Kitabı oxu: «Desafío al pasado - La niñera y el magnate»
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© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 413 - diciembre 2020
© 2008 Amanda Browning
Desafío al pasado
Título original: The Billionaire’s Defiant Wife
© 2008 Christina Hollis
La niñera y el magnate
Título original: The Ruthless Italian’s Inexperienced Wife
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-160-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Desafío al pasado
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
La niñera y el magnate
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
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Desafío al pasado

Capítulo 1
A veces el mundo podía cambiar en un instante. Todo iba como uno lo había planeado y, de pronto, se convertía en un lugar casi irreconocible. Eso fue lo que le ocurrió a Aimi Carteret aquella calurosa tarde de verano, por segunda vez en su vida.
Justo antes de que se produjera ese segundo cataclismo, estaba sentada a la mesa en el comedor de Michael y Simone Berkeley, disfrutando de la conversación. A su lado estaba el hijo de ambos, Nick, un hombre cálido y amable y reputado cirujano, como su padre y su abuelo. Enfrente estaban la hermana de Nick, Paula, y su esposo, James Carmichael.
Seis meses antes Nick había contratado a Aimi para que organizase su caótica vida. Además de operar, daba conferencias, aparecía como invitado en todo tipo de eventos mediáticos y había empezado a recopilar la historia de su familia. Ella trabajaba en el despacho de casa de Nick, pero no vivía allí. Nunca permitía que su trabajo y su vida privada se mezclaran.
Apenas salía, por elección. Su vida había cambiado dramáticamente nueve años antes y había dejado atrás el torbellino social de aquella época. El remordimiento había conferido sobriedad a la adolescente rebelde, que se había jurado convertirse en una persona de quien pudiera sentirse orgullosa.
Se había entregado por completo a estudiar Historia en la universidad. Al no conseguir un trabajo relacionado con su especialidad, se había convertido en secretaria ejecutiva y trabajaba para una agencia de empleo temporal desde entonces. Trabajar para Nick le había permitido utilizar su base histórica para ayudarlo en su investigación. Por fin había encontrado un nicho profesional que la satisfacía.
Si sus antiguos amigos la hubieran visto, no la habrían reconocido. Ya no utilizaba maquillaje, llevaba la melena rubia recogida en la nuca y prefería los trajes ejecutivos y la ropa casual a los últimos gritos de la moda.
En la universidad incluso había utilizado gafas, que no necesitaba, para mantener a los chicos a distancia. Estaba allí para estudiar. Sus tiempos de juego habían llegado a su fin tras una tragedia que nunca olvidaría. Quería ser invisible y que la dejaran en paz.
Le resultaba extraño recordar cuánto había flirteado con el sexo opuesto en otros tiempos. Había heredado la belleza de su madre, Marsha Delmont, actriz, y no tenía problemas para atraer a los hombres. Había disfrutado con su compañía, pero nunca había tenido una relación seria. Su vida se centraba en pasarlo bien, pero después de lo ocurrido en Austria, eso había terminado. Desde entonces se había esforzado por demostrar su valía.
Su vida era tal y como la quería. Estaba allí en su función de ayudante de Nick, pero sus padres la habían recibido en la casa de campo como a una amiga. El plan era que examinara los libros y documentos de la biblioteca en busca de material para el libro que pretendía escribir Nick. Pero toda la familia de Nick iba a reunirse para celebrar una barbacoa al día siguiente y él había insistido en que se uniera a la fiesta.
Sentada a la mesa, escuchando las conversaciones, se alegraba de haber ido. Así se relacionaba la gente normal, y a Aimi le sirvió para despreciar aún más la época en la que había creído que ir de compras y a fiestas glamorosas en las que el alcohol fluía como agua y todo eran risas y música, era la única forma de vivir. Esa Aimi se habría aburrido mortalmente allí; la Aimi del presente lamentaba no haber madurado antes. Pero lo había hecho tarde y no había vuelta atrás.
Justo antes de que su mundo volviera a tambalearse sobre su eje, todos reían por algo que había dicho Paula. A Aimi se le saltaban las lágrimas de la risa. Estaba secándose los ojos con la servilleta cuando sonó el timbre.
–¿Quién podrá ser? –preguntó Simone Berkeley, mirando a la congregación.
–¿Esperas a alguien, mamá? –preguntó Paula. Su madre negó con la cabeza.
Un momento después oyeron pasos y todos alzaron la vista, expectantes. La puerta se abrió y entró un hombre moreno y sonriente.
–¡Espero que me hayáis dejado algo, tragones! –exclamó risueño. Se oyeron grititos deleitados.
–¡Jonas!
Toda la familia se puso en pie. Aimi giró en el asiento para ver al recién llegado. Por supuesto, había oído hablar de Jonas Berkeley, el primogénito, un empresario de éxito que vivía como la jet-set, viajando por todo el mundo. Su nombre aparecía con frecuencia en los periódicos, a veces por sus negocios, pero más a menudo por su última conquista femenina. Nadie había esperado que pudiera asistir a la reunión familiar; de ahí el entusiasmo generalizado.
Ella se sorprendió por su inesperada reacción al verlo. En cuanto puso los ojos en él, algo se removió en su interior. Todos sus sentidos se pusieron en alerta, como si reconocieran y respondieran a algo que había en él. Su risa mientras saludaba a todos le provocó escalofríos y el brillo de sus ojos azules la dejó sin aire.
A pesar de su alocada juventud, Aimi no había sentido una reacción física tan desmedida en sus veintisiete años de vida. Notó la sangre fluir desbocada por sus venas y su sonrisa se apagó. Fue entonces cuando Jonas Berkeley la miró y sus ojos se encontraron.
Captó el momento en que él se quedó paralizado. Algo elemental surcó el aire entre ellos, deteniéndose cuando su hermana reclamó su atención, pero no antes de que Aimi viera el brillo depredador de sus ojos. Atónita e incrédula, Aimi se dio la vuelta, apretándose el estómago con una mano.
Ella se preguntó qué había ocurrido, aunque lo sabía muy bien. Acababa de experimentar la dentellada de una intensa atracción sexual y todo su cuerpo se estremecía en consecuencia. Era lo último que había esperado, porque se había esforzado mucho para controlar la parte extrovertida y atractiva de su naturaleza y convertirse en la antítesis de lo que había sido. Había eliminado las relaciones románticas de su vida; ningún hombre había roto su control.
Hasta ese momento. Sin una palabra, él había atravesado sus defensas, haciéndole sentir cosas que no deseaba. No sabía por qué había ocurrido, sólo que debía reparar rápidamente el daño. Se ordenó serenidad y respiró lentamente hasta recuperar el control y poder aparentar calma externa.
Sintió una mano en el brazo y dio un bote. Era Nick.
–Ven a saludar a mi hermano, estoy deseando que te conozca –la invitó Nick. El corazón de Aimi se aceleró al pensar en mirar esos asombrosos ojos de nuevo. Pero quería comprobar que no había imaginado lo ocurrido, así que sonrió y se puso en pie.
Mientras iba hacia Jonas Berkeley, rodeado por su familia, tuvo la sensación de que iniciaba un camino predestinado. La voz de la cautela le murmuró «No vayas», pero siguió adelante. Alzó los ojos hacia los de él y, de nuevo, el aire pareció cargarse y espesarse.
–Aimi, este impresionante tipo es mi hermano Jonas –dijo Nick, sin notar la extraña corriente–. Alto, guapo y asquerosamente rico, también es un poco donjuán, te lo advierto. Esta joven es mi indispensable ayudante, Aimi.
–Hola, indispensable Aimi de Nick –la sonrisa directa de Jonas mostró sus relucientes dientes blancos mientras le ofrecía la mano–. Encantado de conocerte –dijo con voz de timbre bajo y seductor.
Aimi gimió para sí, nerviosa al saber que seguía afectándola la fuerza del carisma de ese hombre, a pesar de haber vuelto a alzar sus defensas. Rezumaba seguridad masculina y atractivo sexual. Titubeó un segundo antes de aceptar su mano y, cuando sintió sus dedos, supo por qué. El contacto creó una oleada de escalofríos que recorrieron su sistema, erizándole el vello.
–Yo también estoy encantada de conocerte –contestó con cortesía, alegrándose de que su voz sonara normal. Liberó su mano y apretó los dedos contra la palma–. Nick habla de ti a menudo –dijo. Era cierto, aunque nunca había mencionado lo carismático que era su hermano. Probablemente porque él no lo veía así. Serían las mujeres las que captaban eso en él. ¡Algo que ella habría preferido no percibir! Aunque podía admirar el físico de un hombre, intentaba que nunca la afectase. Sin embargo ese día algo iba mal y no le gustaba nada.
–Ah, por eso me han pitado tanto los oídos últimamente –bromeó Jonas con una sonrisa traviesa–. ¿Cuánto tiempo hace que trabajas para Nick? –preguntó, mirando su falda gris y recta, y la blusa blanca que lucía, a pesar del calor.
–Seis meses, más o menos –dijo Nick, sonriendo a Aimi–. ¡Todo el mundo debería tener una ayudante tan maravillosa como ella!
–¿Ah, sí? –su hermano miró de uno a otro–. ¿Detecto algo más que una relación de trabajo? –preguntó. Aimi intuyó que quería saber hasta qué punto estaba Nick interesado por ella.
–¡Cielos, no! –Nick se rió y sacudió la cabeza–. ¡Nada de eso! Ella ha puesto orden en el caos de mi vida. ¿Verdad, Aimi?
–Hago lo que puedo –aceptó Aimi, incómoda, preguntándose si Nick era consciente de que acababa de decirle a su hermano que no estaba vedada. Por la ironía que veía en los ojos de Jonas, él sí se había percatado, y sabía que Aimi también.
–¿A qué se debe que te hayas decidido a venir este fin de semana? ¿Te ha dejado alguna mujer? –preguntó Nick con precisión de cirujano. Aimi tuvo que contener una sonrisa.
–Tan delicado como siempre, Nick –Jonas sonrió a Aimi–. Sí, inesperadamente, me encontré con un fin de semana libre. ¡Pero creo que no será tan decepcionante como había pensado!
Consciente de lo que estaba sugiriendo, Aimi alzó las cejas. Aunque ya no jugara, no había olvidado las reglas del juego.
–¡Seguro que sí lo será! –afirmó ella.
–¿Eso crees? –él ladeó la cabeza–. Suelo encontrar algo con lo que divertirme.
–¡Típico de Jonas! –rezongó Nick– ¿No crees que ya es hora de madurar? Tienes treinta y cuatro años. Deberías de estar pensando en asentarte y formar una familia.
–Eso te lo dejo a ti. Yo soy feliz con mi vida.
–Yo por lo menos busco a alguien. Tú sólo vas con bellezas de cabeza hueca. ¿Qué diablos ves en ellas? ¡Ni siquiera pueden entablar una conversación inteligente! –insistió Nick.
–¡Avergüénzate, Nick! –interrumpió su hermana–. Jonas puede salir con el tipo de mujer que prefiera. El que quiera probar a toda la población femenina no implica que no vaya a asentarse eventualmente. Lo hará cuando esté listo.
–Gracias por hacerme quedar como un donjuán sin corazón, Paula –Jonas suspiró ante la crítica de la persona que le era más querida y cercana.
–Claro que tienes corazón, pero eres un donjuán –Paula besó su mejilla–. Te quiero, Jonas, pero debes admitir que tu actitud hacia las mujeres es deplorable. ¡Necesitarías enamorarte de una mujer que no te quiera, para variar!
–¡Ésa es mi chica! –exclamó Jonas, seco–. No esperaría menos de quien intervino en una pelea para rescatar a su hermanito pequeño.
–¡Oh, sí, me rescató! –dijo Nick con pesar–. ¡Y después me pegó por meterme en la pelea!
Todos se rieron con eso. Aimi se alegró de haber dejado de ser el centro de atención.
–Vamos. Sentémonos antes de que se enfríe la cena –ordenó Simone Berkeley–. Jonas, siéntate junto a Paula. Quiero saber qué has hecho últimamente.
Poco después, había un cubierto y un plato de comida listos para él. Aimi descubrió, para su disgusto, que Jonas estaba frente a ella. Era imposible no verlo cuando alzaba la cabeza. Incluso sin levantarla, lo percibía. Su presencia en la habitación era como una corriente de energía. Era imposible ignorarlo. Por suerte, él charlaba con su madre y pudo estudiarlo con libertad.
Tenía el pelo negro y la mandíbula fuerte, pero sus labios sugerían sensualidad. Se preguntó cómo sería sentirlos y sintió un delicioso escalofrío. Cerró los ojos e inspiró profundamente. Tenía que controlarse, lo antes posible. Se enorgullecía de su templanza y la necesitaba. No podía permitir que Jonas notase cuánto la afectaba.
Por lo que acababa de oír y ver, era obvio que el hombre no necesitaba que lo animasen a la hora de atraer polillas a su luz. Pero iba a descubrir que cierta polilla era invulnerable. Aunque tuviera reputación de derretir a las mujeres, no lo conseguiría con ella. Aimi no estaba disponible.
Abrió los ojos tras recuperar su fuerza. No era una mujer débil, a merced de sus sentidos, era fuerte. Estaba concentrada en la deliciosa comida de su plato cuando se le erizó el cabello de la nuca. Alzó la vista y comprobó que Jonas la observaba con mirada provocativa.
Sus ojos se encontraron un momento, antes de que Jonas sonriera y desviase la mirada. Pero fue suficiente para que a ella se le acelerase el pulso. Se dijo que era por irritación, aunque una vocecita le decía lo contrario. Ese hombre no era ningún tonto y había percibido su reacción inicial al verlo. Aimi no permitiría que volviera a ocurrir.
Alzó la cabeza y volvió a interesarse en la conversación general, como antes de la llegada de Jonas. Lo miró una o dos veces y captó una mirada divertida en sus ojos, pero alertada, no reaccionó. Por fin, tras la hora más extraña que Aimi recordaba haber pasado ante una mesa, la cena concluyó.
–Tomemos el café en la terraza –sugirió Simone–. Puede que sople algo de aire fresco. Hace un calor agobiante.
