Kitabı oxu: «Archipiélago de una vida otra»


Título original: L’archipel d’une autre vie
© Editions du Seuil, 2016
© Traducción: Nicolás Slachevsky A.
© LOM ediciones
Primera edición en Chile, abril 2019
Impreso en 1500 ejemplares
ISBN Impreso: 9789560011459
ISBN digital: 9789560012616
Esta obra fue apoyada por los Programas de
Asistencia a la Publicación del Institute FranÇais.
Edición, diseño y diagramación
LOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago
Teléfono: (56–2) 2860 68 00
lom@lom.cl | www.lom.cl Tipografía: Karmina Registro: 403.019 Impreso en los talleres de LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Impreso en Santiago de Chile Prohibida su venta en España
Para Anne Granval Para el teniente Schreiber
Indice
I
II
III
IV
V
VI
I
En ese momento de mi juventud, el verbo «vivir» cambió de sentido. Iba a designar, a partir de entonces, el destino de aquellos que habían alcanzado el mar de las Chantar. Para cualquier otro modo de aparecer acá abajo, el verbo «existir» me parecería suficiente.
Comenzaba a alejarme de la orilla cuando un helicóptero rompió la somnolencia brumosa de la mañana. El único vuelo de la semana sobre la pequeña localidad de Tugur, ese rincón perdido del Extremo Oriente. Los pasajeros bajaron, cargados de maletas, bolsos, paquetes de tela… Un breve caos se armó entre los que venían de desembarcar y aquellos que, agrupados sobre la pista de aterrizaje, se preparaban para subir a la máquina. Una mujer contaba su salida al cine (¡un acontecimiento!), un hombre hacía entrar una cama plegable en su sidecar, una recién llegada, ligeramente vestida y tiritando, les pedía informaciones a los autóctonos…
Yo había decidido esperar a que todo el mundo se fuera para ponerme otra vez en marcha. Y fue entonces que noté a ese que llegaba.
Sentado al pie de un peñasco, verificaba el embalaje de sus esquís de cazador, muy cortos y anchos, amarrados con unas correas y recubiertos de kamús –la dura piel de la pata de los renos–. Allí la nieve podía sorprender al viajero incluso en verano. Viajero… Yo comenzaba a adivinar que aquél no se quedaría en el pueblo ni seguiría el vuelo. Su destino estaba en otra parte.
Esa idea me unió a él como si se tratase de un secreto compartido. Veíamos el mismo paisaje color ceniza de los montes, el sol en los fragmentos de conchas y, bajo un montón de algas, ese pedazo de hielo que desafiaba la tibieza del mes de julio… Me sentí cercano de aquel desconocido. Su misterio, sin embargo, persistía; una identidad más compleja que la de un simple cazador de la taiga.
El helicóptero rugió, levantó una nube de agujas de pino, y se alejó por los aires hasta convertirse rápidamente en un punto sobre el mar.
El hombre se levantó, cargó su fardo en la espalda, dio unos pasos para recuperar el equilibrio. No se percató de que yo lo acechaba, en el contrarrelieve de una duna…
Desviándose de la banda costera, tan útil en las tierras sin caminos, se adentró en el bosque buscando inmediatamente pasar desapercibido. Me puse a seguir el rastro de sus pasos –el crujido de una rama, un tallo aplastado–. Dejaba pocas huellas.
Mi llegada a Tugur, una semana antes, parecía confirmar el juicio que los «sovietólogos» tenían en la época sobre Rusia y su comunismo envejecido, el que coincidió con nuestra juventud.
Terminando el año escolar, nuestra clase fue dividida en dos y el anuncio cayó: el primer grupo recibiría una formación de operadores de grúa; el segundo, de geodestas… Con sólo catorce años, ya manifestábamos aptitudes desiguales y, a pesar de la nivelación de la vida en el orfanato, se distinguían entre nosotros los superdotados y los vagos, los estajanovistas tiñosos y los flojos convencidos. Un decreto del partido aplastó esas diferencias. Desde Siberia central, nos trasladaron tres mil kilómetros hacia el este, al Extremo Oriente, donde una obra requería de aprendices de operadores de grúa y geodestas principiantes.
«Embriagadamente totalitaria», escribían los sovietólogos.
«La dictadura que niega la individualidad humana». Sí, sin duda… Salvo que nosotros no lo vivíamos en la teoría, sino en la carne de nuestras almas, llenas de despreocupación y dolor, de sed amorosa y esperanzas heridas. Nuestra partida se confundió con el brillo del cielo y los aromas de la taiga que renacía. Rebeldes a las doctrinas, no teníamos más que un deseo: embriagarnos de esa nueva primavera, la mejor de nuestras vidas, pensábamos.
El aprendizaje comenzó en Nikolayevsk, sobre la orilla izquierda del Amur, «a una hora del Pacífico», nos informaron con una pizca de orgullo. La oportunidad de ver el océano no se presentó, nos mantuvimos al margen del estero.
De la geodesia, tenía la idea de una pareja de hombres, uno de los cuales llevaba una barra graduada, y el otro que pegaba el ojo a un aparato óptico fijado sobre un trípode. La formación no contribuyó a enriquecer esa idea vaga. Ignorando la precisión del vocabulario, nuestros maestros designaban sus útiles como «cosa», «cuestión» o, más enfáticamente, «todas esas estupideces». Esa confusa pedagogía nos dejaba tiempo para explorar el puerto y husmear su aire marino, tan dulce comparado con los rudos efluvios continentales de Siberia.
Después del trabajo, veíamos con frecuencia a nuestros formadores en un bar a cielo abierto frente al puerto. Una tarde, los sorprendimos en galante compañía: una mujer rubia, de cabello radiante, embellecía el binomio que creíamos indefectible. Visiblemente, sin embargo, había logrado quebrarlos, puesto que el Grande y el Chico (según sus seudónimos) se estaban enfrentando. Dos botellas vacías yacían en el suelo, al lado de las «estupideces» y el trípode… El combate era altamente profesional: tanto el uno como el otro se vanagloriaban de sus proezas geodésicas. Escuchándolos, parecía que hubiesen hecho «levantamientos topográficos» por toda Rusia. Hacían desfilar sitios cada vez más improbables: desde un palacio de deportes a una base naval, de un estadio olímpico a un recinto de lanzamiento de cohetes…. La invitada sorbeteaba su vino con una sonrisa enigmática. Y nosotros, ¡finalmente aprendíamos la terminología! En su ostentación de machos, nuestros pedagogos mencionaban el goniómetro, el taquímetro, el teodolito….
Desempatarlos no parecía una tarea fácil para la mujer: el Grande tenía prestancia, mientras que el Chico llevaba una chaqueta de cuero, lo que le aseguraba a un ruso de entonces un verdadero estatuto mundano.
−Yo voy a trabajar con los japoneses –lanzó el Grande–. Un levantamiento para un desembarcadero.
La mentira imprudente de esa contratación hizo enrabiar al Chico:
−¿Tú? ¿Con los japoneses? ¡Si ni siquiera sabes por qué extremo se toma el grafómetro!
