Kitabı oxu: «No olvido, recuerdo»



Itzcóatl Tonatiuh Bravo Padilla
Rectoría General
Miguel Ángel Navarro Navarro
Vicerrectoría Ejecutiva
José Alfredo Peña Ramos
Secretaría General
Manuel Moreno Castañeda
Rectoría del Sistema de Universidad Virtual
José Antonio Ibarra Cervantes
Coordinación del Corporativo
de Empresas Universitarias
Javier Espinoza de los Monteros Cárdenas
Dirección de la Editorial Universitaria
Primera edición electrónica, 2013
Coordinadores
Manuel Moreno Castañeda
Laura Topete González
Autores
© Carlos Vevia Romero, Consuelo Plascencia Vázquez, Fernando Gabriel Miranda Valdez, Luis Benjamín Flores Isaac, Humberto Ponce Adame, Isidro Casillas Limón, Juana Cordero Baltazar, Jesús Mario Rivas Souza, Olga Tello Araujo, Juan Rosales Corona, Elda Castelán Rueda, María del Rosario Covarrubias, Ricardo Figueroa Rosales, Benigno Rogaciano Gallardo González, Javier Eduardo García de Alba García, Alvaro Fernando Gutiérrez Villaseñor, Mario Eduardo Mejía Iñiguez, Joel Robles Uribe, Francisco José Zamora Briseño, Óscar Espinoza de Santiago, Ana María de la Paz Huerta Orozco, Benjamín Flores Briseño, María Llamas Gutiérrez y Cecilia Plazola Rodríguez
Entrevistas
Gabriela Rojo Díaz
Fotografías
© Luis Alberto Dorantes Meza
No olvido, recuerdo: crónicas universitarias desde la tercera edad / Carlos Vevia Romero... [et. al.] ; [coordinadores] Manuel Moreno Castañeda, Laura Topete González ; presentación Manuel Moreno Castañeda. -- 1a ed. - Guadalajara, Jalisco : Editorial Universitaria Libros que Transforman : UdeG Virtual, 2013.
Entrevistas y ensayos ganadores del Certamen “No olvido, recuerdo” crónicas universitarias desde la tercera edad, realizado en 2012.
ISBN 978-607-450-771-3
1. Universidad de Guadalajara-Historia 2. Universidad de Guadalajara-Crónicas y reportajes. I. Vevia Romero, Carlos. II. Moreno Castañeda, Manuel, coord. III. Topete González, Laura, coord.
378. 097 235 .N73 CDD
LE7 .G8 .N73 LC
D.R. © 2013, Universidad de Guadalajara

Editorial Universitaria
José Bonifacio Andrada 2679
Colonia Lomas de Guevara
44657 Guadalajara, Jalisco
www.editorial.udg.mx
01 800 UDG LIBRO

Sistema de Universidad Virtual
Av. de la Paz 2453
Col. Arcos Sur
44140, Guadalajara, Jalisco
www.udgvirtual.udg.mx
33 32 68 88 88
ISBN 978-607-450-771-3
Mayo de 2013
Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación de información, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, existente o por existir, sin el permiso por escrito del titular de los derechos correspondientes.
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Índice
Presentación
Manuel Moreno Castañeda
No olvido, recuerdo | Ceremonia de premiación
No olvidamos lo aprendido
Elda Castelán Rueda
Acervo de historia viva
Benjamín Flores Isaac
Voces y relatos | Entrevistas
La filosofía, la historia, las letras
Carlos Vevia Romero
La dignidad del Trabajo social
Consuelo Plascencia Vázquez
Pensar y trabajar
Fernando Gabriel Miranda Valdez
Paseado y bailado
Luis Benjamín Flores Isaac
Una nueva disciplina para cambiar el mundo
Humberto Ponce Adame
Hay que hacer caso a los empleados que saben
Isidro Casillas Limón
Un alumno es un ser humano
Juana Cordero Baltazar
Entre la medicina y las leyes
Jesús Mario Rivas Souza
Entre libros y responsabilidad sindical
Olga Tello Araujo
El ser humano no tiene límites
Juan Rosales Corona
Memorias en papel | Crónicas
Estas teclas que ves
Elda Castelán Rueda
El exilio chileno en Guadalajara
María del Rosario Covarrubias
Programas de promoción, divulgación y organización de los campesinos de Jalisco. Escuela de Agricultura de la Universidad de Guadalajara, 1973-1976
Ricardo Figueroa Rosales
Remembranzas, 1964-1971
Benigno Rogaciano Gallardo González
Las «grajeadas» en Medicina
Javier Eduardo García de Alba García
Sobre la identificación de los vampiros en el occidente de México
Álvaro Fernando Gutiérrez Villaseñor
Recuento de pasos
Mario Eduardo Mejía Íñiguez
Experiencia inolvidable de un viaje con el sabio Amado Ruiz Sánchez
Joel Robles Uribe
Testimonio pedagógico de un libre pensador
Francisco José Zamora Briseño
Recuerdos de una docencia decretada
Óscar Espinoza de Santiago
Un código universitario, una historia de vida
Ana María de la Paz Huerta Orozco
Estudiante, ingeniero, padre, profesionista y docente: una mirada desde y para mi Universidad de Guadalajara
Benjamín Flores Briseño
Breve historia de la Escuela de Agricultura
María Llamas Gutiérrez
Yo presidenta
Cecilia Plazola Rodríguez
Notas al pie



Presentación
Manuel Moreno Castañeda
El propósito de la convocatoria «No olvido, recuerdo. Crónicas Universitarias desde la Tercera Edad», cuyos resultados publicamos en este libro, fue la recuperación de las experiencias y las vivencias de personas que tienen mucho que contarnos desde distintas áreas laborales en la Universidad de Guadalajara. Historias que le han dado color, alegría, emotividad y sentimientos a la ya larga vida universitaria.
En los contenidos de esta obra se rescatan relatos, algunos escritos directamente por sus protagonistas y otros recuperados mediante entrevistas, que nos permiten observar la gran diversidad de actividades que realiza la comunidad universitaria en los ámbitos académico, administrativo, directivo y de apoyo a todas estas actividades.
Diez entrevistas y trece ensayos; biografías, prácticas docentes, experiencias estudiantiles, anécdotas, trabajos de campo, actividades artísticas... en suma, un crisol multifacético que nos da cuenta de la diversidad de vidas que han confluido en la Universidad de Guadalajara desde sus primeros años.
La relevancia de testimonios como éstos radica en todo lo que nos dicen de personas y actividades que suelen pasar inadvertidas, aunque convivimos diariamente con ellas, y que propician las condiciones para desempeñar las labores esenciales de la universidad. En ese sentido, esta publicación se caracteriza por la variedad de vivencias, la pluralidad de visiones, la frescura de sus narraciones, la autenticidad de sus autores, la espontaneidad de sus emociones y su cotidianidad tan vigente.
No se pretendió hacer una crónica o una historia universitaria, porque ésta no puede ser única. La finalidad fue abrir y propiciar un espacio en el que pudiera mostrarse un abanico amplio de esas historias vividas y contadas tanto por personajes muy conocidos como por personas de las que quizá sabemos de ellos por primera vez. Así, sin jerarquías, todos ellos son universitarios que de distintas maneras y desde distintos campos vivifican y le dan rostro humano a la Universidad.
Aquí se muestran los diferentes modos de ver a nuestra máxima casas de estudios. Los hay que hablan de cambios en la estructura institucional y los que nos cuentan de cómo el lugar donde trabajaron fue siempre el mismo, aunque haya cambiado de nombres y de jefes. Es ésta una rica antología de percepciones y expresiones. No es lo mismo ver a la Universidad desde dentro, por parte de quienes aún laboran aquí, que la visión de los ya jubilados. Es muy distinto, también, observarla desde puestos directivos o de los cubículos académicos que desde los pasillos y oficinas testigos del esfuerzo de quienes han apoyado las incontables tareas dentro de la Universidad. Hay puntos de vista que son llamadas de atención y que nos obligan a mirar críticamente nuestra institución, pues todos y cada uno de los trabajadores universitarios desempeñan una labor esencial; el trabajo de unos no tendría sentido sin el de otros, del mismo modo como hay trabajos que no podrían realizarse sin otras labores que los apoyan.
Ésta es una primera recopilación de crónicas, relatos y testimonios, aunque sabemos que existen miles más en los distintos espacios de la Universidad, pero la intención es que esta publicación inicial sea sólo el principio de una colección de recuerdos históricos, una recuperación permanente de la memoria universitaria que alimente los proyectos del futuro. He aquí una valiosa fuente de conocimientos vivos donde abrevar para la construcción de nuevos horizontes.
CEREMONIA DE PREMIACIÓN
No olvidamos lo aprendido
Elda Castelán Rueda
Muy buenas tardes, señoras y señores.
Con su venia, señores miembros del presídium.
Hoy me invade una alegría inmensa, pues para mí recibir un primer lugar no ha sido cosa de todos los días. Espero que la emoción no me cierre la garganta y pueda continuar hablando.
Recibí un primer lugar hace 55 años por motivos similares: mi gusto por la lectura y la escritura, hábitos que me fueron inculcados, de manera lúdica, en el seno de mi hogar.
Otra alegría que me causa este premio es el reconocimiento que ganamos todos los convocados. Agradezco a las personas que organizaron este concurso porque tuvieron la gentileza de tomar en cuenta a los mayores de sesenta años, al personal administrativo, a los pensionados, ese grupo vulnerable que en otros sectores está olvidado.
Gracias por tomarnos en cuenta. Nosotros, los adultos mayores, como nos llaman en el lenguaje «políticamente correcto», somos personas a las que algunas veces se nos olvida apagar el agua para el té o cerrar la puerta con llave. Pero todavía no olvidamos lo aprendido, y no me refiero a lo académico, sino al conocimiento adquirido a través de las lecciones de vida y de los años. Bien reza el viejo refrán: «Más sabe el diablo por viejo que por diablo».
Muchas gracias, pues, a los organizadores. Y espero que este concurso siga por muchos años. Edificar la historia de nuestra Universidad es una tarea difícil y es un legado de suma importancia para las nuevas generaciones. Estoy feliz de haber aportado un granito de arena para la reconstrucción de esta historia.
Dudé mucho en participar, no me gustan las competencias (menos esa palabra de moda: «competitividad»). Mis hermanas y personas muy cercanas leyeron mis primeros borradores y me animaron a no desistir. Muchas gracias a todas ellas. Aun así, hubo días en que pasó por mi mente no enviar nada.
Pero la idea de que me leyeran, aunque sólo fueran los miembros del jurado, me impulsó a decidirme. Además, como dijo García Márquez en una ocasión: «Escribo para que me quieran».
Cuando comencé a escribir mi ensayo me invadieron las confusiones. Me di cuenta de que lo que no está escrito se olvida. Llamé a varias amigas que habían entrado a la Universidad antes que yo. Me reuní con unas, les envié correos a otras, así entrelacé mi historia. Muchas gracias a todas ellas. En algunas fechas y en otros detalles no coincidíamos, por eso tuve muchas dudas. Yo no quería contar mentiras, algo muy típico en los mexicanos...
Me siento afortunada de haber trabajado en la Universidad de Guadalajara en los años ochenta, noventa y en el primer decenio de este siglo. Esas tres décadas marcaron una diversidad de cambios en el mundo, en la institución y en general en el comportamiento humano; en el lenguaje y, principalmente, en las tecnologías, que en los trabajos administrativos y académicos provocaron movimientos y sentimientos nuevos y por ende muy extraños.
Para terminar, me atrevo a dar una recomendación al personal administrativo, cualquiera que sea su nombramiento: busquen el cambio de oficinas y de actividades. Quien no se mueve produce moho, y éste no sirve para nada. Les recuerdo las palabras de Abraham Maslow: «Uno debe de luchar contra lo estereotipado, nunca debe permitirse llegar a acostumbrarse a algo».
Muchas gracias a los miembros del jurado, y gracias nuevamente a los organizadores de este concurso.
Muchas gracias a quienes hoy me acompañan, gracias por compartir mi alegría. Ya lo dijo Saramago: «La alegría, si uno está solo, es nada».
Muchas gracias.
Acervo de historia viva
Benjamín Flores Isaac
Buenas tardes.
No olvido, recuerdo, pero también disfruto, y mucho...
Muchas gracias a las personalidades que conforman el presídium, muchas gracias a las personalidades que se encuentran en la parte inferior, muchísimas gracias por todo, por su asistencia. Esto que culmina, si lo vemos desde una dimensión real, creo que es una cosa tremenda, inconmensurable, todos estamos más o menos vibrando en la misma frecuencia, todos hablamos de cosas similares, hablamos de permanencia, hablamos de que se extienda, hablamos de que se institucionalice esto, sería fabuloso, porque esto conforma verdaderamente la historia viva de los quehaceres universitarios.
No sólo es una compilación de evidencias, no, es un pedazo de historia de cada uno de los que ahora participamos, ojalá y en la siguiente convocatoria se duplique y hasta se triplique la participación de todos los universitarios.
Ésta es la historia de nuestras vivencias, porque muchos así lo vivimos, así lo sentimos y en algunos casos, claro, como el mío, lo disfrutamos y lo disfrutamos muchísimo y lo disfrutamos tanto que a la hora de hacer la entrevista casi me dijeron: Maestro, córtele porque ya se acabó el tiempo, ya se acabaron los 45 minutos.
Permítanme ahora unos momentitos de pensar en voz alta y para retomar lo que se dijo, qué pasaría si esto ya que se institucionalice, se agranda un poquito más y, como dijo la persona que me antecedió, quizás no como concurso, sino como muestra y entonces invitar a todos los maestros, que si nos pudiesen enseñar aquel papelito que guardan, aquella nota que alguien les dejó, aquella hoja que ustedes encontraron en algún pupitre, es parte de nuestra vivencia, es parte de la historia, es parte de la universidad, el quehacer universitario, eso vendría también agrandado. Si esto se abre también hacia el terreno de la fotografía —todos tenemos fotografías del primer grupo que tuvimos, fotografías del primer salón a donde entramos, fotografías con nuestro primer maestro y con nuestra primera maestra también. Tendríamos un acervo de historia viva, muy interesante y valiosa.
Definitivamente creo que todos los que participamos tuvimos una cierta duda o una cierta inquietud: Bueno, qué voy hacer, qué voy a decir, qué voy a platicar; a nosotros que nos hicieron la entrevista, qué voy a platicar, no sé, pero ¡híjole!, la Secretaría Técnica y sobre todo la persona que nos entrevistó, ¡híjole!, qué bonito nos condujeron. ¿Y usted qué hizo?, y nomás le dan cuerda a uno y solito se va uno por ahí. Es fabuloso y eso de ser fabuloso se convierte en mucha de nuestra actividad, como un elemento motivador, pero además de que es motivador también es vivificante. Dados los días que nos acompañan no quisiera utilizar la palabra... nos hicieron revivir nuestra historia, no, mejor nos hicieron vivificar nuestra historia, ojalá nos permitan seguir vivificando nuestra historia.
Muchísimas gracias.
ENTREVISTAS
Voces y relatos