Estaban sufriendo una ola de calor que no parecía dispuesta a terminar. Todos salieron. Simplemente ver el jardín y el lago ornamental resultaba refrescante.
–Debes alegrarte de no estar en la ciudad este fin de semana, Aimi –comentó Michael Berkeley, repartiendo los cafés que servía su esposa.
–¡Oh, sí! –Aimi aceptó su taza–. Mi piso tiene aire acondicionado, pero en noches como ésta no sirve de nada. Y trabajar en su despacho será mejor que hacerlo en un archivo polvoriento.
–Pensé que eras la ayudante de mi hermano. ¿Estás pluriempleada como archivista?
La pregunta era de Jonas y Aimi tomó aire antes de volverse hacia él. Había cambiado de apariencia desde la cena. Sin chaqueta y corbata, y con la camisa arremangada, tenía un aspecto muy distinto. Daba una impresión mucho más viril y sexy.
No la sorprendió sentir que se le secaba la boca. Por suerte, había tomado un sorbo de café para mojarse los labios antes de contestar.
–No estoy pluriempleada. Ayudo a Nick con la investigación para su libro sobre la familia.
–¿Nick? No parece un trato muy profesional –la pinchó Jonas. Aimi sonrió.
–Puede que usted sea un jefe que insiste en el trato formal, señor Berkeley, pero su hermano prefiere un trato más amigable –le contestó con desparpajo.
–Llámame Jonas. Aquí nunca insisto en las formalidades –declaró él. Aimi comprendió que no se había hecho ningún favor. Tendría que tutearlo o quedaría como una tonta–. Así que también eres investigadora.
–Y se le da muy bien –alabó Nick–. Lógico, considerando que se licenció en Historia con matrícula de honor.
Jonas inclinó la cabeza hacia Aimi, con un gesto que demostró que estaba impresionado.
––Una mujer de muchos talentos. No me extraña que Nick te contratara. Si la historia es tu gran amor, ¿por qué no trabajas en uno de los museos o instituciones relacionados con eso?
–Por desgracia, esos trabajos no son fáciles de encontrar y, como estoy acostumbrada a comer tres veces al día, tuve que buscar alternativas –contestó ella.
–Una gran pérdida para la historia y una gran suerte para mi hermano –replicó Jonas–. Y para nosotros, por supuesto. O no habríamos contado con el placer de tu compañía este fin de semana.
–Me temo que no me veréis mucho. Estoy aquí para trabajar –apuntó Aimi, risueña.
–Nick no puede pretender que trabajes mientras los demás nos divertimos –se sorprendió Jonas. Miró a su hermano con desaprobación.
–Claro que no. Aimi sabe perfectamente que espero que ella también se relaje –replicó Nick rápidamente. Ella contuvo un suspiro exasperado.
–Me ocuparé de que lo haga –los ojos de Jonas chispearon.
–No te molestes –rechazó ella con cortesía. Le costó mantener la expresión de serenidad.
–No será ninguna molestia. Será un placer.
Ella supo que no podía protestar más, pero se aseguraría de evitarlo en la medida de lo posible. Captó su mirada divertida y se sintió en la obligación de decir algo.
–¿A qué te dedicas, Jonas? –preguntó–. ¿O ya has ganado tanto dinero que no necesitas trabajar? –añadió, refiriéndose al comentario de Nick al presentarlos.
–Compro empresas con problemas e intento sanearlas –contestó él, divertido.
–¿Y si no lo consigues?
Jonas esbozó una sonrisa que iluminó su rostro y dejó a Aimi sin aliento.
–Entonces las divido en partes susceptibles de ser vendidas a otras empresas.
–Obteniendo grandes beneficios, claro –añadió Nick–. Ya te dije que era asquerosamente rico.
–Hacer dinero es una cosa pero, ¿y la gente? –inquirió Aimi, viendo el fallo–. ¿Los empleados? ¿Qué pasa con ellos si el saneamiento fracasa?
Jonas no pareció molestarse porque le pidiera que justificase sus acciones.
–Continúan en la empresa siempre que es posible. El objetivo es darle la vuelta a la empresa, convertir la mala gestión en buena. Si va bien, todo el mundo gana. Si es necesario dividir, hacemos lo posible por buscar empleo a todo el personal dentro de nuestro grupo. ¿Eso merece tu aprobación, Aimi? –preguntó con sorna.
–Por supuesto –Aimi asintió con una mueca–. Si he sonado crítica es porque, en tu línea de trabajo, muchos no tienen conciencia –añadió con calma–. Te pido disculpas si he sido grosera.
–No hace falta –curvó los labios y sus ojos chispearon–. Te has limitado a decir lo que muchos otros piensan. Sin embargo, me alegra saber que hay algo de mí que te parece atractivo.
Eso la llevó a mirarlo y entreabrir los labios con sorpresa. Ese reto tan directo, ante toda su familia, la desequilibró; al igual que la diversión que brillaba en sus ojos azules. Aimi no solía acobardarse. Tomó aire y se humedeció los labios. Notó que sus ojos seguían el movimiento de su lengua, ya no irónicos, sino ardientes. En cuanto él se dio cuenta de que lo había visto, sonrió, y ella supo que estaba jugando con ella.
–¿Andas a la busca de cumplidos, Jonas? –lo pinchó, burlona. Se oyeron risas a su alrededor.
–Yo diría que sí –intervino James Carmichael–. ¡Siempre tiene que haber una primera vez!
Todo el mundo empezó a burlarse de él, que se lo tomó con filosofía, una actitud que a ella sí le pareció muy atractiva. Siempre le habían gustado los hombres con sentido del humor y capaces de reírse de sí mismos. Pero eso no cambiaba nada, no estaba interesada en sus juegos. Se recostó en el asiento, distanciándose de las bromas, que siguieron hasta que Jonas cambió de tema.
–¿Cuánta gente vendrá a la barbacoa? –le preguntó a su madre. No oyó la respuesta, pero aprovechó para reorganizar sus pensamientos.
Aimi se daba cuenta de que estaba peligrosamente cerca de enredarse en el maremagno del deseo sexual y eso la inquietaba. Desde que había decidido cambiar de vida ningún hombre había hecho mella en su radar. Al principio había estado demasiado afectada por lo ocurrido para sentir, pero después había apagado ese radar a propósito. No quería sentirse atraída por nadie ni encontrar la felicidad en una relación amorosa, porque eso incrementaría su culpabilidad por estar viva. Lo había hecho tan bien que había llegado a creer que sus defensas eran impermeables a todo, hasta momentos después de conocer a Jonas. Él la había llamado en silencio y todo su ser había respondido. La atracción era tan fuerte que tenía el vello erizado.
No quería sentir eso, ser tan consciente de él, pero su cuerpo estaba desobedeciendo sus normas. Sólo podía intentar bloquear la reacción en la medida en que pudiera. Una vez concluyera el fin de semana, la atracción se acabaría.
Volvió a concentrarse en la conversación a tiempo de oír a Paula anunciar que su marido y ella iban a dar una vuelta alrededor del lago y preguntar si alguien quería acompañarlos.
–Me vendría bien un paseo –dijo ella, aprovechando la oportunidad–. ¿Vienes? –le preguntó a Nick.
–Paula me dará la lata si no voy –gruñó él, poniéndose en pie. Su hermana le sacó la lengua.
Aimi se preparó para oír a Jonas declarar que él también se unía y suspiró con alivio cuando no lo hizo. Sintió que la miraba mientras se alejaban.
Hacía más fresco junto al agua. Nick y ella pasearon lado a lado, siguiendo a la otra pareja. En un momento dado, Paula y su marido desaparecieron tras una curva, dejándolos a solas momentáneamente.
–Aquí se está mucho mejor –afirmó Aimi, agradeciendo un respiro del calor y del escrutinio de los intrigantes ojos azules de Jonas.
–Jonas y yo solíamos jugar en el lago de niños. Construimos una balsa y simulábamos ser náufragos. Por supuesto no nos permitieron botarla hasta que supimos nadar, y para entonces Jonas tenía otros intereses –concluyó con retintín.
–¿Qué quieres decir? –preguntó Aimi. Nick puso los ojos en blanco.
–Para entonces él había descubierto a las chicas. Altas, bajas, rubias y morenas. Todas guapas y locas por ese guapo diablo. No ha tenido que luchar por una mujer en toda su vida. ¡Lo miran y caen en sus brazos! Es demasiado fácil. Nunca se asentará. ¿Por qué iba a hacerlo cuando puede tener a cualquier mujer que desee?
Aimi no dudaba que Jonas debía de tener mucho éxito con las mujeres. Se estremeció.
–¡No me extraña que lo llames donjuán!
–No trata mal a las mujeres –rió Nick–. Al contrario, es muy generoso. Pero nunca se entrega personalmente. Es mi hermano y no le deseo ningún mal, pero le vendría bien enamorarse de alguien, para aprender una lección.
–No todo el mundo desea asentarse –aventuró ella, sabiendo que era su caso. Una vez se había imaginado casada y con hijos, pero ese sueño se había esfumado hacía mucho.
Nick se detuvo y se volvió hacia ella.
–Ya lo sé –dijo con frustración–. No se trata de eso. Jonas nació con buena estrella. Todo ha sido fácil para él. Necesita un golpe de realidad; saber que es humano, como el resto de nosotros.
–Quieres decir que necesita sufrir –propuso ella con una leve sonrisa. Nick hizo una mueca que acentuó su parecido con Jonas.
–Suena horrible, ¿verdad? Te aseguro que hará falta alguien muy especial para que ocurra.
–Creo que no deberías estar contándome esto –suspiró Aimi, incómoda. Nick movió la cabeza.
–Al contrario, tú eres quien más necesita saberlo –declaró. Ella lo miró atónita.
–No entiendo por qué –protestó.
–Claro que lo entiendes –Nick chasqueó la lengua, paternal–. Recuerda lo que te he dicho cuando él empiece a presionarte.
–¿Qué quieres decir? –preguntó, curiosa.
–Aimi, eres una belleza rubia de ojos verdes y Jonas no es ciego. Ten cuidado.
Aimi se sintió alarmada porque hubiera captado las intenciones de su hermano y agradecida por la advertencia, aunque fuera innecesaria.
–Tu hermano perderá el tiempo. No tengo intención de ser su entretenimiento de fin de semana. Pero gracias por avisarme.
–No me gustaría que resultaras herida.
–Tranquilo, no pienso relacionarme con él.
–Estoy seguro de que eso mismo dijeron la mayoría de sus conquistas –contrapuso él con una mueca. Aimi se detuvo y lo miró.
–Por favor, no te preocupes por mí; estaré bien. He conocido a hombres como tu hermano y soy inmune a ellos –dijo. Era casi verdad. Jonas sin embargo, era harina de otro costal y la había tomado por sorpresa. Pero no volvería a ocurrir.
Nick escrutó su rostro; lo que vio en él lo convenció de que podía relajarse. Tal vez sí fuera inmune. Tenía unas defensas muy sólidas.
–Entonces, no diré más –aceptó.
Capítulo 2
Más tarde, en su dormitorio, Aimi abrió las ventanas de par en par, pero el calor atrapado en la habitación era casi insoportable. Se quitó los zapatos, retiró las horquillas que sujetaban su moño y una cascada de cabello rubio cayó hasta sus hombros. Le gustaba sentirlo suelto, pero al día siguiente volvería a recogerlo para mantener la imagen que llevaba años cultivando.
En el espejo vio que el cabello ondulado suavizaba sus rasgos y le daba un aspecto joven y atractivo, casi despreocupado. Pero ella ya no era así y no se permitiría volver a serlo. Era parte de la penitencia que se había impuesto.
Fue al cuarto de baño a darse una ducha fresca. Sintiéndose algo mejor, se secó y se puso un camisón de seda que le llegaba hasta el muslo. Apagó la luz y se tumbó sobre la cama. Sin embargo, le resultó imposible dormirse, y no sólo por el calor. A solas en la húmeda oscuridad, rememoró el momento en el que había visto a Jonas por primera vez. Podía visualizar su poder y magnetismo. Sólo pensarlo le provocaba un cosquilleo.
–¡Maldición! –exclamó exasperada, sentándose–. ¡Para, Aimi! –ordenó. Sin embargo, su cerebro se negó a obedecer. Recordó sus miradas y sintió una intensa e incontrolable oleada de calor.
Bajó de la cama y fue a la ventana a respirar aire fresco. Pero los recuerdos eran demasiado poderosos e impactantes. Bajó los párpados y casi sintió la caricia de los ojos azules en sus labios mientras ella se los mojaba con la lengua.
–¡Por Dios santo, Aimi, contrólate! –masculló–. Da igual que el hombre exude atractivo sexual. No puedes permitir que te atraiga hacia su llama. Es un conquistador. Sólo desea un cuerpo en su cama, ¡y no va a ser el tuyo!
Aimi se pasó una mano por el cabello húmedo y suspiró. Hacía un calor horrible. Deseó sentir algo fresco en la piel. Se puso una bata de seda sobre el camisón y bajó las escaleras descalza. Su destino era la enorme y moderna cocina; la alivió descubrir que no había nadie allí. Entró y cerró la puerta. No le hizo falta encender la luz, la luna daba a la habitación un resplandor plateado.
Tardó unos minutos en encontrar lo que buscaba, una servilleta, que llevó a la encimera, junto al frigorífico. Sintió un frío delicioso al abrir la puerta del congelador. Sacó un puñado de cubitos y los envolvió con la servilleta, después cerró el congelador y se sentó ante la mesa, suspirando de placer mientras se pasaba la servilleta por la piel.
Se preguntó cómo no se le había ocurrido la idea antes. Colocó las piernas en otra silla y tarareó una melodía mientras se refrescaba. Estaba a miles de kilómetros de distancia cuando unos súbitos golpecitos en la ventana la sobresaltaron. Volvió la cabeza y, para su sorpresa, vio a Jonas ante la puerta de la cocina que daba al exterior.
–¡Oh, Dios mío! –gimió, imaginándose la imagen que debía presentar, tirada entre dos sillas y sin apenas ropa. Su reacción instintiva fue escapar, pero él señalaba la puerta; era obvio que quería entrar. No tuvo más remedio que dejar la servilleta en la mesa e ir a abrir, sujetándose la bata con una mano.
