase con matarla en la cámara misma, en Famagusta, donde el Moro (Otelo) mató a Desdémona. Cósima, recuerda Fanto ya mayor y melancólico, fingía amores, y, finalmente, la mató su marido. En la Balada de las damas del tiempo pasado, abundará en estos asuntos a través de las biografías imaginarias de las doce «dames du temps jadis» arrancadas del poema de uno de sus poetas favoritos más citado y celebrado, François Villon.

Las fugas de Fanto Fantini, como las del propio Álvaro Cunqueiro, eran «cosa mentale». Cunqueiro se fugó de la vida a través de su literatura. Construyó sus paisajes, creó sus héroes y compañeros y les dio vida para ir viendo «la blanca nieve cayendo sin viento». Melancolía, la obra literaria de Cunqueiro: poesía, narrativa, teatro, articulismo, está repleta de melancolía. Él mismo era, a pesar de su buen humor e ironía, una persona profundamente melancólica. Ulises, Orestes, Fanto, Simbad o Merlín lo son porque tienen todos ellos muchas de las esencias de su propio creador. En realidad el personaje principal de Merlín e familia (1955) no es el mago sino Felipe de Amancia, su paje, que, ya mayor, como le va a suceder a Simbad, relata los recuerdos de aquella época. ¿Tantos prodigios a los que asistió fueron verdaderos? «Pónseme por veces no maxin que aqués días por mín pasados na frol da mocidá, na antiga e longa selva de Esmelle, son soio unha mentira, que por ter sido tan contada e tan matinada na memoria miña, coido eu, o mintireiro, que en verdade aqués días pasaron por mín, i aínda me labraron soños e inquedanzas…» Felipe relata la época en que el célebre mago vivía con doña Ginebra en Miranda, uno de los territorios imaginarios del autor, mitad Galicia mitad Bretaña. La Bretaña de Charles Anne Guenolé Mathieu de Crozon, el sochantre de Pontivy, quien, a finales del siglo XVIII, en medio de la Revolución francesa, de viaje a Quelven para asistir a los funerales de un hidalgo, comparte carroza con un grupo de raros viajeros, todos ellos muertos y familiares del hidalgo, «e cada viaxe destes faguiao punto por punto medio adormecido a índa, e unhas veces íbaselle o fío, namentras outras facíaselle un nó i estaba dous ou tres días desfacendo aquela desgracia ou entorto que somentes no seu maxín acontecera». En As crónicas do sochantre (1956), el vivo se encuentra con la Santa Compaña y, como es costumbre, se siente obligado a seguirla. Texto extraordinario repleto de historias de fantasmas. Esta nostalgia, esta morriña, esta saudade o melancolía por el mito perdido, por el pasado más literario que histórico, se reproduce una y otra vez. En Las mocedades de Ulises (1960), de nuevo un héroe de la guerra de Troya lleva a cabo el aprendizaje de la vida mezclándose en la acronía con Amadís, Tristán e Isolda o Ricardo Corazón de León. Troya, Cunqueiro sentía fascinación por este acontecimiento literario, probablemente mucho más relevante que el histórico. Troya, la primera gran metáfora de la tragedia, el incendio de la ciudad de Príamo, de Héctor, de Paris o Casandra. La destrucción es definitiva porque es causada por la ferocidad irresponsable de los odios humanos, de los dioses, y la elección caprichosa y misteriosa del destino. Ulises antes de Troya, pero sin haber sido el causante directo de su caída, Troya no sería Troya, y Ulises no sería Odiseo.

Melancolía. Paulos, uno de los personajes de El año del cometa (1974), secretario de Eclipses, grita: «¡Melancolía, te quiero, me otorgo, te recibo! ¡Bodas con la soledad y la tiniebla!». Metaliteratura. Paulos no deja de soñar con paisajes verdaderos e imaginarios y de toparse con personajes de la literatura. «Paulos atravesó el patio, mirando hacia las ventanas del pabellón que coronaba la Torre de los Tapices, donde moraba, según los textos, la reina Ginebra, por si pasaba, como una luz, la dorada cabellera. Al pie de las anchas escaleras estaban dos mujeres intentando empalmar por el vientre el cuerpo de cartón de don Galaor. Otros cuerpos yacían por el suelo, desnudos, mientras de altas perchas colgaban los ricos vestidos. Paulos reconoció una de las cabezas, por el bigotillo rubio y la cicatriz en la mejilla izquierda. Era la de Galván Sin Tierra». Paulos Expectante, el astrólogo, pide ayuda al rey bíblico David para evitar que Asad de Tiro, acaparador de puentes, invada la ciudad. Además de David, pasan por las páginas de El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes Julio César, Arturo de Camelot y tantos otros personajes históricos o puramente literarios.

El viejo Simbad le narra a Al-Faris ibn Iaqim al-Galizí, es decir, al propio Cunqueiro, un viaje que jamás se pudo llevar a cabo. «Si eu, Al-Faris ibn Iaqim, que pon en latino galego estas memorias, viaxes e descansos de Sinbad». Simbad, melancólico y viejo, huele a aquellos viajeros recién llegados y adivina de dónde vienen. Simbad melancólico, viejo, solitario, pues no se había casado, despidiéndose del mundo, de las islas: «¡Non hai tales illas!». Simbad narrándole sus memorias a Al-Faris en los «¡tristes días das despedidas!». Si o vello Sinbad volvese ás illas (1962), el propio Cunqueiro imaginando arribadas y partidas, «¡Todos somos reiseñores!».

Simbad, Orestes, Ulises, Merlín, Fanto Fantini…, desilusionados por la vida. Para escapar de sus prisiones incluso Fanto se disfraza de río, «lo que le proporcionó el conocer el lenguaje de las truchas y el deslizarse sinuoso de las anguilas». Su caballo parlanchín habló en Venecia, en el senado de Venecia ante sus señorías, para recordar el nombre y las hazañas de su señor y así animarle, pues tenía «cansancio de vivir». ¿Lo tuvo Cunqueiro? Yo creo que sí, pero lo solventó a través de su literatura, rica en imaginaciones e invenciones. A veces, una velada imaginación trágica. Cunqueiro trasladó a muchos de sus personajes esa angustia privada suya, angustia con salida, no una angustia en extremo nihilista y determinista como la de sus contemporáneos existencialistas. Como en la Eurídice, de Corneille, los personajes masculinos o femeninos desean amar, desean sufrir, desean disfrutar de la vida aunque esta conlleve el siempre morir. Simbad sueña con Damasco, con Samarcanda, con la China, con las tempestades donde tantos navíos se hundieron con sus cargas. Tesoros, tesoros perdidos. Cunqueiro escribe, escribe, y, como comentaba Roland Barthes, el escribir es ya organizar el mundo, es ya pensar. Cunqueiro, disconforme con el mundo que le tocó vivir, reinventó uno propio a través de la creación. Reinventó la historia, la literatura, revivió los mitos y a los héroes y antihéroes. A Cunqueiro le hubiera gustado, hubiera preferido contar estas historias en el ágora, en el foro, en la plaza pública, porque, como escribe Platón, la oralidad «permite al interlocutor corregir sus tesis, si es preciso cambiarlas, a la luz de una búsqueda y una exploración comunes. La oralidad aspira a la verdad, a la honradez de la autocorrección, a la democracia, por así decirlo, de la intuición compartida». La gran literatura, como la de Cunqueiro, atraviesa las fronteras, aunque sea a través de las reinvenciones. Las fronteras temporales, físicas y literarias. Y Orestes, Ulises, Simbad o Merlín sobreviven en el mundo contemporáneo debido a personas como nuestro escritor, capaz de insuflarles una nueva vida reinterpretada. «En la tragedia griega», dice Steiner, «al igual que en Shakespeare, las acciones de los mortales están circundadas por fuerzas que trascienden al hombre. La realidad de Orestes implica la de las furias; las parcas están a la espera del alma de Macbeth. No podemos concebir un Edipo sin una Esfinge ni un Hamlet sin un espectro. Las sombras que proyectan los personajes del teatro griego y Shakespeare se prolongan por una oscuridad aún mayor. Y la totalidad del mundo natural es parte de la acción. Los truenos en el bosque sagrado, en Colono, así como las tormentas en El rey Lear, tienen causas mayores que el mero estado del tiempo. En la tragedia el relámpago es un mensajero. Pero ya no podrá serlo más una vez que Benjamin Franklin (encarnación del nuevo hombre racional) haya remontado una cometa hasta alcanzarlo. El escenario trágico es una plataforma que precariamente se extiende entre el cielo y el infierno». Cunqueiro le devolvió al relámpago su vieja divinidad perdida, le devolvió a la literatura su capacidad de creación e invención.

¿Fue Cunqueiro un realista fantástico antes de los realistas fantásticos? En absoluto. Por su formación, cultura y estilo, no tiene nada que ver con la literatura hispanoamericana que se aglutina bajo ese rótulo. Cunqueiro tenía otras preocupaciones, otros intereses: inventar, experimentar los mundos irracionales y oníricos, lo oculto, lo surreal, transformar la erudición en literatura, lo que en ningún caso era realismo fantástico.

Cunqueiro es un poeta-narrador-autor teatral excepcional en dos lenguas, el gallego y el castellano. Pero es también un articulista extraordinario. Un articulista literario creador de un género que mezcla el relato breve, la crónica, la historia y mucho sentimiento poético. Perucho, Luján, Pla, a su manera, también lo practicaron. Su obra periodística es tan valiosa y original como el resto de su producción literaria. Por esa razón, reunir los artículos sobre santos es una idea magnífica y una compleja labor (yo lo sé muy bien) que ha llevado a cabo Xosé Antonio López Silva. Él ha hecho lo mismo que hice yo siguiendo las indicaciones del propio Cunqueiro, agrupar temáticamente los artículos y no publicar los reunidos sin orden ni concierto, como ha pasado otras veces. Los santos, para Cunqueiro, eran tan magos como Merlín y, por tanto, sus historias no le podían pasar desapercibidas. El escritor les añade más invenciones de las que ya de por sí a ellos se les atribuyen. En «Froilán con su lobo» (1962) confiesa lo siguiente: «Pero estas cosas no es fácil inventarlas. Ya Remy de Gourmont indicó lo difícil que es inventar un bello milagro, y la verdad es que han sido inventados muy pocos por los poetas y los novelistas, y a los que han recreado les han restado simplicidad y necesidad…». Cunqueiro contravino lo escrito por él mismo. Aquí el lector se encontrará con una nueva Leyenda dorada y un nuevo Jacopo della Voragine. En «San Valentín y los amores» habla del santo casamentero degollado bajo Claudio II y enterrado en un cementerio de la Via Flaminia. Recorre su influencia en Inglaterra, que lo instituyó en el oficio que tiene, lo recuerda en la canción escéptica y dolorida de Ofelia en el acto IV del Hamlet de Shakespeare, en Chaucer, Ben Jonson y Buchanan, que en su pedante latín escribe Festa Valentino redit lux; y menciona las «Valentinianas» de Goldsmith, el presidente Davies y Walter de la Mare. Pero también entabla polémica con el protestante Wheatley, «comentador del Prayer’s Book, un tipo áspero, un puritano inclemente, un pequeñajo siempre irritado, siempre dispuesto a rechazar milagros, la creencia en los cuales consideraba impropia del Siglo de las Luces». Cunqueiro califica a este personaje como «un progresista ilustrado, que pretendía que cualquier manifestación del humano amor a Dios debía traducirse en un comportamiento moral». Cunqueiro defiende la imaginación frente a la razón; su polémica no afecta al hecho religioso, que, en el fondo, para él es también una invención humana. «Una de las formas más profundas del ser intelectual es el ser supersticioso, por ejemplo, y como algunos progresistas gallegos de estos tiempos, estaba dispuesto a afirmar que la creencia popular en trasnos, verbigracia, es un signo de incultura. Los hagiógrafos y teólogos no explicaron el patrocinio de Valentín, por otra parte, en Nápoles, curador de endemoniados, y en Toscana y Provenza de ciegos, y se dio entonces por buena una antigua noticia que aseguraba que el 14 de febrero en Gran Bretaña se apareaban los pájaros». Para Cunqueiro, también la religión era algo muy sui géneris. ¿Protegió el santo a muchos amantes?, se pregunta el articulista, «no protegió a Ofelia, que cantaba aquello de “¡hoy es el día de San Valentín!”. Ustedes dirán que solamente a Ofelia se le ocurre enamorarse de aquel Hamlet lleno de dudas, cobarde, alma equívoca…».

San Valentín, san Nicolás, san Froilán que cargó al lobo que había devorado su platerillo con sus parvas alforjas, y lo hizo caminar ante él, san Francisco y tantos y tantos otros. Cunqueiro conforma otra mitología cristiana, como si hubiera un traspaso de competencias entre la vieja mitología pagana y el cristianismo como heredero. Muchos de estos santos son gente humilde, pastores, gente ingenua, sencilla, pues para contemplar el milagro hacen falta unos ojos humildes, un sencillo mirar. Cunqueiro asume el papel de evangelista de todo lo que no vio ni pudo ver, pero imaginó. «Nosotros los gallegos, de la estirpe de los celtas y las tortugas, que no de los tártaros y de los pájaros, que dijo el señor vizconde de Chateaubriand, gente entre soñadora e indolente, sentimos al apóstol como a hombre de nuestra antigua tribu, con nuestro propio oscuro acento, paisano de nuestro paisaje…»

¿Hagiográficos estos textos? Desde luego que la Iglesia católica no los pondría a enseñar en sus escuelas y seminarios. Cunqueiro utiliza a los santos para sus propias invenciones, sin apoyarse lo más mínimo en la historia oficial de la Iglesia y su verdad. ¿San Gonzalo acaso destruyó con sus oraciones la flota normanda que estaba a punto de desembarcar en la costa lucense, su provincia, cerca de Mondoñedo? «Yo no creo en las razones de teólogos. San Roque y San Jorge nunca existieron, pero sin embargo la gente les ha pedido ayuda y ellos se la han dado».

Cunqueiro. Nadie fue más hábil en huir de las prisiones de su tiempo, pero no de la última y definitiva.

Todo depende de que uno esté muerto preguntando por la hierba que nace encima como por un nuevo cuerpo más ligero, acunado por el viento —que trae y lleva la simiente—. Hierba en el monte o en las calles de la ciudad —aquí podían estar los pies de los vagabundos que soñamos desnudos de madrugada—.

Cuanto va desde la memoria a la hierba por donde pensativas alas térreas calladamente te recomienzan. ¡Oh abril!, tú libre de gusanos y huesos de los oídos por donde estabas unido a aquellos otros pasajeros de traje nuevo. Cuando llueve aprendo a beber agua. Por una boca que no tuve, blanquecinos hilos que sorben en la tierra y crecen: fueron precisos nubes y sol y una azada —en tanto te vacías olvidas los cantos alegres del verano y el mirlo, el pan, el fuego y esa dulce sonrisa que todos tuvimos una vez posada en el pecho—.

Todo depende de que uno esté muerto y quiera volver al valle y a la noche, limosna de hombre, prado comunal donde blancas ovejas apacentadas por una anciana pacen continuamente sin levantar la cabeza, sin darse cuenta de dónde viene la hierba que muelen y remuelen los dientes apretados.

Sin darse cuenta de la resurrección de la carne de Álvaro Cunqueiro. Un nuevo cuerpo limpio que soñaba con el viento, —orilla de un río, quizá, o en una colina—.1

XOSÉ ANTONIO LÓPEZ SILVA

ÁLVARO CUNQUEIRO,
SU OBRA VITAL Y LITERARIA
MONDOÑEDO Y LA INFANCIA

Álvaro Patricio Cunqueiro Mora nació el 22 de diciembre de 1911 en Mondoñedo, hijo de don Joaquín Cunqueiro Montenegro, boticario establecido en los bajos del Palacio Episcopal, quien llegó a ser presidente de la Sociedad de Obreros Católicos y alcalde de la ciudad. Cunqueiro siempre se enorgullecerá de la antigüedad de sus vinculaciones familiares con Mondoñedo:

«Mi familia lleva siglos en esa pequeña ciudad sin ferrocarril, que es una de las importantes sedes episcopales de Galicia. Sabemos que el 16 de febrero de 1232, al pasar por allí Fernando el Católico, camino de Santiago de Compostela, se firmó en nuestra casa, que subsiste, un acuerdo entre un abad y un Obispo».1

Una ciudad donde el niño Cunqueiro comienza a erigirse como un lector voraz —«Yo devoraba entonces cuanto caía en mis manos, con tal que no fueran libros de texto»2—, con autores fundamentales como Dickens y sus Papeles póstumos del Club Pickwick, del que era examinado concienzudamente por sus tías, según las anécdotas que él mismo gustaba de contar, pero donde también se produjeron sus primeras tomas de contacto con la literatura francesa y los clásicos españoles:

«En casa había las lecturas más dispares. Recuerdo haber alternado los libros que pudiéramos llamar “de caballerías” con el Rojo y Negro de Stendhal, y la Historia de Cristo de Renan. Posiblemente, en rigor, no los entendiese, pero no los he vuelto a leer y he guardado siempre la emoción que transpiraban»3.

En cualquier caso, el espacio de esta villa episcopal, «rica en pan, aguas y latín», como el propio Cunqueiro la definió, marcará de forma indeleble y constante su espacio vital y literario, hasta el final de su vida:

«Nací en Mondoñedo, sí. Es una vieja ciudad con obispado, catedral, en el fondo de un valle muy pequeño pero muy hermoso, con una larga familia mía allí y en valles cercanos […]. De una manera o de otra en todos mis libros está un poco Mondoñedo. Todas las ciudades pequeñas de las que hablo son un poco mi ciudad por muy diferentes que sean. Tanto me da que sea una ciudad griega adonde llega Ulises o una ciudad de Bretaña adonde llega el sochantre con las ánimas, todas las ciudades son un poco mi ciudad. Para mí la huella de aquellos años de infancia en aquel valle, pues, ha imprimido carácter, es decir, soy de allí de una manera irrefutable»4.

De su infancia recordará a menudo la felicidad y determinados personajes de aquellos años, como el barbero Tomás Méndez, o Pallarego, un sabio autodidacta amante de la literatura que establecía tertulias en su peluquería, o su profesor de latín Francisco Fanego.

LUGO

A los once años Álvaro Cunqueiro se traslada a Lugo para cursar el Bachillerato. Residirá allí seis años, y la capital supondrá para él la posibilidad de ampliar su abanico de lecturas en la biblioteca del instituto, sobre todo en la Biblioteca Provincial, pero también de establecer sus primeras amistades propiamente intelectuales, pese a la diferencia de edad, con los hermanos Evaristo y Juan Antonio Correa Calderón, Ánxel Fole y el poeta Luis Pimentel, del que llegará a decir que sin su apoyo no se habría decidido a escribir una sola línea. También, en su rememoración biográfica, valorará de esos años el descubrimiento de Galicia como identidad espacial y personal, a través del mapa de Domingo Fontán colgado en las paredes del Instituto Provincial:

«Un día, en los pasillos del instituto, me encontré con el mapa de Fontán. ¿Quién le ponía entonces puertas a la embriaguez viajera? Fue mi gran encuentro con el país gallego: allí estaba mi tierra, la tierra de mi vocación y de mis días, la tierra temporal y la eterna, la tierra que mi lengua, la lengua de mi oscuro acento labriego, necesitaba para existir»5.

En Lugo también colabora de la mano de Fole en la revista del instituto —su primer artículo narraba un eclipse en la ciudad—, comenzando una vinculación con el mundo periodístico que mantendrá toda su vida. De igual modo, la ciudad verá nacer sus primeros versos.

COMPOSTELA: GALLEGUISMO Y VANGUARDIA

Rematados los estudios de Bachillerato, en 1927 Cunqueiro se traslada a Santiago de Compostela y se matricula en Filosofía y Letras. Compañero de cuarto de Fole, la universidad lo desilusiona enormemente, pero le proporciona al mismo tiempo la posibilidad de participar en su intensa actividad intelectual con los círculos culturales de vanguardia, de índole galleguista, amistades que, en la mayor parte de los casos, conservará toda su vida: Ánxel Fole, ya citado, Domingo García Sabell, los pintores Maside y Luis Seoane, Gonzalo Torrente Ballester y Francisco Fernández del Riego, entre otros. Participa en las tertulias en casa de García Sabell, y comienza a vincularse como redactor a diversas revistas culturales como la mindoniense Vallibria (1930-1931), o Galiza, que él mismo fundará y dirigirá a lo largo de 1930. En 1931 publica en la editorial Nós su primer libro de poemas, Mar ao Norde, ilustrado por Seoane, que será un éxito de crítica y afianzará su posición literaria en el círculo poético de los jóvenes galleguistas de vanguardia6. Al mismo tiempo, Cunqueiro compagina su labor poética con la creación de proyectos editoriales y literarios como la fundación en su ciudad natal del taller vanguardista Oficiña Lírica do Leste Galego, vinculado a la publicación de revistas como Papel de Color (1933-1935), Frol de Diversos (1935) e Impresos Sentimentais (1935-1936) y a su propia edición de Poemas do sí e non (1933). Por esos años se afilia también al Partido Galleguista. Los éxitos literarios no se corresponden con los académicos. Hastiado de los planes de estudios, abandona la carrera de Filosofía y Letras en 1935.

