Kitabı oxu: «Hijas del futuro»

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Cristina Jurado (@dnazproject) es escritora bilingüe de ciencia ficción, fantasía y subgéneros híbridos. Editora y traductora, es la primera mujer en obtener el Premio Ignotus a la Mejor Novela en 2019 por Bionautas.

Lola Robles (Madrid, 1963) es licenciada en Filología Hispánica, escritora y activista feminista, pacifista y queer. Se ha especializado en la investigación sobre autoras españolas de ciencia ficción y en la relación de este género y la literatura fantástica con el feminismo y la teoría queer. También escribe narrativa.

Layla Martínez es traductora de inglés y editora en el sello independiente Antipersona. Ha publicado recientemente el libro Utopía no es una isla (Episkaia, 2020).

Inés Arias de Reyna es profesora de escritura creativa desde 2006. En la actualidad, imparte el Itinerario de Literatura fantástica, ciencia ficción y terror, de la Escuela de Escritores, que es la síntesis de toda una vida dedicada a pensar y a enseñar fantasía. También corrige, maqueta y edita libros. Diplomada en Biblioteconomía y Documentación, cuenta con estudios en Filología Hispánica. Es autora del libro de relatos Deja que el viento se lleve mis cenizas (Orciny Press, 2021).

Loli Molina Muñoz es profesora de español en Carolina del Sur. Su poesía y relatos han aparecido en diversas antologías españolas y norteamericanas, así como en dos poemarios.

Andrea Vega, originaria del Estado de México, ingeniera en Sistemas Computacionales por el IPN. Mediadora de lectura y coordinadora de círculos de lectura. Parte de la colectiva Librosb4tipos.

C. B. Estruch es une traductore, editore y activista no binarie. Ha traducido obras como Binti, de Nnedi Okorafor; Las mareas negras del cielo, de Neon Yang, y En las profundidades, de Rivers Solomon.

Carmen Romero Lorenzo se dedica a la traducción, además de a tejer sus propias historias que pueden encontrarse en diversas editoriales y en su web: carmenromerolorenzo.es

Elisa McCausland es periodista, crítica e investigadora enfocada en el análisis de la cultura popular desde una perspectiva feminista. Autora de los ensayos críticos Wonder Woman: El feminismo como superpoder (errata naturae, 2017) y Supernovas: Una historia feminista de la ciencia ficción audiovisual (errata naturae, 2019), este último junto al crítico Diego Salgado, con quien también explora las intersecciones entre sociedad, política y cultura pop en el proyecto crítico, producido por consonni, Trincheras de la cultura pop.

Enerio Dima es el pseudónimo de una autora con nombre y apellidos demasiado comunes como para ser recordados. Licenciada en Derecho, compagina la docencia con su vocación de escritora.

Maielis González es narradora, ensayista, traductora e investigadora literaria cubana. Produce junto a Sofía Barker el podcast Las Escritoras de Urras y es reseñista para la web Libros Prohibidos.


Autoras VV. AA.

Editoras de la antología: Lola Robles y Cristina Jurado Corrección Sonia Berger Diseño de colección Rosa Llop Imagen de cubierta Otobong Nkanga Producción ePub Bookwire

Edición consonni

C/ Conde Mirasol 13-LJ1D

48003 Bilbao

www.consonni.org

Primera edición en español:

julio de 2021, Bilbao

eISBN: 978-84-16205-74-5

Esta obra está sujeta a la licencia Creative Commons CC Reconocimiento-NoComercial-SinObra-Derivada 4.0 Internacional CC BY-NC-ND 4.0. Los textos, edición, traducciones e imágenes pertenecen a sus autoras/es

Autoría de los textos por orden de aparición: Cristina Jurado, Lola Robles, Layla Martínez, Inés Arias de Reyna, Loli Molina Muñoz, Andrea Vega, C. B. Estruch, Carmen Romero Lorenzo, Elisa McCausland, Enerio Dima, Maielis González

Imagen de cubierta: Otobong Nkanga, Shift and Wait (15), 2003, 15 x 20 cm

Forma parte de la serie de 16 impresiones litográficas producidas con la casa editora “Le petit Jaunais”, París, Nantes, Francia

consonni es una editorial con un espacio cultural independiente en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Desde el campo expandido del arte, la literatura, la radio y la educación, ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él.

Hijas del futuro

Literatura de ciencia ficción, fantástica y de lo maravilloso desde la mirada feminista

Cristina Jurado Lola Robles [eds.]


Introducción

Cristina Jurado

En 2017 la autora canadiense Amal El-Mohtar se convirtió en una de las invitadas de honor de Wiscon, la convención de ciencia ficción feminista más longeva que existe. Como tal se le pidió que ofreciera un discurso durante el evento central en el que se concede el Otherwise Award, el otrora James Tiptree Jr. Award, galardón anual literario que premia aquellos trabajos de ciencia ficción y fantasía que exploran nuestro entendimiento sobre el género. He aquí un extracto de sus palabras:

Las mujeres hablamos demasiado, nos dicen, si hablamos lo mismo que los hombres. […] Durante cientos de años la literatura nos ha dicho que la mujer virtuosa es la que calla. Pero por mucho que el mundo haya tratado de acallar a las mujeres durante siglos, de restringir y mitigar nuestras voces en el orden social, en democracias, en la sociedad civil, lo que me parece, con mucho, más perturbador es hasta qué punto está todo organizado para evitar que hablemos entre nosotras1.

En esa misma intervención, la canadiense señalaba la necesidad de potenciar la conversación entre las mujeres en cuanto agentes de pleno derecho en la esfera pública y, específicamente, en el ámbito de la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror. Esa necesidad es lo que impulsa proyectos como el libro que tienes entre manos. En estas páginas encontrarás una colección de diez ensayos escritos por otras tantas autoras que tiene como objetivo iniciar líneas de reflexión de las que se ramifiquen muchas más. Se trata de crear un tapiz de conversaciones, siguiendo el ejemplo de la Ariadna mitológica, mediante el cual se estimule la investigación y el debate sobre aquellas cuestiones que atañen a las mujeres que escriben literatura en español dentro de los géneros no realistas.

Como obra que se proyecta hacia delante, partiendo de una intención divulgativa, el título escogido ha sido Hijas del futuro: literatura de ciencia ficción, fantástica y de lo maravilloso desde la mirada feminista. Porque somos hijas de aquellas mujeres que antes que nosotras han luchado por alcanzar la igualdad de derechos y oportunidades, y somos hijas del futuro porque reclamamos el tiempo venidero como un espacio propio en el que las voces de todas se oigan. Es esta voz colectiva, aplicada a la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror en todos sus formatos y subgéneros, la que quiere mantener una conversación enriquecedora y, en la medida de lo posible, transformadora.

No es casualidad que el libro se inicie con el texto de Lola Robles «La mirada violeta: qué es la perspectiva de género sobre la literatura de género». Este texto sienta las bases de lo que son los géneros no realistas, sus características específicas y particularidades, y qué supone aplicarles una mirada feminista. Porque, para iniciar una conversación, hay que empezar por establecer sobre qué hablamos. Seguidamente, y con el objeto de extender el diálogo a escritoras de tiempos y geografías diferentes, aparece el primero de los textos que analizan la importancia y aportación de las autoras desde el comienzo de la literatura de ciencia ficción, fantasía y terror, y hasta nuestros días. Es en «Hermanas del futuro. Ciencia ficción escrita por mujeres entre los siglos XVII y XIX» donde Layla Martínez ofrece una semblanza introductoria a algunas de las primeras autoras de la literatura no realista como las inglesas Margaret Cavendish y Mary Shelley o la estadounidense Mary Griffith, entre otras.

En una antología como esta cimentada sobre el poder de la palabra, Inés Arias de Reyna reivindica el papel del lenguaje inclusivo como herramienta para visibilizar la labor de las mujeres en cuanto creadoras de historias y personajes en su ensayo «El lenguaje inclusivo en la literatura de género». A continuación, Loli Molina Muñoz realiza en «Identidad de género en la ciencia ficción en español escrita por mujeres. Una mirada con perspectiva de género a las obras de Elia Barceló, Lola Robles, Nieves Delgado y Teresa P. Mira de Echeverría» un análisis de las identidades de género desde las obras de las tres autoras españolas mencionadas.

No tendría sentido mantener una conversación global sobre el tema que nos ocupa sin dirigir nuestra mirada a otras tradiciones literarias, como la latinoamericana o africana, donde existen autoras que han desarrollado trabajos de gran calidad. La mexicana Andrea Vega proporciona en «La literatura de género como reflejo de la experiencia de la mujer» el recuento de la violencia sufrida por las mujeres en Latinoamérica, reflejada en tres obras de las argentinas Liliana Bodoc y Mariana Enríquez y de la mexicana Martha Riva Palacio Obón. Por su parte, C.B. Estruch arroja luz sobre el afrofuturismo en su artículo «Diáspora a las estrellas: el viaje de las protagonistas afrofuturistas», en el que hace un repaso a la carrera de Octavia Butler, Nnedi Okorafor y Karen Lord.

