Kitabı oxu: «Argumentación y pragma-dialéctica»

Şrift:

Índice

  Prefacio

  La pragma-dialéctica en la historia de la teoría de la argumentación

  Primera Parte. El programa pragma-dialéctico de investigación de boca de Frans van Eemeren

  Notas preliminares acerca de la traducción

  Capítulo 1. Del modelo ideal de discusión crítica al discurso argumentativo situado. La evolución paso a paso de la teoría pragma-dialéctica de la argumentación

  Capítulo 2. El papel de la lógica en el análisis y la evaluación de argumentos

  Capítulo 3. La teoría pragma-dialéctica de la argumentación

  Capítulo 4. El método pragma-dialéctico de análisis y evaluación

  Capítulo 5. Seamos razonables

  Capítulo 6. Efectividad razonable. Pasos preliminares para una investigación pragma-dialéctica de la efectividad185

  Capítulo 7. Falacias como descarrilamientos del discurso argumentativo: aceptación basada en la comprensión y la evaluación crítica

  Capítulo 8. El maniobrar estratégico en el discurso argumentativo de la deliberación política

  Capítulo 9. Investigación empírica del ad hominem abusivo. Maniobrar estratégico con ataques personales directos

  Capítulo 10. ¿En qué sentido se relacionan las teorías modernas de la argumentación con Aristóteles? El caso de la pragma-dialéctica

  Referencias bibliográficas

  Segunda Parte. Los expertos en lengua española hablan sobre Frans van Eemeren y la pragma-dialéctica

  Nota preliminar

  Capítulo 11. El modelo normativo lingüístico de argumentación en el contexto de una discusión crítica. Perspectivas para una integración

  Capítulo 12. La fuerza del mejor argumento

  Capítulo 13. El tratamiento pragma-dialéctico de las falacias y el reto de Hamblin

  Capítulo 14. Función, funcionalismo y funcionalización en la teoría pragma-dialéctica de la argumentación

  Capítulo 15. Negociación versus deliberación

  Capítulo 16. El lugar de la controversia en la argumentación

  Capítulo 17. ¿Dónde acaba un argumento?

  Capítulo 18. El corte de la corte

  Capítulo 19. Antonieta Rivas Mercado; Un análisis discursivo y argumentativo de sus cartas a Manuel Rodríguez Lozano

  Capítulo 20. Las reglas de una discusión crítica y la formación de una Comunidad de Indagación

  Capítulo 21. Argumentación de calidad

  Capítulo 22. Dónde empieza el análisis de una argumentación: reflexiones en torno a un libro de texto




Índice

Prefacio, por Carlos Pereda (Universidad Nacional Autónoma de México)

Introducción. La pragma-dialéctica en la historia de la teoría de la argumentación, por Fernando Leal Carretero (Universidad de Guadalajara)

Primera Parte El programa pragma-dialéctico de investigación de boca de Frans van Eemeren (Textos seleccionados y traducidos por Fernando Leal Carretero)

Notas preliminares

Capítulo 1. Del modelo ideal de discusión crítica al discurso argumentativo situado. La evolución paso a paso de la teoría pragma-dialéctica de la argumentación, por Frans van Eemeren (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 2. El papel de la lógica en el análisis y evaluación de argumentos, por Frans van Eemeren (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 3. La teoría pragma-dialéctica de la argumentación, por Frans van Eemeren (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 4. El método pragma-dialéctico de análisis y evaluación, por Frans van Eemeren, Bart Garssen y Jean Wagemans (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 5. Seamos razonables, por Frans van Eemeren (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 6. Efectividad razonable. Pasos preliminares para una investigación pragma-dialéctica de la efectividad, por Frans van Eemeren, Bart Garssen y Bert Meuffels (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 7. Falacias como descarrilamientos del discurso argumentativo. Aceptación basada en la comprensión y la evaluación crítica, por Frans van Eemeren (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 8. El maniobrar estratégico en el discurso argumentativo de la deliberación política, por Frans van Eemeren (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 9. Investigación empírica del ad hominem abusivo. Maniobrar estratégico con ataques personales directos, por Frans van Eemeren, Bart Garssen y Bert Meuffels (Universidad de Amsterdam)

Capítulo 10. ¿En qué sentido se relacionan las teorías modernas de la argumentación con Aristóteles? El caso de la pragma-dialéctica, por Frans van Eemeren (Universidad de Amsterdam)

Referencias bibliográficas

Segunda Parte Los expertos en lengua española hablan sobre Frans van Eemeren y la pragma-dialéctica

Nota preliminar

Capítulo 11. El modelo normativo lingüístico de argumentación en el contexto de una discusión crítica. Perspectivas para una integración, por Lilian Bermejo-Luque (Universidad de Granada)

Capítulo 12. La fuerza del mejor argumento, por Hubert Marraud (Universidad Autónoma de Madrid)

Capítulo 13. El tratamiento pragma-dialéctico de las falacias y el reto de Hamblin, por Luis Vega Reñón (Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid)

Capítulo 14. Función, funcionalismo y funcionalización en la teoría pragma-dialéctica de la argumentación, por Cristián Santibáñez Yáñez (Universidad Diego Portales, Chile)

Capítulo 15. Negociación versus deliberación, por Constanza Ihnen Jory (Universidad de Chile)

Capítulo 16. El lugar de la controversia en la argumentación, por María G. Navarro (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid)

Capítulo 17. ¿Dónde acaba un argumento?, por Xavier de Donato Rodríguez (Universidad de Santiago de Compostela) y Jesús Zamora Bonilla (Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid)

Capítulo 18. El corte de la corte, por Roberto Marafioti (Universidad de Buenos Aires)

Capítulo 19. Antonieta Rivas Mercado. Un análisis discursivo y argumentativo de sus cartas a Manuel Rodríguez Lozano, por Luisa Puig (Universidad Nacional Autónoma de México)

Capítulo 20. Las reglas de una discusión crítica y la formación de una comunidad de indagación, por Celso López Saavedra y Ana María Vicuña Navarro (Pontificia Universidad Católica de Chile)

Capítulo 21. Argumentación de calidad, por Cristóbal Joannon L. y Constanza Ihnen Jory (Universidad de Chile)

Capítulo 22. Dónde empieza el análisis de una argumentación: reflexiones en torno a un libro de texto, por Fernando Leal Carretero y Joaquín Galindo Castañeda (Universidad de Guadalajara)

Semblanzas de los autores

Dedicated to Paul Blom (1943-2013)

in loving memory

A la entrañable memoria de Paul Blom (1943-2013)

Prefacio
Carlos Pereda

Palabras como “decisivo” y “excepcional” aplicadas a un nuevo libro corren el albur de indicar un exceso de irresponsabilidad, cuando no el vago decorado que no compromete a nada. En el caso de este libro, Argumentación y pragma-dialéctica: Estudios en honor a Frans van Eemeren, anotaré algunos breves apuntes para razonar que no se trata ni de lo uno ni de lo otro: que genuinamente estamos ante un libro con numerosas virtudes.

En primer lugar, se nos enfrenta a un tema que —de eso no cabe la menor duda— nos atañe a todos, y nos atañe de modo decisivo: la argumentación. Porque no dejamos constantemente de argumentar, aunque no pocas veces argumentamos mal o hacemos como que argumentamos, y sólo expresamos deseos y creencias, cuando no meros enredos y confusión. O, peor todavía, en ocasiones con voz profunda declaramos que argumentamos con el sólo propósito de mejor imponer nuestros intereses y prejuicios. No obstante, ese frecuente hacer como que se argumenta cuando no se argumenta es ya un elogio del argumentar, de la argumentación. Porque sólo se falsifica lo que importa mucho. Sólo se falsifica lo valioso. Sin embargo, ¿por que las prácticas de argumentar importan mucho? Entre otras razones conforman la única alternativa radical al interactuar con violencia y, casi diría, por eso mismo, no hay razonabilidad allí donde, de hecho o potencialmente, no topemos con la presencia o, al menos, el esbozo de argumentos. Precisamente, como señala van Eemeren —casi al comienzo del primer capítulo de este libro—, en una argumentación “las partes intentan alcanzar acuerdo sobre lo aceptable de un punto de vista en disputa viendo si se sostiene frente a dudas, críticas y otras objeciones y tomando en cuenta ciertos puntos de vista mutuamente aceptables”. A su vez, en una nota a este señalamiento van Eemeren agrega: “una discusión crítica refleja el ideal dialéctico socrático de poner a prueba de forma racional cualquier convicción, no solamente aserciones sino también juicios de valor y puntos de vista prácticos sobre aserciones”. Claramente, pues, para el incisivo —y no pocas veces desafiante pero civilizado y, en último término, cooperador— operar de los buenos argumentos ningún asunto es tabú. Ni los deseos habituales, ni las más diversas creencias, ni las emociones y los planes de vida arraigados, ni los programas políticos más generosos, o aparentemente más generosos, ni las acciones privadas o públicas… escapan, sea directa, sea indirectamente, al escrutinio argumentativo. Me atrevo, pues, a afirmar: los buenos argumentos, aunque son el arma de quienes se han decidido por la paz, cuando se los toma en serio se convierten en un arma —o, más bien, en una contra-arma— fulminante.

Adelanté que había varias virtudes que califican a este libro de excepcional. En segundo lugar, además de versar sobre un tema decisivo, la primera parte de este libro recoge una importantísima cantidad de materiales sobre una de las teorizaciones más elaboradas y justamente famosas de la discusión actual sobre este tema: la teoría pragma-dialéctica o teoría de la argumentación de la escuela de Amsterdam.

Alrededor de la década de los setentas, F. H. van Eemeren y R. Grootendorst comenzaron a desarrollar esta teoría —también autodenominada “teoría estándar”— que pronto se convirtió en toda una tradición teórica sobre el estudio de los buenos y los malos argumentos. En efecto, se trata de una tradición en el sentido más estricto de la palabra: sucesivas teorías sabiamente entrelazadas y vinculadas a un número creciente de proyectos de investigación —muchos de ellos en parte experimentales— que conforman una perspectiva de la mayor utilidad sobre los procesos y los productos del argumentar.

Como en cualquier tradición también en este caso encontramos fases. Así, para hablar gruesamente, en una segunda fase de esta tradición —en la que a van Eemeren se agregó la colaboración sobre todo de P. Houtlosser—, luego de la consolidación de la teoría estándar se pasó a una “teoría pragma-dialéctica extendida”: estudio de “las manifestaciones concretas de las multiformes prácticas del discurso argumentativo”: desde los debates parlamentarios a la propaganda comercial, desde las discusiones jurídicas a las reflexiones entre médico y paciente.

Felizmente para el lector o lectora, a lo largo de la primera parte de este libro, se entrega una antología de fragmentos característicos de ambas fases de esta vasta tradición teórica. Sin embargo, no resisto la tentación, como invitación e incitación a la lectura, a detenerme en algunos pocos —muy pocos— de estos fragmentos. Ante todo hay que señalar que en la teoría pragma-dialéctica, el tratamiento de la argumentación se lleva a cabo, a la vez, en dos planos, o niveles. Por un lado, se exploran con minucia, y de manera interdisciplinaria, numerosas prácticas argumentativas que, como se indicó, se dan de hecho en los más diversos ámbitos. Estamos frente a un investigar empírico —desde el punto de vista descriptivo, tanto cualitativo como cuantitativo, pero sin olvidar la dimensión explicativa—, que recoge numerosos aportes y los transforma creativamente. Por ejemplo, entre otros, no se pasan por alto las contribuciones de disciplinas como la lingüística y la socio-linguística y, en general, las teorías del discurso (desde la retórica clásica hasta las modernas investigaciones sobre la comunicación, sin excluir el estudio de la propaganda). No obstante, por otro lado, tales análisis empíricos no se desvinculan —como tantas veces se lo hace en las investigaciones sobre la comunicación— de los compromisos normativos que se adquieren con ciertas reglas por parte de quienes participan de una argumentación (Estos compromisos se ponen de manifiesto incluso cuando no se hace otra cosa que violar tales reglas para hacer trampa.)

Ya muy tempranamente, en el libro de van Eemeren y Grootendorst de 1984, Speech Acts in Argumentative Discussions. A Theoretical Model for the Analysis of Discussions Directed Toward Solving Conflicts of Opinion (traducido magníficamente al español por Cristián Santibáñez Yáñez y María Elena Molina) se formulan quince reglas procedimentales normativas de un buen argumentar. Vinculadas a estas reglas, como su consecuencia, encontramos Los diez mandamientos de la discusión crítica que, pese a su extensión, no me resisto a reiterar:

El primer mandamiento es la regla de libertad:

Quien discuta no debe impedir que el otro proponga puntos de vista ni que ponga en cuestión puntos de vista.

El segundo mandamiento es la regla que obliga a defender:

Quien discuta y en la discusión proponga un punto de vista no debe rehusarse a defender ese punto de vista cuando se le pida que lo defienda.

El tercer mandamiento es la regla de puntos de vista:

Los ataques a puntos de vista no deben referirse nunca a un punto de vista que no haya sido realmente propuesto por la otra parte.

El cuarto mandamiento es la regla de relevancia:

Los puntos de vista no deben defenderse ni mediante algo que no sea argumentación ni mediante argumentación que no sea relevante al punto de vista.

El quinto mandamiento es la regla de premisas inexpresas:

Quien discuta no debe atribuir falsamente premisas inexpresas a la otra parte ni tampoco debe rehusar responsabilidad por las propias premisas inexpresas.

El sexto mandamiento es la regla de puntos de partida:

Quien discuta no debe presentar falsamente algo como un punto de partida que ha sido aceptado ni tampoco debe negar falsamente algo que ha sido aceptado como punto de partida.

El séptimo mandamiento es la regla de validez:

El razonamiento que en una argumentación se presente de forma explícita y completa no debe ser inválido en el sentido lógico.

El octavo mandamiento es la regla de esquemas argumentativos:

Un punto de vista no debe considerarse como defendido de forma conclusiva si su defensa no tiene lugar mediante los esquemas argumentativos apropiados aplicados correctamente.

El noveno mandamiento, relativo a la etapa de concusión, es justamente la regla de conclusiones:

Si un punto de vista se defiende de forma no conclusiva, entonces no debe seguirse sosteniendo, y al revés, si un punto de vista se defiende de forma conclusiva, entonces son las expresiones duda respecto a ese punto de vista las que no deben seguirse sosteniendo.

El décimo y último mandamiento es la regla general de uso del lenguaje:

Quien discuta no debe usar formulaciones que sean insuficientemente claras o que confundan por su ambigüedad, ni tampoco debe malinterpretar de forma deliberada las formulaciones de la otra parte.

Para dar contenido a muchas de estas reglas, así como a los compromisos que se adquieren al seguirlas —y modelar de este modo la argumentación como una práctica reglada— se apela a los desarrollos de la lógica, tanto formal como informal, como a la tradición de filosofía del lenguaje ordinario que va de J.L. Austin a J. Searle y P. Grice. (De nuevo anoto: todos estos aportes se recogen en la pragma-dialéctica transformados de manera extremadamente creativa.)

Sin embargo, no hay que dejar de insistir que el ir y venir entre el plano descriptivo o fáctico y el plano normativo o contrafáctico tiene como propósito hacernos entender, y explicar mejor, el plano fáctico: las diversas argumentaciones concretas. Como indica van Eemeren: “En el campo de la teoría de la argumentación, la práctica argumentativa es el punto de partida y el punto de llegada del estudio sistemático. (…) Esta orientación práctica es lo que le da al campo de la teoría de la argumentación su relevancia para la sociedad”.

La última observación conduce a atender dos intereses que van Eemeren atribuye con razón a quienes argumentan: el interés en ser razonables y, a la vez, el interés en ser efectivos. Vincular ambos intereses ha sido uno de las tareas de la segunda fase de esta tradición en teoría de la argumentación —de la teoría pragma-dialéctica extendida— y nos regresa al viejo, difícil y complejo problema —ya planteado en la Antigüedad clásica— de interrelacionar dialéctica y retórica o, más precisamente, razonabilidad dialéctica y efectividad retórica. Señala van Eemeren: “La búsqueda de efectividad y razonabilidad implica al mismo tiempo que alguien que argumenta tiene que maniobrar estratégicamente en cada jugada argumentativa que hace, de manera de mantener un equilibrio entre efectividad y razonabilidad”.

Por supuesto, cuando se abandona el terreno de las discusiones teóricas, y a menudo aún en medio de ellas, este equilibrio no es sólo delicado y tenso, sino con frecuencia dolorosamente inestable: muy difícil de mantener. ¿Por qué? No pocas veces somos tironeados, y hasta presionados, sea por la tentación de ser efectivos a costa de ser razonables, o “tentación realista” —cuando no simple y llanamente “tentación manipuladora”—, sea por la tentación de ser razonables a costa de ser efectivos, o “tentación moralista” —cuando no “tentación por la mera irresponsabilidad”. Sólo evitando estas seductoras tentaciones se recupera el genuino realismo y la genuina moral. Pero, ¿cómo hacerlo?

En la última observación citada de van Eemeren encontramos la respuesta que ya se adelantó a esta pregunta por parte de la pragma-dialéctica: quien quiera combinar razonabilidad y efectividad tiene que “maniobrar estratégicamente”. ¿De qué se trata en tal resbaladiza actividad? El maniobrar estratégico se manifiesta, según van Eemeren, bajo tres aspectos diferentes aunque mutuamente interdependientes:

1) selección entre los materiales —datos empíricos, conceptos, teorías, recursos argumentativos…— disponibles;

2) adaptación a la situación comunicativa, esto es, ponerse acorde a las “demandas del auditorio”;

3) presentación de los materiales: usar los medios discursivos más adecuados para lograr el propósito buscado en la argumentación.

Tal vez sea conveniente ampliar, o matizar, la caracterización que hace van Eemeren del segundo aspecto del maniobrar estratégico para quitarle su connotación pasiva (y hasta su tono de resignación, como cuando se exclama “nos guste o no, hay que saber adaptarse sin más a las circunstancias”). Por supuesto, se trata de tener en cuenta la situación comunicativa, pero no necesariamente para acomodarse o subordinarse a sus demandas. No pocas veces también se trata de educar los pedidos y hasta de transformarlos o sustituirlos por otros.

Cuidado: a menudo pensar y actuar maniobrando estratégicamente tiene, respecto de los aspectos mencionados, que bordear peligrosos abismos —como no se ha dejado de reconocer a lo largo de la historia de las interacciones humanas, sea en teoría, sea de hecho en las prácticas argumentativas incluso más regimentadas—. Por desgracia, en no pocas ocasiones se sucumbe a esos peligros.

Una manera de hacerlo es producir algún tipo de engaño o de autoengaño de los ya mencionados al comienzo: creer que se argumenta cuando no se argumenta, o esa variante tan común, creer que se argumenta bien cuando se argumenta mal. Señala van Eemeren: “En la práctica, los descarrilamientos del maniobrar estratégico pueden fácilmente pasar desapercibidos por varias causas. Ya que en principio la argumentación apela a lo razonable, la presunción de razonabilidad se transfiere de forma casi automática a las jugadas argumentativas que no son en absoluto razonables”. Podemos generalizar esta observación y hablar en este caso de una “transferencia falsificadora” o, más explícitamente, de “prácticas de transferir presunciones de manera falsificadora”. En general estas “transferencias falsificadoras” operan en todos los ámbitos, prácticos y teóricos, públicos y privados, de las sociedades. Por eso, hay que estar muy alertas frente a las prácticas de transferir presunciones de comprensión, verdad y valor de manera falsificadora pues son estas prácticas las que permiten falsificar argumentos, historias, noticias, e indirectamente cualquier otro hacer, objeto o suceso. Las falacias —los argumentos malos pero que parecen buenos— son uno de los tantos productos de tales prácticas de transferir comprensión, verdad y valor de manera falsificadora. De ahí la casi diría “obsesión” por las falacias que han tenido los teóricos de la argumentación desde que hay algo así como teorizar sobre la argumentación —desde Aristóteles, al menos. Pero por desgracia a menudo abundan las dificultades para distinguir entre las prácticas de convencer y las de hacer que se acepte una conclusión con trampas o volviéndonos adictos de ciertas creencias o tradiciones de razonar. Porque sin duda, las falacias “no son” —como observa van Eemeren— “completamente diferentes en comparación con sus contrapartes razonables, sino justamente descarrilamientos de tales contrapartes”. (Agregaría que a veces se trata de ligerísimos descarrilamientos apenas perceptibles o que sólo lo son en ciertos contextos.) Por eso, las falacias, como los demás fingimientos, pueden “en muchos casos verse sin más como jugadas argumentativas que no tienen defecto alguno”.

Las prácticas de transferir presunciones de manera falsificadora —desde las prácticas de argumentar, reconstruir sucesos, dar noticias o contar historias hasta las de producir y poner en circulación dinero falso o falsas obras de arte— tienen, de modo ostensible, una propiedad: producen productos que —perversamente— se confunden con una frecuencia muy alta con los productos genuinos. Si tales prácticas carecen de esta propiedad se vuelven inoperantes. Pero regresemos otra vez a los tres aspectos anotados del maniobrar estratégico; al respecto, reflexionemos un momento acerca de cómo las prácticas de transferir valor de manera falsificadora operan sobre esos aspectos en los diversos dominios, formales e informales, institucionales y no institucionales.

En relación con el aspecto 1, la acción de selección de materiales ya en alguna medida pre-determina el curso de la argumentación. Es claro que al escoger entre ciertos datos empíricos, conceptos, teorías, recursos argumentativos… como los que se consideran más aptos, se los considera los más aptos con arreglo al propósito —interés— que se persigue para “encarrilar” o “desencarrilar” cierto argumentar frente a una audiencia. Por eso, elegir algunos datos, evidencias, teorías y no otros, y vincularlos de determinadas maneras —por ejemplo, a partir del mecanismo falaz de la falsa oposición—, puede ser ya una forma de comenzar a violar las reglas de una argumentación o, al menos, de arruinarla como una práctica racional.

Notoriamente, también se puede usar de varios modos el aspecto 2, la acción de tener en cuenta a los destinatarios de un argumento privado o público. Una estrategia es adaptarse a sus demandas e intentar satisfacerlas tal cual se formulan. Otra estrategia es examinar los deseos y exigencias de quienes nos escuchan —o suponemos que nos leen—, y distinguir aquellas exigencias justificadas de las no justificadas e, incluso, no pocas veces procurar cambiar esos deseos y exigencias. Por supuesto, otra manera —muy habitual, por ejemplo, en política— es intentar conocer en profundidad las demandas del “auditorio”, así como sus deseos y exigencias más duraderas para mejor manipular esas demandas.

También por medio del aspecto 3, o presentación de los argumentos es fácil “encarrilar” o “desencarrilar” las discusiones. Porque cualquier forma de exposición organiza, a la vez, lo que se quiere mostrar al argumentar y lo que se quiere dejar de lado, e incluso, rigurosamente ocultar. Por ejemplo, organizar la exposición de un razonamiento que elogia el gobierno de una ciudad con premisas como su nuevo alumbrado del centro, la pavimentación de muchas avenidas, la restauración de edificios coloniales, la transparencia administrativa…, puede hacer que concluyamos: “la ciudad presenta una vista deslumbradora”. Sin embargo, si seleccionan otras premisas y se tienen en cuenta otros intereses y, así, se hace una presentación diferente del argumento, tal vez la conclusión cambie.

De ahí que sea parte, por ejemplo, de una argumentación pública democrática —a diferencia de los “monólogos sin otro fin que obtener el consentimiento del auditorio para con las opiniones de los políticos”— dejar, en principio al menos, abierta la argumentación para que otros interlocutores puedan aportar diferentes premisas de las que se han expuesto hasta el momento y, así, eventualmente, modificar las conclusiones a que se ha llegado. Por eso, señala van Esmeren que es una contribución específica de la perspectiva pragma-dialéctica al dominio político subrayar que “la democratización es un acto por el que la incertidumbre se institucionaliza. Es dentro del marco institucional para procesar conflictos que ofrece la democracia que compiten múltiples fuerzas. Aunque lo que pase depende de lo que hagan los participantes, no hay una sola fuerza que controle el resultado”.

La breve enumeración que acabo de realizar acerca de unos pocos —¡sólo unos pocos!— de los numerosos materiales que aporta la perspectiva pragma-dialéctica en teoría de la argumentación —tanto en su nivel fáctico como contrafáctico o crítico—, creo que, al menos, sugiere ya las enormes contribuciones de esta perspectiva, y lo mucho que podemos aprender tanto para analizar mejor nuestras argumentaciones privadas y públicas, como para mejorar llevarlas a cabo. Pero adelanté que en este libro nos encontramos con virtudes de distinto tipo.

En tercer lugar, además de la excelente traducción de los textos de van Eemeren por parte de Fernando Leal Carretero, el traductor introduce aquí y allá brevísimas pero iluminadoras notas. Esas notas no tanto buscan hacer más comprensible o comentar el texto de van Eemeren —que es muy claro y preciso— sino introducir algo así como ventanas en el tiempo. Son pequeños apuntes de alta filología que, al menos, hacen recordar que las reflexiones sobre la argumentación son tan antiguas como la reflexión humana. Además, estas notas de algún modo nos invitan a proseguir investigando la pregunta —cuya respuesta se deja un poco en suspenso— del último texto seleccionado de van Eemeren en la primera parte: “¿En que sentido se relacionan las teorías modernas de la argumentación con Aristóteles?”

No obstante, hay que indicar todavía otra virtud —¡otra más!— de este libro. En cuarto lugar, esta antología de textos sobre una de las perspectivas —insisto— más ricas en teoría de la argumentación de nuestro tiempo, es, él mismo, una fecunda y, en algunos casos, inquietante argumentación. En efecto, en la segunda parte del libro nos encontramos con una serie de brillantes trabajos que, en parte prolongan y elaboran las propuestas de la pragma-dialéctica, en parte la complementan aplicándola a asuntos que ésta no ha abordado, en parte también rechazan alguno de sus aspectos o ponen en duda algunos presupuestos centrales. Sin duda, cada uno de estos trabajos merece una lectura atenta y minuciosa que, por supuesto, es una de las tareas que tiene por delante el lector, o lectora, de este libro. Sin embargo, una vez más no resisto introducir una breve —¿y alarmante?— duda. Casi al comienzo del último de estos trabajos, “El tratamiento pragmadialéctico de las falacias y el reto de Hamblin”, Luis Vega Reñón, uno de los patriarcas de la teoría de la argumentación en nuestra lengua, alude a otro de nuestros patriarcas, a Carlos Vaz Ferreira, quien desde finales del siglo XIX comenzó a preocuparse por estos problemas. Así, frente a señalamientos de Hamblin y de van Eemeren acerca de la ausencia o presencia y, en cualquier caso, sobre la necesidad de una teoría de las falacias, Vega anota: “No es una exigencia que vaya de suyo o sea obligatorio afrontar. Hay quien, a propósito de paralogismos, prefiere atenerse a unas ‘ideas para tener en cuenta’ antes que a ‘sistemas’ teóricos”.

Luis Vega se refiere a la distinción que hace Vaz Ferreira en su Lógica viva (primera edición de 1910) entre pensar por sistemas y pensar por ideas para tener en cuenta. Podemos reelaborar esa distinción y, ante todo, enmarcarla, a la luz de distinciones muy diferentes —pero que apuntan a varias importantes inquietudes que, creo, pertenecen a la misma familia— como la distinción aristotélica entre theoria y phronesis, o la distinción kantiana entre juicios determinantes y juicios reflexionantes. Es claro que sólo quien tiene phronesis y, así, capacidad de juicio, puede orientarse pensando no sólo por sistemas, sino ayudado por cambiantes ideas que, de situación en situación, se consideran pertinentes.

De esta manera se reintroduce tanto en las prácticas de la argumentación como en su teoría otra tarea: la necesidad de tener en cuenta que, por más reglada que sea una práctica y por más precisas que sean sus reglas, quienes argumentan obedeciéndolas, lo pueden hacer bien, regular, mal o —como ya se indicó— incluso de manera perversa; tales modos de comportarse dependen de las habilidades y de la moralidad de los argumentadores. Entonces, ¿hay también que incluir en el teorizar sobre la argumentación reflexiones e indagaciones sobre la educación de quienes argumentan, de su phronesis o, dicho en términos más kantianos, de su capacidad de juicio, teorizaciones ambas que, inevitablemente, remiten al cultivo de las virtudes tanto epistémicas como prácticas?

Una vez más, como siempre, la discusión racional —el ir y venir de argumentos que aspiran a ser buenos argumentos—, queda abierta a nuevas exploraciones.

La pragma-dialéctica en la historia de la teoría de la argumentación
Fernando Leal Carretero

El libro que el lector tiene en sus manos quiere ser un homenaje hispánico a Frans H. van Eemeren, profesor emérito del Departamento de Comunicación Verbal, Teoría de la Argumentación y Retórica de la Universidad de Amsterdam. Este homenaje se concibió desde el principio en dos partes principales. En primer lugar, se trataba de darle la palabra al homenajeado, traduciendo al español una selección de artículos que permitiera a los lectores hispanohablantes hacerse una idea cabal de la amplitud del programa de investigación que van Eemeren instigó hace treinta años y que ha venido desarrollando y enriqueciendo desde entonces con un grupo de colaboradores cercanos. Como veremos, este programa, llamado “pragma-dialéctica”, no ha concluido todavía sino que se encuentra en vigorosa marcha. En segundo lugar, la intención era dar la palabra a todos aquellos investigadores hispanos e hispanoamericanos de la argumentación de los que sabemos que tienen un particular interés por, y conocimiento de, la pragma-dialéctica. Desgraciadamente, no todos pudieron acudir al llamado, de forma que no están aquí todos los que son, aunque, eso sí, son todos los que están.

Para llevar a cabo la selección de artículos que constituyen la primera parte de este volumen procedí de la siguiente manera. Primero le pedí a van Eemeren que hiciera una lista de aquellos textos que en su opinión deberían ser traducidos al español. Viendo que faltaban algunos que yo creía importantes, le pregunté si tenía algo en contra de incluirlos. Como dijera que no, los añadí a la lista original, que ahora ascendía a unos 25 títulos. En vista de que traducirlos todos hubiera implicado un libro entero, y con ello la necesidad de hacer dos volúmenes, hice una nueva revisión y apliqué a la lista un cedazo formado por tres criterios. El primero obviamente era que los textos seleccionados pudieran juntos dar una idea de la profundidad y amplitud del programa pragma-dialéctico, ya que ese era el objetivo primordial de la selección, El segundo criterio era que se tratase de artículos no publicados antes del año 2000, con lo cual tendríamos textos que tienen en cuenta los desarrollos teóricos más recientes. Finalmente, el tercer criterio era que no hubiese demasiado translape entre uno y otro trabajo. Advierto a los lectores que un cierto translape es inevitable, sobre todo en vista de que van Eemeren prefiere reiterar los aspectos básicos de su teoría antes que perder a quienes pudieran no conocerlos. De esa manera, hay en este libro algunas repeticiones doctrinales; pero confío en que no sean más de las requeridas por la pedagogía, y conste que no comparto del todo el optimismo del viejo precepto spenceriano de que “sólo con variada reiteración es posible vencer la resistencia de las mentes a conceptos que les son extraños”.

La riqueza del material así elegido no me parecía, sin embargo, suficiente para que los lectores hispanos se hicieran bien cargo de la marcha del programa pragma-dialéctico, del movimiento intelectual que lleva de un trabajo al siguiente. Por ello le pedí a van Eemeren si podía escribir, especialmente para este volumen, una especie de autobiografía intelectual. Amablemente así lo hizo e incluso me hizo saber que esta idea lo había llevado a concebir un nuevo proyecto de investigación acerca de la historia de la teoría pragma-dialéctica de la argumentación. Este libro cuenta así con un inédito de van Eemeren (el capítulo 1) y no solamente con trabajos anteriormente publicados en inglés (los capítulos 2 a 10). Igualmente inéditos son naturalmente los trabajos aportados por los quince colaboradores de España, México, Chile y Argentina. Juntos creo que dan una buena idea de la diversidad de aspectos y perspectivas que la comunidad hispanohablante tiene sobre la pragma-dialéctica.

A fin de situar mejor los diversos capítulos de este libro, me gustaría contar, de manera naturalmente breve y fragmentaria, aunque espero no completamente heterodoxa e idiosincrática, la historia de la teoría de la argumentación. Dentro de la cultura europea esa historia comienza con los griegos.1 Podemos decir en general que, para cada área cultural x, las comunidades humanas pasan por tres etapas: la etapa en la que se practica x, la etapa en la que las personas se vuelven conscientes de x y hablan de x, y la etapa en que deliberada y sistemáticamente tratan de elaborar una teoría de x. En el caso de la argumentación, podemos probablemente decir que ella existe desde que existen comunicación y lenguaje, con lo cual el comienzo de la primera etapa se pierde en la bruma de los tiempos, y ninguna comunidad humana ha jamás carecido ni carecerá de ella. No hay por ello manera de escribir la historia de la argumentación como tal. En cambio, la historia de la toma de conciencia y del discurso explícito sobre la argumentación es en principio más fácil de escribir. El primer gran monumento literario de la Grecia clásica lo forman de común acuerdo los poemas homéricos de la Ilíada y la Odisea; y en ambos encontramos ya clara conciencia de, y pulido discurso sobre, la argumentación.2 Sin embargo, algo así como una teoría de la argumentación propiamente dicha aparece por vez primera en el escrito que conocemos ahora como De las refutaciones sofísticas, escrito por Aristóteles.3 Su autor está consciente de su logro y expresa con orgullo su ser pionero en haber escrito un tratado sobre el razonar y argumentar (183b35-184ª1). No es probablemente casualidad que ese tratado se ocupe precisamente de la naturaleza de las falacias o errores en la argumentación. Después de todo, quizá son siempre los errores que se cometen en una actividad lo que primero nos mueve a intentar hacer una teoría de ella.

En el caso de Aristóteles, ese primer tratado de las falacias fue seguido muy pronto por los Tópicos, un libro mucho más amplio que nos presenta la contraparte positiva: las reglas que han de seguirse para triunfar en una contienda argumentativa. El modelo que Aristóteles siguió en los Tópicos es el diálogo socrático, tal como este fue presentado por Platón con un arte literaria sin parangón. Del substantivo griego diálogo, que significa “hablar dos o más personas por turnos” o “tomar ellas turnos para hablar” Platón derivó el adjetivo dialéctico, y desde entonces hablamos de “arte dialéctica” para referirnos al modo particular de llevar una discusión que inventara Sócrates y que se cultivara en la Academia platónica. De esa manera, podemos decir que los Tópicos de Aristóteles son la codificación de ese método de conversación. Como tal, no podemos decir que constituya una teoría general de toda argumentación; y de hecho vale la pena constatar desde este momento que este problema de la generalidad es endémico a todos los intentos teóricos que vinieron después, incluida la propia pragma-dialéctica.

Comoquiera que ello sea, frente a la dialéctica aristotélica en tanto teoría de la argumentación propiamente dicha conviene distinguir dos temas cercanos pero diferentes. Uno es el tema de la demostración matemática. Como es bien sabido, fueron los matemáticos griegos los que inventaron la demostración (cf. Vega Reñón, 1990; Netz, 1999); y sobre la base de las intuiciones que Platón tuvo acerca de la naturaleza de este invento se lanzó Aristóteles a hacer también su teoría. Hasta dónde haya o no el filósofo tenido éxito en esta empresa es una cuestión disputada en la que afortunadamente no necesito entrar aquí, ya que la demostración como tal no es en sentido estricto una especie o un caso de argumentación. Los matemáticos sin duda argumentan, al igual que los demás seres humanos, y sería muy interesante intentar hacer la teoría de la argumentación en matemáticas; pero la teoría de la demostración que intentó Aristóteles con poca fortuna y que en nuestros días es una realidad gracias a la invención de la lógica matemática, no es tal teoría.4

El otro tema es la retórica. Aunque hemos perdido los tratamientos doctrinales sobre el arte de hablar bien en público que comenzaron a aparecer desde la segunda mitad del siglo V a.C., no resulta demasiado aventurado pensar que se trataba de colecciones de recetas y consejos más que de tratamientos teóricos. Una vez más parece Aristóteles el primero en intentar hacer la teoría, y justo especialmente de la argumentación, como se desprende del hecho de que él mismo dice que los tratadistas que le precedieron ignoraron el entimema, que es precisamente el nombre que Aristóteles da al argumento retórico. Pero justo aquí es que comienzan los problemas: no encontramos a lo largo y ancho de la Retórica aristotélica (y no se trata precisamente de una obra breve) nada que podamos comparar en alcance teórico a los Tópicos. Aristóteles dice muchísimas cosas, y por cierto de gran importancia, sobre el arte de hablar bien en público y los recursos que se pueden utilizar para persuadir al auditorio y más generalmente para lograr que piensen o hagan lo que el orador busca; pero lo que no hay es una teoría que nos detalle cuáles son la forma y contenido de la argumentación en retórica. Los autores que vinieron después, tanto en Grecia como en Roma, tienen méritos didácticos y prácticos enormes; pero ninguno de ellos ha presentado una teoría de la argumentación retórica siquiera similar a la teoría de la argumentación dialéctica de los Tópicos.5

De la Grecia clásica damos un salto enorme hasta la escolástica medieval latina. El llamado método escolástico, y más en particular la técnica de la disputatio es una práctica argumentativa que debe mucho a la dialéctica griega, si bien tiene rasgos originales.6 En ese sentido, podemos decir que la teoría de los Tópicos le queda corta; pero, ¿es que existe una teoría de la disputación propiamente dicha? La evidencia parece mostrar que no; no parece haber habido ningún pensador medieval que se haya propuesto hacer la teoría de las disputaciones clásicas, esa técnica de la que admiramos el producto acabado en la Summa theologiae de Tomás de Aquino y muchos otros textos antes y después. Podría decirse que un tipo peculiar, la disputatio de obligationibus, constituye una excepción, por cuanto hay autores que teorizan sobre ella. Pero, si bien los especialistas declaran que estamos lejos de entender bien el sentido y funcionamiento de esta técnica, yo al menos me inclino a pensar que se trata en realidad de una variante del tipo de discusión de que hablan los Tópicos. De hecho, uno de los más celebrados teóricos de la disputación con obligaciones, Walter Burley, copia en buena medida la descripción de los Tópicos (cf. Yrjönsuuri, 1994, cap. III). Comoquiera que ello sea, lo que de teoría de la argumentación hay aquí se refiere a modos de discutir tan altamente regulados y artificiales como lo fueron los encuentros dialécticos sobre los que teorizó Aristóteles. Tenemos pues también aquí la cuestión de hasta dónde una teoría de la disputación medieval y sus variantes podría considerarse una teoría general de la argumentación. Parecería que no.

Unos siglos más tarde, la transformación del parlamento que comienza bajo Enrique VIII y con las reformas de Thomas Cromwell, y que se iría perfeccionando al paso de los años en dirección hacia la democracia moderna, crea la ocasión para prácticas retóricas que en su momento demandarán reflexión y elaboración teórica. Una vez más son las falacias lo que da el impulso. Son dos las obras pioneras aquí: la Parliamentary Logick del honorable William Gerard Hamilton, miembro del parlamento británico, y el Book of Fallacies del reformador Jeremy Bentham. La primera, publicada póstumamente en 1808, está orientada a la instrucción de los colegas legisladores en todos los trucos del oficio de manipular al público y vencer al adversario; la segunda, publicada en1816 en traducción francesa (Traité des sophismes politiques; edición póstuma en inglés de 1824 bajo el título A Book of Fallacies) y con muchas modificaciones respecto del original, tenía como propósito contrarrestar la obra de Hamilton e instruir a los ciudadanos para defenderse de las manipulaciones de los políticos. Con el paso del tiempo, se dio en pensar que aprender a debatir a la manera parlamentaria debería ser parte de la formación de todo ciudadano en una democracia. Así surgió en los países anglosajones la teoría del debate que se enseñaba a los adolescentes y se practicaba en forma de certámenes públicos entre escuelas. Una vez más tenemos una teoría de la argumentación que dista también mucho de ser general, como puede constatar cualquiera que se asome a los numerosos manuales para aprender a debatir.7 Por no tomar sino el aspecto más obvio, la administración del tiempo en los distintos formatos para el debate que se han propuesto constituye una limitación artificial que no vale para la mayoría de las discusiones humanas.

Ya puestos en el siglo XX, se ha dado en hablar de 1958 como el año del renacimiento de la teoría de la argumentación, merced a la publicación casi simultánea de La nouvelle rhétorique de Perelman y Olbrechts-Tyteca y The Uses of Argument de Stephen Toulmin. En un sentido 1958 es demasiado tarde: ya la bibliografía en Barth y Martens (1982) muestra que el interés por la argumentación precede a estas publicaciones por un par de décadas. En otro sentido 1958 es demasiado pronto, ya que ninguna de las dos célebres obras, a pesar de sus enormes méritos, constituye una teoría de la argumentación. En mi opinión hay que esperar hasta 1984 para ver nacer, con la disertación doctoral de Frans van Eemeren y Rob Grootendorst8, los inicios de una teoría de la argumentación que es original respecto tanto de la teoría de los Tópicos (incluyendo las que hubiere de la disputatio) como de la teoría del debate parlamentario.9 Y aunque también de la pragma-dialéctica se ha dicho o insinuado que no es todavía una teoría general (Walton, 1989; Woods, 2006; Morado, 2013), ciertamente es un candidato más plausible que las dos (o tres) anteriores, al menos en el sentido de que no parte de entrada de una práctica artificiosa y convencional previa.