En 1932 publica su neotrovadoresco Cantiga nova que se chama Riveira, que obtendría al año siguiente el premio literario Gil Vicente. Con estas dos obras poéticas Cunqueiro ocupó con derecho pleno un lugar destacado en el campo poético en lengua gallega, unido a la vanguardia y estableciendo, en palabras de Ramiro Fonte7, un diálogo profundamente innovador y libre con los modos y concepciones tradicionales de la poética clasicista de su naciente sistema literario. También en 1932 comienza su colaboración con la revista compostelana Resol y la luguesa Yunque, dirigida esta por Ánxel Fole y Arturo Cuadrado e ilustrada por Seoane, que contó en sus páginas con colaboraciones tan importantes como la publicación del Madrigal por la ciudad de Santiago, de Federico García Lorca. Otras publicaciones en las que Cunqueiro deja huella de su labor poética fueron Universitarios, dirigida por su íntimo amigo Francisco Fernández del Riego, o Resol, en la que dio a luz diversas obras teatrales. Unos años más tarde entra en contacto con las publicaciones más directa y políticamente relacionadas con el Partido Galeguista y el Grupo Nós, como la homónima Nós y Céltiga. En ellas verán la luz diferentes traducciones poéticas al gallego de poetas europeos como Hölderlin —actividad que en mayor o menor medida continuará durante toda su vida—, que serán de vital importancia para entender su obra poética y, asimismo, muestran la relevancia que el Grupo Nós concedió a la traducción como mecanismo de dignificación y afianzamiento del sistema literario gallego8.

Cunqueiro, pues, se revela desde principios de los años treinta como poeta gallego de primera fila, con una creciente fama y una canonización literaria rápida en el sistema literario gallego, que le lleva a ser recogido en la antología de nuevos poetas de la revista portuguesa Descobrimento en 1932, a dar diversas conferencias y recitales con gran éxito en Barcelona en 1934, y a colaborar en 1935 con publicaciones catalanas tan prestigiosas como Quaderns de Poesia, en sus números 3 y 4. También inicia por estas fechas colaboraciones periodísticas con artículos culturales y de arte en periódicos como El Pueblo Gallego, dirigido entonces por el demócrata reformista Manuel Portela Valladares, que llegaría a ser presidente del Gobierno en 1935.

LA GUERRA CIVIL

Cuando estalla la guerra Cunqueiro toma la decisión de apoyar el levantamiento de Franco. Su importante vinculación pública con el galleguismo cultural y, en menor medida, con el Partido Galeguista y los hombres del Grupo Nós le hacían correr un serio peligro en esas circunstancias. En el plano político, aunque su militancia fue breve, Cunqueiro aparecía como suplente en el Consejo Directivo del Partido Galeguista. En 1931, en Ribadeo, había dado uno de sus escasos mítines de apoyo al ORGA, acompañado por Fole, terminándolo al grito del verso de Pondal de «Os tempos son chegados». De principios de 1936 data su afiliación a la galleguista y demócrata Asociación de Escritores de Galicia. Como intelectual que ostentaba puestos relevantes en el ámbito de un sistema literario, además, en el que la lírica ocupaba una posición determinante, Cunqueiro se manifestó públicamente a partir de 1935 sobre temas políticos de primera importancia en relación con Galicia, en particular el de la consecución de su autonomía, en un marco estatutario similar a los existentes para el País Vasco y Cataluña.

Todavía en fecha tan cercana a la sublevación como el 27 de junio de ese mismo 1936, Cunqueiro había publicado en El Sol un artículo de encendido apoyo a dicho Estatuto autonómico, que debía ser aprobado en Cortes precisamente el 19 de julio, y el día 28 de junio otro similar en El Pueblo Gallego. Como señala Armesto Faginas, su principal biógrafo, el apoyo personal de Álvaro Cunqueiro al levantamiento del general Franco fue renuente y mucho más motivado por circunstancias externas que por afinidades ideológicas plenas9. Ello se hace patente por el propio testimonio de Cunqueiro en una carta personal dirigida al periodista Augusto Assía, a la sazón en Londres, en la que declaraba:

«Agora por ista banda falar é cousa pouco doada e ben nobre. Entrou un tropel de voces e de armas e non hai que facerlle […]. Desaiunei hoxe con esto: “Resucitar el Imperio, por la Contra-Reforma” e aínda non estou reposto. Quizaves volva a Cruz Verde e na estampa toledá se retrate —cinco esclaviñas era o litúrxico— un novo Gran Inquisidor. Ben en serio, ¡pobre España! ¡E probes de nós tamén! Eu non sei ben aínda —vou para 24 anos— si lle é duro ó home “aguantar” a súa condición de home, pro anque eisí fora, eu amaría sempre, sober todo, a miña liberdade»10.

Cunqueiro, no obstante, se afilia a la Falange, evita el alistamiento militar alegando motivos de salud y, ayudado por el sacerdote Márquez Cortiñas, consigue una plaza de profesor de Letras en el colegio de Santa Marta de Ortigueira, para empezar a desempeñar labores docentes en octubre, con el inicio de curso. Un mes después, pasa a encargarse del semanario local oficial de la Falange, Era Azul. Guión de Falange Española y de las JONS de Ortigueira, que elabora él mismo casi en su totalidad y sale de imprenta el 12 de noviembre de 1936. Los textos de Era Azul, plenamente adscritos a la retórica y los contenidos del nuevo Régimen, llaman la atención del jefe provincial de la Falange en Pontevedra, Jesús Suevos, posteriormente director general de Radiodifusión. Suevos toma nota del talento de Cunqueiro y lo recluta para la redacción de un renovado El Pueblo Gallego, de Vigo, requisadas sus prensas y depurado su consejo de redacción tras la declaración del estado de guerra en la ciudad. Los artículos cunqueirianos de El Pueblo Gallego, más amplios pero igual de trabajados en el «clima de fastuosidad literaria de la prosa de la época»11, continúan la estela de Era Azul en cuanto a su retórica y el estilo entre barroco y modernista del Régimen. Con todo, es interesante destacar el hecho de que Cunqueiro autotradujo textos publicados anteriormente en gallego en este mismo diario, una práctica muy interesante que demuestra en buena medida que su labor de redacción era bastante genérica, al tiempo que insistía en unir al enfoque político el plano culturalista que había sido habitual en sus colaboraciones anteriores a 1936. No obstante, hay que poner de relieve el hecho de que Cunqueiro realizara estos artículos y declarara su participación anterior en El Pueblo Gallego de un modo público y consciente. En momentos tan complejos como los iniciales de la guerra civil, debemos sopesar hasta qué punto Álvaro Cunqueiro estaba corriendo un cierto peligro, en el sentido de que ese reciclado de artículos en lengua gallega anteriores a la guerra pudiese crear algún problema ante sus superiores. Pensamos que es algo que debe ser destacado, y que en cualquier caso esa actitud de recuperación de textos —que no de contextos— ponía de relieve un autorretrato que privilegiaba su condición de escritor e intelectual, aun pudiendo considerarse este artículo como una retractación pública que, insistimos, era en aquellas circunstancias sumamente arriesgada.

Con todo, este hecho no parece que le plantease especiales problemas a Cunqueiro, y el paso de los meses llevó a que tanto sus artículos como los poemas que fue publicando en El Pueblo Gallego fuesen elogiosamente alabados entre los cuadros del Régimen. El Pueblo Gallego, dirigido hasta 1938 por Manuel Halcón, cambia de director cuando este es trasladado a San Sebastián, a las prensas de La Voz de España. Halcón reclamará la presencia de Cunqueiro, quien de pleno derecho convierte el periodismo en su profesión. El 24 de octubre de 1938 obtiene el carnet oficial de periodista, al ser incluido con el número 256 en el Registro Oficial de Periodistas12. Cunqueiro residirá y trabajará en San Sebastián hasta 1939, momento en que Manuel Halcón, nombrado director de ABC, vuelve a reclamarlo para dicho periódico, donde pronto pasa a ocupar labores de responsabilidad editorial. La carrera periodística de Cunqueiro fue, pues, enormemente rápida e importante: junto a su labor en ABC, su pluma es requerida en esos años por diversas publicaciones y revistas como el diario Arriba, la Hoja Oficial del Lunes, el propio diario La Voz de España, y varios periódicos gallegos. En Madrid, además, participa en recopilaciones de exaltación bélica franquista como la Antología poética del Alzamiento (1939), de Jorge Villén, o la Corona poética de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera (1939), siguiendo la publicación de poesía política de circunstancias que ya habían visto la luz en las páginas de Era Azul y Pueblo Gallego.

Podemos calificar los textos de guerra de Cunqueiro, sin lugar a dudas, como prosa de combate, completamente adscrita a la retórica franquista13, y, en particular, a los rasgos falangistas de exaltación épico-heroica e histórico-patriótica de la guerra civil como cruzada católica de liberación, un rasgo este último que se refuerza con la línea ideológica ultratradicionalista propia del diario La Voz de España. Sin embargo, en buena parte de los artículos de Cunqueiro destaca como un rasgo estilístico personal una prosa poética de enorme perfección formal, teñida de culturalismo, que incluye referencias complejas en sus artículos a autores no tan usuales en el canon de las citas fascistas como Von Kleist, cuya hispanofilia, en cualquier caso, era bien conocida. Si en Era Azul el componente mítico de alabanzas al caudillismo-cesarismo de Franco y José Antonio eran la tónica habitual, en La Voz de España, como hemos señalado, cobra más importancia el componente religioso, ultracatólico y tradicionalista como base de la mayor parte de los artículos. En este periódico las semblanzas políticas e históricas pasan a ser tratadas casi como semblanzas hagiográficas, y Cunqueiro no será una excepción en sus artículos. En ellos, como era habitual en los discursos culturales y en las interpretaciones históricas propias del Régimen durante el primer franquismo, el alzamiento pasa de ser defendido desde la justificación militar hasta la órbita del panegírico religioso, imbricado además en una teoría del providencialismo histórico bajo el culto a la personalidad de Franco y José Antonio14, dos rasgos que pueden entenderse como haz y envés, para usar una palabra muy cunqueiriana, de buena parte de la masiva propaganda ideológica a medida que fue afianzándose la victoria en la guerra civil.

En ese sentido, hay varios jalones en los artículos de Cunqueiro publicados en La Voz de España que es interesante reseñar: no sólo procederá a las alabanzas políticas del Régimen, sino que abrirá sus artículos a comentarios directa y estrictamente religiosos, de elogio a temas de actualidad como la elección de Pío XI o la loa intensamente retórica y culturalista que hace de la celebración del Día de las Misiones, dejando a un cierto lado la faceta de articulista exclusivamente político que le había acompañado hasta el momento. Si bien el espíritu de cruzada con el que se interpretaban de forma oficial los acontecimientos históricos presentes y pasados de España es tónica constante de la prensa oficial, los artículos cunqueirianos de este tipo muestran el tan característico tono culturalista vuelto ahora hacia la sacralización de los contenidos. Como será, señalamos, la tónica habitual de la retórica nacionalcatólica15, estos artículos presentan las figuras de Franco y sus ejércitos directamente vistas desde el prisma del discurso hagiográfico. La santidad de Franco es vista como un hecho histórico indudable, vinculado directa y providencialmente al golpe de Estado del que la propia persona del general es considerada brazo armado de Dios y, por ende, susceptible de enlazarse históricamente (y también retórica y literariamente) con apóstoles y reyes caballeros, en un continuum simbólico claro bajo este engranaje mitológico16. Esta historicidad y esteticismo puede ejemplificarse en la aparición recurrente de personajes muy determinados como el Apóstol Santiago, el Cid o Carlomagno, de relativa asiduidad retórica en La Voz de España; un Carlomagno, además —no debe olvidarse—, invitado de honor, al estilo del sitial vacío en la Mesa Redonda, en las famosas Cenas de Carlomagno que dandista y aristocráticamente tenían lugar en el Hotel París de Madrid entre lo más granado de la posterior intelectualidad falangista: con José Antonio Primo de Rivera eran comensales obligados a esa cita mensual Sánchez Mazas, Mourlane Michelena, Agustín de Foxá o Dionisio Ridruejo17. Similar retórica hagiográfico-providencialista aparecerá posteriormente en los artículos cunqueirianos de ABC, quizá literariamente más elaborados en su culturalismo y erudición, e impregnados de este esteticismo y de contenidos —y decorados— muy determinados —Medievo, la figura de la personalidad carismático-heroica militar y/o religiosa, sacralización, sublimidad formal y de contenido, tonos decadentistas aristocratizantes con cierta vinculación plástica al Art Decó— que serán un rasgo fundamental en su creación literaria anterior a 1950, aquí sin embargo más centrado en la alabanza política del Régimen dentro de un Madrid recién conquistado, y en el que se hacía necesario el panegírico históricoreligioso como compromiso de justificación del largo asedio al que había sido sometida la capital.

1940 será un año decisivo para la consagración literaria de Cunqueiro en el Madrid de la inmediata posguerra. Siendo ya un periodista cada vez más conocido, pasó a ocupar la vicedirección de Vértice, una de las revistas culturales de referencia dentro del primer franquismo, cuando Manuel Halcón fue nombrado su director. Junto a Cunqueiro publicarán personalidades culturales de la Falange de primera hora tan relevantes como Eugenio d’Ors, Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo, o Aranguren, entre otros. Al tiempo, comienza sus colaboraciones en Escorial, fundada por el propio Ridruejo, en la que tenían intereses empresariales Jesús Suevos y Sánchez Mazas —de cuya amistad íntima Cunqueiro siempre se enorgulleció; además, su obituario le hizo obtener en 1966 al mindoniense el premio Conde de Godó de periodismo— y en la que participaba, además, otro escritor gallego de vinculaciones similares a las de Cunqueiro con el Régimen, Gonzalo Torrente Ballester. En rigor, como se puede apreciar, Cunqueiro actúa como periodista general y colaborador en particular de las revistas más oficiales, directamente asociadas a los Servicios Nacionales de Prensa del Régimen, al albur, en mayor o menor medida, de los hombres que controlaban los servicios de propaganda. En ese sentido, podemos afirmar que su pluma se limita a estar al oficio de la retórica oficial del nuevo régimen.

Dentro de los escasos márgenes en los que podía moverse en sus artículos, Cunqueiro, como vemos, procuraba adaptarlos a las características de la publicación a la que iban destinados. Los artículos de Vértice entroncan en mayor medida con la estética cuasimodernista históricamente estetizante, tan característica de algunos autores del fascismo español18. Cunqueiro se dota de una prosa poética de envergadura compleja, e insiste en la creación de atmósferas culturalistas aristocráticas, de marcado elitismo cultural, como correspondía a una publicación pensada como motor literario de los sectores socioculturales más elevados de la naciente posguerra.

Si la carrera periodística de Cunqueiro estaba siendo fulgurante, su presencia en la vida cultural de principios de los cuarenta era, también, cada vez mayor. Así, compaginó sus labores periodísticas con la participacion en la vida teatral de la capital, adaptando La primera legión, del norteamericano Emmet Lavery, que fue estrenada con gran éxito de crítica y público el 3 de diciembre de 1940 en el teatro Español. Ese mismo año da a la luz su primer y único libro de poesía en castellano, Elegías y canciones (Barcelona, Apolo, 1940), que como bien ha puesto de relieve César Antonio Molina19 son diecinueve poemas directamente traducidos de poemas en gallego anteriores a la guerra, en los que destaca el carácter metafísico y nostálgico de sus contenidos, mezclando elementos ajenos al Régimen, como la alabanza del vanguardista Manuel Antonio, y algunos más transidos de cierta religiosidad, que podían encajar con la poesía interior propia de ciertos quehaceres poéticos del franquismo. Volvemos a encontrarnos con que Cunqueiro traza líneas continuistas con su poética y sus formas creativas anteriores en lengua gallega. Las colaboraciones culturales en las revistas de la época van fraguando nuevos textos de índole variada, como la importante Historia del Caballero Rafael (1940) y la pieza dramática Rogelia en Finisterre (1941), ambas publicadas en los suplementos literarios de Vértice. La Historia del Caballero Rafael, que tuvo una excelente acogida, consagró a Cunqueiro como escritor de la nueva prosa castellana tradicional-modernista, gracias a un tema que tendrá gran relevancia en su obra novelística, los lazos entre el sueño y la realidad, la imposibilidad de la vida sin imaginación y la soledad como base metafísica de la existencia y de la propia imaginación. Andrés Trapiello la ha definido como «la primera novela fantástica de la literatura española, anticipadora en cierto modo de Borges o Calvino, que escribieron las suyas veinte años después…», lo que nuevamente pone de relieve la intrínseca coherencia general de la narrativa cunqueiriana20. En Rogelia en Finisterre el elemento religioso vuelve a imponerse con fuerza, pero conviene subrayar el tratamiento del personaje femenino de la protagonista desde puntos de vista novedosos respecto de su sexualidad y de su independencia personal.

Al tiempo de estas publicaciones, se suceden nuevas colaboraciones en empresas variadas como Santo y Seña —de la que el ABC de 7 de agosto de 1942 informaba del nombramiento de Cunqueiro como director— o Primer Plano, una publicación estrictamente cinematográfica dirigida por Adriano del Valle. En 1944, en la revista Fantasía, publica sus relatos Balada de las damas del tiempo pasado y Siete cuentos de otoño. Cunqueiro calificará con posterioridad estos textos muy modestamente, como «páginas de aprendizaje»21, pero en ellos alcanza un alto dominio de una prosa poética de enorme profundidad y una retórica compleja tanto en sus formas externas como en su construcción compositiva. Importante es también el hecho de que vuelve a mantener lazos con el incipiente mundo cultural gallego superviviente a la guerra y a las depuraciones, que en esos primeros años, y pese a la oposición del Régimen, intentaba mantener viva la llama del galleguismo, desde presupuestos antimarxistas y tradicionalistas. La colaboración editorial con Ramón Otero Pedrayo, cuya valía intelectual Cunqueiro admiraba profundamente, será un puente mutuo para estos vínculos culturales, porque las excelentes relaciones sociales del escritor mindoniense en el Madrid franquista podían indudablemente ser de ayuda a un catedrático al que se le impedía el acceso a las instituciones educativas y estaba desterrado en su pazo de Trasalba. «A parte (sic) de Rosalía, que es un fenómeno aparte y extraliterario, sin duda Otero Pedrayo. No se valoró suficientemente ni su novela ni sus ensayos. Hay en él un exceso de barroquismo, pero fue la figura más importante de todos los tiempos»22.

Cunqueiro participa en un número suplemento de la tradicionalista y católica revista Misión, fundada en Ourense por Pedrayo y Risco, dos eximios representantes, como hemos señalado, del sector tradicional del Grupo Nós y del Partido Galeguista. La revista, en su etapa madrileña de 1943, estaba dirigida por José Luis Peña Ibáñez, cedido el testigo por Manuel Cerezales. Cunqueiro refuerza, pues, una conexión que ya había establecido al solicitar la participación del mismo Pedrayo en Santo y Seña, y asume los valores estéticos tradicionales de la publicación, en la que destacaba el tratamiento de elementos culturales gallegos y un contenido universalista heredero en cierta medida de los valores del Grupo Nós. Bajo el título «Alemania y el Camino de Santiago», Cunqueiro retoma una temática recurrente en la revista: la revisión ensayística de santos vinculados a Galicia. Si Pedrayo había analizado la importancia histórica y espiritual de San Martín de Braga —aspecto que ya había tratado de manera importante en su Ensayo histórico sobre la cultura gallega (1933)—, Cunqueiro prefiere redirigir la tradicional temática jacobea hacia posturas políticas nacionalcatólicas transidas de un enorme culturalismo, de nuevo entre una prosa poética de cargazones retóricas y complejidades constructivas características del estilo que desenvuelve durante los primeros cuarenta.

