Kitabı oxu: «Pensar el feminismo y vindicar el humanismo»

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AMELIA VALCÁRCEL



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© Amelia Valcárcel, 2020

© De esta edición: Universitat de València, 2020

Diseño de la colección: Enric Solbes

Coordinación editorial: Maite Simón

Corrección: David Lluch

Maquetación: Inmaculada Mesa

Fotografías: Pep Pelechà

(Taller d’Audiovisuals de la Universitat de València)

Ilustración de la cubierta:

Libro de las maravillas del mundo y del viage de la tierra sancta de Hierusalem y de otras provincias y hombres monstruosos que hay en las Indias, de Juan de Mandavilla (John of Mandeville). Valencia, Juan Navarro, 1540. (Imagen cedida por Josep Lluís Canet)

ISBN: 978-84-9134-662-3

Edición digital

Índice

Nota de la editora

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN EL ACTO DE INVESTIDURA

Laudatio académica a cargo de la doctora Neus Campillo

Lectio pronunciada por la doctora Amelia Valcárcel

Palabras de clausura del Excmo. y Mgfco. Sr. Rector Esteban Morcillo

BIOBIBLIOGRAFÍA

ESCRITOS SELECCIONADOS

I El derecho al mal

II ¿Es el feminismo una teoría política?

III Democracia y feminismo

IV Vindicación del humanismo

V La violencia inevitable

ENTREVISTA con Amelia Valcárcel: «De Valencia a València»

Nota de la editora

Esta selección de textos de Amelia Valcárcel quiere dar cuenta de algunos rasgos de su obra que obedecen a los ejes fundamentales que la caracterizan: una filosofía política y una ética, una vindicación del feminismo, un análisis político e histórico de las mujeres y una vindicación del Humanismo.

Delante de una obra ensayística tan amplia y con tantos matices, convenía centrarse en aquellos textos que mostraran lo más característico de la autora, aunque sin una exhaustividad difícil, si no imposible, de conseguir en una «selección».

Así pues, en la elección se ha optado por textos que resumen su pensamiento, como «Vindicación del humanismo», sin menoscabo de contar también con textos de sus inicios, como «El derecho al mal», que dan cuenta de un pensamiento aún en ciernes, pero que ya contiene toda la energía y lucidez de análisis que posteriormente desarrollará.

El primero de los textos seleccionados, «El derecho al mal», fue originalmente una ponencia que presentó en el Congreso de Filósofos Jóvenes. Luego se publicó en la revista El Viejo Topo. Era 1981 y, posteriormente, su autora lo incorporó al libro Sexo y filosofía. Sobre «mujer» y «poder», como apéndice, por entender que, siendo de difícil adquisición era una manera de poder leerlo para quienes no hubieran podido hacerlo en su momento. Creo que aún contiene un plus de rebeldía.

Amelia nos advierte de que ese carácter rebelde del escrito no es el único motivo para su reedición; otro motivo, quizá más importante, es que se trata de un escrito capaz de crear polémica. Pero entiende, y así lo precisa en la nota a pie de página, que no se trata de una «conclusión» al libro Sexo y filosofía. Diez años después, podemos observar que Amelia Valcárcel ha incorporado, ya en el libro, suficiente bagaje analítico y crítico como para reconvertir las energías reivindicativas en pensamiento feminista crítico; para plantearse la genealogía del feminismo; introducirse en las complejas relaciones de las mujeres con el poder; cuestionarse el tema de la legitimidad; defender un nominalismo que sin abandonar el individualismo optara por un «del vosotras al yo» que pusiera lo político en el centro de atención para las mujeres. No es de extrañar, pues, que ello la llevara a reflexionar sobre la cuestión de si el feminismo era, o no, una teoría política.

Es por ello por lo que el segundo de los textos seleccionados corresponde a los capítulos II y III de Sexo y filosofía, donde se hace esa pregunta: «¿Es el feminismo una teoría política?». La respuesta conlleva una exhaustiva referencia a la historia del feminismo, pero en unos términos que ponen de relieve las problemáticas y las polémicas teóricas que este ha ido generando. Desde los orígenes de la desigualdad de las mujeres hasta los debates, por otra parte recurrentes, entre igualdad y diferencia. En todo caso, se trata de un texto muy significativo para entender la postura de Valcárcel respecto a la necesidad de trazar un nivel ético en el feminismo. La necesidad de que no quede únicamente como una teoría política sustentadora de la igualdad, aunque también, sino que vaya más allá analizando los problemas éticos que el poder comporta.

De ahí la relevancia que adquiere también el escrito que corresponde al tercer texto seleccionado: «Democracia y feminismo». Este texto corresponde al capítulo V del libro La política de las mujeres, que es desde que se publicó uno de los libros más citados de la autora. La selección de este capítulo obedece a que quiero dar cuenta de cómo Valcárcel llama la atención sobre un fenómeno que se estaba produciendo en los años noventa en España y que podríamos resumir con sus palabras: «Yo pienso que la teoría feminista no acaba de encontrar el fácil puente, quizás porque ese fácil puente no existe, entre el discurso inmediato de la acción y el discurso teórico explicativo» (p. 104).

Se trataba de dar cuenta de una desconexión entre la teoría y la práctica feminista, cuando por otra parte el feminismo estaba siendo uno de los movimientos vindicativos que más y mejor había interrelacionado esos dos niveles. Entiende que lo que se estaba produciendo era un problema de desajuste «o un discurso demasiado amplio que luego no tiene inserción, o un discurso complejo que no es capaz de llamar a la acción». Creo que toda la reflexión sobre ese problema aporta una novedad crítica en el feminismo de fin de siglo en España digna de tener en cuenta. Entiendo que, aunque aparentemente sea un texto menor, en realidad aporta una novedad en ese sentido importante. Esta es la razón de introducirlo en esta selección de textos de la autora.

El cuarto texto seleccionado, que lleva el título de «Vindicación del humanismo», es por el contrario un escrito que no necesita justificación para insertarlo en una selección de textos de Amelia Valcárcel. Se trata de los escritos que produjo para las Conferencias Aranguren, a las que fue invitada en el año 2007 y que posteriormente se publicó en la revista Isegoría en su número 36.

Comienza la autora una serie de reflexiones que tienen como eje la imagen de un «mundo global». Ese cambio que se produce en el siglo XXI desde la crisis de los estadosnación estaba siendo una base recurrente en algunos de sus libros, como Ética para un mundo global y Feminismo en un mundo global. Entiendo que estas dos obras tienen su origen en la idea de repensar el humanismo en el nuevo siglo XXI.

Se trata de un recorrido sobre los avatares del humanismo y sus crisis, desde los diferentes momentos históricos, Renacimiento, Ilustración, siglo XX, con las diferentes temáticas y oposiciones entre mundo clerical y secularización; oposición entre las dos culturas, ciencias-letras; el corte entre progreso científico-técnico y la mejora moral de la especie, etc. Las crisis del humanismo en los cruciales debates de mitad del siglo XX entre Sartre y Heidegger o existencialismo y estructuralismo. Todo ello va conformando una reflexión que conduce a la autora a la idea de la necesaria vinculación del humanismo con una base sólida en el universalismo. Una vinculación apoyada sobre la idea que Valcárcel expresa así: «Para el mundo humano, que es una intrincada red de mundos grupales y particulares, además de institucionales y trascendentales, solo para este tejido, existe la conciencia de sí y la pregunta por el sentido» (p. 14).

Ese «tejido del mundo» es objeto de reflexión desde la perspectiva que el nuevo tiempo del siglo XXI nos depara. Una perspectiva que se adentra en los cambios en la democracia y la ciudadanía en un planeta hipercomunicado en el que las grandes decisiones escapan, cree, al estado-nación, y no se acaba de autorizar a nadie fuera de este para tomarlas. Todo ello presenta un panorama poco alentador, aunque, al mismo tiempo, introduce un horizonte universalista con un contenido humanista. Todo un horizonte de valor para salvaguardar principios básicos: libertad, igualdad, fraternidad. Valores y prácticas constitutivos de la democracia y expresados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948. El universalismo y la compasión de la Ilustración están en su base, pero esta declaración introduce claramente un contenido de mínimos.

El humanismo hoy es un humanismo autorreferente, lo que quiere decir que es la humanidad misma la que se toma como un todo cuyo horizonte es su propio fin. Amelia Valcárcel es muy consciente de los límites de la propuesta humanista. Límites que ya el propio Hegel expresó: la fijación del marco dentro de una estructura moral pasajera, que puede claramente resultar escasa en sí misma. Pero, aunque el «humanismo no sea ninguna ganga, es lo que hay». Esa rotundidad en la afirmación nos muestra que la defensa del humanismo va más allá de sus límites epistémicos. Se trata de un humanismo que ya no es ni geocéntrico ni antropocéntrico, ni la tierra ni el hombre son el centro, pero sí lo son los valores. Valores con pretensión de seguridad en un mundo que ha cambiado sus seguridades, en un mundo que nos coloca en consensos de valor, en fines compartidos. Se trata de un resurgir del humanismo como internacionalismo y, sobre todo, con un sentido moral de la democracia. Por ello se insiste en el texto en vindicar no solo la tabla de derechos de la Declaración del 48, sino el sentido moral, la justicia, el cuidado, la caridad. En definitiva, «una ética global para una ciudadanía global».

Desde este planteamiento vindicativo del humanismo, las conferencias Aranguren finalizan con una vindicación del feminismo al entender que «el feminismo es un humanismo pero informado», y dedica las últimas páginas a dar cuenta de esa identidad entre humanismo y feminismo.

Para finalizar la selección, he entresacado el capítulo «La violencia inevitable» de uno de sus últimos libros: Ensayos sobre el bien y el mal (2018). Se trata de un libro de ensayos muy representativos de la forma de reflexión que ha caracterizado la obra de Amelia Valcárcel: claridad en la expresión y profundidad en las reflexiones. Ensayos eruditos, pero sin pedantería. En este libro se atreve con lo que llama «los temas peligrosos de la ética». Temas como la violencia, capítulo que hemos seleccionado, pero también la envidia, la mentira, la obscenidad, etc. Temas que se refieren al mal, que queremos evitar, pero que, sin embargo, nos fascina.

El capítulo seleccionado da cuenta del tema de la violencia, al que considera quizás «el mayor de los que nuestro pensamiento tiene en agenda». Da cuenta de las perplejidades de este nuestro nuevo mundo, postmoderno, postcolonial, global, a la búsqueda de sentido, y se pregunta si estaremos, o no, ante «un nuevo siglo ilustrado» delante de la constatación de que ya no es una cuestión de si la violencia es o no legítima, de definirla de una u otra manera, sino de afirmar que «ya no la queremos en nuestro horizonte» y, sin embargo, como otros signos dispares de nuestro presente, «constantemente la vemos, la sentimos, la usamos». La vindicación del feminismo y la vindicación del humanismo son, sin duda, antídotos contra ella.

NEUS CAMPILLO

DISCURSOS PRONUNCIADOS EN EL ACTO DE INVESTIDURA (8 de marzo de 2016)

Laudatio académica de la doctora Amelia Valcárcel a cargo de la doctora Neus Campillo


Senyor rector magnífic

Excel·lentíssimes senyores vicerectores i excel·lentíssims senyors vicerectors

Il·lustríssima Sra. secretaria general

Doctora Amelia Valcárcel

Distingits convidats

Membres de la comunitat universitària

Senyores i senyors, amigues i amics

Es per a mi un gran honor, com a professora d’aquesta universitat, actuar com a padrina en aquest solemne acte acadèmic en que és va a procedir a la investidura de doctora honoris causa de la professora Amelia Valcárcel. Vull agrair al Consell de Govern de la Universitat de València la proposta de nomenament i l’aprovació la qual ha llegit la Il·lustríssima Secretaria General de la Universitat. Així mateix m’ompli d’orgull i satisfacció haver estat designada per a pronunciar la laudatio de la nova doctora.

Al leer esta laudatio de la profesora Amelia Valcárcel lo hago en nombre de todos los compañeros de la Universidad, pero especialmente de todas mis compañeras de la Universidad, así como de las mujeres del ámbito social y político del feminismo de todo el País Valencià. También en nombre de aquellos profesores de la titulación de Filosofía de la Universitat de València que fueron sus profesores en los años setenta, cuando cursó aquí sus estudios.

Amelia Valcárcel ha estado vinculada a la Universitat de València mediante la impartición de cursos y seminarios desde que se creó el Institut Universitari d’Estudis de la Dona, con el que colaboró a lo largo de los años. En Valencia mantiene muchas y buenas amigas porque siempre ha acudido a las actividades en las que se le requería, desde la Casa de la Dona y la Coordinadora Feminista de Valencia, hasta el Seminario de Alicante o los de Castellón.

Son muchos los logros científicos y políticos que se pueden destacar de ella para justificar que una institución académica como la Universitat de València la nombre doctora honoris causa. Comenzaré exponiendo algunos de los aspectos más sobresalientes de su proyección política, tanto institucional como académica y en la actividad política feminista. En segundo lugar, me centraré en destacar su pensamiento filosófico y feminista.

1. PROYECCIÓN INSTITUCIONAL, POLÍTICA Y CULTURAL

Amelia Valcárcel es una figura destacada tanto en la filosofía española como en el feminismo, pero también lo es en el ámbito institucional, cultural y político en nuestro país. A la investigación rigurosa y novedosa en el ámbito de la ética y la filosofía política, ha unido la actividad pública en diferentes campos. Forma parte del Consejo de Estado, del que es miembro desde 2006. Es vocal del Patronato del Museo del Prado, así como de la Biblioteca Nacional. Fue Consejera de Educación y Cultura de la Junta del Principado de Asturias, así como miembro del Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Artes en diversas convocatorias.

Fue presidenta del XIX Congreso Español de Filósofos Jóvenes, copresidenta de diferentes congresos de ética y filosofía política, directora de Leviatan. Revista de Hechos e Ideas, miembro del consejo editorial de colecciones de libros y revistas –entre ellas destacaría la colección «Feminismos»– y forma parte de diversos consejos asesores. Así mismo, es presidenta de la Asociación Española de Filósofas «María Zambrano». Le fue concedido el Premio Rosa Manzano en 2006 por su contribución esencial al pensamiento feminista. Recibió también en 2006 la Medalla de Plata del Principado de Asturias como reconocimiento a su trayectoria.

Escribe muy bien, con un gran dominio del castellano, nada de extrañar en alguien que, a los 12 años, leyendo Ideas y creencias de Ortega, descubrió su vocación por la filosofía. Sus escritos son un modelo de ensayo filosófico; no en balde quedó finalista del Premio Nacional de Ensayo en dos ocasiones, por Hegel y la ética en 1989 y por Del miedo a la igualdad en 1994.