La filosofía, la historia, las letras
Carlos Vevia Romero
Doctor en Filosofía por la Universidad Pontifìcia Comillas de Madrid; docente e investigador de la Universidad de Guadalajara desde 1974 en los departamentos de Letras y Filosofía. Fue Premio Jalisco en 2009 en el área de Literatura. Es miembro del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco y Maestro Emérito de la Universidad de Guadalajara.
¿Cuál fue su primer acercamiento a la Universidad de Guadalajara?
Fue como una telenovela. Yo tenía muy poca idea de México en general. Entonces se hablaba mucho de que había venido a México un número considerable de españoles después de la Guerra Civil. Yo estudiaba en Hamburgo, Alemania, el doctorado en Filosofía (para la filosofía clásica es muy importante el alemán) y para subsistir daba clases de español en una escuela de idiomas. Un día la directora me dijo: «Mire, ha venido una señorita de México de intercambio y va a estar en la escuela dando cursos de español; acompáñela usted y enséñele la escuela». Se trataba de una joven que había estudiado en la Universidad de Guadalajara durante las primeras promociones de la Facultad de Filosofía y Letras, cuando los alumnos eran tan poquitos que todos se iban juntos a tomar café: los de Historia, Filosofía y Letras.
Trabajamos juntos unos tres años y acabamos casándonos. En un viaje que hicimos a Guadalajara para visitar a sus papás, mi esposa se encontró a Adalberto Navarro Sánchez, que había sido su maestro y cofundador de la licenciatura en Letras; él le comentó su propósito de abrir la maestría en Letras y le dijo: «Oiga, tráigase a su esposo aquí, que dé un semestre y que vea cómo es esto». En ese entonces no había relaciones diplomáticas entre México y España y todos los documentos tenían que pasar por la embajada de México en Lisboa, Portugal, por ello se complicó mucho y tardé tres meses en arreglar los papeles. Esto ocasionó que no llegara al primer semestre de la maestría en 1974 (que todavía existe y es una de las más antiguas de la Universidad). Me incorporé en el siguiente semestre y aquí he estado durante treinta y ocho años, es decir, toda una vida.
El director de la maestría era el doctor Amado Ruiz Sánchez, que también estaba a cargo de otra maestría en la Facultad de Medicina. El doctor fue un personaje ilustre, incluso hay una Cruz Verde que lleva su nombre. Era muy humanista y apoyó mucho a la maestría en Letras para que saliera adelante. Nos trató con mucho cariño. Los primeros años fueron muy bonitos y ésa es la razón, como dije, de que pareciera una telenovela.
¿Cómo fueron sus primeros años en la Universidad?
Mi primer semestre en la Universidad se convirtió en más semestres. Yo tengo dos especialidades: una en Filosofía y otra en Letras, las cuales están muy relacionadas. Algunas veces daba cursos en la carrera de Filosofía y otras en la maestría en Letras o en el doctorado en Letras. Poco a poco fui conociendo a más gente, recibía invitaciones a congresos y coloquios en la zona centro de la república, por ejemplo, en la Universidad Michoacana de San Nicolás Hidalgo, en Morelia; también he estado en Querétaro y Zacatecas.
Recuerdo que una temporada me iba a Aguascalientes los viernes en la tarde al terminar aquí la maestría, ya que tenía clases todo el sábado en esa ciudad, donde estaba empezando la Facultad de Letras. Así, recorrí esa parte del país que tiene historia y mucho prestigio académico.
¿Cuál fue su primera impresión de México?
Vine directamente a Guadalajara, ya que estuve sólo unas horas en la Ciudad de México. Me pareció una ciudad tranquila comparada con Hamburgo. Lo maravilloso era el sol, todo era primavera, aunque la gente decía: «¡Uy, qué frío hace!», lo que me hacía mucha gracia, pues venía de una ciudad donde pueden pasar tres años sin salir el sol, literalmente hablando, porque unas veces hay lluvia, otras hay niebla o cae nieve.
Nosotros tuvimos suerte porque no nos tocó un clima tan cerrado cuando vivíamos allá, pero sí es un clima muy duro. Al llegar aquí era la primavera y me llamaban mucho la atención todas esas bebidas elaboradas con frutas, las aguas famosas, de sandía, por ejemplo. Recuerdo unas en la calle Morelos; cuando vi esa copa tan grande, dije: «¿Esto qué es? ¡Esto va a costar un millón de pesos por lo menos!» No, son las aguas normales para la comida.
¡La jamaica, qué cosa tan exquisita! ¡Las nieves! ¡Los helados! Cuando uno va a otro país, si permanece en él una semana puede escribir un libro; después, anécdotas, diferencias y todas esas cosas. Si pasa un mes, puede escribir un artículo; si es un año, una notita, y si pasa más tiempo, ya nada, porque ya no se sabe nada realmente, se va descubriendo la complejidad del país. Por ejemplo, la sociedad mexicana es muy compleja, no es fácil entenderla de primer momento. Me quedé deslumbrado por todas estas cosas externas, que me llamaron la atención. Creo que ha habido una evolución muy fuerte, sobre todo el crecimiento de las universidades en la zona centro. Por desgracia, no conozco ni el norte ni el sureste de la república, pero sé por referencias que por todas partes se han multiplicado y replicado maestrías, doctorados, una cantidad de gente que tiene ganas de aprender; eso ha sido en estos treinta y tantos años una evolución clarísima.
Cuando llegué a la clase de Letras, inicialmente eran 25 alumnos: 23 eran hombres y dos chicas. Ahora se han invertido; la mayoría son mujeres y hay dos o tres muchachos. Fíjese cómo ha crecido Filosofía (uno dice ¿eso qué es? y ¿para qué sirven todas esas preguntas?), que tuvieron que abrir cursos durante la mañana porque no hay salones para recibir a tanta gente. Esto es en verdad muy bonito, aunque tiene sus contras y se podría hacer críticas, pero creo que más allá de todas éstas, México está evolucionando.
Dicen que algunos estudian para ganar más en su carrera, que les paguen más, y digo yo ¡que es maravilloso! Si la gente para subir de nivel en una sociedad estudia más, es maravilloso, qué más queremos; lo feo es que suba porque es amigo, hijo, sobrino o tío de alguien, mejor que suba porque tiene una maestría y otra maestría. Ha sido una grata experiencia estar en contacto con la juventud; la educación es la ventaja que tiene: renueva, porque los alumnos están friegue y friegue, quieren saber más: ¿por qué? y ¿por qué? Esto hace que el maestro, para satisfacer esas necesidades, tenga que estar constantemente estudiando, mejorándose. Es maravilloso el mundo de la educación.
Doctor, usted que venía de una universidad europea (de pronto se piensa que aquí el nivel es más bajo), ¿cómo ve la evolución de la Universidad desde su llegada hasta ahora?
Es distinto, por las personas. Una universidad alemana está habitada por alemanes y por gente del centro de Europa, que son muy diferentes; por lo tanto, todo lo que hagan va a ser distinto; tienen capacidad de concentración y de trabajo. Quizás aquí no se note al principio, pero no lo veo como hace años; ha habido una evolución increíble, un aumento de la calidad. Si viera usted cómo organizan, por ejemplo, los muchachos de la licenciatura en Filosofía todos los años un coloquio. La cantidad de gente que traen. ¡Qué bien lo organizan! Eso exige un nivel muy grande en el sentido de que no lo hacen por prestigio o algo así, sino porque conocen la materia y saben la importancia que tiene que se conozca muy bien a un autor, o una época, por decir algo, todo dentro de sus medios limitados, pero con un interés y ellos solos trabajando, con la bendición digamos de arriba. Por la crisis, es muy difícil conseguir apoyos, pero ellos se apañan y lo buscan y hacen cosas extraordinarias.
En Letras, la problemática es distinta. Los alumnos han evolucionado; son más académicos, más serios, y verdaderamente estudian literatura. En los años setenta el ideal del hombre de letras era muy bohemio, romántico, se dejaba el pelo largo, andaba en los cafés con frecuencia y ese tipo de cosas; ahora se ve otra clase de gente, que sabe estudiar los textos con metodologías que no sólo sirven para soltar el ojo y decir: «¡Ah, Cervantes, qué maravilla!», sino hacer ver por qué Cervantes es una maravilla.
¿Por qué es una maravilla Juan Rulfo? Eso es precisamente desmenuzarlo. Conocen a la perfección métodos que hay en otras partes. En ese sentido, creo que ahora hay un emparejamiento enorme en estos dos campos. En otros, no me atrevería a opinar. Veo, por ejemplo, el CUCEA, de Administración de Empresas, un centro que organiza congresos importantes, pero no conozco más. Medicina siempre ha tenido su prestigio; ellos van aparte. Las ingenierías, creo que también podría citar el caso del doctor Víctor González Romero, que fue secretario de Planeación; él es doctor en Química. Estudió su doctorado en Estados Unidos y, siendo rector de la Universidad de Guadalajara, todos los días a las siete de la mañana daba su clase de química. Es un ejemplo.
Yo nunca he tenido un compañero así en Letras o en Filosofía, pero es una maravilla que el rector esté dando su clase a las siete en punto, con la lata que es levantarse temprano, sobre todo en ciertas épocas del año. Por otra parte, ya casi se ve como imposible que un profesor en cierto nivel no sea doctor, no tenga un doctorado, eso es una evolución y más aún en una universidad gratuita. Esto no es para alabar a la Universidad de Guadalajara ni adular a nadie, porque ya estoy afuera.
Las universidades europeas son carísimas, incluso la Universidad de Madrid, por ejemplo, donde yo estudié. Por ser yo de familia muy numerosa había muchos descuentos, pero aun así era muy cara. Cuando volví a hacer el doctorado allá y presenté la tesis, me costó 25 mil pesetas la inscripción para el examen. De esto hace veinticinco o treinta años y ya entonces era mucho dinero. ¡Caramba!, se queda uno viendo visiones.