En cierto sentido, puede afirmarse que Álvaro Cunqueiro establece a principios de los cuarenta una estructura de combinación entre la obra periodística y literaria que posteriormente será su línea de trabajo habitual, con mayor o menor grado de ocupación en las tareas plenamente literarias cuando las responsabilidades periodísticas lo obligaban a dedicar más tiempo a estas.

EXPULSIÓN DEL PERIODISMO Y COLABORACIÓN EN CATOLICISMO (1944-1946)

Sin embargo, un incidente diplomático provocó su expulsión inmediata del Registro de Periodistas. Al parecer, Cunqueiro se había comprometido a la publicación de unos artículos de temática jacobea patrocinados por la Embajada de Francia que nunca llegaron a ver la luz. Ante las protestas del agregado cultural, y el temor de que el incidente pudiera desembocar en un conflicto diplomático, el propio director general de Prensa, Juan Aparicio, rompió el carnet de periodista del autor23.

La Delegación Nacional de Prensa ordenó publicar en primera plana su expulsión deshonrosa. El 24 de junio de 1944 apareció dicha comunicación en todos los periódicos. Cunqueiro pasó de estar en lo más alto del escalafón cultural y periodístico del Régimen a no poder ejercer la labor profesional que oficialmente llevaba desempeñando seis años. Los años siguientes en Madrid hubieron de ser terriblemente duros para él y su familia. Si bien suele considerarse ese tiempo como un paréntesis vital y profesional difícil de analizar por parte de la crítica, hoy estamos en condiciones de saber que, pese a la prohibición, Cunqueiro pudo continuar publicando algunos artículos en el diario Madrid, y que en 1945 se vinculó a la revista orensana de poesía Posío, dirigida por el filólogo, y discípulo de Vicente Risco, José Luis Varela Iglesias. Allí daría a la imprenta un único poema.

Durante esos casi dos años, entre 1945 y 1946, uno de los principales sostenes de Cunqueiro fue su colaboración mensual con la revista Catolicismo, lo que en 1946 se completó con la participación en la revista Finisterre, donde publicó sus artículos relativos a esa inacabada serie que fue la Historia de las tabernas gallegas. Dos reflexiones se imponen ante este hecho: la primera, que, aunque cuantitativamente Cunqueiro viese reducido su papel periodístico, continuó publicando en la prensa, por así decirlo, periférica del Régimen, si bien con enormes dificultades. La segunda, que mantuvo su colaboración con publicaciones culturales gallegas o vinculadas a personalidades culturales gallegas, como anteriormente a la retirada de su carnet, aunque en ellas adquirirá más relevancia su faceta poética y un ensayismo ligero que mantiene las características generales de culturalismo y erudición anecdótica que serán la nota propia de los artículos de prensa posteriores a 1945. Incluso es destacable que este mismo 1946 verá la aparición de un nuevo y único artículo con su firma en un periódico tan prestigioso y tan familiar como ABC.

La revista Catolicismo, el órgano oficial de las Obras Misionales Pontificias, fue creada en época republicana, pero se interrumpió al iniciarse la guerra civil. Su segunda época, a partir de 1942, supuso la reanudación de la continuidad institucional de volver a dotar a las Obras Misionales Pontificias, y en particular a su órgano de información, la agencia de noticias Fides, de un mecanismo oficial de difusión, como desde la década de los treinta venía haciéndose en cada nación europea por parte de las Obras Misionales Pontificias. Por supuesto, la publicación hará gala de una ideología de combate, reforzada por la idea de cruzada misional existente en el discurso político-cultural del golpe de Estado del 36 y del régimen de Franco. Situada en el número 5 de la calle Fuencarral, de Madrid, Catolicismo se presentaba como una publicación dirigida a un público muy amplio, en particular juvenil, con secciones relativamente fijas y elementos de redacción muy variados, sobre todo en sus primeros meses de andadura: relatos, anécdotas pías y reportajes geográficos compusieron fundamentalmente las páginas interiores, completadas por las fotografías y las informaciones de la agencia de prensa del Vaticano. El director de esta segunda etapa, Genaro Xavier Vallejos (1897-1991) era un sacerdote fundador del Secretariado Internacional de Misiones, periodista (premio Mariano de Cavia en 1925) y escritor de relatos hagiográficos píos desde los años veinte, que en los cincuenta se decantó hacia la poesía religiosa más tradicional en sus Sonetos a la Inmaculada (1956), y más tarde, hacia la novela histórica. Vallejos, en realidad, realizaba funciones de jefe de redacción, aunque prefiriese participar sobre todo en las colaboraciones literarias, que firmará habitualmente con sus iniciales. Los editoriales y el conjunto de la revista aparecían bajo la firma de Ángel Sagarmínaga (1890-1968), a la sazón delegado de las Misiones Pontificias y creador del Domund, festividad que Catolicismo contribuyó precisamente a popularizar. La nómina de profesionales fijos de la revista se completaba con el periodista Jesús Sainz Mazpulé, que solía encargarse de la sección «Intención misional del mes».

En sus primeros años de andadura, Catolicismo muestra sin ambages una apuesta decidida de apoyo a las potencias del Eje, pero poco a poco va estableciendo más distanciamiento en estos temas para concentrarse en la temática puramente religiosa y literaria, ocupando esta última un mayor espacio desde mediados de 1942. Al mismo tiempo, la revista irá incorporando nombres importantes a estas colaboraciones literarias. Destaca, aparte del propio Vallejos, la participación del novelista albaceteño Huberto Pérez de la Ossa, que había obtenido en 1924 el Premio Nacional de Literatura. Asimismo, Catolicismo recluta autores que, entonces noveles, llegarán a tener relevancia literaria en los años siguientes: un ejemplo señalado es la incorporación, en 1943, del por entonces seminarista José Luis Castillo Puche (1919-2004), que llegaría a obtener en 1954 el XI Premio Nacional de Narrativa por Con la muerte al hombro, y en 1958 por su novela Hicieron partes. A lo largo de años sucesivos, tras abandonar en 1943 el seminario y decantarse por la carrera de periodismo, continuará colaborando en esta revista.

Desde febrero de 1943, Catolicismo comienza una sección, normalmente situada en las páginas 8 y 9, redactada por literatos y que en un principio nace con el nombre de «Flor de Santoral». La inaugura el propio José Luis Castillo Puche. Si bien no tuvo apenas continuidad, muestra los intentos por parte de la redacción de ofrecer contenidos narrativos más variados, y en particular de introducir la ideología misional en el relato hagiográfico. A lo largo de este 1943, la revista continúa la temática santoral con otros artículos importantes, como las glosas del académico de la lengua Lorenzo Ríber sobre Fray Junípero Serra, y en julio la sección vuelve a aparecer rebautizada como «Floresta de santos y misioneros», en el artículo «Santo Toribio de Magrovejo», firmado por José Artero, musicólogo y rector de la Universidad Pontificia de Salamanca, que formaba parte de las Misiones Pontificias y jugaba importantes papeles internos en esta segunda etapa de la publicación. Los artículos de creación literaria ocupan lugares cada vez más destacados de la revista, que sigue atrayendo nuevos colaboradores: durante la primera mitad de 1944 se incorporará el periodista del diario Arriba José María García Escudero, que obtuvo cuatro años más tarde el premio Nacional de Periodismo Francisco Franco (1948) por sus artículos sobre Balmes; a partir de agosto de 1944, José Antonio Torreblanca, periodista relacionado con ABC, y ya a final de año y de forma más ocasional, Pilar de Cuadra. La pluma más prolífica de estos números de 1944 y principios de 1945 será, sin embargo, Magdalena Noguera, pseudónimo de Carmen Conde, que combinará en ese bienio píos relatos misionales infantiles y juveniles con colaboraciones radiofónicas en Radio Nacional. Es interesante este hecho, por cuanto revela que la revista acostumbraba combinar la participación de autores consagrados y oficiales con la de autores en ciertas dificultades personales como Carmen Conde. Debemos recordar que el marido de Conde, Antonio Oliver, se encontraba por entonces recluido en el domicilio de su hermana en Cartagena, debido a su participación en el ejército republicano y a sus actividades de propaganda en dicho bando.

En rigor, Catolicismo no volverá a plantearse la recuperación de una estampa santoral propiamente dicha hasta agosto de 1945, con la publicación de la sección «Santoral misionero» que lleva a cabo Álvaro Cunqueiro. A partir de febrero de 1946 será él mismo, además, quien cada vez mantenga un mayor espacio literario en la publicación, al ocuparse de buena parte de los relatos que en ella aparecen, aunque continúe la colaboración de las habituales firmas de Torreblanca, Pilar de Cuadra y José Luis Castillo Puche. De hecho, es importante poner de relieve que la participación de Cunqueiro en esta revista es mayor de la que en un principio se pensaba por parte de la crítica. Si bien en el año 1989, en las II Xornadas de Literatura de Mondoñedo, se reveló la existencia de nueve vidas de santos publicadas en 194524, en realidad hemos descubierto que la información no era del todo correcta. Son doce, y no nueve, las hagiografías publicadas por Cunqueiro en Catolicismo, y no todas bajo la sección «Santoral misionero». Del mismo modo, existen además, dentro de esta revista, siete relatos de ficción que Cunqueiro publica en 1946, seis bajo el pseudónimo de Álvaro Labrada y uno con su propio nombre. La nómina de todos los textos es la siguiente, por orden cronológico (se marca el mes y el año de publicación, el título, la autoría propia o bajo pseudónimo y el número de página. En corchetes se señala además si la publicación hagiográfica se realizó o no bajo la sección «Santoral misionero»):

Julio de 1945: «Dom Salvado el fundador o Un misionero en Australia», por Álvaro Cunqueiro, págs. 8, 9.

Agosto de 1945: «San Osvaldo, apóstol de Inglaterra», por Álvaro Cunqueiro [«Santoral misionero»], págs. 8, 9.

Septiembre de 1945: «San Pedro Claver», por Álvaro Cunqueiro [«Santoral misionero»], págs. 8, 9.

Octubre de 1945: «La ardiente prisa de Sor Teresa», por Álvaro Cunqueiro, págs. 10, 11.

Noviembre de 1945: Beato «Juan Gabriel Perboyre», por Álvaro Cunqueiro [«Santoral misionero»], págs. 8, 9.

Febrero de 1946: «San Leandro, apóstol de los godos» [«Santoral misionero»], págs. 8, 9; «San Cosme, rey de los Gou», por Álvaro Labrada, págs. 16, 17, 27.

Marzo de 1946: «Beato Raimundo Lulio» [«Santoral misionero»], págs. 8, 9; «La campana y el león», por Álvaro Labrada, págs. 16, 17.

Abril de 1946: «Relato de San Metodio, apóstol de los eslavos» [«Santoral misionero»], págs. 8, 9; «Historia de la burla del becerro», por Álvaro Labrada, págs. 18, 19.

Mayo de 1946: «Agustín, apóstol de Inglaterra» [«Santoral misionero»], págs. 8, 9; «El fraile que pintaba abanicos para el emperador de la China», por Álvaro Labrada, págs. 14, 15.

Junio de 1946: «Mártires en Uganda» [«Santoral misionero»], págs. 8, 9.

Julio de 1946: «Santa Olga de Kiev» [«Santoral misionero»], págs. 8, 9; «De la calle de Velázquez al río Eyo», por Álvaro Labrada, págs. 10, 11.

Agosto de 1946: número especial sobre China, «Los 5 demonios de Wupei. Cuento chino vuelto al castellano por Álvaro Labrada», págs. 16, 17, 28, 29.

Septiembre de 1946: «Nuestra Sra. de la Merced» [«Santoral misionero»], págs. 18, 19.

Noviembre de 1946: «El fuego. Atum cuenta. Leyenda negra adaptada al castellano por Álvaro Cunqueiro», págs. 16, 17, 27.

Cunqueiro, pues, comienza su colaboración en Catolicismo en julio de 1945, con un artículo biográfico sobre el obispo gallego Fray Rosendo Salvado. No será hasta agosto cuando la revista establezca, con mayor o menor generalidad, en dichas páginas 8 y 9, y bajo el título «Santoral misionero», la sección hagiográfica de mayor continuidad en la historia editorial de la publicación, que se mantendrá siempre bajo la firma de Álvaro Cunqueiro hasta septiembre de 1946. Sólo en circunstancias determinadas, debidas sobre todo al contexto internacional, la sección se verá interrumpida. El caso más relevante es el número de agosto de 1946, dedicado a la evangelización de China, tras la creación de la primera diócesis católica de la historia en ese país y el nombramiento de su primer obispo.

«Santoral misionero» no fue una sección cerrada. En rigor, deberíamos recordar que en ella aparecieron dos artículos no estrictamente hagiográficos, pero sí misionales, el dedicado a martirizados en Uganda y uno encomiástico a la Virgen de la Merced. El proceso de creación muestra, fundamentalmente, que la revista buscaba el tratamiento de un santo vinculado al mundo misionero cuya festividad estuviese incluida en el mes de la publicación. Obviamente, no debía de ser fácil encontrar un santo afamado que reuniese cada mes los requisitos que buscaba la revista. De ahí el recurso a incluir bajo el título de la sección una alabanza de la Virgen de la Merced, cuya festividad se celebraba en el mes de septiembre, muy escaso en santos misioneros. Curiosamente, ocurre lo contrario con el primer texto publicado por Cunqueiro en Catolicismo, en el que realiza un encomio casi hagiográfico de la personalidad misionera de Fray Rosendo Salvado. El nombre de la sección, como hemos señalado, aparecerá un mes más tarde, pero sus bases quedan fijadas en este primer artículo.

Los textos muestran aspectos muy interesantes del enfoque personal de Cunqueiro hacia el género hagiográfico. Como era de esperar, los artículos ponen de relieve la línea editorial oficial de las Obras Misionales Pontificias, siguiendo las instrucciones de Pío XI de mostrar una imagen elogiosa de la misión asociada a lo apostólico y la santidad. Se fuerza, en cierto sentido, una consideración unidimensional de las vidas de santos, de modo que lo misional queda priorizado hasta el punto de relegar aspectos aparentemente fundamentales del discurso hagiográfico como la narración de los milagros del santo. Interesante, además, es el hecho de que algunos de estos textos reconvierten la semblanza hagiográfica en diatriba política contra determinados países, en particular la Unión Soviética, pero también contra Inglaterra, que durante años será caballo de batalla de las Obras Misionales Pontificias. En las páginas de Catolicismo podrán leerse furibundos ataques contra la religión anglicana y la petición de una nueva conversión de la isla en la línea del cardenal Newman25. Es importante, pues, considerar que los artículos de «Santoral misionero» deben leerse no sólo desde una óptica santoral encomiástica simple, sino también desde la tan nacionalcatólica de cruzada, al estilo de los textos periodísticos políticos de esta época.

Con todo, debemos destacar también el tratamiento abiertamente literario, casi lírico, de estas semblanzas cunqueirianas de santos. Ese estilo elevado, más poético que los artículos retóricamente trabajados de sus publicaciones anteriores de prensa, muestran un completo posicionamiento del contenido del relato dentro de lo sublime, otorgando al texto un carácter de verdad sacral e institucionalizada, de revelación, por tanto, en el sentido religioso de la palabra. Esta sacralización domina todo el plano discursivo, de forma que la óptica incluso de las partes más propiamente biográficas o históricas estará tratada desde estos planos de discurso poético sublime revelado.

Hemos señalado que en los textos hagiográficos cunqueirianos la narración de milagros es escasísima, en beneficio de lo propiamente misional. De hecho, esto produce una cierta unificación discursiva de las diferentes semblanzas de santos, pero también aporta una novedad, puesto que, en cierto sentido, Cunqueiro reelabora de forma muy interesante el relato hagiográfico tradicional, a través de la priorización de la temática misionera, que en ocasiones es tan secundaria en la historia del santo que supone una nueva ficcionalización de toda su biografía. Esta reelaboración dota a Cunqueiro de mayor libertad narrativa, lo que se percibe en el singular tratamiento literario que reciben episodios muy determinados —y nimios— que desarrolla, haciéndoles ocupar un lugar narrativo relevante en el conjunto de la narración26. Al primar lo leve e imaginativo, Cunqueiro introduce, dentro de los marcos convencionales aparentemente respetados de la hagiografía, un tono diferente donde priman el lirismo general y el desarrollo literario puro del conjunto. Podemos observar este desarrollo textual en momentos concretos como el paseo por Roma del obispo Salvado, o la descripción a través de los ojos de los cautivos de la embarcación a la que sube San Pedro Claver. Estas células textuales fictivas pueden llegar a ser tan amplias que incluso acaben debilitando el componente hagiográfico propiamente dicho. Es el caso de la descripción de la boda de San Osvaldo. Cunqueiro introduce elementos ajenos a la vida del santo, a lo hagiográfico, que ocasionan una tensión considerable con el tratamiento sublime del conjunto, como el humor, por ejemplo, dentro de su semblanza de San Leandro:

«Parece ser que seguía viviendo en su convento benedictino, cerca del otro convento de su hermana Florentina. Las monjas benitas, agradecidas a la regla caritativa y prudente del santo —Ad Florentinam sororem de institutione virginum—, le hacían golosinas; iba el arzobispo viejo y había perdido la dentadura —mal de los alaringios; todos nuestros reyes visigodos padecieron de las muelas extremadamente—. Quizás en Constantinopla, que era por aquellos días el paraíso de la repostería universal, se habría aficionado Leandro a jaleas y huevos blandos. Las monjas sevillanas le agradecían sus consejos y desvelos con unas yemas que han resistido —¡oh yemas de San Leandro, secreto monjil, dulzor suave!— el paso de los siglos»27.

Es, entonces, llamativo de estos textos hagiográficos su libertad interna: si bien se mantienen formal y semánticamente en el plano convencional de la hagiografía, narrando un relato de los hechos vitales y milagrosos del santo dentro de los marcos habituales de ese tipo de biografías, textualmente muestran elementos que inciden en la flexibilidad del conjunto y lo encaminan más hacia una narración literaria pura y lírica, en estilo y retoricidad, lo que los iguala en mayor medida a otras estructuras prosísticas de esta época como la Historia del Caballero Rafael. Es el caso de la introducción de elementos no tan afines que de un modo u otro dan elasticidad a lo hagiográfico: hemos señalado el humor, pero también deben englobarse en este apartado elementos que se alejan de lo hagiográfico para englobarse en otro tipo de discursos, como la descripción épica, por ejemplo en las batallas de San Osvaldo, o la introducción de erudición fantástica y referencias literarias acrónicas como la mención del bosque de Sherwood en la semblanza de San Osvaldo o de Murillo en la de San Leandro.

La conversión de lo hagiográfico en plenamente ficcional se dará, precisamente, en un texto de este mismo año 1945, su novela San Gonzalo, que firma con el pseudónimo de Álvaro Labrada, algo que pudiera estar relacionado con el hecho de que la novela apareció publicada en la Editora Nacional meses después de su caída en desgracia. En ella Cunqueiro crea, literalmente, una narración hagiográfica. Al escoger la narración del legendario obispo mindoniense San Gonzalo refuerza narrativamente la espacialidad gallega en general y la de su ciudad natal en particular. La dualidad que suponía hacer una narración hagiográfica convencional a partir de una leyenda de trazos mínimos que obliga a imaginar casi toda la biografía del santo es lo que ha hecho que algunos críticos dudasen entre considerarla ficción o relato hagiográfico puro.28Cunqueiro no manifestó nunca dudas a este respecto: para él San Gonzalo era un relato fictivo:

«San Gonzalo, obispo de Mondoñedo, un soñador en un siglo de armaduras, obispo en vísperas del año mil, era para mí el taumaturgo que tenía más a mano. […] Inventé su vida y le inventé las peregrinaciones a Roma y a Jerusalén, es decir, la romería y la palmería y los viajes por su diócesis y los milagros que obró con ciegos, con lobos, con ballenas, con gaiteros. Los teólogos, cuando tratan de la veracidad última de los milagros, exponen un argumento que se llama en las escuelas: de necesidad. Los milagros que yo le atribuí a Gonzalo obedecían a él, a una necesidad de orden poético, en virtud de la cual se producía una profunda comunicación entre el hombre, los animales y diversos objetos que pueden ser misteriosos como los espejos, las prodigiosas espadas, los vasos antiguos, el fuego, los ecos, las luces lejanas que se encienden en la noche. Esa comunicación me parecía el elemento esencial para la construcción y posible lectura de un cosmos, palabra que significa, como saben, el buen orden»29.