El daño era monstruoso. El Grande se levantó, empuñó a su rival y lo golpeó. Éste evitó la caída, pero, resbalándose con una botella, ejecutó una sacudida involuntariamente lúbrica. Los clientes estallaron a carcajadas. La rubia dulcinea emitió una risita. El Chico se puso morado y la situación se salió de control. Agarró el trípode, que tenía puntas de acero, y con un grito ronco se lo echó al Grande en el pecho. Un crujido de costillas rotas fue seguido por un «¡Ah!» proveniente del público, y luego silencio. El Grande alejó el arma, que había caído a sus pies, se desabotonó la chaqueta con rostro grave e introdujo su mano. Nosotros nos levantamos para ver con claridad los restos de hueso y de carne que iba a extraer… Su mano reapareció: sostenía una libreta de tapa dura en la que se podían ver tres impactos; la libreta donde anotaba nuestros resultados… Los espectadores se sintieron vagamente desilusionados. El Grande levantó entonces el trípode, separó sus patas y, de un solo golpe, con un gesto certero, atrapó entre sus ángulos el cuello de su enemigo. El Chico se echó para atrás, trató de abrir la trampa, comenzó a desesperar y finalmente languideció. Con un estertor, expulsó su lengua ennegrecida por el vino. Los hombres saltaron dando vuelta las sillas, las mujeres lanzaron sollozos. Y la mujer de la discordia simplemente se marchó, dejando tras de sí una dulce nube de perfume y la imagen fulgurante de un muslo exhibido por el costado de su falda de terciopelo… Los trabajadores del puerto relajaban el garrote a puñetazos. Al lado de esos hombres musculosos y tatuados, el Grande parecía un intelectual refinado.
El resto de la tarde nos la pasamos repasando la pelea. Risas, bofetadas, palabras atrevidas sobre la rubia seductora… Nuestro circo denotaba sin embargo nuestro malestar. No que aquel desastre pedagógico, en el bar, hubiese logrado espantarnos: ya estábamos acostumbrados a emociones más amargas. Pero ese duelo burlesco escondía un doble fondo.
Durante la noche, mi vecino de cama (dormíamos en una vieja fábrica de redes de pesca), un chico débil y poco apreciado por los demás, soltó un sollozo con la cabeza hundida en la almohada. Sus lágrimas, que desafiaban nuestro duro código de honor, podrían haberle costado nuestro desprecio. Sin embargo, nadie dijo nada. Sabíamos que su padre había muerto en un campo, no muy lejos del lugar donde estábamos. A diferencia de nosotros, que fantaseábamos con destinos heroicos para nuestros padres desaparecidos, él decía la verdad: los prisioneros muertos durante el invierno no podían ser enterrados, debido al permafrost que cubría la tierra, y eran guardados como carne congelada hasta que subieran las temperaturas… Su padre había esperado de ese modo su sepultura primaveral. Nuestro compañero debe haberse repetido durante la infancia que su padre permanecía entre los vivos, que uno podía ir a él, despertarlo… Aquella noche, sus lágrimas habían sido despertadas por el combate grotesco entre nuestros profesores: una vida estúpida, teatral, presa de deseos incansablemente renovados, que ignoraban al prisionero dormido bajo un manto de hielo…
¡La mecánica del mundo! Peleando por una mujer, los hombres presumían sus virtudes: porte de atleta, estatuto profesional, billetes de banco con la esfinge de Lenin o, llegado el caso, ese trípode estrujando la manzana de Adán de un rival.
Caí entonces en cuenta de esa maquinaria desgastada de nuestra existencia. Nuestros profesores la habían puesto al descubierto en su modesta medida, la de pobres agrimensores dispuestos a todo por acostarse con una rubia oxigenada. ¿Pero qué había del resto de la humanidad? Visiblemente, el mismo juego de los vencedores y los vencidos. El Grande y el Chico no tenían más que un trípode como arma. Los otros tenían cañones, riquezas, poder… ¡Campos!
Todo giraba entonces alrededor de un bello muslo de mujer
–comedia universal de rivalidades, de seducciones, de odios mudos y mentiras locuaces–. Y ese agradable momento de tregua, en un bar, al borde del Amur… Y ese niño que lloraba por el padre al que no había podido despertar de su letargo glacial.
Esa fue mi verdadera lección de geodesia.
Al día siguiente había perdido las ganas de vencer. Los más combativos de nuestro grupo ganaron el privilegio de continuar su formación en Nikolayevsk; los otros fueron dispersados a las localidades circundantes. Yo era el único que partía a Tugur, el destino menos deseado de la lista.
Nuestros profesores no mostraban rastro de ningún tipo de hostilidad entre ellos. Sin duda habían hecho la paz de los valientes alrededor de su última botella… El Grande leyó nuestros apellidos anotados en su libreta e, ignorando lo jocoso de la situación, nos aconsejó untar las estacas del trípode con antioxidante.
*
Mi idea de Tugur, a dos horas en helicóptero, era la de un amplio litoral desierto, abierto sobre un más allá grandioso: el oleaje infinito del Pacífico. A nuestra edad, todos soñábamos con el Mirovia, el Panthalassa.
Al llegar, nadie me fue a esperar, y yo me precipité entonces hacia la costa. El día recién se levantaba y, sin creer lo que veían mis ojos, corría entre las dunas en busca de la ansiada desmesura, del vértigo oceánico…
En realidad, Tugur se encontraba en un golfo sin salida, encerrado entre relieves montañosos que daban, cosa que aprendería más tarde, sobre un modesto mar interior, que un pequeño archipiélago separaba del mar de Ojotsk, alejado también del Pacífico.
El paisaje que se ofrecía a mis ojos era de una gran belleza: playas de arena, desembocadura de varios ríos, espejos de estanques… ¡Pero ningún Mirovia en el horizonte!
El pueblo, habitado por un centenar de personas, bien podía prescindir de un practicante como yo. El equipo de geodestas al que estaba asignado había sido retenido en Nikolayevsk, la ciudad que venía de abandonar… Me instalaron en una choza ocupada a medias por una cuchillería, me indicaron una cantina de pescadores, y luego me olvidaron.
Mi primera exploración me llevó hasta el cabo de Tournant, desde donde esperaba finalmente poder contemplar el océano, el verdadero. Pero, una vez en el lugar, vi el cabo siguiente, y el mar todavía aprisionado en esas bahías, marcadas con bayas… Lo finito disimulaba el infinito.
Una semana después de mi llegada, quise deshacerme de la ilusión marítima y volver a ver la taiga, el mundo en el que, desde mi infancia, me sentía como en casa. Llevaba en mi bolso pescado seco, un encendedor a la antigua con mecha de amadou que resistía el viento, y una hacheta que me había prestado el cuchillero. Me había prestado también una vieja chaqueta forrada de muletón y manchada con grasa.
En el momento en que dejaba la costa, el ruido de un helicóptero interrumpió el silencio. Un minuto más tarde, vi a sus pasajeros tramitando su equipaje. Y cerca de un roquerío, aquel viajero que aguardaba el momento para irse sin ser visto.
Nada lo distinguía de los habitantes de Tugur, salvo quizás su capucha, confeccionada en piel lisa. Su rostro moreno era el de un nómade, aunque ahí, entre el mar y el bosque, nadie era de casa.
Parecía ajeno, sin embargo, a la dinámica humana que yo había entendido con la pelea de mis profesores: juego de deseos, competencia de vanidades, comedia de posturas, todo aquello que creemos que es la vida. Su extrañeza dejaba presentir una densidad insólita de las horas, la desaparición de los nombres dados para los seres y los objetos…
Una tal ausencia de palabras me angustiaba, me llevaba a esforzarme por identificar a ese hombre. ¿Un cazador furtivo? ¿Un buscador de oro clandestino, quizás, de esos que se solía ver pasar por los caminos de la taiga? Embrutecidos por la soledad, sospechando el peligro ante el menor rastro de presencia humana, así es como perseguían su espejismo: amasar un botín de pepitas, huir de ese infierno de hielo e instalarse al borde del mar Negro, amar a las mujeres bronceadas, diosas suculentas soñadas por años…
El helicóptero removió la neblina, despegó y luego desapareció. Aquellos que venían llegando, sepultados por sus equipajes, comenzaron a dirigirse hacia las isbás del pueblo. Un trozo de conversación llegó hasta mí: una mujer joven, la recién llegada, originaria de Odessa, contaba su viaje. El hombre sentado bajo el peñasco debía haber pensado, igual que yo: «Odessa, el mar Negro… a diez mil kilómetros de acá…».