Aquí ve uno a taxistas mayores que dicen: «Mi hijo estudió, es médico de la Universidad de Guadalajara», esta frase vale todo el esfuerzo que pongamos y todos los sacrificios que hagamos. Tuvimos un jardinero, don Isidro, tenía noventa años, pero seguía yendo diario a hacer el jardincito con sus tijeras; él tenía un hijo médico de la Universidad. Eso es increíble, en otros países es inconcebible. Por tanto, hay que apoyar a la Universidad del Estado mientras se mantenga así.
Doctor, el prestigio que pueda tener una universidad o institución es gracias a la gente que está ahí, porque al final las personas son las que le ponen cara y color a una universidad. Gracias a personas como usted, que le han aportado tanto a la Universidad de Guadalajara, es que esta casa de estudios tiene cierto prestigio. Cuando lo hicieron Maestro Emérito, ¿cuáles fueron sus sentimientos, qué pasaba por su cabeza?
Siempre he sido muy frío para ese tipo de emociones, yo no tenía ni idea ni me lo podía imaginar. Fue una propuesta de personas amables. Recuerdo que fue muchísima gente, alumnos, se llenó el auditorio grande; habían puesto una cinta al principio para que sólo se llenara una parte del centro y pensaron que vendrían unas treinta o cuarenta personas, no de pie.
Trinidad Padilla, que era rector en aquel entonces, dijo: «Esto es lo que necesitamos en la Universidad». Esto que se transforma en una fiesta, que no es esa especie de liturgia del Maestro Emérito con unos maestros con barbas blancas largas, sino la juventud apoyando al maestro que ha estado tantos años y esa comunión de alumnos y maestros que antiguamente se hacía; por eso se llamó universidad, la fórmula de la universidad era universidad de maestros y alumnos, Universitas-profesorus et alumnorum.
Pienso, por ejemplo, en Fernando del Paso, un excelente escritor; en él se ve claramente que está muy bien lo de Maestro Emérito, o en Emmanuel Carballo, un hombre interesantísimo, que conoce muchas anécdotas de la vida literaria cuando empezaba con Octavio Paz, sus revistas; él vivió en México y luego en Guadalajara. En fin, todos estos hombres, pero la gente reacciona así: «¡Éste qué!, pues es un profesor... Sin embargo, la producción ha sido enorme, y no es falta de modestia, porque ha sido mucho trabajo; es otro tipo de escritor, porque no es un escritor de novelas o de poesías, sino de ensayos. También es bueno que se reconozca a los ensayistas y su producción en un sinnúmero de páginas. Hay libros que traduje de más de seiscientas páginas, y si las sumamos son miles de cuartillas de traducción de filosofía y temas relacionados que no estaban al alcance de la mano.
Algo que me dio una «sacudida» muy agradable fue un libro de la historia de los judíos en el occidente que compré y cuyo autor citaba una de las obras que yo había traducido; dije: «¡Pero esto lo he escrito yo!» Era una cita muy extensa, claro, del autor en alemán, pero yo hice la traducción. Se siente una emoción grande cuando tu trabajo puede ampliarse y ayudar a otros.
Una vez me llegó una cartita de un señor de Venezuela que había visto en internet el libro y le interesaba; afortunadamente, tenía un ejemplar y se lo mandé. Antes ¡quién iba a pensar!, pero ahora con internet es mágico, es más fácil.
He tenido muchos alumnos de quienes he aprendido mucho, aunque parezca una frase hecha. Pienso en las primeras promociones, por ejemplo, y vienen a mi mente Raúl Bañuelos, Dante Medina, José Minero y Pepe Bruqui, que aún viven e hicieron varios proyectos de revistas. Ellos se han hecho famosos. Hoy precisamente leí en el periódico que Raúl Bañuelos participaría en un homenaje al músico Juan Pablo Moncayo, nacido en Guadalajara, autor del Huapango. Algunos otros alumnos son ahora profesores de profesores, doctores en Letras. Cuando llegamos eran profesores, por ejemplo el maestro Navarro, que se había preparado a sí mismo, porque antes no había sitios de formación.
Lupita Mejía, Lupita Mercado, Gómez Loza y Dolores Padilla, todas ellas, dan clase aquí y todas tienen doctorado. Ya puedo morirme tranquilo porque queda en buenas manos la enseñanza. Lo mismo pasa en Filosofía. George Steiner ha escrito muchos libros, por ejemplo, Después de Babel, El silencio, libros sobre la maravilla del lenguaje, problemas del lenguaje a veces muy profundos. Él tiene una página bellísima en sus memorias y dice que el rozarse en los corredores con los profesores de Chicago, cuando él estudiaba ahí, era una experiencia y motivación para él, y saber que él está en buenas manos, que no está perdiendo el tiempo, sino que en verdad está aprendiendo, es casi un deber, y para el país, ¡no digamos! Aunque de repente no se nota, cuando uno mira después de cincuenta años, dice: «¡Ah!, caramba, sí funciona!», sobre todo con materias como filosofía e historia.
Recuerdo un documental que vi sobre Nueva York en el que se habla de una ciudad debajo de otra en donde se encuentran los conductos de electricidad y los de agua limpia y sucia. En ella se trabaja constantemente, día y noche; están ahí los ingenieros más capacitados, si no se produciría un caos, pero nadie lo sabe, nadie lo ve. Las personas van caminando por la calle y no saben que debajo a cincuenta o cien metros debajo del río, incluso, está todo eso. Lo comparo con algunas materias de las que dicen: «¿Esto para qué sirve?», pero son las que están formando en realidad el sustrato que se verá en personas que luego sepan convivir, que sean tolerantes, que, como políticos, busquen dentro del ser humano el bienestar de todos. Todo eso se cuece aquí en las facultades.
Así se entiende la diferencia de una persona antes de entrar a la facultad y después cuando termina una carrera. Comprende uno muchísimas cosas que parece que no tienen nada que ver, pero es porque estudió algunas materias que ahora comprende estas otras. La vida siempre está presentando problemas nuevos; eso es cierto, pero aprendiendo a disolver problemas antiguos se aprende a atacar problemas nuevos.
Por otra parte, quiero señalar que le tengo mucho cariño al Centro Universitario ubicado en Ciudad Guzmán, ¡se me hace tan bonito! Así, tan chiquito y luego cuando mira uno para un lado y se ven los montes y mira para el otro, y también. ¡Ah, caramba! Me invitaron a un curso hace dos o tres años para la apertura de la carrera de Letras, con el doctor Vicente Preciado Zacarías, quien, aunque es dentista, es un gran literato, escribe precioso, por ejemplo, sus recuerdos y memorias. Él fue quien me hizo la invitación. Como dentista, fue el primero en introducir la endodoncia como especialidad en la Universidad. Antes hacían un agujero, tapaban ¡y ya! El doctor escribió un tratado sobre ese tema que fue utilizado durante veinticinco años en todas las universidades latinoamericanas. Cuando se retiró se dedicó a escribir. Fue amigo íntimo de Juan José Arreola y cuenta anécdotas de él que no acaban nunca. Dice que se reunían durante la tardecita y le decía: «Vicente, ¿ha leído usted esto? [¡cosas rarísimas!, como las cartas del Conde Ruso], ¡pues léalas porque le encantarán!» Así era Arreola, leía y leía, y le ponía tareas todos los días.

La dignidad del Trabajo social
Consuelo Plascencia Vázquez
Estudió la carrera de Trabajo social en la Universidad de Guadalajara. Se desempeñó como docente e investigadora en el Departamento de Trabajo Social de la misma universidad. También desarrolló su profesión en la administración pública en el área penal. Fue subdirectora del Centro de Observación y Diagnóstico para Menores. Cursó una especialidad en el campo psiquiátrico en la Ciudad de México.
Hace un buen número de años egresé de la carrera de Servicio social. En la tesis que presenté para mi examen recepcional me permití plasmar unas frases que seguramente han oído y que entonces, como ahora, me parecieron de un profundo significado. Escribí como dedicatoria: «Gracias al ser que me dio la vida y gracias a la vida por lo que me ha dado». Sigo creyendo así: la vida me ha otorgado oportunidades extraordinarias; me ubicó en el seno de una familia unida, nutrida por el amor de una mujer extraordinaria, que fue mi madre, de quien me sorprendió siempre su cualidad inagotable para enseñar con el ejemplo y con la palabra sin proponérselo. Fue el modelo más significativo, ya que de ella aprendí la tenacidad, la honradez y la sencillez.
Así, después la maternidad salió a mi encuentro y me permitió reconocerme como mujer y como madre; desde entonces entiendo más el quehacer de una madre. Se requiere sabiduría para saber conducir a otros, para apoyarlos en la búsqueda de sí mismos y que alcancen su bienestar. Tal vez por eso elegí dos campos en mi vida académica: ejercer la profesión del trabajador social y mantenerme en la actividad docente formando precisamente a trabajadores sociales.
Recuerdo una mañana, hace casi treinta y tres años, cuando me dirigí a la Escuela de Trabajo Social. Muy decidida, me presenté y le manifesté a la oficial mayor: «Maestra, yo quiero dar clases». Sorprendida, me aclaró que no estaban solicitando trabajadores sociales. Muy segura de mí le respondí: «No, no estoy necesitando trabajo, yo quiero dar clases, formar alumnos a través de la descripción de lo que hace el trabajador social». En mi memoria de estudiante siempre me interesé en que mis maestros, en esa cotidianidad ejercida en el universo del aula, me dijeran que, como alumna que más encerraba el ser trabajador social, ahora yo estaba en condiciones de hacerlo, había decidido abrazar la profesión de trabajo social y, además, atesoraba la poca experiencia que fui capitalizando al quedarme trabajando en prácticas en los dos últimos ciclos escolares.
Más tarde habría de aceptar los retos de un servicio en la administración pública, y cuando menciono retos viene a mi mente la llegada a la Policía de Guadalajara como única mujer de funcionarios de esta dirección. Recuerdo que frente al director, hombre de figura y corazón fuerte, dije con voz suave, pero firme: «Quiero decirle que, de quedarme en Prevención Social, yo no me presto a ninguna irregularidad». Con tono pausado, disimulando tal vez su asombro, me respondió: «Tenga la seguridad de que nunca voy a pedirle algo así», y de este modo transcurrieron tres años de intenso y gratificante apoyo del señor director.
Elegí y amo esta profesión, también la práctica del trabajo social jurídico, que fue en lo que me desempeñé. Ésta es un área apasionante y difícil, la mayoría de las ocasiones muy cerca del dolor humano de quienes viven privados de su libertad, cuántos momentos tristes y cuántas satisfacciones, algunas están y seguirán conmigo. Lo positivo y lo no agradable me confirmaron que mi elección en la vida fue acertada.
Una experiencia significativa en otro campo de trabajo la tuve en la Penitenciaría de Oblatos, que tenía una sección que daba hacia la calle Josefa Ortiz de Domínguez. Esa sección era para mujeres, era un pasillo largo, muy largo, en donde había máquinas industriales, porque una buena forma de sobrevivir para las internas era llevando maquilas del exterior para que ellas trabajaran con un pago muy bajo y mucho trabajo. Se trataba de guantes gruesos industriales. Había dos dormitorios para procesadas y sentenciadas, eso era todo, además de un patio muy grande, un restaurante al extremo, un área acondicionada para visita íntima, pero que propiamente era el dormitorio de las custodias —les llamaban celadoras en ese entonces; mucho de la terminología ha cambiado en la actualidad.
Debió de ser a principios de 1980 cuando se suscitó un motín en la femenil. Esto obedeció al cambio de directores; la directora que estaba en funciones era una persona que actuaba con una serie de irregularidades y éstas se reflejaban en toda la institución: había una clara separación de quienes tenían determinado poder de adquisición y quienes absolutamente no tenían nada. De quienes no tenían nada, sus expedientes estaban sin duda guardados o había poca disposición en informarles y avisarles sobre sus asuntos jurídicos, muchas de ellas carecían de abogado, aun si estaba asignado por ley.