Es importante señalar que toda esa actividad es expresión de diferentes formas de ejercer la política feminista. Su proyección pública individual es la proyección pública de las mujeres y de su lucha, emulando a la pionera del feminismo Mary Wollstonecraft cuando dijo «hablaré en nombre de las de mi sexo» al escribir su Vindicación. La relevancia de la individualidad para la política adquiere en ella una proyección de solidaridad, porque la realiza en nombre de las mujeres. Es por ello por lo que es una de las máximas exponentes del feminismo en España.

2. PENSAMIENTO FILOSÓFICO Y FEMINISTA

Por lo que se refiere a su trayectoria académica e investigadora, habría que señalar que se doctoró en la Universidad de Oviedo en 1982 con una tesis sobre la Ética de Hegel. Desde entonces fue ampliando sus investigaciones a través de diversos proyectos, primero desde la Universidad de Oviedo, en donde fue profesora desde 1977 y catedrática de Filosofía Moral y Política desde 2002, y posteriormente desde la UNED, donde es actualmente catedrática de Filosofía Moral y Política. Realizó su labor investigadora en diferentes proyectos de investigación tanto desde las universidades como desde el Instituto de Filosofía del CSIC. Entre estos proyectos destacaría «Metafísica y desarrollo científico cultural», «Paridad», «La herencia de la Ilustración», «Sobre mujer y poder» o «Leibniz y la idea de Europa».

A través de estos proyectos fue desarrollando una serie de investigaciones que centró en torno a una reflexión: la cuestión sobre si el feminismo es una teoría política y una ética. Esa afirmación, que nos parece obvia en la actualidad, cuando empezó a plantearla era inusual. Incluso el título de su escrito era una interrogación: «¿Es el feminismo una teoría política?». Un tema sobre el que volvió en 1991, en el libro Sexo y filosofía. Sobre «mujer» y «poder», publicado en Anthropos, que era el compendio de una amplia investigación configurada desde un núcleo teórico que ha sido central en el desarrollo de su pensamiento político. Núcleo formado por varias ideas: (1) Una respuesta afirmativa a esa pregunta: sí, el feminismo es una teoría política. (2) La idea de igualdad es la idea central de esa teoría, (3) por qué «el poder» es un tema clave de toda teoría política, y el feminismo tiene que articular la idea de poder en relación con las mujeres, y (4) por último, aunque no menos importante, una provocativa afirmación: «El derecho al mal».

«El derecho al mal» era un artículo que publicó en 1980 en la revista El Viejo Topo y que incluyó como apéndice de Sexo y filosofía diez años después; «el derecho al mal» aún tenía sentido como reclamo para las mujeres.

¿Por qué? Porque al suponer que «la consecución de los objetivos del movimiento feminista aumentará la suma del bien en el mundo, se nos exige que expongamos no solo nuestra utopía sino también las utopías ajenas».

El problema que ella veía en esa adjudicación era que para realizarlas se atribuían a las mujeres «virtudes que pueden ser contempladas como resultado de la dominación».

Habría que decir: «No reclamamos entonces nuestro mal, el mal por el que se nos ha definido y no queremos tampoco el bien que se nos imputa, sino exactamente vuestro mal. No se pretende mostrar la excelencia sino el derecho a no ser excelentes» (p. 183 de dicho escrito).

Aunque provocativa, la afirmación del derecho al mal introducía un problema que arrastraba la historia del feminismo: las relaciones de las mujeres con la idea de poder. Tras reflexionar sobre la génesis del feminismo desde las ilustraciones históricas, el sufragismo, el ocaso del feminismo de nuevo y las nuevas luchas, una historia que muestra, en definitiva, que «las mujeres han sido el tercer estado dentro del tercer estado», tras todo eso, puso de relieve la necesidad para el feminismo de encarar la discusión sobre el poder criticando la postura tradicional de que las mujeres abominan del poder.

Era esta una discusión que requería previamente la del estatuto del genérico «Mujer», «mujeres». Amelia Valcárcel centró su análisis en «las figuras de la heteronomía» en su condición genérica, como Otro, una designación que excluye a las mujeres de la esfera de la individualidad y del pacto. Ella explica que la causa del no poder se encuentra en la falta de costumbre del pacto.

A mi entender, su pensamiento político feminista se formaría como una constelación que articularía poder, igualdad, individualidad y pacto. Ahora bien, ella señala que en el feminismo se dan ciertas peculiaridades. En comparación con otros movimientos, el feminismo ha sabido que no puede abandonar la defensa de la igualdad y que no debe dejarse atomizar individualmente si quiere ser eficaz, esto es, que debe entonces asumir un nosotras que necesariamente lo lleva hacia la diferencia.

Ella afianza una distinción que Celia Amorós realiza entre dos universos simbólicos distintos, «el espacio de los iguales» y «el espacio de las idénticas». Mientras que el fundamento de la igualdad de los varones es equipotencia, reconocimiento mutuo de la individualidad, las mujeres, sin embargo, soportan el peso de una identidad que se resuelve en figuras finitas, estereotipadas. A partir de ahí la cuestión del poder hay que matizarla.

Que las mujeres no quieren el poder puede querer decir «queremos transformar el poder». Pero es distinta de los que defienden que «la Mujer simboliza el antipoder», afirma en este escrito.

Sin embargo, Amelia Valcárcel nos advierte de que «interrumpir la designación heterónoma requiere poder hacerlo, exige poder» (ibíd.: 125). Las mujeres necesitan poder para su lucha.

Hay, por lo tanto, dos cuestiones centrales: cómo se consolidó y redefinió un patriarcado que sitúa a las mujeres en la heterodesignación, la desigualdad, el no poder y la esencialidad genérica. Y cómo se ha generado autonomía para las mujeres. Es decir, qué dificultades han tenido y tienen las mujeres para adquirir la autonomía, la igualdad, el poder, la individualidad.

Si su teoría política feminista quedó articulada en torno a mujer, igualdad, individualidad, poder, su desarrollo posterior vino a completar y complementar estos análisis. Numerosas publicaciones lo fueron mostrando, los libros El miedo a la igualdad (1994) y La política de las mujeres (1997), entre otros.

Tuve la suerte de asistir en nuestra universidad al seminario sobre «Románticos y decadentes: Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche», que impartió Amelia en el Institut Universitari d’Estudis de la Dona. Comprobé por primera vez su capacidad discursiva, pareja a su cuidada escritura.

La política de las mujeres (1997) arranca con ese análisis sobre románticos y decadentes: donde desgrana los discursos que mostraron la definición esencialista del género femenino como un proyecto político. En esta obra, Amelia centró su reflexión en cómo pudo configurarse un entramado filosófico, cultural y político que logró excluir a las mujeres de la ciudadanía. Entiende que el discurso misógino que elaboró la filosofía para legitimar esa voluntad masculina y excluyente no fue una circunstancia histórica azarosa, sino que claramente se elaboró contra la vindicación de derechos de las mujeres en la Ilustración y la revolución del XVIII.

Algunos de sus temas preferidos son El miedo a la igualdad y La herencia ética de la Ilustración, que son, además, como decía, títulos de algunos de sus escritos. En ellos,

1) clarifica la controversia en torno a «la contraposición entre igualdad y libertad»;

2) precisa que «La igualdad es siempre una relación pactada según un parámetro porque en caso contrario sería indiferencia absoluta»;

3) aborda un análisis ontológico y lógico del principio de igualdad, diferenciando entre igualdad, identidad, diferencia («El principio de igualdad», 1995), y

4) considera que el feminismo maneja la idea de igualdad dando como resultado libertades (ibíd.: 66).

En definitiva, además de las reflexiones teóricas apuntadas, sus escritos abordan la mayor parte de los problemas que a finales del siglo XX teníamos las mujeres en Europa. Hay una evidencia que Valcárcel expresa así: «A las mujeres les está vedado de alguna manera no explícita el ejercicio de actividades significativas que comporten poder». Entiende que eso llevó a que «el feminismo renunciara a diríamos la igualdad simple y comenzara a implementar el principio de discriminación positiva. Desde la exigencia de un sistema de cuota de participación en el poder dado y posteriormente la paridad» (La política de las mujeres, p. 110).

A ella le parece que el argumento por el cual esto se produce es muy claro: «… dado que la cooptación existe y en ella las mujeres son rechazadas, la forma de alcanzar la representación dual es el sistema de cuotas».

Y de nuevo aparece el problema del poder: realiza un análisis pormenorizado de fenomenología política, de las formas de detentar el poder por las mujeres, es la falta de «la plena investidura», recogiendo la frase de Celia Amorós; la dificultad de los lobbies de mujeres, las dificultades de la solidaridad y los pactos entre mujeres.

La reflexión filosófica de los debates morales que se presentan, de las dificultades y paradojas que se generan, le va proporcionando un abanico histórico del problema, así como una descripción de los términos del debate. Sobre todo ello se pronuncia tomando una determinada postura, aunque siempre con la visión de quien sabe que lo último que hay que hacer es dogmatizar en la controversia.

Por todo ello, afirmo que su feminismo es claramente un feminismo crítico, que no renuncia, sin embargo, a la contundencia de sus posiciones, argumentadas hasta la exhaustividad.

La herencia de la Ilustración en las bases de su feminismo se traduce en una vindicación del humanismo de forma explícita en su última época. Precisamente ese título es el que dio a las XV Conferencias Aranguren del Instituto de Filosofía del CSIC.

El cambio de la globalización en el siglo XXI le lleva a las reflexiones de Ética en un mundo global (2002), en donde recoge esos problemas. Feminismo en el mundo global (2007) es el título del libro publicado por la colección «Feminismos» para analizar los problemas en torno a las mujeres en ese cambio de época.

De manera que si «igualdad, sexo, poder e individualidad» formaban una constelación que ella articuló como el discurso y la política de las mujeres de finales del siglo XX, ahora la agenda global del siglo XXI la articula en torno a género, paridad, poder y violencia contra las mujeres. Los retos del feminismo se unen a los de la globalización, que condiciona la agenda del nuevo feminismo.

La formación de una agenda global ha tenido que pasar por varios escollos desde el cambio de siglo porque las propuestas de la Declaración de Atenas en 1992 o la Conferencia de Pekín en 1995 no parece que hayan tenido el resultado esperado. Por ejemplo, la paridad, una propuesta que vino a catalizar y redefinir todos los problemas de la discriminación positiva, no acaba de dar sus frutos.

Amelia Valcárcel ha denunciado reiteradamente este hecho. Una de sus mayores preocupaciones es la de cómo es posible que nos encontremos repetidamente con el techo de cristal cuando las mujeres han llegado a alcanzar niveles de saber equivalentes o superiores en muchas profesiones a los varones.

A las mujeres no se les permite vestir la nueva calidad de saber y poder obtenida desde «los poderes públicos, la gran empresa, los medios de comunicación, la religión, la creatividad y el saber» (ibíd.: 168), lo que da lugar a su imagen colectiva, que dan los medios y la publicidad: el deber de agradar, el poder sabiamente escondido, o bien y desgraciadamente víctimas de abusos, violencia, tráfico de mujeres. Poder inexistente para las mujeres, considera.

Su propuesta es que «es imperioso corregir eso y mostrar a las mujeres reales y sus logros, no solo sus problemas, ni menos aún sus estereotipos». Porque «el espacio de visibilidad disponible ocupado por representaciones estereotipadas o misóginas reduce la capacidad de conocimiento y por ende, de reconocimiento» (ibíd.: 182).

Por ello defiende: 1. Que uno de los retos más acuciantes del feminismo del siglo XXI es evidenciar las microfísicas del poder que se engendran desde un patriarcado que parece indestructible en su constante reproducción estructural. 2. Que la paridad, en la agenda global, requiere un permanente esfuerzo. Un esfuerzo que es distinto en según qué partes del planeta nos encontremos. Pero el denominador común es la igualdad y el disfrute de las libertades. Como lo fue en las vindicaciones de Mary Wollstonecraft en el siglo XVIII, en el discurso de Seneca Falls en el XIX o en el de Clara Campoamor en el siglo XX.

Como dice Amelia Valcárcel: «Vindicaciones que no pueden hacerse sin utilizar una argumentación universalista: el universalismo es el fundamento esencial del feminismo» (ibíd.: 219).

En un momento en el que desde fuera y dentro del feminismo se habla de posfeminismo y de transhumanismo, Amelia Valcárcel, como si fuera una sufragista del siglo XIX, defiende y vindica el universalismo junto con el humanismo. La Edad Global nos exige repensar el humanismo como raíz de la Ilustración en su presentación feminista.

Profesora Amelia Valcárcel, querida amiga, mis últimas palabras serán de agradecimiento por habernos hecho partícipes de tu saber, agradecimiento por tus aportaciones al feminismo crítico y a la genealogía de las mujeres. Agradecimiento, también, porque has mantenido en este país durante muchos años y no sin dificultades una lucha constante por la igualdad y las libertades para las mujeres.

Lectio pronunciada por la doctora Amelia Valcárcel


Excelentísimo y Magnífico Señor Rector de la Universitat de València,

Dignísimas autoridades integrantes de la comunidad universitaria,

Queridas amigas y amigos,

Señores y señoras,

Les agradezco hoy especialmente su acogida, amistosa y solemne, en estos venerables patios que me son queridos y familiares. Traigo en mi auxilio a Cervantes, del que celebramos centenario, para entrar con buen pie. Escribe:

Sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y el más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir a la orden de la naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante.

Y así pasa con estas palabras mías, que quisiera que pudieran rivalizar con vuestro don, aunque bien sé que no serán capaces.

Recuerdo ahora que la catedral de Salamanca guarda una capilla en la que, se dice, velaban toda la completa noche los futuros doctores hasta que sus padrinos pasaban a recogerles para optar al grado. Sea el cuento lo que fuere, el caso es que la capilla entera está ocupada por un yacente, sobre cuyos pies apoyaban los suyos los velantes, que los tiene gastados del uso, de manera que de ese signo se columbra que las veladas fueron muchas y largas. Para llegar hoy aquí, a poderles agradecer este fenomenal gesto, la espera ha sido distinta, tanto que llamarla espera no le cuadra. Ninguna otra distinción que haya recibido o que aún me reste, que así bien sea, me obligará a hacer tanta memoria como esta que hoy me concedéis.

Guardo mi carnet de universitaria en esta que hoy me acoge y está fechado en 1972. Yo vine a Valencia en aquel año, un perfumado otoño, para realizar mi especialidad, la filosofía a secas, que entonces se solía llamar pura.