Se levantó, cargó sus cosas y se puso en marcha. Y yo, siguiendo sus pasos, comencé a sentir que ya no era completamente un desconocido.
Decir «caminar» en la taiga es un modo de hablar. En realidad, hay que moverse con la docilidad de un nadador. Aquel que trata sin más de abalanzarse, romper, forzar un pasaje, se cansa con rapidez; delata su presencia y termina por odiar a esos montones de ramas, de brezales y maleza que se despliegan ante él, invadiéndolo.
El hombre de la capucha lo sabía. Se agachaba para atravesar el follaje de los jóvenes abetos, ahí donde otro se hubiera puesto a empujar las ramas entremezcladas demorándose tres veces más... Lo veía dar grandes zancadas (me hacía pensar en la escuadra de un agrimensor), única manera de atravesar los stlanik de cedros, ese «bosque extenso» de pinos enanos, un revoltijo inextricable que entorpecía cada paso. Un lugar peligroso: los osos apreciaban los pájaros de esos árboles enanos.
Delante de un río, evaluaba al ojo el nivel del agua, de modo de evitar la parte blanquecina de la corriente (de fondo arcilloso, y por lo tanto resbaloso), desviándose por un camino de piedras...
Me percaté de ese detalle con alegría; mi experiencia aún tenía alguna validez en esos bosques del extremo oriente. Algunas plantas insólitas, otro tipo de relieves, pero las mismas huellas de animales, los mismos signos advirtiendo el cambio de los suelos… El mismo dialecto de los bosques, matizado por la proximidad del litoral.
Una vez, ese matiz llegó a horrorizarme: una araña gigante, con patas largas como mis brazos, apareció de repente del musgo. Al acercarme descubrí los despojos de una chova del mar de Ojotsk, el festín de algún águila.
La fatiga le daba el ritmo al lento desfiladero de cielos y árboles que se desplegaban ante mí, o más bien ante nosotros, ya que nuestros pasos se iban concertando. Comenzaba a adivinar las elecciones del vagabundo frente a las subidas, su placer al dejar caer su carga y zambullirse en la corriente, lavarse el cuello y la cara cubiertos por el polen de los pinos.
Esa relación entre nuestras soledades me llegó a sorprender en el momento en que lo vi detenerse. No encendió fuego: comió, como yo, pescado seco, y bebió del agua del río.
Sentí remordimientos por espiarlo de esa manera, violar un instante secreto de su vida. ¿Debía quizás acercarme? ¿Disculparme por mi acecho? Mi aventurismo juvenil se resistió: no, ¡tenía que perseguirlo, descubrir su escondite, robarle el oro! Así podría permitirme… ¿Pero qué era realmente lo que ganaría? Me acordaba de nuestros directores de práctica, el Grande y el Chico: ellos encarnaban la idea de un éxito certero. Un Toyota de segunda mano que se podía comprar en algún puerto luego de algunos años de trabajo, una botella de oporto azerbaiyano a saborear junto a una rubia vestida de terciopelo…
El desconocido terminó su comida, observó inmóvil la corriente que reflejaba las largas cascadas de sol… En realidad, yo no soñaba otra cosa que estar en su sitio, vivir ese silencio, comprender sin palabras el sentido de mi espera en ese lugar, a esa misma hora.
El hombre volvió a levantarse, se puso el bolso y se quedó unos minutos así, como respaldando lo mismo que yo venía de entender: la felicidad absoluta de vivir ese instante.
A mitad de la tarde, una llovizna comenzó a caer, oscureciendo el sotobosque. Bordeando una senda cenagosa, tuve que reconocer que, sin mi guía, difícilmente hubiese encontrado un camino.
A la salida de esas turberas, le perdí el rastro. Ningún crujido, ninguna rama que, moviéndose, me diera una señal de su avance. Tuve que deshacer el camino para volver a buscar sus huellas, profundamente marcadas por el peso de su equipaje.
Sintiéndome desorientado, comencé a ponerme ansioso. Atravesábamos en ese momento un stlanik de pinos enanos. Tuve entonces un recuerdo de infancia: una cosecha tranquila en un bosque parecido a ese y, de repente, la visión de un montículo café que se levanta… ¡Una osa! Ramas azotadas, la vista enturbiada por el miedo, piruetas de huida –por instinto, imitábamos a los ciervos, que saben sortear las obstáculos del stlanik–. Nuestro perro que corre (¿dónde quedó tu olfato, idiota?), su ladrido que asusta a la osa, más preocupada de proteger a sus crías que de comerse a los escapistas.
La capucha del hombre volvió a aparecer, a poca distancia, y pareció quedarse detenida. Me detuve, guardando la distancia. Probablemente se tomaba un descanso.
De repente, el aire pareció espesarse de amenazas. ¡Una bestia me espiaba! ¿Detrás de las malezas? ¿O ahí, detrás de los árboles? Pegué la espalda a un tronco, con la hacheta en mano, lista para dar el golpe. Un oso ya habría gruñido, hecho algún ruido… ¿Lobos? Los lobos atacan más bien en terrenos descubiertos. Y además, en julio, probablemente ya están demasiado bien alimentados. Esas breves elucubraciones no me impedían escrutar los rincones, tender la oreja al más leve de los crujidos. No, no había nada sospechoso. Sin embargo, me sentía acechado.
El aire se aligeró, diluyéndose el peligro. A lo lejos, el hombre de la capucha avanzaba sobre una cuesta. En una concesión a la debilidad, me dije que de haber sido atacado, probablemente él me hubiera defendido.
Al caer la tarde el cielo pareció aclararse, bañando de un dorado traslúcido la taiga ennegrecida solamente por la llovizna. El desconocido llegaría pronto a su refugio, me decía, o se armaría un campamento…
Subió sobre una pequeña colina coronada de un montículo de rocas y, deteniéndose, contempló algo a lo lejos que, desde mi posición, no se podía ver. Creí ver que sonreía. El sol a ras de suelo le daba a su silueta una intensidad irreal. Estaba solo en el universo…
Esperaba tener que seguirlo hasta la otra vertiente de la colina, pero volvió sobre sus pasos por el bosque, pasando justo por mi lado sin percibirme. Seguía enceguecido por la luminosidad que reinaba en la cima.
Bajando hacia el río que bordeábamos desde hacía horas, decidió levantar su campamento. Para asegurarme, esperé a que hiciera su fuego. Las llamas brotaron, ya no vería más que su danza en medio de la oscuridad; me había hecho invisible.
Comencé a alejarme contorneando la curva que dibujaba el torrente, recogiendo madera seca del suelo, y prendí dos fuegos: uno brillaría toda la noche; el otro, más pequeño, calentaría el suelo. Sus brasas, bien aplastadas, recubiertas de arena y de ramas de pino, podían guardar durante horas el calor… Me tendí sobre esa capa caliente y rápidamente me quedé dormido.
Pronto tuve que poner más madera. El sueño volvió a ganarme, acompasado con la duración de las llamas.
Un rato después volví a despertarme y constaté que el fuego seguía ardiendo bien vivo. ¡Demasiado vivo!
Apoyándome con el codo, miré mi reloj: pasada la medianoche. Había pasado una hora desde la última vez que había despertado y las llamas no se habían apagado. ¡Imposible! Traté de pensar….
De pronto me di cuenta de que otra luz me iluminaba, justo detrás de mí.
