Kitabı oxu: «Infieles»

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Ana Arzoumanian

Infieles



Arzoumanian, AnaInfieles / Ana Arzoumanian. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-528-41. Narrativa Argentina. I. Título.CDD A863

Diseño de tapa: Juan Pablo Cambariere

Foto de solapa: Silvina Báez

©Libros del Zorzal, 2017

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la Ley 11.723

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Lo irrespirable asesinado

de tu cuerpo, la estática región.

Luis O. Tedesco, En la maleza

Un poema como cartografía. Un espacio textual donde cohabiten los que veneran. Infieles, cuando un imperio cae. Cuando se deshacen los modos imperiales y nace una república. Cuando para formar parte de un tiempo se limpian los cuerpos de las minorías. Infieles, en el momento anterior a desaparecer o a convertirse, conviviendo en un territorio mientras escuchan los llamados a la oración. Poema salmodiado, poema y cantilación. Las cursivas corresponden a citas del libro sagrado El Corán en la traducción al castellano de Juan Vernet, Barcelona, editorial Austral, 2010, y son reproducidas con el respeto que merece el libro de fe.

Cuando hablo de mi vida

ya no cuento esta versión.

Carolyn Forché, El país entre nosotros

Está prohibido, a un pueblo que hemos destruido, el que sus habitantes regresen.

Compré unos cuchillos labrados en la feria de artesanías. Al llegar a la aduana el oficial me dice: en la valija usted tiene unas dagas. Me pide el pasaporte para marcarlo. Le hablo en turco y le contesto que son regalos. Me deja pasar.

Tiene una daga en la valija. Debemos marcar su pasaporte porque está prohibido, a un pueblo que hemos destruido, el que sus habitantes regresen. No me dice esto último. Esta frase es una oración con la que mi padre sueña.

Tengo unos cuchillos labrados que he adquirido en la feria de artesanías de Ereván.

Cuando mi padre estaba en el hospital, producto de la anestesia, deliraba. Al acercarme a visitarlo me decía: “Los enfermeros vienen con cuchillos, tienen ojos tatuados en sus frentes. Los enfermeros son turcos”.

Está prohibido, a un pueblo que hemos destruido, el que sus habitantes regresen.

Voy a Estambul. Hacia la Nueva Roma. Hacia los azulejos decorativos. Hacia la alfombra para el rezo, el servicio del café y los banquetes a la turca. Voy hacia la tradición de comer de las bandejas en el piso. Voy hacia el cristal en el protocolo otomano. Voy hacia una isla sin serpientes ni escorpiones venenosos.

Todo el mundo es una morada, pero Sultanahmet es una cárcel.

Entre la mezquita de Sultanahmet y la Ayasofya construida mil años antes. En una de las siete colinas, el palacio de justicia desaparecido por el fuego en el año 1933. Una prisión luego de la ocupación de Estambul por las fuerzas aliadas.

Voy hacia ese sonido de los pasos diciendo: Alá nos sabe, cada vez que se cerraban las puertas de las celdas por las noches.

Está prohibido, a un pueblo que hemos destruido, el que sus habitantes regresen.

Nunca fui su habitante.

Quiero decirte: lastimame. Me toco el cuerpo, no lo reconozco. Las manos. El dedo. El pulgar. Le pido el pulgar mientras se lo chupo. Luego la mano. El dedo. El pulgar. Mirame las manos, le digo. Está morada. Fijate. Las manos. Mirame las manos.

¿Se deformaron?

Está prohibido, a un pueblo que hemos destruido, el que sus habitantes regresen.

Tengo unos cuchillos en la valija. Unos cuchillos que no son dagas, que he adquirido en la feria de artesanías de Ereván.

Lastimame.

Su mirada fija. Su mirada que no ve. Sus ojos absortos que no ven. En el momento de perder, de acabar. De volcarse, tanto. De soltar. Cuanto más pierde más da. Me sube sobre su vientre. Desnuda sobre su vientre. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste así? Lento. Más lento. Comer. Atar. Golpear. Adorar. Absolutamente afuera. Yo todo afuera. No puedo amamantarte porque no sos mi hijo.

Mordeme hasta que la sangre se haga otra cosa. Lo primero que haré cuando me levante es ir a buscar una cucharita. Una de mango largo.

El banquete a la turca. Una cucharita, no un cuchillo, el filo deshecho de eso que no es una daga en mi valija.

Tengo que marcar su pasaporte.

Y yo hablo en turco.

Hablo en turco. No le digo al oficial de la aduana: escupime. No le digo, Alá nos sabe, cada vez que se cierran las puertas de las celdas por las noches.

Todo el mundo es una morada, pero Sultanahmet es una cárcel.

Escupime.

Y vos desnudo sobre mí, pasás tu lengua en salivas.

Escupime.

Entonces, me mirás, escupís. Yo disemino con las manos tú saliva por mis pechos, las piernas. Me miro las manos. ¿Deformadas? No te pregunto ¿están deformadas?

Cuando todo estuvo listo, me dijo: cuando quieras hablar, tan sólo tenés que mover los dedos. Y abrió el grifo. El agua fluía por todas partes, hacia la boca, la nariz, por toda mi cara. Pero durante un rato, todavía podía respirar.

Contraje la garganta.

Le miro el miembro. Y yo con los ojos de las aves a los costados veo distancias y no profundidades.

Alá nos sabe, cada vez que se cerraban las puertas de las celdas por las noches. Yasar Kemal, novelista, Nazim Hikmet, poeta, Sabahattin Ali, novelista, todos en la cárcel de Sultanahmet. En todo lo que no es mundo, no es morada.

Y acuérdate de Noé, acuérdate de David y Salomón, acuérdate de Job, de Ismael, acuérdate del dueño del Pez, de Zacarías y de aquella que conservó su virginidad.

Todos volverán a nosotros.

Pero está prohibido, a un pueblo al que hemos destruido, el que sus habitantes regresen.

Trato de resistir a la asfixia manteniendo el aire en mis pulmones todo el tiempo que puedo.

Los dedos de ambas manos me tambalean.

Va a hablar, dijo una voz.

Le hablé al oficial de aduana en turco. Y él: “Merhaba,1 bienvenida a Turquía”.

No desposéis a los asociadores hasta que crean. Una sierva creyente es mejor que una asociadora, aunque esta os guste. No desposéis nuestras hijas con los asociadores, hasta que crean. Un esclavo creyente es mejor que una asociadora, aunque este os guste.

Pone su sobretodo debajo de mis rodillas, me dice: ahora sí. Sostiene mi cabeza con las manos para que en el movimiento no me golpee con la pared. Ahora sí.

Proclamación del Único.

Dios uno sin compañero.

No desposéis hasta que crean.

Una sierva es mejor.

Aunque le guste.

El serrallo. El manto que se cruza por delante sin abrocharse.

Todo hombre lleva al nacer el germen del Islam. El ejército fiel a la persona del sultán integrado por extranjeros convertidos.

La leva de niños y adolescentes para formar parte del cuerpo de infantería. Bajo un entrenamiento riguroso, los servidores del Gran Señor.

La leva de niños y adolescentes fieles a la persona del sultán.

El manto que cruza sin abrocharse.

Todo hombre lleva al nacer el germen del Islam.

Rasgándose el pecho, con los brazos clavados de flechas para mostrar la sangre a sus amantes.

Gente de la casa de Osmán.

La cárcel de Sultanahmet es un hotel. Al entrar al cuarto, la pantalla del televisor anuncia: Welcome to Mrs. Arzoumanian.

Bienvenida.

Los servicios del hotel en todo aquello que no es morada, es cárcel.

Vine a Estambul para buscar al hijo de mi abuela.

El hijo de mi abuela no es mi tío.

¿O habrá sido una niña?

No desposéis a las asociadoras hasta que crean. Una sierva es mejor.

Alojada en el Sultanahmet, que no es una cárcel y es un hotel; lejos del Gálata y la ciudad de los infieles.

Está bajando el sol, camino por la plaza alrededor de las mezquitas, allí los giradores, nadadores que se arrastran por un río de éxtasis.

Los jenízaros, el ejército fiel a la persona del sultán, integrado por extranjeros convertidos. Servidores del gran Señor.

Vine a Estambul a buscar al hijo de mi abuela.

El hijo de mi abuela no es mi tío.

Todo hombre lleva al nacer el germen del Islam.

¿O es una hija rasgándose el pecho, con los brazos de flechas clavadas para mostrar la sangre a sus amantes?

No algo abandonado.

El robo.

¿Cómo podremos escapar? ¿Cómo escaparemos sin padre, sin madre, sin descendencia?

No algo abandonado.

Si quemás azufre, el azufre pesa más después de prendido fuego. El azufre se pega con las partículas de oxígeno como el fósforo; pesa más.

Me saca la mano.

Me saca la mano el dedo.

No puedo poner mi mano mi dedo entre sus nalgas mientras voy lamiendo.

Me duele, dice.

Me duele.

Yo descubro los huesos del cristo de Holbein. Lo miro extendido, así desnudo desde abajo. Los huesos. La caja torácica.

No desposéis nuestras hijas con los asociadores, hasta que crean. Un esclavo creyente es mejor.

El manto que se cruza por delante sin abrocharse. Mis caricias ahondando la caja, el tórax del cristo de Holbein.

Me saca las manos. Me duele, dice.

La cárcel de Sultanahmet es un hotel. En las valijas tengo unos cuchillos que compré en la feria de artesanías de Ereván. Unos cuchillos que no son dagas.

En el palacio de Topkapi se encuentra la sala de armamentos de los sultanes. El guía se acerca, me aclara: las armas de esta sala son sólo ornamentación; los sultanes no las usaban.

No las usaban, repiten los jenízaros, el ejército, el cuerpo de infantería bajo el entrenamiento de rigor, servidores del gran Señor.

Un esclavo creyente es mejor que un asociador.

Vine a buscar a un hijo.

Me sienta en el diván. Él se arrodilla. Abre las piernas. Me empuja hacia la pared. Su miembro a la altura de la boca. Me ahoga. Los músculos de mi cuerpo se esfuerzan para detener la asfixia. El cristo de Holbein abre el grifo. El agua fluye por todas partes: hacia la boca, la nariz, por toda mi cara.

Me abre la boca. Me pone su saliva adentro.

Naufragar.

El hundimiento. En otros tiempos se cortaban el cabello y se colgaban del cuello piezas de oro para despertar la piedad de quienes iban a dar sepultura a los hundidos.

Naufragar.

El Bósforo, un estrecho que separa la parte europea de la asiática. Anadolu.2 Una garganta que une el mar de Mármara con el mar Negro. El transporte, el pasaje. Se atravesaba en balsas de odres con cuero de buey. Partir de Anadolu y tener un sello en el pasaporte que diga: sin retorno posible.

Naufragar.

El amor a las mujeres, los hijos, caballos de raza, animales domésticos se ha hecho para los hombres. Eso es el goce de la vida mundanal, pero junto a Dios está la hermosura del retorno.

Sin retorno posible, dice el papelito encuadernado con la foto de mi abuela, con sus manos como remos navegando por el estrecho donde flotaban balsas de cuero de buey. ¿Alejarse, de cuál patria, para no poder volver?

El goce de la vida mundanal, pero junto a Dios está la hermosura del retorno.

Fui a Estambul para buscar al hijo de mi abuela.

El hijo de mi abuela no es mi tío.

¿O habrá sido una niña?

El oficial de la aduana me detiene: no puede pasar, usted necesita visado. Mira mi nombre, dice, los armenios deben tener visa expedida por su país para poder entrar a Turquía. Yo le respondo: soy argentina. Sella la hoja de entradas. Firma y sella.

Paso.

Un lugar al cual no poder regresar. No hay vuelta atrás. Lo miro le grito: ayudame. Él se queda quieto. Me mira fijo a los ojos, le pido que me mate de una vez, que estoy muriendo. Sentada sobre él. Sos mi putita, dice. Toda mi putita. ¿Sentís?, me pregunta. Vení. Vení.

Te estoy amando.

Amame.

Miro su pierna. Busco la sutura, la herida. No es la pierna del hijo de mi abuela, herido al borde de la balsa, el cuero de buey, el naufragio.

A media lengua, pronuncio el nombre de mi padre.

Fui a Estambul a buscar al hijo de mi abuela. Llevo en una libretita la dirección de la casa. En el callejón. La callejuela. Le pregunto al taxista, al soldador, la peluquera, al recolector de basura. Antes había una iglesia aquí, me dicen. Un barrio de griegos, de armenios. No me dicen: de infieles. Una casita de madera, medio destruida. Ahí la veo a ella, cerrando la puerta, dejando atrás a su hijo que no es mi tío. El niño llorando. El niño lastimándose. El niño rezando: pero junto a Dios está la hermosura del retorno.

