Kitabı oxu: «El oxígeno»

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Directora de la colección: Carolina Moreno Coordinación: Soledat Rubio

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© Del texto: Álvaro Martínez Camarena, 2021

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Publicacions de la Universitat de València, 2021

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Producción editorial: Maite Simón

Interior

Diseño: Inmaculada Mesa

Maquetación: Celso Hernández de la Figuera

Corrección: David Lluch

Cubierta

Diseño original: Enric Solbes

Grafismo: Celso Hernández de la Figuera

ISBN: 978-84-9134-835-1 (ePub)

ISBN: 978-84-9134-836-8 (PDF)

Edición digital

Para José Luis, Rosa, César y Neus: «arrel i ales»

Premios Literarios Ciutat d’Alzira 2020

Esta obra obtuvo el XXVI Premi Europeu de Divulgació Científica Estudi General, instituido por la Universitat de València y el Ayuntamiento de Alzira. Formaban parte del jurado Teresa Ferrer, Ismael Mingarro, Carolina Moreno, Pere Puigdomènech y María Dolores Real.

ÍNDICE

PREFACIO

CAPÍTULO 1. SOBRE LAS DIFERENTES FORMAS DE CREAR LUZ

QUÍMICA EN LA ERA ESPACIAL

EN LA MEZCLA ESTABA LA CLAVE

UNA HISTORIA DE LUZ Y DE JABÓN

ESPECIES REACTIVAS EN LA PIEL

CAPÍTULO 2. LAS HAZAÑAS DEL HONORABLE DR. JEKYLL

LA QUÍMICA DE LO NATURAL

CUÁNTO LE DEBEMOS A LA SÍFILIS

ACTIVAR EL OXÍGENO

EN LA MENTE DE POLIDORI

TRANSPORTADORES DE OXÍGENO

LA MORTALIDAD DE LO COTIDIANO

LOS ENTRESIJOS DE UN COLOSO

APÉNDICE: EL PODER CURATIVO DE LAS ZANAHORIAS

CAPÍTULO 3. CURAR CON LUZ: LA TERAPIA FOTODINÁMICA

ENTRE LAS PÁGINAS DEL MOFRADAT AL ADWIYA

CURAR CON LUZ

LA SERENDIPIA Y LA CIENCIA

EL CISPLATINO

DESVENTAJAS DEL CISPLATINO Y SUS DERIVADOS

EL SER HUMANO TOMÓ EL CONTROL SOBRE EL OXÍGENO SINGLETE…

… Y LO UTILIZÓ EN BENEFICIO PROPIO

ARMAS DE DOBLE FILO

THE BRIGHT SIDE OF ROS

CAPÍTULO 4. VENTAJAS PARA LA SALUD DE LOS PASEOS MATUTINOS

CASO I

CASO II

PATRONES

JAMES PARKINSON: VIDA Y CONTEXTO DE UN CIENTÍFICO

LA MALADIE DE PARKINSON

ÉXITOS Y FRACASOS

DIVERGENCIAS Y PUNTOS EN COMÚN

EL BAILE DE SAN VITO

EN EL OTRO EXTREMO DEL HILO: EL ALZHEIMER

LA TRINIDAD

PLACAS, AGREGADOS Y PROTEÍNAS PEGAJOSAS

PUNTUALIZACIONES

SOLUCIONES QUE ACABARON CONVIRTIÉNDOSE EN CREMAS

CAPÍTULO 5. HACIA DÓNDE NOS DIRIGIMOS

UN PUENTE ENTRE LA FÍSICA Y LA BIOLOGÍA

UNA CARRERA DE OBSTÁCULOS

¿CON QUÉ HERRAMIENTAS CONTAMOS?

LA QUÍMICA SUPRAMOLECULAR

MÁS ALLÁ DE LAS MÁQUINAS MOLECULARES

LA NANOTECNOLOGÍA

LA NANOTECNOLOGÍA Y LAS ENFERMEDADES NEURODEGENERATIVAS

CAPÍTULO 6. TODAS LAS CARAS DEL OXÍGENO

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ÍNDICE ANALÍTICO

PREFACIO

El sujeto del caso que describo a continuación lo encontré por casualidad en la calle. Era un hombre de unos 65 años, con un notable porte atlético. La agitación de sus extremidades –e incluso de la cabeza y el cuerpo entero– era tal que se había convertido en un temblor general. Era completamente incapaz de caminar; tenía el cuerpo tan encorvado, y la cabeza tan echada hacia delante, que le obligaba a avanzar en una especie de carrera continua, empleando su bastón cada cinco o seis pasos […]. Según decía, había sido marinero, y atribuía su enfermedad a haber estado confinado en una prisión española varios meses, durante los cuales había dormido sobre la tierra húmeda y desnuda. […] Ahora era un pobre mendigo, necesitado de unos cuidados médicos que no se podía permitir.

De esta forma f ue como se documentó por primera vez en el Ensayo sobre la parálisis temblorosa la enfermedad de shaking palsy, que les afectará aproximadamente al 1 % de ustedes, queridos lectores, que sostienen este libro entre sus manos.

Aunque, bien mirado, es normal que este nombre no les suene de nada. La terminología original no tardó en abandonarse y sustituirse por el apellido de su británico descubridor –médico por profesión, agitador político por vocación–. Con el tiempo, el shaking palsy sería más conocido como la enfermedad de Parkinson.

Lo que este médico nunca llegó a saber es que su trabajo, publicado en el Londres previctoriano de 1817, estaba íntimamente relacionado con el descubrimiento que unas pocas décadas atrás Scheele, Priestley y Lavoisier habían dado a conocer al mundo.

Cuarenta años antes de que James Parkinson publicara su ensayo, y a las puertas de la Revolución francesa, tres experimentos realizados en paralelo en distintos países y con distintos procedimientos dieron lugar a una de esas raras coincidencias que de vez en cuando se dan en la historia. Cada uno de los ensayos condujo a un mismo resultado: la obtención de un nuevo gas, incoloro, pero extremadamente inflamable. Sin pretenderlo, acababan de descubrir un nuevo elemento químico; un elemento llamado a tener una importancia fundamental en la enfermedad de Parkinson. Entre 1771 y 1775, el farmacéutico sueco Scheele, el clérigo británico Priesley y el revolucionario francés Lavoisier identificaron por primera vez, y de forma –más o menos– independiente, lo que denominaron «aire de fuego», «aire desflogisticado» u oxígeno.

Tendrían que pasar todavía dos siglos hasta que se pudiese trazar un hilo que conectase ambos conceptos: el oxígeno, a pesar de su importancia biológica, puede ser también una especie extremadamente tóxica. Y es esta toxicidad la que, en caso de actuar sobre el tejido cerebral, puede llegar a causar enfermedades de tipo neurodegenerativo tales como el Parkinson.

* * *

De un libro que trata sobre la molécula de oxígeno se esperaría que empezase hablando sobre su descubrimiento, sobre su origen. Sobre cómo los trabajos de Lavoisier desmentían a Aristóteles y sus cuatro elementos, sobre cómo alguno de sus descubridores murió negando su existencia –Priesley– o sobre cómo llenaba los huecos –de otra forma inexplicables– el hecho de que existiese un gas ignorado hasta el momento, y que acabaríamos conociendo como oxígeno.

No es ese el caso del libro que el lector tiene entre las manos. Aquí no se explicará su historia. Y no porque el origen de este elemento no tenga interés o porque su descubrimiento no tuviese la mínima trascendencia, más bien al contrario: su hallazgo fue clave en el abandono definitivo de la alquimia y en el nacimiento de la química moderna. El oxígeno fue a la química lo que el efecto fotoeléctrico o la caja negra fueron a la física cuántica: germen de una nueva ciencia.

El motivo para ignorar esta historia es, más bien, que la aspiración de este libro es llegar a convertirse en un compendio de rarezas del oxígeno molecular, a modo de un dieciochesco gabinete de curiosidades. Dar luz a aquellos rincones que han quedado escondidos del estudio general. Dar peso a aquellas investigaciones, aquellos tratamientos médicos que dan un vuelco a aquello que creemos saber. Mostrar lo extraordinario que esconde una de las moléculas más comunes que podemos encontrar.

Desde la escuela, todos conocemos qué es el oxígeno. En mayor o menor medida, todos hemos estudiado que es un gas, que constituye cerca del 21 % de la composición del aire que respiramos, que lo consumimos durante la respiración y que son los organismos fotosintéticos, como las plantas o el fitoplancton oceánico, los encargados de restituirlo a la atmósfera.

Puede que nos resulte más desconocido su origen en nuestro planeta: originalmente la atmósfera no contenía tal cantidad de oxígeno, sino que este es en su mayor parte de origen biológico. De hecho, los primeros dos mil millones de años de vida en la Tierra (aproximadamente) tuvieron lugar en ausencia de este compuesto. Fue a través de la fotosíntesis oxigénica (llevada a cabo por cianobacterias y, posteriormente, por plantas y algas) como el oxígeno fue acumulándose y acabó alcanzando más o menos las concentraciones que hoy podemos encontrar.

Lo que no solemos conocer es hasta qué punto este compuesto juega un papel fundamental en el desarrollo de enfermedades como el Alzheimer o el Parkinson, cómo ha moldeado nuestro imaginario mediante la reconstrucción de figuras mitológicas como los vampiros o de qué manera lo podemos utilizar –en combinación con máquinas de tamaño molecular– para eliminar tumores con una precisión para la que el calificativo de «quirúrgico» se queda corto.