En este punto de la conversación profundiza en la figura del personaje femenino como sujeto sobre el que recae el peso de las convenciones machistas tradicionales y de qué manera ciertas obras intentan subvertir esta dinámica. En «Análisis de clase y género en la obra de Margaret Atwood Penélope y las doce criadas», Carmen Romero analiza la reinterpretación de la autora canadiense sobre el mito de la esposa de Ulises, referencia universal de la esposa abnegada y fiel. Mientras en «Viñetas de otros mundos: autoras de cómic en la ciencia ficción y géneros afines en el cómic del siglo XXI», Elisa McCausland examina algunas de las propuestas narrativas más interesantes de autoras actuales de novela gráfica y cómic en el ámbito de la literatura no realista. Finalmente, Enerio Dima en «Tu princesa está en otro castillo, pero ahora se llama Mary Sue» se centra en un fenómeno surgido en la comunidad de fans ante la necesidad de construir personajes femeninos protagonistas con los que las lectoras puedan sentirse identificadas.

Cierra la antología el artículo «Borderliners: tres escritoras en los límites de la ciencia ficción» de la cubana Maielis González. En él se exploran las novelas de las latinoamericanas Ana María Shua, Pola Oloixarac y Agustina Bazterrica como ejemplos de obras fronterizas entre la ciencia ficción y el realismo desde las que se realizan profundas reflexiones humanistas. Porque las autoras de los géneros no realistas han sido consideradas hasta no hace mucho sujetos marginales o borderliners, que operan en zonas limítrofes, en la periferia, lejos del centro desde el que el hombre cis heterosexual blanco ejerce el poder y establece qué debe ser considerado parte del canon literario.

Hijas del futuro: literatura de ciencia ficción, fantástica y de lo maravilloso desde la mirada feminista no habría sido posible sin Infiltradas, la antología publicada por Palabaristas en enero de 2019 mediante un esfuerzo colaborativo a nivel autoral y de financiación. Diecinueve ensayos componían aquella obra, ganadora del premio Ignotus al Mejor Libro de Ensayo, otorgado en 2020 por Pórtico, la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT), así como del Premio Guillermo de Baskerville 2019 al Mejor Libro de No Ficción. De ellos en la presente publicación se han seleccionado diez por su carácter divulgativo y relevancia a la hora de profundizar en aspectos poco conocidos y nuevos enfoques relacionados con el punto de vista de la mujer y con sus universos simbólicos y narrativos dentro de los géneros mencionados. En este nuevo compendio las autoras han tenido la oportunidad de revisar sus textos para ofrecer una selección más actualizada que dé cabida a las novedades aparecidas en los más de dos años transcurridos desde su aparición original. Es necesario, por tanto, recordar al resto de autoras que participaron en el proyecto original y sin las cuales no habría sido posible: María Alea, Amal El-Mohtar, Eleanor Arnason, Eleazar Herrera, Kameron Hurley, Logan R. Kyle, Elena Lozano, Alicia Pérez Gil, Carlos Plaza, Teresa P. Mira de Echeverría, Josué Ramos, M. J. Sánchez, Giny Valrís; así como las traductoras Blanca Rodríguez y Arrate Hidalgo.

Como decía Joanna Russ en Cómo acabar con la escritura de las mujeres, la experiencia de las mujeres ha sido sistemáticamente invisibilizada por un entramado social que, en lo que respecta a la literatura, ha empleado diversas estrategias para deslegitimar, desacreditar, infantilizar y borrar sus obras. Es esa experiencia la que alimenta la antología que estás a punto de leer, la de diez mujeres, todas ellas autoras y/o investigadoras de los géneros no realistas, que participan en una conversación necesaria para desmontar el andamiaje patriarcal que las ha silenciado históricamente. Porque, como afirma la norteamericana Kameron Hurley en la introducción de su libro La revolución femenista geek refiriéndose a las mujeres que escriben: «Tu voz es poderosa. Tu voz tiene significado. Si no lo tuviera, no se esforzarían tanto para silenciarte. […] No estás sola».

Ahora solo falta que tú, que lees estas palabras, decidas unirte a esta conversación.

Cristina Jurado

Dubai, mayo de 2021

1Amal El-Mohtar, «Discurso como Invitada de Honor en Wiscon 2017», en Infiltradas, Gijón, Palabristas Press, 2019.

La mirada violeta: qué es la perspectiva de género sobre la literatura de género

Lola Robles

El género literario y la literatura de género

Por «género literario» se entiende aquel conjunto de obras que tienen unas características temáticas, formales y estructurales en común. Una de las primeras divisiones que se hizo en literatura fue en tres grandes géneros: épico, lírico y dramático. El género épico, al principio en verso, era narrativo: epopeyas, cantares de gesta, romances… Desde hace ya siglos, el género narrativo ha pasado a utilizar la prosa en la novela y el cuento. La lírica, que sirve para expresar sentimientos más que para relatar hechos, emplea el verso, aunque también hay prosa poética. El género dramático es aquel que se encauza a través de la puesta en escena de una acción con personajes que utilizan el diálogo y se vincula al teatro.

El concepto de género literario ha estado sujeto a continuo debate dentro de la Teoría de la Literatura. Sin embargo, todavía puede servir para que el público lector sepa, de antemano, qué tipo de obra va a leer. E incluso, en ocasiones, implica un modo de mirar la realidad, como veremos más adelante. Los géneros no deben entenderse como categorías cerradas e inamovibles, ya que, muy por el contrario, son abiertas, flexibles y cambiantes históricamente. De ahí la existencia de obras híbridas, con elementos de más de un género.

Se denomina «literatura de género» a determinadas ficciones literarias que tienen unos rasgos muy específicos y, con frecuencia, repetidos, hasta el punto de que el público lector espera encontrarlos en esas obras: la novela histórica, negra y policíaca, romántica, del Oeste y los géneros no realistas o no miméticos, es decir, la ciencia ficción, lo fantástico y lo maravilloso.

Poniendo como ejemplo la novela romántica, se puede ver claramente cómo el público lector busca en ella ciertas situaciones, personajes y un final feliz para la historia, y no solo los espera, sino que puede exigirlos y sentirse defraudado en el caso de no encontrarlos: hay un «horizonte de expectativas» muy concreto por parte de los lectores.

A casi todos estos tipos de novelas se los ha considerado inferiores en calidad literaria, estilo, psicología de los personajes, etc., respecto a otros de la llamada «literatura general». No obstante, ya desde hace tiempo, géneros como la novela histórica, negra y policíaca han «subido» de nivel en la valoración por parte de crítica y público.

Nos interesan especialmente, en este caso, los géneros no realistas o no miméticos: la ciencia ficción, lo fantástico y lo maravilloso o fantasía. El terror es un género transversal, puede ser realista o estar unido a lo maravilloso, aunque, con mucha frecuencia, se vincula a lo fantástico. En cuanto a lo real maravilloso y al realismo mágico, es posible incluirlos dentro de lo maravilloso, a pesar de que tienen también elementos propios de lo fantástico.

Resulta muy curioso que, entre los lectores aficionados a los géneros no realistas, e incluso entre sus escritores y críticos, haya tanta disparidad de opiniones sobre lo que son o no son esos tipos de literatura. Cierto, como ya he dicho, que la categoría «género» es discutible, precisamente porque los géneros interaccionan entre sí, se mezclan y evolucionan. Cosa muy diferente es que no existan unos criterios mínimamente rigurosos para definirlos o que las posibles definiciones se basen en opiniones de cada cual. Esto no sucede en otros ámbitos de la literatura. Y más aún, no parece haber demasiado interés en basar esas opiniones, con frecuencia meramente intuitivas, en estudios teóricos ya realizados.

También se hace cómodo pensar y decir que los géneros son simples etiquetas para bibliotecas y librerías. Pero si profundizamos en el tipo de literatura que escribimos o que nos gusta como lectores, estudiando acerca de ella, descubriremos que las diferencias entre géneros y sus características peculiares tienen una razón de ser, pues reflejan una identidad, además de una manera de enfrentarse y plasmar la realidad y el mundo.

Vamos a ver, muy brevemente, las diferencias principales entre lo maravilloso, lo fantástico y la ciencia ficción.

En lo maravilloso o «fantasía» (nombre, este último, que se utiliza más comercialmente) aparecen entidades de ficción sobrenaturales e imposibles, que son aceptadas con normalidad por los personajes, quienes viven en un ámbito fabuloso o acceden a él, de manera temporal o definitiva, normalmente a través de un paso o umbral. También los lectores admiten lo sobrenatural sin el menor problema y sin que eso cuestione sus certidumbres acerca de la realidad, mediante el pacto de ficción característico de este género.