–Gracias –dijo él en cuanto entró, volvió a echar el cerrojo–. Pensé que iba a tener que dormir en el jardín –añadió.
Se volvió hacia ella y, a la luz de la luna, captó por primera vez su escasez de ropa.
–¡Eso es algo que no veo todos los días! –murmuró seductor. Aimi se ató el cinturón de la bata y cruzó los brazos mientras los ojos azules recorrían su cuerpo. La avergonzaba que la viese así. Cuando volvió a mirar su rostro, sus ojos chispeaban malévolos y una sonrisa sensual curvaba sus labios–. ¿Me estabas esperando? Eso espero, sin duda has captado mi atención –ronroneó como un gato contento.
–¡Típico que pienses algo así! –replicó ella de inmediato. Se sentía incómoda y nerviosa–. Hacía tanto calor que bajé por hielo. No esperaba encontrarme con nadie a estas horas de la noche. ¿Qué hacías afuera?
Jonas se pasó la mano por el cabello, alborotándoselo. Ella tuvo que contener un gemido al comprobar cuánto la atraía.
–Igual que tú, intentaba refrescarme tras una velada más calurosa de lo esperado –contestó él con deje irónico–. Bajé a la piscina cuando os fuisteis de paseo y me quedé dormido. Estaba probando puertas y ventanas para entrar cuando te vi sobre esas dos sillas, semidesnuda.
–Deberías agradecerme que estuviera aquí; en otro caso habrías pasado la noche fuera –dijo ella con firmeza–. Y lo que llevo puesto es perfectamente respetable –añadió, provocando una carcajada de Jonas.
–Oh, te lo agradezco, no lo dudes, y lo que llevas no tiene nada de malo. Te sienta muy bien, ése es el problema. ¿Cómo diablos voy a poder dormir ahora? –se quejó con un brillo seductor y sardónico en los ojos.
–No deberías decirle esas cosas a una empleada de la familia. No es apropiado –le reprochó ella, aunque había pensado exactamente lo mismo que él.
–Deja caer los brazos, Aimi –pidió él, arqueando una ceja con ironía–, y hablaremos de comportamiento apropiado.
Aimi enrojeció, segura de que había visto la reacción de sus pezones antes de ocultarlos. Muda, lo contempló ir hacia la mesa y abrir la servilleta de hielo. Agarró un cubito y se lo pasó por la nuca, volviéndose para mirarla.
–¡Lo que has dicho es una grosería! –exclamó ella, intentando sonar indignada. Él se rió.
–Seguro que mi hermano te ha convencido de que soy un sinvergüenza.
–¡No ha hecho nada de eso! –Aimi defendió a Nick.
–¿En serio? –Jonas la miró con incredulidad–. Recuérdame que le dé las gracias la próxima vez que lo vea –volvió a mirarla de arriba abajo. Se apoyó en la mesa, cruzó los tobillos y sonrió, provocador–. Ese trocito de nada que llevas puesto deja lo justo a la imaginación.
Aimi tomó aire, consciente de que era capaz de manejar la situación, por más que le estuviera costando mantenerse distante. Nick le había advertido con razón. El atractivo de Jonas era muy potente y lo mejor que podía hacer era irse de allí.
–Esta conversación no tiene sentido. Creo que deberíamos irnos a la cama.
–¡Eso sí que es ir al grano! –sus ojos destellaron con malicia.
–No lo decía en ese sentido –corrigió ella, lamentando su elección de palabras.
–¿A pesar de que sea una idea tentadora? –murmuró él. Sus palabras resonaron como truenos en el silencio, recorriéndola de arriba abajo.
–¡Eres un caradura! –protestó débilmente. Jonas soltó una risita seductora.
–Creo que tú deberías irte a la cama, Aimi, antes de que tu necesidad de saber mine tu determinación –aconsejó él.
–¿Qué determinación? –preguntó ella. Decir que estaba afectada sería quedarse muy corta.
–Lo sabes bien –Jonas movió la cabeza y suspiró–. Hablo de tu determinación de no tener nada que ver conmigo. Ésa fue la conclusión a la que llegaste durante el paseo, ¿no?
–Dios, ¡qué arrogancia! Mi determinación de no tener nada que ver con hombres como tú se remonta muchos años atrás, no a esta tarde –declaró ella con desdén.
–¿Hombres como yo? –preguntó él con expresión divertida.
Los ojos de ella se estrecharon mientras lo miraba de arriba abajo, con expresión de ser muy consciente de sus carencias.
–Hombres que creen que pueden conseguir lo que quieren y a quien quieren, sólo con decirlo. Sólo me inspiras desdén –dijo. No era del todo cierto, pero tenía que defenderse.
–En ese caso, ¿por qué tu cuerpo reacciona al verme? –preguntó él con voz suave.
–No reacciona –protestó Aimi.
–Podría demostrarte lo contrario, pero es tarde y estamos cansados. Sugiero que subas a tu habitación. Seguiremos con esta fascinante conversación mañana.
–¡No haremos nada similar! –replicó Aimi.
–Por cierto, me encanta tu pelo así. Deberías llevarlo suelto más a menudo. Resulta muy femenino y sensual –declaró Jonas.
Para Aimi, que la hubiera visto con el pelo suelto era como una invasión de su intimidad. Sintiéndose más vulnerable que en muchos años, decidió que estaba harta y se imponía una retirada digna. Sin embargo, cuando iba hacia la puerta, resbaló en una baldosa húmeda. Agitó los brazos, buscando algo a lo que agarrarse y, de repente, las fuertes manos de Jonas la equilibraron, atrayéndola contra su pecho.
–Tranquila, te tengo –murmuró él contra su cabello. Ella apenas lo oyó, sus sentidos estaban siendo bombardeados por su aroma masculino, unido a la solidez de su poderoso pecho. Una sobrecarga sensorial que la llevó a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo, atónita.
–Creo que lo que estás pensando ahora mismo es muy inapropiado para una empleada de la familia –comentó él con ironía. Sus ojos la quemaron con su intensidad.
Ella comprendió que se había traicionado por completo. Deseaba escapar de esos ojos tan perspicaces, pero ladeó la barbilla, beligerante.
–Quítame las manos de encima –le ordenó. Se liberó de él y fue hacia la puerta sin mirar atrás.
Ya en el vestíbulo, con la respiración acelerada, se dijo que acababa de ponerse en ridículo. Una cosa era experimentar una indeseada atracción por un hombre, y otra muy distinta permitir que él la notara. Jonas conseguía traspasar sus defensas y eso no le gustaba nada. Ni un poco.
Aimi se criticó duramente mientras subía al dormitorio. Antes de dormirse, se prometió mantenerse alejada de Jonas el resto del fin de semana. No sería difícil, estaba allí para seguir con su investigación. Dudaba que él fuera de los que pasaban horas en la biblioteca. En un harén quizá, pero no rodeado de libros polvorientos.
Una cosa era segura, pensara él lo que pensara, ella no iba a convertirse en la siguiente muesca en el poste de su cama. Le había costado mucho esfuerzo alcanzar la paz consigo misma, y no iba a renunciar a ella.
El día amaneció tan cálido y húmedo como el anterior. Aunque Aimi había conseguido dormir, no se sentía nada descansada; Jonas había invadido sus sueños, tentándola. Por lo visto, dormida o despierta, sus sentidos se adentraban en aguas peligrosas y la corriente era fuerte. Era un hombre demasiado atractivo y derrumbaba sus defensas con increíble facilidad.
Mientras se duchaba consideró la situación con lógica. En realidad no había ocurrido nada. Se sentía atraída por un hombre y él por ella. ¡Eso no implicaba que fuera a caer en sus brazos! Había conocido a muchos hombres atractivos y había sido capaz de resistirse a todos. Desde aquel horrible día no había mirado a ningún hombre con interés; había cerrado la puerta a esa clase de sentimientos y emociones. Jonas fracasaría. Ella había ido allí a trabajar, nada más.
Reconfortada por ese pensamiento, salió de la ducha y se secó. No le costó elegir qué ponerse; sólo había llevado lo esencial. Dos faldas y algunas blusas. También un bañador, por sugerencia de Nick, pero no esperaba utilizarlo. Se puso la falda recta color crema, una camisa de seda de manga corta, azul pálido, y unos zapatos cómodos. Se recogió el pelo de la forma habitual y se examinó en el espejo. Parecía discretea, eficaz y distante, justo lo que deseaba.
Un momento después, Nick llamó a la puerta.
–Buenos días, Aimi. Tienes un aspecto de lo más refrescante –la saludó.
–Te aseguro que no siento ningún frescor –rió ella. Alzó las manos para colocarle el cuello del polo, que llevaba torcido.
–Pues yo me siento más fresco sólo con mirarte –dijo él con encanto. Aimi suspiró y movió la cabeza.
–Nick, Nick, ¡eres casi tan malo como tu hermano! Debéis haber ido a la misma escuela de seducción –declaró sonriente.
–Buenos días, Nick –saludó Jonas de repente. Aimi dio un bote de sorpresa y él se asomó por encima del hombro de Nick y la escrutó con una sonrisa provocadora–. Me gusta la falda, Aimi, pero me gustaba más lo que llevabas anoche –comentó, risueño, antes de seguir su camino.
Ella se sonrojó y dio un paso atrás. El aparentemente inocente comentario le había recordado la escena de la cocina.
–¿A qué ha venido eso? –le gritó a su hermano, con el ceño fruncido.
–Tendrás que preguntárselo a Aimi –contestó Jonas por encima del hombro, sin dejar de andar.
–¿Qué ha querido decir? –Nick la miró intrigado–. Anoche no llevabas nada especial. ¿Me he perdido algo?
–Tu hermano se refería a más tarde –dijo ella, suponiendo lo que estaba imaginando–. Se quedó afuera y yo estaba en la cocina cuando él forzaba puertas y ventanas, intentando entrar. Eso es todo –al ver su expresión escéptica, suspiró–. Estaba en camisón y bata.
–Aimi, te advertí que tuvieras cuidado –rezongó Nick con exasperación. Es mi hermano y lo quiero, pero cuando se trata de mujeres…
–Lo sé, concédeme algo de crédito –le apretó el brazo con suavidad–. No dejaré que me engatuse con su encanto. He venido a trabajar –lo tranquilizó–. Lo de anoche fue un error que no se repetirá.
–Perdona, sé que soy demasiado protector. Trabajas para mí y te considero mi responsabilidad. No quiero que Jonas practique sus juegos contigo.
–No te preocupes –le dijo Aimi enternecida–. Vamos a desayunar. Después tienes que enseñarme la biblioteca.
Bajaron juntos a la sala de desayunos, que estaba vacía. Maisie Astin, el ama de llaves, llegaba con café reciente y cruasanes calientes.
–¡Buenos días! –los saludó con una sonrisa–. Hoy todo el mundo desayuna fuera. Servios lo que queráis y avisadme si necesitáis algo.
–Gracias, Maisie. ¿Qué te apetece, Aimi? –preguntó Nick, agarrando un plato.
–Los deliciosos cruasanes de Maisie y algo de café me parecen la opción perfecta –dijo, sonriéndole a la otra mujer, que volvía a la cocina.
–Yo los sacaré. Ve a buscar un sitio a la sombra –ordenó Nick.
Aimi salió y se arrepintió de inmediato porque la única persona en la mesa era Jonas. Si él no hubiera alzado la vista, habría vuelto dentro.
–¿Estás decidiendo si es seguro unirte a mí o no? –la retó, sardónico. Aimi se sintió obligada a avanzar.
–En absoluto –negó, sonriendo como si la escena de la noche anterior no hubiera tenido lugar–. Estaba disfrutando de la vista.
–Yo también –respondió él, recorriendo su cuerpo de arriba abajo con la mirada. A ella le dio un vuelco el corazón y sus nervios se tensaron.
–Pierdes el tiempo –le dijo, irritada por su reacción a él, que no podía controlar–. No morderé el anzuelo, por atractivo que sea el cebo –añadió en voz baja, por si Nick salía.
–¿Cuántas veces tuviste que repetirte eso anoche? –ironizó él, arqueando una ceja.
–Bastó con una. No eres tan irresistible –le devolvió ella. Jonas se rió.
–Se supone que hay que cruzar los dedos al decir esas mentiras –le advirtió, sin dejar de mirarla. Ella era tan consciente de sus ojos que le costaba respirar. Llegó a la mesa y se sentó frente a él.
–En contra de lo que supones, no suelo mentir –lo corrigió, simulando una serenidad que no sentía en absoluto. Estaba tensa e inquieta.
–¿En serio? Yo habría dicho que las mujeres nacen siendo mentirosas.
–Eso es una generalización ridícula. Supongo que tus prejuicios se deben a una mala experiencia –dijo Aimi con ironía.
–El mundo es una jungla –le devolvió él con una sonrisa traviesa. Aimi supo que no podría olvidar esa sonrisa en toda su vida.
–¿Y los hombres no mienten? –lo retó. Ella podía nombrar a más de doce mentirosos–. ¡Sería más fácil creer que la luna está hecha de queso!
–Eso sí que suena a la voz de la experiencia –Jonas se recostó en la silla y cruzó las piernas por los tobillos–. ¿Por eso te vistes así?
–Me visto para mí, no para un hombre –señaló Aimi. El comentario de Jonas había sido tan descarado que estuvo a punto de reírse.
–¿En serio? –la miró pensativo–. ¿Intentas decirme que nadie ve la exótica lencería que usas? ¡Eso sería un desperdicio increíble!
–Mi ropa no es asunto tuyo. No habría bajado a la cocina si hubiera sabido que estabas allí.
–Y yo habría tenido que pasar la noche junto a la piscina, y me habría perdido ese impresionante despliegue de seda y encaje. Sigue grabado en mi mente, aun ahora –Jonas alzó una pierna y la cruzó sobre la otra–. Me da la impresión de que sé algo de ti que los demás hombres desconocen. Bajo ese aspecto almidonado te gusta llevar satén y seda. ¿Qué otros secretos ocultas?
–¡Ninguno que vaya a desvelarte a ti! –le devolvió Aimi, seca. Jonas se limitó a sonreír.