Sucede que, en ocasiones, para conocer de verdad un compuesto, una sustancia química, no cabe ir directamente a su «tuétano» ni tampoco basta con ver su lado más corriente, el que suele mostrar habitualmente. Por el contrario, se deben recorrer sus límites y pasear por su lado más externo. Para conocerlo de verdad se le debe tentar y poner a prueba. No basta con conocer la imagen que suele mostrar, su perfil más común, sino que se debe penetrar en las rarezas que tiende a esconder. Y, en este caso, no hay mayor rareza que las conocidas como especies reactivas del oxígeno. A ellas va dedicado este libro.

1
SOBRE LAS DIFERENTES FORMAS DE CREAR LUZ

16 de julio de 1969. Costa atlántica de Florida, Estados Unidos. Bajo una atmósfera enrarecida por el humo del tabaco, unas decenas de hombres prestan atención en perfecto silencio al reloj que, frente a ellos, inicia una cuenta atrás. Tres minutos. Al fondo de la sala de control de la misión Apollo 11, aquella que llevaría por primera vez al ser humano a pisar su satélite, el supervisor del lanzamiento enumera en voz alta los diferentes parámetros que se deben comprobar. Como respuesta a cada frase, el técnico correspondiente responde con un simple «ready».

En la parte noble de la sala, en la zona más elevada y a las espaldas del resto de técnicos, los responsables de la misión están empapados de un sudor frío en medio del caluroso julio semitropical. Entre ellos, en segunda fila, un alemán. Hijo de los barones de Wirsitz y antiguo miembro de las Schutzstaffel nazis –las SS–, ahora es el director del Centro de Vuelos Espaciales Marshall de la NASA. Su mirada, como la del resto, está centrada en la enorme pantalla que preside la sala y que muestra el cohete que elevará a Aldrin, Collins y Armstrong. Pero sus ojos miran la nave sin verla, su atención está fijada unos metros más abajo, en el enorme misil que deberá alzar la cápsula con los astronautas.

QUÍMICA EN LA ERA ESPACIAL

El Saturno V. Uno de los colosos de mayores proporciones jamás creados por el hombre. El cohete que debía permitir a Estados Unidos, por fin, superar a la Unión Soviética en la carrera espacial, alcanzar a las sondas Sputnik, a la leyenda de Yuri Gagarin, de Valentina Tereshkova. Con 110 metros de altura, 10 de ancho, 3.000 toneladas de peso, era un titán capaz de llevar hasta 118 toneladas a la órbita terrestre baja: una de las máquinas más impresionantes de la historia humana.

El Saturno V era el cohete impensable. Pocos se habían atrevido a concebirlo, y menos aún habían tenido el arrojo de intentar construirlo, y todo ello pese a ser una necesidad para poder liderar la carrera espacial. Pero por encima de quienes lo intentaron y fracasaron, y más allá de quienes lo consiguieron demasiado tarde, acabó destacando una figura. Aquel 16 de julio, las tres palabras que forman el nombre del alemán acabarían grabándose en la historia de la aeronáutica y emborronando con ello el recuerdo de todos aquellos que, antes que él, habían fracasado: su nombre era Wernher von Braun.

Pocas personas son capaces de concebir ideas situadas justo en la frontera de la imaginación, allá donde lo absurdo y lo posible estiran sus dedos hasta rozarse. A quienes lo consiguen se les suele llamar visionarios. Y, de entre ellos, menos aún tienen la capacidad de llevarlas a cabo. Ellos son los genios, y a ellos les pertenece la historia.

Durante siglos fue imposible construir la cúpula del Duomo de Florencia. No había árboles suficientes en toda la Toscana con que montar los andamios, dinero con que financiar la locura, ni diseño que pudiese soportar aquel peso. Il Duomo, simplemente, se quedaría incompleto por siempre.

Hasta que apareció un ingeniero, un hombre enjuto de carnes, de cabello ralo y corto de estatura. Un arquitecto que, además, dominaba las matemáticas. Allí se plantó Filippo Brunelleschi, con apenas 41 años, ante el comité de nobles florentinos, arrastrando un modelo hecho en madera que planteaba la solución imposible. La propuesta impensable que, al mismo tiempo, lo resolvía todo.

La idea de aquel genio tardaría diecisiete años en construirse. El 25 de marzo de 1436, el día de Año Nuevo según el calendario florentino, el papa Eugenio IV consagró Santa Maria del Fiore y, bajo su inmensa cúpula, dio misa. Seis siglos después, esta cúpula sigue siendo una de las mayores obras de ingeniería jamás ideada por la humanidad.

A la altura del diseño de esta cúpula está –literalmente– el del Saturno V, el coloso de los cielos. Y como la primera, también la idea del cohete fue obra de un genio.

La concepción del Saturno V se fraguó en la mente de una figura mítica de la aeronáutica, el doctor Von Braun, un hombre obsesionado con el diseño de cohetes. En los años cuarenta ideó los misiles con que el Ejército alemán bombardeó Londres durante la Segunda Guerra Mundial, los V-2. Veinte años después, trabajaba para Estados Unidos diseñando los cohetes de su programa espacial. Al fin y al cabo, cohetes y misiles son sinónimos cuyo uso varía en función del contexto.

Con el Saturno V, Von Braun solucionó uno de los grandes –y numerosos– problemas que planteaba la misión encargada por John Fitzgerald Kennedy, 35.º presidente de los Estados Unidos de América, en su famoso discurso de 1962. «Elegimos ir a la Luna».

El desafío era inmenso. Un proyecto como pocos en la historia.

Si les digo, conciudadanos míos, que vamos a enviar a la Luna, a unos 384.400 km de la estación de control de Houston, un cohete gigantesco que mide más de 90 m de alto (la longitud de este campo de fútbol americano), fabricado con nuevas aleaciones de metales, algunas de ellas todavía sin inventar, capaz de soportar temperaturas y tensiones que multiplican varias veces las que se han experimentado hasta ahora, con piezas ensambladas entre sí con una precisión superior a la del reloj de pulsera más perfecto, que llevará en su interior todo el equipamiento necesario para propulsión, orientación, control, comunicaciones, alimentación y supervivencia, en una misión sin ensayar, a un cuerpo celestial desconocido, y lo devolveremos sano y salvo a la Tierra, tras volver a entrar en la atmósfera a velocidades superiores a los 40.000 km por hora, provocando un calor cuya temperatura es más o menos la mitad que la del Sol (casi tanto calor como el que hace hoy aquí), y que lo haremos, y lo haremos bien, y lo haremos los primeros antes de que termine esta década… entonces tenemos que ser osados.

No se elegía la Luna por ser un desafío sencillo, sino por su dificultad. Por una dificultad que lo convertía en un proyecto casi imposible de cumplir.

Al éxito de esta misión contribuyó de forma decisiva el Saturno V, aunque no solo por su diseño. En su interior, un inmenso trabajo de investigación química resplandecía con luz propia.

El reto: encontrar una sustancia cuya combustión permitiese elevar 3.000 toneladas de peso hasta más allá de la atmósfera terrestre. En otras palabras, se debía idear un combustible que, al ser quemado, liberase tal cantidad de energía que permitiese al coloso escapar de la atracción terrestre.

Se gastaron millones en la investigación. Cientos de mezclas fueron probadas. Químicos de veinte países trabajaron juntos en una gesta que, como tantas otras, quedaría eclipsada por el tamaño del proyecto y el éxito que alcanzaría. Al final, la solución se mostró clara ante sus ojos.

El combustible elegido fue un refinado del queroseno, una forma extremadamente pura de petróleo. Y en combinación con este, el elemento clave, aquel que hizo realmente eficaz la combustión, el que permitió el despegue: el oxígeno líquido. Trescientos mil litros de oxígeno líquido.

A las 13.32 horas (GMT) del 16 de julio de 1969, los motores del Saturno V hacían ignición. La mezcla de queroseno y oxígeno en llamas, el despegue de la bestia, sacudió la tierra con tal intensidad que su temblor pudo sentirse a decenas de kilómetros a la redonda. Pocos segundos después, el cielo de aquel miércoles de julio fue cortado por una llama de centenares de metros de longitud y miles de grados de temperatura.

De esta forma fue como un equipo de ingenieros dirigidos por un alemán de cincuenta y siete años, exmiembro de las SS, segundo hijo de una familia de barones del derrotado Imperio alemán, puso al hombre donde antes tan solo había podido soñar con estar.

EN LA MEZCLA ESTABA LA CLAVE

Usar oxígeno líquido como combustible. No parece a priori una idea demasiado ortodoxa, y de hecho a pocos se les ocurriría citar este compuesto en la lista de los combustibles más comunes. Pero lo cierto es que, de una forma u otra, la mezcla de oxígeno y queroseno viene usándose desde los años cincuenta en la aeronáutica espacial. Los primeros satélites artificiales fueron elevados allá por los cincuenta con la ayuda de oxígeno líquido, las Soyuz rusas que a principios del siglo XXI pusieron en órbita los satélites de posicionamiento Galileo (el GPS europeo) se impulsaron con oxígeno líquido e, incluso hoy en día, la empresa de transporte espacial de Elon Musk (SpaceX) usa este compuesto en sus Falcon.

Pero ¿por qué oxígeno líquido? ¿Qué hace que este compuesto sea tan especial?