Ejemplos son El señor de los anillos de J. R. R. Tolkien, la serie Harry Potter de J. K. Rowling o la saga de Mundodisco de Terry Pratchett. La fantasía, donde predomina lo mágico y lo imposible, se asocia a la literatura infantil y juvenil, a los cuentos de hadas, pero también hay una fantasía para personas adultas, como la que escribe el autor británico China Miéville en su trilogía ubicada en el universo ficticio Bas-Lag. Otro ejemplo es la magistral novela de Ana María Matute Olvidado Rey Gudú, en la que recupera el ámbito de lo maravilloso para un público maduro, que, y ese es uno de los principales temas de la obra, no debería (no deberíamos) perder la capacidad de ir más allá de la realidad empírica.

En la ciencia ficción, sin embargo, los elementos sobrenaturales (precisamente en el sentido de que van más allá de las leyes de la física que conocemos) son presentados como posibles en otra realidad espacio-temporal, donde la ciencia, la técnica o cualquier otro campo de la vida humana han evolucionado lo suficiente para que esos elementos existan. El género parte, pues, de un novum o novedad no existente en la realidad espacio-temporal (presente y pasado históricos) del/la autor/a y especula a partir de él. Cierto que hay obras de ciencia ficción con elementos por completo inverosímiles, pero ahí se trata de una hibridación con la fantasía.

Un buen ejemplo de ciencia ficción es la novela corta 36, de Nieves Delgado, que especula sobre la existencia de una primera IA (Inteligencia Artificial) capaz de tomar decisiones y pensar por sí misma. Se nos muestra así cómo la ciencia ficción se basa en un «¿qué sucedería si…?» que intenta parecernos plausible y racional.

Lo fantástico funciona de manera distinta. Supone la intrusión de lo sobrenatural en nuestra realidad conocida, en nuestra vida cotidiana. Una irrupción que desestabiliza y socava nuestra seguridad sobre el mundo e incluso sobre nosotros mismos. De ahí que los personajes sientan inquietud, temor o pánico, y que su salud psíquica y física peligre hasta el punto de poder volverse locos o morir. El efecto de inquietud y miedo se produce también en el público lector (aunque por supuesto puede haber personas que no lo sientan).

Un ejemplo de lo fantástico es la novela La lógica del vampiro de Adelaida García Morales. En ella, la protagonista se enfrenta a un extraño personaje cuyo comportamiento va más allá de lo natural. Al final de la novela, la narradora nos dice: «En definitiva, todo giraba en torno a la fortuita y aleatoria distinción entre lo que ya estaba establecido que podía ser real y lo otro, aquello para lo que no existían nombres ni medidas, aquello que constituía solo un escándalo para el sentido común» (García Morales, 1990: 189).

Feminismo, género sexual y perspectiva de género

Paso ahora a explicar qué es la «perspectiva de género». Se trata de una forma de analizar diferentes ámbitos de la vida humana, entre ellos la literatura, y se incluye dentro de los «estudios de género». Dentro de ellos estaría la perspectiva feminista, la LGTB-QIA (lesbiana, gay, trans, bisexual, queer, intersexual y asexual), la investigación sobre las masculinidades y la intersección de estas condiciones con la raza o etnia, clase social y religión.

El concepto de «género sexual» comienza a generalizarse en la segunda mitad del siglo XX, frente al uso anterior de «sexo». Se plantea que el género sexual es una construcción cultural y social, referida a lo masculino/femenino, varones/mujeres, y no una realidad «natural», esencial e inmutable, como ha podido entenderse la noción de «sexo», también hoy muy discutida; de la misma manera que la pretendida superioridad «natural» del varón sobre la mujer y de unas etnias sobre otras, construcciones consideradas ya falaces. Somos productos de la cultura, la historia, la economía y la sociedad, aunque pueda haber, desde luego, componentes biológicos. Hablar de «construcción» no quiere decir algo totalmente inventado, una entelequia artificial, sino que se trata de una interpretación de la realidad. Los seres humanos conformamos nuestro pensamiento y esa realidad a través del lenguaje. Este supone una categorización de lo real: lo «prediscursivo» es un continuum o materia que podría estructurarse de muy distintas maneras. En el caso de los cuerpos humanos, en toda su diversidad, hemos elegido la dicotomía macho/hembra, varón/mujer, o la división en razas (concepto este último, profundamente cuestionado también). No trato de negar la presencia de la realidad biológica, sino que planteo que esa realidad se interpreta (y se utiliza), pero no es la causa «natural» de la desigualdad, pues de serlo estaríamos ante un determinismo biológico muy difícil de cambiar (y que, sin embargo, hemos superado en muchos otros aspectos).

Hablo de «varones» y no de «hombres», aunque ambos términos han pasado a ser equivalentes, porque, «hombre» viene del latín homo, -inis, que significa «ser humano». En castellano, la oposición correcta sería varón/mujer, macho/hembra.

El feminismo nace en el siglo XVIII, en la Ilustración, aunque, por supuesto, hubo antecedentes. Su objetivo ha sido, desde el principio, la liberación de las mujeres del patriarcado. Es importante aclarar que «mujeres» no es lo mismo que «mujer», ya que este último término, en su singularidad, connota una condición esencial y única para todas nosotras, una identidad común que es rechazada por muchos feminismos. De ahí que estos prefieran hablar de «mujeres» en plural, para aludir a toda nuestra diversidad. De igual manera se habla de «feminismos» en vez de «feminismo» para dejar claro que existen diversas tendencias en este movimiento, aunque se puede utilizar la segunda forma para referirse al pensamiento feminista en general. Lamentablemente, la extensión de este artículo no me permite exponer las diversas corrientes feministas que se han dado a lo largo de la historia y que continúan existiendo hoy.

Como ya he señalado, el/los feminismo/s busca/n la liberación de las mujeres del patriarcado y la equiparación en derechos. El «patriarcado» es un sistema o estructura muy antigua, en la cual los varones detentan el poder económico, político, social, cultural y legal, del mismo modo que las personas blancas han oprimido en muchos lugares a otras etnias. A veces, se ha asegurado que el poder que han mantenido los varones sobre las mujeres se debe a causas como la supuesta superioridad natural por su mayor inteligencia, fuerza física y capacidades. El tema es mucho más complejo, sobre todo a partir del momento histórico en que la fuerza física deja de ser un factor determinante para alcanzar y controlar el poder.

No es lo mismo «patriarcado» que «machismo». El machismo es una forma de pensar por la cual determinados varones y determinadas mujeres consideran que ellos son superiores en muchos aspectos a nosotras: pueden creer que son mejores cocineros, modistos, escritores o gobernantes, o que realizan las tareas más duras y difíciles. El patriarcado es un sistema o estructura de poder que tiene más componentes que una simple ideología. En ese sistema se tienen unos privilegios, igual que ocurre con la esclavitud o la precariedad laboral de nuestra época. El patriarcado funciona y subsiste porque hay una parte de la población que se beneficia de él.

El feminismo explica que el sistema patriarcal se fundamenta en la realización por parte de las mujeres de manera gratuita (en el sentido de que no hay un salario legalizado, sino que el pago es la subsistencia, que solo en el caso de una minoría de mujeres conlleva un bienestar notable) de estos cuatro trabajos:

•Trabajo doméstico (en muchas zonas rurales a este trabajo en el interior del hogar se han añadido otras labores relacionadas con la agricultura, ganadería y acarreo de víveres y agua; en las clases sociales más precarias después de la industrialización podía sumarse un trabajo asalariado imprescindible para subsistir).

•Trabajo de cuidado de las criaturas, personas enfermas, ancianas, incapacitadas y discapacitadas, además del propio esposo e incluso de la familia del esposo.

•Trabajo sexual: en el matrimonio, dar satisfacción al esposo de manera voluntaria o forzada (esto no quiere decir que las mujeres no obtengan satisfacción con el sexo ni que se vean coaccionadas siempre, sino que en el patriarcado, la legislación matrimonial ha obligado durante mucho tiempo al «débito conyugal»); mediante la prostitución; añádase que la violación y el abuso sexual supone un tomar por la fuerza por parte de los varones aquello que desean o a lo que creen tener derecho.

•Trabajo reproductivo: es uno de los trabajos principales, pues biológicamente solo lo pueden realizar las mujeres en edad fértil (y algunas otras personas con diferente identidad de género). El patriarcado intenta controlar este trabajo reproductivo que asegura la continuidad de la especie, la propia paternidad y provee de fuerza de trabajo a los sistemas económicos ligados a la estructura patriarcal, desde el feudalismo al capitalismo, sin olvidarnos de los regímenes comunistas. Casi todas las teóricas feministas han dado la máxima importancia a la cuestión reproductiva, ya que es algo que los varones, mayoritariamente, no pueden realizar.