Cunqueiro juega, pues, a revitalizar y relativizar al mismo tiempo la narración hagiográfica, literaturizando totalmente esta. Respetando aparentemente los códigos de las vidas de santos, los subvierte aquí de un modo pleno a través de la asunción de que lo que se narra es precisamente eso, narración pura, y alterando, por tanto, la finalidad pragmática del conjunto, que en definitiva consiste en retirar la asunción de verdad revelada del contenido general de lo relatado: desacralizar el texto hagiográfico lo convierte, simplemente, en un relato literario puro, y a ello se une, por supuesto, la asunción de que el contenido de lo narrado es creación propia del autor, alejándolo aún más, si cabe, de los presupuestos de lectura como verdad revelada ligados a la hagiografía. Lo mismo ocurre en el plano estético, al subrayarse el lirismo como elemento clave de todo el conjunto narrativo. En este plano pueden entenderse mejor las importantes deudas textuales que el San Gonzalo mantiene con la novela histórica de Otero Pedrayo A romería de Xelmírez (1934). Claudio Rodríguez Fer30 ha demostrado que los fragmentos que Cunqueiro introduce, traducidos y versionados, tienen un interés descriptivo y no tanto narrativo funcional y relevante para el conjunto: no puede hablarse, por tanto, de plagio en sentido estricto. Sin negar la verdad de la afirmación del profesor Rodríguez Fer, consideramos que dichos fragmentos están reforzando, precisamente, el plano de elevación lírica de todo el conjunto de la novela, reforzando la situación de lo hagiográfico, al menos en su composición, dentro de marcos exclusivamente literarios. Al mismo tiempo, estos fragmentos añaden un componente que ya hemos destacado aquí: la costumbre de Cunqueiro de versionar —o autoversionar— textos y reconvertirlos en otros diferentes. Se mantiene a su vez la vinculación literaria de Cunqueiro con escritores y textos gallegos anteriores a 1936. Por lo demás, es enormemente interesante señalar que él mismo considerase que lo hagiográfico reforzaba la consideración general de su narrativa dentro de los marcos del «realismo fantástico», por usar sus propias palabras, precisamente porque lo hagiográfico muestra imbricado dentro de sí lo maravilloso —el milagro— en lo cotidiano. Esto es más visible en el San Gonzalo que en las semblanzas de Catolicismo, donde como hemos visto el elemento maravilloso ocupa mucho menos espacio narrativo en beneficio de lo misional. Así queda patente también en el clímax de la novela, cuando el santo utiliza sus oraciones para destruir la flota normanda que está a punto de desembarcar en la costa lucense, cerca de Mondoñedo. Este episodio admite lecturas mucho más allá de lo propiamente hagiográfico, como el acercamiento a temas cunqueirianos tan relevantes como el poder creativo de la palabra y su capacidad de modificación de la realidad, o en otros episodios anecdóticos que se focalizan hacia lo humorístico:

«En la nao va aquel monje benito de Chieri que se trocó en faisán por haber comido un alón salteado el día de Viernes Santo, un lego de ojos candorosos y rapada testa lo lleva palmero en una jaula de plata, con salvoconducto del duque de Saboya»31.

En esa aparente sencillez de contenido combinada con el estilo retórico-poético característico del Cunqueiro de los años cuarenta, San Gonzalo se apunta como una narración flexible y lábil en su capacidad de hacer cotidiano lo milagroso, un aspecto inherente a las vidas de santos, como hemos visto, pero que Cunqueiro tratará de forma desacralizada y puramente literaria, algo que sin embargo no está presente en los textos de Catolicismo, que exigen el mismo tipo de recepción lectora que la hagiografía pura. En cualquier caso estos textos muestran una capacidad literaria elevada y marcan el camino hacia las narraciones de los años posteriores, sobre todo en la fusión interna de los mirabilia, de los hechos fantásticos, en el plano de los naturalia, de los cotidianos32:

«Sin darme cuenta yo había dado el paso principal hacia una literatura de imaginación, en la que los elementos más reales pueden ser situados en la máxima irrealidad y viceversa, sosteniéndose reales e irreales como las dovelas de un arco por la virtud de la piedra clave del asombro, que en tal concepción literaria equivale al desenlace, un punto de equilibrio al final del cual lo insólito e inverosímil aparece como cosa cotidiana y lógica, como la más probable»33.

«CANSO, SOIO, TRISTE», 1947-1960

Las escasas colaboraciones de prensa y el San Gonzalo proporcionan a Cunqueiro unos ingresos demasiado magros como para mantener dignamente a su mujer y a sus dos hijos pequeños en la capital de España. Su crisis profesional se une a una profunda crisis personal que en 1947 lo motiva a tomar la decisión de abandonar Madrid y regresar a Mondoñedo. En un sentido, la ciudad natal se convierte de nuevo en refugio, pero perceptiblemente, en esa situación, esa vuelta debía de ser vista por el propio autor, también, como una especie de destierro autoimpuesto por las circunstancias. En Mondoñedo Cunqueiro volverá a ser acogido por los sectores intelectuales del galleguismo que sobrevivieron a la debacle de la guerra y la represión, y que entre enormes dificultades estaban sentando las bases para la reconstrucción del sistema cultural gallego. Cunqueiro, pues, retoma las amistades de Ánxel Fole, Ramón Piñeiro y, sobre todo, la de Francisco Fernández del Riego. Este último en particular lo animará a retornar a la escritura en lengua gallega y le abrirá la colaboración periodística en el suplemento cultural del santiagués diario La Noche. La andadura de esta publicación fue breve, pero en sus páginas Cunqueiro muestra de manera diáfana su conexión con el mundo intelectual heredero del Grupo Nós, que buscaba la dignificación de la cultura gallega equiparándola con las tradiciones literarias europeas, y para ello será clave la traducción de autores canónicos. El mismo Otero Pedrayo tradujo fragmentos del Ulises de Joyce en 1926, siendo el gallego la primera lengua romance que contó con una traducción de esta obra. Cunqueiro, en cambio, volverá a un poeta de referencia personal, Hölderlin, del que publicará unos poemas para el citado suplemento de La Noche. Es una referencia que muestra textualmente los puentes que lo unen a sus actividades de compromiso cultural galleguista de los años treinta. El cierre de la publicación no tardó en llegar, sin embargo. Juan Aparicio ordenó su clausura cuando llevaba quince números, desde el 15 de octubre de 1949 al 28 de enero de 1950, tras aparecer en el suplemento una serie de artículos de homenaje a Castelao, fallecido ese mes de enero en Buenos Aires. El germen del suplemento cultural de La Noche cuajó en la fundación de la editorial Galaxia en la significativa fecha del 25 de julio de 1950. Su primera publicación fue la obra poética de Ramón Cabanillas Antífona da cantiga (1952), y asimismo sus directivos, Isla Couto, Otero Pedrayo, Ramón Piñeiro y Fernández del Riego, pusieron en marcha el proyecto de Grial: Revista Galega de Cultura, en sí todo un manifiesto de los presupuestos culturales de recuperación galleguista en la asfixiante atmósfera del franquismo. Cunqueiro se ofrece entusiasta a Del Riego para colaborar con esta publicación en su calidad de literato y traductor34. Grial no llegará a los dos años de andadura, pero las bases institucionales del galleguismo cultural que supusieran asimismo líneas posteriores de imbricación política quedaban asentadas para los siguientes años, y la editorial Galaxia comenzaba un recorrido constante y dificultoso entre los vericuetos de la censura franquista. El mismo año de 1950 Cunqueiro consigue, de la mano de Francisco Leal Ínsua, una colaboración como articulista para el diario El Progreso de Lugo. Será el inicio del retorno a una carrera periodística que en la década de los cincuenta se irá extendiendo paulatinamente a diferentes periódicos de ámbito gallego: El Correo Gallego, de Santiago, la coruñesa La Voz de Galicia, la revista Vida Gallega en su segunda época, dirigida por Xosé Iglesias Presa, y, por último, el Faro de Vigo. En 1950 retoma, además, su obra poética en lengua gallega, dando a la imprenta Dona do corpo delgado. Será su único poemario en lengua gallega tras la guerra, descontando la reedición con añadidos de Cantiga nova que se chama Riveira (1957). En cualquier caso, Cunqueiro mantiene un trabajo literario constante durante toda la década; pese a definirse como caótico y haragán en algunas cartas a su amigo Fernández del Riego35, trabaja incansablemente, sin embargo, en la creación de novelas, poesía, traducciones y teatro. Retoma también la tradición de su Taller Literario publicando en la imprenta mindoniense de Xesús Díaz textos de tirada muy reducida, en los que vuelve nuevamente a su Hölderlin en «Retrato da poesía de Hölderlin. Fragmento», y rehace los textos que vieron la luz en la revista Nós en 1934. No sólo es muy interesante este fenómeno de revisión y autocorrección, que también se dará, en gran medida, en parte de su obra periodística, sino que además vuelve a poner de relieve las concomitancias con un poeta que, más allá de su vinculación de contenidos, era visto en esos años por Cunqueiro como arquetipo de sufridor en un momento en que Cunqueiro vuelve a componer y publicar poesía en lengua gallega36.

A un mismo nivel de difusión reducidísima publica al año siguiente su Rondeau en loor de un botánico del siglo XVIII que regresa de Cipango y Catay y todas las Indias, esta vez en la luarquesa imprenta Herederos de Ramiro P. del Río. Al tiempo, continúa sus colaboraciones con Galaxia en una obra sobre Maside, junto con Ramón García Suárez. Su publicación literaria habitual en gallego y castellano prosigue en revistas como la coruñesa Atlántida, con su Crónica de la derrota de las naciones. Fragmentos (1954) o su poema «Os sete pavillóns», en la ferrolana publicación Aturuxo (1955). Sin embargo, será a mediados de la década cuando despunte todo el trabajo en lengua gallega preparado hasta el momento, con la publicación, en 1955, de la que será arquetipo fundacional de la novela gallega de la segunda mitad del siglo XX, su Merlín e familia i outras historias, verdadero y cabal exponente del realismo mágico, admitiendo una filiación que él mismo estableció en diversas entrevistas posteriores37, y donde se iniciaba claramente, en cualquier caso, una nueva etapa en la prosa del autor. Al año siguiente publica As crónicas do sochantre, donde la fusión anacrónica de Merlín en Miranda, de prosa e historias engarzadas, se convierte aquí en una fusión entre los vivos y los muertos en el marco de la Bretaña de la Revolución Francesa.

Es importante destacar de nuevo en este punto el carácter dual con el que durante esos años y con posterioridad a ellos Cunqueiro abordará su trabajo literario, combinando publicaciones en lengua gallega y castellana y, asimismo, traduciendo su obra gallega en un proceso que, como hemos señalado, debe calificarse en mayor medida de re-creación y no de traducción en sentido estricto. El año 1956 es un buen exponente de lo que acabamos de comentar, porque Cunqueiro dará a la prensa su versión castellana Merlín y familia y El caballero, la muerte y el diablo, que retoma un texto más relacionado —al parecer, incluso redactado casi en su totalidad— con el período literario de Historia del Caballero Rafael, con el que tiene enormes concomitancias estilísticas y en el tono bizantino del relato38. Sin embargo, sí es cierto que la década de los cincuenta verá la aparición de buena parte de la obra en gallego de nuestro autor: su obra de teatro O incerto Señor Don Hamlet, príncipe de Dinamarca (1958), cuyas dificultades con la censura para su puesta en escena son bien conocidas; los relatos basados en la retratística fantástica que son Escola de menciñeiros (1959), la obra teatral A noite vai como un río (1960) y su novela Se o vello Simbad volvese ás illas (1961). Cunqueiro retomará, además, la narrativa larga en castellano con Las mocedades de Ulises (1960). Asimismo, el año 1959 tiene importancia en la carrera de Cunqueiro hacia su reinstitucionalización como escritor en castellano, porque la traducción que Fernández del Riego realizó de As crónicas do sochantre fue galardonada con el Premio Nacional de la Crítica. Cunqueiro se convertirá en un referente novelístico en los sesenta, afirmando, eso sí, sus lazos editoriales no con Madrid, sino con Cataluña. Allí establecerá conexiones personales, culturales y profesionales de primer orden, tanto con escritores como con empresarios del sector editorial como Ignacio Agustí, quien pasará a ser el editor de referencia de sus novelas en castellano, en la editorial Destino, y con el que colaborará como articulista en la revista del mismo nombre desde 1961. Al mismo tiempo, sus amistades literarias muestran concomitancias y lazos relevantes para una obra vinculada, por encima de todo, a la exaltación de la imaginación y lo fantástico, y en un plano más prosaico, a las revistas culturales catalanas con las que colaborará intensamente. Así hay que entender su compromiso personal con autores como Néstor Luján, director precisamente de la revista Destino, o el Joan Perucho de Llibre de cavalleries (1957), también vinculado a esta misma revista y al diario La Vanguardia, autores ambos que tienen en común una manifestación cultista como rasgo literario permanente, enfrentados a la dominante y permanente tendencia de la novela social que propugnaba un canon literario caracterizado por ciertos afanes reduccionistas39.

Cunqueiro, pues, parece haber superado su ostracismo, y puede considerarse que, si bien no volverá a publicar obras de ficción con tanta asiduidad y continuidad como en los siete años que van de 1955 a 1962, su prestigio queda plenamente consolidado, además de como creador de mundos fantásticos, como articulista culto y colaborador variado en prensa gallega y nacional. Cunqueiro, que empezó como poeta y se reveló un novelista complejo y un dramaturgo innovador, se convirtió, además, en figura referente de primer orden para la cultura gallega dentro y fuera del país, como recoge el número extraordinario de la revista Ínsula de julio-agosto de 1959, titulado Letras gallegas.

ÉXITO Y CANONIZACIÓN, 1961-1981

Tal vez 1961 sea el año más señero en la trayectoria profesional y literaria de Álvaro Cunqueiro. El 23 de abril, en Mondoñedo, es nombrado Académico de Número de la Real Academia Galega. Pocas semanas antes ha tenido lugar un multitudinario homenaje en Lugo acompañado de un seguimiento especial en el diario El Progreso. Al mismo tiempo, obtiene un puesto fijo como redactor en Faro de Vigo. Es la primera vez, al menos desde 1938, que Cunqueiro tiene una estabilidad laboral garantizada. Los años siguientes le obligarán, paradójicamente, a centrarse en gran medida en su labor de redacción periodística en Faro de Vigo, en diversas series de artículos como «El envés», que mantendrá hasta el final de su vida. La elección para la Real Academia Galega no fue unánime, y mostró en sus interioridades un hecho que le acompañaría durante toda su vida: su consideración de escritor complejo, esteta y evasivo, que en el contexto de la valorización de la literatura social en la segunda mitad del siglo XX le obligó a lo largo de los años a defender su obra de ataques injustificados que la consideraban estéticamente relevante, pero de tono e importancia menor por no poseer un carácter social y políticamente comprometido. Al mismo tiempo, el hecho de que Cunqueiro, conscientemente, se moviese de manera bidimensional en el sistema literario gallego y en el castellano fue colocando su literatura en posiciones periféricas en ambas lenguas, que a la postre es una de las razones que ha motivado su postergamiento en los últimos años en el ámbito de la literatura en lengua española. Los choques en el ámbito del sistema literario gallego se patentizaron en el enfrentamiento público que con Cunqueiro mantuvo Celso Emilio Ferreiro, poeta fundador del marxista Unión do Povo Galego y adalid canónico de la literatura social en lengua gallega. Ferreiro se vio obligado a exiliarse a Venezuela en 1966, y allí, en un viaje que Álvaro Cunqueiro realizó a Caracas en 1968, mantuvieron ambos un agrio enfrentamiento que continuará con ataques poéticos de Celso Emilio a la labor periodística y literaria de Cunqueiro40.

En 1965 Cunqueiro es nombrado director de Faro de Vigo, cargo que ocupaba in pectore desde el año anterior y en el que se mantendrá hasta 1970. El trabajo en ambas lenguas, su carácter de burgués liberal con conexiones sociales amplias, la perspectiva literaria no comprometida, el culturalismo complejo, su temática abstracta y sus posiciones políticas, que en Cunqueiro eran fieramente antimarxistas y de un pronunciado cariz liberal, marcaron las diferencias de posiciones entre ambos autores. En cierto sentido, Cunqueiro y Ferreiro eran las cabezas visibles de los dos polos intelectuales que se estaban gestando en el sistema cultural gallego y que evolucionarán hacia posturas políticas enfrentadas a partir de mediados de los setenta. Asimismo, Cunqueiro ocupaba desde la década de los sesenta un importante relieve social vinculado a sus posiciones profesionales e intelectuales, que tendrán concreciones en su afianzamiento institucional por parte del Estado, como el premio Conde de Godó de periodismo que obtiene en 1966, o anteriormente, en 1962, el Juan Palomo, concedido por la relevante personalidad que seguía siendo Manuel Halcón41. Igualmente, es notable su cada vez más afianzada posición en el sistema literario español a nivel oficial, con reconocimientos informales que se unen al éxito de público y de ventas durante su firma de libros en la celebración del San Jordi en Barcelona en 1964, donde además el entonces ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga, citó elogiosamente al propio Cunqueiro en su discurso de inauguración de la Feria del Libro, en un acto que remató posteriormente con la imposición de la Gran Cruz del Mérito Civil a Ignacio Agustí, presidente a la sazón del Ateneo:

«Esto pensaba hace algunos días, al leer el precioso libro que don Luis O. Manegat acaba de dedicar, en exhaustivo estudio, a La Barcelona de Cervantes. Y me fijaba especialmente en un pasaje que también, según tuve ocasión de ver después, ha llamado la atención a mi amigo y paisano Álvaro Cunqueiro, que es uno de los “raros” de nuestras letras, dando a ese adjetivo el justo valor admirativo que le otorgaba Rubén Dario»42.

La fama de Cunqueiro como escritor se afianza a lo largo de esta década, al cultivar en mayor medida géneros populares como la literatura de viajes —que inició en 1957 con el encargo oficial por parte del Ayuntamiento de Vigo del libro Vigo, puerta del Atlántico— y, sobre todo, por sus ensayos gastronómicos, en solitario o compuestos a la par con su íntimo amigo y director de El Pueblo Gallego José María Castroviejo, Teatro venatorio y coquinario gallego (1958), o su enormemente exitoso Viaje por los montes y chimeneas de Galicia. Caza y cocinas gallegas (1962). La eficaz combinación de estilo culto y al mismo tiempo ligero, salpicado de anécdotas eruditas, será ideal para dignificar libros que superan el ámbito de la estampa turística, odepórica o gastronómica, y que con la pluma de Cunqueiro cobran un especial valor literario. Es perceptible en el encargo que en 1962 le realiza la editora Publicaciones Españolas del libro Rutas de España: La Coruña, Lugo, Orense y Santiago, o el más curioso Pesca y conservas. Itinerarios turístico-gastronómicos de la provincia de Pontevedra (1964), así como obras como El Camino de Santiago (1965), fruto de un largo reportaje que llevó a cabo junto al excelente fotógrafo de Faro de Vigo Magar. En el mismo estilo deben enclavarse sus guías para la editorial leonesa Everest: Lugo (1968) o Vigo y su ría (1971). Es cierto, como ha señalado Manuel Forcadela43, que sobre todo en los setenta el volumen de la obra en gallego de Cunqueiro es más reducido frente a sus publicaciones en castellano, y en el caso de la prosa, resultado en buena medida de autotraducciones versionadas a partir de obras anteriores, en particular los artículos pertenecientes a la sección «El envés», de Faro de Vigo. Es el caso de Xente de aquí e acolá (1971) y Os outros feirantes (1979). Debe destacarse, no obstante, la excelente calidad literaria de los artículos y semblanzas que fue publicando en prensa, en una continuidad que muestra que las fronteras de géneros se diluyen en su creatividad hasta formar, como ha sido señalado, un completo y complejo macrotexto44. La publicación de estas obras consigue acercar todavía más a Cunqueiro al mayor público de literatura gallega que trae consigo la década de los setenta y mantener vigente su excepcional calidad narrativa en un momento en que empiezan a despuntar nuevos y excelentes autores jóvenes como Méndez Ferrín, Carlos Casares o Víctor Freixanes.

Cunqueiro continúa en la década de los setenta publicando novela en castellano, pero también, a medida que pasan los años, en menor volumen, fruto, posiblemente, de haber abandonado la dirección de Faro de Vigo y retomar la actividad periodística por libre, en publicaciones tan amplias y diferentes como Sábado Gráfico, Destino, El Noticiero Universal, hasta la erótica Bazaar. Aun así, estos años ven el triunfo y la brillante repercusión que tuvo su obtención del Premio Nadal de 1969 por Un hombre que se parecía a Orestes (1969), y la aparición en la editorial Destino de sus espléndidas dos últimas novelas, Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca (1972) y El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes (1974). Cunqueiro, además, sigue atendiendo a una escritura que sería injusto calificar únicamente de profesional: su estatuto literario atravesaba géneros y enriquecía obras como los ensayos gastronómicos y odepóricos que tanta fama le habían deparado en la década anterior, como en los títulos escritos para la editorial Everest Rías Bajas gallegas (1971). En ese sentido, deben ponerse de relieve las tres recopilaciones de sus publicaciones en Faro de Vigo, que vieron la luz en la barcelonesa editorial Táber. El envés (1969), Laberinto y Cía (1970) y El descanso del camellero (1970) revelaban literariamente su dominio del texto breve y ponían a disposición del público español buena parte de su espléndida obra articulística publicada en el restringido ámbito del Faro de Vigo.