–Anoche, en la cocina, no llevabas el pelo recogido, ¿por qué?
–No duermo con el pelo recogido –explicó ella con voz serena. La sonrisa de él se amplió.
–¿Sabes lo que opino, Aimi Carteret?
–¡Tu opinión no podría interesarme menos!
–Creo que practicas la decepción.
–Como he dicho, tu opinión no me interesa –replicó ella, lo que había dicho él se acercaba demasiado a la verdad–. ¡Tú no me interesas!
–En cambio, tú me interesas mucho –contraatacó Jonas–. Pienso en ti todo el tiempo.
–¡Debe resultarte muy aburrido!
Él dejó escapar una risa suave y sensual que hizo que ella se estremeciera de arriba abajo.
–Tengo la sensación de que no me aburrirás nunca, mi querida Aimi.
–No soy tu querida Aimi –protestó ella, afectada por el término cariñoso.
–Aún no, estoy de acuerdo –concedió él.
–¡Nunca! –exclamó ella, ya de mal humor.
–Nunca se debe decir nunca –la miró a los ojos–. Yo mismo lo descubrí anoche. Habría apostado mucho dinero a que nunca me costaría dormir en mi vieja cama, pero comprobé lo contrario. Estuve inquieto toda la noche –aclaró, con sonrisa maliciosa y ojos chispeantes.
–No puedes culparme a mí de eso –discutió Aimi, con los nervios a flor de piel. Era como si sus defensas se hubieran desvanecido por completo, dejándolo abierta a todo lo que él decía o hacía. No entendía por qué la habían abandonado cuando más las necesitaba.
–¿No puedo? –sus labios se curvaron–. Fuiste tú quien elevó mi tensión sanguínea –arguyó, antes de tomar un sorbo de café.
De alguna manera, Aimi consiguió mantener una expresión serena.
–A mí no me hizo falta que me bajara la tensión. Me fui a la cama y dormí a pierna suelta –le dijo, cruzando los dedos mentalmente.
–Hum –murmuró dubitativo, acariciándose la barbilla–. No eres lo que aparentas a primera vista. ¿Sabías que debía pasar ese fin de semana en América? Por suerte cancelaron la reunión en el último momento.
–Para el deleite de todos –comentó ella con voz seca.
–Bien dicho, Aimi –Jonas se rió–. Tienes mucho tacto. No me extraña que Nick hable tan bien de ti.
–Hago cuanto puedo –contestó ella sin inmutarse y agradeciendo su rapidez mental.
–Ah, llega la caballería –declaró Jonas, Aimi volvió la cabeza y vio a Nick con una bandeja–. Justo a tiempo, ¿eh?
–Justo a tiempo, ¿qué? –preguntó Nick, que había oído el comentario. Puso un plato y una taza ante Aimi.
–Tu llegada con la comida –contestó su hermano sonriente–. Aimi estaba a punto de comerse la mesa.
–Siento haber tardado –se disculpó Nick.
–No has tardado. Jonas te toma el pelo.
–Es uno de sus hábitos –confirmó Nick.
–Lo cierto es que estaba flirteando con Aimi y ella me lo estaba poniendo difícil –Jonas se enderezó en el asiento.
–¡Bien por ti, Aimi! –aprobó Nick, guiñándole un ojo–. Demasiadas mujeres caen en sus brazos cuando chasquea los dedos –se sentó junto a ella y empezó a devorar su desayuno. Aimi lo imitó.
–¿Cuándo descenderán las hordas sobre nosotros? –preguntó Jonas tras unos minutos de silencio.
–A partir del mediodía. Luego seguirá lo de siempre. ¡Papá achicharrará las salchichas y hamburguesas, como es habitual!
–¿Has estado en alguna de nuestras barbacoas? –le preguntó Jonas a Aimi.
–No, ésta es la primera –admitió ella, divertida. Estaba un poco nerviosa por conocer a toda la familia. En otros tiempos había sido frecuente estar rodeada de extraños y unirse a la fiesta con entusiasmo. Pero desde aquel horrible día, disfrutar y reírse le había parecido mal. No podía comportarse como si nada hubiera ocurrido, siendo ella la culpable. Se habría odiado por ello, así que había evitado las fiestas, distanciándose de sus amigos de entonces. En el presente prefería cenas íntimas con gente a la que conocía bien.
–Entonces te espera toda una experiencia –le dijo Jonas con humor.
–Eh, ¿recuerdas la vez que…? –Nick chasqueó los dedos.
Aimi dejó de escuchar a los hermanos, que iniciaron un divertido recuento de recuerdos. Se recostó en la silla y, mordisqueando el último cruasán, los contempló con atención. Se parecían mucho. Ambos eran hombres guapos, pero Nick tenía las facciones más suaves. Su cabello era castaño oscuro, el de Jonas negro. Nick exudaba calidez y amabilidad; sin embargo eran los rasgos duros de Jonas los que atraían su atención.
Inesperadamente, Aimi deseó extender la mano y trazar los perfiles de su rostro para grabarlos en su memoria. Un deseo estúpido, desde luego. No quería recordarlo. Cuanto antes dejaran de verse, mejor. Sin embargo, al pensar eso, un pedazo de ella se sintió perdido. Miró su taza de café, confusa. No entendía qué había en él que la atrajese tanto. Él sólo buscaba sexo pero, aun así, tenía algo especial.
Unas sonoras carcajadas llamaron su atención. Nick estaba doblado de risa y Jonas sonreía de oreja a oreja. Ella sonrió y sintió un leve pinchazo en el corazón.
Un estruendoso silbido interrumpió las risas. Los tres se volvieron. Michael Berkeley estaba en el otro extremo de la terraza, llamándolos.
–¡Venga, vosotros dos! Necesito músculos para preparar las mesas. ¡En marcha!
Los hermanos se miraron con resignación y se pusieron en pie.
–A papá le gusta dirigir a sus tropas –comentó Nick con cariño. Aimi sonrió al ver su expresión.
–¡Diviértete! –le deseó, mientras él se alejaba. Jonas, retrasándose, atrapó su mirada. Tensa, alzó una ceja interrogante–. ¿Querías algo?
–Sólo esto –contestó él. Rodeó la mesa y se inclinó para darle un beso en la mejilla.
–¡Eh! –exclamó, con el pulso desbocado. Sentir el roce de sus labios en la piel la había dejado sin aire, era una sensación increíble.
–Tengo que divertirme un poco –dijo Jonas sin asomo de arrepentimiento–. ¡Considéralo un adelanto! –después siguió a su hermano, dejando a Aimi sin habla.
Ella contempló su marcha. El maldito hombre era perfecto. De espalda ancha, caderas estrechas y piernas largas y fuertes. No tenía sentido negarlo, pocos hombres podrían competir con él. De inmediato, se recriminó por haberlo pensado.
Iba a tener que esforzarse más. Mucho más. Ya era malo que estuviera ocupando sus pensamientos; no permitiría que la tentara para romper su solemne promesa. Tenía que resistir.
Capítulo 3
Para hacer exactamente eso, Aimi terminó de desayunar y fue en busca de la biblioteca. Era una habitación maravillosa, llena de estanterías de libros con tapas de cuero. Pasó las horas siguientes echando un vistazo y tomando notas de los libros que le servirían para buscar la información que Nick necesitaba. Encontró un diario escrito por el bisabuelo de Nick, lo llevó a un sillón y se sumergió en él.
–¡Ahí estás! –exclamó Nick entrando en la habitación, mucho después. Aimi alzó la cabeza sorprendida. Estaba tan absorta que no lo había oído llegar.
–¿Me necesitas? –preguntó, bajando las piernas del sillón y poniéndose los zapatos.
–Sí, ha llegado el resto de la familia. Comeremos enseguida –le dijo. Aimi se sintió un poco abrumada.
–Sinceramente, Nick, dudo que tu familia quiera la compañía de una desconocida. Te seré mucho más útil quedándome aquí.
–Los libros pueden esperar –refutó él, quitándole el diario y dejándolo en una mesa–. Quiero que te diviertas este fin de semana.
Aimi permitió que la condujera al jardín. La barbacoa estaba dispuesta junto a la piscina, y allí se había congregado la familia. Nick presentó a Aimi a los diversos grupos que había alrededor de las mesas. Todos la recibieron con calidez y demostraron su fascinación por el libro para el que estaba ayudando a Nick a recopilar datos. Aimi consiguió relajarse y, en vez de simular que lo pasaba bien, empezó a disfrutar. Se lo dijo a Nick cuando se quedaron solos un momento.
–Mi familia es buena gente. Me alegra que hayan conseguido que te sientas cómoda.
Aimi miró a su alrededor, viendo al gran grupo de gente risueña y feliz con otros ojos. Había tardado mucho, pero ese día estaba descubriendo que podía pasarlo bien sin sentirse culpable. El cielo no había caído sobre su cabeza ni el mundo había llegado a su fin. No sabía por qué ese día era distinto a cualquier otro pero, por primera vez en años, había dejado atrás su carga y estaba viviendo el momento.
–Gracias por insistir en que me uniera a vosotros –le contestó con una sonrisa.
–No se merecen –contestó él, con una inclinación de cabeza. Aimi sintió el corazón algo más ligero. No duraría, desde luego, pero aceptó la nueva sensación de libertad sin cuestionarla.
Estaban charlando con uno de los primos de Nick, cuando sonó el busca. Aunque era su fin de semana libre, era el cirujano especialista de guardia para emergencias.
–Es del hospital –anunció Nick, reconociendo el número–. Será mejor que hable en casa. No tardaré –dijo, antes de alejarse.
Aimi siguió donde estaba hasta que la conversación pasó a un tema del que no sabía nada y se distrajo. Contemplaba los juegos de dos niños cuando un movimiento llamó su atención. Su corazón se saltó un latido al comprender que miraba a Jonas, que paseaba con un hombre mucho mayor que él.
No pudo desviar la mirada, a su pesar. Jonas parecía totalmente relajado y se reía de lo que decía el otro hombre.
–Ése es el tío abuelo Jack –dijo una de las mujeres de la mesa, sobresaltando a Aimi, que la miró rápidamente.
–¿Disculpa?
–El que está con Jonas. Era marinero y le encanta contar sus aventuras. Los niños lo adoran –explicó la mujer con una sonrisa amistosa.
–Ah, sí –murmuró Aimi, alegrándose de que la mujer hubiera malinterpretado su interés–. Creo que aún no me lo han presentado.
–Entonces te encantará. Vamos por algo de comida. ¿Vienes? –invitó la mujer.
–Esperaré a Nick –rechazó Aimi–. No tardará mucho.
Los demás fueron hacia el grupo que rodeaba la parrilla, dejando a Aimi sola por el momento. De inmediato, buscó a Jonas con la vista, pero los dos hombres ya no estaban a la vista y sintió cierta desazón. Eso le demostró que estaba volviéndose loca. «No puedes seguir así, Aimi», se reprochó.
Se puso en pie y decidió unirse a la cola que esperaba comida. Cualquier cosa para no pensar en ese maldito hombre. Sin embargo, al girar, se encontró mirándolo directamente por encima de un mar de gente sentada. Antes de que pudiera moverse, Jonas, como si hubiera captado su mirada, clavó los ojos en ella. La intensidad de la conexión la anonadó. Por añadidura, sintió un vínculo físico que le urgía acortar la distancia que los separaba. Los ojos azules parecían estar diciendo «Sé dónde quieres estar, y sólo tienes que venir hacia mí». Entreabrió los labios para tomar aire; él sonrió levemente.
–¡Ahí estás! –la voz de Nick, a su espalda, hizo que Aimi girara en redondo, con el corazón desbocado.
–¡Oh, Nick! –exclamó, medio mareada por la sorpresa, medio por lo que había interrumpido–. ¡Me has asustado!
–Lo siento, Aimi –Nick arrugó la frente con preocupación–. ¡Estabas en otro mundo!
Ella deseó estarlo. A millones de kilómetros de Jonas y del hechizo sensual que tejía a su alrededor. Tal vez así podría pensar con claridad y bajarse de la montaña rusa en la que viajaba desde la primera vez que lo vio. Él era una tentación a la que debía resistirse con todas sus fuerzas; si no lo hacía no volvería a respetarse a sí misma. Le había fallado a Lori, no volvería a fallar.
Con eso en mente, Aimi se concentró en Nick para borrar a Jonas de sus pensamientos.
–¿Qué quería el hospital?
–Me informaron sobre un caso de urgencias que acaba de llegar. Es posible que me necesiten para operar, así que querían avisarme. No pinta bien. Lo sabré en unas horas. Lo siento, Aimi, puede que tenga que volver al hospital esta noche.
–No importa –aceptó Aimi, comprensiva. Así era el trabajo de Nick–. Al menos has podido ver a tu familia.
–Sabía que te contraté por una buena razón. Te lo tomas todo con calma, nada te perturba –comentó Nick. Aimi estuvo a punto de echarse a reír, el hermano de Nick estaba tirando por los suelos su afamada calma–. Ven, vamos a comer algo. Estoy muerto de hambre, y no sé cuándo volveré a disfrutar de una comida.
Aimi dejó que la guiara, pero no pudo resistirse a mirar de soslayo. Jonas seguía observándola. Miró al frente, con los nervios a flor de piel. «Dios, que el fin de semana pase pronto», rezó para sí. Sabía que podía hacer algo muy, muy estúpido, y todo lo que había conseguido se tambalearía.
Por suerte, la extensa familia Berkeley la rescató. Tras consumir una cantidad impresionante de comida, la familia se concentró en lo importante del día: jugar a cosas. Concluyeron con un simulacro de béisbol, de hombres contra mujeres, que creó un escándalo de carcajadas; las reglas eran informales, por decir algo, y peleaban a gritos por cada punto. Aimi rió hasta que le dolieron las mandíbulas. Todos acabaron agotados. Gradualmente, los distintos parientes empezaron a dispersarse, de vuelta a sus hogares, y volvió la paz.