Recuerdo que... ahora que digo la palabra recuerdo, esto va ser muy recurrente, y alguna vez se los dije en clase a los alumnos: recuerdo es volver a tocar el corazón: «Si más de una vez ven que hago eso, pues entiendan que los años han pasado y probablemente a gente de mi edad nos es significativo volver a regresar al corazón».
Recuerdo que llegamos un equipo de trabajo social, tres personas, dos compañeras y yo. Entonces, cerca de sesenta personas o menos, hicimos el cambio de Oblatos a la nueva prisión de Puente Grande, al Centro de Readaptación Social, como se le llamaba. Debieron ser unas cuarenta y tantas personas con una división marcada muy claramente. Unas cinco internas, junto con la directora, tenían el poder y eso era muy evidente. Cuando sucedió el motín se vio la necesidad de intervenir y cambiar de directora; claro que esto provocó la inconformidad de las internas, porque las que tenían mayor posibilidad y privilegios iban a dejar de tenerlos.
Al anuncio del cambio de directora, en la noche, supongo que trabajaron en hacer mantas, hicieron una cantidad de cosas. Al amanecer estaba tomado el lugar, tan pequeño, e impedían algún cambio. Ya estaban las autoridades del llamado Descopres, lo que era el Departamento de Servicios Coordinados de Prevención y Readaptación Social. Las gentes del femenil impidieron esto y fue una situación muy difícil, la autoridad no pudo entrar, no hubo manera de dialogar, sólo mantas y agitación en general. Traían palos de escoba, una de ellas estaba al teléfono hablando al programa Chimeli Informa y daba toda la crónica de lo que pasaba. Era una interna, esposa de un exintegrante de la Liga 23 de Septiembre, una mujer pensante, quizá muy diferente a todas las demás internas, porque siempre estaba observando, reflexionando. Alguna vez le vi un librito que decía Comunismo científico. Yo no sabía qué era. Entonces busqué el libro y lo conseguí; me puse a leerlo y dije: «¿Qué ve la interna, qué sabe ella que yo no tengo ni idea de lo que está haciendo y trabajando?»
Durante ese motín yo ya estaba en la docencia, y casi a la par se dio mi entrada al sistema penitenciario. Antes tuve otros trabajos como profesional del trabajo social y ahora estaba como docente y profesional. Mis clases eran de siete a nueve en Belenes, muy temprano, pero muy rico, fresco, había manera de estacionarse muy fácilmente. Impartía Metodología de la investigación y técnica de la entrevista; me decían: «¡Maestra, se va ir a trabajar a la cárcel!», y les contestaba: «Sí, ya me voy a la cárcel a trabajar». Donde ahora es el CUCEA, antes era nuestro, todo. Debió quedar una pintura sobre el trabajo social, un mural que hizo un compañero alumno en la sala de maestros.
Volviendo al motín, las autoridades decidieron que tenían que entrar y tomar el control de la institución. Nos citaron a todos en la Dirección de Seguridad Pública Municipal (no recuerdo cómo se llamaba); ahí estuvimos con el director general, un hombre de apellido Santamarina, quien, muy decidido, dijo que se iba a entrar con armas y gases a someter a las internas. Esto me dio mucho susto; me imaginé a las internas con quienes yo ya había tenido trato, y estaba muy cerca de ellas. Conocía perfectamente a las cuarenta y tantas, sus asuntos de familia y su composición familiar. Yo estaba en el equipo del licenciado Sánchez Galindo, que había venido de México para reestructurar el sistema, con el antecedente del 77 de los motines de varones en Oblatos, que dejaron una huella de sangre difícil de superar por las autoridades, ya que fue una cuestión muy seria, incluso se conoció en el plano internacional.
Me atreví a enfrentar a las autoridades. No lo pensé y les dije que había niños, que había internas que tenían sus niños, algunos recién nacidos, que no era posible entrar con gases, que si no había otra manera. Sánchez Galindo me dirigió su mirada como preguntando ¿Usted quién es? Yo no era directiva, era jefa del trabajo social del área, y bueno, aceptó. Entraron en la madrugada, nos comunicaron que debíamos estar listas. Un vehículo pasó por nosotras alrededor de las dos de la mañana y, cuando llegamos, estaban todos reunidos, cuerpos policiacos algunos de ellos, después lo supe por las internas —ahora son policías investigadores, antes agentes judiciales—, estaban de civiles, cuestión que no impidió que algunas internas los reconocieran como gente que las había torturado, me lo dijeron: «Cuando vi entrar a fulano de tal y me interrogó esto y esto me pasó o esto me hizo». Situaciones muy serias, muy salvajes; nosotros estuvimos ahí listas con la bata blanca que nos dijeron que debíamos usar.
Entraron primero los antimotines, no con gases, aunque sí traían macanas o toletes. En todo el perímetro de la institución había agentes, policías o investigadores, no sabría. Recuerdo haber volteado al techo y estaban todos rodeando y otros más que entramos por la puerta. Cuando llegamos, nos sorprendimos de ver a la directora durmiendo, pues antes no había una habitación como ahora, creo que estaba en el área de sentenciados en el dormitorio, un salón grande con literas de madera. Las personas mayores utilizaban la parte de abajo y las más jóvenes la de arriba. No tenía nada en especial, las condiciones eran las mismas: una serie de literas.
Entramos el equipo técnico, vestido con bata blanca. Las internas estaban en el patio y las hicieron salir del dormitorio, algunas se cubrieron con cobijas, otras abrazaban a sus niños, porque para nada que los dejaron, los levantaron igual que a ellas. Cuando entramos una de ellas nos miró y le dijo a la compañera: «No nos va a pasar nada, ya llegaron las trabajadoras sociales». A mí esas palabras me llenaron mucho: qué pensaban que les iba a pasar, aunque no hubiéramos permitido que les pasara algo, a pesar de todo el resguardo del cuerpo policiaco. Fue una experiencia muy especial.
Otras experiencias que se quedan es cuando alguna recobraba su libertad. Cuando una de ellas se iba le entregábamos sus papeles. Recuerdo que en una ocasión una de ellas estaba sentada en la banqueta y le preguntamos: «¿Qué estás haciendo aquí?» Nos respondió: «Es que tuve miedo, a dónde me voy a ir». Se suponía que se iba a ir con una madrina, y que la investigación ya estaba hecha para que ella llegara con la madrina. Nos dijo que no pudo irse ni tomar el camión, por eso se regresó. Entonces buscamos a alguien para que la acompañara; eran las seis de la tarde, sólo así se atrevió.
Les decía yo a mis alumnos que si un hombre llega a prisión, las cosas cambian en su casa, por supuesto. Hay desintegración o se acentúa la que ya había, pero si una mujer ingresa a prisión se fragmenta todo, se acaba todo, absolutamente todo. No es posible entender o suponer que sigue una cohesión cuando la mujer es encarcelada; primero, es más reprobada socialmente, señalada, abandonada, marginada y pierde a la pareja.
Eso sí, por experiencia, alguna vez le decía a los alumnos que una fuente de las hipótesis es la experiencia: si yo les digo que si el hombre entra a prisión, la mujer sigue y lo apoya, y si la mujer entra a prisión, el hombre abandona, ¿es una hipótesis? Decían que sí y era muy clara para entender, porque la experiencia me ha dicho que cuando ella llega, los que siguen son los hijos, algunos, y los padres por lo general abandonan. Muchas de ellas están absolutamente solas; el hombre, su pareja, no espera, no sé si porque la carga social sea mucha.
También tuvimos que hacer el rescate de algunas de las parejas, pero hasta de nombre y trabajo se cambiaban, o eran cubiertos por la complicidad de los trabajadores de los compañeros. Por ejemplo, en un taller aseguraban: «No, no, ya no trabaja aquí. Qué pena, usted viene de Puente Grande». Después fuimos un poco más listas, pues dejábamos el vehículo y caminábamos sin darles tiempo de que le avisaran: «¡Oye, ahí vienen!» o «¡Escóndete!» Entonces nos aseguraban que sí irían, pero no cumplían. Después tomaban más precauciones y no los volvíamos a localizar. En cambio, vemos a mujeres en el crucero con bolsas de comida, unas embarazadas, otras con un chiquito en brazos y otro caminando. Ellas van, no hay restricción ni limitación, la mujer da de manera completa, pero el hombre no es recíproco.
Pasó el tiempo y seguí en la sección femenil. Cuando decidí separarme pedí licencia, pero me dijeron que no era posible. ¿Por qué mi separación? Contesto a esta pregunta en un capítulo de mi tesis de maestría cuyo tema de estudio fue Oblatos, en particular los testimonios que dejaron los internos varones en las paredes de Oblatos. En el caso de las mujeres, ni en los baños vi graffiti ni dibujos ni obscenidades, eran limpias. También conocí los baños y las regaderas de Puente Grande en el área de mujeres y había mayor control que en la de los varones.
Muchas veces les comenté a mis alumnos sobre la salud mental de los internos y las internas. Nosotros trabajamos muy cerca del dolor y a veces nos contaminamos, es duro. En una ocasión platiqué con una joven que estaba en Puente Grande y me dijo que una persona estaba enferma y que le faltaban todavía tres años para jubilarse, tenía veintitantos años en el sistema penitenciario. Les explicaba a mis alumnos la importancia de la salud mental de quienes trabajamos con personas y con el dolor.
Después de la muerte, la pérdida de la libertad debe ser el dolor más grande y, en ocasiones, ese dolor se vive como yo lo vivía, con la familia, con las internas, para entender sus reclamos. Recuerdo una de sus frases: «Ya les pagué [su condena], ya tengo tanto tiempo aquí», pero había asuntos muy serios que no gozaban del beneficio de la ley. Así llegué a hacer mío el dolor de la familia por las escenas que presencié más de una vez.
Durante un tiempo ocupé la subdirección interina pues me pidieron que apoyara en esa área. Llegaba el martes, con mis cambios de ropa, y salía hasta el sábado, ahí me quedaba a dormir (claro que hay dormitorio). Atendía de quince a dieciséis audiencias en Puente Grande, que tiene grandes dimensiones comparado con Oblatos. Hubo un momento en que yo me contaminé o no sé qué pasó, y me enfermé del dolor de las familias.
No pude ya con esas despedidas de los hijos con las internas, sentí que había perdido la objetividad y que necesitaba terapia, pero tuve pena o temor de decirlo: «Ya no puedo con esto». Por la ventana de la dirección observaba, con los ojos húmedos, a un niño que se despedía de su mamá, una interna, quien tenía que ser muy enérgica para hacer que se soltara de sus piernas, porque su hijo se le abrazaba y le decía: «Yo me quedo contigo».
Estos hechos se repetían una y otra vez, hasta que me dije: «A mí esto me duele, me duele más», lo que no debía de ser porque yo era subdirectora, además, ya no me era suficiente tener otros campos de actividad, como la docencia. Aquí estaba pasándome algo. Solicité una licencia y me dijeron que no, entonces presenté mi renuncia. No lo comenté con nadie porque sentía temor. Firmé la renuncia y me fui a México a estudiar una especialidad en el campo psiquiátrico. No obstante, era tal mi necesidad que hablaba por cobrar al reclusorio y me recibían la llamada con mucho afecto. Preguntaba: «¿Cómo está fulanita? ¿Ya le llegó su sentencia? ¿Y zutanita?» Hasta que reflexioné y me pregunté: «¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo desde México estoy hablando?» Llegó un momento en que dije ya.
En la docencia, pedí licencia un año y regresé supuestamente mejor. Luego me llamaron para el área de menores y volví al reclusorio como subdirectora del Centro Tutelar (Centro de Observación y Diagnóstico para Menores). Continué en la administración hasta 1997, cuando llegó una nueva administración y hubo cambios. Quedamos fuera mucha gente con experiencia, pero, bueno, también llegaron otros y supongo que aprendieron, y si no, tuvieron que pasar momentos difíciles, como nosotros.
En ocasiones me encontraba en el camión a internas que ya habían salido y me saludaban: «¿Cómo está, ya no está en la penal?» «¿Fulanita salió? ¿Zutanita salió?» Alguna vez, también en el camión, me tocó ver a una carterista. Acompañada de dos o tres sujetos, yo sabía a qué iba. La conocía porque ella me había dicho en una entrevista qué hacía, cómo y con quién estaba relacionada; cómo entraba y salía y cómo tenía la protección de gente de aquí. Ella tenía a sus hijos en colegios muy caros de la Ciudad de México. A veces me he enterado de que alguna interna apareció muerta y muchas otras historias.
Cuando usted regresó de México, ¿se dedicó otra vez a la docencia?
Volví revitalizada y, por supuesto, regresé a la docencia. Para mí, los alumnos siempre han sido un impulso de vida. Treinta y tres años permanecí dando clases.
Supongo que toda esa experiencia para los alumnos resultaba triplemente enriquecedora, porque su profesión era su pasión.
Así es. En algunas evaluaciones que aún conservo, sabe Dios desde hace cuántos años, los alumnos expresan: «Por usted conocí el trabajo social, por usted me quedé en el trabajo social». «Maestra, ¿se acuerda cuando nos llevó a...?» No me acuerdo, a lo mejor a algún lugar de policías o alguna celda de detenidos o algo así. «Maestra, yo me di cuenta de que quería trabajar en el campo». «Yo estaba muy indecisa, iba a dejar trabajo social, y cuando usted fue mi maestra me convencí y me quedé». «Yo, maestra, ¡por usted me quedé!» ¡Ah caray!, pues es muy agradable oírlo y pienso que es real, no tenían por qué decirlo.
Destacaba el respeto que debían tener hacia la persona que entrevistaban. Les puse el ejemplo de un caso en el que se entrevistó a un chico vestido de mujer y que fue detenido por ejercer la prostitución y por faltas administrativas. El trabajador social, torpemente, le preguntó si era hombre o mujer. Por favor, ¡imagínense! Si un trabajador social hace ese tipo de preguntas con una persona detenida, ¿cuál puede ser el principio de atención, de apertura, de empatía para un trabajador social con esa pregunta de si eres hombre o mujer? Indudablemente, no es un buen principio de relación.
¿Usted tuvo algún profesor igual de significativo como usted lo fue para sus alumnos?
No. Cuando iba a pedir clases les decía que quería que me hablaran de lo que es el trabajo social, que me dijeran qué, pero no lo que dice el libro, sino que alguien lo haya vivido, que alguien haya ido a hacer la visita. Yo fui a México a visitar a los Manzano Muñoz, uno era Eduardo y el otro no recuerdo su nombre. Ellos habían hecho un estudio en el que relataban toda la rutina: desde dónde los aprendieron, las calles que recorrieron, el chofer, todo ello. Como no los encontré, me regresé, ¡qué más! Los alumnos decían que si la maestra lo hizo, entonces también ellos podían. Sin duda que había gente muy profesional, pero había otra que lo olvidó y traspasó la barrera de lo profesional porque se cansó, porque no estaba a gusto con la vida o porque no quería ejercer su profesión.
Antes, en la carrera de Trabajo social, un buen número de aspirantes no habían podido entrar a otra carrera; ahora ya es menos porque hay una selección y también hay rechazados. En mi tiempo había cabida para quienes no entraban a Psicología o a Derecho. En una ocasión hice un sondeo y como unos nueve no tenían que estar en esta carrera. Yo les decía: «¿Saben cuál es el reto?, que se enganchen en el trabajo social, y si de mi parte queda, voy a hacer lo posible porque se enganchen». Unos tres o cuatro se quedaban y otros se iban muy desilusionados a volver a hacer trámites, o desertaban.
Cuando estuve en Prevención Social y en el Tutelar me llevaba a los alumnos a prácticas. Ellos, a veces, entraban por la puerta grande; llegaban con el director, en este caso. Hicieron muy buen papel, ya que los muchachos trabajaban, tenían vocación, lo que se manifestaba en su solidaridad hacia el otro.
¿Cree que ahora ya está más dignificada la profesión de Trabajo social en la Universidad?
Yo no diría más dignificada, sino más reconocida. Alguna vez lo dijo la fundadora, Irene Robledo: «Este mundo es de hombres y mujeres, lo que pasa es que los hombres se sirven con la cuchara grande». A lo mejor así es, habrá profesiones que se sirven de manera voraz; a los trabajadores sociales nadie nos va a dar nuestro lugar, nadie.
Si nosotros llegamos a un lugar y nos conformamos con servir café, con llevar correspondencia o archivar, tareas que no tienen nada que ver con la profesión... nos es muy grato que nos escojan para sostener las tijeras con que van a cortar un cordón en un acto inaugural, pero nos tenemos que distinguir por saber trabajar, por nuestro compromiso con el otro, por tener la posibilidad de hacernos notar y que expresen: «¡Ah!, es un trabajador social».

En la policía tuve una experiencia de trabajo en un programa enfocado a las sexoservidoras, a quienes llamaban trabajadoras de la vía pública. Ellas recibían información en una base de la policía, en donde estaban expuestas a comentarios de los uniformados. Fui con el director general a pedirle que me autorizara trabajar con las prostitutas en su área de trabajo. Exclamó: «¿Cómo?» Le solicité que me permitiera trabajar en los hoteles donde ellas estaban. «¿Va ir allá, Consuelito?» Le respondí que sí y que me acompañaría un equipo de psicología, de trabajo social y un médico. Aceptó. Comenzamos en un prostíbulo de la calle 5 de Mayo, al principio acudían sólo ocho, pero luego eran más de ciento cincuenta.
Eran puras mujeres y entre ellas mismas establecieron el uso de preservativos como regla para estar en el grupo, aquella que no usara el preservativo no podía estar en ahí. Como parte de las actividades, ofrecíamos una charla informativa en la que se hacía un ejercicio relacionado con el desarrollo de la personalidad; era una especie de dinámica, no exactamente terapia, una técnica que se llama «círculo mágico». Así empezamos a trabajar y fomentar, sin proponérnoslo, nuevas conductas. Tiempo después hicimos una investigación sobre este programa, que luego fue motivo de una tesis de licenciatura, en la que se encontró que la mayoría de personas que entonces ejercía la prostitución no eran de Guadalajara, sino de otros municipios de Jalisco, con edades entre los dieciséis y los treinta años. Según su versión, dejaban la prostitución después de los treinta porque la competencia era muy grande, ya que cada vez más llegaban mujeres jóvenes.