En la misma línea de textos de gran difusión y calidad pareja debe considerarse A cociña galega (1973), un texto que tenía escrito en gran parte desde principios de los cincuenta, y que a la postre será su obra más vendida tanto en gallego como en su versión castellana, que desde 1982 ha sido constantemente reeditada. Álvaro Cunqueiro aparece nuevamente como escritor dual entre lo popular y lo cultista, entre la literatura compleja y la ligereza ensayística, pero en realidad la principal característica que alientan los textos cunqueirianos es su cualidad de ser entre ellos verdaderos vasos comunicantes temática y estilísticamente, una obra que salía, literalmente, de su inmensa erudición y de sus relaciones culturales y de amistad a lo largo de los años con escritores y bibliófilos variadísimos. Sin embargo, es cierto que esa faceta pública y popular aumenta a medida que pasan los años, al ser vinculado en general a una imagen simplificada de gourmand, que llega a manifestarse en curiosos aspectos como la campaña publicitaria en la que fue imagen del Ribeiro Pazo en las páginas de diferentes diarios gallegos, fundamentalmente en el propio Faro de Vigo.

Cunqueiro continúa escribiendo excelentes textos a caballo entre el relato y la glosa histórica ficticia habitual en algunos de sus artículos de prensa, como su Tertulia de boticas prodigiosas y escuela de curanderos, así como la traducción de Xente de aquí e acolá (La otra gente, 1975). Las ya citadas novelas de esta época presentan en cambio, mayor complejidad estructural, dentro de una disolución del género absolutamente característica y personal y propia de su evolución literaria. En ellas la ficción se diluye o se distorsiona en contenidos y estructuras, y, al tiempo, alcanza cotas de abstracción, mezcla temporal y culturalismo real o ficticio —rasgo fundamental y relevante para entender la obra de Cunqueiro— que las dotan de una enorme complejidad y personalidad en el panorama de una novelística castellana que estaba afrontando diferentes espectros de renovación y que conectaba, además, con los logros de autores europeos o hispanoamericanos como Calvino o Borges. En su prosa, Cunqueiro plantea de forma compleja el conflicto entre la realidad y la ficción, rematando siempre con la asunción de la realidad en un proceso que lleva consigo la destrucción de los sueños y, por ende, de la propia vida.

Es una paradoja, en cierto sentido, que, pese a componer buena parte de su obra en lengua gallega entre los años treinta y principios de los sesenta, sea posteriormente, a partir de la muerte de Franco, cuando el carácter de escritor canónico de Álvaro Cunqueiro dentro del sistema cultural y literario gallego se acreciente enormemente. Debe destacarse, no obstante, que en buena medida fue difuminándose la oposición de los mencionados sectores intelectuales críticos que preconizaban una literatura sociopolítica de compromiso, y que, a la postre, manifestaban una radical división entre la alta burguesía cultural heredera del galleguismo cultural del Grupo Nós y los nuevos sectores políticos nacionalistas de izquierdas vinculados al marxismo. Si la canonización de Ferreiro motivó un cierto relegamiento en la consideración literaria de Cunqueiro en parte de la década de los sesenta y los setenta, esta recuperará, en el plano estético, la figura del autor mindoniense, con la reivindicación tácita que la obra poética de Méndez Ferrín realiza de su figura en Con pólvora y magnolias (1976), al tiempo que el tránsito de Celso Emilio Ferreiro hacia un mayor esteticismo suaviza las cargas sociopolíticas de la poesía en lengua gallega en obras como Onde o mundo se chama Celanova (1975) y sus enconados ataques anteriores. A ello se unió el inicio de la publicación de sus obras completas por la editorial Galaxia y la aparición póstuma de su poemario Herba de aquí ou acolá (1988), que mostraba una profundización y maestría que señalaría un hito en la creación poética del autor y en el sistema literario gallego.

Cunqueiro, asimismo, se pronuncia cada vez más abiertamente a favor de la lengua y la cultura gallegas y de su perentoria necesidad de normalización en todos los ámbitos sociopolíticos y culturales, de un modo que aún hoy hace vigentes buena parte de sus planteamientos. En cierto sentido, Cunqueiro estaba poniendo voz a los argumentos de los intelectuales a él vinculados, herederos de la visión política y cultural del Grupo Nós, y su figura intelectual cobró en esos años, dentro de su relevancia institucional, cotas de dignidad ética y cultural para el sistema intelectual y político gallego que fueron especialmente relevantes dentro y fuera del país.

Esos espacios canónicos de público y crítica se van haciendo más notables a medida que pasan los años setenta. En esas circunstancias de re-canonización de su obra y perfil intelectual hay que valorar la concesión del Premio de la Crítica en lengua gallega a Os outros feirantes, en 1979, y la concesión por parte de la Universidad de Santiago de Compostela del Doctorado Honoris Causa, en la que Cunqueiro plasmó, casi como un testamento intelectual, su consciente, constante y abierto compromiso con la lengua gallega y, por ende, con Galicia, que tuvo otro referente icónico a nivel político, como fue el hacer visible en los medios de comunicación su influencia para pedir el sí en el referéndum sobre el estatuto de autonomía, cuando ya estaba muy enfermo, tanto en apariciones televisivas como en particular con un importante artículo publicado en Faro de Vigo el 21 de diciembre de 1980, titulado «Nunha gran hora galega». En él escribió, simbólica y conscientemente, de nuevo, «Os tempos son chegados», el verso de Pondal, la misma frase que había pronunciado casi cincuenta años antes en uno de sus primeros discursos políticos, como compromiso pleno de su talante democrático y su profundo galleguismo. Era, además, un enlace vinculado a las tesis piñeiristas y, en general, a la llamada Generación Galaxia y Realidade Galega, respecto del valor de la identidad cultural y de la lengua como símbolo fundamental de galleguidad, que políticamente se marcaría en la táctica del galleguismo difuso que tiñó la acción política de estos intelectuales en los primeros ochenta.

Cunqueiro padecía diabetes. Una dolencia en un pie fue agravándose y su estado empeoró hasta tal punto que hizo necesarias varias hospitalizaciones y sesiones de hemodiálisis cuando una insuficiencia renal complicó el cuadro clínico. El 28 de febrero de 1981 fallecía en Vigo, a los setenta años. Su hijo César destaca de modo conmovedor cómo afrontó los días finales con su «exemplo imarcesíbel de coraxe e de valor e de serenidade diante do inevitábel»45, manteniendo su lucidez y su memoria prodigiosa hasta el final.

CUNQUEIRO ARTICULISTA

Si bien Cunqueiro parecía asumir en sus declaraciones públicas la existencia de una dicotomía entre la práctica del periodismo y la literatura, esta se reducía en particular a quejas por la falta de tiempo que esa profesión le dejaba, sobre todo tras acceder a la dirección de Faro de Vigo, para sus proyectos literarios de mayor envergadura. Pero lo cierto es que Cunqueiro siempre escribió prosa de arte, y una prosa literariamente cohesionada de un modo que supera la clasificación convencional de géneros. De hecho, al igual que en su obra novelística jugó a disolver los márgenes y rasgos definitorios del género, en sus artículos de prensa podemos igualmente observar esa disolución de fronteras, que hace tenue la clasificación de su prosa46. El mismo Cunqueiro fue consciente de esa consideración de sus artículos como textos puros cuando en las diferentes antologías publicadas por la editorial Táber alrededor de 1970 decidió incluir los textos sin fecha ni aditamentos paratextuales más allá del título. El componente narrativo ocupaba en ellos un lugar privilegiado para el propio Cunqueiro, fuera de lo accesorio que era su publicación periodística, para él, que se definió siempre, y por encima de todo, como fabulador.

Al igual que con el resto de su obra en prosa, el rasgo que más llama la atención, tanto al lector que se acerca por vez primera a la obra de Cunqueiro como al estudioso especializado, es el grado de profunda coherencia general que manifiestan sus textos articulísticos. El particular estilo y poetización que revela es plenamente reconocible, incluso en los artículos y textos breves que no llevaban su firma, como buena parte de los comentarios a pie de foto en las páginas de Faro de Vigo durante dos décadas. Dicha coherencia se da también en los planos temáticos. Es importante señalar que Álvaro Cunqueiro se movió siempre en un abanico relativamente poco extenso de referencias temáticas y culturales que utilizaba de modo recurrente en su obra, cargándolas así de una mayor funcionalidad interna. En ese sentido, él, que odiaba las clasificaciones, podía permitirse agrupar sus artículos por temáticas de una forma relativamente sencilla, y así solía mencionárselo en determinadas ocasiones a sus lectores, señalándoles, por ejemplo, que la narración iba a tratar sobre aspectos habituales en su prosa como las semblanzas y anécdotas sobre demonios o sirenas. Esta línea de clasificación temática ha sido habitual en muchas antologías, como las realizadas por César Antonio Molina, Néstor Luján o María Liñeira. Sin pretender exhaustividad, podemos señalar que en general, la clasificación de contenidos está vinculada en gran medida al grado de centralidad que ocupa el elemento cultural en la narración del artículo. Así, podríamos hablar de artículos que conforman ciclos laxos, como los formados por la mitología hebraica, que englobaría buena parte de su angelología y demonología, la tradición y mitologías helénica y bizantina, el ciclo bretón —en el que podrían incluirse todas las referencias artúricas que tanta importancia tienen en su obra—, el árabe, el irlandés-céltico, el africano, o el chino. Estos tres últimos, a diferencia de buena parte de los anteriores, no cuentan con un desarrollo novelístico en paralelo, como serán el Merlín e familia, Las mocedades de Ulises, As crónicas do sochantre o el Se o vello Simbad volvese ás illas. Al mismo tiempo, Cunqueiro contempla también buena parte de las referencias literarias de una forma recurrente, que podríamos llamar cíclica: Shakespeare, Dante y la literatura italiana del Renacimiento, Boswell, Dickens se convierten en temáticas con desarrollos articulísticos propios a lo largo de los años cincuenta, sesenta y setenta. Igualmente, conforman grupos de artículos periódicos los dedicados a seres mitológicos determinados, como las sirenas. Del mismo modo, y esto es relevante, el plano religioso será tratado de forma desacralizada47, como narraciones mitológicas —no en vano Cunqueiro conocía y citaba a menudo a autores expertos en mitología como Mircea Eliade o Lévi-Strauss—. Es en este grupo donde debemos englobar sin duda las narraciones de santos y milagros.

Junto con la referencia cultural, amplificada y desarrollada hasta formar ciclos, Cunqueiro trata la referencia espacial de forma similar, como articulista que maneja cultural y periódicamente paisajes determinados, sobre todo el gallego, pero también, de manera más amplia, en ciclos como los que dedica a su viaje por la Bretaña francesa o las importantísimas series sobre el Camino de Santiago. El retrato paisajístico permite la posibilidad de que el artículo desarrolle la temática de las semblanzas personales, reales o ficticias, que en general desenvuelven un tipo particular ligado al realismo mágico que conformará también modelos literarios propios en lengua gallega (Escola de menciñeiros, Os outros feirantes, Xente de aquí e acolá). Indudablemente, la forma articulística le ofrecía a Álvaro Cunqueiro, como podemos ver, una enorme flexibilidad temática, estilística y, sobre todo, de tratamiento interno, muy variado, de los elementos narrativos y ficcionales.

Hemos utilizado anteriormente el término «ciclo» para describir de manera muy laxa la filiación de sus artículos a diferentes tradiciones culturales y registros temáticos. Esta misma categoría es útil, además, para describir otro aspecto muy particular de la práctica articulística cunqueiriana, y no sólo articulística, sino del conjunto de su obra literaria, como es la recurrencia del tratamiento narrativo asociado a determinadas fechas del año. Esto es particularmente relevante, como veremos, en el caso de los artículos de temática hagiográfica, publicados normalmente en torno a la festividad del santo, de modo concreto con aquellos de filiación local y personal importantes para Cunqueiro como San Cosme, San Froilán, San Roque, San Jorge, San Lucas y Santiago Apóstol. Esto mismo ocurre con otro tipo de artículos como los dedicados a narraciones navideñas y de Reyes, que conviene hilar con un referente textual muy querido para el propio Cunqueiro, el de los cuentos de Navidad que Charles Dickens fue componiendo desde 1843 hasta su muerte.

Estructuralmente, es muy complejo establecer una evolución general de la articulística de Cunqueiro. Puede señalarse, en gran medida, que el escritor plantea de forma genérica diferentes desarrollos narrativos a partir de un cierto anclaje con lo real, que puede ser desde una mera anécdota personal hasta la referencia a una noticia de actualidad o, de manera muy interesante, un diálogo motivado a raíz de otro artículo de su propia autoría o de un amigo como José María Castroviejo o Vicente Risco; pero, con todo, la labilidad es la norma, porque en el ámbito de la noticia entran las informaciones históricas como una nueva del año mil, en acertada explicación de Víctor Freixanes48, o las informaciones obtenidas de los Avisos de Barrionuevo o el diccionario de demonología de Plancy. Lo concreto, pues, recibirá el desarrollo narrativo que creará el propio artículo, de manera más o menos general. Indudablemente, esta consideración de su articulística como vinculada a cierta característica de glosa no puede extenderse a toda la creación periodística cunqueiriana, pero creemos que abarca una gran parte de la misma. Ello explica, además, la capacidad de trascendencia asociada a toda su escritura, que habría pasado de un articulismo combativo asociado a la política y propaganda exigida por las publicaciones oficiales franquistas a un articulismo más contemplativo y literario, en la estela de buena parte de la prosa novecentista, y en particular de la canónica figura que supuso Eugenio d’Ors para la generación a la que pertenecía Cunqueiro, de la que en su fervor, no ajeno a la vanguardia, en ese gusto por la brevedad, flexibilidad y sobre todo elevado culturalismo, será deudor, al igual —y esto debe ponerse muy de relieve— que de la construcción y el estilo articulístico de Ramón Otero Pedrayo. En cualquier caso, los artículos cunqueirianos buscan desarrollar, en mayor o menor medida, una narración, vinculada en sentido muy laxo a la realidad, presente o pasada, histórica o inventada, como noticia, considerando además la cultura como punto de desarrollo constante central o periférico, que abre nuevos aspectos dentro del propio artículo.

CUNQUEIRO Y LO HAGIOGRÁFICO

Lo religioso en general y lo hagiográfico en particular ocupan un importante papel en la obra en prosa de Cunqueiro. Hemos de considerar estos textos como un repertorio recurrente, que permite visualizar de forma singular su evolución personal y literaria, ya que a lo largo de muchos años realizó un proceso complejo de recreación de materiales, pero también, al mismo tiempo, un juego textual de referencias internas a las que alude el texto hagiográfico que recrea. De hecho, la temática hagiográfica será utilizada por el propio escritor para una reflexión muy interesante sobre su labor literaria:

«El profesor Montero Díaz hizo un elogio de este libro (i. e. San Gonzalo) diciendo que era una pequeña obra maestra de la hagiografía medieval. Y yo he entendido siempre esta frase como diciendo que yo era un hagiógrafo medieval, es decir, un narrador asombrado de lo que se ve obligado a narrar, ingenuo y piadoso»49.

Si en un principio, en sus años de juventud —en artículos como los publicados cuando tenía dieciocho años en Vallibria—, lo santo será visto desde una óptica gallega que enlaza con la visión cultural profundamente europeísta del Grupo Nós —dicha visión queda concretada en la figura de Santiago Apóstol y el Camino, un elemento absolutamente fundamental en la obra de Cunqueiro, sobre la que volverá periódicamente—, en cambio, y como no podía ser de otra forma, en los años de la guerra civil y la inmediata posguerra, la temática hagiográfica se encuentra sometida a tratamientos retóricos más amplios conforme a la ideología oficial franquista. Tratada como imaginería, la santidad será un recurso literario para alabanzas variadas y, en particular, el encomio del caudillismo como última línea de santificación, vinculando política y propaganda religiosa a través de los paralelismos entre las figuras de santos y el retrato de Franco. La temática religiosa, por tanto, se introduce como un proceso retórico de trascendentalización de lo narrado, y al mismo tiempo, de sacralización de la realidad —política en este caso— que Cunqueiro describe en sus artículos. En ese sentido, podemos considerar que el elemento hagiográfico es secundario respecto del político y actúa en rigor como un mecanismo de justificación y de argumentación. Sin embargo, también es cierto que tanto los textos de Catolicismo como San Gonzalo marcan un jalón en la textualización de esta temática, puesto que lo hagiográfico funciona como unidad narrativa propia, central, y no accesoria. Así lo recogen las declaraciones posteriores que Cunqueiro hizo de su novela, como hemos visto. Lo santo ocupa un lugar narrativo central, y en San Gonzalo la ficción procede a instalarse en espacios que anteriormente ocupaba la asunción de que Cunqueiro simplemente retoma una historia, unos contenidos tradicionales. Sin embargo, y esto es importante, la creación fictiva, como hemos señalado, no implica en el San Gonzalo una lectura ficcional, literaria, unívoca, sino que todavía se plantea la posibilidad de una consideración hagiográfica en el plano de la recepción. El género, por lo tanto, sigue manteniéndose fijado, por más que Cunqueiro haya introducido ya el jalón de la completa ficcionalidad en las marcas tradicionales y convencionales del género hagiográfico.

Sin embargo, es en sus artículos posteriores de prensa, ya en la década de los cincuenta, cuando se puede apreciar que el tratamiento de lo santo será retomado, tanto en los comentados desarrollos relacionados con lo local, a nivel de la festividad popular, en los ejemplos de San Roque, San Cosme o San Froilán, como en lo puramente narrativo, a través de técnicas de mezcla entre los elementos tradicionales de la biografía del santo, conocidos por el lector, con los puramente ficcionales, de creación propia cunqueiriana, con el fin de recrear nuevos estatutos de lo milagroso en un juego constante de variaciones y complementos sobre la narración tradicional inicial. Eso afecta también a las sucesivas revisiones sobre las festividades de los santos, que completa a menudo con nuevas historias que se unen a las anteriores, formando un todo que se hace presente, de forma especial, en esas fechas concretas del santo y su fiesta50. Cunqueiro obliga al lector a establecer una relación de continuidad entre los diferentes textos referencializados sobre el mismo santo, y a su vez los amplía en un juego complejo de variaciones narrativas con el que a lo largo de los años va tratando las festividades y las figuras de santos como Santiago Apóstol, San Froilán o San Roque. Al mismo tiempo, podemos señalar que esta tendencia a marcar el tiempo de las festividades tradicionales en su obra articulística resulta paradójica respecto de la tendencia general de la prensa diaria, y entronca de lleno con la misma concepción de tiempo calendar del Antiguo Régimen que ha sido considerada un rasgo característico en su obra novelística.

La evocación en general y la evocación completamente ficcional y creativa se erigen, pues, como elementos básicos de la narración hagiográfica en Cunqueiro. Lo hagiográfico, además, ofrece narrativamente la posibilidad de visualizar un recurso muy interesante y productivo en la creación cunqueiriana: los juegos de referencialidades culturales que permiten vincular al lector a realidades diferentes a través del santo. Un ejemplo, también recurrente, es el caso del acercamiento al mundo irlandés que traen consigo casos como los de San Brandán o San Patricio. Lo santo, pues, se convierte en puerta de acceso hacia mitologías variadas, donde en cualquier caso lo maravilloso es tratado desde la cotidianeidad, tanto de la propia narración como de los contenidos de los milagros del propio santo. En buena medida, el milagro se convierte en el hilo conductor que introduce el componente mágico, irreal, en la realidad cotidiana de la narración, al igual que el elemento fantástico cotidianiza el ámbito de lo mitológico o la reflexión erudita. De hecho, el propio autor ofreció a lo largo de los años interesantes reflexiones sobre lo milagroso y el poder de la palabra:

«Soy un gran creador, un gran creador de milagros. Todos mis personajes están en el prodigio, como dentro de una redoma de cristal. Soy sorprendentemente creyente: incluso a veces ni yo mismo lo comprendo. Claro que yo no creo por las razones de teólogos ni por el argumento odontológico (sic) de algunos santos, y sobre todo creo en la oración. Es un poder inmenso. Parece que está demostrado que San Roque y San Jorge nunca existieron, pero sin embargo la gente les ha pedido ayuda y ellos se la han dado»51.