A nadie le apetecía cenar mucho tras la copiosa comida y el día de agobiante calor. Por suerte, Maisie había dejado una ensalada y una quiche en el frigorífico antes de marcharse a casa. Todos bromearon durante la cena. Rememoraron los juegos y Aimi pudo concentrarse en eso, en vez de en Jonas, que estaba a pocos pasos de ella. Aunque sus sentidos seguían cosquilleando, receptivos, se enorgulleció de poder ocultarlo.
Tras la cena, Aimi y Paula se ofrecieron para lavar los platos; Nick y James dijeron que ellos secarían. Estaban a media tarea cuando el busca de Nick volvió a sonar. Contestó desde el teléfono de la cocina y, por lo que oyeron, nadie dudó que tenía que volver a Londres. Cuando colgó, Aimi se secó las manos y corrió hacia él.
–¿Es grave? ¿Tienes que irte ahora? –preguntó, asumiendo su función de ayudante–. ¿Quieres que despeje tu agenda?
–Te avisaré si hace falta. Espero que no sea necesario. Pero, ¿y tú? Tengo que ir directo al hospital y no regresaré. ¿Cómo volverás a tu casa?
–No es problema. Yo la llevaré de vuelta el lunes –declaró Jonas. Todos lo miraron. La respuesta instintiva de Aimi habría sido rechazar la oferta, pero Nick se le adelantó.
–Buena idea, Jonas. Así podrás dedicar más tiempo a la investigación, Aimi –la miró con tanto alivio que Aimi fue incapaz de oponerse a la idea. Resignándose a pasar dos días más cerca de Jonas, tomó aire y le dedicó una sonrisa cortés.
–Gracias, eres muy amable –aceptó, pero no se le escapó el brillo diabólico de sus ojos.
–De nada –dijo Jonas.
–Bueno, arreglado –Nick se frotó las manos, ya pensando en su obligación–. Tengo que irme.
–Te ayudaré a hacer la maleta –declaró Aimi, siguiéndolo. Se rozó con Jonas en el umbral y, sin poder impedirlo, alzó la vista hacia él. Vio un brillo malicioso en ese abismo azulado. Se obligó a desviar la mirada. Tenía la sensación de que, si no lo hacía, estaría irremediablemente perdida.
Agitada, ayudó a Nick a recoger sus cosas. Le ocultó su estado, porque no quería que se preocupara por ella en vez de concentrarse en su trabajo. Quince minutos después, él se despedía de sus padres y demás parientes. Aimi lo acompañó hasta el coche.
Después volvió a la cocina y descubrió, para su consternación, que Jonas era el único que estaba allí, secando un plato.
–¡Oh! –exclamó ella, desconcertada–. ¿Dónde están los demás? –preguntó desde el umbral.
–Afuera, supongo –Jonas se encogió de hombros–. Les dije que acabaríamos nosotros –señaló el fregadero con la cabeza, mientras seguía secando.
Aimi rezongó para sí, era justo el tipo de situación que quería evitar. Jonas Berkeley era una tentación andante y, aunque se sentía capaz de resistirse a casi todo, él era harina de otro costal. La atraía como el mitológico canto de las sirenas a los marineros. Era como estar atrapada entre el diablo y una tormenta en el mar.
Pero había que terminar con la vajilla y no podía marcharse sin acabar lo iniciado. Así que fue hacia el fregadero y agarró una taza. El silencio era tan intenso que se vio obligada a romperlo.
–Supongo que, en tu trabajo, estás acostumbrado a ofrecer a la gente como voluntaria –comentó con ironía. Jonas se rió.
–Yo lo llamo delegar. Pago a mis empleados un buen sueldo para que hagan lo que les pido –dijo él, apoyándose en la encimera para mirarla.
Consciente de su mirada, imposible de ignorar, Aimi se esforzó por concentrarse en lo que hacía.
–¿No se rebelan nunca?
–De vez en cuando escucho sus opiniones, pero al final decido yo. Tengo un grupo de empleados leales que llevan años conmigo.
–Ya. Has dicho que pagabas bien –lo pinchó ella, incapaz de resistirse.
–Eso es muy cínico. Yo prefiero pensar que disfrutan con su trabajo –Jonas esperó a que lavara la última taza. No quedaba nada por secar.
–Lógico –respondió ella con sarcasmo. Le dio la taza y sus manos se rozaron. Aimi apartó la mano de golpe y observó, horrorizada, como la taza de porcelana caía al suelo y se hacía añicos.
–¡Ay, Dios! –exclamó, apurada–. ¡Lo siento mucho! –sin pensarlo, se agachó para recoger los pedazos.
–¡No! ¡Cuidado! –ordenó Jonas, pero ya era tarde. Un trozo afilado había cortado su dedo y ella gritó de dolor. Jonas se inclinó para levantarla. La llevó al fregadero, abrió el grifo y sujetó su mano bajo el agua–. Has hecho una tontería.
–Ha sido sin pensar –se defendió Aimi, haciendo una mueca de dolor por el frío.
–Eso es obvio. Echaré un vistazo –cerró el grifo y secó el corte con una servilleta limpia, que sacó de un cajón–. Bueno, no es profundo. Apriétalo con la servilleta mientras voy a buscar antiséptico y tiritas.
Aimi, aturdida, obedeció. Había hecho una tontería, pero se debía a cuánto la afectaba que él la tocase. Jonas regresó y se aseguró de que la herida estaba seca antes de ponerle crema antiséptica y una tirita. Sus cabezas se juntaron y ella contempló las ondas negro azulado, deseando acariciarlas, sentirlas bajo sus dedos.
Volvió a la realidad cuando sintió el roce de los labios de Jonas sobre la herida tapada. Parpadeó, atónita. Un momento después se quedó sin aire cuando esos mismos labios besaron la palma de su mano.
–¿Qué haces? –gimió, con el pulso acelerado.
Jonas alzó la cabeza, con un brillo diabólico en los ojos. No soltó su mano, siguió acariciándola con el pulgar.
–Algo que llevo deseando hacer desde que te vi. Besarte –declaró, con voz sensual.
Aimi se debatió entre dos mundos. Su voz y su caricia habían conseguido que perdiera el control de sus sentidos. Lo miró, casi hechizada.
–¡Vas demasiado lejos! –protestó, sin fuerza.
–Al contrario –los labios de él se curvaron con una sonrisa perceptiva–, esto ni se acerca a lo que será, y tú lo sabes, cariño.
–¡No te atrevas a suponer que sabes lo que pienso! –clamó ella, aunque ese «cariño» había sido como una caricia para sus sentidos.
Jonas rió suavemente y acarició su labio inferior con un dedo.
–No supongo, lo sé. Ambos lo sabemos. Hemos sabido lo que pensábamos y sentíamos desde el momento en que nos vimos.
Aimi no necesitaba oír eso, porque era verdad. Sin embargo, sirvió para que alzara sus defensas de nuevo e hiciera acopio de fuerzas para no rendirse a él.
–No estoy de acuerdo. Y no he hecho nada para alimentar esa fantasía tuya –exclamó.
–Aimi, ¡sabes que no necesitas hacer nada! Tú y yo conectamos a otro nivel.
Ella se estremeció; Jonas hablaba de un nivel que ella había jurado no volvería a ver la luz en su vida. Angustiada, se apartó de él.
–Pues vamos a desconectar, ¡no escucharé más tonterías como ésa!
–Echar a correr no cambiará nada. Ambos sabemos que nos deseamos. Se nota en cada bocanada de aire, en cada latido.
Ella sabía bien a qué se refería. Y no querer que ocurriera era insuficiente. La atracción sensual era más fuerte que nunca y el deseo de explorarla la quemaba por dentro. No había creído que pudiera desear a un hombre tanto como para sentir la tentación de faltar a las promesas que se había hecho tras perder a Lori.
Pensar en ese traumático evento la llevó a alzar la barbilla con determinación.
–Puede que sí, pero no pienso iniciar una relación contigo, Jonas.
–Eso suena bien, pero ambos sabemos que no lo dices en serio –replicó él, dejándola sin aire.
–¡Claro que lo digo en serio! ¿Por qué iba a mentir? –lo retó. Él dejó escapar una risotada.
–Porque este deseo no desaparecerá fácilmente. Tiene que agotarse, y sólo hay una forma de conseguirlo. Por eso tú y yo tendremos una aventura muy pronto –declaró él.
Sus palabras incrementaban la sensación de que iba a ocurrir algo inevitable.
Aimi se dijo que no tenía por qué ser así. No estaba obligada a seguir el camino que se dibujaba ante sus ojos, por atractivo que pareciera. Por muy guapo y encantador que fuera Jonas, no lo quería en su vida. No perdería lo que había ganado por la evanescente satisfacción de una aventura sexual.
–Si yo fuera tú, no contendría la respiración –le dijo, brusca–. Nunca tendré una aventura contigo.
–Nunca digas nunca, es como agitar un trapo rojo ante un toro –advirtió el.
–Perderás el tiempo intentando que cambie de opinión –Aimi alzó la barbilla, desafiante.
–Ya veremos. Me gustan los retos –sonrió con ironía–. Puede que seas uno de los mejores a los que me he enfrentado.
–Mantente lejos de mí, Jonas –dijo ella, airada por su arrogancia. Giró sobre los talones y salió de la cocina. El hombre era insoportable.
Estaba tan enfadada que no podía reunirse con el resto de la familia. Tenía los nervios a flor de piel y necesitaba intimidad para recuperar el aliento y pensar. Acababan de volver a derrumbar sus defensas con muy poco esfuerzo. Necesitaba reconstruirlas cuanto antes.
Aimi fue a la biblioteca. No se molestó en encender la luz. Se acomodó en un sillón, junto a la chimenea. Cerró los ojos y rememoró el roce de los labios de Jonas en su mano. Eso la llevó a preguntarse qué caos provocaría en su ser si permitía un contacto más apasionado.
Una parte de ella sabía lo que sería sensato hacer, pero su sensualidad tomaba las riendas cuando él la tocaba. Consciente de su debilidad, la única solución era mantener las distancias. Si no dejaba que se acercase, todo iría bien. Cuando, pasados dos días, se alejara de su influencia magnética, la atracción se difuminaría y la Aimi del presente volvería a ser la que era.
Suspirando, rezó para que el tiempo pasara deprisa. Necesitaba recuperar la calma que tanto le había costado obtener. Sólo entonces se sentiría a salvo de nuevo.
Capítulo 4
Sorprendentemente, Aimi durmió mejor esa noche, tal vez por puro agotamiento. Cuando se había reunido con la familia en la terraza, Jonas no estaba allí. Aimi no había preguntado por él, había suspirado con alivio. El día amaneció tan caluroso como los precedentes.
Era domingo y la familia fue a la iglesia, pero Aimi prefirió quedarse en casa. Tras desayunar con ellos, fue con sus lápices y libretas a la biblioteca, a continuar con su investigación. Pero aun con las ventanas abiertas de par en par, faltaba el aire. Perseveró un rato, después dejó el lápiz y suspiró con frustración. Demasiado calor.
Pensó en el agua fresca de la piscina. Suponía que la familia tardaría una hora o dos en regresar, así que podía aprovechar para darse un baño en su ausencia. Subió a su habitación a ponerse el bañador bajo la falda y la blusa. Equipada con protección solar, una toalla y un libro, bajó y salió por la puerta trasera.
Dejó su ropa en una tumbona, baja una sombrilla y se introdujo en la deliciosa agua fresca, cerrando los ojos para incrementar su placer. Era maravilloso. Tarareó una melodía mientras flotaba de espaldas. Perdió la noción del tiempo hasta que oyó un intenso ruido a su derecha y una cascada de agua cayó sobre ella. Se frotó los ojos y volvió la cabeza.
En el otro extremo de la piscina emergió una cabeza morena y supo de inmediato que era Jonas. Lo observó nadar hasta la pared, girar y nadar hacia ella. Era impresionante verlo en el agua, parecía avanzar sin esfuerzo alguno. Jonas se detuvo a su lado, sonrió y se apartó el pelo de los ojos.
–Lo siento si te he molestado –se disculpó, con el habitual brillo de humor en los ojos.
–No sabía que habíais vuelto –contestó ella, intentando mantener la serenidad.
–¿Vuelto? –preguntó Jonas, enarcando una ceja y acercándose más.
–De la iglesia –se alejó más, hasta que el borde de la piscina impidió su huida. Maldiciendo para sí, Aimi alzó la barbilla y lo miró.
–Ah, yo no voy a la iglesia, excepto en ocasiones especiales –sonrió, captando su nerviosismo–. Por eso cuentas con el placer de mi compañía esta mañana –una de sus piernas rozó las de ellas.
Aimi sabía que lo había hecho a propósito, pero no por eso dejó de sentir una intensa sensación. Entreabrió los labios y tomó aire; por desgracia, una oleada de agua golpeó su rostro en ese instante y, atragantándose, empezó a toser. Jonas la rodeó con un brazo y enredó las piernas con las suyas, manteniéndola a flote.
–Tranquila. Te tengo –afirmó, tranquilizador. Aimi captó el tono divertido de su voz.
–¡Lo has hecho a propósito! –lo acusó, en cuanto pudo hablar.
–¿Haría yo algo así? –se burló él.
En ese momento Aimi se dio cuenta de que estaba agarrada a sus hombros y que su piel bronceada era tan suave y agradable que deseaba acariciarla. Sintió la fuerza del brazo que rodeaba su cintura y eso provocó un estallido de fuegos artificiales en sus nervios.
–¡Claro que sí! –escupió ella airada, intentando apartarlo. Era inamovible como una montaña, así que desistió para no hacer aún más el ridículo–. Ya puedes soltarme, estoy bien.
–No te preocupes. Estoy cómodo así –replicó él con una sonrisa.
Aimi no lo estaba en absoluto. La parte rebelde de sí misma, que había emergido esos últimos dos días, habría seguido así mucho tiempo, pero ésa no era la cuestión. No podía estar en sus brazos en ninguna circunstancia. Con las piernas enredadas en un nudo, su mente estaba conjurando imágenes eróticas que no iban a ayudarla a luchar contra su atracción por él. De repente, se le ocurrió cómo recuperar su libertad.
–Jonas –le dijo con el tono seductor que tan buenos resultados le había dado en otros tiempo. Él la miró a los ojos.
–Sí, Aimi, cariño.