Pensar y trabajar
Fernando Gabriel Miranda Valdez
Licenciado en Derecho por la Universidad de Guadalajara. Trabajó como actuario, ministerio público y auditor en distintas dependencias de la administración pública, como la Secretaría del Trabajo y Previsión Social y el Supremo Tribunal de Justicia. Se ha desempeñado en esta casa de estudios como profesor de historia e inglés.
Empecé a trabajar en la preparatoria número 1 cuando era secretario mi compañero Miguel Jiménez Gallegos, pues yo tenía experiencia en historia de México. Para dar mis clases me basaba en el libro del licenciado Peña Razo, que en ese entonces era director de la preparatoria 2. Posteriormente, me cambiaron a la Escuela de Agricultura y después a la preparatoria 2, donde impartí historia.
¿Usted ya había salido de la Universidad?
Estaba todavía dentro del sistema universitario.
¿Dónde nació?
En Pachuca, Hidalgo. Tenía más de tres meses cuando a mis padres, empleados bancarios, los cambiaron a Guadalajara. Así que puedo decir que aquí he vivido toda mi vida.
¿Qué carrera estudió en la Universidad de Guadalajara?
La licenciatura en Derecho. Cuando salí de la carrera empecé a dar clases, primero de historia, como ya comenté, y últimamente en lenguas extranjeras, en particular inglés.
¿Qué recuerda de la Universidad de Guadalajara en ese entonces?
Lógicamente, con el tiempo ha cambiado. Yo conocí a los licenciados Pedro Vallín Esparza, Santiago Camarena, Belón González y Alberto Orozco Romero; ellos fueron mis maestros, quienes moldearon mi carácter y mi forma de ser. No cito a los demás por no cometer las injusticias que el olvido ocasiona, pero éstos son los más representativos. Ignacio Maciel Salcedo era entonces el director de la Facultad de Derecho. Yo me desligué de la facultad en cuanto obtuve un título y seguí ya como profesor.
¿Ejerció su profesión de abogado al mismo tiempo que la docencia?
No, aunque soy abogado, me he dedicado más a la docencia. Iba a cumplir veinticinco años cuando me titulé. Entonces se presentó la oportunidad de que iban a abrir la preparatoria 13 y solicité una plaza de maestro. Al director no lo conocía, pero el sindicato me apoyó. En la preparatoria me dijeron: «Nada más hay lenguas extranjeras». Correcto, quería entrar a la Universidad de Guadalajara porque necesitaba un buen trabajo, con prestaciones, porque ya a mi edad, ¡no comoquiera! Entré como profesor de inglés y así he seguido hasta la fecha.
¿Cómo compara aquel tiempo con el de ahora respecto de los maestros?
Cada persona es distinta. En aquel tiempo eran maestros reconocidos. El ser maestro moldeó mi carácter. Ahora conozco algunos compañeros, pero aquellos maestros tenían un sello distinto, una formación, una cultura que impresionaba y yo, sencillamente, me dejé impresionar. A la Universidad le debo lo que tengo y lo que soy; además, mi padre, Miguel Miranda, que en paz descanse, fue profesor en la Facultad de Comercio y Administración. Por cierto, tengo entendido que un salón de la Cámara de Comercio lleva su nombre. Cuando se dio el conflicto entre la Universidad de Guadalajara y la Autónoma mi padre empezó a trabajar como profesor en el Instituto Tecnólogico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), que acababa de fundarse.
¿Cómo ve a la Universidad ahora?
La Universidad no ha perdido su esencia, pero las nuevas instalaciones me sorprenden. Claro que con el paso del tiempo así tiene que ser y me alegro porque es un bien de la Universidad. El alumno, y lo digo como profesor, que no sepa valorar y aprovechar eso, pues simplemente pasa el tiempo y se va.
¿Qué recuerdos tiene de la época en que era un estudiante universitario?
Los recuerdos son de mis compañeros, que ahora son muchos de ellos profesores de la Facultad de Derecho; a otros los he perdido de vista. Supongo que ésa es la ley natural: la vida nos lleva por diferentes caminos a cada uno sin que sepamos por qué, pero así es.

¿Qué recuerdos tengo? Son tantos. Aprendí a conocer mejor a las personas, a valorar el contraste entre ellas, y esto no sólo como profesor; dicen que enseñando aprende uno y es cierto. Desde la facultad empecé a valorar cómo era cada persona, cómo reaccionaba, cómo pensaba. Dicen que por el hilo se saca el ovillo. Cómo es una persona en las pequeñas cosas, que no dicen mucho, a veces se fija uno, y yo me he fijado en eso. Pasó el tiempo, pero ya quedó esa impresión. Hay alumnos que saben valorar y aprovechar el tiempo. Yo conocí profesores en la facultad y ahora no sé cómo sean, pero los que yo conocí me hicieron bien.
¿Usted tomó como ejemplo a algún maestro para ser el profesor que quería ser?
El maestro Santiago Camarena, en una de sus clases, siempre nos decía: «No hay mejor escuela que la vida misma», y siempre lo repetía. Yo al principio decía: «Bueno, eso es cosa de él»; después le pregunté a Alberto Orozco Romero, y me dijo que así era.
¿Usted dominaba el idioma inglés?
Cuando yo estudiaba en la preparatoria 1, el Instituto Cultural México-Americano estaba otorgando becas y malamente a mí me tocó una. Después estuve en Proulex dando clases y me afinaron el oído para que me hablaran en inglés. Tengo diecinueve años de profesor.
¿Qué es lo que más disfruta de ser docente?
La disparidad entre las personas. Me gusta estudiar el carácter de las personas, lo que hacen. Repito, los pequeños detalles hablan mucho. Como docente, hay muchos detalles en mis alumnos.
¿Cuál fue su experiencia cuando ocupó cargos públicos en los años setenta?
Lo sintetizaría en el lema de la Universidad de Guadalajara, muy bueno, por cierto: «Piensa y trabaja». Yo he trabajado mucho, ayuda a salir a flote y a ver las cosas en su justa dimensión.
Mucha gente dice que conoce a sus mejores amigos en la Universidad.
Sobre eso, yo soy muy selectivo, pero sí, mis amigos, los que tuve, los conocí en la Universidad de Guadalajara, en la preparatoria 1, y actualmente los compañeros docentes.

¿Algo más que le gustaría añadir?
En una ocasión asistí a una ceremonia en el Paraninfo y uno de los oradores dijo la siguiente frase: «Los alumnos son tan numerosos como las estrellas del cielo o las arenas en el mar»; es una cita parabólica, pero la hice mía.

Paseado y bailado
Luis Benjamín Flores Isaac
Estudió dibujo comercial en la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara. Obtuvo el grado de maestro en la Escuela Normal de Jalisco; cursó la maestría en Tecnologías del Aprendizaje en el Centro Universitario de Ciencias Económico Administrativas. Fue uno de los fundadores del Ballet Folclórico de la Universidad. Actualmente se desempeña como docente en el Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño y en la Preparatoria 7.
Soy orgulloso tapatío. Nací en el barrio de la Purísima Concepción, donde ahora se instala el tianguis de la avenida Obregón, frente al Cuartel Colorado. Mi primer contacto con la Universidad de Guadalajara fue en la preparatoria número 2 y después fui a estudiar dibujo a la Escuela de Artes Plásticas.
En esa escuela una de mis compañeras se salía a cada rato, a las siete agarraba sus cosas y se iba: «¡Quiubo, a dónde vas, Pato!» «A ensayar», nos contestaba. En la parte baja se oía ruido. Cuando bajé con mis compañeros a «echarle carrilla» a Pato nos dimos cuenta de que había carencia de personal masculino en el grupo en el que ella bailaba. Cuando supimos que acababan de regresar de una gira en Los Ángeles pensamos que a lo mejor ahí estaba la oportunidad de salir a viajar, conocer y aprender... así que nos hicimos el ánimo de entrar al grupo.
¿Qué era lo que bailaban?
En aquel entonces, era muy curioso porque estaba dividido por regiones conforme a los estratos de poder. Era baile folclórico, pero teníamos que empezar bailando Michoacán y Jalisco, y sólo los muy duchos llegaban a Veracruz y Tamaulipas. Se bailaba con todos los cánones del baile folclórico; por ejemplo, en Tamaulipas se tenía que bailar a contratiempo forzoso porque así lo marcan las reglas de la danza folclórica. Era un estatus muy interesante.
Entre mis primeros recuerdos está el campeonato nacional que ganó el grupo. Bellas Artes lanzó una convocatoria por zonas y nosotros ganamos la zona occidente, en donde participaban grupos de Michoacán, Colima, Jalisco y Nayarit. En seguida, nos mandaron al Distrito Federal a competir, incluso con grupos de danza clásica, pues no todo era folclor. Nos presentamos en el Teatro del Bosque, sede del concurso, y también nos trajimos el primer lugar. Resultó muy interesante el desarrollo del grupo. En 1969 nos fuimos al Festival de Viña del Mar, en Chile, en el cual se presentan hoy los grandes artistas en la Quinta Vergara. En ese escenario estuvimos, claro que fue de las primeras versiones del festival.
¿Por qué decidió entrar al grupo, le gustaba el baile folclórico? ¿Era el ballet folclórico de la Universidad de Guadalajara?
No, no, todavía no. Uno de mis compañeros era el vicepresidente de la Sociedad de Alumnos y nos dijo: «¡Métanse, no sean coyones, al cabo que no se les cae la mano!» Entonces volteó con Ramón Orones y le dijo: «¡Oye, aquí hay unos que quieren entrarle!» Él le respondió: «¡Vénganse, para algo han de servir!» Nos agarró a coscorrones y ahí fue cuando yo empecé a mover los pies. Nunca había participado en un baile. En la primaria y la secundaria había estado en escuelas exclusivas para hombres, no teníamos contacto con mujeres para nada. Por eso éramos medio reservados, retirados. Ahí, de repente, ¡zaz!
Me encontré con una señorona del folclor jalisciense: Guadalupe Vargas, la Gata, le decíamos. Era una señora con unos calzonzotes: «¡Acérquese, no sea coyón!» Nos hacía que entráramos. Antes bailábamos con nuestra pareja y nos divertíamos con ella. Claro, la danza ha evolucionado y ha cambiado, ahora bailan para el público y quítate porque me tapas. Allá no era más que el convivir y gozar el baile. En los primeros bailes no nos preocupábamos por las coreografías: que la línea, que vete para allá, eso no. Entonces era: tú baila con ella, diviértete con ella. El maestro Emilio Pulido nos decía: «Mira, si tú te vas a divertir bailando con ella, la gente que te vea se va a divertir». Era muy padre porque se dio una comunicación con la gente, eso fue lo que me animó a entrar.
Otra de las razones por las cuales me uní al grupo fue el hecho de que salían de gira. Nosotros también queríamos salir, aunque fuera a Hostotipaquillo. Se llamaba Grupo de Bailes y Danzas Regionales de la Escuela de Artes Plásticas. Después de que ganamos el primer concurso de la zona occidente, la Universidad nos prestó un camión que tenía el nombre de la Universidad. Nos permitieron colgarle una manta a los lados que decía «Grupo de la Universidad de Guadalajara». Fue la primera vez que, por presencia, nos pusimos así. Al regresar nos recibió el rector, Ignacio Maciel Salcedo, y nos dijo: «Muchachos, lo que quieran», y empezamos: queremos salón, tocadiscos, un salón con duela. De este modo comenzó a fluir el apoyo de la Universidad, y fue tremendo, ya que se dio en toda esa etapa. A Viña del Mar fuimos ya como Grupo de la Universidad de Guadalajara. Eso le dio auge al grupo.
En 1968 se celebraron las Olimpiadas en México y la bandera olímpica se guardó durante cuatro años en la Ciudad de México en el Palacio federal. En 1972 había que cederla al país que las organizaría en ese año. Por costumbre, es entregada por cadetes, soldados y mandos militares. En ese entonces era presidente Luis Echeverría, cuya esposa, María Esther Zuno, hija del fundador de la Universidad de Guadalajara y jalisciense, no aceptó y propuso que la portaran personas vestidas de manera folclórica. Lanzó una convocatoria para ver qué grupo tenía mejor presencia. Nos pagaron el viaje a muchos grupos y la exhibición fue en el teatro Jiménez Rueda, de la Ciudad de México. Después de que nos presentamos nosotros, todos los demás grupos nos dijeron que teníamos unas tablas tremendas y mucha experiencia. La señora Zuno, cuando nos vio, preguntó de dónde éramos. Al escuchar que de la Universidad de Guadalajara se le abrieron los ojos y exclamó: «¿De dónde?» Así fue como nos eligieron para entregar la bandera, lo cual fue una gran experiencia.
¿Recuerda la canción que bailaron?
Bailamos de varias regiones, sobre todo de Jalisco, Tamaulipas, Veracruz y Michoacán. Todo un repertorio, por ejemplo, la «Danza de la pluma». Llevábamos un programa perfectamente estructurado. También contó que antes ya nos habíamos presentado en el Teatro Degollado, después de haber ganado el Primer Concurso Nacional de Danza y gracias al apoyo del rector Maciel Salcedo; esto fue a principios de 1967. Durante quince años estuvimos en el teatro cada domingo. Eso nos dio muchas tablas para hacer un buen papel en 1972. Desde ese año la señora Zuno nos tomó como sus muchachitos, incluso nos pidió que le dijéramos tía.
La bandera se entregaría en el estadio olímpico de Múnich. También haríamos una presentación en el Circus Chromeo, aunque era un espacio circular y nosotros estábamos habituados a un escenario con un frente; el público estaría alrededor. Tuvimos que reestructurar todo y ensayar de nuevo, hasta los domingos y días festivos. A veces empezábamos un sábado y terminábamos un domingo en la mañana.
Nuestros papás nos tenían toda la confianza porque éramos como una familia. Había chicas que eran menores de edad y las dejaban ir con toda la tranquilidad del mundo. Recuerdo que durante los ensayos a una chica se le soltó el rebozo y se cayó; a pesar de que se fracturó la mano fue a Alemania.
Nuestro director artístico era Alberto Vega López, que ya falleció. A él le tocó llevar la bandera olímpica a petición de Octavio Sentíes, que era el jefe de Gobierno de la Ciudad de México.
La salida de Guadalajara fue apoteósica. Se suspendió el tránsito alrededor de la Escuela de Artes porque había no menos de cien carros de los familiares que nos iban a despedir; fuimos 73 personas a Alemania. Nuestro viaje causó una gran expectación; nos llevaron en autobús a la Ciudad de México, donde también mucha gente nos despidió con mariachi en el aeropuerto.
En Alemania nadie nos conocía. Nos hospedamos en el hotel Taxer. Empezamos a desempacar, llevábamos alrededor de tres toneladas de vestuario, eran unos baúles inmensos.
¿Cómo conseguían el vestuario?
Todo nos lo pagó la Universidad. Como nos decía el rector: «Lo que quieran, muchachos». Nunca nos negó nada ni puso ningún pero, así que llevamos muchísimo vestuario, hasta la «Danza de la pluma», que se baila con unos penachos grandísimos, llevábamos doce de éstos. Por el vestuario tan vistoso la gente empezó a curiosear.
Los mexicanos somos bullangueros e hicimos una pachanga a todo dar. Los mariachis sacaron sus instrumentos y empezaron a tocar. Nosotros, en el vil piso, nos aventamos «El son de la negra». Qué filas ni qué entradas ni qué salidas, nada. Uno agarraba a su pareja y ahí donde estábamos nos poníamos a bailar.
La gente pensó en un principio que éramos una bola de muchachos, pero cuando se dieron cuenta de que entregaríamos la bandera olímpica surgió la curiosidad. Todo cambió cuando nos vieron bailar, las ganas que le echábamos y cómo nos divertíamos al bailar; así, al divertirnos nosotros se divertía toda la gente y nos la pasábamos muy bien.
Antes de entregar la bandera nos invitaron a tomar una cerveza en la mejor cantina de Múnich, la Ophra’s House. Esto fue cuando nos habituamos, porque fueron dieciséis horas de vuelo y nos descompensamos. Nuestro director, que ya tenía experiencia, decidió que nos fuéramos tres días antes para que nos acostumbráramos al horario normal. Tres días la pasamos organizando y promoviendo. Fue entonces cuando nos invitaron a la cantina y dijimos: «Vámonos a echarnos unas cervezas». Uno llega, se sienta y le ponen un litro de cerveza en una jarra, no le preguntan a uno qué va a querer.