He dicho antes que en el año 1984 vimos nacer los inicios de una teoría de la argumentación. La razón para decir esto es que tal vez el rasgo más distintivo de la pragma-dialéctica es que no es una teoría acabada, sino un proceso de teorización en marcha. El capítulo 1, escrito especialmente para este libro, describe precisamente como fueron desarrollándose las diversas capas de la pragma-dialéctica. En primer lugar, tenemos un meollo teórico, constituido por la pragma-dialéctica estándar o elemental (van Eemeren & Grootendorst, 2004, tr. esp. 2011) y la pragma-dialéctica extendida o avanzada (van Eemeren, 2010; tr. esp. 2012).10 En segundo lugar, tenemos una capa empírica, en que se utilizan técnicas de investigación cualitativa y cuantitativa para verificar si los constructos teóricos corresponden a la realidad argumentativa (van Eemeren, Houtlosser & Snoeck Henkemans, 2007; van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2009; no hay traducción al español). En tercer lugar, tenemos investigación aplicada, en la que se trata de identificar las características peculiares que distinguen teórica y empíricamente entre los diferentes modos en que los seres humanos argumentan de acuerdo con los propósitos que persiguen y las instituciones creadas para cumplir esos propósitos (van Eemeren, 2009; así como la serie de libros “Argumentation in Context” y el Journal of Argumentation in Context).11 De esta estructura compleja y multinivel de la pragma-dialéctica dan cuenta con algún detalle los capítulos 2-10 de este libro, los cuales fueron escogidos justamente para permitir que el lector hispanohablante tuviese una visión de conjunto del programa de investigación dirigido por van Eemeren que no le permiten los libros que se han traducido al español hasta ahora.

Ahora bien: si se mira con cuidado esta estructura teórico-empírico-aplicada de la pragma-dialéctica, se verá que no es legítimo objetar que la teoría no es general. En vista del carácter dinámico del programa pragma-dialéctico de investigación, podemos decir que se trata de una teoría general en construcción. La estrategia científica seguida por van Eemeren y sus colaboradores es la de partir de un modelo ideal de argumentación que, justamente por ser ideal, representa una simplificación de lo que ocurre. Pero no se trata, y nunca se trató, de que la cosa quedara allí. Este modelo ideal va haciéndose progresivamente menos ideal y sin prisa ni pausa se va enriqueciendo según se le van incorporando poco a poco elementos adicionales, concretamente la perspectiva retórica (en la pragma-dialéctica extendida), la investigación empírica (análisis lingüístico y experimentos cognitivos) y los estudios aplicados de dominios argumentativos específicos con sus variadas instituciones comunicativas (el derecho, la política, la medicina, los medios, la academia). Esta estrategia científica de aproximaciones sucesivas al fenómeno de la argumentación es, a lo que veo, la misma que han seguido la física, la biología, la economía y la lingüística: modelos sencillos que se van enriqueciendo al contacto con los datos empíricos. No hay, a lo largo y a lo ancho de los estudios sobre argumentación, ningún otro programa de investigación tan duradero y persistente como la pragma-dialéctica.

¿Significa eso que la pragma-dialéctica es inmune a objeciones? De ninguna manera; y todos son bienvenidos a plantearlas y contribuir a la mejora de la teoría. Lo importante es que, al objetar, procuremos conocer primero bien el objeto que atacamos. Mi impresión es de hecho que la teoría no ha tenido críticos más severos que los propios pragma-dialécticos. Si no fuera así, no existirían las modificaciones constantes a la teoría al contacto con los diversos aspectos que se han ido añadiendo y la han ido complejificando. Espero y confío en que la lectura de los capítulos 1-10 despierten la curiosidad de los lectores por informarse más en detalle acudiendo a las ricas fuentes de todo el programa de investigación.

Lo que debe quedar claro es que el programa pragma-dialéctico, como todo programa serio de investigación, no constituye un dogma. Prueba de ello es que van Eeemeren con frecuencia invita a investigadores con otras perspectivas teóricas a estancias en Amsterdam y, de ser posible, a proyectos colaborativos. Un excelente ejemplo es la obra conjunta de van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs (1993), por la que podemos decir que inicia el giro descriptivo, más allá de lo normativo, en el programa pragma-dialéctico. Un ejemplo diferente es la investigación doctoral de Lilian Bermejo-Luque, cuyos resultados fueron publicada subsecuentemente en una de las colecciones que edita van Eemeren (Bermejo-Luque, 2011): aunque altamente críticos, han sido realizados con conocimiento de causa del programa que critica, y al menos en mi opinión son en principio un aporte valioso que modifica, pero no destruye, la teoría. Una versión breve de este aporte crítico es el cap. 11 de este libro, con que abre la primera sección de la segunda parte de este libro. Los capítulos 11 a 16 sugieren, cada uno a su manera, revisiones, modificaciones u objeciones a la teoría pragma-dialéctica. En cambio, los capítulos 17 a 22 de la segunda sección se limitan a ofrecer posibles aplicaciones de la teoría.

Hasta este punto no he intentado expresar en qué consiste una teoría de la argumentación. Aunque sobre esto seguramente habrá discusión y hasta controversia, creo que la experiencia de los últimos años nos permite distinguir al menos cinco elementos indispensables para poder hablar de una teoría de la argumentación: (1) una explicitación del fin o propósito de argumentar, (2) una explicación de los medios, verbales y no verbales, por medio de los cuales se realiza ese fin, (3) técnicas de identificación y análisis de argumentaciones concretas, (4) una descripción de las reglas de un “juego” argumentativo mediante el cual podemos con esos medios alcanzar ese fin, (5) una normativa que permita identificar y ordenar las falacias en cuanto violaciones de esas reglas. Todos esos elementos están presentes tanto en la codificación del diálogo socrático que hizo Aristóteles como en el modelo de discusión crítica de la pragma-dialéctica; pero faltan en una medida u otra en todas las demás propuestas.12 Sobre cualquiera de estos elementos se pueden plantear objeciones, sea dirigidas a la dialéctica de Aristóteles o a la pragma-dialéctica de van Eemeren; y las objeciones podrán ser o no respondidas de manera de satisfacer al crítico; pero lo que no puede negarse es que cualquier propuesta que aspire a ser una teoría de la argumentación (general o parcial) las necesita todas, que tanto la dialéctica como la pragma-dialéctica las poseen, y que no es fácil encontrar ninguna otra propuesta que sea tan completa como estas dos. La pragma-dialéctica tiene, como rasgo adicional, (6) un programa de investigaciones empíricas y aplicadas con el propósito de verificar y en su caso corregir, modificar y enriquecer la propuesta teórica pura. Con esto se reafirma el carácter único y dinámico de la pragma-dialéctica que he tratado de esbozar en esta introducción. Invito al lector a que lo confirme por sí mismo a través de la lectura de este libro.

Referencias bibliográficas

Anscombre, Jean-Claude & Ducrot, Oswald (1983). L’argumentation dans la langue. Lieja: Mardaga.

Barth, Else M. & Martens, Jan L. (1982). Argumentation: Approaches to theory formation. Amsterdam: John Benjamins.

Bentham, Jeremy (1816). Tactique des assemblées législatives, suivie d’un Traité des sophismes politiques, ed. por E. Dumont. Ginebra: J. J. Paschoud.

Bentham, Jeremy (1824). The book of fallacies. Londres: John & H. L. Hunt.

Bermejo-Luque, Lilian (2011). Giving reasons: A linguistic-pragmatic approach to argumentation Theory. Dordrecht: Springer.

Bermejo-Luque, Lilian (2014). Falacias y argumentación. Madrid: Plaza y Valdés.

Eemeren, Frans H. van & Grootendorst, Rob (١٩٨٤). Speech acts in argumentative discussions: A theoretical model for the analysis of discussions directed towards solving conflicts of opinion. Berlin: De Gruyter. [Tr. esp. de Cristián Santibáñez: Los actos de habla en las discusiones argumentativas: Un modelo teórico para el análisis de discusiones orientadas hacia la resolución de diferencias de opinión, Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2013.]

Eemeren, Frans H. van & Grootendorst, Rob (2004). A systematic theory of argumentation: The pragma-dialectical approach. Cambridge (UK): Cambridge University Press. [Tr. esp. de Celso López y Ana María Vicuña: Una teoría sistemática de la argumentación: la perspectiva pragmadialéctica, Buenos Aires, Editorial Biblos, 2011.]

Eemeren, Frans H. van; Garssen, Bart J. & Meuffels, Bert (2009). Fallacies and judgments of reasonableness: Empirical research concerning the pragma-dialectical discussion rules. Dordrecht: Springer.

Eemeren, Frans H. van; Grootendorst, Rob & Snoeck Henkemans, A. Francisca (2002). Argumentation: Analysis, evaluation, presentation. Mahwah, NJ: Lawrence Erlbaum. [Tr. esp. de Roberto Marafioti: Argumentación: Análisis, evaluación, presentación, Buenos Aires, Editorial Biblos, 2006.]

Eemeren, Frans H. van; Grootendorst, Rob; Jackson, Sally & Jacobs, Scott (1993). Reconstructing argumentative discourse. Tuscaloosa: The University of Alabama Press.

Eemeren, Frans H. van; Houtlosser, Peter & Snoeck Henkemans, A. Francisca (2007). Argumentative indicators in discourse: A pragma-dialectical study. Dordrecht: Springer.

Ganeri, Jonardon (2004). Indian Logic. En D.M. Gabbay y J. Woods, coords., Handbook of the history of logic, vol. 1: Greek, Indian and Arabic logic, pp. 309-395. Amsterdam: Elsevier.

Grabmann, Martin (1909, 1911). Die Geschichte der scholastischen Methode, 2 vols. Friburgo de Brisgovia: Herder.

Hamblin, Charles L. (1970). Fallacies. Londres: Methuen.

Hamilton, William G. (1808). Parliamentary logick. Londres: Thomas Payne.

Jacobs, Louis (1984). The Talmudic argument: A study in Talmudic reasoning and methodology. Nueva York: Cambridge University Press.

Kurtz, Joachim (2011). The discovery of Chinese logic. Leiden: Brill.

Lakatos, Imre (1963). Proofs and refutations. The British Journal for the Philosophy of Science, 14: 1-25, 120-139, 221-245, 296-342. [Serie de artículos publicada póstumamente en forma de libro por Cambridge University Press en 1976.]

Laycock, Craven & Scales, Robert Leighton (1904). Argumentation and debate. Nueva York: Macmillan.

Lee, Albert S. (1880). Literary manual: A convenient hand-book for the use of colleges, schools, and debating societies. Cincinnati: Edición del autor.

Mandonnet, Pierre (1918). Chronologie des questions disputées de Saint Thomas d’Aquin. Revue thomiste, N.S. 1: 266-287, 341-371.

Marraud, Hubert (2013). ¿Es lógic@? Análisis y evaluación de argumentos. Madrid: Cátedra.

Mill, John S. (1843). A system of logic, ratiocinative and inductive. Londres: John W. Parker.

Morado, Raymundo (2013). Funciones básicas del discurso argumentativo. Revista Iberoamericana de Argumentación, 6:1-13.

Murphy, James J. (1974). Rhetoric in the Middle Ages: A history of the rhetorical theory from Saint Augustine to the Renaissance. Berkeley: University of California Press.

Netz, Reviel (1999). The shape of deduction in Greek mathematics: A study in cognitive history. Cambridge (UK): Cambridge University Press.

O’Neill, James Milton; Laycock, Craven & Scales, Robert Leighton (1917). Argumentation and debate. Nueva York: Macmillan.

Pareto, Vilfredo (1016). Trattato di sociologia generale, ٢ vols. Florencia: Barbèra.

Ramírez Vidal, Gerardo (2014). Retórica y oratoria: el discurso judicial en la Grecia antigua. En J.A. Cruz Parcero, R. Contreras Acevedo y F. Leal Carretero, coords., Interpretación y argumentación jurídica en México, pp. 37-61. México: Fontamara.

Vega Reñón, Luis (1990). La trama de la demostración: los griegos y la razón tejedora de pruebas. Madrid: Alianza Editorial.

Vega Reñón, Luis (2013). La fauna de las falacias. Madrid: Trotta.

Walton, Douglas (1989). Informal logic. Nueva York: Cambridge University Press.

Weijers, Olga (2007). The medieval disputatio. En M. Dascal & H. Chang, coords., Traditions of controversy, pp. 141-149. Amsterdam: John Benjamins.

Woods, John (2006). Pragma-Dialectics: A retrospective. En P. Houtlosser & A. van Rees, coords., Considering pragma-dialectics: A festschrift for Frans H. van Eemeren on the occasion of his 60th Birthday, cap. 25. Mahwah (NJ): Lawrence Erlbaum.

Notas

1 De ninguna manera pretendo decir que la tradición europea sea la única. De hecho, existen al menos otras tres tradiciones en teoría de la argumentación de gran importancia histórica: la hebrea, la india y la china. No sé gran cosa del asunto, pero al menos soy consciente de la existencia de literaturas considerables en el caso de estas tres tradiciones. El lector curioso puede, por ejemplo, consultar Jacobs (1984), Ganeri (2004), Kurtz (2011), para hacerse una idea.

2 Véase por ejemplo Ramírez Vidal (2014). Conviene aclarar que los dos poemas épicos de Homero no representan, como algunos despistados siguen creyendo, una etapa primitiva de la cultura griega; antes al contrario son el apogeo literario de la alta cultura micénica, cuya destrucción permitió el surgimiento de las varias culturas helénicas, dentro de las cuales destaca, como prima inter pares, la de Atenas.

3 En la vasta obra de Platón encontramos muchos vislumbres de lo que podríamos llamar los elementos y hasta el método de esta teoría. Por mencionar solamente algunos ejemplos, en muchos de sus diálogos asoman los rudimentos de una teoría de la definición y una teoría de la clasificación; en el Sofista nos deslumbra el primer análisis de la oración en sujeto y predicado; y tanto en la República como en la Carta VII nos topamos con una reflexión sobre el papel de las figuras y su combinación con el discurso verbal en la demostración matemática. Sin embargo, no podemos propiamente decir que haya un desarrollo sistemático en ninguna de las obras platónicas.

4 La didáctica de las matemáticas, que es una disciplina al menos vieja de un siglo, contiene sin duda elementos y métodos en dirección hacia una teoría de la argumentación en matemáticas; y otro tanto puede decirse de las ideas de Imre Lakatos (1963); pero el lector apreciará lo específico de intentar teorizar sobre la argumentación en matemáticas consultando, por ejemplo, los trabajos reunidos en Aberdein y Dove (2013).

5 El interés primordial de las diversas artes retóricas se alejaban completamente de la argumentación como tal y ponían el énfasis en cuestiones de estilo o bien en cuestiones heurísticas. El interés era siempre práctico: se trataba de dar con las ideas, temas, palabras, frases, pronunciaciones, silencios, posturas y gestos que la experiencia había mostrado que funcionan o fallan en el discurso público. Se trata de gigantescos y detallados catálogos que fueron y siguen siendo utilísimos para preparar y formar al orador; pero ninguna de ellos contiene una teoría de la argumentación. De hecho, ese interés práctico también ocupa un lugar muy importante en la historia de los matemáticos: desde antes de Pappus hasta después de Pólya (y pasando por Descartes y Leibniz) se detecta en este gremio una obsesión por formular una ars inueniendi con la que sea posible no ya verificar una demostración sino hallarla; y no en balde se ha dicho que la historia de las matemáticas es la historia de la invención de métodos. Todo eso es estupendo, pero tangencial a la argumentación como tal.

6 Cf. Murphy (1974: 104). Al igual que en el diálogo socrático, el punto de partida de la disputación es una pregunta; pero la forma en que se lleva a cabo la disputación es completamente diferente a la del diálogo. La marcha de una disputación, sus tipos y sus reglas se han descrito muchas veces (p.ej. en Mandonnet, 1918: 266-270; una descripción reciente, sucinta y clara en Weijers, 2007). Aunque vieja e incompleta, la historia del surgimiento y desarrollo del método escolástico de Grabmann (1909, 1911) sigue teniendo autoridad.

7 Uno de los mejores manuales es el de Laycock y Scales (1904; revisado y ampliado en O’Neill, Laycock & Scales, 1917). Vale la pena mencionar un hecho revelador: mientras que en en la Europa continental la retórica dejó de ocuparse de cuestiones de argumentación prácticamente desde el siglo XVII, esto no ocurrió en los países anglosajones. Así, puede verse que no hay solución de continuidad entre los manuales tradicionales de retórica y composición, por un lado, y los nuevos manuales de argumentación y debate que comienzan a proliferar desde la segunda mitad del siglo XIX, por otro lado (véase por ejemplo Lee, 1880).

8 El texto original de la disertación en holandés se publicó en 1982 bajo el título “Reglas para discusiones racionales: una contribución al análisis teórico de la argumentación en la solución de disputas” (Regels voor redelijke discussies: een bijdrage tot de theoretische analyse van argumentatie ter oplossing van geschillen, Dordrecht, Foris). La traducción al español, por Cristián Santibáñez, acompañada de una introducción substancial, se publicó hasta 2013 (Santiago de Chile, Universidad Diego Portales). Pero es la versión en inglés, hecha por los autores, la que tuvo impacto internacional.

9 Algunos lectores podrían pensar que soy injusto con las importantes tradiciones del pensamiento crítico y la lógica informal. Soy el primero que admira esas tradiciones, pero ni con la mejor voluntad veo en ellas nada que se parezca a una teoría, siquiera parcial, de la argumentación. La lógica formal es sin duda una teoría (o incluso dos: una teoría de la demostración y una teoría de los modelos), aunque no de la argumentación; la lógica informal por su parte trata de la argumentación, pero no teóricamente; en cuanto al critical thinking, se trata de una amalgama de elementos diversos, tanto formales como informales. Por su parte, Perelman y Olbrechts-Tyteca lo que lograron (y tiene mucho mérito) fue despertar el interés por los esquemas argumentales, un tema central aunque refractario a la teorización, algo así como el pariente pobre de la forma lógica. Finalmente, Toulmin lo que hizo fue crear un innovador e importante modelo alternativo general para los argumentos ordinarios. En ninguno de ellos, como tampoco en los demás autores que les precedieron y sucedieron nos encontramos todavía con una teoría de la argumentación. Este juicio se pretende puramente descriptivo, no valorativo; muchas cosas que no son teoría pueden tener un gran valor. Todavía podría pensarse que los enfoques formales acerca de la argumentación (Lorenzen, Hamblin, Barth, Hintikka) son ejemplos de teoría de la argumentación; pero cualquiera que se asome a ellos verá que el interés lógico priva sobre el propiamente argumentativo. Para no ser incompleto, cabría mencionar por último el trabajo de Anscombre y Ducrot (1983), del que diría que su teorización es altamente heterodoxa respecto del mainstream de la lingüística e infla el concepto de argumentación al grado de hacerlo prácticamente idéntico con el de comunicación, en una especie de reductio as absurdum, de la que en mi opinión la ha comenzado a rescatar la labor extraordinaria de Marraud (2013).

10 La pragma-dialéctica estándar cuenta además con un estupendo libro de texto (van Eemeren, Grootendorst & Snoeck Henkemans, 2002; tr. esp. 2006) y pronto habrá un tratamiento similar para la pragma-dialéctica extendida (van Eemeren, comunicación personal). En el cap. 22 de este libro el lector encontrará un breve comentario de los méritos del libro de texto mencionado.

11 De esta tercera capa en principio debe desprenderse una cuarta, de carácter pedagógico, en la que el punto es enseñar a los estudiantes a argumentar. Sobre esto véase la nota anterior. Los dos últimos capítulos de van Eemeren, Grootendorst y Snoeck Henkemans (2002) buscan capacitar a los lectores para producir y presentar sus propias argumentaciones sobre la base de la capacitación previa en la identificación, análisis y evaluación de argumentos. La presentación oral y escrita de argumentos serían así el tema final del programa pragma-dialéctico, al cual solamente se podrá hacer justicia según surjan resultados sólidos de la investigación empírica y aplicada.

12 Huelga decir que Platón probablemente habría objetado a ciertos aspectos de la doctrina aristotélica; pero nadie hasta ahora ha propuesto una versión alternativa que haga justicia a las peculiaridades de la visión platónica y satisfaga a los eruditos. Igualmente podemos decir que la disputatio en general, y la disputatio de obligationibus en particular, carecen de uno u otro de los elementos enlistados arriba. En cuanto al debate parlamentario y el escolar derivado de este, podemos decir que los manuales al uso utilizan alguna versión más o menos híbrida e incompleta del modelo tradicional de las falacias; y las propuestas que en su momento hicieran Bentham (1816, 1824) y después Mill (1843, lib. V) y Pareto (1916), no han sido nunca incorporadas a una teoría de la manipulación política. Desde Hamblin (1970) ha quedado claro que las falacias, motor primero de cualquier teoría de la argumentación, son el talón de Aquiles de prácticamente cualquier propuesta teórica que se haga (cf. Bermejo-Luque, 2014). Sobre el tema de las falacias y los intentos de teorizar acerca de ellas contamos ahora con un estudio histórico de gran elegancia y profundidad en Vega Reñón (2013).


Notas preliminares
Nota a la traducción

El inglés de van Eemeren es excepcionalmente claro, sencillo y directo. Es claro que no tiene ninguna pretensión literaria, lo cual es en más de un sentido digno de agradecimiento. El autor recurre con cierta frecuencia a repeticiones de tal o cual aspecto, a menudo elemental, de su teoría de la argumentación. Esto ofenderá el sentido estilístico de algunos y pondrá a prueba la paciencia de otros. Por mi parte, considero que van Eemeren tiene siempre dos razones para hacerlo que son ambas muy respetables. Una, y probablemente la principal, es que prefiere repetir de más a correr el riesgo de perder a su lector. Por ello, a quien considere que ya entiende suficientemente el punto de que se trata y no necesita que se le reitere yo le invito a que sobrevuele el pasaje sin detenerse en detalles conocidos. La segunda razón, de particular importancia en artículos publicados en revistas diferentes, es la de mantener la coherencia del texto. En cada artículo se trata naturalmente de algún aspecto diferente de la teoría, pero al autor le importaba que se viera con claridad su vínculo con otros más elementales y lógicamente anteriores.

Dada la complejidad de la teoría, van Eemeren ocasionalmente utiliza oraciones largas y con una estructura sintáctica compleja, en las que el número de sintagmas y cláusulas incrustadas supera al usual. Sin embargo, nunca lo hace cuando no es necesario y muy rara vez resultan tales oraciones obscuras. En todos los casos que lo parecieron, le propuse interpretaciones alternativas al autor, a quien agradezco su amabilidad y su paciencia aparentemente sin límites. El texto en español contiene en ese sentido ciertas mejoras respecto del original, todas ellas aprobadas por van Eemeren. En algunos casos, sobre todo pensando en los principiantes, se optó por añadir notas a la traducción, aclarando tal o cual término o principio, pero nunca sin obtener el consentimiento del autor. Todas las notas del traductor están contenidas entre corchetes; y cuando son largas van acompañadas de la leyenda “nota del traductor”, para que no quede duda.

Por otra parte, el vocabulario que van Eemeren utiliza es chico y se percibe siempre un esfuerzo por no alejarse demasiado del habla cotidiana. El uso de sinónimos es parco, como debe ser en toda obra con pretensión científica. Teniendo en cuento lo intrincado de la teoría, puede decirse que los términos técnicos son relativamente pocos y siempre se aclaran suficientemente, al menos para los propósitos expresos de la exposición. Sin duda, habrá casos en que un filósofo hubiese querido que se abundase y discutiese más por lo menudo; pero si se considera que en materia de conceptos nunca un filósofo ha logrado contentar por mucho tiempo a sus pares y colegas, el hecho de que haya términos cuya definición o aclaración en pragma-dialéctica (por ejemplo, el término “proposición”) no satisface requerimientos de este gremio no debería sorprendernos ni alarmarnos ni quitarnos el sueño.

Con todo, conviene hacer algunas aclaraciones sobre ciertos términos a cuya traducción se pudieran plantear objeciones. Es bien sabido que nadie está completamente de acuerdo con ninguna traducción, y las discusiones sobre este tema son interminables y con frecuencia conducentes a mal humor. Sin embargo, quisiera justificar al menos los casos que tienen que ver con los dos términos más básicos de una teoría de la argumentación. Se entiende que cuando alguien argumenta lo hace a favor de algo. Eso a favor de lo que se argumenta lo llama van Eemeren, con una palabra inglesa de todos los días, standpoint. Aunque se puede argüir que palabras españolas como “posición” o “tesis” (que es en griego lo que “posición” en español) son las que deberían traducir aquella inglesa, me he resistido a ello por tres razones.

Las dos primeras son puramente convencionales. Una es que van Eemeren hubiera perfectamente podido emplear palabras como position o thesis, de que se dispone tanto en inglés como en español. Si decidió no hacerlo, toca al traductor respetar esa decisión. La otra es que en último término la palabra inglesa standpoint se traduce directa y naturalmente como “punto de vista”.

Mi tercera razón es más substantiva. La palabra griega “tesis” (al igual que la palabra “posición” que la latiniza) están demasiado cercanas a la idea de aserto o afirmación, y van Eemeren insiste en que disputamos a veces sobre juicios de valor o propuestas prácticas (por ejemplo, consejos o exhortaciones), las cuales no son afirmaciones, o al menos se puede argumentar y de hecho se ha argumentado que no lo son. Si alguien dice: “Creo que deberíamos discutirlo antes de tomar una decisión”, esto dista mucho de ser un ejemplo prototípico de lo que ordinariamente llamamos una tesis en español. Además, y dependiendo del tipo de discusión, lo que está en disputa puede ser algo muy firme y claro (una tesis en sentido estricto) o algo mucho más vago e impreciso; lo cual es harto frecuente en muchas discusiones informales, si no incluso en la mayoría de ellas, y no es tan rara en las formales como sus participantes quisieran creer. Parte del problema al que se enfrenta la pragma-dialéctica, y en todo rigor cualquier intento de producir una teoría general de la argumentación, es que las personas que discuten con frecuencia no tienen del todo claro lo que quieren decir, cuál es el alcance de sus afirmaciones o cuál pregunta —si es que alguna— están tratando de responder. En ese sentido pienso que la frase “punto de vista” (al igual que standpoint en inglés) tiene la vaguedad requerida por los hechos observables.

Esto se ve reforzado si consideramos que en pragma-dialéctica, la argumentación arranca no del hecho de que alguien, el proponente, declare un punto de vista, sino de que haya al menos otra persona que no lo comparta, sea por tener ella un punto de vista propio diferente e incompatible, sea por no tener ninguno, incluyendo el del proponente. A este hecho lo llama van Eemeren, utilizando otra vez una expresión de todos los días, difference of opinion (ocasionalmente disagreement). Esta frase sólo puede traducirse como “diferencia de opinión”; y he aquí que, siendo opinion y standpoint en gran medida intercambiables en el habla ordinaria, resulta aun más problemático traducir opinion por “posición”, ya no se diga por “tesis”. En cambio, “opinión” y “punto de vista” parecen usarse de manera muy similar.

Es sabido, por otro lado, que van Eemeren clasifica las diferencias de opinión de acuerdo con dos criterios. Si la diferencia versa sobre una sola opinión, entonces van Eemeren dice que es single, y si versa sobre más de una opinión, entonces la llama multiple. Esta distinción se ha traducido hasta ahora mediante los adjetivos “única” y “múltiple”; y en este libro también se traduce así. En cambio, si la diferencia es tal que tanto el proponente como el oponente sostienen opiniones encontradas, cada uno la suya, entonces van Eemeren dice que es mixed; y la llama non-mixed cuando el oponente no tiene una opinión propia sobre el asunto, sino que simplemente declara que no comparte la que el proponente ha expresado. Aquí se ha establecido en las traducciones al español la oposición entre “mixta” y “no mixta” (o “no-mixta”); y por esa razón la sigo, si bien es probable que “bilateral” (o incluso “multilateral” para discusiones con más de dos interlocutores) en oposición a “unilateral” podrían ser términos que expresan mejor la idea que se tiene en mente.

Ahora bien: si standpoint indica aquello a favor de lo cual alguien argumenta, tenemos que para la argumentación misma hay una serie de palabras y frases que conviene comentar, así sea brevemente. En primer lugar tenemos las palabras argument y argumentation, las cuales deben traducirse, respectivamente, como “argumento” y “argumentación”. En general, hay una presunción de que la segunda designa el acto de argumentar, mientras que la primera el producto de ese acto. Creo que van Eemeren es bastante consistente en su uso; pero, si el lector pensase que en algún punto no lo fuera, no es el papel del traductor ocultar el hecho.

Más complicado es el problema de traducir frases formadas por un substantivo modificado sea por una de estas dos palabras, sea por el adjetivo argumentative. Parto de que este último es un derivado de argumentation, de forma que el adjetivo “argumentativo” está asociado al substantivo “argumentación”. De esa manera, argumentation structure y argumentation stage son paralelas a argumentative move, y aunque traduzco las dos primeras como “estructura de la argumentación” y “etapa de la argumentación”, mientras que traduzco la tercera como “jugada argumentativa”, las tres pertenecen al mismo nivel: el del acto de argumentar. Una jugada argumentativa es, en efecto, una jugada hecha dentro de una argumentación.

En cambio, la frase argument scheme la traduzco por “esquema argumental”, utilizando un adjetivo aún no completamente asentado en el uso de nuestra lengua, pero que resulta fácil asociar al substantivo “argumento”, de manera análoga a como el adjetivo “argumentativo” queda asociado al substantivo “argumentación”. Y es que los esquemas argumentales son algo así como el pariente pobre de las formas lógicas. Son el intento propio a la teoría de la argumentación (o a la lógica informal o incluso al pensamiento crítico) de encontrar algun aspecto formal, esquemático o estructural que sea relevante para juzgar de la validez o corrección de un argumento.

Hasta aquí, los términos elementales de la pragma-dialéctica. Se podrían comentar muchas otras decisiones que tomé a la hora de traducir, pero sería un ejercicio demasiado largo y tedioso. Sólo espero haber logrado un texto inteligible para el lector común y sobre todo para el estudiante que empieza a conocer esta teoría y a quien se le dificulta consultar los originales.

Nota a las referencias bibliográficas

Cada uno de los capítulos 1-10 hace referencia a libros y artículos parcialmente distintos, pero también hay muchas referencias repetidas. Para evitar repeticiones, se decidió consolidar las referencias de todos esos capítulos en una sola lista colocada después del último. A esta lista se añadieron otras dos: la de las tesis doctorales supervisadas o co-supervisadas por Frans van Eemeren en distintas universidades, y la de las publicaciones en lengua inglesa que han comenzado a hacer realidad la última fase del programa pragma-dialéctico de investigación: el estudio detallado de la argumentación tal como ella ocurre en los distintos contextos institucionalizados de comunicación argumentativa. De esa manera, el lector de habla española se dará cuenta de dos aspectos notables del trabajo tesonero de van Eemeren: su labor docente y la aplicación concreta a argumentaciones reales y complejas tal como ellas ocurren en distintas situaciones.

Nota sobre el origen de los textos traducidos

A continuación se da cuenta de los lugares en que los capítulos traducidos fueron originalmente publicados.

Capítulo 1. Inédito. Escrito por el autor especialmente para este libro.

Capítulo 2. Eemeren, Frans H. van (2012). The role of logic in analyzing and evaluating argumentation. En H. Jales Ribeiro, coord., Inside arguments: Logic and the study of argumentation (pp. 139-156). Newcastle upon Tyne (UK): Cambridge Scholars Publishing.

Capítulo 3. Eemeren, Frans H. van (2006). The pragma-dialectical theory of argumentation. En B.B. Whaley & W. Samter, coords., Explaining communication: Contemporary theories and exemplars (pp. 351-382). Mahwah (NJ): Lawrence Erlbaum.

Capítulo 4. Eemeren, Frans H. van; Garssen, Bart & Wagemans, Jean (2012). The pragma-dialectical method of analysis and evaluation. En R.C. Rowland, coord., Reasoned argument and social change (pp. 25-47). Washington (DC): National Communication Association.

Capítulo 5. Eemeren, Frans H. van (2011). In alle redelijkheid. In reasonableness. Amsterdam: Rozenberg & Sic Sat Publishers. [Discurso dictado en la Iglesia Luterana de Spui con ocasión de su jubilación como profesor de Comunicación Verbal, Teoría de la Argumentación y Retórica en la Universidad de Amsterdam.]

Capítulo 6. Eemeren, Frans H. van; Garssen, Bart & Meuffels, Bert (2012). Effectiveness through reasonableness: Preliminary steps to pragma-dialectical effectiveness research. Argumentation, 26 (1): 33-53.

Capítulo 7. Eemeren, Frans H. van (2013). Fallacies as derailments of argumentative discourse: Acceptance based on understanding and critical assessment. Special issue Journal of Pragmatics, 59 (B): 141-152.

Capítulo 8. Eemeren, Frans H. van (2013). Strategic maneuvering in argumentative discourse in political deliberation. Journal of Argumentation in Context, 2 (1): 11-32.

Capítulo 9. Eemeren, Frans H. van, Garssen; Bart & Meuffels, Bert (2012). The disguised abusive ad hominem empirically investigated: Strategic maneuvering with direct personal attacks. Thinking & Reasoning, 18 (3): 344-364.

Capítulo 10. Eemeren, Frans H. van (2013). In what sense do modern argumentation theories relate to Aristotle? The case of pragma-dialectics. Argumentation, 27 (1): 49-70.

capítulo 1

Del modelo ideal de discusión crítica al discurso argumentativo situado. La evolución paso a paso de la teoría pragma-dialéctica de la argumentación
Frans H. van Eemeren
1. Introducción

Comencé a desarrollar la teoría pragma-dialéctica de la argumentación, junto con Rob Grotendorst, en la Universidad de Amsterdam en la década de 1970. Nuestro interés primario era proporcionar herramientas adecuadas para incrementar la calidad del modo en que las personas justifican sus puntos de vista, así como analizar y revisar críticamente las justificaciones de los puntos de vista con que las personas se topan al comunicarse con los demás. Debido a la importancia de tales justificaciones respecto de lo que la gente cree, con quien se asocia y las cosas que hace, considerábamos que la argumentación tiene un gran significado intelectual, social y práctico. Por ello, una reflexión sistemática sobre las herramientas que permiten una producción, análisis y evaluación adecuados de la argumentación nos parecía crucial.

Pensábamos que desarrollar una teoría plena de la argumentación requería un enfoque multidisciplinario, y eventualmente (habiéndola establecido) interdisciplinario, basado en conocimientos tomados de la filosofía y la lógica lo mismo que de la lingüística y el análisis del discurso, los estudios sobre comunicación y la psicología.1 Desde que preparamos nuestro primer manual que daba un panorama de los diversos tipos de contribución teórica para el estudio de la argumentación,2 habíamos aprendido que en la construcción de semejante teoría global podíamos apoyarnos en los hombros de predecesores eminentes tales como Aristóteles, Arne Naess, Rupert Crawshay-Williams y Charles Hamblin. Decidimos sacar provecho de una reflexión crítica cuidadosa sobre las propuestas teóricas hechas por ellos, desde el modelo de Toulmin y la nueva retórica hasta la dialéctica formal. Pronto descubrimos que se ganaría más al discutir con teóricos de la argumentación procedentes de las diversas comunidades de estudiosos en que emergieron nuevas propuestas en la década de los 1980, tales como la tradición estadounidense de estudios sobre comunicación y retórica y la comunidad de lógica informal predominantemente canadiense.

Nuestro plan maestro de desarrollar un acercamiento teórico a la argumentación implicaba avanzar paso a paso del diseño de un modelo abstracto de discurso argumentativo normativamente ideal al estudio de los intrincados detalles de la amplia variedad de prácticas que constituyen la realidad argumentativa. Partiendo de lo más básico y luego haciendo nuestras propuestas más y más inclusivas de manera sistemática, planeamos elaborar la teoría pragma-dialéctica. Es característico del enfoque pragma-dialéctico el considerar la argumentación como dirigida a resolver una diferencia de opinión sobre la sola base de los méritos de los argumentos ofrecidos por medio de intercambios críticos de actos verbales (u otros actos comunicativos en el cano de la comunicación no verbal).3 Se estudia tanto desde una perspectiva comunicativa, inspirada por ideas pragmáticas provenientes de la teoría de actos verbales y el análisis del discurso, como desde una perspectiva crítica, inspirada por ideas dialécticas provenientes del racionalismo crítico y la lógica dialógica (van Eemeren & Grootendorst, 1984, 2004).

En la teoría pragma-dialéctica, el tratamiento de la argumentación como proceso y el tratamiento de la argumentación como producto se unifican mediante un enfoque procedimental al discurso argumentativo.4 Simultáneamente, se conecta de manera sistemática el compromiso con una descripción empíricamente adecuada con una postura crítica hacia las prácticas argumentativas, es decir se lleva a cabo un programa de investigación que integra ideas descriptivas e ideas normativas.5 En consecuencia, el enfoque pragma-dialéctico sobre la argumentación difiere fundamentalmente no solo de los enfoques lógicos, formales e informales, que se concentran primariamente en el tratamiento normativo de problemas de razonamiento, sino también de los enfoques, primariamente descriptivos y explicativos, del discurso argumentativo por el que optan los estudios sobre comunicación, la retórica y la lingüística. Aunque la mayoría de estos enfoques ofrecen resultados similares a los que hemos desarrollado en la pragma-dialéctica, también tienen importantes limitaciones que la pragma-dialéctica busca remediar.6

Este capítulo, que ha sido escrito especialmente a manera de introducción para el libro del que forma parte, se basa en reflexiones que hice como parte de preparar un estudio al que titulo The Making of Pragma-Dialectics [Cómo se hizo la pragma-dialéctica o bien La hechura o confección de la pragma-dialéctica]. Proporciona una visión de conjunto de algunas fases cruciales en el desarrollo de la teoría pragma-dialéctica de la argumentación y explica su ordenamiento. Como he dicho, el punto de partida es el nivel abstracto propio de un modelo ideal de cómo se conduce una discusión crítica, y partiendo de allí la teorización se va aproximando poco a poco a las complejidades del discurso argumentativo situado que vemos en las prácticas argumentativas reales. En la sección 2 esbozo la teoría pragma-dialéctica estándar, con el modelo y las reglas de la discusión crítica, todo lo cual representa la teoría “estándar” sobre la que se basan desarrollos ulteriores. En la sección 3 describo investigaciones ulteriores cuyo fin es consolidar la teoría estándar e indico cuáles son las contribuciones que hicieron. En la sección 4 presento la teoría pragma-dialéctica “extendida” en la que se introduce la noción crucial de maniobrar estratégico y explico por qué esta extensión era vital para el desarrollo ulterior de la pragma-dialéctica. En la sección 5 discuto el transfondo teórico de la investigación empírica de carácter experimental que se ha hecho sobre efectividad razonable, la cual conecta con la pragma-dialéctica extendida.7 En la sección 6 aclaro cómo es que el tratamiento teórico del maniobrar estratégico se completó al tomar en cuenta los contextos institucionalmente convencionalizados en los que tiene lugar el discurso argumentativo. En la sección 7 elucido la atención especial que la investigación en pragma-dialéctica ha prestado al discurso argumentativo que tiene lugar en tipos de actividad comunicativa que pertenecen a los dominios legal, político, médico y académico.

2. La teoría pragma-dialéctica estándar

A fin de tener mayor claridad sobre lo que implica ver el discurso argumentativo como dirigido a resolver una diferencia de opinión con base en los méritos de los argumentos presentados, Rob Grootendorst y yo desarrollamos un modelo ideal de discusión crítica (van Eemeren & Grootendorst, 1984; van Eemeren et al., 2014: 527-533). En una discusión crítica las partes intentan alcanzar acuerdo sobre lo aceptable de un punto de vista en disputa viendo si se sostiene frente a dudas críticas y otras objeciones y tomando en cuenta ciertos puntos de partida mutuamente aceptables.8 Resolver una diferencia de opinión con base en los méritos de los argumentos no solamente requiere que se ofrezca argumentación, sino también que se hagan otras jugadas argumentativas tales como presentar un punto de vista y puntos de partida. En el modelo especificamos las diversas etapas que han de distinguirse en el proceso resolutorio y los actos verbales que constituyen las jugadas argumentativas que son instrumentales en cada una de dichas etapas.