Está claro por qué usamos el queroseno: es de este de donde extraemos la energía. Este compuesto almacena una gran cantidad de energía contenida en cada una de sus moléculas, que funcionan como diminutos depósitos energéticos. Al romperlas, se libera todo el calor que concentran.

Pero entonces, ¿en qué punto participa el oxígeno? Lo cierto es que, pese a considerarse como uno de los combustibles usados, este compuesto no forma parte de lo que se quema, sino que, en cierto modo, es lo que quema. Expliquémonos.

Como se ha mencionado, el queroseno –como la gasolina, la nafta o el gas natural– es en realidad una mezcla de moléculas de longitud variable. Cada una de estas moléculas se puede entender como una cadena de átomos unidos entre sí mediante enlaces. Pero lo interesante es que cada uno de estos enlaces funciona a modo de un minúsculo depósito de energía, y en caso de que el enlace se rompa, la energía es liberada. La conclusión es evidente: cuanto mayor sea la longitud de la cadena de átomos que forme la molécula de combustible, más energía contendrá en su interior.

Cuando quemamos queroseno en los propulsores espaciales, gasolina en nuestro coche o gas natural en nuestras cocinas lo que en realidad estamos haciendo es romper estas moléculas. Y al despedazarlas, la energía que guardaban se libera en forma de calor. En otras palabras, el fuego que vemos en los fogones no es más que el producto de romper millones de moléculas al mismo tiempo, de partir los enlaces que las constituyen.

Y ¿qué usamos para romper estos enlaces? Efectivamente, el oxígeno. Este es el proceso que llamamos habitualmente combustión, o quema, aunque en jerga química se le conoce como oxidación (no nos juzguen, hay demasiadas reacciones que nombrar y la imaginación llega donde llega).

En definitiva, el oxígeno no es más que la herramienta que usamos para partir las moléculas.

Al cocinar, el oxígeno que hay en el aire nos basta y nos sobra para hacer arder el gas natural; al fin y al cabo, una cuarta parte de nuestra atmósfera está formada por este compuesto. Pero cuando queremos elevar una nave espacial la historia cambia. En este caso necesitamos quemar una cantidad tan elevada de combustible en un intervalo de tiempo tan reducido que con el oxígeno que nos proporciona la atmósfera no es suficiente; necesitamos un flujo de este mucho mayor. Y por ello es necesario tener un tanque con 300.000 litros de oxígeno líquido, un gas condensado a alrededor de 200 grados bajo cero.

La combustión a gran escala de queroseno con oxígeno líquido que llevó al hombre a la Luna en realidad se diferencia bien poco, desde el punto de vista químico, de la quema de carbón que posibilitaba el movimiento de las locomotoras de vapor o, incluso, de las fogatas que mantenían con vida al Homo sapiens primitivo en las cuevas de Cromañón, en el suroeste francés.

Es más, la diferencia es mínima incluso cuando lo comparamos con la forma en que nosotros mismos extraemos la energía de los alimentos. También nosotros utilizamos el oxígeno, en el interior de minúsculos reactores situados dentro de cada célula, denominados mitocondrias, para oxidar (o quemar) los azúcares.

De esta forma es como obtenemos la energía necesaria para llevar a cabo la mayoría de los procesos biológicos. Es por ello, de hecho, por lo que respiramos: para introducir oxígeno en nuestro organismo y continuar con la obtención de energía. La oxidación, en definitiva, es una reacción de lo más corriente.

En estos cuatro ejemplos usamos el oxígeno para romper la materia orgánica y obtener así la energía necesaria, bien sea para elevar una nave de 3.000 toneladas, bien para que un tren pueda transportar mineral de hierro de la mina a la siderurgia o bien, simplemente, para levantar una pierna. Y ello tan solo es posible por una característica fundamental de este compuesto: su enorme –y potencial– reactividad, su inmenso poder para destruir todo lo orgánico, la materia viva.

Espera un segundo –podría saltar alguien–, ¿cómo va a ser eso posible? ¿«Enorme reactividad del oxígeno»? ¿Pero no acabas de decir que la cuarta parte de nuestra propia atmósfera es oxígeno? ¡Nosotros mismos estamos nadando en oxígeno! ¿Si fuese tan reactivo no deberíamos estar en llamas ahora mismo?

Bien, eso sería así si no fuese por la segunda característica que, en combinación con la primera, hace único al oxígeno: su estabilidad. Su enorme –y bendita– estabilidad. Con un ejemplo se entenderá mejor.

UNA HISTORIA DE LUZ Y DE JABÓN

Enormemente reactivo y muy estable. Curiosa combinación, aunque ¿no encierra en sí misma una contradicción? ¿Cómo puede un mismo compuesto, una misma sustancia, ser muy reactiva, pero al mismo tiempo no reaccionar? Bien, todo depende de a qué estemos prestando atención.

En 1999 David Fincher estrenaba El club de la lucha, película basada en el libro homónimo de Chuck Palahniuk. En ella, un jovencísimo Brad Pitt acabado de salir de ¿Conoces a Joe Black? encarnaba a Tyler Durden, un particular vendedor de pastillas de jabón. «Tyler vendía el jabón en los grandes almacenes a 20 dólares la pastilla. Dios sabe a cuánto lo venderían ellos. Era maravilloso. Le revendíamos a las mujeres ricas sus propios culos celulíticos».

El caso es que estas pastillas, de rosa intenso, fabricadas con la grasa desechada de las clínicas de liposucción se convertirían en una imagen icónica del film. Con ellas se cerraba una especie de círculo irónico: las víctimas de la denominada teoría de la perfección a la que se opone el protagonista acababan utilizando para su cuidado personal los propios desechos que previamente se les habían extirpado en las clínicas. Y, a la vez, los beneficios de la venta servían para financiar el club. Lo dicho, un círculo perfecto.

Aunque si debemos escoger una referencia del film que ha pasado a la cultura pop esta es, sin duda, la primera de las normas que enuncia Tyler: no hablar nunca del club de la lucha. No hablemos pues más de él y centrémonos en uno de los elementos que más llaman la atención de esta película: el uso de la química. Y es que en El club de la lucha lo que más les interesa a Tyler y compañía del negocio del jabón no son los lucrativos beneficios que reporta –aunque tampoco les hacen ascos, todo sea dicho–, sino uno de los subproductos de su síntesis: la glicerina.

Con grasa y sosa se produce jabón, pero también se genera un deshecho conocido como glicerina. Lo que –a diferencia de Tyler– poca gente sabe es que, con esta y un poco de gracia para la química, tenemos en nuestras manos un famoso explosivo: la nitroglicerina. Un compuesto cuya volatilidad todos conocemos por mil referencias cinematográficas, pero cuyo origen en las grasas y el aceite es más bien insospechado.

¿Quién podría intuir que tras la grasa se esconde este explosivo? Tan solo es necesario partir una molécula de aceite por el sitio adecuado para obtener el precursor de un potente explosivo. Es decir, aplicando los cambios adecuados, transformamos un compuesto estable e innocuo en otro sumamente reactivo.

De la misma forma sucede con el oxígeno: mediante una ligera transformación química podemos pasar del oxígeno molecular (estable, muy poco reactivo, atóxico) al radical hidroxilo o al superóxido (tóxicos a rabiar). Tan solo hace falta añadir algún hidrógeno, introducir algún electrón de más. Aplicando un mínimo cambio en su estructura, liberamos todo su poder.


Fig. 1. Esquema de la reacción de saponificación de una grasa o un aceite con sosa. Haciendo reaccionar un triglicérido (un tipo de grasa) con hidróxido de sodio se obtienen dos compuestos: ácidos grasos, que usamos como componente principal de los jabones, y glicerina –o glicerol–. Es a partir de este último compuesto como se puede sintetizar la nitroglicerina, el famoso explosivo. Fuente: Elaboración propia.

Aunque, a decir verdad, no hace falta modificar su esencia para ser testigos de su potencial. El propio oxígeno puede contener las dos propiedades (estabilidad y reactividad) al mismo tiempo: con un sencillo toque, sin adición química ninguna, el oxígeno molecular asimismo se puede transformar en su opuesto. Y también en este punto la glicerina nos puede resultar de utilidad. Retomemos, pues, la historia de la nitroglicerina, cuyo origen se remonta a mediados del siglo XIX.

El nacimiento de la nitroglicerina tiene mucho que ver con una época de inmensa expansión de la química industrial. Por toda Europa se extendía el uso de tintes orgánicos sintéticos, se mejoraba el tratamiento químico de los minerales; se sucedía el descubrimiento de nuevos elementos químicos, de nuevos compuestos con nuevas propiedades.

Es en este contexto en el que un químico italiano, Ascanio Sobrero, dio con el frágil explosivo en su laboratorio de Turín allá por 1847. Y lo hizo, en primer lugar, debido a su reactividad: tras agitar suavemente un tubo de ensayo con un poco de aceite de nitroglicerina en él, este estalló frente a su cara. Ascanio Sobrero luciría un rostro surcado de diminutas cicatrices de por vida.

Inmediatamente después de su descubrimiento, y pese a su inestabilidad, la nitroglicerina se expandió por el mercado sustituyendo a la pólvora en la perforación de minas, la apertura de túneles o el derribo de edificios en general. Uno de los ejemplos más conocidos es la construcción de la Central Pacific a través de Estados Unidos. Esta red ferroviaria, que unió la costa pacífica de California con el corazón de Utah a mediados del siglo XIX, fue haciéndose hueco a través de Sierra Nevada, Eldorado y Yosemite a golpe de nitroglicerina (e inmigrante). ¿La pega? La misma que observó bien temprano –y en su propia piel– su italiano descubridor: su inestabilidad.

Esta misma inestabilidad fue la que llevó a Alfred Nobel, un ingeniero sueco especializado en la industria de los explosivos, a investigar cómo hacer más seguro su uso. Una búsqueda que se convirtió en un asunto personal con la muerte de su hermano, fallecido tras una explosión accidental de nitroglicerina en una fábrica de Estocolmo. Era 1864. Tres años después patentaba la fórmula.

El 14 de julio de 1867, una pequeña multitud de curiosos y periodistas se acumulaban en torno a una de las minas a cielo abierto que pueblan el condado de Surrey, a pocos kilómetros al sur de Londres. Allí les había convocado Alfred Nobel para realizar una de sus famosas demostraciones. No era en absoluto un ingenuo o un filántropo, ni tampoco llevaba a cabo el espectáculo con un afán divulgativo. Al contrario, sabía que, si la demostración era un éxito, esta le abriría las puertas a la boyante industria minera británica. Aunque también es cierto que, si salía mal, quien más perdería sería él mismo. Había que jugarse el todo por el todo.

Entre la multitud que se agolpaba en el límite de la mina, un muchacho joven –el ayudante de Nobel– sostenía entre sus manos un cesto, una canasta repleta de unos extraños tubos de cartón. Desde el fondo del cráter de la mina, a una veintena de metros bajo los pies de su ayudante, Alfred Nobel anunciaba para su público el contenido de los tubos: nitroglicerina. El estupor inicial de los curiosos dio paso en pocos segundos a una carrera para alejarse de esa canasta, y en especial de su contenido. En torno al muchacho se formó un vacío tan puro como el silencio que se adueñó del lugar.

Acto seguido, bajo la mirada atónita de los espectadores, el ayudante dejó caer la cesta sobre el cráter en que se hallaba el maestro. Dos segundos conteniendo el aliento, esperando la explosión inevitable y…, nada. Los tubos cayeron al suelo, rebotaron y salieron despedidos en veinte direcciones opuestas. Ninguno de ellos explotó.

A continuación, el químico sueco encendió una cerilla, cogió uno de los cartuchos y prendió la mecha que sobresalía de uno de sus extremos. Lanzó el tubo al interior de la mina. A los pocos segundos, un estruendo ensordecedor destruyó el túnel y se adueñó del lugar. Una vez despejado el humo, todos pudieron ver la sonrisa que iluminaba el rostro de Alfred Nobel. Acababa de mostrar al mundo por primera vez su nuevo explosivo: la dinamita.

Su invento había consistido en empapar tierra de diatomea, una roca inerte y muy porosa, con nitroglicerina, hasta generar una especie de arcilla. Una vez introducida en los tubos de cartón, esta pasta se podía transportar sin ningún peligro. Había convertido un explosivo extremadamente inestable en un material que se podía manejar sin dificultad, que se podía caer, tirar o incluso quemar sin peligro de que explotara. Y todo ello sin restarle potencia explosiva. En otras palabras, había creado un explosivo enormemente reactivo, pero muy estable.

Como es conocido, la invención de la dinamita se tradujo en una fortuna que aún hoy en día continúa reportando beneficios. Y, de hecho, constituye la base económica de los premios que llevan el nombre de su creador, los Nobel.

ESPECIES REACTIVAS EN LA PIEL

Bajo la mayoría de condiciones, nadie diría que la dinamita es un explosivo. Como demostró Nobel, y los diarios de la época se encargaron de reflejar, estos tubos de «pasta de nitroglicerina» se podían golpear o incluso quemar, que nada sucedería. Por el contrario, si se les aplicaba un estímulo muy concreto –digamos una descarga eléctrica o una pequeña explosión de pólvora, por ejemplo–, este material inerte se convertía en un perfecto vaciador de montañas.

De la misma forma, el oxígeno no entraña peligro alguno en condiciones normales. Como mucho es capaz de oxidar un trozo de hierro y hacerlo inservible, o de picar un buen vino; pero ninguna de estas consecuencias es particularmente dramática o violenta.

Y lo mismo sucede al entrar en contacto con el queroseno, volviendo al ejemplo con el que empieza el capítulo. Si se expone al oxígeno, este combustible no arde espontáneamente, como no lo hacen la mayoría de objetos con su misma naturaleza química: ni se quema de forma imprevista el petróleo, ni lo hacen los árboles, ni nosotros mismos nos encendemos en llamas pese a estar en contacto íntimo y continuo con él (ya saben, la atmósfera).

Ahora bien, en el momento en que se aplican las condiciones justas, este Dr. Jekyll libera al Mr. Hyde que suele esconder. El oxígeno se convierte en una sustancia extremadamente reactiva, enormemente tóxica. Lo hemos observado por ejemplo en el reactor del Saturno V: aplicando una simple chispa, este elemento era capaz de oxidar el queroseno, de desintegrarlo, de reducirlo a su mínima expresión: de extraer la energía depositada en cada uno de sus enlaces y elevar hasta la Luna al ser humano.

Pero tampoco hace falta recurrir a la NASA para entender estos conceptos; todos tenemos en mente imágenes mucho más mundanas: basta una cerilla para encender un bosque.

Y lo más fascinante, la guinda que corona el pastel es que, una vez liberado el lado más oscuro del oxígeno, él mismo se encarga de retroalimentarse. No hacen falta más estímulos. No más chispas. Él mismo se basta.

Para que empiece la combustión se necesita un pequeño aporte de energía: una chispa o una diminuta llama pueden servir. Pero aquí se acabaría la historia si no fuese por un pequeño detalle: la propia combustión produce más calor, que a su vez aporta la energía suficiente para activar al «siguiente» oxígeno que entra en reacción. Este ciclo perverso es el que permite que el fuego arda.

Estamos tan acostumbrados a este modo de funcionar que pocas veces reparamos en él, pero una llama arde ad eternum, en resumen, por tres motivos:

– Hay materia orgánica de cuyos enlaces extraer la energía (en otras palabras, hay materia orgánica que oxidar).

– Existe un oxidante en abundancia (el oxígeno).

– La propia energía liberada de la combustión continúa activando el oxígeno para que este no pare de reaccionar.

De esta forma es como un compuesto a simple vista inerte es capaz de desintegrar prácticamente cualquier material orgánico.

Pero a diferencia de lo que ocurre con la dinamita, los estímulos que activan el oxígeno pueden llegar a ser mucho más sutiles que una descarga eléctrica, mucho más débiles que una llama. Y esto es especialmente relevante cuando la activación se produce dentro de nuestro propio organismo.

Del mismo modo que el oxígeno puede activarse y quemar un trozo de madera, también dentro de nuestros tejidos –empapados todos ellos de este compuesto– puede tomar una forma activa y oxidar nuestro cuerpo, esta vez desde el interior. Y en estos casos, aunque la oxidación no se traduzca en la formación de una llama, sus efectos son los mismos –y su devastación, equivalente–.

Un tipo de luz en particular o la simple reacción con algún compuesto químico especial, por ejemplo, pueden generar toda una pléyade de especies activadas de oxígeno. Y, como en el caso de las propias Pléyades mitológicas, también en el del oxígeno podemos encontrar siete compuestos de especial importancia: los radicales hidroxilo y superóxido, el peróxido de hidrógeno, el ácido hipocloroso, el oxígeno singlete, el ácido peroxinitroso y el radical dióxido de dinitrógeno; la mayoría de ellos, sutiles variaciones del oxígeno. De este modo es como el oxígeno libera su potencia dentro de nosotros mismos, sobre nuestros propios tejidos.

Evidentemente, este es el origen de múltiples enfermedades, aunque no solo de ello. Como veremos más adelante, una molécula de oxígeno activada no es más que un arma de doble filo: lo mismo nos puede perjudicar, que la podemos usar en nuestro propio beneficio. Pero no adelantemos acontecimientos.

La cuestión es que estos compuestos, estas variaciones del oxígeno molecular, están de una forma u otra detrás de muchos de los trastornos médicos más importantes a los que hacemos frente en este siglo, en ocasiones como causa y en otras como efecto. Desde el cáncer hasta el Alzheimer. De la diabetes al Parkinson.

Y, de hecho, es tal su importancia que a este conjunto de moléculas se les ha otorgado una nomenclatura y una categoría propias dentro de la química médica. Son las conocidas como especies reactivas del oxígeno.

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LAS HAZAÑAS DEL HONORABLE DR. JEKYLL

El lado oscuro del oxígeno. Hablar de las especies reactivas del oxígeno es hablar de toxicidad, de enfermedades. Al menos esa es la primera imagen que nos viene a la cabeza a los químicos al oír mentar estos compuestos. Es mencionar el radical superóxido, y sentimos instantáneamente la luz del sol enfriarse, al tiempo que la visión periférica se nos vuelve borrosa; vemos las nubes cambiar de forma y adoptar la silueta de una calavera mientras un buitre cruza el cielo y se posa sobre una higuera seca. No negaré que también nos gusta el melodrama, a los químicos.

Pero lo cierto es que hablar de las especies reactivas del oxígeno viene a ser algo así como mentar el cianuro o el arsénico: cuanto más lejos mejor. Y no es para menos. Estas moléculas, estas «sutiles variaciones del oxígeno», como las hemos definido anteriormente, son increíblemente tóxicas. No deja pues de ser contradictorio que nuestro organismo las produzca constantemente.