La principal evolución que a lo largo de los años podemos observar en la articulística hagiográfica de Cunqueiro es fundamentalmente un paso constante de la sacralización a la desacralización de los contenidos, que no sólo son tratados, como hemos señalado, como materia narrativa y por ende susceptible de ser complejizada y en absoluto inamovible. Cunqueiro irá introduciendo elementos amplios que en cierto sentido cambian los marcos convencionales del relato hagiográfico, precisamente por establecer una mayor libertad en su composición narrativa.

Podemos concluir que, en rigor, Cunqueiro trata lo hagiográfico como elemento cultural susceptible de ofrecer material para sucesivas narraciones basadas cada vez más en la creación libérrima. Los elementos ajenos a lo santoral, como la ironía y el humor, se completan con otros propios del realismo mágico como la ucronía. Un buen ejemplo de la capacidad cunqueiriana para establecer una unión, en el mismo marco espacial, es la unión en la ciudad de Lugo de San Froilán con Fernando Esquío, un trovador oriundo del mismo lugar cuatro siglos posterior al santo patrón. El paso del tiempo lleva a Cunqueiro a centrar la narración hagiográfica precisamente en su estatuto de narración, reducto literal de ficción, de re-creación constante y personal de un elemento concreto vinculado a lo santo: el milagro. Pero, en ese sentido, el juego que practica Cunqueiro es el de la variatio constante de contenidos, sean tradicionales, sean ficcionales —de creación propia—, bajo el protagonismo de un santo, entendido así en la misma cotidianeidad narrativa que otros personajes recurrentes de su mundo ficcional, como los ángeles, los demonios, los trasgos o las sirenas. Más que una actitud deformante, debemos considerarla una actitud profundamente literaria y literaturizadora de una realidad que concibe más y más, a medida que pasa el tiempo, como eminentemente cultural y que acaba igualando los diferentes repertorios eruditos, referenciales de los que parte para sus desarrollos narrativos.

CRITERIOS DE EDICIÓN

La edición de esta antología ha seguido como principal criterio el del respeto filológico escrupuloso a los textos tal y como aparecieron publicados en prensa por el mismo Álvaro Cunqueiro. Sólo se han corregido las erratas detectadas y se ha unificado la ortografía siguiendo los criterios de edición de la Colección Obra Fundamental. Hemos optado por la ordenación cronológica de los diferentes artículos. Se ha buscado editar una mayoría de textos cuyo requisito principal, aparte de la afinidad temática, fuese su carácter de inéditos en libro. Aun así, un cierto número de textos relacionados más laxamente con la temática santoral, sobre todo anteriores a 1945, han tenido que quedar fuera de esta antología debido a una cuestión de espacio por exigencias de la colección. Con todo ello, esta selección ha buscado la representatividad de textos que fueran especialmente interesantes y que no hubieran sido publicados hasta el momento, al menos de manera accesible al gran público. En ese sentido, debe destacarse el interés que ofrecen los siete relatos aparecidos en 1946 en la revista Catolicismo, que hasta ahora eran completamente desconocidos y que ofrecen nuevas luces acerca de la evolución del tratamiento de la prosa de ficción cunqueiriana anterior a 1955. Aquellos textos donde lo hagiográfico ocupa un papel menor han sido por lo general omitidos, al igual que otros artículos que Cunqueiro casi reprodujo literalmente en diferentes publicaciones como Destino. En cualquier caso, debemos señalar que no nos ha movido la pretensión de exhaustividad, sino la de representatividad, para ofrecer una panorámica sobre un tema relevante, distintivo y enormemente funcional en la obra del mindoniense, ampliamente cultivada por parte del autor en géneros variados, del que la articulística es únicamente un jalón más en su prodigioso mundo poético y literario.

Un trabajo como este no habría podido llevarse a cabo sin la ayuda de muchas personas que, de muy variadas maneras, hicieron posible su buen término. En primer lugar, mi más profundo agradecimiento a la bonhomía y generosidad de César Cunqueiro y, con él, de Víctor Freixanes y la editorial Galaxia. Ana Bande, de las bibliotecas de la Universidad de Vigo, me guio con rapidez en la localización de una publicación tan poco usual como Catolicismo, facilitándome su consulta y reproducción. Lorena Gómez me ayudó enormemente en la Hemeroteca de la Universidad de Santiago. Con ella, el personal de dicha sección volcó toda su profesionalidad y amabilidad, que hicieron más llevaderas las largas horas de consulta de fondos. Daniel Buján, director de la Biblioteca de Galicia, me asesoró con todo su gran saber sobre los ilustradores de Cunqueiro y me guio por los vericuetos de las diferentes prensas y talleres de publicación de Catolicismo. Quiero agradecer de modo particular la valiosísima ayuda de María Pilar Fernández Ruiz, de la Biblioteca Nodal de Pontevedra, quien me proporcionó reproducciones de artículos de Faro de Vigo con una eficacia y buen hacer absolutamente impagables, al igual que Ana Barbazán, de la Biblioteca del Museo de Pontevedra. El personal de la Biblioteca de Galicia fue no sólo profesional más allá de lo imaginable, sino entusiasta con el proyecto de la antología, en la revisión, muchas veces enormemente ardua, y en la búsqueda de ejemplares hemerográficos problemáticos, como los relacionados con Misión y otras publicaciones de la época. Por ello mi agradecimiento más cariñoso y especial a Ana Buján, Susana Fernández, Helena Verdía, Charo Crespo y Marisa Rúa, quien estuvo al pie del teléfono y del correo electrónico de una manera maravillosa. El profesor Xesús Alonso Montero asesoró mis dudas sobre la etapa vital cunqueiriana posterior a la retirada de su carnet de periodista. Dolores Vilavedra iluminó considerables aspectos académicos y mostró su apoyo al proyecto y un entusiasmo espléndido por el descubrimiento y publicación de los relatos de Catolicismo. Mi agradecimiento especial a la amistad de Henrique Monteagudo, director más que comprensivo en este periplo. Anna Font, sensible, eficaz, inteligente y gran amiga, fue mi conexión catalana para la bibliografía específica sobre Cunqueiro y sus lazos con la articulística de Eugenio d’Ors. Ana Belén Martínez Delgado leyó el manuscrito y realizó acertadas correcciones sobre él, al igual que Martín Llade, cuya selección musical y su profunda amistad han ido acompañando la composición de la obra de principio a fin. Hay más personas que han estado apoyando este trabajo desde múltiples ópticas, como mi familia y amigos y el cariño de Marga Corral y de Sor María de los Ángeles. Pero por encima de todo, en toda esta labor tiene una parte fundamental y absolutamente plena mi esposa Ana Isabel Mateos Vara, quien colaboró mano a mano, su mirada más aguda que la mía, en la colación de casi medio siglo de periódicos y publicaciones. Miles de páginas fueron enriquecidas por su alegría, su ánimo y su amor en cada palabra. Sin ella no habría sido posible, en modo alguno, que este libro viera la luz.

BIBLIOGRAFÍA

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DE SANTOS Y MILAGROS
EL DESTINO DEL HOMBRE
I

NADA IMPORTA MÁS que el hombre y es de él de quien hablamos, del hombre libre y caudal, el de la cabeza en alto, la luz en los ojos, la palabra en la boca y la riqueza infinita de los gestos y movimientos. Del hombre fuerte hablamos también. Mi amado Heinrich von Kleist nos decía en su Pentesilea que la encina seca y muerta resiste a la tempestad, mas no así la potente y sana, que el viento la derrumba agarrándola por su cabeza coronada. De este hombre a quien es posible derribar hablamos. Dígase de cada hombre como de cada hombre. Pascal, allá en Port-Royal, alzado como una llama, sufría: «Que también por mí derramó el Señor su gota de sangre. El Cristo murió en la cruz por los hombres todos, pero por cada uno según cada uno y sus pecados. Por mí también vertió Jesús su gota de sangre». Y el hombre está también en su historia, y el europeo —el español es veta purísima en Europa— más que ninguno. «Somos memoria de Dios», clama Unamuno escuchando la sombra umbrosa de Søren Kierkegaard. Somos historia. Un año se cumple ahora: escuchábase, en una ciudad franca, la voz venerable de un maestro extraordinario, profundo como ninguno en el entender de la historia: «Nuestros problemas no son físicos, sino morales. Son problemas de humanidades. Y lo humano es lo histórico. Vemos que se afrontan hoy los grandes conflictos colectivos por medios paleolíticos. Pero no olvidemos que los conflictos del hombre de Altamira eran paleolíticos también, es decir, primerizos, de vida sin precedentes, sin un complejísimo pasado a la espalda. Si yo digo que se estudie historia, me mueve la convicción de que sólo la historia puede salvar al hombre de hoy, porque la conciencia histórica [es] una radical necesidad de nuestra vida». A muchos nos han cambiado la vida estas palabras del maestro Huizinga en el «Aula Maxima» de la Universidad de Montpellier.

II

La primera noción histórica de un espacio es, perogrullescamente, si es histórico o no lo es. Sencillamente, esto es un problema de tiempo, de concepción del tiempo y, consecuentemente, de limitación del tiempo. Por ejemplo de un espacio histórico está la ecúmene cristiana; por ejemplo de un espacio no histórico está la ecúmene hindú en todas sus antiguas y presentes confesiones religiosas. Qué es esta vida para el cristiano, qué es este mundo y su representación, cuál su principio y de qué modo su fin, no hace falta explicarlo. El hombre está y permanece, gracia suficiente y gracia eficaz, y aun en la condena más allá de las puertas del Infierno, el hombre cumple pena eterna si así fue obligado en juicio por Dios. En Unamuno hemos visto aquello de «la historia es la memoria de Dios en la tierra de los hombres» y los cristianos sabemos de las dos mitades del mundo, antes y después de la palabra de Jesús; y en la soleada mañana del fiat lux la creación y la noche umbrosa del consumatum est el fin y el Juicio sobre todas las vidas que hayan sido sobre el haz de la tierra. El cristiano lucha para ser y para valerse per secula seculorum en los ojos del Señor. El hindú, budista o no, nace de los dharma y el no-saber, el avidya lo lleva al dolor —duhkha— de que es fuente, al permanecer y ser, al vivir del que él quiere libertarse, que es el hindú, como Prometeo de sí mismo, buitre su vida propia. El hindú lucha por no ser, por no permanecer, por dejar cuerpo y alma, y la gracia, el camino, el marga, es el saber, el pradchua que lo lleva al nirvana, al aniquilamiento, a la más leve y dulce desaparición, polvillo de era estéril. «La conciencia hindú —dice Berdiaeff— es la menos histórica de todas y así el destino del pueblo hindú es el destino más antihistórico de todos los pueblos del mundo». El hindú no cuenta el tiempo por no querer permanecer; el mundo está ahí, y sólo cuando todos los hombres encontraran el camino y dejaran de ser y todo el espacio sensible fuese sólo nirvana y duhkha nirodha, cuando nada fuese nada, en vacío indescriptible, todo, indescriptiblemente también, se habría cumplido. El cristiano espera otra vida y la mano de Dios siempre eficaz sobre todos los días, «esos días que hay que contar y que vivir» como el Águila Hiponense adoctrina.

ÁLVARO CUNQUEIRO

Era Azul, 12 de noviembre de 1936

HORAS DEL CRISTIANO

«Y LAS LÁGRIMAS se hubieron de trocar en sangre y no bastando la sangre se vino silenciosa la muerte, y cuando ella, fue el coronarse la tierra de los rayos del cielo, el resucitar de los muertos y la voz de Dios en las alturas». Con su prosa temblona y ribereña, el maestro Malón de Chaide —nube de antaño; se le llamaba en España «nube de antaño» a cosa que se fue, como castillo del aire, para no volver— comienza así su más doloroso sermón a la muerte del Cristo. Y con su muerte se vino, trotada de rayos, la salvación del hombre y el poder hacerse algún día a la manera de los ángeles, «que es a voz y cristal y claridad de luz a un tiempo mismo», como enseñaba Ignacio de Loyola. Y la sangre se le cayó, gota a gota, al Nazareno y por todos y para todos, «y a cada uno según cada uno, que soy el más pecador y el Cristo también derramó por mí su gota de sangre», clama Blas Pascal. «Et la voix de Dieu n’oublie pas à personne». A nadie olvida la voz de Dios y a la balanza van las muertes todas y la más pequeña vida puede mantener el platillo del fuego en el aire —«la balanza de la justicia de Dios es de fuego», se dijo en Wittenberga—, y la más grande vida arrastrarlo a las negruras del infierno, donde ya no hay espumas de esperanzas y todo es «como agujas y hielos y las culebras en el pecho». ¡Pobre Anselmo de Canterbury, que se veía colgado en el pozo y el Demonio a reírse, domador sombrío de mil canes roedores! Pero el justo se salvó, se salva, se salvará siempre por la fe. Y es con ella, con la fe, como se descubre la justicia de Dios. «La justicia de Dios se descubre en el Evangelio», sufre San Pablo, el del camino heroico y desesperado, siempre Damasco al fondo y el anochecer rojo de iras y verde de sangres.

Horas, estas, del cristiano. Horas de posos en el alma y miradas tenaces al destino. Dios también nos mira y nos hace cumplir su memoria, nuestra historia. Fue en el principio del verbo. Somos por la palabra y por ella fue hecha también la luz que nos alumbra. Cada lengua es una conciencia y hay que declararse de Dios para que nos confiese Él en sus juicios. «In principio erat verbum». Y la voz aún nos sigue llamando desde la más enriscada nube y en cada alma —espejo y naturaleza— muere el Cristo y quien en su alma no lo resucite, se pierde. Y no hay otra verdad.

Á. C.

Era Azul, 25 de marzo de 1937

LETRA DEL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSÉ

CELEBRA HOY la Santa Iglesia la fiesta del glorioso patriarca San José, esposo de Nuestra Señora. Devoción universal de las Españas, los más de los españoles llevan su nombre, al que las abreviaturas medievales han hecho la gracia popular de cambiarlo en Pepe. En nuestra oración se le guarda al santo lugar amplio y fervoroso, y aunque no haya en la figura general de los milagros muchas hermosuras atribuibles a su mediación, se le piden en especial ayudas en las enfermedades de los trabajadores, la ocasión de duras faenas y los sitios de las fortalezas, menester para el que tan llamado es San Adriano, quien según la leyenda y canción construyó casas y puentes. En las galeras los forzados rezaban una breve letanía de San José, y según una novena impresa en Valladolid en 1676, el esposo de María salvó de la muerte a muchos forzados en la soledad y desesperación de los remos.

•

Partió de sus tierras de Galicia para una guerra en el florido Portugal un escudero de la muy noble casa de Andrade, que era gente con privilegio de acuñar moneda en fino oro regular y hacía muertes desde el seguro de sus castillos con alanos acedados.

Llegó el escudero a la hueste y fue con esta el sitio de una torre real, que consumía a los hombres en frías centinelas. El escudero se pasaba las horas en el recuerdo de la tierra natal, el lugar frondoso y una mujer moza que allá quedaba. Las lágrimas de tanta lejanía le surtían los ojos y las apuraba la morriña, que es mal artero y sin remedio.

Una noche tumbose el escudero en su real y desde él escuchó como un caballerete doncel, llegado recién a la mercenía, contaba sus amores en tierra de Betanzos con una casada infiel, cuyo marido, escudero de Andrade, andaba en la hueste.

El dolor comió al escudero el sosiego, y sin más, que el celo de amor es consejero de la muerte, decidió vengar su deshonra en el doncel hidalgo. Y con la silenciosa niebla del alba se acercó a la tienda del caballero, apretando en la diestra el duro puñal asturiano, prenda de los soldados gallegos en las guerras antiguas. Era el escudero devoto de la Virgen y rezó un Ave María antes de entrar a dar muerte al amante. Y fue entonces el milagro de aparecerse San José y decirle como su mujer le era fiel y todo había sido dicho y burla y vanidad del mozo. El escudero dio gracias a Dios y a la Virgen por tal aviso y se volvió. Al día siguiente, en una cabalgada contra un fortín del moro enemigo, una flecha clavó el corazón del mozo burlador. El escudero fundó años más tarde una capilla en Betanzos, donde se veneró una imagen de San José propicia a proteger las familias de los ausentes en viajes de mar y tierra.

Á. C.

La Voz de España, 19 de marzo de 1939

LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Resurrexit et adhuec ecum sum, alleluia.

«¿QUIÉN NOS LEVANTARÁ la piedra del sepulcro?», preguntaba María Magdalena a María, madre de Jacobo y Salomé. Y mirando, vieron que la piedra estaba levantada. El Señor había resucitado. Un ángel blanquísimo estaba sentado en el lado diestro del sepulcro para dar la nueva a las dos Marías, portadoras de los perfumes con que embalsamar el cuerpo de Jesús de Nazaret.

Con la pureza de un dibujo eterno, quedaban, temblorosas de aire, las líneas celestes del vuelo del Señor; infinitamente más bellas que las que señalan a las caravanas, en la geografía irreal y traslúcida de los desiertos, el camino de los oasis y los pozos…

•

En la escala numeral y perfecta de los ángeles, uno fue escogido para sentarse a la diestra del sepulcro del Señor. Vestía blanco manto, dice el Evangelio. Su nombre nos es desconocido. Su condición y jerarquía, también. Con voz dulcísima, sonó su lengua en acompasado hebreo cuando anunció la Resurrección a las dos Marías, portadoras de perfumes.

«Un hombre joven, vestido con blanco manto». Sus alas no tienen referencia en el texto evangélico. ¿Tendría las alas de sombra que algún místico soñó para el delirio del Juicio Final? La sombra, ese cuerpo sin carne cuya buena voluntad no tiene límite, componiendo la lenta pluma de las graves alas del ángel anunciador… En una visión de San Francisco, otro ángel hay, cuyas alas descienden en humos y penumbras hasta perderse. Giotto lo vio y lo pintó. Aquellas alas eran como Bach: tenían el rigor del dibujo, la diversidad de líneas que se deducen de ellas mismas como un contrapunto…

•

Las dos Marías llegaron al sepulcro a punta de alba. El sol ascendía sobre la tierra, desterrando la cábala perpetua de las estrellas. He aquí el tema de las nubes. No decoraban el cielo las grandes y pesadas nubes que presiden las batallas navales, ni las pequeñas, rotas y raudas, que gozan el aire en las finas mañanas de primavera. El cielo estaba desnudo, plenamente cielo, con una sola mirada sobre Jerusalén. Y ni un rumor —ese ruido indecible que oyó Pascal y sirve hoy para que los físicos expliquen el mundo— se cobijaba en su comba azul.

Es defendible, como soñó Germain Tricot en su libro Les noces de la terre et du ciel, que fuera transparente el profundo espacio, y todos los planetas, estrellas, constelaciones y soles vieran cómo alrededor de la Tierra giraban, en laúdes hermosísimos, las legiones angélicas, ordenadas en coros por la diestra de Dios.

•

En el justo escenario donde la Resurrección tuvo lugar, derribados los soldados de Roma —Augustus Caesar—, la tierra permaneció cien años yerma, según una antigua tradición. Sembrada de diversas flores y frutos, guardaba su triste sequedad. Pasados los cien años, dio señales de hierba camposa, que medró abierta de espiga, solazada y fresca. Cuando estuvo a granar, bajaron ángeles a segarla, y cuenta San Isidoro en sus Etimologías que, guardada en el cielo, será quemada para el día del Juicio Final, edad universal en que resucitarán los hombres con los mismos cuerpos que tuvieron.

ÁLVARO CUNQUEIRO

ABC, 8 de abril de 1939

VERSIONES DEL MES Y DÍA DE SAN JUAN

CORRESPONDEN al mes de San Juan invenciones de fuentes y campanas, bautizo de primogénitos, adivinanzas de amor y planes maestros de las guerras. Ruede el agua por la labrada piedra, canten primeras vísperas los bronces mozos, pétalos de rosa decidan la suerte de los corazones desesperados, sude en agüero de caballerías un duro acero porque nació la mano gentil que ha de empuñarlo y fije un capitán los muros de su nación; la verdad es que junio es mes de mayores alabanzas. En sus días se deciden los tres viajes del cristiano, según la cuenta de la Borgoña, para que el fiel visite Roma el día de San Pedro; Compostela, el de Santiago, y por San Lucas, la lejana Jerusalén. En la noble antigüedad del mar florecen las islas desconocidas, cuyo hallazgo sucede en la serena de este mes, agradecido de sirenas y milagros, como una playa de la invernosa Escocia o una dorada península de la floresta grecolatina. Según una severa tradición, seguida en graves estudios filológicos por el maestro Bédier, fue para celebrar la misa de San Juan que el monje Galabán navegó desde Karniul en busca de la isla Daranil, esa isla que era lomo de ballena y sustentaba una ermita milagrosa; ermita cuyas campanas de niebla tocan los ahogados del Donegal, esos días de fosco mar irlandés, en los que las madres de los marineros sueñan con yeguas despavoridas; leyenda que le hacía decir a Lord Byron, en una carta a Augusta Leigh: «querida, no sueñes con yeguas porque me ahogaré». Fue entonces cuando nació la hija de su hermana, la pequeña Ada.