Elegí esta universidad, tras haber realizado en Oviedo los años comunes, porque era grande el crédito que ya alcanzaban sus Humanidades. La Filosofía cierto que tan solo se cursaba en tres de las antiguas, cuando entre todas eran diez, y de entre ellas Valencia había logrado alcanzar la fama de competente e innovadora. En ella estaban presentes las olas más actualizadas en fenomenología, lógica, filosofía del lenguaje, pensamiento analítico, estética, semántica y semiótica de primera fila, programa goloso, sobre todo si se le oponía la inveterada capacidad demostrada de aferrarse al siglo XIII que aún andaba presente en otros claustros y otras aulas.

La memoria tira de mí de modo inmisericorde. Me lleva directa a la «pequeña historia». Cada cual recuerda cosas, sus cosas. De algunas sabe que son más significativas que otras. Los demás también le proporcionan recuerdos. Algunos son útiles y otros lo son menos. Yo tengo uno de estos recuerdos trasladados, prestado, que tiene que ver con este patio antiguo. Voy a evocarlo. Corría el año de 1962 y los espacios de la Universidad Literaria estaban principalmente en este edificio histórico de la calle de la Nau. Era primavera. No sé cuántas chicas había en la facultad, pero sí sé que solo una, precisamente ella, se unió al canto del Asturias, patria querida que se llevó a cabo en el claustro. Me lo contó Josep Vicent Marqués hace muchos años. Celia Amorós fue la única mujer que se puso a cantar en aquel bravo momento cercano al ángelus a pleno pulmón. Ya lo sabían los amigos de sus padres, que solían comentar en el Círculo Agrario, o sea, la real sociedad valenciana de agricultura y deportes, la desdicha del notario Amorós, al que «le había salido una hija de esas que leen a Nietzsche». Varias líneas de recuerdo se unen en este. Este recuerdo no es mío, sino que me ha sido transferido. No pude verlo, pero confío en la fuente que me lo proporcionó. No es anecdótico, aunque no parece formar parte de las memorias compartidas, de las traídas en común, las externalizadas… En resumen, ¿qué es? Es un «recuerdo en tentativa». Si encuentra engarce en una ortoversión, se convertirá en un pequeño dato, uno de la marcha y paso de la democracia entre el estudiantado de la universidad franquista.

Que el alumnado cante en los claustros no ha de ser cosa inhabitual. Pero esto tiene algo de significativo: aquella joven gente cantaba aires regionales no para refrescarse la voz, sino por un motivo público. En ese año de 1962 y en esa primavera se estaban sucediendo las huelgas mineras de Asturias. Algo se movía en el ambiente estudiantil. Hubo un conato de asamblea, que ni siquiera tenía entonces ese nombre. La gente «se movilizaba», según se acostumbró después a contarlo. Allí mismo, bajo la representación de Vicente Ferrer, aquella reunión informal de estudiantes intentaba la solidaridad, en su caso canora, con los levantamientos mineros, o sea, se solidarizaba con los medios de que buenamente disponía. Es un pequeño dato para saber que la universidad española comenzaba a cambiar tras largos años de holgado y abotargado silencio. Veinte años se demoró la universidad española en mostrar, si así puede decirse, su desagrado con el régimen. Y se comprende, porque motivos para tan largo callar no faltaron.

Hace algunos, pocos, que la Universidad Complutense dio a conocer los papeles de su infausta represión, incluidas las delaciones. Los documentos que se exhibieron en la sede de la calle Noviciado eran estremecedores: una criba sistemática entre los docentes fundada en motivos tan de peso como «no asistir regularmente a la santa misa» o «bromear sobre las prácticas cristianas» de alguno de los delatores, cuyas firmas aparecen en los atestados. Docentes de prestigio fueron separados de las aulas y sustituidos. Los vencedores las ocuparon con la buena conciencia de quien limpia un espacio propio para seguir habitándolo con comodidad. También la Universidad de Zaragoza dedicó una interesante exposición a lo que ocurrió en sus aulas tras la Guerra Civil. Las fotografías del expurgue y la quema pública de libros, a manos de estudiantes vestidos con correajes, son pavorosas. Y en Valencia «Rector Peset» debe ser más que el muy digno nombre de un colegio mayor. Porque algunos rectores, proclives a la legalidad republicana, fueron fusilados, sin importar su valía ni sus buenas razones. Al menos los rectores de Oviedo, Granada y Valencia lo fueron.

Llamo «memoria externalizada» a aquella de la que disponemos en común, que es grande y varía cada tanto. Cuando aquella juventud prorrumpía en cantos, veinte años después, nada de esa violencia se recordaba. Duraba el silencio. No había pues memoria. Porque eso, la memoria que está entre todos, la externalizada y mediadora, pertenecía a los vencedores. En ella la violencia había desaparecido: solo se había «puesto orden». Orden muy necesario en una situación inadmisible. Un orden con vocación de permanencia. Contra ese orden estaban cantando aquellos jóvenes en 1962. Cada uno de ellos puede que lo recuerde, ahora que ya peinan canas, pero lo significativo es si ese recuerdo suyo ha pasado a la memoria común. Por si acaso lo traigo, este recuerdo prestado y en tentativa, porque me asalta cada vez que veo estos claustros.

La memoria de las pequeñas cosas a veces señala a las grandes: sin cambiar de universidad, cambiemos de escenario: ahora es… Diez años más tarde. Cuando yo me planto en la Estación del Norte, la Universidad Literaria ya no ocupa solamente este bello edificio de La Nau, sino que se ha extendido y multiplicado. Muchas de sus facultades están en «Paseo de Valencia al Mar». Las nuevas instalaciones son funcionales y cuentan con innovadores diseños. Mi facultad tiene a la entrada, por ejemplo, un pequeño puente sobre un igualmente pequeño estanque donde asoman plantas lacustres. En mi primer día me paro a averiguar si acabará apuntando o saliendo algún nenúfar. Y en ello estoy hasta que un chico más avezado me lo explica: «Esa especie de pasadizo-puente es para que no podamos escapar si vienen los grises». Los grises era el nombre dado a la policía uniformada y no se nos habría ocurrido nunca cambiárselo. Perfectamente sabíamos lo que quería decir. ¡Caramba! Los diseños de nuestras facultades, descubrí esa mañana, son incluso más funcionales de lo que estaba dispuesta a suponer. Está claro, aunque entonces nada conociera yo de los cantos habidos en La Nau hacía tiempo, el asunto había proseguido adecuadamente. En los años setenta los edificios prevén la rebeldía de la gente que los ocupa.

Y allí mismo, según entro, compruebo que la rebeldía luce, destella, reverbera… porque puedo fácilmente constatar que la capilla se utiliza para dar clases de lógica y que en el amplio hall del segundo piso luce una silueta o dibujo grafitero que pretende ser una caricatura de Carlos Marx. De entre sus pobladas barbas sale un bocadillo que reza «soy un tipo simpático». Ese fue el recibimiento que me diera mi facultad…

¿Debería dejar yo al olvido estos pequeños detalles? No lo creo. No creo que pertenezcan a lo olvidable. No son recuerdos propiamente míos e intransferibles. Pertenecen a una época. Son la materia que llamamos «la pequeña historia de las grandes cosas».

Una completa cultura, cierto que casi desmemoriada, se iba gestando dentro de aquel mundo; esos eran los tiempos. Tiempos, me arriesgo a afirmar, muy filosóficos. Puesto que se nos escondía o se nos negaba la razón de lo inmediato, tendíamos a traspasar la inmediatez a fin de darle gusto a la inteligencia. A la gente que nos dedicamos a filosofar, a más de dar un poco de cautela, se nos suele situar en ciertas torres de marfil, más cerca del cielo que del suelo. Pero ya aquel Rafael «por el que la naturaleza, madre de todas las cosas, temió ser vencida», aquel digo, dibujó a la filosofía en su todo y partes, disputando como suele, pero en su disputa más recurrente y antigua con un Platón que allá apunta arriba y un Aristóteles que obstinadamente señala el suelo. La filosofía es ágil y curiosa y sus dos milenios y medio de edad no le han quitado las ganas de lanzarse a gráciles saltos ni de esforzarse en caminar todas las sendas pensables aunque no existan. La filosofía es la parte más refinada y menos astuta de la curiosidad. Es pensamiento, la energía más sutil y necesaria de cuantas existen, pero, por ser pensamiento, es sobre todo tiempo.

La que se impartía en Valencia, fama erat, seguía el ritmo del tiempo puntero. Los métodos la acompañaban. Las asignaturas se elegían. En las aulas debatíamos a la menor oportunidad. Todo corría veloz.

Y mi pequeño tiempo me impone otro recuerdo que debo relatarles. Por si no es evidente mi apego a Montaigne, inmediatamente lo confieso: nunca me canso de dar gracias por este Genio. Pues sucedió que… En la época en que yo cursaba mi primero de especialidad en aquella facultad tan bien plantada de Blasco Ibáñez, tuve por docente al catedrático de filosofía Montero Moliner. Era persona aseadísima, de trato un tanto distante pero exquisito. Tenía mejillas sonrosadas y airoso pelo blanco. Nos impartía sus clases benévolamente, sin moverse nunca de su silla en la alta tarima. Un buen día de primavera entrada le tocó a Montaigne. O puede que le tocara salir a escena al escéptico francés mientras mi profesor explicaba a Kant, que era su favorito. El caso sea que, al desgaire, y sin esperar respuesta, Montero preguntó al aula mientras ponía los ojos sin embargo en el techo: «Porque… ¿acaso alguno de ustedes ha leído la Apología de Raimundo de Sabunde, un compatriota insigne, escrita por Montaigne?». Acorazado silencio. Se oye un carraspeo y se alza una mano. Nuestro catedrático baja los ojos y recorre las filas por ver de dónde ha salido el ruido. Hay una chica que llega por poco a los cincuenta kilos con la mano medianamente alzada. Sí, confieso que era yo. Se le dibuja una expresión atónita. «Señorita… ¿ha leído usted la Apología de Raimundo de Sabunde?». «Sí», respondo yo, ya con un punto de desafío. El señor Montero se levanta, camina hacia el borde de la tarima y se dobla por la mitad en una especie de reverencia. «Señorita… Me inclino ante usted». Se sienta, pero, quizá pareciéndole escaso el aspaviento, repite la operación. Vuelve a alzarse, recupera el borde de la tarima y de nuevo se dobla por la mitad doblando la reverencia. Y repite: «Me inclino otra vez ante usted, señorita».

¿A qué tramo de la pequeña historia de las grandes cosas pertenece esta anécdota? O mejor, ¿qué cosa es propiamente una anécdota? Es, como la anterior, simplemente, un sucedido al que no se le concede importancia. Las anécdotas son intransitivas. Pero en ocasiones las anécdotas, y van dos, crecen, se desarrollan, digamos que se hacen mayores. Pueden hasta convertirse en epítomes. Quizá no sea el caso de esta. Pero si le diéramos una vuelta… Veamos… ¿Es verosímil que algo así se produjera en el momento presente? Algo bulle en la trastienda de mi cabeza que dice que no. Y si ocurriera… ¿Acabaría el señor Montero en la oficina de la defensoría estudiantil? Hace muy poco que yo misma comencé a extrañarme de esa pequeña historia. Quiero significar que, cuando me sucedió, de ello hace sus buenos cuarenta años, no es que normal me pareciera, pero tampoco me lo tomé por la tremenda. Eran esas cosas que hacían los catedráticos reverendos y que servían para aumentar su anecdotario. Formaba parte de la imagen corporativa, por así decir. Además, Montero Moliner nos había permitido refugiarnos en un armario de su despacho el día que los fachas vinieron a nuestra facultad con la estupenda intención de molernos a palos, por rojillos. No había por donde escapar. Un cojo de ambos pies, como turbio Hefesto, que los guiaba, guardaba el puente ya citado que transformaba el edificio en una ratonera. Creo que fue una de mis peores medias horas la que pasé en aquel armario. Si bien en este y otros parecidos casos hay que aplicar el pensamiento de un conocido maestro de moral contemporáneo, el gato Garfield, el cual, asaltado por un par de perros y colgando de un árbol la entera noche, piensa: «algún día me acordaré de esto… y me reiré».

La bonhomía de don Fernando estaba fuera de sospecha. Sin embargo… piensen con el corazón limpio de polvo y paja… ¿Esto de las sucesivas reverencias… se lo habría hecho a un chico? Así es el feminismo, hijo no esperado de la Ilustración y pariente cercano de la filosofía de la sospecha. En muchas ocasiones nos sucede lo que señaló certeramente Virginia Wolf: que urgidas las mentes a contemplar el obstáculo, no pueden ponerse en el estado incandescente en que la genialidad se acrisola y vislumbra. Hay tanto para pensar, además.

Pareciera a veces nuestro mundo como un joven y levantado árbol que muchas tempestades agitan. ¿En qué puede una filosofía de la sospecha contribuir a que perdure? Nuestro saber superior ha sufrido cambios, discontinuidades y relevos. Un notable pensador, que aquí mucho estudiábamos, Kuhn, llamó a este discurrir «la estructura de las revoluciones científicas». Nunca olvidemos que nuestra élite intelectual actual es el resultado del relevo de las antiguas elites clericales. Este relevo se gestó en la Baja Edad Media, cimentó su legitimidad en el barroco y por fin produjo el sorpaso en la época ilustrada. Durante todo ese largo periodo de tiempo, el talento femenino existió, sin duda alguna, pero fue entendido como una excepción, aquella que confirmaba la regla. Con las mujeres se seguía aplicando el precepto agustiniano: nada necesitan aprender; nada les sea enseñado.

La primera ola del feminismo, la polémica feminista ilustrada, coincidió en el tiempo y en los conceptos de uso culto con el momento en que esta nueva élite tomó la delantera. Terminada la Querelle des Anciens et des Modernes, aquietada Europa por la fecunda Paz de Westfalia, abonada por la filosofía barroca, la Modernidad comenzó un paso firme. El Siglo de las Luces convirtió en programa lo que todavía permanecía, en el Pensamiento Barroco, en el mero limbo especulativo. De hecho, con la polémica en torno a la educación de las damas, comenzó a desarrollarse la tradición de pensamiento a la que damos el nombre de feminismo. Significativamente ese, La educación de las damas, es el título de uno de sus libros fundadores, el segundo de Poulain de la Barre. Libro este que mi profesora Neus Campillo conoce como nadie.

En el tema de la educación femenina, su utilidad y sus usos, se ventiló parte de la agenda teórica de la primera ola del feminismo. La gran polémica ilustrada logró pasar a debate temas que o en el pensamiento o en las costumbres se daban por hechos inamovibles y por ende irrefutables. Dotó de terminología política a la obligada sumisión femenina y abolió o puso en tela de juicio algunos usos del pasado que entendió como abusos. Cuando Wollstonecraft respondió con su Vindicación al Emilio de Rousseau, la polémica había recorrido ya un gran trecho. Ella misma se había ocupado previamente de escribir un libro, de los que abundaban, sobre la mejor manera de educar a las jóvenes. En él escribe: «A menudo es necesario recurrir a la razón para que llene los vacíos de la vida, pero son demasiadas las mujeres cuya razón permanece latente». La «no culpable minoría de edad».

El derecho de las mujeres a adquirir una educación formal, esto es, unos conocimientos contrastados y avalados, fue el derecho más frecuentemente exigido por las primeras y los primeros feministas. Apuntaba también ya en el XVIII la dinámica de las excepciones: Algunas grandes damas, Mme. de Chatelet, a quien ha estudiado en esta Universidad Isabel Morant, por ejemplo, se dedicaban a las ciencias; otras a las artes, como Mme. Vigée-Lebrun; alguna otra entró a formar parte de las reales academias. Estas eran en origen fundaciones reales o con el amparo regio, cuyo prestigio las situaba por encima de las instituciones heredadas de alta educación, rebajado como lo tenían su crédito algunas universidades por la presencia todavía en ellas de elementos escolásticos. Las reales academias fueron una apuesta de los déspotas ilustrados por la renovación del saber. Por ello hubo antes académicas que alumnas.

Porque la cuestión era ¿debía reconocerse para todas las mujeres afectadas (pueblo llano excluido por tanto), la misma capacidad, derecho y ambición que para aquellas que se consideraban realmente excepcionales?

Nos falta todavía algo de investigación para conocer el nombre, el lugar y la fecha exacta en que la primera mujer fue autorizada a acudir a las aulas universitarias. Pudiera en España haber sido Arenal. Por el momento se supone que ello ocurrió en Europa, en alguna universidad de Alemania y en los aledaños de la guerra franco-prusiana. Si hubo incursiones anteriores, ilegales, no consta noticia alguna. Desde que el saber se transmite en estas aulas e instituciones las mujeres fueron excluidas de él. A lo largo del último tercio del siglo XIX algunas universidades comenzaron a autorizar a mujeres especialísimas a asistir a determinado tipo de estudios. Las condiciones eran duras de cumplir: ocupar un lugar separado, no intervenir en forma alguna, renunciar a los exámenes y a los correspondientes títulos. Se mantuvieron casi sin cambios durante medio siglo. En España es tenido por bueno que Concepción Arenal siguió de este modo los estudios de derecho y se adjunta que, en su caso, le fue aconsejado que vistiera de hombre. De ser cierto, la prohibición del saber habría llegado en nuestro país a ser más fuerte que el generalizado tabú, invariante antropológica en verdad, que ordena que los sexos se distingan.

Hace cinco años, en 2011, se cumplió el siglo del acceso corriente a la universidad de las mujeres españolas. A cien años de ello, las cifras actuales son pasmosas. El sesenta por ciento, largo, del alumnado universitario son mujeres, repartidas en todas las licenciaturas y especialidades. Y parecida cifra se maneja en todos los países de nuestro entorno. Aquel año de 1911 las universitarias que acudieron a las aulas de la Complutense no habían tenido que realizar la peregrinación de permisos a la que las mujeres estaban obligadas. Cada rector debía aprobar su ingreso y para ello cada uno de sus profesores hacerlo también separadamente. Aquel año ya estaba claro que habían venido para quedarse. Siguieron ocupando, eso sí, un lugar separado en el aula. Y uno de esos primeros días fueron recibidas a pedradas por un grupo de sus compañeros. En su defensa salió sobre el terreno un espontáneo; en la prensa lo hizo Rosario de Acuña con su conocido artículo «la jarca universitaria». En él deja claro el sobreentendido que ha permitido tal barbaridad, la siniestra misoginia ambiente: «¿A quién se le ocurre ir a estudiar a la universidad? ¡Dios nos libre de las mujeres letradas! ¿A dónde iríamos a parar? ¡Tan bien como vamos con el machito! ¿Es acaso persona una mujer?». Acuña, que no había podido realizar estudios universitarios, y era aun así una intelectual progresista reconocida, añade su voluntad: «Hay que engendrar la pareja humana de tal modo que vuelva a prevalecer el símbolo del olmo y de la vid, que tal debe ser el hombre y la mujer; los dos subiendo al infinito de la inteligencia, del sentimiento, de la sabiduría, del trabajo, de la gloria, de la inmortalidad» mientras envía a los apedreadores «ilustrísima falange de machos españoles» a hacer el mico bailando en un tablado con taparrabos. Gente que hace cosas tales no puede aspirar a ser la élite de un país. Quizá no esté de más conocer que este artículo le valió… el destierro.

Eran sin embargo tiempos sufragistas. Cuando el cambio de época sobrevino y la Revolución francesa alumbró un mundo nuevo, fueron, por el contrario, las codificaciones que solemos llamar napoleónicas, las que consagraron en el derecho civil y el penal la exclusión de las mujeres de la ciudadanía, como también el nuevo tiempo las dejó fuera de la educación formal. Por eso pudo escribir Pardo Bazán a finales del XIX que la brecha existente entre los sexos se había agrandado en vez de cerrarse durante el siglo del progreso. El nuevo estado que promovía la unificación legislativa y normalizaba tanto los tramos educativos, como sus accesos y los títulos, excluyó a todas las mujeres, sin excepción, de los derechos civiles, de los políticos y del acceso al sistema educativo. Las excepciones ya no fueron avaladas por el nuevo orden y tuvieron que cultivarse en el seno de la autodidaxia.

La segunda ola del feminismo, el movimiento sufragista, comenzó la dinámica de retroalimentación entre derechos educativos y voto. Sufragismo fue, en la década de los felices veinte, el término popular por el que se conoció a la segunda ola del feminismo, la que abarca desde el Manifiesto de Séneca en 1848 hasta el fin de la Gran Guerra (y sus múltiples consecuencias, legales, políticas, educativas, culturales y estéticas). Abarca unos ochenta años de agitación, asociaciones, ligas, programas, debates y manifestaciones que se suceden con mayor o menor intensidad en todos los países occidentales, en especial en aquellos que son formalmente democracias representativas. Los dos objetivos que presiden la lucha sufragista son el voto y la educación. El derecho al sufragio, que acabará dando nombre al movimiento, fue una vindicación relativamente poco asumida por el propio movimiento en sus inicios. Debe recordarse que fue el único punto del Manifiesto de Séneca que se aprobó por mayoría y no por unanimidad. La primera petición formal se presentó en Gran Bretaña, en los Comunes, y con un avalista excepcional, J. Stuart Mill, en 1867. En verdad y en los inicios el interés de esta segunda ola feminista estuvo más centrado en los derechos civiles y educativos. La diversas ligas femeninas y las ligas del sufragio se nutrieron en buena parte de mujeres en trance de profesionalización que hacían valer sus todavía escasas victorias en la obtención de títulos medios para fundamentar su derecho a la ciudadanía plena. La situación, cuando a final del XIX el completo sufragio masculino se hizo norma, se volvió más y más explosiva. Las y los sufragistas argumentaron sobre un punto evidente: el completo sufragio masculino permitía el derecho de voto a cualquier varón, incluidos iletrados, dementes, analfabetos, insanos y viciosos, y a ninguna mujer, incluidas honestas madres de familia, maestras, enfermeras, universitarias y aun doctoras, que alguna lo había logrado.

Obtener títulos conformes fue una lucha previa a la que siguieron las dificultades para la colegiación. Esto es, reconocidos los estudios cursados, los títulos no daban paso al ejercicio profesional, como normalmente sucedía con los varones, sino que este seguía vedado por instancias diversas. Si a principios del siglo XX encontramos un número relativamente relevante de mujeres dedicadas a las tareas de investigación ello no era tanto vocacional como obligado: realizar investigación no exigía entonces las inversiones en grandes equipos a las que estamos acostumbrados y podía hacerse relativamente en soledad. Muchas de las primeras licenciadas y doctoras no tuvieron otra posibilidad que llevar su trabajo a la investigación porque los ejercicios profesionales corrientes les estaban vedados.

En la segunda década del siglo XX todavía bastantes universidades seguían sin expedir títulos cuando el estudiante era mujer, en alguna tenían prohibida la entrada en las bibliotecas y la mayor parte de los ejercicios profesionales de las mujeres tituladas tenían que mantenerse en la esfera privada. El sufragismo concitó todos los diversos frentes hacia la demanda articulada del voto. Sus manifestaciones nos sorprenden todavía hoy: son ordenadas procesiones civiles en las que ocupan un lugar destacado las universitarias portando sus togas y birretes, en largas filas, llevando en ocasiones en las manos los títulos que no las habilitan ni para votar ni para ejercer. Ellas eran, empíricamente, la demostración palmaria del abuso masculino de poder. Para el feminismo sufragista no ya la educación, sino el reconocimiento de los derechos educativos, lo fue todo. Entendieron perfectamente cómo estaban vinculadas democracia y meritocracia y cómo, por lo tanto, las posiciones conseguidas debían usarse para alcanzar metas ulteriores. Por fin, gracias a la lucha feminista-sufragista, que se empeñó en el saber como el verdadero fundamento de la libertad y la igualdad, esta primera agenda fue consiguiéndose país por país, estado por estado. Primero el acceso a las aulas, luego los títulos, más tarde las colegiaciones y por último el ejercicio de las profesiones. Digámoslo: la exclusión ha terminado; dinámica de la excepción se encamina también al pasado. «Veinte veces renacerá en nosotros la esperanza tras haberla perdido otras tantas», escribía Mme. de Staël. Tomemos aire, aunque no reposo. La vida de nuestros derechos parece ir bien.

Empero… ¡Qué difícil es la relación de las mujeres con el saber, aun en estos tiempos nuestros! Aun ganada la libertad ya ahora mostrenca de sentarse en las aulas a título de corrientes, aun derogada la autodidaxia que fue la suerte preferente del talento femenino durante épocas enteras de saberes protocolizados… invito a que pensemos cuánto estigma pesa todavía sobre la osadía de saber. El feminismo es una de las filosofías políticas ilustradas que más ha contribuido a cambiar la entera faz del mundo que habitamos. Lo viene haciendo durante los tres últimos siglos. Pero le queda mucho por andar. Apenas ahora comenzamos a entrever el tejido en el que se asienta la sujeción femenina. Gracias al trabajo y las luchas feministas disfrutamos de una igualdad por decreto, cutánea, que todavía no ha penetrado en la médula en la que los prejuicios se reproducen. Y eso en Occidente, cuya manifiesta peculiaridad frente a todas sus formas civilizatorias coetáneas es el mantenimiento de los derechos inalienables individuales de las mujeres. Eso en nuestras sociedades «raras», weird, como las ha nombrado Diamond.

Decía que el feminismo, ese hijo no querido de la Ilustración, es practicante de la filosofía de la sospecha y pensamiento obligado a observar el obstáculo. De todo esto hay que hacer memoria. También hay que situar estos hechos y entender su orden de pertinencia. La memoria externalizada es lo que llamamos cultura. Es el monto del conjunto completo de habilidades y registros que nos permiten la interacción dentro de nuestro grupo. Como la cultura no es un conjunto cerrado u osificado, admite incorporaciones a la memoria común de elementos nuevos, tantos más cuanto más abierta sea. Por este procedimiento la memoria individual se vuelve transferible. Y, del mismo modo, la memoria puesta en común es aceptada y compartida por el grupo de referencia. Diversas memorias, que llegan de muy diferentes aferencias, son, por así decir, inoculadas en un sujeto. Cada individuo ha de transformarse en un ser memorioso. Eso lleva su tiempo y también su disciplina. Largos años. Los de nuestro aprendizaje formal. Es mucho el tiempo en el cual memorizamos. La memoria de lo que podemos llamar símbolos o mundo simbólico es la más compleja. Y a ella pertenece la memoria común de lo que es relevante. Otra característica de la memoria, que viene ahora al caso, es que cursa en buena connivencia con el poder, o mejor dicho, que es poder. Quienes tienen poder tienen memoria; es parte de él. La memoria es, a su vez, el rastro que el poder deja allí por donde ha pasado. Las gentes bien situadas e incluso postineras poseen abundantes memorias; en ocasiones esas mismas gentes, que llamaré ahora con menos confianza, las aristocracias, guardan su memoria en legajos, archivos y ceremonias, ya se trate de familias, instituciones, cleros o corporaciones. La memoria se escenifica y esa capacidad habla del poder de quien lo hace. Notablemente, cuando se investigan las ramas colaterales y decaídas de las grandes familias, por ejemplo, se observa que, al decaer, los sujetos han perdido la memoria del origen. No saben ya nada. No recuerdan nada, aunque su separación del tronco principal solo sea de tres generaciones. No les merecía la pena recordar.

La longitud de la genealogía de un individuo, un grupo o una corporación tiene directamente que ver con su importancia. Las estirpes no olvidan. Más bien asean a conveniencia su pasado, lo acomodan a lo respetable. Podemos saber que una gran fortuna aristocrática devino de la trata, pero difícilmente le gustará al heredero que le recordemos a su bisabuelo negrero. Preferirá que le consideremos «un gran hombre», «un coleccionista» o una persona con marcadas creencias espirituales, que de todo hay. Las memorias suelen embellecerse a poco que se las deje de mano. La memoria no es natural, y la colectiva es producto de una imposición o de un pacto. Escenifica el uno o la otra. Hurtar la memoria, prohibirla, es parte de la contienda. Si queremos darla por terminada tenemos necesariamente que hacer ajustes en lo que ha de conservarse como memoria común. Yo he decidido hoy hacer memoria.

Que cada una reflexione, que por edad algunas podemos, en la larga marcha que la trajo hasta aquí, que las más jóvenes recuerden que otras les han ganado sus derechos «naturales» a tener ambición y expectativas. Que todos hagamos honor y nos alegremos de esta novedad fundamental para la vida justa: Nuestra libertad. Porque la tenemos el talento ya no está prohibido. Solo ahora pediría a quienes gobiernan el saber, al menos en este grado de él, que ayuden a acabar con las barreras invisibles.

Yo, señoras y señores, lo había ocultado cuidadosamente, pero había venido a hablar del Espíritu Absoluto. De memoria, verdad y libertad. Al subir a este estrado no lo he hecho sola, sino acompañada de muchas que me precedieron y me abrieron el camino. Lo he subido con la memoria de Arenal, de Clara Campoamor, con el aliento de mis maestras amigas, Amorós y Camps, que me enseñaron y me aseguraron, y en la compañía también invisible de cuantas se aferraron a su inteligencia para resistirse a las mil ataduras de la costumbre. Me honro hoy en pisar este lugar excelente y me honráis muy por encima de mis merecimientos acogiéndome. Pero gustosa lo acepto porque sé, lo percibo, que en verdad, es a ellas y a nuestra tan joven libertad a quienes rendís este reconocimiento. Pues que el feminismo, al cual nuestro tiempo da carta de naturaleza, es nuestro principal aval en el duro debate de los valores que recorre el tiempo presente. Solo la libertad y el talento pueden ser de ayuda para descifrar unos tiempos en los que se necesita cada vez más luz.

Palabras de clausura del Excmo. y Mgfco. Sr. Rector Esteban Morcillo Sánchez


Benvingudes i benvinguts al Paranimf de la Universitat de València, a l’edifici històric d’aquest antic Estudi General que des del segle XV conrea els sabers, transmet el coneixement i difon ciència i cultura.

Celebrem hui, en el Dia Internacional de les Dones, la investidura com a doctora honoris causa de la professora Amelia Valcárcel, i ho fem seguint el solemne cerimonial establert en la tradició de la Universitat.

Felicitem per tant la professora doctora Amelia Valcárcel Bernaldo de Quirós per la seua incorporació al claustre de doctors i doctores de la Universitat de València, en virtut de l’acord de Consell de Govern, a proposta del rector, a petició de la Unitat d’Igualtat i amb el suport del Vicerectorat de Cultura i Igualtat.

Una decisió que ha tingut en compte, com ens ha llegit la senyora secretària general de la Universitat, els rellevants mèrits acadèmics que concorren en la seua distingida trajectòria universitària, científica i professional, la seua labor editorial i el reconeixement merescut de la seua obra, tant al seu entorn com internacionalment en l’àmbit de la filosofia moral i política, com una de les més representatives intel·lectuals de l’ideari feminista de la igualtat. Un magisteri que representa un enlluernador exemple i estímul universitaris molt especialment per a nosaltres atesa la seua vinculació amb la Universitat de València.

Així doncs, per a una institució acadèmica, hui, Dia Internacional de les Dones, és molt bon dia per al reconeixement públic dels rellevants mèrits que concorren en la persona de la Dra. Amelia Valcárcel, i que han estat, per cert, esplèndidament exposats en la laudatio llegida per la Dra. Neus Campillo, professora emèrita de la nostra Universitat.

Moltíssimes gràcies, doctora Campillo, benvolguda Neus, per les teues paraules i la fina anàlisi de l’obra de la nostra nova honoris.

Agraïment que estenc a la Comissió d’Acompanyament integrada per les doctores Esther Barberá, Soledad Gandía i Maria Jesús Perales i pel doctor Jesús Alcolea. I, per descomptat, a totes les persones integrants de l’Institut d’Estudis de la Dona de la nostra Universitat, per la seua tasca investigadora i el seu compromís amb les polítiques d’igualtat, pel seu caràcter interdisciplinari i la seua aportació científica a la reflexió col·lectiva en el marc del feminisme sociopolític i acadèmic.

Hui, 8 de Març, és un dia internacional per a reivindicar el paper de les dones com a artífexs de la història, com a lluitadores per poder ocupar el seu lloc en la societat en igualtat de condicions. Un dia que té els seus orígens en els inicis del passat segle XX, amb la proclamació de la Internacional Socialista i la Declaració de les Nacions Unides.

Volem per tant homenatjar hui també, en aquest acte, a totes aquelles pioneres de la incorporació de les dones a la universitat pública, i en particular a la Universitat de València. Des de les primeres estudiantes fins a les dones que lluitaren per fer de la ciència i el coneixement un espai també propi de ple dret, així com per la seua inclusió en els òrgans de govern universitaris. A totes elles el nostre més sentit record i reconeixement institucionals.

Portem per tant hui ací aquesta «memòria externalitzada» –memòria col·lectiva, en paraules de la nostra nova doctora honoris causa– perquè no podem mai caure en la desmemòria ni oblidar el que ens porta a celebrar aquest solemne acte acadèmic. Recordar la memòria institucional és també recordar l’exili de les persones. Exili a l’exterior, fugint dels totalitarismes, el que van viure aquelles i aquells republicans que conformaren una generació truncada per la Guerra Civil. Exili interior i repressió política com la que experimentaren els que decidiren quedar-se després del 1939, o no pogueren emprendre la fugida, el màxim exponent dels quals en la nostra institució és el rector Peset Aleixandre, afusellat per les seues idees polítiques.

Hem de mantenir viva la memòria perquè el passat no es torne a fer present. Sols així podrem ser conscients de la necessitat d’evitar processos migratoris massius que desplacen ciutadanes i ciutadans de les seues llars, fugint de la violència, com estem veient a les fronteres d’Europa. Violència que sempre pateixen més les dones i els menors, i que no sols es produeix en el marc de conflictes bèl·lics, sinó que s’exerceix per nombroses vies. Violència com la que s’exerceix també ací a Europa. A Espanya, l’Informe de 2015 publicat pel Ministeri de Sanitat, Serveis Socials i Igualtat, xifra en 60 les víctimes mortals de l’any anterior, és a dir que s’incrementa la xifra des de les 54 víctimes mortals de 2013 i 2014.

La violència física, sexual, psicològica, de control i emocional, a més de la violència social i econòmica, és experimentada per les dones encara hui, al segle XXI, i a la nostra societat, amb unes greus conseqüències no sols sobre la salut i el benestar de les dones, sinó també sobre el seu entorn familiar, afectant menors d’edat.

Una societat que es considera lliure, democràtica i avançada no pot tolerar aquest tipus d’actituds i comportaments, que han de rebre el nostre rebuig més absolut.

En la seua esplèndida lectio d’investidura, la professora Amelia Valcárcel ens ha apropat al tema de l’educació formal de les dones, integrant de la primera onada del feminisme, així com a la segona onada del feminisme caracteritzada pel sufragisme, reconegut a Espanya, per primera volta, en la Constitució republicana de 1931, i suprimit, juntament amb altres drets, amb l’establiment de la dictadura. Una dictadura contra la qual lluitaren moltes i molts universitaris, com ens ha recordat la doctora Valcárcel. Recordem nosaltres també l’exposició «Universitaris contra la dictadura» que va testimoniar en aquest edifici el record de tots aquells i aquelles que s’hi van alçar, com l’estudianta de l’anècdota protagonitzada en aquest claustre que hui ens han evocat.

Universitàries i universitaris perseguits, professorat expulsat, estudiantes i estudiants empresonats. Persones que, en la foscor dels temps, cercaven la llum de les idees que les portara cap a un futur millor. En una lluita «sorda i constant», emprant paraules del cantant Raimon, Medalla de la nostra Universitat, per recuperar la llibertat, la democràcia i els drets de les persones.

Hui, trenta-vuit anys després de l’aprovació de la Constitució en el marc de la qual es promulgà la Llei de Reforma Universitària que va obrir la porta a la configuració d’una universitat pública, democràtica i participativa, podem afirmar amb orgull que la universitat pública ha contribuït a l’increment del nostre capital científic i tecnològic, afavorint la innovació i el desenvolupament dels teixits productius, ha impulsat la divulgació de la ciència i la cultura a la societat; ha incorporat estudiantes i estudiants de diversos estrats socials, assolint una de les més altes xifres d’universitaris d’Europa, i també ha contribuït a la normalització del paper de les dones en la societat, tant des de la perspectiva professional, en els àmbits investigador i docent, com també de l’administració i els serveis, assolint espais de responsabilitat i de govern en la institució.

La Carta de les Nacions Unides, signada l’any 1945, fou el primer acord internacional que afirmà el principi d’igualtat entre homes i dones. Fa molts anys de l’expressió d’aquest anhel, per això ara reprenc les paraules de la nostra nova doctora honoris causa per a demanar als governs que contribuïsquen a posar fi a les barreres invisibles.

Professora Amelia Valcárcel, us trasllade la felicitació institucional per haver estat nomenada doctora honoris causa per aquesta Universitat, la vostra Universitat, com ben bé heu recordat en la vostra lectio.

La destacada trajectòria acadèmica de la doctora Valcárcel es completa amb un compromís amb la transformació de la societat, exercit en la política, com a consellera d’Educació i Cultura del Principat d’Astúries però també com a vicepresidenta de la Fundación Museo del Prado i com a membre del Patronato de la Biblioteca Nacional i del Consejo de Estado.

La Universitat de València s’honora hui d’incorporar al seu claustre de doctores i doctors honoris causa una de les seues antigues alumnes, una brillant acadèmica, una dona compromesa i una personalitat de la vida civil i cultural amb un prestigi àmpliament reconegut que l’ha feta mereixedora de la Medalla a la Promoció dels Valors d’igualtat concedida pel Govern d’Espanya.

Respetada doctora Valcárcel, estimada Amelia, nuestro reconocimiento y agradecimiento institucionales por su contribución al progreso de la sociedad, a la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.

Gracias por una magnífica lectio que nos ha permitido recordar colectivamente un tiempo pasado y reflexionar sobre lo que hemos avanzado como sociedad. Un avance que no puede detenerse, y menos aún retroceder, si queremos una sociedad más justa y cohesionada, más culta y avanzada. Bienvenida de nuevo a la que siempre ha sido su alma mater.

Hui, Dia Internacional de les Dones, hem investit doctora honoris causa a una dona exemplar. Una dona que ocupa destacades posicions en la universitat i en la societat. Una dona formada a la universitat pública. Amb ella volem també honorar hui a totes les dones que cohesionen la societat cada dia.

Reivindiquem hui, també, la filosofia com a disciplina acadèmica, com una matèria que és necessari ensenyar i aprendre, com a ciència que cerca respostes a qüestions com l’existència, el coneixement, la veritat, la moral, la bellesa, la ment i el llenguatge. Una disciplina que dona resposta a les preguntes bàsiques que l’ésser humà s’ha fet des de l’origen dels temps. Ens cal la filosofia perquè, com assenyala Montaigne, «diuen els savis que, en relació amb el saber, no hi ha altra cosa que la filosofia».

La reivindicació dels valors de la igualtat i de la filosofia com a matèria d’estudi ens condueix necessàriament a la reivindicació d’un pacte per l’ensenyament. Un pacte que allunye de la confrontació un dels béns intangibles més útils que poden rebre les persones: l’accés a la cultura i l’educació. Un pacte per l’ensenyament i per la ciència, que permeta l’accés a l’educació a totes les persones, independentment dels seus orígens i amb igualtat efectiva d’oportunitats. Un pacte que reconega la capacitat transformadora que té l’ensenyament i la cultura, que pose en valor la contribució científica per a construir una societat més avançada, amb ocupació intensiva en coneixement i generadora de riquesa amb justícia social, si de veritat volem una societat de benestar en línia amb els valors del pluralisme, la no-discriminació, la tolerància, la solidaritat i la igualtat efectiva entre homes i dones. Uns valors que es troben en els nostres Estatuts i en els tractats de la Unió Europea i que conformen el que s’ha anomenat «model social europeu».

Necessitem diàleg per a arribar a acords que permeten transformar la societat per a garantir un futur millor per a totes i tots.

Un futur millor que es troba en l’esperit fundacional d’aquesta Universitat fa més de cinc segles, i que hui, una vegada més, reafirmem en aquest solemne acte.

Moltes gràcies.

BIOBIBLIOGRAFÍA DE LA DOCTORA AMELIA VALCÁRCEL

BIOGRAFÍA

Amelia Valcárcel Bernaldo de Quirós nace en Madrid el 17 de noviembre de 1950. En 1970 empezó a estudiar Filosofía en la Universidad de Oviedo y en 1973 se trasladó a la Universitat de València para continuar sus estudios. Se doctoró en 1982 con la tesis Sobre la superación hegeliana de la «mera moral»: un examen de la ética de G. W. F. Hegel, dirigida por Javier Muguerza Carpintier, presentada en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

VIDA PROFESIONAL, VIDA POLÍTICA

Ha sido profesora de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Oviedo y catedrática de Filosofía Moral y Política en el Departamento de Filosofía Moral de la UNED. Ha participado en diversos proyectos de investigación en la Universidad de Oviedo (por ejemplo, «Metafísica y desarrollo científico-cultural») y en el CSIC («La herencia de la Ilustración», «Sobre “mujer” y “poder”» y «Leibniz y la idea de Europa»). Así mismo, su amplia labor docente e investigadora queda reflejada en la amplia bibliografía que reseñamos, con numerosas publicaciones tanto de libros como de artículos, así como la dirección de tesis doctorales.

Tematizar y reflexionar sobre el feminismo y el papel de las mujeres dentro de la filosofía política ha sido uno de sus objetivos constantes; en este sentido, su destacada actividad política y feminista se pone de relieve en la entrevista que le hacemos y que aparece al final del libro. También queda constancia de estas actividades en sus publicaciones.

Como ejemplo de sus numerosas actividades académicas, políticas e institucionales, cabe destacar que ha sido directora de la revista Leviatán: Revista de Hechos e Ideas, así como que ha desempeñado diversos cargos públicos, de los que se pueden destacar: consejera de Educación y Cultura del Gobierno de Asturias, desde 1993 a 1995; miembro del jurado de los Premios Príncipe de Asturias; vocal del Real Patronato del Museo del Prado, en 1999, y consejera de Estado desde 2004.

RECONOCIMIENTOS Y HONORES

2006 Medalla de Asturias en su modalidad de plata, en reconocimiento tanto a su labor en el pensamiento feminista español, como a su lucha por la igualdad.

2010 Medalla a la «Promoción de los valores de igualdad», otorgada por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Premio Mujeres Progresistas, otorgado por la Federación de Mujeres Progresistas.

2015 Doctora Honoris Causa por la Universidad de Veracruz en México.

2016 Doctora Honoris Causa por la Universitat de València.

Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio, otorgada por el Consejo de Ministros a propuesta del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de España.

2018 Premio «Mujeres que brillan», concedido por Iberdrola.

2019 Doctorado Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Nuevo León en México.

BIBLIOGRAFÍA

Libros

1989 Hegel y la ética, Barcelona, Anthropos, ISBN 978-847658-060-8.

1991 Sexo y filosofía. Sobre «mujer» y «poder», Madrid, Horas y Horas, ISBN 978-84-96004-58-0.

1993 Del miedo a la igualdad, Barcelona, Crítica, ISBN 978-84-7423-627-9.

1997 La política de las mujeres (3.ª ed.), Madrid, Cátedra, ISBN 978-84-376-2170-8.

1998 Ética contra estética, Barcelona, Crítica, ISBN 978-84-7423-875-4.

2000 Rebeldes hacia la paridad, Barcelona, Plaza y Janés, ISBN 978-84-01-37684-9.

2002 Ética para un mundo global, Madrid, Martínez Roca, ISBN 978-84-8460-221-7.

2007 Hablemos de Dios (en colaboración con Victoria Camps), Barcelona, Taurus, ISBN 978-84-306-0638-2.

2009 Feminismo en el mundo global, Madrid, Cátedra, ISBN 978-84-376-2518-8.

2010 La memoria y el perdón, Barcelona, Herder, ISBN 978-84254-2753-4.

2018 Ensayos sobre el bien y el mal, Oviedo, Saltadera, ISBN 978-84-947552-7-9.

2019 Ahora, Feminismo. Cuestiones candentes y frentes abiertos, Madrid, Cátedra, ISBN 978-84-4376-403-72.

Ediciones

1994 El concepto de igualdad, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, ISBN 978-84-85691-74-6.

2000 Los desafíos del feminismo ante el siglo XXI, Sevilla, Instituto Andaluz de la Mujer, ISBN 84-7921-073-7.

2001 Pensadoras del siglo XX, Sevilla, Instituto Andaluz de la Mujer, ISBN 978-84-7921-0793.

El sentido de la libertad (coord. junto con Rosa M.ª Rodríguez Magda), Valencia, Institució Alfons el Magnànim, ISBN 978-84-7822-3206.

2002 El debate del voto femenino en la Constitución de 1931, Madrid, Congreso de los Diputados, ISBN 978-84-7943-1822.

2008 Hacia una agenda iberoamericana por la igualdad (coord. junto con Rosa Conde et al.), Madrid, Fundación Carolina / Siglo XXI, ISBN 978-84-323-1358-5.

Artículos de revistas

1981 «Peculiaritat del nacionalisme asturià», Lluc: Revista de Cultura e Idees, 695 (enero-febrero), pp. 16-17, ISSN 0211-092X.

1984 «Vicios y virtudes de la ética analítica», Contextos, 3, pp. 201-210, ISSN 0212-6192.

1985 «Sobre la imaginación ética de Victoria Camps», Teorema: Revista Internacional de Filosofía, vol. 15, n.º 1-2, pp. 275-278, ISSN 0210-1602.

1986 «El factor sexual de la filosofía», Los Cuadernos del Norte: Revista Cultural de la Caja de Ahorros de Asturias, año 7, n.º 37, pp. 97-98, ISSN 0211-0555.

1990 «El invierno de nuestro descontento», Poder y Libertad: Revista Teórica del Partido Feminista de España, 12, p. 52, ISSN 0212-323.

1991 «Moralización de la política», Revista del Centro de Estudios Constitucionales, 8, pp. 147-165, ISSN 0214-6185.

1992 «¿Fracaso de la Ilustración?», Revista de Occidente, 136, pp. 73-90, ISSN 0034-8635.

«Sobre el genio de las mujeres», Isegoría: Revista de Filosofía Moral y Política, 6,pp. 97-112, ISSN 1133-2158.

«De sabios (Nacionalismu y provincianismu)», Cultures: Revista Asturiana de Cultura, 2, pp. 123-133, ISSN 1130-7749.

1993 «Ramón Piñeiro desde a ética», Grial: Revista Galega de Cultura, 120, pp. 524-531, ISSN 0017-4181.

«Walter Kauffman, “in memoriam”», Claves de Razón Práctica, 31, pp. 57-59, ISSN 1130-3689.

1994 «Comunidad y privacidad: nosotros o yo», Anales de la Cátedra Francisco Suárez, 31 (monográfico Multiculturalismo y diferencia. Sujetos, nación género), pp. 7-14, ISSN 0008-7750.

1995 «El contexto político de las elecciones», Leviatán: Revista de Hechos e Ideas, 60, pp. 5-12, ISSN 0210-6337.

«Amor, ¿vendrás conmigo a ver el alma?», El Ciervo: Revista Mensual de Pensamiento y Cultura, 530, pp. 8-9, ISSN 0045-6896.

«Fascinados por el pícaro», Claves de Razón Práctica, 53, pp. 70-73, ISSN 1130-3689.

1996 «La política de las mujeres», Meridiana, 1, pp. 22-23, ISSN 1136-4165.

«La mayoría de edad del proyecto socialista», Leviatán: Revista de Hechos e Ideas, 63, pp. 7-10, ISSN 0210-6337.

1997 «El imposible deber de la belleza», Lateral: Revista de Cultura, 31-32, p. 15, ISSN 1134-8755.

«Mi memoria de José Luís Aranguren», Isegoría: Revista de Filosofía Moral y Política, 15, pp. 43-46, ISSN 1130-2097.

1999 «Cincuenta años de El Segundo Sexo», Pasajes: Revista de Pensamiento Contemporáneo, 1, pp. 77-80, ISSN 1575-2259.

«El imposible deber de la belleza», Meridianas, 12, pp. 6-7, ISSN 1136-4165.

«Ana María Matute, hada madrina de nuestras letras», Leer, 105, pp. 24-25, ISSN 1130-7676.

«Universalismos: nortes y sures», Laguna: Revista de Filosofía, n.º extra 1, pp. 91-100, ISSN 1132-8177.

2000 «Nietzsche, el filósofo de la maza», Revista de Occidente, pp. 73-85, ISSN 0034-8635.

«El sentido de la libertad», Anales de la Cátedra Francisco Suárez, 34, pp. 377-403, ISSN 0008-7750.

2005 «En la vida el arte debe corregir lo que el azar ofrece», Debats, 91, pp. 72-83, ISSN 0212-0585.

2006 «Ciudadanía global: sobre identidades, feminismo, globalización y multiculturalidad», Pasajes: Revista de Pensamiento Contemporáneo, 19, pp. 5-14, ISSN 1575-2259.

«Cierto error de perspectiva», Debats, 93, pp. 56-60, ISSN 0212-0585.

«Multiculturalismo y ciudadanía global», Cuadernos de Derecho Judicial, 19, pp. 127-148, ISSN 1134-9670.

«Ética y estética: nada se porta inocentemente», Ábaco Revista de Cultura y Ciencias Sociales, 49-50, pp. 67-69, ISSN 0213-6252.

2007 «Vindicación del Humanismo» (XV Conferencia Aranguren), Isegoría: Revista de Filosofía Moral y Política, 36, pp. 7-61, ISSN 1130-2097.

«A nosa violencia», Festa da Palabra Silenciada, 23, pp. 9-20, ISSN 1139-4854.

«La violencia contra las mujeres», Estudios de Derecho Judicial, 139, pp. 399-426, ISSN 1137-3520.

2008 «En tierra de nadie», República de las Letras: revista literaria de la Asociación Colegial de Escritores, 110, pp. 23-32, ISSN 1133-2158.

«Entre la Venadita y la Medusa», Isegoría: Revista de Filosofía Moral y Política, 38, pp. 101-118, ISSN 1130-2097.

2009 «El feminismo y el saber de las mujeres», Transatlántica de Educación, 6, 2009, pp. 27-35, ISSN 1870-6428.

«Carlos castilla del Pino: maestro», Etcétera: Revista del Aula de Letras UC, 3, pp. 122-133, ISSN 1889-3201.

2011 «Religiones, sectas y ganancias morales: el atractivo del fundamentalismo y la desconfianza hacia el feminismo», Pensamiento Iberoamericano, 9, pp. 209-228, ISSN 0212-0208.

2014 «La religión es privada, no clandestina», Laicidad y Libertades: Escritos Jurídicos, 141, pp. 289-301, ISSN 1696-6937.

«El problema de los principios. O dónde queda Occidente: Sobre los resultados laterales de una investigación en normativa de género», Debats, 125, pp. 36-44, ISSN 0212-0585.

2017 «Ética, retórica y política», Mercurio: Panorama de Libros, 187, pp. 6-7, ISSN 1139-7705.

2018 «Ética, retórica y política», Mercurio: Panorama de Libros, n.º extra, 201, pp. 32-33, ISSN 1139-7705.

2019 «Catedrales incendiadas», Claves de Razón Práctica, 264, pp. 12-19, ISSN 1130-3689.

Artículos de prensa

«La democracia, el velo y la tolerancia», El País, 22-10-2007.

«Justicia Poética», El País, 13-12-209.

«Ética, religiones y mujeres», ABC, 27-10-2010.

«Campoamor y el voto femenino», El País, 6-10-2016.

«El conejo y la liebre», El País, 6-07-2019.

«Cuidado con las palabras que terminan en fobia», El País, 20-07-2019.

«Demografía e historia», El País, 14-09-2019.

«Los seis sentidos: la compasión», El País, 12-10-2019.

«Mujeres encerradas y varones travestidos», El País, 9-11-2019.

«¿Seguid a la doncella?», El País, 6-01-2020.

«El relativismo», El País, 1-03-2020.

Colaboraciones en obras colectivas

1989 «Las figuras de la heteronomía», en Mujeres y hombres en la formación del pensamiento occidental, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, vol. I, pp. 87-108, ISBN 84-7477-213-3.

1991 «Muros y columnas: reflexión acerca de la sabiduría moral», en Francisco Jarauta (coord.): La transformación de la conciencia moderna, Murcia, Universidad de Murcia, Simposio Murcia, p. 103, ISBN 84-7684-921-4.

«Sobre la herencia de la igualdad», en Carlos Thiebaut Luis (coord.): La herencia ética de la Ilustración, Barcelona, Crítica, pp. 153-175, ISBN 84-7423-512-X.

«El rapto de la moral», en R. Rodríguez Aramayo, Javier Muguerza y Fernando Quesada (coords.): Ética, día tras día: homenaje al profesor Aranguren en su ochenta cumpleaños, Madrid, Trotta, pp. 419-432, ISBN 84-87699-07-3.

1993 «Misoginia romántica: Hegel, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche», en Alicia Puleo (coord.): La filosofía contemporánea desde una perspectiva no androcéntrica, Madrid, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Secretaría General de Educación y Formación Profesional, pp. 13-32, ISBN 84-369-2238-3.

1994 «Feminismo y poder político», en Foro Internacional Mujer, Poder Político y Desarrollo, Sevilla 8, 9, 10 y 11 de septiembre de 1992, Madrid, Ministerio de Trabajo, Instituto de la Mujer, pp. 41-48, ISBN 84-7799-096-4.

«Igualdad, idea reguladora», en El concepto de igualdad, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, pp. 1-16, ISBN 84-8569-174-1.

1995 «Las raíces del principio de igualdad», en Manuel Reyes Mate (coord.): Pensar la igualdad y la diferencia una reflexión filosófica, Madrid, Fundación Argentaria, pp. 65-76, ISBN 84-7774-222-7.

«La filosofía política de Hegel», en Fernando Vallespín (coord.): Historia de la teoría política, vol. 4, Madrid, Alianza, pp. 16-65, ISBN 84-206-9833-4.

«Feminismo y poder político», en Cándida Martínez López (coord.): Feminismo, ciencia y transformación social, Granada, Universidad de Granada, Servicio de Publicaciones, pp. 47-56, ISBN 84-338-2113-X.

1996 «Las mujeres dentro de la vida política», en María Elena Beltrán y Cristina Sánchez (coords.): Las ciudadanas y lo político, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, Instituto Universitario de Estudios de la Mujer, pp. 43-60, ISBN 84-7477-574-4.

1998 «Sobre la verdad de la proposición: la ética y la estética son una», en Enric Casabán y Francesc Ferrando (coords.): XII Congrès Valencià de Filosofia, 9, 10, 11 d’Octubre de 1997, Valencia, Societat de Filosofia del País Valencià, Diputació de València, pp. 193-204, ISBN, 84-7274-233-4.

1999 «El idealismo alemán», en Victoria Camps (coord.): Historia de la ética, vol. 2, Barcelona, Crítica, pp. 405-456, ISBN 84-7423-985-0.

2000 «La memoria colectiva y los retos del feminismo», en Rosalía Romero (coord.): Los desafíos del feminismo ante el siglo XXI, Sevilla, Instituto Andaluz de la Mujer, pp. 19-54, ISBN 84-7921-073-7.

«Cultura y democracia», en Salvador Giner (coord.): La cultura de la democracia: el futuro, Barcelona, Ariel, pp. 113-136, ISBN 84-344-1211-X.

«Las filosofías políticas en presencia del feminismo», en Celia Amorós (ed.): Feminismo y Filosofía, Madrid, Síntesis, pp. 115-134, ISBN 84-7738-728-1.

2001 «Libertad: la cuestión», en Amelia Valcárcel y Rosa M.ª Rodríguez Magda (coords.): El sentido de la libertad, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, Diputació de València, pp. 21-50, ISBN 978-84-7822-320-6.

2002 «El feminismo», en José M.ª Rosales Jaime, José Rubio Carracedo y Manuel Toscano (coords.): Retos pendientes en ética y política, Madrid, Trotta, pp. 151-164, ISBN 84-8164-501-X.

«La filosofía política en presencia del feminismo», en Teresa Marín y M.ª del Mar del Pozo (coords.): Las mujeres en la construcción del mundo contemporáneo, Cuenca, Diputación de Cuenca, pp. 13-14, ISBN 84-9602-507-1.

2004 «Banderes y pancartes», en Xulio Viejo (coord.): Andres Solar, una voz del surdimiento (1955-1984) un volumen d’homenaxe nel venticbudañu, Oviedo, Conseyería de Cultura, Comunicación Social y Turismu, pp. 37-41.

2005 «Libertad e igualdad», en Pedro Cerezo Galán (coord.): Democracia y virtudes cívicas, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 259-288, ISBN 84-9742-456-5.

2006 «Flores de Laganipe», en Francisco Álvarez y Roberto R. Aramayo (coords.): Disenso e incertidumbre: un homenaje a Javier Muguerza, Madrid, CSIC, Plaza y Valdés, pp. 551-562, ISBN 978-84-00-08474-5.

2007 «Ética y Feminismo», en Carlos Gómez Sánchez y Javier Muguerza (coords.): La aventura de la moralidad: paradigmas, fronteras y problemas de la ética, Madrid, Alianza, pp. 464-479, ISBN 978-84-206-4872-9.

«El debate constituyente del voto femenino», en Rosa M.ª Capel (ed.): Historia de una conquista: Clara Campoamor y el voto femenino, Madrid, Ayuntamiento de Madrid, pp. 175-194, ISBN 978-84-690-3348-7.

«La violencia contra las mujeres», Congreso Abordaje Integral contra la Violencia de Género, Zamora, Auditorio del Campus Universitario Viriato, 2, 3, 4 de mayo de 2007 (libro de actas), Zamora, Ayuntamiento de Zamora, pp. 12-25.

2008 «Algo de derecho al mal», en Javier Muguerza, Yolanda Ruano y Celia Amorós (coords.): Occidente: razón y mal, Madrid, Fundación BBVA, pp. 269-276, ISBN 84-96515-56-7.

«Prólogo», en M. Isabel Tejerina y Elena Echeverría: Leer la interculturalidad: una propuesta didáctica para la ESO desde la narrativa, el álbum y el teatro, Santander, Gobierno de Cantabria, pp. 18-25, ISBN 978-84-691-5119-8.

«Los caminos del feminismo», en Rosa E. Ríos Lloret (coord.): Historia de las mujeres en España y en América Latina, vol. 4, Del siglo XX a los umbrales del siglo XXI, Madrid, Cátedra, pp. 413-493, ISBN 978-84-376-2290-3.

«Niñas a la escuela, mujeres al saber», en Rosa Conde, Rosa M.ª Peris, Amelia Valcárcel y Mercedes Alcover (coords.): Hacia una agenda iberoamericana por la igualdad, Madrid, Fundación Carolina / Siglo XXI de España, pp. 35-36, ISBN 978-84-323-1358-5.

«Damas, putas y pastoras», en Alicia H. Puleo (coord.): El reto de la igualdad de género nuevas perspectivas en ética y filosofía política, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 289-297, ISBN 978-84-9742-866-8.

2009 «¿Es el feminismo una teoría política?», en Pilar González Ruiz, Carmen Martínez Ten y Purificación Gutiérrez López (coords.): El movimiento feminista en España en los 70, Madrid, Cátedra / Universitat de València, pp. 171-188, ISBN 978-84-376-2578-2.

2010 «Opresión de las mujeres: religión y costumbre», en José Tamayo Acosta (coord.): Religión, género y violencia, Sevilla, Universidad Internacional de Andalucía, pp. 78-89, ISBN 978-84-7993-095-0.

«Celia Amorós, filósofa», en Marián López Fernández Cao y Luisa Posada Kubissa (eds.): Pensar con Celia Amorós, Madrid, Fundamentos, pp. 253-270, ISBN 978-84-245-121-32.

2011 «Estatua», en Adela Cortina (coord.): Filosofia politikoko 10giltza-hitz, Deusto, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Deusto, pp. 147-158, ISBN 978-84-9830-388-9.

2012 «Ciudadanía global e dereito á diferenza: verbo de identidades, feminismo, globalización e multiculturalidades», en Ramón Maíz y Ramón Villares (coords.): Os sentidos das culturas, Santiago de Compostela, Consello de Cultura Galega, pp. 411-432, ISBN 978-84-9292-334-2.

«Individualismo y nominalismo», en Roberta Johnson y María Teresa de Zubiaurre (coords.): Antología del pensamiento feminista español (1726-2011), Madrid / Valencia, Cátedra / Universitat de València, pp. 577-586, ISBN 978-84-376-3000-7.

«El derecho al mal», en Roberta Johnson y María Teresa de Zubiaurre (coords.): Antología del pensamiento feminista español (1726-2011), Madrid / Valencia, Cátedra / Universitat de València, pp. 567-576, ISBN 978-84-376-3000-7.

«Cien años de igualdad», en Oliva María Rubio e Isabel Tejeda Martín (coords.): Cien años en femenino: una historia de las mujeres en España, Centro Conde Duque, entre el 9 de marzo y el 20 de junio de 2012, Madrid, Ministerio de Cultura, AC/E, pp. 156-167, ISBN 978-84-15272-20-5.

2014 «La memoria», en Igualdad y democracia: el género como categoría de análisis jurídico: estudios en homenaje a la profesora Julia Sevilla, Valencia, Corts Valencianes, pp. 685-693, ISBN 978-84-89684-46-1.

2015 «La ley del agrado», en Rosa M.ª Rodríguez Magda: Sin género de dudas: logros y desafíos del feminismo hoy, Madrid, Biblioteca Nueva, pp. 185-202, ISBN 97884-1634-5939.

2016 «El feminismo a la luz de la tradición moderna», en R. R. Aramayo, José Francisco Álvarez, Francisco Maseda y Concha Roldán (eds.): Diálogos con Javier Muguerza: paisaje para una exposición virtual, Madrid, CSIC, pp. 493-501.

2018 «Para una Constitución feminista», en Esther González Hernández, Rafael Rubio Núñez y Benigno Pendás García (dirs.): España constitucional (1978-2018): trayectorias y perspectivas, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, vol. 2, pp. 1463-1472, ISBN 978-84-259-176-22.

Entrevistas

1996 Amelia Valcárcel y Manuel Ortuño Armas, entrevista a Felipe González, Leviatán: Revista de Hechos e Ideas, 64, pp. 5-30, ISSN 0210-6337.

1997 Entrevista a Carmen Alborch, Leviatán: Revista de Hechos e Ideas, 68, pp. 55-74, ISSN 0210-6337.

Entrevista a Joaquín Almunia, Leviatán: Revista de Hechos e Ideas, 68, pp. 5-34, ISSN 0210-6337.

2000 Amelia Valcárcel y Manuel Ortuño Armas, entrevista a José Luis Rodríguez Zapatero, Revista de Hechos e Ideas, 64, pp. 5-24, ISSN 0210-6337.

Tesis doctorales dirigidas

1993 El debate actual sobre la fundamentación de la norma, de Asunción Herrera Guevara, Universidad de Oviedo.

1995 El contenido ético en la obra de Lou Andreas Salomé, de Arantzazu González, Universidad del País Vasco.

1996 Michel Foucault: una ontología de la actualidad, de Francisco Javier Ugarte, Universidad de Oviedo.

2000 Implicaciones éticas del concepto de «volupté» en la obra de J. O. la Mettrie: una aproximación al estudio del hedonismo (materialista) en el siglo XVIII francés, de Miguel Ángel Cordero del Campo, Universidad de León.

2005 Las artistas plásticas en las vanguardias del s. XX, de Roxana Popelka Sosa Sánchez, Universidad de Oviedo.

2010 Imágenes de las mujeres en los medios de comunicación: las revistas femeninas como escenarios de la corporeidad (1976-2006), de Isabel Menéndez Menéndez, Universidad Nacional de Educación a Distancia.

2016 Los movimientos de mujeres y feministas en Irán: Un análisis desde la perspectiva de la teoría crítica feminista, de Sepideh Labani Motlagh, tesis dirigida por Ana de Miguel con la codirección de Amelia Valcárcel, Universidad Autónoma de Madrid.

ESCRITOS SELECCIONADOS

1. EL DERECHO AL MAL

Parece redundante hacer una defensa de algo que como el mal está tan perfectamente asentado. Y más cuando se ha recalcado desde todos los puntos de vista, con la especial insistencia de la filosofía analítica, que la tarea de la ética gira necesariamente sobre el bien o lo bueno, su uso, sentido, contenido, significado… La defensa del mal es, sin embargo, distinta del derecho al mal, o eso al menos propongo mostrar.

En efecto, no intentaría hacer una mucho más pretenciosa Defensa de Helena suplantando al finito y manejable sujeto de Gorgias por una idea general, entre otras cosas porque la apología del mal nos lleva al callejón sin salida que señala Hare: el mal entonces se convierte en el bien por el mero uso de los términos prescriptivos. Siempre podemos, pues, trocar el mal, en lo que tiene de formal, y defenderlo como más bueno o mejor que el bien, pero esto no cambia la cuestión.

El problema es ¿cómo o para quién es posible presentarlo como un derecho? En cuanto contenido, ¿es acaso el derecho al mal aquel ya argumentado por Trasímaco y Calicles?, ¿el mal que el poder hace pasar por su contrario o, más descaradamente, el verdadero bien o la auténtica justicia porque las nociones que se le opongan no pasarán de ser peyorativamente argumentos morales, lo que es lo mismo, productos de la buena intención frente al peso irrevocable de los hechos, donde todo lo que existe es bien, puesto que existe y, de este modo, está fundamentado? Evidentemente, no. Aun si fuera cierto según la idea tomista que ser y bien coinciden, en términos de Wittgenstein, un discurso moral siempre apunta a algo que está fuera de él, a un deber ser. Postular que algo es un derecho siempre supone una realidad sui generis, un conflicto, una aventura en la mala infinitud. Por ello, quédese al mal, o los males, poco importa cómo están definidos por la práctica común en sus más tradicionales formulaciones. Es exactamente ese mal, sea cual sea la forma de caracterizarlo, en el sentido de Stevenson, lo que se reclama. Todo lo que sea mal es mi derecho, así podría resumirse el discurso.

Bueno será entonces que digamos algo sobre su génesis: cuando una clase o grupo social intenta acercarse al poder (para tomarlo) de un modo natural plantea su pretensión en términos morales, lo quiera o no, independientemente del éxito. La sociología del conocimiento muestra que el discurso moral no es ni mucho menos privativo del débil, solo que un grupo con expectativas plantea además, y no sobre todo, los argumentos morales. Por así decir, se comporta socráticamente realizando las múltiples combinaciones entre sabiduría y virtud que den por resultado la necesidad de su alternativa, que su poder sea admitido como beneficioso y consecuentemente influir en las actitudes de las gentes a fin de verse apoyado en su escalada, al menos de puertas afuera. Casi ningún dominio no se argumenta, como Calicles pretendía. Aunque la carga en forma de tanques sea considerable, la analítica también nos recuerda que el lenguaje especialmente dirigido a la acción, y en ello estamos, es muy difícil que no se tiña de sentencias morales. Así, estos grupos segregan una vanguardia moral cuyo espesor es en ocasiones inversamente proporcional a su potencia, pero que formalmente siempre está definido por el yo introduciré cambios para mejor que aumentarán la suma de efectiva moralidad en el globo, lo que además puede también ligarse con la idea de felicidad como fin formal del proceso. Hasta supuestas revoluciones inmoralistas, por ejemplo, los fascismos, en lo que tienen de anticristianos o antihumanistas, pretenden gracias a esta inmoralidad que postulan, aumentar la suma de bien como resultado de la caída de los anteriores, débiles, afeminados, cristianos o judaicos, sistemas de valores; luego, ¡su inmoralismo es simplemente apariencia! Cuando Sacie alaba la inmoralidad está simplemente pensando que la verdadera moral consiste en seguir las leyes de la naturaleza (?) si estas entran en colisión con los injustificados decretos de la cultura. Y solo a un cretino, que viene a coincidir con un no libertino, con un virtuoso, se le ocurrirá pensar y obrar al margen de ellas.

Todo movimiento, progresivo o regresivo –hablando con Bloch–, comporta un proyecto de subversión de valores, define un proyecto moral implícitamente mejor o lo define precisamente como lo mejor. En un caso límite, como he dicho, lo malo puede ser lo mejor, todo depende de cómo coloquemos los espejos de bien y mal. Es así como lo que el poder, la sociedad, las ideologías, los individuos, consideran malo, puede ser triturado mostrando sus contradicciones y desmontado como una sarta de falacias. Así, con argumentos que en muchos casos son redomadamente abstractos y se presentan envueltos en todas las retóricas, cualquier movimiento volverá hacia o creará un estado de cosas bueno, según sea este el mundo de Zeus o de Cronos… desde los grupos de vanguardia, pasando por los disidentes religiosos y finalizando con los movimientos políticos.

Sabemos por Weber y Manheim la manera en que la burguesía se apropió de la excelencia moral, cómo corrigió el significado de los términos secundariamente valorativos, hasta poder en la revolución convencer al resto de las clases, incluida la misma aristocracia (Felipe Igualdad es el paradigma de converso), de que en verdad la corrupción de los tiempos había llegado a ser tan extrema que la necesidad de un salvador se hacía inaplazable. Un salvador tanto más excelente cuanto mayor número de males pudieran acumularse sobre el antiguo amo, un redentor que extraía su moralidad de la abyección, de manera que bastaba nombrar a esta para no tener que entrar en los contenidos de aquella. Y no ahorró la revolución casi ningún mal a su derrotado destinatario. Recuérdense los innumerables panfletos que corrieron por el París revolucionario, colecciones de agravios a los ciudadanos, confesiones apócrifas de desmanes cívicos y morales (con especial hincapié en lo que suele considerarse moral privada), como es el caso de la amplia colección de diarios secretos de María Antonieta; del mismo modo que Sade fue en parte admitido puesto que mostraba al desnudo la corrupción de la odiosa tiranía.

Pues bien, este camino tan feraz en los males ajenos se corresponde lógicamente con una inconcreción considerable de los bienes propios. A medida que las fronteras del conjunto de males que se deben extinguir son más amplias y que por lo tanto lo alcanzable en una estrategia a largo plazo está más lejos, es (por necesidad) más abstracto y aparentemente más utópico, ese bien futuro queda cada vez más por definir. Y esto vale tanto para el reino de los bienaventurados como para el paraíso socialista. En el reino de los fines, igualmente abstracto es invocar la supresión del pecado que el fin de la dominación del hombre por el hombre, ambos casos son jaculatorias. Como Hume lo expresara, la dificultad no estriba en encontrar un principio general que sea resumen y guía, sino en demostrar realmente que es malo o bueno a partir del entendimiento, cosa, piensa, que es desdichadamente imposible. Sin embargo, el bien formal es indisociable de la utopía y la utopía irrenunciable.

Y también sucede que cuando el poder está más cerca, los objetivos definidos por la estrategia, los a largo plazo y por lo tanto más abstractos, se convierten en cuestiones para acusmáticos (o para filósofos). Las charlas de puertas adentro, bastante más sabrosas, son justificadas y mediadas en nombre del sano sentido común y del cálculo de posibilidades. Y, mientras el bien último se consigue, ¿qué es el bien? En muchos casos las definiciones son puramente teleológicas: algo es válido y bueno porque sirve para alcanzar la meta final que se propone (lo que siempre es fácil de demostrar por su propia evanescencia). Si se hila más fino, y a menudo se hace, puede conseguirse un relativo bien que pueda justificarse a priori frente al anterior, cuyo juez es nada menos que la historia, en esta etapa de viatores, en la diaria accesis, modificando algo las sentencias morales comunes, dotándolas, por ejemplo, de mayor universalidad. Resumiendo, el bien nos espera en la meta y Agnes Heller en el camino. Y no hablo simplemente de que el fin justifique los medios, una versión bien abstrusa del maquiavelismo, sino de verdaderas propuestas morales, esto es, universalizables. Si aprobamos la sentencia hay que terminar y oponerse a la explotación del hombre por el hombre, subsumiremos bajo ella hay que oponerse a la dominación de unos pueblos por otros, no admitiré la discriminación racial, me opondré al dominio sexista, favoreceré a los marginados, etc.

Todos estos enunciados son, sin embargo, morales, puesto que son formalmente universales y universalizables. Pero ese criterio de universalización puede quizá, sin excesiva violencia, ser aplicado no solo a las sentencias, sino a los códigos en su conjunto. De este modo, la capacidad real de universalización que tenga una moral determinada, de la que pretenda y de la que efectivamente alcance, dependerá el peso que se da a sí misma o que le puede ser concedido, en tanto que logre una presentación del bien más perfecta aumentando su efectiva universalidad, sin que ello nos haga perder de vista el formalismo en que toda esta cuestión se desenvuelve. Por ejemplo, es un argumento de Engels que el advenimiento de la verdadera moral no se dará hasta que el proletariado, con su toma del poder, haya acabado con la división en clases de la sociedad. Esta moral nueva del socialismo, gestada como digo por el proletariado, será mejor, la mejor, porque cumplirá por primera vez en la historia la pretensión de universalidad; no será un reflejo ideológico de intereses de clase como ha venido siempre siendo, sino efectivamente universal, por primera vez humana.

La verdadera moralidad y la verdadera universalidad tienen ya algunos siglos de vida en común y pertenecen de lleno a nuestra tradición de ilustrados, de kantianos. Pero la universalidad aludida por Engels no está en la fórmula, sino que pretende ser material. De este modo también se comporta el verdadero derecho (siempre las definiciones platónico-estipulativas) con la universalidad, el derecho que por primera vez ha llegado a ser universal cuando ha derribado a la multiplicidad de códigos del antiguo régimen, bastiones innumerables de privilegios con el corte al ras, la universalidad y abstracta igualdad de la codificación napoleónica. Derecho y universalidad son indisociables, Hegel dixit, aunque Marcuse se eche las manos a la cabeza.

Y puesto que la universalización es la nota más distinta que nos revela una sentencia moral, y si toda política segrega una moral, nada nos cuesta representarnos la mayor universalidad posible sin romper los límites de la especie (el ecologismo por ejemplo los sobrepasa), y nos encontramos con que el movimiento político que reclama para sí la máxima universalidad es el feminista, que plantea su revolución como la más extensa que quepa concebir. Como Celia Amorós lo expresa, «la reconciliación de la humanidad tanto con su propia naturaleza biológica como con la naturaleza exterior constituye un todo y ese todo es el verdadero carácter de universalidad del hombre como ser genérico». Y esta pretensión de portar mayor universalidad es lo que hace del movimiento feminista un sujeto de estudio tan interesante para la ética, a la vez que explica el surgimiento cada día más apresurado de morales o éticas alternativas que lo llevan a la base. El feminismo plantea y problematiza realmente la mayor parte de los ámbitos y de las cuestiones morales concretas, así como los desplazamientos semánticos enormes ocurridos desde los años sesenta en los términos secundariamente valorativos. El feminismo cuestiona las relaciones de la especie con la naturaleza, la familia, las relaciones personales, la división del trabajo, el sistema de prioridades, la estructura social, la lucha de grupos dentro o contra el Estado, la supervivencia de la especie en último término.

Y, cómo no, también en este caso se supone que la consecución de los objetivos del movimiento aumentará la suma de bien en el mundo. Desde Stuart Mill, y aun quizá anteriormente con Condorcet, pasando a principios de siglo por Novicov, la causa de la igualdad de los sexos ha sido defendida exteriormente (me refiero a todo lo que no son pruebas de su real igualdad, principio que según Mill pertenece al género de los que no cabe argumentar sin desdoro), ha sido defendida, repito, acudiendo al argumento utilitarista (en el mejor sentido) de que la libertad de la mujer libera al hombre de su injusta tiranía y, por lo tanto, aumenta la suma total de moralidad y libertad en el globo y, derivado de ello, la de felicidad. Y desde que esto está así planteado, las mujeres no hemos dejado de recibir propuestas para que expongamos el bien que traemos de nuevo, para que lo defendamos, para que planteemos nuestra utopía, a la vez que se nos hace material dúctil para realizar utopías ajenas. Este argumento, pues, del total de virtud puede (pese a la falacia naturalista) convertirse en que la liberación de la mujer es la liberación total de la humanidad, la salida real del neolítico, la lucha con la naturaleza para convertirla en libertad en términos kantianos. Así, los pensadores de la utopía o de la antiutopía, y valgan por ejemplo Bahro, Harich, Marcuse, Leví… o Calvo, Trías, Mosterín…, nos tienen ya dispuesta la morada en la casa del señor y su teoría (y, pocas veces, mejor dicho, en la casa del señor sobre todo). La reflexión feminista de Françoise d’Eaubonne, Valerie Solanas, Agnes Heller sin pretenderlo, Kate Millet, Juliet Mitchell…, por citar solo a internacionales, aun planteando el feminismo como una alternativa global, es sin embargo todavía suficientemente reivindicativa como para no tocar la utopía sino muy tangencialmente.

El mayo del 68, cuyos productos culturales solo ahora comenzamos verdaderamente a conocer, lanza hacia nosotras a los decepcionados de la-revolución-ala-vuelta-dela-esquina que en muchos casos nos guardan el protagonismo en la Revolución Total. Nosotras somos la esperanza de supervivencia para Harich, las más potentes destructoras del estado para Calvo, las portadoras de la moral para Mosterín, las dueñas del discurso inaudito para Lardreau, la universalidad de la revolución para Bahro, el antipoder. Colocadas ante un todo cuya capacidad de absorción es tan espeluznante como el Caos que Camina, hemos llegado a ser el clavo ardiendo (pero quizá convencible) del que pende la única posibilidad de libertad. Y algo se aclara esta cuestión cuando se conoce de dónde nos viene tal potencial: somos un antitodo que, por misterioso, por su huida de la razón, el todo no ha sido aún capaz de absorber ni disolver. Nuestro misterio, nuestra negativa a la violencia de la razón, hacen que hayamos llevado, por lo visto desde siempre, una rebelión silente contra los todos desde que estos fueron creados en los albores de la historia. Si Leví afirma que el futuro es «descalificar lo político, atenerse a lo provisional, rehabilitar la Ética», porque el Bien Moral y la justicia no coinciden, todo su grupo se pronuncia por el anti-Reich, por el nuevo desorden, por el derecho a la pereza de Lafargue frente al Capital de Marx. Y se espera que las mujeres, sistemáticamente alejadas del Logos, tengan, por esta secular costumbre, un discurso diverso en el que se pueda confiar. Como también lo expresa Celia Amorós en un artículo reciente, «Feminismo y crisis de civilización», cuanto más amenazante es esta, cuando los peligros comienzan a parecer reales, surge la extraña ocurrencia de llamar a mamá como en los buenos tiempos (y ruego a Celia que me perdone esa traducción); «se nos promete la socialización de la bancarrota». El problema aquí está en que las virtudes que se nos atribuyen y que hacen de nosotras la apta materia para corroer Todos, casi todas ellas, pueden ser contempladas como resultado de la dominación. Y si esto se hace, solo quedará, como Calvo pretende, la apelación a lo que sea la feminidad si es algo diferente del poso de la dominación, que es la marca del Todo. De decidirnos a actuar así, realizaremos de nuevo el bien moral en el mundo. Nosotras somos la parte más fundamental de la rehabilitación de la ética.

Hay entonces por lo menos dos discursos del aumento del bien muy diferentes: el discurso de la igualdad (más clásico) y el de la diferencia (más actual, pero también más antiguo, más mítico). Pero su fin normal es el mismo, y la naciente teoría feminista bascula hacia cualquiera de estas dos opciones: el feminismo más directamente político recalca la idea de igualdad (aun con postulaciones de la diferencia muy diversas; nadie dice que quiere ser igual al hombre puesto que en su fuero externo lo desprecia) y la parte del movimiento más ligada a la llamada contracultura admite el discurso de la feminidad como discurso salvador, aunque también reformándolo, desde la admisión del concepto de naturaleza y la revolución feminista-ecologista, hasta la sociedad de la ternura solo para mujeres. Sociedad de las mujeres que, para eludir la contradicción que surge de admitir una valoración masculina como referencia, puede aparecer tras la eliminación física de los hombres, como es el caso de Valerie Solanas. Este último caso es por así decir mucho más lúcido ya que no se conceden límites; Solanas tiene la cautela de abogar incluso por la destrucción de las mujeres, no hay por qué reproducir la especie, la manía de la perpetuación es masculina.

En lo que se refiere a reproducir al género masculino, el hecho de que los hombres, como la enfermedad, han existido siempre, no significa que deban seguir existiendo… El curso natural de los acontecimientos, de la evolución social, llevará al control total del mundo por parte de las mujeres. Se deriva de ello que ellas dejarán de reproducir hombres y finalmente dejarán de reproducir mujeres.

Los frutos de la utopía son mucho más polimorfos que los de la realidad.

Si consideramos límite y agotamiento de sí mismo el discurso de Solanas, no nos quedará más remedio que acudir al de la igualdad. Ello además está de acuerdo con las posibilidades presentes de actuación del movimiento, frente a las cuales la utopía puede ser, más que una guía, un cul de sac. Entiéndase que no niego el papel moral de la utopía en la mediación ser-deber, sino que constato, independientemente del juicio valorativo que esto nos sugiera, que la utopía se hace innecesaria en muchas ocasiones o desaparece por sí misma, se agota dialécticamente, cuando la posibilidad del poder se acerca. Frente a la exaltación del lado oscuro de la feminidad que se desdibuja a sí mismo, que es necesariamente lo inconcreto, surge la concreción de la lucha diaria, tanto más necesaria cuanto más fuertes son los cantos de sirena de las avanzadillas de la antiilustración.

Porque si hay una idea ilustrada, esta es la de igualdad y es la que de hecho preside la lucha feminista desde sus comienzos. Lo curioso es que puede, a determinada luz, presentársenos tan utópica como la anterior. Sin entrar en esta cuestión, lo que sí podemos decir con Hegel es que por lo menos es abstracta. Y de esta característica es síntoma el que pueda presentarse como contradictoria respecto de la idea de progreso moral de la que surge, que en su rendimiento pueda acabar con el planteamiento utópicoideológico de la cuestión. La igualdad entre los sexos es asimilada al progreso moral, así lo hacen Mosterín o Marcuse siguiendo la línea trazada por Mill. Pero esto compromete la acción porque, es claro en Mill, se piensa en la incorporación a la esfera moral de las cualidades tradicionales de la feminidad: como consecuencia de la igualdad, los hombres se harán más mujeres; ambas posturas tienen aquí su base común utópica. Esta igualdad es a la vez superación.

Pero cabe hablar, por el contrario, el abogado del diablo es una persona muy necesaria, de verdadera igualdad moral y no de superación moral, lo que es lo mismo, que solo lo que es igualdad sea lo concebido como superación, desdoblar entonces perfectamente las dos cosas y aceptar sin más la superioridad de la igualdad sin que esto comprometa los contenidos de la supuesta nueva moral. En la difícil marcha de las morales hacia la universalidad de la que se habló, hacia la universalidad material, es imprescindible tratar la cuestión de los contenidos. Y los contenidos de los proyectos morales de estos movimientos son bastante diversos, solo su pretensión formal es la misma. La discusión siempre se establece alrededor de esa formalidad, de ahí que pueda llegar a ser muy abstracta, en términos de nuevo hegelianos, vacía. Hegel mantenía (frente al riesgo terrible de proponer que hoy la ética considera con tanto cuidado) que nunca una regla formal puede entrar en contradicción y nada que no es contradictorio es real. La contradicción solo se da con un contenido. Así, frente al argumento de Millo Novicov de que la liberación de la mujer, al cumplir por primera vez la universalidad que la moral requiere, contribuye de modo decisivo a la suma de felicidad, podemos afirmar que no lo hace en absoluto, y, sin embargo, seguir luchando por ella, por ejemplo, porque nos apetezca que los hombres se frustren; la universalidad nos libra, si es buena en sí, de la tiranía de los fines. La moral no puede nutrirse de su misma formalidad; esto también lo demostró Hegel contra Kant.

Así, ¿cuáles son los contenidos de una moral feminista verdaderamente universal? Si no podemos ni debemos acudir a la utopía o al teleologismo, situándonos in media res, en una moral provisional con todas las apariencias de perenne, ¿hay acaso contenidos diversos de los de las morales realmente existentes o son siquiera necesarios? Si el feminismo no se propone acabar con el todo o con la especie, al menos conscientemente, sustituyamos indistintamente igualdad por universalidad y saquemos las conclusiones para los contenidos. Quizá Russell pueda servirnos de ayuda. En Matrimonio y moral opone nuestro lord lo mejor a lo posible en lo que atañe a la nueva moral que la igualdad de los sexos puede dar a luz. La igualdad, dice, puede hacerse por abajo o por arriba; la igualdad moral por arriba, muy extendida en los círculos sufragistas, ordena al hombre sufrir el mismo código asumido por las mujeres y se muestra convencida de su excelencia, que no se le ocurre pensar para desvalorizarla, que sea un producto de la esclavitud; es más, aunque así fuera, sería desdeñable el dato, en duros yunques se templan siempre los aceros. Russell incluso afirma que este código es en efecto mejor, solo que no parece muy probable que los varones lo asuman. Si incluso le añadiéramos platónicamente la coerción del Estado, la resistencia al yugo seguiría siendo notable, la resistencia de los varones, puesto que las mujeres no tienen necesidad de variar sus normas ni sus conductas; en fin, la pretensión puritana estalinista o china habla por sí misma. Russell tenía razón, es difícil conseguir la igualdad por arriba.

De esta forma, solo queda una vía abierta al par universalidad-igualdad: que las mujeres hagan suyo el actual código de los varones, por cierto, casi completamente señalable en la cuestión de los contenidos. Universalicemos definitivamente, contribuyamos al bien haciendo el mal.

Si no los podemos hacer tan buenos, hagámonos nosotras tan malas: no exijamos castidad, sino perdámosla; no impongamos la dulzura, hagámonos brutales; no atesoremos naturaleza, sino destruyámosla con el fervor del converso, etc. Las aparentes paradojas con las que se encuentran las mujeres, puritanismo-desvergüenza, apacibilidadviolencia, sumisión-dominio… desaparecerán con una reformulación ad mulierem del imperativo categórico, funcionando esta vez solo como un tamiz: en caso de conflicto de normas o de principios (en el sentido de Ross), obra mujer como un hombre lo haría porque él es, hoy por hoy, el único poseedor de la universalidad; universalidad desde la que incluso ha definido el mal que te corresponde. No aumentes la suma de bien por tanto si lo que persigues es la igualdad, sino contribuye alborozadamente a la suma de mal, porque esto es lo bueno.

Pero no a cualquier mal, no desde la perspectiva de aquel pequeño mal que se te reconoce, de tus solícitas y bienintencionadas truhanerías, del estervilarismo, enfermedad senil de la feminidad, realiza por el contrario el verdadero mal, el mal del amo.

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