Me moví con discreción y lo que vi me paralizó. A unos pocos metros de mi campamento, un fuego más discreto brillaba sin llamear. Un hombre sentado sobre un tronco me daba la espalda. Su cabeza, cubierta por una capucha, se inclinaba sobre las brasas. Estaba inmóvil. ¿Dormía quizás?
Pasó un minuto que pareció eterno. Sabía por dónde debía huir: un salto hacia el río, luego una carrera a través del bosquecito de alisos, y en tres zancadas me perdería en la profundidad de la taiga.
Extendí mi cuerpo como un arco. Comencé a empujar con los pies. Me levanté…
Y cuatro pasos más allá, caí de bruces con la pierna inmovilizada. Las llamas iluminaban lo bastante para dejarme ver el nudo corredizo que amarraba mi tobillo. El otro extremo de la cuerda estaba amarrado al tronco sobre el que el hombre estaba sentado.
Lentamente, con un suspiro entre el bostezo y la decepción, el hombre se levantó y, acercándose a mi fuego, tomó un tizón en las manos.
Se paró delante de mí y pude ver que en su cintura llevaba un puñal envainado en una funda de cuero. Sin decir una palabra, acercó la antorcha a mi rostro. Creyendo que me iba a quemar los ojos, cerré los párpados con fuerza. Emitió un tosido como diciendo: es justo lo que pensaba.
Volviendo hacia su hoguera, tiró el tizón y se sentó dándome la espalda. Yo no osaba levantarme, asustado de cómo pudiera reaccionar. ¿Me dejaría partir, aceptando el riesgo de ser denunciado? ¿Pero qué es lo que tenía que esconder? ¿Oro quizás? ¿Una evasión? ¿Un asesinato? Los cuentos de nuestra infancia estaban llenos de esos forajidos que, cuando eran descubiertos en su camino secreto, no dudaban en deshacerse de los curiosos... Recogí mis piernas y me puse a luchar contra el nudo.
El hombre lanzó un chiflido escueto, tomó la cuerda con sus manos y la tiró. Su voz era calma:
−¡Quítate eso y ven acá!
Obedecí sin dudar, machaqué nerviosamente el cáñamo hasta soltarme y me acerqué a él. Con un gesto de la cabeza, me indicó un tronco al otro lado del fuego.
−¡Siéntate… cuenta!
*
Al cabo de cinco minutos, creí que ya lo había dicho todo: nuestra partida del orfanato, la formación, la pelea de los geodestas… Incluso le había confesado mi intención de robarle el oro.
Gruñó:
–Bonito programa, joven. Pero bueno… una cabeza arrepentida no se corta.
Colocando una tetera recubierta de hollín sobre las brasas, agregó:
–Esto es oro. Te tomas una taza y estás listo para unos cincuenta kilómetros de caminata… En cuanto a los que sacuden la batea a escondidas, has de saber que son astutos, saben esconder sus pepitas. Delante del escondite ponen trampas para osos. Te acercas a sacarles la bolsa y ¡zas!, tu pie está atrapado; no te queda más que esperar a que te venga a devorar una bestia.
Respetando el ceremonial del té, se interrumpió, aún si lo que bebíamos era una infusión de zarzarrosa y de plántulas de coníferas… Yo lo miraba de reojo: rasgos simples, abiertos, una larga cicatriz en el cuello y marcas en la mejilla, huellas seguramente de viejas peleas. A mi edad, me parecía que el tipo era «viejo», es decir, que bordeaba los cuarenta. Su conocimiento de la taiga no disimulaba su extranjería. Otros signos lo delataban más: una mímica demasiado sutil para la gama de emociones que debía experimentar un hombre de su temple, la rudeza verbal modulada por una entonación pensativa, melancólica…
Mientras lo miraba ir a buscar agua, pensaba. Su ausencia creó un vacío inquietante. Fácilmente podría haberme escapado, sí. Quedarme con él, sin embargo, cambiaba el sentido de lo que sabía de la vida.
Volvió y puso su tetera en medio de los carbones. Su mirada se detuvo sobre mí como si no me reconociera. Con toda evidencia, mi caso ya estaba solucionado: al día siguiente, perseguiría su camino, y yo, como un niño descubierto en su falta pero perdonado, volvería a Tugur… Ante mi aire incomodo, forzó un tono de camaradería:
–Y el colegio, ¿va bien? Me decías que estabas en un «establecimiento especial». ¿Qué es lo especial? ¿Vigilar desconocidos en la mitad de la taiga quizás?
Orgulloso de retomar ese intercambio entre hombres, me puse a explicarle la razón de esa mención: todos los alumnos de nuestro orfanato tenían padres desaparecidos en los campos. Nos habían puesto juntos para no contaminar los colegios normales, donde seguramente habríamos divulgado la suerte de los prisioneros. Juntos, no teníamos mucho que contarnos. Finalmente eran recorridos similares y, por la misma razón, banales. Padres muertos en circunstancias poco gloriosas –aplastados bajo los leños descargados de un tractor, muertos a mano de los otros detenidos, asesinados por un guardia o caídos por el cansancio y las enfermedades…
–¿Quieres más té?
Su voz resonó con una insistencia extraña. ¿Quería evitarme un tema doloroso? Sintiéndolo perturbado, abrevié mi relato:
–Es un internado como cualquiera, salvo eso, que somos todos hijos de…
–De criminales… –dijo con una brusquedad cortante.
Le contesté marcando bien las sílabas.
–…¡de prisioneros!
Era una de las reglas inviolables en nuestro medio: podíamos llenarnos de insultos los unos a los otros, pero nadie debía ofender la memoria de nuestros padres.
–Sí, prisioneros, es lo que quería decir… ¡Ven, vamos a comer taimen! A su lado, el salmón es comida chatarra…
Sus gestos se hicieron exageradamente distendidos. Nunca había visto a un adulto incómodo a ese punto. Comimos largas lonjas tiernas, que sabían a humo y enebro.
–¡El rey de los pescados!
Su exclamación desentonaba con su mirada apenada. Pensé que lo había aburrido con la historia de los campos y, cambiando de tema, pregunté con aire intrigado:
–Pero, sinceramente… ¿en qué momento te diste cuenta de que te seguían?
Siguió el juego, como un viejo aventurero.
–¿En qué momento? Desde el principio, claro. Hay una astucia: cuando entras al bosque, das diez pasos y te das vuelta detrás de un pino para ver si alguien te sigue. Después, ya va estar muy tupido para ver…
Nuestra conversación disimulaba algo que ya me comenzaba a aparecer cada vez con mayor claridad: mi vida en ese «orfanato especializado» no era banal más que por costumbre. Para engañar el sufrimiento, habíamos tejido un muro de leyendas que magnificaban a nuestros muertos. El hombre de la capucha venía de romperlo.
Seguramente él se daba cuenta, porque su malestar iba más allá de la simple piedad por los «hijos de convictos». Me parecía adivinar que, de forma misteriosa, aquel vagabundo nos era cercano…
Automáticamente pregunté.
–La bestia que me acechaba durante la tarde, ¿qué crees que puede haber sido? ¿Un lobo quizás, perdido de la manada…?
Respondió imitando sin convicción el entusiasmo de las historias de los cazadores.
–No. Era yo que iba a ver si la caza no era muy malvada. Con tu chaqueta grande, me parecías más viejo.
–¡Pero yo veía tu capucha en la subida!
–Se desprende mi capucha. La colgué sobre una rama y fui a echar una mirada adonde estabas tú. El lobo solitario era yo…
Nos reímos los dos, menos por su frase que por la situación que ahora era clara para ambos. La voz del hombre retomó su timbre calmo:
–Y entonces, ¿qué edad tenías cuando tus padres… partieron?