En la sangre, en el tejido neuronal, en cada una de nuestras células, nuestro cuerpo está generando compuestos tóxicos para sí mismo non-stop, sin pausa, y mediante mecanismos la mar de variados. Radicales y peróxidos son producidos en cadena, de forma frenética en ocasiones, por nosotros mismos. En resumen, nuestro organismo nos intoxica sin parar: lo natural es que nos envenene.

LA QUÍMICA DE LO NATURAL

Lo químico, por lo general, suele estar relacionado en el imaginario colectivo con lo artificial y, por definición, ser contrario a lo natural. Química y naturaleza son por lo tanto elementos opuestos y, como tales, se les suelen atribuir cualidades contrarias, aunque bien definidas.

Cualquiera que reflexione un poco sobre esta afirmación se puede dar cuenta de que no tiene demasiado sentido. Por un lado, porque la química es una ciencia que abarca todas las sustancias, independientemente de su origen. Da lo mismo si estudiamos la lactosa o la hemoglobina, la gasolina o el grafito, y es indiferente si la sacarosa la produjo una caña de azúcar o un químico sintético en su laboratorio; en tanto en cuanto son moléculas, la química se ocupa de todas ellas por igual.

Por otra parte, la distinción que se hace entre lo natural y lo artificial, y las cualidades que se le atribuyen a cada uno de estos orígenes, poco tienen que ver con la realidad. «Todo aquello natural es intrínsecamente bueno, ecológico, saludable; todo lo artificial, malo, contaminante, insalubre». De oír tal afirmación, probablemente Nerón pondría alguna objeción, conocedor como era de las maravillosas propiedades de las semillas de manzana y melocotón para hacer espacio en palacio; especialmente si se extrae el cianuro que contienen en su interior. Manzanas naturales, ecológicas… y mortales.

¿Quiere eso decir que las manzanas son tóxicas? ¿O que los procesados alimenticios son saludables? Evidentemente, no. La cuestión reside, como decía Paracelso, en la concentración: la dosis hace el veneno.

Esta afirmación, que incluso hoy en día hace que se eleve alguna que otra ceja escéptica, resume el trabajo de este médico suizo que a mediados del siglo XV vio nacer entre sus manos la ciencia toxicológica moderna. Un nacimiento que tuvo mucho que ver con los viajes de Colón y los primeros contactos entre europeos y americanos.

CUÁNTO LE DEBEMOS A LA SÍFILIS

De entre todos los hechos que caracterizaron la llegada del europeo a América, el intercambio de enfermedades adquiere una posición de relevancia. Con cada carabela atracada, una marea de conquistadores, buscavidas, virus y bacterias se desbordaba sobre el americano. Y con cada desatraque, un puñado de nuevas enfermedades emprendía su correspondiente viaje hacia Europa.

De esta forma, con cada ida y venida, una oleada de nuevas bacterias se expandía por cada continente. De Europa a América, pero también de América a Europa.

Como sabemos, las consecuencias del combo conquistador/bacteria sobre el «nuevo» continente fueron devastadoras, un auténtico desastre demográfico y ecológico. Y es que, si los conquistadores eran letales, todavía lo eran más las enfermedades que llevaron consigo.

La indefensión era absoluta por parte de los nativos. Al contacto con una nueva enfermedad a la que ni ellos mismos ni ninguno de sus antepasados se había enfrentado nunca, sus organismos no sabían cómo reaccionar: carecían de una respuesta inmunológica efectiva para esas enfermedades. Las bacterias colonizaban y hacían enfermar a sus nuevos huéspedes sin hallar prácticamente oposición.

De esta forma, consecutivas oleadas de gripe (en 1493), viruela (entre 1519 y 1520) y sarampión (en la década de 1530), nativas del viejo mundo, se llevaron consigo a gran parte de la población americana autóctona. Sin ir más lejos, tan solo veinte años tras la llegada de Colón a San Salvador, la primera de las islas que pisó, la combinación de pólvora y bacterias había diezmado al 90 % de la población del Caribe.

Y lo mismo sucedió en sentido contrario, aunque las consecuencias fueron mucho más modestas. Con su vuelta a la península, los marineros y soldados españoles trajeron consigo la primera enfermedad venérea (o, al menos, la primera que recibió tal nombre). Fue un médico francés el primero en llamarla de esta forma, en honor al modo en que era contraída: a través del «acto del amor». La diosa romana del amor era Venus, y de Venus viene dado el nombre de venérea; aunque en la época fuese más conocida como la dolencia francesa. Hoy se la conoce como sífilis.

Aunque existen vestigios que sugieren que esta enfermedad podría haber existido en Europa ya en tiempos antiguos, fue durante el siglo XVI, tras los viajes de Colón y gracias a las guerras europeas, cuando las nuevas cepas traídas desde América convirtieron este mal en una epidemia.

Tras su vuelta de América, algunos de los soldados españoles que habían contraído la enfermedad en el nuevo mundo se alistaron como mercenarios del ejército del rey francés Carlos VIII, que se encontraba en plena campaña militar en el reino de Nápoles. Fue en el sitio a esta ciudad donde los españoles contagiaron a las prostitutas que seguían al ejército. Ellas, por su parte, se encargaron de distribuir esta enfermedad entre el resto de la tropa y del ejército galo.

En su vuelta a sus respectivos países, tras la derrota de Carlos VIII y su expulsión de Italia, los soldados repartieron la sífilis por toda Europa. No es por tanto demasiado extraño que los franceses la conociesen como la enfermedad napolitana, pero que en el resto del mundo se le diese el nombre de «dolencia francesa».

Hoy en día sabemos que la sífilis es una enfermedad causada por una bacteria, la Treponema pallidum, que se transmite por vía sexual y materno-fetal. En la actualidad es relativamente extraño que la enfermedad evolucione hacia un estado avanzado, incluso sin tratamiento, y llegue a ser mortal; pero no sucedía así con las primeras cepas que llegaron a Europa.

En las epidemias que recorrieron el continente desde 1495 hasta 1546 –momento en que la enfermedad evolucionó hasta tomar una forma parecida a la actual–, su tasa de mortalidad era elevadísima. Y en una Europa que acababa de recuperarse de la peste negra, debido a la que falleció una de cada tres personas, esta pandemia fue recibida como un nuevo castigo divino por sus pecados. Más aún por el modo como se contagiaba y por la nula efectividad de los tratamientos tradicionales (ya saben: sangrías, purgas, caldo de carne asada y sirope de serpiente). No es de extrañar por tanto la cálida acogida que recibía cualquier nuevo remedio, por parcial que fuese la cura que proporcionara.

En este punto es donde aparece de Theophrastus Bombast von Hohenheim (1493-1541), más conocido como Paracelso: un médico suizo con un ego a la altura de su destino. De hecho, el sobrenombre de Paracelso (igual o semejante a Celso, en latín) se lo puso él mismo en alusión al célebre médico romano del siglo I. Se veía a sí mismo como un par entre los grandes mitos clásicos de la medicina. Y la verdad es que, al menos en esto, no se equivocó demasiado.

«Es la dosis la que hace el veneno». Bien, sigamos esta idea, cojamos un veneno y veamos si es capaz de curar la sífilis aplicándolo en pequeñas dosis. El candidato elegido fue el mercurio.

Al igual que nosotros, también Paracelso sabía allá por el siglo XVI que el mercurio es tóxico. Muy tóxico, de hecho. Se trata de un metal líquido a temperatura ambiente, capaz de ser absorbido por la piel y de envenenar la sangre. Cuando es aplicado de forma excesiva, o cuando sus gases son inhalados, causa la caída de los dientes, bronquitis, catarro pulmonar, convulsiones, parálisis o incluso la muerte. Y, aun así, era preferible padecer sus efectos a sufrir la «dolencia francesa».

Aplicado en pequeñas dosis, o siendo vaporizado en cámaras cerradas, el mercurio aliviaba los síntomas de la sífilis e incluso los hacía retroceder ligeramente. De hecho, pese a sus efectos secundarios, este metal se continuó utilizando durante más de cuatro siglos, hasta que Alexander Fleming descubriese el poder bactericida del Penicilium notatum –o del compuesto que generaban estos hongos, la penicilina– y lo aplicase en el tratamiento de esta enfermedad a partir de 1943.

El uso de este metal líquido en el tratamiento de la sífilis le sirvió al médico suizo para establecer el principio casi axiomático de que «todas las sustancias son venenos, no existe ninguna que no lo sea. La dosis diferencia un veneno de un remedio». Principio que continuamos aplicando todos nosotros en nuestro día a día.

El colesterol es necesario para mantener la consistencia de la membrana de las células, pero todos sabemos qué sucede cuando la ingesta de este es excesiva: «poca broma», que diría aquel. La sal común, el cloruro sódico, es imprescindible para equilibrar los electrolitos, pero a partir de cierto momento su consumo debe ser reducido en pro de la adecuada tensión arterial. Y sucede de la misma forma con todos los alimentos, con la fruta, la carne, incluso con el agua –aunque a partir de los seis litros diarios, claro–.

Y del mismo modo sucede con las especies reactivas del oxígeno. Son tóxicas, cierto. Y aun así nuestro cuerpo las produce continuamente, también es cierto.