–Puede que no te hayas dado cuenta, pero mi rodilla está estratégicamente situada –dijo ella con voz suave–. Si yo fuera tú, me soltaría.
–Tienes razón –Jonas dejó escapar una risita–. ¿Harías algo tan terrible? –al ver la amenaza de sus ojos, se rindió–. Tú ganas –la soltó y Aimi nadó rápidamente hacia los escalones.
Salió de la piscina con los nervios a flor de piel. Supo que él la contemplaba mientras iba a su tumbona y se secaba. No tenía ni idea de qué diablos hacer. Si se marchaba, Jonas sabría que la había afectado. La única opción era quedarse y capear el temporal.
Por eso se concentró en ponerse protección solar y luego se sentó a leer. Sin embargo, por encima del borde del libro, lo veía nadar de un lado a otro. Inconscientemente, bajó el libro, observando su poderoso cuerpo cortar el agua. Hipnotizada, no se dio cuenta de lo que estaba haciendo hasta que él se detuvo; alzó el libro.
Minutos después vio, por el rabillo del ojo, que había salido de la piscina e iba hacia ella. La visión de su esbelto cuerpo masculino, bronceado y brillante por el agua, hizo que se le cerrara la garganta y se le secara la boca. Estaba para comérselo. El bañador negro dejaba poco a la imaginación y ella sintió cómo se derretía ante tanta virilidad. Todo lo que había de femenino en ella reaccionó a la visión.
–¿Es un buen libro? –preguntó Jonas, al pasar a su lado.
–Mucho –le contestó, aunque ni siquiera habría podido decirle de qué trataba.
Lo oyó moverse por ahí y después debió tumbarse, porque oyó un suspiro. Miró por encima del libro y lo vio sobre una tumbona, a unos metros de ella. Decidió que estando allí no le causaría problemas y volvió a la lectura. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que había empezado la misma página media docena de veces, por lo pendiente que estaba de él, cerró el libro y lo dejó a un lado.
Ajustó la tumbona en posición horizontal y se tumbó boca abajo, apoyando la cabeza en los brazos. El calor y el silencio hicieron que se adormilara. De repente, sintió unas manos en la espalda, subiendo hacia el cuello. Dio un gritito e intentó incorporarse; las manos lo impidieron.
–Estoy poniéndote crema protectora en la espalda –dijo Jonas con calma–. Vas a quemarte con este sol.
Aimi se mordió el labio mientras los dedos rozaban sus costillas, acercándose peligrosamente a sus pechos. Sintió una burbuja de histeria en la garganta, estaba ardiendo y el sol no tenía nada que ver. Deseó que se detuviera, el contacto de sus manos la estaba volviendo loca. Jonas, sin embargo, parecía dispuesto a tomarse su tiempo y cuando por fin acabó ella estuvo a punto de gruñir, no sabía si por alivio o desilusión.
–Creo que con eso valdrá –afirmó él–. ¿O quieres que te ponga también en las piernas?
–¡No! –rechazó ella con demasiada rapidez–. Ya me he puesto yo. Gracias –añadió con voz ronca, sin mirarlo.
–Vale. Ahora tú puedes ponerme a mí en la espalda –dijo él con toda tranquilidad.
–¿Qué? –entonces sí que se volvió hacia él.
Jonas la miró con expresión inocente como la de un niño, sin duda falsa.
–¿Puedes ponerme crema en la espalda? –repitió. Sin dudar que aceptaría, volvió a su tumbona y se tumbó boca abajo.
Aimi se incorporó y, con desgana, agarró el bote de crema. En su interior se libraba una batalla. Por un lado, sabía que lo sensato sería negarse, por otro, su parte sensual que, había conseguido escapar de su prisión de hielo, quería explorar los intrigantes planos de su cuerpo bronceado. Ésa fue la parte que ganó la batalla; fue hacia él.
Se arrodilló a su lado, echó un chorro de crema en el centro de su espalda, inspiró con fuerza y empezó a extenderla con las palmas de las manos. Había pretendido hacerlo de forma profesional, pero una vez lo tocó distanciarse se convirtió en un imposible. Tenía la piel firme pero sedosa, y la sensación era muy erótica. Perdió la noción del paso del tiempo, disfrutando del contacto.
–Mmm –suspiró Jonas con placer evidente–. Fantástico. Tienes unas manos maravillosas. Podría acostumbrarme a esto.
Fue poco más que un murmullo sensual, pero devolvió a Aimi a la realidad. «¿Qué estás haciendo?», se preguntó, horrorizada. Roja como la grana, acabó con su tarea y se apoyó en los talones.
–Ya está –dijo, preparándose para levantarse. Tenía que alejarse de él cuanto antes.
Jonas se apoyó en un codo, agarró su muñeca y tiró de ella, acercándola.
–Aún no te he dado las gracias –ronroneó.
–Para, Jonas –protestó Aimi, intentando mantener el equilibrio. Pero, en un parpadeo, él se tumbó de espaldas y no pudo evitar caer sobre su pecho.
Con ojos chispeantes de malicia, rodeó su cuello con la mano libre y atrajo su boca hacia la suya. Aimi intentó apartarse, pero él era demasiado fuerte. Sus labios capturaron los de ella con sensualidad impactante. Fue un beso largo que removió las brasas de su pasión mutua. La boca de él reclamaba la suya, exigiendo una respuesta que ella intentó negarle, sin éxito. Durante una eternidad, se perdió en el calor de sus labios y la caricia de su lengua. Cuanto más le daba, más deseaba ella; fue el graznido de un cuervo sobrevolando la piscina lo que la devolvió a la tierra de sopetón.
Apartándose, Aimi miró los ojos brillantes de humor y de algo más profundo. Se le revolvió el estómago de asco por haberse rendido de nuevo a los egoístas placeres que una vez habían regido su vida. Su sangre se convirtió en hielo.
–Creo que ése es agradecimiento más que suficiente –dijo, levantándose–. La próxima vez, limítate a decir «gracias».
–Eso no sería tan divertido –se rió Jonas, observándola volver a su tumbona y echarse boca arriba, mirando hacia otro lado–. Has disfrutado, Aimi. ¡No simules que no!
Ella lo ignoró y cerró los ojos. Era verdad que había disfrutado. Besar a Jonas había sido una experiencia increíble, que no olvidaría. Una y otra vez, revivió el momento. Todos sus sentidos se habían exacerbado por el aroma, tacto y sabor de él, tal y como había sabido que ocurriría. El hombre era irresistible, pero tenía que conseguir resistirse; a él sólo le interesaba la diversión de la caza. No podía convertirse en otro de sus trofeos.
Tenía que recordar las razones por las que había renunciado a la Aimi de años antes: para poder vivir consigo misma y con lo que había hecho. Por desgracia, la vieja Aimi se había liberado de sus cadenas un momento. Sin embargo, sólo había sido una escaramuza y ella recuperaría el control. Tendría que librar muchas más batallas y las ganaría todas.
Suspirando, ordenó a su cuerpo que dejara de reaccionar ante el hombre que había a unos metros. No se lanzaría a los brazos de Jonas, él sólo quería divertirse y ella valía más que eso. Mucho más. Se relajó y se quedó dormida.
Cuando despertó, un rato después, Jonas había desaparecido. Que tuviera que repetirse que se sentía aliviada demostró la ambivalencia de sus emociones. Recogió sus cosas y volvió a la casa, agradeciendo que la familia no hubiera regresado aún. Una ducha rápida borró el rastro de su estancia en la piscina, y deseó que fuera igual de sencillo volver a meter al genio dentro de la lámpara mágica. Por fuera parecía serena, por dentro era un torbellino. El beso de Jonas la había inquietado y eso le disgustaba. Para combatir la sensación se esforzaría para adoptar la apariencia habitual: cada mechón de cabello recogido en su sitio con horquillas. No era una gran armadura, pero era la única de la que disponía para la batalla.
Pasó el resto de la mañana en la biblioteca. Pudo concentrarse y borrar de su mente esos asombrosos ojos azules. Comió en la terraza con la familia. La sorprendió que Jonas no apareciera, pero así tendría más tiempo para recuperar la compostura.
Aimi trabajó hasta que llegó la hora de subir a su habitación y asearse y vestirse para la cena. Mientras examinaba su exiguo guardarropas, tuvo otra muestra de su ambivalencia al descubrirse deseando tener algo más que faldas y blusas. De inmediato, imaginó a Jonas sonriendo, pensando que se había arreglado por él, y su espalda se tensó. No iba a volver a sus antiguas costumbres, cuando vestirse para atraer a un hombre había sido tan normal como respirar. Era una persona distinta; mejor y por encima de esos trucos. Por eso, cuando salió de la ducha se puso la falda azul y la blusa de seda blanca sin mangas.
Con el cabello recogido y aspecto sereno y eficiente, su reflejo le devolvió la fuerza de voluntad. La mujer que veía en el espejo parecía capaz de enfrentarse a todo. Pero una vocecita traicionera cuestionó que fuera así. Aimi se había creído por encima de la tentación, y Jonas estaba probando que se había equivocado. Pensar en él era un error, porque le hacía recordar el beso y la tormenta que había desatado en su interior.
Gruñendo por su estupidez, Aimi dejó de mirarse e inspiró varias veces. «Puedes hacerlo, Aimi. Recuerda cuánto has trabajado para llegar donde estás. Piensa en Lori y en lo que le prometiste hacer para compensar lo ocurrido. Sé fuerte. Sé fuerte».
Unos minutos después, cuando se estaba poniendo los zapatos, llamaron a su puerta. Sorprendida, abrió y se encontró con Jonas. Llevaba una camisa blanca que resaltaba el intenso color de sus ojos y tenía las manos metidas en los bolsillos de un elegante pantalón oscuro. El conjunto era un regalo para la vista y ella rezongó para sí.
–Como Nick no está, he pensado que me correspondía escoltarte a cenar –explicó él con una de sus sonrisas traviesas–. ¿Estás lista?
–Creo que sabré bajar la escalera yo solita –dijo Aimi con ironía. Jonas no se inmutó.
–Estoy seguro, pero mis padres se esforzaron mucho para que tuviéramos buenos modales, así que deberías aceptar mi caballeroso gesto –contraatacó él con ojos chispeantes.
Consciente de lo ridículo de estar allí parada, discutiendo con él, Aimi salió y cerró la puerta.
–¡Y yo que creía que los tiempos de la caballerosidad se habían acabado! –se burló, yendo hacia la escalera a paso rápido. Jonas la siguió.
–Eres una mujer difícil de complacer –se quejó él.
–Lo cierto es que es muy fácil. Si te marcharas, me complacerías mucho –le devolvió, con sorna. Casi dio un bote cuando el puso la mano bajo su codo mientras empezaban a bajar la escalera. Aunque leve, el contacto le llegó muy adentro.
–Ambos sabemos que eso no es verdad, cariño. Tengo una idea bastante clara de qué te complacería, y no sería que me fuese –dijo él con voz sexy.
Los nervios de Aimi iniciaron una serie de volteretas. Era difícil mantener la compostura ante un ataque tan fuerte, pero lo consiguió.
–¿También te enseñaron tus padres a ser descarado? –preguntó, aguda.
–No, eso lo aprendí yo solito –rió él.
–Sí, no lo dudo –dijo ella, pensando que había aprendido de maravilla.
–Eso se te da muy bien –comentó Jonas. Aimi lo miró con el ceño fruncido.
–¿Qué?
–Mostrar desaprobación –aclaró él.
–Eso es porque te desapruebo –afirmó ella.
–Pero eso no te impide desearme, ¿verdad, Aimi? –la retó él, deteniéndose al llegar a la planta baja.
Negar que lo deseaba sería fútil, el hombre no era ningún tonto. Leía a las mujeres con facilidad diabólica.
–Me impedirá involucrarme contigo, Jonas.
–No –movió la cabeza con seguridad–. Añadirá sabor a nuestra aventura. Lo estoy deseando.
Irritada más allá de lo que creía posible, sobre todo porque parte de ella sabía que Jonas tenía razón, agitó un dedo con ira.
–Escúchame, Jonas Berkeley…
–Te pones guapísima cuando te enfadas –dijo él con una sonrisa que habría derretido el hielo.
–¡Para ya! –Aimi, impotente, casi dio una patada en el suelo de pura rabia.
–No lo haría, incluso si pudiera. Estoy embobado contigo, Aimi Carteret, y no pararé hasta apagar la fiebre que me quema.
Como declaración, era de órdago. A Aimi la dejó sin aire. Movió la cabeza, desconcertada.
–¿Y qué hay de lo que yo quiero?
–Eso es lo bonito. Ambos queremos lo mismo, ¿por qué no lo aceptas? Te prometo que no te arrepentirás.
Tenía una lengua de oro, no era extraño que las mujeres cayeran a sus pies. Pensar eso aguijoneó su orgullo lo bastante para resistirse.
–¡Eres el hombre más cabezota que he tenido la desgracia de conocer!
–No pensarás eso cuando me conozcas mejor –Jonas volvió a ponerse en marcha.
–Te conozco todo lo bien que pretendo conocerte –afirmó Aimi, seca. Fue un alivio entrar al comedor y encontrar a la familia ya reunida. Fue directa a hablar con Paula. Le temblaba el cuerpo y tenía el corazón acelerado. Se sentía acosada, atacada por todos los flancos y atónita por el rápido derrumbamiento de sus defensas.
Por suerte, Jonas no la siguió. Por desgracia, como Nick no estaba, habían sentado a Jonas a su lado, así que el respiro duró poco. Sin embargo, él se transformó en la viva imagen de la cordialidad y el ingenio, haciendo que la conversación fluyera por toda la mesa. No pudo por menos que admirar su capacidad para hacer que todos se sintieran a gusto; pero sabía que utilizaba ese mismo encanto para atravesar las defensas de una mujer. Mientras comía los deliciosos platos, Aimi tuvo que admitir, a su pesar, que había mucho que admirar en Jonas Berkeley, si se obviaba el que era un mujeriego y un conquistador.
Como era costumbre en la familia, tomaron el café en la terraza. Aimi le preguntó a Simone por la historia familiar y pronto estuvieron perdidas en las complejidades de su familia. A Aimi le pareció un tema tan fascinante que consiguió olvidar a Jonas, hasta que él habló.