Supe ahogar el dolor de mis propias palabras.
–Según me dijeron, mi padre fue detenido dos meses antes de mi nacimiento. En cuanto a mi madre, me tuvo en el campo… Había ahí una maternidad para los recién nacidos. Pero luego, dos años después, murió ella también.
Adivinaba que preguntaría por aquello de lo que siempre había logrado eludir la herida. Traté de pensar en cómo esquivarla. ¿Preguntarle el nombre del río que sonaba en la noche? ¿Preguntarle quizás adónde iba?
Sus palabras se articularon con lentitud:
–Y a tu madre… ¿no la conociste entonces?
–Sí, creo haberla visto... Una vez.
No conseguía moverme, mi mirada fija en la tetera que, en medio de las brasas, emitía una nube de vapor. Una visión cuidadosamente escondida se apoderó de mí: un niño pequeño acostado en su cama, una mujer que se le aproxima, lo besa y, sin distinguirla en la oscuridad, el niño que se sumerge en su ternura. La mujer se va y, antes de que la puerta se cierre, deja ver su rostro surcado de lágrimas y sus labios que murmuran palabras, una melodía que logra reencontrar en el sueño...
Una lucha estática por reprimir el llanto se apoderaba de mi pecho. Si el hombre me hubiera dirigido la palabra, no habría podido contener el estallido de angustia. Pero se levantó, cogió la tetera y se internó en la noche.
El fuego se había casi apagado cuando regresó, un cuarto de hora más tarde. Había conseguido dominar mi respiración y me sentía extrañamente más viejo. Ese instante de infancia parecía resumir todo el amor y todo el mal que conocería en mi vida.
El hombre llenó la tetera con un manojo de hierbas y se sentó frente a mí, sobre el tronco de árbol donde había amarrado la cuerda con la que me había atrapado. La desamarró, la enrolló y la guardó en su bolso... Y se puso a hablar, casi murmurando, mientras atizaba las brasas:
–Fue en la época de Stalin, tú aún no habías nacido. Yo... en fin, ese tipo que se llamaba Pavel... Pavel Gartsev... creyó, un día, que podría vivir como todo el mundo...
Titubeando al principio, como si tuviese que apropiarse nuevamente de la identidad de ese tal Pavel Gartsev, retomó su relato, evocando ese «yo» de antaño, más creíble para otros que para sí mismo:
–En esos años, el planeta podía haber desaparecido. 1949, 1950... La guerra de Corea. Los yankis estaban dispuestos a hacer una nueva Hiroshima bombardeando la China maoísta, nuestra aliada. Pero el mensaje llegó a tiempo: Rusia venía de obtener su propia bomba. Los ensayos habían superado las expectativas, calcinando grandes extensiones de desierto, construcciones de cemento, el ganado que habían puesto para aumentar el valor del test, e incluso, decían, algunos prisioneros condenados a muerte... No había quedado más que un espejo de arena fundida. Los aviones de reconocimiento se veían reflejados como en un lago. Los pilotos de hecho morían a los dos días, tan monstruoso era el nivel de la radiación. En ese entonces, yo no sabía nada de aquellos preparativos. Y sin embargo, ese ensayo de la tercera guerra mundial cambiaría mi vida...
Se quedó en silencio, frunció el ceño y bajó la cabeza, como si buscara abrirse un pasaje en el espesor de los años. Su voz se tiñó de una melancolía irónica que ya me parecía reconocer.
–De hecho, una tarde, volví a mi casa en un mal momento... Pero espera, tengo que contarte esto desde el principio.
II
–Y bien, esa noche llegué a mi casa en un mal momento...
El hombre se calló, buscando las palabras que mejor pudieran expresarle su destino a un adolescente como el que yo era.
–Aquel mes de junio de 1952, teniendo veintisiete años, me encontraba a punto de desposar a una mujer que hacía poco había cumplido la mayoría de edad.... Vivía entonces con la certeza de una alegría que finalmente parecía posible, una ilusión a la cual entregarse después de un periodo oscuro.... La muerte de mis padres, veinte años antes, no estaba relacionada con la represión stalinista. Mi padre dirigía la construcción de una estación hidroeléctrica que, una vez terminada, inundaría una decena de poblados. Un habitante de la zona se filtró en las canteras e hizo explotar la reserva con dinamita. El embalse cedió, arrasando con la oficina donde trabajaban mis padres.
Mi tío me llevó al lugar. La catástrofe me parecía incomprensible: mi madre y mi padre mezclados en un caudal fangoso, arrastrados a un abismo negro. La visión me había apretado la garganta hasta la asfixia.
Bajo los restos de concreto, encontré una marioneta de trapo, la misma que tantas veces había visto en las manos de la pequeña Sima, hija de uno de los obreros. Fue el primer estremecimiento, para mí, de un amor infantil.... La imagen de ese desparpajo de telas me dio la sensación de la fragilidad de mi propio cuerpo. La marioneta se incrustó en mí como una especie de ángel guardián, que a partir de entonces me aconsejaría la prudencia, el compromiso, la resignación.
La mirada compasiva que los otros me lanzaban me ofreció, en un comienzo, una penosa pero valorizante identidad: yo, Pavel Gartsev, víctima de los enemigos del socialismo, casi un héroe, casi un símbolo.
Una tarde, escuché por azar una conversación entre mi tío y tía, en la casa de quienes vivía: el «enemigo del socialismo» que había dinamitado la represa era en realidad un marido engañado. Mi padre tenía por amante a la mujer de aquel técnico. El hombre se había vengado, subestimando la potencia de la explosión. Sólo pretendía generar algunas pérdidas, para que mi padre fuera acusado de negligencia y despedido...
La revelación destruyó la imagen de víctima que me había forjado. La vida era tanto más tortuosa. Sus máscaras hacían muecas, cambiaban de carácter; un drama revolucionario se mudaba en una farsa de coqueteos. ¿Era yo el hijo de comunistas convencidos caídos bajo el golpe del terrorismo? ¿O bien el hijo de un don Juan duramente castigado?
En ese mundo confuso, la única constante que se imponía era el odio. Podía ser hijo del deseo, del miedo, o bien de ideas aparentemente nobles y, curiosamente, las más asesinas.
En 1937, el día del vigésimo aniversario de la revolución, la construcción de la represa fue recomenzada. Poco después, el nuevo jefe de los trabajos fue arrestado por «hechos de sabotaje antisoviético». Yo ya era capaz de sacar mis propias conclusiones: si un marido celoso no hubiera asesinado a mis padres, habrían sido arrestados entre los miles de responsables acusados de malversaciones, de sabotaje, de espionaje... Entonces, vástago de esos traidores de la Patria, mi suerte habría sido la de los campos de reeducación.
La marioneta de trapo se estremecía en mí: la fría crueldad de esos juegos de máscaras no tenía relación con aquello que se nos enseñaba en la escuela y que seguiría aprendiendo, más tarde, en la universidad.
Visto mi edad, no fui llamado bajo los estandartes hasta el año 1943, cuando se me enroló en la redacción de un diario militar. No era un juego, los corresponsales de guerra avanzaban en medio de los combatientes. Tifus, heridas, noches pasadas bajo la nieve, lo probé todo, y hasta guardé, como recuerdo, esta marca dejada por un lanzallamas: una marca de piel quemada sobre mi cuello. La cicatriz parecía una araña atorada en sangre.