Se suele decir que el feminismo busca la igualdad entre mujeres y varones. Pero, para muchas feministas, ese no es el objetivo principal, por mucho que sorprenda. Por supuesto, deseamos la igualdad de derechos y oportunidades, pero no solamente o como final último. Es más importante para nosotras la transformación del sistema patriarcal en otro más justo tanto para mujeres como para varones. Por ejemplo, puedo considerar que las mujeres tienen derecho a ser toreras, verdugos o militares. Pero si estoy en contra de la tauromaquia, la pena de muerte o la existencia de un ejército para la guerra, no lucharé por esa igualdad ni me parecerá en absoluto prioritaria, sino que intentaré que esas tareas dejen de existir. Buena parte del movimiento feminista es de izquierdas, anticapitalista y antimilitarista (esto último quizás no en un porcentaje tan elevado como lo anterior). Eso quiere decir que no solo lucha por la igualdad, sino por un cambio del sistema económico, político y social en el que vivimos, ya que considera que ese sistema va unido intrínsecamente al patriarcado y que ambos se necesitan. Bien es cierto que hay mujeres dentro de un feminismo más institucional o de partidos más moderados, o incluso conservadores, que solo buscan la igualdad, porque no están disconformes con el sistema global; no se puede negar la existencia de este tipo de feminismo, pero no es el mayoritario; ha de tenerse en cuenta que en los últimos años incluso los partidos más conservadores han asumido algunas de las reivindicaciones feministas, sobre todo por el empuje de sus propias mujeres y porque se trataba de una cuestión de derechos humanos que era imposible seguir negando, aunque se muestran muy reticentes a los planteamientos del feminismo más revolucionario y, en ocasiones, pueden llegar a tergiversar algunos de los planteamientos básicos de la teoría feminista.

A lo largo de los siglos XVIII, XIX y XX, las sucesivas olas y corrientes feministas han logrado, al menos en una parte del mundo, una serie de importantes avances. En la actualidad, en Occidente y en nuestro país, nos encontramos con una clara mejora, pero también con retrocesos e involuciones. Nos seguimos enfrentando a problemas como la violencia machista contra las mujeres (asesinatos, violaciones y abusos sexuales) y la falta de un cuestionamiento de la construcción de la masculinidad por parte de muchos varones.

También nos enfrentamos a nuevas formas de machismo, como el negacionismo y el neomachismo, que usan la estrategia de afirmar que la opresión y discriminación de las mujeres es cosa ya del pasado o niegan la existencia misma del patriarcado, argumentando que los hombres también pueden ser víctimas (las consabidas «denuncias falsas» contra ellos en materia de violencia de género o los presuntos varones asesinados por mujeres), o que si estas no se liberan es porque no quieren. La postura negacionista es muy habitual en otros campos de la vida humana, por ejemplo, tras una guerra, cuando los vencedores silencian y falsean sus crímenes y genocidios. Algunos varones neomachistas aseguran ser feministas, pero pretenden un feminismo que les resulte complaciente y cómodo, y para ello tergiversan los postulados feministas o califican a estos de fanáticos. Se utiliza por ejemplo el argumento de la libertad de decisión de las mujeres sobre su propio cuerpo, aunque sea para beneficio, como siempre, de los varones.

Para conocer mejor el feminismo es muy bueno escuchar a mujeres activistas. También resulta muy conveniente leer libros de ensayo. En el momento actual, las redes proporcionan muchas ventajas, pero también fomentan la tendencia a basar nuestra información en artículos, a veces, con poco o ningún rigor. En las redes cualquiera puede opinar sobre cualquier tema, aunque no tenga apenas idea sobre el asunto, y la violencia verbal es muy frecuente, lo que dificulta los debates y diálogos de aprendizaje.

¿Pueden los varones participar en el feminismo? Por supuesto que sí, ya que el patriarcado, pese a que los beneficia en gran parte, también perjudica a los que se salen de la normatividad y los limita desde que son niños a roles muy rígidos. No obstante, el mejor modo de entrar en el feminismo no es decirles a las mujeres cómo deben liberarse y cómo hacer un feminismo más agradable para ellos. Quizás les toque cuestionar la construcción de su masculinidad y buscar posibles alternativas.

¿Son todos los hombres culpables, responsables del patriarcado y se benefician de él? Sería como preguntar lo mismo respecto de las personas blancas y el racismo. Quienes no creemos en causas biológicas ni identidades naturales, esenciales ni fijas, preferimos hablar de posiciones sociales. Todas las personas estamos atravesadas por esas posiciones que, en ocasiones, pueden ser de privilegio y en otras, de discriminación. Lo triste y también muy cansado es que, a principios del siglo XXI, tengamos que seguir explicando todo esto porque tanta gente ni siquiera lo sabe o desea saberlo.

Crítica literaria feminista y desde la perspectiva de género

A la hora de interpretar, analizar y valorar un texto literario, hay diversos métodos y escuelas de crítica: formalismo, estructuralismo, semiología, New Criticism, deconstrucción, estética de la recepción… entre otras; y hay también análisis desde una perspectiva psicológica, social e ideológica: crítica literaria desde la psicología y el psicoanálisis, sociohistórica, marxista y feminista, por ejemplo. Es importante dejar bien claro que ninguna de estas últimas perspectivas es excluyente con respecto a un análisis formal.

Tampoco deben entenderse estos tipos de crítica ideológica como formas de censura, proscripción ni prescripción, aunque pueda haber personas, instituciones e incluso países que, en determinadas épocas, lo hayan hecho. Así, desde la crítica literaria feminista, no se trata de decir lo que es «correcto» o «incorrecto», sino de analizar y mostrar el contenido desde la perspectiva de género.

Para conocer mejor la crítica literaria feminista aconsejo empezar con Una habitación propia (1929) y Tres guineas (1938) de Virginia Woolf, obras clásicas del tema. Ya en nuestro siglo, Teoría literaria feminista (1985), de Toril Moi y, en España, es muy recomendable conocer los ensayos de Laura Freixas, como Literatura y mujeres. Más adelante añado otros libros en la bibliografía.

Voy a plantear de manera muy sucinta algunos elementos que se pueden analizar en una obra desde la perspectiva de género:

1)Autoría y producción de la obra:

a.Época, país y nacionalidad de la autora o autor. Idioma en el que escribe.

b.Dificultades o ventajas que ha podido tener una autora en su época o país a la hora de escribir y publicar. Se debe valorar también los porcentajes de autoras y autores en dicha época y país.

c.Dificultades personales de la autora para ejercer su oficio (familiares, de clase social, laborales, psicológicas, de salud…), y si utilizaba su nombre o seudónimo.

2)Recepción por parte del público lector y de la crítica.

a.Reconocimientos, premios.

b.Aparición o invisibilidad en medios de comunicación, libros de crítica y de historia de la literatura de su época o posteriores.

Por ejemplo, Emilia Pardo Bazán (1851-1921), mujer de enorme inteligencia y con una extensísima y variada obra de gran calidad, tuvo muchas dificultades para ser reconocida en su momento e incluso fue boicoteada y ridiculizada por algunos de sus colegas contemporáneos. Se le impidió la entrada en la Real Academia de la Lengua. Sin embargo, ocupó la cátedra de Literaturas Neolatinas de la Universidad Complutense de Madrid, a pesar de que, al principio, este puesto fue boicoteado también y de que ella no había podido estudiar en la Universidad porque a las mujeres les estaba prohibido. Hay que destacar, no obstante, que la familia de Pardo Bazán, empezando por su padre y su condición de noble, le permitió escribir, algo que en otra clase social o entorno familiar le hubiera resultado imposible. Se separó de su marido porque este le pedía que abandonara la escritura, ya que el «atrevimiento» de ideas de doña Emilia causaba un gran escándalo social. Pero parece que su esposo no fue un hombre violento y la separación entre ambos se hizo de forma amistosa, circunstancia poco habitual.

Otro caso es el de la escritora estadounidense Charlotte Perkins Gilman (1860-1935). Tras tener una hija en su primer matrimonio, Gilman sufrió una profunda depresión, en parte porque no sentía deseos de adaptarse a la vida de casada ni de ser madre. Acudió a un neurólogo que le aconsejó no dedicarse a ninguna tarea intelectual ni volver a escribir nunca y limitarse a su vida familiar, algo que, por fortuna, ella no hizo. En 1892 se publicó su relato «El papel de pared amarillo» («The yellow wallpaper», un magnífico cuento fantástico donde reelabora su experiencia).

Observaciones:

Escucharemos a muchas personas afirmar que esas circunstancias están ya superadas. Algunas mujeres dirán que ellas no han tenido esos problemas. Pero que algo no nos suceda a nosotras no quiere decir que no les pase a las demás. Por otra parte, no se puede negar que la situación ha cambiado en determinadas zonas del mundo, aunque siguen existiendo dificultades, sesgos y prejuicios. Quienes planteamos esto no estamos cayendo en el victimismo, solo somos conscientes de las circunstancias y no nos limitamos a pensar desde nuestra mera individualidad.

Una forma de negacionismo actual es cuando muchos lectores plantean que ellos no tienen en cuenta el género sexual de quien escribe un libro, sino su calidad. Sin duda puede haber personas que no presten atención a este tema, igual que hay espectadores que no se fijan en quién dirige una película sino en su título y tema. Otra cosa es lo que deberían hacer las y los escritores. No observar todos los aspectos de una obra (autoría, época, nacionalidad del autor o autora, idioma en que la obra está escrita, traducción, editorial, extensión, género, etc.) resulta extraño y poco profesional. También hay lectores veteranos que, desde luego, han leído obras de autoras, pero no profundizan en el tema de la discriminación ni en las circunstancias que han rodeado a las mujeres a la hora de escribir y publicar. Con frecuencia, muchos de estos sesgos y prejuicios son inconscientes, aunque tampoco se hace mucho por sacarlos a la luz.

3)Género literario en el que se puede incluir la obra (o géneros, si se trata de un texto híbrido): analizar si es un género tradicionalmente escrito por varones (como la ciencia ficción), por mujeres (como la novela romántica) o por ambos.

4)Personajes de la obra y en qué época transcurre la acción.

a.Quiénes son los protagonistas y los secundarios.

b.Si son mujeres, varones o tienen otras identidades de género. Porcentaje de unas y otros.

c.Si esos personajes representan estereotipos y repiten roles de género tradicionales o, por el contrario, presentan alternativas. Téngase en cuenta que en la literatura de género son frecuentes los estereotipos, ya que, como he dicho más arriba, suelen basarse justamente en esos clichés, que son los que esperan los lectores.

Grosso modo, los «roles de género» son una serie de normas y conductas, «papeles» asociados a los géneros sexuales femenino y masculino: el varón debe ser el proveedor del sustento; la mujer, ocuparse de las tareas domésticas y de cuidados. En cuanto a los estereotipos, se trata de ideas aceptadas sobre cómo son los varones y las mujeres: ellos, más fuertes físicamente y más capaces para ciertos oficios como los que requieren esa fortaleza física, pero también para trabajos intelectuales, la ciencia, las ingenierías o los negocios, son también más agresivos o tienen más apetencias sexuales, mientras que las mujeres se muestran más delicadas y sensibles, y por eso se les dan mejor las tareas de los cuidados o del hogar, coser o cocinar, salvo a altos niveles, donde de nuevo destacarán ellos como cocineros o modistos. Pero, asimismo, están los arquetipos, representaciones primigenias, simbólicas o incluso míticas, que pueden convertirse en parte del inconsciente colectivo de una sociedad: el padre, la madre, el héroe y el guerrero, la madrastra, la donna angelicata…

Voy a mencionar algunos de los roles y estereotipos más significativos:

Varones que son cabeza de familia y trabajan fuera del hogar, aparecen como protagonistas de la historia narrada, con frecuencia en el papel de héroe: aventureros, exploradores, guerreros, militares, investigadores, científicos, intelectuales, gobernantes; es decir, detentan puestos de poder, manejan armas, son fuertes, valerosos, atractivos y jóvenes, inteligentes, blancos, heterosexuales y sin ningún tipo de discapacidad. Solucionan los conflictos y situaciones problemáticas, se enfrentan a los peligros y los vencen, salvando también a su pareja femenina.

Las mujeres son parejas y compañeras del héroe, bellas, jóvenes y blancas; se dedican al trabajo doméstico, de esposa y madre, no detentan los puestos de poder ni decisión, no resuelven los conflictos ni las situaciones de peligro salvo como ayudantes de los varones, no parecen tan inteligentes como ellos, tienen menor fuerza física, no manejan armas y deben ser salvadas de los peligros por el hombre. Las mujeres pueden presentarse también como antagonistas, las «malas» de la historia, taimadas reinas de un matriarcado feroz o eróticamente perversas: la femme fatale.

Las excepciones confirman la regla.

Observaciones:

En las novelas policíacas, novela negra, del Oeste, bélicas, románticas, de ciencia ficción, fantásticas y de lo maravilloso, es decir, en la «literatura de género», estos estereotipos suelen cumplirse, lo cual no supone que aparezcan todos ni siempre. Este es un esquema y, como todos los esquemas, tiene sus variantes. En las novelas de aventuras, por ejemplo, que son antecedentes de ese subgénero de la ciencia ficción que sitúa las aventuras en el futuro o en otros planetas, ya se daban estos estereotipos. La fantasía épica es otro buen ejemplo. Por supuesto, con el avance social y la incorporación de las mujeres al trabajo fuera de casa y a oficios antes vedados, en la literatura han ido integrándose personajes femeninos que se muestran lejos ya de los estereotipos tradicionales y reflejan la nueva situación. También depende mucho del escritor o escritora, por supuesto.

Otra cuestión a tener en cuenta es no vincular de manera absoluta la masculinidad con los varones y la feminidad con las mujeres. La masculinidad y la feminidad pueden darse en cualquier persona, con diferente gradación, porque tiene mucho de construcción social. Por eso, no es lo mismo «literatura femenina» que «literatura de mujeres». Como escribió Angela Carter en su novela La pasión de la nueva Eva, a través de su protagonista: «Lo masculino y lo femenino son correlativos que se contienen y se complementan. Sé que es así: la cualidad y la negación de la cualidad están indisolublemente entrelazadas. Pero no sé en cambio en qué consiste la naturaleza de lo masculino y la naturaleza de lo femenino, si involucran al macho y a la hembra […]. Aunque he sido hombre y mujer, no conozco todavía la respuesta a estas preguntas. Todavía me dejan perplejoa». (Carter, 1977, págs. 203-204)

5)Relaciones entre los personajes: si son de igualdad o bien de poder, discriminación y opresión. Si aparece el tema del amor romántico: las mujeres se presentan como personajes cuyo destino en la vida es conseguir el amor del protagonista y convertirse en esposas y madres; ellos, sin embargo, podrán seguir ejerciendo su trabajo después del matrimonio.

Observaciones:

No hay que olvidar que la crítica literaria feminista y de género no estudia solo el tema de las mujeres, sino cualquier otra identidad de género u opción sexual no normativas, las masculinidades, la raza y la clase social. Y también las obras escritas por los varones, analizando cómo aparecemos en su imaginario.

Por último, una cuestión muy importante: cada obra debe leerse en su contexto histórico, geográfico, cultural y social, porque puede servirnos para comprender mejor esa época, colectividad, cultura o país. No se trata de que no se pueda aplicar la crítica literaria feminista y de género a narraciones de otros siglos (de hecho, es posible analizarlas e interpretarlas desde ellas perfectamente), sino que no se deben juzgar con los mismos valores de ahora. Incluso si le ponemos determinadas etiquetas como «machismo» o «racismo» al contenido de una obra no coetánea, hay que evaluar esa categoría en su momento histórico. También debemos evitar lecturas demasiado literales de obras que tienen un valor simbólico, humorístico o paródico.

Los géneros no realistas desde las escritoras

Veamos ahora cómo los tres grandes géneros no realistas han sido abordados por las mujeres, por qué y para qué.

De la ciencia ficción dijo Sam J. Lundwall: «Los roles sexuales en la ciencia ficción son tan rígidos como el casco de una nave espacial; emancipación es una palabra desconocida». Con esto se refería a la sorprendente pervivencia en el género de los estereotipos masculinos, femeninos y cisheteronormativos («cis» se refiere a las personas cuyo género se ajusta al asignado al nacer) más tradicionales. Sorprendente, porque la ciencia ficción trasgrede nuestra realidad espacio-temporal, no solo en lo científico y tecnológico sino también en lo social, biológico, político o humano. Y mediante la transgresión se han presentado frecuentes alternativas a la realidad conocida: algo que no ocurría al incluir a las mujeres y su situación. Por otra parte, este tipo de literatura también se había mostrado como un espejo muy crítico de nuestra sociedad, una escritura rebelde, subversiva, dura y de gran madurez. Alertaba de los peligros larvados en el momento actual mediante las distopías. Pero a la vez, como este género había sido un dominio tradicionalmente masculino, a causa de su cercanía a ámbitos distantes para ellas (lo científico y tecnológico, la aventura y la acción), las mujeres no tenían (ni tienen) tanta tradición lectora del mismo: por ello no han podido conocer bien obras que podrían gustarles y con las cuales sentirse identificadas, pues, por añadidura, las ficciones que escribían los autores hombres se mostraban, como hemos visto, muy conservadoras en su imaginario sobre el género sexual.

Pero a medida que las creadoras empezaron a incursionar más en la ciencia ficción, esas dos posibilidades que he comentado, el espejo crítico y la alternativa, han estado muy valoradas y transitadas por ellas a fin de superar la inercia de aquella ciencia ficción más convencional y estereotipada.

La crítica a la sociedad patriarcal mediante una distopía atroz e hiperbólica está muy bien representada por El cuento de la criada (1985), de Margaret Atwood, que trata, además, el tema de la reproducción humana en una sociedad futura donde la opresión de la mujer se ha radicalizado.