El modelo pragma-dialéctico de discusión crítica cumple funciones heurísticas y analíticas a la hora de manejar problemas de interpretación que pueden surgir cuando uno se ocupa de discurso argumentativo. Indica qué hay que buscar cuando se reconstruye discurso argumentativo desde una perspectiva atenta a la resolución y cuál es la manera más apropiada de analizar tal discurso. El modelo también cumple una función crítica proporcionando, a través de las reglas de discusión crítica propuesta por Grootendorst y por mí, un conjunto coherente de normas para determinar en qué puntos una jugada argumentativa se desvía del curso que conduce a resolver una diferencia de opinión sobre la sola base de argumentos. Como resultado de sus funciones heurística, analítica y crítica, el modelo pragma-dialéctico de discusión crítica constituye una base adecuada para desarrollar lineamientos prácticos para un mejoramiento metódico de la calidad de las prácticas argumentativas.

Una discusión crítica abarca las cuatro etapas por las que debe atravesar un discurso argumentativo para resolver una diferencia de opinión. En primer lugar está la etapa de confrontación en que se expresa la diferencia de opinión. En segundo lugar está la etapa de apertura en se establecen los puntos de vista formales y materiales de la discusión. En tercer lugar está la etapa de argumentación en que se presentan argumentos para responder a las (presuntas) críticas. En cuarto lugar está la etapa de conclusión en que se determina el resultado de la discusión.

En la teoría pragma-dialéctica los criterios de razonabilidad que autorizan la realización de actos verbales en cada una de las cuatro etapas los hemos descrito como reglas para una discusión crítica (van Eemeren & Grootendorst, 2004: 135-157). Juntas, tales reglas constituyen un procedimiento dialéctico para realizar actos verbales en discursos argumentativos. Para resolver una diferencia de opinión con base en los méritos de los argumentos presentados, los actos verbales realizados por el protagonista y el antagonista del punto de vista en disputa deben satisfacer en cada etapa con todas las reglas. Cualquier violación de cualquiera de las reglas por cualquiera de las partes en cualquier etapa de la discusión frustra u obstaculiza el proceso de resolver una diferencia de opinión con base en los argumentos. Grootendorst y yo propusimos por tanto que toda jugada argumentativa en la que esto ocurre debe considerarse una “falacia” en este sentido.9 Para propósitos prácticos “tradujimos” las reglas de discusión crítica, motivadas por la teoría, y por tanto más bien técnicas, en un mayormente manejable “código de conducta” para discutidores razonables (van Eemeren & Grootendorst, 2004: 123-157).

En el desarrollo de la dimensión dialéctica del modelo de discusión crítica y el código de conducta para discutidores razonables nos inspiraron las ideas del racionalismo crítico propuestas por Karl Popper (1963, 1972) y más particularlmente por Hans Albert (1975). La lógica dialógica de la Escuela de Erlangen y la dialéctica formal de Else Barth y Erik Krabbe nos estimularon para dar substancia a esta dimensión mediante un procedimiento dialéctico de reglas de discusión crítica. La dimensión pragmática que distingue nuestro enfoque claramente de otros enfoques dialécticos se conformó con base en (nuestras versiones corregidas de) ideas de la “filosofía del lenguaje ordinario” y el análisis del discurso, en particular las relacionadas con la teoría de actos verbales de John Searle (1969, 1979) y la lógica de la conversación de Paul Grice (1975, 1978, 1981; reimpresos ahora en Grice, 1989). Nuestro tratamiento de las falacias como violaciones de reglas propias de las diversas etapas de una discusión crítica constituyen una respuesta constructiva al desafío planteado por las devastadores críticas de Charles Hamblin (1970) al “tratamiento lógico estándar” de las falacias.10

3. Consolidación de la teoría estándar

Por considerarse evidentes por sí mismas, y a veces por razones menos honorables, hay ciertos elementos indispensables del proceso resolutorio que en el discurso argumentativo suelen dejarse sin expresar: la definición de la diferencia de opinión, los puntos de vista procedimentales y materiales, las relaciones entre los diferentes argumentos ofrecidos en defensa de un punto de vista (es decir, la estructura de la argumentación) y la manera en que se supone que cada uno de tales argumentos apoya el punto de vista en disputa (es decir, los esquemas argumentales). Más particularmente, en una argumentación que a primera vista es parte de un monólogo algunos de estos elementos se suelen ocultar en el discurso y necesitan recobrarse mediante un análisis reconstructivo en que el modelo de discusión crítica sirve como herramienta heurística y analítica. En esta empresa el modelo constituye una “plantilla” que puede servir como punto de referencia y asegura que el discurso se reconstruya en términos de jugadas argumentativas relevantes para resolver una diferencia de opinión con base en los méritos de los argumentos presentados. Esta reconstrucción ha de desembocar en una “sinopsis analítica” que destaca aquellos, y solo aquellos, elementos en el discurso que sean pertinentes para una evaluación crítica.

Como aclaré una vez que se completó la teoría estándar, una reconstrucción pragma-dialéctica del discurso argumentativo puede tener lugar llevando a cabo diversos tipos de transformaciones reconstructivas (van Eemeren, 1986).11 La sinopsis analítica que se logra al llevar a cabo tales transformaciones necesita rastrear todas las etapas de discusión, recapitular la diferencia de opinión en disputa, identificar las posiciones de los participantes y las premisas procedimentales y materiales que sirven como puntos de partida de la discusión, dar una visión de conjunto de los argumentos y críticas explícita o implícitamente presentados por las partes, indicar cuáles esquemas argumentales se usan y qué estructura de la argumentación se ha desplegado, y reportar cuál es, de acuerdo con los participantes, el resultado de la discusión. Para que un analista pueda obtener este resultado, necesitamos desarrollar las herramientas analíticas requeridas, tales como un método para hacer explícitas las premisas inexpresas así como tipologías de las estructuras de argumentación y los esquemas argumentales. Esto fue lo que hicimos en nuestra monografía Argumentation, Communication, and Fallacies (van Eemeren & Grootendorst, 1992).12

Entre las herramientas analíticas desarrolladas en pragma-dialéctica para reconstruir el discurso argumentativo en términos del modelo de una discusión crítica están las reglas de comunicación (van Eemeren & Grootendorst, 1992: 49-52). Estas reglas se basan en integrar, por un lado, una versión corregida de las condiciones de Searle para la feliz realización de actos verbales en la comunicación, y por otro lado, una versión corregida de las máximas de Grice para la conducción de interacciones verbales. En aquellos casos donde podemos asumir que los principios generales de comunicación e interacción no se han abandonado, el analista ha de empeñarse —al igual que hacen los escuchas o lectores ordinarios— por reconstruir los actos verbales implícitos en los que estas reglas parecen violarse, y ha de hacerlo de forma que se ponga remedio a tal violación y haya acuerdo entre el acto verbal reconstruido y todas las reglas de comunicación. Si seguimos ese procedimiento, entonces podemos reconstruir los actos verbales indirectos y las premisas inexpresas que parecieran violar las reglas de comunicación cuando se interpretan literalmente las enunciaciones que transmiten unos y otras (van Eemeren & Grootendorst, 1992: 52-59: 60-72).

Para rastrear la conexión de la pragma-dialéctica con la realidad argumentativa se requiere de investigación empírica. La investigación empírica cualitativa realizada hasta hoy se ha enfocado primariamente en la manera en que las jugadas argumentativas que son relevantes para una discusión crítica se manifiestan en la realidad argumentativa así como en las claves que el modo de presentación revela para su reconstrucción (van Eemeren et al., 1993). Para mejorar nuestra comprensión pragmática en torno a cómo cumplir el requerimiento de que la reconstrucción de jugadas argumentativas sea acorde con los compromisos que pueden atribuirse a los argumentadores involucrados sobre la base de sus contribuciones al discurso, fue que también llevamos a cabo investigación empírica cualitativa acerca de la manera en que se conduce el discurso argumentativo oral y escrito en prácticas argumentativas específicas. Así por ejemplo, Rob Grootendorst, Sally Jackson, Scott Jacobs y yo conseguimos revelar la existencia de un patrón estándar de confrontación. Con ello mostramos que este tipo de investigación nos permite hacer afirmaciones teóricamente pertinentes y empíricamente fundadas sobre el contenido, función y estructura de intercambios argumentativos (van Eemeren, Grootendorst, Jackson & Jacobs, 1993).

En el proyecto sobre indicadores, Peter Houtlosser, Francisca Snoeck Henkemans y yo nos propusimos examinar las claves para reconstruir sistemáticamente las jugadas argumentativas mediante investigación empírica cualitativa (van Eemeren, Houtlosser & Snoeck Henkemans, 2007). Nuestras metas centrales fueron identificar palabras y expresiones que usan los argumentadores para indicar las funciones de las diveras jugadas que hacen en un discurso argumentativo, clasificar esas jugadas de acuerdo con las funciones argumentaivas que pueden tener en las diversas etapas del proceso resolutorio y determinar bajo qué condiciones cumplen esas funciones. Los indicadores de las funciones de las jugadas argumentativas que examinamos incluyen la manera en que se presentan las jugadas, la manera en que la otra parte reacciona a ellas y la manera en que la primera parte responde ante esas reacciones.

En el proyecto sobre indicadores hicimos uso de “perfiles dialécticos” que especifican los tipos de jugada que pueden ser instrumentos para la realización de tareas específicas de los discutidores en un punto particular de la discusión y las “rutas dialécticas” en que se incluyen tales jugadas.13 Las rutas dialécticas son especificaciones de las diversas series de jugadas analíticamente relevantes que pueden hacerse en tal o cual parte del intercambio argumentativo que exhibe el perfil dialéctico. Tomando los perfiles dialécticos relevantes como nuestro punto de partida, examinamos sistemáticamente las maneras en que las jugadas argumentativas se realizan en la realidad argumentativa.

Para establecer la conexión necesaria entre la teoría pragma-dialéctica y la realidad argumentativa, los pragma-dialécticos nos hemos dedicado desde mediados de la década de 1980 a la investigación empírica cuantitativa, con carácter experimental, concentrándonos inicialmente en hasta dónde en la realidad argumentativa hay factores propios de la presentación que facilitan o dificultan el reconocimiento de las jugadas argumentativas (por ejemplo, van Eemeren, Grootendorst & Meuffels, 1984, 1989; van Eemeren, Meuffels & Verburg, 2000). Nos enfocamos particularmente en rastrear reglas generales, rutinas y tendencias en la manera en que los argumentadores ordinarios identifican y evalúan las jugadas argumentativas. Después examinamos también las claves que el contexto proporciona para reconocer la argumentación indirecta. Juntos, los resultados de estos proyectos de investigación nos permitieron comprender a fondo el procesamiento real del discurso argumentativo, lo cual es necesario para dar una perspectiva realista al ideal crítico de la pragma-dialéctica y para desarrollar métodos adecuados con los cuales mejorar las prácticas argumentativas. Los resultados pueden también aplicarse, en el análisis del discurso argumentativo, a justificar las reconstrucciones analíticas que se hicieren.

A fin de determinar la validez intersubjetiva de los criterios pragma-dialécticos para una discusión crítica, se llevó a cabo un amplio proyecto de investigación bajo el nombre de “Concepciones de lo razonable”, en el que Bart Garssen, Bert Meuffels y yo concentramos nuestros esfuerzos por más de diez años en capturar la manera en que los argumentadores ordinarios evalúan las jugadas argumentativas. Esta investigación ha resultado en la exhaustiva monografía Fallacies and Judgments of Reasonableness (Falacias y juicios de razonabilidad, van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2009 [no traducida aún al español]). Este estudio reporta aproximadamente 50 experimentos en los que presentamos a los participantes diversos fragmentos de discusión, construidos especialmente para el experimento, y en los cuales había a veces jugadas falaces y a veces jugadas no falaces de acuerdo con la teoría, y les pedimos que juzgaran si la última jugada argumentativa en cada fragmento era o no era razonable [véase para ejemplos de estos experimentos el cap. 6 de este libro]. Se examinaron diferentes tipos de falacia en el sentido de violaciones de las reglas de discusión crítica hechas a todo lo largo de las cuatro etapas de tal discusión.14 El propósito general de los tests era verificar hasta dónde los argumentadores ordinarios juzgan lo razonable de jugadas argumentativas de acuerdo con normas que corresponden a las expresadas en las reglas de discusión crítica. Con base en los impresionantemente consistentes resultados puede concluirse que, una y otra vez, los argumentadores ordinarios juzgan que las falacias que incluimos en los tests son jugadas no razonables en una discusión; y también que las argumentaciones no falaces con las que aquellas estaban en contraste eran vistas como razonables o incluso muy razonables.

Para responder a la pregunta de en qué sentido los resultados de este proyecto empírico son indicio del grado de validez intersubjetiva de las reglas de discusión correspondientes a la etapa de confrontación, la etapa de apertura, la etapa de argumentación y la etapa de conclusión que eran nuestro objeto de investigación, hicimos uso de la noción cuantitativa de tamaño del efecto, que indica con cuánta fuerza los participantes en el experimento discriminan entre lo no razonable o lo razonable de una cierta falacia frente a su contraparte no falaz. A mayor sea el tamaño del efecto, más fuerte es la discriminación, y a menor el primero, más débil la segunda. Hablando relativamente pues: a mayor el tamaño del efecto, más se prueba la pretensión de validez intersubjetiva. Las conclusiones globales que pueden deducirse de los tamaños del efecto en este proyecto de investigación son que, hablando en términos generales, las reglas de discusión crítica son en alto grado intersubjetivamente válidas y que las diferencias en cuanto al grado de validez intersubjetiva entre una regla y otra no son para nada espectaculares (van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2009: 222-224). La conclusión general es pues que todos los datos obtenidos indican que las normas que usan los argumentadores ordinarios cuando juzgan lo razonable de las contribuciones a la discusión se corresponden bastante bien con los criterios pragma-dialécticos para una discusión crítica. Sobre la base de esta evidencia indirecta, podemos pues afirmar que dichas reglas son convencionalmente válidas, tanto cada una de manera individual como juntas en grupo.

4. La teoría pragma-dialéctica extendida

Una vez que la teoría estándar se hubo consolidado mediante el desarrollo de las herramientas analíticas requeridas y mediante el establecimiento de conexiones claras con la realidad argumentativa a través de la investigación empírica, tanto cualitativa como cuantitativa, la investigación pragma-dialéctica ha pasado de modelo ideal de una discusión crítica a las manifestaciones concretas de las multiformes prácticas del discurso argumentativo. A fines del siglo XX me propuse fortalecer la conexión con la realidad argumentativa de una manera nueva y fundamental al dar cuenta, dentro de la teoría, del “diseño estratégico” del discurso argumentativo (van Eemeren, 2010). El propósito de incluir una faceta novedosa pero inexplorada del discurso argumentativo en la teorización pragma-dialéctica era extender las herramientas analíticas y evaluativas de forma tal que se pudieran ofrecer reconstrucciones más profundas y evaluaciones más realistas del discurso argumentativo, y al mismo tiempo dar cuenta más completa de unas y otras.15

Considerando que para explicar el diseño estratégico del discurso argumentativo, junto a la dimensión dialéctica de razonabilidad característica de la teoría estándar, había que incorporar a la teoría la dimensión retórica de efectividad, invité a mi ex-alumno Peter Houtlosser a unirse al proyecto sobre “maniobrar estratégico” (van Eemeren & Houtlosser, 2002b). Como punto de partida tomamos el “predicamento argumentativo” en que se encuentra cualquiera de nosotros en el discurso argumentativo de la vida real, a saber que en cada jugada argumentativa el tratar de ser efectivos necesita ir siempre de la mano de seguir siendo razonables. Al hacer una jugada argumentativa, un argumentador busca lograr el efecto de que la audiencia acepte lo que dice al tiempo que mantiene su compromiso de ser razonable, tal como lo definen las reglas de discusión crítica. Debido a la tensión inherente en la búsqueda simultánea de estos dos objetivos, pensamos que se requiere “maniobrar estratégicamente” para mantener el equilibrio. En caso de que, buscando ser efectivos, los argumentadores descuiden su compromiso de ser razonables y violen una o más reglas de discusión crítica, su maniobrar estratégico se “descarrilará” y resultará falaz (van Eemeren, 2010:198).

Adoptar la noción teórica de maniobrar estratégico significa añadir una dimensión retórica al marco teórico de la pragma-dialéctica. A fin de remediar la completa separación entre los enfoques dialéctico y retórico al discurso argumentativo que se efectuó en el siglo XVII, debe cerrarse la brecha conceptual y comunicativa que existe entre las dos diferentes comunidades de investigación involucradas (van Eemeren & Houtlosser, 2002b: 136-138; van Eemeren, 2013 [cap. 10 de este libro]). Peter Houtlosser y yo pensamos que las perspectivas retórica y dialéctica no son incompatibles e incluso pueden ser complementarias (véase cap. 10 de este libro). Desde nuestro punto de vista, que en este punto se opone a ambas tradiciones, la dialéctica y la retórica, el ser efectivos retóricamente en el discurso argumentativo solamente vale la pena si la efectividad en cuestión se logra dentro de los límites de la razonabilidad dialéctica; y al contrario: proponer, en teoría de la argumentación, criterios dialécticos de lo que es razonable solamente tiene significado práctico si se combina con un examen de la aplicabilidad de las herramientas retóricas para lograr efectividad. Por ello es que pensamos que el futuro de la teoría de la argumentación residirá en una integración constructiva de las perspectivas dialéctica y retórica (van Eemeren, 2010: 87-92). En esta empresa la noción de maniobrar estratégico es la herramienta teórica primaria en pragma-dialéctica.16

5. Investigación empírica de la efectividad razonable

El introducir la noción teórica de maniobrar estratégico dentro de la teoría pragma-dialéctica extendida ha abierto nuevas áreas de investigación empírica. En un nuevo y abarcador proyecto de investigación sobre “falacias ocultas”, Bart Garssen, Bert Meuffels y yo hemos comenzado en 2010 con una serie de experimentos acerca de la relación que la búsqueda, por parte de los argumentadores, de efectividad retórica guarda con su cumplimiento de los criterios dialécticos de lo que es razonable. En nuestro artículo “Efectividad mediante razonabilidad” [o “Efectividad razonable”, véase nota 7] formulamos tres hipótesis teóricamente motivadas que son vitales a la hora de lanzar este tipo de investigación empírica (van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2012a).17 Hemos también mostrado que las tres se ven apoyadas fuertemente por datos empíricos pertinentes.

(1) Puesto que saben cuáles contribuciones a la discusión deben considerarse razonables y cuáles no, los argumentadores ordinarios son en alguna medida conscientes de lo que implican sus obligaciones dialécticas. Si no fueran conscientes de ningún criterio de lo que es razonable, entonces no habría una relación racional entre tratar de ser efectivos y seguir siendo razonables en su maniobrar estratégico. Al emitir sus juicios sobre lo que es razonable, los argumentadores ordinarios prueban en los hechos que utilizan criterios en fuerte correspondencia con las normas incorporadas en las reglas de discusión crítica (van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2009: 206). El hecho de que se comprometan a criterios de razonabilidad equivalentes a los criterios pragma-dialécticos hace posible dar un contenido más claro a qué significa para ellos ser razonable.

(2) Los argumentadores ordinarios asumen que en principio la otra parte en una discusión se comprometerá al mismo tipo de obligaciones dialécticas que ellos. Si no partiesen de este supuesto, no tendría sentido para ellos apelar a los criterios de lo que es razonable ofreciendo argumentación que justifique sus puntos de vista. El hecho de que asuman la existencia de criterios compartidos de razonabilidad hace posible que conecten los criterios de razonabilidad propios con su búsqueda de efectividad de cara a la otra parte.

(3) Los argumentadores ordinarios prefieren —y asumen que sus interlocutores también prefieren— que las contribuciones a la discusión que no cumplen los criterios de razonabilidad supuestamente compartidos sean considerados como no razonables y que quienes lesionan esos criterios sean llamados a cuentas por no ser razonables. Si no quisiesen que los criterios vigentes fueran respetados, sus afanes argumentativos no tendrían sentido. El que los argumentadores resulten otorgar un significado prescriptivo al ser razonables cuando se participa en prácticas argumentativas, y el que esperen que sus interlocutores hagan otro tanto, permite que interpretemos el vínculo entre ser razonable y ser efectivo de forma que podamos esperar que el ser razonables en principio conduza a ser efectivos, incluso si en una particular práctica comunicativa (o en ciertos tipos de prácticas comunicativas) ser razonable no puede ser el único factor (o siquiera el de mayor influencia) para lograr efectividad. Correlativamente, si no somos razonables o no lo suficiente, entonces hay que esperar que no seremos tampoco tan efectivos.

Con estas consideraciones como telón de fondo, concluimos que tiene sentido para nosotros, como teóricos de la argumentación, el ponernos a examinar empíricamente cuál es la relación entre ser razonable y ser efectivo, cubriendo todas las etapas del proceso resolutorio y tomando en cuenta todos los aspectos del maniobrar estratégico. En esta investigación empírica, definimos una jugada argumentativa como “efectiva” si y sólo si realiza el efecto (perlocutivo) “inherente” a la interacción que convencionalmente se busca cuando se lleva a cabo el acto verbal por el que hacemos tal jugada argumentativa (van Eemeren & Grootendorst, 1984: 24-29). Para servir óptimamente a sus propósitos, la investigación pragma-dialéctica sobre efectividad se concentra en la búsqueda de efectos deseados y externalizables que el maniobrar estratégico tiene sobre el estado de los compromisos dialécticos del destinatario.18 Se enfoca ante todo en los efectos logrados por medios razonables que, comenzando con la comprensión adecuada de la razón de ser funcional de las jugadas argumentativas, dependen de consideraciones racionales por parte del destinatario.19 El que dirijamos la investigación por este camino va de la mano con nuestra idea de que ser razonables es condición necesaria de ser convincentes, lo cual es la versión racional de ser persuasivos (van Eemeren & Grootendorst, 1984: 48).

A la luz de este hallazgo —a saber, que las jugadas argumentativas que son falaces desde la perspectiva de la teoría de la argumentación son también vistas como no razonables por los usuarios del lenguaje ordinario— podría llamar la atención que, cuando tales jugadas ocurren en el discurso argumentativo, las falacias en muchas ocasiones escapen a la atención de los participantes. Un ejemplo notable de falacia que fácilmente pasa desapercibida es la “variante abusiva” del argumentum ad hominem. Cuando a argumentadores ordinarios los ponemos a calificar si casos claros de esta falacia en una situación experimental son o no razonables, ellos juzgan, por abrumadora mayoría, que el uso de esta falacia es una jugada muy poco razonable en una discusión (van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2009: 206). Sin embargo, en el discurso argumentativo de la vida real, esta falacia no es detectada en muchísimos casos. Es menester explicar una discrepancia tan llamativa.

En el artículo “The disguised abusive ad hominem empirically investigated” [cap. 9 de este libro], Garssen, Meuffels y yo argüimos que en ciertos casos el ad hominem abusivo puede analizarse como un modo de maniobrar estratégico en que esta falacia adopta una apariencia razonable porque imita las reacciones críticas legítimas ante la argumentación de autoridad (van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2012b). Cuando co-argumentadores se presentan incorrectamente como expertos en un cierto campo, o pretender ser dignos de crédito cuando de hecho no lo son, atacarlos personalmente en ese punto es una jugada perfectamente legítima y razonable. Como consecuencia de ocurrir casos especiales como este, puede no ser inmediatamente claro si un ataque personal deba verse como una crítica razonable o más bien como una jugada ad hominem falaz. En dos experimentos hemos puesto sistemáticamente a prueba la hipótesis de que los ataques ad hominem abusivos son vistos como substancialmente no tan poco razonables cuando se los presenta como si fuesen reacciones críticas a una argumentación de autoridad en que la persona atacada se exhibe incorrectamente como experta. La hipótesis se confirmó en ambos experimentos.20

6. Tomar en cuenta el contexto institucional del discurso argumentativo

El maniobrar estratégico no forma parte de una discusión crítica idealizada, sino de prácticas comunicativas multiforme que se han desarrollado en la realidad argumentativa. Por ello es que en la pragma-dialéctica extendida es necesario dar cuenta cabal del macro-contexto constituido por el ambiente institucional de las prácticas comunicativas en que tiene lugar el discurso argumentativo de que se trate.21 Para ello pusimos nuestro tratamiento del maniobrar estratégico en el discurso argumentativo en relación inmediata con los “tipos de actividad comunicativa” que se han establecido en los diversos dominios comunicativos en respuesta a las exigencias institucionales de cada dominio. Estos tipos de actividad comunicativa han sido convencionalizados de acuerdo con las necesidades del macro-contexto institucional en cuestión (van Eemeren, 2010: 129-162).22

Es mediante el uso de “géneros” apropiados de actividad comunicativa,23 los cuales van desde la adjudicación y la deliberación hasta la disputa, que los tipos de actividad comunicativa son diseñados con el fin de realizar su razón de ser: el “propósito [point] institucional” que refleja aquella exigencia para responder a la cual ha surgido el tipo de actividad, por ejemplo, en el caso del debate parlamentario, el que se logre un buen apoyo para una decisión acerca de una propuesta de política. Para complicar las cosas, en ciertos tipos de actividad comunicativa la realización de su propósito institucional puede requerir que se activen juntos varios géneros de actividad comunicativa convencionalizada. Así, en una entrevista política, por ejemplo, encontramos que la deliberación se combina prototípicamente con la diseminación de información, todo ello para poder realizar el propósito institucional de ilustrar al auditorio o a los lectores (van Eemeren, 2015).

La manera en que los tipos de actividad comunicativa se convencionalizan a fin de realizar su propósito institucional puede ser explícita y estar altamente formalizada mediante reglas constitutivas y regulativas, como es, por ejemplo, usual en la adjudicación dentro del dominio legal. Por otro lado, la convencionalización puede permanecer en parte implícita y formalizarse en menor grado mediante algo así como reglas vagas, como suele ser el caso de la deliberación dentro del dominio político. Finalmente, la convencionalización puede llegar a ser completemente informal y reflejarse simplemente en ciertas prácticas establecidas, como es costumbre en el dominio interpersonal cuando dos seres humanos tratan de unirse compartiendo cosas personales.

El siguiente paso que tuvimos que tomar fue el de explorar las consecuencias que para la conducción del discurso argumentativo tiene el participar en un tipo comunicativo particular.24 El modelo ideal de una discusión crítica puede ser un instrumento para caracterizar las maneras particulares en que, dependiendo de los requerimientos institucionales específicos que deben cumplirse para realizar sus propósitos institucionales, se llena de contenido la dimensión argumentativa dentro de cada tipo de actividad comunicativa. Si tomamos las cuatro etapas de una discusión crítica como punto de partida, podemos identificar cuatro punto focales que necesitan tomarse en cuenta al caracterizar argumentativamente un tipo de actividad comunicativa. Se trata de contrapartes empíricas para cada una de las cuatro etapas en el marco de un discurso argumentativo contextualizado: la situación inicial, que corresponde a la etapa de confrontación, los puntos de partida, que corresponden a la etapa de apertura, los medios argumentativos y las críticas, que corresponden a la etapa de argumentación, y el resultado, que corresponde a la etapa de conclusión.25 Partir de tal división nos ayuda a determinar de qué manera exacta es que las etapas constitutivas del proceso de resolver una diferencia de opinion con base en los méritos argumentales se ven representadas en un tipo de actividad comunicativa.

Según el tipo de actividad comunicativa, se imponen restricciones extrínsecas a las posibilidades que tengamos de maniobrar estratégicamente. Por ello, a la hora de analizar y evaluar el maniobrar estratégico necesitamos tomar en cuenta el propósito institucional y la convencionalización del tipo de actividad comunicativa en que tenga lugar el discurso argumentativo. El propósito institucional y la convencionalización determinan juntos las “precondiciones institucionales” del maniobrar estratégico dentro un tipo de actividad comunicativa particular.26 Dado que una caracterización argumentativa del tipo de actividad comunicativa en términos de las contrapartes empíricas de una discusión crítica aclara la manera en que el discurso argumentativo se ha convencionalizado en servicio del propósito institucional del tipo de actividad, esta caracterización proporciona un punto de partida apropiado para rastrear metódicamente las maneras en que las posibilidades que tengamos de maniobrar estratégicamente se ven afectadas por el tipo de actividad comunicativa.

Como lo indica su convencionalización, dentro de un tipo de actividad comunicativa particular hay ciertos modos de maniobrar estratégicamente que se considerarán apropiados —o no apropiados, según sea el caso— para realizar el propósito institucional del tipo de actividad. Para los diversos tipos de actividad comunicativa, el rango de posibilidades de maniobrar estratégicamente puede variar en cada una de las contrapartes empíricas de las etapas de una discusión crítica. En algunos tipos de actividad comunicativa, por ejemplo, a los participantes se les dejará más espacio libre que en otros para que definan la situación inicial de acuerdo con sus propias preferencias. Parecida diversidad podemos encontrar en lo tocante a la elección de los puntos de partida procedimentales y materiales, los medios argumentativos y tipos de crítica, o bien los resultados del intercambio argumentativo. En cada caso particular los tres aspectos del maniobrar estratégico pueden verse afectados por la necesidad de cumplir con las precondiciones institucionales propias del tipo de actividad comunicativa de que se trate (van Eemeren, 2010: 93-127). Puede haber bien restricciones sobre la elección de tópicos aceptables, bien sobre la adaptación a la demanda del auditorio que se considera apropiada, bien sobre los dispositivos de presentación que se permitan. Aunque en principio estas restricciones limitan el maniobrar estratégico, habrá casos en que al mismo tiempo también se produzcan oportunidades especiales para maniobrar estratégicamente.

7. Precondiciones institucionales para el maniobrar estratégico y patrones argumentativos

Tras incluir el maniobrar estratégico en la pragma-dialéctica extendida incorporamos la dimensión contextual de los tipos de actividad comunicativa a la teoría con el fin de fortalecer aun más el vínculo entre la teoría y el estudio de la realidad comunicativa. Nuestro examen de las prácticas comunicativas se ha concentrado por razones prácticas en cuatro dominios comunicativos: (1) el dominio jurídico, que suele verse como el terreno de prueba de todo teorizar sobre la argumentación y que ha sido el punto focal de la investigación pragma-dialéctica desde la década de 1980; (2) el dominio político, que es vital para el uso de argumentación en la vida pública y central a la hora de despertar el interés de los legos por la teoría de la argumentación; (3) el dominio médico, que de la toma paternalista de decisiones por parte de los médicos ha transitado recientemente a la búsqueda del consentimiento informado basado en la argumentación; (4) el dominio académico, que está permeado por argumentación que a menudo, e incorrectamente, es considerada desde fuera como no problemática. Las metas generales de nuestra investigación es en todos los casos: (1) descubrir de qué maneras en tipos de actividad comunicativa específica las posibilidades de maniobrar estratégicamente se ven constreñidas por precondiciones institucionales; (2) detectar cuáles patrones argumentativos de puntos de vista, estructuras argumentativas y esquemas argumentales se ven estereotípicamente activadas en la realización del propósito institucional de tipos de actividad comunicativa específica en concordancia con las precondiciones institucionales.

Es característico del dominio jurídico que sus prácticas comunicativas se hayan en gran medida convencionalizado. Los puntos de vista procedimentales y materiales que definen la contraparte legal de la etapa de apertura de una discusión crítica están en general determinadas en gran medida por las instituciones en vez de que sea la deliberación mutua de las partes lo que las determine. Para identificar las restricciones específicas al maniobrar estratégico en esos tipos de actividad comunicativa, un pragma-dialéctico examina primero cómo caracterizarlos argumentativamente. Después intenta establecer cómo, en los diversos tipos de práctica legal, ocurre que las partes involucradas, incluyendo al juez, operan para conducir su discurso argumentativo y qué margen de libertad tienen para maniobrar estratégicamente (Feteris, 2009).

La investigación pragma-dialéctica acerca del dominio político inició con mi discusión del papel de la argumentación en la democracia (van Eemeren, 2002). En 2009, comencé un proyecto amplio de investigación con Bert Garssen para examinar las precondiciones institucionales para maniobrar estratégicamente en intercambios argumentativos al interior del parlamento europeo. Hasta ahora, nos hemos concentrado ante todo en el impacto de una precondición secundaria a la que llamamos “el predicamento europeo”: la convención, impuesta tácitamente a los miembros del parlamento europeo, de que se supone que deben servir a la causa europea al mismo tiempo que satisfacen a sus electorados protegiendo los intereses nacionales de sus países de origen (van Eemeren & Garssen, 2010, 2011).27

Un amplio proyecto de Houtlosser y mío acerca de la influencia de las precondiciones institucionales sobre el maniobras estratégicas de confrontación en el dominio político ha sido llevado a cabo por un equipo de investigadores. El fin de Yvon Tonnard (2011) fue dar cuenta de las tácticas de presentación que los políticos pueden usar para que los temas prioritarios de sus partidos se discutan en el debate parlamentario holandés cuando resulta que tales temas no están en la agenda. Dima Mohammed (2009) examinó las respuestas que los miembros de la oposición hacen al primer ministro en la “hora de las preguntas al primer ministro” en la cámara británica de los comunes. Corina Andone (2013) se planteó dar una explicación argumentativa de la forma en que los políticos reaccionan en las entrevistas políticas cuando el entrevistador los acusa de haber adoptado una postura inconsistente con puntos de vista ofrecidos anteriormente. En un proyecto relacionado, enfocado esta vez a la cuestión de cómo es que las condiciones contextuales de los foros de discusión política en internet afectan la manera en que los participantes reaccionan críticamente, Marcin Lewinski (2010) examinó la manera en que las tecnologías en línea crean nuevas posibilidades para el debate público.

En el dominio médico también ocurre que el maniobrar estratégico debe cumplir con las convenciones institucionales (Snoeck Henkemans, 2011). Los médicos tienen la obligación de aclararles a los pacientes que van a consultarlos de que su juicio y sus consejos con sólidos; pero el hecho de que en general doctores y pacientes difieren considerablemente en conocimiento y experiencia médica es una precondición institucional que los doctores necesitan tomar en cuenta en su maniobrar estratégico, por ejemplo cuando aplican su autoridad (Labrie, 2012; Pilgram, 2015).28 La relación entre maniobrar estratégico y precondiciones institucionales se ha examinado también para el caso de los “prospectos y folletos de salubridad” cuyo fin es lograr que el auditorio al que se dirigen coma menos, haga más ejercicio, o haga otras cosas que promueven la buena salud (van Poppel, 2013); y otro tanto se ha hecho, concentrándose también en la argumentación de autoridad, con los anuncios que —sobre todo en Estados Unidos— promueven medicamentos (Wierda, 2015).

La investigación pragma-dialéctica dirigida a determinar las precondiciones institucionales que un contexto académico impone al maniobrar estratégico que tiene lugar en el discurso argumentativo está todavía en pañales. En un primer esfuerzo por adaptar los instrumentos teóricos para implementarlos en este tipo de investigación, Wagemans (2011) propone herramientas para reconstruir y evaluar la argumentación que parte de la opinión de expertos.

Los tipos de actividad comunicativa que han surgido en los diversos dominios comunicativos para cumplir con las exigencias del macro-contexto institucional giran en torno a diferentes tipos de diferencia de opinión, y los tipos de punto de vista en disputa varían desde puntos de vista evaluativos y prescriptivos hasta puntos de vista descriptivos e híbridos que combinan elementos descriptivos, evaluativos y prescriptivos. En combinación con los puntos de partida específicos que caracterizan un tipo o un clúster de tipos de actividad comunicativa, las características específicas de la situación inicial llevarán tanto a clases específicas de intercambios argumentativos en la contraparte empírica de la etapa de argumentación de una discusión crítica como a clases específicas de resultados.

Las diferencias entre las clases de intercambios argumentativos que se desarrollan o es probable se desarrollen en los diversos tipos de actividad comunicativa no son causadas solamente por las diferencias entre tal o cual clase de diferencia de opinión a la que responden, a los tipos de puntos de vista que están en disputa, y a los puntos de vista procedimentales y materiales que se usan. Son causadas también por los requerimientos específicos propios de tal o cual dominio comunicativo, requerimientos que atañen la manera en que ha de tener lugar el intercambio entre argumentación y crítica, así como a las clases de resultados que han de alcanzarse. Dependiendo de las preguntas críticas propias de cada tipo de esquema argumental empleado en la argumentación principal en apoyo del punto de vista en disputa, es necesario anticipar y responder a clases específicas de reacciones críticas dentro de los intercambios argumentativos que tienen lugar en tal o cual tipo de actividad comunicativa.

Al conducir un intercambio argumentativo, se supone que los argumentadores tomarán en cuenta las precondiciones institucionales del tipo comunicativo y las reacciones críticas que son pertinentes cuando se usa tal o cual esquema argumental. Hacerlo resultará en la creación de lo que he llamado un patrón argumentativo específico en el discurso (van Eemeren, 2015). Tal patrón argumentativo se caracteriza por una constelación de jugadas argumentativas en las que, a fin de hacerse cargo de una clase particular de diferencia de opinión, y para defender un tipo particular de punto de vista, se utiliza un esquema argumental particular o una combinación de tales esquemas, dentro de una argumentación que tiene una clase particular de estructura.

Aunque algunos patrones argumentativos que ocurren pueden ser accidentales, hay ciertos patrones argumentativos que pueden ser típicos de la manera en que el discurso argumentativo se conduce en general dentro de un tipo específico de actividad comunicativa o un clúster de tipos. Esto es el caso en principio si el patrón argumentativo de que se trata está inmediatamente vinculado con las precondiciones institucionales del maniobrar estratégico propias del tipo de actividad comunicativa que se esté examinando. Tales patrones argumentativos “estereotípicos”, cuya existencia puede explicarse por las condiciones vigentes en los tipos de actividad comunicativa en que ocurren (van Eemeren & Garssen, 2014), tienen un interés especial para el investigador en pragma-dialéctica que se enfoque en determinar la dependencia respecto del contexto que tiene el discurso argumentativo.29 Los patrones argumentativos estereotípicos por los que se interesa un pragma-dialéctico resultan de usar modos de maniobrar estratégicamente que sirven (1) para alcanzar el propósito institucional de acuerdo con las precondiciones institucionales de un cierto tipo de actividad comunicativa, y (2) para responder a las preguntas críticas específicas que son pertinentes a la luz de las convenciones institucionales del tipo de actividad comunicativa.

En la práctica, puede haber diversos patrones argumentativos que son estereotípicos de tal o cual tipo particular de actividad comunicativa. Algunos de estos patrones argumentativos pueden ocurrir con mayor frecuencia que otros y en casos específicos un patrón puede ser dominante. La investigación pragma-dialéctica sobre el maniobrar estratégico apunta actualmente a la detección de patrones argumentativos que emergen como consecuencia de aquellas precondiciones institucionales para el maniobrar estratégico que son estereotípicas de las diversas clases de prácticas argumentativas en los dominios jurídico, político, médico y académico. Al descubrir tales patrones argumentativos funcionales que ocurren en la realidad argumentativa mediante investigación empírica cualitativa, los investigadores pueden hacer uso de los diversos instrumentos teóricos desarrollados en la pragma-dialéctica, tales como tipologías de puntos de vista, diferencias de opinión, esquemas argumentales y estructuras de argumentación (van Eemeren & Grootendorst, 1992). Los patrones argumentativos que se manifiestan en constelaciones específicas de jugadas argumentativas se describen en términos de las categorías que tales tipologías distinguen.

En la investigación empírica cualitativa sobre patrones argumentativos estereotípicos que hemos llevado a cabo Corina Andone, Eveline Feteris, Bart Garssen, Francisca Snoeck Henkemans, Jean Wagemans y yo, se identifican patrones argumentativos que son funcionales en tipos específicos de actividad comunicativa dentro de los dominios jurídico, político, médico y académico, y se hace claro cómo y por qué ocurren. Esta investigación cualitativa será seguida más tarde por investigación empírica cuantitativa de corpora representativos del discurso argumentativo en los que determinemos las frecuencias con que ocurren los diversos patrones argumentativos esterotípicos y hagamos comparaciones entre los varios tipos y dominios de actividad comunicativa. Documentar la diversificación institucional de las prácticas argumentativas de esta manera sistemática proporciona una comprensión basada empíricamente en la proliferación de prácticas argumentativas. Prepara también el camino para una explicación de la relación entre dependencia e independencia del contexto que tiene el discurso argumentativo que resulte más completa que la que han dado otros teóricos de la argumentación (por ejemplo, Toulmin, 2003).

Notas

1 Cuando elegimos la argumentación como nuestro tema de investigación, lo que de hecho nos motivaba era el deseo de dedicarnos a una empresa académica que superara los (en ese entonces) estrechos límites disciplinarios de la lingüística (van Eemeren) y la comunicación verbal (Grootendorst) así como nuestro común interés en estimular la participación amplia y razonable en las diversas prácticas argumentativas que son importantes para una sociedad abierta y democrática.

2 Véase van Eemeren, Grootendorst y Kruiger (1978, 1981, 1986a, así como sus equivalentes en inglés, 1984b, 1987).

3 Una diferencia de opinión existe cuando el punto de vista de alguien no es compartido con alguien más y se requiere de argumentación para resolver la diferencia de opinión de una manera razonable. Una diferencia de opinión no implica necesariamente dos puntos de vista opuestos; basta que un punto de vista se vea confrontado con una duda.