Había también otra secuela invisible que había desgarrado mi memoria: un pueblo sobre el Báltico, soldados de infantería que había acompañado para mi reportaje, casas destruidas por las bombas y, en una callejuela, una decena de cuerpos de mujeres que los soldados pisaban al correr, porque nos faltaba el tiempo, en medio del fuego, para quitar de en medio los cadáveres... De todas las masacres observadas, el hecho de haber pisado un rostro femenino me perseguiría con la persistencia más despiadada...
Terminada la guerra, volví a Leningrado, y después de mis estudios universitarios comencé una tesis sobre la «concepción marxista-leninista de la legitimidad de la violencia revolucionaria»... Perseguía un interés sumamente personal a través de esa investigación: quería comprender qué era lo que se escondía tras los juegos, a la vez brutales y jocosos, de la Historia. La vida de mis padres y su muerte, finalmente.
Al reencontrarme con Sveta, tuve finalmente el sentimiento de que volvía a la maravillosa rutina de la paz.
Originaria de un pueblito a doscientos kilómetros de Leningrado, trabajaba en una biblioteca y, durante la tarde, seguía una formación de contable.
Yo había tenido ya varias relaciones –la muerte de millones de soldados hacía de cada hombre un trofeo raro para las mujeres solitarias–. Avergonzado de aprovechar de ese privilegio equívoco, me solía encontrar excusas: podría no haber escapado a las masacres, la «araña» de la quemadura sobre mi cuello lo demostraba crudamente.
Sveta borró todas mis cavilaciones. Me amaba tal cual yo era, y por primera vez yo me sorprendía apreciando, en una mujer, hasta las torpezas y los olvidos, una tetera dejada en el fuego, una llave perdida... ¿Cómo, con su aspecto de bailar sobre las nubes, podía haber aprendido la contabilidad?
El amor que le tenía no hacía más que crecer; creaba para los dos un cielo aparte; eso era, nubes sobre las que podíamos bailar.
Me lo creía tan firmemente que la idea de explicarle mi tesis no me pareció extraña. Escuchándome hablar de Cromwell o de las guerras vendeanas, fruncía las cejas, y su expresión de niña estudiosa me llenaba de ganas de cubrir de besos las arrugas cogitativas que se formaban en su frente. Interrumpía mi exposición, la acercaba a mí, redescubriendo su cuerpo un poco torpe, pero que parecía aprender más rápido que el pensamiento el concepto de «dictadura del proletariado».
Sveta parecía no inmutarse de mi herida, la «araña» al lado de mi carótida. Y nuestro amor me hizo olvidar la estrecha calle donde se amontonaban los cadáveres de mujeres.
Un día, sin embargo, esa nueva vida, tan preciosa para mí, se desdobló, mostrándome una trama completamente distinta...
En el departamento comunitario donde vivían seis familias y en el que nosotros ocupábamos una habitación, la sala de baño era muy solicitada. Esa mañana, yo me afeitaba tratando de no despellejarme el cuello quemado: hazaña de mímicas durante las cuales dejaba la puerta abierta a fin de que los otros, tocando para entrar, no me hicieran fallar en la delicada operación. Nadie me vino a molestar, pero, de repente, al fondo de un viejo espejo, descubrí que era observado. ¡Nunca había sentido una mirada tan hostil! Me di vuelta, esperando encontrar la cara de una vieja vecina que nos envenenaba la vida. En cambio, distinguí un vestido de noche azul que huía por el pasillo, el camisón de Sveta...
Pasé mi mano por el espejo, como tratando de liberarlo de aquella visión, y me observé con insistencia: sí, una «araña» sobre el cuello, más visible después de la afeitada, y que cualquier mujer evitaría tocar con los labios. En fin, una mujer que no tuviera por mí ninguna ternura... Una fina herida dejaba entrever un poco de sangre en el borde de la cicatriz.
Nada cambió sin embargó entre nosotros. Sveta se ofrecía a mí con la misma torpeza adolescente, llamándome en un susurro travieso «mi lobito». Sin mucho esfuerzo, conseguí mantenerme ciego.
Una semana después de esa mirada interceptada en el espejo, recibí una convocación del comité militar de la ciudad: todos los reservistas debían seguir, durante dos días, unos preparativos de movilización. No me disgustaba tener que ponerme el uniforme, aparecer ante Sveta bajo mi aspecto de guerrero. Inconscientemente, esperaba hacer más aceptable la quemadura de mi cuello: para un soldado, las heridas como esas son naturales.
En la guarnición, cerca de Leningrado, un coronel nos habló de los combates en Corea, de las amenazas que el imperialismo americano hacía caer sobre la paz y de la posibilidad de cinco, de diez Hiroshimas, esta vez sobre nuestras ciudades del extremo oriente...
Deseoso de reencontrarme con Sveta lo más pronto posible, obtuve la autorización para volver a casa sin esperar los camiones que debían transportar a todo el mundo durante la tarde.
La noche ya caía cuando alcancé el patio del edificio por los complejos y conocidos pasajes de Leningrado. En el mismo momento, dos faros barrieron el espacio entre las casas y me hicieron retroceder hasta la entrada de los autos. «¿Quién es el bruto que acelera así, en pleno patio?». Un auto se detuvo y, bajo la luz de un lámpara encima del porche, reconocí a Vlas Iouline, un colega de la facultad que, varias veces ya, me había invitado junto a Sveta a su casa. Tres años menor que yo, progresaba con rapidez en su carrera gracias a sus padres, dos notables del Partido. Aquel auto, el famoso Horch 901 de los generales alemanes, era un «trofeo» que su padre se había hecho traer de Berlín...
Sveta salió del auto, y durante un momento pensé que se trataba de una broma que entre ambos me habían preparado. Besó a Iouline y vi sus cuerpos acomodarse en un movimiento al que parecían acostumbrados. «¿Puedo quedarme?», soltó él, en un balbuceo excitado. Ella respondió burlona: «Ya sabes que mi cangrejo asado puede volver. Mañana ya sabré cuánto tiempo piensa jugar a la guerra. Entonces podremos pasarnos varios días juntos, mi lobito...». Se liberó de sus brazos, subió los tres escalones del pórtico y desapareció en la entrada. Para reaccionar, habría tenido que esquivar el auto y perder así la ventaja de la sorpresa. El apodo de «lobito» también se aplicaba a Iouline. Y el «cangrejo asado», el sobrenombre que me designaba a mí en sus conversaciones... Me sentía atónito ante el sentido invertido de todo aquello que había vivido con esa mujer.
La imposibilidad de una brusca entrada en escena me calmó, impidiendo una reacción ruidosa y ridícula. El viento traía el olor de la tierra mojada por la lluvia, el frescor de las hojas. Estupefacto, creía que podía fundirme en ese aire nocturno, en sus olores, su silencio.... Pero había que volver a casa, recomenzar el teatro de la vida.
Sveta ya estaba acostada, lo que me facilitó el rol. Comí, me lavé, y me extendí a su lado. En estado de semisueño, su cuerpo se estrechó contra el mío. No alcanzaba a distinguir sus rasgos, pero adivinaba su vacilación: ella misma no sabía quién era en ese momento. ¿Una joven prometida que, con ingenuidad, se abría al amor? ¿O bien un cuerpo sin otra cosa que aprender que la mecánica del deseo? La abracé dulcemente, con la esperanza de encontrar a aquella que amaba... Se dejó poseer sin que yo llegara a comprender si imitaba la inexperiencia juvenil o bien, simplemente, cedía al sueño. De repente, cuando el placer comenzaba a aumentar, susurró con tono silbante «sí, mi lobito, sí», y sus movimientos bruscamente adquirieron la experticia de quien no ignora nada de las tareas carnales....
La alejé de mí y me senté en la cama listo para hacerle confesar toda la verdad. Pero se había vuelto a dormir, roncando gangosamente, como una mujer de edad, usada por la vida. Sin duda no había siquiera notado mi brutalidad.