Y como alternativa tendríamos La mano izquierda de la oscuridad (1969), de Ursula K. Le Guin, que nos lleva a un planeta donde los sexos/géneros funcionan de manera muy diferente a lo que conocemos: en Gueden los habitantes son andróginos casi todo el tiempo, salvo en los ciclos sexuales cuando se convierten en mujeres o varones. La especulación a partir de esta premisa resulta apasionante.

La literatura fantástica y de terror ha permitido a las escritoras expresar muchos de sus problemas personales y sociales, sus traumas y tabúes, miedos y esperanzas, de una manera menos evidente y, por lo tanto, menos arriesgada y comprometida que en la ficción realista. Además, los espacios de lo fantástico, con mucha frecuencia recintos cerrados, son más familiares para las mujeres que los escenarios abiertos de la aventura y la ciencia ficción, porque estamos más acostumbradas al hogar, ya sean cabañas, apartamentos, mansiones, palacios o castillos, que a los mares y montañas. Recuérdese Rebeca (1938), de Daphne du Maurier, cuya acción transcurre fundamentalmente en Manderley, una mansión muy propicia para lo fantástico (aunque, en realidad, no hay elementos sobrenaturales en la novela, que sí pueden encontrarse en los magníficos cuentos de Du Maurier).

Como ejemplo de lo fantástico voy a poner una novela corta de la escritora española Carmen de Burgos, El perseguidor, donde aparecen los temores que han podido sentir muchas mujeres al iniciar su camino a la libertad, precisamente fuera ya de los recintos cerrados. Carmen de Burgos, Colombine, fue una maestra, periodista, reportera de guerra, escritora y defensora de los derechos de las mujeres, que vivió entre finales del siglo XIX y principios del XX. En esta novela corta, de 1917, la protagonista, alter ego de la autora, recorre distintos países de Europa, disfrutando de su soledad. Pero una extraña y perturbadora presencia amenazará su paz, infundiendo un temor que va en aumento en cada nuevo viaje.

La literatura de lo maravilloso o fantasía ha tenido, con frecuencia, una intención didáctica: por ejemplo, los cuentos de hadas adaptados para público infantil. Angela Carter ya lo demostró al subvertir su contenido en el libro de relatos La cámara sangrienta (1979), donde queda muy claro cómo estas narraciones han sido utilizadas sobre todo para la formación moral de las niñas y adolescentes, a fin de que se conviertan en mujeres «como Dios manda». La fantasía épica también ha abundado en estereotipos, empezando por El señor de los anillos (1954), donde la práctica mayoría de los protagonistas son varones. Por supuesto, hay alternativas muy interesantes, como la serie de Terramar (1964-2001) de Ursula K. Le Guin.

Conclusiones

Para concluir, solo diré que este artículo ha sido una breve introducción, muy básica, a un tema mucho más amplio y complejo. Añado una bibliografía final. No siempre resulta fácil reconocer nuestros propios sesgos y prejuicios sexistas, que todas y todos tenemos, ya que el sexismo está profundamente arraigado en nuestras vidas y relaciones. Pero es el único modo de transformarlos.

Bibliografía
Estudios

Freixas, Laura, Literatura y mujeres, Barcelona, Destino, 2000.

Moi, Toril, Teoría literaria feminista, Madrid, Cátedra, 1995.

Navas Ocaña, Isabel, La literatura española y la crítica feminista, Madrid, Fundamentos, 2009.

Robles, Lola, En regiones extrañas: un mapa de la ciencia ficción, lo fantástico y lo maravilloso, Cádiz, Cazador de Ratas, 2018.

—, «Transmonstruxs: transexualidad, transgenerismo y androginia en la literatura fantástica», en El monstruo fantástico: Visiones y perspectivas, Madrid, Aluvión, 2016, págs. 173-197.

Varela, Nuria, Feminismo para principiantes, Barcelona, Zeta bolsillo, 2013.

VV. AA., Análisis feministas de la literatura. De las teorías a las prácticas literarias, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Córdoba, 2008.

Woolf, Virginia, Una habitación propia, Barcelona, Seix Barral, 2016.

—, Tres guineas, Barcelona, Lumen, 1999

Obras literarias

Atwood, Margaret, El cuento de la criada, Barcelona, Salamandra, 2017.

Carter, Angela, La cámara sangrienta, Madrid, Sexto Piso, 2014.

—, La pasión de la nueva Eva, Barcelona, Minotauro, 1982.

De Burgos, Carmen, «El perseguidor», en La mujer fría, Madrid, Torremozas, 2012, págs. 103-139.

Delgado, Nieves, 36, Cádiz, Cerbero, 2017.

Du Maurier, Daphne, Rebeca, Madrid, Santillana, 2004.

García Morales, Adelaida, La lógica del vampiro, Barcelona, Anagrama, 1990.

Gilman, Charlotte Perkins, «El empapelado amarillo», en Venus en las tinieblas: relatos de horror escritos por mujeres, edición de Antonio José Navarro, Madrid, Valdemar, 2007, págs. 127-150.

Le Guin, Ursula K., Historias de Terramar, 2 vols., Barcelona, Minotauro, 2003.

—, La mano izquierda de la oscuridad, Barcelona, Planeta, 2009.

Miéville, China, La estación de la calle Perdido, Barcelona, Ediciones B, 2017.

—, La cicatriz, Barcelona, Ediciones B, 2017.

—, El consejo de hierro, Arganda del Rey, Madrid, La Factoría de Ideas, 2005.

Rowling, J. K., serie Harry Potter, Barcelona, Salamandra, 2000-2008. Esta serie contiene los siguientes libros: Harry Potter y la piedra filosofal; Harry Potter y la cámara secreta; Harry Potter y el prisionero de Azkaban; Harry Potter y la Orden del Fénix; Harry Potter y el misterio de príncipe; Harry Potter y las reliquias de la Muerte.

Tolkien, J. R. R., El señor de los anillos, Barcelona, Minotauro, 1988.

Adenda: sobre la cultura de la cancelación.

A fecha 11 de mayo de 2021, me decido a añadir unas breves reflexiones que creo que pueden complementar este artículo introductorio. Pretendo ir un poco más allá de la presentación básica que he hecho, agregando un tema muy reciente. Es una cuestión sobre la que, como me suele ocurrir, tengo más dudas que respuestas y en la que voy a implicarme de manera más personal que en las páginas anteriores. No corren buenos tiempos para las dudas, porque ahora acostumbramos a opinar con rotundidad sobre casi todo, como si supiéramos de casi todo, y a eludir los matices que, sin embargo, para mí aportan mucho más que las frases lapidarias.

La cultura de la cancelación ha surgido y se ha extendido de forma más intensa en los últimos años. Consiste en una actuación reprobatoria frente a determinadas personas y obras literarias y artísticas, por motivos ideológicos, al considerar que realizan comportamientos o incluyen contenidos machistas o patriarcales, racistas, homófobos o tránsfobos, por ejemplo. La actuación puede ir desde la crítica al boicot expreso a esas obras y personas. Este fenómeno ha sido reivindicado y usado por algunos sectores sociales, mientras se rechaza por otros como una forma inadmisible de censura contra la libertad de expresión artística y como una dictadura de lo políticamente correcto.

No puede olvidarse que, en la posmodernidad, ya no se acepta el estatus sagrado e intocable que han podido tener los artistas.

Hay muchos ejemplos: al tenor español Plácido Domingo se le ha acusado, por parte de varias mujeres que habían estado vinculadas con él profesionalmente, de acoso sexual. Algunos conciertos del tenor en Estados Unidos se suspendieron por esta causa. Estos hechos fueron posteriores al caso de Harvey Weinstein, productor de cine estadounidense, denunciado públicamente por graves delitos sexuales. No pretendo entrar en la veracidad o no de las acusaciones, y mucho menos dudar de ellas ni de la gravedad de los delitos. Se ha criticado a estas mujeres por realizar denuncias en medios de comunicación y redes sociales, en vez de en tribunales de justicia. Pero ha podido ocurrir que se trate de hechos antiguos, ya prescritos, a lo que se añade que la Justicia no se ha distinguido, precisamente, por su apoyo a las víctimas: muchos agresores han quedado impunes, después de servirse de una posición de poder para realizar sus actos y para que esas mujeres no hablaran. Durante largo tiempo, estos comportamientos por parte de determinados varones en el mundo artístico se consideraban «normales»: para ascender, las mujeres tenían que someterse a ese derecho de pernada. Que ahora ellas hablen, que la sociedad actual sea mucho menos tolerante, que las generaciones más jóvenes prefieran no tener ninguna relación con los agresores y que estos sean sancionados de alguna manera, si no puede hacerlo la justicia, me parece muy comprensible.

Entiendo que muchas personas quieran ir a un festival de fantasía, ciencia ficción y terror sin encontrarse allí a un autor brillante pero decididamente homófobo: porque buscan espacios donde se sientan cómodas y libres, seguras de no tener que toparse con alguien que niega sus derechos y, más aún, actúa con claridad contra estos. No obstante, los organizadores del festival pueden plantearse que ceder a este tipo de presiones les condicionaría constantemente, de modo que tal vez decidan no aceptar exigencias que, además, vayan acompañadas de violencia verbal y campañas de acoso en las redes, por ejemplo.

Reconozco que hay autores y articulistas a los que no trago de ninguna manera, por su modo de pensar y escribir: me parecen francamente estúpidos, arrogantes o gañanes, machistas y reaccionarios, mediocres o esnobs. Dada la gran cantidad de literatura y prensa que se publica, me puedo permitir el lujo de no leerlos o leerlos lo imprescindible y si no me queda más remedio.

El problema está en los caminos que puede tomar, ahora y en el futuro, la cancelación. ¿Qué criterios tendríamos que utilizar a la hora de plantearnos el rechazo o boicot de autores y obras? ¿Cuáles serían los límites? Claro que ponerle límites para que no caiga en excesos (y los excesos rigoristas siempre hay que esperarlos) ya supone aceptar esta conducta, el derecho a cancelar.

Creo que lo más importante es situar sobre la mesa una serie de preguntas:

¿Es justa la cultura de la cancelación? ¿Siempre, a veces o nunca? ¿Cuándo la consideraríamos justa y con qué criterios?

¿Hay que «separar» la obra de la persona que la ha escrito, de su biografía, pensamiento y hechos?

La cancelación, ¿debe ser una decisión y actuación individual o colectiva?

¿Hasta dónde nos puede llevar este fenómeno? Sin duda, como ya he apuntado antes, hay determinadas personas cuyo comportamiento y modo de pensar nos resultan desde desagradables hasta inaceptables por completo. ¿Debe invalidar eso su obra artística?

¿Tenemos derecho a llamar a un boicot colectivo contra un autor/a y su creación?

¿Puede ser la cancelación una excusa para que determinados/as autores/as justifiquen su fracaso, debido más a falta de calidad que a un contenido políticamente incorrecto?

¿Se ha convertido lo políticamente correcto en una censura más?

Voy a poner otros ejemplos de cancelación que afectan a autoras.

El primero es el caso de Matar un ruiseñor (1960) de Harper Lee. Se trata de una novela sobre la discriminación racial y las relaciones interétnicas, la justicia, la honestidad personal, la infancia, el aprendizaje de la vida y el paso a la adolescencia, juventud y edad adulta, entre otros temas. Refleja la sociedad del sur de los Estados Unidos. Pese a ser un ejemplo de empatía, tolerancia y apuesta contra los prejuicios, y pese a su gran calidad literaria, se ha pedido la retirada de la obra como lectura en las escuelas públicas, por usar expresiones racistas y por su tratamiento de los personajes afroamericanos. ¿Debe eliminarse una obra como lectura escolar por este motivo y no ser examinada justamente en su contexto? Al excluir cualquier libro problemático de las lecturas escolares, ¿estamos propiciando un mundo mejor, menos racista, por ejemplo, o estamos dando una imagen falsa de la realidad, ocultando la existencia de determinadas actitudes y situaciones? ¿Perjudica o beneficia a las y los menores que se les retire/oculte la verdad que está ahí afuera?

Otro caso es el del Premio James Tiptree Jr. Este premio se creó, en 1991, a propuesta de Pat Murphy y Karen Joy Fowler, como homenaje a la escritora de ciencia ficción estadounidense Alice B. Sheldon, que utilizó el seudónimo y la personalidad masculina de James Tiptree Jr. Durante bastantes años, el galardón se otorgaba a las obras de ciencia ficción o fantasía que ampliaran o explorasen cualquier contenido relacionado con la temática de género sexual (feminismo, mujeres, identidades y orientaciones LGTBQIA, etc.). En 2019, se decidió cambiar el nombre del premio, por la controversia que había surgido y las propuestas realizadas al equipo organizador. La polémica se debía al hecho de que Sheldon-Tiptree hubiese disparado a su esposo, matándolo, antes de suicidarse ella misma, sin que hubiera quedado claro si se trataba de un suicidio pactado y confirmado por él en el último momento o una decisión unilateral de ella, probablemente a causa de un estado depresivo muy profundo. Las propuestas de cambio tuvieron éxito. Ahora, el premio se llama Otherwise Award.

¿Qué hacemos con la obra de la escritora de fantasía y ciencia ficción Marion Zimmer Bradley, feminista, que fue acusada por su propia hija de abusos sexuales, además de consentidora de los abusos de su pareja masculina también sobre la niña? ¿Dejamos de leer sus obras, la serie Darkover o la tetralogía Las nieblas de Avalón, a causa de esto?

Puede que Sheldon-Tiptree fuera una asesina, puede que Harper Lee escribiera una novela con sesgos racistas y que Zimmer Bradley fuese, ni más ni menos, la abusadora de su propia hija. ¿Cómo enfrentamos, desde el feminismo, estos tres casos?

¿Cuáles serían las últimas consecuencias de este tipo de decisiones? Porque nadie está libre de mancha. ¿Se nos juzgará, en el futuro, a algunas de nosotras, como escritoras interesantes y, sin embargo, a las que no se debería leer porque éramos carnívoras? ¿Justificamos igual la cancelación cuando se trata de un varón cis, heterosexual, blanco, o una mujer como Sheldon-Tiptree, Harper Lee o Zimmer Bradley?

Las decisiones individuales (que yo determine no ver más las películas de un/a determinado/a director/a o no leer los libros de un escritor/a) pueden ser perfectamente legítimas, pero cosa muy distinta es una convocatoria al boicot a través de las redes, con la violencia, acoso y linchamiento que puede suponer.

¿Es posible que la cultura de la cancelación se convierta en una actitud fanática, totalitaria? Perfectamente, ya que hay personas así y pueden ser ellas quienes promuevan esos boicots. Y a esto se añade que ese tipo de conductas no suelen ser reconocidas como tales por quienes las ejercen. La cancelación como censura podría beneficiar, asimismo, a determinados gobiernos y grupos de poder. Sin embargo, quiero centrar estas reflexiones sobre los casos en que son los grupos sociales, incluso progresistas, incluso feministas, los que promueven el boicot.

Personalmente, creo que la cancelación como forma de boicot colectivo supone muchos más riesgos que beneficios. El análisis feminista no conlleva ni la prescripción ni la proscripción de un contenido. Por otra parte, no se debe confundir e identificar sin más los temas y personajes de una obra con la ideología del/la autor/a de la misma. Resulta imprescindible darse cuenta, por ejemplo, de cuándo estamos ante un texto simbólico que no se tiene por qué interpretar literalmente.

¿Hay que separar autores y obras? No, debemos tener en cuenta ambos factores, sin que ello implique una prohibición o censura. Esto no supone tampoco negar evidencias, ideologías ni mucho menos delitos.

La solución no es la equidistancia, sino el conocimiento para leer y analizar a autores y obras en su contexto de lugar y época, y, lo más difícil de todo, la autoconciencia para saber cuándo estamos cayendo en la desmesura.

Hermanas del futuro. Ciencia ficción escrita por mujeres entre los siglos XVII y XIX

Layla Martínez

La cabeza de Cromwell, la colección de telescopios de la Royal Society y el poder de las mujeres. El mundo resplandeciente de Margaret Cavendish

Margaret levanta la vista y la ve. Allí, a más de seis metros de altura, está la cabeza de Oliver Cromwell. La estaca le atraviesa todo el cráneo, desde la base del cuello a la bóveda superior, y una soga gruesa le recorre la frente y el orificio de la boca. Los Estuardo quieren asegurarse de que la cabeza no se caiga, de que el castigo sea visible para todos los que se acerquen a Westminster. El descuartizamiento del cuerpo del traidor ha sido uno de los primeros actos que han realizado tras su llegada al trono. Los regicidas no pueden esperar piedad ni siquiera después de muertos.

Margaret también ha regresado a Inglaterra ese año, el mismo en que se entierra la República y los monarcas vuelven a gobernar el destino del país. El exilio ha sido largo, pero Margaret no ha perdido el tiempo. La estancia en Francia, Holanda y Bélgica le ha permitido conocer a algunas de las mentes más brillantes de su época y formarse en materias como filosofía, astronomía y física. A su regreso es dueña de una extensa producción literaria y científica que incluye poemas, pero también tratados sobre el comportamiento de los átomos y la variedad de la naturaleza. En Inglaterra, Margaret estudia sin descanso y discute las teorías hegemónicas, desafía a Hobbes y polemiza con Descartes. Su producción científica continúa creciendo, pero no se limitará a ella. Está a punto de escribir un libro extraño y difícil de clasificar, una historia sobre viajes a mundos atrapados en el hielo donde los animales cultivan las matemáticas y la química, y los alquimistas han descubierto la piedra que da la juventud eterna.