Las generamos porque las necesitamos, pero si las generamos en exceso, enfermamos. Es más, en ocasiones necesitamos sintetizarlas expresamente mediante tratamientos químicos con el fin de sanar. Porque, si existe una familia de compuestos en que se hace especialmente evidente la poca correlación entre los conceptos saludable, natural, tóxico y artificial, esta la componen las especies reactivas de oxígeno.

El radical hidroxilo, el superóxido, el peróxido de hidrógeno; todos ellos compuestos con nombres que parecen improvisados sobre la marcha, que perfectamente me podría acabar de inventar –¿radical superóxido?, ¿en serio?–. Pero lo cierto es que son moléculas duales, que igual pueden ayudar a curar un cáncer, que a generarlo. Que de la misma forma permiten y estimulan el funcionamiento del cerebro, que lo impiden. Todo ello las hace especialmente fascinantes.

Y como paradigma de molécula dual, la más sutil de las variaciones del oxígeno, la más interesante de sus especies reactivas: el oxígeno singlete.

Dependiendo de dónde se origine, de cómo lo haga y, en definitiva, de las circunstancias que conduzcan a su generación dentro de nuestro organismo, el oxígeno singlete puede dar la salud, o quitarla. Puede actuar sobre los tumores, intoxicándolos y ayudándonos a acelerar de esta forma su eliminación o, por el contrario, puede atacar a nuestro organismo, quemarlo y desgarrar su piel desde el propio interior. Y ambas actitudes son naturales en el oxígeno singlete.

Como molécula que es, como objeto inanimado, no existe bondad ni maldad en él. Al igual que sucede con el dios romano Jano, aquel ser con dos rostros, uno a cada lado de la cabeza, también el oxígeno singlete presenta un comportamiento dual en el que cada una de sus personalidades se opone a la otra.

A través de las próximas páginas vamos a ir desgranando este comportamiento: profundizaremos en su naturaleza, en el modo en que las especies reactivas del oxígeno pueden ser agente sanador y elemento tóxico a la vez, empezando por el oxígeno singlete por ser la más sencilla y, a la vez, sorprendente de estas especies.

Pero antes de conocer su comportamiento, antes de poder comprender sus acciones, debemos conocerlo a él, debemos saber cuál es su historia. Conozcamos, pues, al oxígeno singlete.

ACTIVAR EL OXÍGENO

Hablemos de química. Cuando mencionamos el oxígeno, la molécula de oxígeno, en realidad nos estamos refiriendo a un ente con entidad propia: dos átomos de 16 protones unidos a través de un enlace covalente. O lo que es lo mismo: dos núcleos, 32 electrones.

Pero no corramos demasiado, recordemos primero qué son los átomos, de qué está constituida la materia. Probablemente estas páginas que siguen nos suenen de algo, de cursos anteriores o lecciones olvidadas; pero permítanme pensar en voz alta y reflotar conceptos que con el tiempo se pueden haber vuelto confusos. Vayamos paso por paso y definamos primero cómo son, exactamente, los átomos.

Un átomo no es más que una diminuta concentración de materia, alrededor de la cual «hay», por algún motivo, electrones. Nada más –y nada menos–. En cuanto a su tamaño, es pequeñísimo. Ridículamente pequeño. Tan diminuto que cualquier intento por comprenderlo sobrepasa nuestra capacidad, algo parecido –pero en sentido contrario– a intentar entender la distancia que separa las estrellas entre sí o la cantidad de aviones que se podría comprar Jeff Bezos –el dueño de Amazon– con sus dividendos anuales.

En total, de lado a lado, un átomo no ocupa más que unas pocas décimas de nanómetro, la milmillonésima parte de un metro. En otras palabras, deberíamos juntar medio millón de átomos para llegar a alcanzar el diámetro de un pelo humano.

En cuanto a su estructura, esta concentración de materia que es el átomo se puede dividir en dos componentes fundamentales: el núcleo y los electrones. La parte central, la estática, es la que conocemos como núcleo: una bola pequeña, pesada y con carga positiva. Esta misma carga es de hecho la que actúa sobre su entorno, atrayendo en torno a sí los electrones: inquietos, ligeros y con carga negativa. Cómo se muevan estos o dónde estén concretamente, ahora mismo, es lo de menos.

En función del tamaño del núcleo, de su composición o de la cantidad de electrones que tenga alrededor, por ejemplo, este átomo va a tener unas propiedades u otras y va a dar lugar a distintos elementos (como el carbono, el oxígeno o el hierro), iones (como el cloruro), isótopos (como el 12C o el famoso 14C de las determinaciones de la edad de los restos arqueológicos) y demás fauna química. Es decir, las características particulares del núcleo y de los electrones son las que definirán el comportamiento del átomo: con quién va a reaccionar, cómo lo va a hacer, la facilidad con que dicha reacción se pueda producir, etc.

La cuestión es, en resumen, que aparentemente la estructura de los átomos es bastante sencilla: un núcleo pesado y positivo rodeado de «cargas negativas», los electrones.

Ahora bien, si estudiamos con un poco más de detalle los átomos, podremos ver que estos sistemas en realidad están completamente desproporcionados: el núcleo contiene un 99 % largo de la masa total del átomo, mientras que los electrones de su alrededor prácticamente no pesan nada.

Fig. 2. Aunque habitualmente la concepción del átomo es la de un núcleo alrededor del cual giran electrones, del mismo modo que los planetas orbitan su estrella, la realidad es un poco más compleja. Un átomo está compuesto, efectivamente, por un núcleo y una serie de electrones, pero estos no giran alrededor del primero, sino que se encuentran encerrados en unas zonas denominadas orbitales. La carga positiva del núcleo, causada por sus protones, se encarga a grandes rasgos de atraer a los electrones –con carga negativa– y evitar que estos escapen. Fuente: Elaboración propia.

Por contra, si nos fijamos en el tamaño de cada componente, las proporciones se invierten: mientras que el núcleo es ridículamente pequeño, la zona ocupada por los electrones (los orbitales) es inmensa. Para hacernos una idea, si un átomo tuviese las dimensiones de un campo de fútbol, el espacio que ocupan los electrones sería del tamaño del estadio, mientras que el núcleo tendría el tamaño de un guisante depositado en el centro del terreno de juego. Un átomo es, en su mayor parte, espacio vacío.

A grandes rasgos, es de esta forma como se estructuran los átomos. Pero en la naturaleza pocas veces podemos encontrarlos tal cual los hemos descrito, aislados de su entorno, sino que tienden a interaccionar con este, a agruparse formando construcciones más complejas.

Si ascendemos en la escala jerárquica de la materia, en un escalafón por encima de los átomos encontramos las moléculas, que aparecen al unirse dos o más átomos. Cuando varios de estos se encuentran más o menos cerca, juntando esas nubes electrónicas que llamamos orbitales, enlazándose en una sola unidad, decimos que tenemos una molécula. Si juntamos dos átomos de oxígeno, tenemos oxígeno molecular.

¿Y el hecho de que ahora estos átomos se encuentren unidos cambia algo? ¿Son ahora diferentes en algún sentido? ¿Hemos alterado alguna de sus propiedades? Evidentemente. Es más, la mayoría de las propiedades de los materiales dependen del modo como los átomos se unen en las moléculas que los forman. Atentos.

La materia está constituida de átomos, pequeñas unidades que, en función de cómo se vayan uniendo y de sus propias características, dan lugar a prácticamente todo lo que conocemos. Si un tipo concreto de átomo (pongamos que hablamos del carbono) se une con otros átomos iguales a él de una forma determinada (tetraédrica, ignoren este comentario), obtenemos un material extremadamente duro, como el diamante. Un material tan duro que debemos esforzarnos en caso de que lo queramos rayar. En cambio, si estos mismos átomos se unen de tal otra forma (planos de unidades hexagonales, ignórenme de nuevo), lo que generamos es un material frágil como el grafito. Pero, en cualquier caso, lo importante que reseñar aquí es que ambos materiales están «moldeados» partiendo de la misma «arcilla»: los átomos de carbono.

Es decir, el modo en que se acercan y se unen estos átomos –nanoscópicos– formando una unidad jerárquicamente superior determina las propiedades del material –macroscópico– final.

Pero esta no es una propiedad única del carbono, ni mucho menos. Esta capacidad de generar materiales tan dispares como el diamante o el grafito partiendo de la misma materia prima y modificando solamente el modo en que se unen los átomos sucede con la mayoría de los elementos químicos: con el silicio, con el nitrógeno, con el cobre… Y el oxígeno no es una excepción. La particularidad es que, con este elemento, la propiedad que se ve alterada al modificar el enlace de sus átomos no es la dureza del material, su color o su transparencia, sino su estabilidad.

En el capítulo anterior hemos visto que el oxígeno molecular, ese mismo que roza nuestra piel constantemente, que necesitamos para llevar a cabo algunos de los más fundamentales ciclos bioquímicos, que resulta innocuo bajo mil circunstancias, también puede ser tóxico. Sin añadir un solo átomo de más. En ocasiones, sin tan siquiera añadir un solo electrón. El mismo oxígeno que nos mantiene con vida, «muta» y destruye donde antes creaba.

¿Cómo se puede explicar? ¿Qué es lo que ha cambiado en él para que su comportamiento sea ahora diametralmente opuesto? Lo podemos intuir: el modo en que los átomos de esta molécula se encuentran enlazados.

Imaginemos la siguiente situación: dos átomos de oxígeno se acercan el uno hacia el otro, cada uno con su núcleo pesado, cada uno con sus 16 electrones. Inevitablemente, llega un momento en que las dos nubes electrónicas empiezan a solaparse, los electrones de uno empiezan a interaccionar con los electrones del otro. Y lo más importante, estos mismos electrones van a empezar a sentir la fuerza atractiva del núcleo del otro átomo: positivo que atrae a negativo, negativos que se acercan a positivo.

Tal será la atracción que sentirán los electrones de un átomo por el núcleo que se aproxima que casi llegarán a abandonar su núcleo inicial. Y de hecho en ocasiones podrían llegar a hacerlo. Así –más o menos– es como se forman los dos tipos de iones que existen: un átomo se queda con un electrón de más –y por tanto con carga negativa–, mientras que el otro se queda con un electrón de menos –y en consecuencia cargado positivamente–. Aniones y cationes.

Pero esto nunca llega a suceder en el oxígeno. En este caso la atracción por el núcleo inicial nunca se pierde, de forma que los electrones se quedan confundidos, indecisos, a medio camino entre un núcleo y el otro. Y con la confusión, las nubes electrónicas empiezan a deformarse, a distribuirse alrededor de los dos centros de atracción: ahora los electrones ya no pertenecen a un átomo o al otro, sino a los dos al mismo tiempo. Se ha formado una nueva molécula. Los dos átomos de oxígeno se han enlazado constituyendo ahora una sola entidad: el oxígeno molecular.

Queda un último detalle por comprender. En una molécula, los electrones no se encuentran de cualquier forma ni pueden estar en cualquier lugar. Ni se mueven de forma aleatoria siguiendo su propio criterio, ni cualquier posición está disponible para ellos.

Al contrario, los electrones se encuentran ordenados: clasificados y organizados en orbitales. Resultaría un tanto tedioso detallar el método por el cual se decide en qué orbitales situar a los electrones, tan solo se puede mencionar que los criterios dependen de la distancia del orbital respecto al núcleo, de su forma, de cómo de intensa siente la carga central del átomo, cómo de cerca tiene otros orbitales, etc.

La cuestión es que los electrones se sitúan espontáneamente en aquellos orbitales en que las fuerzas atractivas se maximizan y las repulsivas se minimizan. Dicho de otra forma, los electrones van allí donde más cómodos se sienten. Así sucede en todas las moléculas y así sucede también en el oxígeno.

De esta forma, con cada electrón en su posición ideal, el oxígeno no reacciona fácilmente. Recordemos que reaccionar significa cambiar los electrones de orbitales, sacarlos de su posición inicial y llevarlos a otra distinta. Tal es la idoneidad que ofrece en sus orbitales el oxígeno, que no hay quien mueva a estos electrones para que la molécula pueda reaccionar.

Ahora bien, que sea difícil no significa que sea imposible, solo implica que hemos de poner un poco más de empeño en nuestro propósito. Pero una vez conseguido, la estabilidad que hace casi inerte al oxígeno se extingue. Esa comodidad que sienten los electrones desaparece y se revierte de forma cuasi especular: la incomodidad es absoluta; donde antes el oxígeno era reacio a reaccionar, ahora es la más reactiva de las especies. Sacar uno de estos electrones de su «zona de confort» es lo único que se necesita para tornar tóxico al oxígeno.

Es cierto que, en ocasiones, este electrón puede volver a su orbital de origen en vez de hacer que la molécula reaccione con su entorno. En tal supuesto, nada habrá pasado. Las moléculas que rodeen al oxígeno ni se enterarán de lo cerca que han estado del desastre.

Ahora bien, en otras ocasiones, en vez de desactivarse, la molécula de oxígeno puede reaccionar con lo que encuentre más cerca. ¿Que es una molécula de glucosa? Pues adelante con la glucosa. ¿Que no es una molécula, sino un orgánulo de una neurona? Pues a muerte con la neurona entonces.

Y por difícil que sea la transformación, por complicado que sea mover un electrón de la molécula de oxígeno de un orbital a otro, no es imposible. Una pequeña descarga de energía, un compuesto especialmente proclive a mover electrones de sitio, un metal que no está donde debería… En ocasiones, superar la dificultad tan solo demanda dosis extra de azar. Y este azar, en ocasiones, puede dar lugar no solo a la generación de especies reactivas del oxígeno, sino que incluso puede hacer nacer un mito.

EN LA MENTE DE POLIDORI

En el mes de abril de 1815 la isla de Sumbawa se rompió en mil pedazos. En el seno de este pequeño protectorado holandés, dentro del archipiélago que hoy recibe el nombre de Indonesia, el volcán Tambora hizo erupción con una fuerza desconocida desde mil doscientos años antes. Todavía un año después, y a 12.000 kilómetros de distancia, sus efectos seguían sintiéndose: a modo de maldición anticolonial, allá donde llegaba su nube de polvo y cenizas, se alzaban a su paso disturbios y saqueos para conseguir un pan que escaseaba.

Con la erupción del volcán indonesio una nube de cenizas cubrió el cielo de gran parte del planeta durante meses, aislándolo de la luz del sol. Con ello, las temperaturas se precipitaron. El verano de 1816 fue conocido en Europa como «el verano que nunca fue». En Suiza la temperatura cayó 3 ºC de media, reconstruyendo glaciares alpinos ya derretidos; en Gran Bretaña, Francia e Irlanda se secaron las cosechas y estallaron los disturbios; Alemania fue presa de la hambruna y, con ella, de los saqueos en cada una de sus ciudades. En una Europa que todavía se recuperaba de la desolación causada por las guerras napoleónicas, cualquier contratiempo se traducía en escasez y hambre para la población.

Pero habitualmente se da que, por cada gran desgracia, también existe un gran beneficiado, y en este caso la agraciada fue la literatura universal. El «mal tiempo» de aquel verano haría nacer dos de las figuras más características de la mitología moderna.

La misma lluvia ininterrumpida que inundó Suiza aquel 1816, también encerró en una casa de los Alpes a un pequeño grupo de escritores, entre ellos al poeta británico lord Byron y al escritor Percy Bysshe Shelley. Estos, para entretenerse, decidieron retarse a escribir el relato más terrorífico que pudieran concebir. Curiosamente, ninguno de estos dos escritores románticos acabaría su historia. Serían dos de sus acompañantes, con unas aptitudes narrativas hasta el momento desconocidas para el gran público, quienes darían con los relatos llamados a perdurar en el tiempo. Ellos eran Mary Wollstonecraft Godwin y el propio médico de lord Byron, John Polidori.

El resto de la historia es conocida. Mary Godwin se inspiraría en la figura de los italianos Volta y Galvani, famosos por la aplicación de la electricidad a seres vivos, para crear al Dr. Frankenstein y su «hijo» a pedazos. Y no es de extrañar: en la época era muy común entre la gente adinerada asistir a veladas científicas. Aunque más que veladas, se parecían más a espectáculos teatrales. En ellas, un filósofo de lo natural –un científico, que diríamos ahora– realizaba experimentos especialmente llamativos o curiosos a modo de entretenimiento para la clase alta. Y entre las demostraciones más llamativas, las que tenían la electricidad como protagonista gozaban de una particular popularidad –ya saben, electrocutar ranas, generar rayos dentro de un edificio, etc.–. Todo ello se condensaría en la figura del Dr. Frankenstein.

El libro de la británica saldría publicado en 1818 bajo autoría anónima y de nuevo en 1822, esta vez con la firma de la autora usando su apellido de casada: Mary Shelley.

Por su parte, la creación del doctor Polidori no es menos conocida, aunque su personaje solo alcanzaría la fama tras la novela de Bram Stoker:

Su cara era fuerte, muy fuerte, aguileña, con un puente muy marcado sobre la fina nariz y las ventanas de ella peculiarmente arqueadas y el pelo gris que le crecía escasamente alrededor de las sienes, pero profusamente en otras partes. Sus cejas eran muy espesas, casi se encontraban en el entrecejo, y con un pelo tan abundante que parecía encresparse por su misma profusión. La boca […] era fina y tenía una apariencia más bien cruel, con unos dientes blancos peculiarmente agudos; estos sobresalían sobre los labios. […] La tez era de una palidez extraordinaria. […] No pude evitar notar que sus manos eran bastante toscas, anchas y con dedos rechonchos. Cosa rara, tenían pelos en el centro de la palma.

De esta forma es como el personaje ideado por Polidori es descrito por Stoker en su novela de 1897 y pese a que algunos de sus rasgos no hayan perdurado hasta nuestros días, sí que lo ha hecho la imagen general. En su libro, Polidori le dio el nombre de «vampiro»; Stoker, en el suyo, el de Drácula.

Los vampiros. Sobran descripciones. Todos compartimos la imagen del hombre de tez pálida mil veces retratada en el cine, bien sea a través de los ojos de Coppola, en la parodia que encarnó Leslie Nielsen, en la versión adolescente de Crepúsculo o en la miniserie británica de Netflix. Pero ¿cuánto de real hay en este personaje? ¿Hasta qué punto su descripción es pura ficción y hasta qué punto está basada en la realidad?

Ahora bien, ¿cuál es la inspiración de Polidori? ¿Tomó algún elemento real como referencia para construir su personaje, del mismo modo que hizo Mary Godwin?