4 La doble dimensión de proceso [el argumentar] y producto [el argumento] constituye en nuestra opinión una característica fundamental de la argumentación (van Eemeren et al., 2014: 3-4). El enfoque procedimental que une las dimensiones de proceso y producto es formal en el sentido de que trata la argmuntación como sujeta a regulación o regimentación (según van Eemeren et al., 2014: 303, esto significa “formal en el sentido 3”).

5 En una conferencia inaugural que di en Estados Unidos en 1987 explicaba yo que el reconciliar las preocupaciones descriptivas y normativas es en mi opinión el principal desafío de la teoría de la argumentación (van Eemeren, 1987). En el programa de investigación que necesita llevarse a cabo para lograr este fin distinguía yo cinco componentes: el filosófico, el teórico, el analítico, el empírico y el práctico [véase cap. 3 de este libro]. Los investigadores en pragma-dialéctica regularmente se concentran en componentes específicos.

6 Los puntos de partida meta-teóricos de la pragma-dialéctica, que sirven como sus premisas metodológicas, pueden de hecho verse como respuestas constructivas frente a las principales desventajas de otros enfoques (van Eemeren & Grootendorst, 1984: 4-18; van Eemeren et al., 2014: 523-527).

7 [Nota del traductor: En lo que sigue no traduzco la frase effectiveness through reasonableness literalmente como “efectividad mediante razonabilidad”, que resulta complicada y difícil de procesar, sino por “efectividad razonable”, cuya mayor llaneza parece conservar todas las connotaciones del original.]

8 Una discusión crítica refleja el ideal dialéctico socrático de poner a prueba de forma racional cualquier convicción, no solamente aserciones sino también juicios de valor y puntos de vista prácticos sobre acciones.

9 El hecho de que las reglas de discusión crítica sean instrumentos para distinguir tales jugadas argumentativas contraproducentes demuestra su “validez respecto del problema” en cuanto código de conducta del discurso argumentativo (van Eemeren & Grootendorst, 1988a). Para que en una práctica argumentativa estas reglas sirvan como herramientas para resolver diferencias de opinión mediante argumentos, es menester además que sean aceptadas intersubjetivamente, de forma que posean “validez convencional” (van Eemeren, Garssen & Meuffels, 2009). [Nota del traductor: En la teoría de la argumentación en general y en la pragma-dialéctica en particular se busca siempre que los modelos propuestos sean válidos tanto “objetivamente” (o “con respecto al problema”, problem-validity) como “subjetivamente” o mejor dicho “intersubjetivamente” (o “de forma convencional”, conventional validity). Vale decir que el modelo debe, por un lado, resolver efectivamente la tarea misma atribuida a la argumentación (en pragma-dialéctica, resolver una diferencia de opinión), y por otro lado ser tal que los propios argumentadores humanos aceptarían la caracterización que da el modelo de lo que hacen y buscan cuando argumentan.]

10 Aunque ambos habíamos leído más allá de nuestras especialidades, yo venía primariamente de la lingüística y la filosofía del lenguaje mientras que Rob venía de los estudios de comunicación verbal. En esa época yo enseñaba pragmática y sociolingüística mientras que Rob se especializaba en escritura académica y lectura crítica. Ambos habíamos también desarrollado un interés por la lógica.

11 Dependiendo del tipo de operación analítica implicado, podemos distinguir cuatro tipos de transformación: “omisión”, “adición”, “permutación” y “substitución” (van Eemeren & Grootendorst, 1990; van Eemeren et al., 1993: 61-86; van Eemeren & Grootendorst, 2004: 100-110). [Nota del traductor: Se trata de las cuatro operaciones clásicas de la retórica antigua que Quintiliano agrupará luego como quadripartita ratio o método cuatripartita para la identificación de errores en el discurso (Institutiones oratoriae, libro I, cap. 5). Todo parece indicar que el método tiene su origen en una doctrina aristotélica o post-aristotélica sobre los modos de corrupción (cf. Filón de Alejandría, De aeternitate mundi, cap. 22).]

12 Esta monografía se basa de hecho en publicaciones previas en holandés (van Eemeren, Grootendorst & Kruiger, 1983, 1984a, 1986b). Para términos y conceptos relevantes véase también van Eemeren, Grootendorst and Snoeck Henkemans (2002).

13 Van Eemeren y Houtlosser (2007), quienes introdujeron el concepto normativo de perfil dialéctico, lo definieron como una visión de conjunto de los patrones secuenciales de jugadas (rutas dialécticas) que los discutidores están autorizados (u obligados) a hacer en una cierta etapa o sub-etapa de una discusión crítica a fin de resolver una diferencia de opinión con base en los méritos de los argumentos ofrecidos. En la investigación empírica cualitativa un perfil dialéctico puede ser un diseño heurístico para (1) capturar las jugadas argumentativas que sean analíticamente relevantes —es decir, potencialmente relevantes para resolver la diferencia de opinión— en un punto particular de una etapa particular de una discusión y luego (2) para identificar las expresiones indicativas de tales jugadas.

14 En algunos casos se llevaron a cabo réplicas del estudio, a veces para apoyar interpretaciones, a veces para excluir explicaciones alternativas y de esa manera garantizar la validez interna, a veces para optimizar la validez externa. [Nota del traductor: La validez interna de un experimento se comprueba variando los observables asociados a los conceptos de interés (en este caso, los ítems del test), la externa utilizando muestras de poblaciones diferentes. En el caso de estos experimentos, era muy importante, para la validez externa, replicar los experimentos con poblaciones culturalmente diferentes a la original holandesa. Para un ejemplo, véase cap. 9 de este libro.]

15 El dar cuenta del diseño estratégico como parte integrante de la teoría debe también ayudar a desarrollar métodos más sofisticados para mejorar la producción oral y escrita de discurso argumentativo.

16 El acercamiento entre enfoques dialécticos y retóricos a la argumentación se ve también estimulado, aunque no siempre de la misma manera, por estudiosos de la comunicación como Wenzel (1990) y por lógicos informales como Tindale (2004). Recibe también apoyo por parte de las políticas de la Sociedad Internacional para el Estudio de la Argumentación (ISSA [con sede en Holanda]), por parte de las revistas Argumentation, Informal Logic, Argumentation and Advocacy, y por parte de los organizadores de algunos congresos realizados de manera conjunta.

17 Las tres hipótesis están conectadas de cerca con la visión teórica que tenemos de las relaciones entre argumentación y efectividad —en el sentido de ser convincente— que expuse con Grootendorst en Speech Acts in Argumentative Discussions (van Eemeren & Grootendorst, 1984 [trad. esp., 2013]).

18 Este tipo de investigación sobre efectividad constituye un complemento pragma-dialéctico de inspiración crítica respecto de la investigación al uso sobre persuasión (que no es dialéctica). La preferencia pragma-dialéctica por la etiqueta “investigación sobre efectividad” en lugar de “investigación sobre persuasividad” está motivada ante todo por el hecho de que, el término efectividad, a diferencia del término persuasividad no está exclusivamente conectado con la etapa de argumentación sino que pertenece también a las jugadas argumentativas hechas en otras etapas de la discusión, tales como proponer puntos de partidad en la etapa de apertura y formular el resultado de la discusión en la etapa de conclusión.

19 Véase el análisis de efectos “de interacción” (perlocutionary) en van Eemeren y Grootendorst (1984: 63-74) y en van Eemeren (2010: 36-39).

20 Tanto en el experimento original como en la réplica que llevamos a cabo a fin de estar en mejor posición de generalizar los resultados, los ataques abusivos directos se rechazaban consistentemente como jugadas no razonables en la discusión mientras que los ataques personales legítimos invariablemente fueron vistos como razonables. En cambio, los ataques abusivos “disfrazados” que se presentan como respuestas al uso incorrecto de la autoridad fueron juzgados como substanciamente más razonables que los ataques directos abiertamente falaces.

21 Utilizo el término institucional aquí en un sentido amplio, con lo cual no me refiero solo a las organizaciones establecidas del derecho, la administración y las escuelas, y mucho menos solo a las prisiones, las clínicas mentales y el ejército, sino que me refiero a todos los macro-contextos social y culturalmente establecidos en los que se han desarrollado, tanto de manera formal como informal, prácticas comunicativas convencionalizadas, e incluyo también las de la esfera interpersonal. Como Searle (1995), veo a las instituciones como sistemas para atender los derechos y deberes caracterizados por reglas socialmente construidas y sus correspondientes sanciones (van Eemeren, 2010: 129).

22 En pragma-dialéctica, los tipos de actividad comunicativa se definen como prácticas comunicativas cuya convencionalización está al servicio de las necesidades comunicativas específicas instigadas por las exigencias institucionales de un cierto dominio (van Eemeren, 2010: 139-145). El enfoque pragma-dialéctico se vincula con el “institucionalismo de elección racional” tal como lo practica el llamado Nuevo Institucionalismo. De acuerdo con Hall y Taylor, el institucionalismo de elección racional en el dominio político atrae nuestra atención hacia “el papel que la interacción estratégica entre actores juega en la determinación de resultados políticos” (1996: 951).

23 Fairclough caracteriza un “género” de actividad comunicativa ampliamente como “una manera socialmente ratificada de usar el lenguaje en conexión con un tipo particular de actividad social” (1995: 14).

24 Solamente cuando un tipo de actividad comunicativa es inherente, esencial o predominantemente argumentativa, o en todo caso cuando la argumentación por accidente juega un papel importante en ella, vale la pena hacer una caracterización argumentativa de ese tipo de actividad comunicativa.

25 Usar el modelo de discusión crítica como punto de referencia analítico en todos los casos no solamente sirve para garantizar una evaluación consistente y coherente de la dimensión argumentativa de todos los tipos de actividad comunicatuva, sino que también sirve para unificar la comparación de unos con otros. De esta manera la diversidad no es un punto de partida relativista, sino el resultado, basado en ver las cosas como son en realidad, de una comparación sistemática de las diversas manifestaciones de la realidad argumentativa.

26 La pragma-dialéctica distingue entre, por un lado, precondiciones institucionales “primarias”, las cuales tienen en general un carácter oficial, usualmente formal, y a menudo procedimental, y por otro lado precondiciones institucionales “secundarias”, las cuales no suelen ser oficiales ni formales y a menudo son substantivas (van Eemeren & Garssen, 2010, 2011).

27 Otros proyectos de investigación pragma-dialéctica se enfocan, por ejemplo, en las peculiaridades del discurso argumentativo en el parlamento holandés (Plug, 2010, 2011) así como el uso de argumentación pragmática en el contexto de debates legislativos en el parlamento británico (Ihnen Jory, 2010, 2012).

28 Van Eemeren y Garssen (2010, 2011) llaman a tales precondiciones institucionales que no son constitutivas, pero igual están indisolublemente vinculas con un cierto tipo de actividad comunicativa, precondiciones de segundo orden.

29 Cuando hablo de patrones argumentativos estereotípicos me refiero a patrones que son característicos del tipo de actividad comunicativa en que ocurren. Son característicos porque sirven para realizar el propósito institucional del tipo de actividad comunicativa. Es razonable pensar que en la práctica estos patrones argumentativos instrumentales se encontrarán de hecho en especímenes de ese tipo de actividad comunicativa; pero el que sean estereotípicos no significa que ocurran necesariamente con frecuencia en ese tipo de actividad comunicativa, mucho menos que siempre estén presentes. Si el lector piensa que el término estereotípico está demasiado fuertemente asociado con la idea de frecuencia absoluta o relativa, le pido que lo substituya por el término característico o algún otro que no conlleve ese sentido cuantitativo.

Capítulo 2

El papel de la lógica en el análisis y la evaluación de argumentos
Frans H. van Eemeren
1. Introducción

¿Cuál es la relación entre lógica y teoría de la argumentación? La respuesta a esta pregunta depende, por supuesto, en gran medida de la manera en que se conciban y definan la lógica y la teoría de la argumentación. Según se opte por conceptos diferentes de una u otra, se dará en pensar que no hay ninguna relación entre ambas, que son lo mismo, que la lógica es parte de la teoría de la argumentación, que ésta es parte de aquélla, o que es verdad alguna variante más compleja que cualquiera de estas alternativas. Reconociendo que se puede optar por una interpretación distinta a la mía, inicio mi intento de responder a la pregunta por la relación entre la lógica y la teoría de la argumentación con una indicación general de cómo entiendo una y la otra.

Plenamente consciente del hecho de que el término lógica se usa de otras maneras, me ajusto a la usanza moderna refiriéndome al estudio del razonamiento que se puede especificar con mayor precisión como lógica formal. Además, aunque sé que la lógica formal puede tomarse como cubriendo una empresa académica más amplia, cuando hable de lógica me estaré refiriendo al estudio de la validez formal de formas argumentales. De acuerdo con lo explicado en el capítulo introductorio del manual Fundamentals of Argumentation Theory (van Eemeren et al., 1996: 5-12), considero al estudio de la validez de las formas argumentales el “asunto medular” de la lógica. Afortunadamente no soy el único en adoptar esta perspectiva. El eminente lógico Johan von Benthem, para dar un solo ejemplo, caracterizó la lógica en un artículo reciente para la revista Cogency como “un estudio matemático normativo de los patrones inferenciales válidos” (2009: 14).

Por otra parte, la teoría de la argumentación es, desde mi perspectiva, el nombre del estudio descriptivo y normativo dirigido a resolver una diferencia de opinión de acuerdo con los méritos de los argumentos presentados. Al igual que en el primer capítulo del recientemente publicado Handbook of Argumentation, sostengo aquí que el objetivo general de la teoría de la argumentación puede especificarse como sigue (van Eemeren et al., 2014: sección 1.2):

(1) dar cuenta descriptivamente de los componentes del discurso argumentativo que juntos constituyen el punto del que arranca la argumentación;

(2) dar cuenta normativamente de los criterios para evaluar el punto del cual arranca la argumentación, cuidando que esos criterios sean apropiados para un juez racional que juzga razonablemente;

(3) dar cuenta descriptivamente de los componentes del discurso argumentativo que juntos constituyen la manera en la cual la argumentación está ordenada y dispuesta;

(4) dar cuenta normativamente de los criterios para evaluar la argumentación tal como ella está ordenada y dispuesta en el discurso argumentativo, cuidando que esos criterios sean apropiados para un juez racional que juzga razonablemente.

A lo que entiendo, la división del trabajo entre la lógica y la teoría de la argumentación es como sigue. La lógica se ocupa del razonamiento y se concentra primariamente en la validez formal de las formas argumentales que subyacen a los productos del razonamiento. La teoría de la argumentación en cambio se ocupa de la argumentación y se concentra primariamente en la forma procedimental y la corrección del discurso argumentativo a la hora de resolver una diferencia de opinión sobre la base de los méritos de los argumentos que se presenten.1 Puesto que la argumentación siempre incorpora el razonamiento, la teoría de la argumentación necesariamente incluye ciertos aspectos del estudio del razonamiento, pero no solamente los formales. Además, junto con otros factores pragmáticos propios de un intercambio argumentativo, hay que tomar en cuenta aspectos informales del razonamiento que solamente pueden considerarse “formales” en un sentido procedimental. Ni que decir tiene que valoro mucho las contribuciones que al estudio del razonamiento y la argumentación hacen esos colegas míos que se llaman a sí mismos lógicos informales.2 Sin embargo, en vista de las definiciones que tomo como punto de partida, esas contribuciones deben contarse, para mis propósitos, como parte de la teoría de la argumentación. Después de todo, como los otros teóricos de la argumentación, los lógicos informales toman en cuenta, junto a la validez (formal o informal), también cualidades del discurso argumentativo tales como la relevancia, la suficiencia, y la verdad o aceptabilidad (Johnson & Blair, 1994).

En este capítulo parto de la perspectiva pragma-dialéctica de la argumentación que hemos desarrollado en Amsterdam (van Eemeren & Grootendorst, 1984, 1992, 2004; van Eemeren, 2010). Ello significa que considero la argumentación como un acto complejo de comunicación e interacción que consiste en actos verbales dirigidos a convencer a un juez racional que juzga razonablemente acerca de la aceptabilidad de un punto de vista en disputa. En la perspectiva pragma-dialéctica la argumentación es parte de un intercambio crítico dirigido a que una diferencia de opinión —real, anticipada o proyectada— sea resuelta sobre la base de los méritos de los argumentos que se presenten. El discurso argumentativo que se desarrolla en este intercambio puede analizarse y evaluarse con la ayuda de nuestro modelo de discusión crítica, el cual especifica (a) las etapas por las que el discurso argumentativo debe pasar a fin de que la diferencia de opinión se resuelva por mérito argumental, (b) los actos verbales que son pertinentes al proceso de resolución en sus varias etapas, y (c) las reglas de discusión que son instrumentales en este cometido. Indicaré en este capítulo cuál es el papel que la lógica juega (1) en la reconstrucción sistemática del discurso argumentativo, (2) en el análisis del discurso en términos de una discusión crítica, y (3) en la evaluación de las jugadas argumentativas hechas de acuerdo con las reglas de la discusión crítica.

2. El papel de la lógica en la reconstrucción de premisas inexpresas

En el discurso argumentativo ordinario es perfectamente normal que la argumentación y otras jugadas argumentativas permanezcan en parte implícitas o contengan actos verbales llevados indirectamente a cabo. Puede haber premisas inexpresas que son componentes indispensables de la argumentación, pero también puede ser el caso que quede inexpreso incluso el punto de vista que ella defiende. Desde una perspectiva pragmática esto no significa automáticamente que en casos tales el discurso sea defectuoso. Necesitamos llevar a cabo un análisis cuidadoso a fin de establecer con precisión de lo que podemos considerar responsable al argumentador.

La identificación de puntos de vista inexpresos es a veces bastante simple. Por ejemplo, a una mujer que argumenta que “Todos los académicos son curiosos y Pedro es ciertamente un académico genuino” se le puede considerar responsable de la proposición “Pedro es curioso”. Si añadimos “Pedro es curioso” como la conclusión del argumento cuyas premisas expresas son “Todos los académicos son curiosos” y “Pedro es (ciertamente) un académico genuino”, entonces llegamos a un argumento lógicamente válido.3 Si suponemos que una persona que dice “Todos los académicos son curiosos y Pedro ciertamente es un académico genuino” está planteando una argumentación, y suponemos que en su argumentación desea obedecer las reglas pragmáticas de comunicación,4 entonces es legítimo pensar que esa persona sostiene el punto de vista de que Pedro es curioso. En principio las premisas inexpresas pueden reconstruirse de esta manera con ayuda de las reglas pragmáticas de comunicación y usando la lógica. Sin embargo, en muchos casos no es fácil decir exactamente cuál premisa inexpresa debe añadirse a un argumento incompleto, ya que existen varias posibilidades.

Al igual que en la reconstrucción de otros actos verbales implícitos o indirectos que pueden considerarse sobreentendidos en el discurso, a la hora de determinar —partiendo de las premisas y punto de vista explícitos— qué es lo que razonablemente pueden estimarse ser las premisas que quedan inexpresas en el discurso, nos basamos en conocimientos adquiridos por la pragmática acerca de las reglas de comunicación. Sin embargo, una herramienta heurística adicional que puede aplicarse a la reconstrucción de premisas inexpresas es el criterio de validez lógica, ya que la argumentación siempre involucra un proceso de razonamiento. Tomado literalmente, tal como se presenta en el discurso, si en un argumento subyacente a una argumentación se ha dejado sin expresar una premisa cualquiera, entonces ese argumento es inválido. Si empero la argumentación se analiza como transmitiendo un acto verbal indirecto, podemos añadir la premisa que falta y con ello corregir la invalidez. De esta manera, cuando usamos el criterio de validez que proporciona la lógica como herramienta heurística para la reconstrucción de premisas inexpresas, alcanzamos una posición bien pensada desde la cual podemos montar una reflexión pragmática posterior acerca de cuál debe ser la premisa inexpresa en el caso que nos ocupa.5

Si la reconstrucción de premisas inexpresas en el discurso argumentativo se lleva a cabo de esta manera, el análisis ocurre tanto en un nivel pragmático como en uno lógico, siendo el análisis lógico un procedimiento heurístico que nos sirve de instrumento para el análisis pragmático. En el nivel pragmático el análisis se dirige hacia la reconstrucción del acto verbal complejo realizado por quien plantea una argumentación, mientras que en el nivel lógico lo que se reconstruye es el razonamiento subyacente a la argumentación. Aunque a la hora de reconstruir el razonamiento de que se trata, recurrimos a un criterio de validez lógica, esto no nos compromete automáticamente a un “deductivismo” dogmático, como parecen temer algunos colegas preocupados (Govier, 1987: 81-104). Me enorgullecería ser “deductivista”, pero lamentablemente no lo soy.6 Cuando me ocupo de casos ilustrativos de premisas inexpresas me restrinjo por simplicidad al uso de las lógicas más familiares: la proposicional y la de predicados de primer orden. Para ciertos otros casos, sin embargo, podrían ser más apropiados otros tipos de lógica deductiva o no deductiva.

Un hablante que realiza el acto verbal complejo de argumentar lo hace para convencer al oyente de que su punto de vista es aceptable. Por la condición de responsabilidad de este acto verbal el oyente tiene derecho de asumir que el hablante mismo cree que la argumentación es una defensa aceptable de su punto de vista; si el hablante no cree esto, es culpable de manipulación o engaño. Por la condición preparatoria del acto verbal, el oyente también tiene derecho de asumir que el hablante cree que el oyente aceptará su argumentación; si el hablante no cree esto, la realización del acto verbal es, visto desde su perspectiva, carente de sentido. Si el hablante es sincero y no cree que su argumentación carece de sentido, eso significa también que asume que el oyente estará inclinado a aplicar los criterios de aceptabilidad que él aplica. Estos criterios incluirán el criterio de validez lógica: por la condición de responsabilidad podrá asumirse que el hablante cree que el argumento que subyace a su argumentación es válido, y por la condición preparatoria podrá asumirse que cree que el oyente creerá esto también.

Si una interpretación literal de la argumentación produce un argumento inválido, como es el caso cuando se trata de premisas inexpresas, el hablante parece haber realizado un acto verbal fútil, violando así la cuarta regla de comunicación, “No te desvíes del asunto [Keep to the point]”. También puede parecer que ha sido insincero y así que ha violado la segunda regla de comunicación, “Se honesto”. Sin embargo, el discurso argumentativo debe analizarse sobre la base de que el hablante observa el Principio de Comunicación y desea, en principio, seguir todas las reglas de comunicación. Por lo tanto, el analista debe examinar si es posible complementar el argumento inválido de tal manera que se vuelva válido. Si es en efecto posible añadir una proposición al argumento inválido que lo haga válido, las violaciones de la segunda y cuarta regla se disuelven. La violación se disuelve al tratar la premisa inexpresa como un tipo especial de acto verbal indirecto que el argumento transmite implícitamente.

Hay, por supuesto, varias maneras de aumentar un argumento incompleto a fin de hacerlo válido. Sin embargo, una premisa inexpresa sólo es pragmáticamente apropiada si la reconstrucción es conforme a todas las reglas de comunicación. Así, no es suficiente que la premisa añadida haga válido el argumento. Cuando se identifica una premisa inexpresa, la pregunta acerca de cómo elegirla de entre una variedad de candidatos diferentes puede ser más fácilmente respondida si, como parte del procedimiento heurístico —sin perder de vista que en algunos casos otras heurísticas podrían ser más apropiadas— se distingue entre un “mínimo lógico” y un “óptimo pragmático”. Puesto en el molde de la lógica proposicional, el mínimo lógico puede definirse como la oración “si…, entonces…” que se construye tomando la premisa explícita del argumento como antecedente y la conclusión como consecuente. Así, el mínimo lógico viene a conectar las partes de la información que ya están presentes. Todo lo que hace es afirmar explícitamente que está permitido inferir la conclusión dada a partir de la premisa dada, puesto que el argumento válido que resulta de añadir la premisa tiene la forma de modus ponens.

Si este es el mínimo lógico que se identifica como premisa inexpresa, se atribuiría al hablante innecesariamente una violación a la tercera regla de comunicación, “Sé eficiente”, ya que tal mínimo lógico no contribuye nada nuevo. Del mero hecho de plantear semejante argumentación se desprende claramente que el hablante asume que esta conclusión se sigue de esta premisa. Pragmáticamente, este añadido es por ello superfluo. Si el contexto y la situación lo permiten, esta violación debería remediarse reconstruyendo el óptimo pragmático que esté plenamente de acuerdo con las reglas de comunicación. Partiendo del mínimo lógico, el óptimo pragmático debe reconstruirse tomando en cuenta toda la información textual, contextual, inferencial y de transfondo, que ayude a prevenir que se viole la regla 3 o cualquier otra regla de comunicación. Básicamente, esto es un asunto de reformular el mínimo lógico de manera tal que se vuelva tan claro (“Regla de Claridad”), sucinto (“Regla de Eficiencia”) y atingente (“Regla de Relevancia”) como sea posible sin atribuir ningún compromiso al hablante del que no se pueda dar cuenta (“Regla de Responsabilidad”). Por ejemplo, en “Pedro es un académico genuino, por tanto es curioso”, esos requerimientos se llenan añadiendo “Los académicos genuinos son curiosos”. El mínimo lógico sobre cuya base se reconstruye el óptimo pragmático (“Los académicos genuinos son curiosos”) es aquí: “Si Pedro es un académico genuino, entonces es curioso”.

Cuando se “pragmatiza” el mínimo lógico, los factores decisivos son el transfondo sobre el cual, y el contexto en el cual, tiene lugar la argumentación, ya que ellos determinan en primer lugar si se justifica una cierta generalización o especificación del mínimo lógico como óptimo pragmático. Si en una conversación ordinaria el hablante dice que Pedro es un académico genuino y que por ello es curioso, ese hablante se ha comprometido al mismo tiempo con la proposición de que los académicos genuinos son curiosos. Afirmar aquello y negar esto llevaría a una inconsistencia pragmática. Sin embargo, siempre hay peligro de que la premisa que se añada vaya demasiado lejos, de manera que se atribuya al hablante más que aquello de lo que podemos tenerlo por responsable. El analista debe determinar lo que podemos decir que es responsabilidad del hablante sobre la base de lo que ha dicho en el contexto en cuestión, y si la premisa que le atribuimos pertenece realmente a sus compromisos.

En algunos casos el contexto permitirá al analista atribuir compromisos más detallados o que van más lejos de lo que encontramos en el mínimo lógico. Así por ejemplo, puede ocurrir que en una etapa anterior de la conversación el hablante dijo algo que apoya una reconstrucción más específica del óptimo pragmático. Desgraciadamente el contexto y las demás fuentes pragmáticas no siempre proporcionan la suficiente claridad como para decidir si podemos reconstruir un óptimo pragmático que vaya más lejos que el mínimo lógico. En algunos casos es difícil encontrar candidatos más informativos para aquello que podemos decir que es responsabilidad del hablante, con lo cual el analista tiene que navegar entre los escollos de la trivialidad y la falta de compromiso. Aunque esto no ocurre demasiado a menudo en el discurso argumentativo contextualizado, el analista puede verse obligado a considerar al mínimo lógico como óptimo pragmático.7

A fin de facilitar la reconstrucción de argumentos inexpresos, el problema de validar argumentos incompletos puede simplificarse por razones heurísticas asumiendo inicialmente que todo argumento, sea o no parte de una cadena de razonamientos, consiste en dos premisas y una conclusión. Para su reconstrucción lógica, el razonamiento que subyace a una argumentación más compleja puede dividirse en argumentos separados, cada uno de los cuales consiste en dos premisas y una conclusión. Aunque esto no es en realidad siempre exacto, podemos sin perjuicio trabajar en general bajo este supuesto.8 Usualmente, en la presentación de argumentos con dos premisas se deja sin expresar una de ellas.

Una ventaja de semejante simplificación es que el analista puede trabajar con unidades pequeñas y manejables. Si por una vez hacemos uso de la lógica silogística para el manejo de estas unidades, el analista puede suponer que cada argumento tiene una premisa mayor (que contiene el término mayor) y una premisa menor (que contiene el término menor). En algunos contextos la premisa mayor puede faltar, en otros la menor. En ambos casos, son factores pragmáticos, no lógicos, los que determinan qué deja fuera el hablante (y qué puede dejar fuera sin problemas de comunicación). Si alguien defiende el punto de vista de que Juanito morirá joven mediante la premisa explícita de que sufre del síndrome de Down, es porque asume que el oyente no sabe quién es Juanito pero es consciente de que quienes sufren del síndrome de Down siempre mueren jóvenes, mientras que si alguien defiende el mismo punto de vista mediante la premisa explícita de que todos los que sufren del síndrome de Down mueren jóvenes, es porque asume que el oyente sabe que Juanito sufre de ese síndrome. Aunque una argumentación que se vale de la premisa explícita de que Juanito sufre del síndrome de Down es diferente de una que se vale de la premisa explícita de que todos los que sufren del síndrome de Down mueren jóvenes, en ambos casos se expresa el mismo razonamiento lógicamente válido.

3. El papel de la lógica en la evaluación de la argumentación en el discurso

En una discusión crítica el protagonista y el antagonista intentan averiguar si el punto de vista del primero es capaz de resistir a la crítica del segundo. Un procedimiento que regule la conducta de una discusión crítica no puede confinarse exclusivamente a las relaciones lógicas utilizadas para inferir conclusiones de premisas, sino que debe cubrir todos los actos verbales que necesitan llevarse a cabo para resolver una diferencia de opinión con base en los méritos de los argumentos presentados. Esto significa que el procedimiento debe relacionarse con todas las etapas que haya que distinguir en el proceso de resolución: la etapa de confrontación, en la que se desarrolla la diferencia de opinión; la etapa de apertura, en la que se establecen los puntos de partida sobre el procedimiento a seguir u otras reglas; la etapa de argumentación, en la que se plantea la argumentación y se la somete a reacciones críticas; y la etapa de conclusión, en la que se determina el resultado de la discusión. Siguiendo nuestro modelo básico de la distribución de actos verbales, Grootendorst y yo desarrollamos, en nuestro libro Actos verbales en discusiones argumentativas, un procedimiento pragma-dialéctico de discusión que consiste en un sistema de reglas para realizar actos verbales en una discusión crítica (van Eemeren y Grootendorst, 1984).9

La etapa de discusión en la que la lógica juega un papel para evaluar la argumentación en el discurso es la etapa de argumentación. En la etapa de argumentación, el interlocutor de una discusión que ha asumido el papel de protagonista trata de defender el punto de vista en cuestión de acuerdo con las reglas para la discusión crítica frente al interlocutor que ha asumido el papel de antagonista. El protagonista no ha defendido el punto de vista de manera definitiva hasta que el antagonista haya aceptado plenamente su argumentación. La aceptación de la argumentación implica que se aceptan las proposiciones expresadas en la argumentación y que se considera que la argumentación legitima (en el caso de la pro-argumentación) o refuta (en el caso de la contra-argumentación) la proposición asociada al punto de vista.10 El antagonista que no acepta la argumentación del protagonista puede así poner en cuestión su contenido proposicional, pero también puede poner en cuestión su fuerza en tanto que justificación o refutación. Las reglas de discusión para la etapa de argumentación establecen en qué caso se ha de considerar exitosa la defensa del protagonista. Esto significa que las reglas indican cuándo el antagonista está obligado a aceptar que la argumentación que el protagonista ha planteado es una defensa adecuada del punto de vista.

Me concentraré primero en las reglas que se aplican cuando se pone en cuestión el contenido proposicional de una argumentación (o parte de él). Al hacer esto, el antagonista crea un nuevo punto en disputa. Puesto que el protagonista ha aducido la argumentación en apoyo de un punto de vista inicial, estará comprometido con respecto a la proposición que se ha puesto en cuestión, y estará obligado (en virtud de algunas otras reglas de discusión) a defenderla. Aparte de la disputa inicial, que tiene que ver con el punto de vista inicial del protagonista, surge entonces una sub-disputa que tiene que ver con este sub-punto de vista positivo. Toda una cadena de sub-disputas, sub-sub-disputas, etc., pueden surgir de esta manera. En tal caso la argumentación requerida del protagonista es compuesta y subordinada.

Los interlocutores de una discusión que ocupan los papeles de protagonista y antagonista tienen que estar de acuerdo en la etapa de apertura acerca de cómo decidirán si son aceptables las proposiciones del protagonista en su argumentación. En el modelo teórico de un intercambio plenamente externalizado, los interlocutores de una discusión deben para ello establecer cuáles proposiciones aceptan ambos en la discusión y cómo decidirán juntos si las demás proposiciones son aceptables. En la práctica, las proposiciones en la lista no suelen ser explícitamente acordadas, y sin embargo funcionan como un punto de partida mutuamente presupuesto y compartido. Si el antagonista pone en cuestión una proposición que es parte de la argumentación, el protagonista puede lograr defender dicha proposición contra el ataque del antagonista haciendo ver que la proposición que se pretende cuestionar está incluida en la lista acordada. A este método de defensa por el cual se determina si las proposiciones cuestionadas están en la lista de proposiciones aceptadas lo llamamos Procedimiento de Identificación Intersubjetiva. Si la aplicación de este procedimiento produce un resultado positivo, el antagonista está obligado a aceptar la proposición involucrada en la argumentación que ha planteado el protagonista.

Por supuesto que al protagonista le está permitido hacer uso de proposiciones sobre las que no ha alcanzado ningún acuerdo previo. Para hacer uso de nueva información en una discusión crítica, es necesario que los interlocutores acuerden cómo determinarán si una proposición debe o no aceptarse. Los métodos acordados pueden consistir en consultar fuentes orales o escritas (enciclopedias, diccionarios, obras de referencia) o en percibir algo juntos (mediante un experimento o de otra manera). Al igual que en el caso de la lista de proposiciones aceptadas, ambos interlocutores en una discusión deben considerar adecuado el método que elijan. Los interlocutores pueden, por ejemplo, decidir en la etapa de apertura que pondrán en marcha una sub-discusión en la que se determine si la proposición sobre la que originalmente no había acuerdo puede aceptarse en segunda instancia. El protagonista tendrá entonces que adoptar un sub-punto de vista positivo con respecto a la proposición de marras y tendrá que defenderla contra posibles objeciones y críticas del antagonista. Las consecuencias de las recomendaciones acerca de las oportunidades que tiene el protagonistas para defenderse se establecen en la regla 7:11

Regla 7

a. El protagonista ha logrado defender el contenido proposicional de un complejo acto verbal de argumentación contra un ataque del antagonista si se produce un resultado positivo al aplicar el Procedimiento de Identificación Intersubjetiva, o bien si el contenido proposicional es aceptado en segunda instancia por ambas partes como resultado de una sub-discusión en la que el protagonista ha logrado defender un sub-punto de vista positivo con respecto a este contenido proposicional.

b. El antagonista ha logrado atacar el contenido proposicional de un complejo acto verbal de argumentación si produce un resultado negativo al aplicar el Procedimiento de Identificación Intersubjetiva y el protagonista no ha logrado defender, en una sub-discusión, un sub-punto de vista positivo con respecto a este contenido proposicional.

El antagonista puede cuestionar una argumentación no solamente por su contenido proposicional, sino también por la fuerza con la que justifica o refuta una conclusión. Si el protagonista adopta un punto de vista positivo, entonces se puede plantear la pregunta de si el razonamiento ‘de A se sigue P’ es válido como está, donde ‘A’ es el contenido proposicional de la argumentación y ‘P’ es la proposición asociada al punto de vista. Paralelamente, si el protagonista adopta un punto de vista negativo, entonces es necesario determinar la validez del razonamiento ‘de A no se sigue P’. La validez del razonamiento en la argumentación necesita juzgarse solamente si externalizamos este razonamiento completamente y podemos considerar que el protagonista está comprometido con la aseveración de que la corrección de la argumentación depende de su validez lógica. Verificar si los argumentos del protagonista son lógicamente válidos exige reglas lógicas —tales como las reglas dialógicas de la Escuela de Erlangen— que permitan evaluar si los argumentos son válidos mediante un examen de la defensibilidad de la proposición en disputa relativamente a las premisas (vistas como concesiones) que constituyen la argumentación. Puesto que verificar la validez de los argumentos es un asunto de determinar si las inferencias del protagonista son aceptables, llamamos a esto el Procedimiento de Inferencia Intersubjetiva.

Si no externalizamos completamente el razonamiento en la argumentación —y por ello ese razonamiento no es válido como está—, entonces la pregunta será si la argumentación hace uso de un esquema argumental que ambas partes consideren admisibles y que ha sido aplicado correctamente. En general, los esquemas argumentales empleados en la argumentación no se hacen explícitos en el discurso, sino que debemos reconstruirlos. Para este fin, necesitamos llevar a cabo un Procedimiento de Explicitación Intersubjetiva, el cual se basa en principios similares al procedimiento que hemos desarrollado para hacer explícitas las premisas inexpresas. Tal procedimiento debe llevar a una respuesta bien definida acerca del tipo de esquema argumentativo que se usa en la argumentación.12

Una vez que hemos reconstruido el esquema argumental empleado, debemos determinar si ambas partes consideran admisible el uso de este esquema argumental y si ha sido aplicado correctamente. En ciertos tipos de actividad comunicativa pueden estar en vigor condiciones (institucionalmente motivadas) que prohíban el uso de ciertos esquemas. El uso de la argumentación por analogía, por ejemplo, es inadmisible en el derecho penal holandés. Por supuesto, los interlocutores mismos de una discusión podrían también concluir que es mejor excluir ciertos tipos de argumentación. Por ejemplo, pueden decidir que el tipo de intercambio que tienen no se presta para usar argumentos de autoridad respecto del tema a discusión, o bien que hacer comparaciones no es apropiado en un cierto tipo de actividad comunicativa porque no constituyen argumentos decisivos. Solamente cuando hay acuerdo en lo concerniente a la naturaleza de los esquemas argumentales que habrán de usarse tiene sentido determinar qué aplicaciones de los esquemas adoptados son admisibles. Esto implica determinar cuáles cuestiones críticas son las que en estos esquemas argumentales requieren respuesta.13 Si en el contexto institucional de que se trate comparar es en principio un tipo admisible de argumentación, entonces se podría, por ejemplo, estipular que argumentaciones de este tipo sólo se considerarán decisivas si no puede demostrarse ninguna diferencia relevante entre los casos comparados. Puesto que verificar la aceptabilidad del esquema argumental se reduce a escudriñar que de la proposición o proposiciones expresas en la argumentación se pueda pasar a la proposición expresadas en el punto de vista, introducimos en la regla 8 el llamado Procedimiento de Verificación Intersubjetiva.

Regla 8

a. El protagonista ha logrado defender un complejo acto verbal de argumentación contra un ataque del antagonista respecto de la fuerza con la que ese acto justifica o refuta un punto de vista si se produce un resultado positivo sea al aplicar el Procedimiento de Inferencia Intersubjetiva, sea al aplicar el Procedimiento de Verificación Intersubjetiva (tras aplicar el Procedimiento de Explicitación Intersubjetiva).

b. El antagonista ha logrado atacar la fuerza con la que la argumentación justifica o refuta si se produce un resultado negativo sea al aplicar el Procedimiento de Inferencia Intersubjetiva, sea al aplicar el Procedimiento de Verificación Intersubjetiva (tras aplicar el Procedimiento de Explicitación Intersubjetiva).

Ahora podemos indicar cuándo el protagonista ha defendido conclusivamente un punto de vista inicial o un sub-punto de vista mediante argumentación, y cuándo el antagonista ha atacado conclusivamente tal punto de vista. Para una defensa conclusiva de un punto de vista, el protagonista debe haber logrado defender tanto el contenido proposicional de la argumentación (tal como lo prescribe la regla 7) como la fuerza con la que justifica o refuta la proposición asociada al punto de vista (tal como lo prescribe la regla 8). Para un ataque conclusivo de un punto de vista, el antagonista debe haber logrado atacar sea el contenido proposicional de la argumentación sea la fuerza justificatoria o refutatoria (tal como lo prescriben las reglas 7 y 8). El antagonista puede tratar de hacer ambas cosas (en virtud de la regla 6), pero para un ataque conclusivo del punto de vista es suficiente tener éxito en uno de las dos líneas de ataque. La regla 9 establece esto:

Regla 9

a. El protagonista ha defendido conclusivamente un punto de vista inicial o un sub-punto de vista si ha logrado defender tanto el contenido proposicional tal como lo cuestionó el antagonista o su fuerza justificatoria o refutatoria tal como la cuestionó el antagonista.

b. El antagonista ha atacado conclusivamente el punto de vista del protagonista si ha logrado atacar sea el contenido proposicional sea la fuerza justificatoria o refutatoria del complejo acto verbal de argumentación.