La publicación de El mundo resplandeciente en 1666 es un escándalo, pero es solo otro más de los que Margaret está acostumbrada a protagonizar. Como el resto de sus obras, se publica con su nombre en la portada y un retrato en el interior. Quiere que se sepa que son suyas, que están escritas por una mujer. La sociedad de la época no se lo perdona, los mismos que se deshacen en elogios hacia la duquesa de Newcastle cuando está delante, la llaman Mad Marge a sus espaldas. Una mujer que colecciona telescopios, discute sobre física mecanicista y se empeña en publicar sus propias teorías solo puede estar loca. Por si fuera poco, Margaret tiene ya cuarenta y tres años y no ha tenido hijos. Por su correspondencia, sabemos que fue una decisión (Cavendish, 2017a).

La respuesta de Margaret a las burlas, los desprecios y los desplantes está contenida en gran medida en El mundo resplandeciente. La obra comienza con el secuestro de la protagonista a manos de un mercader, que se enamora de ella. Este tipo de secuestros eran un recurso clásico de la literatura romántica, que utilizaba con frecuencia el tópico de un personaje femenino pasivo que es sustraído de su hogar para desencadenar la acción. El peso de la trama recae en los personajes masculinos, que aparecen como sujetos y no únicamente como objetos. Sin embargo, enseguida empezamos a intuir que no nos encontramos ante una obra corriente. Durante el viaje en barco en el que está secuestrada la joven, se desencadena una tempestad que aleja a la nave de su trayectoria y la empuja a una región extraña. El frío es tan intenso que toda la tripulación muere, con la excepción de la joven. Aparece aquí una idea en la que luego se profundizará en distintos momentos de la novela y que tiene que ver con la consideración de que la relación con la naturaleza es distinta para hombres y mujeres, y que para estas últimas puede convertirse en una fuente de poder.

La muerte de los secuestradores supone una primera pista para advertir que la protagonista no es un personaje femenino al uso, pero su llegada a tierra permite confirmar todas nuestras sospechas. Como señala Maria Antònia Martí Escayol en el estudio preliminar a la edición de Siruela:

Al llegar al nuevo territorio, la dama toma el protagonismo de la narración. En el nuevo mundo por primera vez la perspectiva de la narración es la suya. Antes, la mujer ha sido un sujeto-objeto pasivo: un hombre se enamora de ella, el hombre la secuestra, el hombre la embarca, la tormenta transporta el barco. Pero al entrar en el nuevo mundo todo girará a su alrededor, todas las miradas se centrarán en ella a la vez que sabremos lo que ella ve. Y esta centralidad no se abandonará. (Cavendish, 2017b)

Tras una primera toma de contacto, la joven acude a ver al emperador, que la confunde con una diosa. Ella aclara su condición y su procedencia y el emperador le otorga poder absoluto para gobernar el territorio como desee. A partir de entonces, en la novela nos encontramos un personaje sólido y bien construido que lleva la iniciativa de la acción en todo momento. La protagonista recorre el reino para conocer a sus habitantes, animales antropomorfos que se dedican a diferentes oficios dependiendo de su especie. La protagonista habla con todos ellos y se interesa por su trabajo, a la vez que discute algunas características de su labor. Cavendish aprovecha esta estructura narrativa para dialogar con algunas de las teorías científicas hegemónicas en el momento, mostrando sus puntos fuertes y poniendo en evidencia sus debilidades.

Este diálogo ha permitido que algunos autores observen ciertos rasgos precursores del ecofeminismo en la obra (Wagner, 2003; Sarasohn, 2010; Farrell, 2015), ya que Cavendish expone una visión del mundo como una fuerza natural compleja, activa y contradictoria, donde todas las formas de la materia aparecen conectadas. La autora se apoya en el conocimiento científico de la época para criticar el paradigma mecanicista, que está empezando a ser hegemónico en ese momento. Frente a una ciencia basada en categorías binarias (observado/observador, sujeto/objeto, verdad/ficción, salvaje/civilizado), que no busca conocer la naturaleza sino someterla, Cavendish propone una visión compleja, donde la naturaleza es fuente de poder, especialmente para las mujeres, como vimos en el episodio de la muerte de los secuestradores.

Los rasgos protofeministas de la novela se acentúan en la segunda parte, cuando la protagonista desarrolla un papel más activo que ya no se limita únicamente a la discusión de presupuestos científicos. En esa segunda parte, mucho más breve, decide regresar a su mundo natal para ayudar al rey de su país, cuyo trono se halla en peligro. Se completa así la evolución del personaje, que ha pasado de ser un objeto pasivo al principio del relato, a un sujeto activo durante el recorrido por el país, y que acaba convertida en una heroína al servicio del rey.

Otro rasgo que incide en esta lectura es la aparición de un segundo personaje femenino, la duquesa de Newcastle. La aparición de la duquesa resulta crucial para el desarrollo de la obra y para la evolución de la protagonista, ya que permite que ambos personajes viajen a uno y otro mundo en varias ocasiones y la emperatriz conozca los peligros que acechan al reino del que procede. El hecho de que el personaje secundario que permite que la acción avance también sea una mujer es tremendamente significativo, porque evidencia el empeño de Cavendish en crear personajes femeninos autónomos, fuertes e independientes. Aunque las dos están casadas y sus maridos aparecen en la obra, su papel es el de unos compañeros agradables que las acompañan en sus decisiones, pero que no interfieren en su autonomía ni tienen un papel relevante en la acción.

Estos rasgos protofeministas hacen de El mundo resplandeciente una obra tremendamente interesante, sobre todo para una fecha tan temprana como 1666. Cavendish no solo había sido la primera mujer británica en firmar una novela con su propio nombre, sino que además había convertido el recurso del secuestro romántico en un relato sobre la independencia y el liderazgo femenino. Los ensayos y reflexiones escritos que se conservan de Cavendish nos muestran, además, que esto no fue casual. Era consciente de las diferencias entre los géneros y del lugar de subordinación que ocupan las mujeres, y se rebelaba contra esa situación injusta. En el volumen que publicó la editorial argentina Mardulce, que reúne algunas de sus reflexiones en forma de cartas y discursos, Cavendish cuestiona el peso del machismo en la vida doméstica, la relación desigual que supone el matrimonio y las trampas que puede tener la maternidad para las mujeres. Pero, además, sus reflexiones no se limitan a realizar un análisis de la situación, sino que hacen también un llamamiento a las mujeres para unirse y asociarse con el fin de ser tan libres como los hombres. El texto que abre el volumen, que pertenece a uno de sus discursos, no puede ser más claro:

He puesto mucho empeño en reunirlas hoy aquí y desearía poder persuadirlas de frecuentarnos, unirnos y asociarnos, de modo que podamos intercambiar consejos prudentes con el fin de ser tan libres, felices y célebres como los hombres, en tanto que hoy vivimos y morimos como si hubiéramos sido engendradas por bestias y no por humanos; pues los hombres son felices y nosotras somos desdichadas; ellos poseen toda la calma, el reposo, el placer, la riqueza, el poder y la fama, mientras que las mujeres viven agitadas por el trabajo y agobiadas por el dolor, se vuelven melancólicas a falta de placeres e inútiles a falta de poder, y mueren en el olvido al carecer de notoriedad. (Cavendish, 2017a)

Margaret intentó aplicar sus ideas sobre la autonomía de las mujeres también en su propia vida, convirtiéndola en un desafío constante a la autoridad masculina. De hecho, solo un año más tarde de la publicación de El mundo resplandeciente protagonizaría un nuevo escándalo en la clase alta londinense. Después de numerosos desplantes y desprecios, Cavendish se convertiría en la primera mujer en acceder a la Royal Society, la institución científica más importante del país. La ocasión fue una sesión de experimentos de Robert Boyle, uno de los padres de la química moderna. Sin embargo, este hecho no se repetiría. Las mujeres no volvieron a acceder a la Royal Society hasta 1945.

Aunque Cavendish pagó el precio de su atrevimiento con insultos y desprecios, su posición como miembro de la aristocracia le permitió gozar de cierta permisividad de la que carecieron mujeres de clase baja, a las que ni siquiera conocemos. De hecho, Cavendish era una aristócrata orgullosa y una ferviente monárquica, que creía que la forma correcta de organización social era la división en estamentos. El mundo resplandeciente es también una justificación del absolutismo monárquico y del poder de las élites aristocráticas, que Cavendish considera fundamentales para el orden político. En la visita que realiza la protagonista a diferentes partes del reino durante la primera parte del libro, la narradora repite una y otra vez la importancia de que cada grupo social se dedique a su función, sin cuestionar el lugar que ocupa ni pretender cambiarlo. Se advierte una visión organicista de la sociedad, donde cada grupo social es asimilado con un órgano que realiza una función concreta. Para que todo funcione correctamente, el hígado no puede actuar como el estómago ni el riñón como el páncreas. Por supuesto, no todas las posiciones son iguales: la cabeza le corresponde al monarca, que vela por el buen funcionamiento del conjunto.

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