Aquella noche, más dolorosamente que nunca, me volvió ese recuerdo de la guerra: una callejuela llena de cadáveres femeninos. Los habitantes de la ciudad nos habían dicho que se trataba de las pacientes del hospital psiquiátrico, discapacitadas mentales asesinadas por los alemanes el día previo a nuestra ofensiva.
Partí temprano en la mañana, prometiéndome aclarar todo a mi regreso: «Va a volver con esa basura de Iouline, me los voy a encontrar nuevamente, y entonces...». Me faltaba la imaginación para decidir en qué podía terminar todo aquello. ¿Una pelea? ¿Una ruptura? ¿Una confesión entre lágrimas? Todas me parecían variantes igualmente risibles y vanas.
La segunda jornada en la guarnición se acabó con un anuncio que provocó el regocijo de la mayoría de los reservistas, liberados, y el derrumbe de los otros, a los que el ejército convocaba por un periodo indefinido. «En función de la situación política», había declarado el coronel. Yo formaba parte de la minoría que debía preparase para la partida. Nuestros equipajes ya estaban embalados. El día siguiente, a las cinco de la mañana, debíamos reunirnos en la estación.
Volví a casa antes de la llegada de Sveta, seguro de que Iouline la acompañaría nuevamente, igual que el día anterior. Me instalé sobre un banco en un rincón del patio, detrás de un arbusto, buscando la posición ideal para abordarlos por sorpresa.
Casi no tuve que esperar. La voz de Sveta sonó en la oscuridad, seguramente Iouline se había estacionado en la calle. Me levanté con la mente hirviendo en reproches. Pero, inmediatamente, tuve que retroceder: ¡caminaba seguida de una mujer!
La habitación que arrendaba se encontraba en el primer piso. Vi la luz de la ventana prenderse y los postigos que se abrían
–hacía mucho calor aquella noche–. Intrigado, casi más que la vez anterior, deteniéndome ante aquella ventana que daba hacia mi casa iluminada, conocida y ajena a la vez.
Las dos mujeres comían una comida modesta, aquella que se podía encontrar en las ciudades recién acabada la guerra. Escuché frases breves que, entre viejas conocidas, condensaban sus propósitos a través de alusiones y suspiros.
¡Lo que hablaban era perfectamente aterrador! Mi «novia» no se llamaba Sveta, sino Zina. En todo caso su amiga la llamaba así. Tenía veinticuatro años y no dieciocho. No teniendo pasaporte, al igual que todos los habitantes de las zonas rurales bajo Stalin, vivía en Leningrado en situación irregular. Su pueblo se encontraba no a doscientos kilómetros, al medio de los bellos bosques, sino a sólo treinta, y había sido totalmente destruido por la guerra. Sólo vivían ahí viejas vetustas y dos o tres «prometidas», dispuestas a todo por salir de ese pedazo de infierno, privado de electricidad, de caminos, de comercio. Sí, estaban dispuestas incluso a hacer el amor con un «cangrejo asado»...
A pesar de mi sorpresa, podía entender la lógica de esa vida joven. Después de todo, las mujeres a las que frecuentaba en la universidad soñaban exactamente lo mismo que Sveta: un marido, una familia, un departamento decente. Y la preferencia por Iouline no tenía tanto que ver con mi cuello «asado», como con la posición más envidiable que contaba poder obtener gracias a él. Sveta la contable...
Me alejé del patio con el rostro inmovilizado en una mueca de disgusto, desde ahora fuera de lugar, y decidí partir directamente a la estación, a pasar ahí las pocas horas que quedaban antes de la partida. Irme sin volver a ver a Sveta me parecía la elección menos dolorosa pero también la más justa: ¿qué podía yo decirle a una mujer que, en realidad, nunca había conocido? Una ficción amorosa fabricada con la ayuda de mis expectativas románticas... Puro teatro.
En la estación, la ira y la amargura no me abandonaron con facilidad. Me imaginaba a Sveta-Zina ofreciéndole a Iouline caricias que a mí nunca me había dado... En realidad, ya no se trataba tanto de ella como de ese personaje que todo hombre engañado se fabrica: una amante a la vez odiada e infinitamente más deseable, porque pertenece a otro.
Ese rencor se desvaneció ante la evidencia que súbitamente me golpeó: «en realidad... ¡lo que hizo fue liberarme!». Me imaginaba el saturado estanco de mentiras que hubiese sido mi vida al lado de esa mujer obligada a tolerarme e, inevitablemente, a sufrirme y tolerar esa «araña» sobre mi cuello.
En el tren, mis compañeros reservistas fumaban y bebían té cortado con alcohol. No éramos solamente unos simple convocados, sino gente que, en su mayoría, había vivido la guerra. Los oficiales no nos imponían una disciplina muy estricta. Después de una parada en Moscú, el convoy se dirigió hacia el este y el viaje ya se prolongaba por más de cuatro días.
Los temas de conversación variaban poco: esposas tiranas, verdaderas cargas que desperdiciaban nuestra vida, y, por otro lado, amantes de noche que le devolvían al mundo su verdadero sabor. Evocábamos nuestras hazañas guerreras, contando a cuántos enemigos habíamos matado. Y las ventajas comparativas de ciertos oficios y salarios. Para algunos, también la posesión de un auto. A lo que se sumaban nuestras preferencias futbolísticas... Una escala de valores tal, no suscitaba dudas para ninguno.
Sí, ¡Sveta me había liberado de esa vida! Me acordaba de mis proyectos amorosos, de mi celopatía... A partir de entonces, en ese teatro de sombras reinaba un silencio liberado de toda mentira.
Al cabo de ocho días de viaje, llegamos a Amgun, un pueblo situado sobre un río del mismo nombre. Nos hizo falta un día más de camino, en camión, para llegar al lugar donde se desarrollaría la simulación de la tercera guerra mundial.
*
El acuartelamiento, en la taiga del extremo oriente, tenía por objeto poner a prueba nuestra resistencia frente a un conflicto atómico. La decisión de hacernos atravesar el país había servido ya para verificar si nuestro ejército tenía la capacidad para desplazar a una gran masa de hombres hacia Japón y sus bases americanas. Entonces, a comienzos del año 52, el enfrentamiento era una realidad más que probable.
Las maniobras de las que participábamos no tenían nada de particular: tiros, orientación sobre el terreno, saltos en paracaídas. Sin embargo, la especificidad nuclear aportaba un aspecto inédito: por un trayecto de unos treinta kilómetros, avanzábamos a través del bosque, consultando mapas y chapoteando en la ciénaga.... Una tarea extenuante, visto que estábamos ataviados de trajes antiatómicos, guantes, máscaras, botas y sus combinaciones como armaduras de acero. Para hacer más espectacular la hipotética radiación, aviones fumigadores difundían una neblina amarillenta que, de paso, imitaba también un ataque químico. Así nos preparaban, trataban de explicarnos, a un abominable producto llamado «agente naranjo», cuya increíble eficacia ya había sido probada por los soldados americanos... En la época, esas afirmaciones me parecían un exceso de propaganda, ignorando que algunos años más tarde ese descubrimiento causaría millones de muertes en Vietnam.
La caminata, en pleno calor, nos hacía sudar a mares. Los lentes de mi máscara antigás se empañaron; había olvidado untarlos con un líquido que protegía el vidrio de la humedad. Después de un tiro en el que ametrallé un objetivo un poco a ciegas, nuestra sección se dispersó en itinerarios que se reunirían al final de esa yincana asfixiante.
Me fui por mi lado, zigzagueando como un borracho y ensordecido por mi propio soplo en la boquilla de la máscara. Al cabo de media hora, a través de la bruma de los oculares, distinguí una corriente, la sombra de un sauce...
¡Y de pronto una mujer! O más bien su silueta, inclinada encima del agua, haciendo gestos que me hicieron pensar que estaba lavando ropa. En medio del delirio bélico del que participaba, su presencia expresaba una verdad humilde y soberana, una salvación.
Me aproximé unos pasos, la silueta osciló en la bruma de mi visión y desapareció detrás de las hojas. Bajando sobre la orilla, eché mi arma al suelo y, sin esperar, me quité la máscara.
Liberado del asfixiante artefacto, me quedé un momento sin hacer otra cosa que tomar aire, sin pensar en el ejercicio del que venía de desertar. Delante de mí, un río murmuraba su curso sonoro, una planta acuática dejaba flotar sus trenzas floridas. Ese ondulamiento, ritmado por el flujo del agua, me pareció portador de una significación tanto más profunda que nuestros chapoteos en los bosques y nuestros tiros contra los objetivos clavados a los troncos de los árboles....
Una ráfaga de metralleta rugió, trayéndome de vuelta a la realidad de esa simulación postatómica que no había terminado. A mi alrededor, el río ritmaba su melodía y el sol estallaba en esquirlas que se desvanecían en una lenta capa de oro sobre la ensenada. Las puntas de los pinos se mecían, respondiendo a la ventolera que venía del océano invisible.
A una centena de metros de ahí, un grupo de hombres avanzaba pesadamente, cubiertos de una ruda capa de caucho, con la cabeza moldeada bajo un látex espeso. El aire que alcanzaba su respiración tenía el olor ácido del filtro. Sus miradas, borrosas por el vapor húmedo, no veían el cielo ni la transparencia del agua, sino únicamente los objetivos de tiro: siluetas fijadas a los árboles con marcas rojas en el plexo solar que había que acribillar a balas. Ese comportamiento tenía su lógica, visto que el enemigo se aprestaba a calcinar el bosque de junio bajo el calor atómico. Nos lo habían enseñado con un documental: un desierto caliente sobre lo que habían sido dos ciudades japonesas...
Me imaginaba a la mujer a la que había espantado con mi traje de extraterrestre. Ahora seguramente avanzaba por un sendero, apartada de este mundo delirante. ¡Aquel mundo era entonces evitable!
No, mi ingenuidad no era tan grande como para clamar el amor universal. Pero el aire que respiraba era el mismo sobre el otro lado del océano, y el escurrir del agua seguramente tenía la misma tonalidad en las islas japonesas como en cualquier otra parte. Ese instante del verano tenía un mismo eco de serenidad sobre todos los continentes...
La idea me ayudó a mantener la calma frente al oficial que, surgiendo a mi espalda, me interpeló con ferocidad. Reconocí a Ratinsky, el más odiado por los reservistas, un joven militar activo, convencido de su rol y su grado. Rubio, impecablemente vestido con un uniforme que visiblemente había hecho retocar aquí y allá por una costurera, me había parecido desde un principio un tipo peligroso, de un arribismo desenfrenado. Repetía como un loro cada una de las palabras de sus superiores y buscaba sin descanso la acción que suscitara su aprobación. Aquel día, una oportunidad inesperada se presentaba: un desertor refrescándose al borde del río, con la metralleta dejada en el pasto y el traje desajustado. ¡Y en pleno bombardeo nuclear!
Lanzó un grito sin quitarse la máscara y luego, entendiendo que yo no alcanzaba a comprender sus palabras, se la quitó y eructó, disimulando con dificultad el placer de respirar al aire libre. Lo observé casi con compasión: un rubiecito lanzando espuma de rabia, impaciente por ganarse una pequeña estrella en sus hombreras...
Viéndome poco receptivo, subió el tono y se puso a denigrar a los reservistas que, según él, olvidaban de qué lado se cargaba el fusil. Aquella última réplica me despertó, retomé mi metralleta y, con voz calma, me expliqué:
–Usted sabe, camarada subteniente, que llevando la máscara no es fácil ver. Hay un gran riesgo de estar apuntando no sobre uno de los objetivos sino sobre alguno de los compañeros que pasan por al lado. Un error involuntario, un accidente, ya ve. Esas cosas pasan...
Ratinsky se puso rígido, no ignoraba que esos «accidentes» ocurrían a veces con los jefes más tiranos. Sin querer tentar la suerte, respondió:
–Bien, Gartsev, se lo dirá usted mismo al camarada Louskass. Él le hará saber las consecuencias de los actos de insubordinación.
Louskass, responsable de la seguridad militar, era totalmente de otra talla. Un informe suyo podía valernos a cada uno de nosotros un arresto y ser enviado a los campos. Cuando aparecía en el cantón, las conversaciones se apagaban. Grande, calvo, tenía los ojos de un azul intenso como una grieta de hielo. Durante la guerra, enviaba a «traidores» y «derrotistas» al pelotón de fusilamiento. Desde entonces su misión no había cambiado mucho... Se creía servir a una idea. No soportaba las imperfecciones de la vida. Si hubiese estado en su poder, habría hecho enderezar los troncos torcidos de la taiga y sus alrededores.
Aunque me esperaba a ser convocado, los días pasaban y mi falta parecía haber sido olvidada. Así hasta el momento en el que, yendo a almorzar, me lo encontré. Apuntándome con su mirada azul, murmuró:
–Digamos, Gartsev, que se trataba del ensayo general. Pero no lo dejaré actuar para el estreno.
Se alejó sin decir nada. Tuve el sentimiento de que había leído mis pensamientos; poco antes, todavía, solía comparar el vacío que me habitaba al eco de una voz en un teatro desertado por el público.
La situación de suspenso me apesadumbraba. Quise hablarlo con uno de los pocos camaradas en quien podía confiar. Había conocido a aquel sargento, Mark Vassine, hacia el final de la guerra, notado su bravura, que contrastaba con su pequeño porte. Siete años después, nos habíamos reencontrado en el cantón. Bastante mayor que yo, había sin embargo sido movilizado, sin duda porque era viudo y no tenía hijos a su cargo.
Le conté de la enigmática amenaza que me había lanzado Louskass. Vassine sonrió.
–Me hace recordar un chiste: un viejo juez de instrucción que ha mandado a cientos de personas a Siberia finalmente se jubila. Su hijo se hace cargo de sus investigaciones y cae sobre un caso de complot contra el partido. En diez días, termina la investigación y los «complotistas» son fusilados. Su padre suspira: ¡Pobre estúpido! Yo, gané durante diez años mi salario gracias a ese caso...
Lanzó una carcajada ahogada.
–Ya ves, no creo que nuestro sabio capitán Louskass tenga apuro en mandarte de vacaciones a Kolyma. No mientras los casos como el tuyo le den para vivir...
Yo sabía que Vassine había pasado un tiempo en prisión.
–Nada político –decía él–. Sólo un pequeño arranque de rabia...
Otro de los ejercicios consistía en pasar veinticuatro horas en unos refugios subterráneos, sin comida, sin agua, y recibiendo un mínimo de aire a través de un estrecho canal de ventilación, resistiendo así los efectos de una serie de detonaciones.
Cada refugio podía acoger a una decena de soldados. Yo me aprestaba a bajar al que correspondía a mi sección, pero Ratinsky me retuvo:
–No, Gartsev, usted irá al número diecinueve.
Mi situación no se prestaba para quejarme. El número diecinueve era pequeño y estaba casi abandonado; en todo caso nunca había sido ocupado desde nuestra llegada. Debía permanecer allí solo: Ratinsky había meditado con minucia su venganza.
Pulsuz fraqment bitdi.