Aquí me he concentrado en los Procedimientos de Identificación, Explicitación y Verificación Intersubjetiva, ya que ellos son cruciales a la suave marcha de la etapa de argumentación. Ni que decir tiene que el procedimiento pragma-dialéctico para conducir una discusión crítica abarca más reglas y cubre todas las etapas de la discusión. Cuando se las toma juntas esas reglas constituyen un procedimiento de discusión que indica cuáles son las normas que deben satisfacer los actos verbales realizados por las dos partes en una diferencia de opinión a fin de que esos actos contribuyan a la resolución de una diferencia de opinión con base en los méritos de los argumentos que se presenten. De esas reglas podemos decir que son válidas relativamente al problema que se busca resolver por cuanto impiden que ocurran falacias.14 En efecto, todas y cada una de las falacias tradicionales puede caracterizarse como violaciones de una o más reglas de la discusión crítica. A fin de que las reglas sean significativas en la práctica, sin embargo, debe haber interlocutores potenciales que estén dispuestos a jugar el juego de acuerdo con estas reglas, aceptándolas intersubjetivamente, con lo cual las reglas adquieren también validez convencional.15

Tal como se formula en el libro Una teoría sistemática de la argumentación, el procedimiento para conducir una discusión crítica resulta demasiado técnico como para que pueda ser de uso inmediato por parte de interlocutores ordinarios. Por ello es que, para propósitos prácticos, hemos complementado este modelo teórico para el examen del discurso argumentativo con un código más simple de conducta para interlocutores razonables que deseen resolver sus diferencias de opinión mediante la argumentación. Este código de conducta se basa en la comprensión que hemos ganado, la cual se expresa en el procedimiento pragma-dialéctico de discusión y consiste en una lista de diez requisitos básicos para la conducta razonable en el discurso argumentativo. Los requisitos se formulan como reglas prohibitivas dirigidas a evitar que se dé en el discurso un solo paso argumentativo que obstruya o impida la resolución de una diferencia de opinión. Las reglas más pertinentes para la explicación de cómo vemos la relación entre lógica y argumentación son la 5, llamada Regla de Premisas Inexpresas, la 7, llamada Regla de Validez, y la 8, llamada Regla de Esquemas Argumentales.

La Regla de Premisas Inexpresas (regla 5) se asegura de que cada parte de la argumentación del protagonista pueda ser críticamente examinada por el antagonista, incluyendo esas partes que han quedado implícitas en el discurso:

Los interlocutores de una discusión no deben falsamente atribuir premisas inexpresas a la otra parte ni negar responsabilidad por las propias premisas inexpresas.

Una diferencia de opinión no puede resolverse si el protagonista trata de evadir su obligación de defender una de sus premisas inexpresas o si el antagonista falsea una premisa inexpresa del protagonista, por ejemplo exagerando su alcance. Si la diferencia de opinión ha de resolverse, el protagonista debe aceptar su responsabilidad por los elementos que ha dejado implícitos en el discurso; y a la hora de reconstruir, como parte de la discusión crítica, lo que el protagonista ha dejado inexpreso, el antagonista debe tratar de determinar con la mayor exactitud de que sea capaz aquello de que el protagonista puede hacerse responsable.

La Regla de Validez (regla 7) está diseñada para asegurarnos de que, si un protagonista razona explícitamente para resolver una diferencia de opinión, entonces use solamente razonamientos que sean válidos en sentido lógico:

El razonamiento que en una argumentación se presenta de una manera explícita y completa no debe ser lógicamente inválido en sentido lógico.

Solamente es posible que los antagonistas y protagonistas determinen si los puntos de vista que se defienden en un discurso de hecho se siguen lógicamente de la argumentación que se plantea cuando el razonamiento que se usa en la argumentación de hecho se verbaliza en su totalidad. Si no se han expresado verbalmente todas las partes del razonamiento, entonces se requiere una reconstrucción de las premisas inexpresas cuando se analiza el discurso o texto argumentativo.

Finalmente, la Regla de Esquemas Argumentales (regla 8) está diseñada para asegurarnos de que, si la corrección de la argumentación no puede decidirse por razones puramente formales, el protagonista y el antagonista se pongan de acuerdo en un método pragmático para verificar la corrección de la argumentación. Respondiendo a las preguntas críticas apropiadas a cada esquema, ellos intentan averiguar si el punto de vista de que se trata ha sido de hecho defendido conclusivamente:

Los puntos de vista no pueden tomarse como defendidos conclusivamente si la defensa no ocurre mediante esquemas argumentales apropiados que se aplican correctamente.

Una diferencia de opinión se puede resolver solamente si antagonista y protagonista se ponen de acuerdo en cómo determinar si el protagonista ha adoptado esquemas argumentales apropiados y los ha aplicado correctamente. Esto implica que ambos deben examinar cuáles esquemas argumentales se están usando, si son admisibles a la luz de lo que explícita o implícitamente se acordó en la etapa de apertura, y si se desplegaron correctamente en la etapa de argumentación.

4. Conclusión

En este artículo he indicado las maneras en las que la lógica como estudio de la validez formal de formas argumentativas juega un papel en la teoría de la argumentación; y lo he hecho indicando el papel que juega en los métodos pragma-dialéctico de análisis y evaluación. Se desprende de todo esto que el papel de la lógica en el análisis se limita a una función heurística a la hora de identificar premisas inexpresas en la argumentación. Con la identificación de premisas inexpresas vemos que el razonamiento subyacente a una argumentación en la que se ha dejado implícita una premisa se vuelve válido en un primer acercamiento al formular la más simple manera de completarlo que haga al argumento formalmente válido. Arrancando de la premisa que representa este “mínimo lógico”, tomamos en cuenta el contexto pragmático en el que tiene lugar la argumentación para determinar entonces el “óptimo pragmático” que puede considerarse como la premisa inexpresa. En la evaluación de discurso argumentativo hay una variedad funcional de normas que juega un papel, y la validez formal es solamente una de ellas si el razonamiento involucrado se hace totalmente explícito. Esto significa que el papel de la lógica se ve limitado a la etapa de argumentación y es vital solamente en ciertos casos bien definidos. En los demás casos la evaluación depende, para la etapa de argumentación, del uso correcto de esquemas argumentales que son admisibles en el contexto de marras.

Me hago cargo, por supuesto, de que este resultado depende de mi modo de ver la argumentación y de la manera en que pongo a la argumentación en una perspectiva teórica. Yo he elegido definir la argumentación como un complejo de actos comunicativos e interactivos que implican plantear una constelación de proposiciones que nos pide que seamos razonables. Mi enfoque de la argumentación implica que el tratamiento teórico del intercambio de jugadas argumentativas que tiene lugar en el discurso argumental se vuelva funcional, social, externo y dialéctico. Los resultados dependen también del modo de ver la lógica que tomé como punto de partida y el alcance teórico que he asignado al teorizar lógico. Si yo hubiese partido de un modo de ver la lógica como lógica informal, los resultados habrían sido considerablemente diferentes. No me habría entonces contentado con hablar de validez, sino que habría tenido que tomar en cuenta la relevancia, la suficiencia y la verdad o aceptabilidad. La consecuencia habría sido que la lógica (informal) se habría vuelto un tipo específico de teoría de la argumentación.

El resultado habría sido también considerablemente diferente si hubiese asignado a la lógica un alcance teórico tan amplio como el que van Benthem (2009) sugiere que soñemos. La lógica incluiría en ese caso ocuparse tanto de la validez formal como de la validez procedimental. Eso significa que la palabra “lógica” se vuelve una etiqueta que cubre una gran cantidad de importantes enfoques teóricos sobre la argumentación. Una notable desventaja de esta modo de ver las cosas, sin embargo, es que “lógica” no incluiría los enfoques retóricos que son indispensables para desarrollar una teoría de la argumentación plenamenta desarrollada. La consecuencia sería que tendríamos la misma situación previa a cuando la Sociedad Internacional para el Estudio de la Argumentación comenzó a promover una reconciliación entre las perspectivas dialéctica y retórica en la década de 1980, a saber otra vez una división entre dos paradigmas mutuamente aislados en el estudio de la argumentación. Desde la perspectiva tanto de mis intereses prácticos en el discurso argumentativo como de mi preferencia teórica a favor de una integración de las brillantes intuiciones que subyacen a las tradiciones dialéctica y retórica, esto no sería aceptable. Por tanto pienso que es mejor mantener la relación entre lógica y teoría de la argumentación que he esbozado en este artículo.

Notas

1 Van Benthem (2009: 19) observa que “la lógica moderna sólo estudia algunos productos de […] actos, tales como formas inferenciales o el conocimiento o las creencias estáticas instantáneas de los agentes. No estudia esos actos mismos, aunque sólo ellos crean los productos y les dan sentido”.

2 Véase en particular Johnson (2000).

3 Puede también ser el caso de que por otras razones resulte inmediatamente aparente cuál es la premisa que se ha dejado sin expresar. Por ejemplo, el tipo de actividad comunicativa en que tiene lugar la argumentación podría dar la solución. En ese caso la lógica no juega ningún papel en el proceso de reconstrucción.

4 Para las reglas de comunicación que integran las máximas de Grice y las condiciones de los actos verbales, véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 49-55, trad. esp., 51-54).

5 El punto de partida heurístico del procedimiento pragma-dialéctico para explicitar las premisas inexpresas consiste en reconstruir el razonamiento que subyace a la argumentación como un argumento lógicamente válido cuya conclusión no puede ser falsa si las premisas son verdaderas. En la práctica no es siempre del todo claro si el argumento deba en efecto ser validado. Después de todo, el hablante puede haber argüido de forma inválida. Con todo, a menos que haya buenas razones para no hacerlo, el principio en pragma-dialéctica es que debemos seguir el procedimiento por mor de la razón.

6 No tengo certeza acerca de si competa a los teóricos de la argumentación el dar una respuesta específica y definitiva a la pregunta general de cuál es, exactamente, el tipo de validez lógica que deberíamos preferir.

7 Para un resumen del procedimiento general para determinar el óptimo pragmático véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 64-68, 142-144; trad. esp. 84-88, 161-164).

8 En general, es decir a menos que desde el comienzo sea obvio que el argumento debe, por dar un ejemplo, tratarse como un Dilema Constructivo. En efecto, un Dilema Constructivo no tiene dos premisas ni puede fácilmente reconstruirse como un argumento con dos premisas. [Nota del traductor: La primera oración de esta nota era en el original un paréntesis en el texto principal; lo cambié de lugar para simplificar la redacción. Recuerde el lector que un Dilema Constructivo es por ejemplo el siguiente. “O le dices a tu paciente que le queda poco tiempo de vida o no le dices. Si le dices, lo vas a hacer muy infeliz ahora; si no le dices, lo harás muy infeliz después. Por lo tanto, o lo haces infeliz ahora o lo haces infeliz después.” Un argumento como éste es irreducible a dos premisas.]

9 Cada una de nuestras reglas para la discusión crítica hace posible satisfacer una condición necesaria para la resolución de una diferencia de opinión. Vistas como un todo, las reglas conducen a la resolución de una diferencia de opinión mediante discusiones argumentativas.

10 [Nota del traductor: Observe el lector que van Eemeren distingue entre un punto de vista y la proposición asociada a él, o por decirlo a la manera de John Searle, entre la fuerza ilocutiva y el contenido proposicional. El punto de vista pertenece al nivel de los actos verbales por los cuales un interlocutor u otro lo presenta, sostiene, niega o pone en duda, lo intenta defender o atacar, lo consigue justificar o refutar (cada vez según la etapa de la discusión crítica y el papel que juega el hablante en ella). Las proposiciones son las entidades lógicas o lingüísticas que utilizan los interlocutores en el curso de realizar uno u otro acto verbal.]

11 [Nota del traductor: Esta numeración de las reglas presupone el conocimiento de las reglas de la discusión crítica en van Eemeren y Grootendorst (2004), cap. 6; véase cap. 3, §2.3, en este libro.]

12 En ciertos casos, como en la argumentación por analogía, la corrección del razonamiento involucrado en la argumentación no juega un papel prominente en el proceso de convencer al antagonista, de manera que la lógica no resultará pertinente a la hora de querer evaluar el uso del esquema argumental que se hubiere empleado.

13 Véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 92-102).

14 [Nota del traductor: La frase “válido relativamente al problema que se busca resolver” intenta traducir el término problem-valid, el cual a su vez contrasta con convention-valid o conventionally valid, es decir “válido por convención”. La distinción parece haber sido introducida por Barth y Krabbe (1982) siguiendo ideas de Crawshay-Williams (1957). En todo caso, es central a la teoría de van Eemeren, ya que dicha teoría no solamente aspira a formular normas argumentales que sean aceptables para todos los participantes en discusiones críticas, sino ante todo lograr que esas normas efectivamente resuelvan el problema de que se trata, es decir que sean capaces de resolver las diferencias de opinión mediante argumentos sólidos. En español podríamos tal vez distinguir entre validez convencional y validez efectiva o eficaz (a esta última la podríamos también llamar validez resolutoria).]

15 Para un informe sobre investigaciones experimentales sobre la adecuación entre el código pragma-dialéctico de conducta para discusiones razonables y la posición argumentativa adoptada por las partes véase van Eemeren, Garssen y Meuffels (2009). Cf. Mohammed (2009) y Andone (2010).

capítulo 3

La teoría pragma-dialéctica de la argumentación
Frans H. van Eemeren
1. Introducción
1.1 La naturaleza de la pragma-dialéctica

El estudio de la argumentación va prosperando. Tras su brillante comienzo en la antigüedad grecorromana, especialmente en las obras clásicas de Aristóteles, y luego de una serie de altibajos durante los siguientes milenios, se inició su decadencia en el período renacentista. Su revitalización tuvo lugar solamente después de que Toulmin y Perelman publicasen el mismo año (1958) las dos obras —The Uses of Argument y Traité de l’argumentation— que marcaron un hito en la historia reciente del campo de la argumentación.1 El modelo presentado por Toulmin y Perelman en forma de inventario de técnicas de argumentación fue la inspiración para que una gran cantidad de estudiosos, cada uno a su manera, se tomasen en serio el estudio de la argumentación. Hoy por hoy han quedado firmemente establecidos en esta área tanto enfoques lógicos (formales e informales) como también enfoques sociales y socio-psicológicos, lingüísticos, jurídicos y algunos más. En la mayoría de estos enfoques se puede rastrear la influencia de las teorías clásicas y neoclásicas que acabo de mencionar.2

La característica más importante del prolífico enfoque pragma-dialéctico es que en él se estudia la argumentación desde una perspectiva comunicativa. Se la ve como un tipo de comunicación cuyo fin es resolver una diferencia de opinión mediante el examen crítico de la aceptabilidad de los puntos de vista puestos a discusión. Tal comunicación tendrá en general lugar con medios verbales, sean orales o escritos, si bien elementos no verbales (tales como gestos e imágenes) pueden también jugar algún papel. En la práctica, el término argumentación se usa de dos maneras al mismo tiempo: se refiere tanto a un proceso (“Estoy todavía a la mitad de mi argumentación”) cuanto a su resultado (“Examinemos a qué se reduce su argumentación”). Puesto que la argumentación no solamente es parte de la realidad, sino que puede y debe juzgarse también por su calidad, el estudio de la argumentación no solamente tiene una dimensión descriptiva sino que también tiene una dimensión normativa. De acuerdo con los pragma-dialéctico, la calidad de la argumentación y sus posibles fallas deben ser sopesados con normas de razonabilidad que sean adecuadas al propósito de argumentar.

Los lógicos, sea que estén a favor de un enfoque formal o de uno informal, tienden a concentrarse en los problemas que implica la regimentación del razonamiento. Los científicos sociales y los lingüistas, en particular los analistas del discurso y de la conversación, generalmente se concentran en la observación empírica del discurso argumentativo y en sus efectos.3 En la visión pragma-dialéctica, sin embargo, estos dos enfoques tienen que estar estrechamente entrelazados. Es menester trascender sistemáticamente tanto las limitaciones de la regimentación no-empírica como las de la observación no-crítica. Los pragma-dialécticos hacen suya la tarea de mostrar cómo con método puede salvarse la brecha entre el conocimiento normativo y el descriptivo. Este objetivo sólo podrá lograrse con ayuda de un programa coherente de investigación con el cual se logre crear una conexión sistemática —un trait d’union— entre la regimentación y la observación cuidadosa.

Siguiendo una tradición clásica, el estudio de la regimentación de intercambios críticos se llama dialéctica. El estudio del uso del lenguaje en la comunicación en acto, algo que en gran parte había pertenecido en el pasado a la retórica, hoy día se llama en general pragmática. De allí la elección del nombre pragma-dialéctica para el enfoque sobre argumentación que tiene por fin integrar correctamente los conocimientos de esas dos áreas de estudio. La pragma-dialéctica combina una visión dialéctica de la razonabilidad argumental con una visión pragmática de las jugadas verbales que se hacen en el discurso argumentativo.4

1.2 Los cinco componentes del programa de investigación pragma-dialéctico

Dado que el programa de investigación pragma-dialéctico está diseñado para lograr una integración bien ponderada del conocimiento normativo y el descriptivo, se propone cumplir dos fines. Por un lado, pretende desarrollar un ideal filosófico de razonabilidad crítica y —sobre la base de este ideal— un modelo teórico de discurso argumentativo aceptable dentro de una discusión crítica. Por el otro lado, se propone investigar empíricamente la realidad argumentativa a fin de adquirir una descripción precisa de los procesos efectivos de discurso argumentativo así como de los factores que influyen en los resultados que emergen de dichos procesos. Partiendo de los resultados que se logren en ambas empresas, se trata de desarrollar las herramientas conceptuales con las que sea posible analizar la realidad argumental a la luz del ideal crítico de razonabilidad. Es entonces que podremos hacernos cargo con método de los problemas individuales y procedimentales del análisis, evaluación y producción prácticos del discurso argumentativo —el alfa y el omega del estudio de la argumentación. De esa manera, el programa de investigación incluye un componente filosófico, uno teórico, uno empírico, uno analítico y uno práctico.5

La pregunta fundamental del componente filosófico es qué significa ser razonable en la argumentación. De hecho, las concepciones de lo razonable que sostienen los estudiosos de la argumentación son de entrada divergentes, con lo cual se llega a visiones bastante diferentes acerca de cuáles argumentos se han de considerar aceptables. Los dialécticos sostienen una perspectiva crítica. Para ellos, la razonabilidad no depende tan sólo de un acuerdo inter-subjetivo acerca de las normas, como piensan muchos retóricos, sino también de si esas normas conducen a resolver una diferencia de opinión mediante una discusión crítica. En vista de que el ideal de razonabilidad está asociado a la conducción metódica de una discusión crítica, la filosofía dialéctica de razonabilidad es parte de un racionalismo crítico.

A este ideal filosófico de razonabilidad se le da forma dentro del componente teórico diseñando un modelo de lo que implica actuar razonablemente cuando se discurre argumentativamente. Un modelo teórico, como lo sería el de Toulmin, pretende hacerse cargo del discurso argumentativo especificando modos de argumentar e indicando cuándo son aceptables. El modelo sirve como un marco conceptual y terminológico capaz de cumplir funciones heurísticas, analíticas y críticas en el tratamiento del discurso argumentativo. Un modelo dialéctico proporciona reglas que especifican cuáles jugadas pueden contribuir a resolver una diferencia de opinión en los varios estadios de una discusión crítica. Si consideramos semejante discusión pragmáticamente, como una interacción de actos verbales, el modelo es pragma-dialéctico.

En cuanto al componente empírico, lo que andamos buscando es capturar los procesos por los cuales efectivamente las personas producen, interpretan y evalúan discursos argumentativos así como los factores que inciden en los resultados de tales procesos. El conocimiento de unos y otros se consigue llevando a cabo investigaciones cualitativas y cuantitativas. La investigación cualitativa consiste primariamente en observaciones introspectivas y estudios de caso, la cuantitativa (a veces conectada a la cualitativa) en estudios experimentales y estadísticos. En la investigación empírica pragma-dialéctica se pone el énfasis en explical cómo varios factores y procesos juegan un papel en la realidad argumentativa a la hora de resolver diferencias de opinión. El interés se centra en aquellos aspectos del discurso argumentativo que tienen que ver con su contundencia.6

El componente analítico busca una reconstrucción pragma-dialéctica del discurso argumentativo que permita separar y poner en relación las partes de ese discurso en forma de una sinopsis analítica, con lo cual tendríamos un punto de partida para la evaluación crítica. En el discurso argumentativo las cosas no son siempre inmediatamente obvias, e incluso pueden ser diferentes que lo que parecen. A veces es menester una reconstrucción más o menos complicada de lo dicho antes que se pueda llevar a cabo un análisis justificable. Semejante reconstrucción tiene siempre lugar desde una perspectiva que se enfoca a aspectos específicos del discurso, enfatizando unos e ignorando otros. Tal vez se aclaren las cosas si lo comparamos con un análisis freudiano estereotípico. Un analista freudiano examina lo dicho desde una perspectiva psicológica, haciendo uso de las herramientas analíticas que le proporciona una visión teórica particular. Se interesará, por ejemplo, en la fijación con la madre, en signos de un complejo de inferioridad, y cosas por el estilo. Ni que decir tiene que llegará a un análisis solamente examinando cuidadosamente lo que su cliente realmente ha dicho o claramente ha evitado decir. No puede diagnosticarlo enseguida, apenas lo ha visto, como sufriendo de fijación con la madre. Ni tampoco lo puede hacer sobre la única base de que ha elogiado a su madre en todas las sesiones. No obstante, tras una cuidadosa reconstrucción de ciertas cosas dichas o implicadas por su cliente, el analista podrá justificadamente atribuir fijación con la madre a su cliente sobre la base de una serie de observaciones que dan pie a ese análisis. De manera similar, en un análisis pragma-dialéctico del discurso argumentativo se lleva a cabo una reconstrucción del discurso que parte del modelo teórico de discusión crítica, con sus varias fases y división de actos verbales, y toma en cuenta metódicamente todo el saber obtenido por la investigación empírica. En la pragma-dialéctica, la pregunta central del componente analítico es cómo puede reconstruirse el discurso argumentativo de tal manera que enfaticemos aquellos y sólo aquellos aspectos que sean relevantes para resolver una opinión sobre la base de los méritos de los argumentos que se presenten. El análisis resultante puede por ende caracterizarse como orientado a la resolución.

Finalmente, el programa de investigación tiene un componente práctico en el que se desarrollan métodos para mejorar las habilidades individuales y los procedimientos específicamente argumentales. La competencia para argumentar involucra un complejo de disposiciones cuyo dominio es gradual y relativo a situaciones comunicativas específicas. Ello significa que las habilidades argumentativas solamente pueden medirse adecuadamente si aplicamos estándares asociados a tipos particulares de empeño argumental. Por ello, para mejorar la práctica argumentativa, sea mediante la instrucción explícita en teoría de la argumentación o modificando y rediseñando el formato utilizado en discusiones, debemos estudiar la argumentación en una diversidad de contextos institucionalizados y no institucionalizados que vayan desde el contexto formal del derecho hasta el contexto informal de una conversación entre amigos. En el componente práctico, los pragma-dialécticos hacen buen uso de sus conocimientos filosóficos, teóricos, analíticos y empíricos a fin de desarrollar métodos para mejorar la práctica argumentativa respetando la diversidad de circunstancias en que ella tiene lugar. Debido a su énfasis en promover la conciencia de los prerrequisitos para la resolución de diferencia de opinión y la estimulación de una actitud de disposición a discutir, el enfoque pragma-dialéctico sobre el mejoramiento de la práctica argumentativa puede caracterizarse como reflexivo.

1.3 Cuatro principios meta-teóricos

En la ejecución del programa pragma-dialéctico de investigación, nos acercamos a la argumentación con cuatro premisas meta-teóricas. Esas premisas básicas son metodológicas por cuanto se preocupan por cómo debemos enfrentar el estudio de la argumentación. Ellas constituyen una base para integrar la dimensión descritiva del estudio de la argumentación con su dimensión normativa.7

En primer lugar la funcionalización. A la argumentación se la suele estudiar como una estructura de derivaciones lógicas, actitudes psicológicas o creencias epistémicas más que como un complejo de actos verbales (y no verbales) que tienen una función comunicativa específica en un contexto de desacuerdo. Como resultado, a la argumentación se la describe a menudo en términos puramente estructurales, no solamente en los enfoques lógicos formales o informales, sino también en los estudios sobre falacias y argumentación práctica. Tales descripciones estructurales tienden a ignorar el fundamento racional del diseño discursivo. La función general de la argumentación es gestionar el desacuerdo. Surge ella en respuesta o anticipación a una diferencia de opinión, y las líneas de justificación que se eligen en el discurso argumentativo son inventadas con el fin de resolver la diferencia. El estudio de la argumentación debería por ello concentrarse en esa función de gestión verbal del desacuerdo que tiene ella.

En segundo lugar la socialización. Especialmente en los enfoques que se concentran en el razonamiento, la argumentación se suele ver como la expresión de procesos individuales de pensamiento. La pregunta central se vuelve entonces la de si, y cómo, los elementos que constituyen el razonamiento están atados de tal manera que validen la posición del argumentador. Pero la argumentación no consiste en un individuo solitario que extrae una conclusión, ni es algo que se propone en un vacío social. Es parte del proceso de comunicación por el cual dos o más individuos que tienen una diferencia de opinión llegan a un acuerdo. La argumentación presupone dos roles distinguibles, el de quien protagoniza un punto de vista y el de su antagonista —real o proyectado. La argumentación refleja el modo colaborativo en el que el protagonista dentro de una interacción fundamentalmente dialógica responde a las preguntas, dudas, objeciones y contrapropuestas del antagonista. Esta es la razón por la cual la argumentación debe plantearse en el contexto social de un proceso de resolución conjunta de problemas.

En tercer lugar la externalización. Para averiguar si las opiniones deben o no aceptarse, las personas someten a certificación sus puntos de vista por medio de la argumentación, someten su razonamiento al escrutinio público. Canalizado por un sistema de compromiso y responsabilidad públicos, las creencias, inferencias e interpretaciones que subyacen a la argumentación se expresan o proyectan en el discurso. Si bien los motivos que las personas tienen para sostener una posición podrían ser diferentes de las razones que ofrecen y aceptan en su defensa, aquello con lo que podemos considerarlos comprometidos es la posición que ellos mismos han expresado en el discurso, sea directa o indirectamente.8 Por esa razón, todos los esfuerzos por reducir la argumentación a una estructura de actitudes y creencias o a una cadena de razonamiento son inadecuados. Antes que especular sobre las disposiciones psicológicas de las personas involucradas en la argumentación, el estudio de la argumentación debe concentrarse (a) en los compromisos de esas personas en cuanto externalizados en o externalizables a partir de la forma en que se han expresado ellas mismos en un cierto contexto, y (b) en las consecuencias que esos compromisos tienen para el proceso de la argumentación.9

En cuarto lugar la dialectificación. El argumentar es algo apropiado para resolver una diferencia de opinión solamente si es capaz de acoger las reacciones críticas relevantes del antagonista. Los analistas del discurso y de la conversación se restringen a describir el argumentar tal como este ocurre sin mirar cómo debería ocurrir si es que ha de ser apropiado para resolver una diferencia de opinión. Pero una teoría de la argumentación debería estar atenta a los estándares críticos que permiten evaluar una discusión dirigida a resolver una diferencia de opinión. Esto puede lograrse si vemos el argumentar como sujeto a un procedimiento dialéctico para resolver diferencias de opinión que sea válido tanto relativamente al problema que se busca resolver como intersubjetivamente.10 Decimos de un procedimiento para conducir discusiones críticas que es válido relativamente al problema que se busca resolver en la medida en que sea eficiente y eficaz en promover la resolución de una diferencia de opinión y excluir jugadas falaces; y decimos que es inter-subjetivamente válido en la medida en que sea aceptable a las partes involucradas en la discusión.11 A fin pues de trascender una postura meramente descriptiva, el discurso argumentativo debe verse desde la perspectiva de un procedimiento dialéctico para discusiones críticas que sea válido en ambos sentidos.12

1.4 Organización del resto de este capítulo

Habiendo esbozado en la sección 1 el marco intelectual en el que se ha desarrollado la teoría pragma-dialéctica, me concentraré en la sección 2 en exponer esa teoría. Más particularmente, en la subsección 2.1 explicaré cómo es que los puntos de vista meta-teóricos recién delineados se “realizan” en el modelo pragma-dialéctico de una discusión crítica. Tras describir las etapas que pueden distinguirse analíticamente en el proceso de resolver una diferencia de opinión, procederé a caracterizar los tipos de acto verbal que son directamente relevantes en cada una de las etapas. En la subsección 2.2 me concentraré en el análisis del discurso argumentativo y las operaciones implicadas en la reconstrucción de todos aquellos elementos en el discurso que son relevantes para producir una sinopsis analítica que constituya un punto de partida sólido para una evaluación responsable. En la subsección 2.3 resumiré las reglas de procedimiento que constituyen el código de conducta que debe observarse en una discusión crítica. Partiendo de semejante código discutiré entonces las falacias que pueden ocurrir. En la subsección 2.4 mostraré que, si incorporamos ciertos conocimientos retóricos dentro de la teoría pragma-dialéctica, eso no solamente enriquece la reconstrucción del discurso argumentativo y fortalece su justificación, sino que también promueve la detección de falacias. En la subsección 2.5, finalmente, sintetizaré algunos resultados de proyectos de investigación empíricos que surgen de la teoría pragma-dialéctica.

2. El estado del arte en la pragma-dialéctica
2.1 Un modelo de discusión crítica

La externalización, socialización, funcionalización y dialectificación del argumentar se realizan en la pragma-dialéctica combinando sistemáticamente conocimientos pragmáticos y dialécticos. La funcionalización se consigue haciendo uso del hecho de que el discurso argumentativo se da a través de —y en respuesta a— ejecuciones de actos verbales. Si identificamos el acto verbal complejo de argumentar así como los otros actos verbales implicados en la resolución de diferencias de opinión, entonces podremos especificar de manera relevante las “condiciones de identidad” y las “condiciones de corrección” de tales actos verbales.13 Así por ejemplo, podemos especificar lo que “está en juego” al proponer un cierto “punto de vista”, con lo cual se vuelve claro cuál es el “espacio de desacuerdo” y cómo se organiza el discurso argumentativo en torno a este contexto de desacuerdo.14 La socialización se consigue identificando quién exactamente asume en la discusión los roles de protagonista y antagonista en el contexto colaborativo del discurso argumentativo. Si extendemos la perspectiva de actos verbales al nivel de la interacción, entonces podemos mostrar de qué maneras se desarrollan las posiciones y la argumentación en apoyo de ellas. La externalización se consigue identificando los compromisos específicos creados por los actos verbales que se ejecutan en un contexto de interacción argumentativa.15 En lugar de tratarlos como estados mentales internos, en una perspectiva de actos verbales tenemos que nociones tales como “desacuerdo” y “aceptación” pueden definirse en términos de actividades discursivas. Así por ejemplo, la “aceptación” puede externalizarse como el acto de responder de forma explícitamente positiva al acto verbal precedente con el que se inició una argumentación. Finalmente, la dialectificación se consigue regimentando el intercambio de actos verbales dirigidos a la resolución de diferencias de opinión en un modelo de discusión crítica perfecta. Tal modelización idealizada de los intercambios sistemáticos de jugadas verbales orientadas a la resolución es lo que define la naturaleza y distribución de los actos verbales que juegan un papel en resolver diferencias de opinión.

El modelo pragma-dialéctico de discusión crítica es un sistema teóricamente motivado para discursos orientados a resolución. Aunque el modelo es una abstracción, no pretende estar al servicio de un ideal utópico sino proporcionar a las personas que deseen resolver diferencias mediante discurso argumentativo una guía vital acerca de cómo conducirse.16 El modelo debe construirse de tal manera que sirva no solamente como paradigma para la reflexión sistemática sobre la propia participación oral y escrita en el discurso argumentativo, sino también, y todavía más, como punto de referencia en el análisis y la evaluación del discurso argumentativo. Además, puede ser un estándar para guiar el mejoramiento metódico de la práctica argumentativa.

Cuando desarrollamos un modelo de discusión crítica, debemos en primer lugar hacernos cargo de que resolver una diferencia de opinión no es lo mismo que zanjar una disputa: el punto de zanjar una disputa es simplemente que la diferencia de opinión se termina.17 En cambio una diferencia de opinión se resuelve solamente si las partes involucradas han llegado a un acuerdo sobre si la opinión disputada es o no es aceptable. Esto significa que o bien una de las partes ha sido convencida por la argumentación de la otra parte o bien esta advierte que sus argumentos no se sostienen ante las críticas de aquella y entonces retracta su punto de vista.18 Esta es la razón por la cual un procedimiento dialéctico diseñado para la resolución metódica de diferencias de opinión es una parte crucial del modelo pragma-dialéctico de discusión crítica.

En una discusión crítica las partes intentan alcanzar el consenso sobre la aceptabilidad de los puntos de vista en cuestión averiguando si esos puntos de vista son o no defendibles ante la duda o la crítica. El procedimiento dialéctico para conducir una discusión crítica es en primer lugar un método para explorar la aceptabilidad de puntos de vista. En una discusión crítica el protagonista y el antagonista de un punto de vista particular tratan de establecer si ese punto de vista, dado el punto de partida reconocido por las partes, es sostenible a la luz de reacciones críticas.19 Para conseguir este propósito, el procedimiento dialéctico para la conducción de discusiones críticas no debe solamente ocuparse de relaciones inferenciales entre premisas y conclusiones (o “concesiones” y “puntos de vista”), sino que debe cubrir todos los actos verbales que juegan un papel en el examen de aceptabilidad de los puntos de vista. En la pragma-dialéctica al concepto de discusión crítica se le da por ello forma en un modelo que especifica todas las varias etapas por las que el proceso de resolución debe pasar y todos los tipos de acto verbal que son instrumentales en cada una de las etapas.

(a) Etapas en la resolución de una diferencia de opinión

Las etapas que hay que distinguir analíticamente en el proceso de resolver una diferencia de opinión corresponden a las diferentes fases por las que debe pasar un discurso argumentativo, si bien no todas de forma necesariamente explícita, a fin de resolver una diferencia de opinión. Idealmente, la discusión comienza con una etapa de confrontación en la que se manifiesta una diferencia de opinión mediante una oposición entre un punto de vista y la no aceptación de este punto de vista. En el discurso argumentativo real esta etapa corresponde a aquellas partes del discurso en las que se vuelve claro que hay una opinión que coincide con una duda o contradicción —real o proyectada— de forma tal que surge un desacuerdo (potencial). Si no hay confrontación de puntos de vista, entonces no hay necesidad de discusión crítica.

En la etapa de apertura de una discusión crítica, se identifican los compromisos iniciales —procedimentales, substantivos, o de otro tipo— de los participantes en la disputa y se decide quién actuará como protagonista o antagonista. Un protagonista asume la obligación de defender el punto de vista en cuestión mientras que un antagonista asume la obligación de responder críticamente a este punto de vista y a la defensa del mismo que presente el antagonista.20 Esta etapa se manifiesta en aquellos trozos del discurso en las que las partes se expresan como partes de una disputa y exploran si existe una base compartida suficiente para la discusión. Si no hay tal apertura para un intercambio de puntos de vista, no tiene sentido tener una discusión crítica.

En la etapa de argumentación el protagonista de un punto de vista defiende ese punto de vista contra las respuestas críticas del antagonista. Si el antagonista no está todavía plenamente convencido de todo o parte de la argumentación del protagonista, entonces solicita nueva argumentación de parte del protagonista, y así sucesivamente. Como consecuencia, la argumentación del protagonista puede variar de muy simple a extremadamente compleja, con lo cual la “estructura argumental” de un determinado discurso argumentativo puede llegar a ser mucho más complicado que el de otro.21 La etapa de argumentación discurre entre aquellos trozos del discurso en los que una de las partes de la discusión ofrece argumentos para superar las dudas de la otra parte mientras que esta otra parte reacciona a tales argumentos. Si no hay argumentación y no hay apreciación crítica de argumentos, entonces no hay tampoco discusión crítica y la diferencia de opinión quedará sin resolver.

En la etapa de conclusión el protagonista de un punto de vista y su antagonista determinan si el punto de vista del protagonista ha sido defendido con éxito frente a las reacciones críticas del antagonista. Si el punto de vista del protagonista tiene que ser retractado, entonces la disputa se ha resuelto a favor del protagonista; si las dudas del antagonista tienen que ser retractadas, entonces se ha resuelto a favor del protagonista. Si las partes de la disputa no sacan ninguna conclusión relativa a sus intentos de resolver la diferencia de opinión, entonces no se ha logrado el éxito en completar la discusión. Ahora bien, el que se haya logrado el éxito en completar una discusión no impide que las partes se embarquen en una nueva discusión. Esta nueva discusión puede relacionarse con una diferencia de opinión completamente diferente o puede también referirse a una versión modificada de la misma diferencia. A su vez los papeles de los participantes en la discusión pueden cambiar o permanecer iguales. De cualquier manera, la nueva discusión que inicia entonces debe de nuevo pasar a través de las mismas etapas —desde la confrontación hasta la conclusión.

(b) Distribución de los actos verbales en una discusión crítica

¿Qué actos verbales pueden durante las varias etapas de una discusión crítica contribuir a la resolución de una diferencia de opinión? Para responder a esta pregunta, es útil distinguir entre cinco tipos básicos de acto verbal que pueden llevarse a cabo en el discurso argumentativo.22 Al indicar los papeles que varios tipos de acto verbal pueden cumplir en la resolución de una diferencia de opinión es importante enfatizar desde el principio que en el discurso argumentativo muchos actos verbales se llevan a cabo implícta o indirectamente, de manera que un mismo papel puede, en una discusión crítica, ser cumplido por diferentes actos verbales. Volveré sobre este punto más adelante en la subsección 2.2 al tratar del análisis como reconstrucción.

Un primer tipo de acto verbal consiste en los asertivos. El prototipo de acto asertivo es una aseveración por la cual el hablante o escritor garantiza la verdad de la proposición que está expresando: “Yo afirmo que Chamberlain y Roosevelt nunca se conocieron en persona.” Con todo, los asertivos no solamente se refieren a la verdad de las proposiciones sino también a la aceptabilidad en un sentido más amplio (“Baudelaire es el mejor poeta francés”). Así pues, también negar y conceder son asertivos. En una discusión crítica los asertivos pueden expresar el punto de vista en cuestión, pueden ser parte de la argumentación con la que se defiende un punto de vista, y pueden establecer la conclusión (“Mantengo mi punto de vista”). El grado de compromiso con una proposición expresada asertivamente puede variar de muy fuerte, como en el caso de una aseveración, a bastante débil, como en el caso de un supuesto.

Un segundo tipo de acto verbal consiste en los directivos. El prototipo de acto directivo es una orden, lo cual requiere que el hablante o escritor detente un rango especial frente al escucha o lector: “Ven a mi oficina” puede ser una orden solamente si el que habla está en una posición de autoridad, de otra manera es una solicitud o una invitación. Las preguntas son formas especiales de solicitud: son solicitudes de otro acto verbal, a saber una respuesta. Otros ejemplos de directivos son prohibir, recomendar, impugnar [challenging]. No todos los directivos pueden jugar un papel en discusiones críticas: el papel que juegan los directivos en una discusión crítica consiste o bien en impugnar a quien ha propuesto un punto de vista para que lo defienda o bien en solicitar que se argumente a favor de un punto de vista o que se den nuevos argumentos para apoyar otros que se hayan presentado anteriormente. La discusión crítica no admite ni órdenes ni prohibiciones unilaterales.

Un tercer tipo de acto verbal consiste en los compromisivos. Estos son actos verbales mediante los cuales el hablante o escritor asume frente al escucha o lector el compromiso de hacer algo o dejar de hacer algo. El prototipo de acto compromisivo es la promesa: “Te prometo que no le diré a tu padre”. El hablante o escritor puede también asumir compromisos que entusiasmen menos al escucha o lector: “Te garantizo que si te vas en este momento no volverás a poner un pie en esta casa”. Otros compromisivos son aceptar, rechazar, asumir [undertaking], acordar [agreeing]. En una discusión crítica los compromisivos cumplen una serie de papeles: aceptar (o no) un punto de vista, aceptar (o no) una argumentación, aceptar el reto [challenge] de defender un punto de vista, decidir comenzar una discusión, acordar quién asume el papel de protagonista o antagonista, acordar las reglas de discusión, decidir comenzar una nueva discusión. Algunos de los actos compromisivos que se requieren, como acordar las reglas, sólo pueden llevarse a cabo en cooperación con la otra parte de la disputa.