–Deberías enseñarle a Aimi la Biblia de la familia –le dijo a su madre–. Seguro que le interesa. Tiene más de cien años.
–¿Te gustaría verla? –preguntó Simone.
–Desde luego –asintió Aimi–. En mi familia no hay nada similar.
–Lleva a Aimi a la biblioteca, Jonas –le pidió Simone a su hijo–. Sabes en qué estantería está.
–Será un placer –contestó él con una sonrisa. Se puso en pie y miró a Aimi, interrogante.
Eso no era lo que ella había pretendido al aceptar la oferta, pero no podía negarse, así que se levantó con expresión risueña y lo siguió. Parecía que todo estuviera conspirando para acercarla a Jonas. Se le había acelerado el corazón como si esperase algo; por ejemplo el contacto de sus labios en los suyos.
La biblioteca estaba poco más fresca que el resto de la casa, a pesar de dar al norte. Jonas le cedió el paso para que entrara, cerró la puerta y fue a abrir la cristalera que daba al jardín. Empezaba a oscurecer, así que encendió una lámpara con pantalla verde, que emitía un acogedor resplandor dorado.
Aimi lo observó desde el centro de la habitación, que parecía haber encogido. Jonas estaba junto a la ventana, pero lo sentía como si estuviera a su lado. La electricidad empezó a zumbar en el aire, a su alrededor. Aimi tuvo la sensación de que le faltaba oxígeno.
Jonas, entretanto, fue hacia una de las librerías que a Aimi le quedaban por explorar y sacó un voluminoso libro con tapas de cuero, que dejó sobre la mesa, junto a la lámpara. Alzó la vista y arqueó las cejas al verla tan lejos.
–Desde allí no podrás verla –señaló. Aimi fue a reunirse con él–. Ábrela tú –invitó, haciéndole sitio ante la mesa. En cuanto ella estuvo allí, se acercó para mirar por encima de su hombro.
Aimi hizo lo posible por concentrarse en la Biblia. En la primera página había inscrita una lista de nombres, con excelente caligrafía.
–El tercer nombre es interesante –comentó Jonas, estirando el brazo para señalarlo. Aimi apenas lo vio, porque sentir su cálido aliento en la nuca le provocó escalofríos–. ¿Puedes leerlo?
Aimi ni siquiera habría podido recordar el abecedario en ese momento, no estaba para leer. Sólo sabía que si giraba la cabeza, sus labios se tocarían.
–Pues no –mintió–. La letra es muy pequeña.
–Hay una lupa por aquí –murmuró él, mirando a su alrededor–. Ah, aquí está –se inclinó hacia delante y su mejilla rozó la de ella. Aimi soltó un gemido y Jonas se quedó inmóvil–. ¿Algo va mal? –preguntó, con voz suave. Pero el brillo de sus ojos indicaba que sabía bien lo que estaba haciendo y el efecto que tenía en ella.
–No, pero creo que deberíamos volver con los demás –consiguió decir ella, sintiendo un cosquilleo en los labios.
–Pero aún no has mirado la Biblia. Hay mucho que ver –añadió, persuasivo–. Sabes que en realidad no quieres marcharte.
La antigua Aimi, la que había vivido la vida al máximo y amado con entusiasmo, no quería marcharse. Pero la nueva, que sabía que había que pagar por los errores cometidos, intentaba mantener el control. Estaba requiriendo cada átomo de su fuerza de voluntad para no entregarse a sus brazos y dejarse llevar por la intensa atracción física que sentía. Nadie antes había conseguido hacerle sentir esa necesidad, esa urgencia. La atraía como una llama a una polilla; sabía que podía quemarse, pero seguía atrayéndola su calor.
–Tengo que irme –declaró Aimi. Alzó una mano para que se apartara–. Necesito aire fresco –sabía que sonaba desesperada, pero le dio igual. Allí dentro no podía respirar, él estaba absorbiendo todo el oxígeno. Con la poca fuerza que le quedaba, fue hacia la cristalera. Jonas la habría seguido, pero sonó el teléfono y tuvo que contestar. Aimi aprovechó para escapar.
Salió por la puerta de cristal y se encontró en un lateral de la casa, desde el que podía acortar entre los arbustos y bajar hacia el lago sin que nadie la viera. Se sentía como un animal huyendo, tenía el corazón desbocado. Sin embargo, mientras se alejaba, oía el canto de sirena que la instaba a regresar. Lo que quería estaba a su espalda, no ante ella.
Sin embargo, sabía que no todo lo que deseaba era bueno. Había comprobado los resultados de esa autoindulgencia y se había jurado que no se repetirían. Así que siguió hacia el bosque, buscando reposo para sus inquietos sentidos. Pero no encontró la paz, ni siquiera en el cenador cubierto por una rosaleda que había al otro extremo del lago, junto al agua.
Se agarró a una de las vigas de madera y cerró los ojos, admitiendo que estaba perdiendo la batalla. Su deseo por Jonas era un fuego que no se apagaba. La idea de no verlo de nuevo le oprimía el corazón. Desde el momento en que lo había visto por primera vez, había sabido que no podría alejarse sin cicatrices. Había resucitado a la mujer que había sido y por, más que luchara, no vencería a su propia naturaleza.
El ruido de pasos interrumpió sus pensamientos. Como en un sueño, se volvió hacia la entrada al cenador. Jonas estaba allí y a Aimi le pareció que el mundo suspiraba lentamente.
–Me has seguido –dijo, sin asomo de sorpresa.
–Sabías que lo haría –respondió él con voz ronca–. Me atraes hacia dondequiera que estás. Y a ti te ocurre lo mismo.
–¿Tú crees? –Aimi tomó aire.
–Es asombroso, ¿no? –Jonas dio un paso hacia ella–, esto que hay entre nosotros. Lo sentimos nada más vernos.
–¿Lo sentimos? –lo retó ella, alzando la mano para mantenerlo a distancia. Él siguió avanzando hasta que su pecho rozó la mano de ella. Entonces se detuvo y la miró a los ojos.
–Oh, sí. Sabes que tu piel grita por conocer la textura de la mía –susurró él–. A mí me ocurre lo mismo. No puedo apartarme de ti, Aimi. Aún no. Ni tú puedes huir de mí.
–No me conoces tan bien –musitó ella con voz entrecortada. Sentía el calor de su pecho bajo la palma de la mano. Instintivamente, alzó la otra para sentir la fuerza de su corazón latiendo.
–Pretendo conocerte mejor –respondió él con voz sedosa.
Aunque parte de ella sabía que debía detenerlo, no pudo. La necesidad de sentir la abrumaba. Su cerebro dejó de funcionar, dando paso al sentimiento. Temblando, alzó los ojos hacia los de él y el fuego que vio en ellos la hipnotizó. Después, cuando él bajó la cabeza, fue como si el mundo se detuviera. Sus bocas se encontraron y la tierra giró sobre su eje.
El contacto de sus labios firmes reverberó en todo su cuerpo. Fue increíble. Todos sus sentidos se exacerbaron en un instante. Las ascuas del deseo volvieron a llamear, abrasándola con su intensidad. No había vuelta atrás. Jonas reclamó su boca con un gruñido de macho satisfecho, y Aimi respondió abriendo los labios para aceptar la invasión de su lengua. Fue un encuentro salvaje y ardiente, un beso llevó a otro hasta que se fundieron en uno, sin principio ni fin.
Durante interminables minutos, ninguno de ellos pudo controlar la potente atracción física que sentían. Eran como marionetas cuyas cuerdas volvían a moverse tras días de cautividad. Habían abierto la caja de Pandora de la atracción y se ahogaban en sus delicias. No había barreras ni restricciones. Por fin se sentían libres para entregarse a los deseos que los impulsaban.
Tras vivir esa primera oleada de excitación, se apartaron, jadeando, y sus miradas revelaron la fuerza de lo que acababan de experimentar.
–¡Oh, Dios! –gimió Aimi suavemente, apoyando la frente en la barbilla de él–. Lo había olvidado –dijo. Hacía tanto tiempo que no se permitía sentir que era casi como la primera vez.
–¿Que podía ser así? –preguntó Jonas con voz espesa. La rodeó con un brazo, atrayéndola hacia sí; alzó la otra mano y empezó a sacar las horquillas de su cabello, hasta que cayó como un halo sobre sus hombros–. Que Dios me ayude, yo también lo había olvidado –sonó sorprendido, atónito casi.
Aimi apenas escuchaba. Con cada inspiración se llenaba de su aroma y la piel bronceada de su cuello estaba muy cerca. Sólo tuvo que girar la cabeza para que sus labios hicieran contacto. Se estremeció de arriba abajo. Sacó la lengua y la deslizó por su piel, el gemido de Jonas casi la volvió loca. Pero quería mucho más. Un instante después, sus dedos impacientes desabrochaban su camisa para poder apartarla y reclamar su presa.
No tuvo mucho tiempo para disfrutar con su sabor y su tacto; los dedos de Jonas se hundieron en su cabello y la obligaron a echar la cabeza atrás.
–Me estás volviendo loco –declaró con voz gutural. Atacó su cuello con labios ardientes.
Aimi se aferró a sus hombros y su cuerpo empezó a fundirse como un metal. No tenía fuerza en las piernas, pero Jonas soportaba su peso sin problemas e hizo que se arrodillara con él. Sintió sus manos desabotonarle la blusa y abrirla, revelando la seda color miel de su sujetador. Una mano de dedos largos reclamó su seno. Instintivamente, se arqueó hacia él, cerrando los ojos y disfrutando de la placentera sensación. Las manos de él se movieron, acariciándola y apartando la barrera de seda, trazando un camino de llamas que sus labios siguieron después, hasta que su boca se cerró sobre un pezón y lo succionó. Entonces ella perdió el control.
Ya no eran posibles cordura o sensatez para ninguno de ellos. Sólo cabían las sensaciones y, como piedras de la playa, no podían evitar el embate de las olas de placer que los ahogaban. Se libraron de la ropa, afanándose por acercarse y descubrirse. Cayeron al suelo, un amasijo de miembros entrelazados, envueltos en una pasión tan cálida y húmeda como la noche que los rodeaba.
La urgencia del deseo impidió que se hicieran el amor con calma. Los dominaba el impulso primario de alcanzar el objetivo que sus cuerpos exigían. Aimi sólo sabía que cada beso y cada caricia incrementaba su necesidad de sentirlo dentro de ella. Lo anhelaba tanto que, cuando Jonas finalmente se colocó entre sus piernas y la penetró, dejó escapar un grito.
–¿Aimi? –Jonas se quedó quieto–. ¿Te he hecho daño? –su voz sonó cargada de pasión.
–No. Estoy bien. Es sólo que… hacía mucho tiempo –susurró ella, sin ganas de hablar.
La miró como si quisiera decir algo, pero ella lo apretó entre sus brazos y clavó los dedos en su espalda. Él volvió a moverse y segundos después se perdieron en una carrera hacia la liberación. Llegó como una explosión de fuego blanco que hizo que ambos gritaran. Abrazados, cabalgaron juntos sobre el placer, hasta que acabó. Después, saciados, se quedaron dormidos.
Capítulo 5
Largo rato después, Aimi se removió y arrugó la frente, confusa. Se preguntó por qué la cama era dura y la almohada cálida y firme. Entonces una lechuza ululó sobre su cabeza y comprendió que no estaba en su dormitorio, sino afuera.
Eso bastó para hacer que se sentara de golpe. Asombrada, comprendió que no sólo estaba desnuda, sino que el cuerpo masculino que tenía al lado, también. Jonas abrió lentamente los ojos y ella recordó de repente.
Se le contrajo el estómago y sintió náuseas. No entendía cómo había permitido que ocurriera eso. Había dedicado años a distanciarse de la persona que había sido y, de repente, había acabado tirada en el suelo dando a Jonas acceso libre a su cuerpo. Igual que habría hecho la antigua Aimi, dejándose dominar por sus sentidos. De hecho, había disfrutado con ello y eso la incomodaba.
Había sido incapaz de luchar contra sus instintos más básicos. Después de lo que había vivido, debería de haber sido capaz de alejarse de él; se preguntó por qué no lo había hecho. Allí sentada, en la oscuridad tórrida del cenador, tuvo que aceptar lo obvio: había querido que ocurriera. Había deseado volver a sentirse viva, experimentar la calidez de estar con otro ser humano. Y no uno cualquiera, Jonas. Sólo él.
–Vuelve. Estás a años luz –la voz grave de Jonas puso fin a su introspección.
Ella se volvió y lo miró, captando el brillo de sus ojos y la sonrisa de sus labios. Él estiró una mano y acarició la curva de su espalda. Sintió el contacto en todo el cuerpo y deseó apoyarse en esa mano. Intentó no hacerlo, ser fuerte.
–Tu piel es suave como la de un melocotón –murmuró él, apoyándose en un codo para capturar esa sensación con los labios.
–Para –aunque casi le dolió físicamente, Aimi se apartó. Tenía que volver a la casa. Pero Jonas tenía ideas muy distintas.
–¿Para? –rió suavemente y trazó un camino de besos hombro arriba, hasta llegar a la tierna piel de la base de su cuello.
Entonces ella supo cuan débil era, porque se arqueó contra él, incapaz de marcharse. Él puso una mano en su rostro y giró su cabeza para atrapar sus labios con un largo beso.
–No quiero esto –intentó ella de nuevo, mientras él seguía besándola, subiendo por su rostro hasta llegar bajo su oreja. Cerró los ojos.
–Ya lo veo –musitó Jonas, risueño.
–No podemos quedarnos aquí –jadeó Aimi–. Tienes que parar.
–Dudo que pueda –susurró él, besando su mandíbula–. Tendrás que pararme tú.
Ella abrió los ojos cuando él regresó a capturar sus labios y, al mirarlo, todo resto de sensatez se esfumó. No quería pararlo. Posó la mano en su pecho, sintiendo los fuertes latidos bajo la palma. Ignorando el grito de cautela de su conciencia, permitió que la sensualidad ganara la partida de nuevo. Sus labios se curvaron con una sonrisa.
–He cambiado de opinión.
Jonas, emitiendo un sonido entre risa y gruñido, se dejó caer al suelo, arrastrándola con él. Ninguno de ellos oyó el ulular de la lechuza.
Una hora después, Aimi se liberó con cuidado del brazo de Jonas y se puso en pie. Recogió su ropa, se vistió rápidamente y fue a la entrada del cenador. Todo estaba en silencio, como si no acabara de ocurrir algo monumental allí dentro. Se volvió para mirar el cuerpo dormido de Jonas y el corazón le dio un vuelco. Parecía más débil dormido y sintió un estallido de emoción en su interior. Hacer el amor con él había sido la experiencia más perfecta de su vida. Era un amante magnífico, pero se trataba de más que eso. Estar con él había hecho que se sintiera… completa, como hacía años que no se sentía. Había vuelto a estar viva.
Entonces un recuerdo dominó su mente. Su mejor amiga, Lori, riéndose al sol, en la cima de la pista de esquí, aquel último invierno. Habían tenido dieciocho años y el mundo era suyo. Ambas habían sabido lo que era estar vivas, pero Lori ya no podría saberlo. Aimi cerró el puño, clavándose las uñas en la palma de la mano. No tenía derecho a sentir cuando alguien mejor que ella ya no podía hacerlo. Un hombre había derrumbado sus defensas y le había demostrado que el sexo con él era fantástico; pero eso no era suficiente. Nada volvería a ser suficiente.
Pero, una vez cruzada la línea, tras ceder a la tentación, Aimi no sabía qué hacer. Tenía que pensar y no podía arriesgarse a que Jonas se despertara antes de que ella tomara una decisión sobre su comportamiento futuro. Sin hacer ruido, bajó los escalones y tomó el sendero que, rodeando el lago, llevaba de vuelta a la casa.
A salvo en su habitación, echó el cerrojo. Sin encender la luz, se sentó en la cama y dejó caer la cabeza en las manos. Recordó la advertencia de Nick y cerró los ojos con desconsuelo.
–Ay, Nick mira lo que he hecho –dijo, imaginándose su expresión si se enteraba. Al final, había dejado que su hermano la sedujera.
No sabía qué diablos iba a hacer. Había experimentado lo que era hacer el amor con él, y no podría olvidarlo. Se arrepentía sobremanera de su momento de debilidad. Jonas había provocado en ella emociones más fuertes que su sensación de culpabilidad. Su deseo por él había sido demasiado intenso para negarlo, y no estaba segura de poder resistirse a él en el futuro. Sólo sabía que debía intentarlo porque le había dado su palabra a Lori.
Suspiró con pesar y se puso una mano sobre el estómago, para controlar los nervios. No habría más. Tenía que ser fuerte. No tenía por qué magnificar el error, si se mantenía fiel a sí misma. Lentamente, sus nervios se apaciguaron y la calma descendió sobre ella.
Decidida, Aimi reunió la energía para darse una ducha y ponerse el camisón. El calor era incluso más opresivo que las noches anteriores, y apenas soplaba la brisa. Aimi dio vueltas en la cama, el calor era el menor de sus problemas. Finalmente, el agotamiento físico y mental le permitieron dormir. Pero sus sueños fueron tan calurosos y húmedos como la noche.
La mañana siguiente, Aimi, tras ponerse falda y blusa, se recogió el pelo. Tuvo que utilizar horquillas nuevas, y recordó cómo Jonas le había quitado las otras en el cenador. Por suerte, tenía suficientes, porque no pensaba ir a buscar las perdidas. ¡No necesitaba más recuerdos!
Su imagen en el espejo la reconfortó y se sintió capaz de enfrentarse al día. En la planta baja todo estaba en silencio, era temprano. Pero el ama de llaves debía estar ya en marcha, las ventanas y puertas estaban abiertas. Aimi salió a la terraza y la animó oír el canturreo de los pájaros buscando su desayuno. Se apoyó en el muro y los observó un buen rato hasta que, de repente, se le erizó el vello de la nuca e intuyó que no estaba sola.
Se dio media vuelta, sabiendo a quién vería. Su radar estaba destinado a captar a un hombre. Jonas, en el umbral, la observaba pensativo. Sus ojos se encontraron y notó que él intentaba ver en su interior. No lo consiguió y fue hacia ella. Aimi volvió a concentrarse en el paisaje, no quería ofrecerle el más mínimo atisbo de cuánto se aceleraba su corazón con el placer de verlo.
–Eh, ¿qué te ocurrió anoche? –preguntó él, rodeando su cintura con los brazos. Automáticamente, ella alzó las manos para liberarse, pero él lo impidió–. Te eché de menos –farfulló, besando la base de su cuello.
Aimi sintió una descarga sensitiva en todo el cuerpo; tuvo que luchar contra el deseo de recostarse en él.
–Estaba cansada, así que me fui a la cama –dijo con frialdad. Bien. Tenía que ser fría.
–¿Qué va mal? –Jonas la obligó a darse la vuelta y la miró con la frente arrugada.
–¿Mal? –ella arqueó las cejas–. ¿Qué podría ir mal? –preguntó, con un deje burlón.
–Dímelo tú –replicó él, aún ceñudo–. Anoche eras todo fuego y pasión. Esta mañana eres…
–¿La de siempre? –completó ella, con una risita–. ¿Qué esperabas?
–Esto no –dijo él, dando un paso atrás.
Aimi consiguió esbozar una expresión divertida, pero no le resultó nada fácil.
–¿Se suponía que iba a estar derritiéndome sobre ti porque conseguiste vencer mi resistencia?
–De hecho, pensaba que te gustaría que pasáramos el día juntos –contestó Jonas, obviamente disgustado por su tono de voz.
Aimi se encogió de hombros, esperando que la indiferencia lo mantuviera a raya.
–Pienses lo que pienses, yo estoy aquí para trabajar. Además, ¿qué otra cosa podrías querer? Ya me tuviste. Puedes añadirme a tu lista.
Podían ser imaginaciones suyas, pero tuvo la impresión de que Jonas se quedaba anonadado un momento. Enseguida frunció el ceño.
–¿De qué diablos hablas?
Ella volvió a encogerse de hombros, como si la conversación la aburriera, aunque tenía los nervios desatados. Hizo un esfuerzo más.
–Mira, me viste, me deseaste, me conseguiste –explicó–. Fin de la historia.
Él enarcó las cejas ante tanta crudeza.
–Estamos lejos del final, Aimi. ¿Qué me dices sobre lo de que hacía mucho que no tenías relaciones? Deberías haberme avisado –le dijo.
–¿Cuándo, exactamente? –Aimi se sonrojó. A la defensiva, cruzó los brazos para ocultar el temblor de sus manos.
–Tienes razón –Jonas tensó la mandíbula y luego suspiró–. Sólo desearía haberlo sabido.
–¿Qué habría cambiado eso? –Aimi deseó poder cambiar de tema.
–Habría actuado de forma diferente –sonrió y sus ojos chispearon–. Más gentil, cuidadoso.
–Fuiste gentil –le aseguró ella, sonrojándose aún más. No podía mentir–. No me hiciste daño.
–¿En serio? Pensé que sí, al percibir tu frialdad esta mañana.
–¿Es que nunca te había ocurrido antes? –preguntó ella con escepticismo.
–Una o dos veces –hizo una mueca–. Pero no lo esperaba de ti.
–¿Por qué? –alzó la barbilla–. ¿Acaso porque te lo puse fácil?
–¿Crees que me lo pusiste fácil? –preguntó Jonas con sorpresa. Ella desvió la mirada, la situación se le estaba yendo de las manos.
–No importa. Lo de anoche fue un error –declaró. Sabía que se lo había puesto fácil al olvidar el principio que regía su nueva vida.
–¿Te arrepientes de lo que ocurrió? –la retó él, con tono ofendido, sorprendiéndola.
–No debería haber ocurrido –le dijo, concentrándose en la vista del jardín–. Y no habría ocurrido si… –Aimi calló, pero Jonas se aferró a sus palabras.
–¿Qué podría haberlo impedido, Aimi?
Aimi, que seguía recriminándose, se irritó por la pregunta. Se dio la vuelta y clavó un dedo en su pecho.
–Yo debería haberlo impedido. ¡Lo sabía! Sólo quería… pero fue un error. Ahora estoy segura.
Jonas movió la cabeza, claramente intrigado por su forma de comportarse.
–¿Qué pasa por esa cabecita tuya? –preguntó, poniendo las manos en sus hombros–. Hicimos el amor, nada más.
–No hicimos el amor –Aimi se libró de él–. Fue sexo, sin más.
–Si buscara sexo sin más, podría encontrarlo en muchos sitios –Jonas dio un paso atrás y sus ojos destellaron de forma peligrosa.
Aimi tuvo la sensación de que lo había herido, pero no sabía en qué sentido. Además, no podía permitirse ninguna debilidad. Ya había dicho demasiado.
–Entonces, sugiero que la próxima vez lo busques allí. Yo no estaré disponible.
–No tienes muy buena opinión de mí, ¿eh?
–Tu reputación habla por sí sola –contestó Aimi, que en ese momento no pensaba nada bien de sí misma.
–¿Ah, sí? –se rió con amargura–. ¿Te interesaría saber que no soy el bastardo que «las usa y desecha» que insiste en sugerir la prensa?
–No importa. Sea lo que sea que crees que hay entre nosotros, acabo de ponerle punto final –declaró ella con firmeza. Más claro, imposible.
–¿Por qué? ¿Te da miedo disfrutar demasiado? Antes de que abras esos deliciosos labios y me sueltes un montón de mentiras, anoche disfrutaste. ¡Tengo arañazos en la espalda que lo demuestran!
–Mientes –protestó ella, moviendo la cabeza. Lo miró, totalmente avergonzada.
Rápido como el rayo, Jonas se sacó la camisa del pantalón, se dio la vuelta y la alzó para mostrarle las marcas rojas.
–¿Eso parece una mentira? –exigió. Se volvió de nuevo hacia ella–. Fuiste una tigresa, cielo. Y sé que bastaría con rodearte con los brazos y besarte para que recuperases es mirada nublada y enfebrecida. No fue sólo sexo. Hicimos el amor, te guste o no llamarlo así.
Sus palabras le recordaron lo que había estado intentando olvidar. Con un gemido entrecortado, se mordió el labio y desvió la mirada.
–Jonas, si no te callas, ¡gritaré!
–Hazlo –la retó él–. Me gusta cómo gritas.
–¡Maldito seas! –al límite de su paciencia, Aimi se dio la vuelta y alzó la mano para golpearlo. Jonas lo impidió agarrando sus muñecas y poniéndoselas a la espalda, lo que atrajo su cuerpo hacia él. Ella lo miró, jadeante.
–Eso está mejor. Ahora me recuerdas a la mujer que conozco. Hay fuego en tus ojos y pasión en tus venas. Ésa es la auténtica Aimi Carteret, no la mujer de sangre helada que simulas ser –declaró él con aire satisfecho.
Aimi palideció. Había caído en su trampa y revelado una vez más esa parte de sí misma que había intentado enterrar. Era imperativo recuperar el equilibrio, así que hizo acopio de toda su experiencia para reestablecer la calma.
–Suéltame, por favor –ordenó con voz más tranquila. Él lo hizo–. Gracias –añadió con frialdad, apartándose. Jonas movió la cabeza.
–Deberías ser actriz, con ese control que tienes de tus emociones –comentó con ironía, haciendo que Aimi se riera.
–Descubrí hace tiempo que no tengo talento para eso –lo corrigió, recordando la expresión de su madre cuando aceptó que su joven hija no seguiría sus pasos.
–Te equivocaste. Tienes una habilidad asombrosa para encubrir lo que sientes. Es una representación que supongo has practicado durante años hasta conseguir la perfección.
–No es ninguna representación. Es quien soy –Aimi le dirigió una mirada gélida. Ella no había simulado cambiar, lo había hecho de verdad.
–Es quien te gustaría ser –sonrió débilmente–. He visto a tu otro yo y me gusta más.
–¿Tal vez porque se acostó contigo? No volverá a hacerlo –curvó el labio con desdén. Ya que sabía que la antigua Aimi podía resurgir en cualquier momento, tendría más cuidado.
–No estés tan segura de eso. Puedo ser muy persuasivo. Aún no estoy listo para decir adiós, Aimi. Lo de anoche me ha hecho desear más.
–Es una lástima, porque a mí me hizo comprender que había sido más que suficiente.
Jonas se rió y mientras Aimi batallaba consigo misma para no darle una bofetada, Paula salió de la casa.
–¡Caramba, sí que habéis madrugado! –exclamó, con su alegría habitual–. ¡Menuda nochecita! ¡Me siento como un trapo viejo!
–Hizo mucho calor –corroboró Aimi, agradeciendo el cambio de tema. Incrementó la distancia entre Jonas y ella.
–Muchísimo –dijo él. El brillo de sus ojos indicó a Aimi que estaba pensando en un calor muy distinto al climatológico.
–¿A qué horas pensabas volver, Jonas? Nosotros saldremos temprano, para evitar la hora punta –dijo su hermana, sentándose en una silla.
–Después de comer. Imagino que Aimi necesita pasar unas horas más en la biblioteca, investigando para el libro de Nick –contestó Jonas, alzando una ceja interrogativa hacia ella.
–Sí que tengo que acabar algunas cosas –confirmó ella. Con Paula allí le resultaba mucho más fácil mantener la compostura.
–Puedes volver siempre que quieras. Mamá y papá se alegrarán de verte –Paula sonrió a Aimi con calidez–. He estado pensando. Todos vivimos en la ciudad, ¿por qué no quedamos una noche para cenar? James y yo, Nick, Jonas y tú. ¿No sería fantástico? –sonrió a uno y a otro, buscando su aprobación.
–No soy parte de la familia, Paula –dijo Aimi, a quien en ese momento no se le ocurría nada menos fantástico–. No deberías incluirme.
–¡Tonterías! Sé que no nos conocemos desde hace mucho, pero me caes bien, Aimi. Por favor, di que vendrás –urgió, mirándola con ojos anhelantes como los de un perrito.
Pulsuz fraqment bitdi.