Y por todos lados, el mar.

Naufragar. Porque navegar es preciso, no vivir. Aquellos que iban hacia Armenia, tachados de comunistas si volvían.

La luz en las pestañas. Yo arriba de él mirando el tamiz de luz que se distiende debajo de sus ojos que se hacen lágrimas. Él, un hombre paridor cogiendo con todo el mar de su cuerpo. Un rombo de vellos alrededor del pubis y otro más pequeño a la altura del ombligo. Mido la distancia de su ombligo hasta el cuello, el talle que se extiende desde el codo a mi mano. Lo acaricio.

Y los que se quedaron.

Porque algunos no tomaron la balsa. Algunos, los vecinos de la casita de madera en la callejuela, cerca de la iglesia destruida, en el barrio de griegos, de armenios; se quedaron. Somos ciudadanos de segunda, aclaran. Ni siquiera ciudadanos; somos considerados extranjeros. Acusados de ser extranjeros que podíamos colaborar con el enemigo, me dicen.

Pasa su lengua. La deja justo allí. Me besa el culo. Abrí las piernas para mí, me pide. Abrilas más.

Naufragar.

Un pedazo de madera.

Del arca.

Adentro.

Adentro una montaña al revés. Una cima hacia adentro. Hacia adentro, restos del diluvio. Restos, y nosotros sobreviviendo.

Cuando quieras hablar, tan sólo tenés que mover los dedos, dijo. Y abrió el grifo. El trapo se empapó rápidamente. Me lleva al África. Y África es vaciarse de palabras.

Pero junto a Dios está la hermosura del retorno.

Olor a mar, a algas, a frutos acuáticos.

Una pollera de Guatemala y el cuerpo desnudo. Tus tetas, susurra, y las besa. Yo le sostengo la cabeza con mis brazos. Chupa los pezones. Intento ver una gota de leche entre sus labios.

Mi lengua acariciando su lengua, pronunciando las letras de su saliva.

Una pollera de Guatemala. El mercado de Chichicastemango. El museo de piedras, la pequeña capilla, el calvario, el taller de máscaras por el camino arbolado que va cuesta arriba.

Eso es el goce de la vida mundanal, pero junto a Dios está la hermosura del retorno.

El sello en el pasaporte de mi abuela: sin retorno posible, y el hijo en la casita de madera del barrio rezando: ¿tendría un hijo cuando tiene lo que está en los cielos y en la tierra? Dios basta como garante.

La noche de año nuevo. En el balcón. Luces, fuegos artificiales, música armenia turca griega. Ella cuenta, me cuenta: a los quince años la vistieron de varón, le quitaron los aros, le ataron el cabello, le pusieron una gorra y la mandaron a Kaiseri. Ahí, escondida durante unos meses. Luego, hacia Estambul. Un día va a comprar un pavo para navidad. Una mujer pasa por la calle, le dice al vendedor ambulante: ¿qué vendés? si todo lo que tenés en el carro es nuestro. Son nuestros los pavos, nuestro el carro y nuestro el dinero que llevás en el bolsillo. Ella vuelve a su casa sin comprar nada. Piensa: tenemos que irnos de aquí.

Dios es un dios único. ¡Loado sea! ¿Tendría un hijo cuando tiene lo que está en los cielos y en la tierra? ¡Dios basta como garante!

Después de morirme, lo primero que vi fue tu cara.

Lo acaricio. Levanto la mirada; los ojos las manos los ojos. Junta saliva. Mira mi boca, desliza su saliva en mi boca. Otra vez. Trago su saliva. Le pido más.

¿Sos mía?, me pregunta. Dilata los ojos. Los abre.

Hay una niña en Aleppo, parada en la escalera. El fotógrafo, el efendi,3 toma la imagen. Yo, la niña huérfana. Yo, con los brazos cruzados a la cintura, la mirada perdida, los colchones abarrotados.

Él, quieto adentro, entre las piernas, adentro.

Mordeme, le pido, para no decirle: haceme un hijo.

Dios es un dios único. ¡Loado sea! ¿Tendría un hijo cuando tiene todo lo que está en los cielos y en la tierra? ¡Dios basta como garante!

Las marcas de los dientes en mi brazo.

Se os declaran ilícitos: la carne de animal que haya muerto, la sangre, la carne de cerdo, la carne de animales muertos asfixiados por golpes, despeñados o corneados.

La presión de la sangre en su miembro.

No flotar en el aire. Un vacío. Fuera de la órbita terrestre. Hacia abajo. Hacia arriba. Adentro, él. Yo, en Aleppo, la niña huérfana. Yo, en lengua otomana escrita. En lengua otomana hablada.

Los deberes de la hospitalidad.

Éramos los otomanos cristianos. Los cristianos turcopar-lantes de Anatolia.

El persa era la lengua culta, y el árabe se usaba para enseñar teología o la ley islámica.

Éramos los otomanos cristianos y la frontera otomana eran los Habsburgo. Y la tierra no pertenecía a los campesinos, pertenecía al sultán.

El sultán otomano sunita vencedor del chiita shah de Irán.

Las casas de los cristianos otomanos no podían ser tan altas como las de los musulmanes. Ni tan coloridas.

Dios es un dios único. ¡Loado sea! ¿Tendría un hijo cuando tiene lo que está en los cielos y en la tierra? ¡Dios basta como garante!

Vinieron a requisar las armas.

¿Tendría un hijo cuando tiene lo que está en los cielos y en la tierra?

Soldados del ejército espartano. No los atenienses. Los espartanos. Esos más extranjeros. Esos que tenían otro idioma. Otras madres. Esos sin escudo. Esos que estudiábamos tan vencidos. Esos que no hablaban.

¿Sos toda mía?, me pregunta.

Sí.

Sí.

Cierra los ojos, grita. Su grito parece de dolor, pero son todos los espartanos que saltan sobre un caballo que dicen es troyano pero está en Turquía.

Me toma la mano. La besa. La da vuelta. Se la pasa por los ojos.

Nos mezclamos.

Contra aquellas de nuestras mujeres que cometen fornicación, buscad cuatro testigos de entre vosotros. Si dan fe contra ellas, mantenedlas cautivas en las habitaciones hasta que las llame la muerte.

Primero le enseñan al niño a hablar y luego a callar.

Escondiéndonos.

Escondiéndonos.

Escapándonos de cada uno de nosotros.

Cristianos otomanos.

Escribir en qué lengua, con qué palabras. El alfabeto persa, el árabe, lenguas para jugar al ahorcado.

Vartán Pachá escribe Historia de Akabí en lengua turca. Escribe Historia de Akabí en lengua turca con caracteres armenios. Vartán Pachá escribe la primera novela turca.

Al principio fue el sombrero por el fez. Después, el alfabeto y el calendario. La Turcia, ese espacio de la lengua que iba desde los Romanov hasta los Habsburgo, se disolvía. La lengua del hombre enfermo de Europa buscaba aliados. Los aliados tachaban todos los signos persas, griegos, armenios.

A

B

C

D

Escribir en turco con caracteres latinos. Escribir en turco, en los documentos, sobre las montañas: “Feliz el que se dice yo soy turco”

A

B

C

D

En caracteres latinos, una oda que los niños recitan en los colegios:

soy turco honesto y trabajador

mi principio es proteger a los más jóvenes y respetar a los mayores

juro amar a mi patria y a mi nación más que a mí mismo.

Pintar sobre las montañas del sudeste la sangre que corre por la oda de los alumnos.

No es un juego de niños. No hay una palabra o un código de seguridad que permita detener al torturador antes de que alcance el punto de dolor soportable.

Tengo una mala noticia.

¿En qué idioma? ¿Con qué letras la escribiré?

Mejor no la escribo.

Mejor la digo. La digo en voz alta o la susurro. La voy diciendo a quien pueda escuchar:

a la mujer violada no la mataron.

La mujer violada tuvo su hijo, su cría.

Ella no mató a su niño.

A ella, no la mataron.

La mujer violada es mi abuela.

Tengo una mala noticia: su hijo

no murió,

y todavía vive

entre ellos.

El día en que preguntemos al Infierno: ¿estás lleno? Y responda ¿hay más?

Lavar la lengua.

La red de lavanderías que se utilizaban para esconder la procedencia ilícita del dinero conseguido por actividades criminales. No el lavado del dinero, el lavado del lenguaje.

La primera categoría de los suplicios es la degradación. Moisés, por orden de dios, despoja de su vestidura pontificia a Aarón condenado por su incredulidad.

La primera categoría de los suplicios es la degradación.

No todas las mujeres violadas murieron.

La cabeza y los dedos del papa que había usurpado la sede de Roma, que habían servido para hender su autoridad, son arrojados al Tíber.

Tatuar el cuerpo de una malinche sin habla.

Cuando dio a luz, dijo: “Señor mío: he dado a luz una hembra —¡Dios sabrá mejor que ella lo que había dado a luz!—, el varón no es como la hembra. Le pondré por nombre María. A ella y a su descendencia les pongo bajo tu protección frente al Demonio lapidado”.

Hijo de la mancillada. Crucificado.

¿Quiénes somos?

¿Ellos, quiénes son?

A

B

C

D

Escribir en caracteres latinos:

estos infieles son así, se apoyan entre ellos, por eso perdimos.

En el colegio, en la calle Zambak de Taksim hay dos policías en la puerta. Dos policías en la puerta del colegio Özel Esayan. ¿A quién protegen? ¿De quién?

Nos damos la vida y hacemos morir.

Quizás lo que nos une es que ni él ni yo tenemos madre. No porque no hubiera mujer con vientre preñado que nos hubiera parido, sino porque no hay, como no hay cuando se pierde algo.

Desconocidos, no teníamos de nosotros la idea de quién, cómo, dónde.

No teníamos madre. Aunque no éramos huérfanos.

Qué leche habremos bebido de quién los dos, perdidos.

Una madre es un cuento sobre una madre, una canción. Una madre es una película sobre una madre, una mujer aborigen pariendo. Una madre es mi abuela yéndose de Constantinopla, sola y sin hijo.

Cuando dio a luz, dijo: Señor mío: he dado a luz una hembra —¡Dios sabrá mejor que ella lo que había dado a luz!—, el varón no es como la hembra. Le pondré por nombre María. A ella y a su descendencia les pongo bajo tu protección frente al Demonio lapidado”.

Pongo mis manos sobre su vientre. Yo ahí desde tan abajo lo miro, pienso: podría acunar a mi hijo aquí. Levanto la vista, pienso: cuando él saque su miembro de mi boca, ya no podré hablar. Él llevándose las palabras.

¿Sois vosotros los que sembráis o somos Nosotros los sembradores?

Los treinta centímetros de la mirada del niño. Los treinta centímetros más allá de los cuales el niño no ve. Él y el cuerpo de su madre.

Y no ver más.

Vos.

Yo.

Eso es no hablar.

Volver a la infancia. Atrás. Más atrás.

Le cuento cómo es. El color del glande, su volumen. Él mira mis ojos buscando el reflejo del color, pero es mi boca la que pronuncia su nombre en la forma de la piel. La ola de su mar chupa mis pezones. Él chupa mis pezones y yo que no floto, me arrastro.

Le agarramos, junto con sus ejércitos, y le echamos al mar.

Rezar al borde del agua. Ruinas. Bloques de cemento. Hungría, Bulgaria, algo abandonado.

Levanto la cabeza entre las olas. Me dice tomá, comé, comela linda, comé. Se entrega.

Me subo sobre el hueso de sus ojos y me muevo ahí. Cuanto más me muevo, su hueso excava más.

Nunca cogí con un perro.

Cuando acaba, todo él se derrumba. Cae sobre mí. Ruinas. Bulgaria, Hungría, bloques de cemento.

¿Habéis visto lo que eyaculáis?

Me incendia. Dibuja sobre mi cuerpo con el fuego que apaga. Con el incendio sofocado, escribe.

No te vayas.

Quiero decirle no te vayas. Aunque debería poder decir: no me dejes dañada sin tu pija. No me dejes sin la justicia de tu carne, tu cuerpo moviéndose lentamente, tus manos en mis nalgas.

¿Habéis visto lo que eyaculáis?

Ocupa todo el espacio.

Ininterrumpidamente.

Lo incesante.

Un escalofrío.

Un murmullo.

De quién, de qué animal el sexo que toma la forma de mi vacío, si yo nunca cogí con un perro.

Mostrándonos totalmente desnudos, cara a cara en ese desvío. Me acerco. Lo beso como excusa para olerlo. Huelo el fondo de su miembro, paso la nariz como un hocico que huele y lame.

Se trata de amarnos.

Otra forma de nombrar el sostener o el aguantar para ver quién destruye a quién.