Un cuarto tipo de acto verbal consiste de los expresivos. Por medio de tales actos verbales el hablante o escritor expresa sus sentimientos acerca de algo: agradece, muestra estar decepcionado, etc. No hay un acto expresivo que por sí solo sea prototípico. La alegría se expresa diciendo cosas como “Me da gusto verte repuesto”; la esperanza con cosas como “Me gustaría encontrar una novia igual de linda”. Otros expresivos son: compadecerse, lamentar, saludar. En una discusión crítica los expresivos no juegan como tales ningún papel constitutivo.23

Un quinto tipo de acto verbal consiste de los declarativos. La ejecución de estos actos verbales crea una realidad: las palabras hacen que surja o se materialice un nuevo estado de cosas. Si un jefe le dirige a su empleado las palabras “Estás despedido”, no está simplemente describiendo un estado de cosas, sino que las palabras crean el estado de cosas. Los declarativos suelen ir de la mano con un contexto institucionalizado en el que ciertas personas tienen la facultad de llevar a cabo ciertos declarativos: “Doy por inaugurada la reunión” funciona solamente si uno tiene el cargo de coordinador de la reunión.24

Los declarativos de uso, que regulan el uso lingüístico, son un subtipo especial de los declarativos.25 Su propósito principal es facilitar o aumentar la comprensión al indicar cómo deben interpretarse actos verbales que podrían ser obscuros. Ejemplos de declarativos de uso son definir, explicar, abundar. Solamente los declarativos de uso que potencian la comprensión de actos verbales juegan un papel en una discusión crítica. Puede ocurrir (y se pueden solicitar) en cualquier etapa de la discusión. Por ejemplo, en la etapa de confrontación pueden revelar que la disputa es espuria; en la etapa de apertura pueden remover la incertidumbre en lo que concierne a las reglas de discusión que se habrían de seguir.

A continuación doy una lista de los actos verbales que juegan un papel directo en una discusión crítica [nótese que en todas las etapas se ponen entre paréntesis los actos verbales directivos que solicitan un declarativo de uso y los actos verbales declarativos de uso; no son necesarios para ninguna etapa, pero pueden en principio aparecer en cualquiera]:


Cuadro 1. Distribución de los actos verbales en una discusión crítica
ICONFRONTACIÓN
ASERTIVOExpresar un punto de vista
COMPROMISIVOSAceptar o no aceptar un punto de vista, mantener la no aceptación de un punto de vista
(DIRECTIVO)(Solicitar un declarativo de uso)
(DECLARATIVOS DE USO)(Definir, especificar, abundar, etc.)
IIAPERTURA
DIRECTIVOImpugnar, es decir retar a que se defienda un punto de vista
COMPROMISIVOSAceptar el reto de defender un punto de vistaAcordar las premisas y reglas de discusiónDecidir iniciar una discusión
(DIRECTIVO)(Solicitar un declarativo de uso)
(DECLARATIVOS DE USO)(Definir, especificar, abundar, etc.)
IIIARGUMENTACIÓN
DIRECTIVOSolicitar argumentos
ASERTIVOProponer argumentos
COMPROMISIVOSAceptar o no aceptar argumentos
(DIRECTIVO)(Solicitar un declarativo de uso)
(DECLARATIVOS DE USO)(Definir, especificar, abundar, etc.)
IVCONCLUSIÓN
COMPROMISIVOSAceptar o no aceptar un punto de vista
ASERTIVOSMantener un punto de vista o retractarse de élEstablecer el resultado de la discusión
(DIRECTIVO)(Solicitar un declarativo de uso)
(DECLARATIVOS DE USO)(Definir, especificar, abundar, etc.)

2.2 Análisis como reconstrucción

Por varias razones, la realidad argumentativa no siempre se asemeja al ideal de una discusión crítica. Así por ejemplo, de acuerdo con el modelo ideal en la etapa de confrontación el antagonista de un punto de vista debe enunciar sus dudas de forma clara y sin ambigüedades, pero en la práctica eso puede ser irrespetuoso para ambas partes, por lo que conviene obrar con circunspección.26 Analizar pragma-dialécticamente el discurso argumentativo consiste en interpretar el discurso desde la perspectiva teórica de una discusión crítica. Semejante análisis es pragmático por cuanto considera el discurso como esencialmente un intercambio de actos verbales; y es dialéctico por cuanto considera este intercambio como un intento metódico de resolver una diferencia de opinión. Un análisis pragma-dialéctico tiene como fin reconstruir aquellos y sólo aquellos actos verbales que potencialmente jueguen un papel en llevar la diferencia de opinión a una conclusión. El modelo ideal de discusión crítica es una herramienta valiosa a la hora de lograr un análisis sistemático. Al indicar qué actos verbales son relevantes en las varias etapas del proceso resolutorio el modelo tiene la función heurística de indicar qué actos verbales necesitan ser considerados en tal reconstrucción.

Van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs desarrollaron el componente analítico de la pragma-dialéctica en el libro Reconstrucción del discurso argumentativo (1993). Los autores enfatizan que es crucial que las reconstrucciones propuestas en el análisis estén de verdad justificadas. Las reconstrucciones deben ser fieles a los compromisos que se asignen debidamente a los participantes sobre la base de lo que contribuyen al discurso.27 A fin de no “sobre-interpretar” lo que parece implícito en el discurso, el analista debe ser sensible a las reglas de uso del lenguaje,28 los detalles de la presentación y las restricciones contextuales inherentes al acontecimiento verbal de que se trate. Pero si queremos ir más allá de una lectura ingenua del discurso, nos resultará benéfico el conocimiento empírico acerca de la manera en que se conduce el discurso oral o escrito.29 De allí que convenga acrecentar las intuiciones del analista con los resultados de la investigación empírica, sea cualitativa o cuantitativa.30

En la práctica, la primera pregunta es si y en qué medida un dado discurso oral o escrito es de verdad argumentativo. Algunas veces el discurso, o parte de él, se presenta explícitamente como argumentativo.31 Algunas veces no se presenta como tal, y sin embargo es claro que tiene una función argumentativa. Y puede haber incluso casos en los que el discurso sea claramente no argumentativo, o al menos no primariamente. El criterio de demarcación más decisivo es si se propone o no una argumentación, de forma tal que el discurso está, al menos en parte, dirigido a superar la duda —real o proyectada— acerca de un punto de vista. Un discurso puede ser justificadamente analizado como argumentativo, aunque no necesariamente en su totalidad, solamente si, sea directa o indirectamente, se lleva a cabo en él un acto verbal complejo de argumentación.

(a) Sinopsis analítica del discurso argumentativo

A fin de hacer posible la evaluación responsable del discurso argumentativo se requiere una sinopsis analítica de todos los elementos en el discurso que sean relevantes a la resolución de una diferencia de opinión. Lograr tal sinopsis es por ende el fin del análisis. En una sinopsis analítica necesitamos atender a los siguientes puntos:

(1) las cuestiones que en la diferencia de opinión están en juego;

(2) las posiciones que adoptan las partes y sus puntos de partida procedimentales y materiales;

(3) los argumentos planteados por las partes de forma explícita o implícita;

(4) la estructura de la argumentación que tiene el complejo de argumentos planteados en defensa de un punto de vista;

(5) los esquemas argumentales utilizados en los argumentos individuales para justificar un punto de vista.

Los términos y conceptos que se refieren a los componentes de una sinopsis analítica, tales como premisa inexpresa, estructura de la argumentación y esquema argumental, se definen desde una perspectiva pragma-dialéctica.32 A la hora de tratar con premisas inexpresas, por ejemplo, se hace primero que nada una diferenciación entre el “mínimo lógico”, es decir el “condicional asociado” (“si Premisa, entonces Conclusión”) y el “óptimo pragmático”, es decir una especificación o generalización del condicional asociado que esté justificado por el contexto y otras consideraciones pragmáticas relevantes.33 Y a la hora de analizar la estructura de la argumentación se distinguen las estructuras múltiple, coordinativa y subordinativa y se asocian con las diferentes clases de respuestas a las cuestiones críticas que el argumentador anticipa o a las que reacciona cuando apoya un punto de vista.78 A su vez, estas cuestiones críticas se asocian con los esquemas argumentales que se usen: dependen pues de si los argumentos y puntos de vista individuales están conectados mediante una relación causa, sintomática o comparativa.34

Los elementos incluidos en una sinopsis analítica son inmediatamente relevantes a la evaluación del discurso argumentativo. Si no es claro de qué diferencia de opinión se trata, entonces no hay manera de decir si se ha resuelto la diferencia. Si no es claro cuáles son las posiciones adoptadas por las partes de la discusión, entonces será imposible decir a favor de quién terminó la discusión. Si no se toman en cuenta razones y puntos de vista implícitos o indirectos, entonces se pasarán por alto argumentos cruciales y la evaluación será inadecuada. Si la estructura de la argumentación que apoya un punto de vista no se devela, entonces no puede juzgarse si los argumentos propuestos a favor del punto de vista constituyen un todo coherente y propiamente dicho. Si no se reconocen los esquemas argumentales empleados para apoyar los varios puntos y sub-puntos de vista, entonces no se podrá determinar si los vínculos que unen los argumentos individuales y los puntos de vista resisten a la crítica.

(b) Transformaciones analíticas en la reconstrucción de un discurso argumentativo

En general muchas cosas quedan implícitas en el discurso argumentativo. No solamente se hace rara vez referencia a las reglas de discusión o los puntos de partida compartidos, sino que en general no se indican tampoco otros aspectos estructurales del proceso resolutorio.35 En parte porque se consideran evidentes por sí mismos, pero en parte por razones menos honorables, hay ciertos elementos indispensables del proceso resolutorio que a menudo se dejan sin expresar, incluyendo la naturaleza exacta del desacuerdo, la division de los roles, la relación entre los argumentos que se plantean en defensa del punto de vista, la manera en que se supone que las premisas apoyan el punto de vista, e incluso algunas de las premisas. Estos elementos suelen quedar ocultos o disfrazados en le discurso y necesitan recobrarse en el análisis.

Un análisis reconstructivo del discurso argumentativo como el que favorece la pragma-dialéctica implica un número de operaciones analíticas específicas que son instrumentales en identificar los elementos en el discurso que juegan una parte en la resolución de diferencias de opinión. Cada tipo de transformación representa un modo particular de reconstruir parte de discurso en términos de una discusión crítica.36 Las transformaciones son herramientas analíticas para externalizar aquellos compromisos de los participantes que deben tenerse en cuenta en una evaluación de los méritos y deméritos del discurso. Debido a las transformaciones, el discurso tal como es puesto por escrito o transcrito de una grabación y el discurso que es reconstruido pueden diferir en varios respectos. Dependiendo de las transformaciones que se lleven a cabo, estas diferencias pueden caracterizarse como resultado de eliminación, adición, permutación o substitución.

La eliminación implica identificar elementos en el discurso que no sean relevantes para resolver la diferencia de opinión —p.ej. las interrupciones o digresiones inatingentes— así como omitir esos elementos en el análisis. Cualesquiera repeticiones disfuncionales que sólo repiten el mismo mensaje también se omiten. Esta transformación se reduce a remover información que es redundante, superflua o por alguna otra razón irrelevante al fin buscado, que es resolver la diferencia de opinión.

La adición implica un proceso de completamiento. Esta transformación consiste en tomar el discurso tal como él se presentó explícitamente y suplementarlo con alquellos elementos que se dejaron implícitos pero son inmediatamente relevantes a la resolución de la disputa. La adición se reduce a hacer explícitos los elementos y presupuestos elípticos así como a añadir jugadas que no se hiceron explícitas en el texto pero resultan necesarias para que el discurso tenga sentido, tales como los argumentos implícitos que se suelen llamar premisas inexpresas.

La permutación implica ordenar y reacomodar los elementos tomados del discurso original de tal manera que el proceso de resolución de una diferencia de opinión se plantee tan claramente como sea posible. En un análisis pragma-dialéctico, los elementos que no son directamente relevantes a la resolución de la diferencia se registran en el orden que es más apropiado para hacer la evaluación del discurso. A diferencia de un registro descriptivo, el análisis no necesita seguir por fuerza el orden en que las cosas ocurrieron en tiempo real. Algunas veces puede conservarse la cronología real; otras conviene hacer un reordenamiento a fin de retratar mejor el proceso resolutorio. Hay translapes entre las diferentes etapas de una discusión crítica que reajustamos; y lo mismo ocurre con jugadas anticipativas y referencias a etapas más tempranas del discurso. En esta empresa de reacomodo, los elementos confrontacionales que en el discurso se posponen hasta la conclusión se mueven de lugar y se colocan en la etapa de confrontación mientras que las jugadas argumentativas que se propusieron durante la confrontación se ponen en su lugar apropiado, es decir en la etapa argumentativa.

La substitución implica un intento de producir una presentación explícita y clara de los elementos que son potencialmente instrumentales en la resolución de una diferencia de opinión. Las formulaciones ambiguas o vagas se reemplazan por frases estándar, bien definidas y más precisas, produciendo así elementos que cumplen exactamente la misma función discursiva, pero están formuladas de manera diferente. Así por ejemplo, diferentes formulaciones del mismo punto de vista se registran con las mismas palabras y en lugar de preguntas retóricas se substituyen expresiones directas de puntos de vista o argumentos. Este proceso de traducir elementos del discurso mediante frases estandarizadas se reduce a substituir formulaciones pre-teóricas del habla coloquial con formulaciones que son teóricamente significativas en el lenguaje técnico de la pragma-dialéctica.

En la práctica analítica estas transformaciones reconstructivas a menudo se llevan a cabo cíclicamente. Por ejemplo, al reconstruir ciertos actos verbales no asertivos como puntos de vista indirectos, se dan las dos transformaciones de substitución y adición: un acto directivo se reconstruye primero como un asertivo indirecto mediante substitución y luego su función comunicativa de punto de vista se añade explícitamente mediante adición. Puede ocurrir que sólo tras haber realizado una cierta transformación se vuelve claro que otra transformación es también necesaria y está justificada, con lo cual el proceso de reconstrucción es recurrente y puede decirse que el análisis tiene un carácter cíclico.

(c) Un ejemplo de reconstrucción del modo indirecto de hablar

A fin de ejemplificar el uso de transformaciones en los casos en que se habla indirectamente, veremos más de cerca las transformaciones por substitución y adición. En la teoría de los actos verbales es un hecho reconocido que en el discurso ordinario la función comunicativa —o, como la llama Searle, la “fuerza ilocutiva”— de un acto verbal no se expresa en general de manera explícita. En muchos casos esto no presenta un gran problema. Al escucha o lector se le lleva en la dirección de la interpretación deseada por medio de indicadores verbales tales como “puesto que” o “por lo tanto”. En ausencia de tales indicadores el contexto verbal o no verbal suele proporcionar pistas suficientes. Pero a veces el hablar indirectamente crea problemas. Considérese el siguiente ejemplo:

Tomemos un taxi. No querrás llegar tarde a la obra, ¿o sí?

En una reconstrucción orientada a la resolución el analista diría sin duda que esto es argumentación; pero, ¿dónde está el punto de vista y qué es lo que constituye la argumentación? El punto de vista lo encontramos en la primera oración y la segunda contiene la argumentación. Sin embargo, de entrada el primer acto verbal tiene la función comunicativa de una propuesta y el segundo la de una pregunta. ¿Cómo podemos justificar el atribuir la función de punto de vista a la primera oración y la de argumentación a la segunda?

Como indica la teoría de los actos verbales, realizar una propuesta presupone que el hablante la cree una buena propuesta. De acuerdo con las condiciones de corrección para la realización de una propuesta, el hablante quiere que el escucha acepte su propuesta; de otra manera no tendría sentido hacerla. Una manera de hacer que se acepte la propuesta sería mostrarle que satisface los intereses del escucha. Al preguntar retóricamente si el escucha quiere llegar tarde a la obra, el hablante proporciona indirectamente una razón potencialmente conclusiva: el hablante bien sabe que el escucha no quiere llegar tarde (asumiendo siempre la premisa inexpresa que no tomar el taxi causará este efecto no deseado). Con añadir la pregunta retórica a la propuesta el hablante trata de resolver una disputa potencial anticipadamente. Esto justifica que transformemos su propuesta en el punto de vista de que una buena idea tomar un taxi y su pregunta retórica en el argumento de que de lo contrario llegarán tarde a la obra (lo cual es indeseable).37 Espero que esta reconstrucción baste para mostrar lo meritorio de una perspectiva pragmática que nos ayude a llevar a cabo apropiadamente las transformaciones de substitución y adición. Sin la teoría de los actos verbales no podríamos proporcionar un análisis satisfactorio.

2.3 Reglas para la discusión crítica

En pragma-dialéctica utilizamos un conjunto de reglas dialécticas para dar cuenta de las normas críticas de razonabilidad que justifican los actos verbales realizados en las distintas etapas de una discusión crítica. Modelo y reglas constituyen juntos una definición teórica de discusión crítica. En una discusión crítica los protagonistas y antagonistas de los puntos de vista en cuestión no solamente atraviesan todas las cuatro etapas del proceso resolutorio sino que también deben observar en cada etapa las reglas que sirven para resolver una diferencia de opinión.38 El procedimiento dialéctico propuesto por van Eemeren y Grootendorst en Actos verbales en discusiones argumentativas (1984) estipula las reglas que son constitutivas de una discusión crítica en términos de realización de actos verbales.39 Estas reglas cubren todo el discurso argumentativo estipulando todas las normas pertinentes para resolver una diferencia de opinión, las cuales van desde prohibir que un participante impida a otro expresar cualquier posición que quiera asumir en la etapa de confrontación hasta prohibir que en la etapa de conclusión se generalice el resultado de la discusión.

El proponer un modelo ideal con reglas para la discusión crítica puede llevarnos a correr el riesgo de que se nos identifique con aspirantes a una utopía inalcanzable. Pero la función primaria del modelo pragma-dialéctico es muy diferente. Al indicar sistemáticamente cuáles son las reglas para conducir una discusión crítica, el modelo proporciona una serie de guías a quienes desee cumplir el rol de personas que discuten razonablemente. Aunque se formulan a un alto nivel de abstracción y se basan en un ideal filosófico claramente articulado, tales guías pueden en gran medida ser las mismas que las normas que quienes discuten quisieran de cualquier manera que se observasen.

A las reglas pragma-dialécticas de la discusión crítica que han de seguirse a fin de conducir la discusión con efectividad las debemos juzgar por su capacidad de servir bien a ese propósito; esta sería su “validez resolutoria”.40 Para que las reglas sean prácticamente significativas deben ellas ser también aceptables intersubjetivamente, de manera que adquieran “validez convencional”.41 La pretensión de que esas reglas son aceptables no se basa en alguna necesidad metafísica ni se derivan de alguna autoridad externa ni tienen un origen sacrosanto, sino que descansa en su efectividad cuando se aplican a resolver una diferencia de opinión. Puesto que las reglas se han redactado con el fin de promover la resolución de diferencias de opinión, si asumimos que se han formulado correctamente, entonces deberían ser aceptables para cualquiera que persiga ese fin. Vistas filosóficamente, la razón para aceptar las reglas puede entonces caracterizarse como pragmática.

¿Qué clase de persona estará dispuesta a proporcionar validez convencional a las reglas de discusión? Serán personas que acepten la duda como una parte integral de su modo de vida y que usen la crítica hacia ellos mismos y hacia otras personas a fin de resolver problemas por ensayo y error. Tales personas usan el discurso argumentativo como medio para detectar debilidades en puntos de vista que se refieren a conocimientos, valores y objetivos, y para eliminar esas debilidades donde ello sea posible.42 Debe tenerse en cuenta que el fin primario de una discusión crítica no es maximizar el consenso sino poner a prueba puntos de vista controvertidos de forma tan crítica como sea posible.43

El procedimiento pragma-dialéctico para conducir una discusión crítica es demasiado técnico como para poder usarse en la práctica ordinaria. Para propósitos prácticos y basándonos en la visión crítica que se expresa en dicho procedimiento, hemos por ello desarrollado un código de conducta para personas que deseen resolver sus diferencias de opinión mediante la argumentación. Este código de conducta consiste en diez requerimientos básicos para el comportamiento razonable, a los que nos referimos algo profanamente como los Diez Mandamientos. Me restrinjo aquí a presentar una recapitulación sucinta de las reglas para la discusión crítica que constituyen esos Diez Mandamientos.

(a) Los Diez Mandamientos de la discusión crítica

El primer mandamiento del código de conducta es la regla de libertad:

Quien discuta no debe impedir que el otro proponga puntos de vista ni que ponga en cuestión puntos de vista.

El primer mandamiento está diseñado para asegurarse de que los puntos de vista y las dudas relativas a puntos de vista se expresen libremente. Una diferencia de opinión no puede resolverse si no es claro para las partes involucradas que de hecho existe una diferencia y qué es lo que implica tal diferencia. En el discurso argumentativo las partes deben por ello tener amplia oportunidad de dar a conocer sus posiciones respectivas. De esta manera, se aseguran de que la etapa de confrontación de una discusión crítica se ha completado adecuadamente.

El segundo mandamiento es la regla que obliga a defender:

Quien discuta y en la discusión proponga un punto de vista no debe rehusarse a defender ese punto de vista cuando se le pida que lo defienda.

El segundo mandamiento está diseñado para asegurar que los puntos de vista propuestos y cuestionados se defiendan contra ataques críticos. Una discusión crítica se queda atorada en la etapa de apertura y la diferencia de opinión no puede resolverse si la parte que ha propuesto un punto de vista no está dispuesta a cumplir el rol de protagonista de ese punto de vista.

El tercer mandamiento es la regla de puntos de vista:

Los ataques a puntos de vista no deben referirse nunca a un punto de vista que no haya sido realmente propuesto por la otra parte.

El tercer mandamiento está diseñado primariamente para asegurar que los ataques —y por consiguiente las defensas mediante argumentación— estén relacionados con el punto de vista que efectivamente ha sido propuesto por el protagonista. Una diferencia de opinión no puede resolverse si el antagonista critica un punto de vista diferente y el protagonista se pone a defender un punto de vista diferente del que él mismo ha propuesto.

El cuarto mandamiento es la regla de relevancia:

Los puntos de vista no deben defenderse ni mediante algo que no sea argumentación ni mediante argumentación que no sea relevante al punto de vista.

El cuarto mandamiento está diseñado para asegurar que la defensa de puntos de vista tenga lugar solamente mediante argumentación relevante. La diferencia de opinión que está en el corazón del discurso argumentativo no puede resolverse si el protagonista propone argumentos que no pertenecen al punto de vista o recurre a medios retóricos en que el páthos o el éthos tome el lugar del lógos.44

El quinto mandamiento es la regla de premisas inexpresas:

Quien discuta no debe atribuir falsamente premisas inexpresas a la otra parte ni tampoco debe rehusar responsabilidad por las propias premisas inexpresas.

El quinto mandamiento asegura que el antagonista pueda examinar cada parte de la argumentación del protagonista críticamente —incluyendo aquellas partes que han quedado implícitas en el discurso. Una diferencia de opinión no puede resolverse si el protagonista trata de evadir la obligación de defender elementos que ha dejado implícitos o si el antagonista tergiversa una premisa inexpresa, por ejemplo exagerando su alcance.

El sexto mandamiento es la regla de puntos de partida:

Quien discuta no debe presentar falsamente algo como un punto de partida que ha sido aceptado ni tampoco debe negar falsamente algo que ha sido aceptado como punto de partida.

El sexto mandamiento está pensado para asegurar que, cuando se ataquen o defiendan puntos de vista, los puntos de partida de la discusión se utilicen con propiedad. Ni debemos presentar como punto de partida aceptado algo que no ha sido aceptado como tal, ni debemos tampoco negar un punto de partida algo que sí ha sido aceptado como tal. De otra manera es imposible para el protagonista defender su punto de vista conclusivamente y es imposible para el antagonista atacar con éxito el mismo sobre la base de compromisos que la otra parte ha concedido.

El séptimo mandamiento es la regla de validez:

El razonamiento que en una argumentación se presente de forma explícita y completa no debe ser inválido en el sentido lógico.

Para que los antagonistas y protagonistas estén en posición de determinar si de verdad los puntos de vista defendidos se siguen lógicamente de la argumentación propuesta es necesario que el razonamiento usado en tal argumentación se verbalice plenamente. El séptimo mandamiento está diseñado para asegurar que los protagonistas que razonan explícitamente con el fin de resolver una diferencia de opinión solamente utilice razonamientos que sean válidos en un sentido lógico.45 Cuando el razonamiento es válido, el punto de vista defendido se sigue lógicamente de las premisas que el protagonista usa, explícita o implícitamente, en su argumentación. Si no se expresa plenamente cada parte del razonamiento, entonces el séptimo mandamiento se no se aplica.

El octavo mandamiento es la regla de esquemas argumentales:

Un punto de vista no debe considerarse como defendido de forma conclusiva si su defensa no tiene lugar mediante los esquemas argumentales apropiados aplicados correctamente.

El octavo mandamiento está diseñado para asegurar que los puntos de vista pueden ser defendidos de forma realmente conclusiva una vez que protagonista y antagonista se ponen de acuerdo en un método para calar la corrección de los tipos de argumento que se usan y que no son parte del punto de partida común.46 Esto implica que ambos deben examinar si los esquemas argumentales que se usan son admisibles a la luz de lo acordado en la etapa de apertura y si esos esquemas se han desplegado correctamente durante la etapa de argumentación.

El noveno mandamiento, relativo a la etapa de conclusión, es justamente la regla de conclusiones:

Si un punto de vista se defiende de forma no conclusiva, entonces no debe seguirse sosteniendo, y al revés si un punto de vista se defiende de forma conclusiva, entonces son las expresiones de duda respecto de ese punto de vista las que no deben seguirse sosteniendo.

El noveno mandamiento está diseñado para asegurar que en la etapa de conclusión los protagonistas y antagonistas establezcan correctamente el resultado de la discusión. Una diferencia de opinión queda resuelta solamente si las partes se ponen de acuerdo en que la defensa de los puntos de vista en cuestión ha sido o no exitosa.

El décimo y último mandamiento es la regla general de uso del lenguaje:

Quien discuta no debe usar formulaciones que sean insuficientemente claras o que confundan por su ambigüedad, ni tampoco deben malinterpretar de forma deliberada las formulaciones de la otra parte.

Problemas de formulación e interpretación pueden ocurrir en cualquier etapa de una discusión crítica. El décimo mandamiento está diseñado para asegurar que evitemos los malentendidos que surgen de formulaciones obscuras, vagas o equívocas. Una diferencia de opinión se puede resolver únicamente si cada parte hace un esfuerzo real por expresar sus intenciones con tanta precisión como sea posible, de manera de minimizar las probabilidades de malentendidos. Igualmente, una diferencia de opinión solamente puede resolverse si cada parte hace un esfuerzo real por no malinterpretar ninguno de los actos verbales de la otra parte. Si no se actúa así, entonces los problemas de formulación e interpretación podrían llevar a una pseudo-diferencia de opinión o bien a una pseudo-solución.

(b) Las falacias como jugadas contraproductivas en la resolución de desacuerdos

Una evaluación pragma-dialéctica del discurso argumentativo tiene por fin determinar hasta dónde los diversos actos verbales realizados en el discurso son instrumentales en resolver una diferencia de opinión. Para alcanzar este fin, la evaluación necesita aclarar cuáles jugadas en la discusión impiden u obstaculizan una discusión crítica. Cuando una sinopsis analítica ha sido compilada sobre la base de un análisis reconstructivo justificado, entonces se ha creado un punto de partida apropiado para semejante evaluación.

En principio, cada una de las reglas pragma-dialécticas de discusión constituye un estándar o norma diferente para la discusión crítica. Cualquier jugada que infrinja cualquiera de las reglas, no importa cuál de las partes la cometa o en qué etapa lo haga, es una amenaza potencial a la resolución de la diferencia de opinión y por lo tanto debe considerarse (en este sentido particular) como falaz.47 El uso del término falacia está entonces sistemáticamente conectado con las reglas de discusión crítica, y una falacia se define como una jugada en una discusión que viola de alguna manera específica una regla para la discusión crítica que se aplica a una etapa particular de la discusión.

Este acercamiento a las falacias, desarrollado en Argumentación, comunicación y falacias (van Eemeren y Grootendorst, 1992) ofrece una alternativa al tratamiento estándar de las falacias que fuera criticado devastadoramente por Hamblin (1970).48 En lugar de considerar las falacias como pertenecientes a una lista no estructurada de categorías nominales que por una serie de casualidades heredamos del pasado, y en lugar de considerar todas la falacias como violaciones de una sola norma (de validez), el acercamiento pragma-dialéctico hace una diferenciación entre normas funcionalmente distintas. Dependiendo de la regla que ha sido violada, se toma en cuenta una serie de normas diferentes de la validez lógica. De esta manera, muchas de las falacias tradicionales pueden caracterizarse más clara y consistentemente, al tiempo que identificamos falacias “nuevas” que habían pasado desapercibidas.

(c) Violaciones del código de conducta para discusiones críticas

Cuando se trata de detectar falacias, el análisis pragma-dialéctico procede siguiendo una serie de pasos. Un enunciado debe primero interpretarse como un tipo particular de acto verbal realizado en un contexto de discurso cuyo fin es resolver una diferencia de opinión. Entonces debe determinarse si la realización de este acto verbal está de acuerdo con las reglas de la discusión crítica. Si el acto verbal resulta ser una violación de cualquier de las normas pertenecen a tal o cual estapa particular del proceso resolutorio, entonces el tipo de violación se tipificará determinando cuál es el criterio específico de satsifacción de la norma es el que no se ha cumplido.

La regla de libertad (primer mandamiento) puede violarse —en la etapa de confrontación— de varias maneras, tanto por parte del protagonista como por parte del antagonista. Una de las partes puede imponer ciertas restricciones con respecto a los puntos de vista que pueden proponerse o cuestionarse; una de las partes puede negar que el oponente tenga derecho a proponer o a criticar un cierto punto de vista. Una violación del primer tipo significa que ciertos puntos de vista se declaran sacrosantos o factualmente excluidos de la discusión. Una violación del segundo tipo se dirige al oponente de manera personal y tienen por fin eliminar al oponente como un contrincante serio en una discusión. Esto puede hacerse presionando al oponente, amenazándolo con sanciones (argumentum ad baculum) o jugando con sus sentimientos de compasión (argumentum ad misericordiam), pero también desacreditando su carácter de experto, su imparcialidad, integridad o credibilidad (argumentum ad hominem).

La regla que obliga a defender el punto de vista presentado (segundo mandamiento) puede violarse —en la etapa de apertura— por parte del protagonista si este evade o desplaza la carga de la prueba. En el primer caso, el protagonista intenta crear la impresión de que no tiene sentido cuestionar el punto de vista ni es necesario defenderlo, lo cual hace presentando ese punto de vista como evidente de suyo, dando una garantía personal de su corrección (variante del argumentum ad verecundiam) o bien inmunizándolo contra la crítica. En el segundo caso, el protagonista desafía al oponente a que pruebe que el punto de vista del protagonista es incorrecto (variante del argumentum ad ignorantiam) o que el punto de vista opuesto es correcto.

La regla de puntos de vista (tercer mandamiento) puede violarse —en todas las etapas— por parte del protagonista o del antagonista. En una discusión con diferencia mixta de opinión49 cada una de las partes puede cometer la violación sea imputando a la otra parte un punto de vista ficticio o bien distorsionando el punto de vista de la otra parte (falacia del espantapájaros o del “hombre de paja”). El primer efecto se logra sea presentando el propio punto de vista como lo contrario de lo que efectivamente es o bien creando un oponente imaginario; el segundo sacando de contexto lo que dice la otra parte sea mediante una simplificación excesiva (ignorando matices y restricciones) o bien mediante la exageración (absolutizando o generalizando).

La regla de relevancia (cuarto mandamiento) puede violarse —en el estado de la argumentación— por parte del protaginista de dos maneras: (1) proponiendo argumentaciones que no se refieren al punto de vista presentado en la etapa de confrontación (argumentación irrelevante o ignoratio elenchi); (2) defendiendo un punto de vista mediante el uso de medios de persuasión no argumentativos. Ejemplos de ello son la manipulación de las emociones del auditorio (variante del argumentum ad populum) y la exhibición de las propias cualidades (variante del argumentum ad verecundiam). Si se explotan las emociones positivas o negativas (tales como el prejuicio), entonces el páthos substituye al lógos. Por esta razón, a tales violaciones de la regla de relevancia se las llama a veces falacias patéticas. Si los protagonistas intentan que sus puntos de vista sean aceptados por el oponente por la autoridad que les concede el auditorio en vista de su carácter de expertos, su credibilidad, su integridad o alguna otra cualidad, entonces el éthos substituye al lógos. Por esta razón, a tales violaciones de la regla de relavancia se las llama a veces falacias éticas.

La regla de premisas inexpresas (quinto mandamiento) puede violarse —en la etapa de argumentación— por parte del protagonista negando una premisa inexpresa y por parte del antagonista distorsionando una premisa inexpresa. Cuando niega una premisa inexpresa (“Yo nunca dije eso”), el protagonista lo que hace es tratar de evadir la responsabilidad asumida en la argumentación negando estar comprometido con una premisa inexpresa que se ha reconstruido correctamente como tal. Los antagonistas son culpables de la falacia de distorsionar una premisa inexpresa si han producido una reconstrucción de la premisa inexpresa del protagonista que va más allá del “óptimo pragmático” con el que podemos considerar realmente comprometido al protagonista en vista del contexto verbal y no verbal.

La regla de puntos de partida (sexto mandamiento) puede violarse —en la etapa de argumentación— cuando el protagonista presenta falsamente algo como punto de partida compartido o cuando el antagonista niega una premisa que representa un punto de vista compartido. Al presentar falsamente algo como punto de vista compartido, el protagonista intenta evadir la carga de la prueba. Las técnicas utilizadas para este propósito incluyen presentar falsamente una premisa como evidente de suyo, envolver una proposición como parte de lo que una pregunta presupone (falacia de la pregunta múltiple [many questions]), esconder una premisa en o dentro de una premisa inexpresa y proponer argumentaciones que se reducen a lo mismo que dice el punto de vista a defender (petitio principii, también llamado circulus in probando o razonamiento circular, y en inglés begging the question). Cuando el antagonista por su parte niega una premisa que representa un punto de vista compartido, lo que hace es negarle al protagonista la oportunidad de defender su punto de vista ex concessis [a partir de lo que se ha ya concedido], lo cual no es sino negar una condición necesaria de toda argumentación exitosa.

La regla de validez (séptimo mandamiento) puede violarse —en la etapa de argumentación— por parte del protagonista de varias maneras. Algunos casos de invalidez lógica ocurren de forma regular y a menudo no se los reconoce inmediatamente. Entre ellos está el confundir una condición necesaria con una suficiente (o viceversa) en argumentos que utilizan una premisa del tipo “Si…, entonces…” (entonces se habla de la falacia de afirmar el consecuente o negar el antecedente). Otras violaciones se reducen a atribuir erróneamente una propiedad de un todo (una propiedad relativa o dependiente de la estructura) a sus partes constituyentes o viceversa (falacias de composición y división).

La regla de esquemas argumentales (octavo mandamiento) puede violarse —en la etapa argumentativa— por parte del protagonista cuando este se apoya en un esquema argumental inapropiado o bien cuando usa un esquema argumental apropiado pero lo usa incorrectamente. Las violaciones pueden clasificarse de acuerdo con las tres princiales categorías de esquema argumental: (1) argumentación sintomática o de tipo “instancia” [token], en la cual se establece una relación de concomitancia entre las premisas y el punto de vista (“Daniel es actor [y los actores son típicamente vanos], de manera que es ciertamente vano”); (2) argumentación comparativa o de tipo “semejanza”, en la cual se establece una relación de parecido (“La medida que propongo es justa, ya que el caso que se nos presentó el año pasado se trató de la misma manera [y ambos casos se parecen]”; y (3) argumentación instrumental o de tipo “consecuencia”, en la cual se establece una relación de causalidad (“Dado que Tomás ha estado bebiendo una cantidad excesiva de whiskey [y beber demasiado alcohol conduce a jaquecas terribles], debe tener ahora una jaqueca terrible”).

La argumentación sintomática se usa incorrectamente cuando, por ejemplo, se presenta un punto de vista como correcto porque una autoridad irrelevante o una cuasi-autoridad lo dice (variante especial del argumentum ad verecundiam) o porque todo mundo dice que es así (variante populista del argumentum ad populum y también variante especial del argumentum ad verecundiam), o cuando un punto de vista es una generalización basada en observaciones que no son representativas o son insuficientes (falacia del secundum quid o generalización apresurada). La argumentación comparativa se usa incorrectamente cuando, por ejemplo, al hacer una analogía no se cumplen las condiciones de una comparación correcta (falsa analogía). Finalmente, la argumentación instrumental se usa incorrectamente cuando, por ejemplo, un punto de vista descriptivo se rechaza por sus consecuencias no deseadas (argumentum ad consequentiam); cuando se infiere una relación causa-efecto de la mera observación de un acontecimiento que tiene lugar después de otro (post hoc ergo propter hoc); o cuando se sugiere injustificadamente que al decidir un curso de acción iremos de malo a peor (falacia de la pendiente resbaladiza o en inglés slippery slope).

La regla de conclusiones (noveno mandamiento) puede violarse —en la etapa de conclusión— por parte del protagonista cuando este concluye que un punto de vista es correcto simplemente porque se lo ha defendido con éxito (falacia de absolutización de la defensa) o por parte del antagonista cuando del hecho de que no se ha probado que algo sea el caso el antagonista concluye que no es el caso, o bien cuando del hecho de que no se ha probado que algo no sea el caso el antagonista concluye que algo es el caso (falacia de absolutización del fracaso de la defensa, una variante especial del argumentum ad ignorantiam). Al absolutizar el éxito de la defensa el protagonista comete un doble error: en primer lugar asigna a los puntos de partida compartidos un estatuto injustificado de hecho establecido, cuya verdad es indiscutible; en segundo lugar se toma una defensa exitosa y se le otorga un estatuto objetivo en vez de inter-subjetivo. Al absolutizar el fracaso de la defensa, el antagonista comete igualmente un doble error: en primer lugar confunde los roles de antagonista y protagonista; en segundo lugar, asume erróneamente que una discusión debe siempre terminar en una victoria para el punto de vista positivo o negativo, de manera que si no se tiene un punto de vista, eso automáticamente significa que se adopta el punto de vista negativo y viceversa, con lo cual se ignora la posibilidad de asumir un punto de vista “cero”.50

La regla de uso del lenguaje (décimo mandamiento) puede violarse —en todas las etapas— por parte de protagonista o antagonista si se toma una ventaja indebida de la obscuridad (falacia de falta de claridad) o ambigüedad (falacia de ambigüedad, equivocidad o amfibolía). Pueden ocurrir varios tipos de obscuridad, según provenga de de la manera en que está estructurado el texto, del carácter implícito de lo que se dice, de indefinición, falta de familiaridad, vaguedad, etc. Igualmente hay varios tipos de ambigüedad: referencial, sintáctica, semántica, etc. La falacia de ambigüedad está estrechamente relacionada con la de obscuridad, y puede ocurrir tanto sola como combinada con otras falacias (tales como las de composición y división).

Baste este breve panorama para mostrar que el análisis pragma-dialéctico de las falacias tradicionales como violaciones de las reglas de la discusión crítica es más sistemático que el tratamiento estándar criticado por Hamblin. En lugar de dar explicaciones ad hoc, se entienden aquí las falacias como subsumidas bajo una o más reglas de la discusión crítica. Las falacias que nos contentamos con agrupar por nombre en las categorías tradicionales se muestran aquí como teniendo algo en común o como claramenta distintas. Por su lado, se juntan falacias genuinamente relacionadas que en el tratamiento tradicional estaban separadas. Así por ejemplo, cuando distinguimos dos variantes del argumentum ad populum —una que viola la regla 4 de relevancia, la otra que viola la regla 8 de esquemas argumentales—, hacemos claro que estas variantes no son de hecho del mismo tipo. Igualmente, cuando analizamos una variante particular del argumentum ad verecundiam y una del argumentum ad populum como violaciones de la regla de esquemas argumentales, hacemos claro que estas variantes realmente son del mismo tipo una vez que se ven desde la perspectiva de la resolución de diferencias de opinión.

La sinopsis analítica revela también que el acercamiento pragma-dialéctico hace posible identificar obstáculos a la resolución de diferencias de opinión que son “nuevos” en el sentido de que no se habían reconocido ni nombrado como falacias: el declarar sacrosanto un punto de vista (violación de la regla 1 de libertad), el evadir la carga de la prueba mediante inmunización de un punto de vista frente a la crítica (violación de la regla 2 que obliga a defender puntos de vista presentados) o el presentar falsamente una premisa como evidente de suyo (violación de la regla 6 de puntos de partida), el negar una premisa inexpresa (violación de la regla 5 de premisas inexpresas), el negar un punto de vista aceptado o el presentar falsamente como punto de vista compartido (violaciones ambas de la regla 6 de puntos de partida), el absolutizar el éxito o el fracaso de una defensa (violación de la regla 9 de conclusiones), etc.

2.4 Usos del maniobrar estratégico

Por más justificado que esté el ver la pragmática como la versión moderna de la retórica, eso lleva a que se descuiden ciertos logros de la retórica clásica que son vitales para el estudio de la argumentación. De acuerdo con van Eemeren y Houtlosser, el método pragma-dialéctico de analizar y evaluar el discurso argumentativo puede enriquecerse si tomamos las enseñanzas retóricas y las integramos sistemáticamente al marco teórico dialéctico (1998, 1999, 2000a, 2000b, 2002b). Para remediar la separación exstente entre dialéctica y retórica, es necesario hacerse cargo de que las dos perspectivas no son incompatibles e incluso pueden ser complementarias.51 Conducir una discusión de forma razonable no es en general, dentro del discurso argumentativo el fin único de los argumentadores, sino que estos tienen también el de hacer que se acepten sus puntos de vista. Los intentos retóricos de los argumentadores para salirse con la suya son parte integral de sus esfuerzos por realizar la aspiración dialéctica de resolver la diferencia de opinión de acuerdo con los estándares propios a una discusión crítica.