Lo cierto es que la idea del vampiro es casi tan antigua como la necesidad del ser humano de crear mitos. La mayoría de las culturas han tenido alguna figura similar: Persia, Babilonia, China, Egipto, India, Grecia, Roma e incluso las culturas americanas. Pero el mito moderno que todos conocemos, ese vampiro de tez pálida que inspiraría a Polidori y que se encargaría de desarrollar Stoker, está basado en el folclore de Europa central y del este del siglo XVII.

Un cadáver reanimado, que necesita absorber la sangre de los seres vivos para asegurar su propia supervivencia. Un ser que vive de noche, oculto de la luz del sol que lo podría matar. Un ser pálido, de dientes largos, sanguinolentos, afilados; con pelo en las palmas de las manos y uñas afiladas; frágil en su constitución.

Durante el siglo XVII, a lo largo del territorio húngaro, de Polonia, de Serbia y del sur de Rusia, se multiplicaron los sucesos que tenían como protagonista a un ser que respondía a esta descripción. Un muerto revivido, aseguraban los testigos, un ser dependiente de la sangre. Los casos de vampirismo eran la realidad cotidiana en la Silesia de 1600.

Lo interesante es que, por fantasiosa que parezca, esta descripción tiene más de real de lo que podríamos pensar. De igual modo que hiciese Mary Godwin tomando los experimentos con electricidad de Volta y Galvani y el concepto del científico moderno como base para crear a su Dr. Frankenstein, también el mito de Drácula tiene sus raíces en la realidad; aunque en este caso la referencia no es tanto un personaje como una enfermedad.

Una enfermedad muy extraña, de hecho, pero cuyos síntomas se corresponden con la mayoría de los rasgos clásicos de los vampiros –bueno, se corresponde con la mayoría a excepción de lo del cadáver reanimado, claro. Por suerte eso sí que es pura imaginación–. Una patología estrechamente relacionada con el oxígeno y la herramienta que tiene nuestro organismo para transportarlo por la sangre: la hemoglobina. Porque, cuando se pierde la capacidad de transportar el oxígeno, este se vuelve contra nosotros.

TRANSPORTADORES DE OXÍGENO

Necesitamos respirar. Y necesitamos respirar porque necesitamos el oxígeno. Con cada inspiración, nuestra sangre se llena de él. Con cada exhalación, se vacía de dióxido de carbono. Nada nuevo bajo el sol.

Al inhalar, hinchamos los pulmones, los alvéolos se dilatan y exponen los capilares que los recubren. A través de ellos, las moléculas de oxígeno entran en nuestro organismo. Una vez en la sangre, el oxígeno es redistribuido por todas nuestras células, desde las neuronales a las musculares, quienes lo consumirán para «quemar» –oxidar– los nutrientes y así obtener la energía que almacenan en sus enlaces.

Pero el oxígeno no viaja a través de la sangre de cualquier forma. Al contrario, esta molécula dispone de un medio de transporte específico para ella misma, un tipo de célula cuya única misión es asegurar que el oxígeno llegue a su destino. Son los conocidos como glóbulos rojos, unas pequeñas células achatadas que le confieren a la sangre su característico color.

Los glóbulos rojos son uno de los tres tipos de células que componen la sangre, junto con los glóbulos blancos –que forman parte del sistema de defensa o inmunológico, aquel que nos protege de las enfermedades y los patógenos– y las plaquetas –claves en el proceso de coagulación–.

Como se puede deducir, la importancia de cada uno de estos tipos de células en el funcionamiento de nuestro organismo hace que cualquier defecto que presenten se traduzca en una enfermedad.

Por ejemplo, en el caso de que un paciente tenga un problema con los glóbulos blancos, este será mucho más vulnerable a cualquier patógeno externo: sin estas células, un virus –o una bacteria, un hongo, un parásito– puede campar a sus anchas por nuestro organismo sin que nada se lo impida. Vía libre. De esta forma, enfermedades a las que en un principio podríamos hacer frente con cierta facilidad y que nunca deberían llegar a suponer un problema, como un resfriado, se pueden convertir en graves problemas de salud.

Este es el caso de los pacientes de VIH, por ejemplo. El virus de inmunodeficiencia humana, causante del sida, ataca a un tipo de glóbulo blanco en particular, el conocido como linfocito CD4+. En el momento en que demasiados de estos linfocitos son destruidos, nuestro sistema inmune deja de poder hacer frente a las infecciones. Por tanto, el VIH no es una enfermedad mortal por sí misma, pero nos debilita en tal grado que somos más vulnerables al resto de patógenos.

Algo similar sucede con los glóbulos rojos. Al igual que un defecto en los glóbulos blancos deriva en problemas de salud, una imperfección de las células transportadoras de oxígeno también tiene sus implicaciones sobre el bienestar del paciente, aunque tal vez no sean las que a priori podríamos imaginar.

Los glóbulos rojos no son un tipo de célula al uso. No disponen de núcleo donde guardar su ADN, ni de mitocondrias con las que respirar. Más bien funcionan como contenedores, como extraños depósitos que arrastran su forma achatada a través de la sangre, sumergidos en el plasma.

Fig. 3. Representación de los principales tipos de células que forman parte de la sangre: los glóbulos rojos, los blancos y las plaquetas. El cuarto componente es el plasma, la parte líquida en que se desplazan estas células y que además contiene un gran número de sales minerales y proteínas, como la albúmina, los factores de coagulación y las inmunoglobulinas. Fuente: Elaboración propia.

Pero como suele suceder, lo interesante no es el continente, sino el contenido; lo importante aquí es lo que guardan en su interior.

Es dentro de los glóbulos rojos donde reside la gran protagonista de esta historia, el lugar donde podemos encontrar, encerrada, a la verdadera responsable del transporte del oxígeno, una proteína colosal tanto en tamaño como en importancia. Su nombre, hemoglobina. Seguro que les suena. Se trata de una molécula enorme, miles de veces más grande que el propio oxígeno, cuya tonalidad es la que da nombre y color a los glóbulos rojos y, por extensión, a la sangre.

Pero más que encerrada, sería más preciso decir que está hacinada. Si secásemos un glóbulo rojo, el 96 % de su peso sería hemoglobina: la cantidad de oxígeno que nos permite transportar es bastante elevada.

Porque esa es su misión. El objetivo vital de la hemoglobina es tomar el oxígeno en los pulmones y redistribuirlo por el resto del cuerpo.

La hemoglobina viaja con la sangre hasta los pulmones, a través del corazón, las venas, los capilares que se estrechan; llega a los bronquios, a los bronquiolos y, finalmente, en los alvéolos toma el oxígeno del aire que hemos inhalado. Y vuelta al organismo. Pasa de los alvéolos a los bronquiolos, y de ellos a los bronquios. Los capilares se ensanchan y se convierten en arterias, cada vez más grandes, cada vez con un mayor caudal; hasta llegar al corazón. Diástole y sístole. Con un nuevo impulso, la hemoglobina –siempre dentro de los glóbulos rojos– sale del corazón y recorre el cuerpo. Pasa junto a una célula falta de oxígeno. Donde esté. Llega, se lo cede, y vuelta a empezar. Vena, corazón, pulmón, arteria, corazón; y una vez más. Y todavía otra más. Este es el ciclo de la hemoglobina.

Pero volvamos al terreno de la química. ¿Por qué es capaz esta proteína de capturar el oxígeno?

Si nos fijamos en su estructura, podremos observar que la hemoglobina es, como la mayor parte de las proteínas, una estructura bastante compleja; una maraña de rizos formada por la unión de miles de unidades más pequeñas.

De toda esta estructura, el oxígeno tan solo interacciona con la proteína a través de cuatro puntos clave, cuatro zonas especialmente dispuestas a atraparlo; cuatro cavidades, en definitiva, con una forma y una actividad particularmente idóneas para capturar la pequeña molécula objetivo. Al conjunto de átomos que se organizan en estas cavidades para atrapar el oxígeno se les conoce como «grupos hemo» –de estos le viene el nombre a la hemoglobina–. Es este conjunto de átomos, en definitiva, el que captura el oxígeno en la hemoglobina.


Fig. 4. Los glóbulos rojos son un tipo de célula sanguínea encargada del transporte del oxígeno. Esta misión la pueden llevar a cabo gracias a la proteína que contienen: la hemoglobina. En el interior de esta, cuatro zonas conocidas como «grupos hemo» son capaces de capturar el oxígeno y de esta forma transportarlo a través del organismo. Fuente: Elaboración propia.

La estructura del «grupo hemo», tal y como está representada en la figura 5, no parece demasiado compleja: un anillo que, a través de unos nitrógenos que funcionan como anclas, mantiene fijo un átomo de hierro. Este metal, por su parte, es el punto de enganche del oxígeno. Hete aquí el centro activo de la hemoglobina.


Fig. 5. El «grupo hemo» es el responsable de que el oxígeno se pueda unir a la hemoglobina. Este consiste en un anillo llamado «de porfirina» que a su vez mantiene fijo un átomo de hierro en su centro. Es este átomo metálico el responsable de «enganchar» la molécula de oxígeno. Fuente: Elaboración propia.

Esta explicación, que puede parecer más próxima a un ejercicio intelectual o a una clase de bioquímica que a nuestro día a día, en realidad nos permite aproximarnos a la motivación que esconden viejos consejos. Hagamos un paréntesis y veamos por qué es tan importante que una proteína interactúe específicamente con su molécula objetivo, y solo con su molécula objetivo. Entender la hemoglobina sirve para explicar, entre otras cosas, precauciones cotidianas.

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