Lo supe cuando no podías pararte.

Me alivié, me dije, fue él, fue él; él quedó lastimado hoy.

No tendría nombre falso.

El padre del hijo de mi abuela, un turco. ¿O habrá sido kurdo?

Poncio Pilato es el personaje que intenta aportar claridad con una sola pregunta.

¿Cuál es el nombre verdadero?

Nosotros sabemos perfectamente lo que dicen. Tú no tienes medio de forzarles a creer.

Poncio Pilato se dirige a Jesús.

¿Qué es la verdad?

Entro a un negocio de collares, de prendedores en el barrio de las mezquitas. Pregunto el precio de una pulsera de plata opaca con unas monedas antiguas. El vendedor me mira, se queda en silencio. Repito la pregunta en un turco que voy pronunciado lentamente. El vendedor no me dice el precio. Para qué, me contesta, usted no usará esto en su tierra.

En el país de los negociantes, el vendedor no quiere que me lleve su pulsera. Me mira a los ojos, abre la puerta de su local, me despide.

¡Cuántas generaciones anteriores a la nuestra hemos aniquilado!

Cuando todo estuvo listo, me dijo: cuando quieras hablar, tan sólo tenés que mover los dedos.

La argolla, el poste, el pilar.

El collar de hierro de cadena larga.

Y un rey en Occidente alegremente anunciando por los pasillos de sus palacios: “Sabed que el cuerpo de un enemigo muerto no huele nunca mal”.

Ejecutar.

Los padres pegaban fuerte a los jóvenes y a los niños el día que se firmaba un acto para grabarles el hecho en la memoria.

Recordar.

El padre del hijo de mi abuela, un turco.

El padre del hijo de mi abuela, ¿a quién habrá pegado para grabar en la memoria el origen turco del niño?

En 1934 se promulgó la ley de apellidos que obligaba a que todo el mundo tuviera un apellido familiar, heredado de padres e hijos; junto con el cambio del calendario, la adopción del sistema métrico y la reforma de la lengua.

Eligieron para nombrarse accidentes geográficos, topónimos, oficios, animales, metales, adjetivos.

Era un mundo sin apellidos el de mi abuela, uno de títulos familiares, académicos, religiosos.

Polat. Oyilmaz. Gunes. Nagas. Karasu. Erol. Aslan. Kircos. Yadi. Kol. Calhicioglu. Yapur. Demir. Aydn.

Prohibido los apellidos de las minorías, excluidos expresamente las terminaciones -ian.

Poncio Pilato es el personaje que intenta aportar claridad.

¿Cuál es el nombre verdadero?

Le pongo las manos a los lados del cuello. Mido. Aprieto. Otra vez.

Sus dedos sobre el vientre. Más abajo como si no tocara la piel sino el interior hamacado de hijos. Miro su boca. Hipnótica en sus labios entreabiertos. Adentro. Desciendo. Bajo hasta encontrar su miembro. Voy lamiendo las alas hasta sentir su grosor. Desciendo más. El pubis recién afeitado y el vaivén sobre su pierna. Los pechos sueltos y mi boca llena de ojos deslizándose hasta el anillo que late.

Tendrán las frutas que escojan y la carne de pájaros que deseen.

La pena capital dejó de ser un castigo y fue un freno. El que se casaba con la hija del verdugo sucedería a su suegro.

¿Habrá sido una hija la descendencia de mi abuela?

Busco al esposo de la hija de ella. Lo encontraré por la argolla, el poste, el pilar.

Polat. Oyilmaz. Gunes. Nagas. Karasu. Erol. Aslan. Kircos. Yadi. Kol. Calhicioglu. Yapur. Demir. Aydn.

Poncio Pilato es el personaje que intenta aportar claridad con una sola pregunta.

¿Cuál es el nombre verdadero?

El gusto por la conservación y la caligrafía hacía que no hubiera interés por los libros impresos.

Buscar la huella de la mano que ha pegado para impactar en la memoria de los jóvenes, del niño.

La palabra de dios llevada en cuidadas copias manuscritas, transportadas con ávido mérito religioso. La palabra de dios no podrá estar sujeta a duplicaciones.

Poncio Pilato se dirige a Jesús.

¿Qué es la verdad?

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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
26 mart 2025
Həcm:
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ISBN:
9789875995284
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Bookwire
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