Un rumor medioeval, que ha tomado cuerpo en determinados libros y a cuya invención no es ajeno San Isidoro, de Sevilla, era el supuesto camino sobre las islas del más extremo Oriente, camino que llevaba hasta las palmeras del Paraíso. Se atribuía a la custodia de San Juan una de estas islas, donde se bautizaba con tierra a los cristianos, recordando no sé qué hazañas de las mitologías. Era movediza esta isla, como piedra de encantamiento, y sus playas cantaban bajo la ancha mar, según estas ondas llanas del canto de los condenados, incapaces —si seguimos a Boccalini— de la retórica y de la poética. Ruggieri cuenta una tradición florentina, según la cual el Dante hizo tal viaje, y la gente de Rávena se pasmaba ante las barbas del poeta divino, chamuscadas por el fuego del Infierno. Nostradamus relató su estancia en tal isla, y Swift contó la muerte del adivino Marshall, «al arribar, borracho, a la isla que llaman de San Juan, descubierta por el pirata Coopper cuando huyó de Liverpool para no ser encarcelado por deudas». Marshall protestó y dijo que estaba vivo. Marshall era católico, y Swift se preguntaba cómo podía ser tomada en consideración por el pueblo inglés la opinión que sobre su existencia tenía un papista. En Irlanda y París creyeron la muerte de Marshall.

Otro rumor antiguo atribuye al día de San Juan, del año mil y pico, la emigración de los enanos de los bosques desde Westfalia al mediodía de Francia y Cataluña. Un barón alemán quería cobrarles una crecida cantidad por el permiso para cruzar sus tierras y montó una guardia y encendió hogueras en los caminos; pero los enanos pasaron volando, agarrados a las colas de las brujas de Sajonia, que iban a Carcasona a repartir las moscas, ceremonia importante en que fija la cantidad de moscas, mosquitos y moscardones que cada país ha de alimentar en el alegre tiempo de verano. Se ignora por qué fue elegida la ciudad de Carcasona para tal asamblea. El dibujante Dubout sorprendió en una ocasión el concierto de las brujas y las retrató cuando elegían esposo a un demonio menor, vestido de verde.

La invención del fuego, el arte de alfarería y la ciencia de construir navíos tienen, en este día de San Juan, ocasiones trascendentales. El amor también, sobre todo si hace caso a Falstaff: «Nada hay que hacer si viene un junio un poco caliente».

ÁLVARO CUNQUEIRO

ABC, 24 de junio de 1939

A LA ROMERÍA DE COMPOSTELA

DEL POLVO DE LOS CAMINOS —escribimos una vez— está hecha la diversidad del mundo, sirena siempre alabada. El camino que lleva al sepulcro del Apóstol Santiago, a medias escrito entre la tierra y el cielo, puede ser que sea una de las más anchas y fecundas venas que crucen la tierra y pueden andarlo los hombres, romeros encendidos, seguros de que al final está la piedra que lava los pecados. Hospital del maestro Miguel en la Piekarska de Varsovia, calle de maestros panaderos, o aguinaldo de arrapieros en la City londinense al grito de «¡Remember the Grotter!» —«Grotter», el que está en la gruta, es nuestro Apóstol—. Media Europa, y la más entrañable, por cierto, se escribe según esta romería de Jacobo Zebedeo, que cruzó mares de paganía para ser enterrado en las tierras hirsutas del Finisterre, reinando en la fábula la señora doña Lupa, progenitora de seis dinastías góticas. Y no decir de la dulce Francia.

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Crucemos una buena parte de Francia —tal como era en el siglo XII— con un romero de antaño, Aymer Picaud, autor de una Guía del peregrino de Santiago de Compostela. Picaud, nativo del Poitou, cruza por tierras bordelesas, de vinos ilustres, y las Landas, país desolado, rara en villas y abundante en moscardones incómodos, siempre con apetito de rostro de viajero. Luego la Gascuña, «rica en pan blanco, cubierta de bosques, con ricas fuentes»; Bayona, donde no hay más alimento que leche y manzanas, y celos de los cobradores del peaje… La peregrinación es difícil y hasta pasar Puente la Reina, donde canta el «chori» a Nuestra Señora, el peregrino no se encuentra en seguridad. En Castrogeriz hubo gavillas de bandidos y en Sahagún tentaciones del demonio en forma de juglares y soldaderas, dados y barateros del pecado. Por tierras de Galicia los señores cobran tributo tras tributo…

Aymer Picaud llegó por milagro a Santiago de Compostela. «Pero con la ayuda de Santiago he de salvar mi alma de las penas del infierno». Mi amiga Mlle. Jeanne Vielliard ha traducido y comentado sagazmente la aventura del poitevino*.

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De cuatro maneras se labraban las estatuas yacentes de los caballeros de Santiago, según el arduo victorial de Roy Mexía: los brazos cruzados sobre el pecho, la diestra recogiendo el manto, la diestra en la empuñadura de la espada o la siniestra recogiendo un halcón. Cuatro maneras nobles para dormir el sueño eterno los caballeros cambeadores, a los que se dio la hazaña de defender a los romeros no de las moscas de las Landas ni de los vinos bordeleses, pero sí de los ladrones de Lorca y Castrogeriz, las tentaciones de Sahagún y los pechos de los turbulentos señores de Galicia.

Á. C.

La Voz de España, 25 de julio de 1939

LA EMPERATRIZ Y EL SANTO

SE CELEBRA este año de gracia el cuarto centenario de la llamada conversión de Francisco de Borja, marqués de Lombay y duque de Gandía. En viendo el caballero la horrible trama de la muerte en el rostro de la emperatriz, que fuera adorno del mundo por su hermosura incomparable, se le vino al alma el temor del que vive pasajero de la tierra y entre cosas aparentes y perecederas. El héroe se conmovió en sus entrañas y fue allí el comienzo de su vocación irresistible. Un largo camino lo llevó a una mañana de mayo, doce años después. Oñate lo vio despojarse de la riqueza de sus Estados y de la heráldica real de sus títulos, para verlo vestido de humilde soldado en la Compañía de Jesús.

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Carlos, rey de romanos, va a partir para su coronación en Bolonia. El rey-emperador tiene veintiséis años. La emperatriz Isabel acaba de cumplir veintitrés. La emperatriz es hermosa y se ha rodeado de hermosas damas. A una de ellas le hace decir un poeta:

Yo soy flor de gentileza, soy criada de la emperatriz sagrada y vivo con su alteza.

Esta dama es portuguesa, parienta de la emperatriz. Se llama doña Leonor de Castro. Tiene esos profundos ojos negros, vivos y leales, de los Castro, y una sonrisa dulce le vuela por el rostro. La sonrisa de doña Leonor se transforma en clara risa por casi nada. Estando la emperatriz en Zaragoza iba a rezar a la Virgen; un pajecillo llevaba la cola del rico traje de Su Alteza: con la cabeza inclinada, la vista en el suelo, aquel pajecillo Luis Gonzaga parecía arrobado; se metía por los charcos o tropezaba en una piedra… Doña Leonor se reía del pajecillo. El emperador, al despedirse de su esposa, otorgole la mano de doña Leonor para el caballero que doña Isabel quisiere. Doña Isabel escogió a Francisco de Borja, hijo del señor duque de Gandía, mancebo de diecinueve años, galán y discreto, tanto, que había robado todas las voluntades en la corte del rey-emperador, donde servía a Su Majestad como gentilhombre que era.

Con el emperador partirá para Bolonia otro gentilhombre, algo poeta y amoroso señor, llamado Garcilaso de la Vega.

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El emperador hace la guerra por la Provenza. En un asalto malhieren a su caballero Garcilaso. Garcilaso de la Vega se moría en Niza, una tarde de octubre, dorada y silenciosa. El mar azul se tornaba a verde en aquella soledad del poniente. La vida mana a raudales por la frente de Garcilaso. A su lado está Francisco de Borja, marqués de Lombay. Francisco no se ha separado del lecho del herido, no ha trocado su ropa militar por traje de corte. Los últimos huelgos abandonan el pecho del soldado poeta. ¿Dónde se refugia la luz de sus ojos? ¿Dicen sus labios una oración o musitan acordes inmortales?

por vos nací, por vos tengo la vida, por vos he de morir y por vos muero.

Francisco de Borja sostiene con sus brazos hermanos a Garcilaso de la Vega que intenta, en el último minuto, incorporarse en el lecho. La niebla cobija el suspiro final y la cabeza dolorida de Garcilaso se apoya, definitivamente rota, sobre el pecho del marqués de Lombay.

Ved este fino rostro, quizá excesivamente pálido; bajo la comba moderada de la frente, quietos ojos azules; alguien ha dicho que eran los mismos ojos de su abuela, la Reina Católica. La breve boca guarda secreta una melancolía vaga, que quisiera huir para dejar paso a dulce sonrisa; sereno, grave rostro el de esta delicada señora que retrató el Tiziano. León Leoni nos deja la figura gentil en mármol y en bronce. Pompeyo Leoni labra su rostro en fino mármol de Carrara. La incomparable hermosura de nuestra emperatriz cautiva a todos los que tienen la dicha de contemplarla. Aquellos versos que viven entre los mayores versos de España:

El blanco lirio y colorada rosa

parecen dichos para ella. Nuestra emperatriz es graciosa, amable, bondadosa, inteligente. Y esto se refleja en su rostro, por veces severo. La muerte lo sorprende en plena primavera.

El marqués de Lombay ha de llevar el cadáver de la emperatriz desde Toledo hasta Granada, donde ha de ser enterrado. La comitiva cruza las anchas tierras de Castilla la Nueva, los campos de trigo, los olivares, los viñedos, el yermo asolado, la alta serranía… ¡Qué hermosa nuestra tierra! En Granada ha de verificarse la ceremonia del reconocimiento. El marqués de Lombay ha de declarar que aquel cadáver que va a recibir sepultura es el cuerpo mortal de Isabel de Portugal, reina de España, emperatriz de Alemania. Al descubrir el rostro de la señora, los ojos de Francisco de Borja se paran ante la muerte misma. Carroña miserable lo que fue rosa, podredumbre lo que fue lirio, barro inconcebible lo que fue alta y fina garganta de mármol. El rostro tantas veces contemplado, aquel fino rostro quizá un poco pálido, no es sino campera de gusanos, verde muerte. Al caballero se le vuelve el alma, que no cejará hasta apartarse del mundo para darse por entero al servicio del señor que no se puede morir.

Á. C.

La Voz de España, 19 de octubre de 1939

ALEMANIA Y EL CAMINO DE SANTIAGO

MISIÓN publica dos de sus suplementos dedicados a las peregrinaciones alemanas a Santiago de Compostela, la lejana Jacobusland, reuniéndolos en un folleto con ilustraciones diversas, rindiendo así homenaje a la piedad alemana, que, en los siglos medievales, peregrinó a la tumba apostólica, uno de los símbolos permanentes de esa unidad moral de Europa por la que han luchado las pasadas generaciones y lucha la actual bajo el signo de la Cruzada antibolchevique.

PEREGRINOS ALEMANES A SANTIAGO DE COMPOSTELA

Preferimos contar como quien cuenta viejas historias. Por el camino que recibe su primer saludo de las campanas hanseáticas de la vieja S. Jacobi Kirche, de Rostock, y muere cuando la grave voz de la Berenguela compostelana anuncia la selva de piedra románica y barroca bajo la que yace la tumba de Santiago el Hijo del Trueno, viajaron, siglos ha, gentes de la nación alemana, gentes de Nuremberga y Lubeca, de Maguncia y de Verden, de Tréveris y de Viena, de Colonia y de Salzburgo. Estas góticas y germánicas peregrinaciones dejaron en la leyenda compostelana, que aún huele a milagro, una estela luminosa. Cuando el que esto escribe era niño gustaba de pasear por el silencio y la penumbra de las naves compostelanas, leyendo, en el frontis de los confesonarios, el letrero: «Pro lingua germanica». Allí, en su alemán antiguo, confesaron sus pecados y obtuvieron el perdón los peregrinos de nación alemana. ¿Quiénes eran, cómo se llamaban? Os diré de algunos hogaño, que es Año Santo en Compostela y por la puerta de los Veintisiete pasan las gentes cantando cantos de esperanza.

LAS DOS DONCELLAS DE ROSTOCK

En Rostock vivía, tuteándose con los señores cónsules del Hansa, el Ritter de Teterow, hombre muy rico, emparentado con todo el hospital teutónico. Tenía dos hijas el caballero, ambas de rubio pelo, con los ojos azules y la rosada color, y las tenía prometidas para casamiento con dos hermanos gemelos de Allenstein. Llegados los días de las bodas, el de Teterow, habiendo ataviado a sus hijas con dos baúles de ropa blanca y adornado con tocas de albo lino de Brüel, las embarcó para Elbing en una nave de la Compañía, que tuvo la mala suerte de conocer en la bahía pomerana dos vientos encontrados que la echaron a las arenas de Peenemünde, donde se perdió. La mar se llevó a las doncellas con sus baúles y sus tocas, y en Allenstein esperaron en vano los dos gemelos. Cuando les llegó la noticia del naufragio decidieron hacer la peregrinación a Santiago de Compostela, encargando una pintura del Apóstol para Santa María de Allenstein, en la que aparecían de orantes fundadores. Hicieron la romería por tierra; pero al regreso subieron desde París a Amberes, donde embarcaron para Rügen. Quiso la misericordia de Santiago que su nave naufragara también, y agarrados a un madero pudieron arribar a la isla de Barnholm, en la que hallaron a las doncellas con sus baúles y sus tocas de lino de Brüel y el anillo de prometida de los devotos y fieles hermanos gemelos de Allenstein…

EL ARCEDIANO DE VERDEN

Era hombre anciano y piadoso el arcediano de Verden, en el Hannover, y viéndose llegar al umbral donde la Muerte teje con los hilos de las vidas su gorro de dormir, pensó que le iría bien ir a Compostela en romería. Por mar pasó de Bremen a Burdeos, donde tomó el camino llano. En Viscarret, donde son ya los vascos, una fiebre se acogió a su cuerpo gastado, tan maligna y con tanto apetito que el arcediano se puso a la muerte en Nájera y no pudo pasar de Santo Domingo de la Calzada. En aquella hospedería quedó con su mal y su soledad el arcediano hasta que vino el Apóstol en su ayuda, que fue apareciéndosele en sueños y recomendándole caldos de gallina blanca, de la gallina blanca que en Santo Domingo ayuda con su cacareo a cantar los oficios. Dijo el consejo del Apóstol el arcediano al obispo y al Cabildo de la Calzada, quienes, pues Santiago lo quería, mandaron matar la gallina. Sanó el arcediano de Verden con los caldos y pudo rematar la peregrinación, y en Compostela murió, oliendo a santo, en el convento que años antes había fundado el pobrecito San Francisco de Asís…

EL FAISÁN DE PADERBORN

En Kirch Borchen, en una montañita, había un ermitaño que se alimentaba de diversas hierbas y huevos de paloma; sabía muy bien letras latinas y se pasaba muchas horas «hablando a las avecillas que venían a beber a una fuente próxima». Un día apareció a beber en la fuente un faisán coronado, del tamaño de un faisán de Hungría, y el ermitaño se puso a recitarle oraciones y pasajes de la vida de Jesús, como solía hacer con las aves sus amigas. El faisán se acercó a los pies del ermitaño y se echó a llorar. Viendo sus lágrimas, el eremita osó preguntarle en latín qué ave milagrosa era y si era cristiana.

—Soy monje agustino en Paderborn y me llamo Maurus. El día de Viernes Santo pasado, dado como soy a la gula, comí un alón de faisán que encontré en la despensa del convento, diciendo: «¡Que me aproveche, aunque faisán me vuelva!», y en faisán me convertí. Mucho llevo rezado; pero me creo que si no voy a romería del Apóstol a Compostela, nunca más me veré monje y me cazarán con halcón de Noruega en estos campos.

—También yo tengo ofrecido ir a Santiago. Os llevaré conmigo.

Y en una jaula llevó el ermitaño a Compostela al padre Maurus, y allí quiso Jacobo volverlo monje otra vez. Cuando el licenciado Molina escribió en malos versos su «Descripción del Reyno de Galicia», aún colgaba de un muro de la catedral compostelana la jaula en que había hecho su peregrinación el agustino de Paderborn…

EL CABALLERO DE GÜLS

Aconteció que en aquel año de 1314 llegó a Compostela una peregrinación de gente alemana. En ella venía un caballero conocido por el señor de Güls, que había enfermado de los ojos en una guerra contra los bohemios y era dapifer del emperador germánico. Varios días se lavó con agua bendita las muertas niñas de sus claros ojos y, al fin, recibió del Apóstol la luz. Lo primero que hizo el caballero fue prometer que iría donde estaba la Sacra Majestad a contarle el milagro del Apóstol.

Con los alemanes llegaron a Compostela «unos hombres de Praga y otros de parte flamenca», que un día se emborracharon en la rúa del Franco y pelearon entre ellos, quedando uno malherido. El arzobispo, que supo el caso, llamó al señor de Güls y le pidió que fuera él, pues era varón cristiano, noble y letrado, quien hiciera justicia entre la gente flamenca y bohemia. El señor alemán aceptó, y, después de oír Santa Misa, se sentó en la puerta que llaman de las Platerías y juzgó a los alborotadores, poniéndoles de penitencia que habían de ir palmeros a Jerusalén. Al malherido lo curó, a sus expensas, en una posada de Antealtares. El señor de Güls dejó cinco mil misas perpetuas en la basílica compostelana por su alma.

EL MAESTRO DE NUREMBERGA

Había en Nuremberga, al lado de la plaza donde se celebra el mercado, según el Calixtinus, un maestro de letras griegas y latinas, las que enseñaba con la pausa y retórica que requieren. Tenía ya el maestro, que se llamaba Arnulfo y era bávaro de nación, sesenta años cumplidos. Un día de invierno tuvo que ir a oír misas por un discípulo suyo, y al salir de la iglesia lo cogió un airecillo tal, que se quedó mudo y ya no pudo enseñar griego ni latín. Viéndose viejo y enfermo pensó que para salvar el alma no le vendría mal viajar a Compostela a visitar a Santiago Apóstol, y un día de abril se puso en viaje. No había caminado un cuarto de legua cuando un hermoso pájaro, de verde y azul emplumado, vino a posársele en el hombro.

—Me manda Jacobo —dijo el pájaro— para que enseñe latín y griego en tu casa. ¡Volvamos a Nuremberga!

Volvieron a Nuremberga y el pájaro enseñó durante doce años latín y griego desde el hombro del maestro Arnulfo. Cuando el maestro se murió, el pájaro se fue como vino: volando.

Aunque Arnulfo no peregrinó, lo ponemos aquí como milagro que el Apóstol obró en un santo varón de Alemania.

PRIMERAS RELACIONES MERCANTILES HISPANOALEMANAS A TRAVÉS DEL CAMINO DE SANTIAGO

No sólo peregrinos hicieron el camino compostelano. De la lejana nación alemana, con aquel grupo de homes de Nuremberga y con el Ritter de Güls, hicieron el camino de la tumba apostólica orfebres, vendedores de arpas, señores cónsules hanseáticos, peleteros, etc., que al mismo tiempo que ganaban el perdón de sus pecados no olvidaban sus negocios. Cinco historias contamos de estos peregrinos que nos parecen, algunas, ser las más antiguas relaciones comerciales entre España y Alemania.

EL TRIGO DE LUBECA

Por mar llegó a La Coruña el año 1216 una pegrinación de gentes alemanas y flamencas, con las que venían varios caballeros teutónicos y un mercader de Lubeca que se llamaba Juan de Traventhal y venía a Compostela «a pedir perdón de sus pecados y la intercesión del Señor Santiago en una grave circunstancia». Parece ser que consiguió ambas cosas. Se hospedó «en la posada de un francés, en la calle del Franco», donde mostró a los huéspedes un saquito de trigo que traía, que no se vio nunca en el país otro de grano tan limpio y tan gordo; lo regaló a la Iglesia, que lo sembró en sus tierras de Granxa de Arzúa y dio cosecha espléndida, corto de caña, granado de espigas y estas muy abundantes. Se le llamaba «trigo del peregrino», y se dedicó su harina para las necesidades del altar y comida de los canónigos.

Esta es la primera noticia de una importación española de una mercancía alemana, aunque el trigo haya sido regalado por la piedad de Juan de Traventhal. Los bollos que se hacían para el Cabildo se llamaban «pan del alemán».

EL VENDEDOR DE ARPAS

En Sahagún, esa bulliciosa posada del camino compostelano, aconteció por el año 1245, aproximadamente, que abrió tienda en un «arco del Hospital, cabe la fuente», un alemán llamado Conradus, que era músico y sabía «sucesos e historias de la Tabla Redonda y de don Tristán y era muy solazador». Este alemán alegre y conversador vendía en su tienda flautas y tambores y tenía de muestra dos arpas, en las que tocaba para distraer a los peregrinos. Con él vivía su mujer, que también era música, «y había cantado para el rey de Navarra en su castillo de Olite». El obispo de Burgos, don Ramón Raimúndez —germánico él de sangre, borgoñón y suabo—, pasó por Sahagún yendo peregrino y compró las dos arpas para la catedral de Burgos, donde todavía, según Cuesta y Blanco, se tocaban el año 1619. Para las Huelgas de Burgos fabricó Conradus otra arpa, que tenía en el mástil labrada el águila que en Patmos vio San Juan. Esta arpa, según el propio Cuesta y Blanco, desapareció cuando la invasión napoleónica…

Quizá sobre las cuerdas del arpa del alemán Conradus hayan temblado más de una vez las manos blancas de una de aquellas hermosas abadesas, soberbias y ricas, que consumían en el retiro de las Huelgas antiguos fuegos de amor: doña Ana de Saavedra, doña María Isabel de Carvajal, doña Ana Eugenia Téllez Girón…

UN GALLEGO EN ROSTOCK

Con una viuda alemana que se llamaba doña Bárbara, y que, según Neira de Mosquera, tenía el título de condesa, casó ante el Santo Apóstol don Pedro Rodeiro, de la muy noble y muy gótica casa de Arias. Con su doña Bárbara se pasó a Alemania, a la ciudad de Rostock, donde el marido difunto de la bella alemana había tenido comercio de pieles finas y piedras preciosas. El segundón gallego aprendió pronto la lengua alemana y se puso al frente del comercio. El año 1362 regaló a la Iglesia compostelana, enviando cuatro criados con el regalo, varias pieles blancas y las tres perlas que llamaban de «don Rodeiro Alemán» en el inventario capitular. Uno de los criados se quedó en Santiago, donde destacó en orfebrería. Se llamaba Martín de Sele —¿Celle?— e hizo dos viajes a Flandes y Alemania; murió en Compostela, teniendo obrador de azabachero en la Azabachería, frente a San Martín Pinario, y siendo muy apreciado. Castro-Moure, en su Catálogo, dice que «fue el que introdujo la novedad de incrustar en el azabache».

LOS FÚCARES DE COMPOSTELA

Cuando Carlos V celebró Cortes en Compostela para recaudar subsidios y llevar a buen puerto la posesión del Imperio, lo acompañaba Francisco de Tarazona, tesorero, que se hospedó en la tienda de Martín Franco, cambista, «que era alemán y criado de los famosos Fúcares de Alemania». ¿Qué negocios tenían los Fugger en Compostela? ¿Se trataba de un simple corresponsal? Es probable. Martín Franco era natural de Tréveris, según declaró al Concejo el año 1508, y que había vivido en Medina del Campo. Quizá haya sido en Medina de las famosas ferias donde haya sido criado y corresponsal de los Fúcares, «de los famosos Fúcares de Alemania».

CARBOEIRO

El año 1304 entró monje benedictino en Carboeiro el Ritter Tristán von Hohensolms, quien, habiendo hecho la peregrinación a Compostela, fue tocado por el Señor Santiago para que dejara la vida mundanal por la religiosa. Don Tristán fue prior de Carboeiro y con él se reunieron dos sobrinas que tenía, «que eran grandes bordadoras y bordaron los paños con el arrepentimiento de don Tristán», y con ellas trajeron de Alemania «mucha plata labrada, que venían desde Pontevedra y Santiago a ver para copiar», y Juan de Conga hizo para Santa María de Pontevedra unos candelabros y un crucifijo igual a los que las sobrinas de don Tristán habían traído de Alemania, y para el conde de Monterrey «una copa con batallas»… Aquí, como en el caso de Martín de Sele, se podía estudiar la influencia de la orfebrería y platería alemanas en las gallega y española.

Las sobrinas de don Tristán casaron en Pontevedra con galanes de la nobleza del país.

FINAL

A través del camino compostelano, en aquella lejana edad, ataban relaciones España y Alemania. En los textos compostelanos siempre es el alemán HONRADO Y HONESTO, FIEL CUMPLIDOR DE LO TRATADO, PIADOSO Y JUSTO, DANDO A CADA UNO LO SUYO EN TODA OCASIÓN. En otro lugar de estas páginas contamos el juicio que hizo en las Platerías aquel caballero de Güls que era dapifer del emperador… Las peregrinaciones alemanas tocaron a su fin en los últimos años del siglo XVI. Pero yo he visto, en el año 1938, en los días de sangre y gloria de la guerra de España, a los marineros católicos del Graff Spee y del Deutschland, cruceros de la Marina de guerra alemana, arrodillarse en las naves solitarias y oscuras de la basílica de Santiago, ante los confesonarios sobre los que se lee: «Pro lingua germanica». Allí les fueron perdonados sus pecados. Las rodillas de los marineros estaban sobre las mismas piedras que sintieron el roce del sayal del caballero de Güls, del caballero de Teterow, de los hombres de Nuremberga, de la ilustre viuda de Maguncia… Alemania eterna.

Suplemento de Misión, 1943

DOM SALVADO EL FUNDADOR O UN MISIONERO GALLEGO EN AUSTRALIA

EN LAS CARTAS INGLESAS, New Norcia, Nueva Nursia. James Flood llamó a esta cristiandad de la Australia occidental «monumento del heroísmo, la paciencia y la caridad benedictinas». El río del Cisne —también los presidiarios ingleses que desembarcaron en Botany Bay y en Fremantle tenían su poética— es un caudal lodanero y triste. También lo es el Moora. Aquella cristiandad de Nueva Nursia no conoce aguas claras que espejen las torres donde las campanas misioneras cantan. Su fundador, el padre Rosendo Salvado, había nacido en Tuy de Galicia, en la orilla del Miño, allí donde este río, que ha sido bautizado en Meira por los bernardos y ha cantado corales eucarísticos en Lugo al Señor Sacramentado y ha recitado los milagros de Cristo bajo el puente de Orense, entra al mar… Estos días pasados, remembrando con el magín la vida del padre Salvado —estos días son los del primer centenario de su nacimiento, y así hacemos nuestra conmemoración de él—, me complací en resucitar ante mis ojos el paisaje natal del misionero, sus estancias compostelanas en San Martín Pinario, sus años de estudiante de órgano en el asturiano San Juan de Corias, su ordenación sacerdotal en la Trinità della Cava dei Tirreni, una de las más ilustres abadías del orbe católico, en la que floreció una hermosa e ilustre romántica caballeresca; allí fue donde se aconsejó que los monjes estuvieran atentos en el oficio de Difuntos, porque las almas de los muertos estarían presentes, como caballeros en un torneo; yo recé allí una tarde, viniendo de ver las ruinas pompeyanas y el humo del Vesubio. Una primavera antigua, cuando la misión blandía la espada del cruzado, de la Cava salieron los monjes que fundaron Santa María la Latina de Jerusalén y bendijeron la santa caballería de San Juan. La memoria de aquella misión estaba viva en la Cava. Dom Salvado y su compañero Dom Serra leerían en las historias de la casa el relato y su espíritu se llenaría de un insólito ardor. Y ahora que la misión es obra de heroísmo, de paciencia y de caridad, estos dos monjes abandonan con el alba la Cava dei Tirreni para fundar, mucho más allá de Santa María la Latina de Jerusalén, una cristiandad… De la Cava dei Tirreni siempre se sale para fundar…

Resucitaba yo paisajes y abadías, Roma y sus colegios, la vieja galera europea en la que el católico rema desde el día en que Pedro fue puesto por primera piedra, por primer mástil, por primer viento y por primera vela. Todo queda atrás, una nubecilla en el horizonte, cuando el misionero brinca a la cerrada selva austral desde Downside de Inglaterra. La proa de la Isabella corta aguas de los Cinco Mares y el dedo del capitán señala la ruta en un mapa en el que viene figurada una isla que se llama, como en los viejos atlas de Weissmuller, Australian and Kangarooland; Australia y Tierra de los Canguros. Desde la basílica a la selva, un viento, cuyas alas son llamas en los corazones de los elegidos, un viento que como el fuego nunca dice basta —«¿Y qué quiero sino que arda?»—, sopla hinchiendo las velas de la fragata.

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San Pablo dijo aquello de hacerse todo para todos; para los salvajes de la selva australiana Dom Salvado se hizo criatura selvática. Pero esto no hubiera sido suficiente, pese a su enorme e inagotable caridad, si el padre Salvado no hubiera sido capaz de realizar obras, de uncir bueyes al arado y de forjar la reja de este, de labrar la tierra y amasar el barro de los ladrillos, de construir puentes y abrir caminos, de cantar con su hermosa voz la Salve Regina Mater cuando se estaba muriendo de hambre, sed y soledad, y de dar un concierto de piano en Perth vestido de harapos y calzado con los calzados de una lady compasiva… Otros días, y en otros números de Catolicismo, contaremos punto a punto sus hazañas, sus trabajos, las largas lunas y la áspera tarea de su misión… Es un misionero, pero es igualmente un fundador; tiene la talla de cualquiera de los grandes fundadores españoles de Indias y pasma la insobornable lealtad de su alma a su tarea. Cinco veces corre desde Australia a Roma en defensa de su grey remota. Como para el padre Devers su ancha Manitoba, para él Nueva Nursia es el lugar «donde yo estoy por Cristo Jesús y no puedo ceder». Y aunque murió en Roma, su cuerpo fue llevado «a la tierra donde tengo la mayor parte de mi sangre y de mis sudores». Por su Nueva Nursia, este gallego sonriente y suasorio se hizo incluso zarzal y espino…

Un gallego sonriente y suasorio. Parece ser que no le faltó nunca el humor y que pasó todos los años de su vida sin perder el acento galaico. Siendo ya obispo de Puerto Victoria, visitó su ciudad natal. Su pectoral era un sencillo crucifijo de madera y plata y en la mano llevaba todos sus bienes temporales: un maletín con el breviario y unas ropas. «Dejad paso a mi Obispado», dicen que decía, burla burlando, a la gente que se apretujaba a su paso. En las torres de la catedral tudense, según dice el acta del Cabildo, «se le tocó el relox y demás campanas de costumbre». No eran vanidad para él. Le gustaría oír aquella música, porque las campanas alegran el corazón del cristiano. Se llevó de Tuy para Nueva Nursia dos pequeños huesos de la cabeza de San Telmo, patrón de navegantes, y pienso que quizás por esta reliquia y devoción sus viajes fueron siempre felices.

De Roma a Nueva Nursia hay media vuelta de mundo. Este benedictino gallego hizo su camino por ella y levantó en los confines australes una cristiandad que permanece y fructifica. Van y vienen las olas por los mares que cortaron las proas de la Isabella, La Ferrolana y el John Panter, pero en la tierra firme de los antípodas, la Cruz clava su regatón. Una nación del Señor Jesús ha sido fundada. «Pienso», escribía el padre Devers, «que estas misiones, estos poblados, esta siembra que yo hago y este trigo que yo siego, serán mañana la Francia, la Inglaterra, la España de Dios, Roma y Orleans, Compostela y Cantorbery, Asís y Lourdes…». De su Nueva Nursia, esa cristiandad de Australia, el padre Salvado ¿qué no podía esperar? Todo lo podía esperar él y todo lo podemos esperar nosotros. Cuando muere en Roma, en San Anselmo de los teólogos, canta a pleno pulmón la Salve y el Magnificat, y es para nuestra emoción, espiritual e intelectualmente, como si toda la selva australiana se desatase en una coral gigantesca bajo la mirada paternal de Dios. Ya todo esto, ya esa New Norcia de las cartas inglesas, es Historia Sagrada. Esto es, Historia Universal.

ÁLVARO CUNQUEIRO

Catolicismo, julio de 1945

SAN OSVALDO, APÓSTOL DE INGLATERRA

AL ANCHO HUMBER OSCURO van las aguas del Ouse, el Aire y el Trent, tres ríos que riegan el corazón de Inglaterra. El Ouse y el Aire, dos venas de agua verde con abedules y tejos en la ribera, son en los días de hierro del siglo VII la frontera de los cristianos en Northumbria. Aquellos cristianos —Angeli, non Angli— tienen lágrimas en los ojos: el rey que los bautizó, Eduino, erguido y noble como el fresno, el árbol de la lanza, ha muerto a manos de Penda el pagano y Cangallón el druida. Apenas nacida, ya queda huérfana aquella cristiandad. El reino de Penda, la Mercia de las más puras estirpes sajonas, se incrusta, a caballo del Trent, entre los cristianos de Estanglia y los cristianos de Northumbria. Penda no abandona sus dioses antiguos, la piedra del rayo de Thor y el caballo vespertino de Odín, y cuando viene mayo florido sube hasta las vegas del Don y del Aire o baja a las praderas del Nene a destruir cristianos. A su Mercia no han llegado las ondas misioneras que por Occidente vienen a Inglaterra de la Irlanda de los santos, los calígrafos y los monasterios, ni las que por Oriente Roma envió con Agustín. Nadie ha osado misionar en Mercia, en las colinas y en las selvas de Sherwood, en los burgos de altas empalizadas; nadie ha osado predicar a aquellos rudos guerreros, que se sientan a beber cerveza al amor de las grandes hogueras y cantan a las llamas y a las estrellas las leyendas sangrientas de los sajones. Penda es el azote de Dios en la Inglaterra cristianada. San Eduino y San Osvaldo cayeron, como trigo granado al vuelo de la hoz, bajo su corta y recia espada. Pero él a su vez hallará la muerte bajo las patas del caballo celta de otro santo rey, Osvino de Northumbria. Osvino rematará la tarea misionera de los reyes de Northumbria, convirtiendo la Mercia de Penda a la Fe de Cristo. San Beda alabará a Osvino en su Historia, y a Penda el pagano no le faltarán los hexámetros latinos de maese Fragonardo de Brienne. Para Osvaldo habrá en la Northumbria una leyenda. Bonifazio da Pitati la pintó. Pintó a Osvaldo bajo un cielo blanquirrosado muy de su gusto veneciano, coronado con la corona de Bernicia y de Deira, con el cetro de los sajones de Northumbria en la mano, con un hermoso manto escarlata y calzas azul lila, recibiendo el Evangelio de manos de San Mateo. El veneciano lo pintó blanqueándole la barba, que la tendría (de la casta real que era) dorada como la miel. Cuando Penda el pagano lo derrotó en Mansfield, mutiló su cuerpo y colgó de altas pértigas sus despojos sangrientos en Sleaford y Chesterfield para que lo vieran los recién bautizados, aún no cumpliera Osvaldo los treinta y seis años. Había gobernado sus reinos unas breves semanas, y como su tío Eduino, salió a la misión, a morir predicando la Santa Fe.

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Aún no habían cesado en York los cantos funerales por Eduino cuando ya su sobrino y heredero Osvaldo, oída misa en Selby, cruzaba el Aire por los vados de Goole, camino de los campos de batalla de Mercia la pagana, camino de los dilatados y legendarios bosques de Sherwood, con el Evangelio de San Mateo en la diestra. Seguía Osvaldo la misión armada, la Cruzada de Eduino. Una mano blanca de mujer la había iniciado. Eduino había ido a casar a Kent con una princesa de rubias trenzas llamada Etelburga, que todavía era una niña sonriente y delicada. Etelburga llevó en su compañía al obispo Paulino, que era varón piadoso y de mucha ciencia y seguía la predicación de Agustín en la Inglaterra oriental. Etelburga y Paulino lograron la conversión de Eduino, que fue bautizado el 12 de abril del 627 en una pobre capilla de madera construida allí donde hoy se alza una de las más hermosas iglesias de la cristiandad: el Minster de York. Dixon, en sus Fasti Eboracenses, evocará la emocionante escena. Veréis allí arrodillados al rey y a sus hijos, a sus sobrinos herederos Osvaldo y Osvino, sus barones y su pueblo. Etelburga llora cuando Paulino lee una carta del Papa Bonifacio V pidiendo a Dios la conversión de Bernicia y de Deira y la paz entre todos los cristianos de Inglaterra, y el agua bautismal moja la crespa cabellera del rey. «Por la señal de la Santa Cruz», se persigna el pueblo sajón. Pictos, escotos y britones se persignan también, que también el agua bautismal corre por sus cabezas. York será aquel día arzobispado y Paulino pastor de Northumbria, de Pictia, de Britonia, de Escocia. El celta vencido y el sajón vencedor son iguales para la Iglesia del Señor.

Eduino, al igual que los reyes cristianos de Kent y de Estanglia, deseaba la paz y la conversión de Mercia. Sobre este reino pagano cabalgó Eduino hasta su muerte. Sobre él cabalga ahora su sobrino Osvaldo. Son hermosos los campos del Aire; las onduladas colinas se coronan de hayas que se quejan al paso del viento. Osvaldo rodea la selva de Sherwood y amanece una mañana del verano del 642 frente a los muros de Mansfield. En el bosque cantan el cuco y el malvís y hasta la tienda real llega en la noche la voz del ruiseñor. El ruido de las armas les hará enmudecer. El choque fue brutal y Osvaldo halló la muerte en los primeros momentos de la batalla. Sus tropas se desbandaron. Con unos pocos fieles, su hermano Osvino repasó el Aire. Penda se vengó en el cuerpo del rey bautizado en York, que había osado penetrar hasta el corazón de Mercia y había bautizado guerreros de sus tribus en sus burgos de Sleaford y Chesterfield… Cuando Penda con su propia espada descuartizaba en Mansfield el cuerpo del rey santo, otro santo se coronaba en York y la misión recomenzaba. Pero esta vez hasta los rojos muros del hall de Penda en Mansfield recibirán el rocío del agua bendita. La misión de Agustín daba sus frutos.

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Es este día de San Osvaldo, 5 de agosto, excelente ocasión para que pidamos los católicos al Señor la conversión de Inglaterra, su vuelta al seno de la Iglesia romana. Largo es el surco y áspera la siembra, pero la semilla ha sido mucha y hermosa; mucha ha de ser la mies. Desde aquel cardenal Newman, que fue más que la lámpara para las tinieblas, la cosecha no cesó de aumentar. El propio Newman, Gill, Chesterton, Belloc, creen que en las señales venturosas de nuestro tiempo está la profesión católica de Inglaterra. Todas las viejas torres y las campanas antiguas de York, de Truro, de Coventry, de Winchester, de Ely, de Durham, de Cantorbery, de Woscester… Estas campanas llevan en su voz, y no lo olvidarán jamás, la letanía de los santos de Inglaterra: San Eduino, San Osvaldo, San Edmundo, San Eduardo, Santo Tomás Beckett, San Juan Fisher, Santo Tomás Moro…; letanía de reyes, letanía de mártires… Si desde aquí, desde mi Compostela, pido al Señor en la tumba de su Apóstol Jacobo la conversión de Inglaterra, paréceme que me oyen las almas de los ingleses de antaño que peregrinaron a este lugar, que aquí confesaron sus pecados y hallaron el perdón. Paréceme que me oyen y me sonríen hasta Santa María de Oya y Nuestra Señora la Inglesa de Mondoñedo, esas dos imágenes que vinieron a nuestros altares cuando el rey Enrique hizo el Cisma y la cristiandad fue rota por tercera vez; la de Oya la trajeron las olas del mar; la de Mondoñedo unos buenos burgueses de Londres que querían perseverar en la antigua y verdadera Fe, en la Fe de Osvaldo, el rey apóstol de Inglaterra.

ÁLVARO CUNQUEIRO

Catolicismo, «Santoral misionero», agosto de 1945

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13 noyabr 2024
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9788416950393
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