Después de dos cervezas, los del mariachi sacaron sus instrumentos y le pidieron permiso al gerente que si les permitía hacer ruido. Ellos no querían hacer un presentación ni nada, querían hacer ruido para tocar «Qué lejos estoy del suelo donde he nacido» [la «Canción mixteca»] para alegrarnos. El dueño les comentó que nunca habían tocado otros músicos que no fueran los de ellos, quienes estaban en un quiosco en medio de la cantina. Les sugirió que les pidieran prestado a los músicos su lugarcito, y éstos aceptaron.
Yo creo que entramos a la cantina más o menos a las tres o cuatro de la tarde, después de la comida, y quién sabe a qué horas salimos, quizá a la una o dos de la mañana. Eran mesas larguísimas, tablones en los que pueden caber treinta o cuarenta personas. Ahí se presentó la oportunidad de romper una de las grandes tradiciones, que después fueron muchísimas durante toda mi permanencia en el grupo, por el gusto de bailar. Eso es lo que a uno no se le olvida.
Antes de la inauguración fuimos a ensayar. En uno de esos días nos encontramos al grupo folclórico de Alemania, que después de recibir la bandera bailarían para corresponder con nosotros. Cuando ellos empezaron a tocar su música, nuestros mariachis los imitaron. Al rato era un orquestón de los alemanes y los mariachis mexicanos tocando la misma canción; tienen una facilidad para tocar esos muchachos del mariachi Los Toritos, ¡qué bárbaros!
También nosotros nos pusimos a bailar lo que ellos estaban bailando. Ellos quisieron bailar con nosotros la «Danza de la culebra», pero no les salió nadita, lo cual se prestó para que se hiciera un ambiente bien padre. Incluso el día de la inauguración, a tal grado de que yo no me di cuenta de lo que estaba pasando en el estadio, pues estábamos platicando y vacilando en los vestidores y los pasillos cuando nos dijeron: «Muchachos, ya van a salir». En cuanto empezaron a oírse las primeras notas de «La culebra» y salimos al estadio la gente comenzó a gritar. El sombrero se le hacía a uno como rehilete. Hubo quien se paró, no lo esperábamos. Salimos a echarle las ganas. El video lo pueden ver en YouTube.
A la par de la deportiva se llevó a cabo la Olimpiada Cultural, en la cual nos reunimos numerosos grupos. Hicimos amistad con el de Chile, de la Eucamar, y muchos más.
Los organizadores, el público y los mismos alemanes, ¿qué les dijeron después de la presentación?
Los alemanes son fríos a morir y difícilmente les puedes sacar una sonrisa. El primer gran acto que se realizó fue cuando la bandera de México se izó en la Villa Olímpica. Nos invitaron a bailar, fueron nada más tres parejas que hicieron garras a los organizadores y a todos porque llevábamos un ambiente muy especial. Bailamos «El son de la negra» y «El jarabe tapatío», las de rigor, puesto que íbamos vestidos de charros. Después, los mariachis tocaron «La raspa» y jalaron a muchachos y muchachas, así como a organizadores, y se armó una pachanga.
Entonces los organizadores dijeron «Tiempo, tiempo, porque tenemos que irnos», pero si nos hubieran dejado, nosotros le habríamos seguido. Recuerdo que los Juegos Olímpicos de Múnich fueron los primeros que se transmitieron en forma directa. Por eso, donde nos presentábamos, la gente nos pedía que bailáramos. Por primera vez los alemanes sonreían y se acercaban a saludarnos, la gente se contagió. Los del grupo de Alemania sí se aprendieron «El baile del machete», lo bailaron mucho tiempo con nosotros. Esos son los detalles que marcan y reflejan la idiosincrasia del pueblo mexicano.
Los organizadores llegaban y nos decían: «Muchachos, hoy pueden bailar». Respondíamos: «Señores, si no hay necesidad de que nos lo pidan; usted díganos dónde y pónganos qué y nosotros nos encargamos». Esas cosas uno las guarda. Representábamos a México y también a la Universidad, es decir, la Universidad iba representando a México. Cuando regresamos, el rector nos dijo: «Lo que quieran». Ya no era Maciel Salcedo, creo que era don Rafael García de Quevedo. El director artístico le pidió: «Yo quiero entrar a Medicina». «¡Sale! Libre entrada a Medicina». Nosotros más tiernos, más tranquilos, le salimos con que queríamos un viaje al mar: «Ay, un viaje al mar... Váyanse una semana». Nos mandó una semana a Puerto Vallarta. Entendimos lo importante que resulta la proyección de México a través de la cultura.
La señora Zuno nos adoptó como sus representantes culturales. Atravesábamos fronteras y nunca hacíamos cola, ni siquiera nos revisaban. Éramos libres de pasar cualquier cosa. Ese detalle nos hizo entender lo grandioso que era estar en un grupo que se había convertido en una institución de representación cultural en México, por medio de la Universidad de Guadalajara. Por cierto, este año cumplimos cuarenta años.
El día que regresamos también se detuvo el tráfico. Nos recibieron nuestros padres, maestros y compañeros, con serpentinas y globos. El Occidental publicó una foto en la que estamos bajando del autobús. La gente nos aventaba serpentinas y confetti. Fue completamente fuera de lo normal.


¿Siguieron estudiando y con sus presentaciones en el Degollado?
Las presentaciones en el Degollado siguieron durante quince años. No dejamos de bailar ni un solo domingo. Salíamos de gira y se quedaba un grupo para suplir y estar presentes. De ahí salió la idea del grupo residente y del grupo oficial. El director decidía cuántas parejas se iban y los que se quedaban, continuaban con las funciones del Degollado, que era el principal compromiso que teníamos, sobre todo con la Universidad.
En el viaje que hicimos a Atlanta, antes de regresar, hablamos por teléfono con nuestras familias para que nos llevaran ropa limpia al aeropuerto porque aterrizando cambiábamos velices y nos íbamos a otro país. Salíamos como tres o cuatro veces al mes. A mí me tocó conocer 38 países en quince años. ¡Hacíamos giras a lo loco! La última de las giras grandes que me tocó fue a Europa, por tercera vez. La primera fue en 1972, la otra en 1977; en la tercera, duramos tres meses allá. No es de sorprender el tiempo, sino el aguante, porque tres meses sin probar frijolitos fritos, de la olla y chilitos jalapeños, destrampa. A algunos se nos perdió el piso por no saber de nuestros papás y de nuestras familias.
No recuerdo a algún otro grupo que haya soportado tres meses, por la falta de ubicación y capacitación. Habíamos tenido mucha capacitación artística. En ese entonces teníamos la conciencia de que estábamos saliendo de nuestra casa a diario, cada mes, salíamos dos o tres veces. Para nosotros era normal, pero, claro, no tan normal estar tres meses fuera, incluso el administrador del grupo llegó a llevarnos un cambio completo de vestuario porque el que teníamos «ya se paraba solito», ya que no podíamos lavar por andar de aquí para allá.
Recorrimos toda Europa, desde la punta, España y Portugal, hasta Israel. En este país nos tocó celebrar el 16 de septiembre. Fue increíble, porque gente de toda América que estaba viviendo allá ese día se convirtieron en mexicanos. Estaban con nosotros salvadoreños, puertorriqueños, canadienses, argentinos y peruanos. Un mes entero estuvimos viajando por Francia en un camión. En los Alpes franceses nos bajamos a esquiar, pero con zapatos.
Al regresar de Alemania, en una publicidad por primera vez se refirieron a nosotros como ballet, y de ahí en adelante nos llamamos así. Entendimos que ese nombre se le da como distintivo al grupo que hace presentaciones en un teatro, no forzosamente que baile ballet. Era un grupo de bailadores que se presentan en un teatro, por eso era ballet y así se le quedó.
¿Son ustedes los fundadores de esa institución llamada Ballet Folclórico de la Universidad de Guadalajara?
Sí, somos los fundadores. Ojalá lo puedan entender los muchachos que integran ahora el ballet. Ellos tienen esa fama gracias a nuestro sudor, a nuestra sangre y a nuestras lágrimas, porque hubo de todo en las giras. En una ocasión los bomberos tuvieron que ir y sacar a una de nuestras alumnas de una crisis nerviosa que tenía, porque no todas las niñas, de entre dieciséis y diecisiete años, tenían la mentalidad suficiente para mantenerse quince o veintidós días fuera de casa.
Lamentablemente, mucha gente no conoce la historia del grupo porque no se ha querido preservar como debe ser. Perdón, muchachos, pero no pueden por un solo caso echar fuera quince o veinte años. Ustedes forman la generación actual, pero antes que ustedes a mucha gente nos costó mantenerlo.
¿Cuál fue su última presentación?
Mi última presentación fue a principios de 1980. Lamentablemente, el director artístico, actual director del grupo, el maestro Carlos Ochoa, tenía la idea de que si estás chaparro no te ves bien. Así, a todos los chaparros nos empezó a pedir nuestro lugar para dárselo a personas más altas, y bien por él, pues era el director en ese momento. A la hora que me dijo que otra persona iba a entrar en mi lugar le dije Muchas gracias y, con toda la tranquilidad del mundo, lo paseado y lo bailado, ¿quién me lo quita? Nadie. Después nos tocó seguir con otras experiencias, pero otra vez en Artes Plásticas, donde formamos otro grupo. Anduvimos también de gira artística, pero ya como director y coordinador artístico.
¿Logró terminar su licenciatura?
Sí, pero no en la Universidad de Guadalajara. A la par de la primera carrera que estudié en la Universidad, Dibujo comercial, entré a la Normal, donde logré mi grado de maestro. Ahí obtuve mi primer empleo y con eso pude pagarme muchas cosas que se necesitaban, también por eso permanecí en el grupo, porque tenía un sueldito que me llevaba. Después de llegar de Alemania, en 1973, me dieron mi primer nombramiento, de maestro en danza, pero en el aspecto teórico, no en el práctico. Impartí clases de historia de la danza en sustitución del grandioso Onésimo González, que es el pionero, el pilar y lo máximo de la danza contemporánea en la Universidad de Guadalajara. Él formó el primer grupo de danza contemporánea en la Universidad. Fue un orgullo y una responsabilidad suplirlo en las clases. En el CUCEA estudié la maestría en Tecnologías para el aprendizaje.
Cuando nos dijeron: «Muchachos, qué quieren», a nosotros nos llamaba otra cosa y no pensábamos en la cuestión administrativa ni burocrática u oficial. Lo que nos interesaba era divertirnos y seguir con la pachanga, bailando. Además, la gente que nos contrataba nos daba viáticos para comer y, en lugar de comer, los guardábamos. Por cuestión de dinero jamás sufrimos, porque todos los gastos eran pagados, así que nos dedicábamos a divertirnos. Creo que por eso fue tan grande el grupo, porque íbamos sin ningún problema emocional.
Le echábamos las ganas del mundo, por eso se hizo tan grande la institución, incluso no había separación. Algunos decían que nuestro grupo era mejor que el de Amalia Hernández, pero quizá no era mejor, éramos diferentes. A ellos les pagan por hacerlo, a nosotros no; nosotros lo hacíamos por gusto y ese simple hecho hacía la diferencia.
Yo tengo dos grandes orgullos en el grupo: ser el único bailador que tiene un disco grabado cuando montaron los corridos mexicanos y ser el cascabelito de «La culebra» cuando bailábamos, por chaparro me aventaron al final. Para mí era un orgullo bailar «La culebra» al final y la canción que grabé la interpretábamos sólo mi pareja y yo en el escenario del Degollado, bailábamos y cantábamos. Estoy pasando a la historia más por «el que cantó lindita» que por bailar. Lo paseado y bailado permanecerán por siempre.

Una nueva disciplina para cambiar el mundo
Humberto Ponce Adame
Egresado de la primera generación –1948-1954– de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, de la cual fue director de 1963 a 1970. Profesionalmente se ha destacado en el ámbito del urbanismo y el paisaje, la planificación regional y los planes gubernamentales, el diseño de edificios y la restauración. Se desempeñó en la docencia en la Universidad durante 42 años, de 1955 a 1994. Miembro fundador del Primer Colegio de Arquitectos de Jalisco, así como de la Sociedad Mexicana de Planificación. En 2004 recibió la presea «Irene Robledo García» por Servicios a la Universidad y a la Sociedad.
Nací en 1929 en Guadalajara. Mis estudios de primaria los hice en el Colegio Americano con becas, porque mis padres siempre fueron de recursos muy limitados. La secundaria la cursé en la escuela del gobierno del estado, la número 1, la única que existía en ese entonces. De ahí pasé a la preparatoria en el mismo edificio, ya era de la Universidad de Guadalajara. Entonces eran dos años. Por mis notas escolares me nombraron representante estudiantil en el Consejo General Universitario y de ahí pude operar algunas cosas desde la prepa; por ejemplo, la formación de la Escuela de Arquitectura, pues mi hermano estaba estudiando ingeniería y yo estaba muy relacionado con la obra civil. Cuando cursaba el primer año de la prepa encontré accidentalmente una revista en la que aparecía el proyecto completo del Templo de la Paz, construido por el arquitecto Ignacio Díaz Morales. Me pareció muy bonita la obra y desde ese momento me interesó la arquitectura.
Conseguí una beca en Estados Unidos por mi idioma inglés, pero mis padres no querían que me fuera porque tenían que aportar dinero, además, deseaban tenerme a su lado, ya que era la edad difícil del adolescente. Un día, el rector, doctor Luis Farah Mata, me habló a mi casa para decirme que había buenas noticias, que se iba formar aquí una buena escuela de arquitectura, que si me interesaba participar porque el proyecto lo tenía un caballero que tenía fama de ser un muy buen católico. El rector temía que también fuera fanático y me estaba nombrando a mí como representante alumno junto con José Guadalupe Zuno como representante profesor para revisar, con el arquitecto Díaz Morales, su proyecto. Nos gustó mucho, estaba totalmente carente de amañamiento ideológico, o sea, era laico. Entonces, echamos a andar la Escuela de Arquitectura con un proyecto muy bonito de Díaz Morales, basado en la Escuela de Arquitectura de la UNAM, que fue nuestra madrina. Eso sucedió en 1948, cuando yo estaba terminando la preparatoria, de modo que de inmediato estudiamos el proyecto como un mes y lo autorizamos el licenciado Zuno y yo.
La escuela nació el 2 de noviembre de 1948 y yo fui de la primera generación. Hubo treinta solicitantes, luego fueron quince, porque los demás se salieron por lo difícil de los estudios. De los quince que quedamos, seis años después nos recibimos sólo tres, llegamos cinco limpios al último año, pero nos recibimos tres: uno era Gabriel Chávez de la Mora, que actualmente es un excelente diseñador, se volvió monje y ha construido muchos templos, auditorios; el otro era Enrique Navarrete y yo, que fuimos los primeros en recibirnos, en 1955. Tardamos siete años en salir.
¿Así que fue partícipe de la elaboración y creación de la carrera de Arquitectura y después fue alumno?
Fue un tanto circunstancial, también la gente le puede llamar providencial. Tuve la buena suerte de participar dinámicamente en el proceso y aprovechar el fruto de ese esfuerzo en mi formación como arquitecto.
¿En ese entonces cómo veía a la Universidad?
Desde que entré a la preparatoria me sentí muy universitario. Como le dije, por mis notas, me nombraron representante alumno, de modo que fui universitario desde un principio, cuando cursaba la preparatoria.
Después de haberse titulado, ¿fue director de la Escuela de Arquitectura?
Me dediqué mucho a mi carrera, pero nunca dejé la escuela, a la que traté de servir como profesor de dos o tres materias: geometría descriptiva, teoría de la arquitectura e historia de la arquitectura. El entonces director, Ignacio Díaz Morales, me nombró profesor en esas cátedras. Después de él hubo dos directores más; con el tercero, Salvador de Alba Martín, hubo un problema y tuve que entrar como relevo contra mi voluntad porque yo estimaba mucho a Díaz Morales, en contra de quien iba el movimiento. Él era sumamente perfeccionista, entonces se dificultaba mucho la recepción, hubo un momento en que se juntaron como cien pasantes que no se titulaban. La Universidad hizo un cambio y apoyó a los estudiantes agraviados. Me correspondió ser el director, pero él seguía manejando la escuela, como el poder tras del trono. Estaba tan enamorado de ella que dominaba a los directores. En mí no ejercía ese dominio, aunque seguimos siendo buenos amigos g_ hasta el último día de su vida.
A Ignacio Díaz Morales lo considero mi segundo padre. Me enseñó mucho la parte espiritual de la vida y a trabajar lo más limpiamente posible como arquitecto. Le guardo una grata memoria. Trajo siete profesores de Europa. Cuando yo estaba en el segundo año de arquitectura ya trabajaban con nosotros cinco profesores europeos, entre alemanes, italianos y franceses. Él dejó a un lado la profesión en la que ganaba bien para dedicarse de lleno a la arquitectura; es el personaje al que más le debemos. Me gustaría que la Universidad lo nombrara Doctor Honoris Causa post mortem y voy a hacer el intento al respecto.
En la licenciatura, ¿qué cosas descubrió, cómo se fue enamorando de su profesión?
Desde la teoría de la arquitectura... En realidad, en Estados Unidos y en Inglaterra se encuentran las pocas universidades que imparten esa materia, le llaman de plano filosofía de la arquitectura. Eso explica todo: es el pensamiento profundo de la raíz de la arquitectura, su esencia y su futuro. Ésa era la materia que más me gustaba. Las otras eran geometría descriptiva, en la que muchos sufrían, y estructuras.
¿Había alguna que le costara trabajo?
Le confieso que diseño, la esencial en arquitectura. Nunca he sido un diseñador de primera, pero al mismo tiempo gozo diseñando porque en el diseño concurren tanto filosofía, geometría, proyección y todas las instalaciones y las estructuras, todo eso es un mundo. Estoy muy enamorado de mi profesión y creo que Dios me ayudó a orientarme bien en lo que más me gusta en mi vida.
¿Cuál era la tendencia en la arquitectura cuando usted estaba estudiando?
Como todavía se estaba viviendo el reflejo de una reacción sembrada allá por los años treinta contra el academicismo, entonces nació una escuela de diseño que se llamó el Bauhaus, en Alemania. Mi director, Nacho Morales, era un seguidor de esa doctrina, a la que también se le llamó funcionalismo, en la cual la obra debe expresar lo que en realidad está ocurriendo adentro. Por ejemplo, que una casa no parezca templo, que un templo no parezca gasolinera y que una gasolinera no parezca templo, sino que exprese la función que está albergando. Ésa era la tendencia.
Una vez que se graduó, ¿en qué se desempeñó?
En primer lugar, diseñé muchas viviendas, incluyendo viviendas populares. Eso me ligó mucho al urbanismo. Obviamente, el urbanismo es mi segunda pasión, llegué a tomar cursos de urbanismo. Cursé una maestría en Diseño urbano y ha seguido siendo mi disciplina colateral a arquitectura, la que más he disfrutado y en la que he tratado de servirle a mi país, con encargos incluso federales, ya que fui secretario técnico del Instituto Nacional para el Desarrollo de la Comunidad, al que se le encomendó el urbanismo de todo el país. Ahí trabajé durante cuatro años en la Ciudad de México. Además, he participado en varios asuntos de urbanismo tanto en el sector público como en el privado, que es el que más trabajo nos cuesta por la codicia que siempre hay de usufructuar del poco suelo y obtener el mayor beneficio. Son las constructoras y las inmobiliarias las que obtienen gran provecho del poco terreno y destruyen el equilibrio ecológico y urbano.
¿Era académico en la Universidad y fue director de la Escuela de Artes Plásticas?
Estuve cuarenta y dos años como académico. Lo de Artes Plásticas fue accidental, porque en un momento de problemas magisteriales y del alumnado me llamó el rector (creo que Guillermo Ramírez Valadez) para que fungiera ahí y metiera orden. Puse demasiado orden al grado de que a mí tampoco me quisieron, me salí pronto, estuve nada más año y medio ahí.
¿Veía algunas diferencias cuando usted era estudiante?
Cuando fui director comprendí que la arquitectura había avanzado. Por el inglés, que yo dominaba, conseguí una beca para ir a Estados Unidos durante tres meses a visitar centros de enseñanza de arquitectura y urbanismo. De ahí me traje algunas ideas y cambié el plan de estudios. Lo hice muy técnico porque se había abandonado la parte tecnológica y sobreabundado la artística. Traté de equilibrar y creo que sí lo logré. Después vino otro director que mejoró aún más el plan, el arquitecto Serapio Pérez Loza, que perfeccionó lo que yo le dejé. Después hubo más cambios, aunque siempre estuve como docente o técnico en algunas funciones, por ejemplo, en becas. El director en turno me llamaba a colaborar.

¿Qué siente ahora por la Universidad de Guadalajara?
Es mi Alma Mater, mi segunda madre. Así como Díaz Morales es mi segundo padre, la Universidad entera es mi segunda madre. La Universidad de Guadalajara me llena de orgullo, de recuerdos y de emoción.
Cuando lo nombraron representante en la preparatoria, ¿cuáles eran sus actividades?
Me nombraron integrante de la Comisión de Educación. Ahí pude opinar cuando era medio adolescente, tenía dieciocho o diecinueve años. Opinaba sobre lo que se estaba manejando en el Consejo. Ahí me hice muy amigo de don Guadalupe Zuno, de un descendiente de Enrique Díaz de León, ya un personaje histórico, y también de Constancio Hernández, todos ellos ya grandes; los admiraba mucho. Ahora que ya llegué a viejo, qué bueno que no me admiran para que me dejen en paz. Mi trayectoria es accidentalmente distinta.
Ésa es la diferencia de hacer lo que en verdad le gusta...
No es carga, es un gozo diseñar y construir. Siempre me ha gustado mucho construir. He sido residente de obras grandes, no de proyectos grandes, sino para vigilar que las constructoras trabajen bien. He participado en edificios, como el Hospital Civil, la Torre de Especialidades, que forma parte del conjunto del hospital Fray Antonio Alcalde, el viejo. Coordiné esa obra y también el Hospital de Dermatología, así como la remodelación y el aprovechamiento del hospital que ahora se llama Juan I. Menchaca, que es parte del Centro Universitario de Ciencias de la Salud. Este hospital es grande y el edificio estaba abandonado; lo reforzamos y readaptamos a las circunstancias porque estuvo abandonado cerca de treinta años, y aprovechamos la estructura. Me gusta mucho la construcción, soy medio ingeniero en ese sentido.
Actualmente colaboro todavía con la sociedad a través de mi hijo, que es arquitecto. Él ha hecho varios diseños para la Universidad y se deja aconsejar, orientar por su padre, al que ve como un amigo, un colega que simplemente tiene más experiencia que él, pero la genialidad es más bien de él.
¿Su hijo estudió también en la Universidad de Guadalajara?
Claro, somos «UdeG» por completo, hasta la perrita que está afuera lo es. Mi hija le tejió un suetercito para el invierno que dice «UdeG».
La Universidad de Guadalajara lo nombró Maestro Emérito, ¿qué sintió?
Fue en 2006, tengo entendido. Representó una gran oportunidad para expresar en público mis inquietudes de orden humanístico. Para mí, uno de los hombres modelo es Bertrand Russell. Él decía que lo que más lo había motivado en la vida era la ciencia y el amor a los demás. Hice una alocución a ese respecto en la que decía que lo estaba tomando como modelo porque yo quisiera ser, aunque fuera un poco, como él. Fue un inglés que murió a los noventa y seis años, y todavía un año antes de morir dio un discurso incendiario en contra de las pasiones derechistas y conservadoras en Inglaterra.
Su familia, ¿qué le dijo?
Estaban calladitos, pero con la sonrisa de oreja a oreja. No me comentaron nada, pero sentían orgullo y satisfacción.
Si hiciéramos una comparación de cuando usted entró a la Universidad y ahora, ¿cuál es su sentir?
La Universidad ha tenido el mérito de haberse dejado conducir por gente que ha merecido dirigirla. Me refiero a Carlos Ramírez Ladewig, a Raúl Padilla y a Trino Padilla, a estos dos los admiro mucho. La creatividad de Raúl es increíble; su concepto del Centro Cultural de la Universidad, sus logros del Auditorio Telmex y la biblioteca, que es una maravilla de institución, ya está equipada. Aparte, recordemos que Raúl Padilla fue el que más impulsó la descentralización; la Universidad tiene ocho o más sedes en el interior del estado, una delegación en Los Ángeles, California. Todo es obra de Raúl, también la enseñanza departamental. Le debemos mucho y a quienes han estado en contra de él nada más les ha faltado preguntarnos a los universitarios qué opinamos de él.
Hay que recordar que su hermano, Trino, recibió una ovación cuando leyó su último informe. Es al que se ha ovacionado más, por su gran labor. De modo que hay líderes y eso es mérito de la Universidad, el saber escogerlos. Les llaman conductores morales; yo, líderes, que están al frente para bien y para mal.
Conozco el medio de la UNAM porque di clases dos semestres, y el del Politécnico, y le aseguro que la Universidad de Guadalajara sí es la segunda del país, pero la primera en calidad académica. Creo que en número de profesores investigadores, proporcionalmente la UdeG tiene más que la UNAM.

¿Encontró en la Universidad amigos para toda la vida?
Sí, claro, sobre todo colegas, por la razón normal de convivir con ellos durante el proceso educativo, como después en el trabajo profesional, que facilita la prolongación de las amistades. Actualmente tengo un grupo (de mis ocurrencias, a pesar de la edad) que se llama Programa Integrador de Experiencia. Hemos logrado que el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades lo eche a andar institucionalmente. La idea es rescatar del olvido a muchos viejos cuya experiencia se está desperdiciando, que las experiencias que andan divagando se concentren en ese programa. El rector, en su último informe, habló de la universidad de la tercera edad, pero en realidad el nombre es Sistema Universitario para la Tercera Edad, hubo un lapsus scriptus. En él he intervenido como ponente de inquietudes, y su representante, García de Alba, ha hecho muy bien su trabajo.
¿Cuáles son las construcciones o monumentos que a usted más le gustan?
Hay varios, no es el tamaño, sino su calidad en el diseño lo que más me ha llamado la atención. Uno de ellos es el CAPSE, el edificio donde se aloja, por la avenida Alcalde. Es del arquitecto Salvador de Alba. Otro que me gusta, y que está mal que yo lo diga porque participé en él, es el edificio donde se aloja el CUAAD, que originalmente fue diseñado por mis alumnos, a los que yo coordiné, para la Escuela de Arquitectura, que es la madre de todo lo que es el CUAAD. Su ubicación fue, a propósito, al borde de la Barranca. Es de las escuelas de arquitectura que tienen un mejor paisaje integrado al mundo, no tiene nada que le estorbe, la vista es increíble por la belleza natural de la barranca, eso no se cambia. Otro más es el conjunto universitario situado en Alcalde, frente a la Normal, donde está la Facultad de Derecho. También el Teatro Experimental, en el Agua Azul, diseñado por uno de mis profesores, Erick Ubfal. El Hospital de Especialidades, al cual, por desgracia, lo orientaron mal, no me hicieron caso de orientarlo al norte y al sur, sino al oriente y al poniente, de modo que se calienta mucho.
¿Tiene algún otro proyecto en mente?
De momento no. Quiero hacer un breve ensayo sobre la urgencia de que las universidades en el mundo instituyan una nueva disciplina para contener el caos mundial, por las guerras, los conflictos religiosos y raciales, la hambruna, las enfermedades no dominadas, etcétera, se requiere una visión holística del conjunto. Este ensayo se referirá a una disciplina que se podría llamar ambiciosamente «axiolotaxia»: axio, por axiología, o sea, valores, los valores dominantes del todo, los valores relativos a la vida, a la utilidad, la lógica, la verdad, la belleza y la ética, en función de que todas las actividades del mundo contemporáneo y previsible para un futuro sean ordenadas; olo, del conjunto, y taxia, de taxis, es orden. Ésa es mi última ocurrencia, que se instituya esa nueva disciplina para que los estudiantes de todo el mundo se den cuenta de lo mal que andamos y cuál es su papel, no sólo en la localidad —la ciudad es el conjunto de todo el ámbito multiurbano, el Estado, la nación—, sino en todo el mundo. La universidad es lo máximo del pensamiento humano, así como el pensamiento es el productor de ideas, es lo máximo, una maravilla que se llama cerebro.
¿Quisiera añadir algo más?
Agradecer mucho que escucharan mis limitados conceptos y, desde luego, a mi universidad.

Hay que hacer caso a los empleados que saben
Isidro Casillas Limón
Ha laborado durante veinticinco años en la Universidad de Guadalajara. Tiempo en el que ha desarrollado el gusto por la lectura, sobre todo se ha adentrado en obras de Dostoievski y Nietzsche. Actualmente trabaja en la Coordinación General Académica.
Entré a la Universidad en 1987 a la edad de cuarenta y tres años, con la consigna cruel de quienes me indujeron al trabajo y que le dijeron a la persona que me recibió: «Ahí te mando a este viejito, ojalá que sepa leer y escribir para que te sirva de algo». Curiosamente, el día que me presenté en esa oficina acababa de pintar una pared, por eso iba como todo un albañil, en buen cristiano. La señorita que me recibió me dijo: «El director no está ahorita, venga usted el próximo lunes». Ese día ya fui sin manchas de mezcla y hasta con una corbata. Me preguntó: «Oiga, ¿es usted el que vino el viernes?» Le respondí: «Sí, yo soy». «¡Ah!, pues pásese. Mire, aquella persona que está allá es la oficial mayor, ella es quien lo va a recibir».
La señorita, atenta a la recomendación, me hizo llenar una hojita con mi nombre, mi dirección y mis datos, se me quedó mirando y volteó con la secretaria, le dijo: «Miren, esto se llama saber escribir, vean esta forma de letra». Me dejó pasar ahí el primer día y el segundo. Lo primero que se ofreció: «Ayúdenos a limpiar aquí, a trapear y barrer».
Entré a trabajar al Centro Regional de Tecnología Educativa, el mismo en el que estoy ahorita. Curiosamente, los veintiséis años que tengo en la Universidad han sido en la misma dependencia, por lo cual no han surgido muchas novedades. Le han cambiado de nombre una o dos veces: primero, Centro Regional de Tecnología Educativa, y después Dirección de Educación Superior, ahorita es Coordinación General Académica. Durante todo ese tiempo he tenido la dicha de estar en la misma dependencia. He visto pasar por aquí maestros, incluso el señor vicerrector, al que conocí en ese tiempo que era maestro todavía.
He tenido la ventaja de tener dos veces la misma persona como director. Las novedades surgen de la presión que tenga uno en el trabajo, porque hay que saber que cada director que llega trae diferente criterio y modo de pensar, de hacer las cosas, y entonces nos ha tocado a los compañeros y a mí pues nada más observar, adaptarnos a sus necesidades. De ahí para delante, empieza, dependiendo el tipo de criterio de los directores, el modo de ordenar, de mandar las cosas. En fin, unos llegan cambiando chapas, puertas y traen su equipo de trabajo; por ejemplo, las secretarias, como son las secretarias del jefe, se creen jefas y quieren imponer su criterio.
Me tocó la suerte de que me preguntaran por qué yo traía llaves de la puerta, por qué hace esto, por qué está aquí y, digo, es que tengo aquí toda la vida. Conozco el edificio, todos los rincones, me dejan la llave de los privados, incluso del baño.
Dependiendo del criterio de cada director, van surgiendo las novedades. Ellos confían en su secretaria y creen que ella se lleva bien con todo mundo y sucede que es al revés, porque a veces cometen imprudencias y no creo que sea por enfadar. Si un director es imprudente, hace a un trabajador desobediente —y eso está comprobado.
Tuvimos una temporada borrascosa porque los señores directores en su mundo y aquí los señores jefes administrativos en el de ellos. Dejan al trabajador a su libre albedrío y eso también es malo. Otras veces no cumplen como debiera ser con el perfil, incluso no tenemos vehículos ni pinzas para cortar un cable de luz, mucho menos una llanta de refacción.
Me he visto en la necesidad, no por capricho, sino por necesidad, de «tirar» la camioneta oficial en un potrero porque no podía echarla a andar; no traía ni unas pinzas. Casualmente, pasó un compañero y él me trajo. Para mi desgracia, al día siguiente el señor director fue a una actividad a Villa Primavera y lo primero que vio fue la camioneta tirada a medio potrero. Preguntó de quién era y quién la trajo y le dieron todita la razón. Bueno, pues cuando vine aquí me mandaron llamar: primero fue la reprensión, luego se atacaban de la risa ya que les comenté por qué la había dejado.
Yo no sabía que la señorita de aquí era familiar muy allegada del señor director y él me había preguntado cómo nos la llevábamos con la secretaria, porque él decía que todo perfectamente, pero no sabía que hasta le habíamos puesto un sobrenombre, no la soportábamos. No voy a decir cómo le decíamos porque todavía trabaja aquí. Tanto ella como el director mis respetos, pero esos detalles hacen que uno incurra en ciertas imprudencias.
En una ocasión me mandaron al aeropuerto a recoger a unas personas que venían de fuera. Yo hice changuitos para que me alcanzara la gasolina de regreso y otra vez al aeropuerto, ya que nos daban dinero muy limitado para la gasolina. Así fue, se me acabó todo: la gasolina y la batería, y largué la camioneta. Al otro día tuve que conseguir de mis gastos un mecánico para ir a recoger la camioneta porque el señor director se había dado cuenta y hasta me habían mandado llamar. Cuando les platiqué todo el desmadrito se reían. Él no se daba cuenta de que no teníamos ni siquiera unas pinzas para cortar un cable, menos una llanta de refacción.
Un día me pidió el director que lo llevara al aeropuerto. Yo le advertí que la camioneta se ponchaba inmediatamente, así que tuvo que tomar un taxi porque no traía llanta de refacción. Nos exponíamos a salir a carretera y traer a esas personas tan ilustres en un vehículo todo desordenado. Hubo otra ocasión en que me mandaron a Ciudad Guzmán a traer otra camioneta, que traía las llantas disparejas y todas boludas. En cuanto quería acelerarle parecía que bailaba rocanrol ranchero, pero así me la traje. Cuando llegué aquí, ya al anochecer, le advertí a la secretaria que esa camioneta no servía para carretera, pero a ella no le importó. A día siguiente se la facilitaron a otra persona que iba al norte del estado. La carretera en ese tiempo en esa zona estaba poca más que inservible, igual que la camioneta, y les comenté las condiciones en que estaba la camioneta, pero no me hicieron caso y así se la llevaron. Al día siguiente, tal vez por la falta de pericia de la conductora, se volteó y murió.
A veces las sugerencias del empleado las toman como rebeldía. Para empezar, lo juzgan a uno de loco y después de agresividad. Sin embargo, uno es el que anda manejando los vehículos y sabe a lo que se expone cuando no se tiene dinero extra para un imprevisto o, incluso, para un desayuno o comida cuando es un viaje. Tenemos que aguantar el hambre hasta que llega uno a la ciudad. Esos detalles hacen que surjan ciertas inconformidades.
¿Desde que entró a trabajar a la Universidad ha estado en el piso 8?
Antes estaba en el edificio de Valentín Gómez Farías, de allá nos cambiaron al edificio de Madero y Escorza, y de ahí nos trajeron a este piso.
¿Qué sucede cuando hay cambio de director?
Hay que toparle a lo que venga. Hay ocasiones que nos dicen que van a dar de baja al personal. Por ejemplo, cuando entró Raúl Padilla comentaron que iban a ver cuántos tenían nombramiento y cuántos eran empleados de confianza. A nosotros nos necesitan porque lo primero que hace un director es ordenar trabajos, sacar copias, engargolar, en fin.
Los directores pocas veces han tenido la gracia de juntarnos a todos antes de empezar sus labores y preguntarle a cada quien cuál es su nombramiento o su ocupación aquí. Ha habido directores que poco les veo la cara, para empezar. Uno de ellos duró aquí más de un año, y sólo unas tres veces tuve la gracia de verlo.
Por buena suerte o para mi satisfacción, nunca es conveniente apegarse a lo que dice el nombramiento, porque jamás se utiliza, así de sencillo. Si yo sé manejar una máquina copiadora y al señor se le ofrece que maneje el vehículo y ande de chofer con él, olvídese de las copiadoras. Me siento más conforme con ser servil que con decir que por mi capricho me voy a sujetar a lo que dice el nombramiento.
Ahora me he dado el gusto de dedicarme a la lectura un poco más. He leído muy buenos libros, los clásicos de Dostoievski y Friedrich Nietzsche, en fin, montón de lecturas, que no quiere decir que influyan en mi personalidad porque a esta edad ya es muy difícil que le borren a uno las intenciones o los criterios, imposible ya. A mi edad, quisiera tener capacidad para aprender algo más de lo que pueda hacer. No sé ni manejar una computadora, ni prenderla siquiera, y siento que ya no me hace falta porque, para empezar, ya le empieza a fallar a uno la vista. Entonces, al prenderla, la letra pequeñita, imagínese usar lentes para estar viéndola... es más la entretención que el beneficio para mí.
Hicieron hace poco una campaña y a todos los compañeros les dieron la oportunidad de comprar una computadora a crédito, pero yo no tengo hijos. Imagínese el gasto que estaría haciendo. La secretaria y los directores quisieran que uno fuera la persona ideal y preparada para todo, pero hay cosas que no necesitan tanta preparación, sólo buena voluntad.
Mi nombramiento decía técnico especializado o técnico administrativo. Administrativo puede ser todo lo que existe en la dependencia: agarre la camioneta, vaya al correo, vaya a pagar esto al banco, a cambiar los cheques. Preferible eso que estar sentado esperando indicaciones para utilizar las máquinas fotocopiadoras o engargoladoras. Antes había que compaginar a mano, qué cosa tan cruel, sólo quienes lo hemos hecho sabemos lo pesado que es. Hay quienes dicen qué tanto se va a cansar de estar hojita por hojita, lo que no saben es que cuando ya es una cantidad considerable de documentos y de hojita por hojita se cansa uno de las manos, de la espalda y la mente.
¿Ha pasado algún momento difícil dentro del trabajo?
Difícil en el aspecto de organizar trabajo. Cuando nos vinimos a este piso duré dos noches y tres días sin poder bajar por el exceso de trabajo. Se fueron toneladas de hojas haciendo el reglamento de la Universidad, había que elaborar mínimo 300 documentos, y cuando los revisaron los jefes y se dieron cuenta de que un inciso no concordaba con un artículo, entonces tuvimos que volver a hacerlos. En este entonces estaba de director el maestro Carlos Moyado Zapata. Tanto él como la maestra María Esther Avelar Álvarez disponían que cuando se empezaba un trabajo, éste tenía que terminarse a la hora que fuera, dos o tres de la mañana, o hasta el día siguiente. No nos podíamos ir hasta terminarlo. Si nos equivocábamos o se equivocaban ellos, había que corregirlo y volver a hacerlo. Así, pasamos cerca de un año elaborando este tipo de documentos, sobre la red, el reglamento y los estatutos.
Un día, el director me llamó la atención por un trabajo malhecho. El secretario le dijo que yo me había equivocado, pero él fue el del error. Yo ni siquiera sé prender la computadora, menos elaborar un documento, pero el secretario se quiso cubrir. Yo sabía que era por demás la discusión de aclarar, pero, como dicen, eso es parte del trabajo.

¿Hay situaciones divertidas que recuerde...?
No, ninguna es divertida porque todo lo que le comento ha sido producto del trabajo. Nunca hemos tenido la oportunidad de contar chistes con los directores. Entre los compañeros ha habido épocas que no tenemos tiempo ni de salir a comer, menos de contar chistes. Esto, porque cuando llega otro director, dice: «Yo no quiero saber nada de esto, vamos a elaborar otro tipo de trabajo», lo que pasó en la administración pasada a la basura y a elaborar otra clase de trabajos.
Entiendo que la Coordinación General Académica es la dependencia que tiene que dar la cara de la Universidad ante dependencias públicas, por ejemplo, la Secretaría de Educación Pública y el Conacyt. Entonces, hay que adaptarnos a cada voluntad.
¿Estos veinticuatro años que tiene en la Universidad qué satisfacciones le han dejado?
La satisfacción de no tener la necesidad de andar preguntando o pidiendo para el sustento de su casa. Desde niño tuve trabajos más pesados que los que estoy haciendo ahorita. Me crié en el cerro, en Valle de Guadalupe. En el rancho había trabajos que hacían que me escurriera la sangre de los brazos cargando piedras, cuando tenía trece años. Había que trabajar igual que los grandotes y medianos, y utilizar las mismas herramientas que todos, incluso un arado de madera que arreaba con una yunta de bueyes. Todos los trabajos que aquí hacemos para mí son resbalosos y en nada me mortifican. Ni modo que me salgan cayos de manejar la máquina o la engargoladora.
Pulsuz fraqment bitdi.