Vistas las cosas pragma-dialécticamente, en el discurso argumentativo las partes en todo proceso resolutorio andan buscando el resultado retórico óptimo en la etapa por la que pasan, pero al mismo tiempo podemos presumir que mantienen el objetivo dialéctico de esa etapa de la discusión. De esa manera, el fin dialéctico de las cuatro etapas del proceso resolutorio tiene presumiblemente un correspondiente retórico. Para reconciliar la búsqueda simultánea de esos dos fines diferentes, los argumentadores hace uso de maniobras estratégicas encaminadas a disminuir la tensión potencial entre ambos (van Eemeren y Houtlosser, 2002b). Los aspectos básicos del maniobrar estratégico que distinguimos en pragma-dialéctica son: (1) hacer una selección oportuna a partir del “potencial tópico”, es decir del conjunto de alternativas disponibles en tal o cual etapa de la discusión; (2) adaptar de manera óptima la propia contribución a las “demandas del auditorio”, es decir a las preferencias y expectativas de los escuchas y lectores; y (3) usar los más efectivos “dispositivos de presentación”, es decir los varios medios estilísticos y en general los varios medios verbales y no verbales de comunicar un mensaje. Si la selección resulta en una sucesión concertada de “jugadas” en la cual lo que se elija respecto de los tres aspectos está coordinado, entonces se está usando una estrategia argumentativa plenamente desarrollada.52

Un análisis pragma-dialéctico puede beneficiarse de varias maneras si usa esta concepción de maniobrar estratégico cuando intenta reconstruir el discurso argumentativo. Si se toma en cuenta el maniobrar estratégico, se obtiene una visión más clara de la dimensión retórica del discurso y con ello se abarca una mayor parte de la realidad argumentativa. Al comprender de forma más completa y sutil cuáles son las razones que subyacen a las diferentes jugadas en el discurso, hacemos más profundo nuestro análisis. Y combinando estas enseñanzas de la retórica con la visión pragma-dialéctica que ya se había logrado en el proceso de reconstrucción, nuestro análisis estará mejor justificado.53

(a) Falacias como descarrilamientos del maniobrar estratégico

El maniobrar estratégico que tiene lugar en el discurso argumentativo para mantener el equilibrio entre objetivos dialécticos y retóricos puede a veces llevar a inconsistencias y “descarrilarse”. Tales descarrilamientos generalmente coinciden con aquellas jugadas no constructivas en el discurso argumentativos a las que la tradición llamó falacias. Uno de los problemas cruciales a la hora de detectar falacias es el de cómo distinguir entre discurso argumentativo correcto y discurso argumentativo falaz. En la pragma-dialéctica las jugadas argumentativas se consideran correctas si están de acuerdo con las reglas que se aplican a la etapa de una discusión crítica en la que se realizan, y se consideran falaces cuando violan alguna de esas reglas.54 Sin embargo, para determinar sistemáticamente y para todas las etapas del proceso resolutorio si las jugadas argumentativas violan o no una regla, se necesitan criterios claros que permitan decidir cuándo exactamente se ha violado una cierta norma encapsulada en una discusión particular. El concepto de maniobrar estratégica puede coadyuvar en la identificación de tales criterios.

En principio, todas las jugadas hechas en el discurso argumentativo están motivadas tanto por el fin de argumentar razonablemente como por el fin de salirse con la suya, pero estas dos aspiraciones no se encuentran siempre en perfecto equilibrio. Por un lado, los hablantes y escritores pueden descuidar sus intereses persuasivos, por ejemplo por miedo a que se les perciba como no razonables; por otro lado, pueden descuidar su compromiso con el ideal crítico debido a su hábito de convencer a la otra parte. Si se descuida la persuasividad el argumentador sale perjudicado pero no su adversario, y por tanto no se puede “condenar” al primero como falaz. En cambio, si una de las partes de la discusión permite que su compromiso de llevar a cabo un intercambio razonable de jugadas argumentativas sea superado por el fin de persuadir a la otra parte, entonces el maniobrar estratégico se descarrilla, ya que la otra parte se vuelve una víctima del proceso. En ese caso el maniobrar estratégico se debe condenar como falaz.55

Cada modo de maniobrar estratégico se asocia a un cierto continuo de acción entre correcta y falaz, y a menudo la línea de demarcación entre ambas características solamente puede determinarse por el contexto.56 Los criterios para determinar si una maniobra estratégica es falaz pueden ser especificados de forma más plena y sistemática si somos capaces de apoyarnos en una clasificación bien motivada de los diversos modos de maniobrar estratégico en las diversas etapas de la discusión. Por ejemplo, si para la etapa de confrontación puede establecerse cuáles son las maneras de las que las partes de la discusión disponen para modular a su favor sea los temas en los que tienen una opinión diferente o las posiciones que asumen, y si se pueden especificar los modos de maniobrar estratégico que estén al servicio de ciertos fines retóricos “locales” y asociados a la etapa en cuestión, entonces se vuelve posible investigar con mayor precisión cuáles son las condiciones de corrección que se aplican. Cuando ponemos en relación los modos de maniobrar estratégico propios de la etapa de confrontación con el fin dialéctico de esa etapa, podremos establecer criterios apropiados que haya que tener en cuenta a la hora de decidir si una particular instancia de maniobrar estratégico se ha descarrilado o no, y por ende si se ha cometido o no una falacia.

(b) Ejemplificación de los límites del maniobrar estratégico

Para ejemplificar como puede proceder la identificación de criterios de demarcación entre modos falaces y correctos de maniobrar estratégico, podemos tomar como caso ilustrativo una “publicitorial” en la que [la transnacional petrolera] Shell defiende su permanencia dentro del proyecto de Gas Natural Licuado de Nigeria:57

Si nos salimos ahora, el proyecto se colapsará. (…) Una cancelación seguramente dañará a miles de nigerianos que iban a trabajar en el proyecto, y a cientos de miles que se beneficiarían dentro de la economía local. El medio ambiente también sufriría, ya que se espera que la planta reducirá en gran medida la necesidad de quemar gas en la industria petrolera.

Los argumentos para no salirse del proyecto los extrae la compañía Shell directamente de las preocupaciones que tienen sus adversarios políticos en cuanto al pueblo de Nigeria y al medio ambiente, de forma que su maniobrar estratégico se caracteriza por el uso de [lo que la retórica clásica llamaba] conciliatio, es decir el convencer a la otra parte explotando sus propios argumentos. Dadas las preocupaciones que profesan sus adversarios, Shell puede estar seguro de aceptación en el nivel de las proposiciones. Pero, ¿cómo procede la compañía petrolera a asegurarse de que sus adversarios acepten el potencial justificativo de los dos argumentos que apoyan un punto de vista que es precisamente el opuesto al de esos adversarios? La compañía presta apoyo a la idea de que los argumentos de sus adversarios tienen un potencial justificativo superior para su propio punto de vista, y lo hace afirmando que hay una relación causal entre salirse Shell del proyecto y que las circunstancias humanas y ambientales se deterioren. Con todo y usar la palabra “seguramente”, en realidad Shell no logra que el lector deje de cuestionar el supuesto vínculo causal, de forma que no puede sostenerse que ha ocurrido aquí de hecho un descarrilamiento del maniobrar estratégico, con lo cual no tenemos razones suficientes para acusar a Shell de una petitio principii. El uso de conciliatio será una descarrilamiento del maniobrar estratégico solamente si presuponemos que en todos los casos en los que alguien toma un argumento de la contraparte, ese argumento tiene automáticamente un potencial justificativo incuestionable para el punto de vista de que se trata, con lo cual no habría lugar para criticar ese presupuesto y se cometería siempre una petitio principii en esos casos.

2.5 Investigación empírica asociada a la teoría pragma-dialéctica

Durante las dos décadas pasadas los pragma-dialécticos han comenzado a llevar a cabo varios tipos de investigación empírica sobre el manejo de diferencias de opinión tanto en situaciones informales como en contextos más institucionalizados. Esta investigación está directamente relacionada con el marco teórico antes descrito y tiene por fin describir y explicar la manera en que las personas producen, identifican y evalúan el discurso argumentativo. Los temas que se investigan van desde los principios que organizan la práctica de argumentar hasta los procesos cognitivos y las estructuras discursivas que juegan un papel en producir e interpretar el discurso argumentativo así como los factores que dan cuenta de las diferencias individuales en la competencia argumentativa.

Como han mostrado van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs (1993, 1997), es posible hacer aseveraciones empíricamente fundadas acerca de la función, estructura y contenido de intercambios argumentativos. Una fundamentación empírica primaria de semejantes aseveraciones proviene de evidencia etnográfica. Otras fuentes se hallan en la información comparada sobre el discurso en general y sus estructuras y estrategias convencionales. En casos de diálogo, otra fuente de fundamentación empírica puede provenir de varias pistas que indican cómo entienden los participantes mismos la función argumentativa del discurso. Pausas, interjecciones (“este…”, “bueno…”), interrupciones y vueltas a empezar son rasgos vocales característicos de turnos conversacionales que indican que no se está del todo de acuerdo con la otra parte. Ninguna de estas fuentes de evidencia empírica basta por sí sola y necesitamos usarlas todas junto con lo que sabemos del trasfondo cultural del acontecimiento de habla en cuestión y junto con una bien entrenada intuición acerca de cómo se conduce el discurso argumentativo.

El libro La reconstrucción del discurso argumentativo (Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs, 1993) proporciona, entre otras cosas, evidencia —tomada de conversaciones durante mediaciones de disputas entre terceros— según la cual discursos argumentativos que a primera vista parecen flagrantemente poco razonables pueden, en un segundo acercamiento, entenderse como tendientes a resolver una disputa, sobre todo cuando se toma en cuenta que ciertas condiciones de orden superior para discusiones críticas no se habían cumplido durante el intercambio. Enfocándose a discusiones para resolver problemas, van Rees (1994, 2002) trató de establecer si los propósitos de este tipo de discurso, tal como ellos se plantean en manuales normativos están lo suficientemente de acuerdo con los propósitos de la discusión crítica como para hacer plausible una reconstrucción pragma-dialéctica. Esta autora utilizó también modelos descriptivos para este tipo de discurso a fin de investigar hasta dónde las discusiones reales orientadas a resolver problemas se conforman a estos ideales. En otro trabajo, la misma van Rees (1995) mostró que cuando de hecho reconstruimos discusiones para resolver problemas, podemos explicar la reconstrucción lograda utilizando enseñanzas de la teoría de actos verbales, del análisis del discurso y del análisis conversacional, y al revés: que el marco pragma-dialéctico puede usarse para interpretar la función de un fenómeno tan ordinario del discurso como es la repetición.

Otro aporte cualitativo lo hace Snoeck Henkemans en su libro El análisis de la argumentación compleja (1992). Muestra esta autora que la argumentación múltiple y coordinada es un resultado de distintos tipos de intercambios dialógicos encaminados a resolver diferencias de opinión.58 La argumentación coordinativa se propone en un esfuerzo por eliminar la duda o crítica del oponente acerca de si la argumentación es suficiente. Si la argumentación coordinativa se utiliza en una defensa directa, es “acumulativa”; si en una defensa indirecta, es “complementaria”. En ambos casos, los argumentos son interdependientes. En cambio, en la argumentación múltiple los argumentos que se plantean para defender un punto de vista son intentos de defensa separados e independientes, uno de los cuales está motivado por la posibilidad de que el otro fracase. En un trabajo posterior, Snoeck Henkemans (1995) examinó la influencia que tienen las propiedades estilísticas del discurso argumentativo sobre su comprensibilidad y aceptabilidad.

Otro tipo de investigación empírica que la pragma-dialéctica trae a colación consiste de investigación experimental (cuantitativa). Una pregunta importante que ha sido investigada es hasta dónde las personas son capaces de reconocer la argumentación. Los resultados sugieren que los indicadores verbales de la argumentación significativamente facilitan tal reconocimiento, mientras que las presentaciones implícitas e indirectas plantean más problemas, especialmente en ausencia de suficientes claves contextuales (van Eemeren, Grootendorst y Meuffels, 1989). En la interpretación de argumentaciones indirectas (y en general de argumentaciones implícitas) los indicadores contextuales resultaron jugar una parte importante: ayudan a intepretar al hacer clara la función comunicativa de lo que se dice. Problemas serios de interpretación solamente surgen en contextos “indefinidos” y carentes de indicadores auxiliares.59 Van Eemeren, de Glopper, Grootendorst y Oostdam (1995) investigaron el desempeño de estudiantes a la hora de identificar premisas inexpresas y esquemas argumentales. Los resultados de sus pruebas claramente indican que, en ausencia de informaciones contextuales desambiguadores, las premisas “mayores” inexpresas de un silogismo y las premisas “no silogísticas” se identifican correctamente más a menudo que las premisas “menores” inexpresas de un silogismo. Asimismo, los experimentos de Garssen (2002) han mostrado que los esquemas argumentales de tipo causal son más a menudo identificados correctamente que la argumentación sintomática, pero no más que la comparativa.60

La perspectiva pragma-dialéctica también se usa para proporcionar guías para construir textos argumentativos (van Eemeren and Grootendorst, 1999). El procedimiento pragma-dialéctico para (re-)escribir, el cual recibe retroalimentación sistemática del texto primario, tiene por fin asegurar que el texto revisado es demostrablemente mejor que el texto original. Sobre la base de una sinopsis analítica [véase arriba 2.2(a)], la cual puede también diseñarse como plan para escribir un texto argumentativo, podemos escribir y re-escribir un texto de tal manera que su comprensibilidad y aceptabilidad no se vean afectadas negativamente por redundancia, falta de explicitud, un pobre ordenamiento de los materiales a tratar o poca claridad. En este esfuerzo, hay que ejecutar cuatro “transformaciones de la presentación” sobre la base de la sinopsis analítica, las cuales con imágenes “como en espejo” de las transformaciones de la reconstrucción. Corresponden grosso modo a las cuestiones de qué puede omitirse (“borrado”), qué habría que añadir (“adición”), qué reacomodos serán necesarios (“permutación”) y qué reformulaciones mejorarían la claridad del texto (“substitución”).

3. Algunos temas de investigación importantes

Actualmente la investigación pragma-dialéctica, que se ha vuelto verdaderamente internacional,61 se concentra en primer lugar en salvar la brecha entre, por un lado, la filosofía y teoría de la pragma-dialéctica, y por otro lado, el estudio empírico, analítico y práctico del estudio argumentativo. Podemos distinguir los siguientes temas importantes:

En primer lugar está el análisis dialéctico y retórico, un conjunto de proyectos ambiciosos que examinan cómo podemos unir las enseñanzas de la dialéctica y la retórica para contribuir al desarrollo de herramientas más abarcadoras que permitan analizar y evaluar el discurso argumentativo. Como ejemplo ilustrativo, hemos realizado el análisis de un caso histórico de discurso argumentativo, la Apologie [Apología] de 1581, un largo panfleto que justifica las acciones de Guillermo de Orange en la revuelta holandesa contra el gobierno español (van Eemeren y Houtlosser, 2003).

En segundo lugar la ampliación del alcance de la pragma-dialéctica abarca proyectos encaminados a ensanchar la cobertura o incrementar la “inclusividad” de la pragma-dialéctica. Groarke (2002), for ejemplo, pretende ampliar la teoría dando cuenta de argumentos que en parte o totalmente se transmiten mediante imágenes. Jackson (2002) extiende la pragma-dialéctica como un marco para “la ingeniería del argumento”. En el mismo sentido, Aakhus (2002) modela la reconstrucción en la tecnología colaborativa de software.

En tercer lugar, el tema de las concepciones de lo que es razonable pertence a investigaciones empíricas de naturaleza experimental en las que se pretende poner a prueba hasta dónde la normatividad crítica encapsulada en las reglas pragma-dialécticas es inter-subjetivamente aceptable (van Eemeren, Meuffels y Verburg, 2000; van Eemeren, Garssen y Meuffels, 2002; van Eemeren y Meuffels, 2002).62 Los resultados arrojan luz sobre las concepciones que de lo que es razonable tienen los usuarios del lenguaje ordinario, en qué medida son consistentes, así como las diferencias sociales, culturales o de otro tipo que hay entre ellos.63 Esos resultados proporcionan también una base empírica para desarrollar libros de texto pedagógicamente adecuados.

En cuarto lugar, el estudio de las características del discurso argumentativo se concentra en los rasgos pragmáticos del discurso argumentativo y los compromisos creados por el uso de ciertas expresiones. Para cada etapa de una discusión crítica se trata de identificar las expresiones disponibles en el lenguaje ordinario para indicar, directa o indirectamente, las jugadas propias de tal o cual etapa, el tipo de información que transmitimos al usar indicadores particulares así como las condiciones que justifican el análisis de ciertas expresiones como indicadores de jugadas específicas en la discusión. Houtlosser (2002) examina indicadores de un punto de vista tomando no sólo en cuenta la presentación misma sino también las respuestas del interlocutor y la reacción subsiguiente del hablante o escritor original. Snoeck Henkemans (2002) se concentra en las claves que permiten identificar el esquema de la argumentación sintomática.

En quinto lugar tenemos la incrustación interpersonal del discurso argumentativo. Weger, Jr. (2002) reconstruye el comportamiento interpersonal problemático en conflictos como violando las reglas de la discusión crítica. Polcar (2002) considera la argumentación pregunta-respuesta como un intento por parte de quien pregunta para extraer, por parte de quien responde, aseveraciones que representen puntos de vista o argumentaciones. Brashers, Haas y Neidig (2002) investigaron empíricamente el fenómeno de “abogar por sí mismo” [self-advocacy] en el contexto médico-paciente de tratamiento de HIV y SIDA, logrando mostrar que las barreras sociales y culturales causan desviaciones del ideal de discusión crítica, desviaciones que necesitamos explicar.

En sexto lugar, el estudio de la argumentación institucional se refiere a un conjunto de proyectos cuyo fin es examinar la argumentación que se da en contextos más o menos convencionalizados de procedimientos establecidos dentro de situaciones institucionales, tomando debida cuenta de la manera en que la conducción de una discusión está enmarcada por los requerimientos específicos del tipo de discurso en cuestión. En un contexto jurídico, Feteris (2002) investiga el uso de argumentaciones pragmáticas referidas a las consecuencias deseables (o indeseables) de una decisión legal.64 Plug discute las estructuras argumentativas empleadas para justificar decisiones judiciales (1994) así como análisis máximamente argumentativos de las argumentaciones judiciales (2002). Hample (2002) estudia el control del espacio de desacuerdo en el contexto institucional de la Inquisición española. Alford (2002) utiliza la pragma-dialéctica para estudiar los sistemas legales de los Estados Unidos. Concentrándose en un contexto político, van Eemeren (2002) discute el papel de la argumentación en la democracia. Aldrich (2002) se ocupa de cómo se enmarca quién es culpable y cómo se maneja la rendición de cuentas en testimonios ante el congreso a la luz de lo que ocurrió en la audiencia de Oliver L. North.

Notas

1 La segunda obra fue escrita por Perelman en colaboración con Lucie Olbrechts-Tyteca, y traducida al inglés en 1969. [Nota del traductor: Esta obra fue traducida al español veinte años después en 1989, mientras que la de Toulmin no se tradujo hasta 2007.]

2 Para una descripción más elaborada de la historia del estudio de la argumentación y del estado actual del arte, véase van Eemeren y cols. (1996) así como van Eemeren (coord., 2001).

3 Biro y Siegel (1992) son protagonistas de un enfoque puramente normativo, Willard (1983, 1989) de uno puramente descriptivo.

4 La concepción dialéctica de razonabilidad se inspira en racionalistas críticos y filósofos analíticos como Popper (1963, 1972), Albert (1975) y Naess (1966), así como por dialécticos y lógicos formales como Hamblin (1970), Lorenzen y Lorenz (1978), y Barth y Krabbe (1982). La concepción pragmática del discurso argumentativo como consistente en hacer “jugadas” comunicativas reglamentadas se enraiza en la filosofía del lenguaje ordinario de Austin (1962) y Searle (1969, 1979), en la teoría de la racionalidad en el discurso de Grice (1989), y en otros estudios de la comunicación provenientes de los analistas del discurso y de la conversación. Es en primer lugar la combinación de las perspectivas dialéctica y pragmática lo que distingue la pragma-dialéctica frente a la “dialéctica formal” desarrollada por Barth and Krabbe (1982), la cual en su momento había incorporado la perspectiva dialéctica a un enfoque formal (lógico).

5 Para una explicación elaborada de semejante programa de investigación, véase van Eemeren and Grootendorst (2003, cap. 2).

6 Para la investigación pragma-dialéctica sobre identificación de argumentaciones centrada en la contundencia, véase p.ej. van Eemeren, Grootendorst y Meuffels (1989). Compárense Nisbett and Ross (1980) y Johnson-Laird (1983), que se concentran en el razonamiento deductivo. [Nota del traductor: La palabra “contundencia” traduce el inglés cogency. No es una traducción perfecta, ya que la palabra inglesa reúne las ideas de coherencia y persuasividad de una manera que no tiene equivalente exacto en español.]

7 Estos puntos de partida fueron explicitados por vez primera en van Eemeren y Grootendorst (1984).

8 Esto no significa que no sea importante averiguar hasta qué punto y de qué maneras se separan el razonamiento “interno” y la argumentación “externa”, pero esta investigación sólo puede llevarse a cabo metódicamente si se mantienen separados los dos conceptos.

9 El principio de externalización se opone a aquellos enfoques retóricos que explican la efectividad de la argumentación haciendo referencia, sin más trámite, a los presuntos estados psicológicos de los argumentadores y sus auditorios.

10 [Nota del traductor: Para la diferencia entre “válido relativamente al problema” y “válido intersubjetivamente”, véase cap. 1, n. 9 y cap. 2, n. 14.]

11 Esta terminología fue introducida por Barth y Krabbe (1982: 21-22). En su manera de usarla, un procedimiento de discusión que cumple estos requisitos puede pretender “validez para la solución de problemas” y “validez (semi-)convencional”. Véase subsección 2.3 más adelante.

12 De acuerdo con Wenzel (1979: 84), un enfoque dialéctico considera la argumentación como “manejo sistemático de discurso con el fin de lograr decisiones críticas”. Su propósito es establecer cómo deben llevarse a cabo discusiones sistemáticamente para poner críticamente a prueba los puntos de vista. Para evitar los peligros de absolutismo (o escepticismo) y relativismo, un procedimiento dialéctico acorde con una filosofía “crítica” de lo que es razonable debe incorporar tanto enfoques argumentativos orientados tanto al producto como al proceso basados respectivamente en las filosofías “geométrica” (lógica) y “antropológica” (retórica) de lo razonable. Para estas filosofías, véase Toulmin (1976).

13 Para una definición de la argumentación como un acto verbal complejo, véase van Eemeren y Grootendorst (1984: 39-46, 1992: 30-33); para el acto verbal de proponer un punto de vista, véase Houtlosser (1994); y para la distinción entre condiciones de identidad y condiciones de corrección, véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 30-31).

14 El término “espacio de desacuerdo” [disagreement space] fue introducido en Jackson (1992: 261).

15 Un enfoque relacionado sobre la argumentación, en el que los compromisos así como otros conceptos básicos de pragma-dialéctica juegan también un papel crucial es Walton & Krabbe (1995).

16 A pesar de sus diferentes raíces filosóficas, la situación ideal de discurso de Habermas (1971) y el modelo ideal de discusión crítica no son disímilen en algunos puntos. No obstante, en la pragma-dialéctica no creemos que la comunicación está dirigida a lograr consenso, sino que más bien vemos la duda intelectual y la crítica como las fuentes motrices del progreso, con lo cual la comunicación siempre y necesariamente lleva a un flujo continuo de opiniones.

17 Una disputa puede también zanjarse cuando se remite al arbitraje de una tercera parte —juez, dictaminador, árbitro—, en cuyo caso no se ha resuelto en realidad.

18 Una discusión crítica refleja el ideal dialéctico socrático del examen racional de una convicción cualquiera, no solamente de enunciados de tipo factual sino también de puntos de vista normativos y juicios de valor (Albert, 1975). Sobre la base de que todos los puntos de vista humanos son falibles, los racionalistas críticos toman el concepto metodológico de examen crítico y lo elevan a principio guía para la solución de problemas.

19 De acuerdo con la filosofía racionalista crítica, los dialécticos ponen gran énfasis en la consecuencia del hecho de que una proposición y su negación no pueden ser ambas aceptables al mismo tiempo. El examen de puntos de vista se identifica entonces con la detección de inconsistencias (Albert, 1975: 44).

20 El papel del antagonista puede coincidir con el del protagonista de otro punto de vista contrario, pero eso no necesita ser el caso. Expresar dudas relativas a la aceptabilidad de un punto de vista no es necesariamente equivalente con adoptar un propio punto de vista contrario. Cuando ocurre esto último, la diferencia de opinión deja de ser “no mixta” para convertirse en “mixta” (van Eemeren y Grootendorst, 1992: 13-25).

21 Para un análisis de cómo pueden surgir diferentes tipos de estructuras argumentales, véase Snoeck Henkemans (1992).

22 Esta tipología se base en gran medida en Searle (1979: 1-29).

23 Esto no significa que no puedan afectar el curso del proceso de resolución: un suspiro que indica que no está uno contento con la discusión expresa emociones que distraen la atención del proceso resolutorio.

24 Debido a que dependen de la autoridad del hablante o escritos en el marco de un cierto contexto institucional, los declarativos pueden ocasionalmente zanjar una disputa.

25 Esta categoría de acto verbal es introducida en van Eemeren y Grootendorst (1984: 109-110).

26 Expresar duda puede también crear una violación potencial de la ‘preferencia por el estar de acuerdo’ que gobierna la conversación normal. Véase Heritage (1984: 265-280), Levinson (1983: 332-336) y van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs (1993, cap. 3).

27 Solamente en casos excepcionales, cuando el interpretar una jugada como contribución potencial al proceso resolutorio es la única opción que permite el principio de caridad, habrá lugar para aceptar una reconstrucción no fundada diciendo que se acepta “con el ánimo de seguir siendo razonables”. Véase van Eemeren y Grootendorst (2004, cap. 5).

28 En van Eemeren y Grootendorst (1992: 49-55, 2003, cap. 4) se propone una manera de integrar las condiciones para actos verbales de Searle y las máximas conversacionales de Grice en forma de un conjunto de “reglas del uso del lenguaje”.

29 Véase p.ej. Jackson y Jacobs (1980) así como Jacobs y Jackson (1981, 1982, 1983).

30 Para un breve panorama de los varios acercamientos al análisis del discurso y su base empírica, véase van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs (1993: 50-59).

31 Incluso un discurso que es claramente argumentativo no corresponderá en muchos respectos al modelo ideal de discusión crítica, o al menos no directa ni completamente.

32 A un nivel introductorio estos términos y conceptos se explican en van Eemeren, Grootendorst y Snoeck Henkemans (2002). Véase también van Eemeren and Grootendorst (1992) y van Eemeren (ed., 2001).

33 Para el análisis de premisas inexpresas véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 60-72).

34 Para una discusión de las estructuras de la argumentación, véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 73-89).

35 Para una discusión de los esquemas argumentales véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 94-102).

36 La manera implícita y poco clara en la que las varias etapas de una discusión crítica a menudo aparecen en el discurso argumentativo, distorsionadas y acompañadas de distractores, no debe suscitar la conclusión prematura de que el discurso es deficiente o la conclusión superficial de que el modelo ideal de la discusión crítica no es realista. Lo primero se ve contradicho por lo que la pragmática nos enseña sobre el discurso ordinario, lo segundo por las enseñanzas dialécticas relativas a la resolución de diferencias de opinión. Véase van Eemeren y Grootendorst (1984, cap. 4; 1992, cap. 5) así como van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs (1993, cap. 3).

37 Véase van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs (1993, cap. 4).

38 Las dos transformaciones se distinguen por su grado de “convencionalización”. La pregunta retórica está como tal altamente convencionalizada mientras que lo indirecto de la propuesta no lo está. Solamente en un contexto bien definido podemos detectar fácilmente el modo indrecto de hablar e interpretarlo correctamente. Véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 56-59).

39 Si vemos las reglas del procedimiento pragma-dialéctico de discusión como condiciones de primer orden para tener una discusión crítica, entonces podemos ver las condiciones internas propias a una actitud razonable de discusión como condiciones de “segundo orden” y relativas al estado mental en que asumimos se encuentran los que discuten. En la práctica, la libertad de las personas para satisfacer las condiciones de segundo orden se ven a veces limitadas por factores psicológicos fuera de su control, tales como la inhibición de las propias emociones o la presión que ejercen otras personas. Existen también condiciones externas, “de tercer orden” que necesitan cumplirse para poder llevar a cabo propiamente una discusión crítica. Ellas tienen que ver con las circunstancias sociales en las que tiene lugar la discusión, lo cual a su vez tiene que ver, por ejemplo, con las relaciones de poder o autoridad que existan entre los participantes [uno es jefe y el otro empleado, uno es tutor y el otro estudiante] o bien con características especiales de la situación en que se da la discusión [hace mucho ruido o mucho calor, las personas tienen prisa, etc.]. Las condiciones de segundo y tercer orden para la conducción de una discusión crítica en el sentido ideal son condiciones de orden superior para resolver diferencias de opinión. Solamente si se satisfacen estas condiciones puede realizarse plenamente el ideal de razonabilidad crítica.

40 Una versión mejorada de las reglas pragma-dialécticas para la discusión crítica se encuentra en van Eemeren y Grootendorst (2003, cap. 6).

41 [Nota del traductor: En inglés problem-validity. Véase en este libro cap. 1, n. 9 y cap. 2, n. 14; véase también nota siguiente.]

42 Las nociones de “validez resolutoria” [problem-validity] y “validez convencional” [conventional validity] se basan en ideas de Crawshay-Williams (1957) y fueron introducidas por Barth and Krabbe (1982). En van Eemeren y Grootendorst (1988a, 1988b, 1992) se da cuenta de la “validez resolutoria” de las reglas pragma-dialécticas; su validez inter-subjetiva se ha investigado empíricamente (y en gran medida se ha confirmado) en un serie de pruebas experimentales, p.ej. en van Eemeren, Meuffels y Verburg (2000). [Véase también cap. 5 de este libro.]

43 Por cuanto se oponen al proteccionismo de puntos de vista y a la inmunización de cualquier punto de vista frente a la crítica, tales personas rechazarán todo “justificacionismo” fundamentalista (lo que los alemanes llaman Letztbegründung o “fundamentación última”). Al adoptar esta perspectiva, la pragma-dialéctica conecta con la dialéctica formal tal como la desarrollaron Barth y Krabbe (1982).

44 Véase Popper (1971, cap. 5, nota 6).

45 Esto no significa que el proponer una argumentación no pueda combinarse con o incluir el uso de páthos o éthos, o que haya argumentos relevantes que estén sugeridos por o implicados en agrumentos que parecen irrelevantes. Para un panorama de la historia de la retórica clásica y una explicación del papel de lógos, éthos y páthos, véase Kennedy (1994).

46 Qué signifique “válido en un sentido lógico” dependerá de la teoría lógica que se use.

47 Véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 94-102).

48 La identificación pragma-dialéctica de falacias es siempre condicional. Una jugada argumentativa puede considerarse una falacia solamente si podemos decir correctamente que el discurso en cuestión tiene por fin resolver una diferencia de opinión.

49 Para un panorama de los acercamientos teóricos a las falacias antes y después de Hamblin, véase van Eemeren (2001).

50 [Nota del traductor: En la terminología pragma-dialéctica una diferencia mixta de opinión es una en la cual cada una de las dos partes de la discusión sostiene un punto de vista. La manifestación más simple de una diferencia mixta de opinión es cuando una parte sostiene la afirmativa y la otra la negativa de una proposición dada. Si solamente una de las partes sostiene un punto de vista (sea la afirmativa o la negativa) mientras que la otra parte se limita a expresar dudas o reservas respecto de ese punto de vista, entonces los pragma-dialécticos hablan de una diferencia no mixta de opinión.]

51 Un punto de vista “cero” ocurre en una diferencia de opinión no mixta cuando la otra parte tiene solamente dudas acerca de la aceptabilidad del punto de vista. Véase van Eemeren y Grootendorst (1992: 13-25)

52 Lamentablemente, en la práctica académica sigue habiendo una enorme brecha conceptual y una falta de entendimiento mutuo entre los protagonistas de los enfoques dialéctico y retórico. Se percibe en general que en la antigüedad griega la diferencia inicial se reducía a una división del trabajo. De acuerdo con Toulmin (2001), luego de la revolución científica del siglo XVII la división se volvió “ideológica” y el resultado fue que dos paradigmas aislados terminasen por considerarse incompatibles. La retórica se ha vuelto un campo de estudio en las humanidades para estudiosos interesados en la comunicación, el análisis del discurso y la literatura. La dialéctica se incorporó primero a las ciencias exactas y durante un largo tiempo desapareció de la vista con la ulterior formalización de la lógica en el siglo XIX. Hasta hace poco los retóricos ignoraron mayormente los resultados de las teorizaciones dialécticas y viceversa. Los artículos en van Eemeren y Houtlosser (coords., 2002) son parte de un esfuerzo por estimular un nuevo acercamiento.

53 Cuál sea la mejor manera de maniobrar estratégicamente depende en último término de los límites contextuales que impone la situación dialéctica, el auditorio al que hay que persuadir y el repertorio lingüístico utilizable.

54 La teoría pragma-dialéctica, tal como ella fuera desarrollada originalmente en van Eemeren y Grootendorst (1984, 1992, 2004) puede verse como un acercamiento dialéctico a la argumentación que mantiene los ojos abiertos hacia los aspectos retóricos de la realidad argumentativa por cuanto estudia el discurso argumentativo desde una perspectiva pragmática. Sin embargo, no toma en cuenta todavía de manera explícita lo que la retórica nos puede aportar.

55 Este enfoque difiere de los enfoques a las falacias como los de Biro y Siegel (1992) y el de Johnson (2000), los cuales dan precedencia a consideraciones epistemológicas —absolutas— así como también a los enfoques de Willard (1995) y Leff (2000), los cuales se apoyan en consideraciones sociales empíricas —y relativistas.

56 Puesto que quien cometa una falacia mantendrá al mismo tiempo un compromiso de cumplir con las reglas de la discusión crítica, cada jugada en la discusión se supone razonable (véase también Jackson, 1995). Este supuesto vale incluso cuando un modo particular de maniobrar viola alguna de las reglas de la discusión. Esto explica por qué la falacias a menudo no son manifiestas o aparentes a otros. Haciéndonos eco de la definición de falacia criticada por Hamblin (1970: 12), podemos decir que el maniobrar sigue “pareciendo” que obedece las reglas de la discusión crítica, aunque no lo hace ya. El enfoque de las falacias como descarrilamientos del maniobrar estratégico puede así ser auxiliar en la explicación del carácter engañoso de (algunas) falacias.

57 Hay algunos descarrilamientos específicos del maniobrar estartégico que pueden en general catalogarse como violaciones claras de una cierta regla que se aplica a una etapa particular de la discusión, pero esos casos son excepcionales.

58 [Nota del traductor: La palabra “publicitorial” intenta traducir el neologismo inglés advertorial, combinado a partir de advertisement (“anuncio”, “publicidad”) y editorial. En español se usa también la palabra “publirreportaje”, la cual es en ocasiones más acertada, a saber cuando el texto se presenta como una narrativa más que como una expresión editorial de opiniones.]

59 [Nota del traductor: En pragma-dialéctica se habla de un argumento múltiple cuando el argumentador utiliza dos o más argumentos independientes que convergen en la misma conclusión; y se habla de argumento coordinado cuando el argumentador utiliza dos o más argumentos interdependientes, con lo cual tenemos que todas las premisas están de alguna manera vinculadas y actúan juntas para establecer la conclusión. Véase van Eemeren, Grootendorst y Snoeck Henkemans, 2002, cap. 5.]

60 Van Eemeren y Grootendorst (1992: cap. 5) arguyen que el grado de convencionalización de la presentación verbal requerida para interpretar bien los actos verbales indirectos es inversamente proporcional al grado de definición del contexto en que ocurren.

61 Para la investigación empírica acerca del reconocimiento de esquemas argumentales véase también Garssen (1994).

62 Mientras que la visión de conjunto de la pragma-dialéctica que se ofrece en van Eemeren y Grootendorst (coords., 1994) solamente contenía trabajos escritos por miembros del grupo de Amsterdam, su reciente sucesor —van Eemeren (coord., 2002)— consiste de aportes de un grupo internacional de estudiosos.

63 O’Keefe (2002a) hace claro que un ideal normativo, en este caso la explicitud argumentativa, puede también ser efectivamente persuasiva.

64 Para las diferencias y relaciones entre las normas de la discusión crítica y las de acontecimientos verbales como el regateo en mediaciones de disputas, véase Jacobs y Aakhus (2002).

65 Para una perspectiva pragma-dialéctica sobre los enfoques más importantes acerca de la argumentación en contextos legales, véase Feteris (1999). Cf. también Feteris (1994).

Capítulo 4

El método pragma-dialéctico de análisis y evaluación
Frans H. van Eemeren
Bart Garssen
Jean H. M. Wagemans

El propósito de este ensayo es proporcionar un panorama de lo que implica el método pragma-dialéctico de análisis y evaluación. Por limitaciones de espacio tendremos que restringirnos a algunos de los puntos principales.1 Lo mejor parece ser concentrarnos en aquellas partes de nuestro método de análisis y evaluación que son más característicos del enfoque pragma-dialéctico. Por razones de conveniencia asumiremos que los puntos de vista teóricos del enfoque pragma-dialéctico al discurso argumentativo son ya familiares al lector.2 Esto significa que no vamos a abundar aquí ni sobre nuestro tratamiento pragmático de la argumentación en tanto tipo específico de la comunicación e intereacción ordinarias ni sobre nuestro tratamiento dialéctico del discurso argumentativo en tanto sujeto a reglas normativas para una discusión crítica. En cuanto al método de análisis nos limitaremos al aspecto crucial de la reconstrucción del discurso argumentativo como encaminado al fin de resolver diferencias de opinión sobre los solos méritos de los argumentos presentados por cada parte. En cuanto al método de evaluación presentaremos un esbozo de cómo verificamos lo adecuado de un discurso argumentativo respecto del cumplimiento de dicho fin. Daremos ejemplos seleccionados que ilustren nuestras tesis mediante observaciones relativas al análisis y evaluación de un texto argumentativo.

1. Reconstruir una sinopsis analítica e identificar jugadas falaces

Un análisis pragma-dialéctico del discurso argumentativo consiste en una reconstrucción sistemática del discurso desde una perspectiva teórica de una discusión crítica que esté empíricamente justificada por informaciones textuales, contextuales, inferenciales y factuales respecto de la discusión o texto argumentativo que se analice (van Eemeren, 2010: 16-19). Semejante análisis es pragmático porque considera el discurso argumentativo como un intercambio de actos verbales que tienen lugar en el contexto de un medio ambiente comunicativo e interaccional real; y es dialéctico por ver ese intercambio de actos verbales como un intento metódico de resolver una diferencia de opinión sobre la base de los méritos de los argumentos presentados usando para ello de la discusión crítica. El modelo de una discusión crítica tiene una función heurística y analítica en el proceso de reconstrucción por indicar cuáles actos verbales son relevantes en las diversas etapas del proceso resolutorio y por proporcionar un marco conceptual y terminológico para la compilación y denotación de los actos verbales relevantes.

Por muchas razones, la realidad argumentativa no está, por regla general, de acuerdo con el modelo ideal de una discusión crítica, e incluso a veces parecería desviarse completamente de este modelo. De acuerdo con el modelo, por ejemplo, los antagonistas que duden de la aceptabilidad de un punto de vista deben enunciar sus dudas con claridad y sin ambigüedades ya en la etapa de confrontación de la discusión, pero en la práctica hacer eso podría “amenazar la imagen” de una o ambas partes, por lo cual los antagonistas prefieren obrar con mayor circunspección. Para ir más allá de una lectura ingenua del discurso y estar en posición de ofrecer una evaluación sólida, se necesita de una reconstruccion del discurso que resulte en una sinopsis analítica de todos y solamente aquellos elementos que sean relevantes a la resolución de una diferencia de opinión, independientemente de si esos elementos están representados explícita, implícita o sólo indirectamente en el discurso. Dado que el proceso de resolver una diferencia de opinión no se limita a la etapa de argumentación de una discusión crítica, semejante sinopsis analítica no puede restringirse a esa etapa, sino que tiene que cubrir todas las etapas. Necesita (1) recapitular la diferencia de opinión de que se trata así como las posiciones de los participantes; (2) identificar las premisas substantivas y procedimentales que sirven de puntos de partida de la discusión; (3) contemplar los argumentos y críticas propuestos por las partes en disputa, los tipos de argumento que utilizan así como los patrones de argumentación que despliegan; y (4) determinar el resultado de la discusión. Los conceptos empleados para caracterizar los diversos componentes de la sinopsis analítica —tales como “diferencia de opinión”, “premisa inexpresa”, “esquema argumental” y “estructura de la argumentación”— se definen todos en pragma-dialéctica desde la perspectiva de una discusión crítica.3

La reconstrucción que tiene lugar en un análisis pragma-dialéctico consiste en: (1) hacer explícitos todos los elementos que han permanecido implícitos en el discurso real pero son relevantes al proceso resolutorio (“adición”); (2) reformular de forma inequívoca aquellos actos verbales cuya función sería de otro modo opaca (“substitución”); (3) reacomodar de forma más transparente los actos verbales cuyo orden en el discurso real no refleja adecuadamente su función en el proceso resolutorio (“permutación”); y (4) dejar de lado todos los actos verbales que no juegan un papel en el proceso resolutorio (“borrado”) (van Eemeren & Grootendorst, 2004).4 La reconstrucción debe ser fiel a los compromisos que pueden atribuirse a quienes discutan sobre la base de lo que cada parte contribuya al discurso. Por lo tanto, como han enfatizado van Eemeren, Grootendorst, Jackson y Jacobs (1993), es crucial que las transformaciones que se llevan a cabo en la reconstrucción de verdad estén justificadas tanto por lo que aporta teóricamente la pragmática como por los datos empíricos que observamos. A fin de no caer en “excesos interpretativos” de lo que parece implícito en el discurso, el analista debe ser sensible al significado de los detalles de la presentación cuando se los considera a la luz de las “reglas de uso del lenguaje” tal como ellas se aplican a la comunicación e interacción que tienen lugar en el contexto en cuestión.5 Esto significa que no solamente debemos tomar en cuenta la forma en que se presentan las jugadas argumentativas sino también el contexto lingüístico “micro”, el contexto situacional “meso”, el contexto institucional “macro” y tal vez incluso el contexto inter-discursivo, “inter-textual”, en el que se hacen dichas jugadas. Además, necesitamos utilizar inferencias lógicas que apuntan a ciertas presuposiciones o implicaciones de lo que se dice en el discurso, inferencias pragmáticas que apuntan a ciertas “implicaduras”, así como disponer de ciertas informaciones de fondo, generales y específicas, que favorezcan una interpretación sobre otra.6

La sinopsis analítica constituye la base de la evaluación pragma-dialéctica del discurso argumentativo. En esta evaluación juegan un papel importantísimo las normas críticas de razonabilidad que autorizan la ejecución de actos verbales en las diversas etapas del proceso resolutorio según ellas se incorporan a las reglas dialécticas de la discusión crítica. En una discusión crítica, protagonista y antagonista deben observar todas esas reglas en todas las etapas, ya que son instrumentales en la resolución de una diferencia de opinión basada en los méritos de los argumentos presentados (van Eemeren & Grootendorst, 1984, 2004). Cada una de las reglas constituye un estándar distinto para la discusión crítica y cada jugada que constituya una infracción de cualquiera de las reglas —no importando cuál de las partes la cometa o en cuál etapa de la discusión— es una amenaza posible a la resolución de una diferencia de opinión y debe por ende ser considerada como una falacia (en este sentido particular de la palabra). Cuán perjudicial sea la violación en la práctica dependerá del tipo de actividad comunicariva en que tenga lugar la violación así como las posibilidades de reparación que la situación comunicativa e interaccional ponga a disposición de las partes.7 Un apelar falazmente a la autoridad en el que alguien se presente erróneamente como experto podría ser más perjudicial, por ejemplo, en una revisión académica de la literatura de lo que sería en una charla informal; y el efecto de un ataque personal falaz podría, por ejemplo, ser reparable cuando se hace en confrontación directa mientras que publicarla en un libro la podría hacer irreparable.

2. KLM se disculpa por destrucción de ardillas

En este punto podemos introducir el texto argumentativo que utilizaremos para ilustrar nuestro enfoque. Se titula: “KLM se discupa por destrucción de ardillas”:8

In April 1999 the Dutch airline company KLM was in the news because it had finished off 440 North American banded ground squirrels after it had been ordered to do so by the national agency for the inspection of cattle and meat. The required exportation and health documents were lacking, and the squirrels were not adequately packaged. The animals were put through a chopper alive. The squirrels came from Beijing and were on their way to Athens. The sender in Beijing did not want to take the squirrels back and no country outside Europe volunteered to receive the animals. The chopper in which the squirrels came to their end was a kind of shredder that is also used in the bio industry to cut up cocks. Cocks, however, are substantially smaller than squirrels, and with cocks one can therefore make sure that the head goes first. With the ground squirrels, whose size equals that of three hands, this was not feasible. In the press release below, KLM accounts for having destroyed the squirrels.

En abril de 1999 la compañía de aviación KLM salió en las noticias por haber destruido 440 marmotas norteamericanas tras habérselo ordenado así la agencia nacional para la inspección de ganado y carne. Faltaban los documentos de exportación y salubridad requeridos y las marmotas no venían en el empaque adecuado. A los animales se les arrojó vivos en una cortadora. Las marmotas venían de Beijing e iban camino de Atenas. El remitente en Beijing no quería que se las enviaran de regreso y ningún país fuera de Europa aceptó recibirlos. La cortadora en la que las marmotas terminaron sus días era una especie de trituradora que se usa en la bioindustria para cortar gallos. Sin embargo, los gallos son bastante más pequeños que las marmotas, con lo cual uno puede asegurarse de que la cabeza entre primero. En el caso de las marmotas, cuyo tamaño es de tres palmos, eso no era viable. En la declaración de prensa que reproducimos abajo, KLM da cuenta de la destrucción de las marmotas.

A continuación reproducimos la declaración de prensa de KLM separando los párrafos de la misma mediante números romanos:

(I) KLM sincerely apologizes for having been forced to have 440 squirrels destroyed, last Monday in the KLM Cargo animals’ hotel. KLM has acted in a way that is formally justified, but admits that an ethical assessment mistake was made. KLM fully endorses the criticisms that have been voiced by the public and the various organizations.

(II) The airline company has decided to start a thorough investigation into what exactly happened at the reception of the package in Beijing. The events in the KLM Cargo animals’ hotel will also be investigated.

(III) Pending this investigation and in view of the emotions that these events have aroused, the Board of KLM has deemed it desirable that the employee concerned will stay home for the period of this investigation.

(IV) On Sunday, April 11, 1999, KLM has received orders from the Department of Agriculture, Environmental Management and Fishing (AEMF) to destroy the animals. KLM is of the opinion that this order, in this form and without feasible alternatives, was unethical.

(V) The Board of KLM holds, however, that the KLM employee concerned has acted formally correct in this matter by promptly following the directives of the Department of AEMF, but also acknowledges at the same time that this employee has made an assessment mistake.

(VI) KLM once more emphasizes that the company regrets the course of events and offers its sincere apologies to all animal lovers and all those whose feelings have been hurt by the events.

(VII) KLM has informed the Animal Protection Society, the AAP Foundation, the Worldwide Fund for Nature (WWF), the Cites Netherlands Foundation, the Foundation for the Shelter of Squirrels in De Meern, the European Association of Zoos and Aquaria, and the Dutch Association of Zoos of the above and has invited these organizations to come to a consultation on how to avoid deplorable situations of this kind at a short term.

(I) KLM ofrece sus sinceras disculpas or haberse vista forzada a destruir 440 marmotas el lunes pasado en su hotel para animales. KLM ha actuado de una manera que está formalmente justificada, aunque admite que se cometió un error de juicio ético. KLM subscribe completamente las críticas que han sido expresadas por el público y diversas organizaciones.

(II) La compañía de aviación ha decidido echar a andar una investigación exhaustiva sobre que pasó exactamente en la recepción del paquete en Beijing. Lo ocurrido en el hotel de animales de KLM también será investigado.

(III) En lo que dura esta investigación y en vista de las emociones despertadas por lo ocurrido, la mesa directiva de KLM ha estimado deseable que el empleado responsable permanezca en su casa mientras se concluye la investigación.

(IV) El lunes 11 de abril de 1999 KLM recibió órdenes del Departamento de Agricultura, Manejo Ambiental y Pesca (AEMF) de que se destruyeran los animales. KLM es de la opinión que esta orden, en la forma en que se dio y sin que se propusiese ninguna alternativa viable, no fue ética.

(V) La mesa directiva de KLM sostiene con todo que el empleado responsable actuó de manera formalmente correcta en este asunto al acatar prontamente las órdenes del Departamento de AEMF, si bien reconoció al mismo tiempo también que su empleado cometió un error de juicio.

(VI) KLM enfatiza una vez más que la compañía lamenta el curso de los acontecimientos y ofrece sus sinceras disculpas a todos los amantes de los animales y a todos aquellos cuyos sentimientos fueron heridos por lo ocurrido.

(VII) KLM ha informado de todo lo anterior a la Sociedad Protectora de los Animales, a la Fundación AAP, al Fondo Mundial para la Naturaleza, a la Fundación Cites Netherland, a la Fundación para el Albergue de Ardillas en De Meern, a la Asociación Europea de Zoológicos y Acuarios, y a la Asociación Holandesa de Zoológicos, y ha invitado a estas organizaciones a una consulta acerca de cómo evitar en el corto plazo que ocurran situaciones deplorables como esta.

Ahora procederemos a explicar el método pragma-dialéctico de análisis repasando uno a uno los diversos componentes de la sinopsis analítica. En primer lugar discutiremos algunos problemas de reconstrucción que se presentan al ocuparse de cada componente. Luego ejemplificaremos en qué consiste la reconstrucción para el caso del texto de KLM.

3. Las etapas de discusión del proceso resolutorio

Debido a que, en la práctica comunicativa, el discurso verbal puede servir a varios propósitos, la primera pregunta que debemos responder es la de si es útil y viable el analizar el discurso desde una perspectiva argumentativa. Si un análisis psicológico o literario parece más apropiado, no tiene caso reconstruir el discurso en términos de una discusión crítica. Un análisis argumentativo es correcto si la discusión o texto es total o parcialmente argumentativo, es decir tiene el fin de convencer a otros mediante argumentación de que un punto de vista es aceptable. La señal más clara de que eso es de verdad el caso es, por supuesto, la presencia de argumentación explícita, pero hay discusiones o textos que solamente son implícitamente argumentativos pero que también dan pie a un análisis argumentativo orientado a una resolución en el cual el modelo ideal de análisis crítico sea el punto de referencia.

La reconstrucción que tiene lugar en un análisis pragma-dialéctico parte de la idea de que la resolución de una diferencia de opinión mediante argumentación requiere repasar una a una las cuatro diferentes etapas de la discusión que se distinguen analíticamente en el modelo ideal de una discusión crítica. Puesto que en la práctica argumentativa esas etapas no están, por regla general, completa y explícitamente representadas en el discurso, ya no se diga en el orden requerido por el modelo, resulta entonces que todos los elementos que pertenecen a cada una de las cuatro etapas que estén implícita o indirectamente representadas en el discurso necesitarán ser identificadas en el proceso de reconstrucción y ser representadas junto con los elementos explícitos como parte de la sinopsis analítica en una manera que indique con máxima claridad cuál es su papel dentro de la argumentación. En un análisis pragma-dialéctico hacemos esto reconstruyendo el discurso en la medida de lo posible en términos de una discusión crítica y sus cuatro etapas de discusión.

En la etapa de confrontación las partes establecen que tienen una diferencia de opinión. En la práctica argumentativa suele ser claro cuál de las partes tiene un punto de vista, pero no siempre es claro lo que ese punto de vista contiene. A veces sólo en el curso de la discusión terminan las partes por darse cuenta de que no habían identificado con claridad qué era exactamente en lo que no estaban de acuerdo, por lo cual tienen que regresar a la etapa de confrontación y reconstruir los actos verbales atingentes como pertenecientes a esa etapa. Ni siempre es inmediatamente claro qué personas exactamente deben ser convencidas del punto de vista del argumentador. Bien podría haber otros antagonistas. Así por ejemplo, en un debate electoral por regla general el argumentador pasa por encima de su antagonista oficial y se dirige a los votantes potenciales, con lo cual esos votantes potenciales son de hecho su “auditorio primario” y el antagonista oficial solamente su “auditorio secundario”.

A menos que se regulen formalmente estas cosas en la etapa de apertura, solemos suponer que se entiende a quién le toca el rol de protagonista y a quién el de antagonista, y lo mismo hacemos con los puntos de partida, tanto procedimentales como materiales. De esa manera ocurre que, correcta o incorrectamente, ambas cosas se dan por sobreentendidas y rara vez se mencionan explícitamente en el discurso. Y es que de cualquier manera sería imposible hacer mención de todos los puntos de partida. Estos los solemos expresar únicamente cuando y donde esto parezca necesario para continuar con propiedad el discurso. En principio, la etapa de argumentación se representa siempre en el discurso argumentativo, aunque por regla general se dejan sin expresar partes de la argumentación y quedan implícitas objeciones y críticas. La etapa de conclusión a menudo (y en la mayoría de los casos deliberadamente) se deja en gran medida implícita, lo cual sugiere que la conclusión es clara.

Un discurso argumentativo oral o escrito en el que se defiende un punto de vista mediante un monólogo, como es el caso de la declaración de prensa de KLM, puede verse como una discusión implícita en la que sólo una de las partes participa activamente. Dado que la argumentación siempre tiene por fin convencer a críticos potenciales, estén o no presentes, sus posiciones necesitan tomarse en cuenta, aunque sea implícitamente. Esto se vuelve aparente, por ejemplo, cuando el protagonista se refiere a objeciones potenciales hechas por un antagonistas real o imaginado. Una complicación del análisis de una discusión implícita es que las etapas de la discusión tienden a ser más difíciles de reconocer. Con todo, la parte en la discusión que plantea su posición no puede contentarse con presentar su argumentación, sino que necesita cubrir también las otras etapas. Tiene que hacer claro cuál es su punto de vista e indicar que existe o pronto existirá una diferencia de opinión (etapa de confrontación). Esto puede hacerse, por ejemplo, refiriéndose a bien conocidas objeciones a dicho punto de vista. Lo que confunde es que a veces se deja sin especificar cuál es el antagonista (potencial) a quien se dirige el texto escrito o la disertación oral. El protagonista tendrá también que dejar en claro que está preparado para acatar las reglas de una discusión razonable capaz de resolver la diferencia, lo cual puede incluso hacer mencionado algunas de esas reglas así como que los argumentos que de entrada concede a su oponente (etapa de apertura). A continuación, por supuesto, tendrá que presentar argumentación, para cuya organización tomará en cuenta los puntos de vista del presunto antagonista (etapa de argumentación). Finalmente, tendrá que indicar hasta qué punto la diferencia de opinión se ha resuelto (etapa de conclusión).

La declaración de prensa, que parece más bien un publirreportaje, es definitivamente un texto argumentativo pues ofrece argumentación para ciertos puntos de vista. Es también una discusión implícita pues responde a la crítica y anticipa críticas. En esta discusión argumentativa la etapa de confrontación comienza con la aseveración, por parte de KLM, de que la compañía actuó de una manera que está formalmente justificada (párrafo I). Continúa con la afirmación de que el Departamento de Agricultura, Manejo del Medio Ambiente y Pesca (AEMF) debe considerarse culpable de haber dado una orden no ética (párrafo IV). Basándose en el hecho de que KLM abunda sobre las acciones que tomará para que todo salga bien en el futuro, podemos decir que la compañía de aviación extiende la etapa de confrontación afirmando implícitamente que KLM actuó apropiadamente luego de la destrucción de las marmotas. Además, KLM implícitamente atribuye a sus acusadores la contra-opinión de que el culpable por lo ocurrido con las marmotas es la propia KLM. Por tanto, esto puede verse como parte de la etapa de confrontación, ya que es esta opinión la que motiva la declaración de prensa.

En la etapa de apertura, KLM reconoce que estuvo mal acabar con las 440 marmotas (párrafos I, IV); que subscriben las críticas a esta acción por parte del público y algunas organizaciones (párrafos I, VI); que la AEMF les ordenó destruir a las 440 marmotas (párrafos I, IV); y que lamentan lo ocurrido y se disculpan enfáticamente por ello con todos los amantes de los animales y demás partes interesadas (párrafos I, VI).

En la etapa de argumentación, KLM arguye que la compañía actuó de manera formalmente correcta al destruir las marmotas pues había recibido órdenes de hacerlo por parte de AEMF (párrafo VI) y que su empleado prontamente acató la orden (párrafo V). KLM arguye también que AEMF es la culpable por haber dado una orden no ética pues esa orden carecía de la forma correcta y no ofrecía alternativas viables (párrafo IV), que KLM actuó apropiadamente tras la destrucción de las marmotas pues iniciaron una investigación exhaustiva acerca de lo ocurrido en la recepción del paquete en Beijing así como en el hotel de animales de KLM (párrafo II), hicieron que el empleado que ejecutó las órdenes de AEMF permaneciera en su casa durante la investigación (párrafo III), y se aseguraron que situaciones deplorables como esa no volverán a ocurrir en el futuro pues han informado a todas las partes interesadas e iniciado consultas con ellas (párrafo VII).

La etapa de conclusión no se representa explícitamente en el texto, pero se sugiere que la conclusión es clara.

En lo que sigue reproducimos de nuevo la declaración de prensa de KLM, pero ahora marcamos con negritas las partes del texto que pertenecen a la etapa de confrontación que se representan explícitamente en el texto, con cursivas las que pertenecen a la etapa de apertura y con subrayado las que pertenecen a la etapa de argumentación:

[I] KLM sincerely apologizes for having been forced to have 440 squirrels destroyed, last Monday in the KLM Cargo animals’ hotel. KLM has acted in a way that is formally justified, but admits that an ethical assessment mistake was made. KLM fully endorses the criticisms that have been voiced by the public and the various organizations.

[II] The airline company has decided to start a thorough investigation into what exactly happened at the reception of the package in Beijing. The events in the KLM Cargo animals’ hotel will also be investigated.

[III] Pending this investigation and in view of the emotions that these events have aroused, the Board of KLM has deemed it desirable that the employee concerned will stay home for the period of this investigation.

[IV] On Sunday, April 11, 1999, KLM has received orders from the Department of Agriculture, Environmental Management and Fishing (AEMF) to destroy the animals. KLM is of the opinion that this order, in this form and without feasible alternatives, was unethical.

[V] The Board of KLM holds, however, that the KLM employee concerned has acted formally correct in this matter by promptly following the directives of the Department of AEMF, but also acknowledges at the same time that this employee has made an assessment mistake.

[VI] KLM once more emphasizes that the company regrets the course of events and offers its sincere apologies to all animal lovers and all those whose feelings have been hurt by the events.

[VII] KLM has informed the Animal Protection Society, the AAP Foundation, the Worldwide Fund for Nature (WWF), the Cites Netherlands Foundation, the Foundation for the Shelter of Squirrels in De Meern, the European Association of Zoos and Aquaria, and the Dutch Association of Zoos of the above and has invited these organizations to come to a consultation on how to avoid deplorable situations of this kind at a short term.

[I] KLM ofrece sus sinceras disculpas por haberse vista forzada a destruir 440 marmotas el lunes pasado en su hotel para animales. KLM ha actuado de una manera que está formalmente justificada, aunque admite que se cometió un error de juicio ético. KLM subscribe completamente las críticas que han sido expresadas por el público y diversas organizaciones.

[II] La compañía de aviación ha decidido echar a andar una investigación exhaustiva sobre que pasó exactamente en la recepción del paquete en Beijing. Lo ocurrido en el hotel de animales de KLM también será investigado.

[III] En lo que dura esta investigación y en vista de las emociones despertadas por lo ocurrido, la mesa directiva de KLM ha estimado deseable que el empleado responsable permanezca en su casa mientras se concluye la investigación.

[IV] El lunes 11 de abril de 1999 KLM recibió órdenes del Departamento de Agricultura, Manejo Ambiental y Pesca (AEMF) de que se destruyeran los animales. KLM es de la opinión que esta orden, en la forma en que se dio y sin que se propusiese ninguna alternativa viable, no fue ética.

[V] La mesa directiva de KLM sostiene con todo que el empleado responsable actuó de manera formalmente correcta en este asunto al acatar prontamente las órdenes del Departamento de AEMF, si bien reconoció al mismo tiempo también que su empleado cometió un error de juicio.

[VI] KLM enfatiza una vez más que la compañía lamenta el curso de los acontecimientos y ofrece sus sinceras disculpas a todos los amantes de los animales y a todos aquellos cuyos sentimientos fueron heridos por lo ocurrido.

[VII] KLM ha informado de todo lo anterior a la Sociedad Protectora de los Animales, a la Fundación AAP, al Fondo Mundial para la Naturaleza, a la Fundación Cites Netherland, a la Fundación para el Albergue de Ardillas en De Meern, a la Asociación Europea de Zoológicos y Acuarios, y a la Asociación Holandesa de Zoológicos, y ha invitado a estas organizaciones a una consulta acerca de cómo evitar en el corto plazo que ocurran situaciones deplorables como esta.

4. La diferencia de opinión

Una diferencia de opinión involucra siempre una parte que propone un punto de vista y una parte que expresa duda sobre ella—o incluso va más lejos y rechaza ese punto de vista. La diferencia de opinión puede ser explícita, de tal manera que tanto el punto de vista como la duda o rechazo se expresen literalmente; pero puede también permanecer implícita, en cuyo caso lo usual es que solamente una de las partes exprese sus ideas mientras que las ideas, dudas o críticas de la otra parte son objeto de anticipación en el discurso.

La forma elemental de una diferencia de opinión es única y no mixta. En ella un punto de vista se enfrenta a una duda. Puesto que el punto de vista puede ser positivo o negativo, esta forma elemental tiene dos variantes. Algo que complica el análisis es que a veces es difícil distinguir entre una expresión de duda y un punto de vista negativo formulado con cautela. Si un punto de vista positivo se enfrenta a un punto de vista negativo (o al revés, uno negativo a uno positivo), la diferencia de opinión es mixta. En una diferencia mixta, las personas adoptan puntos de vista opuestos respecto de la misma proposición. Si la diferencia involucra una sola proposición, como es el caso de la diferencia de opinión en su forma elemental, entonces la diferencia de opinión se llama única. En cambio, cuando hay más proposiciones en disputa, la diferencia se llama múltiple. Una diferencia múltiple de opinión surge cuando dos o más asuntos se ponen en la mesa al mismo tiempo. Así pues, además de (1) única y no mixta, las diferencias de opinión pueden ser (2) única y mixta, (3) múltiple y no mixta, (4) múltiple y mixta.

Es importante hacerse cargo de que las diferencias de opinión no solamente pueden referirse a puntos de vista descriptivos (“La Haya es la capital de Holanda”), lo cual en principio implica una pretensión de verdad, sino que también pueden referirse a puntos de vista evaluativos (“Un hombre soltero es una gran película”), lo cual en principio implica un juicio, o a puntos de vista prescriptivos (“Debes votar por ella”), lo cual implica una propuesta de acción o de principios de acción. En la práctica, el discurso argumentativo se centra con mayor frecuencia en puntos de vista evaluativos o prescriptivos, ya que se prefiere decidir las pretensiones de verdad mediante pruebas. Otra observación importante es que, junto a la principal diferencia de opinión que está en el centro de un discurso argumentativo, durante la discusión surge una serie de diferencias de opinión subordinadas, las cuales están jerárquicamente relacionadas con la principal. Es importante anotar también que, en vez de plantearse explícitamente desde el inicio de la discusión, la diferencia principal puede aparecer hasta después, tal vez incluso gradualmente, según avance la discusión. Además, en la práctica argumentativa el punto de vista que se discute a menudo se repite más tarde con palabras diferentes, lo cual puede hacer que se vea como si se hubiese adoptado un nuevo punto de vista y hubiese comenzado una nueva discusión. No siempre es fácil decir si ese es de hecho el caso.

En su declaración de prensa, KLM propone de forma explícita dos puntos de vista:

1 KLM ha actuado de una manera que está formalmente justificada;

2 AEMF tiene la culpa por haber dado una orden no ética.KLM plantea también de forma implícita un punto de vista:

3 (KLM ha actuado apropiadamente tras la destrucción de las marmotas)De forma igualmente implícita atribuye un punto de vista a sus acusadores:

4 (KLM tiene la culpa de lo que salió mal con las marmotas)

Se supone que los puntos de vista 1, 2 y (3) enfrentan duda por parte de un auditorio no definido al que se dirige la declaración de prensa, con lo cual tenemos una diferencia múltiple y no mixta entre KLM y ellos. En cuanto a la diferencia de opinión entre KLM y sus acusadores en torno al punto de vista (4) es única y mixta.9

5. El punto de partida de la discusión

Junto a los puntos de partida procedimentales y materiales que se hayan introducido explícita o implícitamente en la discusión, esta arranca también de puntos de partida que se den por sobreentendidos. Entre ellos cabe distinguir entre puntos de partida supuestamente compartidos por todas las personas y aquellos que solamente comparten personas que, por educación y por socialización secundaria, estén familiarizadas con un tipo particular de actividad comunicativa. Un problema para compilar los puntos de partida de los que arranca la discusión es el de cómo asegurarnos de que hemos incluido todos los puntos de partida relevantes que no han sido presentados en la discusión. Puesto que la introducción de puntos de partida en la práctica argumentativa se encuentran a menudo dispersos por todo el discurso, otro problema es el de cómo no perder la pista de la cobertura de puntos de partida procedimentales y materiales durante la discusión.

En el caso de la declaración de prensa de KLM no se necesita mucha información de fondo acerca del tipo de actividad comunicativa propios de una declaración de prensa (o de un publirreportaje) a fin de enlistar los puntos de partida relevantes, ya que estos, y en particular los materiales, se mencionan más o menos explícitamente en el texto. Los hemos resumido en nuestra reconstrucción de la etapa de apertura de la discusión. Con todo, el conocimiento de fondo de la práctica comunicativa en cuestión puede a menudo ser una herramienta heurística útil a la hora de rastrear los puntos de partida en el discurso que pueden explotarse en la etapa de argumentación. Esto se aplica con mayor fuerza aun en el caso de tipos híbridos de actividad comunicativa, cuya efectividad depende de una combinación controlada de diferentes géneros comunicativos, tales como disculparse y proteger la propia imagen en la declaración de prensa tipo publirreportaje que presentó KLM.

6. Las premisas expresas e inexpresas de la argumentación

En el discurso argumentativo ordinario a menudo ocurre que se dejan sin expresar premisas que son componentes indispensables de la argumentación. Desde un punto de vista pragmático esto no significa automáticamente que el discurso es defectuoso. En general, esas premisas inexpresas pueden reconstruirse fácilmente. Sin embargo, en algunos no es claro exactamente cuáles premisas inexpresas deben añadirse ya que existen varias posibilidades.

En un análisis pragma-dialéctico la reconstrucción de premisas inexpresas tiene lugar tanto en el nivel lógico de la validez formal del razonamiento involucrado como en el nivel pragmático de la conformidad de la argumentación con las reglas de comunicación.10 En el nivel lógico reconstruimos la premisa que sea el “mínimo lógico” y la añadimos al razonamiento que subyace a la argumentación. Sin embargo, para una reconstrucción adecuada de la premisa inexpresa no es en principio suficiente añadir una premisa que haga válido el argumento, ya que esta reconstrucción podría muy bien no ser pragmáticamente apropiada. Si la premisa añadida es menos informativa de lo que permite la situación comunicativa en que ocurre la argumentación, entonces la reconstrucción no es conforme con las reglas de comunicación. En el nivel pragmático el análisis se dirige a la reconstrucción de una premisa por añadir que constituya el “óptimo pragmático” que haga que el acto verbal complejo realizado por quien propone una argumentación esté plenamente conforme con las reglas de comunicación.

En el análisis de premisas inexpresas la reconstrucción lógica es primariamente una herramienta heurística que sirve para realizar la reconstrucción pragmática. En casos simples, al reconstruir el lógico mínimo será suficiente apoyarnos en la lógica proposicional y en la lógica de predicados de primer orden.11 Lo más fácil es definir el mínimo lógico como el “si…, entonces…” que resulta de tomar la premisa explícita del argumento como el antecedente de la condicional y la conclusión del argumento como la consecuente. Sin embargo, puesto que en esta reconstrucción el mínimo lógico solamente enuncia explícitamente que de la premisa dada está permitido inferir la conclusión dada porque el argumento que resulta de añadir la condicional tiene la forma válida del modus ponens, el añadir el mínimo lógico no proporciona ninguna información nueva. Si el mínimo lógico se identificase sin más como la premisa inexpresa, el añadir explícitamente este compromiso formal se estaría innecesariamente atribuyendo al argumentador una violación a la regla comunicativa de “eficiencia”: del hecho de que el argumentador propone esta argumentación para defender un punto de vista resulta ya claro que asume que esa conclusión se sigue de esa premisa.

Vistas las cosas desde una perspectiva pragmática, considerar el mínimo lógico como una premisa inexpresa resulta en una reconstrucción que implica añadir algo superfluo. En el análisis hay por ello que hacer un intento serio para remediar la violación de la regla de eficiencia tomando para ello en cuenta toda la información disponible —textual, contextual, inferencial y de fondo— y así reconstruir, partiendo del mínimo lógico, el óptimo pragmático que sea plenamente conforme con las reglas de comunicación.12 En principio, esta reconstrucción pragmática se reduce a una reformulación del mínimo lógico que resulta de identificar una premisa por añadir que sea tan clara (“regla de claridad”), sucinta (“regla de eficiencia”) y al punto (“regla de relevancia”) como sea posible sin atribuir compromiso alguno al argumentador del que no pueda darse cuenta (“regla de responsabilidad”). Así por ejemplo, en “Pedro es un acádemico genuino, por tanto es curioso”, si partimos del mínimo lógico “Si Pedro es un acádemico genuino, entonces es curioso”, entonces podemos cumplir los requisitos comunicativos mencionados reconstruyendo “Los académicos genuinos son curiosos” como el óptimo pragmático que constituye la premisa inexpresa.

Cuando “pragmatizamos” el mínimo lógico que resulta de la reconstrucción lógica, lo que hacemos es juntar métodicamente la dimensión lógica dialéctica y la dimensión comunicativa pragmática del discurso argumentativo. El contexto comunicativo en el que se desarrolla la argumentación y el transfondo epistémico de la información disponible frente a la que ella ocurre son los factores decisivos para llevar a cabo la pragmatización. Esos dos contextos determinan si lo que está justificado es generalizar o especificar el mínimo lógico para obtener un óptimo pragmático. En algunos casos, esos dos contextos permitirán que el analista atribuya al argumentador compromisos más específicos o de mayor alcance que los contemplados en el mínimo lógico. El argumentador puede, por ejemplo, haber dicho algo antes en el intercambio que apoye una reconstrucción más específica del óptimo pragmático o bien la información disponible puede justificar una reconstrucción más general del mismo.

En la práctica argumentativa, la defensa de un punto de vista depende a veces del modo en que las premisas inexpresas implicadas en la argumentación están apoyadas por otros argumentos, de tal manera que sea vital reconstruir esas premisas inexpresas en el análisis. Aunque en la declaración de prensa de KLM son importantes las premisas inexpresas, ellas no conducen en este caso a un desarrollo ulterior de la argumentación en sub-argumentos. Sin embargo, como hemos indicado, hay dos puntos de vista inexpresos que parecen jugar un papel crucial en este texto argumentativo. En primer lugar, está el punto de vista inexpreso de que KLM ha actuado apropiadamente después de que ocurrió la destrucción de las marmotas, lo cual está implicado por la argumentación de KLM acerca de las acciones realizadas por la compañía después de los hechos. En segundo lugar está el punto de vista inexpreso de que KLM cometió un error ético de juicio.

7. Los esquemas argumentales empleados

La reconstrucción llevada a cabo en el análisis pragma-dialéctico debería también resultar en una identificación de los esquemas argumentales empleados, ya que estos juegan un papel importante en la evaluación. En la perspectiva pragma-dialéctica, los esquemas argumentales son modos convencionalizados de representar la relación entre lo que se afirma en el argumento y lo que se afirma en la conclusión.13 Las principales categorías de esquema argumental que distinguimos caracterizan tres diferentes tipos de argumentación: esquemas de sintomaticidad que pertenecen a una argumentación que involucra una relación de concomitancia; esquemas de similitud que pertenecen a argumentaciones que involucra una relación de analogía; y esquemas de instrumentalidad que pertenecen a argumentaciones que involucran una relación de causalidad. Cada una de estas tres categorías de esquema argumental incluye una gran cantidad de subcategorías. Los esquemas y sub-esquemas son indicadores de rutas dialécticas diferentes que justifican un punto de vista, ya que en el procedimiento dialéctico de evaluación argumental cada esquema invoca un método particular de calar la aceptabilidad de los argumentos presentados mediante conjuntos diferentes de “cuestiones críticas” que son reacciones pertinentes a los diferentes esquemas y sub-esquemas.

Cuando identificamos esquemas argumentales en la reconstrucción de discursos argumentativos a veces la aparición de ciertas expresiones verbales pueden indicar un tipo específico de esquema argumental. Tal es, por ejemplo, el caso de “es típico de” para argumentaciones sintomáticas, “se parece a” para argumentaciones analógicas, y “conduce a” para argumentaciones causales.14 Sin embargo, en muchos casos faltan estos indicadores útiles y el analista tiene que comenzar por identificar la (frecuentemente inexpresa) premisa mayor antes de definir el tópos que marca el esquema argumental empleado. Cuando la argumentación es implícita puede ocurrir que necesitemos tomar bien cuenta del contexto en que ocurre el argumento a fin de identificar el esquema argumental empleado. Dependiendo del contexto, el esquema argumental en “Alberto perseverará: tiene aguante”, por dar un ejemplo, se reconstruirá como sintomático (“Perseverar es característico de quien tiene aguante”), como causal (“Es por tener aguante que la gente es capaz de perseverar”) o incluso como analógico (“Así termina la carrera como corredor de aguante, así también perseverará en completar esta tarea”).

Nos falta aquí espacio para entrar en los detalles del análisis de todos los esquemas argumentales empleados en la declaración de prensa de KLM. Baste como ejemplo observar que KLM presenta el hecho de que echó a andar una investigación exhaustiva acerca de lo ocurrido en Beijing cuando se recibió el paquete como signo de que la compañía ha actuado apropiadamente después de la destrucción de las marmotas —el punto de vista (3)— de manera que el esquema argumental que se usa aquí puede caracterizarse como sintomático y que en este texto la misma caracterizacion se aplica a la argumentación que se ofrece en apoyo de prácticamente todos los puntos de vista. Dado lo vital que para la etapa de argumentación es la argumentación sintomática que KLM presenta en apoyo de su afirmación de que AEMF es culpable de haber dado una orden no ética, podemos asegurar que un punto crucial en la evaluación final de la declaración de prensa de KLM será el verificar hasta qué punto las cuestiones críticas asociadas a este esquema argumental pueden ser respondidas satisfactoriamente.

8. La estructura de la argumentación

La argumentación más simple que ocurre en el discurso argumentativo consiste de un solo agrumento, el cual con mayor frecuencia no está marcado como argumento, de tal manera que no se destaca con claridad. En la argumentación que defiende un único punto de vista la premisa que conecta la premisa expresa con el punto de vista suele quedar inexpresa. Especialmente cuando la premisa inexpresa se vuelve problemática en la discusión puede ser necesario hacerla explícita para una evaluación adecuada.

Dependiendo del tipo de objeciones y otras críticas que el protagonista de un punto de vista haya de afrontar o logre anticipar, la estructura de la argumentación puede volverse más compleja, ya que para ocuparse de la crítica a un argumento el protagonista debe hacerse de más argumentos. La argumentación compleja que resulta de esto puede analizarse en una constelación de argumentos separados. Esto es exactamente lo que pasa cuando, al analizar la estructura de la argumentación, reconstruimos el patrón argumentativo que sigue la defensa.15

La argumentación múltiple, el primer patrón de defensa de un punto de vista que distingue la pragma-dialéctica, consiste en defensas alternativas del mismo punto de vista, planteadas una tras otra. Cada defensa se presenta como si fuese una defensa suficiente del punto de vista, de tal manera que en principio cada una podría estar sola. Una razón para proponer una argumentación múltile puede ser que el protgonista anticipa que no todos los oyentes o lectores se dejarán convencer por todas las defensas. Esta anticipación ocurre a menudo cuando el argumentador se dirige a un auditorio heterogéneo, que consiste de personas que probablemente responderán de forma diferente a las diversas defensas de un punto de vista.

En la argumentación coordinada, el segundo patrón de defensa de un punto de vista, los argumento planteados no son una serie de defensas alternativas, sino que constituyen juntas la defensa del punto de vista. En el caso de la argumentación coordinada “cumulativa”, cada argumento por sí solo puede ser demasiado débil para apoyar el punto de vista de forma conclusiva, pero al reforzarse los argumentos uno a otro deberían ser suficientes juntos. En el caso de la argumentación coordinada “complementaria”, un argumento refuerza a otro por cuanto previene que se susciten posibles objeciones. En el discurso argumentativo, podemos encontrar argumentación coordinada cumulativa y complementaria una al lado de la otra y en principio la diferencia entre ambas no afecta la evaluación.16

En la argumentación subordinada, el tercer patrón de defensa de un punto de vista, se plantean argumentos en apoyo a otros argumentos porque el protagonista asume que unos argumentos necesitan una defensa ulterior. El proceso de ofrecer apoyo al apoyo podría continuar hasta que el protagonista piense que la defensa se aceptará como conclusiva. En la práctica argumentativa, la argumentación subordinada puede combinarse con la múltiple y la coordinada (cumulativa y complementaria) de tal manera que emerjan patrones de defensa complicados y la estructura de la argumentación se vuelva bastante compleja.

El protagonista no suele indicar explícitamente cómo está estructurada su argumentación. Sin embargo, hay ciertas palabras y expresiones que pueden servir como indicadores. Entre los indicadores de argumentación múltiple están “ni que decir tiene que” [needless to say that] y “aparte de eso” [apart from that], los de la argumentación coordinada incluyen “tanto como (el hecho de que)” [as well as (the fact that)] y “no solamente…, sino también…” [not only… but also], y la argumentación subordinada puede ser precedida por indicadores como “pues dado que” [for because]. Hay también ciertas expresiones que redondean un argumento complejo como “tomando todo esto en consideración” [taking all this in consideration] y “por todo ello” [ergo], que se usan en la argumentación coordinada y subordinada más que en la argumentación única o en la múltiple.17 En la práctica, sin embargo, la reconstrucción de la estructura argumentaiva difícilmente podrá alguna vez basarse solamente sobre los indicadores textuales, sino que deberá tomar en cuenta también informaciones relevantes de contexto y de fondo. En algunos casos podrá incluso ser necesario identificar ciertas premisas inexpresas especificando el óptimo pragmático ya que tal especificación puede tener consecuencia para el modo en que se haya de reconstruir la estructura de la argumentación.

La estructura de la argumentación planteada por KLM en apoyo de los tres puntos de vista que la compañía sostiene es como sigue: 18


1KLM ha actuado de una manera que está formalmente justificada
1.1aKLM recibió órdenes de AEMF de actuar de esa manera
1.1bEl empleado de KLM siguió las órdenes de AEMF
­
2AEMF tiene la culpa por haber dado una orden ética incorrecta
2.1La orden de AEMF no tuvo la forma correcta
2.2AEMF no ofreció ninguna alternativa viable
(3)(KLM actuó apropiadamente tras la destrucción de las marmotas)
(3).1aKLM inició una investigación exhaustiva acerca de lo ocurrido al recibirse el paquete en Beijing
(3).1bKLM inició una investigación exhaustiva acerca de lo ocurrido en su hotel de animales
(3).1cKLM hizo que el empleado que ejecutó las órdenes se quedara en casa durante la investigación
(3).1c.1La investigación está en curso
(3).1c.2Las emociones despertadas por la destrucción hacen necesario que el empleado permanezca en su casa
(3).1dKLM se aseguró de que desastres como ese no ocurran nunca más en el futuro
(3).1d.1KLM informó a todas las partes interesadas e inició consultas con ellas
El punto de vista atribuido a los acusadores es como sigue:
(4)(KLM cometió un error ético de juicio)

De acuerdo con este análisis, KLM propone la argumentación coordinada 1.1a-1.1b en apoyo de su punto de vista 1, la argumentación múltiple 2.1-2.2 en apoyo de su punto de vista 2, y la argumentación coordinada (3).1a-(3).1d en apoyo de su punto de vista implícito (3). KLM apoya a su vez dos partes de esta última, a saber (3).1c y (3).1d, por medio de las argumentaciones subordinadas (3).1c.1-3.1c.2 y (3).1d.1 respectivamente.

Pulsuz fraqment bitdi.

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
918 səh. 14 illustrasiyalar
ISBN:
9786077423348
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar